“LO QUE VIO EL MAYORDOMO”
JOE ORTON
Semblanza
de Joe Orton: El Maestro de la Farsa Macabra
John
Kingsley Orton (1933–1967), conocido artísticamente como Joe Orton, tuvo
una carrera tan fulgurante como trágicamente breve, pero su impacto en el
teatro británico fue tan profundo que dio origen al adjetivo "ortonesco"
(para describir situaciones que combinan el cinismo, lo macabro y un humor
negro hilarante dentro de un marco de respetabilidad burguesa).
Nacido
en una familia de clase obrera en Leicester, Orton logró ingresar a la Royal
Academy of Dramatic Art (RADA) en 1951, donde conoció a Kenneth
Halliwell, quien se convertiría en su colaborador literario, mentor y
amante. Durante años vivieron en la pobreza, escribiendo novelas que nadie
quería publicar. En 1962, ambos pasaron seis meses en prisión por
"vandalizar" libros de la biblioteca pública de Islington, alterando
las portadas y escribiendo sinopsis satíricas en las solapas; una experiencia
que, lejos de amedrentarlo, agudizó su desprecio por la autoridad y las
instituciones.
A
partir de 1964, con el éxito de El rufián en la escalera y Enterrando
a la mamá (Loot), Orton se convirtió en el enfant terrible
del West End londinense. Su estilo tomó la estructura de la farsa clásica de
bulevar (puertas que se abren y cierran, equívocos, personajes escondidos)
y la rellenó con una crítica feroz a la moral victoriana, la psiquiatría, la
religión y la corrupción policial.
En
agosto de 1967, en la cúspide de su fama y justo tras terminar el manuscrito de
Lo que vio el mayordomo, Orton fue asesinado a martillazos por
Halliwell, desquiciado por los celos profesionales y personales. Halliwell se
suicidó inmediatamente después con una sobredosis de barbitúricos.
Elementos
fundamentales a considerar
- La
anatomía de la farsa y la inversión del orden: La
obra utiliza el mecanismo del vodevil (maletas cambiadas,
travestismo de emergencia, identidades falsas), pero despojado de toda
inocencia. Aquí, los personajes no intentan salvar su honor, sino ocultar
delitos, bajezas y perversiones.
- La
crítica institucional (La locura de la razón): El
blanco principal es el poder detentado por las instituciones del Estado:
la psiquiatría (personificada en el Dr. Rance, un burócrata megalómano que
prefiere adecuar la realidad a sus teorías delirantes antes que aceptar
los hechos) y la ley (el sargento Match, dispuesto a tolerar el caos con
tal de recuperar una reliquia nacional).
- El
juego de espejos de la identidad: En el universo de
Orton, la identidad de género y el rol social son meros disfraces
mecánicos. Un personaje es hombre o mujer según la ropa que le arrojen a
la camilla. La cordura no es un estado mental, sino la capacidad de
imponer un discurso sobre el otro.
- El
contexto del estreno: Estrenada de forma
póstuma en 1969, la obra desafió los últimos vestigios de la censura
teatral británica (abolida formalmente en 1968 gracias a la Theatres
Act), escandalizando a los sectores conservadores al fundir el mito de
Winston Churchill con el fetichismo y el caos sexual.
Resumen
Acción por Acción: Lo que vio el mayordomo
Acto
I
- La
entrevista inicial: El Dr. Prentice,
director de una clínica psiquiátrica privada, entrevista a Geraldine
Barclay para el puesto de secretaria. Tras interrogarla sobre sus bizarros
antecedentes familiares (madrastra asesinada por una explosión de gas y
empalada por fragmentos de una estatua de Winston Churchill), la induce
bajo pretextos médicos a desvestirse tras la cortina de la camilla para
intentar seducirla.
- La
irrupción de la Sra. Prentice: La esposa del doctor
entra de improviso. El Dr. Prentice, culpable, oculta a Geraldine tras las
cortinas y esconde su ropa interior. La Sra. Prentice confiesa haber
pasado la noche en el Hotel de la Estación tras ser chantajeada y
despojada de su ropa por un botones ninfómano.
- El
chantaje de Nick: Nicholas Beckett (el
botones) entra al consultorio exigiendo dinero a la Sra. Prentice a cambio
de unos negativos fotográficos comprometedores de la noche anterior. Exige
también el puesto de secretario del doctor. Para ocultar su desnudez, la
Sra. Prentice se pone el vestido de Geraldine (que estaba sobre la silla),
creyendo que es suyo.
- La
llegada de la inspección: El Dr. Rance, un
comisionado de salud mental del gobierno, llega sin avisar para
inspeccionar la clínica. Al descubrir a Geraldine desnuda tras la cortina,
asume inmediatamente que es una paciente psiquiátrica en pleno brote. En
lugar de aclarar la situación, el Dr. Prentice (para evitar que se
descubra su intento de seducción) secunda la mentira. Rance firma el
ingreso formal de Geraldine y le inyecta un sedante.
- El
delirio teórico de Rance: Rance interroga a
Geraldine sedada y elabora una teoría psiquiátrica disparatada sobre
incesto paternal, delirios religiosos y ninfomanía. Ordena que la rapen
como parte del tratamiento.
- Ocultamiento
de evidencias: El Dr. Prentice intenta esconder el
zapato y las medias restantes de Geraldine en la biblioteca y en un
florero (cortando los tallos de las rosas). La Sra. Prentice descubre el
zapato y se lo entrega a Rance, incrementando las sospechas de que el Dr.
Prentice padece un fetiche transgresor y lagunas mentales.
- El
dilema del botones: El Sargento Match
llega buscando a Nick por haber abusado de unas colegialas en el hotel y a
Geraldine por una disputa legal sobre las partes faltantes de la estatua
de Churchill (que se sospecha quedaron dentro del cadáver exhumado de su
madrastra). Nick, aterrorizado, le pide ayuda al Dr. Prentice.
- El
primer travestismo: Al quedarse sin
opciones, el Dr. Prentice ordena a Nick que se desviste y se disfrace con
una peluca rubia y un vestido de leopardo que venían en una caja del
hotel, obligándolo a hacerse pasar por la secretaria desaparecida
(Geraldine) para aplacar a Rance y a Match.
Acto
II
- El
choque de versiones: El sargento Match
interroga a Geraldine (que ahora lleva el uniforme de botones de Nick y
los anteojos de Prentice). Ella le ruega que la arreste para escapar del
doctor, pero el Dr. Prentice desacredita su testimonio alegando que es el
botones delincuente.
- Rance
toma el control absoluto: El Dr. Rance asume que
Geraldine (disfrazada de Nick) es un paciente con una crisis de identidad
de género que se cree mujer para no asumir su preferencia homosexual.
Rance destituye al Dr. Prentice de su cargo, declarándolo demente a él
también.
- El
examen fallido: Rance intenta examinar a Nick
(disfrazado de secretaria), quien se resiste violentamente. La Sra.
Prentice medica a Nick. Rance nota que la "secretaria" se afeita
el mentón y concluye que Prentice convive con fases andróginas.
- El
ataque al policía: El Dr. Prentice decide
neutralizar al sargento Match. Lo convence de desvestirse para un examen
médico falso y le administra una sobredosis de antidepresivos. Nick
(vestido de secretaria) roba el uniforme de Match y huye al jardín. Match
cae inconsciente en calzoncillos tras la cortina.
- Efectos
secundarios de la droga: Para ocultar al
sargento Match drogado, el Dr. Prentice y Nick le ponen el vestido de
leopardo y lo arrastran moribundo a los matorrales. La Sra. Prentice los
ve por la ventana y Rance deduce que el Dr. Prentice ha asesinado a su
secretaria y lleva a cabo un acto de necrofilia.
- La
crisis armada: Rance busca chalecos de fuerza. El Dr.
Prentice, acorralado, confronta a su esposa, le quita el vestido a la
fuerza para recuperar ropa de mujer y la golpea. La Sra. Prentice,
excitada por la violencia masoquista, le dispara con una pistola. Se
desata un tiroteo cruzado donde Nick resulta herido en el hombro.
- El
encierro total: Rance y la Sra. Prentice logran meter a
Geraldine en un chaleco de fuerza. El Dr. Prentice desarma a Nick y le
pone otro chaleco a su esposa. Al activarse las alarmas de máxima
seguridad, unas rejas de hierro caen bloqueando las salidas y la luz se
corta, dejando el consultorio en una penumbra roja. Rance saca otra arma y
domina la situación.
- La
anagnórisis (Revelación familiar): Con todos retenidos,
Geraldine y Nick descubren que tienen dos amuletos idénticos en forma de
elefante que encajan a la perfección. La Sra. Prentice reconoce la joya:
son sus hijos mellizos, a quienes abandonó tras ser violada años atrás en
el armario de ropa blanca del Hotel de la Estación. El Dr. Prentice
confiesa que él fue el violador de aquella noche oscura antes de
conocerla. La familia se reconoce en medio de un doble incesto
involuntario (Nick se acostó con su madre y Prentice casi seduce a su
hija). Rance celebra el hallazgo porque asegura el éxito comercial de su
libro.
- El
clímax y la resolución (Variante de los finales):
- Final
Estándar: El sargento Match cae del techo por el
lucernario a través de una escalera de sogas, ensangrentado y con el
vestido roto. Abre la caja de Geraldine y extrae la faloplastia de bronce
faltante de la estatua de Churchill. Todos veneran la pieza dorada bajo
una luz celestial.
- Final
Opcional (Del cigarro): En la variante, el
objeto dentro de la caja resulta ser simplemente un cigarro común de
Churchill. Rance se burla de la incredulidad de la juventud. El sargento
cierra la caja y todos, ensangrentados, drogados y exhaustos, trepan por
la escalera de sogas hacia la luz del lucernario en una ascensión casi
mística.
- ¿Y El
mayordomo? Ah, es un cliché que los mayordomos saben demasiado. Aquí ni
aparece, es un broma más de Orton.
“LO QUE VIO
EL MAYORDOMO”
JOE ORTON
Dr. PRENTICE
GERALDINE
BARCLAY
Sra.
PRENTICE
NICHOLAS
BECKETT
Dr.
RANCE
Sargento
MATCH
ACTO I
Una habitación en una clínica privada, por la mañana.
Puertas
que dan al dispensario, a los pabellones y al hall.
Ventanas
francesas por donde se ven los jardines.
Un
lavatorio. Escritorio. Camilla con cortinas.
El Dr. PRENTICE entra enérgicamente. Geraldine Barclay lo sigue. Lleva una
pequeña caja de cartón en sus manos.
Dr. PRENTICE (sentado al escritorio). Tome asiento. ¿Éste es su primer trabajo?
GERALDINE (sentándose) Sí doctor.
El Dr. PRENTICE se coloca un par de anteojos, la mira. Abre un cajón del
escritorio, saca un anotador.
PRENTICE (tomando un lápiz). Le voy a hacer unas pocas preguntas. (Le alcanza
un anotador y un lápiz) Escríbalas. En español, por favor. (Vuelve a su
escritorio, se sienta, sonríe) ¿Quien fue su padre? Ponga eso en la parte
superior de la hoja.
Geraldine pone la caja a un lado, cruza las piernas, apoya el anotador en su
rodilla y toma nota.
Ponga la respuesta en el renglón siguiente para tener una referencia rápida.
GERALDINE. No tengo idea de quien fue mi padre.
El Dr. Prentice está perturbado por la respuesta pero no da la menor evidencia
de lo que le sucede. En cambio le brinda una sonrisa amistosa.
PRENTICE. Le voy a ser franco, Srta. Barclay. No puedo darle el empleo si usted
es de algún modo milagrosa. Iría contra las prácticas usuales. ¿Usted tuvo un
padre?
GERALDINE. Por supuesto que sí. Mi madre era desbordada en sus hábitos, pero
ordenada en temas como ese.
PRENTICE. Si tuvo un padre ¿Porqué no lo puede decir?
GERALDINE. Él dejo a mi madre hace muchos años. Ella fue victima de un ataque
desagradable.
PRENTICE (astutamente) ¿Ella era una monja?
GERALDINE. No, era camarera en el Hotel de la Estación.
El Dr. Prentice frunce el entrecejo, se saca los anteojos y se pellizca el
puente de la nariz.
PRENTICE. Páseme ese volumen, ese grueso con tapa de cuero, por favor. Tengo
que chequear lo que me está diciendo. Es para salvaguardar mis intereses. ¿Me
comprende, verdad?
Geraldine saca el volumen de la biblioteca y se lo entrega al Dr. Prentice.
PRENTICE
(consulta el índice) ¿El Hotel de la Estación?
GERALDINE. Sí.
PRENTICE. (Abriendo el volumen, moviendo su dedo sobre la hoja) ¡Ah, acá está!
Es un edificio de escaso mérito arquitectónico, construido para alguna cuestión
que se desconoce, a fines del siglo pasado, para luego ser transformado en
hotel. (Asiente con la cabeza) Estuve ahí una vez cuando era joven. Tiene una
reputación de lujoso que dejaría perplejo al pasajero menos demandante. (Cierra
el volumen bruscamente y lo deja a un lado.) Su historia pareciera ser, a
grandes rasgos, correcta. Este maravilloso volumen por supuesto que omite la
mayoría de los detalles. Pero eso es lo que uno espera de publicaciones
orientadas hacia el uso general. (Se coloca los anteojos) Simplemente escriba
algo a los efectos de recordar que su padre está desaparecido. No ponga nada
sobre las circunstancias. Podría influir en mi decisión final.
Geraldine hace unas rápidas anotaciones en el anotador. El Dr. Prentice coloca
el volumen en la biblioteca.
PRENTICE. ¿Su madre está viva? ¿O también desapareció misteriosamente? Tenga
cuidado porque esta es una pregunta capciosa. Podía hacerle perder puntos en el
recuento final.
Vuelve al escritorio y se sirve un whisky.
GERALDINE. Hace muchos años que no la veo. Fuí criada por una Sra. Barclay.
Murió hace poco.
PRENTICE. ¿Cómo murió?
GERALDINE. Una explosión a causa de una pérdida de gas voló el techo de la casa
y la mató en el acto.
PRENTICE. ¿Inició alguna demanda?
GERALDINE. Solo por el techo.
PRENTICE. ¿Hubo alguna otra victima en semejante desastre?
GERALDINE. Sí. Una estatua de Sir Winston Churchill que acababan de levantar
sufrió graves daños. Hubo partes de este gran hombre que fueron encontradas
incrustadas dentro de mi madrastra.
PRENTICE. ¿Qué partes?
GERALDINE. Lamento no poder ayudarlo en eso. Estaba demasiado alterada como
para supervisar los arreglos del funeral o para reconocer el cuerpo.
PRENTICE. Seguramente la familia Churchill se habrá encargado de eso.
GERALDINE. Si, ellos fueron muy amables.
PRENTICE. Usted ha tenido una experiencia única. No cualquiera tiene la
madrastra asesinada por la compañía de gas.
Sacude su cabeza, acompañando el lamento de la pobre chica.
¿Quiere que le dé una aspirina?
GERALDINE. No, muchas gracias señor, pero prefiero no empezar a tomar drogas.
PRENTICE. Su prudencia habla muy bien de usted, mi querida. (Le sonríe
amistosamente)
(Pausa)
¿A qué velocidad escribe a mano alzada?
GERALDINE. Puedo tranquilamente escribir veinte palabras por minuto.
PRENTICE. ¿Y a máquina?
GERALDINE. No logré la especialización con el teclado. Me quedé sin plata,
sabrá comprender.
El Dr. Prentice le saca el anotador y lo pone a un costado
PRENTICE. Tal vez usted tenga otras cualidades que no se reconozcan a simple
vista. Acuéstese en la camilla.
GERALDINE. ¿Para qué doctor?
PRENTICE. Nunca haga preguntas. Esa es la primera lección que debe aprender una
secretaria. (Corre las cortinas delante de la camilla) Y por favor sáquese las
medias. Quiero ver el efecto causado en sus piernas por la muerte de su
madrastra.
GERALDINE.
Perdón doctor pero ¿esto no es un poco raro?
PRENTICE. No tenga miedo Srta. Barclay. Lo que yo veo en la camilla no es una
apetitosa y hermosa señorita. Veo una mente enferma que necesita tratamiento
psiquiátrico. Para una persona de mi prestigio, el cuerpo no tiene ningún
interés. Una vez una mujer se me entregó, literalmente. No hace falta decirle
que esto se lo digo en total confianza. Estaba totalmente desnuda. Quería que
me comportara de una forma inadecuada. ¿Y puede creerme que en lo único que
estaba absorto era que tenía el ombligo deformado? Ese es el nivel de atención
que le presto al cuerpo de una mujer.
GERALDINE. Por favor, discúlpeme doctor. De ninguna manera se me ocurriría
sugerir que sus intenciones eran de alguna manera inapropiadas.
Ella se saca los zapatos y las medias y se acuesta en la camilla. El Dr.
Prentice le pasa una mano por las piernas y asiente, sabiamente.
PRENTICE. Es como pensaba. Sus pantorrillas están en un estado lamentable.
Sería inteligente de su parte hacerse un chequeo. (Se endereza y se saca los
anteojos) Desvístase.
Va hacia el escritorio y se saca el saco. Geraldine se sienta, alarmada.
GERALDINE. Nunca me desvestí delante de un hombre.
PRENTICE. Tomaré nota de su inexperiencia en estos asuntos.
Se pone los anteojos y se arremanga.
GERALDINE. No podría permitir que un hombre me tocara estando desvestida.
PRENTICE. Voy a usar guantes de goma
Geraldine está preocupada y no hace nada para disimularlo.
GERALDINE. ¿Cuánto tiempo voy a tener que estar desvestida?
PRENTICE. Si sus reacciones son normales va a estar parada en menos que lo que
dura un suspiro.
GERALDINE.
Mi directora no hizo mención de nada de esto en su folleto “Consejos para la
Recién Egresada”.
PRENTICE. Habrán omitido del texto el capítulo referido a los exámenes médicos.
GERALDINE. ¡Pero eso sería ridículo en un trabajo para ser usado exclusivamente
en escuelas!
PRENTICE. Srta. Barclay, usted tiene toda la razón. Nuestro sistema educativo
necesita ser revisado en profundidad. Hable con su directora en el próximo
encuentro de egresadas.
Él va hacia el lavatorio y se enjuaga las manos.
GERALDINE. Me gustaría que otra mujer estuviera presente. ¿Su esposa, tal vez?
PRENTICE. La Sra. Prentice está ocupada en una reunión más larga de lo usual.
No va a volver hasta la tarde.
GERALDINE. Puedo esperar.
PRENTICE. Mi querida, yo no tengo tanta paciencia. Tengo una tendencia natural
a apurar las cosas. No la voy a preocupar con los problemas de mi vida privada
hasta que esté vestida.
Toma una toalla y se seca las manos.
PRENTICE. Ponga su ropa en la silla.
Geraldine baja el cierre de su vestido y se lo saca. El Dr. Prentice la mira.
Pausa. Deja la toalla y se pone los anteojos.
Le tengo que pedir que no mencione este examen a mi esposa. Es que, sabe, no
estoy haciéndolo dentro del Esquema del Ministerio de Salud. Ella tendría que
informarlo y eso generaría todo tipo de malentendidos.
GERALDINE. ¿Cómo es la Sra. Prentice? Escuche tantas historias sobre ella.
Ella pone el vestido a un lado y se para en bombacha y corpiño.
PRENTICE. Mi esposa es una ninfómana. Consecuentemente, como el Sagrado Grial,
busca ardientemente muchachos jóvenes. Yo me casé con ella por su dinero y
después de descubrir que no tenía un centavo, intenté estrangularla. Logró
escapar de mi furia asesina y desde entonces tengo que convivir con su maldad.
GERALDINE. (Suspirando) Pobre. Que difícil debe ser para usted. (Se sienta en
la camilla) Me encantaría poder hacer algo para levantarle el ánimo.
Ella cierra las cortinas de la camilla. El Dr. Prentice se pone un delantal.
