"Largo viaje de un día hacia la noche"
Eugene
O’Neill
Introducción
Escrita
entre 1939 y 1941, pero publicada y estrenada póstumamente en 1956, "Largo
viaje de un día hacia la noche" es considerada la cumbre del drama
americano. La obra es un retrato catártico y apenas velado de la propia familia
de O'Neill.
A
lo largo de un solo día de agosto de 1912, en la casa de verano de los Tyrone,
la aparente normalidad familiar se desintegra. O'Neill utiliza este drama para
explorar temas como la adicción, el resentimiento, la culpa, el peso del pasado
y, por encima de todo, la dolorosa incapacidad de salvar a quienes amamos a
pesar del amor que se les profesa.
Sinopsis
Acto por Acto
Acto
I: La mañana (8:30 AM)
La
obra comienza en la sala de estar de la casa de verano de los Tyrone. El
ambiente inicial es extrañamente optimista. James Tyrone (el patriarca, un
actor tacaño obsesionado con el dinero) y su esposa Mary bromean y muestran
afecto. Sin embargo, la tensión se respira en el aire: Mary acaba de regresar
de un tratamiento por su adicción a la morfina y toda la familia la vigila con
nerviosismo.
Entran
sus hijos, Jamie (el mayor, un cínico alcohólico) y Edmund (el menor, un joven
sensible e intelectual que padece una tos preocupante). Pronto, las bromas se
tornan en reproches. James acusa a Jamie de vago, mientras se revela el miedo
colectivo de que Edmund esté gravemente enfermo de tuberculosis. El acto cierra
con la sospecha latente de que Mary está a punto de recaer debido a la presión.
Acto
II: El almuerzo (Escena 1: 12:45 PM / Escena 2: 1:15 PM)
Escena
1: Jamie y Edmund hablan a solas. Jamie confiesa que está seguro de que su
madre ha vuelto a caer en la morfina. Cuando Mary baja, sus sospechas se
confirman: habla con una desconexión flotante y sus ojos están fijos. Mary
ataca verbalmente a James por su tacañería y por haberla llevado a casas
baratas, culpándolo indirectamente de su adicción (la cual comenzó años atrás
debido a un médico barato que James contrató tras el nacimiento de Edmund).
Escena
2: Durante el almuerzo, la fachada familiar se rompe por completo. El teléfono
suena: es el doctor confirmando el diagnóstico de Edmund. Mary, en un estado de
negación absoluta debido a la droga, se niega a aceptar la enfermedad de su
hijo y se sumerge más en sus recuerdos del pasado, recordando su juventud en el
convento antes de conocer a James.
Acto
III: La tarde (6:30 PM)
Mary
y la sirvienta, Cathleen, regresan de comprar más morfina. Mary está
completamente bajo los efectos de la sustancia y mantiene un monólogo errático
con una Cathleen medio borracha que apenas la escucha. Mary recuerda con
melancolía cuando quería ser monja o pianista, lamentando el día en que se
enamoró de James.
Cuando
James y Edmund regresan a casa, encuentran a una Mary casi irreconocible.
Edmund intenta desesperadamente conectar con ella y le revela que tiene
tuberculosis y debe ir a un sanatorio. Mary, incapaz de lidiar con la realidad,
lo acusa de intentar chantajearla emocionalmente. James y Jamie se hunden en el
alcohol ante la inevitable pérdida de Mary esa noche.
Acto
IV: La noche (Alrededor de la medianoche)
El
clímax de la obra ocurre en una sala en penumbra, rodeada por una densa niebla
exterior. James y Edmund beben juntos y, por primera vez, tienen una
conversación honesta. James explica que su tacañería nace del trauma de haber
crecido en la pobreza extrema; Edmund, por su parte, habla de su amor por el
mar y su deseo de evasión.
Jamie
llega borracho tras haber ido a un prostíbulo. En una dolorosa confesión a
Edmund, le admite que lo ama, pero que también lo odia y ha intentado
corromperlo toda su vida para que fracase junto a él.
Finalmente,
Mary baja las escaleras. Lleva puesto su vestido de novia y arrastra los pies,
completamente perdida en una regresión infantil hacia sus días en el convento.
Los tres hombres la miran, paralizados por el dolor y el alcohol. La obra
termina con el desgarrador monólogo final de Mary, recordando el momento en que
se enamoró de James Tyrone, "y fui feliz por un tiempo".
PERSONAJES
JAMES
TYRONE
MARY
CAVAN TYRONE, su esposa
JAMIE
TYRONE, su primogénito
EDMUND
TYRONE, su hijo menor
CATHLEEN,
criada
ESCENARIOS
ACTO
PRIMERO
Sala
de la casa de verano de los Tyrone. A las 8:30 de la mañana de un día de agosto
de 1912.
ACTO
SEGUNDO
Escena
I: El mismo, alrededor de las 12:45.
Escena
II: El mismo, media hora después, poco más o menos.
ACTO
TERCERO
El
mismo, esa tarde, alrededor de las 6:30.
ARTO
CUARTO
El
mismo, a medianoche.
ACTO
I
Sala
de la casa de verano de James Tyrone, una mañana de agosto de 1912.
En
el foro hay dos puertas dobles con cortinas. La de la derecha conduce a una
sala en el
frente,
cuyo aspecto solemne y cuidado revela que se usa rara vez. La otra da a una
habitación en
el
fondo, oscura y sin ventanas, que sólo sirve para pasar de la sala al comedor.
Junto a la pared,
entre
las puertas, hay una pequeña biblioteca sobre la cual pende un retrato de
Shakespeare y que
contiene
novelas de Balzac, Zola, Stendhal y obras filosóficas y sociológicas de
Schopenhauer,
Nietzsche,
Marx, Engels, Kropotkin y Max Steiner, piezas de Ibsen, Shaw y Strindberg,
poemas de
Swinburne, Rossetti, Wilde, Ernest Dowson, Kipling,
etcétera.
En
la pared de la derecha, en el foro, hay una puerta de tela metálica que lleva
al porche, el
cual
rodea casi la mitad de la casa. Más adelante, tres ventanas dan al jardín y
miran al puerto y a
la
avenida que flanquea los muelles. Contra la pared hay una mesita de mimbre y un
escritorio
común
de roble, adosados a las ventanas.
En
la pared de la izquierda, una serie análoga de ventanas da sobre los terrenos
del fondo.
Debajo
de ellas hay un canapé de mimbre con almohadones, cuya cabecera está orientada
hacia el
foro.
Más atrás se ve un gran librero con puertas de cristal con colecciones de
Dumas, Víctor
Hugo,
Charles Lever, tres tomos de Shakespeare, la Historia de Inglaterra de Hume, la
Historia del
Consulado
y del Imperio de Thiers, la Historia de Inglaterra de Smollett, la Historia de
la
decadencia
del Imperio Romano de Gibbon y diversos volúmenes con viejas comedias, poemas y
varias
historias de Irlanda. Lo asombroso de esas colecciones es que todos los
volúmenes parecen
haber
sido leídos y releídos. El piso de madera dura está casi totalmente cubierto
por una
alfombra,
de dibujo y color inofensivos. En el centro hay una mesa redonda, con una
lámpara de
leer
provista de una pantalla verde y cuyo cordón está enchufado en uno de los
cuatro
portalámparas
de la araña. Alrededor de la mesa, al alcance de la luz, hay tres sillones de
mimbre,
y
a la derecha, delante de aquélla, una mecedora de roble barnizado con asiento
de cuero.
Son,
poco más o menos, las 8:30. El sol penetra por las ventanas de la derecha.
Al
levantarse el telón, la familia acaba de desayunarse. Mary Tyrone y su marido
salen
juntos
de la sala del fondo. Vienen del comedor.
Mary
tiene cincuenta y cuatro años y es una mujer de estatura media. Su donairosa
figura,
joven
aún, es un poco regordeta, pero no se advierten mayormente en ella la cintura y
las caderas
propias
de la edad madura, aunque su corsé no está muy ajustado. Su rostro es netamente
irlandés.
Debe
de haber sido muy hermoso y llama aún la atención. No armoniza con la salud que
revela su
figura
y es enjuto y pálido, sobresaliendo la estructura ósea. Su nariz es larga y
recta y su boca
ancha,
de labios carnosos y sensibles. No usa colorete ni ninguna clase de maquillaje.
Un cabello
tupido
y de un color blanco puro enmarca su alta frente. Subrayados por su palidez y
por ese
cabello,
sus ojos de un pardo oscuro parecen negros. Son insólitamente grandes y bellos,
de cejas
negras
y largas pestañas rizadas.
Lo
que llama la atención inmediatamente es su nerviosismo. Sus manos nunca están
quietas.
Han
sido hermosas y de largos dedos ahusados, pero el reumatismo ha vuelto nudosas
las
articulaciones
y deformado los dedos, que ahora parecen tullidos. Uno elude mirarlos, sobre
todo
porque
adivina que Mary no olvida su aspecto y le humilla no poder dominar su
nerviosismo, que
llama
la atención sobre ellos.
Viste
con sencillez, pero con una segura intuición de lo que le sienta bien. Su
cabello está
peinado
con escrupuloso cuidado. Su voz es suave y atrayente. Cuando está alegre, en
esa voz se
siente
un vago canturreo irlandés.
Su
cualidad más seductora es el simple y espontáneo encanto de una juventud de
tímida
mojigata
que nunca ha perdido: una innata inocencia ajena a la vida mundana.
James
Tyrone tiene sesenta y cinco años, pero parece tener diez años menos. De
estatura
media,
ancho de espaldas y de tórax, se diría que es más alto y esbelto a causa de su
porte, cuyas
características
son las propias de un soldado: lleva la cabeza erguida, sacando pecho, con el
vientre
hacia adentro y los hombros cuadrados. Su rostro ha empezado a decaer, pero es
aún muy
guapo:
su cabeza es grande y está hermosamente modelada, posee un bello perfil y unos
ojos de un
pardo
claro muy hundidos. Su cabello cano ralea y ostenta una calvicie semejante a la
tonsura de
un
monje.
El
sello de su profesión se advierte inconfundiblemente en él. Y no porque se
complazca en
alguna
de las deliberadas actitudes temperamentales propias del astro teatral. Por
naturaleza y
preferencias
es un hombre simple, sin pretensiones, cuyas inclinaciones no se alejan mucho
aún de
sus
humildes comienzos y de los agricultores irlandeses que fueron sus antepasados.
Pero el actor
aparece
en todos los hábitos inconscientes de su lenguaje. Su voz es muy hermosa,
sonora y flexible
y
Tyrone se enorgullece mucho de ella.
Su
indumentaria, ciertamente, no es propia de un papel romántico. Viste una raída
americana
gris de confección y unos zapatos negros sin lustre, una camisa sin cuello y un
grueso
pañuelo
anudado flojamente a la garganta. En este atavío nada revela una pintoresca
negligencia:
es
de una humildad vulgar. Tyrone opina que se debe usar la ropa mientras dure, se
ha vestido para
trabajar
en el jardín y su aspecto le importa un rábano.
Nunca
ha estado realmente enfermo ni un solo día. Carece de nervios. Hay en él mucho
del
campesino
estólido y basto y esto se mezcla con vetas de melancolía sentimental y raros
fulgores de
sensibilidad
intuitiva.
El
brazo de Tyrone rodea el talle de su mujer cuando ambos vienen de la sala del
fondo. Al
entrar,
la abraza traviesamente.
TYRONE.
Cuesta
abrazarte, Mary, ahora que has aumentado diez kilos.
MARY.
(Sonriéndole
afectuosamente.) Di, lisa y llanamente, que he engordado demasiado,
querido.
