Angélica Liddell
Angélica Liddell (nacida
como Angélica González en 1966) es una dramaturga, directora y actriz española
que ha transformado la escena contemporánea. Su teatro no es complaciente; es visceral,
extremo y profundamente poético. En 1993 fundó la compañía Atra Bilis,
con la que ha explorado temas tabú como la violencia, el dolor, la necrofilia,
el sexo y la muerte.
Recientemente, en septiembre
de 2025, fue galardonada con el Premio Nacional de Teatro,
consolidando una carrera que ya contaba con hitos como el León de Plata de la
Bienal de Venecia (2013) y ser la primera artista española en inaugurar el
Festival de Avignon (en 2024 con Dämon. El funeral de Bergman). Su
estilo se define por el "sacrificio como acto poético": utiliza su
propio cuerpo y sus obsesiones para sacudir al espectador, alejándose de
cualquier convención burguesa.
Introducción: La anatomía del
desencanto
Angélica Liddell nos
entrega en La falsa suicida una de sus obras más viscerales y
desmitificadoras. Aquí, el eco de Shakespeare no es una herencia noble, sino un
residuo amargo. La Ofelia de Liddell no flota entre flores en un río romántico;
se exhibe tras el cristal de un peep-show, mercantilizando su desnudez
para sobrevivir a una muerte que no llegó. Frente a ella, un Horacio que ya no
es el confidente estoico, sino un cuerpo roto por el sacrificio inútil, un
hombre que se convirtió en "asesino de gatos" para financiar el
diálogo con su propia tragedia.
La obra explora la dialéctica entre el cuerpo
roto y el cuerpo expuesto. Es un interrogatorio constante sobre el dolor,
la culpa y la mentira. El giro final —ese "me caí" en lugar del salto
voluntario— desmonta la épica del suicidio y nos devuelve a la cruda
contingencia de la existencia: no somos héroes de tragedia, sino seres que
resbalan, que sangran por la nariz y que terminan buscando, en la oscuridad de
un almacén, una verdad que el resto del mundo ya no quiere mirar.
LA FALSA SUICIDA
De Angélica Liddell
PERSONAJES
·
OFELIA: Chica porno. Habla desde una cabina de peep-show.
·
HORACIO: Lisiado, tullido. Habla desde un almacén donde tortura muñecas de
trapo.
PRÓLOGO
OFELIA: Las mujeres desnudas somos como
los muertos. Nadie puede dejar de mirarnos. ¿Qué tendrán nuestros pezones y el
pico peludo de nuestro vientre? Qué cosa fatídica. Irremediable. Qué
pestilencia. Y qué tendrán los ojos que miran y miran y miran. Y si no estoy
muerta no me queda más remedio que estar desnuda. Estoy desnuda porque no estoy
muerta. Aquel día a punto de matarme y sin bragas. Sin bragas. Allí empecé a
trabajar. Todas las cabecitas mirándome. Igual que ahora. Cabecitas. Otra
moneda, otra, otra, otra, mírame, mastúrbate, echa monedas hasta que me desnude
del todo y te ensucies la mano, mírame, mastúrbate, mírame desnuda para que
pierda la vergüenza cuando entre en la sala de autopsias.
HORACIO: Y yo matando gatos por tu
culpa. El hombre del saco. Crustáceo funerario. Cangrejo de luto. El que ahoga
animalitos en la piscina de tu rascacielos. Desde aquel día no he encontrado un
trabajo más digno. Matarife por compasión. ¿Te has bañado en esa piscina? ¿Has
disfrutado del agua clara? Tú, la que ahora te ríes sin parar en ese burdel de
juguete, tú, la que antes sólo quería morir. ¡Morir! ¿Recuerdas? ¿Te has
tragado alguna vez un pelo de gato mientras nadabas? ¿Se te ha prendido alguna
uña rota en el bikini? No te puedes imaginar cómo se mueve el saco antes de
sumergirlo en el agua. Y no te puedes imaginar lo quieto que está cuando lo
levanto. Y sobre todo, no te puedes imaginar la cantidad de lágrimas que
derramo por esos pobres animales. Así que hace un año te arrojaste por la
ventana, con ganas de morirte, y ahora te bañas en la piscina, te sobas las
tetas en un carrusel, y te ríes a carcajadas hasta enseñar las encías y una
dentadura brutal. Y yo desde aquel jodido día tengo que llorar, y tengo que matar
los gatos que molestan a tus vecinos, que te molestan a ti, quinientas por
gato, y a veces los cazo en otras piscinas pero los ahogo en la tuya, y me
pagan también por los gatos que no te molestan. Y al final consigo comer,
comer. Pero sólo comeré en paz cuando sepa... ¿Por qué te arrojaste por la
ventana? ¿Por qué deseabas la muerte? ¿Por qué?
