HEDDA GABLER
Henrik Ibsen
Hedda Gabler
Entrar en el mundo de Henrik Ibsen
es, a menudo, entrar en una habitación donde el aire se siente demasiado
pesado. Pero en Hedda Gabler, el aire no solo pesa: quema.
Escrita en 1890, esta obra no nos
presenta a una mujer que busca el amor o la redención. Nos presenta a Hedda: la
hija del General Gabler, una aristócrata del espíritu atrapada en el cuerpo de
una esposa burguesa. Acaba de regresar de una luna de miel que le resultó
eterna y se ha mudado a una casa que no puede costear, junto a un marido,
Jørgen Tesman, que prefiere sus libros de historia antigua al fuego que arde (y
destruye) en los ojos de su mujer.
¿Quién es Hedda?
Para algunos, Hedda es un monstruo de
manipulación. Para otros, es una víctima de una sociedad que no le ofrecía más
salida que el matrimonio o el escándalo. Pero para el lector atento, Hedda
es poder sin propósito. Tiene la inteligencia de una estratega y la
voluntad de un soldado, pero está confinada a un salón de terciopelo, tomando
té y recibiendo visitas que desprecia.
En este blog, analizaremos cómo Ibsen
construye una tragedia donde:
- Las pistolas del General no son solo
accesorios, sino la sombra del destino.
- El aburrimiento se convierte en una fuerza
destructiva más letal que el odio.
- La libertad es un concepto que Hedda
solo entiende a través del control sobre los demás.
"Solo una vez en mi vida quiero
tener el poder de decidir sobre el destino de un hombre". — Hedda Gabler.
Prepárense para conocer a una mujer
que prefiere el final de un disparo a la mediocridad de una vida larga y gris.
Bienvenidos al análisis de una de las obras más audaces de la historia del
teatro. Pasen, pónganse cómodos, pero tengan cuidado con lo que
dicen... Hedda los está observando.
Personajes
Jørgen Tesman, becario en Historia de
la Cultura.
Señora Hedda Tesman, su esposa.
Señorita Juliane Tesman, su tía.
Señora Elvsted.
Juez Brack.
Ejlert Løvborg.
Berte, criada de los Tesman.
La acción transcurre en
la casa de los Tesman, en la parte oeste de la ciudad.
ACTO PRIMERO
Un salón amplio, elegante, amueblado
con gusto y decorado en colores oscuros.
En la pared del fondo, una puerta
ancha, con pesadas cortinas descorridas, conduce a
una sala más pequeña, que mantiene el
mismo estilo que el salón. En la pared derecha,
una puerta de dos hojas da al
recibidor. En la pared opuesta, a la izquierda, una puerta
acristalada, también con las cortinas
descorridas. A través de los cristales se ve parte
de una terraza con porche y árboles
con colores otoñales. En primer término, una mesa
ovalada con tapete, rodeada de
sillas. Delante, en la pared derecha, una estufa de
azulejos ancha y oscura, un sillón de
respaldo alto, un alzapié con cojín y dos taburetes.
En el rincón de la derecha, un sofá
rinconero y una mesita circular. Delante, a la
izquierda, algo separado de la pared,
un sofá. Al otro lado de la puerta acristalada, un
piano. A ambos lados de la puerta del
fondo hay estantes con adornos de mayólica y
terracota. En la pared del fondo de
la salita interior, se ven un sofá, una mesa y unas
sillas. Sobre este sofá, cuelga el
retrato de un apuesto caballero de cierta edad, vestido
con uniforme de general. Sobre la
mesa, una lámpara con globo de cristal mate de color
lechoso. El salón está lleno de ramos
de flores distribuidos en jarras y floreros.
También hay ramos tirados sobre las
mesas. Los suelos de ambas habitaciones están
cubiertos por gruesas alfombras. Luz
de mañana. El sol entra por la puerta acristalada.
La señorita Juliane Tesman, con
sombrero y sombrilla, entra desde el recibidor,
seguida por Berte, que trae un ramo
envuelto en papel. La señorita Tesman es una
señora de buen ver y aspecto amable,
de unos sesenta y cinco años. Va bien vestida,
En Noruega es habitual que la gente
más acomodada viva en la parte oeste de las ciudades.
aunque con sencillez, con un traje de
paseo gris. Berte es una mujer de cierta edad, de
aspecto sencillo y aire campesino.
Señorita Tesman. (Se detiene al
cruzar la puerta, escucha y dice en voz baja:)
¡Anda, creo que no se han levantado
todavía!
Berte. (También en tono susurrante.)
Ya se lo decía yo, señorita. Imagínese… El
barco de vapor llegó anoche
tardísimo. Y luego… ¡Jesús! La cantidad de equipaje que
tenía para deshacer la joven señora
antes de acostarse.
Señorita Tesman. Habrá que dejarlos
descansar. Pero aire fresco de la mañana sí
que van a tener cuando bajen.
Se acerca a la puerta acristalada y
la abre de par en par.
Berte. (Junto a la mesa, indecisa,
con el ramo en la mano.) Ya no sé ni dónde
poner las cosas. Digo yo que aquí
estará bien, señorita. (Coloca el ramo sobre el piano.)
Señorita Tesman. En fin, querida
Berte, pues ya tienes nuevos señores. Solo Dios
sabe lo que me ha costado renunciar a
ti.
Berte. (Al borde del llanto.) ¡Pues
anda que a mí! ¿Qué quiere que le diga? Llevo
toda la vida trabajando para las
señoritas…
Señorita Tesman. Tenemos que
tomárnoslo con filosofía, Berte. Lo cierto es que
no nos queda más remedio. Jørgen te
necesita en la casa. Te necesita. Al fin y al cabo te
has ocupado de él desde que era un
chiquillo.
Berte. Sí, señorita, pero es que no
dejo de pensar en la que se ha quedado en casa.
La pobre está tan desvalida… ¡Y con
la chica nueva! ¡Esa no aprenderá nunca a atender
bien a la enferma!
Señorita Tesman. Descuida, ya me
ocuparé de enseñarle. Y además, yo misma me
encargaré de la mayor parte del
trabajo, claro. Por mi pobre hermana no necesitas
preocuparte, querida Berte.
Berte. Ya, pero hay algo más,
señorita. Me da mucho miedo no saber hacer las
cosas al gusto de la joven señora.
Señorita Tesman. Por Dios… Quizá al
principio os cueste un poco, pero…
Berte. Es que por lo visto se da
muchos aires.
Señorita Tesman. Imagínate, la hija
del general Gabler… A lo que debía estar
acostumbrada en vida del general…
¿Recuerdas cuando salía a montar a caballo con su
padre? ¿Con aquel vestido de paño
negro? ¿Y las plumas en el sombrero?
Berte. ¡No me iba a acordar…! Aunque
nunca en la vida me habría imaginado que
ella y el licenciado acabarían
formando pareja.
Señorita Tesman. Yo tampoco. Por
cierto, Berte, ahora que me acuerdo: ya no
debes llamar licenciado a Jørgen.
Tienes que decir «doctor».
Berte. Sí, la señora también me lo
dijo… anoche… según entraron por la puerta.
Entonces, ¿es verdad, señorita?
Señorita Tesman. Desde luego que sí.
Fíjate, Berte… Lo han nombrado doctor en
el extranjero, ahora, durante el
viaje, ¿sabes? Yo no tenía ni idea… hasta que me lo
contaron anoche en el muelle.
Berte. Pues claro, el señor puede
llegar a lo que quiera, con lo bien que él
trabaja… Pero nunca habría pensado
que también se pondría a curar gente.
Señorita Tesman. No, no es ese tipo
de doctor… (Asiente con aires de
importancia.) Y además, seguramente,
pronto tendrá un título aún más elegante.
Berte. ¡No me diga! ¿Y cuál será?
Señorita Tesman. (Sonríe.) Hum… ¡Ya
te gustaría saberlo! (Emocionada.) Ay,
Señor… ¡Si el pobre Jochum levantara
la cabeza y viera hasta dónde ha llegado su niño!
(Mirando a su alrededor.) Pero
escucha, Berte, ¿por qué has hecho eso? ¿Por qué has
quitado las fundas de todos los
muebles?
Berte. Me lo ha mandado la señora.
Dice que no le gusta ver las fundas sobre los
sillones.
Señorita Tesman. Entonces, ¿van a
usar este salón así… a diario?
Berte. Pues eso me pareció entenderle
a la señora. Aunque él…, el doctor…, no
dijo nada.
Jørgen Tesman llega tarareando desde
la derecha de la salita del fondo, trae una
maleta abierta y vacía. Es un hombre
de estatura mediana y aspecto juvenil, de treinta y
tres años, algo corpulento, de rostro
abierto, redondo y alegre, y con el pelo y la barba
rubios. Lleva gafas y viste un traje
de casa cómodo y algo descuidado.
Señorita Tesman. ¡Buenos días, buenos
días, Jørgen!
Tesman. (En la puerta del fondo.)
¡Tía Julle! ¡Querida tía Julle! (Se acerca y le
sacude la mano.) ¡Has venido hasta
aquí… tan temprano! ¿Eh?
Señorita Tesman. Tenía que pasarme un
momentito a ver cómo estabais.
Tesman. ¡Y eso que esta noche no te
hemos dejado descansar!
Señorita Tesman. Bah, eso no tiene
ninguna importancia.
Tesman. Bueno, pero llegaste bien a
casa anoche, ¿eh?
Señorita Tesman. Desde luego que sí…,
gracias a Dios. El juez fue tan amable de
acompañarme hasta la misma puerta.
Tesman. Sentimos mucho no poder
llevarte en el coche. Pero ya lo viste…, Hedda
tenía tantísimas cajas que traer…
Señorita Tesman. Sí, qué barbaridad.
Berte. (A Tesman.) ¿Debería ir a
preguntar a la señora si puedo ayudarla con algo?
Tesman. No, gracias, Berte… Será
mejor que no lo hagas. Me ha dicho que te
llamará si quiere algo.
Berte. (Dirigiéndose a la derecha.)
Está bien.
Tesman. Pero, mira… Llévate esta
maleta.
Berte. (Cogiéndola.) La subo al
desván.
Sale por la puerta del recibidor.
Tesman. Fíjate, tía… Traía esa maleta
entera llena de copias. Es increíble lo que
he logrado reunir en los diversos
archivos. Extraños textos antiguos de los que nadie
sabía nada…
Señorita Tesman. Sí, Jørgen, está
claro que no has perdido el tiempo en tu viaje de
novios.
Tesman. La verdad es que no. Pero
quítate el sombrero, tía. ¡Ven! Deja que te
deshaga el lazo, ¿eh?
Señorita Tesman. (Mientras él lo
hace.) Por Dios… Como si siguieras en casa con
nosotras…
Tesman. (Dando vueltas al sombrero
entre las manos.) Mira… ¡Qué sombrero
nuevo tan bonito y elegante!
Señorita Tesman. Me lo he comprado
por Hedda.
Tesman. Por Hedda, ¿eh?
Señorita Tesman. Sí, para que no se
avergüence de mí si vamos juntas por la calle.
Tesman. (Acariciándole la mejilla.)
¡Hay que ver! ¡Piensas en todo, tía Julle!
(Deja el sombrero sobre una silla
junto a la mesa.) Y ahora… nos sentamos aquí en el
sofá. Así charlamos un poco hasta que
venga Hedda.
Se sientan y ella deja la sombrilla
en el rincón del sofá.
Señorita Tesman. (Le coge ambas manos
y lo mira.) ¡Ay, qué alegría volver a
tenerte ante los ojos, Jørgen! ¡Ay…,
el niño del pobre Jochum!
Tesman. ¡Yo sí que me alegro de
volver a verte, tía Julle! Has sido para mí un
padre y una madre.
Señorita Tesman. Ya sé que seguirás
teniendo cariño a tus viejas tías.
Tesman. Pero la tía Rina no está
mejor, ¿verdad?
Señorita Tesman. Ay, no… Me temo que
no podemos esperar ninguna mejoría
por ese lado, pobrecita. Sigue en la
cama, igual que todos estos años. ¡Pero que nuestro
Señor me permita conservarla un poco
más! De lo contrario me vería completamente
perdida en la vida, Jørgen. Sobre
todo ahora, que ya no te tengo a ti para atenderte.
Tesman. (Acariciándole la espalda.)
¡Ea, ea!
Señorita Tesman. (Cambiando
repentinamente de tono.) ¡Ay, Jørgen, pensar que
ya eres un hombre casado! ¡Y que al
final fuiste tú quien se llevó a Hedda Gabler! A la
preciosa Hedda Gabler… ¡Fíjate! ¡Con
todos los pretendientes que tenía!
Tesman. (Tararea un poco y sonríe con
satisfacción.) Sí, me parece que tengo
unos cuantos buenos amigos en la
ciudad que me envidian, ¿eh?
Señorita Tesman. ¡Y encima has podido
hacer ese viaje de novios tan largo! Más
de cinco… Casi seis meses…
Tesman. La verdad es que para mí ha
sido también una especie de viaje de
estudios. La cantidad de archivos que
he visitado… ¡Y la cantidad de libros he leído!
Señorita Tesman. Sí, sí, claro. (Más
íntimamente y bajando un poco la voz.) Pero
escucha, Jørgen… ¿No tienes nada…,
nada así como especial que contarme?
Tesman. ¿Del viaje?
Señorita Tesman. Sí.
Tesman. No, no se me ocurre nada que
no te haya contado en las cartas. Que me
he doctorado en el extranjero… ya te
lo conté anoche.
Señorita Tesman. Sí, esas cosas sí.
Pero me refiero a… si no tienes alguna…,
alguna expectativa.
Tesman. ¿Expectativa?
Señorita Tesman. Por Dios, Jørgen…
¡Que soy tu vieja tía!
Tesman. Desde luego que tengo
expectativas, claro que sí.
Señorita Tesman. ¡Cuenta!
Tesman. Tengo muy buenas perspectivas
de que me otorguen una cátedra
cualquier día de estos.
Señorita Tesman. Ya, una cátedra…
Tesman. O… en realidad puedo decir
que tengo la certeza de que me la darán.
Pero, querida tía Julle… ¡Eso ya lo
sabes!
Señorita Tesman. (Riéndose por lo
bajo.) Claro que lo sé. Tienes razón.
(Cambiando de tono.) Pero estábamos
hablando del viaje… Tiene que haber costado
muchísimo dinero, ¿no, Jørgen?
Tesman. Por Dios… La generosa beca
que me concedieron ha contribuido mucho.
Señorita Tesman. Pero lo que no
entiendo es que consiguieras que alcanzara para
dos.
Tesman. Es que tampoco es fácil de
entender, ¿eh?
Señorita Tesman. Y menos cuando se
viaja con una dama. Porque he oído que eso
sale muchísimo más caro.
Tesman. Sí, naturalmente…, sale algo
más caro. ¡Pero Hedda necesitaba ese viaje,
tía! De verdad. Cualquier otra cosa
habría sido imposible.
Señorita Tesman. Ya, supongo… Hoy en
día parece que esto del viaje de novios
es obligatorio… Pero dime, ¿has
podido ver ya el piso?
Tesman. Sí, claro, llevo explorándolo
desde el amanecer.
Señorita Tesman. ¿Y qué te parece?
Tesman. ¡Excelente! ¡Absolutamente
excelente! Solo que no entiendo para qué
queremos las dos habitaciones vacías
entre la salita de ahí atrás y el dormitorio de
Hedda.
Señorita Tesman. (Riéndose por lo
bajo.) Ay, mi querido Jørgen… Seguro que os
vienen bien… a la larga.
Tesman. ¡Sí, cuánta razón tienes, tía
Julle! A medida que incremente mi colección
de libros… ¿Eh?
Señorita Tesman. Exacto, mi niño. En
la colección de libros estaba yo pensando.
Tesman. Aunque sobre todo me alegro
por Hedda. Antes de que nos
prometiéramos, siempre decía que solo
se imaginaba viviendo en la casa de la viuda del
ministro Falk.
Señorita Tesman. Sí, fíjate… Y dio la
casualidad de que salió a la venta justo al
poco de que os marcharais.
Tesman. Sí, tía Julle, realmente
hemos tenido mucha suerte, ¿eh?
Señorita Tesman. ¡Aunque ha salido
caro, querido Jørgen! Todo esto… te va a
costar mucho dinero.
Tesman. (La mira un poco preocupado.)
Sí, saldrá caro, ¿no?
Señorita Tesman. ¡Ay, Dios del cielo!
Tesman. ¿Por cuánto calculas que
saldrá? ¿Así… aproximadamente?
Señorita Tesman. Pues no tengo ni
idea, no puedo saberlo hasta que lleguen todas
las facturas.
Tesman. En fin, por suerte el juez
Brack me ha conseguido muy buenas
condiciones. Él mismo se lo escribió
a Hedda.
Señorita Tesman. Sí, tú no te
preocupes por eso, mi niño… Además, la compra de
los muebles y las alfombras la he
avalado yo.
Tesman. ¿Avalado? ¿Tú? Pero, querida
tía Julle, ¿qué tipo de aval podías
presentar tú?
Señorita Tesman. Mi renta.
Tesman. (Levantándose sobresaltado.)
¡¿Cómo?! ¡¿Tu renta y la de la tía Rina?!
Señorita Tesman. Verás, es que no vi
otra opción.
Tesman. (Se planta ante ella.) ¡Pero
has perdido el juicio, tía! Esa renta… es lo
único que tenéis para vivir la tía
Rina y tú.
Señorita Tesman. Ea, ea… No te
alteres tanto por eso. Es solo una formalidad,
¿sabes? Me lo dijo el propio juez
Brack. Porque fue él quien tuvo la amabilidad de
arreglármelo todo. Una mera
formalidad, me dijo.
Tesman. Seguramente tenga razón, pero
aun así…
Señorita Tesman. Y ahora que vas a
tener tu propio sueldo… Por Dios, ¿qué más
daría si nosotras también tuviéramos
que aportar algo? Colaborar un poco al principio…
sería un placer para nosotras.
Tesman. Ay, tía… ¡Nunca te cansas de
sacrificarte por mí!
Señorita Tesman. (Se levanta y le
posa las manos sobre los hombros.) ¿Qué otra
alegría tengo en la vida más que
allanarte el camino, mi niño? Tú no has tenido ni padre
ni madre que pudieran apoyarte. ¡Y
por fin hemos llegado a la meta! Hubo momentos en
que lo vimos muy negro, pero, gracias
a Dios, ¡ya has salido adelante, Jørgen!
Tesman. Sí, es curioso cómo se ha
arreglado todo.
Señorita Tesman. Sí, quienes estaban
en tu contra… y querían cortarte el
camino… tienen ahora que conformarse
con quedar por detrás. ¡Han caído, Jørgen! Y el
que era más peligroso para ti… es
quien ha caído más bajo… Y ahora recoge lo que él
mismo sembró… Pobre descarriado.
Tesman. ¿Has sabido algo de Ejlert?
Desde que me marché, quiero decir.
Señorita Tesman. Solo he oído que ha
publicado un libro nuevo.
Tesman. ¡¿Cómo?! ¿Ejlert Løvborg?
Recientemente, ¿eh?
Señorita Tesman. Sí, eso dicen. Dios
sabe si ese libro valdrá algo. No, ya verás,
cuando salga el tuyo… ¡Eso será otra
cosa, Jørgen! ¿De qué tratará?
Tesman. De la artesanía de Brabante
en la Edad Media.
Señorita Tesman. Fíjate… ¡Incluso de
eso eres capaz de escribir!
Tesman. Aunque la verdad es que a ese
libro puede quedarle bastante. Verás,
primero tengo que organizar todas mis
complicadas colecciones de documentos.
Señorita Tesman. Sí, reunir y
organizar…, eso sí que se te da bien. Por algo eres
hijo del difunto Jochum.
Tesman. Y además me hace tanta
ilusión ponerme manos a la obra… Sobre todo
ahora, que tengo mi propio hogar en
el que trabajar.
Señorita Tesman. Y más que nada,
querido Jørgen, porque tienes a la mujer a
quien deseaba tu corazón.
Tesman. (Abrazándola.) ¡Ay, sí, sí,
tía Julle! ¡Hedda… es lo más fabuloso de
todo! (Mirando hacia la puerta del
fondo.) Creo que por ahí viene, ¿eh?
Hedda llega por la salita desde la
izquierda. Es una mujer de veintinueve años. El
rostro y la figura, nobles y
distinguidos. La piel tiene una palidez mate. Los ojos son
grises como el acero y expresan una
fría serenidad. El pelo tiene un bonito tono castaño
claro, aunque no es especialmente
voluminoso. Lleva un elegante vestido de mañana,
algo suelto.
Señorita Tesman. (Yendo al encuentro
de Hedda.) ¡Buenos días, querida Hedda!
¡Buenos días te deseo de todo
corazón!
Hedda. (Tendiéndole la mano.) ¡Buenos
días, querida señorita Tesman! ¿Tan
temprano de visita? Qué amable.
Señorita Tesman. (Parece algo
cohibida.) En fin… ¿Ha dormido bien la señora en
su nueva casa?
Hedda. Gracias, más o menos.
Tesman. (Riéndose.) ¡Más o menos!
¡Cómo eres, Hedda! Cuando me levanté,
dormías como un tronco.
Hedda. Afortunadamente. Y además,
señorita Tesman, tiene una que
acostumbrarse a todo lo nuevo. Así…,
poco a poco. (Mirando hacia la izquierda.)
Buf… La criada ha vuelto a dejar
abierta la puerta de la terraza. Entra el sol a raudales.
Señorita Tesman. (Dirigiéndose hacia
la puerta.) Ya cerramos.
Hedda. ¡No, no, eso no! Querido
Tesman, echa las cortinas, que tamizan la luz.
Tesman. (Junto a la puerta.) De
acuerdo, de acuerdo… Ya está, Hedda, ahora
tienes sombra y aire fresco al mismo
tiempo.
Hedda. Sí, la verdad es que el aire
fresco hace falta. Todas estas dichosas flores…
Pero, por favor, ¿no quiere sentarse,
señorita Tesman?
Señorita Tesman. No, muchas gracias,
ya he visto que todo anda bien por aquí…
¡Gracias a Dios! Así que tengo que
volver a casa, para atender a la pobre que tanto me
espera…
Tesman. No te olvides de darle
muchísimos recuerdos de mi parte. Y dile que
pasaré a verla más tarde.
Señorita Tesman. Así lo haré. Pero…,
por cierto, Jørgen… (Palpándose el bolsillo
del bolso.) Casi se me olvida. Te he
traído una cosa.
Tesman. ¿Qué es, tía? ¿Eh?
Señorita Tesman. (Saca un paquete
plano envuelto en papel de periódico y se lo
tiende.) Toma, mi querido niño.
Tesman. (Abriéndolo.) Ay, por Dios…
¿Me las has guardado, tía Julle? ¡Hedda!
Qué tierno, ¿eh?
Hedda. (Junto a los estantes de la
derecha.) Sí, querido, pero ¿qué es?
Tesman. ¡Mis viejas zapatillas de
andar por casa! ¡Mis pantuflas!