PRENTICE. Bueno querida, si quiere sentirse bien podría probar mi nuevo sistema
anticonceptivo.
Geraldine mira sobre la cortina y le sonría dulcemente.
GERALDINE. (Arrojando la bombacha y el corpiño en la silla) Me encantaría
ayudarlo de cualquier manera, doctor.
PRENTICE (con una sonrisa con aires de superioridad) Acuéstese en la camilla
con las manos atrás de la cabeza y piense en los capítulos finales de su novela
favorita. El resto dejemelo a mí.
Geraldine
desaparece tras el cortinado. El Dr. Prentice va hacia el cajón de su
escritorio. La Sra Prentice entra desde el hall. Lleva un costoso tapado de
piel.
Sra. PRENTICE. ¿Con quien hablabas?
El Dr. Prentice está sorprendido y enojado por la aparición repentina de su
esposa.
PRENTICE. (Se sonroja, culpable) Debo recordarte que no entres en mi
consultorio sin golpear primero. Estás interrumpiendo mis estudios.
La Sra Prentice recorre la habitación con la mirada.
Sra. PRENTICE. Acá no hay nadie. ¿Estabas hablando solo?
PRENTICE. Le estaba dictando un mensaje a Matron. Esta preocupada por el poco
control que tiene sobre su vejiga.
Sra. PRENTICE. ¿La orina puede ser controlada pensando en Tess de D’Urbevilles?
PRENTICE. Mi teoría esta todavía en una etapa preliminar. Prefiero no discutir
sobre eso.
La Sra. Prentice va hasta el escritorio y se sirve un whisky.
PRENTICE. ¿Porqué volviste? Sabés que no soporto el tormento de tu compañía.
Sra. PRENTICE. Cuando llegué a mi reunión había un tumulto en el hall. Helen
Duncanon reconoció que estaba enamorada de un hombre y como ya sabés el Club es
fundamentalmente para lesbianas. Yo misma soy una excepción a la regla porque
vos contás como una mujer. Expulsamos a Hellen y pasé la noche en el Hotel de
la Estación. (Toma todo su trago)
Entra Nicholas Beckett. Es el botones de un hotel. Viste uniforme de botones.
NICK (a la Sra. Prentice) Señora, si no le molesta querría que revisara su
equipaje. Me gustaría volver a mis actividades.
Sra. PRENTICE (al Dr. Prentice) ¿Podés chequear mi equipaje, por favor? El
personal del hotel ya me robó la mitad. (Va hacia la mesa y se sirve otro
trago) Es tan difícil ser una mujer.
PRENTICE. Bueno, estoy seguro que sos el mejor juez para tal afirmación.
Él va hacia el hall con un evidente disgusto. La Sra. Prentice pone hielo en su
trago y mira a Nick con una expresión fría en su rostro.
Sra. PRENTICE. No le pido que me devuelva ni mi bolso ni la plata que me
robaron, pero si no aparecen mi vestido y mi peluca voy a presentar una queja
formal en la gerencia. Tiene tiempo hasta el mediodía.
NICK.
Ya vendí el vestido por una fortuna. Puedo conseguirlo pero le va a costar.
También encontré a uno interesado en las fotos.
La Sra. Prentice lo mira fijamente.
Sra. PRENTICE. ¿Qué fotos?
NICK. Tenía una cámara preparada en el cuarto.
Sra PRENTICE. (Con la boca abierta) Cuando firmamos el contrato no incluía
derechos cinematográficos.
NICK. Quiero cien por los negativos. Tiene hasta el mediodía.
Sra. PRENTICE. Voy a tener que quejarme con el gerente.
NICK. Eso no va a cambiar nada. Él tomó las fotos.
Sra. PRENTICE. ¡Pero esto es un escándalo!¡Yo soy una mujer casada!
NICK. La otra noche no se portó como una mujer casada.
Sra. PRENTICE. Estaba enojada. Una amiga lesbiana justo anunció que se casaba
con un miembro del Parlamento.
NICK. Tendría que ser más cuidadosa con los amigos que elige. Me gustaría dejar
el tema de las estafas con fotos indecentes. Me pone los nervios de punta. ¿No
me podría buscar un trabajo que valga la pena? Tuve una infancia difícil.
Sra. PRENTICE. ¿Que tipo de trabajo le gustaría?
NICK.
Escribo muy bien a máquina. Me enseñó una persona que tenía una imprenta.
Sra. PRENTICE. (Firme) Yo le voy a pagar por las fotografías pero me es
imposible recomendarlo como mecanógrafo.
NICK. Quiero los cien y el puesto de secretario de su marido.
Sra. PRENTICE. Me pone en una posición muy difícil.
NICK. Ninguna posición es imposible cuando se es joven y saludable.
La Sra. Prentice va hacia el escritorio. Se sirve un trago. Su mano tiembla. El
Dr. Prentice vuelve desde el hall. Trae una pequeña valija. La Sra. Prentice
esconde la botella de whisky vacía y pone hielo en su vaso.
PRENTICE. (A Nick) Dentro de un rato va a quedar inundada. (Pone la valija en
el piso)
NICK. ¿Señor, usted tiene familia?
PRENTICE.
Mi mujer decía que si daba el pecho se le iba a arruinar la figura. Sin
embargo, por lo que recuerdo, tal vez habría mejorado con algunos
mordiscos.
La Sra. Prentice sacude nerviosamente la cabeza y toma whisky.
PRENTICE. Ella es un ejemplo de anti-crianza. Una falla en la evolución que
combinado con su pasión por el alcohol y por las relaciones carnales hacen que
no sea muy recomendable para ella la maternidad.
Sra. PRENTICE. (Tranquila) Casi nunca tengo relaciones.
PRENTICE. Naciste con las piernas separadas. Te van a mandar a la tumba en un
cajón con forma de Y.
Sra. PRENTICE. (Con una frágil sonrisa) ¡Mi problema viene de tu inutilidad
como amante! ¡Es vergonzoso! Debés haber aprendido tus técnicas viendo fuegos
artificiales. (Hace una mueca de desprecio) Las pastillas rejuvenecedoras no te
hacen ningún efecto.
PRENTICE (cargado) Nunca tomo pastillas.
Sra. PRENTICE. Las tomaste todo el tiempo mientras tuvimos relaciones. El ruido
ensordecedor que hacías al masticar es la razón por la cual nunca pude tener un
orgasmo.
PRENTICE. ¡Pero como te atrevés a decir algo así! Tu libro sobre los orgasmos
en la mujer es fundamentalmente autobiográfico (Pausa. La mira) ¿O acaso te
estuviste haciendo pasar por una mujer sexualmente responsable?
Sra. PRENTICE. ¡Mis contracciones uterinas han sido falsas durante un tiempo!
Agarra su trago y sale hacia los pabellones con la valija.
PRENTICE. (Mirando hacia ella) ¡Mirá que descubrimiento! Casado con una maestra
del falso orgasmo. (Se sirve un trago)
NICK. (Después de una pausa) Mis padres eran divorciados, señor. Nunca tuve el
calor de una familia feliz.
PRENTICE. Como psiquiatra hago todo lo que puedo para que parejas alejadas
vuelvan a estar juntos. (Le pone a Nick algo de dinero en la mano) No dudes en
llamarme si te sentís mentalmente desquiciado.
Nick agarra el dinero y se va al hall. El Dr. Prentice, con el vaso en la mano,
corre la cortina de la camilla y mira.
No tiene sentido que se quede ahí acostada Srta. Barclay. Mi esposa
volvió.
Geraldine mira sobre la cortina.
GERALDINE. ¡Qué bueno! Va a poder ayudar con su examen.
PRENTICE. El examen queda suspendido hasta nuevo aviso. (Agarra la ropa
interior de la silla) ¡Vístase!
La Sra. Prentice entra desde los pabellones. Tiene un vaso vacío en la mano.
Sra PRENTICE. (Va hacia el escritorio) ¿Ya llegó tu secretaria nueva?
El Dr. PRENTICE esconde la ropa interior en su espalda. Geraldine queda oculta
por la cortina.
PRENTICE. Sí. Tengo sus datos por ahí.
Al no poder seguir ocultando la ropa interior, la arroja en el tacho de basura.
La Sra. Prentice abre una nueva botella de whisky.
Sra. PRENTICE. ¿Nunca se te ocurrió la idea de tener un secretario?
PRENTICE. Un hombre nunca se acostumbraría a este trabajo.
Sra. PRENTICE. Mi papá tenía un secretario y mi mamá decía que era mucho mejor
que una mujer.
PRENTICE. No podría pedirle a un jovencito que se quedara a hacer horas extras
y después convencerlo con un lápiz de labios o con una botella de licor. Serían
trajes de seda y Alfa Romeos.
Sra. PRENTICE. Probá con un muchacho. Sos un hombre rico que se puede dar lujos
en la vida.
PRENTICE. ¿Y qué hago con la Sta. Barclay? Ya tuvo su entrevista preliminar.
Sra. PRENTICE. Tendrás que explicarle que las cosas cambiaron.
Geraldine mira por sobre las cortinas. El Dr. Prentice le ordena que se
esconda. Ella desaparece. El toma el anotador, escribe algo y lo pasa sobre la
cortina. La Sra. Prentice se sirve otro trago. El Dr. Prentice ve el vestido de
Geraldine sobre la silla y lo levanta. Justo cuando lo va a tirar al tacho de
basura, la Sra Prentice se da vuelta, vaso en mano. El Dr. Prentice intenta
ocultar el vestido tras su espalda pero cuelga tras de él.
Sra. PRENTICE. (Sorprendida) ¿Qué haces con ese vestido?
PRENTICE (pausa) Es uno de tus vestidos viejos.
Sra. PRENTICE. ¿Ahora te da por el travestismo? No sabía que nuestro matrimonio
se balanceaba por los bordes de la moda.
PRENTICE. Nuestro matrimonio es como el reino de Dios. Está más allá de toda
racionalidad.
La Sra. Prentice termina su trago y le extiende el brazo.
Sra. PRENTICE. Dame mi vestido. Me lo voy a poner.
PRENTICE. (De mala gana) ¿Me podrías dar el tuyo a cambio?
Sra. PRENTICE. (Dejando el vaso) No tengo puesto nada.
Se saca el tapado. Solo tiene puesta una bombacha. El Dr. Prentice no puede con
su sorpresa.
PRENTICE. ¿Se puede saber porqué no tenes puesto un vestido? ¿Es acaso una
nueva moda extrema?
Sra. PRENTICE. (Poniéndose el vestido de Geraldine) Te voy a decir algo con
total franqueza. Por favor mime bien y reservate los comentarios para mas
tarde. (Se sube el cierre del vestido) La habitación del hotel era chica, sin
aire y absolutamente incómoda. Mientras me vestía para ir a cenar, noté que las
sábanas estaban literalmente sucias. Pensando en hablar con alguien
responsable, me fuí al cuarto de la ropa blanca que sabía que estaba en el
segundo piso. Ahí me encontré con un botones que me forzó dentro de ese cuarto
y me hizo una propuesta indecente. Cuando lo rechacé me quiso violar. Me
defendí como pude pero no pude impedir que me robara el bolso de mano y gran
parte de mi ropa.
PRENTICE. Esa no pareciera ser el tipo de conducta que uno espera en un hotel
cuatro estrellas.
Sra. PRENTICE. El chico prometió devolverme el vestido. Se lo vendió a un amigo
que seguramente quiere usarlo en alguna orgía.
PRENTICE. (Va hacia la mesa junto a ella) ¿Vos te das cuenta de lo que pasaría
si se supiera de tus aventuras? Sería mi ruina. Las puertas de la sociedad
londinense se cerrarían en mis narices. (Se sirve un whisky) ¿Hiciste alguna
denuncia por este escándalo?
Sra. PRENTICE. No
PRENTICE. ¿Por qué no?
Sra PRENTICE. Porque vi en este joven los resabios de una bondad natural,
destruida por las presiones de esta sociedad. Prometí que le conseguiría un
trabajo.
PRENTICE. ¿Qué otras virtudes tiene?
Sra. PRENTICE. Escribe a máquina.
PRENTICE. No hay muchos trabajos para hombres que escriban a máquina.
Sra.
PRENTICE. No. Estuvo deprimido por su incapacidad para conseguir un empleo. Es
por eso que se dedicó a violar.
PRENTICE. ¿Y como esperás darle trabajo?
Sra. PRENTICE. Como tu secretario. Va a volver en una hora. Podés chequear sus
antecedentes cuando te venga bien. ¿Dónde está la Srta. Barclay?
PRENTICE. Arriba.
Sra. PRENTICE. Le voy a informar que el puesto ya no está mas vacante.
El Dr. Prentice toma un trago y baja el vaso.
PRENTICE. ¿Querida, me podrías prestar uno de tus vestidos por un rato?
Sra. PRENTICE. Esta repentina ansiedad por la ropa femenina me resulta por
demás desagradable.
Ella deja el vaso en la mesa y se va hacia el hall. El Dr. Prentice se pasa la
mano por la frente.
PRENTICE. (Va hacia la camilla, corre la cortina y mira) Srta. Barclay, la
situación se está volviendo peligrosa. Mi mujer está convencida que su vestido
es de ella.
Geraldine mira por sobre la cortina.
GERALDINE. Tenemos que explicarle, con el mayor tacto posible, que ella cometió
un erros.
PRENTICE. Lo siento pero eso es imposible. Va a tener que tener un poquito mas
de paciencia.
GERALDINE. Doctor, ¡estoy desnuda! ¿Se da cuenta, no?
PRENTICE. Por supuesto, Srta. Barclay. No me cabe duda que esto la debe poner
muy incómoda. Me voy a ocupar de conseguirle una ropa apropiada.
Va hacia el tacho de basura y cuando está a punto de sacar la ropa interior
entra el Dr. Rance desde el jardín. El Dr. Prentice vuelve a poner la ropa
interior en el tacho y deja este en el piso.
RANCE. (Con una sonrisa cortés) Buen día. ¿Usted es el Dr. Prentice?
PRENTICE. Sí. ¿Usted tiene una cita?
RANCE. No, nunca hago citas. (Deja su maletín y le da la mano) Me gustaría que
me diera detalles de su clínica. Según tengo entendido, está dirigida con todos
los permisos y el conocimiento de las autoridades sanitarias locales. ¿Se
especializan en todo tipo de crisis nerviosas y sus derivados?
PRENTICE. Si, Pero eso es altamente confidencial. Nunca muestro mis documentos
a extraños.
RANCE. Estando conmigo puede hablar con total libertad. Vengo en representación
del Gobierno de Su Majestad. Gerárquicamente una locura superior. Yo soy un
comisionado.
PRENTICE (preocupado se saca los anteojos) ¿De qué rama?
RANCE. Salud mental. Espero que este sea el comienzo de una relación agradable.
¿Este es su consultorio?
PRENTICE. (Tomando un trago) Sí.
RANCE. ¿Por qué hay tantas puertas? ¿Esta casa fué diseñada por un
desequilibrado?
PRENTICE.
Sí. (Se sirve otro whisky) Cada tanto lo tenemos como paciente.
RANCE. (Mirando hacia el cielorraso) ¿También tiene un lucernario? ¿Es
práctico?
PRENTICE. No. Es absolutamente inútil para todo, excepto para dejar entrar la
luz.
El Dr. Rance asiente, serio. Se pasea por el cuarto, examinandolo todo, bajo la
mirada del Dr. Prentice.
RANCE. (Al lado de la camilla) ¿Esta camilla está aprobada? Parece de dos
plazas.
PRENTICE. (Con una sonrisa maliciosa) Hago consultas dobles. Ocurre que muchas
veces los pequeños se sientes aterrorizados por el doctor por lo que decidí
examinarlos junto con sus madres.
RANCE. ¿Ha dado a conocer esta teoría?
PRENTICE. Estoy en desacuerdo con los científicos que dan a conocer sus
teorías.
RANCE. Debo reconocerle que estoy de acuerdo con usted. Desearía que más
científicos guardaran sus teorías para ellos mismos.
Un pedazo de papel se mueve por debajo de la cortina.
RANCE. (Levanta el papel) Por casualidad ¿esto es suyo?
PRENTICE. Es una prescripción.
RANCE (leyendo) ¿“Mantenga su cabeza agachada y no haga ningún ruido”? (Pausa)
¿Sus pacientes reaccionan favorablemente con este tratamiento?
PRENTICE. Podría decir que me ha ido bastante bien.
RANCE (seco) Pienso que sus ideas son un tanto avanzadas para la época.
Abre las cortinas y las cierra rápidamente. Se vuelve hacia el Dr. Prentice,
estupefacto.
RANCE. Ahí atrás hay una mujer desnuda.
PRENTICE. Es una paciente. Cuando usted llegó, había logrado calmarla.
RANCE. ¿Fue atacado por una mujer desnuda?
PRENTICE. Sí
RANCE. Mire Prentice, no sé si aplaudir su atrevimiento o envidiar su suerte.
Echémosle un vistazo.
El Dr. Prentice va hacia las cortinas.
PRENTICE. Srta, Barclay, un caballero quiere hablarle.
GERALDINE (mirando por sobre las cortinas) Doctor, no puedo ver a nadie sin mi
ropa.
PRENTICE (fríamente al Dr. Rance) Fíjese como se aferra obstinadamente a su
educación suburbana.
RANCE. ¿Probó con un tratamiento de shock?
PRENTICE. No
RANCE. ¿Hace cuanto que es su paciente?
PRENTICE. Todavía no se firmó la ficha de ingreso.
RANCE. Tráigala que yo la firmo.
El Dr. Prentice va a su escritorio. El Dr. Rance se dirige hacia Geraldine y le
habla de manera muy brusca.
RANCE. ¿Porqué se sacó la ropa? ¿No se le ocurrió pensar que su psiquiatra
podría avergonzase con su conducta?
GERALDINE. Yo no soy una paciente. Soy de la agencia de empleo “Caras
Amistosas”.
RANCE (sobre su hombro, al Dr Prentice) ¿Cuando empezaron a manifestarse este
tipo de ilusiones?
PRENTICE (volviendo con un documento) Estoy al tanto de todo esto desde hace
algún tiempo.
RANCE. (A Geraldine) ¿Usted se imagina que algún hombre de negocios podría
tolerar una secretaria desnuda en su oficina?
Geraldine sonríe y de alguna manera trata de explicar.
GERALDINE. El Dr. Prentice me pidió que me desvistiera para ver si realmente
iba a ser apta para las tareas que me encomendara. No hubo ninguna sugerencia
acerca de trabajar permanentemente sin ropa.
RANCE (al Dr. Prentice) Me voy a hacer cargo de este caso. Pareciera tener esa
cualidad bizarra necesaria para hacer una tesis extraordinaria. (Firma el
documento) Llene los registros que sean necesarios y de cuenta al dispensario
de todas mis necesidades.
El Dr. Prentice va hacia el dispensario con el documento. El Dr. Rance se
dirige a Geraldine.
RANCE. ¿Hay algún caso de enfermedad mental en su familia?
GERALDINE. Creo que sus preguntas no tienen sentido. Me niego a
contestar.
RANCE. Acabo de certificar que usted está loca. Lo sabe ¿verdad?
GERALDINE. ¿Qué derecho tiene usted para hacer semejante cosa?
RANCE. Todo el derecho. Usted tuvo una crisis nerviosa.
GERALDINE. ¡Estoy perfectamente bien!
RANCE. Tranquilícese. ¿Estaría acá si estuviera sana?
El Dr. Prentice viene del dispensario con un carro hospitalario. Trae un
colchón de goma, una almohada y una sábana. En su brazo trae un camisón blanco.
El Dr. Rance lo toma y se lo pasa a Geraldine por sobre la cortina.
RANCE. ¡Póngaselo!
GERALDINE. (Al Dr. Rance) Muchas gracias. Es una tranquilidad estar vestida de
nuevo.
El Dr. Rance lleva al Dr. Prentice a un lado. Geraldine se pone el camisón.
RANCE. ¿Cuales son los antecedentes de este caso?¿Tiene familia?
