5/9/14

El zoológico de cristal de cristal. Tennessee WILLIAMS.









El zoológico de cristal de cristal

Tennessee WILLIAMS




PERSONAJES
AMANDA WINGFIELD, la madre.
TOM WINGFIELD, el hijo.
LAURA WINGFIELD, la hija.
JIM O’CONNOR, el candidato.
Escenario: Una callejuela de Saint Louis
PARTE I: Preparación para un candidato.
PARTE II: El candidato de visita.
Época: Ahora y el pasado.
fue estrenada por Eddie Dowling y Louis J. Singer en el Playhouse Theatre de
Nueva York, el 31 de marzo de 1945.


NOTAS SOBRE LOS PERSONAJES
Amanda Wingfield (la madre): Una mujer de gran pero azorada vitalidad, que se aferra frenéticamente a otro tiempo y lugar. Su caracterización debe ser creada con sumo cuidado, no copiada del tipo. No es una paranoica, pero su vida es una paranoia. En Amanda hay mucho de admirable, y tantas cosas dignas de amor y piedad como de risa. Ciertamente, tiene capacidad para soportar sufrimientos y una especie de heroísmo, y aunque su estupidez suele hacerla inconscientemente cruel, en su frágil persona hay ternura.
Laura Wingfield (su hija): Amanda, después de haber fracasado en su intento de entrar en contacto con la realidad, sigue viviendo esencialmente en sus ilusiones, pero la situación de Laura es más grave aún. Una enfermedad de la infancia la ha dejado tullida, ya que una de sus piernas es más corta que la otra y le ayuda un aparato. Basta con sugerir este defecto en escena. El retraimiento de Laura, nacido de esta circunstancia, se ha acrecentado hasta convertirla en una pieza de su propia colección de vidrio, demasiado exquisitamente frágil para moverla del estante.
Tom Wingfield (su hijo): El narrador de la pieza. Un poeta que trabaja en una zapatería. Su temperamento carece de crueldad, pero para escapar de una trampa debe obrar sin compasión.
Jim O’Connor (el candidato): Un joven convencionalmente guapo.
T. W.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
El apartamento de los Wingfield está en los fondos del edificio, y es uno de esos vastos conglomerados de unidades de vida celular semejante a una colmena, que florecen como excrecencias en los centros urbanos superpoblados de la clase media inferior y son un síntoma del impulso que empuja a ese sector de la sociedad norteamericana, el más grande y 3 fundamentalmente esclavizado, a evitar la fluidez y la diferenciación, y a existir y funcionar como una entretejida masa de automatismo. El apartamento da sobre una callejuela y penetra en él una escalera de emergencia para casos de incendio, una estructura cuyo nombre es un rasgo de verdad poética accidental, porque en todos esos enormes edificios arden siempre los lentos e implacables fuegos de la desesperación humana. La escalera de emergencia está incluida en el escenario; es decir, lo están su rellano y los peldaños que bajan de él. Nótese que el callejón de la izquierda puede omitirse totalmente, ya que sólo se usa para la primera entrada de Tom, la cual puede efectuarse por la derecha. El escenario es el recuerdo y por lo tanto no es realista. El recuerdo permite muchas licencias poéticas. Omite algunos detalles, otros se exageran, según el valor sentimental de los objetos que toca, ya que la memoria radica preferentemente en el corazón. Por eso, el interior es bastante oscuro y poético.
(Apenas se apagan las luces de la sala, llega por la derecha la música de un salón de baile. Vieja música popular del periodo 1915-1920, digamos. Ésta continúa hasta que Tom aparece en el rellano de la escalera de emergencia, enciende un cigarrillo y empieza a hablar)
Al levantarse el telón: El público se enfrenta con la oscura y ceñuda pared de los fondos
de la casa de alojamiento de los Wingfield. (El escenario propiamente dicho está separado de ella por una cortina de gasa, que sugiere el frente del edificio) Este edificio, paralelo a las candilejas, está flanqueado por dos callejuelas sombrías y angostas que se internan en lóbregos desfiladeros de marañas de ropa colgada, latas con desperdicios y el siniestro enrejado de las escaleras de emergencia vecinas. (Las callejuelas están en realidad en las tinieblas y los objetos que acaban de mencionarse no son visibles) Las entradas de la calle y los mutis se hacen por esas callejuelas laterales. Al acabar el comentario inicial de Tom, el oscuro muro de la casa de alojamiento muestra poco a poco (por medio de un transparente) el interior del departamento de los Wingfield en la planta baja. La cortina de gasa, que sugiere el frente del edificio, se levanta sobre el decorado interior. En primer término está la sala, que le sirve también de dormitorio a
Laura, abriéndose un sofá-cama que utiliza de lecho. Más allá, hay un taburete o mesa en donde se halla un teléfono. Al foro, en el centro y separado por un ancho arco o un segundo proscenio de cortinajes transparentes y ajados (o segundo cortinaje: el «segundo cortinaje» es en realidad el de gasa interior intermedio entre la sala y el comedor, que se halla en el foro) está el comedor.
En una anticuada rinconera de la sala, hay muchos animales de vidrio transparente. Una empañada fotografía del padre de los Wingfield, de frente al público, a la izquierda del arco. Es el rostro de un joven muy guapo, con el quepis de un infante norteamericano de la Primera Guerra Mundial. Sonríe valerosamente, con una sonrisita irresistible, como si dijera: «Sonreiré siempre.» (Adviértase que, en cuanto concierne al salón de baile, sólo es esencial que se vea la ventana iluminando la parte lejana de la callejuela. No es necesario mostrar una sección considerable del salón de baile)
El público oye y ve la escena inicial del comedor tanto a través del transparente cuarto muro (éste es la cortina de gasa que sugiere el frente del edificio) y los cortinajes transparentes de gasa del arco del comedor. Durante esta reveladora escena sube lentamente el cuarto muro, hasta perderse de vista. Este muro exterior transparente no vuelve a bajar hasta el final de la pieza, durante el discurso final de Tom.
El narrador es un franco convencionalismo de la pieza. Se toma todas las libertades que convienen a su propósito con los convencionalismos dramáticos. Tom entra de la callejuela de la izquierda (o de la derecha, si se omite la de la izquierda). Viste indumentaria de marinero de la marina mercante y va despaciosamente por el frente del escenario hacia la escalera de emergencia. (Tom puede inclinarse contra el enrejado de la 4 escalera cuando enciende el cigarrillo) Allí, se detiene y enciende un cigarrillo. Le habla al público.
TOM: Tengo trucos en el bolsillo —y cosas bajo la manga—pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Éste, les brinda a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo, les doy la verdad con las gratas apariencias de la ilusión. Los llevo a una callejuela de Saint Louis. La época en que transcurre la acción es el lejano período en que la enorme clase media de los Estados Unidos se matriculaba en una escuela para ciegos. Sus ojos les fallaban, o ellos fallaban a sus ojos, y por eso se les oprimía enérgicamente los dedos sobre el feroz alfabeto Braille de una economía en desintegración. En España, había revolución. Aquí, sólo había gritos y confusión y conflictos obreros, a veces violentos, en ciudades por lo demás pacíficas como Cleveland... Chicago... Detroit... Ésa es la atmósfera social en que se desarrolla la acción de esta comedia. Esta comedia son los recuerdos. (Se oye música) Como es una comedia de recuerdos, hay poca luz, es sentimental, no es realista. En la memoria, todo parece acontecer con música. Ello explica el violín que se oye, entre bastidores. Yo soy el narrador de la comedia y también uno de sus personajes. Los otros son mi madre Amanda, mi hermana Laura y un candidato matrimonial que aparece en las escenas finales. Este es el personaje más realista de la pieza, por ser el emisario de un mundo del cual, en cierto modo, estábamos separados. Pero como tengo la debilidad de un poeta por los símbolos, uso a este personaje como el demorado pero siempre esperado algo por el cual vivimos. Hay un quinto personaje que sólo aparece en una fotografía colgada de la pared. Cuando vean la imagen de este sonriente caballero, sírvanse recordar que es nuestro padre, que nos abandonó hace mucho tiempo. Era un telefonista que se enamoró de la larga distancia: de modo que renunció a su empleo en la compañía telefónica y huyó de la ciudad... La última noticia que tuvimos de él fue una postal de la costa mexicana del Pacífico, con un mensaje de dos palabras: «¡Hola, adiós!», y sin dirección. Creo que el resto de la comedia se explicará por sí mismo.
(Se encienden las luces en el comedor. Tom sale por la derecha. Hace mutis por el primer término, se quita su abrigo de marinero y su ajustado gorro tejido y se queda junto a la puerta de la derecha del comedor, esperando el momento de entrar en escena. Se oye la voz de Amanda a través de los cortinajes, esto es, de las cortinas de gasa que separan al comedor de la sala. Amanda y Laura están sentadas junto a una mesa-libro. Amanda ocupa la silla del centro y Laura la de la izquierda. El acto de comer se indica con gestos, sin viandas ni utensilios. Amanda está de frente al público. El interior del comedor, se ha iluminado suavemente y a través de las cortinas de gasa, vemos a Amanda y a Laura sentadas a la mesa en la zona del foro)
AMANDA: ¿Sabes una cosa, Laura? El domingo pasado, me sucedió algo graciosísimo en la iglesia. El recinto estaba atestado y sólo quedaba libre uno de los primeros bancos y allí se veía apenas a una mujercita. Le sonreí muy dulcemente y le dije: Perdóneme usted... ¿Tendría inconveniente en que yo compartiera este banco? «Sí —me dijo—. Este espacio está alquilado.» ¿Sabes que es la primera vez que oigo decir que el Señor alquila espacio? (Las cortinas de gasa del comedor se descorren automáticamente) ¡Esos episcopales del Norte! Comprendo a los del Sur, pero a los del Norte, no. (Tom entra en el comedor por la derecha, se desliza hacia la mesa y se sienta a la derecha) Querido, no empujes la comida con los dedos. Si es forzoso que la empujes con algo, usa una corteza de pan. Debes masticar lo que comes. Los animales tienen en el estómago secreciones que les permiten digerir su comida sin masticarla, pero los seres humanos, antes de tragarla, deben masticarla y masticarla. Oh, come sin prisa. Come sin prisa. Una comida bien preparada tiene muchos sabores delicados que conviene retener en la boca para apreciarlos, y no limitarse a engullirlos. ¡Oh, mastica, mastica, mastica! (A esta altura, la cortina de gasa —si el director decide usarla—, la que sugiere la pared externa, se levanta y no vuelve a bajar hasta el fin de la comedia) ¿No quieres darles oportunidad de funcionar a tus glándulas salivales?
TOM: Mamá, no he disfrutado de un solo bocado de la cena a causa de tus constantes instrucciones sobre la manera de comerla. Eres tú quien me obliga a comer precipitadamente, con tu atención de gavilán sobre todos mis bocados. Resulta repulsiva... toda esa disertación sobre la secreción de los animales... las glándulas salivales... ¡la masticación! (Va hacia la butaca de la sala, enciende un cigarrillo)
AMANDA: ¡Tienes temperamento, como un divo del Metropolitan! No te he permitido que te retires de la mesa.
TOM: Voy a fumar un cigarrillo.
AMANDA: Fumas demasiado.
LAURA: (levantándose) Mamá, traeré el café.
AMANDA: No, no, no. Tú, siéntate. Hoy, yo seré el negrito que sirve y tú serás la dama.
LAURA: Ya me he levantado.
AMANDA: Pues vuelve a sentarte. Vuelve a sentarte. Consérvate fresca y linda para los candidatos. (Laura se sienta)
LAURA: No espero la visita de ningún candidato.
AMANDA: (que ha estado recogiendo los platos de la mesa y poniéndolos sobre la bandeja): Lo gracioso, es que vienen cuando menos se los espera. Recuerdo una tarde de domingo, en Blue Mountain, cuando tu madre era niña... (Sale en busca del café, por el foro derecha)
TOM: ¡Sé qué se avecina! (Laura se levanta)
LAURA: Sí. Pero más vale que se lo dejes decir. (Va hacia la izquierda del sofá-cama y se sienta)
TOM: ¿De nuevo?
LAURA: Le gusta decirlo.
AMANDA: (entrando por la derecha al comedor y pasando a la sala con la bandeja y el café) Recuerdo que un domingo por la tarde, en Blue Mountain, cuando tu madre era una niña, la visitaron... ¡diecisiete candidatos! (Se acerca a Tom, le da café y va al centro del escenario. Laura se le aproxima, toma la tacita y vuelve a su sitio. Amanda pone la bandeja sobre la mesita que está a la derecha del sofá-cama y se sienta junto a ella. La cortina interior se corre, las luces se apagan)
AMANDA: Lo cierto es que, a veces, no había sillas suficientes para todos ellos y teníamos que mandar al negrito a casa del cura en busca de sillas plegables.
TOM: ¿Cómo conseguiste entretener a todos esos candidatos? (Tom se sienta, finalmente, en la butaca de la derecha)
AMANDA: ¡Daba la casualidad de que yo conocía el arte de la conversación!
TOM: ¡Apuesto a que sabías hablar!
AMANDA: Claro que sí. Todas las muchachas de mi tiempo lo sabían, te lo aseguro.
TOM: ¿De veras?
AMANDA: Sabían entretener a los candidatos que las visitaban. No bastaba que una muchacha tuviera una linda cara y una figura graciosa... aunque yo no estaba mal dotada en ninguno de esos sentidos. También debía tener un ingenio ágil y una lengua capaz de afrontar todas las emergencias.
TOM: ¿De qué hablabas?
AMANDA: ¡De las cosas importantes que sucedían en el mundo! Mis candidatos eran caballeros... ¡todos ellos! ¡Figuraban entre los hombres más destacados del delta del Mississipí... eran hacendados e hijos de hacendados! Estaba Champ Laughlin, hijo. (Se oye música) Más tarde, Champ llegó a ser vicepresidente del Banco de los Hacendados del Delta. Y Hadley Stevenson, que se ahogó en el lago Moon. Dios mío, por cierto que dejó a su esposa bien asegurada... con ciento cincuenta mil dólares... en títulos del Gobierno. Y los hermanos Cutrere... Wesley y Bates. ¡Bates era uno de mis alegres galanes favoritos! Pero tuvo una riña con Wainwright, aquel salvaje, y la emprendieron a tiros en el casino del lago Moon. Bates recibió un balazo en el estómago. Murió en la ambulancia cuando lo llevaban a Menfis. Ciertamente, también él dejó bien asegurada a su viuda... con no menos de ocho o diez mil acres. No amaba a su mujer, ella lo atrapó por casualidad, de rebote. La noche en que murió, encontraron en su bolsillo mi fotografía. ¡Oh! ¡Y aquel joven que les hacía perder la cabeza a todas las muchachas del delta! ¡Aquel guapo (se extingue la música) y talentoso Fitzhugh, del distrito de Greene!
TOM: ¿Qué le dejó a su viuda, ése?
AMANDA: ¡No se casó! ¿Qué te pasa? ¡Hablas como si todos mis admiradores de antaño se hubieran muerto!
TOM: ¿No es ése el primero de los que has mencionado que sobrevivió?
AMANDA: Ganó muchísimo dinero. Fue al Norte, a Wall Street y amasó una fortuna. Tenía el toque de Midas... todo lo que tocaba se convertía en oro! (Se levanta) Y yo habría podido ser la señora esposa de J. Duncan Fitzhugh... ¡fíjate bien! (Va a la izquierda) Pero... ¿qué hice? ¡Me descarrié y me casé con tu padre! (Mira la fotografía que pende sobre la pared. Va hacia la mesita vecina del sofá-cama en busca de un cenicero)
LAURA: (se levanta) Mamá, déjame recoger la mesa.
AMANDA: (recoge las tacitas de Laura y de Tom) No, querida. Ve a practicar tu dactilografía al tacto. O tu taquigrafía. ¡Sigue fresca y linda! ¡Es casi la hora de que empiecen a llegar tus candidatos! ¿A cuántos crees que recibiremos esta tarde? (Tom descorre las cortinas que separan el comedor de la sala, que se cierran detrás de ella, y Amanda sale, entrando en la cocina. Tom se queda al foro en la sala)
LAURA: (a Amanda, que está detrás de la escena) No creo que recibamos a ninguno, mamá.
AMANDA: (tras de la escena) ¿A ninguno? ¿Ni uno solo? ¡Debes estar bromeando! ¿Ni un candidato de visita? ¿Qué pasa? ¿Ha habido una inundación o un tornado?
LAURA: (yendo hacia la mesa de la máquina de escribir) Ni una inundación ni un tornado, mamá. Lo que pasa, simplemente, es que no soy tan popular como lo eras tú en Blue Mountain. Mamá teme que seré una solterona. (Se oye música. Se apagan las luces. Tom sale por el foro en las tinieblas. Laura va hacia el zoo de cristal)

ESCENA SEGUNDA
El escenario es el mismo. Se ilumina la sala, se ve a Laura junto al zoo, lustrando los animales de vidrio. Va hacia el fonógrafo, pone un disco. (En la representación por profesionales se usaba «Dardanella», pero puede utilizarse cualquier disco popular de la década de 1920-1930. Debe ser un disco gastado) Laura sincroniza sus actos para poner la púa sobre el disco en el mismo momento en que concluye el fragmento musical que se estaba ejecutando en la escena anterior. Entra Amanda por la callejuela de la derecha. Se oye rechinar la llave de la cerradura. Laura va con aire culpable a la máquina de escribir y teclea. (La mesita con la máquina está aún en escena, a la izquierda de la sala) Amanda entra en la habitación de la derecha, cerrando la puerta. Va hacia la butaca y deja sobre ella el sombrero, el bolso y los guantes. A Amanda le ha sucedido algo. Ese algo está grabado en su rostro: una mirada ceñuda y desesperada y algo ridícula. Viste uno de esos abrigos baratos de paño que simulan terciopelo, con un cuello de pieles de imitación. Su sombrero tiene ya cinco o seis años de antigüedad, es uno de esos horribles «cloche» que se usaron en mil novecientos veintitantos, y oprime un enorme portamonedas de charol negro con cierre e iniciales de níquel. Ese es su uniforme de gala, el que usa habitualmente cuando va a la sede de las DAR1. Sus labios se contraen, sus ojos se dilatan, los pone en blanco y menea la cabeza. Al ver la expresión fisonómica de su madre, Laura se toca los labios con nervioso gesto.
LAURA: Hola, mamá. Precisamente, yo estaba...
AMANDA: Lo sé. Sólo estabas practicando tu dactilografía, supongo.
LAURA: Sí.
AMANDA: ¡Engaño, engaño, engaño!
LAURA: (con voz trémula) ¿Cómo estuvo la reunión de la DAR, mamá?
AMANDA: (acercándosele) ¡La reunión de la DAR!
LAURA: ¿No fuiste a la reunión de la DAR, mamá?
AMANDA: (con voz débil, casi inaudible) No, no fui a ninguna reunión de la DAR (con más energía). No tuve fuerzas... No tuve el valor necesario. Sólo quería hallar un agujero en el suelo y ocultarme en él y quedarme allí durante el resto de mi vida. (Rasga el cuadro usado para la dactilografía al tacto, y arroja al suelo los pedazos)
LAURA: ¿Por qué has hecho eso, mamá?
AMANDA: (se sienta en el extremo derecho del sofá-cama) ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué edad tienes, Laura?
LAURA: Mamá, tú sabes mi edad.
AMANDA: Creí que eras toda una mujer, pero evidentemente estaba muy equivocada. (Mira fijamente a Laura)
LAURA: ¡Por favor, no me mires con fijeza, mamá! (Cierra los ojos y baja la cabeza. Pausa)
AMANDA: ¿Qué vas a hacer? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué futuro nos espera? (Pausa)
LAURA: ¿Ha sucedido algo, mamá? Mamá... ¿Ha sucedido algo?
AMANDA: Se me pasará en seguida. Sólo estoy desconcertada... por la vida...
LAURA: ¡Mamá, quiero que me digas qué ha pasado!
AMANDA: Esta tarde fui a la DAR, como sabes; debían iniciarme como oficial. Me detuve en la escuela comercial Rubicam para hablarles de tu resfriado y para preguntarles sobre tus progresos allí.
LAURA: ¡Oh...!
AMANDA: Sí, oh..., oh..., oh. Fui directamente en busca de tu profesora de dactilografía y me presenté como madre tuya. Ni siquiera sabía quién eras. «¿Wingfield, dijo usted? Ni siquiera tenemos inscrita en la escuela a una estudiante de ese apellido.» Le aseguré que sí. Dije que mi hija Laura había estado asistiendo a las clases desde los primeros días de enero. «Bueno, no sé —dijo la profesora—. Salvo que se
«Daughters of the American Revolution» (Hijas de la Revolución Norteamericana). (N. del T) refiera a esa muchachita tan tímida que dejó de venir al colegio después de varios días de asistencia.» No, dije. No me refiero a ésa. ¡Me refiero a mi hija Laura, que ha estado viniendo aquí todos los días durante las seis últimas semanas! «Excúseme» —dijo ella—. Y tomó el libro de asistencias y allí estaba tu nombre, inconfundible, impreso, y todas las fechas en que habías faltado. Sin embargo, le repetí que se equivocaba. Le dije: «¡Debe de haber algún error! ¡Alguna confusión en los archivos!» «No —dijo la profesora—. Ahora la recuerdo perfectamente. ¡Era tan tímida y sus manos temblaban tanto, que sus dedos no lograban tocar el teclado de la máquina! ¡Cuando hicimos un examen de velocidad... desfalleció por completo... empezó a dolerle el estómago y tuvimos que llevarla al lavabo! Después de eso, ya ni volvió. Telefoneamos todos los días a su casa y no obtuvimos respuesta.» (Se levanta y se va a la derecha, centro) Esto sucedió cuando yo trabajaba durante todo el día en ese bazar, supongo, exhibiendo esos... (Hace con las manos una alusión al corpiño) ¡Oh! ¡Me sentí tan débil que no pude mantenerme en pie! (Se sienta en la butaca) ¡Tuve que sentarme mientras me alcanzaban un vaso de agua! (Laura va hacia el fonógrafo) Cincuenta dólares por los cursos. No me importa tanto el dinero, pero todas mis esperanzas de que tuvieras un porvenir se esfumaron... así, como si tal cosa. (Laura le da cuerda al fonógrafo) ¡Oh, no hagas eso¡ ¡No hagas funcionar ese fonógrafo!
LAURA: ¡Oh! (Detiene el aparato, va hacia la mesita de la máquina de escribir y se sienta)
AMANDA: ¿Qué hiciste todos los días en que fingiste ir a la escuela Rubicam?
LAURA: Estuve paseando.
AMANDA: ¡No es cierto!
LAURA: Sí, mamá. Paseando, nada más.
AMANDA: ¿Paseando? ¿Paseando? ¿En invierno? ¿Cortejando deliberadamente a una pulmonía con ese abrigo liviano? ¿A dónde fuiste, Laura?
LAURA: A diversos lugares... Más que nada, al parque.
AMANDA: ¿Aun cuando empezó ese resfriado?
LAURA: Era el menor de los dos males, mamá. Yo no podía volver. ¡Había vomitado en el suelo!
AMANDA: ¿Quieres convencerme de que todos los días, desde las siete y media hasta después de las cinco de la tarde, te paseabas por el parque, porque querías hacerme creer que ibas aún a la Escuela Comercial Rubicam?
LAURA: ¡Oh, mamá! Eso no era tan malo como parece. Yo entraba en algunos edificios a calentarme.
AMANDA: ¿Dónde?
LAURA: En el museo de pintura y en las pajareras del Zoo. ¡Visitaba todos los días a los pingüinos! A veces no almorzaba y me iba al cine. Últimamente, pasé la mayoría de mis tardes en el Alhajero, esa gran casa de cristal donde cultivan flores tropicales.
AMANDA: ¡Hiciste todo eso para engañarme, nada más que para engañarme! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
LAURA: ¡Mamá, cuando estás desilusionada, tu rostro tiene el mismo aire sufriente del retrato de la madre de Jesús en el museo! (Se levanta)
AMANDA: ¡Cállate!
LAURA: (va hacia su zoo) Yo no podía afrontarlo. No podía.
AMANDA: (levantándose) Y bien... ¿Qué haremos ahora, querida, el resto de nuestra vida? ¿Quedarnos sentadas, simplemente mirando pasar el desfile? ¿Divertirnos con el zoo de cristal? ¿Ejecutar eternamente esos discos gastados que tu padre nos dejó como un doloroso recuerdo suyo? (Cierra ruidosamente el fonógrafo) No podemos estudiar una carrera comercial. No, no podemos. Eso sólo nos causa indigestión. ¿Qué nos queda ahora sino depender de otros durante el resto de nuestras vidas? Créeme, Laura: sé perfectamente qué les pasa a las mujeres solteras que no están preparadas para ocupar una posición en la vida. (Va a la izquierda y se sienta sobre el sofá-cama) He visto casos tan lamentables en el Sur... solteronas apenas toleradas que vivían de la caridad de una cuñada... metidas en alguna ratonera... hostigadas por la cuñada para que se fueran a vivir con otra cuñada... como golondrinas... sin nido... ¡comiendo la corteza de la humillación durante toda su vida! ¿Es ése el futuro que nos hemos trazado? Juro que no veo otra alternativa. Y no creo que esa alternativa sea muy agradable. Desde luego... algunas muchachas se casan. ¡Dios mío, Laura! ¿No te ha gustado nunca un joven?
LAURA: Sí, mamá. En cierta ocasión, me gustó uno.
AMANDA: ¿De veras?
LAURA: Hace algún tiempo, encontré su retrato.
AMANDA: ¿También te dio su retrato? (Se levanta y se va hacia la butaca)
LAURA: No, su fotografía figura en el anuario.
AMANDA: (se sienta en la butaca) Ah... Un joven del colegio de secundaria.
LAURA: Sí. Se llamaba Jim. (Arrodillándose en el suelo, saca el anuario de debajo del zoo de cristal) Aquí está, en Los piratas de Penzance.
AMANDA: (distraídamente) ¿En el qué?
LAURA: Me refiero a la opereta que representaron los alumnos del último curso. Él y yo estábamos sentados en las puntas de banco opuestas del pasillo, en el salón de actos. ¡Aquí está, con una copa de plata que le dieron por sus éxitos en las polémicas! ¿Ves su sonrisa?
AMANDA: ¿De modo que también sonreía? (Mira la fotografía del padre, que pende de la pared detrás del fonógrafo2. Le devuelve el anuario)
LAURA: Solía llamarme... Blue Roses.
AMANDA: ¿Blue Roses? ¿Por qué te dio un nombre tan tonto?
LAURA: (arrodillada, todavía) Cuando tuve ese ataque de pleurosis... me preguntó qué me había pasado cuando volví. Le dije que había tenido pleurosis... y él entendió «Blue Roses». De modo que, desde entonces, me llamó así. Siempre que me veía, gritaba: «¡Hola, Blue Roses!» La muchacha con quien salía Jim no me importaba. Emily Meisenbach. ¡Oh, Emily era la muchacha mejor vestida de Soldán! Pero nunca me pareció sincera... En cierta ocasión, leí en un periódico que eran novios. (Pone el anuario sobre un estante del zoo de cristal) Eso sucedió hace mucho tiempo... Es probable que ya se hayan casado.
AMANDA: Está bien, querida, está bien. No importa. Las muchachitas que han nacido para las carreras comerciales suelen terminar casándose con jóvenes muy guapos. ¡Y yo cuidaré que te suceda lo mismo!
LAURA: Pero mamá...
AMANDA: ¿Qué pasa?
LAURA: Soy una... ¡tullida!

En la puesta en escena original, esta fotografía era una cabeza de tamaño natural. Se ilumina de vez en cuando, de acuerdo con las indicaciones. La iluminación puede omitirse, si se desea. En el caso de que se la use, la fotografía debe iluminarse en este momento. (N. del A) 10

AMANDA: ¡No pronuncies esa palabra! (Se levanta y va hacia Laura) ¡Cuántas veces te he dicho que no la pronuncies! No eres una tullida, sólo tienes un leve defecto. (Laura se levanta) Si hubieras vivido en mis tiempos de muchacha, cuando barríamos el suelo con largas y graciosas faldas, eso hasta habría sido una ventaja. Cuando se tiene una ligera dificultad como ésa, basta con desarrollar alguna otra cualidad en su lugar, la seducción... o la vivacidad... ¡o el encanto! (Reflector sobre la fotografía. Se apaga) ¡Eso es lo único que tenía en abundancia tu padre...! ¡Encanto! (Se sienta en el sofá-cama. Laura va hacia la butaca y se sienta. Se apagan las luces en escena)

ESCENA TERCERA
Escenario: El mismo. Las luces vuelven a encenderse, pero sólo en la callejuela de la derecha y sobre la escalera de emergencia: el resto del escenario sigue en la oscuridad. (La mesa de la máquina de escribir y ésta han sido retiradas) Entra Tom, otra vez con su abrigo de marinero y su gorra tejida, por la callejuela de la derecha. Se oye música. Cuando ésta concluye, Tom empieza a hablar.
TOM: (apoyado contra el enrejado de la escalera de emergencia, fumando) Después del fracaso en la Escuela Comercial Rubicam, la idea de encontrar un candidato para mi hermana Laura empezó a desempeñar un papel cada vez más importante en los cálculos de mi madre. Se convirtió en una obsesión. Como un arquetipo del inconsciente universal, la imagen del candidato rondaba nuestro apartamento. Rara vez transcurría una de nuestras veladas sin alguna alusión a aquella imagen, a aquel espectro, a aquella esperanza... Y hasta cuando no lo mencionábamos, su presencia persistía en el aire inquieto de mi madre y en los modales asustados de mi hermana, en su aire de excusa. ¡Persistía, como una sentencia dictada contra los Wingfield! Pero mi madre era una mujer de acción, no sólo de palabra. (Música) Comenzó a dar pasos lógicos en la dirección proyectada. Ya algo más avanzado el invierno y a comienzos de la primavera —comprendiendo que se necesitaba dinero extra para preparar adecuadamente el nido y adornar al pájaro—, inició una vigorosa campaña telefónica, consiguiéndole suscriptoras a una de esas revistas para matronas llamada La Amiga de la Dueña de Casa, que publican en folletín las elucubraciones de las literatas que hablan de delicados senos que parecen copas, de talles delgados y ahusados, de muslos abundantes y de color cremoso, de ojos semejantes al humo de la madera en otoño, de dedos que calman y acarician como suaves, suavísimas melodías, de cuerpos poderosos como estatuas etruscas. (Sale por los bastidores de la derecha. Se apagan las luces en la callejuela de la derecha y se ilumina la cabeza de Amanda, que habla por teléfono en la sala. La música concluye cuando Tom cesa de hablar)
AMANDA: ¿Ida Scott? (Durante esta conversación, Tom entra en el comedor por el foro derecho sin ser visto por el público y sin abrigo ni sombrero. Sobre la mesa, hay una lámpara de leer no encendida. Tom se sienta junto a la mesa del comedor, con ánimo de escribir). Habla Amanda Wingfield. El lunes último la echamos de menos en la DAR. Oh, antes que nada, quisiera saber... ¿Cómo sigue su sinusitis? ¡Usted es simplemente una mártir cristiana! Bueno, acabo de hojear mi libro rojo y he visto que su suscripción al Companion está casi vencida... y precisamente ahora, cuando comienza ese nuevo y maravilloso folletín de Bessie Mae Harper. Es el primero que escribe desde Luna de miel para tres, que fue algo poco común... ¿verdad? Pues éste, Ida, es mejor aún. Se refiere a los caballos mecánicos de Long Island y a una muchacha que se cae del suyo mientras lo hace saltar en las... regatas. Su... su columna vertebral queda... lesionada. La culpa es del caballo... que la pisa. Ahora bien, en el mundo entero sólo hay un cirujano que pueda salvarla de la parálisis total, y es el hombre con quien está comprometida para casarse, y es rubio y guapo. También esto es poco usual... ¿verdad? Oh, su novio no es perfecto. Claro que tiene una debilidad. La debilidad más terrible del mundo. Bebe demasiado. ¿Qué? Oh, no, querida. No deje que se quemen. Vaya a echar una miradita en el horno y seguiré hablando... ¡Oh! ¡Esa mujer! ¿Sabes qué me hizo? ¡Me colgó el teléfono! (Se apagan las luces del comedor y de la sala. Al mismo tiempo, se enciende la lámpara de leer)
LAURA: Oh, mamá, mamá. Tom está tratando de escribir. (Se levanta de la butaca donde se quedó sentada al bajar el telón en la escena anterior y va hacia la cortina que separa el comedor de la sala; descorrida ya)
AMANDA: ¡Oh! ¿De veras? (Deja el teléfono, va al comedor y se acerca a Tom)
TOM: (junto a la mesa) Vamos... ¿Qué estás tramando?
AMANDA: Trato de protegerte la vista. (Está atareada con la lámpara) Sólo tienes un par de ojos y debes cuidarlos. Oh, ya sé que Milton era ciego, pero no fue un genio por eso.
TOM: Mamá... ¿Quieres hacerme el favor de irte y de dejarme terminar de escribir?
AMANDA: (le endereza los hombros) ¿Por qué eres incapaz de sentarte derecho... para que tus hombros no asomen como alas de gorrión?
TOM: Mamá, haz el favor de ocuparte de otra cosa. Estoy tratando de escribir.
AMANDA: (atareada con Tom) Mira, he visto un cuadro anatómico y sé qué efecto causa esa posición sobre tus vísceras. Incorpórate y te lo mostraré. Tu estómago oprime tus pulmones y tus pulmones oprimen tu corazón y ese pobre corazoncito se desalienta porque no le queda sitio para seguir latiendo por ti.
TOM: ¿Qué diablos... (Las cortinas internas que separan la sala del comedor se corren. Las luces del comedor se apagan. Laura se para junto a las cortinas de la sala, escuchando la conversación siguiente entre Tom y Amanda. Estos se quedan en el comedor mientras discuten)
AMANDA: No me hables así...
TOM: (concluyendo su frase anterior) ... se supone que debo hacer?
AMANDA: ¿Qué te pasa? ¿Has perdido el juicio?
TOM: Sí. Me lo has quitado tú.
AMANDA: ¿Qué te sucede en estos últimos tiempos, gran... gran estúpido?
TOM: Mira, mamá... En esta casa, no me queda un solo objeto... un solo objeto que pueda llamar mío.
AMANDA: ¡Baja la voz!
TOM: ¡Ayer secuestraste mis libros! Tuviste el descaro de...
AMANDA: Así es. Le devolví a la biblioteca pública esa horrible novela... y el espantoso libro de ese demente que es el señor Lawrence. No puedo fiscalizar la producción de una mente enferma ni a la gente que proporciona ese material, pero no permitiré en mi casa semejante inmundicia. ¡No, no, no, no, no!
TOM: ¡Casa, casa! ¿Quién paga el alquiler de la casa, quién vive como un esclavo para...?
AMANDA: ¡No te atrevas a hablarme así! (Laura se acerca a la butaca)
TOM: ¡No, yo no debo decir nada! ¡Simplemente, tengo que quedarme callado y dejar que tú te encargues de hablar!
AMANDA: ¡Espera, te diré algo! 12

TOM: No quiero oír más.
AMANDA: Oirás más... (Laura va hacia el fonógrafo)
TOM: (franqueando las cortinas que separan el comedor de la sala. Va al foro, donde, en un lugar oscuro, se supone hay un armario) Bueno, no seguiré escuchando. Me voy. (Toma su abrigo)
AMANDA: (entrando en la sala, se detiene en el centro) Me vas a escuchar, Tom Wingfield. Estoy cansada de tu insolencia. Y, otra cosa... ¡Se me está acabando la paciencia!
TOM: (tomando su abrigo del respaldo de la butaca y yendo hacia Amanda) ¿Y crees que a mí no se me acaba, mamá? ¿Se supone que mi paciencia es infinita? Ya lo sé. Ya lo sé. No te importa mucho lo que estoy haciendo... lo que estoy tratando de hacer... ¡diferenciar ambas cosas! Tú, no lo crees así.
AMANDA: Creo que estás haciendo cosas que te avergüenzan y que por eso obras así. (Tom se acerca al sofá-cama y se sienta) No creo que vayas todas las noches al cine. Nadie va al cine todas las noches. Nadie que esté en su sano juicio va al cine casi a medianoche y la gente no sale de allí a las dos de la mañana. Ni entra en casa tropezando y murmurando como los locos. Duermes tres horas y te vas al trabajo. ¡Oh, me imagino qué haces allí! Dormitas, te pasas las horas en un constante sopor, porque no estás en condiciones de trabajar.
TOM: Es cierto..., es muy, muy cierto. ¡No estoy en condiciones de trabajar!
AMANDA: ¿Cómo te atreves a arriesgar tu empleo? ¿A arriesgar nuestra seguridad? ¿Cómo crees que podemos componérnoslas para...? (Se sienta en la butaca)
TOM: Oye, mamá. ¿Crees que estoy loco por la zapatería? ¿Crees que estoy enamorado de la Continental Shoemakers? ¿Crees que quiero pasarme cincuenta y cinco años de mi vida ahí, en ese interior de celotex... con... tubos fluorescentes! ¡Palabra de honor que preferiría tomar una pistola y saltarme los sesos... antes que volver por las mañanas! ¡Pero voy! ¡Claro, cada día entras gritando ese maldito: «¡Levántate y lúcete! ¡Levántate y lúcete!»! ¡Pienso en cuan dichosos son los muertos! Pero me levanto. (Se levanta del sofá-cama) ¡Voy! ¡Por sesenta y cinco dólares mensuales, renuncio a todo lo que sueño con hacer y ser siempre! Y dices que sólo pienso en eso. ¡Oh, Dios mío! Pero, mamá... Si sólo pensara en mí mismo, estaría donde está él... ¡Me habría marchado! (Va a tomar el abrigo, colgado sobre el respaldo de la butaca) ¡Me habría ido todo lo lejos que me lo permitiera el sistema de transportes! (Amanda se levanta, se le acerca y lo aferra del brazo) ¡Por favor, no me agarres, mamá!
AMANDA: (siguiéndolo) No te agarro. Quiero saber adonde vas ahora.
TOM: (toma el abrigo y se dirige hacia la puerta de la derecha) ¡Voy al cine!
AMANDA: ¡No creo en esa mentira!
TOM: (va hacia Amanda) ¿No? Pues bien: tienes razón. Por una vez en tu vida, tienes razón. No voy al cine. ¡Voy a los fumaderos de opio! Sí, mamá, a los fumaderos de opio, guaridas del vicio y refugio de los criminales. He ingresado en la banda de Hogan. Soy un asesino asalariado. ¡Llevo una pistola ametralladora en un estuche de violín! ¡Poseo una cadena de burdeles en el valle! ¡Me llaman el Asesino, el Asesino Wingfield! En realidad, llevo una doble vida. De día, soy un sencillo y honrado dependiente de zapatería, pero de noche soy un dinámico zar del hampa. ¡Voy a los garitos y derrocho allí una fortuna en la ruleta! Tengo un parche sobre un ojo y un bigote postizo: a veces patillas verdes. En esas ocasiones, me llaman... ¡El Diablo! ¡Oh, podría decirte cosas que te desvelarían! ¡Mis enemigos proyectan dinamitar alguna noche esta vivienda! Y entonces, nos harán volar hasta los cielos. ¡Y cómo me alegraré! ¡Qué feliz me sentiré! Y tú también. Tú volarás muy arriba... cada vez más arriba... ¡por sobre Blue Mountain, cabalgando en una escoba! Con diecisiete candidatos. ¡Vieja bruja charlatana! (Ejecuta una serie de movimientos violentos y torpes, aferrando su abrigo, abalanzándose hacia la puerta de la derecha, tirando con vehemencia de ella. Las mujeres lo contemplan con espanto. El brazo de Tom está atrapado dentro de la manga del abrigo cuando se esfuerza por ponérselo. Por un momento, queda sujeto por la holgada prenda. Con un grito de furor, vuelve a arrancarse el abrigo, rasgando el hombro del mismo y lo tira impetuosamente. El abrigo choca contra el estante de la colección de animalitos de Laura y se oye el tintineo del cristal que se hace añicos. Laura grita como si la hubiesen herido)
LAURA: ¡Mi zoo... de cristal! (Se tapa la cara y les vuelve la espalda)
AMANDA: (con voz terrible): ¡Nunca te volveré a hablar mientras vivas, a menos que me pidas perdón! (Sale por entre las cortinas de la sala. Tom se queda con Laura. La mira absorto y con aire estúpido durante unos instantes. Luego, va hacia el estante donde está el zoo de cristal. Se deja caer torpemente de rodillas, para recoger los fragmentos, mirando a Laura como si quisiera hablar y no pudiese hacerlo. Se apagan las luces)

ESCENA CUARTA
El interior está a oscuras. Débil luz en la callejuela de la derecha. Una campana de grave voz da las cinco en una iglesia al iniciarse la escena. Tom aparece en la callejuela de la derecha. Después de cada una de las solemnes campanadas de la torre, agita una pequeña matraca de juguete, como para expresar el diminuto espasmo del hombre en contraste con el sostenido poder y dignidad del Todopoderoso. Esto y la poca firmeza de su andar, revelan inequívocamente que ha estado bebiendo. Cuando sube por los peldaños que llevan al rellano de la escalera, la luz se insinúa dentro. Laura aparece en camisón, entrando en la sala y contempla la cama vacía (el sofá-cama) de Tom. Tom hurga en sus bolsillos, buscando la llave de la puerta, y saca un heterogéneo conjunto de objetos durante su búsqueda, inclusive una verdadera lluvia de talones de entradas de cinematógrafo y una botella vacía. Finalmente, encuentra la llave, pero cuando se dispone a introducirla en la cerradura se le escurre de entre los dedos. Enciende un fósforo y se inclina junto a la puerta para buscarla.
TOM: (con amargura) Una hendidura... ¡y cae al otro lado! (Laura abre la puerta de la derecha. Los párrafos siguientes se dicen sobre el rellano)
LAURA: Tom, Tom... ¿qué estás haciendo?
TOM: Buscando una llave.
LAURA: ¿Dónde has estado hasta ahora?
TOM: En el cine.
LAURA: ¿Tanto tiempo?
TOM: El programa era muy largo. Figuraba una película de la Garbo y un dibujo animado del Ratón Mickey y un documental de un viaje y un noticiario y una «cola» de publicidad de futuros filmes. ¡Y hubo un solo de órgano y una colecta para el fondo de la copa de leche — simultáneamente— que concluyó en una terrible lucha entre una señora gorda y un acomodador!
LAURA: (ingenuamente) ¿Tuviste que ver todo eso?
TOM: ¡Claro! Y... ¡Oh, me olvidaba! ¡Hubo una gran presentación teatral! El primer actor de aquel espectáculo era Malvolio el Mago. Ejecutó unas maravillosas suertes de prestidigitación, muchas maravillosas suertes, tal como la de trasegar agua ida y vuelta entre cántaros. Primero la convertía en vino y luego en cerveza y finalmente en whisky. Sé que concluyó por transformarla en whisky porque Malvolio necesitó que subiera un espectador a ayudarle y subí yo... ¡en las dos funciones! Se trataba de whisky de centeno Kentucky Straight. Malvolio era muy generoso, regalaba cosas como recuerdos. (Saca del bolsillo trasero del pantalón un tornasolado chal, con los colores del arco iris) Me dio esto. Su chal mágico. Puedes quedarte con él, Laura. Si lo agitas sobre una jaula con canarios, conseguirás una pecera con carpas de un rojo dorado. Agítalo sobre la pecera y saldrán volando canarios... Pero la más maravillosa de las suertes fue el truco del ataúd. Encerramos al mago dentro de un ataúd, clavando la tapa y salió sin sacar un clavo. (Entran) He aquí un truco que me resultaría muy útil... ¡para salir de esa cueva de dos por cuatro! (Se deja caer en el sofá-cama y empieza a quitarse los zapatos)
LAURA: Tom... ¡Cállate!
TOM: ¿Por qué me impones silencio?
LAURA: ¡Despertarás a mamá!
TOM: ¡Vaya! ¡Así le pagaré por todos esos «Levántate y lúcete»! (Se acuesta, gruñendo) Ya sabes que no hace falta mucha inteligencia para meterse en un ataúd de tapa clavada. Pero... ¿quién diablos consiguió salir alguna vez de un ataúd sin quitar un clavo? (Como en respuesta se ilumina la sonriente fotografía del padre de ambos. Laura sale por el foro izquierdo. Las luces se esfuman, salvo el resplandor azul del comedor. Pausa al desaparecer las luces; luego, se oyen seis campanadas. Suena el despertador. Se apagan las luces en el proscenio)

