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jueves, enero 08, 2015

Escena para cuatro personajes Eugene IONESCO





ESCENA PARA CUATRO PERSONAJES

EUGENE IONESCO



 

PRÓLOGOS Y CLAVES DEL TEATRO DEL ABSURDO

A propósito de «Escena para cuatro personajes» de Eugène Ionesco

 

1. Prólogo: Las ruinas de la lógica y la carcajada metafísica

 

Adentrarse en las piezas breves de Eugène Ionesco es cruzar el umbral hacia un territorio donde las certezas cotidianas se desmoronan como castillos de naipes. «Escena para cuatro personajes» no es meramente un divertimento cómico o una ocurrencia caprichosa; es una disección despiadada —disfrazada de farsa juguetona— sobre la radical incapacidad humana para comunicarnos y conectar de verdad con el otro.

 

En esta obra, la acción discurre en un bucle hipnótico y desesperante: Dupont y Martín giran alrededor de una mesa y de tres macetas frágiles atrapados en discusiones circulares donde el lenguaje ha perdido todo valor semántico. Las palabras ya no sirven para transmitir ideas o afectos, sino que funcionan como meros resortes mecánicos, ecos huecos de una sociedad que parlotea sin cesar sin decir absolutamente nada. Cuando finalmente hace su aparición la Dama Bonita, el anhelo de afecto y deseo se convierte en una carnicería grotesca y literal, donde los personajes desmembran el objeto de su afecto entre forcejeos insensatos.

 

«El teatro no es una literatura dramática... Es aquello que queda en el teatro una vez que el texto escrito se ha volatilizado.»

— Eugène Ionesco

 

El remate de la obra, con la Dama dirigiéndose directamente al público completamente mutilada y proclamando con absoluta naturalidad: «Damas y caballeros: estoy perfectamente de acuerdo con ustedes. Esto es completamente idiota», constituye una genial ruptura de la cuarta pared. Es la carcajada final del absurdo: la revelación de que el sinsentido no es una anomalía pasajera, sino la textura misma de nuestra condición.

 

 

2. Eugène Ionesco y el Teatro del Absurdo

 

Nacido en Rumanía en 1909 y desarrollado artísticamente en Francia, Eugène Ionesco se convirtió, junto a figuras como Samuel Beckett, Jean Genet y Arthur Adamov, en uno de los pilares fundamentales del llamado Teatro del Absurdo. Este término, acuñado por el crítico Martin Esslin en la década de 1960, agrupa a una generación de dramaturgos que reaccionaron visceralmente contra las formas tradicionales del teatro burgués y realista.

 

El contexto histórico y existencial:

El Teatro del Absurdo brota de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y del profundo trauma espiritual que sacudió a Europa. Ante el colapso de los grandes relatos ideológicos, el horror de los campos de concentración y la amenaza latente de la destrucción nuclear, los intelectuales sintieron que el mundo había perdido su orden racional y su propósito trascendente. Filósofos como Albert Camus ya habían teorizado sobre el concepto de «lo absurdo» como el divorcio entre el ser humano y el sentido del universo: el hombre busca un orden y una respuesta que el mundo calla obstinadamente.

 

Características esenciales de la poética ionesquiana:

 

• La crisis del lenguaje: Para Ionesco, las palabras se han vaciado de contenido debido al uso comercial, político y cotidiano. En sus obras, el diálogo se descompone en clichés, repeticiones tautológicas y debates circulares que evidencian la imposibilidad del entendimiento mutuo.

 

• La cosificación y deshumanización: Los personajes suelen comportarse como autómatas regidos por leyes mecánicas. Los objetos inanimados (como las macetas amenazantes en esta obra) cobran un peso agobiante, mientras que los seres humanos se fragmentan, se reducen a piezas mecánicas o se desintegran físicamente.

 

• El humor negro y la farsa trágica: Ionesco utiliza la comicidad del vodevil, el absurdo circense y el disparate para revelar verdades trágicas hondas. La risa funciona aquí como un mecanismo de defensa ante el vértigo del vacío existencial.

 

• Anti-teatralidad y subversión de la trama: Las obras del absurdo suelen carecer de una intriga lineal tradicional con planteamiento, nudo y desenlace convencionales. En su lugar, presentan situaciones circulares, estáticas o pesadillescas que reflejan la futilidad del devenir humano.

