La sonata de los espectros
Una radiografía de la suciedad humana
Enfrentarse a August Strindberg es, en realidad,
enfrentarse a un espejo que no devuelve nuestra mejor imagen. Escrita en
1907, La sonata de los espectros es la pieza fundacional de un
teatro que dejó de imitar la realidad para empezar a imitar las pesadillas.
¿Por qué leer a Strindberg hoy?
En una era de fachadas digitales y verdades a medias,
la voz del dramaturgo sueco resuena con una vigencia aterradora. Esta no es una
obra de fantasmas convencionales; es una obra sobre espectros vivos: seres
encadenados por crímenes antiguos, secretos de alcoba y deudas morales que se
heredan como enfermedades.
Para navegar por esta "Sonata", sugiero al
lector prestar atención a tres ejes fundamentales que he revisado en esta
edición:
La Casa como Cárcel: El escenario no es un hogar,
es un depósito de culpas. Desde el salón redondo hasta la habitación de los
jacintos, cada espacio está "sucio" de mentiras.
El Vampirismo Social: Personajes como la Cocinera
o el Viejo Hummel no solo roban dinero; roban la sustancia vital de los demás.
En Strindberg, el otro es siempre un peligro para nuestra propia luz.
La Muerte como Limpieza: Frente a la podredumbre
de la vida pública, Strindberg nos ofrece la muerte no como un final trágico,
sino como una liberación. La referencia final a "La isla de los
muertos" de Arnold Böcklin es el alivio necesario tras el asfixiante
humo de la cocina y las máscaras de la aristocracia.
Nota sobre el final: El simbolismo de Böcklin
La presencia de "La isla de los muertos"
(Die Toteninsel) de Arnold Böcklin al cierre de la obra no es una
simple elección decorativa de Strindberg. El autor estaba obsesionado con esta
pintura (de la cual existían varias versiones en la época) porque representaba
visualmente su concepto de la liberación espiritual.
Para Strindberg, el mundo de los vivos en la
"casa moderna" es un lugar de ruido, suciedad y máscaras. Al final de
la obra, cuando la habitación desaparece y surge el cuadro, ocurre una transmutación:
El Silencio: Frente a
los gorjeos de la Momia y los gritos del Estudiante, la isla ofrece una quietud
absoluta.
La Verticalidad:
Los cipreses actúan como el tallo del jacinto que mencionaba el Estudiante; son
puentes que conectan la tierra (el agua negra) con el cielo (lo divino).
La Barca: Representa
el tránsito final donde ya no hay secretos que ocultar. La figura blanca en la
barca es el alma que, tras haber sido "chupada" por los vampiros de
la vida, finalmente encuentra su “hogar sólido” en la eternidad del arte
y el espíritu.
La sonata de los espectros
T.O.
: Spóksonaten.
PERSONAJES
El viejo, director Hummel.
El estudiante, Arkenholz.
La lechera (una visión).
La portera.
El muerto, cónsul.
La señora de negro, hija del muerto y la portera.
El coronel.
La momia, esposa del coronel.
Su hija, que es la hija del viejo.
El aristócrata, llamado barón Skanskorg,
prometido
de la hija de la portera.
Johansson, criado de Hummel.
Bengtsson, mayordomo del coronel.
La novia, antigua novia de Hummel, una vieja de
pelo blanco.
DECORADO
Planta baja y primer piso de la fachada de una casa
moderna, pero sólo la esquina de la casa, que en la planta baja termina en un
salón redondo y en el primer piso en un balcón con un asta para banderas.
Por la ventana abierta del salón redondo se ve, cuando
descorren las cortinas, tina estatua de mármol blanco de una mujer joven,
rodeada de palmeras e intensamente iluminada por rayos solares. En la ventana
de la izquierda se ven unas macetas de jacintos (azules, blancos, rosados).
En la barandilla del balcón del primer piso hay una
sobrecama de seda azul y dos almohadas blancas. Las ventanas de la izquierda
están tapadas con sábanas blancas. Es una mañana de domingo clara y soleada.
Delante de la fachada, en primer término, hay un banco
verde.
A la derecha, en primer término, una fuente; a la
izquierda, una columna para pegar carteles.
A la izquierda, al fondo, está la puerta de entrada a
la casa, que deja ver la escalera de mármol blanco y el barandado de caoba y
bronce. A ambos lados de la puerta, en la acera, hay unas macetas con laureles.
La esquina del salón redondo da también a una calle
transversal, que nos imaginamos se pierde por el foro.
A la izquierda de la puerta de entrada, en la planta
baja, hay una ventana con un espejo fisgón..
Al levantarse el telón se oyen lejanas las campanas de
algunas iglesias.
Las puertas de la casa están abiertas. En la escalera
hay una señora vestida de negro, inmóvil.
La portera barre la entrada. Luego lustra el
bronce de la puerta. Después riega los laureles.
En una silla de ruedas, junto a la columna de los
carteles, está el viejo Hummel leyendo
el periódico. Tiene el pelo y la barba blancos y lleva gafas.
La lechera aparece por la esquina con unas
botellas en una cesta de alambre. Va vestida de verano, con zapatos marrones,
medias negras y un gorro blanco. Se quita el gorro y lo cuelga en la fuente. Se
seca el sudor de la frente. Bebe un poco de agua del cazo. Se lava las manos.
Se arregla el pelo, mirándose en el agua.
Se oye la sirena de un barco de vapor y la música del
órgano de una iglesia próxima rompe, de vez en cuando, el silencio.
Después de unos minutos de silencio, cuando La
lechera ya ha acabado de arreglarse, entra El
estudiante, por la izquierda. Va sin afeitar, y parece que no ha
dormido en toda la noche. Se dirige directamente a la fuente.
(Pausa.)
El estudiante.—¿Me dejas el cazo?
(La lechera aprieta el cazo contra su cuerpo.)
El estudiante.—¿No has terminado aún?
(La lechera lo mira horrorizada.)
El viejo (para sí mismo).—¿Con quién
estará hablando?... ¡Yo no veo a nadie!... ¿Estará loco?
(Continúa mirándolos con gran asombro.)
El estudiante.—¿Qué me miras? ¿Tan espantoso es mi
aspecto?... Sí, sí no he dormido en toda la noche y tú, claro, supones que he
estado de juerga...
(La lechera, como antes.)
El estudiante.—Que he estado bebiendo, ¿verdad?...
¿Huelo a vino?
(La lechera como antes.)
El estudiante.—Sí, voy sin afeitar, ya lo sé... Pero
dame un poco de agua, chiquilla. Me la he ganado. (Pausa.) Bueno,
entonces tendré que decirte que me he pasado la noche curando heridos y velando
enfermos. Sabrás lo de la casa
que se hundió ayer..., yo andaba por allí... Ahora ya lo sabes.
(La lechera enjuaga él cazo y le da de beber.)
El estudiante.—¡Gracias!
(La lechera está inmóvil.)
El estudiante (lentamente).—¿Quieres
hacerme un gran favor? (Pausa.) Es lo siguiente: como puedes
ver, tengo los ojos muy inflamados, pero como he estado tocando con las manos
muertos y heridos, sería muy peligroso que yo me los lavase... ¿Quieres sacarme
del bolsillo el pañuelo limpio, mojarlo en el agua fresca y humedecer mis
pobres ojos?... Lo harás, ¿verdad?... ¿No quieres ser la buena samaritana?
(La lechera, tras ciertas dudas, hace lo que
le pide.)
El estudiante.—¡Gracias, amiga! (Saca su
monedero.)
(La lechera hace un gesto de rechazo.)
El estudiante.—Perdona mi torpeza, pero estoy medio
dormido...
(La lechera sale.)
*
El viejo (al Estudiante).—Discúlpeme
el atrevimiento de dirigirme a usted, pero he oído que usted presenció el
accidente de ayer tarde... Precisamente estaba leyéndolo en el periódico...
El estudiante.—¿Ya lo han publicado?
El viejo.—Sí, está todo, y su fotografía también,
aunque lamentan el no haber podido averiguar el nombre del valeroso
estudiante...
El estudiante (mirando el periódico).—Pues
sí... Soy yo. Y...
El viejo.—¿Con quién hablaba hace un momento?
El estudiante.—¿No lo vio?
(Pausa.)
El viejo.—¿Sería una impertinencia preguntarle su
digno nombre?
El estudiante.—¿Para qué quiere saberlo? A mí no me
gusta la publicidad..., un día todo son alabanzas y al siguiente vituperios...,
el arte del menosprecio ha alcanzado tal perfección... Además, yo no pido
recompensa...
El viejo.—¿Tan rico es?
El estudiante.—¡Qué va..., al contrario! Más pobre que
las ratas.
El viejo.—Un momento..., me da la impresión que he
oído su voz... En mi juventud tuve un amigo que no podía pronunciar la palabra
ventana y siempre decía «fentana»... Sólo he conocido una persona con esa
pronunciación y era él. La segunda es usted..., ¿no será usted acaso pariente
de un mayorista llamado Arkenholz?
El estudiante.—Soy su hijo.
El viejo.—Son extraños caminos del destino... Yo a
usted lo vi de niño, en circunstancias particularmente difíciles...
El estudiante.—Parece que vine al mundo en mitad de
una quiebra...
El viejo.—¡Exacto!
El estudiante. —¿Podría yo también preguntarle su
nombre?
El viejo.—Me llamo Hummel, soy director de empresa...
El estudiante.—¿Usted es...? Entonces, ya me
acuerdo...
El viejo.—Habrá oído mencionar mi nombre con cierta
frecuencia en el seno de su familia.
El estudiante.—Sí.
El viejo.—Y mencionarlo con cierta repulsa.
(El estudiante calla.)
El viejo.—¡Puedo suponérmelo!... ¡Se llegó a decir que
yo había arruinado a su padre!... Siempre pasa lo mismo... Todos los que se
arruinan en negocios descabellados consideran que el causante de su ruina es
aquel a quien no consiguieron engañar. (Pausa.) Lo cierto es
que su padre me robó diecisiete mil coronas, es decir, todo lo que tenía en
aquel tiempo.
