sábado, mayo 09, 2015
miércoles, diciembre 31, 2014
El mundo ha vivido equivocado. Roberto Fontanarrosa.

El mundo ha vivido equivocado
Roberto Fontanarrosa
La épica de lo imposible: "El mundo ha vivido equivocado"
Si
existiera un monumento al pensamiento aspiracional y a la verborragia de bar,
tendría que tener la forma de una mesa con dos cafés y las sombras de Pipo
y Hugo. En este relato, Fontanarrosa no solo escribe; filma en tecnicolor una
fantasía de lujo y sofisticación que choca, inevitablemente, contra la realidad
de un pocillo frío y una vereda gris en Rosario.
"El
mundo ha vivido equivocado" es más que un cuento; es un ejercicio de
puesta en escena mental. A través de un diálogo que funciona con la precisión
de un reloj suizo, el "Negro" nos lleva de la mano por un día
perfecto en Bora Bora, diseñado con un detalle tan obsesivo que termina por
volver ridícula la propia perfección. Es la prueba definitiva de que, para
Fontanarrosa, la literatura no estaba en los grandes eventos, sino en la
capacidad humana de imaginar un mundo mejor mientras se espera que pase el tiempo
en una esquina.
Prepárense
para entrar en la mente de un estratega del placer imaginario y descubrir por
qué, al final del día, quizás todos hemos estado viviendo un poco equivocados.
El
mundo ha vivido equivocado
Roberto
Fontanarrosa
HUGO: —¿Sabés
cómo sería un día perfecto?... Suponete... que vos vas de viaje y llegás,
ponele, a una isla del Caribe. Qué sé yo, Martinica, ponele, Barbados, no sé...
Saint Thomas.
PIPO: —¿Martinica
es una isla?
H: —Sí.
Creo que sí. Martinica. La Isla de Martinica... Llegás a la isla... solo,
¿viste? Tenés que estar un día, ponele. Un par de días. Entonces vos llegás al
hotel, un hotel de la gran puta, cinco estrellas, subís a la habitación, dejás
las cosas y bajás a la cafetería a tomar algo. Es de mañana, vos llegás en un
avión bien temprano, entonces es media mañana. Bajás a tomar algo.
P: —Un
jugo.
H: —Un
jugo. Un jugo de tamarindo, de piña.
P: —De
guayaba, de guayaba.
H: —De
guayaba, de esas frutas raras que tienen por ahí. Calor. Hace calor. Vos bajás,
pantaloncito blanco livianón. Camisita. Zapatillitas.
P: —Deportivo.
H: —Deportivo.
P: —Tipo
tenis.
H: —No.
No. Ojo, pantaloncito blanco, pero largo, ¿eh? No short. No. Largo. Livianón.
Bajás... poca gente. Música suave. Cafetería amplia. Te sentás a la mesa y...
se ve el mar, ¿no? Se ve el mar. El hotel tiene su playa privada, como
corresponde. Poca gente. Poca gente. No mucha gente. No es temporada. Porque
tampoco vos vas de turismo. Vos vas por laburo. Una cosa así.
P: —Claro.
H: —Entonces
ahí... a un par de mesas de la mesa tuya: una mina, sentadita. Desayunando.
P: —Sola.
H: —Sola...
o con un macho. Mejor con un macho, ¿viste? Pero la mina te juna. Te marca. No
alevosamente, pero registra. La mina, muy buena, alta, rubia, ojos verdes, tipo
Jacqueline Bisset.
P: —Me
gusta.
H: —La
mina, poca bola. Marca de vez en cuando, pero poca bola.
P: —Jacqueline
Bisset no es rubia.
H: —¿No
es rubia? ¿Qué es? Castaña.
P: —Sí,
castaña, castañona.
H: —Bueno...
pero esta es rubia. Remerita azul, pantaloncitos blancos. Cruzada de gambas,
fumando. Hablando con el tipo, recostada en el respaldo del silloncito. Esos
silloncitos de caña.
P: —¿Silloncitos
de caña? ¿En una cafetería?
H: —Bueno,
no. Uno de esos comunes. O como estos (pega dos tincazos en el respaldo
de su silla). Pero con apoyabrazos, ¿me entendés? Porque la mina está
estirada, así, para atrás, medio alejada de la mesa. Mirando al tipo, cruzada
de gambas. O sea, queda de perfil a vos. Pero... ¿qué pasa?
P: —¿Qué
pasa?
