TRABAJO NOCTURNO
Por Benjamín Gavarre Silva
© BENJAMÍN GAVARRE SILVA
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TRABAJO NOCTURNO
PERSONAJES
- DAN: Cerca de los 25. Vive en una parálisis
doméstica. Viste una bata de toalla vieja, color hueso, que no cierra bien
y deja ver su vulnerabilidad.
- JONATHAN: 28. Con más calle. Viste ropa técnica oscura,
marcada por el sudor y el polvo de la ciudad.
ESCENA ÚNICA
(Pasillo de un edificio de apartamentos. Una
iluminación de sensor, caprichosa, se apaga cada treinta segundos, obligando a
los personajes a movimientos bruscos para recuperar la luz. DAN abre la puerta.
Se ve desorientado. Frente a él, JONATHAN sostiene una caja neutra. El silencio
es espeso, roto solo por el zumbido de un transformador cercano).
JONATHAN:
— Para el 402.
DAN: — (Mira
la caja, luego el rostro de Jonathan. Sus ojos viajan por las costuras del
uniforme). Sí. Soy yo.
(La luz se apaga de golpe. El negro es total. Se
escucha la respiración agitada de Jonathan. Ambos, en un movimiento
coreográfico, agitan los brazos en la oscuridad para activar el sensor. La luz
vuelve con un parpadeo violento).
DAN:
— (En un susurro de realización). Jonathan… ¿Eres tú?
JONATHAN:
—(Baja la vista hacia sus botas gastadas). No esperaba que el algoritmo me
trajera a tu puerta, Dan. No sabía que vivías tan arriba.
DAN:
—Yo tampoco sabía que tú eras… (Se detiene. La palabra "repartidor"
pesa demasiado). En el salón de la facultad… cuando nos escondíamos en el
tercer piso… te imaginaba en otro lugar. Un despacho, tal vez.
JONATHAN:
—Los despachos no pagan el alquiler, Dan. (Mira la bata raída de Dan). Y parece
que el tiempo tampoco ha sido amable contigo. Sigues usando ropa que se
deshace.
DAN:
—(Se ajusta la bata con un gesto torpe). Me acostumbré a lo que se rompe. No
tengo… no sé si el pago está registrado. La propina…
JONATHAN:
— No me vas a dar las monedas de tu bolsillo. Tú no.
(Jonathan da un paso hacia el umbral. El olor a calle
mojada que emana de él choca con el olor a encierro de Dan. Dan retrocede,
cediendo el paso. Jonathan entra al recibidor y deja la caja sobre un mueble de
madera oscura. El gesto es seco, definitivo. Se quita la chaqueta de repartidor
y la abandona sobre la caja, como si renunciara a su oficio por un momento).
(Desde el fondo del apartamento, comienza a filtrarse
un jazz atmosférico: un contrabajo lento y un saxofón que suena como un lamento
en una calle mojada. La luz del pasillo exterior vuelve a apagarse, pero esta
vez nadie agita los brazos. La penumbra del interior empieza a teñirse de un
azul eléctrico).
DAN:
—(Señalando el pasillo que lleva a la recámara). Si cruzas esa puerta… ya no
serás el repartidor. Y yo ya no seré el que espera. Volveremos a ese salón
vacío… donde nadie llegaba.
JONATHAN:
—Nadie va a llegar ahora tampoco, Dan. Mi app dice que ya me fui.
(Jonathan camina hacia la recámara. Dan lo sigue,
manteniendo una distancia de seguridad emocional. Entran a la habitación. La
cama está deshecha, las sábanas revueltas como un nido de náufrago. Hay libros
amontonados en el suelo y una sensación de tiempo suspendido).
JONATHAN:
—(Se detiene ante la cama). Es un nido de náufrago, Dan.
DAN:
—Mañana, cuando salgas y busques tu bicicleta en la entrada… vas a ver mi
nombre en el intercomunicador y vas a dudar si esto pasó. Tengo miedo de que,
al tocarte, se acelere el reloj y se haga de día y entre el sol por esa
ventana. Odio el sol como todo vampiro.
JONATHAN:
—(Se gira lentamente. Su rostro está iluminado como si fuera un claroscuro). Falta
mucho para mañana. Mírame a mí. Sigo siendo el mismo que te hacía temblar, solo
que ahora tengo las manos endurecidas por el manubrio.
(Jonathan extiende una mano y sujeta a Dan por la
solapa de la bata, atrayéndolo. Dan cierra los ojos y se apoya en su pecho,
inhalando el olor a ciudad. Jonathan se sienta en la orilla de la cama y
empieza a desatarse las botas. El sonido de los cordones golpeando el suelo es
rítmico, seco).
DAN:
—(En un susurro, casi para sí mismo). Prométeme que no te vas a ir antes de que
el café esté listo.
JONATHAN:
—No te puedo prometer el café, Dan. Mañana a las seis tengo otra chamba. Solo
te puedo prometer el ahora. El resto… el resto lo inventamos entre nosotros.
(Jonathan termina de quitarse las botas. Dan se deja
caer a su lado, con la ansiedad de quien sabe que está viviendo un milagro con
fecha de caducidad. El saxofón da una nota larga y agónica mientras la última
luz del pasillo parpadea y muere).
TELÓN