TREN HACIA
LA DICHA AMADO DEL
PINO TREN HACIA LA DICHA AMADO DEL PINO (CUBA) Amado del Pino utiliza la transitoriedad de un viaje en tren para explorar la profundidad de la soledad humana y la persistencia de la esperanza. IntroducciónTren hacia la dicha es una obra de acto único que se inscribe en una atmósfera de intimidad y realismo psicológico, con sutiles tintes de teatralidad dentro del teatro. Ambientada en un coche de tren en movimiento, la pieza confronta a personajes de naturalezas opuestas: la euforia desmedida de un hombre que asegura ser un Recién Casado, el escepticismo de un intelectual solitario (Pasajero), y la vulnerabilidad de una joven mujer (Pasajera 1). A través de un diálogo ágil y cargado de cubanía, Del Pino nos muestra cómo el encuentro fortuito entre extraños puede derribar las barreras de la incomunicación. La obra no solo trata sobre un viaje físico, sino sobre el viaje emocional hacia la "dicha", sugiriendo que la felicidad a veces no es un destino real, sino una construcción compartida necesaria para sobrevivir a la realidad. Resumen de las acciones1. El estallido de la alegríaLa acción comienza en un vagón donde impera el aburrimiento y el cansancio. La entrada del Recién Casado (Ernesto) rompe la monotonía. Con una energía desbordante y aparentemente ebrio de felicidad, anuncia que acaba de casarse y que su esposa está por salir del baño. A pesar de la resistencia inicial de la Pasajera 2 (una anciana solitaria) y el Pasajero (Arturo), Ernesto logra involucrarlos en su celebración, pidiendo cervezas y bocaditos para todos. 2. El tren "al revés" y el juego teatralEl conflicto surge cuando Arturo le señala a Ernesto que el tren se dirige a Santiago de Cuba y no a La Habana, como él cree. Ernesto, lejos de desmoronarse, utiliza esta confusión para profundizar en su narrativa. Propone un juego de representación: pide a los presentes que lo ayuden a recrear cómo conoció a su esposa Elena. La Pasajera 1 (Vicky) termina asumiendo el papel de la esposa, caminando como una enfermera saliendo del hospital, mientras Ernesto sube a una caja de cerveza simulando el andamio de construcción desde donde solía mirarla. Este ejercicio de imaginación colectiva comienza a ablandar las defensas de los demás pasajeros y de la propia Camarera. 3. La revelación de las soledadesA medida que avanza la noche y la cerveza, las máscaras caen:
El "Recién Casado" actúa como un catalizador; su supuesta locura o negación obliga a los demás a mirar sus propios vacíos. 4. La desaparición y el dilema finalErnesto sale del coche buscando desesperadamente a su mujer, quien nunca aparece. A solas, Arturo y Vicky experimentan una conexión genuina, nacida del "juego" de Ernesto. Arturo intenta convencer a Vicky de que no se baje del tren en su pueblo y se quede con él, desafiando la lógica y el destino. 5. El cierre: La persistencia de la ilusiónErnesto regresa, visiblemente golpeado por la realidad de que su mujer no está, pero se niega a rendirse al desespero. La obra concluye con un último acto de fe: Ernesto vuelve a subir a su "andamio" imaginario. A pesar de la evidencia de que el viaje es incierto y la felicidad es esquiva, los personajes eligen mirar hacia el lateral del tren, convencidos de que "ella" viene corriendo hacia ellos. El silbato del tren marca el final, dejando en el aire la pregunta de si la dicha es el encuentro o simplemente el acto de seguir buscando. Amado del Pino: El cronista de los paisajes interioresAmado del Pino Bellón (1960–2017) fue una de las voces más lúcidas y humanas de la dramaturgia cubana contemporánea. Periodista, crítico y actor, su escritura posee esa rara virtud de los grandes observadores: la capacidad de capturar el habla popular y elevarla a una categoría poética y universal. Su obra no se detiene en la superficie de los conflictos sociales; prefiere indagar en las grietas del alma, en la soledad de quien espera y en la fe de quien decide, a pesar de todo, seguir viajando. Entre sus rasgos distintivos destacan:
PERSONAJES RECIÉN
CASADO, poco más de 30 años. Lo más importante no es su
edad ni su aspecto físico. El actor deberá buscar, sobre todo, su espíritu, su
temperamento y sus contradicciones. PASAJERO,
no llega a los 40. En él coinciden la cultura libresca y una formación de
origen popular. PASAJERA 1,
joven, sincera, atrevida, apasionada, bayamesa y hermosa. PASAJERA 2,
anciana, solitaria y sorpresiva. CAMARERA,
de una juventud en retirada y un tanto endurecida, que hace difícil precisar su
edad. La escena
representará un coche de un tren en movimiento. No será necesario reproducirlo
fielmente. Las soluciones escénicas deberán ser sencillas, entre la naturalidad
y el desenfado. Por su estructura, número de personajes y hasta por el carácter
de las reflexiones en juego, sería preferible asumir esta obra en un espacio
que asegure el contacto cálido con el público, buscando una atmósfera de
intimidad y cercanía. Acto único Coche del
tren. Se percibe la inquietud que provoca un largo viaje. La PASAJERA 2
trata inútilmente de conciliar el sueño. La PASAJERA 1 parece aburrirse.
Entra un hombre joven: el RECIÉN CASADO. El PASAJERO levanta la
vista del libro que lee. RECIÉN
CASADO.- (A todos.) ¿Para qué dormir tanto? ¡Hay que
vivir! PASAJERA 2.-
Si me imagino que va a montar un borracho, cojo otro tren. RECIÉN
CASADO.- Abuela, no hay que ser borracho para estar
contento. (Al PASAJERO que pretende leer.) De todas formas usted y yo
nos vamos a tomar una cerveza juntos. PASAJERO.-
Gracias, tengo que trabajar. RECIÉN
CASADO.- ¡Y yo tengo que ser feliz! PASAJERO.-
¿Conoce a esa mujer? RECIÉN
CASADO.- ¿A la mía? PASAJERO.-
A la felicidad. RECIÉN
CASADO.- La mía es una maravilla. PASAJERO.-
¡Tremenda boda! ¿No? RECIÉN
CASADO.- Todavía estamos en la boda... PASAJERO
2.- ¿Y la novia? RECIÉN
CASADO.- Es muy linda. Ya la verán cuando salga del baño.
Tiene tremendo embullo, este viaje es muy importante para ella. La voy a llevar
a Coppelia, al zoológico, y aunque me digan guajiro voy a tirarme una foto en
el Capitolio. (Trata de llamar la atención del Pasajero.) Mire, así, con el
brazo por encima de los hombros y las cabezas junticas... (Pausa breve, pero
incómoda.) ¡Dígame algo, hombre! Por lo menos que en Coppelia hay mucha cola o
que en el Capitolio ya no tiran fotografías. PASAJERO.-
¿Qué quiere que haga? Me lleva demasiada ventaja en el entusiasmo. PASAJERA 1.-
Tremendos compañeros de viaje. Una vieja, un intelectual y ahora... ¡El novio! PASAJERO.-
A mí no me gusta el helado y menos retratarme. Si le importa tanto La Habana,
¿por qué va para Santiago? RECIÉN
CASADO.- Menos mal que vamos mejorando. Así que yo creo
que voy para La Habana, pero a lo mejor llego a Santiago. No se me ponga bravo,
pero yo no creo mucho en su seriedad. (A la PASAJERA 1.) ¿No es verdad,
mi amiga? (A la CAMARERA que se acerca.) Niña, compañerita, amorcito... CAMARERA.-
(Seca, mecánica.) Dígame, ¿qué desea? RECIÉN
CASADO.- ¿Tú podrías...? ¿Serías tan buena como para
traerme (Mira alrededor, cuenta con los dedos.) unas siete cervezas? Ah, ¿y por
lo menos una sonrisa? CAMARERA.-
Si no habla alto y se porta bien, puedo traerle dos. RECIÉN
CASADO.- ¿Dos sonrisas? CAMARERA.-
Dos cervezas y no muy frías. RECIÉN
CASADO.- ¿Tan poquito...? ¿Y qué hacemos tanto tiempo
metidos en este tren, sin poder escaparnos? CAMARERA.-
Se me olvidaba, tiene que pedir bocaditos. PASAJERO.-
Creo que va a tener que suspender la boda. RECIÉN
CASADO.- Óigame, Camarera, ¿cuántas veces se ha casado
usted? (La CAMARERA va a responderle, pero decide contenerse; hace algún
gesto de impaciencia y desagrado.) ¡Yo me casé hoy! CAMARERA.-
Felicidades, pero los demás no tenemos la culpa. PASAJERO.-
Quiere que todo el mundo esté contento a la vez. (A la PASAJERA 1.) ¿No
te parece demasiado difícil? RECIÉN
CASADO.- No sea mala, Camarera. Tráiganos, por lo menos,
dos para mí y dos para acá, el compañero, a ver si se embulla. CAMARERA.-
(Cediendo ligeramente.) Y dos bocaditos... RECIÉN
CASADO.- ¡Perfecto! A la joven me le trae una cerveza y
un bocadito. PASAJERA 1.-
Gracias y felicidades. RECIÉN
CASADO.- Para mí dos de cada cosa, que mi mujer es muy
comilona. CAMARERA.-
Comerá mucho, pero no la veo. RECIÉN
CASADO.- Ya la verá; se parece a usted, pero es más... CAMARERA.-
Más bonita que yo es cualquiera. PASAJERO.-
Yo no soy tan halagador como acá el compañero, pero puedo decirte que no eres
fea. RECIÉN
CASADO.- Y es la Camarera más amable que rueda por el
mundo. PASAJERA 1.-
(Para sí.) No es para tanto. PASAJERO.-
(A la PASAJERA 1.) ¿Celosa? RECIÉN
CASADO.- A mi mujer le gustan mucho los dulces. (Como si
descubriera en el momento las cosas que dice.) Hace unas panetelas riquísimas.
