Pedir Demasiado (Griselda Gambaro)
Prólogo: La anatomía de un adiós que se niega a terminar
Entrar en el universo dramático de Griselda Gambaro es asomarse a los abismos de las relaciones humanas, allí donde el lenguaje funciona simultáneamente como máscara y como bisturí. En Pedir demasiado, esta breve pero demoledora pieza teatral, no asistimos simplemente a la charla nocturna de dos conocidos tras una cena cordial; asistimos a un juicio silencioso, a un simulacro donde los protagonistas juegan a ser extraños para poder decirse a la cara lo que la intimidad ya no les permite.
La obra nos sitúa en la claustrofobia emocional de un departamento caluroso, con un leve olor a gas y un revólver viejo sobre el mueble. Es el escenario del duelo amoroso llevado al extremo. Gambaro explora aquí la frontera entre el dolor legítimo del abandonado y la violencia sorda del chantaje emocional, enfrentándolos a una verdad todavía más incómoda: el derecho que tiene quien ya no ama a ser feliz sin pedir perdón por ello. Leer o presenciar esta pieza es presenciar el instante exacto en que la súplica se transforma en despedida definitiva.
Breve Análisis de la Obra
- El juego del desdoblamiento y el "usted": El gran hallazgo dramático de la pieza es su revelación progresiva (y tácita). Mario habla de "su mujer que lo dejó" en tercera persona y trata a Elena de "usted". Sin embargo, las pistas (el cuadro colgado hace un año y dos meses, el conocimiento de que el revólver es viejo y no funciona, el desliz final hacia el "vos" y el "tenés") revelan que Elena es esa exmujer. Ambos aceptan la ficción de hablar de "la otra" para poder diseccionar su ruptura sin la barrera del pudor.
- El título (Pedir demasiado): Hace referencia a la imposibilidad de conciliar dos demandas opuestas. Mario pide demasiado al exigir que su exmujer sienta culpa, que le ofrezca "amor fraternal" o compasión física, y que no olvide; Elena, por su parte, pide que él soporte su nueva felicidad en silencio y mantenga una amistad aséptica e indolora.
- Los símbolos de muerte (el gas, el revólver y el vacío): Desde el inicio, la muerte ronda la escena. El escape de gas ("un hilito puede producir una tragedia") anticipa la conversación sobre el suicidio como "desconsideración". El revólver sobre la mesa aplica literalmente el principio dramático de Chéjov: empieza siendo descartado por Elena como "pura chatarra oxidada" que no funciona, pero Mario advierte que lo mandó a arreglar.
- La crueldad de la felicidad frente al apego al sufrimiento: Gambaro no idealiza a ninguno. Mario se aferra a su propio dolor porque el sufrimiento es el último vínculo que le queda con ella ("¡Por lo menos ella está en mi sufrimiento!"). Elena, en cambio, encarna la defensa feroz de su nueva vida ("la crueldad de quien es feliz"), negándose a cargar con el cadáver emocional de su pasado.
Resumen Pormenorizado
- La llegada y la distancia impostada: Mario y Elena entran al departamento de él riendo tras una cena. Mario introduce el tema de la "memoria de elefante" (recordar el lugar adonde se va a morir) y le muestra una fotografía de agua en la pared que compró pensando en ella hace más de un año. Se tratan de "usted". Elena marca distancia, rechaza el alcohol al principio —aunque termina aceptando una última copa— y subraya que está casada y la esperan.
- El olor a gas y el presagio: Elena percibe olor a gas. Mario intenta seducirla hablando de su perfume, pero va a la cocina y confirma que había una llave mal cerrada. Esto deriva en una charla fría sobre los suicidas que usan gas y cómo "abandonan la ropa sucia para que la laven otros".
- La confesión en tercera persona y la aparición del arma: Mario, brusco y acalorado, lanza una confesión aparentemente inconexa: "Mi mujer me dejó". Mientras relata cómo ella armó su valija y se fue llorando tras confesarle que se había enamorado de otro hombre, Mario busca en los cajones y saca un revólver viejo.
