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martes, octubre 06, 2026

Terapia con el Diablo.

 



Terapia con el Diablo (Versión en Español) 

Una Comedia Psicótica en un Acto

de Benjamin Gavarre




Introducción

Mónica está al borde de un colapso crónico. Tras una serie de absurdos eventos orquestados por su neurótica y tóxica familia, termina sola en la calle, vulnerable y desesperada. Es en ese abismo urbano donde un elegante seductor de almas llamado Mefi le ofrece el trato de su vida: conocimiento absoluto y un carisma magnético a cambio de su obediencia. Lo que comienza como una sátira mordaz sobre la ansiedad moderna, el esoterismo hípster y la hipocresía familiar, pronto se transforma en un thriller psicológico sin salida. Terapia con el Diablo es una comedia negra que juega con las expectativas del espectador, arrancando carcajadas para luego congelarlas en un escalofriante descenso hacia el verdadero infierno contemporáneo.



Personajes: 

MÓNICA (su verdadero nombre es María): 20s. Universitaria al borde del colapso crónico. Sobrevive a base de sarcasmo y ansiedad. 

TÍO: 60s. Un hippie de la vieja escuela. Egoísta, paranoico y comodino. 

TÍA (Graciela): 70s. Resentida, dramática y vive en una casa en la ciudad. 

MEFI: Edad indefinible. Carismático, viste con una elegancia impecable y atemporal. Un seductor de almas. 

DR. LAVÍN (Psiquiatra): 40s. Profesional, calmado. Una paciencia perfecta que esconde una quietud que hiela la sangre.


(INICIA ESCENA 1)

Lugar: El consultorio del Dr. Lavín. Es minimalista y pulcro. MÓNICA está sentada en una silla frente al escritorio del doctor. La escena comienza a mitad de la sesión.

DR. LAVÍN ...entonces, el ataque de pánico se desencadenó por la visita a tu tío.

MÓNICA No fue un "ataque de pánico", doctor. Fue una profecía. Él siempre sabe cuándo algo malo va a pasar. La última vez que me dijo "cuídate, el viento huele a tragedia", la tierra empezó a temblar sin parar y sin que sonara la alerta. Hubo muchos muertos.

DR. LAVÍN (Anotando en su tablet) Entiendo. Y aun así te envió a la ciudad. ¿A una "aventura peligrosa"?

MÓNICA Me mandó como carne de cañón. Y su lista de súper parecía el inventario de un brujo de la Edad Media.

(La iluminación cambia. El consultorio se desvanece y nos transportamos a un flashback. Estamos en la cocina del TÍO. Es un caos de plantas, frascos y aparatos viejos.)

TÍO (Entregándole un morral de tela áspera, hablando rapidísimo) Apunta, Mónica. Raíz de mandrágora, pero la legítima, no la porquería que venden en las esquinas. Sal de mar sin refinar, polvo de asafétida y aspirinas... pero fíjate bien que no vengan del extranjero, que esas las envenena el gobierno en la sombra para dormirnos la voluntad.

MÓNICA (Levantando una ceja, incrédula) Tío, son las cinco de la tarde. La gente se vuelve loca, el tráfico es un infierno, todos te quieren matar o atropellar, y yo como mujer… ¿Por qué no vas tú mañana temprano?

TÍO ¡Estás loca! El aire de la ciudad está infestado de miasmas y maldiciones. Hombres de traje gris que te roban la energía con su mirada de muerte. Oye, un consejo… Si te agarra la noche… Te quedas a dormir con tu tía Graciela. Tócale fuerte o grítale porque nunca quiere abrir.

MÓNICA (Horrorizada) ¡Ni loca me quedo con Graciela! Prefiero dormir acurrucada con los perros de la calle.

TÍO Ve con cuidado. La ciudad está llena de ladrones de energía. Te pueden robar el honor... y los datos del celular.

MÓNICA (Rodando los ojos) Sí, tío. Me cuidaré de que no me roben la virginidad y el espíritu. Ya me voy, antes de que me pidas azufre para tus llagas.

