EL CASAMIENTO
Un suceso completamente inverosímil
Nikolái Gógol, maestro indiscutible de la sátira rusa, nos sumerge en esta comedia en las ansiedades sociales y las hipocresías de la pequeña burguesía y la burocracia del siglo XIX. A través de la indecisión paralizante de Podkolésin y el ímpetu avasallador de su amigo Kochkarév, Gógol transforma un simple arreglo matrimonial en un desfile de personajes absurdos, calculadores y profundamente cómicos. Es una radiografía de la soltería, el estatus y el miedo al compromiso, donde el verdadero protagonista es el enredo humano.
***
Nikolái Vasílievich Gógol nació con una risa que, con el lento y pesado paso de los años, se le pudrió en la garganta hasta adquirir la textura del terror. Era un hombre de perfil afilado, casi de ave migratoria; semejante a un pájaro friolento y asustado que espiaba el mundo desde las esquinas más húmedas y grises de San Petersburgo. Caminaba siempre envuelto en la certeza absoluta de que el diablo no tejía sus redes en los grandes fosos del infierno, sino en la insoportable mediocridad de los salones de té, en los botones sueltos de los abrigos raídos, y en las tartamudeces ceremoniosas de los pequeños burgueses.
Para sobrevivir a esta persecución invisible, inventó un universo a su medida. De su pluma brotaron solterones que huían del altar saltando por la ventana, burócratas miserables que perdían la cordura por un capote nuevo, y hombres mediocres separados de sus propias narices por un capricho ciego de la anatomía. Gógol retrataba monstruos cotidianos porque él mismo pasó su existencia entera buscando por qué grieta del entablado escapar de la densidad de la materia. Su literatura era, en el fondo, una comedia tejida con el hilo negro del pánico.
Con el tiempo, el miedo engulló al satírico. Huyó a Roma buscando la luz del sur, pero llevó consigo las sombras rusas pegadas a la suela de los zapatos. Le aterraba de un modo febril la idea de ser enterrado vivo; dormía sentado para no ensayar jamás la postura de los cadáveres y dejaba notas a sus amigos suplicando que no clausuraran su ataúd hasta que la putrefacción fuera innegable. Y, sin embargo, fue él quien ofició como el sepulturero más implacable de su propia genialidad.
En una noche de delirio místico, bajo la influencia de un sacerdote fanático que le prometía limpiar la corrupción de su espíritu, arrojó al fuego de una chimenea el manuscrito final de la segunda parte de Almas muertas. Observó las llamas devorar las páginas con la fascinación inerte de un mártir. Al quemar a sus personajes, quemó el último puente de papel que lo unía a la razón.
Sus últimos días los pasó temblando en una cama, convertido en un espectro que se negaba a tragar alimento. Mientras tanto, los médicos —con esa ignorancia solemne que él tanto ridiculizó en sus farsas— le aplicaban sanguijuelas en su famosa y ganchuda nariz para intentar drenarle la angustia oscura que le envenenaba la sangre.
Se dice que Nikolái no nació de mujer, sino del vapor de un samovar descuidado en una posada de Poltava. Desde pequeño poseía una nariz tan larga y afilada que los perros de la aldea le ladrían confundiéndolo con un ave de rapiña nocturna. No escribía con tinta; los pocos que lo vieron trabajar juraban que rascaba la costra de los espejos viejos para extraer el azogue con el que dibujaba a sus burócratas.En sus últimos años, el demonio de la simetría lo poseyó. Convencido de que el mundo real era una errata en el libro de Dios, decidió purgarlo a través del fuego. La noche del 24 de febrero, no quemó un manuscrito; quemó el alma de Rusia que había atrapado en hojas de papel sellado. Los médicos, hombres de mentes planas, intentaron salvarlo sumergiéndolo en agua helada y aplicando sanguijuelas a su desmesurada nariz. Gógol murió no por falta de alimento, sino porque las sanguijuelas le sorbieron el último gramo de ficción que le quedaba en el cerebro.
Murió de hambre, de frío y de Dios; el más grande arquitecto de la comedia rusa fue devorado, finalmente, por su propio teatro de sombras.
Al enterrarlo, el sepulturero notó que el ataúd crujía desde adentro, como si el escritor aún intentara acomodarse la levita.
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EL CASAMIENTO
NICOLÁS GOGOL
Ágata Tijónovna, hija de un mercader, la novia
Arina Panteleimónovna, la tía
Tecla, casamentera
Podkolésin, consejero de tercera categoría
Kochkarév, su amigo
Iaíchnitza, procurador fiscal
Anúchkin, oficial de infantería retirado
Gevákin, marino
Duniáshka, sirvientita
Starikóv, mercader
Stepán, criado de Podkolésin
Acto I
Habitación de un soltero.
Escena I
Podkolésin: (Solo, tendido sobre el sofá, con la pipa en la boca). Cuando uno medita en las horas de ocio, llega a la conclusión de que, finalmente, debe casarse. Después de todo... ¿qué? Uno vive, vive, y total... ¿de qué le sirve? Y parecería que todo está pronto, y ahí tenemos a la casamentera, que viene aquí desde hace tres meses, ya. Palabra que ya me causa cierto malestar ver que... ¡Eh, Stepán!
Escena II
Podkolésin, Stepán.
Podkolésin: ¿No vino la casamentera?
Stepán: No.
Podkolésin: ¿Fuiste a casa del sastre?
Stepán: Fui.
Podkolésin: Y qué... ¿Me cose el frac?
Stepán: Lo cose.
Podkolésin: ¿Y ha cosido mucho, ya?
Stepán: Bastante: ha empezado a hacer los ojales.
Podkolésin: ¿Qué dices?
Stepán: Digo que ya ha empezado a hacer los ojales.
Podkolésin: ¿Y no preguntó para qué necesitaba yo el frac?
Stepán: No, no lo preguntó.
Podkolésin: Quizá te haya dicho: ¿no querrá casarse tu patrón?
Stepán: No, no me dijo nada.
Podkolésin: Pero habrás visto en su taller otros fracs. Porque supongo que también coserá para otros ¿no es así?
Stepán: Sí, tiene muchos colgados ahí.
Podkolésin: Pero el paño de esos fracs no debe ser tan bueno como el mío ¿verdad?
Stepán: Sí, el del suyo es mejor.
Podkolésin: ¿Qué dices?
Stepán: Digo que el del suyo es mejor.
Podkolésin: Bueno. ¿Y no te preguntó el sastre por qué me hago el frac de un paño tan fino?
Stepán: No.
Podkolésin: ¿No preguntó si yo pensaba casarme, pongamos por caso?
Stepán: No, no lo preguntó.
Podkolésin: Pero le dijiste cuál es mi jerarquía en la administración pública y dónde sirvo ¿verdad?
Stepán: Se lo dije.
Podkolésin: ¿Qué te contestó?
Stepán: Dijo que haría todo lo posible para que el frac resultara bueno.
Podkolésin: Está bien. Vete. (Stepán sale).
Escena III
Podkolésin (solo).
Podkolésin: Opino que el frac negro es más serio. Los de color convienen más a los secretarios, los consejeros de cuarta categoría y demás morralla. Resultan... un poco infantiles. Los que somos de jerarquía más alta debemos mantener, como se dice, el... ¡se me ha olvidado la palabra! ¡Una bonita palabra, pero se me ha olvidado! Sí, hermano: el consejero de tercera es prácticamente igual a un coronel, sólo que su uniforme no tiene charreteras. ¡Eh, Stepán!
Escena IV
Podkolésin, Stepán.
Podkolésin: ¿Compraste el betún?
Stepán: Sí.
Podkolésin: ¿Dónde lo compraste? ¿En el almacén del Voznecénsky Prospéct que te dije?
Stepán: En el mismo.
Podkolésin: ¿Y es bueno el betún?
Stepán: Bueno.
Podkolésin: ¿Probaste lustrar mis botas con ella?
Stepán: Probé.
Podkolésin: Y qué... ¿Brillan?
Stepán: Brillan bien.
Podkolésin: Y cuando el dueño del almacén te vendió el betún... ¿no preguntó para qué necesitaba el betún tu patrón?
Stepán: No.
Podkolésin: No te dijo: "¿Puede ser que tu patrón proyecte casarse?"
Stepán: No, no me dijo nada.
Podkolésin: ¡Bueno, vete! (Stepán sale).
Escena V
Podkolésin (solo).
Podkolésin: Parecería que las botas son una bagatela y sin embargo, si están mal cosidas y el betún no es todo lo negro que hace falta, en la buena sociedad a uno no lo respetan como es debido. Se diría que... Y si aparecen callos, peor que peor. Estoy pronto a soportar lo que sea, menos los callos. ¡Eh, Stepán!
Escena VI
Podkolésin: Stepán.
Stepán: ¿Qué desea?
Podkolésin: ¿Le dijiste al zapatero que las botas no debían causarme callos?
Stepán: Se lo dije.
Podkolésin: ¿Y qué te contestó?
Stepán: Me contestó que estaba bien. (Se va).
Escena VII
Podkolésin, luego Stepán.
Podkolésin: ¡Después de todo, un casamiento es algo que da trabajo, qué diablos! Esto y lo otro y lo demás allá. Esto y aquello debe estar como es debido. ¡No, qué demonios! Eso no es tan fácil como dicen. (Entra Stepán). Yo quería decirte, también...
Stepán: Ha venido la vieja.
Podkolésin: ¡Ah! ¿Ha venido? Hazla entrar. (Stepán sale). Sí, el casamiento es algo... algo que... algo difícil.
Escena VIII
Podkolésin y Tecla.
Podkolésin: ¡Hola! Buenos días, Tecla Ivánovna! Bueno... ¿Y qué? Toma una silla, siéntate y cuenta. ¿Cómo va eso? ¿Cómo dijiste que se llamaba la...? ¿Melánia?
Tecla: Ágata Tijónovna.
Podkolésin: Sí, sí, Ágata Tijónovna. Seguramente, es alguna cuarentona...
Tecla: ¡Nada de eso! Si usted se casa con ella, me alabará y me lo agradecerá todos los días de su vida.
Podkolésin: ¡Mientes, Tecla Ivánovna!
Tecla: Ya estoy vieja, hijo mío, para mentir así como así.
Podkolésin: ¿Y la dote, la dote? Vuelve a contármelo.
Tecla: La dote es una casa de piedra en el barrio de la Moskóvska, de dos pisos, y con tanta renta que es un placer; el tendero solo paga setecientos rubios por su tenducho; y la cervecería del subsuelo atrae también a mucha gente; hay dos pabellones de madera, uno de ellos con cimientos de piedra, y que rinden cuatrocientos rubios de renta. Por el lado de Viborg, hay también una huerta. Hace ya tres años que la arrienda un mercader, y es un hombre muy sobrio, no bebe una sola gota de licor y tiene tres hijos: dos ya están casados, y en cuanto al tercero, el mercader dice: "Es joven, todavía; que se quede en el tenducho, para atender mejor a la clientela; yo, ya estoy viejo".
Podkolésin: Pero... ¿y ella? ¿Cómo es ella, personalmente?
Tecla: ¡Una joya! Blanca, sonrosada, pura sangre y leche... Un deleite tal que cuesta pintarlo. Usted se sentirá contento hasta aquí (se señala la garganta) y les dirá al amigo y al enemigo: "¡Vaya con Tecla Ivánovna! ¡Cómo se lo agradezco!".
Podkolésin: Pero no es hija de un oficial... ¿verdad?
Tecla: Es hija de un mercader de tercera. Pero tan altiva que no le toleraría una ofensa ni a un general. Ni siquiera quiere oír hablar de un novio mercader. "A mí, que me den cualquier marido, aun de aspecto insignificante, pero que sea noble". ¡Sí, es una muchacha refinada! Y cuando se pone el vestido de seda de los domingos... bueno, ¡Dios me ampare! ¡Parece una duquesa!
Podkolésin: Por eso te lo he preguntado, precisamente; porque soy consejero de tercera y... ¿Comprendes?
Tecla: Pues, sí... ¿Cómo no he de comprender? Tuvimos a un consejero de tercera y lo rechazaron: no gustó. Tenía una extraña costumbre: palabra que decía, mentira que decía, y eso que su aspecto era tan serio... ¿Qué se podía hacer? Por lo visto, Dios lo había hecho así; él mismo lo lamentaba, pero no podía contenerse, tenía que mentir... Era la voluntad de Dios.