- El debate sobre la culpa y el deseo: A través de la figura de "la exmujer", ambos debaten. Mario reclama que la sinceridad de ella solo le sirvió a ella para aliviar su conciencia, mientras a él lo hundió, haciéndolo "aullar como un lobo" cuando se cerró la puerta. Elena defiende a la mujer, argumentando que fue sincera y que fingir o quedarse por lástima habría sido peor.
- El forcejeo y la intimidad rota: Molesta porque Mario juega con el revólver, Elena afirma que esa arma es una antigüedad que no funciona (revelando su conocimiento previo de la casa). Mario asegura haberla mandado a arreglar. Se produce un tenso forcejeo físico y silencioso: Elena guarda el arma en el cajón y Mario vuelve a abrirlo repetidas veces hasta apartarla con el cuerpo.
- El baile, el arrebato y el estallido de Elena: Mario coquetea con la idea de dispararse o llevarla al balcón; intenta besarla, inicia un breve juego rítmico y de baile que parece relajar el ambiente, pero termina abrazándola por la fuerza. Elena lo frena. Mario confiesa que prefiere sufrir antes que olvidarla banalmente. Entonces Elena estalla: lo acusa de exhibicionista emocional y chantajista, y confiesa a gritos que es feliz y que no piensa avergonzarse ni pedir perdón por haber tenido la suerte de encontrar la felicidad.
- El cambio de rol, la despedida y el desenlace trágico: Tras la descarga de Elena, Mario se apaga de golpe. Cuando ella, arrepentida por su dureza, intenta suavizar la situación encendiendo la música y pidiéndole que no la eche (pasando ya abiertamente al tuteo: "Mario", "No me eches", "Tenés las manos frías"), él ya ha tomado su decisión. Con una calma sepulcral, le dice que está cansado y que "ya le dijo a la otra todo lo que tenía que decir". Le miente asegurándole que el revólver está descargado. Elena lo besa, le pide que se dé tiempo y se marcha. Solo en la habitación, Mario toma el revólver y pronuncia sus últimas palabras antes de apuntarse: no lo hace por venganza ni por ella, sino porque "el Edén pertenece a la Nada".
Pedir Demasiado (Griselda Gambaro)
Se oyen risas. Entran Mario y Elena de la calle.
Elena: Es un buen chiste. Yo no tengo memoria. Nunca me acuerdo de los chistes que me cuentan.
Mario: Yo sí. De elefantes. ¿Por qué dicen memoria de elefante? ¿Vos sabés?
Elena: Porque si alguien les da una patada, no olvidan. Se acuerdan 100 años después.
Mario: No. Eso es rencor. (Le acerca el rostro) Memoria de elefante porque se acuerdan del lugar adonde van a morir. (Ella se aparta. Él muestra una foto sobre una pared) ¿Te gusta? Te gustaban las fotos de paisajes. Las buscaba para vos. Paisajes especiales, con agua. El mar o el río. Lugares, corrientes que nos llevan.
Elena: (Se distancia) Sí. Me gustan esos paisajes. Aún ahora. Ya le dije cuando la colgó hace...
Mario: Un año, dos meses.
Elena: Estrenaba su departamento. Fue la primera vez que estuve aquí. Había que arreglar unos asuntos y yo vine.
Mario: ¿Qué toma?
Elena: Nada con alcohol. Café. Ya bebí mucho en la cena.
Mario: (Le pone una copa en la mano) No importa. La copa del estribo no cuenta. Beba. No nos vamos a emborrachar por una copa...
Elena: Tengo que irme.
Mario: Sí, en algún momento tiene que irse. Si tarda diez minutos, media hora, es lo mismo.
Elena: Bebo y me voy. Me esperan.
Mario: ¿Quién la espera?
Elena: Soy casada, lo sabe.
Mario: Ah, ¿cómo lo olvidé? Felicitaciones. (Silencio de Elena) ¿No las acepta?
Elena: Por supuesto que sí.
Mario: Seguramente debe de estar impaciente por volver. Lo advierto en su cara. ¿Quiere irse ahora? No la retengo. A contragusto, no. A la fuerza, no. (Con cierta rudeza le saca la copa de las manos).
Elena: (La retoma) Beberé una copa, dije.
Mario: Entonces bebamos en paz. Salud.
Elena: No hubiera debido gastar tanto esta noche.
Mario: ¿Por una cena? Quería empezar bien. Nuestra primera, larga cena después de...