En realidad, debería rebajar de peso.
TYRONE.
¡Nada de eso, señora mía! Estás perfecta. No hablemos de rebajar de peso. ¿Por
qué
tomaste
un desayuno tan liviano?
MARY.
(Burlona.)
¡Oh! ¿Pretendes que todos se desayunen como tú? Nadie podría devorar un
desayuno
como el tuyo sin morirse de una indigestión.
Se
adelanta y se detiene a la derecha de la mesa.
TYRONE.
(Siguiéndola.) No creo ser tan glotón como dices. (Con sincera satisfacción.)
Pero, a
Dios
gracia, conservo el apetito y la digestión de un joven de veinte años a pesar
de mis
sesenta
y cinco.
MARY.
Ya
lo creo, James. Nadie podría negarlo. (Ríe y se sienta en el sillón de mimbre
que
está
a la derecha detrás de la mesa. Su marido se le acerca por detrás, elige un
tabaco de
una
caja que está sobre la mesa y le corta la punta con un pequeño cercenador. Del
comedor
llegan
las voces de Edmund y Jamie. Mary vuelve la cabeza hacia allí.) ¿Por qué se
habrán
quedado
los muchachos en el comedor? Cathleen debe de estar esperando que se vayan para
levantar
la mesa.
TYRONE.
(Festivamente, pero con un dejo de resentimiento.) Seguramente conspiran y no
quieren
que
yo los oiga. Apostaría a que urden algún plan para sacarle dinero al viejo.
Mary
no contesta y sigue con la cabeza vuelta hacia las voces de sus hijos. Sus
manos se
mueven,
inquietas, sobre la mesa. Tyrone enciende su tabaco y se sienta en la mecedora,
a
la derecha de la mesa, y lanza bocanadas de humo con aire satisfecho.
TYRONE.
Nada como el primer tabaco que se fuma después del desayuno, cuando es bueno: y
esta
nueva partida de cigarros tiene el sabor suave ideal. Además, son una ganga.
Los compré
muy
baratos. Fue McGuire quien me los consiguió.
MARY.
(Con
cierta acritud.) Supongo que no te habrá endosado al mismo tiempo otra finca.
Sus
gangas en materia de propiedades no dan tan buen resultado.
TYRONE.
(A la defensiva.) Yo no diría eso, Mary. Después de todo, fue él quien me
aconsejó
comprar
esa casa de la calle Chestnut y la revendí con una bonita ganancia.
MARY.
(Sonriendo,
con burlón afecto.) Lo sé. ¡La famosa oportunidad que no se repite!
Seguramente,
McGuire ni siquiera soñó… (Le acaricia la mano.) Perdóname, James. ¿Quién
podría
convencerte de que no eres un astuto especulador en bienes raíces?
TYRONE.
(Con aire de fastidio.) No hay tal cosa. Pero la tierra es la tierra y es más
segura que los
títulos
y las acciones de los estafadores de Wall Street. (Con tono conciliador.) Más
vale que
no
hablemos de negocios tan temprano.
Pausa.
Vuelven a oírse las voces de sus hijos y uno de ellos tiene un acceso de tos.
Mary
escucha,
con aire inquieto. Sus dedos tamborilean nerviosamente sobre la mesa.
MARY.
James,
es a Edmund a quien debieras echarle un sermón porque no come lo suficiente.
Apenas
ha probado algo fuera del café. Si no come, se debilitará. Se lo repito sin
cesar, pero
me
contesta, simplemente, que no tiene apetito. Desde luego, un fuerte resfrío de
verano lo
vuelve
a uno inapetente.
TYRONE.
Sí,
es natural. Con que no te inquietes…
MARY.
(Rápidamente.)
¡Oh, no! Sé que Edmund estará repuesto dentro de unos días, si se
cuida.
(Como si quisiera descartar el tema, pero sin lograrlo.) Pero es una lástima
que se
haya
enfermado precisamente ahora.
TYRONE.
Sí, es mala suerte. (La mira de soslayo, con inquietud.) Pero no te apenes por
eso,
Mary.
Recuerda que también tú debes cuidarte.
MARY.
(Rápidamente.)
No me apeno. No hay motivo. ¿Por qué lo supones?
TYRONE.
Pues...
por nada. En estos últimos días te noté un poco nerviosa.
MARY.
(Con
sonrisa forzada.) ¿De veras? Tonterías, querido. Es tu imaginación. (Con aire
repentinamente
tenso.) No me observes sin cesar, James. Quiero decir... que eso me irrita los
nervios.
TYRONE.
(Poniendo la mano sobre una de las de su esposa, que tamborilea sobre la mesa.)
Vamos,
vamos, Mary. Ahora la culpa es de tu imaginación. Sólo te observo para admirar
lo
rolliza
que estás. (De pronto, un profundo sentimiento imprime emoción a su voz.) No
sabes,
querida,
qué feliz me siento al verte así, desde que has vuelto a vivir con nosotros.
(Se inclina
y
la besa impulsivamente; luego, volviéndose, agrega con aire cohibido.) Insiste
en esa buena
obra,
Mary.
MARY.
(Quien
ha apartado la cabeza.) Así lo haré, querido. (Se levanta con aire impaciente y
va
hacia las ventanas de la derecha.) Por suerte, la niebla se ha disipado. (Se
vuelve.) Esta
mañana
me siento malhumorada. Me desveló esa horrible sirena que estuvo sonando
durante
toda
la noche.
TYRONE.
Sí, es como tener una ballena enferma en el patio del fondo. Tampoco a mí me
dejó
dormir.
MARY.
(Con
aire afectuoso y divertido.) ¿De veras? Tienes una forma extraña de desvelarte.
¡Roncabas
de tal modo que no pude distinguir tus ronquidos de la sirena! (Se le acerca,
riendo,
y le propina una jovial palmadita en la mejilla.) Ni siquiera diez sirenas
bastarían
para
despertarte. No tienes nervios. Nunca los tuviste.
TYRONE.
(Su vanidad irritada, con tono impertinente.) ¡Tonterías! Siempre exageras al
hablar de
mis
ronquidos.
MARY.
Si
pudieras oírte a ti mismo… (Del comedor llega un estallido de risas. Mary
vuelve la
cabeza,
sonriente.) ¿De qué se estarán riendo?
TYRONE.
(Con
aspereza.) De mí. Lo apostaría. Siempre se ríen a costa del viejo.
MARY.
(Burlona.)
Sí. Todos te zaherimos mucho... ¿verdad? (Ríe y agrega, con aire
complacido,
de alivio.) Bueno. No sé de qué se ríen, pero me alivia oír reír a Edmund. ¡Ha
estado
tan deprimido últimamente!
TYRONE.
(Como si no hubiera oído estas últimas palabras, con resentimiento.) Apostaría
a que
es
alguna broma de Jamie. Ése siempre se está burlando de alguien.
MARY.
Vamos,
no empieces a criticar al pobre Jamie, querido. (Sin convicción.) Terminará por
ser
un hombre cabal, ya lo verás.
TYRONE.
Pues
más vale que empiece pronto. Le falta poco para cumplir los treinta y cuatro
años.
MARY.
(Haciendo
caso omiso de estas palabras.) ¡Dios mío! ¿Se propondrán los muchachos
quedarse
todo el día en el comedor? (Va hacia la puerta de la sala del fondo y grita:)
¡Jamie!
¡Edmund!
Vengan aquí y dejen que Cathleen quite la mesa.
Edmund
grita: “Ya vamos, mamá.” Mary vuelve a la mesa.
TYRONE.
(Gruñón.)
Ya le encontrarás excusas, haga lo que haga.
MARY.
(Sentándose
a su lado, le acaricia la mano.) Silencio.
Entran
los hijos de ambos, Jamie y Edmund, quienes vienen de la sala del fondo. Ambos
sonríen,
ya que los divierte aún lo que los ha hecho reír, y cuando se adelantan miran
de
soslayo
a su padre y entonces sus sonrisas se acentúan. Jamie, el mayor, tiene treinta
y
tres
años. Posee el físico del padre, ancho de espaldas y de tórax, mide una pulgada
más
de
estatura y pesa menos, pero parece más bajo y rechoncho porque le faltan la
prestancia
y el donaire de Tyrone. Tampoco tiene la vitalidad de su padre. Se advierten
en
él síntomas de prematura desintegración. Su semblante es aún bien parecido,
pese a
las
huellas de libertinaje, pero nunca ha sido gallardo como el de Tyrone, aunque
Jamie
se
le parece más que a su madre. Tiene unos hermosos ojos pardos, cuyo color
fluctúa
entre
el más claro de su progenitor y el más oscuro de los de su madre. Su cabello
ralea y
comienza
ya a formársele una calvicie como la de Tyrone. Su nariz es distinta de la de
todos
los demás miembros de la familia y acentuadamente aguileña. Combinado con su
habitual
expresión de cinismo, ese rasgo le imprime a su semblante un aire
mefistofélico.
Pero
en las raras oportunidades en que sonríe sin sarcasmo, en su personalidad se
advierten
los vestigios de un jovial, romántico e irresponsable encanto irlandés, el del
holgazán
simpático, dotado de una veta de poesía sentimental, atrayente para las
mujeres
y popular entre los hombres. Viste una vieja americana, no tan raída como la de
Tyrone,
y cuello y corbata. Su tez blanca está bronceada y ha adquirido una tonalidad
rojiza
salpicada de pecas. Edmund tiene diez años menos que su hermano, le lleva untar
de
pulgadas de estatura y es flaco y nervioso. Mientras que Jamie sale a su padre
y se
parece
poco a su progenitora, Edmund recuerda a ambos, pero más a Mary. Sus grandes
ojos
oscuros son el rasgo dominante de su alargado y enjuto rostro irlandés. Su boca
acusa
la misma hipersensibilidad de la de Mary. Su alta frente es la de su madre, más
acentuada;
y su cabello castaño oscuro, que el sol ha decolorado haciéndole rojizo en
las
puntas, está bien peinado hacia atrás. Pero su nariz es la paterna y su
semblante, de
perfil,
recuerda el de Tyrone. Las manos de Edmund evocan de manera visible las de su
madre,
con los mismos dedos excepcionalmente largos. Hasta revelan, en menor
proporción,
la misma nerviosidad. La semejanza de Edmund y su madre se afirma
precisamente
en la extrema sensibilidad nerviosa de ambos. Evidentemente su estado de
salud
es malo. Mucho más flaco de lo que debiera estar, tiene los ojos febriles y las
mejillas
hundidas. Aunque el sol ha tostado su piel hasta darle un tono oscuro, ostenta
una
lividez apergaminada. Viste camisa, cuello y corbata y unos viejos pantalones
de
franela,
no lleva saco y calza tenis.
MARY.
(Volviéndose
hacia él y sonriendo, con tono alegre algo forzado.) Me burlaba de papá,
con
motivo de sus ronquidos. (A Tyrone.) Que lo digan los chicos, James. Deben de
haberte
oído.
No, tú no, Jamie. Te oí roncar en el otro extremo del pasillo, casi tan
sonoramente como
tu
padre. Eres igual que él. Te duermes apenas tocas la almohada con la cabeza y
ni aún diez
sirenas
podrían despertarte. (Se interrumpe, bruscamente, al notar que Jamie la mira
con
malestar
y aire inquisitivo. Su sonrisa se esfuma. Con aire afectado.) ¿Por qué me miras
así,
Jamie?
(Se lleva nerviosamente las manos al cabello.) ¿Se me ha soltado el cabello?
Ahora,
me
cuesta peinármelo debidamente. Mi vista está cada vez peor y nunca encuentro
mis
espejuelos.
