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sábado, noviembre 29, 2014

La falsa suicida. Angélica Liddell.














Angélica Liddell

Angélica Liddell (nacida como Angélica González en 1966) es una dramaturga, directora y actriz española que ha transformado la escena contemporánea. Su teatro no es complaciente; es visceral, extremo y profundamente poético. En 1993 fundó la compañía Atra Bilis, con la que ha explorado temas tabú como la violencia, el dolor, la necrofilia, el sexo y la muerte.

 

Recientemente, en septiembre de 2025, fue galardonada con el Premio Nacional de Teatro, consolidando una carrera que ya contaba con hitos como el León de Plata de la Bienal de Venecia (2013) y ser la primera artista española en inaugurar el Festival de Avignon (en 2024 con Dämon. El funeral de Bergman). Su estilo se define por el "sacrificio como acto poético": utiliza su propio cuerpo y sus obsesiones para sacudir al espectador, alejándose de cualquier convención burguesa.


Introducción: La anatomía del desencanto

 

Angélica Liddell nos entrega en La falsa suicida una de sus obras más viscerales y desmitificadoras. Aquí, el eco de Shakespeare no es una herencia noble, sino un residuo amargo. La Ofelia de Liddell no flota entre flores en un río romántico; se exhibe tras el cristal de un peep-show, mercantilizando su desnudez para sobrevivir a una muerte que no llegó. Frente a ella, un Horacio que ya no es el confidente estoico, sino un cuerpo roto por el sacrificio inútil, un hombre que se convirtió en "asesino de gatos" para financiar el diálogo con su propia tragedia.

La obra explora la dialéctica entre el cuerpo roto y el cuerpo expuesto. Es un interrogatorio constante sobre el dolor, la culpa y la mentira. El giro final —ese "me caí" en lugar del salto voluntario— desmonta la épica del suicidio y nos devuelve a la cruda contingencia de la existencia: no somos héroes de tragedia, sino seres que resbalan, que sangran por la nariz y que terminan buscando, en la oscuridad de un almacén, una verdad que el resto del mundo ya no quiere mirar.


LA FALSA SUICIDA

De Angélica Liddell





PERSONAJES

·       OFELIA: Chica porno. Habla desde una cabina de peep-show.

·       HORACIO: Lisiado, tullido. Habla desde un almacén donde tortura muñecas de trapo.



PRÓLOGO

OFELIA: Las mujeres desnudas somos como los muertos. Nadie puede dejar de mirarnos. ¿Qué tendrán nuestros pezones y el pico peludo de nuestro vientre? Qué cosa fatídica. Irremediable. Qué pestilencia. Y qué tendrán los ojos que miran y miran y miran. Y si no estoy muerta no me queda más remedio que estar desnuda. Estoy desnuda porque no estoy muerta. Aquel día a punto de matarme y sin bragas. Sin bragas. Allí empecé a trabajar. Todas las cabecitas mirándome. Igual que ahora. Cabecitas. Otra moneda, otra, otra, otra, mírame, mastúrbate, echa monedas hasta que me desnude del todo y te ensucies la mano, mírame, mastúrbate, mírame desnuda para que pierda la vergüenza cuando entre en la sala de autopsias.

 

HORACIO: Y yo matando gatos por tu culpa. El hombre del saco. Crustáceo funerario. Cangrejo de luto. El que ahoga animalitos en la piscina de tu rascacielos. Desde aquel día no he encontrado un trabajo más digno. Matarife por compasión. ¿Te has bañado en esa piscina? ¿Has disfrutado del agua clara? Tú, la que ahora te ríes sin parar en ese burdel de juguete, tú, la que antes sólo quería morir. ¡Morir! ¿Recuerdas? ¿Te has tragado alguna vez un pelo de gato mientras nadabas? ¿Se te ha prendido alguna uña rota en el bikini? No te puedes imaginar cómo se mueve el saco antes de sumergirlo en el agua. Y no te puedes imaginar lo quieto que está cuando lo levanto. Y sobre todo, no te puedes imaginar la cantidad de lágrimas que derramo por esos pobres animales. Así que hace un año te arrojaste por la ventana, con ganas de morirte, y ahora te bañas en la piscina, te sobas las tetas en un carrusel, y te ríes a carcajadas hasta enseñar las encías y una dentadura brutal. Y yo desde aquel jodido día tengo que llorar, y tengo que matar los gatos que molestan a tus vecinos, que te molestan a ti, quinientas por gato, y a veces los cazo en otras piscinas pero los ahogo en la tuya, y me pagan también por los gatos que no te molestan. Y al final consigo comer, comer. Pero sólo comeré en paz cuando sepa... ¿Por qué te arrojaste por la ventana? ¿Por qué deseabas la muerte? ¿Por qué?