Elena: (Lo interrumpe) Me parece que hay olor a gas.
Mario: ¿Sí?
Elena: Lo huelo. ¿Usted?
Mario: Solo percibo un delicioso y casto perfume. (Se acerca a ella) Un aroma a lavanda, mezcla de...
Elena: Las distracciones son peligrosas. Hágame caso. Vaya.
Mario: ¡Hum! En realidad, presumo que usted teme a otros riesgos. (Le guiña el ojo) Voy a ver. (Sale. Elena deja su copa, se incorpora. Mario regresa) Todo en orden. Una llave mal cerrada en la cocina. Apenas dejaba escapar un hilito. Buen olfato.
Elena: Un hilito puede producir una tragedia.
Mario: ¡Me cuida!
Elena: Lo prevengo.
Mario: Hablando de asfixia... hay quienes se suicidan con gas. No les importa el tufo. Tapian las ventanas. Ponen papeles en las ranuras de las puertas. Frazadas... Después, cuando el tipo consiguió lo que quería, si a alguien se le ocurre averiguar por ese olor en el pasillo... fuerza la puerta... y enciende un fósforo y ¡PUM!, muere con él. Me parece una desconsideración.
Elena: (Fríamente) Suicidarse siempre es una desconsideración.
Mario: Sí, abandonar la ropa sucia para que la lave otro, para que la entierren los otros. (Se sirve un vaso de agua y bebe rápidamente).
Elena: (Lo observa. Comenta ligeramente) ¡Qué sed!
Mario: Hace calor en este departamento.
Elena: Un ventanal allí, o si no quiere aire acondicionado, solucionaría...
Mario: (Impaciente) Sí, sí. La oí. Le voy a hacer caso. En algún momento tomaré las medidas, vendrán los albañiles, romperán todo, pondrán el ventanal. (Bruscamente) Mi mujer me dejó. (Incómoda, ella muestra una expresión de compromiso) Sabía que iba a dejarme, yo intenté convencerla de lo contrario.
Elena: No lo consiguió.
Mario: (Señala) ¡Ya ve! Resolvió separarse y no hubo forma de conmoverla. Y no porque fuera una piedra. Era... dulce. Yo le hablaba de mí, del abandono, y el rostro se le congestionaba, los ojos comenzaban a lagrimearle y yo me arrepentía de haber hablado. Pero en el fondo no se conmovía.
Elena: (Secamente) Perdone. ¿Por qué me cuenta eso? Estoy contenta, no quiero saber. Además tiendo a emocionarme.
Mario: Se le congestiona el rostro, le tienta la risa, le tienta el llanto. No lo hubiera creído. (Abre el cajón de un mueble, otro) ¿Dónde estaba? Lo puse por aquí. (Retoma) Mi mujer me dejó.
Elena: (Irritada) Ya me lo dijo.
Mario: Ella se fue, llorando. Llenó su valija con su ropa, la alzó y se marchó por esa puerta. Sus propias lágrimas no la conmovieron. Yo la amaba. Y se lo decía. Inútil. (Mario busca en los cajones).
Elena: ¿Qué busca?
Mario: Esto. (Saca un revólver del cajón. Lo mira y lo deja) Yo no podía suplicarle. Por orgullo. De tanto en tanto la invitaba a comer como a usted. Antes de dejarme me confesó que se había enamorado. Le resultó difícil. ¡Si hubiera visto su rostro!... Culpable.
Elena: Fue sincera.
Mario: ¿Para qué? ¿De qué sirvió su sinceridad? Solo a ella le procuró alivio. A mí me hundió.
Elena: ¡Ah, nunca conformes! Si no hubiera sido sincera, la habría acusado de mentirle. ¿Qué pretendía? ¿Una mentira tras otra?
Mario: No me preguntó mis preferencias. Quizás lo deseaba. Mucha gente vive feliz... así. Sabiendo y no queriendo saber.
Elena: Hasta que el techo se les desploma.
Mario: Ella no tardó mucho. En desplomarme el techo. Se había enamorado. No de mí. ¿Era posible? No de mí, ya no de mí.
Elena: (Ásperamente) Ya no de usted. ¿Y entonces?