H: —La
mina se aburre. Se nota que se aburre. El tipo chamuya algunas boludeces y la
mina hace así con la cabeza... pero se nota que se hincha las pelotas.
P: —Y
claro, loco...
H: —Entonces,
entonces... vos empezás a hacerte el bocho. Con la mina. ¿Viste cuando vos
empezás a junar una mina y no podés dejar de mirarla? ¿Y que entrás a pensar
"¡Mamita, si te agarro!"? Vos te empezás a hacer el bocho. Claro, te
hacés el boludo...
P: —Porque
está el macho.
H: —No.
Pero el macho no calienta. Porque está de espaldas. No te ve. No te ve. Vos te
hacés el boludo por si la mina mira. Cosa que no vaya a ser cosa que mire y vos
estás sonriendo como un boludo, o que le hagas una inclinación con la cabeza...
P: —O
que se te esté cayendo un hilo de baba sobre la mesa.
H: —Claro,
claro. No. No. Vos, atento, atento, pero digno. Tipo Mitchum. Tipo Robert Mitchum.
P: —Bogart, loco.
Vamos
a los clásicos.
H: —Sí.
Una cosa así. Fumando, el hombre. Medio entrecerrados los ojos por el humo del
faso. Un duro.
P: —Sí.
A esa altura yo ya estaría duro.
H: —También,
también. Pero con dignidad. Porque por ahí te tenés que levantar y tenés que
salir encorvado como el jorobado de Notre Dame y ahí se te va a la mierda el
encanto. Cagó el atraque. No. Vos, en la tuya. Juguito, un par de sorbos
vichando por encima de las pajitas esas, de colores...
P: —Los
sorbetes.
H: —Los
sorbetes. Una pitada. Mirando de vez en cuando al mar. Pero vos siempre atento
a la rubia que balancea lentamente la piernita y a vos...
P: —A
vos te corre un sudor helado desde la nuca.
H: —Desde
la nuca hasta el mismo nacimiento de los glúteos. Y una palpitación en la
garganta... ¿viste? Como a los sapos. Que se les hincha la garganta.
P: —Lindo
espectáculo para la mina si te mira.
H: —No,
pero eso te parece a vos desde adentro. No. Vos un duque. Un duque. Y...
¿viste? ¿Viste cuando vos decís "viejo, si esta mina me da bola yo me
muero. Me caigo al piso redondo", y que medio agradecés que la mina esté
con un macho porque te saca de encima el compromiso de tener que atracártela?
Pero por el otro lado vos decís "¿Cómo carajo no me la voy a tirar, si
esta mina es un avión, un avión?". ¿Viste?
P: —Típico.
H: —Pero
vos, claro, perdedor nato, también pensás: "Esta mina ni en pedo me puede
dar bola a mí". Porque es una mina de esas de James Bond, de esas bien de
las películas. Un aparato infernal. Digamos, todo el hotel es de las películas,
con piletas, piscinas, parques, palmeras, cocoteros, playas privadas.
P: —Catamaranes.
H: —Surf.
Grones. Confitería con pianista, negro, también. Una cosa de locos. Entonces
vos decís: "Esta mina no me puede dar bola en la puta vida de Dios".
Pero, pero...
P: —Al
frente.
H: —¡Al
frente! Al frente... y por ahí, por ahí... el tipo se levanta.
P: —El
tipo que está con la mina.
H: —El
tipo que está con la mina se levanta y se pira. Le da un besito en la boca
corto, y se pira. A vos, medio que se te estruja el corazón porque pensás:
"Si el tipo este la besó en la boca, es el macho. No hay
duda"... Porque uno siempre al principio tiene esa esperanza. "Puede
ser el hermano", piensa, "un amigo", qué sé yo...
P: —Una
institutriz de esas alemanas. Muy rígidas.
H: —Claro, claro.
Pero cuando el tipo le zampa el beso en la trucha ya ahí medio que se te acaban
las posibilidades... Aunque viste cómo son los yanquis, se besan por cualquier
cosa. Ahí viene la mina, te da un chupón y es cosa de todos los días.
P: —¿Sí?
H: —Sí.
Bueno, bueno. La cuestión es que la mina se ha quedado sola en la mesa. El tipo
se piró. Se fue. Y la rubia está en la mesa mirando el mar. Balanceando la
piernita. Y ahí te agarra el ataque. Ahí te agarra el ataque. ¡Está servida,
loco! Sola y aburrida. Rebuena, para colmo.