 


PRIMER INTERROGATORIO: ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW

OFELIA: (Ríe a carcajadas)

HORACIO: No sabes los gatos que tengo que matar para hablar contigo. Sólo apretar el botón y llamarte me cuesta las cuatro patas de un gatito negro. Así que haz el favor, contesta rápido, ¿Qué es eso de Ofelia? Nadie se llama así.

OFELIA: Tengo buenas razones para llamarme Ofelia.

HORACIO: Si a ti te llaman Ofelia yo me llamaré Horacio.

OFELIA: ¡Horacio! Así llaman a los comodines.

HORACIO: Es un buen nombre para hablar con otro comodín. Con otra sombra.

OFELIA: Te equivocas. Aquí toda la luz es mía. Eres tú el que estás a oscuras. Los que pagan siempre están a oscuras. Van a tientas, sorteando las tinieblas, buscando algo que conteste a sus preguntas. Algo que les llene de felicidad.

HORACIO: Y yo te pregunto, ¿por qué trabajas aquí?

OFELIA: Disfruto.

HORACIO: ¿Te gusta?

OFELIA: Me gusta.

HORACIO: He visto a mujeres vomitando después de trabajar.

OFELIA: Yo no vomito.

HORACIO: ¿No has vomitado una sola vez?

OFELIA: No.

HORACIO: ¿No has odiado a tu jefe?

OFELIA: No.

HORACIO: ¿No has odiado a los hombres?

OFELIA: No.

HORACIO: ¿No has odiado este olor? Este olor insoportable.

OFELIA: No. (Ríe)

HORACIO: Te gusta.

OFELIA: Me gusta. Es mi oportunidad. Nunca tuve buenas frases. Me robaron el papel. Ni siquiera muero en escena.

HORACIO: ¡No me hables de Ofelia!

OFELIA: Este es el teatro de Ofelia. Todas las palabras son de Ofelia. Todas las braguetas, todas las pajas, todo el amor.

HORACIO: Todas las mentiras.

 

OFELIA: Todos los locos. Pídeme.

 

HORACIO: Tu pasado. Quiero tu biografía.

 

OFELIA: Arriba y abajo, mueve tu mano derecha.

 

HORACIO: No sé si amas a los animales. Pero si pudiera meter el saco por la ranura, te darías cuenta de tu precio. Dos gatos, dos gatos entregan su alma a causa de tu incompetencia.

 

OFELIA: No puedo hablar más rápido.

 

HORACIO: ¡Tu pasado!

 

OFELIA: Un padre, una madre, un colegio, un novio a los quince, un polvo a los dieciocho... (Ríe)

 

HORACIO: ¿De qué te ríes?

 

OFELIA: Los gatos... ¿Es una broma?

 

HORACIO: Esta madrugada cuando vuelvas a casa asómate a la piscina, dejaré uno flotando.

 

OFELIA: Calla, qué horror... ¿Por qué lo haces?

 

HORACIO: Ya empiezas a escuchar. Ya empiezas a entender. Y si hiciera falta para que entendieras mejor, y con tal de no pasar hambre, en vez de gatos sacaría a los niños de sus cunas y me los colgaría al cinto como un manojo de perdices.

 

OFELIA: Bueno, tú pagas, tú miras, tú insultas, tú amas. Cuando salgas de esa cabina oscurísima, digas lo que digas, tendrás razón.

 

HORACIO: Lo dejo por hoy. Unas monedas para cenar. No hay que pasar hambre. No hay que pasar hambre. ¡Ah! Una moneda más. Una cría recién parida para decirte, cuando veas a un mendigo en la calle, empapado en meados propios y ajenos, con la polla al aire, vomitando mocos, piensa, sólo piensa, que no nació así.

