El abanico de Lady Windermere
Oscar Wilde
El abanico de Lady Windermere
I.
El año de la consagración: Wilde en 1892 y el éxito comercial
Cuando
Oscar Wilde escribe y estrena El abanico de Lady Windermere (representada
por primera vez el 20 de febrero de 1892 en el St. James's Theatre de Londres),
se encuentra en un momento bisagra de su carrera. Hasta entonces, el autor de
origen irlandés era ampliamente conocido en los círculos culturales y en la
prensa satírica por su extravagancia, sus conferencias sobre el esteticismo en
Estados Unidos y su única e inclasificable novela El retrato de Dorian
Gray (1890). Sin embargo, Wilde anhelaba el éxito masivo y, sobre
todo, la holgura económica que solo el teatro comercial del West End podía
otorgarle.
El
estreno de la obra fue un éxito rotundo y clamoroso. La sociedad
victoriana de la época se vio reflejada en un espejo que, si bien la
caricaturizaba, lo hacía con tal elegancia y magnetismo que resultó
irresistible. La noche del estreno, tras caer el telón entre ovaciones, Wilde
salió a saludar al escenario con un cigarrillo encendido en la mano y un clavel
verde en el ojal —símbolo de su provocación estética— y pronunció un célebre y
mordaz discurso de agradecimiento:
«Damas
y caballeros: Les agradezco mucho la encantadora velada que he pasado. He
disfrutado enormemente de su inteligente apreciación de mi obra. El éxito de
esta noche me confirma en la altísima opinión que siempre he tenido de su
juicio estético».
Este
triunfo no solo consolidó su reputación como el dramaturgo más agudo de su
generación, sino que inauguró su época dorada en la comedia de costumbres, que
culminaría años después con La importancia de llamarse Ernesto.
II.
Pormenorización de las acciones dramáticas
La
obra es un mecanismo de precisión de relojería suiza que respeta rigurosamente
la unidad de tiempo victoriana (sucede en apenas veinticuatro horas) y se
articula en cuatro actos definidos por secretos, malentendidos y giros de
tuerca emocionales:
- Acto I (El detonante de la sospecha): En
el gabinete de los Windermere, Lady Windermere celebra sus veintiún años y
recibe de su esposo un abanico como regalo. Lord Darlington la visita e
insinúa sutilmente las infidelidades masculinas. Poco después, la Duquesa
de Berwick desata la tormenta al revelarle a la joven esposa que su marido
pasa horas con una misteriosa mujer de dudoso pasado, Mistress Erlynne, y
que le entrega grandes sumas de dinero. Lady Windermere, criada bajo un
puritanismo estricto, fuerza el buró de su esposo y encuentra el libro de
cheques que confirma los pagos. Pese a confrontar a Lord Windermere —quien
defiende la dignidad de la mujer sin revelar su verdadera identidad—, este
la obliga a invitar a Mistress Erlynne al baile de esa noche, llegando al
extremo de escribir la invitación él mismo.
- Acto II (El nudo y la traición): Durante
la fiesta de cumpleaños, la tensión social alcanza su cenit. Mistress
Erlynne entra al salón y, mediante el encanto y la manipulación
psicológica, se gana a los hombres y apacigua a las severas aristócratas.
Lady Windermere, sintiéndose humillada e incapaz de tolerar la presencia
de su supuesta rival bailando con su esposo, decide aceptar la propuesta
de huida que Lord Darlington le había hecho previamente. Deja una carta de
despedida a su marido y huye. Mistress Erlynne encuentra la carta, la lee
y se desata la gran ironía de la obra: ella es la verdadera madre
de Lady Windermere, una mujer que cometió el mismo error veinte años
atrás y que está dispuesta a todo para evitar que su hija sufra el mismo
deshonroso destino. Mistress Erlynne orquesta una estratagema para
interceptarla.
- Acto III (El clímax en las sombras): La
acción se traslada a las habitaciones de Lord Darlington. Lady Windermere
vacila en la oscuridad, arrepentida. Mistress Erlynne irrumpe y, en una
confrontación de alta intensidad dramática, utiliza el argumento del amor
materno (el hijo que la joven ha dejado en la cuna) para convencerla de
regresar. Justo cuando van a salir, llegan Lord Darlington, Lord
Windermere y sus amigos del club. Lady Windermere se esconde tras las
cortinas. Sin embargo, Cecilio Graham descubre el abanico de la joven
sobre el sofá. Cuando Lord Windermere exige una explicación creyendo que
su esposa está allí oculta, Mistress Erlynne sale valientemente de otra
habitación y asume la culpa, afirmando haberse llevado el abanico por
error, permitiendo así que su hija escape de manera anónima entre las
sombras.
- Acto IV (La resolución del silencio): De
vuelta en la casa familiar, Lady Windermere debate si debe confesarle todo
a su esposo. Lord Windermere, ahora profundamente desencantado de Mistress
Erlynne por lo visto en casa de Darlington, la califica de monstruo
vicioso. Mistress Erlynne llega para devolver el abanico y despedirse de
Inglaterra para siempre. Madre e hija mantienen una conversación cargada
de subtexto: Lady Windermere sabe que la mujer la salvó, pero ignora que
es su madre; Mistress Erlynne prohíbe que se revele el secreto para no romper
el ideal puritano que su hija tiene de su «madre muerta». La obra cierra
con un magistral giro cómico y cínico: Lord Augusto Lorton entra
anunciando que Mistress Erlynne le ha «explicado todo» con éxito y que se
casarán para vivir fuera de Inglaterra.
III.
Lenguaje y estilo: El triunfo del epigrama y la subversión de la fábula moral
El
ingenio verbal y la paradoja
El
estilo de Oscar Wilde en esta obra es la quintaesencia de la comedia de
salón eduardiana y victoriana, caracterizada por una pirotecnia verbal
deslumbrante. Wilde utiliza el epigrama y la paradoja no
solo como adorno estético, sino como armas de deconstrucción social. Las líneas
más famosas de la obra desestabilizan las certezas bienpensantes de la
audiencia:
- «Puedo resistir a todo, menos a la la
tentación» (proferida por Darlington en el
Acto I).
- «¿Qué es un cínico? Un hombre que
conoce el precio de todo y el valor de nada» (Acto
III).
- «Todos vivimos en el cieno, pero
algunos levantamos los ojos hacia las estrellas» (Acto
III).
El
lenguaje de los personajes masculinos (Dumby, Cecilio Graham, Darlington) opera
bajo las leyes del dandismo: es ligero, rítmico, aparentemente superficial,
pero cargado de una aguda crítica hacia las convenciones institucionales como
el matrimonio y la familia.
El
choque de registros teatrales
A
nivel estilístico, la obra es fascinante porque convive en un híbrido entre
el melodrama victoriano (la trama de la madre perdida, las
identidades secretas, los sacrificios lacrimógenos) y la comedia de
ingenio moderna. Cuando Lady Windermere o Mistress Erlynne hablan de sus
dilemas morales, el lenguaje se vuelve severo, poético y solemne. En contraste,
cuando la Duquesa de Berwick o Dumby toman la palabra, el registro vira hacia
la sátira social y la frivolidad más hilarante.
IV.
El trasfondo filosófico: La crítica a la rigidez moral
Más
allá de los chistes de salón, El abanico de Lady Windermere contiene
una tesis profunda que se anticipa a los dramas modernos: la condena a
la rigidez moral puritana.
Al
inicio de la obra, Lady Windermere afirma con orgullo que no acepta compromisos
morales: «Tratándose de cosas morales, ella [mi tía] no transigía
nunca. Como yo tampoco transijo». Sin embargo, la experiencia de casi
cometer una falta destructiva y ser salvada precisamente por la mujer a la que
ella consideraba un «monstruo» altera su mapa ético. Al final de la comedia, la
joven concluye lúcidamente:
«El
mundo es el mismo para todos, y el bien y el mal, y el pecado y la inocencia,
se pasean por él cogidos de la mano».
Wilde
subvierte la típica «obra con moraleja» de la época. En lugar de castigar a la
«mujer caída» (Mistress Erlynne), la convierte en la heroína indiscutible de la
función, dotándola de una nobleza superior a la de la hipócrita aristocracia
que la juzga. Mistress Erlynne no se arrepiente con ropajes de penitente; se
marcha con un buen presupuesto, un abanico precioso y un aristócrata del brazo,
demostrando que la vida real es mucho más compleja, injusta y deliciosamente
absurda de lo que dictan los manuales de moralidad.
________________________________
EL
ABANICO DE LADY WINDERMERE
PERSONAJES
DE LA OBRA
LORD WINDERMERE.
LORD DARLINGTON.
MÍSTER DUMBY.
MÍSTER GRAHAM.
MÍSTER HOPPER.
PARKER, mayordomo.
LADY WINDERMERE.
MISTRESS ERLYNNE.
LA DUQUESA DE BERWICK.
LADY AGATRA CARLISLE.
LADY PLYMDALE.
LADY STUTFIELD.
LADY JEDBURGH.
MISTRESS COPER- COWPER.
ROSALIA,
doncella.
Acto
I.- Gabinete en casa de lord Windermere.
Acto
II.- Salón en casa de lord Windermere.
Acto
III.- Salita en casa de lord Darlington.
Acto
IV.- La del acto primero.
Lugar
de la acción: Londres. Época actual.
La
acción de la obra tiene lugar dentro de las veinticuatro horas,
comenzando
un jueves, a las cinco de la tarde, y concluyendo al día
siguiente,
a la una y media de la tarde.
A
C T O P R I M E R O
Gabinete
en casa de lord Windermere. Puertas al fondo y a la derecha.
Bureau
cargado de libros y papeles a la derecha. Sofá y la mesita de té
a
la izquierda. Puerta acristalada que conduce a la terraza, a la
izquierda.
Mesa a la derecha. Lady Windermere junto a la mesa de la
derecha,
arreglando unas rosas en un jarrón azul
(Entra
PARKER.)
PARKER.-
¿Está en casa la señora esta tarde?
LADY
WINDERMERE.- Sí... ¿Ha venido alguien?
PARKER.- Lord Darlington.
LADY WINDERMERE.- (Después
de un instante de vacilación.)
Que
suba..., y estoy en casa para todo el mundo.
PARKER.-
(Se inclina y sale por el fondo.) Prefiero verle antes de la
noche.
Me alegro que venido.
(Entra
PARKER por el fondo.)
PARKER.- Lord Darlington.
(Entra LORD DARLINGTON. Sale PARKER).
LORD DARLINGTON.- ¿Cómo está usted,
lady Windermere?
LADY WINDERMERE.- ¿Cómo
está usted, lord Darlington? No, no
puedo
darle la mano. Las tengo todas mojadas, de arreglar estas rosas.
¿Verdad
que son preciosas? Me han llegado de Selby esta mañana.
LORD
DARLINGTON.- ¡Admirables! (Viendo el abanico sobre la
mesa.)
Y ¡qué maravilloso abanico! ¿Me permite usted que lo vea?
LADY
WINDERMERE.- Véalo usted. ¿Es bonito, verdad? Y tiene
pintado
mi nombre. Acabo de recibirlo. Es el regalo de mi marido.
¿No
sabe usted que hoy es mi cumpleaños?
LORD DARLINGTON.- ¿Sí? ¿De veras?
LADY WINDERMERE.- Sí, hoy
entro en mi mayor edad. Día
importantísimo
en mi vida, ¿eh? Por eso esta noche doy un baile. Pero
siéntese
usted. (Continúa arreglando las flores.)
LORD
DARLINGTON.- (Sentándose.) Siento no haber sabido que
era
su cumpleaños, lady Windermere. Habría alfombrado de flores su
calle,
para que usted las pisara. ¿Qué más hubieran podido desear
ellas?
(Pausa breve.)
LADY
WINDERMERE.- La otra noche, en el baile del Ministerio de
Estado,
estuvo usted un tanto inconveniente, lord Darlington. Y
lamentaría
volviese usted a las andadas.
LORD
DARLINGTON.- ¿Que estuve inconveniente, lady
Windermere?
¿Pues qué hice?
(Entra
PARKER, seguido de un criado, por el fondo, con una mesita
y
un servicio de té.)
LADY
WINDERMERE. - Póngalo usted ahí, Parker. Está bien.
(Sécase
las manos con su pañuelo, se dirige hacia la mesita del té, a
la
izquierda, y se sienta.) ¿Quiere usted acercarse, lord Darlington?
(Salen
PARKER y el criado por el fondo.)
LORD
DARLINGTON.- (Coge una silla y se acerca.) Me tiene usted
con
el alma en un hilo, lady Windermere. Hasta que me explique
usted
qué es lo que hice, no podré tranquilizarme. (Se sienta a la me-
sita.)
LADY
WINDERMERE.- ¿Y me lo pregunta usted? Pues, estarme
diciendo
cumplidos toda la noche.
LORD
DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¿Y eso es estar inconveniente?
LADY
WINDERMERE.- No, no se sonría usted. Le estoy hablando
muy
en serio. No me gustan, ni poco ni mucho, los cumplidos, y me
parece
absurdo que haya quien se figure halagar extraordinariamente
a
una mujer por el mero hecho de decirla un sinfín de cosas de las que
él
mismo no cree una palabra.
LORD
DARLINGTON.- ¡Ah! Pero es que yo las creo todas.
(Tomando
la taza de té que ella le tiende.)
LADY
WINDERMERE.- (Gravemente.) Espero que no. Sentiría
tener
que regañar con usted, lord Darlington. Ya sabe usted que le
tengo
una sincera simpatía. Pero se la perdería en absoluto si me con-
venciese
de que es usted como la mayoría de los hombres. Créame,
usted
es mejor que la mayoría de los hombres, aunque a veces quiera
usted
parecer peor.
LORD
DARLINGTON.- Todos tenemos nuestras pequeñas
vanidades.
LADY
WINDERMERE.- ¿Y por qué cifra usted la suya en eso?
LORD
DARLINGTON.- ¡Oh! Hay tanta gente que va por ahí
echándoselas
de buena, que casi me parece una prueba de modestia
echárselas
de malo. Además, todo hay que tenerlo en cuenta; si se las
echa
uno de bueno, el mundo le toma a uno muy en serio, y si se las
echa
de malo, creen que uno bromea. Tal es la estupefaciente necedad
del
optimismo.
LADY
WINDERMERE. - Entonces, ¿usted no quiere que el mundo
le
tome en serio, lord Darlington?
LORD
DARLINGTON.- ¡No, no, por Dios; el mundo, no! En
cambio,
sí me gustaría que me tomara usted en serio, lady
Windermere;
usted más que nadie.
LADY
WINDERMERE.- ¿Y por qué yo?
LORD
DARLINGTON.- (Después de una ligera vacilación.) Pues,
porque
creo que podríamos ser grandes amigos. ¿Quiere usted que lo
seamos?
¡Quién sabe! Puede que algún día tenga usted necesidad de
un
verdadero amigo.
LADY
WINDERMERE.- ¿Por qué dice usted eso?
LORD
DARLINGTON.- ¡Oh! Todos necesitamos a veces de amigos.
LADY
WINDERMERE. - Pero me parece, que ya somos excelentes
amigos,
lord Darlington. Y espero que lo seremos siempre, mientras
usted
no...
LORD
DARLINGTON.- ¿No qué?
LADY
WINDERMERE.- No eche a perder nuestra amistad
diciéndome
tonterías. ¿Qué piensa usted? ¿Que soy una puritana?
Pues,
sí, señor; algo tengo de puritana. Así me educaron. De lo que
me
alegro mucho. Mi madre murió cuando yo era niña. Toda mi
infancia
y toda mi juventud las pasé con mi tía Julia, la hermana
mayor
de mi madre, como usted sabe. Era muy severa conmigo, es
cierto;
pero, en cambio, me enseñó una cosa que el mundo empieza a
olvidar:
la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal.
Tratándose
de cosas morales, ella no transigía nunca. Como yo
tampoco
transijo.
LORD
DARLINGTON.- ¡Por Dios, lady
Windermere!
LADY WINDERMERE.- (Reclinándose
en el sofá.) Me mira usted
como
a una mujer de otros tiempos, ¿verdad? Pues, sí, señor, lo soy. Y
sentiría
muchísimo estar al mismo nivel de un tiempo como éste.
LORD
DARLINGTON.- ¿Tan malo lo encuentra usted?
LADY
WINDERMERE. - Malísimo. Hoy día, todo el mundo parece
considerar
la vida como una especulación. ¡Pues no es una
especulación!
Es un sacramento. Su ideal es el amor. Su purificación,
el
sacrificio.
LORD
DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¡Oh, todo menos que le
sacrifiquen
a uno!
LADY
WINDERMERE. - ¡No diga usted eso!
LORD
DARLINGTON. - Pues sí que lo digo. Y lo siento. Y sé que
tengo
razón.
PARKER.-
(Entrando.) Señora, esos hombres preguntan si hay que
poner
las alfombras en la terraza para esta noche.
LADY
WINDERMERE.- ¿Qué le parece a usted, lord Darlington,
lloverá?
LORD
DARLINGTON.- ¿El día del cumpleaños de usted? ¡No
faltaba
más!
LADY
WINDERMERE.- Diga usted que las pongan, Parker.
(Sale
PARKER.)
LORD
DARLINGTON.- Entonces, ¿cree usted - claro que pongo un
ejemplo
imaginario-, cree usted que en el caso de un matrimonio
joven,
casi recién casado - pongamos dos años, a lo sumo -, si el
marido
se convirtiese de pronto en el amigo íntimo de una mujer de...,
sí,
de vida un tanto dudosa, y si se le viese en todas partes con ella y,
probablemente,
pagase sus cuentas..., cree usted que la mujer de ese
hombre
no tendría derecho a buscar algún consuelo?
LADY
WINDERMERE.- (Frunciendo el ceño.) ¿A buscar algún
consuelo?
LORD
DARLINGTON.- Sí; yo creo que estaría en su perfectísimo
derecho.
LADY
WINDERMERE.- ¿De modo que, porque el marido es
abyecto,
la mujer también debe serlo?
LORD
DARLINGTON.- ¿Abyecto? Un poco fuerte parece la palabra,
lady
Windermere.
LADY
WINDERMERE.- Peor es el hecho, lord Darlington.
LORD
DARLINGTON.- ¡Ay!, lady Windermere, mucho me temo
que
la gente buena esté haciendo un daño atroz en el mundo. El
mayor,
dar tanta importancia a la maldad. Es absurdo dividir a las
personas
en buenas y malas. La gente se divide en agradable y
desagradable,
simplemente. Yo siempre me pongo del lado de la
agradable,
y usted, lady Windermere, mal que le pese, se halla en este
número.
LADY
WINDERMERE.- Es usted muy amable, lord Darlington. (Se
levanta
y pasa por delante de él hacia la derecha.) No, no se mueva
usted.
Voy a acabar de arreglar esas flores. (Se acerca a la mesa
donde
está el jarrón.)
LORD
DARLINGTON.- (Levantándose también.) Y debo también
decirle,
lady Windermere, que sus ideas sobre la vida moderna son
demasiado
rígidas. Ya sé que ésta dista mucho de ser buena; confor-
mes.