TÍO Azufre no... eso atrae a los demonios. ¡Corre, corre, que ya va a salir la luna y necesito ponerme en posición fetal!

MÓNICA Sí, y yo chingo a mi madre. Échale ganas, tíito.

(Mónica sale. La escena del flashback se desvanece y volvemos bruscamente al consultorio.)

MÓNICA ...y obviamente, me agarró la noche.

DR. LAVÍN Y no tuviste más remedio que buscar refugio con tu tía.

MÓNICA "Refugio" es una palabra muy noble, doctor. Fue como meter la mano en un nido de víboras... pero víboras que te juzgan por tu peso y tus malas decisiones.

(Cambio de luz. Flashback. MÓNICA, agotada, toca el timbre de un departamento lúgubre. Suspira).

MÓNICA (Para sí misma) Ok, Mónica. Inhala, exhala. Solo es una noche. La tía Graciela es una perra maldita, pero solo es una noche, no puede hacerte tanto daño en una noche.

(La TÍA abre la puerta. Lleva una bata de casa y una expresión agria.)

TÍA Vaya, vaya. Miren lo que trajo la marea.

MÓNICA Hola, tía. El tío me mandó...

TÍA ¡A mí no me vengas con cuentos, Piruja! ¿Creíste que podías aparecerte así nomás? ¡Seguro ya te peleaste con mi hermano, como siempre! ¡Incestuosa!

MÓNICA ¡¿Qué?! ¿Piruja? ¿Incestuosa? ¡Tía, por favor, de qué hablas! Solo necesito dónde dormir.

TÍA ¡Claro, "dormir"! ¡Eso es lo que te gusta, andar de vaga, para que te acaben empanzonando, Suripanta! ¡Ya me contaron que te la pasas de ofrecida con mi inocente hermano! ¡Zorra!

MÓNICA ¡No me hables así! ¡Estás mal!

TÍA ¡La única mal aquí eres tú! ¡Vete de aquí, pedazo de ramera, hetaira, Meretriz de cuarta! ¡Búscate un puente donde pasar la noche! ¡Anda, a ver quién te recoge! ¡A mí no me quites más mi tiempo, que empieza mi telenovela!

(La TÍA le arrebata las bolsas del mandado a Mónica y le cierra la puerta en la cara. Volvemos al consultorio. Mónica tiene los ojos llorosos.)

MÓNICA ...y me quedé en la calle. Sola, sin un centavo, tiritando de frío y con mi dignidad pisoteada por palabras que ni siquiera sabía que existían.



(INICIA ESCENA 2)


DR. LAVÍN Ese fue un episodio profundamente traumático. El desprecio de la propia sangre es el cuchillo más afilado para el alma humana.

MÓNICA Cuchillo es poco. Estaba lista para dejarme morir ahí mismo. Me fui a una banca del parque de piedra a llorar mis penas.

DR. LAVÍN ¿El parque de piedra?

MÓNICA Sí. Ahí fue donde cometí la mayor estupidez de mi vida.

(La luz baja. Un cenital azul ilumina a MÓNICA sentada en la "banca". El Dr. Lavín habla desde la penumbra).

DR. LAVÍN (V.O.) ¿Cómo se acercó él?

MÓNICA De la nada. Yo era un mar de lágrimas, y este sujeto se sienta a mi lado. Impecable. Traje negro de un corte que no existe en las tiendas, zapatos lustrados como espejos. Olía a tabaco fino y a promesas antiguas.

(Aparece MEFI. Se sienta cruzando la pierna con una elegancia perezosa).

MEFI Mala noche para la vanidad, ¿eh? Veo que tu destino está en la más absoluta de las ruinas.

MÓNICA (Sorbiéndose la nariz) ¿Disculpa? ¿Te conozco?