 

OFELIA: ¿Te has masturbado? Horacio, ¿te has masturbado?


MONÓLOGO DE HORACIO

HORACIO: Lo hago por dinero. Sólo por dinero. Porque soy pobre y estoy enfermo, y mi casa es oscura y húmeda, y mi alimento escaso. Y el agua siempre sale fría, y comparto colchón con insectos corredores, y el invierno es invierno a todas horas. En fin, los pobres, ¿no has oído hablar de los jodidos pobres? Y observo tu alegría, tu carcajada de yegua, tu olvido, como si nunca hubieras querido morirte, como si nunca te hubieras arrojado por una ventana, como si no existiera el dolor, mi dolor. Y pensar que antes yo también me reía. Antes, antes, antes... Antes de salvarte. Antes de que tus kilos me partieran los huesos. ¿Por qué no te lanzaste otra vez? ¿Tan enclenque era tu propósito? La ventana, la ventana... (Dibuja una ventana imaginaria en el aire). No siempre van a recogerte los brazos de un hombre dispuesto a todo, no siempre va a destrozarse una osamenta para que tú recuperes las ganas de vivir. ¡Ah! Me amarga tu capricho. He esperado día tras día, con paciencia de columna, que volvieras a intentarlo, he perseguido en tu cara un visaje de angustia, un pliegue atormentado, la mueca del infortunio. Ja. Tu plenitud es un escarnio para mi invalidez. Nada en ti justifica mi cuerpo roto, o mi sacrificio, o mi penuria. Nada. Es decir, tus motivos no eran tan importantes, podías haber prescindido de la ventana, no hay nada en el mundo tan importante, daba igual, morir o no, había un pobre idiota debajo, uno más que pasaba, uno que podía vivir sin espinazo, uno cualquiera, un imbécil que extendió sus brazos de cuna para salvarte. Y a estas alturas, desde mi caparazón, todavía me pregunto: ¿Por qué te arrojaste por la ventana? ¿Por qué deseabas la muerte? Al menos necesito saber eso para no aborrecerte tanto.

 


MONÓLOGO DE OFELIA

OFELIA: Y el hombre de los brazos fuertes me recogió. Supongo que era un hombre, digo supongo porque no le vi la cara. Me ofuscó la vergüenza. ¡Sin bragas, sin bragas! Desde un quinto y sin bragas, qué vergüenza. Soltar una risotada y echar a correr, ¿qué iba a hacer sino? A nadie se lo pude contar. A nadie. Sólo después pensé en los milagros, había sido un milagro, ningún hueso roto, ni un arañazo, como se suele decir, y pensé en el hombre de los brazos fuertes, que se quedó a oscuras, envuelto en las tinieblas, porque no le vi la cara, como a ti, que tampoco te veo, a oscuras. Sigue mirando. Sigue mirando. Te doy tanto por tan poco. Te doy un cuerpo recién nacido. La piel. ¿Hay algo más inocente, más raso, más indefenso que la piel? En mi piel empiezo y en mi piel acabo. No te quejarás de honradez. Aprovecha. La oscuridad te protege, te bendice, te encabrita, te hace bueno, te proporciona el valor suficiente para ultrajarme. Desde esa oscuridad que compras siempre te creerás mejor que yo. Pero yo estoy viva, ¡viva!, mientras sigas mirando.

 


 


LA FALSA SUICIDA (Continuación)

SEGUNDO INTERROGATORIO: ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW

OFELIA: (Ríe a carcajadas).

HORACIO: ¿Cómo te puedes reír tanto? ¿Cómo puedes ser tan idiota? Tu estridencia me pone enfermo. Me revuelve el estómago.

OFELIA: ¡Al convento! ¡Al convento! (Vuelve a reír).

HORACIO: ¡Qué barbaridad! ¡Qué tragazón! Quieres apoderarte de todas las frases. ¡Vaya comilona! ¿Qué ha pasado con tu falta de apetito?

 

OFELIA: A ti, Horacio, también te hubiera gustado ser más que un oyente. Ahora que los protagonistas nos han abandonado tienes una oportunidad. Habla.

