MONÓLOGOS
MAXI DE DIEGO
Una temática central muy clara: el aula como un escenario de vida, donde el conflicto no está solo en los libros, sino en las miradas, los silencios y las batallas internas de alumnos y profesores.
Introducción: El Aula, ese Escenario de Verdades
Lo que ocurre dentro de un instituto va mucho más allá de la gramática o las matemáticas. Estas piezas nos invitan a mirar por el "ojo de la cerradura" de la adolescencia y la docencia, revelando que el aprendizaje más difícil no es el que se evalúa en un examen, sino el de la supervivencia emocional.
A través de estos monólogos, el teatro aparece como un refugio contra el acoso, la protesta social como un grito de identidad, y la relación entre profesor y alumno como un espejo donde ambos intentan reconocerse. Son voces heridas, rebeldes y esperanzadas que nos recuerdan que, a veces, la verdad más profunda se escribe con tiza en una pizarra o se ensaya en silencio antes de que suene el timbre.
Índice de Monólogos
1. El teatro me salvará (Sergio)
Reseña: Un joven víctima de acoso escolar encuentra en las herramientas del teatro una estrategia desesperada de defensa. Sergio planea fingir una enfermedad grave para ahuyentar a sus agresores, transformando su miedo en una "actuación" que se convierte en su único escudo de supervivencia.
2. Huelga (Pepa)
Reseña: Una mirada ácida y apasionada a la militancia juvenil. Pepa lidia con la frustración de ver la apatía de sus compañeros ante la injusticia social, mientras intenta reconciliar sus ideales revolucionarios con las contradicciones propias de la adolescencia y sus primeros enamoramientos.
3. ¿Nos quiere? (Una y Dos)
Reseña: A través de dos perspectivas cruzadas, asistimos al misterioso cambio de un profesor. La pieza explora el impacto que tiene en los alumnos un gesto de vulnerabilidad docente: la confesión de un "os quiero" y un poema sobre la resistencia emocional, cambiando para siempre el clima del aula.
4. Quise decirles la verdad (Carlos)
Reseña: Carlos, un antiguo profesor convertido en camarero, reflexiona años después sobre el día en que abandonó la enseñanza. Es un monólogo melancólico sobre la derrota de la ilusión frente a un mundo hostil, y cómo la huida, a veces, es el último acto de honestidad de un maestro.
5. Poemas para mi profesor (Ella)
Reseña: Tras una máscara de cinismo y rebeldía, una estudiante critica la "pesadez" de los temas académicos y sociales de su profesor. Sin embargo, detrás de su aparente indiferencia, se revela una profunda empatía que la lleva a buscar en la poesía un bálsamo para la tristeza que percibe en su maestro.
6. Tal vez algún día (Arturo)
Reseña: Arturo es el "gracioso" de la clase, el que siempre es expulsado. En la soledad de este monólogo, descubrimos que su comportamiento es una armadura para ocultar un secreto y una soledad profunda. La pieza muestra la grieta que abre el afecto en alguien que ha decidido no dejarse querer por nadie.
EL TEATRO ME SALVARÁ
(Monólogo de Sergio)
(Sergio está acurrucado, oculto entre unas cajas. Sus brazos rodean sus piernas y su cabeza está apoyada en ellas. Su cartera yace tirada en el suelo. Levanta la mirada, huidizo, con el ferviente deseo de no encontrar a nadie. Habla con rabia, tal vez con odio).
SERGIO: Cuando volváis os vais a cagar. (Hace un gesto con un puño, agresivo). Venid de uno en uno. Así es muy fácil. Cuatro, cinco… ¿Qué os he hecho? Nada. Os pisotearé. ¿Me oís? No, ya no me oís. Me habéis quitado las pelas como todos los días y adiós, hasta mañana. Mañana no traeré ni un céntimo. Mañana no me veréis. No vendré al instituto. No volveré. Nunca. Ya no os tengo miedo. Voy a desaparecer de vuestra vista. O me haré invisible.
(Se levanta asustado, mira a un lado y a otro antes de salir de su escondrijo. Se limpia la ropa con rabia e insistencia; está llena de tierra, tras haber sido revolcado por el suelo).
Javi dice que se lo diga a mis padres o al tutor. Pero me han advertido que si digo algo, me matan. (Gritando). ¡Joder, tengo miedo! Javi también tiene miedo, si no, me ayudaría a enfrentarme a ellos. Y Pedro y Juanjo. Tienen miedo, mis amigos también tienen miedo. Son unos matones, una banda. Pero no me van a pillar otra vez.
(Silencio. Parece pensar; se le ocurre una idea).
Joder, qué idea se me está ocurriendo. Soy el mejor en clase de teatro. A ver, preparemos un plan. (Habla despacio, sopesando las palabras). Primero haré pellas dos días. Como nunca falto, no creo que se alarmen los profes. Eso es. Cuando vuelva, los matones me pedirán explicaciones. Hasta es posible que me pidan el dinero atrasado. ¡Y un huevo! Les diré que he estado ingresado en un hospital. Que me han descubierto una enfermedad del corazón muy grave. Bueno, lo dejaremos en "grave", no sea que lo vean demasiado exagerado.
Y ahora viene mi gran actuación. Cuando se acerquen a pegarme al decirles que no tengo dinero, fingiré un ataque al corazón con desmayo incluido. Seguro que se van corriendo por si les acusan de asesinato. En el fondo, seguro que también son unos cobardes. (Pausa). Veamos, un ensayo. A ver, se acercan y digo: “dejadme, dejadme, que estoy enfermo”. Y saco una caja de pastillas y me defiendo con ella, como si fuera un cuchillo. (Realiza los movimientos). Si se acercan más, es el momento de mayor tensión dramática, el clímax: un fuerte dolor en el pecho. (Lo hace). Ah, ah, ah… Y si se acercan más, el desmayo. (Lo hace). Y si intentan meterme mano al bolsillo, el último ahogo y estiro la pata.
(Lo hace. Silencio. Después de unos segundos, se levanta).
¡Qué gran actuación! El profe me pondría un diez. ¿Y si vuelven otro día? (Piensa). ¡Ya lo tengo! Más teatro. Les haré la actuación del enfermo de sida. (Coge la cartera). Seguro que piensan —son unos ignorantes— que se contagia con tocarles. ¿Y por qué no empiezo por aquí? No, me gusta el papel de enfermo de corazón. Pero por si falla, me voy corriendo a casa a ensayar.
(Sale deprisa, mucho más animado que al principio).
HUELGA
(Monólogo de Pepa)
(Entrando en casa con la mochila cargada de libros y el periódico bajo el brazo).
PEPA: Estoy hasta las narices. Van y se quedan en casa. O se van por ahí de juerga. Al parque a tomar el sol, la videoconsola… como los padres están currando. Y a la manifestación, cuatro gatos. Y luego se ríen de nosotros. Dicen que ha sido un fracaso la jornada de huelga. Y es que hasta tienen razón. En clase todo el mundo firma el papelito diciendo que no va a ir a clase al día siguiente, pero luego nadie se pringa a la hora de protestar.
Mañana voy a soltar un mitin en mi clase… Se van a cagar. “¡Compañeros! ¡Compañeras! ¡La consecución de los objetivos planteados por la comisión estatal…!”. (Pausa brusca). ¿Qué digo? Seguro que este lenguaje les resulta extraño. “¡Colegas! ¡Tenéis unos huevos… así no vamos a conseguir na de na! ¡Hay que tomar la calle para que nos oigan!”.