PRIMER INTERROGATORIO: ENCUENTRO
EN EL PEEP-SHOW
OFELIA: (Ríe a carcajadas)
HORACIO: No sabes los gatos que tengo
que matar para hablar contigo. Sólo apretar el botón y llamarte me cuesta las
cuatro patas de un gatito negro. Así que haz el favor, contesta rápido, ¿Qué es
eso de Ofelia? Nadie se llama así.
OFELIA: Tengo buenas razones para
llamarme Ofelia.
HORACIO: Si a ti te llaman Ofelia yo me
llamaré Horacio.
OFELIA: ¡Horacio! Así llaman a los
comodines.
HORACIO: Es un buen nombre para hablar
con otro comodín. Con otra sombra.
OFELIA: Te equivocas. Aquí toda la luz
es mía. Eres tú el que estás a oscuras. Los que pagan siempre están a oscuras.
Van a tientas, sorteando las tinieblas, buscando algo que conteste a sus
preguntas. Algo que les llene de felicidad.
HORACIO: Y yo te pregunto, ¿por qué
trabajas aquí?
OFELIA: Disfruto.
HORACIO: ¿Te gusta?
OFELIA: Me gusta.
HORACIO: He visto a mujeres vomitando
después de trabajar.
OFELIA: Yo no vomito.
HORACIO: ¿No has vomitado una sola vez?
OFELIA: No.
HORACIO: ¿No has odiado a tu jefe?
OFELIA: No.
HORACIO: ¿No has odiado a los hombres?
OFELIA: No.
HORACIO: ¿No has odiado este olor? Este
olor insoportable.
OFELIA: No. (Ríe)
HORACIO: Te gusta.
OFELIA: Me gusta. Es mi oportunidad.
Nunca tuve buenas frases. Me robaron el papel. Ni siquiera muero en escena.
HORACIO: ¡No me hables de Ofelia!
OFELIA: Este es el teatro de Ofelia.
Todas las palabras son de Ofelia. Todas las braguetas, todas las pajas, todo el
amor.
HORACIO: Todas las mentiras.
OFELIA: Todos los locos. Pídeme.
HORACIO: Tu pasado. Quiero tu biografía.
OFELIA: Arriba y abajo, mueve tu mano
derecha.
HORACIO: No sé si amas a los animales.
Pero si pudiera meter el saco por la ranura, te darías cuenta de tu precio. Dos
gatos, dos gatos entregan su alma a causa de tu incompetencia.
OFELIA: No puedo hablar más rápido.
HORACIO: ¡Tu pasado!
OFELIA: Un padre, una madre, un
colegio, un novio a los quince, un polvo a los dieciocho... (Ríe)
HORACIO: ¿De qué te ríes?
OFELIA: Los gatos... ¿Es una broma?
HORACIO: Esta madrugada cuando vuelvas a
casa asómate a la piscina, dejaré uno flotando.
OFELIA: Calla, qué horror... ¿Por qué
lo haces?
HORACIO: Ya empiezas a escuchar. Ya
empiezas a entender. Y si hiciera falta para que entendieras mejor, y con tal
de no pasar hambre, en vez de gatos sacaría a los niños de sus cunas y me los
colgaría al cinto como un manojo de perdices.
OFELIA: Bueno, tú pagas, tú miras, tú
insultas, tú amas. Cuando salgas de esa cabina oscurísima, digas lo que digas,
tendrás razón.
HORACIO: Lo dejo por hoy. Unas monedas
para cenar. No hay que pasar hambre. No hay que pasar hambre. ¡Ah! Una moneda
más. Una cría recién parida para decirte, cuando veas a un mendigo en la calle,
empapado en meados propios y ajenos, con la polla al aire, vomitando mocos,
piensa, sólo piensa, que no nació así.