El estudiante.—Es curioso que una historia se pueda
contar de dos maneras tan diametralmente opuestas.
El viejo.—¿No creerá que le estoy mintiendo?
El estudiante.—¿Y qué quiere que crea? Mi padre no
mentía.
El viejo.—Es muy cierto, un padre no miente nunca...,
pero yo también soy padre, así es que...
El estudiante.—¿Adonde quiere ir a parar?
El viejo.—Mire, yo salvé a su padre de la miseria y él
me pagó con el terrible odio del que se ve obligado a sentirse agradecido...,
enseñando a su familia a hablar mal de mí.
El estudiante.—Quizá fue usted el que provocó su
ingratitud al envenenar la ayuda con humillaciones innecesarias.
El viejo.—Toda ayuda es humillante, caballero.
El estudiante.—¿Qué quiere de mí?
El viejo.—No le voy a pedir dinero, pero si usted me
hiciese unos pequeños servicios me consideraría bien pagado. Ya ve que soy un
inválido; unos dicen que por mi culpa, otros se la echan a mis padres. Pero yo
creo que la causa es la vida misma con sus malas artes, porque si uno logra
sortear una trampa cae en la siguiente. Sea como fuere, el caso es que no puedo
andar subiendo escaleras, ni tirando del cordón de las campanillas. Por eso le
digo: ¡ayúdeme!
El estudiante.—¿Qué tengo que hacer?
El viejo.—En primer lugar, lléveme hasta aquella
columna para poder leer la cartelera. Quiero ver lo que dan esta tarde...
El estudiante (empujando la silla de ruedas).—¿No
tiene a nadie que le ayude?
El viejo.—Sí, pero ha ido a hacer un recado...,
volverá en seguida... ¿Estudia usted medicina?
El estudiante.—No, idiomas. Pero no sé muy bien a qué
me voy a dedicar...
El viejo.—¿Ah, no?... ¿Anda usted bien en matemáticas?
El estudiante.—Sí, relativamente. Me defiendo.
El viejo.—¡Estupendo!... ¿Le interesaría encontrar un
trabajo?
El estudiante.—Sí, ¿por qué no?
El viejo.—¡Muy bien! (Leyendo la
cartelera.) Dan La
Valquiria en matine... Entonces el coronel y su
hija estarán allí y como siempre se sientan en las butacas de la sexta fila,
junto al pasillo, yo lo sentaré a su lado... Hágame el favor de ir a esa cabina
telefónica a reservar un asiento de la fila seis, el número ochenta y dos.
El estudiante.—¿Quiere usted que vaya a la ópera a
primera hora de la tarde?
El viejo.—Sí. Y si hace lo que le digo ya verá como
todo sale bien. Quiero que usted sea feliz, rico y respetado. Su debut de ayer
en el papel de intrépido salvador, lo convertirá mañana en un hombre famoso y
su nombre se cotizará muy alto.
El estudiante (yendo hacia la cabina
telefónica).—¡Qué aventura tan extraña!
El viejo.—¿Es usted deportista?
El estudiante.—Sí, ha sido mi desgracia...
El viejo.—¡Que ahora convertiremos en fortuna!...
¡Vaya a telefonear!
(El viejo se pone a leer el periódico.)
(La señora de negro ha salido a la acera y se
ha puesto a hablar con La portera. El viejo escucha la
conversación, que el público no oye.)
(El estudiante entra.)
El viejo.—¿Ya está?
El estudiante.—Ya.
El viejo.—¿Ve usted esa casa?
El estudiante.—Me he fijado mucho en ella... Ayer, sin
ir más lejos, pasé por aquí cuando el sol resplandecía en las ventanas..., e
imaginándome toda la belleza y el lujo que habrá ahí dentro... le dije a mi
amigo: ¡Quién tuviera un piso ahí, en la cuarta planta, una mujer joven y
guapa, dos hermosos hijos y unos ingresos de veinte mil coronas anuales...!
El viejo.—¿Ah, sí? ¿Dijo usted eso? ¡Vaya, vaya! A mí
también me gusta mucho esa casa...
El estudiante.—¿Usted negocia con casas?
El viejo.—En cierto modo... Pero no como usted cree...
El estudiante.—¿Conoce a la gente que vive ahí?
El viejo.—A todos. A mi edad uno conoce a todos, a sus
padres y antepasados, y resulta ser siempre pariente de ellos de alguna manera.
Acabo de cumplir los ochenta..., pero a mí no me conoce nadie, me refiero a
conocerme de verdad... A mí me interesan mucho los destinos humanos...
(Descorren las cortinas del salón redondo. En el
interior se ve al Coronel vestido
de paisano. Se acerca a mirar el termómetro que hay en la parte exterior del
marco de la ventana y luego se dirige al centro de la habitación, ] donde
se detiene delante de la estatua de mármol.)
El viejo.—Mire, ése es el coronel. Dentro de un rato
usted estará sentado a su lado...
El estudiante.—¿Ese es... el coronel? Yo no entiendo
nada de esto. Es como un cuento de hadas...
El viejo.—Toda mi vida es como un libro de cuentos,
caballero. Y aunque los cuentos son distintos, hay un hilo que los mantiene
unidos y un leit
motiv que se repite con toda regularidad.
El estudiante.—¿De quién es la estatua de mármol que
se ve ahí?
El viejo.—Es su mujer, naturalmente...
El estudiante.—¿Era realmente tan maravillosa? Parece
tan afable...
El viejo.—Bueno... Sí, sí...
El estudiante.—¡Hable claro!
El viejo.—No podemos juzgar a los seres humanos, hijo
mío... Y si yo ahora le dijese que lo abandonó, que él le pegaba, que regresó,
que se volvió a casar con él y que ella está ahí dentro ahora
convertida en momia y adorando a su propia estatua, usted pensaría que yo
estaba loco.
El estudiante.—¡No entiendo nada!
El viejo.—¡Ya me lo supongo!... Y ahí tenemos la
ventana de ios jacintos. Ahí vive su hija..., está dando un paseo a caballo,
pero volverá en seguida...
El estudiante.—¿Quién es la señora de negro que está
hablando con la portera?
El viejo.—Bueno, eso es un poco complicado. Tenía algo
que ver con el muerto, el que vivía ahí arriba, en el piso de las sábanas
blancas en las ventanas...
El estudiante.—¿Y quién era, pues, el muerto?
El viejo.—Un hombre como nosotros, pero al que no le
cabía la vanidad en el cuerpo... Si usted fuese uno de esos «niños de domingo»,
como tendría poderes mágicos, pronto lo vería salir por ese portal para
contemplar satisfecho la bandera del consulado a media asta... Era cónsul y le
encantaban las coronas, los leones, las plumas en los sombreros y las cintas de
colores.
El estudiante.—¿Ha dicho usted algo de los niños
nacidos en domingo?... Pues, precisamente, yo creo que nací en domingo...
El viejo.—¡No! ¿Así es que usted...? Debía haberlo
supuesto... por el color de sus ojos... ¡Pero entonces usted puede ver lo que
no ven los demás! ¿No lo ha notado?
El estudiante.—Yo no sé lo que ven los demás, pero a
veces..., bueno, ¡de eso no se habla!
El viejo.—¡Estaba casi seguro! Pero conmigo sí que
puede hablar..., porque yo..., yo esas cosas las entiendo...
El estudiante.—Ayer, por ejemplo..., me sentí
arrastrado irresistiblemente hacia esa calle apartada donde luego se derrumbó
la casa..., llegué y me paré delante de un edificio que no había visto
nunca... Entonces noté que había una grieta en la fachada, oí cómo crujían las
vigas. Eché a correr y cogí a un niño que pasaba junto al muro... Un segundo
después se había derrumbado la casa... Estaba a salvo, pero en mis brazos,
donde yo creía tener el niño, no había nada...
El viejo.—Ya decía yo... Estaba casi seguro... Pero
explíqueme una cosa: ¿Qué hacía usted hace un momento gesticulando junto a la
fuente? ¿Y por qué hablaba solo?
El estudiante.—¿No vio usted que estaba hablando con
una lechera?
EL viejo (aterrorizado).—¿Una
lechera?
El estudiante.—Sí, claro, la que me dio de beber en el
cazo.
El viejo.—¿Ah, sí? ¿Así es que era eso?... Bueno, yo
no tendré esa facultad de visionario, pero tengo otros poderes...
(Aparece una mujer de pelo blanco que se sienta junto
a la ventana del espejo fisgón.)
¡Mire a la vieja de la ventana! ¿La ve?... ¡Bien! Una
vez, hace sesenta años, fue mi novia... Yo tenía veinte... No tenga miedo, no
me reconoce. 'Nos vemos todos los días sin que me produzca la menor impresión,
a pesar de que nos juramos fidelidad eterna. ¡Eterna!
El estudiante.—¡Qué po sabían de la vida en sus
tiempos! Ahora no les decimos esas cosas a las chicas.
El viejo.—Perdone nuestra torpeza, jovencito, pero no
teníamos más luces... Pero ¿puede imaginar que esta vieja haya sido joven y
bella?
El estudiante.—Parece imposible. Bueno, tiene una
hermosa manera de mirar..., aunque no le veo los ojos.
(La portera sale con una cesta y echa por la
acera unas ramitas de abeto.)
El viejo.—¡La portera!... La señora de negro es hija
suya y del muerto, y por eso consiguió su puesto el marido de la portera...,
pero la señora de negro tiene un pretendiente, un noble que espera hacerse
rico. El está tramitando la separación, sí, claro, de su mujer, que le va a
regalar una casa de piedra para librarse de él. Este distinguido pretendiente
es yerno del muerto y allí, en aquel balcón, ve su ropa de cama que han sacado
a orear... Es un poco complicado, ¿verdad?
El estudiante.—¿Un poco? ¡Horriblemente complicado!