(Se para desilusionada). Tomar la calle… (Silencio). De los tíos no me extraña nada, la verdad, son todos unos críos. Solo piensan en el fútbol y en las maquinitas, están tontos. Pero nosotras… Nosotras debemos cambiar esta mierda de mundo. Pero claro, está Gran Hermano y la telebasura que las atonta. Pero yo no me rendiré. No. Hay que tomar la calle…
Hay tantas cosas que cambiar… Menos mal que lo de la antiglobalización parece que funciona. Espero que mis padres me dejen ir a la próxima concentración fuera de España. Creo que me entienden, pero les da miedo. Dicen que aún soy demasiado joven. A lo mejor tienen razón. Me queda un año para cumplir los dieciocho. Entonces no se podrán negar. He encontrado un curro los findes para pagarme el viaje. Se van a enterar. Solo piensan en ganar dinero, no les importa el hambre, ni la pobreza, ni el cambio climático. Se van a enterar, los muy…
(Saca unos libros de su cartera). Bueno, me voy a poner a estudiar, que mañana tengo un control de sociales. Aunque como leo el periódico, no me hace falta estudiar mucho. El gilipollas de David, siempre con el AS debajo del brazo, se ríe porque compro El País o leo El Militante. Será capullo. Es un engendro del sistema. Menos mal que Suso está conmigo. Suso, cabrón, me tienes loquita. Y qué bien habla en las asambleas. También Carmen habla bien. Pero Suso tiene un culito… Bueno, a estudiar, y luego a preparar la charla de mañana en clase. (Pausa). Mira que quedarse en casa, con lo que nos jugamos…
(Suspira).
¿NOS QUIERE?
(Monólogo para dos voces)
(Escenario dividido en dos partes iguales. En cada parte, una alumna).
UNA: Hoy el profesor tenía los ojos tristes.
DOS: Hoy el profesor tenía la mirada alegre.
UNA: Pensaba que se iba a poner a llorar en cualquier momento. ¡Qué mal rato! Ni Arturo se ha atrevido a gastar la broma de todos los días.
DOS: ¿Adónde ha ido a parar su cara de amargado? Arturo ha gastado la broma de todos los días y él no le ha expulsado como casi siempre. Le ha sonreído y ha dicho: “Venga, Arturo, cambia el rollo”. Y le ha vuelto a sonreír. Arturo no ha vuelto a abrir la boca. Pero también ha sonreído.
UNA: El silencio ha durado alrededor de cinco minutos. Nunca pensé que podría durar tanto el silencio. Ha sido insoportable. Sobre todo por aguantar su mirada, fija en nosotros. Sin pestañear. Sin moverse. Como una estatua. La mayoría de mis compañeros ha fijado sus ojos en el libro intentando aparentar interés por la Literatura, por la página 64 de la que teníamos que corregir no sé qué actividad. Yo no; yo no le he quitado ojo, esperaba ver brotar sus lágrimas en cualquier momento, quería indagar en el porqué de ese cambio, averiguar su oscuro secreto.
DOS: ¿Le habrá tocado la lotería y piensa decirnos que deja su trabajo? Siempre se está quejando de nosotros. Dice que nunca le hacemos caso. Y no es cierto, le atendemos a nuestra manera. Pero él no nos entiende. No sé por qué no cambia de profesión. Creo que sería un buen camarero. Bueno, hoy sí; hoy sabe estar en clase. Ha repartido un poema suyo que habla de la alegría de vivir, de luchar por la felicidad, de la sonrisa, de la importancia de la sonrisa. Será por eso que no se le va de la cara. Parece una máscara, pero una máscara sincera.
UNA: Él siempre estaba alegre. Bueno, últimamente, porque dicen algunos de sus alumnos de cursos pasados que era un amargado, como ahora. Es el reflejo de la amargura. Después de esos cinco minutos de absoluto silencio se ha ensombrecido aún más. Ha dejado de mirarnos, ha tomado la tiza y ha puesto en la pizarra con letra grande y redonda, perfectamente dibujada: OS QUIERO.
Al leerlo, mi corazón ha empezado a latir con esa fuerza de los conciertos a los que me gusta ir durante el verano. Ha abierto su carpeta, ha cogido unas hojas y nos ha repartido una a cada uno. Esa hoja, esa maldita y maravillosa hoja ha cambiado mi vida, tal vez también la de Arturo. Era un poema sobre la tristeza, sobre el duro camino de la vida, sobre la dificultad de ser hombre o mujer. Pero al final, en un solo verso, como un rayo de sol que se filtra entre las nubes, decía: “Pero os quiero, y este amor me libera y me hace roca impregnada de ternura”. Y firmaba: Toño López, él. Antes de salir, al finalizar la clase, ha estado a punto de sonreír; en sus ojos ha estallado la esperanza.
DOS: Cuando ha terminado la clase, mientras recogía sus cosas, me he acercado a su mesa —mis compañeros habían salido al pasillo— y me he atrevido a preguntarle por su estado. Él me ha mirado tranquilo, con su sonrisa a medio apagarse y en sus ojos una brizna de penumbra, y me ha dicho: “No tengas prisa, antes de que termine el curso lo comprenderás”.
Pero yo ya lo he entendido. A mí no puede engañarme. Simplemente se ha dado cuenta de que nos quiere y no puede evitarlo.
QUISE DECIRLES LA VERDAD
(Monólogo de Carlos)
(Carlos es un hombre ya entrado en años, con pelo largo y barba desarreglada. Está sentado a la mesa de un bar; de vez en cuando mira a un lateral como si esperara a alguien).
CARLOS: Quise decirles la verdad... Con la tiza en la mano quise decirles la verdad. Ellos me miraban. Veían mi mano temblar. Lo presentían. Aquel día no iba a hablarles de sus libros, ni siquiera de los míos. Simplemente quise decirles la verdad. Hablarles de mi miedo. De mi tristeza.
Aquel día llegué a decirles unas pocas palabras: que no hablaríamos de sintaxis, ni de metáforas, ni de generaciones, ni de géneros literarios. Que los adjetivos no tenían importancia, ni los pretéritos imperfectos, que la métrica era una auténtica mierda. Aquel día yo ya lo sabía. Pero ahí estaban ellos, sentados, y ellas, también sentadas. Su mirada, su silencio, y lo que yo interpretaba como su angustia, me sobrecogían. Seguía con la tiza en la mano, pensando si sería capaz de decirles algo que quería decir. Sé que percibieron mi llanto interno, mi dolor profundo, mi deseo de comunicación imposible. Cualquier otro día el silencio hubiera costado minutos de esfuerzo, aquel día, no. Nada más entrar, la nada se creó en el ambiente. Pero ¿por qué, si no sabían nada?
Apenas yo lo sabía. Días después llegué a considerar que algo profundo existía entre nosotros. Pero me negué a aceptarlo. El silencio se prolongó durante varios minutos. Tensos, eternos, duros. Algunos chicos se miraban entre sí, pero no se atrevían a moverse, ni siquiera movían sus cuadernos ni sus bolígrafos, como otras veces. Hubo un momento en que la suma de respiraciones creó un sonido rítmico solamente roto por algún ruido que provenía de fuera de la clase. Un muchacho en plena adolescencia, como todos, agachó su cabeza y la apoyó en la mesa entre sus manos. Yo sé que no quería dormir, conocía su inocencia manchada de tristeza. Una chica hizo un amago de comenzar a llorar, pero su compañera de mesa le estrechó la mano. El más hablador casi levantó la mano, pero miró a los demás y reprimió su gesto.
