DESCENSO DEL MONTE MORGAN
ARTHUR MILLER.
El descenso del Monte
Morgan
(1991) representa un giro interesante en la carrera de Arthur Miller: es más
ácida, más cínica y, estructuralmente, más juguetona que sus grandes tragedias
sociales de los años 40 y 50.
Lyman Felt y el choque de
dos mundos: Introducción a El descenso del Monte Morgan
¿Es posible amar a dos
personas con la misma intensidad sin que la verdad destruya a las tres? En El
descenso del Monte Morgan, Arthur Miller nos presenta a Lyman Felt, un
magnate de los seguros que, tras un aparatoso accidente automovilístico,
despierta en una cama de hospital para descubrir que su mayor riesgo calculado
ha fallado: sus dos esposas, que no sabían de la existencia la una de la otra,
están en la sala de espera.
A diferencia del Willy
Loman de Muerte de un viajante, que era víctima de un sistema que lo
devoraba, Lyman Felt es un victimario entusiasta de su propio deseo. Es una
obra que transita entre la comedia negra y el juicio moral, donde el escenario
se convierte en un espacio mental donde el pasado y el presente chocan con la
misma violencia que el Porsche de Lyman contra el hielo del monte.
Arthur Miller: El peso de
la conciencia (Semblanza)
Arthur Miller (1915-2005)
fue, durante más de medio siglo, la brújula moral del teatro estadounidense.
Neoyorquino de raíces judías, Miller alcanzó el olimpo dramático con obras como
Todos eran mis hijos, Muerte de un viajante y Las brujas de
Salem. Su teatro se caracteriza por explorar la responsabilidad del
individuo frente a la sociedad y la familia.
Sin embargo, en su etapa
tardía —a la que pertenece El descenso del Monte Morgan— Miller se alejó
del realismo social estricto para explorar personajes más complejos y menos
heroicos, utilizando estructuras fragmentadas y oníricas para diseccionar la
psique de un hombre que cree que puede tenerlo todo sin pagar las facturas
éticas.
Secuencia de Acciones: El
mapa de una traición
La obra no avanza de
forma lineal, sino que se despliega a través de las visiones y recuerdos de
Lyman mientras convalece:
1.
El Despertar: Tras el accidente, Lyman recupera la conciencia
y se horroriza al saber que el hospital ha llamado tanto a Theo (su esposa de
Nueva York por 32 años) como a Leah (su esposa de Elmira por 9 años).
2.
El Encuentro: Theo y Leah se conocen en la sala de espera. La
confusión inicial da paso a la revelación: Lyman se casó con Leah fingiendo un
divorcio que nunca ocurrió.
3.
El Juicio en el Espejo: A través de saltos temporales, vemos cómo
Lyman justificó su bigamia: la necesidad de no renunciar a ninguna faceta de su
vida. Se siente un "hombre de éxito" que ha vencido a la hipocresía
viviendo dos verdades.
4.
La Confrontación: En el segundo acto, las dos mujeres y su hija
Bessie enfrentan a Lyman. Él, lejos de arrepentirse, defiende su "derecho
a la felicidad" y su negativa a aceptar la muerte y el aburrimiento.
5.
El Abandono: La realidad se impone. Theo y Leah, a pesar de
sus diferencias, rechazan el narcisismo de Lyman. La obra termina con Lyman
solo, enfrentando la soledad absoluta de quien ha querido poseerlo todo.
Calibración: Su presencia
en la dramaturgia americana
El descenso del Monte
Morgan
ocupa un lugar singular y divisivo en el canon americano. Si bien no tiene la
"santidad" de sus obras tempranas, es fundamental por varias razones:
- Desmitificación del Sueño Americano: Aquí, el éxito material no es
el problema, sino el vacío espiritual de quien confunde la libertad con la
falta de límites.
- Evolución Estructural: Miller utiliza recursos que
rozan el teatro del absurdo (como el diálogo entre las esposas en
la mente de Lyman) para mostrar que la subjetividad del protagonista es su
propia celda.
- El Protagonista Antihéroe: Lyman Felt anticipa a
personajes de la televisión moderna (como Don Draper o Tony Soprano):
hombres carismáticos, hambrientos de vida, pero profundamente
destructivos.
En la dramaturgia
estadounidense, esta obra es el "testamento cínico" de Miller; una
advertencia de que la verdad no es algo que se elige según la conveniencia,
sino un suelo firme sobre el cual, si se miente demasiado, se termina patinando
hacia el abismo.
El descenso del Monte Morgan
Arthur Miller
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Personajes
Lyman
Enfermera
Theo
Bessie
Leah
Tom
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ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
Lyman Felt duerme en una cama de hospital. La Enfermera Logan lee una
revista a unos metros. Él, profundamente dormido, ronca de vez en cuando.
Lyman (los ojos todavía cerrados): Gracias, muchas gracias a todos.
Siéntense, por favor. (La Enfermera se vuelve y lo mira.) Esta tarde
tenemos mucho material... no material... sí, material... que abordar, así que,
si son tan amables, tomen asiento y crucen las piernas. No, no... (Ríe débilmente.)
No crucen las piernas; basta con que tomen asiento...
Enfermera: Señor Felt, ha pasado por el quirófano. Debería descansar...
¿O está grogui?
Lyman (duerme por un momento, ronca, y después): Hoy me gustaría que
considerasen el seguro de vida desde una perspectiva distinta. Quiero que
imaginen el sistema económico en su conjunto como una teta gigante. (La Enfermera
se ríe entre dientes.) Así pues, la misión del individuo consiste en conseguir
un buen sitio en la cola para dar una chupada. De donde, dicho sea de paso,
viene la expresión «chupar del bote». (Ella ríe más fuerte.) O... o no.
Enfermera: Mire, después de tantas operaciones más vale que se
tranquilice.
Lyman (abre los ojos): ¿Es usted negra?
Enfermera: Eso me han dicho siempre.
Lyman: Magnífico. Tengo un curso de formación estupendo para ustedes,
el mejor del sector, y antes puedo ofrecerles también otro de introducción a
las ventas. Ahora no hay elecciones, ¿no? ¿Eisenhower o algo así?
Enfermera: Es diciembre. Y Eisenhower lleva mucho, mucho tiempo muerto.
Lyman: Eisenhower... muerto. (Mira confuso a su alrededor.) Oh, sí,
claro... ¿Por qué no puedo moverme si puede saberse?
Enfermera (vuelve a su silla): Está enyesado de pies a cabeza, se ha
roto un montón de huesos.
Lyman: ¿Quién?
Enfermera: Usted. Destrozó su coche en un accidente. Dicen que bajó el
monte Morgan esquiando en un Porsche.
(Ella se ríe. Él entorna los ojos, intentando orientarse.)
Lyman: ¿Dónde...? ¿Dónde estoy?
Enfermera: En el Hospital de Clearhaven.
Lyman: ¿Es Earl Hines?
Enfermera: ¿Quién?
Lyman: Ese piano. Sueña como Earl Hines. (Entona una melodía de
Earl Hines. Ríe admirativamente.) Escúchela, ¿no la oye? ¿No es preciosa? Jimmy
Baldwin... hace mucho, mucho tiempo, cuando yo todavía era escritor... decía:
«Lyman, tienes alma de negro». (Ríe entre dientes; se le apaga la voz. Ahora,
con cierta angustia...) ¿Dónde ha dicho?
Enfermera: En el Hospital de Clearhaven.
Lyman (toma conciencia lentamente): ¿Clearhaven?
Enfermera: Su mujer y su hija acaban de llegar de Nueva York. Están en
la sala de visitas.
Lyman (amago de cautela, pero todavía confuso): ¿De Nueva York? ¿Por
qué? ¿Quién las ha llamado?
Enfermera: ¿Qué quiere decir? ¿Por qué no?
Lyman: ¿Y dónde estamos?
Enfermera: En Clearhaven. Yo soy canadiense; acabo de empezar aquí. En
Canadá aún tenemos ferrocarriles.
Lyman (un lapso de silenciosa confusión): Escuche... no me encuentro
bien. ¿Por qué estamos hablando de ferrocarriles canadienses?
Enfermera: No, sólo lo mencionaba por el temporal.
Lyman: ¿Y qué... qué... qué me decía de mi mujer... de Nueva York?
Enfermera: Está aquí, en la sala de espera.
Lyman: Aquí, en la sala de espera...
Enfermera: Y también su hija.
Lyman (la tensión de su rostro aumenta a medida que se va despejando; se
mira la palma y el dorso de las manos): ¿Le importaría...? ¿Tocarme? (Ella le
toca la cara; él se irrita al comprender claramente qué está pasando.) Por amor
de Dios, ¿quién demonios las ha llamado? ¿Por qué nadie me ha preguntado nada?
Enfermera: ¡Yo soy nueva aquí! Si me encuentra defectos, lo siento.
Lyman (muy angustiado): ¿Quién ha dicho que le encuentro defectos? ¿A
qué viene toda esta... verborrea innecesaria?... Por Dios, no verborrea...
quiero decir... (Con la respiración entrecortada.) Oiga, no puedo ver a nadie;
tienen que volverse a Nueva York ahora mismo.
Enfermera: Pero mientras está despierto...
Lyman: ¡Inmediatamente! Échelas de aquí. (Punzada de dolor.) ¡Ay!... Por
favor, ¡vaya, échelas ya...! ¡Espere!... No hay ninguna, esto... ninguna otra
mujer ahí fuera, ¿verdad?
Enfermera: Que yo sepa, no.
Lyman: Vaya, por favor, deprisa... ¡No puedo ver a nadie!
(Ella sale, desconcertada.)
Lyman: Oh, pobre Theo... ¡aquí! Dios mío, ¡qué he hecho! ¡Cómo se me
ocurrió ir por esa carretera con este temporal! (Aterrorizado ante la posibilidad
de haberse delatado.) ¿Es que has perdido tu miserable cabeza? (Paralizado por
la angustia, mira fijamente hacia delante. Se oye música. Cambia de ánimo
mientras le va asaltando una visión catastrófica.) Oh, Dios mío, esto no
puede, no debe ocurrir.
(Sobre el escenario se hacen visibles su mujer, Theo, y su hija, Bessie,
sentadas en un sofá de la sala de espera. Bessie llora inconsolable. Lyman no
las ve directamente, se las imagina.)
Lyman: Oh, Bessie, ¡mi pobre Bessie! (Se tapa los ojos mientras Bessie
solloza.) No, no y no; ¡esto no puede estar pasando!... ¡Piensa en otra cosa!
(Su visión le hace levantarse de la cama; lleva puesta la bata del hospital. La
música deja de oírse.)
Theo: (acariciando la mano de Bessie): Cariño, debes procurar contenerte.
Bessie: No puedo evitarlo.
Theo: Claro que puedes. Ahora tienes que ser valiente, pequeña.
Lyman (entra en el espacio de las mujeres): ¡Ahí está! ¡Ésa es mi Theo!
¡Es lo que diría, palabra por palabra! ¡Qué mujer!
Theo: Procura pensar en toda la felicidad; piensa en su risa. Tu padre
ama la vida; luchará por ella.
Bessie: Supongo que en realidad es porque nunca me ha pasado nada malo.
Lyman (a unos pasos): ¡Mi pequeña Bessie...!
Theo: Pero a medida que te hagas mayor verás que todo va encajando... y
para bien.
Lyman (mirando al frente): Ah, sí, Theo... La buena episcopaliana de
siempre.
Theo: Vamos, Bessie. ¿Recuerdas lo bien que lo pasamos en África?
Piensa en África.
Bessie: Mamá, eres increíble.
(Entra la Enfermera Logan.)
Enfermera: No podrá ver a nadie aún por un tiempo. ¿Quieren que llame a
un motel? Aunque es temporada de esquí, seguramente mi marido puede
conseguirles habitación; es él quien les quita la nieve del camino de entrada.
Bessie: ¿Sabe si está ya fuera de peligro?
Enfermera: Eso creo, pero sin duda los médicos las informarán.
(Cambiando de tema de manera evidente.) Me cuesta creer que hayan conseguido
venir desde Nueva York con esta aguanieve.
Theo: Una hace lo que tiene que hacer. Mire, pensándolo bien... ¿Le
importaría llamar al motel? Ha sido un viaje espantoso...
Enfermera: A veces me volvería a Canadá de buena gana..., allí al menos
teníamos ferrocarril.
Theo: Aquí volveremos a tener. Puede que en este país las cosas lleven
su tiempo, pero al final las hacemos.
Enfermera: Si le apetece más té, no dude en pedirlo.
(Sale la Enfermera.)
Theo: (con una sonrisa forzada, se vuelve hacia Bessie): ¿Qué te ha
hecho tanta gracia?
Bessie (tocando la mano de Theo): No es nada...
Theo: Venga, dímelo.
Bessie: Bueno, es que... en este país las cosas no siempre se hacen.
Theo: (retirando la mano; está dolida): A mí me parece que sí, a la
larga. Yo he vivido cambios que eran inconcebibles hace treinta años. (Esforzándose
por reír.) La verdad, Bessie, tan ingenua no soy.
Bessie (enfadándose): En fin, no te pongas así, no es para tanto... Por
aquí la gente es muy amable, ¿no crees?
Theo: (recuperando la serenidad): Sí, desde luego. Cuánto he lamentado
que nunca hayas conocido la vida de pueblo, esa bondad que se percibe.
Bessie: Me pregunto si no deberíamos avisar a la abuela Esther.
Theo: (con expresión de estar haciendo una concesión): Si quieres...
(Breve pausa. Bessie guarda silencio.) Pero es que tiene unas reacciones tan
exageradamente emotivas, es sólo eso. Pero llama... al fin y al cabo es su
madre.
Bessie: Ya sé que es una mujer superficial, pero no puedo evitarlo, yo...
Theo: Es normal que la quieras, ella te adora; sencillamente nunca le
he caído bien, y yo siempre lo he sabido, sólo eso. (Desvía la mirada.)
Bessie: Es que a veces es muy divertida, y afectuosa.
Theo: ¿Afectuosa? Sí, supongo que sí, siempre que serlo no la comprometa
con nada ni con nadie. Nunca lo he ocultado, cariño: creo que ella es el centro
del problema psicológico de tu padre...
Lyman: ¡Tal cual!
Theo: Aunque supongo que tengo prejuicios.
(Lyman ríe en silencio y muestra regocijado que está de acuerdo asintiendo con
la cabeza.)
Theo: Antes pensaba que era porque no se casó con una judía.
Bessie: Pero tampoco ella se casó con un judío.
Theo: Cariño, ella habría rechazado a cualquier mujer con la que él se
casara..., salvo a una rica heredera o a un bombón descerebrado. Pero ve,
anda, creo que debes llamarla. (Bessie se pone de pie.) Y dale recuerdos de mi
parte, por favor.
(Lyman suelta una risotada para demostrar lo mucho que valora la manera de ser
de Theo. Entra Leah. Ronda los treinta; abrigo de mapache abierto, zapatos de
tacón. La acompaña la Enfermera.)
Lyman (en el instante en que ella entra se tapa los ojos con las manos):
¡No, no debe estar aquí! ¡Esto no puede ocurrir! ¡No debe! (Incapaz de
soportarlo, empieza a huir, pero se detiene cuando...)
Leah: ¡Por Dios, después de tanto dinero como hemos dado a este
hospital, me parece que bien podría hablar con la Enfermera jefa!
Enfermera: ¡Hago todo lo que puedo para encontrarla...!
Leah: Muy bien, pues dése prisa. (La Enfermera empieza a
marcharse.) ¡Sólo pido un poco de información, qué caramba!
(Sale la Enfermera. Pausa.)
Lyman (suplicándose a sí mismo, cerrando los ojos con fuerza): Piensa en
otra cosa. Veamos... el nuevo Mercedes descapotable... aquella actriz, ¿cómo se
llama?
(Pero no puede evadirse y, asustado, vuelve la cabeza hacia (Leah, que se
sienta, pero enseguida se pone en pie de nuevo y se mueve inquieta. Theo y
Bessie la observan indirectamente, con educada curiosidad. Ahora sus miradas
se cruzan. Leah levanta las manos.)
Leah: Igual que cuando di a luz aquí a mi hijo. Sonsacarles si era niño
o niña fue como arrancarles los dientes.
Bessie: ¿Es una urgencia?
Leah: Mi marido; ha chocado con el coche en el monte Morgan. ¿Y ustedes?
Bessie: Mi padre. También en un coche.
Lyman (con la mirada alzada hacia el cielo y las manos entrelazadas):
¡Oh, no; por favor, por favor!
Theo: Las carreteras están intransitables.
Leah: No sé cómo pudo ocurrírsele conducir por el monte Morgan con
hielo... y para colmo, ¡de noche! ¡Es incomprensible! (Un súbito estallido.)
¡Los muy idiotas! ¡Tengo derecho a saber qué ha pasado! (Sale precipitadamente.)
Bessie: Pobre mujer.
Theo: Pero ya sabe lo ocupados que están...
(Ahora silencio; Theo se recuesta y cierra los ojos. Bessie está otra vez al
borde del llanto, se contiene y se tapa los ojos. De pronto se viene abajo y
llora.)
Theo: Vamos, Bessie, cariño, procura no...
Bessie (moviendo la cabeza en un gesto de impotencia): ¡Es que lo
quiero tanto!
(Vuelve Leah, ya más apaciguada. Con evidente cansancio, se sienta y cierra
los ojos. Pausa. Se acerca a la ventana y mira afuera.)
Leah: Y ahora, ahora precisamente, sale la luna. Todo el mundo se
estrella debido a la oscuridad y ahora podría leerse el diario ahí fuera.
Bessie: ¿Vive por aquí?
Leah: No muy lejos. En el lago.
Bessie: El paisaje es precioso.Leah: Ah, sí, pero yo me quedo con
Nueva York sin la menor duda. (Se le escapa un profundo sollozo que contiene al
instante.) Perdón.
(Pero vuelve a llorar desconsoladamente cubriéndose con el pañuelo. Bessie,
afectada, empieza a llorar también.)
Theo: ¡Pero, vamos...! (Sacude el brazo a Bessie.) ¡Basta ya! (Ve la
mirada de indignación de Leah.) Todavía no sabe si es muy grave o no, ¿verdad?
¿Qué necesidad hay de ponerse así?
Leah (de muy mala gana): Puede que tenga razón.
Theo: (eufórica, dirigiéndose también a Bessie): ¡Claro que sí! Quiero
decir que siempre hay tiempo para la desesperación, ¿por qué, pues,
habríamos...?
Leah (con aspereza): ¡Ya le he dicho que tiene razón, que estoy de
acuerdo con usted! (Theo se pone tensa y vuelve un poco la cabeza.) Disculpe.
(Las mujeres se quedan inmóviles.)
Lyman (maravillado): ¡Admirables mujeres! ¡Y qué personalidades tan
fuertes, tan firmes...! Gracias a Dios sólo me lo estoy imaginando para atormentarme...
Pero ¡basta ya! (Se encamina con resolución hacia la cama, pero se detiene al
asaltarle de nuevo la visión.) ¿Y qué dirán a continuación?
Bessie: ¿Cultivan algo donde ustedes viven?
Leah: Casi todo lo que nos comemos. Y ahora empezamos a criar animales
de raza, a pequeña escala.
Bessie: Ah, eso me encantaría...
Leah: Envidio esa serenidad de ustedes, la de las dos. De verdad, me ha
reconfortado. ¿En qué parte de Nueva York viven?
Bessie: En la calle Setenta y cuatro Este.
Lyman: ¡Oh, no! ¡No, no...!
