
Ajuste
de cuentas
Deyanira, Yole y Heracles
(Después de Traquinias, de
Sófocles)
Autor: Benjamin Gavarre
AJUSTE DE CUENTAS: DEYANIRA, YOLE Y HERACLES. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
Sinopsis ¿Qué ocurre cuando el mito se quita el disfraz? En esta reescritura de Las traquinias de Sófocles, el heroísmo de Heracles no es más
que la coartada de un tirano doméstico, violador y raptor. Tras veinte años de
encierro administrativo y silencio calculado, Deyanira ya no espera el regreso
de un esposo divino, sino el momento de ajustar cuentas. Con la llegada de Yole
—una princesa despojada cuya ciudad acaba de arder— se consuma el pacto
definitivo entre las víctimas. La venganza no adopta la forma de una pira de
fuego heroico, sino de un manto de terciopelo rojo sangre que abrasa la carne del
tirano cada vez que intenta mentir o apelar a su falso destino. Un drama
contemporáneo, irónico y descarnado sobre la deconstrucción del poder
patriarcal y la ruptura final del silencio filial.
Nota del Autor Esta obra busca mirar de frente el dolor y la impunidad que el mito clásico solía envolver en
himnos de gloria. Heracles no subirá al Monte Eta transformado en dios: su
castigo es el silencio obligatorio, la pérdida de su relato y la condena a
consumirse en la penumbra de un establo abandonado.
Personajes
- DEYANIRA (50 años):
Princesa de Calidón antes de ser la esposa de Heracles. Despojada de su
tierra, de su linaje y de veinte años de su vida administrando el exilio
en una casa ajena. Posee una ironía fría, cortante como el vidrio, nacida
de una larga humillación observada en silencio.
- HERACLES (55 años): El
«Héroe». Un hombre acostumbrado a que sus apetitos se llamen destino y sus
masacres se canten como hazañas. Un tirano carismático convencido de su
propia rectitud moral.
- HILO (22 años): Hijo
de ambos. Creció adorando a un padre ausente a través de los relatos
épicos. Empieza siendo un joven ansioso por justificar al Héroe y termina
enfrentando al hombre impresentable.
- YOLE (20 años): Princesa
de Ecalia. Lleva un vestido de alta costura desgarrado y manchado de
ceniza real. En esta obra no enmudece como en Las traquinias: acaba
de ver arder su mundo y ya no tiene nada que perder.
Espacio Escénico
El salón principal de la
residencia en Traquis. Un espacio frío, de techos altos y muros de piedra lisa
que parecen más una bóveda o un museo privado que un hogar. Vitrinas de cristal
iluminadas desde dentro exhiben reliquias que, vistas de cerca, carecen de
gloria: pieles resecas, armas oxidadas con sangre vieja, colmillos
amarillentos. Al fondo, un retrato monumental de Heracles en pose triunfal. En
un rincón, sobre una mesa de mármol negro, una caja de madera antigua sellada
con lacre oscuro. No hay ventanas; solo una pesada puerta de doble hoja al
fondo y tres interruptores de bronce junto al marco.
Acto Primero
ESCENA I: Los despojos de guerra y el heraldo roto
(Al levantarse el telón,
DEYANIRA está de pie, inmóvil frente a una de las vitrinas, observando su
propio reflejo superpuesto a los trofeos de caza de su marido. Sostiene una
copa de vino intacta como si fuera un escudo pequeño. Las puertas del fondo se abren
con estrépito contenido y entra HILO, agitado, intentando mantener la
compostura mientras mira hacia el pasillo exterior).
HILO
Madre... acaba de llegar Licas del puerto con el carruaje de carga. Trae
un envío de mi padre desde Ecalia.
DEYANIRA (Sin girarse, hablando contra el cristal de la
vitrina)
¿Por qué metió Licas el carruaje hasta el patio trasero? Desde que
murieron los caballos que traje de casa de mi padre, ese establo quedó vacío y
triste. El único animal de carga que queda en esta finca es el propio Licas,
que lleva treinta años encubriendo las correrías de tu padre bajo el título de
«heraldo fiel». ¿Qué trajo esta vez? ¿Un trofeo de caza para las vitrinas?