Hedda. Vaya. Recuerdo que las has
mencionado a menudo durante el viaje.
Tesman. Sí, las echaba muchísimo de
menos. (Acercándose a ella.) ¡Míralas,
Hedda!
Hedda. (Se dirige hacia la estufa.)
No, gracias, de verdad que no me interesa.
Tesman. (Siguiéndola.) Fíjate…, me
las bordó la tía Rina en la cama. Con lo
enferma que está… Ay, no te imaginas
la cantidad de recuerdos que me traen.
Hedda. (Junto a la mesa.) En
realidad, a mí ninguno.
Señorita Tesman. En eso Hedda puede
tener razón.
Tesman. Ya, pero pensaba que ahora
que pertenece a la familia…
Hedda. (Interrumpiéndolo.) Me temo
que nunca nos vamos a entender con esa
chica, Tesman.
Señorita Tesman. ¿Con Berte?
Tesman. Querida…, ¿por qué dices eso,
eh?
Hedda. (Señalando.) ¡Mira! Se ha
dejado un sombrero viejo sobre la silla.
Tesman. (Sobresaltado, deja caer las
zapatillas al suelo.) ¡Pero Hedda…!
Hedda. Imagínate… que viniera alguien
y lo viera.
Tesman. Pero, Hedda… ¡El sombrero es
de la tía Julle!
Hedda. Ah, ¿sí?
Señorita Tesman. (Cogiendo el
sombrero.) Desde luego que es mío. Y la verdad
es que de viejo no tiene nada,
pequeña.
Hedda. En realidad no me he fijado
muy bien, señorita Tesman.
Señorita Tesman. (Atándose el
sombrero.) Lo cierto es que es la primera vez que
me lo pongo, bien lo sabe Dios.
Tesman. Y además es muy elegante.
¡Verdaderamente magnífico!
Señorita Tesman. No exageres, querido
Jørgen. (Mirando a su alrededor.) ¿La
sombrilla…? Aquí. (Cogiéndola.)
Porque esta también es mía. (Murmurando.) No de
Berte.
Tesman. ¡Sombrero nuevo y sombrilla
nueva! ¡Fíjate, Hedda!
Hedda. Preciosísimos.
Tesman. Sí, ¿verdad? Pero, tía, ¡mira
bien a Hedda antes de irte, eh! ¡Mira lo
preciosísima que está ella!
Señorita Tesman. Ay, querido, eso no
es nada nuevo. Hedda ha sido preciosa toda
su vida.
Se despide con la cabeza y se dirige
hacia la derecha.
Tesman. (Siguiéndola.) Sí, pero ¿te
has fijado en lo lozana y hermosa que se ha
puesto? ¿En todo el peso que ha
ganado en el viaje?
Hedda. (Avanzando por el salón.) ¡Ay,
para ya…!
Señorita Tesman. (Se ha parado y se
vuelve.) ¿Ha ganado peso?
Tesman. Sí, tía Julle, con ese
vestido no se aprecia bien. Pero yo, que tengo
ocasión de…
Hedda. (Junto a la puerta
acristalada, con impaciencia.) ¡Tú no tienes ocasión de
nada!
Tesman. Debe de haber sido el aire de
montaña del Tirol…
Hedda. (Cortante, interrumpiendo.)
Estoy exactamente igual que cuando me
marché.
Tesman. Sí, eso dices tú. Pero no es
así, está claro. ¿Verdad, tía?
Señorita Tesman. (Ha juntado las
manos y la mira fijamente.) Hedda es
preciosa…, preciosa…, preciosa. (Se
acerca a ella, le inclina con ambas manos la
cabeza y le besa el pelo.) Que Dios
te proteja y te guarde, Hedda Tesman. Por Jørgen.
Hedda. (Desembarazándose con
delicadeza.) ¡Ah…! Ande, suélteme.
Señorita Tesman. (Con callada
emoción.) Vendré a veros todos los santos días.
Tesman. ¡Sí, tía, por favor! Hazlo,
¿eh?
Señorita Tesman. Adiós… ¡Adiós!
Sale por la puerta del recibidor.
Tesman la acompaña. La puerta queda
entornada. Se oye a Tesman reiterar
sus saludos a la tía Rina y dar las gracias por las
zapatillas.
Al mismo tiempo, Hedda se pasea por
el salón, alza los brazos y cierra los puños
como si estuviera furiosa. Luego
aparta las cortinas de la puerta acristalada y se queda
mirando hacia fuera.
Al poco, vuelve Tesman y cierra la
puerta.
Tesman. (Recoge las zapatillas del
suelo.) ¿Qué estás mirando, Hedda?
Hedda. (De nuevo serena y
controlada.) Solo miro las hojas de los árboles. Están
tan amarillas… y marchitas.
Tesman. (Envuelve las zapatillas y
las deja sobre la mesa.) Sí, es que ya estamos
en septiembre.
Hedda. Sí, fíjate… Ya estamos… en
septiembre.
Tesman. ¿No te ha parecido que la tía
Julle estaba un poco rara? ¿Casi solemne?
¿Tú entiendes lo que le ha pasado,
eh?
Hedda. La verdad es que apenas la
conozco. ¿No se pone a menudo así?
Tesman. No, no como hoy.
Hedda. (Alejándose de la puerta
acristalada.) ¿Crees que le habrá molestado lo
del sombrero?
Tesman. Bah, no demasiado. Quizá al
momento un poco…
Hedda. ¡Pero qué modales dejar el
sombrero en medio del salón! Eso no se hace.
Tesman. Bueno, puedes estar segura de
que la tía Julle no volverá a hacerlo.
Hedda. De todos modos, ya la
compensaré.
Tesman. Ay, sí, querida Hedda, ¡ojalá
pudieras!
Hedda. Cuando vayas luego a
visitarlas, invítala a venir esta tarde.
Tesman. Desde luego que lo haré. Y
hay otra cosa con la que también podrías
darle una alegría.
Hedda. Dime.
Tesman. Si te decidieras a tutearla…
¿Lo harías por mí, eh, Hedda?
Hedda. No, no, Tesman… Por Dios, no
me pidas eso. Ya te lo he dicho una vez.
Intentaré llamarla tía. Con eso
tendrá que bastar.
Tesman. Ya, bueno. Solo que me parece
que, ahora que eres de la familia…
Hedda. Hum… La verdad es que no sé…
Se pasea por el salón en dirección a
la puerta del fondo.
Tesman. (Al poco.) ¿Te pasa algo,
Hedda? ¿Eh?
Hedda. Solo miro mi viejo piano. En
realidad no encaja bien con todo lo demás.
Tesman. Con mi primer sueldo, lo
cambiaremos.
Hedda. No, no… No quiero cambiarlo.
No quiero separarme de él. Será mejor que
lo pongamos en la salita. Aquí
podríamos poner otro. Cuando se pueda, quiero decir.
Tesman. (Un poco cohibido.) Sí…
También podríamos hacerlo así.
Hedda. (Cogiendo el ramo sobre el
piano.) Estas flores no estaban aquí cuando
llegamos anoche.
Tesman. Te las habrá traído la tía
Julle.
Hedda. (Mirando dentro del ramo.) Una
tarjeta de visita. (La saca y lee:)
«Volveré más tarde». ¿A que no
adivinas de quién es?
Tesman. No. ¿De quién? ¿Eh?
Hedda. Aquí pone: «Señora del
comisario Elvsted».
Tesman. ¿De verdad? ¡La señora
Elvsted! La señorita Rysing, como se llamaba
antes.
Hedda. Exacto. La que andaba llamando
la atención con ese pelo tan irritante. Tu
viejo amor, según tengo entendido.
Tesman. (Riéndose.) Bueno, no duró
mucho. Y además fue antes de conocerte a ti,
Hedda. Pero, fíjate…, está en la
ciudad.
Hedda. Es curioso que venga a
visitarnos. Al fin y al cabo, apenas la conozco,
solo de la escuela.
Tesman. Sí, la verdad es que yo
tampoco la he visto desde… Dios sabe cuándo.
No entiendo cómo soporta vivir en un
lugar tan remoto, ¿eh?
Hedda. (Se lo piensa y de pronto
dice:) Oye, Tesman… ¿No es por allí por donde
anda también… ese… Ejlert Løvborg?
Tesman. Sí, justamente en la misma
región.
Berte se asoma a la puerta del
recibidor.
Berte. Señora, ya ha vuelto la señora
que se pasó hace un rato y dejó unas flores.
(Señalando.) Esas que tiene en la
mano.
Hedda. Ah, ¿sí? Pues hágala pasar.
Berte le abre la puerta a la señora
Elvsted y sale. La señora Elvsted tiene una
figura delicada y rasgos dulces. Los
ojos son azul claro, grandes, redondos y algo
saltones, con una expresión asustada
e indagadora. El pelo es llamativamente rubio,
casi blanco, y extraordinariamente
ondulado y voluminoso. Es un par de años más
joven que Hedda. Lleva puesto un
traje oscuro de visitas, de buen gusto aunque no a la
última moda.
Hedda. (Yendo a su encuentro
amablemente.) Buenos días, querida señora
Elvsted. Me alegro de volver a verla.
Señora Elvsted. (Nerviosa, tratando
de controlarse.) Sí, hace mucho tiempo que
no nos vemos.
Tesman. (Tendiéndole la mano.) Y
nosotros también, ¿eh?
Hedda. Gracias por sus preciosas
flores…
Señora Elvsted. Ah, no es nada… Quise
venir ayer mismo, por la tarde. Pero me
enteré de que estaban de viaje…
Tesman. Ha llegado recientemente a la
ciudad, ¿eh?
Señora Elvsted. Llegué ayer a
mediodía. Ay, qué desesperación me entró al
enterarme de que no estaban en casa…
Hedda. ¿Desesperación? ¿Por qué?
Tesman. Pero, querida señora Rysing…,
señora Elvsted, quiero decir…
Hedda. ¿No habrá pasado nada malo?
Señora Elvsted. Pues sí. Y aquí no sé
de absolutamente nadie a quien recurrir,
salvo ustedes.
Hedda. (Dejando el ramo sobre la
mesa.) Vamos… Sentémonos aquí, en el
sofá…
Señora Elvsted. ¡Ay, no tengo paz ni
tranquilidad para sentarme!
Hedda. Claro que sí. Venga aquí.
Tira de la señora Elvsted para
sentarla en el sofá y se sienta a su lado.
Tesman. ¿Entonces? ¿Qué pasa,
señora…?
Hedda. ¿Ha ocurrido algo especial
allá, por su comarca?
Señora Elvsted. Sí… En cierto sentido
ha pasado algo y al mismo tiempo no.
Ay… Sería tan importante para mí que
no me malinterpretaran…
Hedda. Pues entonces lo mejor que
puede hacer es hablar claro, señora Elvsted.
Tesman. Por eso habrá venido, ¿eh?
Señora Elvsted. Sí, sí, ha sido por
eso. Y tendré que decirles, por si no lo saben,
que Ejlert Løvborg también está en la
ciudad.
Hedda. ¡Løvborg está…!
Tesman. ¡Anda, Ejlert Løvborg ha
vuelto! ¡Fíjate, Hedda!
Hedda. Por Dios, que lo estoy oyendo.
Señora Elvsted. Ya lleva aquí
alrededor de una semana. Madre mía… ¡Una
semana entera! En esta ciudad tan
peligrosa… Y solo. Con las malas compañías que hay
aquí…
Hedda. Pero, querida señora Elvsted…
En realidad, ¿qué tiene usted que ver con
él?
Señora Elvsted. (La mira asustada y
se apresura a contestar.) Ha sido maestro de
los niños.
Hedda. ¿De sus niños?
Señora Elvsted. De los de mi marido.
Yo no tengo hijos.
Hedda. Sus hijastros, entonces.
Señora Elvsted. Sí.
Tesman. (Algo dubitativo.) Entonces,
¿estaba lo bastante…? No sé cómo
decirlo… ¿Llevaba una vida lo
suficientemente ordenada para poder confiarle esa labor?
¿Eh?
Señora Elvsted. En los últimos años
no ha habido nada que reprocharle.
Tesman. ¿De verdad? ¡Fíjate, Hedda!
Hedda. Lo estoy oyendo.
Señora Elvsted. ¡Nada en absoluto, se
lo aseguro! En ningún aspecto. Aun así…
Ahora, que sé que está aquí, en la
gran ciudad, con tanto dinero en los bolsillos…, estoy
aterrada por él.
Tesman. ¿Y por qué no se ha quedado
donde estaba? ¿Con usted y con su marido?
¿Eh?
Señora Elvsted. Una vez que se
publicó el libro, ya no tenía paz ni tranquilidad
allí con nosotros.
Tesman. Es verdad… La tía Julle me ha
dicho que ha publicado un libro nuevo.
Señora Elvsted. Sí, un gran libro que
trata sobre la evolución de la cultura… así,
en general. Hace ya quince días. Y
como se ha vendido tan bien y se ha leído tanto… La
verdad es que ha llamado mucho la
atención…
Tesman. ¿Así que ha llamado la
atención? Entonces será algo que tenía guardado
de sus buenos tiempos.
Señora Elvsted. ¿De antes, quiere
decir?
Tesman. Sí.
Señora Elvsted. No, lo ha escrito
todo en nuestra casa. Ahora…, este último año.
Tesman. ¡Qué buenas noticias, Hedda!
¡Fíjate!
Señora Elvsted. Ay, sí, ojalá durara…
Hedda. ¿Lo ha visto ya aquí, en la
ciudad?
Señora Elvsted. No, todavía no. Me ha
costado mucho averiguar dónde se aloja.
Pero esta mañana, por fin, he
conseguido su dirección.
Hedda. (La mira como escrutándola.)
En realidad me parece un poco raro que su
marido…, hum…
Señora Elvsted. (Se encoge con
nerviosismo.) ¡Mi marido! ¿Qué?
Hedda. Me extraña que la mande a la
ciudad con ese recado, que no venga él
mismo a encargarse de su amigo.
Señora Elvsted. Ah, no, no… Mi marido
no tiene tiempo para estas cosas. Y
además… yo tenía que hacer algunas
compras.
Hedda. (Con una leve sonrisa.) Ah,
eso es otra cosa.
Señora Elvsted. (Se levanta
apresurada e inquieta.) Y ahora le ruego, señor
Tesman… ¡Reciba bien a Ejlert Løvborg
si acude a usted! Y seguro que lo hará. Por
Dios… En su momento fueron ustedes
grandes amigos… Y además se dedican a los
mismos estudios, a la misma carrera…,
por lo que tengo entendido.
Tesman. Al menos antes era así.
Señora Elvsted. Sí, y por eso le pido
encarecidamente que…, por favor… esté
usted también… pendiente de él. Ay,
señor Tesman, ¿me lo promete?
Tesman. Sí, encantado, por supuesto,
señora Rysing…
Hedda. Elvsted.
Tesman. Haré por Ejlert todo lo que
esté en mis manos. Cuente con ello.
Señora Elvsted. ¡Ay, qué bueno es
usted! (Le estrecha las manos.) ¡Gracias,
gracias, gracias! (Asustada.) ¡Es que
mi marido lo aprecia mucho!
Hedda. (Levantándose.) Deberías
escribirle, Tesman, quizá no venga por
iniciativa propia.
Tesman. Sí, tal vez sería lo más
correcto, ¿eh, Hedda?
Hedda. Cuanto antes, mejor. Creo que
deberías hacerlo ahora mismo.
Señora Elvsted. (Suplicante.) Ay, sí,
¿lo haría?
Tesman. Le voy a escribir de
inmediato. ¿Tiene su dirección, señora…, señora
Elvsted?
Señora Elvsted. Sí. (Se saca un
papelito del bolsillo y se lo pasa.) Aquí está.
Tesman. Bien, bien… Entonces voy a…
(Mirando a su alrededor.) Por cierto…,
¿las zapatillas? Aquí. (Coge el
paquete y se dispone a salir.)
Hedda. Escríbele una carta amistosa y
cordial, y que sea larga.
Tesman. Sí, así lo haré.
Señora Elvsted. Pero, por favor, ¡no
le diga una palabra de que he venido a pedir
por él!
Tesman. No, eso se sobreentiende,
¿eh?
Sale por la salita del fondo a la
derecha.
Hedda. (Acercándose a la señora
Elvsted, sonríe y dice en voz baja:) ¡Ya está!
Hemos matado dos pájaros de un tiro.
Señora Elvsted. ¿A qué se refiere?
Hedda. ¿No se ha dado cuenta de que
quería que Tesman se fuera?
Señora Elvsted. Sí, para que
escribiera la carta…
Hedda. Y para poder hablar a solas
con usted.
Señora Elvsted. (Aturdida.) ¡¿De esto
mismo?!
Hedda. Sí, justamente de esto.
Señora Elvsted. (Asustada.) ¡Pero no
hay nada más, señora Tesman! ¡De verdad
que no!
Hedda. Claro que hay más, bastante
más. Hasta ahí, llego. Venga aquí…
Sentémonos y hablemos en confianza.
Fuerza a la señora Elvsted a sentarse
en el sillón junto a la estufa y ella se sienta
en uno de los taburetes.
Señora Elvsted. (Inquieta, mira su
reloj.) Pero, querida… señora… En realidad ya
pensaba marcharme.
Hedda. Bah, ¿qué prisa tiene…?
Cuénteme un poco cómo le va en su casa.
Señora Elvsted. Ay, pues justamente
de eso preferiría no hablar.
Hedda. ¿Pero conmigo, querida…? Por
Dios, fuimos juntas al instituto.
Señora Elvsted. Sí, pero usted iba un
curso por delante de mí. ¡Ay, qué miedo le
tenía en aquella época!
Hedda. ¿Me tenía miedo?
Señora Elvsted. Sí, le tenía un miedo
espantoso. Siempre que nos cruzábamos por
las escaleras, me tiraba del pelo.
Hedda. No me diga.
Señora Elvsted. Sí, y una vez dijo
que me lo iba a quemar.
Hedda. Bah, lo diría por decir, como
entenderá.
Señora Elvsted. Sí, pero en aquella
época yo era muy boba… Y en cualquier caso,
después… nos alejamos tanto… tanto la
una de la otra… Nos movíamos en círculos
muy distintos.
Hedda. Ya procuraremos acercarnos de
nuevo. ¡Oiga! En realidad en el instituto
nos tuteábamos y nos llamábamos por
el nombre propio…
Señora Elvsted. No, se equivoca.
Hedda. ¡Desde luego que no! Lo
recuerdo perfectamente. Por eso ahora vamos a
recuperar la confianza que teníamos
en los viejos tiempos. (Acerca el taburete.) ¡Así!
(Le da un beso en la mejilla.) Ahora
me vas a tutear y a llamarme Hedda.
Señora Elvsted. (Le estrecha y le
acaricia las manos.) ¡Ay, qué buena y qué
amable…! No estoy nada acostumbrada.
Hedda. ¡Ea, ea! Y yo te tutearé,
igual que antes, y te llamaré mi querida Tora.
Señora Elvsted. Thea me llamo.
Hedda. Sí, exacto. Thea quería decir.
(La mira con compasión.) ¿Así que no estás
acostumbrada a la bondad y la
amabilidad, Thea? ¿En tu propio hogar?
Señora Elvsted. ¡Ay, si yo tuviera un
hogar! Pero no lo tengo. Nunca lo he tenido.
Hedda. (La mira un poco.) Ya intuía
yo que debía haber algo de eso.
Señora Elvsted. (Mirando desamparada
al frente.) Sí…, sí…, sí.
Hedda. Ya no recuerdo los detalles,
pero, al principio, ¿no llegaste como ama de
llaves a casa del comisario?
Señora Elvsted. En realidad iba a ser
la maestra de los niños. Pero su esposa…, la
de entonces…, estaba enferma… y se
pasaba la mayor parte del tiempo en cama. Así
que tuve que ocuparme también de la
casa.
Hedda. Pero luego…, al final…, te
convertiste en la señora de la casa.
Señora Elvsted. (Con pesar.) Sí, así
fue.
Hedda. A ver… ¿Cuánto hace de eso,
más o menos?
Señora Elvsted. ¿Que me casé?
Hedda. Sí.
Señora Elvsted. Cinco años hace ya.
Hedda. Sí, exacto, cinco años debe de
hacer.
Señora Elvsted. ¡Y estos cinco años…!
O más bien los últimos dos o tres… Ay,
no se puede imaginar…
Hedda. (Le palmea levemente la mano.)
¿Me hablas de usted? ¡Anda, Thea!
Señora Elvsted. Ya, ya, lo voy a
intentar… Pues… no te puedes imaginar…
Hedda. (De pasada.) Creo que Ejlert
Løvborg también llegó hace cerca de tres
años.
Señora Elvsted. (La mira con
inseguridad.) ¿Ejlert Løvborg? Sí… Así es.
Hedda. ¿Lo conocías ya de aquí, de la
ciudad?
Señora Elvsted. Apenas nada. Aunque…
de nombre sí, claro.
Hedda. Pero luego… ¿Empezó a trabajar
en vuestra casa?
Señora Elvsted. Sí, venía a casa
todos los días, para dar clase a los niños. A la
larga, yo no podía sola con todo.
Hedda. Ya, es perfectamente
comprensible… ¿Y tu marido? Seguro que viaja
mucho.
Señora Elvsted. Sí, ya se… ya te
imaginarás que, como comisario, tiene que viajar
a menudo por el distrito.
Hedda. (Se inclina sobre el
reposabrazos del sillón.) Thea, pobrecita… la dulce
Thea… Cuéntamelo todo.
Señora Elvsted. En fin, pregunta.
Hedda. ¿Cómo es, en el fondo, tu
marido, Thea? Me refiero… en el trato. ¿Es
bueno contigo?
Señora Elvsted. (Evasiva.)
Seguramente él piensa que lo hace todo lo mejor
posible.
Hedda. Pero me parece que tiene que
ser demasiado viejo para ti. Debe de sacarte
veinte años.
Señora Elvsted. (Con irritación.) Eso
también. Se juntan muchas cosas. ¡Todo en
él me produce rechazo! ¡No tenemos
una sola idea en común! No compartimos nada…,
nada en absoluto.
Hedda. Pero, de todos modos, te
querrá, ¿no? ¿Así…, a su manera?
Señora Elvsted. Ay, no sé. Me parece
que solo le soy útil. Y además no le salgo
muy cara. Soy barata.
Hedda. Una tontería por su parte.
Señora Elvsted. (Negando con la
cabeza.) No puede ser de otra manera, al menos
con él. En realidad creo que solo se
preocupa por él mismo. Y quizá un poco por los
niños.
Hedda. Y por Ejlert Løvborg, Thea.
Señora Elvsted. (La mira de frente.)
¡Ejlert Løvborg! ¿Por qué piensas eso?
Hedda. Pero, querida… Pienso que si
te manda hasta aquí para vigilarlo… (Sonríe
de un modo casi imperceptible.) Y
además tú misma se lo has dicho a Tesman.
Señora Elvsted. (Con un gesto
nervioso.) Ah, ¿sí? Ya, seguramente lo he dicho.