P: —¡Qué
te parece!
H: —Claro.
Primero vos esperás. Te hacés el sota y esperás. Porque en una de esas
vuelve el dorima. O el tipo ese que estaba con ella y es un quilombo. Entonces
vos te quedás en el molde. Y te empieza a laburar el marote de que si te vas y
te sentás con ella, ¿qué carajo le decís?
P: —Y
además la mina habla en inglés.
H: —No
sé. No sé. Eso no sé.
P: —¿La
mina no es norteamericana?
H: —No
sé porque vos no la escuchás. Vos la viste que está ahí chamuyando con el tipo
pero no sabés en qué habla.
P: —Y...
si habla en inglés te caga.
H: —Sí,
sí... pero, esperá.
P: —Bah.
Si habla en inglés, o en francés o en ruso, te caga.
H: —Pará,
pará.
P: —Porque
nosotros acá porque manejamos el verso, pero si te agarra una mina que no hable
castellano...
H: —Oíme,
boludo. Pará. ¿Vos sos amigo mío o amigo de la mina? La mina puede ser
francesa, por ejemplo, y saber un poco de castellano.
P: —O
española. La mina es española.
H: —¡No!
Española no. Dejame de joder con las españolas.
P: —¿Por
qué no?
H: —Las
españolas son horribles. Tienen unos pelos así en las piernas.
P: —Sí,
mirá la Cantudo.
H: —No,
no... dejame de joder con la Cantudo. La mina es una francesa tipo, tipo...
P: —¿Por
qué no la Cantudo?
H: —Tipo...
¿Cómo se llama esta mina?
P: —Romy
Schneider.
H: —No, no. Esa
mina...
P: —A
mí dejame con la Cantudo y sabés...
H: —¡No
rompás las bolas con la Cantudo! ¿Cómo se llama esta mina? Mirá, el día que vos
me vengas con tu día perfecto, muy bien, que la mina sea la Cantudo. Pero
yo estoy contando mi día. Además esta mina es rubia.
P: —Bueno.
La próxima vez que me cuentes tu día perfecto, vos quedate con tu rubia.
Pero que la rubia esté con la Cantudo y salimos los cuatro. Así...
H: —Está
bien, está bien... ¡Catherine Deneuve! Catherine Deneuve. Un tipo así.
P: —Claro.
Es muy rubia.
H: —De
ese tipo. De cara medio angulosa. Y con esa voz así... profunda.
P: —Oíme,
si no la escuchaste hablar. Decías...
H: —La
mina es francesa, pero habla castellano porque ha vivido en el Perú. ¿Viste que
los franceses viajan mucho a Perú?
P: —¿Sí?
H: —Claro.
Porque esta mina es una mina del jet-set. Una arqueóloga o algo así, que
viaja por todo el mundo.
P: —Una
cosmetóloga.
H: —O
dirige una línea internacional de cosmética. Una línea suiza de cosmética. O
diseña moda. Habla varios idiomas. Y entonces habla castellano con un acento
francés, arrastra las erres...
P: —Como
el dueño del hotel donde para Patoruzú.
H: —Eso.
Y tiene una voz profunda. Medio áspera. Como Ornella Vanoni.
P: —Ajá,
ajá. Me gusta.
H: —La
cuestión es que la mina se quedó sola en la mesa, fumando.
P: —Los
puchos son Gitanes.
H: —Claro.
Los puchos son Gitanes y tiene, ¿viste?, atado a una de las manijas del bolso,
un pañuelo de seda. Fucsia. Bueno. Ahí, la mina se para. Se da vuelta. Y te
mira.
P: —¡Mierda!
H: —Te
mira, ¿viste? Te mira un momentito, pero no es una mirada de refilón. Una
mirada de interés. Profunda.
P: —Ahí
te acabás.
H: —No...
vos, un hielo. Le mantenés la mirada. Serio. Sin un gesto. Como diciendo: "¿Qué
te pasa, cariño?". Sostenés la mirada hasta que la mina se da vuelta y se
manda para la playa con el bolso al hombro. Y... ¿viste cuando las minas se dan
cuenta que las están junando, y entonces caminan remarcando más el balanceo?...
¿así? La mina se va para la playa despacito. Matadora. Claro. Vos estás
paralizado en la silla, tenés la boca seca y si te mandás un trago del
jugo te parece que tragás papel picado. Cualquier cosa parece. Te zumban
los oídos.
P: —Te
sale sangre por la nariz.
