amarillo, rosa y celeste. Una de las casas que se vean estará pintada con
escenas marinas y guirnaldas de frutas.
Luz de luna. Al fondo, las Niñas cantarán, con acompañamiento, el romance
popular:
¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
a las piedras hacía llorar
al ver que Marianita se muere
en cadalso por no declarar.
La Marianita, sentada en su cuarto,
no paraba de considerar:
«Si el malvado Pedrosa me viera bordando
la bandera de la Libertad».
(De una ventana saldrá una Mujer con un velón encendido. Cesa el Coro.)
MUJER. ¡Niña! ¿No me oyes?
NIÑA. (Desde lejos.) ¡Ya voy!
(Por debajo del arco aparece una Niña vestida según la moda del año 30, que
canta.)
Como lirio cortaron el lirio,
como rosa cortaron la flor,
como lirio cortaron el lirio,
mas hermosa su alma quedó.
(Lentamente, entra en su casa. Al fondo, el Coro continúa.)
¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
a las piedras hacía llorar.
[Telón lento]
[ESTAMPA PRIMERA]
Casa de Mariana. Paredes blancas. Sobre una mesa, un frutero de cristal lleno
de membrillos. Todo el techo
estará lleno de la misma fruta, colgada. Encima de la cómoda, grandes ramos de
rosas de seda. Tarde de otoño.
Al levantarse el telón, aparece doña Angustias, madre adoptiva de Mariana,
sentada, leyendo. Viste de oscuro.
Tiene un aire frío, pero es maternal al mismo tiempo. Isabel la Clavela viste
de maja. Tiene treinta y siete años.
ESCENA PRIMERA
CLAVELA. (Entrando.) ¿Y la niña?
ANGUSTIAS. Borda y borda lentamente. Yo la he visto por el ojo de la llave.
Parecía el hilo rojo, entre sus dedos, una herida de cuchillo sobre el aire.
CLAVELA. ¡Tengo un miedo!
ANGUSTIAS. ¡No me digas!
CLAVELA. (Intrigada.) ¿Se sabrá?
ANGUSTIAS. Desde luego, por Granada no se sabe. Enamorada.
CLAVELA. ¿Por qué borda esa bandera?
ANGUSTIAS. Ella me dice que la obligan sus amigos liberales. (Con intención.)
Don Pedro, sobre todos; y por ellos se expone... a lo que no quiero acordarme.
CLAVELA. Si pensara como antigua, le diría...
ANGUSTIAS. (Rápida.) ...embrujada.
CLAVELA. (Rápida.) ¿Sí?
ANGUSTIAS. (Vaga.) ¡Quién sabe! (Lírica.) Se le ha puesto la sonrisa casi
blanca, como vieja flor abierta en un encaje. Ella debe dejar esas intrigas.
¡Qué le importan las cosas de la calle! Si borda, que borde unos vestidos para
su niña, cuando sea grande. Que si el Rey no es buen Rey, que no lo sea; las
mujeres no deben preocuparse.
CLAVELA. Esta noche pasada no durmió.
ANGUSTIAS. ¡Si no vive! ¿Recuerdas?... Ayer tarde... (Suena una campanilla
alegremente.) Son las hijas del Oidor. Guarda silencio.
(Sale Clavela, rápida. Angustias se dirige a la puerta de la derecha y llama.)
Marianita, sal que vienen a buscarte.
ESCENA II
Entran dando carcajadas las Hijas del Oidor de la Chancillería. Vienen vestidas
a la moda de la época, con mantillas y un clavel rojo en cada sien. Lucía es
rubia tostada, y Amparo, morenísima, ojos profundos y movimientos rápidos.
ANGUSTIAS. (Dirigiéndose a besarlas, con los brazos abiertos.) ¡Las dos bellas
del Campillo en esta casa!
AMPARO. (Besa a doña Angustias y dice a Clavela.) ¡Clavela! ¿Qué tal te espousó
el clavel?
CLAVELA. (Marchándose, disgustada, como temiendo más bromas.) ¡Marchito!
LUCÍA. (Llamando al orden.) ¡Amparo! (Besa a Angustias.)
AMPARO. (Riéndose.) ¡Paciencia! ¡Pero clavel que no huele, corta de la maceta!
LUCÍA. Doña Angustias, ¿qué os parece?
ANGUSTIAS. (Sonriendo.) ¡Siempre tan graciosa!
AMPARO. Mientras que mi hermana lee y relee novelas y más novelas, o borda en
el cañamazo rosas, pájaros y letras, yo canto y bailo el jaleo de Jerez, con
castañuelas; el vito, el olé, el bolero, y ojalá chiquilla! ¡Qué ganas de
cantar, señora!
ANGUSTIAS. (Riendo.) ¡Siempre con tus chistes!
(Amparo coge un membrillo y lo muerde.)
LUCÍA. (Enfadada.) ¡Estáte quieta!
AMPARO. (Habla con lo agrio de la fruta entre los dientes.) ¡Buen membrillo!
(Le da un calofrío por lo fuerte del ácido, y guiña.)
ANGUSTIAS. (Con las manos en la cara.) ¡Yo no puedo mirar!
LUCÍA. (Un poco sofocada.) ¿No te da vergüenza?
AMPARO. Pero ¿not sale Mariana? Voy a llamar a su puerta. (Va corriendo y
llama.) ¡Mariana sal pronto, hijita!
LUCÍA. ¡Perdonad, señora!
ANGUSTIAS. (Suave.) ¡Déjala!
ESCENA III
La puerta se abre, y aparece Mariana, vestida de malva claro, con peinado de
bucles, peineta y una gran rosa roja detrás de la oreja. No tiene más que una
sortija de diamantes en su mano siniestra. Aparece preocupada, y da muestras,
conforme avanza el diálogo, de vivísima inquietud. Al entrar Mariana en escena,
las dos Muchachas corren a su encuentro.
AMPARO. (Besándola.) ¿Cómo has tardado?
MARIANA. (Cariñosa.) ¡Niñas!
LUCÍA. (Besándola.) ¡Marianita!
AMPARO. ¡A mí otro beso!
LUCÍA. ¡Y otro a mí!
MARIANA. ¡Preciosas! (A doña Angustias.) ¿Trajeron una carta?
ANGUSTIAS. ¡No! (Queda pensativa.)
AMPARO. (Acariciándola.) Tú, siempre joven y guapa.
MARIANA. (Sonriendo con amargura.) ¡Ya pasé los treinta!
AMPARO. ¡Pues parece que tienes quince!
MARIANA. (Siempre con un dejo de melancolía.) ¡Amparo! ¡Viudita y con dos
niños! (Se sientan en un amplio sofá, una a cada lado. Doña Angustias recoge su
libro y arregla la cómoda.)
LUCÍA. ¿Cómo siguen?
MARIANA. Han llegado ahora mismo del colegio, estarán en el patio.
ANGUSTIAS. Voy a ver. No quiero que se mojen en la fuente. ¡Hasta luego, hijas
mías!
LUCÍA. (Fina siempre.) ¡Hasta luego! (Se va doña Angustias.)
ESCENA IV
MARIANA. ¿Tu hermano Fernando, cómo sigue?
LUCÍA. Dijo que vendría a buscarnos, para saludarte. Se estaba poniendo su
levita azul. Todo lo que tienes le parece bien. Quiere que nos vistamos como tú
te vistes. Ayer...
AMPARO. (Que tiene siempre que hablar, la interrumpe.) Ayer mismo nos dijo que
tú tenías en los ojos... ¿qué dijo? (Ríe.) (Lucía queda seria.)
LUCÍA. (Enfadada.) ¿Me dejas hablar? (Quiere hacerlo.)
AMPARO. (Rápida.) ¡Clavela! (Ríe. Le coge la cabeza por la barbilla y le mira
los ojos.) ¡Ya me acuerdo! Dijo que en tus ojos había un constante desfile de
pájaros. Un temblor divino, como de agua oscura, sorprendida siempre bajo el
arrayán, o temblor de luna sobre una pecera, donde un pez de plata finge rojo
sueño.
LUCÍA. (Sacudiendo a Mariana.) ¡Mira! Lo segundo son inventos de ella.
AMPARO. ¡Lucía, eso dijo!
MARIANA. ¡Qué bien me causáis con vuestra alegría de niñas pequeñas! La misma
alegría que debe sentir un gran girasol al amanecer, cuando sobre el tallo de
la noche vea abrirse el dorado girasol del cielo. (Les coge las manos.)
LUCÍA. ¡Te encuentro muy triste!
AMPARO. ¿Qué tienes? (Entra Clavela.)
MARIANA. (Levantándose rápidamente.) ¿Llegó? ¡Di!
CLAVELA. (Triste.) ¡Señora, no ha venido nadie! (Cruza la escena y se va.)
LUCÍA. Si esperas visita, nos vamos.
AMPARO. Lo dices, y salimos.
MARIANA. (Nerviosa.) ¡Niñas, tendré que enfadarme!
AMPARO. No me has preguntado por mi estancia en Ronda.
MARIANA. Es verdad que fuiste; ¿y has vuelto contenta?
AMPARO. Mucho. Todo el día baila que te baila. (Queda seria de pronto al ver a
Mariana, que está inquieta, mira a las puertas y se distrae.)
LUCÍA. (Seria.) Vámonos, Amparo.
MARIANA. (Inquieta por algo que ocurre fuera de la escena.) ¡Cuéntame! Si
vieras cómo necesito de tu fresca risa. (Mariana sigue de pie.)
LUCÍA. ¿Quieres que te traiga una novela?
AMPARO. Tráele la plaza de toros de la ilustre Ronda. (Ríen. Se levanta y se
dirige a Mariana.) ¡Siéntate! (Mariana se sienta y la besa.)
MARIANA. (Resignada.) ¿Estuviste en los toros?
LUCÍA. ¡Estuvo!
AMPARO. En la corrida más grande que se vio en Ronda la vieja. Cinco toros de
azabache, con divisa verde y negra. Yo pensaba siempre en ti; yo pensaba: si
estuviera conmigo mi triste amiga, ¡mi Marianita Pineda! Las niñas venían
gritando sobre pintadas calesas con abanicos redondos bordados de lentejuelas.
Y los jóvenes de Ronda sobre jacas pintureras, los anchos sombreros grises
calados hasta las cejas. La plaza con el gentío (calañés y altas peinetas)
giraba como un zodíaco de risas blancas y negras. Y cuando el gran Cayetano
cruzó la pajiza arena con traje color manzana, bordado de plata y seda,
destacándose gallardo entre la gente de brega frente a los toros zaínos que
España cría en su tierra, parecía que la tarde se ponía más morena. ¡Si
hubieras visto con qué gracia movía las piernas! ¡Qué gran equilibrio el suyo
con la capa y la muleta! ¡Mejor, ni Pedro Romero toreando las estrellas! Cinco
toros mató; cinco, con divisa verde y negra. En la punta de su espada cinco
flores dejó abiertas, y a cada instante rozaba los hocicos de las fieras, como
una gran mariposa de oro con alas bermejas. La plaza, al par que la tarde,
vibraba fuerte, violenta, y entre el olor de la sangre hay iba el olor de la
sierra. Yo pensaba siempre en ti; yo pensaba: si estuviera conmigo mi triste
amiga, ¡mi Marianita Pineda!... (Emocionada levantándose.) ¡Yo te querré
siempre a ti tanto como tú me quieras!
LUCÍA. (Se levanta.) Nos retiramos; si sigues escuchando a esta torera no se
hace para la pena.
AMPARO. Y dime: ¿estás más contenta? Porque este cuello, ¡oh, qué cuello!, no
es para la pena.
LUCÍA. (En la ventana.) Hay nubes por Parapanda. Lloverá, aunque Dios no
quiera.
AMPARO. ¡Este invierno va a ser de agua! ¡No podré lucir!
LUCÍA. ¡Coqueta!
AMPARO. ¡Adiós, Mariana!
MARIANA. ¡Adiós, niñas! (Se besan.)