(Exclama a media voz.) Ay…, ¡será
mejor que te lo diga ya! De todos modos acabará
saliendo a la luz.
Hedda. Pero, querida Thea…
Señora Elvsted. En fin, en dos
palabras. Mi marido no tenía ni idea de que me
marchaba.
Hedda. ¡¿Cómo?! ¿Tu marido no lo
sabía?
Señora Elvsted. Claro que no. Además
no estaba en casa, había salido de viaje. ¡Y
ya no aguantaba más, Hedda! ¡Me era
imposible! A partir de ahora, me iba a quedar tan
sola…
Hedda. ¿Sí? ¿Y qué más?
Señora Elvsted. Pues verás, empaqueté
algunas de mis cosas, lo imprescindible…,
con mucha discreción. Y me marché de
la casa.
Hedda. ¿Así, sin más?
Señora Elvsted. Sí. Y cogí el tren
hasta aquí.
Hedda. Pero, mi querida Thea…, ¡¿cómo
has tenido el valor?!
Señora Elvsted. (Se levanta y se
pasea por el salón.) ¡¿Qué otra cosa podía
hacer?!
Hedda. Pero ¿qué piensas que dirá tu
marido cuando vuelvas a casa?
Señora Elvsted. (Junto a la mesa, la
mira.) ¿Volver allí con él?
Hedda. Bueno… Sí…
Señora Elvsted. A su casa no volveré
nunca.
Hedda. (Se levanta y se acerca a
ella.) Entonces…, realmente… ¿lo has
abandonado todo?
Señora Elvsted. Sí, me pareció que
era lo único que podía hacer.
Hedda. Y además… lo has hecho
abiertamente.
Señora Elvsted. De todos modos estas
cosas no se pueden ocultar.
Hedda. Pero ¿qué crees que dirá la
gente de ti, Thea?
Señora Elvsted. Por Dios, que digan
lo que quieran. (Se sienta cansada y
apesadumbrada en el sofá.) Solo he
hecho lo que tenía que hacer.
Hedda. (Al cabo de un breve
silencio.) ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿A qué te vas
a dedicar?
Señora Elvsted. Todavía no lo sé.
Solo sé que tengo que vivir aquí, donde vive
Ejlert Løvborg… Si es que he de
vivir…
Hedda. (Acerca una de las sillas de
la mesa, se sienta con ella y le acaricia las
manos.) Oye, Thea… ¿Cómo surgió
esta…, esta amistad entre Ejlert Løvborg y tú?
Señora Elvsted. Surgió poco a poco.
De alguna manera, fui adquiriendo cierto
poder sobre él.
Hedda. Ah, ¿sí?
Señora Elvsted. Abandonó sus viejas
costumbres. No porque yo se lo pidiera, no
me atrevía a hacerlo… Pero debió de
notar que esas cosas no me gustaban y dejó de
hacerlas.
Hedda. (Reprimiendo una sonrisa
despectiva.) Así que lo has redimido… como
suele decirse… La pequeña Thea…
Señora Elvsted. Sí, al menos eso dice
él. Y a su vez, él ha conseguido hacer una
verdadera persona de mí. Me ha
enseñado a pensar… y a entender muchas cosas.
Hedda. ¿Quizá te daba clase a ti
también?
Señora Elvsted. No exactamente. Pero
conversaba conmigo. Me hablaba de
muchísimas cosas. ¡Y luego vino esa
época maravillosa y feliz en la que colaboré en su
trabajo! ¡Me permitió ayudarlo!
Hedda. Conque sí…
Señora Elvsted. ¡Sí! Siempre que
escribía algo, tenía que compartirlo conmigo.
Hedda. Como buenos compañeros,
digamos.
Señora Elvsted. (Animada.)
¡Compañeros! Sí, fíjate, Hedda… ¡Así lo llamaba él
también! Ay, en realidad debería
estar contentísima. Pero tampoco logro alegrarme del
todo, porque en realidad no sé si a
la larga durará.
Hedda. ¿Tan poco te fías de él?
Señora Elvsted. La sombra de una
mujer se interpone entre Ejlert Løvborg y yo.
Hedda. (La mira expectante.) ¿Y quién
podría ser?
Señora Elvsted. No lo sé. Alguien de…
su pasado. Alguien a quien por lo visto
nunca ha olvidado.
Hedda. ¿Y qué te ha contado… de esto?
Señora Elvsted. Solo lo insinuó…, una
única vez…, de pasada.
Hedda. ¡Vaya! ¿Y qué dijo?
Señora Elvsted. Dijo que cuando se
separaron, ella quiso dispararle con una
pistola.
Hedda. (Fría, contenida.) ¡Vaya! Aquí
no tenemos esas costumbres.
Señora Elvsted. No. Y por eso creo
que debe de ser la cantante pelirroja la que…,
en su momento…
Hedda. Sí, puede ser.
Señora Elvsted. Recuerdo que decían
de ella que iba por ahí con armas cargadas.
Hedda. Ya…, entonces está claro que
es ella.
Señora Elvsted. (Retorciéndose las
manos.) Sí, pero verás, Hedda… Ahora me he
enterado de que esa cantante… ¡ha
vuelto a la ciudad! Ay… ¡Estoy tan desesperada…!
Hedda. (Mirando hacia la salita.)
¡Chis! Ya viene Tesman. (Se levanta y susurra.)
Thea, todo esto tiene que quedar
entre nosotras.
Señora Elvsted. (Se levanta de un
salto.) ¡Ay, sí…, sí! ¡Por Dios…!
Jørgen Tesman llega desde la derecha
de la salita con una carta en la mano.
Tesman. Ea… La epístola ya está
terminada.
Hedda. Pues muy bien. Pero creo que
la señora Elvsted se quiere marchar ya.
Espera un momento, voy a acompañarla
a la verja del jardín.
Tesman. Oye, Hedda… ¿Quizá Berte
podría encargarse de esto?
Hedda. (Cogiendo la carta.) Yo se lo
digo.
Berte llega desde el recibidor.
Berte. Está aquí el juez Brack, que
quiere saludar a los señores.
Hedda. Hágale pasar. Y, oiga, eche
luego esta carta al buzón.
Berte. (Cogiendo la carta.) Está
bien, señora.
Le abre la puerta al juez Brack y
sale. El juez es un hombre de cuarenta y cinco
años, de poca estatura, pero bien
formado, y de movimientos elásticos. El rostro es
redondeado y de perfil noble. El pelo
corto, todavía casi negro y peinado con esmero.
Los ojos vivos, juguetones. Las cejas
tupidas, al igual que el bigote de puntas
redondeadas. Lleva un elegante traje
de paseo, aunque algo demasiado juvenil para su
edad. Usa quevedos, que de vez en
cuando deja caer.
Juez Brack. (Con el sombrero en la
mano, saluda.) ¿Se puede llegar tan temprano
en la mañana?
Hedda. Desde luego que se puede.
Tesman. (Le estrecha la mano.)
Bienvenido sea siempre. (Presentando.) Brack…,
la señorita Rysing…
Hedda. ¡Oh…!
Brack. (Inclinándose.) Ah, mucho
gusto…
Hedda. (Lo mira y se ríe.) ¡Qué
gracia me hace verlo a la luz del día, juez!
Brack. ¿Me encuentra quizá… cambiado?
Hedda. Sí, algo más joven, creo.
Brack. Muy agradecido.
Tesman. Pero ¿qué me dice de Hedda?
¿Eh? ¿No está espléndida? Casi diría
que…
Hedda. Ay, haz el favor de dejarme al
margen. Será mejor que agradezcas al juez
todas las molestias que se ha tomado…
Brack. Bah… Ha sido un placer.
Hedda. Sí, es usted un alma fiel.
Pero mi amiga está en ascuas por marcharse.
Hasta ahora, juez. Enseguida vuelvo.
Despedidas recíprocas. La señora
Elvsted y Hedda salen por la puerta del
recibidor.
Brack. ¿Está su esposa más o menos
satisfecha…?
Tesman. Sí, nunca podremos
agradecérselo lo suficiente. Aunque, según parece,
hay que cambiar de sitio algún que
otro mueble. Y todavía nos faltan unas pocas cosas,
así que aún tendremos que comprar
algún detalle.
Brack. ¿Sí? ¿De verdad?
Tesman. Pero no le causaremos más
molestias. Hedda ha dicho que ella misma se
encargará de conseguir lo que falta…
¿No quiere sentarse? ¿Eh?
Brack. Gracias, un momentito. (Se
sienta junto a la mesa.) Hay una cosa de la que
quería hablarle, querido Tesman.
Tesman. ¿Sí? Ah, ¡ya entiendo! (Se
sienta.) Ahora empieza la parte seria de la
fiesta, ¿eh?
Brack. Bueno, el asunto del dinero
todavía no corre prisa. Aunque lo cierto es que
habría preferido un poco más de
austeridad.
Tesman. ¡Pero es que era imposible!
¡Piense en Hedda, querido! Usted, que la
conoce tan bien… ¡Era impensable
ofrecerle condiciones pequeñoburguesas!
Brack. Ya, ya…, ese es precisamente
el escollo.
Tesman. Y además, por suerte, mi
nombramiento tiene que estar al caer.
Brack. Pues verá… Estos asuntos
pueden alargarse.
Tesman. ¿Es que ha oído algo? ¿Eh?
Brack. Nada concreto…
(Interrumpiéndose.) Por cierto, una noticia sí le puedo
dar.
Tesman. Diga.
Brack. Su viejo amigo Ejlert Løvborg
ha vuelto a la ciudad.
Tesman. Eso ya lo sé.
Brack. ¿Sí? ¿Y cómo se ha enterado?
Tesman. Nos lo ha contado la señora
que salió con Hedda.
Brack. Vaya. ¿Y cómo se llamaba? No
he oído bien…
Tesman. Señora Elvsted.
Brack. Ajá… La esposa del comisario.
Sí, por lo visto Løvborg ha trabajado en su
casa estos años.
Tesman. Fíjate… ¡Me he llevado una
gran alegría al enterarme de que vuelve a ser
una persona decente!
Brack. Sí, eso dicen.
Tesman. Y al parecer ha publicado
otro libro, ¿eh?
Brack. ¡Sí, por Dios!
Tesman. ¡Y además ha llamado la
atención!
Brack. Ha despertado un enorme
revuelo.
Tesman. Fíjate… Qué alegría, ¿eh? Ese
hombre tiene unos talentos
extraordinarios… Pero yo ya estaba
convencido de que, por desgracia, había caído para
siempre.
Brack. Eso pensaba la mayoría de la
gente.
Tesman. ¡Lo que no entiendo es a qué
se va a dedicar ahora! ¿De qué va a vivir?
¿Eh?
Hedda ha entrado por la puerta del
recibidor durante las últimas palabras.
Hedda. (A Brack, se ríe con cierto
desdén.) A Tesman siempre le preocupa de qué
va a vivir la gente.
Tesman. Por Dios…, estamos hablando
del pobre Ejlert Løvborg.
Hedda. (Lo mira apresuradamente.) Ah,
¿sí? (Se sienta en el sillón junto a la
estufa y pregunta con indiferencia:)
¿Qué le pasa?
Tesman. Bueno… Por lo visto, la
herencia la dilapidó hace mucho tiempo. Y
supongo que no podrá escribir un
libro nuevo al año, ¿eh? En fin, por eso realmente me
pregunto qué va a ser de él.
Brack. Quizá yo podría contarle algo
sobre eso.
Tesman. ¿Sí?
Brack. Recuerde que tiene parientes
de considerable influencia.
Tesman. Ay, por desgracia… los
parientes se han desentendido de él.
Brack. Sin embargo, antes lo
consideraban la esperanza de la familia.
Tesman. ¡Antes, sí! Pero él mismo se
encargó de echar eso por tierra.
Hedda. ¿Quién sabe? (Con una leve
sonrisa.) Al fin y al cabo, en casa del
comisario, lo han redimido…
Brack. Y además, ha escrito ese
libro…
Tesman. En fin, quiera Dios que lo
ayuden a conseguir algo. Acabo de escribirle
una carta. Oye, Hedda, lo he invitado
a venir a casa esta noche.
Brack. Pero, querido, si esta noche
viene usted a mi fiesta de solteros… Me lo
prometió anoche en el muelle.
Hedda. ¿Se te había olvidado Tesman?
Tesman. Pues sí se me había olvidado.
Brack. De todos modos, puede estar
seguro de que no vendrá.
Tesman. ¿Por qué piensa eso? ¿Eh?
Brack. (Algo vacilante, se levanta y
apoya las manos contra el respaldo de la
silla.) Querido Tesman… Y también
usted, señora… No me parece correcto ocultarles
algo que…, que…
Tesman. ¿Algo que atañe a Ejlert?
Brack. Tanto a él como a usted.
Tesman. ¡Pero, querido juez, hable!
Brack. Debe estar preparado para la
posibilidad de que ese nombramiento no
llegue tan pronto como quizá espere y
desee.
Tesman. (Se levanta inquieto.) ¿Ha
surgido algún impedimento? ¿Eh?
Brack. Quizá la plaza salga a
concurso…
Brack. ¡A concurso! ¡Fíjate, Hedda!
Hedda. (Se recuesta más en la silla.)
¡Vaya, vaya!
Tesman. Pero ¿con quién? ¿Supongo que
no será con…?
Brack. Pues precisamente… con Ejlert
Løvborg.
Tesman. (Junta las manos.) No, no…,
¡pero esto es impensable! ¡Sencillamente
imposible! ¿Eh?
Brack. Hum… Y sin embargo puede
ocurrir.
Tesman. Pero, juez Brack…, ¡supondría
una enorme desconsideración hacia mí!
(Agitando los brazos.) Fíjate…, ¡soy
un hombre casado! Hedda y yo nos hemos casado
con esas expectativas. Hemos
adquirido muchas deudas. Incluso la tía Julle nos ha
prestado dinero. Por Dios,
prácticamente me habían prometido la plaza. ¿Eh?
Brack. Bueno, bueno… Seguro que
obtiene la plaza, pero tendrá que ser por
medio de una competición.
Hedda. (Imperturbable en el sillón.)
Fíjate, Tesman, será como una especie de
prueba deportiva.
Tesman. Pero, querida Hedda, ¿cómo
puedes tomarte esto tan a la ligera?
Hedda. (Igual que antes.) No lo hago,
en absoluto. Estoy ansiosa por ver el
resultado.
Brack. En cualquier caso, señora
Tesman, conviene que conozca la situación.
Quiero decir…, antes de embarcarse en
las pequeñas adquisiciones que, por lo visto,
amenaza con llevar a cabo.
Hedda. Esto no cambia nada.
Brack. Ah, ¿no? Eso es otra cuestión.
¡Adiós! (A Tesman.) Cuando salga a dar mi
paseo de la tarde, pasaré a
recogerlo.
Tesman. Ah, sí, sí, sí… Estoy muy
aturdido.
Hedda. (Recostada, tiende la mano.)
Adiós, juez. Bienvenido de nuevo.
Brack. Muchas gracias. Adiós, adiós.
Tesman. (Lo acompaña hasta la
puerta.) ¡Adiós, querido juez! Le ruego que me
disculpe…
El juez Brack sale por la puerta del
recibidor.
Tesman. (Avanza por el salón.) Ay,
Hedda… Nunca habría que aventurarse a
entrar en la tierra de los sueños,
¿eh?
Hedda. (Lo mira y sonríe.) ¿Y tú lo
haces?
Tesman. Pues sí, oye… No se puede
negar… que ha sido aventurado casarse y
montar una casa basándose en meras
expectativas.
Hedda. Quizá en eso tengas razón.
Tesman. En fin… ¡Al menos tenemos
nuestro agradable hogar, Hedda! Fíjate, la
casa que queríamos, casi diría… la
casa con la que soñábamos, ¿eh?
Hedda. (Se levanta despacio y
cansada.) El acuerdo era que llevaríamos una vida
social activa y recibiríamos a gente
en casa.
Tesman. Sí, por Dios…, ¡con la
ilusión que me hacía! Fíjate… ¡Poder verte de
anfitriona… en un círculo selecto!
¿Eh? En fin…, por el momento tendremos que
conformarnos con estar a solas,
Hedda, que solo venga de vez en cuando la tía Julle…
Ay, ¡pero tú deberías vivir de un
modo tan…, tan distinto!
Hedda. Mayordomo no tendré por ahora,
claro.
Tesman. Ay, no… Por desgracia, no
entra en cuestión mantener un mayordomo.
Hedda. Y el caballo que iba a tener…
Tesman. (Escandalizado.) ¡El caballo!
Hedda. … Supongo que no podré ni
planteármelo.
Tesman. No, por Dios…, ¡eso es
evidente!
Hedda. (Avanzando por el suelo.) En
fin… Al menos tengo algo con lo que
animarme entre tanto.
Tesman. (Resplandeciente.) ¡Ay,
gracias a Dios por eso! ¿Y qué es, Hedda? ¿Eh?
Hedda. (Junto a la puerta del fondo,
lo mira con desdén disimulado.) Mis pistolas,
Jørgen.
Tesman. (Asustado.) ¡¿Las pistolas?!
Hedda. (Con mirada fría.) Las
pistolas del general Gabler.
Sale por la salita a la izquierda.
Tesman. (Corre hacia la puerta de la
salita y le grita a la espalda.) Ay, por Dios,
queridísima Hedda…, ¡no juegues con
cosas tan peligrosas! ¡Hazlo por mí, Hedda! ¿Eh?
ACTO SEGUNDO
El salón de los Tesman como en el
primer acto, solo falta el piano y, en su lugar,
ha aparecido un pequeño y elegante
escritorio con una estantería de libros. Ante el sofá
de la izquierda, hay ahora una
pequeña mesa. Se ha eliminado la mayoría de los ramos.
El de la señora Elvsted está sobre la
mesa grande del centro. Es por la tarde.
Hedda, que se ha cambiado y lleva un
vestido de recibir, se encuentra sola en el
salón. Está de pie junto a la puerta
acristalada, cargando una pistola. La pareja está en
un estuche abierto sobre el
escritorio.
Hedda. (Mira hacia el jardín y
grita:) ¡Buenas tardes, señor juez!
Juez Brack. (Desde abajo.)
¡Igualmente, señora Tesman!
Hedda. (Alza la pistola y apunta.)
¡Le voy a disparar, juez Brack!
Brack. (Grita desde abajo.) ¡No, no,
no! ¡Haga el favor de no apuntarme
directamente!
Hedda. Eso le pasa por usar la puerta
trasera.
Dispara.
Brack. (Más cerca.) ¡¿Se ha vuelto
loca…?!
Hedda. Ay, Dios mío… ¿Quizá le he
dado?
Brack. (Todavía afuera.) ¡Déjese de
payasadas!
Hedda. Pase usted, juez.
El juez Brack, vestido ahora para una
fiesta de caballeros, entra por la puerta
acristalada. Sobre el brazo, lleva un
abrigo ligero.
Brack. Demonios… ¿Sigue practicando
este deporte? ¿A qué dispara?
Hedda. Bah, disparo al aire.
Brack. (Le quita con cuidado la
pistola de la mano.) Con su permiso, señora.
(Mirando la pistola.) Ah, esta… la
conozco bien. (Echando un vistazo a su alrededor.)
¿Dónde tenemos el estuche? Aquí.
(Introduce la pistola y lo cierra.) Por hoy, se ha
acabado la diversión.
Hedda. Por Dios, ¿y a qué espera que
me dedique?
Brack. ¿No ha tenido visitas hoy?
Hedda. (Cerrando la puerta
acristalada.) Ni una sola. Todos los amigos cercanos
deben de seguir en el campo.
Brack. ¿Y quizá Tesman tampoco esté
en casa?
Hedda. (Junto al escritorio, mete el
estuche de las pistolas en el cajón.) No. En
cuanto acabó de comer, se fue
corriendo a ver a las tías. No le esperaba a usted tan
temprano.
Brack. Hum… ¿Cómo no me lo habré
imaginado? Ha sido una tontería por mi
parte.
Hedda. (Gira la cabeza y lo mira.)
¿Por qué una tontería?
Brack. Porque en ese caso habría
venido todavía un poco más… temprano.
Hedda. (Avanzando por el salón.) Pues
entonces no habría encontrado a nadie.
Después de comer, he ido a mi cuarto
a cambiarme.
Brack. ¿Y no hay ni una rendijita en
la puerta por la que hubiéramos podido
negociar?
Hedda. Como sabe, se ha olvidado
usted de ponerla.
Brack. Eso también ha sido una
tontería por mi parte.
Hedda. En fin, será mejor que nos
sentemos aquí a esperar. Seguro que Tesman no
vuelve enseguida.
Brack. Por Dios, tendré paciencia.
Hedda se sienta en el sofá de la
izquierda. Brack deja su abrigo sobre el respaldo
de la silla más cercana y se sienta,
pero conserva el sombrero en la mano. Breve pausa.
Se miran.
Hedda. ¿Qué?
Brack. ¿Qué?
Hedda. Yo he preguntado primero.
Brack. (Se inclina un poco hacia
delante.) Mantengamos entonces una
conversación agradable y relajada,
Hedda.
Hedda. (Se reclina en el sofá.) ¿No
tiene la sensación de que hace una eternidad
que no hablamos? Las minucias de
anoche y esta mañana… no las cuento.
Brack. ¿Así, entre nosotros, quiere
decir? ¿A solas?
Hedda. Sí, más o menos.
Brack. Ni un día ha pasado sin que yo
deseara su regreso.
Hedda. Tampoco yo he tenido otro
deseo.
Brack. ¿Usted? ¿De verdad, Hedda? ¡Y
yo, que pensaba que habría disfrutado
tanto del viaje!
Hedda. ¡Qué más quisiera yo!
Brack. Pues eso contaba Tesman en
todas sus cartas.
Hedda. ¡Él sí! Porque lo que más le
gusta en el mundo es andar hurgando en
bibliotecas y copiar viejos
pergaminos… o lo que sea que haga.
Brack. (Con cierta malicia.) Ya, es
su vocación en la vida. Al menos hasta cierto
punto.
Hedda. Sí que lo es. Y en tal caso,
está claro que… ¡Pero yo! Ay, no, querido
juez…, yo me he aburrido como una
ostra.
Brack. (Compasivo.) ¿Lo dice de
verdad? ¿Completamente en serio?
Hedda. ¡Imagínese! En medio año no he
coincidido con una sola persona que
conozca nuestro círculo, ni he podido
hablar de nuestras cosas.
Brack. Ya, ya… Yo también lo echaría
de menos.
Hedda. Y lo más insoportable de todo…
Brack. ¿Sí?
Hedda. … Pasarse la vida con una sola
y única persona.
Brack. (Asiente con comprensión.) Día
y noche, sí… A todas horas.
Hedda. He dicho «pasarse la vida».
Brack. Como quiera. Pero de todos
modos me parece que en compañía de nuestro
buen Tesman podría…
Hedda. Tesman es… un teórico,
querido.
Brack. Innegablemente.
Hedda. Y no tiene ninguna gracia
viajar con teóricos, al menos a la larga.
Brack. ¿Ni siquiera… con un teórico
al que se ame?
