ESCENA PARA CUATRO PERSONAJES
EUGENE IONESCO
PRÓLOGOS Y CLAVES DEL TEATRO DEL
ABSURDO
A propósito de «Escena para cuatro
personajes» de Eugène Ionesco
1. Prólogo: Las ruinas de la lógica
y la carcajada metafísica
Adentrarse en las piezas breves de
Eugène Ionesco es cruzar el umbral hacia un territorio donde las certezas
cotidianas se desmoronan como castillos de naipes. «Escena para cuatro
personajes» no es meramente un divertimento cómico o una ocurrencia caprichosa;
es una disección despiadada —disfrazada de farsa juguetona— sobre la radical
incapacidad humana para comunicarnos y conectar de verdad con el otro.
En esta obra, la acción discurre en
un bucle hipnótico y desesperante: Dupont y Martín giran alrededor de una mesa
y de tres macetas frágiles atrapados en discusiones circulares donde el
lenguaje ha perdido todo valor semántico. Las palabras ya no sirven para
transmitir ideas o afectos, sino que funcionan como meros resortes mecánicos,
ecos huecos de una sociedad que parlotea sin cesar sin decir absolutamente
nada. Cuando finalmente hace su aparición la Dama Bonita, el anhelo de afecto y
deseo se convierte en una carnicería grotesca y literal, donde los personajes
desmembran el objeto de su afecto entre forcejeos insensatos.
«El teatro no es una literatura
dramática... Es aquello que queda en el teatro una vez que el texto escrito se
ha volatilizado.»
— Eugène Ionesco
El remate de la obra, con la Dama
dirigiéndose directamente al público completamente mutilada y proclamando con
absoluta naturalidad: «Damas y caballeros: estoy perfectamente de acuerdo con
ustedes. Esto es completamente idiota», constituye una genial ruptura de la
cuarta pared. Es la carcajada final del absurdo: la revelación de que el
sinsentido no es una anomalía pasajera, sino la textura misma de nuestra
condición.
2. Eugène Ionesco y el Teatro del
Absurdo
Nacido en Rumanía en 1909 y
desarrollado artísticamente en Francia, Eugène Ionesco se convirtió, junto a
figuras como Samuel Beckett, Jean Genet y Arthur Adamov, en uno de los pilares
fundamentales del llamado Teatro del Absurdo. Este término, acuñado por el
crítico Martin Esslin en la década de 1960, agrupa a una generación de
dramaturgos que reaccionaron visceralmente contra las formas tradicionales del
teatro burgués y realista.
El contexto histórico y
existencial:
El Teatro del Absurdo brota de las
cenizas de la Segunda Guerra Mundial y del profundo trauma espiritual que
sacudió a Europa. Ante el colapso de los grandes relatos ideológicos, el horror
de los campos de concentración y la amenaza latente de la destrucción nuclear,
los intelectuales sintieron que el mundo había perdido su orden racional y su
propósito trascendente. Filósofos como Albert Camus ya habían teorizado sobre
el concepto de «lo absurdo» como el divorcio entre el ser humano y el sentido
del universo: el hombre busca un orden y una respuesta que el mundo calla
obstinadamente.
Características esenciales de la
poética ionesquiana:
• La crisis del lenguaje: Para
Ionesco, las palabras se han vaciado de contenido debido al uso comercial,
político y cotidiano. En sus obras, el diálogo se descompone en clichés,
repeticiones tautológicas y debates circulares que evidencian la imposibilidad
del entendimiento mutuo.
• La cosificación y
deshumanización: Los personajes suelen comportarse como autómatas regidos por
leyes mecánicas. Los objetos inanimados (como las macetas amenazantes en esta
obra) cobran un peso agobiante, mientras que los seres humanos se fragmentan, se
reducen a piezas mecánicas o se desintegran físicamente.
• El humor negro y la farsa
trágica: Ionesco utiliza la comicidad del vodevil, el absurdo circense y el
disparate para revelar verdades trágicas hondas. La risa funciona aquí como un
mecanismo de defensa ante el vértigo del vacío existencial.
• Anti-teatralidad y subversión de
la trama: Las obras del absurdo suelen carecer de una intriga lineal
tradicional con planteamiento, nudo y desenlace convencionales. En su lugar,
presentan situaciones circulares, estáticas o pesadillescas que reflejan la
futilidad del devenir humano.