Mario: ¿Cree que armé un escándalo? Se equivoca. Me contuve. No me enojé, no formulé reproches... Se opuso a que le cargara la valija, si no yo... Imagínese. Se la hubiese llevado hasta el taxi. Procedí como un caballero. ¿Acaso no le parezco un caballero, un tipo cortés?
Elena: (Violenta) ¡No! Un caballero no cuenta... ¡nada!
Mario: A ella no le conté... nada. No le conté que cuando hizo su valija y se marchó, al cerrarse la puerta detrás de ella, se me cayó el mundo. Aullé como un energúmeno, como el hombre lobo. Desesperado. Lo del aullido no se lo dije nunca. Hubiera podido conmoverla, ¿qué cree?
Elena: No sé. Quizás estaba conmovida, desesperada en algún lugar y lo ocultó.
Mario: (Ríe) ¿Desesperada en algún lugar? Usted no sabe nada de desesperación.
Elena: Si hubiera podido remediar algo, no sé, confortar de algún modo a su alcance, ¿piensa que ella no lo habría hecho? Se fue con su valija, dijo, y yo podría decirle que no se volvió a mirar a ese hombre que abandonaba porque...
Mario: Porque tenía toda la crueldad de quien es feliz.
Elena: ¿Y qué solución propone? ¿Qué podía reparar ella? No se me ocurre. ¿Simular lo que no sentía?
Mario: Siempre se puede un gesto amable. Yo quería tocarla. ¿Qué cosa, no? Quería tocarla. Pero no se lo dije. Por orgullo. (Mira abstraídamente el revólver sobre el mueble, lo hace girar con la punta del dedo).
Elena: Hace rato que lo estoy mirando. ¿Por qué no deja de jugar con ese revólver? Usted está muy entretenido pero a mí me fastidia.
Mario: Se asusta.
Elena: Me fastidia. Ese revólver no asusta a nadie, es una antigüedad; si no está oxidado poco le falta. Hace años que no funciona.
Mario: No es así. Lo mandé a arreglar cuando empezó esta historia... (Sonríe) de los ladrones. Es preciso protegerse, ¿no? Disparar primero.
Elena: Peor el remedio que la enfermedad. ¿No lee los diarios? Ese que dispara primero, no siempre acierta, le devuelven los tiros y con más precisión. (Bruscamente se incorpora, guarda el revólver en el cajón, lo cierra con un golpe seco. Se miran. Con violencia sorda, mirándose fijamente, él abre el cajón y ella vuelve a cerrarlo. Él insiste 2 o 3 veces y ella se opone. Mario termina por apartarla con su propio cuerpo, un poco brutalmente, y entonces cediendo con un despectivo encogimiento de hombros, Elena renuncia y vuelve a su sitio).
Mario: (Hace girar el revólver con la punta del dedo) No hago mal a nadie. Pero si la irrita... (Levanta la mano) Ella era muy inflexible. Cuando decidió abandonarme no hubo forma de que volviera atrás. Hecho consumado.
Elena: ¿Y por qué insistió? No es inteligente insistir. Eso también irrita. Hay que dejar en paz a la gente.
Mario: No se ponga odiosa. A veces me parecía que se conmovía, que estaba a punto de acceder a...
Elena: Nunca a volver.
Mario: A hacer el amor conmigo. No el amor. A hacer la ternura, la misericordia, repetir fraternalmente el amor. Porque me había querido tanto.
Elena: Fue precavida. Se hubiera sentido mal. Los dos se hubieran sentido mal después.
Mario: ¿Quién sabe? ¿Quién puede asegurarlo con certeza?
Elena: Ella no lo amaba.
Mario: Decía que sí... fraternalmente. ¿Y por qué no podíamos hacer el amor... fraternalmente? O por algún otro sentimiento, no la pasión, pero... un resto de cariño.
Elena: No alcanza. Se necesita...
Mario: ¿Qué? Hay una sola clase de amor, ¿sí? Hay tantas, buenas o no, generosas, crueles. Y en última instancia, todas sirven. Hubo una época en que leíamos juntos un libro. No juntos; yo lo leía de noche, ella de día. Se lo cuento en dos segundos, no se va a aburrir. Una mujer huesuda se enamora de un petiso jorobado y el jorobado se enamora, furiosamente, de un fortachón perverso. Cuánto sufren, se maltratan, se odian. Y a pesar de todo solo se habla de amor en ese libro. En realidad...
