Lo que sabe el agua
Pieza en un acto
Benjamín Gavarre
Personajes
- JULIÁN: El amante secreto de Elia. Conoce sus silencios nocturnos, pero hoy descubre que tampoco lo conocía del todo.
- MARCOS: El compañero inseparable de entrenamientos. Franco, físico, desconcertado ante lo invisible.
- GAEL: El amigo confidente. Observador, sensible a las corrientes ocultas del ánimo.
- LAS SOMBRAS EN EL CRISTAL: Los reflejos de los tres amigos proyectados en el gran ventanal sin cortinas.
Escenario
Sala del departamento de Elia en un piso alto. Al fondo, un gran ventanal sin persianas da hacia la negrura de la noche. Como el interior está iluminado únicamente por una lámpara de pie de luz densa y amarillenta, el cristal funciona como un espejo oscuro: cada vez que Julián, Marcos o Gael se mueven, sus reflejos flotan suspendidos en el vacío exterior, con gestos que parecen más lentos, graves y distantes que los de sus propios cuerpos. En un rincón, una mochila de natación y un balón de básquetbol; en un estante, cuadernos de sueños, piedras minerales y un cuenco de bronce. Sobre la mesa, carpetas con fichas de búsqueda y tazas frías.
Al levantarse la luz, los tres están inmóviles. Parecen figuras atrapadas dentro de una vitrina observada desde la nada. Gael está de pie junto a la puerta de entrada, tocando el cerrojo de hierro. Marcos está sentado en el borde del sofá. Julián permanece cerca del ventanal, sin atreverse a pegar las manos al vidrio.
Acto Único
GAEL. —(Soltando el cerrojo lentamente). Elia puso dos pasadores de acero y una cadena en esta puerta el mes pasado. Cerraba con doble llave antes de dormir. Creía que con asegurar la madera bastaba para dejar el peligro afuera... Uno cierra las puertas de su casa pensando que ha previsto todo lo que se puede prever, sin darse cuenta de que el mundo no se acaba en los muros, y que la desgracia nunca entra haciendo ruido por la cerradura.
MARCOS. —Tiene que haber un rastro en alguna parte, Gael. Recorrimos los cuatro hospitales de la zona, las comisarías, el servicio forense... Vimos gavetas que nadie debería ver jamás. No está en las listas de ingresos, ni en las de detenidos, ni entre los cuerpos sin nombre. Un hombre no se evapora del registro civil como si fuera humo.
JULIÁN. —Llevamos catorce días diciendo lo mismo para no quedarnos callados. Hablamos y hablamos alrededor de su ausencia solo para que el silencio no nos caiga encima de golpe. Me da terror el minuto en que ya no tengamos ningún trámite que inventar ni ningún hospital que visitar... Ahí es cuando de verdad se nos va a desgarrar algo adentro.
GAEL. —(Mirando hacia el ventanal). Mírennos en ese vidrio. Desde que cayó la noche me da miedo levantar la vista. Parece que estamos en el fondo de un acuario y que hay alguien allá afuera, en lo oscuro, mirándonos esperar, sabiendo una verdad sencilla y terrible que nosotros todavía ignoramos.
MARCOS. —Afuera no hay nadie, Gael. Es un sexto piso. Solo somos nosotros tres, que éramos la única familia que tenía en este mundo. (Pausa. Se frota la nuca, inquieto). Bueno... creía que éramos su familia. Después de lo que contaste hace una hora, Julián, siento que pasé cinco años entrenando con un desconocido.
JULIÁN. —No era un desconocido para ti. Te quería a su manera.
MARCOS. —¡Pero jamás me dijo nada de ustedes! Entrenábamos juntos casi a diario. Básquet en las tardes, natación al amanecer, torneos fuera de la ciudad, toda clase de deportes... Yo era su sombra en la cancha y en el carril. Pasábamos horas enteras en el vapor y bajo las regaderas, envueltos en la niebla, hablando de la vida, del cansancio, de cualquier tontería... ¿Cómo puedes estar desnudo frente a tu mejor amigo durante años y no sospechar que ama a otro hombre?