Hedda. Buf… ¡No use esa palabra tan
empalagosa!
Brack. (Sorprendido.) ¡Pero bueno,
Hedda!
Hedda. (Medio entre risas, medio
molesta.) ¡Ya quisiera verle a usted en mi lugar!
Oyendo hablar de la historia de la
cultura a todas horas…
Brack. Toda la vida…
Hedda. ¡Exacto! ¡Y lo de la artesanía
en la Edad Media…! ¡Eso es lo peor de
todo!
Brack. (La mira con curiosidad.)
Pero, dígame… ¿Cómo he de entender entonces
que…? Hum…
Hedda. ¿Que Jørgen Tesman y yo
acabáramos juntos, quiere decir?
Brack. Digámoslo así.
Hedda. Por Dios, ¿tan extraño le
parece?
Brack. Sí y no, Hedda.
Hedda. La verdad es que me había
cansado de bailar, querido juez. Mi tiempo
había pasado… (Sobrecogiéndose un
poco.) Buf, no… Prefiero no decir eso. ¡Ni
siquiera pensarlo!
Brack. Y tampoco tiene motivos para
ello.
Hedda. Ah…, motivos… (Lo mira como
buscando algo.) De todos modos, he de
decir que Jørgen Tesman es una
persona correcta en todos los sentidos.
Brack. Correcta y sólida, qué duda
cabe.
Hedda. Y tampoco le encuentro nada
directamente cómico. ¿Y usted?
Brack. ¿Cómico? No… Tampoco diría
eso.
Hedda. En fin. En cualquier caso,
como coleccionista es muy diligente. Bien
podría ser que, con el tiempo,
llegara lejos.
Brack. (La mira con cierta
incertidumbre.) Creía que pensaba usted, como todo el
mundo, que llegaría a ser una
eminencia.
Hedda. (Con expresión cansada.) Sí,
eso pensaba… Y como estaba tan empeñado
en que le permitiera mantenerme… No
veo por qué debería haber rechazado su oferta.
Brack. Ya, ya. Visto así…
Hedda. Sin duda era más de lo que
estaba dispuesto a hacer el resto de mis
pretendientes, querido juez.
Brack. (Se ríe.) En fin,
evidentemente no puedo responder por los demás. Pero por
lo que a mí respecta, ya sabe que
siempre he tenido cierto…, cierto respeto por los lazos
matrimoniales. Así, en general,
Hedda.
Hedda. (Bromeando.) Bah, con usted
nunca me he hecho ilusiones.
Brack. Mi única aspiración es
mantener un buen círculo social, de gente cercana,
donde poder prestar mis servicios de
consejero y entrar y salir… como un amigo de
confianza…
Hedda. ¿Del señor de la casa, quiere
decir?
Brack. (Inclinándose hacia delante.)
Francamente…, de la señora, a poder ser.
Pero también del marido, claro. ¿Sabe
qué? Una relación a tres bandas, un triángulo, por
decirlo así, resulta en realidad muy
cómodo para todas las partes.
Hedda. Sí, más de una vez he echado
en falta una tercera persona durante el viaje.
Buf… ¡Eso de ir los dos solos en el
compartimento del tren…!
Brack. Afortunadamente, el viaje de
novios ya ha acabado…
Hedda. (Negando con la cabeza.) El
viaje podría ser largo… aún. Solo he llegado
a una parada intermedia.
Brack. Pues entonces habrá que
bajarse y moverse un poco, Hedda.
Hedda. Yo no me bajaré nunca.
Brack. ¿De verdad que no?
Hedda. No, porque siempre hay alguien
que…
Brack. (Riéndose.) ¿… Que te mira las
piernas, quiere decir?
Hedda. Exacto.
Brack. Por Dios…
Hedda. (Con un ademán de rechazo.) Y
no me gusta… Para eso prefiero
quedarme… como estoy. A dos manos.
Brack. En fin, en tal caso, un tercer
hombre se une a la pareja.
Hedda. Mira… ¡Eso es muy distinto!
Brack. Un amigo de confianza,
comprensivo…
Hedda. … Un experto en todos los
ámbitos del entretenimiento…
Brack. Un experto, pero no un
teórico.
Hedda. (Suspirando audiblemente.) Eso
sería un alivio.
Brack. (Oye que se abre la puerta de
entrada y mira hacia la puerta.) El triángulo
se cierra.
Hedda. (A media voz.) Y el tren
continúa su viaje.
Jørgen Tesman, con traje de paseo
gris y un sombrero blando de fieltro, entra
desde el recibidor. Trae un montón de
libros sin encuadernar debajo del brazo y en los
bolsillos.
Tesman. (Se acerca a la mesa del sofá
rinconero.) Buf…, cómo me he acalorado
con… todo este peso. (Deja los
libros.) Estoy sudando. Anda, mira… Ya ha llegado,
¿eh, querido juez? Berte no me ha
dicho nada.
Brack. (Levantándose.) He entrado por
el jardín.
Hedda. ¿Qué libros son esos?
Tesman. (De pie, hojeándolos.)
Material de estudio que necesitaba a toda costa.
Hedda. ¿Material de estudio?
Brack. Teoría, señora Tesman, teoría.
Brack y Hedda intercambian una
sonrisa de complicidad.
Hedda. ¿Todavía necesitas más
material?
Tesman. Sí, querida Hedda, nunca se
tiene bastante. Hay que estar al día de lo que
se escribe y publica.
Hedda. Ya, supongo.
Tesman. (Rebuscando entre los
libros.) Y mira esto… También he conseguido el
nuevo libro de Ejlert Løvborg. (Se lo
tiende.) Quizá quieras verlo, ¿eh, Hedda?
Hedda. No, muchas gracias. Aunque…
Sí, quizá más tarde.
Tesman. Lo he hojeado un poco por el
camino.
Brack. ¿Y qué le parece… como teórico
de la materia?
Tesman. Me sorprende lo sereno que es
el tono. Antes no escribía así. (Reuniendo
los libros.) Pero ahora voy a guardar
todo esto. ¡Qué gusto me va a dar cortar las hojas!
Y luego he de cambiarme. (A Brack.)
Tampoco tenemos que irnos enseguida, ¿eh?
Brack. Por Dios…, no hay ninguna
prisa.
Tesman. Pues entonces me tomo mi
tiempo. (Se aleja con los libros, pero en la
puerta del fondo se detiene y se
vuelve.) Por cierto, Hedda… La tía Julle no puede venir
esta noche.
Hedda. ¿No? ¿Será por lo del
sombrero?
Tesman. En absoluto. ¿Cómo puedes
pensar eso de la tía Julle? ¡Fíjate…! No, es
que la tía Rina está muy mal, ¿sabes?
Hedda. Ya, siempre lo está.
Tesman. Pero es que hoy estaba
realmente fatal, la pobre.
Hedda. Entonces es muy razonable que
se quede con ella. Tendré que resignarme.
Tesman. Oye, no te imaginas lo
contenta que estaba la tía Julle a pesar de todo…
por lo lozana que te has puesto
durante el viaje.
Hedda. (A media voz, levantándose.)
Ay… ¡Las dichosas tías!
Tesman. ¿Eh?
Hedda. (Acercándose a la puerta
acristalada.) Nada.
Tesman. Bueno.
Sale por la salita a la derecha.
Brack. ¿De qué sombrero estaba
hablando?
Hedda. Ah, de una cosa que pasó esta
mañana con la señorita Tesman. Había
dejado su sombrero allí, en la silla.
(Lo mira y sonríe.) Y fingí creer que era de la criada.
Brack. (Negando con la cabeza.) Pero,
querida, ¡¿cómo pudo hacer eso?! ¡A una
señora mayor tan decente!
Hedda. (Nerviosa, avanzando por el
salón.) Pues verá… Estas cosas me ocurren
cada dos por tres. Y no puedo
evitarlas. (Se deja caer en el sillón junto a la estufa.) Ay,
no sé ni cómo explicarlo.
Brack. (Detrás del sillón.) En el
fondo no es feliz…, esa es la cuestión.
Hedda. (Mirando al vacío.) Tampoco sé
por qué habría de serlo…, feliz. ¿O
podría decírmelo usted?
Brack. Sí… Entre otras cosas, porque
ha conseguido la casa con la que soñaba.
Hedda. (Levanta la vista y se ríe.)
¿Usted también se ha tragado esa historia?
Brack. ¿Acaso no es cierta?
Hedda. Sí, por Dios…, en parte.
Brack. ¿Entonces?
Hedda. Lo que tiene de cierta es que,
el verano pasado, utilizaba a Tesman para
acompañarme a casa después de las
fiestas…
Brack. Sí, lamentablemente, yo iba en
dirección contraria.
Hedda. Es verdad. El verano pasado
iba usted con frecuencia en otras direcciones.
Brack. ¡Vergüenza debería de darle,
Hedda! En fin… ¿Así que Tesman y
usted…?
Hedda. Pues una noche pasamos por
aquí delante. Y Tesman, el pobre, estaba
nerviosísimo porque no sabía qué
inventarse para darme conversación. Así que sentí
lástima por el erudito…
Brack. (Sonriendo con escepticismo.)
¿Usted sintió lástima? Hum…
Hedda. Desde luego que sí. Y
entonces, para sacarlo del apuro, acabé diciendo,
muy a la ligera, que me gustaría
vivir en esta casa.
Brack. ¿Solo eso?
Hedda. Esa noche sí.
Brack. Pero después…
Hedda. Después mi ligereza tuvo sus
consecuencias, querido juez.
Brack. Por desgracia… nuestras
ligerezas suelen tenerlas, Hedda.
Hedda. ¡Gracias! Pero, verá, Tesman y
yo nos entendimos soñando con la casa de
la viuda del ministro. Eso trajo
consigo tanto el compromiso como la boda, el viaje de
novios y todo lo demás. En fin, juez,
«quien mala cama hace, en ella yace»… Uy… Casi
podría haberse dicho eso…
Brack. ¡Qué gracia! Y en el fondo, a
usted quizá le daba exactamente igual.
Hedda. Sí, Dios sabe que sí.
Brack. Pero ¿y ahora? ¡Ahora, que se
lo hemos dejado tan acogedor!
Hedda. Buf… Tengo la sensación de que
todas las habitaciones huelen a lavanda
y rosas secas… Aunque quizá ese olor
lo haya traído la tía Julle.
Brack. (Se ríe.) No, más bien creo
que lo habrá dejado la difunta viuda del
ministro.
Hedda. En cualquier caso tiene algo
de mortecino. Me recuerda a las flores de los
bailes…, al día siguiente. (Entrelaza
las manos por detrás de la nuca, se recuesta en el
sillón y lo mira.) Ay, querido juez…
No se imagina lo que me voy a aburrir aquí.
Brack. ¿No podría la vida acabar
ofreciéndole alguna tarea a usted también,
Hedda?
Hedda. Una tarea… ¿a la que pudiera
encontrarle algún atractivo?
Brack. Preferiblemente, claro.
Hedda. Dios sabrá qué tarea pueda ser
esa. Muchas veces pienso que…
(Interrumpiéndose.) Pero está claro
que eso tampoco puede ser.
Brack. ¿Quién sabe? Cuénteme.
Hedda. Me refiero a qué pasaría si
pudiera convencer a Tesman para que se
metiera en política.
Brack. (Riéndose.) ¡Tesman!
Imposible… La política no es… en absoluto lo suyo.
Hedda. Ya, seguramente tenga razón.
Pero ¿y si pudiera convencerlo igualmente?
Brack. ¿Y qué ganaría usted? Dado que
no vale para eso, ¿por qué quiere
convencerlo?
Hedda. Porque me aburro, ¡ya se lo he
dicho! (Al poco.) ¿Le parece entonces
completamente imposible que Tesman
pudiera llegar a primer ministro?
Brack. Hum… Verá, Hedda… Para llegar
a primer ministro, hay que empezar
siendo considerablemente rico.
Hedda. (Se levanta con impaciencia.)
¡Ya estamos! ¡He caído en una condición
tan humilde…! (Avanza por el salón.)
¡Por eso mi vida es tan miserable! ¡Sencillamente
ridícula! Porque lo es.
Brack. Pues yo creo que la culpa ha
de buscarse en otro lado.
Hedda. ¿Dónde?
Brack. Nunca ha tenido la oportunidad
de vivir algo que realmente le haya abierto
los ojos.
Hedda. ¿Algo serio, quiere decir?
Brack. También podríamos llamarlo
así. Pero quizá ahora le llegue.
Hedda. (Alzando la barbilla.) ¡Ah,
está pensando en las complicaciones con esa
triste cátedra! Eso tendrá que ser
asunto de Tesman. A mí, desde luego, ¡me resulta
completamente indiferente!
Brack. Usted sabrá. Pero ahora que va
a tener… lo que, en estilo elevado, suelen
llamar… responsabilidades serias…
(Sonríe.) Responsabilidades nuevas, pequeña
Hedda.
Hedda. (Con enfado.) ¡Calle! ¡Eso no
lo verá nunca!
Brack. (Con delicadeza.) Ya
hablaremos dentro de un año…, a lo sumo.
Hedda. (Cortante.) No tengo talento
para esas cosas, señor juez. ¡No tengo talento
para las obligaciones!
Brack. ¿No iba a tener usted, como la
mayoría de las mujeres, talento para una
vocación que…?
Hedda. (Junto a la puerta
acristalada.) ¡Ay, cállese, le digo! Muchas veces tengo
la sensación de que solo tengo
talento para una cosa.
Brack. (Acercándose.) ¿Para qué cosa,
si se puede preguntar?
Hedda. (Mirando hacia fuera.) Para
aburrirme como una ostra. Ya lo sabe usted.
(Se vuelve, mira hacia la salita del
fondo y se ríe.) ¡Sí, efectivamente! Aquí viene el
catedrático.
Brack. (En voz baja, admonitorio.)
¡Bueno, bueno, bueno, Hedda!
Jørgen Tesman, vestido de fiesta con
los guantes y el sombrero en la mano, llega
desde la derecha de la salita.
Tesman. Hedda… ¿No habrá avisado
Ejlert Løvborg de que suspende su visita,
eh?
Hedda. No.
Tesman. Pues entonces ya verás como
está al caer.
Brack. ¿De verdad cree que vendrá?
Tesman. Sí, estoy casi seguro. Lo que
nos contó usted esta mañana no deben de
ser más que rumores sin fundamento.
Brack. ¿Eso cree?
Tesman. Sí, la tía Julle, por lo
menos, me ha dicho que no cree que Ejlert Løvborg
se interponga en mi camino a partir
de ahora. ¡Fíjate!
Brack. En fin, pues entonces está
todo bien.
Tesman. (Deja el sombrero con los
guantes en una silla a la derecha.) Sí, pero
tendrá que permitirme que lo espere
hasta el último momento.
Brack. Tenemos tiempo de sobra. Nadie
llegará a mi casa antes de las siete…,
siete y media.
Tesman. Pues entonces podemos hacer
compañía a Hedda un rato. Y luego ya
veremos, ¿eh?
Hedda. (Lleva el abrigo y el sombrero
de Brack al sofá rinconero.) Y en el peor
de los casos, el señor Løvborg
siempre puede quedarse conmigo.
Brack. (Queriendo llevar sus cosas él
mismo.) ¡Oh, permítame, señora! ¿A qué se
refiere con el peor de los casos?
Hedda. Si no quiere irse con usted y
Tesman.
Tesman. (La mira dubitativo.) Pero,
querida Hedda… ¿Te parecería correcto que
se quedara aquí contigo? Recuerda que
la tía Julle no puede venir.
Hedda. Ya, pero viene la señora
Elvsted. Así que podemos tomar el té los tres
juntos.
Tesman. ¡En ese caso sí!
Brack. (Sonriendo.) Y además,
probablemente, sería lo más saludable para él.
Hedda. ¿Por qué?
Brack. Por Dios, señora. Más de una
vez se ha burlado usted de mis pequeñas
fiestas para solteros. Decía que solo
eran adecuadas para hombres de principios firmes.
Hedda. Pero al parecer el señor
Løvborg ya tiene principios firmes. Un pecador
converso…
Berte entra por la puerta del
recibidor.
Berte. Señora, ha llegado un
caballero que quiere pasar…
Hedda. Que pase.
Tesman. (En voz baja.) ¡Estoy seguro
de que es él! ¡Fíjate!
Ejlert Løvborg entra desde el
recibidor. Es esbelto y flaco, y de la misma edad
que Tesman, aunque aparenta más y
está algo consumido. El pelo y la barba son
castaño oscuro, la cara alargada y
pálida, aunque con unas manchas rojizas en las
mejillas. Va vestido con un traje de
visita elegante, negro y muy nuevo. En la mano,
guantes oscuros y un sombrero de
copa. Se queda parado cerca de la puerta y hace una
reverencia apresurada. Parece algo
cohibido.
Tesman. (Va a su encuentro y le
estrecha la mano.) Querido Ejlert… ¡Por fin
volvemos a vernos!
Ejlert Løvborg. (Habla en voz baja.)
¡Gracias por la carta! (Se acerca a Hedda.)
¿Me permite tenderle la mano a usted
también, señora Tesman?
Hedda. (Cogiendo su mano.)
Bienvenido, señor Løvborg. (Con un ademán de la
mano.) No sé si los caballeros…
Løvborg. (Con una leve reverencia.)
El juez Brack, creo.
Brack. (Igualmente.) Por Dios. Hace
ya algunos años…
Tesman. (A Løvborg, con las manos
sobre sus hombros.) Y ahora, Ejlert, siéntete
como en casa, por favor. ¿Verdad,
Hedda? Tengo entendido que te instalas de nuevo en
la ciudad, ¿eh?
Løvborg. Sí, eso quiero.
Tesman. Claro, muy razonable. Oye… He
conseguido tu nuevo libro. Aunque
todavía no he tenido tiempo de
leerlo, claro.
Løvborg. Será mejor que te lo
ahorres.
Tesman. ¿Por qué dices eso?
Løvborg. Porque no vale gran cosa.
Tesman. ¡Fíjate…! ¡¿Cómo dices eso?!
Brack. Pues lo elogian mucho, por lo
que oigo.
Løvborg. Justamente lo que yo
pretendía. Por eso lo escribí de manera que pudiera
gustarle a todo el mundo.
Brack. Muy sensato.
Tesman. ¡Pero, querido Ejlert…!
Løvborg. Intentaré reconquistar una
posición, empezar desde el principio…
Tesman. (Algo cohibido.) Sí, ¿eh?
Løvborg. (Con una sonrisa, deja el
sombrero y se saca del bolsillo del abrigo un
paquete envuelto en papel.) Pero
cuando se publique esto, Jørgen Tesman, sí que tienes
que leerlo. Porque este es el bueno,
en este soy yo mismo.
Tesman. Vaya. ¿Y qué es?
Løvborg. Es la continuación.
Tesman. ¿La continuación? ¿De qué?
Løvborg. Del libro.
Tesman. ¿Del nuevo?
Løvborg. Evidentemente.
Tesman. Pero, querido Ejlert…, ¡tu
libro llega hasta nuestros días!
Løvborg. Así es. Y este trata sobre
el futuro.
Tesman. ¡El futuro! Pero, por Dios,
¡sobre el futuro no sabemos nada!
Løvborg. No, pero aun así podemos
decir algunas cosas sobre él. (Abriendo el
paquete.) Verás…
Tesman. Pero si esa no es tu letra…
Løvborg. Lo he dictado. (Pasando las
hojas.) Está dividido en dos partes. La
primera trata sobre los movimientos
culturales del futuro. Y esta segunda… (Pasa
algunas páginas más.) Sobre el
progreso de la cultura en el futuro.
Tesman. ¡Qué extraño! Nunca se me
ocurriría escribir sobre esas cosas.
Hedda. (Junto a la puerta
acristalada, tamborileando sobre el cristal.) Hum… En
fin…
Løvborg. (Vuelve a meter las hojas en
el envoltorio y deja el paquete sobre la
mesa.) Me lo he traído porque pensaba
leerte un poco esta noche.
Tesman. Ah, pues qué amable por tu
parte. Pero ¿esta noche…? (Mirando a
Brack.) No sé bien cómo podríamos
hacerlo…
Løvborg. Pues otro día. Tampoco corre
prisa.
Brack. Le diré, señor Løvborg…, que
hoy celebro una pequeña reunión en mi
casa. Casi diría que es en honor a
Tesman, ¿entiende…?
Løvborg. (Buscando su sombrero.) Ah…
En tal caso no quiero…
Brack. No, escuche. ¿Me concedería el
placer de unirse a nosotros?
Løvborg. (Breve y decidido.) No, no
puedo. Pero se lo agradezco sinceramente.
Brack. ¡Vamos! Venga. Seremos un
pequeño grupo selecto. Y le aseguro que será
una reunión «animada», como suele
decir la señora Hed…, la señora Tesman.
Løvborg. No lo dudo, pero aun así…
Brack. Podría traerse su manuscrito y
leérselo allí a Tesman. Tengo habitaciones
de sobra.
Tesman. Sí, fíjate, Ejlert… ¡Eso
podrías hacer! ¿Eh?
Hedda. (Pasando entre ellos.) Pero,
querido, dado que el señor Løvborg no
quiere… Seguro que le apetece mucho
más quedarse aquí a cenar conmigo.
Løvborg. (Mirándola.) ¡¿Con usted,
señora?!
Hedda. Y con la señora Elvsted.
Løvborg. Ah… (Como de pasada.) La he
visto un momento a mediodía.
Hedda. Ah, ¿sí? Pues viene para acá.
Así que casi es necesario que se quede, señor
Løvborg. De lo contrario no tendrá a
nadie que la acompañe a casa.
Løvborg. Es verdad. En tal caso,
señora, se lo agradezco… Me quedo.
Hedda. Entonces avisaré a la criada…
Se acerca al recibidor y llama. Berte
entra por la puerta. Hedda le habla en voz
baja y señala la salita del fondo.
Berte asiente y se marcha.
Tesman. (Al mismo tiempo, a Ejlert
Løvborg.) Oye, Ejlert… Ese nuevo tema…, lo
del futuro…, ¿es lo que piensas
tratar en tu conferencia?
Løvborg. Sí.
Tesman. El librero me ha dicho que
pretendes dar una serie de conferencias este
otoño.
Løvborg. Y es verdad, pero no quiero
que te lo tomes a mal, Tesman.
Tesman. ¡No, por Dios! Pero…
Løvborg. Entiendo perfectamente que
debe de venirte muy mal.
Tesman. (Cortado.) Ah, por mi parte
no puedo exigir que…
Løvborg. Pero esperaré a que hayas
conseguido tu nombramiento…
Tesman. ¡Esperarás! Pero… ¿No vas a
concursar? ¿Eh?
Løvborg. No. Solo quiero vencerte
ante la opinión pública.
Tesman. Pero, Dios mío… ¡Entonces la
tía Julle tenía razón! ¡Si ya lo sabía yo!
¡Hedda! Fíjate… ¡Ejlert Løvborg no
piensa interponerse en nuestro camino!
Hedda. (Cortante.) ¿Nuestro? A mí
mantenme al margen.
