

EL SUEÑO DEL CUERVO Y LA ZORRA
EL SUEÑO DEL CUERVO Y LA ZORRA © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
El sueño del cuervo y la zorra es una farsa onírica en un acto donde la
clásica fábula de Esopo colisiona con el teatro del absurdo y la comedia ácida.
La obra nos sumerge en la mente adormilada de Mateo —el ingenuo
"Cuervo"—, un joven bonachón sin el menor talento para el básquetbol
que guarda en el bolsillo su "queso" más preciado: las llaves de su
camioneta y la ilusión de ser amado. Alrededor de su siesta orbitan Elizabeth
—una "Zorra" delirante en vestido de lentejuelas con etiqueta y
ruidosos zapatos ortopédicos—, una implacable dupla matriarcal conformada por
su madre Doña Carmen y la astuta Chayito, un vendedor surrealista que muta de
oficio conforme avanza la pesadilla, y Lalo, el amigo sarcástico pero
incondicional cuya lealtad silenciosa es lo único real dentro del sueño. Entre
pantomimas mudas, emboscadas con aroma a restaurante Sanborns y
electrodomésticos que aspiran mentiras, la pieza desnuda con humor negro la
ceguera del enamoramiento frente a la autenticidad de la amistad fraterna.
EL
SUEÑO DEL CUERVO Y LA ZORRA
Personajes:
- MATEO:
Un joven chaparrito, moreno y bonachón. No tiene talento para el
básquetbol.
- LALO:
Amigo de Mateo, un poco más alto, sarcástico, rudo pero leal.
- ELIZABETH:
La novia interesada. Pretenciosa, usa zapatos ortopédicos ruidosos y
peluca rubia.
- DOÑA CARMEN:
Mamá de Mateo. Firme, irónica y protectora.
- CHAYITO:
La asistente del hogar. Pícara, observadora y de armas tomar.
- VENDEDOR DISRUPTOR:
Personaje onírico que cambia de oficio (Biblias, Tiempos Compartidos,
Aspiradoras).
CUADRO
I: La Cancha de la Dimensión Superior
(El
escenario simula un loft que se confunde con una cancha de básquetbol. MATEO
está tirado en el suelo boca arriba, exhausto y con la boca abierta. LALO está
de pie junto a él, sosteniendo un balón invisible bajo el brazo).
LALO:
Tienes la gracia de un osopatasdeoso jugando básquet, Mateo. Pareces un
llaverito de Pug tratando de encestar. Treinta minutos en la duela y tu único
punto fue una mosca negra al borde de tu short. Un punto muerto.
MATEO: (Desde
el piso, con voz engolada de galán de cine mudo) Es mi estilo, Lalo. Un
minimalismo físico. Elizabeth dice que mi torpeza es la prueba de una mente
superior que habita en otra dimensión.
(Entra
ELIZABETH. Trae la peluca rubia ligeramente descentrada, un vestido de
lentejuelas con la etiqueta de cartón arrastrando y los clásicos zapatos
ortopédicos blancos que hacen un sonido estridente de suela de hule contra el
piso: ¡CHUIC-CHUIC-CHUIC!).
ELIZABETH:
¡Claro que sí, mi chocorrol con piña! (Se le trepa encima bruscamente como
gata en balcón, devorándolo en el suelo). ¡Qué manera tan poética de besar
el cemento! Oye, mi vida, hablando de dimensiones superiores... dame las llaves
de la camioneta. Voy a la Facultad de Medicina a extirpar un apéndice. ¡La
ciencia no espera!
DOÑA
CARMEN: (Asomándose desde la cocina con una taza de café
negro y una mirada de hielo) ¿Cuál papá, Elizabeth? Porque si te refieres
al difunto padre de Mateo, vas a tener que ir a desenterrarlo al panteón de
nunca jamás, porque nadie sabe dónde quedó.
ELIZABETH: (Pestañeando
con furia, súbitamente nerviosa) ¡Ay, suegrita, no bromee! El señor padre
de Mateo tiene acciones muy importantes en la bolsa y pienso quedarme… ¡pienso
demostrarle que soy lo mejor para su hijo!
CHAYITO: (Pasando
con una escoba y barriendo directamente los zapatos de Elizabeth) No, mi
niña, el patrón es más volátil que el gas natural. Un día dicen que vive en una
comuna hippie en Tepotzotlán haciendo dijes de venturina, otro que huyó con una
edecán a Las Vegas, y ayer el lechero aseguró que lo vio vendiendo cobijas en
el Metro Balderas. A ese señor nadie lo encuentra ni con… Así que el coche no se mueve… Y de acciones,
mejor ni hablemos; literal, él ya no está con nosotros.