AMPARO. ¡Que te pongas más contenta!
MARIANA. Tardecillo es. ¿Queréis que os acompañe Clavela?
AMPARO. ¡Gracias! Pronto volveremos.
LUCÍA. ¡No bajes, no!
MARIANA. ¡Hasta la vuelta! (Salen.)
ESCENA V
Mariana atraviesa rápidamente la escena y mira la hora en uno de esos grandes
relojes dorados, donde sueña toda la poesía exquisita de la hora y el siglo. Se
asoma a los cristales y ve la última luz de la tarde.
MARIANA. ¡Y esta noche que no llega! (Con angustia.) Noche temida y soñada; que
me hieres ya de lejos con larguísimas espadas! ¡Con qué trabajo tan grande deja
la luz a Granada! Se enreda entre los cipreses y se esconde bajo el agua. Ya
debieran las estrellas asomarse a mi ventana y abrirse lentos los pasos por la
calle solitaria. Dolor de viejo lucero detenido en mi garganta. Hora redonda y
oscura que me pesa en las pestañas. Si toda la tarde fuera como un gran pájaro,
¡cuántas duras flechas lanzaría para cerrarle las alas!
ESCENA VI
FERNANDO. (En la puerta.) Buenas tardes.
MARIANA. (Asustada.) ¡Fernando!
FERNANDO. ¿Te asusto?
MARIANA. No te esperaba, (Sonriendo.) y tu voz me sorprendió.
FERNANDO. ¿Se han ido ya mis hermanas?
MARIANA. Ahora mismo. Se olvidaron de que vendrías a buscarlas. (Fernando viste
elegantemente la moda de la época. Mira y habla apasionadamente. Tiene
dieciocho años.)
FERNANDO. ¿Interrumpo?
MARIANA. Siéntate. (Se sientan.)
FERNANDO. (Lírico.) ¡Cómo me gusta tu casa!... Con este olor a membrillos.
(Aspira.) ¡Y qué preciosa fachada tiene, llena de pinturas, de barcos y de
guirnaldas!...
MARIANA. (Interrumpiéndole.) ¿Hay mucha gente en la calle?
FERNANDO. (Sonríe.) ¿Por qué preguntas?
MARIANA. (Turbada.) Por nada.
FERNANDO. Al pasar por Bibarrambla he visto dos o tres grupos de gente envuelta
en sus capas, que aguantando el airecillo a pie firme comentaban el suceso.
MARIANA. (Aparte.) ¿Qué suceso?
FERNANDO. ¿Dices?...
MARIANA. ¡Ni siquiera pensarlo!
FERNANDO. Pues hay mucha gente. Un capitán liberal, prisionero de importancia,
se ha fugado de la cárcel de la Audiencia.
MARIANA. (A ruego de Clavela, gritando en voz baja.) ¡Abre pronto, por Dios;
anda!
FERNANDO. Ya marchaban, antes de venir yo aquí, un grupo de tropas hacia el
Genil y sus puentes para ver si lo encontraban, y es fácil que lo detengan
camino de la Alpujarra. ¡Qué triste es esto!
MARIANA. (Angustiada.) ¡Dios mío!
FERNANDO. El preso, como un fantasma, se escapó; pero Pedrosa ya buscará su
garganta. Pedrosa conoce el sitio donde la vena es más ancha. Me han dicho que
le conoces.
MARIANA. Desde que llegó a Granada.
FERNANDO. (Sonriendo.) ¿Sospechas de qué se trata? ¿Cosas de masonería?...
MARIANA. (Angustiada exquisitamente.) Un capitán que se llama...; no
recuerdo...; un contrabandista...; a Dios pido por él.
FERNANDO. (Inquieto.) ¿Bajo yo?
MARIANA. (Viendo a Mariana descompuesta.) ¿Qué te pasa? ¡Mariana! ¿Por qué
tiemblas de ese modo? ¿Se sabe si le buscan?
FERNANDO. (Al ver a Mariana.) Marianita, ¿qué tienes? Ya ha cerrado el postigo
Clavela. (Coloca las luces.)
CLAVELA. (Entrando.) Una carta, señora.
FERNANDO. Sentiría ser molesto...
MARIANA. No, no. (Pausa.) Fernando, ¿por qué no te vas?
FERNANDO. ¿Ya te vas? (Fernando cepilla el sombrero con su manga, y tiene el
semblante inquieto.) Me marcho; voy al café de la Estrella. Buenas noches.
MARIANA. Buenas noches. (Sale Fernando.)
ESCENA VII
(Clavela se lo acerca corriendo. Fernando alza lentamente la capa sobre sus
hombros.)
FERNANDO. (Aparte.) Yo quisiera verte contenta. Diré a mis hermanillas que
vengan un rato, ojalá pudiese prestarte mi ayuda. Estoy confuso. ¡Es esto tan
extraño! Adiós, que descanses. (A Mariana.) Adiós, alma de mi vida! (Se va
turbada, mirando con ternura y tristeza a su señora. Pausa.)
FERNANDO. (A Clavela ansiosamente.) Tú sabes lo que tiene. ¿Qué le ocurre?
CLAVELA. (Sollozando.) Tuve mucho miedo.
FERNANDO. (Azorado e inquieto.) ¿Qué será?
CLAVELA. La entregó un jinete. Iba embozado hasta los ojos. Soltó las bridas y
se fue volando hacia lo oscuro de la plazoleta.
FERNANDO. (A Clavela.) Por las clavellinas de su dulce sangre, ¡Pedro de mi
vida! ¿Pero quién irá? Me callo. (Discreto.) Salga, que yo le acompaño.
CLAVELA. (Continuando la frase.) Desde aquí lo sentimos.
FERNANDO. Me marcho. (A Clavela.) Buenas noches.
MARIANA. (En el momento de salir Fernando da rienda suelta a su sentimiento.)
¡Fernando!
FERNANDO. (Queriendo reponerse.) ¿Qué quieres?
MARIANA. (Firme.) Hablar contigo. (A Clavela.) Puedes irte.
CLAVELA. (Marchándose, resignada.) ¡Hasta mañana! (Sale.)
ESCENA VIII
Aparece en la puerta Fernando, con el alto sombrero de cintas entre sus manos
enguantadas. Le precede Clavela.
FERNANDO. (Entrando, apasionado.) Abre, que me estoy bordando.
MARIANA. Desde que usted puso sus preciosas manos en esa bandera de los
liberales, aquellos colores de flor de granado desaparecieron de su cara. Dios
dirá; los tiempos cambian con el tiempo. Dios dirá. ¡Paciencia! (Pausa.)
FERNANDO. Dime, pronto.
MARIANA. ¿Eres mi amigo?
FERNANDO. ¿Por qué preguntas, Mariana? ¡Ya sabes que siempre fui!
MARIANA. ¿De corazón?
FERNANDO. ¡Soy sincero!
MARIANA. ¡Ojalá que fuese así!
FERNANDO. Hablas con un caballero. (Poniéndose la mano sobre la blanca
pechera.)
MARIANA. (Segura.) ¡Lo sé!
FERNANDO. ¿Qué quieres de mí?
MARIANA. Quizá quiera demasiado, y por eso no me atrevo.
FERNANDO. No quieras ver disgustado este corazón tan nuevo. Te sirvo con
alegría.
MARIANA. (Temblorosa.) Fernando, ¿y si fuera?...
FERNANDO. (Ansiosamente.) ¿Qué?
MARIANA. Algo peligroso.
FERNANDO. (Decidido.) Iría. Con toda mi buena fe. Y esto, a mi modo de ver...
MARIANA. ¡No debo pedirte nada! Como dicen por Granada, ¡soy una loca mujer!
FERNANDO. (Tierno.) Marianita.
MARIANA. ¡Yo no puedo!
FERNANDO. ¿Por qué me llamaste? ¿Di?
MARIANA. (En un arranque.) Porque tengo mucho miedo de morirme sola aquí.
FERNANDO. ¿De morirte?
MARIANA. Necesito, para seguir respirando, que tú me ayudes, mocito.
FERNANDO. Mis ojos te están mirando, y no te debes dudar.
MARIANA. Pero mi vida está fuera, por el aire, por la mar, por donde yo no
quisiera.
FERNANDO. ¡Dichosa la sangre mía, si puede calmar tu pena!
MARIANA. (Se lleva decidida las manos al pecho para sacar la carta. Fernando
tiene una actitud expectante y conmovida.) ¡Confío en tu corazón! (Saca la
carta. Duda.) ¡Qué silencio el de Granada! Hay puesta en mí una mirada fija,
detrás del balcón.
FERNANDO. (Extrañado.) ¿Qué estás hablando?
MARIANA. (Levantándose.) Me mira la garganta, que es hermosa, y toda mi piel se
estira. ¿Podrás conmigo, Pedrosa? (Decidida.) Toma esta carta, Fernando. Lee
despacio y entendiendo. ¡Sálvame! Que estoy dudando si podré seguir viviendo.
(Fernando coge la carta y la desdobla. En este momento, el reloj da las ocho
lentamente. Las luces topacio y amatista de las velas hacen temblar líricamente
la habitación. Mariana pasea la escena y mira angustiada al joven. Éste lee el
comienzo de la carta y tiene un exquisito, pero contenido gesto de desaliento.)
FERNANDO. (Leyendo la carta, con sorpresa, y mirando, asombrado y triste, a
Mariana.) «Adorada Marianita.»
MARIANA. No interrumpas la lectura. Un corazón necesita lo que pide en la
escritura.
FERNANDO. (Leyendo, desalentado, aunque sin afectación.) «Adorada Marianita:
Gracias al traje de capuchino que tan diestramente hiciste llegar a mi poder,
me he fugado de la torre de Santa Catalina, confundido con otros religiosos que
salían de asistir a un reo de muerte. Esta noche, disfrazado de contrabandista,
tengo absoluta necesidad de salir para Cadiar, donde espero tener noticias de
los amigos. Necesito antes de las nueve el pasaporte que tienes en tu poder y
una persona de tu absoluta confianza que espere, con un caballo, más arriba de
la presa del Genil, para, río arriba, internarme en la sierra. Pedrosa
estrechará el cerco como él sabe, y si esta misma noche no parto, estoy
irremisiblemente perdido. Adiós, Mariana. Un abrazo y el alma de tu amante. -
Pedro de Sotomayor.»
FERNANDO. (Enamoradísimo.) ¡Mariana!
MARIANA. (Rápida, llevándose una mano a los ojos.) ¡Me lo imagino! Pero
silencio, Fernando.
FERNANDO. ¡Como has cortado el camino de lo que estabas soñando! (Mariana
protesta mímicamente.) No es tuya la culpa, no; ahora tengo que ayudar a un
hombre que empiezo a odiar, ¡¡y el que te quiere soy yo!! El que de niño te
amara, lleno de amarga pasión, mucho antes de que robara don Pedro tu corazón.
¡Pero quién te deja en esta triste angustia del momento! Y torcer mi
sentimiento, ¡qué gran trabajo me cuesta!
MARIANA. (Orgullosa.) ¡Pues iré sola! (Humilde.) ¡Dios mío, tiene que ser al
instante!
FERNANDO. Yo iré en busca de tu amante, por la ribera del río.
MARIANA. (Orgullosa y corrigiendo la ironía y tristeza de Fernando al decir
«amante».) Decirte cómo le quiero no me produce rubor. Me escuece dentro su
amor y relumbra todo entero. Él ama la Libertad, y yo la quiero más que él. Lo
que dice es mi verdad agria, que me sabe a miel. Y no me importa que el día con
la noche se enturbiara, que con la luz que emanara su espíritu viviría. Por
este amor verdadero, que muerde mi alma sencilla, me estoy poniendo amarilla
como la flor del romero.
FERNANDO. (Fuerte.) Mariana, dejo que vuelven tus quejas. Mas, ¿no has oído que
el corazón tengo herido y las heridas me duelen?
