
LAS DESVENTURAS DE ASTROLABIO,
EL PICARO JESÚS...
de Veracruz.
Farsa chilanga de vecindad en cuatro cuadros
De Benjamin Gavarre
LAS DESVENTURAS DEL CAPITÁN ASTROLABIO. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
bengavarre@gmail.com
Introducción: La picaresca del asfalto y la metafísica de la cucaracha
LAS DESVENTURAS DE ASTROLABIO, EL PICARO JESÚS... es un cruce explosivo entre la picaresca del Siglo de Oro, el teatro de
carpa y la estética grotesca de la historieta setentera al estilo de La
Familia Burrón. Bajo la monstruosa «Joroba del Viaducto», Don
Astrolabio —un chacharero de sesenta y cinco años que limpiaba letrinas en un
buque de Veracruz pero presume ser «el terror de los puertos»— sobrevive al
hambre, los calambres en el pecho y la persecución de su propio doble fantasmal
(«El Roto») a punta de limpias con huevo, bicarbonato y pura labia. Al
descubrir que ni el Cielo ni el Infierno le mandan siquiera un mensaje de texto
a su viejo celular, alcanza la luminosa epifanía de la cucaracha: entender que está
solo en el mundo y que cada conquista o milagro cotidiano se lo debe únicamente
a su propio colmillo de viejo mañoso.
Sinopsis por cuadros
- Cuadro
Primero (El conjuro del huevo): Bajo la Joroba del Viaducto, Astrolabio se traga un huevo crudo
con bicarbonato contra el mal de ojo, provocándose un ataque de hipo, el
primer calambre en el pecho y un despiadado duelo verbal con su vecina,
Doña Chanclas.
- Cuadro
Segundo (El interrogatorio del más allá): En la miscelánea del barrio, Astrolabio
presume un billete de quinientos pesos antes de ser acorralado por su
doble espectral, El Roto, cuyo contrato infernal rompe en mil pedazos
creyendo que es una estafa del cobrador de piso local.
- Cuadro
Tercero (El milagro del rompope y las burbujas): Creyéndose perdonado por el Cielo,
Astrolabio seduce a Doña Chanclas para beberse su rompope escondido
(desfondándole el catre) y casi logra un ensayo privado con la bohemia
Margot antes de desplomarse por un dolor agudo en el pecho.
- Cuadro
Cuarto (La epifanía de la cucaracha): Tras enfrentar un juicio de pesadilla, Astrolabio descubre que su
«infarto» era puro gas atorado y que su fantasma es solo su propio miedo;
le arrebata a El Roto su pipa encendida, lo pone a empujar su carrito del
súper y sale triunfal del brazo de ambas vecinas.
Personajes
- DON
ASTROLABIO (Jesús «Chucho», 65 años): Chacharero de La Lagunilla, mitómano incorregible y exgrumete
limpiador de excusados que se autoproclama «la mano derecha del Capitán» y
«el terror de los puertos». Empuja un carrito de súper robado lleno de
tiliches, suspira por las sirenas de Tlalpan y por Margot, y jamás logra
prender su pipa.
- DOÑA
CHANCLAS (Eudoxia, 68 años): Vecina metiche de acento tepiteño y lengua viperina, coronada por
una monumental peluca chueca de «nido de pájaro». Todo lo vigila y todo lo
cobra, pero esconde una botella de rompope de almendra para las ocasiones
galantes.
- DON
PROCOFIO («El Güero», 65 años): Panzón pelirrojo de chaleco naranja, dueño de la miscelánea La
esperanza muere al último. Nunca suelta su bote de plástico, mata
cucarachas a periodicazos al ritmo de un danzón, fía tortas de jamón verde
y cela a Margot.
- EL
ROTO (Don Jesús / Chucho, 50–65 años): Doble espectral de Astrolabio, invisible para el resto de los
personajes. Viste idéntico al viejo marinero, pero cubierto de algas
verdiazules y motivos del Mare Tenebrosum, y fuma una larguísima
pipa que sí echa humo.
- MARGOT
DE LA FUENTE (50 años): Exdiva intempestiva del teatro universitario que meserea a ratos
en la miscelánea tras pelearse con su compañía en Coyoacán. Es el amor
platónico de Astrolabio y prepara su regreso escénico saliendo desnuda en
una tina de burbujas.
- «EL
GALÁN» (Mencionado, nunca aparece): Cobrador de derecho de piso feo como mentada de burro que ronda en
una bicicleta destartalada, intentando cobrar cuotas en nombre de un jefe
que ya chupó faros.
Espacio escénico Patio
empedrado de una vieja vecindad entre la Roma Sur y la Del Valle que se funde a
la izquierda con el mostrador de la miscelánea La esperanza muere al último.
Al fondo y arriba domina todo el horizonte la Joroba del Viaducto como
una ola de tsunami congelada, bajo una estética colorida y desfachatada de
historieta mexicana de los años setenta.
CUADRO PRIMERO: EL CONJURO DEL HUEVO Y EL TERROR DE LOS PUERTOS
ESCENA 1
(Al encenderse el farol callejero con un chispazo azulado, entra ASTROLABIO empujando un carrito de supermercado robado que rechina escandalosamente de una llanta chueca. Adentro del carrito trae amarrados con mecate: un maniquí de plástico sin brazos, una red, una jaula vacía, varios sombreros viejos adornados con plumas apolilladas, dos o tres cabezas de títeres de pasta con ojos saltones, un par de máscaras de luchadores descarapeladas, plumeros de colores, un astrolabio que está a punto de caerse… y cualquier cosa que encuentre y piense que se puede revender. Silba un bolero o un danzón muy popular del Puerto de Veracruz. Al descubrir al público, frena en seco el carrito del súper, lo suelta y se esconde tras un pilar de cantera. Se asoma, se sacude la camiseta a rayas, intenta prender su pipa sin suerte y vuelve a tomar el manubrio del carrito.)
ASTROLABIO: (Al público, atajando cualquier crítica.) ¡Yo y mi cuento, sí, señor, pa' qué me escondo si ya me vieron! Miren nomás qué embarcación de cuatro ruedas me traje del supermercado… Digo, me la donaron los de la marina mercante por méritos en campaña. Esta que ven aquí colgada del maniquí es mi red de pescar que tenía yo para atrapar vivo al tiburón negro, y este de acá (saca una rueda de bronce abollada) es mi astrolabio de regalo: me lo entregaron con banda de guerra por mis servicios en el buque escuela, donde estuve embarcado durante cincuenta años seguidos… Porque aunque me vean así medio traqueteado, yo fui la mismísima mano derecha del Capitán… ¡y el terror de los puertos! Sí, señor, el mero terror de los puertos, porque puerto al que yo bajaba con mis botas de piel de foca, puerto donde no dejaba muchacha sin suspirar… Yo sé bien de las cosas del mar y por eso voy a poner aquí mismo mis conjuros contra las malas mareas, los males de ojo, los amarres para que por fin me entreguen su corazoncito… y los hechizos de las sirenas.
(Saca de entre las máscaras de luchador un par
de huevos de gallina, un vaso veladora con agua dudosa y un sobrecito de
bicarbonato. Mira al público con aire de misterio.)
ASTROLABIO: (Al público.)