Leah: ¿En serio? Nosotros nos alojamos a menudo en el Carlyle...
Bessie: Ah, está casi al doblar la esquina.
Theo: Por como habla, se diría que es neoyorquina.
Leah: Fui tres años a la Escuela de Administración de Empresas de la
Universidad de Nueva York, pero me crié aquí, en Elmira, y aquí tengo mi empresa,
así que...
Theo: ¿Qué clase de empresa es?
Leah: Seguros.
Bessie: ¡Ah, como mi padre!
Lyman (dándose golpecitos con los nudillos en la cabeza): ¡No! ¡Basta
ya, ya es suficiente! (Con las manos entrelazadas, de cara al cielo): ¡No, no,
no y no!
Leah: Bueno, somos un millón. ¿Usted también se dedica a eso?
Bessie: No, yo estoy en casa... cuido de mi marido.
Leah: Espero vender la agencia, dentro de un par de años, quizá, buscar
casa en Manhattan y pasarme el resto de la vida pintando de la mañana a la
noche.
Bessie: ¿De verdad? Mi marido es pintor.
Leah: ¿Profesional o...?
Bessie: Ah, sí. Es Harold Lamb.
(Lyman corre a la cama y se echa las sábanas por encima de la cabeza.)
Leah: ¿Harold Lamb?
(Leah, tras interrumpir todo movimiento, mira a Bessie fijamente. Ahora se
vuelve para mirar a Theo.)
Theo: ¿Qué pasa?
Leah: ¿De verdad Harold Lamb es su marido?
Bessie (muy ufana y orgullosa): ¿Lo conoce?
Leah (a Theo): ¿No será usted la señora Felt?
Theo: Pues sí.
Leah (expresión de perplejidad): Entonces ustedes... (Se interrumpe y a
continuación...) No estarán aquí por Lyman, ¿verdad?
Bessie: ¿Conoce a mi padre?
Leah: Pero... (Volviéndose de una a la otra.) ¿Cómo es que las han
avisado a ustedes?
Lyman (se incorpora en la cama y alza una mano suplicante y devota,
susurrando en voz alta): ¡Basta, impídelo, basta...!
Theo: (sin comprender, pero empezando a ofenderse): ¿Y por qué no
habrían de avisarme?
Leah: Bueno..., después de tantos años...
Theo: ¿Qué quiere decir?
Leah: Pero hace ya más de nueve años...
Theo: ¿De qué?
Leah: De su divorcio. (Theo y Bessie enmudecen. Un silencio.) Usted es
Theodora Felt, ¿no?
Theo: ¿Quién es usted?
Leah: Soy Leah. Leah Felt.
Theo: (empieza a adoptar una actitud altiva): ¡Felt!
Leah: Lyman es mi marido.
Theo: ¿Quién es usted? ¿De qué habla?
Bessie (sintiendo una intensa curiosidad por Leah, se enoja con Theo):
¡Por amor de Dios, no te enfades tanto!
Theo: ¡Cállate!
Leah (viendo la sinceridad de Theo): Bueno, están divorciados, ¿no?
Theo: ¡Divorciados!... ¿Quién demonios es usted?
Leah: Soy la mujer de Lyman.
(Theo ve que es una mujer seria; eso la hace callar.)
Bessie: ¿Cuándo...? ¿Usted cuándo se...? O sea...
Theo: (otra vez en movimiento): ¡Está loca!... ¡Es una chiflada o algo
así!
Leah (a Bessie): Hizo nueve años el pasado julio.
Theo: ¿Y quién celebró ese... ese acontecimiento?
Leah: El funcionario del Ayuntamiento de Reno, y más tarde el rabino de
Elmira. Mi hijo se llama Benjamín, por el padre de Lyman, y Alexander, por su
bisabuela: Benjamin Alexander Felt.
Theo: (en un intento poco convincente de mantener el tono de burla): Ya,
claro.
Leah: Sí. Si usted no lo sabía, lo siento mucho.
Theo: No sabía ¿qué? ¿De qué me está hablando?
Leah: Llevamos un poco más de nueve años casados, señora Felt.
Theo: ¿Ah, sí? Me imagino que tendrá algún documento...
Leah: Tengo el certificado de matrimonio, supongo...
Theo: ¡Supone!
Leah (airada): ¡Bueno, estoy segura! Y me consta que tengo el testamento
de Lyman en nuestra caja fuerte...
Theo: (burlándose, sin poder contenerse): Y figura usted como esposa.
Leah: Y Benjamin, como su hijo. (Theo vacila ante su actitud realista.)
Pero supongo que usted tiene más o menos lo mismo... ¿no es así? (Theo sigue de
una pieza.) ¿De verdad no se divorciaron?
Bessie (lanzando una mirada a su afligida madre... en un susurro, casi
en tono de disculpa): No.
Leah: En fin, creo que lo mejor será que nos... reunamos, o algo así. Y
hablemos. (Theo tiene la mirada fija en el vacío.) ¿Señora Felt? Me hago cargo
de sus sentimientos, pero sencillamente tendrá que aceptarlo, supongo: tenemos
un grave problema. ¿Señora Felt?
Theo: Es imposible; hace nueve años... (A Bessie:) Por entonces fuimos
todos a África.
Bessie: ¡Ah, es verdad!... ¡El safari!
Theo: (a Leah, con una risa triunfal, aunque casi histérica): ¡En la
vida habíamos estado tan unidos. Viajamos por Kenia, Nigeria... (Como si esto
zanjase el asunto de manera definitiva.)... ¡incluso fuimos en avión a Egipto!
Enfermera: El doctor Lowry desearía ver a la señora Felt.
(Por un instante nadie se mueve... y de pronto las dos, Theo y Leah, se
levantan simultáneamente. Al dar así Leah rango de realidad a su afirmación,
Theo se envara, obligándose a encaminarse con aplomo hacia la Enfermera...
y se balancea y empieza a caer al suelo.)
Leah: ¡Agárrela!
Bessie: ¡Mamá!
(La Enfermera y Bessie sostienen a Theo y la tienden en el suelo.)
Leah: ¡Ayuda, alguien se ha desmayado! ¿Dónde hay un médico, maldita sea?
(Se apagan las luces.)
ESCENA SEGUNDA
Un sofá y una silla. Leah está sentada frente a Tom Wilson, un abogado
de mediana edad pero en muy buena forma física que lee un testamento y toma
café. Al cabo de un momento, ella se pone en pie, se aparta hasta determinado
punto y fija la mirada con expresión de miedo en los ojos. Luego, mientras marca
un número en un teléfono móvil, se vuelve hacia él.
Leah: Supongo que le apetecerán unas tostadas. Me temo que como
anfitriona no soy gran cosa.
tom (absorto): Gracias. Ya casi he terminado.
Leah (marcando): Dios, estoy horrorizada... mi hijo llegará del colegio
de un momento a otro... (Por teléfono.) Tina, ponme con mi hermano... ¿Lou?...
No lo sé, aún no me han dejado verle. ¿Qué diría Uniroyal? ¿Cómo? ¡Pues llama a
Los Ángeles ahora mismo! ¡Por el amor de Dios, Lou, quiero a ese cliente!...
(Cuelga.) ¿Cuánto tiene uno que pagarle a un pariente para que haga algo? (Tom
cierra la carpeta, se vuelve en silencio hacia Leah.) Sé que es usted el
abogado de ella, pero yo en realidad no le estoy haciendo una consulta, ¿no?
Tom: De estos detalles puedo hablar. (Le devuelve la carpeta.) En el
testamento reconoce al niño como hijo suyo, pero usted no es su esposa.
Leah (alzando la carpeta): Pero aquí se me menciona como esposa suya...
Tom: Me temo que eso no significa nada, dado que él no se divorció. Sin
embargo... (Se interrumpe y se aprieta los ojos.) Estoy atónito; sencillamente
no puedo asimilarlo.
Leah: Pero yo sigo flotando en alguna parte.
Tom: ¿Qué me preguntaba? Ah, sí... con tal de que la esposa legal reciba
un mínimo de un tercio de la herencia, él puede dejarle a usted todo lo que
quiera. Así que queda bien cubierta. (Suspira. Se inclina hacia delante y se
sujeta la cabeza.) ¿Así que él sabe pilotar un avión, me decía?
Leah: Sí, y también planeadores.
Tom: Durante años no subió a un avión a menos que fuese inevitable,
¿sabía?
Leah: Ah, volar se le da de maravilla. (Pausa.) No estoy aquí.
Sencillamente... no estoy aquí. ¿Puede ser dos personas a la vez? ¿Es eso
posible?
Tom: ¿Me permite hacerle una pregunta...?
Leah: Por favor... A propósito, ¿hace mucho que le conoce?
Tom: Dieciséis, diecisiete años... Cuando decidieron casarse, él le
dijo, supongo, que se había divorciado...
Leah: Claro. Fuimos los dos a Reno.
Tom: ¡No me diga! ¿Y qué pasó?
Leah: Dios mío, me había olvidado... (Se interrumpe.) ¡Cómo he podido
ser tan tonta!... Verá, era julio, en la calle hacía un calor abrasador, así
que me obligó a quedarme en el hotel mientras él iba al juzgado a recoger la
sentencia de divorcio... (Queda en silencio.)
Tom: ¿Sí?
Leah (moviendo la cabeza): ¡Dios mío!... ¡Cómo pude ser tan crédula!...
Yo sentía curiosidad por ver cómo era la sentencia... (Entra Lyman con una
camisa veraniega de manga corta y un sombrero de cowboy.) Por ninguna razón en
particular, pero nunca había visto una...
Lyman: La he tirado.
Leah (una carcajada de sorpresa): ¿Por qué?
Lyman: No quiero mirar atrás. ¡Me siento como si tuviese veinticinco
años! (Ríe.) ¡Pareces asombrada!
Leah: Supongo que nunca me creí del todo que fueras a casarte conmigo,
cariño.
Lyman (la atrae hacia él): Leah, yo ya sólo creo en los sentimientos...
tú me has devuelto la fe en ellos. Los sentimientos son el caos, sí, pero
también la fuente de todo lo bueno que he hecho en la vida; en cambio, todas
las cagadas de las que me avergüenzo fueron fruto de una cuidadosa reflexión.
No puedo perderte, Leah, de ninguna manera; te necesito... Pareces asustada...
¿qué pasa?
Leah: No quiero decirlo.
Lyman: Dímelo, por favor.
Leah: Todas las relaciones que he conocido llegan a un punto en que
tienen que recurrir a la mentira para seguir adelante.
Lyman: ¡Pero no siempre tiene por qué ser así!
Leah (vacila): ¿Puedo decir algo? Me gustaría que hiciéramos una promesa
nupcial diferente, como: «Amado mío, te prometo todo lo bueno, pero quizás
alguna vez tenga que mentirte». (Él parece desconcertado, pero sonríe.) Quería
decírtelo, ¿lo entiendes? Te ha sorprendido, ¿verdad?
Lyman: ¡Hace falta valor para decir una cosa así!... Ven aquí. (Le toma
la mano, cierra los ojos.) Voy a aprender a pilotar un avión.
Leah: ¿De qué estás hablando?
Lyman: Lo haré porque volar me aterroriza. Voy a vencer todos mis
miedos, uno por uno, hasta que me haya deshecho de ellos y sea un hombre libre.
(Le aprieta las manos con fuerza, pega la cara a la de Leah.) Tengo un coche
con chófer esperándonos abajo. (Alza un brazo para avisar al coche.) Y ahora
vamos a tu boda, Leah, cariño mío.
(Lyman sale sin bajar el brazo.)
Leah: ¡Y todo era una sarta de mentiras! ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo
hizo? ¿Qué pretendía?
Tom: A decir verdad... (Intenta recordar.) Sí, me parece que una vez
mantuvimos una conversación sobre el divorcio hará unos nueve años..., aunque
en aquel momento no me lo tomé muy en serio. Un día se presentó sin previo
aviso en mi despacho con cierta «investigación» que, según él, había hecho...
(Entra Lyman, trajeado. Tom se ha alejado de Leah.)
Lyman: ...He estado haciendo indagaciones sobre la bigamia, Tom.
tom (ríe, sorprendido): ¡La bigamia!... ¿De qué me hablas?
Lyman: Hoy día existe muchísima bigamia en Estados Unidos.
Tom: ¡Ah! Pero ¿para qué...?
Lyman: Y no sólo se da entre negros y pobres. He estado pensando en
crear una póliza de seguros para casos de abandono. Podría llamarse Plan de
Protección contra la Bigamia. (Tom ríe.) No, hablo en serio. Podríamos
fijar una prima muy baja. Sería muy útil, en especial para las mujeres de las
minorías.
tom (con gran admiración): ¡Pero bueno!... ¿De dónde demonios sacas esas ideas?
Lyman: Sólo me pongo en el lugar de otras personas. Por cierto, ¿con qué
frecuencia se lleva a juicio la bigamia hoy día? ¿Tienes idea?
Tom: No. Pero es un delito sin víctimas, así que no puede ser muy a
menudo.
Lyman: Esa impresión tenía yo. Pon a alguien a investigarlo, ¿quieres?
Me gustaría asegurarme... Estaré en Elmira hasta el viernes. (Hace ademán de
salir pero retrasa el momento.)
Tom: No sé por qué, pero diría que estás deprimido.
Lyman: Supongo que sí, un poco. (Sonríe.) En julio cumpliré cincuenta y
cuatro.
Tom: Los cincuenta son mucho peores, creo.
Lyman: Mi padre murió a los cincuenta y tres.
Tom: Sí, ya vas cuesta abajo. Pero no conozco a nadie con una salud
como la tuya.
Lyman: Sí, fíate.
Tom: ¿Te pasa algo, Lyman?
Lyman: No creo que vaya a atreverme. (Una carcajada. Lyman se va
poniendo tenso por momentos, hasta que, afrontando el desafío, se vuelve hacia Tom
casi con brusquedad.) En nadie confío tanto como en ti, Tom. (Una
sonrisa burlona.) Ya sabes, supongo, que he engañado a Theodora. ¿No es así?
Tom: Bueno, tenía mis sospechas, sí... sobre todo desde que te sorprendí
echando un casquete con aquella mecanógrafa paquistaní encima de tu escritorio.
Lyman (ríe): ¡«Un casquete»!... Me encantan esas memeces presbiterianas
tuyas; ésa no la oía desde hacía años.
Tom: Cuáqueras.
Lyman (en tono de confesión, en voz baja): Ha habido más de una mujer, Tommy.
Tom (ríe): Dios, ¿de dónde sacas el tiempo?
Lyman: ¿Te parece repulsivo?
Tom: He visto cosas peores.
Lyman (pausa, se serena, vuelve a esbozar una sonrisa): Creo que me he
enamorado.
Tom: ¡Oh, Lyman... no me digas!
Lyman (señalándolo y riéndose forzadamente): ¡Hete ahí!... Dios mío, de
verdad quieres a Theodora, ¿eh?
Tom: ¡Claro que sí!... ¿No estarás pensando en el divorcio?
Lyman: No sé en qué estoy pensando. Quizá sólo quería decírselo a
alguien en voz alta.
Tom: ¿Hasta qué punto estás seguro de tus sentimientos hacia esa mujer?
Lyman: Completamente seguro. Una nueva mujer siempre ha sido como una
playa sin hollar, y ahora lo que más deseo es ir hasta ella, Tom. Quiero
una mujer para el resto de mi vida. Y no creo que sea Theodora.
Tom: Tú sabes que te ama profundamente, Lyman.
Lyman: Tom, también yo la amo, pero tras treinta y dos años, nos
aburrimos, ésa es la realidad. Y el aburrimiento es una forma de engaño, ¿no?
El engaño se ha convertido en mi nazi, en mi peor horror; quiero mostrar mi
verdadera cara hasta el día que me muera. ¿O no crees que esa clase de rectitud
sea posible?
Tom: De más está que te lo diga, pero el problema no es la rectitud sino
el daño que haces a los demás.
Lyman: Exactamente. ¿Y qué me dices de la religión...? Aunque tampoco
por ese lado hay remedio, me temo.
Tom: No sé por qué, pero no te imagino rezando, Lyman.
(Breve pausa.)
Lyman: ¿Hay alguna respuesta?
Tom: Lo ignoro; quizá la única esperanza sea el arrepentimiento sincero.
Lyman: Tom, ¿tú has sido infiel alguna vez?
Tom: No.
Lyman: ¿Me lo juras? Te he visto comerte con los ojos a las chicas por
aquí.
Tom: Es la verdad.
Lyman: ¿Es ése el arrepentimiento del que me hablabas? (Tom ríe
pudorosamente. Lyman ríe también. Y de pronto el sufrimiento y la vergüenza
asoman a su rostro.) Mierda, eso ha sido un comentario cruel, Tom, ¿me
perdonas? Maldita sea, ¿por qué me dejo llevar por la depresión? ¡Esto no es
más que culpabilidad sin sentido! Empecé de cero, he creado cuatro mil
doscientos puestos de trabajo y he hecho ascender a cargos de responsabilidad a
más de sesenta negros salidos de los guetos, cosa nada fácil... Debería estar
orgulloso de mí mismo, de este hijo de puta que soy, y lo estoy, lo estoy. (Golpea
el escritorio con el puño; luego se serena, mira al frente y abajo.) Me encanta
esta vista. Ese río rojo de luces de posición deslizándose por Park Ave-nue una
noche de invierno... y todos esos muslos blancos y sedosos cruzados dentro de
esas limusinas con calefacción... Dios, ¿hay en el mundo visión más excitante?
(Volviéndose hacia Tom.) Me acuerdo mucho de mi padre... de la comunión
que existía entre él y su vida. Cada mañana abría impaciente la tienda y,
encantado, contaba los encurtidos, reorganizaba los barriles de aceitunas. La
gente como él conocía lo esencial. Que es ¿qué? ¿Sabes tú qué es lo esencial? (Tom
calla.) Oye, no te preocupes, lo cierto es que no me veo sin Theodora. ¡Es una
esposa magnífica!... ¡Adoro a esa mujer! Siempre es un placer hablar contigo, Tom.
(Se dispone a marcharse; se detiene.) Quizá todo se reduzca a que si pretendes
vivir conforme a tus verdaderos deseos, acabas pareciendo una mierda.
(Lyman sale. Leah se tapa la cara y se produce una pausa mientras Tom la
observa.)
Tom: Lo siento.
Leah: Lo tenía todo cuidadosamente planeado desde el principio.
Tom: Yo diría que fue más bien... una improvisación continua.
Leah: Fue por el bebé, ¿sabe?... En cuanto me quedé embarazada él ya no
atendía a razones...
(Lyman, con abrigo, se acerca apresuradamente y le tapa la boca con la mano.)
Lyman: No me digas que ya es demasiado tarde. (La besa.) ¿Lo has hecho?
Leah: Ahora me iba al hospital.
Lyman: Ah, gracias a Dios. (La arrastra hacia un asiento y la obliga a
sentarse.) Por favor, cariño, concédeme un minuto y luego haz lo que prefieras.
Leah (con dolor): No, Lyme, es imposible.
Lyman: Ya sabes que, si lo haces, las cosas cambiarán entre nosotros.
Leah: Cariño, todo se reduce a si quiero ser madre soltera o no, y
sencillamente no quiero.
Lyman: Ya le he puesto nombre al niño.
Leah (divertida, le acaricia la cara): ¿Cómo sabes que será niño?
Lyman: Nunca me equivoco. Tengo una relación muy íntima con los vientres
de las damas. Se llamará Benjamin, como mi padre, y Alexander, la madre de mi
madre, a quien quise mucho. (Esboza una sonrisa burlona por su propio egoísmo.)