MARIANA. (Popular.) Pues si mi pecho tuviera vidrieritas de cristal, te
asomaras y lo vieras gotas de sangre llorar.
FERNANDO. ¡Basta! ¡Dame el documento! (Mariana va a una cómoda rápidamente.) ¿Y
el caballo?
MARIANA. (Sacando los papeles.) En el jardín. Si vas a marchar, al fin, no hay
que perder un momento.
FERNANDO. (Pálido y nervioso.) Ahora mismo. (Mariana le da los papeles.) ¿Y
aquí va...?
MARIANA. (Desazonada.) Todo.
FERNANDO. (Guardándose el documento en la levita.) ¡Bien!
MARIANA. ¡Perdón, amigo! Que el Señor vaya contigo.
FERNANDO. (Natural, digno y suave, poniéndose lentamente la capa.) Yo espero
que así será. Está la noche cerrada. No hay luna, y aunque la hubiera, los
chopos de la ribera dan una sombra apretada. Adiós. Y seca ese llanto. Pero
quédate sabiendo que nadie te querrá tanto como yo te estoy queriendo. Que voy
con esta misión, para no verte sufrir, torciendo el hondo sentir de mi propio
corazón.
MARIANA. Evita guarda o soldado...
FERNANDO. (Mirándola con ternura.) Por aquel sitio no hay gente. Puedo marchar
descuidado. (Amargamente irónico.) ¿Qué quieres más?
MARIANA. (Turbada y balbuciente.) Sé prudente.
FERNANDO. (En la puerta, poniéndose el sombrero.) Ya tengo el alma cautiva;
desecha todo temor. Prisionero soy de amor, y lo seré mientras viva.
MARIANA. Adiós. (Coge el candelabro.)
FERNANDO. No salgas, Mariana. El tiempo corre, y yo quiero pasar el puente
primero que don Pedro. Hasta mañana. (Salen.)
ESCENA IX
La escena queda solitaria medio segundo. Apenas ha salido Mariana con Fernando
por una puerta, cuando aparece doña Angustias por la de enfrente con un
candelabro. El fino y otoñal perfume de los membrillos invade el ambiente.
ANGUSTIAS. Niña, ¿dónde estás? Niña. Pero, Señor, ¿qué es esto? ¿Dónde estabas?
MARIANA. (Entrando con un candelabro.) Salía con Fernando.
ANGUSTIAS. ¡Qué juego inventaron los niños! Regáñales.
MARIANA. (Dejando el candelabro.) ¿Qué hicieron?
ANGUSTIAS. Mariana, la bandera que bordas en secreto...
MARIANA. (Interrumpiendo, dramáticamente.) ¿Qué dices?
ANGUSTIAS. Han hallado en el armario viejo y se han tendido en ella fingiéndose
los muertos.
Tilín, talán; abuela, dile al curita nuestro que traiga banderolas y flores de
romero;
que traigan encarnadas clavellinas del huerto. Ya vienen los obispos, decían un
memento,
y cerraban los ojos, poniéndose muy serios. Serán cosas de niños; está bien.
Mas yo vengo muy mal impresionada, y me da mucho miedo la dichosa bandera.
MARIANA. (Aterrada.) ¿Pero cómo la vieron? ¡Estaba bien oculta!
ANGUSTIAS. Mariana, ¡triste tiempo para esta antigua casa, que derrumbarse veo,
sin un hombre, sin nadie, en medio del silencio! Y luego, tú...
MARIANA. (Desorientada y con aire trágico.) ¡Por Dios!
ANGUSTIAS. Mariana, ¿tú qué has hecho? Cercar estas paredes de guardianes
secretos.
MARIANA. Tengo el corazón loco y no sé lo que quiero.
ANGUSTIAS. ¡Olvídalo, Mariana!
MARIANA. (Con pasión.) ¡Olvidarlo no puedo! (Se oyen risas de niños.)
ANGUSTIAS. (Haciendo señas para que Mariana calle.) Los niños.
MARIANA. Vamos pronto. ¿Cómo alcanzaron eso?
ANGUSTIAS. Así pasan las cosas. ¡Mariana, piensa en ellos! (Coge un
candelabro.)
MARIANA. Sí, sí; tienes razón. Tienes razón. ¡No pienso! (Salen.)
[Telón]
[ESTAMPA SEGUNDA]
Sala principal en la casa de Mariana. Entonación en grises, blancos y marfiles,
como una antigua litografía. Estrado blanco. Al fondo, una puerta con una
corona gris, y puertas laterales. Hay una consola con urna y grandes ramos de
flores de seda morada y verde. En el centro de la habitación, un fortepiano y
candelabros de cristal. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
En escena la Clavela y los Niños de Mariana. Visten la deliciosa moda infantil
de la época. La Clavela está sentada, y a los lados, en taburetes, los Niños.
La estancia es limpia y modesta, aunque conservando ciertos muebles de lujo
heredados por Mariana.
CLAVELA. No cuento más. (Se levanta.)
NIÑO. (Tirándole del vestido.) Cuéntanos otra cosa.
CLAVELA. ¡Me romperás el vestido!
NIÑA. (Tirando.) Es muy malo.
CLAVELA. (Echándoselo en cara.) Tu madre lo compró.
NIÑO. (Riendo y tirando el vestido para que se siente.) ¡Clavela!
CLAVELA. (Sentándose a la fuerza y riendo también.) ¡Niños!
NIÑA. El cuento aquel del príncipe gitano.
CLAVELA. Los gitanos no fueron nunca príncipes.
NIÑA. ¿Y por qué?
NIÑO. No los quiero a mi lado. Sus madres son las brujas.
NIÑA. (Enérgica.) ¡Embustero!
CLAVELA. (Reprendiéndola.) ¡Pero niña!
NIÑA. Si ayer vi yo rezando al Cristo de la Puerta Real dos de ellos. Tenían
unas tijeras así..., y cuatro borriquitos peludos que miraban... con unos
ojos..., y movían los rabos dale que le das. ¡Quién tuviera alguno!
NIÑO. (Doctoral.) Seguramente los habrían robado.
CLAVELA. Ni tanto ni tan poco. ¡Qué se sabe! (Los Niños se hacen burla sacando
la lengua.) ¡Chitón!
NIÑO. ¿Y el romancillo del bordado?
NIÑA. ¡Ay, duque de Lucena! ¿Cómo dice?
NIÑO. Olivarito, olivo..., está bordando. (Como recordando.)
CLAVELA. Os lo diré; pero cuando se acabe, en seguida a dormir.
NIÑO. Bueno.
NIÑA. ¡Enterados!
CLAVELA. (Se persigna lentamente, y los Niños la imitan, mirándola.) Bendita
sea por siempre la Santísima Trinidad, y guarde al hombre en la sierra y al
marinero en el mar. A la verde, verde orilla del olivarito está...
NIÑA. (Tapando con una mano la boca a Clavela y continuando ella.) Una niña
bordando. ¡Madre! ¿Qué bordará?
CLAVELA. (Encantada de que la Niña lo sepa.) Las agujas de plata, bastidor de
cristal, bordaba una bandera, cantar que te cantar. Por el olivo, olivo,
¡madre, quién lo dirá!
NIÑO. (Continuando.) Venía un andaluz, mocito y galán. (Aparece por la puerta
del fondo Mariana, vestida de amarillo claro: un amarillo de libro viejo, y oye
el romance, glosando con gestos lo que en ella evoca la idea de bandera y
muerte.)
CLAVELA. Niña, la bordadora, mi vida, ¡no bordad!, que el duque de Lucena
duerme y dormirá. La niña le responde: «No dices la verdad: el duque de Lucena
me ha mandado bordar esta roja bandera porque a la guerra va».
NIÑO. Por las calles de Córdoba lo llevan a enterrar muy vestido de fraile en
caja de coral.
NIÑA. (Como soñando.) La albahaca y los claveles sobre la caja van, y un
verderol antiguo cantando el pío pa.
CLAVELA. ¡Ay, duque de Lucena, ya no te veré más! La bandera que bordo de nada
servirá. En el olivarito me quedaré a mirar cómo el aire menea las hojas al
pasar.
NIÑO. Adiós, niña bonita, espigada y juncal, me voy para Sevilla, donde soy
capitán.
CLAVELA. Y a la verde, verde orilla del olivarito está una niña morena llorar
que te llorar. (Los Niños hacen un gesto de satisfacción. Han seguido el
romance con alto interés.)
ESCENA II
Dichos y Mariana.
MARIANA. (Avanzando.) Es hora de acostarse.
CLAVELA. (Levantándose y a los Niños.) ¿Habéis oído?
NIÑA. (Besando a Mariana.) Mamá, acuéstanos tú.
MARIANA. Hija, no puedo; yo tengo que coserte una capita.
NIÑO. ¿Y para mí?
CLAVELA. (Riendo.) ¡Pues claro está!
MARIANA. Un sombrero con una cinta verde y dos de plata. (Lo besa.)
CLAVELA. ¡A la Costa mis niños!
NIÑO. (Volviendo.) Yo lo quiero como los hombres: alto y grande, ¿sabes?
MARIANA. ¡Lo tendrás, primor mío!
NIÑA. Y entra luego; me gustará sentirte, que esta noche no se ve nada y hace
mucho viento.
MARIANA. (Bajo a Clavela.) Cuando acabes te bajas a la puerta.
CLAVELA. Pronto será; los niños tienen sueño.
MARIANA. ¡Que recéis sin reírse!
CLAVELA. ¡Sí, señora!
MARIANA. (En la puerta.) Una salve a la Virgen, y dos credos al Santo Cristo
del Mayor Dolor, para que nos protejan.
NIÑA. Rezaremos la oración de San Juan y la que ruega por caminantes y por
marineros. (Entran. Pausa.)
ESCENA III
MARIANA. (En la puerta.) Dormir tranquilamente, niños míos, mientras que yo,
perdida y loca, siento quemarse con su propia lumbre viva esta rosa de sangre
de mi pecho. Soñar en la verbena y el jardín de Cartagena, luminoso y fresco, y
en la pájara pinta que se mece en las ramas del agrio limonero. Que yo también
estoy dormida, niños, y voy volando por mi propio sueño, como van, sin saber
adónde van, los tenues vilanicos por el viento.
ESCENA IV
Aparece doña Angustias en la puerta y en un aparte.
ANGUSTIAS. Vieja y honrada casa, ¡qué locura! (A Mariana.) Tienes una visita.
MARIANA. (Inquieta.) ¿Quién?
ANGUSTIAS. ¡Don Pedro! (Mariana sale corriendo hacia la puerta.) ¡Serénate,
hija mía! ¡No es tu esposo!
MARIANA. (Asintiendo rotundamente.) Siempre tienes razón. ¡Pero no puedo!
ESCENA V
Mariana llega corriendo a la puerta en el momento en que don Pedro entra por
ella. Don Pedro tiene treinta y seis años. Es un hombre simpático, sereno y
fuerte. Viste correctamente, y habla de una manera dulce. Mariana le tiende los
brazos y le estrecha las manos. Doña Angustias adopta una triste y reservada
actitud. Pausa.
PEDRO. (Efusivo.) Gracias, Mariana, gracias.
MARIANA. (Casi sin poder hablar.) Cumplí con mi deber. (Durante esta escena
dará Mariana muestras de una vehementísima y profunda pasión.)
PEDRO. (Dirigiéndose a doña Angustias.) Muchas gracias, señora.
ANGUSTIAS. (Triste.) ¿Y por qué? Buenas noches. (A Mariana.) Yo me voy con los
niños. (Aparte.) ¡Ay, pobre Marianita! (Sale. Al salir Angustias, Pedro
efusivo, enlaza a Mariana por el talle.)
PEDRO. (Apasionado.) ¡Quién pudiera pagarte lo que has hecho por mí! Toda mi
sangre es nueva, porque tú me la has dado exponiendo tu débil corazón al
peligro. ¡Ay, qué miedo tan grande tuve por él, Mariana!
MARIANA. (Cerca y abandonada.) ¿De qué sirve mi sangre, Pedro, si tú murieras?