Elena: Uno se cuida de esos amores.
Mario: Va a lo seguro.
Elena: Sí, aparta los problemas si puede. Además es mejor que obrar impulsados por la lástima.
Mario: ¿Y quién quiere lástima? ¿Eso es lo que hay en la alacena? ¿Solo lástima? (Hace girar el revólver con la punta del dedo. Silencio) ¿Tenés miedo?
Elena: ¿De qué?
Mario: Podría disparar.
Elena: ¿A quién? (Él la mira burlón, alusivamente) ¿A mí? Dos personas que festejan un arreglo, cenan amistosamente, beben un poco de más... no hay motivo. No tengo miedo alguno.
Mario: Podrías tenerlo. Yo podría pegarme un balazo.
Elena: (Ríe) ¿Quiere asustarme? Usted no es de esa clase de hombres. No se deprime fácilmente. Y ese revólver es pura chatarra.
Mario: ¡Hum...! Parece la otra. Inconmovible. Después de la separación, nos quedamos amigos. Ella creía que era posible. Eso, quedarse amigos. Encontrarse de vez en cuando.
Elena: ¿Por qué no?
Mario: Porque la amaba. (La mira) No la podía tocar. (Se roza el rostro) Ni esto.
Elena: Usted le da demasiada importancia al amor. Prefiero la amistad, como la que tenemos. Es una amistad que llamaría... afectuosa. Esta noche la bebida alteró un poco el panorama, lo lamento.
Mario: Cuando ella me dejó, no solo grité. Enflaquecí, bebí más. No como esta noche, mucho más. Sin placer, por abandono, quizás por despecho. También pensé en acostarme sobre las vías del tren, como quien va a dormir la siesta, quedarme ahí, quietito.
Elena: (Se burla) Para aterrorizarse, gritar de pánico ¡y saltar lejos al primer ruido del tren! Sí, a veces se cruzan esas ideas por la cabeza, pero llevarlas a cabo es otro asunto. ¡Tiene un balcón! No lo había visto.
Mario: Tengo un balcón. (Le sujeta la mano) Se lo muestro. ¡Venga!
Elena: No, no. Al balcón, no.
Mario: (Ríe) ¡No voy a tirarla abajo! Podríamos mirar juntos la luna, las estrellas... Un poco de romanticismo no vendría mal, ¿eh? Yo pasaría mi brazo por su hombro, (lo hace) la acercaría a mí... (Bruscamente intenta besarla).
Elena: (Se deshace con violencia) No vine para esto.
Mario: ¿Y para qué vino? Se supone que podría intentarlo. No es tonta. Ni tan inocente.
Elena: Vine porque sabía que le gustaría compartir una última copa en su casa. Fue grata la cena, charlamos como amigos. ¿Qué le pasa? No se confunda.
Mario: Discúlpeme. Usted vio que quise guardar las distancias... ¡hasta ahora! (Levanta las manos con las palmas abiertas).
Elena: Es tarde. Me voy. (Recoge sus cosas).
Mario: (Se las saca de las manos) No todavía. Espere, tengo una idea, y no la rechace.
Elena: ¿Qué idea? Usted no tiene muchas, solo una idea fija.
Mario: ¡Qué mala! ¡Por qué tan mala! Oiga. (Golpea las manos sobre un mueble y al instante, balanceándose, emprende un ritmo contagioso. La mira atractivo y sonriente. De pronto, Elena devuelve la sonrisa, lo acompaña de la misma manera golpeando las manos. Hay un breve, total momento de distensión. Y luego, él comienza a tararear y bailan separados, con el mismo ánimo distendido, hasta que de pronto, Mario la enlaza con fuerza, hunde la boca en su cuello).
Elena: (Se resiste apartándose) ¡Basta ya!
Mario: ¿Por qué no nos divertíamos? ¿Música? Así no hablamos. No la martirizo más.
Elena: Hablamos mucho.
Mario: Yo hablé, usted dijo muy poco. Vamos, juego limpio. Es su turno y no se guarde nada.
Elena: ¿De verdad quiere escucharme?