OFELIA: ¿Te has masturbado? Horacio,
¿te has masturbado?
MONÓLOGO DE HORACIO
HORACIO: Lo hago por dinero. Sólo por
dinero. Porque soy pobre y estoy enfermo, y mi casa es oscura y húmeda, y mi
alimento escaso. Y el agua siempre sale fría, y comparto colchón con insectos
corredores, y el invierno es invierno a todas horas. En fin, los pobres, ¿no
has oído hablar de los jodidos pobres? Y observo tu alegría, tu carcajada de
yegua, tu olvido, como si nunca hubieras querido morirte, como si nunca te
hubieras arrojado por una ventana, como si no existiera el dolor, mi dolor. Y
pensar que antes yo también me reía. Antes, antes, antes... Antes de salvarte.
Antes de que tus kilos me partieran los huesos. ¿Por qué no te lanzaste otra
vez? ¿Tan enclenque era tu propósito? La ventana, la ventana... (Dibuja una
ventana imaginaria en el aire). No siempre van a recogerte los brazos de un
hombre dispuesto a todo, no siempre va a destrozarse una osamenta para que tú
recuperes las ganas de vivir. ¡Ah! Me amarga tu capricho. He esperado día tras
día, con paciencia de columna, que volvieras a intentarlo, he perseguido en tu
cara un visaje de angustia, un pliegue atormentado, la mueca del infortunio.
Ja. Tu plenitud es un escarnio para mi invalidez. Nada en ti justifica mi
cuerpo roto, o mi sacrificio, o mi penuria. Nada. Es decir, tus motivos no eran
tan importantes, podías haber prescindido de la ventana, no hay nada en el
mundo tan importante, daba igual, morir o no, había un pobre idiota debajo, uno
más que pasaba, uno que podía vivir sin espinazo, uno cualquiera, un imbécil
que extendió sus brazos de cuna para salvarte. Y a estas alturas, desde mi
caparazón, todavía me pregunto: ¿Por qué te arrojaste por la ventana? ¿Por qué
deseabas la muerte? Al menos necesito saber eso para no aborrecerte tanto.
MONÓLOGO DE OFELIA
OFELIA: Y el hombre de los brazos
fuertes me recogió. Supongo que era un hombre, digo supongo porque no le vi la
cara. Me ofuscó la vergüenza. ¡Sin bragas, sin bragas! Desde un quinto y sin
bragas, qué vergüenza. Soltar una risotada y echar a correr, ¿qué iba a hacer
sino? A nadie se lo pude contar. A nadie. Sólo después pensé en los milagros,
había sido un milagro, ningún hueso roto, ni un arañazo, como se suele decir, y
pensé en el hombre de los brazos fuertes, que se quedó a oscuras, envuelto en
las tinieblas, porque no le vi la cara, como a ti, que tampoco te veo, a
oscuras. Sigue mirando. Sigue mirando. Te doy tanto por tan poco. Te doy un
cuerpo recién nacido. La piel. ¿Hay algo más inocente, más raso, más indefenso
que la piel? En mi piel empiezo y en mi piel acabo. No te quejarás de honradez.
Aprovecha. La oscuridad te protege, te bendice, te encabrita, te hace bueno, te
proporciona el valor suficiente para ultrajarme. Desde esa oscuridad que
compras siempre te creerás mejor que yo. Pero yo estoy viva, ¡viva!, mientras
sigas mirando.
LA FALSA SUICIDA
(Continuación)
SEGUNDO INTERROGATORIO:
ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW
OFELIA: (Ríe a
carcajadas).
HORACIO: ¿Cómo te puedes
reír tanto? ¿Cómo puedes ser tan idiota? Tu estridencia me pone enfermo. Me
revuelve el estómago.
OFELIA: ¡Al convento! ¡Al
convento! (Vuelve a reír).
HORACIO: ¡Qué barbaridad!
¡Qué tragazón! Quieres apoderarte de todas las frases. ¡Vaya comilona! ¿Qué ha
pasado con tu falta de apetito?