¿Usted sabe hacer dulces, camarera? CAMARERA.-
¿Nada más? RECIÉN
CASADO.- (Señala a la PASAJERA 2.) A la señora me
le pone un bocadito y una cerveza para que sueñe cosas alegres. PASAJERA 2.-
Gracias, joven, pero yo lo único que quiero es silencio y tranquilidad. RECIÉN
CASADO.- Un momento, Camarerita. (A la PASAJERA 2.)
Seguro que usted tiene en la casa dos o tres gaticos. PASAJERA 2.-
Quince «misus» preciosos. ¿Por qué? RECIÉN
CASADO.- (Entusiasmado.) Traiga un bocadito para la
señora y dos o tres para sus gaticos. CAMARERA.-
¿Y no quiere una pastillita para los nervios? RECIÉN
CASADO.- No. Pero si por casualidad aparece la sonrisa,
acuérdese que yo la pedí primero... (La CAMARERA
sale disimulando que le ha gustado la última frase del RECIÉN CASADO.) RECIÉN
CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú vienes de Santiago? PASAJERO.-
Voy para Santiago a trabajar; salí a las cinco de la mañana. RECIÉN
CASADO.- Eres tremendo. Así que el tren va al revés. PASAJERO.-
(Buscándole el costado humorístico.) Está bien, seré yo el confundido. RECIÉN
CASADO.- (Amistoso.) ¿Tú eres habanero? PASAJERO.-
Sí, ¿por qué? PASAJERA 2.-
Perdone, pero no me vaya a decir que es un Recién Casado regionalista. RECIÉN
CASADO.- ¡Qué va! Yo no caigo en eso. Ser habanero es un
defecto como otro cualquiera, pero a, un buen amigo se le puede perdonar. (Más
serio y sin poder evitar cierta nostalgia.) Yo soy casi que de Cuba entera, he
dado muchas vueltas... PASAJERO.-
¿Y no te gusta La Habana? PASAJERA 1.-
(Que ha seguido disimuladamente el diálogo.) Como hace tiempo que no voy a La
Habana... PASAJERO.-
Tal vez un día te enamores de un habanero. RECIÉN
CASADO.- Mi mujer es tremenda. Seguro que se está
arreglando para lucir bien y se demora y se demora. ¿No será más de la cuenta
ya? PASAJERO.-
¿Y si no vuelve? PASAJERA 2.-
¿Quién ha visto una recién casada que no esté loca por estar al lado de su
Recién Casado? PASAJERA 1.-
¿Y si no vuelve? RECIÉN
CASADO.- ¡Ni jugando me hablen de eso! PASAJERO.-
A veces uno tiene en la mano la paloma de la felicidad y cuando viene a ver... RECIÉN
CASADO.- Sí, ya sé, vuela por la ventana y uno quiere
correr detrás de ella, pero no tiene alas. ¿Y cómo hace un hombre sin alas para
agarrar una paloma sin ponerle trampas?¿Y si me da la gana de cerrar todas las
puertas y las ventanas para que vuele nada más que conmigo? (Llega la CAMARERA
con una bandeja repleta. El RECIÉN CASADO la ayuda.) RECIÉN
CASADO.- No se me desespere, Camarerita, póngalo todo ahí
y ahora repartimos como buenos amigos. ¡Acuérdese que hoy es mi día! CAMARERA.-
¿Y porque sea su día todo el mundo tiene que estar contento? RECIÉN
CASADO.- Claro, y cuando llegue mi mujer... CAMARERA.-
¿La mujer invisible? PASAJERA 2.-
No sea tan incrédula. Nadie sabe lo que pueden tener los demás, pero
últimamente parece que desconfiar es más fácil. CAMARERA.-
La vida se ha puesto que no se puede creer ni en lo que uno tiene delante de
los ojos. RECIÉN
CASADO.- Yo lo que tengo delante de los ojos es una
camarera preciosa y en eso creo. CAMARERA.-
(Halagada.) ¿Y su mujer? RECIÉN
CASADO.- Ella está detrás de mis ojos o dentro, quién
sabe... (Repartiendo.) Arriba, que no se quede nadie fuera y el que no esté de
acuerdo que levante la mano. CAMARERA.-
Enseguida les traigo el vuelto. Los dejo solos. RECIÉN
CASADO.- Olvídese del dinero y quédese un ratico. Mire
que mi mujer no se come a nadie. CAMARERA.-
(Saliendo.) Pero el jefe de turno sí. PASAJERA 1.-
(Tímidamente coqueta. Al PASAJERO.) ¿Y su mujer también es celosa? PASAJERO.-
(Interesado.) ¿Para dónde vas? PASAJERA 1.-
¿No me va a contestar? PASAJERO.-
Me gustaría enseñarte cómo preguntar. PASAJERA 1.-
Disculpe, Recién Casado. Déjense de disculpitas bobas y vamos a brindar. PASAJERA 1.-
¿Por qué? RECIÉN
CASADO.- Por mi mujer. (Al PASAJERO.) Mira, yo no
habré estudiado tanto como tú, pero conozco a las personas de mirarlas un par
de veces y tú sirves para amigo mío. PASAJERO.-
(Complacido por la prueba de confianza.) Gracias. (Señala a la PASAJERA 1.)
¿Y esta muchacha que tal será? RECIÉN
CASADO.- Es sincera, divertida... (Se dirige a ella
directamente.) Sí, me lo imagino... Pero no te preocupes por esas tristezas,
que dentro de poco se te quitarán porque te lo mereces. PASAJERA 1.-
Gracias, pero yo sé que la única mujer interesante en este tren es la suya,
aunque no se vea todavía. Yo soy de lo más aburrida. PASAJERO.-
¿Y si no te lo creemos? RECIÉN
CASADO.- A ti no te pega la amargura. PASAJERO.-
Seguro que no tienes gaticos. PASAJERA 1.-
Ni perrito ni gatico. PASAJERO.-
Ella no tiene gatos porque tiene un niño. PASAJERA 1.-
¿Adivino también? ¿Quiere que le enseñe la mano izquierda? RECIÉN
CASADO.- Eso es. Dale la mano izquierda, yo se la voy a
dar a la abuela y con la derecha de cada uno nos empinamos la cerveza. (A la PASAJERA
2.) Sí, ya sé que a usted no le gusta, pero un buchito no hace nada. (El RECIÉN
CASADO organiza el brindis. La anciana prueba la cerveza con temor. El
Pasajero trata de retener la mano de la muchacha, que le ofrece sólo un dedo.) PASAJERO.-
Yo no quería probarla, porque cuando arranco me cuesta trabajo parar. RECIÉN
CASADO.- ¿Y quién habló aquí de parar? ¡Hoy es el día más
feliz de mi vida! PASAJERA 2.-
(Se le escapa.) ¿Te hace mucha falta? RECIÉN
CASADO.- (Evadiéndose.) Y no quiero que nadie saque un
quilo. Ni hablar de dinero. Yo los invito y se lo agradezco porque me
acompañan. No sé cómo hay gente que le gusta la soledad. Yo no la quiero ni de
vecina. PASAJERA 2.-
¿Y si se muda para enfrente de su cama? PASAJERA 1.-
O para abajo. PASAJERO.-
Si te rodea, si te provoca, si te acorrala... RECIÉN
CASADO.- (Para sí.) La boto. (Se va angustiando.) ¡La
boto! ¡La boto! (Silencio incómodo. El RECIÉN CASADO busca cualquier
tema que le sirva para salir del «bache». Al PASAJERO.) Cuando llegues a
La Habana tu mujer te estará esperando como cosa buena (Trata torpemente de
rectificar.) Aunque tú me habías dicho que eras divorciado, ¿no? PASAJERA 1.-
No se preocupen, yo sé desde chiquita que los hombres cambian de estado civil
cuando doblan la esquina. RECIÉN
CASADO.- (Inventando con ingenuidad.) ¡Ya sé! ¡Eres
divorciado y vives con tu madre! PASAJERO.-
(Hosco.) Vivo solo. (Breve y molesta pausa.) Y no he llegado a Santiago. RECIÉN
CASADO.- Discúlpame. PASAJERO.-
No tengas pena. RECIÉN
CASADO.- Si ya somos casi amigos... PASAJERO.-
Lo que no entiendo es cómo eres un Recién Casado y tu mujer no se ve por
ninguna parte. Te encaprichas en que el tren va para La Habana y me parece que
seguirás con La Habana en tu cabeza cuando estemos entrando a Santiago. RECIÉN
CASADO.- ¿Santiago? ¿Y ella? (Monologa.) Yo la dejé en el
andén despidiéndose de las hermanas. Me dijo: «Voy enseguida, mi amor». Después
montó en este tren. (Mira un momento a los demás como si sospechara que
desconfian.) ¡Claro que montó! Pero no quiso entrar al coche sin pasar por el
baño. ¿Cuándo entró al baño? (Angustiado.) ¡Ella entró! ¿Verdad? PASAJERA 2.-
No se desespere, ya verá que aparece. RECIÉN
CASADO.- ¿Y el tren? PASAJERA 2.-
Rueda. Ése es su oficio, rodar. PASAJERA 1.-
(Al RECIÉN CASADO.) ¿Tú vas para La Habana en serio? RECIÉN
CASADO.- (Luchando por levantar el ánimo.) ¿En serio? No.