Así, por ejemplo, la mayor parte de las mujeres hoy día son
bastante
venales...
LADY
WINDERMERE.- ¡Oh! No hable usted de esa gente.
LORD
DARLINGTON. - Pero dejando a un lado a esa gente venal
que,
desde luego, es siempre lamentable, ¿cree usted seriamente que
las
mujeres que han cometido eso que en el mundo llaman una falta
no
deben nunca ser perdonadas?
LADY
WINDERMERE.- (En pie junto a la mesa.) ¡Nunca!
LORD
DARLINGTON.- ¿Y los hombres? ¿Cree usted que debe ser la
misma
ley para los hombres que para las mujeres?
LADY WINDERMERE.- ¡La misma!
LORD DARLINGTON.- ¿No será
demasiado compleja la vida para
poder
gobernarla con esas reglas tan estrictas y tan duras?
LADY
WINDERMERE.- Si todos tuviésemos “esas reglas tan
estrictas
y tan duras”, encontraríamos la vida mucho más sencilla.
LORD
DARLINGTON.- ¿No admitiría usted ninguna excepción?
LADY WINDERMERE.- ¡Ninguna!
LORD DARLINGTON.- ¡Oh, qué
puritana tan encantadora hace
usted,
lady Windermere!
LADY
WINDERMERE- El adjetivo era innecesario, lord Darlington.
LORD
DARLINGTON.- No me fue posible contenerlo. Yo puedo
resistir
a todo, menos a la tentación.
LADY
WINDERMERE.- Tiene usted la pose moderna de la
debilidad.
LORD
DARLINGTON.- (Mirándola.) ¡Oh! No, es más que una pose,
lady
Windermere.
PARKER.-
(Entrando. Anunciando.) La duquesa de Berwick y lady
Agatha
Carlisle.
(Entran
por el fondo la Duquesa de Berwick y LADY AGATHA. Sale
PARKER.)
DUQUESA.-
(Viniendo a estrechar la mano de LADY
WINDERMERE.)
Querida Margarita, ¡cuánto tiempo sin verla! Mi
hija
Agatha. ¿No se recuerda usted de ella? (Dirigiéndose hacia
LORD
DARLINGTON.) ¿Qué tal, lord Darlington? A usted no le
presento
a mi hija; es usted demasiado malo.
LORD
DARLINGTON.- No diga usted eso, duquesa. Como hombre
malo,
soy un completo fracasado. ¿No hay por ahí quien dice que en
toda
mi vida he hecho nada realmente malo? ¡Claro que eso lo dicen a
espaldas
mías!
DUQUESA.-
¿Sí? ¡Qué malvados! Agatha, te presento a lord
Darlington.
Mucho ojo con creerle una sola palabra. (LORD
DARLINGTON
pasa a la derecha de le escena.) No, no, gracias; ya
he
tomado el té, querida. (Sentándose en el sofá.) Lo acabamos de
tomar
en casa de lady Markby. Un té bastante malo, por cierto. Como
que
apenas pudimos probarlo. No tiene nada de extraño. Se lo
suministra
su propio yerno. Agatha está loca de contento pensando en
su
baile de esta noche, querida Margarita.
LADY
WINDERMERE.- ¡Oh! No crea usted que va a ser un baile de
gala,
duquesa. No es más que una reunión de íntimos, en honor de mi
cumpleaños.
Acabará muy temprano.
LORD
DARLINGTON.- Muy temprano, muy poca gente, y toda muy
escogida,
¿no es eso?
DUQUESA.-
¡Oh! Tratándose de usted, querida Margarita, ya es de
suponer
que toda será gente muy escogida. Su casa es una de las
pocas,
en Londres, a que puedo llevar sin miedo a Agatha y a mi ma-
rido.
¡Ay! No sé qué va a ser de la sociedad al paso que vamos. ¡Se ve
cada
señora por esos salones!... En los míos, por ejemplo. Y no es
culpa
mía. Los hombres se ponen furiosos si no se les invita.
Realmente,
deberíamos hacer una campaña contra ellos.
LADY
WINDERMERE.- Yo lo haré, duquesa. Lo que es en mi casa,
le
aseguro a usted que no entrará nadie que haya dado que hablar.
LORD
DARLINGTON.- ¡Oh! No diga usted eso, lady Windermere.
Tendría
usted que cerrarme la puerta. (Se sienta.)
DUQUESA.
- ¡Oh! Los hombres no importa. Las mujeres ya es muy
distinto.
¡Somos demasiado buenas! Algunas, por lo menos. Pero nos
están
arrinconando demasiado. Me parece que nuestros maridos
acabarían
por olvidar nuestra existencia si de cuando en cuando no les
molestáramos
un poco. ¡Oh!, lo preciso nada más para hacerles
recordar
que tenemos derecho a hacerlo.
LORD
DARLINGTON.- ¡Qué curioso es el juego del matrimonio,
duquesa!
Juego que, dicho entre paréntesis, está cayendo bastante en
desuso.
La mujer tiene todos los triunfos y, sin embargo, invariable-
mente,
pierde la baza.
DUQUESA.-
¿La baza? ¿Llama usted baza al marido?
LORD
DARLINGTON.- ¿Qué, encuentra usted demasiado bonito el
nombre?
DUQUESA.-
¡Cuidado que es usted mala persona mi querido lord
Darlington!
LADY
WINDERMERE. - Lord Darlington habla siempre sin pensar
lo
que dice.
LORD
DARLINGTON.- Le aseguro a usted que no, lady
Windermere.
LADY
WINDERMERE. - ¿Entonces, por qué habla usted de la vida
con
esa ligereza?
LORD
DARLINGTON.- Porque, a mi juicio, la vida es una cosa
demasiado
importante para hablar de ella en serio. (Se pone de pie.)
DUQUESA.-
¿Qué ha querido usted decir con eso? Apiádese usted de
mis
pocas luces, lord Darlington, y explíqueme qué ha querido decir.
LORD
DARLINGTON. - Prefiero no hacerlo, duquesa. Hoy día ser
comprensible
es una falta de habilidad. A los pies de usted, duquesa.
(Besando
la mano DUQUESA.) Y ahora, lady Windermere, hasta la
vista.
¿Tiene usted inconveniente en que venga esta noche? ¡Déjeme
usted
venir!
LADY
WINDERMERE. - Venga usted, si quiere con la condición de
que
no dirá a nadie tonterías que no siente.
LORD
DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¡Ah, empieza usted a
corregirme!
Cosa muy peligrosa, lady Windermere, corregir a nadie.
(Se
inclina y sale.)
DUQUESA.
- (Levantándose.) ¡Qué mala cabeza tan simpática! Me
alegro
que se haya ido. ¡Qué bonita está usted! ¿Dónde se hace usted
los
trajes?... Ah querida Margarita, debo decirle lo apenadísima que
estoy
por usted. (Yendo hacia el sofá y sentándose en él con LADY
WINDERMERE.)
¡Agatha, querida!
AGATHA-
(Levantándose.) ¿Qué, mamá?
DUQUESA.
- ¿Querrías ponerte a ver aquel álbum de fotografías que
está
allí?
AGATHA.
- Sí, Mamá. (Se dirige a la mesa de izquierda.)
DUQUESA.
- ¡Qué buena es! ¡Y tan aficionada a las fotografías de
Suiza!
Un gusto purísimo, ¿verdad? Pues sí, querida Margarita, estoy
apenadísima
por usted.
LADY
WINDERMERE.- ¿Por qué, duquesa?
DUQUESA.-
¿Por qué ha de ser? Por esa horrible mujer. Y todavía
menos
mal si no se vistiera tan bien y fuera un poco peor parecida.
Augusto,
mi lamentable hermano - usted le conoce-, un castigo para
todos
nosotros; bueno, pues Augusto está completamente chiflado por
ella.
Figúrese usted: una mujer que no se puede admitir en sociedad.
Hay
muchas mujeres que tienen un pasado; pero ésta me han dicho
que
tiene, por lo menos, una docena, y todos ellos de gente bien.
LADY
WINDERMIERE. - Pero ¿a quién se refiere usted, duquesa?
DUQUESA.- A mistress Erlynne.
LADY WINDERMERIC.- ¿Mistress
Erlynne? Es la primera vez que
oigo
ese nombre, duquesa. ¿Y qué tengo yo que ver con mistress
Erlynne?
DUQUESA.
- ¡Pobre Margarita!... ¡Agatha, querida!
AGATHA.-
¿Qué, mamá?
DUQUESA.
- ¿Quieres salir a la terraza a ver la puesta de Sol?
AGATHA.-
(Levantándose y saliendo a la terraza.) Sí, mamá.
DUQUESA.
- ¡Qué obediente es! Y aficionadísima a las puestas de
Sol.
Cosa que demuestra una sensibilidad muy refinada, ¿verdad? Al
fin
y al cabo, no hay nada como la Naturaleza.
LADY
WINDERMERE. - Pero ¿qué es lo que ocurre, duquesa? ¿Por
qué
habla usted de esa mujer?
DUQUESA.-
¿Pero realmente no sabe usted? Le aseguro que todos
estamos
consternados. Anoche mismo, en casa de lady Jansen, todo el
mundo
hablaba de lo extraordinario que era que entre todos los
hombres
de Londres, fuera Windermere el que se portara así.
LADY
WINDERMERE.- ¿Mi marido? ¿Y qué tiene que ver mi
marido
con una mujer semejante?
DUQUESA.-
¡Ah! Ésa es precisamente la cuestión querida. Por lo
menos,
él va a verla continuamente y se pasa horas y horas en su casa,
y
mientras él está allí, ella no recibe a nadie. No es que vayan verla
muchas
señoras, no; pero, en cambio, tiene un sinfín de amistades del
sexo
masculino, todos ellos calaveras de profesión, y mi hermano
entre
otros, como le dije a usted; y esto es justamente lo que agrava la
conducta
de Windermere. ¡Y nosotros que le teníamos por un marido
modelo!
Mis sobrinas, las de Saville -usted las conoce, creo-, unas
muchachas
muy caseras, y feas, horrorosamente feas, pero ¡tan
buenas!
-se pasan la vida al balcón haciendo labores de fantasía. Y
esos
trajes para los pobres, horribles, sí, pero muy útiles en estos tiem-
pos
tremendos de socialismo-. Pues, figúrese usted que esa mujer ha
tomado
una casa frente a la de ellas. ¡Parece mentira, una calle tan
respetable!
No sé, realmente, adónde vamos a parar. Bueno; pues ellas
me
han dicho que Windermere va a verla cuatro y cinco veces por
semana.
Ellas le ven entrar; no tienen más remedio. Y aunque ellas no
sean
aficionadas a chismes y cuentos, pues claro, no han podido
menos
de contárselo a todo el mundo. Y lo peor, según parece, es que
esa
mujer vive, y muy bien, a costa de alguien, pues hace seis meses,
cuando
llegó a Londres, no traía, por decirlo así, ni un céntimo, y
ahora
tiene esa casa divinamente puesta, según dicen los que la han
visto,
y coche propio, y ¡qué sé yo! Todo ello desde que conoce a ese
pobre
Windermere.
LADY
WINDERMERE.- ¡Oh, no puedo creerlo!
DUQUESA.-
Pues es la pura verdad, querida. Todo Londres lo sabe.
Por
eso he creído de mi deber venir a hablar con usted para
aconsejarla
que se lleve a Windermere una temporada fuera de
Londres,
a Trouville, por ejemplo, o a Niza, o a algún sitio donde se
distraiga,
y donde usted pueda vigilarle durante todo el día. No sabe
usted,
querida, las veces que en mi vida de casada he tenido que fingir
alguna
enfermedad y resignarme a beber las aguas minerales más
desagradables,
con tal de sacar a Berwick de Londres. ¡Era de un
corazón
tan sensible! Aunque, eso sí, puedo asegurar que nunca dio
mucho
dinero a nadie. En esto, por lo menos, es de principios muy
elevados.
LADY
WINDERMERE. – (Interrumpiéndola.) ¡Es imposible,
duquesa;
le digo a usted que es imposible! (Levantándose y cruzando
la
escena hacia el centro.) No hace más que dos años que estamos
casados.
Nuestro hijo no tiene más que seis meses... (Se sienta en una
silla
junta a la mesa.)
DUQUESA.-
¡Ah!, ¿y ese encanto, cómo sigue? ¿Es niño o niña?
Espero
que niña... ¡Ah, no; ahora recuerdo que es niño! Lo siento. Los
niños
son muy malos. El mío es de una inmoralidad atroz. No puede
usted
figurarse a qué horas vuelve a casa. Y eso que acaba de salir del
colegio
hace pocos meses. No sé, realmente, qué les enseñan allí.
LADY
WINDERMERE.- ¿Cree usted que todos los hombres son
malos?
DUQUESA.-
Absolutamente todos, sin excepción. Y que nunca
mejoran.
Se vuelven viejos; pero mejores jamás.
LADY
WINDERMERE.- Windermere y yo nos casamos por amor.
DUQUESA.-
Sí, así empezamos nosotros. Sólo las amenazas
constantes
y brutales de suicidio de Berwick me hicieron aceptar su
mano
y, sin embargo, antes del año ya estaba corriendo detrás de toda
clase
de faldas, negras y blancas, finas y ordinarias. Y todavía en la
luna
de miel, le pesqué con una de mis doncellas, una muchacha muy
bonita
y muy decente. Claro que la despedí enseguida, sin certificado.
O
no; recuerdo que se la cedí a mi hermana ¡Ese pobre sir Jorge es tan
corto
de vista, que creí que no importaba! Pero importó, importó
según
parece. (Levantándose.) Bueno, hija mía, tengo que irme; esta
noche
comemos fuera. No vaya usted tomar demasiado a pecho esa
pequeña
aberración de Windermere. Lléveselo usted al extranjero,
verá
cómo vuelve a usted.
LADY
WINDERMERE.- ¿Cómo vuelve a mí?
DUQUESA.
- Sí, hija mía; esas condenadas mujeres nos quitan
nuestros
maridos; pero éstos acaban siempre por volver a nosotras;
aunque,
eso sí, un tanto averiados. Y no le haga usted ninguna escena;
los
hombres detestan las escenas.
LADY
WINDERMERE.- Ha sido usted muy buena duquesa, en venir
a
contarme todo eso. Pero no puedo creer que mi marido me sea infiel.
DUQUESA.
- ¡Ay, hija mía! ¡Así era yo antes! Ahora sé ya que todos
los
hombres son unos monstruos (LADY WINDERMERE tira de la
campanilla.)
Lo único que se puede hacer es dar bien de comer a esos
bandidos.
Un buen cocinero hace maravillas; y eso ya lo tiene usted.
Pero
¿no irá usted a llorar, mi querida Margarita?
LADY
WINDERMERE.- No tema usted, duquesa; nunca lloro.
DUQUESA.-
Hace usted muy bien, querida. Las lágrimas son el
refugio
de las feas y la ruina de las bonitas. ¡Agatha, querida!
AGATHA.-
¿Qué, mamá?
DUQUESA.-
Di adiós a lady Windermere y dale las gracias por tu
deliciosa
visita. (Volviéndose otra vez hacia atrás.) Y entre
paréntesis:
muchas gracia por haber enviado una invitación a míster
Hopper...,
ese australiano tan rico y de quien tanto se está hablando
ahora.
Su padre hizo una fortuna enorme vendiendo no sé qué clase de
conservas;
pero él es muy interesante, y me parece que se interesa
mucho
por la conversación espiritual de Agatha. Claro que nosotros
sentiríamos
mucho tener que separarnos de ella; pero a mi juicio, una
madre
que no es buena madre no se separa de una hija todos los años.
(PARKER
abre la puerta del centro.) Y acuérdese usted de mi
consejo:
lléveselo de Londres lo antes posible. Es el único remedio.
Adiós
otra vez, querida. Vamos, Agatha.
(Salen
la DUQUESA y LADY AGATHA.)
LADY
WINDERMERE.- ¡Qué horror! Ahora comprendo lo que
quería
decir lord Darlington con su ejemplo del matrimonio que no
llevaban
más que dos años de casados. ¡No, no es posible!... La
duquesa
hablaba de grandes cantidades entregadas, sin duda, a esa
mujer.
Yo sé dónde Arturo guarda su libreta de cheques... Sí, en uno
de
los cajones de ese bureau. Si yo quisiera podría enterarme. ¡Ah, yo
sabré!...
(Abre el cajón.) No, no; debe ser algún error. Indu-
dablemente...
(Se levanta y se dirige hacia el centro de la escena.)
Alguna
habladuría estúpida. ¡Él me quiere! ¡Me quiere! Pero... ¿y por
qué
no mirar? Al fin y al cabo, soy su mujer; tengo derecho a hacerlo.
(Vuelve
al bureau, coge el libro de cheques y lo examina página por
página.
Al acabar, sonríe y exhala un suspiro de alivio.) ¡Estaba
segura!
¡No hay una sola palabra de verdad en esa historia absurda!
(Vuelve
a dejar el libro en el cajón. Al hacerlo así, tiene un
estremecimiento
y saca otro libro de cheques.) ¡Otro libro!...
¡Personal!...
¡Y cerrado con llave! (Trata de abrirlo inútilmente. Echa
de
ver entonces un cortapapel del bureau, y con la ayuda de él corta
la
cubierta del libro.) ¡Mistress Erlynne!... libras... ¡Mistress
Erlynne,
libras!... ¡Oh, era verdad! ¡Qué horror! (Arroja el libro
al
suelo. Entra LORD WINDERMERE Por el fondo.)
LORD
WINDERMERE.- ¿Qué, han traído ya el abanico? (Al
dirigirse
hacia ella ve el libro de cheques en el suelo.) Margarita, ¿tú
has
abierto a la fuerza el libro de cheques? ¡No tenías ningún derecho
a
ello!
LADY
WINDERMERE.- ¿Te parece mal que te haya
desenmascarado,
eh?
LORD
WINDERMERE- Me parece mal que una mujer espíe a su
marido.
LADY
WINDERMERE.- Yo no te he espiado. Hasta hace media
hora
no he sabido que existía esa mujer. Una persona compasiva tuvo
la
bondad de decirme lo que ya sabe todo Londres: tus visitas diarias a
esa
casa, tu absurda pasión, las enormes cantidades que te cuesta esa
mujerzuela...
LORD
WINDERMERE. - ¡Margarita, no hables así de mistress
Erlynne!
¡Tú no sabes lo injusta que eres!
LADY
WINDERMERE.- ¡Cuánto te preocupa el honor de mistress
Erlynne!
¡Ojalá te preocupase tanto el mío!
LORD
WINDERMERIL- Tu honor está intacto, Margarita. Tú no
puedes
creer un instante que yo... (Guardando de nuevo el libro de
cheques
en el bureau.)
LADY
WINDERMERE.- Lo que creo es que gastas tu dinero
absurdamente.
Eso es todo. ¡Oh, no vayas a creer que es el dinero lo
que
me preocupa! Por mí, puedes tirar todo el que tenemos. No; lo que
me
asombra y me confunde es que tú, que me has querido; tú que me
has
enseñado a quererte, puedas pasar así del amor que se da al amor
que
se vende. ¡Eso es lo horrible! (Se sienta en el sofá.) ¡Me siento
como
degradada! Tú no sientes nada; pero yo me siento manchada,
envilecida.