OFELIA: A ti, Horacio,
también te hubiera gustado ser más que un oyente. Ahora que los protagonistas
nos han abandonado tienes una oportunidad. Habla.
HORACIO: Allá cada uno con
sus complejos. Por lo que veo tú le has dado una patada a la tristeza.
OFELIA: Al diablo con el
príncipe. Por fin Horacio y Ofelia se encontraron y hablaron de sus cosas.
HORACIO: ¿A qué precio?
OFELIA: Al que yo marco.
HORACIO: ¿Viste al gato,
flotando en la piscina?
OFELIA: No me asomé.
HORACIO: Ingrata. He
perdido tres platos calientes por dejar al gato en el agua. Ingrata. Ingrata.
OFELIA: ¿Cuándo vas a
empezar?
HORACIO: ¿Empezar?
OFELIA: A masturbarte. ¿Lo
estás haciendo?
HORACIO: ¿Es lo único que
te importa?
OFELIA: Es el orgullo de
mi trabajo. De mi cuerpo.
HORACIO: Mi cuerpo, mi
cuerpo, mi cuerpo... Por fin a Horacio y a Ofelia les creció el cuerpo, como si
el cuerpo fuera una planta que nos siembran en el nombre. ¿Te gustaría ver cómo
ha crecido el mío?
OFELIA: Si no te masturbas
me obligas a pedirte más dinero. El tiempo pasa.
HORACIO: Más animales
muertos, ¿sólo por hablar?
OFELIA: Hablar es lo más
peligroso.
HORACIO: Entonces, si te
pago por hablar, si hoy me quedo sin comer sólo por hablar contigo, si dices
que por hablar nos asedia el peligro, entonces tendrás que correr algún riesgo.
OFELIA: ¿Hay algo más
inocente, más raso, más indefenso que la piel?
HORACIO: Tendrás que
contestar a mis preguntas.
OFELIA: Vete a comer
Horacio, come.
HORACIO: No puede ser. Ya
está. Ya está. Ya han caído las monedas. Pagar por enjaular a alguien. Pagar
para que permanezcas presa en esa cajita ridícula. Si no dejara de echar
monedas podría tenerte ahí, capturada, para siempre.
OFELIA: Sería tu esposa.
HORACIO: Mi esclava.
OFELIA: Y yo te pediría
más de lo que puedes pagar. Y el esclavo serías tú.
HORACIO: Esclavos los dos.
OFELIA: Tú pagas, tú
miras, tú insultas, tú amas, tú te quedas sin comer. Soy una buena Ofelia, un
cebo sin voluntad.
HORACIO: ¿A ti no te gusta
mirar?
OFELIA: Aquí toda la luz
es mía.
HORACIO: Te aseguro que
nadie puede pasar a mi lado sin mirarme.
OFELIA: ¿Nos parecemos?
HORACIO: ¿No has mirado
nunca hacia atrás, hacia un lado, hacia el otro, para ver, ver a quién tienes
cerca?
OFELIA: No miro porque no
le tengo miedo a nada. Puedo vivir sin mirar.
HORACIO: Alguien te
advirtió: teme, Ofelia, teme, la mayor seguridad estriba en el temor.
OFELIA: Me hice valiente.
HORACIO: ¿Qué te pasó?
OFELIA: No lo sabe nadie. (Ríe
a carcajadas).
MONÓLOGO DE HORACIO
HORACIO: (Parodiando a
la Ofelia de Hamlet). Y yo, la más desconsolada y mísera de las mujeres,
que gusté algún día la miel de sus promesas. Oh, dulce príncipe, veo ahora
aquel noble y sublime entendimiento desafinado. Oh, cuánta, cuánta, cuánta es
mi desdicha de haber visto lo que vi para ver ahora lo que veo. ¡La ventana, la
ventana! Que los sepultureros vayan preparando sus herramientas y los
esqueletos su mejor baile. (Abandona la parodia). ¡Ah! ¿Dónde están las
niñas doradas? Conservadas en llanto. Gritando en sus bañeras. ¿Dónde están
esas mandíbulas desesperadas? ¿Dónde? ¿Dónde están aquellas niñas románticas,
de ojos vesánicos, al pie de la tempestad, dispuestas a ser tragadas por la naturaleza?