Podkolésin: Bueno... Y además de esa... ¿no tienes alguna otra por ahí?
Tecla: ¿Y para qué necesitas otra? Ésa es la mejor.
Podkolésin: ¿De veras que es la mejor?
Tecla: Aunque recorras el mundo entero, no encontrarás otra que se le parezca.
Podkolésin: Lo pensaremos, lo pensaremos. Ven a verme pasado mañana. Volveremos a hacer lo mismo... ¿sabes? Yo me quedaré tendido aquí y tu me contarás.
Tecla: Pero, hijo mío... ¡Por piedad! Hace ya tres meses que vengo a verte, y nada: no haces más que estarte sentado en bata y fumando tu pipa.
Podkolésin: ¿Y tú crees, quizás, que casarse es lo mismo que decir "¡Eh, Stepán, dame las botas!"? ¿Qué basta con ponérselas y buen viaje? Hay que reflexionarlo, mirarlo bien.
Tecla: Bueno... ¿Por qué no? Si quieres marido, míralo. Para eso está la mercadería, para mirarla. Pide que te traigan el caftán y ahora mismo, aprovecha esta hermosa mañana para ir a verla.
Podkolésin: ¿Ahora? Fíjate qué nublado está el tiempo. Si salgo, me puede sorprender la lluvia.
Tecla: ¡Pero para ti! Ya te asoman las canas y pronto no servirás para marido. ¿Te crees algo extraordinario por el hecho de ser consejero de tercera? Hemos visto cosas mejores. Tenemos entre manos a unos novios tales que ni siquiera te miraríamos.
Podkolésin: ¿Qué estupideces estás diciendo? ¿Qué ocurrencia es ésa de que tengo canas? ¿Dónde están mis canas? (Se tantea los cabellos).
Tecla: ¿Cómo quieres que no las haya? Para eso, todo hombre envejece. No te gusta ésta, no te gusta aquélla. ¡Ten cuidado! Le he echado el ojo a un capitán que te lleva toda una cabeza. Tiene una voz de trueno y sirve en el almirantazgo.
Podkolésin: Mientes, me miraré en el espejo. ¿Qué ocurrencia es ésa de las canas? ¡Eh, Stepán! ¡Tráeme el espejo! O, no, espera más bien. Iré yo mismo. Eso, Dios me libre, sería peor que la viruela. (Se va al cuarto contiguo).
Escena IX
Tecla y Kochkarév. (Entra corriendo)
Kochkarév: (A Podkolésin). ¡Oye, Podkolésin!... (Al ver a Tecla). ¿Tú aquí? ¡Ah! ¿Oye? ¿Con quién diablos me casaste?
Tecla: ¿Y qué tiene de malo? Cumplió usted con la ley.
Kochkarév: ¡Cumplí con la ley! ¿Crees que una esposa es algo nunca visto? ¿Acaso yo no podía vivir sin ella?
Tecla: Pero si tú mismo empezaste a insistirme: cásame, cásame, te lo ruego.
Kochkarév: ¡Ah, vieja rata! Bueno... ¿Y para qué has venido aquí? ¿Acaso Podkolésin quiere... ?
Tecla: ¿Por qué no? Dios lo iluminó.
Kochkarév: ¿De veras? ¡Qué infame! ¡Y a mí, no me dijo una sola palabra! ¡Vaya un individuo! Con que casándose a escondidas... ¿eh?
Escena X
Dichos y Podkolésin (con el espejo en las manos, se mira fijamente en él).
Kochkarév: (Acercándose furtivamente por detrás, lo asusta). ¡Puf!
Podkolésin: (Profiere un grito y deja caer el espejo). ¡Loco! Bueno... ¿Para qué... para qué... ? Vaya una estupidez. Me asustaste de tal modo que tengo toda el alma revuelta.
Kochkarév: ¡Bah! Sólo fue una broma.
Podkolésin: ¡Vaya con la broma! Todavía me dura el susto. Y, ya lo ves: he roto el espejo. Te advierto que no lo regalan: lo compré en un comercio inglés.
Kochkarév: Bueno, bueno: ya te compraré otro.
Podkolésin: Sí, sí, me lo comprarás. Ya conozco esos espejos: cuando uno se mira en ellos, parece tener diez años más y la cara torcida.
Kochkarév: Oye, soy yo quien tiene motivo para estar enojado contigo: a mí, tu amigo, me lo ocultas todo. ¡Piensas casarte!
Podkolésin: ¡Tonterías, no me propongo semejante cosa!
Kochkarév: La prueba está a la vista. (Señala a Tecla). Ya sabes quién es ese pájaro. Bueno, bueno, el asunto no tiene nada de particular. Se trata de algo cristiano, hasta necesario para la patria. Me encargaré de esa tarea. (A Tecla). Vamos, habla: di cómo son las cosas, quién es y todo lo demás. ¿Es de la nobleza o comerciante o qué es? ¿Y cómo se llama?
Tecla: Ágata Tijónovna.
Kochkarév: ¿Ágata Tijónovna Brandajlístova?
Tecla: ¡Oh, no... ! Kuperdiáguina.
Kochkarév: Vive en la calle de las Seis Tiendas... ¿verdad?
Tecla: No, no; más bien cerca de Peski, en la bocacalle de Milni.
Kochkarév: Aja... Sí. En la bocacalle de Milni, al lado de la tienda... ¿no es eso?
Tecla: No, junto a la cervecería.
Kochkarév: ¿A la cervecería? Entonces, ya no me lo explico.
Tecla: Pues cuando dobles la bocacalle, verás de frente una casilla; y después de pasar la casilla, dobla a la izquierda y entonces tendrás ante tus ojos una casa de madera, donde se aloja una costurera que vivió con el subsecretario del Senado. No en la casa de la costurera; junto a ella, hay otra casa, de piedra y ahí vive Ágata Tijónovna, la novia.
Kochkarév: Bueno, bueno. Ahora, ya me encargaré de todo: puedes irte. Ya no te necesitamos.
Tecla: ¡Cómo! ¿Tú mismo quieres concertar la boda?
Kochkarév: Yo mismo, yo mismo: no te metas.
Tecla: ¡Ah, desvergonzado! Pero... si eso no es cosa de hombres! ¡Apártate, hijo, apártate de ese asunto!
Kochkarév: ¡Vete, vete! No entiendes nada, no te metas. Métete en lo tuyo... ¡Fuera de aquí!
Tecla: ¡Sólo piensas en quitarles el pan a los demás, hereje! ¿No te avergüenza meterte en semejante bagatela? De haberlo sabido, no te habría dicho nada. (Se va, con aire de despecho).
Escena XI
Podkolésin y Kochkarév.
Kochkarév: Bueno, hermano. Este asunto no puede postergarse: en marcha.
Podkolésin: Pero si todavía no he decidido nada. Sólo he pensado...
Kochkarév: ¡Tonterías, tonterías! Bastará con que no pierdas la serenidad: te casaré de tal modo que ni siquiera te enterarás. Ahora mismo iremos a ver a la novia y verás cómo se hará todo en un santiamén.
Podkolésin: ¡Vaya una ocurrencia! ¡Ir inmediatamente!
Kochkarév: ¿Y por qué hemos de esperar? Dime... ¿Por qué? Reflexiona tú mismo. ¿Para qué te sirve tu vida de soltero? Mira tu cuarto: ¿qué ves en él? Ahí, una bota sin lustrar, allá la jofaina del lavabo, más allá un montón de tabaco sobre a mesa; y tú, te pasas el día tendido como un holgazán, bostezando.
Podkolésin: Es verdad. Reconozco que aquí no hay orden.
Kochkarév: En cambio, cuando tengas esposa, no te reconocerás a ti mismo ni reconocerás tu cuarto; aquí habrá un diván, un perrito, algún canario en su jaula, un trabajo de costura. E imagínate que estás sentado en el diván... y de repente se te arrima una mujercita, una linda mujercita, y te acaricia así... con su pequeña mano...
Podkolésin: ¡Ah, qué diablos! Si bien se piensa, hay manecitas que parecen de leche...
Kochkarév: ¡Hombre! ¡Cualquiera diría que las mujeres sólo tienen manecitas! Tienen, hermano... ¡Bueno, a qué hablar! ¡Tienen de todo, qué diablos!
Podkolésin: Para serte franco, me gusta ver sentado a mi lado a una linda mujercita.
Kochkarév: Bueno, ya lo ves, tú mismo has digerido el asunto. Ahora, sólo falta tomar las medidas necesarias. No te preocupes de nada. El almuerzo nupcial y todo lo demás... corre por mi cuenta. Habrá que encargar por lo menos una docena de botellas de champaña: menos imposible, hermano, También hará falta media docena de botellas de Madera. La novia, sin duda, tendrá su legión de tías y comadres... y ésas, no quieren saber de bromas. En cuanto al vino del Rhin, que se lo lleve el diablo... ¿no te parece? En lo que respecta al almuerzo, tengo en vista a un cocinero que es una maravilla: da de comer en tal forma que uno después ni siquiera está en condiciones de levantarse.
Podkolésin: ¡Hombre! Tomas el asunto con tanto apasionamiento que se diría que realmente me voy a casar pronto.
Kochkarév: ¿Y por qué no? ¿Por qué postergar la boda? Tú estás de acuerdo... ¿verdad?
Podkolésin: ¿Yo? Bueno, no... no estoy completamente de acuerdo.
Kochkarév: ¡Ahora, salimos con ésas! ¡Pero si acabas de decirme que quieres casarte!
Podkolésin: Sólo dije que no estaría mal.
Kochkarév: ¡Hermano...! Pero si nosotros ya íbamos a... Veamos... ¿Acaso no te gusta la vida de casado?
Podkolésin: Sí, me gusta.
Kochkarév: ¿Y entonces? ¿Qué obstáculos ves?
Podkolésin: Ninguno, el asunto me parece un poco raro...
Kochkarév: ¿Qué tiene de raro?
Podkolésin: ¿Cómo no ha de serlo? Me ha pasado tanto tiempo sin casarme, y ahora, de repente, me caso...
Kochkarév: Vamos, vamos... ¿No tienes vergüenza? No, ya lo veo: contigo, hay que hablar seriamente; te seré franco, como un padre con su hijo. Bueno, mírate con atención, como me miras a mí, por ejemplo. ¿Qué eres, ahora? Un alcornoque cualquiera, una cosa sin sentido. ¿Para qué vives? Vamos, mírate en el espejo. ¿Qué ves? Una cara estúpida y nada más. Y aquí, imagínate, a tu lado habría chiquillos, y quizás no sólo dos o tres sino no menos de media docena, y todos igualitos a ti, como una gota de agua a otra. Ahora estás solo, eres un simple consejero de tercera o jefe de sección o lo que sea; y entonces, en cambio, a tu alrededor habrá varios consejeritos, y algunos de esos bribonzuelos te tirará de la barba y tú te limitarás a aullarle como un perrito: "¡Uau, uau, uau!" Bueno... Dímelo tú mismo... ¿Hay algo mejor que eso?
Podkolésin: Pero si todos esos chiquillos son muy traviesos... Lo estropearán todo, me dispersarán los papeles.
Kochkarév: ¡Qué hagan travesuras...! Pero todos se te parecerán; eso es lo que importa.
Podkolésin: En realidad, el asunto hasta resulta gracioso, qué diablos: ¡pensar que un cachorro semejante, que no levanta dos palmos del suelo, pueda ya parecérsele a uno!
Kochkarév: ¡Cómo no ha de ser gracioso! ¡Claro que lo es! Vamos, pues.
Podkolésin: Bueno, vamos.
Kochkarév: ¡Eh, Stepán! Dale pronto la ropa a tu patrón, que se va a vestir.
Podkolésin: (Vistiéndose ante el espejo). Creo, con todo, que me convendría usar el chaleco blanco.
Kochkarév: ¡Tonterías! Tanto da.
Podkolésin: (Poniéndose el cuello). ¡Maldita lavandera! Me ha almidonado tanto los cuellos que no hay forma de sujetarlos. Stepán, dile que si me sigue planchando así la ropa le encargaré el trabajo a otra. Seguramente, en vez de planchar se pasa el tiempo con sus amantes.
Kochkarév: ¡Vamos, hermano, date prisa! ¡Qué lento eres!
Podkolésin: Ya va, ya va. (Se pone el frac y se sienta). Oye, lliá Pómich. ¿Sabes una cosa? Ve tú sólo.
Kochkarév: ¡Ésa sí que es buena! ¿Te has vuelto loco? ¡Que vaya yo solo! Pero... ¿quién se casa? ¿Tú o yo?