JAMIE.
(Apartando
la mirada, con aire culpable.) Tu peinado es perfecto, mamá. Yo sólo
pensaba
en lo guapa que estás.
TYRONE.
(Jovialmente.) Es precisamente lo que lo decía, Jamie. Está tan insolentemente
gorda
que
pronto no habrá manera de agarrarla.
EDMUND.
Sí, Por cierto que estás esplendida, mamá. (Mary se ha tranquilizado y le
sonríe
afectuosamente.
Él le guiña el ojo, con aire burlón.) Estoy de acuerdo contigo en cuanto a los
ronquidos
de papá. ¡Dios mío! ¡Qué alboroto!
JAMIE.
También
yo los oí. (Citando, con el énfasis de un cómico de la legua.) “Es el Moro:
conozco
su clarín.” (Su madre y su hermano se ríen.)
TYRONE.
(Sarcásticamente.) Si hacen falta mis ronquidos para que recuerdes a
Shakespeare en
vez
del programa de las carreras, creo que insistiré en el asunto.
MARY.
¡Vamos,
James! No seas tan susceptible. (Jamie se encoge de hombros y se sienta a la
derecha
de su madre.)
EDMUND.
(Con irritación.) ¡Sí, papá! ¡Por amor de Dios! ¡Acabamos de desayunarnos!
Danos
tregua…
¿quieres?
Se
desploma sobre la silla que está a la izquierda de la mesa, junto a su hermano.
Su
padre
hace caso omiso de él.
MARY.
(Con
tono de reconvención.) Tu padre no te reprocha nada. No tienes por qué hacer
causa
común siempre con Jamie. Se diría que eres tú quien le lleva diez años de edad.
JAMIE.
(Con
fastidio.) ¿A qué viene todo este alboroto? Olvidémoslo.
TYRONE.
(Desdeñosamente.) ¡Sí, olvídalo! ¡Olvídalo todo y no afrontes nada! Es una
filosofía
adecuada
si uno sólo tiene la ambición de…
MARY.
James,
cállate. (Rodeándole el hombro con el brazo, zalamera.) Por lo visto, esta
mañana
no te has levantado con pie derecho. (A sus hijos, cambiando el tema.) ¿Por qué
hacían
muecas cuando entraron? ¿Qué les había hecho gracia?
TYRONE.
(En un penoso esfuerzo por mostrar que no es rencoroso.) Sí, revélennos el
secreto,
muchachos.
Le dije a mamá que seguramente se reían de mí, pero no importa. Ya estoy
acostumbrado.
JAMIE.
(Secamente.)
No me mires a mí. Eso le corresponde contarlo a Ed.
EDMUND.
(Sonriendo.) Me proponía contártelo anoche, papá, pero se me olvidó. Ayer,
cuando salí
a
dar una caminata, entré al “bar”…
MARY.
(Inquieta.)
Tú no deberías beber ahora, Edmund...
EDMUND.
(Como si no la hubiese oído.) ¿Sabes a quién encontré allí con una tremenda
borrachera?
Pues a Shaughnessy, el arrendatario de tu granja.
MARY.
(Sonriendo.)
¡Ese hombre horrible! Pero es divertido.
TYRONE.
(Ceñudo.) No resulta tan divertido cuando uno es el propietario de su finca. Y
es muy
escurridizo
y mañoso. ¿De qué se queja ahora, Edmund? Porque, sin duda, se queja de algo.
Seguramente,
querrá que le rebajen el arriendo. Le alquilo la granja por una miseria, sólo
para
tener
a alguien ahí, y no me paga hasta que lo amenazo con el desalojo.
EDMUND.
No, no se quejó de nada. Estaba tan satisfecho de la vida que hasta me pagó una
copa,
algo
virtualmente increíble. Estaba encantado porque había librado una batalla con
tu amigo
Harker,
el millonario de la Standard Oil, y lo había vencido gloriosamente.
MARY.
(Con
divertida consternación.) ¡Oh, Dios mío! James, realmente tendrás que hacer
algo…
TYRONE.
¡Mala
suerte para Shaughnessy, de todos modos!
JAMIE.
(Maliciosamente.)
Apuesto a que la vez próxima que veas a Harker en el club y lo
saludes
con el respeto habitual se hará el desentendido.
EDMUND.
Sí. No te considerará un caballero porque albergas a un arrendatario que no se
humilla
en
presencia de un monarca yanqui.
TYRONE.
Nada
de expresiones socialistas. No me interesa escuchar...
MARY.
(Con
tacto.) Sigue contando, Edmund.
EDMUND.
(Sonriéndole provocativamente a su padre.) Bueno… Como recordarás, papá, el
estanque
de Harker está junto a la granja, y Shaughnessy cría cerdos. Según parece, en
la
cerca
hay una brecha y todos los puercos se han estado bañando en el estanque del
millonario,
y
su capataz le dijo a Harker que estaba seguro de que Shaughnessy había roto
deliberadamente
la cerca para darles un baño gratuito a sus puercos.
MARY.
(Escandalizada
y divertida.) ¡Dios mío!
TYRONE.
(Con una acritud en que hay un dejo de admiración.) Y estoy seguro de que así
lo hizo,
el
muy bribón. Sería muy propio de él.
EDMUND.
Y por lo tanto, Harker fue personalmente a echarle una reprimenda a
Shaughnessy.
(Ríe.)
¡Fue realmente muy estúpido de su parte! Si hiciera falta una prueba de que los
plutócratas
que nos gobiernan, y sobre todo los que han heredado su dinero, no son
mentalmente
unos gigantes, esto sería categórico.
TYRONE.
(Admitiéndolo, irreflexivamente.) Sí, Harker no sería rival para Shaughnessy.
(Transición.)
Guárdate tus malditas observaciones anarquistas. No las quiero en mi casa.
(Pero
rebosa ávida expectativa.) ¿Qué sucedió?
EDMUND.
Las probabilidades de éxito de Harker eran tantas como las que tendría yo con
Jack
Johnson.
Shaughnessy había bebido unas copas y lo esperaba en la verja para darle la
bienvenida.
Me dijo que ni siquiera le dio a Harker la oportunidad de abrir la boca.
Comenzó
por
gritarle que él no era un esclavo que la Standard Oil pudiera pisotear. Era un
rey de
Irlanda,
si se le reconocían sus derechos, y la morralla era morralla para él, por más
dinero
que
le hubiera robado a los pobres.
MARY.
¡Oh,
Dios mío! (Pero no puede reprimir la risa.)
EDMUND.
Luego acusó a Harker de haber ordenado a su capataz que derribara la cerca para
atraer
a
los cerdos al estanque y destruirlos. Los pobres puercos, gritó Shaughnessy,
habían perecido
de
frío. Muchos de ellos se estaban muriendo de neumonía y otros habían enfermado
de
cólera
por haber bebido aquella agua contaminada. Le dijo a Harker que contrataría a
un
abogado
para demandarlo por daños y perjuicios. Y concluyó diciendo que su granja debía
soportar
a la hiedra venenosa, a las garrapatas, las víboras y las mofetas, pero que era
un
hombre
honrado y se había trazado un límite y que se lo llevara el diablo si permitía
que un
ladrón
de la Standard Oil la franqueara. Por lo tanto, le dijo a Harker que tuviera la
bondad de
retirar
sus sucios pies de sus tierras antes de que le echara el perro encima. ¡Y
Harker se fue!
(Él
y Jamie ríen.)
MARY.
(Escandalizada,
pero riendo.) ¡Dios mío! ¡Qué lengua terrible la de ese hombre!
TYRONE.
(Admirativo, impulsivamente.) ¡Qué bribón! ¡Dios mío, no hay modo de vencerlo!
(Ríe;
luego
se interrumpe bruscamente y frunce el ceño.) ¡El sucio canalla! Es capaz de
ponerme en
apuros.
Sin duda, le habrás dicho que me enfurecería si…
EDMUND.
Le
dije que te encantaría la gran victoria irlandesa, y así es. Déjate de
comedias, papá.
TYRONE.
Pues
no estoy encantado.
MARY.
(Burlona.)
Lo estás, James. ¡Te veo simplemente loco de alegría!
TYRONE.
No,
Mary. Una broma es una broma, pero...
EDMUND.
Le dije a Shaughnessy que debió recordarle a Harker que, a un millonario de la
Standard
Oil, tenía que resultarle muy grato el sabor a cerdo en su agua helada, como
detalle
adecuado.
TYRONE.
¡Al diablo con tu ocurrencia! (Frunce el ceño.) ¡No metas en mis asuntos tus
condenados
sentimientos socialistas y anarquistas!
EDMUND.
Shaughnessy casi se echó a llorar porque no se le había ocurrido decirle eso a
Harker,
pero
prometió incluirlo en una carta que le está escribiendo, junto con otros
insultos que se le
olvidaron.
(Él y Jamie ríen.)
TYRONE.
¿De qué te ríes? Eso nada tiene de divertido. ¡Buen hijo eres tú, que ayudas a
ese bribón
a
meterme en un pleito!
MARY.
Vamos,
James, No pierdas la serenidad.
TYRONE.
(Volviéndose hacia Jamie.) Y tú eres peor que él, al alentarlo. Supongo que
lamentas no
haber
estado allí para incitar a Shaughnessy, sugiriéndole insultos más
desagradables. Tienes
talento
para eso… Sólo para eso.
MARY.
¡James!
No hay motivo para que regañes a Jamie.
Jamie
se dispone a contestar a su padre con una observación sarcástica, pero se
encoge
de
hombros.
EDMUND.
(Con repentina exasperación.) ¡Oh, papá, por amor de Dios! Si vuelves a empezar
con
lo
mismo, me voy. (Se levanta de un salto.) De todos modos, dejé arriba mi libro.
(Yendo
hacia
la sala del frente, con tono disgustado.) ¡Caramba, papá! Creí que te cansarías
de
decir…
(Desaparece. Tyrone lo sigue con la mirada, irritado.)
MARY.
No
debes enojarte con Edmund, James. Recuerda que está enfermo. (Se oye toser a
Edmund
mientras sube al primer piso. Mary agrega, nerviosamente.) Un resfrío de verano
vuelve
irritable a cualquiera.
JAMIE.
(Sinceramente
preocupado.) No es un simple resfrío. Ed está enfermo de cuidado.
Su
padre lo mira con severa advertencia, pero Jamie no lo nota.
MARY.
(Volviéndose
hacia su hijo, con resentimiento.) ¿Por qué dices eso? ¡Sólo es un resfrío!
¡Eso
se nota fácilmente! ¡Tú siempre te imaginas cosas!
TYRONE.
(Con otra mirada de advertencia a Jamie, con indiferencia.) Jamie sólo quiso
decir que
Edmund
podía tener alguna cosita que le agravara el resfrío.
JAMIE.
Claro,
mamá. Fue eso lo que quise decir.
TYRONE.
El doctor Hardy cree que puede haber pescado un poco de malaria cuando estuvo
en el
trópico.
Si así fuera, la quinina lo curaría pronto.
MARY.
(Por
cuya fisonomía pasa una sombra de desdeñosa hostilidad.) ¡El doctor Hardy! ¡Yo
no
le creería una sola palabra aunque me lo jurara sobre una pila de Biblias!
Conozco a los
médicos.
Todos son iguales. Apelan a cualquier cosa con tal de que uno los consulte a
menudo.
(Se interrumpe bruscamente, nerviosísima, al notar que los ojos de su marido y
su
hijo
están fijos en ella. Se lleva las manos al cabello con espasmódico movimiento y
sonríe
forzadamente.)