H: —No.
No. Porque ya te recuperaste. Ya te recuperaste. Y ya empezás a sentir,
¿viste?, esa sensación, esa sensación, ese olfato, esa cosa... de la cacería,
¿no? Para colmo, para colmo... la mina llega al ventanal, todo vidriado. Porque
la parte de la cafetería que da al mar es puro vidrio. Entonces, cuando la
mina llega a la parte de la puerta donde ya sale a la parte de la playa,
que hay una explanada y después está la arena, se para. Se para en la puerta,
¿viste? Como deslumbrada por el sol. Y mira para todos lados. Busca algo dentro
del bolso con un gesto de fastidio...
P: —Los
lentes negros.
H: —Algo
así. Lo que pasa es que la mina está aburrida. Y en eso, antes de salir ya del
todo, gira un poco. Y te vuelve a mirar...
P: —Ahh...
jajajá...
H: —¿Viste
cuando de golpe una mina te mira y vos no sabés...?
P: —Sí.
Si te mira a vos o a alguien de atrás.
H: —Claro,
claro, eso. Que vos te das vuelta para ver si atrás no hay otro tipo, qué sé
yo, para asegurarte.
P: —Sí,
sí.
H: —Pero
no. La mina te vuelve a mirar a vos. Ya no tan largo, pero...
P: —Está
con vos.
H: —Está
con vos.
P: —La
mina siempre seria.
H: —Ah,
sí. Sí. Seria. Juna, pero ni una sonrisa. Los ojitos, nada más. No se regala.
Digamos...
P: —Insinúa.
H: —Eso.
Insinúa... Entonces vos llamás al mozo, ¿viste? "Mozo"... no te
sale ni la voz. Tenés la garganta seca. "Mozo". Firmás tu cuenta y
ahí nomás te mandás para la habitación. A los pedos.
P: —A
la habitación.
H: —Claro.
Porque vos ya viste que la mina se fue para la playa. O sea, la tenés
ubicada y un poco la seguridad de que la mina se va a quedar ahí. Entonces vas
a la habitación y te ponés la malla, cazás una toalla. Una revista...
P: —Ah.
Eso sí. Imprescindible. Un libro...
H: —Sí.
Sí, sí. Un libro, una revista, cualquier cosa, para llevar debajo del brazo y
salís rajando para la playa cosa de que no vaya a aparecer algún otro y te
primerée. Bajás y te mandás a la playa. Como siempre pasa, la primera ojeada
que das, no la ves. Ahí te puteás, decís: "¿Para qué mierda me fui arriba
a cambiar?". Y te desesperás. Pero por ahí ves que viene caminando, entre
alguna gente que hay, tomando una Coca-Cola que ha ido a comprar. La mina te
ve, pero se hace la sota. Se tira por ahí, en una lona. No, en una de esas
reposeras y se pone a tomar sol. Medio se apoliya.
P: —Ahí
te cagó.
H: —No,
bueno. Al fin te la atracás.
P: —Ah,
no. ¡Qué piola! Así cualquiera. Es como en esas películas donde un tipo dice:
"Me voy a atracar esa mina" y después aparece con la mina,
charlando lo más piola, encamado. Y no te dicen cómo el tipo se la atracó. Que
es la parte jodida.
H: —Bueno.
Pará, pará. Vos te quedás vigilando. Ves, por ejemplo, que no hay ningún
peligro cercano. Ningún tipo, ningún tiburonazo como vos que ande rondando. O
algún tipo con su mujer que vicha. Los yanquis, los ingleses por ahí ven una
mina que es una bestia increíble y no se les mueve un pelo. Ni se dan vuelta.
No dan bola. No son latinos. Entonces vos ves que no hay peligro cercano y
planeás la cosa. Vos tenés una situación privilegiada: estás solo. Tenés
tiempo. Tenés guita...
P: —No
como acá.
H: —Claro.
Además ahí no te juna nadie. No hay quemo posible. Entonces por ahí te vas un
poco al mar, nadás, hacés la plancha. Y cuando volvés, ves que la mina está
leyendo. En la reposera, pero leyendo. Entonces vos, desde tu puesto de
vigilancia, ni muy cerca, ni muy lejos, te ponés también a leer. Por ahí te dan
ganas, ¿viste?, de largar todo a la mierda, cazar un bote, alquilar un
catamarán y disfrutar un poco en lugar de andar sufriendo por una mina por
ahí... Pero claro, cuando la mirás y por ahí le ves mover una piernita...