La tiza o yo, no lo sé, intentó anotar algo en la pizarra. Consiguió escribir una A mayúscula, pero se detuvo. No era una A como la de otras veces —vigorosa, rotunda, convencida—, presagio de un mensaje que consideraba evidente, sagrado, necesario. Una A creadora de conocimiento, una A impulso emotivo o revelación mítica, una A inundada de comunicación. Entonces no; aquel día esa A podía ser el preámbulo de una despedida o de una declaración. Nunca se sabría.
Pero insisto, aquel día quise decirles la verdad. Y tal vez se la dijera sin palabras, porque he de recordar que me fui de clase sin decir nada más que un “hasta siempre” que dudo mucho que entendieran, tanto en su contundente significado como en su consumación material. Un “hasta siempre” susurro, lamento y frustración al mismo tiempo. Un “hasta siempre” imbécil, miserable, tétrico. Pero un “hasta siempre” consuelo y liberación. Porque después de cerrar la puerta, escuché, detrás de ella, la explosión de sentimientos, el rugir de las sillas, el buscar el sentido de aquellos interminables minutos junto al compañero y tal vez amigo. Ante ellos había surgido un enigma mayor que el de la oculta oración subordinada, que el de la intangible ironía o la abrupta imagen visionaria. Ante ellos había surgido el enigma de la vida. Una vez más, aquella clase fue un éxito. El éxito del fracaso.
Años después, ya situado tras la barra del bar donde trabajé como camarero, me encontré con ella —siempre nerviosa en clase—, ahora con una paz en la expresión que ya quisiera para mí. Me reconoció, a pesar de mi pelo largo, mi barba desarreglada. Me reconoció a pesar de que ya no usaba tiza. Me dijo: “Hola Carlos, yo sé por qué te fuiste”. Así, sin pedirme nada, ni un vaso de agua. Me sentí paralizado. Creía que había olvidado aquellos años, casi veinte dedicado a corregir tildes y a provocar el verbo pensar. Estuve a punto de salir corriendo porque no podía evitar su silencio y su mirada.
—Carlos, soy yo, Carmen.
Y ¿cómo iba a haber olvidado a Carmen? Me di cuenta, en un instante, de que no había conseguido olvidar a ninguno de los chicos y chicas de aquel último curso, el que no terminé porque salí huyendo. Tampoco a Carmen, siempre nerviosa, que escribía “avia” sin h, con uve y con la tilde tan perdida como mis ganas de corregirla. Me llegó a gustar la palabra así, con esa escritura rebelde.
—¿Te acuerdas de por qué te fuiste? Yo lo sé, Carlos. Tal vez tú no te acuerdes, pero yo sé por qué huiste de la clase.
Y sin dar mi consentimiento me lo dijo:
—Quisiste decirnos la verdad y no te atreviste. Gracias por no amargarnos la vida. Yo la he descubierto y gracias a ti he comprendido la salvación de la huida.
—Pero ¿cuál era mi verdad?— le pregunté.
—Tu verdad era que sin ilusión, sin alegría, sin entrega, sin amor hacia nosotros no tiene sentido coger una tiza.
Y añadió:
—Tal vez vuelva otro día y te cuente mi historia y por qué tu huida fue tan importante para mí.
No ha vuelto. La espero hace ya demasiado tiempo. La espero para contarle la verdad que ella no pudo ver: que había sido derrotado. Que quise enseñarles la paz y fuera les enseñaban la guerra. Que quise mostrarles la justicia y fuera permanecía el hambre. Quise sugerirles el arte y fuera les ofrecían basura. Hubiera deseado inyectarles el amor y fuera les vendían odio. No tuve fuerzas para continuar y salí huyendo aceptando mi derrota. Te sigo esperando, Carmen, para contártelo. Y esta espera es lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias, Carmen.
POEMAS PARA MI PROFESOR
(Monólogo de Ella)
(Durante toda la escena, Ella está buscando un libro en una estantería llena de ellos. De vez en cuando sacará uno, lo ojeará y lo devolverá a su sitio. Las acciones de selección, búsqueda y devolución contrastarán por su delicadeza con sus palabras, un tanto rudas).
ELLA: Se lo tengo que contar a alguien o reviento. ¿Este tío en qué mundo vive? ¿A qué aspira? ¿Se creerá de verdad que nos interesa una mierda lo que nos dice, lo que nos lee, lo que piensa del mundo en que vivimos? Neruda y sus poemas de amor. Paso del amor, me gusta estar con un chico, pero para pasar el rato. ¡El amor! ¡Que estamos en el siglo XXI! Y el Quijote ese que estaba loco, y los molinos de viento. ¿Eso es educativo? ¿Un tío pirado que se pega una hostia con unos gigantes que no lo son? Y luego dicen que los jóvenes hacemos cosas raras.
Pero lo que me revienta es cuando nos habla del mundo —es que no para—, el calentamiento del planeta, la violación de los derechos humanos, el hambre, la pobreza... ¡Qué manía con llevarnos recortes de periódicos! Joder, que nosotros no tenemos la culpa, que lo habéis hecho así vosotros, los de tu edad. Que el mundo está en nuestras manos, los jóvenes. Hoy, hoy mismo lo ha vuelto a repetir. He estado a punto de saltar. "Que-no-es-nues-tro-mun-do", a ver si te enteras, que es el vuestro; que si es así como dicen los asquerosos periódicos, es por vuestra culpa, adultos sabelotodo. Dejadnos en paz. Dejadnos divertirnos, beber, fumar, hacer el amor. (Lo dice fingiendo la voz con la intención de imitarle). Sí, porque también nos habla de sexo, del sida, de embarazos no deseados. No nos amarguéis la vida.
(Silencio prolongado).
Aunque a veces, me da pena. El tío lo vive, se preocupa por nosotros, quiere que estudiemos y si no lo hacemos parece que se entristece. Sí, cuando no hacemos más de la mitad de la clase alguna actividad que él cree de mucho interés, se deprime. Pero no un poco, se deprime un huevo. Ayer, por ejemplo, se quedó sin voz. No sabía cómo continuar. Yo a veces hago las cosas por no verle así. Es un pesado, pone esa cara de pena, que da asco, pero una también es humana y a veces resulta insoportable tanto dolor.
(Coge un libro y muestra alegría).
Aquí está, sabía que estaba aquí. José Hierro. Antología. Mi madre y sus libros de poesía. Ese poema... (Pasa apresuradamente las hojas y se detiene. Lee).
Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
Lo voy a copiar y mañana, sin que me vea nadie, claro, se lo doy, a ver si se anima. Y de paso, ¿por qué no?, me sube un puntito, que estoy bastante necesitada.
(Sale).
TAL VEZ ALGÚN DÍA
(Monólogo de Arturo)
(En una esquina del escenario, sentado).
ARTURO: Nunca sabrán qué me pasa. Nunca. Por mucho que me pregunten. Ni mi tutor ni Ana. (Se levanta y se dirige a la embocadura). Jamás. No les importa. No es asunto suyo. Jamás conocerán mi secreto. (Camina por el escenario inquieto). Me ha costado mucho trabajo disimular mi miedo, mi soledad, mi angustia, mi dolor... He conseguido ser reconocido por mis bromas a destiempo. He logrado que me expulsen de clase con cierta frecuencia. Que ya no me digan nada por no llevar hecho el ejercicio 4 de la página 27.