Si pudiera ofrecerle un motivo para que enmendara su falta. Si pudiera
conseguir un sobresalto en su rostro. No de asco, no de enfado sino de
melancolía. Si encontrara el modo de ensombrecer su mirada. Un motivo, hace
falta un motivo para que rezume en su frente un profundo cansancio, el
cansancio que nos produce la vida, nada más que la vida. Si consiguiera que
inclinara el cuello hacia un lado, así, dejando caer la cabeza como si la
hubieran lastrado de incertidumbre y de tiempo. Le hace falta realidad. Si
pudiera hacerla morir en escena.
TERCER INTERROGATORIO:
ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW
OFELIA: No, no, no, no es
posible.
HORACIO: Está escrito.
Debajo de la ranura tragaperras o tragagatos. Dice que podemos llegar a un
acuerdo.
OFELIA: Es demasiado caro.
No puedes pagar. No hay tantos gatos en la ciudad.
HORACIO: Hoy he robado mi
primera cartera.
OFELIA: Puedo pedirte más.
Mucho más.
HORACIO: Entonces los
gritos de ese viejo, sus lágrimas espesas, su ataque, pobrecillo, de un empujón
ha caído al suelo, se arrastraba como una lombriz, reclamando su miserable
pensión, ese viejo digo, ¿se ha arrastrado en vano?
OFELIA: Aquí nunca han
entrado los de la parte oscura.
HORACIO: Es sólo una
muñeca.
OFELIA: Nunca he visto las
caras del otro lado.
HORACIO: Ese viejo se ha
quedado sin cartera por ti.
OFELIA: La luz es mía.
HORACIO: Alguna vez
tendrás que mirar.
OFELIA: ¿Por qué? ¿Por qué
hay que mirar? No es mi papel.
HORACIO: Si la luz es solo
tuya empléala en tus ojos.
OFELIA: (Tocándose el
pubis). ¡Aquí tengo los ojos!
HORACIO: No menosprecies
tus ojos.
OFELIA: Mis ojos...
HORACIO: ¿Te acuerdas de
aquella escena, cuando Horacio acompaña a Ofelia hasta sus aposentos?
OFELIA: Aquella escena no
se ve.
HORACIO: Te digo que
Horacio acompañó a Ofelia.
OFELIA: ¿Tú crees que
Horacio y Ofelia...?
HORACIO: Entro.
(Horacio entra en la cabina
porno junto a Ofelia).
CUARTO INTERROGATORIO: DENTRO
DE LA CABINA
HORACIO: (Saca recortes
de periódico de alguno de sus bolsillos). Quince hombres asesinados a
cuchillo. Avión siniestrado: trescientos muertos. No hay supervivientes.
Catorce mil muertos a causa de las inundaciones. Sepultados en una mina. No hay
supervivientes. Atentado terrorista con coche bomba: trece muertos. Cadáveres
irreconocibles. Hallada en avanzado estado de descomposición. Matanza en las
afueras. Cuarenta niñas degolladas. No hay supervivientes. Fosa común. Todos
recién nacidos. Los quemó vivos. ¿No es suficiente?
OFELIA: Horacio,
mastúrbate.
HORACIO: ¿No es suficiente
para desear la muerte?
OFELIA: Mastúrbate, por
favor.
HORACIO: Mi padre se
enamoró de otra mujer. Era una mujer muy joven y muy hermosa. Y se fugó con
ella a otro país, un país lejano, y tan hermoso como su amante. Entonces mi
madre, que también era hermosa, se encerró en el baño y estuvo de pie,
mirándose al espejo cinco horas seguidas. Después se metió en la cama con una
botella de amoniaco y se la bebió. Estuvo vomitando una semana. Hasta que echó
el estómago por la boca. Tenía treinta y cinco años y la cara pintada con
bolígrafo. Se había dibujado las arrugas. Las arrugas... Cuatro, cinco, no más.
Tenía treinta y cinco años pero se murió de vieja. No de amor, no de celos. De
vieja. Yo también tengo una arruga, aquí, en el cuello, es tan honda que los
bichos pueden dormir dentro de ella. He cumplido treinta y parezco tu abuelo.