PRENTICE. No señor. Su madrastra murió hace poco después de verse involucrada
íntimamente con Sir Winston Churchill.
RANCE. ¿Qué hay del padre?
PRENTICE. Pareciera que fué una persona desagradable. Dejó a su madre
embarazada en el lugar donde trabajaba.
RANCE. ¿Se sabe por qué?
PRENTICE. La paciente es reticente a hablar de este punto.
RANCE. Eso es extraño. Y muy revelador (abre las cortinas. A Geraldine)
Acuéstese en la camilla. (Al Dr. Prentice) Vaya y prepare un sedante.
El Dr Prentice va a al dispensario. El Dr. Rance la ayuda a Geraldine en la
camilla.
GERALDINE. Por favor, hagame el favor de llamar un taxi. Me gustaría volver a
casa. Yo no tengo las habilidades suficientes como para este trabajo.
RANCE (la sube a la camilla y la cubre con la sábana) Tranquila que pronto va a
estar mejor Srta Barclay.
El Dr. Prentice viene del dispensario con un recipiente con forma de hígado y
una jeringa hipodérmica. El Dr. Rance le sostiene el brazo a Geraldine y lo
frota con una gasa.
GERALDINE (suplicándole al Dr. Prentice) ¡Dígale la verdad, doctor! ¡Tengo las
mejores calificaciones!
El Dr. Rance le da la inyección. Ella solloza y se quiebra, llorando.
GERALDINE. ¡Esto es intolerable! ¡Son una desgracia para la profesión!¡Después
del almuerzo los voy a denunciar a la Asociación Médica.
RANCE. Acepte su condición sin llorar y sin abusar de aquellos que tenemos
autoridad. (Guarda la hipodérmica y se va a enjuagar las manos)
Entra la Sra. Prentice desde el hall.
Sra. PRENTICE. (Ansiosa) No puedo encontrar a la Sta. Barclay por ningún
lado.
RANCE. Está bajo los efectos de un poderoso sedante y no debe ser molestada por
ningún motivo.
El Dr. PRENTICE, nervioso, le brinda al Dr. Rance una sonrisa aprobatoria.
PRENTICE. Mi esposa está hablando de mi secretaria. Hace rato que no sabemos
dónde está.
GERALDINE. Yo soy Geraldine Barclay. Busco un trabajo part-time como
secretaria. Acá certificaron que estoy loca.
RANCE (a la Sra. Prentice) Olvídese de estos desvaríos. En el estado en el que
está la paciente son absolutamente normales. (Al Dr. Prentice) ¿Tiene el mismo
nombre que su secretaria?
PRENTICE. Tomó el nombre de mi secretaria como su nombre artístico. Si bien es
moralmente condenable, lamentablemente es poco lo que podemos hacer legalmente.
Sra. PRENTICE. Voy a llamar a la agencia de empleo. La Srta. Barclay no se
puede haber evaporado en el aire.
Se va hacia el hall. El Dr. Prentice se sirve un trago.
PRENTICE. Mi mujer no está al tanto de los hábitos de las jovencitas. Conocí
unas cuantas que podían desaparecer misteriosamente. Y otras a las que les
encantaba hacerlo.
El Dr. Rance se coloca un saco blanco.
RANCE. En mi experiencia, las jovencitas desaparecen a medianoche y después de
una cena pesada. (Se abrocha el saco) ¿La relación con su secretaria era
normal?
PRENTICE. Sí.
RANCE. Mire Prentice, su vida privada es asunto suyo. De todas formas no deja
de parecerme chocante. ¿Sabía la paciente de su relación con la Srta. Barclay?
PRENTICE. Posiblemente.
RANCE. Ya veo. Un patrón muy preciso se empieza a ver con claridad.
Va hacia el carrito y se queda parado mirando a Geraldine.
Srta. Barclay, usted está bajo los efectos de la droga que yo mismo le he dado
y está relajada y sin miedo. Le voy a hacer algunas preguntas que me gustaría
que contestara en lenguaje cotidiano. (Al Dr. Prentice) Va a tomar eso como una
invitación a usar malas palabras. (A Geraldine) ¿Quien fue el primer hombre en
su vida?
GERALDINE. Mi papá.
RANCE. ¿Él la atacó?
GERALDINE. ¡No!
RANCE (al Dr. Prentice) Puede estar diciendo “si” cuando dice “no”. Es pura
psicología femenina. (A Geraldine) ¿Estaba al tanto su madrastra del amor que
sentía por su padre?
GERALDINE. Yo vivía en una familia normal. No tenía ningún amor por mi padre.
RANCE. (Al Dr. Prentice) Apostaría que fue víctima de un ataque incestuoso.
Claramente asocia el acto sexual con violencia. Su intención de provocarlo,
estando desnuda, para que tuviera una respuesta erótica, podría tener un
profundo significado. (A Geraldine) ¿Su padre tenía creencias religiosas?
GERALDINE. Estoy segura que sí.
RANCE (al Dr. Prentice) Y todavía insiste en haber vivido en una familia
normal. La gravedad de su estado podría medirse a partir de tal aseveración. (A
Geraldine) ¿La iglesia de su padre condenaba la violación? ¿Hubo acaso algún
servicio religioso antes de ser atacada?
GERALDINE.
Señor, no puedo responder esas preguntas. Me parecen desagradables y sin
sentido.
RANCE. Srta. Barclay, estoy interesado en la violación, no en la estética de un
exámen cruzado. ¡Contésteme, por favor! ¿Fue abusaba por su padre?
GERALDINE. (Con un grito de horror) ¡No, no, no!
El Dr. Rance se pone de pie y mira al Dr. Prentice.
¡Es un caso de libro! Un hombre mas allá de la inocencia, una chica desesperada
por experiencia. La belleza, la confusión y la urgencia llevándolos hacia una
loca pasión. Se embarcan en una imprudente relación amorosa. A él se le hace
difícil su secreto culposo con sus convicciones espirituales. Queda preso de su
mente. La actividad sexual termina. Ella, que gozaba de ese amor, siente
ansiedad por la pérdida. Busca consejo en su sacerdote. La Iglesia, basándose
en sus tradiciones ancestrales, recomienda castidad. El resultado, la locura.
Pone
las vendas y la hipodérmica en el recipiente.
PRENTICE. Es una teoría fascinante y muy inteligentemente construida. ¿Pero
concuerda con los hechos?
El Dr. Rance levanta el recipiente.
RANCE. Eso no debería causarnos una excesiva ansiedad. Civilizaciones enteras
se han fundado y sostenido bajo teorías ajenas a toda razón. Hasta donde yo
entiendo, esta pequeña ha sido abusada por su propio padre. Basaré mi accionar
futuro con esta certeza.
Va hacia el dispensario llevando el recipiente, las gasas y la hipodérmica.
GERALDINE. ¿Estoy loca, doctor?
PRENTICE. No.
GERALDINE. ¿Usted está loco?
PRENTICE. No. Quédese tranquila. Hay una explicación perfectamente racional
para todo lo que está pasando. Todo va a estar bien.
Vuelve el Dr. Rance.
RANCE. Hay algo que también resulta evidente, aun para el más insignificante de
los principiantes, y es que la paciente ve en usted a su padre. Por eso se
desvistió. Cuando yo entré en escena, ella estaba a punto de revivir aquel
episodio inicial. La fastidiosa pregunta del motivo está ahora clara. Ella era
consciente de la relación que existía entre usted y su secretaria. Usted
representa a su padre. La identificación de ella con la Srta. Barclay completa
el cuadro.
PRENTICE. Tal vez exista una explicación más sencilla para la aparente
complejidad del caso.
RANCE. Las explicaciones sencillas son para mentes sencillas y yo no encajo en
ninguna de las dos. (Se lleva el carro hacia la puerta de los pabellones) Abra
la puerta. Voy a supervisar como le cortan el pelo a la paciente.
El Dr. Prentice abre la puerta. El Dr. Rance se lleva a Geraldine en una silla
de ruedas? Hacia los pabellones. El Dr. Prentice se sirve un trago y se lo toma
de golpe. Su mirada va hacia el tacho de basura. Sacude la ropa interior, mira
el zapato y las medias y las levanta. La Sra. Prentice entra desde el hall. El
Dr. Prentice le da la espalda mientras se va caminando encorvado haciendo un
esfuerzo para ocultar la ropa.
Sra. PRENTICE. (Alarmada por esta extraña conducta) ¿Qué te pasa?¿Te duele
algo?
PRENTICE. Sí. Traeme un vaso de agua.
La Sra. Prentice corre hacia el dispensario. El Dr. Prentice mira alrededor con
desesperación. Ve un florero, alto y con rosas. Saca las rosas y mete la ropa
interior y un zapato en el florero. El otro zapato no entra. Hace una pausa,
perplejo. Cuando se dispone a poner nuevamente las rosas en el florero, entra
la Sra. Prentice con un vaso de agua. El Dr. Prentice esconde el zapato dentro
de su saco. La Sra. Prentice mira atónita. El tiene el ramo de rosas. Sonríe
automáticamente y le ofrece el ramo con un ademán elegante. La Sra. Prentice
está sorprendida y enojada.
Sra. PRENTICE. ¡Por favor, dejá eso donde estaba!
El zapato se le resbala y en un esfuerzo por retenerlo se dobla en dos.
¿Llamo a un médico?
PRENTICE. No, voy a estar bien.
Sra. PRENTICE. (Le ofrece el vaso) A ver. Tomá esto.
El Dr. Prentice retrocede, sosteniendo el ramo y el zapato.
PRENTICE. ¿Me podrías traer otro vaso? Ese no tiene la forma apropiada.
Sra. PRENTICE. (Atónita) ¿La forma apropiada?
PRENTICE. Sí.
La Sra. Prentice lo mira y se va al dispensario. El Dr. Prentice intenta poner
las rosas en el florero. No entran. Toma unas tijeras de su escritorio y corta
los tallos a cinco centímetros de las flores. Pone las rosas en el florero,
envuelve los tallos con su pañuelo y los coloca en un bolsillo. Busca donde
poner el otro zapato. Se pone de rodillas y coloca el zapato en un espacio
sobre los libros del estante inferior de la biblioteca. Entra la Sra. Prentice
con otro vaso. Para y mira.
Sra. PRENTICE. ¿Qué estás haciendo ahora?
PRENTICE. (Levantando las manos) Rezando.
Sra. PRENTICE. Esta conducta infantil me hace dudar de tu gran prestigio
académico. (Pone el vaso en el escritorio mientras sacude su cabeza) Acaba de
llegar el jovencito que quiero que contrates como tu secretario.
PRENTICE. (Tomando agua) Quizás debería volver en un rato. No me siento muy
bien.
Sra. PRENTICE. Voy a ver que opina. Es un muchacho impaciente.
PRENTICE. ¿Será por eso que se volvió violador?
Sra. PRENTICE. Seguramente. Es incapaz de esperar.
Sale hacia el hall. El Dr. Prentice se seca la frente.
PRENTICE. ¡Dos décadas desperdiciadas luchando contra ella y contra la caída
del pelo! Ya tengo suficiente de los dos.
Entra el Dr. Rance desde los pabellones.
RANCE. No va tener ningún inconveniente para reconocer a la paciente. Acabo de
raparla dejandole tres centímetros de pelo.
PRENTICE. (Sorprendido) ¿Le parece que esa fue una medida acertada? ¿Le parece
que está de acuerdo con el acercamiento que se busca con aquellos mentalmente
enfermos?
RANCE. Perfectamente de acuerdo. Publiqué una monografía sobre este tema. La
escribí en la universidad. Fue supervisada por un docente realmente admirable.
Como no pudo resolver su propia locura entregó su vida a la docencia para
enseñarla a otros.
PRENTICE. ¿Y usted era su alumno favorito?
RANCE. Había algunos más capacitados.
PRENTICE. ¿Qué es de la vida de ellos?
RANCE. Están en neuropsiquiátricos.
PRENTICE. ¿Dirigiéndolos?
RANCE. La mayoría.
La Sra. Prentice entra desde el hall.
Sra. PRENTICE. (Al Dr. Prentice) Insiste con la puntualidad. Te da cinco
minutos.
PRENTICE. (Al Dr. Rance) Un posible candidato. Sería inútil no reconocer que el
socialismo no ha dejado su marca.
RANCE
(a la Sra. PRENTICE) ¿Sabe algo de la Srta. Barclay?
Sra. PRENTICE. Nada. Ya llamé a la agencia de empleo y sus clientes tienen
estrictas instrucciones de llamar después de cada entrevista y la Srta. Barclay
no lo hizo.
RANCE. Tenemos que organizar una búsqueda. (Al Dr. Prentice) ¿Qué tiene en
materia de perros?
PRENTICE. Un Spaniel y un Poodle enano.
RANCE. ¡Hay que soltarlos! Geraldine Barclay debe ser encontrada, de lo
contrario habrá que informar a las autoridades.
Sra. PRENTICE. Hay que dar aviso al guarda. El está a cargo de la puerta y
sabrá si dejo el edificio. (Da media vuelta como para irse)
PRENTICE. No, no hagas eso. La Srta. Barclay está perfectamente bien. Está
abajo. Me acabo de acordar.
RANCE. (Sorprendido) ¿Porqué no lo dijo antes?
PRENTICE. Se me olvidó.
RANCE. ¿Usted ya ha tenido estas lagunas mentales?
PRENTICE. No recuerdo.
RANCE. Puede haberlo olvidado. Usted admite que su memoria no es confiable.
PRENTICE. Señor, lo único que puedo afirmar es lo que sé. No se puede esperar
que recuerde cosas que he olvidado.
Sra. PRENTICE. ¿Qué es lo que está haciendo abajo la Srta. Barclay?
PRENTICE. Está haciendo muñecas de trapo blancas para vender en grupos con
prejuicios raciales.
El Dr. Rance y la Sra. Prentice intercambian miradas asombradas.
RANCE. ¿Dr. Prentice, usted asegura haber olvidado que su secretaria estaba
haciendo semejante cosa?
PRENTICE. Sí.
RANCE. No puedo creer lo que está diciendo. ¿Y cual era el objeto de crear
estos objetos monstruosos?
PRENTICE. Mi intención era promover la harmonía racial.
RANCE. Mire, le ordeno que destruya esas criaturas endemoniadas antes de que su
nefasta influencia pueda hacerse sentir.
PRENTICE. (Cansado) Le voy a decir a la Srta. Barclay que haga lo que usted
ordena.
Sale por la puerta de los pabellones. El Dr. Rance gira hacia la Sra. Prentice
mientras se agarra la frente.
RANCE. Este hombre es un segundo Frankenstein.
La Sra. Prentice va hasta el escritorio y se sirve un whisky.
Sra. PRENTICE. (Con una media sonrisa) Mi esposo es una persona rara. ¿Es un
genio o un perfecto idiota?
RANCE. Me gustaría conocerlo mejor antes de aventurar una opinión. ¿Pasó algo
mas aparte de este escándalo con las muñecas de trapo?
Sra. PRENTICE. (Tomando whisky) Escribe cientos de cartas a los diarios.
Lleva su whisky a la biblioteca. Levanta un volumen con tapa de cuero. Abre el
libro y se lo muestra al Dr. Rance.
Escribió su primera carta a los doce años quejándose de la información poco
precisa que le dió un chico alemán mientras jugaban al “papá y la mamá”. Desde
entonces especula en la natura y el alcance de la propaganda nazi.
El Dr. Rance mira el libro con atención. La Sra. Prentice da vuelta las hojas.
Hasta su más reciente carta, publicada hace un mes, en donde afirma que los
baños públicos de caballeros son “la última fortaleza de los privilegios
masculinos”.
El Dr. Rance lee y devuelve el libro.
RANCE. La conducta de su marido me genera una gran intranquilidad. ¿Está usted
convencida que los métodos de su marido pueden aliviar la tensión entre los
sanos y los insanos?
Sra. PRENTICE. La finalidad de la clínica de mi marido no es curar sino hacer
que la locura se libere y sacar provecho de eso.
RANCE. Por lo que se ve, lo hace muy bien. (La mira amistosamente) Nunca en mi
vida he visto manejarse los asuntos de la forma en que lo hacen en este lugar.
Saca
un papel de su bolsillo y se lo entrega a ella.
Lea
esto.
Sra. PRENTICE. (Leyendo) “Mantenga la cabeza baja y no haga ningún ruido”. (Se
lo devuelve) ¿Qué quiere decir?
RANCE. Su marido está usando métodos peligrosos y poco ortodoxos en el
tratamiento de la locura. (Guarda el papel en su maletín) Como psiquiatra, su
marido no solo es ineficiente sino también resulta desagradable.
La Sra. Prentice lleva el volumen a la biblioteca e intenta guardarlo. No
puede. Mira. Descubre el zapato de Geraldine y lo mira asombrada.
Sra. PRENTICE. ¡Mire lo que encuentro en la biblioteca!
RANCE. ¿Es suyo?
Sra. PRENTICE. No.
RANCE. Déjeme ver.
Le entrega el zapato. El lo gira en su mano.
RANCE. (Mira hacia arriba. Pausa) Sra. Prentice, tengo que pedirle que sea
honesta conmigo. ¿En alguna oportunidad dudó sobre la salud mental del Dr.
Prentice?
Sra. PRENTICE. El es una personalidad respetada en su profesión. Su trabajo en
varios campos ha sido destacado por numerosos colegas.
RANCE. Los lunáticos suelen tener pensamientos radicales.
Sra. PRENTICE. (Pausa) Usted tiene razón. Hace rato que sé que las cosas no
están del todo bien. Traté de convencerme de que mis temores eran infundados.
Todo el tiempo sabía que me estaba engañando.
El Dr. Rance la lleva hacia la silla. Ella se sienta, en estado de shock.
RANCE. (Tranquilo) ¿Qué fue lo primero que la hizo sospechar?
Sra. PRENTICE. Bueno, tal vez la forma grosera en que trataba a mi madre.
Acostumbraba llamarla para sugerirle como suicidarse de las formas más
horribles. Rendida ante la insistencia, siguió sus consejos.
RANCE. ¿Y algo más reciente, digamos esta mañana?¿Ha notado alguna desmejora en
su condición?
Sra. PRENTICE. Sí, claro. Definitivamente. No mostró la menor preocupación
cuando le conté que un botones del Hotel de la Estación me había atacado.
RANCE. ¿Cuál fue el motivo de ese ataque?
Sra.
PRENTICE. El joven quería violarme.
RANCE. ¿Lo logró?
Sra. PRENTICE. No.
RANCE (moviendo la cabeza) El servicio en estos hoteles es lamentable.
Sra. PRENTICE. Poco después de volver, mi marido empezó a tener las ideas más
increíbles que yo hubiese querido perdonar si no hubiesen traspasado los
límites del buen gusto.
RANCE. Deme un ejemplo.
Sra. PRENTICE. Ha desarrollado una ansiedad por la ropa femenina.
RANCE (levantando el zapato) Esto confirma su historia.
Sra. PRENTICE. Me negué a darle mi ropa y se fue a buscar a la Srta Barclay. Al
rato, y en mi presencia, tuvo un especie de ataque y me pidió que le trajera
algo de tomar. Al regresar me recibió con un ramo de flores.
RANCE. Querría felicitarla por haber vuelto sana y salva.
Sra. PRENTICE. Solo había ido hasta el dispensario. Las flores las sacó del
florero. (Señala el florero) Yo estaba enojada y, le aseguro, con algo de
miedo. Así estaban las cosas cuando de repente un espasmo de agonía le recorrió
el rostro. Le ofrecí el vaso con agua y reaccionó violentamente. Me dijo que el
vaso no tenía la forma correcta.
RANCE. ¡Que frase reveladora!
Sra. PRENTICE. Volví al dispensario. Al regresar lo encuentro rezando de
rodillas.