MEFI Aún no, pero estás a punto de sellar el pacto de tu existencia. Soy Mefi. Moldeador de destinos, arquitecto de glorias terrenales. He observado tu desgracia y, francamente, tu espíritu da lástima.

MÓNICA Mire, señor, no estoy de humor para que un charlatán intente venderme remedios mágicos.

MEFI ¿Remedios mágicos? Por favor. Yo no ofrezco milagros de pacotilla, ofrezco la gloria absoluta. Un ascenso directo a la cima del mundo. Imagina: el verbo exacto para humillar a esa tía tuya. El encanto para que la ciudad entera se postre a tus pies. Oro suficiente para no volver a pasar frío jamás.

MÓNICA (Sarcástica, levantando una ceja) Ajá. ¿Y a cambio de qué? ¿Te doy mi alma?

MEFI (Sonríe despacio, con los ojos brillando) El alma es solo el tributo de entrada, querida. Un aval para asegurar tu lealtad.

MÓNICA Claro. ¿Y qué sigue? ¿Firmo un pergamino con mi propia sangre?

MEFI ¡La sangre es de un gusto pésimo! Hacemos mucho desorden. Esto es un acuerdo de voluntades, un pacto de caballeros. Solo aceptas las condiciones de mi protección. Ah, y cambiaremos tu nombre. "Mónica" carece de misterio. Te llamaremos, simplemente... "M".

MÓNICA ¿Renunciar a mi nombre por... ambición? ¿De qué manicomio saliste?

MEFI (Su voz se vuelve profunda, perdiendo el tono seductor. El aire se siente pesado) No te equivoques. Tú fuiste la que llamó. Lloraste en esta banca pidiendo piedad al cielo, al universo, a la nada. Y el cielo es famoso por su silencio sepulcral. Yo sí escucho a los desesperados. ¿Hacemos el pacto o te dejo aquí a morir de frío?

(Mónica lo mira. Tiembla, tragando saliva).

MÓNICA ...Acepto.

MEFI (Aplaude suavemente, triunfante) ¡Exquisita decisión! Por cierto, el pacto incluye una pequeña obligación carnal. Vas a compartir mi lecho.

MÓNICA ¡¿Qué?! ¡Eso no lo mencionaste!

MEFI Tributos de la carne, dulzura. Bienvenida a la eternidad... M.

(Mefi chasquea los dedos. Ráfaga de viento. Regresamos a la luz blanca del consultorio).

DR. LAVÍN M.

MÓNICA (Parpadeando, volviendo a la realidad) ¿Qué?

DR. LAVÍN Dijiste que te bautizó como M. ¿Por qué no María, que es tu nombre de pila?

MÓNICA Porque pronunciar "María" le provocaba náuseas. Era alérgico a cualquier cosa que sonara a pureza o a redención.

DR. LAVÍN (Anota despacio) Alergia a la redención. Fascinante.



(INICIA ESCENA 3)


MÓNICA Y lo peor, doctor, es que su maldita magia funcionaba. De un día para otro yo no era solo brillante... era omnisciente. Mefi me descargó una biblioteca entera en el cerebro.

DR. LAVÍN (Anota en su libreta, sin mirarla) Conocimiento absoluto. La mayoría de los seres humanos pagarían cualquier precio por eso.

MÓNICA ¡Porque no saben lo que es! Míreme, doctor. Con solo ver la asimetría en el nudo de su corbata y la pequeñísima dilatación de sus pupilas, podría recitarle un tratado de psicoanálisis lacaniano, cruzarlo con la física cuántica y terminar citando a Baudelaire en francés antiguo para explicarle exactamente por qué usted no es feliz. Lo sé todo. El universo entero reducido a un truco de salón barato.

DR. LAVÍN (Levanta la vista lentamente, imperturbable) Suena a que te convertiste en una mujer extraordinariamente fascinante.

MÓNICA Me convertí en un animal exótico. En su mascota de exhibición.