Tú puedes ponerle el segundo nombre.
Leah (ríe con tristeza): ¡Vaya, muchas gracias! (Intenta levantarse,
pero él la retiene.) Me ha pedido que sea puntual.
Lyman: Los rusos, antes de una despedida importante, se quedan sentados
y guardan silencio por un momento; es una antigua costumbre. Concédele a
Benjamin este momento.
Leah: ¡No es Benjamin! ¡Y ahora basta ya!
Lyman: Confía en tus sentimientos, Leah; lo demás son tonterías. Busca
dentro de ti. ¿Qué deseas de todo corazón? (Silencio durante un momento.) Lo
acompañaría al colegio en coche por las mañanas; lo llevaría a partidos de
fútbol.
Leah: ¿Dos veces al mes?
Lyman: Cuando abramos aquí la nueva oficina, fácilmente podría pasar
contigo más de la mitad del tiempo.
Leah: ¿Y Theodora?
Lyman: Me es difícil hablar de ella.
Leah: Hablar de ella conmigo, querrás decir.
Lyman: Cariño, no puedo engañarme; ha sido una esposa extraordinaria.
Sería demasiado injusto.
Leah: Pero si lo mantenemos en secreto, ¿en qué papel quedo yo? Ya
bastante me cuesta saber quién soy tal como están las cosas. Y dudo mucho de
que no vaya a enterarse tarde o temprano, y entonces ¿qué?
Lyman: Si llega el momento de elegir, serás tú. Pero ella no conoce a
nadie en esta zona; existe una probabilidad entre un millón de que se entere.
Ahora ya paso casi la mitad del tiempo contigo, y nos ha ido bastante bien,
¿no?
Leah (tocándose el vientre): ...Pero ¿qué le diremos a éste...?
Lyman: Benjamín.
Leah: ¡Deja de llamarlo Benjamín! ¡No hace ni tres semanas!
Lyman: Tiempo más que suficiente para que sea Benjamin. Tiene un
horóscopo, astros y planetas; tiene un futuro.
Leah: Hay algo... ¿por qué tengo la sensación de que estamos dando
vueltas alrededor de algo? Hay algo aquí que no acabo de creerme... ¿qué es?
Lyman: Quizá que deseo esto con tal desesperación. (Le besa el vientre.)
Leah: ¿De verdad?... No soy capaz de expresarlo... hay algo en cuanto a
este bebé que no parece... no sé... inevitable.
Lyman: Cariño, no he querido nada de esta manera desde que tenía veinte
años, cuando luchaba por ser poeta y hacer algo sólo mío que perdurase.
Leah: Ya.
Lyman: Es la verdad.
Leah: Es conmovedor, Lyman... Estoy muy emocionada. (La posibilidad
flota en el aire por un momento.) Pero no puedo, y no lo haré. Siempre acabo
asumiendo las responsabilidades; ha sido así toda mi vida. Tendría que hacerme
cargo por completo de tu hijo y sé que al final sentiría resquemor, con la
situación y quizá también contigo. Vuelves a ponerme en la misma posición que
cuando tenía doce o trece años y mis padres me preguntaban adonde íbamos de
vacaciones, o qué clase de coche comprar o qué color de cortinas. ¡No sabes
cómo lo detesto! En ti, una de las cosas más sensuales era que podía
recostarme y dejarte conducir, y ahora me pones otra vez al volante. Sencillamente
es un error.
Lyman: Pensaba que si viviésemos juntos, digamos, diez años, tú estarías
aún en la flor de la vida, y en buena posición económica, y yo...
Leah: ¿Te marcharías un día al atardecer?
Lyman: Pretendo ser tan cruelmente realista como la propia vida, cariño.
¿Has querido a algún hombre como me quieres a mí?
Leah: No.
Lyman: ¿Y entonces? No hay más realidad que ésa.
Leah: Si tanto te gusta el realismo, puedes llevarme al hospital. (Se
pone en pie. Él también.) Pobrecillo, te veo tan triste... (Le besa; en este
beso hay una callada despedida; toma el abrigo y se vuelve hacia él) No
flaquearé, querido, así que decídete.
Lyman: Si lo haces, nos perderemos el uno al otro, lo presiento.
Leah: Bueno, existe una manera muy sencilla de no perderme, querido;
para eso se inventó, imagino... Vamos, espérame en el hospital si quieres. Y si
no, volveré mañana. (Tira de él, pero él se detiene.)
Lyman: ¿Me das una semana para contárselo a ella? Aún tienes tiempo de
sobra, ¿no?
Leah: Contarle ¿qué?
Lyman: Que voy a casarme contigo.
Tom: Entiendo.
(Lyman se adentra en la oscuridad.)
Leah: No lo comprendo. Tenía docenas de mujeres; ¿por qué me eligió a mí
para ser insustituible? (Baja la vista para consultar su reloj y, en silencio,
mantiene la mirada fija.) ¡Dios! ¿Cómo voy a decírselo a mi hijo?
Tom: ¿Ahora tiene nueve años?
Leah: Y siente adoración por Lyman. Adoración.
Tom: Mejor será que me acerque al hospital. (Se dispone a marcharse,
pero se detiene, vacilante.) No me conteste si no quiere, pero ¿aceptaría otra
vez a Lyman?
Leah (piensa por un momento): ¿Cómo puede preguntarme una cosa así? Es
insultante... ¿Lo aceptaría Theodora? Me ha parecido una mujer con las ideas
muy claras.
Tom: Ah, también tiene su lado tierno. Supongo que no ha tenido tiempo
de pensar en el futuro, como tampoco lo ha tenido usted.
Leah: Todo esto me recuerda la idea que antes me hacía de él... bueno,
parecerá místico y estúpido...
Tom: Por favor. Me gustaría mucho comprender mejor a Lyman.
Leah: Bueno... es que es tanto lo que desea, como un niño en una feria.
Una manzana de caramelo aquí, algodón de azúcar allí, y luego una vuelta en la
montaña rusa... y nunca se cansa. Y eso es lo que lo hace tan atractivo... para
las mujeres, quiero decir... Lyman tiene el pensamiento metido debajo de tu
falda, pero es tan raro verse deseada así. Indiferencia es lo que sienten ahora
la mayoría de los hombres... o sea, tienen apetito pero no hambre... y éste es
un hombre prodigiosamente hambriento, y eso... en fin... tiene un gran valor
para una cuando pasa de los veinticinco años. Le diré la verdad: en el fondo,
creo, yo presentía que no era trigo limpio, pero... debía de quererlo tanto
que... (Se interrumpe.) Pero no debo hablar así. ¡Es imperdonable! No he visto
nada más despreciable en la vida. La respuesta es no, rotundamente no.
Tom (asiente, piensa, a continuación): Bueno, me marcho ya. Espero que
las cosas no le sean demasiado difíciles con el niño. (Sale.)
(Las luces del escenario se apagan en torno a Leah.)
ESCENA TERCERA
Lyman ronca suavemente; sin embargo, duerme en un estado de agitación... malos
sueños, murmura, levanta un brazo. Entra Tom con la Enfermera.
Ella levanta un párpado a Lyman.
Enfermera: Aún está consciente sólo a ratos, pero pruebe.
Tom: ¿Lyman? ¿Me oyes? (Lyman deja de roncar pero sus ojos permanecen
cerrados.) Soy Tom Wilson.
Enfermera: Siga intentándolo; ya no debería seguir mucho tiempo en este
estado.
Tom: Lyman, soy Tom.
Lyman (abre los ojos): ¿Tú en la tienda?
Tom: Estamos en el hospital.
Lyman: ¿El hospital...? Ah, sí, sí, Dios mío... Estaba soñando con la
tienda de mi padre; cada vez que me miraba, decía: «Éste no tiene remedio».
(Ríe cansinamente, intentando fijar la mirada.) Dame un segundo... un poco
confuso... ¿Cómo has llegado aquí?
Tom: Me telefoneó Theodora.
Lyman: ¿Theodora?
Tom: Tienes el coche matriculado en la ciudad, así que la policía del
estado la avisó a ella.
Lyman: He tenido un sueño extraño en el que ella y Bessie... (Se
interrumpe.) No están aquí, ¿verdad?
Enfermera: Ya le dije que su mujer vino...
Tom (a la Enfermera): ¿Sería tan amable de dejarnos solos, por
favor?
Enfermera: Pero ya se lo dije.
(Sale.)
Tom: Se han conocido, Lyman.
Lyman (pausa; intenta situarse): Theo... no se desmayó, ¿verdad?
Tom: Sí, pero ya ha vuelto en sí; se pondrá bien.
Lyman: No lo comprendo; creía que lo había soñado todo...
Tom: Bueno, tampoco sería tan difícil; es todo bastante inevitable.
Lyman: ¿Por qué me hablas con tanta rudeza?
Tom: No hay tiempo de juegos; tienes decisiones que tomar. Ha salido
todo por televisión...
Lyman: ¡Oh, no!... ¿La has conocido? ¿A Leah? Estoy acabado.
Tom: Hemos tenido una charla. Es una mujer de rompe y rasga.
Lyman (agradecido): ¿A que sí? También ella está furiosa, ¿no?
Tom: En fin, no es para menos.
Lyman: Verás... Pensaba divorciarme de Theo más tarde, de alguna
manera... Pero las cosas fueron asentándose, y al cabo de un tiempo el hecho de
tenerlas a las dos no me parecía tan horrible... ¿Y cómo está Bessie?
Tom: Bastante afectada, imagino.
Lyman: ¡Dios mío, y el pobre Benny! Cielo santo, ojalá pudiese atravesar
el techo y desaparecer sin más.
Tom: Ha salido todo por televisión. Creo que deberías hacer unas
declaraciones a la prensa para atajar el asunto cuanto antes. Respecto a tus
intenciones.
Lyman: ¿Qué intenciones? Dale a las dos lo que quieran. Yo probablemente
me vaya a vivir a otra parte... quizás a Brasil o algo...
Tom: ¿No vas a intentar retener a ninguna?
Lyman: ¿Te has vuelto loco? Ya no querrán saber nada de mí. Dios mío...
(Con lágrimas en los ojos, desvía la mirada.) ¿Cómo puedo haberlo arruinado
todo así? ¡Cómo soy! (Mayor intensidad.) ¿Por qué viajé en coche con semejante
tormenta? ¡No alcanzo a entenderlo! Tenía la habitación en el Howard Johnson;
incluso me había acostado ya, creo... pensaba esperar a que pasara la tormenta
allí... ¿Por qué volví a salir?
Tom: ¿Puedes concederle unos minutos a Theo? Quiere despedirse.
Lyman: ¿Cómo voy a mirarla a la cara? Pídele que espere hasta mañana;
tal vez entonces me encuentre un poco mejor y...
(Entran Theodora y Bessie; Lyman no las ve porque están detrás de él.)
Tom: Están aquí, Lyman.
(Lyman cierra los ojos, con la respiración acelerada. Bessie, cogiendo a
Theodora del codo, la acompaña junto a la cama.)
Bessie (susurrando, un poco conmodonada): ¡Fíjate en las vendas!
(Volviéndose.) ¡Ay, mamá!
Theo: Ya basta. (Inclinándose hacia Lyman.) ¿Lyman? (Él no reúne valor
para hablar.) Soy Theodora.
Lyman (abriendo los ojos): Hola.
Theo: ¿Cómo te encuentras?
Lyman: Ahora ya no tan mal. Espero no decir incoherencias, con tanto
calmante... ¿Eres tú, Bessie?
Bessie: Sólo he venido por acompañar a mi madre.
Lyman: Ah. Muy bien. Perdóname, Bess... por ser tan mala persona, quiero
decir. Pero me enorgullece que tengas la fortaleza necesaria para despreciarme.
Bessie: ¿Quién no la tendría?
Lyman: ¡Magnífico! (Empieza a quebrársele la voz, pero se controla.)
Bien dicho, tesoro.
Bessie (con repentina rabia): No me llames así...
Theo: (a Bessie): ¡Chist! (Ha estado observándolo en silencio.) ¿Lyman?
¿Es verdad? (Él cierra los ojos.) Tengo que oírtelo decir a ti. ¿Te casaste
con esa mujer?
(Profundos ronquidos.)
Theo: (con mayor apremio): ¿Lyman?
Bessie (señala): ¡Se hace el dormido!
Theo: ¿Tuviste un hijo con esa mujer? ¿Lyman? ¡Insisto! ¿Me oyes?
¡Insisto!
(Lyman sale de detrás del lado de la cama que da al fondo del escenario,
tapándose los oídos con las manos, mientras Theo y Bessie continúan hablándole
a la cama, como si él todavía siguiera acostado. Cambio de luz; ahora es etérea
y sin color, aire desprovisto de pigmento.)
Lyman (grito de angustia, los oídos aún tapados): ¡Ya te he oído!
(Theo sigue dirigiéndose a la cama, y también Bessie mantiene la vista fija en
ésta, pero su actitud ha adquirido un carácter formal al convertirse también
ellas en parte de la visión de Lyman.)
Theo: ¿Qué has hecho, por todos los santos?
(Casi retorciéndose a causa del conflicto, Lyman se aclara la garganta.
Permanece en el fondo del escenario, más allá de la cama.)
Bessie (inclinada sobre la cama): ¡Chist! Está diciendo algo.
Lyman: Comprendo... que parece un disparate, Theodora... (Se interrumpe.)
Theo: ¿Sí?
Lyman: ... No estoy muy seguro, pero... me pregunto si este accidente...
no habrá sido inconscientemente una manera... de que las dos... os
conocieseis, por fin.
Theo: (con aversión): ¿Conocer yo a ésa?
Lyman: Sé que parece absurdo pero...
Theo: ¡Absurdo!... ¡Es bochornoso! Precisamente es de esas que se
olvidan de lavarse las bragas.
Lyman (hace una mueca, pero con cierto placentero reconocimiento):
¡Sabía que dirías eso!... Aunque admito que tiene algo de descuidada...
Theo: Pertenece a la peor generación de nuestra historia: se tiran a
todo aquello que lleva pantalón, luego paren a sus crías como gatas y pregonan
credos místicos sobre la responsabilidad cósmica, la ecología y los derechos
humanos.
Lyman: Hasta el día en que me muera me asombrará tu capacidad de hablar
en párrafos completos.
Theo: Insisto en que me lo expliques tú mismo. ¿Ly-man?... ¡Lyman!
(Entra Leah. Theo reacciona al instante.) ¡Aquí no debe entrar nadie excepto la
familia! (A Bessie:) ¡Ve a por la Enfermera!
Leah (pese a Theo, se acerca a la escayola, pero con in-certidumbre ante
la reacción de Lyman hacia ella): ¿Lyman?
Theo: (a Tom): ¡Sácala de aquí! (Tom está inmóvil, y ella
se aproxima airada a él.) ¡Éste no es su sitio!
Leah (a la escayola... con cierto afecto): Soy yo, Lyme. ¿Me oyes?
Theo: (precipitándose amenazadoramente hacia Leah): ¡Fuera, fuera,
fuera...!
(En el preciso instante en que Theo está a punto de poner las manos sobre
Leah, Lyman levanta los brazos y grita en tono de súplica.)
Lyman: ¡Quiero que todo el mundo se acueste!
(Las tres mujeres quedan inanimadas como si de pronto se hallasen bajo la
perentoriedad del control de Lyman. Éste gesticula, sin llegar a tocarlas, e
induce a Leah y Theo a yacer en la cama.)
Leah (mientras yace; voz baja, remota): ¿Qué voy a decirle a Benny?
Caray, Lyman, ¿por qué...?
Theo: (tendida junto a Leah): Tiene usted un olor muy fuerte; debería
ponerse algo.
Leah: Lo tengo, sí, pero a él le gusta.
Theo: Bobadas. (A Lyman:) ¿Y qué dirías tú si una de nosotras se llevase
a otro hombre a la cama y te pidiese que te acostases a su lado?
Lyman (quitándole las gafas): Ah, lo mataría, querida; pero tú eres una
señora, Theodora; la delicada escultura de tu noble mirada, tu fe de niña en mí
y tu desilusión; tu idealismo y tu inconfesa avaricia de riqueza; la torpe
ternura de tus dedos rígidos, tus guisos incorregiblemente protestantes; tu
savoir faire y tu inexperiencia sexual; tus zapatos cómodos y tu maternidad
abnegada, tu radicalismo intolerante del pasado y tu inquebrantable amor a la
patria de ahora... ¡tu Theodorismo! ¿Quién podría sustituirte?
Leah (riendo): ¿Por qué me río?
Lyman: Porque eres una jodida anarquista, cariño. (Se tiende sobre las
dos.) ¡Oh, qué placer, qué intensidad! Vuestras corrientes opuestas son como
cables eléctricos pelados. (Las besa, primero a una, luego a otra.) No tendría
problema en defenderos a las dos hasta la muerte. ¡Oh, el calor doble de dos
benditas esposas...! ¡Esto es el cielo!
(Apoya la cabeza en Leah mientras mantiene la mano de Theo en su mejilla.)
Leah: Oye, tienes que tomar cierta decisión.
Lyman: Sólo la aplazo todo lo posible; aplacémosla hasta la hora de
nuestra muerte. Aplazamiento, aplazamiento, ¡qué delicia, mi afectuosa Leah, es
el aplazamiento!
Theo: (se incorpora): No alcanzo a entender cómo sigues hablando de
amor.
Lyman: Y todavía te amo, Theodora, aunque ciertas partes de tu cuerpo me
llenan de rabia.
Theo: Así que simplemente te buscaste las partes de otra.
(Leah, todavía tendida boca arriba, alza una pierna y su falda se desliza
dejando el muslo a la vista.)
Lyman (contestando a Theodora, besando el muslo de Leah): Ésa es la
verdad, sí; en un principio, al menos, todo era carne.
Leah (estirando los brazos y el cuerpo): ¡Oh, qué bien ha estado eso!
Palpito aún de la cabeza a los pies. (Theo le ayuda a ponerse una camisa y unos
pantalones, y le da una chaqueta.) De verdad estás sano, ¿no?
Lyman (se apartan de Theo): ¿Para mi edad, quieres decir? Sí.
Leah: ¡No me refería a eso!
(Se oyen unos fuertes golpes a una puerta... Leah se vuelve hacia el fondo del
escenario un poco asustada. Resuena la voz iracunda de un hombre; unas palabras
apagadas. Ella permanece inmóvil.)
Lyman: ¿Estás bien?
Leah: No es nada. ¿Tienes tiempo para dar un paseo?
Lyman: Gozo de una salud excelente; de hecho, amenaza una y otra vez mi
dignidad.
(Aparece el banco de un parque.)
Leah: ¿Y eso?
Lyman: Bueno, ¿cómo es que estoy holgazaneando en un parque con una
chica, y en día laborable? La verdad es que no había planeado hacer una cosa
así esta tarde. ¿Tú sabías que iba a hacerlo?
Leah: No... pero yo nunca lo sé.
Lyman: ¿De verdad? Pero si pareces tan organizada...
Leah: En el trabajo sí; pero no en el placer.
Lyman: Lo que me ha sorprendido de ti ha sido la naturalidad de tu risa
con todos esos ejecutivos tan serios en la mesa.
Leah: Es que tu exposición ha sido tan graciosa... Había oído decir que
eras un verdadero lince, no un cómico.
Lyman: Bueno, los seguros son algo en esencia cómico, ¿no? O al menos
patético.
Leah: ¿Por qué?