Lejos de ser un ejercicio puramente nihilista, el teatro de Ionesco posee una tremenda fuerza liberadora. Al exponer con crudeza y carcajada el sinsentido de nuestras pretensiones solemnes, nos devuelve la lucidez y nos invita a cuestionar las convenciones vacías que rigen nuestra vida cotidiana.
Escena para cuatro personajes
Eugene
IONESCO
PERSONAJES
DUPONT, que
va vestido como Durand.
DURAND, que
va vestido como Dupont.
MARTíN, que
va vestido como los otros dos.
LA DAMA
BONITA, con sombrero, cartera, capa o abrigo de piel, guantes, zapatos,
vestido,
etc., al menos cuando aparece.
(Esta obra
corta se estrenó en lengua francesa por cómicos italianos, en el festival
de Spoleto,
en 1959; y después en danés, con mucho brío, por los estudiantes de la
Universidad
de Copenhague.)
Decorado
Entrada a
la izquierda. - Mesa en el centro del escenario. - Sobre la mesa, muy
cerca una
de las otras, tres macetas con plantas en flor. - En cualquier parte, un
sillón o un
canapé.
La mesa
está cubierta con un tapete que caerá hasta el suelo para permitir los
trucos.
Esta obra
corta se publicó ,or primera vez en los "Cuadernos del Colegio de
Patafísica".
Escena
primera y única
Se levanta
el telón. DUPONT, agitado, con las manos cruzadas a la espalda, da
vueltas en
derredor de la mesa. DURAND hace la mismo, en sentido contrario.
Cuando
DUPONT y DURAND se encuentran y chocan uno contra otro, se vuelven y
circulan en
sentido inverso.
DUPONT. -
No. . .
DURAND. -
Sí . . .
DUPONT. -
No . . .
DURAND. -
Sí . . .
DUPONT. -
No. . .
DURAND. -
Sí. . .
DUPONT. -
Le digo a usted que no. . . Cuidado con las macetas . . .
DURANT. -
Le digo a usted que sí . . . Cuidado con las macetas . . .
DUPONT. -
Puesto que le digo que no . . .
DURAND. -
Puesto que le digo que sí . . . y le repito que sí . . .
DUPONT. -
Por mucho que me repita usted que sí. . . es no, no y no, treinta y dos
veces no.
DURAND. -
Dupont, cuidado con las macetas . . .
DUPONT. -
Durand, cuidado con las macetas . . .DURAND. - Es usted testarudo. Es
formidable lo testarudo que es usted . . .
DUPONT. -
No soy yo. Usted es quien es terco, terco, terco . . .
DURAND. -
No sabe usted lo que dice. ¿Por qué dice usted que soy terco? Cuidado
con las
macetas. No soy absolutamente nada terco.
DUPONT. -
¿Y tiene usted el valor de preguntarme por qué es usted terco? ¡Me deja
usted
pasmado!
DURAND. -
No sé si le dejo pasmado o no. Puede que le deje pasmado. Pero me
gustaría
saber por qué -oy terco. Porque, en primer lugar, no soy terco...
DUPONT. -
¿Que no es usted terco? ¿No es terco cuando no quiere usted, cuando se
niega,
cuando se opone, cuando se empecina, en una palabra, a pesar de todas las
pruebas que
le doy.. .?
DURAND. -
Sus pruebas no valen un comino. . . No me convencen. El testarudo es
usted. Yo
no lo soy.
DUPONT. -
Sí, lo es usted. . .
DURAND. -
No. . .
DUPONT. -
Sí. . .
DURAND. -
No. . .
DUPONT. -
Si . . .
DURANT. -
Le digo que no. . .
DUPONT. -
Le digo que sí. ..
DURAND. -
Cuando le digo a usted que no. . .
DUPONT. -
Cuando le repito que sí . . .
DURAND. -
Por mucho que me lo repita, es no, no. . . ¡NO!
DUPONT. -
Es usted testarudo, ya ve usted cómo es testarudo.
DURAND. -
Cambia usted los pápeles, amigo . . . No vaya a derribar las macetas...
Cambia
usted los papeles. Si discute de buena fe, tiene que darse cuenta de que el
terco es
usted.
DUPONT. -
¿Y por qué he de ser terco? Cuando tiene uno razón, no es terco. Y
debería
usted darse cuenta de que tengo razón, sí, tengo razón. .. Así,
sencillamente...
DURAND. -
No puede usted tener razón puesto que soy yo quien la tiene . . .
DUPONT. -
Perdone.. . Soy yo.
