LA RONDA
(Reigen)
de
Arthur Schnitzler.
Una
pieza fundamental del teatro moderno, La ronda (Reigen), de Arthur
Schnitzler. Es una obra que, bajo su aparente sencillez erótica, esconde una
crítica feroz a la hipocresía social y a la soledad inherente al ser humano.
Todo un "vals" de máscaras.
Prólogo:
El Carrusel de la Desolación
La
escena es un círculo que se muerde la cola. En esta "ronda", los
personajes no se encuentran, sino que colisionan en un intento desesperado por
llenar vacíos existenciales a través de la carne. Schnitzler nos propone un
juego de espejos donde el deseo es el gran nivelador: borra las fronteras entre
el soldado y el aristócrata, entre la criada y la esposa burguesa.
Lo
que desfila ante nosotros no es solo un catálogo de encuentros furtivos, sino
una radiografía de una sociedad —la Viena del fin de siglo, pero bien podría
ser cualquier otra— donde el lenguaje sirve para ocultar la verdad y el acto
sexual es el único momento de honestidad, aunque sea una honestidad cínica o
amnésica. Bienvenidos a este carrusel donde el movimiento es constante, pero
nadie llega nunca a ninguna parte.
Sinopsis
por Escenas
I.
La prostituta y el soldado
Bajo
el puente del Augarten, la noche propicia un encuentro crudo y directo. Leocadia,
una prostituta, seduce a un soldado apresurado por volver al
cuartel. Es un intercambio despojado de adornos, donde la urgencia del deber
militar choca con la oferta gratuita de afecto. El soldado se marcha sin pagar,
dejando claro el tono de explotación que teñirá los siguientes encuentros.
II.
El soldado y la criada
En
la atmósfera festiva del Prater, el soldado (ahora en una
posición de poder relativo) seduce a Marie, una criada. La música
de polca de fondo contrasta con la brusquedad del soldado, quien ignora los
deseos de compañía de la joven para centrarse en su propia satisfacción,
abandonándola después para regresar al baile.
III.
La criada y el señorito
En
la casa de sus patrones, Marie atiende al señorito
Alfred. Lo que comienza como una serie de órdenes banales para combatir el
calor del verano deriva en una seducción donde el poder de clase se manifiesta
en el deseo. Alfred, aburrido y pretencioso, utiliza su posición para poseer a
la criada, para luego desecharla con frialdad cuando se siente interrumpido.
IV.
El señorito y la joven esposa
Alfred recibe
en un apartamento privado a Emma, una mujer casada. La escena es un
duelo de etiquetas y fingimientos. Ella interpreta el papel de la "mujer
decente" que sucumbe por amor, mientras él alterna entre la pasión y la
inseguridad intelectual (citando a Stendhal). Es el erotismo de la transgresión
burguesa en su estado más puro.
V.
La joven esposa y el marido
En
la alcoba matrimonial, la ironía alcanza su punto álgido. Karl, el
marido, sermonea a Emma sobre la importancia de la fidelidad y
la "pureza" de la esposa, ignorando que ella viene de los brazos de
otro. Karl romantiza su relación como una serie de "lunas de miel",
ocultando bajo un barniz de moralidad la profunda desconexión que existe entre
ambos.
VI.
El marido y la muchachita ingenua
Karl busca
fuera de casa lo que su discurso moral prohíbe dentro. En un reservado, seduce
a una joven costurera con un discurso paternalista y
protector. Karl se escandaliza ante la posibilidad de que su mujer le sea
infiel, mientras él mismo corrompe la supuesta "inocencia" de la
muchacha mediante el alcohol y falsas promesas.
VII.
La muchachita ingenua y el poeta
La muchacha se
encuentra ahora con un Poeta que busca en ella la "santa
sencillez" para alimentar su inspiración. Él utiliza su retórica artística
como herramienta de seducción, fingiendo ser alguien más y buscando una
experiencia mística en un encuentro puramente carnal. Ella, práctica y
terrenal, no entiende su verborrea pero acepta el juego.
VIII.
El poeta y la actriz
Dos
egos colisionan en una fonda de campo. La Actriz y el Poeta se
lanzan reproches y declaraciones grandilocuentes. Es una parodia del drama
romántico donde la seducción es una extensión de su oficio teatral. Aquí el
sexo es una competencia de vanidades, donde cada uno actúa para el otro en una
representación de la pasión.
IX.
La actriz y el conde
El Conde,
un militar de caballería melancólico y filosófico, visita a la Actriz en
su dormitorio. El Conde cuestiona la realidad del placer y la felicidad,
mostrando un hastío existencial profundo. La Actriz lo seduce rompiendo su
armadura de etiqueta, aunque el Conde parece más interesado en la reflexión
sobre el acto que en el acto mismo.
X.
El conde y la prostituta
El
círculo se cierra al amanecer. El Conde se despierta en la
habitación de Leocadia, la prostituta de la primera escena. No
recuerda si han tenido relaciones; se encuentra perdido en un estado de amnesia
etílica y filosófica. Al besar los ojos de la mujer, encuentra una extraña
pureza en su vigilia. Se marcha, dejando dinero, mientras la ronda se prepara
para comenzar de nuevo.
Escena
I: La prostituta y el soldado
En
la Viena de 1900, incluso en los estratos bajos, había una estructura de
respeto aparente. Usar el "usted" no como distancia, sino como un
juego de seducción o de jerarquía (por ejemplo, el soldado llamando
"Fräulein" o "Señorita" a la criada para
impresionarla). El eufemismo: La época era experta en decir
sin decir. En lugar de términos crudos, usaban palabras que evocan esa
"belle époque" decadente: fastidio, galanteo, indiscreción,
descaro. La sequedad de la farsa: la comicidad a veces nace de lo
que no se dice. Un lenguaje más limpio permite que el subtexto (la
hipocresía, la soledad) brille más.
Escena
I: La prostituta y el soldado
(Al
caer la noche. En el puente del Augarten. Se escucha el silbido rítmico de un
soldado que camina con paso marcial hacia el cuartel. Una sombra se desprende
de la barandilla).
La
prostituta: —Ven aquí, ángel mío.
(El
soldado se detiene un instante, la mide con indiferencia profesional y retoma
su marcha).
La
prostituta: —¿No quiere venir conmigo,
caballero?
El
soldado: —¿Yo? ¿Ahora resulta que soy un ángel?
La
prostituta: —¿Quién si no? Anda, venga. Vivo
aquí mismo.
El
soldado: —No tengo tiempo. Debo estar en el cuartel antes
de que pasen lista.
La
prostituta: —Al cuartel siempre se llega a
tiempo para aburrirse. Conmigo lo pasará mejor.
El
soldado (acercándose, con una curiosidad ruda): —Eso
dalo por seguro.
La
prostituta: —¡Chist! Guarde silencio, que puede
aparecer un guardia.
El
soldado: —¿Un guardia a mí? ¡Qué ocurrencia! Yo también
tengo mi arma, ¿sabe?
La
prostituta: —Entonces... venga. No se
arrepentirá.
El
soldado: —Déjame en paz. No llevo ni una moneda encima.
La
prostituta: —No le estoy pidiendo dinero.
El
soldado (se detiene bajo la luz mortecina de una farola): —¿Que
no pide dinero? A ver si va a resultar que es usted una santa...
La
prostituta: —Yo solo cobro a los civiles. A los
tipos como usted, que sirven a la patria, los invito yo.
El
soldado: —Ya decía yo... Usted debe ser esa de la que me
habló el Huber. Se marcharon juntos del café de la Schiffgasse, ¿no es cierto?
La
prostituta: —¿Del café? De ese sitio me he ido
con tantos... que ya ni guardo los nombres.
El
soldado: —Está bien. Vamos.
La
prostituta: —¿Ahora tiene prisa?
El
soldado: —¿Para qué esperar? A las diez cierran el portón
del cuartel.
La
prostituta: —¿Y cuánto le queda de servicio?
El
soldado: —¿A usted qué le importa? ¿Vive lejos de aquí?
La
prostituta: —A diez minutos de paseo.
El
soldado: —Demasiado lejos. Deme un beso aquí mismo y
terminemos con esto.
La
prostituta (lo besa con una mezcla de oficio y hambre): —Si
el hombre me gusta, el beso es lo que más disfruto.
El
soldado: —Y yo... Pero no voy a su casa. Es mucho camino.
La
prostituta: —Escuche... si mi casa le parece una
caminata, ¿por qué no bajamos ahí, a la orilla? (Señala la oscuridad
que lame los pilares del puente).
El
soldado: —¿Ahí abajo? ¿Está loca?