RANCE. ¡Que impresionante! Lo anormal de su condición lo ha llevado a buscar
refugio en la religión. El último dique de contención del hombre cuando está al
borde del abismo. (Le palmea el hombro a la Sra. Prentice.) No tengo dudas que
lo que me acaba de contar es de gran importancia. También debemos considerar
que ha admitido tener lagunas en su memoria y el hecho de intentar crear formas
alienígenas de vida. (Guarda el zapato en su maletín) No vaya a decir nada de
nuestras sospechas. Las fantasías crecen como la maleza en la insalubre tierra
de un cerebro enfermo.
Sra. PRENTICE. (Retocándose los ojos con un pañuelo) Ay doctor, no sabe el
alivio que siento al poder hablar con alguien como usted.
RANCE. ¿Porqué no lo hizo antes?
Sra. PRENTICE. A una mujer no le gusta enfrentarse con la realidad de que el
hombre que ama está loco. La hace sentir a una como una idiota.
Guarda el pañuelo, se sirve un trago y pone hielo en el vaso. El Dr. Prentice
entra desde los pabellones.
RANCE.
(Girando hacia él) ¿Siguió mis instrucciones?
PRENTICE. Sí.
RANCE. (Saca del maletín el zapato de Geraldine) ¿Esto es de su secretaria?
PRENTICE. No. (Pausa) Es mío.
El Dr. Rance y la Sra. Prentice intercambian miradas. El Dr. Rance levanta una
ceja.
RANCE. (Con gravedad e ironía) ¿Acaso tiene el hábito de usar zapatos de mujer?
PRENTICE. (Rápido, desesperado) Mi vida privada, es mía. La sociedad no debería
ser tan escabrosa en sus juicios.
El Dr. Rance pone el zapato a un lado.
RANCE. ¿Dónde está su secretaria? Tengo una serie de preguntas que me gustaría
hacerle.
PRENTICE. No puedo permitir que sea molestada. Tiene trabajo que hacer.
El Dr. Rance sonríe socarronamente.
RANCE. Prentice, me parece que usted no termina de entender su posición. La
autoridad que me fue concedida por los comisionados, me da pleno derecho a
entrevistar a cualquier miembro de su plantel cuando yo lo decida. ¿Dónde esta
Geraldine Barclay?
PRENTICE. Está en el jardín.
RANCE. Dígale que venga para acá.
PRENTICE. Está haciendo una pira funeraria con los muñecos. No estaría bien
molestarla en este momento.
RANCE. Muy bien. (Los labios apretados) Voy a ir a buscarla yo mismo. Pero de
por hecho, doctor, que su conducta va a ser informada.
Sale hacia el jardín. El Dr. Prentice mira furioso a su mujer.
PRENTICE. ¿Qué le dijiste?
Sra. PRENTICE. Nada mas que la verdad.
PRENTICE. (Sirviéndose un trago) ¿Anduviste desparramando que soy un travesti,
no?
Sra. PRENTICE. Había un zapato de mujer escondido en la biblioteca. ¿Que hacía
ahí?
PRENTICE. ¿Qué hacías hurgado entre mis libros?
Sra. PRENTICE. Buscaba el álbum de recortes. Se lo mostré al Dr. Rance.
PRENTICE.
No tenías ningún derecho.
Sra. PRENTICE. ¿Te avergüenza el hecho de escribirle a gente extraña?
PRENTICE. No hay nada de furtivo en mi relación con el editor del diario.
La Sra. Prentice se sirve otro trago.
Sra. PRENTICE. El Dr. Rance y yo estamos intentando ayudarte. Tu estado nos
intranquiliza.
PRENTICE.
A mí también. Esto es insoportable y vos sos la culpable. Tendría que haber
terminado con esta infamia hace años.
La Sra. Prentice pone la botella vacía a un lado y mira al Dr. Prentice con
resentimiento.
Sra. PRENTICE. ¿De quién es la culpa si nuestro matrimonio se toma con hielo?
Sos desconsiderado y egoísta. No me busques porque podría acostarme con otro.
PRENTICE. ¿Quien?
Sra. PRENTICE. Algún estudiante Indio.
PRENTICE. No conocés ninguno.
Sra. PRENTICE. Nueva Delhi está lleno.
PRENTICE. ¡No podés tener amantes en Asia! El precio de los pasajes sería
devastador.
La Sra. Prentice pone hielo en su vaso ignorando al Dr. Prentice. Este se para
al lado de ella y le grita al oído.
Tu comportamiento irresponsable me genera una insoportable ansiedad.
Sra. PRENTICE. Vos no tenés capacidad psicológica para entender las
dificultades que tengo que afrontar. (Toma whisky)
PRENTICE. (Tomándola del brazo, blanco de ira) A menos que tengas mucho
cuidado, un día vas a descubrir que estás adentro de una caja esperando que
pase el basurero.
La Sra. Prentice sonríe, cortante.
Sra. PRENTICE. Estas amenazas encubiertas no hacen más que confirmar mis dudas
sobre tu salud mental.
Ella se toma el whisky y se aleja del Dr. Prentice. Nick entra desde el hall.
Trae un pequeño fichero con un cartelito del “Hotel de la Estación”
impreso.
NICK. (A la Sra. Prentice) Me gustaría que me diera la plata de una buena vez
así le doy las fotos. De todas formas necesitaría alguna garantía con respecto
a mi futuro trabajo antes de desprenderme de los negativos.
El
Dr. Prentice, atónito, mira a la Sra. Prentice.
PRENTICE. ¿De qué está hablando?
Sra. PRENTICE. El tiene en su poder una cantidad de fotos pornográficas mías.
La sacó anoche sin mi conocimiento.
El Dr. Prentice se aleja, cansado, al borde de las lágrimas.
Nick
le entrega la caja a la Sra. Prentice.
NICK. Tengo que entregar esto. Es de nuestro servicio de limpieza express.
La Sra. Prentice abre la caja.
Sra. PRENTICE. ¡La peluca y el vestido!
El Dr. Prentice entrecierra los ojosy da una breve explicación.
PRENTICE. ¿Un vestido? Me voy a hacer cargo de eso. (Le saca la caja a ella)
Sra. PRENTICE. Le voy a tener que informar al Dr. Rance que me robaste uno de
mis vestidos.
PRENTICE. Bajá la voz y calladita retirate a tu cuarto.
La Sra. Prentice agarra una botella de whisky llena del escritorio y se marcha
por el hall.
NICK. Quiero disculparme si es que mi comportamiento de anoche la puso ansiosa
a su esposa pero yo tengo un ardiente deseo de acostarme con todas las mujeres
con las que estoy.
PRENTICE. Ese es un hábito desagradable y, en mi opinión, perjudicial para la
salud.
NICK.
En eso estoy de acurdo, señor. Mi salud nunca fue la misma desde que dejé de
coleccionar estampillas.
El Dr. Prentice pone la caja en el escritorio y se sirve un trago.
PRENTICE. En esta clínica tenemos una política moral de la cual ni yo mismo
estoy exento. Mientras esté con nosotros, esperaré que no muestre interés en
ningún órgano sexual que no sea el suyo.
NICK. Eso no suena muy divertido.
PRENTICE. Ese es el objetivo del ejercicio.
El Dr. Rance entra desde el jardín.
RANCE. No hay pistas de su secretaria. Debo decirle, Prentice, que mi paciencia
se agota.
PRENTICE. Puede llegar a estar en el dispensario.
RANCE.
A menos que descubra su paradero en pocos minutos, usted se verá en serios
problemas.
Se va al dispensario. La Sra. Prentice entra desde el hall.
Sra. PRENTICE. Hay un policía en la puerta. Quiere hablar con alguien
responsable.
PRENTICE. Decile que pase.
La Sra. Prentice se va al hall. Nick se para y le suplica al Dr Prentice.
NICK. ¡Señor, vinieron a arrestarme!
PRENTICE. No entiendo el porqué de esta paranoia.
NICK. ¡Me van a dar cinco años si me agarran!
PRENTICE. ¿Por qué tiene miedo que lo arresten? Puede ser franco conmigo.
NICK. Mire, señor, como su esposa le contó, anoche intente sobrepasarme con
ella, pero no tuve éxito. Si que nada pudiera detenerme, fuí hasta el tercer
piso del hotel donde se alojaba un grupo de chicas de una escuela. ¡Ay, señor,
si hubiese visto lo solas y desesperanzadas que estaban!
PRENTICE. ¿No había nadie a cargo?
NICK. Una señorita, alojada en una habitación cruzando el pasillo.
PRENTICE. ¿Tuvo algo con ella?
NICK. No y nunca me va a perdonar por no haberlo hecho. Ella que la que dio
aviso a la policía. ¡Por favor, señor, no me entregue!
El Dr. Rance entra desde el dispensario.
RANCE. Le prevengo, Prentice, que a menos que esté dispuesto a cooperar en
encontrar a la Srta. Barclay, lo haré responsable directo de su desaparición.
Si es incapaz de hacerlo la policía debería ser notificada.
Se va hacia los jardines.
NICK. ¿Pensó en el aprieto en que me encuentro?
PRENTICE. No. Estoy obsesionado con el mío. En este momento deberíamos estar
compartiendo la misma celda.
Le brilla la mirada mientras mira el fichero. Mira a Nick imaginando algo.
(Abruptamente) Sáquese la ropa.
NICK. ¿Señor, piensa hacerme alguna chanchada?
PRENTICE. ¡Qué está diciendo! ¿Eso es lo que pasa habitualmente cuando un
hombre le pide que se saque la ropa?
NICK. Si. Me pagan.
PRENTICE. Por Dios, desvístase de una vez.
Nick se saca la ropa velozmente y con gran agilidad. El Dr. Prentice mira con
admiración.
PRENTICE. Admirable. Mi última secretaria no lo haría mejor. Y ella era
descendiente de Houdini.
Nick le alcanza la ropa al Dr. Prentice. Queda desnudo con los calzoncillos
puestos. Cuando se los está por sacar el Dr. Prentice lo para.
PRENTICE. No se saque los calzoncillos. Gracias a mi experiencia médica estoy
familiarizado con los que hay debajo.
La Sra. Prentice entra desde el hall. Mira horrorizada.
Sra. PRENTICE. ¿Se puede saber en que porquería estás ocupado ahora?
PRENTICE. Estoy haciendo un examen médico.
Sra. PRENTICE. Vos no sos médico. ¿Para qué necesitas al chico desnudo?
PRENTICE. (Sonriendo, con una paciencia enorme) Mis investigaciones con su
cuerpo vestido serían estrictamente no-científicas e inevitablemente
superficiales. A fin de asegurarme que me será de alguna utilidad, debo
examinarlo exhaustivamente.
Sra. PRENTICE. ¡Degenerado! En mi vida escuché algo tan pobre y estúpido. Este
jovencito va a hacer que te echen a patadas de la matrícula. (Levantando el
uniforme de Nick) Venga conmigo, querido. No puede quedarse con este
hombre.
Se lleva el uniforme al hall
NICK. ¿Qué hacemos ahora?
El Dr. Prentice saca una peluca y un vestido tipo leopardo de la caja.
PRENTICE. Tengo una idea. Quiero que se haga pasar por mi secretaria. Su nombre
es Geraldine Barclay. Si acepta mi propuesta se van a resolver todos nuestros
problemas.
Le da a Nick la peluca y el vestido.
Es de vital importancia que convenza al Dr. Rance que usted es una mujer. No
debería tener mayores problemas. Imagino que no ha visto una en mucho
tiempo.
Lleva a Nick a la puerta del dispensario.
Después de encontrarlo, diga que está enferma y váyase. Cuando todo el
operativo haya terminado, le voy a dar una suma de dinero y un pasaje de avión
al destino que usted elija. (Empujandolo dentro del dispensario) Si se llegara
a meter en problemas, voy a negar que lo conozco. Vístase ahí adentro.
Cierra la puerta del dispensario, va hacia el hall y llama en tono amistoso.
¿Quiere pasar por acá, oficial? Disculpe la demora.
Va hacia el escritorio y abre una botella de whisky. Nick abre la puerta del
dispensario y mira.
NICK. ¡Señor, los zapatos!
El Dr. Prentice gira, alarmado.
PRENTICE. ¡Los zapatos! (Baja la botella) ¡Un momento!
Saca el zapato del maletín del Dr. Rance y se lo tira a Nick. Va hasta el
florero, levanta las rosas y mete la mano buscando el otro zapato. Entra el
Sargento Match. Nick se mete rápidamente en el dispensario. El Dr. Prentice
esconde las rosas en su espalda.
(Fríamente) ¿Le molestaría no entrar en mi consultorio sin autorización?
MATCH. Señor, usted me dijo que pasara.
PRENTICE. No creo haberlo hecho. Espere afuera.
El Sargento Match se va. El Dr. Prentice toma el zapato del florero y lo
sacude. Corre hasta el dispensario, arroja el zapato adentro y vuelve corriendo
al florero. Cuando está punto de poner las flores nuevamente, entra la Sra.
Prentice desde el hall. Ve al Dr. Prentice con el ramo de flores y se queda
estupefacta. El Dr. Prentice le ofrece el ramo. Ella empalidece. Está enojada y
ligeramente asustada.
Sra. PRENTICE. ¿Por qué insistís en darme flores?
PRENTICE. Es porque estoy muy orgulloso de vos.
Sra. PRENTICE. Minuto a minuto te vas poniendo cada vez más raro. ¿Porqué
fuiste grosero con el policía?
PRENTICE. Entró como si tal cosa.
Sra. PRENTICE. Si vos le dijiste que entrara. ¿Ya te olvidaste?
PRENTICE. Sí. Mi memoria ya no es lo que solía ser. Decile que pase.
La Sra. Prentice va hacia el hall. El Dr. Prentice repone las flores, va al
escritorio y se llena el vaso de whisky. Geraldine entra desde el jardín. Tiene
la cabeza rapada. Viste un camisón de hospital. El Dr. Prentice se alarma con
su presencia en el cuarto.
¡Srta Barclay! ¿Qué hace acá?
GERALDINE. Doctor, no hay nada que pueda hacer para que permanezca un minuto
más en su staff. Quería avisarle.
El Sargento Match entra desde el hall. No la llega a ver a Geraldine quien
queda oculta.
MATCH. Disculpe el malentendido.
PRENTICE. (Girando, abruptamente) Por favor espere afuera. Me parece que fuí
claro.
MATCH. ¿No quiere verme?
PRENTICE.
No.
El Sargento Match, un tanto perplejo por la situación, se va hacia el hall. El
Dr. Prentice la toma a Geraldine del brazo.
Sus apariciones podrían arruinarme. Deme una oportunidad para terminar con este
desorden.
GERALDINE. Usted debe endrezar este asunto diciendo la verdad.
PRENTICE. (Abriendo las cortinas de la camilla) Escóndase acá. No le va a pasar
nada desagradable. Tiene mi palabra de caballero.
GERALDINE. ¡Tenemos que decir la verdad!
PRENTICE. Esa es una actitud completamente derrotista (la empuja detrás de la
cortina)
GERALDINE. (Mirando por sobre la cortina) Por lo menos devuélvame mi ropa. Me
siento desnuda.
El Dr. Prentice saca las rosas del florero, agarra la ropa interior y las
medias de Geraldine y se las arroja. La Sra. Prentice y el Sargento Match
entran desde el hall. Geraldine se esconde detrás de la cortina. El Dr.
Prentice tiene las rosas en la mano. La Sra. Prentice se aferra del brazo del
Sargento Match.
Sra. PRENTICE. Si me llega a dar las rosas, me desmayo.
Miran en silencio mientras el Dr. Prentice pone nuevamente las rosas en el
florero. Con el florero vacío, las rosas caen dentro del florero. La Sra.
Prentice no puede creer lo que ve.
Sra. PRENTICE. ¡Les cortó los tallos! Su locura va mas allá de lo imaginable.
El Dr. PRENTICE agarra su vaso y gira, como si nada pasara, hacia el Sargento
Match.
PRENTICE. Sargento, disculpe la histeria de mi mujer. Anoche, una persona
intentó abusar de ella y todavía no se recuperó por completo.
MATCH. Tengo entendido que la Sra. Prentice le presentó al muchacho. ¿Es así?
PRENTICE. Si y preferiríamos no presentar cargos en su contra.
MATCH. Entiendo que para su mujer sería poco prudente andar repitiendo sus
experiencias ante un jurado. De todas maneras, como ya sabrán, ese caso no me
incumbe. Lo que sí me interesa son los movimientos del joven entre la
medianoche y las siete de la mañana. Durante ese período cabe suponer que se ha
comportado en forma impropia en una fiesta escolar.
Sra. PRENTICE. (Sirviéndose un trago) ¡Qué vil y deplorable!
MATCH. Después de examinar a las chicas, nuestra doctora se puso furiosa. No ve
el momento de enfrentarse cara a cara con este tipo.
PRENTICE. Muy bien sargento, como no está por acá, le avisaremos cuando lo
veamos.
Sra. PRENTICE. (Aturdida) ¡Cómo te atrevés a darle información falsa a la
policía! (Al Sargento Match) El estaba acá. Tengo su ropa afuera.
MATCH. Fue muy inteligente de su parte confiscarle la ropa. Si más mujeres
hicieran lo mismo, se reducirían a la mitad los casos de violación.
PRENTICE. Quizás se duplicarían.
Sra. PRENTICE. No haga caso a nada de lo que diga mi marido. Voy a buscar la
ropa.
Se va hacia el hall con su trago. El Sargento Match se dirige al Dr. Prentice.
MATCH. También estoy interesado en establecer el paradero de una joven de
llamada Barclay. ¿Podría ayudarme en mi investigación?
PRENTICE. (Un espasmo de ansiedad le recorre el rostro) ¿Por qué quiere ver a
la Srta. Barclay?
MATCH. Es un asunto de gran importancia para la nación. La madrastra de la
Srta. Barclay, una mujer impoluta, murió recientemente. Poco después de su
muerte, su nombre fue relacionado de la forma más desagradable con el de Sir
Winston Churchill. La vinculación entre la Sra. Barclay y este gran hombre,
causó una gran ofensa en ciertos círculos. Así y todo, el municipio decidió,
considerando su historial de guerra, pasar por alto el lapsus moral de Sir
Winston. Bajo una mirada experta debía ser reintegrado a la sociedad. Una vez
logrado el objetivo, se hizo evidente que el hombre estaba incompleto. Cuando
se supo la verdad los ultra conservadores hicieron un escándalo. La historia
llegó a la prensa y la bola de nieve se volvió imparable. Finalmente, y con todo
el apoyo de los partidos políticos, el municipio decidió demandar a los
herederos de la Sra. Barclay por aquellas partes faltantes del Sir Winston. Los
abogados municipales lograron una orden de exhumación. Esta mañana el cajón fue
abierto pero todos los esfuerzos fueron en vano. La Sra. Barclay no se había
llevado nada a la tumba con ella. Esta tarde, todo este asunto llamó la
atención de la policía.
PRENTICE.
(Sirviéndose un whisky) ¿Usted sospecha que mi secretaria robó ciertas partes
de Sir Winston Churchill?
Entra la Sra. Prentice con el uniforme de Nick.
Sra. PRENTICE. Acá está la prueba de que el joven estuvo en esta habitación.
MATCH. No va a ir muy lejos sin su ropa.
PRENTICE. Es envidiable todo lo que logro hacer sin ropa la otra noche.
MATCH. (Al Dr. Prentice) ¿Sigue afirmando, señor, que no tiene idea del
paradero del joven?
PRENTICE. Sí.
MATCH. ¿Y qué se hizo de la Srta. Barclay?
PRENTICE. No tengo la menor idea.
Sra. PRENTICE. Le dijiste al Dr. Rance que estaba quemando las muñecas.
El Sargento Match los mira azorado.
¿Eso era una mentira?
PRENTICE. Pudo haber sido. No lo recuerdo.
Sra. PRENTICE. Sargento, le recomiendo que hable con el Dr. Rance. Tal vez el
sea capaz de explicarle el comportamiento inusual de mi esposo.
MATCH. ¿Dónde lo encuentro al doctor?
Sra. PRENTICE. En el jardín. Por favor dígale que necesitamos urgentemente de
sus conocimientos especializados.