HILO
No es un trofeo, madre. Es... una joven. Licas apenas pudo bajarla del
pescante; viene herido, caminando a rastras y con la frente abierta, pero dice
que mi padre ordenó recibirla bajo nuestro techo con miramientos. (Da un paso hacia su madre y baja la voz, perturbado y fascinado a la
vez). Nunca había visto a una mujer así. A pesar del
hollín y de cómo trae la ropa, parece... parece que nos estuviera haciendo un
favor al pisar el mármol.
DEYANIRA (Se gira lentamente. Su rostro se endurece en una
máscara de cortesía gélida)
Que pase el nuevo trofeo, entonces. Y que Licas espere junto al pozo del
patio; no quiero que me manche las alfombras con su lealtad.
(HILO se asoma al pasillo y hace
un gesto. Entra YOLE. Camina descalza, sin prisa, con la espalda impecablemente
recta, llevando un abrigo de piel fina echado sobre los hombros encima de un
vestido de seda desgarrado y tiznado de ceniza. No trae equipaje. Se detiene en
el centro exacto del salón y recorre las vitrinas con una sonrisa levísima,
casi clínica, ignorando la presencia de Hilo).
DEYANIRA (Midiéndola de pies a cabeza con atención
implacable)
Hilo tenía razón. No pareces un jabalí del Peloponeso, aunque hueles
bastante a humo. Acércate, niña. ¿Tienes nombre o mi marido también te lo
despojó con sus fuertes manos?
YOLE (Con voz clara, rápida, de una serenidad
perturbadora que no busca compasión)
Me llamo Yole. Y la ceniza, señora, viene de la biblioteca de mi padre y
de las vigas del techo de mi cuarto. Se pegan mucho a la piel cuando una ciudad
arde sin viento. (Pasea la vista por los muros de
piedra). Qué salón tan limpio tiene usted. Se nota que aquí
las cosas solo se mueren de tedio.
HILO (Dando un paso hacia ella, solícito, intentando
suavizar la tensión)
Debes estar agotada. Licas me dijo en la puerta que hubo una
insurrección en Ecalia, que mi padre tuvo que intervenir para pacificar la
región y que el propio Licas fue herido en el combate...
YOLE (Lo mira por primera vez, deteniendo su discurso
con una ternura irónica que lo congela en su sitio)
¿Eso te dijo Licas? «Pacificar la región». Qué bien entrenados tienen a
los perros en esta casa. (Vuelve los ojos hacia Deyanira,
hablando de igual a igual). Licas no se hirió en ningún
combate, señora. Hace media hora, allá abajo en el muelle, el pobre viejo
cometió la imprudencia de tener un ataque de decencia. Mientras me bajaban del
barco, se atrevió a decirle a su marido que meterme en la casa de su propia
esposa era una humillación innecesaria.
DEYANIRA (Arqueando una ceja, con ironía amarga mientras
apoya la copa sobre una consola)
¿Licas tuvo un escrúpulo? Después de treinta años de alcahuete, qué mal
momento eligió para estrenar conciencia.
YOLE (Avanza un paso, reconstruyendo la escena con
frialdad quirúrgica)
Le duró muy poco. El gran Heracles ni siquiera le gritó. Lo tomó del
cuello con una sola mano y lo estrelló contra la pared de piedra del muelle. Se
oyó el crujido de alguna costilla y el cráneo descalabrado, pero a su marido
eso no le importó... Cuando el viejo cayó de rodillas en el lodo, le tiró las
riendas a la cara y le dijo: «Súbela al carro y dile a Deyanira lo que te
ordené, o esta vez te estrellaré contra las rocas del risco».
(Silencio sepulcral. HILO
retrocede un paso, pálido, buscando en el rostro de su madre alguna
refutación).
HILO (Negando con la cabeza, aferrándose
desesperadamente a su ideal)
No... tú estás alterada por el viaje. Mi padre tiene un temperamento
terrible cuando lo traicionan, pero Licas es su compañero de armas, jamás lo
trataría como a una bestia...