ESCENA QUINTA
El escenario es el mismo. La acción prosigue inmediatamente. La campana de la iglesia da las seis. A la sexta campanada, suena el despertador en la habitación de Amanda, a la derecha del comedor, y a los pocos instantes la oímos llamar «¡Levántate y lúcete! Laura, ve y dile a tu hermano que se levante y se luzca!»
TOM: (sentándose lentamente en el sofá-cama) Me levantaré... pero no me luciré. (La luz se acentúa)
AMANDA: (detrás de la escena) Laura, dile a tu hermano que su café está preparado. (Entra en la sala Laura, vestida de pies a cabeza, con una capa sobre los hombros. Tom está todavía en la cama, cubierto con una frazada, habiéndose quitado solamente los zapatos y la chaqueta)
LAURA: ¡Tom! Son casi las siete. No irrites a mamá. (Tom la mira absorto, estúpidamente. Ella prosigue, con aire suplicante) ¡Tom, háblale a mamá esta mañana! ¡Reconcíliate con ella, discúlpate, habla!
TOM: (poniéndose los zapatos) Mamá no me hablará a mí. Fue ella la primera en no hablar.
LAURA: Si te disculpas, volverá a hablarte.
TOM: ¿Es una tragedia tan grande... el hecho de que no me hable?
LAURA: ¡Por favor... por favor!
AMANDA: (gritando, desde la cocina) Laura... ¿Vas a hacer lo que te he pedido, o tendré que vestirme e ir yo misma?
LAURA: ¡Voy, voy...! ¡Apenas me ponga el abrigo! (Se levanta y va hacia la puerta de la derecha) Manteca... ¿y qué más? (A Amanda) 15
AMANDA: (siempre desde la cocina) Manteca, solamente. Dile que la carguen en cuenta.
LAURA: Mamá... ¡Hacen unas muecas cuando les digo eso!
AMANDA: (desde la cocina) Obras son amores... ¡pero las muecas del señor Garfinkel no nos causarán daño! Dile a tu hermano que se le enfría el café.
LAURA: (junto a la puerta) Haz lo que te he pedido... ¿Lo harás, Tom? ¿Lo harás? (Él rehuye hoscamente su mirada)
AMANDA: ¡Laura, ve de una vez, o no vayas y se acabó!
LAURA: (precipitándose afuera, por la derecha) ¡Voy... voy! (Al cabo de un segundo, profiere una exclamación. Se ha caído de la escalera. Tom se levanta de un salto y va hacia la derecha. Amanda acude corriendo ansiosamente del comedor y deja los platos sobre la mesa. Tom abre la puerta de la derecha)
TOM: ¡Laura!
LAURA: Estoy perfectamente. Me caí, pero estoy bien. (Se va por la callejuela)
AMANDA: (sobre la escalera) Te digo que si alguien se cae y se rompe una pierna sobre los peldaños de la escalera de emergencia, hay que entablar juicio contra el dueño de la casa hasta por el último centavo que... (Ve a Tom) ¿Quién es usted? (Deja el rellano, va al comedor y vuelve con platitos, una tacita de café, crema, etcétera. Los pone sobre la mesita que está a la derecha del sofá-cama. Va hacia la butaca, se sienta. Se oye música. Cuando Tom vuelve a entrar apáticamente para tomar su café, ella le vuelve la espalda, en su butaca. La luz que se proyecta sobre su semblante, con sus envejecidas pero pueriles facciones, es cruelmente severa, satírica como una estampa de Daumier. Tom mira tímidamente pero con aire hosco la figura de su madre y se sienta en el sofá-cama, cerca de la comida. El café está tan caliente que quema: Tom lo sorbe, profiere una exclamación y lo escupe en la taza. Al oírlo, Amanda se queda sin aliento y se vuelve a medias. Entonces, se domina y le da la espalda nuevamente. Tom sopla sobre su café, mirando de soslayo a su madre. Amanda carraspea. Tom alza la taza con ambas manos para soplar sobre el café y contempla a su madre por sobre los bordes durante unos instantes. Luego, deja lentamente la taza y se levanta con aire torpe y vacilante)
TOM: (con voz ronca) Perdóname, mamá. Lamento todo lo que te dije. No hablaba con intención. Te presento mis excusas.
AMANDA: (sollozando) ¡Mi devoción ha hecho de mí una bruja y me ha vuelto aborrecible para mis hijos!
TOM: No, no hay tal cosa.
AMANDA: ¡Me preocupo tanto, no duermo, eso me irrita los nervios!
TOM: (con dulzura) Lo comprendo.
AMANDA: Tú sabes que he debido librar una batalla solitaria en estos años. ¡Pero tú eres mi mano derecha, mi paladín! No me desampares. No me abandones.
TOM: (con dulzura) Lo intentaré, mamá.
AMANDA: (con gran entusiasmo) ¡Eso es! Debes seguir intentándolo y triunfarás. Pero si... ¡si te sobran dones naturales! Les sobran a mis dos hijos... son hijos de mucha valía y tengo muchísimas razones para agradecérselo a Dios. Sólo debes prometerme una cosa. (Cesa la música)
TOM: ¿Cuál mamá?
AMANDA: ¡Prométeme que nunca serás un borracho!
TOM: Te lo prometo, mamá. Nunca seré un borracho. 16

AMANDA: Eso era lo que me asustaba tanto... ¡el que estuvieras bebiendo! Come un plato de purina.
TOM: Sólo tomaré café, mamá.
AMANDA: ¿Un bizcocho de trigo integral?
TOM: No, no, mamá. Sólo café.
AMANDA: No puedes abordar una jornada de trabajo con el estómago vacío. Te quedan diez minutos... ¡No tragues el café de golpe! Bebiendo líquidos demasiado calientes se forma un cáncer en el estómago... Pon crema.
TOM: No, gracias.
AMANDA: Para enfriarlo.
TOM: ¡No! No, gracias. Lo quiero negro.
AMANDA: Lo sé, pero no te hace bien. Tenemos que hacer todo lo posible por tonificarnos. En estos tiempos difíciles en que vivimos, sólo debemos pensar en... aferrarnos los unos a los otros... Por eso es tan importante que... Tom yo... yo alejé a tu hermana para poder hablar de un asunto contigo. Si no me hubieses hablado yo te habría hablado a ti. (Se sienta)
TOM: (con dulzura) ¿De qué quieres hablarme, mamá?
AMANDA: ¡De Laura! (Tom deja lentamente la taza)
TOM: Oh, Laura...
AMANDA: (tocándole la manga) Ya sabes cómo es Laura. Tan callada, pero... ¡cuidado con el agua mansa! Se fija en las cosas y creo que... medita sobre ellas. (Tom alza los ojos) Hace unos días la encontré llorando.
TOM: ¿Cuál era el motivo?
AMANDA: Tú.
TOM: ¿Yo?
AMANDA: Cree que no eres feliz aquí.
TOM: ¿Cómo se le ha ocurrido semejante cosa?
AMANDA: ¿Cómo se le ocurren todas las cosas? De cualquier modo, no cabe duda que obras de una manera extraña. (Tom deja con vehemencia la taza sobre la mesita) Yo... ¡yo no te critico, entiéndelo bien! Sé que tus ambiciones no están en la zapatería, que como toda la gente del mundo... debes hacer... sacrificios... Pero Tom... Tom... la vida no es fácil, exige... ¡una resistencia espartana! ¡Hay tantas cosas en mi corazón que no puedo describirte! Nunca te lo dije, pero... yo amaba a tu padre...
TOM: (con dulzura) Lo sé, mamá.
AMANDA: Y... ¡cuando veo que imitas sus costumbres! Acostándote muy tarde y... ¡bueno, tú habías bebido la noche en que te hallabas en ese... estado horrible! ¡Laura dice que detestas el apartamento y que sales de noche para huir de él! ¿Es cierto eso, Tom?
TOM: No. Tú dices que hay en tu corazón muchas cosas que no podrías explicarme. Lo mismo puede decirse de mí. ¡Hay en mi corazón tantas cosas que no puedo describirte! De modo que respetémonos el uno al otro...
AMANDA: Pero... ¿por qué, por qué estás siempre tan inquieto, Tom? ¿Adonde vas de noche?
TOM: Voy... al cine...
AMANDA: ¿Por qué vas tanto allí, Tom?
TOM: Voy al cine porque... me gusta la aventura. La aventura no abunda donde trabajo, de modo que voy al cine.
AMANDA: Pero Tom... ¡Vas demasiado al cine! 17
TOM: Me gusta ver muchas aventuras. (Amanda parece perpleja, luego herida. Cuando se reanuda el familiar interrogatorio, Tom vuelve a mostrarse duro e impaciente. Amanda retorna a su actitud quejumbrosa)
AMANDA: La mayoría de los jóvenes hallan aventura en sus carreras.
TOM: Pero la mayoría de los jóvenes no están empleados en una zapatería.
AMANDA: El mundo está lleno de jóvenes empleados en zapaterías y oficinas de fábricas.
TOM: ¿Encuentran todos ellos aventura en sus carreras?
AMANDA: ¡Sí! ¡O salen del paso sin ella! No todos tienen esas locas ansias de aventura.
TOM: ¡El hombre es por instinto un amante, un cazador, un luchador y ninguno de esos instintos encuentra mucho campo de acción en la zapatería!
AMANDA: ¡Que lo es por instinto, dices! ¡No me cites el instinto! ¡El instinto es algo que la gente ha abandonado! ¡Pertenece a los animales! ¡Los cristianos adultos no lo necesitan!
TOM: ¿Qué quieren, pues, los cristianos adultos, mamá?
AMANDA: ¡Cosas superiores! ¡Cosas de la mente y del espíritu! ¡Sólo los animales necesitan satisfacer sus instintos! ¡Con toda seguridad tus objetivos son más elevados que los suyos! Que los de los monos... los cerdos...
TOM: Creo que no.
AMANDA: Bromeas. Pero no es de eso de lo que quiero hablarte.
TOM: (levantándose) No me queda mucho tiempo.
AMANDA: (apoyándole las manos sobre los hombros) Siéntate.
TOM: ¿Quieres que llegue tarde al trabajo, mamá?
AMANDA: Te quedan cinco minutos. Quiero hablarte de Laura.
TOM: ¡Perfectamente! ¿Qué pasa con Laura?
AMANDA: Tenemos que trazarnos algunos planes para su futuro. Te lleva dos años y no ha pasado nada. Vive a la deriva, sin hacer nada. Me asusta terriblemente ver cómo vive a la deriva.
TOM: Creo que Laura es una de esas muchachas que la gente llama de su casa.
AMANDA: ¡No hay tales muchachas y, si las hay, es una lástima! ¡Eso, a menos que la casa sea suya, con un marido!
TOM: ¿Qué dices?
AMANDA: (acercándose a la butaca) ¡Oh, veo con tanta claridad la advertencia del destino! ¡Es terrorífica! ¡Me recuerdas cada vez más a tu padre! ¡Volvía a altas horas de la noche, sin darme ninguna explicación! (Se sienta en la butaca) Luego... ¡se fue! ¡Adiós! Y yo, a cargar con todo. Vi la carta que recibiste de la Marina Mercante. Sé con qué estás soñando. No estoy ciega. Muy bien, pues. ¡Hazlo! Pero no antes de que alguien ocupe tu lugar.
TOM: ¿Qué quieres decir?
AMANDA: ¡Quiero decir que, apenas Laura haya encontrado a quien cuide de ella, apenas se haya casado y tenga su hogar independiente, estarás en libertad de irte adonde se te antoje! (Se levanta, se acerca a Tom) ¡Por la tierra, por el mar, adonde te lleve el viento! Pero hasta entonces tienes que cuidar a tu hermana. (Va a la derecha, se ubica detrás de la butaca) ¡No hablo de mí porque soy vieja y carezco de importancia! Lo digo por tu hermana, porque es joven y confiada. La envié a la escuela comercial... ¡y fue un lamentable fracaso! Se asustó tanto que tuvo un vómito. La llevé a la Liga de la Gente Joven, de la iglesia. Otro fracaso. No habló con nadie y nadie habló con ella. (Se sienta en la butaca) Ahora, sólo juega estúpidamente con esos pedazos de vidrio y pone en el fonógrafo esos gastados discos. ¿Qué vida es ésa para una muchacha?
TOM: ¿Qué puedo hacer para remediarla?
AMANDA: ¡Superar tu egoísmo! ¡Yo, yo, yo! ¡Sólo piensas en eso! (Tom se levanta de un salto y va a la derecha, toma su abrigo y se lo pone. Es feo y demasiado grande. Se encasqueta una gorra con orejeras) ¿Dónde está tu bufanda? ¡Ponte tu bufanda de lana! (La arranca con irritación de la clavija, la arroja sobre el cuello de Tom y junta bien ambos extremos) ¡Tom! No te dije lo que me proponía pedirte.
TOM: Estoy demasiado retrasado para...
AMANDA: (asiéndolo del brazo, con insistencia, prosigue tímidamente) ¿No hay en la zapatería algunos... jóvenes que valgan la pena?
TOM: ¡No!
AMANDA: Debe haber... algunos...
TOM: Mamá... (Gesto)
AMANDA: Busca a alguno de vida honesta... que no beba... ¡e invítalo para tu hermana!
TOM: ¿Qué dices?
AMANDA: ¡Para tu hermana! ¡Para que se encuentren y se conozcan!
TOM: (yendo con pesados pasos hacia la puerta de la derecha) ¡Oh, Dios mío!
AMANDA: ¿Lo harás? (Tom abre la puerta. Suplicante) ¿Lo harás? (Él sale) ¿Lo harás? ¿Lo harás, querido? (Tom se va por la callejuela de la derecha. Amanda está en el rellano)
TOM: (sin volverse) ¡Sí!
AMANDA: (vuelve a entrar y va al teléfono) ¿Ella Cartwright? Ella, habla Amanda Wingfield. En primer lugar... ¿Cómo sigue de los riñones? ¡Oh! ¿De veras? ¿Han vuelto a dolerle? Bueno, usted es simplemente una mártir cristiana, una mártir cristiana. He notado en mi libreta de apuntes que su suscripción al Companion acaba de terminar, justamente ahora que empieza el maravilloso folletín de Bessie Mae Harper. El tema son esos caballos mecánicos de Long Island. ¡Oh! ¿De veras? ¿Lo está leyendo? Bueno. ¿Cómo cree que terminará? ¡Oh, no! Bessie Mae Harper nunca la defrauda a una. Oh, naturalmente, una necesita complicaciones. Las complicaciones son indispensables —oh, no se concibe una novela sin ellas— pero Bessie Mae Harper siempre deja una sensación tal de exaltación... ¿Qué pasa, Ella? Su voz está tan rara. Ah... ¡Es porque son las siete de la mañana! ¡Oh, Ella! Olvidé que usted nunca se levanta antes de las nueve. Olvidé que todo el mundo tiene derecho a dormir hasta esa hora. Sólo puedo decir que lo siento... ¿verdad? ¡Ah! ¿Lo hará? ¿Se suscribirá, de todos modos? Bueno, que Dios la bendiga, Ella, que Dios la bendiga, que Dios la bendiga. (Se apagan las luces)

ESCENA SEXTA
Escenario: El mismo. Sólo la callejuela de la derecha está iluminada, con una vaga luz. TOM: (entra por la derecha y se apoya como antes contra el enrejado, con el cigarrillo; viste su abrigo de marinero y su gorra) Del otro lado de la callejuela, estaba el Salón de Baile El Paraíso. Las noches de primavera abrían todas las puertas y ventanas y la música brotaba a la calle. A veces apagaban todas las luces, salvo las de un gran globo de vidrio que pendía del cielo raso. Éste giraba enteramente e insinuaba a través de la oscuridad delicados colores de arco iris. Luego, la orquesta tocaba un vals o un tango, algo de ritmo lento y sensual. Las parejas salían del salón; iban a la relativa intimidad de la callejuela. Uno podía verlas besándose detrás de los tachos de desperdicios y los postes telefónicos. Aquélla era la compensación por unas vidas que transcurrían como la mía, sin cambio ni aventura. Pero los cambios y las aventuras eran inminentes, ese año. Esperaban a la vuelta de la esquina a esos chiquilines bailarines. Se cernían en la niebla sobre Berchtesgaden, quedaban atrapados en los pliegues del paraguas de Chamberlain... ¡En España estaba Guernica! Aquí, sólo había frenética música de jazz y licor y salones de baile y bares y películas, y el sexo suspendido en la sombra como un candelabro y que anegaba al mundo con breves y engañosos arco iris... Mientras tanto, aquellos confiados chiquillos bailaban al compás de «Querido, en espera el amanecer». En realidad, el mundo esperaba los bombardeos. (Oscuridad en el comedor: leve resplandor. Se ve allí a Amanda)
AMANDA: ¿Dónde estás, Tom?
TOM: (en la misma postura) Salí a fumar. (Entra entre bastidores, donde vuelve a cambiar de chaqueta y deja su sombrero)
AMANDA: (Tom entra y se queda parado en el rellano, fumando. Le abre la puerta a su madre, que se sienta sobre una banqueta del rellano): Oh, fumas demasiado. Un paquete diario, a razón de quince centavos el paquete. ¿Cuánto resulta eso por mes? ¿O sea, treinta veces quince? No será mucho. De todos modos, bastaría para ayudarte a seguir un curso de contabilidad en la universidad de Washington. ¿No te parece que eso sería hermoso?
TOM: Prefiero fumar.
AMANDA: ¡Lo sé! Esa es tu tragedia. Ese rellano es un pobre sucesor del porche que teníamos. ¿Qué miras?
TOM: La luna.
AMANDA: ¿Hay luna esta noche?
TOM: Está subiendo sobre el edificio de Garfinkel's Delikatessen.
AMANDA: ¡Ah! ¡Es cierto! Una luna que parece una pequeña chinela de plata. ¿Has pedido un deseo?
TOM: Hum...
AMANDA: ¿Qué deseaste?
TOM: Eso es un secreto.
AMANDA: Perfectamente, yo tampoco te revelaré mi deseo. También yo sé guardar un secreto. Puedo ser tan misteriosa como tú.
TOM: Apuesto a que adivinaré qué deseaste.
AMANDA: ¡Qué! ¿Acaso es transparente mi cabeza?
TOM: No eres una esfinge.
AMANDA: No, no tengo secretos. Te diré lo que he deseado al mirar la luna. El éxito y la felicidad para mis encantadores hijos. Lo deseo siempre que hay luna, y también cuando no la hay.
TOM: Creí que deseabas un candidato.
AMANDA: ¿Por qué dices eso?
TOM: ¿No lo recuerdas? Me pediste que te trajese uno.
AMANDA: Recuerdo haberte insinuado que tu hermana saldría ganando si trajeras a un meritorio joven del negocio. Creo que te lo insinué más de una vez.
TOM: Sí, repetidas veces.
AMANDA: ¿Y bien?
TOM: Vendrá uno.
AMANDA: ¿Qué?
TOM: ¡Un candidato!
AMANDA: ¿Quieres decirme que has invitado a venir a un meritorio joven del negocio?
TOM: Lo he invitado a cenar.
AMANDA: ¿De veras?
TOM: Sí.
AMANDA: ¿Y... aceptó?
TOM: ¡Sí!
AMANDA: ¿Sí?
TOM: ¡Sí!
AMANDA: ¡Bueno! ¿Verdad que es maravilloso?
TOM: Me imaginé que eso te agradaría.
AMANDA: ¿De modo que es una cosa concreta?
TOM: Oh, muy concreta.
AMANDA: ¿Cuándo vendrá?
TOM: Muy pronto.
AMANDA: ¿Cuándo?
TOM: Prontísimo.
AMANDA: Pero... ¿cuándo?
TOM: Muy, muy pronto.
AMANDA: Cada vez que quiero saber algo, hablas así.
TOM: ¿Qué quieres saber?
AMANDA: Adivina. Vamos, adivina.
TOM: Perfectamente. Adivinaré. Quieres saber cuándo vendrá el candidato. Vendrá mañana.
AMANDA: ¿Mañana? ¡Oh, no! No puedo salir del paso si es mañana. No puedo salir del paso si es mañana.
TOM: ¿Por qué?
AMANDA: No me da tiempo.
TOM: ¿Tiempo para qué?
AMANDA: Para los preparativos. ¡Oh, debiste telefonearme apenas lo invitaste... apenas aceptó!
TOM: No tienes por qué hacer tanto alboroto.
AMANDA: ¡Claro que debo hacerlo! No puedo recibir a un hombre en una casa tan sucia. Hay que ponerla en condiciones. Tengo que pensar rápidamente en la noche de mañana.
TOM: No veo por qué tienes que molestarte en pensar.
AMANDA: Dices eso porque no sabes. (Entra en la sala, va hacia el centro. Se apagan las luces de la sala) No sabes. Eso es todo. ¡No podemos permitir que un candidato matrimonial venga a una pocilga! Veamos. ¡Oh, me han quedado esas tres piezas de plata de mi boda! Las lustraré. ¿Cómo estará ese viejo mantel de encaje después de tantos años? ¡Quién sabe! No podemos lucir buena ropa. No la tenemos. No tenemos nada que ponernos. Nada. (Va hacia la derecha)
TOM: ¡Mamá! Ese joven no justifica tantas alharacas.
AMANDA: (yendo al centro) ¡No sé cómo puedes decir eso cuando es el primer candidato de tu hermanita! ¡Es muy penoso que esa muchacha nunca haya tenido un solo pretendiente! ¡Entra! ¡Entra!
TOM: ¿Para qué?
AMANDA: Quiero preguntarte unas cuantas cosas. 21

TOM: (desde el umbral de la puerta de la derecha) Si vas a hacer tanto alboroto, cancelo la invitación. Le telefonearé a ese joven que no venga.
AMANDA: ¡No! ¡Ni sueñes con hacerlo! La gente detesta los compromisos cancelados. No tiene donde ir. Entra. Entra. ¿Entrarás cuando te lo pido? Siéntate. (Tom lo hace en la butaca de la derecha) ¡Oye! ¿Qué haré con esto? (Mira el sofá-cama) ¿Viste alguna vez algo de aspecto tan triste? Ah, ya sé... Compraré un retazo de cretona clara. Eso no costará mucho. Y un velador de pie por mensualidades. ¡Así, podré liquidar esa lámpara! También puedo ponerle una funda clara a la silla. Ojalá tuviese tiempo de empapelar el apartamento. ¿Cómo se llama?
TOM: O'Connor.
AMANDA: O'Connor... Es irlandés y mañana es viernes... lo cual significa que debo preparar pescado. Perfectamente. Haré salmón y lo aderezaré con un poco de mayonesa. ¿Dónde lo conociste? (Se sienta en el sofá-cama)
TOM: En la zapatería, naturalmente. ¿Dónde querías que lo conociera?
AMANDA: Pues no sé. ¿Bebe?
TOM: ¿Por qué me lo preguntas?
AMANDA: Porque tu padre bebía.
TOM: ¡Vamos, no empecemos con eso!
AMANDA: De modo que bebe.
TOM: No, que yo sepa.
AMANDA: Tienes que averiguarlo. Si hay algo que no quiero para mi hija, es un hombre que beba.
TOM: ¿No te parece que te adelantas un poco? Después de todo, el señor O'Connor no ha aparecido en escena aún.
AMANDA: Pero aparecerá mañana. Para conocer a tu hermana. ¿Y qué sé yo sobre su carácter? (Se levanta y va hacia Tom, que está aún en su butaca, y le alisa el cabello)
TOM: (resignándose a esto, con aire ceñudo) Veamos... ¿Qué estás tramando?
AMANDA: Siempre odié ese mechón. Nunca pude comprender por qué no se asentaba.
TOM: Mamá, quiero decirte algo y te hablaré con toda sinceridad, con el corazón en la mano. ¡Hay muchos jóvenes que conocen muchachas con quienes no se casan!
AMANDA: Bien sabes que siempre me inquietó el hecho de que no pudieras atenerte a un tema. (Va hacia el sofá-cama) Lo que quiero saber es cuál es su empleo en la zapatería.
TOM: Es expedidor.
AMANDA: ¡Oh! ¡Expedidor! Eso es bastante importante. Lo mismo habrías podido ser tú, con más iniciativa y bríos. ¿Cuánto gana? (Se sienta sobre el sofá-cama)
TOM: No lo sé con certeza. Creo que su sueldo es de unos ochenta y cinco dólares mensuales.
AMANDA: ¿Ochenta y cinco dólares? Pues no es un sueldo principesco.
TOM: Son veinte más de lo que gano yo.
AMANDA: Lo sé. ¡Oh, vaya si lo sé! ¡Qué bien lo sé! Ochenta y cinco dólares mensuales. No. Es inaceptable. Un hombre de familia nunca podría salir de apuros con ochenta y cinco dólares mensuales.
TOM: Mamá, el señor O'Connor no es hombre de familia.
AMANDA: Pero podría serlo algún día... ¿verdad?
TOM: Ah, ya comprendo... Tus planes. 22

AMANDA: Eres el único joven de los que conozco que ignora que el futuro se convierte en el presente, el presente en el pasado y el pasado es un remordimiento eterno si uno no hace planes con antelación.
TOM: ¡Meditaré sobre eso y veré si logro entender algo!
AMANDA: ¡Déjate de desplantes con tu madre! ¡Háblame más de eso! ¿Cómo lo llamas? Señor O'Connor, señor O'Connor. Debe tener algún otro nombre además de señor...
TOM: Su nombre completo es Jim D. O'Connor. La D. es la inicial de Delaney.
AMANDA: ¿Delaney? ¿Irlandés por donde lo busquen y no bebe?
TOM: (se levanta) ¿Lo llamo por teléfono y se lo pregunto? (Va hacia el aparato)
AMANDA; (yendo hacia el teléfono) ¡No!
TOM: Lo llamaré y le diré que quieres saber si bebe. (Descuelga el auricular)
AMANDA: (arrebatándole el receptor) No, no puedes hacer eso. Debes ser discreto sobre ese tema. Cuando yo era muchacha, en Blue Mountain (Tom se sienta sobre el sofá-cama), si se sospechaba que un joven bebía y estaba festejando a una muchacha... si festejaba a una muchacha, ésta iba a ver al sacerdote de su parroquia y le preguntaba por su carácter... o si su padre vivía aún, su deber era ir a ver al sacerdote de la parroquia para preguntarle por su carácter. Y así, se impedía que las muchachas de Blue Mountain cometieran errores trágicos. (Se apaga la luz de la fotografía)
TOM: ¿Cómo lo cometiste tú?
AMANDA: Oh, no sé cómo se las componía tu padre, pero aquella cara engañaba a todo el mundo. Le bastaba con sonreír y la gente quedaba hechizada. (Va hacia la butaca) No conozco nada más trágico que una muchacha que se deja seducir por una hermosa apariencia y confío en que el señor O'Connor no será demasiado guapo.
TOM: En realidad, no lo es. Tiene pecas y una gran nariz.
AMANDA: ¿No es francamente feo?
TOM: No, yo no diría que francamente... feo. Feo a medias, más bien.
AMANDA: De todos modos, si una muchacha tiene buen sentido, debe buscar carácter en un hombre.
TOM: Eso es lo que he dicho siempre, mamá.
AMANDA: Lo has dicho siempre... ¡lo has dicho siempre! ¿Cómo pudiste decirlo siempre si ni siquiera pensaste nunca en eso?
TOM: Vamos, no desconfíes de mí.
AMANDA: Sí que desconfío. Desconfío de todas las palabras que brotan de tu boca cuando me hablas, pero quiero saber más cosas sobre ese joven. ¿Es emprendedor?
TOM: Sí. Realmente, creo que es partidario de que cada uno mejore su situación.
AMANDA: ¿Por qué opinas eso?
TOM: Va a la escuela nocturna.
AMANDA: ¿Y qué hace ahí?
TOM: Estudia técnica radiotelefónica y oratoria.
AMANDA: ¡Oh! ¡Oratoria! Oh... Eso revela... revela que se propone llegar a ser director de alguna empresa... Bueno, todos esos hechos son muy ilustrativos. Son hechos que toda madre debiera saber sobre todo joven que visite a su hija, con intenciones serias o no.
TOM: Sólo una pequeña advertencia, mamá. No le he dicho nada a O'Connor sobre Laura. No le he insinuado que tengamos sombrías intenciones ulteriores. Sólo le 23
dije: «¿Por qué no te vienes a cenar a casa alguna vez?» Y él me respondió: «Bueno.» Y ésta fue toda la conversación.
AMANDA: Apostaría a que sí. Te aseguro que sueles ser elocuente como una ostra. Sin embargo, cuando él vea lo linda y dulce que es esa niña, se alegrará mucho, muchísimo de que lo hayan invitado a cenar aquí. (Se sienta en la butaca) 
TOM: Mamá, una sola cosa. No esperarás demasiado de Laura... ¿verdad?
AMANDA: No sé qué quieres decir. (Tom se le acerca lentamente. Se queda un momento mirándola y luego..)
TOM: Bueno, Laura nos parece dotada de todas esas virtudes porque es nuestra y la queremos. Ni siquiera adviertes ya que está tullida.
AMANDA: No uses esa palabra.
TOM: Mamá, hay que afrontar los hechos: lo es, y eso no es todo.
AMANDA: ¿Qué quieres decir con eso de «eso no es todo»? (Tom se arrodilla a su lado)
TOM: Mamá... Tú sabes que Laura es muy distinta de las demás muchachas.
AMANDA: Sí, lo sé, y creo que con ventaja para ella.
TOM: No del todo... a los ojos de los demás... de los extraños. Es espantosamente tímida. Vive en un mundo propio y por eso la gente la considera algo rara.
AMANDA: No uses la palabra «rara».
TOM: Tienes que afrontar los hechos. Lo es.
AMANDA: No sé en qué sentido.
TOM: (después de una pequeña pausa) Mamá, Laura vive en un mundo de animalitos de cristal. Pone en el fonógrafo viejos discos... y... eso es todo, poco más o menos. (Se levanta lentamente, sale en silencio por la puerta de la derecha, dejándola abierta, y se va despaciosamente callejuela arriba. Amanda se levanta, va hacia el rellano y mira la luna)
AMANDA: ¡Laura! ¡Laura!
LAURA: (dulce, desde la cocina) Sí, mamá.
AMANDA: ¡Deja esos platos y ven aquí! (Laura acude con el repasador entre las manos. Alegremente) ¡Laura, ven y piensa un deseo, mirando la luna!
LAURA: (baja al rellano) ¿La luna?... ¿La luna?
AMANDA: Una luna que parece una pequeña chinela de plata. ¡Mira por sobre tu hombro izquierdo, Laura, y piensa un deseo! (Laura parece algo perpleja, como si la hubieran despertado repentinamente. Amanda la aferra de los hombros y la obliga a volverse en ángulo sobre el rellano) ¡Vamos! ¡ Vamos, querida, piensa en un deseo!
LAURA: ¿Qué puedo desear, mamá?
AMANDA: (con voz trémula, mientras sus ojos se llenan repentinamente de lágrimas) ¡La dicha! ¡La buena suerte! (Se apagan las luces en el escenario)
TELÓN

ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
Escenario: El mismo.
Las cortinas interiores que separan el comedor de la sala están corridas. Ambas habitaciones se encuentran en la oscuridad, como al empezar la comedia. Tom luce el mismo abrigo y la misma gorra.
TOM: (aparece inclinado contra el enrejado de la escalera, como antes, y fumando): Y así fue como traje a cenar a Jim, la noche siguiente. Yo lo había conocido un poco en el colegio de secundaria. En el colegio, Jim había sido un héroe. Tenía una enorme bonhomía y vitalidad irlandesas, con el aire lustroso y pulido de la porcelana blanca. Parecía moverse incesantemente bajo un haz de luz que lo destacaba. Era un astro del baloncesto, capitán del club de polémicas, presidente del curso de los bachilleres y del orfeón, y cantaba el papel del protagonista en la ópera ligera anual. Constantemente corría o saltaba, nunca se limitaba a caminar. Parecía pronto siempre a derrotar la ley de la gravedad. Cruzó por su adolescencia con una velocidad tan meteórica que podía esperarse lógicamente que a los treinta años sólo se conformaría con la Casa Blanca. Pero, al parecer, tuvo más tropiezos al salir del colegio, porque su velocidad había disminuido a ojos vistas. Por eso, en esa época de nuestras vidas, su empleo no era mucho mejor que el mío. Era el único compañero de trabajo con quien yo estaba en términos cordiales. Yo le resultaba valioso porque recordaba sus pasadas glorias, porque le había visto ganar partidos de baloncesto y la copa de plata en las polémicas. Jim conocía mi secreto hábito de recluirme en un retrete del lavabo para trabajar en mis poemas cuando aflojaba el trabajo en el negocio. Me llamaba Shakespeare. Y mientras los demás compañeros me miraban con desconfiada hostilidad, Jim se mostraba jovial conmigo. Poco a poco, su actitud empezó a influir sobre los demás y la hostilidad de éstos se esfumó. Y por eso, después de algún tiempo, empezaron a sonreírme también, como le sonríe la gente a un perro de tipo extraño que se les cruza en el camino a lo lejos. Yo sabía que Jim y Laura se habían conocido en el colegio porque mi hermana hablaba con admiración de la voz de Jim. No sabía si Jim la recordaría o no. Porque en el colegio de secundaria Laura había sido tan recatada como Jim sorprendente. Y, si recordaba a Laura, Jim no la recordaba al menos como a mi hermana, porque cuando lo invité a cenar, me sonrió y dijo: «¿Sabes una cosa, Shakespeare? Es curioso, pero... ¡nunca creí que tuvieras parientes!» (Tom sale por la derecha. Las luces de la sala se encienden: Amanda está sentada sobre la mesita, a la derecha del sofá-cama, cosiendo el dobladillo del vestido de Laura. La muchacha está de pie frente a la puerta de la derecha. Amanda ha trabajado como una negra a fin de prepararlo todo para el candidato. Los resultados son sorprendentes. La nueva lámpara de pie con su pantalla de seda rosa está en su lugar, a la derecha de la sala, cerca de la pared, una pantalla de papel de color disimula el portalámparas roto que pende del cielo raso; las sillas y el sofá lucen fundas de percal, y han aparecido por primera vez un par de almohadones nuevos. Laura está parada en el centro de la habitación con los brazos levantados, mientras Amanda está agachada, ajustando el dobladillo del nuevo vestido, devota ritualista. El vestido es coloreado y diseñado por el recuerdo. El peinado de Laura ha cambiado: es más suave y le sienta mejor. En Laura ha brotado una belleza frágil y que no parece de este mundo: se diría una pieza de transparente cristal tocada por la luz, que emite una momentánea irradiación, irreal, no duradera. Amanda, sentada aún, cose el vestido de Laura. La joven está de pie frente a ella)
AMANDA: ¿Por qué tiemblas así, Laura?
LAURA: ¡Me has excitado tanto los nervios, mamá!
AMANDA: ¿Por qué te he excitado los nervios?
LAURA: ¡Con todo este alboroto! Le das a esto una apariencia tan importante...
AMANDA: No te entiendo muy bien, querida. Cada vez que trato de hacer algo por ti, algo un poco distinto, pareces oponerte obstinadamente. Vamos, mírate. (Laura se dirige hacia la puerta de la derecha) ¡No, espera! Espera un momento, nada más... He olvidado algo. (Toma del sofá-cama dos postizos para rellenar el busto)
LAURA: ¿Qué es eso?
AMANDA: Un par de mejoras. (Atareada con los postizos) Cuando yo era muchacha, teníamos unos objetos redondos de encaje como éstos y los llamábamos «alegres engañadores».
LAURA: ¡Yo no los usaré!
AMANDA: Claro que los usarás.
LAURA: ¿Por qué habría de usarlos?
AMANDA: Bueno, querida. Para serte franca, eres un poco lisa de pecho.
LAURA: Parecería que le estamos preparando una trampa.
AMANDA: Así es. Todas las muchachas lindas son una trampa y los hombres esperan que lo sean. Ahora, mírate en ese espejo. (Laura va a la derecha y se mira en el espejo, invisible para el público, que está en la oscuridad a la derecha de la puerta) ¿Ves? Simplemente, pareces un ángel de tarjeta postal. ¿Verdad que es hermoso? Ahora, basta con que esperes. Voy a vestirme yo. Te asombrará el aspecto de tu madre. (Amanda va al comedor. Laura se mira en el espejo, se quita los «alegres engañadores», los oculta debajo del colchón del sofá-cama. Se sienta sobre la mesita a la derecha del sofá por unos instantes y escucha una música bailable, lejana, hasta la entrada de Amanda)
AMANDA: (hacia la escena) Encontré un vestido viejo en el baúl. Pero... ¿sabes una cosa? Tuve que hacerle muchas reformas, aunque me dolió el corazón cuando hubo que soltarle las costuras. Vamos, Laura, mira a tu madre. ¡Oh! ¡Ven a mirarme ahora! (Entra en el comedor por la izquierda, y va al centro de la sala)
LAURA: (vuelve a entrar, viene del rellano. Se sienta sobre el brazo de la butaca) ¡Oh, mamá! ¡Qué lindo! (Amanda se ha puesto un vestido de muchacha. Trae un ramillete de junquillos)
AMANDA: (mostrando las flores) Así era antaño este vestido. Así era. Lucía un montón de flores, pero se ajaron mucho y tuve que quitárselas. Yo encabezaba el cotillón con él hace años. Gané dos veces el premio de cakewalk en Sunset Hill. Y lo lucí también en el baile del gobernador, en Jackson. Es una lástima que no hayas visto entonces a tu madre. Y que no la vieras desplazarse con leves pasitos por el salón de baile... (Dando unas vueltas) ... así. Me había puesto este vestido el día en que conocí a tu padre. También tuve la malaria. El cambio de clima, del EastTennesse al delta... debilitó mi resistencia. No lo suficiente para que resultara peligroso, pero sí para que me sintiera inquieta y mareada. Oh, aquello era hermoso. Las invitaciones me llovían de todas partes. Mi madre me dijo: «No puedes ir a ninguna parte porque tienes la fiebre. Debes quedarte en cama.» Dije que no me quedaría y tomé quinina y seguí yendo a todas partes. Todas las noches había bailes y de tarde largos paseos en coche por el campo y picnics. Esos lugares... Esos lugares... Son tan bellos... tan bellos en mayo, cubiertos de cornejos y simplemente inundados de junquillos. Mi madre me decía: «No debes traer más junquillos a casa.» Yo le contestaba: «Los traeré.» Y los seguía trayendo, de todos modos. Cuando los veía en alguna parte, decía: «Esperen un momento, veo junquillos.» Y les pedía a mis pretendientes que se apearan del coche y me trajeran algunos. Para serte franca, Laura, hasta me hicieron bromas con aquello. «Cuidado —decían— ahí viene esa muchacha y tendremos que pasarnos la tarde juntando junquillos.» Mi madre me dijo: «No puedes traer más junquillos a casa, ya no hay jarrones donde ponerlos.» «Así es —dije—; me los sujetaré sobre el vestido.» La malaria, tu padre y los junquillos. (Amanda pone los junquillos sobre el regazo de Laura y sale al rellano. Se oye tronar) Confío en que llegarán antes de que empiece a llover. Le di a tu hermano un poco de dinero extra para que viniera en taxi con el señor O'Connor. (Laura deja las flores sobre la butaca y va hacia la puerta de la derecha)
LAURA: ¡Mamá!
AMANDA: ¿Qué pasa, ahora? (Vuelve a entrar)
LAURA: ¿Cómo se llama, dijiste?
AMANDA: O'Connor. ¿Por qué?
LAURA: ¿Cuál es su nombre de pila?
AMANDA: (va hacia la butaca): No lo recuerdo... Ah, sí, sí, que recuerdo. Se llama... Jim. (Toma las flores)
LAURA: ¡Oh, mamá! ¡No será Jim O'Connor!
AMANDA: ¡Sí, eso es! ¡Se llama Jim! Nunca conocí a un Jim que fuese gentil. (Va a poner las flores en un jarrón)
LAURA: ¿Estás segura de que se llama Jim O'Connor?
AMANDA: Claro que sí. ¿Por qué?
LAURA: ¿Es el que conoció Tom en el colegio de secundaria?
AMANDA: No me lo dijo. Creo que sólo lo conoció (se sienta sobre el sofácama) en la zapatería.
LAURA: Hubo un Jim O'Connor a quien ambos conocimos en el colegio. Si es ése el que trae Tom a cenar... ¡Oh, mamá! Entonces, tendrás que disculparme... ¡No vendré a la mesa!
AMANDA: ¿Qué significa esto ahora? ¿Qué tonterías me estás diciendo?
LAURA: En cierta ocasión, me preguntaste si alguna vez me había gustado un joven. ¿No recuerdas que te mostré la fotografía de ese joven?
AMANDA: ¿Te refieres al del anuario?
LAURA: Sí, a ése.
AMANDA: Laura, Laura... ¿Estabas enamorada de él?
LAURA: (va hacia la butaca) No lo sé, mamá. Sólo sé que no podré sentarme a la mesa si se trata de él.
AMANDA: (se levanta, va a la izquierda y arregla algo junto al sofá-cama) ¡No debe de ser él! Es muy improbable. Pero ya sea que se trate de él o no, vendrás a la mesa... No podremos excusarte.
LAURA: Tendrán que excusarme, mamá.
AMANDA: No tengo intenciones de contemporizar con tu estupidez, Laura. Ya te he aguantado muchas cosas a ti y otras tantas a tu hermano. De modo que siéntate y sosiégate hasta que venga. Tom ha olvidado la llave, y tendrás que abrirles la puerta cuando lleguen.
LAURA: ¡Oh, mamá!... ¡Ábreles tú! (Se sienta en la silla de la derecha)
AMANDA: ¿Cómo he de hacerlo si ni siquiera he terminado la mayonesa para el salmón?
LAURA: Oh, mamá... ¡Haz el favor de atender la puerta, no me obligues a hacerlo! (Se oye un trueno)
AMANDA: ¡Querida, sé razonable! ¿A qué vienen tantas alharacas por... simplemente, por un candidato matrimonial... eso es, nada más que un candidato? (Sale por entre las cortinas de la sala. Tom y Jim entran en la callejuela de la derecha, suben al rellano y esperan junto a la puerta, cerrada. Al oír que se acercan, Laura aguarda con aire de pánico. Se retira hacia las cortinas. Suena el timbre de la puerta. Laura se queda sin aliento y se toca la garganta. Otro trueno)
AMANDA: (detrás del escenario) ¡Laura, querida, la puerta!
LAURA: ¡Mamá, por favor, ve tú! (Hace gestos de ir hacia la puerta de la derecha; luego, vuelve)
AMANDA: (detrás de la escena, con furioso murmullo) ¿Qué te pasa, tonta? (Entra y se detiene)
LAURA: Por favor, ábreles tú.
AMANDA: ¿Por qué has elegido este momento para perder la cabeza? Ve a abrir esa puerta.
LAURA: No puedo.
AMANDA: ¿Por qué no puedes?
LAURA: Porque tengo náuseas. (Va hacia el sofá-cama y se sienta)
AMANDA: ¡Tienes náuseas! ¿Las tengo yo? Tú y tu hermano me desconcertáis espantosamente. Nunca obráis como seres normales. ¿Me darás una buena razón para explicarme tu temor a abrir una puerta? Ve a esa puerta. ¡Laura Wingfield, ve derechita a esa puerta!
LAURA: (va hacia la puerta de la derecha) Sí, mamá.
AMANDA: (la detiene) Tengo que infundirte valor para la vida, querida. (Se va a la cocina. Laura abre. Entran Tom y Jim. Laura se queda oculta en el vestíbulo, detrás de la puerta)
TOM: Laura (Laura se acerca) Te presento a Jim. Jim, mi hermana Laura.
JIM: ¡Yo no sabía que Shakespeare tuviera una hermana! Mucho gusto, Laura.
LAURA: (retrocediendo, envarada y trémula. Le estrecha la mano) ¿Cómo... cómo está usted?
JIM: ¡Perfectamente! ¡Su mano está fría, Laura! (Tom pone los sombreros sobre la mesita del teléfono)
LAURA: Sí... Bueno, el caso es que estuve manejando el fonógrafo...
JIM: Debe de haber estado poniendo discos clásicos. Le convendría poner un poco de Jazz hott para entrar en calor. (Laura se acerca al fonógrafo. Tom va hacia ella. Laura hace funcionar otra melodía popular de mil novecientos veintitantos, mira a Jim y saliendo por entre los cortinajes de la sala, se va por la izquierda)
JIM: ¿Qué pasa?
TOM: Oh... ¿Lo dices por Laura? Laura es... es espantosamente tímida. (Se sienta en el sofá-cama)
JIM: (yendo al centro de la habitación): Conque tímida... ¿eh? ¿Sabes que es algo insólito encontrar hoy a una muchacha tímida? Si mal no recuerdo, nunca me dijiste que tenías una hermana.
TOM: Pues ya lo sabes. ¿Quieres unas páginas del periódico?
JIM: (acercándose) Bueno.
TOM: ¿Las historietas?
JIM: ¿Las historietas? ¡Los deportes! (Toma el periódico y se sienta en una silla) Veo que Dizzy Dean se está portando mal. 
TOM: (va hacia la puerta de la derecha y sale): ¿De veras?
JIM: Sí. ¿Adonde vas? (En ese momento, Tom llega a los peldaños de la derecha del rellano)
TOM: (desde el rellano) A la terraza, a fumar.
JIM: (se levanta, dejando el periódico sobre la butaca y va al fonógrafo para apagarlo. Sale al rellano) ¿Sabes una cosa, Shakespeare? ¡Voy a contarte un montón de cosas!
TOM: ¿Qué cosas?
JIM: Estoy siguiendo un curso.
TOM: ¿Qué curso?
JIM: ¡Un curso de oratoria! Tú y yo no hemos nacido para empleados de zapatería... ¿sabes?
TOM: Gracias. Me das una buena noticia. ¿Qué tiene que ver con eso la oratoria?
JIM: Lo capacita a uno para... ¡cargos directivos!
TOM: ¡Ah!
JIM: Te aseguro que me ha hecho mucho bien.
TOM: ¿En qué sentido?
JIM: En todos los sentidos. Pregúntate a ti mismo ¿qué diferencia hay entre nosotros y los demás muchachos de la oficina? ¿El cerebro? ¡No! ¿La capacidad? ¡No! Entonces... ¿qué? En el fondo, sólo se trata de una cosa...
TOM: ¿Qué cosa es ésa?
JIM: ¡Una conducta firme en sociedad! ¡La capacidad de ajustar cuentas con cualquiera y de hacerse respetar en cualquier plano social!
AMANDA: (detrás de la escena) ¡Tom!
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: ¿Estás ahí con el señor O'Connor?
TOM: Sí, mamá.
AMANDA: Pónganse cómodos.
TOM: Así lo haremos.
AMANDA: Pregúntale al señor O'Connor si quiere lavarse las manos.
JIM: No, señora. Gracias. Ya me acordé de hacerlo en el negocio. Tom...
TOM: ¿Qué?
JIM: El señor Mendoza me habló de ti.
TOM: ¿Favorablemente?
JIM: Adivínalo...
TOM: Te diré...
JIM: Te quedarás sin empleo si no te despiertas.
TOM: Me estoy despertando...
JIM: Sí, pero no se nota.
TOM: Las señales son internas. Me dispongo a cambiar. Precisamente, voy a consagrarme a un futuro en que no figura la zapatería del señor Mendoza, y ni siquiera el curso de oratoria de una escuela nocturna.
JIM: Vamos... ¿Qué tonterías estás diciendo?
TOM: Estoy cansado de las películas.
JIM: ¡De las películas!
TOM: ¡Sí, de las películas! Míralas. (Agita las manos) ¡Mira a todos esos héroes seductores... que tienen aventuras... que lo ensucian todo... que lo estropean todo con su voracidad! ¿Sabes qué pasa? La gente va al cine a ver acción, pero no actúa. ¡Se supone que los personajes de Hollywood viven las aventuras que les corresponderían a todos los habitantes de los Estados Unidos, mientras que éstos se hallan sentados en un salón oscuro y los miran en plena aventura! Sí, a menos que haya guerra. ¡Entonces, sí que la aventura queda al alcance de las masas!¡Todos comerán de este plato, no sólo Clark Gable! Y la gente de la sala oscura sale de allí para vivir algunas aventuras por su cuenta... ¡Bueno, bueno! ¡Entonces nos toca el turno de ir a las islas del Mar del Sur... de hacer un safari... de ser exóticos, lejanos...! Pero yo no soy paciente. No quiero esperar hasta entonces. ¡Estoy cansado del cine y me dispongo a irme!
JIM: (incrédulo) ¿A irte?
TOM: Sí.
JIM: ¿Cuándo?
TOM: ¡Pronto!
JIM: ¿Adonde? ¿Adonde?
TOM: Estoy empezando a hervir por dentro. Sé que te parezco un soñador, pero por dentro... ¡bueno, estoy hirviendo! ¡Siempre que agarro un zapato me estremezco al pensar en la brevedad de la vida y en lo que estoy haciendo! ¡Sea cual fuere la significación de eso, sé que no se trata de zapatos... salvo como algo que deben usar los pies de los viajeros! (Extrae del bolsillo una tarjeta) ¡Mira!
JIM: ¿Qué?
TOM: Estoy afiliado.
JIM: (leyendo) «Sindicato de la Marina Mercante.»
TOM: Pago mi cuota todos los meses, en vez de pagar la factura de la luz eléctrica.
JIM: Lo lamentarás cuando te corten la luz.
TOM: No estaré aquí.
JIM: Sí, pero... ¿y tu madre?
TOM: Soy como mi padre. El bribón hijo de un bribón. (Señala el retrato paterno) ¿Ves cómo sonríe? Y está ausente, paseando, desde hace dieciséis años.
JIM: Mera charla, Tom. ¿Qué opina sobre eso tu madre?
TOM: ¡Silencio! ¡Ahí viene! ¡No conoce mis planes!
AMANDA: (entre bastidores) ¡Tom!
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: ¿Dónde estáis?
TOM: En la terraza, mamá.
AMANDA: (entra y se detiene) ¿Por qué no entráis? (Jim y Tom así lo hacen. Amanda se adelanta hacia ellos. A Tom le impresiona evidentemente su aspecto. Hasta Jim parpadea un poco. Entra en contacto por primera vez con la vivacidad de las muchachas del Sur y, a pesar del curso de oratoria de la escuela nocturna, lo desconcierta un poco ese imprevisto despliegue de seducción social. Jim ensaya ciertas respuestas, pero las repele la alegre risa y la charla de Amanda. Tom experimenta cierto malestar, pero pasada la primera impresión, Jim reacciona muy cordialmente. Sonríe y ríe, completamente conquistado. Ambos entran, dejando abierta la puerta)
TOM: Mamá, estás tan linda...
AMANDA: ¿Sabes que es el primer cumplido que me has hecho en toda mi vida? Me gustaría verte un aire agradable cuando te dispones a decir algo agradable, para poder esperarlo. ¿El señor O'Connor?
JIM: ¡El mayor gusto!
AMANDA: Bueno, bueno, bueno. ¿De modo que usted es el señor O'Connor? La presentación es totalmente superflua. Le he oído hablar tanto a Tom de usted... Finalmente, le dije: «Dios mío, Tom... ¿Por qué no traes a cenar de una vez a ese dechado de virtudes? ¡Me gustaría conocer a ese simpático joven de la zapatería! Verlo, en vez de oírte simplemente cantar sus alabanzas tan a menudo!» No sé por qué es tan retraído mi hijo... Esa conducta no es propia del Sur. Sentémonos. (Tom cierra la puerta, va a la derecha de foro, se detiene. Jim y Amanda se sientan en el sofá-cama) Sentémonos, y creo que nos convendría un poco más de aire aquí. Tom, deja abierta la puerta. Hace un momento, sentí aquí una fresca brisa. ¿Adonde se habrá ido? Hum... ¡Hace tanto calor, ya! Y no ha llegado el verano aún. Nos vamos a achicharrar cuando llegue realmente. Sin embargo, tendremos... tendremos una cena muy liviana. Creo que es mejor comer cosas livianas a esta... a esta altura del año. Y también usar ropa liviana. Nuestra sangre se espesa tanto durante el invierno... ¿comprende?... ¡de modo que necesitamos algún tiempo para adaptarnos cuando cambia la estación! Y ha llegado tan pronto este año... Yo no estaba preparada. Y de improviso... ¡santo cielo! ¡El verano ya! Corrí al baúl y... saqué este vestido liviano... ¡espantosamente viejo! ¡Casi histórico! Pero es de tan buena calidad... tan bueno y tan fresco... ¿comprende?
TOM: Mamá... ¿Y nuestra cena?
AMANDA: (yendo hacia Tom) ¡Querido, ve a preguntarle a tu hermana si la cena está pronta! Ya sabes qué está a su cargo, exclusivamente. Dile que vosotros tenéis hambre y que la esperáis. (Tom sale. Amanda se vuelve hacia Jim) ¿Le han presentado a Laura?
JIM: Sí. Vino a la puerta.
AMANDA: ¿Mi hija les abrió?
JIM: Sí, señora.
AMANDA: (yendo hacia la butaca y sentándose) Es muy linda.
JIM: Oh, sí, señora.
AMANDA: ¡Es raro que una muchacha tan dulce y linda como Laura sea una mujer de su casa! Pero Laura, a Dios gracias, no sólo es linda sino también muy de su casa. Yo no lo soy. Nunca lo fui. Nunca pude hacer más que un bizcochuelo. Es cierto que en el Sur teníamos tantos criados... Y eso desapareció, desapareció, desapareció. ¡Todo vestigio de vida amable ha desaparecido por completo! ¡Yo no estaba preparada para lo que me trajo el futuro! Todos mis pretendientes eran hijos de hacendados, y por lo tanto supuse que me casaría con uno de ellos y crearía a una familia sobre una gran parcela de tierra y con muchos criados. Pero el hombre propone... ¡y la mujer acepta su proposición! Para variar un poco el viejo dicho... ¡no me casé con un hacendado! ¡Me casé con un hombre que trabajaba en una compañía telefónica! ¡Con ese valeroso y sonriente caballero que está ahí! (Señala la fotografía) Un telefonista que... ¡se enamoró de la larga distancia! ¡Ahora viaja y ni siquiera sé dónde está! Pero... ¿para qué le estoy contando mis cuitas? Cuénteme las suyas... ¡y espero que no las tenga! ¡Tom!
TOM: (vuelve a entrar) Sí, mamá.
AMANDA: ¿Cómo va esa cena?
TOM: Está sobre la mesa. (Se descorren las cortinas que separan la sala del comedor.
Las luces se encienden en éste y se apagan en la sala)
AMANDA: ¡Ah! (Se levanta, va hacia la mesa) ¡Qué bien! ¿Dónde está Laura?
TOM: Laura no se siente muy bien y prefiere no venir a la mesa.
AMANDA: ¡Laura!
LAURA: (detrás de la escena, con voz débil) ¿Qué, mamá? (Tom señala a Jim)
AMANDA: Señor O'Connor. (Jim va hacia la mesa y la silla de la izquierda y se detiene)
JIM: Gracias, señora. 31