(La luz del consultorio cambia sutilmente. Un cenital azulado aísla a Mónica en su silla. De las sombras emerge MEFI, caminando lentamente detrás de ella con la elegancia de un depredador. Mónica le sigue hablando a Lavín, pero atrapada en la memoria.)

MÓNICA Me paseaba por cócteles de lujo, inauguraciones de galerías, cenas de embajadores. Era su muñeca de ventrílocuo. Él movía los hilos y yo vomitaba filosofía y encanto a la medida de la víctima en turno.

MEFI (Deteniéndose justo detrás de ella, le habla al oído acariciando el respaldo de su silla) Endereza la espalda, M. El ministro de cultura te está mirando. Cuando se acerque, quiero que destroces su último ensayo sobre el posmodernismo. Humíllalo. Haz que se cuestione su propia existencia, pero con una sonrisa tan perfecta que lo deje rogando por más.

MÓNICA (Hablando hacia el frente, con los dientes apretados, sin mirar a Mefi) Estoy cansada, Mefi. Llevo tres semanas sin dormir. Me duelen los pies de usar estos tacones y me da asco escuchar mi propia voz recitando cosas que ni siquiera me importan.

MEFI (Le acaricia un hombro, posesivo y frío) El cansancio es para los mortales que toman el transporte público, querida. Tú eres una inversión de alto rendimiento. Y esta noche, después de que deslumbres a esos idiotas de traje, pasaremos a la suite. Ya sabes que el contrato exige... mantenimiento físico. El tributo de la carne no se paga solo.

(La presencia de Mefi retrocede un paso hacia la penumbra. Volvemos de lleno a la atención sobre el consultorio.)

MÓNICA ¡Era trata, doctor! Trata de almas, trata de personas, llámelo como se le dé la gana. Una esclavitud absoluta perfumada con champaña y trajes de diseñador. Mi cuerpo y mi mente estaban secuestrados. Sentía que me violaban el intelecto cada vez que me obligaba a hablar con sus palabras.

DR. LAVÍN Una pérdida total de la agencia personal. La anulación del "yo". Y, sin embargo, lo soportaste por mucho tiempo.

MÓNICA (Furiosa, apretando los puños) ¡Siete años! Siete años de ser su escolta de lujo, su enciclopedia con piernas y su trofeo de cama. Soportando sus exigencias, su ego asfixiante y sus ronquidos, porque sí, el maldito demonio de la elegancia ronca como un motor desbielado. Hasta que un día, simplemente ya no pude más. Sentí que si me obligaba a citar a Schopenhauer una vez más para complacer a sus amigos banqueros, me iba a arrancar mi propia piel a tiras.

(La luz vuelve a centrarse en Mefi y Mónica. Mefi se acerca, sosteniendo dos copas de cristal invisibles.)

MEFI Anda, M. Sal a la terraza. Hay un par de senadores que necesitan que les expliques por qué la moral judeocristiana es un obstáculo para el libre mercado. Ve y enamóralos. Eres mi obra maestra.

MÓNICA (Se pone de pie de golpe, encarando a Mefi por primera vez) No. Se acabó el show.

MEFI (Sonríe, condescendiente, dando un sorbo a su copa invisible) Ay, cosita. Las marionetas no deciden cuándo se baja el telón. Camina.

MÓNICA ¡No soy tu escort del infierno! Me vendiste las siete artes liberales, me prometiste el control de mi vida y solo me usas de adorno en tus fiestecitas de ególatras. ¡Estoy harta! ¡Harta de ser tu esclava, harta de tu voz en mi cabeza y harta de ti!

MEFI (El tono seductor desaparece por completo; su voz se vuelve grave, amenazante) Bájame la voz, humana. Eres de mi propiedad. Firmaste con tu desesperación y pagas con tu obediencia. Si te digo que bailes, bailas. Si te digo que hables, hablas. No tienes voluntad.

MÓNICA (Desafiante, a un milímetro de la cara de Mefi, escupiendo las palabras) Pues llévame a tribunales, maldito proxeneta astral. Porque a partir de hoy, te quedas sin muñeca.