Mario: (Un silencio) No... creo que no.
Elena: Entonces...
Mario: (Como si ganara una apuesta) ¡Yo hablé! Le dije de la otra, la que se marchó con su valija sin una mirada atrás. ¡Yo hablé!
Elena: En exceso.
Mario: Pero tengo más para contarle.
Elena: No, basta. Sea piadoso. ¿Todavía hay más? ¡Qué historia la suya! Llega un punto, una piensa: por suerte concluye, y no, sigue, sigue, ¡sigue! Al fin me tomó por confidente.
Mario: Y sí, cuando me prestan atención...
Elena: Yo no se la presto.
Mario: Miente. Le gusta que le diga que cada minuto pienso en esa mujer, que ya no me ama. Incluso más. Me duermo pensando en esa mujer, que ya no me ama. ¿Se lo conté? No se lo conté. Pero el dolor no dura, ¿verdad?
Elena: Ni el más profundo.
Mario: Todo termina. Es cierto. Aunque uno se oponga, los sentimientos van por su cuenta, nos matan de amor, de angustia y un día ¡zas!, desaparecen. No existieron nunca.
Elena: ¡Sí, existieron! Desaparecen por alguna razón. Porque la pasión nos engaña, por aburrimiento. Así debió pasarle a ella.
Mario: Me pasará a mí. Alguna mañana despertaré y definitivamente su recuerdo no tendrá peso. Será a lo sumo una languidez en la boca del estómago.
Elena: Sobrevivimos, siempre llega ese día.
Mario: ¿Y mientras tanto?
Elena: Distráigase. (Él rompe a reír brutal, casi groseramente) ¿Dije algo gracioso?
Mario: No hay nada gracioso, ni siquiera en el sueño, donde ella podría dejarme en paz. Ahí no me deja, va y viene y yo espero el momento en que el desamor no signifique nada.
Elena: Entonces, se dará cuenta de que realmente ella no valía tanta pena. Que también ella puede reemplazarse.
Mario: No se apresure. Hay días en los que ella está allí. ¿Quién es? Su rostro es cualquier rostro, su boca cualquier boca. Sin embargo reconozco sus gestos y esos gestos ya no me provocan nostalgia. Entonces, ¿sabe qué siento?
Elena: Tranquilidad. Piensa: ¡Qué necio, qué excesivo fui!
Mario: ¡Noooooo! Pienso: ¿Y es una extraña, ya no me importa? ¿Ni siquiera es una lastimadura, un resquemor? ¿Cómo olvidé de esta manera? Tan banal... No lo soporto.
Elena: (Irónicamente) Usted es muy contradictorio.
Mario: ¡Sí! ¡Si seré imbécil! (Furioso) Y usted lo es por no darse cuenta. ¡Por lo menos ella está en mi sufrimiento! ¡Y quiero que esté!
Elena: Oh, Dios mío. ¿Por qué no se calla? Me incomoda, me fatiga. Usted ha perdido todo pudor. Muestra su pena como un regalo. Me lo ofrece a mí. Yo no lo quiero, es un regalo con púas. Sus problemas no me pertenecen. Tengo los míos. Quizás a mí me dejen en algún momento, y entonces... veré. Pero no realizaré esta exhibición, este... chantaje.
Mario: ¡Cállese!
Elena: ¿No era mi turno? Solo quiere oír palabras que le convienen, eso desea. Ser retornado al vientre materno, ser acunado, ser confortado. ¿Por quién? Busca mal. No por mí. Yo no puedo hacer nada más que cenar algunas veces con usted y charlar de cualquier cosa, nada que nos concierna demasiado.
Mario: ¿Y de qué me sirve eso?
Elena: Usted me lo pidió.
Mario: Usted accedió.
Elena: Me equivoqué. Yo no necesitaba verlo. No me muero por saber a cada instante cómo está, cómo sufre, cómo se lame sus heridas. Por lo menos ahora, cuando... (Se calla) Perfectamente puedo pasarme de su presencia. Y de muchas otras, por lo demás.
Mario: (Después del silencio) Es feliz.
Elena: Lo soy. Y ocultar la propia felicidad es duro. No abunda tanto la felicidad, ¿verdad?, para que la ocultemos, para que sea una mancha, para que la neguemos con vergüenza. Quiere mostrarse, la felicidad. ¡Y el que es desdichado debe tener el pudor de soportarla!