ELIZABETH: (Fingiendo
un desmayo artístico, desplomándose dramáticamente sobre el sillón) ¡Me
quieren boicotear! ¡No soportan que una mujer de alcurnia, con futuros doctores
en su árbol genealógico, entre a esta familia de… ¡miserables embusteros!
Mateo... diles algo a tus sirvientas o te quito el derecho a besarme la mano.
(Mateo,
confundido y con la boca abierta, emite un sonido de paloma asustada).
MATEO:
Elizabeth, no las insultes… y Doña Carmen es mi mami, ¿recuerdas?
CUADRO
II: El Dúo Mudo y el Pánico Escénico de la Zorra
(Doña
Carmen y Chayito se retiran discretamente a una esquina, sentadas en banquitos
de madera, observando la escena como si vieran una función de títeres).
(Comienza
una escena muda. Mateo y Lalo, sin decir una sola palabra, ignoran por completo
a Elizabeth e inician una coreografía de comunicación corporal intensa, bizarra
y sutil. Lalo cruza los brazos, mira fijamente a Mateo y hace un chasquido con
los dedos hacia abajo para ordenarle "ponte derecho". Mateo responde
abriendo los ojos desmesuradamente, se toca la barbilla, saca la lengua un
segundo y hace un movimiento de caderas simulando un tiro al aro fallido. Lalo
niega con la cabeza, esboza una sonrisa de medio lado, se quita la sudadera
lentamente revelando los hombros y le lanza un guiño al vacío. Al ver esto,
Mateo se sacude entero, finge un infarto mudo, se arrodilla y le ofrece el
balón invisible como si fuera una ofrenda azteca).
(Elizabeth,
al verse completamente desplazada por la pantomima, entra en un trance de
posesión rockera. Despeinada y con los ojos cerrados, empieza a imitar a Janis
Joplin: desgarra la voz, azota la cabeza contra el suelo y se dobla por la
mitad sufriendo un dolor cósmico mientras berrea a capela).
ELIZABETH: (Aullando
con vibrato agónico) ¡Oh Lord, won't you buy me a Mercedes Benz!
¡Escúchenme! ¡Sientan el dolor de mi corazón roquero! (Da un pisotón
estridente con sus zapatos ortopédicos y se tuerce como si le diera un
calambre). ¡Miren mi flexibilidad de diva del escenario! ¡Mateo, abrázame,
que me muero de pasión sin medida y tú prefieres ver a un hombre sudado!
(Mateo
y Lalo ni la voltean a ver. Continúan su diálogo mudo: Lalo le dibuja un
corazón en el aire con los dedos; Mateo lo atrapa en el aire con destreza, se
lo mete a la boca como si fuera un chicle y le hace una seña de "te quedó
delicioso").
ELIZABETH: (Al
borde del colapso, tirándose de los pelos y arrancándose la peluca a tirones)
¡¿Me están ignorando por culpa de su obsesión mística con el básquetbol?! ¡Son
unos infames adictos al balón! Yo de verdad no entiendo cómo no pueden ver mi
talento... (De pronto, cambia el tono, se endereza y se mece los atributos
con desesperación afectiva). ¡Mírenme! ¡Soy Artemisa la diosa del sol!
(Mateo
y Lalo detienen por completo su pantomima. Se le quedan mirando fijamente,
estáticos, con una ceja levantada y una cara absoluta de: "¿En serio esta
mujer no se da cuenta del ridículo que está haciendo?").
MATEO
Y LALO: Mal,
mal, mal… Afrodita, la diosa de
la belleza, ¿verdad?
(De
pronto, la puerta se abre de golpe. Entra un hombre impecable, vistiendo un
traje café oscuro, peinado con gomina hacia atrás y sosteniendo un portafolios
de cuero con extrema elegancia. Saluda con una reverencia perfecta y una
sonrisa sumamente educada).
VENDEDOR:
Muy buenas tardes tengan todos ustedes, distinguidos caballeros y bella dama.
Disculpen la interrupción en este espléndido día. Vengo ofreciendo de la manera
más atenta la Sagrada Biblia Ilustrada, una obra cumbre para el regocijo del
espíritu familiar. ¿Les interesaría adquirir un ejemplar?