Tú no puedes comprender lo odioso, lo repugnante que me
parecen
ahora estos seis últimos meses. Cada beso que me diste lo
tengo
ahora aquí quemándome la memoria.
LORD
WINDERMERE.- (Yendo hacia ella.) ¡No digas eso,
Margarita!
¡Tú eres la única mujer que yo he querido en el mundo!
LADY
WINDERMERE.- (Levantándose.) ¿Quién es esa mujer,
entonces?
¿Por qué has tomado una casa para ella?
LORD
WINDERMERE.- Yo no he tomado una casa para ella.
LADY
WINDERMERE.- Le has dado el dinero para tomarla, que es
lo
mismo.
LORD
WINDERMERE. - Margarita, desde que yo conozco a
mistress
Erlynne...
LADY
WINDERMERE. - Pero, ¿hay realmente alguna mistress
Erlynne,
o es un mito?
LORD
WINDERMERE.- Su marido murió hace años. Está sola en el
mundo.
LADY
WINDERMERE.- ¿Sin ningún pariente? (Un momento de
silencio.)
LORD
WINDERMERE.- Sin ninguno.
LADY
WINDERMERE.- Un poco raro parece.
LORD
WINDERMERE. - Margarita, iba a decirte –y te ruego que me
escuches-
que desde que yo conozco a mistress Erlynne su conducta ha
sido
intachable. Si en otros tiempos...
LADY
WINDERMERE. - ¡Oh, basta, basta! ¡No necesito detalles de
su
vida!
LORD
WINDERMERE.- No voy a darte detalles de su vida. Lo único
que
quiero decirte es que mistress Erlynne fue en otro tiempo una
mujer
honrada, querida, respetada. Era de una gran familia, ocupaba
una
gran posición... Pues bien; lo perdió todo, renunció a todo si
quieres.
Esto hace el caso todavía más amargo. Las desgracias que
vienen
de fuera, de los demás, o del destino, pueden siquiera
soportarse;
son accidentes inevitables. ¡Pero sufrir por culpa propia....
ah,
ésa es la verdadera maldición de la vida!... Además, fue hace
veinte
años. Era poco más que una niña. Llevaba todavía menos
tiempo
de casada que tú.
LADY
WINDERMERE- Te advierto que no me interesa lo más
mínimo
esa mujer... Y creo que deberías de abstenerte de hablar de mí
al
mismo tiempo que de ella. Es una falta de tacto. (Se sienta delante
del
bureau.)
LORD
WINDERMERE. - Margarita, tú podrías salvar, si quisieras, a
esa
mujer. Ella necesita volver a entrar en sociedad y necesita que tú
la
ayudes. (Acercándose a ella.)
LADY WINDERMERE.- ¿Yo?
LORD WINDERMERE.- Sí, tú.
LADY
WINDERMERE.- ¡Habráse visto insolencia! (Pausa.)
LORD
WINDERMERE. - Margarita, quiero pedirte un gran favor, y
te
lo pido, a pesar de que hayas descubierto lo que creí poder ocultarte
siempre,
es decir: que he dado cantidades bastante crecidas a mistress
Erlynne.
Necesito que le envíes una invitación para el baile de esta
noche.
LADY
WINDERMERE. - ¡Estás loco! (Poniéndose en pie.)
LORD
WINDERMERE.- Te lo suplico. La gente puede hablar de ella
lo
que quiera, y así lo hacen, en efecto; pero nadie sabe nada concreto
en
contra suya. Ella ha estado en varias casas... No en casas a que tú
irías,
desde luego; pero, al fin y al cabo, en casas adonde van muchas
señoras
de eso que llaman la buena sociedad. Pero esto no la satisface.
Ella
quiere que tú la recibas.
LADY
WINDERMERE.- ¿Como un triunfo para ella, no es eso?
LORD
WINDERMERE.- No; sino porque sabe que tú eres una mujer
honrada....
y que si viene aquí una vez sola, esto podrá ayudarla a
vivir
más tranquila y feliz de lo que vive ahora. Te aseguro que no
haré
el menor esfuerzo por que vuelvas a recibirla. ¿Te negarás tú a
ayudar
a una mujer que trata de rehabilitarse?
LADY
WINDERMERE. - ¡Me niego! Cuando una mujer está
realmente
arrepentida, no desea volver a la sociedad, que causó o vio
su
ruina.
LORD
WINDERMERE.- ¡Te lo suplico!
LADY
WINDERMERE. - (Dirigiéndose hacia la puerta de la
derecha.)
Voy a vestirme para la cena, y te ruego que no vuelvas a
hablarme
de la cuestión esta noche. (Volviéndose hacia él.) Tú te
figuras,
Arturo, que porque no tengo padre ni madre, estoy sola en el
mundo,
y que puedes tratarme como se te antoje. Estás equivocado; yo
también
tengo amigos, muchos amigos.
LORD
WINDERMERE. - Margarita, no sabes lo que dices. Estás
hablando
a tontas y a locas. No quiero discutir contigo; pero insisto en
que
invites a mistress Erlynne para esta noche.
LADY
WINDERMERE.- ¡No haré semejante cosa!
LORD WINDERMERE.- ¿Te niegas?
LADY WINDERMERE.- ¡Resueltamente!
LORD
WINDERMERE.- ¡Hazlo por mí, Margarita! ¡Te lo suplico
otra
vez! ¡Puede ser su salvación!
LADY
WINDERMERE. - ¿Ya mí qué me importa?
LORD
WINDERMERE. - ¡Qué duras sois las mujeres buenas!
LADY
WINDERMERE.- ¡Y los hombres malos, qué blandos!
LORD
WINDERMERE.- Cierto que ningún hombre puede ser
bastante
bueno para la mujer con quien se casa... Pero no vayas a
imaginar
que yo... ¡Oh! ¡La idea sola sería monstruosa!
LADY
WINDERMERE.- ¿Y por qué ibas a ser tú diferente de los
demás?
He oído decir que apenas hay un marido en todo Londres que
no
consuma su vida en alguna pasión vergonzosa fuera de su hogar.
LORD
WINDERMERE.- Yo no soy uno de ellos.
LADY
WINDERMERE.- ¿Y a mí quién me lo asegura?
LORD
WINDERMERE.- Tu propio corazón. Pero no abramos más
abismos
entre nosotros. Dios sabe que estos últimos minutos ya nos
han
separado bastante. Siéntate y escribe la invitación.
LADY
WINDERMERE.- Por nada del mundo la escribiré.
LORD
WINDERMERE. - (Dirigiéndose hacia el bureau.) ¡Lo haré
yo
entonces! (Tira de la campanilla se sienta y escribe una tarjeta.)
LADY
WINDERMERE.. - ¿Estás decidido a invitar esa mujer?
LORD
WINDERMERE.- Sí. (Pausa. Entra PARKER.) Parker, esta
carta
a mistress Erlynne, calle Curzon número . No espera
contestación.
(PARKER coge la carta, se inclina y sale.)
LADY
WINDERMERE.- Arturo, si esa mujer viene aquí, la
insultaré.
LORD
WINDERMERE.- No digas eso, Margarita.
LADY
WINDERMERE.- Lo digo, y lo haré.
LORD
WINDERMERE.- Si hicieras semejante cosa Margarita, no
hay
una mujer en todo Londres que no te compadeciese.
LADY
WINDERMERE.- No hay una mujer honrada en todo
Londres
que no me aplaudiese. Hemos sido demasiado cobardes las
mujeres.
Es preciso que demos un ejemplo. Yo lo daré esta noche, si
llega
el caso. (Cogiendo el abanico de encima de la mesa.) Tú me has
regalado
hoy este abanico; ha sido tu regalo por mi cumpleaños,
¿verdad?
Pues si esa mujer entra en mi casa, yo te aseguro que le
cruzaré
la cara con él.
LORD
WINDERMERE.- Tú no harás semejante cosa Margarita.
LADY
WINDERMERE.- Tú no me conoces. (Se dirige hacia la
izquierda.
Entra PARKER.) ¡Parker!
PARKER.-;,Qué
manda la señora?
LADY
WINDERMERE.- Comeré en mis habitaciones. O, mejor
dicho,
no comeré. Procure usted que todo esté listo para las diez y
media.
Y tenga usted cuidado, Parker, de pronunciar los nombres de
los
invitados con toda claridad. A veces habla usted tan de prisa que
no
le entiendo. Esta noche, a fin de no equivocarse, deseo oírlos
claramente.
¿Me ha comprendido, Parker?
PARKER.-
Perfectamente. Descuide la señora.
LADY WINDERMERE.- ¡Bien! (Sale
PARKER.) Arturo, si esa
mujer
viene aquí, te lo advierto...
LORD
WINDERMERE. - ¡Nos perderás, Margarita!
LADY
WINDERMERE.- ¿Nos? Desde este instante, mi vida está
separada
de la tuya. Pero si deseas evitar un escándalo, escribe
inmediatamente
a esa mujer diciéndole que le prohibo que venga aquí.
LORD
WINDERMERE.- ¡Imposible!... ¡No puedo!... ¡Debe venir!
LADY
WINDERMERE. - ¡Atente, entonces, a las consecuencias!
¡Tú
lo habrás querido! (Sale por la derecha.)
LORD
WINDERMERE.- (Llamándola.) ¡Margarita! ¡Margarita!
(Pausa.)
¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Cómo decirle quién es realmente
esa
mujer? No, no me atrevo. Se moriría de vergüenza... (Se deja caer
en
un sillón y esconde el rostro entre las manos.)
TELÓN
A
C T O S E G U N D O
Salón
en casa de lord Windermere. Puerta a la derecha que conduce al
salón
de baile, donde toca la orquesta. Puerta a la izquierda, por la que
entran
los invitados. Puerta en el fondo a la izquierda, sobre la terraza
iluminada.
Palmeras, flores y muchas luces. El salón atestado de
gente.
Lady Windermere, cerca de la puerta, recibiendo a los invitados
(DUQUESA
DE BERWICK, entrando por el fondo.)
DUQUESA.-
¡Qué raro que no esté aquí lord Windermere! ¡Y cuánto
tarda
míster Hopper! ¿Le reservaste los cinco bailes, Agatha?
(Viniendo
hacia adelante.)
AGATEA.-
Sí, mamá.
DUQUESA.-
(Sentándose en el sofá.) Déjame ver tu carnet. Me
alegro
de que lady Windermere haya resucitado los carnets. Son la
única
vanguardia de las madres. ¡Tontuela! (Tachando dos nombres.)
¡A
qué muchacha bonita se le ocurre bailar con unos chicos tan
jóvenes!
Los últimos valses podrías pasarlos en la terraza con míster
Hopper.
(Entran
MÍSTER DUMBY y LADY PLYMDALE, viniendo del salón
de
baile.)
AGATHA.-
Bueno, mamá.
DUQUESA.-
(Abanicándose.) ¡Hace allí un fresco tan agradable!
PARKER.- (Anunciando.) Mistress Cowper
- Cowper, lady Stutfield,
sir Jaime Royston, míster Guy
Berkeley. (Van entrando a medida que
se
los anuncia.)
DUMBY.-
Buenas noches, lady Stutfield. Supongo que éste será el
último
baile de la temporada...
LADY
STUTFIELD.- Yo también lo supongo, míster Dumby. Una
temporada
deliciosa, ¿verdad?
DUMBY.-
iDeliciosísima! ¡Buenas noches, duquesa! Supongo que
éste
será el último baile de la temporada...
DUQUESA.-
Yo también supongo. Qué temporada tan aburrida,
¿verdad?
DUMBY.-
¡Aburridísima! ¡Aburridísima!
COWPER.-
¡Buenas noches, míster Dumby! Supongo que éste será el
último
baile de la temporada.
DUMBY.
- ¡Oh!, no creo. Probablemente habrá dos más. (Se dirige
hacia
LADY PLYMDALE.)
PARKER.- (Anunciando.) Míster Rufford,
Lady Jebburgh y miss
Graham.
¡Míster Hopper! (Van entrando a medida que se los
anuncia.)
HOPPER.-
¿Cómo está usted, Lady Windermere? ¿Cómo está usted,
duquesa?
(Se inclina ante AGATHA.)
DUQUESA.
- ¡Querido míster Hopper! ¡Qué amable en haber venido
tan
temprano! Todos sabemos lo solicitado que es usted en Londres.
HOPPER.-
¡Londres, magnífica ciudad! ¡Aquí no son tan
exclusivistas
como en Sydney!
DUQUESA.-
¡Ah! Nosotros sabemos lo que usted vale, míster
Hopper.
¡Ojalá hubiese muchos hombres como usted! ¡Cuánto más
agradable
y más fácil sería la vida! Sabe usted, míster Hopper, Agatha
y
yo estamos interesadísimas por la Australia. Debe de ser preciosa;
con
todos aquellos canguros corriendo por todos lados. Agatha la ha
encontrado
en el mapa. ¡Qué forma tan curiosa tiene! Lo mismo, lo
mismo
que un gran paquete. Sin embargo, es un país muy joven,
¿verdad?
HOPPER.-
Pero, ¿no fue hecho al mismo tiempo que los demás,
duquesa?
DUQUESA.-
¡Bromista! ¡Cuánto ingenio tiene usted, míster Hopper!
Un
ingenio completamente peculiar. Bueno; no le detenemos más.
HOPPER.-
Pero yo querría bailar con lady Agatha, duquesa.
DUQUESA.-
No sé si le quedará libre algún baile. ¿Te queda libre
algún
baile, Agatha?
AGATHA.-
Sí, Mamá.
DUQUESA.-
¿El próximo?
AGATHA.-
Sí, mamá.
Hopper.-
¿Podría entonces tener el honor... (LADY AGATHA se
inclina
afirmativamente.)
DUQUESA.-
¡Que cuide usted bien de mi pequeña parlanchina,
míster
Hopper!
(LADY
AGATHA y MÍSTER HOPPER entran en la sala de baile.
Entra
LORD WINDERMERE.)
LORD
WINDERME RE. - Margarita, tengo necesidad de hablarte.
LADY
WINDERMERE. - Dentro de un instante. (Cesa la música.)
PARKER.
- (Anunciando.) ¡Lord Augusto Lorton!
AUGUSTO.
- ¡Buenas noches, lady Windermere!
DUQUESA.-
Sir Jaime, ¿quiere usted conducirme al salón de baile?
Augusto
ha estado hoy cenando con nosotros y ya es bastante Augusto
por
esta noche. (SIR JAIME ROYSTON da el brazo a la DUQUESA
y
la escolta hasta el salón de baile.)
PARKER.-
(Anunciando.) Míster y mistress Arturo Bowden. Lord y
lady Paisley. Lord Darlington.
(Van
entrando a medida que se los anuncia.)
AUGUSTO.-
(Acercándose a LORD WINDERMERE.) Necesito
hablar
contigo en particular, hijo mío. Estoy hecho una sombra. Sí, ya
sé
que lo parezco. Pero nadie es realmente lo que parece. Lo que yo
necesito
saber es: ¿quién es ella? ¿De dónde sale? ¿Por qué demonios
no
tiene ningún condenado pariente? ¡Malditos parientes! ¡Lástima
que
le den a uno cierta respetabilidad!
LORD
WINDERMERE.- ¿Te refieres a mistress Erlynne, supongo?
Y,
¿qué sé yo? Hace seis meses nada más que la conozco. Hasta
entonces,
ni siquiera sabía que existiese.
AUGUSTO.-
Pero desde entonces acá me parece que la has conocido
bastante,
¿eh?
LORD
WINDERMERE.- (Fríamente.) Sí, la he visto bastante.
Precisamente
ahora vengo de verla.
AUGUSTO.
- ¡Ay! No te puedes figurar cómo la detestan las mujeres.
Esta
noche he estado cenando con Arabela. ¡Por Júpiter! Me gustaría
que
hubieses oído lo que dijo de mistress Erlynne. ¡Buena la puso!...
La
verdad, hijo mío, que no sé qué hacer con mistress Erlynne. Me
trata
con una indiferencia que ni que estuviéramos casados. Eso sí, es
más
lista que una ardilla. Lo explica todo. ¡Con decirte que te explica
a
ti! Sí, sobre ti tiene un montón de explicaciones... Y todas distintas.
LORD
WINDERMERE.- Mi amistad con mistress Erlynne no
necesita
ninguna explicación.
AUGUSTO.
- ¡Jem!... Bueno; oye, hablando de otra cosa: ¿crees tú
que
mistress Erlynne conseguirá alguna vez entrar en esa condenada
cosa
que llaman sociedad? ¿La presentarías tú a tu mujer? Sin rodeos,
¿la
presentarías tú?
LORD
WINDERMERE.- Mistress Erlynne va a venir aquí esta
noche.
AUGUSTO.-
¿Tu mujer le ha enviado una invitación?
LORD
WINDERMERE.- Mistress Erlynne ha recibido una
invitación.
AUGUSTO.-
¡Magnífico, querido! ¿Por qué no lo dijiste antes? Me
habría
evitado una porción de cavilaciones.
(LADY
AGATHA Y MISTER HOPPER cruzan la escena, y salen a
la
terraza.)
PARKER.
- (Anunciando.) Míster Cecilio Graham
CECILIO.-
(Después de inclinarse ante LADY WINDERMERE.)
Buenas
noches, Arturo. ¿Por qué no me pregunta cómo estoy? Me
encanta
que la gente me pregunte cómo estoy y se interese por mi
salud.
Esta noche no me siento completamente bien. He comido con la
familia.
¿Por qué serán siempre tan aburridos los parientes? Figúrate
que
mi padre se puso a hablar de moral en la sobremesa. Yo le dije
que
ya tenía suficiente edad para hablar de algo más interesante.
¡Hola,
Tuppy! (A AUGUSTO.) Me han dicho que ya estarías cansado
del
juego.
AUGUSTO.
- ¡Qué frívolo eres, querido, qué frívolo!
CECILIO.-
Lo que quieras. Pero dime: ¿estuviste dos veces casado y
una
divorciado, o dos veces divorciado y una casado? Yo más bien me
inclino
a creer lo último.
AUGUSTO.-
Tengo una memoria pésima. Realmente, no me
acuerdo.
(Se aleja hacia la derecha.)
LADY
PLYMDALE.- Lord Windermere, quiero preguntarle a usted
una
cosa.
LORD
WINDERMERE. - Perdón... Dentro de un momento soy con
usted.
Ahora tengo que hablar mi mujer.
LADY
PLYMDALE. - ¡No se le ocurra a usted semejante cosa! Hoy
día
es sumamente peligroso para un marido estar cariñoso con su
mujer
en público. Hace siempre pensar que le pega cuando están
solos.
¡La gente se ha vuelto tan escéptica! Pero bueno; ya se lo diré a
usted
en la mesa. (LADY PLYMDALE se dirige hacia el salón de
baile.)
LORD
WINDERMERE.- (Acercándose a su mujer.) ¡Margarita!
Necesito
hablarte.
LADY
WINDERMERE. - ¿Quiere usted tenerme el abanico, lord
Darlington?