Tócate el cuello, vamos. Algún día a ti te pasará lo mismo, y no pedirás luz
sino penumbra. Y nadie te volverá a mirar. Serás tú la que mires y mires y
remires la lisura, la pureza de las caras nuevas. Y sólo podrás pensar en las
cosas que no hiciste. Y nunca te volverán a dar el papel de Ofelia, virgencita
suicida. Es el tiempo, Ofelia, el tiempo.
OFELIA: Horacio,
mastúrbate.
HORACIO: A los treinta
tienes cuarenta. A los cuarenta te sientes como uno de cincuenta y cinco, y
cuando llegan los cincuenta y cinco crees que ya has muerto.
OFELIA: Córrete ya.
HORACIO: Hay dos opciones:
volverse loco o trabajar, envejecer y morir.
OFELIA: Horacio...
HORACIO: ¿Para qué me
esfuerzo en convencerte? Solamente hay que esperar.
(Ofelia llora por primera vez.
Horacio sale de la cabina conmovido, extraño, temblando).
OFELIA: Ojos que no ven...
Ojos que no ven... Haber visto lo que vi. Para ver ahora lo que veo. Ese
hombre. Ese hombre... Qué eterna se me hace la espera. Le estoy esperando.
Realmente le estoy esperando. ¡Ah! El tiempo. Es el tiempo.
HORACIO: ¿Dónde ha quedado
la venganza? Se ha deslizado de repente por el tobogán de su cuello, su cuello
inclinado, su cuello castigado por el tiempo, su precioso cuello.
QUINTO INTERROGATORIO:
ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW
OFELIA: Ayer te vi unos
bultos. En la espalda.
HORACIO: Deben de ser las
alas, que crecen. El ángel de la guarda se abre paso por entre las paletillas.
OFELIA: ¿Te duele?
HORACIO: Sí.
OFELIA: No eches más
monedas. No ahogues a más gatos.
HORACIO: ¿Y los que ya
murieron? Ojalá pudiera resucitar a los gatos que murieron. Y a los que
seguirán muriendo para darme de comer.
OFELIA: Yo trabajaré para
darte de comer. No me tocará la luz del día para darte de comer. Las monedas de
los mirones serán para tu comida. Cualquier postura, cualquier brutalidad,
meteré en mi cuerpo todo lo que pidan, todo si sé que estás comiendo. Es una
deuda inconsolable. Inconsolable. Llevo en la frente la señal del moroso
patético. Tan escandalosa es la fortuna que debo que me han embargado hasta las
vértebras. Y ahora me asfixio en el gas de una generosidad enfermiza. Será el
gas del amor. No es por gratitud sino por culpa. Me siento totalmente culpable.
Culpable de tu vida ortopédica. Mi obsesión consiste en darte todo. Todo, todo,
todo, todo, todo... Trasladar esta cabina a tu dormitorio y a tu letrina.
Entregarte la existencia que preservaste con tu esqueleto. Me siento totalmente
culpable. Culpable, culpable, sí.
HORACIO: ¿Qué dices?
OFELIA: Sé quién eres.
(Horacio se levanta
acobardado, se tropieza y cae).
OFELIA: Por fin te he
visto y te he mirado.
HORACIO: Me había
acostumbrado a la oscuridad.
OFELIA: ¿Por qué no me lo
dijiste? ¿Por qué no me buscaste antes? ¿Por qué callaste? ¿Te arrepientes de
que te haya visto? ¿Te arrepientes de que sepa quién eres? ¿Cómo querías que me
enterara? ¿Te arrepientes de haber entrado a la luz?
HORACIO: ¿Pensaste alguna
vez en mí? ¿Por qué lo has adivinado? ¿Por qué no me miraste aquel día? ¿Te
arrepientes de haberme visto? ¿Te arrepientes de saber quién soy?
OFELIA: No sé contestar a
tus preguntas.
HORACIO: Yo tampoco sé
contestar a las tuyas.
OFELIA: Por fin estamos
los dos bajo el foco.
HORACIO: Con tanta luz
siento vergüenza de mi tronco.
OFELIA: Y yo de mis
pechos. Horacio, no me mires.
HORACIO: No te miro. Te
doy la espalda.
OFELIA: Rompí tu espalda.
HORACIO: He soñado con
insultarte, con dejarte tullida, con verte muerta, y ahora no sé qué decir.