El viejo.—Sí, así es, lo mire por donde lo mire, por
dentro y por fuera. Aunque parece muy simple.
El estudiante.—Entonces, ¿quién es el muerto?
El viejo.—Me lo acaba de preguntar y ya le he
contestado. Si usted pudiese ver lo que hay a la vuelta de la esquina, junto a
la escalera de servicio, observaría a un grupo de mendigos a los que él
ayudaba... cuando le daba por ahí...
El estudiante.—¿Era, pues, un hombre caritativo?
El viejo.—Sí..,, a veces.
El estudiante.—¿No siempre?
El viejo.—¡No,! ¡Los hombres son así! Oiga, caballero,
empújeme un poco la silla hasta el sol. Tengo un frío horrible. Cuando uno no
se puede mover, la sangre se le congela en las venas... Me voy a morir pronto,
ya lo sé, pero antes tengo que arreglar unas cositas... Déme la mano y verá lo
fría que está.
El estudiante.—¡Qué barbaridad! (Retrocede.)
El viejo.—¡No se vaya! Estoy cansado, estoy solo, pero
no he estado siempre así, ¿sabe? Tengo tras de mí (Una vida infinitamente
larga..., infinitamente... He -hecho sufrir a la gente y la gente me ha hecho
sufrir a mí, así es que estamos en paz. Pero antes de morir quiero verlo
feliz.». Nuestros destinos están entrelazados por lo de su padre... y por algo
más...
El estudiante.—¡Pero suélteme la mano! Me está
quitando las fuerzas. Me está helando la sangre..., ¿qué quiere usted de mí?
El viejo.—Paciencia, ya verá y entenderá... Ahí llega
la señorita...
El estudiante.—¿La hija del coronel?
El viejo.—¡Sí! ¡Hija! ¡Mírela!... ¿Ha visto alguna vez
una obra maestra parecida?
El estudiante.—Se parece mucho a la estatua de mármol
de ahí dentro...
El viejo.—¡Pues claro! ¡Es su madre!
El estudiante.—Tiene razón... Jamás vi mujer así
nacida de mujer... ¡Feliz aquel que logre llevarla al altar y a su hogar!
El viejo.—¡Usted la vio!... No todos descubren su
belleza... Bueno, ¡estaba escrito!
*
(La joven entra por la izquierda, lleva un
traje de montar inglés, anda lentamente, sin mirar a nadie, llega a la puerta,
se para a decirle unas palabras a La portera y luego entra en
la casa.)
(El estudiante tapándose los ojos con la
mano.)
El viejo.—¿Está llorando?
El estudiante.—Cuando no hay esperanza sólo queda la
desesperación.
El viejo.—Yo puedo abrir puertas y corazones, me
bastaría con encontrar un brazo dispuesto a hacer mi voluntad... Sírvame y le
daré poder...
El estudiante.—¿Es esto un pacto? ¿Tengo que vender mi
alma?
El viejo.—¡No tiene que vender nada!... Mire, durante
toda mi vida no he hecho más que coger. ¡Ahora siento ansias de dar! ¡De dar!
Pero nadie quiere aceptar nada de mí... Soy rico, muy rico, y no tengo
herederos, bueno, sí, un granuja que me está matando a disgustos... Sea usted
como un hijo para mí, herédeme en vida, déjeme verlo gozar de la vida, aunque
sea de lejos.
El estudiante.—¿Qué tengo que hacer?
El viejo.—Primero, ¡ir a ver La Valquiria!
El estudiante.—Eso ya estaba decidido... ¿Qué más?
El viejo.—¡Esta noche estará usted ahí dentro, en el
salón redondo!
El estudiante.—¿Y cómo voy a entrar?
El viejo.—¡Gracias a La Valquiria!
El estudiante.—¿Por qué me ha elegido precisamente a
mí para ser su instrumento? ¿Me conocía usted de antes?
El viejo.—¡Sí, naturalmente! Llevo cierto tiempo
observándolo... Pero mire ahora allí, al balcón. La criada está izando la
bandera a media asta en honor del cónsul... y ahora vuelve la ropa de cama:..
¿Ve el edredón azul?... Era para tapar a dos personas, ahora es sólo para
una...
(La joven, que ya se ha cambiado de ropa
aparece en la ventana regando los jacintos.)
El viejo.—¡Ahí está mi chiquilla! ¡Mire, mírela!...
Habla a las flores, ¿no le parece que es como el jacinto azul?... Les da de
beber, agua pura, nada más, y ellas transforman el agua en colores y
perfumes... ¡Ahora entra el coronel con el periódico!... Le enseña la noticia
del derrumbamiento de la casa..., ahora le señala su fotografía. Ella no queda
indiferente..., lee sus hazañas... Creo que se está nublando, imagínese que se
ponga a llover. Buena me espera si el bueno de Johansson no vuelve pronto...
(El cielo se nubla y oscurece mucho. La vieja, sentada junto al espejo fisgón,
cierra su ventana.)
El viejo.—Ahora mi novia cierra la ventana..., setenta
y nueve años..., el espejo fisgón de la ventana es el único que usa, porque en
él no se ve a sí misma; sólo ve el mundo exterior y desde dos puntos de
vista... Pero el mundo puede verla, en eso no ha pensado... Por lo demás, es
una hermosa anciana...
(El muerto, envuelto en su sudario, sale por
la puerta de la casa.)
El estudiante.—¡Dios mío! ¿Qué es lo que veo?
El viejo.—¿Qué ve?
El estudiante.—¿Pero no ve usted al muerto allí, en la
puerta?
El viejo.—No veo nada. Pero es justamente lo que
esperaba. Vaya contándome...
El estudiante.—Sale a la calle... (Pausa.) Ahora
vuelve la cabeza y se queda mirando la bandera.
El viejo.—¿Qué le dije? Seguro que se pone a contar
las coronas y a leer las tarjetas de visita... ¡Y pobre del que falte!
El estudiante.—Ahora dobla la esquina...
El viejo.—Va a contar los pobres que hay junto a la
puerta de servicio... Los pobres son tan decorativos: «acompañado por las
bendiciones de una inmensa multitud», bueno, ¡pero lo que no va a tener es mi
bendición!... Entre nosotros, le diré que era un verdadero tunante...
El estudiante.—Pero caritativo...
El viejo.—Un tunante caritativo, entonces, que se pasó
. la vida pensando en un solemne entierro... Cuando se dio cuenta de que se
acercaba su fin, estafó al Estado cincuenta mil coronas... Ahora su hija se ha
liado con un hombre casado, cuyo matrimonio ha roto, y se pregunta si la
herencia... Ese tunante está oyendo todo lo que decimos. ¡Bien merecido lo
tiene! ¡Que le aproveche!... Aquí está Johansson.
(Johansson entra por la izquierda.)
El viejo.—¡El informe!
(Johansson dice algunas palabras inaudibles.)
El viejo.—¡Vaya! ¿Que no estaba en casa? ¡Eres un
burro!... ¿Y el telégrafo? ¡Nada!... ¡Sigue!... ¿Esta tarde a las seis? ¡Está
bien! ¿Edición especial?... ¡Con el nombre completo! El señor Arkenholz,
estudiante, nacido en..., sus padres... ¡Excelente! Me parece que está
empezando a llover... ¿Y qué es lo que dijo?... ¡Vaya, vaya!... ¿Que no
quería?... ¡Pues tendrá que querer!... ¡Ahí viene el aristócrata!... Johansson,
llévame a la puerta de servicio, quiero oír lo que dicen los pobres... Y usted,
Arkenholz, espéreme aquí..., ¿comprendido?... ¡De prisa, de prisa!
(Johansson dobla la esquina empujando la silla
deruedas. El estudiante permanece inmóvil contemplando a La
joven, que está removiendo la tierra de las macetas.)
El aristócrata (entra, vestido de luto, y se
dirige a La señora vestida de negro, que ha estado yendo y
viniendo por la acera).—Bueno, no hay nada que hacer... Tenemos que
esperar.
La señora.—Yo no puedo esperar.
El aristócrata.—¿Ah, no? ¡Entonces vete al
campo!
La señora.—No quiero ir al campo.
El aristócrata.—Ven hacia aquí, si no van a oír lo que
hablamos.
(Van hacia la columna de los carteles y allí continúan
su conversación, inaudible para el público.)
*
Johansson (entra por la derecha; al Estudiante).—El
patrón le pide que no se olvide de lo otro.
El estudiante (lentamente).—Oye..., dime
una cosa: ¿quién es tu patrón?
Johansson.—¡El patrón! Es tantas cosas... Ha sido de
todo.
El estudiante.—¿Está bien de la cabeza?
Johansson.—¿Qué quiere decir eso? Se ha pasado la vida
buscando un «niño de domingo»..., bueno, eso es lo que él dice, pero puede no
ser cierto...
El estudiante.—Pero ¿qué busca? ¿Es avaro?
Johansson.—Busca el poder, mandar... Anda todo el
día ! dando vueltas en su silla de ruedas como si fuese el
mismísimo dios Thor en su carro. Echa el ojo a las casas, las derriba, abre
calles, construye plazas. Pero también entra en las casas, por la fuerza
deslizándose furtivamente por las ventanas, juega con el destino de la gente,
mata a sus enemigos y no perdona jamás... ¿Sabe usted que ese cojito ha sido un
Don Juan? Claro que luego siempre lo han dejado las mujeres.
El estudiante.—¿Cómo se entiende eso?
Johansson.—Mire, es tan zorro que se las arregla para
que las mujeres lo dejen cuando ya se ha cansado de ellas... Ahora es como un
cuatrero en la feria de los hombres y se dedica a robar seres humanos de
múltiples formas... A mí me sacó literalmente de manos de la justicia... Yo
había tenido un desliz, hmm, y él era el único que lo sabía. En lugar de
mandarme a la cárcel, me convirtió en su siervo. Y ahora trabajo como un negro
sólo por la comida, que además no es nada del otro mundo...
El estudiante.—Entonces, ¿qué es lo que quiere hacer
en esta casa?