 

HORACIO: Allá cada uno con sus complejos. Por lo que veo tú le has dado una patada a la tristeza.

OFELIA: Al diablo con el príncipe. Por fin Horacio y Ofelia se encontraron y hablaron de sus cosas.

 

HORACIO: ¿A qué precio?

 

OFELIA: Al que yo marco.

 

HORACIO: ¿Viste al gato, flotando en la piscina?

 

OFELIA: No me asomé.

 

HORACIO: Ingrata. He perdido tres platos calientes por dejar al gato en el agua. Ingrata. Ingrata.

 

OFELIA: ¿Cuándo vas a empezar?

 

HORACIO: ¿Empezar?

 

OFELIA: A masturbarte. ¿Lo estás haciendo?

 

HORACIO: ¿Es lo único que te importa?

 

OFELIA: Es el orgullo de mi trabajo. De mi cuerpo.

 

HORACIO: Mi cuerpo, mi cuerpo, mi cuerpo... Por fin a Horacio y a Ofelia les creció el cuerpo, como si el cuerpo fuera una planta que nos siembran en el nombre. ¿Te gustaría ver cómo ha crecido el mío?

OFELIA: Si no te masturbas me obligas a pedirte más dinero. El tiempo pasa.

HORACIO: Más animales muertos, ¿sólo por hablar?

OFELIA: Hablar es lo más peligroso.

HORACIO: Entonces, si te pago por hablar, si hoy me quedo sin comer sólo por hablar contigo, si dices que por hablar nos asedia el peligro, entonces tendrás que correr algún riesgo.

OFELIA: ¿Hay algo más inocente, más raso, más indefenso que la piel?

HORACIO: Tendrás que contestar a mis preguntas.

 

OFELIA: Vete a comer Horacio, come.

HORACIO: No puede ser. Ya está. Ya está. Ya han caído las monedas. Pagar por enjaular a alguien. Pagar para que permanezcas presa en esa cajita ridícula. Si no dejara de echar monedas podría tenerte ahí, capturada, para siempre.

OFELIA: Sería tu esposa.

HORACIO: Mi esclava.

OFELIA: Y yo te pediría más de lo que puedes pagar. Y el esclavo serías tú.

HORACIO: Esclavos los dos.

OFELIA: Tú pagas, tú miras, tú insultas, tú amas, tú te quedas sin comer. Soy una buena Ofelia, un cebo sin voluntad.

HORACIO: ¿A ti no te gusta mirar?

OFELIA: Aquí toda la luz es mía.

HORACIO: Te aseguro que nadie puede pasar a mi lado sin mirarme.

OFELIA: ¿Nos parecemos?

HORACIO: ¿No has mirado nunca hacia atrás, hacia un lado, hacia el otro, para ver, ver a quién tienes cerca?

 

OFELIA: No miro porque no le tengo miedo a nada. Puedo vivir sin mirar.

 

HORACIO: Alguien te advirtió: teme, Ofelia, teme, la mayor seguridad estriba en el temor.

 

OFELIA: Me hice valiente.

 

HORACIO: ¿Qué te pasó?

 

OFELIA: No lo sabe nadie. (Ríe a carcajadas).

 


MONÓLOGO DE HORACIO

HORACIO: (Parodiando a la Ofelia de Hamlet). Y yo, la más desconsolada y mísera de las mujeres, que gusté algún día la miel de sus promesas. Oh, dulce príncipe, veo ahora aquel noble y sublime entendimiento desafinado. Oh, cuánta, cuánta, cuánta es mi desdicha de haber visto lo que vi para ver ahora lo que veo. ¡La ventana, la ventana! Que los sepultureros vayan preparando sus herramientas y los esqueletos su mejor baile. (Abandona la parodia). ¡Ah! ¿Dónde están las niñas doradas? Conservadas en llanto. Gritando en sus bañeras. ¿Dónde están esas mandíbulas desesperadas? ¿Dónde? ¿Dónde están aquellas niñas románticas, de ojos vesánicos, al pie de la tempestad, dispuestas a ser tragadas por la naturaleza? Si pudiera ofrecerle un motivo para que enmendara su falta. Si pudiera conseguir un sobresalto en su rostro. No de asco, no de enfado sino de melancolía. Si encontrara el modo de ensombrecer su mirada. Un motivo, hace falta un motivo para que rezume en su frente un profundo cansancio, el cansancio que nos produce la vida, nada más que la vida. Si consiguiera que inclinara el cuello hacia un lado, así, dejando caer la cabeza como si la hubieran lastrado de incertidumbre y de tiempo. Le hace falta realidad. Si pudiera hacerla morir en escena.