¿Qué pasa? ¿Qué miran? ¿Mi cabello se ha…?
TYRONE.
(Rodeándola con el brazo, con cordialidad culpable y oprimiéndola
traviesamente.) Tu
cabello
está impecable. Cuanto más sana y gorda, más vanidosa te vuelves. Pronto te
pasarás
medio
día acicalándote ante el espejo.
MARY.
(Tranquilizada
a medias.) En realidad, yo necesitaría unos espejuelos nuevos. Veo tan
mal
ahora…
TYRONE.
(Con
zalamería irlandesa.) Tus ojos son hermosos y lo sabes muy bien.
La
besa. Una modestia tímida y encantadora ilumina el rostro de Mary. De
improviso,
sorpresivamente,
asoma a su semblante la muchacha de antaño, no un espectro, sino una
parte
viva de ella.
MARY.
No
seas tonto, James. ¡Y en presencia de Jamie!
TYRONE.
¡Oh! También él te conoce. Sabe que todas esas alharacas con los ojos y el
cabello sólo
son
para cosechar cumplidos. ¿Eh, Jamie?
JAMIE.
(Cuyo
rostro se ha despejado también y en cuya afectuosa sonrisa se nota la juvenil
seducción
de antaño.) Sí. Tú no puedes engañarnos, mamá.
MARY.
(ríe.
A su voz asoma un canturreo irlandés.) ¡Váyanse a paseo los dos! (Con gravedad
de
adolescente.) Pero yo tuve realmente hermoso en mis tiempos… ¿verdad, James?
TYRONE.
¡El
más hermoso del mundo!
MARY.
Era
de un castaño rojizo poco común y tan largo que me llegaba hasta más abajo de
las
rodillas.
Seguramente también tú lo recuerdas, Jamie. Sólo al nacer Edmund apareció mi
primera
cana. Entonces empezó a blanquearme el cabello. (La expresión adolescente se
esfuma
de su rostro.)
TYRONE.
(Con
rapidez.)Y así, fue más hermoso que nunca.
MARY.
(Nuevamente
con modestia y satisfacción.) Escucha a tu padre, Jamie… ¡después de
treinta
y cinco años de vida matrimonial! Por algo es un gran actor… ¿eh? ¿Qué te ha
dado,
James?
¿Me lisonjeas por haberme burlado de tus ronquidos? Entonces, retiro todo lo
dicho.
Debo
de haber oído la sirena. (Ríe y ellos ríen con ella. En brusca transición, Mary
adopta un
aire
práctico.) Pero no puedo quedarme más tiempo aquí, ni aun para oír cumplidos.
Tengo
que
hablar con la cocinera, sobre la cena y las compras del día. (Se levanta y
suspira, con
jovial
exageración.) ¡Bridget es tan perezosa! ¡Y tan taimada! Comienza por hablarme
de sus
parientes
para que yo no pueda intercalar una sola palabra y regañarla. Bueno, más vale
que
lo
haga. (Va hacia la puerta de la sala del fondo y vuelve, con aire inquieto.) No
debes hacer
trabajar
contigo en el jardín a Edmund, Jamie. Recuérdalo. (En su semblante reaparece
una
extraña
obstinación.) No porque Ed no sea lo bastante robusto… Pero sudaría y su
resfrío
podría
empeorar.
Se
va por la sala del fondo. Tyrone se vuelve hacia su hijo con aire condenatorio.
TYRONE.
¡Estúpido! ¿No tienes sentido común? ¡Lo que hay que evitar, sobre todo, es
decir algo
que
pueda inquietarla más aún por Edmund!
JAMIE.
(Encogiéndose
de hombros.) Si lo prefieres así… Sería mejor que mamá no se siguiera
engañando.
Así, su emoción serpa más fuerte cuando tenga que afrontar la verdad. De todos
modos,
ya ves que se aturde deliberadamente hablando de un resfrío de verano. Sabe lo
que
sucede.
TYRONE.
¿Qué
lo sabe? Nadie lo sabe aún.
JAMIE.
Pues
yo sí. Acompañé a Edmund el lunes, cuando fue a ver al doctor Hardy. Le oí
aludir
a la malaria. Insistió en que era eso. Pero ya no piensa lo mismo. Tú lo sabes
tan bien
como
yo. Hablaste con el doctor Hardy cuando fuiste ayer al pueblo… ¿verdad?
TYRONE.
No pudo decirme nada con seguridad, aún. Me telefoneará hoy, antes de que
Edmund lo
visite.
JAMIE.
(Lentamente.)
Hardy cree que es una tuberculosis… ¿no es así, papá?
TYRONE.
(De
mala gana.) Dijo que podría ser eso.
JAMIE.
(Conmovido,
al aflorar su afecto por su hermano.) ¡Pobre muchacho! ¡Qué mala
suerte!
(Volviéndose hacia su padre, con aire acusador.) Eso no habría sucedido si lo
hubieras
puesto
en manos de un médico de verdad cuando se enfermó.
TYRONE.
¿Qué
tiene de malo Hardy? Siempre ha sido nuestro médico, aquí.
JAMIE.
¿Qué
tiene de malo? ¡Todo! ¡Hasta en este pueblo lo consideran un medicastro! ¡Es un
charlatán
vulgar!
TYRONE.
¡Eso
es! ¡Desprécialo! ¡Desprecia a todos! ¡Todos son unos impostores para ti!
JAMIE.
(Desdeñosamente.)
¡Hardy sólo cobra un dólar! ¡Por eso lo consideras un buen médico!
TYRONE.
(Picado.) ¡Basta! ¡Ahora no estás borracho! No tienes excusa para…
(Dominándose, a
la
defensiva.) Si quieres decir que no puedo permitirme el lujo de llamar a uno de
esos
médicos
de alta sociedad que explotan a los veraneantes ricos…
JAMIE.
¿Qué
no puedes permitírtelo? Eres uno de los propietarios más importantes de estos
lugares.
TYRONE.
Eso
no significa que sea rico. Todo está hipotecado…
JAMIE.
Porque
sigues comprando tierra en vez de pagar las hipotecas. ¡Si Edmund fuera uno de
esos
sucios terrenos que codicias, pagarías cualquier cosa!
TYRONE.
¡Mentira! ¡Y tus sarcasmos contra el doctor Hardy también son mentiras! Hardy
no
viste
con refinamiento ni tiene su consultorio en un barrio elegante ni viaja en un
automóvil
de
lujo. ¡Eso es lo que uno paga cuando desembolsa cinco dólares por la consulta
de esos
médicos
caros, no su capacidad!
JAMIE.
(Encogiéndose
desdeñosamente de hombros.) ¡Oh! Está bien. Pierdo el tiempo al
discutir
contigo. No se le pueden quitar las manchas al leopardo.
TYRONE.
(Con creciente ira.) No, no se le pueden quitar. Me has enseñado esa lección
demasiado
bien.
En cuanto a ti, he perdido toda esperanza de que cambies. ¿Te atreves a decirme
a mí, a
mí,
lo que puedo gastar? ¡No sabes lo que vale un dólar ni lo sabrás nunca! ¡Jamás
ahorraste
uno
sólo! ¡Al terminar cada temporada, estás sin un centavo! ¡Derrochas tu sueldo
semanal en
rameras
y en whisky!
JAMIE.
¡Mi
sueldo! ¡Dios mío!
TYRONE.
Es más de lo que te mereces y no podrías ganártelo de no ser por mí. Si no
fueras mi
hijo,
ningún empresario te daría un papel, tan desastrosa es tu reputación. ¡Así y
todo, tengo
que
humillarme y mendigar un papel para ti, diciendo que has cambiado, que ya eres
otro,
aunque
sé que es mentira!
JAMIE.
Nunca
quise ser actor. Tú me obligaste a dedicarme al teatro.
TYRONE.
¡Mientes! No buscaste otra cosa. Confiabas en que yo te conseguiría un empleo y
sólo
tengo
influencia en el teatro. ¿Dices que te obligué? ¡Sólo querías holgazanear en
los bares!
¡Te
conformabas con pasarte el resto de tu vida sentado perezosamente y viviendo de
mi
dinero!
¡Después de todo lo que gasté para educarte, sólo te hiciste expulsar
deshonrosamente
de
todas las universidades en que estudiaste!
JAMIE.
¡Oh,
por favor! ¡No desentierres esa vieja historia!
TYRONE.
El hecho de que debes volver aquí cada verano para vivir de mi dinero no es una
vieja
historia.
JAMIE.
Me
gano mi alojamiento y mi comida trabajando en el jardín. Así, te ahorro un
jardinero.
TYRONE.
¡Bah! ¡Hay que empujarte hasta para eso! (Su ira merma y se diluye en una
fatigada
queja.)
Me importaría un rábano si, por lo menos, viera en ti un poco de gratitud. Sólo
me lo
agradeces
diciéndome que soy un repulsivo avaro, burlándote de mi profesión, burlándote
de
todo
lo que hay en el mundo… menos de ti mismo.
JAMIE.
(Con
una mueca.) Eso no es cierto, papá. Tú no puedes oírme cuando me censuro a mí
mismo,
eso es lo que hay.
TYRONE.
(Lo mira con aire perplejo y cita, mecánicamente.) “¡Oh, ingratitud, la cizaña
más
infame
que existe!”
JAMIE.
¡Ya
me veía venir ese verso! ¡Dios mío! ¡Cuántos miles de veces…! (Se interrumpe,
fastidiado
de la disputa y se encoge de hombros.) Esta bien, papá. Soy un holgazán. Lo que
quieras,
con tal que le pongamos término a esta discusión.
TYRONE.
(Con indignada exhortación ahora.) ¡Si fueras ambicioso en vez de extravagante!
¡Eres
joven
aún y podrías destacarte! ¡Tienes el talento necesario para ser un excelente
actor! Lo
tienes
todavía. ¡Eres mi hijo!
JAMIE.
(Con
Fastidio.) Olvidemos a mi persona. No me interesa el tema. Ni a ti tampoco.
(Tyrone
cede. Jamie continúa, incidentalmente:) ¿Por qué empezamos a hablar de esto?
¡Ah!
¡Nos
referíamos al doctor Hardy! ¿Cuándo telefoneará por el asunto de Edmund?
TYRONE.
Al mediodía. (Pausa. A la defensiva.) Yo no habría podido confiar a Edmund a un
médico
mejor. Hardy lo atendió siempre desde niño. Conoce su organismo como nadie. No
es
que
yo sea tacaño, como quieres darlo a entender. (Con amargura.) ¿Y qué podría
hacer por
Edmund
el mejor especialista de Estados Unidos, ahora que se ha estropeado
deliberadamente
la
salud con la vida absurda que lleva desde que lo expulsaron de la universidad?
Cuando
estaba
aún en la escuela empezó a vivir en forma relajada y a hacer el pisaverde de
Broadway
para
imitarte, aunque nunca tuvo un organismo como el tuyo para soportar esa
existencia. Tú
eres
un hombrón sano como yo –o por lo menos lo fuiste a su edad-, pero Edmund
siempre ha
sido
un manojo de nervios, como su madre. Le previne durante años que su cuerpo no
podría
soportarlo,
pero no quiso escucharme y ahora ya es demasiado tarde.
JAMIE.
(Con
aspereza.) ¿Qué quieres decir? Hablas como si creyeras…
TYRONE.
(En un arranque de su conciencia culpable.) ¡No seas estúpido! ¡Sólo quise
decir lo
que
es claro para todo el mundo! La salud de Edmund está quebrantada y quizá sea un
inválido
durante un largo tiempo.
JAMIE.
