Dark Degas
El legado maldito
de Benjamin Gavarre
DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
bengavarre@gmail.com
El presente trabajo no pretende basarse en datos históricos ni en archivos reales ni universitarios ni institucionales.
- EDWARD BLACKWOOD (26 años): Archivista nocturno de la Bóveda Subterránea de Manuscritos Raros en la Biblioteca Bodleiana, Oxford. Viste un impecable chaleco de lana negra, levita oscura entallada y camisa blanca de cuello alto rígidamente almidonado. Su rostro es pálido, de facciones afiladas y melancólicas, enmarcado por un cabello oscuro ligeramente revuelto: la viva e inquietante imagen del autorretrato de juventud de Edgar Degas. Su porte es rígidamente británico: glacial, analítico y acorazado tras una silenciosa superioridad intelectual.
- BETHEAL (Edad indescifrable): Figura alta y cadavérica envuelta en un antiguo abrigo de tweed gris, deshilachado en los bordes. Su postura es encorvada, pero irradia una amenaza vertical asfixiante. Sus manos son anormalmente alargadas, de piel grisácea translúcida y dedos nudosos semejantes a raíces desenterradas. Su voz carece de aliento humano; es un susurro hipnótico y rasposo: una mezcla de podredumbre seca, piedra molida y terciopelo ajado.
Bóveda subterránea de piedra bajo la Biblioteca Bodleiana, en Oxford. Arcos góticos nervados de piedra caliza húmeda y secular se elevan hasta perderse en una tiniebla impenetrable. Altísimas estanterías de roble oscuro flanquean los muros como monolitos silenciosos. El aire es denso, saturado del aroma a vitela en descomposición, tinta ferrogálica, lacre viejo y frío subterráneo.
En el centro del escenario, una pesada mesa de lectura de roble jacobino. Sobre ella descansa una lámpara de banquero de bronce con pantalla de cristal verde esmeralda, la cual recorta un círculo de luz dura y enfermiza en medio de la penumbra. A la izquierda, ligeramente elevado sobre una tarima de madera, se encuentra el escritorio de EDWARD. Al fondo, en el centro, un arco ojival de piedra conduce hacia la negrura absoluta de una escalera de caracol. En lo alto del muro derecho, unos estrechos ventanales emplomados a ras de calle tiemblan bajo el embate incesante de una tormenta inglesa.
Esta pieza exige una dilatación agónica del tiempo. Los silencios entre réplicas no son pausas vacías, sino campos de batalla psicológicos. Cada sonido minúsculo —el paso de una foja de pergamino, el crujido del roble, el golpeteo de una uña— debe ejecutarse con una lentitud ritual, tejiendo una atmósfera de pavor gótico y seducción intelectual.
Oscuridad total durante diez segundos. Solo se escucha el azote constante de la lluvia contra los cristales emplomados superiores y el tictac lento y metálico de un reloj de péndulo invisible.
La cadenilla de bronce de la lámpara de banquero suena con un chasquido nítido. El resplandor esmeralda florece sobre la mesa central, proyectando un reflejo periférico espectral sobre EDWARD, quien se halla sentado e inmóvil en su escritorio. Enmarcado por las sombras, parece exactamente un retrato al óleo del siglo XIX. Sostiene un pequeño volumen en octavo. Lee.
Transcurren dos minutos completos de tiempo escénico. Edward pasa una sola página. El crujido seco del papel de trapo corta el silencio de la bóveda. Vuelve a su quietud absoluta.
De pronto, el tictac del reloj invisible se detiene en seco. El silencio interior se vuelve opresivo, irrespirable.
Desde el arco de piedra sumido en la negrura proviene un sonido lento y áspero. Un zapato pesado arrastrándose sobre las lajas de piedra. Pausa. Otro paso arrastrado.
Edward no levanta la cabeza. Sus ojos simplemente se detienen a mitad de la frase. Escucha. Con una exasperante parsimonia académica, coloca una cinta de seda negra sobre el pliegue abierto, cierra el pequeño volumen y apoya sus manos pálidas sobre la cubierta.