Voy tomando cerveza. (Va a buscar y se da cuenta de que ya no quedan.) ¡Coño,
se acabaron! Voy contento de haberme encontrado con ustedes. (Al PASAJERO.)
Tú eres un intelectual, un poeta casi, y yo soy un tipo que quiere estar
siempre contento, pero tiene la mala maña de ser demasiado sentimental. ¿No es
más o menos lo mismo? PASAJERO.-
Si vas para las estrellas no te hace falta pasaje. PASAJERA 1.-
Vamos para Santiago, pero cualquiera diría que no; ahora me entero de que
también se puede ir a las estrellas y fácil... ¡sin pasaje! ¿En qué tren me he
metido yo? RECIÉN
CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú eres periodista? PASAJERO.-
Sí, ¿y tú? ¿Adivino? RECIÉN
CASADO.- He hecho muchas cosas. Últimamente soy
constructor. PASAJERA 2.-
¿Por qué, si usted es periodista, no aprovecha y me le hace una entrevista a
acá, al joven que se casó hoy? Así se entretiene mientras llega ella. RECIÉN
CASADO.- (Regresa a la angustia.) Le he dicho mil veces
que yo no soporto las demoras. Hoy, el tren pitando, y ella chachareando con
las hermanas. Luego dice que soy muy nervioso, que me desespero. PASAJERO.-
¿Ya no quieres la entrevista? RECIÉN
CASADO.- ¡No puedo más! ¡Me voy a buscar a mi mujer! PASAJERO.-
Ahora no la vas a encontrar. Todavía no es el momento. RECIÉN
CASADO.- ¡La tengo que encontrar! PASAJERA 2.-
No te asustes, muchacho. Seguro que se escondió para ver qué tú hacías. PASAJERA 1.-
(Buscando salvar la situación.) Yo no soy periodista, pero voy a empezar a
preguntar. ¿Cómo se llama? RECIÉN
CASADO.- Ernesto, Ernesto Cano. PASAJERA 1.-
¿Cuándo naciste? RECIÉN
CASADO.- Hace un rato. PASAJERA 1.-
No juego más. Me están cogiendo la entrevista pa'l relajo. PASAJERO.-
Para nosotros, como Recién Casado, es verdad que nació hace un ratico. Te voy a
ayudar. (Al RECIÉN CASADO.) ¿Cómo y cuándo conociste a tu mujer? RECIÉN
CASADO.- Yo trabajo ahora subido en un andamio. PASAJERA 1.-
¿Y antes qué hacías? PASAJERA 2.-
Con dos periodistas a la vez no puede. PASAJERO.-
Es que mi alumna tiene que practicarse. RECIÉN
CASADO.- (Entrando progresiva y dulcemente en la
atmósfera del pasado.) Ella pasaba todos los días vestida de blanco. Yo nunca
me hice muchas ilusiones. Caminaba derechita, como si fuera para algún lugar,
muy decidida. Yo, lo que sí hacía, era mirarla, mirarla siempre, encantarme con
su manera de andar. Una vez, de tanto seguirla con la vista hasta que sé
perdiera en la próxima esquina, casi me caigo y me rompo un hueso. ¿Tú te has
subido alguna vez en un andamio? PASAJERO.-
Bueno, sí; es decir, hace mucho tiempo. Habrá que inventar algo para que el
hombre no se arriesgue de esa forma. ¿No te parece, Recién Casado? RECIÉN
CASADO.- El trabajo duro hay que hacerlo de todas formas
y nadie tiene la culpa de que mi mujer -cuando todavía ni era mi mujer- pasara
todos los días frente a mi vista y yo me desconsolara. No te creas... Cuando
uno le coge la vuelta, sudar la camisa es mejor que estar ocho horas trancao en
una oficina; siempre en peligro de que te hagan perder el tiempo o de que se
metan en tu vida. PASAJERA 1.-
(Animándose.) Su futura mujer pasaba y usted la miraba, ¿y qué más? Me parece a
mí que si uno de los dos no se hubiera decidido, todavía estarían uno, en el
andamio y la otra dando vueltas alrededor. RECIÉN
CASADO.- recién casado. Un día yo estaba trabajando de
espaldas a la calle. (Sube a uno
de los asientos e imita la posición de trabajo. No se trata de una recreación
naturalista de la acción concreta, sino de un frenético juego que tiene mucho
de voluntaria teatralidad.) Mire, así,
¿y a que no saben por qué supe que era ella la que venía por la calle? (La CAMARERA
entra rápidamente.) CAMARERA.-
Por eso a mí no me gusta despachar ni media cerveza más de la que les toca. Te
dicen «mi vida», «mi cielo», «amorcito», «corazón de chocolate». Pero cuando la
fría les calienta la cabeza, discuten altísimo, empiezan a meterse con las
mujeres... RECIÉN
CASADO.- Nos estamos portando bien. PASAJERA 1.-
Ni la señora ha protestado. RECIÉN
CASADO.- Ella sabe que nosotros suspiramos por sus
gaticos. CAMARERA.-
(Al RECIÉN CASADO.) Oiga, ¿su mujer no lo habrá dejado por subirse donde
no debe? RECIÉN
CASADO.- Ella me adora. PASAJERA 2.-
(A la CAMARERA. Su posición ha ido evolucionando de la curiosidad al
entusiasmo.) ¿Quiere enterarse de cómo la conoció? CAMARERA.-
Tengo que atender en el otro coche. PASAJERO.-
¿De verdad? ¿O quieres escaparte? RECIÉN
CASADO.- ¿Tú eres casada? CAMARERA.-
No sé. PASAJERA 1.-
¿No sabe? PASAJERA 2.-
¡No puedo creerlo! CAMARERA.-
Se me olvida, se me olvida todo aquí arriba; sólo me importa que el tiempo
vuele, que los cruces no se enmarañen, que no haya nada raro en medio de la
vía, que el tren corra rápido para regresar a mi casa, o para llegar al
albergue y reírme con las muchachitas; dar una vuelta, salir, coger un poco de
aire de la calle. (Breve pausa. Se sorprende de su propia sinceridad.) Aquí no
me importa nada ni me acuerdo de lo que pasa. PASAJERA 2.-
¿Cómo que no se acuerda? PASAJERO.-
Y... (Con intención.) ¿Aquí arriba nunca se enamora? CAMARERA.-
No. Quiero decir, casi, pero no como allá afuera. Aquí no soy soltera ni
casada; no tengo edad, ni dirección, ni teléfono, ni siquiera nombre. PASAJERA 1.-
¿Entonces sube al tren vacía? PASAJERO.-
¿Como si fuera plástica? CAMARERA.-
¿Qué le vamos a hacer? ¡Tiene que ser así! RECIÉN
CASADO.- No, no tiene que ser así. CAMARERA.-
(A la ofensiva, como si hubiese recuperado el dominio de su territorio.) Si voy
a hacerle caso a todo el que sube, me vuelvo loca. PASAJERA 1.-
Y si no le haces caso a nadie, ¿qué pasa? CAMARERA.-
Por lo menos, así es más fácil. PASAJERA 1.-
(Sin confundir la complicidad prematura con la vanidad o el paternalismo.) Yo
también trabajo con personas, yo también me aburro de lo mismo, a mí también me
mortifican a veces y me sacan de quicio, pero me preocupo por ellas. CAMARERA.-