Se dirige hacia la salita donde Berte
está colocando una bandeja con botellas y
copas sobre la mesa. Hedda asiente
con aprobación y regresa al salón. Berte sale.
Tesman. (Al mismo tiempo.) ¿Y usted,
juez Brack? ¿Qué me dice de esto, eh?
Brack. Digo que eso del honor y el
triunfo… pueden ser asuntos muy bellos…
Tesman. Sin duda, pero aun así…
Hedda. (Mira a Tesman con una sonrisa
fría.) Pareces fulminado por un rayo.
Tesman. Sí…, más o menos…, creo…
Brack. La verdad, señora, es que lo
que ha pasado sobre nosotros ha sido una
tormenta.
Hedda. (Señalando la salita.) ¿No
quieren los señores tomar una copa de ponche
frío?
Brack. (Mirando su reloj.) ¿La
espuela? Sí, puede ser buena idea.
Tesman. ¡Excelente, Hedda!
¡Excelente! Ahora me siento liviano…
Hedda. Adelante, usted también, señor
Løvborg.
Løvborg. (Rechazando.) No, se lo
agradezco, pero no quiero.
Brack. Por Dios… Tengo entendido que
el ponche frío no es venenoso…
Løvborg. Quizá no para todo el mundo.
Hedda. Ya sabré yo entretener al
señor Løvborg mientras tanto.
Tesman. Bueno, querida Hedda, hazlo
así.
Brack y él se van a la salita, se
sientan y, durante lo siguiente, beben ponche,
fuman cigarrillos y charlan
animadamente. Ejlert Løvborg se queda parado junto a la
estufa. Hedda se acerca al
escritorio.
Hedda. (Subiendo el tono.) Si le
apetece, voy a enseñarle unas fotografías.
Tesman y yo hicimos un viaje por el
Tirol de camino a casa.
Se acerca con un álbum que deja sobre
la mesa ante el sofá de la izquierda, y se
sienta en el rincón del fondo del
sofá. Ejlert Løvborg se acerca, se detiene y la mira. A
continuación, coge una silla y se
sienta a su izquierda, dando la espalda a la salita.
Hedda. (Abriendo el álbum.) ¿Ve esta
cordillera, señor Løvborg? Es el macizo del
Ortles. Tesman lo ha escrito aquí,
debajo. Pone: «Grupo Ortles, en Merano».
Løvborg. (Que la ha estado mirando
intensamente, dice despacio y en voz baja:)
¡Hedda… Gabler!
Hedda. (Se apresura a mirarlo de
reojo.) ¡Chis!
Løvborg. (Repite en voz baja.) ¡Hedda
Gabler!
Hedda. (Mirando el álbum.) Así me
llamaba antes. Cuando usted y yo… nos
conocíamos.
Løvborg. Y a partir de ahora… y para
toda la vida… tendré que acostumbrarme a
no llamarte nunca Hedda Gabler.
Hedda. (Sigue hojeando.) Así es. Y le
recomiendo que empiece a practicar a
tiempo. Cuanto antes, mejor.
Løvborg. (Con voz indignada.) ¿Hedda
Gabler casada? ¡Y con… Jørgen Tesman!
Hedda. Así son las cosas.
Løvborg. Ay, Hedda, Hedda…, ¡cómo has
podido echarte a perder así!
Hedda. (Lo mira cortante.) ¡Ya está
bien! ¡Esto no!
Løvborg. ¿El qué?
Entra Tesman y se acerca al sofá.
Hedda. (Lo oye llegar y dice con
indiferencia:) Y esto, señor Løvborg, es el valle
de Ampezzo. Mire qué picos. (Mira a
Tesman con amabilidad.) Tesman, ¿cómo se
llamaban estos curiosos picos?
Tesman. Déjame ver. Ah, esos son los
Dolomitas.
Hedda. ¡Exacto! Los Dolomitas, señor
Løvborg.
Tesman. Oye, Hedda… Venía a
preguntarte si no quieres que te traiga un poco de
ponche, al menos para ti, ¿eh?
Hedda. Sí, gracias. Y quizá un par de
pasteles.
Tesman. ¿No quieres cigarrillos?
Hedda. No.
Tesman. Bien.
Se va por la salita del fondo y sale
por el lado derecho. Brack permanece sentado
y, de vez en cuando, presta atención
a Hedda y Løvborg.
Løvborg. (En voz baja, igual que
antes.) Respóndeme, Hedda… ¿Cómo has
podido hacer esto?
Hedda. (Aparentemente absorta en el
álbum.) Si continua tuteándome, no hablaré
con usted.
Løvborg. ¿No puedo decir «tú» ni
cuando estamos a solas?
Hedda. No. Puede usted pensarlo, pero
no decirlo.
Løvborg. Ah, ya entiendo. Atenta
contra su amor… por Jørgen Tesman.
Hedda. (Lo mira de soslayo y sonríe.)
¿Amor? ¡No me haga reír!
Løvborg. ¡Así que no hay amor!
Hedda. ¡Pero tampoco ninguna clase de
infidelidad! De eso no quiero saber nada.
Løvborg. Hedda…, respóndame solo a
esto…
Hedda. ¡Chis!
Tesman llega con una bandeja desde la
salita.
Tesman. ¡Ea! Aquí vienen las cosas
ricas.
Deja la bandeja sobre la mesa.
Hedda. ¿Por qué me lo traes tú?
Tesman. (Llenando las copas.) Porque
me hace mucha ilusión servirte, Hedda.
Hedda. Pero has llenado las dos
copas. Y el señor Løvborg ha dicho que no
quería…
Tesman. Ya, pero supongo que la
señora Elvsted llegará pronto…
Hedda. Es verdad, la señora Elvsted…
Tesman. Te habías olvidado de ella,
¿eh?
Hedda. Estamos tan enfrascados en
esto… (Le enseña una foto.) ¿Recuerdas este
pueblecito?
Tesman. Ah, ¡es el que está a los
pies del paso del Brennero! Allí hicimos
noche…
Hedda. … Y conocimos a aquellos
turistas tan alegres.
Tesman. Allí fue, efectivamente.
¡Imagínate, Ejlert, si hubiéramos podido tenerte
allí con nosotros! En fin…
Vuelve a la salita y se sienta con
Brack.
Løvborg. Respóndame solo a esto,
Hedda…
Hedda. ¿A qué?
Løvborg. ¿Tampoco había amor en la
relación que mantenía usted conmigo? ¿No
había ni sombra…, ni un viso de amor?
Hedda. ¿Quién sabe? Nos recuerdo como
dos buenos compañeros. Dos amigos
muy cercanos. (Sonríe.) Usted, en
concreto, me abría mucho su corazón.
Løvborg. Era usted quien quería que
lo hiciera.
Hedda. Al mirar atrás, me parece que
sí había algo bello, algo tentador… y
valiente en… en esa confianza
secreta…, en esa amistad sobre la que nadie sabía nada.
Løvborg. ¡¿Verdad que sí, Hedda?! ¿A
que lo había? Cuando yo iba a ver a su
padre por las tardes… Y el general se
sentaba ante la ventana a leer los periódicos…, de
espaldas…
Hedda. Y nosotros dos en el sofá del
rincón…
Løvborg. Siempre con la misma revista
ilustrada ante nosotros…
Hedda. A falta de un álbum.
Løvborg. Sí, Hedda, y luego, cuando
le confesé…, cuando le conté cosas sobre mí
mismo que, en aquel momento, no sabía
nadie más. Me presentaba ante usted y le
confesaba que me había pasado días y
noches enteros de juerga, una y otra vez. Ay,
Hedda… ¿Qué fuerza había en usted que
me obligaba a reconocerle aquello?
Hedda. ¿Cree que había una fuerza en
mí?
Løvborg. Sí, ¿cómo explicármelo si
no? Y aquellas preguntas que me planteaba
con tantos… rodeos…
Hedda. Y que usted entendía a la
perfección…
Løvborg. ¡¿Cómo podía preguntarme
esas cosas?! ¡Sin el menor pudor!
Hedda. Con rodeos, si me permite.
Løvborg. Sí, pero aun así sin pudor.
¡Interrogarme de ese modo… sobre todas
esas cosas!
Hedda. Y cómo podía usted contestar,
señor Løvborg.
Løvborg. Sí, eso es precisamente lo
que no entiendo… ahora, con el tiempo. Pero
dígame entonces, Hedda… ¿No había
amor en el fondo de esa relación? ¿No había, por
su parte, una voluntad de limpiarme…
cuando acudía a usted con mis confesiones? ¿No
la había?
Hedda. No exactamente.
Løvborg. ¿Y qué la movía entonces?
Hedda. ¿Le parece tan extraño que una
joven…? Dado que podía suceder así…,
en secreto…
Løvborg. ¿Sí?
Hedda. ¿Que tuviera ganas de echar un
vistazo al mundo que…?
Løvborg. ¿Que…?
Hedda. ¿… Que no me estaba permitido
conocer?
Løvborg. ¿Así que era eso?
Hedda. Eso también. Eso también…,
creo.
Løvborg. Compañeros en el deseo de
vivir. Pero ¿por qué no pudimos conservar
al menos eso?
Hedda. La culpa fue suya.
Løvborg. Fue usted quien rompió
conmigo.
Hedda. Sí, cuando el peligro de que
la realidad invadiera la relación se hizo
acuciante. ¡Avergüéncese, Ejlert
Løvborg! ¡¿Cómo pudo tratar de abusar de su… brava
compañera?!
Løvborg. (Retorciéndose las manos.)
¡Ay, por qué no cumplió su amenaza! ¡Por
qué no me disparó como quería!
Hedda. Hasta ese punto me da miedo el
escándalo.
Løvborg. Sí, Hedda, en el fondo es
usted una cobarde.
Hedda. Extremadamente cobarde.
(Cambia de tono.) Pero para usted fue una
suerte. Y ahora ha encontrado un
delicioso consuelo en casa de los Elvsted.
Løvborg. Sé lo que le ha contado
Thea.
Hedda. ¿Y quizá usted le haya contado
algo sobre nosotros dos?
Løvborg. Ni una palabra. Es demasiado
tonta para comprender esas cosas.
Hedda. ¿Tonta?
Løvborg. Para ese tipo de cosas es
tonta.
Hedda. Y yo cobarde. (Se inclina
hacia él, sin mirarlo a los ojos, y dice en voz
más baja:) Pero ahora yo quiero
confesarle algo.
Løvborg. (Emocionado.) ¿Sí?
Hedda. No atreverme a dispararle…
Løvborg. ¡¿Sí?!
Hedda. … No fue la mayor cobardía que
cometí… esa noche.
Løvborg. (La mira un momento, la
entiende y susurra apasionado:) ¡Ay, Hedda!
¡Hedda Gabler! ¡Intuyo un motivo
oculto bajo el compañerismo! ¡Tú y yo…! Sí, era la
llamada de la vida la que…
Hedda. (En voz baja, con una mirada
cortante.) ¡Cuidado! ¡No crea eso!
Ha empezado a oscurecer. Berte abre
la puerta del recibidor.
Hedda. (Cierra de golpe el álbum y
exclama sonriente:) ¡Por fin! Queridísima
Thea…, ¡adelante!
La señora Elvsted entra desde el
recibidor. Va vestida de fiesta. La puerta se
cierra tras ella.
Hedda. (En el sofá, le tiende las
manos.) Thea, bonita… ¡No te imaginas cómo te
he esperado!
Al pasar, la señora Elvsted saluda
brevemente a los caballeros en la salita, se
acerca a la mesa y le tiende la mano
a Hedda. Ejlert Løvborg se ha levantado. Él y la
señora Elvsted se saludan con la
cabeza, sin mediar palabra.
Señora Elvsted. ¿Quizá debería pasar
a conversar un poco con tu marido?
Hedda. No hace ninguna falta. Déjalos
estar. No tardarán en irse.
Señora Elvsted. ¿Se van?
Hedda. Sí, se van de fiesta.
Señora Elvsted. (Apresurada, a
Løvborg.) Supongo que usted no.
Løvborg. No.
Hedda. El señor Løvborg… se queda con
nosotras.
Señora Elvsted. (Coge una silla y
quiere sentarse junto a Ejlert Løvborg.) ¡Ah,
qué a gusto se está aquí!
Hedda. ¡No, mi pequeña Thea! ¡Ahí no!
Vas a venir a sentarte aquí conmigo.
Quiero estar en medio.
Señora Elvsted. Como quieras.
Rodea la mesa y se sienta en el sofá,
a la derecha de Hedda. Løvborg vuelve a
sentarse en la silla.
Løvborg. (Tras una breve pausa, a
Hedda.) ¿No es una delicia mirarla?
Hedda. (Acariciando levemente el pelo
de la señora Elvsted.) ¿Solo mirarla?
Løvborg. Sí, porque nosotros…, ella y
yo…, somos verdaderos compañeros.
Creemos incondicionalmente en el
otro. Y además podemos hablar sin ningún pudor…
Hedda. ¿Sin rodeos, señor Løvborg?
Løvborg. Bueno…
Señora Elvsted. (En voz baja,
agarrándose a Hedda.) ¡Ay, qué feliz soy, Hedda!
Fíjate…, incluso dice que lo he
inspirado.
Hedda. (La mira con una sonrisa.)
Vaya, ¿eso dice?
Løvborg. ¡Y el coraje que tiene a la
hora de actuar, señora Tesman!
Señora Elvsted. Dios mío…, ¡coraje
yo!
Løvborg. Infinito… cuando se trata
del compañero.
Hedda. Coraje… ¡Sí! ¡Quién lo
tuviera!
Løvborg. ¿Y qué pasaría, según usted,
si lo tuviera?
Hedda. Quizá podría vivir la vida.
(Cambia repentinamente de tono.) En fin, mi
queridísima Thea… Ahora te vas a
beber una buena copa de ponche frío.
Señora Elvsted. No, gracias, nunca
bebo esas cosas.
Hedda. Pues entonces usted, señor
Løvborg.
Løvborg. Gracias, yo tampoco.
Señora Elvsted. ¡Él tampoco!
Hedda. (Mirándolo firmemente.) ¿Y si
yo se lo pido?
Løvborg. Da igual.
Hedda. (Riéndose.) Entonces, pobre de
mí, ¿no tengo ningún poder sobre usted?
Løvborg. No en este terreno.
Hedda. Francamente pienso que debería
hacerlo de todos modos. Por usted
mismo.
Señora Elvsted. ¡Pero, Hedda…!
Løvborg. ¿Qué quiere decir?
Hedda. O, mejor dicho, por la gente.
Løvborg. ¿Y eso?
Hedda. Si no lo hace, la gente podría
pensar que no…, que en el fondo… no se
siente del todo valiente…, que no se
fía del todo de sí mismo.
Señora Elvsted. (A media voz.) ¡Ay,
no, Hedda…!
Løvborg. La gente puede pensar lo que
le dé la gana… por ahora.
Señora Elvsted. (Contenta.) ¡Verdad
que sí!
Hedda. Hace un momento se lo he
notado perfectamente al juez Brack.
Løvborg. ¿Qué le ha notado?
Hedda. Ha sonreído con mucha sorna
cuando no se ha atrevido a sentarse con
ellos.
Løvborg. ¡Que no me he atrevido!
Evidentemente, prefería quedarme aquí
conversando con usted.
Señora Elvsted. ¡Lo cual era muy
razonable, Hedda!
Hedda. Pero eso no podía saberlo el
juez. Y también lo he visto reprimir una
sonrisa y mirar de reojo a Tesman
cuando no se ha atrevido a acompañarlos a esa pobre
fiesta.
Løvborg. ¡Que no me he atrevido!
¿Dice que no me he atrevido?
Hedda. Yo no. Pero así lo ha
entendido el juez Brack.
Løvborg. Pues que piense lo que
quiera.
Hedda. Entonces, ¿no se va con ellos?
Løvborg. Me quedo aquí con usted y
con Thea.
Señora Elvsted. Sí, Hedda…, como
supondrás…
Hedda. (Sonríe y asiente con
aprobación mirando a Løvborg.) Eso es tener
principios, firmes como una roca.
¡Así debe ser un hombre! (Se vuelve hacia la señora
Elvsted y la acaricia.) ¿No te lo
dije esta mañana, cuando llegaste tan alterada…?
Løvborg. (Perplejo.) ¿Alterada?
Señora Elvsted. (Aterrada.) ¡Hedda…!
¡Hedda, por Dios…!
Hedda. ¡Pues ya lo estás viendo! No
hacía ninguna falta que te angustiaras tanto…
(Interrumpiéndose.) ¡En fin! ¡Ahora
podremos divertirnos los tres!
Løvborg. (Se ha encogido.) ¿Qué es
esto, señora Tesman?
Señora Elvsted. ¡Dios mío, Dios mío,
Hedda! ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Qué estás
haciendo?!
Hedda. ¡Silencio! El repelente del
juez no te quita ojo.
Løvborg. Así que estabas angustiada
por mí.
Señora Elvsted. (En voz baja,
quejumbrosa.) Ay, Hedda… ¡Qué disgusto me estás
dando!
Løvborg. (La mira de frente durante
un rato. Tiene el rostro contrariado.) Así
que esa era la fe que tenía mi
compañera en mí.
Señora Elvsted. (Suplicando.) Ay,
queridísimo amigo… ¡Escúchame primero…!
Løvborg. (Coge una de las copas
llenas de ponche, la levanta y dice en voz baja y
ronca:) ¡A tu salud, Thea!
Vacía la copa, la deja y coge la
otra.
Señora Elvsted. (En voz baja.) Ay,
Hedda, Hedda… ¡Por qué quieres esto!
Hedda. ¿Querer? ¿Yo? ¿Estás loca?
Løvborg. Y a su salud también, señora
Tesman. Gracias por la verdad. ¡Viva la
verdad!
Apura la copa y quiere volverla a
llenar.
Hedda. (Le posa una mano sobre el
brazo.) Ya vale, ya vale… por el momento.
Recuerde que se va usted de fiesta.
Señora Elvsted. ¡No, no, no!
Hedda. Chis, te están mirando.
Løvborg. (Dejando la copa.) Oye,
Thea, responde sinceramente…
Señora Elvsted. ¡Sí!
Løvborg. ¿Sabía tu marido que venías
detrás de mí?
Señora Elvsted. (Retorciéndose las
manos.) Ay, Hedda… ¡¿Oyes lo que me
pregunta?!
Løvborg. ¿Acordaste con él que
vendrías a la ciudad para vigilarme? ¿Quizá fue
el propio comisario quien te
convenció? Ajá… Seguro que me necesitaba en el
despacho. ¿O me echaba de menos para
jugar a las cartas?
Señora Elvsted. (En voz baja,
lamentándose.) ¡Ay, Løvborg, Løvborg…!
Løvborg. (Coge una copa y la quiere
llenar.) ¡Otro brindis por el buen comisario!
Hedda. (Parándolo.) Ya no más.
Recuerde que va a salir y leer su texto a Tesman.
Løvborg. (Sereno, deja la copa.) Ha
sido una estupidez por mi parte, Thea.
Tomármelo así, quiero decir. No te
enfades conmigo, querida, querida, compañera. Ya
verás…, tanto tú como los demás
veréis… que a pesar de que caí… ¡ahora me he
levantado! Con tu ayuda, Thea.
Señora Elvsted. (Resplandeciente.)
¡Ay, gracias a Dios…!
Entre tanto Brack ha mirado su reloj.
Él y Tesman entran en el salón.
Brack. (Cogiendo su abrigo y su
sombrero.) En fin, señora Tesman, ha llegado
nuestra hora.
Hedda. Supongo que sí.
Løvborg. (Levantándose.) La mía
también, señor juez.
Señora Elvsted. (A media voz,
suplicante.) Ay, Løvborg… ¡No!
Hedda. (Pellizcándola en el brazo.)
¡Te están oyendo!
Señora Elvsted. (Un leve grito.) ¡Ay!
Løvborg. (A Brack.) Fue usted tan
amable de invitarme a acompañarlos.
Brack. Ah, ¿al final se viene?
Løvborg. Sí, muchas gracias.
Brack. Me alegro mucho…
Løvborg. (Cogiendo el paquete de
papel le dice a Tesman.) Porque me gustaría
enseñarte algunas partes antes de
desprenderme del texto.
Tesman. Ay, fíjate… ¡Será divertido!
Pero, querida Hedda, ¿cómo harás entonces
para que la señora Elvsted vuelva a
casa, eh?
Hedda. Bah, ya le encontraremos
remedio.
Løvborg. (Mirando a las señoras.) ¿La
señora Elvsted? Volveré a recogerla,
evidentemente. (Acercándose.)
¿Alrededor de las diez, señora Tesman? ¿Le va bien?
Hedda. Desde luego. Me va muy bien.
Tesman. Pues entonces todo arreglado.
Pero a mí no me esperes tan temprano,
Hedda.
Hedda. Ah, querido… tú quédate todo…,
todo lo que quieras.
Señora Elvsted. (Con angustia
reprimida.) Señor Løvborg…, entonces espero
aquí su regreso.
Løvborg. (Con el sombrero en la
mano.) Por supuesto, señora.
Brack. ¡Pasajeros al tren del placer!
Confío en que será una reunión animada,
como dice cierta hermosa señora.
Hedda. Ay, si esa hermosa señora
pudiera hacerse invisible y estar presente…
Brack. ¿Por qué invisible?
Hedda. Para oírles soltar sus
animados comentarios sin disimulos, señor juez.
Brack. (Riéndose.) No se lo
aconsejaría, hermosa señora.
Tesman. (Riéndose también.) ¡Hay que
ver cómo eres, Hedda! ¡Fíjate!
Brack. En fin, ¡adiós, adiós,
señoras!
Løvborg. (Haciendo una reverencia.)
Entonces, sobre las diez.
Brack, Løvborg y Tesman salen por la
puerta del recibidor. Al mismo tiempo,
llega Berte desde la salita del fondo
con una lámpara encendida que coloca sobre la
mesa central, luego sale por el mismo
sitio.
Señora Elvsted. (Se ha levantado y
camina inquieta por el salón.) Hedda…,
Hedda… ¡Cómo acabará esto!
Hedda. A las diez… volverá. Me lo
estoy imaginando. Coronado de pámpanos…
Acalorado y bravo…
Señora Elvsted. Ay, ojalá fuera así.
Hedda. Y para entonces… habrá
recuperado el dominio sobre sí mismo. Y será un
hombre libre para el resto de sus
días.
Señora Elvsted. Ay, Dios mío… Ojalá
regresara como te lo imaginas.
Hedda. ¡Así y solo así volverá! (Se
levanta y se acerca.) Duda de él todo lo que
quieras, pero yo creo en él. Ahora lo
pondremos a prueba…
Señora Elvsted. ¡Me estás ocultando
algo, Hedda!
Hedda. Efectivamente. Por una vez en
mi vida, quiero influir sobre el destino de
una persona.
Señora Elvsted. ¿No lo haces ya?
Hedda. No lo hago… y nunca lo he
hecho.
Señora Elvsted. ¿Y sobre tu marido?