Del arco emerge BETHEAL. Parece deslizarse sobre las losas sin producir el menor roce de tela, deteniéndose frente a la barrera de caoba que separa el vestíbulo de la sala de lectura. Su rostro permanece oculto bajo el ala empapada de un sombrero oscuro y el cuello alzado de su abrigo. Solo sus manos monstruosas entran en la luz, posándose sobre la madera pulida como dos arañas blancas y marchitas.
Un silencio largo y contenido.
Edward
(Sin mirar al visitante, con voz nítida, cortante y distante)
La biblioteca del Duque Humfrey y las salas de lectura superiores cerraron hace dos horas. Esta es la bóveda subterránea restringida. No se admiten investigadores después del crepúsculo.
Betheal no responde. Su dedo índice derecho —anormalmente largo y torcido en la coyuntura— se eleva y deja caer su uña amarillenta contra la caoba. Tac. Cinco segundos. Tac. Cinco segundos. Tac. El sonido es hueco, como un nudillo golpeando la tapa de un ataúd.
Betheal
(En un murmullo rasposo y seductor que parece brotar de los muros de piedra)
La lluvia allá arriba lava el musgo de las gárgolas, joven custodio. Sin embargo, aquí abajo, bajo el peso de los huesos de Oxford... ni una sola sílaba se borra jamás.
Edward
(Levantando por fin su mirada glacial y analítica)
Si ha perdido usted el rumbo en los túneles del claustro, la garita del portero mayor está al final de la escalera norte. Él le franqueará la salida hacia las rejas.
Betheal
No busco las rejas. He venido a retirar un manuscrito que me pertenece... por derecho de prelación.
Edward
Nada de lo que albergan estos muros pertenece a particulares. Todo aquí es propiedad inalienable de la Universidad. Puede usted presentar una papeleta de requisición formal mañana a las nueve de la mañana, refrendada por el Conservador de Manuscritos Occidentales.
Betheal
(Inclinándose levemente hacia adelante)
El mañana es una vanidad de los mortales. Lo requiero esta noche.
Betheal alza el mentón una fracción de pulgada. El fulgor esmeralda de la lámpara roza sus labios cenicientos, dejando la mitad superior de su rostro anegada en dos cuencas de sombra sin fondo.
Betheal
Folio M-Cuarenta y uno. El Registro de los Tribunales de Chelmsford. Anno Domini mil seiscientos cuarenta y cinco.
Un silencio denso. La mandíbula de Edward se tensa de forma casi imperceptible. Sus dedos pálidos presionan con un poco más de fuerza su libro cerrado, aunque su postura conserva una compostura rígida.
Edward
El Folio M-Cuarenta y uno fue suprimido del catálogo general de la Bodleiana. Se conserva en el armario de hierro de cuarentena debido a una severa plaga fúngica en el pergamino y... procedencia irregular. ¿Cómo obtuvo usted esa signatura topográfica?
Betheal
(Una sonrisa fina y cruel estira su piel reseca)
Estuve presente cuando el escribano afiló su pluma de ganso. Respiré la paja húmeda de la mazmorra donde se tomó la declaración. Y poseo las credenciales pertinentes.
Con lentitud reptiliana, Betheal introduce la mano en el pecho de su abrigo gris y extrae una tarjeta rígida de vitela ennegrecida, grabada con sellos de plata deslustrada. La desliza sobre el mostrador de caoba.
Edward se levanta de su escritorio. Camina con pasos medidos y sin prisa hasta el mostrador. No toca la tarjeta; se limita a inclinarse ligeramente para inspeccionar la inscripción en latín arcaico. Advierte que, pese al diluvio torrencial que azota el exterior, el abrigo de tweed del desconocido está completamente seco y exhala un olor tenue y asfixiante a tierra quemada, ozono y polvo de osario.
Edward
Una Carta de Privilegio Perpetuo con el sello del Arzobispo Laud... Aunque esta clase de dispensa no se ha expedido en tres siglos, el estatuto de privilegio vitalicio jamás fue formalmente derogado por la Congregación.