Gracias. (Apartándose un poco con LORD
WINDERMERE.)
LORD
WINDERMERE. - Margarita, no pensarás ya lo que dijiste
antes,
¿verdad?
LADY
WINDERMERE.- ¿ Esa mujer vendrá aquí esta noche?
LORD
WINDERMERE.- Sí, mistress Erlynne vendrá; pero piensa
que
si la insultas, si promueves algún escándalo, a ambos, a ti y a mí,
nos
cubrirá de dolor y de vergüenza. ¡Recuerda lo que te digo! ¡Ah,
Margarita!,
¿por qué no fías en mí? ¡Una mujer debe tener siempre
confianza
en su marido!
LADY
WINDERMERE. - Londres está lleno de mujeres que tienen
confianza
en sus maridos. Es muy fácil reconocerlas. Todas tienen la
cara
muy triste. Yo no quiero ser una de ellas. (Separándose de él.)
Lord
Darlington, ¿quiere usted devolverme mi abanico? ¡Gracias! Un
abanico
es a veces muy útil, ¿verdad? Tengo necesidad de un
verdadero
amigo esta noche, lord Darlington. No sabía que lo iba a
necesitar
tan pronto.
LORD
DARLINGTON.- Yo sí tenía la seguridad de que ese día no
tardaría
en llegar. Pero ¿por qué precisamente esta noche, lady
Windermere?
LORD
WINDERMERE. - (Aparte.) Sí, se lo diré... No hay más
remedio...
Sería terrible un escándalo... ¡Margarita!
PARKER.-
(Anunciando.)
¡Mistress
Erlynne!
(LORD
WINDERMERE
se estremece. Entra MISTRESS ERLYNNE, muy
digna
y muy elegante. LADY WINDERMERE, aprieta
convulsivamente
el abanico, y luego lo deja caer sobre la alfombra.
Hace
una reverencia glacial a MISTRESS ERLYNNE, que se
inclina,
a su vez, con mucha gentileza, y avanza por el salón.)
LORD
DARLINGTON.- Ha dejado usted caer el abanico, lady
Windermere.
(Lo recoge del suelo y se lo tiende.)
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Cómo sigue usted, lord Windermere? ¡Qué
preciosa
está su mujer! ¡Un verdadero cuadro!
LORD
WINDERMERE.- (En voz baja.) ¡Ha sido una temeridad de
usted
el venir!
MISTRESS
ERLYNNE.- (Sonriendo.) Lo más sensato que he hecho
en
toda mi vida. ¡Ah!, no va, usted a dejarme sola mucho tiempo esta
noche.
Me dan un miedo terrible las mujeres. Debe usted presentarme
a
alguna. Con los hombres sé yo arreglármelas. ¿Qué tal, lord
Augusto?
Me ha tenido usted muy olvidada estos últimos tiempos.
Desde
ayer que no he visto a usted, ¿a que ya me es usted infiel. Sí, sí,
me
lo han contado.
AUGUSTO.-
Verá usted, mistress Erlynne. Yo explicaré a usted...,
MISTRESS
ERLYNNE.- No, no, mi querido lord Augusto; usted no
es
capaz de explicar nada. Es su principal encanto.
AUGUSTO.-
¡Ah, desde el momento que me encuentra usted algún
encanto,
mistress Erlynne (Siguen conversando juntos. LORD
WINDERMERE
va de un lado a otro por el salón, presa de cierto
malestar, observando a MISTRESS
ERLYNNE.)
LORD DARLINGTON.- (A LADY WINDERMERE.)
¡Qué
pálida se
ha
puesto usted!
LADY
WINDERMERE.- ¡Todos los cobardes se ponen pálidos!
LORD
DARLINGTON.- Parece como si se sintiera usted mal.
¿Quiere
usted que salgamos a la terraza?
LADY WINDERMERE.- ¡Bueno! (A PARKER.) ¡Parker,
que me
envíen
mi capa a la terraza!
MISTRESS
ERLYNNE.-
(Dirigiéndose
hacia
LADY
WINDERMERE.)
¡Qué artísticamente iluminada está su terraza, lady
Windermere!
Me recuerda la del príncipe Doria, en Roma. (LADY
WINDERMERE
se inclina fríamente, y sale con LORD
DARLINGTON.)
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Ah! ¿Es usted, míster Graham? ¿Qué tal?
¿No
es ésa su tía, lady Jedburgh? Me gustaría conocerla.
GRAHAM.-
(Después de un momento de vacilación y de embarazo.)
¡Oh,
con mucho gusto! ¡Tía Carolina, permítame usted que le presente
a mistress Erlynne!
MISTRESS ERLYNNE.- ¡Encantada
de conocerla, lady Jedburgh!
(Sentándose
en el sofá junto a ella.) Su sobrino y yo somos grandes
amigos.
A mí me interesa muchísimo su carrera política. Estoy segura
de
que ha de llegar adonde se proponga. Piensa como un conservador,
y
habla como un radical; cosa tan importante hoy día. Además, ¡habla
tan
bien! Es uno de los causeurs más deliciosos que he conocido.
Claro
que tiene de quien sacarlo. Ayer mismo me decía lord
Allandale,
en el Parque, que míster Graham habla casi tan bien como
su
tía.
LADY
JEDBURGH.- ¡Oh, es usted muy amable, amiga mía!
(MISTRESS
ERLYNNE sonríe y continúa la conversación.)
DUMBY.-
(A GRAHAM.) Pero ¿has presentado a mistress Erlynne a
tu
tía?
GRAHAM.-
¿Y qué hacer, querido? No tuve más remedio. Esa mujer
consigue
todo lo que se propone. ¿Cómo? ¡No lo sé!
DUMBY.-
Espero que no se le ocurrirá venir a hablarme. (Se acerca
a
LADY PLYMDALE.)
MISTRESS ERLYNNE.- (A LADY BILSTON.) ¿El
jueves?
¡Encantada!
(Se levanta y habla aparte con LORD WINDERMERE,
riendo.)
¡Qué fastidio tener que estar amable con estas ancianas!
¡Pero,
en fin, resignación!
LADY
PLYMDALE.- (A MÍSTER DUMBY.) ¿Quién es esa señora
tan
bien vestida que está hablando con Windermere?
DUMBY.-
¡No tengo la menor idea! Parece una edición de lujo de
una
de esas perversas novelas francesas para la exportación.
MISTRESS
ERLYNNE.- Mire usted allí al pobre, Dumby, acaparado
por
lady Plymdale. Me han dicho que es horriblemente celosa. Él
parece
tener ni un pocas ganas de hablar conmigo esta noche.
Supongo
que tendrá miedo de ella. Esas mujeres de cabellos pajizos
suelen
tener un carácter tremendo. Bueno; ¿quiere usted que demos
una
vuelta de vals por el salón? (LORD WINDERMERE se muerde
los
labios y frunce el ceño.) Así, lord Augusto rabiará de celo ¡Lord
Augusto!
(Se acerca LORD AUGUSTO.) Lord Windermere se
empeña
en bailar conmigo el primero, y como está en su casa, no
puedo
decirle que no. Usted sabe que yo bailaría con usted de mucha
mejor
gana.
AUGUSTO.-
(Inclinándose.) ¡Ojalá fuera eso cierto, mistress
Erlynne!
MISTRESS
ERLYNNE.- De sobra lo sabe usted. Usted es un hombre
con
el que se podría bailar a través de la vida casi sin sentir.
AUGUSTO.-
(Poniéndose la mano sobre la pechera.) ¡Oh, gracias,
gracias!
¡Es usted la más adorable de las mujeres!
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Delicioso discurso! ¡Tan sencillo y tan
sincero!
Así deberían ser todos los discursos. Bueno; téngame usted el
ramo
mientras tanto. (Se dirige hacia el salón de baile, del brazo de
LORD WINDERMERE.) ¡Hola, míster Dumby!
¿Cómo
está usted?
¡Cuánto
siento no haber estado en casa las tres últimas veces que fue
usted!
Venga a comer el viernes.
DUMBY.-
(Con gran mirada.) ¡Encantado! (LADY PLYMDALE le
lanza
una mirada de indignación. LORD AUGUSTO sigue a
MISTRESS
ERLYNNE y LORD WINDERMERE al salón de baile,
con
el ramo en la mano)
LADY PLYMDALE.- (A MÍSTER DUMBY.) ¡Embustero!
¡No se le
puede
a usted creer una palabra! ¿Por qué me dijo que no la conocía?
¿Qué
significan esas tres visitas de que hablaba? Supongo que no
tendrá
usted la desfachatez de ir a comer allí el viernes, ¿eh?
DUMBY.-
¡Pero, mi querida Laura, ni que decir tiene!
LADY
PLYMDALE. - ¡Todavía no me ha dicho usted cómo se
llama!
¿Quién es?
DUMBY.-
(Tosiendo ligeramente y pasándose la mano por la
cabeza.)
Una tal mistress Erlynne.
LADY
PLYMDALIE.- ¿Esa mujer?...
DUMBY.-
Sí; así la llama todo el mundo.
LADY
PLYMDALE.- ¡Qué interesante! Tengo que fijarme mejor.
(Yendo
a la puerta del salón de baile y mirando hacia adentro.)
Cuentan
de ella una porción de horrores. Dicen que está arruinando al pobre Windermere.
¿Y lady Windermere, que pasa por tan mojigata,
la
invita? ¡Qué divertido! No hay como una mujer buena para hacer
tonterías.
El viernes irá a comer a su casa.
DUMBY.-
¿Yo? ¿Por qué?
LADY
PLYMDALE. - Porque quiero que lleve a mi marido. En estos
tiempos
está tan solícito conmigo que no sé ya qué hacer para que me
deje
en paz. Una mujer así, que le distraiga, es lo que le está haciendo
falta.
Usted no sabe lo útiles que son estas mujeres. Como que son la
verdadera
base de los demás matrimonios.
DUMBY.
- ¡Es usted un enigma!
LADY
PLYMDALE.- (Mirándole.) ¡Ojalá lo fuese usted también!
DUMBY.-
Y lo soy.... para mí, por lo menos. Soy la única persona en
el
mundo que me gustaría conocer a fondo; pero hasta ahora, no veo la
probabilidad
de conseguirlo. (Entran en el salón de baile, en el
momento
en que LADY WINDERMERE y LORD DARLINGTON
vuelven
de la terraza.)
LADY
WINDERMERE.- Sí; su venida aquí es monstruosa,
intolerable.
Ahora comprendo lo que quería usted decirme esta tarde.
¿Por
qué no me hablo usted francamente? ¡Era su deber!
LORD
DARLINGTON. - ¡No podía! Un hombre no puede contar
estas
cosas de otro hombre. Pero si yo hubiese sabido que iba a obligar
a
usted a que invítase a esa mujer, quizá lo habría hecho. Este insulto:
por
lo menos, lo hubiera usted evitado.
LADY
WINDERMERE.- Yo no la he invitado. Fu él quien se
empeñó
en que viniera..., a pesar de mi amenazas..., a pesar de mis
órdenes...
¡Ah!, siento como si esta casa estuviese ya mancillada para
siempre;
como si todas las mujeres que me rodean hiciesen burla de
mí
al verla bailar con mi marido... ¿Qué he hecho yo para merecer
esto?
Yo le entregué mi vida entera... Él la tomó... y la perdió... ¡Me
siento
degradada ante mis mismos ojos! Y me falta el valor... Y me
siento
cobarde... (Siéntase en el sofá.)
LORD
DARLINGTON.- Y yo la conozco a usted mal, o usted no es
capaz
de seguir viviendo con un hombre que la trata a usted así. ¿Qué
vida
sería la de usted a su lado? ¿No pensaría usted, acaso, que todo lo
que
decía era mentira? Sí, su misma mirada le parecería a usted falsa,
y
falsa su voz, y falsas sus caricias, y falso su amor. Él vendría a usted
cuando
estuviese cansado de las otras; y usted tendría que consolarlo.
Vendría
a usted cuando no estuviese consagrado a las otras; y usted
tendría
que hacerle la vida agradable. Tendría usted que ser la careta
de
su vida real, el manto que tapase su secreto.
LADY
WINDERMERE.- Tiene usted razón.... una terrible razón...
Pero
¿adónde volverme? Usted dije que quería ser para mí un
verdadero
amigo, Lord Darlington... Dígame usted: ¿qué debo hacer?
Sea
usted mi amigo en este momento.
LORD
DARLINGTON.- Entre un hombre y una mujer no hay
amistad
posible. Hay amor, odio, pasión, pero no amistad. Yo la
quiero
a usted...
LADY
WINDERMERE.- (Poniéndose en pie) ¡No, no!
LORD
DARLINGTON.- ¡Sí, yo la quiero a usted! Usted es más para
mí
que el mundo entero. ¿Qué le da a usted su marido? ¡Nada! Todo
lo
que hay en él, él lo da a esa miserable mujer, que se ha atrevido a
presentar
a usted, a traer a su casa, para humillarla a usted delante de
todo
el mundo. Yo la ofrezco a usted mi vida...
LADY WINDERMERE.- ¡Lord Darlington!
LORD DARLINGTON.- Mi
vida..., mi vida entera. Tómela usted;
haga
con ella lo que se le antoje... Yo la quiero a usted..., la quiero
como
no he querido nunca nada en el mundo. ¡Desde el momento en
que
la conocí a usted, la he querido ciegamente, locamente! Usted se
dio
cuenta entonces... Ahora, ya lo sabe usted. Salga usted hoy mismo
de
esta casa. Yo no le diré a usted que el mundo no importa, ni el qué
dirán.
No; importa mucho. Importan demasiado. Pero hay momentos
en
que es preciso escoger entre vivir la vida propia de uno
plenamente,
hondamente, a arrastrar una de esas existencias falsas,
superficiales,
degradantes, que el mundo en su hipocresía exige. Ese
momento
se le ha presentado a usted ahora. ¡Elija!
LADY
WINDERMERE. - (Apartándose lentamente de él y
mirándole
con ojos medrosos.) No me atrevo...
LORD
DARLINGTON. - (Siguiéndola.) Sí; es preciso que usted se
atreva...
Serán seis meses de dolor, de desesperación acaso; pero
cuando,
en vez de su nombre, lleve usted el mío, todo cambiará.
Tenga
usted valor. Margarita, amor mío... ¡Reflexione usted! ¿Qué es
usted
ahora? Esa mujer ocupa el sitio que pertenece por derecho
propio
a usted. ¡Oh, salga, salga usted de esta casa, alta la cabeza, con
la
sonrisa en los labios! Todo Londres sabrá por qué lo hizo usted; y
¿quién
se atrevería a censurarla? ¡Nadie! Y si lo hacen, ¿qué importa?
¿Que
está mal? ¿Qué es lo que está mal? Mal está que un marido
abandone
a su mujer por otra, indigna y sin pudor. Mal está que una
mujer
permanezca con el hombre que la deshonra. Usted decía antes
que
nunca transigiría. Pues bien, ¡no transija usted ahora! ¡Valor!
¡Atrévase
a ser usted misma!
LADY
WINDERMERE.- Me da miedo ser yo misma... ¡Déjeme
usted
reflexionar! ¡Aguardemos! ¡Mi marido puede volver a mí! (Se
sienta
de nuevo en el sofá.)
LORD
DARLINGTON.- ¿Y usted lo recibiría? No es usted entonces
la
mujer que yo creía. Es usted como todas. Dispuesta a soportarlo
todo
antes que arrostrar la censura de un mundo cuya alabanza usted
misma
desprecia. No pasará una semana sin que se la vea a usted
paseando
por el Parque en compañía de esa mujer. Será la amiga más
íntima
de usted, su inseparable. Usted lo soportará todo antes que cor-
tar
de un golpe ese nudo monstruoso. Decía usted bien: es usted muy
cobarde.
LADY
WINDERMERE.- ¡Ah, deme usted tiempo de pensar! No me
es
posible contestarle ahora. (Se pasa febrilmente la mano por la
frente.)
LORD
DARLINGTON.- Tiene que ser ahora o nunca.
LADY
WINDERMERE.- (Levantándose del sofá.) Entonces...
¡nunca!
LORD
DARLINGTON.- ¡Me destroza usted el corazón!
LADY
WINDERMERE.- ¡El mío ya está destrozado!
LORD
DARLINGTON.- Mañana saldré de Inglaterra. Esta es la
última
vez que la veo a usted. No volveremos a encontrarnos nunca.
Durante
un instante nuestras vidas se han cruzado, nuestras almas se
han
tocado. Ya no volverán a cruzarse nunca... Adiós, Margarita.
(Sale.)
LADY
WINDERMERE.- ¡Qué sola estoy en la vida! ¡Qué
espantosamente
sola! (Cesa la música. Entran la DUQUESA DE
BERWICK
y LORD PAISLEY, hablando y riendo. Salen otros
invitados
del salón de baile.)
DUQUESA.
- Querida Margarita, acabo de tener una conversación
deliciosa
con mistress Erlynne. Siento mucho haberla dicho a usted lo
que
la dije esta tarde. Por otra parte, no cabe duda que debe de ser una
persona
bien desde el momento en que usted la invita. Es muy
simpática
y muy sensata, al parecer. Me ha dicho que no aprueba que
nadie
se case por segunda vez; así que ya me siento tranquila por el
pobre
Augusto. No sé por qué la gente habla tan mal de ella. Culpa,
sin
duda, de esas horrendas sobrinas mías - las chicas de Saville-, que
están
siempre trayendo y llevando chismes. Sin embargo, yo que usted
me
iría una temporadita fuera. Por si acaso. Es demasiado atractiva.
Pero
¿dónde está Agatha? ¡Ah!... allí viene. (Entran de la terraza
LADY AGATHA y MÍSTER HOPPER.) Estoy muy
enfadada con
usted,
míster Hopper, ¿Por qué, con lo delicada que es, se la ha
llevado
usted a la terraza?
HOPPER.
- ¡Cuánto lo siento, duquesa! No salimos más que por un
momento;
pero hablando hablando se nos paso el tiempo.
DUQUESA.-
¡Ah, hablando! ¿Sin duda de la querida Australia?
HOPPER.
- ¡Exacto!
DUQUESA.
- ¡Agatha, querida! (Llamándola aparte.)
AGATHA.-
¿Qué, mamá?
DUQUESA.
- ¿ Qué?... ¿Al fin, míster Hopper?...
AGATHA.-
Sí, mamá.
DUQUESA.-
¿Y tú, le has contestado, mi alma?
AGATHA.-
Que sí, mamá.
DUQUESA.-
(Muy afectuosamente.) ¡A encanto! Tú siempre
oportuna.
¡Míster Hopper! ¡Jaime! Agatha acaba de contármelo todo.
¡Qué
bien han guardado ustedes el secreto!
HOPPER.-
¿Entonces, no se opone usted a que me lleve a Agatha a
Australia,
duquesa?
DUQUESA.-
(Con gran indignación.) ¿A Australia? ¡Oh, no me
hable
usted de ese horrendo país!
HOPPER.-
Pues ella me ha dicho que le gustaría ir allí conmigo.
DUQUESA.-
(Severamente.) ¿Tú has dicho eso, Agatha?