Johansson.—Mire, ¡yo eso no se lo puedo decir! ¡Es tan
complicado!
El estudiante.—Me parece que va a ser mejor que deje
este lío..."
Johansson.—Mire, a la señorita se le ha caído la
pulsera por la ventana...
(La joven ha dejado caer la pulsera por la
ventana abierta.)
(El estudiante se acerca lentamente, recoge la
pulsera y se la alcanza a La joven, que le da las gracias
secamente. El estudiante vuelve al lado de Johansson.)
Johansson.—Así es que piensa abandonar el asunto... No
crea que le va a ser fácil, porque cuando él coge a alguien en sus redes... Y
no teme a nada de este mundo! Bueno, sí, una cosa, o mejor dicho, a una
persona...
El estudiante.—¡Espere! ¡No me lo diga!... Creo que sé
a quién.
Johansson.—¿Cómo va usted a saberlo?
El estudiante.—¡Adivinándolo! ¿No es... a una niña...,
a una lechera, a quien teme?
Johansson.—Siempre que nos cruzamos con el carro de la
lechease vuelve de espalda... y habla en sueños... Parece que una vez estuvo en
Hamburgo...
El estudiante.—¿Se puede creer a un hombre así?
Johansson.—¡Se le puede creer... capaz de todo!
El estudiante.—¿Qué estará haciendo ahí, a la vuelta
de la esquina?
Johansson.—Escuchar a los pobres... Deja caer una
palabrita, quita una piedrecita de aquí, luego otra de allí, hasta que se hunde
la casa... Es una metáfora, claro... Yo antes era librero y soy una persona
instruida, ¿sabe?... ¿Va a abandonar ahora?
El estudiante.—No me gusta ser desagradecido... Este
hombre salvó a mi padre una vez y todo lo que me pide a cambio es un pequeño
favor...
Johansson.—¿Qué favor?
El estudiante.—Que vaya a ver La Valquiria...
Johansson.—No lo entiendo... Pero siempre tiene nuevas
ocurrencias... Mírele ahí, hablando con un policía..., siempre rondando a los
policías. Los utiliza, los implica en sus asuntos, los mantiene ligados a él
con falsas promesas y esperanzas vanas, mientras les saca la información que le
interesa... ¡Ya verá como antes de que caiga la noche será recibido en el salón
redondo!
El estudiante.—¿Qué es lo que busca ahí dentro? ¿Qué
relación tiene con el coronel?
Johansson.—Me la imagino, aunque no sé nada. Ya lo
verá con sus propios ojos, cuando entre usted ahí...
El estudiante.—¡Nunca podré entrar ahí!
Johansson.—¡Eso depende de usted!... Vaya a ver La
Valquiria...
El estudiante.—,¿Es ése el método?
Johansson.—Sí, ¡cuando él se lo ha dicho...! Mire,
mírelo ahí en su carro de combate, arrastrado en triunfo por los mendigos, que
no van a recibir ni un céntimo. Sólo una vaga alusión a que les caerá algo el
día de su entierro.
El viejo (entra, de pie en la silla de ruedas,
arrastrada por Un mendigo y seguido por otros).—¡Gloria al
noble joven que, jugándose la vida, salvó la de tantas personas en la
catástrofe de ayer! ¡Viva Arkenholz!
(Los mendigos se destocan, pero no lanzan
«burras». La joven en la ventana, agita un pañuelo. El
coronel mira desde su ventana. La vieja se pone de
pie. La criada sale al balcón a izar la bandera que estaba a
media asta.)
El viejo.—¡Aplaudid, ciudadanos! Sí, ya sé que es
domingo, pero el burro en el pozo y la espiga en el campo nos dan su
absolución. Y aunque yo no soy un «niño de domingo», poseo el don de la
adivinación y el arte de la medicina... Una vez logré devolverle la vida a un
ahogado... Sí, fue en Hamburgo un domingo por la mañana, como ahora...
(Entra La
lechera. La ven únicamente El estudiante y El
viejo. Ella alza los brazos al aire como si estuviese ahogando y clava
su mirada en El viejo.)
El viejo (se sienta y luego se derrumba
aterrorizado).— ¡Johansson! ¡Sácame de aquí! ¡De prisa!... ¡Arkenholz, no
olvide La Valquiria!
El estudiante.—¿Y esto qué es?
Johansson.—¡Ya veremos! ¡Ya veremos!
TELÓN
En el salón redondo. Al fondo, una estufa de azulejos
blancos con espejo, un reloj de péndulo y candelabros. A la derecha, el
vestíbulo que deja ver una habitación pintada de verde con muebles de caoba. A
la izquierda, sombreada por unas palmas, la estatua, que puede taparse con una
cortina. A la izquierda, al fondo, puerta a la habitación de los jacintos,
donde La joven está
sentada leyendo. Vemos al Coronel, de espaldas, sentado,
escribiendo, en la habitación verde.
Bengtsson, el criado, entra, de librea,
con Johansson, que va de frac y corbata blanca. Vienen del
vestíbulo.
Bengtsson.—Tú servirás la mesa, Johansson, y yo
mientras recogeré los abrigos. No será la primera vez que sirves, ¿verdad?
Johansson.—Como sabes, durante el día empujo el carro
de combate por las calles, pero por la noche sirvo la mesa cuando tenemos
invitados... Siempre he vivido con el sueño de entrar en esta casa... Son gente
rara, ¿no?
Bengtsson.—Sí. Un poco fuera de lo común, podríamos
decir.
Johansson.—Y esta noche, ¿qué va a haber, una velada
musical o qué?
Bengtsson.—Es la habitual cena de los espectros, como
la llamamos nosotros. Toman té sin decir una palabra o bien el coronel
pronuncia su monólogo. Y mordisquean las pastas todos a la vez, así es que
suenan como las ratas de una buhardilla.
Johansson.—¿Por qué la llamáis la cena de los
espectros?
Bengtsson.—Porque todos parecen espectros... Y llevan
así veinte años, siempre las mismas personas, diciendo siempre lo mismo. O
callándose para no tener que avergonzarse de su conducta.
Johansson.—¿No está la señora de la casa?
Bengtsson.—Sí, claro, pero, está loca. Se pasa la vida
metida en un ropero, porque sus ojos no soportan la luz... Está ahí
dentro... (Señala una puerta falsa que hay en la pared.)
Johansson.—¿Ahí dentro?
Bengtsson.—Sí, ya te he dicho que son gente un poco
fuera de lo común...
Johansson.—¿Cómo es?
Bengtsson.—Como una momia..., si quieres
verla... (Abre la puerta falsa.) ¡Mira, ahí la tienes!
Johansson.—¡Dios mío!...
La momia (gorjeando como un niño).—¿Por
qué abres la puerta? ¿No te he dicho que tiene que estar cerrada?
Bengtsson (le habla como a un bebé).—¡Ta,
ta, ta, ta! ¡Y ahora el lorito bonito será buenecito y le daremos su
terroncito!... ¡Lorito, lorito real!
La momia (como un loro).—¡Lorito real!
¿Está Jacobo ahí? ¿Está el lorito ahí? Lorito..., currrre..., crrr...
Bengtssqn.—Cree que es un loro y tal vez lo sea...
- (A La momia.) ¡Polly, sílbanos un poco!
(La momia silba.)
Johansson.—¡He visto muchas cosas en mi vida, pero
nunca nada parecido!
Bengtsson.—Mira, cuando una casa envejece, se llena de
moho, y cuando las personas llevan mucho tiempo encerradas, martirizándose
mutuamente, entonces se vuelven locas. Esta mujer, la señora de la casa
—¡cállate, Polly!—, esta momia ha vivido aquí cuarenta años con el mismo
marido, los mismos muebles, los mismos parientes, los mismos amigos... (Cierra
la puerta del ropero de La momia.) Y de lo que ha ocurrido aquí
en esta casa... no tengo ni idea... ¡Mira la estatua!... ¡Es la señora de
joven!
Johansson.—¡Dios mío! ¿Esa es... la momia?
Bengtsson.—¡Sí! ¡Es para echarse a llorar!... Y la
señora, impulsada por la fuerza de la imaginación o por lo que sea, ha ido
adquiriendo algunas de las rarezas del locuaz pájaro..., por eso no aguanta
inválidos ni enfermos... No aguanta ni a su propia hija. Como está enferma...
Johansson.—¿Está enferma la señorita?
Bengtsson.—¿No lo sabías?
Johansson.—¡No!... Y el coronel, ¿quién es?
Bengtsson.—¡Ya lo verás!
Johansson (contemplando la escena).—Es
terrible pensar... ¿Cuántos años tiene ahora la señora?
Bengtsson.—Nadie lo sabe..., pero dicen que cuando
tenía treinta y cinco representaba diecinueve y que convenció al coronel de que
los tenía... aquí, en esta casa... ¿Sabes para qué emplean ese biombo japonés
negro que hay al lado del diván?... Lo llaman el biombo de la muerte porque,
cuando alguien va a morir, lo colocan delante de la cama... como en los
hospitales...
Johansson.—¡Qué espanto de casa!... Y pensar que el
estudiante estaba deseando entrar en ella como si fuese el paraíso...
Bengtsson.—¿Qué estudiante? ¡Ah, sí! El que va a venir
esta noche... El coronel y la señorita se lo encontraron en la ópera y ambos
quedaron encantados con él... ¡Hmmm! Y ahora me toca preguntar a mí: ¿quién es
tu patrón? ¿El señor de la silla de ruedas...?
Johansson.—Sí, ése... ¿También va a venir él?
Bengtsson.—Invitado no está.
Johansson.—¡Pues vendrá sin invitación! ¡Si es sólo
por eso...!
*
(El viejo aparece en el vestíbulo, con levita,
sombrero de copa y muletas. Se desliza sigilosamente y se para a escuchar:)
Bengtsson.—Es un granuja redomado, ese viejo, ¿verdad?
Johansson.—¡No lo sabes tú bien!