Betheal
Las instituciones antiguas están atadas por sus antiguos pactos. Tráigame el volumen. Me lo llevaré conmigo en la noche.
Edward
(Con frialdad tajante)
Fuera de toda discusión. El estatuto fundacional de Sir Thomas Bodley prohíbe que cualquier volumen abandone esta cámara; ni siquiera para el propio Rey. Si desea examinar el Folio M-Cuarenta y uno, podrá hacerlo en aquella mesa, bajo aquella lámpara, sin tinta ni cuchilla sobre su persona, y bajo mi escrutinio ininterrumpido. Esas son las condiciones.
Betheal lo observa desde las cuencas oscuras de su rostro. Un estertor seco y áspero —como hojas muertas arrastradas sobre grava— escapa de su garganta.
Betheal
Su devoción por la letra de la ley es... exquisita, Edward. Acepto la mesa. Y acepto, con sumo placer, su mirada.
Los ojos de Edward se entrecierran levemente al escuchar su nombre de pila en boca de un extraño, pero no hace comentario alguno. Gira con sequedad sobre sus talones y desaparece en el laberinto negro de las estanterías traseras.
Betheal permanece inmóvil junto al mostrador; solo su cabeza gira con una suavidad antinatural mientras rastrea con el oído los pasos de Edward en la oscuridad. Lentamente, Betheal levanta una mano escuálida hacia la lámpara verde; la sombra proyectada sobre el muro de piedra caliza a sus espaldas no parece la de un hombre con abrigo, sino una silueta colosal y astada, de contornos quebrados semejantes a alas plegadas.
Desde las profundidades de la bóveda llega el chasquido metálico de una reja de hierro al abrirse, seguido por los pasos de regreso de Edward.
Edward emerge cargando un infolio masivo y deteriorado, encuadernado en piel de becerro ennegrecida y cerrado con broches de latón corroído. Lo deposita exactamente en el centro del círculo de luz esmeralda. Una nube de polvo secular se eleva dentro del haz luminoso.
Betheal se desliza alrededor del mostrador y toma asiento frente a la mesa de roble, de cara al público y de perfil a Edward. Edward retrocede hasta su escritorio en la tarima, pero permanece de pie, apoyando las manos sobre el atril como un fiscal en un tribunal.
Betheal posa sus dedos largos y nudosos sobre la cubierta de cuero agrietado. Cierra los ojos e inhala profundamente, saboreando la descomposición.
Betheal
Escuche la piel de esta encuadernación, muchacho... Becerro nonato, curado en alumbre y agalla en el año de mil seiscientos cuarenta y cinco. ¿Sabe usted por qué los eruditos comunes tiemblan cuando descienden a estas bóvedas? Porque imaginan que los libros son cosas muertas. Usted y yo sabemos que no es así.
Edward
La vitela antigua retiene colágeno orgánico y sulfatos de hierro. Es química elemental, no metafísica. Dispone de cuarenta minutos antes de que la guardia nocturna eche los cerrojos de las puertas superiores de hierro.
Betheal desengancha los broches de latón. Con lentitud, levanta la pesada cubierta. El lomo gime como una vértebra seca al partirse.
Pasa la primera foja. Luego la segunda. Sin embargo, no baja la vista hacia el pergamino. Sus cuencas negras como el alquitrán están clavadas por completo en el rostro pálido de Edward al otro lado de la sala. Sus dedos torcidos acarician la caligrafía a ciegas, rozando la tinta.
Transcurren veinte segundos de un silencio asfixiante, roto únicamente por el lento pasar de las páginas —Tac... Frrr... Tac— y la mirada sin parpadeos entre el archivista y el visitante.
Edward
(Con voz gélida, aunque un temblor de tensión endurece su postura)
El manuscrito yace sobre la mesa, señor. No en mi semblante.
Betheal
¿De verdad? A veces el retrato y el linaje son tan prodigiosamente idénticos que el ojo no logra distinguir dónde termina el pergamino y dónde comienza la carne. Observe esta escritura en el folio nueve... Tinta ferrogálica mezclada con vitriolo. Y aquí, al pie de la declaración... una mancha color herrumbre que el escribano intentó raspar con un cortaplumas. Eso no es tinta. Es sangre arterial.