Podkolésin: ¡De veras...! No sé por qué, no tengo muchas ganas. Dejémoslo para mañana.
Kochkarév: Vamos... ¿Te queda un átomo de sentido común? ¿No se podría decir que eres un alcornoque? Ya estás preparado para salir... ¡y, de pronto, dices que no hace falta! Vamos, dime, por favor... ¿No mereces que te llame cerdo y bribón, a fin de cuentas?
Podkolésin: Bueno... ¿Por qué me insultas? ¿Para qué? ¿Qué te he hecho?
Kochkarév: ¡Eres un estúpido, un estúpido a carta cabal, eso lo dirá cualquiera! ¡Un estúpido, aunque seas consejero de tercera! Vamos a ver... ¿Por quién me preocupo? Pienso en tu bien. ¡Maldito solterón! ¡Hete ahí tendido como un tronco! Vamos, dime. ¿Qué pareces, así? Eres un imbécil, una porquería... Hasta diría una palabra... pero sería demasiado indecente. ¡Mujer! ¡Eres peor que una mujer!
Podkolésin: Bueno eres tú también, después de todo. (En voz baja). ¿Has perdido el juicio? ¡A dos pasos de nosotros está mi criado y me insultas en su presencia y con qué palabrotas! ¿No encontraste un lugar mejor?
Kochkarév: ¿Cómo no te he de insultar, dímelo? ¿Quién no haría lo mismo, en mi lugar? ¿Quién dejaría de insultarte? Como un hombre respetable, habías resuelto casarte, te portabas razonablemente y de pronto... porque sí, por mera estupidez, so alcornoque...
Podkolésin: ¡Bueno, basta ya, iré! ¿A qué tanto grito?
Kochkarév: ¡Iré! Claro... ¿Qué otra cosa podrías hacer? (A Stepán). Dale el sombrero y el capote.
Podkolésin: (En el umbral). ¡Qué hombre tan raro! No hay forma de entenderse con él: lo insulta a uno por cualquier cosa. No sabe de buenos modales.
Kochkarév: Se acabó. Ya no te insulto. (Ambos salen).
Escena XII
Habitación en casa de Ágata Tijónovna. Ágata Tijónovna echa un solitario; su tía Arina Panteleimónovna observa.
Ágata Tijónovna: ¡Otro camino, tía! Se interesa no sé qué rey de corazones... hay lágrimas... una carta de amor; por la izquierda, se muestra afectuoso el rey de pique, pero una malvada le estorba.
Arina Panteleimónovna: ¿Y quién podría ser, en tu opinión, el rey de pique?
Ágata Tijónovna: No lo sé.
Arina Panteleimónovna: Pues yo sí lo sé.
Ágata Tijónovna: ¿Quién es?
Arina Panteleimónovna: Un buen compañero, Alejo Dmitrievich Starikóv.
Ágata Tijónovna: Eso sí que no, con seguridad. ¡Apostaría a que no!
Arina Panteleimónovna: No discutas, Ágata Tijónovna. ¡Su cabello es tan rubio! No hay otro rey de pique.
Ágata Tijónovna: Te digo que no: el rey de pique significa aquí a un noble... A un mercader, le costaría pasar por el rey de pique.
Arina Panteleimónovna: ¡Ah, Ágata Tijónovna! ¡Por cierto que no dirías eso si viviera aún tu padre Tijón Panteleimónovich! El difunto solía asestar un puñetazo sobre la mesa y gritar: "¡Que se vaya al infierno el que se avergüence de ser mercader! ¡Y no casaré a mi hija con un coronel! ¡Que eso lo hagan otros! Y a mi hijo, no le haré servir en la administración pública. ¿Acaso un mercader no sirve al zar a su manera, tanto como cualquier otro?" Y descargaba el puño sobre la mesa. ¡Y tenía una manaza como un balde! A decir verdad, vapuleó bastante a tu madre. De lo contrario, la difunta habría vivido más tiempo.
Ágata Tijónovna: ¡Y yo, podría tener un marido tan malvado como él! ¡No me casaré con un mercader por nada del mundo!
Arina Panteleimónovna: ¡Si Alejo Dmitrievich no es así!
Ágata Tijónovna: ¡No quiero, no quiero! Tiene barba. Apenas empieza a comer, todo se le escurre por la barba. ¡No, no quiero!
Arina Panteleimónovna: Pero... ¿dónde se podría conseguir un buen noble? En la calle no, por cierto.
Ágata Tijónovna: Tecla Ivánovna lo encontrará: ha prometido encontrar algo de lo mejor.
Arina Panteleimónovna: Pero... ¡si es una embustera, tesoro mío!
Escena XIII
Dichas y Tecla.
Tecla: ¡Oh, no! ¡Es pecado hablar de los ausentes sin motivo, Arina Panteleimónovna!
Ágata Tijónovna: ¡Ah, es Tecla Ivánovna! ¡Bueno, vamos, habla, cuenta! ¿Hay?
Tecla: Hay, hay, pero déjame tomar aliento... ¡He estado tan atareada! Para cumplir tu encargo he estado en todas partes, me he arrastrado por las oficinas públicas, por los ministerios, hasta por las comisarías... ¿Sabes que poco faltó para que me pegaran? ¡Te lo juro! La vieja que casó a las de Aférov se me acercó con aire amenazador y me dijo: "¡Condenada, me quitas el pan! ¡Estás trabajando fuera de tu distrito!" "¿Y qué -repliqué, sin ambages-. Tratándose de mi señorita, perdona, pero no ahorraré esfuerzos, quiero dejarla satisfecha". ¡Y hay que ver los novios que te he preparado! El mundo seguirá rodando, pero nunca se han visto novios semejantes. Hoy, vendrán varios. Vine corriendo especialmente para avisarte.
Ágata Tijónovna: ¿Cómo hoy? ¡Tecla Ivánovna, alma mía, tengo miedo!
Tecla: ¡No temas, querida! Vendrán a ver y nada más. Y tú, los mirarás a ellos: si no te gustan, se irán.
Arina Panteleimónovna: ¡Bueno, supongo que se los habrás traído buenos!
Ágata Tijónovna: ¿Y cuántos son? ¿Muchos?
Tecla: Seis.
Ágata Tijónovna: (Con un gritito). ¡Oh!
Tecla: ¿Por qué te alborotas tanto, tesoro? Así, podrás elegir mejor: si no te sirve uno, te servirá otro.
Ágata Tijónovna: ¿Son nobles?
Tecla: Las perlas mismas de la nobleza, a cual mejor: de esos nobles que no se han visto todavía.
Ágata Tijónovna: Vamos, dime... ¿Cómo son? ¿Cómo son?
Tecla: Todos buena gente, unos hombres magníficos, como es debido. El primero, Baltasar Baltasárovich Gevákin, ha servido en la marina. Dice que le gustan las novias de buen físico, nada de anémicas. E Iván Pávlovich, el agente fiscal, es tan importante que hasta resulta difícil abordarlo. ¡Es tan corpulento, tan gordo! Y, de repente, me empieza a gritar: "A mí, no me vengas con que la novia es tal o cual, a mí dime sin rodeos cuáles son sus propiedades y sus bienes muebles". ¡Tanto de esto y tanto de lo otro, señor mío! "¡Mientes, hija de perra!" Y agrega otra palabrota tan fuerte que hasta me avergüenza repetirla. Yo, inmediatamente, comprendí: ¡debía ser un hombre muy importante!
Ágata Tijónovna: Bueno... ¿Y quién más?
Tecla: Nicanor Ivánovich Anúchkin. ¡Un hombre tan delicado! Y con sus labios como guindas, palabra. ¡Guapísimo! "Lo que yo necesito -me dijo es que la novia sea bonita y educada y sepa hablar el francés". Sí, un hombre muy fino, educado a la alemana, eso se ve a la legua, y pequeño, flacucho, de piernas delgadas.
Ágata Tijónovna: No, a mí esos flacucho no me gustan... No sé. Pero... ¡No les veo nada de atrayente...!
Tecla: Si te gustan más macizos, ahí lo tienes a Iván Ivánovich. Imposible elegir mejor. Ése sí que no hay nada que decir, es todo un caballero. No entra por esa puerta.
Ágata Tijónovna: ¿Y qué edad tiene?
Tecla: Es joven. Tendrá unos cincuenta años, y aún quizás no los tenga.
Ágata Tijónovna: ¿Y cómo se llama?
Tecla: Iván Pávlovich Iaíchnitza.
Ágata Tijónovna: ¿Eso es un apellido?
Tecla: Un apellido.
Ágata Tijónovna: ¡Ah, Dios mío, qué apellido! Pero, Tecla de mi alma... Si me casara con él, me llamaría de la noche a la mañana Ágata Tijónovna Iaíchnitza! ¡Dios mío!
Tecla: Hija mía, en Rusia hay unos apellidos que, cuando uno los oye, sólo puede escupir y santiguarse. Bueno, si no te gusta ése, ahí lo tiene a Baltasar Baltasárovich Gevákin... un novio que es una joya.
Ágata Tijónovna: ¿Cómo tiene el cabello?
Tecla: Lindo, lindo.
Ágata Tijónovna: ¿Y la nariz?
Tecla: Y... y la nariz, también es linda; todo lo tiene en su lugar; lo que se llama un novio de primera. Pero no lo tomes a mal: en su casa, sólo tiene una pipa: ni un mueble.
Ágata Tijónovna: ¿Quién más hay?
Tecla: Akinfo Stepánovich Panteléev, funcionario, consejero de tercera, un poco tartamudo, pero muy modesto.
Arina Panteleimónovna: ¡Tú, dale que dale con lo de funcionario! Dinos si no es bebedor; eso es lo que queremos saber.
Tecla: ¡Oh, en cuanto a eso, bebe, no puedo negarlo! Para eso es consejero de tercera. En cambio, es una seda.
Ágata Tijónovna: No, no quiero que mi marido sea un borracho.
Tecla: ¡Como gustes, tesoro! Si no quieres al uno, toma a otro... Por lo demás... ¿qué importa si alguna vez un hombre bebe una copa de más? Después de todo, ése no se pasa toda la semana borracho: hay días en que no bebe.
Ágata Tijónovna: Bueno. ¿Y quién más está?
Tecla: Hay otro, pero ése... ¡Dios le ayude! Los que te dije son mejores.
Ágata Tijónovna: Pero... ¿quién es?
Tecla: Yo no quisiera ni aun hablarte de él. Es consejero de tercera y luce una orden en la solapa, pero es tan difícil de mover que no hay modo de sacarlo de su casa.
Ágata Tijónovna: Bueno... ¿Y quién más? Sólo hay cinco y me hablaste de seis.
Tecla: Pero... ¿acaso no te basta con cinco? Te habías asustado de la media docena y ahora... ¡mira qué alborotada estás!
Arina Panteleimónovna: ¿Y qué quieres que hagamos con tus nobles? Aunque son seis, un solo mercader vale por todos ellos.
Tecla: ¡Oh, no, Arina Panteleimónovna! Un noble es más respetable.
Arina Panteleimónovna: ¿Y de qué nos sirve que sea respetable? Ahí lo tienes a Alejo Dmítrievich, que cuando pasa en trineo y con su gorra de piel...
Tecla: Y si se encuentra con un noble de charreteras, el noble le dice: "¡Eh, mercader de tres al cuarto, apártate de mi camino!" O, si no: "¡A ver, mercader, muéstrame la mejor seda que tengas!" Y el mercader responde: "¡A sus órdenes, señor!" Y el noble le grita: "¡Vamos, quítate el sombrero, mal educado!" He ahí lo que le dice un noble.
Arina Panteleimónovna: Pero el mercader, si quiere, no le da paño al noble y el noble tiene que andar como Dios lo echó al mundo.
Tecla: Entonces, el noble le da una buena zurra al mercader.
Arina Panteleimónovna: Y el mercader se va a quejar a la policía.
Tecla: Y el noble se va a quejar a un senador.
Arina Panteleimónovna: Y el mercader, al gobernador.
Tecla: Y el noble...
Arina Panteleimónovna: ¡Mientes, mientes! ¡Un gobernador es más que un Senador! ¡Mira qué modo de alardear con su noble! Y el noble, cuando hace falta, agacha tanto el espinazo como... (Suena la campanilla de la puerta de calle). Parece que llaman.
Tecla: ¡Oh, son ellos!