 

Lejos de ser un ejercicio puramente nihilista, el teatro de Ionesco posee una tremenda fuerza liberadora. Al exponer con crudeza y carcajada el sinsentido de nuestras pretensiones solemnes, nos devuelve la lucidez y nos invita a cuestionar las convenciones vacías que rigen nuestra vida cotidiana.



Escena para cuatro personajes

Eugene IONESCO

 

PERSONAJES

 

DUPONT, que va vestido como Durand.

DURAND, que va vestido como Dupont.

MARTíN, que va vestido como los otros dos.

LA DAMA BONITA, con sombrero, cartera, capa o abrigo de piel, guantes, zapatos,

vestido, etc., al menos cuando aparece.

(Esta obra corta se estrenó en lengua francesa por cómicos italianos, en el festival

de Spoleto, en 1959; y después en danés, con mucho brío, por los estudiantes de la

Universidad de Copenhague.)

Decorado

Entrada a la izquierda. - Mesa en el centro del escenario. - Sobre la mesa, muy

cerca una de las otras, tres macetas con plantas en flor. - En cualquier parte, un

sillón o un canapé.

La mesa está cubierta con un tapete que caerá hasta el suelo para permitir los

trucos.

Esta obra corta se publicó ,or primera vez en los "Cuadernos del Colegio de

Patafísica".

Escena primera y única

Se levanta el telón. DUPONT, agitado, con las manos cruzadas a la espalda, da

vueltas en derredor de la mesa. DURAND hace la mismo, en sentido contrario.

Cuando DUPONT y DURAND se encuentran y chocan uno contra otro, se vuelven y

circulan en sentido inverso.

DUPONT. - No. . .

DURAND. - Sí . . .

DUPONT. - No . . .

DURAND. - Sí . . .

DUPONT. - No. . .

DURAND. - Sí. . .

DUPONT. - Le digo a usted que no. . . Cuidado con las macetas . . .

DURANT. - Le digo a usted que sí . . . Cuidado con las macetas . . .

DUPONT. - Puesto que le digo que no . . .

DURAND. - Puesto que le digo que sí . . . y le repito que sí . . .

DUPONT. - Por mucho que me repita usted que sí. . . es no, no y no, treinta y dos

veces no.

DURAND. - Dupont, cuidado con las macetas . . .

DUPONT. - Durand, cuidado con las macetas . . .DURAND. - Es usted testarudo. Es formidable lo testarudo que es usted . . .

DUPONT. - No soy yo. Usted es quien es terco, terco, terco . . .

DURAND. - No sabe usted lo que dice. ¿Por qué dice usted que soy terco? Cuidado

con las macetas. No soy absolutamente nada terco.

DUPONT. - ¿Y tiene usted el valor de preguntarme por qué es usted terco? ¡Me deja

usted pasmado!

DURAND. - No sé si le dejo pasmado o no. Puede que le deje pasmado. Pero me

gustaría saber por qué -oy terco. Porque, en primer lugar, no soy terco...

DUPONT. - ¿Que no es usted terco? ¿No es terco cuando no quiere usted, cuando se

niega, cuando se opone, cuando se empecina, en una palabra, a pesar de todas las

pruebas que le doy.. .?

DURAND. - Sus pruebas no valen un comino. . . No me convencen. El testarudo es

usted. Yo no lo soy.

DUPONT. - Sí, lo es usted. . .

DURAND. - No. . .

DUPONT. - Sí. . .

DURAND. - No. . .

DUPONT. - Si . . .

DURANT. - Le digo que no. . .

DUPONT. - Le digo que sí. ..

DURAND. - Cuando le digo a usted que no. . .

DUPONT. - Cuando le repito que sí . . .

DURAND. - Por mucho que me lo repita, es no, no. . . ¡NO!

DUPONT. - Es usted testarudo, ya ve usted cómo es testarudo.

DURAND. - Cambia usted los pápeles, amigo . . . No vaya a derribar las macetas...

Cambia usted los papeles. Si discute de buena fe, tiene que darse cuenta de que el

terco es usted.

DUPONT. - ¿Y por qué he de ser terco? Cuando tiene uno razón, no es terco. Y

debería usted darse cuenta de que tengo razón, sí, tengo razón. .. Así,

sencillamente...

DURAND. - No puede usted tener razón puesto que soy yo quien la tiene . . .