Un pájaro sin aire ¿puede volar? ¡Entonces!... (Bajo.) Yo no podré decirte cómo
te quiero nunca; a tu lado me olvido de todas las palabras.
PEDRO. (Con voz suave.) ¡Cuánto peligro corres sin el menor desmayo! ¡Qué sola
estás, cercada de maliciosa gente! ¡Quién pudiera librarte de aquellos que te
acechan con mi propio dolor y mi vida, Mariana!
MARIANA. (Echando la cabeza en el hombro y como soñando.) ¡Así! Deja tu aliento
sobre mi frente. Limpia esta angustia que tengo y este sabor amargo; esta
angustia de andar sin saber dónde voy, y este sabor de amor que me quema la
boca. (Pausa. Se separa rápidamente del caballero y le coge los codos.) ¡Pedro!
¿No te persiguen? ¿Te vieron entrar?
PEDRO. ¡Nadie! (Se sienta.) Vives en una calle silenciosa, y la noche se
presenta endiablada.
MARIANA. Yo tengo mucho miedo.
PEDRO. (Cogiéndole una mano.) ¡Ven aquí!
MARIANA. (Se sienta.) Mucho miedo de que esto se adivine, de que pueda matarte
la canalla realista.
PEDRO. (Con pasión.) Marianita, ¡no temas! ¡Mujer mía! ¡Vida mía! En el mayor
sigilo conspiramos. ¡No temas! La bandera que bordas temblará por las calles
entre los corazones y los gritos del pueblo. Por ti la Libertad suspirada por
todos pisará tierra dura con anchos pies de plata. Pero si así no fuese; si
Pedrosa...
MARIANA. (Aterrada.) ¡No sigas!
PEDRO. ...sorprende nuestro grupo y hemos de morir...
MARIANA. ¡Calla!
PEDRO. Mariana, ¿qué es el hombre sin libertad? ¿Sin esa luz armoniosa y fija
que se siente por dentro? ¿Cómo podría quererte no siendo libre, dime? ¿Cómo
darte este firme corazón si no es mío? No temas; ya he burlado a Pedrosa en el
campo, y así pienso seguir hasta vencer contigo, que me ofreces tu amor y tu
casa y tus dedos. (Se los besa.)
MARIANA. ¡Y algo que yo no sé decir, pero que existe! ¡Qué bien estoy contigo!
Pero aunque alegre, noto un gran desasosiego que me turba y enoja; me parece
que hay hombres detrás de las cortinas, que mis palabras suenan claramente en
la calle.
PEDRO. (Amargo.) ¡Eso sí! ¡Qué mortal inquietud, qué amargura! ¡Qué constante
pregunta al minuto lejano! ¡Qué otoño interminable sufrí por esa sierra! ¡Tú no
lo sabes!
MARIANA. Dime: ¿corriste gran peligro?
PEDRO. Estuve casi en manos de la justicia; pero me salvó el pasaporte y el
caballo que enviaste con un extraño joven, que no me dijo nada.
MARIANA. (Inquieta y sin querer recordar.) Y dime. (Pausa.)
PEDRO. ¿Por qué tiemblas?
MARIANA. (Nerviosa.) Sigue. ¿Después?
PEDRO. Después vagué por la Alpujarra. Supe que en Gibraltar había fiebre
amarilla; la entrada era imposible, y esperé bien oculto la ocasión. ¡Ya ha
llegado! Venceré con tu ayuda, ¡Mariana de mi vida! ¡Libertad, aunque con
sangre llame a todas las puertas!
MARIANA. (Radiante.) ¡Mi victoria consiste en tenerte a mi vera! En mirarte los
ojos mientras tú no me miras. Cuando estás a mi lado olvido lo que siento y
quiero a todo el mundo, hasta al rey y a Pedrosa. Al bueno como al malo.
¡Pedro!, cuando se quiere, se está fuera del tiempo, y ya no hay día ni noche,
¡sino tú y yo!
PEDRO. (Abrazándola.) ¡Mariana! Como dos blancos ríos de rubor y silencio, así
enlazan tus brazos mi cuerpo combatido.
MARIANA. (Cogiéndole la cabeza.) Ahora puedo perderte, puedo perder tu vida.
Como la enamorada de un marinero loco que navegara siempre sobre una barca
vieja, acecho un mar oscuro, sin fondo ni oleaje, en espera de gentes que te
traigan ahogado.
PEDRO. No es hora de pensar en quimeras, que es hora de abrir el pecho a bellas
realidades cercanas de una España cubierta de espigas y rebaños, donde la gente
coma su pan con alegría, en medio de estas anchas eternidades nuestras y esta
aguda pasión de horizonte y silencio. España entierra y pisa su corazón
antiguo, su herido corazón de península andante, y hay que salvarla pronto con
manos y con dientes.
MARIANA. (Pasional.) Y yo soy la primera que lo pide con ansia. Quiero tener
abiertos mis balcones al sol, para que llene el suelo de flores amarillas y
quererte, segura de tu amor, sin que nadie me aceche, como en este decisivo
momento. (En un arranque.) ¡Pero ya estoy dispuesta! (Se levanta.)
PEDRO. (Entusiasmado, se levanta.) ¡Así m gusta verte, hermosa Marianita! Ya no
tardarán mucho los amigos, y alienta ese rostro bravío y esos ojos ardientes,
(Amoroso.) sobre tu cuello blanco, que tiene luz de luna. (Fuera comienza a
llover y se levanta el viento. Mariana hace señas a Pedro de que calle.)
ESCENA VI
CLAVELA. (Entrando.) Señora... Me parece que han llamado. (Pedro y Mariana
adoptan actitudes indiferentes. Dirigiéndose a don Pedro.) ¡Don Pedro!
PEDRO. ¡Dios te guarde!
MARIANA. ¿Tú sabes quién vendrá?
CLAVELA. Sí, señora; lo sé.
MARIANA. ¿La seña?
CLAVELA. No la olvido.
MARIANA. Antes de abrir, que mires por la mirilla grande.
CLAVELA. Así lo haré, señora.
MARIANA. No enciendas luz ninguna; pero ten en el patio un velón prevenido y
cierra la ventana del jardín.
CLAVELA. (Marchándose.) En seguida.
MARIANA. ¿Cuántos vendrán?
PEDRO. Muy pocos. Pero los que interesan.
MARIANA. ¿Noticias?
PEDRO. Las habrá dentro de unos instantes. Si, al fin, hemos de alzarnos
decidiremos.
MARIANA. ¡Calla! (Hace ademán a don Pedro de que se calle, y quedan escuchando.
Fuera, se oye la lluvia y el viento.) ¡Ya están aquí!
PEDRO. (Mirando el reloj.) Puntuales, como buenos patriotas. ¡Son gente
decidida!
MARIANA. ¡Dios nos ayude a todos!
PEDRO. ¡Ayudará!
MARIANA. ¡Debiera, si mirase a este mundo! (Cruza hasta la puerta y levanta la
gran cortina del fondo.) ¡Adelante, señores!
ESCENA VII
Entran tres Caballeros con amplias capas grises; uno de ellos lleva patillas.
Mariana y don Pedro los reciben amablemente. Los Caballeros dan la mano a
Mariana y a don Pedro.
MARIANA. (Dando la mano al Conspirador 1.º) ¡Ay, qué manos tan frías!
CONSPIRADOR 1.º (Franco.) ¡Hace un frío, que corta! Y me he olvidado de los
guantes; pero aquí se está bien.
MARIANA. ¡Llueve de veras!
CONSPIRADOR 3.º (Decidido.) El Zacatín estaba intransitable. (Se quitan las
capas, que sacuden de lluvia.)
CONSPIRADOR 2.º (Melancólico.) La lluvia, como un sauce de cristal, sobre las
casas de Granada cae.
CONSPIRADOR 3.º Y el Darro viene lleno de agua turbia.
MARIANA. ¿Les vieron?
CONSPIRADOR 2.º ¡No! Vinimos separados hasta la entrada de esta oscura calle.
CONSPIRADOR 1.º ¿Habrá noticia para decidir?
PEDRO. Llegarán esta noche, Dios mediante.
MARIANA. Hablen bajo.
CONSPIRADOR 1.º (Sonriendo.) ¿Por qué, doña Mariana? Toda la gente duerme en
este instante.
PEDRO. Creo que estamos seguros.
CONSPIRADOR 3.º No lo afirmes; Pedrosa no ha cesado de espiarme, y, aunque yo
lo despisto sagazmente, continúa en acecho, y algo sabe. (Unos se sientan y
otros quedan de pie, componiendo una bella estampa.)
MARIANA. Ayer estuvo aquí. (Los Caballeros hacen un gesto de extrañeza.) Como
es mi amigo... no quise, porque no debía, negarme. Hizo un elogio de nuestra
ciudad; pero mientras hablaba tan amable, me miraba... no sé... ¡como
sabiendo!, (Subrayado.) de una manera penetrante. En una sorda lucha con mis
ojos, estuvo aquí toda la tarde, y Pedrosa es capaz... ¡de lo que sea!
PEDRO. No es posible que pueda figurarse...
MARIANA. Yo no estoy muy tranquila, y os lo digo para que andemos con cautela
grande. De noche, cuando cierro las ventanas, me parece que empuja los
cristales.
PEDRO. (Mirando al reloj.) Ya son las once y diez. El emisario debe estar ya
muy cerca de esta calle.
CONSPIRADOR 3.º Poco debe tardar.
CONSPIRADOR 1.º ¡Dios lo permita! ¡Que me parece un siglo cada instante! (Entra
Clavela con una bandeja de altas copas de cristal tallado y un frasco lleno de
vino rojo, que deja sobre un velador. Mariana habla con ella.)
PEDRO. Estarán sobre aviso los amigos.
CONSPIRADOR 1.º Enterados están. No falta nadie. Todo depende de lo que nos
digan esta noche.
PEDRO. La situación es grave; pero excelente, si la aprovechamos. (Sale
Clavela, y Mariana corre la cortina.) Hay que estudiar hasta el menor detalle,
porque el pueblo responde, sin dudar. Andalucía tiene todo el aire lleno de
Libertad. Esta palabra perfuma el corazón de sus ciudades, desde las viejas
torres amarillas hasta los troncos de los olivares. Esa costa de Málaga está
llena de gente decidida a levantarse: pescadores del Palo, marineros y
caballeros principales. Nos siguen pueblos como Nerja, Vélez, que aguardan las
noticias, anhelantes. Hombres de acantilado y mar abierto, y, por lo tanto,
libres como nadie. Algeciras acecha la ocasión y en Granada, señores de linaje
como vosotros exponen su vida de una manera emocionante. ¡Ay, qué impaciencia
tengo!
CONSPIRADOR 3.º Como todos los verdaderamente liberales.
MARIANA. (Tímida.) Pero ¿habrá quien os siga?
PEDRO. (Convencido.) Todo el mundo.
MARIANA. ¿A pesar de este miedo?
PEDRO. (Seco.) Sí.
MARIANA. No hay nadie que vaya a la Alameda del Salón tranquilamente a
pasearse, y el café de la Estrella está desierto.
PEDRO. (Entusiasta.) ¡Mariana, la bandera que bordaste será acatada por el rey
Fernando, mal que le pese a Calomarde!
CONSPIRADOR 3.º Cuando ya no le quede otro recurso, se rendirá a las huestes
liberales, que aunque se finja desvalido y solo, no cabe duda que él hace y
deshace.
PEDRO. (Inquieto.) ¿No tarda mucho? Yo no sé decirte.
CONSPIRADOR 3.º ¿Si lo habrán detenido?
CONSPIRADOR 1.º No es probable. Oscuridad y lluvia le protegen, y él está
siempre vigilante.
MARIANA. Ahora llega.
PEDRO. Y al fin, sabremos algo. (Se levantan y se dirigen a la puerta.)
CONSPIRADOR 3.º Bienvenido, si buenas cartas trae.