DURAND. -
No, soy yo.DUPONT. - No, soy yo.
DURAND. -
No, soy yo.
DUPONT. -
No, soy yo.
DURAND. -
No, soy yo.
DUPONT. -
No.
DURAND. -
No.
DUPONT. -
No.
DURAND. -
No.
DUPONT. -
No.
DURAND. -
No.
DUPONT. -
No.
DURAND. -
No. Cuidado con las macetas.
DUPONT. -
Cuidado con las macetas.
MARTÍN
(entrando). - Por fin, estáis los dos de acuerdo.
DUPONT. -
¡Ah, eso no! No estoy, en modo alguno, de acuerdo con él. . . (Indica a
DURAND.)
DURAND. -
No estoy, en modo alguno, de acuerdo con él. (Señala a DUPONT.)
DUPONT. -
Niega la verdad.
DURAND. -
Niega la verdad.
DUPONT. -
Es él.
DURAND. -
Es él.
MARTÍN. -
¡Oh . . . ! No seáis estúpidos . . . Y cuidado con las macetas. No siempre
es
indispensable que, en el teatro, los personajes sean todavía más necios que en
la
vida
corriente.
DURAND. -
Hacemos lo que podemos.
DUPONT. -
En primer lugar, me pone nervioso con su eterno cigarro.
MARTÍN. - Y
creéis que vosotros dos no sois inaguantables, dando vueltas en
redondo,
con las manos detrás de la espalda, sin querer hacer la menor concesión...
Acabaréis
por darme vértigo y vais a derribar las macetas. . .
DURAND. - Y
a mí, me va usted a hacer vomitar con ese humo inmundo. Qué idea,
pasarse el
día entero echando humo como una chimenea.MARTÍN. - No van a ser sólo las
chimeneas las que echen humo.
DUPONT (a
MARTíN). - Es que usted echa humo como una chimenea sin deshollinar.
MARTÍN (a
DUPONT). - ¡Qué comparación tan trivial! No tienes ni pizca de
imaginación.
DURAND (a
MARTíN). - Claro es que Dupont no tiene imaginación ninguna. Pero
usted no la
tiene tampoco. . .
DUPONT (a
DURAND). - Ni usted tampoco, querido Durand.
MARTíN (a
DUPONT). - Tú tampoco, mi querido Dupont.
DUPONT (a
MARTÍN). - Usted tampoco, mi querido Martín.
DURAND (a
DUPONT). - Usted tampoco, mi querido Dupont. Y no me llame mi
querido
Durand. No soy su querido Durand.
DUPONT (a
DURAN).- Usted tampoco, mi querido Durand. Y no me vuelva a llamar
mi querido
Dupont.
MARTíN (a
DUPONT y a DURAND). - ¡No me llaméis vuestro querido Martín! No soy
vuestro
querido Martín.
DUPONT (a
MARTíN, al mismo tiempo que DURAND). - No me llame usted su querido
Dupont; no
soy su querido Dupont.
DURAND (a
MARTíN, al mismo tiempo que DUPONT). - No me llame usted su querido
Durand; no
soy su querido Durand.
MARTíN. -
En primer lugar, no puedo molestaros con mi cigarro puesto que no lo
tengo.
Hijitos, dejadme que os diga que ambos exageráis. Exageráis. Yo no tengo
nada que
ver en vuestra historia. Puedo, por lo tanto, juzgar de ella objetivamente.
DURAND. -
Está bien. Juzgue usted.
DUPONT. -
Juzgue, juzgue. De prisita.
MARTÍN. -
Permitidme que os diga, con toda libertad, que, de ese modo, no vais a
poder
llegar a un resultado preciso. Ponéos, pues, de acuerdo sobre un punto,
tened
siquiera una base de discusión, un diálogo posible.
DURAND (a
MARTíN). - No hay diálogo posible con este caballero (Señala a
DUPONT.) en
esas condiciones. Las condiciones que propone son inadmisibles.
DUPONT. -
No tengo empeño en llegar a nada a cualquier precio. Las condiciones
del señor
(Señala a DURAND.) son deshonrosas . . .
DURAND. -
¡Qué osadía! . . . Pretender que mis condiciones son deshonrosas...
MARTÍN (a
DUPONT). - Déjale que se explique.
DUPONT (a
DURAND). - ¡Explíquese!
MARTÍN. -
¡Cuidado con las macetas!