AMANDA: Laura, no podemos bendecir la mesa si no vienes.
LAURA: (entra por el foro de la izquierda, evidentemente desfallecida, los labios trémulos, los ojos muy abiertos y de un mirar fijo. Avanza con inseguros pasos hacia la mesa) Oh, mamá... Lo siento muchísimo. (Se tambalea. Tom la aferra y la conduce al sofá-cama de la sala)
AMANDA: (mientras su hija se acuesta) Pero, Laura... ¡Te sientes mareada, querida! Laura, descansa sobre el sofá... ¡Bueno! (A Jim) ¡El calor del hornillo le ha hecho mal! Le dije que esta noche hacía demasiado calor, pero... (A Tom) ¿Está bien ya Laura?
TOM: Está mejor, mamá. (Se sienta. Se oye un trueno)
AMANDA: (volviendo al comedor y sentándose a la mesa, como Jim) ¡Dios mío, supongo que lloverá un poco! Tom, di la oración.
TOM: ¿La qué?
AMANDA: ¿Qué hacemos, por lo general, antes de comer algo? ¿No bendecimos la mesa con una oración?
TOM: Por éstas y todas Tus Mercedes... el Santo Nombre de Dios sea Alabado. (Se apagan las luces)

ESCENA SEGUNDA
Escenario: El mismo. Media hora después. Está concluyendo la cena. Amanda, Tom y Jim están sentados a la mesa, como en el final de la última escena. Las luces se encienden en ambas habitaciones.
AMANDA: (riendo, mientras Jim ríe también) ¿Sabe, señor O'Connor, que hace muchísimo tiempo que no paso una velada tan agradable?
JIM: (se levanta) Bueno, señora Wingfield. Permítame un brindis. Brindo por el Sur de ayer.
AMANDA: Por el Sur de ayer. (Se apagan las luces en ambas habitaciones)
JIM: ¡Eh, señora Bombilla Eléctrica!
AMANDA: ¿Dónde estaba Moisés cuando se apagaron las luces? ¿Sabe la respuesta a esa pregunta, señor O'Connor?
JIM: No, señora. ¿Cuál es?
AMANDA: Pues yo oí una respuesta, pero no era muy agradable. Pensé que usted podía conocer otra.
JIM: No, señora.
AMANDA: Es una suerte que yo haya puesto esas velas sobre la mesa. Sólo las puse como adorno, pero es grato que resulten útiles también.
JIM: Sí, señora.
AMANDA: Si uno de ustedes me proporciona un fósforo, podremos iluminar un poco esto.
JIM: (encendiendo las velas) Yo puedo hacerlo, señora.
AMANDA: Gracias.
JIM: (vuelve a la derecha de la mesa) Nada de eso, señora.
AMANDA: Creo que debe haberse quemado un fusible, señor O'Connor. ¿Sabe usted algo de esa cuestión?
JIM: Un poco, señora, pero... ¿dónde está la caja de los fusibles?
AMANDA: ¿Quiere saberlo? Está en la cocina. (Jim va a la cocina) Tenga cuidado, está a oscuras. No tropiece con algo. (Estrépito detrás de la escena) ¡Oh, Dios mío! ¡Sería terrible que lo perdiéramos! ¿Está usted bien, señor O'Connor?
JIM: (detrás de la escena) Sí, señora. Perfectamente. 32

AMANDA: Como sabrá, la electricidad es algo muy misterioso. Todo el universo es misterioso para mí. ¿No fue Benjamín Franklin quien ató una llave a una cometa? Me habría gustado verlo... Franklin debió tener en ese momento un aspecto muy estúpido. Algunos dicen que la ciencia nos aclara todos los misterios. En mi opinión, sólo nos añade sin cesar otros. ¿Ha encontrado ya la caja de los fusibles?
JIM: (reaparece por derecha) Sí, señora. La encontré, pero los fusibles parecen estar en buenas condiciones. (Vuelve a sentarse)
AMANDA: Tom.
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: Hace unos días, te di aquella factura de la luz. Aquella por la cual me mandaron la notificación...
TOM: Ah... Sí. ¿Te refieres a la del mes pasado?
AMANDA: ¿No la habrás dejado impaga, por casualidad?
TOM: Te diré. Yo...
AMANDA: ¡Claro que no la pagaste! ¡Debí preverlo!
JIM: Oh, quizá Shakespeare haya escrito un poema sobre esa factura, señora Wingfield.
AMANDA: Quizá. ¡No debí fiarme de él! La negligencia cuesta cara en el mundo de hoy.
JIM: Quizá el poema obtenga un premio de diez dólares.
AMANDA: ¡Tendremos que pasarnos el resto de la velada en el siglo XIX, antes de que el señor Edison inventara la bujía incandescente!
JIM: La luz de las velas es mi luz favorita.
AMANDA: ¡Eso prueba que es romántico! Pero no disculpa a Tom. Creo que han sido muy amables al dejarnos acabar la cena antes de sumirnos en las tinieblas eternas. Tom, como castigo por tu negligencia puedes ayudarme a secar los platos.
JIM: (se levanta. Tom también) ¿Puedo ayudarla en algo, señora?
AMANDA: (levantándose) Oh, no. Yo no lo permitiría.
JIM: Pues yo debiera servir para algo.
AMANDA: ¿Qué dice usted?
JIM: Sólo dije: «Pues yo debiera servir para algo.»
AMANDA: Es lo que me pareció oír. Bueno, Laura está ahí solita. Quizá usted debiera hacerle compañía. Puedo darle ese bonito candelabro antiguo para que tengan luz. (Jim toma las velas) En otros tiempos, estaba en el altar de la iglesia del Celestial Descanso, pero se derritió y se deformó un poco al incendiarse la iglesia. El rayo cayó sobre el edificio en primavera y Gipsy Jones, que realizaba una reunión religiosa en el pueblo, dijo que el rayo se debía a que los adeptos de la secta episcopal habían empezado a jugar a los naipes en la propia iglesia.
JIM: ¿De veras, señora?
AMANDA: Nunca he dicho nada que no fuese de veras.
JIM: Usted perdone.
AMANDA: (sirve vino en el vaso y se lo tiende a Jim) Me gustaría que Laura bebiera un poco de vino de amargón. ¿Podría usted llevar ambas cosas?
JIM: Lo intentaré, señora.
AMANDA: (va a la cocina) Vamos, Tom, ponte el delantal.
TOM: Sí, mamá. (Sigue a Amanda. Jim mira a su alrededor, deja el vaso, bebe un trago de la garrafa de vino, la deja en su lugar ruidosamente y entra en la sala. Las cortinas interiores se corren al apagarse las luces del comedor. Laura se incorpora nerviosamente en el sofá-cama al entrar Jim. Al principio habla en voz baja, jadeante, debido a la casi intolerable tensión que le causa estar a solas con un extraño. Mientras habla en esta escena, antes de que la cordialidad de Jim venza su paralizante timidez, la voz de Laura es débil y sin aliento, como si acabara de subir corriendo un empinado tramo de escalera)
JIM: (entra sosteniendo el candelabro con las velas encendidas en una mano y el vaso de vino en la otra, y se detiene) ¿Cómo se siente ahora? ¿Un poco mejor? (La actitud de Jim es amablemente jovial. Al interpretar esta escena, conviene hacer notar que aunque el episodio carezca aparentemente de importancia, es para Laura la culminación de toda su vida secreta)
LAURA: Sí, gracias.
JIM: (dándole su vaso de vino) Ah, tome. Esto es para usted. Un poco de vino de amargón.
LAURA: Gracias.
JIM: (va hacia el centro) Bueno, bébalo... pero no se emborrache. (Ríe de buena gana) Oiga... ¿Dónde pongo las velas?
LAURA: Oh, en cualquier parte...
JIM: ¿Qué le parece si las dejara aquí mismo, en el suelo? ¿Hay algún inconveniente?
LAURA: No.
JIM: Simplemente, le pondré debajo un periódico para recoger el sebo que gotee. (Toma un periódico de la butaca. Pone los candelabros en el suelo) Me gusta sentarme en el suelo. (Así lo hace) ¿Hay algún inconveniente?
LAURA: Oh, no. Ninguno.
JIM: ¿Quiere darme un almohadón?
LAURA: ¿Qué?
JIM: ¡Un almohadón!
LAURA: Ah... (Deja el vaso sobre la mesita del teléfono, le tiende un almohadón, se sienta sobre el sofá-cama)
JIM: ¿Y a usted? ¿No le gusta sentarse en el suelo?
LAURA: Oh, sí.
JIM: Entonces... ¿por qué no se sienta?
LAURA: Me... sentaré.
JIM: ¡Tome un almohadón! (Arroja el almohadón mientras ella se instala en el suelo) No la veo cuando está sentada ahí. (Vuelve a sentarse en el suelo)
LAURA: Yo... lo veo.
JIM: Sí, pero eso no tiene gracia. Yo estoy aquí... a la luz de los candelabros. (Laura se le arrima un poco) ¡Bravo! ¡Ahora la veo! ¿Está cómoda?
LAURA: Sí. Gracias.
JIM: Yo, también. ¡Más que cómodo! Dígame... ¿Le gustaría un poco de chicle? (Le ofrece goma de mascar)
LAURA: No, gracias.
JIM: Creo que me permitirá ese gusto. (Meditativamente desenvuelve el chicle y lo muestra) ¡Dios mío! ¡Imagínese la fortuna que amasó el inventor del chicle! Es algo sorprendente... ¿eh? ¿Sabe que el Edificio Wrigley es uno de los grandes espectáculos de Chicago? Lo vi en el penúltimo verano, en El Siglo de Progreso. ¿Vio el Siglo de Progreso?
LAURA: No.
JIM: Pues era una exposición maravillosa, créame. ¿Sabe qué me impresionó más? El Salón de la Ciencia. Da una idea del futuro en los Estados Unidos. ¡Oh, será más maravilloso que la época actual! A propósito... Su hermano me dijo que usted es tímida. ¿Es verdad eso, Laura?
LAURA: Yo... no lo sé.
JIM: Creo que usted es una muchacha a la antigua. Lo cual parece espléndido. Supongo que no me considerará demasiado indiscreto... ¿no es así?
LAURA: Señor O'Connor...
JIM: ¿Qué?
LAURA: Creo que le aceptaré un chicle, si no le parece mal. (Jim despoja de su envoltura un chicle, se arrodilla, se lo tiende. Ella arranca un trocito. Jim mira el resto, se lo pone en la boca y vuelve a sentarse) Señor O'Connor... ¿Ha seguido usted cantando?
JIM: ¿Cantando? ¿Yo?
LAURA: Sí. Recuerdo su hermosa voz.
JIM: ¿Usted me oyó cantar?
LAURA: Oh, sí... ¡Muy a menudo! Yo... no creo que usted me recuerde... ¿verdad?
JIM: (sonriendo, con aire indeciso) Le diré... En realidad, me parece haberla visto en alguna parte. Casi me pareció recordar su nombre. Pero el que iba a recordar... ¡no era un nombre! De modo que callé antes de decirlo.
LAURA: ¿No sería... Blue Roses?
JIM: (sonriendo) ¡Blue Roses! ¡Oh, Dios mío, sí! ¡Blue Roses! ¿Sabe que yo no la asociaba de ningún modo con el colegio? Pero así era. ¡Se trataba del colegio! ¡Dios mío! ¡Ni siquiera sabía que usted era la hermana de Shakespeare! ¡Caramba! ¡Perdóneme!
LAURA: Yo no esperaba que usted me recordara. ¡Apenas si me conocía!
JIM: Pero nos hablábamos.
LAURA: Sí. Nos... hablábamos.
JIM: A propósito... ¿No concurríamos juntos a una misma clase?
LAURA: Sí, por cierto.
JIM: ¿Qué clase era ésa?
LAURA: Era... ¡la de canto! ¡Los coros!
JIM: ¡Ah!
LAURA: Yo estaba sentada del otro lado del pasillo, en el salón de música. A la misma altura que usted.
JIM: ¡Ah, sí! Ahora, recuerdo. Usted era la que siempre llegaba tarde.
LAURA: Sí, me costaba trabajo subir la escalera. Tenía en la pierna ese soporte entonces, ¡y hacía tanto ruido al andar!
JIM: Yo no oía ese ruido.
LAURA: (con un sobresalto, al recordar) A mí me parecía... ¡un trueno!
JIM: Nunca lo noté siquiera.
LAURA: Todos estaban sentados cuando yo entraba. Tenía que caminar delante de toda esa gente. Mi asiento estaba en la última fila. ¡Debía recorrer el pasillo ruidosamente, mientras todos me miraban!
JIM: ¡Ah, caramba...! Usted no debía sugestionarse tanto.
LAURA: Lo sé, pero así era. ¡Me sentía tan aliviada cuando empezaba el canto!
JIM: Ahora lo recuerdo. Y yo solía llamarla Blue Roses. ¿Cómo se me ocurrió llamarla así? 35

LAURA: Falté durante algún tiempo al colegio a causa de una pleurosis. Cuando volví, usted me preguntó qué me había pasado. Le dije que había tenido una pleurosis y usted me entendió Blue Roses. ¡Y desde entonces, siempre me llamó así!
JIM: ¿Supongo que no la habré molestado?
LAURA: Oh, no... Me gustaba. Le diré... Yo no conocía a mucha... gente...
JIM: Sí. La recuerdo retraída y sola.
LAURA: No tuve mucha suerte para hacer amistades.
JIM: No sé por qué.
LAURA: La verdad es que empecé mal.
JIM: ¿Se refiere a su...?
LAURA: Bueno, sí... Aquello... parecía interponerse entre yo y...
JIM: ¡No debió permitirlo!
LAURA: Lo sé, pero así fue y yo...
JIM: ¡De modo que era tímida con la gente!
LAURA: Trataba de no serlo, pero nunca pude...
JIM: ¿Vencerlo?
LAURA: No, yo... ¡Nunca pude!
JIM: Sí. Creo que la timidez es algo que debe vencerse gradualmente.
LAURA: Sí... creo que...
JIM: ¡Exige tiempo!
LAURA: Sí...
JIM: Oiga... ¿Sabe una cosa, Laura? (Se levanta para sentarse en el sofácama) La gente no es tan terrible cuando se la conoce. ¡Eso es lo que debe recordar, Laura! ¡Y todos tienen sus problemas, no sólo usted, sino prácticamente todos! Usted cree ser la única desilusionada. Pero mire a su alrededor y... ¿qué ve? A muchísima gente desilusionada. Tómeme a mí, por ejemplo. ¡Caramba, cuando salí del colegio esperaba progresar mucho más de lo que progresé! A propósito... ¿Recuerda ese gran elogio que me hicieron en «La Antorcha»?
LAURA: ¡Sí! (Saca el anuario de debajo del almohadón del sofá-cama)
JIM: ¡Afirmaban que yo debía triunfar en cualquier empresa en que interviniera! ¡Santo Dios! «¡La Antorcha!» (Ella abre el libro, se lo muestra y se sienta a su lado)
LAURA: ¡Aquí está usted en Los Piratas de Penzance!
JIM: ¡Los Piratas! «¡Oh, más vale vivir y morir bajo la valiente bandera negra que hago ondear!», cantaba yo al encarnar al protagonista de esa opereta.
LAURA: ¡Y de una manera tan bella!
JIM: ¡Oh!
LAURA: Sí, sí... ¡Bella, bella!
JIM: De modo que me oyó... ¿eh?
LAURA: ¡No menos de tres veces!
JIM: ¡No!
LAURA: ¡Sí!
JIM: ¿De modo que asistió a las tres representaciones?
LAURA: Sí.
JIM: ¿Para qué?
LAURA: Quería... pedirle que... me pusiera su autógrafo en mi programa. (Lo saca del
libro)
JIM: ¿Por qué no me lo pidió?
LAURA: Siempre lo rodeaban tanto sus amigos que nunca tuve oportunidad de hacerlo.

JIM: Oh... Le hubiera bastado con acercarse y decirme: Aquí está mi...
LAURA: Bueno, yo... pensé que usted podía creer que yo estaba...
JIM: Podía creer que usted estaba... ¿qué?
LAURA: Oh...
JIM: (con meditativa fruición) ¡Ah! Sí. En aquéllos tiempos, las mujeres me asediaban.
LAURA: ¡Usted era popularísimo!
JIM: Sí...
LAURA: Tenía un modo de ser... tan cordial...
JIM: Oh, en el colegio me mimaban...
LAURA: ¡Todos le tenían simpatía!
JIM: ¿Inclusive usted?
LAURA: Yo... Bueno, sí... Yo también...
JIM: Déme ese programa, Laura... (Ella se lo tiende y el lo firma) ¡Ya está! ¡Mas vale tarde que nunca!
LAURA: Vaya... ¡Qué... sorpresa!
JIM: Mi firma no vale mucho, ahora. Pero quizá, algún día... ¡su valor aumente! Como comprenderá, una cosa es estar decepcionado y otra desalentarse. Bueno, quizá la esté desilusionando, pero no me siento desalentado. Dígame... ¿Usted concluyó los estudios?
LAURA: Obtuve malas calificaciones en los exámenes finales. 
JIM: ¿De modo que dejó el colegio?
LAURA: (levantándose) No volví. (Va hacia el zoo de cristal. Jim enciende un cigarrillo, sentado aún en el sofá-cama. Laura pone el anuario debajo del zoo de cristal. Se levanta, toma el unicornio, una figurita de cristal, de espaldas a Jim) ¿Cómo... cómo le va a Emily Meisenbach?
JIM: ¡Esa cabeza hueca!
LAURA: ¿Por qué la llama así?
JIM: Porque eso era.
LAURA: ¿Usted no sale ya... a pasear con ella?
JIM: Oh, no la he vuelto a ver, siquiera.
LAURA: En la Sección Personal decían que ustedes... ¡eran novios!
JIM: Lo sé. ¡Pero no me impresionaba aquella... propaganda!
LAURA: ¿No era... la verdad?
JIM: ¡Solamente lo era para la optimista opinión de Emily!
LAURA: Ah... (Se vuelve hacia Jim. Este enciende un cigarrillo y se acoda con indolencia, sonriéndole a Laura con una cordialidad y simpatía que encienden en el alma de la muchacha velas de altar. Laura se queda junto al zoo de cristal y juega con una de sus piezas para disimular tumultuosos sentimientos)
JIM: ¿Qué hizo usted después del colegio? ¿Eh?
LAURA: ¿Qué?
JIM: Dije... ¿Qué hizo usted después del colegio?
LAURA: Poca cosa.
JIM: Ha debido de hacer algo en todo este tiempo.
LAURA: Sí.
JIM: Y bien... ¿Qué fue?
LAURA: Seguí un curso en la escuela comercial...
JIM: ¿De veras? ¿Y qué resultado le dio? 37

LAURA: (se vuelve hacia Jim) A decir verdad, no muy... bueno... Tuve que dejarlo, aquello me causaba... indigestión... 
JIM: (ríe amablemente) ¿Qué hace ahora?
LAURA: Poca cosa... ¡Oh, no crea, por favor, que me paso los días con los brazos cruzados! Mi colección de cristal me ocupa bastante tiempo. El cristal es algo que exige muchos cuidados...
JIM: ¿Qué dijo usted... del cristal?
LAURA: (carraspea y le vuelve nuevamente la espalda, con gran timidez) Mi colección, dije...Tengo una colección.
JIM: (deja el cigarrillo y dice, bruscamente) ¡Oiga! ¿Sabe cuál es su desgracia, a mi entender? (Se levanta y va a la derecha) ¡Un complejo de inferioridad! ¿Sabe qué es eso? ¡Llaman así la sensación que se experimenta cuando una persona se subestima! Oh, lo comprendo porque también yo la tuve. ¡Hum! Sólo que mi caso no era tan grave como parece serlo el suyo. Padecí de ese complejo hasta que estudié oratoria y cultivé mi voz y descubrí que tenía aptitudes para la ciencia. ¿Sabe que hasta entonces nunca me había creído con capacidad sobresaliente para nada?
LAURA: ¡Oh! ¿Será posible?
JIM: Nunca estudié con regularidad esa materia... (Se sienta en la butaca) Fíjese usted, pero un amigo mío dice que sé analizar mejor a la gente que los médicos que lo hacen profesionalmente. No afirmo que eso sea por fuerza cierto, pero puedo adivinar con seguridad la psicología de una persona. Discúlpeme, Laura. (Saca el chicle de la boca) Siempre lo saco cuando ha perdido el sabor. Lo envolveré en un trocito de papel. (Arranca un trozo de papel del periódico que está debajo de los candelabros, envuelve en él su chicle, va hacia el sofácama, observa si Laura lo mira. Pero no hay tal cosa. Jim da la vuelta al sofá-cama) Ya sé cuan fastidioso es que se adhiera a uno el chicle en un zapato. (Arroja el chicle debajo del sofá-cama y se acerca a Laura) Sí... Creo que ésa es su principal desgracia. La falta de confianza en sí misma, como persona. Ahora bien: fundo ese hecho en muchas de sus frases y en algunas observaciones hechas por mí. Por ejemplo, en ese estrépito de sus zapatos cuando estaba en el colegio. ¿Dice usted que temía subir por la escalera? ¿Ve lo que ha conseguido? ¡Abandonó el colegio y renunció a una educación por culpa de un pisar pesado, que a mi modo de ver virtualmente no existe! Oh, usted sólo tiene un pequeño defecto físico. ¡Hasta casi imperceptible! ¡Su imaginación lo magnífica mil veces! ¿Sabe qué le aconsejo? ¡Le conviene considerarse superior en algún aspecto! (Va hacia la mesita que está a la derecha del sofá-cama y se sienta sobre ella. Laura se sienta en la butaca)
LAURA: ¿Cómo podría pensarlo?
JIM: ¡Caramba, Laura! Mire un poco a su alrededor y... ¿qué ve? ¡Un mundo lleno de personas vulgares! ¡Todas han nacido y todas morirán! ¿Cuál de ellas tiene la décima parte de las virtudes que la adornan a usted? ¿O de las mías? ¿O de cualquier otro, por lo demás? Cada uno se destaca en algún aspecto... ¿comprende? Bueno... ¡Algunos se destacan en muchos! Tomemos mi caso, por ejemplo. Me interesa la electrodinámica. Sigo un curso de técnica radiotelefónica en la escuela nocturna, además de tener un empleo de bastante responsabilidad en la zapatería. Sigo ese curso y estudio oratoria pública.
LAURA: ¡Oooooh! ¡Qué bien! 38

JIM: ¡Porque creo en el porvenir de la televisión! Quiero estar preparado para seguir el ritmo de ese progreso. (Se levanta, va a la derecha) Proyecto obtener una participación en el negocio con las mismas ventajas que sus promotores. ¡Oh, ya he tomado las medidas necesarias! Ahora, sólo resta que la propia industria se ponga en marcha... ¡a todo vapor! ¡El conocimiento! ¡Zipppp! ¡El dinero! ¡Zipppp! ¡El poder! ¡Bum! ¡He ahí el cielo sobre el cual está construida la democracia! (Pausa) ¡Supongo que usted debe considerarme muy engreído!
LAURA: Nooo... En absoluto.
JIM: (se arrodilla ante la butaca) Bueno. ¿Y qué me dice usted? ¿No hay algo que le interese especialmente?
LAURA: Oh, sí...
JIM: ¿Qué, por ejemplo?
LAURA: Me dedico... como le dije... a mi colección de cristal...
JIM: ¡Ah! ¿Qué cristal es ése?
LAURA: (toma una pieza de la colección del estante) Cositas de cristal, adornos más que nada. En su mayoría, son animalitos de cristal, los animalitos más diminutos del mundo. ¡Mamá los llama el zoo de cristal! ¡Aquí tiene uno, si quiere verlo! Este es uno de los más viejos, tiene casi trece años. (Se lo tiende) ¡Oh, tenga cuidado! Bastaría un soplo para romperlo.
JIM: Más vale que no lo tome. Soy muy torpe.
LAURA: ¡Vamos, le tengo confianza! (Jim toma el caballo) Ya lo ve... ¡Lo sostiene suavemente! ¡Levántelo a la luz, ese caballito ama la claridad! (Jim alza el caballo) ¿Ve cómo brilla la luz a través de él?
JIM: ¡Ya lo creo que brilla!
LAURA: Yo no debiera ser parcial, pero es mi favorito.
JIM: Oiga... ¿Qué se supone que es esto?
LAURA: ¿No ha notado el cuerno único de su frente?
JIM: ¡Ah! ¿Es un unicornio?
LAURA: ¡Aja!
JIM: ¿Acaso no se han extinguido los unicornios en el mundo moderno?
LAURA: ¡Lo sé!
JIM: El pobrecito debe sentirse bastante solo.
LAURA: Pues si se siente solo, no se queja. Está en el mismo estante con otros caballos que no tienen cuernos y todos parecen entenderse muy bien.
JIM: Ya lo creo. Dígame... ¿Dónde puedo dejarlo?
LAURA: Póngalo sobre la mesa. (Jim va hacia la mesita que está a la derecha del sofá-cama y deja el unicornio sobre ella) ¡A todos ellos, les gusta de vez en cuando cambiar de escenario!
JIM: (mirando al foro, con los brazos tendidos) Así es. ¡Hola! Mire qué grande es mi sombra cuando estiro los brazos.
LAURA: (yendo hacia la izquierda) ¡Oh, sí! ¡Se extiende sobre el cielo raso!
JIM: (sale por la derecha, dejando la puerta abierta y se para sobre el rellano. Canta, siguiendo la música del disco popular del día del salón de baile. Cuando Jim abre la puerta, la música crece en volumen): Ha dejado de llover. ¿De dónde proviene esa música?
LAURA: Del Salón de Baile El Paraíso, que está al otro lado de la calle.
JIM: (vuelve a entrar, cierra la puerta y va hacia Laura): ¿Qué le parece si bailáramos un poco, señorita Wingfield? ¿O su carné está cubierto? Permítame que lo vea. (Va

hacia el centro. La orquesta, en el salón de baile, ataca un vals. Jim hace gesto de consultar su carné de baile imaginario) ¡Oh, vamos! ¡Todas sus piezas están tomadas! Simplemente, tacharé varias de ellas. ¡Ah, un vals! (Va hacia Laura)
LAURA: Yo... ¡No puedo bailar!
JIM: ¡Ya apareció el complejo de inferioridad!
LAURA: ¡Nunca he bailado en toda mi vida!
JIM: ¡Vamos, inténtelo!
LAURA: ¡Oh, le daría pisotones!
JIM: No soy de vidrio.
LAURA: ¿Cómo... cómo empezamos?
JIM: Tienda un poco los brazos.
LAURA: ¿Así?
JIM: Levántelos un poco más. (Toma en sus brazos a Laura) Eso es. Ahora, no se
ponga rígida, eso es lo principal... Relaje el cuerpo.
LAURA: Es difícil no estar rígida.
JIM: Perfecto.
LAURA: Temo que no podrá moverme.
JIM: (baila, alrededor del sofá-cama, lentamente): ¿Qué apostamos a que puedo?
LAURA: ¡Dios mío! ¡Sí que puede!
JIM: Abandónese ahora, Laura. Abandónese.
LAURA: Yo...
JIM: ¡Vamos!
LAURA: ¡Trato de hacerlo!
JIM: No se ponga tan rígida... ¡Hay que estar natural!
LAURA: ¡Lo sé... pero yo...!
JIM: ¡Vamos! ¡Afloje un poco la columna! (Cuando llegan al rincón al foro del sofá-cama —de modo que el público no la vea levantarla— el brazo de Jim ciñe fuertemente el talle de Laura y la hace describir tres vueltas completas alzándola del suelo, antes de que llegue a la mesita. La música crece en volumen cuando Jim la levanta) ¡Allá va! (Jim hace caer el caballo de cristal de la mesa. La música se esfuma)
LAURA: Oh, no importa...
JIM: (levanta el caballo) Hemos hecho caer el caballito de cristal.
LAURA: Sí.
JIM: (le tiende el unicornio) ¿Está roto?
LAURA: Ahora es igual a todos los demás caballos.
JIM: ¿Quiere decir que ha perdido su...?
LAURA: Ha perdido su cuerno. No importa. Quizá eso sea una suerte disfrazada.
JIM: Caramba, apostaría a que usted nunca me perdonará. Apostaría a que era su animalito de cristal favorito.
LAURA: Oh, no tengo favoritos... (Pausa) ... mayormente. Esto no es una tragedia. El cristal se rompe tan fácilmente... Por cuidadoso que uno sea. El tránsito hace trepidar los estantes y las cosas se caen.
JIM: Con todo, lamento muchísimo haberlo roto.
LAURA: Me imaginaré, simplemente, que el unicornio ha sido operado. Le quitaron el cuerno para que se sintiera menos... ¡monstruoso! (Va a la izquierda, se sienta sobre la mesita) Ahora, estará más a sus anchas con los demás caballos, los que no tienen cuernos...
JIM: (Se sienta sobre el brazo de la butaca, frente a Laura): Me alegra ver que tiene sentido del humor. ¿Usted sabe... que es... distinta de todas las muchachas que he conocido? ¿Le molesta que se lo diga? Hablo en serio. Me siento algo así como... ¡No sé cómo decirlo! Generalmente, expreso bastante bien las cosas, pero... ¡esto es algo inexplicable! ¿Le dijo alguna vez alguien que era linda? (Se levanta, va hacia Laura) ¡Pues lo es! Y de un modo distinto de todas las demás. Y más linda, precisamente, a causa de la diferencia. Oh, ojalá fuese usted mi hermana. Yo le enseñaría a confiar en sí misma. Uno no tiene por qué avergonzarse de ser distinto. Porque los demás no son tan maravillosos. Son centenares de miles. ¡Y usted, es única! Ellos caminan por toda la tierra. Y usted, se queda aquí. Son vulgares como... la cizaña, pero... usted... bueno; usted... ¡es Blue Roses!
LAURA: Pero el azul... no se puede aplicar... a las rosas...
JIM: ¡Es aplicable a usted! ¡Usted es linda!
LAURA: ¿En qué sentido lo soy?
JIM: En todos los sentidos... Sus ojos... su cabello... ¡Sus manos son lindas! Usted creerá que lo digo porque ustedes me han invitado a cenar y tengo que ser amable. ¡Oh, podría serlo! Podría decir muchas cosas sin ser sincero. ¡Pero le hablo con sinceridad! He notado que usted tiene ese complejo de inferioridad que le impide sentirse a sus anchas con la gente. Alguien debe infundirle confianza en sí misma... ¡ánimo!... y tornarla orgullosa en vez de tímida y evitar que vuelva la espalda a cada momento y... se sonroje... (Jim alza a Laura y la sienta sobre la mesita al decir «ánimo») Alguien... debiera (la baja). Alguien debiera... ¡besarla, Laura! (Se besan. Jim la suelta y le vuelve lentamente la espalda yendo al primer término a la derecha. Y dice en voz baja, como para sí) Oh, no debí hacer eso. Fue inoportuno... (Retrocede y se vuelve hacia Laura, que está sentada sobre la mesita) ¿Le gustaría un cigarrillo? Usted no fuma... ¿verdad? ¿Querría una pastilla de menta? ¿De anís? Mi bolsillo es toda una confitería... ¿Sabe una cosa, Laura? Si yo tuviera una hermana como usted haría lo mismo que Tom. Traería amigos a casa para que la conociesen. Quizá no debiera decir eso. Tal vez Tom no me haya traído aquí por esa razón. Pero... ¿y si así fuera? Eso no tendría nada de malo. Lo único que hay de malo es que en mi caso —mi situación no me lo permite— no puedo preguntarle su número y decirle que la llamaré por teléfono. No puedo telefonearle la semana próxima... pedirle una cita. Prefiero explicarle la situación por si usted... me interpreta mal y hiero sus sentimientos...
LAURA: (con voz débil) ¿Usted... no volverá... a visitarnos?
JIM: (yendo al sofá-cama y sentándose) No, no puedo. Le explicaré. Estoy atado. Laura, yo he... ¡Me estoy portando de forma muy juiciosa! Salgo siempre con una muchacha que se llama Betty. Oh, es una buena muchacha de su casa como usted, católica e irlandesa, y en muchos sentidos, nosotros... nos entendemos perfectamente. La conocí el verano pasado durante un viaje en barco por el río a la luz de la luna hasta Alton, en el Majestic. Bueno... Pues, desde el principio, eso fue... ¡amor! ¡Oh, estar enamorado ha hecho de mí un hombre nuevo! ¡La fuerza del amor es algo tremendo! El amor es algo que... transforma el mundo entero. Ocurrió que la tía de Betty se enfermó y Betty recibió un telegrama y tuvo que ir a Centralia. De modo que naturalmente, cuando Tom me invitó a cenar... naturalmente, acepté la invitación, sin saber... me refiero... sin saber. Me gustaría que usted... dijera algo. (Laura le da el unicornio) ¿Por qué hace eso? ¿Quiere que me quede con él? ¿Para qué?
LAURA: Un... recuerdo. ( Va hacia el zoo de cristal. Jim se levanta)
AMANDA: (detrás de la escena) Voy, hijos. (Entra en el comedor, viene de la cocina) Pensé que le gustaría un refresco. (Deja la bandeja sobre la mesita. Alza un vaso) Señor O'Connor... ¿Ha oído esa canción sobre la limonada? Dice... «¡Limonada, limonada! hecha en la sombra y revuelta con una pala, ...¡y luego, sirve apenas para una solterona!»
JIM: No, señora. Nunca la oí.
AMANDA: (a Laura) ¿Por qué estás tan seria, querida?
JIM: Estábamos sosteniendo una conversación seria.
AMANDA: No comprendo a los jóvenes modernos. Cuando yo era muchacha, todo me alegraba.
JIM: Usted no ha cambiado en lo más mínimo, señora Wingfield.
AMANDA: Supongo que me habrá rejuvenecido la alegría de esta velada. ¡Bueno, pues, brindo por la alegría de esta velada! (Derrama la limonada sobre su vestido) ¡Oooh! Me he bautizado. (Deja el vaso sobre la mesita) En la cocina he encontrado varias cervezas y he puesto una en cada vaso.
JIM: No debió molestarse tanto, señora.
AMANDA: No fue una molestia. ¿No nos oyó alborotar en la cocina? Yo estaba tan fastidiada con Tom por no haberlo traído a usted antes... Pero ahora que ha aprendido el camino, señor O'Connor, quiero que venga a menudo... no de vez en cuando... sino a menudo. Oh, creo que volveré a esa cocina. (Va hacia el foro)
JIM: Oh, no, señora. Le ruego que no vaya. En realidad, tengo que irme.
AMANDA: ¡Oh, señor O'Connor! ¡La noche está empezando, apenas!
JIM: Bueno, ya sabe cómo son esas cosas.
AMANDA: ¿Quiere usted decir que es un empleado y que debe cumplir el horario de los empleados?
JIM: Sí, señora.
AMANDA: Bueno, lo dejaremos ir temprano esta vez, pero sólo a condición de que se quede más tarde la vez próxima, mucho más tarde... ¿Cuál es la noche ideal para usted? ¿El sábado?
JIM: ¡A decir verdad, tengo que cumplir dos horarios, señora Wingfield! ¡Uno de mañana y otro de noche!
AMANDA: Oh... ¡Qué bien! ¡Qué ambicioso es usted! ¿También trabaja de noche?
JIM: No, señora. No se trata del trabajo, sino... ¡de Betty!
AMANDA (va hasta el sofá-cama): ¿Betty? ¿Quién es Betty?
JIM: Oh, nada más que una muchacha. ¡La muchacha con quien salgo!
AMANDA: ¿De modo que es algo serio?
JIM: Oh, sí, señora. Nos casaremos el segundo domingo de junio.
AMANDA: (se sienta en el sofá-cama) Tom no nos dijo que usted se iba a casar.
JIM: Bueno, no lo he revelado aún en la zapatería. (Toma su sombrero, que está sobre la mesita del teléfono) Usted sabe cómo son los muchachos. Lo llaman a uno Romeo y todas esas cosas... La velada ha sido maravillosa, señora Wingfield. Creo que es eso lo que llamamos la hospitalidad del Sur.
AMANDA: No ha sido nada. Nada.
JIM: Supongo que no les parecerá demasiado precipitado. Pero le prometí a Betty ir a buscarla a la estación de Wabasch y su tren debe llegar de un momento a otro. Algunas mujeres se muestran muy contrariadas si uno las hace esperar.
AMANDA: ¡Sí, ya sé todo lo relativo a la tiranía de las mujeres! Bueno. Adiós, señor O'Connor. (Le tiende la mano. Jim se la toma) Le deseo felicidades... y buena suerte. También tú se lo deseas.... ¿verdad, Laura?
LAURA: Sí, mamá.
JIM: (acercándose a Laura) Adiós, Laura. Siempre conservaré con gran aprecio ese recuerdo. Y no olvide el buen consejo que le he dado. ¡Hasta pronto, Shakespeare! (Va al foro, al centro) Gracias de nuevo, señora. ¡Buenas noches! (Sonríe y se va garbosamente por la derecha)
AMANDA: (con voz débil) Bueno, bueno, bueno... Las cosas suelen salir tan mal... (Laura va hacia el fonógrafo y pone un disco) Yo que tú, no pondría un disco. Bueno, bueno... ¡Nuestro candidato tiene novia! ¡Tom!
TOM: (detrás de la escena) ¿Qué, mamá?
AMANDA: Ven aquí. Quiero decirte algo muy gracioso.
TOM: (viene de la cocina) ¿Se ha ido el candidato?
AMANDA: El candidato se ha ido muy temprano. ¡Linda broma la que nos has hecho!
TOM: ¿Qué quieres decir?
AMANDA: No me dijiste que el señor O'Connor tenía novia.
TOM: ¿Jim? ¿Novia?
AMANDA: Es lo que acaba de comunicarnos.
TOM: ¡Que me condenen! ¡Yo no lo sabía!
AMANDA: Eso me parece muy raro.
TOM: ¿Qué tiene de raro?
AMANDA: ¿No me dijiste que era tu mejor amigo de la zapatería?
TOM: Lo es, pero... ¿cómo podía saberlo yo?
AMANDA: ¡Parece muy raro que ignoraras que tu mejor amigo estaba comprometido para casarse!
TOM: ¡La zapatería es el lugar donde trabajo, no donde descubro cosas sobre la gente!
AMANDA: ¡Tú no descubres nada en ninguna parte! ¡Vives soñando! ¡Fabricas ilusiones! (Tom va a dirigirse hacia la derecha) ¿Adonde vas? ¿Adonde vas? ¿Adonde vas?
TOM: Voy al cine.
AMANDA: (se levanta y se le acerca) Muy bonito, ahora que nos has hecho pasar por unos tontos. ¡El esfuerzo, los preparativos, todos los gastos! ¡El velador nuevo, la alfombra, la ropa para Laura! ¿Todo, para qué? ¡Para agasajar al novio de otra muchacha! ¡Vete al cine, ahora! ¡No pienses en tu hermana soltera que está lisiada y sin empleo! ¡No permitas que nada moleste tu placer egoísta! ¡Vete, vete, vete... al cine!
TOM: Perfectamente, iré. ¡Y cuanto más me grites a causa de mis egoístas placeres, antes me iré y, por lo demás, no iré al cine! (Toma el sombrero de la mesita, cierra con violencia la puerta y sale por la callejuela de la derecha)
AMANDA: (va hacia el rellano y grita) ¡Ve, pues! ¡Vete a la luna... soñador egoísta! (La luz del interior se apaga. Se oye una vaga música. Amanda vuelve a entrar en la sala, cerrando con un portazo. Las últimas frases de Tom se sincronizan con la pantomima interior. La escena se representa como si se viera a través de un vidrio grueso, detrás de las cortinas externas de gasa. Amanda, de pie, parece decirle algo consolador a Laura, que está acurrucada sobre el sofá-cama. Ahora que no podemos oír las palabras de la madre, su estupidez ha desaparecido y tiene dignidad y una trágica belleza. El cabello de Laura oculta su rostro hasta que, cuando concluye de hablar su madre, lo alza para sonreírle. Los gestos de Amanda son lentos y graciosos, casi con ritmo de danza, cuando consuela a su hija. Tom, que se ha puesto mientras tanto como antes el abrigo de marinero y la gorra, entra por la derecha y se adelanta de nuevo hacia el rellano; donde se queda al hablar. En el ínterin las luces se proyectan sobre Amanda y Laura, pero son vagas)
TOM: Yo no fui a la luna. Fui mucho más lejos. Porque el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares... Me marché de Saint Louis. Bajé por última vez esos peldaños de la escalera de emergencia y seguí, desde entonces, los pasos de mi padre, tratando de hallar en el movimiento lo perdido en espacio... Viajé mucho por todas partes. Las ciudades pasaban rápidamente ante mí como hojas secas, de brillantes colores pero arrancadas de la rama. Me habría detenido, pero algo me perseguía. Aquello acudía siempre de improviso, tomándome de sorpresa. Quizá fuese un pasaje musical familiar. Quizá sólo un fragmento de transparente cristal... Quizá me esté paseando por una calle de noche, en alguna ciudad extraña, antes de haber encontrado compañeros y pase junto a la ventana iluminada de una perfumería. La ventana está llena de piezas de cristal de color, de frasquitos transparentes de delicados tonos, que parecen fragmentos de un arco iris roto. Entonces, repentinamente, mi hermana me toca el hombro. Me vuelvo y miro sus ojos... ¡Oh, Laura, Laura!... ¡Traté de dejarte atrás, pero soy más fiel de lo que pensaba ser! Tiendo la mano hacia un cigarrillo, cruzo la calle, entro corriendo en un cine o un bar. Pido una copa, hablo con el desconocido más próximo —¡cualquier cosa capaz de apagar tus velas!— ¡porque hoy el mundo está iluminado por el relámpago! Apaga de un soplo tus velas, Laura... (Laura apaga soplando las velas que arden aún en los candelabros y todo el interior queda en la oscuridad) Y ahí termina mi memoria y comienza vuestra imaginación. ¡De modo que adiós!... (Sale por la callejuela de la derecha. Se sigue oyendo música hasta el final) TELÓN








