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1/3/21

ADÁN Y EVA. De Salvador Novo



 


































ADÁN Y EVA
De Salvador Novo



EVA
Debí figurármelo. Aquí metido, como siempre, jugando solitario. ¿Desde qué hora
estás aquí? No tienes conmigo ninguna consideración. Me dejas todo el peso de la
casa. Los muchachos te buscaban, siquiera para despedirse, ya que cuando llegaron
de visita dormías la siesta. Salimos a buscarte al jardín, lo cual, a esta hora, es
peligroso, bien lo sabes. Tuve que excusarte de cualquier modo. Y claro, tú aquí,
muy quitado de la pena, ¡jugando solitario!
ADÁN
Perdóname, mujer.
EVA
Llevo siglos de hacerlo. Me paso la vida perdonándote. (Pausa. Se acerca.) ¡Ah,
no! ¡Hiciste trampa! ¡Esta reina no va sobre el jack! ¡Con razón te sale este solitario,
y a mí nunca!
ADÁN
Yo creí que tú nunca jugabas solitario.
EVA
No lo prefiero como tú, que es distinto. A mí me gusta la compañía de mis
semejantes, la conversación, la sociedad. Tú en cambio, eres capaz de aislarte, de
abstraerte, aun en medio de una reunión. Debe ser cosa de tu origen, tan... singular.
ADÁN
¿Me lo reprochas?
EVA
No. Te lo ofrezco, o me lo ofrezco, como una posible explicación de esa, y de
tus otras singularidades.
ADÁN
Debes tener razón. Uno vuelve siempre a su origen, en la vejez. Es posible que
yo todavía añore de vez en cuando, después de todos estos siglos de dicha conyugaly de patriarcal abundancia, los breves días en que desperté a una existencia muda y
solemne en el jardín del edén. No tuve entonces para aislarme, para abstraerme,
necesidad de jugar solitario. Ni más compañía que la sumisa de los animales, a
quienes iba bautizando conforme se acercaban, maravillados, a conocerme.
EVA
¿Ahora eres tú quien me reprocha que haya llegado a acompañarte?
ADÁN
Bien sabes que no. En todo caso, no fue culpa tuya. Ni mía.
EVA
Sí, sí me lo reprochas. Lo percibo en tu tono, de falsa resignación; en el empleo
anacrónico de la palabra “culpa”. Culpa la empezó a haber después: cuando al
vernos desahuciados del Paraíso, caímos sin remedio en las definiciones y los
sofismas de los juristas. Fue entonces cuando se originó toda una terminología
enredada, incomprensible, de infracciones y sanciones, delitos y castigos, crímenes y
penas, pecados y penitencias.
ADÁN
¿Y de quién fue?
EVA
¿De quién fue qué?
ADÁN
La culpa.
EVA
¿La culpa de qué?
ADÁN
De que hubiera culpa; y en consecuencia, castigo.
EVA
Tus hijos se han pasado la vida demostrando que mía, lo sé. Y haciendo
penitencia por ello, fundando órdenes religiosas, fraguando ceremonias;
mortificándose. Y finalmente, consultando a los psiquiatras. Son unos masoquistas. Y
unos tontos. Siguen atribulados por el pecado original, aun después de siglos de
haber perdido ese pecado originalidad.ADÁN
Dices “tus hijos”, como si fueran sólo míos. Y en tono en que no se diría que me
los atribuyes, sino que me los imputas.
EVA
A jugar de nuevo con las palabras. Que las mujeres no podamos ser
académicas, ustedes lo interpretan como una privación que nos infligen, cuando no
es más que un privilegio que se nos debe. Tú empezaste, lo sé; y tus hijos –sí, tus
hijos- siguieron dando nombre a las cosas: a los animales primero, luego a los
objetos inertes de la Creación. ¿Pero qué sería de la Gramática sin el verbo? Y el
verbo, no lo olvides, yo fui la primera en conjugarlo. Por ti, las cosas se habrían
quedado en sustantivos; cuando mucho, en adjetivos.