Bengtsson.—¡Parece el mismísimo Satanás!
Johansson.—¡Y también es brujo!. Entra sin tener que
abrir las puertas...
El viejo (avanza, da un tirón de orejas
a Johansson).— ¡Sinvergüenza! ¡Ándate con cuidado! (A Bengtsson.) ¡Anuncia
mi visita al coronel!
Bengtsson.—Estamos esperando invitados...
El viejo.—¡Ya lo sé! Pero puedo decirle que casi
esperan mi visita, aunque no la deseen...
Bengtsson.—Si es así... Su nombre, por favor... ¡El
señor Hummel!
El viejo.—¡El mismo, sí!
(Bengtsson sale por el vestíbulo y entra en la
habitación verde cerrando la puerta.)
*
El viejo (a Johansson).—¡Vete de
aquí!
(Johansson duda)
El viejo.—¡Que te vayas!
(Johansson sale por el vestíbulo.)
*
El viejo (inspecciona la habitación y se
detiene delante de la estatua, profundamente asombrado).—¡Amalia! ... ¡Es
ella!... ¡Ella! (Da una vuelta por la habitación tocando algunos
objetos. Se arregla la peluca delante del espejo. Vuelve al lado de la
estatua.)
La momia (desde dentro del ropero).—¡Lorito,
lorito
real!
El viejo (sobresaltándose).—¿Qué es esto?
¿Hay un loro en el cuarto? Pues yo no lo veo.
La momia.—¿Está ahí Jacobo?
El viejo.—¡Aquí hay fantasmas!
La momia.—¡Jacobo!
El viejo.—¡Tengo miedo!... ¡Así es que éstos son los
secretos que escondían en esta casa! (Contempla un cuadro, de espaldas
al ropero.) ¡Es él!... ¡El!
La momia (sale del ropero, se acerca al Viejo por
detrás y le quita la peluca).—Caín..., crrr... ¿Etes tú?... Currre...,
crrr...
El viejo (da un salto).—¡Válgame Dios!
¿Quién eres?
La momia (con voz humana).—¿Eres Jacobo?
El viejo.—Me llamo Jacobo, ciertamente...,
La momia (emocionada).—¡Y yo Amalia!
El viejo.—¡No, no, no!... ¡Dios mío...!
La momia.—Que aspecto tengo, ¿verdad? ¡Sí, así soy
ahora!... ¡Y así he sido!... Es muy edificante vivir... Yo ahora vivo
prácticamente en el ropero, para no ver y para que no me vean... Y tú, Jacobo,
¿qué andas buscando por aquí?
El viejo.—¡Busco a mi hija! A nuestra hija...
La momia.—Ahí está.
El viejo.—¿Dónde?
La momia.—Ahí, en la habitación de los jacintos.
El viejo (mirando a La joven).—¡Sí,
es ella! (Pausa.) ¿Y qué dice su padre? Bueno, me refiero al
coronel..., tu marido.
La momia.—Una vez que me enfadé con él, le conté
todo...
El viejo.—Y él entonces...
La momia.—No me creyó. Me contestó: «Eso es lo que
suelen decir las mujeres cuando quieren asesinar a su marido.» De todas formas,
fue un crimen terrible el que cometimos. Su vida es una pura falsedad, lo mismo
que su árbol genealógico. A veces, leyendo el libro de la nobleza, pienso: ella
va por el mundo con una partida de nacimiento falsa, como hacen las criadas, y
eso se castiga con la cárcel.
El viejo.—Muchos lo hacen. Creo recordar que la tuya
llevaba una fecha de nacimiento falsa...
La momia.—Fue mi madre la que me enseñó... ¡No fue
culpa mía!... Sin embargo, tú eres el verdadero causante-de nuestro crimen...
El viejo.—¡No! ¡Fue tu marido el que lo provocó,
cuando me quitó la novia!... Yo soy de los que no perdonan hasta no haber hecho
pagar al culpable. Mi naturaleza me lo impide... Lo tomaba como una obligación
sagrada... ¡y aún lo sigo haciendo!
La momia.—¿Qué buscas en esta casa? ¿Qué quieres?
¿Cómo has logrado entrar?... ¿Es por mi hija? Si la tocas, morirás.
El viejo.—¡Sólo quiero su bien!
La momia.—¡Pero tienes que perdonar a su padre!
El viejo.—¡No!
La momia.—Entonces, morirás. En esta habitación,
detrás de ese biombo.
El viejo.—Si no hay más remedio... Pero cuando clavo
los dientes en una presa, no la suelto...
La momia.—Quieres casarla con el estudiante, ¿por qué?
Es un don nadie y no tiene un céntimo.
El viejo.—¡Yo lo haré rico!
La momia.—¿Estás invitado a cenar?
El viejo.—¡No, pero ya me las arreglaré para que me
inviten a la cena de los espectros!
La momia.—¿Sabes quiénes vienen?
El viejo.—No muy bien.
La momia.—El barón..., el que vive en el piso de
arriba y a cuyo suegro enterraron esta mañana...
El viejo.—Ese que se va a divorciar para casarse con
la hija de la portera... ¡Ese que fue tu... amante!
La momia.—Y vendrá también tu antigua novia, la que
sedujo mi marido...
El viejo.—¡Vaya colección!
La momia.—¡Dios mío, si al menos pudiésemos morir! ¡Si
pudiésemos morir!
El viejo.—¿Por qué os seguís viendo?
La momia.—¡Nos atan crímenes, secretos y culpas!..
Hemos reñido y nos hemos separado, ¡ay!, tantísimas veces, pero siempre
volvemos a reunimos...
El viejo.—Creo que viene el coronel...
La momia.—Entonces yo me voy con Adela... (Pausa.) ¡Jacobo,
piensa en lo que haces! Perdónalo...
(Pausa. Ella sale.)
*
El coronel (entra, frío, reservado).—Tome
asiento, por favor.
(El viejo se sienta lentamente.)
(Pausa.)
El coronel (mirándolo fijamente).—¿Es
usted el autor de esta carta?
El viejo.—¡Sí!
El coronel.—¿Es, pues, el señor Hummel?
El viejo.—¡Sí!
(Pausa.)
El coronel.—Bueno, ya sé que usted ha comprado todos
mis pagarés y que, por tanto, me tiene en sus manos. ¿Qué quiere usted de mí?
El viejo.—Quiero cobrar... de alguna manera.
El coronel.—¿De qué manera?
El viejo.—De una muy sencilla... No hablemos de
dinero..., basta con que me admita en su casa... como invitado.
El coronel.—Si no es más que eso...
El viejo.—¡Gracias!
El coronel.—¿Y después?
El viejo.—¡Despida a Bengtsson!
El coronel.—¿Por qué lo voy a despedir? Mi criado de
confianza, un hombre que lleva conmigo toda la vida..., condecorado con la
medalla del Mérito Patriótico por su leal servicio a la patria..., ¿por qué voy
a despedirlo?
El viejo.—Esas virtudes sólo existen en su fantasía...
¡El no es lo que aparenta!
El coronel.—¿Y quién lo es?
El viejo (vacila).—¡Muy cierto! ¡Pero
Bengtsson tiene que salir de aquí!
El coronel.—¿Es que pretende mandar en mi propia casa?
El viejo.—¡Sí, claro! Al fin y al cabo soy el dueño de
todo lo que hay en ella..., muebles, cortinas, vajillas, ropa blanca... y otras
cosas.
El coronel.—¿Qué otras cosas?
Eí viejo.—¡Todo! ¡Soy el dueño de todo lo que hay
aquí! ¡De todo!
El coronel.—¡Bien, sí, es .suyo! ¡Pero mi título y mi
buena reputación seguirán siendo míos!
El viejo.—¡No! ¡Ni siquiera eso! (Pausa.) ¡Usted
no es noble!
El coronel.—¿Que no...? ¿Cómo se atreve?
El viejo (sacando un papel).—Mire este
papel, es una copia de una página del registro nobiliario. Léalo y verá que el
linaje cuyo título ostenta lleva más de cien años extinguido.
El coronel (leyendo el papel).—Es verdad
que he oído rumores de esa especie, pero yo heredé el título de mi
padre... (Leyendo.) Es cierto. ¡Tiene usted razón!... ¡No soy
noble!... ¡Ni siquiera eso! Entonces me quitaré el anillo con mi sello... Es
verdad, también es suyo... ¡Ahí lo tiene!
El viejo (guardándose el anillo).—Sigamos,
pues... ¡Usted tampoco es coronel!
El coronel.—¿Que no soy...?
El viejo.—¡No! Usted tuvo el grado de coronel en el
cuerpo de voluntarios norteamericano, pero a raíz de la guerra de Cuba y
la reorganización del ejército todos esos antiguos grados han sido anulados...
El coronel.—¿Es eso cierto?
El viejo (se lleva la mano al bolsillo).—¿Quiere
leerlo?
El coronel.—¡No, no hace falta!... ¿Quién es usted
para arrogarse el derecho de desnudarme a mí de esta manera?
El viejo.—¡Ya lo verá! Y ya que hablamos de
desnudar..., ¿sabe usted quién es?
El coronel.—¿Cómo se atreve? Vergüenza debería
darle...
El viejo.—Quítese la peluca y mírese al espejo. ¡Ah! Y
sáquese antes la dentadura postiza, y afeítese el bigote, y pídale a Bengtsson
que le suelte ese corsé de hierro que lleva. Veremos si en la imagen no se
reconoce el criado XYZ, el que hacía la corte a una cocinera para comer de
gorra.
(El coronel va a coger la campanilla que hay
sobre la mesa.)
El viejo (se le adelanta).—¡No toque la
campanilla! No se le ocurra llamar a Bengtsson, porque entonces les mandaría
detener... ¡Ya llegan los invitados! ¡Y ahora calma, mucha calma, y sigamos
representando nuestros papeles de siempre!
El coronel.—¿Quién es usted? Reconozco esa mirada y el
tono de voz...
El viejo.—¡Nada de indagaciones! ¡Usted, a callar y a
obedecer!