DUPONT. - Perdone.. . Soy yo.

DURAND. - No, soy yo.DUPONT. - No, soy yo.

DURAND. - No, soy yo.

DUPONT. - No, soy yo.

DURAND. - No, soy yo.

DUPONT. - No.

DURAND. - No.

DUPONT. - No.

DURAND. - No.

DUPONT. - No.

DURAND. - No.

DUPONT. - No.

DURAND. - No. Cuidado con las macetas.

DUPONT. - Cuidado con las macetas.

MARTÍN (entrando). - Por fin, estáis los dos de acuerdo.

DUPONT. - ¡Ah, eso no! No estoy, en modo alguno, de acuerdo con él. . . (Indica a

DURAND.)

DURAND. - No estoy, en modo alguno, de acuerdo con él. (Señala a DUPONT.)

DUPONT. - Niega la verdad.

DURAND. - Niega la verdad.

DUPONT. - Es él.

DURAND. - Es él.

MARTÍN. - ¡Oh . . . ! No seáis estúpidos . . . Y cuidado con las macetas. No siempre

es indispensable que, en el teatro, los personajes sean todavía más necios que en la

vida corriente.

DURAND. - Hacemos lo que podemos.

DUPONT. - En primer lugar, me pone nervioso con su eterno cigarro.

MARTÍN. - Y creéis que vosotros dos no sois inaguantables, dando vueltas en

redondo, con las manos detrás de la espalda, sin querer hacer la menor concesión...

Acabaréis por darme vértigo y vais a derribar las macetas. . .

DURAND. - Y a mí, me va usted a hacer vomitar con ese humo inmundo. Qué idea,

pasarse el día entero echando humo como una chimenea.MARTÍN. - No van a ser sólo las chimeneas las que echen humo.

DUPONT (a MARTíN). - Es que usted echa humo como una chimenea sin deshollinar.

MARTÍN (a DUPONT). - ¡Qué comparación tan trivial! No tienes ni pizca de

imaginación.

DURAND (a MARTíN). - Claro es que Dupont no tiene imaginación ninguna. Pero

usted no la tiene tampoco. . .

DUPONT (a DURAND). - Ni usted tampoco, querido Durand.

MARTíN (a DUPONT). - Tú tampoco, mi querido Dupont.

DUPONT (a MARTÍN). - Usted tampoco, mi querido Martín.

DURAND (a DUPONT). - Usted tampoco, mi querido Dupont. Y no me llame mi

querido Durand. No soy su querido Durand.

DUPONT (a DURAN).- Usted tampoco, mi querido Durand. Y no me vuelva a llamar

mi querido Dupont.

MARTíN (a DUPONT y a DURAND). - ¡No me llaméis vuestro querido Martín! No soy

vuestro querido Martín.

DUPONT (a MARTíN, al mismo tiempo que DURAND). - No me llame usted su querido

Dupont; no soy su querido Dupont.

DURAND (a MARTíN, al mismo tiempo que DUPONT). - No me llame usted su querido

Durand; no soy su querido Durand.

MARTíN. - En primer lugar, no puedo molestaros con mi cigarro puesto que no lo

tengo. Hijitos, dejadme que os diga que ambos exageráis. Exageráis. Yo no tengo

nada que ver en vuestra historia. Puedo, por lo tanto, juzgar de ella objetivamente.

DURAND. - Está bien. Juzgue usted.

DUPONT. - Juzgue, juzgue. De prisita.

MARTÍN. - Permitidme que os diga, con toda libertad, que, de ese modo, no vais a

poder llegar a un resultado preciso. Ponéos, pues, de acuerdo sobre un punto,

tened siquiera una base de discusión, un diálogo posible.

DURAND (a MARTíN). - No hay diálogo posible con este caballero (Señala a

DUPONT.) en esas condiciones. Las condiciones que propone son inadmisibles.

DUPONT. - No tengo empeño en llegar a nada a cualquier precio. Las condiciones

del señor (Señala a DURAND.) son deshonrosas . . .

DURAND. - ¡Qué osadía! . . . Pretender que mis condiciones son deshonrosas...

MARTÍN (a DUPONT). - Déjale que se explique.

DUPONT (a DURAND). - ¡Explíquese!

MARTÍN. - ¡Cuidado con las macetas!