OFELIA: (Comienza a
sangrarle la nariz y emite un ligero quejido).
HORACIO: (Reacciona
inmediatamente dirigiendo su mirada al cristal que los separa). ¿Qué te
pasa?
OFELIA: Nada. La nariz. Me
sangra.
HORACIO: Te sangra.
OFELIA: No me mires.
HORACIO: No estoy mirando.
OFELIA: Sucede. Un día sí,
otro no. Es la cabeza. Me duele. Y la nariz que sangra.
HORACIO: Duele y sangra.
OFELIA: Me vendría bien un
descanso.
HORACIO: Sí.
OFELIA: Sentarme un rato.
HORACIO: Claro.
OFELIA: Es un mareo...
HORACIO: Te mareas.
OFELIA: Horacio...
HORACIO: ¿Qué?
OFELIA: Si me dejaras...
HORACIO: ¿Dejarte?
OFELIA: Descansar.
HORACIO: ¡Ah! Sí, sí.
OFELIA: Adiós Horacio.
HORACIO: Adiós.
OFELIA: Adiós.
HORACIO: Adiós.
MONÓLOGOS FINALES
HORACIO: ¡Volvería a poner
los brazos! ¡Volvería a poner los brazos! ¡Volvería a poner los brazos! ¡Dios
mío! ¡Volvería a ponerlos! ¡Volvería a poner los brazos! (Afloja la ira).
Volvería a poner mi espalda para que ella la rompiera. (Sonríe). Me ha
mirado y se ha convertido en laurel, qué digo, en romero, en hinojo, en
palomillas y ruda. Ofelia, yo restañaré tu sangre. ¿Me necesitas? ¿Me necesitas
Ofelia? Y si te corto las piernas, yo te ayudaré a caminar. Y si te corto las
manos, yo te peinaré. Y si te corto la lengua, yo hablaré por ti. Y si te
arranco el corazón... Me necesitas Ofelia, me necesitas.
(Le hace el amor a la muñeca).
OFELIA: Tus brazos,
Horacio, asistentes de príncipes moribundos, tan hechos ya a las últimas
voluntades, y a los pánicos postreros. Han sido tus brazos los que me han
devuelto el trayecto vertiginoso. Tus brazos, almohada final. Tus brazos,
imanes de la agonía. ¿Qué me van a devolver tus brazos sino la pasión por las
tumbas, por los cuervos y los paisajes escarpados? Tus brazos Horacio,
preparados para recoger el fracaso de nuestros órganos.
SEXTO INTERROGATORIO:
ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW
HORACIO: Lo he hecho.
OFELIA: ¿Te has
masturbado?
HORACIO: Sí. Hasta el
final.
OFELIA: ¿Pensabas en mí?
HORACIO: Pensaba mucho en
ti.
OFELIA: Pensabas en mí...
HORACIO: Quiero llevarte a
que lo veas. Quiero que lo veas. Tienes que verlo.
OFELIA: Ahora puedo verlo
todo Horacio. Quiero verlo todo.
HORACIO: Antes déjame
robar una frase. La que siempre quise decir. La que siempre envidié.
OFELIA: Roba, roba, todos
están muertos, nadie se enterará.
HORACIO: Es un juramento.
OFELIA: Juremos.
HORACIO: (Le coge la
mano). Mientras esta máquina exista.
OFELIA: Mientras esta
máquina exista.
SÉPTIMO DIÁLOGO: EN EL ALMACÉN
DE HORACIO
HORACIO: ¡Flores para
Ofelia! ¿Dónde se ha visto una Ofelia sin flores?
OFELIA: ¡Por fin merezco
las flores!
HORACIO: Ofelia, ¿de qué
moriremos?
OFELIA: Mi abuelo murió
completamente amarillo. Se le reventó alguna bolsa por dentro y le tintó la
piel.
HORACIO: Y eso de las
venas que se rompen en el cerebro y lo encharcan.
OFELIA: Y el corazón que
se para, cubierto de un pellejo tan duro y tan gastado que no le deja moverse.
HORACIO: Vi a mi tío
morir. El pecho le sonaba como si tuviera serpientes en un pozo. Y el aire no
le entraba, a pesar de que abría una boca enorme, no le entraba. Parecía un
pescado.
