26/2/15

La noche de los asesinos José Triana

La noche de los asesinos
José Triana


A María Angélica Álvarez,
a José Rodríguez Feo.



Ay de tanto! Ay de tan poco! Ay de ellos!

César Vallejo               


...cada uno es para sí un monstruo de sueños.

André Malraux               


...este mundo humano entra en nosotros, participa en la danza de los dioses, sin retroceder, ni mirar atrás, so pena de convertirse como nosotros mismo: en estatuas de sal...

Antonin Artaud               



      ...Can we only love
Something created by our own imagination?
Are we all in fact unloving and unlovable?
Then one is alone, and if one is alone
Then lover and beloved are equally unreal
And the dreamer is no more real than his dreams.


T. S. Eliot               




PERSONAJES
 

LALO.
CUCA.
BEBA.

Los personajes, al realizar las incorporaciones de otros personajes, deben hacerlo con la mayor sencillez y espontaneidad posibles. Que no se empleen elementos caracterizadores. Ellos son capaces de representar el mundo sin necesidad de ningún artificio. Téngase esto en cuenta para la elaboración del montaje y dirección escénicas. Estos personajes son adultos y sin embargo conservan cierta gracia adolescente, aunque un tanto marchita. Son, en último término, figuras de un museo en ruinas.
   
Escenario: un sótano o el último cuarto-desván. Una mesa, tres sillas, alfombras raídas, cortinas sucias con grandes parches de telas floreadas, floreros, una campanilla, un cuchillo y algunos objetos ya en desuso, arrinconados, junto a la escoba y el plumero. Época: cualquiera de los años '50.
  




ArribaAbajoActo I
LALO.-  Cierra esa puerta.  (Golpeándose el pecho. Exaltado, con los ojos muy abiertos.) Un asesino. Un asesino.  (Cae de rodillas.) 
CUCA.-    (A BEBA.)  ¿Y eso?
BEBA.-   (Indiferente. Observando a LALO.) La representación ha empezado.
CUCA.-  ¿Otra vez?
BEBA.-   (Molesta.)   Mira que tú eres... ¡Ni que esto fuera algo nuevo!
CUCA.-  No te agites, por favor.
BEBA.-  Tú estás en Babia.
CUCA.-  Papá y mamá no se han ido todavía.
BEBA.-  ¿Y eso qué importa?
LALO.-  Yo los maté  (Se ríe. Luego extiende los brazos hacia el público en ademán solemne.)  ¿No estás viendo ahí los ataúdes? Los cirios, las flores... Hemos llenado la sala de gladiolos. Las flores que más le gustaban a mamá.  (Pausa.)  No se pueden quejar. Después de muertos los hemos complacido. Yo mismo he vestido esos cuerpos rígidos, viscosos..., y he cavado con estas manos un hueco bien profundo. Tierra, venga tierra.  (Rápido. Se levanta.)  Todavía no han descubierto el crimen.  (Sonríe a CUCA. Le acaricia la barbilla.)  Comprendo: te asustas.  (Se aparta.) Contigo es imposible.
CUCA.-   (Sacudiendo los muebles con el plumero.)   No estoy para esas boberías.
LALO.-  ¿Cómo? ¿Consideras un crimen una bobería? ¡Qué sangre fría la tuya, hermanita! ¿Es cierto que piensas así?
CUCA.-   (Convencida.)  Sí.
LALO.-  ¿Entonces qué es para ti importante?
CUCA.-  Ayúdame, chico. Hay que arreglar esta casa. Este cuarto es un asco. Cucarachas, ratones, polillas ciempiés..., el copón divino.  (Quita un cenicero de la silla y lo sitúa sobre la mesa.)  
LALO.-  ¿Y tú crees que sacudiendo con un plumero vas a lograr mucho?
CUCA.-  Algo es algo.
LALO.-   (Autoritario.)  Vuelve a poner el cenicero en su sitio.
CUCA.-  El cenicero debe estar en la mesa y no en la silla.
LALO.-  Haz lo que te digo.
CUCA.-  No empieces, Lalo.
LALO.-   (Coge el cenicero y lo coloca en la silla.) Yo sé lo que hago.  (Apuña el florero y lo instala en el suelo.) En esta casa el cenicero debe estar encima de una silla y el florero en el suelo.
CUCA.-  ¿Y las sillas?
LALO.-  Encima de las mesas.
CUCA.-  ¿Y nosotros?
LALO.-  Flotamos con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo.
CUCA.-   (Molesta.) Eso me luce fantástico. ¿Por qué no lo hacemos? Estás inventando una maravilla. Quien te oiga, ¡qué pensará! (En otro tono.)  Lalo, si sigues fastidiando, tendremos problemas...Vete. Déjame tranquila. Yo haré lo que pueda hacer y se acabó.
LALO.-   (Con intención.) ¿No quieres que te ayude?
CUCA.-  No le busques más los cinco pies al gato.
LALO.-  No te inmiscuyas en mis cosas. El cenicero, ahí. El florero, aquí. Despreocúpate... Eres tú quien trata de imponerse; no yo.
CUCA.-  ¡Ah, sí! ¡Qué lindo! ¿Ahorita soy yo la que me impongo? ¡Vaya, hombre! ¡Esto no tiene precio! ¿Que yo...! ¡Lalo, no sigas! El orden es el orden.
LALO.-  No hay peor sordo que el que no quiere oír.
CUCA.-  ¿Qué dices?
LALO.-  Lo que oíste.
CUCA.-  Pues, chico, no entiendo. Ésa es la pura verdad. No sé lo que te traes entre manos. Todo eso me parece sin pies ni cabeza. En fin, que me hago un lío tremendo y entonces soy incapaz de hacer ni decir... Además, es terrible, si es como me lo figuro. A nada bueno nos puede conducir.
LALO.-  ¿Otra vez el miedo? En el mundo, métetelo en esa cabeza de chorlito que tienes, para vivir tendrás que hacer muchas cosas y entre ellas olvidar que existe el miedo.
CUCA.-  ¡Como si eso fuera tan fácil! Uno es decir y otro vivir.
LALO.-  Pues intenta que lo que digas esté de acuerdo con lo que vivas.
CUCA.-  No me atosigues. Déjate de sermones, que eso no te sienta bien.  (Sacudiendo una silla.) Mira cómo está esta silla, Lalo. ¡Quién sabe cuánto tiempo hace que no se limpia! Hasta telarañas, qué horror.
LALO.-  Qué barbaridad. (Arrimándose a ella cautelosamente, sarcástico.)   Los otros días me dije: «Debemos limpiar»; pero, después nos entretuvimos en no sé qué y..., fíjate, fíjate ahí...  (Pausa. Otro tono.)  ¿Por qué no pruebas?
CUCA.-   (Casi de rodillas junto a la silla, limpiándola.) No me impliques en eso.
LALO.-  Arriésgate.
CUCA.-  No insistas.
LALO.-  Un ratico.
CUCA.-  Yo no sirvo.

(BEBA, que estaba en el fondo, limpiando con un trapo algunos muebles viejos y cacharros de cocina, avanza hacia el primer plano con una sonrisa hermética. Sus gestos recuerdan por momentos a LALO.)

BEBA.-  Veo esos cadáveres y pienso que sueño. Un espectáculo digno de verse. Se me ponen los pelos de punta. No quiero pensar. Jamás me he sentido tan dichosa. Míralos. Vuelan, se disgregan.
LALO.-   (Como un gran señor.) ¿Han llegado los invitados?
BEBA.-  Subían las escaleras.
LALO.-  ¿Quiénes?
BEBA.-  Margarita y el viejo Pantaleón.

(CUCA no abandona su labor; aunque, a veces, se queda abstraída contemplándolos.)

LALO.-   (Con desprecio.) No me gusta esa gente.  (En otro tono.)  ¿Quién les avisó?
BEBA.-  ¡Qué sé yo!... ¡No me mires así! Te juro que no he sido yo.
LALO.-  Entonces, fue ella.  (Señala a CUCA.) Ella.
CUCA.-   (Limpiando todavía el mueble.) ¿Yo?
LALO.-  Tú, sí. Mosquita muerta.
BEBA.-  A lo mejor fueron ellos los que decidieron venir.
LALO.-   (A BEBA.)  No trates de defenderla.  (A CUCA, que se levanta y se limpia el sudor de la frente con el brazo derecho.)  Tú siempre espiándonos.  (Comienza a girar en torno a CUCA.)  Asegurándote de nuestros pasos, de lo que hacemos, de lo que decimos, de los que pensamos. Ocultándote detrás de las cortinas, las puertas y las ventanas...  (Con una sonrisa despectiva.)  La niña mimada, la consentida, trata de investigar.  (Entre carcajadas.)  Dos y dos son cuatro. Sherlock Holmes enciende su pipa lógica. (En un exabrupto.)  Qué basura...  (Suave, como un gato en acecho.)  Nunca estás conforme. ¿En qué andas...? ¡Cuéntamelo!
CUCA.-   (Llena de miedo, no sabe cómo entrar en el juego.) Yo, Lalo, yo, al fin y al cabo...  (Bruscamente.) No la cojas conmigo.
LALO.-  ¿Qué buscas, entonces? ¿Por qué te mezclas a esa gente miserable?
CUCA.-   (Con los ojos llenos de lágrimas.) Si quieres que te demuestre que yo no tenía ninguna intención...
LALO.-  Eso es lo que no te perdono.
CUCA.-   (Tratando de seguir en el juego. Con cierta soberbia.)  Son mis amigos.
LALO.-   (Con furioso desdén.)  Tus amigos. Me das lástima.  (Con una sonrisa triunfal.)  No creas que me engañas. Es estúpido. Haces el ridículo. Te opones y pretendes esconderte lo mismo que la gatica de María Ramos.  (Cínico.)  Ya sé que te falta valor para enfrentar las cosas como son...  (Pausa. Otro tono.)  Si eres nuestra enemiga, enseña tus dientes: muerde. Rebélate.
CUCA.-   (Fuera de juego.)   No sigas.
LALO.-  Hazlo.
CUCA.-  Me sacas de quicio.
LALO.-  Ten coraje.
CUCA.-    (Sofocada.) Perdóname, te lo suplico.
LALO.-   (Imperativo.) ¡Lánzate!
BEBA.-   (A LALO.) No la atormentes.
LALO.-   (A CUCA.)  Dame tu rostro.
CUCA.-  Me da vueltas la cabeza.
LALO.-  Ponte frente a frente.
CUCA.-  No puedo.
BEBA.-   (A LALO.) Déjala un rato.
CUCA.-   (Sollozando.)  No tengo la culpa. Soy así. No puedo cambiar. Ojalá pudiera.
LALO.-   (Molesto.)  ¡Qué comebolas eres!
BEBA.-   (A CUCA.)  Ven, chiquilina...  (La aparta y la acompaña hasta una silla.)  Sécate esas lágrimas. ¿No te da vergüenza? Él está en lo cierto y tu atrevimiento es culpable.  (Pausa. Le alisa los cabellos con las manos.)  A ver...  (Muy amable.)  No pongas esa cara. Sonríete, chica.  (Maternal.)  No debiste haberlo hecho; pero si te decidiste, entonces hay que llegar hasta lo último.  (En tono chistoso.)  Esa naricita coloradita parece un tomatico.  (Dándole un golpecito a la nariz con el índice de la mano derecha.)  Bobita, qué bobota eres.  (Se sonríe.)  
CUCA.-   (Aferrándose a BEBA.)  No quiero verlo.
BEBA.-  Cálmate.
CUCA.-  No quiero oírlo.
BEBA.-  Él no se come a nadie.
CUCA.-  El corazón... Óyelo, va a estallar.
BEBA.-  Bah, no seas niña.
CUCA.-  Te lo juro, hermanita.
BEBA.-  ¡Acostúmbrate...!
CUCA.-  Quisiera echar a correr.
BEBA.-  Eso pasa al principio.
CUCA.-  No lo soporto.
BEBA.-  Después resulta fácil.
CUCA.-  El muy nauseabundo.
LALO.-   (Con un caldero en las manos, haciendo una invocación.) Oh, Afrodita, enciende esta noche de vituperios.
CUCA.-   (A BEBA, angustiada.)  Ha empezado de nuevo.
BEBA.-   (A CUCA. Conciliadora.)  No le hagas caso.
CUCA.-  Lo escupiría, lo...
BEBA.-  No lo pinches, que salta.
LALO.-   (Como un emperador romano.)  Oh, asistidme; muero de hastío.

(CUCA, incapaz de ponerse al mismo nivel de LALO, lo repudia en tono de burla.)

CUCA.-  Qué hazaña más extraordinaria. Es igualito que el tío Chicho. ¡Suma y sigue, hermana!  (Con odio. A LALO.) Eres un monstruo.
LALO.-   (Como un señor muy circunspecto.) Mientras los dioses callan, el pueblo chilla.  (Tira el caldero hacia el fondo.) 
CUCA.-   (Como la madre. En tono de sarcasmo.)  Tira, rompe, que tú no eres quien paga.
LALO.-    (Con una sonrisa. Hacia la puerta.)  ¡Oh, qué sorpresa!
BEBA.-   (A CUCA.) ¿Te sientes mejor?

(CUCA mueve la cabeza afirmativamente.)

LALO.-   (Saludando a unos personajes imaginarios.)  Pasen, pasen...  (Mímica de estrechar las manos.)  Oh, qué tal... ¿Cómo está usted?
BEBA.-    (A CUCA.) ¿Te decides?

(CUCA asiente con una mueca.)

LALO.-    (A BEBA.) Están ahí.
BEBA.-    (A LALO.) Déjalos, ya se irán.
LALO.-    (A BEBA.) Han llegado a pasmarnos.
CUCA.-   (A los personajes imaginarios.) Qué alegría, Margarita.
LALO.-   (A CUCA.) Vienen a olfatear la sangre.
BEBA.-   (A los personajes imaginarios.) ¿Cómo están ustedes?
CUCA.-    (A LALO.) Tú siempre con tu mala intención.
BEBA.-   (A CUCA. Como la madre.) No enciendas la candelita.  (A los personajes imaginarios.)  El asma es una enfermedad pirotécnica. Seguramente continúa haciendo estragos.
LALO.-   (A CUCA.)  Esto no te lo perdonaré.
CUCA.-   (Fingiendo que presta atención a lo que hablan los personajes imaginarios. Con una sonrisa malvada a LALO.) Ojo por ojo y diente por diente.
BEBA.-   (Como la madre. A LALO.) Disimula, muchacho.
LALO.-   (A BEBA.) Es un insulto.  (En otro tono. Con una sonrisa hipócrita a los personajes imaginarios.)  ¿Y usted, Pantaleón? Hacía tiempo que no lo veía. Estaba perdido.
BEBA.-   (Acosando a los personajes imaginarios.)  ¿Cómo anda de la orina? A mí me dijeron los otros días...
CUCA.-   (Acosando a los personajes imaginarios.)  ¿Funciona su vejiga?
BEBA.-   (Asombrada.) ¿Cómo? ¿Todavía no se ha operado el esfínter?
CUCA.-    (Escandalizada.) Oh, pero, ¿es así? ¿Y la hernia?
LALO.-   (Con una sonrisa hipócrita.) Usted, Margarita, se ve de lo mejor. ¿Le ha crecido el fibroma?  (A BEBA.)  Atiéndelos tú.
BEBA.-    (A LALO.)  Qué decirles. Se me agotó el repertorio.
LALO.-   (Secreteando. Empujándola.) Cualquier bobada. De todas formas quedarás mal.  (Va hacia el fondo.) 
BEBA.-   (Mira a LALO, angustiada. Pausa. Inmediatamente después se entrega a la comedia de los fingimientos.) Qué linda está usted. Opino que la primavera le da..., un aire especial, una fuerza, vaya usted a saber... Hace una calor y un fogaje. Estoy entripada.   (Se ríe.) Ay, Pantaleón, qué sinvergüencita. Un villanazo. Sí, no se haga el chivo loco. La verruga se le ha puesto de lo más hermosa.
LALO.-    (Como Pantaleón.) No exagere, que no le creo. Los años, mi hijita, lo van a uno deteriorando y acaban por hacerlo un trapo, que es lo peor del caso.  (Se ríe, malicioso.) Si tú me hubieras conocido en mi juventud, cuando las vacas gordas... Ay, si aquella época resucitara... Pero qué va, pido la luna.  (Otro tono.)  Hoy tengo un dolorcito clavado aquí...  (Señala hacia la región abdominal.) Mismitico que una punzadita, la punta de un alfiler...  (Suspira.)  Estoy viejo, hecho un carcamal.  (En un tono especial.)  Y esto día tras día, peor. Los hijos no respetan ni perdonan.
BEBA.-   (Como Margarita, molesta.) No diga eso, hombre. Qué socotroco. (Secreteando.)  ¿Cómo vas a nombrar la soga en la casa del ahorcado?  (Sonriente.)  ¿Qué pensarán estos muchachos tan lindos y tan simpáticos?  (A CUCA.)  Ven acá, muñeca. ¿Por qué te escondes? ¿A quién le tienes miedo? ¿Quién es el coco?  
(CUCA no se mueve.)
  ¿Soy acaso una vieja muy fea?... No te pongas majadera, linda. Dime, ¿y tus papitos? ¿Dónde está tu mamita?
LALO.-   (Saltando de la silla. Violento, al público.) Ya lo ven, ¿No lo dije? A eso vinieron. Los conozco. No me equivoco.  (A CUCA. Acusador.)  Son tus amigos. Sácalos en seguida. Quieren averiguar...  (Gritando.)  Que se vayan al diablo, ¿me oyes?, y sanseacabó.

(CUCA se mueve, gesticula para pronunciar una frase y no se atreve o no puede.)

BEBA.-   (Como Margarita. A CUCA.)  No me iré tan pronto. Hemos venido a hacer la visita de costumbre. La debíamos desde el mes ante pasado. Además, estoy tan desmejorada, Tu madre debe de tener algunas hojitas de llantén que me regale y un trocito de palo santo.
LALO.-   (Frenético.) Diles que se vayan, Cuca. Que se vayan al carajo. (Empuñando un látigo ilusorio, amenazándolos.)  Fuera, fuera de aquí. A la calle.
CUCA.-   (A LALO.)  No seas grosero.
BEBA.-    (Como Margarita. Dando gritos ahogados de rebeldía.) Nos atropellan. Esto es una infamia, hijos de Belcebú.
CUCA.-   (A LALO. Dueña de la situación.)  Tú, por lo visto, pierdes los estribos muy fácilmente.
BEBA.-    (A los personajes imaginarios.)  Les ruego que lo disculpen.
CUCA.-    (A LALO.) Ellos no te han hecho nada.
BEBA.-   (A los personajes imaginarios.) Tiene los nervios muy alterados.
CUCA.-   (A LALO.)  Eres un inconsciente.
BEBA.-    (A los personajes imaginarios.) El doctor Mendieta le ha mandado mucho reposo.
CUCA.-   (A LALO.) Que falta de tacto, de educación y de todo.
BEBA.-   (A los personajes imaginarios.) Es un ataque inesperado.
CUCA.-   (A LALO, que disimula su risa.)  Esto no tiene perdón de Dios.
BEBA.-   (A los personajes imaginarios.) Adiós, Margarita. Buenas noches, Pantaleón. No se olvide. Mamá y papá fueron a Camagüey y no sabemos cuando... Esperamos que vuelvan pronto. Adiosito.  (Les tira un beso con fingida ternura. Pausa. A LALO.)  ¡Qué mal rato me has hecho pasar!  (Se sienta al fondo y comienza a lustrar unos zapatos.)  
CUCA.-   (Sutilmente amenazadora.) Cuando mamá lo sepa...
LALO.-   (En un exabrupto.) Ve a decírselo, anda. (Llamando.)  Mamá, papá.  (Ríe.) Mamita, papito.   (Desafiante.) No te demores. Sóplaselo en los oídos. Indudablemente te lo agradecerán. Apúrate, corre.  (Toma por un brazo a CUCA y la lleva hasta la puerta. Vuelve hacia el primer plano.)  Eres una calamidad. Nunca te decides a fondo. Quieres y no quieres. Eres y no eres. ¿Crees que con esto basta? Siempre hay que jugársela. No importa ganar o perder.  (Cínico.) Pero tú te contentas con ir al seguro. El camino más fácil. (Pausa.)  Y ahí está el peligro. Porque en ese estira y encoge, te quedas en el aire, sin saber qué hacer, sin saber lo que eres y, lo que es peor, sin saber lo que quieres.
CUCA.-   (Con calma.) No te des tantos golpes de pecho.
LALO.-  Por mucho que lo intentes no podrás salvarte.
CUCA.-  Tú tampoco podrás.
LALO.-  No serás tú quien me detenga.
CUCA.-  Cada día que pasa te irás poniendo más viejo..., y aquí, aquí, encerrado entre telarañas y polvo.  (Con una sonrisa malvada.)  Lo sé, lo veo, lo respiro.
LALO.-  Sí, ¿y qué?
CUCA.-  Hacia abajo, hacia abajo.
LALO.-  Eso es lo que tú deseas.
CUCA.-  No me hagas reír.
LALO.-  Es la verdad.
CUCA.-  ¡Jeringa, y acepta las consecuencias...!
LALO.-  Al fin saltó el gallito de pelea.
CUCA.-  Digo lo que pienso.
LALO.-  Tú no te das cuenta que lo que yo propongo es simplemente la única solución que tenemos.  (Agarra una silla y la agita en el aire.)  Esta silla, yo quiero que esté aquí. (De golpe pone la silla en un sitio determinado.)  Y no aquí.  (De una vez coloca la misma silla en otro lugar.) Porque aquí  (Velozmente vuelve a instalarla en el primer sitio.) me es útil: puedo sentarme mejor y más rápido. Y aquí  (Sitúa la silla en la segunda posición.)  es sólo un capricho, una sonsera y no funciona...  (Acomoda la silla en la primera posición.)  Papá y mamá no lo consienten. Creen que está fuera de lógica. Se empeñan en que todo permanezca inmóvil, que nada se mueva de su sitio... Y eso es imposible; porque tú, Beba y yo...  (En un grito.)  Es intolerable.   (Persuasivo.) Además se imaginan que digo y hago disparates, lo que ellos estiman disparates, por contradecirlos, por oponerme, por humillarlos...
CUCA.-  En una casa, los muebles...
LALO.-    (Enérgico.) Eso es una excusa. ¿Qué vale esta casa, qué valen estos muebles, si nosotros simplemente vamos y venimos por ella y entre ellos igual que un cenicero, un florero o un cuchillo flotante?  (A CUCA.)  ¿Eres tú acaso un florero? ¿Te gustaría descubrir que hasta la fecha eres realmente eso? ¿O que como eso te han estado tratando buena parte de tu vida? ¿Soy yo acaso un cuchillo? Y tú, Beba, ¿te conformas con ser un cenicero? No, es estúpido.  (Con ritmo mecánico.)  Ponte aquí. Ponte allá. Haz esto. Haz lo otro. Haz lo de más allá.  (Otro tono.)  Yo quiero mi vida: estos días, estas horas, estos minutos..., para decir y hacer lo que deseo o siento. Sin embargo, tengo las manos atadas. Tengo los pies atados. Tengo los ojos vendados. Esta casa es mi mundo. Y esta casa se pone vieja, sucia y huele mal. Mamá y papá son los culpables. Me da pena, una profunda pena. Y lo más terrible, no se detienen un segundo a pensar si debiera de ser de otro modo. Ni tú tampoco. Y Beba mucho menos... Si Beba juega, es porque no puede hacer otra cosa.
CUCA.-  Pero, ¿por qué te ensañas con papá y mamá? ¿Por qué les echas la culpa?
LALO.-  Porque ellos me hicieron un inútil.
CUCA.-  ¡Cuentos de caminos!
LALO.-  ¿Para qué voy a mentir?
CUCA.-  Tratas de encubrirte.
LALO.-  Trato de ser honesto.
CUCA.-  Eso no te da derecho a exigir tanto. Tú también te las traías. ¿Recuerdas cuáles eran tus juegos? Destruías nuestras muñecas; inventabas locuras; querías que nosotras fuéramos tu sombra, o algo peor, igual que tú.
LALO.-  Era una manera de liberarme del peso que me imponían.
CUCA.-  No puedes negar que siempre se han ocupado, que siempre te han querido.
LALO.-  Detesto que me quieran de esa forma. He sido cualquier tareco para ellos, menos un ser de carne y hueso.