YOLE (Hablando aún más rápido, acorralando a Hilo con
una sonrisa fija y helada)
Tienes razón, muchacho: a las bestias las diseca y las pone en vitrinas;
a los amigos los estrella contra las piedras. Y con mi familia fue todavía más
considerado. Llegó el martes a cenar a casa de mi padre, el rey Éurito. Bebió
nuestro vino, elogió los caballos y, a los postres, me señaló con un hueso de
cordero. Dijo que había decidido llevarme en su carruaje esa misma noche como
pago por unos servicios imaginarios. Cuando mi padre le recordó las leyes de
hospitalidad y le recordó que usted existía, señora, el pacificador de Grecia
tomó a mi hermano menor por el cuello y lo arrojó desde la terraza norte contra
el patio. Luego incendió el palacio, mató a mi padre en su trono y, cuando salí
entre el humo, me echó este abrigo encima y me dijo: «Ve a casa de Deyanira.
Ella sabe cómo doblar la ropa de un héroe y no hace preguntas cuando vuelvo
cansado».
DEYANIRA (Recibe la frase como un golpe seco en el estómago;
aprieta los dedos contra el borde del mueble, pero no parpadea. Su voz sale
baja, cargada de veneno contenido)
¿Eso dijo? ¿Que yo sé doblar la ropa sin hacer preguntas? (Camina lentamente alrededor de Yole, encerrándola en un círculo). Claro. Y usó al pobre Licas, medio muerto, para entregarte en mi puerta
como un fardo. Dos mujeres por el precio de un solo techo: la vieja para llevar
las cuentas del decoro, y la nueva para recordarle que todavía puede tomar por
asalto lo que se le antoje.
YOLE (Sin bajar la mirada, girando apenas el rostro para
seguir a Deyanira)
No se equivoque conmigo, Deyanira. Yo no vine a quitarle el puesto. Si
por mí fuera, yo estaría haciendo ritos funerarios por mis muertos.
DEYANIRA (Perdiendo por primera vez la compostura,
acercándose a ella con furia herida)
Eso deberías haber hecho... ¡Pero estás aquí! ¡Joven, intacta,
respirando el aire que a mí me cuesta veinte años de encierro! ¿Crees que eres
la primera princesa a la que ese animal arranca de su tierra? ¡Yo era Deyanira
de Calidón! ¡Yo también vi a mi padre negociar mi cuerpo por miedo a su maza de
bruto! ¡Yo crucé ríos en brazos de monstruos mientras él jugaba a salvarme para
luego dejarme tirada en este palacio de silencios como un baúl viejo! ¡Y ahora
tú vienes a ocupar mi lugar!
YOLE (Estalla por primera vez: se arranca el abrigo de
piel de un tirón violento y lo arroja a los pies de Deyanira, mostrando los
hombros tiznados y la seda rota)
¡No hay un lugar para ocupar! ¡No seré la prisionera de los apetitos de
un bruto! ¡No quiero ser la nueva prisionera! ¡Mírese! ¡Lleva veinte años
cuidándole el museo a su propio secuestrador! ¡Yo tengo la ropa quemada porque
traté de tirarme al fuego antes de que me tocara! ¿Cuál es su excusa para
seguir teniéndole la puerta abierta?
HILO (Interponiéndose entre ambas, alterado, alzando la
voz)
¡Basta! ¡No puedes hablarle así a mi madre, ni hablar así de Heracles!
DEYANIRA (Con una calma helada que corta a Hilo en seco, sin
siquiera mirarlo)
Cállate, Hilo.
HILO
Madre, está muy ofuscada, no sabe quién es mi padre...
DEYANIRA (Clavando por fin los ojos en su hijo con autoridad
absoluta)
He dicho que te calles. (Vuelve a mirar a Yole
largamente. La rabia inicial se disuelve en una lucidez fría, calculadora, casi
solemne. Se inclina con lentitud, recoge el abrigo del suelo y lo deja sobre un
sillón). Tienes razón, niña. Llevo veinte años puliendo el
bronce de una estatua para que este muchacho tuviera un linaje admirable y
digno. Fui tan estúpida. Él nunca nos vio como personas, ¿verdad? Ni a ti, ni a
mí, ni a Hilo, ni al infeliz de Licas. Solo somos utensilios. Unos para la
cama, otros para el tiro del carro y otros para heredar, quieran o no... su
«heroico» legado.