Arina Panteleimónovna: ¿Quién, ellos?
Tecla: Pues ellos... Alguno de los novios.
Ágata Tijónovna: (Sobresaltada). ¡Ah!
Arina Panteleimónovna: ¡Dios mío, apiádate de nosotras las pecadoras! ¡Qué desorden hay aquí! (Agarra todo lo que está sobre la mesa y corre por el cuarto). Y la servilleta, la servilleta de la mesa está completamente negra. ¡Duniáshka! ¡Duniáshka! (Aparece Duniáshka). ¡Pronto, una servilleta limpia! (Retira de un tirón la servilleta y da vueltas por la habitación frenéticamente).
Ágata Tijónovna: ¡Ay, tía! ¿Cómo hago? Estoy casi en camisa.
Arina Panteleimónovna: ¡Corre a vestirte, pronto! (Da vueltos frenéticamente por la habitación. Duniáshka trae una servilleta, vuelve a sonar la campanilla). ¡Corre, dile que ya va! (Duniáshka grita desde lejos: "¡Ya va!").
Ágata Tijónovna: ¡Tía! ¡Pero si mi vestido no está planchado!
Arina Panteleimónovna: ¡Ay, Dios misericordioso! ¡Sálvanos de este trance! Ponte otro.
Tecla: (Entra corriendo). ¿Y por qué no salen? ¡Pronto, Agata Tijónovna, tesoro mío! (Se oye el timbre). ¡Oh! ¡Pero si todavía está esperando!
Arina Panteleimónovna: Duniáshka, hazlo entrar y pídele que espere. (Duniáshka corre y se la oye abrir la puerta. Se distinguen voces: "¿Está en casa?" "Sí, está, haga el favor de pasar". Las mujeres, con curiosidad, tratan de atisbar por el ojo de la cerradura).
Ágata Tijónovna: (Con sobresalto). ¡Oh, qué gordo!
Tecla: ¡Viene, viene! (Todas salen corriendo).
Escena XIV
Iván Pavlóvich Iaíchnitza y Duniáshka.
Duniáshka: Espere aquí. (Sale).
Iaíchnitza: Bueno, si de esperar se trata, esperaremos, siempre que no demoren mucho; a duras penas pude hacer una escapada del ministerio. Y si, de pronto, el jefe preguntara: "¿Dónde está el agente fiscal?" "Fue a ver a una novia". ¡Me pondría como nuevo con la novia! Por lo demás, vamos a releer el detalle de los bienes... (Lee). "Una casa de piedra de dos pisos..." (Alza los ojos y pasea la mirada por la habitación), ¡Está! (Sigue leyendo)."Tiene dos pabellones: uno de cimientos de piedra, otro de madera..." Bueno, el de madera no vale gran cosa..." Un birlocho, un trineo con un tallado debajo de la alfombra". Serán de esos que sólo sirven para venderlos como trastos viejos. Pero la vieja asegura que son de primer orden, Bueno, supongamos que lo sean. "Dos docenas de cucharas de plata..." Claro, en una casa hacen falta cucharas de plata. "Dos abrigos de piel de zorro..." ¡Hum! "Cuatro colchones grandes de plumas y dos pequeños". (Aprieta los dientes, con aire significativo). "Una docena de vestidos de seda y otra de vestidos de sarga, dos camisas de noche, dos... Bueno, esto son bagatelas. "Ropa Interior, servilletas. Eso, que sea como ella quiera. Ahora quizás te prometan una casa y un birloche y un trineo... y cuando te cases, tal vez sólo encuentres colchola carrera la habitación para abrir la puerta. Se oyen voces: "¿Está en casa?" "Sí, está".
Escena XV
Iván Pavlóvich y Anúchkin.
Duniáshka: Espere aquí. Saldrán a recibirlo. (Sale. Anúchkin saluda a Iaíchnitza).
Anúchkin: ¿Tengo el honor de saludar al padre de la encantadora dueña de casa?
Iaíchnitza: De ningún modo, no soy su padre ni mucho menos. Ni siquiera tengo hijos.
Anúchkin: ¡Ah, perdón, perdón!
Iaíchnitza: (Aparte). La fisonomía de ese hombre me parece sospechosa. ¿No habrá venido con el mismo fin que yo? (En voz alta). ¿Supongo que usted viene a ver a la dueña de casa por algún asunto?
Anúchkin: No, no me trae ningún asunto. Sólo entré de paso... estaba paseando.
Iaíchnitza: (Aparte). ¡Miente, miente! ¡Ese paseo es una patraña! ¡Lo que quiere el bribón, es casarse! (Suena la campanilla. Duniáshka se precipita a abrir, cruzando la escena. Se oyen voces: "¿Está en casa?" "Sí, está").
Escena XVI
Dichos y Gevákin, acompañado por la sirvientita.
Gevákin: (A Duniáshka). Por favor, querida, límpiame un poco la ropa... ¡En la calle, me he cubierto de polvo! Mira, quítame esa plumita... (Volviéndose). ¡Eso es! Gracias, tesoro. Espera, fíjate... ¡Parece que ahí se arrastra una arañita! ¿Y atrás en los faldones, no tengo nada? ¡Gracias, ángel mío! Parece que aquí hay algo más. (Se trota con la mano la manga del frac y mira furtivamente a Anúchkin y a Iaíchnitza). ¡El paño es inglés, después de todo! ¡Y hay que ver el resultado que da! Lo compré y me hice confeccionar un uniforme cuando era aún contramaestre en 1785, y nuestra flota estaba en Sicilia; en 1801, con Pável Petróvich, me hicieron teniente... y el paño seguía estando flamante; en 1804, di la vuelta al mundo y apenas se gastaron un poco las costuras; en 1815, pedí el retiro y simplemente me hice dar vuelta el uniforme; y hace 10 años que lo llevo y está como nuevo. Gracias, querida... ¡tesorito! (Le oprime la mano y acercándose al espejo, se revuelve un poco el cabello).
Anúchkin: ¿Y qué tal es... permítame que le pregunte... esa Sicilia... a la cual acaba de referirse? ¿Un hermoso país?
Gevákin: ¡Oh, espléndido! Pasamos allí treinta y cuatro días; el paisaje, les aseguro a ustedes, es encantador. ¡Unas montañas, algún granado, y por todas partes unas italianitas que dan ganas de comérselas a besos!
Anúchkin: ¿Y son cultas?
Gevákin: ¡Extraordinariamente! Tanto como nuestras condesas, por ejemplo. A veces, uno se pasea por la calle... bueno, un oficial ruso, naturalmente, luce sus charreteras. (Señala los hombros). Y tiene el uniforme recamado en oro, y cuando ve allí a esas beldades morenas... asomadas a los balcones... porque allí todas las casas tienen sus balcones y terrazas, chatas como ese piso... Naturalmente, para no hacer mal papel, uno... (Se inclina y hace un ademán) y ella le contesta con lo mismo. (Hace otro ademán). Naturalmente, las italianitas visten muy bien: algún volado, un cordoncito, unos aretes... ¡en fin, lo que se llama un bocado principesco!
Anúchkin: Y, permítame que le pregunte... ¿Qué idioma hablan en Sicilia?
Gevákin: ¡Oh! Naturalmente, el francés.
Anúchkin: ¿Y todas las damas lo conocen?
Gevákin: Todas, sin excepción. ¡Le parecerá increíble, pero vivimos allí treinta y cuatro días y en todo ese tiempo no oí una sola palabra de ruso!
Anúchkin: ¿Ni una sola?
Gevákin: Ni una sola. No hablo ya de los nobles y demás caballeros: pero tomemos a un simple campesino de Sicilia que se gana la vida cargando al hombro cualquier bagatela y digámosle: "Dame pan, hermano", y no lo entenderá a uno, se lo juro; pero dígale usted en cambio en francés "Dateci del pane" o "portate vino" y el muy bribón lo comprenderá en seguida y correrá a buscarlo.
Iván Pavlóvich: Esa Sicilia debe ser un país muy curioso. ¿Cómo es el campesino a quien acaba de referirse...? ¿Idéntico al mujik ruso... ancho de espaldas? ¿Labra la tierra?
Gevákin: No sabría decírselo: no miré si labraban la tierra o no; pero en cuanto a oler tabaco, le aseguro que no sólo lo huelen, sino que hasta lo mastican. El transporte es allí muy barato: casi no hay más que agua y por todas partes se ven góndolas. ¡Y las italianitas son unas divinidades! ¡Todas de punta en blanco, con su pañuelito en la manga! Con nosotros, había también oficiales ingleses, gente como la nuestra, marinos... y al principio nos sentíamos muy incómodos. Pero cuando nos conocimos bien, empezamos a entendernos a las mil maravillas. Bastaba con señalar así una botella o un vaso... e inmediatamente comprendían que queríamos beber; uno se acercaba el puño así a la boca y hacía con los labios "paf, paf", y eso significa fumar en pipa. En general, debo confesarles que el idioma es bastante fácil... nuestros marineros empezaron a entenderse con los ingleses a los tres días.
Iván Pavlóvich: Por lo visto, la vida en el extranjero es muy interesante. Me encanta encontrarme con un hombre que conoce mundo. Permítame preguntarle... ¿Con quién tengo el honor de hablar?
Gevákin: Gevákin, teniente de la marina retirado. Permítame preguntarle, por mi parte... ¿Con quién tengo el privilegio de platicar?
Iván Pavlóvich: Soy Iván Pavlóvich Iaíchnitza, agente fiscal.
Gevákin: (Que no ha oído bien). Sí, yo también comí algo por el camino. Me faltaba un buen trecho y hacía frío: me comí un arenque con pan.
Iván Pavlóvich: No, creo que usted no me interpretó bien: mi apellido es Iaíchnitza.
Gevákin: (inclinándose). ¡Ah, perdón! Soy un poco sordo. Creí haberle oído decir que había comido una tortilla de huevos fritos.
Iván Pavlóvich: ¡Qué le hemos de hacer! Le pedí a mi jefe que me permitiera cambiar mi apellido por el de Iaíchnizin, pero él se negó, diciendo: "Sonará a sobáchiisin".
Gevákin: Esas cosas suceden. En nuestra tercera flota, todos los oficiales y marineros tenían unos apellidos rarísimos: Pomóikin, Sáizev Liubopítni. Y hasta había un buen contramaestre que se llamaba, pura y simplemente, Dirka. (Se oye la campanilla de la puerta de calle: Tecla cruza corriendo la escena para abrir).
Iaíchnitza: ¡Hola, querida!
Gevákin: ¡Eh! ¿Qué tal, tesoro?
Anúchkin: ¡Hola, Tecla Ivánovna!
Tecla: (Sin detenerse). ¡Bien, bien, gracias, hijos míos! (Abre la puerta y se oyen voces: "¿Está en casa?" "Sí que está". Luego, se oyen confusamente algunas palabras más, a las cuales Tecla responde, con fastidio: "¡Vaya la ocurrencia!").
Escena XVII
Dichos, Kochkarév, Podkolésin y Tecla.
Kochkarév: (A Podkolésin). No te olvides simplemente de tener valor, eso es lo principal. (Mira a su alrededor, se inclina saludando, con cierto asombro y dice para sí). ¡Caramba, vaya una multitud! ¿Qué significa esto? ¿No serán novios? (Le propina un codazo a Tecla y le dice, en voz baja). Has reunido cuervos de todas partes... ¿eh?
Tecla: (En voz baja). Aquí no hay cuervos: todos son hombres honrados.
Kochkarév: (A Tecla). Y, seguramente, de bolsillos agujereados. (En voz alta). Pero... ¿qué estará haciendo ahora esa dama? Esta puerta debe dar a su alcoba. (Se acerca a la puerta).
Tecla: ¡Desvergonzado! Ya te han dicho que se está vistiendo.
Kochkarév: ¡Bah! ¿Y qué? Sólo echaré un vistazo y nada más. (Mira por la cerradura).
Gevákin: Permítame curiosear también a mí.
Iaíchnitza: Déjeme echar una miradita, una sola.
Kochkarév: (Sigue mirando). Pero... ¡no se ve nada, señores! ¡Y cualquiera adivina qué es eso blanco que se ve, si una mujer o una almohada! (Todos han rodeado la puerta y se abren paso para mirar). Sst. Alguien viene. (Todos se apartan de la puerta, de un salto).
Escena XVIII
Dichos, Arina Panteleimónovna y Agata Tijónovna.
Arina Panteleimónovna: (A Iaíchnitza). ¿Cuál es el motivo de su visita?