(Mónica se gira hacia el frente, dándole la espalda a Mefi. La luz del consultorio intenta regresar, pero el ambiente se tiñe de un rojo oscuro y denso. Mónica mira fijamente al Dr. Lavín.)

MÓNICA Fue ahí, doctor. Me di cuenta de que discutir con el empleado del mes no iba a rescindir el contrato. Decidí irme por encima de él. Invoqué a la gerencia. Al dueño del circo.

(Mónica alza la vista hacia el techo del consultorio, alzando los brazos, gritando con una mezcla de locura y desesperación absoluta.)

MÓNICA (COMO RECUERDO) ¡Ya no más intermediarios! ¡Quiero hablar con el Rey de las Sombras! ¡Que el Amo en persona dé la cara! ¡Quiero cancelar esta maldita suscripción!

MEFI (Presa del pánico y de una profunda indignación, agarrándola del brazo) ¡¿Qué estás haciendo, desquiciada?! Intentar saltarse la cadena de mando para hablar con el Diablo en persona es de un pésimo gusto. ¡Yo soy tu dueño, a mí me rindes cuentas!

MÓNICA (Zafándose con violencia) ¡Llamé al mejor! ¡Pues ya no quiero ser tu esclava! ¡Renuncio al trato, no quiero tratos ni contigo ni con la Virgen María!

(Al decir "Virgen María", MEFI se estremece como si le hubiera atravesado un rayo. Cae de rodillas, retorciéndose.)

MEFI ¿Qué... qué dijiste? ¡No pronuncies eso!

MÓNICA (Dándose cuenta del poder que acaba de descubrir) ¡La Virgen María! ¡MARÍA, MARÍA, MARÍA! ¡Ese es mi verdadero nombre, pedazo de escoria!

MEFI (Retrocediendo, adolorido, arrastrándose mientras su traje impecable empieza a humear y a oler a carne quemada) ¡Rompiste la cláusula del nombre! ¡Ese maldito nombre me quema las entrañas!

(Mefi se desvanece en medio de un alarido gutural y una nube de humo espeso. Mónica se queda de pie, respirando agitadamente. La luz roja desaparece de golpe, devuelta a la frialdad implacable y blanca del consultorio del Dr. Lavín. Mónica se deja caer en la silla, exhausta, pero con una media sonrisa de triunfo.)


(FIN DE LA ESCENA 3)



(INICIA ESCENA 4 - EL FINAL)


MÓNICA (Aún con la respiración agitada, pero esbozando una sonrisa de genuina victoria. Se acomoda en la silla, relajando los hombros por primera vez en toda la obra) Y ya. Se hizo humo. Yo misma lo desterré, doctor. Resulta que el gran y aterrador demonio no soportaba escuchar mi verdadero nombre. Me di cuenta de que mi voluntad es mía. No tengo que rendirle cuentas a ningún monstruo de traje impecable, ni a ninguna tía amargada, ni a mi tío. Soy libre.

(El DR. LAVÍN no responde de inmediato. El único sonido en el consultorio es el rasgueo seco e incesante de su pluma sobre el papel. La luz blanca y clínica del lugar parece volverse un poco más fría, casi antiséptica).

DR. LAVÍN (Sin levantar la vista de sus notas, su voz es un susurro perfectamente modulado) "Libre". Una palabra fascinante. Etimológicamente compleja, biológicamente improbable y, desde el punto de vista psiquiátrico... una ilusión encantadora.

MÓNICA (La sonrisa se le desdibuja un poco. Frunce el ceño) ¿Una ilusión? Doctor, le acabo de decir que rompí un pacto demoníaco. Recobré mi agencia. Voy a estudiar. Algo de ciencias puras. Biología celular, neurología. Algo real, tangible. Nada de misticismos ni artes liberales.