ADÁN
¿No crees que es un tanto excesivo tu empeño en demostrar una superioridad
que nadie te discute? Excesivo y extemporáneo. Y verboso.
EVA
En otras palabras, quieres que me calle.
ADÁN
No aspiro a tanto. Pero sí podríamos, de vez en cuando, pasar una velada
tranquila, sin discusiones, ni disputas, sin reproches.
EVA
Tú descifrando un crucigrama –el perro a tus pies- y yo haciendo calceta, y
cambiando de vez en cuando los discos, ¿no es eso? ¿Es así de moderna tu idea de
la felicidad conyugal?
ADÁN
Pues no le veo nada de malo, francamente. Millones de nuestros hijos se
ganan, como yo, con el sudor de su frente, el tranquilo derecho a una dicha
semejante.
EVA
¡Pero si tú supieras lo que piensan de nuestros hijos nuestras hijas!
ADÁN
No necesito esforzarme mucho. Hace siglos que te adivino el pensamiento.
EVA
Ahora soy yo quien te pide perdón.ADÁN
Y yo lo otorgo gustoso. Ya estoy acostumbrado. ¿Quieres tus barajas?
EVA
No. Guárdatelas. Esas ya no me sirven. Bien sabes que en el bridge se
necesitan cartas nuevas, y dos juegos. Pero ahora no esperamos a nadie, además.
Abel y Caín siguen distanciados, a pesar de que sus mujeres se llevan bastante bien,
y han tratado por todos los medios de reconciliarlos. Pero hasta ahora no he logrado
que accedan a reunirse los cuatro aquí. Y es lástima. La mujer de Abel, y Caín hacen
siempre un cuarto excelente.
ADÁN
Sigues prefiriendo a Caín.
EVA
Es tan hijo mío como Abel. Una madre no puede hacer distingos entre sus hijos,
hagan lo que hagan. ¿Y quién te dice que no sea tú el culpable de que Caín no
quisiera a su hermano?
ADÁN
¡Yo!
EVA
Tú, sí. Lo consentías mucho. Porque era el primogénito. Como si el azar de
llegar primero diera un derecho, un privilegio especial.
ADÁN
Primero en tiempo, primero en derecho.
EVA
Pues ya ves que no.
ADÁN
¿Cómo que no?
EVA
Yo llegué después. Caín nació después que Abel. Y el derecho –mejor que tú y
que Abel-, lo hemos establecido nosotros. Cada cual con su fuerza.
ADÁN
No voy a discutir contigo. Es insensato lo que afirmas,. Además, tienes una
manera de salirte por la tangente, de dar a un asunto el sesgo que te conviene... Te
reprochaba esa preferencia notoria que muestras por Caín –bien sabes lo que hizo- yme sales con que yo prefiero a Abel, como si en todo caso no hubiera éste sido la
víctima.
EVA
¿Víctima? ¡Tu papel predilecto!
ADÁN
De la envidia de su hermano. Del sentimiento más bajo que el hombre puede
germinar. Y de mí no puede haberlo heredado.
EVA
Pues de mí, menos. Yo no he sentido nunca envidia de nadie.
ADÁN
Tal vez no en esa forma.
EVA
¿Y en qué otra? ¿Sugieres que haya otra?
ADÁN
Creo que sí. Los celos se parecen mucho a la envidia.
EVA
¿Y yo soy celosa? ¿Es eso lo que insinúas?
ADÁN
No lo insinúo. Lo afirmo. Tú puedes haberlo olvidado ahora. Es explicable. Te
has conservado joven y hermosa –con todos los secretos de la botánica a la
disposición de tu periódico rejuvenecimiento mientras yo envejezco y me invalido.
Pero acuérdate de los primeros tiempos después del desahucio, cuando tuve que
empezar a ganarme la vida trabajando. Llegaba a veces tarde, y te encontraba de un
humor imposible, llena de sarcasmos y de reproches e indirectas. Pronto lo
comprendí. Estabas celosa. Eres celosa.