Iaíchnitza: He sabido por los diarios que ustedes quieren presentarse a licitación para proveer madera y leña, y por eso, como agentes fiscal que soy, he venido a averiguar qué madera ofrecen y qué cantidad y tiempo pueden proporcionarla.
Arina Panteleimónovna: Aunque no nos proponemos presentarnos a ninguna licitación, nos alegramos de su visita. ¿Su apellido?
Iaíchnitza: Iván Pavlóvich Iaíchnitza, consejero de cuarta categoría.
Arina Panteleimónovna: Tenga la bondad de sentarse. (Volviéndose hacía Gevákin, y mirándolo). Permítame preguntarle...
Gevákin: Yo también leí en los diarios un aviso sobre no sé qué. Y me dije: bueno, vamos. El tiempo estaba hermoso, el camino cubierto de césped...
Arina Panteleimónovna: ¿Su apellido?
Gevákin: Soy el teniente de marina retirado Baltasar Baltasárovich Gevákin. Hubo antes de mí otro Gevákin, pero se retiró antes que yo: lo hirieron debajo de la rodilla y la bala pasó de una manera tan extraña, que no tocó la rodilla sino que rozó la vena... y se diría que la cosió con un aguja, de tal modo que cuando uno estaba parado junto a él parecía a cada momento que quería propinarle un rodillazo.
Arina Panteleimónovna: Sírvase sentarse. (A Anúchkin). ¿Podría saberse a qué debemos su visita?
Anúchkin: Por razones de vecindad. Estando bastante cerca de aquí...
Arina Panteleimónovna: ¿No vive usted por casualidad en casa de la esposa del mercader Tulúbov, que está enfrente?
Anúchkin: No, por ahora vivo todavía en los Pesky, pero me propongo mudarme con el tiempo a esta parte de la ciudad...
Arina Panteleimónovna: Le ruego que se siente. (A Kochkarév). Permítame preguntarle...
Kochkarév: Pero... ¿acaso no me conoce? (Volviéndose hacia Ágata Tijónovna). ¿Y usted también, señorita?
Ágata Tijónovna: No recuerdo haberlo visto nunca.
Kochkarév: Haga memoria: usted debe haberme visto en alguna parte.
Ágata Tijónovna: Francamente, no sé. ¿No será en casa de los Biriúchkin?
Kochkarév: Precisamente, fue en casa de los Biriúchkin.
Ágata Tijónovna: ¡Ah! Usted no sabe la desgracia que le pasó a la pobre.
Kochkarév: Sí, ya sé, se casó.
Ágata Tijónovna: No, eso no sería nada: se fracturó la pierna.
Arina Panteleimónovna: ¡Y qué fractura! Volvía muy tarde a su casa en coche, el cochero estaba borracho y volcó.
Kochkarév: Sí, sí, recuerdo que le sucedió algo: no sé si se casó o se fracturó la pierna.
Arina Panteleimónovna: ¿Y su apellido?
Kochkarév: llyá Fómich Kochkarév soy pariente de ustedes, mi mujer habla de eso sin cesar... Permítanme, permítanme, (Toma de la mano a Podkolésin y lo acerca): mi amigo Iván Kúsmich Podkolésin, consejero de tercera, jefe de su sección, lo hace todo solo, ha perfeccionado a fondo sus tareas.
Arina Panteleimónovna: ¿Y su apellido es... ?
Kochkarév: Podkolésin, ¡van Kúsmich Podkolésin. El director de la repartición ocupa su puesto por mera fórmula, pero todo lo hace él, Iván Kúsmich Podkolésin.
Arina Panteleimónovna: ¡Ajá! Tenga la bondad de sentarse.
Escena XIX
Dichos y Starikóv.
Starikóv: (Inclinándose ágil y rápidamente, a la manera de los mercaderes y con los brazos en jarras). ¡Salud, Arina Panteleimónovna! ¡La gente del patio de Los Huéspedes me dijo que usted tenía en venta lana!
Ágata Tijónovna: (Volviéndole la espalda a medias con desdén, en voz baja pero de tal modo que Starikóv la oiga). Esto no es una tienda.
Starikóv: ¡Vaya, vaya! ¿Habré llegado en mal momento? ¿O se la han vendido a otro?
Arina Panteleimónovna: Siéntese, Alejo Dmítrievich; aunque no vendemos lana, le agradecemos la visita. Tenga la bondad de sentarse.
Todos se sientan. Reina el silencio.
Iaíchnitza: ¡Qué tiempo curioso! Por la mañana, parecía que iba a llover y ahora el cielo está lindo.
Ágata Tijónovna: Sí, este tiempo es incomprensible: de pronto aclara, de pronto llueve. Resulta muy desagradable.
Gevákin: Cuando estábamos con la flota en Sicilia, en primavera, el tiempo era así: uno salía de casa con un sol radiante y luego empezaba a lloviznar.
Iaíchnitza: Lo más desagradable es estar solo con semejante tiempo. Cuando un hombre es casado, el asunto cambia por completo: pero si está solo, es simplemente...
Gevákin: ¡Oh, la muerte, la propia muerte!
Anúchkin: Sí, puede decirse que...
Kochkarév: ¡Es una tortura! ¡Uno se harta de la vida! No quiera Dios que uno deba pasar por ese trance.
Iaíchnitza: ¿Y si usted tuviera que elegir novio, señorita? Permítanos conocer su gusto y perdone que le hable con tanta franqueza. ¿Qué carrera le parece más adecuada para un marido?
Gevákin: ¿Le gustaría, señora, ser la esposa de un hombre familiarizado con las tempestades del mar?
Kochkarév: ¡No, no! El mejor de los maridos, en mi opinión, es el hombre capaz de manejar él solo toda una repartición.
Anúchkin: ¿A qué viene ese prejuicio? ¿Por qué desdeñarían ustedes a un hombre que, aunque haya servido en la infantería, sabe apreciar los modales de la alta sociedad?
Iaíchnitza: ¡Señora, decídalo usted misma!
Ágata Tijónovna guarda silencio.
Tecla: Contéstales, hija mía, diles algo.
Iaíchnitza: ¿Y, señora?
Kochkarév: ¿Qué opina, Ágata Tijónovna?
Tecla: (A Ágata, en voz baja). Diles, diles... "Les agradezco sus palabras..."; diles algo. No está bien quedarse callada así.
Ágata Tijónovna: (En voz baja). Tengo vergüenza, palabra: me iré, te juro que me iré. Tía, quédate tú.
Tecla: ¡Oh, no hagas ese papel ridículo, no te vayas! Se reirán de ti. ¡Pensarán quién sabe qué!
Ágata Tijónovna: (En voz baja). ¡No, de veras que me iré me iré, me iré! (Se va corriendo. Tecla y Arina Panteleimónovna se van en pos de ella).
Escena XX
Dichos, menos las mujeres.
Iaíchnitza: ¡Vaya! ¡Todas se han ido! ¿Qué significa esto?
Kochkarév: ¡Debe haber sucedido algo!
Gevákin: Será algún detalle del tocado femenino... Les faltará un alfiler... o un voladito... (Entra Tecla. Todos le van al encuentro, preguntando): ¿Qué, qué pasa?
Kochkarév: ¿Ha sucedido algo?
Tecla: ¿Qué ha de suceder? No ha sucedido nada.
Kochkarév: ¿Y por qué se fue?
Tecla: la avergonzaron, por eso se fue; la avergonzaron tanto que no pudo quedarse. Les ruega que la perdonen: los invita para la velada, a tomar una taza de té. (Sale).
Iaíchnitza: (Aparte). ¡Al diablo con esa taza de té! Por eso no me gusta valerme de las casamenteras: hoy no es posible, venga mañana, vuelva pasado mañana a tomar el té, y hay que pensarlo todavía. ¡Después de todo, se trata de una bagatela, no hay por qué devanarse los sesos, qué diablos! ¡Yo ocupo un cargo en la administración pública, no tengo tiempo que perder!
Kochkarév: (A Podkolésin). La dueña de casa no está mal... ¿verdad?
Podkolésin: Sí, no está mal.
Gevákin: La dueña de casa es linda... ¿no les parece?
Kochkarév: (Aparte). ¡Al diablo! ¡Ese imbécil se ha enamorado! ¡Puede causarnos dificultades! (En voz alta). No tiene nada de linda, nada de linda.
Iaíchnitza: Una nariz grande.
Gevákin: Bueno, confieso que no me fijé en la nariz. La muchacha es una flor.
Anúchkin: Opino lo mismo. Pero no, no es eso... Hasta pienso que quizás desconozca los modales de la buena sociedad. ¿Y sabrá francés?
Gevákin: ¿Por qué no trató de hablar en francés con ella? Quizás lo sepa.
Anúchkin: ¿Y cree usted que yo lo hablo? No, no tuve la suerte de que me dieran esa educación. Mi padre era un bribón, una bestia. Ni siquiera se le ocurrió enseñármelo. Entonces yo era todavía una criatura y habría resultado fácil enseñarme, hubiera bastado con unos cuantos azotes: y yo sabría ahora el francés, lo sabría sin la menor duda.
Gevákin: Bueno. Ahora, quién sabe de qué le serviría si ella...
Anúchkin: ¡Oh, no, no! La mujer ya es otra cosa: es indispensable que sepa el francés, y sin eso ninguno de sus atractivos (indica con gestos) será como es debido.
Iaíchnitza: (Aparte). Bueno, que de eso se ocupe otro. Yo, por mi parte, iré a inspeccionar los dos pabellones de la casa: si las cosas son como me han dicho, esta misma noche llegaré a algo concreto. Esos novios no me parecen peligrosos... son gente muy insignificante. A las novias no les gustan los individuos anémicos.
Gevákin: Me iré a fumar una pipa. ¿No van ustedes por el mismo camino? ¿Dónde vive usted, permítame preguntarle?
Anúchkin: En los Pesky, en la bocacalle de Petrovsk.
Gevákin: Eso se aparta de mi itinerario: vivo en la isla, en la línea 18; de todos modos, lo acompañaré.
Starikóv: (Aparte). Aquí, pasa algo raro. (En voz alta). ¡Espero que Ágata Tijónovna se acordará también de nosotros! (Se inclina y se va).
Escena XXI
Podkolésin y Kochkarév.
Podkolésin: ¿Y qué esperamos nosotros?
Kochkarév: ¿Verdad que es encantadora la dueña de casa?
Podkolésin: ¡Bah! Confieso que no me gusta.
Kochkarév: ¡Esa sí que es buena! Pero... ¡cómo! Si tú mismo reconociste que es linda!
Podkolésin: Es que no me convence: tiene la nariz grande y no sabe el francés.
Kochkarév: ¿Y eso? ¿Para qué necesitas el francés?
Podkolésin: Bueno, de todos modos una novia debe saber el francés.
Kochkarév: ¿Por que?
Podkolésin: Porque, porque... Bueno, no sé por qué, pero si no sabe el francés ya no será lo mismo.
Kochkarév: Vamos, vamos; bastó que lo dijera un imbécil para que él abriera los oídos de par en par. Esa muchacha es una beldad, una belleza poco común, una mujercita de esas que no se encuentran así como así.
Podkolésin: A mí también me pareció hermosa al principio, pero después, cuando empezaron a decir que tenía una nariz larga... la miré bien, y vi que, efectivamente, tenía una nariz larga.
Kochkarév: ¡Vaya un alcornoque! Ellos lo dicen a propósito para alejarte de aquí: y yo también hablé mal de la muchacha... así se acostumbra. ¡Qué mujercita, hermano! Mírale los ojos. ¡Son endiablados! Hablan, respiran. ¿Y la nariz? ¡Es tina delicia! ¡Blanca como el alabastro! Hasta el alabastro hace mal papel a su lado. Mírala bien tú mismo.
Podkolésin: (Sonriendo). Sí, ahora me vuelve a parecer bonita.
Kochkarév: Claro que es bonita. Escúchame. Ahora que se han ido todos, vamos a verla, expliquémonos y asunto terminado.
Podkolésin: No, yo no haré eso.
Kochkarév: ¿Por qué?
Podkolésin: ¡Sería una insolencia! Somos muchos: que elija ella misma.
Kochkarév: ¿Qué te importa toda esa gente? ¿Quieres que yo la liquide en un abrir y cerrar de ojos?
Podkolésin: ¿Cómo?
Kochkarév: Bueno, eso ya es cosa mía. Dame solamente tu palabra de que luego no te echarás atrás.