El zoológico de cristal de cristal

Tennessee WILLIAMS




PERSONAJES
AMANDA WINGFIELD, la madre.
TOM WINGFIELD, el hijo.
LAURA WINGFIELD, la hija.
JIM O’CONNOR, el candidato.
Escenario: Una callejuela de Saint Louis
PARTE I: Preparación para un candidato.
PARTE II: El candidato de visita.
Época: Ahora y el pasado.
fue estrenada por Eddie Dowling y Louis J. Singer en el Playhouse Theatre de
Nueva York, el 31 de marzo de 1945.


NOTAS SOBRE LOS PERSONAJES
Amanda Wingfield (la madre): Una mujer de gran pero azorada vitalidad, que se aferra frenéticamente a otro tiempo y lugar. Su caracterización debe ser creada con sumo cuidado, no copiada del tipo. No es una paranoica, pero su vida es una paranoia. En Amanda hay mucho de admirable, y tantas cosas dignas de amor y piedad como de risa. Ciertamente, tiene capacidad para soportar sufrimientos y una especie de heroísmo, y aunque su estupidez suele hacerla inconscientemente cruel, en su frágil persona hay ternura.
Laura Wingfield (su hija): Amanda, después de haber fracasado en su intento de entrar en contacto con la realidad, sigue viviendo esencialmente en sus ilusiones, pero la situación de Laura es más grave aún. Una enfermedad de la infancia la ha dejado tullida, ya que una de sus piernas es más corta que la otra y le ayuda un aparato. Basta con sugerir este defecto en escena. El retraimiento de Laura, nacido de esta circunstancia, se ha acrecentado hasta convertirla en una pieza de su propia colección de vidrio, demasiado exquisitamente frágil para moverla del estante.
Tom Wingfield (su hijo): El narrador de la pieza. Un poeta que trabaja en una zapatería. Su temperamento carece de crueldad, pero para escapar de una trampa debe obrar sin compasión.
Jim O’Connor (el candidato): Un joven convencionalmente guapo.
T. W.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
El apartamento de los Wingfield está en los fondos del edificio, y es uno de esos vastos conglomerados de unidades de vida celular semejante a una colmena, que florecen como excrecencias en los centros urbanos superpoblados de la clase media inferior y son un síntoma del impulso que empuja a ese sector de la sociedad norteamericana, el más grande y 3 fundamentalmente esclavizado, a evitar la fluidez y la diferenciación, y a existir y funcionar como una entretejida masa de automatismo. El apartamento da sobre una callejuela y penetra en él una escalera de emergencia para casos de incendio, una estructura cuyo nombre es un rasgo de verdad poética accidental, porque en todos esos enormes edificios arden siempre los lentos e implacables fuegos de la desesperación humana. La escalera de emergencia está incluida en el escenario; es decir, lo están su rellano y los peldaños que bajan de él. Nótese que el callejón de la izquierda puede omitirse totalmente, ya que sólo se usa para la primera entrada de Tom, la cual puede efectuarse por la derecha. El escenario es el recuerdo y por lo tanto no es realista. El recuerdo permite muchas licencias poéticas. Omite algunos detalles, otros se exageran, según el valor sentimental de los objetos que toca, ya que la memoria radica preferentemente en el corazón. Por eso, el interior es bastante oscuro y poético.
(Apenas se apagan las luces de la sala, llega por la derecha la música de un salón de baile. Vieja música popular del periodo 1915-1920, digamos. Ésta continúa hasta que Tom aparece en el rellano de la escalera de emergencia, enciende un cigarrillo y empieza a hablar)
Al levantarse el telón: El público se enfrenta con la oscura y ceñuda pared de los fondos
de la casa de alojamiento de los Wingfield. (El escenario propiamente dicho está separado de ella por una cortina de gasa, que sugiere el frente del edificio) Este edificio, paralelo a las candilejas, está flanqueado por dos callejuelas sombrías y angostas que se internan en lóbregos desfiladeros de marañas de ropa colgada, latas con desperdicios y el siniestro enrejado de las escaleras de emergencia vecinas. (Las callejuelas están en realidad en las tinieblas y los objetos que acaban de mencionarse no son visibles) Las entradas de la calle y los mutis se hacen por esas callejuelas laterales. Al acabar el comentario inicial de Tom, el oscuro muro de la casa de alojamiento muestra poco a poco (por medio de un transparente) el interior del departamento de los Wingfield en la planta baja. La cortina de gasa, que sugiere el frente del edificio, se levanta sobre el decorado interior. En primer término está la sala, que le sirve también de dormitorio a
Laura, abriéndose un sofá-cama que utiliza de lecho. Más allá, hay un taburete o mesa en donde se halla un teléfono. Al foro, en el centro y separado por un ancho arco o un segundo proscenio de cortinajes transparentes y ajados (o segundo cortinaje: el «segundo cortinaje» es en realidad el de gasa interior intermedio entre la sala y el comedor, que se halla en el foro) está el comedor.
En una anticuada rinconera de la sala, hay muchos animales de vidrio transparente. Una empañada fotografía del padre de los Wingfield, de frente al público, a la izquierda del arco. Es el rostro de un joven muy guapo, con el quepis de un infante norteamericano de la Primera Guerra Mundial. Sonríe valerosamente, con una sonrisita irresistible, como si dijera: «Sonreiré siempre.» (Adviértase que, en cuanto concierne al salón de baile, sólo es esencial que se vea la ventana iluminando la parte lejana de la callejuela. No es necesario mostrar una sección considerable del salón de baile)
El público oye y ve la escena inicial del comedor tanto a través del transparente cuarto muro (éste es la cortina de gasa que sugiere el frente del edificio) y los cortinajes transparentes de gasa del arco del comedor. Durante esta reveladora escena sube lentamente el cuarto muro, hasta perderse de vista. Este muro exterior transparente no vuelve a bajar hasta el final de la pieza, durante el discurso final de Tom.
El narrador es un franco convencionalismo de la pieza. Se toma todas las libertades que convienen a su propósito con los convencionalismos dramáticos. Tom entra de la callejuela de la izquierda (o de la derecha, si se omite la de la izquierda). Viste indumentaria de marinero de la marina mercante y va despaciosamente por el frente del escenario hacia la escalera de emergencia. (Tom puede inclinarse contra el enrejado de la 4 escalera cuando enciende el cigarrillo) Allí, se detiene y enciende un cigarrillo. Le habla al público.
TOM: Tengo trucos en el bolsillo —y cosas bajo la manga—pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Éste, les brinda a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo, les doy la verdad con las gratas apariencias de la ilusión. Los llevo a una callejuela de Saint Louis. La época en que transcurre la acción es el lejano período en que la enorme clase media de los Estados Unidos se matriculaba en una escuela para ciegos. Sus ojos les fallaban, o ellos fallaban a sus ojos, y por eso se les oprimía enérgicamente los dedos sobre el feroz alfabeto Braille de una economía en desintegración. En España, había revolución. Aquí, sólo había gritos y confusión y conflictos obreros, a veces violentos, en ciudades por lo demás pacíficas como Cleveland... Chicago... Detroit... Ésa es la atmósfera social en que se desarrolla la acción de esta comedia. Esta comedia son los recuerdos. (Se oye música) Como es una comedia de recuerdos, hay poca luz, es sentimental, no es realista. En la memoria, todo parece acontecer con música. Ello explica el violín que se oye, entre bastidores. Yo soy el narrador de la comedia y también uno de sus personajes. Los otros son mi madre Amanda, mi hermana Laura y un candidato matrimonial que aparece en las escenas finales. Este es el personaje más realista de la pieza, por ser el emisario de un mundo del cual, en cierto modo, estábamos separados. Pero como tengo la debilidad de un poeta por los símbolos, uso a este personaje como el demorado pero siempre esperado algo por el cual vivimos. Hay un quinto personaje que sólo aparece en una fotografía colgada de la pared. Cuando vean la imagen de este sonriente caballero, sírvanse recordar que es nuestro padre, que nos abandonó hace mucho tiempo. Era un telefonista que se enamoró de la larga distancia: de modo que renunció a su empleo en la compañía telefónica y huyó de la ciudad... La última noticia que tuvimos de él fue una postal de la costa mexicana del Pacífico, con un mensaje de dos palabras: «¡Hola, adiós!», y sin dirección. Creo que el resto de la comedia se explicará por sí mismo.
(Se encienden las luces en el comedor. Tom sale por la derecha. Hace mutis por el primer término, se quita su abrigo de marinero y su ajustado gorro tejido y se queda junto a la puerta de la derecha del comedor, esperando el momento de entrar en escena. Se oye la voz de Amanda a través de los cortinajes, esto es, de las cortinas de gasa que separan al comedor de la sala. Amanda y Laura están sentadas junto a una mesa-libro. Amanda ocupa la silla del centro y Laura la de la izquierda. El acto de comer se indica con gestos, sin viandas ni utensilios. Amanda está de frente al público. El interior del comedor, se ha iluminado suavemente y a través de las cortinas de gasa, vemos a Amanda y a Laura sentadas a la mesa en la zona del foro)
AMANDA: ¿Sabes una cosa, Laura? El domingo pasado, me sucedió algo graciosísimo en la iglesia. El recinto estaba atestado y sólo quedaba libre uno de los primeros bancos y allí se veía apenas a una mujercita. Le sonreí muy dulcemente y le dije: Perdóneme usted... ¿Tendría inconveniente en que yo compartiera este banco? «Sí —me dijo—. Este espacio está alquilado.» ¿Sabes que es la primera vez que oigo decir que el Señor alquila espacio? (Las cortinas de gasa del comedor se descorren automáticamente) ¡Esos episcopales del Norte! Comprendo a los del Sur, pero a los del Norte, no. (Tom entra en el comedor por la derecha, se desliza hacia la mesa y se sienta a la derecha) Querido, no empujes la comida con los dedos. Si es forzoso que la empujes con algo, usa una corteza de pan. Debes masticar lo que comes. Los animales tienen en el estómago secreciones que les permiten digerir su comida sin masticarla, pero los seres humanos, antes de tragarla, deben masticarla y masticarla. Oh, come sin prisa. Come sin prisa. Una comida bien preparada tiene muchos sabores delicados que conviene retener en la boca para apreciarlos, y no limitarse a engullirlos. ¡Oh, mastica, mastica, mastica! (A esta altura, la cortina de gasa —si el director decide usarla—, la que sugiere la pared externa, se levanta y no vuelve a bajar hasta el fin de la comedia) ¿No quieres darles oportunidad de funcionar a tus glándulas salivales?
TOM: Mamá, no he disfrutado de un solo bocado de la cena a causa de tus constantes instrucciones sobre la manera de comerla. Eres tú quien me obliga a comer precipitadamente, con tu atención de gavilán sobre todos mis bocados. Resulta repulsiva... toda esa disertación sobre la secreción de los animales... las glándulas salivales... ¡la masticación! (Va hacia la butaca de la sala, enciende un cigarrillo)
AMANDA: ¡Tienes temperamento, como un divo del Metropolitan! No te he permitido que te retires de la mesa.
TOM: Voy a fumar un cigarrillo.
AMANDA: Fumas demasiado.
LAURA: (levantándose) Mamá, traeré el café.
AMANDA: No, no, no. Tú, siéntate. Hoy, yo seré el negrito que sirve y tú serás la dama.
LAURA: Ya me he levantado.
AMANDA: Pues vuelve a sentarte. Vuelve a sentarte. Consérvate fresca y linda para los candidatos. (Laura se sienta)
LAURA: No espero la visita de ningún candidato.
AMANDA: (que ha estado recogiendo los platos de la mesa y poniéndolos sobre la bandeja): Lo gracioso, es que vienen cuando menos se los espera. Recuerdo una tarde de domingo, en Blue Mountain, cuando tu madre era niña... (Sale en busca del café, por el foro derecha)
TOM: ¡Sé qué se avecina! (Laura se levanta)
LAURA: Sí. Pero más vale que se lo dejes decir. (Va hacia la izquierda del sofá-cama y se sienta)
TOM: ¿De nuevo?
LAURA: Le gusta decirlo.
AMANDA: (entrando por la derecha al comedor y pasando a la sala con la bandeja y el café) Recuerdo que un domingo por la tarde, en Blue Mountain, cuando tu madre era una niña, la visitaron... ¡diecisiete candidatos! (Se acerca a Tom, le da café y va al centro del escenario. Laura se le aproxima, toma la tacita y vuelve a su sitio. Amanda pone la bandeja sobre la mesita que está a la derecha del sofá-cama y se sienta junto a ella. La cortina interior se corre, las luces se apagan)
AMANDA: Lo cierto es que, a veces, no había sillas suficientes para todos ellos y teníamos que mandar al negrito a casa del cura en busca de sillas plegables.
TOM: ¿Cómo conseguiste entretener a todos esos candidatos? (Tom se sienta, finalmente, en la butaca de la derecha)
AMANDA: ¡Daba la casualidad de que yo conocía el arte de la conversación!
TOM: ¡Apuesto a que sabías hablar!
AMANDA: Claro que sí. Todas las muchachas de mi tiempo lo sabían, te lo aseguro.
TOM: ¿De veras?
AMANDA: Sabían entretener a los candidatos que las visitaban. No bastaba que una muchacha tuviera una linda cara y una figura graciosa... aunque yo no estaba mal dotada en ninguno de esos sentidos. También debía tener un ingenio ágil y una lengua capaz de afrontar todas las emergencias.
TOM: ¿De qué hablabas?
AMANDA: ¡De las cosas importantes que sucedían en el mundo! Mis candidatos eran caballeros... ¡todos ellos! ¡Figuraban entre los hombres más destacados del delta del Mississipí... eran hacendados e hijos de hacendados! Estaba Champ Laughlin, hijo. (Se oye música) Más tarde, Champ llegó a ser vicepresidente del Banco de los Hacendados del Delta. Y Hadley Stevenson, que se ahogó en el lago Moon. Dios mío, por cierto que dejó a su esposa bien asegurada... con ciento cincuenta mil dólares... en títulos del Gobierno. Y los hermanos Cutrere... Wesley y Bates. ¡Bates era uno de mis alegres galanes favoritos! Pero tuvo una riña con Wainwright, aquel salvaje, y la emprendieron a tiros en el casino del lago Moon. Bates recibió un balazo en el estómago. Murió en la ambulancia cuando lo llevaban a Menfis. Ciertamente, también él dejó bien asegurada a su viuda... con no menos de ocho o diez mil acres. No amaba a su mujer, ella lo atrapó por casualidad, de rebote. La noche en que murió, encontraron en su bolsillo mi fotografía. ¡Oh! ¡Y aquel joven que les hacía perder la cabeza a todas las muchachas del delta! ¡Aquel guapo (se extingue la música) y talentoso Fitzhugh, del distrito de Greene!
TOM: ¿Qué le dejó a su viuda, ése?
AMANDA: ¡No se casó! ¿Qué te pasa? ¡Hablas como si todos mis admiradores de antaño se hubieran muerto!
TOM: ¿No es ése el primero de los que has mencionado que sobrevivió?
AMANDA: Ganó muchísimo dinero. Fue al Norte, a Wall Street y amasó una fortuna. Tenía el toque de Midas... todo lo que tocaba se convertía en oro! (Se levanta) Y yo habría podido ser la señora esposa de J. Duncan Fitzhugh... ¡fíjate bien! (Va a la izquierda) Pero... ¿qué hice? ¡Me descarrié y me casé con tu padre! (Mira la fotografía que pende sobre la pared. Va hacia la mesita vecina del sofá-cama en busca de un cenicero)
LAURA: (se levanta) Mamá, déjame recoger la mesa.
AMANDA: (recoge las tacitas de Laura y de Tom) No, querida. Ve a practicar tu dactilografía al tacto. O tu taquigrafía. ¡Sigue fresca y linda! ¡Es casi la hora de que empiecen a llegar tus candidatos! ¿A cuántos crees que recibiremos esta tarde? (Tom descorre las cortinas que separan el comedor de la sala, que se cierran detrás de ella, y Amanda sale, entrando en la cocina. Tom se queda al foro en la sala)
LAURA: (a Amanda, que está detrás de la escena) No creo que recibamos a ninguno, mamá.
AMANDA: (tras de la escena) ¿A ninguno? ¿Ni uno solo? ¡Debes estar bromeando! ¿Ni un candidato de visita? ¿Qué pasa? ¿Ha habido una inundación o un tornado?
LAURA: (yendo hacia la mesa de la máquina de escribir) Ni una inundación ni un tornado, mamá. Lo que pasa, simplemente, es que no soy tan popular como lo eras tú en Blue Mountain. Mamá teme que seré una solterona. (Se oye música. Se apagan las luces. Tom sale por el foro en las tinieblas. Laura va hacia el zoo de cristal)

ESCENA SEGUNDA
El escenario es el mismo. Se ilumina la sala, se ve a Laura junto al zoo, lustrando los animales de vidrio. Va hacia el fonógrafo, pone un disco. (En la representación por profesionales se usaba «Dardanella», pero puede utilizarse cualquier disco popular de la década de 1920-1930. Debe ser un disco gastado) Laura sincroniza sus actos para poner la púa sobre el disco en el mismo momento en que concluye el fragmento musical que se estaba ejecutando en la escena anterior. Entra Amanda por la callejuela de la derecha. Se oye rechinar la llave de la cerradura. Laura va con aire culpable a la máquina de escribir y teclea. (La mesita con la máquina está aún en escena, a la izquierda de la sala) Amanda entra en la habitación de la derecha, cerrando la puerta. Va hacia la butaca y deja sobre ella el sombrero, el bolso y los guantes. A Amanda le ha sucedido algo. Ese algo está grabado en su rostro: una mirada ceñuda y desesperada y algo ridícula. Viste uno de esos abrigos baratos de paño que simulan terciopelo, con un cuello de pieles de imitación. Su sombrero tiene ya cinco o seis años de antigüedad, es uno de esos horribles «cloche» que se usaron en mil novecientos veintitantos, y oprime un enorme portamonedas de charol negro con cierre e iniciales de níquel. Ese es su uniforme de gala, el que usa habitualmente cuando va a la sede de las DAR1. Sus labios se contraen, sus ojos se dilatan, los pone en blanco y menea la cabeza. Al ver la expresión fisonómica de su madre, Laura se toca los labios con nervioso gesto.
LAURA: Hola, mamá. Precisamente, yo estaba...
AMANDA: Lo sé. Sólo estabas practicando tu dactilografía, supongo.
LAURA: Sí.
AMANDA: ¡Engaño, engaño, engaño!
LAURA: (con voz trémula) ¿Cómo estuvo la reunión de la DAR, mamá?
AMANDA: (acercándosele) ¡La reunión de la DAR!
LAURA: ¿No fuiste a la reunión de la DAR, mamá?
AMANDA: (con voz débil, casi inaudible) No, no fui a ninguna reunión de la DAR (con más energía). No tuve fuerzas... No tuve el valor necesario. Sólo quería hallar un agujero en el suelo y ocultarme en él y quedarme allí durante el resto de mi vida. (Rasga el cuadro usado para la dactilografía al tacto, y arroja al suelo los pedazos)
LAURA: ¿Por qué has hecho eso, mamá?
AMANDA: (se sienta en el extremo derecho del sofá-cama) ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué edad tienes, Laura?
LAURA: Mamá, tú sabes mi edad.
AMANDA: Creí que eras toda una mujer, pero evidentemente estaba muy equivocada. (Mira fijamente a Laura)
LAURA: ¡Por favor, no me mires con fijeza, mamá! (Cierra los ojos y baja la cabeza. Pausa)
AMANDA: ¿Qué vas a hacer? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué futuro nos espera? (Pausa)
LAURA: ¿Ha sucedido algo, mamá? Mamá... ¿Ha sucedido algo?
AMANDA: Se me pasará en seguida. Sólo estoy desconcertada... por la vida...
LAURA: ¡Mamá, quiero que me digas qué ha pasado!
AMANDA: Esta tarde fui a la DAR, como sabes; debían iniciarme como oficial. Me detuve en la escuela comercial Rubicam para hablarles de tu resfriado y para preguntarles sobre tus progresos allí.
LAURA: ¡Oh...!
AMANDA: Sí, oh..., oh..., oh. Fui directamente en busca de tu profesora de dactilografía y me presenté como madre tuya. Ni siquiera sabía quién eras. «¿Wingfield, dijo usted? Ni siquiera tenemos inscrita en la escuela a una estudiante de ese apellido.» Le aseguré que sí. Dije que mi hija Laura había estado asistiendo a las clases desde los primeros días de enero. «Bueno, no sé —dijo la profesora—. Salvo que se
«Daughters of the American Revolution» (Hijas de la Revolución Norteamericana). (N. del T) refiera a esa muchachita tan tímida que dejó de venir al colegio después de varios días de asistencia.» No, dije. No me refiero a ésa. ¡Me refiero a mi hija Laura, que ha estado viniendo aquí todos los días durante las seis últimas semanas! «Excúseme» —dijo ella—. Y tomó el libro de asistencias y allí estaba tu nombre, inconfundible, impreso, y todas las fechas en que habías faltado. Sin embargo, le repetí que se equivocaba. Le dije: «¡Debe de haber algún error! ¡Alguna confusión en los archivos!» «No —dijo la profesora—. Ahora la recuerdo perfectamente. ¡Era tan tímida y sus manos temblaban tanto, que sus dedos no lograban tocar el teclado de la máquina! ¡Cuando hicimos un examen de velocidad... desfalleció por completo... empezó a dolerle el estómago y tuvimos que llevarla al lavabo! Después de eso, ya ni volvió. Telefoneamos todos los días a su casa y no obtuvimos respuesta.» (Se levanta y se va a la derecha, centro) Esto sucedió cuando yo trabajaba durante todo el día en ese bazar, supongo, exhibiendo esos... (Hace con las manos una alusión al corpiño) ¡Oh! ¡Me sentí tan débil que no pude mantenerme en pie! (Se sienta en la butaca) ¡Tuve que sentarme mientras me alcanzaban un vaso de agua! (Laura va hacia el fonógrafo) Cincuenta dólares por los cursos. No me importa tanto el dinero, pero todas mis esperanzas de que tuvieras un porvenir se esfumaron... así, como si tal cosa. (Laura le da cuerda al fonógrafo) ¡Oh, no hagas eso¡ ¡No hagas funcionar ese fonógrafo!
LAURA: ¡Oh! (Detiene el aparato, va hacia la mesita de la máquina de escribir y se sienta)
AMANDA: ¿Qué hiciste todos los días en que fingiste ir a la escuela Rubicam?
LAURA: Estuve paseando.
AMANDA: ¡No es cierto!
LAURA: Sí, mamá. Paseando, nada más.
AMANDA: ¿Paseando? ¿Paseando? ¿En invierno? ¿Cortejando deliberadamente a una pulmonía con ese abrigo liviano? ¿A dónde fuiste, Laura?
LAURA: A diversos lugares... Más que nada, al parque.
AMANDA: ¿Aun cuando empezó ese resfriado?
LAURA: Era el menor de los dos males, mamá. Yo no podía volver. ¡Había vomitado en el suelo!
AMANDA: ¿Quieres convencerme de que todos los días, desde las siete y media hasta después de las cinco de la tarde, te paseabas por el parque, porque querías hacerme creer que ibas aún a la Escuela Comercial Rubicam?
LAURA: ¡Oh, mamá! Eso no era tan malo como parece. Yo entraba en algunos edificios a calentarme.
AMANDA: ¿Dónde?
LAURA: En el museo de pintura y en las pajareras del Zoo. ¡Visitaba todos los días a los pingüinos! A veces no almorzaba y me iba al cine. Últimamente, pasé la mayoría de mis tardes en el Alhajero, esa gran casa de cristal donde cultivan flores tropicales.
AMANDA: ¡Hiciste todo eso para engañarme, nada más que para engañarme! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
LAURA: ¡Mamá, cuando estás desilusionada, tu rostro tiene el mismo aire sufriente del retrato de la madre de Jesús en el museo! (Se levanta)
AMANDA: ¡Cállate!
LAURA: (va hacia su zoo) Yo no podía afrontarlo. No podía.
AMANDA: (levantándose) Y bien... ¿Qué haremos ahora, querida, el resto de nuestra vida? ¿Quedarnos sentadas, simplemente mirando pasar el desfile? ¿Divertirnos con el zoo de cristal? ¿Ejecutar eternamente esos discos gastados que tu padre nos dejó como un doloroso recuerdo suyo? (Cierra ruidosamente el fonógrafo) No podemos estudiar una carrera comercial. No, no podemos. Eso sólo nos causa indigestión. ¿Qué nos queda ahora sino depender de otros durante el resto de nuestras vidas? Créeme, Laura: sé perfectamente qué les pasa a las mujeres solteras que no están preparadas para ocupar una posición en la vida. (Va a la izquierda y se sienta sobre el sofá-cama) He visto casos tan lamentables en el Sur... solteronas apenas toleradas que vivían de la caridad de una cuñada... metidas en alguna ratonera... hostigadas por la cuñada para que se fueran a vivir con otra cuñada... como golondrinas... sin nido... ¡comiendo la corteza de la humillación durante toda su vida! ¿Es ése el futuro que nos hemos trazado? Juro que no veo otra alternativa. Y no creo que esa alternativa sea muy agradable. Desde luego... algunas muchachas se casan. ¡Dios mío, Laura! ¿No te ha gustado nunca un joven?
LAURA: Sí, mamá. En cierta ocasión, me gustó uno.
AMANDA: ¿De veras?
LAURA: Hace algún tiempo, encontré su retrato.
AMANDA: ¿También te dio su retrato? (Se levanta y se va hacia la butaca)
LAURA: No, su fotografía figura en el anuario.
AMANDA: (se sienta en la butaca) Ah... Un joven del colegio de secundaria.
LAURA: Sí. Se llamaba Jim. (Arrodillándose en el suelo, saca el anuario de debajo del zoo de cristal) Aquí está, en Los piratas de Penzance.
AMANDA: (distraídamente) ¿En el qué?
LAURA: Me refiero a la opereta que representaron los alumnos del último curso. Él y yo estábamos sentados en las puntas de banco opuestas del pasillo, en el salón de actos. ¡Aquí está, con una copa de plata que le dieron por sus éxitos en las polémicas! ¿Ves su sonrisa?
AMANDA: ¿De modo que también sonreía? (Mira la fotografía del padre, que pende de la pared detrás del fonógrafo2. Le devuelve el anuario)
LAURA: Solía llamarme... Blue Roses.
AMANDA: ¿Blue Roses? ¿Por qué te dio un nombre tan tonto?
LAURA: (arrodillada, todavía) Cuando tuve ese ataque de pleurosis... me preguntó qué me había pasado cuando volví. Le dije que había tenido pleurosis... y él entendió «Blue Roses». De modo que, desde entonces, me llamó así. Siempre que me veía, gritaba: «¡Hola, Blue Roses!» La muchacha con quien salía Jim no me importaba. Emily Meisenbach. ¡Oh, Emily era la muchacha mejor vestida de Soldán! Pero nunca me pareció sincera... En cierta ocasión, leí en un periódico que eran novios. (Pone el anuario sobre un estante del zoo de cristal) Eso sucedió hace mucho tiempo... Es probable que ya se hayan casado.
AMANDA: Está bien, querida, está bien. No importa. Las muchachitas que han nacido para las carreras comerciales suelen terminar casándose con jóvenes muy guapos. ¡Y yo cuidaré que te suceda lo mismo!
LAURA: Pero mamá...
AMANDA: ¿Qué pasa?
LAURA: Soy una... ¡tullida!

En la puesta en escena original, esta fotografía era una cabeza de tamaño natural. Se ilumina de vez en cuando, de acuerdo con las indicaciones. La iluminación puede omitirse, si se desea. En el caso de que se la use, la fotografía debe iluminarse en este momento. (N. del A) 10

AMANDA: ¡No pronuncies esa palabra! (Se levanta y va hacia Laura) ¡Cuántas veces te he dicho que no la pronuncies! No eres una tullida, sólo tienes un leve defecto. (Laura se levanta) Si hubieras vivido en mis tiempos de muchacha, cuando barríamos el suelo con largas y graciosas faldas, eso hasta habría sido una ventaja. Cuando se tiene una ligera dificultad como ésa, basta con desarrollar alguna otra cualidad en su lugar, la seducción... o la vivacidad... ¡o el encanto! (Reflector sobre la fotografía. Se apaga) ¡Eso es lo único que tenía en abundancia tu padre...! ¡Encanto! (Se sienta en el sofá-cama. Laura va hacia la butaca y se sienta. Se apagan las luces en escena)

ESCENA TERCERA
Escenario: El mismo. Las luces vuelven a encenderse, pero sólo en la callejuela de la derecha y sobre la escalera de emergencia: el resto del escenario sigue en la oscuridad. (La mesa de la máquina de escribir y ésta han sido retiradas) Entra Tom, otra vez con su abrigo de marinero y su gorra tejida, por la callejuela de la derecha. Se oye música. Cuando ésta concluye, Tom empieza a hablar.
TOM: (apoyado contra el enrejado de la escalera de emergencia, fumando) Después del fracaso en la Escuela Comercial Rubicam, la idea de encontrar un candidato para mi hermana Laura empezó a desempeñar un papel cada vez más importante en los cálculos de mi madre. Se convirtió en una obsesión. Como un arquetipo del inconsciente universal, la imagen del candidato rondaba nuestro apartamento. Rara vez transcurría una de nuestras veladas sin alguna alusión a aquella imagen, a aquel espectro, a aquella esperanza... Y hasta cuando no lo mencionábamos, su presencia persistía en el aire inquieto de mi madre y en los modales asustados de mi hermana, en su aire de excusa. ¡Persistía, como una sentencia dictada contra los Wingfield! Pero mi madre era una mujer de acción, no sólo de palabra. (Música) Comenzó a dar pasos lógicos en la dirección proyectada. Ya algo más avanzado el invierno y a comienzos de la primavera —comprendiendo que se necesitaba dinero extra para preparar adecuadamente el nido y adornar al pájaro—, inició una vigorosa campaña telefónica, consiguiéndole suscriptoras a una de esas revistas para matronas llamada La Amiga de la Dueña de Casa, que publican en folletín las elucubraciones de las literatas que hablan de delicados senos que parecen copas, de talles delgados y ahusados, de muslos abundantes y de color cremoso, de ojos semejantes al humo de la madera en otoño, de dedos que calman y acarician como suaves, suavísimas melodías, de cuerpos poderosos como estatuas etruscas. (Sale por los bastidores de la derecha. Se apagan las luces en la callejuela de la derecha y se ilumina la cabeza de Amanda, que habla por teléfono en la sala. La música concluye cuando Tom cesa de hablar)
AMANDA: ¿Ida Scott? (Durante esta conversación, Tom entra en el comedor por el foro derecho sin ser visto por el público y sin abrigo ni sombrero. Sobre la mesa, hay una lámpara de leer no encendida. Tom se sienta junto a la mesa del comedor, con ánimo de escribir). Habla Amanda Wingfield. El lunes último la echamos de menos en la DAR. Oh, antes que nada, quisiera saber... ¿Cómo sigue su sinusitis? ¡Usted es simplemente una mártir cristiana! Bueno, acabo de hojear mi libro rojo y he visto que su suscripción al Companion está casi vencida... y precisamente ahora, cuando comienza ese nuevo y maravilloso folletín de Bessie Mae Harper. Es el primero que escribe desde Luna de miel para tres, que fue algo poco común... ¿verdad? Pues éste, Ida, es mejor aún. Se refiere a los caballos mecánicos de Long Island y a una muchacha que se cae del suyo mientras lo hace saltar en las... regatas. Su... su columna vertebral queda... lesionada. La culpa es del caballo... que la pisa. Ahora bien, en el mundo entero sólo hay un cirujano que pueda salvarla de la parálisis total, y es el hombre con quien está comprometida para casarse, y es rubio y guapo. También esto es poco usual... ¿verdad? Oh, su novio no es perfecto. Claro que tiene una debilidad. La debilidad más terrible del mundo. Bebe demasiado. ¿Qué? Oh, no, querida. No deje que se quemen. Vaya a echar una miradita en el horno y seguiré hablando... ¡Oh! ¡Esa mujer! ¿Sabes qué me hizo? ¡Me colgó el teléfono! (Se apagan las luces del comedor y de la sala. Al mismo tiempo, se enciende la lámpara de leer)
LAURA: Oh, mamá, mamá. Tom está tratando de escribir. (Se levanta de la butaca donde se quedó sentada al bajar el telón en la escena anterior y va hacia la cortina que separa el comedor de la sala; descorrida ya)
AMANDA: ¡Oh! ¿De veras? (Deja el teléfono, va al comedor y se acerca a Tom)
TOM: (junto a la mesa) Vamos... ¿Qué estás tramando?
AMANDA: Trato de protegerte la vista. (Está atareada con la lámpara) Sólo tienes un par de ojos y debes cuidarlos. Oh, ya sé que Milton era ciego, pero no fue un genio por eso.
TOM: Mamá... ¿Quieres hacerme el favor de irte y de dejarme terminar de escribir?
AMANDA: (le endereza los hombros) ¿Por qué eres incapaz de sentarte derecho... para que tus hombros no asomen como alas de gorrión?
TOM: Mamá, haz el favor de ocuparte de otra cosa. Estoy tratando de escribir.
AMANDA: (atareada con Tom) Mira, he visto un cuadro anatómico y sé qué efecto causa esa posición sobre tus vísceras. Incorpórate y te lo mostraré. Tu estómago oprime tus pulmones y tus pulmones oprimen tu corazón y ese pobre corazoncito se desalienta porque no le queda sitio para seguir latiendo por ti.
TOM: ¿Qué diablos... (Las cortinas internas que separan la sala del comedor se corren. Las luces del comedor se apagan. Laura se para junto a las cortinas de la sala, escuchando la conversación siguiente entre Tom y Amanda. Estos se quedan en el comedor mientras discuten)
AMANDA: No me hables así...
TOM: (concluyendo su frase anterior) ... se supone que debo hacer?
AMANDA: ¿Qué te pasa? ¿Has perdido el juicio?
TOM: Sí. Me lo has quitado tú.
AMANDA: ¿Qué te sucede en estos últimos tiempos, gran... gran estúpido?
TOM: Mira, mamá... En esta casa, no me queda un solo objeto... un solo objeto que pueda llamar mío.
AMANDA: ¡Baja la voz!
TOM: ¡Ayer secuestraste mis libros! Tuviste el descaro de...
AMANDA: Así es. Le devolví a la biblioteca pública esa horrible novela... y el espantoso libro de ese demente que es el señor Lawrence. No puedo fiscalizar la producción de una mente enferma ni a la gente que proporciona ese material, pero no permitiré en mi casa semejante inmundicia. ¡No, no, no, no, no!
TOM: ¡Casa, casa! ¿Quién paga el alquiler de la casa, quién vive como un esclavo para...?
AMANDA: ¡No te atrevas a hablarme así! (Laura se acerca a la butaca)
TOM: ¡No, yo no debo decir nada! ¡Simplemente, tengo que quedarme callado y dejar que tú te encargues de hablar!
AMANDA: ¡Espera, te diré algo! 12