Fíjense bien cómo se trabaja la alta magia veracruzana, no vayan a creer que
esto es charlatanería de mercado… Primero se limpia uno del mal aire con el
huevo… (Se pasa el huevo por la frente y el pescuezo haciendo gestos de
dolor.) ¡Ay, canijo, cómo chupa la envidia de los vecinos! Ahora le
abrimos un ojo de buey al cascarón para asomarnos al más allá… (Casca la puntita del huevo, se lo pega al ojo como si fuera
monóculo de relojero y da un brinco hacia atrás.) ¡Madre santa de
los naufragios! ¡Me está mirando de regreso! ¡Se le hizo una rajada adentro a la yema y me está pelando los
dientes! ¡Pues antes de que me brinque a la yugular, pa' dentro!
(Se vacía el huevo crudo de golpe en la
garganta, hace gárgaras ruidosas mirando al farol y se lo traga. Al instante le
da un ataque de hipo feroz que le sacude todo el cuerpo.)
ASTROLABIO: ¡Hip! ¡Ah, jijo, venía coleando! ¡Hip! ¡Se me
atoró en la escotilla! (Busca a tientas en el carrito del súper y
saca el bicarbonato.) ¡Para aplacar la marea, polvos de espuma
blanca! (Se echa un puño de bicarbonato a la boca, toma un trago del vaso
veladora y empieza a sacar espuma blanca por los labios como perro rabioso
mientras hace buches. Traga con un esfuerzo sobrehumano, abre los brazos
temblando y suelta un suspiro larguísimo.) ¡Ahhhhhh! (Se toca el pecho del lado izquierdo con una mueca fugaz.)
Uf… hasta me dio un calambre en la pechuga de tanta potencia espiritual…
ESCENA 2
(Se abre de golpe una ventana alta del segundo piso. Asoma DOÑA CHANCLAS con su peluca de nido de pájaros toda ladeada, recargándose en el barandal junto a su lavadero de lámina.)
DOÑA CHANCLAS: ¡Oiga, don Popeye de charco
seco! ¡Ya deje de estar haciendo cochinadas con esas brujerías de Catemaco, que
aquí estamos en la Del Valle! Mire nomás, ya llenó todo el piso de miasmas y
vaya usted a saber qué pecaminoso menjurje se tomó que hasta hipo le dio y
parece que le va a dar la chiripiorca… ¡Ya venga mejor a destaparme el caño del
fregadero, que desde antier me tiene usted con el agua puerca hasta el
pescuezo!
ASTROLABIO: (Mirándola hacia arriba sin
dejar de guardar sus trebejos en el carrito.) ¡Ay, doña Chanclas… no
grite que se acercan los días aciagos! Yo vide muchos malos augurios ahorita en
el vaso: el huevo se convirtió en pejelagarto… chico, es cierto, pero ya me lo
tragué vivo y por eso me dio hipo… (¡Hip!) Y le
advierto que si llueve mucho todo esto se va a inundar y no hará ninguna falta
que le arregle la tubería, porque el agua se nos va a salir del Viaducto y esto
va a ser de nuevo un lago… Yo, como fui la mano derecha del Capitán en el buque
escuela, nado de pechito y me salvo, ¿pero ustedes, que no saben ni cruzar las
avenidas sin que los maten los coches?
DOÑA CHANCLAS: ¡Mano derecha del Capitán mis
calzones, don Astrolabio! Si ya nos contaron los de su tierra que en ese barco
usted no pasaba de pelar papas en el sótano y destapar los excusados de la
tropa con un alambre, por eso le hablo pa' mi fregadero, porque es para lo
único que tiene diploma. Usted nomás puro mal agüero y supercherías para
hacerse maje, que aquí nunca nos inundamos tanto y el río del Viaducto está
entubado… Así que deje ahí su carrito de súper robado con todo su tilichero de
cabezas de muñeco y ayúdeme con el fregadero, que ese sí que se está saliendo
de madre con tanta comida atorada.
ASTROLABIO: (Dignísimo, golpeándose el
pecho.) ¡Usted ni sabe de rangos navales ni sabe de nada, señora! Si
el verdadero mal agüero lo trae usted parado en la cabeza con ese nido de
cuervo que hace que hasta las ánimas de Lucifer se espanten cuando se asoma.
Pero aunque sea malagradecida, ya le voy a compartir de mis hechizos contra las
malas aguas de octubre que acaban con nuestra paciencia e inundan las calles.
DOÑA CHANCLAS: ¡Qué me va a compartir usted si
no sabe nada de conjuros! Usted nomás anda viendo a quién le saca provecho… Ya
vi que le saca fiada a don Procofio la torta de jamón y que luego le anda
pidiendo prestado a la actricilla esa de la Margot. ¿Sí sabe que el jamón que
le da el Güero es el que ya está pasado y baboso? ¡Antes no se nos acaba de
morir usted con los retortijones que le dan y que lo hacen chillar como puerco
por las noches! ¿O serán gemidos de amor por el alma en pena de que no le hace
caso la Margot de la Fuente? ¡Oiga, no se haga menso! ¿Me va a venir a arreglar
el fregadero o le hablo mejor al «Galán»?
ASTROLABIO: (Soltando una carcajada
burlona.) ¿Al «Galán»? ¡Ja! Pero si ese infeliz cobrador de piso
tiene de galán lo que usted de rubia natural; si es más feo que una mentada de
burro en ayunas y anda en una bicicleta que hace más ruido que mi carrito del
súper… Y para que se entere: a mí en los muelles me decían «el terror de los
puertos», y para jamones los que me echo yo de las muchachas de Tlalpan, que
son menos rollizas que las del malecón pero también aguantan. Háblele a su
«Galán» si quiere, a ver si no le cobra su derecho de piso y de paso le arregla
la tubería y la lleva al catre ese que rechina toda la noche y que nadie en la
vecindad se atreve a decirle, doña.
DOÑA CHANCLAS: (Carcajeándose desde el
balcón.) ¡Ay, sí, «el terror de los puertos»! ¡Pero le decían el
terror porque en cuanto se quitaba las botas daba terror del asco y todas
salían corriendo, viejo baboso, ni hablar sabe! Y las de Tlalpan lo van a dejar
sin poder caminar un mes, porque esas lo voltean al revés y le dan para sus
tunas; ya va a ver si sus amuletos contra las supersticiones lo ayudan cuando
les vea el garrote… ¿O tal vez ya está acostumbrado, no? Porque en el malecón
de Veracruz también las hay con pico y con voz de barítono, y todo el barrio
sabe que esas son las que a usted le encantan, aunque se haga el que no sabía…
¡Y mi catre no rechina; al menos yo sí tengo dónde dormir, viejo marinero de
agua puerca!
(Cierra las hojas de la ventana de un portazo
seco: ¡rataplán-plan-plan!)