DUPONT. -
Me explico. No sé si quieren verdaderamente hacerme caso. No sé si
quieren
comprenderme verdaderamente. Pero, compréndanme bien; para que nos
comprendamos,
es preciso entenderse recíprocamente, y eso es lo que no alcanza a
comprender
el señor Durand, cuya incomprensión es proverbial.
DURAND (a
DUPONT). - ¡Se atreve usted a hablar de mi incomprensión
proverbial!
. . . De sobra sabe que la incomprensión proverbial es la suya. Usted es
el que
siempre se ha negado a comprenderme.
DUPONT (a
DURAND). - ¡Eso es demasiado! Su mala fe es deslumbradora. Un niño
de tres
meses lo comprende, si es un crío de buena fe.
DURAND (a
MARTíN). - ¿Usted le ha oído, eh? Usted le ha oído. . .
DUPONT (a
DURAND). - ¡Ésa sí que es buena! . . . Usted es quien no quiere
comprender.
(A MARTíN.) ¿Ha oído usted lo que se atreve a pretender?
MARTíN. -
Amigos, no perdamos el tiempo. Al caso. Estáis hablando para no decir
nada.
DUPONT (a
MARTíN). - ¿Cómo? ¿Yo hablo para no decir nada?
DURAND (a
MARTíN). - ¿Cómo se atreve usted a decir que yo hablo para no decir
nada?
MARTÍN. -
Perdón. No he querido decir exactamente que habláis para no decir nada,
no, no...
No es eso exactamente.
DUPONT (a
MARTíN). - ¿Cómo puede usted decir que hablábamos, para no decir
nada,
cuando precisamente acaba usted mismo de decir que hablábamos para no
decir nada,
siendo absolutamente imposible hablar para no decir nada, ya que cada
vez que se
dice algo se habla, y recíprocamente, cada vez que se habla se dice
algo?
MARTíN (a
DUPONT). - Admitamos que yo haya podido decir, que haya dicho que
hablabais
para no decir nada, eso no quiere decir que habléis siempre para no decir
nada. Hay!
veces, sin embargo, en que se habla más no diciendo y en que no se
dice nada
hablando demasiado. Eso depende de los momentos y de las gentes.
Pero ¿qué
estáis diciendo, en suma, desde hace ya un buen rato? Nada,
absolutamente
nada. Cualquiera puede afirmarlo.
DURAND
(interrumpiendo a MARTÍN). - Dupont es el que habla para no decir nada,
no yo.
DUPONT (a
DURAND). - Es usted.
DURAND (a
DUPONT). - Es usted.
MARTÍN (a
DUPONT y a DURAND). - Sois vosotros.
DUPONT y
DURAND (a MARTÍN). - Es usted.
MARTíN. -
No.DUPONT. - Sí.
DURAND (a
DUPONT y a MARTíN). - ¡Ustedes hablan para no decir nada!
DUPONT. -
¿Yo hablo para no decir nada?
MARTÍN. -
Sí, tú hablas para no decir nada.
DURAND (a
DUPONT). - Sí, usted habla para no decir nada...
DUPONT y
DURAND (a MARTíN). - También usted habla p-ara no decir nada.
MARTíN (a
DUPONT y a DURAND). - Vosotros sois los que habláis para no decir
nada...
DURAND (a
DUPONT y a MARTíN). - Ustedes son los que hablan para no decir nada.
DUPONT (a
DURAND y a MARTÍN). - Ustedes son los que hablan para no decir nada.
MARTíN (a
DURAND). - Eres tú.
DURAND (a
MARTíN). - Es usted.
DUPONT (a
DURAND). - Es usted.
DURAND (a
DUPONT). - Es usted.
DUPONT (a
MARTÍN). - Es usted.
MARTíN (a
DURAND y a DUPONT). - Vosotros. . ., vosotros, . ., vosotros.
DURAND (a
MARTíN y a DUPONT). - Ustedes. . . , ustedes. . . , ustedes . . .
DUPONT (a
MARTÍN y a DURAND). - Ustedes, ustedes. . ., ustedes . . .
(Precisamente
en este momento, entra la DAMA BONITA.)
LA DAMA. -
Buenos días, señores . . . Cuidado con las macetas . . . (Los tres
hombres se
detienen bruscamente, se vuelven hacia ella.) ¿Por qué disputan
ustedes?
(Haciendo monerías) ¡Oh, queridos amigos . . . !
DUPONT. -
¡Oh, querida amiga, al fin llega usted, va usted a sacarnos de este
callejón
sin salida!