EVA
¡Pero si no había más mujer que yo! ¿De quién iba a estarlo?ADÁN
De la posibilidad de que la hubiera. No creas que haya olvidado la noche que te
sorprendí, cuando me creías profundamente dormido...
EVA
¿Registrando tu ropa?
ADÁN
No. Contándome las costillas.
EVA
Ahora eres tú quien lleva la conversación donde le conviene. Interpretas la
Historia a tu antojo.
ADÁN
La Historia no. Nuestra vida privada no ha hecho la Historia. Constituye
apenas la anécdota, y es lamentablemente igual desde entonces en todos los
matrimonios. Es muy propio tuyo, exagerar la importancia de tu papel. Pero si vamos
a examinar la Historia –la han hecho más mis hijos que tus hijas-. Eso tienes que
admitirlo.
EVA
Ahí vas de nuevo con tus reminiscencias. Envejeces, Adán.
ADÁN
Concedido. Envejezco. Y no hago ya la Historia. Pero siguen haciéndola, y la
han hecho siempre, mis hijos.
EVA
Pues según a lo que llamemos Historia. Tú, inventor del lenguaje, y de la
metáfora, padeces una innata grandilocuencia, ella te arrastra a estimar como
Historia lo que tus hijos más pedantes llaman los Grandes Hechos. Y estos grandes
hechos teatrales, admito que los han perpetrado más tus hijos que mis hijas. Han
sido los Genios.
ADÁNEntre los cuales bien sabes que no ha habido una sola mujer.
EVA
Pues sólo eso faltaba. Las mujeres somos seres normales. Eso que llama
Genio es patológico y desagradable. Una criatura de ocho años que toca el piano, un
sordo que compone sinfonía. Ninguna mujer que se respete es capaz de semejantes
aberraciones.
ADÁN
¡Aberraciones!
EVA
A nosotras, las cosas nos ocurren, o nos sobrevienen, a su debido tiempo: son
ustedes los eventualmente desajustados: o precoces, o retrasados: o niños prodigio,
o viejos verdes.
ADÁN
Tienes del genio una idea digamos que poco genial. Lo confundes con el
talento, lo cual no sólo pone el tuyo en entredicho, sino que explica la ausencia
absoluta, en la Historia, de mujeres geniales.
EVA
Quizá tú puedas ilustrarme al respecto. Me asombraría, pero está visto que no
hay nada imposible. Si ni Mozart ni Beethoven te parecen genios... Y si Marie Curie
no era mujer...
ADÁN
Has mencionado a la única que puede legítimamente aspirar el título de genio.
Pero a dos que evidentemente no lo son –más que para las mujeres: el niño prodigio
y el sordo músico. Ninguno de ellos califica, porque un genio trasciende la simple
utilización talentosa, o precoz, o ejercida en condiciones adversas, de lo que ya
existiera antes de él –y ellos no inventaron ni descubrieron la polifonía.
EVA
Pero, si no me equivoca, Beethoven la llevó a culminaciones antes no
sospechadas. Y conste que a mí, personalmente, no me gusta nada.
ADÁNPrefieres a Tschaikowsky, claro. O a Chopin. Te han de parecer otos tantos
genios.
EVA
Eres tú quien sacó a colación a los Grandes Hombres, sus grandes hechos.
Eres tú quien para explicarse la Historia, necesita apoyos humanos, puntos
culminantes de comparación. A mí no me hacen falta. Desde un principio, sé muy
bien que cualquier hazaña o descubrimiento que realicen los hombres, la hacen
como una pobre compensación por lo que les está vedado cumplir de otro modo. Y
me dan lástima. Más lástima mientras mayor o más heroico es su descubrimiento o
su hazaña. Porque tanto mayor ha de ser la privación que así se esfuerzan en
compensar.
ADÁN
Así que cuando yo descubrí –digamos el hacha, y el fuego, y la flecha, y la
cueva que fue nuestra primera habitación -, ¿lo hice en vez de otra cosa?, ¿por qué
no podía realizar otra? ¿Y cuál?, ¿puedes decírmelo?