P: —Venís
muerto.
H: —Lógico.
En eso la mina se levanta y se va para un barcito que hay en la playa, muy
bacán. Ese es el momento, es el momento... Lo que vos me pedías que te
explicara.
P: —Claro.
Porque si no es muy fácil.
H: —Vos
vas y te sentás al lado. Ya sin hacerte tanto el boludo, ya, ya en la lucha, y
ahí vas a los bifes. Le preguntás, por ejemplo: "¿Usted es
norteamericana?". En un tono monocorde. Casi, digamos, periodístico. Sin
sonrisitas ni nada de eso. Ahí la mina te mira un momento, fijamente, y es
cuando...
P: —Te
cagás en las patas.
H: —¡Claro!
¡Claro! Porque ese es el momento crucial. Ahí se juega el destino del
país. Si la mina se hace la sota y mira para otro lado... o si dice
"sí", caza el vaso y se va a la mierda, perdiste. Perdiste
completamente. Pero no. La mina te mira, dice "sí". "Sí, ¿por
qué?". Y se sonríe.
P: —¡Papito!
H: —¡Papito!
¡Vamos Argentina todavía! ¡Se viene abajo el estadio! ¿Viste esas minas que son
serias, que no se ríen ni de casualidad, pero que por ahí se sonríen y es como
si tuviesen un fluorescente en la boca? ¿Que vos no sabés de dónde sacan tantos
dientes? Una cosa...
P: —Como
Farrah Fawcett.
H: —Sí.
Que es una particularidad de las modelos. Están serias, de golpe le dicen
"sonreí" y ¡plin!, encienden una sonrisa de puta madre que no sabés
de dónde la sacan... Bueno, la mina te mira, te dice "Sí, ¿por qué?"
y...
P: —Te
da el pie.
H: —Claro.
Te da el pie, para colmo. Entonces vos decís "permiso", el barrio es
el barrio, y te sentás en el taburete de al lado y entrás al chamuyo...
P: —Muy
facilongo lo veo.
H: —Lo
que pasa es que la mina está con vos. Está con vos. La mina ya tiene
decidido que te va a dar bola. No va a andar haciendo las boludeces de hacerse
la estrecha o esas cosas. Es una mina que está en el gran mundo internacional y
sabe lo que quiere. La mina va a los bifes. No se regala, pero va a los bifes.
Si le gusta un tipo le da pelota de entrada y a otra cosa.
P: —Eso
es cierto. Esas minas son así.
H: —Entonces
vos empezás el chamuyo. Ya tranquilo. Ya gozando la cosa, porque sabés que la
cosa viene bien, ya estás en ganador. Garpás los tragos, tirás unas rupias
sobre el mostrador al grone y te vas con la mina para las reposeras. Y vos ves
que los tipos te junan como diciendo "hijo de puta, se levantó el avión
ese". Pero vos, un duque, fumás, te hacés el sota y la ves caminar a la
mina delante tuyo...
P: —Bueno...
el peor momento ya ha pasado.
H: —En
fin. Entonces escuchame cómo es la milonga, la milonga del día perfecto: un
poco de natación, el mar, las olas, te alquilás un catamarán... y a eso de las
seis o siete de la tarde, te mandás al bar y te das algún trago largo...
P: —Un
ron Barbados.
H: —Fijate,
fijate... preferiría mejor un gin-tonic. Un gin-tonic.
P: —Loco,
eso pedilo en Mombasa. En algún boliche de esos. Pero no te pidás un
gin-tonic en un lugar así. Con esa mina...
H: —Grave
error. Grave error. ¿Qué tomaban los tipos que aparecen en la novela de
Hemingway, de esas en el Caribe, Islas en el Golfo, por ejemplo?
P: —Bacardí.
H: —¡Bacardí! ¡Y
gin-tonic! Gin-tonic, mi amigo. Pero la cosa no es esa.
No es que pidas tal o cual trago. La cosa es que no vayas a pedir algo que te
tire a la lona. Tenés que pedir algo que más o menos sepas que te la
aguantás. Mirá si todavía que ya tenés la mina en casa te levantás un pedo que
flameás o te descomponés y después andás con diarrea, te cagás ahí en el lobby
del hotel.
P: —Vomitás.
H: —Vomitás.
Le vomitás las pilchas a la mina. Un asco, un asco. No, no. Un gin-tonic y la
mina pide una cosa así. Ahí charlás un ratito. La mina muy piola. Muy bien. Muy
agradable. Simpática.