Sin embargo, mi tutor parece saber algo, aunque yo no he dicho nada y mi madre jamás ha pisado el instituto. Bastante tiene ella con lo suyo. (Pausa). Hoy no me ha expulsado, me ha hablado bien, me ha sonreído y con una sola frase me ha desarmado: “Venga, Arturo, cambia de rollo”. Y después ese poema, ese maldito poema. ¿Por qué ha tenido que decir que nos quiere? Yo no quiero que me quiera nadie. Y Ana, que no ha parado de mirarme en toda la mañana. Y me ha dicho, con esa voz tan dulce y tan cruel: “Cuando quieras me cuentas lo que te pasa”. Y ha intentado cogerme la mano. ¿Quién es ella para cogerme la mano, para preocuparse por mí? ¿Me preocupo yo por ella, me preocupo por alguien acaso? Quieren saberlo. Pero nunca sabrán nada.
(Vuelve a sentarse, abatido).
¿Será verdad que el profesor nos quiere? Aunque me expulse, me ponga ceros, ¿me quiere? Tengo que reconocer que hoy me ha gustado verle alegre, parecía feliz. No como todos los días, con esa amargura que me recuerda la mía. Hoy ha sido tan distinto... Casi me contagia su alegría. De hecho, hoy sí he apuntado en mi agenda lo que ha pedido para mañana. Tal vez lo haga, aunque no sé si sabré. (Silencio. Baja del escenario y recorre el patio de butacas buscando a alguien).
Ya sé lo que puedo hacer. Buscar a Ana. No tengo su teléfono, pero sé que por las tardes siempre va a la biblioteca del barrio. Le pediré que me ayude. Pero sólo a hacer eso. Que no se le ocurra cogerme la mano porque me voy corriendo. Lo juro. (Sigue buscando, pero no encuentra a quien quiere encontrar. Sube al escenario profundamente triste). ¿Por qué hoy no estaba Ana en la biblioteca? ¿Qué me pasa? Siento un deseo de verla que no entiendo. Me parece que va más allá del ejercicio 12 de la página... Mucho más allá. Sí, lo siento, siento que es otra cosa, algo distinto, necesito su mano, quiero acariciar su mano, y que ella me hable, que me hable con esa voz tan distinta a todas las voces humanas.
(Silencio).
Algo me pasa. Ese maldito poema ha tenido la culpa. Quiero querer a alguien. Quiero querer al profesor, a mi madre, quiero querer a Ana y su mano tan suave. Y escuchar esa voz tan distinta a todas las voces humanas. (Silencio). ¿Y por qué no?, tal vez, sólo digo tal vez, hablarle de mi soledad. De mi desesperante e inútil soledad.
(OSCURO).
2do Índice y Breve Reseña (Tanda 2)
10. Elogio de la lentitud (Jesús)
Un chico que se mueve y habla a su propio ritmo, desesperantemente lento para los demás, reflexiona sobre las ventajas y desventajas de su condición. Mientras grita su confesión en una grabadora, nos contagia su fascinante y calmada visión del mundo.
11. Una chica normal (Sara)
Sara insiste en que su vida es demasiado aburrida para un monólogo. Sin embargo, entre la descripción de su rutina escolar y sus fines de semana, asoman sus coloridas fantasías escapistas y un sueño profundamente humano: conseguir un trabajo digno que la haga feliz.
12. Confesión 1 (Iván)
Iván acude al confesionario tras diez años. El motivo: es un mentiroso patológico que se ha inventado una vida de lujo y cultura para conquistar a una chica. Desesperado y enamorado, pide ayuda para aprender a ser él mismo antes de que su castillo de naipes se derrumbe.
13. Confesión 2 (Gimena)
La otra cara de la moneda de "Confesión 1". Gimena confiesa que miente siempre, especialmente al chico que ama, aparentando ser culta y rica. Está endeudada y asustada, atrapada en sus propios engaños por miedo a perder al "poeta" que le ha robado el corazón.
14. No conocerás mis sueños (Noelia)
Noelia rompe a llorar en clase, pero se niega a explicarle el motivo a su profesor. En su soledad, nos revela su pasado de pobreza extrema, el sacrificio de sus padres inmigrantes y su terror a tener que volver a su país ahora que su padre está en el paro.
15. El abismo me estremece (Alejandro)
Un joven de pie al borde del escenario reflexiona sobre el miedo que percibe en el alma de sus padres. Se siente un enigma para ellos y le duele el abismo que los separa, una distancia insondable que no sabe cómo acortar.
16. Debieron decirnos la verdad (Bea)
Mientras empaca sus cosas para una mudanza forzosa, Bea reflexiona críticamente sobre su educación. Critica que el instituto le enseñó ecuaciones y gramática, pero no la preparó para resistir la mentira del mundo real: el paro, la hipoteca y el desahucio que ahora sufre.
17. ¿Cosa de dos? (Olga - Teatro de sombras)
A través de su silueta tras una sábana, Olga nos cuenta su angustia. Tiene diecisiete años y está embarazada de dos meses tras su "primera vez" en una fiesta. Sola y asustada, lidia con voces contradictorias y la imagen mental de un bebé que no sabe si desea.
18. El fin del mundo (Óscar)
Óscar destruye cartas febrilmente. El mundo se acaba mañana y él, lejos de asustarse, se alegra por el colapso de la sociedad injusta. Pero tras su rabia política se esconde un secreto personal terrible: una agresión a la chica que amaba, un acto miserable que no tiene perdón.
19. Sin móvil (César)
César está nerviosísimo porque va a hablar en público sobre por qué decidió no tener móvil. Ensaya su discurso sobre el coltán, la guerra en el Congo y la explotación infantil, dándose cuenta de que, aunque tiemble de nervios, su mensaje es vital.
20. La risa, hace tanto tiempo (Estudiante)
En un futuro distópico y serio, un estudiante vestido de luto presenta una investigación sobre un fenómeno extinto: la risa. Intenta gesticular ridículamente para provocarla y, cuando lo consigue, se conmueve profundamente y suplica aprender a reír de nuevo.
[Escena] Dame la mano (X e Y)
Dos adolescentes enfrentan el miedo paralizante ante un futuro de crisis y paro. X encuentra consuelo y fuerza en la mano de Y, transformando su temor en una indignada enumeración de estadísticas de desigualdad global.
Monólogos Formateados (Tanda 2)
DIEZ
Elogio de la lentitud
(Veremos al protagonista de este monólogo moverse con lentitud durante toda la escena. Está grabando en una pequeña grabadora lo que dice).
JESÚS: Ayer volví a perder a mis amigos. Siempre van con prisa a todas partes. Ellos dicen que soy lento. Pero yo soy así. Me gusta moverme como gravitando en el espacio, como si acariciara el suelo que piso, como si me abriera paso entre las ramas de un bosque espeso.
La verdad es que mi lentitud me trae algunos problemas. Una vez, después de un concierto, iba a besar a una chica; fui tan lento, no en el beso sino en el acercamiento, que ella se levantó y se fue. En clase, un desastre: no me da tiempo a contestar nada en los exámenes, aunque me lo sepa. Menos mal que el de sociales se dio cuenta y me los hace en partes. El último duró toda una semana. Saqué un 6: todo un éxito.
Mis amigos, cuando salimos, siempre me dejan solo. No aguantan mi "paso de caracol", como ellos dicen. Bueno, me dejaban; ahora siempre voy con Jaime, el investigador de olores, que a cada paso se para a oler cualquier cosa por rara que sea. Nos hemos hecho buenos amigos. Yo empiezo a aprender de aromas y él a caminar como una tortuga coja.