EVA
No pensaba precisamente en ti, ni en aquellas casualidades que con tu
habitual jactancia llamas tus descubrimientos; pero acepto el reto. Echabas de
menos el Paraíso, con todas sus elementales comodidades. Hubieras querido ser
Dios. Y como esto no era posible, te empeñaste en elevar el status del hombre lo
más cerca posible de la divinidad. Dios habría creado el mundo; tú te empeñarías en
descubrirlo. Tendrías así la ilusión gratificadora de que lo creabas. Aun a sabiendas
de que ya estaba ahí: América detrás del océano, el protón y el neutrón adentro del
átomo.
ADÁN
Me pregunto si al razonar así no evidencias el fruto de lecturas
inconvenientes, y la asimilación nociva de ideas históricas que ahora comprendo que
te cautiven, puesto que te convienen.
EVA
¿Cuáles?
ADÁN
Las que disputan a los héroes la confirmación de la Historia, que en cambio
atribuyen a las fuerzas anónimas de la naturaleza, o de aquella Naturaleza en
desorden y en degeneración que es la sociedad.
EVADivagas. Ahora mencionas a los héroes, cuando hablábamos de los genios, si
no recuerdo mal.
ADÁN
Es casi lo mismo. Con la ventaja para ti de que, al amplificar hasta los héroes
el campo de nuestra conversación, admito en él a una que otra hija tuya. A Juana de
Arco, por ejemplo.
EVA
Muchas gracias, pero declino tu regalo. Las heroínas me parecen tan
aberrantes como tus genios. No las tengo por hijas mías. Pienso que también ellas
procedieron así porque se avergonzaban de su sexo, y porque sus hazañas viriles
las compensaban tristemente de otros déficits importantes.
ADÁN
Muy bien. Dejémoslas fuera. Yo no me empeño ciertamente en walkirizar la
epopeya. Pero permíteme reanudar el análisis de tu pensamiento –o mejor, de tu
sentimiento.
EVA
Me acusabas de lecturas inconvenientes.
ADÁN
Y de ideas disolventes e inconsistentes.
EVA
Acabarás por demostrar que soy comunista. ¿Eso es lo que te propones?
ADÁN
No sería nada extraño que llegáramos a esa conclusión. Se habla allá en la
tierra del Paraíso Soviético.
EVA
Pero no se sabe que haya en él una Eva.
ADÁNEsa es su paradoja. Y la tuya. Pero no me interrumpas. Desde hace mucho
tiempo, nuestros hijos hacen la Historia tratando de explicársela. Y le buscan
responsables. Endiosan así, unos, a los héroes; otros, a las masas en que se apoyan
o comandan esos héroes. Yo tomo decididamente el partido de los primeros. Creo,
con mi hijo Carlyle, que no hay nada más admirable que los Grandes Hombres, mis
grandes hijos que han tratado de honrar mi nombre.
EVA
Tu grande nombre. Dilo de una vez.
ADÁN
Pero hay los que creen en las fuerzas. Y éstos piensan como tú, o tú como
ellos. Hegel, con su teoría dialéctica de la Historia, creía en las “fuerzas”, e inspiró a
Marx, que a su vez inspiró a Lenin. También para Spencer la Historia era una
evolución social, una marcha desde el gregarismo indiferenciado y primitivo, hasta la
heterogeneidad social más compleja. Y para Taine, y en estos tiempos, para James
Harvey Robinson. Me satisface ver que Arnold Toynbee haya en estos tiempos tan
permeados por las masa, emprendido la lúcida exposición de la potencia de la élite, y
de sus grandes líderes –para emplear una palabra que disfraza de overall a los
genios y a los héroes.
EVA
Me aburres, Adán. Das vueltas y vueltas en torno de las más sencillas ideas,
para complicarlas. ¿Por qué no lo dices clara y rotundamente? ¿Por qué no dices
que tú crees en los héroes, en los genios y en los líderes con la misma ingenuidad; y
que yo los niego mientras tú los exaltas; tú, porque te reconoces halagado, en ellos;
yo porque los desnudo –porque los reconozco desde al nacer- y ultimadamente,
porque sin mí ni siquiera hubieran nacido?