(Mirándolo
absorto y haciendo caso omiso de su explicación.) Sé que los campesinos
irlandeses
creen fatal la tuberculosis. Y es probable que así sea cuando se vive en una
casucha,
sobre un pantano, pero aquí, con un tratamiento moderno…
TYRONE.
¿Acaso no lo sé? ¿Qué estás disparatando ahí? ¡Y no hables de Irlanda con tu
sucia
lengua
ni te burles de sus campesinos y casuchas! (Con tono acusador.) ¡Cuanto menos
digas
sobre
la enfermedad de Edmund, mejor para tu conciencia! ¡Eres más culpable que
nadie!
JAMIE.
(Herido.)
¡Eso es mentira! ¡No te lo permito, papá!
TYRONE.
¡Es la verdad! Has ejercido sobre Edmund la peor de las influencias. ¡Mientras
crecía,
te
admiró como a un héroe! ¡Bonito ejemplo el que le ofreces! ¡Que yo sepa, nunca
le diste un
solo
consejo que no fuera pésimo! ¡Lo hiciste envejecer prematuramente,
atiborrándolo de lo
que
crees sabiduría mundana, cuando Edmund era demasiado joven aún para comprender
que
tu
fracaso en la vida te envenenaba el alma, que para ti todo hombre era un
canalla con el
alma
en venta y toda mujer que no fuese ramera era una estúpida!
JAMIE.
(A
la defensiva, con cansada indiferencia nuevamente.) Bueno, sí. Le expliqué a Ed
la
verdad
de las cosas, pero sólo cuando vi que había empezado a salir de parrandas y que
se
burlaría
de mí si intentaba darle buenos consejos, de hacer el papel del hermano mayor.
Sólo
hice
de él un amigo y fui absolutamente franco, para que aprendiera de mis errores
que… (se
encoge
de hombros, cínicamente), que si no se puede ser bueno, por lo menos se puede
ser
cuidadoso.
(Su padre resopla, con desdén. De pronto, Jamie se siente realmente conmovido.)
Tu
acusación es absurda, papá. Bien sabes todo lo que significa Ed para mí y la
intimidad que
hubo
siempre entre nosotros… ¡No la usual entre hermanos! Yo haría cualquier cosa
por él.
TYRONE.
(Impresionado, ablandándose.) Quizás hayas creído que era para su bien, Jamie.
Lo sé.
No
digo que lo hayas hecho deliberadamente para causarle daño.
JAMIE.
¡Porque
sería una falsedad! ¡Me gustaría ver a alguien que pudiera influir sobre Ed más
de
lo que él quiera! Su carácter taciturno le hace creer a la gente que puede
manejarlo a su
antojo…
¡Pero Edmund es muy porfiado y sólo hace lo que desea y al diablo con todos los
demás!
¿Acaso tuve algo que ver con las locuras que hizo en estos últimos años…
corriendo
mundo
como marinero y todas esas cosas? Su vida me parecía estúpida y se lo dije. ¡Ya
te
imaginarás
que no me divertiría mucho quedarme varado en la América del Sur o vivir en
tugurios
mugrientos bebiendo aguardiente barato… ¿verdad? ¡No, gracias! A mí, que me
Broadway
y una habitación con baño privado y bares donde sirvan whisky de marca.
TYRONE.
¡Tú y tu Broadway! ¡Eso ha hecho de ti lo que eres! (Con un dejo de orgullo.)
Haga lo
que
haga Edmund, tiene el valor de seguir adelante y no viene a lloriquearme apenas
se queda
sin
un centavo.
JAMIE.
(Incitado
por los celos.) ¿Acaso no acaba de volver siempre a casa sin dinero? ¿Y qué
ganó
con marcharse? ¡Míralo, ahora! (Repentinamente avergonzado.) ¡Dios mío! He
dicho
algo
repulsivo. No fue con intención.
TYRONE.
(Resuelve hacer caso omiso de estas palabras.) Edmund ha estado progresando en
el
periódico.
Creí que había hallado por fin el empleo soñado.
JAMIE.
(Con
sarcásticos celos nuevamente.) ¡Un periodicucho de pueblo chico! No sé qué
mentiras
te dirán a ti, pero a mí me dicen que es un reportero muy holgazán. Si Ed fuera
tu
hijo…
(Avergonzado de nuevo.) ¡No, no es verdad! En el periódico se alegran de
tenerlo, por
el
material especial que les proporciona. Algunos de sus poemas y parodias son muy
buenos.
(Nuevamente
áspero.) Pero, desde luego, escribiendo esas cosas no llegará a ninguna parte.
(Precipitadamente.)
Aunque no cabe duda de que ha empezado bien.
TYRONE.
Sí. Ha empezado bien. Tú solías decir que deseabas ser periodista, pero nunca
quisiste
empezar
desde abajo. Esperabas…
JAMIE.
¡Oh,
papá! ¡Por amor de Dios! ¡Déjame en paz!
TYRONE.
(Lo mira fijamente, luego aparta la vista y dice, después de una pausa.) ¡Qué
mala
suerte
el que Edmund se haya enfermado precisamente ahora! No podría haber sucedido en
peor
momento para él. (Añade, sin poder ocultar un malestar casi furtivo:) O para tu
madre.
Es
terrible que eso la trastorne cuando necesita más paz y despreocupación.
¡Estaba tan bien
cuando
volvió a casa hace dos meses! (Su voz se hace ronca y trémula.)Eso fue el
paraíso
para
mí. Esta casa volvió a ser un hogar. Pero no necesito decírtelo, Jamie.
Por
primera vez, su hijo lo mira con compresiva simpatía. Se diría que acaba de
surgir
entre
ambos un sentimiento común en que podría olvidarse su antagonismo.
JAMIE.
(Con
dulzura.) Siento lo mismo, papá.
TYRONE.
Sí. Esta vez, ya habrás notado qué fuerte y segura de sí misma está. Es una
mujer
totalmente
distinta. Domina sus nervios… o por lo menos los dominada hasta que Edmund se
enfermó.
Ahora, se adivinan la tensión y el miedo que reprime. Ojalá pudiéramos
ocultarle la
verdad,
pero eso será imposible si hay que mandar a Ed a un sanatorio. Para agravar la
situación
el padre de Mary murió de tuberculosis. Ella lo adoraba y no lo ha olvidado.
Sí, le
resultará
duro. ¡Pero puede lograrlo! ¡Ahora tiene la voluntad necesaria! ¡Debemos
ayudarla
en
todas las formas posibles, Jamie!
JAMIE.
(Conmovido.)
Naturalmente, papá. (Vacilante.) Salvo los nervios, parece estar muy bien
esta
mañana.
TYRONE.
(Con sincera confianza ahora.) Nunca estuvo mejor. Rebosa alegría y malicia.
(De
improviso,
frunce recelosamente el ceño, mirando a Jamie.) ¿Por qué dices “parece”? ¿Por
qué
no ha de estar muy bien? ¿Qué diablos quieres insinuar?
JAMIE.
¡No
me acoses! Caramba, papá… En un asunto de esta índole debiéramos poder hablar
con
franqueza y sin reñir.
TYRONE.
Perdona,
Jamie… (Con voz tensa.) Pero, vamos… Dime…
JAMIE.
Nada
tengo que decirte. Me equivocaba. Sólo me refería a está última noche. Bueno,
ya
sabes
cómo son las cosas. No puedo olvidar el pasado. Ni reprimir mis sospechas. Como
tú.
(Con
amargura.) ¡Eso es lo tremendo! ¡Y por eso resulta tremendo para mamá! Ella
nota que
la
observamos…
TYRONE.
(Sombríamente.)
Lo sé. (Con tensión.) Bueno. ¿Y qué? ¿No puedes hablar claro?
JAMIE.
Te
digo que no hay nada. Es sólo mi maldita estupidez. Hoy desperté a las tres de
la
mañana
y la oí caminar por el cuarto de los huéspedes. Luego fue al baño. Simulé
dormir.
Mamá
se detuvo en el pasillo para escuchar, como si quisiera cerciorarse de que yo
dormía.
TYRONE.
(Con forzado desdén.) ¡Dios mío! ¿Eso es todo? Ella misma me dijo que la sirena
la
había
desvelado y que, desde que Edmund se enfermó, se pasaba las noches en un ir y
venir
para
ver cómo seguía.
JAMIE.
(Con
vehemencia.) Sí, es cierto. Se detenía a escuchar junto a su puerta. (Vacilando
de
nuevo.)
Lo que me asustó fue que había ido al cuarto de los huéspedes. Recordé que,
cuando
empieza
a dormir sola allí, eso indica siempre que…
TYRONE.
¡Pues esta vez no es así! Y se explica fácilmente. ¿Adónde podía huir de mis
ronquidos
anoche?
(Se abandona a un arranque de resentimiento e ira.) ¡Dios mío! ¡No comprendo
cómo
puedes vivir, con un cerebro que sólo ve los peores móviles detrás de todo!
JAMIE.
(Picado.)
¡No me vengas con ésas! Sólo dije que me equivocaba. ¿No crees que eso me
alegra
tanto como a ti?
TYRONE.
(Apaciguador.) Estoy seguro de que es como dices, Jamie. (Pausa. Su expresión
se
vuelve
sombría. Habla lentamente, con supersticioso terror.) Sería como una maldición
de la
cual
no puede escapar si la preocupación por Edmund… Fue durante su larga
enfermedad,
después
de nacer Ed, cuando ella por primera vez…
JAMIE.
¡Mamá
nada tuvo que ver con eso!
TYRONE.
(Mordaz.)
Entonces… ¿a quién culpas? ¿A Edmund, por haber nacido?
TYRONE.
¡Estúpido!
¡Nadie tuvo la culpa!
JAMIE.
¡El
culpable fue ese médico bribón! ¡A juzgar por lo que dice mamá era un vulgar
charlatán
como Hardy! Tú no quisiste pagarle un médico de primera…
TYRONE.
¡Mientes! (Furiosamente.) ¡Con que yo tengo la culpa! Es ahí adonde quieres ir
a
parar…
¿no es eso? ¡Haragán maligno!
JAMIE.
(Con
tono de advertencia, al oír a su madre en el comedor.) ¡Sssst! (Tyrone se
levanta
presurosamente
y va a mirar por las ventanas de la derecha. Jamie cambia por completo de
tono.)
Bueno. Si hay que recortar el seto del frente, más vale que empecemos ya.
Entra
Mary, quien viene de la habitación del fondo. Mira a ambos rápidamente y aire
de
sospecha.
Sus gestos son nerviosos y afectados.
TYRONE.
(Apartándose de la ventana, con aplomo de actor.) Sí. La mañana es demasiado
hermosa
para quedarse en casa discutiendo. Mira por la ventana, Mary. En el puerto no
hay
niebla.
Estoy seguro de que la racha de niebla ha terminado.
MARY.
(Acercándosele.)
Así lo espero querido. (A Jamie, forzando una sonrisa.) ¿Te oí
insinuar
que ibas a trabajar en el seto, Jamie? ¡Es asombroso! ¡Debes de estar muy
necesitado
de
dinero!
JAMIE.
(Con
tono festivo.) ¡Cuándo no! (Le guiña el ojo, mientras mira burlonamente a su
padre.)
¡Espero percibir por lo menos una paga de soldado a fin de semana… para irme de
parranda
con eso!
MARY.
(La
jovialidad de Jamie no halla eco en ella: sus manos juegan con el delantero de
su
vestido.)
¿Sobre qué discutían ustedes?
JAMIE.
(Encogiéndose
de hombros.) Sobre lo de siempre.
MARY.
Oí
que hablaban de un médico y que tu padre te acusaba de maligno.