Mario: ¿Soportarla? Qué fácil. ¿Por qué no se lo pregunta a quienes nunca la han tenido?
Elena: Me refiero a usted, a esa pobre criatura que se compadece. Y si quiere comparar, compare entonces con quienes sufren por hambre o muerte, no "porque ella me dejó". Esos son pesares, no los suyos.
Mario: ¿No los míos?
Elena: ¡No! Me parecen patéticos.
Mario: (Irónico) No valen la pena. Los míos, comparando.
Elena: Comparando, sí. Ella es feliz sin culpa. Comparando. Un azar, le tocó.
Mario: Hizo bastante para que le tocara.
Elena: Pero no tanto como el azar. Sí, ayudó, no fue indiferente, le trajo una persona distinta.
Mario: Y desplazó a otra.
Elena: Ya lo estaba desde antes. A ella le tocó por azar vivir un buen momento. ¿Y en nombre de qué lo habría dejado pasar? No abunda la felicidad. Su pena me irrita.
Mario: Buena protección. Irritarse.
Elena: ¿Qué espera? Me defiendo. Su pena cae sobre mí como una red. Quiere que la comparta, que la mitigue, no sé qué quiere.
Mario: No su compasión.
Elena: ¿Es así? A falta de pan, cualquier cosa le viene bien. Hasta esta exhibición de sufrimiento. ¡Póngale fin, por Dios! Ella se marchó con su valija, pues ódiela, ¡muérdase la lengua antes de pedir lo que no puede ser! (Mario la mira, se vuelve de espaldas. Cuando él lo hace ella no aparta la mirada de él, suspira, afloja su tensión. Se produce un cambio, aflora una expresión de pesar en su rostro. Después de un largo momento, va hacia el aparato de música) ¡Mario! (Él se vuelve, la mira triste, interrogativo, también lejano) Podríamos... oír música. Calma las fieras. (Sonríe) Las broncas. (Enciende el aparato).
Mario: (Lo apaga) Otro día.
Elena: ¿Por qué no hoy? Para terminar la noche de una manera más...
Mario: ¿Venturosa? Estoy cansado. ¡No de usted! Simplemente, me vino la fatiga de golpe, el sueño. Seguro que dormiré como plomo. He sido un desconsiderado. Le pido disculpas. También por haberla retenido. (Le alcanza el chal, con cuidado se lo pone en el cuello).
Elena: No tiene importancia. Fue bueno el encuentro, la cena. Si después nos alteramos fue... Tenemos el carácter vivo.
Mario: Por eso. (Va hacia la puerta) Adiós.
Elena: (Ríe incómoda) No me eches.
Mario: No la echo. ¡Por favor! Pero mañana me levanto temprano. Ya le dije a ella, a la otra, todo lo que tenía que decir. Inconmovible.
Elena: Quizás.
Mario: (Le cubre la boca con la mano) Shhhh.
Elena: Tenés las manos frías.
Mario: Sí. Muévase. Está muy oscuro, tan silencioso... Imagine la calle. Hasta este cuarto parece vacío, como si ya no estuviéramos.
Elena: (Bromea) Oh, si no estamos es porque realmente deseás que me vaya.
Mario: Si lo considera de este modo... No. La verdad, debo levantarme temprano.
Elena: Me voy. (Con una mirada hacia el revólver) Ese revólver no es un lindo adorno. Guardalo, por favor. ¿Funciona, como dijiste? ¿O era una broma?
Mario: Ni siquiera está cargado. Es un revólver viejo. ¡Qué va a funcionar!
Elena: Chau. Gracias por la cena. No deberías haber gastado tanto. Cuidate. (Lo besa. No se separa enseguida) Date tiempo.
Mario: Me lo daré. Chau. (Antes de irse, ella tiende la mano en un intento desvaído de caricia, la deja caer. Sale. Mario permanece inmóvil un momento. Luego va hacia el mueble. Hace girar el revólver con la punta del dedo) No es venganza. No es venganza. Lo vas a entender, ¿no? No es por vos. Es que el Edén pertenece a la Nada. (Levanta el revólver).
Telón