(Sensibilizada por los argumentos de la PASAJERA 1.) Pero este tren es
distinto, pasan cada cosas... Para que vean que no soy plástica ni de cartón:
pueden hacer todas las historias y los cuentos que quieran, pero sin alborotar
demasiado. Vaya, háganse la idea de que son unos pasajeros normales. (Sale sin
dar tiempo a ningún otro comentario.) PASAJERO.-
(Al RECIÉN CASADO.) ¿La oíste? Estás autorizado para contarnos cómo es
tu mujer, dónde la encontraste, cómo se enamoraron. Vamos a ver, ella pasaba
todos los días vestida de blanco. RECIÉN
CASADO.- No miraba a nadie. A las mujeres siempre les
gusta un poco hacerse las difíciles. (A la PASAJERA 1, como buscando
colectivizar definitivamente el viaje y el juego.) ¿Tú no crees? PASAJERA 1.-
A mí me parece que eso era antes. (A la PASAJERA 2, con ingenua
picardía.) Ahora hay que aprender a tomar la iniciativa. PASAJERA 2.-
(Con la ingenuidad del público de las telenovelas.) Todavía no sé bien cómo
ellos se conocieron. (Al RECIÉN CASADO.) Estás trabajando de espaldas a
la calle, es decir, que no la has visto a ella, pero la adivinas. RECIÉN
CASADO.- ¿Por qué no aparece por esa puerta? ¡La necesito
mucho! PASAJERO.-
Acércate a ella. RECIÉN
CASADO.- (Excitado.) ¿Dónde está? PASAJERA 2.-
Tráela tú con esa historia. RECIÉN
CASADO.- (Estimulado por la complicidad.) Claro, si somos
capaces de coger un tren para las estrellas. PASAJERA 1.-
(Toma la caja de cervezas vacía y se la tiende. Ella también comienza a
necesitar el juego.) Súbase. RECIÉN
CASADO.- Salía del hospital, con el lazo de enfermera
detrás del pelo. Caminaba de una forma como si no pisara el suelo, o como si
estuviera bailando unos pasillos muy corticos que sólo ella se inventó para
salir del trabajo cada tarde o cada mañana. Bueno, yo no sé hacerlo como ella,
y subido en este andamio requetemenos. Ya estamos terminando la pared de una
escuela que está enfrente del hospital. Estoy pensando que cuando tire el
último cucharazo de cemento, no la veré nunca más. PASAJERO.-
(A la PASAJERA 1.) ¿Por qué no camina como ella? RECIÉN
CASADO.- Sí, camina. Seguro que lo haces bien. (Todos
miran a la PASAJERA 1, en un movimiento que recordará el de una cámara
cinematográfica.) PASAJERA 1.-
Pero, ¿qué sé yo? (Cediendo lentamente.) Da la casualidad que también soy
enfermera, pero a esa mujer no la conozco. En mi vida la he visto, ni en
fotografías. RECIÉN
CASADO.- Se llama Elena. PASAJERA 1.-
Yo necesito más. RECIÉN
CASADO.- Imagínate que es después de un turno de once a
siete. PASAJERA 1.-
(Entrando en el universo de sus propias disyuntivas y referencias.) Y si es
cuando falta una compañera y hay que doblar el turno... PASAJERO.-
(Adquiriendo matices de la teatralidad del RECIÉN CASADO.) Mira ahora a
unos tipos dejar a un lado su trabajo y empezar a decirte cosas. Acuérdate que
están subidos en un andamio, se están jugando la vida con tal de piropearte. PASAJERA 1.-
(Con un fingido «despiste».) ¿Y qué dicen? PASAJERO.-
(Entrando de lleno en el juego de la coquetería.) ¿Seguro que no sabes? PASAJERA 2.-
¿Qué mujer no ha sentido eso? PASAJERA 1.-
(Alegre, juguetona. Al RECIÉN CASADO, pero con indirecta referencia al PASAJERO.)
Póngame un ejemplo. RECIÉN
CASADO.- (Al PASAJERO.) Ayúdame, hermano. PASAJERO.-
Yo nunca he trabajado en la construcción. No sé bien las cosas que les dicen a
las muchachas. RECIÉN
CASADO.- Los que se ensucian la ropa, hablan el mismo
idioma de los que usan guayabera. Tú eres periodista, debes saber de todo.
¡Dale! PASAJERO.-
Si ella no camina... PASAJERA 1.-
Vamos a ver cómo sale. (Comienza
con cierta y estudiada timidez y torpeza. Rápidamente, se va soltando.) ¿Está bien
así? RECIÉN
CASADO.- (Al PASAJERO.) Arriba, dile algo... PASAJERO.-
(Sobreactúa. Está realmente nervioso.) «Abusadora», «Doña Bárbara»... PASAJERA 1.-
(Disimulando la complacencia.) Ni que una estuviera siempre para eso. PASAJERO.-
«Cosa rica». PASAJERA 2.-
¿Lo hizo bien? ¿Se parece a su verdadera mujer? RECIÉN
CASADO.- Caminando así... Las dos caminan como la gente
que está dispuesta a luchar hasta el final. PASAJERA 1.-
(Deteniéndose. Casi con cariño.) Dime la verdad, ¿eres un Recién Casado al que
la mujer se le demora cuando más falta le hace o...? PASAJERA 2.-
¡Deja eso ahora, muchacha! RECIÉN
CASADO.- (Muy exaltado. Se baja del «andamio».) Si ella
no existe, si no me casé, si no funciona... no tiene por qué existir este tren,
ni la Camarera, ni siquiera los gaticos de la señora... PASAJERA 2.-
Deja tranquilo a mis gaticos y sigue con tu historia, que es muy linda y, para
mí, muy verdadera. Cuando subiste, con aquel alboroto, me ericé. A mí los
borrachos me sacan de quicio. Frente a mi casa hay un bar, y no hacen más que
abrirlo para que yo esté poniéndoles seguro a las puertas y rodando muebles. Me
atrinchero mucho antes de que se emborrachen. Al principio pensé que eras uno
más. Pero estás enamorado, y al amor yo lo respeto mucho. Por favor, hazme
creer en tu mujer. Yo también necesito que ella exista. PASAJERO.-
Eso es, mi vieja. (Buscando la atmósfera de la representación.) Ella pasaba
todos los días vestida de blanco... RECIÉN
CASADO.- (Subiéndose al«andamio».) ¡No hay uniforme más
lindo que ése! PASAJERA 1.-
Lo que es la vida. Yo siempre llevo mi pitusa, un pulóver y no hago más que
marcar la tarjeta de salida para ir corriendo a cambiarme de ropa. PASAJERA 2.-
(Casi agresiva ante esta intromisión de la «realidad».) ¡Respeta las reglas del
juego! PASAJERA 1.-
Está bien. Salí de doblar un turno. Son las siete y pico de la mañana, estoy
muerta de sueño. PASAJERO.-
El amigo galán está vigilando, y en cuanto se acerca (Sobreactúa.) : «Niña»,
«Mamita...». (La PASAJERA
1 juega a la muchacha distraída. El PASAJERO se queda como sin
texto. El RECIÉN CASADO y la PASAJERA 2 son ahora un público
completamente cómplice.) RECIÉN
CASADO.- («Soplándole» al PASAJERO.) «Criminal». PASAJERO.-
(Va a repetir mecánicamente, pero al final se decide por otra palabra.)