La
prostituta: —Se está bien, se lo aseguro. A
estas horas no pasa ni un alma.
El
soldado: —No me convence... es un sitio poco decoroso.
La
prostituta: —A mí me convence. Mañana... ¿quién
sabe si seguiremos vivos?
El
soldado: —Está bien. Pero que sea rápido.
La
prostituta: —¡Cuidado! No se resbale, que el
agua está muy cerca.
El
soldado: —Casi sería un alivio.
La
prostituta: —Chist. Espere... aquí hay un banco.
El
soldado: —Se conoce usted el terreno como si fuera el
patio del cuartel, ¿eh?
La
prostituta: —Ya me gustaría tener un novio como
usted.
El
soldado: —Acabaría usted muerta de celos.
La
prostituta: —Eso lo arreglaría yo enseguida.
El
soldado: —¡Ja!
La
prostituta: —No se ría tan alto. A veces se deja
caer un guardia por aquí. ¡Cualquiera diría que estamos en plena ciudad de
Viena!
El
soldado: —Hala, aquí mismo.
La
prostituta: —¡Pero qué ímpetu! Si caemos, nos
ahogamos.
El
soldado (sujetándola con la urgencia del que cumple una guardia): —Venga.
Ya está.
La
prostituta: —¡Quieto! ¡Espere un momento!
El
soldado: —¡No tenga miedo!
(Silencio.
El rumor del Danubio llena el vacío entre las palabras).
La
prostituta: —¡Habría sido más cómodo en el
banco!
El
soldado: —¡Qué más da el sitio! Venga, arriba.
La
prostituta: —¿Y ahora? ¿Por qué esa prisa por
soltarme?
El
soldado: —El cuartel, Leocadia. El cuartel. Si llego
tarde, me arrestan.
La
prostituta: —A todo esto... ¿cómo dijo que se
llamaba?
El
soldado: —¿Y a usted qué le importa cómo me llamo?
La
prostituta: —Yo soy Leocadia.
El
soldado: —Un nombre extraño. No lo había oído nunca.
La
prostituta: —¡Eh, oiga!
El
soldado: —¿Qué quiere ahora?
La
prostituta: —Deme unas monedas... para el patrón
de la casa.
El
soldado: —¿Pero qué se ha creído usted, que soy un
novato? ¡Ahí se queda, Leocadia!
La
prostituta: —¡Miserable! ¡Gorrón! ¡Sinvergüenza!
(El
soldado ya ha desaparecido en la oscuridad. Solo queda el eco de su silbido
perdiéndose en la noche de Viena).
Escena
II: El soldado y la criada
Aquí
el contraste es clave: él intenta sonar "mundano" para conquistarla,
y ella oscila entre la timidez y la curiosidad.
(El
Prater. Tarde de domingo. Un sendero que se interna en las alamedas oscuras del
parque. A lo lejos, la música de una polca barata marca el ritmo de la ciudad.
El soldado y la criada caminan juntos).
La
criada: —Pero dígame... ¿por qué tiene tanta prisa por
marcharse?
(El
soldado suelta una risa breve, algo torpe).
La
criada: —Ha sido muy divertido. Me gusta mucho bailar.
El
soldado (la toma por la cintura, con un gesto posesivo): —No
estamos bailando ahora, ¿verdad?
La
criada: —¿Por qué me sujeta con tanta fuerza?
El
soldado: —¿Cómo se llama? ¿Kathi?
La
criada: —¿Kathi? ¡Qué ocurrencia!
El
soldado: —Ya sé... Marie. Se llama Marie.
La
criada: —Oiga, esto está muy oscuro. Me da miedo.
El
soldado: —Si yo estoy aquí, no tiene por qué temer. Para
eso es uno lo que es.
La
criada: —¿Pero a dónde vamos? No se ve ni un alma. Mejor
demos la vuelta... está todo tan negro.
El
soldado (da una calada profunda a su cigarro; la punta brilla en la penumbra): —¡A
que ahora hay más luz! Je, je. Venga aquí, tesoro.
La
criada: —Pero ¿qué hace? Si llego a saber esto...
El
soldado: —Le juro que en el baile no había hoy una más
suave que usted, Fräulein Marie.
La
criada: —¿Y ha probado usted con todas para saberlo?
El
soldado: —Se nota al bailar. ¡Vaya que si se nota!
La
criada: —Sí, claro. Pero con la rubia de cara torcida ha
bailado usted más que conmigo.
El
soldado: —Bah... una vieja conocida de un amigo.
La
criada: —¿Del cabo del bigote enrollado?
El
soldado: —No. Del civil que estaba en nuestra mesa. Ese
que habla como si tuviera la garganta llena de arena.
La
criada: —¡Ah, sí! Un tipo bastante atrevido, por cierto.
El
soldado: —Como la haya tocado a usted, le rompo los
huesos. ¿Le hizo algo?
La
criada: —En absoluto. Pero me fijé en cómo trataba a las
otras.
El
soldado: —Dígame una cosa, Fräulein Marie...
La
criada: —¡Cuidado! Me va a quemar con el puro.
El
soldado: —¡Perdón! Oiga... ¿podemos tratarnos de tú?
La
criada: —No nos conocemos de siempre como para eso.
El
soldado: —Hay muchos que no se aguantan y se tutean
igual.
La
criada: —La próxima vez, quizás... ¡Pero... señor Franz!
El
soldado: —Vaya, ya se sabe mi nombre.
La
criada: —¡Señor Franz, por favor!
El
soldado: —Llámeme Franz, Marie. Sin el "señor".
La
criada: —No sea tan atrevido... ¡Pst! Si alguien nos
viera...
El
soldado: —Aquí no se ve ni un burro a tres pasos.
La
criada: —¿A dónde me lleva?
El
soldado: —¿Ve a esos de allá? Están como nosotros.
La
criada: —¿Dónde? No veo nada.
El
soldado: —Ahí delante.
La
criada: —¿Por qué dice que están como nosotros?
El
soldado: —Quiero decir... que se gustan.
La
criada: —¡Cuidado! Casi me mato con esa valla.
El
soldado: —Es el cerco del césped. No hable tan alto.
La
criada: —Mire que me pongo a gritar. Pero ¿qué hace?...
¡Pero...!
El
soldado: —Aquí no hay bicho viviente que pueda
escucharla.
La
criada: —Vámonos ahora mismo a donde haya gente.
El
soldado: —Para esto no necesitamos gente, Marie. Solo
necesitamos... ya me entiende.
La
criada: —¡Señor Franz, por amor de Dios! Mire, si llego
a saber... esto... ¡Oh!
(Pausa
prolongada. Los grillos y la música lejana del Prater).
El
soldado (satisfecho): —¡Vaya!... Otra vez... ¡Ah!
La
criada: —No puedo verte la cara así.
El
soldado: —¿Y para qué quieres verme la cara ahora?
Escena
III: La criada y el señorito
En
esta escena el poder cambia de manos: el lenguaje se vuelve más
"perfumado", pero la intención sigue siendo igual de carnal. Aquí, la
jerarquía social de la Viena de 1900 es el motor de la seducción.
El Señorito Alfred suene hastiado y pretencioso, mientras
que Marie navega entre la sumisión y una astucia
instintiva. La atmósfera da la sensación de "bochorno" y
encierro. El calor es casi un personaje que justifica la lasitud y el descaro
de Alfred. El final subraya la frialdad de clase de Alfred. Una vez que el
"clímax" se interrumpe o se cumple, Marie vuelve a ser solo la
criada. Ese desprecio final es puro Schnitzler. Es de subrayar el
"Usted" de ella hacia él y el tuteo de él hacia ella para que la
jerarquía sea el subtexto constante de la escena.
Escena
III: La criada y el señorito
(Tarde
calurosa de verano. Los padres han salido al campo; la casa respira un silencio
denso. El señorito Alfred está tumbado en el diván, fumando y fingiendo leer
una novela francesa. Toca la campanilla. Marie entra en la habitación).
Marie: —¿Llamaba
el señorito?
Alfred: —Ah, sí...
Marie. He llamado, sí. ¿Qué quería decirle? ¡Ah, claro! Las persianas...
bájelas. Se está más fresco en la penumbra.
(Marie se acerca a la ventana.
El chirrido de la persiana al bajar rompe el silencio).
Alfred (sin levantar la vista
del libro): —Pero ¿qué hace, Marie? Ahora no veo nada. Así no
puedo leer.
Marie: —Es que el
señorito es demasiado aplicado. Siempre estudiando.
Alfred (con una indiferencia
ensayada): —Bien, déjelo así. Está bien.