Hedda. ¡Claro, eso sí que valdría la
pena! Ay, si te hicieras una idea de lo pobre
que soy… ¡A ti, en cambio, se te
permite ser tan rica! (Apasionada, la rodea con los
brazos.) Creo que al final acabaré
quemándote el pelo.
Señora Elvsted. ¡Suéltame! ¡Suéltame!
¡Me das miedo, Hedda!
Berte. (En la puerta de la salita.)
El té está servido en el comedor, señora.
Hedda. Bien, ahora vamos.
Señora Elvsted. ¡No, no, no!
¡Prefiero volver sola a casa! ¡Ahora mismo!
Hedda. ¡Tonterías! Primero vas a
tomar un té, bobita. Y luego…, a las diez…,
Ejlert Løvborg volverá… coronado de
pámpanos.
Casi a la fuerza, se lleva a la
señora Elvsted hacia la puerta de la salita.
ACTO TERCERO
El salón de los Tesman. Las cortinas
del fondo están echadas, al igual que las de
la puerta acristalada. La lámpara,
con pantalla, arde a media mecha sobre la mesa. En
la estufa, que tiene la puerta
abierta, el fuego está casi extinguido.
La señora Elvsted, envuelta en un
gran chal y con los pies sobre el alzapié, está
sentada en el sillón, muy cerca de la
estufa. Hedda duerme vestida en el sofá, arropada
con una manta.
Señora Elvsted. (Tras una pausa, se
incorpora sobresaltada en el sillón y aguza el
oído expectante. A continuación, se
recuesta con cansancio y empieza a gimotear.)
¡Todavía no! ¡Ay, Dios mío…! Dios
mío… ¡Todavía no!
Berte entra de puntillas por la
puerta del recibidor. Trae una carta en la mano.
Señora Elvsted. (Se vuelve y susurra
expectante.) ¿Qué? ¿Ha venido alguien?
Berte. (En voz baja.) Sí, una chica
acaba de entregar esta carta.
Señora Elvsted. (Apresurada, alarga
el brazo.) ¡Una carta! ¡Démela!
Berte. No, señora, es para el doctor.
Señora Elvsted. Vaya.
Berte. La ha traído la muchacha de la
señorita Tesman. La dejo aquí, sobre la
mesa.
Señora Elvsted. Bien.
Berte. (Dejando la carta.) Será mejor
que apague la lámpara. Está humeando.
Señora Elvsted. Sí, apáguela. No
tardará en amanecer.
Berte. (Apagándola.) Ya ha amanecido,
señora.
Señora Elvsted. ¡Sí, es de día! ¡Y
aún no han vuelto…!
Berte. Ay, por Dios… Ya me imaginaba
yo que pasaría esto.
Señora Elvsted. ¿Se lo imaginaba
usted?
Berte. Sí, al ver que cierto
caballero había regresado a la ciudad… y que se iba
con ellos, pues… Ese señor ya dio
mucho que hablar en su momento.
Señora Elvsted. No hable tan alto. Va
a despertar a la señora.
Berte. (Mirando hacia el sofá,
suspira.) Por Dios…, que duerma, la pobre… ¿No
quiere que eche más leña al fuego?
Señora Elvsted. Gracias, por mí no.
Berte. Bueno, pues nada.
Sale silenciosamente por la puerta
del recibidor.
Hedda. (Se despierta cuando se cierra
la puerta y levanta la vista.) ¡Qué pasa…!
Señora Elvsted. Solo era la criada.
Hedda. (Mirando a su alrededor.)
¡Aquí, en el salón…! Ah, ya recuerdo… (Se
incorpora y, ya sentada, se despereza
y se frota los ojos.) ¿Qué hora es, Thea?
Señora Elvsted. (Mirando su reloj.)
Son más de las siete…
Hedda. ¿A qué hora volvió Tesman?
Señora Elvsted. No ha vuelto.
Hedda. ¿No ha vuelto todavía?
Señora Elvsted. (Levantándose.) Aquí
no ha vuelto nadie.
Hedda. Y nosotras esperándolos, en
vela, hasta las cuatro de la mañana…
Señora Elvsted. (Retorciéndose las
manos.) ¡Ay, cuánto he esperado!
Hedda. (Bosteza y, con la mano ante
la boca, dice:) Pues sí, podríamos
habérnoslo ahorrado.
Señora Elvsted. ¿Y luego has podido
dormir algo?
Hedda. Pues sí. Creo que he dormido
bastante bien. ¿Y tú?
Señora Elvsted. No he pegado ojo. ¡No
he podido, Hedda! ¡Me ha sido
completamente imposible!
Hedda. (Se levanta y se dirige hacia
ella.) ¡Ea, ea! No hay de qué preocuparse. Sé
perfectamente lo que ha pasado.
Señora Elvsted. ¿Qué piensas? ¡Dime!
Hedda. Pues, evidentemente, la cosa
se alargó en casa del juez…
Señora Elvsted. Ay, Dios mío…, será
eso. Pero, de todos modos…
Hedda. Y luego, como entenderás,
Tesman no habrá querido volver haciendo
ruido y llamando a la puerta a esas
horas. (Se ríe.) Y quizá tampoco quería que lo
viéramos… justo después de una alegre
velada.
Señora Elvsted. Pero, querida…
¿Adónde puede haber ido?
Hedda. Evidentemente ha subido a casa
de sus tías y se ha echado a dormir allí.
Conservan su viejo cuarto.
Señora Elvsted. No, allí no puede
estar. Acaba de llegar una carta para él de la
señorita Tesman. Está ahí.
Hedda. Ah, ¿sí? (Mirando la letra.)
Sí, del puño y letra de la tía Julle. Pues,
entonces, se habrá quedado en casa
del juez. Y Ejlert Løvborg está leyendo en voz
alta…, coronado de pámpanos.
Señora Elvsted. Ay, Hedda, deja de
hablar de cosas en las que ni tú misma crees.
Hedda. De verdad que eres una
bobalicona, Thea.
Señora Elvsted. Ya, desgraciadamente,
debo de serlo.
Hedda. Y pareces agotada.
Señora Elvsted. Es que lo estoy.
Hedda. Pues entonces vas a hacer lo
que te digo. Ve a mi cuarto y échate un poco
en la cama.
Señora Elvsted. Ay, no, no… De todos
modos no podré conciliar el sueño.
Hedda. Claro que podrás.
Señora Elvsted. Sí, pero seguro que
tu marido vuelve enseguida. Y tengo que
enterarme…
Hedda. Yo te aviso cuando vuelva.
Señora Elvsted. ¿Me lo prometes,
Hedda?
Hedda. Sí, cuenta con ello. Entre
tanto, ve a dormir un poco.
Señora Elvsted. Gracias, trataré de
hacerlo.
Sale por la salita.
Hedda se acerca a la puerta
acristalada y descorre las cortinas. La plena luz del
día entra en el salón. A
continuación, coge un espejito de mano del escritorio, se mira y
se arregla el pelo. Después se acerca
a la puerta del recibidor y presiona el botón de la
campana.
Al poco, Berte aparece por la puerta.
Berte. ¿Desea algo la señora?
Hedda. Sí, eche leña al fuego. Estoy
pasando frío.
Berte. Jesús…, ahora mismo caliento
esto.
Reúne las brasas y echa un leño.
Berte. (Se para y escucha.) Acaban de
llamar a la puerta de la calle, señora.
Hedda. Pues vaya a abrir. Yo me
encargo de la estufa.
Berte. No tardará en prender.
Sale por la puerta del recibidor.
Hedda se arrodilla sobre el alzapié y
echa más leños a la estufa.
Jørgen Tesman entra después de una
breve pausa en el recibidor. Parece cansado
y algo serio. Se dirige de puntillas
hacia la puerta de la salita y pretende escabullirse
entre las cortinas.
Hedda. (Junto a la estufa, sin alzar
la vista.) Buenos días.
Tesman. (Se vuelve.) ¡Hedda! (Se
acerca.) Madre mía…, ¡levantada tan temprano,
eh!
Hedda. Sí, hoy me he levantado
temprano.
Tesman. ¡Y yo, que estaba convencido
de que seguías dormida! ¡Fíjate, Hedda!
Hedda. No hables tan alto. La señora
Elvsted está acostada en mi cuarto.
Tesman. ¡La señora Elvsted ha pasado
aquí la noche!
Hedda. Sí, como no vino nadie a
recogerla…
Tesman. Ya, supongo que no.
Hedda. (Cierra la puerta de la estufa
y se levanta.) En fin, ¿os habéis divertido en
casa del juez?
Tesman. Has estado preocupada por mí,
¿eh?
Hedda. No, no se me pasaría por la
cabeza preocuparme. Te he preguntado si os
habéis divertido.
Tesman. Desde luego que sí. Una vez
al año… Aunque, en realidad, disfruté sobre
todo al principio, cuando Ejlert me
leyó pasajes de su texto. Fíjate, llegamos una hora
antes de tiempo. Y Brack tenía muchas
cosas que organizar, claro. Pero Ejlert me leyó…
Hedda. (Sentándose en el lado derecho
de la mesa.) Cuenta…
Tesman. (Se sienta en un taburete
junto a la estufa.) Ay, Hedda, ¡no te imaginas
lo que va a ser ese libro! Sin duda,
será una de las obras más extraordinarias que se
hayan escrito nunca. ¡Fíjate!
Hedda. En fin, eso me da igual…
Tesman. Te voy a confesar una cosa.
Cuando terminó de leer… me invadió algo
feo.
Hedda. ¿Algo feo?
Tesman. Sentí envidia de Ejlert por
haber sido capaz de escribir algo así. ¡Fíjate,
Hedda!
Hedda. Sí, sí, ya me fijo.
Tesman. Y pensar que ese hombre… con
el talento que tiene… por desgracia es
completamente irredimible.
Hedda. Querrás decir que tiene más
coraje que otros para vivir la vida, ¿no?
Tesman. No, por Dios… Verás, lo que
no sabe es controlar los placeres.
Hedda. ¿Y cómo acabó la cosa?
Tesman. Pues creo, Hedda, que casi
habría que llamarlo una bacanal.
Hedda. ¿Estaba coronado de pámpanos?
Tesman. ¿Pámpanos? No, de eso no vi
nada. Pero pronunció un largo y confuso
discurso sobre la mujer que lo había
inspirado durante el trabajo. Así lo expresó.
Hedda. ¿Dijo su nombre?
Tesman. No, no lo dijo. Pero estoy
seguro de que no puede ser otra que la señora
Elvsted. ¡Seguro!
Hedda. Ya… ¿Dónde te separaste de él?
Tesman. En el camino de vuelta. Los
últimos… nos fuimos al mismo tiempo. Y
Brack nos acompañó para tomar un poco
el fresco. Así que acordamos acompañar a
Ejlert a casa. ¡Iba muy bebido!
Hedda. Ya me imagino.
Tesman. ¡Pero ahora viene lo más
raro, Hedda! O, mejor dicho, lo más triste.
Ay…, casi me avergüenzo… por Ejlert…
de contarlo…
Hedda. Bueno, ¿qué?
Tesman. Pues verás, resulta que,
cuando íbamos hacia el centro, me quedé un
poco rezagado. Solo un par de
minutos…, ¡fíjate!
Hedda. Por Dios, ¿y qué?
Tesman. Y cuando me apresuré a seguir
a los demás… ¿sabes lo que me encontré
en la cuneta, eh?
Hedda. No, ¿cómo iba a saberlo?
Tesman. Haz el favor de no contárselo
a nadie, Hedda. ¡¿Me oyes?! Prométemelo
por Ejlert. (Se saca del bolsillo del
abrigo un paquete envuelto en papel.) Fíjate…, me
encontré esto.
Hedda. ¿No es ese el paquete que
trajo ayer a casa?
Tesman. ¡Sí, su valioso e
irreemplazable manuscrito! Y resulta que se le había
caído… y no se había dado ni cuenta.
¡Fíjate qué cosas, Hedda! Qué triste…
Hedda. ¿Y por qué no le devolviste el
paquete enseguida?
Tesman. No me atreví a hacerlo… en el
estado en que se encontraba…
Hedda. ¿Tampoco le contaste a los
demás que lo habías encontrado?
Tesman. Claro que no. No quise
hacerlo por Ejlert, imagínate.
Hedda. ¿Así que nadie sabe que tienes
el manuscrito de Ejlert Løvborg?
Tesman. No. Y nadie debe saberlo
tampoco.
Hedda. ¿Y qué hablaste luego con él?
Tesman. Pues no pude hablar más con
él. Porque al adentrarnos por las calles del
centro, lo perdimos de vista a él y a
otros dos o tres. ¡Fíjate!
Hedda. ¿Sí? Pues lo habrán acompañado
a casa.
Tesman. Sí, supongo, eso pensé. Y
Brack también se fue.
Hedda. ¿Y por dónde has estado dando
tumbos desde entonces?
Tesman. Pues unos cuantos nos fuimos
a casa de uno de los alegres caballeros y
nos tomamos allí un café mañanero. O,
mejor dicho, un café nocturno, ¿eh? Pero en
cuanto me recupere un poco… y el
pobre Ejlert haya podido dormir la mona, me voy
corriendo a entregarle esto.
Hedda. (Alarga el brazo hacia el
paquete.) ¡No…, no se lo entregues! No
enseguida, quiero decir. Déjame
leerlo primero.
Tesman. No, querida Hedda, por Dios
que no me atrevo.
Hedda. ¿No te atreves?
Tesman. No…, imagínate su
desesperación cuando despierte y eche en falta el
manuscrito. ¡No tiene ninguna copia!
Me lo ha dicho él.
Hedda. (Lo mira como explorando.) ¿Y
estas cosas no se pueden reescribir? ¿No
se pueden repetir?
Tesman. No, no creo que pudiera. Por
la inspiración…, ¿sabes?
Hedda. Bueno…, precisamente eso,
siempre podría… (De pasada.) Por cierto…,
hay aquí una carta para ti.
Tesman. ¡No me digas! ¡Fíjate!
Hedda. (Se la tiende.) Ha llegado
esta mañana a primera hora.
Tesman. ¡De la tía Julle! ¿Qué podrá
ser? (Deja el paquete sobre el otro taburete,
abre la carta, la recorre con la
mirada y se levanta sobresaltado.) Ay, Hedda… ¡Dice
que la pobre tía Rina está
agonizando!
Hedda. Era de esperar.
Tesman. Y que si quiero verla por
última vez, tengo que darme prisa. Me voy
corriendo para allá.
Hedda. (Reprimiendo una sonrisa.)
¿Piensas correr?
Tesman. Ay, mi queridísima Hedda… ¿No
podrías acompañarme, eh?
Hedda. (Se levanta y dice cansada y
con rechazo:) No, no, no me pidas eso. No
quiero ver enfermedades ni muertes.
Ahórrame esas cosas tan feas.
Tesman. Por Dios, como quieras…
(Dando vueltas.) ¿Mi sombrero…? ¿Y mi
abrigo…? Ah, en el recibidor… Dios
mío, espero no llegar demasiado tarde, ¿eh,
Hedda?
Hedda. Vamos, corre…
Berte se asoma a la puerta del
recibidor.
Berte. Ha llegado el juez Brack y
pregunta si puede pasar.
Tesman. ¡A estas horas! No, me es
imposible recibirlo.
Hedda. Pero a mí no. (A Berte.) Haga
pasar al juez.
Berte sale.
Hedda. (Apresurada, susurrando.) ¡El
paquete, Tesman!
Hedda lo coge del taburete.
Tesman. ¡Sí, dámelo!
Hedda. No, no, yo te lo guardo.
Se acerca al escritorio y lo mete en
la estantería de libros. Tesman tiene tanta
prisa que no logra ponerse los
guantes.
El juez Brack entra desde el
recibidor.
Hedda. (Lo saluda con la cabeza.)
Ahora resulta que es usted madrugador.
Brack. Sí, ¿verdad? (A Tesman.)
¿Usted también va a salir?
Tesman. Sí, tengo que ir a casa de mi
tías. Fíjate…, la pobre enferma está
agonizando.
Brack. Por Dios, no me diga. Pues no
quiero entretenerlo en un momento tan
grave…
Tesman. Sí, la verdad es que tengo
que correr… ¡Adiós! ¡Adiós!
Sale rápidamente por la puerta del
recibidor.
Hedda. (Acercándose.) Por lo que
oigo, señor juez, la noche ha estado muy
animada en su casa.
Brack. Lo cierto es que aún no me he
quitado la ropa, Hedda.
Hedda. ¿Usted tampoco?
Brack. No, ya lo ve… Pero ¿qué le ha
contado Tesman sobre anoche?
Hedda. Bah, cosas aburridas. Solo que
había ido a casa de alguien a tomar café.
Brack. De ese café ya me he enterado.
Supongo que Ejlert Løvborg no estuvo allí,
¿verdad?
Hedda. No, lo habían acompañado antes
a su alojamiento.
Brack. ¿Tesman también?
Hedda. No, otros dos caballeros, me
ha dicho.
Brack. (Sonríe.) De verdad que Jørgen
Tesman es un alma cándida, Hedda.
Hedda. Sí, Dios sabe que lo es. Pero,
entonces, ¿hay más?
Brack. Me temo que sí.
Hedda. ¡Vaya! Sentémonos, querido
juez. Así me contará mejor.
Se sienta en el lado izquierdo de la
mesa. Brack en la parte alargada, cerca de
ella.
Hedda. Bueno, cuente.
Brack. Tenía motivos concretos para
seguir la pista de mis invitados…, mejor
dicho, de alguno de mis invitados.
Hedda. ¿Entre ellos, quizá, la de
Ejlert Løvborg?
Brack. Le confieso… que se trataba de
él.
Hedda. Realmente está despertando mi
curiosidad…
Brack. ¿Sabe dónde han pasado el
resto de la noche él y otros dos caballeros,
Hedda?
Hedda. Si se puede contar, hágalo.
Brack. Por Dios, se puede contar
perfectamente. Fueron a una velada
especialmente alegre.
Hedda. ¿Quiere decir animada?
Brack. De lo más animada.
Hedda. Deme algún detalle, juez…
Brack. Løvborg también había recibido
la invitación por adelantado, yo lo sabía
perfectamente. Pero en principio la
rechazó. Como sabe, se había convertido en un
hombre nuevo.
Hedda. Ya, en casa del comisario
Elvsted. Pero ¿al final fue?
Brack. Sí, verá, Hedda…
Lamentablemente, anoche, en mi casa, le vino la
inspiración…
Hedda. Sí, por lo que oigo estuvo muy
inspirado.
Brack. Sumamente inspirado, me temo.
Y, por lo que se ve, luego le vinieron otras
ideas a la cabeza. Por desgracia, los
hombres no somos siempre tan firmes de principios
como debiéramos.
Hedda. Ah, usted sin duda constituye
una excepción, juez Brack. Pero, entonces,
¿Løvborg…?
Brack. En fin, resumiendo…, acabó en
los salones de la señorita Diana.
Hedda. ¿De la señorita Diana?
Brack. Era ella quien organizaba la
velada. Para un selecto círculo de amigas y
admiradores…
Hedda. ¿La señorita Diana es la
pelirroja?
Brack. Exacto.
Hedda. ¿Una especie de… cantante?
Brack. Ah, bueno…, eso también. Y
además, Hedda, es una poderosa cazadora…
de caballeros. Seguro que ha oído
hablar de ella. Ejlert Løvborg era uno de sus más
ardorosos protectores… en sus días de
bonanza.
Hedda. ¿Y cómo acabó la cosa?
Brack. De un modo poco amistoso, al
parecer. Dicen que la señorita Diana
empezó dándole una calurosa
bienvenida, pero acabó llegando a las manos.
Hedda. ¿Con Løvborg?
Brack. Sí. Løvborg acusó de robo a la
señorita Diana y sus amigas. Decía que
había perdido la cartera… y alguna
otra cosa. Resumiendo, parece que montó un jaleo
terrible.
Hedda. ¿Y a qué condujo eso?
Brack. A una auténtica pelea de
gallos, tanto entre las damas como entre los
caballeros. Afortunadamente, al final
llegó la policía.
Hedda. ¿La policía también fue?
Brack. Sí, y la broma le va a salir
muy cara al loco de Ejlert Løvborg.
Hedda. ¡Vaya!
Brack. Al parecer, se resistió
violentamente. Dicen que le dio un puñetazo en la
oreja a uno de los agentes y que le
desgarró el abrigo. Así que se lo llevaron a comisaría.
Hedda. ¿Quién le ha contado todo
esto?
Brack. La propia policía.
Hedda. (Mirando al frente.) De modo
que así sucedió la cosa. Entonces no estaba
coronado de pámpanos.
Brack. ¿Pámpanos, Hedda?
Hedda. (Cambiando de tono.) Pero
dígame, juez… ¿Por qué le sigue la pista a
Ejlert Løvborg?
Brack. En primer lugar porque no
puede resultarme del todo indiferente que, en
los interrogatorios, salga a la luz
que venía de mi casa.
Hedda. Entonces, ¿habrá
interrogatorios?
Brack. Evidentemente. De todos modos,
eso podría darme igual. Pero considero
que, en cuanto que amigo de la casa,
tengo el deber de ponerlos al corriente, a Tesman y
a usted, de los sucesos de la noche.
Hedda. Y eso, en realidad, ¿por qué,
juez Brack?
Brack. Porque tengo la fuerte
sospecha de que los usará a ustedes de escudo.
Hedda. ¡¿Pero cómo se le ocurre?!
Brack. Por Dios, Hedda…, que no
estamos ciegos. Ya verá como esa señora
Elvsted no se marcha enseguida de la
ciudad.
Hedda. Si hubiera algo entre ellos,
tendrían muchos otros sitios donde poder
encontrarse.
Brack. Ni un solo hogar. A partir de
ahora, toda casa decente le cerrará las puertas
a Ejlert Løvborg.
Hedda. ¿Quiere decir que yo también
debería hacerlo?
Brack. Sí. Le confieso que me
resultaría muy incómodo que este caballero
continuara teniendo acceso a su casa.
Si este elemento superfluo…, este extraño…
penetrara…
Hedda. ¿El triángulo?
Brack. Exacto. Equivaldría para mí a
quedarme sin hogar.
Hedda. (Lo mira sonriente.) De modo…
que su objetivo… es ser el único gallo
del corral.
Brack. (Asiente despacio y baja la
voz.) Sí, ese es mi objetivo. Y lucharé por él…
con todos los medios que tenga a mi
alcance.
Hedda. (En el momento en que la
abandona la sonrisa.) Resulta que es usted un
hombre peligroso…, llegado el caso.
Brack. ¿Eso cree?
Hedda. Empiezo a creerlo. Y me alegra
de todo corazón… que no tenga poder
sobre mí.
Brack. (Se ríe ambiguamente.) Ya,
Hedda… Puede que tenga razón. Quién sabe lo
que se me podría llegar a ocurrir si
lo tuviera…
Hedda. ¡Oiga, juez Brack! Eso casi
parece una amenaza.
Brack. (Levantándose.) ¡En absoluto!
Verá, el triángulo… ha de constituirse y
protegerse por libre voluntad.
Hedda. Eso mismo pienso yo.