TOM: No quiero oír más.
AMANDA: Oirás más... (Laura va hacia el fonógrafo)
TOM: (franqueando las cortinas que separan el comedor de la sala. Va al foro, donde, en un lugar oscuro, se supone hay un armario) Bueno, no seguiré escuchando. Me voy. (Toma su abrigo)
AMANDA: (entrando en la sala, se detiene en el centro) Me vas a escuchar, Tom Wingfield. Estoy cansada de tu insolencia. Y, otra cosa... ¡Se me está acabando la paciencia!
TOM: (tomando su abrigo del respaldo de la butaca y yendo hacia Amanda) ¿Y crees que a mí no se me acaba, mamá? ¿Se supone que mi paciencia es infinita? Ya lo sé. Ya lo sé. No te importa mucho lo que estoy haciendo... lo que estoy tratando de hacer... ¡diferenciar ambas cosas! Tú, no lo crees así.
AMANDA: Creo que estás haciendo cosas que te avergüenzan y que por eso obras así. (Tom se acerca al sofá-cama y se sienta) No creo que vayas todas las noches al cine. Nadie va al cine todas las noches. Nadie que esté en su sano juicio va al cine casi a medianoche y la gente no sale de allí a las dos de la mañana. Ni entra en casa tropezando y murmurando como los locos. Duermes tres horas y te vas al trabajo. ¡Oh, me imagino qué haces allí! Dormitas, te pasas las horas en un constante sopor, porque no estás en condiciones de trabajar.
TOM: Es cierto..., es muy, muy cierto. ¡No estoy en condiciones de trabajar!
AMANDA: ¿Cómo te atreves a arriesgar tu empleo? ¿A arriesgar nuestra seguridad? ¿Cómo crees que podemos componérnoslas para...? (Se sienta en la butaca)
TOM: Oye, mamá. ¿Crees que estoy loco por la zapatería? ¿Crees que estoy enamorado de la Continental Shoemakers? ¿Crees que quiero pasarme cincuenta y cinco años de mi vida ahí, en ese interior de celotex... con... tubos fluorescentes! ¡Palabra de honor que preferiría tomar una pistola y saltarme los sesos... antes que volver por las mañanas! ¡Pero voy! ¡Claro, cada día entras gritando ese maldito: «¡Levántate y lúcete! ¡Levántate y lúcete!»! ¡Pienso en cuan dichosos son los muertos! Pero me levanto. (Se levanta del sofá-cama) ¡Voy! ¡Por sesenta y cinco dólares mensuales, renuncio a todo lo que sueño con hacer y ser siempre! Y dices que sólo pienso en eso. ¡Oh, Dios mío! Pero, mamá... Si sólo pensara en mí mismo, estaría donde está él... ¡Me habría marchado! (Va a tomar el abrigo, colgado sobre el respaldo de la butaca) ¡Me habría ido todo lo lejos que me lo permitiera el sistema de transportes! (Amanda se levanta, se le acerca y lo aferra del brazo) ¡Por favor, no me agarres, mamá!
AMANDA: (siguiéndolo) No te agarro. Quiero saber adonde vas ahora.
TOM: (toma el abrigo y se dirige hacia la puerta de la derecha) ¡Voy al cine!
AMANDA: ¡No creo en esa mentira!
TOM: (va hacia Amanda) ¿No? Pues bien: tienes razón. Por una vez en tu vida, tienes razón. No voy al cine. ¡Voy a los fumaderos de opio! Sí, mamá, a los fumaderos de opio, guaridas del vicio y refugio de los criminales. He ingresado en la banda de Hogan. Soy un asesino asalariado. ¡Llevo una pistola ametralladora en un estuche de violín! ¡Poseo una cadena de burdeles en el valle! ¡Me llaman el Asesino, el Asesino Wingfield! En realidad, llevo una doble vida. De día, soy un sencillo y honrado dependiente de zapatería, pero de noche soy un dinámico zar del hampa. ¡Voy a los garitos y derrocho allí una fortuna en la ruleta! Tengo un parche sobre un ojo y un bigote postizo: a veces patillas verdes. En esas ocasiones, me llaman... ¡El Diablo! ¡Oh, podría decirte cosas que te desvelarían! ¡Mis enemigos proyectan dinamitar alguna noche esta vivienda! Y entonces, nos harán volar hasta los cielos. ¡Y cómo me alegraré! ¡Qué feliz me sentiré! Y tú también. Tú volarás muy arriba... cada vez más arriba... ¡por sobre Blue Mountain, cabalgando en una escoba! Con diecisiete candidatos. ¡Vieja bruja charlatana! (Ejecuta una serie de movimientos violentos y torpes, aferrando su abrigo, abalanzándose hacia la puerta de la derecha, tirando con vehemencia de ella. Las mujeres lo contemplan con espanto. El brazo de Tom está atrapado dentro de la manga del abrigo cuando se esfuerza por ponérselo. Por un momento, queda sujeto por la holgada prenda. Con un grito de furor, vuelve a arrancarse el abrigo, rasgando el hombro del mismo y lo tira impetuosamente. El abrigo choca contra el estante de la colección de animalitos de Laura y se oye el tintineo del cristal que se hace añicos. Laura grita como si la hubiesen herido)
LAURA: ¡Mi zoo... de cristal! (Se tapa la cara y les vuelve la espalda)
AMANDA: (con voz terrible): ¡Nunca te volveré a hablar mientras vivas, a menos que me pidas perdón! (Sale por entre las cortinas de la sala. Tom se queda con Laura. La mira absorto y con aire estúpido durante unos instantes. Luego, va hacia el estante donde está el zoo de cristal. Se deja caer torpemente de rodillas, para recoger los fragmentos, mirando a Laura como si quisiera hablar y no pudiese hacerlo. Se apagan las luces)

ESCENA CUARTA
El interior está a oscuras. Débil luz en la callejuela de la derecha. Una campana de grave voz da las cinco en una iglesia al iniciarse la escena. Tom aparece en la callejuela de la derecha. Después de cada una de las solemnes campanadas de la torre, agita una pequeña matraca de juguete, como para expresar el diminuto espasmo del hombre en contraste con el sostenido poder y dignidad del Todopoderoso. Esto y la poca firmeza de su andar, revelan inequívocamente que ha estado bebiendo. Cuando sube por los peldaños que llevan al rellano de la escalera, la luz se insinúa dentro. Laura aparece en camisón, entrando en la sala y contempla la cama vacía (el sofá-cama) de Tom. Tom hurga en sus bolsillos, buscando la llave de la puerta, y saca un heterogéneo conjunto de objetos durante su búsqueda, inclusive una verdadera lluvia de talones de entradas de cinematógrafo y una botella vacía. Finalmente, encuentra la llave, pero cuando se dispone a introducirla en la cerradura se le escurre de entre los dedos. Enciende un fósforo y se inclina junto a la puerta para buscarla.
TOM: (con amargura) Una hendidura... ¡y cae al otro lado! (Laura abre la puerta de la derecha. Los párrafos siguientes se dicen sobre el rellano)
LAURA: Tom, Tom... ¿qué estás haciendo?
TOM: Buscando una llave.
LAURA: ¿Dónde has estado hasta ahora?
TOM: En el cine.
LAURA: ¿Tanto tiempo?
TOM: El programa era muy largo. Figuraba una película de la Garbo y un dibujo animado del Ratón Mickey y un documental de un viaje y un noticiario y una «cola» de publicidad de futuros filmes. ¡Y hubo un solo de órgano y una colecta para el fondo de la copa de leche — simultáneamente— que concluyó en una terrible lucha entre una señora gorda y un acomodador!
LAURA: (ingenuamente) ¿Tuviste que ver todo eso?
TOM: ¡Claro! Y... ¡Oh, me olvidaba! ¡Hubo una gran presentación teatral! El primer actor de aquel espectáculo era Malvolio el Mago. Ejecutó unas maravillosas suertes de prestidigitación, muchas maravillosas suertes, tal como la de trasegar agua ida y vuelta entre cántaros. Primero la convertía en vino y luego en cerveza y finalmente en whisky. Sé que concluyó por transformarla en whisky porque Malvolio necesitó que subiera un espectador a ayudarle y subí yo... ¡en las dos funciones! Se trataba de whisky de centeno Kentucky Straight. Malvolio era muy generoso, regalaba cosas como recuerdos. (Saca del bolsillo trasero del pantalón un tornasolado chal, con los colores del arco iris) Me dio esto. Su chal mágico. Puedes quedarte con él, Laura. Si lo agitas sobre una jaula con canarios, conseguirás una pecera con carpas de un rojo dorado. Agítalo sobre la pecera y saldrán volando canarios... Pero la más maravillosa de las suertes fue el truco del ataúd. Encerramos al mago dentro de un ataúd, clavando la tapa y salió sin sacar un clavo. (Entran) He aquí un truco que me resultaría muy útil... ¡para salir de esa cueva de dos por cuatro! (Se deja caer en el sofá-cama y empieza a quitarse los zapatos)
LAURA: Tom... ¡Cállate!
TOM: ¿Por qué me impones silencio?
LAURA: ¡Despertarás a mamá!
TOM: ¡Vaya! ¡Así le pagaré por todos esos «Levántate y lúcete»! (Se acuesta, gruñendo) Ya sabes que no hace falta mucha inteligencia para meterse en un ataúd de tapa clavada. Pero... ¿quién diablos consiguió salir alguna vez de un ataúd sin quitar un clavo? (Como en respuesta se ilumina la sonriente fotografía del padre de ambos. Laura sale por el foro izquierdo. Las luces se esfuman, salvo el resplandor azul del comedor. Pausa al desaparecer las luces; luego, se oyen seis campanadas. Suena el despertador. Se apagan las luces en el proscenio)

ESCENA QUINTA
El escenario es el mismo. La acción prosigue inmediatamente. La campana de la iglesia da las seis. A la sexta campanada, suena el despertador en la habitación de Amanda, a la derecha del comedor, y a los pocos instantes la oímos llamar «¡Levántate y lúcete! Laura, ve y dile a tu hermano que se levante y se luzca!»
TOM: (sentándose lentamente en el sofá-cama) Me levantaré... pero no me luciré. (La luz se acentúa)
AMANDA: (detrás de la escena) Laura, dile a tu hermano que su café está preparado. (Entra en la sala Laura, vestida de pies a cabeza, con una capa sobre los hombros. Tom está todavía en la cama, cubierto con una frazada, habiéndose quitado solamente los zapatos y la chaqueta)
LAURA: ¡Tom! Son casi las siete. No irrites a mamá. (Tom la mira absorto, estúpidamente. Ella prosigue, con aire suplicante) ¡Tom, háblale a mamá esta mañana! ¡Reconcíliate con ella, discúlpate, habla!
TOM: (poniéndose los zapatos) Mamá no me hablará a mí. Fue ella la primera en no hablar.
LAURA: Si te disculpas, volverá a hablarte.
TOM: ¿Es una tragedia tan grande... el hecho de que no me hable?
LAURA: ¡Por favor... por favor!
AMANDA: (gritando, desde la cocina) Laura... ¿Vas a hacer lo que te he pedido, o tendré que vestirme e ir yo misma?
LAURA: ¡Voy, voy...! ¡Apenas me ponga el abrigo! (Se levanta y va hacia la puerta de la derecha) Manteca... ¿y qué más? (A Amanda) 15
AMANDA: (siempre desde la cocina) Manteca, solamente. Dile que la carguen en cuenta.
LAURA: Mamá... ¡Hacen unas muecas cuando les digo eso!
AMANDA: (desde la cocina) Obras son amores... ¡pero las muecas del señor Garfinkel no nos causarán daño! Dile a tu hermano que se le enfría el café.
LAURA: (junto a la puerta) Haz lo que te he pedido... ¿Lo harás, Tom? ¿Lo harás? (Él rehuye hoscamente su mirada)
AMANDA: ¡Laura, ve de una vez, o no vayas y se acabó!
LAURA: (precipitándose afuera, por la derecha) ¡Voy... voy! (Al cabo de un segundo, profiere una exclamación. Se ha caído de la escalera. Tom se levanta de un salto y va hacia la derecha. Amanda acude corriendo ansiosamente del comedor y deja los platos sobre la mesa. Tom abre la puerta de la derecha)
TOM: ¡Laura!
LAURA: Estoy perfectamente. Me caí, pero estoy bien. (Se va por la callejuela)
AMANDA: (sobre la escalera) Te digo que si alguien se cae y se rompe una pierna sobre los peldaños de la escalera de emergencia, hay que entablar juicio contra el dueño de la casa hasta por el último centavo que... (Ve a Tom) ¿Quién es usted? (Deja el rellano, va al comedor y vuelve con platitos, una tacita de café, crema, etcétera. Los pone sobre la mesita que está a la derecha del sofá-cama. Va hacia la butaca, se sienta. Se oye música. Cuando Tom vuelve a entrar apáticamente para tomar su café, ella le vuelve la espalda, en su butaca. La luz que se proyecta sobre su semblante, con sus envejecidas pero pueriles facciones, es cruelmente severa, satírica como una estampa de Daumier. Tom mira tímidamente pero con aire hosco la figura de su madre y se sienta en el sofá-cama, cerca de la comida. El café está tan caliente que quema: Tom lo sorbe, profiere una exclamación y lo escupe en la taza. Al oírlo, Amanda se queda sin aliento y se vuelve a medias. Entonces, se domina y le da la espalda nuevamente. Tom sopla sobre su café, mirando de soslayo a su madre. Amanda carraspea. Tom alza la taza con ambas manos para soplar sobre el café y contempla a su madre por sobre los bordes durante unos instantes. Luego, deja lentamente la taza y se levanta con aire torpe y vacilante)
TOM: (con voz ronca) Perdóname, mamá. Lamento todo lo que te dije. No hablaba con intención. Te presento mis excusas.
AMANDA: (sollozando) ¡Mi devoción ha hecho de mí una bruja y me ha vuelto aborrecible para mis hijos!
TOM: No, no hay tal cosa.
AMANDA: ¡Me preocupo tanto, no duermo, eso me irrita los nervios!
TOM: (con dulzura) Lo comprendo.
AMANDA: Tú sabes que he debido librar una batalla solitaria en estos años. ¡Pero tú eres mi mano derecha, mi paladín! No me desampares. No me abandones.
TOM: (con dulzura) Lo intentaré, mamá.
AMANDA: (con gran entusiasmo) ¡Eso es! Debes seguir intentándolo y triunfarás. Pero si... ¡si te sobran dones naturales! Les sobran a mis dos hijos... son hijos de mucha valía y tengo muchísimas razones para agradecérselo a Dios. Sólo debes prometerme una cosa. (Cesa la música)
TOM: ¿Cuál mamá?
AMANDA: ¡Prométeme que nunca serás un borracho!
TOM: Te lo prometo, mamá. Nunca seré un borracho. 16

AMANDA: Eso era lo que me asustaba tanto... ¡el que estuvieras bebiendo! Come un plato de purina.
TOM: Sólo tomaré café, mamá.
AMANDA: ¿Un bizcocho de trigo integral?
TOM: No, no, mamá. Sólo café.
AMANDA: No puedes abordar una jornada de trabajo con el estómago vacío. Te quedan diez minutos... ¡No tragues el café de golpe! Bebiendo líquidos demasiado calientes se forma un cáncer en el estómago... Pon crema.
TOM: No, gracias.
AMANDA: Para enfriarlo.
TOM: ¡No! No, gracias. Lo quiero negro.
AMANDA: Lo sé, pero no te hace bien. Tenemos que hacer todo lo posible por tonificarnos. En estos tiempos difíciles en que vivimos, sólo debemos pensar en... aferrarnos los unos a los otros... Por eso es tan importante que... Tom yo... yo alejé a tu hermana para poder hablar de un asunto contigo. Si no me hubieses hablado yo te habría hablado a ti. (Se sienta)
TOM: (con dulzura) ¿De qué quieres hablarme, mamá?
AMANDA: ¡De Laura! (Tom deja lentamente la taza)
TOM: Oh, Laura...
AMANDA: (tocándole la manga) Ya sabes cómo es Laura. Tan callada, pero... ¡cuidado con el agua mansa! Se fija en las cosas y creo que... medita sobre ellas. (Tom alza los ojos) Hace unos días la encontré llorando.
TOM: ¿Cuál era el motivo?
AMANDA: Tú.
TOM: ¿Yo?
AMANDA: Cree que no eres feliz aquí.
TOM: ¿Cómo se le ha ocurrido semejante cosa?
AMANDA: ¿Cómo se le ocurren todas las cosas? De cualquier modo, no cabe duda que obras de una manera extraña. (Tom deja con vehemencia la taza sobre la mesita) Yo... ¡yo no te critico, entiéndelo bien! Sé que tus ambiciones no están en la zapatería, que como toda la gente del mundo... debes hacer... sacrificios... Pero Tom... Tom... la vida no es fácil, exige... ¡una resistencia espartana! ¡Hay tantas cosas en mi corazón que no puedo describirte! Nunca te lo dije, pero... yo amaba a tu padre...
TOM: (con dulzura) Lo sé, mamá.
AMANDA: Y... ¡cuando veo que imitas sus costumbres! Acostándote muy tarde y... ¡bueno, tú habías bebido la noche en que te hallabas en ese... estado horrible! ¡Laura dice que detestas el apartamento y que sales de noche para huir de él! ¿Es cierto eso, Tom?
TOM: No. Tú dices que hay en tu corazón muchas cosas que no podrías explicarme. Lo mismo puede decirse de mí. ¡Hay en mi corazón tantas cosas que no puedo describirte! De modo que respetémonos el uno al otro...
AMANDA: Pero... ¿por qué, por qué estás siempre tan inquieto, Tom? ¿Adonde vas de noche?
TOM: Voy... al cine...
AMANDA: ¿Por qué vas tanto allí, Tom?
TOM: Voy al cine porque... me gusta la aventura. La aventura no abunda donde trabajo, de modo que voy al cine.
AMANDA: Pero Tom... ¡Vas demasiado al cine! 17
TOM: Me gusta ver muchas aventuras. (Amanda parece perpleja, luego herida. Cuando se reanuda el familiar interrogatorio, Tom vuelve a mostrarse duro e impaciente. Amanda retorna a su actitud quejumbrosa)
AMANDA: La mayoría de los jóvenes hallan aventura en sus carreras.
TOM: Pero la mayoría de los jóvenes no están empleados en una zapatería.
AMANDA: El mundo está lleno de jóvenes empleados en zapaterías y oficinas de fábricas.
TOM: ¿Encuentran todos ellos aventura en sus carreras?
AMANDA: ¡Sí! ¡O salen del paso sin ella! No todos tienen esas locas ansias de aventura.
TOM: ¡El hombre es por instinto un amante, un cazador, un luchador y ninguno de esos instintos encuentra mucho campo de acción en la zapatería!
AMANDA: ¡Que lo es por instinto, dices! ¡No me cites el instinto! ¡El instinto es algo que la gente ha abandonado! ¡Pertenece a los animales! ¡Los cristianos adultos no lo necesitan!
TOM: ¿Qué quieren, pues, los cristianos adultos, mamá?
AMANDA: ¡Cosas superiores! ¡Cosas de la mente y del espíritu! ¡Sólo los animales necesitan satisfacer sus instintos! ¡Con toda seguridad tus objetivos son más elevados que los suyos! Que los de los monos... los cerdos...
TOM: Creo que no.
AMANDA: Bromeas. Pero no es de eso de lo que quiero hablarte.
TOM: (levantándose) No me queda mucho tiempo.
AMANDA: (apoyándole las manos sobre los hombros) Siéntate.
TOM: ¿Quieres que llegue tarde al trabajo, mamá?
AMANDA: Te quedan cinco minutos. Quiero hablarte de Laura.
TOM: ¡Perfectamente! ¿Qué pasa con Laura?
AMANDA: Tenemos que trazarnos algunos planes para su futuro. Te lleva dos años y no ha pasado nada. Vive a la deriva, sin hacer nada. Me asusta terriblemente ver cómo vive a la deriva.
TOM: Creo que Laura es una de esas muchachas que la gente llama de su casa.
AMANDA: ¡No hay tales muchachas y, si las hay, es una lástima! ¡Eso, a menos que la casa sea suya, con un marido!
TOM: ¿Qué dices?
AMANDA: (acercándose a la butaca) ¡Oh, veo con tanta claridad la advertencia del destino! ¡Es terrorífica! ¡Me recuerdas cada vez más a tu padre! ¡Volvía a altas horas de la noche, sin darme ninguna explicación! (Se sienta en la butaca) Luego... ¡se fue! ¡Adiós! Y yo, a cargar con todo. Vi la carta que recibiste de la Marina Mercante. Sé con qué estás soñando. No estoy ciega. Muy bien, pues. ¡Hazlo! Pero no antes de que alguien ocupe tu lugar.
TOM: ¿Qué quieres decir?
AMANDA: ¡Quiero decir que, apenas Laura haya encontrado a quien cuide de ella, apenas se haya casado y tenga su hogar independiente, estarás en libertad de irte adonde se te antoje! (Se levanta, se acerca a Tom) ¡Por la tierra, por el mar, adonde te lleve el viento! Pero hasta entonces tienes que cuidar a tu hermana. (Va a la derecha, se ubica detrás de la butaca) ¡No hablo de mí porque soy vieja y carezco de importancia! Lo digo por tu hermana, porque es joven y confiada. La envié a la escuela comercial... ¡y fue un lamentable fracaso! Se asustó tanto que tuvo un vómito. La llevé a la Liga de la Gente Joven, de la iglesia. Otro fracaso. No habló con nadie y nadie habló con ella. (Se sienta en la butaca) Ahora, sólo juega estúpidamente con esos pedazos de vidrio y pone en el fonógrafo esos gastados discos. ¿Qué vida es ésa para una muchacha?
TOM: ¿Qué puedo hacer para remediarla?
AMANDA: ¡Superar tu egoísmo! ¡Yo, yo, yo! ¡Sólo piensas en eso! (Tom se levanta de un salto y va a la derecha, toma su abrigo y se lo pone. Es feo y demasiado grande. Se encasqueta una gorra con orejeras) ¿Dónde está tu bufanda? ¡Ponte tu bufanda de lana! (La arranca con irritación de la clavija, la arroja sobre el cuello de Tom y junta bien ambos extremos) ¡Tom! No te dije lo que me proponía pedirte.
TOM: Estoy demasiado retrasado para...
AMANDA: (asiéndolo del brazo, con insistencia, prosigue tímidamente) ¿No hay en la zapatería algunos... jóvenes que valgan la pena?
TOM: ¡No!
AMANDA: Debe haber... algunos...
TOM: Mamá... (Gesto)
AMANDA: Busca a alguno de vida honesta... que no beba... ¡e invítalo para tu hermana!
TOM: ¿Qué dices?
AMANDA: ¡Para tu hermana! ¡Para que se encuentren y se conozcan!
TOM: (yendo con pesados pasos hacia la puerta de la derecha) ¡Oh, Dios mío!
AMANDA: ¿Lo harás? (Tom abre la puerta. Suplicante) ¿Lo harás? (Él sale) ¿Lo harás? ¿Lo harás, querido? (Tom se va por la callejuela de la derecha. Amanda está en el rellano)
TOM: (sin volverse) ¡Sí!
AMANDA: (vuelve a entrar y va al teléfono) ¿Ella Cartwright? Ella, habla Amanda Wingfield. En primer lugar... ¿Cómo sigue de los riñones? ¡Oh! ¿De veras? ¿Han vuelto a dolerle? Bueno, usted es simplemente una mártir cristiana, una mártir cristiana. He notado en mi libreta de apuntes que su suscripción al Companion acaba de terminar, justamente ahora que empieza el maravilloso folletín de Bessie Mae Harper. El tema son esos caballos mecánicos de Long Island. ¡Oh! ¿De veras? ¿Lo está leyendo? Bueno. ¿Cómo cree que terminará? ¡Oh, no! Bessie Mae Harper nunca la defrauda a una. Oh, naturalmente, una necesita complicaciones. Las complicaciones son indispensables —oh, no se concibe una novela sin ellas— pero Bessie Mae Harper siempre deja una sensación tal de exaltación... ¿Qué pasa, Ella? Su voz está tan rara. Ah... ¡Es porque son las siete de la mañana! ¡Oh, Ella! Olvidé que usted nunca se levanta antes de las nueve. Olvidé que todo el mundo tiene derecho a dormir hasta esa hora. Sólo puedo decir que lo siento... ¿verdad? ¡Ah! ¿Lo hará? ¿Se suscribirá, de todos modos? Bueno, que Dios la bendiga, Ella, que Dios la bendiga, que Dios la bendiga. (Se apagan las luces)

ESCENA SEXTA
Escenario: El mismo. Sólo la callejuela de la derecha está iluminada, con una vaga luz. TOM: (entra por la derecha y se apoya como antes contra el enrejado, con el cigarrillo; viste su abrigo de marinero y su gorra) Del otro lado de la callejuela, estaba el Salón de Baile El Paraíso. Las noches de primavera abrían todas las puertas y ventanas y la música brotaba a la calle. A veces apagaban todas las luces, salvo las de un gran globo de vidrio que pendía del cielo raso. Éste giraba enteramente e insinuaba a través de la oscuridad delicados colores de arco iris. Luego, la orquesta tocaba un vals o un tango, algo de ritmo lento y sensual. Las parejas salían del salón; iban a la relativa intimidad de la callejuela. Uno podía verlas besándose detrás de los tachos de desperdicios y los postes telefónicos. Aquélla era la compensación por unas vidas que transcurrían como la mía, sin cambio ni aventura. Pero los cambios y las aventuras eran inminentes, ese año. Esperaban a la vuelta de la esquina a esos chiquilines bailarines. Se cernían en la niebla sobre Berchtesgaden, quedaban atrapados en los pliegues del paraguas de Chamberlain... ¡En España estaba Guernica! Aquí, sólo había frenética música de jazz y licor y salones de baile y bares y películas, y el sexo suspendido en la sombra como un candelabro y que anegaba al mundo con breves y engañosos arco iris... Mientras tanto, aquellos confiados chiquillos bailaban al compás de «Querido, en espera el amanecer». En realidad, el mundo esperaba los bombardeos. (Oscuridad en el comedor: leve resplandor. Se ve allí a Amanda)
AMANDA: ¿Dónde estás, Tom?
TOM: (en la misma postura) Salí a fumar. (Entra entre bastidores, donde vuelve a cambiar de chaqueta y deja su sombrero)
AMANDA: (Tom entra y se queda parado en el rellano, fumando. Le abre la puerta a su madre, que se sienta sobre una banqueta del rellano): Oh, fumas demasiado. Un paquete diario, a razón de quince centavos el paquete. ¿Cuánto resulta eso por mes? ¿O sea, treinta veces quince? No será mucho. De todos modos, bastaría para ayudarte a seguir un curso de contabilidad en la universidad de Washington. ¿No te parece que eso sería hermoso?
TOM: Prefiero fumar.
AMANDA: ¡Lo sé! Esa es tu tragedia. Ese rellano es un pobre sucesor del porche que teníamos. ¿Qué miras?
TOM: La luna.
AMANDA: ¿Hay luna esta noche?
TOM: Está subiendo sobre el edificio de Garfinkel's Delikatessen.
AMANDA: ¡Ah! ¡Es cierto! Una luna que parece una pequeña chinela de plata. ¿Has pedido un deseo?
TOM: Hum...
AMANDA: ¿Qué deseaste?
TOM: Eso es un secreto.
AMANDA: Perfectamente, yo tampoco te revelaré mi deseo. También yo sé guardar un secreto. Puedo ser tan misteriosa como tú.
TOM: Apuesto a que adivinaré qué deseaste.
AMANDA: ¡Qué! ¿Acaso es transparente mi cabeza?
TOM: No eres una esfinge.
AMANDA: No, no tengo secretos. Te diré lo que he deseado al mirar la luna. El éxito y la felicidad para mis encantadores hijos. Lo deseo siempre que hay luna, y también cuando no la hay.
TOM: Creí que deseabas un candidato.
AMANDA: ¿Por qué dices eso?
TOM: ¿No lo recuerdas? Me pediste que te trajese uno.
AMANDA: Recuerdo haberte insinuado que tu hermana saldría ganando si trajeras a un meritorio joven del negocio. Creo que te lo insinué más de una vez.
TOM: Sí, repetidas veces.
AMANDA: ¿Y bien?
TOM: Vendrá uno.
AMANDA: ¿Qué?
TOM: ¡Un candidato!
AMANDA: ¿Quieres decirme que has invitado a venir a un meritorio joven del negocio?
TOM: Lo he invitado a cenar.
AMANDA: ¿De veras?
TOM: Sí.
AMANDA: ¿Y... aceptó?
TOM: ¡Sí!
AMANDA: ¿Sí?
TOM: ¡Sí!
AMANDA: ¡Bueno! ¿Verdad que es maravilloso?
TOM: Me imaginé que eso te agradaría.
AMANDA: ¿De modo que es una cosa concreta?
TOM: Oh, muy concreta.
AMANDA: ¿Cuándo vendrá?
TOM: Muy pronto.
AMANDA: ¿Cuándo?
TOM: Prontísimo.
AMANDA: Pero... ¿cuándo?
TOM: Muy, muy pronto.
AMANDA: Cada vez que quiero saber algo, hablas así.
TOM: ¿Qué quieres saber?
AMANDA: Adivina. Vamos, adivina.
TOM: Perfectamente. Adivinaré. Quieres saber cuándo vendrá el candidato. Vendrá mañana.
AMANDA: ¿Mañana? ¡Oh, no! No puedo salir del paso si es mañana. No puedo salir del paso si es mañana.
TOM: ¿Por qué?
AMANDA: No me da tiempo.
TOM: ¿Tiempo para qué?
AMANDA: Para los preparativos. ¡Oh, debiste telefonearme apenas lo invitaste... apenas aceptó!
TOM: No tienes por qué hacer tanto alboroto.
AMANDA: ¡Claro que debo hacerlo! No puedo recibir a un hombre en una casa tan sucia. Hay que ponerla en condiciones. Tengo que pensar rápidamente en la noche de mañana.
TOM: No veo por qué tienes que molestarte en pensar.
AMANDA: Dices eso porque no sabes. (Entra en la sala, va hacia el centro. Se apagan las luces de la sala) No sabes. Eso es todo. ¡No podemos permitir que un candidato matrimonial venga a una pocilga! Veamos. ¡Oh, me han quedado esas tres piezas de plata de mi boda! Las lustraré. ¿Cómo estará ese viejo mantel de encaje después de tantos años? ¡Quién sabe! No podemos lucir buena ropa. No la tenemos. No tenemos nada que ponernos. Nada. (Va hacia la derecha)
TOM: ¡Mamá! Ese joven no justifica tantas alharacas.
AMANDA: (yendo al centro) ¡No sé cómo puedes decir eso cuando es el primer candidato de tu hermanita! ¡Es muy penoso que esa muchacha nunca haya tenido un solo pretendiente! ¡Entra! ¡Entra!
TOM: ¿Para qué?
AMANDA: Quiero preguntarte unas cuantas cosas. 21

TOM: (desde el umbral de la puerta de la derecha) Si vas a hacer tanto alboroto, cancelo la invitación. Le telefonearé a ese joven que no venga.
AMANDA: ¡No! ¡Ni sueñes con hacerlo! La gente detesta los compromisos cancelados. No tiene donde ir. Entra. Entra. ¿Entrarás cuando te lo pido? Siéntate. (Tom lo hace en la butaca de la derecha) ¡Oye! ¿Qué haré con esto? (Mira el sofá-cama) ¿Viste alguna vez algo de aspecto tan triste? Ah, ya sé... Compraré un retazo de cretona clara. Eso no costará mucho. Y un velador de pie por mensualidades. ¡Así, podré liquidar esa lámpara! También puedo ponerle una funda clara a la silla. Ojalá tuviese tiempo de empapelar el apartamento. ¿Cómo se llama?
TOM: O'Connor.
AMANDA: O'Connor... Es irlandés y mañana es viernes... lo cual significa que debo preparar pescado. Perfectamente. Haré salmón y lo aderezaré con un poco de mayonesa. ¿Dónde lo conociste? (Se sienta en el sofá-cama)
TOM: En la zapatería, naturalmente. ¿Dónde querías que lo conociera?
AMANDA: Pues no sé. ¿Bebe?
TOM: ¿Por qué me lo preguntas?
AMANDA: Porque tu padre bebía.
TOM: ¡Vamos, no empecemos con eso!
AMANDA: De modo que bebe.
TOM: No, que yo sepa.
AMANDA: Tienes que averiguarlo. Si hay algo que no quiero para mi hija, es un hombre que beba.
TOM: ¿No te parece que te adelantas un poco? Después de todo, el señor O'Connor no ha aparecido en escena aún.
AMANDA: Pero aparecerá mañana. Para conocer a tu hermana. ¿Y qué sé yo sobre su carácter? (Se levanta y va hacia Tom, que está aún en su butaca, y le alisa el cabello)
TOM: (resignándose a esto, con aire ceñudo) Veamos... ¿Qué estás tramando?
AMANDA: Siempre odié ese mechón. Nunca pude comprender por qué no se asentaba.
TOM: Mamá, quiero decirte algo y te hablaré con toda sinceridad, con el corazón en la mano. ¡Hay muchos jóvenes que conocen muchachas con quienes no se casan!
AMANDA: Bien sabes que siempre me inquietó el hecho de que no pudieras atenerte a un tema. (Va hacia el sofá-cama) Lo que quiero saber es cuál es su empleo en la zapatería.
TOM: Es expedidor.
AMANDA: ¡Oh! ¡Expedidor! Eso es bastante importante. Lo mismo habrías podido ser tú, con más iniciativa y bríos. ¿Cuánto gana? (Se sienta sobre el sofá-cama)
TOM: No lo sé con certeza. Creo que su sueldo es de unos ochenta y cinco dólares mensuales.
AMANDA: ¿Ochenta y cinco dólares? Pues no es un sueldo principesco.
TOM: Son veinte más de lo que gano yo.
AMANDA: Lo sé. ¡Oh, vaya si lo sé! ¡Qué bien lo sé! Ochenta y cinco dólares mensuales. No. Es inaceptable. Un hombre de familia nunca podría salir de apuros con ochenta y cinco dólares mensuales.
TOM: Mamá, el señor O'Connor no es hombre de familia.
AMANDA: Pero podría serlo algún día... ¿verdad?
TOM: Ah, ya comprendo... Tus planes. 22

AMANDA: Eres el único joven de los que conozco que ignora que el futuro se convierte en el presente, el presente en el pasado y el pasado es un remordimiento eterno si uno no hace planes con antelación.
TOM: ¡Meditaré sobre eso y veré si logro entender algo!
AMANDA: ¡Déjate de desplantes con tu madre! ¡Háblame más de eso! ¿Cómo lo llamas? Señor O'Connor, señor O'Connor. Debe tener algún otro nombre además de señor...
TOM: Su nombre completo es Jim D. O'Connor. La D. es la inicial de Delaney.
AMANDA: ¿Delaney? ¿Irlandés por donde lo busquen y no bebe?
TOM: (se levanta) ¿Lo llamo por teléfono y se lo pregunto? (Va hacia el aparato)
AMANDA; (yendo hacia el teléfono) ¡No!
TOM: Lo llamaré y le diré que quieres saber si bebe. (Descuelga el auricular)
AMANDA: (arrebatándole el receptor) No, no puedes hacer eso. Debes ser discreto sobre ese tema. Cuando yo era muchacha, en Blue Mountain (Tom se sienta sobre el sofá-cama), si se sospechaba que un joven bebía y estaba festejando a una muchacha... si festejaba a una muchacha, ésta iba a ver al sacerdote de su parroquia y le preguntaba por su carácter... o si su padre vivía aún, su deber era ir a ver al sacerdote de la parroquia para preguntarle por su carácter. Y así, se impedía que las muchachas de Blue Mountain cometieran errores trágicos. (Se apaga la luz de la fotografía)
TOM: ¿Cómo lo cometiste tú?
AMANDA: Oh, no sé cómo se las componía tu padre, pero aquella cara engañaba a todo el mundo. Le bastaba con sonreír y la gente quedaba hechizada. (Va hacia la butaca) No conozco nada más trágico que una muchacha que se deja seducir por una hermosa apariencia y confío en que el señor O'Connor no será demasiado guapo.
TOM: En realidad, no lo es. Tiene pecas y una gran nariz.
AMANDA: ¿No es francamente feo?
TOM: No, yo no diría que francamente... feo. Feo a medias, más bien.
AMANDA: De todos modos, si una muchacha tiene buen sentido, debe buscar carácter en un hombre.
TOM: Eso es lo que he dicho siempre, mamá.
AMANDA: Lo has dicho siempre... ¡lo has dicho siempre! ¿Cómo pudiste decirlo siempre si ni siquiera pensaste nunca en eso?
TOM: Vamos, no desconfíes de mí.
AMANDA: Sí que desconfío. Desconfío de todas las palabras que brotan de tu boca cuando me hablas, pero quiero saber más cosas sobre ese joven. ¿Es emprendedor?
TOM: Sí. Realmente, creo que es partidario de que cada uno mejore su situación.
AMANDA: ¿Por qué opinas eso?
TOM: Va a la escuela nocturna.
AMANDA: ¿Y qué hace ahí?
TOM: Estudia técnica radiotelefónica y oratoria.
AMANDA: ¡Oh! ¡Oratoria! Oh... Eso revela... revela que se propone llegar a ser director de alguna empresa... Bueno, todos esos hechos son muy ilustrativos. Son hechos que toda madre debiera saber sobre todo joven que visite a su hija, con intenciones serias o no.
TOM: Sólo una pequeña advertencia, mamá. No le he dicho nada a O'Connor sobre Laura. No le he insinuado que tengamos sombrías intenciones ulteriores. Sólo le 23
dije: «¿Por qué no te vienes a cenar a casa alguna vez?» Y él me respondió: «Bueno.» Y ésta fue toda la conversación.
AMANDA: Apostaría a que sí. Te aseguro que sueles ser elocuente como una ostra. Sin embargo, cuando él vea lo linda y dulce que es esa niña, se alegrará mucho, muchísimo de que lo hayan invitado a cenar aquí. (Se sienta en la butaca) 
TOM: Mamá, una sola cosa. No esperarás demasiado de Laura... ¿verdad?
AMANDA: No sé qué quieres decir. (Tom se le acerca lentamente. Se queda un momento mirándola y luego..)
TOM: Bueno, Laura nos parece dotada de todas esas virtudes porque es nuestra y la queremos. Ni siquiera adviertes ya que está tullida.
AMANDA: No uses esa palabra.
TOM: Mamá, hay que afrontar los hechos: lo es, y eso no es todo.
AMANDA: ¿Qué quieres decir con eso de «eso no es todo»? (Tom se arrodilla a su lado)
TOM: Mamá... Tú sabes que Laura es muy distinta de las demás muchachas.
AMANDA: Sí, lo sé, y creo que con ventaja para ella.
TOM: No del todo... a los ojos de los demás... de los extraños. Es espantosamente tímida. Vive en un mundo propio y por eso la gente la considera algo rara.
AMANDA: No uses la palabra «rara».
TOM: Tienes que afrontar los hechos. Lo es.
AMANDA: No sé en qué sentido.
TOM: (después de una pequeña pausa) Mamá, Laura vive en un mundo de animalitos de cristal. Pone en el fonógrafo viejos discos... y... eso es todo, poco más o menos. (Se levanta lentamente, sale en silencio por la puerta de la derecha, dejándola abierta, y se va despaciosamente callejuela arriba. Amanda se levanta, va hacia el rellano y mira la luna)
AMANDA: ¡Laura! ¡Laura!
LAURA: (dulce, desde la cocina) Sí, mamá.
AMANDA: ¡Deja esos platos y ven aquí! (Laura acude con el repasador entre las manos. Alegremente) ¡Laura, ven y piensa un deseo, mirando la luna!
LAURA: (baja al rellano) ¿La luna?... ¿La luna?
AMANDA: Una luna que parece una pequeña chinela de plata. ¡Mira por sobre tu hombro izquierdo, Laura, y piensa un deseo! (Laura parece algo perpleja, como si la hubieran despertado repentinamente. Amanda la aferra de los hombros y la obliga a volverse en ángulo sobre el rellano) ¡Vamos! ¡ Vamos, querida, piensa en un deseo!
LAURA: ¿Qué puedo desear, mamá?
AMANDA: (con voz trémula, mientras sus ojos se llenan repentinamente de lágrimas) ¡La dicha! ¡La buena suerte! (Se apagan las luces en el escenario)
TELÓN

ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
Escenario: El mismo.
Las cortinas interiores que separan el comedor de la sala están corridas. Ambas habitaciones se encuentran en la oscuridad, como al empezar la comedia. Tom luce el mismo abrigo y la misma gorra.
TOM: (aparece inclinado contra el enrejado de la escalera, como antes, y fumando): Y así fue como traje a cenar a Jim, la noche siguiente. Yo lo había conocido un poco en el colegio de secundaria. En el colegio, Jim había sido un héroe. Tenía una enorme bonhomía y vitalidad irlandesas, con el aire lustroso y pulido de la porcelana blanca. Parecía moverse incesantemente bajo un haz de luz que lo destacaba. Era un astro del baloncesto, capitán del club de polémicas, presidente del curso de los bachilleres y del orfeón, y cantaba el papel del protagonista en la ópera ligera anual. Constantemente corría o saltaba, nunca se limitaba a caminar. Parecía pronto siempre a derrotar la ley de la gravedad. Cruzó por su adolescencia con una velocidad tan meteórica que podía esperarse lógicamente que a los treinta años sólo se conformaría con la Casa Blanca. Pero, al parecer, tuvo más tropiezos al salir del colegio, porque su velocidad había disminuido a ojos vistas. Por eso, en esa época de nuestras vidas, su empleo no era mucho mejor que el mío. Era el único compañero de trabajo con quien yo estaba en términos cordiales. Yo le resultaba valioso porque recordaba sus pasadas glorias, porque le había visto ganar partidos de baloncesto y la copa de plata en las polémicas. Jim conocía mi secreto hábito de recluirme en un retrete del lavabo para trabajar en mis poemas cuando aflojaba el trabajo en el negocio. Me llamaba Shakespeare. Y mientras los demás compañeros me miraban con desconfiada hostilidad, Jim se mostraba jovial conmigo. Poco a poco, su actitud empezó a influir sobre los demás y la hostilidad de éstos se esfumó. Y por eso, después de algún tiempo, empezaron a sonreírme también, como le sonríe la gente a un perro de tipo extraño que se les cruza en el camino a lo lejos. Yo sabía que Jim y Laura se habían conocido en el colegio porque mi hermana hablaba con admiración de la voz de Jim. No sabía si Jim la recordaría o no. Porque en el colegio de secundaria Laura había sido tan recatada como Jim sorprendente. Y, si recordaba a Laura, Jim no la recordaba al menos como a mi hermana, porque cuando lo invité a cenar, me sonrió y dijo: «¿Sabes una cosa, Shakespeare? Es curioso, pero... ¡nunca creí que tuvieras parientes!» (Tom sale por la derecha. Las luces de la sala se encienden: Amanda está sentada sobre la mesita, a la derecha del sofá-cama, cosiendo el dobladillo del vestido de Laura. La muchacha está de pie frente a la puerta de la derecha. Amanda ha trabajado como una negra a fin de prepararlo todo para el candidato. Los resultados son sorprendentes. La nueva lámpara de pie con su pantalla de seda rosa está en su lugar, a la derecha de la sala, cerca de la pared, una pantalla de papel de color disimula el portalámparas roto que pende del cielo raso; las sillas y el sofá lucen fundas de percal, y han aparecido por primera vez un par de almohadones nuevos. Laura está parada en el centro de la habitación con los brazos levantados, mientras Amanda está agachada, ajustando el dobladillo del nuevo vestido, devota ritualista. El vestido es coloreado y diseñado por el recuerdo. El peinado de Laura ha cambiado: es más suave y le sienta mejor. En Laura ha brotado una belleza frágil y que no parece de este mundo: se diría una pieza de transparente cristal tocada por la luz, que emite una momentánea irradiación, irreal, no duradera. Amanda, sentada aún, cose el vestido de Laura. La joven está de pie frente a ella)
AMANDA: ¿Por qué tiemblas así, Laura?
LAURA: ¡Me has excitado tanto los nervios, mamá!
AMANDA: ¿Por qué te he excitado los nervios?
LAURA: ¡Con todo este alboroto! Le das a esto una apariencia tan importante...
AMANDA: No te entiendo muy bien, querida. Cada vez que trato de hacer algo por ti, algo un poco distinto, pareces oponerte obstinadamente. Vamos, mírate. (Laura se dirige hacia la puerta de la derecha) ¡No, espera! Espera un momento, nada más... He olvidado algo. (Toma del sofá-cama dos postizos para rellenar el busto)
LAURA: ¿Qué es eso?
AMANDA: Un par de mejoras. (Atareada con los postizos) Cuando yo era muchacha, teníamos unos objetos redondos de encaje como éstos y los llamábamos «alegres engañadores».
LAURA: ¡Yo no los usaré!
AMANDA: Claro que los usarás.
LAURA: ¿Por qué habría de usarlos?
AMANDA: Bueno, querida. Para serte franca, eres un poco lisa de pecho.
LAURA: Parecería que le estamos preparando una trampa.
AMANDA: Así es. Todas las muchachas lindas son una trampa y los hombres esperan que lo sean. Ahora, mírate en ese espejo. (Laura va a la derecha y se mira en el espejo, invisible para el público, que está en la oscuridad a la derecha de la puerta) ¿Ves? Simplemente, pareces un ángel de tarjeta postal. ¿Verdad que es hermoso? Ahora, basta con que esperes. Voy a vestirme yo. Te asombrará el aspecto de tu madre. (Amanda va al comedor. Laura se mira en el espejo, se quita los «alegres engañadores», los oculta debajo del colchón del sofá-cama. Se sienta sobre la mesita a la derecha del sofá por unos instantes y escucha una música bailable, lejana, hasta la entrada de Amanda)
AMANDA: (hacia la escena) Encontré un vestido viejo en el baúl. Pero... ¿sabes una cosa? Tuve que hacerle muchas reformas, aunque me dolió el corazón cuando hubo que soltarle las costuras. Vamos, Laura, mira a tu madre. ¡Oh! ¡Ven a mirarme ahora! (Entra en el comedor por la izquierda, y va al centro de la sala)
LAURA: (vuelve a entrar, viene del rellano. Se sienta sobre el brazo de la butaca) ¡Oh, mamá! ¡Qué lindo! (Amanda se ha puesto un vestido de muchacha. Trae un ramillete de junquillos)
AMANDA: (mostrando las flores) Así era antaño este vestido. Así era. Lucía un montón de flores, pero se ajaron mucho y tuve que quitárselas. Yo encabezaba el cotillón con él hace años. Gané dos veces el premio de cakewalk en Sunset Hill. Y lo lucí también en el baile del gobernador, en Jackson. Es una lástima que no hayas visto entonces a tu madre. Y que no la vieras desplazarse con leves pasitos por el salón de baile... (Dando unas vueltas) ... así. Me había puesto este vestido el día en que conocí a tu padre. También tuve la malaria. El cambio de clima, del EastTennesse al delta... debilitó mi resistencia. No lo suficiente para que resultara peligroso, pero sí para que me sintiera inquieta y mareada. Oh, aquello era hermoso. Las invitaciones me llovían de todas partes. Mi madre me dijo: «No puedes ir a ninguna parte porque tienes la fiebre. Debes quedarte en cama.» Dije que no me quedaría y tomé quinina y seguí yendo a todas partes. Todas las noches había bailes y de tarde largos paseos en coche por el campo y picnics. Esos lugares... Esos lugares... Son tan bellos... tan bellos en mayo, cubiertos de cornejos y simplemente inundados de junquillos. Mi madre me decía: «No debes traer más junquillos a casa.» Yo le contestaba: «Los traeré.» Y los seguía trayendo, de todos modos. Cuando los veía en alguna parte, decía: «Esperen un momento, veo junquillos.» Y les pedía a mis pretendientes que se apearan del coche y me trajeran algunos. Para serte franca, Laura, hasta me hicieron bromas con aquello. «Cuidado —decían— ahí viene esa muchacha y tendremos que pasarnos la tarde juntando junquillos.» Mi madre me dijo: «No puedes traer más junquillos a casa, ya no hay jarrones donde ponerlos.» «Así es —dije—; me los sujetaré sobre el vestido.» La malaria, tu padre y los junquillos. (Amanda pone los junquillos sobre el regazo de Laura y sale al rellano. Se oye tronar) Confío en que llegarán antes de que empiece a llover. Le di a tu hermano un poco de dinero extra para que viniera en taxi con el señor O'Connor. (Laura deja las flores sobre la butaca y va hacia la puerta de la derecha)
LAURA: ¡Mamá!
AMANDA: ¿Qué pasa, ahora? (Vuelve a entrar)
LAURA: ¿Cómo se llama, dijiste?
AMANDA: O'Connor. ¿Por qué?
LAURA: ¿Cuál es su nombre de pila?
AMANDA: (va hacia la butaca): No lo recuerdo... Ah, sí, sí, que recuerdo. Se llama... Jim. (Toma las flores)
LAURA: ¡Oh, mamá! ¡No será Jim O'Connor!
AMANDA: ¡Sí, eso es! ¡Se llama Jim! Nunca conocí a un Jim que fuese gentil. (Va a poner las flores en un jarrón)
LAURA: ¿Estás segura de que se llama Jim O'Connor?
AMANDA: Claro que sí. ¿Por qué?
LAURA: ¿Es el que conoció Tom en el colegio de secundaria?
AMANDA: No me lo dijo. Creo que sólo lo conoció (se sienta sobre el sofácama) en la zapatería.
LAURA: Hubo un Jim O'Connor a quien ambos conocimos en el colegio. Si es ése el que trae Tom a cenar... ¡Oh, mamá! Entonces, tendrás que disculparme... ¡No vendré a la mesa!
AMANDA: ¿Qué significa esto ahora? ¿Qué tonterías me estás diciendo?
LAURA: En cierta ocasión, me preguntaste si alguna vez me había gustado un joven. ¿No recuerdas que te mostré la fotografía de ese joven?
AMANDA: ¿Te refieres al del anuario?
LAURA: Sí, a ése.
AMANDA: Laura, Laura... ¿Estabas enamorada de él?
LAURA: (va hacia la butaca) No lo sé, mamá. Sólo sé que no podré sentarme a la mesa si se trata de él.
AMANDA: (se levanta, va a la izquierda y arregla algo junto al sofá-cama) ¡No debe de ser él! Es muy improbable. Pero ya sea que se trate de él o no, vendrás a la mesa... No podremos excusarte.
LAURA: Tendrán que excusarme, mamá.
AMANDA: No tengo intenciones de contemporizar con tu estupidez, Laura. Ya te he aguantado muchas cosas a ti y otras tantas a tu hermano. De modo que siéntate y sosiégate hasta que venga. Tom ha olvidado la llave, y tendrás que abrirles la puerta cuando lleguen.
LAURA: ¡Oh, mamá!... ¡Ábreles tú! (Se sienta en la silla de la derecha)
AMANDA: ¿Cómo he de hacerlo si ni siquiera he terminado la mayonesa para el salmón?
LAURA: Oh, mamá... ¡Haz el favor de atender la puerta, no me obligues a hacerlo! (Se oye un trueno)
AMANDA: ¡Querida, sé razonable! ¿A qué vienen tantas alharacas por... simplemente, por un candidato matrimonial... eso es, nada más que un candidato? (Sale por entre las cortinas de la sala. Tom y Jim entran en la callejuela de la derecha, suben al rellano y esperan junto a la puerta, cerrada. Al oír que se acercan, Laura aguarda con aire de pánico. Se retira hacia las cortinas. Suena el timbre de la puerta. Laura se queda sin aliento y se toca la garganta. Otro trueno)
AMANDA: (detrás del escenario) ¡Laura, querida, la puerta!
LAURA: ¡Mamá, por favor, ve tú! (Hace gestos de ir hacia la puerta de la derecha; luego, vuelve)
AMANDA: (detrás de la escena, con furioso murmullo) ¿Qué te pasa, tonta? (Entra y se detiene)
LAURA: Por favor, ábreles tú.
AMANDA: ¿Por qué has elegido este momento para perder la cabeza? Ve a abrir esa puerta.
LAURA: No puedo.
AMANDA: ¿Por qué no puedes?
LAURA: Porque tengo náuseas. (Va hacia el sofá-cama y se sienta)
AMANDA: ¡Tienes náuseas! ¿Las tengo yo? Tú y tu hermano me desconcertáis espantosamente. Nunca obráis como seres normales. ¿Me darás una buena razón para explicarme tu temor a abrir una puerta? Ve a esa puerta. ¡Laura Wingfield, ve derechita a esa puerta!
LAURA: (va hacia la puerta de la derecha) Sí, mamá.
AMANDA: (la detiene) Tengo que infundirte valor para la vida, querida. (Se va a la cocina. Laura abre. Entran Tom y Jim. Laura se queda oculta en el vestíbulo, detrás de la puerta)
TOM: Laura (Laura se acerca) Te presento a Jim. Jim, mi hermana Laura.
JIM: ¡Yo no sabía que Shakespeare tuviera una hermana! Mucho gusto, Laura.
LAURA: (retrocediendo, envarada y trémula. Le estrecha la mano) ¿Cómo... cómo está usted?
JIM: ¡Perfectamente! ¡Su mano está fría, Laura! (Tom pone los sombreros sobre la mesita del teléfono)
LAURA: Sí... Bueno, el caso es que estuve manejando el fonógrafo...
JIM: Debe de haber estado poniendo discos clásicos. Le convendría poner un poco de Jazz hott para entrar en calor. (Laura se acerca al fonógrafo. Tom va hacia ella. Laura hace funcionar otra melodía popular de mil novecientos veintitantos, mira a Jim y saliendo por entre los cortinajes de la sala, se va por la izquierda)
JIM: ¿Qué pasa?
TOM: Oh... ¿Lo dices por Laura? Laura es... es espantosamente tímida. (Se sienta en el sofá-cama)
JIM: (yendo al centro de la habitación): Conque tímida... ¿eh? ¿Sabes que es algo insólito encontrar hoy a una muchacha tímida? Si mal no recuerdo, nunca me dijiste que tenías una hermana.
TOM: Pues ya lo sabes. ¿Quieres unas páginas del periódico?
JIM: (acercándose) Bueno.
TOM: ¿Las historietas?
JIM: ¿Las historietas? ¡Los deportes! (Toma el periódico y se sienta en una silla) Veo que Dizzy Dean se está portando mal. 
TOM: (va hacia la puerta de la derecha y sale): ¿De veras?
JIM: Sí. ¿Adonde vas? (En ese momento, Tom llega a los peldaños de la derecha del rellano)
TOM: (desde el rellano) A la terraza, a fumar.
JIM: (se levanta, dejando el periódico sobre la butaca y va al fonógrafo para apagarlo. Sale al rellano) ¿Sabes una cosa, Shakespeare? ¡Voy a contarte un montón de cosas!
TOM: ¿Qué cosas?
JIM: Estoy siguiendo un curso.
TOM: ¿Qué curso?
JIM: ¡Un curso de oratoria! Tú y yo no hemos nacido para empleados de zapatería... ¿sabes?
TOM: Gracias. Me das una buena noticia. ¿Qué tiene que ver con eso la oratoria?
JIM: Lo capacita a uno para... ¡cargos directivos!
TOM: ¡Ah!
JIM: Te aseguro que me ha hecho mucho bien.
TOM: ¿En qué sentido?
JIM: En todos los sentidos. Pregúntate a ti mismo ¿qué diferencia hay entre nosotros y los demás muchachos de la oficina? ¿El cerebro? ¡No! ¿La capacidad? ¡No! Entonces... ¿qué? En el fondo, sólo se trata de una cosa...
TOM: ¿Qué cosa es ésa?
JIM: ¡Una conducta firme en sociedad! ¡La capacidad de ajustar cuentas con cualquiera y de hacerse respetar en cualquier plano social!
AMANDA: (detrás de la escena) ¡Tom!
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: ¿Estás ahí con el señor O'Connor?
TOM: Sí, mamá.
AMANDA: Pónganse cómodos.
TOM: Así lo haremos.
AMANDA: Pregúntale al señor O'Connor si quiere lavarse las manos.
JIM: No, señora. Gracias. Ya me acordé de hacerlo en el negocio. Tom...
TOM: ¿Qué?
JIM: El señor Mendoza me habló de ti.
TOM: ¿Favorablemente?
JIM: Adivínalo...
TOM: Te diré...
JIM: Te quedarás sin empleo si no te despiertas.
TOM: Me estoy despertando...
JIM: Sí, pero no se nota.
TOM: Las señales son internas. Me dispongo a cambiar. Precisamente, voy a consagrarme a un futuro en que no figura la zapatería del señor Mendoza, y ni siquiera el curso de oratoria de una escuela nocturna.
JIM: Vamos... ¿Qué tonterías estás diciendo?
TOM: Estoy cansado de las películas.
JIM: ¡De las películas!
TOM: ¡Sí, de las películas! Míralas. (Agita las manos) ¡Mira a todos esos héroes seductores... que tienen aventuras... que lo ensucian todo... que lo estropean todo con su voracidad! ¿Sabes qué pasa? La gente va al cine a ver acción, pero no actúa. ¡Se supone que los personajes de Hollywood viven las aventuras que les corresponderían a todos los habitantes de los Estados Unidos, mientras que éstos se hallan sentados en un salón oscuro y los miran en plena aventura! Sí, a menos que haya guerra. ¡Entonces, sí que la aventura queda al alcance de las masas!¡Todos comerán de este plato, no sólo Clark Gable! Y la gente de la sala oscura sale de allí para vivir algunas aventuras por su cuenta... ¡Bueno, bueno! ¡Entonces nos toca el turno de ir a las islas del Mar del Sur... de hacer un safari... de ser exóticos, lejanos...! Pero yo no soy paciente. No quiero esperar hasta entonces. ¡Estoy cansado del cine y me dispongo a irme!
JIM: (incrédulo) ¿A irte?
TOM: Sí.
JIM: ¿Cuándo?
TOM: ¡Pronto!
JIM: ¿Adonde? ¿Adonde?
TOM: Estoy empezando a hervir por dentro. Sé que te parezco un soñador, pero por dentro... ¡bueno, estoy hirviendo! ¡Siempre que agarro un zapato me estremezco al pensar en la brevedad de la vida y en lo que estoy haciendo! ¡Sea cual fuere la significación de eso, sé que no se trata de zapatos... salvo como algo que deben usar los pies de los viajeros! (Extrae del bolsillo una tarjeta) ¡Mira!
JIM: ¿Qué?
TOM: Estoy afiliado.
JIM: (leyendo) «Sindicato de la Marina Mercante.»
TOM: Pago mi cuota todos los meses, en vez de pagar la factura de la luz eléctrica.
JIM: Lo lamentarás cuando te corten la luz.
TOM: No estaré aquí.
JIM: Sí, pero... ¿y tu madre?
TOM: Soy como mi padre. El bribón hijo de un bribón. (Señala el retrato paterno) ¿Ves cómo sonríe? Y está ausente, paseando, desde hace dieciséis años.
JIM: Mera charla, Tom. ¿Qué opina sobre eso tu madre?
TOM: ¡Silencio! ¡Ahí viene! ¡No conoce mis planes!
AMANDA: (entre bastidores) ¡Tom!
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: ¿Dónde estáis?
TOM: En la terraza, mamá.
AMANDA: (entra y se detiene) ¿Por qué no entráis? (Jim y Tom así lo hacen. Amanda se adelanta hacia ellos. A Tom le impresiona evidentemente su aspecto. Hasta Jim parpadea un poco. Entra en contacto por primera vez con la vivacidad de las muchachas del Sur y, a pesar del curso de oratoria de la escuela nocturna, lo desconcierta un poco ese imprevisto despliegue de seducción social. Jim ensaya ciertas respuestas, pero las repele la alegre risa y la charla de Amanda. Tom experimenta cierto malestar, pero pasada la primera impresión, Jim reacciona muy cordialmente. Sonríe y ríe, completamente conquistado. Ambos entran, dejando abierta la puerta)
TOM: Mamá, estás tan linda...
AMANDA: ¿Sabes que es el primer cumplido que me has hecho en toda mi vida? Me gustaría verte un aire agradable cuando te dispones a decir algo agradable, para poder esperarlo. ¿El señor O'Connor?
JIM: ¡El mayor gusto!
AMANDA: Bueno, bueno, bueno. ¿De modo que usted es el señor O'Connor? La presentación es totalmente superflua. Le he oído hablar tanto a Tom de usted... Finalmente, le dije: «Dios mío, Tom... ¿Por qué no traes a cenar de una vez a ese dechado de virtudes? ¡Me gustaría conocer a ese simpático joven de la zapatería! Verlo, en vez de oírte simplemente cantar sus alabanzas tan a menudo!» No sé por qué es tan retraído mi hijo... Esa conducta no es propia del Sur. Sentémonos. (Tom cierra la puerta, va a la derecha de foro, se detiene. Jim y Amanda se sientan en el sofá-cama) Sentémonos, y creo que nos convendría un poco más de aire aquí. Tom, deja abierta la puerta. Hace un momento, sentí aquí una fresca brisa. ¿Adonde se habrá ido? Hum... ¡Hace tanto calor, ya! Y no ha llegado el verano aún. Nos vamos a achicharrar cuando llegue realmente. Sin embargo, tendremos... tendremos una cena muy liviana. Creo que es mejor comer cosas livianas a esta... a esta altura del año. Y también usar ropa liviana. Nuestra sangre se espesa tanto durante el invierno... ¿comprende?... ¡de modo que necesitamos algún tiempo para adaptarnos cuando cambia la estación! Y ha llegado tan pronto este año... Yo no estaba preparada. Y de improviso... ¡santo cielo! ¡El verano ya! Corrí al baúl y... saqué este vestido liviano... ¡espantosamente viejo! ¡Casi histórico! Pero es de tan buena calidad... tan bueno y tan fresco... ¿comprende?
TOM: Mamá... ¿Y nuestra cena?
AMANDA: (yendo hacia Tom) ¡Querido, ve a preguntarle a tu hermana si la cena está pronta! Ya sabes qué está a su cargo, exclusivamente. Dile que vosotros tenéis hambre y que la esperáis. (Tom sale. Amanda se vuelve hacia Jim) ¿Le han presentado a Laura?
JIM: Sí. Vino a la puerta.
AMANDA: ¿Mi hija les abrió?
JIM: Sí, señora.
AMANDA: (yendo hacia la butaca y sentándose) Es muy linda.
JIM: Oh, sí, señora.
AMANDA: ¡Es raro que una muchacha tan dulce y linda como Laura sea una mujer de su casa! Pero Laura, a Dios gracias, no sólo es linda sino también muy de su casa. Yo no lo soy. Nunca lo fui. Nunca pude hacer más que un bizcochuelo. Es cierto que en el Sur teníamos tantos criados... Y eso desapareció, desapareció, desapareció. ¡Todo vestigio de vida amable ha desaparecido por completo! ¡Yo no estaba preparada para lo que me trajo el futuro! Todos mis pretendientes eran hijos de hacendados, y por lo tanto supuse que me casaría con uno de ellos y crearía a una familia sobre una gran parcela de tierra y con muchos criados. Pero el hombre propone... ¡y la mujer acepta su proposición! Para variar un poco el viejo dicho... ¡no me casé con un hacendado! ¡Me casé con un hombre que trabajaba en una compañía telefónica! ¡Con ese valeroso y sonriente caballero que está ahí! (Señala la fotografía) Un telefonista que... ¡se enamoró de la larga distancia! ¡Ahora viaja y ni siquiera sé dónde está! Pero... ¿para qué le estoy contando mis cuitas? Cuénteme las suyas... ¡y espero que no las tenga! ¡Tom!
TOM: (vuelve a entrar) Sí, mamá.
AMANDA: ¿Cómo va esa cena?
TOM: Está sobre la mesa. (Se descorren las cortinas que separan la sala del comedor.
Las luces se encienden en éste y se apagan en la sala)
AMANDA: ¡Ah! (Se levanta, va hacia la mesa) ¡Qué bien! ¿Dónde está Laura?
TOM: Laura no se siente muy bien y prefiere no venir a la mesa.
AMANDA: ¡Laura!
LAURA: (detrás de la escena, con voz débil) ¿Qué, mamá? (Tom señala a Jim)
AMANDA: Señor O'Connor. (Jim va hacia la mesa y la silla de la izquierda y se detiene)
JIM: Gracias, señora. 31

AMANDA: Laura, no podemos bendecir la mesa si no vienes.
LAURA: (entra por el foro de la izquierda, evidentemente desfallecida, los labios trémulos, los ojos muy abiertos y de un mirar fijo. Avanza con inseguros pasos hacia la mesa) Oh, mamá... Lo siento muchísimo. (Se tambalea. Tom la aferra y la conduce al sofá-cama de la sala)
AMANDA: (mientras su hija se acuesta) Pero, Laura... ¡Te sientes mareada, querida! Laura, descansa sobre el sofá... ¡Bueno! (A Jim) ¡El calor del hornillo le ha hecho mal! Le dije que esta noche hacía demasiado calor, pero... (A Tom) ¿Está bien ya Laura?
TOM: Está mejor, mamá. (Se sienta. Se oye un trueno)
AMANDA: (volviendo al comedor y sentándose a la mesa, como Jim) ¡Dios mío, supongo que lloverá un poco! Tom, di la oración.
TOM: ¿La qué?
AMANDA: ¿Qué hacemos, por lo general, antes de comer algo? ¿No bendecimos la mesa con una oración?
TOM: Por éstas y todas Tus Mercedes... el Santo Nombre de Dios sea Alabado. (Se apagan las luces)

ESCENA SEGUNDA
Escenario: El mismo. Media hora después. Está concluyendo la cena. Amanda, Tom y Jim están sentados a la mesa, como en el final de la última escena. Las luces se encienden en ambas habitaciones.
AMANDA: (riendo, mientras Jim ríe también) ¿Sabe, señor O'Connor, que hace muchísimo tiempo que no paso una velada tan agradable?
JIM: (se levanta) Bueno, señora Wingfield. Permítame un brindis. Brindo por el Sur de ayer.
AMANDA: Por el Sur de ayer. (Se apagan las luces en ambas habitaciones)
JIM: ¡Eh, señora Bombilla Eléctrica!
AMANDA: ¿Dónde estaba Moisés cuando se apagaron las luces? ¿Sabe la respuesta a esa pregunta, señor O'Connor?
JIM: No, señora. ¿Cuál es?
AMANDA: Pues yo oí una respuesta, pero no era muy agradable. Pensé que usted podía conocer otra.
JIM: No, señora.
AMANDA: Es una suerte que yo haya puesto esas velas sobre la mesa. Sólo las puse como adorno, pero es grato que resulten útiles también.
JIM: Sí, señora.
AMANDA: Si uno de ustedes me proporciona un fósforo, podremos iluminar un poco esto.
JIM: (encendiendo las velas) Yo puedo hacerlo, señora.
AMANDA: Gracias.
JIM: (vuelve a la derecha de la mesa) Nada de eso, señora.
AMANDA: Creo que debe haberse quemado un fusible, señor O'Connor. ¿Sabe usted algo de esa cuestión?
JIM: Un poco, señora, pero... ¿dónde está la caja de los fusibles?
AMANDA: ¿Quiere saberlo? Está en la cocina. (Jim va a la cocina) Tenga cuidado, está a oscuras. No tropiece con algo. (Estrépito detrás de la escena) ¡Oh, Dios mío! ¡Sería terrible que lo perdiéramos! ¿Está usted bien, señor O'Connor?
JIM: (detrás de la escena) Sí, señora. Perfectamente. 32

AMANDA: Como sabrá, la electricidad es algo muy misterioso. Todo el universo es misterioso para mí. ¿No fue Benjamín Franklin quien ató una llave a una cometa? Me habría gustado verlo... Franklin debió tener en ese momento un aspecto muy estúpido. Algunos dicen que la ciencia nos aclara todos los misterios. En mi opinión, sólo nos añade sin cesar otros. ¿Ha encontrado ya la caja de los fusibles?
JIM: (reaparece por derecha) Sí, señora. La encontré, pero los fusibles parecen estar en buenas condiciones. (Vuelve a sentarse)
AMANDA: Tom.
TOM: ¿Qué, mamá?
AMANDA: Hace unos días, te di aquella factura de la luz. Aquella por la cual me mandaron la notificación...
TOM: Ah... Sí. ¿Te refieres a la del mes pasado?
AMANDA: ¿No la habrás dejado impaga, por casualidad?
TOM: Te diré. Yo...
AMANDA: ¡Claro que no la pagaste! ¡Debí preverlo!
JIM: Oh, quizá Shakespeare haya escrito un poema sobre esa factura, señora Wingfield.
AMANDA: Quizá. ¡No debí fiarme de él! La negligencia cuesta cara en el mundo de hoy.
JIM: Quizá el poema obtenga un premio de diez dólares.
AMANDA: ¡Tendremos que pasarnos el resto de la velada en el siglo XIX, antes de que el señor Edison inventara la bujía incandescente!
JIM: La luz de las velas es mi luz favorita.
AMANDA: ¡Eso prueba que es romántico! Pero no disculpa a Tom. Creo que han sido muy amables al dejarnos acabar la cena antes de sumirnos en las tinieblas eternas. Tom, como castigo por tu negligencia puedes ayudarme a secar los platos.
JIM: (se levanta. Tom también) ¿Puedo ayudarla en algo, señora?
AMANDA: (levantándose) Oh, no. Yo no lo permitiría.
JIM: Pues yo debiera servir para algo.
AMANDA: ¿Qué dice usted?
JIM: Sólo dije: «Pues yo debiera servir para algo.»
AMANDA: Es lo que me pareció oír. Bueno, Laura está ahí solita. Quizá usted debiera hacerle compañía. Puedo darle ese bonito candelabro antiguo para que tengan luz. (Jim toma las velas) En otros tiempos, estaba en el altar de la iglesia del Celestial Descanso, pero se derritió y se deformó un poco al incendiarse la iglesia. El rayo cayó sobre el edificio en primavera y Gipsy Jones, que realizaba una reunión religiosa en el pueblo, dijo que el rayo se debía a que los adeptos de la secta episcopal habían empezado a jugar a los naipes en la propia iglesia.
JIM: ¿De veras, señora?
AMANDA: Nunca he dicho nada que no fuese de veras.
JIM: Usted perdone.
AMANDA: (sirve vino en el vaso y se lo tiende a Jim) Me gustaría que Laura bebiera un poco de vino de amargón. ¿Podría usted llevar ambas cosas?
JIM: Lo intentaré, señora.
AMANDA: (va a la cocina) Vamos, Tom, ponte el delantal.
TOM: Sí, mamá. (Sigue a Amanda. Jim mira a su alrededor, deja el vaso, bebe un trago de la garrafa de vino, la deja en su lugar ruidosamente y entra en la sala. Las cortinas interiores se corren al apagarse las luces del comedor. Laura se incorpora nerviosamente en el sofá-cama al entrar Jim. Al principio habla en voz baja, jadeante, debido a la casi intolerable tensión que le causa estar a solas con un extraño. Mientras habla en esta escena, antes de que la cordialidad de Jim venza su paralizante timidez, la voz de Laura es débil y sin aliento, como si acabara de subir corriendo un empinado tramo de escalera)
JIM: (entra sosteniendo el candelabro con las velas encendidas en una mano y el vaso de vino en la otra, y se detiene) ¿Cómo se siente ahora? ¿Un poco mejor? (La actitud de Jim es amablemente jovial. Al interpretar esta escena, conviene hacer notar que aunque el episodio carezca aparentemente de importancia, es para Laura la culminación de toda su vida secreta)
LAURA: Sí, gracias.
JIM: (dándole su vaso de vino) Ah, tome. Esto es para usted. Un poco de vino de amargón.
LAURA: Gracias.
JIM: (va hacia el centro) Bueno, bébalo... pero no se emborrache. (Ríe de buena gana) Oiga... ¿Dónde pongo las velas?
LAURA: Oh, en cualquier parte...
JIM: ¿Qué le parece si las dejara aquí mismo, en el suelo? ¿Hay algún inconveniente?
LAURA: No.
JIM: Simplemente, le pondré debajo un periódico para recoger el sebo que gotee. (Toma un periódico de la butaca. Pone los candelabros en el suelo) Me gusta sentarme en el suelo. (Así lo hace) ¿Hay algún inconveniente?
LAURA: Oh, no. Ninguno.
JIM: ¿Quiere darme un almohadón?
LAURA: ¿Qué?
JIM: ¡Un almohadón!
LAURA: Ah... (Deja el vaso sobre la mesita del teléfono, le tiende un almohadón, se sienta sobre el sofá-cama)
JIM: ¿Y a usted? ¿No le gusta sentarse en el suelo?
LAURA: Oh, sí.
JIM: Entonces... ¿por qué no se sienta?
LAURA: Me... sentaré.
JIM: ¡Tome un almohadón! (Arroja el almohadón mientras ella se instala en el suelo) No la veo cuando está sentada ahí. (Vuelve a sentarse en el suelo)
LAURA: Yo... lo veo.
JIM: Sí, pero eso no tiene gracia. Yo estoy aquí... a la luz de los candelabros. (Laura se le arrima un poco) ¡Bravo! ¡Ahora la veo! ¿Está cómoda?
LAURA: Sí. Gracias.
JIM: Yo, también. ¡Más que cómodo! Dígame... ¿Le gustaría un poco de chicle? (Le ofrece goma de mascar)
LAURA: No, gracias.
JIM: Creo que me permitirá ese gusto. (Meditativamente desenvuelve el chicle y lo muestra) ¡Dios mío! ¡Imagínese la fortuna que amasó el inventor del chicle! Es algo sorprendente... ¿eh? ¿Sabe que el Edificio Wrigley es uno de los grandes espectáculos de Chicago? Lo vi en el penúltimo verano, en El Siglo de Progreso. ¿Vio el Siglo de Progreso?
LAURA: No.
JIM: Pues era una exposición maravillosa, créame. ¿Sabe qué me impresionó más? El Salón de la Ciencia. Da una idea del futuro en los Estados Unidos. ¡Oh, será más maravilloso que la época actual! A propósito... Su hermano me dijo que usted es tímida. ¿Es verdad eso, Laura?
LAURA: Yo... no lo sé.
JIM: Creo que usted es una muchacha a la antigua. Lo cual parece espléndido. Supongo que no me considerará demasiado indiscreto... ¿no es así?
LAURA: Señor O'Connor...
JIM: ¿Qué?
LAURA: Creo que le aceptaré un chicle, si no le parece mal. (Jim despoja de su envoltura un chicle, se arrodilla, se lo tiende. Ella arranca un trocito. Jim mira el resto, se lo pone en la boca y vuelve a sentarse) Señor O'Connor... ¿Ha seguido usted cantando?
JIM: ¿Cantando? ¿Yo?
LAURA: Sí. Recuerdo su hermosa voz.
JIM: ¿Usted me oyó cantar?
LAURA: Oh, sí... ¡Muy a menudo! Yo... no creo que usted me recuerde... ¿verdad?
JIM: (sonriendo, con aire indeciso) Le diré... En realidad, me parece haberla visto en alguna parte. Casi me pareció recordar su nombre. Pero el que iba a recordar... ¡no era un nombre! De modo que callé antes de decirlo.
LAURA: ¿No sería... Blue Roses?
JIM: (sonriendo) ¡Blue Roses! ¡Oh, Dios mío, sí! ¡Blue Roses! ¿Sabe que yo no la asociaba de ningún modo con el colegio? Pero así era. ¡Se trataba del colegio! ¡Dios mío! ¡Ni siquiera sabía que usted era la hermana de Shakespeare! ¡Caramba! ¡Perdóneme!
LAURA: Yo no esperaba que usted me recordara. ¡Apenas si me conocía!
JIM: Pero nos hablábamos.
LAURA: Sí. Nos... hablábamos.
JIM: A propósito... ¿No concurríamos juntos a una misma clase?
LAURA: Sí, por cierto.
JIM: ¿Qué clase era ésa?
LAURA: Era... ¡la de canto! ¡Los coros!
JIM: ¡Ah!
LAURA: Yo estaba sentada del otro lado del pasillo, en el salón de música. A la misma altura que usted.
JIM: ¡Ah, sí! Ahora, recuerdo. Usted era la que siempre llegaba tarde.
LAURA: Sí, me costaba trabajo subir la escalera. Tenía en la pierna ese soporte entonces, ¡y hacía tanto ruido al andar!
JIM: Yo no oía ese ruido.
LAURA: (con un sobresalto, al recordar) A mí me parecía... ¡un trueno!
JIM: Nunca lo noté siquiera.
LAURA: Todos estaban sentados cuando yo entraba. Tenía que caminar delante de toda esa gente. Mi asiento estaba en la última fila. ¡Debía recorrer el pasillo ruidosamente, mientras todos me miraban!
JIM: ¡Ah, caramba...! Usted no debía sugestionarse tanto.
LAURA: Lo sé, pero así era. ¡Me sentía tan aliviada cuando empezaba el canto!
JIM: Ahora lo recuerdo. Y yo solía llamarla Blue Roses. ¿Cómo se me ocurrió llamarla así? 35

LAURA: Falté durante algún tiempo al colegio a causa de una pleurosis. Cuando volví, usted me preguntó qué me había pasado. Le dije que había tenido una pleurosis y usted me entendió Blue Roses. ¡Y desde entonces, siempre me llamó así!
JIM: ¿Supongo que no la habré molestado?
LAURA: Oh, no... Me gustaba. Le diré... Yo no conocía a mucha... gente...
JIM: Sí. La recuerdo retraída y sola.
LAURA: No tuve mucha suerte para hacer amistades.
JIM: No sé por qué.
LAURA: La verdad es que empecé mal.
JIM: ¿Se refiere a su...?
LAURA: Bueno, sí... Aquello... parecía interponerse entre yo y...
JIM: ¡No debió permitirlo!
LAURA: Lo sé, pero así fue y yo...
JIM: ¡De modo que era tímida con la gente!
LAURA: Trataba de no serlo, pero nunca pude...
JIM: ¿Vencerlo?
LAURA: No, yo... ¡Nunca pude!
JIM: Sí. Creo que la timidez es algo que debe vencerse gradualmente.
LAURA: Sí... creo que...
JIM: ¡Exige tiempo!
LAURA: Sí...
JIM: Oiga... ¿Sabe una cosa, Laura? (Se levanta para sentarse en el sofácama) La gente no es tan terrible cuando se la conoce. ¡Eso es lo que debe recordar, Laura! ¡Y todos tienen sus problemas, no sólo usted, sino prácticamente todos! Usted cree ser la única desilusionada. Pero mire a su alrededor y... ¿qué ve? A muchísima gente desilusionada. Tómeme a mí, por ejemplo. ¡Caramba, cuando salí del colegio esperaba progresar mucho más de lo que progresé! A propósito... ¿Recuerda ese gran elogio que me hicieron en «La Antorcha»?
LAURA: ¡Sí! (Saca el anuario de debajo del almohadón del sofá-cama)
JIM: ¡Afirmaban que yo debía triunfar en cualquier empresa en que interviniera! ¡Santo Dios! «¡La Antorcha!» (Ella abre el libro, se lo muestra y se sienta a su lado)
LAURA: ¡Aquí está usted en Los Piratas de Penzance!
JIM: ¡Los Piratas! «¡Oh, más vale vivir y morir bajo la valiente bandera negra que hago ondear!», cantaba yo al encarnar al protagonista de esa opereta.
LAURA: ¡Y de una manera tan bella!
JIM: ¡Oh!
LAURA: Sí, sí... ¡Bella, bella!
JIM: De modo que me oyó... ¿eh?
LAURA: ¡No menos de tres veces!
JIM: ¡No!
LAURA: ¡Sí!
JIM: ¿De modo que asistió a las tres representaciones?
LAURA: Sí.
JIM: ¿Para qué?
LAURA: Quería... pedirle que... me pusiera su autógrafo en mi programa. (Lo saca del
libro)
JIM: ¿Por qué no me lo pidió?
LAURA: Siempre lo rodeaban tanto sus amigos que nunca tuve oportunidad de hacerlo.

JIM: Oh... Le hubiera bastado con acercarse y decirme: Aquí está mi...
LAURA: Bueno, yo... pensé que usted podía creer que yo estaba...
JIM: Podía creer que usted estaba... ¿qué?
LAURA: Oh...
JIM: (con meditativa fruición) ¡Ah! Sí. En aquéllos tiempos, las mujeres me asediaban.
LAURA: ¡Usted era popularísimo!
JIM: Sí...
LAURA: Tenía un modo de ser... tan cordial...
JIM: Oh, en el colegio me mimaban...
LAURA: ¡Todos le tenían simpatía!
JIM: ¿Inclusive usted?
LAURA: Yo... Bueno, sí... Yo también...
JIM: Déme ese programa, Laura... (Ella se lo tiende y el lo firma) ¡Ya está! ¡Mas vale tarde que nunca!
LAURA: Vaya... ¡Qué... sorpresa!
JIM: Mi firma no vale mucho, ahora. Pero quizá, algún día... ¡su valor aumente! Como comprenderá, una cosa es estar decepcionado y otra desalentarse. Bueno, quizá la esté desilusionando, pero no me siento desalentado. Dígame... ¿Usted concluyó los estudios?
LAURA: Obtuve malas calificaciones en los exámenes finales. 
JIM: ¿De modo que dejó el colegio?
LAURA: (levantándose) No volví. (Va hacia el zoo de cristal. Jim enciende un cigarrillo, sentado aún en el sofá-cama. Laura pone el anuario debajo del zoo de cristal. Se levanta, toma el unicornio, una figurita de cristal, de espaldas a Jim) ¿Cómo... cómo le va a Emily Meisenbach?
JIM: ¡Esa cabeza hueca!
LAURA: ¿Por qué la llama así?
JIM: Porque eso era.
LAURA: ¿Usted no sale ya... a pasear con ella?
JIM: Oh, no la he vuelto a ver, siquiera.
LAURA: En la Sección Personal decían que ustedes... ¡eran novios!
JIM: Lo sé. ¡Pero no me impresionaba aquella... propaganda!
LAURA: ¿No era... la verdad?
JIM: ¡Solamente lo era para la optimista opinión de Emily!
LAURA: Ah... (Se vuelve hacia Jim. Este enciende un cigarrillo y se acoda con indolencia, sonriéndole a Laura con una cordialidad y simpatía que encienden en el alma de la muchacha velas de altar. Laura se queda junto al zoo de cristal y juega con una de sus piezas para disimular tumultuosos sentimientos)
JIM: ¿Qué hizo usted después del colegio? ¿Eh?
LAURA: ¿Qué?
JIM: Dije... ¿Qué hizo usted después del colegio?
LAURA: Poca cosa.
JIM: Ha debido de hacer algo en todo este tiempo.
LAURA: Sí.
JIM: Y bien... ¿Qué fue?
LAURA: Seguí un curso en la escuela comercial...
JIM: ¿De veras? ¿Y qué resultado le dio? 37

LAURA: (se vuelve hacia Jim) A decir verdad, no muy... bueno... Tuve que dejarlo, aquello me causaba... indigestión... 
JIM: (ríe amablemente) ¿Qué hace ahora?
LAURA: Poca cosa... ¡Oh, no crea, por favor, que me paso los días con los brazos cruzados! Mi colección de cristal me ocupa bastante tiempo. El cristal es algo que exige muchos cuidados...
JIM: ¿Qué dijo usted... del cristal?
LAURA: (carraspea y le vuelve nuevamente la espalda, con gran timidez) Mi colección, dije...Tengo una colección.
JIM: (deja el cigarrillo y dice, bruscamente) ¡Oiga! ¿Sabe cuál es su desgracia, a mi entender? (Se levanta y va a la derecha) ¡Un complejo de inferioridad! ¿Sabe qué es eso? ¡Llaman así la sensación que se experimenta cuando una persona se subestima! Oh, lo comprendo porque también yo la tuve. ¡Hum! Sólo que mi caso no era tan grave como parece serlo el suyo. Padecí de ese complejo hasta que estudié oratoria y cultivé mi voz y descubrí que tenía aptitudes para la ciencia. ¿Sabe que hasta entonces nunca me había creído con capacidad sobresaliente para nada?
LAURA: ¡Oh! ¿Será posible?
JIM: Nunca estudié con regularidad esa materia... (Se sienta en la butaca) Fíjese usted, pero un amigo mío dice que sé analizar mejor a la gente que los médicos que lo hacen profesionalmente. No afirmo que eso sea por fuerza cierto, pero puedo adivinar con seguridad la psicología de una persona. Discúlpeme, Laura. (Saca el chicle de la boca) Siempre lo saco cuando ha perdido el sabor. Lo envolveré en un trocito de papel. (Arranca un trozo de papel del periódico que está debajo de los candelabros, envuelve en él su chicle, va hacia el sofácama, observa si Laura lo mira. Pero no hay tal cosa. Jim da la vuelta al sofá-cama) Ya sé cuan fastidioso es que se adhiera a uno el chicle en un zapato. (Arroja el chicle debajo del sofá-cama y se acerca a Laura) Sí... Creo que ésa es su principal desgracia. La falta de confianza en sí misma, como persona. Ahora bien: fundo ese hecho en muchas de sus frases y en algunas observaciones hechas por mí. Por ejemplo, en ese estrépito de sus zapatos cuando estaba en el colegio. ¿Dice usted que temía subir por la escalera? ¿Ve lo que ha conseguido? ¡Abandonó el colegio y renunció a una educación por culpa de un pisar pesado, que a mi modo de ver virtualmente no existe! Oh, usted sólo tiene un pequeño defecto físico. ¡Hasta casi imperceptible! ¡Su imaginación lo magnífica mil veces! ¿Sabe qué le aconsejo? ¡Le conviene considerarse superior en algún aspecto! (Va hacia la mesita que está a la derecha del sofá-cama y se sienta sobre ella. Laura se sienta en la butaca)
LAURA: ¿Cómo podría pensarlo?
JIM: ¡Caramba, Laura! Mire un poco a su alrededor y... ¿qué ve? ¡Un mundo lleno de personas vulgares! ¡Todas han nacido y todas morirán! ¿Cuál de ellas tiene la décima parte de las virtudes que la adornan a usted? ¿O de las mías? ¿O de cualquier otro, por lo demás? Cada uno se destaca en algún aspecto... ¿comprende? Bueno... ¡Algunos se destacan en muchos! Tomemos mi caso, por ejemplo. Me interesa la electrodinámica. Sigo un curso de técnica radiotelefónica en la escuela nocturna, además de tener un empleo de bastante responsabilidad en la zapatería. Sigo ese curso y estudio oratoria pública.
LAURA: ¡Oooooh! ¡Qué bien! 38