(BEBA, desde el fondo, limpiando los zapatos, imita al padre.)

BEBA.-   (Como el padre.)  Lalo, desde hoy limpiarás los pisos. Zurcirás la ropa. Te advierto que tengas mucho cuidado con ella. Tu madre está enferma y alguien tiene que hacerlo.  (Va hacia el fondo y prosigue lustrando los zapatos.)  
CUCA.-  Mamá y papá te lo han dado todo...
LALO.-   (A CUCA.)  ¿A costa de qué...?
CUCA.-  Pero, tú, deliras... Recuerda, Lalo, lo que ganaba papá. Noventa pesos. ¿Qué más querías que te dieran?
LALO.-  ¿Por qué me dijeron desde el principio: «No vayas con Fulanito al colegio»; «No salgas con Menganito», «Perensejo no te conviene»? ¿Por qué me hicieron creer que yo era mejor que Zutano? Mamá y papá piensan que si nosotros tenemos un cuarto, cama y comida, ya es suficiente; y, por tanto, tenemos que estar agradecidos. Han repetido mil veces hasta cansarme que muy pocos padres hacen lo que ellos, que sólo los niños ricos pueden darse la vida que nosotros nos damos.
CUCA.-  Compréndelos... Ellos son así... Después había que sacudirse.
LALO.-  Yo no pude. Creí demasiado en ellos.  (Pausa.)  ¿Y mis deseos? ¿Y mis aspiraciones?
CUCA.-  Desde chiquito quisiste salirte siempre con la tuya.
LALO.-  Desde chiquito, desde que era así, me dijeron «Tienes que hacer esto»; y si lo hacía mal: «¿Qué se puede esperar de ti?» Y entonces vengan golpes y castigos.
CUCA.-  Todos los padres hacen lo mismo. Eso no significa que tú tengas que virar la casa al revés.
LALO.-  Sueño que lo que haga tenga un sentido verdadero, que tú, Beba, y yo podamos decir: «Hago esto»; y lo hagamos. Si queda mal: «Es una lástima. Trataré de hacerlo mejor». Si queda bien: «Pues, ¡magnífico! A otra cosa, mariposa». Y hacer y rectificar y no estar sujeto a imposiciones ni pensar que tengo la vida prestada, que no tengo derecho a ella. ¿No se te ha ocurrido nunca lo que significa que tú puedas pensar, decidir y hacer por tu propia cuenta?
CUCA.-  Nosotros no podemos...
LALO.-   (Violento.) No podemos. No podemos. ¿Vas endilgarme el cuento que me metieron por los ojos y los oídos hace un millón de años?
CUCA.-  Mamá y papá tienen razón.
LALO.-  Yo también la tengo. La mía es tan mía y tan respetable como la de ellos.
CUCA.-  ¿Te rebelas?
LALO.-  Sí.
CUCA.-  ¿Contra ellos?
LALO.-  Contra todo.

(En ese instante vuelve BEBA a recrear la aparición del padre. Estas intervenciones serán aprovechadas al máximo desde el punto de vista plástico.)

BEBA.-   (Como el padre.) Lalo, lavarás y plancharás. Es un acuerdo que hemos tomado tu madre y yo. Ahí están las sábanas, las cortinas, los manteles y los pantalones de trabajo... Limpiarás los orinales. Comerás en un rincón de la cocina. Aprenderás; juro que aprenderás. ¿Me has oído?  (Vuelve hacia el fondo.) 
CUCA.-  ¿Por qué no te vas de la casa?
LALO.-  ¿A dónde diablos me voy a meter?
CUCA.-  Deberías probar.
LALO.-  Ya lo he hecho. ¿No te acuerdas? Siempre he tenido que regresar con el rabo entre las piernas.
CUCA.-  Prueba otra vez.
LALO.-  No... Reconozco que no sé moverme en la calle; me confundo, me pierdo... Además, ignoro lo que me pasa, es como si me esfumara. Ellos no me enseñaron; al contrario, me confundieron...
CUCA.-  Entonces, ¿cómo disponer, gobernar, si tú mismo confiesas...?
LALO.-  Lo que conozco es esto; a esto me resigno.
CUCA.-  Te aferras...
LALO.-  Me impongo.
CUCA.-  Estás dispuesto, por lo tanto, a insistir...
LALO.-  Cuantas veces sea necesario.
CUCA.-  ¿Y llegar hasta lo último?
LALO.-  Es mi única salida.
CUCA.-  Pero, ¿Y la justicia no va meter las narices en esto? ¿Y tú solo vas a poder contra ella?
LALO.-  Tal vez; aunque quizás...
CUCA.-  ¿De qué manera?
LALO.-  Espera y verás.
CUCA.-  Pues yo no te apoyo. ¿Me entiendes? Los defenderé a capa y espada, si es necesario. A mí no me interesa nada de eso. Yo acepto lo que mamá y papá dispongan. Ellos no se meten conmigo. Me dan lo que se me antoja..., hasta pajaritos volando. Allá tú, que eres el cabeciduro. Bien dice papá que eres idéntico a los gatos, que cierras los ojos para no ver la comida que te dan. (Da unos pasos.)  Apártate. Jamás participaré en tu juego.  (A BEBA.)  Y tú no cuentes tampoco.  (Otro tono.)  Ay, líbrame, Dios mío, de esa voracidad.  (Pausa.)  Ellos son viejos y saben más que yo de la vida... Lo considero una vejación, una humillación. Ellos han luchado, se han sacrificado; merecen nuestro respeto al menos. Si esta casa anda mal, es porque tenía que ser así... No, yo no puedo oponerme.
LALO.-   (Divertido. Aplaudiendo.)  Bravo, estupenda escenita.
BEBA.-   (Divertida. Aplaudiendo.)  Merece un premio.
LALO.-  A inventarlo.
BEBA.-  La niña promete.
LALO.-  Pero es una imbécil.
BEBA.-  Es sensacional.
LALO.-  Es una idiota.
BEBA.-  Es una santa.

(Aplauden rabiosamente y en tono de burla.)

CUCA.-  Búrlense. Ya llegará mi hora, y no tendré piedad.
LALO.-  ¿Conque esas tenemos?
CUCA.-  Haré lo que me dé la gana.
LALO.-  Haz la prueba.
CUCA.-  Tú no me mandas.   (Da unos pasos atrás, alejándose.) 
LALO.-   (Sarcástico.) Estás cogiendo miedo.  (Ríe.) 
CUCA.-   (Furiosa.) Tengo manos, uñas, dientes.
LALO.-   (Agresivo, retador.) Ahora soy yo el que manda.
CUCA.-  No te acerques.
LALO.-  Harás lo que yo diga.  (La agarra por un brazo y comienzan a forcejear.) 
CUCA.-   (Furiosa.) Suéltame.
LALO.-  ¿Me obedecerás?
CUCA.-  Abusador.
LALO.-  Harás lo que se me antoje.
CUCA.-  Me haces daño.
LALO.-  ¿Sí o no?
CUCA.-  Te aprovechas...  (Totalmente vencida.)  Sí, haré lo que mandes.
LALO.-  Rápido. Levántate.
CUCA.-   (A BEBA.) Ayúdame.

(BEBA da unos pasos aproximándose a CUCA. LALO en un gesto la detiene. CUCA hace un simulacro de que no puede levantarse.)

LALO.-  Que se levante ella sola.
BEBA.-   (A LALO.)  Perdónala.
LALO.-   (En un grito.) No te metas.
BEBA.-   (Desesperada.)  Ay, gritos y más gritos. No puedo más. Vine aquí a ayudarlos o a divertirme. Porque no sé qué hacer... Vueltas y más vueltas... Igualita que un trompo; y esos gritos de los mil demonios por cualquier guanajería: por un vaso de agua, por un jabón que se cayó al suelo, por una toalla sucia, por un cenicero roto, porque va a faltar el agua, porque no hay tomates... No me explico cómo pueden vivir de este modo... ¿Por ventura no hay cosas más importantes? Y yo me pregunto: ¿Para qué existen las nubes, los árboles, la lluvia, los animales? ¿No debemos detenernos un día en todo eso? Y corro y me acerco a la ventana... Pero mamá y papá siguen gritando: «Esa ventana, el polvo, el hollín... ¿Qué estará pensando esa niña? Entra, que vas a coger un catarro». Si voy a la sala y enciendo el radio: «Están gastando mucha corriente y el mes pasado y el antes pasado se gastó tanto y no se puede continuar en ese tren. Apaga eso. Ese ruido me atormenta». Si me pongo a cantar esa cancioncita que has improvisado últimamente: «La sala no es la sala», entonces arde la casa, es un hormiguero revuelto y sigue la gritería, mamá y papá contra Lalo, Lalo contra mamá, mamá contra Lalo, Lalo contra papá, papá contra Lalo y yo en el medio. Al fin vengo y me meto aquí... Pero ustedes en su pugilato se eternizan discutiendo, como si esta casa se pudiera arreglar con palabras, y terminan fajándose también. Ay, no aguanto más.  (Decidida.) Me voy.  
(LALO la sujeta por un brazo.)
  Déjame. Sorda, ciega. Muerta.
LALO.-   (Con ternura, aunque firme.)  No digas eso.
BEBA.-  Es lo que deseo.
LALO.-  Si me ayudaras, quizás podríamos salvarnos.
BEBA.-   (Lo mira repentinamente alucinada.)  ¿Qué estás diciendo?  (Se aferra a sus brazos.) Sí, hoy podemos.

(Inmediatamente, LALO empuña dos cuchillos. Observa el filo y los frota entre sí.)

BEBA.-   (A LALO.) ¿Vas a repetir la historia?
CUCA.-  Por favor, no sigan.

(BEBA se mueve en los diferentes planos de escenario. Cada personaje exige una posición distinta.)

BEBA.-   (Como una vecina chismosa.) ¿Ya lo sabes, Cacha? La noticia apareció en el periódico. Sí, hija. Pero la vieja Margarita, la de la esquina, y el Pantaleón, el tuerto, lo vieron todo, con pelos y señales, y me contaron.
LALO.-   (Frotando los dos cuchillos.) Ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac.
BEBA.-   (Como un comerciante español, borracho.)  El viejo Pantaleón y Margarita lo saben de a a zeta... Hay que joderse. Qué clase de hijos vienen al mundo. Aseguran que estaban en un limbo... ¡El acabose, el Apocalipsis!, lo digo yo. Ya lo afirma el refrán: «Cría cuervos...»  (Se ríe.)  ¿Ha visto la fotografía en primera plana?
LALO.-   (Frotando los dos cuchillos.)  Ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac.
BEBA.-   (Como Margarita, hablando con sus amigas.)  Nosotros fuimos a eso de las nueve, o de las nueve y media... La hora de las visitas... Pues bien, hija..., yo desde que entré me dije: «Pá su escopeta. Aquí pasa algo raro». Tú sabes como yo soy. Tengo un olfato, y una vista... Y efectivamente... Qué espectáculo, niña.  (Horrorizada.) Qué manera de haber sangre. Era de anjá. Mira, me erizo de pies a cabeza... Un descalabro, mi amiga, porque si uno pudiera... Cavilo y cavilo, y me rompo la crisma... Figúrate, qué situación... Porque uno a las claras..., impotente..., y es horrible, vieja... Y después un reguero, un... Creo que había una jeringuillas... ¿No es verdad, Pantaleón? Y pastillas y ámpulas... Esos muchachos son de mala sangre, y le viene de atrás... Ay, Consolación, pregúntale a Angelita lo que ella vio hace una semana... Un estropicio. Y unos padres tan generosos, tan abnegados. Pero él, ese Lalo, el cabecilla. No cabe la menor duda. Él, y nadie más que él... Ah, si vieras el cuchillo. Qué cuchillo. Un matavaca, ángel del cielo.
LALO.-   (Abstraído en su quehacer.)  Ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac.
BEBA.-   (Como Pantaleón.) Yo se lo dije a Margarita: «Mujer, contención». Y en seguida empezó a menear la cuchareta de que si los hijos, de que si estos tiempos eran malos... Usted asimile cómo es ella. La sin hueso que no para un minuto. Ellos... No, ellos no. Él, Lalo... Aunque a veces me inclino a pensar que, bueno, válgame Dios, quién fue... Pero, yo..., casi lo afirmaría... Porque las muchachitas..., me luce que no... Si tú hubieras visto, mi socio, la cara que puso Lalo... Era increíble. Una furia... Sí, un energúmeno... Poco faltó para que nos entrara a golpes. Y yo, con mi artritis..., y mis... Pero, tomando el hilo del asunto, eso sí que no. Él, haga lo que haga, a mí me tiene sin cuidado, allá con su conciencia... Ahoritica, meterse con nosotros..., Dios lo libre. El muy sinvergüenza, el muy degenerado... Ah, si llegas a ver el charco de sangre..., y el olor... ¡Qué raro es todo!  (Risita histérica.)  Aquello... Horrible, sí..., horrible es la palabra. Nosotros debemos manifestarnos.  (Grandilocuente.)  Protestamos contra ese hijo desnaturalizado.  (Otro tono.)  ¿Qué le parece?
LALO.-   (En su extraño quehacer.) Ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac.

(LALO ha seguido frotando los cuchillos. Este acto, aparentemente simple, crea, acompañado de los sonidos emitidos por el propio LALO, un clímax delirante. CUCA se transforma en un vendedor de periódicos. BEBA va hacia el fondo.)

CUCA.-   (Gritando.) Avance. Última noticia. El asesinato de la calle Apodaca. Cómprelo, señora. No se lo pierda, señorita. Un hijo de treinta años mata a sus padres. ¡Corrió la sangre en grande!... El suplemento con las fotografías.  (Casi cantando.) Les sopló a los viejos cuarenta puñaladas. Cómprelo. Última noticia. Vea las fotos de los padres inocentes. No deje de leerlo, señora. Es espantoso, caballero. Avance. (Va hacia el fondo.)  Última noticia.  (Lejano.)  Tremendo tasajeo...
LALO.-   (En su labor.) Ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac, ric-rac.

(Pausa. BEBA desde el fondo se dirige hacia el primer plano.)

BEBA.-   (Como el padre.) Lalo, ¿qué has estado haciendo? ¿Y esa cara? ¿Por qué me miras así? Dime, ¿con quién anduviste? ¿Y esos cuchillos? Responde. ¿Te has tragado la lengua? ¿Por qué has llegado tarde?
LALO.-   (Como un adolescente.) Papá, unos amigos...
BEBA.-   (Como el padre.)  Dame acá.   (Le arrebata violentamente los cuchillos.) Siempre con porquerías.  (Probando el filo de un cuchillo.) Corta, ¿eh? ¿Vas a matar a alguien? Dime. No te quedes como un pazjuato. ¿Piensas que te gobiernas? ¿Crees que lo voy a consentir? Tú, a tus anchas, sin pedirme permiso. Te lo he machacado una y mil veces que estas no son horas de andar mataperreando.  (Lo abofetea.)  ¿Cuándo aprenderás a obedecer? ¡Ya ningún tipo de amenaza te detiene! ¿Entrarás por el aro, sí o no?... Y tu madre martirizada, con el corazón en la boca. ¿Pretendes matarnos de sufrimientos? ¿Qué te propones?... ¡Y conmigo, ninguna consideración! ¡No hagas muecas!  (Lo empuja hacia una silla.) ¡Siéntate! ¡El cuarto oscuro te aguarda!

(LALO gesticula.)
  
No me contestes. ¡Esta falta de respeto! Yo, que te lo he dado todo. Mal hijo. Mala entraña. Yo, que me he privado... Y tu madre que me echa en cara que salgo con los amigos y con las compañeras de trabajo. Más de un negocio me ha salido mal por ti, por ustedes... ¿No ves que he renunciado, que he...? Treinta años... Treinta años detrás de un buró, en el Ministerio, comiéndome los hígados y pasando un millón de necesidades, y los jefes a la bartola y sacándome el quilo. No tengo un traje presentable ni un par de zapatos de salir..., para que me pagues de esta manera. Treinta años, que no es un jueguito. Treinta años soñando, para que el hijo me salga un vago, un bellaco de siete suelas... Que no trabaja, ni estudia, y que... Dime, ¿qué es lo que intentas? ¿Qué has estado haciendo?
LALO.-   (Tembloroso.) Estuvimos leyendo...
BEBA.-   (Como el padre.) ¿Leyendo, qué?... ¿Cómo leyendo...?
LALO.-   (Cabizbajo.)  Una revista de aventuras, papá.

(CUCA avanza desde el fondo con aplomo y malvada intención, hacia el primer plano. BEBA va hacia el fondo.)

CUCA.-   (Como la madre.) Revista. Revistas. Revistas. Mentira. Inventa otra. Di la verdad.  
(BEBA, como el padre, se acerca de una manera agresiva a LALO.)
  No, Alberto, no le pegues.

(BEBA, como el padre malhumorado, desparece. A LALO, en otro tono.)
  
Me alegro que esto te haya pasado. Me alegro, me alegro.  (Otro tono.)  ¿Dónde está el dinero que tenía escondido en el aparador?  
(Escena muda de LALO.)
  ¿Lo cogiste? ¿Lo gastaste? ¿Lo perdiste?  (Con odio.)  Ladrón. Eres un canalla, un facineroso. (Con lágrimas en los ojos.)  Se lo diré a tu padre. No, no me digas ni pío.  
(Escena muda de LALO.)
  Víbora.  (Otro tono.)  Te matará, si lo sabe.  (Otro tono.)  Ay, Virgen Santísima, ¿qué habré hecho yo para que me castigues así?  (Furiosa.)  Dame el dinero.  
(Escena muda de LALO.)
  Suéltalo o llamo a la policía...  (Registra los bolsillos de LALO, que está totalmente anonadado.)  Ratero. Mil veces ratero. ¡Alberto! ¡Alberto! Debía golpearte. Arrastrarte. Meterte en un reformatorio.

(LALO permanece de espaldas al público, impávido.)

BEBA.-   (Desde el fondo como una niña.) Mamá, mamita, ¿esto es un elefante?
LALO.-    (Como el padre.) Beba, ven acá, muéstrame las manos.  
(BEBA se desplaza hasta el primer plano. Le extiende las manos.)
  Esas uñas a cortarlas... ¿Cuándo dejarás de ser tan...?  (A CUCA.)  Tráeme unas tijeras, mujer.  
(CUCA se aproxima a LALO y le secretea al oído.)
  ¿Cómo? ¿Qué me cuentas?... ¿Es verídico? ¿Y Lalo...? ¿Dónde se ha metido?  
(CUCA y LALO miran a BEBA insidiosos, conspirativos.)
  ¿Es cierto lo que me dice tu madre? Confiesa, o... ¿Te has levantado el vestido y le has enseñado los pantaloncitos a un montón de bergantes? ¿Será posible?  
(Escena muda de BEBA.)
  ¡Sucia!  
(CUCA, como la madre, se sonríe.)
  Te voy a...

(Entre LALO y CUCA acorralan a BEBA.)
  
Serás una cualquiera, pero no mientras yo viva.  (Sacudiéndola por los hombros.)  Óyelo, sangrona. Te voy a matar por puerca.  (Pausa.) ¿Dónde está tu hermano?  (Llamándolo.)  Lalo, Lalo...  (A CUCA.)  ¿Te robó?
BEBA.-    (Saliendo del juego.)  La cabeza me va explotar.
LALO.-   (Imperativo.)  Sigue, muchacha.
CUCA.-   (Mordaz.) Hazle caso al mandamás.
BEBA.-   (Angustiada.)  Aire, un poco de aire.
LALO.-   (A BEBA.) En ese instante sonaba el timbre de la puerta.

(BEBA cae derrumbada en una silla.)