Lyman: Compras la inmortalidad, ¿no? Tiendes la mano desde la tumba para
pagar las facturas, para recordarle tu amor a la gente. Es poesía. En otro
tiempo el alma era inmortal; ahora tenemos la póliza de seguros.
Leah: Lo planteas de una manera bastante cínica.
Lyman: Ni mucho menos. Empecé siendo escritor; nadie anhela la
inmortalidad tanto como un escritor.
Leah: ¿Cómo llegaste a los seguros?
Lyman: Puro azar. ¿Y tú?
Leah: Mi madre había muerto, mi padre tuvo una embolia, y a los seguros
podía dedicarme desde casa. Como mi padre era médico, conocía a mucha gente, y
así empecé a abrirme camino.
Lyman: No me malinterpretes, pero ¿sabes qué me excita más de ti?
Leah: ¿Qué?
Lyman: Tu independencia económica. Espantoso, ¿no?
Leah: No, ¿por qué? (Irónicamente.) Todo lo que ayuda, bienvenido sea.
Lyman: No pareces una mujer casada. ¿Lo estás?
Leah: ¡Vaya un momento para preguntarlo! (Ríen, se acercan.) No me veo
casada... o al menos no todavía. Por cierto, ¿has estado escuchándome?
Lyman: Sí, pero la atención se me va una y otra vez hacia un sitio
cálido y afelpado... (Ella ríe, encantada.) Es curioso. En mi generación, nos
casábamos para demostrar madurez; en la tuya, os quedáis solteros por la
misma razón.
Leah: ¡Una buena observación!
Lyman: ¡Qué feliz soy! (Se olfatea las manos.)... Aquí en Elmira,
sentado contigo al sol, y tu olor aún en mis manos. ¡Dios, cuántas maneras
distintas hay de intentar ser real! Ignoro cuál es la conexión, pero al cumplir
los veinte vendí tres poemas al New Yorker y un relato a Harper's, y lo primero
que me compré fue un traje azul de hombre de éxito para convencer a mi padre de
lo real que yo era pese a ser escritor. Él tenía una tienda de aperitivos en la
calle Cuarenta esquina con la Novena Avenida. (Sonríe, casi ríe.) Y ve el
traje y dice: «¿Cuánto ha costado?». Y yo le digo: «Veintinueve con
cincuenta», pensando que había conseguido una verdadera ganga. Y él dice:
«Ruega a Dios que no te quite el ojo de encima durante el resto de tu vida».
Leah (ríe): ¡Qué horror!
Lyman: ¡No! Fue un estímulo. (Ríe.) Siempre daba dos sabios consejos:
nunca te fíes de nadie y nunca perdones... ¡Qué curioso! Ha sido como magia;
sencillamente no consigo recordar cómo hemos acabado en la cama.
Leah (lanza una ojeada a su reloj): Tengo que volver a la oficina...
Pero ¿Lyman es un nombre albanés?
Lyman: Lyman es el nombre del juez de Worcester, en Massachusetts, que
concedió la nacionalidad a mi padre. Felt es abreviación de Feltman, el apellido
de mi madre, porque el de mi padre era impronunciable, y querían a un
americano de éxito por hijo.
Leah: Tu madre era judía, pues.
Lyman: Y la fuente de todos mis conflictos. En el corazón judío hay un
abogado y un juez, en el albanés un bandido que desafía al gobierno con un
cuchillo.
Leah: ¡Eres una auténtica sorpresa!
(Ella se levanta, y él también.)
Lyman: ¿Por lo tonto?
Leah: Por lo interesante, y además en el mundo de los seguros.
Lyman (le coge la mano): ¿Cuál ha sido el momento? Sólo por curiosidad.
Leah: No lo sé... Supongo que en la mesa de reuniones he pensado: «Me
habla a mí básicamente». Pero luego me he dicho: «Ésa debe de ser la razón por
la que es tan buen vendedor, porque todo aquel con quien habla se siente amado».
Lyman: ¿Sabes una cosa? Nunca había estado con una chica judía.
Leah: Pues tú eres mi primer albanés.
Lyman: Tienes algo venerable en la mirada. No viejo, ancestral. Como en
la de los hombres y mujeres de nuestros pueblos.
Leah (le acaricia la mejilla): Cuídate, querido.
Lyman (cuando ella pasa por delante, él le coge la mano): ¿Por qué tengo
la sensación de que no sé nada de ti?
Leah (se encoge de hombros, sonríe): Quizá no me estabas escuchando...
cosa que no me importa si es por una buena causa.
Lyman (le suelta la mano): Paseo por el valle de tus muslos. (Ella ríe;
le da un beso rápido.) Ahora cuando te alejes, ¿quieres volverte un momento?
Leah (risueña): Claro, ¿por qué?
Lyman (medio en broma, con romanticismo): Tengo que tomar el avión, un
vuelo corto, y si muero, quiero recordar esa imagen mientras caigo...
Leah (retrocede con un gesto de despedida): Adiós, Lyman...
Lyman: ¿Puedo preguntar quién era ese individuo que aporreaba la puerta
de tu apartamento?
Leah (desprevenida): Uno con el que salía... Estaba enfadado, sólo eso.
Lyman: ¿Le tienes miedo?
Leah (se encoge de hombros admitiendo incertidumbre): Hasta la vista,
querido.
(Se da la vuelta y recorre unos metros; se detiene y vuelve la cabeza para
mirarlo por encima del hombro. Sale.)
Lyman: Preciosa. (Solo.) Milagroso. (Piensa por un momento.) Aunque...
quizá tampoco ha sido para tanto. (Saca un teléfono móvil, preocupado.)
¿Theo?... Hola, cariño, estoy a punto de salir. Ah, sin duda, tiene todas las
posibilidades de convertirse en una operación de mucha mayor envergadura; he
tenido una charla con la principal representante de Aetna aquí, y ha accedido
a colaborar con nosotros, así que seguramente me veré obligado a pasar más
tiempo aquí... Sí, una mujer; tiene una agencia grande. Quizá me plantee
adquirir participación en el negocio... Oye, querida, y si coges un avión, te
vienes, alquilamos un coche y cruzamos el Cherry Valley... Ahora está todo en
flor... Ah, me olvidaba; pues nada, mejor será que vayas a tu reunión, no
importa; no, es sólo que de pronto he pensado que pasa todo muy deprisa y...
¿Alguna vez has tenido la sensación de que nunca has llegado a conocer
realmente a nadie? (Ella nunca la ha tenido; él se siente contrariado y en su
voz empieza a traslucirse cierta aspereza.) Pues sí, yo a veces sí tengo esa
sensación, a menudo; siento que voy a desaparecer sin dejar huella, Theo. (Ya
con tristeza, ira disimulada; se ha perdido el romanticismo.) Theo, querida, no
es nada contra ti; sólo pretendía decir que, a pesar de tanto análisis,
novelas y Freuds, seguimos siendo tan impenetrables y poco transparentes como
una hilera de estatuas en la pared de una iglesia.
(Cuelga. Ahora la luz enfoca la escayola en la cama. Se acerca y se mira a sí
mismo. Bessie, Theo y Leah están de pie, inmóviles, alrededor de la cama y Tom,
a un lado, observa. Lyman alza lentamente los brazos y la cara como un
suplicante.)
Lyman: Estamos todos en una caverna... (Las tres mujeres empiezan a
moverse, al principio de manera casi imperceptible; vuelven la cabeza como si
intentasen ver algo a lo lejos o en lo alto o en el suelo.) donde entramos para
hacer el amor o amasar fortuna o alcanzar la fama. Aquí dentro está oscuro,
tan oscuro como un sueño, y todos se mueven a ciegas, buscándose mutuamente;
para tocarse, con la esperanza, y el temor, de tocarse; con la esperanza, y el
temor.
(Mientras habla, las mujeres y Tom se mueven con trayectorias
serpenteantes y entrecruzadas, sin tropezarse por muy poco, abarcando una
porción de escenario cada vez mayor, hasta que desaparecen uno por uno. Lyman
se ha situado más allá de la cama, donde yace su escayola.)
Lyman: Ahora que estamos aquí... ¿qué vamos a decir?
(Se apagan las luces.)
SEGUNDO ACTO
ESCENA PRIMERA
La sala de espera del hospital. Tom sentado con Theo.
Tom: De verdad, Theo, deberías dejar que Bessie te lleve a la ciudad.
Theo: No me lo repitas más, por favor. (Breve pausa.) Necesito hablar
con él... Nunca volveré a verlo. No puedo marcharme así sin más. ¿Me tiembla la
cabeza?
Tom: Un poco, quizá. ¿No tendría que verte alguno de los médicos?
Theo: No será nada. Mi familia tiene tendencia a los temblores. Hace
años que me pasa cuando estoy tensa. ¿Qué hora es?
Tom: Dales unos minutos más... Se te ve pálida.
Theo: (se aprieta las sienes con los dedos para serenarse): Al hablar
con esa mujer... ¿llegaste a alguna conclusión sobre... sus intenciones?
Tom: Para ella, esto ha sido un golpe tan grande como para ti. Su mayor
preocupación era el niño.
Theo: Ya. ¿Quién lo iba a decir?
Tom: Creo que lo es todo para ella.
Theo: (a regañadientes): Bueno, todo un detalle. Los líos como éste son
cómicos más que nada, ¿no crees?... hasta que llegamos a los hijos. Estoy muy
preocupada por Bessie. Está ahí tendida mirando al techo. No puede apenas
hablar sin echarse a llorar. Él ha sido su... su mundo. (Empieza a
emocionarse.) Tienes razón; creo que voy a irme. Es sólo que, de algún modo,
esto me parecía inacabado... pero quizá sea mejor dejar las cosas como
están... (Se dirige hacia su bolsa, se detiene.) No sé qué hacer. Tan pronto lo
mataría como me pregunto si no sufrirá alguna... perturbación mental...
(Entra Leah. No esperaban verse. Una pausa momentánea. Leah se sienta.)
Leah: Buenas tardes.
Tom: Buenas tardes.
(Silencio incómodo.)
Leah (preguntando): ¿No está en su habitación?
Theo: (le cuesta dirigirse a Leah; se vuelve hacia ella lentamente):
Están curándole el ojo.
Leah: ¿El ojo?
Tom: No es nada grave; intentó salir por la ventana durante la noche.
Probablemente dormido. Se arañó un poco el párpado con un rododendro.
Theo: (un intento de comunicación): No debió de darse cuenta de que
está en la planta baja.
(Breve pausa.)
Leah: ¡Mmm! Eso es interesante, porque anoche telefoneó un amigo
nuestro, Ted Colby, el jefe de la policía estatal aquí. Habían colocado una
valla de madera en la carretera del monte Morgan cuando había tanto hielo; y
piensa que Lyman apartó la valla.
Tom: ¿Cómo saben que fue él?
Leah: En la nieve se veían las huellas de un solo coche.
Theo: Dios mío.
Leah: Está preocupado por él. Son buenos amigos; salen de caza juntos.
Theo: ¿Lyman caza?
Leah: Sí, claro. (Theo mueve la cabeza en un gesto de incredulidad.)
Pero no me lo imagino con esa clase de depresión, ¿y ustedes?
Tom: Yo, la verdad..., sí me lo imagino.
Leah: Ya. Conmigo siempre parece tan vital, y feliz. (Theo, molesta, le
lanza una mirada y luego desvía la vista. Leah consulta su reloj.) Sólo tengo
que resolver un asunto con él durante unos minutos. No me interpondré en su
camino.
Theo: ¿Mi camino? Por lo que a mí se refiere, es usted muy libre de
hacer lo que se le antoje.
Leah (un poco desconcertada): Sí... lo mismo digo... en su caso. (Un
instante.) O sea, por lo que a mí se refiere. (La hostilidad la induce a mirar
de nuevo el reloj.) Quiero decirle que... por alguna razón, casi lo lamento más
por usted que por mí.
Theo: (risa cínica): ¿Y eso? ¿Tan vieja le parezco? (Leah se pone tensa
ante el segundo desplante.) No debería haber dicho eso. Le pido disculpas.
Estoy agotada.
Leah (pasándolo por alto): ¿Cómo se encuentra su hija? ¿Sigue aquí?
Theo: (ánimo hostil a pesar de todo): En el motel. Está desolada.
Tom: ¿Se lo ha tomado bien su hijo?
Leah: No, está por los suelos; es terrible. (A Theo:) He pensado que
quizás a Lyman se le ocurra cómo lidiar con él; el niño siempre lo ha idolatrado.
Yo ya no sé qué hacer.
Theo: (muy irritada pero contenida): Somos como el polvo que él pisa;
nos levantamos tras su paso y volvemos a posarnos después. Billie Holliday...
(Se toca la frente.) No recuerdo cuándo murió; hace bastante tiempo, ¿no?
Tom: ¿Billie Holliday? ¿Por qué?
(Tom y Leah observan, perplejos, mientras Theo, en silencio, mantiene
fija la mirada. A continuación...)
Leah: ¿Y si vuelvo dentro de un par de horas? Tengo una
multiconferencia a las dos en punto, y se me está haciendo un poco tarde... (Se
levanta, se acerca a Theo y le tiende la mano.) En fin, si no volvemos a
vernos...
Theo: (tocándole ligeramente la mano, la hostilidad superada por un
momento): ¿Usted entiende esto?
Leah: Es desconcertante. Ha participado en carreras en el monte Morgan;
sabe lo peligrosa que es esa carretera incluso en verano.
Theo: ¿Carreras? ¿Se refiere a carreras de coches?
Leah: Claro. Tiene un Lotus y un Z. Tenía un Ferrari, pero quedó
destrozado... (Theo se vuelve y mira al espacio.) Antes he pensado...
Theo: Siempre le ha aterrorizado la velocidad; nunca conduce a más de
noventa.
Leah: Me recuerda a una rana...
Theo: ¿Una rana?
Leah: Quiero decir que cuando miras una rana, nunca sabes si es la
misma que acabas de ver u otra distinta. (A Tom:) Cuando hable usted con
él..., la televisión está acosándonos; tiene que hacer una declaración
concluyente para atajar esas especulaciones absurdas.
Theo: ¿Qué especulaciones?
Leah: Habrá visto el Daily News, ¿no?
Theo: ¿Cómo?
Leah: Salimos las dos en primera plana con un titular...
tom (a Theo, apaciguándola): No tiene importancia...
Theo: (a Leah): ¿Cuál es el titular?
Leah: «¿Quién se queda con Lyman?».
Theo: ¡Cómo se atreven!
Tom: No te alteres. (A Leah:) Le sacaré una declaración esta tarde...
Leah: Adiós, señora... (Se interrumpe; una breve risa.) Iba a llamarla
señora Felt pero... (Vuelve a corregirse.) Al fin y al cabo, lo es, ¿no?
¡Imagino que soy yo quien no lo es! Vendré a eso de las tres.
(Sale.)
Theo: Lo quiere recuperar, ¿no?
Tom: ¿Por qué?
Theo: (una risa breve): ¿No lo has oído? El sólo ha sido feliz con ella.
Tom: Ah, no creo que haya querido decir...
Theo: (se ha despertado su feroz competitividad): Eso es precisamente lo
que ha querido decir. La compadezco... con ese hijo tan pequeño. (Se indigna
en silencio.) ¿Puede haber sido suicidio?
Tom: Para serte sincero, en cierto modo casi tenía la esperanza de que
así fuese.
Theo: Indicaría una conciencia moral, ¿a eso te refieres?
Tom: Sí... Pero me pregunto si... no sé, quizá sólo quería cambiar de
vida, hacer cosas que nunca había hecho, ser una persona totalmente distinta...
Theo: (mira fijamente por un momento): Quizá no tan distinta.
Tom: ¿Qué quieres decir?
Theo: (una larga vacilación): No sé por qué todavía intento
protegerle... una vez trató de matarme.
Tom: No hablas en serio.
(Lyman aparece bajo el sol en bañador, inhalando profundamente en la cubierta
de un barco. Ella se encamina hacia él.)
Theo: ¡Sí! Por entonces desconocía la existencia de esa mujer, pero
ahora me doy cuenta de que ocurrió en las fechas en que acababan de casarse o
estaban a punto de hacerlo. (Mientras avanza hacia Lyman, se despoja del
abrigo, quedándose en bañador.) Se lo notaba muy raro, irreal. Habíamos ido a
navegar un par de días frente a Montauk...
(Lyman realiza ejercicios respiratorios.)
Lyman: La bruma matutina que se eleva del mar es siempre como el primer
día del mundo... los «os-trigordos y los visigordos...».
(Theo entra en su zona de actuación.)
Theo: Flnnegan's Wake.
Lyman: Oiremos el parte meteorológico. (Se arrodilla, intenta
sintonizar una emisora; interferencias.) ¿Es nuevo ese bañador? Es de lo más
sexy.
Theo: De hace dos años. Me lo compraste tú en San Diego.
Lyman (con mímica, se lleva una mano a la cabeza a modo de pistola):
Bang.
locutor (voz en off): Según se nos ha informado, debido a las temperaturas
anormalmente altas de las mareas de primavera se han visto tiburones frente a
Montauk... uno medía alrededor de cuatro metros...
(Se oye mucho ruido de estática; con mímica, él apaga la radio.)
Lyman: Dios santo.
Theo: ¡Bah, tonterías! ¡Es sólo mayo! Yo voy a darme un chapuzón...
(Otea el mar.)
Lyman: Pero ese hombre ha dicho...
Theo: Estupideces. He navegado por aquí desde que era niña, y mi padre
navegó también, y mi abuelo; nunca hay tiburones hasta julio, si es que los
hay... el agua está demasiado fría. ¿Vienes conmigo?
Lyman (sonríe, molesto): Soy de tipo mediterráneo; somos informales y no
nos gusta el agua fría. Ya sé que no debería decirlo, Theo, pero ¿cómo puedes
aferrarte a tus convicciones ante una información así?... Parece... no sé...
fanatismo.
Theo: (una risa áspera, resuelta): Eso ha estado de más, francamente. Tú
eres tan testarudo como yo cuando te empeñas en algo.
Lyman: ¡Tienes toda la razón, qué caramba! ¡Y adoro esa convicción tuya!
Adelante; no te quitaré el ojo de encima.
Theo: (con una risa afectuosa): Sencillamente no soportas que te
contradiga, cariño, pero es un excelente ejercicio para tu carácter.
Lyman: ¡Tú lo has dicho! Y es un carácter horrible. ¡Al agua! (Se separa
de ella; escruta el mar.)
Theo: (se inclina para zambullirse): En sus marcas... listos...
Lyman (señala a la izquierda): ¿Qué es aquello?
Theo: No, los tiburones siempre se mueven; eso es un tronco.
Lyman: Muy bien, pues adelante, salta.
Theo: Tomaré carrerilla. Espera, haré un poco de calentamiento.
(Retrocede para tomar carrerilla.) ¡Vamos, ven comigo!
Lyman: Imposible, querida; le tengo miedo a la muerte.
(Ella está detrás de él, corriendo sobre el terreno. Él, de espaldas a ella,
atisba algo a la derecha; queda boquiabierto y, horrorizado, sigue con la
mirada a un tiburón en movimiento. Ella se inclina para iniciar la carrera.)
Theo: ¡Muy bien, a la de una... a la de dos... y a la de... tres!
(Se echa a correr y, cuando llega a la altura de Lyman, él de pronto, en el
último momento, extiende el brazo y la detiene en el borde.)
Lyman: ¡Alto!
(Señala al frente; ella observa, con creciente horror en el rostro mientras
sigue al pez con la mirada.)
Theo: ¡Dios mío, es enorme! ¡Ohhh...!
(Rompe a llorar en el desahogo del terror; él la estrecha entre sus brazos.)