JIM: ¡Porque creo en el porvenir de la televisión! Quiero estar preparado para seguir el ritmo de ese progreso. (Se levanta, va a la derecha) Proyecto obtener una participación en el negocio con las mismas ventajas que sus promotores. ¡Oh, ya he tomado las medidas necesarias! Ahora, sólo resta que la propia industria se ponga en marcha... ¡a todo vapor! ¡El conocimiento! ¡Zipppp! ¡El dinero! ¡Zipppp! ¡El poder! ¡Bum! ¡He ahí el cielo sobre el cual está construida la democracia! (Pausa) ¡Supongo que usted debe considerarme muy engreído!
LAURA: Nooo... En absoluto.
JIM: (se arrodilla ante la butaca) Bueno. ¿Y qué me dice usted? ¿No hay algo que le interese especialmente?
LAURA: Oh, sí...
JIM: ¿Qué, por ejemplo?
LAURA: Me dedico... como le dije... a mi colección de cristal...
JIM: ¡Ah! ¿Qué cristal es ése?
LAURA: (toma una pieza de la colección del estante) Cositas de cristal, adornos más que nada. En su mayoría, son animalitos de cristal, los animalitos más diminutos del mundo. ¡Mamá los llama el zoo de cristal! ¡Aquí tiene uno, si quiere verlo! Este es uno de los más viejos, tiene casi trece años. (Se lo tiende) ¡Oh, tenga cuidado! Bastaría un soplo para romperlo.
JIM: Más vale que no lo tome. Soy muy torpe.
LAURA: ¡Vamos, le tengo confianza! (Jim toma el caballo) Ya lo ve... ¡Lo sostiene suavemente! ¡Levántelo a la luz, ese caballito ama la claridad! (Jim alza el caballo) ¿Ve cómo brilla la luz a través de él?
JIM: ¡Ya lo creo que brilla!
LAURA: Yo no debiera ser parcial, pero es mi favorito.
JIM: Oiga... ¿Qué se supone que es esto?
LAURA: ¿No ha notado el cuerno único de su frente?
JIM: ¡Ah! ¿Es un unicornio?
LAURA: ¡Aja!
JIM: ¿Acaso no se han extinguido los unicornios en el mundo moderno?
LAURA: ¡Lo sé!
JIM: El pobrecito debe sentirse bastante solo.
LAURA: Pues si se siente solo, no se queja. Está en el mismo estante con otros caballos que no tienen cuernos y todos parecen entenderse muy bien.
JIM: Ya lo creo. Dígame... ¿Dónde puedo dejarlo?
LAURA: Póngalo sobre la mesa. (Jim va hacia la mesita que está a la derecha del sofá-cama y deja el unicornio sobre ella) ¡A todos ellos, les gusta de vez en cuando cambiar de escenario!
JIM: (mirando al foro, con los brazos tendidos) Así es. ¡Hola! Mire qué grande es mi sombra cuando estiro los brazos.
LAURA: (yendo hacia la izquierda) ¡Oh, sí! ¡Se extiende sobre el cielo raso!
JIM: (sale por la derecha, dejando la puerta abierta y se para sobre el rellano. Canta, siguiendo la música del disco popular del día del salón de baile. Cuando Jim abre la puerta, la música crece en volumen): Ha dejado de llover. ¿De dónde proviene esa música?
LAURA: Del Salón de Baile El Paraíso, que está al otro lado de la calle.
JIM: (vuelve a entrar, cierra la puerta y va hacia Laura): ¿Qué le parece si bailáramos un poco, señorita Wingfield? ¿O su carné está cubierto? Permítame que lo vea. (Va

hacia el centro. La orquesta, en el salón de baile, ataca un vals. Jim hace gesto de consultar su carné de baile imaginario) ¡Oh, vamos! ¡Todas sus piezas están tomadas! Simplemente, tacharé varias de ellas. ¡Ah, un vals! (Va hacia Laura)
LAURA: Yo... ¡No puedo bailar!
JIM: ¡Ya apareció el complejo de inferioridad!
LAURA: ¡Nunca he bailado en toda mi vida!
JIM: ¡Vamos, inténtelo!
LAURA: ¡Oh, le daría pisotones!
JIM: No soy de vidrio.
LAURA: ¿Cómo... cómo empezamos?
JIM: Tienda un poco los brazos.
LAURA: ¿Así?
JIM: Levántelos un poco más. (Toma en sus brazos a Laura) Eso es. Ahora, no se
ponga rígida, eso es lo principal... Relaje el cuerpo.
LAURA: Es difícil no estar rígida.
JIM: Perfecto.
LAURA: Temo que no podrá moverme.
JIM: (baila, alrededor del sofá-cama, lentamente): ¿Qué apostamos a que puedo?
LAURA: ¡Dios mío! ¡Sí que puede!
JIM: Abandónese ahora, Laura. Abandónese.
LAURA: Yo...
JIM: ¡Vamos!
LAURA: ¡Trato de hacerlo!
JIM: No se ponga tan rígida... ¡Hay que estar natural!
LAURA: ¡Lo sé... pero yo...!
JIM: ¡Vamos! ¡Afloje un poco la columna! (Cuando llegan al rincón al foro del sofá-cama —de modo que el público no la vea levantarla— el brazo de Jim ciñe fuertemente el talle de Laura y la hace describir tres vueltas completas alzándola del suelo, antes de que llegue a la mesita. La música crece en volumen cuando Jim la levanta) ¡Allá va! (Jim hace caer el caballo de cristal de la mesa. La música se esfuma)
LAURA: Oh, no importa...
JIM: (levanta el caballo) Hemos hecho caer el caballito de cristal.
LAURA: Sí.
JIM: (le tiende el unicornio) ¿Está roto?
LAURA: Ahora es igual a todos los demás caballos.
JIM: ¿Quiere decir que ha perdido su...?
LAURA: Ha perdido su cuerno. No importa. Quizá eso sea una suerte disfrazada.
JIM: Caramba, apostaría a que usted nunca me perdonará. Apostaría a que era su animalito de cristal favorito.
LAURA: Oh, no tengo favoritos... (Pausa) ... mayormente. Esto no es una tragedia. El cristal se rompe tan fácilmente... Por cuidadoso que uno sea. El tránsito hace trepidar los estantes y las cosas se caen.
JIM: Con todo, lamento muchísimo haberlo roto.
LAURA: Me imaginaré, simplemente, que el unicornio ha sido operado. Le quitaron el cuerno para que se sintiera menos... ¡monstruoso! (Va a la izquierda, se sienta sobre la mesita) Ahora, estará más a sus anchas con los demás caballos, los que no tienen cuernos...
JIM: (Se sienta sobre el brazo de la butaca, frente a Laura): Me alegra ver que tiene sentido del humor. ¿Usted sabe... que es... distinta de todas las muchachas que he conocido? ¿Le molesta que se lo diga? Hablo en serio. Me siento algo así como... ¡No sé cómo decirlo! Generalmente, expreso bastante bien las cosas, pero... ¡esto es algo inexplicable! ¿Le dijo alguna vez alguien que era linda? (Se levanta, va hacia Laura) ¡Pues lo es! Y de un modo distinto de todas las demás. Y más linda, precisamente, a causa de la diferencia. Oh, ojalá fuese usted mi hermana. Yo le enseñaría a confiar en sí misma. Uno no tiene por qué avergonzarse de ser distinto. Porque los demás no son tan maravillosos. Son centenares de miles. ¡Y usted, es única! Ellos caminan por toda la tierra. Y usted, se queda aquí. Son vulgares como... la cizaña, pero... usted... bueno; usted... ¡es Blue Roses!
LAURA: Pero el azul... no se puede aplicar... a las rosas...
JIM: ¡Es aplicable a usted! ¡Usted es linda!
LAURA: ¿En qué sentido lo soy?
JIM: En todos los sentidos... Sus ojos... su cabello... ¡Sus manos son lindas! Usted creerá que lo digo porque ustedes me han invitado a cenar y tengo que ser amable. ¡Oh, podría serlo! Podría decir muchas cosas sin ser sincero. ¡Pero le hablo con sinceridad! He notado que usted tiene ese complejo de inferioridad que le impide sentirse a sus anchas con la gente. Alguien debe infundirle confianza en sí misma... ¡ánimo!... y tornarla orgullosa en vez de tímida y evitar que vuelva la espalda a cada momento y... se sonroje... (Jim alza a Laura y la sienta sobre la mesita al decir «ánimo») Alguien... debiera (la baja). Alguien debiera... ¡besarla, Laura! (Se besan. Jim la suelta y le vuelve lentamente la espalda yendo al primer término a la derecha. Y dice en voz baja, como para sí) Oh, no debí hacer eso. Fue inoportuno... (Retrocede y se vuelve hacia Laura, que está sentada sobre la mesita) ¿Le gustaría un cigarrillo? Usted no fuma... ¿verdad? ¿Querría una pastilla de menta? ¿De anís? Mi bolsillo es toda una confitería... ¿Sabe una cosa, Laura? Si yo tuviera una hermana como usted haría lo mismo que Tom. Traería amigos a casa para que la conociesen. Quizá no debiera decir eso. Tal vez Tom no me haya traído aquí por esa razón. Pero... ¿y si así fuera? Eso no tendría nada de malo. Lo único que hay de malo es que en mi caso —mi situación no me lo permite— no puedo preguntarle su número y decirle que la llamaré por teléfono. No puedo telefonearle la semana próxima... pedirle una cita. Prefiero explicarle la situación por si usted... me interpreta mal y hiero sus sentimientos...
LAURA: (con voz débil) ¿Usted... no volverá... a visitarnos?
JIM: (yendo al sofá-cama y sentándose) No, no puedo. Le explicaré. Estoy atado. Laura, yo he... ¡Me estoy portando de forma muy juiciosa! Salgo siempre con una muchacha que se llama Betty. Oh, es una buena muchacha de su casa como usted, católica e irlandesa, y en muchos sentidos, nosotros... nos entendemos perfectamente. La conocí el verano pasado durante un viaje en barco por el río a la luz de la luna hasta Alton, en el Majestic. Bueno... Pues, desde el principio, eso fue... ¡amor! ¡Oh, estar enamorado ha hecho de mí un hombre nuevo! ¡La fuerza del amor es algo tremendo! El amor es algo que... transforma el mundo entero. Ocurrió que la tía de Betty se enfermó y Betty recibió un telegrama y tuvo que ir a Centralia. De modo que naturalmente, cuando Tom me invitó a cenar... naturalmente, acepté la invitación, sin saber... me refiero... sin saber. Me gustaría que usted... dijera algo. (Laura le da el unicornio) ¿Por qué hace eso? ¿Quiere que me quede con él? ¿Para qué?
LAURA: Un... recuerdo. ( Va hacia el zoo de cristal. Jim se levanta)
AMANDA: (detrás de la escena) Voy, hijos. (Entra en el comedor, viene de la cocina) Pensé que le gustaría un refresco. (Deja la bandeja sobre la mesita. Alza un vaso) Señor O'Connor... ¿Ha oído esa canción sobre la limonada? Dice... «¡Limonada, limonada! hecha en la sombra y revuelta con una pala, ...¡y luego, sirve apenas para una solterona!»
JIM: No, señora. Nunca la oí.
AMANDA: (a Laura) ¿Por qué estás tan seria, querida?
JIM: Estábamos sosteniendo una conversación seria.
AMANDA: No comprendo a los jóvenes modernos. Cuando yo era muchacha, todo me alegraba.
JIM: Usted no ha cambiado en lo más mínimo, señora Wingfield.
AMANDA: Supongo que me habrá rejuvenecido la alegría de esta velada. ¡Bueno, pues, brindo por la alegría de esta velada! (Derrama la limonada sobre su vestido) ¡Oooh! Me he bautizado. (Deja el vaso sobre la mesita) En la cocina he encontrado varias cervezas y he puesto una en cada vaso.
JIM: No debió molestarse tanto, señora.
AMANDA: No fue una molestia. ¿No nos oyó alborotar en la cocina? Yo estaba tan fastidiada con Tom por no haberlo traído a usted antes... Pero ahora que ha aprendido el camino, señor O'Connor, quiero que venga a menudo... no de vez en cuando... sino a menudo. Oh, creo que volveré a esa cocina. (Va hacia el foro)
JIM: Oh, no, señora. Le ruego que no vaya. En realidad, tengo que irme.
AMANDA: ¡Oh, señor O'Connor! ¡La noche está empezando, apenas!
JIM: Bueno, ya sabe cómo son esas cosas.
AMANDA: ¿Quiere usted decir que es un empleado y que debe cumplir el horario de los empleados?
JIM: Sí, señora.
AMANDA: Bueno, lo dejaremos ir temprano esta vez, pero sólo a condición de que se quede más tarde la vez próxima, mucho más tarde... ¿Cuál es la noche ideal para usted? ¿El sábado?
JIM: ¡A decir verdad, tengo que cumplir dos horarios, señora Wingfield! ¡Uno de mañana y otro de noche!
AMANDA: Oh... ¡Qué bien! ¡Qué ambicioso es usted! ¿También trabaja de noche?
JIM: No, señora. No se trata del trabajo, sino... ¡de Betty!
AMANDA (va hasta el sofá-cama): ¿Betty? ¿Quién es Betty?
JIM: Oh, nada más que una muchacha. ¡La muchacha con quien salgo!
AMANDA: ¿De modo que es algo serio?
JIM: Oh, sí, señora. Nos casaremos el segundo domingo de junio.
AMANDA: (se sienta en el sofá-cama) Tom no nos dijo que usted se iba a casar.
JIM: Bueno, no lo he revelado aún en la zapatería. (Toma su sombrero, que está sobre la mesita del teléfono) Usted sabe cómo son los muchachos. Lo llaman a uno Romeo y todas esas cosas... La velada ha sido maravillosa, señora Wingfield. Creo que es eso lo que llamamos la hospitalidad del Sur.
AMANDA: No ha sido nada. Nada.
JIM: Supongo que no les parecerá demasiado precipitado. Pero le prometí a Betty ir a buscarla a la estación de Wabasch y su tren debe llegar de un momento a otro. Algunas mujeres se muestran muy contrariadas si uno las hace esperar.
AMANDA: ¡Sí, ya sé todo lo relativo a la tiranía de las mujeres! Bueno. Adiós, señor O'Connor. (Le tiende la mano. Jim se la toma) Le deseo felicidades... y buena suerte. También tú se lo deseas.... ¿verdad, Laura?
LAURA: Sí, mamá.
JIM: (acercándose a Laura) Adiós, Laura. Siempre conservaré con gran aprecio ese recuerdo. Y no olvide el buen consejo que le he dado. ¡Hasta pronto, Shakespeare! (Va al foro, al centro) Gracias de nuevo, señora. ¡Buenas noches! (Sonríe y se va garbosamente por la derecha)
AMANDA: (con voz débil) Bueno, bueno, bueno... Las cosas suelen salir tan mal... (Laura va hacia el fonógrafo y pone un disco) Yo que tú, no pondría un disco. Bueno, bueno... ¡Nuestro candidato tiene novia! ¡Tom!
TOM: (detrás de la escena) ¿Qué, mamá?
AMANDA: Ven aquí. Quiero decirte algo muy gracioso.
TOM: (viene de la cocina) ¿Se ha ido el candidato?
AMANDA: El candidato se ha ido muy temprano. ¡Linda broma la que nos has hecho!
TOM: ¿Qué quieres decir?
AMANDA: No me dijiste que el señor O'Connor tenía novia.
TOM: ¿Jim? ¿Novia?
AMANDA: Es lo que acaba de comunicarnos.
TOM: ¡Que me condenen! ¡Yo no lo sabía!
AMANDA: Eso me parece muy raro.
TOM: ¿Qué tiene de raro?
AMANDA: ¿No me dijiste que era tu mejor amigo de la zapatería?
TOM: Lo es, pero... ¿cómo podía saberlo yo?
AMANDA: ¡Parece muy raro que ignoraras que tu mejor amigo estaba comprometido para casarse!
TOM: ¡La zapatería es el lugar donde trabajo, no donde descubro cosas sobre la gente!
AMANDA: ¡Tú no descubres nada en ninguna parte! ¡Vives soñando! ¡Fabricas ilusiones! (Tom va a dirigirse hacia la derecha) ¿Adonde vas? ¿Adonde vas? ¿Adonde vas?
TOM: Voy al cine.
AMANDA: (se levanta y se le acerca) Muy bonito, ahora que nos has hecho pasar por unos tontos. ¡El esfuerzo, los preparativos, todos los gastos! ¡El velador nuevo, la alfombra, la ropa para Laura! ¿Todo, para qué? ¡Para agasajar al novio de otra muchacha! ¡Vete al cine, ahora! ¡No pienses en tu hermana soltera que está lisiada y sin empleo! ¡No permitas que nada moleste tu placer egoísta! ¡Vete, vete, vete... al cine!
TOM: Perfectamente, iré. ¡Y cuanto más me grites a causa de mis egoístas placeres, antes me iré y, por lo demás, no iré al cine! (Toma el sombrero de la mesita, cierra con violencia la puerta y sale por la callejuela de la derecha)
AMANDA: (va hacia el rellano y grita) ¡Ve, pues! ¡Vete a la luna... soñador egoísta! (La luz del interior se apaga. Se oye una vaga música. Amanda vuelve a entrar en la sala, cerrando con un portazo. Las últimas frases de Tom se sincronizan con la pantomima interior. La escena se representa como si se viera a través de un vidrio grueso, detrás de las cortinas externas de gasa. Amanda, de pie, parece decirle algo consolador a Laura, que está acurrucada sobre el sofá-cama. Ahora que no podemos oír las palabras de la madre, su estupidez ha desaparecido y tiene dignidad y una trágica belleza. El cabello de Laura oculta su rostro hasta que, cuando concluye de hablar su madre, lo alza para sonreírle. Los gestos de Amanda son lentos y graciosos, casi con ritmo de danza, cuando consuela a su hija. Tom, que se ha puesto mientras tanto como antes el abrigo de marinero y la gorra, entra por la derecha y se adelanta de nuevo hacia el rellano; donde se queda al hablar. En el ínterin las luces se proyectan sobre Amanda y Laura, pero son vagas)
TOM: Yo no fui a la luna. Fui mucho más lejos. Porque el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares... Me marché de Saint Louis. Bajé por última vez esos peldaños de la escalera de emergencia y seguí, desde entonces, los pasos de mi padre, tratando de hallar en el movimiento lo perdido en espacio... Viajé mucho por todas partes. Las ciudades pasaban rápidamente ante mí como hojas secas, de brillantes colores pero arrancadas de la rama. Me habría detenido, pero algo me perseguía. Aquello acudía siempre de improviso, tomándome de sorpresa. Quizá fuese un pasaje musical familiar. Quizá sólo un fragmento de transparente cristal... Quizá me esté paseando por una calle de noche, en alguna ciudad extraña, antes de haber encontrado compañeros y pase junto a la ventana iluminada de una perfumería. La ventana está llena de piezas de cristal de color, de frasquitos transparentes de delicados tonos, que parecen fragmentos de un arco iris roto. Entonces, repentinamente, mi hermana me toca el hombro. Me vuelvo y miro sus ojos... ¡Oh, Laura, Laura!... ¡Traté de dejarte atrás, pero soy más fiel de lo que pensaba ser! Tiendo la mano hacia un cigarrillo, cruzo la calle, entro corriendo en un cine o un bar. Pido una copa, hablo con el desconocido más próximo —¡cualquier cosa capaz de apagar tus velas!— ¡porque hoy el mundo está iluminado por el relámpago! Apaga de un soplo tus velas, Laura... (Laura apaga soplando las velas que arden aún en los candelabros y todo el interior queda en la oscuridad) Y ahí termina mi memoria y comienza vuestra imaginación. ¡De modo que adiós!... (Sale por la callejuela de la derecha. Se sigue oyendo música hasta el final) 


TELÓN

El pelícano August Strindberg





Personajes

LA MADRE, Elisa, viuda.
EL HIJO, Federico, estudiante de derecho.
LA HIJA, Gerda.
EL YERNO, Axel, casado con Gerda.
MARGARITA, Criada.

Un salón. Al fondo, una puerta que da al comedor. A la derecha, la puerta achaflanada de un balcón. Arquimesa, escritorio, diván con una cubierta de felpa roja, una mecedora.