DUPONT. - Me explico. No sé si quieren verdaderamente hacerme caso. No sé si

quieren comprenderme verdaderamente. Pero, compréndanme bien; para que nos

comprendamos, es preciso entenderse recíprocamente, y eso es lo que no alcanza a

comprender el señor Durand, cuya incomprensión es proverbial.

DURAND (a DUPONT). - ¡Se atreve usted a hablar de mi incomprensión

proverbial! . . . De sobra sabe que la incomprensión proverbial es la suya. Usted es

el que siempre se ha negado a comprenderme.

DUPONT (a DURAND). - ¡Eso es demasiado! Su mala fe es deslumbradora. Un niño

de tres meses lo comprende, si es un crío de buena fe.

DURAND (a MARTíN). - ¿Usted le ha oído, eh? Usted le ha oído. . .

DUPONT (a DURAND). - ¡Ésa sí que es buena! . . . Usted es quien no quiere

comprender. (A MARTíN.) ¿Ha oído usted lo que se atreve a pretender?

MARTíN. - Amigos, no perdamos el tiempo. Al caso. Estáis hablando para no decir

nada.

DUPONT (a MARTíN). - ¿Cómo? ¿Yo hablo para no decir nada?

DURAND (a MARTíN). - ¿Cómo se atreve usted a decir que yo hablo para no decir

nada?

MARTÍN. - Perdón. No he querido decir exactamente que habláis para no decir nada,

no, no... No es eso exactamente.

DUPONT (a MARTíN). - ¿Cómo puede usted decir que hablábamos, para no decir

nada, cuando precisamente acaba usted mismo de decir que hablábamos para no

decir nada, siendo absolutamente imposible hablar para no decir nada, ya que cada

vez que se dice algo se habla, y recíprocamente, cada vez que se habla se dice

algo?

MARTíN (a DUPONT). - Admitamos que yo haya podido decir, que haya dicho que

hablabais para no decir nada, eso no quiere decir que habléis siempre para no decir

nada. Hay! veces, sin embargo, en que se habla más no diciendo y en que no se

dice nada hablando demasiado. Eso depende de los momentos y de las gentes.

Pero ¿qué estáis diciendo, en suma, desde hace ya un buen rato? Nada,

absolutamente nada. Cualquiera puede afirmarlo.

DURAND (interrumpiendo a MARTÍN). - Dupont es el que habla para no decir nada,

no yo.

DUPONT (a DURAND). - Es usted.

DURAND (a DUPONT). - Es usted.

MARTÍN (a DUPONT y a DURAND). - Sois vosotros.

DUPONT y DURAND (a MARTÍN). - Es usted.

MARTíN. - No.DUPONT. - Sí.

DURAND (a DUPONT y a MARTíN). - ¡Ustedes hablan para no decir nada!

DUPONT. - ¿Yo hablo para no decir nada?

MARTÍN. - Sí, tú hablas para no decir nada.

DURAND (a DUPONT). - Sí, usted habla para no decir nada...

DUPONT y DURAND (a MARTíN). - También usted habla p-ara no decir nada.

MARTíN (a DUPONT y a DURAND). - Vosotros sois los que habláis para no decir

nada...

DURAND (a DUPONT y a MARTíN). - Ustedes son los que hablan para no decir nada.

DUPONT (a DURAND y a MARTÍN). - Ustedes son los que hablan para no decir nada.

MARTíN (a DURAND). - Eres tú.

DURAND (a MARTíN). - Es usted.

DUPONT (a DURAND). - Es usted.

DURAND (a DUPONT). - Es usted.

DUPONT (a MARTÍN). - Es usted.

MARTíN (a DURAND y a DUPONT). - Vosotros. . ., vosotros, . ., vosotros.

DURAND (a MARTíN y a DUPONT). - Ustedes. . . , ustedes. . . , ustedes . . .

DUPONT (a MARTÍN y a DURAND). - Ustedes, ustedes. . ., ustedes . . .

(Precisamente en este momento, entra la DAMA BONITA.)

LA DAMA. - Buenos días, señores . . . Cuidado con las macetas . . . (Los tres

hombres se detienen bruscamente, se vuelven hacia ella.) ¿Por qué disputan

ustedes? (Haciendo monerías) ¡Oh, queridos amigos . . . !

DUPONT. - ¡Oh, querida amiga, al fin llega usted, va usted a sacarnos de este

callejón sin salida!