ADÁN
Pero si es eso precisamente lo que digo. Sólo que yo acostumbro apoyar mis
afirmaciones en premisas, en antecedentes. Yo soy lógico.
EVA
Digamos mejor que eres sofista. Porque soslayas en tus cuentas una premisa
indispensable: mi colaboración en tus empresas, la de mis hijas en las heroicas de
tus hijos. Revisa tu Historia a esa luz, y verás cómo todo cambia, y yo tengo razón al
tomar el partido de los que reconocen las fuerzas como el único motor del progreso
humano; no a los héroes.ADÁN
Me place. Revisémosla juntos, si te parece.
EVA
Es un poco cansado, pero puesto que no se te ocurre modo mejor de
divertirnos y pasar la velada...
ADÁN
Por favor, Eva. Ya no estamos en edad de otros modos.
EVA
Yo sí. Recuerda que soy más joven que tú.
ADÁN
Mi hija, lo sé. Mi “by product”.
EVA
Deuda inicial que he pagado con réditos excesivos durante muchos siglos, si
me haces favor. Y devolviéndote con creces la pequeña mutilación que me dio origen
en tu anatomía torácica. Lo que tú estableciste fue simplemente un mecanismo
quirúrgico de la reproducción, que yo he perfeccionado. ¡Mira por dónde puedo
empezar a defender mi tesis y a pulverizar la tuya! Tú mismo, y tus genios
predilectos, no habéis en fin de cuentas sido otra cosa que los intermediarios.
ADÁN
¿Intermediarios? ¿Entre qué y qué?
EVA
Entre Dios y el Tiempo. O si quieres entre el origen y el progreso, o entre la
Naturaleza y la Ciencia, o entre la Muerte y la Vida.
ADÁN
¿Podrías decirme de qué modo?
EVADe muchos modos; pero ciñámonos al de tus pretendidos descubrimientos. Te
jactas de haber descubierto el fugo, por ejemplo. Y convengo en ello. Pero fui yo
quien lo aplicó al beneficio de tu comida caliente. Que es el más perdurable y útil de
sus empleos. Por ti, ahí hubiera acabado todo. Te habrías puesto a cantar victoria, y
Eureka, como aquel imbécil que dio en el baño con la fórmula que buscaba.
ADÁN
¡De suerte que yo no descubrí el vapor –ni la electricidad- ni el petróleo, ni
fundé la industria!
EVA
Nadie lo niega –aunque es cosa que lejos de satisfacerte, debería
avergonzarte, y de que yo, en tu lugar, no me jactaría-. Pero he sido yo quien
humaniza y hace verdaderamente útiles y de empleo general tus inventos y tus
descubrimientos. Hablabas del vapor. Pensabas sin duda, con arrobo y admiración
en el niño James Wyatt, absorto ante la tetera en ebullición de su madre. De ahí
nació observador y precoz, la madre que le preparaba un buen té.
ADÁN
¡Vaya una idea!
EVA
No me interrumpas. Cada descubrimiento tuyo, lo has considerado final y
excelso. Yo lo rebajo a la provisionalidad de las cosas útiles y prácticas para seguir
adelante con las comodidades de la vida ordinaria, que la embellecen y la hacen
soportables. Tu descubrimiento de la fuerza nuclear, por ejemplo. Igual que cuando
descubriste el fuego. No se te ocurrió más que incendiar nuestra choza, y el bosque.
Si no es por mis cántaros de agua... Ahora has hecho una bomba. Tienes en las
manos, o lo crees, el secreto último de la energía universal. Y no se te ocurre mejor
modo de celebrarlo, que hacerla estallar en Hiroshima, y destruir, destruir... Por
fortuna yo estoy aquí todavía y todo puede rehacerse, repoblarse.
ADÁN
Pones ejemplos extremos.