Podkolésin: ¿Por qué no te la he de dar? No me echaré atrás: quiero casarme.
Kochkarév: ¡Tu mano!
Podkolésin: (Dándosela). ¡Aquí está!
Kochkarév: Bueno, con eso me basta. (Ambos salen).
Acto II
Agata Tijónovna sola, luego Kochkarév.
Escena I
Habitación en casa de Ágata Tijónovna.
Ágata Tijónovna: ¡Qué difícil es elegir! Si se tratara de uno o dos hombres, vaya y pase, pero son cuarto... y hay que decidirse por uno. Nicanor Ivánovich no está mal, aunque, naturalmente, es algo flaco; Iván Kúshmich tampoco está mal. Y a decir verdad, también Iván Pavlóvich, aunque gordo, es un hombre de muy buena presencia. ¿Qué hacer? Y Baltasar Baltasárovich no deja de ser persona de méritos. ¡Cómo cuesta decidirse! Si le pudiéramos agregar a la nariz de Iván Kúsmich los labios de Nicanor Ivánovich, y añadirles la desenvoltura de Baltasar Baltasárovich, y quizá la prestancia de Iván Pavlóvich... me decidiría inmediatamente. ¡Y ahora, como para pensarlo! Hasta me duele la cabeza. Creo que lo mejor sería echar a suertes, confiar en la voluntad de Dios: el que saque, será mi marido. Escribiré todos los nombres en unos papelitos, y tomaré uno al azar y que sea lo que Dios quiera. (Se acerca a la mesita, saca unas tijeras y papel, recorta unos papelitos y los dobla, mientras sigue hablando). ¡Desdichada situación la de una muchacha soltera, y más aún si está enamorada! ¡Ningún hombre podría concebir esa situación y ni aun comprenderla! Bueno... ¡Ya están listos todos los papelitos! Basta con ponerlos en el bolso, cerrar los ojos y que sea lo que deba ser. (Pone los papeles en su bolso y los revuelve). ¡Qué miedo...! ¡Ah, ojalá salga Nicanor Ivánovich! ¡No! ¿Por qué ha de ser él? Más vale Iván Kúsmich. ¿Y por qué ha de ser Iván Kúsmich? ¿Qué tienen de malo los demás? No, no, no quiero... Que sea el que salga. (Hurga en e/ bolso y en lugar de sacar uno, saca todos). ¡Ay, todos! ¡Han salido todos! ¡Y cómo me late el corazón! ¡No, uno, uno! ¡Uno solo, sin falta! (Pone los papelitos en el bolso y los revuelve. En ese momento, entra silenciosamente Kochkarév y se detiene detrás de ella). ¡Ah, si saliera Baltasar!... ¿Qué digo?. . quise decir Nicanor Ivánovich... ¡No, no quiero, no quiero! El que diga la suerte.
Kochkarév: Tome a Iván Kúsmich, es el mejor de todos.
Ágata Tijónovna: ¡Ah! (Se cubre el rostro con las manos, temiendo mirar hacia atrás).
Kochkarév: Pero... ¿de qué se asusta? No se asuste, soy yo. De veras, tome a Iván Kúsmich.
Ágata Tijónovna: ¡Oh, tengo vergüenza!... Usted me estuvo escuchando.
Kochkarév: ¡No es nada, no es nada! Yo soy de la casa, soy un pariente suyo, no tiene por que avergonzarse ante mí: descúbrame su carita.
Ágata Tijónovna: (Descubriendo el rostro a medias). Le aseguro que siento vergüenza.
Kochkarév: Vamos, acepte a Iván Kúsmich.
Ágata Tijónovna: ¡Ah! (Vuelve a cubrirse la cara con las manos).
Kochkarév: Realmente, es un hombre extraordinario, que ha perfeccionado su trabajo... un hombre asombroso.
Ágata Tijónovna: (Descubriendo poco a poco el rostro), ¡Cómo! ¿Y el otro? ¿Y Nicanor Ivánovich? También él es un hombre de valía.
Kochkarév: ¡Por favor! ¡Comparado con Iván Kúsmich, es una basura!
Ágata Tijónovna: ¿Por qué?
Kochkarév: ¿Por qué? Está bien claro. Iván Kúsmich es un hombre que... bueno, simplemente un hombre... un hombre de esos que no se encuentran.
Ágata Tijónovna: ¿E Iván Pavlóvich?
Kochkarév: También Iván Pavlóvich es una basura... Todos ellos lo son.
Agata Tijónovna: ¿De veras que todos?
Kochkarév: Pero reflexione usted misma, compare, simplemente .. Por un lado, tiene a Iván Kúsmich, nada menos: y por el otro, cualquier cosa, un Iván Pavlóvich, un Nicanor Ivánovich... ¡morralla pura!
Ágata Tijónovna: Pero son muy... modestos.
Kochkarév: ¡Qué modestos ni que ocho cuartos! Son unos camorristas, gente alborotadora. ¿Quiere usted que la zurren al día siguiente de la boda?
Ágata Tijónovna: ¡Oh, Dios mío! Esa sí que es la peor desgracia que le podría suceder a una...
Kochkarév: ¡Ya lo creo! ¡Imposible concebir algo peor!
Agata Tijónovna: ¿Y, en su opinión, lo mejor sería aceptar a Iván Kúsmich?
Kochkarév: A Iván Kúsmich: naturalmente. A Iván Kúsmich. (Aparte). Parece que el asunto marcha. Podkolésin me espera en la confitería, tengo que ir a buscarlo cuanto antes.
Ágata Tijónovna: ¿De modo que usted cree que... Iván Kúsmich ?
Kochkarév: Iván Kúsmich, sin falta, Iván Kúsmich.
Ágata Tijónovna: ¿Y debo rechazar a los demás?
Kochkarév: ¡Naturalmente!
Ágata Tijónovna: Pero... ¿cómo podría hacerlo? Siento un poco de vergüenza.
Kochkarév: ¿Por qué ha de sentirla? Diga que es joven y que todavía no quiere casarse.
Ágata Tijónovna: Pero no me creerán y empezaran a preguntar por qué y cómo.
Kochkarév: Bueno. Si quiere terminar con todos a un tiempo, diga, simplemente: "¡Váyanse, estúpidos!"
Agata Tijónovna: Pero... ¿cómo se puede decir eso?
Kochkarév: Pruebe: yo le aseguro que cuando oigan esas palabras todos saldrán corriendo.
Ágata Tijónovna: Pero eso resultará un poco insultante.
Kochkarév: ¿Y qué...? Luego, usted no volverá a verlos. ¿No le da lo mismo?
Ágata Tijónovna: De todos modos, no me parece bien... Se pueden enojar.
Kochkarév: Y si se enojan, ¿qué? Lo peor que podría suceder entonces sería que alguno de ellos le escupiera en la cara... nada más.
Ágata Tijónovna: ¡Pues ya lo ve!
Kochkarév: ¿Y qué tiene de particular? ¡A otros les han escupido tantas veces en la cara! Hasta conozco un hombre muy gallardo y de mejillas rubicundas, que fastidió tanto a su jefe pidiéndole un aumento de sueldo que éste finalmente no pudo aguantar más y le escupió en la cara. ¡Palabra! "¡Ahí tienes tu aumento, y déjame en paz, qué diablos!" Pero, con todo eso, le aumentó el sueldo. Por eso digo... Y si le escupen en la cara... ¿qué? Si no tuviera a su alcance el pañuelo, sería otra cosa, pero lo tiene en el bolsillo... le bastará con sacarlo y secarse. (Suena la campanilla de la puerta de calle). Llaman; es alguno de ellos, sin duda: ahora, no me gustaría encontrarme con ninguno. ¿No hay otra salida?
Ágata Tijónovna: ¡Claro que sí! La puerta de servicio. Pero estoy temblando de pies a cabeza.
Kochkarév: No es nada, no es nada, basta con conservar la presencia de ánimo. ¡Adiós! (Aparte). Traeré a Podkolésin lo antes posible.
Escena II
Ágata Tijónovna y Iaíchnitza.
Iaíchnitza: He venido deliberadamente un poco antes de la hora, señora mía, para hablar con usted a solas. Bueno señora, en cuanto a mi grado, creo que ya lo conoce: soy consejero de cuarta, cuento con el afecto de mi jefe, mis subalternos me obedecen... Sólo me falta una cosa: la compañera de mi vida.
Ágata Tijónovna: Sí...
Iaíchnitza: Acabo de encontrarla. Esa compañera... es usted. Dígame sin ambages: ¿sí o no? (Le mira el hombro y dice aparte). ¡Oh, no es una de esas alemanitas flacuchas!... Algo tiene.
Ágata Tijónovna: Soy muy joven, aún... Todavía no estoy dispuesta a casarme.
Iaíchnitza: ¡Vaya! Entonces... ¿por qué se afana la casamentera? Pero quizás usted haya querido decir otra cosa... explíquese... (Se oye la campanilla) ¡Demonios! No le dejan a uno hablar de negocios.
Escena III
Dichos y Gevákin.
Gevákin: Perdóneme, señora. Quizá yo haya venido demasiado temprano. (Se vuelve y ve a Iaíchnitza). ¡Ah! Ya hay... ¡Mis respetos, Iván Pavlóvich!
Iaíchnitza: (Aparte). ¡Ojalá revientes con tus respetos! (En voz alta). ¿Entonces, señora... ? Dígame una sola palabra: ¿sí o no?... (Se oye la campanilla: Iaíchnitza escupe, furioso). ¡Otra vez la campanilla!
Escena IV
Dichos y Anúchkin.
Anúchkin: Quizás yo haya llegado un poco antes de lo que conviene según las reglas del decoro, señora... (Al ver a los demás, deja escapar una exclamación y se inclina). ¡Mis saludos!
Iaíchnitza: (Aparte). ¡Puedes guardártelos! ¡Te trajo el diablo! ¡Ojalá se te rompan esas raquíticas piernas! (En voz alta). Bueno, señora, decida... Soy un funcionario y dispongo de poco tiempo... ¿Sí o no?
Ágata Tijónovna: (Turbada). No hace falta... no hace falta... (Aparte). No sé lo que digo.
Iaíchnitza: ¿Cómo, que no hace falta? ¿En qué sentido no hace falta?
Ágata Tijónovna: No es nada, no es nada... Yo no... (Cobrando ánimos). ¡Fuera de aquí! (Aparte, con un gesto, consternada). ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he dicho?
Iaíchnitza: ¡Cómo, "fuera de aquí"! ¿Qué significa "fuera de aquí"? Permítame preguntarle qué ha querido decir con eso... (Con los brazos en jarras, se le acerca con aire amenazador).
Ágata Tijónovna: (Después de mirarle a la cara, profiere un grito), ¡Oh, me va a pegar, me va a pegar! (Sale corriendo, Iaíchnitza la sigue con los ojos, boquiabierto. Al oír el grito entra corriendo Arina Panteleimónovna y después de mirarle la cara, grita también: "¡Ay, nos va a pegar!" y sale corriendo asimismo),
Iaíchnitza: ¿Qué gente es ésta? ¡Vaya un caso! (Suena la campanilla y se oyen voces).
Voz de Kochkarév: Pero entra, entra... ¿Por qué te has detenido ahí?
Voz de Podkolésin: Entra tú primero. Yo sólo demoraré un momento; se me ha desatado un cordón.
Voz de Kochkarév: Pero volverás a escapar.
Voz de Podkolésin: ¡No, no me escaparé! ¡Te juro que no me escaparé!
Escena V
Dichos y Kochkarév.
Kochkarév: ¡Vaya con la necesidad que tenía de atarse el cordón!
Iaíchnitza: (Volviéndose hacia él) - Dígame, por favor. ¿La novia es tonta o qué?
Kochkarév: ¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?
Iaíchnitza: Se porta de una manera incomprensible. Grita: "¡Me va a pegar, me va a pegar!" y sale corriendo. ¡Qué el diablo la entienda!
Kochkarév: Bueno, sí, eso es corriente en ella: es tonta.
Iaíchnitza: Dígame... Usted es su pariente... ¿verdad?
Kochkarév: Claro que lo soy.
Iaíchnitza: ¿En qué grado de parentesco? ¿Puede saberse?
Kochkarév: Para serle franco, no lo sé; la tía de mi madre, no sé cómo, tiene algo que ver con el padre de ella, o el padre de ella tiene algo que ver con mi tía: eso lo sabe mi mujer... es cosa de ellas.