 


TERCER INTERROGATORIO: ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW

OFELIA: No, no, no, no es posible.

HORACIO: Está escrito. Debajo de la ranura tragaperras o tragagatos. Dice que podemos llegar a un acuerdo.

OFELIA: Es demasiado caro. No puedes pagar. No hay tantos gatos en la ciudad.

HORACIO: Hoy he robado mi primera cartera.

OFELIA: Puedo pedirte más. Mucho más.

HORACIO: Entonces los gritos de ese viejo, sus lágrimas espesas, su ataque, pobrecillo, de un empujón ha caído al suelo, se arrastraba como una lombriz, reclamando su miserable pensión, ese viejo digo, ¿se ha arrastrado en vano?

OFELIA: Aquí nunca han entrado los de la parte oscura.

HORACIO: Es sólo una muñeca.

OFELIA: Nunca he visto las caras del otro lado.

HORACIO: Ese viejo se ha quedado sin cartera por ti.

OFELIA: La luz es mía.

HORACIO: Alguna vez tendrás que mirar.

OFELIA: ¿Por qué? ¿Por qué hay que mirar? No es mi papel.

HORACIO: Si la luz es solo tuya empléala en tus ojos.

OFELIA: (Tocándose el pubis). ¡Aquí tengo los ojos!

HORACIO: No menosprecies tus ojos.

OFELIA: Mis ojos...

HORACIO: ¿Te acuerdas de aquella escena, cuando Horacio acompaña a Ofelia hasta sus aposentos?

OFELIA: Aquella escena no se ve.

HORACIO: Te digo que Horacio acompañó a Ofelia.

OFELIA: ¿Tú crees que Horacio y Ofelia...?

HORACIO: Entro.

(Horacio entra en la cabina porno junto a Ofelia).


CUARTO INTERROGATORIO: DENTRO DE LA CABINA

HORACIO: (Saca recortes de periódico de alguno de sus bolsillos). Quince hombres asesinados a cuchillo. Avión siniestrado: trescientos muertos. No hay supervivientes. Catorce mil muertos a causa de las inundaciones. Sepultados en una mina. No hay supervivientes. Atentado terrorista con coche bomba: trece muertos. Cadáveres irreconocibles. Hallada en avanzado estado de descomposición. Matanza en las afueras. Cuarenta niñas degolladas. No hay supervivientes. Fosa común. Todos recién nacidos. Los quemó vivos. ¿No es suficiente?

 

OFELIA: Horacio, mastúrbate.

 

HORACIO: ¿No es suficiente para desear la muerte?

 

OFELIA: Mastúrbate, por favor.

 

HORACIO: Mi padre se enamoró de otra mujer. Era una mujer muy joven y muy hermosa. Y se fugó con ella a otro país, un país lejano, y tan hermoso como su amante. Entonces mi madre, que también era hermosa, se encerró en el baño y estuvo de pie, mirándose al espejo cinco horas seguidas. Después se metió en la cama con una botella de amoniaco y se la bebió. Estuvo vomitando una semana. Hasta que echó el estómago por la boca. Tenía treinta y cinco años y la cara pintada con bolígrafo. Se había dibujado las arrugas. Las arrugas... Cuatro, cinco, no más. Tenía treinta y cinco años pero se murió de vieja. No de amor, no de celos. De vieja. Yo también tengo una arruga, aquí, en el cuello, es tan honda que los bichos pueden dormir dentro de ella. He cumplido treinta y parezco tu abuelo. Tócate el cuello, vamos. Algún día a ti te pasará lo mismo, y no pedirás luz sino penumbra. Y nadie te volverá a mirar. Serás tú la que mires y mires y remires la lisura, la pureza de las caras nuevas. Y sólo podrás pensar en las cosas que no hiciste. Y nunca te volverán a dar el papel de Ofelia, virgencita suicida. Es el tiempo, Ofelia, el tiempo.