*
El estudiante (entra, le hace una inclinación
de cabeza al Coronel).—¡Señor coronel!
El coronel.—¡Bienvenido a esta casa, joven! La
valerosa conducta que tuvo en la catástrofe de ayer ha puesto su nombre en
labios de todo el mundo. Considero un gran honor recibirlo en mi casa...
El estudiante.—Señor coronel, mi humilde origen... Su
ilustre nombre y su noble cuna...
El coronel.—Permítanme que los presenta..., el señor
Hummel, director...; el señor Arkenholz, estudiante... ¿Le importaría pasar a
saludar a las señoras? El señor Hummel y yo tenemos que hablar un poco...
(El estudiante pasa siguiendo la indicación
del Coronel, a la habitación de los jacintos. Allí se queda a
la vista del público, de pie, hablando tímidamente con La joven.)
El coronel.—Un joven excepcional, le encanta la
música, canta, escribe poesía... Si fuese noble y de mi mismo rango, yo no
tendría nada en contra... bueno...
El viejo.—¿En contra... de-qué?
El coronel.—De que mi hija...
El viejo.—¡Su hija!... A propósito, ¿por qué está
siempre metida ahí dentro?
El coronel.—Cuando no anda por ahí fuera, se empeña en
estar en la habitación de los jacintos. Tal vez una manía... Aquí tenemos a la
señorita Beata von Holsteinkrona..., una mujer encantadora..., de familia noble
y con una renta acorde a su posición social...
El viejo (aparte).—¡Mi novia!
*
(Entra La
novia, que tiene el pelo blanco y aspecto de loca.)
El coronel.—La señorita
Holsteinkrona..., el señor Hummel... (La novia hace
una ligera reverencia y se sienta.)
*
(Entra El
aristócrata, misterioso, de luto, y se sienta.)
El coronel.—El barón Skanskorg...
El viejo (aparte, sin levantarse).—Me
parece que es el ladrón de joyas... (Al Coronel.) Traiga
a la momia para completar la colección...
El coronel (en la puerta de la habitación de
los jacintos).—¡Polly!
La momia (entrando).—Currrre..., crr...,
crrr...
El coronel.—¿Quiere que vengan también los jóvenes?
El viejo.—¡No! ¡Los jóvenes, no! Vamos a ahorrarles
este trago...
(Se sientan todos en un círculo, mudos.)
*
El coronel.—¿Mando servir el té?
El viejo.—¿Para qué? A nadie le gusta el té.
Dejémonos, pues, de hipocresías.
El coronel.—Entonces, ¿quiere que conversemos?
El viejo (lentamente y con pausas).—¿De
qué? ¿Del tiempo, que todos conocemos? ¿De nuestros achaques, que ya estamos
aburridos de repetir? Prefiero el silencio que nos permite oír los pensamientos
y ver el pasado. El silencio no puede ocultar nada..., las palabras sí. El otro
día leí que los diferentes idiomas surgieron entre los pueblos primitivos de la
necesidad de cada tribu de ocultar sus secretos a las otras, tos idiomas son,
pues, códigos secretos y el que encuentra la clave comprende todos los idiomas
del mundo. Claro que también hay secretos que se pueden descubrir sin ayuda de
una clave, sobre todo cuando es la paternidad lo que hay que demostrar. La
prueba ante el tribunal es otra cosa. Dos falsos testigos, si sus testimonios
concuerdan, constituyen una prueba concluyente. Aunque en las aventuras a que
me refiero no se suele llevar testigos. La naturaleza ha dotado al ser humano
de un sentimiento de pudor que trata de ocultar lo que tiene que ocultarse. Sin
embargo, nos vamos metiendo, sin querer, en determinadas situaciones, y a veces
se presenta la ocasión en que se desentierran los secretos más ocultos, en que
se arranca la máscara del rostro del estafador, en que se descubre al
bandido...
(Pausa. Todos se contemplan mutuamente en silencio.)
¡Qué silencio!
(Largo silencio.)
Y Aquí, por ejemplo, en esta respetable casa, en este
hermoso hogar donde se funden la belleza, la cultura y la riqueza...
(Largo silencio.)
Todos los que estamos aquí sabemos muy bien quiénes
somos..., ¿no es cierto?..., no hace falta que lo diga..., y todos me conocéis
muy bien, aunque aparentáis ignorarlo... Ahí dentro está mi hija, mi
hija, también eso lo sabéis... Ella había perdido las ganas de vivir,
sin saber por qué... se estaba marchitando en este ambiente en que sólo se
respiran crímenes, estafas y todo tipo de hipocresía... Por eso le he buscado
un amigo en cuya compañía pueda sentir la luz y el calor que desprende una
acción noble...
(Largo silencio.)
Esta es mi misión en esta casa: arrancar las malas
hierbas, sacar los crímenes a la luz, saldar las cuentas, para que los jóvenes
puedan empezar una nueva vida en esta mansión, que yo les he regalado.
(Largo silencio.)
Ahora les doy la oportunidad de salir libremente de
aquí, a todos y a cada uno, en orden. ¡El que se quede irá a la cárcel!
(Largo silencio.)
¿Oyen el tic-tac del reloj? Parece el reloj de la
muerte, esa carcoma que anuncia la muerte. ¿Oyen lo que dice? «La ho-ra, la
ho-ra...» Cuando suenen las campanadas, dentro de un momento, habrá llegado
vuestra hora. Entonces, y no antes, os podréis marchar. Pero ella siempre avisa
antes de dar su golpe... ¡Escuchad! Os está avisando: «Puede dar la hora.» Y yo
también puedo golpear...
(Da un golpe con la muleta sobre la mesa.)
¿Oyen?
(Silencio.)
La momia (va hasta el reloj y lo para.
Después, clara y seriamente).—Pero yo puedo detener el curso del tiempo.:.,
puedo aniquilar el pasado, puedo deshacer lo hecho. Pero no con sobornos ni con
amenazas..., sino mediante el dolor y el arrepentimiento... - (Se
acerca al Viejo.) Nosotros somos una pobre gente, y lo sabemos.
Hemos obrado mal, nos hemos equivocado, como todo el mundo. No somos lo que
aparentamos, porque nosotros, que abominamos nuestras faltas, somos, en el
fondo, mejores que nosotros mismos. Pero el que tú, Jacobo Hummel, entres aquí,
bajo nombre falso, con la pretensión de erigirte en nuestro juez, demuestra que
eres peor que nosotros, pobres criaturas. ¡Tú tampoco eres el que aparentas
ser!... Eres un ladrón de seres humanos. Yo ya fui una vez víctima de tus
falsas promesas. Tú mataste al cónsul que enterraron hoy..., lo ahogaste con
sus pagarés. Te has apoderado del estudiante atándolo a ti con una deuda falsa,
porque su padre nunca te debió un céntimo...
(El viejo ha tratado de levantarse y tomar la
palabra, pero se derrumba en la silla y allí queda encogido. Durante el resto
de la escena irá encogiéndose cada vez mas.)
La momia.—Pero hay algo oscuro en tu vida,' algo que
no conozco bien... ¡Y creo que Bengtsson lo sabe!
(llama con la campanilla.)
El viejo.—¡No, Bengtsson, no! ¡El no!
La momia.—¿Ah, sí? ¡Entonces él lo
sabe! (Vuelve a llamar.)
(Aparece La
lechera en la puerta del vestíbulo, invisible para todos, excepto
para El viejo, que queda aterrado. Al entrar Bengtsson,
La lechera desaparece.)
La momia.—Bengtsson, ¿conoce usted a este señor?
Bengtsson.—Sí, lo conozco. Y él a mí. Como bien
sabemos, los altibajos son frecuentes en la vida. Yo he estado a su servicio, y
él, en otros tiempos, al mío. Se pasó dos años enteros haciéndole la corte a mi
cocinera para sacarle la mejor comida... Como él se marchaba a las tres, ella
preparaba la cena a las dos, y mi familia tenía que tomar la cena recalentada
por culpa de ese animal...,"además se bebía el caldo, que , luego había
que alargar con agua..., allí estaba, en la cocina, chupándonos la sangre como
un vampiro. Nos quedamos hechos unos esqueletos... Y aún estuvo a punto de
conseguir que nos metiesen en la cárcel, cuando acusamos a la cocinera de
ladrona. Años más tarde, me topé con él en Hamburgo. Bajo nombre falso se
dedicaba a la usura, o, mejor dicho, a chupar la sangre a la gente. Allí fue
acusado de haber llevado a una niña con engaños a pasear sobre el mar helado
para luego ahogarla. Parece que la niña había presenciado un crimen que él
temía que se descubriera...
La momia (pasa la mano sobre el rostro
del Viejo).— ¡Ese eres tú! ¡Danos ahora mismo los pagarés y el
testamento!
(Johansson aparece en la puerta del vestíbulo
y contempla la escena con profundo interés: ahora va a quedar libre de la
esclavitud. El viejo saca un fajo de papeles y lo tira sobre
la mesa.)
La momia (acariciándole la espalda al Viejo).—¡Lorito,
lorito real! ¿Está ahí Jacobo?
El viejo (como un loro).—¡Jacobo está
aquí!... Cacatúa..., túa, túa.
La momia.—¿Puede dar la hora el reloj?
El viejo (cloqueando).—¡El reloj puede dar
la hora! (Imitando un reloj de cu-cú.) ¡Cu-cú, cu-cú,
cu-cú!...
La momia (abriendo la puerta del ropero).—¡Ya
ha sonado la hora!... Levántate y métete en el ropero donde me he pasado veinte
años llorando nuestro crimen... Del techo cuelga una cuerda que puede
representar la que tú utilizaste para ahogar al cónsul del piso de arriba y con
la que intentabas estrangular a tu benefactor... ¡Anda!
(El viejo entra en el ropero.)
La momia (cierra la puerta).—¡Bengtsson!
¡Ponga el biombo delante de esa puerta! ¡El biombo de la muerte!