P: —Muy
bien la mina.
H: —Sí,
sí. Una mina de unos 26 o 27 años. No una pendeja. Casada. Bien en su
matrimonio. Bien. Que sabe lo que está haciendo. La mina quiere pasar bien esa
noche y a otra cosa.
P: —Claro.
H: —Claro.
Ninguna complicación. No es de las que te van a hacer un quilombo al día
siguiente ni nada de eso. La mina sabe cómo son estas cosas.
P: —No.
No se te va a venir a la Argentina tampoco.
H: —¡Nooo! ¡No!
No es de esas que agarran el teléfono y te dicen "arribo a Fisherton
mañana". Y se te arma tal despelote. No es nada de eso. Entonces...
P: —Entonces.
H: —Entonces
te vas con la mina a la habitación del hotel.
P: —¿A
la tuya o a la de la mina?
H: —A
cualquiera. No, mejor le decís a la mina que vaya a su habitación y vos te
vas a la tuya y te das una buena ducha.
P: —Te
sacás toda la arena.
H: —Claro,
te sacás la arena. Los moluscos que se te hayan quedado pegados. Y te vas a la
pieza de ella... y bueno ahí, viejo, ¿para qué te cuento? Te echás 20, 25
polvos. Cualquier cosa.
P: —¿Veinticinco,
che?
H: —Bueno...
dejame lugar para la fantasía. Bah... te echás 5, 6. De esas cosas que ya los
dos últimos la mina te tiene que hacer respiración boca a boca porque vos estás
al borde del infarto...
P: —Sí.
Que ya lo hacés de vicioso.
H: —Hay
un país detrás tuyo. No es joda.
P: —Muy
lindo, che. Muy lindo.
H: —No.
No. No. Ahora viene lo interesante. Porque yo te digo una cosa. Te digo una
cosa... eh... Pipo. Te digo una cosa, Pipo: el mundo ha vivido equivocado. El
mundo ha vivido equivocado. Yo no sé por qué carajo en todas las películas el
tipo, para atracarse la mina, primero la invita a cenar. La lleva a morfar a un
lugar muy elegante, de esos con candelabros, con violinistas. Y morfan como
leones, pavo, pato, ciervo, le dan groso al champán... Yo, Pipo, yo, si hago
eso... ¡me agarra un apoliyo! Un apoliyo me agarra, que la mina después me
tiene que llevar dormido a mi casa y tirarme ahí en el pasillo. O si no me
apoliyo me agarra una pesadez, un dolor de balero. Eructo.
P: —Y
eso no colabora.
H: —No.
Eso no colabora. Por eso te digo. El mundo ha vivido equivocado. Yo no sé cómo
hacían los galanes esos de cine que se iban a encamar después de comer.
P: —Es
la magia del cinematógrafo, Hugo. Hay que admitirlo.
H: —Pero
en este día perfecto que te digo yo, vos terminás de echarte los 15 polvos con
la rubia, te levantás hecho un duque. Te pegás una flor de ducha, cosa de
quitarte de encima los residuos del pecado y, ¿qué pasa? Tenés un hambre de la
puta madre que lo parió. ¡Loco! No comés desde el desayuno que picaste alguna
boludez. Y después no almorzaste porque el tipo que está de cacería no puede
permitirse andar con sueño y hecho un pelotudo. Entonces, entonces... imaginate
bien, eh. Prestá atención. Te empilchás livianito. La mina también. Ya es de
noche. Está fresquito. No hay el calor puto que suele haber acá. Ahí refresca
de noche. Vos como un duque pedís el morfi a la habitación. ¡Imaginate vos!...
Vos ahí te sentís Gardel. Acabás de encamarte con una mina de novela. Estás en
un lugar de puta madre, tenés un hambre de lobo... entonces te hacés traer un
vino blanco helado, pero bien helado, de esos que duelen acá.
P: —Ahí
es cuando uno se empieza a reír de cualquier pavada.
H: —¡Eso!
¡Claro! Que te reís de cualquier cosa... y ahí te vas al sobre con la rubia ya
sin ningún apetito de ningún tipo, solo a disfrutar de la catrera. Te vas
hundiendo en el sueño. Te vas hundiendo. Está fresquito. Entra por la ventana
la brisa del mar. Oís el ruido del mar. Y un poco la música de abajo... (Pausa).
Cobrame.