Monólogo Teatral: El Vecino de al Lado (o El Monólogo del Asesino Doméstico)
Duración aproximada: 45 minutos.
Género: Comedia negra, absurdo, stand-up oscuro.
Autor: Benjamín Gavarre
Acto I: La Comunidad de Vecinos y el Arte de Vigilar
(LUCES DEL ESCENARIO SE ENCIENDEN. Música estridente de fondo, un jazz lúgubre que se corta de golpe. El comediante —un hombre maduro, de gestos calculados, sonrisa impecable pero ojos de hielo— entra al escenario con paso firme y se detiene frente al micrófono. Sostiene una taza de café humeante y mira fijamente a la primera fila durante unos segundos demasiado largos.)
EL COMEDIANTE:
Buenas noches. O malas. Depende de cómo haya amanecido el ducto del gas en su edificio.
(Sonríe de lado)
Yo vivo en un complejo de departamentos. Es un lugar maravilloso para la convivencia humana, siempre y cuando consideres que "convivencia" es sinónimo de escuchar los intestinos de la señora del 302 a las tres de la mañana. ¿Alguien aquí vive en departamento? Levanten la mano.
(Señala a alguien en la primera fila)
Tú. El de la chamarra de piel. ¿Qué escuchas en la noche? ¿Pasos? ¿Gritos? ¿O es solo el vacío existencial de tu propia mediocridad rebotando en el plafón? No contestes, es una pregunta retórica... o una advertencia.
(Pausa. Da un sorbo al café)
Pero hablemos de mi vecino. Santi. Santi es un tipo fascinante. Un auténtico vecino ejemplar. De esos que te dan los buenos días con una sonrisa tan blanca, tan pulida, que te dan ganas de revisar si no te dejó la cartera abierta en el pasillo. Santi pasa las mañanas enteras en el parque. Sí, el parque infantil. Ya saben la escena: los niños corren, las madres charlan despreocupadas, y ahí está Santi. Inmóvil. Mirando los juegos con una paz de monje tibetano... o de francotirador checheno. Todavía no lo decido.
(Mira al público, buscando complicidad)
¿No les encantan los vecinos que se interesan tanto por la vida de la comunidad que prácticamente habitan en tu cabeza? Porque Santi está muy informado. Sabe exactamente a qué hora salgo, a qué hora regreso, qué marca de café compro y... bueno, digamos que conoce la anatomía de mis silencios mejor que mi propia madre.
(Se acerca a la orilla del escenario, interactúa de manera punzante)
A ver, señora de allá atrás, la de los lentes oscuros en plena noche. ¿Usted conoce a sus vecinos? ¿Sabe si alguno tiene una colección sospechosa de bisturíes o una fascinación inmoderada por el cloro y los desagües?
(La mujer en el público puede responder o quedarse callada. El comediante asiente con una sonrisa ambigua)
Exacto. No responden porque tienen miedo. O porque son cómplices. Una de dos.
Acto II: El Espectador Inocente (Que no lo es tanto)
(El comediante camina por el escenario, gesticulando con una precisión milimétrica)
Pero lo mejor de todo esto no es Santi. Lo mejor es cómo operan las casualidades en la ciudad. Uno sale a la calle creyendo que es libre, que toma sus propias decisiones, que el libre albedrío existe... ¡Qué bonita ilusión! Como creer que el gobierno se preocupa por tu salud mental.
(Se detiene de repente y señala a un hombre sentado en la tercera fila, un espectador aparentemente común, con camisa a cuadros y expresión neutra)
Espérate un momento. Miren a este caballero de aquí. El de la tercera fila. ¿Cómo te llamas, amigo? ¿Juan? ¿Carlos? ¿O Adamov, el que destruye estrellas relativas?
(El espectador —que en realidad es un actor pagado, un palero— se recuesta con total naturalidad y responde con una mueca cínica)
EL PALERO: Me llamo Mauricio, cabrón. Y vine a ver si al fin dices algo gracioso.
EL COMEDIANTE: (Finge sorpresa, exagerando los ojos abiertos)
¡Mauricio! ¡El cadete! ¡El guardia presidencial de las causas perdidas! ¡El hombre que deja calzones prehistóricos fosilizados en las escenas del crimen!
EL PALERO (desde su asiento): Y tú sigues sin superar que te dejé el departamento hecho un asco y con la llave del gas abierta, viejo decrépito.
EL COMEDIANTE: (Se ríe con una risa cortante, casi metálica)
¡Ay, Mauricio! ¡Qué ocurrencia! ¿Ya se dieron cuenta? Es un prodigio de la sincronía urbana. El tipo viene, se sienta como si hubiera pagado su boleto de preventa VIP, pero en realidad es mi palero favorito. Le pagué cincuenta pesos y un cartón de leche tibia para que viniera a recordarme que la demencia senil llega temprano a esta cuadra.
EL PALERO: Cincuenta pesos y una bolsa de peces muertos, ¡no te hagas el austero!
EL COMEDIANTE: (A todo el público, cambiando el tono a uno más íntimo y oscuro)
Ven lo que les digo? Nadie está a salvo de las casualidades. Mauricio cree que es un actor contratado para hacer tretas curiosas en mi monólogo. Cree que controla el timing de la comedia. Pero la verdad, queridos amigos... es que Santi ya lo vio. Y cuando Santi ve algo que no le gusta, simplemente... se encarga de que los trastos queden limpios. Muy limpios.
Acto III: El Vuelo del Albatros (El Cierre)
(Las luces del escenario bajan de intensidad. Queda un cenital frío, azul cobalto, sobre el comediante. La música de fondo se convierte en un zumbido electrónico y lejano, como el motor de un avión a punto de romperse en dos).
EL COMEDIANTE:
Para allá vamos todos, de una u otra forma. Al fondo del excusado. A ese torbellino breve y negruzco donde las identidades se disuelven y ya no importa si te llamabas Remedios, Josefina, o si eras el pastorcito sexy de un cuento mal copiado.
(Hace una pausa larga. Se pasa lentamente una mano por el cuello, midiendo la fragilidad de la piel)
La vida es un ensayo general para un homicidio que nunca se concreta... o que se concreta demasiado bien. Nos pasamos los días acumulando silencios, cerrando el botiquín con desorden, mirando a través de las cortinas de la terraza mientras los niños corren y los vecinos aúllan como perros sin jauría.
(Sonríe con una dulzura siniestra)
No se preocupen por Santi. Está tranquilo. Está en su celda de doce metros cuadrados, compartiendo espacio con dieciséis fantasmas que creen que él es inocente. Pobres ilusos. Piensan que la justicia existe, que los jueces entienden de poesía y que los bisturíes se inventaron para operar corazones.
(Se inclina hacia el micrófono, bajando la voz hasta un susurro íntimo que resuena en todo el teatro)
Yo solía matar peces, ¿saben? Me enojaban. Necesitaba sacarlos de su pecera y verlos nadar en el agua de la mierda. Hoy en día ya no hace falta ensuciarse las manos. Basta con cerrar los ojos... y volar. Como un albatros en un cielo de plomo. Alba atroz.
(Se acomoda el cuello de la camisa con elegancia milimétrica, da media vuelta y comienza a caminar hacia la oscuridad del fondo del escenario mientras las luces se apagan lentamente)
Buenas noches. Y por favor... cierren bien la puerta del departamento antes de dormir. Nunca se sabe quién anda buscando un nuevo inquilino para el clóset.
(APAGÓN TOTAL)