MARIANA. (Apasionada, a Pedro.) Pedro, mira por mí. Sé muy prudente, que me
falta muy poco para ahogarme.
ESCENA VIII
Aparece por la puerta el Conspirador 4.º Es un hombre fuerte: campesino rico.
Viste sombrero puntiagudo, de alas de terciopelo, adornado con borlas de seda;
chaqueta con bordados y aplicaciones de paño de todos colores en los codos, en
la bocamanga y en el cuello. El pantalón de vueltas, sujeto por botones de
filigrana, y las polainas, de cuero, abiertas por un costado, dejando ver la
pierna. Trae una dulce tristeza varonil. Todos los personajes están en pie
cerca de la puerta de entrada. Mariana no oculta su angustia, y mira, ya al
recién llegado, ya a don Pedro, con un aire doliente y escrutador.
CONSPIRADOR 4.º ¡Caballeros! ¡Doña Mariana! (Estrecha la mano de Mariana.)
PEDRO. (Impaciente.) ¿Hay noticias?
CONSPIRADOR 4.º ¡Tan malas como el tiempo!
PEDRO. ¿Qué ha pasado?
CONSPIRADOR 1.º (Irritado.) Casi lo adivinaba.
MARIANA. (A Pedro.) ¿Te entristeces?
PEDRO. ¿Y las gentes de Cádiz?
CONSPIRADOR 4.º Todo en vano. Hay que estar prevenidos. El Gobierno por todas
partes nos está acechando. Tendremos que aplazar el alzamiento, o luchar y
morir, de lo contrario.
PEDRO. (Desesperado.) Yo no sé qué pensar; que tengo abierta una herida que
sangra en mi costado, y no puedo esperar, señores míos.
CONSPIRADOR 3.º (Fuerte.) Don Pedro, triunfaremos esperando.
CONSPIRADOR 4.º Nadie quiere una muerte sin provecho.
PEDRO. (Fuerte también.) Mucho valor me cuesta.
MARIANA. (Asustada.) ¡Hablen más bajo! (Se pasea.)
CONSPIRADOR 4.º España entera calla, ¡pero vive! Guarden bien la bandera.
MARIANA. La he mandado a casa de una vieja amiga mía, allá en el Albaycín, y
estoy temblando. Quizá estuviera aquí mejor guardada.
PEDRO. ¿Y en Málaga?
CONSPIRADOR 4.º En Málaga, un espanto. Una infamia de González Moreno... No se
puede contar lo que ha pasado. (Expectación vivísima. Mariana, sentada en el
sofá, junto a don Pedro, después de todo el juego que ha realizado, oye
anhelante lo que cuenta el Conspirador 4.º) Torrijos, el general noble, de la
frente limpia, donde se estaban mirando las gentes de Andalucía, caballero
entre los duques, corazón de plata fina, ha sido muerto en las playas de Málaga
la bravía. Le atrajeron con engaños que él creyó, por su desdicha, y se acercó,
satisfecho con sus buques, a la orilla. ¡Malhaya el corazón noble que de los
malos se fía!, que al poner el pie en la arena lo prendieron los realistas. El
vizconde de La Barthe, que mandaba las milicias, debió cortarse la mano, antes
de tal villanía, como es quitar a Torrijos la bella espada que ceñía, con el
puño de cristal, adornado con dos cintas. Muy de noche lo mataron con toda su
compañía. Caballero entre los duques, corazón de plata fina. Grandes nubes se
levantan sobre la sierra de Mijas. El viento mueve la mar y los barcos se
retiran, con los remos presurosos y las velas extendidas. Entre el ruido de las
olas sonó la fusilería, y muerto quedó en la arena, sangrando por tres heridas,
el valiente caballero, con toda su compañía. La muerte, con ser la muerte, no
deshojó su sonrisa. Sobre los barcos lloraba toda la marinería, y las más
bellas mujeres, enlutadas y afligidas, lo van llorando también por el limonar
arriba.
PEDRO. (Levantándose, después de oír el romance.) Cada dificultad me da más
bríos. Señores, a seguir nuestro trabajo. La muerte de Torrijos me enardece
para seguir luchando.
CONSPIRADOR 1.º Yo pienso así.
CONSPIRADOR 4.º Pero hay que estarse quietos; otro tiempo vendrá.
CONSPIRADOR 2.º (Conmovido.) ¡Tiempo lejano!
PEDRO. Pero mis fuerzas no se agotarán.
MARIANA. (Bajo, a Pedro.) Pedro, mientras yo viva...
CONSPIRADOR 1.º ¿Nos marchamos?
CONSPIRADOR 3.º No hay nada que tratar. Tienes razón.
CONSPIRADOR 4.º Esto es lo que tenía que contaros, y nada más.
CONSPIRADOR 1.º Hay que ser optimistas.
MARIANA. ¿Gustarán de una copa?
CONSPIRADOR 4.º La aceptamos, porque nos hace falta.
CONSPIRADOR 1.º ¡Buen acuerdo! (Se ponen de pie y cogen sus copas.)
MARIANA. (Llenando los vasos.) ¡Cómo llueve! (Fuera, se oye la lluvia.)
CONSPIRADOR 3.º ¡Don Pedro está apenado!
CONSPIRADOR 1.º ¡Como todos nosotros!
PEDRO. ¡Es verdad! Y tenemos razones para estarlo.
MARIANA. (Levantando su copa.) «Luna tendida, marinero en pie», dicen allá, por
el Mediterráneo, las gentes de veleros y fragatas. ¡Como ellos, hay que estar
siempre acechando! (Como en sueños.) «Luna tendida, marinero en pie.»
PEDRO. (Con la copa.) Que sean nuestras casas como barcos. (Beben. Pausa.
Fuera, se oyen aldabonazos lejanos. Todos quedan con las copas en la mano, en
medio de un gran silencio.)
MARIANA. Es el viento, que cierra una ventana. (Otro aldabonazo.)
PEDRO. ¿Oyes, Mariana?
CONSPIRADOR 4.º ¿Quién será?
MARIANA. (Llena de angustia.) ¡Dios santo!
PEDRO. (Acariciador.) ¡No temas! Ya verás cómo no es nada. (Todos están con las
capas puestas, llenos de inquietud.)
CLAVELA. (Entrando, casi ahogada.) ¡Ay, señora! ¡Dos hombres embozados, y
Pedrosa con ellos!
MARIANA. (Gritando, llena de pasión.) ¡Pedro, vete! ¡Y todos, Virgen santa!
¡Pronto!
PEDRO. (Confuso.) ¡Vamos! (Clavela quita las copas y apaga los candelabros.)
CONSPIRADOR 4.º Es indigno dejarla.
MARIANA. (A Pedro.) ¡Date prisa!
PEDRO. ¿Por dónde?
MARIANA. (Loca.) ¡Ay! ¿Por dónde?
CLAVELA. ¡Están llamando!
MARIANA. (Iluminada.) ¡Por aquella ventana del pasillo saltarás fácilmente!
Este tejado está cerca del suelo.
CONSPIRADOR 2.º ¡No debemos dejarla abandonada!
PEDRO. (Enérgico.) ¡Es necesario! ¿Cómo justificar nuestra presencia?
MARIANA. Sí, sí; vete en seguida. ¡Ponte a salvo!
PEDRO. (Apasionado.) ¡Adiós, Mariana!
MARIANA. ¡Dios os guarde, amigos! (Van saliendo rápidamente por la puerta de la
derecha. Clavela está asomada a una rendija del balcón, que da a la calle.)
MARIANA. (En la puerta.) ¡Pedro..., y todos, que tengáis cuidado! (Cierra la
puertecilla de la izquierda, por donde han salido los Conspiradores, y corre la
cortina. Luego, dramática.) ¡Abre, Clavela! Soy una mujer que va atada a la
cola de un caballo. (Sale Clavela. Se dirige rápidamente al fortepiano.) ¡Dios
mío, acuérdate de tu pasión y de las llagas de tus manos! (Se sienta y empieza
a cantar la canción de «El Contrabandista», original de Manuel García; 1808.)
MARIANA. (Cantando.) Yo que soy contrabandista y campo por mis respetos y a
todos los desafío porque a nadie tengo miedo. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay, muchachos! ¡Ay,
muchachas! ¿Quién me compra hilo negro? Mi caballo está rendido ¡y yo me muero
de sueño! ¡Ay! ¡Ay! Que la ronda ya viene y se empezó el tiroteo. ¡Ay! ¡Ay!
Caballito mío, caballo mío, careto. ¡Ay! ¡Ay! Caballo, ve ligero. ¡Ay! Caballo,
que me muero. ¡Ay! (Ha de cantar con un admirable y desesperado sentimiento,
escuchando los pasos de Pedrosa por la escalera.)
ESCENA IX
Las cortinas del fondo se levantan, y aparece Clavela, aterrada, con el
candelabro de tres bujías en la mano, y la otra puesta sobre el pecho. Pedrosa,
vestido de negro, con capa, llega detrás. Pedrosa es un tipo seco, de una
palidez intensa y de una admirable serenidad. Dirá las frases con ironía muy
velada, y mirará minuciosamente a todos lados, pero con corrección. Es
antipático. Hay que huir de la caricatura. Al entrar Pedrosa, Mariana deja de
tocar y se levanta del fortepiano. Silencio.
MARIANA. Adelante.
PEDROSA. (Adelantándose.) Señora, no interrumpa por mí la cancioncilla que
ahora mismo entonaba. (Pausa.)
MARIANA. (Queriendo sonreír.) La noche estaba triste y me puse a cantar.
(Pausa.)
PEDROSA. He visto luz en su balcón y quise visitarla. Perdone si interrumpo sus
quehaceres.
MARIANA. Se lo agradezco mucho.
PEDROSA. ¡Qué manera de llover! (Pausa. En esta escena habrá pausas
imperceptibles y rotundos silencios instantáneos, en los cuales luchan
desesperadamente las almas de los dos personajes. Escena delicadísima de
matizar, procurando no caer en exageraciones que perjudiquen su emoción. En
esta escena se ha de notar mucho más lo que no se dice que lo que se está
hablando. La lluvia, discretamente imitada y sin ruido excesivo, llegará de
cuando en cuando a llenar silencios.)
MARIANA. (Con intención.) ¿Es muy tarde? (Pausa.)
PEDROSA. (Mirándola fijamente, y con intención también.) Sí, muy tarde. El
reloj de la Audiencia ya hace rato que dio las once.
MARIANA. (Serena indicando asiento a Pedrosa.) No las he sentido.
PEDROSA. (Sentándose.) Yo las sentí lejanas. Ahora vengo de recorrer las calles
silenciosas, calado hasta los huesos por la lluvia, resistiendo ese gris fino y
glacial que viene de la Alhambra.
MARIANA. (Con intención y rehaciéndose.) El aire helado, que clava agujas sobre
los pulmones y para el corazón.
PEDROSA. (Devolviéndole la ironía.) Pues ese mismo. Cumplo deberes de mi duro
cargo. Mientras que usted, espléndida Mariana, en su casa, al abrigo de los
vientos, hace encajes... o borda... (Como recordando.) ¿Quién me ha dicho que
bordaba muy bien?
MARIANA. (Aterrada, pero con cierta serenidad.) ¿Es un pecado?
PEDROSA. (Haciendo una seña negativa.) El Rey nuestro Señor, que Dios proteja,
(Se inclina.) se entretuvo bordando en Valençay con su tío el infante don
Antonio. Ocupación bellísima.
MARIANA. (Entre dientes.) ¡Dios mío!
PEDROSA. ¿Le extraña mi visita?
MARIANA. (Tratando de sonreír.) ¡No!
PEDROSA. (Serio.) ¡Mariana! (Pausa.) Una mujer tan bella como usted, ¿no siente
miedo de vivir tan sola?
MARIANA. ¿Miedo? Ninguno.
PEDROSA. (Con intención.) Hay tantos liberales y tantos anarquistas por
Granada, que la gente no vive muy segura. (Firme.) ¡Usted ya lo sabrá!