Edward
Los escribanos judiciales de la Guerra Civil Inglesa tomaban los testimonios dentro de las propias cárceles. La contaminación era rutinaria.
Betheal
(Su voz desciende hasta convertirse en un ronroneo aterciopelado e hipnótico)
Ah, pero esto no fue un accidente. Fue estampado ahí con el pulgar. Deliberadamente. Como un sello... Dígame, Edward, ¿duerme usted en paz cuando sale de este sepulcro de piedra al amanecer?
Edward
Mis hábitos nocturnos no están catalogados para consulta pública.
Betheal
No duerme. Veo la sombra violácea bajo sus párpados. Camina usted de un lado a otro en sus habitaciones sobre los callejones brumosos de Oxford, escuchando la respiración superficial de un mundo mediocre. Catedráticos pomposos que repiten como loros las notas al pie de hombres muertos, estudiantes dorados que se revuelcan en la oscuridad... Usted los desprecia a todos. Se entierra vivo en esta bóveda porque los vivos le provocan náuseas. Porque siente un hambre fantasma en la médula de los huesos: una deuda que quedó sin saldar antes de que usted naciera.
Edward no dice nada. Sus nudillos emblanquecen contra el borde de su escritorio. Betheal pasa otra foja con un chasquido seco.
Betheal
Escuche las palabras asentadas en los Tribunales de Chelmsford en la decimonovena noche de noviembre de mil seiscientos cuarenta y cinco: «Interrogado por el Maestro Matthew Hopkins, General Buscador de Brujas, acerca de dónde obtuvo las tablas cifradas del Doctor Dee y el espejo negro de visión con que adivinaba los movimientos de los ejércitos del Parlamento, el reo respondió que ningún tutor mortal lo instruyó; que invocó en lo profundo de la noche a Aquel que camina detrás de la sombra, pues todo el saber de Oxford no es sino ceniza para una mente que tiene sed de omnipotencia...»
La lámpara verde de banquero parpadea con violencia, aunque no corre la menor brisa en la bóveda. La temperatura cae en picada; el aliento de Edward forma un vaho blanco en el aire glacial.
Betheal
Era un erudito extraordinario. Veintiséis años de edad. Exactamente sus años. Poseía su misma frente alta y pálida, su mismo desdén aristocrático... Cuando Hopkins lo arrojó a las mazmorras del Castillo de Colchester, lo privaron del sueño durante nueve días y nueve noches. Le clavaron punzones de hierro de tres pulgadas en la carne buscando la marca insensible del Diablo. Los magistrados puritanos esperaban que llorara y suplicara la misericordia de Cristo. ¿Sabe usted qué hizo él en cambio?
Edward
(Apenas un susurro, arrastrado contra su voluntad)
Guardó silencio.
Betheal
Se rió en sus rostros. Con las muñecas destrozadas por los grilletes y la sangre empozándose en su cuello, recitó en un griego impecable la mecánica prohibida de las esferas celestes que yo le había susurrado al oído en esta misma biblioteca. Y cuando lo arrastraron hasta el patíbulo en la plaza del mercado de Chelmsford y lo dejaron caer de la escalera, se estranguló en la soga de cáñamo sin pronunciar jamás el nombre de su mentor. Murió antes de que se cumplieran los veinticuatro años estipulados... dejando mi libro mayor en desequilibrio.
Edward
Los delirios de una mente quebrada por la tortura judicial. Nada más.
Betheal
(Girando lentamente el enorme infolio sobre la mesa de roble para que quede frente a Edward)
Entonces descienda de su estrado y lea el nombre del condenado en el acta de acusación. Lea la firma de sangre que dejó para su progenie antes de que el verdugo le rompiera el cuello.
Un estruendo de trueno descomunal sacude las piedras subterráneas. El polvo cae suavemente desde las nervaduras de la bóveda.
Como si tiraran de él con hilos invisibles, Edward desciende de la tarima de madera. Sus movimientos son lentos, sonámbulos. Da un paso hacia la mesa. Luego otro.