LALO: (Con
tremenda flojera) Ay, no me jodas, hermano. ¿Biblias? Ya nadie vende
biblias a domicilio, estamos en el siglo veintiuno. La fe ya viene en formato
PDF.
(Efecto
de sueño: La sonrisa del vendedor desaparece al instante. Sus ojos giran en
blanco, las costuras de su traje se descosen solas y azota el portafolios
contra el piso mientras la luz de la habitación se torna roja y apocalíptica).
VENDEDOR:
¡¿PDF?! ¡Blasfemos! ¡Están todos bajo LA MALDICIÓN de Nosferatu! ¡Yo los
condeno al fuego eterno del infierno y la Gehena! ¡Vampiros del Apocalipsis,
arderán en el azufre por rechazar la verdad divina!
CUADRO
III: La Emboscada en el Sanborns de los Horrores
(Al
grito de «¡LA MALDICIÓN!», ocurre una transformación teatral instantánea: se
escucha el tintineo de una vajilla y las luces del loft cambian a un tono
cálido y amarillento, idéntico al de un restaurante tipo Sanborns. Doña Carmen
y Chayito aparecen mágicamente sentadas en una mesita de madera, tomando el té
con absoluta parsimonia).
CHAYITO:
¿La señora quiere té?
ELIZABETH: (Confundida,
parpadeando ante el cambio de escenario) ¿Yo... soy la señora?
DOÑA
CARMEN: (Agitando la tetera como si fuera una lámpara
mágica) Claro, Lily... o ¿te decimos Betsy, o Betty, o Ely? Es que
Elizabeth es un nombre tan largo... Toma, una galleta.
ELIZABETH:
Bueno... pero una o dos. ¿Son de chocolate?
CHAYITO:
De chocolate con piñón... yo las hice.
ELIZABETH:
Ah, pero qué bien. Se nota que están... (Mira unas galletas enormes y
deformes, salpicadas con pasas negras que tienen un aspecto siniestro).
Muy...
CHAYITO: (Con
una expresión de película de terror) ¡CHOCOLATE!
DOÑA
CARMEN: Lalito, Mateo... vénganse a sentar. Mami les preparó
una sorpresa.
MATEO:
¿Sí, mami?
LALO:
Gracias, señora. Me encantan las sorpresas.
ELIZABETH: (A
Lalo) Es para mí, idiota, ¿no te das cuenta?
LALO:
Tú cómete tus galletas con insectos.
ELIZABETH:
Oye, no había reparado en tus tenis de pobre... ¿Sí te das cuenta de que se te
salen los dedos por no traer calcetines?
(Emboscada
coordinada: Mientras Elizabeth se burla de Lalo, Chayito la distrae dándole un
leve pero firme escobazo en los pies. Elizabeth baja la mirada indignada y, en
ese milisegundo, Doña Carmen surge por detrás y le pasa una sábana húmeda por
la cabeza. Entre las dos mujeres la hacen dar vueltas como si jugaran a la
gallinita ciega, provocando que Elizabeth grite y manotee desesperada hasta que
logra zafarse).
ELIZABETH: (Aterrorizada,
acomodándose la ropa y señalándolas con un dedo tembloroso) ¡Están locas!
¡Esta casa es un manicomio!
MATEO:
Mamá... ¿por qué hiciste eso? Y usted, Chayito... ¿qué, no tienen educación?
DOÑA
CARMEN: Es verdad. Siéntate, pequeña. Y háblanos de tus
verdaderas intenciones con nuestro hijo.
ELIZABETH:
¿Intenciones? Pues yo... (Decide jugarse su última carta y empieza a lanzar
toda clase de elogios exagerados a Mateo). Mateo es tan buen partido... un
muchacho ejemplar. Yo lo he visto en la cancha y es un atleta. Es tan buen
mozo, es guapísimo, generoso... y siempre me ha caído muy, muy bien. ¡Lo amo!
MATEO: (Emocionándose
al borde de las lágrimas por las palabras de Elizabeth) ¿De verdad, Liz? Yo
pensé que solo querías venderme una póliza de seguros...
(Tocan
a la puerta con fuerza. Lalo abre. Entra el VENDEDOR DISRUPTOR, pero la lógica
del sueño lo ha transformado: ahora viste una guayabera floreada, trae lentes
de sol y carga folletos brillantes).