OFELIA: Una vecina murió
de una hemorragia, en su cama. La sangre olía a podrido, daban ganas de
vomitar. Teníamos que llevar un trapo en la boca empapado de colonia.
HORACIO: ¿Cuál será la
peor muerte, Ofelia?
OFELIA: La del otro, la
del otro. No podría soportar la muerte del otro.
HORACIO: ¿Temes el dolor?
OFELIA: Temo Horacio,
temo, temo más que nunca, todo, todo.
HORACIO: ¿Quién morirá
primero?
OFELIA: Yo, yo debería
estar muerta. Como las otras.
HORACIO: Las otras
murieron por ti.
OFELIA: No. Todos llevamos
encima nuestro propio cadáver.
HORACIO: ¿Es qué quieres
morirte Ofelia?
OFELIA: Debería estar
muerta. Y estoy desnuda porque no estoy muerta.
HORACIO: Así me basta
Ofelia, así.
OFELIA: No resistiré.
HORACIO: Yo he resistido.
OFELIA: Pero a mí...
HORACIO: Todos lloran,
todos.
OFELIA: Pero a mí, ya
sabes, al final me entierran.
HORACIO: Tú no te llamas
Ofelia.
OFELIA: Es cierto.
HORACIO: ¿Cómo te llamas?
OFELIA: Ana, Ana,
solamente Ana.
HORACIO: No te lo vas a
creer pero yo me llamo Horacio.
OFELIA: Horacio...
HORACIO: Y no quiero pagar
un precio tan alto a cambio de tu cuello inclinado, tu precioso cuello. Así me
basta, así. Ya no te odio, Ana, Ana...
OFELIA: Sí. Me llamo Ana.
HORACIO: Y tus flores, que
no son flores de entierro.
OFELIA: (Se pone rígida
de repente, se echa la mano a la nariz, le empieza a sangrar). Otra vez, la
sangre.
HORACIO: Déjame... (Intenta
ayudarla).
OFELIA: Otra vez...
HORACIO: La cabeza hacia
atrás.
OFELIA: Sí.
HORACIO: Shu... shu... (Intenta
calmarla).
OFELIA: ¡Horacio!
HORACIO: (Alarmado).
¿Qué? ¿Qué?
OFELIA: ¡No veo, Horacio,
no veo, no veo! ¡No veo!
HORACIO: ¿Ciega, ciega?
OFELIA: No veo.
HORACIO: Yo seré tus ojos,
tus ojos, Ana, Ana...
CONCLUSIÓN: EN EL ALMACÉN DE
HORACIO
HORACIO: Necesito saber
algo.
OFELIA: Lo que quieras. Te
lo debo todo. Eres mis ojos.
HORACIO: ¿Por qué sufrías?
¿Por quién? ¿Por qué te arrojaste por la ventana? ¿Por qué deseabas la muerte?
¿Por qué?
OFELIA: Pero yo,
Horacio...
HORACIO: Sí.
OFELIA: Yo no deseaba la
muerte.
HORACIO: ¿Qué?
OFELIA: Yo no me arrojé
por la ventana.
HORACIO: ¿Cómo?
OFELIA: Yo no me arrojé
por la ventana.
HORACIO: ¿No te arrojaste
por la ventana?
OFELIA: No.
HORACIO: ¿Entonces...?
OFELIA: Me caí.
(Silencio).
HORACIO: ¿Te caíste?
OFELIA: Me caí. Resbalé y
me caí. Como Ofelia, del árbol. Pero no me llamo Ofelia.
(Silencio).
HORACIO: (Llorando).
Y ahora no te caerás, no se romperá una rama por casualidad, no te servirá el
vestido de flotador hasta que de tan empapado te arrastre al fondo, por
casualidad, mientras cantas. No. Ahora serás tú la que prepares el salto, la
que prepares el salto, ¿verdad?
OFELIA: El resto es
silencio.
HORACIO: Esa es mi frase.
OFELIA: Esa es mi piscina.
HORACIO: (Al público).
¿Y vosotros? ¿Qué miráis? Se ha terminado vuestro tiempo. Se os han acabado las
monedas. ¡Fuera! ¡Dejadnos solos!