Betheal se inclina hacia adelante, entrando de lleno en la cruda luz esmeralda. Su piel es un pergamino gris translúcido estirado sobre el hueso, surcado por una telaraña de venas negras palpitantes. Sus ojos son dos pozos de brea líquida.
Betheal
Su nombre era el suyo. Maestro Edward Blackwood, del Magdalen College.
Edward se detiene al borde de la mesa, mirando hacia abajo la vitela ensangrentada. Sus pupilas se dilatan; su pecho sube y baja con respiraciones cortas y ahogadas.
Betheal
(Su voz crece en una seducción polifónica y resonante que vibra a través del suelo)
Los puritanos creyeron extinguido su linaje en aquella horca, pero el hijo bastardo que engendró en secreto llevó su sangre a través de los siglos —generación tras generación de silenciosa miseria—, culminando en usted, de pie sobre las mismas lajas de piedra donde él pronunció mi nombre por primera vez. ¿De verdad creyó que su obsesión por esta bóveda era simple curiosidad académica, Edward? Yo pastoreé a su estirpe de regreso a este sótano.
Las rodillas de Edward flaquean. Se hunde lentamente en la silla opuesta a Betheal. La sombra monstruosa en el muro detrás de la entidad se hincha hacia lo alto, extendiéndose sobre las estanterías como un dosel negro viviente.
Edward
(En un tono hueco y monótono de trance, con la vista clavada en los ojos abismales de la criatura)
En mis sueños... el olor a cáñamo mojado... y una voz que me llama por mi nombre desde abajo de las tablas del suelo...
Betheal
Es la ley suprema del abismo. Omne debitum solvendum est. Toda deuda debe pagarse por completo. El verdugo cortó su hilo diez años antes de que nuestro pacto venciera. Cuando un deudor perece prematuramente por interferencia mortal, el gravamen espiritual desciende sobre el heredero de su sangre. Usted es el codicilo viviente de este pergamino.
Edward
(Hablando como un hombre sumergido en aguas profundas)
Si el gravamen recae sobre mi sangre... si estoy atado a honrar el remanente de su contrato... entonces el precio no cobrado también me corresponde reclamarlo. No entregaré nada sin recibir lo que fue prometido.
La boca de Betheal se abre en una mueca triunfal y espantosa. El aire se espesa con el hedor del azufre y las rosas muertas.
Betheal
¡Ahí habla la arrogancia intacta de los Blackwood! Esa es la música que ansiaba escuchar. No le ofrezco oro vulgar ni carne de rameras, Edward. Le ofrezco aquello por lo que su ancestro empeñó su eternidad: las llaves perdidas de Enoc, los rollos incendiados de Alejandría intactos en mi memoria, la desarticulación del tiempo y de la materia, el poder de aplastar a cada académico mezquino que alguna vez osó mirarlo por encima del hombro... ¡El dominio absoluto sobre los misterios de la tierra!
Betheal extiende su mano derecha, marchita y semejante a una garra, sobre la página manchada de sangre del Folio M-41, con la palma hacia arriba, esperando.
Betheal
Ponga su mano sobre la mía. Ratifique el sello de su ancestro y deje que la tinta antigua corra de nuevo.
Silencio absoluto. Incluso el azote de la lluvia en el exterior cesa por completo.
La pálida mano derecha de Edward se eleva lentamente de la mesa. Tiembla bajo la luz esmeralda. Pulgada a pulgada, sus dedos se acercan hacia la palma cadavérica de Betheal. La sombra gigantesca en la pared se arquea sobre ambos como unas fauces a punto de cerrarse.
Las yemas de los dedos de Edward quedan suspendidas a un milímetro de la piel muerta de la criatura.
Pausa de cinco segundos.
De pronto, el temblor en la mano de Edward cesa por completo. Sus dedos se inmovilizan con precisión quirúrgica.