ASTROLABIO: (Al público, estremeciéndose
con un tic nervioso en el ojo.) ¡Me echó el mal agüero, ¿se dieron
cuenta?! Con ese nido de pájaro que trae en la cabeza, salieron unos ojos
negros de cuervo y me los mandó volando hasta acá… ¡Y yo de menso que no me
puse hoy mi amuleto contra las viejas enchiladas! Y además calumniándome con
las sirenas de Tlalpan… (En confidencia pícara al
público.) Qué tiene que calcen del nueve y tengan la espalda
anchita, ¿verdad? En alta mar y a media luz, el buen marinero no revisa la
quilla, nomás navega… Maldita bruja, ahora que pase «El Galán» en su
bicicletita que le cobre la azotea, porque esa vieja ya me mandó la maldición
del cuervo negro… ¡y cojo, que es el más cabrón! (Se lleva la mano al brazo
izquierdo y hace una mueca.) Ay, jijo… hasta me dio otro tirón en el
ala izquierda del puro coraje…
CUADRO SEGUNDO: LA MISCELÁNEA «LA ESPERANZA
MUERE AL ÚLTIMO» Y EL INTERROGATORIO DEL MÁS ALLÁ
ESCENA 1
(Sube la luz cálida y rojiza sobre el lateral izquierdo, iluminando el mostrador de la miscelánea «La esperanza muere al último». En una bocina el Güero pone música de danzón y persigue cucarachas por las esquinas de la barra dando golpes secos con un periódico enrollado, sin soltar su eterno bote de plástico con la otra mano. ASTROLABIO deja su carrito del súper a un lado y hace un conjuro raro afuera del negocio antes de pasar: da vueltas como saludando a un carnal imaginario con el lenguaje de señas y chocadas de mano de los chavos de barrio, pero él lo hace muy serio en son de pases mágicos contra las ánimas perpetuas.)
DON PROCOFIO: (Dando un periodicazo feroz
sobre la barra.) ¡Toma, maldita, pa' que sigas tragando de gorra!
Parecen parientes suyos, Astro: nomás ven que destapo el vitrolero con la pata
y salen hasta por las coladeras. ¿Va a querer su torta de jamón…? ¿Le sentó
bien la última vez? Ya veo que usted, como las cucarachas, siempre sobrevive…
Ahora tengo para regalar unas tortillas asoleadas; están duras como suela de
zapato, pero si quiere las meto al micro… nomás espero que no se ventile el
olor a miados de perro que soltó el plato de ayer.
ASTROLABIO: Con lo bien que usted me trata, Güerito, el día
que me agarre un espíritu malvado me voy a ver muy favorecido, créame. Pero
esta vez sí le traigo dinero de verdad, don Procofio. (Saca un billete de a quinientos y lo enseña orgulloso.)
Sírvame una caguama bien muerta; ya casi no subía la joroba del Viaducto
empujando mi carrito, sentía que me chiflaba el pecho como tetera vieja, pero
aquí me tiene… Gané quinientos pesos haciendo de modelo para unos gringos del bi-an-bi que viven aquí en los lofts de Medellín… que les parecía yo muy pintoresco,
como el viejo lobo de mar que fui cuando era el terror de los puertos. Ojalá me
hubieran pagado en dólares, pero esos gringos ya están gentrificados y salen
más codos que usted.
(DON PROCOFIO destapa la caguama y le sirve un
vaso. ASTROLABIO se voltea hacia el público tapándose la boca con el dorso de
la mano.)
ASTROLABIO: (Al público.) Lo de
los gringos es pura mentira, no me hagan caso… Me encontré el billete de
quinientos tirado junto a la coladera justo cuando me topé de frente con mi
doble… el espíritu del marinero de las aguas profundas. ¡Óraleee, que todavía
siento el frío en el espinazo!
ESCENA 2
(Cambia la iluminación del fondo a un tono verdoso y espectral. DON PROCOFIO se agacha detrás de la barra a acomodar su refrigerador de miscelánea y las cajas de la alacena baja, por lo que no ve nada de lo que ocurre en el patio. Entra caminando de espaldas y gira de golpe EL ROTO. Viste exactamente como ASTROLABIO, pero todo su atuendo parece decorado con algas verdiazules y la camiseta tiene motivos del Mare Tenebrosum de los manuales antiguos. Sostiene otra pipa, pero más larga y extravagante, que suelta un humo denso.)
EL ROTO: (Recargándose en la barra junto
a Astrolabio, sonriendo de oreja a oreja.) ¿Qué pasó, mi Brújula?
Hay más demonios sueltos que mortales, ¿cierto?
ASTROLABIO: (Dando un respingo que casi
tira el vaso.) ¡Todos bajan del mismo palo, el mayor! (Al público, señalándolo con el dedo tembloroso.)
¡Véanlo! ¡No les digo que no estoy loco! ¡El mismo marino de los abismos del
mar! Si ya le van a salir crustáceos en el cuello y ya la cara de pulpo
borracho se le ha quedado clavada en la expresión.
EL ROTO: Oiga… yo a usted lo reconozco muy bien. Usted
siempre anda dejando por las calles su olor a trapo rancio y a orines añejados.
Usted vive en las alcantarillas del Viaducto o se viene aquí a dormir de
arrimado con quien se deje.
ASTROLABIO: (Entre asustado y molesto.)
Yo dondequiera me acuesto, y si consigo buena cama es muy cosa mía; mis
atractivos tengo, no por nada fui el terror de los puertos… Aquí la gran actriz
Margot de la Fuente me deja pastar en su pesebre y don Procofio me alimenta con
los mejores manjares, todos frescos, del día. Mire nomás: me gané quinientos
pesos porque soy muy buen comerciante.
EL ROTO: (Saca una libreta mohosa y
anota.) Abuso de confianza, proxenetismo descarado, usurpación de
rango porque en el buque no pasaba usted de lavar las bacinicas del
contramaestre, esparcimiento de sífilis y otras nostalgias venéreas con damas
de dudosa anatomía… ¿De qué medida dice que es el colchón donde usted realiza
esas maniobras?
ASTROLABIO: Un poco resortudo el colchón, pa' qué le miento, y
la verdad es que la Margot patea dormida y siempre acabo yéndome temprano a ver
la salida del sol en el Viaducto… (Mira al público y luego a El
Roto, suavizando la voz.) ¿La ha visto usted? Tiene toda la vista
abierta hacia el oriente, como si hubieran construido esa joroba de cemento
nomás para ver al sol salir entre los cables… Y claro, por la tarde… la puesta
del sol es igual de maravillosa…
EL ROTO: (Con media sonrisa pícara.)
Ah, mire qué bonito le sale el verso… Conque los colchones resortudos no le
gustan tanto. Pues yo me preocuparía más por el carrito del súper robado con
las mercancías que dejó usted estacionado ahí afuera, ¿sabe? Lo he decomisado
porque infringe varios reglamentos, y ya nada más le voy a cobrar los
quinientos pesos que dice tener para que no le siga yo agregando más cargos a
sus múltiples faltas administrativas…
ASTROLABIO: ¡Oiga, no sea abusivo! ¡Si ese carrito con mis
máscaras de luchador y mis cabezas de títere es mi medio de sobrevivencia, y
usted no puede decir que he cometido faltas! Yo siempre he sido un marinero
celoso de mi deber, la mano derecha del Capitán… Y usted, precisamente usted,
debe saberlo, porque usted es igualito a mí: ¡usted soy yo y yo soy usted! Pero
usted es un ser demoniaco que quiere torcerme el espíritu y quedarse con la
parte de mi alma que me corresponde…
EL ROTO: (Sin inmutarse, dando un
golpecito con su pipa larga.) Jaja… En cuanto a la mercancía
decomisada en el carrito del súper, hay algunos rubros que pueden todavía
perjudicarlo más… Debajo de la máscara de Blue Demon se encontraron tres
pelucas como nido de cuervo que parecen haber sido denunciadas al Ministerio
Público por la señora chancluda de la vecindad.