CUCA.-   (Como la madre.)  ¿Has oído, Alberto?
BEBA.-   (Desesperada.)  Creo que voy a arrojar.
LALO.-   (Indignado.) Ésta lo echa todo a perder.
CUCA.-   (Como la madre.)  Chist. Un momento, muchachos. El timbre de la puerta ha vuelto a sonar.
LALO.-   (Como el padre. Saludando a un personaje imaginario que se asoma por la puerta.)  Entre usted, Angelita. Dichosos los ojos...
CUCA.-   (Como la madre. A BEBA.)  Dime, cariño. Cielito mío, ¿qué te pasa? (Mímica de abnegación y cuidado.)  
LALO.-   (Como el padre. Al personaje imaginario.)  Déjese de cumplidos, Angelita.  (En el tono de su voz hay un acento de cordialidad y espontaneidad convincente.)  Ésta es su casa. Siéntese.
CUCA.-   (Como la madre. A BEBA.) Ponte cómoda, nenita. ¿Necesitas una almohadita?  (Sus palabras denotan gran sinceridad y la gradual pérdida de la paciencia.)  ¿Te molesta esa posición? Échate para atrás.
LALO.-   (Como el padre.)  ¿Y Lalo? ¿Dónde se habrá escondido? Ay, Angelita, no se percata usted de lo que son estos chiquillos. Son tres, pero dan guerra por un batallón.
CUCA.-   (Como la madre. A LALO.) Alberto, yo creo que... (Al personaje imaginario.)  Perdone usted, Angelita, que no la haya atendido...; la niña me figuro está malita del estómago.
LALO.-   (Como el padre.)  ¿Le pusiste el termómetro?

(CUCA afirma con la cabeza.)

CUCA.-   (Como la madre.) Esto es terrible.

(BEBA forcejea con CUCA.)

LALO.-   (Al personaje imaginario.) ¿No se lo decía yo a usted hace un segundo? Son peores que los hijos de Mamá Coleta, pero conmigo no pueden. Mano de hierro y un látigo. En suma, es un decir.
CUCA.-   (Como la madre. Con inquietud. A LALO.)  ¿Qué podemos hacer?
LALO.-   (Como el padre.) ¿Tiene fiebre?  
(CUCA niega con la cabeza.)
  ¿Le has dado un cocimiento de manzanilla?
CUCA.-   (Como la madre.)  No quiere probar nada.
LALO.-   (Como el padre.)  Oblígala.
CUCA.-   (Como la madre.) Todo lo vomita.
LALO.-   (Como el padre.)  Hazle un té negro.
CUCA.-   (Como la madre.) Ay, Angelita, usted no sospecha los sufrimientos, las angustias... ¿Para qué tendrá uno hijos?
LALO.-   (Como el padre. Empuñando una taza, y forzándola a que se trague el líquido.) Tómatelo.  
(BEBA rechaza la taza.)
  Por las buenas o por las malas, te lo tomarás.
BEBA.-   (En un grito. Fuera de situación.)  Déjenme ya.  (Se levanta como una furia. A un primer plano.)  Ustedes son unos monstruos. Los dos, iguales.  (Gritando hacia el fondo del escenario.)  Quiero irme. Déjenme salir.  
(CUCA y LALO se esfuerzan en detenerla, sin embargo ella llega hasta la puerta. Grita.)
  Mamá, papá, sáquenme.  (Cae llorando junto a la puerta.)  Sáquenme de aquí.
LALO.-   (Como el padre.)  Pero, ¿esto qué cosa es?
CUCA.-  Bonito espectáculo.   (Aproximándose a BEBA.) Tú, precisamente tú..., que por hache o por be me has estado empujando: «Únete, no seas boba. Nos divertiremos». Es inconcebible. Lo estoy viendo y me parece una tomadura de pelo. Vamos, levántate.  (La ayuda a pararse. Como la madre.)  Recuerda que estás delante de una visita.  (Al visitante imaginario.)  Son tan malcriados, tan insoportables...  (A BEBA. Llevándola hasta la silla donde estaba sentada.)  Muñeca mía, compórtate como la niña fina que eres, como una niñita educada...
BEBA.-   (Como una niña.) Me quiero ir.
CUCA.-    (Como la madre.) ¿A dónde quieres ir, nenita?
LALO.-   (Fuera del juego. Violento.)  Esto no es así. Esto no sirve.
CUCA.-   (Como la madre.)  No te sulfures, Alberto.
LALO.-  Me dan deseos de estrangularla.
CUCA.-   (Como la madre.) Paciencia, hombre.
BEBA.-   (Llorando.)  Tengo miedo.
LALO.-  ¿Miedo, a qué? ¿Por qué llora?
CUCA.-   (Como la madre.) Ignórala. Es lo mejor, Alberto.
LALO.-   (Como el padre. Con gestos torpes.)  Algunas veces...  (Se golpea la rodilla derecha.)  Compréndeme, mujer.
CUCA.-   (Como la madre.) ¿Cómo no voy a comprenderte?  (Suspira.) Ay, Alberto, tú también eres un niño. ¡Si lo sabré yo, Angelita!
BEBA.-   (Como una furia. En pie.)  ¡Basta!... Quisiera reventar. Quisiera volar. No soporto este encierro. Me ahogo. Voy morir y detesto sentirme aplastada, hundida en este cuarto..., ay no puedo más... Por favor, yo les suplico, déjenme.

(CUCA se acerca a BEBA y le echa un brazo por los hombros. Su rostro y sus gestos muestran una ternura disimulada.)

CUCA.-    (Como la madre.)  Vete, amorcito. Estás un poquito nerviosa.

(BEBA se queda en el fondo oscuro. CUCA regresa con una sonrisa que se convierte en una carcajada.)
  
¿Ha visto algo igual? Parecía que la estábamos torturando. ¡Qué cabeza tienen estos muchachos...!  (Se sienta. Se arregla el pelo.)  Mire como estoy. Debo lucir una mona salida del circo. ¡No he tenido tiempo hoy ni de respirar! ¡Qué lucha, Angelita, qué lucha! Perdone que no la haya atendido antes...  (Oye lo que dice el personaje imaginario.)  Sí, naturalmente... Aunque usted es como de la familia. (Sonríe hipócritamente.)  Pero así y todo, a mí me gustan los detalles... ¿Verdad, Alberto? No te agites por gusto, viejo. Paz y serenidad.  
(LALO se levanta.)
  ¿A dónde vas? Fíjate en lo que haces.  
(Mirada significativa de LALO. Sonrisa de ella.)
  Ah, sí...  
(LALO se dirige hacia lo oscuro.)
  Fue a darles una vueltecita a esos vejigos que me traen al trote. Hay que andar con cuatro ojos, que digo cuatro, cinco, ocho, diez... Vigilarlos, espiarlos, estar de por vida en acecho, porque son capaces de las mayores atrocidades.

(Bruscamente aparece LALO con un velo de novia, un tanto raído y sucio. LALO imita a la madre en su juventud, el día de la boda en la iglesia. Al fondo, BEBA tararea la marcha nupcial. LALO no exagera sus movimientos. Se prefiere, en este caso, un acento de ambigüedad general.)

LALO.-   (Como la madre.)  Ay, Alberto, tengo miedo. El olor de las flores, la música... Ha venido mucha gente. Pero no vino tu hermana Rosa, ni tu prima Lola... ¡Ellas me aborrecen! Lo sé, Alberto... Han estado hablando horrores: que si yo, que si mamá es esto y lo otro... ¡Qué sé yo...! ¿Tú me amas, Alberto? ¿Te luzco bonita...? Ay, me duele el vientre. Sonríete. Por ahí se asoma el canchanchán del doctor Núñez, y su mujer... ¿La gente llevará la cuenta de los meses que tengo? Si se enteran, me moriría de vergüenza. Las hijas de Espinosas te están sonriendo..., esas pu... Ay, Alberto, me mareo y me late el vientre, pum, pum..., sujétame, no me pises la cola que me caigo... Ay, pipo, quiero sacarme este muchacho... Está clarísimo que tú te decidiste por él, y yo no lo resisto. Ay, qué me caigo... Alberto, Alberto, estoy haciendo el ridículo... Debimos haber aplazado la ceremonia para otro día... Ay, esa música y el olor de las flores, qué náuseas. Y ahí viene tu madre, la muy zorra... Ay, Alberto, me falla la respiración... ¡Esta maldita barriga! Quisiera arrancarme este...
CUCA.-   (Como la madre. Con odio, casi masticando las palabras.)  Me das asco. (Le arranca el velo a viva fuerza.)   ¡Cómo pude parir semejante engendro! Me avergüenzo de ti, de tu vida. ¿Así que..., salvarte? No, chico; deja eso de la salvación... Ahógate. Muérete. ¿Supones que voy a soportar que tú, que tú, te permitas el lujo de criticarme, de juzgarme delante de las visitas? ¡No te has mirado bien el pregenio! ¡Si apenas sabes dónde tienes las narices!  (Al personaje imaginario. Otro tono.)  Excúseme usted, Angelita. No se vaya, por favor.  (Con tono duro.)  Durante mucho tiempo te he rogado que me ayudaras. Hay una caterva de trastos que limpiar en esta casa, y los platos, la fiambrera, el polvo y las manchas de agua en los espejos. Y zurcir y bordar y coser...

(LALO se enfrenta a CUCA.)
  
Apártate. Sueñas con virarme la casa patas arriba y eso no lo consentiré, ni aún después de muerta. El cenicero a la mesa.  (Coloca el cenicero en la mesa.)  El florero a la mesa.  (Sitúa el florero en la mesa.)  ¿Qué te has creído? En seguida se lo diré a tu padre... (Con rencor.)  Desgraciado, ¿qué será de ti sin nosotros? ¿De qué te quejas? ¿Consideras que somos unos estúpidos? Si lo piensas, yo te digo que no somos mejores, ni peores, que los demás. Pero si lo que procuras es que nos dejemos mangonear por ti, te advierto que cogiste el camino equivocado. ¿Sabes cuánto he sacrificado y cuántas concesiones he hecho para mantener esta casa? ¿Crees que renunciaremos tan fácilmente a nuestros derechos...? Si quieres, vete. Yo misma te prepararé las maletas. Ahí tienes la puerta.

(CUCA permanece de espaldas al público. LALO se arrima a la mesa y contempla el cuchillo con indiferencia. Lo coge. Lo acaricia. Lo clava en el centro de la mesa.)

LALO.-  ¿Hasta cuándo, hasta cuándo?
BEBA.-  No te impacientes.
LALO.-  Si fuera posible hoy.
BEBA.-  No seas bobo.
LALO.-  Nunca es tarde.

(LALO de un golpe arranca el cuchillo del centro de la mesa. Mira a sus dos hermanas y se precipita hacia el fondo.)

BEBA.-  No lo hagas.
CUCA.-  Eso te va a pesar.
BEBA.-  Ten cuidado.
CUCA.-   (Canta muy débilmente.) La sala no es la sala. La sala es la cocina.

(Las dos hermanas están situadas: BEBA, en el lateral derecho; CUCA, en el lateral izquierdo. Ambas a la vez, de espaldas al público, emiten un grito desgarrador. Entra LALO. Las hermanas se arrodillan.)

LALO.-   (Con el cuchillo entre las manos.) Silencio.

(Las dos hermanas comienzan a cantar en un murmullo apagado: «La sala no es la sala. La sala es la cocina. El cuarto no es el cuarto. El cuarto es el inodoro».)
  
Ahora me siento tranquilo. Me gustaría dormir, dormir, siempre dormir... Sin embargo, lo dejaré para mañana. Hoy tengo mucho que hacer.  (El cuchillo se le escapa de las manos y cae al suelo.)  ¡Qué sencillo es, después de todo...! Uno entra en el cuarto. Despacio, en puntillas. El menor ruido puede ser una catástrofe. Y uno avanza, suspendido en el aire. El cuchillo no tiembla, ni la mano tampoco. Y uno tiene confianza. Los armarios, la cama, las cortinas, los floreros, las alfombras, los ceniceros, las sillas te empujan hacia los cuerpos desnudos, resoplando quién sabe qué porquería. (Pausa. Decidido.) Por el momento a limpiar la sangre. Bañarlos. Vestirlos. Y llenar la casa de flores. Luego, abrir un hueco muy hondo y esperar que mañana...  (Pensativo.)  ¡Qué sencillo y terrible!

(Las dos hermanas terminan de cantar. CUCA recoge el cuchillo y lo limpia con el delantal. Pausa larga.)

CUCA.-   (A BEBA.)  ¿Cómo te sientes?
BEBA.-   (A CUCA.)  Regular.
CUCA.-   (A BEBA.)  Cuesta un poco de trabajo.
BEBA.-   (A CUCA.) Lo malo es que uno se acostumbra.
CUCA.-   (A BEBA.) Pero, algún día...
BEBA.-   (A CUCA.) Es como todo.
LALO.-  Abre esa puerta. (Se golpea el pecho. Exaltado. Con los ojos muy abiertos.)   Un asesino. Un asesino.  (Cae de rodillas.) 
CUCA.-   (A BEBA.) ¿Y eso?
BEBA.-  La primera parte ha terminado.



APAGÓN


Acto II

Al abrirse el telón, LALO, de rodillas, de espaldas, al público, con la cabeza inclinada hacia el vientre. CUCA, de pie, mirándolo y riéndose. BEBA, impasible, coge el cuchillo que está en la mesa.

CUCA.-   (A BEBA.) Míralo.  (A LALO.)  Así quería verte.  (Riéndose.)  Ahora me toca a mí.  (Largas carcajadas.)  
LALO.-   (Imperioso.) Cierra esa puerta.
CUCA.-   (A LALO. Cerrando la puerta.)  ¡Qué insoportable eres! ¡No te resisto, viejo!
BEBA.-   (A CUCA. Mirando a LALO con desdén.)  Me parece ridículo.
CUCA.-   (A LALO.)  ¿Qué te pasa? Oiga, jovencito, lo que le voy a decir: tenemos que seguir. No te imagines que esto se va a quedar a medias como otras veces. Estoy cansada de que siempre quede pendiente.
LALO.-   (Cabizbajo.)  Siempre hay que empezar.
CUCA.-  Está bien, lo acepto; pero, al mismo tiempo, te repito que hoy...
LALO.-   (Molesto.)  Sí... Lo que tú dispongas.
CUCA.-  Lo que yo disponga, no; lo que tiene que ser. ¿O ahora soy yo la inventora de todo esto? ¡Qué gracioso!
BEBA.-   (Molesta. A CUCA.)  Pero a ti te encanta...
CUCA.-   (Ofendida.)  ¿Qué quiere la niña que haga?
BEBA.-  Cualquier cosa menos eso.
CUCA.-  No, muñeca mía, ha llegado mi hora y tengo que llegar hasta el final.
BEBA.-  Entonces, ¿tengo o no tengo razón?
CUCA.-  A mí qué me importa.
BEBA.-  Pues, me voy.
CUCA.-  Tú te quedas.
BEBA.-  No me hagas perder la paciencia.
CUCA.-  No me amenaces.
BEBA.-  Puedo arañar y patear.
LALO.-  Está bueno ya de discusión.
CUCA.-   (A BEBA.)  Tú te quedas quietecita.
BEBA.-  Ay, ¿sí?, no me digas... ¡A santo de qué!... Yo no me pudriré en estas paredes que odio. Allá ustedes que les gusta revolver los trapos sucios. Tengo veinte años y el día menos pensado me largo para no volver y entonces haré mi santa gana. ¿Cómo te suena...?  (Pausa.)  Al principio hacías asquitos y ahora matarías por lograr tus propósitos. Es como si estuviera en juego la salvación de tu alma. Sí, salvarte... No me mires así. ¿Salvarte, de qué? ¿Acaso tu pellejo?  (Con intención.)  Por eso llamaste a la policía. Por eso también dentro de un tilín empezarán las investigaciones y los interrogatorios. ¿Hizo usted eso? No, no. ¿No lo hizo? Eh, Sargento... ¿Cómo es posible? Sin embargo, encontramos una señal. Ahí están las huellas. El delito ha sido cometido entre ustedes. ¿Consideran que somos unos comemierdas y..., tomarnos el pelo? (Otro tono.)  ¡En esto no me mezclo!
CUCA.-  Tienes que llegar hasta el final.
BEBA.-  Que nunca termina.
CUCA.-  No desesperes.
BEBA.-  Estoy harta. Siempre lo mismo. Dale para aquí. Dale para allá. ¿Por qué continuamos en este círculo...?  (Más íntima.) Además, aborrezco que me inmiscuyan...  (Otro tono.)  No le veo la gracia.
CUCA.-  Lo que dices es pura bazofia. Si no te conociera creería del pe al pa ese miserable discursito.  (Como la madre.)  ¡Buena perla me has salido tú!  (Otro tono.)  ¿Te imaginas que voy a quedarme con los brazos cruzados viendo lo que éste ha hecho? Yo defiendo la memoria de mamá y papá. Los defenderé, cueste lo que cueste.
BEBA.-  No me toques.
CUCA.-   (Autoritaria como la madre.) Pon el cuchillo en su sitio.  
(BEBA obedece dejando caer el cuchillo en el extremo del escenario.)
  Así no.
BEBA.-   (Furiosa.) Hazlo tú.
CUCA.-   (Con sorna.)  Contrólate.  (Otro tono.)  Cada cosa en su sitio.  (Otro tono.)  Todavía falta lo mejor.  
(BEBA coloca el cuchillo de una manera satisfactoria.)
  Con mucha precaución...
BEBA.-   (Furiosa.)  Conmigo no cuentes.
CUCA.-   (Ordenando mentalmente la habitación.)  Las lámpara, las cortinas... Es cuestión matemática.
BEBA.-   (Furiosa.) Vete a buscar a otro. O arréglatelas tú sola.
CUCA.-  Tú has participado desde el principio. No puedes retractarte.
BEBA.-  Ojalá ocurra lo imprevisto.
CUCA.-  También cuento con eso.  (A LALO.) Levántate.

(LALO no se mueve.)

BEBA.-   (Furiosa.) Déjalo. ¿No ves que sufre?

(LALO emite un leve quejido o ronquido.)

CUCA.-  ¡Te entrometes...!
BEBA.-  Debías aguardar quizás... Sólo un ratico.
CUCA.-  Sé lo que hago.
BEBA.-   (En tono sutil de sarcasmo.) Me luce perfecto; pero recuerda que yo estoy en guardia, dispuesta en cualquier momento...
CUCA.-   (Rápida, furiosa.) ¿A qué?
BEBA.-  A saltar.
CUCA.-  ¿No me digas? ¿Así que tú te opones...? Pues, oye bien claro lo que te voy a decir: no pienses que te dejaré intervenir en algo más allá de tu parte. Tú eres un instrumento, un resorte, una tuerca. (Otro tono.)  ¡Alégrate!  (Otro tono.)  No me saques esa cara.  (Tono amenazador.)  Atente pues a las consecuencias. En esta casa todo está en juego. Ayúdame a dar los últimos toques.  (Moviéndose, disponiendo un sitio para cada objeto. Enumera.)  El florero, el cuchillo, las cortinas, los vasos..., el agua, las pastillas. Dentro de unos minutos entrará la policía... La jeringuilla y las ámpulas... Nosotras nada tenemos que hacer, sino desaparecer..., volatilizarnos, si es necesario.  
(BEBA da unos pasos con intención de escabullirse. CUCA la detiene.)
  No, muñeca linda. No te hagas la boba. Tú me entiendes.  
(Frente a CUCA, BEBA se contrae.)
  ¿Qué? ¿No estás conforme? ¿Quieres meter la cuchareta...? Nosotras seremos invisibles. ¿Tienes algo que añadir? Nosotras somos inocentes. ¿Pretendes tomar partido?  (A LALO.) Levántate. Se hace tarde.   (A BEBA.) ¿Vas a defender lo indefendible? ¿Acaso este no es un asesino?  (A LALO.)  Componte un poco. Pareces un cadáver.  
(LALO se levanta torpemente. BEBA instala un paquete de barajas sobre la mesa y luego las esparce. A BEBA.)
  Jamás se me hubiera ocurrido semejante detalle.
LALO.-   (Todavía de espaldas al público. A BEBA.)  Tráeme un vaso de agua.
CUCA.-   (Imperiosa.) No puede ser. (Acercándose a LALO, arreglándole las ropas. Con cierta ternura.)   Tienes que esperar.  (Como la madre.) Ese cuello, qué barbaridad... Igualito que un pordiosero.
LALO.-  Tengo la boca reseca.
BEBA.-   (Como la madre, con evidente ternura.) Has dormido muy mal.
LALO.-  Necesito salir un segundo.
CUCA.-   (Violenta.)  De aquí no sales.
LALO.-  ¡Necesito...!
CUCA.-  No necesitas nada. Todo está dispuesto. ¿Piensas, qué...? ¿Una mala jugada?... Pues no te dejaré.

(CUCA detiene a LALO, que amaga con escapar. Lo sujeta por el cuello de la camisa. Forcejean violentamente. BEBA, de entrada, se paraliza; luego, la lucha entablada va adquiriendo para ella una diabólico interés y da vueltas alrededor de CUCA y LALO.)

LALO.-  Suéltame.
CUCA.-  Antes muerta.
LALO.-  Te engallas.
CUCA.-  Arriesga el pellejo.
LALO.-  Me arañas.
CUCA.-  ¡Es el juego! Vida o muerte. Y no escaparás. Soy capaz de todo con tal de que te juzguen.

(BEBA corre hacia el fondo oscuro donde está la puerta.)

BEBA.-   (Gritando.)  ¡La policía! ¡La policía!

(Los dos hermanos dejan de forcejear. LALO cae, derrotado, en una silla. BEBA permanece junto a la puerta cerrada. En el otro extremo de la puerta, también el fondo, está CUCA.)

CUCA.-   (Con furia.) Jamás te perdonaré. Eres culpable. Si tienes que morir, que así sea.
BEBA.-  Chist. Silencio.  (Pausa larga.) 

(BEBA y CUCA se mueve con gestos lentos, casi de cámara lenta. Son los dos policías que descubrirán el crimen.)

CUCA.-   (Como un policía.) Qué oscuro.
BEBA.-   (Como otro policía.) Huele mal.
CUCA.-   (Como un policía.)  Manchas de sangre por todas partes.
BEBA.-   (Como otro policía.)  Me luce que han matado a dos puercos, en lugar de cristianos.
CUCA.-   (Como un policía.) Gente puerca.
BEBA.-   (Como otro policía.)  Gente sin corazón.