ESCENA II: El filtro de la verdad
(Con paso resuelto, DEYANIRA
camina hacia la mesa de mármol negro donde descansa la caja de madera sellada
con lacre oscuro. Toma un abrecartas de plata, rompe el sello de un golpe seco
y levanta la tapa. Del interior extrae una túnica ceremonial de terciopelo rojo
sangre, pesada, austera, sin un solo adorno, pero con una caída rígida, casi
mineral, que sostiene a la vista de ambos).
HILO (Reconociendo el cofre, dando un paso atrás con
inquietud)
Madre... ¿qué haces con eso? Dijiste que ese cofre no debía abrirse
nunca.
DEYANIRA (Acariciando el terciopelo oscuro con reverencia
letal)
Era un seguro contra días de tormenta, Hilo. Me lo dio Neso, el
centauro, antes de desangrarse en el río Eveno por una flecha de tu padre. Otro
«rescate» heroico: Neso quiso violarme en la orilla y Heracles me salvó solo
para reclamar el derecho exclusivo de hacerlo él mismo esa noche.
YOLE (Acercándose despacio a la mesa para observar la
pesada tela roja)
Parece el manto de un rey en desgracia.
DEYANIRA
Es un manto hecho de veneno antiguo... el manto de los sacrificios
solemnes, empapado desde hace veinte años con la sangre del centauro mezclada
con la bilis de la Hidra. Quien se lo ponga no puede mentirse ni mentirle a
nadie. Cada vez que intente disfrazar su bajeza con palabras nobles, cada vez
que use un sofisma, una verdad aparente para justificar sus crímenes, el veneno
le encenderá la sangre por dentro como fuego interno, como quemadura del alma.
HILO (Horrorizado, mirando alternativamente el manto y a
su madre)
¡Estás hablando de quemar vivo a mi padre! ¡Si se la mandas y nos
descubre...!
DEYANIRA (Con una media sonrisa gélida, doblando el manto
sobre su brazo como una oficiante)
¿Mandársela? No, Hilo. Ya sabes que a los tiranos les encanta plasmar su
nombre en cualquier celebración, ser el invitado de honor, firmar con infinito
narcisismo todo homenaje que lleve su nombre. Esta túnica no va a ir hacia él;
se la voy a abrochar yo misma aquí, en su sala de trofeos. Él vendrá... Tiene
una nueva amante a la cual visitar.
Acto Segundo
(El mismo salón, minutos
después. La caja de madera ha sido cerrada. Se escuchan pasos pesados, firmes y
autoritarios que resuenan en las losas del vestíbulo exterior).
YOLE (Enderezando la espalda, con la mirada fija en la
puerta)
Ya está aquí.
DEYANIRA (En voz baja y firme, tomando posición en el centro
del salón con el manto rojo doblado sobre una banqueta)
No lo saludes hasta que él te vea, Hilo. Deja que él encuentre su lugar.
ESCENA I: El sofisma y la brasa
(Las puertas de doble hoja se
abren de golpe. Entra HERACLES. Viste un abrigo militar de corte impecable
sobre ropa de viaje polvorienta. Irradia la seguridad aplastante y expansiva de
los hombres que jamás han tenido que pedir perdón por nada. Ocupa el espacio
como si los demás fueran parte del mobiliario).
HERACLES (Quitándose los guantes de cuero y arrojándolos
sobre una vitrina, sin mirar a nadie a los ojos todavía)
Qué silencio tan fúnebre. Cualquiera diría que el dueño de esta casa
volvió en un escudo y no sobre sus propios pies. Deyanira, vas a tener que
comprar otro heraldo en el mercado; acabo de ver a Licas tirado junto al pozo
del patio quejándose como una mujerzuela. (Detiene la
vista en Yole. La recorre con una media sonrisa de propietario satisfecho). Veo que al menos entregó bien el encargo que le di. ¿Ya le diste de
comer? Se negaba a probar bocado; pretender que la realeza puede hacer algo
contra mí solo por ser realeza... Yo soy el más grande y sus familiares ya lo
saben, ¿no, princesa?