(Entra LA MADRE, se sienta en una silla y allí se queda abúlica, sin hacer nada. Va de luto. De vez en cuando, escucha nerviosa.)
(Se oye la «Fantasía Impromptu”, opus 66, de Chopin, obra póstuma, que alguien toca en la habitación de al lado.)
(MARGARITA, la cocinera, entra por la puerta del fondo.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
MARGARITA.- ¿Está sola la señora?
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor... ¿Quién toca?
MARGARITA.- ¡Vaya noche de perros cómo sopla El viento! Y cómo llueve...
LA MADRE.- ¡Que cierres la puerta! No puedo soportar ese olor a fenol y a ramitas de abeto...
MARGARITA.- Eso ya lo sabía yo, señora. Por eso le dije que instalasen la capilla ardiente en la iglesia...
LA MADRE.- Fueron los chicos los que se empeñaron en celebrar la ceremonia en casa...
MARGARITA.- ¿Por qué sigue la señora aquí? ¿Por qué no se cambian de casa?
LA MADRE.- El propietario no nos deja marcharnos. No podemos movernos de aquí... (Pausa.) ¿Por qué has quitado la funda del diván rojo?
MARGARITA.- La llevé a la lavandería. (Pausa.) La señorita sabe muy bien, claro, que el señor expiró en ese sofá. Pero quite usted el sofá...
LA MADRE.- No puedo tocar nada hasta que terminen el inventario..., por eso estoy aquí encerrada..., y en las otras habitaciones no puedo estar...
MARGARITA.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- Los recuerdos..., esos penosos recuerdos... y ese espantoso olor... ¿Es mi hijo el que toca?
MARGARITA.- Sí, no se encuentra a gusto aquí. Está nervioso, inquieto. Y, además, eso de andar siempre con hambre... Dice que nunca ha podido comer hasta hartarse...
LA MADRE.- Siempre ha sido un enclenque, desde que nació...
MARGARITA.- A un niño criado con biberón hay que darle después una comida muy nutritiva...
LA MADRE (cortante, agresiva).- ¿Qué dices? ¿Es que aquí ha faltado algo?
MARGARITA.- Precisamente, no. Sin embargo, la señora no debería haber comprado siempre la peor comida y la más barata. Y mandar a los chicos a la escuela con una taza de achicoria y un pedazo de pan..., ¡eso sí que no está bien!
LA MADRE.- Mis hijos no se han quejado nunca de la comida...
MARGARITA.- ¿Ah, no? A usted no se le han quejado, claro, parque no se atrevían. Pero desde que se hicieron mayorcitos venían a la cocina y se quejaban...
LA MADRE.- Siempre hemos vivido con gran escasez de medios...
MARGARITA.- ¡Qué va! Leí en el periódico que a veces el señor pagaba impuestos por unos ingresos de veinte mil coronas...
LA MADRE.- ¡Y todo se iba!
MARGARITA. Sí, bien. Pero los chicos están enclenques. La señorita Gerda, bueno, ahora habrá que llamarla señora, parece una niña y eso que ya ha cumplido los veinte años...
LA MADRE.- ¿Qué tonterías dices?
MARGARITA.- ¡Sí, claro, tonterías! (Pausa.) No quiere que le encienda la estufa? Aquí hace frío.
LA MADRE.- No, gracias. No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
MARGARITA.- Pues su hijo se pasa el día tiritando. Por eso se va de casa o se pone a tocar el piano... para calentarse...,
LA MADRE.- Siempre ha sido muy friolero...
MARGARITA.- ¿A qué se deberá eso?
LA MADRE.- Ten cuidado, Margarita... (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
MARGARITA.- No, nadie.
LA MADRE.- ¿Crees que tengo miedo a los fantasmas?
MARGARITA.- Yo no sé... Pero no voy a seguir mucho tiempo aquí... Cuando vine a esta casa lo hice como si mi destino hubiese sido cuidar de los niños... Al ver lo mal que trataban a las criadas quise marcharme, pero no pude o no me dejaron... Ahora, después de la boda de la señorita Gerda, tengo la impresión de que mi misión ha terminado. Está muy cerca la hora de mi liberación, pero aún es pronto...
LA MADRE.- No entiendo una palabra de lo que dices..., todo el mundo sabe cómo me he sacrificado por mis hijos, cómo he llevado mi casa y cómo he cumplido con mis deberes... Tú eres la única que me recrimina mi conducta, pero no me importa nada. Puedes marcharte cuando quieras. Cuando los recién casados vengan a vivir en este piso, ya no pienso tener criada...
MARGARITA.- Espero que la señora se encuentre bien con ellos..., los hijos son ingratos por naturaleza, y a las suegras no las aguanta nadie, a menos que tengan dinero...
LA MADRE.- No te preocupes por mí..., pagaré mi parte y además ayudaré en los trabajos de la casa... Además, mi yerno no es como los demás yernos...
MARGARITA.- ¿Ah, no?
LA MADRE.- No, es muy diferente. A mí no me trata como a una suegra, sino como a una hermana..., por no decir como a una amiga...
(MARGARITA hace una mueca.)
LA MADRE.- Sé lo que significan tus muecas. Sí, me gusta mi yerno, nadie puede prohibírmelo, y tal se lo merece... A mi marido no le gustaba, le tenía envidia, por no decir celos... Sí, sí, me honraba con sus celos, porque ya no soy tan joven... ¿Decías algo?
MARGARITA.- No, nada... Me pareció que venía alguien... Será su hijo, como viene tosiendo... ¿Enciendo la estufa?
LA MADRE.- ¡No hace falta!
MARGARITA.- Señora..., yo en esta casa he pasado mucho frío y he pasado mucha hambre. Bien, pasado está..., pero déme una cama, una cama de verdad. Ya soy vieja y estoy cansada...
LA MADRE.- ¡A buenas horas! ¿No decías que te ibas a marchar?
MARGARITA.- ES verdad! j Lo había olvidado! Pero por el honor de la casa, queme la ropa de mi cama, esas ropas donde han muerto varias personas... Así al me- 4 nos no tendrá que avergonzarse delante de mi sustituta, si es que viene alguien cuando yo me vaya! vendrá nadie!
MARGARITA.- Y si viniese, no aguantaría mucho tiempo... He visto marcharse de esta casa a cincuenta criadas...
LA MADRE.- Porque eran gentuza. Como lo sois todas...
MARGARITA.- ¡Muchas gracias!... Bueno, pronto le negará a usted su hora. A todos les llega su hora, señora. A todos, uno tras otro.
LA MADRE.- Me estás hartando... ¡A ver si me dejas pronto en paz!
MARGARITA.- ¡Sí, pronto! ¡Muy pronto! ¡Antes de lo que se imagina!
(Sale.)
(EL HIJO entra, tosiendo, con un libro en la mano. Tartamudea ligeramente.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
EL HIJO.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- ¿Tienes que contestar siempre así?... ¿Qué quieres?
EL HIJO.- ¿Puedo estudiar aquí? Hace tanto frío en mi cuarto...
LA MADRE.- Siempre tan friolero.
EL HIJO.- ¡E1 frío se siente más cuando uno está sentado sin moverse! (Pausa. Primero hace como que lee.) ¿Aún no han terminado el inventario?
LA MADRE.- ¿A qué viene esa pregunta? Dejemos que pase el luto. ¿Es que no has sentido la muerte de tu padre?
EL HIJO.- Sí, claro..., pero él ahora está bien y tiene bien merecida la paz de que goza. Eso no es obstáculo para que quiera conocer mi situación..., si podré seguir estudiando hasta el día del examen sin tener que pedir un préstamo...
LA MADRE.- Tu padre no ha dejado nada, ya lo sabes. Tal vez deudas...
EL HIJO.- Pero la tienda tiene que valer algo...
LA MADRE.- ¡La tienda! ¿Llamas tienda a un local donde no hay mercancías, a un almacén sin existencias?
EL HIJO (después de reflexionar).- Pero la razón social, el nombre, la clientela...
LA MADRE.- Desgraciadamente la clientela no se puede vender... (Pausa.)
EL HIJO.- Pues por ahí dicen que si.
LA MADRE.- ¿Has estado con el abogado? (Pausa.) ¿Es así como guardas luto por tu padre?
EL HIJO.- No, así no... Pero lo uno no tiene que ver nada con lo otro. ¿Dónde están mi hermana y mi cuñado?
LA MADRE.- Volvieron esta mañana del viaje de bodas y se quedaron en una pensión.
EL HIJO.- Allí al menos podrán matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Siempre hablando de comida! ¿Tienes algún motivo para quejarte de la que te doy?
EL HIJO.- ¡No, no, por Dios!
LA MADRE.- Dime ahora una cosa. Te acuerdas de cuando tuve que vivir últimamente separada de tu padre cierto tiempo y tú te fuiste a vivir solo con él..., ¿no te habló nunca de su situación económica?
EL HIJO (enfrascado en la lectura.- No, no me dijo nada especial.
LA MADRE.- Entonces, ¿cómo te explicas que si durante estos últimos años ganaba veinte mil coronas anuales no nos haya dejado nada?
EL HIJO.- No sé nada de los negocios de mi padre. Pero decía que llevar una casa costaba mucho. Y hace poco había comprado muebles nuevos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿Decía eso? ¿Sabes sí tenía deudas?
EL HIJO.- No sé. Las había tenido, pero ya las había pagado.
LA MADRE.- ¿Adónde habrá ido a parar el dinero? ¿Habrá hecho testamento? A mí, que me odiaba, me había amenazado varias veces con dejarme en la calle. ¿Habrá escondido sus ahorros en alguna parte? (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
EL HIJO.- Yo no oigo nada.
LA MADRE.- Con todo esto del entierro y los asuntos de tu padre estoy un poco nerviosa... Y hablando de otra cosa. Sabrás que tu hermana y su marido van a vivir aquí y que tú tendrás que buscarte una habitación en la ciudad.
EL HIJO.- Sí, ya lo sé.
LA MADRE.- No te cae bien tu cuñado, ¿verdad?
EL HIJO.- No goza de mis simpatías.
LA MADRE.- Pues es un buen chico y muy capaz. Trata de que te caiga bien. Se lo merece.
EL HIJO.- Yo tampoco soy santo de su devoción..., y además se portó muy mal con mi padre.
LA MADRE.- ¿Quién tuvo la culpa?
EL HIJO.- Mi padre era incapaz de hacer daño a nadie...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya...
EL HIJO.- ¡Creo que ahora sí que anda alguien por ahí fuera!
LA MADRE.- ¡Enciendan un par de luces! ¡Pero sólo dos!
(EL HIJO enciende la luz eléctrica.)
(Pausa.)
LA MADRE.- ¿Por qué no te llevas ese retrato de tu padre a tu cuarto? Sí, ése que está ahí colgado.
EL HIJO.- ¿Por qué me lo voy a llevar?
LA MADRE.- Porque mí no me gusta. Tiene una mirada tan dura.
EL HIJO.- A mí no me lo parece.
LA MADRE.- Pues llévatelo. Si tanto te gusta, es justo que sea para ti.
EL HIJO (descolgando el cuadro).- Sí. Me lo llevo.
(Pausa.)
LA MADRE.- Estoy esperando a Axel y a Gerda... ¿Tienes ganas de saludarlos?
EL HIJO.- No es lo que más me apetece... Me voy a mi habitación..., si pudiese encender la estufa aunque fuese un poco...
LA MADRE.- No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
EL HIJO.- Llevo veinte años oyendo la misma canción. Pero en cambio podíamos permitirnos aquellos viajes ridículos al extranjero para darnos tono... Y también ir a restaurantes donde una cena costaba cien coronas, es decir, el equivalente de cuatro estéreos de leña. ¡Cuatro estéreos por una cena!
LA MADRE.- ¡Qué tonterías dices!
EL HIJO.- No son tonterías. Aquí han pasado cosas muy raras, pero ya se acabó..., una vez arregladas las cuentas...
LA MADRE.- ¿Qué insinúas?
EL HIJO.- Cuando terminemos el inventario y arreglemos lo demás...
LA MADRE.- ¿Lo demás?
EL HIJO.- Las deudas y los asuntos pendientes...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya, vaya...
EL HIJO.- Bueno..., ¿crees que me puedo comprar ropa de lana?
LA MADRE.- ¿Cómo se te ocurre pedirme eso ahora? Más te valdría ponerte a trabajar y a ganar pronto algo de dinero...
EL HIJO.- Cuando haya terminado la carrera.
LA MADRE.- Entonces, pide un préstamo, como todos los demás.
EL HIJO.- ¿Quién me va a prestar dinero a mí?
LA MADRE.- Los amigos de tu padre.
EL HIJO.- Él no tenía amigos. Un hombre tan independiente como él no podía tenerlos, porque la amistad no es más que un grupito de gentes entregadas al ejercicio de la admiración y de la adulación mutua...
LA MADRE.- Una reflexión muy inteligente. La habrás aprendido de tu padre.
EL HIJO.- Sí, mi padre fue un hombre inteligente... que a veces cometió alguna locura.
LA MADRE.- ¡Lo que hay que oír!... Bueno, ¿cuándo piensas casarte?
EL HIJO.- ¿Casarme yo? ¡No, gracias! No estoy dispuesto a mantener a una mujer para entretenimiento de los solteros, ni a convertirme en la cobertura legal de una zorra, ni a proporcionarle armas a mi mejor amigo, entiéndeme, a mi peor enemigo, para que se lance en una cruzada contra mí... ¡No! ¡Me cuidaré mucho de hacerlo!
LA MADRE.- ¡Lo que me faltaba por oír!... ¡Vete a tu cuarto! ¡Estoy de ti hasta la coronilla! ¿A qué has vuelto a beber?
EL HIJO.- Tengo que beber un poco por la tos... y para matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Otra vez con la comida! ¿Tan mala es la que te doy?
EL HIJO.- No, si mala no es..., ¡pero es tan ligera! Sabe a aire.
LA MADRE (asombrada).- ¡Vete de aquí!
EL HIJO.-Otras veces la condimentáis con tanta pimienta y sal que lo que hace es abrir el apetito. Es como comer aire condimentado con especias.
LA MADRE.- Estás borracho. Tienes que estarlo. ¡Vete de aquí!
EL HIJO.- Sí..., ¡ya me voy! Iba a decirte algo más, pero ya basta por hoy... ¡Sí! (Sale.)
(LA MADRE se pasea, inquieta, por la habitación, abre los cajones del escritorio.)
(Entra EL YERNo sin llamar, precipitadamente.)
LA MADRE (lo saluda afectuosamente).- ¿Axel! ¿Eres tú? ¡Por fin! ¡Te he echado tanto de menos! Pero, ¿dónde está Gerda?
EL YERNo.- Enseguida viene. Y tú, ¿cómo estás? ¿Qué tal por aquí?
LA MADRE.- Anda, siéntate aquí y déjame hacerte unas preguntas... No nos hemos visto desde el día de la boda... ¿por qué habéis vuelto tan pronto? Pensabais estar de viaje ocho días y a los tres ya estáis en casa...
EL YERNo.- Bueno..., el tiempo se nos hacía interminable..., ya sabes, cuando dos personas ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, la soledad se hace insoportable.
Y además estábamos tan acostumbrados a tu compañía... Te echábamos mucho de menos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿De verdad? Claro, nosotros tres nos hemos mantenido muy unidos a pesar de todas las dificultades, y creo que os he sido útil...
EL YERNo. Gerda es como una niña..., no sabe nada de la vida, tiene muchos prejuicios y es un poco tozuda... En ciertos casos... fanática...
LA MADRE.- ¿Y qué te pareció la boda?
EL YERNo.- Un éxito. Un verdadero éxito. Y la poesía, ¿qué te pareció?
LA MADRE.- Te refieres a la poesía que me dedicaste, ¿no? ¡Qué quieres que te diga! Creo que nunca le habrán dedicado a una suegra una poesía parecida el día de la boda de su hija... El pelícano que alimenta a sus hijos con su propia sangre..., ¿sabes que lloré?..., sí...
EL YERNo.- Entonces sí lloraste, pero después no te perdiste un baile. Gerda casi tenía celos de ti...
LA MADRE.- No hubiese sido la primera vez. Ella quería que fuese vestida de negro. Por el luto, decía. Pero no le hice ningún caso. ¡Estaría bueno que tuviese que obedecer a mis hijos!
EL YERNo.- No tienes que hacerles el menor caso. A veces Gerda se pone hecha una loca..., basta con que yo mire a una mujer...
LA MADRE.- ¿Qué me dices? ¿No sois felices?
EL YERNo.- ¿Felices? Si me explicas lo que es eso...
LA MADRE.- ¡Vaya! ¿Ya habéis reñido?
EL YERNo.- ¿Ya? Si no hemos hecho otra cosa desde el día en que nos prometimos... Y, por si fuese poco, ahora hay que añadir lo de mi renuncia al ejército. Ya no soy más que teniente de reserva... Sí, es absurdo, pero parece que le gustaba más de militar...
LA MADRE.- Entonces, ¿por qué no vas de uniforme? Debo confesar que me cuesta trabajo reconocerte de civil. Eres otro hombre...
EL YERNo.- No puedo ponérmelo más que cuando estoy de servicio y en los desfiles,..
LA MADRE.- ¿No puedes?
EL YERNo.- No, lo prohíbe el reglamento...
LA MADRE.- De todas formas, Gerda me da pena. Se prometió con un teniente y de pronto se ve casada con un chupatintas.
EL YERNo.- ¿Y qué quieres que le haga? ¡Hay que vivir! Y hablando de vivir..., ¿cómo andan los negocios?
LA MADRE.- ¡Francamente, no lo sé! Pero estoy empezando a sospechar de Federico.
EL YERNo.- ¿Por qué?
LA MADRE.- Esta tarde me ha estado diciendo unas cosas tan raras...
EL YERNo.- Ese imbécil...
LA MADRE.- Esos imbéciles suelen ser muy zorros. Y no me sorprendería que hubiese un testamento o ahorros en algún sitio...
EL YERNo.- ¿Has buscado bien?
LA MADRE.- He registrado todos sus cajones.
EL YERNo.- ¿Y los del chico?
LA MADRE.- También, claro. Todos los días miro en su papelera, porque no hace más que escribir cartas, que luego rompe...
EL YERNo.- No importa. Pero, ¿has mirado bien en la arquimesa del viejo?
LA MADRE.- Sí, naturalmente...
EL YERNo.- Pero, ¿a fondo? ¿Todos los cajones?
LA MADRE.- ¡Todos!
EL YERNo.- Todas las arquimesas suelen tener cajones secretos.
LA MADRE.- No pensé en eso…
EL YERNo.- Entonces, tenemos que volver a mirar bien.
LA MADRE.- No, no la toques. Está sellada por lo del inventario.
EL YERNo.- ¿Y no podemos saltarnos los sellos a la torera?
LA MADRE.- ¡No! ¡Eso no!
EL YERNo.- Basta con quitar la tabla de atrás. Todos los cajones secretos están ahí..., detrás...
LA MADRE.- -Harán falta herramientas...
EL YERNo.- ¡Qué va! Puedo hacerlo sin ellas...
LA MADRE.- ¡Pero que no se entere Gerda!
EL YERNo.- No, claro..., enseguida iría corriendo a contárselo a su hermanito...
LA MADRE (cerrando las puertas).- Así estaremos más seguros...
EL YERNo (examinando la parte posterior de la arquimesa).- ¡Vaya, vaya! Alguien ha andado aquí... La tabla está suelta... Puedo meter la mano...
LA MADRE.- ¡Ha sido Federico! Ves cómo mis sospechas... ¡Date prisa! ¡Viene alguien!
EL YERNo.- Aquí hay unos papeles...
LA MADRE.- Date prisa, viene alguien...
EL YERNo.- Un sobre...
LA MADRE.- ¡Es Gerda! Dame los papeles... ¡De prisa!
EL YERNo (le entrega a LA MADRE un sobre grande, que ella esconde).- ¡Toma! ¡Escóndelo!
(Alguien tira del pestillo, luego se oyen unos golpes en la puerta.)
EL YERNo.- Pero..., ¿cómo se te ocurrió cerrar con llave?.. . ¡Estamos perdidos!
LA MADRE.- ¡Cállate!
EL YERNo.- ¡Eres una idiota!... ¡Abre!... ¡Si no, abriré yo!... ¡Apártate! (Abre la puerta.)
GERDA (entra, enfadada).- ¿Por qué os habéis encerrado?
LA MADRE.- Pero, chiquilla, ¿qué maneras son ésas? Entras sin saludar, y eso que no nos vemos desde el día de la boda. ¿Qué tal el viaje? ¿Lo habéis pasado bien? Anda, cuéntame. ¡Y alegra esa cara!
GERDA (s e sienta en una silla, abatida).- ¿Por qué habéis cerrado la puerta?
LA MADRE.- Porque se abre sola y ya estaba cansada de decirle a todo el que entraba que la cerrarse. ¿Por qué no hablamos un poco de cómo queréis amueblar el piso? Supongo que viviréis aquí..,
GERDA.- ¡Qué remedio... ! A mi me da igual..., ¿y a ti, Axel?
EL YERNo.- Viviremos aquí y doña Elisa no tendrá queja..., porque donde reina la armonía...
GERDA.- ¿Y cuál va a ser la habitación de mamá?
LA MADRE.- Está ahí la mía. Con poner aquí una cama...
EL YERNo (a LA MADRE) .- ¿Pretendes poner una cama en el salón?
GERDA (al oír el «tuteo», salta).- ¿Me dices a mí?
EL YERNo.- No, hablaba con tu madre... Pero todo se arreglará... Ayudándonos los tres... y con lo que ahora paga doña Elisa podremos vivir...
GERDA (se le ilumina la cara).- Y me ayudarás un poco en los trabajos de la casa...
LA MADRE.- Pero, claro, hija mía... Lo que no haré será fregar.
GERDA.- ¿Cómo se te puede ocurrir una cosa así, mamá? Por lo demás, todo irá muy bien, porque lo único que pido es tener a mi marido para mí sola. No tolero ni que lo miren..., eso es lo que hacían todas en la pensión y por eso fue tan corto el viaje de bodas... Pero a la que trate de quitármelo, ¡a ésa la mato! ¡Ahora ya lo sabemos todos!
LA MADRE.- Por qué no empezamos ya a cambiar algunos muebles...
EL YERNo (mirando fijamente a LA MADRE).- ¡Estupendo! Gerda puede empezar aquí en esta habitación...
GERDA.- ¿Y eso por qué? No quiero quedarme sola aquí... Hasta que no nos hayamos mudado no estaré tranquila...
EL YERNo.- Como las señoras tienen miedo a la oscuridad, vamos los tres juntitos...
(Salen los tres.)
(El escenario queda vacío. Hace un viento muy fuerte que silba en las ventanas y ulula en la chimenea de la estufa. Comienza a batir la puerta del fondo. Los papeles del escritorio vuelan por la habitación y la palma que está sobre la repisa se mueve violentamente. Cae unta fotografía colgada de la pared. Se oye la voz del HIJO: «iMamá!, inmediatamente después: ¡Cierra la ventana!» Pausa. La mecedora se balancea.)
LA MADRE (entra, furiosa, leyendo el papel que lleva en la mano).- ¿Qué es esto? ¡La mecedora se mueve!
EL YERNo (siguiéndola).- ¿Qué era? ¿Qué pone ahí? ¡Déjame leer! ¿Es el testamento?
LA MADRE.- ¡Cierra la puerta! ¡Nos va a llevar la corriente! Tengo que tener la ventana abierta por el olor. No es el testamento..., es una carta dirigida al chico en la que nos calumnia a mí... y a ti.
EL YERNo.- ¡Déjame leerla!
LA MADRE.- ¡No, es puro veneno! La voy a romper. ¡Menos mal que no ha caído en sus manos! (Rompe la carta y la echa en la estufa.) Es como si se levantase y me hablase desde la tumba... ¡No, no está muerto! No podré vivir aquí... En la carta dice que lo asesiné yo... ¡No es verdad! ¡Yo no lo maté! Murió de un derrame cerebral, lo certificó el médico... Dice también otras cosas..., ¡todo mentira!... ¡Que lo arruiné!... ¿Me escuchas, Axel? ¡Tienes que sacarnos de esta casa cuanto antes! ¡Yo aquí no aguanto! ¡Prométemelo!... ¡Mira la mecedora! (b mecedora se balancea.)
EL YERNo.- Es la corriente.
LA MADRE.- ¡Sácanos de aquí! ¡Prométemelo!
EL YERNo.- No puedo..., yo contaba con la herencia que vosotras me pusisteis delante de los ojos. Si no, no me hubiese casado, claro. Ahora tenemos que aceptar la dura realidad y tú puedes considerarme un yerno engatusado... arruinado! Tenemos que mantenernos muy unidos para poder vivir. Tendremos que hacer economías, y tú nos ayudarás.
LA MADRE.- ¿Quiere decir que voy a estar de criada en mi propia casa? ¡Eso sí que no!
EL YERNo.- La necesidad no conoce ley. No hay más remedio...
LA MADRE.- Eres un canalla.
EL YERNo .- ¡Cierra el pico, vejestorio!
LA MADRE.- ¿Yo, criada tuya?
EL YERNo.- Así sentirás en tu carne las miserias que han sufrido tus criadas. El frío y el hambre que pasaron. Aunque, en fin, eso te lo vas a ahorrar.
LA MADRE.- Yo tengo mi pensión...
EL YERNo.- Que no te llega ni para pagar una buhardilla. Aquí, al menos, basta para pagar el alquiler, si tenemos cuidado... Y si no lo tenéis, yo me largo.
LA MADRE.- ¿Abandonando a tu mujer? No la has querido nunca...
EL YERNo.- Eso lo sabes tú mejor que yo... Tú me la arrancaste del corazón, la fuiste apartando de todos los sitios, excepto del dormitorio..., es lo único que pudo conservar..., y si tuviese un hijo, también se lo quitarías... Aún no sabe nada, no entiende nada, pero está empezando a despertarse de ese sueño de sonámbula. ¡Y ay de ti el día que abra los ojos!
LA MADRE.- Axel, tenemos que mantenernos muy unidos..., no podemos separarnos..., yo no puedo vivir sola. Acepto todo... menos el diván...
EL YERNo.- Eso también. No quiero estropear el piso poniendo aquí un dormitorio..., así es que ya lo sabes.
LA MADRE.- Pues cómprame otro diván...
EL YERNo.- No, no podemos permitirnos ese lujo. Además, ése es muy bonito.
LA MADRE.- Uf! ¡Pero si es un banco de matarife!
EL YERNo.- ¡Tonterías!... Pero si no quieres, siempre te queda la buhardilla y la soledad, la casa de beneficencia y el asilo de ancianos.
LA MADRE.- ¡Me rindo!
EL YERNo.- Haces muy bien...
(Pausa.)
LA MADRE.- Pero, ¿no te das cuenta que le escribe a su hijo que murió asesinado?
EL YERNo.- Hay muchas formas de asesinar... y la tuya tiene la ventaja de no estar recogida en el código penal.
LA MADRE.- Di la nuestra. Porque tú no te quedaste cruzado de brazos. Con tus provocaciones lo llevaste a la locura y a la desesperación...
EL YERNo.- Se cruzó en mi camino y luego no quiso apartarse. Por eso tuve que empujarlo...
LA MADRE.- Lo único que te reprocho es que me separases de mi hogar con tus engaños... y nunca me olvidaré de aquella tarde, la primera que estuve en tu casa, cuando nos disponíamos a empezar la espléndida cena y de repente oímos aquellos horribles gritos que venían de la plantación, aquellos gritos que nos parecieron venir del patio de la cárcel o del manicomio..., ¿te acuerdas? Era él, vagando por la plantación de tabaco, envuelto en las tinieblas, bajo la lluvia, dando de dolor por la ausencia de la mujer y de los hijos...
EL YERNo.- ¿A que viene eso ahora? ¿Y cómo sabes que era él?
LA MADRE.- Lo poda en la carta.
EL YERNo.- Y eso qué nos importa! El tampoco era un angelito...
LA MADRE.- No, no lo era. Pero, a veces, tenía sentimientos humanos, sí, más que tú...
EL YERNo.- Tus simpatías empiezan a cambiar de dirección...
LA MADRE.- No lo tomes a mal. Tenemos que vivir en paz.
EL YERNo.- Tenemos que hacerlo. Estamos condenados a ello...
(Gritos roncos en el interior del piso.)
LA MADRE.- ¿Qué es eso? ¡Oyes! Es él...
EL YERNo (con dureza).- ¿El, quién?
(LA MADRE escuchando.)
EL YERNo.- ¿Quién será?... ¡El chico! Habrá vuelto a beber.
LA MADRE.- (Es Federico? Parecía él..., a ese no podré aguantarlo! Y a ése, ¿qué le pasará ahora?
EL YERNo.- Ve a ver. Estará borracho, ese canalla.
LA MADRE.- Pero qué manera de hablar es ésa! ¡No olvides que es mi hijo!
EL YERNo.- ¡Tuyo, sí, no lo olvido! (Saca su reloj de bolsillo.)
LA MADRE.- ¿Por que miras la hora? ¿No te vas a quedar a cenar?
EL YERNo.- No, gracias. No suelo tomar té aguado, ni comer anchoas rancias..., ni gachas... Además tengo una reunión...
LA MADRE.- ¿Qué clase de reunión?
EL YERNo.- De negocios. No es asunto tuyo. ¿O es que piensas hacer el papel de suegra?
LA MADRE.- ¿Vas a dejar sola a tu mujer la primera noche que estáis en casa?
EL YERNo.- Tampoco eso es asunto tuyo.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de lo que nos espera... a mí y a mis hijos. Ha llegado el momento de quitarse la careta...
EL YERNo.- Sí, ya ha llegado.
El mismo decorado. Alguien toca fuera una compsicidn de Godard: la «Berceuse», de Jocelyn. GERDA está sentada ante el escritorio. Larga pausa.
EL HIJO (entra).- ¿Estás sola?
GERDA.- Sí, mamá está en la cocina.
EL HIJO.- Y Axel, ¿dónde está?
GERDA.- En una reunión... Siéntate aquí a hablar un poco, Federico. Así me haces compañía.
EL HIJO (se sienta).- Creo que no hemos tenido nunca una verdadera conversación, siempre tratábamos de evitarnos, no nos teníamos demasiado afecto...
GERDA.- Tú siempre te ponías de parte de papá y yo de mamá.
EL HIJO.- Quizá ahora cambien las cosas... ¿Conociste bien a tu padre?
GERDA.- ¡Qué pregunta! Aunque, en realidad, únicamente lo veía con los ojos de mamá...
EL HIJO.- ¡Pero te darías cuenta de que te quería!
GERDA.- Entonces, ¿por qué se opuso a mi noviazgo y trató luego de romperlo?
EL HIJO.- Porque pensaba que tu novio no era el hombre que necesitabas.
GERDA.- En todo caso ya recibió su castigo cuando mamá lo dejó.
EL HIJO.- ¿Fue tu marido el que la indujo a abandonarlo?
GERDA.- Mi marido y yo queríamos que él, que había tratado de separarnos, sintiese en su propia carne lo que era una separación.
EL HIJO.- Eso acortó su vida... Y créeme, él sólo quería tu felicidad.
GERDA.- Tú que te quedaste con él, cuéntame, ¿qué decía?, ¿cómo reaccionó?
EL HIJO.- Soy incapaz de describir su dolor...
GERDA.- ¿Qué decía de mamá?
EL HIJO.- Nada... Lo que sí puedo decir es que después de lo que vi yo no me casaré nunca. (Pausa.) Gerda, ¿tú eres feliz?
GERDA.- ¡claro! Cuando una mujer se casa con el hombre al que quiere, es feliz.
EL HIJO.- ¿Por qué te ha dejado sola tu marido la primera noche que pasáis en casa?
GERDA.- Por una reunión de negocios.
EL HIJO.- ¿En un restaurante?
GERDA.- ¿Qué dices? ¿Cómo lo sabes?
EL HIJO.- Creía que lo sabías.
GERDA (se echa a llorar, tapándose la cara con las mano).- ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
EL HIJO.- Perdóname. No quería hacerte daño.
GERDA.- Me has hecho mucho daño! ¡Oh, quiero morirme!
EL HIJO.- ¿Por qué volvisteis tan pronto del viaje de bodas?
GERDA.- Axel estaba muy preocupado por sus negocios. Y echaba de menos a mamá, no puede pasar un día sin ella... (Se miran fijamente.)
EL HIJO.- ¿Ah, si? (Pausa.) Y por lo demás, ¿lo habéis pasado bien?
GERDA.- ¡Muy bien!
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- Pero ¿qué dices ahora?
EL HIJO.- Mira, tú sabes muy bien lo curiosa que es mamá... y que maneja el teléfono como nadie.
GERDA.- ¿Qué insinúas? ¿Que nos estuvo espiando?
EL HIJO.- Es lo que hace siempre... Probablemente está detrás de la puerta escuchando nuestra conversación...
GERDA.- Tú siempre estás pensando mal de nuestra madre.
EL HIJO.- Y tú siempre bien. ¿Cómo te lo explicas? Sabes muy bien cómo es...
GERDA.- ¡No! Ni quiero saberlo...
EL HIJO.- ¡Ah, bueno! Si no quieres saberlo es otra cosa. Algún interés tendrás en ello...
GERDA.- ¡Cállate! Soy una sonámbula que camina dormida, lo sé, y además no quiero que me despierten. Porque ya no podría vivir.
EL HIJO.- Entonces, ¿no crees que todos vivimos como sonámbulos?... Como sabes, estoy estudiando derecho. Pues bien, leyendo la historia de los grandes procesos he comprobado que los criminales más conocidos no pueden explicar cómo se desarrollaron los hechos de autos... Más aún, creían que obraban correctamente hasta el momento de la detención y entonces despertaban. Si no cometieron sus crímenes mientras soñaban, lo hicieron mientras dormían.
GERDA.- Déjame dormir. Sé que un día me despertaré, pero ¡ojalá tarde en llegar! iUf, todo esto que no conozco, pero presiento! Recuerdas cuando éramos niños... Llamaban malo al que decía la verdad. ¡Qué mala eres!, me decían, cuando explicaba que algo malo era malo... y fui aprendiendo a callar y entonces todo el mundo elogiaba mi buena educación. Así fui aprendiendo a decir lo que no pensaba, es decir, me fui preparando para hacer mi entrada en sociedad.
EL HIJO.- Se deben disimular los defectos y flaquezas del prójimo, sí, es cierto..., pero si damos un paso más caemos en la hipocresía y en la adulación... Es difícil saber cómo comportarse..., pero a veces es un deber decir la verdad sin paliativos...
GERDA.- ¡Calla!
EL HIJO.- Bien. Me callo.
(Pausa.)
GERDA.- No, es mejor que sigas hablando, pero no de eso. El silencio me hace oír lo que piensas... Cuando la gente se reúne, entonces todos hablan, hablan sin parar únicamente para ocultar sus pensamientos..., para olvidar, para ensordecerse... Quieren oír novedades sobre los demás, sí, pero al mismo tiempo ocultar sus propias preocupaciones.
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- ¿Sabes lo que más daño hace? (Pausa.) El comprobar la futilidad de la suprema felicidad.
EL HIJO.- Eso es mucho decir.
GERDA.- Tengo frío. Enciende un poco la estufa.
EL HIJO.- ¿También tú eres friolera?
GERDA.- Yo siempre he tenido frío y hambre en esta casa.
EL HIJO.- ¡También tú! ¡Qué raro es lo que pasa en esta casa!... ¡Pero si ahora voy por leña, se armará un escándalo que durará una semana!
GERDA.- Quizá haya algo de leña en la estufa. A veces mamá ponía algunas astillas para engañarnos...
EL HIJO (va hasta la estufa y la abre).- Sí, aquí hay unas astillas. (Pausa.) Y esto, ¿qué es? ¡Una carta! Rota, servirá para encender el fuego...
GERDA.- No, Federico, no enciendas. Nos echará una bronca que no acabará nunca... Siéntate a mi lado y vamos a seguir hablando...
(EL HIJO va hacia ella, se sienta y deja la carta en la mesita de al lado.)
(Pausa.)
GERDA.- ¿Sabes por qué odiaba papá tanto a mi marido?
EL HIJO.- Sí, porque tu Axel le quitó a su hija y a su mujer, dejándolo completamente solo. Y luego el viejo notó que al otro le daban mejor comida que a él. Que os encerrabais en el comedor para hacer música y leer, es decir, que hacíais cosas que no podían caerle bien a nuestro padre. Él se fue sintiendo relegado, expulsado de su propia casa. Y por eso, finalmente, comenzó a ir al café.
GERDA.- Nosotros no nos dábamos cuenta de lo que hacíamos... ¡Pobre papá!... De todas formas, es una suerte tener unos padres de intachable reputación. Por eso sí que debemos estarles agradecidos... ¿Te acuerdas de sus bodas de plata, de los discursos que pronunciaron en su honor y de los poemas que les dedicaron?
EL HIJO.- Sí, me acuerdo. Pero a mí me pareció una farsa el celebrar la felicidad de un matrimonio que ha llevado una vida de perros...
GERDA.- ¡Federico!
EL HIJO.- No puedo remediarlo, y tú sabes muy bien la vida que llevaban... ¿O es que ya no te acuerdas de cuando mamá se quiso tirar por la ventana y tuvimos que sujetarla para impedírselo?
GERDA.- iCalla!
EL HIJO.- Debió de tener motivos que nunca llegamos a conocer..., y después del divorcio, cuando yo acompañaba a papá en sus paseos, él trató varias veces de decirme algo, pero no logró despegar los labios... A veces sueño con él...
GERDA.- ¡También yo!... Cuando lo veo en sueños es un hombre de treinta años.... me mira cariñosamente, como queriendo decirme algo, pero no logro entender lo que quiere..., a veces mamá va con él. No parece enfadado con ella, porque la quiso, a pesar de todo, hasta el final... ¿Te acuerdas de lo bien que habló de ella el día de las bodas de plata, dándole las gracias, a pesar de todo...?
EL HIJO.- iA pesar de todo! Eso es mucho decir. Y es también no decir nada.
GERDA.- Pero fue hermoso. En todo caso, ella tenía un gran mérito..., que llevaba muy bien su casa.
EL HIJO.- iAhí está precisamente el quid de la cuestión!
GERDA.- ¿Qué quieres decir con eso?
EL HIJO.- ¡Cómo hacéis todas causa común! Basta con rozar el tema de la administración de una casa, para que os pongáis todas del mismo lado..., es como la masonería o la Camorra... Yo he llegado a preguntarle a la vieja Margarita, que tanto me quiere, algo tocante a la economía de la casa, le he preguntado por qué uno nunca llega a sentirse satisfecho después de comer..., y esa mujer, que es una verdadera cotorra, se calla como una muerta... y además... se enfada... ¿Puedes explicarme eso?
GERDA (seca).- ¡No!
EL HIJO.- ¡Ahora veo que tú también eres miembro de esa masonería!
GERDA.- No entiendo lo que quieres decir.
EL HIJO.- A veces me pregunto si mi padre no fue víctima de esa Camorra que él probablemente había descubierto.
GERDA . A veces hablas como un loco...
EL HIJO.- Recuerdo que papá solía utilizar la palabra «Camorra» medio en broma, pero al final de su vida no la volvió a pronunciar...
GERDA.- ¡Qué frío tan espantoso! Es un frío sepulcral...
EL HIJO.- Voy a encender la estufa y que pase lo que Dios quiera. (Coge la carta rota, primero distraído, luego su mirada va fijándose en ella y comienza a leer.) Pero... ¿qué es esto? (Pausa.) ¡A mi hijo!... ¡Es la letra de papá! (Pausa.) Entonces, jes para mí! (Se pone a leerla. Se deja caer en una silla y sigue leyendo en silencio.)
GERDA.- ¿Qué es eso? ¿Qué lees?
EL HIJO.- iAlgo horroroso! (Pausa.) iAbsolutamente espantoso!
GERDA.- ¡Pero jdime qué es!
(Pausa.)
EL HIJO.- Esto es demasiado... (A GERDA.) ¡Es una carta que me escribió mi padre poco antes de morir! (Sigue leyendo.) ¡Ahora despierto de mi profundo sueño!
(Se tira sobre el diván gritando su dolor, mientras se guarda el papel en el bolsillo.)
GERDA (arrodillándose a su lado).- ¿Qué te pasa, Federico? ¡Dime qué te pasa!... Hermanito querido, dime, ¿estás enfermo? ¡Dime!
EL HIJO (incorporándose).- jYa no puedo seguir viviendo!
GERDA.- Pero dime... ¿Por qué? Dime.
EL HIJO.- ¡Es tan increíble! ¡Tan absolutamente increíble!
(Se recapera, se pone de pie.)
GERDA.- iPuede no ser verdad!
EL HIJO (molesto).- jLo es! El no podría mentirme desde la tumba...
GERDA.- Pero ha podido ser víctima de fantasías enfermizas... .
EL HIJO.- ¡La Camorra! ¡Ya vuelve la Camorra otra vez! iTe lo voy a contar todo!... ¡Escucha!
GERDA.- Me da la impresión que sé todo de antemano, pero no puedo creerlo.
EL HIJO.- ¡No quieres creerlo!... ¡Mira, ésta es la verdad! ¡La mujer que nos dio el ser no es más que una vulgar ladrona!
GERDA.- ¡No!
EL HIJO.- Sisaba del dinero de la casa, falsificaba las cuentas, compraba siempre lo peor diciendo que pagaba el precio más alto, comía en la cocina por las mañanas y a nosotros nos daba las sobras recalentadas, sin sustancia; se tomaba la nata de nuestra leche, por eso fuimos dos niños enclenques, raquíticos, que siempre andábamos enfermos y hambrientos. Sisaba también del dinero de la leña y por eso nos hemos pasado la vida tiritando. Cuando nuestro padre descubrió todo esto, le llamó la atención. Ella le prometió enmendarse, pero siguió igual. Llegó incluso a superarse, ¡fue cuando descubrió la soja y la pimienta de Cavena!
GERDA.- ¡No creo ni una palabra!
EL HIJO.- ¡La Camorra!... ¡Y ahora viene lo peor! ¡Ese canalla, ese degenerado que ahora es tu marido, Gerda, no te ha querido nunca a ti, sino a tu madre!
GERDA.- iOh! ¡No!
EL HIJO.- Cuando papá descubrió el pastel, y como además tu marido le había sacado dinero prestado a tu madre, a nuestra madre, el sinvergüenza pidió tu mano para ocultar su juego. Eso es, a grandes rasgos, lo que ha pasado. Los detalles puedes imaginártelos.
GERDA (llora secándose con el pañuelo, y luego).- Yo esto ya lo sabía y sin embargo no lo sabía... Era algo que no me cabía en la cabeza... porque era demasiado.
EL HIJO.- Y ahora, ¿qué podemos hacer para sacarte de esta humillante situación?
GERDA.- iMarcharnos!
EL HIJO.- (Adónde?
GERDA.- No sé.
EL HIJO.- Entonces vamos a esperar el curso de los acontecimientos.
GERDA. Una hija no tiene armas Dara luchar contra su madre. La madre es sagrada...
EL HIJO.- ¡Como el mismísimo Satanás!
GERDA.- iNo digas eso!
EL HIJO.- Es astuta como un zorro, pero su egoísmo suele cegarla...
GERDA.- ¡Vámonos de aquí!
EL HIJO.- ¿Adónde? ¡No! ¡Nos quedaremos hasta que ese sinvergüenza la eche de casa!... iChsss, calla! ¡El canalla vuelva al hogar!... iCalla!... Gerda, ahora nosotros dos formaremos una masonería. Esta será la contraseña: «Te pegó la noche de bodas.»
GERDA.- ( Recuérdamelo muchas veces!... Si no, lo olvidaría. ¡Me gustaría tanto poder olvidar!
EL HIJO.- Han destrozado nuestras vidas..., no tenemos nada que respetar, nada que nos sirva de modelo... Tampoco podemos olvidar... iVivamos, pues, para rehabilitar la memoria de nuestro padre y buscar una reparación para nosotros!
GERDA.- ¡Y para hacer justicia!
EL HIJO.- ¡Dí mejor para vengarnos!
(Entra EL YERNo.)
GERDA (representando su papel).- ¡Bienvenido !... ¿Lo has pasado bien en tu reunión? ¿Os dieron algo bueno?
EL YERNo.- ¡Se suspendió!
GERDA.- ¿Quién se sorprendió?
EL YERNo.- iHe dicho que se suspendió!
GERDA.- jAh! ... He oído que te vas a hacer cargo de la administración de la casa...
EL YERNo.- ¡Qué alegre estás esta noche! Claro, la compañía de Federico anima a cualquiera.
GERDA.- Hemos estado jugando a los masones.
EL YERNo.- ¡Mucho cuidado! Es un juego peligroso.
EL HIJO.- ¡Entonces jugaremos a la Camorra! iO a la «vendetta»!
EL YERNo (a disgusto).- ¡Qué cosas tan raras decís! ¿Qué os traéis entre manos? Secretillos, ¿eh?
GERDA.- ¿Tú no andas pregonando tus secretos, verdad? ¿0 es que el señor no tienes secretos?
EL YERNo.- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha venido alguien?
EL HIJO.- Gerda y yo nos hemos hecho espiritistas y hemos recibido la visita de un fantasma.
EL YERNo.- iBasta ya de bromas, o acabaremos mal! Aunque te sienta bien estar alegre, Gerda. Estás siempre tan tristona... (Va a hacerle una caricia en la mejilla, pero ella se aparta.) ¿Me tienes miedo?
GERDA (a tacando).- ¿Yo? ¡En absoluto! Hay sentimientos que parecen miedo, pero son otra cosa, hay gestos más expresivos que las muecas, y palabras que ocultan lo que pueden revelar gestos o expresiones...
(EL YERNo, asombrado, se pone a toquetear un estante de libros.)
EL HIJO (se levanta de la mecedora, que queda balanceándose hasta que entra LA MADRE).- ¡Ya viene mamá con las gachas!
EL YERNo.- ¿Es que...?
LA MADRE (entra y queda aterrada al ver balancearse la mecedora, luego se domina).- ¿Queréis pasar a la mesa? Las gachas están servidas.
EL YERNo.- No, gracias. Si son de avena se las puedes dar a los perros, si es que los tienes; si son de centeno haces una cataplasma y te la pones para curarte el grano...
LA MADRE.- Somos pobres y no podemos gastar...
EL YERNo.- Con veinte mil coronas al año nadie es pobre.
EL HIJO.- Sí; los que prestan dinero a quienes no lo devuelven.
EL YERNo.- Pero ¿qué dices? ¿Estás loco?
EL HIJO.- Quizá lo haya estado antes.
LA MADRE .- ¿Venís ya?
GERDA.- iHala, vamos! ¡Ánimo, señores! Les voy a dar un filete con pan y mantequilla...
LA MADRE.- ¿Tú?
GERDA.- Sí, yo, aquí en mi casa..., en mi propia casa.
LA MADRE.- ¡Y que tenga yo que oír esto!
GERDA (señalando la puerta).- ¡Señores, tengan la amabilidad de pasar!
EL YERNo (a LA MADRE).- ¿Qué ocurre?
LA MADRE.- ¡Aquí hay gato encerrado!
EL YERNo.- Sin duda!
GERDA.- ¡pasen, señores, háganme el favor! (Se dirigen todos hacia la puerta.)
LA MADRE (al YERNo.- ) ¿Viste que la mecedora se estaba moviendo? Su mecedora.
EL YERNo.- No, no la vi. ¡Pero vi otra cosa! El mismo decorado. Se oye el vals de Ferrari u11 me disait». GERDA está sentada leyendo un libro.
LA MADRE (entra).- ¿Lo reconoces?
GERDA.- ¿El vals? Sí, claro.
LA MADRE.- ¡El vals de tu boda que yo bailé hasta la madrugada!
GERDA.- ¿Tú?... ¿Dónde está Axel?
LA MADRE.- ¡Eso no es asunto mío!
GERDA.- iVaya, vaya! ¿Ya habéis reñido?
(Pausa. Mímica.)
LA MADRE.- ¿Qué lees, hija mía?
GERDA.- Un libro de cocina. Pero ¿por qué no pondrán el tiempo que tienen que estar los diferentes platos al fuego?
LA MADRE (a disgusto).- Es que eso varía mucho, ¿sabes?, depende del gusto de cada uno... Unos lo hacen de una manera, otros de otra...
GERDA.- Eso es lo que no entiendo. La comida tiene que servirse en su punto, recién hecha, si no hay que recalentarla y se estropea. Ayer, por ejemplo, tuviste al fuego una perdiz blanca tres horas. Durante la primera hora la casa se llenó del delicioso aroma un poco salvaje de la caza. Después la cocina quedó en silencio. Y cuando la sirvieron no tenía el más mínimo aroma y no sabía más que a aire. ¡Anda, explícamelo!
LA MADRE (a disgusto).- iNo te entiendo!
GERDA.- ¿Explícame por qué estaba tan seca la perdiz, adónde fue a parar el jugo, quién se lo comió?
LA MADRE.- No entiendo una palabra.
GERDA.- Pero yo he andado preguntando por ahí y me he enterado de muchas casas...
LA MADRE (interrumpiéndola).- Ya lo sé. Pero no vas a ser tú la que me enseñes nada nuevo. Yo sí podría enseñarte a llevar una casa...
GERDA.- ¿Te refieres a lo de la soja y la pimienta de Cayena? También lo sé yo... ¿0 lo de elegir, cuando tienes invitados, platos que nadie come, para darnos las sobras a nosotros al día siguiente? ¿O lo de invitar a los amigos cuando en la despensa no hay más que algunos restos de comida...? ¡Todo eso lo tengo ya muy bien aprendido y por eso, a partir de hoy, seré yo la que lleve la casa!
LA MADRE (furiosa).- Y yo seré tu criada, ¿verdad?
GERDA.- Yo la tuya y tú la mía. Así nos ayudaremos... Ya viene Axel.
EL YERNo (entra con un grueso bastón en la mano).- ¿Qué, has dormido bien? ¿Qué tal el diván?
LA MADRE.- Hombre, te diré...
EL YERNo (amenazadoramente).- ¿Tienes algún reparo? ¿Te falta algo?
LA MADRE.- Ahora empiezo a entender.
EL YERNo.- ¿Ah, sí?... Pues bien, como en esta casa siempre nos quedamos con hambre, Gerda y yo hemos decidido comer aparte.
LA MADRE.- ¿Y yo?
EL YERNo.- Tú estás gorda como un cerdo, así es que no necesitas gran cosa. Te sentirías mucho mejor si adelgazases un poco, como hemos tenido que hacer nosotros... ¡Y bien, sal un momento, Gerda! ¡Ahora vas a encender la estufa!
(GERDA sale.)
LA MADRE (temblando de rabia).- Ya he puesto bastante leña...
EL YERNo.- No, ¡hay cuatro astillas! ¡Y ahora vas a traer más! ¡Y llenar bien la estufa!
LA MADRE (remoloneando).- Pero ¿es que vamos a quemar nuestro dinero?
EL YERNo.- ¡No, qué va! Lo que hay que quemar es leña para calentar la casa. ¡De prisa!
(LA MADRE remdonea.)
EL YERNo.- iUno, dos..., tres! (Da un bastonazo en la mesa.)
LA MADRE.- Me parece que ya no queda leña...
EL YERNo.- ¡Mentira! O te has guardado el dinero..., porque anteayer compramos un saco de leña.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de quién eres...
EL YERNo (sentándose en la mecedora).- Hace tiempo que lo podrías haber visto si tu edad y experiencia no se hubiesen dejado engañar por mi juventud... ¡Hala, de prisa! Ve por la leña, si no... (Levanta el bastón.)
(LA MADRE sale y vuelve inmediatamente con la leña.)
EL YERNo.- Y ahora vas a encender la estufa..., pero ¡de verdad! ¡Nada de camelos! ¡Uno, dos, tres!
LA MADRE.- ¡Cómo te pareces ahora al viejo, ahí sentado en su mecedora!
EL YERNo.- iEnciende de una vez!
LA MADRE (plegándose, pero con rabia).- ¡Ya voy, ya voy!
EL YERNo.- Y ahora te quedas atendiendo al fuego mientras nosotros cenamos en el salón...
LA MADRE.- ¿Y qué voy a cenar yo?
EL YERNo.- Las gachas que te dejará Gerda en la cocina.
LA MADRE.- Con leche desnatada...
EL YERNo.- Como debe ser. ¿No te has tomado tú ya la nata? Es justo, pues.
LA MADRE (con voz apagada).- Entonces me iré de casa.
EL YERNo.- No podrás, porque te encerraré.
LA MADRE (en un susurro).- ¡Entonces me tiraré por la ventana!
EL YERNo.- Por mí deberías haberlo hecho hace tiempo. Así hubieses salvado cuatro vidas... ¡Enciende ya!... ¡Sopla bien!... ¡Así, así! Quédate aquí hasta que volvamos. (Sale.)
(Pausa.)
(LA MADRE detiene primero el balanceo de la mecedora, luego va a escuchar a la puerta, después saca una parte de la leña que ha metido en la estufa y la esconde debajo del diván.)
(Entra EL HIJO, algo bebido.)
LA MADRE (sobresaltada).- ¿Ah, eres tú?
EL HIJO (sentándose en la mecedora).- Sí.
LA MADRE.- ¿Cómo estás? ¿Te encuentras mal?
EL HIJO.- Muy mal. Creo que no voy a durar mucho.
LA MADRE.- ¡Qué ocurrencia! Esas son fantasías... ¡Deja de balancearte así!... Mírame a mí, una persona que ha alcanzado una avanzada..., una cierta edad..., y que me he pasado la vida trabajando, cumpliendo con mis deberes de ama de casa y de madre, sacrificándome por mis hijos..., ¿es que no lo he hecho?
EL HIJO.- ¡Claro!... El pelícano... que, por cierto, nunca alimentó con su sangre a sus polluelos. Los libros de zoología dicen que eso es mentira.
LA MADRE.- Si tienes alguna queja de mí, dilo.
EL HIJO.- Mira, mamá, si no estuviese un poco-borracho, no podría hablarte con franqueza, porque no me atrevería. Pero ahora sí, puedo decirte que he leído la carta de papá, la que robaste y tiraste a la estufa...
LA MADRE.- ¿Qué dices? ¿De qué carta me hablas?
EL HIJO.- ¡Siempre mintiendo! Aún me acuerdo de cuando me enseñaste a mentir por primera vez... Yo apenas sabía hablar. ¿Te acuerdas?
LA MADRE.- No, no me acuerdo. ¡Y deja en paz la mecedora!
EL HIJO.- Y de la primera vez que me mentiste, ¿te acuerdas? Y de aquella vez que, siendo niño, me escondí detrás del piano y llegó una señora de visita... Yo me acuerdo... Allí tuve que estar tres horas oyendo las mentiras que estuviste contándole todo el rato.
LA MADRE.- ¡Mientes!
EL HIJO.- ¿Y sabes por qué soy tan enclenque? Porque nunca me diste el pecho. Me crié con el biberón que me daba una niñera. Unos años después esa misma niñera me llevaba a ver a su hermana que trabajaba en un burdel y allí presencié las misteriosas escenas que, por lo demás, los propietarios de perros ofrecen a los niños en plena calle, en primavera y en otoño. Cuando te contaba lo que había visto en la casa del vicio..., tenía entonces cuatro años..., me decías que mentía y me pegabas por mentiroso, a pesar de que decía la verdad. La niñera, animada por tu beneplácito, me inició a los cinco años en todos los secretos del asunto... ¡Y sólo tenía cinco años!... (Solloza.) Y luego comencé a pasar hambre y frío, como papá y los demás. Y he tenido que esperar hasta ahora para enterarme de que tú sisabas del dinero de la compra y de la leña... ¡Mírame, pelícano! ¡Mira a Gerda, con su pecho esquelético!... Tú sabes muy bien cómo asesinaste a mi padre, cómo lo empujaste a la desesperación, un crimen que no castiga la ley. También sabes cómo asesinaste a mi hermana. ¡Pero ahora también lo sabe ella!
LA MADRE.- ¡Deja en paz la mecedora!... ¿Qué sabe?
EL HIJO.- Lo que tú sabes y yo no me atrevo a decir. (Solloza.) Es espantoso haberte dicho todo esto, pero tenía que decirlo... Me parece que cuando se me pasen los efectos de la borrachera me pegaré un tiro. Por eso sigo bebiendo..., porque no me atrevo a estar sereno...
LA MADRE.- ¡Sigue, sigue mintiendo!
EL HIJO.- Un día papá dijo, en un ataque de cólera, que la naturaleza había hecho de ti una inmensa impostora..., que no habías aprendido como los demás niños a hablar sino a mentir..., que siempre te las arreglabas para sacudirte el yugo de tus obligaciones para así poder irte de fiesta. Y aún recuerdo la noche que estando Gerda agonizando te fuiste a ver una opereta... Recuerdo perfectamente tus palabras: «Bastante dura es la vida, ¿para qué hacerla más difícil?» Y los tres meses de verano que te pasaste en París con mi padre divirtiéndote en grande y hundiendo a la familia en un pozo de deudas... Aquel verano mi hermana y yo tuvimos que pasarlo en la ciudad, encerrados en este piso con dos criadas; con una de ellas vivía, en vuestro dormitorio, un bombero, y el lecho conyugal era utilizado incesantemente por la afectuosa pareja...
LA MADRE.-¿Por qué no me lo dijiste entonces?
EL HIJO.- ¿Y has olvidado que te lo dije y también que me pegaste por chismoso o mentiroso? Utilizabas alternativamente ambas palabras, porque tan pronto oías una verdad decías que era mentira.
LA MADRE (da vueltas por la habitación, como una fiera recién enjaulada).- ¡Jamás he oído a un hijo decirle semejantes cosas a su madre!
EL HIJO.- En efecto, es bastante excepcional y va contra las leyes de la naturaleza,' lo sé, pero alguna vez tenía que decírtelo. Tú andabas dormida como una sonámbula y no te podíamos despertar. Por eso tampoco podías corregirte. Papá decía: «Aunque la pongan en el banco del tormento, tu madre es absolutamente incapaz de admitir una falta o confesar una mentira...
LA MADRE.- ¡Tu padre, claro! ¿Crees que no tenía defectos?
EL HIJO.- Los tenia y grandes. Aunque contigo y con nosotros siempre se portó bien... Pero en tu matrimonio aún hay otros secretos, cosas que he intuido, que han despertado mis sospechas, pero que nunca he querido admitir... Esos secretos se los llevó, en parte, mi padre a la tumba.
LA MADRE.- ¿No crees que ya has hablado bastante?
EL HIJO.- Ahora me voy a beber... Nunca sacaré el título de abogado, porque no creo en la administración de justicia. Las leyes parecen escritas por ladrones y asesinos con el único propósito de absolver a los culpables. El testimonio de un hombre honesto no vale nada, pero el de dos testigos falsos constituye una prueba concluyente. A las once y media, mi causa se considera justa, pero pasadas las doce ya he perdido el proceso. Un error, un margen que falte en el escrito pueden mandarme a mí, un inocente, a la cárcel. Si muestro clemencia con un delincuente, éste presenta una denuncia contra mí por difamación. Siento un desprecio tan enorme por la vida, la humanidad, la sociedad y por mí, que ni siquiera tengo ganas de hacer el menor esfuerzo por seguir viviendo... (Va hacia la puerta.)
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Te asusta la oscuridad?
LA MADRE.-Estoy muy nerviosa.
EL HIJO.- Lo uno es consecuencia de lo otro.
LA MADRE. Y esa mecedora acabará volviéndome loca. Cuando él estaba allí sentado me parecía ver dos grandes cuchillos de picar carne... que me picaban en trocitos el corazón.
EL HIJO.- jSi tú no tienes corazón!
LA MADRE.- ¡No te vayas! No puedo quedarme aquí... Axel es un canalla.
EL HIJO.- Es lo que yo creía hasta hace un momento. Ahora creo que es una víctima de tus perversas inclinaciones.. . Sí, la historia del jovencito seducido.
LA MADRE.- En mala compañia debes andar!
EL HIJO.- Claro. ¡Nunca las he tenido buenas!
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Para qué quieres que me quede? No haría más que torturarte con mis palabras hasta matarte...
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Estás despertándote?
LA MADRE.- ¡Sí, ahora me despierto, como de un sueño largo, muy largo! ¡Es terrible! ¿Por qué no me han despertado antes?
EL HIJO.- Si nadie pudo hacerlo es porque sería imposible. Y como era imposible, tú no tienes ninguna culpa.
LA MADRE.- iRepite esas palabras!
EL HIJO.- Que tú no podías ser distinta de la que eres.
LA MADRE (besándole servilmente la mano).- ¡Sigue, dime más cosas!
EL HIJO.- No puedo decirte más... Sí, quiero pedirte una cosa. No te quedes aquí. No harías más que agravar la situación.
LA MADRE.- Tienes razón. Me iré... lejos.
EL HIJO.- iPobre mamá!
LA MADRE.- ¿Tienes compasión de mí?
EL HIJO (sollozando).- iSí, claro que sí! iCuántas veces habré dicho hablando de ti: «Es tan mala que me da lástima»!
LA MADRE.- Gracias por tus palabras... Ahora vete, Federico.
EL HIJO.- ¿Y esto no tiene remedio?
LA MADRE.- No, es irremediable.
EL HIJO.- Sí, lo es... ¡Es irremediable! (Sale.)
(Pausa.)
LA MADRE (sola, se queda un rato con los brazos cruzados sobre el pecho. Después va a la ventana, la abre y mira hacia abajo. Vuelve al centro de la habitación y toma carrera para saltar por la ventana, pero, al oír tres golpes en la puerta del fondo, cambia de parecer).- ¿Quién será? ¿Qué habrá sido? (Cierra la ventana.) ¡Adelante! (Se abre la puerta del fondo.) ¿Hay alguien ahí? (Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.) ¡Es él! ¡El en la plantación de tabaco! Entonces... ¿no está muerto? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde me voy a meter? (Se escode detrás de la arquimesa.) (Vuelve a soplar el viento y los papeles vuelan por la habitación.) ¡Cierra la ventana, Federico! (El viento derriba una maceta.) ¡Cierra la ventana! ¡Me muero de frío! ¡Y la estufa se está apagando!
(Enciende la luz eléctrica, todas las lámparas; cierra la puerta, que se vuelve a abrir; el viento mueve la mecedora; ella empieza a dar vueltas y vueltas por la habitación, hasta que se tira de bruces sobre el diván y esconde la cara entre los cojines.)
Se oye el vals «Il me disait» que tocan en otra habitación.
(LA MADRE sigue tumbada en el diván con la cabeza escondida bajo los cojines.)
(Entra GERDA con el plato de gachas en una bandeja que coloca en la mesa; luego apaga todas las lámparas menos una.)
LA MADRE (se despierta y se pone de pie).- ¡No apagues!
GERDA.- Sí. Tenemos que ahorrar.
LA MADRE.- ¿Ya de vuelta?
GERDA.- Sí, como le faltabas tú, Axel se aburría.
LA MADRE.- ¡Se agradece la gentileza!
GERDA.- Aquí tienes la cena.
LA MADRE.- No tengo hambre.
GERDA.- ¡Sí, tienes hambre, pero no comes gachas!
LA MADRE.- Sí, a veces...
GERDA.- No, nunca. Pero hoy te las vas a comer. ¿Sabes por qué? Por aquella sádica sonrisa que iluminaba tu cara cuando nos martirizabas obligándonos a comer las gachas de avena..., las mismas que les dabas a los perros.
LA MADRE.- Yo no trago la leche desnatada. Me da escalofríos.
GERDA.- ¡Ya te has tomado la nata con el café de las once!... ¡Puedes darte por contenta! (Le sirve las ge chas en una escudilla.) ¡Y ahora, a comer! iY que yo te vea!
LA MADRE.- ¡No puedo!
GERDA (se agacha y saca unos trozos de leña de debajo del diván).- Si no comes le diré a Axel que has robado la leña.
LA MADRE.- Axel, que tanto me echaba de menos, no me hará ningún daño. ¿Te acuerdas del día de tu boda, cómo bailó conmigo el vals Il me disait? ¡Escucha!
(Tararea el vals, que se oye en el interior del piso hasta el segundo estribillo.)
GERDA.- Sería más prudente no recordar semejante escándalo...
LA MADRE.- Y me dedicaron poesías. Y para mí fueron las flores más hermosas.
GERDA.- iCállate!
LA MADRE.- ¿Quieres que te recite aquélla? Me la sé de memoria... «En el Ginnistan... » Ginnistan es una palabra persa que significa Jardín del Edén... Y allí viven las adorables Peris que se alimentan del perfume de las flores... Las Peris son unos genios o hadas, cuya naturaleza hace que conforme van pasando los años se vayan haciendo más jóvenes...
GERDA.- Oh, Dios mío, ¿no te habrás creído que eres una Peri?
LA MADRE.- Bueno, lo dice el poema... Y el tío Víctor se me ha declarado... ¿Qué diríais si me volviese a casar?
GERDA.- Pobre mamá! Todavia andas como una sonámbula, como hemos vivido todas... Pero ¿es que no vas a despertar nunca? ¿No te das cuenta de que todos se ríen de ti? ¿Es que tampoco entiendes los insultos de Axel?
LA MADRE.- ¿Qué insultos? Yo sigo creyendo que es mucho más considerado conmigo que contigo...
GERDA.- ¿Hasta cuando te amenaza con el bastón?
LA MADRE.- ¿A mí? ¡Es a ti a quien amenaza con el bastón, hija mía!
GERDA.- Pero, mamá, ¿has perdido la razón?
LA MADRE.- El me ha echado de menos esta tarde... Tenemos siempre tantas cosas de que hablar..., es el único que me comprende, y tú no eres más que una niña...
GERDA.- (coge a su madre por los hombros y la sacude).- ¡Despierta, por Dios, despierta!
LA MADRE.- Aún no eres una persona adulta. Y yo soy tu madre que te crió con su sangre...
GERDA.- No, me diste una botella de cristal y un pedazo de goma que yo chupaba. Después me vi obligada a robar del aparador, donde no había más que pan de centeno viejo. Me lo comía con mostaza y cuando no podía resistir el ardor de la garganta me la refrescaba con la botella de vinagre. Esa fue mi despensa, ¡la vinagrera y la panera!
LA MADRE.- iVaya, vaya! iAsí es que ya robando desde niña! ¡Muy bonito! ¿No te da vergüenza confesarlo? ¡Y pensar que he sacrificado mi vida por unos hijos así!
GERDA (llorando).- Podía habértelo perdonado todo! ¡pero el haberme quitado la vida..., eso no te lo perdonaré nunca!... Sí, él era mi vida, porque con él empecé a vivir...
LA MADRE.- ¿Tengo acaso la culpa de que me prefiriese a mí? Ouizá me encontró.... ¿cómo lo diría?.... más atractiva... Sin duda tenía mejor gusto que tu padre, que no supo apreciarme en lo que valía hasta que no tuvo rivales... (Se oyen tres golpes en la puerta.) ¿Quién llamará ahora?
GERDA.- ¡No hables mal de mi padre! No creo que me baste toda mi vida para arrepentirme del daño que le hice. ¡Pero tú lo vas a pagar, sí, tú que me azuzaste contra él! ¿Te acuerdas de cuando me enseñaste, siendo una niñita, a decirle palabras hirientes, que yo entonces no comprendía, simplemente para mortificarlo? Claro que papá no me castigaba. Era lo bastante inteligente como para saber quien manejaba el arco que lanzaba las flechas que lo herían. ¿Recuerdas cuando me enseñaste a engañarlo diciéndole que necesitaba libros para la escuela? Cuando le sacábamos el dinero nos lo repartíamos tú y yo... ¿Cómo voy a olvidar ese pasado? ¿Es que no hay ninguna bebida que borre los recuerdos sin ahogar la vida? ¡Si al menos tuviese fuerzas para dejar todo esto! Pero yo soy como Federico, somos impotentes, víctimas abúlicas, tus víctimas... ¡Y tú, un ser empedernido, que ni siquiera puedes sufrir por tus propios crímenes!
LA MADRE.- ¿Qué sabes tú de mi infancia? ¿Puedes siquiera imaginarte el horror del hogar en que me crié? ¿El mal que aprendí allí? Es como una herencia que nos viene desde arriba..., pero ¿de quién? De nuestros primeros padres, dicen los libros de nuestra infancia y bien puede ser... No me eches la culpa y así yo no se la echaré a mis padres, que a su vez podrían echársela a los suyos y así sucesivamente. Además, lo mismo pasa en todas las familias, aunque no andan pregonándolo ante extraños...
GERDA.- Si la vida es así, yo no quiero vivir. Y sí tengo que seguir viviendo, entonces preferiría estar ciega y sorda para cruzar por toda esta miseria, pero con la esperanza de una vida mejor después...
LA MADRE.- ¡Qué exagerada eres, hija mía! Cuando tengas el primer hijo ya verás cómo se te van esas ideas de la cabeza...
GERDA.- No puedo tener hijos...
LA MADRE.- ¿Cómo lo sabes?
G E R D A . Me lo ha dicho el médico.
LA MADRE.- Se equivoca...
GERDA.- Ya estás mintiendo otra vez... Soy estéril, raquítica, como Federico, y por eso no quiero vivir...
LA MADRE.- Tonterías...-
GERDA.- Si yo pudiese hacer daño como quisiera, tú ya no existirías! ¿Por qué es tan difícil hacer daño? ¡Cuando levanto la mano contra ti, es como si me golpease a mí misma! ...
(De repente, cesa la música. Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.)
LA MADRE.- iOtra vez borracho!
GERDA.- iPobre Federico! ¿Y qué otra cosa puede hacer?
EL HIJO (entra, medio borracho).- Me..., me parece... que hay humo... en..., en la cocina.
LA MADRE.- ¿Qué dices?
EL HIJO.- ¡Creo... yo..., yo creo... que algo... se quema!
LA MADRE.- ¿Se quema? Pero ¿qué dices? ¡Habla claro!
EL HIJO.- ¡Sí, yo... creo... que hay fuego!
LA MADRE (corre hacia el foro y abre la puerta, pero un resplandor rajo la detiene).- ¡Fuego! ... ¡Cómo vamos a salir de aquí!? ¡No quiero arder viva!... ¡No, no quiero! (Comienza a dar vueltas por la habitación.)
GERDA (abrazando a su hermano).- iFederico! iHuye, tenemos el fuego encima! ¡Sálvate!
EL HIJO.- ¡No me quedan fuerzas!
GERDA.- ¡Huye! Tienes que poder!
EL HIJO.- ¿Adónde?... No, no quiero...
LA MADRE.- Yo prefiero tirarme por la ventana... (Abre las puertas del balcón y se precipita en el vacío.)
GERDA.- ¡Oh, Dios mío, ayúdanos!
EL HIJO.- !Era lo único!
GERDA.- Esto... lo has hecho tú?
EL HIJO.- Sí, ¿qué otra cosa poda hacer?... ¿Podía haber hecho otra cosa?
GERDA.- ¡No, no! ¡Todo tiene que arder, todo, si no nunca podremos salir de aquí! ¡Abrázame, Federico, abrázame fuerte, muy fuerte, hermano! ¡Nunca me he sentido tan feliz! ¡Qué claridad! La luz lo va llenando todo... Pobre mamá, que era tan mala, tan mala...
EL HIJO.- ¡Hermanita querida! ¡Pobre mamá! ¿Notas el calor que hace? ¡Qué bien se está ahora! ¡Ya no tengo frío! ¡Escucha cómo crepita el fuego ahí fuera! Ahora está ardiendo todo lo viejo, todo lo viejo arde y lo malo y lo odioso y lo feo...
GERDA.- iAbrázame fuerte, hermanito querido! El fuego no nos quemará, nos ahogará el humo. ¿No notas lo bien que huele? Es la palmera y la corona de laurel de papá que arden. Y ahora se está quemando el armario de la ropa de cama. ¡Huele a espliego! ¡Y ahora a rosas! ¡No tengas miedo, hermanito querido, pronto habrá pasado todo! ¡Hermano querido, no te caigas! ¡Pobre mamá, que era tan mala! i Abrázame fuerte, más fuerte, estrújame en tus brazos, como solía decir papá! Es como Nochebuena, cuando nos dejaban cenar en la cocina y untar el pan en la olla, el único día en que podíamos comer hasta quedar satisfechos, como decía papá... ¡Qué bien huele! ¿No lo notas? Es el aparador de la cocina que arde..., el té y el café y las especias... ¿No hueles a canela y a clavo...?
EL HIJO (en pleno éxtasis).- ¿Es ya verano? El trébol está en flor... Ya estamos de vacaciones. ¿Recuerdas cuando íbamos hasta el embarcadero a ver los vapores blancos y los acariciábamos cuando estaban recién pintados y sólo nos esperaban a nosotros? ¡Entonces sí que estaba papá contento! Se sentía vivir, como é1 decía. ¡Se acabaron los libros escolares! Así debía ser siempre la vida, decía. ¡El pelícano era él! ¡Era é1 quien se sacrificaba por nosotros! El andaba siempre con rodilleras en los pantalones y los cuellos raídos, mientras nosotros íbamos vestidos como condecitos... iGerda, date prisa, el barco va a salir! Ya ha sonado la campana. Mamá ya está sentada en el salón... No, no está a bordo... ¡Pobre mamá! ¡No está aquí! ¿Se habrá quedado en tierra? ¿Dónde estará? No la veo... Sin mamá no lo vamos a pasar muy bien... iAhí esd! ¡Ya viene!... ¡Ahora sí que empiezan las vacaciones!
(Pausa.)
(Se abre la puerta del foro, se ve el intenso resplandor rojo del incendio.)
(ELH IJO y GERDA caen al suelo.)