(Marie hace ademán de retirarse.
Alfred deja caer el libro, aburrido. Toca de nuevo la campanilla).
Alfred: —Oiga,
Marie... ¿Hay coñac en la casa?
Marie: —Sí,
señorito Alfred, pero está bajo llave.
Alfred: —¿Y quién
tiene la llave?
Marie: —La tiene
Lini, la cocinera.
Alfred: —Pues
pídasela.
Marie: —Es que
Lini tiene la tarde libre. Ha salido.
Alfred: —Ya veo...
Marie: —¿Quiere
que baje al café a buscarlo?
Alfred: —No,
déjelo. Hace demasiado calor para que usted ande por la calle. No necesito el
coñac. Tráigame mejor un vaso de agua... Pero déjela correr, Marie; que salga
bien fría.
(Marie sale. Alfred la sigue con
la mirada. Ella se detiene un segundo en el umbral, se gira y lo mira antes de
desaparecer. En la cocina, se oye el agua correr. Marie se atusa el cabello
frente al espejo, se humedece los labios y regresa con el vaso).
Alfred (se incorpora un poco. Al
tomar el vaso, sus dedos rozan los de ella deliberadamente): —Gracias.
Ponga el vaso ahí, sobre el platillo.
(Él se recuesta de nuevo y se
estira con lánguida elegancia).
Alfred: —¿Qué hora
es?
Marie: —Las
cinco, señorito.
Alfred: —Vaya, las
cinco apenas. El tiempo no pasa.
(Marie se queda de pie,
esperando. Alfred no le quita la vista de encima. Ella sonríe levemente).
Alfred (decidido): —Marie...
acérquese.
Marie (da un paso): —¿Desea
algo más?
Alfred: —Más
cerca... Así. Me ha parecido... No, es la blusa. ¿De qué tela es? Acérquese, no
muerdo.
Marie (llega hasta el borde del
diván): —¿No le gusta mi blusa al señorito?
Alfred (toma la tela entre sus
dedos, tirando suavemente hacia él): —Es un azul muy bonito. Usted
siempre va muy bien vestida, Marie.
Marie: —Pero
señorito... me da vergüenza.
Alfred (con voz baja, casi un
susurro): —¿Vergüenza de qué? (Empieza a desabrochar el primer botón). Marie,
tiene usted una piel increíblemente blanca.
Marie: —El
señorito solo quiere halagarme.
Alfred (la besa con una mezcla
de ternura y urgencia): —Esto no le hará daño.
Marie (con un suspiro que delata
más complicidad que miedo): —¡Ay, señorito Alfred!
Alfred: —Qué
zapatitos tan pequeños tiene...
Marie: —Pero
señorito... si alguien entrara...
Alfred: —¿Quién va
a entrar? Estamos solos. Además, sus cabellos huelen de maravilla. No sea tan
melindrosa, Marie. Ya la he visto otras veces... el otro día, cuando pasé
frente a su cuarto y la puerta estaba abierta... ¿cree que no me fijé?
Marie (escondiendo el rostro): —¡Santo
Dios! No sabía que el señorito Alfred fuera tan perverso.
Alfred: —He visto
mucho... esto... y esto también. Venga aquí.
Marie: —Pero si
alguien abriera la puerta...
Alfred: —Nadie va
a abrir. Escúcheme...
(Golpean la puerta principal. El
sonido resuena en toda la casa vacía).
Alfred: —¡Maldita
sea! ¿Quién demonios es a estas horas?
Marie: —He estado
atenta y no oí pasos...
Alfred: —Vaya a
mirar por la mirilla. ¡Rápido!
(Marie se arregla la ropa a toda
prisa y sale. Alfred sube las persianas de golpe, inundando el cuarto de una
luz violenta y cruda que rompe el hechizo).
Marie (regresa): —Ya se ha
ido. No hay nadie en el rellano. Quizás era el doctor Schüller, que siempre
llama así.
Alfred (visiblemente irritado,
como si se hubiera despertado de un sueño molesto): —Está
bien. Déjelo.
(Marie intenta acercarse de
nuevo a él, buscando recuperar el hilo de la seducción).
Alfred (apartándola con
frialdad): —Oiga, Marie... me voy al café. Si viniera el doctor... dígale que
estoy allí.
(Alfred sale de la habitación
sin mirar atrás. Marie se queda sola. Mira la mesa, toma un puro de la caja de
Alfred, se lo guarda en el delantal con un gesto de muda revancha y se retira
hacia la cocina).
Escena
IV (El señorito y la joven esposa), donde Alfred se encuentra con alguien de
"su nivel" y el juego de máscaras se vuelve mucho más
complejo. Esta escena es el núcleo de la comedia burguesa en La
ronda. Aquí, el desprecio se vuelve más sofisticado: no es solo desprecio por
la persona, sino por la institución que ambos representan. Alfred,
que antes despreciaba a la criada por su clase, ahora desprecia a la esposa por
su "decencia" fingida.
Puntos
para reflexionar:
·
El "Stendhal" como arma:
una referencia intelectual con la que Alfred muestra su pedantería. Usa la
literatura para justificar su comportamiento, lo cual es muy propio del
"señorito" académico que cree que el sexo es un experimento
psicológico.
·
La estructura del engaño: La
transición del "usted" al "tú" (que se intuye en la alcoba)
y la vuelta al "usted" social al final subraya que, para ellos, el
erotismo es solo un paréntesis en su vida burguesa.
·
El cierre: Esa frase final de Alfred
es demoledora. Define todo el cuadro: para él, el valor de Emma no es su
persona, sino el "trofeo" de haber corrompido a una mujer de su
propia clase.
·
El texto resalta ese perfume de
violetas que embriaga y miente al mismo tiempo.
Escena
IV: El señorito y la joven esposa
(Tarde.
Un salón amueblado con esa elegancia banal de las casas de citas en la
Schwindgasse. Alfred entra, enciende las velas y rocía la habitación con
perfume de violetas. Revisa cada detalle: esconde una horquilla olvidada por
otra mujer y prepara coñac. De pronto, llaman. Alfred se sienta, fingiendo una
calma que no tiene. Entra Emma, la joven esposa, oculta tras un velo tupido).
Emma (permanece junto a la
puerta, con la mano en el pecho): —¡Alfred, Alfred!
Alfred (se acerca y besa su
guante con una devoción ensayada): —Se lo agradezco, Emma. Gracias
por venir.
Emma: —Déjeme un
momento... se lo ruego. ¿Dónde estoy? Esto es... terrible.
Alfred: —Está en
mi casa. Un lugar elegante, un lugar seguro.
Emma: —Me he
cruzado con dos señores en la escalera. Estoy segura de que me han reconocido.
Alfred:
—Imposible, querida. Con ese velo, ni su propio marido sabría que es usted.
Permítame... quítese el sombrero.
Emma: —¡Ni lo
piense! Le dije que solo serían cinco minutos. Ni uno más. Se lo juro por lo
más sagrado.
Alfred: —Al menos
el velo... déjeme ver sus ojos.
Emma: —¿Me
quiere, Alfred? ¿De verdad me quiere?
Alfred (conmovido por oficio): —Emma...
¿cómo puede preguntarlo? Usted es todo para mí.
Emma: —Hace un
calor asfixiante aquí dentro.
Alfred: —Es su
mantilla de piel. Quítesela o se enfriará al salir.
(Él la ayuda a despojarse del
velo y la mantilla. Ella se deja hacer, hundiéndose en el sillón de terciopelo
azul).
Alfred: —Nunca la
he visto tan hermosa.
Emma: —No diga
eso. No debería estar aquí. Ayer mismo le escribí una carta larguísima para
decirle que no vendría... pero la rompí. ¡Qué insensata soy!
Alfred: —Usted
está aquí porque el destino lo ha querido. Porque nos pertenecemos.
Emma: —Admitamos
que he sido débil. Pero debe cumplir su palabra: solo un beso y me marcharé. Mi
hermana me espera.
Alfred: —A su
hermana puede verla cualquier día. A la felicidad, no.
(Él la abraza. El beso se
prolonga. La resistencia de Emma se desvanece entre el aroma a violetas y el
silencio del apartamento).
Alfred: —Ahora sé
lo que es la vida, Emma.
Emma (con un suspiro): —Alfred...
¿qué está haciendo de mí?
Alfred: —¿Verdad
que se está mejor aquí que en nuestras citas al aire libre? Aquí no hay
testigos.
Emma: —No me
hable de otras citas. Me hace sentir... una cualquiera. Dígame la verdad,
Alfred: ¿cuántas mujeres han estado en esta habitación antes que yo?