DEYANIRA (Avanzando medio paso con una serenidad impecable)
Bienvenido, Heracles. No te preocupes por la princesa Yole ni por el
delicado Licas; ya nos pusimos al día sobre cómo pagan con sus huesos rotos las
personas que se acercan demasiado... a ti.
HERACLES (Restándole importancia con un gesto despectivo de
la mano mientras camina hacia la licorera y se sirve vino)
El mundo está lleno de gente frágil, mujer. Éurito era otro anciano
terco que no entendía cómo funciona el nuevo orden de las cosas. Le ofrecí una
alianza de sangre y me respondió con agravios. Cuando un hombre como yo
extiende la mano y se la desprecian, no queda más remedio que impartir una
lección histórica. Es agotador, te lo aseguro. Uno carga con la responsabilidad
de civilizar este continente y todavía esperan que pida permiso en cada
frontera.
YOLE (Sin mover un músculo, con voz neutra, casi
informativa)
Mi hermano Ífito tenía diecisiete años y estaba desarmado cuando lo
tiraste por la muralla. ¿Qué otra parte del continente civilizaste contra su
voluntad?
HERACLES (Se detiene con la copa a medio camino hacia los
labios. La mira con fastidio paternalista)
Querida, en las guerras los muchachos imprudentes pierden el equilibrio
en las murallas. Es una tragedia, sí, pero la historia no se escribe con
sentimentalismos domésticos. Yo te salvé la vida, te saqué de una ciudad
condenada y te traje a la casa más respetada de Grecia. Con el tiempo me lo vas
a agradecer.
DEYANIRA (Toma el manto de terciopelo rojo entre las manos y
se acerca a él con estudiada solemnidad)
Sin duda. Tu generosidad nos deja sin aliento a todos, marido. Por eso
preparé el manto rojo de las celebraciones heroicas. Antes de que te sientes a
la mesa, quítate el polvo del camino. Un hombre tan convencido de su rectitud
merece vestirse a la altura de su conciencia.
HERACLES (Halagado en su vanidad patricia, apura la copa, la
deja sobre la mesa y se despoja del abrigo militar, abriendo los brazos para
ser vestido)
Por fin un gesto de cordura en esta casa. Diez meses durmiendo en
tiendas de campaña rodeado de mediocres... Se olvida uno de lo que es el
respeto conyugal. Ayúdame con los broches, mujer.
(DEYANIRA coloca el pesado manto
de terciopelo rojo sangre sobre los hombros de HERACLES y ajusta el broche
metálico en el cuello con manos lentas y firmes, casi como quien cierra un
grillete. Da dos pasos atrás. Hay una pausa. HERACLES acomoda los hombros,
respira hondo frente a su propio retrato y, de pronto, frunce el ceño. Se lleva
una mano abierta al esternón).
HERACLES (Inquieto, bajando la mirada hacia el terciopelo
carmesí)
Esta tela está helada... No, espera. Quema. ¿Por qué esta tela huele a
sangre, Deyanira? Siento como si me hubieran quitado una libra de carne de mi
cuerpo.
DEYANIRA (Cruzando las manos frente a su falda, observándolo
con frialdad clínica)
Es un veneno antiguo, Heracles. Es sangre. Es memoria. Cuéntale a tu
hijo por qué destruiste una ciudad entera de aliados y por qué maltrataste a tu
fiel servidor, Licas. Pero cuéntaselo sin usar la palabra «destino».
HERACLES (Rabioso, pero todavía contenido, tirando del
cuello del manto rojo, que parece haberse soldado a su piel)
¿Qué interrogatorio es este? ¡Yo no le rindo cuentas a un muchacho ni a
dos mujeres resentidas! ¡Lo que hice en Ecalia fue un acto de justicia
soberana! ¡Yo soy el hijo de Zeus, el que limpió la tierra de... escoria!
(Se corta en seco. Un espasmo
violento le dobla las rodillas hacia adelante. Es una contracción muscular
seca, brutal, como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo detrás de las
costillas. Jadea, pálido de golpe, aferrándose con ambas manos al borde de la
mesa de mármol negro para no caer de bruces).
HILO (Dando un paso instintivo hacia él, asustado)
¡Padre!