Lyman: Cielo... ¿cuándo vas a creer algo de lo que digo?
Theo: Voy a devolver...
(A punto de vomitar, se inclina y se adentra precipitadamente en la oscuridad.
La luz se apaga en torno a Lyman e ilumina a Tom en la sala de espera;
mira al frente y escucha. La luz se amplía e ilumina también a Theo, de pie con
su abrigo de piel.)
Tom: Más bien parece que te salvó.
Theo: Sí, también yo he procurado verlo siempre de esa manera, pero
ahora debo hacer frente a todas las posibilidades... (Acercándose al proscenio,
otra vez angustiada por el recuerdo.) No lo dijo a pleno pulmón. Es decir, no
fue...
(La luz ilumina por un momento a Lyman en bañador, que a pleno pulmón y
horrorizado grita...)
Lyman: ¡Alto!
(Como hipnotizado, permanece inmóvil y mira abajo hacia el tiburón. La escena
se oscurece en torno a él.)
Theo: Fue más bien...
(La luz vuelve a iluminar por un momento a Lyman, y en un tono sólo de relativa
urgencia, como ha hecho en la escena, grita...)
Lyman: Alto.
(La escena se oscurece en torno a Lyman.)
Theo: Te aseguro que estuvo a punto de dejarme saltar.
Tom: Vamos, Theo; dudo mucho de que creas eso de verdad. Si así fuese,
¿cómo habrías sido capaz de seguir viviendo con él?
Theo: ¿Cómo he seguido con él? (Una sonrisa avergonzada, de amargura.)
Bueno, hemos tenido dos separaciones que iban en serio y hemos pasado meses
sin... relaciones... (Monta en cólera de forma gradual.) No señor, no voy a
eludir la cuestión. ¿Cómo fui capaz de seguir? Tal vez estoy corrompida, Tom.
Antes no lo estaba, pero ahora ¿quién sabe? Es rico, ¿no? Y muy respetado, ¿y
qué haría yo sola? ¿Por qué siguen juntas las personas cuando se dan cuenta de
con quién viven? (De pronto furiosa.) ¿Por qué demonios me quedo aquí? ¡Ésta
es la mayor estupidez que he hecho en la vida! (Indignada, coge su bolsa.)
Tom: Lo quieres, Theo. (La detiene físicamente.) Vete a casa, por favor.
Y deja pasar unas semanas antes de tomar una decisión. (Ella ahoga un sollozo
mientras él la abraza.) Sé que te parecerá un disparate, pero una parte de él
te venera, estoy seguro.
Theo: (de pronto le grita a la cara): Lo odio. ¡Lo odio! (Está rígida,
pálida, y él la sujeta por los hombros para serenarla. Una pausa.) Tengo que
acostarme. Antes de irme he de saber qué ocurrió. Seguramente volveremos a la
ciudad esta noche. Avísame si se despierta. Es muy difícil marcharse así como
así, sin saber qué ha pasado. O quizá me vaya sin más, no lo sé. (Se pasa una
mano por la frente.) ¿Tengo un aspecto extraño?
Tom: Sólo estás cansada. Ven, te buscaré un taxi.
Theo: Son unas pocas calles; el aire me sentará bien. (Tras ponerse en
marcha, se vuelve.) ¡Qué hermoso es aquí el paisaje todavía! Como si nada malo
hubiese pasado en el mundo. (Sale.)
(Tom, solo, permanece de pie con la mirada fija en el espacio, los
brazos cruzados, buscando la manera de enfocar la cuestión. Las luces se
apagan.)
ESCENA SEGUNDA
La habitación de Lyman. Está profundamente dormido; al principio ronca con
placidez. Empieza a balbucear.
Enfermera: ¿Por qué no se toma un respiro? Trabaja más dormido que la
mayoría de nosotros despiertos. Debería venir a pescar en el hielo con nosotros,
eso le tranquilizaría.
(Sale la Enfermera. Ahora Lyman se tensa; gime en sueños. Leah y
Theodora aparecen una por cada lado, pero en plataformas elevadas, como dos
deidades de piedra; llevan delantales de cocina, el cabello recogido con cintas
propias de una esposa. Pero se advierte algo amenazador en su mortal quietud
cuando la sepulcral luz de ensoñación las ilumina, inmóviles en este cuadro
vivo. Al cabo de un momento, que se hace largo, cobran animación. Como en la
vida, muestran reserva mutua, rivalizando. Su manera de hablar es propia de
deidades, mortuoria.)
Theo: No me importaría en absoluto que se ocupase usted de cocinar
alguna que otra cosa; en esto, yo tampoco soy nada del otro mundo.
Leah (generosamente): Sin embargo, he oído decir que prepara unos
postres excelentes.
Theo: El timbal de manzana, sí; el pan de jengibre con nata montada.
(Con creciente aplomo.) Y unos gofres excepcionales para el desayuno, con auténtico
sirope de arce, aunque él ha tenido que prescindir de las salchichas.
Leah: Yo sé hacer tortitas de puré de patata y segedina gulash.
Theo: (con desaprobación): ¿Y todo ese pimentón?
Leah: Tiene que añadirse y removerse, claro.
Theo: (desconcertada, presintiendo la derrota): ¡Ah, removerse! Me temo
que no sería capaz de hacer una cosa así.
Leah (sonriendo, aprovechando brutalmente su ventaja): ¡Pues sí,
removerse y removerse pero que muy bien! Y las albóndigas de pescado me quedan
de lo más tiernas. (Batiendo las palmas ahuecadas.) Me humedezco las manos y
las amaso y amaso hasta darles una forma perfecta.
Theo: (luchando con el desconcierto): Le encanta mi jamón en dulce.
Sí... y mi lengua hervida. (Depronto una idea brillante.) ¡Natillas!
Leah (generosamente): Usted puede preparar siempre las natillas y el
jamón en dulce y yo me ocuparé siempre de las albóndigas de pescado y el
gulash... y de remover.
Theo: Pero ¿eso podré hacerlo también yo? ¿Una o dos veces al mes, quizá?
Leah: Que él decida... algunos meses puede hacerlo más...
Theo: ¡Sí!... y algunos meses usted.
Leah: ¡De acuerdo! ¿Y me lavaría usted las bragas?
Theo: Eso por descontado. Siempre y cuando él me cuente mis mentiras.
Leah: ¡Estupendo! Así usted tendrá sus mentiras y yo las mías.
Leah y Theo: ¡Un hurra por el menú!
Leah (llena de admiración): Tiene usted clase, desde luego.
(Lyman ríe en sueños mientras ellas se desprenden de su recatado atuendo de
mujeres maduras; se quedan con un body negro, ceñido y sexy, y zapatos de tacón
alto. Se acercan silenciosamente, se besan, se vuelven hacia la cama y,
mientras Lyman ríe, alzan contra él unas largas dagas y se las clavan varias
veces. Lyman grita y se retuerce en la cama cuando la Enfermera entra
en escena y ellas desaparecen.)
Enfermera: Ya está bien, vuelva en sí, querido; venga, vuelva en sí...
(Él deja de forcejear y abre los ojos.)
Lyman: Ufff. ¡Oh, qué sueños! ¡Dios mío, cómo desearía estar muerto!
Enfermera: No empiece a compadecerse de sí mismo; ya conoce el dicho:
baja de la cruz, que necesitan la madera.
Lyman: Me ahogo. ¿No puede abrir una ventana?
Enfermera: No, otra vez no.
Lyman: ¿Eh?... Ah, oiga, eso es absurdo. No quería saltar...
Enfermera: Pues disimuló muy bien sus intenciones. Su abogado pregunta
si puede entrar...
Lyman: Pensaba que había vuelto a Nueva York. ¿Tengo muy mal aspecto?
Enfermera (le limpia la cara y las manos): Se lo toma usted muy a la
tremenda. Otra cosa sería si hubiese abandonado a esas mujeres, pero salta a
la vista que están muy bien atendidas...
Lyman: Vamos, Hogan, no me venga con ésas; detrás de esa aparente
tranquilidad suya, este asunto le ha puesto los pelos de punta como al que más.
Enfermera: Ande, lávese los dientes. (Mientras él lo hace.) La última
vez que se me pusieron los pelos de punta fue cuando me pasó la corriente por
culpa de un cortocircuito en la aspiradora... (Él ríe; luego gime de dolor.)
Aunque sí hay una cosa que me intriga.
Lyman: ¿Qué le intriga?
Enfermera: Siendo tan listo como es, ¿cómo se le ocurrió casarse con esa
mujer?
Lyman: ¿Antes me ha hablado del hielo?
Enfermera: ¿El hielo? Ah, se refiere... sí, vamos al lago a pescar en el
hielo, mi marido, mi hijo y yo. Ahora ya recuerda mucho más.
Lyman (mirando fijamente): Va a parecer muy raro... Nunca he dejado de
estar casado, ¿sabe? Es como si de pronto la causa fuese sobreseída y ya no tuviese
que ir a juicio, esa sensación tengo.
Enfermera: No hable mal de esas mujeres; no se las ve malas personas.
Lyman: ¿Por qué me casé con ella? Me atraen las mujeres que huelen a
fruta; Leah olía como un melón maduro, rosa, un poco pasado. Y su sonrisa...
cuando sonreía era como si se quedase sin ropa. Nunca había sentido unos celos
así. Si me vendasen los ojos y pasase ante mí por la acera un centenar de
mujeres, distinguiría su taconeo, lo juro. Me encantaba incluso estar tendido
en la cama escuchando su tranquilo chapoteo en el agua de la bañera. Y por
supuesto entrar en su suave catedral...
Enfermera: Tiene usted la mente más sucia que he visto en un hombre
culto.
Lyman: No podía perderla, Hogan. No podía perderla. No podía perderla,
y por eso me casé con ella. Y todas ésas son buenas razones, a no ser que uno
ya esté casado.
Enfermera: Voy a buscar al abogado, ¿vale? (De pronto él parece
abrumado; llora.) Y ahora no se eche a llorar otra vez...
Lyman: Es por mis hijos... no se imagina cómo me respetaban... (Se
serena.) ¡Pero nadie es mejor que nadie, maldita sea!
(Entra Tom.)
Tom: ¿Puedo entrar?
Lyman (incertidumbre, intentando adivinar las intenciones de Tom):
¡Hola! Pensaba que te habías marchado... ¿Alguna novedad?
Tom: ¿Podemos hablar?
(Sale la Enfermera.)
Lyman: Si tú puedes soportarlo... (Sonríe.) ¿Me desprecias, Tom?
Tom: Aún me hago cruces; no sé qué pensar.
Lyman: Claro que lo sabes, pero da igual. (Su sonrisa encantadora.)
¿Qué pasa?
Tom: He tratado de ciertos asuntos con las mujeres...
Lyman: Creía que ya te lo había dicho, ¿o no? Dales lo que quieran, y
listos. Dentro de lo razonable, quiero decir.
Tom: Creo sinceramente que a Theo le gustaría encontrar la manera de
perdonarte.
Lyman: ¡Ah, no! Imposible.
Tom: Tiene un gran corazón, Lyman.
Lyman: ... No tan grande; me obligaría a vivir de rodillas el resto de
mi vida.
Tom: Quizá no. Si hablaseis claramente y llegaseis a un acuerdo...
Lyman: Ahora te hablaré yo claramente: soy un egoísta de mierda. Pero
he amado la verdad.
Tom: ¿Y cuál es la verdad?
Lyman: Un hombre puede ser fiel a sí mismo o a otras personas, pero no
las dos cosas a la vez. O al menos, no si ha de ser feliz. Todos lo sabemos,
pero admitirlo es inmoral: la primera ley de la vida es la traición. ¿Por qué,
si no, esos rabinos eligieron a Caín y Abel para dar comienzo a la Biblia?
Caín se sintió traicionado por Dios, así que él le traicionó a su vez y mató a
su hermano.
Tom: Pero la Biblia no termina ahí, ¿verdad?
Lyman: ¡Dios santo! No puedo venerar la negación de uno mismo; perdona
pero para mí eso no vale. Todos somos puro ego, muchacho, ego más alguna que
otra oración.
Tom: En ese caso, ¿por qué te has tomado la molestia de levantar una de
las empresas con mayor responsabilidad social de Estados Unidos?
Lyman: ¿Quieres la verdad? Hice eso hace veinticinco años, cuando
todavía era un joven honrado; pero ahora soy un hombre maduro y sin conciencia,
y lo único que puedo hacer es intentar vivir sin demasiadas mentiras. (De
repente se desmorona.) ¿Por qué tengo que verlas?... ¿Qué puedo decirles?
¡Santo Dios, ojalá perdiera el conocimiento! (5a-lanceándose de angustia.)...
Ayúdame, Tom; aconséjame...
Tom: Quizá te convendría dejar de mostrarte tan fuerte.
(Breve pausa.)
Lyman: ¿Qué quieres que diga? ¿Que soy un perdedor?
Tom: En fin... ¿acaso no lo eres... en este momento?
Lyman: Pues... no, caramba. Un perdedor ha vivido la vida de otra
persona; yo he vivido la mía propia, y aunque sea una mierda, es la mía. ¡Y no
soy peor que nadie! Ahora contéstame a eso, y no me mientas.
Tom: De acuerdo, no te mentiré: creo que has hecho un daño atroz a esas
mujeres.
Lyman: Eso crees.
Tom: Sobre todo a Theo. Creo que le has desgarrado el alma. Si quieres
salir de este culebrón en el que te has metido, yo empezaría por afrontar ese
hecho.
Lyman: También le he dado una vida interesante, una hija maravillosa, y
mucho dinero. Así pues, ¿cuál es exactamente ese daño del que hablas?
Tom: Lyman, la has engañado...
Lyman (la ira se adueña de él): ¡Pero ella no habría tenido nada de eso
si no la hubiese engañado! Tú sabes tan bien como yo que nadie sería capaz de
vivir con Theo más de un mes sin algún desahogo. Yo he sufrido en este jodido
matrimonio tanto como ella, por lo menos.
tom (objetando): En fin...
Lyman: Oye, ¿quieres la verdad lisa y llana?... ¡Maldigo el día que
puse los ojos en ella y no quiero su perdón!
Tom: No te enfades, por Dios...
Lyman: ¿Te he contado alguna vez cómo nos conocimos?... ¡Por favor,
basta ya de hablar de este matrimonio como si hubiese sido un designio divino!
Yo regresaba de Cornell a dedo. A mis inocentes diecinueve años. Estoy junto a
la carretera con mi maleta. Dejo la maleta y me voy detrás de un arbusto.
Cierto pastor ve la maleta y para, se ofrece a llevarme y acabo en una merienda
al aire libre organizada por la Sociedad Audubon. Allí, mira por dónde, conozco
a su hija, Theodora... ¡Si me hubiese llevado la maleta detrás del arbusto, no
la habría conocido! Y personas serias van por ahí buscando el propósito moral
del universo...
Tom: Al margen de alguna que otra mala racha, vuestro matrimonio es el
mejor de todos los que he conocido.
Lyman (un suspiro): Lo sé. Mira, todos somos iguales; un hombre es una
casa con catorce habitaciones: en el dormitorio se acuesta con su inteligente
esposa, en la sala se da un revolcón con una nena en cueros, en la biblioteca
paga sus impuestos, en el jardín cría tomates, y en el sótano fabrica una bomba
para volarlo todo. Y nadie es distinto... Excepto tú, quizá. ¿Lo eres?
Tom: Yo no cultivo tomates... Oye, la televisión está sacándole jugo a
la historia, y es humillante para esas dos mujeres; decidámonos por una declaración
y zanjemos el asunto. ¿Tú qué quieres?
Lyman: Lo que siempre he querido: a las dos.
Tom: Un poco de seriedad...
Lyman: Conozco a esas dos mujeres, y todavía me aman. Si algo las
confunde, es sólo lo que creen que deberían sentir. ¿Te parece un disparate?
Tom: Perdona, pero hay otro asunto urgente. Esta mañana a las seis he
recibido una llamada de Jeff Huddleston. Se ha enterado por la radio. Va a insistir
en que dimitas del consejo de administración.
Lyman: ¡Ni soñarlo! ¡Ese farsante seboso...! Jeff Huddleston tiene una
mujer escondida en la Torre Trump y otras dos en Los Angeles.
Tom: ¿Huddleston?
Lyman: Una vez se ofreció a prestarme una. Huddleston tiene más fulanas
que un burdel de Nevada.
Tom: Pero no se casa con ellas.
Lyman: ¡Exacto! Dicho en otras palabras, lo que yo he violado en
realidad es la ley de la hipocresía.
Tom: Por desgracia, ésa es la que rige.
Lyman: Sí. Pues no para mí, muchacho. ¡Puede que sea un cabrón, pero no
un hipócrita! No pienso renunciar a mi empresa. ¿Y qué dice Leah? ¿Dice algo?
Tom: Se ha quedado de una pieza. Pero, para serte sincero, tampoco estoy
muy seguro de que ella lo tenga del todo claro... si ésa es la jugada que te
proponías.
Lyman (profundamente conmovido): ¡Hay que ver qué talla tienen esas
mujeres! (El llanto lo amenaza de nuevo.) ¡Tom, estoy perdido!
(Entran Bessie y Theo. Theo se queda de pie junto a la cama de Lyman mirándolo
inexpresiva. Bessie ni siquiera lo mira directamente. Al cabo de un largo momento...)
Lyman (venciendo el miedo): Dios mío, Theo; gracias... por venir,
quiero decir. No esperaba que tú...
(Ella se sienta en elocuente silencio. Bessie continúa de pie, se mantiene
distante de forma implacable. Lyman se muestra visible e incómodamente
avergonzado...)
Lyman: Hola, Bessie.
Bessie: He venido por ella; quería decirte algo. (Apremiándola.) ¿Mamá?
(Pero Theo, sin darse por aludida, mira a Lyman con una sonrisa fija e
inescrutable. Al cabo de un largo e incómodo momento...)
Lyman (para llenar el vacío): ¿Cómo te encuentras hoy? He sabido que
estuviste...
Theo: (categórica, lo interrumpe): No volveré a verte, Lyman.
Lyman (a pesar de todo, es un golpe... breve pausa): Sí, ya... Supongo
que de nada sirve disculparse, ya sabes cómo soy... Aun así, lo siento.
Theo: No puedo dejar mi vida desparramada por el suelo de esta manera.
Lyman: Hablaré de lo que tú quieras.
Theo: Parezco confusa pero no lo estoy; son ya demasiadas las cosas
que... que no quiero seguir guardándome dentro.
Lyman: Claro, lo entiendo.
Theo: ¿Recuerdas a aquel joven profesor de inglés al que dejó su
mujer... y el consejo que te dio sobre el sexo?
Lyman: ¿Un profesor de inglés?
Theo: «Dóblatela», dijo, «y átatela con una goma elástica.»
Lyman (ríe, pero un poco alarmado): ¡ Ah, sí, Jim Donaldson!
Theo: Todos se reían de eso.
Lyman (la sonrisa de ella es vacía; el encanto de él, desesperado): ¡Sí!
«Dóblatela y...» (Sigue una risa forzada.)
Theo: (interrumpiéndole): Me molestó que tú te rieses de eso; puso en
evidencia tu lado vulgar y propenso al mal gusto. Sentí vergüenza... por ti y
por mí.
Lyman (cogido por sorpresa): Ya. Pero de eso hace mucho tiempo, Theo...
Theo: Estuve a punto de dar por terminada la relación en aquel preciso
momento, pero pensé que era demasiado inexperta para juzgar algo así. Sin
embargo, tenía razón: eras un hombre vulgar e insensible, y todavía lo eres.