AGATHA.-
Sí, mamá.
DUQUESA.-
Tú siempre diciendo tonterías, Agatha. La plaza de
Grosvenor
me parece un sitio mucho más sano para vivir. Ya sé que
hay
una porción de gente desagradable que vive en la plaza de
Grosvenor;
pero siquiera no son esos horribles canguros corriendo por
todos
los lados. Pero bueno; ya hablaremos de esto mañana. Venga
usted
a almorzar a casa, como es natural. A la una y media, en lugar
de
a las dos. Creo que el duque querrá hablar un rato con usted.
HOPPER.-
Yo también me alegraré de hablar con el duque, duquesa.
Todavía
no me ha dicho una sola palabra.
DUQUESA.-
Pues mañana ya verá usted cómo tiene una porción que
decirle.
(Salen AGATHA y MÍSTER HOPPER.) Y ahora, buenas
noches,
Margarita. Nada, la historia de siempre: el amor...
LADY
WINDERMERE.- ¡Buenas noches, duquesa!
(Salen
la DUQUESA DE BERWICK y LORD PAISLEY, del brazo.)
LADY
PLYMDALE.- ¡Mi querida Margarita, qué mujer tan preciosa
ésa
con que bailaba su marido! Yo, en lugar de usted, me sentiría
celosa.
¿Es amiga de usted?
LADY WINDERMERE.- No.
LADY PLYMDALE.- ¿ De
veras? Buenas noches, querida. (Dirige
una
mirada a MÍSTER DUMBY, y sale.)
DUMBY.-
¡Qué modales tan ordinarios tiene ese Hopper!
GRAHAM.-
¡Ah!, es un gentleman de la Naturaleza. El tipo más d
desagradable
de gentleman que conozco.
DUMBY.-
¡Qué mujer tan sensata lady Windermere! ¿Eh? ¡Cuántas,
en
su caso, se hubiera opuesto a recibir a mistress Erlynne! Eso prueba
que
lady Windermere tiene esa cosa tan poco corriente que se llama
sentido
común.
GRAHAM.-
Y que Windermere sabe que nada se parece tanto a la
inocencia
como la prudencia.
DUMBY.-
¡Sí; el querido Windermere se está volviendo casi
moderno!
¡Quién lo hubiera creído! (Saludan a LADY
WINDERMERE,
y salen.)
LADY
JEDBURGH.- ¡Buenas noches, lady Windermere! ¡Qué mujer
tan
seductora esa mistress Erlynne! El jueves vendrá a comer a casa.
¿Quiere
usted venir también? Espero al obispo y a lady Merton.
LADY
WINDERMERE.- Lo siento mucho, lady Jedburgh; pero estoy
comprometida.
LADY
JEDBURGH.- Yo también lo siento. ¡Otro día será! ¡Vamos,
querido!
(Salen
LADY JEDBURGH y MÍSTER GRAHAM. Entran
MISTRESS ERLYNNE y LORD WINDERMERE.)
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Ha sido una fiesta deliciosa! Me ha
recordado
tiempos pasados. (Se sienta en el sofá.) Y he visto que sigue
habiendo
en sociedad tantos tontos como antes. ¡Qué agradable ver
que
nada ha cambiado! Excepto Margarita. Se ha puesto preciosa. La
última
vez que la vi, hace veinte años, era un esperpento vestido de
franela;
un verdadero esperpento, se lo aseguro a usted... Bueno; ¿no
sabe
usted que es muy posible que llegue a ser cuñada de la duquesa?
LORD
WINDERMEPE.- (Sentándose a la izquierda de ella.) ¡Cómo!
¿Pero?...
(Salen
GRAHAM y el resto de los invitados. LADY WINDERMERE
observa
con una mirada de sarcasmo y de tristeza a MISTRESS
ERLYNNE
y su marido. Ninguno de los dos se ha dado cuenta de la
presencia
de ella.)
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Naturalmente! Mañana, a mediodía,
vendrá
a casa. Él quería hacer su declaración esta noche. Y, en
realidad,
no ha hecho otra cosa. Usted sabe lo que el pobre Augusto se
repite.
¡Una pésima costumbre! Pero yo le he dicho que hasta mañana
no
podré contestarle. Claro que le diré que sí. Y me atrevo a asegurar
que
seré una esposa perfecta. Todo lo perfecta que puede ser una
esposa.
Además, lord Augusto tiene también sus cualidades. Y,
afortunadamente,
todas en la superficie; como deben estar siempre las
buenas
cualidades. Espero, como es natural, que usted me ayudará en
este
asunto.
LORD
WINDERMERE. - ¿Supongo que no querrá usted que yo me encargue de alentar a lord
Augusto?
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Oh, no! Para alentarle me basto yo. Pero usted me asegurará una
pequeña posición, ¿verdad, Windermere?
LORD
WINDERMERE.- (Frunciendo el ceño.) ¿Es de eso de lo que quería usted hablarme
esta noche?
MISTRESS
ERLYNNE. - Precisamente.
LORD
WINDERMERE. - (Con un gesto de impaciencia.) No me
parece
oportuno aquí.
MISTRESS
ERLYNNE. - (Riendo.) Vayamos entonces a la terraza.
Hasta
los negocios requieren un fondo pintoresco, ¿no le parece a
usted,
Windermere? Con un fondo apropiado, una mujer puede per-
mitírselo
todo.
LORD
WINDERMERE.- ¿Y no sería lo mismo mañana?
MISTRESS
ERLYNNE.- No; mañana tengo que contestar a lord
Augusto.
Y creo que no estaría mal que le dijese que contaba... ¿Qué
cantidad
le parece a usted?... ¿Dos mil libras al año? Herencia de un primo tercero...,
o un segundo marido..., o cualquier otro pariente
lejano
por el estilo, ¿No cree usted que sería un atractivo más? A ver, se le presenta
a usted una deliciosa ocasión de decirme un cumplido.
Pero
no; no tiene usted disposición para los cumplidos. Sin duda
Margarita
le tiene a usted muy mal acostumbrado. Y hace mal.
Cuando
los hombres dejan de decir cosas agradables, dejan también de pensarlas. Bueno;
volviendo a lo que hablábamos, ¿le parece a usted
dos
mil libras? O mejor, dos mil quinientas. En la vida moderna hay que contar con
los extraordinarios. ¿No encuentra usted, Windermere, que el mundo es una cosa
muy divertida? Yo sí lo encuentro. (Salen ambos a la terraza. Vuelve a dejarse
oír la música.)
LADY
WINDERMERE.- ¡No es posible continuar en esta casa, no es posible!... Esta
noche, un hombre que me quiere me ofreció su vida; y yo la rehusé. ¡Fue una
locura!... ¡Ah! ¡Yo le ofreceré ahora la mía!
¡Yo
le daré la mía! (Se pone la capa y se dirige hacia la puerta.
Luego
vuelve atrás, se sienta en una mesita y escribe una carta, que
deja,
bajo sobre, encima de la mesa.) Arturo nunca me ha
comprendido.
Cuando lea esto me comprenderá. Que haga lo que
guste
de su vida. Yo hago con la mía lo que puedo; lo que debo. Él es quien ha roto
el lazo del matrimonio... No yo. Yo sólo rompo su
esclavitud.
(Sale.)
(Entra
PARKER por la izquierda, cruzando la escena en dirección al salón de baile.
Entra MISTRESS ERLYNNE.)
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Está lady Windermere en el salón de
baile?
PARKER.-
La señora acaba de salir.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿De salir? ¿No está en la terraza ?
PARKER.-
No señora. La señora acaba de salir de casa.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Se estremece y mira al criado con
expresión
de asombro.) ¿De la casa?
PARKER.-
Sí, señora. Me ha dicho que había dejado una carta para
el
señor sobre la mesa.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Una carta para lord Windermere?
PARKER.-
Sí, señora.
MISTRESS ERLYNNE. - ¡Gracias! (Sale
PARKER. Cesa
la música
en
el salón de baile.) ¡Salido de la casa! ¡Una carta para su marido!
(Se
dirige a la mesa y mira la carta, la coge y vuelve a dejarla, con
un
estremecimiento de espanto.) ¡No! ¡No! ¡Imposible! ¡La vida no
repite
así sus tragedias! ¿Cómo puede habérseme ocurrido semejante
absurdo?
¿Por qué me viene ahora a la memoria el único momento de mi vida que querría
olvidar? ¿Sería posible que la vida repitiese sus tragedias? (Abre el sobre y
lee la carta. Enseguida se desploma en un sillón con un gesto de agonía.)
¡Horrible! ¡Horrible! ¡Las mismas palabras que hace veinte años escribí yo a su
padre! ¡Y qué duramente he sido castigada por ellas! ¡Ah, no; mi castigo, mi
verdadero castigo empieza esta noche, ahora!
(Entra
LORD WINDERMERE.)
LORD
WINDERMER.E.- ¿Se ha despedido usted ya de Margarita?
MISTRESS
ERLYNNE.- (Estrujando la carta para ocultarla.) Sí.
LORD
WINDERMERE. - ¿Dónde está?
MISTRESS
ERLYNNE.- Está muy cansada... Se ha ido a descansar...
Dijo
que le dolía un poco la cabeza.
LORD
WINDERMERE.- Voy a verla. Con su permiso...
MISTRESS
ERLYNNE. - (Poniéndose en pie precipitadamente.)
¡Oh,
no, no es nada! Un poco de cansancio, simplemente. Además,
todavía
quedan invitados en el comedor. Tiene usted que disculparla.
Dijo
que deseaba que no la molestasen. (Se le cae la carta.) Me
encargó
se lo dijese a usted.
LORD
WINDERMERE. - (Recogiendo la carta.) Se le ha caído a
usted
una cosa.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Ah, sí, gracias, es mía! (Extendiendo la
mano
para cogerla.)
LORD
WINDERMERE. - (Mirando todavía la carta.)
¿Pero
no es ésta letra de mi mujer?
MISTRESS
ERLYNNE.- (Apoderándose de la carta rápidamente.)
Sí....
es... una dirección. ¿Quiere usted decir que avisen a mi coche?
LORD
WINDERMIERE. - ¡Con mucho gusto! (Sale.)
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Gracias! ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Siento despertarse dentro de mí un
sentimiento que yo no conocía. ¿Qué quiere decir esto?... No; la hija no debe
ser como la madre; no lo será... ¡Sería horrible! Pero, ¿cómo salvarla? ¿Cómo
salvar a mi hija?
Un
momento de retraso puede arruinar para siempre su vida. ¿Quién puede saberlo
mejor que yo? Es preciso que Windermere se ausente de casa; sí, es
indispensable... (Se dirige hacia la izquierda.) Pero, ¿cómo conseguirlo? ¡Hay
que hacer algo! ¡Ah!
(Entra
LORD AUGUSTO con el ramo todavía en la mano.)
AUGUSTO.-
¡Amiga mía, me tiene usted con el alma en un hilo!
¿No
podría usted darme ya un respuesta definitiva?
MISTRESS ERLYNNE. - Escúcheme bien,
lord Augusto. Va usted a llevarse a lord Windermere al club inmediatamente,
y tratará usted de retenerlo allí todo el tiempo que le sea posible. ¿Me ha
comprendido usted?
AUGUSTO.-
Pero ¿no decía usted que deseaba verme madrugar?
MISTRESS
ERLYNNE. - (Febrilmente.) ¡Haga usted lo que le digo!
AUGUSTO.-
¿Y qué recompensa?
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Qué recompensa? ¡Oh, pídamela usted
mañana!
Pero, ¡por Dios!, no pierda usted de vista esta noche a
Windermere.
Si le deja usted escapar, no se lo perdonaré en mi vida.
No
volveré a dirigirle la palabra, ni querré saber más de usted. Tenga
usted
presente que es preciso que retenga a Windermere en el club
toda
la noche, y que vuelva a su casa, lo más pronto, al amanecer.
(Sale.)
AUGUSTO.-
Bueno; no sé qué más puedo pedir. Realmente, me trata
ya
como si fuera su marido. ¡No sé qué más puedo pedir! (La sigue
entre
satisfecho y desconcertado.)
TELON
A
C T O T E R C E R O
Habitación
en casa de lord Darlington. Un ancho diván frente a la
chimenea,
a la derecha. Al fondo, una cortina corrida, ocultando el
balcón.
Puertas a izquierda y derecha. Mesa a la derecha, con recado
de
escribir. Velador en el centro, con sifones, vasos y botellas. Velador
a
la izquierda, con cajas de cigarrillos, puros, ceniceros, etc.
Encendidas
las lámparas
LADY
WINDERMERE.- (En pie junto a la chimenea.) ¿Por qué no
vendrá?
¡Esta espera es horrible! ¡Ya debería estar aquí!... ¿Por qué
no
está aquí, para reanimarme con sus palabras de fuego? Me siento
helada...,
helada como un ser sin amor... Ya Arturo, a estas horas,
debe
de haber leído mi carta. Si realmente me quisiera un poco, habría
venido
a buscarme, me hubiera llevado de aquí a la fuerza... Pero ¿qué
soy
ya para él? ¡Menos que nada! Él está encadenado a esa mujer...
Fascinado
por ella.... dominado. Para dominar a un hombre no hay
como
acudir a lo que hay de peor en él. Nosotras hacemos dioses de
los
hombres, y éstos nos abandonan. Otras los hacen sus animales, y
ellos
las acarician y son fieles. ¡Qué repugnante es la vida!... ¡Oh!, fue
una
locura venir aquí, una locura; sin embargo, ¿qué es peor? ¿Estar a
merced
de un hombre que me quiere o ser la mujer de un hombre que
en
mi propia casa me deshonra?... Pero ¿me querrá siempre, acaso,
este
hombre al que voy a entregar mi vida? ¿Qué le doy yo al fin y al
cabo?
Unos labios que han perdido el acento de la alegría, unos ojos
cegados
por las lágrimas, unas manos frías y un corazón helado...
Debo
irme, sí.. No, no puedo irme; mi carta me ha puesto en su poder.
Arturo
no me recibiría... No, lord Darlington sale de Inglaterra
mañana.
Me iré con él... No me queda otro camino. (Cae sentada en
una
silla y queda unos momentos abismada en su meditación. Al fin,
con
un estremecimiento, se levanta y se envuelve de nuevo en su
capa.)
¡No, no! Me vuelvo a casa. Que Arturo haga de mí lo que
quiera.
No puedo aguardar aquí. Fue una locura el venir. ¡Debo irme!
En
cuanto a lord Darlington... ¡Ah!, ¿ahí está? ¿Qué hacer? ¿Qué
decirle?
¿Se opondrá a que me vaya? ¡Qué horror! ¡Oh! (Esconde el
rostro
entre las manos.)
(Entra
MISTRESS ERLYNNE por la izquierda.)
MISTRESS
ERLYNNE.-
¡Lady
Windermere!
(LADY
WINDERMERE
se estremece y levanta los ojos. Luego retrocede,
con
un gesto de desprecio.) ¡Gracias a Dios que he llegado a tiempo!
¡Es
preciso que vuelva usted inmediatamente a casa de su marido!
LADY
WINDERMERE. - ¿Preciso?
MISTRESS
ERLYNNE. - (Autoritariamente.) ¡Sí, preciso! No hay
un
segundo que perder. Lord Darlington puede volver de un momento
a
otro.
LADY
WINDERMERE. - ¡No se acerque usted!
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Ah! Está usted al borde de la ruina. A la
orilla
de un espantoso precipicio. Es preciso que salga usted
inmediatamente
de aquí. Abajo, en la esquina, tengo el coche. Venga
usted
conmigo. (LADY WINDERMERE se despoja de la capa, que
tira
sobre el sofá.) Pero, ¿qué hace usted?
LADY
WINDERMERE.- Mistress Erlynne... Si no llega usted a
venir,
yo sola habría vuelto. Pero ahora que la veo a usted, comprendo
que
por nada del mundo me sería ya posible vivir bajo el mismo techo
que
lord Windermere. ¡Me da usted asco! Hay en usted un no sé qué
que
me llena de ira. Y sé por qué ha venido usted aquí. Mi marido la
envía
para que me convenza de que vuelva a casa y les sirva a ustedes
de
pantalla.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Oh! ¡No es posible que usted piense eso,
no
es posible!
LADY
WINDERMERE.- Vuelva usted a mi marido, mistress
Erlynne.
Suyo es, y no mío... Sin duda, es el escándalo lo que teme,
¿verdad?
¡Qué cobardes son los hombres! Infringen las leyes del
mundo,
y temen luego el qué dirán del mundo. Pero ya puede irse
preparando.
Tendrá escándalo. Un escándalo como hace muchos años
que
no lo ha habido en Londres. Verá su nombre y el mío en los
periódicos
más inmundos.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡No!... ¡No!
LADY WINDERMERE.- ¡Sí! Lo
tendrá... Si hubiera venido él
mismo,
acaso hubiese vuelto a esa vida de degradación que usted y él
me
preparaban... Sí, a punto de volver estaba ya. ¡Pero quedarse él en
casa
y enviarme a usted de embajadora!... ¡Qué infamia!
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Lady Windermere, es usted terriblemente
injusta
conmigo... e injusta también con su marido. El no sabe que
está
usted aquí. Él cree que usted está sana y salva en su casa, dur-
miendo
en su propia alcoba. ¡Él no ha leído la carta insensata que
usted
le ha escrito!
LADY
WINDERMERE.- ¿Qué no la ha leído?
MISTRESS
ERLYNNE.- No... Él no sabe nada.
LADY
WINDERMERE.- ¡Qué inocente me cree usted! (Dirigiéndose
hacia
ella.) ¡Está usted mintiendo!
MISTRESS
ERLYNNE. - (Dando un paso atrás.) No miento. Le
estoy
diciendo a usted la verdad.
LADY
WINDERMERE.- Si mi marido no ha leído mi carta, ¿cómo
es
posible que esté usted aquí? ¿Quién le dijo a usted que yo había
abandonado
la casa donde usted había tenido la desvergüenza de
entrar?
¿Quién le dijo a usted dónde estaba yo? ¿Quién sino mi marido
pudo
ser? (Alejándose de ella.)
MISTRESS
ERLYNNE. - Su marido no ha visto la carta. Yo fui
quien
la vi.... y la abrí.... y la leí.
LADY
WINDERMERE.- ¿Cómo? ¿Usted ha abierto la carta que yo
dejé
para mi marido? ¿Usted se ha atrevido ?...
MISTRESS
ERLYNNE. - ¿Atrevido? ¡Oh! para salvarla a usted del
abismo
en que está a punto de caer, no hay nada en el mundo a que yo
no
me atreviera, ¡nada! Aquí tiene usted la carta. Su marido repito
que
no la ha leído, ni la leerá nunca. (Dirigiéndose a la chimenea.)
¡Nunca
debería haber sido escrita! (La rompe y arroja los pedazos al
fuego.)
LADY
WINDERMERE. - (Con un infinito desprecio en la voz y en
la
mirada.) ¿Y qué me prueba que ésta fuera realmente mi carta?
¡Usted
se figura que se me puede coger en el lazo más burdo!