YOLE (Deteniéndolo con la voz, sin moverse de su sitio)
No lo toques, Hilo. Mira cómo le tiembla la mano. Dijo «justicia
soberana» y el cuerpo se le negó a tragar saliva.
HERACLES (Con la voz ronca, clavando las uñas en el
terciopelo rojo del pecho, pero sus dedos resbalan sin poder desgarrarlo ni
aflojar el broche)
¿Qué me hiciste, maldita...? ¡Arráncamelo, Hilo! ¡Llamen a Licas! ¡Se me
pega a las costillas! ¡Cada vez que respiro siento que trago vidrio molido!
DEYANIRA (Inmóvil, mirándolo desde arriba mientras él lucha
por incorporarse)
Licas no puede levantarse del pozo, ¿recuerdas? Lo dejaste tan
lastimado... Y no intentes arrancarte el manto. Es el regalo de Neso. El veneno
está tejido con tu propia lengua: mientras uses grandilocuencias para tapar tus
crímenes, el fuego te va a comer el alma. Prueba a decir la verdad. Es el único
antídoto. Di por qué mataste a la familia de Yole.
HERACLES (Sudando frío, con los ojos inyectados en sangre y
un odio feroz dirigido hacia Deyanira)
¡Víbora...! ¡Bruja traicionera! ¡Te recogí de una provincia miserable,
te di mi nombre, te mantuve bajo mi techo mientras yo me desangraba por el
mundo, y me tiendes una emboscada en mi propia sala! (Otro espasmo brutal lo hace desplomarse sobre una rodilla. Aprieta las
mandíbulas para no gritar; el dolor interno lo asfixia). ¡No... puedo... me arde la garganta antes de hablar...!
DEYANIRA (Dando un paso hacia él, implacable)
Porque no dejas de mentir. No me recogiste de ninguna miseria: me
compraste como ganado y me encerraste aquí para tener quién te cuidara el museo
de la desgracia ajena mientras tú saqueabas camas ajenas. Vamos, héroe. Ahorra
saliva y ahórrate el dolor. Di qué fuiste a hacer a Ecalia.
HERACLES (Jadeando contra el mármol, escupiendo las palabras
con una rabia que lo desfigura, obligado por el ardor insoportable a soltar la
verdad desnuda)
¡Fui... fui porque la quería a ella! (Señala a
Yole con mano temblorosa). ¡Porque la vi hace un año y se
me metió entre las cejas! ¡Y porque su padre se atrevió a decirme que no en mi
cara, frente a mis capitanes! ¡Y a Licas lo estrellé contra la pared porque se
atrevió a contradecirme! ¡Porque a mí nadie me juzga ni me dice no! (Apenas termina de gritarlo, el espasmo cede un segundo. Respira hondo,
humillado hasta la médula por su propia confesión, mirando a los tres desde
abajo con un rencor animal). ¿Están satisfechas? ¡Sí, la
tomé por la fuerza! ¡Como tomé todo lo que tengo! ¡Ese es el privilegio de los
fuertes!
ESCENA II: El testamento del patriarca y la penumbra
HERACLES (Apoyándose con esfuerzo en la mesa de mármol para
incorporarse a medias. El sudor le oscurece aún más el cuello de terciopelo
rojo, que parece fundido con su piel. Sabe que sus piernas ya no le responden
igual, pero clava los ojos en Hilo, apelando a su última trinchera de poder: la
sangre)
Hilo... acércate. Eres mi sangre. El único en esta habitación que me
debe la existencia.
(HILO no da un paso hacia él,
pero sostiene la mirada de su padre, tenso como una cuerda de arco).
HERACLES
Tu madre me ha tendido una trampa de cobardes porque no soporta que el
tiempo la haya vuelto invisible. No voy a darle el gusto de verme suplicar.
Pero sigo siendo el señor de esta casa y mi voz todavía es ley. (Señala a Deyanira y luego a Yole con el brazo tembloroso). Te ordeno que tomes el mando de este patrimonio hoy mismo. Repudia a tu
madre; enciérrala en las habitaciones del norte hasta que se seque en vida. Y
en cuanto a Yole... puesto que esa mujer ya pasó por mis manos y ningún otro
hombre ajeno a mi estirpe debe tocar lo que fue mío... te ordeno que la tomes
por esposa esta misma noche. Que se quede en tu cama, bajo mi linaje, para que
Grecia entera sepa que lo que Heracles conquista no se devuelve jamás. ¡Júralo
por Zeus, hijo!