El Sargento Match se va hacia el jardín. La Sra. Prentice gira hacia su esposo
y le habla en un extraño tono de quietud y simpatía.
Mirá, querido, está claro que perdiste la capacidad de recordar información
fresca, de resolver problemas nuevos y de permanecer orientado. No dejes que
esto te aflija. Voy a estar a tu lado mientra dure tu enfermedad. Más aún, voy
a tomar nota de los progresos en tu colapso nervioso así nada se desperdicia.
Tratá de recordar, porqué dañaste las flores del florero. Podría tener una
relación directa en el caso.
Le da una sonrisa encantadora, agarra su vaso y se va hacia el hall. Geraldine
asoma la cabeza sobre las cortinas.
GERALDINE. Señor, diga la verdad. Todos sus problemas provienen de su falta de
honestidad.
PRENTICE. Mis problemas brotan por un equivocado intento de seducirla.
GERALDINE. Nunca me dijo que me estaba seduciendo. Dijo que estaba interesado
en mi mente.
PRENTICE. Eso es como decir “ábrete Sésamo”, una fórmula para abrir puertas.
El Sargento Match aparece por las ventanas francesas. Geraldine se esconde tras
las cortinas.
MATCH. ¿Está seguro que el Dr. Rance anda por acá?
PRENTICE. Sí.
MATCH. ¿Entonces donde puede estar?
PRENTICE. Busque en los matorrales.
MATCH. Señor, me gustaría que me acompañe.
El Dr. Prentice se encoge de hombros y sigue al Sargento Match hacia el jardín.
Geraldine baja de la camilla. Esta vestida con la bombacha y el corpiño. En su
mano lleva el camisón. Agarra el uniforme de Nick, deja el camisón en la silla
y se va al dispensario. Se hecha para atrás repentinamente.
GERALDINE. ¡Una desconocida!
Corre hasta la puerta de los pabellones, mira y la cierra aterrorizada.
¡El Dr. Rance! ¡Qué voy a hacer!
Corre hasta el hall, mira como está vestida y vuelve corriendo hasta la
camilla. Se sube y cierra la cortina. Entra la Sra. Prentice con las rosas en
un florero mas chico. Nick entra desde el dispensario. Está vestido con ropa de
mujer y con una peluca rubia. La Sra. Prentice mira asombrada y pone el florero
sobre la mesa.
Sra. PRENTICE. ¿Usted es Geraldine Barclay?
NICK. Sí. (Habla en un tono bajo y culto)
Sra.
PRENTICE. ¿Dónde estaba?
NICK. Estaba ocupada atendiendo las mil y una actividades que tiene una
secretaria promedio durante su jornada laboral.
Sra. PRENTICE. Estoy segura que hacerse las uñas no le llevará toda la mañana
¿no?
NICK. Me tiré un rato. No me sentía bien.
Sra. PRENTICE. ¡Usted no estará embarazada!
NICK.
No puedo hablar sobre mi trabajo con usted.
Sra. PRENTICE. ¿Cuál fue su último trabajo?
NICK. Atendía en el Club 1-2-3
Sra. PRENTICE. Es evidente que usted no está capacitada para este trabajo. Voy
a desaprobar su contratación.
El Dr. Prentice y el Sargento Match entran desde el jardín.
(Al sargento Match) Sargento, esta es la secretaria de mi esposo. Va e a estar
encantada en ayudarlo con su investigación.
MATCH (a Nick) Srta. Barclay, debo pedirle que entregue o haga que sean
entregadas, las parte faltantes de Sir Winston Churchill.
NICK. ¿Y cómo son?
MATCH. ¿Declara acaso desconocer la forma y estructura de los objetos buscados?
NICK. Estoy en la oscuridad.
MATCH. Ante la falta de evidencias voy a tener que pedir colaboración medida
para medir sus dichos. Usted debe ser analizada exhaustivamente.
PRENTICE. Yo soy un doctor calificado.
MATCH. Los sospechosos del sexo femenino deben ser revisados exclusivamente por
mujeres.
PRENTICE. ¿Eso no genera descontento en la fuerza?
MATCH. Entre los solteros hay un evidente resentimiento.
Sra. PRENTICE. Yo voy a examinarla. Eso va a solucionar el problema.
MATCH. Gracias, señora. Acepto su generosa oferta. Lleve a la joven al
dispensario y prepárela para el chequeo médico.
La Sra. Prentice lleva aNick al dispensario. El Dr. Rance entra desde los
pabellones. Su rostro es una máscara del horror.
RANCE. ¡Prentice! La paciente se escapó. Haga sonar la alarma.
MATCH. ¿Hace cuanto que sucedió esto, señor?
RANCE. Unos pocos minutos.
MATCH. Haga todo lo que imagine necesario para recuperar su paciente.
El
Dr. Rance cruza, pulsa el botón de la sirena y sale rápidamente hacia el hall.
Tiene que haber pasado por este cuarto. Usted y yo estábamos en el jardín. La
Sra. Prentice estaba en el hall. Es imposible escapar. Todavía tiene que estar
en este cuarto. (Lo mira al Dr. Prentice con aire de triunfo) Hay un solo lugar
donde esconderse.
Corre las cortinas de la camilla. Aparece Geraldine. Está vestida con el
uniforme, sombrero y zapatos de Nick. Tiene puestos los anteojos del Dr.
Prentice.
MATCH. ¿Usted es del Hotel de la Estación?
Geraldine contesta con la voz temblorosa.
GERALDINE. Sí.
MATCH. Mi querido, me gustaría tener unas palabras con usted. (Saca su
anotador)
Suena una sirena
Telón
ACTO
II
Un minuto después. La sirena para.
El
Dr. Prentice abre otra botella de whisky. Geraldine baja de la camilla
aliviada.
GERALDINE. (Al sargento Match) No se imagina lo contenta que estoy de ser
arrestada.
MATCH.
¿Por qué?
GERALDINE. Estoy en grave peligro.
MATCH. ¿Por parte de quien?
GERALDINE.
El doctor Prentice. Su conducta es escandalosa. Lléveme a la estación de
policía. Prefiero ser acusada de algo.
MATCH. (Al Dr. Prentice) ¿Usted no tiene nada que decir?
PRENTICE. Sí. Lo que esta joven afirma no es mas que una fina red de
mentiras.
El Sargento Match se rasca la cabeza.
MATCH (pausa) Señor, este es un joven, no una joven. Si usted se encuentra
desorientado con semejante diferencia va a ser prudente tratarlos a ambos con
precaución. (A Geraldine) Quiero escuchar de sus labios lo que tenga para
decir.
GERALDINE. Vine acá por un trabajo. Con pretextos, el doctor me indujo a que me
quitara la ropa. Después se comportó de una manera extraña.
MATCH.
¿Qué hizo?
GERALDINE. Me pidió que me acostara en esa camilla?
El sargento match mira al Dr. Prentice desaprobando. El Dr. Prentice bebe
whisky. Match se dirige a Geraldine.
MATCH. (Tranquilo) ¿El intento el algún momento inmiscuirse con usted?
PRENTICE. Se va a decepcionar si imagina que ese muchacho ha perdido la
virginidad.
MATCH. Espero, señor, que sea considerablemente más experimentado antes de
perder eso. ¿Qué razón tenía para sacarle la ropa?
PRENTICE. Quería asegurarme de su incuestionable obediencia.
MATCH. ¿Ha tenido este tipo de problemas, antes?
PRENTICE. No estoy en problemas.
MATCH. Supongo que será consciente que este joven está haciendo una seria
acusación en su contra.
PRENTICE. Sí. Y es ridículo. Soy un hombre casado.
MATCH. El matrimonio no excusa a nadie de ser un bicho raro.
PRENTICE. Soy un miembro respetado en mi profesión. Su acusación es absurda.
MATCH. No está en mí hacer acusaciones en asuntos que no comprendo cabalmente.
PRENTICE. El muchacho tiene una reputación repulsiva. Lo ocurrido anoche
necesita ser explicado antes que lo de esta mañana.
GERALDINE. Yo no tuve nada que ver con hechos desgraciados ocurridos en el
Hotel de la Estación.
MATCH. ¿Niega haberse comportado en forma obscena con un grupo de señoritas del
Priory Road School, en la noche del último Jueves?
GERALDINE. Sí.
MATCH. Mire, Nicholas Beckett. Le prevengo que todo lo que diga será registrado
y podría ser usado como evidencia en su contra.
GERALDINE. Mi nombre no es Nicholas Beckett.
MATCH. (Pausa, con el seño fruncido) ¿Entonces por qué imagina que quiero
arrestarlo?
GERALDINE. ¿Para poner a salvo mis intereses?
El
Dr. Prentice, sentado al escritorio, se sirve whisky.
PRENTICE. ¿Usted imagina que va a estar a salvo de actos indecentes en una
estación de policía?
GERALDINE. Por supuesto.
PRENTICE. Me encantaría compartir su opinión.
El Dr. Rance entra desde el hall.
RANCE. Se están llevando a cabo preparativos de máxima seguridad. Nadie puede
dejar la clínica sin una orden escrita. Prentice, haga que su secretaría
prepare autorizaciones para cada miembro del staff.
PRENTICE. Lo voy a hacer en cuanto esté preparada para retomar sus actividades.
MATCH (al Dr. Rance) ¿Podría ayudarnos a aclarar un asunto, doctor? Es un tema
urgente. La otra noche este joven agredió a unas jovencitas. Esta mañana, él
mismo fue agredido.
RANCE. ¿Qué puedo decir? Es un caso extremo de “ojo por ojo”
MATCH. El muchacho ha hecho una seria acusación contra el Dr. Prentice. Dice
que fue forzado a desvestirse y a acostarse en la camilla.
RANCE. (Al Dr. Prentice) Una lista completa de sus indiscreciones haría un
best-seller.
PRENTICE. Todo esto es una horrible confusión.
RANCE. Escuche Prentice, en este momento hay una sola cosa que le podría
aconsejar. Sea absolutamente franco. ¿Se ha portado de manera indecorosa?
PRENTICE. ¡No
El Dr. Prentice se pasa la mano por la frente. Tiene una expresión de ansiedad
desesperada.
Lamento que mi declaración haya confundido al sargento. Tengo los nervios de
punta.
RANCE. Debería consultar con un psiquiatra calificado.
PRENTICE. Yo soy un psiquiatra calificado.
RANCE. Usted es un idiota. Lo que no es precisamente la misma cosa. Aunque en
su caso, las dos podrían tener mucho en común. (Al sargento Match) ¿Usted ya
sabía de este chico?
MATCH. No por un caso como este. Es por eso que debemos ser cuidadosos. Como
bien dice el doctor, tiene una reputación repulsiva. Puede ser también que esté
cargado de rencor hacia el Dr. Prentice.
RANCE. (Al Dr. Prentice) Tal vez esta acusación provenga de una desilusión.
Hubiese sido más inteligente no rechazar los halagos del joven
PRENTICE. Los vicios antinaturales pueden arruinar a un hombre.
RANCE. La ruina viene con la acusación, no con el vicio. Si no hubiese hecho lo
que hizo, no estaría ahora acusado de nada. .
PRENTICE. Jamás podría haberlo hecho. Soy heterosexual.
RANCE. Preferiría que no usara esas palabras poéticas. No hacen mas que
confundir. (Al sargento Match) ¿Cómo imagina que podemos llegar al fondo de
este asunto?
MATCH. Alguien respetable tiene que examinar al joven.
GERALDINE. ¡Me niego a que me examinen!
MATCH. No se puede negar. Usted está bajo arresto.
GERALDINE. Yo no soy Nicholas Beckett. Quiero que me lleven a prisión.
MATCH. Si no es Nicholas Beckett, no puede ir a prisión. Y no está bajo
arresto.
GERALDINE (mordiéndose el labio) Soy Nicholas Beckett.
MATCH. Entonce está bajo arresto. Deberá someterse a un examen médico.
RANCE. Yo lo voy a supervisar. La mente de las víctimas en estos casos de
agresión debe ser considerada tanto como el cuerpo.
GERALDINE. A mí no me agredieron.
RANCE. ¿Entonces por qué hizo una acusación tan sucia?
GERALDINE. Yo no acusé a nadie. El sargento hizo la acusación.
RANCE (al sargento Match) ¿Usted fue también agredido por el Dr. Prentice? (al
Dr. Prentice) ¿A usted le interesan los jovencitos o los policías? A su edad ya
va siendo hora que tome una decisión. (Al sargento Match) Espere afuera. Voy a
revisar al muchacho y a preparar un informe. Después lo reviso a usted.
MATCH (impactado) ¿A mí?
RANCE. Sí. Debemos ser extremadamente cuidadosos.
MATCH. Señor, me parece un tanto inusual.
RANCE. (Con una sonrisa socarrona) Usted está en un loquero. Las conductas
inusuales son moneda corriente.
MATCH. Entre los pacientes.
RANCE. Aca no tenemos privilegios de clase.
El Sargento Match se va hacia el hall, perplejo. El Dr. Rance va hacia el
lavatorio, se arremanga y se lava las manos.
(Sobre su hombro) Querido, sacate la ropa. Acostate en la camilla. (Se sigue
lavando)
Geraldine
toma al Dr. Prentice del brazo.
GERALDINE. (Con un suspiro desesperado) ¿Qué vamos a hacer ahora? No me puedo
desvestir. Se va a dar cuenta de todo.
PRENTICE. ¡Quédese tranquila! La situación, aunque sea desesperante, no está de
ninguna manera perdida.
El Dr. Rance toma una toalla y se seca las manos.
GERALDINE. No tendría que haberme portado como lo hice.
RANCE. ¿Disfrutó la experiencia? (Deja la toalla y se pone unos guantes de
goma) ¿Piensa que disfrutaría de una relación normal?
GERALDINE. No. Podría quedar embarazada. (Se da cuenta de su error e intenta
arreglarlo) o ser la causa del embarazo de otros.
El Dr. Rance se da cuenta rápidamente del error y se vuelve hacia el Dr.
Prentice.
RANCE. Acaba de darnos una información clave. (Va hacia Geraldine) ¿Usted se ve
como una chica?
GERALDINE. No.
RANCE. ¿Por qué, no?
GERALDINE. Porque soy un chico.
RANCE (amablemente) ¿Está usted segura de lo que dice?
GERALDINE. Tengo que ser un chico. Me gustan las chicas.
El Dr. Rance para, se rasca la frente, desconcertado.
RANCE. (A un lado, al Dr. Prentice) Me cuesta seguirle el razonamiento.
PRENTICE. Muchos hombres imaginan que la preferencia por la mujer es ipso
facto, una prueba de virilidad.
RANCE (asintiendo sabiamente) Alguien debería escribir un libro sobre esos
mitos folclóricos. (A Geraldine) Sáquese los pantalones. Yo le voy a decir a
cual sexo pertenece.
GERALDINE.
(Apartándose) ¡Prefiero no saber!
RANCE. ¿Prefiere permanecer en la ignorancia?
GERALDINE. Sí.
RANCE. No la puedo motivar si tiene una actitud tan cómodo y egoísta. Tiene que
enfrentar las cosas como todos nosotros.
Fuerza a Geraldine para que se acueste en la camilla.
PRENTICE. Señor, está forzando al chico a que reviva una repetición de una
experiencia traumática. Podría volverse loco.
RANCE. Este es un loquero. No podría haber elegido un lugar más apropiado. (A
Geraldine) Desvístase. Mi tiempo vale oro.
Geraldine, incapaz de acatar la orden, llora angustiada al Dr. Prentice.
GERALDINE. ¡Doctor, no aguanto más! Tengo que decir la verdad. (Al Dr. Rance)
¡No soy un chico!¡Soy una chica!
RANCE (Al Dr. Prentice) Excelente. Por fin una confesión. Ella desea creer que
es una chica para así poder minimizar los sentimientos de culpa derivados de
una relación homosexual.
GERALDINE. (Los ojos muy abiertos, desesperada) Yo fingí ser un chico. Lo hice
para ayudar al Dr. Prentice.
RANCE. ¿Y como se ayuda a un hombre si una mujer pretende ser un varón?
GERALDINE. Las esposas se ponen furiosas si descubren que sus maridos han
desvestido y seducido a una chica.
RANCE. ¿Siendo muchachos el juego es mas justo? Tengo mis serias dudas sobre lo
cuestionable que resulta su tan personal visión de la sociedad.
Presionada mas allá de su capacidad, Geraldine se arroja a los brazos del Dr.
Rance y llora histéricamente.
GERALDINE. ¡Entonces desvístame! Haga lo que quiera, pero pruebe que soy una
mujer.
El Dr. Rance la aleja y gira, con frialdad, hacia el Dr. Prentice.
RANCE. Si él piensa seguir comportándose de esta manera, vamos a tener que
atarlo.
La Sra. Prentice entra desde el dispensario.
Sra. PRENTICE. (Al Dr. Rance) ¿Doctor, podría darle una mirada a la Srta.
Barclay? Se niega a desvestirse delante de una mujer.
RANCE. ¿Y delante de un hombre?
Sra. PRENTICE. No le pregunté.
RANCE. Me pregunto si podría tentarla. (Se muerde un labio) Voy a probar. Tal
vez sea una ninfómana. (Al Dr. Prentice) Si este muchacho empieza a decir
improperios, manténgalo en estado de ebullición hasta que yo vuelva.
Se va hacia el dispensario seguido por la Sra. Prentice. GERALDINE, segura de
sí misma.
GERALDINE. Doctor, me voy a ir por el jardín y me voy a tomar un taxi hasta mi
casa.
PRENTICE. Eso es imposible. Se están tomando estrictas medidas de seguridad
hasta que el paciente sea recapturado.
GERALDINE. ¿Cuándo sea recapturado me puedo ir?
PRENTICE. No.
GERALDINE. ¿Por qué no?
PRENTICE. Usted es el paciente.
Geraldine gime angustiada. El Dr. Rance vuelve del dispensario sacándose los
guantes de goma.
RANCE. Su secretaria está parada arriba de una mesada, luchando contra todo
intento de ser desvestida. Pareciera que es incapaz de comportarse de manera
civilizada.
PRENTICE. Yo no tengo quejas.
RANCE. Porque usted espera que una secretaria se comporte de esta manera. Es
una condición para ser contratada. (Lo mira al Dr. Prentice con franqueza)
¿Usted se da cuenta que la mujer usa una afeitadora?
PRENTICE. No veo nada extraordinario en lo que me dice. La Sra. Prentice
también tiene que sacarse ocasionalmente algún pelo indeseable.
RANCE. ¿Del mentón? Mire, hay dos sexos. Debemos enfrentarnos con la
indigerible realidad.
La Sra. Prentice entra desde el dispensario trayendo de la mano a un tranquilo
Nick.
Sra. PRENTICE. Doctor, la Srta. Barclay está más calmada. Le dí un sedante.
RANCE. (Hacia Nick, moviendo la cabeza) Qué imagen cautivante de una mente en
decadencia.
PRENTICE. La Srta. Barclay no está más enferma que lo que estoy yo.
RANCE. Su estado es peor que el de ella.
PRENTICE. No se lo puedo aceptar.
RANCE. Ningún loco acepta su propia locura. Solo los cuerdos hacen eso. (A
Nick, bruscamente) ¿Por qué no se dejaba desvestir por la Sra. Prentice?
Sra. PRENTICE. Sus objeciones parecen ser por motivos religiosos. Dice estar
conectada con Dios.
RANCE. (A Nick) ¿Cuando fue la primera vez que se dio cuenta de esta relación
especial con el todo poderoso?
NICK. Cuando me dieron una copia de la Biblia encuadernada en cuero.
RANCE. ¿Era una copia autografiada?
NICK. No creo que Dios la haya firmado.
RANCE. Bueno, supongo que esas cosas a uno se le escapan de la memoria. ¿Tenía
alguna inscripción?
NICK. Sí.
RANCE. ¿Y qué decía?
NICK. H.W.Smith & Sons.
RANCE. Ah, los considera como Dios. Claramente, usted ha tenido una verdadera
experiencia religiosa. (Asiente, a Geraldine) ¿Usted estaba presente cuando el
Dr. Prentice usó a este muchacho en forma inusual?