Alfred: —¡Emma!
Esa pregunta es un insulto para ambos. Usted no es como las demás. Usted es
infeliz, lo veo en su mirada. La vida es breve, demasiado breve para
desperdiciarla en convencionalismos.
(Alfred la levanta y la conduce
hacia el dormitorio, donde la luz es casi nula).
Emma (débilmente): —Pero
Alfred... usted prometió portarse bien... y aquí hay demasiada claridad...
Alfred: —Allí
dentro no hay claridad alguna. Solo nosotros.
(Pausa prolongada. Regresan al
salón. Emma se viste con una urgencia que raya en el pánico. Alfred fuma un
cigarro, observándola con una mezcla de saciedad y análisis clínico).
Alfred: —¿Sabe?
Hay una historia de Stendhal que viene al caso... Habla de oficiales que, ante
la mujer que más desean, se quedan... como idos. Es una reacción psicológica
muy común.
Emma (ajustándose el corsé): —No me
hable de libros ahora. ¡Son las ocho! ¡Dios mío, las ocho! ¿Qué voy a decirle a
mi marido?
Alfred: —Dígale
que estuvo con su hermana. Es la mentira más vieja de Viena.
Emma: —¡Y todo
por una persona como usted! Déjeme sola, Alfred. No puedo vestirme si me mira
así.
(Alfred sale al salón, bebe un
coñac y prueba un dulce. Emma aparece ya lista, perfecta de nuevo, como si nada
hubiera ocurrido).
Emma: —¿Qué
pensará la gente si nos vemos mañana en el cotillón de los Lobheimer?
Alfred: —Pensarán
que somos dos conocidos muy distinguidos. ¿Me concederá un baile?
Emma: —¡Ni se le
ocurra! Avisaré que estoy enferma. No podría mirarlo a la cara.
Alfred:
—Entonces... ¿pasado mañana aquí? ¿A las seis?
Emma: —Lo
hablaremos mañana... en el baile. Adiós, Alfred. Si alguien me ve en la
escalera, me muero.
(Emma sale apresurada. Alfred se
queda solo. Se sienta en el sofá, saborea el último resto de coñac y esboza una
sonrisa cargada de cinismo).
Alfred: —Por
fin... un lío con una mujer decente.
Escena
V (La joven esposa y el marido)
Es
el espejo perfecto de esta: la mentira se traslada al hogar legítimo. Esta
escena es, quizás, la más ácida de toda la obra. Es el retrato de la doble
moral burguesa en su estado más puro. Aquí, Karl (el marido) utiliza un
lenguaje elevado y protector para ocultar su propia mediocridad, mientras Emma
(la esposa) saborea el secreto de su reciente infidelidad mientras escucha los
sermones de su esposo sobre la "pureza".
La
pedantería de Karl suene tan ridícula como peligrosa, manteniendo ese tono de
"decencia" que es, en el fondo, una máscara.
Notas
para tomar en cuenta:
El
subtexto de la ironía: El diálogo de Karl sobre la "pureza" de Emma
justo después de que el lector/espectador sabe que ella viene de engañarlo.
Esto crea una tensión cómica y trágica muy potente. La "Venecia"
doméstica: El final de la escena es fundamental. Karl cree que está
"reafirmando" su matrimonio, cuando en realidad solo está ocupando el
lugar que Alfred dejó vacío hace unas horas. Es el triunfo de la rutina sobre
la verdad. Términos como "barahúnda", "profanación" y
"conmiseración" subrayan el tono pretencioso de Karl, el típico
académico o burgués que cree tener la verdad absoluta sobre la moral.
Escena
V: La joven esposa y el marido
(Un
dormitorio confortable, saturado de una atmósfera de respetabilidad. Son las
diez y media de la noche. Emma lee en la cama; Karl entra en bata, apagando las
luces del resto de la casa).
Emma
(sin levantar la vista): —¿Has terminado de trabajar?
Karl:
—Sí. Hoy me siento exhausto. Además...
Emma:
—¿Además qué?
Karl
(sentándose al borde de la cama): —De pronto, frente al
escritorio, me invadió una soledad extraña. Sentí añoranza de ti, Emma.
Emma
(deja el libro con una sonrisa imperceptible):
—¡No me digas!
Karl:
—No leas más por hoy. Te vas a arruinar la vista. Además, quiero hablarte.
Emma:
—¿Qué ocurre, Karl? Te noto... solemne.
Karl:
—Nada grave, querida. Solo que estoy enamorado de ti. Ya lo sabes, aunque a
veces el matrimonio nos obligue a olvidarlo.
Emma:
—¿Olvidarlo? ¿Por qué habríamos de hacerlo?
Karl:
—Porque, de lo contrario, el matrimonio perdería su carácter sagrado. Sería un
agotamiento constante. Mira: en estos cinco años hemos pasado por diez o doce
etapas distintas de enamoramiento. ¿No lo has sentido así?
Emma:
—Confieso que no las he contado.
Karl:
—Si hubiéramos agotado nuestra pasión desde el primer día, hoy estaríamos
rotos, como tantas otras parejas. Por eso es conveniente vivir, de vez en
cuando, en esa "buena amistad" que nos permite renovar las lunas de
miel.
Emma:
—Ah... entiendo. Entonces, según tus cálculos, ¿hoy se termina un periodo de
"amistad"?
Karl
(abrazándola con una ternura condescendiente):
—Es muy posible. Eres el ser más inteligente y delicioso que conozco. Soy un
hombre afortunado por haberte encontrado.
Emma:
—Vaya... cuántos elogios.
Karl:
—Para un hombre que conoce el mundo, Emma, el matrimonio es algo mucho más
misterioso que para una joven de buena familia. Vosotras llegáis a nosotros
puras, protegidas... no tenéis una visión real de la esencia del amor.
Emma
(con una risa leve): —¡Oh, Karl! ¡Qué poco crédito nos das!
Karl:
—Es la verdad. A nosotros, la barahúnda de la vida nos confunde. El amor, tal
como se vive fuera de estas paredes, termina resultándonos repugnante.
Porque... ¿qué son, en definitiva, esas criaturas de las que a veces dependemos
los hombres?
Emma:
—Dímelo tú. ¿Qué clase de criaturas son?
Karl
(la besa en la frente): —Seres dignos de compasión, Emma. Tú
nunca has tenido que enfrentarte a ese mundo de miseria moral, a esa falta de
nobleza. Vosotras esperáis bajo la protección paterna al hombre honrado; ellas
caen en el pecado por necesidad o por una naturaleza defectuosa.
Emma:
—¿Y de verdad crees que sufren tanto? A veces parece que les va bastante bien.
Karl:
—Es una ilusión. Están destinadas a caer cada vez más hondo. Por eso, Emma,
para una mujer decente no debería haber nada más repulsivo que alguien que no
lo es.
Emma:
—Por supuesto, Karl. Tienes razón. Pero cuéntame más... es tan interesante
escucharte hablar de esas... criaturas.
Karl:
—¿Por qué te interesa tanto mi pasado? Sería una profanación hablar de eso
aquí, en nuestra alcoba.
Emma:
—Pero Karl... ¿quién sabe a cuántas mujeres habrás tenido en tus brazos antes
que a mí?
Karl:
—No digas "mujeres". Mujer solo eres tú. El resto... fueron errores
de juventud. Olvidados y enterrados.
Emma:
—Karl... ¿ha habido alguna mujer casada entre ellas?
Karl
(visiblemente incómodo): —¿Cómo puedes preguntar semejante
cosa?
Emma:
—No lo sé. Curiosidad. Sé que existen esas mujeres. Pero si tú hubieras...
Karl
(serio): —Emma, prométeme algo. No te relaciones nunca con
mujeres cuya fama sea dudosa. A veces, esas mujeres buscan la compañía de
esposas virtuosas por una especie de "nostalgia de la virtud". Pero
son infelices, viven en un mundo de mentiras y peligros. Pagan muy caro su
pequeño trozo de... placer.
Emma
(pensativa): —Pacer... Lo dices como si fuera un
castigo.
Karl: —Es
que lo es. Un beso en tu mano significa para mí más que todo el cariño vulgar
del mundo. Solo se ama lo que es puro y verdadero. (Apaga la luz). ¡Qué bien se
siente uno en unos brazos como los tuyos!
Emma:
—¿Sabes en qué he pensado hoy, Karl? En Venecia. En nuestra primera noche.
Karl:
—Fue un sueño...
Emma:
—Hoy me siento... tan ardiente como entonces.
Karl
(echándose en sus brazos): —¿De verdad, Emma?