(Las dos hermanas avanzan como si estuvieran caminando por una oscura galería. Ruidos de objetos que se desploman a su paso. LALO se despatarra en la silla. Las hermanas se detienen ante él y enfocan su rostro con una linterna de mano.)

BEBA.-   (Como otro policía, en señal de triunfo.)  Agarramos al pez.
CUCA.-   (Como un policía, en señal de triunfo.) Trabajo nos ha costado.  (A LALO, con violencia.)  De pie, vamos, rápido.

(LALO, molesto por la luz, se protege con las manos el rostro.)

BEBA.-   (Como otro policía. Con vulgaridad.) Eh, chiquito... Si no quieres que te acribille, no te muevas.
CUCA.-   (Como un policía. Con insolencia.) Vamos, levántese.
BEBA.-   (Como otro policía. Con insolencia. A CUCA.)  Ha caído, mi socio.  
(LALO, en pie, levanta las manos.)
  Hay que actuar sin dormirse en los laureles.
CUCA.-   (Como un policía.) Regístralo.
BEBA.-   (Como otro policía.)  El tipo es peligroso.  (Tantea sobre la ropa, el cuerpo, de LALO.)  Los documentos... El carnet de identidad, ¿dónde?  (Saca unos documentos imaginarios.)  ¿Cómo te llamas?  
(LALO no contesta.)
  Estás detenido. Responde a la justicia. ¿De quién eran esos gritos?
CUCA.-   (Como un policía.) ¿Mataste a alguien?
BEBA.-   (Como otro policía.) ¿Por qué tanta sangre?
CUCA.-   (Como un policía.)  ¿Vives con tus padres?
BEBA   (Como otro policía.) ¿Tienes algún hermano o hermana? Contesta.
CUCA.-   (Como un policía.)  Te los llevaste en la golilla. Escupe, que te conviene.
LALO.-   (Vagamente.) No sé.
BEBA.-   (Como otro policía.)  ¿Cómo que no sabes? ¿Vives solo?
CUCA.-   (Como un policía.) ¿Y toda esa ropa...?   (Otro tono.) Déjalo, Cuco.  (Se sonríe.) Ya tendrá tiempo de hablar.
BEBA.-   (Como otro policía.) A éste no hay quien lo salve, mi hermano.  (Se ríe. Grosero.)  Un delincuente de marca mayor. Seguramente robó primero; y luego, no satisfecho, decidió matarlos.  (A LALO.)  ¿A tus padres, no?... Casi me lo imagino. ¿Los envenenaste? (Coge el tubo de pastillas, lo observa y vuelve a colocarlo en la mesa.)  ¿Cuántas pastillas...?  
(LALO no responde. Sonríe de vez en cuando.)
  Vamos, desembucha... Si hablas, puede que el castigo sea menor.  (A CUCA, enseñándole la jeringuilla.)  ¿Has chequeado? Por las trazas...
CUCA.-   (Como un policía.) A todas luces éste es un crimen de los gordos.  (A LALO.)  ¿Dónde están los cadáveres?  (A BEBA.)  No hay rastro alguno...
BEBA.-   (Como otro policía.) ¿Dónde los escondiste? ¿Los enterraste?
CUCA.-   (Como un policía.)  Registremos la casa de arriba a abajo. Rincón por rincón...
BEBA.-   (Como otro policía.)  ¿Por qué los mataste? Suelta prenda. ¿Te maltrataban?
LALO.-   (Secamente.)  No.
CUCA.-    (Como un policía.)  Ya era hora, muchacho. ¿Por qué los mataste?
LALO.-   (Con aplomo.)  Yo no hice eso.
CUCA.-   (Como un policía.)  Qué descaro.
BEBA.-   (Como otro policía.)  ¿Estaban durmiendo?
CUCA.-   (Como un policía.)  Mayor cinismo, coño... ¿Así que tú no asesinaste a nadie? ¿A tus padres? ¿A tus hermanos? ¿Algún pariente?  
(LALO se encoge de hombros.)
  Entonces, dime, ¿qué has hecho?
BEBA.-   (Como otro policía.)  ¿Los ahogaste con las almohadas?
CUCA.-   (Como un policía.) ¿Cuántas puñaladas les distes?
BEBA.-   (Como otro policía.) ¿Cinco, diez, quince?
CUCA.-   (Como un policía.)  No me dirás que ha sido un juego. Aquí están las manchas de sangre. Tú mismo estás embarrado de pies a cabeza. ¿Te atreverás a negarlo? ¿Rehúsas el interrogatorio? (Otro tono.)  Yo más o menos he visto el crimen...  (Rápido.) ¿Dónde están tus padres? ¿Encerrados en un baúl?  (Pausa. Reconstruyendo la escena.) Tú ibas despacio, en puntillas, para no hacer ruido, en la oscuridad... Tus padres roncando a pierna suelta y tú aguantando la respiración y en la mano el cuchillo que no tiembla...
LALO.-   (Con orgullo.) Elucubraciones. Usted miente.
CUCA.-   (Como un policía.)  Cabronazo..., tú.  (Agotada.) Ah, esta casa es un laberinto.
BEBA.-   (Como otro policía, que ha escudriñado por los recovecos de la habitación.)  ¡La prueba!  (Señala hacia el cuchillo.) Estamos en la pista. (Se agacha para recogerlo.) 
CUCA.-   (Como un policía, gritando.) No lo toques.
BEBA.-   (Como otro policía.)  A tomarle las huellas digitales.  (Apuña el cuchillo con un pañuelo y lo sitúa encima de la mesa.)  
CUCA.-   (Como un policía.) Si éste prosigue jugando cabeza...
BEBA.-   (Como otro policía. Furioso.)  Esto lo resuelvo yo de un plumazo.  (A LALO.)  ¿Te decides a hablar..., o...? No quiero utilizar la violencia. ¿Quiénes te crees que somos nosotros? ¿Piensas que estamos pintados en la pared?  (En tono amenazador y persuasivo a la vez.)  Descose la boca, por la cuenta que te trae. Ya va terminando la hora de las contemplaciones.   (Tono amistoso.) Habla, total, que es por tu bien.  (Mirando a CUCA.) Nosotros no lo tomaremos en consideración. No te preocupes.

(CUCA se desplaza por un lateral del escenario, investigando.)
  
Ya verás lo tranquilo que te sentirás cuando nos lo cuentes todo. Es sencillo, sencillísimo.  (Tono casi familiar.)  ¿Cómo lo hiciste? ¿Por qué? ¿Te maltrataban de palabras o...? ¿No hubo, por azar, un robo o alguna trastada por el estilo? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Lo has olvidado? Trata de recordar; reflexiona... Tómate el tiempo que quieras.
LALO.-   (Con gran soberbia.) Ninguno de ustedes puede comprender...
BEBA.-    (Como otro policía. Persuasivo, con una sonrisa.)  ¿Por qué dices eso?...  (Íntimo.) Vamos, chico, confiesa...
CUCA.-   (Como un policía. Fuera del escenario. Gritando.)  No te calientes la sangre, Cuco. Aquí está el paquete.  (Entra a escena. Limpiándose las manos, una con la otra.)  ¡Si vieras!... Un espectáculo bochornoso, qué digo, horrible. Se le engrifan los pelos al gallo más pintado. (Reconstruyendo la escena.)  Ahí están la pala y el azadón... Abrió un hueco enorme. Ignoro cómo pudo hacerlo solo... Y allí, al fondo, los dos cuerpos y un poco de tierra encima. (Acercándose a LALO. Dándole una palmada en el hombro.)  Conque el caballerito no hizo nada.

(BEBA se dirige al mismo lugar por donde salió CUCA.)
  
Sí, exacto. (Con una sonrisa de satisfacción.)  El caballerito es inocente.  (Otro tono.) Pues...  (Lo mira fijamente, con impertinencia.)  El caballerito tiene sus horas contadas.  (Tono vulgar.)  Has firmado tu sentencia, mi hermano.
BEBA.-   (Entrando a escena, dejando de actuar como el otro policía.) Es espantoso.
CUCA.-   (Como un policía, tono vulgar.) No te pongas dramático.
BEBA.-  Me quedé fría.
CUCA.-   (Como un policía.) El chiquito se las traquetea.
BEBA.-  Sentí un escalofrío.
CUCA.-   (Como un policía. A BEBA.) Arriba, socio. No te dejes caer.   (A LALO, con ínfulas.) Eres un... Me dan deseos...  (A BEBA.)  A levantar el acta.
BEBA.-  ¿Cómo...? Pero si no ha confesado.
CUCA.-   (Como un policía.) No es necesario.
BEBA.-  Yo creo que sí.
CUCA.-   (Como un policía.) Hay pruebas suficientes.
BEBA.-  Debemos intentarlo...  (Aproximándose a LALO.) Lalo, es urgente que digas, que hables. ¿Por qué? ¿Por qué, Lalo?
CUCA.-   (Como un policía, a BEBA.)  ¡Te ablandas!
BEBA.-   (A LALO, suplicante.) ¿No comprendes que es un requisito, que es importante la confesión? Di lo que quieras, lo que se te ocurra, aunque no sea lógico, aunque sea un disparate; di algo, por favor.

(LALO permanece impenetrable.)

CUCA.-   (Como un policía.) A la Estación. El acta. El informe...

(Con pasos graves, BEBA se dirige a la mesa y se sienta.)
   
(La escena, a partir de este momento, adquirirá una dimensión extraña. Los elementos que se emplean en ella son: los sonidos vocales, los golpes sobre la mesa y el taconeo acompasado, primero de BEBA, y luego de los dos personajes [BEBA y CUCA], en el escenario. Aprovéchense estos recursos hasta el máximo.)

CUCA.-   (Dictando automáticamente.) En el local de esta Estación de Policía, y siendo...
BEBA.-   (Moviendo las manos sobre la mesa, repite automáticamente.) Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (Tono anterior.) ..., ante el Sargento de Carpeta que suscribe, se presentan el Vigilante número 421 Cuco de Tal y el Vigilante número 842 Bebo Mascual conduciendo al ciudadano que dice nombrarse...
BEBA.-   (En la forma anterior.) Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac.  
(CUCA mueve los labios continuando el dictado.)
  Tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.)  Manifiestan los dos vigilantes a un mismo tenor que: «Encontrándose de recorrido por la zona correspondiente a su posta...»
BEBA.-   (Golpeando con las manos la mesa, repitiendo automáticamente, con gran sentido rítmico.) Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac.

(CUCA mueve los labios continuando el dictado.)

CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., escuchara voces y un gran escándalo...
BEBA.-   (En la forma anterior.) Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., que reñían, que discutían, que se lamentaban...
BEBA.-   (En la forma anterior.)  Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., y habiendo escuchado un grito de socorro...
BEBA.-   (Golpeando con las manos sobre la mesa, taconeando y repitiendo con gran sentido rítmico, automáticamente.)  Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac.  
(CUCA repite su gestualidad.)
  Tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., que al entrar en la susodicha habitación...
BEBA.-   (En la forma anterior.)  Tac-tac-tac-tac. Tac-tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., dos cuerpos que presentaban...
BEBA.-   (En la forma anterior.)  Tac-tac-tac-tac.
CUCA.-   (En el tono anterior.) ..., contusiones y primeras heridas de primer grado...
BEBA.-   (En la forma anterior.) Tac-tac-tac-tac.

(CUCA empieza a golpear sobre la mesa, a repetir, como BEBA, el taconeo y el tecleo oral, hasta que la escena alcanza un breve instante de delirio. Pausa. CUCA y BEBA vuelven a su actitud aparentemente normal. CUCA le muestra un papel a LALO.)

CUCA.-   (Autoritaria.) Firme aquí.

(Pausa. LALO mira el papel. Mira a CUCA. Coge el papel con desfachatez. Lo observa detenidamente.)

LALO.-   (Colérico, seguro, desafiante.) No acepto. Me entienden. Todo esto es una porquería. Todo es una infamia.  (Pausa. En otro tono, burlón.)  Me parece magnífico, admirable, que así, de buenas a primeras, ustedes traten, proyectando sus pasiones más despreciables, de hacerme un interrogatorio. Es lógico. Es casi..., diría, natural. Pero, ¿qué se proponen? ¿Piensan que voy a firmar ese mamotreto de mierda? ¿Eso es la ley? ¿Eso es la justicia? ¿Qué saben ustedes de todo eso?  (Gritando. Rompe el acta.) Basura, basura, basura. Eso es lo digno. Eso es lo ejemplar. Eso es lo respetable. (Patea y pisotea lo papeles rotos. Pausa. Otro tono. Con una sonrisa amarga y con lágrimas en los ojos.)  Es muy simpático, muy digno, muy ejemplar que ustedes ahora digan culpable. Y ya. Basta, a otro asunto. Pero que armen este reperpero... (A CUCA.) ¿No le satisface lo que ha pasado? ¿Por qué pretende endilgarme una serie de invenciones, sin ton ni son? ¿Qué partido sacará...? ¿O cree o se imagina que soy bobo de remate?  (En una burla simiesca.)  Ay, estoy muerto de miedo. Pues, no. No tengo miedo.  
(BEBA agita la campanilla.)
  Soy culpable. Sí, culpable. Júzgueme. Haga lo que quiera. Estoy en sus manos.  
(BEBA vuelve a mover la campanilla como un juez. LALO, en otro tono, menos violento, pero con una actitud arrogante.)
  Si el señor juez me permite...
BEBA.-   (Como un juez.)  Ruego al público que mantenga la debida compostura y silencio, o de lo contrario, tendré que desalojar la sala y reanudar las sesiones a puertas cerradas.  (A CUCA.) Tiene la palabra el señor fiscal.
CUCA.-   (A BEBA.)  Muchas gracias, señor juez.   (A LALO.) El señor procesado conoce las dificultades que hemos tropezado desde el inicio para el esclarecimiento de los sucesos acaecidos en la nefasta madrugada..., del...

(BEBA agita la campanilla.)

BEBA.-   (Como un juez.) Ruego al señor fiscal sea más explícito, y concrete al formular su exposición.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Perdone, señor juez, pero...
BEBA.-   (Moviendo la campanilla.)  Le ruego a señor fiscal que se atenga exclusivamente al interrogatorio.
CUCA.-   (Como un fiscal. A BEBA.) Señor Juez, el procesado, durante el interrogatorio anterior, se ha servido de una cantidad sorprendente de evasivas, lo que hace imposible el intento de aclarar...
BEBA.-   (Como un juez. A CUCA. Golpeando fuertemente la mesa.) Aténgase al cuestionario de orden.
CUCA.-   (Como un fiscal. Solemne.) Le repito al señor juez que el procesado obstaculiza sistemáticamente toda tentativa de esclarecer la verdad. Por tal motivo, someto a la consideración de la sala las siguientes preguntas: ¿puede y debe burlarse a la justicia? ¿La justicia no es la justicia? ¿Si podemos burlarnos de la justicia, es la justicia otra cosa y no la justicia?... En realidad, señores de la sala, ¿tendremos que ser clarividentes?
BEBA.-   (Como un juez. Implacable, golpeando la mesa.) Exijo al señor fiscal que no se extralimite en sus funciones.
CUCA.-   (Como un fiscal, alardeando ante el público de sus recursos teatrales.)  Ah, señoras y señores, el señor procesado, como todo culpable, teme que el peso de la justicia...
LALO.-   (Furioso, pero conteniéndose.) Estás haciendo trampas. Te veo venir. Quieres hundirme, pero no podrás.
CUCA.-   (Como un fiscal. Solemne y furioso. A BEBA.) Señor juez, el procesado está actuando de una manera irreverente. En nombre de la justicia exijo la compostura adecuada. ¿Qué procura el procesado? ¿Crear el desconcierto? Si ése es su propósito, tenemos que calificarlo abiertamente de intolerable. Los oficios de la ley y de la justicia mantienen un tono lógico. Nadie puede quejarse de sus métodos. Están hechos a la medida del hombre. Pero el procesado, a lo que intuyo, no entiende, o no quiere entender, o es probable que en su ánimo existan zonas turbias..., o tal vez, prefiera esconderse, agazaparse en los subterfugios de la tontería y la agresividad. Demando que cada uno de los integrantes de este jurado y la sala en general tenga una clara conciencia de su actitud y que a la hora de emitirse el veredicto seamos equilibrados, pero al mismo tiempo implacables. Señoras y señores, el procesado, por su parte declara desenvueltamente su culpabilidad; es decir, afirma haber matado. Este hecho rebasa los límites de la naturaleza y adquiere una dimensión exasperante, para el ciudadano normal que transita las calles de nuestra ciudad; por otro lado, el procesado niega, claro que de una forma indirecta, y desvía la sucesión y encadenada de los hechos, empleando las más disímiles argucias: contradicciones, banalidades y expresiones absurdas. Como por ejemplo: no sé; quizás; puede ser; sí y no. ¿Esa es una respuesta? O también el manido recurso de: «Si yo tuviera clara conciencia de las cosas...» Esto es inadmisible, señores del jurado.  (Avanza hacia el primer plano, con gran efecto de teatralidad.)  La justicia no puede detenerse pasivamente ante un caso semejante, donde toda la abyección, la malevolencia y la crueldad se reúnen. He aquí, señoras y señores, al más repugnante asesino de la historia. Vedlo. ¿No siente repulsión cualquier criatura frente a este detritus, frente a esta rata nauseabunda, frente a este escupitajo deleznable? ¿No se siente la necesidad del vómito y del improperio? ¿Puede la justicia cruzarse de brazos? Señoras y señores, señores del jurado, señores de la sala, ¿podemos aceptar que un sujeto de tal especie comparta nuestras ilusiones y nuestras esperanzas? ¿Acaso la humanidad, es decir, nuestra sociedad, no marcha hacia un progreso resplandeciente, hacia una alborada luminosa?

(LALO balbucea algo, pero el torrente oratorio de CUCA le impide actuar, gesticular o hablar.)
  