Edward parpadea una vez. El estupor vidrioso desaparece de sus ojos, reemplazado al instante por una mirada de devastadora lucidez ártica y un profundo tedio intelectual. Con suavidad, retira la mano, cruza los brazos sobre el pecho y se reclina en la silla de roble, acomodándose el puño de la camisa.
Edward
(En un tono de seca y cortante condescendencia oxoniense)
Resulta francamente patético que una entidad de su supuesta antigüedad exhiba una comprensión tan lamentable tanto de la burocracia metafísica como del Derecho Consuetudinario inglés.
La cabeza de Betheal se sacude hacia atrás como si hubiera recibido un golpe. Su mano extendida se crispa en el vacío. La sombra monstruosa sobre el muro de piedra caliza titubea y se encoge ligeramente.
Betheal
(En un siseo gutural)
¡¿Qué desvarío insolente es este?! ¡Su mente estaba atada a mi encantamiento! ¡Su sangre lo obliga!
Edward
(Inclinándose hacia adelante, apoyando ambas palmas con firmeza sobre la mesa e invadiendo la luz verde con autoridad total)
Mi mente jamás estuvo bajo su encantamiento; simplemente fingí el sonambulismo para obligarlo a declarar, para que conste en actas, los términos exactos de su fraudulenta reclamación. En cuanto a mi sangre... permítame instruirlo, ya que a todas luces descuida usted las glosas jurídicas.
Edward golpea secamente el pergamino abierto con su dedo índice.
Edward
Bajo la doctrina fundacional de la Relatividad de los Contratos —Privity of Contract—, un convenio no puede conferir derechos ni imponer obligaciones a ninguna persona que no sea parte firmante del mismo. Más aún, tanto en el Common Law como en cualquier tribunal teológico respetable desde Tomás de Aquino en adelante: Actio personalis moritur cum persona. La acción personal muere con la persona. La condenación es estrictamente intransferible.
Betheal
(Golpeando la mesa de roble con sus garras)
¡Él empeñó a su estirpe! ¡El Buscador de Brujas me estafó diez años de su servicio!
Edward
Una mentira; y extraordinariamente torpe, por cierto. El primer Edward Blackwood negoció sabiduría prohibida a cambio de su alma llegada la hora de su muerte. Usted entregó esa sabiduría; por su propia confesión, él recitó su geometría celeste en la mazmorra de Colchester. Y cuando Matthew Hopkins lo dejó caer del patíbulo en la plaza de Chelmsford, su alma abandonó el cuerpo y usted la cobró íntegra. El contrato quedó extinguido por cumplimiento total en noviembre de mil seiscientos cuarenta y cinco. Usted no tiene ningún derecho sobre mí. Vino arrastrándose aquí esta noche como un alguacil desesperado, esperando engañar a un heredero ignorante para que firmara una escritura nueva.
Con un movimiento rápido y rotundo, Edward sujeta las pesadas tapas de cuero del Folio M-41 y cierra el volumen de golpe directamente en la cara de Betheal, obligando a la criatura a retirar las manos. El estallido resuena en la bóveda como un disparo de pistola.
Edward se pone de pie, colocando el enorme tomo bajo su brazo con calma posesiva.
Edward
¿De verdad se halagó usted pensando que me había conducido hasta Oxford? Solicité este puesto hace cuatro años específicamente para obtener acceso al armario de cuarentena. Rastreé cada registro parroquial desde Essex hasta Londres hasta descubrir la línea bastarda de Edward Blackwood. He examinado el Folio M-Cuarenta y uno bajo luz ultravioleta durante mil noches antes de que usted arrastrara los talones por esa escalera. De hecho, fui yo quien ingresó intencionalmente su signatura en el registro público hace tres días como un cebo, esperando ver si el parásito venía a olfatear tinta muerta.
Betheal se levanta de la silla con un rugido subhumano y ensordecedor que parte por la mitad la pantalla de cristal verde de la lámpara. La bombilla chisporrotea con violencia. El abrigo de la criatura se hincha como si lo llenara un vendaval helado.