Emma:
—Sí. Si siempre fueras así... me daría cuenta de que me amas de verdad.
Karl:
—Cariño, no siempre se puede ser el esposo amante. Hay que salir a la calle,
luchar en el mundo hostil... pero lo importante es que, después de cinco años,
aún sepamos volver a nuestra Venecia particular. Buenas noches, Emma.
Emma:
—Buenas noches, Karl.
Escena
VI (El marido y la muchachita ingenua) Aquí veremos a Karl en acción,
aplicando toda esa "filosofía" que acaba de predicar, pero de una
forma mucho más hipócrita.
Esta
escena es el reverso tenebroso de la anterior. Aquí vemos
a Karl ejecutando exactamente aquello que describió como
"repugnante" ante su esposa. Lo fascinante es su tono: se presenta
como un mentor, un hombre de mundo que "cuida" a la muchacha mientras
la seduce. Es la hipocresía elevada a arte dramático.
La Muchachita no
es simplemente una víctima, sino alguien que entiende las reglas del juego; su
lenguaje es más sencillo y directo.
Escena
VI: El marido y la muchachita ingenua
(Un
reservado en el Riedhof. Elegancia mesurada, luz cálida y el siseo suave de la
estufa de gas. Karl y la muchachita han terminado de cenar. En la mesa quedan
restos de merengue y copas de vino blanco húngaro. Karl fuma un habano,
recostado con una satisfacción casi académica).
Para
tomar en cuenta
- La hipocresía de Karl: Su indignación
cuando ella menciona a su esposa. Es el toque maestro de Schnitzler: el
adúltero que se ofende porque una "muchachita" mencione la
santidad de su hogar.
- El tono de "Mentor": Karl
no usa la fuerza bruta, usa la condescendencia. Se vende como el protector
contra los "otros" hombres malos, siendo él el depredador
principal.
- La ambigüedad de ella: Hay pistas de
que la muchacha sabe perfectamente cómo manejar a estos hombres maduros,
usando la excusa del "vino" para justificar su entrega y no
parecer "fácil".
Escena
VI: El marido y la muchachita ingenua
(Un
reservado en el Riedhof. Elegancia mesurada, luz cálida y el siseo suave de la
estufa de gas. Karl y la muchachita han terminado de cenar. En la mesa quedan
restos de merengue y copas de vino blanco húngaro. Karl fuma un habano,
recostado con una satisfacción casi académica).
Karl:
—¿Te ha gustado el postre?
Muchachita
(apurando la crema con la cuchara): —¡Oh, sí! Estaba
delicioso.
Karl:
—¿Quieres otro? ¿O quizás un poco más de vino? Tu copa está vacía.
Muchachita:
—No, no... Mire, lo voy a dejar ahí, que luego se me sube a la cabeza.
Karl:
—Vaya... otra vez con el "usted". Me hace sentir un anciano.
Muchachita:
—Es que es difícil acostumbrarse... caballero.
Karl:
—Dime "tú". Ven, siéntate aquí, a mi lado.
Muchachita: —Enseguida...
deje que termine con la nata.
Karl
(se levanta y la rodea por detrás del sillón, inclinando su rostro hacia el de
ella): —Dime... ¿qué piensas de mí ahora?
Muchachita
(dándole un beso rápido): —Que es usted... perdón, que eres un
poco fresco. Pero me gusta.
Karl:
—¿Ah, sí? ¿Ya lo pensabas cuando te seguía por la calle?
Muchachita:
—Bueno, no se crea que es el único. Me siguen muchos. Pero usted... tienes una
manera de pedir las cosas que convence.
Karl:
—Es la experiencia, pequeña. Además, hacía demasiado frío para seguir paseando,
¿no crees? Aquí estamos mucho más... protegidos.
Muchachita
(dejándose atraer al diván): —Eso es verdad. Hacía un
frío de perros.
Karl:
—Dime la verdad... ¿cuántos hombres te han besado ya? Sé sincera, no me
enfadaré.
Muchachita:
—Si se lo digo, no me va a creer.
Karl:
—¿Por qué no? Digamos... ¿veinte?
Muchachita
(ofendida): —¿Veinte? ¡Ni que fuera yo una de esas
que se van con cualquiera al primer reservado que les ofrecen!
Karl:
—No te pongas así. Solo estamos cenando en un restaurante. En cualquier momento
puede entrar el camarero... no hay nada malo en esto. ¿Habías estado antes en
un sitio así?
Muchachita:
—Si le digo la verdad... sí. Pero con una amiga y su novio, durante el
carnaval.
Karl:
—Me gusta que seas sincera. Pero no me digas que no tienes un novio ahora
mismo. Una chica tan linda...
Muchachita:
—Se lo juro por lo más sagrado: no tengo a nadie desde hace medio año.
Karl
(apretándola contra sí): —Vaya... entonces tengo suerte.
¿Sabes? Me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo. Alguien de mi
juventud.
Muchachita:
—Y usted... ¿cuántos años tiene? Porque no sé ni cómo se llama.
Karl: —Me
llamo Karl. Y tengo... los años suficientes para saber apreciar tu compañía.
Muchachita:
—¿Karl? ¡No es posible! Él también se llamaba Karl.
Karl:
—¿Quién? ¿Tu antiguo amante?
Muchachita:
—Sí. Y tenía los ojos como los tuyos... la misma mirada de hombre malo que
luego te deja plantada.
Karl
(la besa con una pasión que intenta ocultar su incomodidad):
—Yo no te dejaré plantada. Pero tengo que serte franco: no vivo en Viena. Vivo
en Graz. Vengo solo por unos días.
Muchachita:
—¿En serio? ¿Y estás casado?
Karl:
—¿Cómo se te ocurre eso?
Muchachita:
—No lo sé. Los hombres que dicen que no tienen tiempo y viven fuera... suelen
tener una mujer esperándolos.
Karl
(soliviantado): —Escucha, eso no te lo permito. No se
hacen esa clase de observaciones. Tengas razón o no, es una falta de gusto.
Muchachita:
—¡Karl, no te enfades! Solo lo decía por hablar. Venga, sé bueno... no me mires
así.
Karl
(recuperando la compostura): —Es que sois criaturas
extrañas... las mujeres. Escucha bien: me gustaría verte más veces. Pero
necesito poder fiarme de ti. El mundo está lleno de sinvergüenzas que solo
buscan aprovecharse de chicas jóvenes como tú.
Muchachita
(acurrucándose): —Yo sé cuidarme sola, Karl.
Karl:
—Eso espero. La próxima vez nos veremos en un lugar más privado, donde nadie
nos moleste. ¿De acuerdo?
Muchachita:
—De acuerdo. Pero Karl... tengo tanto sueño. El vino debía de tener algo...
Karl
(la observa mientras ella cierra los ojos. Para sí mismo, con cinismo):
—Vaya... ha sido demasiado rápido. No he sido muy prudente. Pero al final...
todas son iguales.
Escena
VII (La muchachita ingenua y el poeta) Aquí veremos cómo cambia el
lenguaje cuando la muchacha pasa de un hombre de negocios a un intelectual que
busca "poesía" en lo vulgar. Esta escena es deliciosa porque
pasamos del pragmatismo hipócrita del marido al narcisismo estético
del Poeta. Para Robert (el Poeta), la muchacha no es una persona, es una
"musa" o un "experimento de sencillez". Ella, por su parte,
sigue siendo la misma: práctica, un poco confundida por tanta palabrería y
siempre atenta a los beneficios tangibles (como las entradas al teatro).
Es
notable el contraste entre la atmósfera "artística" y cargada que
intenta crear el Poeta y la realidad cotidiana de la joven.
Notas:
·
El "Cuaderno de notas": El
gesto del Poeta de escribir en medio de la seducción subraya su carácter de
"vampiro emocional" que usa la realidad para su literatura.
·
Biebitz: El momento en que ella no
reconoce su seudónimo es clave. Para el Poeta, el anonimato ante ella es
excitante, pero al mismo tiempo le duele que no sea famosa su obra. Es una
contradicción muy humana.
·
El Palacio Indio vs. El Corsé: Este
contraste porque es la esencia de la escena. Él quiere vivir en un poema
oriental; ella solo quiere dejar de sentir la presión de las ballenas del
corsé. Es puro teatro del absurdo avant la lettre
Escena
VII: La muchachita ingenua y el poeta
(Una
habitación pequeña, decorada con un gusto bohemio y deliberadamente oscuro. Hay
libros y papeles en desorden por todas partes y un pianino contra la pared. El
Poeta y la muchachita entran; él cierra la puerta con llave con un gesto
dramático).