Llevo unos días especialmente ilusionado. Mi madre me ha prometido comprarme un coche cuando cumpla 18 años. Me quedan tres, así que puedo ir aprendiendo poco a poco. Mañana empiezo las clases del teórico. ¿Conseguiré llegar a tiempo a los sitios? ¿Conduciré también con lentitud como cuando voy en bici? Todo un misterio.
Yo sé que mi vida será diferente, tal vez al ir tan lento mi vida sea más larga. O tal vez no. Pero me gusta como soy. Aunque he de confesaros algo: me da miedo vuestra velocidad. ¿Os da tiempo a mirar?
Sé que algún día seré famoso. No sé por qué, pero lo intuyo. Quizás me llamen "El hombre lento". Tal vez descubra la importancia de la calma para el cerebro humano. O tal vez no. Por si acaso grabo esto. Me agota hablar tan rápido, pero es necesario.
(Agotado dejará de hablar a un ritmo normal como hasta ahora y lo hará mucho más despacio. Corta la grabación).
Ya no puedo más. Me voy a dormir. Mañana tengo que madrugar para llegar a clase a tiempo.
(Lentamente, muy lentamente, se hace el OSCURO).
ONCE
Una chica normal
SARA: Soy una chica normal. Ningún escritor en su sano juicio se atrevería a escribir ni siquiera un monólogo sobre mí. Mi vida se resume en pocas palabras: voy al instituto, desayuno, como, ceno. Los fines de semana voy a la discoteca o al parque y ya está.
Tal vez podría hablar de mi aburrimiento en clase. (El entusiasmo con que dice lo siguiente debe ir en aumento). Menos cuando la profe nos lee poesía o cuentos, o cuando nos enseñan cuadros o esculturas. También me gusta eso del cuerpo humano, lo de las plantas es curiosísimo, pero sobre todo, las matemáticas. Cuando en inglés nos ponen esas canciones y descubro lo que dicen se me pasan las clases volando. Pero en general me aburro. Bueno, todos dicen que el insti es aburrido. Ya lo dije, soy una chica normal.
No sé de qué más podría hablar ese absurdo escritor. Tal vez de lo que pienso siempre que voy a la discoteca. Me veo a mí misma —y no porque haya tomado alguna pastilla de esas, que no las pruebo, o bebido alcohol, que no me gusta—, me veo a mí misma en lo alto de una montaña a la que he llegado por un bosque por el que discurre un río enorme. Desde esa montaña se ve un mar de nubes blancas y otras montañas también muy altas, altísimas. Aunque la música me reviente los oídos yo siempre me veo en lo alto de la montaña. Y disfruto, y entonces me pongo a bailar como todo el mundo, de pura sensación de felicidad.
Bueno, a lo mejor ese extraño escritor podría hablar de mi sueño, de mi ilusión. Tan normal como otros sueños. Todos los días, todas las noches sueño con lo mismo. Es algo que me llena por dentro, que ocupa todo mi ser. Me da vergüenza, sí, porque es un sueño muy normal. Pero tengo que contarlo, para demostrar que no tiene sentido escribir ni siquiera un monólogo sobre mí. Deseo tener trabajo. Sí, así de sencillo, tener trabajo.
No quiero estar parada como mi madre, desesperada de buscar y no encontrar nada. Un trabajo que no me suponga estar agotada y cabreada como mi padre. Un trabajo que dure, no como el de mi hermano. Un trabajo que me haga feliz y ganar dinero, el suficiente para tener mi casa y poder ir a conciertos, al teatro y a bailar. Un trabajo tranquilo, sin jefes mandones. Tal vez en una biblioteca, rodeada de libros de poesía. Tal vez en un laboratorio inventando medicamentos. Tal vez de fotógrafa, reflejando el fin de las injusticias o la belleza. Un trabajo que tan solo me haga feliz. Estoy dispuesta a conseguirlo. Lo sé, soy demasiado normal.
DOCE
Confesión 1
(El personaje de rodillas frente al público como sí éste fuera un confesionario con sacerdote).
IVÁN: Buenos días, padre. Ante todo debo decirle que han pasado diez años desde mi última confesión, cuando hice la comunión, así que no sé muy bien cómo se hace esto ahora.
Bueno, estoy aquí porque ya no sé qué hacer para dejar de mentir. Soy un gigantesco mentiroso. Eso sí, muy hábil, difícilmente me descubren. Pero hay una razón por la que quiero dejarlo y tal vez usted pueda ayudarme. Quiero a una chica, tanto, tanto, que sufro cuando la miento. Y no puedo dejar de hacerlo. Son mentiras pequeñas, no crea que me voy con otras ni nada de eso. Pero me he inventado ante ella una doble vida para conquistarla. Y me siento una lagartija.
Le he dicho que mis padres son ricos, aunque nunca tengo un euro. Le dije que me habían castigado por algo que me inventé y de lo que ya no me acuerdo, y que no me dan dinero, así que siempre me invita ella. Le he dicho que soy buen estudiante (mentira), que toco la guitarra (mentira), que no me gusta beber (mentira), que colaboro con un asociación solidaria (mentira). Pero quiero dejar de mentir. Necesito que me quiera como soy realmente. Un ignorante; aficionado a las motos y a los coches, que ella odia; yo hincha del Atleti, mientras ella aborrece el fútbol; ateo o agnóstico o algo así... Ella es muy religiosa. Un inculto... ella sabe de todo, el curso próximo empieza en la universidad, y yo, que soy de su edad, aún estoy en 4º.
Ya no puedo más con mis mentiras, necesito ser otro. Bueno, padre, dígame qué puedo hacer. Sin ella no podría seguir viviendo.
TRECE
Confesión 2
(El personaje en la misma postura que el del monólogo anterior. Tal vez los dos en escena al mismo tiempo, primero luz sobre uno y luego sobre el otro).
GIMENA: Padre, miento. No, ahora no voy a mentir. Pero miento siempre. Y no se me da mal. Jamás han descubierto mis engaños. Ni mis padres, ni mis profesores, ni mis amigos. Podría decirse que soy una profesional. Pero ahora quiero decirle la verdad. Lo necesito. Tengo que cambiar y espero que usted me diga cómo. Dicen que ustedes, además de perdonar los pecados, saben cómo obrar de acuerdo a los mandamientos. Y si no recuerdo mal uno de ellos era no mentir.
No, no soy religiosa, lo confieso, aunque al chico que me gusta, al que amo, le haya dicho que sí. Él lo es y yo... por gustarle... ya sabe. Necesito decirle la verdad, mi verdad, que le adoro aunque no sea como él se cree. ¿Quién no miente un poco para aparentar ser mejor que lo que es? Él es distinto a los demás. Un poeta, músico, de buena familia, culto. Ahora está castigado y para aparentar mi buena posición he tenido que pedir dinero a todas mis amigas, a mis hermanas. Estoy endeudada. Pero me he quedado sin crédito. Le tendré que decir que a mí también me han castigado.
Pero esto no importa mucho. Lo que de verdad siento es que piensa que soy muy culta y, de verdad, no lo soy. Nunca lo he sido. Mi diversión principal no son los libros; cuando quedo con él cojo alguno de mi hermana mayor para aparentar. Antes de conocerle, me pasaba las horas viendo la televisión, los cotilleos, el fútbol, las motos. Ahora que le he conocido ya no me interesan. Ayer cogí un libro de poesía de la biblioteca y, de verdad, padre, me ha gustado. Ese libro hablaba del amor, de la alegría del amor, del entusiasmo del amor, de la belleza del amor.