MARIANA. (Digna.) ¡Señor Pedrosa! ¡Soy mujer de mi casa y nada más!
PEDROSA. (Sonriendo.) Y yo soy juez. Por eso me preocupo de estas cuestiones.
Perdonad, Mariana. Pero hace ya tres meses que ando loco sin poder capturar a
un cabecilla... (Pausa. Mariana trata de escuchar y juega con su sortija,
conteniendo su angustia y su indignación.)
PEDROSA. (Como recordando, con frialdad.) Un tal don Pedro de Sotomayor.
MARIANA. Es probable que esté fuera de España.
PEDROSA. No; yo espero que pronto será mío. (Al oír esto Mariana, tiene un
ligero desvanecimiento nervioso; lo suficiente para que se le escape la sortija
de la mano, o más bien, la arroja ella para evitar la conversación.)
MARIANA. (Levantándose.) ¡Mi sortija!
PEDROSA. ¿Cayó? (Con intención.) Tenga cuidado.
MARIANA. (Nerviosa.) Es mi anillo de bodas; no se mueva, vaya a pisarlo.
(Busca.)
PEDROSA. Está muy bien.
MARIANA. Parece que una mano invisible lo arrancó.
PEDROSA. Tenga más calma. (Frío.) Mire. (Señala al sitio donde ve el anillo, al
mismo tiempo que avanzan.) ¡Ya está aquí! (Mariana se inclina para recogerlo
antes que Pedrosa, éste queda a su lado, y en el momento de levantarse Mariana,
la enlaza rápidamente y la besa.)
MARIANA. (Dando un grito y retirándose.) ¡Pedrosa! (Pausa. Mariana rompe a
llorar indignada.)
PEDROSA. ¡Mi señora Mariana, esté serena!
MARIANA. (Arrancándose desesperada y cogiendo a Pedrosa por la solapa.) ¿Qué
piensa de mí? ¡Diga!
PEDROSA. (Impasible.) ¡Muchas cosas!
MARIANA. Pues yo sabré vencerlas. ¿Qué pretende? Sepa que yo no tengo miedo a
nadie. Como el agua que nace soy de limpia, y me puedo manchar si usted me
toca; pero sé defenderme. ¡Salga pronto!
PEDROSA. (Fuerte y lleno de ira.) ¡Silencio! (Pausa. Frío.) Quiero ser amigo
suyo. Me debe agradecer esta visita.
MARIANA. (Fiera.) ¿Puedo yo permitir que usted me insulte? ¿Qué penetre de
noche en mi vivienda para que yo..., ¡canalla!...? No sé cómo... (Se contiene.)
¡Usted quiere perderme!
PEDROSA. (Cálido.) ¡Lo contrario! Vengo a salvarla.
MARIANA. (Bravía.) ¡No lo necesito! (Pausa.)
PEDROSA. (Fuerte y dominador, acercándose con una agria sonrisa.) ¡Mariana! ¿Y
la bandera?
MARIANA. (Turbada.) ¿Qué bandera?
PEDROSA. ¡La que bordó con estas manos blancas (Las coge.) en contra de las
leyes y del Rey!
MARIANA. ¿Qué infame le mintió?
PEDROSA. (Indiferente.) ¡Muy bien bordada! De tafetán morado y verdes letras.
Allá, en el Albaycín, la recogimos, y ya está en mi poder como tu vida. Pero no
temas; soy amigo tuyo. (Mariana queda ahogada.)
MARIANA. (Casi desmayada.) Es mentira, mentira.
PEDROSA. (Bajando la voz y apasionándose.) Yo te quiero mía, ¿lo estás oyendo?
Mía o muerta. Me has despreciado siempre; pero ahora puedo apretar tu cuello
con mis manos, este cuello de nardo transparente, y me querrás porque te doy la
vida.
MARIANA. (Tierna y suplicante en medio de su desesperación, abrazándose a
Pedrosa.) ¡Tenga piedad de mí! ¡Si usted supiera! Y déjeme escapar. Yo guardaré
su recuerdo en las niñas de mis ojos. ¡Pedrosa, por mis hijos!...
PEDROSA. (Abrazándola sensual.) La bandera no la has bordado tú, linda Mariana,
y ya eres libre porque así lo quiero... (Mariana, al ver cerca de sus labios
los de Pedrosa, lo rechaza, reaccionando de una manera salvaje.)
MARIANA. ¡Eso nunca! ¡Primero doy mi sangre! Que me cuesta dolor, pero con
honra. ¡Salga de aquí!
PEDROSA. (Reconviniéndola.) ¡Mariana!
MARIANA. ¡Salga pronto!
PEDROSA. (Frío y reservado.) ¡Está muy bien! Yo seguiré el asunto y usted misma
se pierde.
MARIANA. ¡Qué me importa! Yo bordé la bandera con mis manos; con estas manos,
¡mírelas, Pedrosa!, y conozco muy grandes caballeros que izarla pretendían en
Granada. ¡Mas no diré sus nombres!
PEDROSA. ¡Por la fuerza delatará! ¡Los hierros duelen mucho, y una mujer es
siempre una mujer! ¡Cuando usted quiera me avisa!
MARIANA. ¡Cobarde! ¡Aunque en mi corazón clavaran vidrios no hablaría! (En un
arranque.) ¡Pedrosa, aquí me tiene!
PEDROSA. ¡Ya veremos!
MARIANA. ¡Clavela, el candelabro! (Entra Clavela aterrada, con las manos
cruzadas sobre el pecho.)
PEDROSA. No hace falta, señora. Queda usted detenida en el nombre de la Ley.
MARIANA. ¿En nombre de qué ley?
PEDROSA. (Frío y ceremonioso.) ¡Buenas noches! (Sale.)
CLAVELA. (Dramática.) ¡Ay, señora; mi niña, clavelito, prenda de mis entrañas!
MARIANA. (Llena de angustia y terror.) Isabel, yo me voy. Dame el chal.
CLAVELA. ¡Sálvese pronto! (Se asoma a la ventana. Fuera se oye otra vez la
fuerte lluvia.)
MARIANA. ¡Me iré casa de don Luis! ¡Cuida los niños!
CLAVELA. ¡Se han quedado en la puerta! ¡No se puede!
MARIANA. Claro está. (Señalando al sitio por donde han salido los
Conspiradores.) ¡Por aquí!
CLAVELA. ¡Es imposible! (Al cruzar Mariana, por la puerta aparece doña
Angustias.)
ANGUSTIAS. ¡Mariana! ¿Dónde vas? Tu niña llora. Tiene miedo del aire y de la
lluvia.
MARIANA. (Volviéndose.) ¡Estoy presa! ¡Estoy presa, Clavela!
ANGUSTIAS. (Abrazándola.) ¡Marianita!
MARIANA. (Arrojándose en el sofá.) ¡Ahora empiezo a morir! (Las dos Mujeres la
abrazan.) Mírame y llora. ¡Ahora empiezo a morir!
[Telón rápido]
[ESTAMPA TERCERA]
Convento de Santa María Egipciaca, de Granada. Rasgos árabes. Arcos, cipreses,
fuentecillas y arrayanes. Hay unos bancos y unas viejas sillas de cuero. Al
levantarse el telón está la escena solitaria. Suenan el órgano y las lejanas
voces de las monjas. Por el fondo vienen corriendo de puntillas y mirando a
todos lados para que no las vean dos Novicias. Se acercan con mucho sigilo a
una puerta de la izquierda, y miran por el ojo de la cerradura.
ESCENA PRIMERA
NOVICIA 1.ª ¿Qué hace?
NOVICIA 2.ª (En la cerradura.) ¡Habla más bajito! Está rezando.
NOVICIA 1.ª ¡Deja! (Se pone a mirar.) ¡Qué blanca está, qué blanca! Reluce su
cabeza en la sombra del cuarto.
NOVICIA 2.ª ¿Reluce su cabeza? Yo no comprendo nada. Es una mujer buena, y la
quieren matar. ¿Tú qué dices?
NOVICIA 1.ª Quisiera mirar su corazón largo rato y muy cerca.
NOVICIA 2.ª ¡Qué mujer tan valiente! Cuando ayer vinieron a leerle la sentencia
de muerte, no ocultó su sonrisa.
NOVICIA 1.ª En la iglesia la vi después llorando y me pareció que ella tenía el
corazón en la garganta. ¿Qué es lo que ha hecho?
NOVICIA 2.ª Bordó una bandera.
NOVICIA 1.ª ¿Bordar es malo?
NOVICIA 2.ª Dicen que es masona.
NOVICIA 1.ª ¿Qué es eso?
NOVICIA 2.ª Pues... ¡no sé!
NOVICIA 1.ª ¿Por qué está presa?
NOVICIA 2.ª Porque no quiere al Rey.
NOVICIA 1.ª ¿Qué más da? ¿Se habrá visto?
NOVICIA 2.ª ¡Ni a la Reina!
NOVICIA 1.ª Yo tampoco los quiero. (Mirando.) ¡Ay, Mariana Pineda! Ya están
abriendo flores que irán contigo muerta. (Aparece por la puerta del foro la
madre Carmen de Borja.)
CARMEN. Pero niñas, ¿qué miráis?
NOVICIA 1.ª (Asustada.) Hermana...
CARMEN. ¿No os da vergüenza? Ahora mismo al obrador. ¿Quién os enseñó esa fea
costumbre? ¡Ya nos veremos!
NOVICIA 1.ª ¡Con licencia!
NOVICIA 2.ª ¡Con licencia! (Se van. Cuando la madre Carmen se ha convencido de
que las otras se han marchado, se acerca también con sigilo y mira por el ojo
de la cerradura.)
CARMEN. ¡Es inocente! ¡No hay duda! ¡Calla con una firmeza! ¿Por qué? Yo no me
lo explico. (Sobresaltada.) ¡Viene! (Sale corriendo.)
ESCENA II
Mariana aparece con un espléndido traje blanco. Está palidísima.
MARIANA. ¡Hermana!
CARMEN. (Volviéndose.) ¿Qué desea?
MARIANA. ¡Nada!...
CARMEN. ¡Decidlo, señora!
MARIANA. Pensaba...
CARMEN. ¿Qué?
MARIANA. Si pudiera quedarme aquí en el Beaterio para siempre.
CARMEN. ¡Qué contentas nos pondríamos!
MARIANA. ¡No puedo!
CARMEN. ¿Por qué?
MARIANA. (Sonriendo.) Porque ya estoy muerta.
CARMEN. (Asustada.) ¡Doña Mariana, por Dios!
MARIANA. Pero el mundo se me acerca, las piedras, el agua, el aire, ¡comprendo
que estaba ciega!
CARMEN. ¡La indultarán!
MARIANA. (Con sangre fría.) ¡Ya veremos! Este silencio me pesa mágicamente. Se
agranda como un techo de violetas, (Apasionada.) y otras veces, finge en mí una
larga cabellera. ¡Ay, qué buen soñar!
CARMEN. (Cogiéndole la mano.) ¡Mariana!
MARIANA. ¿Cómo soy yo?
CARMEN. Eres muy buena.
MARIANA. Soy una gran pecadora; pero amé de una manera que Dios me perdonará,
como a santa Magdalena.
CARMEN. Fuera del mundo y en él perdona.
MARIANA. ¡Si usted supiera! ¡Estoy muy herida, hermana, por las cosas de la
tierra!
CARMEN. Dios está lleno de heridas de amor, que nunca se cierran.
MARIANA. Nace el que muere sufriendo, ¡comprendo que estaba ciega!
CARMEN. (Apenada de ver el estado de Mariana.) ¡Hasta luego! ¿Asistirá esta
tarde a la novena?
MARIANA. Como siempre. ¡Adiós, hermana! (Se va Carmen.)
ESCENA III
Mariana se dirige al fondo rápidamente con todo género de precauciones, y allí
aparece Alegrito, jardinero del convento. Ríe constantemente, con una sonrisa
suave y mansa. Viste traje de cazador de la época.