DURAND. -
¡Oh, querida amiga, va usted a ver hasta qué punto la mala fe de . . . !
MARTíN
(interrumpiendo a DURAND). -- ¡Oh, querida amiga, acérquese para que la
pongamos al
corriente del asunto. . . !
DUPONT (a
los otros dos hombres). - Yo soy quien va a ponerla al corriente del
asunto,
porque esta dama encantadora es mi novia . . .
(La DAMA
BONITA sigue en pie, sonriente.)
DURAND (a
los otros dos hombres). - Esta dama encantadora es mi novia.DUPONT (a la DAMA
BONITA). - Querida amiga, diga usted a estos caballeros que es
usted mi
novia.
MARTíN (a
DUPONT). - Estás en un error, es mi novia.
DURAND (a
la DAMA BONITA). - Querida amiga, diga usted a estos caballeros que es
usted mi
novia.
DUPONT (a
DURAND, interrumpiéndole). - Está usted en un error, es la mía.
MARTíN (a
la DAMA). - Querida amiga, tenga la bondad de decir...
DURAND (a
MARTÍN). - Está usted en un error, es la mía.
DUPONT (a
la DAMA). - Querida amiga. . .
MARTíN (a
DURAND). - Estás en un error, es la mía.
DURAND (a
la DAMA). - Querida amiga .. ..
DUPONT (a
MARTíN). - Está usted en un error, es la mía.
MARTíN (a
la DAMA). - Querida amiga, tenga la bondad de decir... que...
DURAND (a
DUPONT). - Está usted en un error, es la mía. . .
DUPONT (a
la DAMA BONITA, tirándola con violencia de un brazo). - ¡Oh, amiga
querida!
(La DAMA BONITA pierde un zapato.)
DURAND
(tirando violentamente a la DAMA por el otro brazo).¡Permítame que le dé
un beso!
(La DAMA pierde el otro zapato, mientras que uno de sus guantes se
queda entre
las manos de DUPONT.)
MARTíN (que
había ido a buscar una de las macetas, obliga a la DAMA a volverse
hacia él).
- Acepte este ramo. (Le coloca a la fuerza la maceta entre los brazos.)
LA DAMA. -
¡Oh, gracias!
DUPONT
(hace volverse a la DAMA hacia él, y le coloca entre los brazos otra de las
macetas). -
¡Tome estas lindas flores! (La DAMA, en el encontronazo, pierde el
sombrero.)
LA DAMA. -
Gracias, gracias . . .
DURAND (con
la misma violencia que DUPONT, coloca entre los brazos de la DAMA
la tercera
maceta). - Estas flores son suyas, lo mismo que lo es mi corazón . . .
LA DAMA. -
Encantada. . . (Como tiene los brazos ocupados por las macetas, deja
caer la
cartera.)
MARTíN
(atrayéndola con violencia y aullando). - ¡Bésame, bésame! (La DAMA
pierde la
capa o el abrigo de piel.)
DUPONT (con
la misma violencia que MARTÍN). - ¡Bésame, bésame!DURAND (lo mismo que los
otros dos). - ¡Bésame, bésame!
(EL juego
continúa así algunos instantes; la DAMA forcejeando entre sus tres
galanes que
se la disputan y se la arrancan unos a otros dando vueltas en derredor
de la mesa,
va perdiendo en la lucha. Primero un brazo, luego el otro, luego una
pierna, que
cada uno de los hombres enarbola como trofeo de victoria; después
pierde los
senos.)
LA DAMA
(furiosa). - ¡Oh, mierda! . . . ¡Déjenme en paz!
DURAND (a
DUPONT). - ¡Déjala en paz!
MARTíN (a
DURAND y a DUPONT). - ¡Dejadla en paz!
DURAND (a
DUPONT). - Déjela en paz!
CADA UNO DE
Los HOMBRES (a los otros dos). - ¡os pide que la dejéis en paz!
LA DAMA (a
los tres hombres). - ¡Déjenme ustedes todos en paz.!
DURAND,
DUPONT, MARTíN (asombrados). - ¿Yo? ¿Yo? ¿Yo?
(Se detiene
el movimiento. La DAMA, despeinada, desabrochada, sofocada, medio
desnuda, se
adelanta al público, sin brazos, dando saltitos sobre la única pierna que
le queda.)
LA DAMA (al
público). Damas y caballeros: estoy perfectamente de acuerdo con
ustedes.
Esto es completamente idiota.
TELÓN