(Lyman, nervioso, lanza un vistazo a Bessie en busca de ayuda o de alguna
explicación de este despropósito.)
Lyman: Ya. Supongo, pues, que toda nuestra vida ha sido un error.
(Aunque airado, procura seguir mostrándose encantador.) Pero me he ganado bien
la vida.
Bessie: Vamonos, mamá, por favor; se está riendo de ti, ¿es que no te
das cuenta?
Lyman (montando en cólera): ¿Acaso no debo defenderme? Continúa, Theo,
por favor, te escucho; entiendo lo que dices, y me parece bien si es lo que
sientes.
Theo: (en apariencia totalmente relajada): ¿Cómo se llamaba aquel río, a
una media hora de camino después de dejar atrás el edificio de química?
Lyman (perplejo... ¿está loca?): ¿Qué río?
Theo: A donde fuimos a bañarnos en cueros con aquellos geólogos y sus
novias...
Lyman (desconcertado por un momento, luego...): ¡Ah, te refieres a la
noche de la graduación...!
Theo: ¿Todos nadando desnudos junto a la cascada... y sus novias riendo
en la oscuridad...?
Lyman (empezando a sonreír, sin comprender): ¡Ah, sí... fue una noche
fantástica!
Theo: Enrosqué las piernas alrededor de ti, y por encima de tu
hombro... ¿acaso lo soñé?... recuerdo una pared blanca de piedra caliza, que se
alzaba del río...
Lyman: Exacto, del devónico. Estaba llena de fósiles.
Theo: ¡Sí! Huellas de escarabajos, rastros de gusanos, crustáceos de
hace cincuenta millones de años levantándose como el muro blanco de un
templo... y nosotros abajo, flotando al lado como dos ranas unidas en las
oscuridad... nuestras pestañas mojadas en contacto.
Lyman: Sí. Fue estupenda. Me alegra que guardes tan buen recuerdo.
Theo: Claro que la recuerdo. Como ves, no soy tan puritana; es sólo
cuestión de gusto... aquella noche fue sugerente.
Lyman: En fin, yo nunca he tenido buen gusto, y los dos lo sabemos. Pero
no voy a mentirte, Theo; para mí, el buen gusto es eso que a la gente le queda
de la vida cuando ya no puede follar.
Theo: Deberías habérmelo dicho hace treinta años.
Lyman: Hace treinta años no lo sabía.
Theo: ¿Y recuerdas qué dijiste mientras estábamos allí flotando?
Lyman (vacila): Sí.
Theo: No, no lo recuerdas.
Lyman: Dije: «¿Qué podría interponerse jamás entre nosotros?».
Theo: (inmenso asombro y alivio): Sí. ¿Y te salió del alma? ¿O yo me lo
creí por pura candidez? Dime la verdad, te lo ruego.
Lyman (con afectación): Sí, lo creía.
Theo: ¿Cuándo empezaste a engañarme?
Lyman: Por favor, no sigas...
Theo: Intento determinar cuándo acabó mi vida exactamente. Sólo por
saberlo; no es mucho pedir, ¿no?
Lyman: Con el corazón en la mano, Theo, te pido perdón.
Theo: ¿Cuándo murió Billie Holliday?
Lyman (perplejo): ¿Billie Holliday? Pues... no lo sé, hace... ¿diez,
doce años? ¿Por qué? (Ella se queda en silencio, fija la mirada en el espacio.
De pronto él está al borde del llanto al verla sufrir.) ¿Por qué quieres saber
cuándo murió Billie...?
Bessie: Mamá, ya está bien. Vamonos, ¿quieres?
Lyman: Bessie, quizá sea mejor, creo, que no se quede con nada dentro...
Bessie: A nadie le interesa tu opinión. (A Theo:) ¡Quiero que nos
vayamos ya!
Lyman: ¡Ten compasión de ella!
Bessie: ¿Y tú hablas de compasión?
Lyman: ¡Por ella, no por mí!... ¿Es que no entiendes lo que está
intentando decir...? Me amaba.
Bessie: ¿Cómo puedes escuchar estas gilipolleces?
Lyman: ¿Cómo te atreves? ¡Te he dado una vida regalada, Bessie!
Bessie: ¡Tú ya no tienes nada que decir! ¡Eres un fantoche!
Theo: ¡Por favor, cariño!... Espera fuera un momento. (Bessie, viéndola
firme, sale con paso enérgico.) Le has roto el corazón. (Él se vuelve,
intentando reprimir el llanto.) ¿Te producía alguna satisfacción ponerme en
ridículo? ¿Por qué no me hablaste de esa mujer?
Lyman: Lo intenté, muchas veces, pero... Te parecerá una locura, pero...
no soportaba la idea de perderte.
Theo: ¡Pero...! (Una intensidad súbita, casi histérica.) Me mentiste a
diario durante esos nueve o diez años, y también antes de eso con otras
mujeres, ¿o no? ¿Qué ibas a perder?
Lyman (decidido a no flaquear): Tu felicidad.
Theo: ¡Mi felicidad! ¡En el nombre de Dios! ¿De qué estás hablando?
Lyman: Sólo la verdad puede ayudarnos, Theo. Creo que has sido más feliz
en estos últimos años que en ninguna otra etapa de nuestro matrimonio... tú
tienes esa sensación, ¿no? (Ella no le contradice.) Y la razón, creo, es que
nunca me aburría al estar contigo.
Theo: ¿Te has aburrido conmigo?
Lyman: Igual que tú conmigo, querida... Hablo de... en fin, ya me
entiendes... aburrimiento conyugal normal y corriente. (Pero ella parece
incapaz de comprenderlo, así que él intenta explicárselo.) Entiéndeme, como
por ejemplo en la cena, cuando yo repetía una historia que ya habías oído mil
veces... Como aquella de mi abuelo, que perdió tres dedos al atrepellarlo el
tranvía de la Novena Avenida...
Theo: ¡Pero a mí me encantaba esa historia! Nunca me aburrí contigo...
por estúpido que eso fuera.
Lyman (ahora ella parece simplemente obstinada): Theo, te aburrías; no
es un pecado. Igual que me aburría yo cuando tú empezabas a contar a alguien
por diezmilésima vez que... pongamos... (Su risa encantadora.) como hija de un
pastor, no se te permitía trepar a un árbol y enseñar las bragas.
Theo: (resistiéndose con severidad a su encanto): ¡Pero yo opino que a
la gente sí le interesa una forma de sociedad que ya ha desaparecido! ¡Esa anécdota
tiene una importancia histórica!
Lyman (totalmente atormentado): ¡Pero, cariño, llevo esa anécdota
grabada en la carne!... Y te lo suplico, no conviertas esto en un dilema
moral; no es más que tedio doméstico normal y corriente, querida, es la vida,
y no conozco a ninguna otra mujer que tenga la honestidad y la entereza de
aceptarla como vida... ¡si quisieras!
Theo: (una pausa; por encima de su confusión, hace un esfuerzo
desesperado por comprender): ¿Y por qué dices que he sido más feliz en estos
últimos años?
Lyman: Porque percibías mi satisfacción, y estaba satisfecho...
Theo: ¿Porque ella...?
Lyman: Porque siempre que empezabas otra vez con lo de las bragas, podía
encontrarte adorable a pesar de todo, sabiendo que esa anécdota no iba a ser
mi único destino hasta el día de mi muerte.
Theo: Porque ella te esperaba.
Lyman: Así es.
Theo: ¿Con ella nunca te aburrías?
Lyman: ¡Ah, sí! A veces incluso más que contigo.
Theo: (una curiosidad repentina, intensa y esperanzada): ¡No me digas!
Y entonces ¿qué?
Lyman: Entonces bendecía mi suerte por poder volver junto a ti... Sé
que es difícil entenderlo, Theo.
Theo: No, no... supongo que siempre lo he sabido.
Lyman: ¿Qué?
Theo: Eres una especie de... de almeja gigante.
Lyman: ¿Almeja?
Theo: Estás en el fondo, a la espera de todo aquello que pueda caer del
océano en tu boca; eres simple avidez, y a esa avidez la llamas amor. Eres una
especie de monstruo, y creo que incluso lo sabes, ¿verdad? Casi empiezo a
compadecerte, Lyman. (Se vuelve para marcharse.) Espero que te mejores. Ahora
todo está ya muy claro; me alegro de haberme quedado.
Lyman: Es asombroso... justo cuando aparece el misterio de la vida, tú
crees que todo se ha aclarado.
Theo: ¡Para mí no hay ningún misterio! ¡Tú nunca has querido a nadie!
Lyman: Explícate, pues, cómo esta almeja traicionera, despreciable, sin
capacidad de amar, ha podido, sin ayuda de nadie, hacer felices como nunca lo
habían sido a dos mujeres tan distintas.
Theo: ¡Habráse visto! (Deja escapar una risa que acaba casi en un
grito.) ¿Verdaderamente felices?
Lyman: ¡En realidad, si tengo el valor de admitir la estúpida verdad,
el único que ha sufrido durante estos nueve últimos años he sido yo!
(Un imponente rugido resuena en todo el teatro: el rugido de un león. La luz
ilumina a Bessie, que mira al frente con unos prismáticos; lleva pantalón
corto, salacot y sahariana caqui.)
Theo: ¿Sufrir tú? ¡Hay que ver! ¡Dios nos asista!
(Intenta mantener su risa amarga y se dirige hacia Bessie; cuando entra en el
espacio de ésta, su risa se desvanece, extrae un salacot de una cesta de picnic
y se lo pone. Lyman sigue a Theo. No hay interrupción del diálogo.)
Lyman: ¿Cómo llamas, si no, a tener que contemplar vuestras caras
inocentes y satisfechas conociendo la vacuidad en que vuestra felicidad se
basaba? ¿Acaso no es eso sufrimiento?
(Ocupa su lugar junto a las dos mujeres, con la mirada al frente en la misma
dirección, protegiéndose los ojos del sol. Sin interrupción en el diálogo.)
Bessie (mirando con los prismáticos): Santo Dios, ¿va a montarla otra
vez?
Lyman: No lo llaman el rey de los animales porque sí, cielo.
Bessie: ¡Qué paciencia tiene, la pobrecilla!
Theo: (quitándole los prismáticos): Vamos, querida, no es sólo paciencia
lo que yo veo.
Bessie (extendiendo un mantel en el suelo y colocando las cosas del
picnic): Pero es sólo una vez cada medio año, ¿no?
Lyman: Sólo una vez, que nosotros sepamos.
Theo: (ayudando a disponer el picnic): Ah, no, son parejas de una
fidelidad extraordinaria.
Lyman: No, querida, tienen harenes; tú estás pensando en las cigüeñas.
Bessie (ofreciendo un huevo): ¿Papá?
Lyman (sentándose; comiendo a gusto): Estáis encantadoras con salacot;
parecéis dos aristócratas de safari.
Theo: (estirándose en el suelo): ¡Este aire! El silencio. Esas montañas.
Bessie: Gracias por traerme, papá. Es una verdadera lástima que Harold
no pudiese venir... ¿Por qué tienes esa cara tan triste?
Lyman: Por nada, sólo estaba pensando. (A Theo:) En la monogamia... ¿por
qué consideramos la monogamia una forma de vida más elevada? (Ella se vuelve
hacia él... a la defensiva...) Sólo..., sólo era una idea.
Theo: Bueno, supone una intensificación del amor.
Lyman: ¿Qué opinas tú de eso, Bess? Tú tuviste muchos novios antes de
Harold, ¿no?
Bessie: Bueno... sí, supongo que con uno solo es más intenso.
Lyman: Pero ¿por qué lo convierte eso en una forma más elevada?
Theo: La monogamia fortalece la familia; andar follando a diestro y
siniestro la debilita.
Lyman: Pero, como diría un neurótico a otro, ¿qué tiene de bueno
fortalecer la familia?
Theo: Pues, para empezar, aumenta la libertad.
Bessie: ¿La libertad? ¿De verdad?
Theo: La familia disciplina a sus miembros; cuando la familia es débil,
tiene que intervenir el Estado; así pues, cuanto más fuerte es la familia,
menos numerosa es la policía. Y por eso la monogamia es una forma más elevada.
Lyman: Por Dios, ¿te lo acabas de inventar? (A Bes-sie:) ¿No es
maravillosa? Le pongo un sobresaliente alto.
Theo: (alegremente dolida): Bah, calla.
Lyman: ¿Y qué me dices de los musulmanes? Son muy de la familia estable
pero muchos tienen dos o tres mujeres.
Theo: Pero sólo una es en realidad la esposa.
Lyman: Según mi padre, no: a menudo tenían dos mujeres principales, una
para ocuparse de la casa y otra para la cama. Pero las dos eran esposas en toda
regla.
Theo: La sociología de tu padre estaba a la altura de su sentido moral:
era inexistente.
Lyman (ríe; a Bessie): Tu madre es una mujer clásica, ¿sabes por qué?
Bessie (riendo encantada): ¿Por qué?
Lyman: Porque siempre es clara y coherente y...
Theo: Bastante aburrida.
(Él suelta una afectuosa carcajada, aplaudiendo por encima de la cabeza para
apreciar el comentario.)
Bessie: ¡Tú no eres aburrida! (Corre a abrazar a Theo.) ¡Dile que no es
aburrida!
Lyman (abrazando a Theo con Bessie): No, por favor.... te juro que no
quería decir aburrida.
Theo: (tristemente dolida): ¡Pues prefiero ser aburrida y clara a ser
guapa y tonta!
Lyman: ¿Quién te ha pedido que seas guapa? ¡Y no sigas más con eso, por
favor!
Theo: ¡Ojalá supiese cómo divertirte! Has tenido los ojos vidriosos
desde que pusimos los pies en este maldito continente!
Lyman (con aspecto de culpabilidad, extiende los brazos hacia ella para
darle un forzado abrazo): Me encanta este viaje, y estar con vosotras dos...
¡Theo, por favor! ¡Ahora sí me haces sentir culpable!
(El rugido del león los interrumpe y todos miran al frente, sobresaltados.)
Bessie: ¿Viene hacia aquí? ¡Papá!... ¡Está trotando!
voz del guía (en off por un megáfono): ¡Tendrán que volver al coche! ¡Todos!
¡Enseguida!
Lyman: ¡Deprisa!
(Empuja a las dos mujeres.)
Bessie (mientras sale): ¡Papá, ven!
Theo: (dándose cuenta de que él se rezaga): ¿Lyman...?
Lyman: ¡Vete!
(La aleja de un empujón, pero él vuelve.)
voz del guía: ¡Venga al coche de inmediato, señor Felt!
(Rugido de león, pero ahora más cerca. Lyman mira al frente y hacia el león,
preparado para salir corriendo pero sin retroceder.)
voz del guía: ¡Señor Felt, vuelva al coche! (Otro rugido.)
Lyman (con la mirada puesta en el león, gritándole con la euforia del
miedo): ¡Soy feliz, sí! ¡Por estar casado con Theodora y tener a Bessie... sí,
y a Leah también!
(Otro rugido.)
Bessie (a lo lejos): ¡Papá, por favor, ven aquí!
Lyman: ¡Y por haber hecho una montaña de dinero... sí, y no tener
pleitos pendientes!
Bessie (a lo lejos): ¡Papá...!
Lyman (arrojando sus palabras a la bestia que se acerca, pero agachado y
listo para huir): ¡Y por no sacrificar ni un precioso día por cosas en las que
no creo... y eso incluye la monogamia, sí. (Extiende los brazos hacia delante
en un fingido gesto de terror.) ¡Amo mi vida! ¡No soy culpable! ¡Atrévete a
devorarme, bestia inmunda!
(¡Rugido ensordecedor! Con los ojos desorbitados, todavía agachado en posición
de echarse a correr, observa al león que se acerca, cuyo rugido, como ahora
oímos, ha cambiado, convirtiéndose en un gruñido gutural más relajado, muy
atenuado; y Lyman se yergue con cautela y se vuelve triunfalmente hacia las
mujeres, fuera del escenario. Y Bessie sale corriendo, lo rodea con los brazos
en extasiado alivio, lo besa.)
Bessie (mirando al frente): ¡Papá, se ha ido! ¿Por qué has hecho eso?
(Entra Theo.)
Theo: ¡Se ha ido! (A él:) ¿Cómo has hecho eso? (A Bessie:) ¿Has visto
cómo se ha parado y le ha mirado y se ha dado media vuelta? (A Lyman:) ¿Qué ha
pasado?
Lyman: Creo que... ha percibido que yo... cariño, creo que he perdido la
culpabilidad. (Casi riéndose:) ¡Quizá los leones no devoren a las personas
felices!
Theo: ¿Cómo?
Lyman (mirando maravillado): Su rugido me ha sacudido como una descarga
eléctrica y de pronto he visto muy claro que... (Se vuelve hacia ella.) ¡Siempre
he sido feliz contigo, Theo! ¡Soy un hombre feliz y nunca volveré a
disculparme por ello! ¡Es un milagro!
Theo: (con lágrimas de gratitud, juntando las manos en actitud de
oración): ¡Oh, Lyman! (Apresurándose a besarlo.) ¡Oh, cariño!
Lyman (todavía en su euforia, le tiende la mano): ¡Qué buenos amigos
somos, Theo! ¡Chócala! (Ella ríe y le estrecha la mano masculinamente.) ¡Qué
gran persona eres! ¡Qué rostro grave y hermoso tienes!
Bessie: ¡Papá, qué bonito! ¡Eres maravilloso! (Llora.)
Lyman: Adoro a esta mujer, Bessie. (A Theo:) ¿Cómo es posible que
sigamos juntos? (A Bessie:) ¿Te das cuenta de lo mucho que debe de quererme
para soportar mi carácter?
Theo: ¡Esto es lo que siempre imaginé que algún día ocurriría! (Una risa
poco espontánea.) ¡No con un león, claro, pero sí exactamente este repentino
destello de luz...!
Lyman: ¡Ahora veo el futuro con toda claridad! No avanzaremos discreta y
vergonzosamente hacia la última etapa de nuestra madurez; marcharemos con la
cabeza bien alta. Voy a construir una egoísta casita en el Caribe y la
llenaremos con todas esas voluminosas novelas inglesas que nunca acabamos de
leer... además de Proust... y compraré dos ciclomotores con cestas en los
manillares para ir a la compra...
Theo: ¡Lo sabía, lo sabía!
Lyman: Y pasaré todos los días contigo... excepto quizás una o dos
semanas al mes en la oficina de Elmira.
Bessie: ¡Es fantástico, mamá!
Theo: ¡Gracias, león! ¡Gracias, África! (Volviéndose hacia él.) ¿Lyman?
Lyman (alejándose ya mentalmente de la escena): ¿Eh? ¡Sí!
Theo: ¡Soy una mujer nueva!
(Lo rodea con los brazos y hunde la cara en su cuello. Él mira al frente con
una expresión de sufrimiento cada vez más hondo.)
Bessie: ¡Éstas han sido las dos semanas más extraordinarias de mi vida!
¡Te quiero, papá!
(Corre hacia Lyman y él la estrecha con un brazo, manteniendo el otro
alrededor de Theo; las lágrimas asoman a sus ojos.)
Bessie: ¿Estás llorando?
Lyman: Simple asombro, cielo... por mi buena suerte, supongo. Venga,
será mejor que volvamos.
(Con expresión sombría, las vuelve hacia el fondo del escenario; las luces
cambian, se hacen gradualmente más tenues, y ellas se adentran en la oscuridad
mientras él queda atrás. La escasa luz muestra a la Enfermera sentada
junto a la cama.)