Poeta: —Bueno,
tesoro, ya estamos en mi refugio. (La besa).
Muchachita: —¡Ay, qué
bonito! Aunque, si le digo la verdad... no se ve casi nada.
Poeta: —Deja que
tus ojos se acostumbren a esta penumbra... esos lindos ojos que hoy han visto
demasiado sol. (La besa en los párpados).
Muchachita: —Para eso
no tendrán tiempo, porque solo puedo quedarme un minuto.
Poeta: —Al menos
quítate el sombrero. Me estorba para verte.
Muchachita: —Bueno,
pero solo un momento... No sé para qué, si me tengo que ir volando.
Poeta: —Descansa,
criatura. Nos hemos dado un paseo de tres horas. Siéntate en el diván, ahí,
entre los cojines. Si quieres, puedo tocarte algo al piano... una nana que
escribí yo mismo.
Muchachita: —¿Tuya?
¿Pero no eres doctor?
Poeta: —¿Doctor?
Te he dicho que soy escritor.
Muchachita: —Es que
todos los escritores que conozco son doctores.
Poeta: —Yo no. Yo
soy simplemente un buscador de belleza. ¿Sabes lo que eso significa?
Muchachita (algo somnolienta): —Me lo
imagino... supongo que es algo bueno.
Poeta (se sienta a su lado y le
acaricia el cabello): —No has entendido ni una palabra, ¿verdad? Pero
precisamente por eso te quiero. Es tan refrescante encontrar a alguien con esa
"santa estupidez"... quiero decir, con esa sencillez divina. ¿No te
sientes bien aquí, sobre esta alfombra persa?
Muchachita: —Se está
bien, sí. Pero... ¿no podrías encender un poco de luz?
Poeta: —¡Jamás!
La luz es vulgar. Ahora mismo estamos envueltos en la penumbra como si fuera un
albornoz de seda. (Se separa bruscamente, saca un cuaderno y escribe algo
rápido).
Muchachita: —¿Qué
haces? ¿Qué estás apuntando?
Poeta: —Nada...
una imagen. "Penumbra... albornoz... seda". Ideas que pasan. Dime,
¿tienes hambre? ¿Quieres beber algo?
Muchachita: —Sed no
tengo, pero algo de comer no me vendría mal.
Poeta: —Maldita
sea... tendría que haberlo previsto. Tengo coñac, pero para la comida tendría
que salir yo mismo. Mi sirvienta ya se ha marchado.
Muchachita: —No se
moleste. En un rato me voy a cenar a casa. Mi madre me va a armar un lío si
llego tarde.
Poeta: —¿Tanto
miedo le tienes a tu madre? Podríamos ir a un restaurante con habitaciones
privadas... a una chambre separée.
Muchachita (canturreando):
—"Cena en la chambre separée"... Ya sé de qué va eso.
Poeta: —¿Has
estado en una de ellas? ¿Con quién?
Muchachita: —Con una
amiga y su novio. Me llevaron de acompañante.
Poeta (acercándose, con una
sonrisa cínica): —No pretenderás que me crea esa historia. Pero no
importa. En esta oscuridad ya no sé ni qué cara tienes. Te reconozco por el
tacto, por el tono de tu voz... estás cerca y lejos al mismo tiempo. Es
poético, ¿no crees?
Muchachita: —Lo que
creo es que eres un poco raro, Robert. Pero me gustas.
Poeta: —¿Me
quieres? ¿Has querido a alguien como a mí?
Muchachita: —Ya te
dije que no. Solo tuve a mi novio, pero aquello fue distinto.
Poeta: —No
hablemos de él. Imagina que estamos en un palacio en la India... solos tú y yo.
Muchachita: —Pues en
la India deben tener mejores corsés, porque este me está matando. Me hace daño.
Poeta: —Pues
quítatelo. Fuera con todo lo que sea artificial.
(Ella se levanta y, en la
oscuridad, se despoja de la prenda. Él vuelve al diván, observando su silueta).
Poeta: —Dime...
¿te interesa saber quién soy realmente? ¿Mi nombre de escritor?
Muchachita: —¿No usas
tu nombre de verdad?
Poeta: —Uso un
seudónimo. Me hago llamar Biebitz. ¿Te suena?
Muchachita: —No. Nunca
lo he oído.
Poeta (herido en su orgullo): —¿Nunca?
¿No vas al teatro? ¿Al Burgtheater?
Muchachita: —Es que
para ese no me dan entradas gratis. Mi hermano es peluquero y a veces consigue
entradas para la Ópera, pero para el otro no.
Poeta:
—¡Increíble! ¡Lo que es la fama! Bueno, mejor así. Para ti solo soy Robert.
Mañana te enviaré una entrada para el estreno de mi obra. Solo podré conocerte
de verdad cuando vea qué sientes al ver mis versos en el escenario.
Muchachita: —Bueno,
pues que sea para algo divertido, ¿eh? Que no me gustan las cosas tristes.
Poeta: —¡Santa
sencillez!... Ven aquí, mi pequeña primavera.
Escena
VIII (El poeta y la actriz) Aquí el
Poeta se encuentra con alguien que es tan narcisista y melodramática como él. ¡Un
duelo de titanes! Esta es, posiblemente, la escena donde mejor se prefigura el teatro
del absurdo. Aquí no hay rastro de "gente real": son dos máscaras,
dos egos profesionales que compiten por ver quién es más melodramático. La
seducción es una puesta en escena y el sexo es solo un intermedio entre dos
monólogos. Es todo un "duelo de actuaciones" en una farsa de alta
alcurnia.
Notas
·
La religión como atrezo: La
Actriz usa la oración como una herramienta más de seducción. No es fe, es
estética.
·
El conflicto absurdo (Grillos vs.
Ranas): Este diálogo es la esencia de la obra. Dos amantes que acaban de
estar juntos y se ponen a discutir por una minucia zoológica. Es la desconexión
total.
·
La rivalidad profesional: Ella
lo llama "escritor de dramas estúpidos" y luego "genio". No
hay verdad en sus palabras, solo manipulación emocional.
Escena
VIII: El poeta y la actriz
(Una habitación en una fonda de
campo. Primavera. La luna inunda los prados; el silencio es absoluto, casi
artificial. Entran el Poeta y la Actriz. Al entrar, la vela del Poeta se
apaga).
Poeta: —¡Vaya!...
se ha apagado.
Actriz: —¿Qué ha
pasado?
Poeta: —La luz.
Pero no la necesitamos, ¿no crees? Mira esa luna... es casi de día. ¡Es una
escenografía maravillosa!
(La Actriz, de repente, junta
las manos y se inclina frente a la ventana con un misticismo exagerado).
Poeta: —¿Qué te
ocurre? ¿Estás bien?
(Ella permanece en silencio. El
Poeta se acerca, intrigado).
Actriz (con voz solemne): —¡Calla!
Estoy rezando.
Poeta: —¿De
verdad crees en Dios?
Actriz: —Por
supuesto. ¿Qué te has creído? ¿Que soy una canalla sin alma?
Poeta: —No, no es
eso, pero...
Actriz: —Acércate.
Arrodíllate a mi lado. No te vendría mal rezar un poco de vez en cuando. No se
te van a caer los anillos.
(El Poeta se arrodilla, pero lo
hace para rodearla con sus brazos).
Actriz:
—¡Calavera! (Se levanta bruscamente). ¿Y sabes a quién le estaba
rezando?
Poeta: —A Dios,
imagino.
Actriz (con una sonrisa llena de
ironía): —¡Por supuesto que no! Te estaba rezando a ti.
Poeta: —¿A mí? ¿Y
por qué mirabas por la ventana?
Actriz: —Dime
mejor a dónde me has traído, seductor.
Poeta: —¡Pero si
fue idea tuya! Tú querías campo, querías soledad. Y aquí la tienes. Es
increíble que estemos a solo dos horas de Viena. ¡Qué paisaje, qué paz!
Actriz: —Sí... un
sitio perfecto para escribir. Si tuvieras talento, claro.
Poeta: —¿Habías
estado aquí antes?
Actriz: —¿Que si
he estado? ¡He vivido aquí temporadas enteras!
Poeta: —¿Con
quién?
Actriz: —Con
Fritz, por supuesto. Lo adoraba.
Poeta: —Ya me lo
has dicho cien veces.
Actriz: —Si te
aburro, me marcho ahora mismo.
Poeta:
—¿Aburrirme tú? Si eres mi mundo, eres lo divino, el genio hecho carne... la
santa simplicidad. Pero, por favor, deja de hablar de ese Fritz.