(Un silencio denso cae sobre el
salón. DEYANIRA e YOLE miran a HILO. No se mueven ni intervienen; saben que el
golpe definitivo solo puede darlo él).
HILO (Camina despacio hasta detenerse a dos metros de su
padre. Su postura ha cambiado: su voz ya no tiene rastro de timidez ni de
entusiasmo juvenil; suena grave, limpia y definitiva)
Toda mi vida me dormí mirando tus vitrinas, padre. Cuando los otros
jóvenes hablaban de los suyos, que les enseñaban a sembrar o a navegar, yo me
repetía que el mío no estaba porque el mundo lo necesitaba más que yo. Mi madre
se tragó veinte años de bilis en silencio para no romperme esa mentira.
HERACLES (Con voz áspera, conteniendo un quejido mientras se
sujeta el pecho)
No te pedí un discurso, Hilo. Te di una orden. Eres mi heredero.
HILO
¿Y qué es exactamente lo que me estás heredando? ¿Tus abusos? ¿Tus
cadáveres sin enterrar? Me pides que me acueste con una mujer a la que le
asesinaste a la familia ayer por la mañana, solo para que ningún otro hombre
«use» tu propiedad. (Lo mira con una mezcla de asco
y compasión helada). No me ves como a un hijo,
Heracles. Me ves como una esperanza ciega de tu cuerpo senil. Quieres usar mis
manos para seguir agarrando lo que a ti ya te quema tocar, y quieres usar mi
cama como un depósito para guardar tu botín de guerra.
HERACLES (Intentando erguirse por completo, recibiendo un
nuevo latigazo de fuego en el esternón al alzar la voz)
¡Te estoy dejando un nombre inmortal, imbécil! ¡Te estoy haciendo un
hombre!
HILO (Dando un paso firme hacia él, dominando la escena)
¡Un hombre no se hace recibiendo los escombros de un violador y un
asesino! (La palabra retumba en las paredes de piedra.
Heracles acusa el golpe como una bofetada física y retrocede medio paso). Nos hiciste creer que matabas monstruos allá afuera para protegernos,
pero solo los matabas por competencia: no soportabas que hubiera otra bestia
más voraz que tú en la comarca. No eres un héroe; eres el matón del mundo.
Tienes la fuerza para destruir, pero no vales nada. Yole no es tuya, ni será
mía, porque no es una provincia ni un jarrón saqueado. Y esta casa tampoco te
pertenece ya; la pagó mi madre con veinte años de soledad mientras tú jugabas a
ser un dios intachable. No voy a tocar tus armas, ni a deshonrar a esta
princesa a la que convertiste en prisionera. ¿Y a ti? Me das asco... Ni
siquiera voy a tocarte.
HERACLES (Se tambalea hacia atrás, chocando de espaldas
contra el pedestal de su propio retrato monumental. El ardor del veneno y la
humillación de verse repudiado por su hijo lo llevan al límite. Desgarra el
aire con un rugido quebrado)
¡Entonces mátenme de una vez! ¡No me dejen podrir entre las faldas de
una mujer despechada! ¡Hilo, si te queda una gota de mi sangre, llévame a la
cumbre del Monte Eta! ¡Levanta una pira de robles y préndeme fuego vivo! ¡Que
toda Grecia vea arder la carne de Heracles subiendo hacia el Olimpo! ¡Te lo
ordeno! ¡Dame mi fuego!
DEYANIRA (Avanza hacia él con una calma devastadora,
deteniéndose a escasos centímetros para observarlo desde su propia altura)
¿Una pira en el Monte Eta? ¿Para qué, Heracles? ¿Para que las llamas
borren el rastro de tus crímenes y mañana los poetas canten que te convertiste
en humo sagrado? No, querido. El fuego del cielo es para los héroes de
tragedia, y tú no llegas ni a matón con armas invencibles. No vas a tener
cumbre, ni antorchas, ni coros que te lloren. Y mi hijo no va a manchar su
juventud cargando tu inmunda carne.