ASTROLABIO: ¡Yo no me hago responsable del nido de cuervo de
la doña! Alguien caritativo le hizo un favor y se los quitó de la cabeza cuando
estaba distraída, e hizo muy bien, aunque al parecer la vieja tiene una
colección entera… (Siente un ahogo repentino, se agarra el
cuello de la camiseta y voltea hacia la barra.) ¡Don Procofio,
sírvame un aguardiente de esos rasposos porque siento que ya se me va la voz!
¡Y eso que digo es poco, porque ya se me fueron los pies y se me durmieron las
manos y casi pierdo hasta las… polainas!
(En el instante en que ASTROLABIO voltea a
llamar a Procofio, EL ROTO se escabulle como un fantasma hacia la sombra. DON
PROCOFIO emerge detrás de la barra con una gran botella de mezcal turbio, como
de sueño.)
DON PROCOFIO: Hoy te has ganado un trago de
mi reserva especial para los neomutantes que aguantan mis canapés especiales y
sobreviven más que las cucarachas. Enhorabuena, vecino.
ASTROLABIO: (Voltea y ve el aire vacío. Se
le congela el brazo en alto. Balbucea mirando al público.) ¡Santos
cráneos negros de los conjuros antiguos! ¡Se esfumó el espíritu doble! (Se palpa el cuerpo con terror.) ¡Se me ha de haber
metido por alguna no sagrada parte! ¡Ya no soy yo solamente, don Procofio, ya
soy yo y mi doble metido dentro de mí!
DON PROCOFIO: Ah, sí, Astrolabio… Todavía ni
te tomas un trago y ya te hizo un efecto doble…
ASTROLABIO: (Empieza a dar de manotazos por todas partes para sacudirse al fantasma e incluso le pega sin querer un par de sopapos a don Procofio.) ¡Y si me vuelvo pedazo de mar, abulón con patas, cangrejo de caño! ¡Y estos años de vivir en la ciudad escondido detrás del Viaducto no me sirvieron de nada! ¡Me agarró el Roto de las profundidades, don Procofio, moriré maldito, y el mar profundo no será suficiente prisión, arderé en las llamas del infierno!
DON PROCOFIO: (Asustado, cubriéndose con su
bote.) ¡Ahora sí ya lo perdimos…! ¡Ya no venga por acá, la comida
gratis y los tragos se terminaron! ¡Está usted fuera de sí y fuera de mi camino
lo quiero ver!
(DON PROCOFIO se mete sin mirar atrás a la trastienda y cierra de golpe. EL ROTO regresa como si nada desde el rincón oscuro.)
EL ROTO: Ya se hizo en los calzones, mi brújula perdida.
ASTROLABIO: (Santiguándose y haciendo
gestos disparatados con las manos.) ¡Yo no soy tú, tú no eres yo,
demonio falsario, ánima del purgatorio sin permiso! ¿Por qué te permitieron
salir? ¡Regrésate al abismo adonde perteneces, demonio!
EL ROTO: Usted sigue sin entender… La acumulación de actos
deshonestos, mentiras, traiciones y desórdenes de todo tipo ha llegado a su
fin… Usted me puede pagar en efectivo o trabajar para mí, eso usted lo decide… (Le enseña un papel amarillo.) Mire: este contrato es
para que usted acceda a trabajar para mí a cambio de que yo no me lo lleve al
infierno; o bien… si usted no firma, me lo llevaré al infierno de todos modos,
pero si mientras tanto accede a trabajar para mí y darme mi dinerito cada vez
que yo pase, entonces puede permanecer en este… hermoso lugar.
ASTROLABIO: (Toma el papel temblando. Lee
en voz alta.) «Don Jesús Gutiérrez… Tesorero encargado de cobrar las
faltas administrativas generadas con dolo y con alevosía y ventaja… Se deberá
firmar este papelito, si no tendrá consecuencias fatales y demoniacas el
susodicho que no lo firme…». (Para la oreja, mira al público
con malicia y rompe el papel en mil pedazos.) ¡Ah, usted cree que
soy tonto! ¡Ya caí en la cuenta! ¡Usted no es ningún espíritu del mar: usted es
un achichincle que mandó «El Galán», ese que es feo como mentada de burro y que
anda cobrando piso a todos los negocios de la zona! ¿O ya ni siquiera eso y
anda estafando por su cuenta a los que se dejen? ¿Por qué no le cobra al Güero,
eh? ¡Ah, porque el Güero ya le paga al nuevo jefe de la mafia, y ese ni a usted
ni al tal «Galán» los topa, porque el que era su antiguo jefe ya se peló o
chupó faros y no los dejó cobijados! ¡Y ahora andan viendo a quién le sacan sus
cincuenta pesitos, o como a mí, que fueron quinientos! ¡Quiero mi carrito del
súper y mis pertenencias de regreso!
EL ROTO: (Su rostro cambia en una
fracción de segundo a una máscara de dolor antiguo y cansancio infinito; habla
con voz grave y fría.) No parece entenderme, ASTROLABIO… ESTO ES UNA
NEGATIVA QUE TENDRÁ CONSECUENCIAS… Usted se ha pasado la vida invocando a los
espíritus de protección contra los malos agüeros; la serie de conjuros que ha
hecho han funcionado, pero todo tiene precio y hemos decidido ya no protegerlo
más. Ha cruzado los límites y usted, al romper este documento, nos ha declarado
la guerra, así que aténgase a las consecuencias… Astrolabio… Seguro que ese
viejo instrumento de lata de nada le servirá en este mar de calamidades al que
se ha logrado meter usted solito, mi querido doble…
(EL ROTO desaparece en una bocanada de humo
verdoso. El billete de quinientos pesos ha desaparecido también.)
ASTROLABIO: (Queda solo, jadeando, mirando la hoja amarilla rota en el piso. Habla mitad para sí, mitad al público.) ¿Demasiados conjuros…? No existen demasiados conjuros… solo los necesarios para sentirme a salvo… ¿A quién invocaré ahora…? Tal vez si acudo a los poderes celestiales… a Diosito santo, que lo tengo tan abandonado, a la Virgen, que todo perdona… He estado mucho tiempo en los linderos del mal, y claro, el mal siempre te pasa la factura… (Mira al cielo.) ¡Dios mío, atiéndeme, soy tu más humilde siervo, soy casi tan inocente y puro como el mismísimo santo de la Virgen de Guadalupe! ¡Hazme caso, Diosito, dame una señal… un angelito! ¿Algún mensaje de texto…? ¿Nada…? (Se busca en los bolsillos con desesperación y voltea al público.) ¡Ah, pero qué menso, si mi teléfono estaba con mis cosas en el carrito del súper! ¡Maldito seas, Roto del demonio, te quedaste hasta con mi celular! ¿Y ahora, si me habla Diosito, cómo podré saber que me llamó, y más aún, cómo podré contestarle…? ¿Y si lo dejo en visto y se me encabrona el Todopoderoso…? ¡Ahhh, mis cosas, dónde están mis cosas…!
(Sale corriendo por el patio agarrándose el
pecho.)
CUADRO TERCERO: EL MILAGRO DEL ROMPOPE Y LA
VENUS DE LAS BURBUJAS
ESCENA 1
(Sube una luz clara y alegre, como de historieta dominguera. En medio del patio está el carrito de supermercado robado con todas las cosas de ASTROLABIO intactas: el maniquí sin brazos, las cabezas de títeres, las máscaras de luchador, los sombreros con plumas y la jaula vacía. Entra ASTROLABIO todavía con el susto en la cara; al ver su carrito, pega un brinco de alegría, corre a abrazar el manubrio y saca su viejo celular de entre las cabezas de títeres.)