 

OFELIA: Horacio, mastúrbate.

 

HORACIO: A los treinta tienes cuarenta. A los cuarenta te sientes como uno de cincuenta y cinco, y cuando llegan los cincuenta y cinco crees que ya has muerto.

 

OFELIA: Córrete ya.

 

HORACIO: Hay dos opciones: volverse loco o trabajar, envejecer y morir.

 

OFELIA: Horacio...

 

HORACIO: ¿Para qué me esfuerzo en convencerte? Solamente hay que esperar.

 

(Ofelia llora por primera vez. Horacio sale de la cabina conmovido, extraño, temblando).

OFELIA: Ojos que no ven... Ojos que no ven... Haber visto lo que vi. Para ver ahora lo que veo. Ese hombre. Ese hombre... Qué eterna se me hace la espera. Le estoy esperando. Realmente le estoy esperando. ¡Ah! El tiempo. Es el tiempo.

HORACIO: ¿Dónde ha quedado la venganza? Se ha deslizado de repente por el tobogán de su cuello, su cuello inclinado, su cuello castigado por el tiempo, su precioso cuello.


QUINTO INTERROGATORIO: ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW

OFELIA: Ayer te vi unos bultos. En la espalda.

 

HORACIO: Deben de ser las alas, que crecen. El ángel de la guarda se abre paso por entre las paletillas.

 

OFELIA: ¿Te duele?

 

HORACIO: Sí.

 

OFELIA: No eches más monedas. No ahogues a más gatos.

 

HORACIO: ¿Y los que ya murieron? Ojalá pudiera resucitar a los gatos que murieron. Y a los que seguirán muriendo para darme de comer.

 

OFELIA: Yo trabajaré para darte de comer. No me tocará la luz del día para darte de comer. Las monedas de los mirones serán para tu comida. Cualquier postura, cualquier brutalidad, meteré en mi cuerpo todo lo que pidan, todo si sé que estás comiendo. Es una deuda inconsolable. Inconsolable. Llevo en la frente la señal del moroso patético. Tan escandalosa es la fortuna que debo que me han embargado hasta las vértebras. Y ahora me asfixio en el gas de una generosidad enfermiza. Será el gas del amor. No es por gratitud sino por culpa. Me siento totalmente culpable. Culpable de tu vida ortopédica. Mi obsesión consiste en darte todo. Todo, todo, todo, todo, todo... Trasladar esta cabina a tu dormitorio y a tu letrina. Entregarte la existencia que preservaste con tu esqueleto. Me siento totalmente culpable. Culpable, culpable, sí.

 

HORACIO: ¿Qué dices?

OFELIA: Sé quién eres.

(Horacio se levanta acobardado, se tropieza y cae).

OFELIA: Por fin te he visto y te he mirado.

HORACIO: Me había acostumbrado a la oscuridad.

OFELIA: ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me buscaste antes? ¿Por qué callaste? ¿Te arrepientes de que te haya visto? ¿Te arrepientes de que sepa quién eres? ¿Cómo querías que me enterara? ¿Te arrepientes de haber entrado a la luz?

 

HORACIO: ¿Pensaste alguna vez en mí? ¿Por qué lo has adivinado? ¿Por qué no me miraste aquel día? ¿Te arrepientes de haberme visto? ¿Te arrepientes de saber quién soy?

 

OFELIA: No sé contestar a tus preguntas.

 

HORACIO: Yo tampoco sé contestar a las tuyas.

 

OFELIA: Por fin estamos los dos bajo el foco.

 

HORACIO: Con tanta luz siento vergüenza de mi tronco.

 

OFELIA: Y yo de mis pechos. Horacio, no me mires.

HORACIO: No te miro. Te doy la espalda.

OFELIA: Rompí tu espalda.

HORACIO: He soñado con insultarte, con dejarte tullida, con verte muerta, y ahora no sé qué decir.

OFELIA: (Comienza a sangrarle la nariz y emite un ligero quejido).