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Ay! ¿Por qué no cree usted nada de lo que
le
digo? ¿Qué objeto piensa usted que puedo yo tener al venir aquí,
sino
salvarla a usted de la ruina, salvarla de las consecuencias de un
error
funesto? Esa carta que acabo de quemar era la de usted. ¡Se lo
juro!
LADY
WINDERMERE. - Mucha prisa se dio usted a quemarla, antes
de
dejármela ver. No puedo creerla ¿Cómo usted, cuya vida es toda
una
mentira, iba a poder decir alguna vez la verdad?
MISTRESS
ERLYNNE.- Piense usted de mí lo que quiera... Diga
contra
mí lo que se antoje.... per venga usted conmigo. Venga usted a
reunirse
de nuevo con un marido que usted quiere.
LADY
WINDERMERIE.- (Tristemente.) ¡Ya no lo quiero!
MISTRESS
ERLYNNE.- Sí, le quiere usted; y usted sabe que la
adora.
LADY
WINDERMERE.- Él no sabe lo que es el amor. Tan ignorante
está
de él como usted... Pero de sobra veo lo que usted quiere... Sería
para
usted un gran triunfo hacerme volver a casa. ¿Y qué vida sería
entonces
la mía? ¡Vivir a merced de una mujer despiadada y perversa;
una
mujer cuyo contacto es infamante, cuyo conocimiento es
deshonroso;
una mujer que viene a interponerse entre marido y mujer!
MISTRESS
ERLYNNE.- (Con gesto de desesperación.) ¡Lady
Windermere,
lady Windermere, no diga usted esas cosas! ¡Usted no
sabe
lo terribles que son, lo terribles y lo injustas! ¡Escúcheme usted!
¡Es
preciso que me escuche! ¡Vuelva usted junto a su marido, y le
prometo
que de aquí en adelante no tendré ya la menor relación con
él,
ni volveré a verle.... ni intervendré para nada en su vida ni en la de
usted!
El dinero que él me dio, no me lo dio por amor, sino por odio;
no
porque me quisiera, sino porque me despreciaba. La influencia que
yo
tengo sobre él...
LADY
WINDERMERE.- ¡Ah! ¿Luego confiesa usted que tiene
influencia?
MISTRESS
ERLYNNE.- Sí; y voy a decirle a usted cuál es... Es el
amor
que le tiene a usted, lady Windermere.
LADY
WINDERMERE.- ¿ Y se figura usted que voy a creerlo ?
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Debe usted creerlo! Es la verdad. Su amor
a
usted fue lo que hizo que se sometiera a mí... ¡Oh! Llámelo usted
como
quiera: tiranía, amenazas, lo que usted quiera. Sí, su amor a
usted.
Su deseo de evitarle... una vergüenza y un sufrimiento.
LADY
WINDERMERE. - ¿Qué quiere usted decir? ¡Es usted una
insolente!
¿Qué tengo yo que ver con usted?
MISTRESS
ERLYNNE.- (Humildemente.) Nada. Lo sé... Pero yo le
digo
a usted que su marido la quiere..., que jamás podrá usted volver a
encontrar
un amor semejante.... jamás.... y que si renuncia usted a él,
día
llegará en que tenga usted sed de amor y no lo encuentre, en que
mendigue
usted amor y le sea negado... ¡Ah, Arturo la quiere a usted!
LADY
WINDERMERE.- ¿Arturo? ¿Le llama usted Arturo? ¿Y dice
que
no hay nada entre ustedes?
MISTRESS
ERLYNNE.- Lady Windermere, ante el cielo le juro a
usted
que su marido es inocente de toda culpa contra usted... Y yo....
yo
le aseguro a usted que si hubiera podido ocurrírseme que una
sospecha
semejante podía nacer en usted, habría preferido cien veces
morir
que interponerme en su vida... Sí, cien veces.
LADY
WINDERMERE.- Habla usted como si, realmente, tuviese
corazón.
Las mujeres como usted no tienen corazón. Se compran y se
venden.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Se estremece con un gesto de dolor. Luego
se
contiene y dirígese hacia donde está sentada LADY
WINDERMERE.
Al hablar, tiende las manos hacia ella, pero sin
atreverse
a tocarla.) Crea usted de mí lo que quiera. Yo no merezco
un
solo minuto de tristeza. ¡Pero no arruine usted su vida por mi
causa!
Usted no sabe lo que le reserva el Destino, si no sale usted
inmediatamente
de esta casa. Usted no sabe lo que es caer en el
abismo,
ser despreciada, abandonada de todos, convertirse en un
objeto
de burla... ¡Ser un paria! ¡Encontrar cerradas todas las puertas,
tener
que vivir casi a escondidas, temiendo que a cada momento le
arranquen
a una la careta; y mientras tanto, tener que estar oyendo de
continuo
la risa del mundo, una risa horrenda, mucho más trágica que
todas
las lágrimas! ¡Usted no sabe lo que es eso! ¡Paga una su pecado,
y
vuelve a pagarlo una y otra vez y toda la vida! Usted no debe
conocer
jamás esto... En cuanto a mí, si el sufrimiento es una
expiación,
pues bien, en este momento acabo de expiar todas mis
faltas,
por grandes que hayan sido. Esta noche usted ha dado un
corazón
a quien no lo tenía... Lo ha dado, y lo ha roto... Pero ¿qué
importa?
Yo puedo haber arruinado mi vida; pero no le dejaré a usted
que
arruine la suya. Usted es todavía una niña, y se perdería. Usted no
tiene
el carácter que hace falta para poder volver atrás. No; usted no
tiene
ni la habilidad ni el valor necesarios. ¡Usted no podría soportar
el
deshonor! ¡No! ¡Vuelva usted con su marido, que la quiere a usted,
y
a quien usted quiere!... Además, usted tiene un niño, lady
Windermere.
Vuelva usted con su niño, lady Windermere, que acaso
en
este mismo momento la está llamando a usted... (LADY
WINDERMERE
se pone en pie.) Dios le dio a usted ese hijo para que
usted
velase por él y le preparase una vida tranquila. ¿Qué contestará
usted
a Dios si esa vida queda destrozada por culpa de usted? ¡Vuelva
usted
a su casa, lady Windermere!... Su marido la quiere. Ni un solo
momento
ha faltado a ese amor. Pero aunque él tuviese mil amores
distintos,
usted debe quedarse al lado de su hijo. ¡Aunque fuera duro
con
usted, usted debe quedarse al lado de su hijo! ¡Aunque la
maltratase,
usted debe quedarse al lado de su hijo! ¡Aunque la
abandonase,
el sitio de usted es al lado de su hijo! (LADY WIN-
DERMERE
rompe a llorar, escondiendo el rostro entre las manos.
MISTRESS
ERLYNNE, precipitándose hacia ella.) ¡Lady
Windermere!
LADY
WINDERMERE. - (Tendiéndole las manos instintivamente,
como
haría una niña.) Lléveme usted a casa.... lléveme usted a casa.
MISTRESS
ERLYNNE. - (Está a punto de abrazarla, pero se
contiene.
Un resplandor de suprema alegría anima su rostro.)
¡Vamos!
¿Dónde está su capa? (Recogiéndola del diván.) Aquí está.
Póngasela
usted. ¡Vamos enseguida! (Se dirigen hacia la puerta.)
LADY
WINDERMERE.- ¡Silencio! ¿No oye usted voces?
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡No, no! ¡No es nada!
LADY
WINDERMERE.- ¡Sí es! ¡Escuche! ¡Oh, es la voz de mi
marido!
¡Viene hacia aquí! ¡Sálveme usted! ¡Ah, esto debe ser algún
complot!
¡Usted lo ha mandado a buscar! (Voces dentro.)
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Silencio! Yo estoy aquí para salvarla a
usted,
si puedo. ¡Pero temo que sea demasiado tarde! ¡Allí! (LADY
WINDERMERE
se esconde detrás de la cortina.)
(Dentro.)
¡Es absurdo, mi querido Arturo! ¡Nada, que no te dejamos
ir!
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Lord Augusto! ¡Entonces soy yo la que
estoy
perdida! (Titubea un momento, mira en torno suyo y, al fin,
viendo
la puerta de la derecha, se mete por ella. Entran.)
DUMBY.
- ¡Qué fastidio que nos echen del club a esta hora! ¡Si no
son
más que las dos! (Dejándose caer en un sillón.) La hora más a
propósito
para divertirse. (Bosteza y cierra los ojos.)
LORD
WINDERMERE. - Realmente, lord Darlington, es usted muy
amable
permitiendo a Augusto que le imponga así nuestra compañía;
pero
siento no poder estar más que un momento.
LORD
DARLINGTON.- El que lo siente soy yo. Fumará usted
siquiera
un puro, ¿no?
LORD
WINDERMERE.- ¡Gracias!
AUGUSTO.-
Hijo mío, no pienses en irte. Tengo que hablar mucho
contigo
y de cosas de suma importancia. (Se sienta junto a la mesa de
la
izquierda.)
GRAHAM.
- ¡Ya, ya sabemos de lo que se trata! ¿De qué va a hablar
Tuppy
sino de mistress Erlynne?
LORD
WINDERMERE.- Pero eso no creo que tenga que ver nada
contigo,
¿eh, Cecilio?
GRAHAM
- ¡En absoluto! Por eso me interesa. Mis cosas siempre me
aburren
mortalmente. Prefiero las ajenas.
LORD
DARLINGTON. - ¿Quieren ustedes beber algo? ¿Quieres tú
un
whisky and soda, Cecilio?
GRAHAM.-
Gracias. (Se dirige hacia el velador en que está LORD
DARLINGTON.)
¿Te fijaste lo guapa que estaba mistress Erlynne esta
noche?
LORD
DARLINGTON.- Confieso que no soy uno de sus
admiradores.
GRAHAM.-
Yo no lo era; pero ahora lo soy. ¡Figúrate que me hizo
que
la presentara a la pobre tía Carolina! Y uno de estos días creo que
va
a comer allí.
LORD
DARLINGTON.- (Sorprendido.) ¿Es posible?
GRAHAM.-
¡Y tan posible!
LORD
DARLINGTON.- Ustedes me dispensarán, pero me voy
mañana
de viaje, y tengo que escribir algunas cartas. (Se sienta a la
mesa
y se pone a escribir.)
DUMBY.-
¡Mujer muy inteligente, la tal mistress Erlynne!
GRAHAM.-
¡Caramba, Dumby! Yo te creía dormido.
DUMBY.-
¡Y generalmente lo estoy!
AUGUSTO.
- ¡Una mujer inteligentísima! ¡Ah! Ella sabe lo
rematadamente
tonto que soy yo...; lo sabe tan bien como yo mismo.
(GRAHAM
se vuelve hacia él, riendo.) Sí, sí, ríete, hijo mío; pero tú
no
sabes la suerte que es encontrar una mujer que nos comprenda.
DUMBY.-
¡Una cosa peligrosísima! Siempre acaban por casarse con
uno.
GRAHAM.-
¡Pero yo creía, Tuppy, que habías decidido no volver a
verla!
Sí, anoche mismo me lo dijiste en el club. Me dijiste que te
habían
contado... (Le habla al oído.)
AUGUSTO.
- ¡Oh! Ella me lo explicó todo.
GRAHAM.-
¿Y la historia de Wiesbaden?
AUGUSTO.
- También me la explicó.
DUMBY.-
¿Y sus medios de existencia, Tuppy ¿Te explicó también
eso?
AUGUSTO.-
(Con mucha seriedad.) Me lo explicará mañana.
(GRAHAM
vuelve junto a la mesa de centro.)
GRAHAM.-
¡Ah! Mistress Erlynne tiene ante sí un magnífico
porvenir.
DUMBY.-
¿Un porvenir? ¡Y un pasado!
AUGUSTO.-
Prefiero las mujeres que tienen un pasado. Son las
únicas
con que se puede hablar.
GRAHAM.-
(Levantándose y dirigiéndose de nuevo hacia él.) ¿Sí?
Pues
lo que es con mistress Erlynne me parece que no ha de faltarle
conversación,
querido Tuppy.
AUGUSTO.-
Hijo mío, te estás volviendo insoportable. Si yo no fuera
el
hombre de mejor carácter más bonachón que hay en Londres...
GRAHAM.-
Te hablaríamos con más respeto; ¿no es eso, Tuppy?
(Pasean
de arriba abajo.)
DUMBY.-
La juventud de hoy día es tremenda. No tiene el menor
respeto
a los cabellos teñidos. (LOR AUGUSTO lanza en torno suyo
una
mirada colérica.)
GRAHAM.-
Mistress Erlynne respeta muchísimo al querido Tuppy.
DUMBY.-
En ese caso, mistress Erlynne da un admirable ejemplo al
resto
de su sexo. Es monstruoso cómo se portan hoy día la mayor parte
de
la mujeres con los hombres que no son sus maridos.
LORD
WINDERMERE.- No digas tonterías, Dumby; y tú, Cecilio,
procura
contener un poco la lengua. Me parece que ya es hora de que
dejéis
en paz a mistress Erlynne. Realmente, no sabéis nada en contra
suya
y, sin embargo, os pasáis el día difamándola.
GRAHAM.-
Mi querido Arturo, yo nunca difamo a nadie. Me
contento
con chismorrear lo que puedo.
LORD
WINDERMERE.- ¿Y qué diferencia ves entre la difamación y
la
chismografía?
GRAHAM.-
¡Oh, la chismografía es siempre deliciosa! La Historia
no
es más que una simple chismografía. La difamación, en cambio, es
la
chismografía echada a perder por la moral. Y yo jamás moralizo.
Un
hombre que moraliza es, generalmente, un hipócrita. Y una mujer
que
moraliza, es invariablemente fea. No hay nada en el mundo tan
molesto
como la conciencia de una puritana. Afortunadamente, casi
todas
lo saben.
AUGUSTO.-
Lo mismo pienso yo, querido; exactamente lo mismo.
GRAHAM.-
Lo siento, Tuppy; en cuanto alguien está de acuerdo
conmigo,
se me antoja que debo estar equivocado.
AUGUSTO.
- Hijo mío, cuando yo tenía tu edad...
GRAHAM.-
¡Pero si nunca la has tenido, Tuppy! ¡Ni la tendrás!
(Dirigiéndose
a la mesa donde está LORD DARLINGTON.) Oye,
Darlington,
¿tendrías por ahí unas cartas? ¿Tú jugarás, eh, Arturo?
LORD
WINDERMERE.- No, gracias; no puedo.
DUMBY.-
(Suspirando.) ¡Santo Dios! ¡Cómo estropea el matrimonio
a
un hombre! Es tan perjudicial como el fumar, y mucho más costoso.
GRAHAM.-
¿Tú sí jugarás, verdad, Tuppy?
AUGUSTO.-
(Sirviéndose un brandy and soda.) Imposible, querido.
He
jurado a mistress Erlynne no volver a jugar ni a beber.
GRAHAM.-
Mi querido Tuppy, no vayas ahora a dejarte extraviar
por
los senderos de la virtud. En cuanto te corrijas serás una perfecta
calamidad,
y no habrá quien te soporte. Eso es lo peor que tienen las
mujeres.
Todas se empeñan en que seamos buenos. Y si por
casualidad
lo somos cuando las conocemos, no se enamoran de
nosotros.
Les gusta encontrarnos malos, con todos los defectos, y
dejarnos
buenos, sin ningún atractivo.
LORD
DARLINGTON.- (Levantándose de la mesa, donde ha estado
escribiendo.)
¡Siempre nos encuentran malos!
DUMBY.-
No creo que seamos malos. Al contrarío, todos somos
buenos,
exceptuando a Tuppy.
LORD
DARLINGTON.- No; todos vivimos en el cieno, pero algunos
levantamos
los ojos hacia las estrellas. (Se sienta junto al velador del
centro.)
DUMBY.-
¿Todos vivimos en el cieno, pero algunos levantamos los
ojos
hacia las estrellas? ¡Caramba, Darlington! ¿Sabes que estás
romántico
esta noche?
GRAHAM.-
¡Demasiado romántico! Debe de andar enamorado.
¿Quién
es ella?
LORD
DARLINGTON.- (Mirando instintivamente hacia LORD
WINDERMERE.)
La mujer que yo quiero no es libre, o cree no serlo.
GRAHAM.-
¡Una mujer casada! ¿Nada menos? ¡Ah! No hay nada
como
el cariño de una mujer casada. Ésa es una cosa de que ningún
marido
tiene la menor idea.
LORD
DARLINGTON. - ¡Oh! Ella no me corresponde. Es una mujer
honrada.
La única que he encontrado en mi vida.
GRAHAM.-
¿La única mujer honrada que has encontrado en tu vida?
DUMBY.-
(Encendiendo un cigarrillo.) ¡Caramba qué suerte tienes!
Yo,
en cambio, he encontrado un sinfín de mujeres honradas. Como
que
el mundo está literalmente atestado de ellas.
LORD
DARLINGTON.- Esta mujer que yo digo es la inocencia y la
pureza
personificadas. Tiene todo lo que los hombres han perdido.
GRAHAM.-
¿ Y qué demonios iban a hacer los hombres con la
inocencia
y la pureza, hijo mío? Un corbata bien hecha es de mucho
más
efecto.
DUMBY.
- Entonces, ¿quedamos en que ella no te quiere?
LORD
DARLINGTON.- ¡No, no me quiere!
DUMBY.-
Pues te doy la enhorabuena. En este mundo no hay más
que
dos tragedias: una, no conseguir lo que se desea; otra,
conseguirlo.
La segunda es la peor de las dos. ¡Ah, ésa sí que es una
verdadera
tragedia! Por eso me alegro de saber que no te quiere. Oye,
Cecilio,
¿cuánto tiempo podrías tú querer a una mujer que no te
correspondiese?
GRAHAM.-
¿A una mujer que no me correspondiese? ¡Oh, toda la
vida!
DUMBY.-
Como yo. Pero ¡es tan difícil encontrarla!
LORD
DARLINGTON.- ¿Cómo podrás ser tan presuntuoso, Dumby?
DUMBY.-
Te aseguro que no lo digo por presunción. Lo digo con
pena.
El caso es que me han querido ciegamente, locamente. Y lo
deploro.
No sabes lo molesto que ha sido. A mí me gusta, de cuando
en
cuando, tener algún tiempo libre.
AUGUSTO.-
¿Para educarte, sin duda?
DUMBY.-
No, para olvidar lo aprendido. Que es mucho más
importante,
querido Tuppy.
LORD
DARLINGTON.- ¡Qué partida de cínicos sois!
GRAHAM.-
¿Y qué es un cínico?
LORD
DARLINGTON.- Un hombre que conoce el precio de todo y el
valor
de nada.
GRAHAM.-
Y un sentimental, mi querido Darlington, es un hombre
que
atribuye a todas las cosas un valor absurdo y no conoce el precio
fijo
de ninguna.
LORD
DARLINGTON.- ¡Qué divertido eres, Cecilio! Hablas como
un
hombre de experiencia. (Acercándose a la chimenea.)
GRAHAM.-
Y lo soy.
LORD
DARLINGTON. - ¡Eres todavía demasiado joven!