ASTROLABIO: (Al público, radiante.)
¡Miren nomás! ¡Intacto mi buque insignia! ¡Aquí están mis cabezas de títere, mi
máscara del Santo, mi licuadora tuerta y mi teléfono! (Revisa la pantalla.) ¡Ni un mensaje del más allá! ¿Ven
cómo todo fue una pesadilla cochina por haberme tragado aquel huevo con ojos de
pejelagarto? ¡El bicarbonato me hizo cortocircuito en la mollera y soñé al
fantasma ese del tal Jesús! ¡Pero se acabó! Diosito me dio otra oportunidad y
desde ahorita mismo me vuelvo un caballero decente, sin brujerías, sin mentiras
y sin pleitos… Bueno, una que otra mentirita piadosa nomás pa' no perder el
estilo, ¿verdad?, porque si uno dice siempre la verdad luego nadie le invita ni
un refresco.
(Se abre la puerta del segundo piso y baja
DOÑA CHANCLAS hacia el patio. Ahora trae puesta otra peluca de nido de pájaro,
pero de un color amarillo canario con mechas moradas que parece piñata de
posada, igual de chueca que la anterior. ASTROLABIO toma del carrito un
sombrero viejo con pluma, se lo pone con elegancia y le hace una caravana
profunda.)
ASTROLABIO: ¡Bendito sea el sol que sale por la joroba del
Viaducto y alumbra tanta hermosura! ¡Muy buenos días tenga usted, doña Eudoxia!
Déjeme decirle, con todo el respeto de un viejo lobo de mar, que con esa
peluca… digo, con ese peinado nuevo color ave del paraíso se ve usted como
artista de cine francés.
DOÑA CHANCLAS: (Se detiene pasmada en la
escalera; primero sospecha, luego se lleva la mano al pecho y se acomoda el
nido amarillo toda chiveada.) ¡Ay, don Astrolabio…! ¿Pues qué le
picó hoy que amaneció tan educadito y sin andar escupiendo espuma como sapo?
Casi me hace sonrojar, oiga…
ASTROLABIO: Es que hoy amanecí renovado por la gracia
celestial, doña Chanclas… digo, doña Eudoxia. Ya dejé atrás los malos agüeros y
vengo como los caballeros de antes a pedirle perdón por mis léperas palabras de
ayer y a destaparle ese caño sin cobrarle ni un quinto.
DOÑA CHANCLAS: (Baja los últimos escalones
meneando la cadera, encantada.) Mire nomás qué cambio… Así sí da
gusto tratar con la marina nacional. Pues ya que viene tan dispuesto y tan
galante, no lo voy a poner a trabajar con la panza vacía. Pásese tantito a mi
departamento a tomar una tacita de té de manzanilla calientito antes de que le
meta mano al fregadero.
ASTROLABIO: (Acercándose a ella con mirada
pícara y voz melosa.) El té de manzanilla es pa' los enfermos del
estómago, mi estimada dama… Y yo hoy vengo sanito y con toda la presión en las
calderas. Si de veras me quiere invitar algo digno de su hospitalidad, mejor
sáquese un vasito de ese sabroso rompope de almendra que guarda usted bien escondido
allá arriba, detrás de la sopera de porcelana…
DOÑA CHANCLAS: (Abre tamaños ojos y le da un
manazo coqueto en el hombro.) ¡Ay, nanita! ¿Y usted cómo demonios
sabe que tengo ese rompope guardado si no se lo he enseñado ni al padre de la
parroquia? ¡Ya me dio cosa con usted, brujo mañoso! Pero qué caray, para qué es
la vida si no pa' darse un gustito… ¡Súbale, mi «terror de los puertos», vamos
a ver si es cierto que todavía sabe navegar en aguas profundas!
ASTROLABIO: (Al público, guiñando un ojo
mientras sube detrás de ella.) ¿Qué les dije? ¡Sin hacer ni un solo
conjuro! ¡Nomás les hablas bonito del nido de pájaro y aflojan hasta el rompope
de las fiestas patrias! ¡Deséenme suerte, muchachos, que voy a entrar a puerto
desconocido sin salvavidas!
(Entran ambos al departamento de DOÑA CHANCLAS
y se cierra la puerta.)
ESCENA 2
(El patio queda solo unos instantes. De pronto, desde el segundo piso se escuchan risitas festivas de DOÑA CHANCLAS, el destapar de la botella y enseguida un rechinar furioso, rítmico y desaforado de resortes viejos: ¡ñiqui-ñaca-ñiqui-ñaca-CRAC!, seguido de un grito triunfal de Astrolabio: «¡Tierra a la vistaaa!». Se abre la puerta de arriba y sale ASTROLABIO abrochándose la cuerda del pantalón, con los pelos parados, el cuello lleno de besos pintados y un bigote amarillo de rompope. Viene bajando la escalera muy ufano, pero a la mitad de los escalones se detiene en seco: se le borra la sonrisa, abre los ojos con espanto, se lleva las dos manos al pecho y se dobla como si le hubieran clavado un arpón.)
ASTROLABIO: (Bajando a rastras los últimos
escalones, jadeando fuerte, hablando con el público mientras suda frío.)
¡Ayyy, jijo de su rechinada madre…! ¡Aguanten, aguanten que ahora sí me dio el
patatús de deveras! (Se agarra el brazo izquierdo y la quijada,
respirando con un silbido ronco.) ¡Se me engarrotó toda la aleta de
babor y siento como si el Güero Procofio se me hubiera sentado encima del pecho
con todo y bote de basura! ¡Ay, Diosito santo, no seas gacho, apenas me estoy
portando bien y ya me quieres cortar el suministro de aire! ¿Qué tenía ese
rompope de la Chanclas, cianuro de monja o qué? ¡Y qué manera de rechinar aquel
catre, parecía trapiche de caña, casi me desbarata las costillas la condenada
vieja! (Trata de enderezarse dando bocanadas de aire como pescado fuera
del agua.) Calma, Astrolabio, calma, respira hondo que un marino del
buque escuela no se ahoga en medio patio…
(En ese momento entra al patio MARGOT DE LA
FUENTE con un vestido vaporoso y extravagante, como de tragedia griega comprada
en paca de La Lagunilla, y un turbante en la cabeza. ASTROLABIO, aunque sigue
pálido y con la mano izquierda engarrotada contra el pecho, hace un esfuerzo
sobrehumano por inflar el tórax y sonreírle como galán de cine mudo.)
MARGOT: (Deteniéndose frente a él con
gesto teatral.) ¡Pero qué ven mis ojos fatigados de tanta vulgaridad
cotidiana! ¡Don Astrolabio! Lo veo a usted rarísimo… Tiene la cara color ceniza
de volcán y le tiembla el labio como hoja al viento, pero trae una sonrisa de
felicidad absoluta… Aunque huela usted a rompope de sacristía a tres metros de
distancia, se ve que hoy está tocado por la dicha.