VENDEDOR
DE TIEMPOS COMPARTIDOS: Mire, joven: una puesta de sol en
Acapulco, otra en Hawái, otra en Cancún y otra en Puerto Vallarta... Usted
escoge. Puede ir a la casa de sus sueños en este tiempo compartido que...
LALO: (Fastidiado)
No compramos nada. Largo.
VENDEDOR
DE TIEMPOS COMPARTIDOS: ¡Ah, pues usted se equivoca, amigo!
Si no me compra, sufrirá las consecuencias: tendrá una vida solitaria, sedienta
de diversiones... ¡pero nunca, nunca, escúcheme bien, NUNCA saldrá más de
vacaciones!
LALO:
Sí, sí, amigo... oiga, ¿que usted no vendía Biblias hace cinco minutos?
(Efecto
visual de esfumado: En cuanto Lalo cuestiona su identidad, las luces parpadean,
se escucha el sonido de un proyector de cine apagándose y el Vendedor se
evapora instantáneamente del escenario, dejando caer sus folletos al suelo.
Mateo retoma la conversación en su burbuja romántica, ignorando el corte).
MATEO:
¡De verdad, Liz! Yo pensé que solo querías venderme una póliza de seguros...
ELIZABETH: (Adulándolo
como la zorra al cuervo) Te amo, Mateo. Desde la primera vez que vi el rayo
de sol que se posó sobre tu hermoso pelo... desde que los pajarillos cantaron
al ver lo luminosos que son tus ojos y tu sonrisa de ángel...
MATEO:
¡Sigue, sigue! Qué palabras tan bonitas y dulces, nunca nadie me había hablado
de esa forma.
(Elizabeth
lo toma de las manos y lo levanta del suelo con brusquedad).
ELIZABETH:
¡Bésame, Mateo, soy tuya! Yo quiero una vida llena de emociones y de amor
contigo. Tendremos niños... ¡cuatro niños!
MATEO:
¡¿Cuatro niños?!
ELIZABETH:
O cuatro perros chiquitos, como hámsters... Yo los cuidaré. Tú irás al trabajo
y pagarás la renta... digo, ¡me amarás todos los días! Iremos a cenar, a
bailar...
LALO:
Y van a dejar solos a los perros... eso no suena bien.
ELIZABETH:
¡Tú cállate!
MATEO:
Liz, yo... quisiera amarte tanto como tú me amas, pero yo...
ELIZABETH: (Soltando
otra retahíla de lisonjas para no dejarlo pensar) ¡Tú eres el sol de mi
vida! ¡Eres mi cielo! ¡Eres mi destino! ¡Amémonos, Mateo, hoy y siempre!
MATEO:
¡Lizy, vida mía!
ELIZABETH:
¡Mateo mío, mío, mío...!
(Suena
otra vez la puerta de forma insistente. Lalo abre y se topa de nuevo con el
VENDEDOR DISRUPTOR, quien ahora sostiene un enorme tubo de metal cromado y una
caja).
VENDEDOR
DE ASPIRADORAS: ¡Aspiradoras, joven! Son lo último en
tecnología aeroespacial. Usted puede limpiar...
LALO:
Sé lo que son las aspiradoras. Largo de aquí.
VENDEDOR
DE ASPIRADORAS: (Metiendo bruscamente el pie para
evitar que cierre la puerta) ¡Mire, joven, usted no sabe qué buenas
aspiradoras vendo yo, mire! ¡Esta máquina no solo aspira polvo, aspira las
mentiras de alta alcurnia, los contratos fraudulentos y las falsas promesas de
amor!
(El
vendedor enciende la máquina con un rugido ensordecedor que hace vibrar todo el
loft. Apunta el enorme tubo cromado directamente hacia Elizabeth, cuyo vestido
empieza a ser succionado).
ELIZABETH:
¡Apaga ese artefacto infernal! ¡Está succionando mi estabilidad socioeconómica!
¡Mateo, haz algo, me va a arrancar los zapatos ortopédicos!
DOÑA
CARMEN: (Levantándose de la mesa con pasmosa tranquilidad,
apuntándola con su cucharilla de té) Déjelo prendido, joven. A ver si ese
aparato le aspira los aires de grandeza a esta bribona. ¿Alumna predilecta del
quirófano? ¡Por favor! Si lo único que sabes operar es la cartera de mi hijo.
CHAYITO: (Bloqueándole
el paso con la escoba) ¡Exacto! Mucho árbol genealógico de doctores, pero
bien que quería las llaves de la camioneta para ir a empeñarla. Ándele, mi
niña, tómese otra galletita de insectos para los nervios.