 

HORACIO: (Reacciona inmediatamente dirigiendo su mirada al cristal que los separa). ¿Qué te pasa?

 

OFELIA: Nada. La nariz. Me sangra.

 

HORACIO: Te sangra.

 

OFELIA: No me mires.

 

HORACIO: No estoy mirando.

 

OFELIA: Sucede. Un día sí, otro no. Es la cabeza. Me duele. Y la nariz que sangra.

 

HORACIO: Duele y sangra.

 

OFELIA: Me vendría bien un descanso.

 

HORACIO: Sí.

 

OFELIA: Sentarme un rato.

 

HORACIO: Claro.

 

OFELIA: Es un mareo...

 

HORACIO: Te mareas.

OFELIA: Horacio...

HORACIO: ¿Qué?

OFELIA: Si me dejaras...

HORACIO: ¿Dejarte?

OFELIA: Descansar.

HORACIO: ¡Ah! Sí, sí.

OFELIA: Adiós Horacio.

HORACIO: Adiós.

OFELIA: Adiós.

HORACIO: Adiós.


MONÓLOGOS FINALES

HORACIO: ¡Volvería a poner los brazos! ¡Volvería a poner los brazos! ¡Volvería a poner los brazos! ¡Dios mío! ¡Volvería a ponerlos! ¡Volvería a poner los brazos! (Afloja la ira). Volvería a poner mi espalda para que ella la rompiera. (Sonríe). Me ha mirado y se ha convertido en laurel, qué digo, en romero, en hinojo, en palomillas y ruda. Ofelia, yo restañaré tu sangre. ¿Me necesitas? ¿Me necesitas Ofelia? Y si te corto las piernas, yo te ayudaré a caminar. Y si te corto las manos, yo te peinaré. Y si te corto la lengua, yo hablaré por ti. Y si te arranco el corazón... Me necesitas Ofelia, me necesitas.

 

(Le hace el amor a la muñeca).

 

OFELIA: Tus brazos, Horacio, asistentes de príncipes moribundos, tan hechos ya a las últimas voluntades, y a los pánicos postreros. Han sido tus brazos los que me han devuelto el trayecto vertiginoso. Tus brazos, almohada final. Tus brazos, imanes de la agonía. ¿Qué me van a devolver tus brazos sino la pasión por las tumbas, por los cuervos y los paisajes escarpados? Tus brazos Horacio, preparados para recoger el fracaso de nuestros órganos.

 


SEXTO INTERROGATORIO: ENCUENTRO EN EL PEEP-SHOW

HORACIO: Lo he hecho.

OFELIA: ¿Te has masturbado?

HORACIO: Sí. Hasta el final.

OFELIA: ¿Pensabas en mí?

HORACIO: Pensaba mucho en ti.

OFELIA: Pensabas en mí...

HORACIO: Quiero llevarte a que lo veas. Quiero que lo veas. Tienes que verlo.

OFELIA: Ahora puedo verlo todo Horacio. Quiero verlo todo.

HORACIO: Antes déjame robar una frase. La que siempre quise decir. La que siempre envidié.

OFELIA: Roba, roba, todos están muertos, nadie se enterará.

HORACIO: Es un juramento.

OFELIA: Juremos.

HORACIO: (Le coge la mano). Mientras esta máquina exista.

OFELIA: Mientras esta máquina exista.


SÉPTIMO DIÁLOGO: EN EL ALMACÉN DE HORACIO

HORACIO: ¡Flores para Ofelia! ¿Dónde se ha visto una Ofelia sin flores?

OFELIA: ¡Por fin merezco las flores!

HORACIO: Ofelia, ¿de qué moriremos?

OFELIA: Mi abuelo murió completamente amarillo. Se le reventó alguna bolsa por dentro y le tintó la piel.

HORACIO: Y eso de las venas que se rompen en el cerebro y lo encharcan.

OFELIA: Y el corazón que se para, cubierto de un pellejo tan duro y tan gastado que no le deja moverse.

HORACIO: Vi a mi tío morir. El pecho le sonaba como si tuviera serpientes en un pozo. Y el aire no le entraba, a pesar de que abría una boca enorme, no le entraba. Parecía un pescado.