JULIÁN. —(Con una media sonrisa cansada y filosa). Tal vez no eras su tipo, Marcos.
MARCOS. —(Levanta la cabeza, sin enojo, atrapado en una duda genuina). ¿Y tal vez sí? ¿Quién sabe nunca lo que pasa por la cabeza del que tienes al lado? Quizá si me hubiera dicho una sola palabra, si me hubiera hecho una seña en el vapor... Elia no era mal tipo. Todo lo contrario. Tal vez nuestra amistad pudo ser un poco más...
GAEL. —(Interrumpiendo, desconcertado). No, amigo, no inventes. Tú tienes novia desde hace años, te vas a ir a vivir con ella. Por eso mismo se guardó su vida contigo, porque te veía seguro en tu mundo y no quiso incomodarte.
MARCOS. —No dije que fuera imposible. Uno cree que sabe lo que quiere hasta que le quitan algo de enfrente. A mí siempre me cayó bien, tenía una forma de mirar que te dejaba en paz. Y la verdad... su cuerpo era una escultura. Cuando salía de la alberca y se quedaba respirando en el borde, uno no es de piedra, uno ve la belleza aunque no sepa cómo nombrarla.
Se instala un silencio espeso. En el cristal del fondo, los reflejos de los tres parecen más pálidos e inmóviles que ellos mismos.
GAEL. —(En voz baja). Es extraño... Ayer habríamos hablado de él como siempre, entre bromas, pero basta con que alguien desaparezca para que lo veamos por primera vez. Vivimos meses y años codo a codo con alguien que tal vez ya no pertenece a este mundo, y no vemos nada. Nos dice cosas indiferentes: «Pásame la toalla», «Parece que va a llover mañana», «Falta comprar café»... Sonríe como sonríen los que tienen miedo de que no se les comprenda, y nosotros le respondemos sin pensar, mientras adentro de su pecho se están derrumbando continentes enteros.
JULIÁN. —(Seco, mirando el suelo). Y ahora está muerto.
GAEL. —No lo sabemos. No pronuncies eso todavía. Tal vez regrese.
JULIÁN. —¿Después de dos semanas? Dos semanas es el plazo exacto en que hasta los investigadores bajan los brazos y dan por muerto a un desaparecido. Aunque nos den palmadas en el hombro, para ellos Elia ya es un expediente frío. O está en una fosa, o lo secuestraron en una carretera, o lo vendieron por piezas para tráfico de órganos en algún quirófano clandestino...
MARCOS. —¡No te pases, Julián! ¡Cállate! ¿Qué tal que regresa esta misma noche y te oye decir esas barbaridades?
JULIÁN. —¿Y qué tal que está muerto desde el primer minuto en que dejó de contestar los mensajes, y nosotros seguimos aquí sentados bajo su lámpara, repartiéndonos sus pedazos y preguntándonos a quién deseaba?
De pronto, tanto Marcos como Gael sufren un leve estremecimiento simultáneo y vuelven la cabeza bruscamente hacia el ventanal oscuro, como si alguien hubiera pronunciado sus nombres desde el aire exterior.
MARCOS. —(Tocándose los hombros). ¿Sintieron eso?
JULIÁN. —¿Qué cosa?
MARCOS. —Un frío raro... Me tembló la piel de golpe, como cuando estás de espaldas y sientes que te clavan la mirada desde lejos.
GAEL. —(Sin apartar la vista del cristal). Tal vez nos está escuchando ahora mismo. No sabemos hasta dónde se extiende el alma alrededor de los hombres cuando el cuerpo se pierde.
MARCOS. —No creo que nos escuche así, como si estuviera escondido detrás del sofá. Si ya no está en este plano, las ánimas se presentan de maneras más simbólicas, ¿no? No usan palabras... avisan con algo que se rompe, una sombra que no corresponde, una luz que...
Antes de que Marcos termine la frase, la única lámpara encendida parpadea con un zumbido eléctrico y se apaga por completo. El departamento cae en una penumbra azulada, iluminada únicamente por el resplandor lejano de la luna y la ciudad que entra desde el ventanal. Ahora, las siluetas de los tres están recortadas a contraluz frente al vidrio.