Y así, con mis mentiras, siento que lo ensucio, que lo mancho. ¿Cómo confesarle que no he terminado la ESO, que dejé de estudiar por un trabajo estúpido del que me han despedido?... aunque, eso sí es verdad, me he vuelto a matricular. Él adora la música, toca la guitarra, conoce músicos de los que no he oído hablar, Bob Dylan... ¿quién es ese tío?
¿Cómo decirle lo que soy y no perderle? Padre, ayúdeme. Sin él no podría vivir.
CATORCE
No conocerás mis sueños
(Noelia está sentada ante una mesa, rodeada de libros, apuntes, archivadores, cuadernos. Algo exagerado. De vez en cuando cogerá un libro, lo abrirá y lo dejará con cuidado en el suelo).
NOELIA: Hoy he llorado en clase. Un llanto callado, frío y muy húmedo. Todos me miraban, el profesor también. Me ha llamado, me ha pedido que saliéramos fuera del aula y me ha preguntado qué me pasaba, si podía ayudarme. Yo, muerta de vergüenza, he bajado la cabeza y con un gesto le he dicho que no. Él ha insistido, pero yo no he abierto la boca.
No me gusta contar ciertas cosas. Él no puede comprenderlo. Nadie puede. Nadie que no haya vivido en la miseria, en una chabola, sucia, con hambre, rodeada de ratas. Por eso mis padres se vinieron a España. Trabajan en lo que pueden. Por poco dinero, pero ahora comemos todos los días. Mi madre es cuidadora de ancianos y mi padre ha sido camarero y albañil, y ahora, parado. Desde hace un mes. Por eso lloré, porque dice que no hay trabajo y que a lo mejor tenemos que volver a nuestro país.
(Muy afectada).
No quiero. No quiero. Quiero estudiar, aunque me cuesta porque tengo muchas dudas porque no estudié casi cuando era niña. Quiero estudiar. Prepararme. Mi sueño es ir a la universidad, aunque dicen los profesores que es muy difícil. Yo voy a luchar. (A punto de llorar). Si es necesario buscaré un trabajo y estudiaré por las noches. No quiero volver allí. Por eso lloré. Y él nunca lo sabrá.
QUINCE
El abismo me estremece
(Alejandro está situado al borde del escenario, pero no mirará hacia el público; puede hacerlo en varias direcciones, pero siempre evitará al público, su mirada).
ALEJANDRO: Hoy he buceado en el alma de mis padres. He vislumbrado su miedo. Su miedo a que no sea feliz. Su miedo lo inunda todo. Me estremece.
El otro día aprendí esta palabra: estremecer. Hacer temblar algo o temblar con movimiento agitado y repentino. Sentir una repentina sacudida nerviosa o sobresalto en el ánimo. Me gustó no solo su significado, que me ayudaba a entenderlo un poco. A entender su miedo. También su sonido. Hay palabras que no sé por qué, me gustan, me estremecen. "Tu languidez me estremece". Languidez, qué palabra tan bella. "Tu enigmática languidez me estremece".
Me siento un enigma para ellos. Por eso tienen miedo. Lo sé. Pero no puedo respirarlo. Me duele. Hoy, por eso, por ese dolor, he buceado en su alma. Pero un profundo abismo nos separa. Un abismo insondable.
Insondable... el otro día leí esta palabra en clase, en un texto. No sé qué significa. ¿Estará bien dicho "un abismo insondable"? Yo creo que sí; será un abismo muy grande, profundo. No comprendo su miedo, su falta de confianza. Me da miedo su miedo. Quisiera acercarme y decirles algo sencillo que destrozara esa mirada de culpa. ¿O no es de culpa? ¿Qué me dice esa mirada tan lejana? ¿De dónde proviene esa angustia? No lo sé. Por eso me escabullo de su miedo, me escondo, esquivo su presencia. Sus reproches. Tan solo quisiera decirles que confiaran en mí, pero no sé cómo hacerlo. Por eso me estremezco ante ese abismo insondable.
OSCURO
DIECISÉIS
Debieron decirnos la verdad
(El personaje, Bea, mientras habla, está empaquetando objetos que guarda en unas cajas de mudanza).
BEA: Lo digo sin ningún rencor. Tal vez en su lugar yo tampoco habría sabido. Tal vez no se trataba de decir o de explicar. Quizás hubiera sido suficiente con el llanto; no siempre, un día, un solo día en los cinco años que estuve allí. Un llanto breve, de unos pocos minutos. Mirándonos a los ojos. Posiblemente no supieron, o nosotros, o yo, no supimos verlo.
Tal vez debieron dejar de lado, si no siempre, si al menos un día, tanta explicación vacía. Esos complementos directos no podían ser tan importantes o el título de esa composición de Mozart. ¿Eran imprescindibles esas ecuaciones aquel día? ¿Por qué no nos dijeron la verdad?
(Silencio. Bea parece hacer un esfuerzo para encontrar las palabras adecuadas).
Que debíamos prepararnos para resistir a la mentira. Que debíamos dudar tanto. Unirnos para resistir juntos. Y llorar, a veces llorar. Indignarnos con tanta frecuencia. Y estar en la calle tantos días. Para gritar, para resistir, para defendernos.
(Pausa).
No, sin duda, no estaban preparados. Claro, los programas, las notas, los libros de texto, esos autores tan importantes, esas leyes científicas... ahí estaban, debían llegar a nosotras. Bien, de acuerdo, lo respeto, pero... ¿y la otra verdad? El sufrimiento, el hambre, la miseria... y la otra cara, el enriquecimiento, el poder, el beneficio. ¿Dónde estaban? ¿Por qué estas verdades no eran las protagonistas al menos unas horas entre tantos días, tantos meses, tantos años?
Perdón, tal vez no supe oíros, tal vez algún día lo susurrasteis y yo no estuviera preparada mientras le miraba y jugaba a no escucharos. Tal vez me tendríais que haber enseñado a escucharos, tal vez lo hicisteis y yo lo aprendí demasiado tarde.
(Silencio. Bea está terminando de empaquetar los últimos objetos).
Pero ahora, ¿qué será de mí? Han conseguido que os recuerde, no sé por qué. Mañana me echan de mi casa... ya sabéis, el paro, la hipoteca, el desahucio, la usura. Y no sé por qué me he acordado de que me decíais que estudiara, y os creí, lo hice, pero aquí estoy. No me ha servido para nada. Mañana me voy fuera, emigro. Buscaré trabajo fuera. No importa mucho, hay situaciones peores que la mía. Tengo apoyos. Bueno, lo dejo, estoy a punto de cerrar mi última caja; no he conseguido reunir muchas cosas todavía. Tampoco me hacen falta.
Quiero que dejéis de ser un recuerdo triste. Si aún seguís ahí, entre los chicos y chicas que aprenden, no os olvidéis de decirles que no se crean sus mentiras. Un beso.
OSCURO
DIECISIETE
¿Cosa de dos?
(Teatro de sombras. Veremos la sombra de Olga detrás de una sábana).
OLGA: Yo sé que mi profesor de Lengua anda detrás de mí para escribir sobre mi estado y no se atreve a preguntarme. Yo tampoco sé cómo decirle. Siempre está escribiendo sobre lo que nos pasa. Dice que es para hablar con nosotros, para decirnos como al oído lo que no sabe decirnos de otra manera. No sé, puede ser. Pero a mí me gustaría decirle algo sobre mi duda. Sobre esta duda que me está haciendo tanto daño que estoy a punto de gritar.