«Bomboncito». RECIÉN
CASADO.- (En la situación del juego.) No me gustan las
groserías con las damas, me parece que así se espantan. PASAJERO.-
Deja eso. (Falso, caricaturesco.) A mí no hay jeva que se me resista, asere... RECIÉN
CASADO.- ¡Caballo! Allá en mi pueblo dicen «caballo». PASAJERO.-
Pero este socio pasó el servicio militar, cuando terminó se quedó «pinchando»
en la construcción. ¿No te gusta así? RECIÉN
CASADO.- (En su personaje.) Tú serás de La Habana y yo
soy un guajiro, pero ni tú ni nadie me quita de la cabeza que «el pollo» se
ablanda mejor con dulzura. PASAJERA 1.-
¿Qué hago yo ahora? PASAJERO.-
(Entusiasmado con la variante que ve venir.) Una tarde tú, por cansancio, me
respondiste los piropos y entablamos conversación. Entonces él se puso muy
celoso. ¿Les gusta así? PASAJERA 2.-
Pero una muchacha de su casa no va a oír a un hombre con esos modales. PASAJERO.-
Usted verá, mi vieja. ¡Sss!, oyee, mírame, niña... No seas criminal y
abusadora. Dime algo, cielo... PASAJERA 1.-
(Muy coqueta y sensual.) Hasta que no me diga bomboncito, no lo miro. PASAJERO.-
Ven acá, bomboncito, ¿tú me quieres matar del corazón? PASAJERA 1.-
¡Qué va, compañero! Yo no quiero matar a nadie. Fíjese que mi oficio es curar. PASAJERO.-
Pues cúrame a mí, que estoy enfermo de ausencia, de tristeza y desesperación. A
mí, que se me fracturó la alegría. PASAJERA 2.-
Si el amigo le habla tan bonito, me parece que ella se va con él. RECIÉN
CASADO.- (Un tanto ausente.) Es posible. PASAJERO.-
Vamos a tratar de arreglarlo. (A la PASAJERA 1, en situación.) ¿Por qué
si tu trabajo es curar me haces sufrir de esta manera? ¿Por qué esa
indiferencia con los hombres que te adoran? PASAJERA 1.-
(Señalando al RECIÉN CASADO.) ¿Y serán tantos los hombres que me adoran? PASAJERA 2.-
(Al RECIÉN CASADO.) Ahora le toca entrar, ¿no? RECIÉN
CASADO.- Yo estaba esperando mi oportunidad, me llegó un
día en el que se acabó el cemento y paramos el trabajo. Me dije: «32 años que
tengo yo, y unos 25 que tendrá ella, son cincuenta y siete años perdidos sin
encontrarnos. ¡Está bueno ya, desde hoy voy a ser feliz... porque me da la
gana!». CAMARERA.-
(Entrando. Su alarma es bastante exagerada.) ¡Qué clase de escándalo! Si sube
un inspector, me busco un lío. RECIÉN
CASADO.- Los aburridos y los bobos son los únicos que no
se buscan problemas. PASAJERA 2.-
Y esos que monten en otro tren. CAMARERA.-
Me divierto con ustedes, pero a mí no me convienen estas locuras. PASAJERA 1.-
No se preocupe. Yo soy la mujer de mentirita, sin mí no hay juego. CAMARERA.-
¿Y la mujer de verdad? Esto parece una película de misterio. PASAJERA 2.-
(Apasionada.) Pero no lo es. Aquí todo el mundo se acuerda del amor, y si a
alguien se le olvida, lo inventamos de nuevo. PASAJERO.-
Ven acá, Recién... Dime la verdad, Ernesto. ¿Tú te casaste hoy con firmas y
mucha gente alrededor o te inventaste la boda contigo mismo? RECIÉN
CASADO.- (Después de una larga pausa en la que se respira
cierto desasosiego.) No me entienden; tampoco ustedes me entienden,
desconfían... CAMARERA.-
Pero si no vemos a su mujer... PASAJERA 2.-
Usted no ve nada... ¿No quedamos en que era plástica? CAMARERA.-
De hierro quisiera ser con los que se creen que tienen derecho a todo, porque
dejan una propinita, con los que están vigilando al de al lado para robarle el
maletín, con esos tipos que te miran con hambre, como si fueras un bocadito o
una hamburguesa vestida de uniforme. PASAJERA 1.-
¿Y todos son así? CAMARERA.-
No. Hay otros peores. PASAJERA 2.-
¿Cuáles? CAMARERA.-
Los que hablan bonito, los que prometen, los que hacen recordar... (Breve
silencio.) RECIÉN
CASADO.- (Súbitamente deprimido.) Pensaron que yo era un
mentiroso que va de tren en tren comiendo bolas, inventando fiestas... ¡Y no es
así, coño! (Casi melodramático.) Si ella no está, es porque le ha pasado algo. PASAJERA 2.-
Ni hables de eso. PASAJERA 1.-
Si su mujer existe, entonces... PASAJERA 2.-
¡Claro que existe, niña! CAMARERA.-
Tengo que seguir trabajando. Después me cuentan... RECIÉN
CASADO.- ¡Oiga, Camarera! CAMARERA.-
¿Quieren más cerveza? RECIÉN
CASADO.- recién
casado. (Apunto de gritar.) Quiero que me quieran un poquito. (La CAMARERA
va a contestar, pero en el último momento decide escapar.) PASAJERO.-
Discúlpame, amigo, pero, ¿cómo no te das cuenta de que el tren va para
Santiago? RECIÉN
CASADO.- (Con un destello de solemnidad.) Hoy se me
juntaron las dos cosas que dan la borrachera ] más rica de la vida; pocos
tragos y mucha esperanza de ser feliz. Hace un buen rato, me di cuenta de que
el tren no va para La Habana, que yo estoy al revés. El problema es que yo
quiero... PASAJERA 1.-
(Solidaria.) Bájate y coge otro tren. RECIÉN
CASADO.- ¿Y ustedes siguen para las estrellas sin mí?
(Como aferrándose a una nueva ilusión.) Ya sé. Seguro que ella me vio subir y
se escondió para darme la sorpresa. PASAJERA 2.-
(En tono confesional, pero con entera naturalidad.) La esperanza es muy linda.
Yo salí de España cuando tenía 18 años, cuando llegó Franco. Dejé un hijo
chiquito. Nunca más lo he visto. Sabe donde vivo ahora, puede venir a verme.
Pero nada, ninguna noticia... ¡Y yo tengo mi esperanza! A pesar del tiempo y de
lo sola que he vivido todos estos años. En el barrio algunos dicen: «Por ahí va
la viejita de los gatos...», pero yo sigo en lo mío. Hasta el último día voy a
vivir con mi esperanza. (Silencio.) RECIÉN
CASADO.- ¡Vamos, mi vieja! Entre usted y yo ya verá que
encontramos a mi mujer. PASAJERA 2.-
Por lo menos, para mí es posible. PASAJERO.-
Si no la encuentras... RECIÉN
CASADO.- ¡La tengo que encontrar! PASAJERA 2.-
(Recoge sus cosas, entusiasmada.) Aguántame los bocaditos. Si quieres cómete
uno, debes tener hambre y cuando uno se casa se tiene que alimentar. RECIÉN
CASADO.- (Saliendo. A la PASAJERA 1 y al PASAJERO.)