JAMIE.
(Rápidamente.)
¡Ah! ¿Eso? Yo repetía que, para mí, el doctor Hardy no es el mejor
médico
del mundo.
MARY.
(Sabe
que Jamie miente y replica con tono indeciso.) ¡Oh! No, por cierto. Opino lo
mismo.
(Cambiando de tema, con sonrisa forzada.)¡Esa Bridget! ¡Pensé que nunca me
libraría
de ella! Me dijo todo lo que hay que saber sobre su primo hermano el de la
policía de
Saint
Louis. (Con nerviosa irritación.) Bueno… Si te disponías a trabajar en el seto…
¿por
qué
no vas? (Precipitadamente.) Aprovecha el sol antes de que vuelva la niebla.
(Con tono
extraño,
como si hablara consigo mismo.) Porque sé que volverá. (De improviso, adivina
que
ambos
la miran fijamente y dice con nerviosidad, alzando las manos.) O, más bien, lo
sabe el
reumatismo
de mis manos. Es mejor profeta del tiempo que tú, James. (Contempla absorta
sus
manos con fascinada repulsión.) ¡Oh! ¡Qué feas están! ¿Quién podría creer que
fueron
hermosas?
(Ellos la miran, absortos a su vez, con creciente temor.)
TYRONE.
(Le toma las manos y se las hace bajar, con dulzura.) Vamos, vamos, Mary.
Déjate de
tonterías.
Son las manos más encantadoras del mundo. (Ella sonríe, su rostro se ilumina y
lo
besa
con gratitud. Él se vuelve hacia su hijo.) Andando, Jamie. Tu madre tiene razón
al
regañarnos.
La manera de empezar a trabajar es empezando a trabajar. El ardiente sol te
hará
rebajar,
sudando, un poco de esa grasa del vientre.
Abre
la puerta metálica, sale al porche y baja por una escalinata al jardín. Jamie
se
levanta,
se quita el saco y va hacia la puerta. En el umbral se vuelve, pero evita mirar
a
su
madre y ella tampoco lo mira.
JAMIE.
(Con
torpe e inquieta ternura.) ¡Todos nos enorgullecemos tanto de ti, mamá! ¡Nos
haces
tan felices! (Ella se vuelve rígida y lo mira con asustado desafío. Él
continúa, con tono
vacilante.)
Pero debes tener cuidado aún. ¡Y no inquietarte tanto por Edmund! Se curará.
MARY.
(Con
terca mirada de resentimiento.) Claro que se curará. Y no sé qué quieres
insinuar
al
decirme que tenga cuidado…
JAMIE.
(Herido,
encogiéndose de hombros.) Está bien, mamá. Lamento haber hablado.
Sale
al porche. Ella espera, rígida, hasta que él desaparece. Luego se deja caer en
la
silla
que ha ocupado Jamie. Su semblante revela una asustada desesperación y sus
manos
vagabundean por la mesa, moviendo sin objeto las cosas. Oye bajar a Edmundo.
Cuando
va a llegar al pie de la escalera, éste tiene un acceso de tos. Ella se levanta
de
un
salto, como si quisiera huir de ese sonido, y va rápidamente hacia la ventana
de la
derecha.
Mira afuera, aparentemente serena, cuando él viene de la sala del frente, con
un
libro
en la mano. Mary se vuelve hacia él. En sus labios hay una sonrisa maternal de
bienvenida.
MARY.
¡Ah!
¿Eres tú? Iba a subir a verte.
EDMUND.
Esperé
a que ellos salieran. No quiero mezclarme en discusiones. Me siento muy mal.
MARY.
(Casi
con resentimiento.) ¡Oh, estoy segura de que exageras! ¡Eres tan niño! Te gusta
inquietarnos
para que nos preocupemos por ti. (Precipitadamente.) Sólo me burlo, querido.
Comprendo
lo mal que debes de sentirte. Pero hoy estás mejor… ¿verdad? (Inquieta,
tomándolo
del brazo.) De todos modos, te noto demasiado flaco. Necesitas descansar todo
lo
posible.
Siéntate y te pondré cómodo. (Edmund se sienta en la mecedora y su madre le
coloca
un
almohadón detrás de la espalda.) Eso es. ¿Qué tal, ahora?
EDMUND.
Magnífico.
Gracias, mamá.
MARY.
(Besándolo,
tiernamente.) Sólo necesitas que tu madre te cuide. Grande y todo sigues
siendo
el niño de la familia… ¿sabes?
EDMUND.
(Tomándole la mano, con profunda seriedad.) No pienses en mí. ¡Cuídate tú! Eso
es lo
que
importa.
MARY.
(Rehuyendo
sus ojos.)¡Pero si me cuido, querido! (Con risa forzada.) ¡Dios mío! ¿No
ves
cómo he engordado? Tendré que ensanchar todos mis vestidos. (Se vuelve y va
hacia las
ventanas
de la derecha. Ensaya un tono frívolo y festivo.) Han empezado a recortar el
seto.
¡Pobre
Jamie! ¡Cómo le fastidia trabajar en el frente de la casa donde todos los que
pasan
pueden
verlo! Ahí van los Chattfield en su Mercedes nuevo. Hermoso automóvil… ¿verdad?
No
como nuestro Packard de segunda mano. ¡Pobre Jamie! Se ha agachado debajo del
seto
para
que no lo vean. Los Chattfield saludan a tu padre y él les contesta como si se
levantara el
telón
y saliera a recibir los aplausos. Viste ese sucio y viejo traje que he tratado
tanto de
hacerle
abandonar. (En su voz se percibe amargura.) James debiera tener más amor propio
y
no
dar espectáculos.
EDMUND.
Papá hace bien al no preocuparse de la opinión ajena. Y Jamie es un estúpido al
darles
importancia
a los Chattfield. ¡Por amor de Dios! ¿Quién ha oído hablar de ellos fuera de
este
pueblucho?
MARY.
(Con
satisfacción.) Nadie. Tienes muchísima razón, Edmund. Son unas ranas grandes
en
un charco chico. Jamie es un tonto. (Se interrumpe mientras mira por la
ventana, y luego
prosigue
con un dejo de solitario anhelo.) Con todo, los Chattfield y toda la gente como
ellos
significan
algo. Poseen casas decentes de las cuales no tienen por qué avergonzarse. Y
amigos
a
quienes agasajan y que los agasajan a ellos. No viven aislados de todo el
mundo. (Se aparta
de
la ventana.)Y no porque me interesen. Siempre he odiado a este pueblo y sus
pobladores.
Tú
lo sabes. Yo no quería vivir aquí, pero a tu padre le gustó la localidad e
insistió en edificar
esta
casa y ahora tengo que venir todos los veranos.
EDMUND.
Bueno… Es preferible a pasarlos en un hotel de Nueva York… ¿verdad? Y este
pueblo
no
es tan malo. Me gusta bastante. Será porque es el único hogar que hemos tenido.
MARY.
Esta
casa nunca me pareció un hogar. Fue un fracaso desde el principio. Todo se hizo
con
el menor dinero posible. Tu padre nunca quiso gastar lo necesario para ponerla
en
condiciones.
Más vale que no invitemos a los amigos aquí. Me avergonzaría que franquearan
nuestro
umbral. Pero James siempre aborreció a los amigos de la familia. Le fastidia
visitar a
la
gente o recibirla. Sólo le gusta codearse con hombres en el club o en algún
bar. Jamie y tú
son
como él, pero no tienen la culpa. Nunca tuvieron oportunidad de conocer aquí a
gente
decente.
No serían los mismos si hubiesen tratado a muchachas buenas, en vez de
vagabundear
con… Nunca se habrían deshonrado así, tanto que ningún padre respetable le
permite
a su hija que salga con ustedes.
EDMUND.
(Con irritación.)¡Ay, mamá! ¡Olvida eso! ¿A quién le importa? Además, Jamie y
yo nos
moriríamos
de aburrimiento. Y en cuanto al viejo… ¿para qué hablar? No podemos
cambiarlo.
MARY.
(Reprochándole
de un modo mecánico sus palabras.) No llames viejo a tu padre. Sé
más
respetuoso. (Con tristeza.) Comprendo que es inútil hablar. Pero a veces me
siento tan
sola...
EDMUND.
De todos modos, debes ser justa. Quizás la culpa, al principio, haya sido sólo
de papá,
pero
ya sabes que después, aunque él lo hubiese aceptado, no habríamos podido
recibir gente
aquí…
(Vacila, con aire culpable.) Quiero decir… que tú no la habrías querido
recibir.
MARY.
(Con
sobresalto, mientras sus labios se estremecen lastimeramente.) No digas eso. Me
duele
mucho que me lo recuerdes
EDMUND.
¡No lo tomes así! ¡Por favor, mamá! Estoy tratando de ayudarte. Porque no
conviene
que
lo olvides. Debes recordar. Para estar en guardia. Ya sabes qué pasó.
(Lastimeramente.)
¡Dios
mío! Comprenderás que sufro al recordártelo. Lo hago porque ha sido maravilloso
verte
en
casa así y sería terrible…
MARY.
(Acongojada.)
¡Por favor, querido! Ya sé que tienes las mejores intenciones, pero... (En
su
voz reaparece un malestar con el que pretende protegerse.) No comprendo por qué
dices
de
pronto esas cosas. ¿Por qué se te ocurren hoy?
EDMUND.
(Evasivamente.)
Por nada. Será porque me siento desdichado y triste.
MARY.
Dime
la verdad. ¿A qué viene esa repentina desconfianza?
EDMUND.
¡No
hay tal cosa!
MARY.
¡Oh,
sí! Lo adivino. Tu padre y Jamie también desconfían de mí… sobre todo, Jamie.
EDMUND.
Vamos.
No empieces a imaginarte cosas, mamá.
MARY.
(Sus
manos se mueven nerviosamente.) La vida se hace mucho más penosa cuando una
vive
en esta atmósfera de constantes sospechas, sabiendo que todos me espían y que
nadie
confía
en mí.
EDMUND.
¡Eso
es absurdo, mamá! Todos confiamos en ti.
MARY.
Si
por lo menos tuviese adonde irme por un día o siquiera por una tarde, una amiga
con
quien
hablar… no de nada serio… sino simplemente reír y charlar y olvidar por algún
tiempo…
alguien que no fuera esa criada… ¡esa estúpida Cathleen!
EDMUND.
(Se
levanta, inquieto, y la rodea con el brazo.) Basta, mamá. Te excitas sin
motivo.
MARY.
Tu
padre sale. Se encuentra con sus amigos en el bar o el club. Tú y Jamie también
tienen
amigos y salen. Pero yo estoy sola. Siempre he estado sola.
EDMUND.
(Con tono tranquilizador.) ¡Vamos! Bien sabes que eso no es verdad. Alguno de
nosotros
se queda siempre contigo o te acompaña en el automóvil cuando sales de paseo.
MARY.
(Con
amargura.) ¡Porque temen dejarme sola! (Volviéndose, con aspereza.) Insisto en
que
me digas por qué obras así esta mañana… por qué te creíste en el deber de
recordarme…
EDMUND.
(Vacila y se desahoga, con aire culpable.) Es algo estúpido. Yo no dormía
anoche
cuando
entraste a mi cuarto. No volviste al que compartes con papá y pasaste el resto
de la
noche
en el cuarto de los huéspedes.
MARY.
¡Porque
los ronquidos de tu padre me enloquecían! ¡Por amor de Dios! ¿Acaso no he
dormido
a menudo en el cuarto de los huéspedes? (Con amargura.) Pero ya comprendo qué
pensaste.
Fue entonces cuando…
EDMUND.