MARIANA. ¡Alegrito! ¿Qué?
ALEGRITO. ¡Paciencia; para lo que vais a oír!
MARIANA. ¡Habla pronto, no nos vean! ¿Fuiste a casa de don Luis?
ALEGRITO. Y me han dicho que les era imposible pretender salvarla. Que ni lo
intentan, porque todos morirían; pero que harán lo que puedan.
MARIANA. (Valiente.) ¡Lo harán todo! ¡Estoy segura! Son gentes de la nobleza, y
yo soy noble, Alegrito. ¿No ves cómo estoy serena?
ALEGRITO. Hay un miedo que da miedo. Las calles están desiertas. Sólo el viento
viene y va; pero la gente se encierra. No encontré más que una niña llorando
sobre la puerta de la antigua Alcaicería.
MARIANA. ¿Crees van a dejar que muera la que tiene menos culpa?
ALEGRITO. Yo no sé lo que ellos piensan.
MARIANA. ¿Y de lo demás?
ALEGRITO. (Turbado.) ¡Señora!
MARIANA. Sigue hablando.
ALEGRITO. No quisiera... (Mariana hace un gesto de impaciencia.) El caballero
don Pedro de Sotomayor se aleja de España, según me han dicho. Dicen que marcha
a Inglaterra. Don Luis lo sabe de cierto.
MARIANA. (Sonríe incrédula y dramática, porque en el fondo sabe que es verdad.)
Quien te lo dijo desea aumentar mi sufrimiento. ¡Alegrito, no lo creas! ¿Verdad
que tú no lo crees? (Angustiada.)
ALEGRITO. (Turbado.) Señora, lo que usted quiera.
MARIANA. Don Pedro vendrá a caballo como loco cuando sepa que yo estoy
encarcelada por bordarle su bandera. Y si me matan vendrá para morir a mi vera,
que me lo dijo una noche besándome la cabeza. Él vendrá como un san Jorge de
diamantes y agua negra, al viento la deslumbrante flor de su capa bermeja. Y
porque es noble y modesto, para que nadie lo vea, vendrá por la madrugada, por
la madrugada fresca. Cuando sobre el aire oscuro brilla el limonar apenas y el
alba finge en las olas fragatas de sombra y seda. ¿Tú qué sabes? ¡Qué alegría!
No tengo miedo, ¿te enteras?
ALEGRITO. ¡Señora!
MARIANA. ¿Quién te lo ha dicho?
ALEGRITO. Don Luis.
MARIANA. ¿Sabe la sentencia?
ALEGRITO. Dijo que no la creía.
MARIANA. (Angustiada.) Pues es muy verdad.
ALEGRITO. Me apena darle tan malas noticias.
MARIANA. ¡Volverás!
ALEGRITO. Lo que usted quiera.
MARIANA. Volverás para decirles que yo estoy muy satisfecha, porque sé que
vendrán todos, ¡y son muchos!, cuando deban. ¡Dios te lo pague!
ALEGRITO. Hasta luego. (Sale.)
ESCENA IV
MARIANA. Y me quedo sola mientras que bajo la acacia en flor del jardín mi
muerte acecha. (En voz alta y dirigiéndose al huerto.) Pero mi vida está aquí.
Mi sangre se agita y tiembla, como un árbol de coral, con la marejada tierna. Y
aunque tu caballo pone cuatro lunas en las piedras y fuego en la verde brisa
débil de la primavera, ¡corre más! ¡Ven a buscarme! Mira que siento muy cerca
dedos de hueso y de musgo acariciar mi cabeza. (Se dirige al jardín como si
hablara con alguien.) No puedes entrar. ¡No puedes! ¡Ay, Pedro! Por ti no
entra; pero sentada en la fuente toca una blanca vihuela. (Se sienta en un
banco y apoya la cabeza sobre sus manos. En el jardín se oye una guitarra.)
VOZ. A la vera del agua, sin que nadie la viera, se murió mi esperanza.
MARIANA. (Repitiendo exquisitamente la canción.) A la vera del agua, sin que
nadie la viera, se murió mi esperanza. (Por el foro aparecen dos Monjas,
seguidas de Pedrosa. Mariana no los ve.)
MARIANA. Esta copla está diciendo lo que saber no quisiera. Corazón sin
esperanza ¡que se lo trague la tierra!
CARMEN. Aquí está, señor Pedrosa.
MARIANA. (Asustada, levantándose y como volviendo de un sueño.) ¿Quién es?
PEDROSA. ¡Señora! (Mariana queda sorprendida y deja escapar una exclamación.
Las Monjas inician el mutis.)
MARIANA. (A las Monjas.) ¿Nos dejan?
CARMEN. Tenemos que trabajar... (Se van. Hay en estos momentos una gran
inquietud en la escena. Pedrosa, frío y correcto, mira intensamente a Mariana,
y ésta, melancólica, pero valiente, recoge sus miradas.)
ESCENA V
Pedrosa viste de negro, con capa. Debe hacerse notar su aire frío.
MARIANA. Me lo dio el corazón: ¡Pedrosa!
PEDROSA. El mismo, que aguarda, como siempre, sus noticias. Ya es hora. ¿No os
parece?
MARIANA. Siempre es hora de callar y vivir con alegría. (Se sienta en un banco.
En este momento, y durante todo el acto, Mariana tendrá un delirio
delicadísimo, que estallará al final.)
PEDROSA. ¿Conoce la sentencia?
MARIANA. La conozco.
PEDROSA. ¿Y bien?
MARIANA. (Radiante.) Pero yo pienso que es mentira. Tengo el cuello muy corto
para ser ajusticiada. Ya ve. No podrían. Además, es hermoso y blanco: nadie
querrá tocarlo.
PEDROSA. (Completando.) ¡Mariana!
MARIANA. (Enérgica.) Se olvida que para que yo muera tiene toda Granada que
morir, y que saldrían muy grandes caballeros a salvarme, porque soy noble.
Porque yo soy hija de un capitán de navío, Caballero de Calatrava. ¡Déjeme
tranquila!
PEDROSA. No habrá nadie en Granada que se asome cuando usted pase con su
comitiva. Los andaluces hablan; pero luego...
MARIANA. Me dejan sola; ¿y qué? Uno vendría para morir conmigo, y esto basta.
¡Pero vendrá para salvar mi vida! (Sonríe y respira fuertemente, llevándose las
manos al pecho.)
PEDROSA. (En un arranque.) Yo no quiero que mueras tú, ¡no quiero! Ni morirás,
porque darás noticias de la conjuración. Estoy seguro.
MARIANA. (Enérgica.) No diré nada, como usted querría, a pesar de tener un
corazón en el que ya no caben más heridas. Fuerte y sorda seré a vuestros
halagos. Antes me daban miedo sus pupilas. Ahora le estoy mirando cara a cara,
(Se acerca.) y puedo con sus ojos que vigilan el sitio donde guardo este
secreto, que por nada del mundo contaría. ¡Soy valiente, Pedrosa, soy valiente!
PEDROSA. Está muy bien. (Pausa.) Ya sabe, con mi firma puedo borrar la lumbre
de sus ojos. Con una pluma y un poco de tinta puedo hacerla dormir un largo
sueño.
MARIANA. (Elevada.) ¡Ojalá fuese pronto por mi dicha!
PEDROSA. (Frío.) Esta tarde vendrán.
MARIANA. (Aterrada y dándose cuenta.) ¿Cómo?
PEDROSA. Esta tarde; ya se ha ordenado que entres en capilla.
MARIANA. (Exaltada y protestando fieramente.) ¡No puede ser! ¡Cobardes! ¿Quién
manda dentro de España tales villanías? ¿Qué crimen cometí? ¿Por qué me matan?
¿Dónde está la razón de la justicia? En la bandera de la Libertad bordé el amor
más grande de mi vida. ¿Y he de permanecer aquí encerrada? ¡Quién tuviera unas
alas cristalinas para salir volando en busca tuya! (Pedrosa ha visto con
satisfacción esta súbita desesperación de Mariana y se dirige a ella. La luz
empieza a tomar el tono del crepúsculo.)
PEDROSA. (Muy cerca de Mariana.) Hable pronto, que el Rey la indultaría.
Mariana, ¿quiénes son los conjurados? Yo sé que usted de todos es amiga. Cada
segundo aumenta su peligro. Antes que se haya disipado el día ya vendrán por la
calle a recogerla. ¿Quiénes son? Y sus nombres. ¡Vamos, pronto! Que no juega
así con la justicia, y luego será tarde.
MARIANA. (Firme.) ¡No hablaré!
PEDROSA. (Cogiéndole las manos.) ¿Quiénes son?
MARIANA. Ahora menos lo diría. (Con desprecio.) Suelta, Pedrosa; vete. ¡Madre
Carmen!
PEDROSA. ¡Quieres morir! (Aparece llena de miedo, la madre Carmen, y dos Monjas
cruzan al fondo.)
CARMEN. ¿Qué pasa, Marianita?
MARIANA. Nada.
CARMEN. Señor, no es justo...
PEDROSA. (Frío y autoritario, dirige una severa mirada a la Monja, a iniciando
el mutis.) Buenas tardes. (A Mariana.) Tendré un placer muy grande si me avisa.
CARMEN. ¡Es muy buena, señor!
PEDROSA. (Altivo.) No os pregunté. (Sale, seguido de sor Carmen.)
ESCENA VI
MARIANA. (En el banco con dramática y tierna entonación andaluza.) Recuerdo
aquella copla que decía cruzando los olivos de Granada: «¡Ay, qué fragatita,
real corsaria! ¿Dónde está tu valentía? Que un velero bergantín te ha puesto la
puntería». (Soñadora.) Entre el mar y las estrellas con qué gusto pasearía
apoyada sobre una larga baranda de brisa. (Con angustia.) Pedro, coge tu
caballo o ven montado en el día. ¡Pero pronto! Que ya vienen para quitarme la
vida. Clava las duras espuelas. (Llorando.) «¡Ay, qué fragatita, real corsaria!
¿Dónde está tu valentía? Que un famoso bergantín te ha puesto la puntería.»
(Vienen dos Monjas.)
MONJA 1.ª Sé fuerte, que Dios te ayuda.
CARMEN. Marianita, hija, descansa. (Se llevan a Mariana.)
ESCENA VII
Suena el esquilín de las Monjas. Por el fondo aparecen varias de ellas, que
cruzan la escena y se santiguan al pasar ante una Virgen de los Dolores que,
con el corazón atravesado de puñales, llora en el muro, cobijada por un inmenso
arco de rosas amarillas y plateadas de papel. Entre ellas se destacan las
Novicias 1.ª y 2.ª Los cipreses comienzan a teñirse de luz dorada.
NOVICIA 1.ª ¡Qué gritos! ¿Tú los sentiste?
NOVICIA 2.ª Desde el jardín; y sonaban como si estuvieran lejos. ¡Inés, yo
estoy asustada!
NOVICIA 1.ª ¿Dónde estará Marianita, rosa y jazmín de Granada?
NOVICIA 2.ª Está esperando a su novio.
NOVICIA 1.ª Pero su novio ya tarda.
NOVICIA 2.ª ¡Si la vieras cómo mira por una y otra ventana! Dice: «Si no
hubiera sierras lo vería en la distancia».
NOVICIA 1.ª Ella lo espera segura.
NOVICIA 2.ª ¡No vendrá por su desgracia!
NOVICIA 1.ª ¡Marianita va a morir! ¡Hay otra luz en la casa!
NOVICIA 2.ª ¡Y cuánto pájaro! ¿Has visto? Ya no caben en las ramas del jardín
ni en los aleros; nunca vi tantos, y al alba, cuando se siente la Vela, cantan
y cantan y cantan...
NOVICIA 1.ª ...y al alba, despiertan brisas y nubes desde el frescor de las
ramas.
NOVICIA 2.ª ...y al alba, por cada estrella que muere nace diminuta flauta.