Traten de pasarla bien y extráñenme. (El PASAJERO
duda en llamarlo; cuando ya casi está al salir, grita.) PASAJERO.-
¡Ernesto...! (Silencio. Regresa junto a la PASAJERA 1.) ¡Qué tipo! Nos
ha hecho reír. PASAJERA 1.-
A mí casi me hace llorar. Me ha hecho pensar en mil cosas que no tienen que ver
con este tren ni con su boda extraña. Lo que no me cabe en la cabeza es cómo
pudo confundirse... PASAJERO.-
¿No seremos nosotros los que vamos al revés? ¿Tú sabes lo que es tener una
buena ilusión? PASAJERA 1.-
Ahora no se puede estar pensando en las musarañas. Yo soy una mujer práctica. PASAJERO.-
¿Tú nunca te confundirías de tren? PASAJERA 1.-
(Retada.) ¡Qué va! Yo no me confundo fácil. PASAJERO.-
La vida es más compleja y más rica que las películas o las novelas de
televisión. PASAJERA 1.-
Es verdad que hay muchas cosas raras. Tú mismo... Al principio pensé que eras
muy aburrido. Cuando te vi con tu librito, mirando el paisaje, el Recién
Casado, te «espabilaste» y empezaste a parecerme otra cosa. PASAJERO.-
¿Qué es para ti... (Burlándose de la palabra.) un intelectual? PASAJERA 1.-
No sé, un hombre que sabe mucho, lee libros y eso. Que habla con palabras raras
y bonitas. PASAJERO.-
¿Y nunca dice «ricura» o «mamita»? PASAJERA 1.-
(Cómplice, regresando al juego.) Cuando jugamos a que yo era la mujer del
Recién Casado, vi que te sabes unas cuantas palabritas de la calle. Hasta
bomboncito... PASAJERO.-
Bomboncito fue la que más te gustó, pero también te dije «criminal», «asesina»,
y otros piropos más o menos sangrientos. Mira... (Se da cuenta de que no sabe
su nombre.) PASAJERA 1.-
María Victoria. PASAJERO.-
Yo, Arturo. Mira, Vicky, esos intelectuales de bufanda, pipa para fumar, que
toman té a las cinco, los muy... ingleses. Ésos sí son de películas y de
películas malas. PASAJERA 1.-
(Seria.) Pero el nivel siempre influye. Si tú tienes mucha cultura, te gustará
reunirte con gente que sea igual que tú. Tu mujer, tus amigos, seguro que
también saben mucho. PASAJERO.-
Depende. Yo vivo en la Habana Vieja... PASAJERA 1.-
¿En una barbacoa? PASAJERO.-
En la barbacoa viven los libros y la máquina de escribir, pero mi hijo, cuando
viene, también juega barbacoa. A él le gusta. PASAJERA 1.-
(Sin poder disimular la curiosidad.) Ah, tienes un niño. PASAJERO.-
Sí. ¿Pensabas que los intelectuales tampoco...? PASAJERA 1.-
Yo no soy tan bruta. Martí fue tremendo intelectual y tuvo un hijo. Le hizo
unos versos muy lindos, ¿no? PASAJERO.-
Ya ves. Te decía lo de la Habana Vieja, porque vivir en un barrio como ése te
ayuda a estar más cerca de la gente. Un vecino cualquiera, el Chama, que se
crió junto conmigo y que ya se ha dado dos o. tres buenos golpes en la vida,
viene a verme para pedirme consejos, pero yo también aprendo de él. PASAJERA 1.-
¿Aprendes a piropear como los guapos? PASAJERO.-
Tal vez. (Breve pausa. Crecimiento de la complicidad.) PASAJERA 1.-
Debimos haberle dicho a ese hombre desde él principio que el tren no iba para
La Habana. Se hubiera bajado enseguida. PASAJERO.-
O dejarlo con su tren en la cabeza, y rodar nosotros en la misma dirección. PASAJERA 1.-
¿Se te pegó la locura? PASAJERO.-
El miedo mío es que se desespere y haga alguna barbaridad. PASAJERA 1.-
Es un hombre alegre, no va a dejar la vida tan fácil. PASAJERO.-
(Sin demasiada gravedad.) A todos nos gusta la vida, pero a cada rato se
suicida alguien. PASAJERA 1.-
Cuando llegan al hospital te piden de favor que no los dejes morir. Vamos ahora
mismo detrás del Recién. PASAJERO.-
Tal vez no le guste que le caigan atrás como si fuera un muchacho. Me encanta
que te preocupes; así por el Recién Casado, aunque haga nada más que un rato
que lo conoces. PASAJERA 1.-
(Más relajada.) Ese hombre me cae bien y yo casi nunca me equivoco en eso de
quién vale la pena y quién no sirve. Trabajar cinco años en un hospital da
mucha vista para distinguir la amistad. Dice mi abuela que soy demasiado
confianzúa, que le doy demasiado rápido entrada a la gente. PASAJERO.-
¿Con todos a la misma velocidad? PASAJERA 1.-
Depende. (Silencio. Ligera incomunicación.) Estoy lejos de mi casa desde
chiquita y he conocido malos, egoístas, hipócritas, oportunistas, descarados,
pero siempre hay alguien que te devuelve la esperanza. Alguien que te da la
mano para que salgas del hueco. PASAJERO.-
(Impresionado, por decir algo.) Los santiagueros son muy hospitalarios. PASAJERA 1.-
Yo no soy santiaguera. Nací en Bayamo. PASAJERO.-
Entonces eres una muchacha incendiaria. PASAJERA 1.-
¿Por qué? PASAJERO.-
A Bayamo la quemaron hace mucho tiempo. ¿No te enteraste? PASAJERA 1.-
Claro, para saber eso no hay que ir a la universidad. PASAJERO.-
No te pongas brava. Mira, yo venía bastante deprimido y entre tú y Ernesto me
quitaron la tristeza. (Se le ocurre de pronto.) ¿Cómo fue tu incendio, Vicky? PASAJERA 1.-
Se ve que eres periodista. PASAJERO.-
¿Cómo te enteraste? PASAJERA 1.-
¿Del incendio? PASAJERO.-
De mi profesión. PASAJERA 1.-
(Con franca coquetería.) Lo oí, las mujeres somos curiosas y tenemos buena
memoria. PASAJERO.-
¿Y tu incendio? PASAJERA 1.-
(Con añoranza.) La maestra habló en la clase de cuando los bayameses quemaron
la ciudad para no entregársela a los españoles y se fueron para el monte.
Llegué a la casa con la cabecita llena de humo. PASAJERO.-
¿Hace mucho tiempo de eso? PASAJERA 1.-
¡Averiguarme la edad con lo del incendio sí que no! (Breve pausa. Alegre.)
Ahora me toca preguntar a mí. PASAJERO.-
¿Me subo en el andamio y tú pasas con el uniforme muy blanco? (Breve pausa.)
Primera respuesta: No soy casado. PASAJERA 1.-
Si tú supieras, eso es lo único que yo nunca pregunto. (Silencio.) ¿Por qué no
buscamos al Recién? Tal vez se sienta mal. PASAJERO.-
¿No te parece que una vez en la vida hay derecho al egoísmo? PASAJERA 1.-
¡Qué va! No soporto a los egoístas. El pobre hombre se montó en su tren lleno
de ilusiones... ¿Qué se hará ahora cuando se quede sin nada? PASAJERO.-
¿Pero si yo no tengo fe, cómo voy a inculcársela a otro? PASAJERA 1.-
Tú no tienes problemas. Eres bastante joven, vives en La Habana, tienes un
hijo, una mujer, o; muchas mujeres... ¡Qué sé yo! PASAJERO.-
Tenía una mujer, la quería mucho. PASAJERA 1.-
¿Se fue? PASAJERO.-
Se escapó... PASAJERA 1.-
¿Te dejó? PASAJERO.-
La perdí. PASAJERA 1.-
Disculpa. (Silencio
incómodo.) PASAJERO.-
No voy a echarme a llorar; no te preocupes. La vida sigue y uno con ella.
Pasea, toma ron, se acuesta con otras mujeres, pero en el fondo siente un vacío
muy grande. PASAJERA 1.-
La soledad es una cabrona. Yo era muy apegada a mi padre, y cuando lo perdí... PASAJERO.-
¿Tuviste un hombro o un hombre donde recostar la cabeza? PASAJERA 1.-
Un rato. PASAJERO.-
¿Por qué un rato? PASAJERA 1.-
¡Porque estaba con un hombre casado! (Pausa escabrosa.) Es sencillo. Para él
era cómodo y para mí también. Nos gustábamos, salíamos de vez en cuando, pero
sin mucha complicación, sin celosa sin tragedias. Los domingos me aburría un
poco. Me daba envidia ver a mis hermanas ir al cine o dar una vuelta con sus
novios. Pero tampoco tenía obligación con nadie. (Silencio.) ¿A ti qué te
importa todo esto? PASAJERO.-
Eso no me importa casi nada. Tus preocupaciones sí me importan; tus ojos, tu
historia me importan muchísimo, Vicky. PASAJERA 1.-
Ahora en el tren, para pasar el rato. Cuando te bajes le dices lo mismo a la
primera que te encuentres, se va contigo, y de mí ni te acuerdas más nunca. PASAJERO.-
Eso es lo normal, lo lógico. PASAJERA 1.-
¡Es lo que siempre pasa! PASAJERO.-
¿Y si nos proponemos que con nosotros sea distinto? Si ahora mismo (Hace algún
gesto que recuerda la acción del RECIÉN CASADO al subirse al «andamio».)
les grito a todas las lógicas del mundo: «¡Váyanse al diablo! ¡En este tren no
entra la lógica!». (Pausa breve. Más suave.) ¿No tenemos derecho a eso? PASAJERA 1.-
Mi vida es muy complicada. Vivo en Contramaestre, trabajo en Santiago de Cuba y
casi todos los días tengo que regresar a mi casa lo antes posible, porque mi
madre está vieja y enferma. PASAJERO.-
A las cinco de la mañana tenía muy pocas ganas de venir, me parecía que casi
nada valía la pena, y sólo me movió la idea de que, por muchos problemas que
uno tenga, tiene que cumplir con su deber. Después empecé a sentir una cosa muy
rara... ¿Parecía muy concentrado en la lectura? (Ella asiente muy interesada.)
Apenas podía ver las letras. ¡Arriésgate, Vicky! Ya no me acuerdo de cómo es
vivir sin tu compañía. PASAJERA 1.-
Todo es muy lindo... pero después se te olvida. PASAJERO.-
Todos los hombres no somos iguales. ¡Olvídate de esa vieja mentira! ¿Y Ernesto?