(Bengtsson coloca el biombo delante de la
puerta.)
La momia.—¡Todo está consumado!... ¡Dios tenga piedad
de su alma! Todos.—¡Amén!
(Largo silencio.)
*
(En la habitación de los jacintos, La joven acompaña al arpa la recitación
del Estudiante.)
(Canción tras un preludio.)
Vi el sol, y me pareció
haber visto al Oculto.
Los hombres se deleitan con el fruto de sus obras.
Feliz aquel que practica el bien.
El acto cometido por impulso de la ira
no podrás repararlo con la maldad.
Consuela con tu bondad
al que has apenado y serás recompensado.
El que no ha cometido ningún mal no teme a nadie.
Es hermoso ser inocente.
Habitación decorada en un estilo bastante extraño, con
motivos orientales. Por todas partes, jacintos de todos los colores. En la
repisa de la estufa de azulejos hay una gran figura de Buda que sostiene en sus
rodillas un bulbo de ascalonia del
que sale un tallo coronado por una esfera de florecitas blancas estrelladas.
Al fondo, a la derecha, puerta que da al salón
redondo, donde vemos al Coronel y
a La momia sentados en silencio y sin hacer nada.
Se ve también un trozo del biombo de la muerte. A la izquierda, puerta que
conduce a la antecocina y a la cocina.
El estudiante y La joven (Adela)
junto a la mesa. Ella sentada ante el arpa y él de pie.
La joven.—¡Cante ahora a mis flores!
El estudiante.—¿Es ésta la flor de su alma?
La joven.—¡La única! ¿Le gustan los jacintos?
El estudiante.—¡Más que ninguna otra flor! Me encanta
la figura virginal que surge esbelta y recta del bulbo, ese bulbo que descansa
sobre el agua hundiendo en el líquido incoloro sus blancas y límpidas raíces.
Me gustan sus colores: el blanco impoluto de la nieve, el suave dorado de la
miel, el rosa juvenil, el rojo maduro, pero el que prefiero entre todos es el
azul, el azul del rocío, el de unos ojos profundos, el azul de la fidelidad...
Amo los jacintos más que el oro y las perlas. Los he amado desde niño, y los he
admirado porque poseen todas las buenas cualidades que a mí me faltan... Sin
embargo...
La joven.—¿Qué?
El estudiante.—Mi amor no es correspondido, porque
«esas hermosas flores me odian...
La joven.—¿Y cómo es eso?
El estudiante.—Su perfume, fuerte y puro por efecto de
los primeros vientos primaverales que vienen por donde se funden las nieves,
trastorna mis sentidos, me ensordece, me deslumbra, me expulsa de la
habitación, me dispara flechas envenenadas que me desgarran el corazón y me
abrasan la cabeza. ¿Conoce usted la leyenda de esta flor?
La joven.—No. ¡Cuéntemela!
El estudiante.—Sí, pero antes le explicaré su
significado. El bulbo, que flota en el agua o se hunde en el humus, es la
Tierra. De él surge el tallo, recto como el eje del mundo, el tallo en cuya
cima se abren las flores, sus estrellas de seis puntas.
La joven.—¡Sobre la Tierra, las estrellas! ¡Oh, es
grandioso! ¿De dónde lo ha sacado? ¿Dónde lo ha visto?
El estudiante.—Déjeme pensar... ¡En sus ojos! Es,
pues, una imagen del Cosmos... Por eso está Buda ahí sentado con el bulbo, que
es la Tierra, observándolo atentamente, como incubándolo con su mirada, para
verlo crecer y crecer hacia lo alto hasta convertirse en un cielo... ¡La
transformación de la pobre tierra en cielo! ¡Eso es lo que está esperando Buda!
La joven.—Ahora lo entiendo..., ¿no son también los
copos de nieve estrellas de seis puntas como la flor del jacinto?
El estudiante.—¡Así es!... Los copos de nieve son
estrellas que caen...
La joven.—Y el galanto es una estrella de nieve...
nacida de la nieve.
El estudiante.—Pero Sirio, que es la estrella más
grande y hermosa del firmamento, es roja y amarilla. Es el narciso con su cáliz
rojo y amarillo y sus seis rayos blancos...
La joven.—¿Ha visto la ascalonia en flor?
El estudiante.—¡Sí, claro que la he visto!... Sus
flores forman una bola, una esfera que parece el globo celeste sembrado de
blancas estrellas...
La joven.—¡Dios mío! ¡Qué grandioso! ¿De quién ha sido
esa idea?
El estudiante.—¡Tuya!
La joven.—¡Tuya!
El estudiante.—¡Nuestra!... Hemos dado a luz algo
juntos» estamos casados...
La joven.—Aún no...
El estudiante.—¿Qué es lo que falta?
La joven.—¡La espera, las tribulaciones, la paciencia!
El estudiante.—¡Bien! ¡Ponme a prueba! (Pausa.) Oye,
¿por qué están tus padres ahí dentro tan callados, sin decir una palabra?
La joven.—Porque no tienen nada que decirse, porque el
uno no cree lo que le dice el otro. Mi padre lo formuló así: ¿Para qué queremos
hablar si ya no podemos engañarnos?
El estudiante.—Es espantoso oírlo...
La joven.—Ahora viene la cocinera... Mírala bien,
fíjate lo gorda que está...
El estudiante.—¿A qué viene?
La joven.—Vendrá a consultarme algo sobre la cena. Soy
yo quien lleva la casa durante la enfermedad de mi madre...
El estudiante.—¿Qué tenemos nosotros que ver con la
cocina?
La joven.—Hay que comer... Mira a la cocinera..., yo
ya no puedo ni mirarla...
El estudiante.—¿Quién es esa giganta?
La joven.—Es de la familia de vampiros Hummel... Nos
está devorando...
El estudiante.—¿Por qué no la despedís?
La joven.—¡Si no se va! No podemos con ella... Es la
cruz que llevamos por nuestros pecados... ¿No ve cómo nos vamos marchitando,
consumiendo...?
El estudiante.—¿No les da de comer?
La joven.—¡Oh, sí! Nos da muchos platos, pero sin
sustancia... Cuece la carne y a nosotros nos sirve unas hilachas flotando en
agua,.después de haberse tomado ella el caldo. Y cuando hace un asado, le
exprime bien el jugo y se toma toda la salsa. Todo lo que ella toca pierde su
sustancia. Es como si se la bebiese con los ojos. Se toma el buen café y a
nosotros nos sirve los posos. Se bebe las botellas de vino y las vuelve a
llenar con agua...
El estudiante—¡A la calle con ella!
La joven.—¡No podemos echarla!
El estudiante.—¿Por qué?
La joven.—¡No sabemos! ¡No se va! Nadie puede con
ella..., ¿nos ha dejado sin fuerzas!
El estudiante.—¡Dejadme que la eche yo!
La joven.—¡No! ¡Supongo que es así como tiene que ser!
Ya está aquí. Ahora me preguntará qué prepara de cena. Yo le contestaré que
esto y aquello. Ella me pondrá reparos y al final hará lo que le dé la gana.
El estudiante.—Entonces déjala que decida ella.
La joven.—No quiere.
El estudiante.—¡Qué casa tan extraña! ¡Está
embrujada!
La joven.—¡Sí!... ¡Ahora te ha visto! ¡Se da la
vuelta!
*
La cocinera (en la puerta).—¡No, no ha
sido por eso!
(Se ríe, dejando ver los dientes.)
El estudiante.—¡Fuera de aquí, bruja!
La cocinera.—¡Me iré cuando me dé la gana! (Pausa.) ¡Y
ahora me da la gana!
(Sale.)
La joven.—¡No pierdas los estribos!... Practica la
virtud de la paciencia. Ella es una de las pruebas que sufrimos en esta casa.
Pero también tenemos un criada... , y yo ando limpiando detrás de
ella.
El estudiante.—¡Es el colmo! ¡Cor in
aethere! ¡Una canción!
La joven.—¡Espera!
El estudiante.—¡Una canción!
La joven.—¡Paciencia!... A esta habitación la llamamos
la de las pruebas... En apariencia es hermosa, pero no es más que un conjunto
de imperfecciones...
El estudiante.—¡Increíble! ¡Habrá que hacer, pues, la
vista gorda! Es hermosa, sí, aunque un poco fría. ¿Por qué no encendéis la
estufa?
La joven.—Porque se llena todo de humo.
El estudiante.—¿No se puede deshollinar la chimenea?
La joven.—¡Es inútil!... ¿Ves ese escritorio?
El estudiante.—¡Un mueble espléndido!
La joven.—Pero cojea. Todos los días le pongo un
tro-cito de corcho debajo de la pata, pero la criada lo quita cuando limpia y
al día siguiente tengo que poner otro nuevo. Todas las mañanas encuentro la
pluma y el recado de escribir manchados de tinta. Y yo tengo que ir detrás de
ella limpiando lo que ensucia, todos los días del año... (Pausa.) ¿Cuál
es el trabajo que menos te gusta?
El estudiante.—¡Clasificar la ropa sucia! ¡Uf!
La joven.—¡Ese es mi trabajo! ¡Uf!
El estudiante.—¿Y qué más?
La joven.—Que me despierten en el mejor de los sueños
y tener que levantarme para echar el seguro de la ventana... porque la criada
se olvidó de hacerlo.
El estudiante.—¿Y qué más?
La joven.—Subirme a una escalera para arreglar la
cuerda del tiro de la estufa que rompió la criada.
El estudiante.—¿Y qué más?
La joven.—Ir detrás de ella barriendo, limpiando el
polvo y encendiendo la estufa..., ella no hace más que poner la leña. Atender
el tiro de la estufa, secar los vasos, volver a poner bien la
mesa, descorchar las botellas, abrir las ventanas para ventilar la casa, volver
a hacer bien mi cama, enjuagar la botella del agua cuando ya
está verde de posos, comprar cerillas y jabón que nunca hay en casa, limpiar
los tubos de los quinqués y cortarles la mecha para que no humeen, y si quiero
estar segura de que no se me van a apagar cuando tenemos invitados, tengo que
llenarlos de petróleo yo...