EVA
Porque tú los abordas siempre, los extremos. Te dejas llevar por aquel instinto
de la muerte que descubrió otro de tus hijos más antipáticos –el tal Freud-. Yo soy en
cambio la depositaria del instinto de la inmortalidad. La paradoja está en que túinmortalizas –o lo procuras- con monumentos y con biografías y con honores,
precisamente a aquellos de tus hijos que para alcanzar la inmortalidad, eligieron el
circunloquio aberrante de la muerte. Mientras que yo me encargo de perpetuar la
especie menos notoria de los que, a singularizarse por un hecho grandioso, prefieren
cuerdamente vivir en el anónimo perdurable de la verdadera inmortalidad.
ADÁN
Hablas de paradojas. Y te pronuncias por un anonimato histórico que
comprueba tus inconscientes inclinaciones comunistas. Pero permíteme señalar que
en tu Paraíso Soviético, que es la tierra en que prevalecen esas ideas
antiindividualistas de la Historia; donde se propala el valor de las masas por encima
del hombre y de su acción particular, se da la paradoja de que un Lenin o un Stalin
reciban una adoración personal que ningún héroe, genio o gran hombre ha recibido
nunca –ni Alejandro, ni César, ni Napoleón, ni por supuesto, Colón, ni Marco Polo- o
Cortés, o Shakespeare, o Cervantes, o Miguel Ángel.
EVA
Lo admito. Pero eso no prueba más que la estupidez –antes, de los
capitalistas; y hoy, de los comunistas. Todos tus hijos, y todos, claro, con algún aire
de familia.
ADÁN
Mitad y mitad, si te parece.
EVA
Tú has sido siempre la mitad más grande. A mí me llamas tu cara mitad –y así
me calificas. Y te calificas también un poco a ti mismo como tacaño, cuando me
encuentras “cara”. Has tenido siempre un modito molesto de recalcar mi condición de
parásito. Dices: “a mi costa”, y “a mis costillas”. No creas que no me ofende.
ADÁN
Pero ya no hay razón, si alguna vez la hubo. Tus hijas han conquistado
derechos cívicos que las igualan a mis hijos. Trabajan, como ellos. Son dueñas de su
vida, disfrutan de su libertad.
EVA
Y pueden divorciarse.
ADÁN
Es en lo único que no te les pareces.
EVALo dices como si lo lamentaras.
ADÁN
Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees?
EVA
En todo caso, y aun cuando ya ni tú ni yo en lo personal podamos aprovechar
esta situación, es confortante y satisfactorio para mí ver lo mucho que han
adelantado mis hijas. Ya ves .Hay en ello una nueva y plena corroboración de mi
tesis. Tus genios y tus grandes hombres descubren, por ejemplo, las instituciones.
Pero somos nosotras quienes las volvemos prácticas y útiles. Ustedes inventan el
Seguro de Vida. Y son tan tontos, que el modo como se les ocurre aprovecharlo es
muriéndose –dejando una viuda que lo disfruta. Siquiera deberían ser un poco
lógicos, y llamarlo Segura de Viuda.
ADÁN
Nadie discute tu superioridad... biológica; ya te lo he dicho. La tierra dura más
que los árboles. Hasta se petrifica, con el tiempo –y rescata a su seno, en forma de
fósiles, a los que fueron sus maridos o sus hijos. Eso, por desgracia, no la hace más
inteligente.
EVA
Confundes, querido, la inteligencia con la proclamación de la inteligencia.
Tomas literalmente el rábano por las hojas, o mejor dicho, las hojas por el rábano.
Nosotras no hemos necesitado proclamar la nuestra. Nos ha bastado ejercerla en la
forma irrefutable de la perduración. Consulta nuestro álbum de familia y dime. Ábrelo
en cualquier página. ¿Encuentras a Menelao más inteligente que Helena? ¿A
Agamenón que Clitemnestra? ¿A Laio que a Yocasta? ¿A Ulises que a Penélope?