(Con
exagerada vehemencia.) ¡No pensé nada!
MARY.
¡Con
que fingiste dormir para espiarme!
EDMUND.
¡No! ¡Lo hice porque te ibas a inquietar si descubrías que tenía fiebre y no
podía
conciliar
el sueño!
MARY.
Sin
duda, también Jamie fingía dormir y tu padre…
EDMUND.
¡Basta,
mamá!
MARY.
¡Oh,
no puedo soportar, Edmund, que hasta tú…! (Se lleva nerviosamente las manos al
cabellos
para acariciárselo con su gesto usual, distraído y ausente. De improviso, una
extraña
vengatividad se insinúa en su voz.) ¡Bien merecido lo tendrían ustedes si fuera
cierto!
EDMUND.
¡Mamá!
¡No digas eso! Hablas así cuando...
MARY.
¡Basta
de sospechas! ¡Por favor, querido! ¡Me hieres! ¡No podía dormirme porque
pensaba
en ti! ¡Ésa es la verdadera razón! Vivo tan preocupada desde que te enfermaste…
Lo
ciñe con los brazos y lo estrecha contra sí, con temerosa y protectora ternura.
EDMUND.
(Con
tono tranquilizador.)¡Qué tontería! Bien sabes que sólo es un resfrío rebelde.
MARY.
¡Sí,
naturalmente! ¡Lo sé!
EDMUND.
Pero escúchame, mamá. Prométeme que, aunque resulte algo peor, pensarás que me
curaré
pronto, sin vivir enferma de inquietud y seguirás cuidándote…
MARY.
(Con
temor.) ¡No quiero escucharte cuando dices tonterías! ¡No tienes por qué hablar
como
si esperaras algo horrible! Claro que te lo prometo. ¡Te doy mi palabra de
honor! (Con
triste
amargura.) Pero, sin duda, recordarás que ya la di otras veces.
EDMUND.
¡No!
MARY.
(Su
amargura merma hasta trocarse en resignada impotencia.)No te culpo, querido.
¿Cómo
podrías evitarlo? (Con aire extraño.) Por eso nos resulta tan duro... No
podemos
olvidar...
EDMUND.
(Aferrándola
del hombro.) ¡Mamá! ¡Basta!
MARY.
(Con
sonrisa forzada.)¡Bueno, querido! ¡Yo no quería ser tan lúgubre! No me hagas
caso.
Vamos. Déjame tocarte la cabeza... Pero... ¡si está fresca! Ahora no tienes
fiebre.
EDMUND.
¡Olvidar!
Eres tú...
MARY.
¡Pero
si yo me siento perfectamente, querido! (Dirigiéndole una mirada rápida,
extraña,
calculadora, casi astuta.) Sólo que, naturalmente, esta mañana, después de
haber
pasado
una noche tan mala, estoy cansada y nerviosa. En realidad, debiera dormir hasta
la
hora
del almuerzo. (Él la mira con instintiva sospecha; luego, avergonzado de sí
mismo,
aparta
con rapidez los ojos. Ella prosigue, nerviosamente.) ¿Qué harás? ¿Leer aquí?
Sería
mucho
mejor que tomaras aire y sol. Pero no te acalores, recuérdalo. Para mayor
precaución,
ponte
un sombrero. (Se interrumpe y lo mira a los ojos. Él rehúye su mirada. Tensa
pausa.
Luego
Mary habla, con tono burlón.) ¿O temes dejarme sola?
EDMUND.
(Torturado.) ¡No! ¡No hables así! Debieras dormir un poco. (Yendo hacia la
puerta de
tela
metálica, con tono afectadamente jovial.) Bajaré para ayudar a Jamie a pasar el
mal rato.
Me
gusta tenderme en la sombra y mirarlo trabajar.
Ríe
con esfuerzo y ella lo imita. Luego, Edmund sale por el porche y baja la
escalinata.
La
primera reacción de Mary es de alivio y parece relajarse. Se deja caer sobre
uno de
los
sillones de mimbre que están detrás de la mesa y echa atrás la cabeza, cerrando
los
ojos.
Pero, de pronto, su tensión reaparece. Sus ojos se abren, y se inclina hacia
delante,
y
en un acceso de nervioso pánico comienza una desesperada batalla consigo misma.
Sus
largos
dedos deformados y con los nudillos hinchados por el reumatismo, tamborilean
sobre
los brazos del sillón, impulsados por una insistente vida propia, sin su
consentimiento.
ACTO
II
Escena
I
El
mismo escenario, a la una menos cuarto, aproximadamente. Ahora, el sol no entra
por las
ventanas
de la derecha. El día es hermoso aún, pero cada vez más sofocante y en el aire
se cierne
una
leve neblina que atenúa el resplandor del sol.
Edmund,
sentado en el sillón que está a la izquierda de la mesa, lee un libro. O mejor
dicho
trata
de concentrarse en la lectura sin conseguirlo, y se diría que escucha algún
ruido del primer
piso.
Sus gestos son nerviosamente aprensivos y parece más enfermo que en el acto
anterior.
Cathleen,
la criada, entra por la sala del fondo. Trae una bandeja con una botella de
whisky
de
marca, varios vasos para whisky y una jarra con agua helada. Es una robusta
campesina
irlandesa
de veintitantos años y rostro rubicundo y agradable, cabello negro y ojos
azules. Es
amable,
ignorante, torpe y de hermética y bien intencionada estupidez. Deja la bandeja
sobre la
mesa.
Edmund finge estar tan enfrascado en su libro que no lo advierte, pero ella
hace caso omiso
de
esto.
CATHLEEN.
(Con locuaz familiaridad.) Aquí está el whisky. Falta poco para el almuerzo.
¿Llamo a
su
padre y al señor Jamie, o lo hará usted?
EDMUND.
(Sin
alzar los ojos.) Llámalos tú.
CATHLEEN.
Me extraña que su padre no mire su reloj, de vez en cuando. Es el mismo diablo
para
atrasar
las comidas, y luego Bridget me maldice como si yo tuviera la culpa. Pero el
señor
James
es un hombre muy guapo, aunque sea viejo. Usted nunca será tan bien parecido…
ni
tampoco
el señor Jamie. (Ríe.) ¡Apostaría a que el señor Jamie no perdería la
oportunidad de
interrumpir
el trabajo y beber su whisky si tuviera un reloj!
EDMUND.
(Renuncia
a su simulación de no verla y sonríe.) ¡Y ganarías la apuesta!
CATHLEEN.
Y también le voy a ganar en esto otro: que usted me manda a llamarlos para
poder beber
a
escondidas otro trago antes de que vengan.
EDMUND.
Bueno.
A decir verdad, no había pensado en eso…
CATHLEEN.
¡Oh, no! ¡Vaya! ¡Lo haría apenas yo saliera!
EDMUND.
Pero
ahora que lo sugieres...
CATHLEEN.
(De pronto remilgadamente virtuosa.) Nunca le sugeriría a un hombre o a una
mujer
que
bebiera, señor Edmund. Ciertamente… Eso le causó la muerte a un tío mío, en
Irlanda.
(Ablandándose.)
Pero se puede beber un poco cuando uno está deprimido o muy resfriado.
EDMUND.
Gracias por haberme dado una buena excusa. (Con forzada despreocupación.) Más
vale
que
llames a mi madre también.
CATHLEEN.
¿Para qué? Siempre viene a comer a tiempo sin que la llame. Tiene un poco de
consideración
por la servidumbre.
EDMUND.
Está
durmiendo.
CATHLEEN.
No dormía cuando terminé mi trabajo arriba. Estaba acostada en el cuarto de los
huéspedes,
con los ojos muy abiertos. Dijo que tenía una jaqueca terrible.
EDMUND.
(Hace un esfuerzo máximo para mostrar despreocupación.) Bueno. Entonces llama
solamente
a papá.
CATHLEEN.
(Yendo hacia la puerta de tela metálica y gruñendo, con buen humor:) Por algo
estoy
tan
derrengada todas las noches. No saldré con este calor para exponerme a una
insolación.
Los
llamaré desde el porche.
Sale
al porche lateral, cerrando con violencia la puerta de tela metálica y va hacia
el
porche
del frente. Al cabo de un momento, se la oye gritar.
¡Señor
Tyrone! ¡Señor Jamie! ¡Ya es hora!
Edmund,
cuya mirada fija revela temor, se olvida de su libro y se levanta nerviosamente
de
un salto.
EDMUND.
¡Dios
mío, qué muchacha!
Toma
la botella y se sirve whisky, le agrega agua helada y bebe. Mientras lo hace
oye
que
alguien entra por la puerta principal. Edmund deja precipitadamente el vaso
sobre
la
bandeja, vuelve a sentarse y abre su libro. Jamie viene de la sala del frente,
con el
saco
sobre el brazo. Se ha quitado el cuello y la corbata y los trae en la mano. Se
seca el
sudor
de la frente con un pañuelo. Edmund alza los ojos como su hubiesen interrumpido
su
lectura. Jamie mira la botella y los vasos y sonríe cínicamente.
JAMIE.
Con
que bebiendo un trago a escondidas… ¿eh? ¡Basta de comedias, Ed! Como actor,
eres
peor que yo.
EDMUND.
(Sonríe.)
Sí. Aprovecho la oportunidad para tomarme uno.
JAMIE.
(Poniéndole
afectuosamente la mano sobre el hombro.) Más vale así. ¿Por qué habrías
de
engañarme? ¿Acaso no somos camaradas?
EDMUND.
No
estaba seguro de que fueras tú quien venía.
JAMIE.
Le
dije al viejo que consultara su reloj. Yo estaba a mitad de camino cuando
Cathleen
empezó
a cantar. ¡Nuestra alondra salvaje irlandesa! Debió ser anunciador de trenes.
EDMUND.
Por eso bebí. ¿Por qué no te tomas también un trago mientras tienes oportunidad
de
hacerlo?
JAMIE.
En
eso estaba pensando. (Va rápidamente hacia la ventana de la derecha.) Papá
estaba
conversando
con el viejo capitán Turner. Sí, todavía está en eso. (Vuelve y bebe.) Y ahora,
vamos
a ocultarlo a su vista de águila. (Se graba en la memoria el nivel del whisky
contenido
en
la botella después de cada trago. Ahora calcula dos medidas de agua y las echa
en la
botella
y la agita.) Asunto arreglado. (Vierte agua en el vaso y lo deja sobre la mesa,
junto a
Edmund.)
Y ahí tienes el agua que has estado bebiendo.
EDMUND.
¡Bueno!
No esperarás engañarlo… ¿verdad?
JAMIE.
Quizá
no, pero no podrá probarlo. (Poniéndose el cuello y la corbata.) Espero que el
viejo
no olvidará el almuerzo al oírse hablar a sí mismo. Tengo hambre. (Sentándose a
la
mesa
enfrente a Edmund, con tono irritado.) Por eso me fastidia trabajar en el seto.
El viejo
representa
una comedia por cada imbécil que pasa.
EDMUND.
(Lúgubremente.) ¿Tienes hambre? ¡Afortunado! Como yo me siento, me daría igual
no
volver
a comer nunca.
JAMIE.
(Mirándolo,
con aire preocupado.) Escucha, muchacho. Tú ya me conoces. Nunca te he
echado
sermones, pero el doctor Hardy tenía razón cuando te ordenó que suprimieras el
whisky.
EDMUND.
¡Oh! Ya lo haré cuando Hardy me dé la mala noticia esta tarde. Unos sorbos más
o
menos,
hasta entonces, no tienen importancia.
JAMIE.
(Vacilando,
lentamente.) Me alegro que tengas el ánimo preparado para las malas
noticias.