NICK. ¿Qué quiere decir con inusual?
RANCE. (A la Sra. Prentice) Que perturbadoras que pueden ser las preguntas de
los locos. (A Nick) Suponga que le hago una propuesta indecente. Si usted
acepta, algo podría ocurrir que, en general, podría ser tomado como algo
natural. Si por el contrario, abordara a este pequeño (le sonríe a Geraldine)
mi accionar solo podría ser entendido como una grosera violación del orden de
las cosas.
Sra. PRENTICE. (Señalando a Geraldine con la cabeza) ¿Mi marido se comportó mal
con ese chico?
RANCE. Eso es algo imposible de decir con algún grado de precisión. Se niega a
cooperar con el examen médico.
Sra. PRENTICE. (Al Dr. Prentice) ¿Qué paso con el otro chico?
PRENTICE. ¿Qué chico?
Sra. PRENTICE. El que le sacaste la ropa.
RANCE. Este es el chico que desvistió.
Sra. PRENTICE. No. Él desvistió al chico que me fastidió a mí.
RANCE (pausa) ¿No es el mismo?
Sra. PRENTICE. No.
RANCE. (Mirando, perplejo) ¿Hay otro chico?
Sra.
PRENTICE. Él estaba siendo entrevistado para un puesto de secretaria. Mi marido
hizo que se desvistiera.
RANCE. (Fríamente al Dr. Prentice) ¿Hace mucho que es un pervertido?
PRENTICE. ¡No soy un pervertido!
RANCE. ¿Cómo describiría usted a una persona que maltrata jovencitos, molesta a
la policía e intima con una mujer que se afeita dos veces al día.?
PRENTICE. Diría que ese hombre es un pervertido.
RANCE. Me alegra que empiece a enfrentar los hechos tal cual son. (A Geraldine)
¿Si no es Nicholas Beckett, quién es usted?
Geraldine mira al Dr. Prentice y se muerde los labios)
PRENTICE. Su nombre es Gerald Barclay.
RANCE. (Señalando a Nick) ¿Es el hermano de la señorita?
PRENTICE. No.
RANCE. ¿Entonces qué paso con Nicholas Beckett?
PRENTICE. Se retiró hace una hora para continuar con sus obligaciones en el
Hotel de la Estación.
Sra. PRENTICE. ¡No pudo hacer eso! Yo le saqué el uniforme. Estaría desnudo.
PRENTICE. Por lo que uno escucha del Hotel de la Estación, el uniforme
pareciera ser opcional.
RANCE. (Moviendo la cabeza, preocupado) Espero que no hayamos perdido a otro.
(A la Sra. PRENTICE) Averigüe si el muchacho volvió al hotel.
La Sra. PRENTICE va hacia el hall. El Dr. Rance gira hacia el Dr. Prentice.
Voy a declarar dementes a estos dos. Prepare los papeles que sean necesarios.
Nick y Geraldine lloran alarmados.
NICK. ¿No puede hacer nada con él? ¡Perdió la cabeza
RANCE. Yo soy un representante del orden y usted del caos. Si no es consciente
de esto, no puedo tener esperanza de curarlo. (Al Dr. Prentice) Prepare las
órdenes de internación así las firmo.
PRENTICE. (Molesto y furioso) De ninguna manera voy a aceptar una acción tan
drástica. No tenemos la menor evidencia de insanía.
RANCE. Queda usted relevado en sus funciones como director general de esta
clínica. De ahora en más hará lo que yo le diga.
PRENTICE. Señor, me desagrada la forma en que manejó todo este asunto. Le voy a
hacer llegar mi punto de vista a los comisionados.
RANCE. Tengo mis serias dudas que el punto de vista de un loco tenga mucho peso
entre los comisionados.
PRENTICE. No estoy loco. Solo parezco. Si hay alguien que está cerca del
chaleco de fuerza, ese es usted.
RANCE. Considerando su anormalidad esa es una reacción normal. Los sanos
parecen tan extraños a los locos como los locos a los extraños. Quédese donde
está. Le voy a dar una pastilla.
Va hacia el dispensario con prisa.
GERALDINE. (Sollozando) ¡Declarada loca dos veces en un solo día! Y me decían
que iba a trabajar para un grupo maravilloso. (Se suena la nariz)
NICK.
¿El porqué se puso mi uniforme?
PRENTICE. No es un chico. Es una chica.
GERALDINE. ¿Porqué ella tiene puestos mis zapatos?
PRENTICE. No es una chica. Es un chico. (Se sirve un whisky) Ay, si llegara a
vivir hasta los noventa no volvería a intentar tener una relación sexual.
NICK. Señor, si nos cambiamos de ropa podríamos volver las cosas a la
normalidad.
PRENTICE. Entonces tendríamos que explicar la desaparición de mi secretaria y
del botones.
GERALDINE. ¡Pero si no existen!
PRENTICE. Cuando desaparece gente que no existe los motivos de su partida deben
ser convincentes.
NICK. (Pausa) ¿Podremos corromper al sargento?
PRENTICE. No.
NICK. Necesito su uniforme.
PRENTICE. ¿Para qué?
NICK. Así me arresto.
El Dr. Prentice se pasa una mano por la frente, confundido.
PRENTICE. Estuve demasiado tiempo entre locos como para saber lo que es la
cordura.
NICK. Una vez que me arreste podemos hacer la orden de salida.
GERALDINE. Estás multiplicando los problemas y necesitamos dividirlos.
NICK. (Al Dr. Prentice) Podemos ingeniar algún pretexto para que desaparezca.
Después nos podemos cambiar la ropa.
PRENTICE. Los riesgos de la cura pueden superar los de la enfermedad.
Entra el Dr. Rance desde el dispensario. Le entrega al Dr. Prentice una cajita
con píldoras rojas.
RANCE. Tómese dos.
PRENTICE. (Mirando la cajita) ¿Qué son?
RANCE. Drogas peligrosas que se supone van a aliviar su estado patologicamente
inestable. Tenga cuidado en no excederse con la dosis. (A Nick) No de mas
vueltas, señorita, y entregue de una vez esos objetos que busca la policía de
cinco estados. (Toma a Geraldine del brazo) Voy a encerrar a este jovencito en
el cuarto acolchado. Debemos cuidarnos de un repentino hermafroditismo.
GERALDINE. Ah, me alegro que mis padres estén muertos. Esto los hubiera matado.
El Dr. Rance se la lleva hacia los pabellones.
PRENTICE. (A Nick) Voy a hacer que el sargento se desvista. Ya que estoy
sospechado de haberlo hecho, puedo tranquilamente hacerlo.
NICK. ¿No puede inyectarlo o algo así?
PRENTICE. Un tranquilizante promedio no le va a hacer mal, creo. Fíjese en mi
escritorio que debe haber una caja de antidepresivos.
Nick va al escritorio y saca una caja cuadrada y blanca del cajón. El Dr.
Prentice abre la puerta del hall.
(Llamando, amistosamente) ¿Podría venir, sargento?
Nick le alcanza la caja con las pastillas al Dr. Prentice y se va al
dispensario. El Sargento Match entra desde el hall.
MATCH. ¿Quiere hablar conmigo, doctor?
PRENTICE. Sí. Quiero que se desvista y se acueste en esa camilla.
MATCH. (Pausa) Todavía nadie se entrometió conmigo.
PRENTICE. No se preocupe por eso. Sáquese todo menos los calzoncillos.
MATCH. (Se sienta en la camilla y se desanuda los cordones de las botas)
Doctor, si llega a hacer algún intento por incitarme, voy a pedir ayuda.
PRENTICE. Es fácil ver por qué nadie quiere involucrarse con usted. Pone
demasiadas piedras en el camino.
El Sargento Match se saca las botas. Nick aparece en la puerta del dispensario.
El Dr. Prentice le alcanza las botas. Nick se las lleva al dispensario. El
Sargento Match se saca la túnica y se la da al Dr. Prentice. Nick, sin zapatos
ni peluca, aparece en la puerta del dispensario. El Dr. Prentice le da la
túnica del sargento. Nick se da vuelta y el Dr. Prentice le baja el cierre del
vestido. Nick se lleva la túnica al dispensario. El Sargento Match se saca la
camisa y la corbata. Nick, en calzoncillos aparece en la puerta del
dispensario. El Dr. Prentice le da la camisa y la corbata del sargento. Nick se
va al dispensario. El Sargento Match se saca los pantalones. La Sra. Prentice
entra desde el hall. Al ver al Sargento sin sus pantalones, grita. Sorprendido
y avergonzado, el Sargento Match se sube los pantalones.
Sra. PRENTICE. (Fría) Oficial, ¿Qué hacía con los pantalones abajo?
MATCH. El doctor me va a examinar.
Sra. PRENTICE. ¿Por qué?
MATCH. Hay razones para suponer que hace algún tiempo yo tuve una experiencia
desagradable.
Sra. PRENTICE. Que clase de experiencia.
PRENTICE. Fue toqueteado.
Sra. PRENTICE. ¿Por quién?
PRENTICE. Por mí.
Sra. PRENTICE. ¿Y para qué lo estás revisando?
PRENTICE. Para ver si su historia es verdadera.
Sra. PRENTICE. ¿Y no lo sabés?
PRENTICE. No, yo no sentí nada.
Sra. PRENTICE. ¿Dónde está el Dr. Rance?
PRENTICE. Acaba de meter al botones en la celda acolchada.
Sra. PRENTICE. Tengo que hablar con él. Las cosas se están yendo de las manos.
Se marcha apurada hacia los pabellones. El Dr. Prentice gira hacia el Sargento
Match.
PRENTICE. Sáquese los pantalones, sargento. Vamos a continuar.
El Sargento Match se saca los pantalones y se los da al Dr. Prentice. Solo
tiene puestos los calzoncillos y las medias. Con un ademán, el Dr. Prentice
saca las pastillas de su bolsillo y se las da al sargento.
(Sonriendo) Me gustaría que se tome esto. Agarre todas las que quiera. Son
inofensivas.
El
sargento agarra la caja.
Ahora lo que quiero es que se acueste en la camilla y piense en los capítulos
finales de su novela favorita.
El Sargento Match se acuesta en la camilla. El Dr. Prentice cierra la cortina y
corre hacia el dispensario con los pantalones. Se encuentra con Nick en la
puerta. Lleva puesto el uniforme del Sargento. El Dr. Prentice le da los
pantalones.
(A Nick) En el jardín hay una cabaña pequeña. Ahí no lo van a molestar.
Nick se va hacia el jardín con la ropa. El Dr. Prentice va hacia el escritorio
y se sirve un whisky. Se lo toma de un trago. Nick aparece, sin el uniforme,
por la ventana.
NICK. ¡El casco!
El Dr. Prentice va rápidamente hasta la camilla.
PRENTICE. ¡Sargento, el casco!
MATCH. (Detrás de las cortinas) En el hall, señor.
PRENTICE. (A Nick) ¿Dónde está la ropa de la Srta. Barclay?
NICK. En el dispensario.
Nick corre hacia el hall. El Dr. Prentice va rápidamente hacia el dispensario.
La Sra. Prentice entra desde los pabellones. Nick vuelve desde el hall en
calzoncillos y con el casco. Al verlo, la Sra Prentice da un alarido y se queda
dura. Nick corre hacia el jardín.
Sra. PRENTICE. (En el escritorio, débil) ¡Este lugar es como un loquero!
El Dr. Rance entra desde los pabellones. La Sra. Prentice lo mira, salvaje.
Me tiene que ayudar, doctor. Sigo viendo gente desnuda.
RANCE (pausa) ¿Cuando empezaron estos desvaríos?
Sra. PRENTICE. No son desvaríos. Es la realidad.
RANCE. (Sonriendo) Todos los que sufren alucinaciones creen que son reales.
¿Cuándo fue la ultima vez que vio a un hombre desnudo?
Sra. PRENTICE. Recién. Estaba desnudo y llevaba un casco de policía.
RANCE. (Seco) No es difícil imaginar mi querida, lo que hay en su mente. ¿Está
teniendo problemas en su matrimonio?
Sra. PRENTICE. Bueno, en realidad sufro de neuritis. Mi marido se niega a
prescribirme algo.
RANCE.
Un hombre no debería drogar a su mujer para tener una relación feliz.
Sra. PRENTICE. Yo no quiero drogas. Quiero que se ocupen de mi apetito sexual.
Va
hacia el escritorio y se sirve un whisky. El Dr. Rance le habla con firmeza.
RANCE. Su depravación podría haber contribuido en el colapso nervioso de su
marido. ¿Dónde está el Dr. Prentice?
Sra. PRENTICE. (Poniendo hielo en el vaso) No sé. Cuando volví de llamar al
Hotel de la Estación, estaba desvistiendo al sargento.
RANCE. ¿Cómo describiría su vínculo con el Sargento?
Sra. PRENTICE. Raro y en muchas maneras, desconcertante. Lo he visto llamarlo
en varias ocasiones para luego despedirlo abruptamente.
RANCE. ¿Haciéndose el coqueto, eh? Bueno, de alguna manera le agrega pimienta a
una relación amorosa. ¿Qué novedades hay del paciente?
Sra. PRENTICE. Ninguna. Excepto que esto se parece al camisón que ella usaba.
(Levanta el camisón de Geraldine)
RANCE. Entonces debe estar desnuda.
Sra. PRENTICE. Sí.
RANCE. ¿Y qué le dijeron en el hotel?
Sra. PRENTICE. Aseguran que en sus registros no figura ningún botones llamado
Gerald Barclay. El joven es un impostor.
RANCE. ¿Y qué hay de Nicholas Beckett, el auténtico botones?
Sra. PRENTICE. No volvió al hotel. Recuerde, yo tenía su uniforme cuando
desapareció.
RANCE. (Muy preocupado) Dos personas, una loca y la otra sexualmente inestable,
los dos desnudos, deambulan por esta casa.
Sra. PRENTICE. ¡Ah, doctor! ¿Hay algo de esto que tenga sentido para usted?
RANCE. Claro que sí. Una historia sobre los intereses humanos. Un respetable
miembro de la comunidad médica está casado con una mujer deslumbrantemente
hermosa. Desesperadamente enamorada pero con una mutua desconfianza, aun sin
admitirlo, poco es lo que pueden hacer para prevenir que lo que alguna vez fue
una preciosa relación, se vuelva amarga. El Doctor tiene una paciente
mentalmente inestable pero encantadora. Ella es la llave de este misterio. A
temprana edad fue victima de un ataque sexual. ¡Y el abusador fue su propio
padre! Un acto de transferencia, cosa corriente en la experiencia de cualquier
psiquiatra, le permite a ella reconocer en el doctor a su padre. Las exigencias
de una esposa y una paciente ninfómanas, junto con aquellas de su ardiente secretaria,
fueron demasiado para su equilibrio mental. Angustiado cambia, y se le da por
arremeter contra jovencitos. Manteniendo, sin embargo, vestigios de normalidad,
persuade a los menores a vestirse con ropa de mujer. Esto explica su deseo por
las prendas femeninas. A medida que madure su neurosis, sabremos si quería que
el chico representara a su esposa, a la paciente o a la secretaria.
Sra. PRENTICE. ¿Y por qué el policía?
RANCE. Locura. No hay otra explicación.
Sra. PRENTICE. ¿Hace cuanto imagina que mi marido está loco?
RANCE. El origen de su enfermedad puede ser rastreado tan lejos como aquella
carta que escribió al diario. Desde las asombrosas ideas del Dr. Goebbles sobre
el funcionamiento del órgano sexual masculino uno cae lógicamente en los
Golliwogs blancos. Un intento, de hecho, de cambiar el orden de la creación -la
homosexualidad acá mete una cuña- interesándose superficialmente en el arte de
los negros. El robo de las partes privadas de una figura pública muy
reconocida, se conecta con esta teoría. ¡O yo soy alemán o tenemos delante de
nuestras narices un caso de adoración fálica! (Con una media sonrisa) Voy a
hacer una fortuna cuando esto sea publicado. Mi novela rosa “tipo documental”
va a batir récords de reimpresión. Voy a poder dejar este trabajo para poder
gozar de aquellos que, como yo, no encuentren indecente que les saque el dinero
de la billetera.
Sra. PRENTICE. (Tomando whisky con un escalofrío) Qué historia espantosa. La
desaprobaría tajantemente si fuera ficción.
RANCE. Ahora no le voy a poder pedir al Dr. Prentice que inaugure la Exposición
de Salud Mental. (Presionando los labios) Tendremos que buscar alguien sano
entre los miembros del gabinete.
La Sra. Prentice levanta una caja de pastillas del piso, cerca de la camilla.
El Dr. Rance lo advierte rápidamente.
¿Qué es eso?
Sra. PRENTICE. Una caja de pastillas. Está vacía.
El Dr. Rance la agarra y la mira con un lento y creciente horror.
RANCE.
¡Se tomó una sobredosis! Acá tenemos una terrible evidencia del conflicto. Su
mente atormentada, buscando liberación, lo llevó a intentar destruirse.
La Sra. Prentice se queda boquiabierta en estado de shock.
Sra. PRENTICE. ¿Suicidio? Esto es tan inesperado.
RANCE. Justo cuando uno menos lo espera, lo inesperado sucede. Tenemos que
encontrarlo antes que sea demasiado tarde.
Salen velozmente en direcciones opuestas. La Sra. Prentice va hacia el hall y
el Dr. Rance hacia los pabellones. El Dr. Prentice y Nick entran
simultaneamente desde el dispensario y el jardín. El Dr. Prentice trae la
peluca y los zapatos envueltos en el vestido. Nick viste el uniforme del
Sargento.
NICK. (Urgido) ¡Doctor, la Srta Barclay está colgando de la ventana de la celda
acolchada!
PRENTICE. (Mirando alrededor de la habitación) ¿Dónde puede uno esconder un
vestido de mujer en un consultorio?
Levanta el florero. Es demasiado pequeño para que entre un vestido. Mira
alrededor, rápido y desesperado. Las cortinas se separan y el Sargento Match
cae al piso, insensiblemente drogado. El Dr. Prentice y Nick reaccionan
al ver en qué condición está en Sargento Match. El Dr. Prentice se palpa el
bolsillo, saca la caja de pastillas blancas. Sus ojos se abren. Traga saliva.
(Con un sollozo ahogado) ¡Por dios! ¡Lo envenené!
Nick corre al lavatorio, moja una toalla y le da golpecitos en la cara al
Sargento. El Dr. Prentice deja el vestido en el piso en intenta que el Sargento
Match se pare. El Sargento refunfuña, mira alrededor en estado de estupor y
tiembla incontrolablemente.
NICK (Tomándole el pulso) ¡Está helado!
PRENTICE. Es el efecto de la droga. Notamos el mismo proceso trabajando con
cadáveres.
NICK. Póngale algo arriba y tirémoslo afuera. Dejemos que duerma un rato.
Levanta el vestido.
PRENTICE. (Retorciéndose las manos) ¿Cómo voy a explicar la presencia del
cuerpo drogado de un sargento de policía en mi jardín?
NICK (poniéndole el vestido al Sargento Match) Usted es culpable. No tiene nada
que explicar. Solo los inocentes hacen eso.
Sube el cierre del vestido. El Dr. Prentice hace que el Sargento se pare.
PRENTICE. (Suspirando) Si esto se llega a saber me voy a convertir en un
vendedor de fósforos.
Llevan al Sargento Match en estado semiconsciente al jardín. La Sra. Prentice
entra desde el hall y el Dr. Rance desde los pabellones.
Sra. PRENTICE. Alguien se robó el casco del Sargento de la mesa del hall.
¿Usted cree que puede haber sido mi esposo?
RANCE. Es posible. Su comportamiento es tan ridículo que uno hasta podría
sospechar que está sano.
La
Sra. Prentice al mirar por la ventana repentinamente grita alarmada.
¿Qué pasa querida? Me parece que te emocionas más de la cuenta con la simple
mención de un casco de policía.