Estoy embarazada. Dicen que soy demasiado joven. Hace dos meses que cumplí los diecisés. Hace dos meses que estoy embarazada. Hace dos meses de aquella fiesta.
Le contaría, pero no me atreveré, que fue mi primera vez, que llovía, que hacía frío, que había bebido, que no sé cómo nos quedamos solos, que olía tan bien, que siempre me miraba así, con esa mirada oscura, que aquel día me dijo "felicidades" muy bajito, en un susurro, muy cerca del cuello, que me regaló este anillo y esta pulsera y un libro que todavía no he leído y con un título muy raro que no recuerdo.
(Pausa).
Le contaría que no usamos preservativo. Que ni siquiera pensamos en nada más que en… ¿cómo decirlo? ¿Cómo decírselo sin que me dé vergüenza? Solo pensábamos en cómo hacerlo. Él tampoco sabía. Yo ni me había imaginado que pudiera suceder. Que le abrazaría, que me besaría, que… Sí, ya sé. Teníamos información, hacía poco nos lo habían recordado en una charla en el instituto, que había que llevar el condón, sí, ya lo sé.
(Pausa).
Pero no es esto solo lo que quisiera decirle si me atreviera. Le diría, aunque no me atreveré, que mi cabeza da vueltas, que un montón de imágenes, diferentes, contrarias, me golpean día tras día, que he perdido el apetito, que necesito gritar… que tengo que decírselo a alguien. Le veo tan pequeño entre mis brazos, buscando mi pecho; le veo gateando por el suelo, llamándome, riendo, llorando, durmiendo… Veo estas imágenes y no sé si me gustan o no. Oigo voces distintas: unas que puedo abortar, otras que no está bien… Y yo estoy tan sola. Pero tengo la voz bloqueada, cerrada, no puede hablar. Solo quiero gritar, gritar.
(Grito prolongado diciendo NO. Tal vez música de cierre. Oscuro).
DIECIOCHO
El fin del mundo
ÓSCAR: Mañana se acaba el mundo. No sé muy bien por qué. Nunca me han interesado las noticias; los telediarios, los periódicos me parecen repugnantes. Parece seguro, lo dice todo el mundo: el presidente del gobierno, el papa, mi tía, los profesores. He recibido más de cien correos electrónicos confirmándomelo.
(De vez en cuando romperá una hoja manuscrita después de ojearla).
Tendré que romperlas todas.
(Pausa).
Todo el mundo está inquieto. Es lógico. Mi madre no para de llorar. Yo, sin embargo, casi me alegro. Y digo "casi" por suavizar un poco lo que pienso rotundamente. Me alegro un huevo. Tanto paro, tanta pobreza, tanta explotación, tanto futuro vacío... todo a la mierda. Me alegro porque se les ha acabado el chollo a tanto listillo acaparador de dinero a costa de los demás. ¿Ahora qué?, ¿eh? ¿De qué os ha servido reducir la sanidad pública para vuestros negocios privados?, ¿eh? ¿De qué?
(Se para ante una nueva carta, la ojea y la arruga con violencia. Luego la vuelve a abrir y a mirar y la hace añicos con prisa).
Tengo que terminar con esto, no vaya a ser que el final se adelante. No quiero que quede ni una carta por si alguien sobrevive y se adueña de mi secreto. Tal vez hubiera debido enviarlas. Quizás hubiera conseguido, al menos, su aprecio. Aunque no sé si hubiera soportado la presencia de sus ojos.
Menos mal que todo se acaba.
(Con rabia).
Si este meteorito, si esta bomba nuclear, si esta explosión solar o lo que sea no destruye este maldito planeta, alguien debería acabar conmigo si yo mismo no puedo poner fin a… Lo que hice no tiene perdón. Soy un miserable. Un maldito miserable. ¿Por qué tuve que gritarle? ¿Por qué la amenacé el único día en que conseguí que me mirara? Ya lo he perdido todo. Ella se separó de mí con miedo. Huyó como tantos querrán huir mañana de ese final definitivo.
Yo no. Yo no porque me merezco su odio. Y no puedo soportarlo. Mañana saldré corriendo al epicentro de la destrucción. Venga de donde venga. Mañana no intentaré esconderme. Es posible que así purifique esta repugnancia que siento hacia mí mismo. Le escribía cartas que no enviaba y pensé... ¿por qué lo pensé?... que si todo iba a acabar podía ser mía por un día. Pero huyó. Huyó de mí con miedo. Y ese miedo en sus ojos me… me hace tanto daño. Por eso mañana correré hacia la lengua de fuego, la gran ola, o lo que sea.
(Rompe la última carta).
Pero te seguiré queriendo, perdóname.
(Oscuro muy, muy lento).
DIECINUEVE
Sin móvil
CÉSAR: Hoy me han invitado a que hable en las jornadas culturales del instituto. La semana que viene. Estoy nerviosísimo. Ya verás, se van a reír, como siempre. La profesora dice que no, que si hay risas intervendrá ella. Y todo por el artículo que escribí el curso pasado para nuestro periódico. Tampoco me inventé nada, lo había leído en Público y solo lo resumí un poco. Bueno, también vi luego un vídeo de una organización en Youtube. Ella dice que no me ha invitado por el artículo sino por lo que hice después.
Estoy muy nervioso, no sé cómo me atreveré a subir allí ante todos. Con lo que se han reído. Y solo por no querer tener un puto móvil. Se reirán otra vez, ya lo verás. No es solo por lo del coltán y por lo de la guerra. Además así no me controla nadie. Antes, cuando me retrasaba un poco ya estaba mi madre… También, como no puedo hablar por teléfono, hablo y quedo más con mis amigos y con Lorena. Lorena me ha dicho que también se va a desenganchar del móvil. Que le dé tiempo, que no es tan fácil. Yo no la obligo, cada uno que haga lo que quiera.
Yo, simplemente, me cabreé cuando leí esa noticia e investigué un poco más. Y lo tiré. Sí, lo tiré; podía haberlo vendido, pero no, me cabreé y lo tiré. Luego me enteré de que se podía reciclar, no lo sabía y me dejé llevar por el cabreo. Supongo que algo tendré que decir con lo del coltán... bueno, si puedo, porque con los nervios que tengo… Eso de hablar en público no es lo mío. A ver si ensayo un poco.
(A partir de aquí leerá de unas hojas que ha sacado del bolsillo).
"El coltán es una aleación de la que se extrae el tantalio; este, por sus cualidades, es insustituible en la fabricación de los teléfonos móviles, consolas de videojuegos y todo tipo de equipos electrónicos. Si es tan necesario podríamos pensar que el país que tuviera yacimientos sería un país próspero, pero no es así. Todo lo contrario: esta riqueza es su miseria. En la República Democrática del Congo, donde se encuentran los yacimientos más importantes, hay guerras provocadas y financiadas por el control de las minas. Se explota a niños y adolescentes que trabajan por míseros sueldos o son esclavizados. Se estima que por cada kilo de coltán han muerto entre dos y tres niños. Los grupos armados que controlan su extracción violan y asesinan a mujeres y niñas. Los bosques y su fauna también están en peligro".
(Pausa, guarda los papeles).
Seguro que no soy capaz de leerlo. Me pondré a temblar y…
(Silencio. Se mueve nervioso, pero con decisión, como si se estuviera dando cuenta de algo).