El estudiante.—¡Toca algo!
La joven.—¡Espera!... Primero están los trabajos, los
esfuerzos necesarios para que no entre aquí la suciedad de la vida.
El estudiante.—Pero vosotros sois ricos. Tenéis dos
criadas.
La joven.—¡Es inútil! ¡Daría igual tener tres! La vida
es muy trabajosa, y a veces estoy tan cansada... ¡Imagínate además un cuarto
con niños!
El estudiante.—La mayor de las alegrías...
La joven.—Y la más cara... ¿Es que vale la pena que
uno se dé tantos trabajos para vivir?
El estudiante.—Depende de la recompensa que uno espere
de su trabajo... Yo estaría dispuesto a todo por conseguir tu mano.
La joven.—¡No digas eso!... ¡No la conseguirás nunca!
El estudiante.—¿Por qué?
La joven.—¡No me lo preguntes!
(Pausa.)
El estudiante.—Dejaste caer la pulsera por la
ventana...
La joven.—Se me cayó porque mi muñeca ha adelgazado
tanto...
(La cocinera aparece con un frasco, con
etiqueta japonesa, en la mano.)
La joven.—Ahí tienes a la que me está devorando, a mí
ya todos nosotros.
El estudiante.—¿Qué lleva en la mano?
La joven.-¡Es el frasco de colorante con esas
letras que parecen escorpiones! ¡Es la soja, que convierte el agua en caldo,
que sustituye las salsas, que lo mismo usa para cocer la col que para hacer
sopa de tortuga!
El estudiante.—¡Largo de aquí!
La cocinera.—Ustedes nos chupan nuestra sangre y
nosotros les chupamos la suya. Nosotros les sacamos la sangre y les devolvemos
agua teñida... ¡Aquí está el colorante!... ¡Ahora me voy, pero seguiré en esta
casa hasta que me dé la gana! (Sale.)
El estudiante.—¿Por qué le dieron a Bengtsson la
medalla?
La joven.—Por sus grandes virtudes.
El estudiante.—¿Es que no tiene defectos?
La joven.—Sí, enormes. Pero por los defectos no dan
medallas.
(Ambos sonríen.)
El estudiante.—Esta casa está llena de secretos...
La joven.—Como las demás... ¡Déjanos conservar los
nuestros!
El estudiante.—¿Amas la sinceridad?
La joven.—Sí, con mesura.
El estudiante.—A veces me invade un rabioso deseo de
decir todo lo que pienso, pero sé que el mundo se hundiría si los hombres
fuésemos totalmente sinceros. (Pausa.) El otro día estuve en
un funeral..., en la iglesia..., fue una ceremonia muy solemne y hermosa.
La joven.—¿El funeral del señor Hummel?
El estudiante.—Sí, el de mi falso benefactor... En la
cabecera del féretro estaba un viejo amigo del difunto presidiendo el duelo.
Pero el que más me impresionó fue el pastor, con su digna actitud y sus
emocionadas palabras... Lloré, lloramos todos... Luego nos fuimos a un
restaurante... Allí me enteré de que el amigo que presidía el duelo había
estado enamorado del hijo del difunto...
(La joven lo mira fijamente, como tratando de
descifrar el sentido de la frase.)
El estudiante.—Y que el difunto había conseguido un
préstamo del admirador de su hijo... (Pausa.) Al día
siguiente, detuvieron al pastor por un desfalco en la caja parroquial... ¡Qué
maravilla!
La joven.—¡Uf!
(Pausa.)
El estudiante.—¿Sabes lo que pienso de ti ahora?
La joven.—¡ No me lo digas porque me
moriría!
El estudiante.—¡Tengo que decírtelo, si no me
muero!...
La joven.—En el manicomio la gente dice todo lo que
piensa...
El estudiante.-—¡Exacto!... Mi padre acabó en un
manicomio. ..
La joven.—¿Estaba enfermo?
El estudiante.—No, ¡estaba sano, pero estaba loco!
Bueno, todo estalló un día, de repente, y ocurrió así... El, como todo el
mundo, se relacionaba con un grupo de individuos a los que, por mor de la
brevedad, él llamaba amigos. Era una pandilla de canallas, evidentemente, como
suele ser la gente. Pero como él no podía vivir solo, tenía que alternar con
alguien. En fin, uno no anda por ahí diciéndole a la gente lo que piensa de
ellos y él tampoco lo hacía. Pero sabía muy bien lo hipócritas que eran, estaba
al cabo de la calle de su perfidia... Como era un hombre inteligente y bien
educado, se comportaba siempre" con gran cortesía. Pero un día dio una
gran fiesta..., fue por la noche. Estaba cansado de la larga jornada de trabajo
y de los esfuerzos que tenía que hacer para hablar de tonterías con unos
invitados y mantenerse en silencio con otros...
(La joven está horrorizada.)
El estudiante.—Pues bien, cuando estaban sentados a la
mesa, pidió silencio, cogió su copa y se levantó para pronunciar unas
palabras... Se lanzó a tumba abierta. En un largo discurso desnudó a toda la
concurrencia, a uno detrás de otro, echándoles en plena cara toda su
hipocresía. ¡Hasta que, ya cansado, se sentó en mitad de la mesa y los mandó a
todos al infierno!
La joven.—¡Uf!
El estudiante.—¡Yo estaba allí y no me olvidaré nunca
de lo que pasó a continuación!... ¡Mi padre y mi madre comenzaron a pegarse,
los invitados se precipitaron hacia la puerta... y a mi padre se lo llevaron al
manicomio, donde murió (Pausa.) Un silencio demasiado
prolongado va segregando un líquido que se pudre como el agua estancada. Eso es
lo que ha ocurrido en esta casa. ¡Aquí hay algo podrido! ¿Y yo que creía que
era el paraíso! Sí, cuando te vi entrar aquí por primera vez... Un domingo por
la mañana me paré ahí enfrente y me puse a mirar hacia aquí. Y vi un coronel
que no era coronel, encontré un noble benefactor que era un bandido y acabó
ahorcándose, vi a una momia que no lo era y a una doncella... y a propósito,
¿dónde está la virginidad? ¿Dónde la belleza! ¡En la naturaleza y en mi mente
cuando está bien endomingada! ¿Dónde están el honor y la fe? En los cuentos de
hadas y en las funciones teatrales para niños. ¿Dónde hay algo que cumpla sus
promesas?... ¡En mi fantasía! Tus flores me han envenenado y yo les he devuelto
su veneno. Yo te pedí que fueses mi esposa, nos pusimos a escribir versos, a
cantar y a tocar el arpa, y entonces entró la cocinera... ¡Sursum
Corda! Trata de sacar otra vez fuego y púrpura de la dorada arpa...
Inténtalo, te lo pido, te lo ruego aquí de rodillas... Bien, ¡lo haré yo! (Se
sienta al arpa y trata de tocar, pero las cuerdas están
mudas.) ¡Está muda y sorda! ¡Y pensar que. las flores más bellas son
las más venenosas! Una maldición pesa sobre toda la creación y la vida... ¿Por
qué no quisiste ser mi esposa? Porque estás enferma en la fuente de la vida...
Ahora noto cómo empieza a chuparme la sangre el vampiro de la cocina..., creo
que es una Lamia que se bebe la sangre de los niños. Es siempre en la cocina
donde se pervierte la pureza de corazón de los niños, si no es en el
dormitorio... Hay venenos que debilitan la vista y venenos que la aguzan... Á
mí, al nacer, debieron de darme este último, porque yo no puedo ver belleza en
la fealdad, ni llamar bien al mal. ¡No puedo! Jesucristo descendió a los
infiernos; en realidad anduvo caminando por el mundo, por este mundo que no es
más que un manicomio, una cárcel un depósito de cadáveres. Y los locos lo
mataron cuando trató de liberarlos. Pero al bandido lo pusieron en libertad, el
bandido siempre despierta todas las simpatías!... ¡Maldición! ¡Que caiga la
maldición sobre nosotros! ¡Ay! ¡Pobres de nosotros! Redentor del mundo,
¡sálvanos que perecemos!
(La joven se ha desplomado, al parecer
agonizante, y toca la campanilla. Entra Bengtssón.)
La joven.—¡Trae el biombo! ¡De prisa..., me
muero!
(Bengtssón vuelve con el biombo, lo abre y lo
coloca delante de La joven.)
El estudiante.—¡Viene la Libertadora! ¡Bienvenida tú,
pálida ,y gentil! Duerme, hermosa criatura, alma infortunada e inocente, tú que
sufriste sin culpa, duerme ahora sin sueños y cuando despiertes, ojalá te acoja
un sol que no queme, en una casa sin polvo, ojalá te acojan unos amigos sin
ignominia y un amor sin mácula... ¡Tú, sabio y dulce Buda, que estás ahí
esperando que nazca un cielo de la tierra, danos paciencia en las tribulaciones
y pureza en la voluntad para que la esperanza no se vea nunca burlada!
(Se oye un susurro procedente de las cuerdas del arpa.
La habitación se llena de luz blanca.)
Vi el sol, y me pareció
haber visto al Oculto.
Los hombres se deleitan con el fruto de sus obras.
Feliz aquel que practica el bien.
El acto cometido por impulso de la ira
no podrás repararlo con la maldad.
Consuela con tu bondad
al que has apenado y serás recompensado.
El que no ha cometido ningún mal no teme a nadie.
Es hermoso ser inocente.
(Se oye un gemido detrás del biombo.)
Pobre chiquilla, hija de este mundo de ilusiones, de
culpa, de sufrimiento y de muerte. ¡El mundo de la eterna mutación, del
desengaño y del dolor! ¡Que el Señor de los Cielos te sea propicio en el viaje!
(Desaparece la habitación. En el fondo aparece el
cuadro de Boecklin «La isla de los muertos». De la isla nos viene una música
suave, serena, agradablemente melancólica.)