Iaíchnitza: ¿Y es tonta desde hace tiempo?
Kochkarév: De nacimiento.
Iaíchnitza: Claro, sería preferible que fuera más inteligente; pero, por lo demás, tampoco molesta el que sea tonta; lo importante, es que están en debida forma sus ingresos.
Kochkarév: Pero... ¡si no tiene nada!
Iaíchnitza: ¡Cómo! ¿Y la casa de piedra?
Kochkarév: ¡Pero si sólo dicen que es de piedra! ¡Si usted supiera cómo la construyeron... ! Cada pared se basa en un solo ladrillo, y ese ladrillo está rodeado de toda clase de basura, ripio, grava, virutas, pedazos de madera.
Iaíchnitza: ¡No me diga!
Kochkarév: Naturalmente. ¿Acaso no sabe cómo se hacen ahora las casas? Les basta con poder hipotecarlas.
Iaíchnitza: Pero la casa no está hipotecada... ¿verdad?
Kochkarév: ¿Quién le ha dicho eso? Esa es la cuestión: que no sólo está hipotecada, sino que hace dos años que no se pagan los intereses. Y, para peor, en el Senado hay un individuo que le ha echado el ojo a la casa... y es el canalla más grande que se haya visto, sería capaz de quitarle la última de las polleras a su madre.
Iaíchnitza: ¿Y cómo se explica que la casamentera me haya dicho...? ¡Qué infame! ¡Qué monstruo... (Aparte) Pero es posible que este hombre mienta. ¡Habrá que interrogar severamente a la vieja! Y si eso resulta cierto... bueno... le haré pasar un mal rato.
Anúchkin: Permítame que lo moleste con una pregunta. Confieso que, cuando uno no sabe el francés, le resulta difícil juzgar si una mujer lo sabe o no. ¿Lo sabe la dueña de casa...?
Kochkarév: Ni mu.
Anúchkin: No me diga..
Kochkarév: ¡Claro! La conozco perfectamente. Estudió con mi mujer en el internado y era una holgazana bien conocida; siempre la castigaban por no hacer los deberes. Y el profesor de francés, pura y simplemente, le pegaba con la palmeta.
Anúchkin: ¡Imagínese! Cuando la vi por primera vez tuve no sé por qué el presentimiento de que no sabía el francés.
Iaíchnitza: ¡Al diablo con el francés! Pero... ¿cómo se explica que esa maldita casamentera... ? ¡Ah, ese monstruo, esa bruja! ¡Si ustedes supieran las palabras con que me pintó el asunto!... ¡Parecía un paisajista, un verdadero paisajista! "La casa -me dijo- tiene dos pabellones, con cimientos de piedra. Hay cucharas de plata, trineos... ¡Le bastará con sentarse en ellos y a pasear!" En una palabra, me contó cosas de novela. ¡Ah, bribona! Si cae en mis manos. .
Escena VI
Dichos y Tecla. (Todos, al verla, se dirigen hacia ella, con las palabras siguientes):
Iaíchnitza: ¡Ah, ahí está! ¡A ver, acércate, vieja pecadora! ¡Acércate!
Anúchkin: ¿De modo que me engañó, Tecla Ivánovna?
Kochkarév: ¡Te ha llegado la hora!
Tecla: No entiendo una sola palabra: ¡me han ensordecido!
Iaíchnitza: La casa está construida sobre un solo ladrillo, vieja canalla, y me has mentido; y en cuanto a los pabellones, sabe Dios de qué son.
Tecla: No lo sé, yo no la he construido. Quizás necesitaran hacerlo con un solo ladrillo y por eso lo hicieron así.
Iaíchnitza: ¡Y, para peor, está hipotecada! ¡Que te lleven todos los diablos, maldita bruja! (Golpea el suelo con el pie).
Tecla: ¡Míralo! Y, todavía, me insulta. Otro, me agradecería haberme molestado por él.
Anúchkin: Y usted, Tecla Ivánovna, me dijo que ella sabía el francés.
Tecla: Lo sabe, hijo mío, y el alemán también, y todos los idiomas; y tiene la mejor educación... sabe de todo.
Anúchkin: No, no. Según parece, sólo sabe el ruso.
Tecla: ¿Y eso, qué tiene de malo? El ruso se entiende mejor, por eso lo habla. Y si supiera el turco, peor para ti, porque no le entenderías una sola palabra. No hay por qué criticar el ruso; es un gran idioma. Todos los santos hablaban en ruso.
Iaíchnitza: ¡Acércate aquí, maldita, acércate a mí!
Tecla: (Retrocediendo intimidada hacia la puerta). No me acercaré, te conozco: eres un hombre rudo y capaz de pegarle a una por nada.
Iaíchnitza: Pues mira, palomita, eso lo pagarás caro. Te denunciaré a la policía, para que aprendas a engañar a la gente honrada. ¡Ya lo verás! ¡Y a la novia, dile que es una bribona! ¿Oyes? ¡Díselo sin falta! (Sale).
Tecla: ¡Mírenlo! ¡Qué modo de enojarse! ¡Porque es gordo, cree que no hay hombre que se le pueda comparar! Y yo, digo que el bribón eres tú... ¡eso es!
Anúchkin: Le confieso que nunca le creí capaz de engañarme así, Tecla Ivánovna. De haber sabido yo que la novia era tan poco culta, yo ni... ¡ni siquiera habría pisado el umbral de esta casa! ¡Eso es!
Tecla: Éstos han comido beleño o bebido más de la cuenta. ¡No están en su sano juicio!
Escena VII
Tecla, Kochkarév, Gevákin.
Kochkarév: (Ríe a carcajadas, mirando a Tecla y señalándola con el dedo).
Tecla: (Con despecho). ¿Qué te estás desgañitando ahí? (Kochkarév sigue riendo). ¡Vaya una manera de reír!
Kochkarév: ¡Qué casamentera! ¡Qué casamentera! ¡Toda una maestra en asuntos matrimoniales, sabe manejar esas cosas! (Sigue riendo).
Tecla: ¡Linda manera de reír! Por lo visto, la difunta perdió el juicio el día mismo en que te trajo al mundo. (Sale, con aires despechado).
Escena VIII
Kochkarév, Gevákin.
Kochkarév: (Sigue riendo). ¡Ay, pobre, de mí! ¡Pobre de mí! ¡No aguanto más! ¡Me parece que voy a reventar de risa!
Gevákin: (Al mirarlo, empieza también a reír).
Kochkarév: (Se desploma sobre una silla, exhausto). ¡Oh, palabra, estoy agotado! Presiento que, si me sigo riendo, me quedaré sin fuerzas.
Gevákin: Me gusta su carácter alegre. En la flota del capitán Boldirév, teníamos a un contramaestre llamado Petujóv, Antón Ivánovich Petujóv; también era muy alegre. A veces, bastaba con mostrarle un dedo... y se echaba a reír, palabra, y se seguía riendo hasta la noche. Y al mirarlo, uno solía contagiarse... y se echaba a reír, también.
Kochkarév: (Tomando aliento). ¡Oh, Dios mío, perdónanos a los pecadores! ¡Las cosas que se le ocurren a esa tonta! ¡Qué ha de casar a nadie! ¿Ella? ¡Ni por pienso! ¡Yo sí que, cuando caso, caso!
Gevákin: ¿De veras? ¿De velas que usted puede casarlo a uno?
Kochkarév: ¡Ya lo creo! A cualquiera con cualquiera.
Gevákin: ¡Entonces, cáseme con la dueña de casa!
Kochkarév: ¿A usted? Pero... ¿para qué quiere casarse?
Gevákin: ¿Cómo para qué? ¡Permítame decirle que la pregunta me resulta un poco extraña. Ya se sabe para qué.
Kochkarév: Pero... ¡si ya ha oído decir que no tiene ni pizca de dote!
Gevákin: Si no la tiene, paciencia. Claro que es una lástima, pero, tratándose de una muchacha tan encantadora y bien educada, uno puede conformarse sin dote. Bastaría con una habitación. (Indica con las manos). Aquí, por ejemplo, vendría una salita, allá un pequeño biombo o un tabique...
Kochkarév: Pero... ¿qué le ha gustado tanto en ella?
Gevákin: Para serle franco, me ha gustado por lo regordeta. Soy muy aficionado a la redondez femenina.
Kochkarév: (Mirándolo de soslayo, aparte). ¡Pero él no puede alardear mucho de su redondez! ¡Es flaco como una bolsita de tabaco a la cual le han sacado el tabaco! (En voz alta). No, a usted no le conviene casarse, de ningún modo.
Gevákin: ¡Cómo! ¿Por qué?
Kochkarév: Porque no. Pero. ¿no advierte su figura? Tiene una pierna que parece una pata de gallo.
Gevákin: ¿De gallo?
Kochkarév: Claro. ¡Le falta prestancia!
Gevákin: Pero... ¿qué quiere decir con eso de pata de gallo?
Kochkarév: Quiero decir... una pata de gallo... ¡y basta!
Gevákin: Me parece que usted está entrando en un terreno personal...
Kochkarév: Pero si se lo digo es porque lo sé un hombre razonable; a otro, no se lo diría. Yo lo casaré, conforme, pero con otra.
Gevákin: No, yo le agradecería que no me casara con otra. ¡Sea bueno, cáseme con ésta!
Kochkarév: Bueno, lo casaré, pero con una condición: que no se meta en nada y no se deje ver siquiera por la novia... Yo lo concertaré todo sin usted.
Gevákin: Pero ¿cómo quiere concertarlo todo sin mí? Tendré que dejarme ver, por lo menos.
Kochkarév: No hay ninguna necesidad. Váyase a su casa y espere, Esta misma noche todo estará arreglado.
Gevákin: (Frotándose las manos). ¡Eso sí que sería bueno! Pero... ¿no haría falta mi certificado de identidad o mi foja de servicios? Quizás la novia quiera curiosear. Haré una escapadita para traérselos.
Kochkarév: No hace falta nada, váyase a su casa, simplemente; hoy mismo le avisaré. (Lo acompaña afuera). ¡Sí, hoy mismo, se lo aseguro! (Aparte). ¿Qué significa esto? ¿Cómo se entiende que Podkolésin no venga? ¡Me resulta extraño! ¿Se estará atando todavía el cordón? ¿No convendrá correr a buscarlo?
Escena IX
Kochkarév, Ágata Tijónovna.
Ágata Tijónovna: (Mirando a su alrededor). ¡Cómo! ¿Se han ido? ¿No hay nadie?
Kochkarév: Se han ido, se han ido, no hay nadie.
Ágata Tijónovna: ¡Oh, si supiera cómo he estado temblando! Nunca me ha pasado nada parecido. ¡Qué hombre terrible es ese Iaíchnitza! ¡Qué tirano sería sin duda con su mujer! ¡Temo verlo volver de un momento a otro!
Kochkarév: ¡Oh... ! No volverá por nada del mundo. Me juego la cabeza a que ninguno de los dos volverá.
Ágata Tijónovna: ¿Y el tercero?
Kochkarév: ¿Qué tercero?
Gevákin: (Asomando la cabeza por la puerta). Me muero por saber cómo se referirá ella a mí con su boquita... ¡Qué flor de mujer!
Ágata Tijónovna: ¿Y Baltasar Baltasárovich?
Gevákin: ¡Ah, ahí está, ahí está! (Se trota las manos).
Kochkarév: ¡Bah! Ya sé a quien se refiere. ¡Pero si ese hombre es imposible! ¡Un imbécil nato!
Gevákin: ¿Qué significa esto? Francamente, no lo entiendo de ninguna manera.
Ágata Tijónovna: Sin embargo, parece ser un hombre excelente.
Kochkarév: ¡Es un borracho!
Gevákin: ¡Juro que no lo entiendo!
Ágata Tijónovna: ¿De veras que es un borracho?
Kochkarév: Pero, naturalmente... ¡Un bribón bien conocido!
Gevákin: (En voz alta). No, permítame. ¡Yo no le pedí que dijera eso, de ningún modo! Una cosa era decir algo en beneficio mío; pero para hacerlo con esas palabras, sírvase ocuparse de otro, yo no quiero saber nada.
Kochkarév: (Aparte). ¿Por qué se le habrá ocurrido volver? (A Ágata Tijónovna, en voz baja) Mire, mire, apenas si puede sostenerse sobre sus piernas. Así está todos los días. ¡Échelo y asunto acabado! (Aparte). Y Podkolésin que no aparece... ¡Qué canalla! Me desahogaré con él. (Sale).