DURAND. - ¡Oh, querida amiga, va usted a ver hasta qué punto la mala fe de . . . !

MARTíN (interrumpiendo a DURAND). -- ¡Oh, querida amiga, acérquese para que la

pongamos al corriente del asunto. . . !

DUPONT (a los otros dos hombres). - Yo soy quien va a ponerla al corriente del

asunto, porque esta dama encantadora es mi novia . . .

(La DAMA BONITA sigue en pie, sonriente.)

DURAND (a los otros dos hombres). - Esta dama encantadora es mi novia.DUPONT (a la DAMA BONITA). - Querida amiga, diga usted a estos caballeros que es

usted mi novia.

MARTíN (a DUPONT). - Estás en un error, es mi novia.

DURAND (a la DAMA BONITA). - Querida amiga, diga usted a estos caballeros que es

usted mi novia.

DUPONT (a DURAND, interrumpiéndole). - Está usted en un error, es la mía.

MARTíN (a la DAMA). - Querida amiga, tenga la bondad de decir...

DURAND (a MARTÍN). - Está usted en un error, es la mía.

DUPONT (a la DAMA). - Querida amiga. . .

MARTíN (a DURAND). - Estás en un error, es la mía.

DURAND (a la DAMA). - Querida amiga .. ..

DUPONT (a MARTíN). - Está usted en un error, es la mía.

MARTíN (a la DAMA). - Querida amiga, tenga la bondad de decir... que...

DURAND (a DUPONT). - Está usted en un error, es la mía. . .

DUPONT (a la DAMA BONITA, tirándola con violencia de un brazo). - ¡Oh, amiga

querida! (La DAMA BONITA pierde un zapato.)

DURAND (tirando violentamente a la DAMA por el otro brazo).¡Permítame que le dé

un beso! (La DAMA pierde el otro zapato, mientras que uno de sus guantes se

queda entre las manos de DUPONT.)

MARTíN (que había ido a buscar una de las macetas, obliga a la DAMA a volverse

hacia él). - Acepte este ramo. (Le coloca a la fuerza la maceta entre los brazos.)

LA DAMA. - ¡Oh, gracias!

DUPONT (hace volverse a la DAMA hacia él, y le coloca entre los brazos otra de las

macetas). - ¡Tome estas lindas flores! (La DAMA, en el encontronazo, pierde el

sombrero.)

LA DAMA. - Gracias, gracias . . .

DURAND (con la misma violencia que DUPONT, coloca entre los brazos de la DAMA

la tercera maceta). - Estas flores son suyas, lo mismo que lo es mi corazón . . .

LA DAMA. - Encantada. . . (Como tiene los brazos ocupados por las macetas, deja

caer la cartera.)

MARTíN (atrayéndola con violencia y aullando). - ¡Bésame, bésame! (La DAMA

pierde la capa o el abrigo de piel.)

DUPONT (con la misma violencia que MARTÍN). - ¡Bésame, bésame!DURAND (lo mismo que los otros dos). - ¡Bésame, bésame!

(EL juego continúa así algunos instantes; la DAMA forcejeando entre sus tres

galanes que se la disputan y se la arrancan unos a otros dando vueltas en derredor

de la mesa, va perdiendo en la lucha. Primero un brazo, luego el otro, luego una

pierna, que cada uno de los hombres enarbola como trofeo de victoria; después

pierde los senos.)

LA DAMA (furiosa). - ¡Oh, mierda! . . . ¡Déjenme en paz!

DURAND (a DUPONT). - ¡Déjala en paz!

MARTíN (a DURAND y a DUPONT). - ¡Dejadla en paz!

DURAND (a DUPONT). - Déjela en paz!

CADA UNO DE Los HOMBRES (a los otros dos). - ¡os pide que la dejéis en paz!

LA DAMA (a los tres hombres). - ¡Déjenme ustedes todos en paz.!

DURAND, DUPONT, MARTíN (asombrados). - ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo?

(Se detiene el movimiento. La DAMA, despeinada, desabrochada, sofocada, medio

desnuda, se adelanta al público, sin brazos, dando saltitos sobre la única pierna que

le queda.)

LA DAMA (al público). Damas y caballeros: estoy perfectamente de acuerdo con

ustedes. Esto es completamente idiota.

TELÓN




 

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