GRAHAM.-
¡Gran error! La experiencia es una cuestión de intuición
de
la vida. Yo la tengo. Tuppy, en cambio, no la tiene. Experiencia es
el
nombre que da Tuppy a sus errores. Eso es todo. (LORD
AUGUSTO
lanza en torno suyo una mirada de indignación.)
DUMBY.
- Experiencia llama todo el mundo a su errores.
GRAHAM.
- (De espaldas a la chimenea.) ¡Lástima que se tengan
que
cometer! (En este momento echa de ver el abanico de LADY
WINDERMERE
sobre el sofá.)
DUMBY.-
La vida sería muy aburrida sin ellos.
GRAHAM.-
Con que quedamos en que estás enamorado de una
mujer
honrada y, como es natural le guardas fidelidad absoluta. ¿No
es
eso, Darlington?
LORD
DARLINGTON. - Cuando uno está enamorado de una mujer,
todas
las demás mujeres le tienen a uno sin cuidado, Cecilio. El amor
le
cambia a uno.. y yo me siento cambiado.
GRAHAM.-
¿De verdad? ¿Qué me dices?... Oye Tuppy, un momento.
(LORD
AUGUSTO no se entera.)
DUMBY.-
Es inútil que llames a Tuppy. En este instante es lo mismo
que
si hablases a una pared.
GRAHAM.-
Te advierto que a mí no me gusta hablar con las paredes.
Son
las únicas que jamás m contradicen. ¡Tuppy!
AUGUSTO.-
¿Qué, qué ocurre? ¿Qué ocurre? (Levántase y se dirige
hacia
GRAHAM.)
GRAHAM.-
Ven aquí, es un secreto. (Aparte.) ¿Podrás creer que
Darlington,
que nos ha estado predicando de moral, y de la pureza del
amor,
y de otras zarandajas por el estilo, tenía todo este tiempo aquí,
en
su casa, escondida a una mujer?
AUGUSTO.-
¿Qué me dices? ¡No es posible!
GRAHAM.-
¡Te digo que sí! Mira, ahí está su abanico. (Señalando el
abanico.)
AUGUSTO.-
(Conteniendo a duras penas la risa.) ¡Caramba! ¡Ésa sí
que
es buena!
LORD
WINDERMERE.- No tengo más remedio que irme, lord
Darlington.
Siento que se vaya usted tan pronto de Inglaterra. Tenga
usted
la bondad de venir a casa cuando regrese. Mi mujer y yo
tendremos
mucho gusto en verle.
LORD
DARLINGTON.- (Dirigiéndose a la puerta con LORD
WINDERMERE.)
Me parece que tardaré bastantes años en volver a
Inglaterra.
¡Buenas noches!
GRAHAM.
- ¡Arturo!
LORD
WINDERMERE.- ¿Qué?
GRAHAM.-
Espera. Tengo que decirte una cosa. ¡Ven, ven aquí!
LORD
WINDERMERE. - (Poniéndose el abrigo.) No puedo... Tengo
que
irme.
GRAHAM.
- Es algo muy particular. Ya verás cómo te interesa.
LORD
WINDERMERE.- (Sonriendo.) Alguna tontería, sin duda.
GRAHAM.-
¡Qué ha de ser! Ven y verás.
AUGUSTO.-
(Dirigiéndose hacia él.) Hijo mío, no es posible que
pienses
irte. Tengo mucho que hablar contigo. Y Cecilio quiere
enseñarte
una cosa.
LORD
WINDERMERE. - (Caminando hacia GRAHAM.) Sí? ¿El
qué?
GRAHAM.-
Darlington tiene una mujer escondida en su casa. Ahí
está
su abanico. ¿Gracioso, eh?
LORD
WINDERMERE.- (Estremeciéndose.) ¿Qué es esto? ¿Cómo es
posible?
(Se apodera del abanico.)
GRAHAM.-
¿Qué pasa?
LORD
WINDERMERE. - ¡Lord Darlington!
LORD
DARLINGTON.- ¿Me llamaba usted?
LORD
WINDERMERE.- ¿Qué hace aquí, en casa de usted, el
abanico
de mi mujer? Déjame, Cecilio. ¡No me toques!
LORD
DARLINGTON.- ¿El abanico de su mujer?
LORD
WINDERMERE.- Sí, éste; ahí estaba.
LORD
DARLINGTON.- ¡No sé! ¡No me lo explico!
LORD
WINDERMERE.- ¡Pues tendrá usted que explicármelo!
¡Enseguida!
(A GRAHAM.) Tú, haz el favor de quitarte de en medio.
LORD
DARLINGTON.- (Para sí.) Entonces es que ha venido.
LORD
WINDERMERE.- ¡Vamos, hable usted! ¿Por qué está aquí el
abanico
de mi mujer? ¡Conteste! Voy a registrar toda su casa, y como
mi
mujer esté aquí...
LORD
DARLINGTON.- ¡Usted no registrará mi casa ¡No tiene usted
ningún
derecho a hacerlo! ¡Yo impediré que lo haga!
LORD
WINDERMIERE.- ¿Usted?... ¡Canalla! ¡No saldré de esta
casa
sin registrar hasta el último rincón ¿Qué es lo que se mueve
detrás
de esa cortina? (se precipita hacia la cortina.)
MISTRESS
ERLYNNE. - (Entrando por la puerta por donde salió.)
Lord
Windermere.
LORD
WINDERMERE.- ¡Mistress Erlynne! (Todos, se estremecen, y
vuelven
hacia ella. LADY WINDERMERE entonces, se desliza de
detrás
de la cortina y sale de la habitación, sin ser notada, por la
puerta
de la izquierda.)
MISTRESS
ERLYNNE.- Me parece que, equivocadamente, me he
traído
el abanico de su mujer en lugar del mío. Crea usted que lo
siento.
(Le quita el abanico de las manos. LORD WINDERMERE le
lanza
una mirada de desprecio. LORD DARLINGTON pone una
expresión
mezcla de asombro y de ira. LORD AUGUSTO se vuelve a
otro
lado. DUMBY y GRAHAM se miran sonriendo.)
TELÓN
A
C T O C U A R T O
La
misma decoración que en el acto primero
LADY
WINDERMERE. - (Echada en el sofá.) ¿Cómo decírselo? Me
moriría
de vergüenza... ¿Qué sucedería después de salir yo? Acaso ella
le
dijera la verdad de todo, y por qué realmente se encontraba allí ese
fatal
abanico... ¡Ah! Si lo sabe, ¿cómo atreverme yo a mirarle a la
cara?
¡No me lo perdonaría jamás!... (Tirando del cordón de la
campanilla.)
Tan segura como cree una vivir..., lejos de toda tenta-
ción,
pecado y locura... y luego, de pronto... ¡Ah! La vida es terrible.
Ella
es la que nos gobierna, y no nosotros a ella.
(Entra
ROSALIA.)
ROSALÍA.-
¿Me llamaba la señora?
LADY
WINDERMERE.- Sí. ¿Se ha enterado usted ya de la hora a
que
volvió anoche el señor?
ROSALÍA.-
El señor no volvió hasta las cinco.
LADY
WINDERMERE.- ¿Las cinco? ¿Sabe usted si esta mañana
llamó
a mi cuarto?
ROSALÍA.
- Sí, señora, a las nueve y media. Le dije que la señora
aún
no se había despertado.
LADY
WINDERMERE.- ¿Y no dijo nada?
ROSALÍA.-
Sí, algo dijo del abanico de la señora; pero no acabó de
comprenderlo.
¿Se le ha perdido acaso el abanico a la señora? Yo no
lo
he encontrado, y Parker dice que tampoco se quedó en ninguno de
los
salones. He mirado en todos, y también en la terraza.
LADY
WINDERMERE. - Bueno, no importa. Dígale a Parker que no
se
moleste más. Ya aparecerá. (Sale ROSALÍA. LADY
WINDERMERE
se levanta.) Se lo dirá. Seguramente que, si no se lo
ha
dicho, se lo dirá ¿Por qué iba a vacilar entre su pérdida y la mía?
¡Qué
extraño! Yo quería afrentarla públicamente en mi casa, y ahora
ella
acepta el escándalo y la afrenta en casa de otro por salvarme a
mí...
¡Qué amargas ironías tiene el Destino! ¡Y qué lección para mí!
¡Lástima
que en la vida recibamos estas lecciones cuando ya no nos
sirven
de nada! Pues si ella no habla, tendré que hacerlo yo. Es mi
deber...
¡Qué vergüenza, qué vergüenza! Decirlo es volver a vivir. En
la
vida las acciones son la primera tragedia; las palabras segunda, y
acaso
la peor de las dos. Las palabras implacables... ¡Oh! (Se
estremece
al entrar LORD WINDERMERE.)
LORD
WINDERMERE. - (Besándola.) ¡Margarita¡ ¡Qué pálida
estás!
LADY
WINDERMERE.- He dormido muy mal.
LORD
WINDERMERE. - (Sentándose en el sofá junto a ella.)
¡Cuánto
lo siento! Volví a casa muy tarde y no quise despertarte.
Pero...
¿estás llorando?
LADY
WINDERMERE.- Sí, estoy llorando... ¡Quiero decirte una
cosa,
Arturo!
LORD
WINDERMERE. - Querida Margarita, tú estás bien. Tienes
un
poco de cansancio. Te convendría reposar. Si quieres, nos iremos
al
campo una temporada. Sí, hoy mismo si te parece. Telegrafiaré a
Selby,
y en el tren de las tres y cuarenta podemos irnos. (Se levanta y
se
dirige a la mesa para escribir el telegrama.)
LADY
WINDERMERE.- Sí; vámonos hoy... No, no, Arturo. Antes
de
irme tengo que ver a una persona..., una persona que ha sido muy
buena
conmigo.
LORD
WINDERMERIE.- (Levantándose y apoyándose en el sofá.)
¿Buena
contigo?
LADY
WINDERMERE.- Más que buena. (Levantándose y yendo
hacia
él.) Ya te diré todo, Arturo. Pero quiéreme como me querías
antes.
LORD
WINDERMERE.- ¿Cómo te quería antes? ¿No pensarás en
esa
infame mujer que vino aquí anoche? (Ambos se sientan, uno junto
al
otro.) ¡No creerás todavía.... no, no, es imposible!
LADY
WINDERMERE. - No, no lo creo. Ahora sé que me
equivocaba,
que era una tonta.
LORD
WINDERMIERE.- Fue una gran prueba de bondad en ti el r
recibirla
anoche. Pero no debes, bajo ningún concepto, volver a verla.
LADY
WINDERMERE.- ¿Por qué dices eso?
LORD
WINDERMERE. - (Cogiéndole una mano.) Margarita, yo
creía
que mistress Erlynne era una mujer más víctima que culpable.
Creí
que sería buena, que volvería a ocupar un sitio que un momento
de
locura le había hecho perder, y a llevar de nuevo una vida
respetable.
Creí lo que ella misma me dijo... Ahora reconozco mi
error.
Mistress Erlynne es mala... Todo lo mala que una mujer puede
ser.
LADY
WINDERMERE.- Arturo, Arturo, no hables con esa dureza
de
una mujer. Yo no creo que las personas puedan ser divididas en
buenas
y malas, como lo son en especies y razas distintas. Las mujeres
que
llamamos buenas también llevan en sí muchas cosas terribles,
crisis
de locura, de orgullo, de celos, de pecado. Las mujeres malas,
como
nosotros las llamamos, pueden conservar, en cambio, impulsos
de
arrepentimiento, de dolor, de compasión, de sacrificio... Y yo no
creo
que mistress Erlynne sea una mujer mala... Estoy segura de que
no
lo es.
LORD
WINDERMERE. - ¡Tú qué puedes saber de eso, Margarita!
Yo
te digo que es una mujer imposible. Haga lo que haga, aunque
intente
perjudicarnos, tú no la debes volver a ver. Es una de esas
mujeres
que no pueden admitirse en ninguna parte.
LADY
WINDERMERE. - Pues yo quiero verla. Quiero que vuelva
aquí.
LORD
WINDERMERE.- ¡Nunca!
LADY
WINDERMERE.- ¿No vino aquí una vez invitada por ti? Pues
ahora
quiero que venga invitada por mí. Me parece que es justo.
LORD
WINDERMERE. - ¡Es que no debería de haber venido nunca!
LADY
WINDERMERE.- Ya es demasiado tarde para decir eso,
Arturo.
(Poniéndose en pie.)
LORD
WINDERMERE. - (Poniéndose también en pie.) Margarita, si
tú
supieses dónde estuvo mistress Erlynne anoche, después que salió
de
aquí, no te avendrías a estar en la misma habitación que ella. Fue
algo
innoble, vergonzoso.
LADY
WINDERMERE.- ¡Arturo, no es posible que calle más
tiempo!
Es mi deber decírtelo. Anoche...
(Entra
PARKER con y una
tarjeta
encima de una bandeja.)
PARKER.-
Mistress Erlynne ha venido a traer el abanico de la
señora,
que se llevó anoche equivocadamente. Ha escrito unas
palabras
en la tarjeta.
LADY
WINDERMERE. - Diga usted a mistress Erlynne que tenga la
bondad
de subir. (Leyendo la tarjeta.) Dígale también que me alegraré
mucho
de verla (Sale PARKER.) Dice que quiere verme, Arturo.
LORD
WINDERMERE. - (Cogiendo la tarjeta y leyéndola.)
Margarita,
te ruego que no lo hagas. Déjame, por lo menos, que hable
antes
con ella. Es una mujer peligrosísima; la mujer más peligrosa que
conozco.
Tú no sabes lo que haces. Hija mía, es muy posible que estés
al
borde de un gran dolor. No vayas, por lo menos, a su encuentro. Te
aseguro
que es absolutamente necesario que yo la vea antes que tú.
LADY
WINDERMERE. - ¿Necesario? ¿Por qué necesario?
PARKER.
- (Anunciando.) - ¡Mistress Erlynne!
MISTRESS
ERLYNNE. - (Entrando.) ¿Cómo está usted, lady
Windermere?
¡Lord Windermere! ¿Cómo está usted? He sentido
mucho,
lady Windermere, lo del abanico. No comprendo cómo pude
equivocarme
así. Tiene usted que dispensarme. He aprovechado la
oportunidad
de pasar cerca de aquí para venir a traérselo yo misma, y
al
mismo tiempo, despedirme de usted.
LADY
WINDERMERE. - ¿Despedirme? (Dirigiéndose hacia el sofá
con
MISTRESS ERLYNNE, y sentándose junto a ella.) ¿Es que se va
usted
fuera, mistress Erlynne?
MISTRESS
ERLYNNE.- Sí; me vuelvo a vivir al extranjero. No me
sienta
bien el clima de Inglaterra. El corazón se resiente un poco, y
temo
enfermar de veras. Prefiero vivir en el Sur. Hay demasiadas nie-
blas
en Londres y demasiada gente seria, lady Windermere. No sé si
serán
las nieblas lo que produce la gente seria, o la gente seria lo que
produce
las nieblas; pero el caso es que ambas me atacan los nervios.
Esta
misma tarde pienso salir de aquí.
LADY
WINDERMFRE. - ¿Esta misma tarde? ¡Yo que deseaba tanto
ir
a verla a usted!
MISTRESS
ERLYNNE.- Es usted muy amable..., pero no tengo más
remedio
que irme.
LADY
WINDERMERE.- ¿Y no la volveré a ver a usted, mistress
Erlynne?
MISTRESS
ERLYNNE. - Temo que no. Nuestras vidas van por
caminos
muy distintos. Pero... quería pedirle a usted una cosa, lady
Windermere.
Me gustaría tener un retrato suyo... ¿Podría usted
dármelo?
No sabe usted cuánto se lo agradecería.
LADY
WINDERMERE. - ¡Oh! Con mucho gusto. Ahí, en esa mesa,
hay
uno. Voy a enseñárselo a usted. (Yendo hacia la mesa.)
LORD
WINDERMERE.- (Llegando hasta MISTRESS ERLYNNE y
hablándole
en voz baja.) Es inaudito que, después de lo ocurrido
anoche,
se atreva usted a venir aquí.
MISTRESS
ERLYNNE. - (Con una sonrisa regocijada.) ¡Mi querido
Windermere,
la cortesía primero, la moral después!
LADY
WINDERMERE. - (Volviendo.) Me parece que me han sacado
un
poco favorecida... Yo no soy tan bonita. (Mostrando la fotografía.)
MISTRESS
ERLYNNE.- Es usted mucho más. Pero ¿no tiene usted
alguna
con su hijito?
LADY
WINDERMERE.- Sí que tengo. ¿La preferiría usted?
MISTRESS
ERLYNNE. - Sí.
LADY
WINDERMERE. - Pues si usted me permite un momento, voy
por
ella. La tengo arriba.
MISTRESS
ERLYNNE.- Siento que se moleste usted por mí, lady
Windermere.
LADY
WINDERMERE. – (Dirigiéndose hacia la puerta derecha.)
No
es ninguna molestia, mistress Erlynne.
MISTRESS
ERLYNNE. - Gracias. (Sale LADY WINDERMERE.)
Parece
usted un poco de mal humor esta mañana, Windermere. ¿Cuál
es
la causa? Ya ve usted que Margarita y yo estamos en los mejores
términos.
LORD
WINDERMERE.- No puedo sufrir verla a usted con ella.
Además,
no me dijo usted la verdad, mistress Erlynne.
MISTRESS
ERLYNNE.- No le dije a ella la verdad, querrá usted
decir.
LORD
WINDERMERE- (De pie en medio de la escena.) A veces
preferiría
que la hubiese usted dicho. Me habría usted, siquiera,
evitado
la angustia y las molestias de estos seis últimos meses. Pero
con
tal de que mi mujer no supiera que la madre que ella creía muerta,
la
madre que ella había llorado por muerta, vivía aún.... divorciada,
con
un nombre supuesto, sin honor, llevando una vida de infamia,
como
ahora sé que lleva usted...; con tal, digo, de que no supiera esto,
yo
estaba dispuesto a suministrarle a usted dinero, a pagar cuenta tras
cuenta,
extravagancia tras extravagancia; a exponerme a lo que
ocurrió
ayer: el primer disgusto que he tenido con mi mujer. Usted no
sabe
lo que esto supone para mí. ¿Cómo podrá usted saberlo? Pero yo
le
digo a usted que las únicas palabras amargas que han salido nunca
de
esos labios tan dulces fueron ocasionadas por usted. ¡No puedo
sufrir
verla al lado de usted, que mancha su inocencia!... Yo creí que,
a
pesar de todas las faltas cometidas, era usted sincera y honrada, y no
lo
es usted.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Por qué lo dice usted?
LORD
WINDERMERE.- Usted me arrancó, a fuerza de ruegos, una
invitación
para el baile de mi mujer.
MISTRESS
ERLYNNE.- Para el baile de mi hija.... sí
LORD
WINDERMERE. - Vino usted, y una hora después de salir de
aquí,
la encontraba en casa de un hombre... Está usted deshonrada a
los
ojos de todos.
MISTRESS
ERLYNNE.- Cierto.
LORD
WINDERMERE.- Por tanto, tengo derecho a considerarla a
usted
como lo que es..., una mujer indigna y viciosa. Tengo derecho a
prohibirla
que vuelva a poner los pies en esta casa ni a tratar de
acercarse
a mi mujer.