ASTROLABIO: (Con un hilo de voz ahogada,
sosteniéndose del carrito del súper para no caerse.) Es… es la
felicidad del espíritu puro, mi adorada Margot… (Tose y disimula el dolor del
pecho haciendo una reverencia chueca.) Es que ya dejé atrás todos
esos viejos conjuros del demonio que me traían salado… Hoy soy un hombre libre
de malos agüeros, listo para el amor y las bellas artes… (Al público, en un susurro agónico.) ¡No siento las
patas, pero ante la dama primero muerto que sencillo!
MARGOT: ¡Qué maravilla escucharlo hablar así, mi viejo
argonauta! Porque justamente hoy el arte verdadero vuelve a convocarme. Esta
noche tengo una función de gala, íntima y revolucionaria, con un grupo de
teatro experimental allá por Coyoacán… Bueno, con los pocos que todavía me
hablan después de que les aventé el extinguidor en el estreno pasado. ¡Y quiero
invitarlo a usted en primera fila! En el clímax de la obra, yo salgo
completamente desnuda dentro de una tina llena de burbujas, simbolizando el
naufragio de la modernidad.
ASTROLABIO: (Abre los ojos
desmesuradamente; el corazón le da otro vuelco que lo hace doblar las rodillas
un segundo, pero se levanta aferrado al maniquí sin brazos.) ¡Por
los clavos de Cristo y las barbas del Capitán! ¿Usted… usted encueradita en una
tina de burbujas delante de toda la concurrencia? ¡Pero Margot de mi corazón,
cómo es posible que se muestre usted así ante el mundo, con tanta gente morbosa
que no sabe apreciar la finura de sus litorales! ¡Me va a dar algo nomás de
imaginarlo! (Y de hecho le está dando.)
MARGOT: (Soltando una carcajada
cristalina y coqueta.) ¡Ay, Astrolabio, no se me ponga celoso ni
provinciano! Si el cuerpo es el templo del actor… Además, ¿de qué se asusta
usted? Si usted ya me conoce en todo mi esplendor: acuérdese que usted mismo me
dijo una tarde que yo soy como la mismísima Venus del mar saliendo de las olas
al mundo.
ASTROLABIO: (Tragando aire a bocanadas, con
los ojos inyectados de emoción y falta de oxígeno.) ¡La Venus del
mar… saliendo entre la espuma de jabón! ¡Oiga, mi reina… y ya que andamos tan
inspirados y yo tan purificado… por qué no nos vamos ahorita mismo a su cuarto,
al de usted, y me hace la función privada antes de que se le enfríe el agua! Yo
le tallo la espalda con mi plumero nuevo y le juro que hoy sí me porto como un
príncipe…
MARGOT: (Mirándolo de arriba abajo con
ternura burlona.) ¿A mi cuarto ahorita? Pero si está usted muy
tomado, don Astrolabio, mírese nomás cómo se tambalea y cómo le chifla el
pecho… Con ese ánimo que trae y todo pasado de copas, si lo meto a mi cama
solamente lo voy a tener que escuchar una vez más durante tres horas con sus
historias de sirenas de Tlalpan y de marmotas marinas…
ASTROLABIO: (Aferrándose al brazo de ella,
casi colgándose para no desplomarse.) ¡Le juro que hoy no le cuento
ni media palabra de las marmotas marinas! ¡Vámonos pa' su cuarto, mi Venus, que
siento que se me acaba el tiempo y quiero tocar el cielo aunque sea de
muertito! (Al público, mientras la jalonea suavemente hacia el fondo.)
¡Si me va a tronar la bomba del corazón, que me truene en el colchón resortudo
de la artista y no en el empedrado!
ESCENA 3
(MARGOT ríe divertida y parece que ya va a ceder y llevárselo a su departamento, pero en ese preciso instante sale DON PROCOFIO de la miscelánea cargando su bote de plástico y una charola. Viene rojo de coraje y de celos.)
DON PROCOFIO: ¡Alto ahí ese naufragio! ¡Oiga,
Margot, fíjese bien con quién se mete! ¡Qué no ve que ese viejo mañoso viene
bajando del cuarto de doña Chanclas con todo el bigote lleno de rompope y los
ojos de pescado hervido! ¡Y además, qué hace usted aquí platicando con este
mantenido cuando me tiene las mesitas llenas de moscas y no ha ido a servir de
mesera en toda la mañana! ¡Ya sabe que cuando usted no está en el mostrador, yo
la extraño y hasta se me queman las empanadas!
MARGOT: (Deteniéndose y suspirando
entre halagada y resignada.) Ay, Güerito, no te me enceles así que
te sube la bilirrubina… Es que don Astrolabio me estaba deseando suerte para mi
tina de burbujas.
DON PROCOFIO: ¡Qué burbujas ni qué ojo de
pescado! Véngase pa' acá a atender las mesas, que le tengo guardada su torta
especial de pierna y su refresco de manzana bien frío. Y a este marinero de
tina oxidada déjelo ahí que se ventile la cruda.
MARGOT: (Le da una palmadita cariñosa
en el cachete a Astrolabio —que casi lo tira de espaldas—.) Ni modo,
mi lobo de mar, el deber y las tortas de pierna me llaman. Guárdese ese ímpetu
para aplaudirme en la noche… y tómese un tehuacán, que tiene usted un color
verdoso muy feo.
(MARGOT se va del brazo de DON PROCOFIO hacia
la miscelánea; el Güero voltea a ver a Astrolabio con sonrisa burlona antes de
meterse tras el mostrador. ASTROLABIO se queda completamente solo en medio del
patio. La luz empieza a oscurecerse lentamente.)
ASTROLABIO: (Al público, dejándose caer
sentado sobre una esquina de su carrito del súper, con la mano apretada contra
el pecho y la respiración entrecortada.) Me dejó… Me cambió por el
panzón del bote de basura y una torta de pierna… (Siente un tercer dolor punzante,
mucho más fuerte, que le recorre todo el brazo izquierdo y el cuello; cierra
los ojos con fuerza.) ¡Ayyy…! ¡Este ya no fue el rompope… este fue
un cañonazo a medialínea de flotación! Oigan… díganme la verdad ustedes que me
están viendo desde allá abajo… ¿será que los conjuros con el Señor y la
Virgencita de Guadalupe de verdad han funcionado… o será que allá arriba
también cobran derecho de piso y a mí ya me dieron de baja del padrón…?
(La cabeza de ASTROLABIO cae pesadamente sobre
su pecho mientras el carrito del súper rechina solo en la penumbra.)
CUADRO CUARTO: EL JUICIO DEL PATIO Y LA
EPIFANÍA DE LA CUCARACHA
ESCENA 1
(Cambia la luz a un tono irreal, de pesadilla grotesca y cómica, como portada de historieta de espantos. Suena un tamborileo sordo. ASTROLABIO despierta dentro de su propio sueño en el centro del patio, rodeado por DON PROCOFIO, MARGOT DE LA FUENTE y DOÑA CHANCLAS, quienes lo miran desde arriba con gestos exagerados de jueces implacables. Don Procofio blande su periódico enrollado y su bote como atributos de la ley; Doña Chanclas trae puestas dos pelucas una encima de la otra, y Margot sostiene el maniquí sin brazos como testigo de cargo.)
DON PROCOFIO: ¡Se abre el juicio final de la
vecindad de la Joroba del Viaducto contra el acusado aquí presente! ¡Se le
acusa de mitómano, de gorrón vitalicio y de haberse robado de mi alacena una
pierna entera de jamón serrano importado de Jabugo! ¡Un jamón tan fino que ni
siquiera yo, que soy el dueño, lo llegué a probar!