DR. LAVÍN (Cierra su libreta con un golpe seco que resuena en las paredes. Levanta la vista. Su rostro es una máscara de mármol) Una elección sensata. Reemplazar un sistema de creencias por otro. Cambiar la magia por el microscopio. Dejar de ser esclava del infierno para ser esclava de la academia. Al final del día, el ser humano siempre busca una jaula más cómoda, ¿no te parece, Mónica?

MÓNICA (Incomodada por el tono, intenta levantarse de la silla, pero una extraña pesadez la hace dudar) Yo... no lo veo como una jaula. Es conocimiento. Es sanidad. Usted mismo me ha dicho que debo tomar el control.

DR. LAVÍN Y lo has hecho. Es un triunfo clínico extraordinario. Ahuyentar a ese... (hace una pausa, buscando la palabra exacta con un desdén milimétrico) a ese charlatán ruidoso de Mefi. Siempre fue muy teatral. Un mandadero con delirios de grandeza.

(Mónica se congela a la mitad de su movimiento. El silencio se vuelve espeso, casi asfixiante).

MÓNICA (Su voz tiembla apenas un poco) ¿Cómo lo llamó?

DR. LAVÍN (Sonríe, pero sus ojos permanecen completamente muertos y fijos en ella) Alucinación de grandeza. Un mecanismo de defensa de tu psique para lidiar con el trauma. Tu mente creó un villano elegante para justificar tu sumisión. Y hoy, lo has vencido.

MÓNICA (Tragando saliva, intentando convencerse de que escuchó mal) Sí. Sí, exacto. Fue un delirio. Todo estaba en mi cabeza. Por fin lo entiendo. Ya me siento lista para irme a casa, doctor.

(Mónica intenta levantarse de nuevo. Esta vez lo logra, pero sus piernas están extrañamente débiles. Toma su bolso).

DR. LAVÍN No tan rápido. Falta el último paso para consolidar esta... libertad. (El doctor abre lentamente el cajón de su escritorio. El roce de la madera suena ensordecedor. Saca un pequeño frasco oscuro de vidrio, sin ninguna etiqueta, y extrae una sola pastilla roja. La coloca sobre la mesa junto a un vaso de agua). Vas a tomar tu medicamento. Es una nueva fórmula. Especialmente diseñada para tu caso.

MÓNICA (Mirando la pastilla, la ansiedad que creía muerta empieza a treparle por la garganta. Retrocede un paso) ¿Una nueva fórmula? Pero... si ya estoy bien. Yo misma me curé. Ya no escucho voces. Ya no quiero pastillas que me nublen la mente.

DR. LAVÍN (Su voz no se altera, sigue siendo una línea recta de calma profesional) Mónica. Sabes cómo funciona esto. Cortar el tratamiento de golpe provoca recaídas. ¿Quieres volver a la banca del parque? ¿Quieres volver a sentirte vacía, a merced de charlatanes que te dictan cómo vivir? Tómatela. Te garantizo que, con esto, tu mente quedará en la más absoluta y perfecta quietud.

(Mónica mira la pastilla. Mira la puerta del consultorio. Parece que está a kilómetros de distancia. La lógica clínica de Lavín choca con el instinto primitivo de Mónica, que le grita que corra).

MÓNICA ¿Y los efectos secundarios? ¿Sin pesadillas? ¿Sin demonios de ojos amarillos?

DR. LAVÍN Ningún demonio te volverá a molestar jamás. Tienes mi palabra. Confía en mí, como lo has hecho estos siete años.

(Mónica, vencida por la autoridad implacable de la bata blanca y la costumbre, se acerca a la mesa. Sus dedos tiemblan. Toma la pastilla y el vaso. Se la mete a la boca y traga agua. Pasa el trago con dificultad. Al instante, una sensación de frío absoluto le baja por el esófago, paralizando sus músculos periféricos).

MÓNICA (Deja el vaso en la mesa. Sus manos se sienten de plomo) Ya. Ya está. Doctor...

(Mónica intenta caminar hacia la puerta, pero sus rodillas no le responden. Cae pesadamente sentada de nuevo en la silla de pacientes).