Betheal
¡Inmundicia mortal arrogante! ¡¿Crees que una argucia de tribunal puede escudarte del abismo?! ¡Puedo hacer añicos tu cordura ahí mismo donde estás parado! ¡Puedo derrumbar estas toneladas de piedra caliza húmeda para sepultarte vivo!
Edward
(Imperturbable, sosteniendo la mirada del monstruo con gélido desprecio)
No puede usted ni siquiera volcar un tintero sin mi permiso.
Edward da un paso deliberado hacia la entidad. Sorprendentemente, es Betheal quien retrocede medio paso.
Edward
He estudiado su taxonomía mucho más a fondo de lo que usted ha estudiado mi genealogía, Betheal. Usted y los de su especie son simples carroñeros del apetito humano. No poseen jurisdicción alguna sobre la materia a menos que el deseo mortal les abra el cerrojo. La ambición, la codicia, el terror a la mortalidad, el hambre de atajos prohibidos... Mi ancestro cayó porque ansiaba la divinidad. El Doctor Fausto de los pliegos de cordel cayó porque era un glotón inquieto. Ahora míreme bien de cerca.
La sombra monstruosa en el muro se desploma hacia adentro, desprendiéndose del techo abovedado como hollín que se disuelve.
Edward
¿Qué puede ofrecerle el Infierno a un hombre que no desea nada? No ansío ni la fama, ni el oro, ni la carne, ni trucos sobrenaturales de salón. Toda la sabiduría que requiero ya está encuadernada en cuero sobre estos estantes, meticulosamente catalogada, y mi propio intelecto me basta y sobra para dominarla en paz. Mis deseos terrenales están enteramente satisfechos en el silencio de esta bóveda. Es usted un buhonero frente a un hombre que no compra. Mi alma, señor, está por completo fuera de su presupuesto.
Betheal parece marchitarse dentro de su abrigo de tweed gris. Su estatura imponente se derrumba hasta convertirse en la silueta encorvada y patética de un mendigo derrotado. Sus manos nudosas tiemblan al aferrarse al respaldo de la silla.
Betheal
(En un siseo húmedo y venenoso de pura impotencia)
Te pudrirás solo en este sepulcro de piedra, Blackwood... Frío, sin amor, olvidado por los vivos... Tu propia lucidez será tu ataúd...
Edward
Se equivoca de nuevo. Mi soledad no es mi condena; es mi fortaleza.
Edward saca un reloj de bolsillo de plata de su chaleco, mira la esfera un instante y cierra la tapa con un chasquido seco.
Edward
El horario de lectura ha concluido, y su privilegio de lector queda revocado permanentemente por intento de sustracción de propiedad universitaria. Desaloje mi biblioteca.
Edward levanta el brazo y señala con rigidez implacable hacia el arco de piedra sumido en la negrura.
Betheal le clava una última mirada de odio destilado y milenario, pero su forma física ya comienza a deshilacharse en los bordes. Sin emitir un solo sonido, la criatura retrocede tambaleándose hacia el arco. En lugar de subir la escalera, su silueta simplemente se desintegra en la penumbra como un puñado de ceniza negra dispersado por una corriente de aire.
En el instante mismo en que se desvanece, el reloj de péndulo invisible retoma su tictac metálico y constante, y el murmullo limpio y rítmico de la lluvia regresa a los altos ventanales emplomados.
Edward permanece solo en el centro de la bóveda. Su respiración es serena, sin prisa. Con exactamente la misma parsimonia deliberada que al inicio de la obra, sube de regreso a su tarima, abre con llave un pesado cajón de hierro en su escritorio, guarda dentro el Folio M-41 y gira la cerradura dos veces.
Se sienta. Alisa las solapas de su levita oscura, reabre su pequeño volumen en octavo, retira la cinta de seda negra y retoma la lectura en la palabra exacta donde la había interrumpido.
La lámpara verde de banquero sobre la mesa central se apaga sola con un chasquido. Únicamente queda una luz lateral tenue y fría, recortando el rostro pálido y estoico de Edward contra la negrura circundante —idéntico al retrato inmortal de Degas, soberano e intocable en la oscuridad—.
Fundido lento a negro.
TELÓN
de Benjamin Gavarre
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