Escena X
Agata Tijónovna y Gevákin.
Gevákin: (Aparte). ¡Prometió ponderarme y en cambio me llenó de insultos! ¡Qué individuo extraño! (En voz alta). Señora usted no debe creer...
Ágata Tijónovna: Disculpe, no me siento bien... Me duele la cabeza. (Quiere irse).
Gevákin: ¿Quizás no le gusta algo en mí? (Señalando su cabeza). No se fije en esta ligera calvicie: no tiene importancia, fueron unas fiebres; pronto me crecerá aquí el pelo.
Ágata Tijónovna: Tanto me da lo que usted tenga ahí.
Gevákin: Yo, señora... cuando me pongo el frac, el color de mi tez es mucho más blanco.
Ágata Tijónovna: Mejor para usted. ¡Adiós! (Se va).
Escena XI
Gevákin (solo, habla en pos de ella).
Gevákin: Permítame, señora... Dígame la razón. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Acaso tengo algún defecto importante?... ¡Se fue! ¡Qué caso sorprendente! Ya van diecisiete veces que me sucede lo mismo, y siempre casi de la misma manera: al principio, todo parece marchar bien, y cuando llegamos al desenlace... me rechazan. (Se pasea por la habitación, con aire caviloso). Sí... ¡Es la novia número diecisiete! Pero... ¿qué pretende? ¿Por qué habría de... con qué motivo...? (Después de meditar). ¡El asunto es oscuro, oscurísimo! ¡Todavía, si yo tuviera algún defecto grave! (Se examina). Al parecer, no se podría decir eso: a Dios, la naturaleza no me ha ofendido en nada. ¡Es incomprensible! ¿No me convendría irme a casa y hurgar en el baúl? Tengo ahí unos versitos a los cuales ninguna mujer podría resistirse. ¡Dios mío, es realmente incomprensible! Al principio, las cosas parecían marchar bien. Por lo visto, habrá que dar marcha atrás. ¡Es una lástima, es realmente una lástima! (Se va).
Escena XII
Podkolésin y Kochkarév (entran y miran hacia atrás).
Kochkarév: No nos vio. ¿Viste qué contrariado estaba?
Podkolésin: ¿De veras que lo rechazaron, como a los demás?
Kochkarév: Rotundamente.
Podkolésin: (Con una sonrisa de engreimiento). Debe ser muy desagradable el que a uno lo rechacen.
Kochkarév: ¡Por cierto que sí!
Podkolésin: Todavía no puedo creer que ella haya dicho sin ambages que me prefiere a los demás.
Kochkarév: ¿Qué si te prefiere? Está loca por ti. Es un amor que... ¡No te imaginas los epítetos que te prodigó! ¡Qué pasión! Está hirviendo, pura y simplemente.
Podkolésin: (Con risa engreída). ¡Y, en realidad, si una mujer quiere es capaz de decir unas cosas! ¡A uno ni siquiera se le ocurrirían! Tesoro, cielito, amor mío...
Kochkarév: ¡Bah! Eso no es nada. Cuando te cases, ya verás las palabritas que te dirá en los dos primeros meses de matrimonio: será cosa de derretirse, hermano.
Podkolésin: (Riendo). ¿De veras?
Kochkarév: ¡Te lo digo como hombre honrado que soy! Pero escúchame ahora, pongamos manos a la obra. Ábrele inmediatamente tu corazón y pídele su mano.
Podkolésin: Pero ¿cómo es eso de inmediatamente? ¡Vamos!
Kochkarév: Ahora mismo, sin falta... Y ahí está.
Escena XIII
Dichos y Ágata Tijónovna.
Kochkarév: Señora, le he traído a este mortal que aquí ve. Nunca hubo un hombre tan enamorado... Ni a un enemigo te desearía yo que sufriera estas torturas de amor...
Podkolésin: (Dándole un codazo, en voz baja). Vamos, hermano. Me parece que estás exagerando.
Kochkarév: (A él). ¡No es nada, no es nada! (A ella, en voz baja). Sea más audaz, es muy tímido, trate de ser lo más desenvuelta posible. Enarque un poco las cejas o baje los ojos y fulmínelo de pronto con ellos al muy bribón, o muéstrele el hombro y que lo mire, el muy canalla. Es una lástima que no se haya puesto un vestido de mangas cortas; pero así tampoco está mal. (En voz alta). ¡La dejo en grata compañía! Me asomaré por un momento a su comedor y a su cocina: hay que dar órdenes, porque no tardará en llegar el camarero al cual le encargué la cena: quizás hayan mandado ya los vinos... ¡Hasta pronto! (A Podkolésin). ¡Más audacia! ¡Más audacia! (Se va).
Escena XIV
Podkolésin y Ágata Tijónovna.
Ágata Tijónovna: Le ruego que tenga la bondad de sentarse. (Ambos se sientan y guardan silencio).
Podkolésin: ¿Le gusta pasear, señora?
Ágata Tijónovna: ¿Pasear? Es decir... ¿A qué se refiere?
Podkolésin: Cuando uno se va a veranear, resulta agradable pasear en bote.
Ágata Tijónovna: Sí, a veces resulta muy agradable.
Podkolésin: Y en verano, ¿qué flores prefiere usted, señora?
Ágata Tijónovna: Me gustan las que tienen un perfume fuerte... los claveles, por ejemplo.
Podkolésin: (Tras una larga pausa). A mí también me gustan mucho las flores. ¿Y qué iglesia es esa que se ve desde la ventana de su sala?
Ágata Tijónovna: Es la iglesia de San Nicolás.
Podkolésin: Me pareció que era... otra. Bueno, señora, me parece que ya es hora de que me vaya.
Ágata Tijónovna: ¿Cómo? ¿Ya se va?
Podkolésin: Sí. Le ruego que me perdone por haberla molestado.
Ágata Tijónovna: Pero, yo creía que... quizá tomaría una taza de té.
Podkolésin: No, muchas gracias, me tomaré el té en casa. (Hace una reverencia y se dirige a la puerta).
Ágata Tijónovna: (Levantándose). ¡Qué lástima!
Podkolésin: Con su permiso. (Sale apresuradamente).
Escena XV
Ágata Tijónovna, luego Kochkarév, que entra corriendo.
Ágata Tijónovna: ¡Qué hombre tan extraño! "Me tomaré el té en casa". No lo entiendo. Y, sin embargo, parece un hombre muy decente.
Kochkarév: (Entrando con entusiasmo). ¡Bueno, qué! ¿Ya está? ¿Todo arreglado?
Ágata Tijónovna: ¡Qué va a estar arreglado! Se ha despedido y se fue.
Kochkarév: ¿Cómo que se fue? ¿Adónde se fue?
Ágata Tijónovna: A su casa.
Kochkarév: ¡A su casa! Pero ¿no le ha pedido su mano?
Ágata Tijónovna: Ni una palabra. Hablamos de pasear en bote y de flores, y de pronto dice: "Me voy a tomar el té a casa".
Kochkarév: ¡Ah, maldito alcornoque! ¡Por Dios, esto no se va a quedar así! Voy a buscarlo y lo traeré de las orejas si es preciso. ¡Discúlpeme un segundo! (Sale corriendo como un torbellino).
Escena XVI
Ágata Tijónovna sola, luego Kochkarév y Podkolésin.
Ágata Tijónovna: ¡Qué alboroto de gente! Una ni siquiera puede estar tranquila en su propia casa.
Kochkarév: (Entrando, arrastrando a Podkolésin por el brazo). ¡Entra, entra, pedazo de imbécil!
Podkolésin: (Resistiéndose). ¡Déjame, déjame! Se me ha olvidado algo.
Kochkarév: ¡No se te ha olvidado nada! Señora, le pido mil perdones. Ha sido un malentendido. Este mortal, simplemente, ha perdido la cabeza de tanto amor. (A Podkolésin, empujándolo). ¡Habla de una vez! ¡Pídele la mano!
Podkolésin: (Tembloroso, cayendo casi de rodillas). Señora... yo... yo...
Kochkarév: (Completando la frase). ¡Él quiere decirle que no puede vivir un minuto más sin usted, y que si no le concede su mano ahora mismo, morirá aquí en la alfombra!
Ágata Tijónovna: (Avergonzada y complacida). ¡Oh, Dios mío! Yo también consiento.
Kochkarév: ¡Excelente! ¡Bravo! ¡Dense la mano! (Une las manos de ambos). ¡Bésala, bésala de una vez! (A Podkolésin). ¡Vamos, so alcornoque! (Podkolésin besa la mano de Ágata Tijónovna). Bueno, ahora sí, todo está resuelto. ¡Iré a encargar que traigan la cena inmediatamente y a avisar a la iglesia! ¡La boda será hoy mismo!
Podkolésin: ¿Hoy mismo? ¡Pero si apenas es...
Kochkarév: ¡Ni una palabra! Todo corre por mi cuenta. ¡Señora, vaya a ponerse el vestido de novia! ¡Tú, espérala aquí y no te muevas! (Sale apresuradamente. Ágata sale por la otra puerta, dejando a Podkolésin solo).
Escena XVII
Podkolésin, solo.
Podkolésin: (Solo, paseando nerviosamente por la habitación). ¡Conque ya está! ¡Ya soy un hombre comprometido! Se acabó la soltería. ¡Qué extraño! Hace un momento era un hombre libre, y ahora... ¡todo está decidido! La boda es hoy. Hoy mismo. (Se detiene, pensativo). Hoy mismo... Para toda la vida. Sin marcha atrás. (Empieza a agitarse). ¡Para toda la vida! ¿Cómo es posible? Ya no podré decir "no quiero". Ya no hay salida. Todo está sellado. ¡Qué calor hace de pronto en esta habitación! (Se afloja la corbata). ¡Y yo que pensé que era una broma! Pero no, el cochero está esperando, la iglesia está abierta... ¿Y si me voy? ¿Y si simplemente me voy? ¡Imposible! Kochkarév se ha llevado mi sombrero. ¿Cómo voy a salir sin sombrero? Pero... ¿y por la ventana? (Se acerca a la ventana y mira hacia abajo). No está tan alto. Un salto y ya. Un simple salto y seré libre. ¡Libre para siempre! ¡Adiós a la boda, adiós a todo! (Se sube al alféizar). ¡Señor, ten piedad de mi alma pecadora! (Salta por la ventana y desaparece).
Escena XVIII
Ágata Tijónovna, Arina Panteleimónovna, Tecla y Kochkarév.
Kochkarév: (Entrando de prisa). ¡Ya está todo listo! ¡El coche espera en la puerta, el sacerdote está en el altar! ¿Dónde está el novio?
Ágata Tijónovna: (Entrando apresurada con su vestido de novia). Yo lo dejé aquí mismo...
Arina Panteleimónovna: ¿Se habrá ido a la otra habitación?
Kochkarév: ¡Iván Kúsmich! ¡Iván Kúsmich! (Abre las puertas, mira por todas partes). ¡No está! ¡El muy bribón se ha escapado! Pero si yo tengo su sombrero... ¡No puede haber salido por la puerta!
Tecla: (Que se ha acercado a la ventana). ¡Mirad, mirad! ¡La ventana está abierta de par en par!
Kochkarév: (Corriendo a la ventana). ¡No me digas que el imbécil ha saltado! (Gritando hacia la calle). ¡Oiga, usted, el del coche! ¿No ha visto a un caballero salir por esta ventana?
Voz desde la calle: ¡Sí, señor! ¡Un caballero sin sombrero acaba de saltar, tomó un coche de alquiler y se fue a todo galope!
Ágata Tijónovna: (Llevándose las manos a la cabeza). ¡Oh, qué vergüenza! ¡Qué humillación! (Rompe a llorar y se deja caer en una silla).
Arina Panteleimónovna: (Furiosa, a Kochkarév). ¡Ah, pedazo de sinvergüenza! ¡Tú y tu noble de pacotilla! ¡Hacerle esto a una muchacha honrada! ¡Si estuviera vivo mi difunto hermano, te habría molido a palos! ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera!
Kochkarév: (Totalmente desconcertado). ¡Pero esto es inaudito! ¡Yo mismo lo traeré! ¡Lo sacaré de debajo de las piedras! (Sale corriendo frenéticamente hacia la puerta).
Tecla: (Con una sonrisa triunfante, dirigiéndose al público). Ya lo decían: si no sabes de casamientos, no te metas a casamentero. ¡El que por la ventana se va, sin novia se queda!
(Cae el telón)