MISTRESS
ERLYNNE.- A mi hija, quiere usted decir.
LORD
WINDERMIERE.- No tiene usted ningún derecho a
considerarla
como hija. Usted la abandonó cuando estaba aún en la
cuna;
la abandonó usted para seguir a su amante, que a su vez la
abandonó
a usted más tarde.
MISTRESS
ERRLYNNE. - ¿Recuerda usted eso en honor de él, lord
Windermere...,
o mío?
LORD
WINDERMERE.- De él, ahora que la conozco a usted.
MISTRESS
ERLYNNE.- Tenga cuidado... Va usted demasiado lejos.
LORD
WINDERMERE.- ¡Oh! ¿A qué venir ya con eufemismos? La
conozco
a usted bien a fondo.
MISTRESS
ERLYNNE. - Permítame usted que lo dude.
LORD
WINDERMERE.- Sí, la conozco a usted a fondo. Durante
veinte
años vivió usted sin su hija, sin un solo pensamiento para su
hija;
cuando un día leyó en los periódicos que se había casado con un
hombre
rico, vio usted el cielo abierto. Usted sabía que para evitarle a
ella
la ignominia de saber que una mujer como usted era su madre, yo
pasaría
por todo. Y empezó el chantaje.
MISTRESS
ERLYNNE. - (Encogiéndose de hombros.) No emplee
usted
palabras feas, Windermere. Es una ordinariez. Cierto que vi la
probabilidad
que se me ofrecía, y la aproveché.
LORD
WINDERMERE.- Sí, la aprovechó usted... y la perdió anoche,
al
ser descubierta en casa de lord Darlington.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Con una extraña sonrisa.) Tiene usted
razón,
la perdí anoche.
LORD
WINDERMERE.- Y encima, por si fuera poco, se lleva usted
de
aquí el abanico de mi mujer y se lo deja luego olvidado en el sofá.
Fue
una equivocación imperdonable. Me parece que no podré ya
soportar
la vista de ese maldito abanico. No permitiré que mi mujer
vuelva
a usarlo. Preferiría que lo hubiese usted guardado en vez de
devolverlo.
MISTRESS
ERLYNNE.- Pues lo guardaré. (Cogiendo el abanico.)
Es
precioso. Se lo pediré a Margarita.
LORD
WTNDERMFRE. - Espero que se lo dará.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Oh! Estoy segura de que no opondrá
ninguna
objeción.
LORD
WINDERMERE.- ¡Ojalá le diese también la miniatura que
besa
todas las noches antes de rezar! Es la miniatura de una muchacha
pura,
inocente, de cabellos negros...
MISTRESS
ERLYNNE. - ¡Ah, sí, me recuerdo! ¡Qué lejano parece
ya
ese tiempo! La hicieron antes de casarme. Los cabellos negros y la
expresión
inocente eran la moda entonces, Windermere.
LORD
WINDERMERE.- ¿Y qué objeto la ha traído a usted aquí esta
mañana,
si puede saberse?
MISTRESS
ERLYNNE.- (Con un ligero acento de ironía.) Decir
adiós
a mi querida hija, como es natural. (LORD WINDERMERE se
muerde
los labios de ira. MISTRESS ERLYNNE le mira, y su voz y
su
gesto se tornan graves. En su acento, mientras habla, palpita una
nota
hondamente trágica. Por un momento se revela del todo.) ¡Oh,
no
vaya a creer que pienso tener con ella una escena patética, ni llorar
en
sus brazos y decirle quién soy!... No. No tengo la menor ambición
de
desempeñar el papel de madre. Anoche fue, y fue terrible... No sabe
usted
lo que sufrí. Durante veinte años, como usted dice, he vivido sin
hija....
y sin hija quiero seguir viviendo. (Ocultando su sentimiento
con
una risa banal.) Además, mi querido Windermere, ¿qué iba yo a
hacer
con una hija tan crecida? Margarita tiene veintiún años, yo nun-
ca
he confesado más de veintinueve, o treinta, a lo sumo; según la luz.
Ya
ve usted que sería imposible. No; por mí puede usted dejar a su
mujer
que continúe venerando la memoria de esa madre muerta y sin
mácula.
¿A qué quitarle las ilusiones? Ya me cuesta a mí bastante
conservar
las mías. Anoche perdí una. Creí que no tenía corazón, y
resulta
que lo tengo. Figúrese usted, Windermere: ¿qué voy yo a hacer
con
el corazón? El corazón le hace parecer a una más vieja, y
(cogiendo
de la mesa un espejito de mano y mirándose en él) echa a
perder
nuestra carrera en los momentos críticos.
LORD
WINDERMERE. - ¡Me da usted horror!
MISTRESS
ERLYNNE. - Usted, sin duda, querría verme retirada en
un
convento, o entrar de enfermera en un hospital, o algo por el estilo,
¿verdad
Windermere? Una tontería, amigo mío. Esas cosa pasan en
las
novelas, pero no en la vida real... Por lo menos, mientras nos
queda
un rostro pasadero. No..., hoy lo que consuela no es el
arrepentimiento
sino el placer. El arrepentimiento está completamente
pasado
de moda. Además, cuando una mujer se arrepiente, si quiere
que
alguien la crea, tiene que vestirse en casa de una mala modista. Y
por
nada del mundo me decidiría yo a una cosa semejante. No; me
contento
con desaparecer por completo de la vida de ustedes. Mi
venida
aquí ha sido un error. Anoche lo descubrí.
LORD
WINDERMERE.- Sí; un error fatal.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Sonriendo.) Casi fatal.
LORD
WINDERMERE.- Ahora siento no haberle dicho toda la
verdad
a mi mujer.
MISTRESS
ERLYNNE.- Yo siento mis malas acciones. Usted siente
las
buenas...; esa es la diferencia que hay entre nosotros.
LORD
WINDERMERE.- No me inspira usted confianza. Prefiero
decírselo
todo a mi mujer. Es mejor que lo sepa; para ella y para mí.
Le
causará un dolor infinito... La humillará espantosamente; pero es
justo
que lo sepa.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Qué? ¿Tiene usted la intención de
decirle?...
LORD
WINDIERMERIC.- Sí; y enseguida.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Acercándose a él.) ¡Si lo hace usted, yo
haré
mi nombre tan infame que el recuerdo de él amargue cada
momento
de su vida y la cubra de dolor y de vergüenza! ¡Si se atreve
usted
a decírselo, no hay abismo de degradación que yo no sea capaz
de
bajar, ni precipicio de ignominia en que yo no me arroje! ¡Usted no
se
lo dirá!... ¡Se lo prohibo!
LORD
WINDERMERE.- ¿Por qué?
MISTRESS
ERLYNNE.- Si le dijese a usted que me interesaba por
ella,
y hasta que la quería..., ¿usted se burlaría de mí, verdad?
LORD
WINDERMERE. - Comprendería que no era cierto. El amor
materno
quiere decir abnegación, altruismo, sacrificio. ¿Qué podría
usted
saber de todo eso?
MISTRESS
ERLYNNE.- Tiene usted razón. ¿Qué puedo yo saber de
todo
eso?... Bueno; no hablemos más de la cuestión. Quedamos en que
no
le dirá usted a mi hija quién soy. Es mi secreto, y no el de usted. Si
me
decido a decírselo, y puede que así lo haga, yo misma se lo diré
antes
de salir de esta casa... En caso contrario, no lo sabrá nunca.
LORD
WINDERMERE.- (Con irritación.) Entonces, permítame
usted
que le suplique que salga de esta casa inmediatamente. Yo la
disculparé
con Margarita.
(Entra
LADY WINDERMERE por la derecha. Se dirige hacia
MISTRESS
ERLYNNE con la fotografía en la mano. LORD
WINDERMERE
se coloca detrás del sofá vigilando anhelosamente a
MISTRESS
ERLYNNE durante toda la escena.)
LADY
WINDERMERE. - Usted perdonará, mistress Erlynne, que la
haya
hecho esperar tanto tiempo; pero no podía dar con el retrato. Al
fin
lo descubrí en el tocador de mi marido... Me lo había robado.
MISTRESS
ERLYNNE.- (Cogiendo la fotografía y contemplándola.)
No
me extraña... Es delicioso. (Sentándose de nuevo en el sofá junto a
LADY
WINDERMERE y contemplando aún la fotografía.) De modo
que
éste es su hijo... ¿Cómo se llama?
LADY
WINDERMERE- Gerardo, por mi difunto padre.
MISTRESS
ERLYNNE. - (Dejando la fotografía.)¿ Sí?
LADY
WINDERMERE. - Sí. Si hubiera sido una niña, la habría
puesto
el nombre de mi madre. Mi madre se llamaba como yo:
Margarita.
MISTRESS
ERLYNNE.- Yo también me llamo Margarita.
LADY
WINDERMERE.- ¿De veras?
MISTRESS
ERLYNNE.- Sí. (Pausa.) Usted tiene una gran devoción
por
la memoria de su madre, me ha dicho su marido, lady
Windermere...
LADY
WINDERMERE. - Todos tenemos nuestro ideal en la vida.
Por
lo menos, todos deberíamos tenerlo. El mío es mi madre.
MISTRESS
ERLYNNE.- Los ideales son siempre peligrosos. Prefiero
las
realidades. Hieren, pero son preferibles.
LADY
WINDERMERE.- Si yo perdiese mis ideales, habría perdido
todo.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Todo?
LADY
WINDERMERE.- Sí, todo.
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Le hablaba a usted muy a menudo su
padre
de su madre?
LADY
WINDERMERE.- No; le daba demasiada pena. Él mismo me
contó
cómo mi madre murió pocos meses después de nacer yo. Y
tenía,
mientras hablaba, los ojos llenos de lágrimas. Luego me pidió
que
no volviese a pronunciar su nombre delante de él. Oírlo sólo, le
hacía
sufrir. Realmente, puede decirse que mi padre murió de pena.
¡No
he conocido vida más triste que la suya!
MISTRESS
ERLYNNE.- (Levantándose.) No tengo más remedio que
irme,
lady Windermere.
LADY
WINDERMERE. - (Levantándose.) ¡Oh, no, todavía no! ¿Qué
apuro
tiene?
MISTRESS
ERLYNNE.- Se me hace un poco tarde. Ya debe de
haber
vuelto mi coche. Lo envié a casa de lady Bilston con una tarjeta.
LADY
WINDERMERE.- Arturo ¿querrías ver si ya ha vuelto el
coche
de mistress Erlynne?
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Oh, no, no se moleste usted, lord
Windermere!
LADY
WINDERMERE.- Sí, Arturo, ve a ver, haz el favor. (LORD
WINDERMERE
titubea un instante, mirando a MISTRESS
ERLYNNE.
Esta permanece impasible. LORD WINDERMERE sale.)
¡Oh!
¿Cómo decirle a usted lo que siento? ¡Anoche me salvó usted!
MISTRESS
ERLYNNE.- ¡Chis!... No hablemos más de eso.
LADY
WINDERMERE.- No; es preciso que hablemos. Yo no puedo
dejar
que usted crea que voy a aceptar su sacrificio. No, no puedo
aceptarlo.
Es demasiado grande. Yo se lo diré todo a mi marido. Es mi
deber.
MISTRESS
ERLYNNE.- No hay tal cosa. No es el deber de usted...
Por
lo menos, usted tiene también deberes con otras personas que él.
¿No
dice usted que también a mí me debe algo?
LADY
WINDERMERE. - ¡Todo!
MISTRESS
ERLYNNE. - Entonces, pague usted su deuda con el
silencio.
Es el único modo de pagarla. No eche usted a perder lo único
bueno
que he hecho en mi vida, revelándolo a los demás. Prométame
que
lo ocurrido anoche será siempre un secreto entre ambas. Usted no
debe
traer ningún sufrimiento a la vida de su marido. ¿Para qué
corromper
su amor? No, usted no debe hacerlo. ¡Si usted supiera lo
fácilmente
que se mata el amor! Deme usted su palabra, lady
Windermere,
de que no se lo dirá nunca. ¡Se lo suplico!
LADY
WINDERMERE.- (Inclinando la cabeza.) ¡Hágase como usted
quiera!
¡Es su voluntad, y no la mía!
MISTRESS
ERLYNNE. - Sí, es mi voluntad. Y no se olvide nunca
de
su hijo... Me gusta verla a usted de madre; y saber que lo es usted
tan
de veras.
LADY
WINDERMERE.- (Levantando los ojos.) Y cada vez lo seré
más.
Sólo una vez en mi vida me he olvidado yo de mi madre... ¡y fue
anoche!
¡Ah! Si yo me hubiera acordado de ella, no habría hecho el
disparate,
la locura que hice.
MISTRESS
ERLYNNIE. - (Con leve temblor.) ¡Chis!... ¿Quién se
acuerda
ya de anoche?
LORD
WINDERMERE.- (Entrando.) Todavía no ha vuelto su coche,
mistress
Erlynne.
MISTRESS
ERLYNNE.- No importa. Tomaré uno de alquiler...
Ahora
sí que no tengo más remedio que irme, mi querida lady
Windermere.
(Dirigiéndose hacia el centro de la escena.) ¡Ah, se me
olvidaba!
Va usted a encontrarme un poco absurda; pero el caso es que
me
he encaprichado por ese abanico que impensadamente me llevé
anoche.
¿Tendría usted inconveniente en dármelo como recuerdo? Sé
que
es un regalo de lord Windermere; pero éste me ha asegurado que
usted
no tendría inconveniente.
LADY
WINDERMERE. - ¡Oh! Claro que no; encantada. Pero tiene
pintado
mi nombre: Margarita.
MISTRESS
ERLYNNE. - Como nos llamamos lo mismo...
LADY
WINDERMERE.- Es verdad; lo olvidaba. Pues nada, lléveselo
usted.
¡Qué casualidad que nos llamemos lo mismo!
MISTRESS
ERLYNNE. - Sí, una casualidad. Gracias... Siempre que
lo
vea pensaré en usted.
(Apretón
de manos. Entra PARKER.)
PARKER.-
¡Lord Augusto Lorton! El coche de mistress Erlynne
acaba
de llegar.
AUGUSTO.
- (Entrando.) ¡Buenos días, querido! ¡Buenos días, lady
Windermere!
(Viendo a MISTRESS ERLYNNE.) ¡Mistress Erlynne!
MISTRESS
ERLYNNE.- ¿Qué tal, lord Augusto? ¿Sigue usted bien?
AUGUSTO.
- (Fríamente.) Muy bien, gracias, mistress Erlynne.
MISTRESS
ERLYNNE.- Pues no tiene usted buena cara, lord
Augusto.
Se acuesta usted demasiado tarde... y eso le sienta
malísimamente.
Debiera usted cuidarse más. ¡Adiós, lord
Windermere!
(Se dirige hacia la puerta después de hacer una
inclinación
de cabeza a LORD AUGUSTO. De pronto sonríe y se
vuelve
hacia él.) ¡Lord Augusto! ¿Querría usted acompañarme hasta
el
coche? Podría usted llevarme el abanico.
LORD
WINDERMERE. - Permítame usted...
MISTRESS
ERLYNNE.- No; prefiero que venga lord Augusto.
Tengo
un recado que darle para la duquesa. ¿Qué, no quiere usted
llevarme
el abanico, lord Augusto?
AUGUSTO.-
Si realmente usted se empeña, mistress Erlynne...
MISTRESS
ERLYNNE.- Claro que me empeño. ¡Lo llevará usted
con
tanta gracia! Pero ¿qué no llevaría usted con gracia, mi querido
lord
Augusto? (Al llegar a la puerta se vuelve por un instante hacia
LADY
WINDERMERE. Sus ojos se encuentran. Luego da media
vuelta
y sale, seguida de LORD AUGUSTO.)
LADY
WINDERMERE.- ¿No volverás a hablarme mal de mistress
Erlynne,
verdad, Arturo?
LORD
WINDERMERE.- (Gravemente.) Es mejor de lo que parecía.
LADY
WINDERMERE. - ¡Es mejor que yo!
LORD
WINDERMERE.- (Sonriendo y acariciándole los cabellos.)
¡No
seas niña! Ella y tú pertenecéis a mundos distintos. En el tuyo, el
mal
nunca ha entrado.
LADY
WINDERMERE.- No digas eso, Arturo. El mundo es el
mismo
para todos, y el bien y el mal, y el pecado y la inocencia, se
pasean
por él cogidos de la mano. Cerrar los ojos a esa mitad de la
vida,
con la esperanza de poder vivir en sosiego, es como si nos
cegásemos
voluntariamente, a fin de caminar sin miedo por un terreno
lleno
de precipicios.
LORD
WINDERMERE.- (Llevándola cogida del talle.) ¿Por qué
dices
eso, amor mío.
LADY
WINDERMERE. - Porque yo, que había cerrado los ojos a la
vida,
he estado al borde del precipicio. Y alguien, que nos había
separado...
LORD
WINDERMERE.- ¡Pero si nosotros no hemos estado nunca
separados!
LADY
WINDERMERE.- No debemos volver a estarlo. ¡Oh Arturo,
no
me quieras menos, y yo tendré en ti más confianza! Una confianza
absoluta.
Vámonos fuera, al campo, donde estemos solos.
AUGUSTO.
- (Entrando.) ¡Arturo, me lo ha explicado todo! (LADY
WINDERMERE
le mira asustada. LORD WINDERMERE se
estremece.
LORD AUGUSTO le coge de un brazo y le lleva un poco
aparte.
Habla de prisa y en voz baja. LADY WINDERMERE les
observa,
en pie, pálida de emoción.) Sí, querido, me lo ha explicado
todo.
Todos hemos sido horriblemente injustos con ella. Figúrate que
precisamente
fui yo la causa de que ella fuera a casa de Darlington.
Llamó
primero al club queriendo sacarme de la incertidumbre en que
yo
me encontraba... y habiéndole dicho que había salido... me siguió
y....
asustada, como es natural, al oír entrar a tanta gente.... pues claro,
se
retiró a otra habitación... Ya ves que la cosa no puede ser más
satisfactoria
para mí. Nos hemos portado con ella lo mismo que unos
patanes.
¡Ah, ésa es la mujer que a mi me convenía! ¡Ni hecha de
encargo!
La única condición que impone es que vivamos siempre
fuera
de Inglaterra. ¡Figúrate, qué más quiero yo! Precisamente estaba
harto
de esos malditos clubs, de este maldito clima, y de esta con-
denada
cocina inglesa... Sí, hasta la coronilla estaba ya de todo ello.
LADY
WINDERMERE. - (Trémula, acercándose y decidiéndose a
preguntar.)
¿De modo que mistress Erlynne?...
AUGUSTO.
- (Haciéndola una reverencia.) Sí, lady Windermere...
Mistress
Erlynne me ha hecho el honor de aceptar mi mano.
LORD
WINDERMERE. - ¡Ah, no cabe duda de que te llevas una
mujer
muy inteligente!
LADY
WINDERMERE.- (Cogiendo la mano de su marido.) ¡Y muy buena, lord Augusto, muy
buena!
TELON
Y FIN DE LA COMEDIA