Vedlo, indiferente, imperturbable, ajeno a un sentimiento de ternura, comprensión o piedad. Ved ese rostro. (En un grito.)  Un rostro impasible de asesino. El procesado desmiente haber cometido el asesinato por dinero, en otras palabras, para robar, o para convertirse en el usufructuario de la pequeña pensión de sus padres. ¿Por qué mató, entonces? Porque, en realidad, no existe ningún móvil concluyente. ¿Tendremos que convenir en que fue por odio? ¿Por venganza? ¿Por puro sadismo?  
(Pausa. LALO se mueve impaciente en su silla. CUCA, en un tono mesurado.)
  ¿Puede la justicia admitir que un hijo mate a sus padres?
LALO.-   (A BEBA.) Señor juez..., yo quisiera, yo desearía...
CUCA.-   (Como un fiscal.)  No, señores del jurado. No, señores de la sala. Mil veces no. La justicia no puede consentir tamaño desacato. La justicia impone la familia. La justicia ha creado el orden. La justicia vigila. La justicia exige las buenas costumbres. La justicia salvaguarda al hombre de los instintos primitivos y corruptores. ¿Podemos tener piedad de un tipejo que viola los principios naturales de la justicia? Yo pregunto a los señores jurados, yo pregunto a los señores de la sala: ¿Es que existe la piedad?   (Pausa.) Pero nuestra ciudad se levanta, una ciudad de hombres silenciosos y arrogantes avanza decidida a reclamar a la justicia el cuerpo de este ser monstruoso... Y será expuesto a la furia de hombres verdaderos que anhelan la paz y el sosiego.  (En tono grandilocuente.)  Por lo tanto exijo al procesado que contribuya a poner orden en el conocimiento de la realidad de los hechos. (A LALO.)  ¿Por qué mató a sus padres?
LALO.-  Yo quería vivir.
CUCA.-   (Violenta.)  ¿Ésa es una respuesta?  (Rápida.) ¿Cómo lo hizo? ¿Les dio algún brebaje, un tóxico, primero? ¿O los ahogó entre las almohadas, sabiendo que estaban indefensos, y después los remató? ¿Cómo puso las almohadas? ¿Qué papel juegan esta jeringuilla y estas pastillas? ¿Son por casualidad pistas falsas? Explique usted, señor procesado.  (Pausa.)  ¿Los mató a sangre fría, planeando paso a paso los detalles del crimen, o fue en un rapto de violencia? Diga usted. ¿Solamente empleó este cuchillo?  (Agotada.)  En fin, señor procesado, ¿por qué los mató?
LALO.-  Yo me sentía perseguido, acosado.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Perseguido?, ¿por qué? ¿Acosado, por qué?
LALO.-  No me dejaban tranquilo un minuto.
CUCA.-   (Como un fiscal.)   Sin embargo, los testigos presentes confiesan...
LALO.-   (Interrumpiendo.)  Los testigos mienten...
CUCA.-   (Como un fiscal. Interrumpiendo.)  ¿Echa usted abajo la declaración de los testigos?
LALO.-   (Firme.)  Esa noche no hubo nadie presente.
BEBA.-   (Como un juez. A LALO.)  El procesado debe ser exacto en sus respuestas. Es fundamentalmente necesario. ¿Es cierto eso que acaba de afirmar?... El tribunal exige veracidad y concreción. El tribunal aguarda que el procesado acate, en el mejor sentido, estas exigencias de orden... Tiene la palabra el señor fiscal.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  ¿Y sus familiares más allegados...? ¿Su abuela, por ejemplo, sus tías..., sus parientes? ¿Se veían frecuentemente? ¿Qué tipo de relación mantenían con ellos?
LALO.-  No teníamos ninguna.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Por qué?
LALO.-  Mamá odiaba a la familia de papá y papá no se llevaba con la familia de mamá.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿No exagera el procesado en estos cargos?
LALO.-  Ningún pariente nos visitaba... Mamá nunca quiso que vinieran a casa. Decía que eran hipócritas y envidiosos, que antes la debacle. Papá pensaba lo mismo de los hermanos y primos y cuñados de mamá... Tampoco dejaban que los visitáramos.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Eso no parece tener mucho fundamento. ¿Por qué...?
LALO.-  Nos repetían que nosotros valíamos más, que toda esa gente era baja, que no tenía condición...
CUCA.-   (Como un fiscal.)  Pero usted, ¿nunca intentó establecer una relación, un contacto...?
LALO.-  Una vez lo hice, pero me salió mal...
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Conoce usted a la testigo señora Angelita...? (Al público.)  Su nombre, por favor. Gracias. ¿A la testigo señora Ángela Martínez?
LALO.-  Sí.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Estuvo en su casa, ¿antes o después de los hechos?
LALO.-  Antes.  (Pausa.)  Serían las seis de la tarde.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  Ella, en sus declaraciones, insiste en ustedes jugaban de una manera especial... ¿Qué tipo de juego?  (Pausa.)  ¿No había en él algo..., enfermizo?  (Pausa.)  Responda: ¿no era un juego monstruoso?
LALO.-   (Impávido.)  Pudiera ser.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Sus padres, según tengo entendido, se quejaban...
LALO.-  Toda la vida, desde que tengo uso de razón, oí siempre las mismas quejas, los mismos sermones, la misma cantaleta.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Habría alguna razón.
LALO.-  A veces sí, a veces no... Una razón machacada hasta el infinito se convierte en una sinrazón.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  ¿Eran sus padres tan exigentes?
LALO.-  No entiendo.
CUCA.-   (Como un fiscal.) La pregunta es la siguiente: ¿qué tipo de relación tenía usted con sus padres?
LALO.-  Creo haberlo dicho ya: me pedían, me exigían, me vigilaban.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Qué pedían? ¿Qué exigían? ¿Qué vigilaban?
LALO.-   (Angustiado.) No sé. No sé. (Repitiendo. Automáticamente.)  Lava los platos, lava los manteles, lava las camisas. Limpia el florero, limpia el orinal, limpia los pisos. No duermas, no sueñes, no leas. No sirves para nada.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Creen los señores del jurado y los señores de la sala que ésos sean motivos capaces de provocar tal enajenación que un individuo se sienta impelido por ellos al asesinato?
LALO.-   (Balbuciente.) Yo quería...
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Qué quería usted?  (Pausa.)  Responda.
LALO.-   (Sincero.) La vida.
CUCA.-   (Como un fiscal. Con sarcasmo.) ¿Le negaban sus padres la vida? (Al público.)  ¿No es ésa una evasiva del procesado?
LALO.-   (Apasionado.) Yo quería, anhelaba, deseaba desesperadamente hacer cosas por mí mismo.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  ¿Sus padres se oponían?
LALO.-   (Asentado)  Sí.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Por qué?
LALO.-  Decían que yo no tenía dos dedos de frente, que era un vago, que jamás podría hacer algo de valor y provecho.
CUCA.-   (Como un fiscal. Con mucha parsimonia.)  ¿Qué cosas eran las que usted deseaba realizar? ¿Quiere explicarse el procesado?
LALO.-   (Atormentado, esforzándose, un poco confundido.)  Es muy difícil... Era algo. ¿Sabe usted? Algo. ¿Cómo podré decirlo?... Yo sé que existe, que está ahí; pero soy incapaz ahora.  
(CUCA se sonríe con malvada intención.)
  Mire..., el problema es...  (Balbucea incoherencias.)  es que... yo...  (Otro tono.) Yo trataba, por todos los medios, de complacerlos... Un día cogí una pulmonía... No, para qué, qué gano..., yo...  (Rotundo.)  Todo me salía mal. Yo no deseaba que fuera así; pero nada podía hacer fatalmente; y entonces...
CUCA.-   (Como un fiscal.) Entonces, ¿qué...?
LALO.-  Me gritaban, me golpeaban, me castigaban; horas interminables en un cuarto oscuro; me repetían una y mil veces que debía morir, que estaban esperando que me fuera de casa para ver si me moría de hambre, para ver qué iba a hacer.
CUCA.-   (Con una sonrisa cínica.) ¿Está usted seguro de lo que dice?
LALO.-  Naturalmente.
CUCA.-   (Como un fiscal. En otro tono.) Hable, hable. Prosiga.
LALO.-  Yo era muy desgraciado.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  Argumentos, argumentos...
LALO.-  La casa se me caía encima. Yo notaba que la casa se iba derrumbando, a pesar de que mis padres no se dieran cuenta, ni mis hermanas, ni los vecinos.
CUCA.-   (Como un fiscal.) Asimilo mal... ¿Qué se esfuerza en exponer justamente?
LALO.-  Aquellas paredes, aquellas alfombras, aquellas cortinas y las lámparas y el sillón donde papá dormía la siesta y la cama y los armarios y las sábanas..., todo eso lo odiaba, quería que desapareciera.
CUCA.-  Usted odiaba todo eso. Y a sus padres, por supuesto, también, ¿no es así?
LALO.-   (Abstraído.) O tal vez lo mejor era huir. Sí, irme a cualquier parte: al infierno o a la Cochinchina.
CUCA.-   (Como un fiscal. Exagerando el tono declamatorio.) Señores del jurado, señores de la sala...
LALO.-   (Prosigue, como hipnotizado.) Un día, jugando con mis hermanas, de repente, descubrí...
CUCA.-   (Como un fiscal. Con súbito interés por la divagación de LALO.) ¿Qué descubrió?
LALO.-   (En el tono anterior.)  Estábamos en la sala; no, miento... Estábamos en el último cuarto. Jugábamos... Es decir, representábamos...  (Sonríe como un idiota.)  A usted le parecerá una bobería, sin embargo... Yo era el padre. No, mentira. Creo que en ese momento era la madre. ¡Todo un juego!...  (Otro tono.) Pero, allí, en ese instante, llegó hasta mí esa idea... (Vuelve a sonreír como un idiota.) 
CUCA.-   (Como un fiscal. Con creciente interés.) ¿Qué idea?
LALO.-   (Con la misma sonrisa.) Es muy fácil, y resulta complicado. Uno no sabe realmente si dice lo que siente. Yo... (Mueve las manos, tratando de explicarse en ese movimiento.)  Yo sabía que lo que los viejos me ofrecían no era, no podía ser la vida. Entonces, me dije: «Si quieres vivir tienes que...» (Se detiene, hace gesto de apuñalear, o crispar los puños triturando algo.)  
CUCA.-   (Como un fiscal.)  ¿Qué sintió? Explíquese.
LALO.-   (Como un bobo.)  Confuso y revuelto, imagínese usted.
CUCA.-   (Como un fiscal.)  ¿Sintió miedo?
LALO.-  De repente, creo que sí.
CUCA.-   (Como un fiscal.) ¿Y luego?
LALO.-  Luego, no.
CUCA.-   (Como un fiscal. Otro tono. Un poco irónico.)  ¿Se acostumbró a la idea?
LALO.-  Me acostumbré.
CUCA.-   (Como un fiscal. Reacciona violentamente.) ¿Cómo?  (Dando un golpe sobre la mesa.)  Esto es inaudito, señores de la sala.
LALO.-  Sí, me acostumbré. (A medida que avanza en el monólogo se irá transformando.)  Parece terrible, aunque... Yo no la deseaba ni me gustaba; pero la idea me daba vueltas, llegaba y se iba, y volvía otra vez. Al principio quise borrarla..., ¿usted me comprende...? Y ella insistía: «Mata a tus padres. Mata a tus padres». Creí que iba a enloquecer, le aseguro que sí. Corría y me metía en la cama y me entraban unas calenturas... Sí, tuve fiebre. Pensé que me desinflaría como un globo, que reventaba, que era el diablo quien me hacía señas; y temblaba entre las sábanas... Si usted supiera... No dormía; noches y noches en vela. Tenía escalofríos... Y era espantoso porque vi que la muerte se me acercaba, poco a poco, detrás de la cama, entre las cortinas y entre las ropas del armario y se convirtió en mi sombra y me susurraba entre las almohadas: «Asesino», y luego desapareció como por encanto; y me ponía delante del espejo y contemplaba a mi madre muerta en el fondo de un ataúd y a mi padre ahorcado que se reía y me gritaba; y por las noches sentía las uñas de mi madre en las almohadas, arañándome.  (Pausa.) Todas las mañanas sufría al despertarme: era como si yo me levantara de la muerte abrazado a dos cadáveres que me perseguían en sueños. Por momentos estaba tentado..., pero, no..., ¿irme de la casa?, ¡ni pensarlo! Ya sabía a lo que estaba sometido..., siempre tuve que regresar y siempre decía que no lo volvería a hacer. Ahora estaba decidido a no reincidir en esa loca aventura... ¡Todo, menos eso! Entonces se me metió en la cabeza que arreglaría la casa a mi manera, disponer... La sala no es la sala, me decía. La sala es la cocina. El cuarto no es el cuarto. El cuarto es el inodoro.  (Pausa.)  ¿Qué hacer? Si no era esto, debía destruirlo todo, todo; porque todos eran cómplices y conspiraban contra mí y sabían mis pensamientos. Si me sentaba en una silla, la silla no era la silla, sino el cadáver de mi padre. Si cogía un vaso de agua, sentía que tenía entre las manos el cuello húmedo de mi madre muerta. Si jugaba con un florero, caía de pronto un enorme cuchillo al suelo. Si limpiaba las alfombras, jamás terminaba, porque se agigantaba un duro coágulo de sangre.  (Pausa.)  ¿No ha percibido usted alguna vez algo parecido? Y me ahogaba, me ahogaba. No sabía a dónde estaba ni qué significaba aquel desbarajuste. ¿A quién contarle estas cosas? ¿Podía confiar en alguien? Estaba metido en un hoyo y era imposible escapar... (Pausa.)  Si bien tenía la peregrina idea de que podría salvarme... No sé de qué... Quizás, bueno, hablo por hablar... Uno quiere explicarse y casi..., por lo regular, se equivoca... A lo mejor yo quería salvarme de aquel ahogo, de aquel encierro... Poco después, paulatinamente, esto se fue transformando. Oí un día una voz clara, definida, potente, que nunca antes había escuchado, sin saber de dónde salía..., y que se disolvía en chasquidos de látigos y de cáscaras de huevo pisoteadas. Si esto me estaba ocurriendo, era algo grave, extraño, desconocido para mí y debía hablarlo, porque, no cabía duda que inesperada, vendría una catástrofe..., y tampoco me fiaba en mis fuerzas..., y si me franqueaba..., no... Nadie comprendería. Se reirían, se burlarían. Y al llegar a este punto oía las carcajadas y los chistes de mis hermanas por los cuartos y los corredores y en los patios de la casa... Y junto a las carcajadas y chistes de mis hermanas, miles de voces repetían al unísono: «Mátalos», «mátalos». No crea que es un cuento chino. Se lo juro, la verdad. Sí, la verdad... (Como un iluminado.)  Desde entonces conocí cuál era mi camino y fui descubriendo que las alfombras, la cama, los armarios, el espejo, los floreros, los vasos, las cucharas y mi sombra, en un murmullo, reclamaban: «Mata a tus padres».  (En un éxtasis musical.) «Mata a tus padres». La casa entera, todo, me exigía ese acto heroico.  (Pausa.) 
CUCA.-   (Violenta.) Me voy. Estás jugando sucio.
LALO.-  Hay que llegar hasta el final.
CUCA.-  No puedo permitirte...
LALO.-  Tú también has tratado de aprovecharte.
CUCA.-  Lo que has hecho es imperdonable. Cada uno a su parte; fue lo convenido.
LALO.-  ¿No me digas? Y tú, por si las moscas...
BEBA.-   (Como un juez. Agitando la campanilla.)  ¡Orden! ¡Silencio! Pido a los señores de la sala que guarden la debida compostura...
CUCA.-   (Como la madre. A BEBA.) Sargento de Carpeta, perdone usted mi atrevimiento; pero yo deseo que se realice una investigación a fondo, desde el principio. Exijo una revisión en masa y coma por coma del proceso. Por eso he venido aquí. Yo voy a declarar. Mi hijo se presenta como una víctima y es todo lo contrario. Reclamo que se haga justicia en nuestro caso.  
(BEBA comienza a repetir el tac-tac de la maquina de escribir. Exagerando.)
  Si usted supiera la vida que nos ha hecho pasar esta criatura. Es algo tan terrible, tan...
BEBA.-   (Como el sargento. A CUCA.) Hable usted...
LALO.-   (Casi fuera de situación.) Mamá, yo...  (LALO, acorralado.)  Yo..., te juro...
CUCA.-   (Como la madre.)  No me jures nada. Te quieres pasar por bobo, pero conozco tus artimañas, tus rejuegos, tus porquerías. Por algo te parí. Nueve meses de mareos, vómitos, sobresaltos. Ése fue el anuncio de tu llegada... ¡Engatusarme a mí, muchacho...! ¿A qué vienen esos juramentos? ¿Crees que has conmovido al público y que podrás salvarte? Dime, ¿de qué?  (Sonríe. Con gran desparpajo.)  ¿En qué mundo vives, mi hijito?  (Burlándose.)  ¡Oh, ángel mío, me das pena! Verdaderamente eres, bueno, un que para qué...  (A BEBA.)  ¿Sabe usted, Sargento? Un día se le metió entre ceja y ceja que debíamos arreglar la casa a su antojo... Yo, al oír aquel disparate, me opuse terminantemente. Su padre puso el grito en el cielo. Pero ¿qué cosa...? Ay, usted no se imagina... El cenicero encima de la silla. El florero en el suelo. ¡Qué horror! Y luego se ponía a cantar a todo meter, corriendo por la casa: «La sala no es la sala. La sala es la cocina». Yo, por los santos cielos, me hacía la sorda, como si oyera llover.  (Otro tono. Dura, seca.) Has contado sólo la parte que te interesa... ¿Por qué no cuentas lo demás?  (Otro tono, de burla.) Has contado tu martirologio, cuenta el nuestro, el de tu padre y el mío. Me gustaría que refrescaras la memoria.  (Transformándose.)  Señor juez, si usted supiera las lágrimas que he derramado, las humillaciones que he recibido, las horas de angustia, los sacrificios... Ah, estas manos... Dan grima.  (Con lágrimas en el rostro.)  Mis manos... Si usted las hubiera visto antes de casarme...Y todo lo he perdido: mi juventud, mi alegría, mis distracciones. Todo lo he sacrificado por esta fiera.  (A LALO.)  ¿No te avergüenzas? ¿Sigues creyendo que has realizado un acto heroico?  (Con asco.)  Miserable. No sé cómo pude tenerte tanto tiempo en mis entrañas. No sé cómo no te ahogué cuando naciste.

(BEBA agita la campanilla.)

LALO.-  Mamá, yo...
CUCA.-   (Como la madre.)  ¡Nada! No mereces el pan que te damos. No mereces cada uno de mis sufrimientos... Porque tú eres el culpable. El único culpable.
LALO.-   (Violento.) Déjame ya, chica.
CUCA.-   (Como la madre. Violenta.) Me estoy poniendo vieja. Eso debes analizarlo y sacrificarte. ¿Piensas que yo no tengo derecho a vivir? ¿Piensas que me pasaré la vida en una continua agonía? Tu padre no se ocupa de mí y tú requetemenos. ¿A dónde voy a parar? Sí ya sé que están esperando a que me muera, pero no les daré ese gustazo. Lo gritaré a los vecinos, a la gente que pasa. Ya verás. Ésa será mi venganza. (Gritando.)  Auxilio. Socorro. Me están matando.  (Estalla en sollozos.)  Soy una pobre vieja que se muere de soledad.

(BEBA agita la campanilla.)
  
Sí, señor juez, estoy encerrada entre cuatro paredes sucias. No veo la luz del sol. Mis hijos no tienen consideración. Estoy ajada, marchita...  (Como si estuviera delante de un espejo, que es el público. Se acaricia la cara y termina golpeándola.)  Estas arrugas.  (Señala las líneas de las arrugas, con rencor y desprecio.)  Estos pellejos.  (A LALO.)  Así los tendrás algún día. Ay, lo único que deseo es que les pase lo mismo que a mí.  (Arrogante.) Yo por los cuatro costados he sido una mujer justa.
LALO.-   (Un tanto burlón.) ¿Estás segura? Piénsalo bien, mamá.
CUCA.-   (Como la madre.) ¿Qué dices? ¿Qué pretendes?
LALO.-    (Sarcástico.)  Que sé que mientes. Que una vez me acusaste...
CUCA.-   (Como la madre. Indignada. Lo interrumpe con un grito.) ¡Lalo!  (Pausa. Con suavidad.)  Lalo, ¿serías capaz de afirmar...?  (Pausa. Nuevamente irritada.)  ¡Esto es el colmo! Señor juez...  (Lloriqueando.)  Ay. Lalo...  (Limpiándose las lágrimas con las manos.)  ¿Que yo, Lalo...?  (Con una duda evidente.) Tu crees que yo... ¿Será posible, hijo? (Con una débil sonrisa.)  Oh, perdone, señor juez... Es probable que sí... De menos nos hizo Dios... Pero, vamos, fue una sanaquería.  (Ríe groseramente.) Yo estaba encaprichada en tener un vestido de tafetán rojo, precioso. Un vestido que se exhibía en la vidriera del Nuevo Bazar. Mi marido ganaba noventa pesos. Figúrese usted... Había que hacer milagros todos los meses para poder sobrevivir. Y yo tenía que arar con esos bueyes. Noventa pesos del Ministerio, señor juez, y punto. Pues, como le iba diciendo... Yo estaba desesperada, loca, por aquel vestido. Soñaba con él... Lo veía hasta en la sopa. En fin, un día, sin más ni más, decidí sacar el vestido del dinero de la comida. Y entonces inventé una historia.
BEBA.-   (Como un juez.)  ¿Qué historia?
CUCA.-   (Como la madre. Con desparpajo.)  Cuando Alberto llegó... Vino borracho como acostumbra... Le dije: «Oye viejo, pregúntale a tu hijo...» (Se acerca a BEBA para secretear.)  «Porque creo que nos ha robado».
BEBA.-   (Como el juez.)  ¿Por qué lo hizo?
CUCA.-   (Como la madre. Con ordinariez.)  ¡Quién sabe!... Era más cómodo...  (Termina de hacer la historia, exagerando.)  Alberto cogió una soga y no quiera usted saber la entrada de golpes que le dio al pobrecito Lalo... En realidad, era inocente; aunque... ¡Yo quería tanto aquel vestido rojo!  (Cerca de LALO.)  ¿Me perdonas, hijo mío?
LALO.-   (Hermético.) Quién soy para perdonarte.
CUCA.-   (Como la madre. Histérica.) Respétame, Lalo.  (Tono dramático.)  No soy la de antes. Estoy gorda, fea... ¡Ay, este cuerpo!
LALO.-  Deja de pensar en eso.
CUCA.-   (Como la madre.) Te digo que me respetes.
LALO.-  Sólo estaba bromeando.
CUCA.-   (Como la madre. Dura, imperativa.) No me vengas con bromitas. Tu padre es un viejo que anda corriendo como un loco detrás de algo que no existe. Igual que tú. Que te sirva de ejemplo. Echándoselas «del que todo lo puede» y en realidad es una basura... Una porquería. No sirve para nada. Siempre ha sido un Don Nadie. Ha vivido del cuento y pretende seguir haciéndolo. A veces he deseado que se muera. ¿Por qué tuve que amarrarme a un hombre que nunca me ha ofrecido una vida distinta?...  (Pausa. Otro tono.)  Si no fuera por mí, señor juez, esta casa se hubiera derrumbado, señor juez... Sí, por mí, por mí...
LALO.-   (Como el padre. Con voz potente, terrible.)  Ella miente, señor juez.
CUCA.-   (Como la madre. A LALO.)  ¡Cómo te atreves!
LALO.-    (Como el padre. A BEBA.)  Es cierto lo que digo. Ella trata de ponerlo todo negro. Sólo ve la paja en el ojo ajeno. Yo, como padre, por un sí y por un no, he sido culpable. Y ella también.  (Más convincente.) Como todos los padres hemos cometido injusticias y algunos actos imperdonables.
CUCA.-   (Como la madre. Con odio.)  Venías con manchas de colorete y pintura de labios en las camisas y los pañuelos.
LALO.-   (Como el padre. Violento.)  Cállate. Me coaccionas para que no diga la verdad.
CUCA.-   (Como la madre. Fuera de sí.)  Señor juez, sus borracheras, sus amigos, sus invitados a deshora...
LALO.-   (Como el padre. Violento.)  ¿Quién lleva los pantalones en esta casa?
CUCA.-   (Como la madre. Autoritaria.) En la casa mando yo.
LALO.-   (Como el padre. Enérgico.) Eso. «En la casa mando yo». Sí, tú... la que manda. A eso se reduce tu vida. Te has burlado de mí. Me has humillado. Esa es la realidad. Dominar.  (Pausa breve.) He sido un imbécil, un comemierda. Perdonen la palabra, señores del jurado.
CUCA.-   (Como la madre. Sarcástica.)  Vaya, hombre. Menos mal que lo reconoces.
LALO.-   (Como el padre. Tono anterior.) Sí..., para qué negarlo.  (Pausa. Ordenado sus pensamientos.)  Fui al matrimonio con vagas ilusiones. Si dijera que había cifrado todas mis ilusiones en el matrimonio estaría exagerando y mintiendo a la vez. Fui como la mayoría, pensando que tendría algunas cosas resueltas: la ropa, la comida, una estabilidad..., y un poco de compañía y..., en fin..., ciertas libertades.  (Como si se golpeara interiormente.)  Imbécil. Imbécil.  (Pausa. Otro tono.)  No pensaba en ningún momento que sería lo que fue.
CUCA.-   (Como la madre. Fuera de sí.)  No pensabas. «Lo ancho para mí y lo estrecho para ti», ese es el lema de todos. Conmigo la cosa tenía que ser distinta.
LALO.-   (Como el padre. Con amargura.) Sí, es evidente. Y claro que fue distinta. Días antes de casarnos empezaron las contrariedades: que si la iglesia era de barrio y no de primera categoría, que si la cola del traje de novia es muy corta, que tus hermanas decían, que tu madre, que tu prima, que tu tía, que tus amigas pensaban, que si tu abuela había dicho, que si los invitados serían tal y mascual, que si el cake no tiene diez pisos, que si tus amigos deben ir de etiqueta...
CUCA.-   (Como la madre. Retadora.)  Habla... Dilo. Vomítalo, que no te quede nada por dentro. Al fin descubro que me odias.
LALO.-   (Como el padre. Firme, convencido.)  No lo niego, y el por qué lo ignoro. Pero sé que es así. (Otro tono.)  Cuando novios te metiste en mi cama porque sabías que era la manera de agarrarme.
CUCA.-   (Como la madre. Retadora.) Sigue, sigue. No te detengas.
LALO.-   (Como el padre.) No querías criar sobrinos. Odiabas a los muchachos... ¿Pero, soltera, quedarte soltera...? Jamás. Tú tendrías un marido. Sea quien fuere. Lo importante era tenerlo.
CUCA.-   (Como la madre. Acercándose a él, furiosa.) Te odio, te odio, te odio.
LALO.-   (Como el padre. Retador.) Un marido te daba seguridad. Un marido te hacía respetable.  (Irónico.)  Respetable...  (Pausa.)  Ah, cómo explicarme... La vida, en todo caso, es algo así, si se quiere...
CUCA.-   (Como la madre. Desesperada.) Mentira, mentira, mentira.
LALO.-   (Como el padre. Violento.) ¿Me vas a dejar hablar?
CUCA.-   (Fuera de situación.) Estás haciendo trampas otra vez.
LALO.-   (Como el padre.) No quieres que la gente se entere de la verdad.
CUCA.-   (Fuera de situación.) Estamos discutiendo otra cosa.
LALO.-   (Como el padre.)  Tienes miedo de llegar al final.
CUCA.-   (Fuera de situación.)  Tú único interés es aplastarme.
LALO.-   (Como el padre. Violento.) ¿Y tú qué has hecho? Dime, ¿qué has hecho conmigo? ¿Y con ellos?  (Burlándose.) «Me pongo fea, Alberto. Estoy hinchada. Con tu sueldo no podemos mantenerlos». (Pausa.)   Y yo desconocía los motivos, las razones verdaderas. Y, hoy, te digo: «Ponte la mano en el corazón y respóndeme, ¿me has querido alguna vez?»   (Pausa.) No importa. Nada digas. Veo claro. Ha tenido que pasar un burujón de años para que entre en razón. «Alberto, los muchachos... No puedo con ellos. Ocúpate tú». Mientras pasaba el tiempo mayores eran tus exigencias, mayor era tu egoísmo.  (Pausa.)  Y yo, en la oficina, allá en el Ministerio, con los números, los chismes y los amigos que venían y decían: «Hombre, ¿hasta cuándo vas a seguir así?»