¿Puedes medir a un tipo como el Recién Casado con esa idea viejísima? PASAJERA 1.-
Es muy simpático, y su mujer, si es que por fin existe, debe quererlo mucho. PASAJERO.-
(Con pasión.) Él la quiere más. La quiere hasta antes de existir o después... PASAJERA 1.-
Pero si la encuentra, si la tiene cerca todo el tiempo, y se meten seis o siete
meses a vivir juntos entre cuatro paredes... PASAJERO.-
... A bajar la basura, ver la televisión y darle cuerda al mismo reloj todas
las noches, para levantarse todos los días a la misma hora... PASAJERA 1.-
Entonces ya verás cómo se aburre, cómo empieza a mirar a otras mujeres. PASAJERO.-
Es verdad que a los hombres cubanos nos encanta la mujer ajena. Pero mientras
más dulce es la de uno, menos se te ocurre fijarte en la compañera de trabajo o
en la pepilla del barrio que va a la bodega con un short cada vez más corto. PASAJERA 1.-
¡Ya ves! PASAJERO.-
¡Pero no somos iguales! Al principio pensé, que eras una mujer arriesgada,
dispuesta a luchar. PASAJERA 1.-
Tal vez, pero luchar por algo, no por gusto. PASAJERO.-
¿Y si te pido que luches por lo más lindo, por lo más grande, por lo más
importante? Perdóname, Vicky, pero estoy casi seguro de que tú y yo nos
necesitamos. PASAJERA 1.-
(Defendiéndose de su propia ilusión.) Yo no necesito nada. Sé defenderme sola
desde hace tiempo. PASAJERO.-
(Delirante.) Si quieres me bajo, llamo a Santiago, explico... Tú tienes que
seguir conmigo. PASAJERA 1.-
Tengo 25 años y no estoy para marineros ni para periodistas. (Breve pausa. Más
dulce que nunca.) A lo mejor me embullo, pasamos ratos muy sabrosos... Después
me acostumbro a que me hables mucho y a oírte acostada con los ojos cerrados.
Cuando venga a ver estamos enviciados a estar juntos. Sigue tú en lo tuyo y yo
en lo mío, que para cosas de novela, con la historia del Recién Casado tenemos. (Entra el RECIÉN
CASADO.) PASAJERA 1.-
Ella... RECIÉN
CASADO.- Ella no está. Se fue, me dejó solo.
(Angustiado.) Eso me pasa por dejar que todo le fuera facilito. ¡Qué comemierda
soy! PASAJERO.-
No te pongas así. Ella no tiene la culpa de que tú te confundieras. RECIÉN
CASADO.- (Entre la amargura y la melancolía.) El tren, el
tren... Así que yo me casé hoy y todo el mundo tiene que estar contento... Yo
les dejaba que me creyeran un loco y hasta que se divirtieran conmigo. ¿Saben
por qué? Confiaba en que ella iba a aparecer de un momento a otro por ese
pasillo, pero no apareció, no está, no la tengo... ¡Todo es mentira! PASAJERO.-
No tienes derecho a hablar así. Nosotros te hicimos caso enseguida, nos dejamos
arrastrar por ti. PASAJERA 1.-
¿Es que no te importamos? Yo hice monerías y caminé como me dijeron. ¿Sabes por
qué lo hice? RECIÉN
CASADO.- Sería para pasar el rato, para que tu pueblo
llegara más rápido hasta ti. PASAJERA 1.-
Tal vez al principio. Pero si te hubiera creído un loco como otro cualquiera,
no te hubiera prestado ningún interés. Parece mentira, pero empezamos a
meternos en tu mundo, te sentimos cerca, y por eso pudimos jugar. PASAJERO.-
Para que no te importara que el tren fuera al revés, y no perdernos esa
alegría. Y ni siquiera lo hacíamos por buenos... Tú sacaste la cara por nuestra
cobardía, por nuestra sinceridad, por nuestra necesidad de abrazarnos... RECIÉN
CASADO.- Sí, pero ella no es mi mujer. Y la otra, la mía,
va a pensar que yo soy un desastre. PASAJERO.-
¿Tú conoces a alguien que sea perfecto? PASAJERA 1.-
A mí ni que me lo enseñen. RECIÉN
CASADO.- A todo el mundo le gusta mi carácter. Me llaman
para que haga cuentos en las fiestas del trabajo. (Representa un poco.) «Donde
está Ernesto está la alegría». En las asambleas, Ernesto es el único que se
para, discute y no se deja pasar una. A las mujeres les caigo bien (Con una
sonrisa picara y sensual, pero un tanto triste.) , se divierten, me buscan...
¿Pero qué he hecho con mi vida? Tengo 30 años y dos divorcios en las costillas.
¿No se dan cuenta de que ésta es mi última oportunidad para ser un poquito
feliz? (Silencio.) PASAJERO.-
No te voy a perdonar que no estés de acuerdo contigo. Eres de las pocas
personas capaces de transformar a los demás. PASAJERA 1.-
Y en unos minutos. RECIÉN
CASADO.- ¿Y quién me cura a mí? ¿Quién me levanta? (Breve
pausa.) Yo me alegro siempre de la felicidad. Dondequiera que veo a alguien
contento, me río solo como un bobo. Me encanta ver a las parejas por el
Malecón... Cien, doscientas, y siempre se creen que son ellos dos los únicos en
el mundo. Lo que me fastidia, lo que me mortifica, lo que me jode, es que ni en
este tren pueda estar todo el mundo contento a la vez. PASAJERO.-
Lo más triste es que nos alejamos unos de otros. El que está contento, goza de
su felicidad como un niño egoísta y goloso. El triste, al que le fueron mal los
planes, mastica solo su depresión. PASAJERA 1.-
(Como continuación orgánica de la idea anterior.) Se esconde en un libro,
inventa una boda... RECIÉN
CASADO.- ¡Una boda nunca es mentira! Aunque no se firme
ningún papel, ni nadie se entere. Los abuelos del campo nunca firmaban, pero
hacían tremendas fiestas en silencio. Se ponían la mejor ropita para llevarse a
sus muchachas. PASAJERO.-
(Al RECIÉN CASADO.) No puedes frustrarte por una bobería. PASAJERA 1.-
(Como quien recuerda algo absurdamente olvidado.) ¿Dónde dejaste a la señora de
los gaticos? RECIÉN
CASADO.- ¡Pobre vieja! Le regalé mi saco. (Con triste
ironía.) Total, ya yo no me voy a casar más nunca. PASAJERA 1.-
Quédate en mi pueblo conmigo! Te bañas y comes en mi casa, llamas por teléfono
a tu mujer... RECIÉN
CASADO.- ¿A dónde la voy a llamar? PASAJERA 1.-
Al hotel... RECIÉN
CASADO.- (Es difícil precisar si está angustiado o cogido
en falta.) No teníamos reservación. Íbamos a resolver con un pariente. PASAJERA 1.-
Pues llámala a casa del pariente, o a la terminal, no sé. ¡Ojalá todo fuera
como eso! Ya verás que dentro de un tiempo los dos se ríen de todo esto. RECIÉN
CASADO.- Yo nunca me apartaba de ella. Todas las noches
la iba a ver y le llevaba cinco o seis cartas. Se las hacía a la hora del
almuerzo, o en cualquier otro rato que me sobrara en el trabajo. Me ponía a
escribir como si estuviera muy lejos y ella me esperara en su portal bañadita y
linda. Los amigos me decían: «Llévala recio». «No la malacostumbres». A veces
cogía un poco de cuerda y me decía: «Tengo que apretarle la mano». ¡Pero no
podía! Es que para mí ella es mi mujer y la niñita que todavía no he tenido. Las
dos al mismo tiempo. PASAJERO.-
Uno da muchos consejos, pero cuando le toca su hora, malcría y requetemalcría,
y hace bien; las mujeres son lo más lindo y lo mejor. PASAJERA 1.-
(Al PASAJERO.) Menos mal que no eres machista. PASAJERO.-
Hasta sé cocinar un poquito. RECIÉN
CASADO.- Si ella hubiera sufrido un poco por mí... Mi
abuela lo decía: «El que quiera azul celeste, que le cueste». Todo le ha sido
demasiado fácil. PASAJERO.-
Ya te lo dije, ni Vicky ni yo vamos a permitir que te desesperes. Y menos que
abandones la lucha por lo que más quieres. Ella, tu mujer, existe. RECIÉN
CASADO.- Pero ustedes no creen en ella. PASAJERA 1.-
Sí creemos. PASAJERO.-
Vamos a brindar los tres, la vamos a encontrar y estar juntos, porque también
tenemos la sonrisa de Vicky. PASAJERA 1.-
Cuando perdiste a tu mujer, ¿tuviste quien te hablara así? PASAJERO.-
No. Y muchos amigos me viraron la espalda. Me volví un solitario de mierda, uno
de esos tomadores de bares donde nada más que hay tipos queriendo hacerse los
duros, pero que van a esos lugares porque no tienen valor para salir a la calle
y abrazar a la primera mujer que les guste o al primer amigo que se lo merezca.