Brack. En fin, ya le he dicho lo que
quería decirle. Tengo que irme. ¡Adiós,
Hedda!
Se dirige hacia la puerta
acristalada.
Hedda. (Se levanta.) ¿Se va por el
jardín?
Brack. Sí, por aquí acorto.
Hedda. Y además es una puerta
trasera.
Brack. Exactamente. No tengo nada en
contra de las puertas traseras. En ciertos
momentos, pueden dar lugar a
situaciones pícaras.
Hedda. Cuando se dispara con balas de
verdad, ¿quiere decir?
Brack. (En la puerta, se ríe hacia
ella.) ¡Bah, nadie dispara a sus propios gallos!
Hedda. (También riéndose.) Ya, sobre
todo cuando solo se tiene uno…
Se despiden con la cabeza, entre
risas. Brack se marcha. Ella cierra la puerta.
Hedda se queda un rato parada con
expresión seria. A continuación, se acerca a
la puerta del fondo y mira a través
de las cortinas. Después va hasta el escritorio, coge
el paquete de Løvborg de la
estantería y empieza a hojearlo. Se oye a Berte dar voces en
el recibidor. Hedda se vuelve y
escucha. Se apresura a meter el paquete en el cajón,
cierra con llave y deja la llave
sobre el recado de escribir.
Ejlert Løvborg abre de un tirón la
puerta del recibidor, lleva el abrigo puesto y el
sombrero en la mano. Parece algo
aturdido y ofuscado.
Løvborg. (Vuelto hacia el recibidor.)
¡Y yo le digo que tengo que pasar! ¡Ya está!
Cierra la puerta, se vuelve y ve a
Hedda, se domina al instante y saluda.
Hedda. (Junto al escritorio.) Vaya,
señor Løvborg, llega realmente tarde a recoger
a Thea.
Løvborg. O realmente temprano a verla
a usted. Le pido disculpas.
Hedda. ¿Cómo sabe que sigue aquí?
Løvborg. Me han dicho en su
alojamiento que ha pasado la noche fuera.
Hedda. (Se dirige hacia la mesa.)
¿Les ha notado algo cuando se lo han dicho?
Løvborg. (La mira desconcertado.)
¿Que si les he notado algo?
Hedda. Me refiero a si parecían tener
alguna opinión al respecto.
Løvborg. (Comprendiendo de pronto.)
¡Ah, es verdad! ¡La voy a arrastrar en mi
caída! Aunque la verdad es que no les
he notado nada… Supongo que Tesman no se
habrá levantado aún.
Hedda. No… Creo que no…
Løvborg. ¿A qué hora llegó a casa?
Hedda. Muy tarde.
Løvborg. ¿Le ha contado algo?
Hedda. Sí, ya he oído que se lo
pasaron muy bien en casa del juez Brack.
Løvborg. ¿Nada más?
Hedda. No, creo que no. Además estaba
cansadísima…
La señora Elvsted pasa a través de
las cortinas del fondo.
Señora Elvsted. (Yendo hacia él.)
¡Ay, Løvborg! ¡Por fin…!
Løvborg. Sí, por fin. Y demasiado
tarde.
Señora Elvsted. (Mirándolo
angustiada.) ¿Qué es demasiado tarde?
Løvborg. Todo es demasiado tarde ya.
Estoy acabado.
Señora Elvsted. Ay, no, no… ¡No digas
eso!
Løvborg. Dirás lo mismo que yo cuando
te enteres de…
Señora Elvsted. ¡No quiero enterarme
de nada!
Hedda. ¿Quizá prefiera hablar a solas
con ella? Porque en tal caso me voy.
Løvborg. No, quédese… usted también.
Se lo pido.
Señora Elvsted. ¡Pero si estoy
diciendo que no quiero oír nada!
Løvborg. No quiero hablar de las
aventuras de la noche.
Señora Elvsted. Entonces ¿de qué…?
Løvborg. De que ahora nuestros
caminos se separan.
Señora Elvsted. ¡Se separan!
Hedda. (Involuntariamente.) ¡Lo
sabía!
Løvborg. Ya no te necesito, Thea.
Señora Elvsted. ¡¿Cómo puedes decirme
eso?! Que ya no me necesitas… ¿No voy
a seguir ayudándote igual que antes?
¿No seguiremos trabajando juntos?
Løvborg. A partir de hoy no pienso
trabajar más.
Señora Elvsted. (Resignada.) ¿Y a qué
dedicaré entonces mi vida?
Løvborg. Tendrás que intentar vivir
tu vida como si nunca me hubieras conocido.
Señora Elvsted. ¡Es que no puedo!
Løvborg. Inténtalo, Thea. Tendrás que
volver a casa…
Señora Elvsted. (En rebeldía.) ¡Nunca
en la vida! ¡Allá donde estés tú, allí estaré
yo también! ¡Nunca dejaré que me
expulses así! ¡Quiero estar aquí! Quiero estar contigo
cuando aparezca el libro.
Hedda. (A media voz, tensa.) Ah, el
libro… ¡Sí!
Løvborg. (Mirándola.) Mi libro y el
de Thea. Porque también es obra suya.
Señora Elvsted. Lo mismo siento yo.
¡Y por eso tengo derecho a estar contigo
cuando se publique! Quiero ver cómo
vuelves a cubrirte de gloria y respeto. Y la
alegría…, la alegría quiero
compartirla contigo.
Løvborg. Thea… Nuestro libro no se
publicará nunca.
Hedda. ¡Ah!
Señora Elvsted. ¡¿No se publicará?!
Løvborg. Nunca podrá publicarse.
Señora Elvsted. (Intuyendo lo peor.)
Løvborg… ¿Qué has hecho con los
cuadernillos?
Hedda. (Lo mira expectante.) Sí, ¿los
cuadernillos…?
Señora Elvsted. ¡¿Dónde los tienes?!
Løvborg. Ay, Thea… Prefiero que no me
lo preguntes.
Señora Elvsted. Sí, sí, quiero
saberlo. Tengo derecho a saberlo de inmediato.
Løvborg. Los cuadernillos… En fin,
los he roto en mil pedazos.
Señora Elvsted. (Chillando.) ¡Ay, no,
no…!
Hedda. (Involuntariamente.) ¡Pero si
no es…!
Løvborg. (Mirándola.) ¿Cree que no es
verdad?
Hedda. (Dominándose.) Evidentemente,
si usted lo dice… Pero me ha sonado tan
descabellado…
Løvborg. Y sin embargo es cierto.
Señora Elvsted. (Retorciéndose las
manos.) ¡Dios mío…! ¡Dios mío, Hedda! ¡Ha
roto su propia obra en mil pedazos!
Løvborg. He roto mi propia vida en
mil pedazos. Así que bien podía romper
también la obra de mi vida…
Señora Elvsted. ¡Conque eso hiciste
anoche!
Løvborg. Ya me oyes. En mil pedazos.
Y los he arrojado al fiordo… muy lejos.
Allí, por lo menos, estarán en agua
fresca y salada. Y allí se pueden quedar… que los
arrastren los vientos y las
corrientes. No tardarán en hundirse, cada vez más hondo.
Igual que yo, Thea.
Señora Elvsted. Sabrás, Løvborg, que
esto del libro… lo veré siempre como si
hubieras matado a un hijo.
Løvborg. Tienes razón. Es una especie
de infanticidio.
Señora Elvsted. Pero, entonces,
¡¿cómo has podido…?! Yo también tenía parte en
ese hijo.
Hedda. (Casi inaudible.) Ah, el hijo…
Señora Elvsted. (Suspirando
profundamente.) Así que se ha acabado. En fin, pues
ya me voy, Hedda.
Hedda. Pero ¿no te marcharás de la
ciudad, no?
Señora Elvsted. Qué sé yo lo que
haré… Todo está a oscuras ante mí.
Sale por la puerta del recibidor.
Hedda. (Se queda parada, esperando un
poco.) Entonces, ¿no la va a acompañar a
casa, señor Løvborg?
Løvborg. ¿Yo? ¿Por las calles?
¿Quiere que la gente la vea paseando conmigo?
Hedda. Bueno, no sé qué más habrá
pasado esta noche. Pero ¿es completamente
irreparable?
Løvborg. Sé que la cosa no quedará
solo en esta noche. Tengo la certeza. Y el
problema es que tampoco quiero vivir
así. No quiero volver a hacerlo. Lo que ella ha
destruido es mi coraje y mi rebeldía
en la vida.
Hedda. (Mirando al frente.) Esa dulce
bobalicona ha hurgado con sus dedos en un
destino humano. (Lo mira.) Pero, aun
así, ¿cómo ha podido ser tan cruel con ella?
Løvborg. ¡Ay, no diga que he sido
cruel!
Hedda. ¡Ha destruido lo que ha
colmado su alma durante mucho mucho tiempo!
¿Y no le parece cruel?
Løvborg. A usted puedo contarle la
verdad, Hedda.
Hedda. ¿La verdad?
Løvborg. Prométame primero… Deme su
palabra de que lo que le voy a contar
nunca llegará a oídos de Thea.
Hedda. Le doy mi palabra.
Løvborg. Bien. Entonces le diré que
lo que le he contado a Thea no es verdad.
Hedda. ¿Lo de los cuadernillos?
Løvborg. Sí. No los he roto. Y
tampoco los he arrojado al fiordo.
Hedda. Ya… Pero, entonces, ¿dónde
están?
Løvborg. Aun así los he destruido.
¡En el fondo los he destruido, Hedda!
Hedda. No le entiendo.
Løvborg. Thea ha dicho que considera
lo que he hecho como un infanticidio.
Hedda. Sí, eso ha dicho.
Løvborg. Pero matar a su hijo… no es
lo peor que puede hacer un padre.
Hedda. ¿No es eso lo peor?
Løvborg. No. Lo peor es lo que he
querido ahorrarle a Thea.
Hedda. ¿Y qué es?
Løvborg. Imagínese, Hedda, que un
hombre… a altas horas de la madrugada…
después de una juerga loca, volviera
a casa y le dijera a la madre de su hijo: «Escucha…
He estado aquí y allá, en tal y cual
sitio… Y me he llevado conmigo a nuestro hijo… a
tal y cual sitio. Y ahora el niño se
me ha perdido, sin dejar rastro. Demonios, quién sabe
en qué garras habrá caído, quién le
habrá puesto la mano encima».
Hedda. Ya…, pero, al fin y al cabo,
esto no era más que un libro.
Løvborg. El alma limpia de Thea
estaba en ese libro.
Hedda. Sí, lo entiendo.
Løvborg. Entonces entenderá también
que para ella y para mí ya no hay futuro.
Hedda. ¿Y qué camino tomará entonces?
Løvborg. Ninguno. Procuraré ponerle
fin a todo esto. Cuanto antes, mejor.
Hedda. (Dando un paso hacia él.)
Ejlert Løvborg…, escuche… ¿No podría
procurar que…, que sucediera con
belleza?
Løvborg. ¿Con belleza? (Sonríe.)
¿Coronado de pámpanos, como me imaginaba
en tiempos…?
Hedda. Ah, no. En la corona de
pámpanos… ya no creo. ¡Pero aun así con
belleza! ¡Por una vez! ¡Adiós! Váyase
ya. Y no regrese.
Løvborg. Adiós, señora. Y salude de
mi parte a Jørgen Tesman.
Se va a ir.
Hedda. ¡No, espere! Quiero que se
lleve un recuerdo mío.
Se acerca al escritorio, abre el
cajón y el estuche de las pistolas. A continuación,
vuelve hacia Løvborg con una de las
pistolas.
Løvborg. (La mira.) ¿Esto? ¿Esto es
el recuerdo?
Hedda. (Asiente despacio.) ¿La
reconoce? En una ocasión estuvo apuntada contra
usted.
Løvborg. Debería haberla usado en ese
momento.
Hedda. ¡Tome! ¡Úsela usted ahora!
Løvborg. (Se mete la pistola en el
bolsillo del abrigo.) ¡Gracias!
Hedda. Con belleza, Ejlert Løvborg.
¡Prométamelo!
Løvborg. Adiós, Hedda Gabler.
Sale por la puerta del recibidor.
Hedda se queda un rato parada junto a
la puerta, escuchando. A continuación, se
dirige al escritorio, saca el paquete
con el manuscrito, echa un vistazo dentro del
envoltorio, saca a medias algunas de
las hojas y las mira. Luego se lo lleva todo junto a
la estufa y se sienta en el sillón.
Tiene el paquete en el regazo. Al poco, abre la puerta
de la estufa y después también el
paquete.
Hedda. (Arrojando uno de los
cuadernillos al fuego, susurra:) ¡Estoy quemando a
tu hijo, Thea…, la de los cabellos
rizados! (Arroja otro par de cuadernillos al fuego.) Al
hijo que tuviste con Ejlert Løvborg.
(Arroja el resto al interior.) Ya arde…, ya arde el
niño.
ACTO CUARTO
Las mismas habitaciones en casa de
los Tesman. Es por la tarde y el salón está a
oscuras. La salita del fondo está
iluminada por la lámpara sobre la mesa. Las cortinas
de la puerta acristalada están
echadas.
Hedda, vestida de negro, se pasea por
el salón a oscuras. Al cabo de un rato, va a
la salita y desaparece por la
izquierda. Se oyen algunos acordes en el piano. Luego
reaparece y regresa al salón.
Berte llega desde la derecha de la
salita y trae una lámpara encendida que deja
sobre la mesa ante el sofá rinconero.
Tiene los ojos llorosos y cintas negras en la cofia.
Sale en silencio y con discreción por
la derecha. Hedda se dirige hacia la puerta
acristalada, aparta un poco la
cortina y mira hacia la oscuridad.
Al poco, llega la señorita Tesman
desde el recibidor, va de luto y lleva sombrero y
velo. Hedda va a su encuentro y le
tiende la mano.
Señorita Tesman. Ay, Hedda, aquí
llego vestida de luto. Por fin mi pobre hermana
ha dejado de sufrir.
Hedda. Como ve, ya me he enterado.
Tesman me ha mandado una tarjeta.
Señorita Tesman. Sí, es verdad, me
prometió hacerlo. Aun así, he querido venir en
persona a esta casa donde reina la
vida… para comunicarle a usted la noticia.
Hedda. Muy amable por su parte.
Señorita Tesman. Ay, lo que siento es
que Rina se haya marchado justamente
ahora. La casa de Hedda no debería
guardar luto en un momento como este.
Hedda. (Desviando el tema.) Murió
tranquila, ¿verdad, señorita Tesman?
Señorita Tesman. Ay, sí, con qué
serenidad…, con qué paz se fue. Y además se
alegró tanto de poder ver a Tesman
una vez más, de poder despedirse en condiciones…
¿Aún no ha vuelto?
Hedda. No. Me ha escrito que no le
esperara todavía. Pero… tome asiento.
Señorita Tesman. No, gracias, querida
Hedda. Me gustaría, pero tengo muy poco
tiempo. Quiero lavarla y arreglarla
lo que pueda… para que llegue bien guapa a su
tumba.
Hedda. ¿No podría ayudarla yo con
algo?
Señorita Tesman. ¡Ay, ni si le
ocurra! Hedda Tesman no debe implicarse en estos
asuntos. Ni siquiera de pensamiento.
Al menos en estos momentos.
Hedda. Ah, los pensamientos… no se
dejan dominar…
Señorita Tesman. (Insistiendo.) Sí,
por Dios, así son las cosas en este mundo. En
mi casa, le coseremos ahora el
sudario a Rina. Y aquí me imagino que también
empezarán pronto a coser. Aunque,
gracias a Dios, será otro tipo de ropa…
Jørgen Tesman llega por la puerta del
recibidor.
Hedda. Vaya, me alegra que por fin
hayas vuelto.
Tesman. ¿Estás aquí, tía Julle? ¿Con
Hedda? ¡Fíjate!
Señorita Tesman. Estaba a punto de
irme, mi niño. ¿Qué? ¿Has podido hacer todo
lo que me has prometido?
Tesman. No, mucho me temo que se me
haya olvidado la mitad. Mañana volveré
a tu casa, hoy estoy muy aturdido.
Soy incapaz de concentrarme.
Señorita Tesman. Pero, querido
Jørgen, no debes tomártelo así.
Tesman. ¿Así? ¿Cómo?
Señorita Tesman. Debes llevar la pena
con alegría, alegrarte de lo que ha pasado.
Igual que hago yo.
Tesman. Ah, ya, ya. Estás pensando en
la tía Rina.
Hedda. Ahora se va a sentir usted
sola, señorita Tesman.
Señorita Tesman. Los primeros días
sí. Pero no creo que dure mucho. ¡Seguro que
la alcoba de la pobre Rina no se
queda vacía mucho tiempo!
Tesman. ¿Ah? ¿Y quién quieres que se
instale allí, eh?
Señorita Tesman. Por desgracia,
sobran los pobres enfermos necesitados de
atenciones y cuidados.
Hedda. ¿De verdad quiere volver a
cargar con semejante cruz?
Señorita Tesman. ¿Cruz? Que Dios la
perdone, niña… Rina no ha sido ninguna
cruz para mí.
Hedda. Pero si ahora llegara un
extraño…
Señorita Tesman. Oh, con los enfermos
traba uno amistad enseguida. Y además,
lo cierto es que necesito a alguien
por quien vivir. Aunque, gracias a Dios…, aquí, en
esta casa, también puede haber pronto
tareas para una vieja tía.
Hedda. Ah, no hable de lo nuestro.
Tesman. Sí, imaginaos lo bien que
podíamos estar los tres si…
Hedda. ¿Si?
Tesman. (Inquieto.) Bah, nada. Ya se
arreglará. Hay que confiar, ¿eh?
Señorita Tesman. Bueno, entiendo que
tenéis cosas que hablar entre vosotros.
(Sonríe.) Y quizá Hedda también tenga
algo que contarte, Jørgen. ¡Adiós! Tengo que
volver a casa con Rina. (En la
puerta, se vuelve.) ¡Por Dios, qué idea tan extraña! Ahora
Rina está conmigo y con el difunto
Jochum al mismo tiempo.
Tesman. Sí, tía Julle, fíjate, ¿eh?
La señorita Tesman sale por la puerta
del recibidor.
Hedda. (Sigue a Tesman con una mirada
fría e inquisitiva.) Casi parece que la
pérdida te ha afectado más a ti que a
ella.
Tesman. Ah, no es solo la pérdida.
Estoy extremadamente preocupado por Ejlert.
Hedda. (Apresurada.) ¿Hay alguna
novedad?
Tesman. Esta tarde he ido corriendo a
su casa para contarle que tenía el
manuscrito a buen recaudo.
Hedda. ¿Y bien? ¿No lo has visto?
Tesman. No, no estaba en casa. Pero
después me he encontrado a la señora
Elvsted, que me ha contado que Ejlert
estuvo aquí esta mañana temprano.
Hedda. Sí, vino justo después de que
te marcharas.
Tesman. Y por lo visto dijo que había
roto el manuscrito en mil pedazos, ¿eh?
Hedda. Sí, eso dijo.
Tesman. Por Dios, ¡tenía que estar
desquiciado! Me imagino que no te has
atrevido a devolvérselo, ¿eh, Hedda?
Hedda. No, no se lo di.
Tesman. Pero le dirías que lo tenemos
nosotros, ¿no?
Hedda. No. (Rápido.) ¿Acaso se lo has
dicho tú a la señora Elvsted?
Tesman. No, no he querido hacerlo.
Pero a él sí deberías habérselo contado.
¡Fíjate si causa una desgracia
llevado por la desesperación! ¡Dame el manuscrito,
Hedda! Voy a llevárselo ahora mismo.
¿Dónde tienes el paquete?
Hedda. (Fría e inconmovible, apoyada
sobre el sillón.) Ya no lo tengo.
Tesman. ¡Ya no lo tienes! ¡¿Qué
quieres decir con eso?!
Hedda. Lo he quemado… entero.
Tesman. (Reacciona espantado.) ¡Lo
has quemado! ¡¿Has quemado el manuscrito
de Ejlert?!
Hedda. No grites, podría oírte la
criada.
Tesman. ¡Lo has quemado! ¡Dios mío de
mi vida…! No, no, no… ¡Esto es
completamente imposible!
Hedda. En fin, aun así es verdad.
Tesman. ¡¿Pero te das cuenta de lo
que has hecho, Hedda?! Es ilegal hacer eso
con las cosas que te encuentras.
Pregúntaselo al juez Brack y verás.
Hedda. Será mejor que no hables de
ello… ni con el juez ni con nadie.
Tesman. ¡¿Pero cómo has podido hacer
algo tan inaudito?! ¿Cómo se te ocurre,
eh? Responde.
Hedda. (Reprime una sonrisa casi
imperceptible.) Lo he hecho por ti, Jørgen.
Tesman. ¡Por mí!
Hedda. Cuando me contaste esta mañana
que te lo había leído en voz alta…
Tesman. Sí, ¿qué?
Hedda. Me confesaste que le
envidiabas su obra.
Tesman. Por Dios, no lo decía en un
sentido tan literal.
Hedda. En cualquier caso… No
soportaba la idea de que alguien te hiciera
sombra.
Tesman. (Exclamando, entre la duda y
la alegría.) Hedda… ¿Es verdad lo que
dices? Pero…, pero… nunca antes he
notado que me quisieras así. ¡Fíjate!
Hedda. En fin, será mejor que te
enteres… de que justamente ahora…
(Interrumpiéndose, alterada.) No, no…
Pregúntaselo a la tía Julle. Ella te lo explicará
todo.
Tesman. ¡Ay, casi creo que te
entiendo, Hedda! (Juntando las manos.) Ay, Dios
mío…, será posible, ¿eh?
Hedda. No grites tanto. Puede oírte
la criada.
Tesman. (Riéndose con alegría
exagerada.) ¡La criada! ¡Qué graciosa eres,
Hedda! Pero si la criada… ¡es Berte!
A Berte se lo contaré yo mismo.
Hedda. (Retorciéndose las manos.)
¡Ay, me ahogo…! ¡Me ahogo con todo esto!
Tesman. ¿Con qué, Hedda? ¿Eh?
Hedda. (Fría, controlada.) Con tanto…
disparate…, Jørgen.
Tesman. ¿Disparate? ¿Que esté tan
contento? Aunque… quizá sea mejor que no le
cuente nada a Berte.
Hedda. Ah, sí…, ¿por qué no?
Tesman. No, no, todavía no. Pero la
tía Julle, evidentemente, ha de enterarse. ¡Y
también de que has empezado a
llamarme Jørgen! Fíjate… ¡La tía Julle va a ponerse
contentísima!
Hedda. ¿Cuando se entere de que he
quemado los papeles de Ejlert Løvborg… por
ti?
Tesman. ¡No! ¡Cierto! Lo de los
papeles no debe saberlo nadie, por supuesto. Pero
de que ardes por mí, Hedda…, ¡de eso
sí que se va a enterar la tía Julle! ¿Quién sabe?,
quizá sean cosas normales en las
esposas jóvenes, ¿eh?
Hedda. Creo que eso también deberías
preguntárselo a la tía Julle.