MÓNICA ¿Qué... qué tiene esto? Me siento pesada. No me puedo levantar.

DR. LAVÍN (Se pone de pie. Sus movimientos son lentísimos, fluidos, como si el tiempo no existiera para él. Apoya ambas manos sobre el escritorio. La luz de la habitación empieza a oscurecerse, dejando un solo haz de luz pálida sobre Mónica). Es la quietud, Mónica. La verdadera cura.

MÓNICA (El pánico le dilata las pupilas. Mira los ojos de Lavín y se da cuenta de que no ha parpadeado ni una sola vez en toda la sesión). Usted... Nunca me ha dicho su segundo nombre, doctor. Siempre es solo... Lavín. ¿Y cómo supo el nombre de Mefi? Yo nunca le dije su nombre hoy. Solo le dije "él".

DR. LAVÍN (Esboza una sonrisa gélida. Su sombra se proyecta enorme, monstruosa, reptando por las paredes y cubriendo el techo del consultorio) Mi nombre es irrelevante. Mis títulos terrenales son... Lavín. Carlos Lavín. Médico cirujano, especialista en psiquiatría. Pero tú me conoces por muchos otros nombres.

MÓNICA (La respiración se le acorta. No puede mover los brazos. Intenta gritar, pero su voz sale como un susurro roto) No, no, no... Usted es un psiquiatra. Es un hombre de ciencia.

DR. LAVÍN (Su voz cambia, perdiendo el tono clínico y adquiriendo una resonancia profunda, arcaica, como el eco de una caverna infinita) ¿De verdad creíste que el infierno de hoy es un lugar con azufre y calderos hirviendo? Por favor. El siglo veintiuno requiere métodos más eficientes. ¿Por qué comprar almas en un cruce de caminos cuando puedes medícalas? ¿Por qué usar la seducción barata de un subalterno como Mefi, cuando puedes cancelar la voluntad de las personas recetándoles "cordura"?

MÓNICA (Llorando en silencio, paralizada en la silla, comprendiendo la magnitud de su error) Yo... yo invoqué al jefe. En el techo...

DR. LAVÍN (Asiente lentamente, con una cortesía aterradora) Exactamente. "¡Quiero hablar con el Rey de las Sombras!", gritaste. "¡Que el Amo en persona dé la cara!". Y aquí estoy. Acudí a la cita puntualmente en nuestra sesión de los martes a las seis. Y tú, por tu propio pie, acabas de tragar la cláusula de permanencia.

(El doctor rodea el escritorio y se inclina sobre ella. Sus ojos brillan ahora con una maldad insondable, una negrura absoluta, vacía de cualquier empatía o teatralidad. Es el mal puro, corporativo, institucionalizado).

DR. LAVÍN Tú creías que al vencer a tu proxeneta astral eras libre. Pero Mefi era solo la distracción. El verdadero infierno es esta silla de la que ya nunca te vas a poder levantar. Es la certeza, la terrorífica certeza, de que tu mente brillante va a quedar atrapada dentro de tu propio cráneo, despierta, consciente, pero incapaz de articular una sola palabra por el resto de la eternidad.

(Lavín levanta una mano perfectamente limpia y manicurada, y le acomoda suavemente un mechón de cabello detrás de la oreja. El toque es tan frío que a Mónica se le congela la lágrima en la mejilla).

MÓNICA (Con los ojos desorbitados por un terror absoluto y mudo, abre la boca para gritar pero apenas salen monosílabos, apenas palabras). No, no... Yo…

DR. LAVÍN Yo no compro almas con palabrería, pequeña. Yo las medico. Yo las duermo para siempre. Te vas a sentir muchísimo mejor... María.

(La sombra del Dr. Lavín la envuelve por completo. La sonrisa del doctor se congela en una máscara de terror absoluto). (La luz se apaga de golpe, dejando solo el eco de un suspiro helado).


OSCURO TOTAL. 


FIN













DERECHOS DE AUTOR

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