Bueno, a lo mejor tiemblo, pero lo que voy a decir es importante, muy importante. No se puede consentir que nadie se forre a partir del sufrimiento de los demás; no se debe consentir. A lo mejor tiemblo, pero a lo mejor la gente se lo piensa y no cambia cada dos por tres de móvil, o lo recicla, o deja de dar tanta importancia a estos y otros aparatos.
(Oscuro trepidante).
VEINTE
La risa, hace tanto tiempo
(Un chico muy serio, viste un traje negro, la cara muy blanca, apenas se moverá. Gestualidad mínima salvo cuando se indique).
ESTUDIANTE: Dicen que hace mucho tiempo existió algo llamado "risa". Y un verbo: "reír". A veces, dicen, sonaba "ja, ja, ja"; otras, "je, je, je"; incluso "jo, jo, jo" y "ji, ji, ji". Más raro era "ju, ju, ju". Por lo visto, era una forma de expresar alegría o diversión. Yo ahora estoy muy alegre y divertido y no necesito emitir esos ridículos sonidos.
(Pausa).
La gente se reía por una buena noticia, por un chiste, por un éxito, por una broma, hasta por… un pedo. (Esto lo dice con evidente incomodidad). Menos mal que desapareció la risa.
(Pausa).
Pero por qué desapareció, os preguntaréis. Yo también me lo pregunté y por eso elegí este tema para mi investigación trimestral. He hablado con muchos abuelos y abuelas que todavía sufrieron esta abominable costumbre. Esta costumbre que han ocultado a sus descendientes por su carácter despreciable. ¿Por qué desapareció?
(Saca de un bolsillo una ficha y la mira con disimulo).
Desapareció por desuso. Poco a poco los cineastas, los dramaturgos, los escritores en general, los guionistas… fueron dejando de escribir comedias. La gente de la calle dejó de contar chistes. Hubo declaraciones en el sentido de que les costaba inventar situaciones divertidas en medio de tanta adversidad. Muchos abuelos y muchas abuelas recuerdan que fue por la crisis.
(Expresión de ignorancia).
Tampoco sé qué es la crisis, pero Pablito nos lo explicará a continuación; ha elegido este tema para su exposición histórica trimestral.
(Pausa).
Otra abuela me dijo que vencieron el llanto y la tristeza. Tampoco sé qué es llorar. (Mira a alguien del público y corrobora). Sí, Laurita nos hablará más tarde de este verbo. (Mira a su derecha y saluda con una ligera inclinación de cabeza). Como el señor profesor nos ha pedido que intentemos recuperar el pasado, a continuación y para terminar, voy a procurar haceros reír. Algo prácticamente imposible porque se necesita un aprendizaje, según he leído, y ninguno de nosotros ha reído jamás.
(El estudiante empieza a gesticular de forma histriónica. El director o directora y el actor –aunque también puede ser actriz– decidirán los gestos y movimientos del personaje, entre los que no deberá faltar la imitación de algún animal. Eso sí, procuraremos mantener paralelamente al gesto ridículo un cierto hieratismo en el semblante del actor o actriz. Ante una risa, real o producida entre el público por varios actores colaboradores, el estudiante reacciona de forma inmediata con una mezcla de sorpresa y conmoción).
¿Qué ha sido eso? ¿Ha sido la risa? ¿Alguien puede decirme si era la risa? (Mira al público; alguien, un abuelo o una abuela, le ha confirmado que era la risa). ¿Sí? Pero, pero… es maravillosa. (A punto de llorar, muy emocionado). Yo quiero reír, quiero reír, quiero reír…
(Lo repetirá una y otra vez muy despacio mientras se hace el oscuro lentamente).
[ESCENA]
DAME LA MANO
(X e Y son dos adolescentes, de 15, 16 o 17 años; no creo que lleguen a 18 años. Me interesa lo que dicen y cómo lo dicen. Así, de verdad).
X: Por favor, dame la mano.
Y: ¿La mano? ¿Por qué?
X: Tengo miedo. ¿No oyes lo que dicen por todas partes?
Y: ¿A qué te refieres?
X: Joder, ¿a qué me voy a referir? ¿En qué mundo vives? Todo lo que dicen.
Y: ¿Quiénes?
X: Pues todos: en la tele, mi padre, mi madre, todos los padres de todos, supongo que los tuyos también. Los profesores, incluso nosotros también lo decimos cada vez más.
Y: Ya. Que todo está hecho una mierda.
X: Sí, eso.
Y: ¿Y tú crees que es para tener miedo?
X: ¿No?
Y: Bueno, a mí me preocupa, pero miedo, miedo…
X: ¿No te asusta no tener trabajo? ¿Que tus padres se queden en paro, que no puedan pagar la hipoteca y que os echen de casa?
Y: Bueno, visto así...
(Y le tiende la mano a X. Se acarician mutuamente. Después de unos instantes, X se separa. Algo extraño ha sucedido en el personaje).
X: (Con una actitud diferente; ha perdido el miedo. Ahora estará seguro de sí mismo). Gracias. Gracias, de verdad. Tu mano me ha salvado. Gracias por tu apoyo, por tu afecto. Ya no tengo miedo. Ahora sé todo lo que ocurre. Y al saberlo, me he hecho fuerte, resistente…
Y: (Cortándole). Para, para. No te entiendo, estás hoy muy raro. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Cómo te ha hecho fuerte, simplemente, mi mano?
X: Yo tampoco lo entiendo. No sé cómo ha sucedido. Pero ahora lo sé, lo sé y es muy sencillo: Nos están mintiendo.
Y: Bueno, eso nos lo podemos imaginar.
X: Imaginar no, escucha. Yo antes no sabía que…
(X se levanta. Observaremos que en el personaje irá creciendo la indignación al aportar cada nuevo dato).
No sabía que el 0,16% de la población mundial se apropia ya del equivalente al 66% de los ingresos mundiales anuales. No sabía que 28 de las 35 empresas españolas más grandes, y la mayoría de bancos, utilizan los paraísos fiscales para facilitar la evasión fiscal y los delitos económicos de sus grandes clientes. No sabía que en la Bolsa de Chicago se especula con el precio de los alimentos: hombres sudorosos con chaquetas de colores chillones deciden sobre el destino de millones de personas. El hambre del planeta a cambio de la riqueza de unos pocos. No sabía que en España el 0,0035% de la población controla recursos que equivalen al 80,5% de la riqueza, eso que llaman el PIB. No sabía que el gasto militar mundial, pese a los 4 años de crisis económica, subió en todo el mundo un año más, hasta alcanzar la escandalosa cifra de 1,6 billones de dólares. Y mientras, se olvidan los Objetivos del Milenio. No sabía que…
(Y se ha acercado y con delicadeza ha tomado la mano de X. X, poco a poco, se serena).
Y: ¿De dónde has sacado esos datos?
X: De un libro, de páginas de organizaciones en Internet…
Y: Me tienes que dejar ese libro.
X: Claro.
Y: ¿Qué hacemos?
X: ¿Nos vamos a jugar a la play?
Y: Sí, así nos despejamos un poco.
X: Ya está bien de emociones fuertes.
Y: Sí, ya está bien.
X: Aunque otro día te tengo que hablar del coltán.
Y: ¿Del coltán?
X: (Mientras salen). Sí, un mineral que se emplea en la fabricación de aparatos electrónicos. En algunos países de África, en las minas, trabajan niños como esclavos…