Tesman. Sí, lo haré en cuanto se
presente la oportunidad. (Vuelve a adquirir una
expresión inquieta y pensativa.)
Pero… ¡y el manuscrito! Por Dios, me horroriza
ponerme en la piel del pobre Ejlert.
La señora Elvsted, vestida como en su
primera visita, con sombrero y abrigo,
entra por la puerta del recibidor.
Señora Elvsted. (Saluda
apresuradamente y dice agitada:) Ay, querida Hedda, no
te tomes a mal que vuelva.
Hedda. ¿Qué ha pasado, Thea?
Tesman. ¿Ha vuelto a ocurrirle algo a
Ejlert Løvborg? ¿Eh?
Señora Elvsted. Ay, sí… Tengo
muchísimo miedo de que le haya sucedido una
desgracia.
Hedda. (Agarrándola del brazo.) ¡Ah…,
eso crees!
Tesman. ¡Pero, por Dios…! ¡Cómo se le
ocurre, señora Elvsted!
Señora Elvsted. Pues porque… al
volver a la pensión, he oído que hablaban de él.
Ay, hoy corren por la ciudad unos
rumores increíbles…
Tesman. ¡Sí, fíjate que yo también
los he oído! Pero puedo atestiguar que se fue
directamente a casa a dormir.
¡Fíjate!
Hedda. En fin… ¿Qué decían en la
pensión?
Señora Elvsted. Ay, no me he enterado
de nada. O no tenían más detalles o… han
preferido callarse al verme. Y no me
he atrevido a preguntar.
Tesman. (Inquieto, paseándose.)
Esperemos… ¡Esperemos que haya oído mal,
señora Elvsted!
Señora Elvsted. No, no, estoy
convencida de que hablaban de él. Y además les he
oído decir algo del hospital o de…
Tesman. ¡El hospital!
Hedda. ¡No…! ¡Eso
es imposible!
Señora Elvsted. Ay, me he asustado
muchísimo. Así que he ido a su alojamiento a
preguntar por él.
Hedda. ¡¿Has sido capaz de hacer eso,
Thea?!
Señora Elvsted. Sí, ¿qué otra cosa
iba hacer? No podía soportar la incertidumbre.
Tesman. Pero tampoco lo ha encontrado
allí, ¿eh?
Señora Elvsted. No, y allí tampoco
saben nada de él. Me han dicho que no lo ven
desde ayer por la tarde.
Tesman. ¡Ayer! ¡Fíjate, cómo han
podido decir eso!
Señora Elvsted. ¡Ay, la única
explicación que le encuentro es que le haya pasado
algo malo!
Tesman. Oye, Hedda… ¿Y si me fuera al
centro y empezara a preguntar por él…?
Hedda. No, no… No te involucres en
esto.
El juez Brack, con el sombrero en la
mano, entra por la puerta del recibidor, que
Berte le abre y cierra detrás de él.
Llega con gesto serio y saluda en silencio.
Tesman. Ah, es usted, ¿eh, querido
juez?
Brack. Sí, no me ha quedado más
remedio que venir a verles.
Tesman. Por su expresión me doy
cuenta de que la tía Julle ya le ha dado la
noticia.
Brack. Sí, de eso también me he
enterado.
Tesman. Es muy triste, ¿eh?
Brack. Eso, querido Tesman, depende
de cómo se lo tome uno.
Tesman. (Lo mira con inseguridad.)
¿Quizá ha pasado algo más?
Brack. Así es.
Hedda. (Expectante.) ¿Algo triste,
juez Brack?
Brack. Eso también depende de cómo se
lo tome uno, señora.
Señora Elvsted. (Exclamando
involuntariamente.) ¡Ay, algo le ha pasado a Ejlert
Løvborg!
Brack. (La mira un momento.) ¿Por qué
piensa eso, señora? ¿Acaso sabe algo…?
Señora Elvsted. (Aturdida.) No, no sé
nada, pero…
Tesman. Por Dios, ¡cuente!
Brack. (Encogiéndose de hombros.) En
fin… Lamentablemente… han ingresado a
Ejlert Løvborg en el hospital y debe
de estar agonizando.
Señora Elvsted. (Gritando.) ¡Ay, Dios
mío! ¡Dios mío…!
Tesman. ¡En el hospital! ¡Agonizando!
Hedda. (Sin querer.) ¡Así de rápido…!
Señora Elvsted. (Quejumbrosa.) ¡Y nos
separamos sin reconciliarnos, Hedda!
Hedda. (Susurrando.) Pero, Thea…,
¡Thea!
Señora Elvsted. (Sin hacerle caso.)
¡Tengo que ir a verlo! ¡Tengo que verlo con
vida!
Brack. Es inútil, señora. No permiten
que nadie pase a verlo.
Señora Elvsted. Ay, pero dígame al
menos qué le ha pasado. ¿Qué le pasa?
Tesman. ¡Supongo que no habrá sido él
mismo…! ¿Eh?
Hedda. Yo estoy segura de que ha sido
él.
Tesman. ¡Hedda…! ¡Cómo puedes…!
Brack. (Que no le quita ojo.) Por
desgracia, acierta usted, señora Tesman.
Señora Elvsted. ¡Ay, qué horror!
Tesman. ¡Él mismo! ¡Fíjate!
Hedda. ¡Se ha pegado un tiro!
Brack. Vuelve a acertar, señora.
Señora Elvsted. (Tratando de
controlarse.) ¿Cuándo ha ocurrido, señor juez?
Brack. Esta misma tarde, entre las
tres y las cuatro.
Tesman. Pero, por Dios… ¿Dónde ha
sido?
Brack. (Algo vacilante.) ¿Dónde?
Pues… sería en su alojamiento.
Señora Elvsted. Imposible. Yo me he
pasado por allí entre las seis y las siete.
Brack. Pues sería en otro sitio. No
lo sé a ciencia cierta. Lo único que sé es que,
cuando lo encontraron, se había
pegado un tiro… en el pecho.
Señora Elvsted. ¡Ay, qué horror!
¡Cómo ha podido acabar así!
Hedda. (A Brack.) ¿Ha sido en el
pecho?
Brack. Sí…, ya le digo…
Hedda. ¿No ha sido en la sien?
Brack. En el pecho, señora Tesman.
Hedda. Bueno… El pecho también vale.
Brack. ¿Cómo, señora?
Hedda. (Desviando.) Ah, nada…
Tesman. ¿Y dice que la herida es
mortal, eh?
Brack. Absolutamente mortal. Lo más
probable es que ya haya acabado todo.
Señora Elvsted. ¡Sí, lo noto! ¡Se ha
acabado todo! ¡Se ha acabado! ¡Ay, Hedda…!
Tesman. Pero, dígame… ¿Cómo se ha
enterado de todo esto?
Brack. (Breve.) Por un policía… con
el que tenía que hablar.
Hedda. (En voz alta.) ¡Por fin una
hazaña!
Tesman. (Horrorizado.) ¡Por Dios…!
¡¿Qué estás diciendo, Hedda?!
Hedda. Digo que en su acción hay
belleza.
Brack. Hum, señora
Tesman…
Tesman. ¡Belleza!
¡Fíjate!
Señora Elvsted. ¡Ay, Hedda, cómo
puedes hablar de belleza en una cosa así!
Hedda. Ejlert Løvborg ha saldado las
cuentas consigo mismo. Ha tenido el valor
de hacer lo que… debía.
Señora Elvsted. ¡No creas nunca que
ha ocurrido así! Lo que haya hecho, lo ha
hecho llevado por la locura.
Tesman. ¡Llevado por la
desesperación!
Hedda. No. Estoy segura de que no ha
sido así.
Señora Elvsted. ¡Claro que sí! ¡Lo ha
hecho llevado por la locura! Igual que
cuando rompió en pedazos nuestros
cuadernillos.
Brack. (Sorprendido.) ¿Cuadernillos?
¿Se refiere al manuscrito? ¿Lo rompió en
pedazos?
Señora Elvsted. Sí, anoche.
Tesman. (Susurra en voz baja:) Ay,
Hedda, siempre cargaremos con esto.
Brack. Hum, qué raro.
Tesman. (Avanzando por el suelo.)
¡Hay que ver! ¡Que Ejlert Løvborg vaya a
abandonar así este mundo! Sin dejar
atrás aquello que lo habría inmortalizado…
Señora Elvsted. ¡Ay, ojalá pudiera
reconstruirse!
Tesman. Sí, ¡imagínese que se
pudiera! No sé lo que daría por…
Señora Elvsted. Quizá se pueda, señor
Tesman.
Tesman. ¿Qué quiere decir?
Señora Elvsted. (Rebuscando en el
bolsillo de su bolso.) Mire. He guardado las
notas sueltas que traía cuando me
dictaba el libro.
Hedda. (Dando un paso al frente.)
¡Oh…!
Tesman. ¡¿Las ha guardado, eh, señora
Elvsted?!
Señora Elvsted. Sí, aquí las tengo.
Me las metí en el bolsillo cuando me marché de
casa y aquí se han quedado…
Tesman. ¡Ah, déjeme verlas!
Señora Elvsted. (Tendiéndole un
montón de papelitos.) Pero son muy confusas.
Está todo revuelto.
Tesman. ¡Pero imagínese que
pudiéramos ordenarlas! Quizá… si trabajáramos
juntos…
Señora Elvsted. Ay, sí, al menos
podríamos intentarlo…
Tesman. ¡Lo conseguiremos! ¡Tenemos
que conseguirlo! ¡Me dedicaré a ello en
cuerpo y alma!
Hedda. ¿Tú, Jørgen? ¿En cuerpo y
alma?
Tesman. Sí, o, mejor dicho, le
dedicaré todo el tiempo del que disponga. Por
ahora, tendré que aparcar mis propias
investigaciones. Hedda…, lo entenderás, ¿no? Se
lo debo a la memoria de Ejlert.
Hedda. Quizá.
Tesman. Y ahora, querida señora
Elvsted, hemos de espabilar. Por Dios, no sirve
de nada seguir dándole vueltas a lo
ocurrido, ¿eh? Tratemos de serenarnos lo suficiente
para…
Señora Elvsted. Sí, sí, señor Tesman,
haré lo que pueda.
Tesman. Bien, vamos. Tenemos que
echar un vistazo a las notas enseguida.
¿Dónde nos sentamos? ¿Aquí? No, mejor
en la salita. ¡Discúlpeme, querido juez! Venga
conmigo, señora Elvsted.
Señora Elvsted. Ay, Dios mío… ¡Ojalá
pudiera hacerse!
Tesman y la señora Elvsted se van a
la salita. Ella se quita el sombrero y el
abrigo. Se sientan en la mesa bajo la
lámpara de techo y, emocionados, se enfrascan en
la revisión de los papeles. Hedda se
acerca a la estufa y se sienta en el sillón. Al poco,
Brack se une a ella.
Hedda. (A media voz.) Ay, juez… ¡Qué
liberador es esto de Ejlert Løvborg!
Brack. ¿Liberador, Hedda? Para él,
sin duda, supone una liberación, pero…
Hedda. Quiero decir para mí. Me
resulta liberador constatar que, en este mundo,
es posible realizar un acto de valor
voluntario, un acto que arroja un brillo de belleza
espontánea.
Brack. (Sonriendo.) Hum… Querida
Hedda…
Hedda. Ya sé lo que va a decirme.
Porque en este asunto es usted el experto, el
teórico…
Brack. (La mira firmemente.) Ejlert
Løvborg ha significado más para usted de lo
que quizá quiera confesarse a sí
misma. ¿O me equivoco?
Hedda. A ese tipo de preguntas no le
respondo. Lo único que sé es que Ejlert
Løvborg ha tenido el valor de vivir
la vida conforme a su propio criterio. Y al final…
¡ha hecho algo grande! Algo en lo que
hay belleza… Ha tenido la fuerza y la voluntad
de abandonar el festín de la vida…
tan pronto.
Brack. Me duele, Hedda…, pero me veo
obligado a desmontar esta bonita fábula.
Hedda. ¿Fábula?
Brack. De todos modos, no tardaría
usted en enterarse.
Hedda. ¿Qué quiere decir?
Brack. Løvborg no se ha disparado a
sí mismo… voluntariamente.
Hedda. ¡¿No ha sido voluntario?!
Brack. No. Las cosas no han ocurrido
exactamente como las he contado.
Hedda. (Expectante.) ¿Se ha callado
algo? ¿El qué?
Brack. Por consideración a la pobre
señora Elvsted, he reformulado algunos
detalles.
Hedda. ¿Cuáles?
Brack. En primer lugar, no he contado
que en realidad ya ha muerto.
Hedda. En el hospital.
Brack. Sí. Y sin recuperar la
consciencia.
Hedda. ¿Qué más se ha callado?
Brack. Que los hechos no tuvieron
lugar en su habitación.
Hedda. En realidad eso carece de
importancia.
Brack. No del todo. Le diré que… a
Ejlert Løvborg lo han encontrado… en el
boudoir de la señorita Diana.
Hedda. (A punto de levantarse, pero
se deja caer de nuevo.) ¡Imposible, juez
Brack! ¡No puede haber regresado
allí!
Brack. Regresó después de comer. Para
reclamar algo que decía que le habían
quitado. Llegó muy ofuscado y
mencionó algo sobre un niño que se le había perdido…
Hedda. Ah… Así que fue por eso…
Brack. Pensaba que estaría hablando
de su manuscrito. Pero como oigo que lo
destruyó él mismo, sería de la
cartera.
Hedda. Sería… Y allí… lo han
encontrado.
Brack. Sí, allí, con una pistola
descargada en el bolsillo del abrigo… El disparo ha
sido mortal.
Hedda. Le ha entrado por el pecho,
sí.
Brack. No… Por el bajo vientre.
Hedda. (Levanta la vista con
expresión de repugnancia.) ¡¿Cómo?! Ay, es como
una maldición, lo ridículo y lo
vulgar se extienden sobre todo lo que toco.
Brack. Hay algo más, Hedda. Algo que
también puede considerarse vulgar.
Hedda. ¿Y qué es?
Brack. La pistola que llevaba…
Hedda. (Sin aliento.) ¡Sí! ¡¿Qué?!
Brack. Debió de robarla.
Hedda. (Se levanta de un salto.)
¡Robarla! ¡No es verdad! ¡No la robó!
Brack. No hay otra explicación. Tiene
que haberla robado… ¡Chis!
Tesman y la señora Elvsted se han
levantado de la mesa de la salita y vuelven al
salón.
Tesman. (Con ambas manos llenas de
papeles.) Oye, Hedda… Con esa lámpara
de techo apenas vemos nada. ¡Fíjate!
Hedda. Sí, ya me fijo.
Tesman. ¿Podríamos sentarnos un
ratito en tu escritorio? ¿Eh?
Hedda. Adelante. (Apresurada.) ¡No,
espera! Voy a despejarlo primero.
Tesman. Ah, no hace ninguna falta,
Hedda. Hay sitio de sobra.
Hedda. No, no, te digo que voy a
despejarlo. Dejaré estas cosas en el piano.
Ha sacado un objeto, cubierto de
partituras, de debajo de la estantería de libros,
añade algunas más y se lo lleva todo
por la izquierda de la salita. Tesman deja los
apuntes sobre el escritorio y acerca
la lámpara de la mesa del rincón. Se sienta con la
señora Elvsted y vuelven a
enfrascarse en la tarea. Hedda regresa.
Hedda. (Detrás de la silla de la
señora Elvsted, revolviéndole suavemente en el
pelo.) Bueno, Thea, bonita… ¿Cómo va
este monumento a la memoria de Ejlert
Løvborg?
Señora Elvsted. (La mira con
desánimo.) Ay, Dios mío… Va a ser dificilísimo
aclararse con todo esto.
Tesman. Pero tenemos que conseguirlo.
No nos queda otra. Y además, esto de
ordenar los papeles de otro… es lo
mío.
Hedda se acerca a la estufa y se
sienta en uno de los taburetes. Brack está de pie
sobre ella, apoyado en el sillón.
Hedda. (Susurrando.) ¿Qué estaba
diciendo de la pistola?
Brack. (En voz baja.) Que tiene que
haberla robado.
Hedda. ¿Por qué tiene que haberla
robado?
Brack. Porque cualquier otra
explicación es imposible, Hedda.
Hedda. Ah, ¿sí?
Brack. (La mira un momento.) Ejlert
Løvborg estuvo aquí esta mañana, ¿verdad?
Hedda. Sí.
Brack. ¿Se quedó usted a solas con
él?
Hedda. Sí, un rato.
Brack. ¿No salió de la habitación
mientras él estuvo aquí?
Hedda. No.
Brack. Piénselo bien. ¿No salió ni un
momento?
Hedda. Sí, quizá un momento…, fui a
la salita.
Brack. ¿Y dónde tenía el estuche de
las pistolas?
Hedda. Lo tenía en…
Brack. ¿Sí, Hedda?
Hedda. El estuche estaba ahí, sobre
el escritorio.
Brack. ¿Ha comprobado después que las
dos pistolas siguen en su sitio?
Hedda. No.
Brack. Tampoco es necesario. Yo mismo
he visto la pistola que llevaba Løvborg.
Y la reconocí enseguida, es la misma
que vi ayer y… también en otras ocasiones.
Hedda. ¿Quizá la tenga usted?
Brack. No, la tiene la policía.
Hedda. ¿Y para qué la quiere la
policía?
Brack. Para rastrear al dueño.
Hedda. ¿Cree que podrán descubrirlo?
Brack. (Se inclina sobre ella y
susurra.) No, Hedda Gabler, no podrán… si yo me
callo.
Hedda. (Lo mira con desconfianza.) Y
si usted no se calla… ¿qué pasa?
Brack. (Se encoge de hombros.)
Siempre se puede decir que robó la pistola.
Hedda. (Firme.) ¡Antes la muerte!
Brack. (Sonriendo.) Esas cosas se
dicen. Pero no se hacen.
Hedda. (Sin responder.) Puesto que no
robó la pistola, si descubrieran al dueño,
¿qué pasaría?
Brack. Pues… sería un escándalo.
Hedda. ¡Un escándalo!
Brack. Un escándalo, sí… Eso que
tanto pánico le da… Naturalmente, tendría que
ir usted al juzgado, tanto usted como
la señorita Diana. Ella tiene que explicar lo
sucedido y aclarar si fue un
accidente o un homicidio. ¿Intentó Løvborg sacar la pistola
del bolsillo para amenazarla? ¿Y
luego se le disparó? ¿O se la arrancó ella de las manos,
le disparó y volvió a metérsela en el
bolsillo? Sería propio de ella… La señorita Diana es
una chica muy resolutiva.
Hedda. Pero todas estas miserias no
me incumben.
Brack. No. Pero tendrá que contestar
a la pregunta de por qué entregó la pistola a
Ejlert Løvborg. ¿Y qué conclusión se
puede sacar del hecho de que usted se la diera?
Hedda. (Agacha la cabeza.) Es verdad.
No había pensado en eso.
Brack. En fin, afortunadamente, no
hay peligro mientras yo mantenga el silencio.
Hedda. (Alzando la vista hacia él.)
Así que estoy en sus manos, juez. A partir de
ahora, me tiene a su merced.
Brack. (Susurra bajando la voz.)
Queridísima Hedda… Créeme…, no abusaré de
mi posición.
Hedda. De todos modos estoy en su
poder, a merced de sus exigencias y su
voluntad. He perdido la libertad. ¡La
libertad! (Se levanta apresurada.) No… ¡No
soporto la idea! Jamás.
Brack. (Con una mirada medio
burlona.) Por lo general, solemos resignarnos a lo
inevitable.
Hedda. (Le devuelve la mirada.) Puede
ser.
Se dirige hacia el escritorio.
Hedda. (Reprime una sonrisa
involuntaria e imita el tono de Tesman.) ¿Qué? ¿Lo
conseguís, Jørgen? ¿Eh?
Tesman. Dios sabe. En cualquier caso,
esto supondrá meses de trabajo.
Hedda. (Igual que antes.) ¡Ay,
fíjate! (Pasa las manos por el cabello de la señora
Elvsted.) ¿No es curioso, Thea? Ahora
estás aquí con Tesman… igual que antes estabas
con Ejlert Løvborg.
Señora Elvsted. Ay, Dios mío, ojalá
pudiera inspirar también a tu marido.
Hedda. Ah, ya llegará… con el tiempo.
Tesman. Sí, ¿sabes qué, Hedda? La
verdad es que empiezo a pensar que sí. Pero tú
vuelve con el juez, anda.
Hedda. ¿No puedo ayudaros con nada?
Tesman. Con nada en absoluto.
(Volviendo la cabeza.) A partir de ahora, querido
juez, ¡tendrá que ser tan amable de
hacer compañía a Hedda!
Brack. (Mirando de reojo a Hedda.)
Con sumo gusto.
Hedda. Gracias. Pero esta noche estoy
cansada. Voy a echarme un rato en el sofá
de la salita.
Tesman. Sí, querida. Haz eso, ¿eh?
Hedda se va a la salita y echa las
cortinas. Breve pausa. De pronto se la oye tocar
una salvaje melodía de baile en el
piano.
Señora Elvsted. (Se levanta
sobresaltada de la silla.) ¡Ay…! ¡¿Qué es eso?!
Tesman. (Corre hacia la puerta del
fondo.) Pero, queridísima Hedda… ¡No
toques bailes esta noche! ¡Piensa en
la tía Rina! ¡Y también en Ejlert!
Hedda. (Asoma la cabeza entre las
cortinas.) Y en la tía Julle. Y en todos los
demás… A partir de ahora, estaré
callada.
Vuelve a echar las cortinas.
Tesman. (Junto al escritorio.) Se ve
que no le sienta bien vernos enfrascados en
esta triste tarea. ¿Sabe qué, señora
Elvsted…? Debería instalarse en casa de la tía Julle.
Así yo iría por las tardes y
podríamos trabajar allí, ¿eh?
Señora Elvsted. Sí, quizá sería lo
mejor…
Hedda. (Desde la salita.) Te estoy
oyendo, Tesman. ¿Y yo cómo voy a pasar las
tardes?
Tesman. (Pasando los papeles.) Ah,
seguro que el juez Brack es tan amable de
venir a verte igualmente.
Brack. (En el sillón, exclama con
alegría.) ¡Estaré encantado de venir todas las
santas tardes, señora Tesman! ¡Sin
duda lo pasaremos estupendamente aquí los dos!
Hedda. (Alto y claro.) Sí, eso
querría usted, ¿verdad, juez? Ser el único gallo del
corral…
Se oye un disparo. Tesman, la señora
Elvsted y Brack se levantan sobresaltados.
Tesman. Ay, ya está jugando otra vez
con las pistolas.
Descorre las cortinas y se precipita
hacia la salita. La señora Elvsted lo sigue.
Hedda está parcialmente tendida en el
sofá, sin vida. Gritos y confusión. Berte llega
alterada desde la derecha.
Tesman. (Le grita a Brack.) ¡Se ha
disparado! ¡Se ha disparado en la sien! ¡Fíjate!
Brack. (Medio impotente en el sillón.) Pero, Dios del cielo… ¡Estas cosas no se hacen!
FIN