ADÁN
Bien sabes que a esas familias no las tengo por nuestras. Las desconozco y
las desheredé a su tiempo. Profesaban ideas heterodoxas acerca de su origen. Me
ignoraron y se dieron un gobierno que llamaron olímpico, precursor de los que más
tarde inventaron las carteras ministeriales y la división del trabajo. Encargaron a un
dios, imagínate, de cada ramo del presupuesto. Y establecieron jerarquías en el
poder, como en las democracias. Y un Zeus investido de facultades extraordinarias
en todos los ramos. Pero incapaz, como los presidentes en las democracias, de
conjurar y reducir las argucias políticas de sus ministros y de sus ministras. Todo un
enredo, en el que sin embargo, los mayores trastornos y las crisis ministeriales las
provocaron, naturalmente, las mujeres.EVA
¿Trastornos? ¡Al contrario! Yo sí tengo por hijas mías a aquellas muchachas.
Heredaron y ejercieron mis dotes sagaces de organización, de amplitud de criterio,
de precisión sensata. ¿Qué el viejo verde de Zeus, razonablemente abochornado de
su decrepitud, se disfrazara para abusar de las jovencitas –de cisne, de toro, de
lluvia de oro- que es hasta la fecha el más usual y el más eficaz de los disfraces?
Bueno; pues aquella calaverada, aquella patética cana al aire, mis hijas la
transmutarían en un resultado feliz y positivo: el nacimiento de su semidiós o de un
héroe.
ADÁN
De un bastardo.
EVA
Así iba mejorando la raza.
ADÁN
No. Así aquellas paganas justificaban sus horrendas inclinaciones a la zoofilia.
EVA
Supongámoslo. Suele o puede haber animales más atractivos que ciertos
maridos. Lo curioso es que muchos siglos más tarde, la medicina haya acabado por
admitir y sancionar la ingestión por los hombres de los sueros y las hormonas de los
animales. Cuando menos, Europa, Leda y Dafne, las precursoras de la vacuna y de
lo hormonoterapia, se atuvieron a un tratamiento más directo y más placentero que
los comprimidos o las inyecciones.
ADÁN
Razón de más para que yo las repudie, con toda su historia. No,
decididamente, de Grecia no me hables. No es mi familia.
EVA
¿De Roma entonces?
ADÁN
Menos. Esos romanos fueron los nuevos ricos del continente, los precursores
de la ópera –y de Hollywood. Grandiosos, pero miserables. El circo, figúrate. Y el
Derecho Romano. Y un Nerón que era el remedo de Edipo, su caricatura lamentable.
EVABueno, pues. Omitamos a Roma. Aunque antes de descartarla, lo honrado
sería que declararas que la rechazas por las mismas prejuiciadas razones que a
Grecia; porque a Rómulo y Remo no los amamantó una nodriza normal, sino una
Loba. ¡Como si ello no los hiciera los precursores de la dietética moderna! ¿Quieres
que examinemos la Biblia? Allí sí has de reconocerte. Es el primer registro civil que
nos menciona, y tu primera biografía, tu “currículum vitae”.
ADÁN
Lo dices como si se tratara de una ficha signalética.
EVA
Algo hay de eso, ¿no?
ADÁN
Pero sobre la Biblia no cabe discusión.
EVA
No intento discutirla: sólo apoyarme en ella.
ADÁN
¿Para qué?
EVA
Para demostrarte que por ejemplo Judith y Dalila fueron más listas que
Sansón y Holofernes.
ADÁN
Si esa es tu idea de la inteligencia...
EVA
No nos entenderemos nunca, Adán. ¿Te parecen actos de inteligencia los
perpetrados por tus bíblicos hijos? ¿El sacrificio de Abraham, que no tiene mucho
que pedirle al de la hija de Agamenón? ¿El perdurable, enquistado resentimiento por
su origen acuático, que engendró en Moisés una introversión patológica que lo hizo
echarse irresponsablemente a buscar una tierra prometida; aislarse a meditar, como
cualquier Hitler en Berchstergaden, y salir con unas tablas de la Ley de cuya
perfección estaba tan poco seguro que prefirió atribuirle a su inspiración a Jehová, en
vea de declarar que eran su propio engendro? ¿El salvamento colectivo de Noé –tan
parecido a ala construcción moderna de refugios antiatómicos- para acabar por
embriagarse a la vista de sus hijos, perdiendo su respeto?ADÁN
Errar es humano. La biografía de los grandes hombres no puede hallarse
exenta de mácula o de culpa. Pero quedan sus grandes hechos para justificarlos.