Sra. PRENTICE. Acabo de ver a mi marido llevando una mujer hacia los
arbustos.
RANCE. ¿Ella forcejeaba?
Sra. PRENTICE. No.
RANCE. Entonces se nos abre una nueva y aterradora posibilidad. Las drogas de
la caja (Levanta la caja) pueden haber sido usadas no para suicidarse sino para
matar. ¡Su marido se acaba de deshacer de su secretaria!
La Sra. Prentice se sirve un whisky. Ríe nerviosa.
Sra. PRENTICE. ¿Doctor, no es eso un poco melodramático?
RANCE. Los lunáticos son melodramáticos. La desagradable sombra del anticristo
acecha esta casa. Habiendo descubierto a su Padre/Amante en la figura del Dr.
Prentice, la paciente lo reemplaza, haciendo una reorganización psicológica,
por la arquetípica figura-Padre -el Diablo. Ahora todo está claro. Los
capítulos finales de mi libro se van cosiendo unos con otros: incesto, sodomía,
mujeres ultrajantes y extraños cultos amorosos. Todas las joyas de moda. Una
chica, hermosa pero neurótica, convence al doctor para que sacrifique una
virgen blanca para dar vuelo a los oscuros dioses de la sinrazón. “Cuando
entraron en el antro maloliente encontraron su pobre cuerpo sangrando detrás
del obsceno y semi-erecto falo”. (A la Sra. Prentice) Mi historia imparcial del
caso del infame asesino-sexual Prentice sin dudas agregará mucho para el
conocimiento de semejantes criaturas. La sociedad debe ser advertida sobre la
creciente amenaza de la pornografía. ¡Toda esa alevosa onda moderna va a quedar
expuesta por lo que es -un instrumento para incitar a ciudadanos decentes a
cometer crímenes bizarros contra la humanidad y el estado! (Hace una pausa, un
poco abrumado se toca la frente) Querida, usted tiene bajo su techo a uno de
los lunáticos más increíbles de todos los tiempos. Tenemos que organizar una
búsqueda del cadáver. Como asesino bisexual, travesti y fetichista, el Dr.
Prentice despliega una superposición de desviaciones. Tal vez, también tengamos
necrofilia. Una suerte de bonus.
El Dr. Prentice entra desde el jardín.
(Girando y mirando despectivamente) ¿Prentice, podría confirmarme que su esposa
lo vio llevando un cuerpo hacia los arbustos?
PRENTICE. Sí. Tengo como explicar lo sucedido.
RANCE. No me interesan sus explicaciones. Me basta con las mías. ¿Dónde está su
secretaria?
PRENTICE. La despedí.
RANCE. (A un lado a la Sra. Prentice) Está claro que la mató.
PRENTICE. ¡Yo no maté a nadie!
RANCE. Su respuesta es acorde con la compleja estructura de su neurosis.
PRENTICE. La persona que vio mi esposa no estaba muerta. Estaba dormida.
RANCE (a la Sra. Prentice) El espera la resurrección. Tenemos acá un lazo con
la religión primitiva. (Al Dr. Prentice) ¿Por qué le dio la espalda a Dios?
PRENTICE. Soy un racionalista.
RANCE. No se puede ser racionalista en un mundo irracional. No es racional.
(Levantando la peluca y los zapatos) ¿Tenía intención de usar esto para auto
exitarse?
PRENTICE. No, soy una persona perfectamente normal.
RANCE (a la Sra. Prentice) Su noción de normalidad es bastante anormal. (Al Dr.
Prentice) ¿Mató a la chica antes o después de sacarle la ropa?
PRENTICE. No era una chica. Era un hombre.
Sra. PRENTICE. Usaba un vestido.
PRENTICE. Por todo eso era un hombre.
RANCE. Las mujeres usan vestidos, Prentice, no los hombres. ¿Usted se cambió de
ropa con la víctima antes de que muriera?
PRENTICE. ¡Nadie murió! La persona que vieron conmigo era un policía que había
tomado una sobredosis de narcóticos.
Sra. PRENTICE. ¿Por qué estaba vestido de mujer?
PRENTICE. Cuando lo encontré estaba desnudo y el vestido estaba a mano.
Sra. PRENTICE. ¿Dónde estaba su ropa?
PRENTICE. Un muchacho se la había robado.
El Dr. Rance lleva a la Sra. Prentice a un lado, su rostro una máscara de
desaprobación.
RANCE. Es momento de ponerle un punto a esta alucinación greco-romana. ¿Hay
algún chaleco de fuera en este lugar?
Sra. PRENTICE. Los métodos modernos de tratamiento han vuelto obsoleto al
chaleco de fuerza.
RANCE. Estoy bien al tanto de eso. Sin embargo los seguimos usando. ¿Por
casualidad tiene alguno?
Sra. PRENTICE. El portero tiene unos pocos.
RANCE. No nos podemos arriesgar con su marido en las condiciones actuales.
Se va hacia el hall. El Dr. Prentice, en el escritorio, se sirve un whisky,
escupe palabras envenenadas a su esposa.
PRENTICE. Decime, harpía traidora ¿Es esta otra de tus maquinaciones para
socavar mi reputación?
La Sra. Prentice no hace ningún esfuerzo en contestar. Sonríe y pone su mano en
el hombro del Dr. Prentice.
Sra. PRENTICE. (Amablemente) Querido, sos el culpable de la muerte de una pobre
chica. Tendrías que aceptar que te espera un período de reclusión.
PRENTICE.
(Tragando el whisky) ¡La Srta. Barclay no está muerta!
Sra. PRENTICE. Hacé que aparezca y van a desaparecer todos tus problemas.
PRENTICE. No puedo.
Sra. PRENTICE. ¿Por qué no?
PRENTICE. Tenés puesto su vestido. (Resignado) Esta mañana me sorprendiste
durante un desafortunado intento por seducirla.
Sra. PRENTICE. (Sonríe incrédula) Querido, si vamos a intentar salvar nuestro
matrimonio, vas a tener que admitir que preferís los chicos a las mujeres. El
Dr. Rance ya explicó las razones que explican tu aberración. Vas a descubrir en
mí a alguien bastante tolerante. De hecho, conozco un grupo de muchachitos
encantadores. Podría pasarte algunos de los más jóvenes. Mejoraría el tono de
nuestro matrimonio considerablemente.
El Dr. Prentice queda estupefacto con las sugerencias. Gira alrededor de ella,
furioso.
PRENTICE. No pienso soportarte haciendo alegatos escandalosos en un asunto del
que no entendés nada.
Sra. PRENTICE. El botones del hotel te acusó de comportarte de manera
indecente.
PRENTICE. Ese no era un chico. Era una chica.
Sra. PRENTICE. Admití que preferís tu sexo al mío. Yo no tengo ningún problema
en hacerlo.
PRENTICE. ¡Sos un sucia degenerada! ¡Sacate la ropa!
La Sra. Prentice baja el cierre de su vestido.
Sra. PRENTICE. (Ansiosa) ¿Me vas a golpear? Hacelo si es lo que querés. Tus
experiencias psicóticas son de gran valor y vos deberías arrojarte en ves de
quedarte frustrado y reprimido.
El Dr. Prentice la agarra, le da una cachetada y le arranca el vestido. Ella
lucha.
Sra. PRENTICE. (Exclamando) ¡Hay, querido! Esta es la forma en que se endereza
en sexo en el matrimonio.
El Dr. Prentice la arroja de su lado. Choca contra el florero que cae al piso.
El Dr. Rance entra desde el hall con dos chalecos de fuerza. El Dr. Prentice
corre hacia el jardín con el vestido de la esposa. La Sra. Prentice se sienta
entre las flores del piso, el pelo revuelto, vestida solo con su ropa interior.
Sra. PRENTICE. (Se levanta y va hacia el escritorio) Ah, doctor, durante su
ausencia mi marido se puso violento y me golpeó. (Se sirve un whisky)
Dr. RANCE. ¿Le gustó?
Sra. PRENTICE. Solo al principio. Pero los placeres sensoriales enseguida
aburren.
Se
toma el whisky. El Dr. Rance se agacha y recoge el florero y las flores
marchitas.
RANCE.
¿Intentó destruir estas flores?
Sra.
PRENTICE. Se cayeron durante la pelea.
RANCE. ¿Usted se da cuenta de la alegoría de la planta? La rosa es un código
muy común para significar mujer. No quiso lastimarla.
Sra. PRENTICE. Seguro. Me pegó hasta dejarme casi inconsciente.
RANCE. Ah. Eso fue un simple acto físico, irrelevante en su significancia
psicológica. No podemos perder tiempo en ponerle un freno al Dr. Prentice.
Vamos a necesitar ayuda. ¿Por casualidad no conoce algún muchacho musculoso, de
esos que llamaría cuando está estresada?
Sra. PRENTICE. ¡Doctor, soy una mujer casada! Sus sugerencias son de pésimo
gusto.
Nick entra desde el jardín vestido con el uniforme del sargento.
NICK. Doctor, me gustaría hablar con usted. Es sobre mi hermano, Nicholas
Beckett. Acabo de arrestarlo.
RANCE. Semejante demostración de amor de amor fraterno está a tono con el
espíritu de nuestros tiempos. ¿Por qué lo arrestó?
NICK. Infringió la ley.
RANCE. ¿Y por eso va a ser tratado como un criminal? ¿Dónde quedo ese espíritu
británico del amor por el juego limpio? ¿Dónde está su hermano ahora?
NICK. En la cárcel.
RANCE (a la Sra. Prentice) Mi querida, esta noche va a dormir tranquila.
Sra. PRENTICE. La vida está llena de desilusiones.
RANCE (a Nick) ¿Dónde está el Sargento Match?
NICK. Está custodiando a mi hermano.
RANCE. ¿Lo encontraron culpable?
NICK. El no cometió ningún crimen.
RANCE. (A la Sra. Prentice) Cuando el castigo por ser inocente o culpable es el
mismo, se vuelve lógico cometer un crimen. (A Nick) ¿Lo vio al Dr. Prentice en
el jardín?
NICK. No.
RANCE. Tal vez no lo reconoció. Iba vestido como una mujer.
Sra.
PRENTICE. Mató a su secretaria.
NICK. (Horrorizado) No pudo haberlo hecho. Es un Caballero del Imperio
Británico.
RANCE. Mire, esos rangos cabalísticos son tan eficientes para ahuyentar al
demonio como las lunas y las estrellas en el sombrero de un hechicero. Vamos a
necesitar su ayuda para dar con el paradero del insensato asesino de la Srta.
Barclay.
Nick mira al Dr. Rance.
NICK. Doctor, estoy obsesionado por sentimientos de culpa. Tengo que confesarle
algo.
RANCE. Tiene que llamar por teléfono y pedir un turno.
NICK. Yo soy Nicholas Beckett. No tengo derecho de llevar este uniforme. (Se
saca el casco) Lo hice porque me lo pidió el doctor pero nunca imaginé que
estaba involuntariamente ayudando a un psicópata.
RANCE. ¿No tiene hermano?¿Y el Sargento no está custodiándolo?
NICK. No. Yo soy un botones que trabaja en el Hotel de la Estación. Conocí al
Dr. Prentice de casualidad. Se ve que le caí bien. Después de una breve charla
en la que hablamos de cuestiones sexuales de manera libre y desinhibida, me
preguntó si me molestaría vestirme de mujer. Yo acepté su sugerencia ya que
había oído que el travestismo no es un vicio que se vuelva peligroso. El doctor
me presentó frente a sus colegas como la “Srta. Barclay”. Me iba a pagar una
suma de dinero. (A la Sra. Prentice) Por eso no dejé que me desnudaran. Me
hubiese sentido abochornado.
Sra. PRENTICE (al Dr. Rance) ¿Entiende lo que esto significa, doctor?
RANCE.
Sí. La Srta. Barclay está desaparecida desde esta mañana. (A Nick) ¿Cuando el
Dr. Prentice le pidió que posara como una mujer, le explicó para qué?
NICK. No.
Sra. PRENTICE. ¿No consideró que era raro lo que le pedían?
NICK. No.
RANCE. (A Nick) Me atrevo a decir que usted debe haber pasado gran parte de su
vida entre los más brutales e irresponsables miembros de la sociedad. Mas vale
que me ayude a enderezar los desastres que hizo.
NICK. ¿Qué quiere que haga, señor? Después de mis experiencias recientes,
entienda que desconfíe.
RANCE. (Agarra un chaleco de fuerza) Este es un chaleco de fuerza. Lo que
necesito de usted, es que consiga que el Dr. Prentice se lo ponga. Puede haber
violencia. Su cuerpo tiene vida propia. (A la Sra. Prentice) ¿Tiene una
pistola?
La Sra. Prentice abre un cajón del escritorio y saca dos pistolas.
Sra. PRENTICE. (Dándole una al Dr. Rance) ¿Se va a asegurar antes de disparar
que mi marido no esté mostrando una rama de olivo?
RANCE. Una rama de olivo puede ser usada como un arma de ataque. Si hay
problemas lo voy a hacer volar por el aire. (Va hacia la ventana del jardín,
sacudiendo la cabeza) Soy reacio a certificar como demente a un colega
psiquiatra. Causa sentimientos encontrados dentro de la profesión.
Se va hacia el jardín.
Sra. PRENTICE. (A Nick) No se arriesgue. En cuanto vea al Dr. Prentice pida
ayuda. (Se va hacia el hall moviendo el arma) Trate de no romperle los brazos o
las piernas. Después se vuelve muy complicado ponerle el chaleco de fuerza.
Se va hacia el hall. Nick abre el chaleco. El Dr. Prentice entra desde los
pabellones con el vestido que le sacó a la Sra. Prentice. Se lo ve preocupado.
PRENTICE. La Srta. Barclay se cayó por la ventana de la celda acolchada. Cuando
le pedí que se desvistiera se puso histérica.
Nick asiente, comprendiendo. Camina hacia el Dr. Prentice y lo agarra
firmemente del hombro.
NICK.
Vamos, doctor, quiero que se ponga esto. (Levanta el chaleco)
PRENTICE. (Sin escucharlo) Quiero que usted me ayude a que las cosas vuelvan a
la normalidad en este lugar.
NICK. (Tranquilizándolo) Puede confiar en mi, señor.
PRENTICE. Me ayudaría mucho si se saca la ropa.
NICK (pausa) Señor, si yo hago eso, ¿usted se pondría esto? (Levanta el
chaleco)
PRENTICE. (Enojado y perdiendo la paciencia) ¿Me está cargando? Eso es un
chaleco de fuerza. Yo no voy a ser parte de sus jueguitos retorcidos. Usted ya
ha el tiempo suficiente en el hotel, como para entender cómo se comporta la
gente decente. ¡Ahora haga lo que le digo y desvístase!
El Sargento Match, vestido con el vestido de leopardo, entra por el ventanal.
MATCH. (Tambaleándose, inestable) Doctor, puede revisarme cuando quiera.
Se bambolea por el cuarto hasta el dispensario, agarrándose de los muebles.
Está pálido y con la mirada perdida. Geraldine, vestida con el uniforme de
Nick, entra atolondradamente desde el jardín. La cara magullada y embarrada.
Está pálida y en estado de shock.
GERALDINE. ¡Están rastrillando el parque buscándonos! Tienen armas. ¿Qué
hacemos?
PRENTICE. No tiene que tardar más de un segundo en desvestirse. (La agarra e
intenta desabrocharle el vestido)
GERALDINE. (A punto de llorar, golpeándolo) ¡Usted se está portando como un
maniático!
NICK. Es un maniático. Mató a una mujer y escondió el cuerpo.
PRENTICE. ¿De dónde sacó esa historia vil?
NICK. El Dr. Rance va a declararlo insano. (Moviendo el chaleco) ¡Tengo que
meterlo adentro de esto!
Salta sobre el Dr. Prentice e intenta ponerle el chaleco de fuerza. El Dr.
Prentice le baja los pantalones a Geraldine. Ella lo golpea, sollozando. Se
sube los pantalones. El Dr. Prentice se saca de encima a Nick y trata de evitar
que Geraldine se suba los pantalones. Entra el Sargento Match desde el
dispensario, cruza el cuarto a los tumbos, golpeando y moviendo los muebles.
MATCH. Cuando quiera, doctor.
Se va hacia los pabellones. El Dr. Prentice se sacude a Nick de encima,
furioso.
PRENTICE. (A Geraldine) Dele a este joven la ropa que tiene puesta. (Levanta el
vestido) Póngase esto. (A Nick) Devuélvale el uniforme al Sargento. Cuando pase
de nuevo le sacamos el vestido de mi esposa y terminamos con todos los
problemas.
Nick se saca el uniforme. Geraldine se baja los pantalones. Se oye un disparo
desde los pabellones. Entra el Sargento Match con una pierna sangrando.
MATCH. Doctor, estaba en el baño cuando entró un hombre y me disparó. Me
interesaría su opinión acerca de la gravedad de la herida.
Se va hacia el dispensario. Se oye un estruendo. Nick esta es calzoncillos. La
Sra. Prentice entra desde el hall. Nick se esconde atrás del escritorio,
Geraldine atrás de las cortinas. La Sra. Prentice avanza hacia el Dr. Prentice.
Sra. PRENTICE. (Moviendo el arma) ¡Vení para acá y acostate!
PRENTICE. Esta mujer es insaciable.
Sra. PRENTICE. Si no me hacés el amor, te mato.
PRENTICE. No se puede esperar que un marido de lo mejor de sí mientras lo
apuntan con una pistola. (Se aleja)
La Sra. Prentice dispara. El Dr. Prentice se agacha y luego sale corriendo
hacia el jardín. La Sra. Prentice lo sigue y dispara de nuevo. El sargento
Match sale del dispensario, horrorizado. Al verlo, la Sra. Prentice da un
alarido. El Sargento Match grita aterrorizado y se va hacia el hall. Nick sale
de abajo del escritorio y corre hacia el hall. La Sra. Prentice chilla
sorprendida. Geraldine corre hacia el dispensario con la chaqueta y sin los
pantalones. La Sra. Prentice corre hacia los pabellones. Cuando llega a la
puerta se oye un disparo y Nick vuelve a entrar quejándose y agarrándose el
hombro. Aterrorizada, la Sra. Prentice le dispara salvajemente a Nick quien con
un agudo grito de dolor, se va hacia el jardín. El Dr. Rance entra desde los
pabellones con la pistola humeante. La Sra. Prentice se le acerca.
Sra. PRENTICE. ¡Doctor! El mundo está lleno de gente desnuda corriendo en todas
las direcciones.
El Dr. Rance la toma del brazo.
RANCE. ¿Dónde guarda los tranquilizantes?
La Sra. Prentice va hacia el dispensario con prisa. Se oye un llanto y algo que
golpea y Geraldine sale corriendo. Se saco todo el uniforme y solo viste con la
bombacha y el corpiño.
RANCE. (Triunfante) ¡Por fin agarramos al paciente!
Apunta su arma a Geraldine. La Sra. Prentice sale del dispensario con un
chaleco de fuerza y se lo entrega a Geraldine.
GERALDINE. Yo no soy un paciente. Estoy diciendo la verdad.
RANCE. Ya es tarde para verdades.
Llevan a la chica, que no para de llorar, hasta la camilla y le ponen el
chaleco.
RANCE. (Mirando mientras la Sra. Prentice ata a Geraldine) Estas desagradables
escenas finales van a ser profusamente ilustradas con gráficos mostrando el
efecto de su decadencia en su pobre y torturada mente. Mientras tanto, en su
templo del amor, el depravado Dr. Prentice y su acólito deben andar rezando a
sus falsos dioses sin saber que las fuerzas de la razón los tiene en la mira.
La Sra. Prentice da un paso atrás.
Traiga una jeringa.
La Sra. Prentice va hacia el dispensario.
GERALDINE. (Atada e imposibilitada de moverse) ¿Qué hice yo para merecer esto?
Si siempre tuve una vida tan correcta.
RANCE. Su mente se liberó. Ya se va a dar cuenta de la experiencia invalorable
que ha tenido a fin de amoldarse a la forma de vida del siglo veinte. ¿Por qué
persuadió a su padre para que matara a Geraldine Barclay?