(Al RECIÉN CASADO.) No quisiera que a ti te pasara lo mismo. PASAJERA 1.-
Yo llevo muchos años fuera de mi casa. Sé lo que es no tener ni una sólita
puerta donde tocar. (Sin melodrama ni grandilocuencia.) Muchas veces me cogí
con un teléfono descolgado pensando en algún número -aunque fuera inventado-,
pero que pudiera responderme una voz amiga. A veces uno se demora meses y hasta
años en hacer una amistad. En un rato han logrado que me sienta muy cerca de
ustedes. Ahora no quiero perderme esto. RECIÉN
CASADO.- (Conmovido. Al PASAJERO, tratando de
recuperar la euforia del principio.) ¡Bájate con ella! Llévala cargada hasta la
puerta de su casa. Di que te la robaste porque te dio la gana. Porque es linda
y porque tiene unos sentimientos del carajo. PASAJERO.-
(Eufórico.) ¡Y porque tú nos convenciste! Ya eres el mismo tipo que formó una
boda en medio del tren PASAJERA 1.-
Me gusta más el juego del andamio y la muchacha. (Al RECIÉN CASADO.)
¿Quieres que vuelva a caminar como tu mujer? RECIÉN
CASADO.- Deja eso ahora. Camina, camina alegre y
simpática, abraza a tu hombre. PASAJERA 1.-
(Con un destello de rubor adolescente.) Pero es que yo casi no lo conozco a
él... RECIÉN
CASADO.- Sí lo conoces. Y no puedes bajarte de este tren.
(Ella va a contestar. Él no le da tiempo.) ¿Qué vas a hacer si te bajas?
¿Casarte con el enamoradito tonto de toda la vida, que no tiene temple para una
hembra como tú? ¿O con el viejo que te recoge a veces en su carro y tiene hijos
de tu edad? PASAJERO.-
¿Adivinó? PASAJERA 1.-
(Serena.) Sí, y ya no tengo mano que dar. (Muy cerca del PASAJERO.) La
mayoría de los hombres piensa nada más que en la cama. Por muchas vueltas que
le den, siempre caen en lo mismo... PASAJERO.-
No se trata de darle vueltas a la cama, sino de dar muchas vueltas en la cama
hasta emborracharte de felicidad. RECIÉN
CASADO.- Yo me embullo rápido con las cosas, pero cuando
me desilusiono recibo un golpe grande. (Confidencial.) Lo que menos soporto es
el engaño. Me he ido de algunos trabajos y he dejado tremendos sueldos por no
engañarme. Para cuando me pare, ¡así!, delante de un espejo, poder decir: «¡Ése
soy yo!», sin que me dé asco ni miedo. A veces siento que estoy en un cuarto
cerrado y que me ahoga la incomprensión de los que me rodean. ¡Y esta manía de
dolerme por todo! ¿Saben por qué logro salir y respirar? (El PASAJERO y
la PASAJERA 1 parecen a punto de intervenir.) Porque salgo a la calle y
me doy cuenta de que uno puede hasta equivocarse, hasta tener mala suerte, y si
no sirvo para profesor de una escuela, puedo levantar una pared y que quede
bonita, para que a los muchachos se les alegre la vista. PASAJERA 1.-
Porque eres capaz de querer a una mujer que no aparece y encontrar precioso un
uniforme. PASAJERO.-
Tienes que venir con nosotros. PASAJERA 1.-
Es una lástima, pero el nosotros, se está acabando. El tren está a punto de
parar en mi pueblo. La he pasado muy bien, pero la locura tiene su límite. RECIÉN
CASADO.- ¿Dónde están? PASAJERO.-
Ahora no puedes irte, olvídate de los límites. PASAJERA 1.-
¿Por qué no puedo irme? Yo tengo que ayudar a mi mamá, tengo que luchar. PASAJERO.-
(Encarándosele, pero lleno de afecto.) ¡Luchar por ti! RECIÉN
CASADO.- ¿Y él? ¿Y los demás? ¿Y la viejita de los gatos
que con nosotros se olvidó de que la muerte ya la tiene citada? (Pausa.) ¿Y yo?
¿Si no hay boda, ni amigos, ni mujer linda? ¿Cómo vivo si el tren no va para la
dicha ni para las estrellas? PASAJERA 1.-
Un rato de compañía puede ser muy rico, pero no me va a quitar mis
preocupaciones ni a resolver mis problemas. (Al RECIÉN CASADO,
justificándose con dulzura.) Te voy a dar mi teléfono por si quieres llamarme y
me necesitas. (Al PASAJERO, entre dos fuerzas, entre dos fuegos.) Como
mismo me encantas a mí... (Casi en susurro, emocionada, apunto de abrazarlo.) ,
como mismo quisiera vivir en La Habana, tenerte cerca para ir haciéndote mío,
puedes gustarle a muchas. Y dentro de un rato te habrás olvidado de esta
guajirita atrevida y sincera. RECIÉN
CASADO.- Me voy. Ya no me queda nada de la cerveza
encima, el dinero se me está acabando y mi saco debe ser una suave camita para
los gatos de la abuela. Cuándo llegue al otro coche y me tire en un asiento
(Desinflándose.) , como se tira uno cuando perdió el juego, nadie me va a decir
Recién Casado. (Pausa. El pito del tren suena insistentemente.) Antes de irme,
quisiera que supieran cuál es la segunda cosa que me deja respirar hasta en el
peor momento; lo que me hace sacar la cabeza cuando quisiera esconderla y comerme
solo mi gorrión, lo que me deja vivir cuando empieza a faltarme el aire. PASAJERO.-
(Toma a la PASAJERA 1 del brazo. Se acerca al RECIÉN CASADO y al
público.) Vamos a hacer una cosa. Un juego. Cuando tú termines de poner sobre
la mesa esa segunda razón, ya ella tendrá que haber decidido si se baja o se
queda en este tren. Si se va, no habrá despedidas ni promesas para un después.
Si se queda tampoco quiero palabras, sino... (Se interrumpe por la emoción. Al RECIÉN
CASADO.) Me parezco más a ti de lo que supones y me gusta decidir rápido.
¡Arriba el juego! Por favor. (Pausa
breve. Le extiende al RECIÉN CASADO la caja de cervezas vacía que ya
para todos es el «andamio». El RECIÉN CASADO se sube a su andamio.) Yo me
encanto de verla caminar. (A la PASAJERA 1.) Camina, anda... (La PASAJERA
1 comienza a pasearse con coquetería, que por momentos desaparece, y su
andar se convierte en vueltecitas de impaciencia.) PASAJERO.-
(Con ritmo que recuerda una caricia.) Bomboncito, bomboncito... PASAJERA 1.-
¡Ya! Si sigues no me voy a ir nunca de tu lado. Te estás buscando ser el padre
de mis hijos. RECIÉN
CASADO.- Lo que me deja reírme y hacer cuentos toda una
noche; aunque después, cuando llegue a mi casa por la madrugada, llore como un
niño desconsolado por algo que no me cabe en la cabeza... y que yo lo sufro por
todos a los que les da lo mismo. Lo que me hace levantarme y volver a
jugármela, aunque pueda volver a perder es la sospecha de que quedan otros
iguales o parecidos, que me pueden querer... o por lo menos oírme. Y desde
ahora sé una cosa mejor; sé que quedan muchachas como María Victoria, capaces de
brindarle la casa al amigo, sin que haga falta que le enseñen un carné, un
papelito o la foto de la mujer del hombre como si fuera un comprobante. Una
muchacha que ahora mismo va a caminar... PASAJERA 1.-
Vestida de blanco, con un lazo detrás del pelo y el uniforme más lindo del
mundo. PASAJERO.-
Y en los dos o tres minutos que faltan para que llegue tu mujer, voy a hacerte
mi mejor entrevista. ¿Cómo te llamas? RECIÉN
CASADO.- Ahora mismo, y quiero seguir naciendo todos los
días. PASAJERO.-
¿Cuál es tu oficio? RECIÉN
CASADO.- Rodar. PASAJERA 1.-
Contéstame bien ahora. ¿Cómo te llamas? RECIÉN
CASADO.- ¡Recién Casado! ¿No la estás viendo a ella que
viene corriendo hacia nosotros? (El PASAJERO
y la PASAJERA 1 miran junto con el público hacia el lateral que señaló
el RECIÉN CASADO. Se oye un largo y muy agudo pitazo del tren.) FIN |