ASTROLABIO: (Defendiéndose con torpeza,
mirando al público para pedir apoyo y enredándose cada vez más.)
¡Eso es una mentira del tamaño del Viaducto, señor juez! (Al público.) ¡Ustedes son testigos de que en esa
miscelánea mugrosa nunca ha habido jamón serrano! ¡Lo que yo me saqué debajo de
la camiseta aquella vez fue medio kilo de mortadela que ya estaba verde de las
orillas, y me la comí con tres cervezas fiadas que tampoco le pagué porque
estaban tibias!
DOÑA CHANCLAS: (Apuntándole con el dedo
acusador.) ¡Silencio, viejo cínico! ¡Confiese también cómo se robó
mis tres pelucas finas del tendedero, cómo se acabó mi botella entera de
rompope sin convidarme el asiento y cómo me rompió el catre de un panzazo a
media mañana! ¡Y confiese de una vez que en el barco de Veracruz nunca fue mano
derecha de ningún capitán, sino el más inútil de los grumetes!
ASTROLABIO: ¡Las pelucas las agarré porque pensé que eran
estropajos pa' limpiar la cubierta, doña Chanclas! ¡Y el catre se rompió solito
porque usted pesa más que un ancla de acorazado! ¡Y claro que fui el terror de
los puertos! ¡Si no me creen, pregúntenle a la sirena aquella del puerto de
Alvarado que medía uno noventa, tenía bigote de aguamala y me dejó sin
quincena, pero qué bonito cantaba el danzón!
MARGOT: (Dramática, señalándolo al
centro del patio.) ¡Ahí está su propia confesión! ¡Además de ratero
de carritos del súper, era usted un majadero incorregible! ¡Le gritaba
peladeces a la gente decente que pasaba por la banqueta, le hacía ojos de
lujuria a las vecinas y, en el colmo de la maldad… pateaba a los perritos
callejeros de la cuadra!
ASTROLABIO: (Dando un respingo de
indignación genuina.) ¡Ah, eso no! ¡Eso sí que nunca jamás! (Al público, ofendidísimo.) ¡Díganles algo ustedes! ¡Yo
seré ratero de mortadela, deudor de renta y mentiroso de alta mar, pero yo
sería incapaz de pegarle a un perrito! ¡A los perritos hasta les doy la orilla
de mi torta! Bueno… si hablamos de manos largas… tal vez a usted, Margot, sí
que le pegué su buen agarrón de muelle aquella vez en el cine cuando me escupió
en el ojo… ¡pero a un perrito jamás!
DON PROCOFIO, DOÑA CHANCLAS Y MARGOT: (A coro.) ¡Ah, ya
viste, malandrín! ¡Lo confesó todo! ¡Le pega a las damas, rompe los catres y se
roba la mortadela! ¡Es culpable! ¡Culpable sin remedio!
(En ese momento, entre una bocanada de humo
verdoso, sale EL ROTO al centro del patio poniéndose junto a Astrolabio. Sin
embargo, los tres vecinos NO ven ni oyen a El Roto: para ellos sigue habiendo
únicamente aire vacío junto al viejo.)
EL ROTO: (Colocándose junto a Astrolabio
con media sonrisa burlona.) Un momento… que a este reo no se lo
lleva nadie todavía, porque su cuenta está abierta conmigo.
ASTROLABIO: (Señalando a El Roto ante los
jueces del sueño, desesperado.) ¡Mírenlo! ¡Ahí salió Chucho el Roto
a defenderme! ¡Pregúntenle a él!
(Los tres vecinos miran hacia el rincón vacío
que señala Astrolabio, desconcertados.)
DOÑA CHANCLAS: (Mirando al aire vacío.)
¿Pero con quién habla este infeliz? ¿Y ese quién es según él, o cómo apareció
de la nada en su cabeza?
MARGOT: (Mirando el vacío junto a
Astrolabio.) ¡Debe de ser un fantasma que solo él mira en su fiebre!
DON PROCOFIO: (Moviendo la cabeza.)
¡Qué fantasma ni qué nada, seguramente está soñando que tiene un hermano gemelo
igual de mugroso que él! ¡Mira nomás cómo le habla al aire como si se
parecieran!
ESCENA 2
(Las figuras de DON PROCOFIO, DOÑA CHANCLAS y MARGOT se apagan y desaparecen en la oscuridad. Quedan completamente solos en el escenario EL ROTO y ASTROLABIO bajo una luz cenital.)
EL ROTO: Ya ves, Astrolabio… Ni en tus propios sueños nadie me ve más que tú. Y tu vida ha sido un continuo tormento hasta el último minuto nomás por terco, por no haber firmado el documento…
ASTROLABIO: (Respirando con dificultad,
agarrándose el pecho pero plantándole cara.) Yo controlo mi vida,
óigame bien… No necesito firmar nada para saber que hago lo que quiero… Pero,
además, dígame una cosa de una buena vez: ¿cómo voy a saber yo si usted es de
veras un demonio de los siete mares o solo un matón a sueldo de esos que manda
«El Galán»? ¡O ni siquiera eso: un pobre diablo que ahora no puede ni cobrarle
a nadie en la colonia porque nadie lo ve ni le cree que pueda hacer más daño
que una gallina flaca! ¿Y por qué si le recé con tanta devoción a Diosito santo
y a la Virgen no me mandaron ni un triste mensaje al celular para quitarme a
usted de encima?
EL ROTO: (Suelta una carcajada seca,
casi compasiva, y le da una chupada a su pipa larga.) Ay,
Astrolabio… cómo serás inocente para tus años. ¿Todavía estás esperando que te
suene el Alcatel con una llamada del Cielo? Entiéndelo de una vez: ni allá
arriba hay nadie con saldo para mandarte angelitos, ni allá abajo en el
infierno nadie sabe que existes. Tus conjuros de huevo crudo con bicarbonato no
espantan ni a las moscas del Güero, y tus rezos de última hora se quedaron
rebotando en el techo de lámina. No hay demonios marinos ni vírgenes que
perdonen deudas, viejo… La respuesta la has tenido todo el tiempo y ya lo
sabes, incluso tú mismo lo dijiste hace rato: aquí no hay más brujería que tu
propio miedo. Yo soy tu doble…
ASTROLABIO: (Se queda helado un segundo; de
pronto abre los ojos como platos y se dirige al público haciendo cuentas con
los dedos.) ¡Espérense tantito…! A ver, a ver, déjenme hacer la
aritmética… ¿Me está usted diciendo que ni Satanás me ayudó antes, ni Diosito
tuvo nada que ver con mi buena suerte de hoy en la mañana?
EL ROTO: Absolutamente nada. Estás solo como un perro en la
joroba del Viaducto.
ASTROLABIO: (Al público, iluminándosele la
cara de asombro picaresco.) ¡Óraleee! ¡O sea que si no hubo milagro
del Cielo ni pacto con el chamuco… el que dejó como novia de pueblo a doña
Chanclas, el que le sacó el rompope fino sin pagar un quinto, el que le
desfondó tres resortes del catre ortopédico a los sesenta y cinco años y todavía
dejó suspirando a la Margot de la Fuente pa' que lo invite a su tina de
burbujas… fui yo solito con mi pura labia de viejo mañoso! (Se golpea el pecho con orgullo, aunque enseguida hace una mueca
por el tirón.) ¡Ay, canijo, soy más cabrón de lo que pensaba!