Enfermera: Lo que no me explico es por qué, siendo tan listo como es,
se casó con esa mujer.
(Lyman fija la mirada al frente mientras Leah aparece, aislada en un círculo
de luz; lleva su abrigo de piel, exactamente como en el Primer Acto, cuando se
disponía a salir para abortar. La Enfermera permanece en un extremo,
inmóvil.)
Leah: Sí, supongo que podría esperar una semana o así, pero... de
verdad, Lyman, sabes de sobra que nunca la abandonarás.
Lyman: Tú anula la operación, ¿de acuerdo? Y yo se lo diré mañana.
Leah: Le dirás ¿qué?
Lyman (casi conteniendo la respiración): No buscaré explicaciones
racionales para apartarte de mí. ¡Tengo una sola vida! Voy a pedirle el
divorcio.
Leah: ¡Dios mío, Lyman!... Escúchame, sé lo unido que estás a ella...
Lyman: (Besa la mano a Leah.) Por favor, ten este niño, ¿quieres? Y
quédate en casa con las piernas cruzadas.
Leah: ¿Esto va en serio?
Lyman: Va en serio. Voy a pedirle el divorcio.
Leah: ¿Por qué, de pronto, no estoy segura de querer ser madre? ¿Quiero?
¿Tú qué crees?
Lyman: ¡Sí quieres, eso creo!
(La besa. Ríen. Él se vuelve para irse; ella le coge las manos y las estrecha
entre las suyas en un gesto de oración; y eleva la cara al cielo...)
Leah: ¡Un poco de suerte, por favor! (A él directamente:) ¿Por qué es
todo tan peligroso?
(Ella lo besa con pasión. Sale y, mientras él se vuelve, aparece Theo; ella
esconde algo detrás de la espalda y sonríe afectuosamente. Lyman la mira con
expresión solemne, preparado para la confrontación.)
Lyman: Theo, querida... tengo que decirte una cosa...
Theo: (tendiéndole un jersey de cachemir): ¡Feliz cumpleaños!
Lyman (sorprendido): ¿Eh? Pero aún no es julio, ¿no?
Theo: Pero era tan escandalosamente caro que necesitaba una excusa.
(Poniéndole el jersey.) Así... arréglatelo. Es italiano. No te viene grande,
¿verdad? (Dando un paso atrás para admirárselo.) ¡Estás guapísimo! ¡Mírate en
el espejo!
Lyman: Es precioso, querida, gracias. Pero de verdad, atiéndeme, tengo
algo que...
Theo: ¡Dios mío, Lyman, estás sencillamente magnífico! (Cruzando los
brazos y moviéndose con su torpe andar.) Tengo otra sorpresa... ¡He sacado entradas
para ver a Ballanchine! ¡Y he reservado una mesa en Luigi's para después!
Lyman (armándose de valor y ya un tanto molesto con la actitud dominante
de ella): Theo, tengo que decirte una cosa, ¿por qué me lo pones tan difícil?
Theo: ¿Qué? (Él está paralizado.) ¿Qué es? ¿Ha pasado algo? (Ahora
alarmada.) ¡Lyman! (Preguntando.) ¡Te has hecho el chequeo!
Lyman (a punto de estallar): ¡No, por Dios, no es eso!
Theo: ¿Por qué tienes ese color gris? Por favor, ¿qué es? Te noto muy
asustado. (Él se aleja de ella y de sus insufribles atenciones y se detiene
mirando al frente. Ella se queda donde está y lo llama desde lejos.) Mi primo
Wilbur sigue en el hospital general de Massachusetts. ¡Podemos ir juntos...!
¡Por favor, cariño, no te preocupes por nada...! ¿Qué es? ¿Puedes decírmelo?
(En un total bloqueo -tanto en el pasado como en el presente- respira hondo y
deja escapar un alarido largo y colosal, con los brazos en alto, suplicando al
cielo que le conceda un respiro. En efecto, la expulsa de su mente: ella queda
inanimada y a oscuras, y él está solo otra vez.)
Lyman (para sí, mirando al frente): Me han faltado agallas. No hay más.
¡Me han faltado agallas! ¡Me ha faltado valor! Si hubiera sido sincero durante
tan sólo tres minutos seguidos... ¡No! Yo sé cuál es mi problema: ¡nunca he
podido quedarme esperando la muerte de brazos cruzados! Lo que tienes que
hacer, a cierta edad, o corres el riesgo de ponerte en ridículo... lo que
tienes que hacer es quedarte en actitud noble y serena y dejar que la muerte,
con su cinta métrica, te tome las medidas de los brazos y el vientre y la
entrepierna hasta que te tiene listo para ese último traje negro. ¡Y yo no
puedo, no quiero!... Así que me quedo luchando con esta anacrónica energía
que... (mientras salta a la cama y se tapa el brazo izquierdo clamando a los
cuatro vientos...) Dios me ha dado y que usaré hasta que me echen la palada de
tierra en la boca. ¡Vida! ¡Vida! ¡A la mierda la muerte y el morir!
(La luz se ensancha, iluminando a Leah en el presente, vestida de manera
distinta a la anterior -con su abrigo de piel-, de pie cerca de la cama con la
Enfermera, escuchando los gritos de él.)
Enfermera: No se asuste, espere un momento; ya está volviendo en sí.
Seguro que quiere verla.
Leah (acercándose vacilante a la escayola): ¿Lyman? (Él la mira y la
reconoce vagamente.) Soy yo, Leah.
(Sale la Enfermera. Lyman es ahora plenamente consciente de la
presencia de Leah.)
Lyman: ¡Leah! (Desviando la mirada.) ¡Dios mío, qué te he hecho!...
Espera... (Un momento; mira alrededor.) ¿Theo ha estado aquí?
Leah: Creo que se ha ido; yo acabo de llegar.
Lyman: ¡Ay, Leah, me pesa sobre el pecho como un saco de cemento!
Leah: ¿El qué?
Lyman: Mi carácter.
Leah: Sí, en fin... lo tienes bastante malo. Escucha...
Lyman (conmovido): Gracias por venir. Eres una verdadera amiga.
Leah: He venido sólo por Benny. (Frustrada, se da la vuelta.) Está
entusiasmado con eso de que tiene una hermana.
Lyman (dolorosa admiración): ¡Ese hijo mío!
Leah: Está hecho un lío, Lyman; nos ha visto a todos en la tele, y los
niños le han dicho que tiene dos madres. Se sienta y se echa a llorar. Me
pregunta una y otra vez si volverás a casa. Se me cae el alma a los pies. Me da
miedo que si esto no se resuelve bien, pueda arruinarle la vida. (Asoman las
lágrimas.) ¡Eres su ídolo, Lyman! ¡Su dios!
Lyman: ¡Qué desastre, qué desastre...!
Leah: Dime la verdad; no pasa nada si no me lo dices, es sólo por
saberlo: ¿Te sientes responsable o no?
Lyman (estallando, tan asustado como indignado): ¿Cómo puedes
preguntarme una cosa así?
Leah: ¡Pero si es una pregunta lógica!
Lyman: ¡A ver, escúchame, sé que me he equivocado y me he vuelto a
equivocar, pero no os cargué a las dos en mi silla de montar para violaros en
mi tienda! Tú sabías que estaba casado, e hiciste lo posible para que te
amase, así que no soy del todo...
Leah: ¡Lyman, si me echas la culpa a mí, se me va a tragar la tierra!
Lyman: Yo no hablo de culpas sino de verdades... ¡este desastre no es
obra de un solo hombre!
Leah: ¡Es asombroso, tan pronto como hablas de la verdad, acabas
pareciendo mejor que nadie!
Lyman: ¡Eso no es justo!
Leah (breve pausa): Quiero hablar de Benny.
Lyman: Podrías traerlo mañana si te apetece. Pero adelante, podemos
hablar ahora.
Leah (una pausa mientras ella se calma): Estoy pensándomelo.
Lyman: ¡Pues deja de pensar y tráelo!
Leah (una sonrisa, ruborizada): Por cierto... Me han dicho que has
pasado más de una hora con tu mujer. ¿Vais a volver?
Lyman: Se ha sentado ahí y no ha hecho más que decirme que soy un
monstruo que nunca ha amado a nadie.
Leah (con una sonrisa severa): Y supongo que, para su tranquilidad, le
habrás asegurado que no es así.
Lyman: Bueno, la amé, ésa es la verdad. Y tú lo sabes mejor que nadie.
Leah: ¡Desde luego, Lyman, buena pieza estás tú hecho! Te despeñas por
una montaña y sigues sin entender que aborreces a esa mujer. Es algo descomunal
lo tuyo. Es oceánico...
Lyman: ¿A qué viene eso ahora?
Leah: Señor mío, por si ya no te acuerdas, cuando estaba embarazada de
dos meses, fuimos a Nueva York y tú elegiste el hotel Carlyle para alojarnos...
¡a cuatro manzanas de tu casa! «La amaste»... ¡Dios bendito...!
(Empieza a aparecer una ventana al fondo del escenario con Theo sentada de
perfil leyendo un libro. Él mira fijamente mientras sale de la escayola,
volviéndose para dirigir la vista hacia la ventana... Leah prosigue sin
pausa.)
Leah: ¿Qué era aquello sino odio?... ¿Y pasar conmigo por delante de tu
ventana con ella allí sentada...? ¡Llevabas dentro rabia y todavía la llevas!
Probablemente también hacia mí.
Lyman (lanzando una mirada a Theo en la ventana): Pero a mí no me
parecía rabia ni mucho menos. Estaba bailando en la cuerda floja al borde del
mundo... arriesgándolo todo por fin para encontrarme a mí mismo... Paseando
contigo frente a mi casa, la brisa de la primavera, la lencería en los
escaparates de Madison Avenue, el susurro de... ¿no era una falda de tafetán lo
que llevabas?... y mi bebé acurrucado en tu vientre. ¡Había vencido la culpabilidad
para siempre! (Ella se mueve hacia él, parte de su recuerdo.) ¡Y qué lánguida
estabas, con todo el esplendor de tu embarazo asomando a la luz de la farola!
(Ella adopta la soltura de ese andar de otro tiempo, y...)
Leah: ¿Es ella?
(Lyman alza la vista para mirar primero a Theo, y luego a Leah, inspirado,
vivo.)
Lyman: ¡Leah, cariño, qué sexy estás con edificios altos a tus espaldas!
Leah (una cálida sonrisa; lo coge del brazo): Estás tenso, ¿verdad?
Lyman: Bueno, he vivido aquí con ella durante muchos años... ¿Sabes? Me
encantaría subir y saludarla... pero no tengo el valor...
Leah: ¿Se disgustó mucho cuando se lo dijiste?
Lyman (trágicamente; pero vacila): Sí, querida, mucho.
Leah: Quizá vuelva a casarse con el tiempo.
Lyman: ¿Casarse otra vez? (Un vistazo a la ventana; la obliga a soltarle
el brazo.) Por alguna razón, lo dudo.
Leah (una sonrisa intrigada): ¿No debemos tocarnos?
Lyman (apresurándose a cogerle otra vez el brazo): ¡Cómo no!
(Empiezan a alejarse.)
Leah: Me encantaría conocerla alguna vez... como amigas.
Lyman: Puede que llegue el día. (Se detiene; de pronto con extraña
determinación:) Oye, me gustaría ver si soy capaz de entrar a saludarla.
Leah: ¿Por qué no? ¿No quieres que te acompañe, verdad?
Lyman: Todavía no. ¿Te molestaría mucho?
Leah: En absoluto. Me alegra que no te desentiendas de la gente sin más.
Lyman: ¡Dios, los tienes bien puestos! Nos veremos en el hotel dentro de
veinte minutos, ¿de acuerdo?
Leah: No tengas prisa. Jugaré con toda esa preciosa ropa interior que
has comprado. (Tocándose el vientre.) ¡Estoy tan contenta, Lyman!
(Ella se vuelve y se marcha. Él permanece bajo la ventana, mientras contempla
cómo se aleja su figura.)
Lyman (solo): Cuanto más feliz es ella, más triste me pongo, ¿por qué
será? ¡Es esta maldita objetividad! ¿Por qué soy incapaz de zambullirme en mi
felicidad y dejarme llevar? (Ahora mira a Theo, y lo asalta el desánimo. Salta
con vehemente determinación.) ¡Idiota! ¡Ámala! ¡Ahora que ya no te priva de
nada, deja que brote el amor hacia tu sensata y extraordinaria esposa! (Corre
hacia Theo, pero de pronto se da media vuelta, aterrorizado; camina en
círculo, resopla y se tapa la cara.) ¡Al diablo la culpabilidad!
(Vuelve a encaminarse apresuradamente hacia la ventana... que desaparece
mientras ella se levanta, sorprendida.)
Theo: ¡Lyman! Dijiste el martes, ¿no?
(La estrecha entre sus brazos, la besa con desesperada pasión. Ella está
sorprendida y contenta.)
Lyman: ¡Qué atractiva señora! Theo, eres la escritura de Dios.
Theo: Ralph Waldo Emerson.
Lyman: Un día me apropiaré de alguna imagen que nunca hayas oído.
(Riendo, con actitud de camaradería, la abraza con fuerza a la vez que la
lleva a un asiento... embargado por cierta exaltada intimidad.) Oye, le he
pedido a cierto piloto que me traiga con su Cessna nueva... Tengo reuniones
mañana a partir de las siete y media, pero sencillamente necesitaba darte una
sorpresa.
Theo: ¿Has viajado en avioneta de noche?
Lyman: Todo ese miedo era culpabilidad, Theo: pensaba que merecía
estrellarme. Pero merezco vivir porque no soy mala persona y te quiero.
Theo: ¡Vaya, me siento en las nubes! ¿Cuándo tienes que volver?
Lyman: Ahora.
Theo: (casi ríe ante tal absurdo): ¿No podemos siquiera charlar?
Lyman: No. De hecho, será mejor que llame para avisar que voy de
camino. (Marca un número.)
Theo: Te llevaré al aeropuerto.
Lyman: No, va a pasar a recogerme por el Carlyle... ¿Hola?
(La luz ilumina a Leah, que sostiene un auricular.)
Leah: ¡Cariño!
Lyman: Estaré ahí dentro de diez minutos.
Leah (perpleja): ¿Eh? De acuerdo. ¿Por qué llamas?
Lyman: Sólo para asegurarme de que no te has marchado olvidándote de mí.
Leah: ¡Tus celos son tan reconfortantes!... ¿Sabes?, ella ofrecía una
imagen muy digna, leyendo en la ventana... parecía un cuadro de Edward Hopper,
como hechizada.
Lyman: Sí, bueno, enseguida salgo. (Cuelga.)
Theo: No te olvides de la cena del jueves con Leona y Gilbert... él ya
tiene el audífono, así que no será tan molesto.
Lyman (con cierta solemnidad le coge las manos): Sólo necesitaba
brindarnos una ocasión furtiva para mirarte una vez más... la vida es tan
absurdamente corta, Theo.
Theo: (feliz): ¿Por qué tienes siempre a la Muerte sobre el hombro?
¡Llevas dentro más vida que nadie! (Alborotándole el pelo.) De hecho, esta noche
estás radiante.
Lyman (reaccionando a su gesto): Oye, tenemos tiempo de hacer el amor.
Theo: (una risa sorprendida, encantada): ¡Me gustaría saber qué se ha
adueñado de ti!
Lyman: Simplemente, me he acordado de qué bombón tengo por mujer.
(Empieza a llevársela.)
Theo: Debe de ser la nueva oficina de Elmira... ¡los comienzos siempre
son estimulantes!
Lyman (volviéndola hacia sí, la besa en la boca): Una cosa que muchas
veces he querido preguntarte: ¿ha existido algún dios que fuese culpable?
Theo: Los dioses nunca son culpables, por eso son dioses.
Lyman: Me siento como si tuviese la luna en el vientre y el sol en la
boca y estuviese iluminando el mundo. (Ríe burlándose de sí mismo.)... ¡Una auténtica
linterna planetaria! ¡Vamos!
(Y riendo con gran tensión, la coge de la mano y la lleva a la oscuridad...)
Theo: ¡Lyman, qué maravillosa e interminablemente cambiante eres!
(La escena se oscurece.)
ESCENA TERCERA
(La luz enfoca a Leah en la habitación del hospital; Lyman se encamina a la
cama.)
Leah: Así que aquella noche te la tiraste.
Lyman: ¿Qué puedo decir?
Leah: Y cuando volviste al hotel, ¿tú y yo no...?
Lyman: ¡No pude contenerme! Las dos estabais irresistibles. ¿Qué maldad
puede haber en eso?
Leah (un suspiro): Oye, tengo que hablar de cosas serias. Quiero poner
la casa a mi nombre de inmediato.
Lyman: ¿Qué?
Leah: De inmediato. Sé que has puesto el corazón en ella, pero busco la
seguridad de Benny.
Lyman: Leah, te ruego que esperes con eso...
Leah: ¡No esperaré! Y quiero recuperar mi negocio.
Lyman: Eso será complicado; es mucho mayor que cuando yo asumí el
control...
Leah: ¡Quiero que me lo devuelvas! ¡Lo habría expandido igualmente sin
ti! ¡No estoy dispuesta a quedar como una absoluta idiota! ¡Te demandaré!
Lyman (una sonrisa muy vacilante): ¿De verdad me demandarías?
Leah (buscando en su cuaderno): No estoy para bromas, Lyman. Me has
hecho mucho daño... (Se interrumpe, contiene las lágrimas. Saca un papel.)
Lyman (se ve obligado a volverse): Dios, no soporto verte llorar.
Leah: Traigo algo que quiero que firmes.
Lyman: ¿Que firme?
Leah: Es una escritura de renuncia a la casa y mi negocio. ¿Quieres
leerla?
Lyman: No hablas en serio.
Leah: Le pedí a Ted Lester que la redactase. Ten, léela.
Lyman: Sé lo que es una escritura de renuncia; no me pidas que lea una
escritura de renuncia. ¿Cómo puedes hacer una cosa así?
Leah: No estamos casados y no quiero que me vengas con reclamaciones.
Lyman: ¿Y... y qué pasa con Benny? No pretenderás quitarme a Benny...
Leah: Yo...
Lyman: Quiero que lo traigas mañana por la mañana para que hable con él.
Leah: Un momento...
Lyman: Vas a traerlo, Leah...
Leah: ¡Escúchame bien! No te permitiré verlo hasta que sepa qué te
propones decirle sobre todo esto. He estado hablando con el antiguo abogado de
mi padre y, desde el punto de vista legal, llevas todas las de perder.
Lyman: Le diré la verdad: que lo quiero.
Leah: ¿Te refieres a que te parece normal mentir y engañar a la gente
que quieres? Lyman, ahora él es lo único que me queda, y no quiero verlo enloquecer.
Lyman: ¡No sigas con eso! Aparte de mentirle, he hecho mucho más...
Leah (desahogándose): ¡Le has mentido! ¿Es que no te das cuenta?...
Comprarle el poni, y enseñarle a esquiar, y llevarlo en el planeador... lo has
inducido a idolatrarte... ¡cuando sabías lo que sabías! ¡Eso es crueldad!
Lyman: Está bien. ¿Qué crees tú que debo decirle?
Leah: Le pides perdón y le explicas que no debe seguir tu ejemplo
porque cuando uno miente a los demás, les hace daño.
Lyman: ¡No voy a degradarme delante de mi hijo! Y si algo puedo
enseñarle ahora es a tener las agallas de ser fiel a uno mismo. ¡Eso es lo
único que importa!