OFELIA: Una vecina murió de una hemorragia, en su cama. La sangre olía a podrido, daban ganas de vomitar. Teníamos que llevar un trapo en la boca empapado de colonia.

 

HORACIO: ¿Cuál será la peor muerte, Ofelia?

OFELIA: La del otro, la del otro. No podría soportar la muerte del otro.

HORACIO: ¿Temes el dolor?

OFELIA: Temo Horacio, temo, temo más que nunca, todo, todo.

HORACIO: ¿Quién morirá primero?

OFELIA: Yo, yo debería estar muerta. Como las otras.

HORACIO: Las otras murieron por ti.

OFELIA: No. Todos llevamos encima nuestro propio cadáver.

HORACIO: ¿Es qué quieres morirte Ofelia?

OFELIA: Debería estar muerta. Y estoy desnuda porque no estoy muerta.

HORACIO: Así me basta Ofelia, así.

OFELIA: No resistiré.

HORACIO: Yo he resistido.

OFELIA: Pero a mí...

HORACIO: Todos lloran, todos.

OFELIA: Pero a mí, ya sabes, al final me entierran.

HORACIO: Tú no te llamas Ofelia.

OFELIA: Es cierto.

HORACIO: ¿Cómo te llamas?

OFELIA: Ana, Ana, solamente Ana.

HORACIO: No te lo vas a creer pero yo me llamo Horacio.

OFELIA: Horacio...

HORACIO: Y no quiero pagar un precio tan alto a cambio de tu cuello inclinado, tu precioso cuello. Así me basta, así. Ya no te odio, Ana, Ana...

OFELIA: Sí. Me llamo Ana.

HORACIO: Y tus flores, que no son flores de entierro.

OFELIA: (Se pone rígida de repente, se echa la mano a la nariz, le empieza a sangrar). Otra vez, la sangre.

HORACIO: Déjame... (Intenta ayudarla).

OFELIA: Otra vez...

HORACIO: La cabeza hacia atrás.

OFELIA: Sí.

HORACIO: Shu... shu... (Intenta calmarla).

OFELIA: ¡Horacio!

HORACIO: (Alarmado). ¿Qué? ¿Qué?

OFELIA: ¡No veo, Horacio, no veo, no veo! ¡No veo!

HORACIO: ¿Ciega, ciega?

OFELIA: No veo.

HORACIO: Yo seré tus ojos, tus ojos, Ana, Ana...


CONCLUSIÓN: EN EL ALMACÉN DE HORACIO

HORACIO: Necesito saber algo.

OFELIA: Lo que quieras. Te lo debo todo. Eres mis ojos.

HORACIO: ¿Por qué sufrías? ¿Por quién? ¿Por qué te arrojaste por la ventana? ¿Por qué deseabas la muerte? ¿Por qué?

 

OFELIA: Pero yo, Horacio...

 

HORACIO: Sí.

 

OFELIA: Yo no deseaba la muerte.

 

HORACIO: ¿Qué?

 

OFELIA: Yo no me arrojé por la ventana.

 

HORACIO: ¿Cómo?

 

OFELIA: Yo no me arrojé por la ventana.

 

HORACIO: ¿No te arrojaste por la ventana?

 

OFELIA: No.

 

HORACIO: ¿Entonces...?

 

OFELIA: Me caí.

 

(Silencio).

 

HORACIO: ¿Te caíste?

 

OFELIA: Me caí. Resbalé y me caí. Como Ofelia, del árbol. Pero no me llamo Ofelia.

 

(Silencio).

HORACIO: (Llorando). Y ahora no te caerás, no se romperá una rama por casualidad, no te servirá el vestido de flotador hasta que de tan empapado te arrastre al fondo, por casualidad, mientras cantas. No. Ahora serás tú la que prepares el salto, la que prepares el salto, ¿verdad?

OFELIA: El resto es silencio.

HORACIO: Esa es mi frase.

OFELIA: Esa es mi piscina.

HORACIO: (Al público). ¿Y vosotros? ¿Qué miráis? Se ha terminado vuestro tiempo. Se os han acabado las monedas. ¡Fuera! ¡Dejadnos solos!