(CUCA comienza a cantar. «La sala no es la sala. La sala es la cocina. El cuarto no es el cuarto. El cuarto es el inodoro». Establecer una fuerte interrelación entre los cantos y las palabras de LALO y CUCA. Los cantos de BEBA aparecen primeramente como gruñidos y se van transformando hasta alcanzar un acento dulce, sencillo, ingenuo casi, mientras flamea de diferentes maneras el velo de novia utilizado en el primer acto. LALO burlón.)
  
¿Y tú? «Hoy llamó tu hermana, la muy intrigante. Estos vejigos. Mira cómo tengo las manos de lavar. Estoy desesperada, Alberto. Quisiera morirme». Y venían tus lágrimas y los muchachos gritando y yo creía que me volvía loco y daba vueltas en un mismo círculo... Y salía de la casa, de cuando en cuando a medianoche, y me daba unos tragos y me ahogaba...  (Pausa. Sin aliento.)  Y veía a otras mujeres y no me atrevía a pensar en ellas... Y sentía unas ganas rabiosas de irme, de volar, de romper con esta nefasta encerrona.  (Pausa.)  Pero tenía miedo; y el miedo me paralizaba y no me decidía y me quedaba a medias. Pensaba una cosa y hacía otra. Eso es terrible. Darse cuenta al final.  (Pausa.) No pude.  (Al público.)  Lalo, si tú quieres, puedes.  (Pausa.) Ahora me pregunto: «¿Por qué no viviste plenamente cada uno de tus pensamientos, cada uno de tus deseos?» Y me respondo: «Por miedo, por miedo, por miedo».
CUCA.-   (Como la madre. Sarcástica.) Yo de eso no tengo la culpa, mi hijito.   (Pausa. Desafiante.) Y tú, ¿qué querías que hiciera? Estos muchachos son el diablo. Me convertían la casa en un chiquero. Lalo rompía las cortinas y las tazas y Beba no se conformaba con destrozar las almohadas... Y a ti te gustaba llegar y encontrarlo todo a mano. ¿Te acuerdas cuando Beba se orinó en la sala? Tú te escandalizaste: «En mi casa nunca ocurrió eso». ¿Tenía acaso yo la culpa? ¿Yo?... Ponía una silla aquí.  (Mueve una silla.)  Y me la encuentro acá.  (Coloca la silla en otro lugar.)  ¿Qué podía hacer? ¡Dime!
LALO.-   (Vencido.)  Había que limpiar la casa.  
(BEBA deja de cantar.)
  Sí... Había que cambiar los muebles, sí...  (Pausa. Melancólico.) En realidad, había que hacer otra cosa.  (Pausa. Lentamente.) Pero ya estamos viejos y no podemos. Estamos muertos.  (Pausa larga. Violento.)  ¿Siempre pensaste que eras mejor que yo?
CUCA.-   (Como la madre.) Contigo he desperdiciado mi vida.
LALO.-   (Como el padre. Vengativo.)  No puedes escapar. Aguanta. Aguanta. Aguanta.
CUCA.-   (Como la madre. Entre sollozos.) Empleadillo de mala muerte. Ojalá se murieran los tres.
BEBA.-   (Como LALO. Gritando y moviéndose en forma de círculo por el escenario.) Hay que quitar las alfombras. Vengan abajo las cortinas. La sala no es la sala. La sala es la cocina. El cuarto no es el cuarto. El cuarto es el inodoro.  
(BEBA está en el extremo opuesto a LALO, de espaldas al público. LALO, también de espaldas al público, se va doblando paulatinamente. En un grito espantoso.)
  Ayyyyy.  (Entre sollozos.)  Veo a mi madre muerta. Veo a mi padre degollado.  (En un grito.)  ¡Hay que tumbar esta casa!  (Pausa larga.)  
LALO.-  Abre esa puerta...  (Cae de rodillas.) 

(CUCA se levanta despacio, va hacia la puerta del fondo y la abre. Pausa. Se dirige hacia la mesa y coge el cuchillo.)

BEBA.-   (Tono normal.) ¿Cómo te sientes?
CUCA.-   (Tono normal.)  Más segura.
BEBA.-  ¿Estás satisfecha?
CUCA.-  ¡Anja!
BEBA.-  ¿De veras?
CUCA.-  De veras.
BEBA.-  ¿Estás dispuesta, otra vez?
CUCA.-  Eso no se pregunta.
BEBA.-  Llegaremos a hacerlo un día...
CUCA.-   (Interrumpiendo.)  Sin que nada falle.
BEBA.-  ¿No te sorprendió?
CUCA.-  Uno siempre se sorprende.
LALO.-   (Entre sollozos.) Ay, hermanas mías, si el amor pudiera... Sólo el amor... Porque a pesar de todo yo los quiero.
CUCA.-   (Jugando con el cuchillo.)  Me parece ridículo.
BEBA.-   (A CUCA.) Pobrecito, déjalo.
CUCA.-   (A BEBA. Entre risas burlonas.)  Míralo.   (A LALO.) Así quería verte.
BEBA.-   (Seria de nuevo.) Está bien. Ahora me toca a mí.



TELÓN





La fiesta o Comedia para un delirio José Triana


La fiesta o Comedia para un delirio
José Triana


Para Maria Antonia Rey y René Sánchez



Observaciones generales

Pienso esta obra, igual a todas mis obras, como un juego de la memoria, como un desenfadado intento de recrear personajes y situaciones que en cierta manera están extrañamente vinculadas a una parte de la realidad, pero que no es la realidad, y que si tiene algún contacto con la realidad, es a través de un espejo que se deforma o que impone rostros al revés o de la materia huidiza que vemos con los ojos ciegos de los sueños. Una realidad que se hace y se deshace, que se afirma como una columna o muro y luego se desvanece o diluye para adquirir el vago dibujo de una flor sobre una estameña impresionante. Una realidad que se crea y se esconde en el diverso instante único. Una realidad de sombras difuminadas en un cristal opaco.
El decorado es una casa simple y corriente. Pero puede ser un jardín. Puede ser una playa iluminada por una luna de cartón y estrellas de confeti. O un fragmento de Everglades o del parque de Vizcaya. Puede ser varias cosas al mismo tiempo. El sentido de su realidad debe estar dado por objetos dispares y anacrónicos.
La luz y el claroscuro son elementos fundamentales que deben tenerse en cuenta como algo que configura la realidad y la realidad otra.
La presencia de la música ocupa una parte activa en el desarrollo de la trama y casi podría afirmar que debería ser apoyatura de energía, energía que ayude a darle al texto una mayor fluidez en el trabajo de los actores. Música que viene de lo hondo y se manifiesta en pálpito y gozo, en delicadeza y arrebato expresivo. El texto, por momentos, debe ser cantado y bailado, sin ninguna reserva, tal era lo habitual en el teatro bufo y en el teatro trashumante.


PERSONAJES
 

GERARDO,   hombre de 48 años.
LAURA,   su mujer, 45 años.
ROSI,    hija de ambos, 18 años.
JOHNNY,   novio de Rosi, 20 o 22 años.
PERUCHO,    el tío de Laura, llamado también Perico, 55 años.
CARMELINA,    tía de Gerardo, 60 años.
AMELITA,   supuesta prima de Laura e hija de Perucho, 35 años.
BENITO,   padre de Gerardo, 78 años.
DOÑA PEPILLA,    madre de Gerardo, 75 años, o más.

Lugar: Una casa o un parque o el mezzanini de un hotel, en Miami. Época actual.
  




ArribaActo I

Escena I


Al abrirse el telón aparece en lo oscuro absoluto, al fondo, CARMELINA, vestida con un déshabillé de tul y satín, a la manera de las actrices de los años 30 y 40 del cine americano y francés. Trae una lámpara en las manos. CAMINA lentamente, como una sonámbula. Se sienta en una butaca y se queda dormida con la lámpara en las manos. Afuera se oyen voces y risas apagadas, ruido de cubiertos y platos y el choque de vasos y copas en brindis esporádicos. Una música suave se esparce como un murmullo sensual. Lentas campanadas a intervalos. Entran en lo oscuro JOHNNY vestido como un tenista y PERUCHO como José Candelario Tres Patines, el personaje del teatro vernáculo cubano.


JOHNNY, PERUCHO y CARMELINA, aparte.

JOHNNY.-  ¡Esto me parece un sueño!… O que estoy en las nubes, en la estratosfera..., o en el vacío. ¡Váyase a la puñeta, el muy desgraciado! En otras palabras...
PERUCHO.-  ¡Tremendo embarque, nagüe!
JOHNNY.-  ¿A que viene esa representación en la fiesta?  (Se quita la ropa y se pone otra indumentaria un poco extravagante.)  ¡Eso nunca se ha hecho! ¡No entiendo!, y lo que menos acabo de entender es por qué lo hace. A todas luces, está jodiendo... Ignoro por dónde va. Ignoro por qué. ¡Jamás lo hubiera imaginado!... Recuerda lo que te digo..., esto trae migas.
PERUCHO.-   ¡Natural!... ¡Dos y dos son cuatro y no cinco! ¡Chuparme el dedo a mis años, coño, sería el colmo!... Y el meter a mi hija de reina Etíope me da mala espina... ¡Ella es negra y ahí está el quid! Pero de ahí a convertirla en una mona... ¡No y no!
JOHNNY.-  ¡Lo mismo digo yo!... La fiesta la ha cuidado a las mil maravillas... El escenario, los reflectores, las invitaciones, los programas, los disfraces... Si Fulana viene con Mengano, Perencejo con Sutanejo, el otro con Mascual, la otra con Masquien..., y el Profesor Cachanga, y la Profesora de la Luna Tuerta y la Reina de Transilvania y la Princesa del Comeguanajo y la Reina de Sálvese Quien Pueda y la Marquesa de Aguas Turbias. ¡Del carajo, compadre! Yo, que pensaba en el disfraz de Robín Hood..., ahora..., de eunucos, ¡imagínate tú!
PERUCHO.-    (Indignado.)  ¡De eunuco!... Ayer me dijo de pirata. Y tras antier de brujero. Todos los días hay un cambio. ¡Pues, de eunuco!
JOHNNY.-  ¡Vístete, que nos esperan! ¡Hay que ensayar! ¡Lo ha dicho! ¡En ese molote lo encontrarás...!
PERUCHO.-  Pero uno podría decidir al menos lo que quiere.
JOHNNY.-  ¡No hay peros que valgan!
PERUCHO.-  ¡Le zumba el merequeté!...  (Registra en un bulto y saca un traje de satín. Haciendo una caricatura divertida y con el tono de la conversación anterior.)  Y lo que me encabrona, Carmelina metida en lo que no le importa..., que el color del pelo, que los zapatos, que las camisas, los pliegues del refajo, que el traje de tul..., que el traje de Maria Antonieta y de Shirley Temple..., que si el programa, que si el Sexteto... ¡Si la cojo entre manos, me oirá! La descarga llegará hasta el séptimo cielo.  (Otro tono.)  Ah, y dónde me dejas a la vieja, a Doña Pepilla..., ¡esto no tiene precio!...
JOHNNY.-  ¡Y yo, de inocentón, al principio, diciéndole si a todo! ¡Te digo yo!...  (Haciendo mímica, imitando a GERARDO.)  ¡La fiesta! ¡La fiesta, mi socio!  (Cambio brusco.)  Es capaz de matar a su madre, por hacer lo que tiene entre ceja y ceja. Porque de algo sí estoy convencido... a ése nadie lo detiene... ¿Viste cómo lo decía ayer, delante del viejo y de la vieja? «Esta es la fiesta más importante desde que el tiempo es tiempo» Yo me puse punto en boca...  (Terminándose de disfrazar.)  ¿Cómo me queda esto?
PERUCHO.-    (Con una mueca.)  ¡Pasable!  (Riéndose.)  ¡La fiesta!
JOHNNY.-  ¡Sí, la fiesta!
PERUCHO.-    (Riéndose.)  ¡Hay que tener gandinga!
JOHNNY.-    (Riéndose.)  ¡La fiesta!

(Los dos hombres se ríen mirándose y repitiendo el estribillo de «la fiesta» a manera de leiv-motiv; el uno provoca al otro. Se hacen señas con el intento de calmarse. Pero la risa continúa, y se hace algo incontenible. Los personajes se ponen de espaldas, y creen que se han calmado y cuando vuelven a enfrentarse y a mirarse, la risa explota de nuevo. CARMELINA se despierta mira a los lados y extrañada, como si estuviera oyendo voces de ultratumba, se persigna y llora.)

CARMELINA.-    (Entre sollozos.)  ¡Ay, pobrecito Johnny! ¡Ay, pobrecito!

(Se queda dormida abruptamente y se apaga la lámpara. El escenario cobra, poco a poco, una luz neblinosa de sueño. CARMELINA desaparece. Al fondo aparecen lejanas estrellas. Debe cuidarse la atmósfera de estas y de las subsiguientes escenas.)



Escena II


JOHNNY y PERUCHO.

PERUCHO.-    (Todavía riéndose. A JOHNNY caricaturizando a GERARDO.)  ¡La fiesta más grande desde que el tiempo es tiempo!  (Otro tono.)  ¡Que será como una papaya explosiva o un caracol que se muerde la cola!
JOHNNY.-    (Tratando de reprimir la risa. A PERUCHO.)  ¡Contrólate, viejo!... ¡No me mires, coño!... ¿Qué es lo que te pasa? Oye, Perico, tú... ¡Por favor, si sigues me iré al carajo!
PERUCHO.-    (Limpiándose las lágrimas con un pañuelo.)  ¡El diablo con su badajo, cómo que me llamo Pedro Villavicencio! Es que...  (Irrumpe nuevamente en las risotadas.)  ¡Es increíble!... Y de lo que estábamos hablando antes... Gerardo no está en sus cabales, ¡te lo juro, Johnny!, anda como si estuviera dando tumbos, detrás del palo...  (Mirándose en el espejo del público.)  ¡Miren esto! ¡Un espantapájaros!  (Otro tono.)  ¡Para qué quejarse! Al fin y al cabo, yo puse mi granito de pimienta. La idea de las representaciones fue mía, y él se lo ha tomado tan a pecho que ha comenzado a escribir..., cosas sin ton ni son..., y hay que repetirlas de a porque sí..., y esa historia del robo, pura invención..., y el resto..., te digo yo... ¡Me arrepiento!
JOHNNY.-  ¡Me entra una roña, coño!
PERUCHO.-    (Lo mira, un acento de fría perversidad se encubre en sus palabras.)  ¡Intenta de ser razonable, chico... Frente a la intrepidez y a la locura...
JOHNNY.-    (Evidentemente indignado.)  ¡Que sea razonable! ¡Esta es una encerrona, mírese como se mire, o algún jueguito sucio se trae entre manos!... Ningún derecho tiene, Perucho. ¡Ninguno!... Se ha tomado unas atribuciones, que ni a mi padre, ¿lo oyes?, se las he permitido. Y Rosi, la pobre..., piensa que hay que seguirle la corriente, y ella y su madre andan vestidas como unas brujas...
PERUCHO.-  ¡No me hables! ¡Que se me enciende la sangre, y, mira, soy capaz de volverme un siquitraque, o un volador de a peso!...  (Otro tono.)  ¡Atizar la candela, jamás!  (El falso malestar se hace evidente.)  Piensa que la cuerda se rompe por el lugar más frágil..., y mi relación con Gerardo ha sido difícil, dificilísima... Ha estado y está suspendida en el pico del aura..., o en las tenazas de un cangrejo. ¡Sí, riéte!
JOHNNY.-  Me río pensando en la invención de la avioneta metida, en el mezzanini de Coconut Grove..., y Doña Pepilla subiendo y saludando a los invitados... ¡Tú, eres tú, quien anda agazapado en ese tejemaneje también, bribón!
PERUCHO.-    (Divertido.)  ¡No tiene vuelta de tuerca! Otros se montan en una enorme piña..., en una tinaja como un castillo, en una galaxia, en un carrusel..., en una bicicleta aéreo dinámica..., ¡qué tiene de particular! La vieja puede...
JOHNNY.-  ¡Pero soy yo la estampa viva de un martirologio, Perico!... Nadie puede contarme un cuento. ¡En mi propia carne, en las entrañas! ¡Sí, Perico, sí!  (Con sentido teatral, patético.)  ¡Mírame!... ¡Mírame, coño!
PERUCHO.-  ¡Si sigues, me vas a hacer llorar!  (Se saca un pañuelo de un bolsillo trasero del pantalón y hace que llora.)  ¡Qué cabrona desgracia!  (Mira de reojo a JOHNNY que se ha quedado paralizado, como una estatua.)  Johnny, yo tengo el corazón frágil, y tan indefenso...  (Finge un llanto desconsolado.) 
JOHNNY.-   (Mirándolo extrañado, al público.)  ¿Y a este qué le pasa? ¿Se habrá pensado que soy un comebolas, que me trago picos y flautas...? ¿O tratar á de embrollarme en sus trastadas, y luego sacarme alma y seso?...  (Otro tono. Para sí.)  ¡Cuidado, que este es rinquincalla!


Escena III


JOHNNY, PERUCHO y CARMELINA.
   
Oyese rumor de olas que chocan contra algún farallón. Acto seguido el trote de un caballo que se acerca. Aparece, por el fondo del escenario, CARMELINA montada en un caballo de madera.

CARMELINA.-  (Atravesando el escenario de derecha a izquierda.) ¡Arre, caballito, arre!... ¡Ay, Johnny, mi pobre Johnny, en qué güirigay andas metido! ¡Corre, caballito, corre!  (Hace mutis.) 


Escena IV


JOHNNY y PERUCHO.

PERUCHO.-    (Mirando a JOHNNY que ha vuelto a su posición de estatua. Al público.)  ¡Me da pena! Pero con la pena poco se puede arreglar..., y debo mantener la cabeza fría...  (JOHNNY hace un gesto al público. Después repite los gestos de PERUCHO, evitando ser descubierto.)  Frente a las estupideces de Gerardo y de su futuro yerno, ahí estoy yo, igual que un cañón... ¡Los negocios son los negocios!... ¡Billetes que no los brinca un chivo, en la caja fuerte! Y no perderé la ocasión... El ha ido a la compañía de Aviación y ha hecho un trato fabuloso, ha corrido a los bancos, contando historias mil..., plata, plata... Yo la he visto y me dije: El socio trabaja pa'linglé. ¡Lo que pueda saquear, lo saquearé! Y si Amelita sigue haciéndose la interesante, la embarco, que no es la primera vez...  (Le da una palmada en un hombro. JOHNNY se tambalea, y vuelve a su posición anterior.)  ¡Cabronazo!  (Al público.)  Dios le da barbas a quien no tiene quijada. Porque si no fuera tan socotroco..., con ese corpachón, con esa cara..., el mundo sería mío...
JOHNNY.-    (Lastimero, entrando en una broma.)  ¡Ay, mundo cruel! ¡Sombras en torno sólo veo!... ¿Es este mi destino?... ¡Virgen y mártir, moriré!
PERUCHO.-    (Al público.)  ¿Qué dice...? ¡Peor de lo que yo creía!  (A JOHNNY.)  ¿Es cierto?
JOHNNY.-    (Simpático, divertido.)  ¡Es un decir, hombre!... ¡No comas catibia! Tú lo llevas a la tragedia...  (Cantando en tono de guaracha.)  Castigador, castigador...
PERUCHO.-  (Exagerando, cambiando el tono de voz.) Me tienes erizado..., me tienes en un hilo, en un hilito...!
JOHNNY.-  ¡Tranquilízate! ¡Que no es para tanto!... Gerardo piensa una cosa y es otra. Me está haciendo la vida imposible. ¿Qué es lo que se trae este tipo?... Vamos, aclárame... ¡Sí, no te me hagas el sueco!... ¡Tú sabes!
PERUCHO.-  ¡Que yo sé! ¡En buena me pones! ¡Sé lo que tú me cuentas y punto!
JOHNNY.-    (Fuera de sí.)  ¿Sólo eso?...  (Agarrándolo por el cuello.)  ¡Degenerado!
PERUCHO.-  ¡Si me insultas, no me pegues!
JOHNNY.-  ¡Tramposo! ¿Crees que puedo creerte?... ¡Cómo si no te conociera!... A buen gancho me he colgado...  (Lo suelta. PERUCHO, anonadado no sabe qué hacer.) 
PERUCHO.-  ¡Soy un libro abierto!
JOHNNY.-  ¡Berraco que soy! Lo pienso, y me resisto a creerlo. ¡Sí, viejo, Gerardo es peor que el demonio suelto.  (Otro tono.)  ¿Y cómo es que yo he caído tan bajo?... Porque alguna razón debo tener..., que ignoro.  (Otro tono.)  Me escribe largas cartas, me acosa a llamadas telefónicas, me dice que venga, me arma un zarambeque, y me busca y me trae de Nueva York, ¿y esto a qué viene?, me digo, ¿será que al fin ha comprendido que mi relación con su hija Rosi va en serio?, y me lo repito y casi me convenzo..., y yo trato de poner los puntos sobre las íes, hablarle claramente, y..., y me quedo frito..., y no es eso, cuando me tiene aquí, casi me impide que vea a su hija, el trabajo que me ofrece, ni hablar..., y me tiene entretenido en cuanta bobería existe, que si hay que traer las cortinitas para la señora Laura, que al perrito le gustan los caramelitos de vainilla y los pancakes de Versalles..., y no, que no, que no va..., y me zarandea de lo lindo, sí..., y yo perdiendo el pellejo y las patas por complacerlo, y corre para acá, que si la pintura, corre para allá, que si las mesas y las sillas, que si los micrófonos... Y me veo en el peor de los estropicios, y apenas me reconozco.  (Otro tono.)  ¡Y conmigo no puede! ¡Si me busca, me encuentra!... ¡Perro no come perro!


