Cómo desmantelar un laberinto
DRAMA
(El
escenario del auditorio escolar, horas después del festival. La luz de diabla
recorta las siluetas de IAN y ALAN, dos muchachos cuyas facciones se calcan
casi a la perfección, aunque no sean mellizos. A sus pies, el piso de duela
está sembrado de focos rotos y espejos hechos añicos; la escenografía de un
número musical que terminó en catarsis. IAN sostiene un micrófono desconectado
como si fuera un escudo. ALAN patea un trozo de cristal.)
ALAN
(Mirando
los reflejos en el suelo)
Escucha cómo cruje. Parece hielo rompiéndose. O huesos. Es la impunidad
de Joaquín, haciéndose polvo bajo nuestros tenis.
IAN
(Levanta
la vista hacia las butacas vacías)
Se fue. Corrió hacia la salida de emergencia como una rata ciega cuando
le prenden la luz de golpe. Y pensar que durante años creímos que este momento
era imposible. Que el laberinto era infinito y que nosotros solo éramos carne
para el Minotauro.
ALAN
Es que el laberinto era perfecto, Ian. Estaba hecho a la medida. De día,
la casa era normal, y nosotros éramos libres en nuestras bicicletas, huyendo
por las calles hasta que se nos quemaban los pulmones, pedaleando como si
pudiéramos escapar de la noche. Pero la noche siempre caía. Y entonces la casa
cambiaba de forma.
IAN
(Con
voz grave, casi recitando, recordando el terror)
El pasillo se alargaba. Las paredes sudaban. Y nosotros nos
atrincherábamos en el cuarto. Nuestra única defensa éramos nosotros mismos. Dos
cuerpos bajo una misma cobija, pegando las espaldas, cantando en susurros. ¿Te
acuerdas? Éramos el mejor dueto de rock del mundo, tocando guitarras de aire,
subiendo el volumen de nuestras voces imaginarias para ahogar el crujido de la
madera. Para no escuchar sus pasos acercándose a la puerta.
ALAN
A veces creíamos que estábamos listos para enfrentarlo. Pasábamos las
tardes planeando la resistencia, jurando venganza. "Si hoy entra, le
rompemos la lámpara en la cabeza. Si hoy entra, gritamos hasta que vengan los
vecinos".
IAN
Pero la fisura siempre estaba ahí. El monstruo sabía dónde golpear.
Entraba, llenaba el cuarto con su sombra inmensa, con su aliento pesado, y
todos los planes se venían abajo. El Minotauro siempre nos devoraba.
Agachábamos la cabeza. Dejábamos que la noche hiciera lo suyo, tragándonos la
bilis, esperando que el sol saliera pronto.
ALAN
Y al día siguiente, el desayuno. La esposa sonriente, sirviendo jugo de
naranja como si la casa no oliera a azufre. Su silencio cómplice. Ese pacto
mudo entre los adultos para fingir que el monstruo era solo un padrastro
estricto. Ella pasaba el trapo sobre la mesa tratando de borrar la sangre
invisible, con esa sonrisa congelada, sellando las paredes de nuestro encierro.
IAN
(Camina
por el proscenio, la energía le sube por las manos)
Pero se les olvidó un detalle, Alan. Se les olvidó que a fuerza de
encerrar a dos en una misma celda, nos hicimos uno. Ya no fuimos presas
mimetizándose con la pared para no ser vistas. No. Fuimos resonancia. Como dos
cuerdas de una misma guitarra afinadas en la frecuencia exacta.
ALAN
(Sonríe,
pateando otro cristal)
Una frecuencia que hace estallar el vidrio.
IAN
Exacto. El juego nos salvó. Y el juego lo destruyó. Hoy, frente a todo
el colegio. Frente a la maestra de civismo, frente a los padres de familia en
sus sillas plegables, frente a ella y su sonrisa de margarina.
ALAN
No cantamos la balada inofensiva que ensayamos.
IAN
No. Le cantamos a él. Lo señalamos con las letras, con los acordes, con
los ojos. Fuimos dos voces en un solo grito, un dueto de rock disparando a
quemarropa la verdad desde este mismo escenario.
ALAN
(Riendo
por fin, una risa limpia)
¡Hubieras visto sus caras, Ian! El momento exacto en que la maestra
entendió la letra. El instante en que los murmullos del público se convirtieron
en asco, en cuchillos clavándose en la espalda de Joaquín. La madre intentó
aplaudir, intentó ahogar el escándalo con una carcajada histérica para acallar
la verdad, pero ya era tarde. La acústica de nuestra alianza era ensordecedora.
IAN
(Tira
el micrófono al suelo; el golpe resuena en el auditorio vacío)
El monstruo no soporta que lo vean. No es más que una sombra, y frente a
los reflectores, se deshizo. Huyó por esa puerta. Y nosotros nos quedamos aquí,
respirando. Dos piedras que se recargaron una contra la otra para no caer, y
terminaron construyendo un puente de salida.
(Ian
y Alan se miran, rodeados por el brillo de los cristales rotos. Ya no hay miedo
en sus rostros. Solo la calma feroz de los sobrevivientes. La luz se va
cerrando lentamente sobre ellos.)
TELÓN