Leah: ¿Aun cuando para ello tenga que traicionar a todo el mundo?
Lyman: ¡Sólo la verdad es sagrada, Leah! ¡No guardarse nada!
Leah: Debes de estar loco... ¡Tú te lo has guardado todo! Realmente no
distingues el bien del mal, ¿verdad?
Lyman: ¡Por Dios, hablas como Theo!
Leah: ¡Quizá sea lo que le pasa a las personas que se casan contigo!
Mira, no creo que en este momento sea buena idea...
Lyman: ¡Tengo derecho a ver a mi hijo!
Leah: ¡No permitiré que te imite, Lyman! ¡Eso echaría a perder su vida!
(Se dispone a marcharse.)
Lyman: ¡Quiero aquí a Benny! ¡Quiero aquí a Benny, Leah! ¡Me traerás a
Benny!
(Entra Bessie sola. Está muy tensa y nerviosa.)
Bessie: ¡Ah! Me alegro de que esté aún aquí. Oiga...
Leah: Ya me iba...
Bessie: ¡No se vaya, por favor! Mi madre ha sufrido una especie de
ataque...
Lyman: Dios mío, Bessie... ¿qué ha sido?
Bessie: La están examinando en otra habitación del pasillo. Delira un
poco y dice que quiere llevárselo a casa y creo sinceramente que la ayudaría
ver que están juntos...
Leah: Pero no estamos juntos.
Lyman: ¿Por qué tiene que ser un delirio? Quizá tu madre quiere
realmente que vuelva...
Bessie (con frustración, da una patada al suelo): ¡Quiero sacarla de
aquí y llevármela a casa!
Lyman: ¡No soy un monstruo, Bessie! Dios santo, ¿de dónde sale tanta
crueldad?
Leah: Él quiere quedarse con ella, ya ve...
Lyman: ¡Quiero quedarme con las dos!
Bessie (con un tonillo histérico, gritando): ¿Alguna vez en la vida
pensarás en otro ser humano?
(Entran Tom y Theo con la Enfermera. Él la lleva del brazo. Ella
tiene un aire de mayor comprensión, una sonrisa fija y apagada; le tiembla la
cabeza.)
Lyman: ¡Theo! ¡Ven, Tom, siéntala aquí!
Leah (a Bessie; con miedo): La verdad, creo que debería irme...
Theo: ¡Ah, desearía que se quedase un momento! (A la Enfermera:)
Por favor, traiga una silla para la señora Felt.
(La referencia causa sorpresa a Bessie. Leah mira de inmediato a Bessie,
perpleja porque esto es lo contrario de lo que deseaban Theo y Bessie. Lyman
lo considera en extremo alentador. La Enfermera, mientras sale en busca
de la silla, lanza miradas a unos y otros, perpleja.)
Theo: ¡Bueno! Aquí estamos todos juntos.
(Breve pausa.)
Tom: Theo ha tenido un pequeño... incidente, Lyman. (A Bessie:) He
pedido un avión; podemos volver los tres juntos a la ciudad.
Bessie: Ah, estupendo... Mamá, está todo listo para marcharnos en cuanto
tú digas.
Lyman: Theo, gracias... por venir.
Theo: (se vuelve hacia él con una sonrisa inexpresiva): El socialismo ha
muerto.
Lyman: ¿Perdón? ¿Qué has dicho?
Theo: Y el cristianismo está acabado, así que... (Busca.) Ya no queda
nada que... que... defender. ¿Excepto la simplicidad? (Cruza las piernas y el
abrigo se le abre parcialmente, dejando al descubierto su muslo desnudo.)
Bessie: ¡Mamá! ¿Dónde está tu falda?
Theo: Estoy bien, no te preocupes...
(Entra la Enfermera con una silla.)
Bessie: Debe de haberse dejado la falda en la habitación donde estaba
hace un momento. ¿Sería tan amable de traerla?
(Sale la Enfermera, otra vez perpleja.)
Theo: (a Leah): Lamento haberme comportado así... disculpe. En realidad
no tengo nada contra usted personalmente, sólo que nunca me habían interesado
las mujeres de su clase. La sorpresa es lo que me ha trastornado, el que
estuvieran de hecho casados. Pero, sinceramente, me parece una persona
interesante... No me lo esperaba. Pero ahora ya lo veo todo mucho más claro,
sí. (Se interrumpe.) ¿Aquí ven Village Voice?
Leah: Sí, alguna que otra vez.
Theo: Hace unos años salió una entrevista curiosa con Isaac Bashevis
Singer... el novelista, ¿sabe? La entrevistadora era una mujer a la que el marido
había abandonado por otra y no entendía por qué. Y Singer dijo: «Quizá le
gustaba más su agujero». En su día yo me escandalicé, me pareció una auténtica
atrocidad... ya me entiende, que le hubiesen dado el Nobel; en cambio, ahora
pienso que demostró una gran valentía diciéndolo, porque seguramente era
verdad. Valentía... ¡la valentía es siempre lo más importante!
(Entra la Enfermera, le ofrece la falda.)
Enfermera: ¿Le ayudo a ponérsela?
Theo: (coge la falda, la mira sin reconocerla y la tira al suelo): No
recuerdo si la he llamado Leah o señora Felt.
Leah: De hecho, no soy la señora Felt.
Theo: (una sonrisa afable y cordial): Bueno, en realidad, usted sí es
una señora Felt; tal vez es lo único que podemos esperar ya, cuando todos
somos intercambiables. ¿Quién sabe qué señora Felt bajará a desayunar? (Breve
pausa.) Su hijo necesita a su padre, supongo.
Leah: En fin... sí, pero...
Theo: Entonces debería quedarse con usted, ¿no? Ahora todos tenemos que
ser realistas. (A Lyman:) Puedes venir aquí siempre que quieras... si es ése tu
deseo.
Bessie (a Tom): Está demasiado enferma para esto... Vamos, mamá,
nos...
Theo: Estoy perfectamente. (A Lyman:) Puedo decir «joder», ¿sabías?
Nunca me ha gustado esa palabra, pero seguro que también ella tiene sus limitaciones.
Puedo decir «jódeme», «jódete», lo que sea.
(Lyman guarda silencio con angustia culpable.)
Bessie (a Lyman, con rabia): ¿No vas a decirle que se vaya? ¡Aunque sólo
sea por respeto, por amistad!
Lyman: Sí. (Con delicadeza.) Tiene razón, Theo, creo que será mejor...
Theo: (a Bessie): No, podré cuidarle mejor en casa. (A Leah:) La verdad
es que yo no tengo nada que hacer, y usted, imagino, estará muy ocupada...
Bessie: Tom, ¿quieres...?
Tom: ¿Por qué no la dejamos que diga lo que piensa?
Theo: (a Bessie): Quiero que empieces a ser realista. Tu padre tiene
todo el derecho a estar resentido conmigo. ¿Qué he hecho siempre sino
corregirle? (A Leah:) Usted no le corrige, ¿verdad que no? Le gusta tal como
es, incluso ahora, ¿verdad? Y ése es el secreto, ¿no? (A Lyman:) Pues yo puedo
hacerlo. No necesito corregirte... ni fingir que...
Bessie: ¡No lo soporto, mamá!
Theo: Pero ésta es nuestra vida, Bessie, cariño mío; tienes que
soportarla... Creo que siempre he sabido bastante bien lo que él estaba
haciendo. En nuestro fuero interno, todos lo sabemos todo, ¿verdad? Pero uno
tiene que vivir, cariño; vivir... en la misma casa, en la misma cama. Y así
aprende a tolerar... la tolerancia es buena... (Un grito furioso.) ¡Y yo he
tolerado y tolerado!
(Silencio. Miedo en todos ellos.)
Bessie (aterrorizada por su madre): Papá, por favor... dile que se vaya.
Lyman: Pero está diciendo la verdad, cariño.
Leah (estallando de pronto): ¡Pobre mujer! (A él:) ¡Qué cabrón eres!
Habría bastado una frase sincera tuya, y nada de esto habría pasado. ¡Es una
canallada! (Apelando a Theo:) Lo siento mucho, señora Felt...
Theo: No, no... él tiene toda la razón... siempre lo ha dicho... ¡Lo que
pasa es que no tengo fe en la vida! Pero usted sí... usted sí tiene fe en ella,
y por eso debe ganar...
Leah: Pero eso no es verdad... ¡Yo nunca he confiado en él plenamente!
Siempre supe que había algo espantoso removiéndose por debajo, oculto. (Totalmente
sublevada.) Para serle franca, nunca he querido casarme con nadie, no he
conocido a una sola pareja feliz... Oiga, no debe culparse, ese tinglado no
sale bien, nunca sale bien... cosa que yo sabía, y a pesar de todo seguí
adelante y lo hice, y nunca he entendido por qué.
Lyman: Porque si no te hubieses casado conmigo, no te habrías quedado
con Benny, por eso, ni más ni menos. (Ella no encuentra palabras.) No habrías
tenido a Benny ni estos últimos nueve años de felicidad. Te has convertido en
la mujer que deseabas ser, en lugar de... (Se contiene.) En fin, ¿qué más da?
Leah: No, no te cortes... ¿en lugar de qué? ¿De qué me has salvado?
Lyman (aceptando el desafío): Como quieras... en lugar de todas esas
duchas solitarias después del coito, y las absurdas conversaciones entre las
sábanas, y las cajas de condones sin sentimientos al lado de tu cama...
Leah (sin habla): ¡Pero bueno!
Lyman: ¡Estoy harto de esa mierda, Leah!... ¡Algo has sacado de esta
despreciable traición!
Theo: Decirle eso es una atrocidad.
Lyman: Pero la verdad es atroz, ¿no es eso lo que acabas de decir? Y es
atroz porque nos avergüenza; pero la verdad, para serlo ¡tiene que avergonzarnos
siempre! Me tolerabas porque me querías, pero ¿no te he dado también a ti una
buena vida?... Bien, ¿y qué hay de malo en eso? ¿No son personas las mujeres?
¿No gustan el poder y las comodidades a las personas? ¡No entiendo dónde está
la deshonra!
Bessie (a las dos mujeres): ¿Por qué siguen ahí sentadas? ¿Es que no
tienen orgullo?... (A Leah:) ¡Esto da asco!
Leah: ¿Quiere dejar ese tono de moralina? ¡Tengo asuntos pendientes con
él, así que debo hablar con él!... ¡Voy a volverme loca aquí! ¿Se me acusa de
algo?
(A un lado, Tom apoya la cabeza en las manos entrelazadas, con los ojos
cerrados.)
Bessie: ¡No debería estar en la misma habitación que él!
Leah (alterada): Acabo de explicarlo, ¿no? ¿Qué demonios quiere?
Lyman (con un grito, la voz entrecortada por un sollozo): ¡Quiere
recuperar a su padre!
Bessie: ¡Hijo de puta! (Levanta los puños; luego llora de impotencia.)
Lyman: ¡Te quiero, Bessie!... ¡Os quiero a todas! ¡Sois extraordinarias!
Bessie: ¡Habría que matarte!
Lyman: ¡Todas sois maravillosas!
(Bessie rompe a llorar. Un río impotente de dolor que ahora se desborda para
llevarse consigo a Lyman; luego Leah se ve arrastrada por la ola de llanto.
Todas las estrategias se desmoronan cuando finalmente Theo se contagia. Los
cuatro se tapan impotentes la cara. Es una auténtica lamentación colectiva, una
explosión funeraria de dolor, cada uno por su propio estado, por la frustración
del amor y por el final de toda capacidad de razonar. Tom les ha vuelto
la espalda, la cabeza gacha en actitud de oración, las manos entrelazadas, los
ojos cerrados.)
Lyman (ve la pierna desnuda de Theo): ¡Tom, por favor! ¡Haz que
se ponga algo de ropa...! (Se interrumpe.) Por Dios, ¿estás rezando?
tom (con la mirada fija al frente): No hay manera de seguir adelante. Todas
debéis dejar de amarlo. O eso, o será vuestra ruina. Este hombre es una cuerda
sin fin sujeta a nada.
Lyman: ¿Quién no es una cuerda sin fin? ¿Quién es fiel a algún elevado
propósito en este mundo? ¿Los abogados? ¿Por qué decís tantas tonterías?
Tom: Ahora Theo necesita ayuda, Lyman, y no deseo conflictos, así que no
veo cómo puedo continuar representándote.
Lyman: Claro que no, no soy digno. (Un grito, pero con la tensión de la
pérdida, de la incapacidad de comunicación.) ¡Pero soy humano, y estoy orgulloso
de ello! ¡Del esplendor y de la mierda! ¡La verdad! ¡La verdad es sagrada!
tom (explotando): ¿Lo es? Pues entonces reconoce que apartaste esa valla y te
metiste a sabiendas en la placa de hielo. Porque ésa es la verdad, ¿no?
Lyman (un instante de vacilación): ¡No fue un suicidio! ¡No soy de los
que se rajan!
Tom: ¿Por qué dices rajarse? Sentiste vergüenza, ¿no? ¿O acaso eso es
demasiada verdad para que te consuele? ¡Por Dios, tu vergüenza es lo mejor de
ti...! ¿Por qué finges que no la tienes? (Se interrumpe y ceja en su empeño.)
Por mí, ya podemos marcharnos, Theo.
Lyman (hundido de repente): Esperad un momento... os lo ruego. Antes de
marcharos... por favor... quiero deciros algo.
Bessie (implacable y tranquila): ¿Mamá? (Pone a Theo en pie. Le tiembla
la cabeza. Se vuelve hacia Lyman.)
Lyman: Te estoy pidiendo que me escuches, Theo. Por fin comprendo lo que
pasó.
Theo: Por desgracia, ya no me queda nada dentro, Lyman.
(Bessie la coge del brazo para marcharse. Leah se levanta, como para irse.)
Lyman: Te lo suplico, Leah, dos minutos. ¡Tengo que explicártelo!
Leah (un aire evasivo): Tengo trabajo en la oficina...
Lyman (perdiendo el control): Dos minutos... ¿Leah? Antes de que me
apartes de mi hijo por mi indignidad. (Pausa. Algo sencillo, sincero en su
tono los detiene a todos.) Así es como llegué a la carretera del monte Morgan:
te llamé una y otra vez desde el Howard Johnson... sí. Para decirte que pasaría
allí la noche por la tormenta... pero comunicabas. Así que me acosté, sí...
Pero aún comunicabas... una hora entera... ¡más! Y... sí, me disponía a
pedirle a la operadora que te cortase la comunicación como en una emergencia,
pero... (Se interrumpe.) Me acordé de algo que me dijiste una vez...
Leah: Estaba hablando con...
Lyman (arranque de rabia): Me da igual, no te estoy excusando, ni
siquiera defendiéndome. ¡Estoy contándote lo que pasó! ¡Déjame acabar!
Leah: ¡Estaba hablando con mi hermano!
Lyman: ¿Con Japón, durante más de una hora?
Leah: Volvió el lunes.
Lyman: En fin, no importa.
Leah: ¡Claro que importa!
Lyman: Por favor, déjame acabar. Leah, ¿recuerdas que una vez me
dijiste... «Quizá te engañe»? ¿Lo recuerdas? ¿Muy al principio? Entonces me
pareció tan maravilloso... que fueses capaz de tal sinceridad; pero allí,
tendido de espaldas en esa habitación, empecé a morir.
Leah: No quiero oír ni una palabra más.
(Theo y Bessie van a salir.)
Lyman: ¡Esperad! ¡Por favor! ¡No he acabado! (Algo nuevo, auténtico en
su voz las detiene.) Quiero dejar de mentir. Así de simple. (Mira como si
tuviera una visión.) Tumbado boca arriba en aquella cama, la nieve
amontonándose fuera... el viento aullando en mi ventana... estos nueve años de
ir y venir me parecieron absurdos, de repente todo era ridículo. No entendía
por qué lo había hecho. Y me di cuenta de que no sentía nada... ni por mí ni
por los demás... Era un cadáver en aquella cama. Me vestí, subí al coche y me
metí en la tormenta. No sé... tal vez deseaba morir, pero lo que pensaba era
que si aparecía a las dos o las tres de la madrugada en medio de una
descomunal ventisca como ésa... creerías lo mucho que te necesitaba... y también
yo lo creería... y volvería a la vida. A no ser que... (Se vuelve hacia Tom:)
Sólo quería que acabara todo. (A las mujeres:) Pero os juro... al miraros
ahora, Theo, Leah, y tú también, Bessie..., que nunca he sentido tanto amor
como ahora. Pero os he hecho daño y lo sé... Y una cosa más, no puedo dejaros
ir con una mentira: la verdad es que en algún rincón desolado y oscuro de mi
alma sigo sin saber con certeza por qué se me condena. Os bendigo a todas.
(Llora de impotencia.)
(Bessie hace girar a Theo para encaminarla hacia la salida.)
Theo: Despídete de él, cariño.
Bessie (ahora sin lágrimas en los ojos; sus sentimientos más claros,
emite un sonido casi impersonal): Espero que te mejores pronto, papá. Adiós.
(Toma a su madre del brazo; Theo ya no se resiste mientras se adentran
en la oscuridad. Él se vuelve hacia Leah.)
Lyman: Leah, di algo duro y sincero... como tú sabes hacerlo.
Leah: No sé si volveré a creer en algo... o en alguien.
Lyman: Oh, no. ¡No! ¡Yo no he hecho eso!
(La sacude un gran sollozo y sale apresuradamente.)
Lyman: ¡Leah! ¡Leah! ¡No digas que yo he hecho eso! (Pero ella se ha
ido.)
Tom: Ya hablaremos.
(Ve que Lyman está perdido en el espacio, y sale. La Enfermera se acerca
a él desde su rincón.)
Enfermera: ¿Le duele? (Él no contesta.) Le traeré un tranquilizante.
Lyman: No me deje solo, ¿eh? ¿Sólo un ratito? Por favor. Siéntese
conmigo. (Da unas palmadas en el colchón. Ella se acerca a la cama pero no se
sienta.) Quiero darle las gracias, Logan. No olvidaré su calor. El calor de
una mujer es la última magia; es usted un trozo de sol. Dígame, cuando va a pescar
en el hielo con su marido y su hijo... ¿de qué hablan?
Enfermera: Pues, a ver... esta última vez nos compramos todos unos
zapatos en Knapp, esa zapatería enorme que hay allí, ¿sabe? Son usados, pero
nadie los distinguiría de unos nuevos.
Lyman: ¿Y hablaron de sus zapatos nuevos?
Enfermera: Son una buena compra.
Lyman: Claro. Es... es maravilloso hacer una cosa así. No sé por qué,
pero lo es.
Enfermera: Enseguida vuelvo.
(Empieza a irse.)
Lyman: ¿Me odia?
Enfermera (incómoda, se encoge de hombros): No lo sé. Tengo que pensarlo.
Lyman: Vuelva enseguida, ¿eh? Aún estoy un poco... débil. (Ella se
inclina y le besa la frente.) ¿Por qué ha hecho eso?
Enfermera (se encoge de hombros): Por nada en particular.
(Sale.)
Lyman (una angustiada expresión de asombro y anhelo en el rostro, los
ojos desorbitados, la mirada despierta): ¡Todo es un milagro! ¡Todo sin excepción!...
Fíjate... los tres allí sentados, en el lago, ¡hablando de zapatos! (Se echa a
llorar, pero rápidamente se contiene.) Y ahora a aprender qué es la soledad.
Pero con buen ánimo. Porque te lo has ganado a pulso, chico, tú sólito. Sí.
¡Por fin has encontrado a Lyman! Así que... ¡ánimo!
(La escena se oscurece.)