Escena V


JOHNNY, PERUCHO y GERARDO.


Al fondo se ven los trazos en el cielo de fuegos de artificios o de cometas o meteoros fulgurantes. Repique de tambores, de güiros y maracas. Sorpresivamente aparece GERARDO. Viste el traje de un prestidigitador de los films de los años 30. Un enorme tabaco pende de la comisura de sus labios hacia el lado izquierdo. De vez en cuando algún salivazo.

GERARDO.-  ¿Conspirando, eh, muchachones?  (JOHNNY y PERUCHO quedan paralizados. No responden. GERARDO sonríe divertido, y enseguida mueve su bastón, y se oyen los compases de «El manisero» de Moises Simmons, cantado por Miguelito Valdés. La escena se transforma en la pista de un night club. GERARDO hace los gestos como si cantara bailando.)  ¡Maní! ¡Manisero se va!

(JOHNNY y PERUCHO comienzan a moverse de un modo inconsciente para terminar bailando, cada uno en un sector diferente del escenario. PERUCHO, por su parte, establece un contrapunto con GERARDO cantando: «EL botellero», desgañitándose y remedando al negrito del teatro bufo: «Botellero, ya me voy/cambio globos por botellas./ Botellero, botellero...» Al terminar el número musical, JOHNNY y PERUCHO han hecho mutis, despidiéndose con señas y visajes. GERARDO está solo en la escena.)

GERARDO.-  Eh, tú, Perucho... Johnny, ¿dónde se han metido?... ¡Están jugando al escondido! ¡Esto se pasa de la raya!... Claro, donde puse el ojo puse la bala. ¡Conspiraban! ¡Es increíble! Vengo con las mejores intenciones, ¡y zaz!...  (Cantando en forma de juego.)  ¡Perucho! ¡Johnny! ¡Cuchi-cuchi!...  (Otro tono, enseriándose.)  ¿Estaban, sí o no?... ¿Acaso estoy soñando...? ¡Déjate de estupideces! ¡Ponte en órbita! Uno de los dos ha metido la mano de lo lindo, y debo cogerlo in fraganti, si no estaré hecho leña... ¡Uno o el otro! Estaré atento, vigilaré, me convertiré en un perro de caza, el sabueso de Baskerville, pero el que sea, la pagará... ¡Robarme a lo descarado!... ¿Qué digo? ¿Qué estoy diciendo? ¿Es mi lengua la que habla o es la de otro?  (Amenazador con el bastón, se encamina hacia el lateral derecho e izquierdo.)  ¡Sal, insolente, deslenguado! ¡Sal corriendo!...


Escena VI


GERARDO, LAURA y ROSI.


Por el fondo aparecen LAURA y ROSI vestidas de damas antiguas, con caretas desfiguradas que recuerdan a la Reina Mala y a La Cenicienta. GERARDO, sorprendido, golpea el suelo con el bastón.

GERARDO.-  ¿Estamos de carnaval? ¿De quiénes son esas caretas? ¿Qué buscan? ¿Qué pretenden? ¿Ladrones de pacotilla?
LAURA.-    (En la representación teatral.)  ¡Ladrones, qué obsesión!... ¿El señor llamaba?
ROSI.-  Vengo a implorar clemencia, poderoso taumaturgo.  (Se posterna.) 
GERARDO.-  ¡Qué carajos!
LAURA.-  ¡Cuide su lengua, el señor!...
ROSI.-  ¡Soy una hija vilipendiada, amenazada, torturada! Mi amor, mi único amor...
LAURA.-  ¡Qué descaro, mi hijita!  (Otro tono. A GERARDO. Con gran desenfado a la manera de Luz María Nananina.)  Esta obstinada mocosa se cree que es La Princesa del castillo embrujado de Viscaya, y a los cuatro vientos se afana en desprestigiarme, y merece una reprimenda, te lo digo para que estés sobre aviso..., que el carnicero Serafín, tú entiendes, tú lo conoces..., y que me voy a jugar a los gallos en la valla con Lola la del puerto, y que soy yo y no eres tú, quien se opone al matrimonio...
GERARDO.-   (Al público.)  Pero, ¿qué está pasando, Dios de Dios? ¿De qué hablan? Caretas, máscaras. ¡Oprobios, por todas partes! ¿Es que están conspirando contra mí?...
LAURA.-  ¿Conspirando, de qué, viejo facineroso? ¡Me tienes aburrida con tus enredos! Quieres que se prepare la fiesta, que se hagan los ensayos, y ahora, cuando comienza, te echas para atrás. ¿Te peinas o te haces papelillos?...
GERARDO.-  ¿Cómo? ¿La fiesta? ¡Deliras!
LAURA.-  ¡Qué deliras, ni ocho cuartos! (En una explosión.)  ¡La fiesta, chico!
GERARDO.-    (Totalmente anonadado.)  ¡La fiesta!
LAURA.-  ¿Este hombre está sordo o loco, o amnesia, o qué le pasa? ¿En que trapalerías anda?
ROSI.-   (Con grandes lloros y lamentos.)  Padre, mi dolor aumenta lo mismo que fiebre perniciosa...  (LAURA la mira indiferente y se maquilla hasta la exageración.)  Me han dicho de muy buena tinta que vas a desterrar al hombre de mis sueños a los matojos de las Everglades y allí se pudrirá de nostalgia entre the alligators y las yaguasas, y las cotorras y los pájaros azules, como si fuera Tarzán de rama en rama... o un nuevo Robin Hood...

(Jipíos y lamentos estentóreos de ROSI.)

LAURA.-    (Exasperada, exaltada. A GERARDO y al público.)  ¡Oye, oigan! ¡El colmo del desafío! Tal parece que la estamos matando... ¡Qué bárbara! ¡Qué salación!
ROSI.-  ¡Ayúdame, padre, en mi desamparo!... ¡Muero, muero!... Me arrancaré el corazón y se lo echaré a los perros..., en un collar de lágrimas...
GERARDO.-  Niña, ese es un melodramón, o un soap opera. ¿Estoy soñando o me ponen en los ojos una venda de milagros?
LAURA.-  ¡Qué imaginación! ¡Un despropósito continuo!
ROSI.-    (Imitando a las actrices del cine silente, aferrándose a las piernas de GERARDO.)  Oh, my father, daddy, my Robin no es un eunuco, ¡Dios me libre!, ni ningún maleante..., intercedo por él..., mírame, languidezco de ausencia..., soy capaz de..., de que me entregue al vicio... Ten piedad. ¡Mírame a tus pies!... No seas así de infame como el tío Perico, que tiene a mi prima Amelita, a pan y agua en una mazmorra..., por amores contrariados...
LAURA.-  ¡Pusiste el dedo en la llaga, hija!  (Feroz. A GERARDO.)  ¡Amelita! ¡No te da vergüenza! ¡Amelita!... ¡Anoche, buena noche, tuviste! ¡Todo el mundo se presta a la infamia! ¿Irá con nosotras en el Oldsmovil? ¿O tendrá, ella, una carroza especial, como la Marquesa de Antioquía?
GERARDO.-    (Exaltado.)  Mujer, no te permito... No me hagas que pierda la paciencia, que esta no es una novela de Corín Tellado...
ROSI.-    (Indiferente a los gritos de sus padres.)  ¿Soy un jazmín, una rosa, o un clavel apachurrado...?
GERARDO.-    (Como un niño pequeño que le da una perreta. Golpeando con el bastón a diestra y siniestra.)  ¡No entiendo! ¡No entiendo! ¡Me acusan como si yo fuera el Hombre de las Barbas! ¡Vade retro!... ¡Semejante atropello! La cabeza me va a estallar y no quiero perder el control... ¡Váyanse, las dos!
LAURA.-    (Ofendida.)  De lugares mejores me han botado, infiel... ¡Rosi, levántate, y que los dioses no sean benignos!  (Ayuda a levantar a ROSI. Despectiva.)  Tu padre padece de sonambulismo crónico.  (Las dos hacen mutis.)  ¡Pirata!
GERARDO.-    (Recapacitando.)  ¡Tienen razón! ¡La fiesta! ¡Ya la había olvidado!  (Mirando al público como si fuera un espejo; se oyen pasos y mira hacia atrás. Al publico.)  ¡El sueño de mis sueños!  (Oyense los compases del danzón «Almendra». Revisa su corbata, el chaleco, los bigotes postizos, las cejas, el sombrero de copa, etc.)  ¡La reina etíope!... Ah, la pasión me inflama...

(Se esconde detrás del biombo. El escenario se transforma bajo el efecto de una luz rosada de amanecer, y se hace perceptible un instante de magia. Música: formidable simbiosis de los ritmos hindúes y afrocubanos de Zakir Hussain y Tata Guines.)



Escena VII


AMELITA, GERARDO (escondido) y JOHNNY y PERUCHO vestidos de eunucos, portadores de enormes abanicos.

AMELITA.-
 (Avanza lentamente por el escenario vestida como la Reina de la Noche mientras deshoja una rosa. JOHNNY y PERUCHO la acompañan abanicándola.)  
Sonámbula igual que agua remota
Orión los huertos acuna del alba,
fulgores y murmullos en el cuerpo,
una especie de música celeste.
Un aire que florece devorando
las cuerdas vaporosas, las señales
dispuestas como cartas o señuelos
de los gnomos sagrados y graciosos.
Sonámbula y continua Orión agita.
Su fijeza estremece, nada alude.
Nadie piensa hasta qué punto pervive
como imagen tenaz alucinada
en la memoria a trazos, atrevida
compañera, secreta, estrella lúdica.


(AMELITA termina el poema de rodillas en el centro del escenario, y luego se recuesta entre unos almohadones.)

AMELITA.-   (A JOHNNY y a PERUCHO.)  Dejadme en los brazos del lecho.

(Los dos personajes hacen mutis, después de rendirle una reverencia.)



Escena VIII


GERARDO y AMELITA.


Entra en puntillas de pie GERARDO. Se oye, como un leve cosquilleo -a veces imperceptible, tal el aire del trópico al amanecer- el son «Tres lindas cubanas» de GUILLERMO Castillo, tocado por el Sexteto Habanero.

GERARDO.-  ¡Dios mío, duerme!... ¡Ah, la luz del alba puede despertarla! Su ágil sueño puede vestirse de espejos taciturnos...  (Se aproxima al lecho improvisado de cojines.)  Su aliento embalsama mi alma.  (La mira de cerca.)  Oh, ángel nubio, eres el modelo perfecto que ha creado la naturaleza...  (Otro tono.)  ¡Cuántas noches desvelado he pensado en su aérea forma..., y ahora podría tocarla, ahora la tengo a mi voluntad, tan cercana, que tengo miedo! Es como si llegara este instante demasiado de prisa, como si fuera demasiado real, como si me viera obligado a aceptarlo, y mis manos y mis ojos no pueden negarlo ni pueden probarlo..., y me veo en la necesidad de aceptarlo y de creer en lo inexplicable.
AMELITA.-    (Entre sueños.)  ¿Quién se agita a mi lado?
GERARDO.-  Todavía está amaneciendo.
AMELITA.-  ¡No puede ser!
GERARDO.-  ¡Te digo que sí! Tintes rojizos en el horizonte...
AMELITA.-    (Todavía entre sueños.)  Toda la noche estuve mirando cómo las estrellas golpeaban la arena..., y tuve miedo.  (Otro tono.)  ¿Quién eres?  (Como una letanía.)  ¿Quién, quién, quién?
GERARDO.-  ¡Soy yo!
AMELITA.-    (Todavía entre sueños. Como una adolescente.)  ¿Tú? ¿Quién?
GERARDO.-  Cuido tu sueño. Sigue dormida.
AMELITA.-  Necesito saber...
GERARDO.-  Nadie sabe.
AMELITA.-  ¡Pronto será de día! La luz avanza..., se difumina..., y la música del aire, columnas viene creando entre tú y yo..., y un muro que nos separa... No quiero saber tu nombre, porque tu nombre conozco, y se irá conmigo a la tumba...
GERARDO.-  ¡Calla!... No abras los ojos. Quédate soñando tu sueño que es aventura.  (Suavemente la incorpora, ella se cuelga de sus brazos.)  ¡Hasta ahora era imposible vernos de este modo!...  (Aparte.)  Me la comería viva.
AMELITA.-  Dime que este sueño nunca termina, que la noche es el día, y el día un oscuro crucigrama..., que se hace noche si tú quieres, y caen en pedazos los astros en la palma de tu mano..., y el musgo de tus dedos...
GERARDO.-    (Apasionado.)  ¡Oh, amor, amor...!  (Intenta besarla.) 
AMELITA.-  ¡Canalla! ¿Cómo has entrado en mi cuarto?... ¡Te aprovechas de mi debilidad!... ¡Soy una mujer indefensa!
GERARDO.-    (Conciliador.)  ¡No digas eso!
AMELITA.-  ¡Lo afirmo!...  (Violenta.)  ¡Déjame! No puedo seguir en esto. No lo soporto. Me siento perdida.
GERARDO.-  ¿Rechazas este sueño? ¿Te apartas del juego?
AMELITA.-  ¿Qué sueño? ¿Qué juego? ¡Tu sueño! ¡Tu juego!... ¿Y Laura? ¿Acaso no debo respetarla?... ¿Quieres que en sus propias narices...? Si, Ulrico, es un sueño que no quiero soñar, un juego al que no sé jugar..., ni me interesa...
GERARDO.-    (Con un dejo de cinismo y melancolía.)  ¡Dices boberas! ¡Un error funesto! ¿Por qué metes a Laura en esto? ¿Es que no puedes comprender que ella sea totalmente indiferente?...  (AMELITA está súbitamente hipnotizada.)  Las relaciones cambian con el tiempo. Algún día lo sabrás. Si tú quieres, tu discreción no permitirá ningún resquicio... Ella no tendrá un motivo de queja. Yo lo sé...  (Apartándose.)  Te juro que yo...
AMELITA.-  ¿Juras, qué, desvergonzado?... ¿Qué careta te has puesto?
GERARDO.-    (Sonriente, divertido.)  ¡La que tengo!
AMELITA.-    (Agresiva.)  ¡No me hagas reír!
GERARDO.-    (Sonriente todavía.)  ¿Te desagrada?
AMELITA.-    (Severa.)  Haciendo el papelito del mandamás. El que mueve los hilos y villas y castillos.
GERARDO.-  ¿Me recriminas entonces?
AMELITA.-  Cara de palo, no..., de plomo. Vienes con la intención..., de... echarme el guante. ¡Apártate! ¡Lárgate de mi vista!... Jamás se te ocurra..., ¿me oyes?...  (GERARDO se pone en pie, y se aparta temeroso.)  ¡Eso es lo que tienes que hacer! ¡Vete!  (GERARDO comienza su retirada. Cambio brusco de tono.)  ¿Te vas?... Amor, amor, espejo roto, cabeza vana...
GERARDO.-  Cuando me acerca te alejas, cuando me alejo te acercas... ¡En una perpetua batalla que me impones, no puedo, no puedo...! ¡Me quieres para ti sola?... Sin proponérmelo, exiges que deje casa, mujer, hija...? ¿Quieres que sea un errante, un vagabundo?
AMELITA.-  ¡Mentira!... ¡Esa es una excusa! Lo que ocultas es que, en el fondo, en el fondo de ti, soy un juguete, un instrumento..., un cero a la izquierda, y me dejarás dormida siempre en este sepulcro del sueño. ¡Sí, confiésalo! Mañana ignorarás lo que me has dicho, y me vilipendiarás, y estarás de espaldas, como mi padre, que me ha retenido cualquier gesto de afecto, porque soy diferente..., ¡una negra!...
GERARDO.-    (Sarcástico.)  ¡Qué tupé el tuyo! ¡Cómo si fuera un obstáculo a estas horas el color de la piel?  (Otro tono.)  ¡Te gusta humillarme!
AMELITA.-    (Riéndose, con largas carcajadas.)  No deseas oír la realidad..., siempre al otro lado, siempre con la conciencia sucia...
GERARDO.-  Si lo prefieres..., ni te asomes por la fiesta.
AMELITA.-  ¡Ulrico!  (Se miran brevemente; él le da la espalda.)  Ah, poco me importa,  (Se pone en pie.)  quédate..., no seas bobo, quiero conquistar tu amor... Comprende que una mujer...  (GERARDO continúa de espaldas.)  Sí, te lo suplico...  (Le da la espalda.)  ¡Ahora o nunca!  (Pausa breve. GERARDO desaparece.)  ¡Déjame, déjame sola!  (En un grito.)  ¡No te vayas, pipo! ¡Ulrico!...  (Hace mutis, corriendo detrás de él.) 


Escena IX


LAURA, ROSI, Don BENITO y DOÑA PEPILLA.


La escena se transforma con los cambios de la luz. Se sobre impone la voz cantarina de LAURA, llamando a GERARDO. Entran a escena LAURA, ROSI y Don BENITO. Dando tumbos, apoyada en su bastón, los sigue DOÑA PEPILLA. Utilizan trajes contemporáneos. Don BENITO, sin decir palabra, la mayor parte del tiempo, observa, husmea, comprueba la calidad de las columnas de maderas colocadas en el escenario como laberinto.

ROSI.-  ¡Ay, mami, no grites! ¡Te desgañitas inútilmente!... (Mirando a su entorno.) ¡Qué feo es esto! ¿Y aquí es donde papi quiere hacer la fiesta?  (Señalando al público.)  ¿Y esa gente qué hace ahí sentada?
LAURA.-    (Dándole un manotazo.)  ¡Cállate, Rosi! ¡Que pueden oírte!... ¡Qué imprudente, Dios mío!  (Secreteando.)  ¡Son de la construcción!...  (Llamando con voz cantarina va hacia un lateral del escenario.)  ¡Gerar...! ¡Gerardo!
ROSI.-    (Mirando hacia arriba en el centro de la escena.)  ¡Es horrible! ¡Uf, me da grima!... ¿Y es este el mezzanine del Coconut Grove? ¿Estaré soñando?
DOÑA PEPILLA.-    (Sola.)  ¡Ya te lo dije, Benito, si empiezan a hablar de política, me voy! Bastante tengo con el salpullido que me crece como un árbol desde las plantas de los pies. ¡Te lo digo, pero tú no escarmientas! ¡La política! ¡La política!... ¡Qué insensatez!  (A ROSI. Con sigilo.)  Rosi, Rosi, ven acá. ¿Sabes de lo que me enteré ayer? La prima de la sobrina de una parienta de Benito logró escaparse de la isla montada en un tiburón, como Dios manda... y Luisito, el medio hermano de la negra...
ROSI.-  ¡No entiendo, abuela! ¿De quién habla?...
DOÑA PEPILLA.-  El medio hermano de la negra...
ROSI.-  ¿De la negra? ¿De qué negra?
DOÑA PEPILLA.-  ¿De quién va a ser, hijita? ¡De ese parche oscuro, de esa contienda!  (Secreteando, llena de visajes.)  ¡De Amelita!
ROSI.-  ¡Ah!... (Otro tono.)  ¿Y su medio hermano, Luisito, qué...?
DOÑA PEPILLA.-  Atravesó en bicicleta el Paso de los vientos...
ROSI.-  ¡Abuela, te la comiste!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Si, Rosi, como te lo digo!  (Gráfica.)  En bicicleta, dale que dale, dale que dale...
ROSI.-    (Gritando.)  Mami, mami... Oye, lo que dice abuela...
LAURA.-    (Gritando desde el fondo.)  ¡Ya voy, Rosi! ¡No jeringues!
DON BENITO.-  ¡Esto no tiene pinta para se haga una fiesta!
ROSI.-  ¡Es lo que digo yo, abuelo! ¡Qué fúnebre! ¡Me pone los pelos de punta! Esta es la cueva de Drácula. O de Frankestein.
DON BENITO.-  ¡A mí no me gusta!
LAURA.-    (A GERARDO que viene hacia el primer plano.)  ¡Al fin, hombre!


Escena XI


GERARDO y los otros personajes.