Actriz: —Tienes
razón. Ha sido una confusión. Ven aquí y dame un beso.
(Se besan. La tensión teatral
sube de tono).
Actriz: —Bien... y
ahora, buenas noches.
Poeta: —¿Cómo que
buenas noches? ¿A dónde voy yo?
Actriz: —Supongo
que en esta casa habrá más habitaciones. Yo quiero dormir.
Poeta: —Pero...
voy a encender la luz, esto es absurdo. (Enciende la vela de la mesilla).
Mira qué habitación más pintoresca, llena de imágenes de santos. Es otro mundo.
En el fondo, no sabemos nada de la vida de los otros...
Actriz: —No digas
tonterías y pásame la bolsa.
(Ella saca una pequeña imagen de
una virgen y la coloca en la mesilla con devoción profesional).
Actriz: —Es mi
talismán. Siempre viene conmigo. Y ahora vete, Robert.
Poeta: —No me
moveré de aquí. ¿Quieres que me pase la noche paseando bajo tu ventana como un
personaje de tus dramas?
Actriz: —Hablas
como un idiota.
Poeta (dolido): —Otras
mujeres dirían que hablo como un poeta.
Actriz: —Vete,
anda. Pero no te líes con la camarera por el camino.
(Pausa. El Poeta sale, se oyen
sus pasos por la escalera de madera. Ella lo llama desde la ventana en voz
baja. Él sube de nuevo, se precipita hacia ella y cierra la puerta con llave.
La luz se apaga).
Actriz: —Siéntate
a mi lado y cuéntame algo. Dime... ¿a quién estás engañando hoy por estar
conmigo?
Poeta: —Ojalá
estuviera engañando a alguien, pero solo tengo ojos para ti.
Actriz: —Pues yo
sí estoy engañando a alguien. Adivina a quién.
Poeta: —A tu
director, imagino.
Actriz: —Querido,
no soy una corista de tercera. Soy una artista.
Poeta:
—Entonces... a Benno, tu compañero de reparto.
Actriz: —¡A Benno
le gustan los hombres! Tiene un romance con su cartero, ¿no lo sabías? ¡Bésame
de una vez!
(Pausa prolongada. El silencio
del campo entra por la ventana).
Actriz: —Esto es
mucho mejor que actuar en esos dramas estúpidos que me obligan a memorizar...
¿no crees?
Poeta: —Supongo
que te refieres a los míos.
Actriz (seria): —Tus obras
son magníficas, Robert. Eres un genio. Pero dime... ¿por qué cancelé mi
actuación de anteayer?
Poeta: —Me
dijiste que estabas enferma.
Actriz: —¡Mentira!
Fue para darte celos. Me pasé la noche con fiebre, pero era fiebre de amor por
ti.
Poeta: —¿Y qué
pasó ayer? Estuve a punto de ir al teatro...
Actriz: —Ayer
estuve divina. El público se quedó pálido. Benno me dijo: "Nena, has
estado de otro planeta".
Poeta: —¿Y Fritz?
¿Qué diría Fritz de tu actuación?
Actriz: —¡No me
hables de ese galeote! Escucha... ¿oyes eso?
Poeta: —¿El qué?
Actriz: —Ese
ruido.
Poeta: —Son los
grillos. Cantan para nosotros.
Actriz: —No seas
tonto, Robert. No son grillos. Son ranas.
Poeta: —Te
equivocas. Las ranas croan, esto es un canto rítmico. Son grillos.
Actriz: —¡Que son
ranas, te digo!
Poeta: —Es
increíble lo tozuda que puedes ser.
Actriz: —Y tú lo
arrogante. Dame un beso, ranita mía.
Poeta: —No me
llames así. Me llamo Robert.
Actriz: —Es un
nombre muy aburrido. Anda, dame un beso... ¿ya estás contento, mi pequeño sapo?
¡Ja, ja, ja!
Escena
IX. Aquí el tono cambia radicalmente. Entramos en el terreno de la aristocracia
decadente. El Conde es un filósofo del hastío, un hombre que ve la
vida como una película que ya ha visto mil veces. Para la Actriz, él es un
trofeo de clase; para el Conde, ella es un "problema"
intelectual.
Notas
·
El Conde como figura del
absurdo: Su desapego es casi cómico. Mientras ella intenta ser la
"mujer fatal", él está preocupado por el horario del desayuno y la
metafísica del placer. Es una inversión total de los roles esperados.
·
El Sable: El detalle de quitarse
el sable porque es un símbolo de castración social. Al quitarse el arma, el
Conde intenta —aunque no lo consiga del todo— dejar de ser el militar para ser
el hombre.
·
El "Problema": La
repetición de que ella es "un problema" marca la diferencia entre el
Poeta (que la ve como musa) y el Conde (que la ve como una curiosidad de
laboratorio).
Escena IX:
La actriz y el conde
(El dormitorio de la Actriz.
Lujo recargado, casi asfixiante. Son las doce del mediodía, pero las persianas
siguen bajadas, manteniendo una noche artificial. La Actriz está sepultada bajo
una montaña de periódicos y sábanas de seda. Entra el Conde, con su uniforme de
capitán de caballería, impecable y algo rígido).
Actriz: —¡Ah! El
señor conde...
Conde: —He pedido
permiso a su madre para entrar, de lo contrario no me hubiera atrevido...
Actriz:
—Acérquese, por favor. No muerdo.
Conde (se detiene junto a la
cama): —Beso su mano. Perdone... vengo de la calle y mis ojos aún no se
acostumbran a esta penumbra. Pero aquí se está... bien.
Actriz: —Tome
asiento, señor conde.
Conde: —Su madre
me dijo que se encontraba indispuesta. Espero que no sea nada que la ciencia no
pueda remediar.
Actriz:
—¿Indispuesta? He estado en el umbral de la muerte, se lo aseguro.
Conde: —¡Válgame
Dios! ¿Cómo es posible? Si ayer mismo actuaba usted como una verdadera diosa.
Actriz: —Fue un
triunfo, sí. Pero el arte exige tributos de sangre. Le agradezco las flores,
por cierto.
Conde: —No es
nada, señorita.
Actriz (señalando un cesto
enorme): —Es el único que me traje a casa. El resto se quedó en el camerino.
(De pronto, la Actriz toma la
mano del Conde y la besa con un impulso teatral).
Conde (sorprendido): —Pero...
señorita...
Actriz: —No se
asuste. Un beso no obliga a nada.
Conde: —Es usted
un ser enigmático. Lo dice todo el mundo. El Lolo —un amigo mío— dice que soy
un filósofo porque pienso demasiado. Y yo pienso que usted es... un problema.
Actriz: —Pensar es
lo que arruina la vida, conde.
Conde: —Tengo
demasiado tiempo libre, ese es mi mal. Si me trasladaran a Viena de forma
permanente, quizás sería distinto. Pero allí abajo, en los cuarteles de
Hungría... uno termina mirando las puestas de sol y preguntándose para qué
sirve todo esto.
Actriz: —¿Y qué
hacía usted en Hungría, además de aburrirse?
Conde: —El
servicio, señorita. Instruir reclutas, cuidar los caballos... La llanura es
hermosa, sabe, pero uno se vuelve loco de tanto horizonte.
Actriz: —A mí me
pasa lo mismo en Viena. Odio a la gente. Vivo en una soledad absoluta. Nadie
entra en esta casa... salvo usted hoy.
Conde: —Lo
entiendo. En las altas esferas del arte debe pasar lo mismo. Pero usted al
menos sabe por qué vive: vive para su público.
Actriz: —¿Quién le
ha dicho eso? ¡No tengo ni la menor idea de por qué vivo!
Conde: —La
felicidad no existe, señorita. Es un invento de los libros. El amor tampoco.
Solo existe el momento: la embriaguez o el placer. Y en cuanto el momento pasa,
todo se vuelve ceniza. Por eso, lo mejor es no pensar en el "antes"
ni en el "después".
Actriz: —Tiene
usted toda la razón. Es usted un sabio.
Conde: —Verá...
por eso me da igual estar en Viena que en un pueblucho de Hungría. Al final, el
club o el casino son lo mismo.
Actriz: —¿Y las
mujeres? ¿También son lo mismo en todas partes?
Conde: —Si uno
cree en ellas, siempre hay alguien que lo quiera. Como la pequeña Birken...
Actriz: —Esa
Birken es su amante, todo el mundo lo sabe. Hasta se batió en duelo por ella.
Conde: —Tal vez
me hirieron de muerte y no me he dado cuenta.
Actriz: —Es usted
un caballero, conde. Acérquese más. Quítese ese sable, que me da escalofríos.