ESCENA 3
(La luz cambia de golpe a la claridad normal de la tarde en la vecindad. Ya no es un sueño: entran por el patio DOÑA CHANCLAS, DON PROCOFIO y MARGOT DE LA FUENTE en la «realidad», haciendo sus cosas habituales. EL ROTO permanece de pie al lado de Astrolabio, completamente invisible para los tres vecinos. ASTROLABIO, todavía pálido por el patatús pero con los ojos encendidos por su descubrimiento, les sonríe a todos.)
ASTROLABIO: (Señalando con desparpajo el espacio donde está El Roto.) ¡Qué bueno que salen, vecinos! Miren nomás, les presento aquí en persona a mi socio Chucho el Roto…
(Los tres vecinos se quedan de pie mirándolo
en silencio y tienen diferentes reacciones al ver que Astrolabio señala el aire
vacío junto a su carrito del súper.)
DOÑA CHANCLAS: (Santiguándose, medio
asustada.) ¿Ah, un fantasma? ¡Jesús mil veces! Pero si ahí al lado
suyo no hay nadie, don Astrolabio, no empiece a espantar…
DON PROCOFIO: (Soltando un suspiro
incrédulo.) Ah, otra broma de las suyas… ¿Pero qué dice usted de
«Chucho el Roto»? No revuelva las cosas, hombre: Chucho el Roto es como aquel
bandido de antes que le robaba a los ricos y se lo daba a los pobres… como Juan
Moreira o como el Robin Hood…
MARGOT: (Acercándose a Astrolabio con
curiosidad teatral.) Aunque mire qué curioso: el Chucho el Roto de
las leyendas era de Veracruz, igualito que usted, Astrolabio… «Jesús el Roto»…
Oiga, vecino, ahora que lo veo tan pensativo… ¿y usted tiene nombre de verdad?
¿O el apodo de «Astrolabio» ya ocupó todo su ser y hasta se le olvidó su
verdadero nombre?
ASTROLABIO: (Parpadea; mira a Margot, luego
mira al público y se rasca la cabeza.) ¿Mi nombre…? Ah, pues sí,
claro que yo tenía un nombre antes de meterme de grumete a pelar papas… (Su voz se vuelve evocadora, medio cómica y medio tierna.)
Ah, ya me acuerdo… Me acuerdo que mi mamá salía al patio con la chancla en la
mano y me decía: «¡Ya ven acá, muchacho del demonio! ¡Hijo de Satanás, deja
eso! ¡Chuchito, ve por las tortillas! ¡Chucho, no seas torpe que todo tiras…!».
(Sonríe reconociéndose.) Ah… ya… Ese era mi nombre…
Jesús… Chucho… Chuchito…
EL ROTO: (Acercándose para darle la
estocada final, con voz solemne de ultratumba.) ¿Ves, Chuchito? Ese
niño torpe al que trataban a patadas eras tú… y este viejo roto, pobre y sin
dónde caer muerto soy yo. Tus pasos en este mundo han terminado; ya te dio el
infarto en la escalera, ya no tienes a quién rezarle, así que déjate caer de
una vez y vámonos a descansar al hoyo…
(ASTROLABIO se lleva la mano al pecho, dobla
las rodillas y parece que va a caer fulminado hacia atrás en brazos de El Roto
ante el grito de espanto de los vecinos. Pero a medio camino del suelo, frena
en seco, abre un ojo hacia el público y se endereza de un respingo furioso.)
ASTROLABIO: ¡Qué descansar ni qué ocho cuartos! ¡Al hoyo te
vas a ir tú solito, fantasma mantenido! (Se planta firme frente a El
Roto, mientras los vecinos miran atónitos cómo le grita al aire.) ¡A
aquel Chuchito menso que iba por las tortillas lo habrán agarrado de bajada y
lo habrán puesto a tallar excusados en el barco de Veracruz, sí, señor! ¡Pero a
Don Astrolabio ni los santos mudos ni los diablos piratas lo doblan! (Se toma una bebida con bicarbonato que estaba en su carrito, tal
vez una soda, y suelta un eructo
descomunal, largo y sonoro, que retumba en todo el patio; se golpea el pecho ya
aliviado y respira profundo.) ¡Ahhhh! ¡Era puro aire atorado, cuál
infarto ni qué ojo de hacha!
(De un manotazo rápido, ASTROLABIO le arrebata
a EL ROTO la pipa larga y humeante; le da una chupada profunda y, por primera
vez en toda la obra, saca una enorme y triunfal bocanada de humo verdadero.)
ASTROLABIO: (Al público, echando humo como
chimenea de buque.) ¡Prendió! ¡Miren cómo prendió sin conjuros ni
ruegos! Bien lo dijo aquí el Güero Procofio: ¡yo soy como las cucarachas de su
miscelánea! ¡Me tiran periodicazos, me dan jamón podrido, me echan la maldición
del cuervo cojo y, cuando creen que ya estiré la pata, salgo coleando por la
coladera y todavía me quedan fuerzas pa' darle gusto al cuerpo! (Voltea a ver a El Roto, que se ha quedado encogido y sin pipa, y
le señala el manubrio del carrito del súper.) ¡Y tú, Chucho el Roto,
ya que eres mi doble y nadie más te ve, ponte a desquitar el hospedaje y
empújame el carrito del súper, que para eso soy la mano derecha del Capitán!
(EL ROTO, derrotado y resignado ante el
colmillo de su otra mitad, agacha las orejas y se pone detrás del carrito del
súper a empujarlo. Para DOÑA CHANCLAS, DON PROCOFIO y MARGOT, el carrito de
supermercado empieza a avanzar solito por el patio, rechinando su llanta
chueca.)
DOÑA CHANCLAS: (Pegando un grito,
maravillada.) ¡Ave María Purísima! ¡El carrito del súper camina
solo! ¡Don Astrolabio sí tenía poderes de los buenos y todavía le quedó cuerda
pa' otro vasito de rompope!
MARGOT: (Aplaudiendo extasiada.)
¡Sublime! ¡Teatro invisible de vanguardia pura! ¡Venga conmigo, mi viejo lobo
de mar, que hoy en la noche usted mismo me va a echar la espuma en la tina de
burbujas!
DON PROCOFIO: (Dejando caer el periódico,
vencido.) Me cae que a este viejo ni echándole petróleo hirviendo se
nos muere… ¡Ya pásese por su torta de jamón, condenado Astro, antes de que me
arrepienta!
ASTROLABIO: (Toma de un brazo a Margot de
la Fuente y del otro a Doña Chanclas, echando humo por su pipa nueva mientras
El Roto empuja el carrito detrás de ellos rumbo a la subida del Viaducto. Antes
de salir, se detiene y le guiña un ojo al público.) ¿Ya vieron,
muchachos? Ni rezos al cielo ni contratos con el infierno: pura maña de Viejo Zarrapastroso.
Ahí nos vemos a la puesta del sol, allá arriba, en la mera joroba del Viaducto…
¡Y abran cancha, que ahí les va el terror de los puertos!
(Salen todos entre música festiva de danzón
veracruzano mientras el farol callejero parpadea con luces de colores de
historieta. )
Oscuro rápido.