GERALDINE. Yo soy Geraldine Barclay.
RANCE. Usted imagina que es una secretaria. En realidad usted es el jugador
fundamental en una de las historias más increíbles y siniestras de la historia
reciente. Hasta dónde usted influyó en su empleador y contribuyó en su caída ya
va a ser determinado.
GERALDINE. (Sollozando) Esto es terrorífico. Terrorífico.
RANCE. Me alegra que adopte una actitud más responsable. Es una actitud
valiente. ¿Dónde está el cuerpo?
GERALDINE. No sé.
RANCE. ¿Está bajo secreto de confesión?¿En qué ritos oscuros fue iniciada por
este desagradable sacerdote de lo desconocido?
Geraldine sigue sollozando, no puede hablar. El Dr. Rance se arroja
abruptamente sobre ella y la toma de los brazos.
¡Déjeme curar su neurosis! Es lo único que quiero que desaparezca de la vida.
La Sra. Prentice entra desde el dispensario con una hipodérmica y un
recipiente.
Sra. PRENTICE. ¿Qué significa esta exhibición?
RANCE. (Alejándose de Geraldine) Es una nueva y, hasta hoy nunca probada tipo
de terapia. Creo que dadas las circunstancias puede funcionar.
Sra. PRENTICE. Su tratamiento parece diseñado más para hundir a los pacientes
en la demencia que para intentar una cura definitiva.
El Dr. Rance camina alrededor de ella con un frío orgullo.
RANCE. Alguien cuyo inconsciente es tan raro como el suyo difícilmente podría
comprender mis métodos.
Sra.
PRENTICE. ¿Qué me está queriendo decir?
RANCE. Me refiero a esas demostraciones repentinas de penes con los que usted
vive topándose.
Sra. PRENTICE. Usted también los vio.
RANCE. ¿Y eso qué prueba? Simplemente que me ha contagiado su deplorable
enfermedad. (Le saca la hipodérmica)
Sra. PRENTICE. ¿Le desinfecto el brazo a la paciente?
RANCE. ¿No se imaginará que voy a desperdiciar esta droga en ella, no? (Se
arremanga) Con el precio que tiene sería criminal. (Se da la inyección) Vaya y
llame a la policía.
La Sra. Prentice se va hacia el hall. El Dr. Rance deja la hipodérmica. Vuelve
la Sra. Prentice, los ojos desencajados, sus manos manchadas de sangre.
Sra. PRENTICE. Hay un policía afuera. Desnudo y cubierto de sangre.
RANCE.
En esta casa los límites de la decencia han sido largamente extralimitados. (La
cachetea) No se pueden alentar las trampas de su subconsciente.
Sra. PRENTICE. (Desesperada, mostrando sus manos) ¿Es verdadera esta sangre?
RANCE. No.
Sra. PRENTICE. ¿La puede ver?
RANCE. Sí.
Sra. PRENTICE. ¿Entonces qué tiene para decir?
RANCE. Soy un científico. Me baso en hechos y no se espera de mí que de
explicaciones. Rechazo todo fenómeno para normal. Es la única forma de
mantenerse cuerdo.
Sra. PRENTICE. Es verdad.
RANCE. ¿Quién es usted para decir qué es lo verdadero? Quédese donde está. Voy
a llamar a la policía.
Se va hacia el hall. La Sra. Prentice se sirve un whisky. Nick aparece por el
ventanal, pálido y bamboleándose de forma inestable y sangrando por la herida
del hombro. La sangre se le escurre entre los dedos.
NICK. (Angustiado y desfalleciente) Estoy muy dolorido. Me dieron. Llamen un
doctor.
Sra. PRENTICE. (Deja caer el vaso y esconde su rostro entre las manos) ¿Estoy
perdiendo la razón!
La Sra. Prentice solloza. Geraldine llama a Nick.
GERALDINE. ¡Ayudame! Siento una angustia terrible. Desatame.
NICK. ¿Por qué estás atada?
GERALDINE. Me ató el Dr. Rance. Dice que estoy loca.
NICK. Él es psiquiatra, debe saber lo que hace. No te hubiese puesto un chaleco
de fuerza si estuvieses bien. Tendría que estar loco.
GERALDINE. ¡Está loco!
NICK se sostiene con el escritorio y mira a la sollozante Sra. Prentice.
NICK.
¿Ella está loca?
GERALDINE. Ella piensa que sí. Imagina que sos un invento de su imaginación.
NICK. (A la Sra. Prentice, cabeceando hacia Geraldine) Ella puede verme. ¿Eso
no es una prueba de que soy real?
Sra. PRENTICE. No. Ella está loca.
NICK. Si usted piensa que yo soy un fantasma de su inconsciente, entonces debe
estar loca.
Sra. PRENTICE. (Gritando histéricamente) ¡Estoy loca!
Geraldine estalla en lágrimas. Nick está tirado sobre el escritorio sangrando
por la herida. El Dr. Prentice entra desde el jardín.
PRENTICE. Mi mujer me disparó. ¡Piensa que estoy loco!
NICK. ¡Está loco! Me dijeron que le pusiera un chaleco de fuerza.
Agarra el arma de la Sra. Prentice del escritorio, toma el chaleco y avanza
hacia el Dr. Prentice. La Sra. Prentice se cubre el rostro con las manos. El
Dr. Rance entra desde el hall con el otro chaleco de fuerza. Se lo arroja a la
Sra. Prentice. Nick y el Dr. Prentice caen al piso forcejeando a los
gritos.
PRENTICE. (A Nick) ¡Baje esa pistola! (Al Dr. Rance) Deberían permitir que un
marido le ponga un chaleco de fuerza a la mujer. Es uno de los pocos placeres
que quedan en el matrimonio moderno.
Logra moverse. Nick sostiene el chaleco en una mano y revolea la pistola con la
otra.
Debería hacerse ver esa herida. ¿Tiene un pañuelo?
NICK. No.
PRENTICE. Le presto el mío.
Saca el pañuelo de su bolsillo. Tiene envuelto los tallos de las rosas. Se los
arroja en la cara. Lo agarra a Nick desprevenido y luego se arroja encima de
él. Se suman a la pelea el Dr. Rance y la Sra. Prentice. Gritan y luchan
mientras Geraldine los mira sollozante desde la camilla. El Dr. Prentice logra
sacarle el arma a Nick y se para. Nick se aparta arrastrándose y gimiendo, con
la herida sangrando, su rostro pálido y enfermo. El Dr. Prentice le pone el
chaleco de fuerza a su mujer y se para.
PRENTICE. (Revoleando la pistola) ¡Quédese donde está, doctor! Su conducta hoy
fué un modelo de irresponsabilidad oficial y de mentalidad sanguinaria. Voy a
declarar que está demente.
RANCE. (Calmo, con dignidad) No, yo lo voy a declarar demente a usted.
PRENTICE. Yo tengo el arma. Usted tiene la opción. ¿Qué es lo que prefiere? ¿La
locura o la muerte?
RANCE. Ninguna de sus alternativas me permitiría seguir trabajando para el
Gobierno de Su Majestad.
PRENTICE. ¡Cállese y presione el botón de la alarma!
El Dr. Rance va hacia la pared y presiona la alarma. Suena una sirena. Caen
unas rejas metálicas sobre las puertas. Se apagan las luces. La sirena se va
apagando. El cuarto queda iluminado por el reflejo de un atardecer rojizo, que
brilla tras los árboles del jardín.
¡Una sobrecarga del circuito! Estamos atrapados.
RANCE. (Seco) Espero que las medidas de seguridad en los pabellones sean tan
eficientes como en su consultorio. Podríamos morirnos de hambre.
PRENTICE. Un justo tributo a la efectividad de nuestro viejo sistema de alarma.
RANCE. Ya que no podemos escapar su elemento disuasivo carece de sentido.
Bájela.
El Dr. Prentice deja el arma en el escritorio. El Dr. Rance saca la suya y
apunta al Dr. Prentice que mira atónito.
RANCE. (Manteniendo quieto al Dr. Prentice con el arma y agarrando la que
estaba en el escritorio) En una hora lo voy a tener adentro de un chaleco. ¡Es
una tripleta!
PRENTICE. ¿Este es su nuevo record?
RANCE. (Pone el arma del Dr. Prentice en el bolsillo) No, para nada. Una vez
metí a una familia entera en un chaleco de fuerza comunitario.
PRENTICE. Qué orgullosa debe haber estado su madre.
RANCE. Lamentablemente, no. Era mi propia familia, sabe. En casa tengo una foto
de ese momento. Mi pie apoyado perfectamente sobre la cabeza de mi padre. Se la
mandé a Sigmund Freud y me contestó con una postal encantadora.
Nick va arrastrándose casi desfalleciente hasta una silla.
NICK. ¿Señor, qué va a pasar conmigo? Yo no estoy loco.
RANCE. (Sonriendo) Usted no es humano.
NICK. No puedo ser una alucinación. (Se señala el hombro sangrando) Mire esta
herida. Es real.
RANCE. Es lo que parece.
NICK. Si el dolor es real, tiene que ser real.
RANCE. Preferiría no verme involucrado en especulaciones metafísicas.
PRENTICE. Este joven es el botones del Hotel de la Estación. Se comportó mal
con mi esposa. No fue una alucinación cuando hizo eso.
RANCE. Su mujer está afectada por una tipo de desorden mental que la lleva a
imaginar que es acosada por figuras masculinas desnudas. Este joven es una de
ellas. Si él es quien la agredió se comprende que el atraco fué una
construcción de su mente enferma.
PRENTICE. Pero el Sargento Match quiere arrestar al muchacho.
RANCE. El Sargento también puede no existir. De acuerdo a su mujer, él también
se le apareció desnudo. Por lo que sabemos, podria ser un espíritu demoníaco
contratado por Scotland Yard. Él admitió que su hermano era un invento de su
imaginación confirmando una ley mía que dice que los parientes de los espectros
son también espectros. (Con voz firme) ¿Qué hizo con Geraldine Barclay?
GERALDINE. (Débilmente) Acá estoy.
El Dr. Prentice va al escritorio y se sirve un gran vaso de whisky.
PRENTICE. (Al Dr. Rance) La historia que está por escuchar solo puede
interesarle desde el corazón. La mente y sus misterios no se podrían haber
alejado más de mis pensamientos cuando, temprano esta mañana, persuadí a esa
joven que se quitara la ropa. (Se toma el whisky)
GERALDINE. (Al Dr. Rance) La Sra. Prentice confundió mi vestido con uno suyo y,
por una equivocación, me confundió con una paciente. El Dr. Prentice me pidió
que ne quedara quieta para preservar su buen nombre. ¿Qué podía hacer? Estaba
aterrada de quedar expuesta.
RANCE. ¿En ese momento ya estaba desnuda?
GERALDINE.
Sí. Bajo presión acepté ayudar al doctor y no termino de reprochármelo. Me pasé
el día luchando para preservar mi autoestima.
El Dr. Rance se muerde el labio y gira abruptamente hacia el Dr.
Prentice.
RANCE. Suéltela. A su esposa también. (Mientras el Dr. Prentice lo hace, mira
confundido) Hubiese apostado mi reputación profesional a que esta chica había
sido víctima de un ataque incestuoso. No voy a dar marcha atrás con mi
diagnóstico. Mis editores me demandarían por pérdidas en los beneficios.
GERALDINE. (Bajando de la camilla) Estoy segura que mi velocidad en el teclado
fue afectada por todo lo que tuve que sufrir hoy. (Lagrimeando, al Dr.
Prentice) Y quiero informar la pérdida de un amuleto, un elefante de la
suerte.
El Dr. Rance saca un broche de su bolsillo.
RANCE. ¿Está hablando de este broche, tal vez?
GERALDINE. Sí. Tiene un gran valor sentimental para mí.
El Dr. Rance se la entrega. Nick levanta los pantalones de su uniforme.
NICK. Yo tengo un broche como ese. (Le muestra a Geraldine un broche) ¡Miren,
hacen un par!
La Sra. Prentice, ya sin el chaleco de fuerza, llora sorprendida.
Sra. PRENTICE. Déjenme ver eso. (Le muestran los broches) Se puede hacer un
solo broche con estas dos partes. (Junta los dos fragmentos) ¡Ah, mi corazón
golpea en forma salvaje!
El Dr. Rance examina el broche.
RANCE. Dos elefantes que llevan una silla ricamente ornamentada, en donde está
sentada una joven y hermosa mujer, tal vez una princesa. Un magnífico ejemplo
de arte oriental. (A la Sra. Prentice) ¿Cómo sabía que era una sola pieza?
Sra. PRENTICE. Era mía. Hace muchos años, cuando yo era una jovencita, fui
violada adentro de armario de ropa blanca en el segundo piso del Hotel de la
Estación. Antes de irse, el hombre me dejó ese broche como parte de pago.
RANCE. ¿Cómo llegaron las dos mitades a manos de esos chicos?
Sra. PRENTICE. Pague por mi mala conducta engendrando mellizos. Para mí era
imposible tenerlos -estaba comprometida con un joven y promisorio psiquiatra.
Decidí abandonarlos a su suerte. Rompí el broche por la mitad y colgué
una parte en cada uno de los bebés. Después los abandoné en el pueblo donde
vivía, bien alejados uno de otro. Alguna alma caritativa los habrá criado como
propios. (Nick y Geraldine sollozan abrazados) ¡Ah, mis hijos!¡Soy su madre!
¿Me podrán perdonar alguna vez por lo que hice?
NICK. ¿Cómo pudo ser madre al quedarse sola en el Hotel de la Estación?
Sra. PRENTICE. Me contrataron como mucama. Lo hice como un chiste poco después
de la guerra. Tendrían que ver los efectos que causó el Partido Laborista en la
clase media para creerlos.
GERALDINE. ¿Nuestro padre también trabajaba en el hotel?
Sra. PRENTICE. Nunca vi a tu padre. El incidente ocurrió durante un corte de
luz. Quedé embarazada mientras esperaba que se normalizara el servicio.
El Dr. Prentice, pálido por el shock, avanza.
PRENTICE. (Débilmente, al Dr. Rance) Atrás del broche van a ver una
inscripción.
El Dr. Rance da vuelta el broche.
PRENTICE. “A Lillian de Avis. Navidad de 1939". Yo encontré ese broche
hace mucho tiempo. Estaba en el piso a la salida de una gran tienda.
RANCE. ¿Quiénes eran Lillian y Avis?
PRENTICE. No tengo idea. Se cayó del collar de un pequinés. Lillian y Avis
deben haber sido los dueños de la criatura. (Mira el broche avergonzado) No lo
había visto desde que lo dejé en las manos de una mucama a quien corrompí
moralmente poco antes de casarme.
Sra. PRENTICE. (Llorando al comprender) ¡Ahora entiendo por qué querías pasar
nuestra noche de bodas adentro de un armario de ropa blanca!
PRENTICE. Quería recrear un momento muy valioso para mí. Si te hubieses
entregado a mí, nuestro matrimonio nunca habría fracasado.
Sra. PRENTICE. De ahora en adelante, no vamos a hacer el amor en otro lugar que
no sea un armario de ropa blanca. Es lo menos que puedo hacer después de
haberte hecho sufrir tantos años.
Él la abraza y lo hace también con Nick y Geraldine.
RANCE. (A Prentice, emocionado) Si usted es el padre de estos chicos, mi libro
puede ser escrito de buena fe. ¡Ella es la víctima de un ataque incestuoso!
Sra. PRENTICE. ¡Y yo también, doctor! Mi hijo tiene una colección de
fotografías indecentes que prueban sin posibilidad de error, que hizo lo que
quiso conmigo en el mismo hotel e incluso en el mismo armario donde él mismo
fué concebido.
RANCE. ¡Ah, no sabe el placer que me causa este descubrimiento! (Abraza a la
Sra. Prentice, a Nick y a Geraldine) Hay más posibilidades de tener un
best-seller con un doble incesto que con un crimen. Y así es como debe ser ya
que el amor debe darnos mas placer que la violencia.
Todos se abrazan unos con otros. Se abre el lucernario, cae una escalera de
sogas y baja el Sargento Match con el vestido de leopardo ropo en uno se los
hombros y totalmente ensangrentado.
Vamos llegando a lo que nuestros más lúcidos escritores llaman el “clímax”.
El Sargento llega al piso estupefacto.
MATCH. ¿Será posible que alguien entregue o haga que sean entregadas las partes
que faltan de Sir Winston Churchill?
RANCE. No sabemos de lo que habla.
MATCH. Debo pedirles su cooperación en un asunto que es de vital importancia
para la nación. (Se bambolea, agarrado de la escalera de sogas) ¿Quién fue el
último en ver muerta a la Srta. Barclay?
GERALDINE. El sepulturero.
MATCH. ¿No tuvo él palabras de condolencia hacia usted, siendo que es la única
descendiente de una mujer violada por el héroe de 1940?
GERALDINE. Me dió una caja.
MATCH. ¿Qué había adentro?
GERALDINE.
Yo supuse que tenía la ropa que mi madrastra uso el día de su muerte. La iba a
mandar a alguien que estuviera necesitado.
MATCH. ¿Dónde está la caja?
Geraldine levanta la caja que traía al llegar al consultorio. Siempre estuvo
sobre el escritorio. El Sargento Match abre la caja, mira adentro y suspira.
El gran hombre va a recuperar su lugar como un ejemplo para todos nosotros de
cual fue el espíritu que ganó la Batalla de Inglaterra.
El Sargento Match saca de la caja y muestra un pedazo de una estatua de bronce
de una escala mayor al tamaño original. Todos aspiran profundamente.
RANCE. (Con admiración) Cuanto más inspirador hubiese sido si, en esos días
oscuros, hubiésemos visto lo que estamos viendo. En vez, nos teníamos que
satisfacer con un cigarro, un símbolo mucho más corto, como todos
sabíamos, que el objeto en sí mismo.
El crepúsculo desde el jardín y la luz desde arriba le dan al Sargento Match un
brillo dorado mientras sostiene en alto la herencia de la nación.
PRENTICE. Bueno, sargento, hoy hemos contribuido a ocultar una serie de
increíbles pecaditos. No me caben dudas que usted va a cooperar en mantenerlos
alejados de la prensa ¿verdad?
MATCH. Así será, señor.
RANCE. Me alegra que no desprecie la tradición. Pongámonos la ropa y
enfrentemos el mundo.
Se ponen la ropa y cansados, sangrando, drogados y borrachos suben por la
escalera de sogas hacia la resplandeciente luz.
Telón
OPCIÓN PARA EL FINAL
MATCH. ¿Dónde está la caja?
Geraldine levanta la caja que traía al llegar al consultorio. Siempre estuvo
sobre el escritorio. El Sargento Match abre la caja, mira adentro y suspira.
El gran hombre va a recuperar su lugar como un ejemplo para todos nosotros de
cual fue el espíritu que ganó la Batalla de Inglaterra.
RANCE mira adentro de la caja
RANCE.
(Con admiración) Cuanto más inspirador hubiese sido si, en esos días oscuros,
hubiésemos visto lo que estamos viendo. En vez, nos teníamos que satisfacer con
un cigarro, un símbolo mucho más corto, como todos sabíamos, que el
objeto en sí mismo.
Geraldine mira adentro de la caja
GERALDINE. ¡Pero si es un cigarro!
RANCE. ¡Ah, la incredulidad de la juventud!
El Sargento Match cierra ruidosamente la tapa de la caja y se la mete abajo del
brazo.
PRENTICE. Bueno, sargento, hoy hemos contribuido a ocultar una serie de
increíbles pecaditos. No me caben dudas que usted va a cooperar en mantenerlos
alejados de la prensa ¿verdad?
MATCH. Así será, señor.
RANCE. Me alegro que no desprecie la tradición. Pongámonos la ropa y
enfrentemos el mundo.
Se ponen la ropa y cansados, sangrando, drogados y borrachos suben por la
escalera de sogas hacia la resplandeciente luz.
Telón