MARCOS. —(Con un hilo de voz). ...una luz que se apaga.
Pausa larga. Ninguno se atreve a buscar el interruptor.
JULIÁN. —(Susurrando en la oscuridad). Dicen que cuando la desgracia entra en una casa, todos los que están adentro piensan lo mismo al mismo tiempo sin decírselo. Tenemos la misma idea de él clavada en la frente. Hagamos la prueba. Si su rastro sigue flotando entre estas paredes, cerremos los ojos. No pensemos en las morgues ni en la policía. Preguntémosle en silencio qué nos diría en este instante.
Los tres cierran los ojos. Permanecen rígidos en la penumbra. El silencio del edificio parece amplificarse.
JULIÁN. —(Con los ojos aún cerrados). Rojo. Eso me dijo. Como un golpe de sangre o una tela pesada cubriéndome la cara.
MARCOS. —(Abriendo los ojos despacio, desconcertado). Yo vi una flama. Pequeña, sin humo, ardiendo fija en medio del vacío.
GAEL. —(Abriendo los ojos con tristeza). Yo vi un río. Agua muy lenta arrastrando ramas oscuras hacia la otra orilla... (Suspira). Entonces no funciona. Ni siquiera en la oscuridad logramos encontrarnos con el mismo Elia.
JULIÁN. —O tal vez sí funcionó, y los mensajes son distintos porque él nunca fue uno solo para nosotros. A cada quien le dejó la parte que podía soportar: a mí la herida roja, a ti el fuego del cuerpo que admirabas en silencio, y a Gael la corriente por donde se nos fue de las manos.
GAEL. —Él nunca quiso las cosas que se manifiestan de forma fácil. Mientras nosotros creíamos que la vida era ganar un partido, pagar la renta o cenar juntos los viernes, él se sentaba en esa alfombra a meditar a las tres de la mañana. Veía mundos imposibles detrás de las cosas ordinarias, hablaba de sus sueños como si fueran lugares más reales que esta sala... Tenía demasiada sed para una vida tan estrecha.
MARCOS. —(Mirando sus propias manos en la penumbra). ¿Qué tal que sí se murió... y en este preciso segundo él ya conoce todos los secretos que nosotros nunca sabremos?
JULIÁN. —¿De qué hablas, Marcos?
MARCOS. —Piénsenlo. Los grandes misterios de la vida y de la muerte que tanto buscaba con los ojos cerrados. Si cruzó al otro lado, él ya sabe qué hay detrás del telón, ya entiende por qué nacemos, a dónde va el dolor cuando se acaba el aire... Nos lleva una ventaja infinita. Nos estaría mirando desde arriba, viendo cómo temblamos en su sala sin saber nada de nada, como niños asustados detrás de una ventana.
JULIÁN. —(Con una risa quebrada, al borde del llanto). ¿Y si está vivo? ¿Y si solo se hartó de nuestras vidas diminutas, se fue a caminar sin rumbo y cuando llegue se burla de nosotros por habernos vuelto filósofos y fantasmas en su ausencia?
GAEL. —Mucho especular... Hablamos demasiado porque no sabemos cómo sostener su nombre sin que nos queme la boca.
La última palabra de Gael cae como una piedra en un pozo. Se instala un silencio eterno, absoluto, casi irrespirable. Ya nadie se mueve. Parecen haberse convertido finalmente en las figuras mudas y espiritualizadas del teatro de sombras que se reflejaban en el ventanal. El tiempo se congela.
De pronto, desde el pasillo exterior, rompiendo la quietud sepulcral de la noche, se escucha el roce metálico e inconfundible de una llave buscando la ranura de la puerta principal del departamento.
Los tres contienen el aliento al unísono.
La llave entra en el cilindro. El mecanismo interior gira con dos golpes secos y pesados, descorriendo el cerrojo que Gael había tocado al principio. El picaporte metálico cede lentamente hacia abajo, a punto de abrir la puerta.
Julián, Marcos y Gael quedan de pie, petrificados, con los ojos desorbitados fijos en la madera que comienza a separarse del marco, suspendidos entre el terror de lo imposible y el milagro.
OSCURO SÚBITO