Ese es su testamento, lleno de inspiración perdurable. La hay en el Antiguo tanto
como en el Nuevo: dame una mujer, una sola que haya logrado, por ejemplo, lo que
logró san Pablo, aquel Maestro de lo que los modernos publicistas llaman la
“promoción”. Muerto Jesús, sus discípulos se hallaron dispersos, confusos,
perseguidos. Pablo asumió su capitanía, su lideraje, y formó lo que puede llamarse la
más eficaz fuerza de venta de la historia: la fe cristiana, de la que hizo una fuerza
que acabaron por reconocer los poderes temporales. Dame, repito, una mujer bíblica
que haya hecho algo semejante.
EVA
¿Una? ¡Millones! Has caído en tu propia trampa. Quisiste jugar una carta de
triunfo, y esa carta te resulta una Epístola que desde hace mucho tiempo condensa y
resume la sabiduría de Pablo y la culminación de todo su genio organizador y
publicitario: la Epístola que les leen a nuestros hijos cuando los casan. Sacramento y
momento desde el cual en adelante, y todas las hijas de Eva mandan, cuando
parecen obedecerlos, sobre todo los hijos de Adán. ¿Puedes negarlo?
ADÁN
No tendría objeto. Decías bien. No nos entenderemos nunca.
EVA
Pero no lo deplores, querido. De habernos entendido, hace mucho que nos
habríamos separado. El divorcio que han inventado nuestros hijos no dimana como
ellos creen de la incompatibilidad eventual de sus caracteres, sino, precisamente, de
su compatibilidad. No tiene ya caso seguir juntos, si se piensa lo mismo, si se cree lo
mismo, si se lucha por lo mismo. Nuestro disentimiento es el secreto de nuestro
sentimiento, el perpetuo acicate de nuestra supervivencia. Tu con tus héroes, yo con
mis fuerzas anónimas, preservamos la Historia; que está hecha tanto de biografías
ilustres, brillantes, como de capítulos aburridos en que juegan las masad con su
hambre, con su miseria, con su estulticia, y con la gloria anónima y arrolladora de su
número. Yo puedo a veces profesar por los héroes una ternura visceral, mientras tú
rindes un homenaje analítico y cerebral que eleva las biografías al género de las
obras de arte. Pero la Historia no es artística. No lo es la gravidez, no lo es el parto.
Digamos, que una palabra, que una vida ilustre es perfecta y límpida como una
sonata, y que a ti te gustan, como los solitarios, las sonatas. Pero la Historia es una
suma de vidas. Una sinfonía que conjuga muchos temas, muchas ideas, que nos da
en su entraña una vislumbre de futuro y eternidad arraigada en el más antiguo
pasado. Y esa es mi música, mi polifonía, hecha denotas menudos, de silencios
breves, de gritos, de risas, de recuerdos y de esperanzas...ADÁN
¡Mi buena Eva!
EVA
¡Tonto! No me compadezcas. ¿Ves? Me has contagiado tu verborrea. Y se ha
ido el tiempo. Ya ni sé para qué venía a buscarte.
ADÁN
Dijiste que estuvieron aquí los muchachos. ¿Van a cenar con nosotros?
¿Invitaste a alguien?
EVA
No. Querían ir al cine y vinieron a disculparse. Cenaremos solos, a la hora que
gustes. ¿Tienes tu pipa? ¿Te traigo tus pantuflas?
ADÁN
No, no. Las nueve ya. ¿Qué hay para la cena?
EVA
Pie de manzana.
TELÓN






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