ELIZABETH: (Acorralada
entre la aspiradora, la escoba y las miradas de hielo, perdiendo por completo
la compostura) ¡Váyanse al diablo todos! ¡Son una horda de miserables
embusteros! ¡No pienso desgastar mi prestigio médico en este nido de…
ALACRANES!
(Elizabeth
huye despavorida hacia la puerta, esquivando la escoba y haciendo el ruidoso
sonido: ¡CHUIC-CHUIC-CHUIC!, hasta perderse en el pasillo).
(Efecto
visual de esfumado masivo: Se escucha un estallido sónico sutil, como un
soplido de viento. La iluminación de Sanborns se apaga de golpe. El Vendedor de
aspiradoras y su ruidosa máquina desaparecen en un parpadeo de oscuridad,
dejando el loft en un silencio sepulcral).
(Doña
Carmen y Chayito, con total parsimonia, se acomodan el delantal, guardan las
planchas en un bote que traían de la nada y caminan hacia la salida con
absoluta naturalidad).
DOÑA
CARMEN: Bueno, ya que la muerta de hambre se ha ido… los
dejamos a solas.
(Ambas
salen del escenario haciendo pasos sincronizados de comedia muda, cerrando la
puerta con un golpe seco).
CUADRO
IV: El Despertar del Cuervo
(Quedan
solos en el centro del escenario Mateo y Lalo. La atmósfera se vuelve íntima,
casi de teatro de Beckett: absurda, despojada de artificios, suspendida en el
tiempo bajo una luz cenital suave).
MATEO: (Mirando
el espacio vacío donde estaba Elizabeth, tocándose la cabeza con torpeza) O
sea... ¿entonces no estudiaba medicina? ¿Y mi papá? Él ya se murió, ¿cierto?
LALO: (Se
acerca lentamente, le quita el balón imaginario de las manos, lo tira al suelo
y lo pisa con suavidad. Habla con un tono de ironía pesada y sarcástica)
No, Mateo, ¡cómo crees! Tu papá probablemente sea un donador de esperma anónimo
y Elizabeth una estudiante de enfermería o una estafadora profesional... pero
seguro que, en el fondo, muy en el fondo de su helado corazón, sí “te amaba”.
MATEO: (Conmovido,
cayendo redondito en el sarcasmo) Sí, ¿verdad? Me amaba. Me hablaba muy
bonito.
LALO: (Dándole
un zape suave) ¡No, baboso! ¡Te lo dije de broma! ¡Quería quedarse con tu
auto! Oye, ¿sí tienes las llaves todavía?
MATEO:
Esas nunca las suelto.
LALO:
Sabes... lo único real en este maldito sueño es que juegas básquetbol como si
tuvieras piedras en los tenis.
MATEO: (Bajando
la mirada, con una sonrisa tonta pero sincera; no registra el hecho de que Lalo
le acaba de decir que está soñando) Pero me pasaste el balón con la mirada
hace un momento. Lo vi clarísimo.
LALO: (Sufriendo
un ataque de ternura forzada, suspira) Sí, Cuervo... te lo pasé porque eres
el único idiota en toda la Ciudad de México que me aguanta los desplantes y no
sabe tirar de tres puntos.
(Lalo
lo toma de la nuca sin aspavientos, con un gesto seco, cotidiano y
profundamente fraternal. Mateo se queda petrificado, parpadea tres veces, infla
el buche como paloma aturdida y finalmente sonríe con absoluta paz).
MATEO:
Soy un cuervo... Oye, ¿por qué me dices cuervo? ¿Crees que mañana podamos ir a
la cancha?
LALO:
A las seis de la mañana, Mateo. Y si no encestas, te voy a dejar encerrado con
Elizabeth para que te siga diciendo cosas de zorra.
MATEO:
Oye, no le digas así, no es tan mala persona...
LALO:
Es por lo de la fábula, tarado... la que te adula para bajarte el queso y
quedarse con todo. Te quedaste dormido y no llegaste a la cita para jugar
básquetbol. Ya despiértate, Mateo... Mateo...
(Lalo
le da una palmada firme en la espalda que lo hace trastabillar un poco. Mateo,
visiblemente adormilado, se talla los ojos como si despertara de verdad. Ambos
se dan media vuelta y caminan hombro con hombro hacia la cocina mientras las
luces del loft bajan lentamente, sumergiendo el escenario en la penumbra).
APAGÓN
FINAL.
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