GERARDO.-    (Entrando, sonriente.)  ¿Les gusta, no?...  (Toma una silla y se la ofrece a DOÑA PEPILLA.)  Venga, mamá, siéntese.
LAURA.-  ¡Gustarme, lo que se dice, gustarme...!
ROSI.-    (Represiva, a LAURA.)  ¡Mami!...  (A GERARDO.)  ¡Hablando con propiedad, papi, es un horror..., sí, un horror! ¿Es este realmente el mezzanine tan fantástico?
DON BENITO.-  ¡Niña!... En la casa sería mejor...
LAURA.-  ¡En la casa! ¡Ah, no!... Con el servicio que una fiesta requiere... ¡Ah, no!... Me estropearían los muebles, y las alfombras y la vajilla..., y el búcaro que compré en Tiffany..., y las lámparas...
GERARDO.-  ¡Eso es lo de menos, mujer! ¡Se comprarían platos de cartón y los cubiertos plásticos!...
LAURA.-  ¡Qué estás diciendo, hombre!
ROSI.-    (Violenta.)  ¿Quéee? ¡Estás loco! ¡Cubiertos plásticos! ¡Platos de cartón! ¿Qué dirían mis amiguitas?..., y Johnny, yo sé que se opondrá.
LAURA.-    (Radical.)  ¡No! ¡Quítatelo de la cabeza! La niña tiene razón.
DOÑA PEPILLA.-    (Casi gritando y dando bastonazos.)  ¡Si van a hablar de política, yo me voy! ¡Nada bueno trae!, y en la última trifulca, acuérdate, hijo, que...
ROSI.-    (Violenta.)  ¡Cállese ya, abuela!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Sí, la política, sí, yo sé bien...!
GERARDO.-    (Gritando.)  No estamos hablando de política, coño.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Es lo que tú me quieres hacer creer, hijo! La política, siempre...


Escena XII


CARMELINA y los otros personajes.


Entra CARMELINA con una bata de andar por casa, unas chinelas y la cabeza, con el pelo recogido por múltiples rolos, envuelta en un turbante transparente o una redecilla.

CARMELINA.-  ¡Ay, niños, que bulla, qué gritería! ¡No la dejan a uno dormir la mañana!  (Se sienta abruptamente en una silla y saca de un costurero hilos y agujas y se pone a tejer.)  Y con las neuralgias y los desvelos que tengo, y luego esa madrépora pegada, endilgada,  (Señala hacia el riñón y la cintura.) , con una impertinencia y un desasosiego, como en un cachumbambé..., y medicinas vienen y medicinas van..., y el Doctor Pérez y el Doctor Juan..., y sigue, en lo mismo, fija. ¡Digo, la madrépora!  (Se sienta con gran desplante y murumacas.)  Ah, y la señorita..., Amelita..., me dijo que no podía venir, que la disculparan, que había pasado una noche de perros..., por el insomnio..., que las decisiones que tomaran, ella las aceptaba..., sin chistar, como cosa buena. ¡Esa morenita se las trae! ¡En lo que la he visto, bueeno...!

(Mira a GERARDO, con una sutil provocación. GERARDO no se siente aludido. Los personajes se miran unos a los otros llenos de perplejidad, encogiéndose de hombros. LAURA y GERARDO se pierden en el laberinto, conversando, más bien, discutiendo; se deduce por el manoteo empleado. Don BENITO mira el cielo raso como si contemplara las nubes, en una abstracción absoluta. Sin mirarlos.)
  
¿De qué hablaban? ¿De la fiesta?...  (A DOÑA PEPILLA.)  Ven, acá, vieja, ¿es verdad que las madréporas se reproducen en la primavera?
DOÑA PEPILLA.-  ¿Qué, hija, qué?
CARMELINA.-    (Al público.)  ¡Está más sorda que una tapia!...  (Otro tono.)  ¡Ay, hermana, hermanita!...
DOÑA PEPILLA.-  ¡La política, hija!
CARMELINA.-  Naturalmente...
LAURA.-    (A CARMELINA, refiriéndose al salón.)  ¡Esto hay que pintarlo de todas todas para la fiesta! ¿Tú crees que el rojo bermellón o el amarillo canario o un prusia tirando a violeta?... ¿O los tapices venecianos de Maricusa irán mejor?  (CARMELINA no le hace caso. Indignada.)  Perdona, mujer...
CARMELINA.-    (Abstraída, en una nebulosa.)  ¿Quién hablaba?
DOÑA PEPILLA.-  Que el Presidente Menocal, ese si que era un hombre..., decía mamá, y con sus baches y pifias que los tuvo..., y hacerse ilusiones..., ¡puaf!, y dígame usted..., lo que vino después se lo regalo al mono más pintado.
CARMELINA.-  En efecto, hermana...
LAURA.-  ¡Ay, Dios mío, qué barrenillo tiene hoy!
ROSI.-    (A LAURA.)  ¡Está insoportable!
GERARDO.-    (Que está al fondo entre el laberinto de los soportes de los andamios de madera, salta como un tigre. A LAURA y ROSI.)  ¡A todos nos llega ese cuarto de hora y cuando les llegue a ustedes, veremos!
LAURA.-  ¡Ya ni se puede hablar!  (Regresa a donde está GERARDO.) 
ROSI.-    (A DOÑA PEPILLA en tono cantarín.)  Abuela, se lo voy a decir a Johnny..., y yo sé que a él no le va a gustar...
DOÑA PEPILLA.-    (Asustada.)  ¿Qué cosa, hija..., qué cosa?
ROSI.-    (Jugándole una broma.)  Yo sé que si Johnny se entera que usted está despotricando contra la política, le pondrá mala cara... Porque Johnny, sí, abuela, Johnny será algún día alcalde... ¿El no es su novio?...  (DOÑA PEPILLA hace un gesto de sorpresa, poniéndose la mano en la boca, divertida, emitiendo una risita y palabras ininteligibles.)  Daddy, ¿que le pasa a Johnny que no viene?
GERARDO.-    (Dentro del laberinto.)  Johnny, Johnny, Johnny... ¡Ya me tienen hasta la coronilla con el Johnny ese!
ROSI.-    (A GERARDO.)  ¡Tú no lo soportas! Lo maltratas, lo humillas en la primera oportunidad que se te presenta.
GERARDO.-    (A ROSI.)  ¡No es eso, hija!... Pareces una retrasada mental: Johnny, Johnny. Johnny para aquí, Johnny para acá. ¡Deja al muchacho que se desarrolle! Él y Gerardo están solucionando los costos de la fiesta con el Administrador y Director del Hotel. ¡Para qué los he entrenado!  (Exaltando, burlón.)  Johnny, Johnny... ¡Qué pendencia, madre mía!  (ROSI, molesta, se sienta aparte.) 
DOÑA PEPILLA.-    (A GERARDO.)  ¡Deja tranquilo a Johnny, que es más bueno que una panetela borracha!
CARMELINA.-    (Con un diabolismo encubierto.)  ¡Sí, aguanta el carro, Gerardo! Johnny es un ángel caído del cielo...
DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA.)  ¿Lo estás defendiendo, querida?... A mi me parece lo contrario.
LAURA.-    (Indignada.)  ¿No tienen otra cosa que hacer? Porque si van a armar una bronca a causa de Johnny, me lo avisan, y espanto la mula ahora mismitico...  (A GERARDO.)  Por última vez, te lo suplico, que esa fiesta...
CARMELINA.-    (En su labor.)  Los humores, hoy por hoy, están echando chispas...
GERARDO.-    (A LAURA.)  Te opones a lo que digo, a lo que hago, como si fuera un cero a la izquierda...
LAURA.-  Por favor, no des un espectáculo...
GERARDO.-  Si la rechazas de plano, ¡allá tú!  (Va hacia el fondo.) 
LAURA.-  ¡Es imposible!  (Sigue a GERARDO.) 
DON BENITO.-    (Sentándose, enérgico.)  ¡Imposible!... ¡Lo digo yo! Pero me abstengo de opinar... Porque a la hora de los mameyes, la culpa de todo lo tiene el totí..., y estos son capaces de enredarme en la pata de los caballos..., por un sí o por un no. ¡Conozco el percal! ¡Y guerra avisada no mata soldado!... ¡Sí, señor, palabra santa!
DOÑA PEPILLA.-   ¡Pues yo si quiero la fiesta, qué caramba!...  (Casi poniéndose en pie.)  Con lechón asado y congrí y los platanitos bien maduritos, requetemaduritos..., y los tamalitos de Berta, y la yuca con mojo, y las frituritas de bacalao, y los boniatos asaditos, y las empanadillas, y el fufú..., ah, y los pimientos morrones, y la salsita, eh, Gerardo, hijo...
CARMELINA.-    (En un exabrupto.)  ¡Misericordia!  (Se persigna.)  ¡Mi hermana y tú puede comer esa cantidad, así..., sin miseria! ¡Una oye cada cosa, Madre Santísima! ¡Eso se llama atracón, y lo demás es mentira!  (Hablando con un personaje invisible.)  ¡Dígame usted, si la dejan sola! ¡No hay quien le quite una apoplejía, y con ambulancia, de corre corre, y ni el médico chino la salva!  (Otro tono.)  ¡No se agite, abuela, que esto hay que tomarlo con calma! Paciencia, mucha paciencia, como decía Chan Li Po. ¡Mejor viva, que muerta!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Ay, muchacha, qué ordinaria y qué mala entraña!...  (Mascullando, para sí.)  La política siempre es una enfermedad.
GERARDO.-    (Desde el fondo, gritando.)  ¡Esto se arregla facilito, de un plumazo y democráticamente! ¡Johnny, Perucho!
LAURA.-    (Desesperada. A GERARDO.)  ¡Por favor, viejo, no te acalores! ¡Puede darte un infarto!
GERARDO.-    (A JOHNNY y PERUCHO.)  ¡Terminen de una vez!

(ROSI, rápida, corre a los brazos de su padre, esperando la entrada de JOHNNY. Oyese alharaca, risas y voces, y los compases del «Son de La Loma» suena del mismo modo que en la Escena 8, «Las Tres Lindas Cubanas».)

CARMELINA.-    (Misteriosa, como si hablara con un personaje invisible.)  Anoche, después de lo que vi en la comedia, me puse a soñar con madréporas.
DOÑA PEPILLA.-    (Ansiosa, sacando el rosario de un bolsillo.)  ¿Qué fue lo que viste? ¿Se puede saber?
CARMELINA.-  ¡Ay, Doña Pepilla, en boca cerrada no entran moscas!  (Otro tono.)  ¡Es un bombazo!
DON BENITO.-    (Como si hablara con un personaje invisible.)  A misteriosa no hay quien se la gane..., ni la hija de Agatha Christe, y es mucho. Enredadora a más no poder. Yo le huyo como a la peste... Usted la ve, con esa carita de yo no fui... Se despepita por chismes, embrollos..., un permanente culipandeo..., que si en la tierra ella estuviera sola, hasta con las piedras..., lo juro!... ¡hasta con las piedras! ¡Especialista!
DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA.)  ¡Anda, suelta prenda! ¡Al bagazo poco caso!... El está chocho y loco de atar...  (Gesto negativo de CARMELINA con los labios.)  ¿Qué viste?
CARMELINA.-  ¿Chocho, loco, dices? No, querida. Ahí está el detalle.  (Paladeando cada palabra, y algunas muecas. Autosuficiente.)  Don Benito, déjeme recordarle, que el que puede puede, ¿de acuerdo? Estoy hablando con mi hermana, y mi marido, que habiendo sido mi marido, Dios lo tenga en la gloria, era incapaz de insinuarme e insinuar los oprobios que usted en una fracción de segundo es capaz de expeler a los cuatro puntos cardinales del Zodíaco...  (Poniendo la misma cara a la réplica anterior de DOÑA PEPILLA.)  ¡No, Doña Pepilla!... A Don Benito le inquiquina.  (Otro tono, quizás un poco zafia.)  ¡No se apure!...  (Mirando a Don BENITO y en secreteo.)  Ya te lo contaré con lujo de detalles, ¡entre mujeres solas!
DOÑA PEPILLA.-  Ay eres mi hermana, pero...  (Al público.)  ¡Qué pesada!... ¡Y ají guaguao!
DON BENITO.-    (Al público.)  ¡Dios las cría y ellas se juntan!

( Pausa.)

CARMELINA.-    (Hablando con otro personaje invisible.)  ¡Fue un sueño tremendo!  (Pausa breve. Otro tono. En una especie de monólogo.)  Un sueño largo, interminable... Vi las madréporas cómo crecían, y caracoles y tulipanes, y culebras que se descolgaban de un árbol extraño, como sólo en los sueños vemos... Oí perros gruñendo una eternidad, y yo estaba en lo oscuro, mirando, igualita que cuando niña. Con mis bucles a lo Shirley Temple..., y unas manos que venían y me rozaban..., ¡qué miedo! Y soplaba una ventolera de humo, y cruzaban miles y miles de zepelines, simulando bandadas de pájaros locos, casi a ras de tierra, y no tuve miedo, porque allí estaba mi difunto..., arrancándose brazos y piernas..., y el humo iba cubriendo el paisaje, y yo me quedé con unos caracoles en las manos y unos tulipanes resplandecientes... Es extraño, ¿verdad?

(Mientras CARMELINA narra el sueño, DOÑA PEPILLA y Don BENITO se quedan dormidos. Al concluir la narración, DOÑA PEPILLA se despierta, bajo el efecto de una sacudida, mira a todos lados sorprendida.)


DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA, gritando.)  ¡Chica, estás más loca que una cabra!


Escena XIII


JOHNNY, PERUCHO y los mismos.


JOHNNY y PERUCHO entran al escenario con los rostros eufóricos. GERARDO, LAURA y ROSI los siguen expectantes, sin decir palabra. JOHNNY mira a PERUCHO cuando está, más o menos, en el centro del escenario y se detiene.

JOHNNY.-    (Al PERUCHO.)  ¡Dile tú!
PERUCHO.-  ¿Qué le diga yo, qué?
JOHNNY.-    (A GERARDO, frotándose las manos.)  ¡Asunto concluido! ¡Una ganga!... ¡Una verdadera ganga!... ¡Trabajo fino!...  (A PERUCHO.)  ¿Qué, se lo digo?
PERUCHO.-  ¡Díselo! ¡Que entre hombres no hay cuentos de camino!
JOHNNY.-  ¡Veinte mil maracas!
DON BENITO.-    (Se despierta de un salto. En su asombro.)  ¿Quéee? ¡Veinte mil!
LAURA.-    (En un grito.)  ¿Veinte mil...?
DOÑA PEPILLA.-  ¿Veinte mil?... ¡Dios mío, que careros!... ¿Y no pueden hacer una rebajita?
ROSI.-  Pero, Johnny, mi amor, ¿tú crees que los dólares vienen cayendo del cielo, o son mangos bajitos?
CARMELINA.-  ¡Veinte mil...!  (A JOHNNY.)  ¡Tú estás jugando!
JOHNNY.-  ¡Como zumba y suena!  (Cantarín.)  ¡Veinte mil maracas!
DON BENITO.-  ¡No, no es posible!
JOHNNY.-    (Sonriente, divertido.)  ¡Que sí, que sí es posible!
DON BENITO.-  Oye, con esa cantidad, pido un adelanto en el Banco, me compro un apartamento en la playa y lo alquilo, y vivo de rentas...
ROSI.-  No, Johnny, no. Este lugar es feo..., espantoso..., horroroso.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Inconcebible!... Me ha dejado turalata. ¡Qué horror!... Y a ti, Johnny, te parece una ganga... ¡Veinte mil dólares! ¡Ni uno más ni uno menos! ¡Uno detrás del otro!... ¿Quieren que les sea sincera?... Con ese dinerito me doy un crucero por las Bahamas en una nueva Luna de Miel con Benito..., ¿qué les parece?
JOHNNY.-  Oigan, señores, ustedes piensan que soy yo quien decide..., no, es él... (Señala hacia GERARDO.) 
GERARDO.-    (Sonriente.)  ¡Sí, soy yo! Y digo: a un gustazo un trancazo y la muerte le sabe a gloria...
DON BENITO.-  ¡Que ese trancazo te sea menos leve!
LAURA.-    (Indignada.)  Querido, si tú quieres tirar la plata por la ventana o en el latón de la basura, yo me opongo.  (A ROSI.)  ¿No es cierto, nena?
ROSI.-    (Como una niña malcriada.)  ¡No, daddy, no!

(Se inicia una algarabía que se va haciendo más y más rítmica y estruendosa (que no destruya la escena de CARMELINA y PERUCHO), hasta alcanzar un clímax. JOHNNY contra ROSI, DOÑA PEPILLA contra Don BENITO, LAURA contra GERARDO, GERARDO contra JOHNNY, ROSI contra DOÑA PEPILLA, Don BENITO contra LAURA: «Que no» «Que sí» «Que no» «Que sí», casi en forma de canto, a la manera de Rossini.)

PERUCHO.-    (A CARMELINA, en plan de conquistador.)  ¿Y usted, qué dice, señora?
CARMELINA.-    (Circunspecta.)  ¿Yo?... Miro, oigo y callo.
PERUCHO.-  ¿Y se puede saber, por qué?
CARMELINA.-  ¿Y a usted qué le va y qué le viene, señor?... En un decir, ¿quién le dio velas en este entierro?
PERUCHO.-  Quizás sea posible..., yo podría resolver, sin mucha dificultad... Yo podría ayudarla a que desaparecieran esas telarañas del abandono, de la ausencia... ¡A darle candela, mulata!
CARMELINA.-  Pero, ¿con quién piensa usted que está hablando?  (Otro tono.)  Oye, niño, déjate de esa confiancita... ¡Tan sangrón!

(Desde el fondo se oye un grito atroz.)

GERARDO.-    (Gritando.)  ¡Basta!  (Los personajes quedan paralizados. De un salto, se sube a un pequeño andamio. Otro tono.)  ¡Calma!..., señores. ¡Calma! Debemos ponernos de acuerdo... Cosa embrollada, debido a la complejidad de criterios, debido a las dificultades de entendimiento. Hablamos con las mismas palabras, y estamos planteando puntos de vistas diferentes..., y esto se vuelve una cacofonía.  (Voces al fondo. Alguien emite un chiflido, quizás Don BENITO.)  Hablando democráticamente, estamos de acuerdo en que debemos hacer la fiesta.  (Voces desde diferentes lugares: ¡Sí! ¡No! ¡No! ¡Sí!)  ¿Nos podremos de acuerdo? ¿Sí o no?  (Silencio absoluto.)  Por favor, hablen. Expresen sus opiniones. Por qué sí. Por qué no.  (Silencio absoluto.)  ¿Los ratones les han comido las lenguas? ¡Que no se diga!... Vamos, ánimo! Por allí, a ver...  (Señala a Don BENITO que comienza a emitir gruñidos ininteligibles. Otro tono.)  Ya he oído el runrún, voces que andan vagando por la sala, de que este es un lugar muy feo, que es espantoso, que es insalubre, que no se presta, que..., que apenas existen condiciones... Y a esas mismas voces, yo le respondo: cuando llegamos, hace ya unos cuantos añitos, Rosi no estaba nacida, ni creo yo se pensara en ello, esas mismas palabras de hoy «feo, espantoso, insalubre», las oí en aquel entonces, y qué ha sucedido, con la contribución de cientos y cientos de hombres hemos construido un sueño, no..., no es perfecto, lejos de ello, queda mucho por hacer..., y seguiremos luchando y creando..., creando y luchando. Apliquemos esa lección en este sitio. Hay quienes construyen. Hay quienes destruyen. Ustedes lo saben. Seamos de los primeros. Y veremos, veremos la fiesta, nuestra fiesta.  (Los personajes se miran unos a otros, conmovidos. Otro tono.)  A ver, ¿quién se decide y expone algo?... Un esfuercito, señores.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Qué lindo discurso!  (Se limpia las lágrimas de los ojos.)  Ay, estoy... Estoy emocionadísima.
CARMELINA.-  Perdona, querido, que yo sea poco ducha en este tipo de cuestión, digo, de reunión... Ah, me hago un barullo..., y las palabras..., estoy tan conmovida..., y en ascuas. ¡Oh, Virgen mía!...  (El cestillo y las agujas y los hilos caen al suelo. JOHNNY los recoge. Pausa breve.)  Gracias, muchacho. Que Dios te lo pague.  (Sonríe.)  Y yo quisiera preguntar, ¿por qué se hace la fiesta? ¿Existe algún motivo? ¿Por qué...?  (Pausa, casi al borde del sollozo.)  Muchas gracias.

(Aplauso general, vivas y después al unísono: «¿Por qué, sí, por qué se hace la fiesta.» Gesto embarazoso de GERARDO. CARMELINA se limpia las lágrimas de las mejillas.)

GERARDO.-    (A CARMELINA.)  ¡Tú, como siempre, me pones una piedra en el camino! ¡Después, me darás una manito, para coordinar un poco esto!  (Otro tono.)  Ejem, déjenme ver... ¿Por qué se hace la fiesta?... ¿Por qué?, me pregunto yo. A la vista, ningún cumpleaños ni santo. Tampoco una fecha patriótica ni religiosa. Digamos...  (Mira los personajes, uno a uno.)  Diría que... ¡A la vieja!... Mi madre, por ejemplo. Sí, a mi madre...  (Mirando a GERARDO, con cierta complicidad.)  E instalaremos una avioneta en el centro del salón de baile...
PERUCHO.-    (Satisfecho, sonriente.)  ¡Exacto! ¡Una avioneta!

(Los personajes se miran alarmados y mascullan de un modo diferente: «Una avioneta, una avioneta.» « Por qué? ¿Por qué?».)

GERARDO.-    (Grandilocuente. Satisfecho.)  ¡Señal de nuestro progreso!

(Los personajes casi a coro responden: «¡Ah!». Pausa larga, como si pasara un ángel.)

ROSI.-  Abuela, ¿es tu cumpleaños?
DOÑA PEPILLA.-   ¿Mi cumpleaños! ¡Alabado sea el Señor!...Yo ya no cumplo años, mi hijita. Soy más vieja que Matusalén... No, no, ¿quién se acuerda de eso? No, a mí, no.
LAURA.-  ¡Así que vas a canonizar a la vieja!
DOÑA PEPILLA.-  ¿Canonizarme, a mí? ¡Dios lo libre!... Si se le ocurre hacérmelo, mal risco lo pele... ¡A mí, no! ¡A mí, en paz, en paz, entre la gente!... (Con voz apagada.) ¡A mí, no!
PERUCHO.-  Señores y señoras, chirrín, chirrán, este cuento se acabó.
JOHNNY.-  ¡Enciendan las luces y nos vamos!
GERARDO.-  ¿Cómo?... ¡De eso, nada!... La fiesta continúa. ¡Adelante!




TELÓN VIOLENTO.