YOLE (Camina serenamente hacia la pared del fondo y
acciona el primer interruptor de bronce con un clic seco. Las luces de la mitad
de las vitrinas se apagan, dejando ese costado del salón en penumbra)
Nadie en esta sala va a tocar un solo hilo de tu ropa, Heracles. Ya te
pusimos demasiada atención, pobre miserable gigante.
DEYANIRA (Con voz serena, casi doméstica, como quien
organiza la limpieza de una casa después de un banquete)
Esta noche te quedarás aquí, en el piso frío. Y mañana al amanecer le
pediré al pobre Licas que venga por ti. Con las costillas vendadas y haciendo
un esfuerzo que seguro le gustará, podrá subirte a la carretilla del estiércol
y llevarte al establo viejo, el que quedó abandonado en el fondo del patio
cuando murieron los caballos de mi padre.
HERACLES (Con los ojos desorbitados por el terror a la
humillación final y a la oscuridad que avanza)
¡¿Licas?! ¡¿En una carretilla al establo?! ¡Yo soy el que limpió los
establos de Augías! ¡Yo soy el vencedor de Nemea! ¡Soy el hijo predilecto
de...!
(No puede terminar la frase. El
veneno de Neso reacciona ante el último alarde con una violencia fulminante: un
espasmo atroz le arquea la espalda, como si una tenaza al rojo vivo le cerrara
la tráquea desde adentro. Se desploma de rodillas sobre el mármol, abriendo la
boca en un grito mudo, llevándose las manos al cuello. Intenta articular otra
palabra, cualquier justificación, pero apenas despega los labios el ardor le
quema la lengua y lo obliga a callar de golpe, temblando, reducido a una
respiración sibilante y rota).
DEYANIRA (Contemplándolo en la semioscuridad, inclinándose
apenas hacia él con un susurro implacable)
Mírate. Por fin lo entendiste. El veneno solo te da tregua cuando
callas. Pero como toda tu vida ha sido una farsa, no tienes una sola verdad que
decir para aliviarte. Ni siquiera puedes pronunciar tu propio nombre sin que te
queme la boca, porque hasta tu nombre está maldito.
(HILO camina hacia la puerta y
acciona el segundo interruptor de bronce. El resto de las vitrinas y el retrato
monumental de Heracles se apagan de golpe, hundiéndose en la sombra. Solo queda
un halo de luz pálida que entra desde el pasillo exterior por la puerta
entreabierta).
HILO (Desde la penumbra del umbral, sin rabia, con la
solemnidad de quien despide a un extraño)
Allá en el establo no habrá espejos, ni retratos, ni nadie que te
escuche, padre. Licas te volcará sobre la paja seca, asegurará el tranco por
fuera y te dejará a oscuras. Y ahí te irás consumiendo en silencio, día tras
día, porque ya no te queda nada qué decir.
YOLE (Junto a la puerta, mirando por última vez hacia el
bulto inmóvil en el suelo)
Si hablas, te abrasas. Y si callas, no eres nadie.
DEYANIRA (Camina sin prisa hacia la salida junto a Hilo e
Yole. Antes de cruzar el umbral, apoya la mano sobre el tercer y último
interruptor)
Vámonos a dormir, que ha sido un viaje largo. Mañana temprano le diré a
Licas que prepare la carretilla para sacar los escombros del salón. Buenas
noches, Heracles. Cuida de no pensarte demasiado grande en la oscuridad... no
vaya a ser que el propio pensamiento te prenda fuego y no quede de ti ni la
ceniza cuando amanezca.
(DEYANIRA apaga la última luz.
El salón queda sumido en una oscuridad profunda, apenas rota por una línea
finísima de claridad bajo la puerta de doble hoja que se cierra suavemente
desde afuera. En el centro de las tinieblas, ese hilo de luz rasante apenas
recorta el bulto encorvado de HERACLES envuelto en el terciopelo rojo sangre,
parecido a un carbón agonizante sobre el mármol frío: completamente mudo,
inmóvil, respirando apenas para no avivar su propia brasa en el silencio
sepulcral de la casa. OSCURO LENTO).