NOVICIA 1.ª Y ella... ¿Tú la has visto? Ella me parece amortajada cuando cruza
el coro bajo con esa ropa tan blanca.
NOVICIA 2.ª ¡Qué injusticia! Esta mujer de seguro fue engañada.
NOVICIA 1.ª ¡Su cuello es maravilloso!
NOVICIA 2.ª (Llevándose instintivamente las manos al cuello.) Sí; pero...
NOVICIA 1.ª Cuando lloraba me pareció que se le iba a deshojar en la falda. (Se
acercan dos Monjas.)
MONJA 1.ª ¿Vamos a ensayar la Salve?
NOVICIA 1.ª ¡Muy bien!
NOVICIA 2.ª Yo no tengo gana.
MONJA 1.ª Es muy bonita.
NOVICIA 1.ª (Hace una seña a las demás y se dirigen rápidamente al foro.) ¡Y
difícil! (Aparece Mariana por la puerta de la izquierda, y al verla se retiran
todas con disimulo.)
MARIANA. (Sonriendo.) ¿Huyen de mí?
NOVICIA 1.ª (Temblorosa.) ¡Vamos a la...!
NOVICIA 2.ª (Turbada.) Nos íbamos... Yo decía... Es muy tarde.
MARIANA. (Con bondad irónica.) ¿Soy tan mala?
NOVICIA 1.ª (Exaltada.) ¡No, señora! ¿Quién lo dice?
MARIANA. ¿Qué sabes tú, niña?
NOVICIA 2.ª (Señalando a la primera.) ¡Nada!
NOVICIA 1.ª ¡Pero la queremos todas! (Nerviosa.) ¿No lo está usted viendo?
MARIANA. (Con amargura.) ¡Gracias! (Mariana se sienta en el banco, con las
manos cruzadas y la cabeza caída, en una divina actitud de tránsito.)
NOVICIA 1.ª ¡Vámonos!
NOVICIA 2.ª ¡Ay, Marianita, rosa y jazmín de Granada, que está esperando a su
novio, pero su novio se tarda!... (Se van.)
MARIANA. ¡Quién me hubiera dicho a mí!... Pero... ¡paciencia!
SOR CARMEN. (Que entra.) ¡Mariana! Un señor, que trae permiso del juez, viene a
visitarla.
MARIANA. (Levantándose, radiante.) ¡Que pase! ¡Por fin, Dios mío! (Sale la
Monja. Mariana se dirige a una cornucopia que hay en la pared y, llena de su
delicado delirio, se arregla los bucles y el escote.) Pronto... ¡qué segura
estaba! Tendré que cambiarme el traje: me hace demasiado pálida.
ESCENA VIII
Se sienta en el banco, en actitud amorosa, vuelta al sitio donde tienen que
entrar. Aparece la madre Carmen, y Mariana, no pudiendo resistir, se vuelve. En
el silencio de la escena, entra Fernando, pálido. Mariana queda estupefacta.
MARIANA. (Desesperada, como no queriéndolo creer.) ¡No!
FERNANDO. (Triste.) ¡Mariana! ¿No quieres que hable contigo? ¡Dime!
MARIANA. ¡Pedro! ¿Dónde está Pedro? ¡Dejadlo entrar, por Dios! ¡Está abajo, en
la puerta! ¡Tiene que estar! ¡Que suba! Tú viniste con él, ¿verdad? Tú eres muy
bueno. Él vendrá muy cansado, pero entrará en seguida.
FERNANDO. Vengo solo, Mariana. ¿Qué sé yo de don Pedro?
MARIANA. ¡Todos deben saber, pero ninguno sabe! Entonces, ¿cuándo viene para
salvar mi vida? ¿Cuándo viene a morir, si la muerte me acecha? ¿Vendrá? Dime,
Fernando. ¡Aún es hora!
FERNANDO. (Enérgico y desesperado, al ver la actitud de Mariana.) Don Pedro no
vendrá, porque nunca te quiso, Marianita. Ya estará en Inglaterra, con otros
liberales. Te abandonaron todos tus antiguos amigos. Solamente mi joven corazón
te acompaña. ¡Mariana! ¡Aprende y mira cómo te estoy queriendo!
MARIANA. (Exaltada.) ¿Por qué me lo dijiste? Yo bien que lo sabía; pero nunca
te quise decir a mi esperanza. Ahora ya no me importa. Mi esperanza lo ha oído
y se ha muerto mirando los ojos de mi Pedro. Yo bordé la bandera por él. Yo he
conspirado para vivir y amar su pensamiento propio. Más que a mis propios hijos
y a mí misma le quise. ¿Amas la Libertad más que a tu Marianita? ¡Pues yo seré
la misma Libertad que tú adoras!
FERNANDO. ¡Sé que vas a morir! Dentro de unos instantes vendrán por ti,
Mariana. ¡Sálvate y di los nombres! ¡Por tus hijos! ¡Por mí, que te ofrezco la
vida!
MARIANA. ¡No quiero que mis hijos me desprecien! ¡Mis hijos tendrán un nombre
claro como la luna llena! ¡Mis hijos llevarán resplandor en el rostro, que no
podrán borrar los años ni los aires! Si delato, por todas las calles de Granada
este nombre sería pronunciado con miedo.
FERNANDO. (Dramático.) ¡No puede ser! ¡No quiero que esto pase! ¡No quiero! ¡Tú
tienes que vivir! ¡Mariana, por mi amor!
MARIANA. (Delirante.) Y ¿qué es amor, Fernando? ¡Yo no sé qué es amor!
FERNANDO. (Cerca.) ¡Pero nadie te quiso como yo, Marianita!
MARIANA. (Emocionada.) ¡A ti debí quererte más que a nadie en el mundo, si el
corazón no fuera nuestro gran enemigo. Corazón, ¿por qué mandas en mí si yo no
quiero?
FERNANDO. ¡Ay, te abandonan todos! ¡Habla, quiéreme y vive!
MARIANA. (Retirándolo.) ¡Ya estoy muerta, amiguito! Tus palabras me llegan a
través del gran río del mundo que abandono. Ya soy como la estrella sobre el
agua profunda, última débil brisa que se pierde en los álamos. (Por el fondo
pasa una Monja, con las manos cruzadas, que mira llena de zozobra el grupo.)
FERNANDO. ¡No sé qué hacer! ¡Qué angustia! ¡Ya vendrán a buscarte! ¡Quién
pudiera morir para que tú vivieras!
MARIANA. ¡Morir! ¡Qué largo sueño sin ensueños ni sombra! Pedro, quiero morir
por lo que tú no mueres, por el puro ideal que iluminó tus ojos: ¡¡Libertad!!
Porque nunca se apague tu alta lumbre, me ofrezco toda entera. ¡¡Arriba,
corazones!! ¡Pedro, mira tu amor a lo que me ha llevado! Me querrás, muerta,
tanto, que no podrás vivir. (Dos Monjas entran, con las manos cruzadas, en la
misma expresión de angustia, y no se atreven a acercarse.) Y ahora ya no te
quiero, ¡sombra de mi locura!
CARMEN. (Entrando.) ¡Mariana! (A Fernando.) ¡Caballero! ¡Salga pronto!
FERNANDO. (Angustiado.) ¡Dejadme!
MARIANA. (Loca.) ¡Vete! ¿Quién eres tú? ¡Ya no conozco a nadie! ¡Voy a dormir
tranquila! (Entra otra Monja rápidamente, casi ahogada por el miedo y la
emoción. Al fondo cruza otra con gran rapidez, con una mano sobre la frente.)
FERNANDO. (Emocionadísimo.) ¡Adiós, Mariana!
MARIANA. ¡Vete! Ya vienen a buscarte. (Sale Fernando, llevado por dos Monjas.)
Como un grano de arena siento al mundo en los dedos. (Viene otra Monja.)
¡Muerte! ¿Pero qué es muerte? (A las Monjas.) Y vosotras, ¿qué hacéis? ¡Qué
lejanas os siento!
CARMEN. (Que llega llorando.) ¡Mariana!
MARIANA. ¿Por qué llora?
CARMEN. ¡Están abajo, niña!
MONJA 1.ª ¡Ya suben la escalera!
ESCENA ÚLTIMA
Entran por el foro todas las Monjas. Tienen la tristeza reflejada en los
rostros. Las Novicias 1.ª y 2.ª están en primer término. Sor Carmen cerca de
Mariana. Toda la escena irá adquiriendo hasta el final una gran luz extrañísima
de crepúsculo granadino. Luz rosa y verde entra por los arcos, y los cipreses
se matizan exquisitamente, hasta parecer piedras preciosas. Del techo desciende
una suave luz naranja, que se irá intensificando hasta el final.
MARIANA. ¡Corazón, no me dejes! ¡Silencio! Con un ala, ¿dónde vas? Es preciso
que tú también descanses. Nos espera una larga locura de luceros que hay detrás
de la muerte. ¡Corazón, no desmayes!
CARMEN. ¡Olvídate del mundo, preciosa Marianita!
MARIANA. ¡Qué lejano lo siento!
CARMEN. ¡Ya vienen a buscarte!
MARIANA. ¡Pero qué bien entiendo lo que dice esta luz! ¡Amor, amor, amor y
eternas soledades! (Entra el juez por la puerta de la izquierda.)
NOVICIA 1.ª ¡Es el juez!
NOVICIA 2.ª ¡Se la llevan!
JUEZ. Señora, cuando guste; hay un coche en la puerta.
MARIANA. Mil gracias. Madre Carmen, salvo a muchas criaturas que llorarán mi
muerte. No olviden a mis hijos.
CARMEN. ¡Que la Virgen te ampare!
MARIANA. ¡Os doy mi corazón! Dadme un ramo de flores; en mis últimas horas yo
quiero engalanarme. Quiero sentir la dura caricia de mi anillo y prenderme en
el pelo mi mantilla de encaje. Amas la libertad por encima de todo, pero yo soy
la misma Libertad. Doy mi sangre, que es tu sangre y la sangre de todas las
criaturas. ¡No se podrá comprar el corazón de nadie! (Una Monja le ayudará a
ponerse la mantilla. Mariana se dirige al fondo, gritando.) Ahora sé lo que
dicen el ruiseñor y el árbol. El hombre es un cautivo y no puede librarse.
¡Libertad de lo alto! Libertad verdadera, enciende para mí tus estrellas
distintas. ¡Adiós! ¡Secad el llanto! (Al juez.) ¡Vamos pronto!
CARMEN. ¡Adiós, hija!
MARIANA. Contad mi triste historia a los niños que pasen.
CARMEN. Porque has amado mucho, Dios te abrirá su puerta. ¡Ay, triste
Marianita! ¡Rosa de los rosales!
NOVICIA 1.ª (Arrodillándose.) Ya no verán tus ojos las naranjas de luz que
pondrá en los tejados de Granada la tarde. (Fuera empieza un lejano campaneo.)
MONJA 1.ª (Arrodillándose.) Ni sentirás la dulce brisa de primavera pasar de
madrugada tocando tus cristales.
NOVICIA 2.ª (Arrodillándose y besando la orla del vestido de Mariana.)
¡Clavellina de mayo! ¡Luna de Andalucía!, en las altas barandas tu novio está
esperándote.
CARMEN. ¡Mariana, Marianita, de bello y triste nombre, que los niños lamenten
tu dolor por la calle!
MARIANA. (Saliendo.) ¡Yo soy la Libertad porque el amor lo quiso! ¡Pedro! La
Libertad, por la cual me dejaste. ¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!
¡Amor, amor, amor y eternas soledades! (Un campaneo vivo y solemne invade la
escena, y un coro de Niños empieza, lejano, el romance. Mariana va saliendo
lentamente, apoyada en sor Carmen. Todas las demás Monjas están arrodilladas.
Una luz maravillosa y delirante invade la escena. Al fondo, los Niños cantan.)
¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
a las piedras hacía llorar,
al ver que Marianita se muere
en cadalso, por no declarar.
(No cesa el campaneo.)
[Telón lento]