Conde: —Con su
permiso. (Apoya el arma en la cama).
Actriz: —Y
ahora... bésame.
(El Conde la besa con una
cortesía que la irrita).
Actriz: —¡Señor
conde! ¡Deje de actuar como si estuviera en un desfile! ¿Sabe cuántos hombres
darían su vida por estar donde está usted ahora?
Conde: —Soy
consciente de mi suerte. Pero usted es un problema intelectual para mí.
Actriz: —¡Al
diablo con la filosofía! ¡Venga aquí! Pídame lo que quiera. Puede tenerlo todo.
Es usted demasiado guapo para ser tan serio.
Conde (besando su mano):
—Entonces... le pido permiso para volver esta tarde, después del teatro.
Actriz (ofendida): —¿Esta
tarde? ¿Y por qué no ahora?
Conde: —Mire...
si le soy sincero, por la mañana el amor me parece algo... horroroso.
Actriz: —¡Esto es
lo más increíble que he oído en mi vida!
Conde: —No me
malinterprete. Una mujer como usted no se toma antes del desayuno. Prefiero
esperarla en un coche, ir a cenar, beber algo... y luego, que el destino
decida. El placer necesita buen humor, y yo solo tengo buen humor por la noche.
Actriz: —Es usted
un canalla... pero un canalla con estilo. Venga, acérquese un poco más. Solo un
poco.
(Ella lo atrae hacia sí. El
Conde no opone resistencia, pero sus ojos mantienen esa distancia melancólica).
Conde: —Es usted
un pequeño diablo.
Actriz: —Dígame...
¿qué va a hacer ahora?
Conde: —Irme. Una
visita de cumplido no debe durar tanto.
Actriz: —Pues esta
noche no será una visita de cumplido. Lo espero en mi piso. Deje el alma en
casa y traiga solo el cuerpo, ¿entendido?
Conde: —Beso su
mano, señorita. Hasta la noche.
Actriz: —¡Adiós,
mi pequeño filósofo!
La Escena
X (El conde y la prostituta) cierra el círculo. El Conde amanece donde
empezó el soldado, cerrando esta ronda de soledades compartidas. Esta escena es
la que dota de sentido a toda la obra. Es el amanecer después de la borrachera,
el momento en que la máscara social se cae por puro agotamiento. Lo más potente
aquí es que el Conde busca una "aventura espiritual" en el
lugar menos pensado, mientras que la Prostituta (Leocadia, la misma
de la primera escena) es el único personaje que no finge nada. El círculo se
cierra: empezamos con un soldado que no tiene dinero y terminamos con un
aristócrata que tiene demasiado, pero ambos están igual de solos.
Escena X:
El conde y la prostituta
(Amanece. Son las seis de la
mañana. Una habitación miserable, impregnada del olor acre de una lámpara de
petróleo que agoniza. Leocadia duerme profundamente en la cama. El Conde está
tumbado en el diván, con el gabán puesto y el sombrero en el suelo. Se
despierta, se frota los ojos y se incorpora con la pesadez de una resaca
metafísica).
Conde: —Pero...
¿cómo he...? ¡Ah, sí! Ya recuerdo. Subí con esa mujer. (Mira hacia la cama).
Ahí está. Las cosas que le pasan a uno a cierta edad... No recuerdo nada. No sé
si me trajeron o si llegué por mi propio pie. ¿O es que esta habitación me
recuerda a algo? (Mira su reloj). Válgame Dios... hace apenas unas horas
estaba bebiendo con Lolo y ahora...
(Se levanta. La lámpara oscila,
amenazando con apagarse. Se acerca a la cama y observa a la mujer que duerme).
Conde: —Si uno no
supiera quién es... si se fijara solo en su rostro mientras duerme... parece
casi virtuosa. Es increíble. El Lolo diría que estoy filosofando otra vez, pero
es la verdad: el sueño nos hace a todos iguales, igual que su hermana mayor, la
muerte. Me pregunto si pasó algo entre nosotros... No, juraría que me desplomé
en este diván en cuanto entré. Es increíble cómo se parecen todas las mujeres
cuando guardan silencio.
(El Conde saca su cartera y
coloca un billete en la mesilla. Se dispone a salir, pero Leocadia se
despierta).
Leocadia (desperezándose): —Bueno...
¿quién anda ahí tan temprano? (Lo reconoce). ¡Hola, muchachito! ¿Ya te
vas?
Conde: —Buenos
días. Espero que hayas descansado bien.
Leocadia: —Ven aquí.
Dame un beso de despedida.
Conde (se inclina, duda un
segundo y se aleja): —Estaba a punto de marcharme. Ya es tarde para mí.
Leocadia: —¿Así que
te vas sin más?
Conde (con un embarazo
aristocrático): —Tengo obligaciones. Pero... dime una cosa. Al
despertar... tienes un aire de inocencia que me resulta perturbador. Si no
fuera por este olor a petróleo, juraría que eres otra persona.
Leocadia: —Es la
lámpara, que siempre se porta mal. ¿Qué edad crees que tengo?
Conde:
—Veinticuatro.
Leocadia: —¡Ni a los
veinte llego!
Conde: —¿Y cuánto
tiempo llevas en... el negocio?
Leocadia: —Un año.
Empecé pronto.
Conde: —Dime...
¿eres feliz?
Leocadia: —¿Qué?
Conde: —Que si
estás bien. Si no has pensado nunca en tener un amante... alguien que te cuide,
que te aleje de todo esto.
Leocadia: —No me
hace falta. Yo elijo con quién me voy. Además, el mes que viene me mudo a la
Spiegelgasse, a un piso mejor. Allí vive la Milli, ¿la oyes? Está roncando en
la habitación de al lado.
Conde: —¡Vaya
vida!
Leocadia: —No me
quejo. Ella se levanta a las diez de la noche, pero yo a mediodía ya estoy en
la calle. Hay que hacer la carrera, ¿sabes?
Conde (se pone en pie, con una
mezcla de lástima y fascinación): —Claro, la carrera... Escucha,
Leocadia... ¿te da todo igual? ¿Ya nada te produce placer?
Leocadia (bosteza): —Tengo
sueño, muchachito.
Conde: —Es
increíble. Tienes la misma cara que... alguien que conocí. Exactamente la
misma. (De pronto, se inclina y la besa suavemente en los ojos).
Leocadia: —Bueno...
¿y eso?
Conde: —Es una
pena que no seas otra cosa. Podrías haber ganado una fortuna con esa mirada.
Leocadia: —Eres
igualito que Franz.
Conde: —¿Quién es
Franz?
Leocadia: —El
camarero del café. Él también dice que debería casarme con él y hacer fortuna.
Conde: —¿Y por
qué no lo haces?
Leocadia: —No quiero
casarme. Quizás más tarde.
Conde: —Esos
ojos... voy a besarlos otra vez. Así. Y ahora me voy. Adiós, Leocadia.
Leocadia: —Adiós.
Conde (en la puerta,
deteniéndose): —Dime... ¿no te extraña que no te haya pedido
nada?
Leocadia: —Hay
muchos hombres que por la mañana no tienen ganas. No eres el primero.
Conde (para sí mismo, herido en
su vanidad intelectual): —Qué estúpido soy... pretendía que se asombrara de
mi nobleza. (Hacia ella). Volveré pronto, Leocadia.
Leocadia (con los ojos ya
cerrados): —Bien... pregunta por mí cuando quieras.
Conde (sale a la antecámara): —Aún tengo
el vino en la cabeza. He estado con ella y solo se me ocurre besarla en los
ojos porque me recordaba a un ideal... En fin, me estoy volviendo viejo.
(La camarera de la casa le abre
la puerta principal).
Camarera: —Buenos
días, caballero.
Conde (aturdido por la luz del
sol que empieza a herir las calles): —Sí... buenos días. Por
supuesto. Buenos días.
Reflexión
final
·
La Circularidad: El Conde
termina con Leocadia, cerrando el círculo que abrió el Soldado. La diferencia
es que el Conde la trata como a una "princesa" de forma ilusoria,
mientras el Soldado la trató como un objeto. Al final, el resultado para ella
es el mismo: soledad y "la carrera".
·
La Inocencia del Sueño: El Conde
se engaña a sí mismo pensando que ella es "pura" porque está dormida.
Es la crítica final de Schnitzler: solo podemos soportarnos unos a otros cuando
no hablamos, cuando no actuamos, cuando estamos "ausentes".
·
Es destacable el tono de
"filósofo cansado" del Conde. Su lenguaje es educado incluso en el
lupanar, lo que subraya lo absurdo de su presencia allí.