Así, la impresión no será tan fuerte. (Nota que Edmund lo mira fijamente.)
Quiero
decir
que estás enfermo de cuidado y no convendría que te engañaras.
EDMUND.
(Nerviosamente.) No me engaño. Me siento muy mal y mis fiebres y escalofríos
nocturnos
son algo serio. Creo que la última conjetura del doctor Hardy era exacta. Debe
ser
una
recaída de esa maldita malaria.
JAMIE.
Quizá,
pero no estés demasiado seguro.
EDMUND.
¿Por
qué? ¿Qué supones?
JAMIE.
¡Hombre!
¿Cómo quieres que lo sepa? No soy médico. (Con brusquedad.) ¿Dónde está
mamá?
EDMUND.
Arriba.
JAMIE.
(Mirándolo
ce un modo penetrante.) ¿Cuándo subió?
EDMUND.
¡Oh!
Cuando fui al seto, supongo. Dijo que dormiría un rato.
JAMIE.
Tú
no me dijiste…
EDMUND.
(A la defensiva.) ¿Para qué? ¿Acaso tenía algo de particular? Estaba cansada.
Anoche
durmió
mal.
JAMIE.
Lo
sé.
Pausa.
Ambos evitan mirarse.
EDMUND.
Esa
maldita sirena me desveló también.
JAMIE.
Conque
mamá se ha pasado arriba toda la mañana… ¿eh? ¿No la has visto?
EDMUND.
No.
Estuve leyendo aquí. Quería darle la oportunidad de dormir.
JAMIE.
¿Bajará
a almorzar?
EDMUND.
Naturalmente.
JAMIE.
(Con
tono seco.) Nada de naturalmente. Quizá no quiera almorzar. O empiece a
almorzar
de nuevo sola ahí arriba. No sería la primera vez… ¿verdad?
EDMUND.
(Con asustado resentimiento.) ¡Basta Jamie! ¿No se te ocurre algo que no sea…?
(Con
tono
persuasivo.) Te equivocas al sospechar algo. Cathleen acaba de verla. Mamá no
le dijo
que
no bajaría a almorzar.
JAMIE.
¿De
modo que no dormía?
EDMUND.
No,
pero estaba acostada.
JAMIE.
¿En
el cuarto de los huéspedes?
EDMUND.
Sí.
¡Por amor de Dios! ¿Qué tiene de particular?
JAMIE.
(Estallando.)
¡Imbécil! ¿Por qué la dejaste sola durante tanto tiempo? ¿Por qué no te
quedaste
a su lado?
EDMUND.
Porque me acusó… y a ti y a papá… de espiarla continuamente y no confiar en
ella. Me
sentí
avergonzado. Sé cómo debe dolerle eso. Y me prometió, bajo palabra de honor…
JAMIE.
(Con
amarga laxitud.) Debieras saber que eso no significa nada.
EDMUND.
¡Esta
vez, sí!
JAMIE.
Lo
mismo pensamos las otras veces. (Se inclina sobre la mesa para asirle
afectuosamente
el brazo.) Escúchame, Ed. Sé que me crees un cínico canalla, pero recuerda
que
conozco mucho mejor este juego que tú. Viniste a descubrir lo que sucedía casi
cuando
ingresaste
en la universidad. Papá y yo te lo ocultamos. Pero yo lo sabía diez años o más
antes
de que nos viéramos obligados a decírtelo. Me conozco el juego a fondo y me
preocupó
durante
toda la mañana la conducta de mamá anoche, cuando nos creyó dormidos. No pude
pensar
en otra cosa. Y ahora veo que consiguió lo que quería: la dejaste sola arriba
toda la
mañana.
EDMUND.
¡No
hubo tal cosa! ¡Estás loco!
JAMIE.
(Conciliador.)
Bueno, Ed. No riñas conmigo. Quiero creer, como tú, que estoy loco. Era
muy
feliz porque había empezado a creer realmente que esta vez… (Se interrumpe,
mirando
por
la sala del frente hacia el vestíbulo. Baja la voz, precipitadamente.) Mamá
está bajando.
Tenías
razón. Soy una sabandija desconfiada. (Una confiada y temerosa expectación los
pone
tensos.
Jamie murmura.) ¡Qué diablos! Debí tomar otro whisky.
EDMUND.
Yo
también.
Tose
nerviosamente y esto le causa un verdadero acceso de tos. Jamie lo mira
rápidamente,
con inquieta piedad. Viene Mary de la sala del frente. En el primer
momento
no se nota en ella cambio alguno, aunque parece menos nerviosa y se asemeja
más
a la persona que vimos por primera vez después del desayuno; pero luego se
advierte
que sus ojos brillan más y que hay una extraña despersonalización en su voz y
sus
ademanes, como si estuviera un poco alejada de sus palabras y sus actos.
MARY.
(Se
acerca con inquietud a Edmund y lo rodea con el brazo.) No debes toser así. Eso
te
daña
la garganta. No querrás tener dolor de garganta además de tu resfrío. (Lo besa.
Edmund
deja
de toser y la observa con rápida y aprensiva mirada, pero aunque sus sospechas
se
despiertan,
su ternura le induce a renunciar a ellas y a creer lo que quiere creer por el
momento.
Por su parte Jamie adivina, con una sola mirada escudriñadora, que sus
sospechas
son justificadas. Baja la mirada hasta fijarla en el suelo y en su rostro
aparece un
amargado
y defensivo cinismo. Mary continúa hablando, sentada a medias sobre el brazo
del
sillón
de Edmund y rodea a su hijo con el brazo, de modo que su rostro está encima y
detrás
del
de Edmund, quien no puede mirarla en los ojos.) Pero parece que siempre te
estoy
sermoneando
para que no hagas ni esto ni lo otro. Perdóname, querido. Simplemente, quiero
cuidarte.
EDMUND.
Lo
sé, mamá. ¿Y tú? ¿Has descansado bien?
MARY.
Sí.
Muy bien. Estuve acostada desde que saliste. Era lo que necesitaba después de
una
noche
tan mala. Ahora ya no estoy nerviosa.
EDMUND.
¡Cuánto
me alegro!
Le
acaricia la mano, que Mary ha apoyado sobre su hombro. Jamie mira a su hermano
ce una
manera
extraña, casi desdeñosa, preguntándose si habla en serio. Edmund no lo nota,
pero
su
madre, sí.
MARY.
(Con
tono forzado, burlón.) ¡Dios mío! ¡Qué compungido estás, Jamie! ¿Qué sucede
ahora?
JAMIE.
(Sin
mirarla.) Nada.
MARY.
¡Ah!
Olvidé que estás trabajando en el seto. Eso justifica tu melancolía… ¿eh?
JAMIE.
Si
quieres creerlo así, mamá…
MARY.
(Con
el mismo tono.) Tal es el efecto que eso le causa siempre… ¿verdad? ¡Eres un
niño
en el fondo! ¿Verdad que lo es, Edmund?
EDMUND.
Claro.
Es un estúpido porque le preocupa la opinión de los demás.
MARY.
(Con
tono extraño.) Sí. El único camino es evitar la preocupación. (Advierte que
Jamie
la
mira con amargura y cambia de tema.) ¿Dónde está tu padre? Oí que Cathleen lo
llamaba.
EDMUND.
Jamie dice que está charlando con el viejo capitán Turner. Llegará tarde, como
de
costumbre.
Jamie
se levanta y va hacia las ventanas de la derecha, satisfecho de tener un
pretexto
para
volverles la espalda.
MARY.
Le
he dicho repetidas veces a Cathleen que debe ir a buscarlo adonde esté y
decírselo.
¡Qué
ocurrencia! ¡Gritar como si esto fuese una vulgar casa de huéspedes!
JAMIE.
(Mirando
por la venta.) Cathleen está ahí abajo, ahora. (Sarcásticamente.) ¡Interrumpe
a
la célebre Hermosa Voz! Debiera ser más respetuosa.
MARY.
(Con
aspereza y dejando traslucir su resentimiento.) ¡Ella, no! ¡Tú! ¡No vuelvas a
burlarte
de tu padre! ¡No lo toleraré! ¡Tendrías que enorgullecerte de ser su hijo!
Quizá tenga
sus
defectos. ¿Quién no los tiene? Pero trabajó de firme toda su vida. ¡Se abrió
camino desde
la
ignorancia y la pobreza hasta la cumbre de la profesión! Todos los demás lo
admiran y tú
tienes
menos derecho que nadie a reírte… ¡Tú, que, gracias a él, nunca tuviste que
trabajar de
verdad!
(Herido, Jamie se ha vuelto y la mira fijamente, con acusadora hostilidad. Los
ojos
de
Mary vacilan, con aire culpable, y añade, con un tono que empieza a ser
conciliador.)
Recuerda
que tu padre está envejecido, Jamie, Realmente, debieras tener más
consideración.
JAMIE.
¿Soy
yo quien debiera tenerla?
EDMUND.
(Con malestar.) ¡Oh, basta ya, Jamie! (Su hermano vuelve a mirar por la
ventana.) Y
por
amor de Dios, mamá… ¿Por qué acosas así a Jamie, de pronto?
MARY.
(Con
amargura.) Porque siempre se burla de alguien, siempre busca en todos la peor
debilidad.
(En brusca y extraña transición, con tono objetivo e impersonal.) Pero supongo
que
la vida lo ha hecho así y él no puede remediarlo. Ninguno de nosotros puede
remediar las
cosas
que le hace la vida. Están hechas antes de que uno se dé cuenta y esas cosas lo
obligan a
hacer
otras, hasta que finalmente todo se interpone entre nosotros y lo que
quisiéramos ser, y
perdemos
para siempre nuestro verdadero yo.
El
tono extraño de su madre ha vuelto aprensivo a Edmund. Busca sus ojos, pero
ella lo
rehúye.
Jamie se vuelve hacia Mary y luego mira de nuevo por la ventana.
JAMIE.
(Con
voz sorda.) Tengo hambre. Ojalá venga el viejo. Tiene la desdichada costumbre
de
hacernos
esperar y luego se enoja porque la comida está fría.
MARY.
(Con
resentimiento mecánico y superficial, pero interiormente se mantiene
indiferente.)
Sí,
eso es muy penoso, Jamie. No te imaginas qué penoso es. Tú no tienes que
gobernar una
casa
con criados de veraneo a quienes nada les importa porque saben que su empelo es
transitorio.
La servidumbre de valía trabaja para gente que tiene un hogar y no una simple
finca
de veraneo. Y tu padre ni siquiera está dispuesto a pagar los sueldos que pide
lo mejor
de
ese personal. Todos los años tengo que luchar con novatos estúpidos y
haraganes. Pero ya
me
lo has oído decir mil veces. Y también él. Y es inútil. Cree que gastar dinero
en una casa
es
derrocharlo. Ha vivido demasiado en hoteles. Y nunca en los mejores,
naturalmente, sino
en
los de segundo orden. No sabe qué es un hogar. Hasta se enorgullece de esta
modesta casa.
Le
gusta. (Ríe, con una risa desalentada pero divertida.) En realidad, tiene
gracia. Es un
hombre
extraño.
EDMUND.
(Tratando nuevamente de mirarla en los ojos, con malestar.) ¿Por qué divagas
así,
mamá?
MARY.
(Fingiendo
rápidamente negligencia y dándole una palmadita en la mejilla.) ¡Oh! ¡Por
nada,
querido! Tonterías… (Mientras habla entra Cathleen, quien viene de la sala del
fondo.)
CATHLEEN.
(Con locuacidad.) El almuerzo está listo, señora. Fui en busca del señor
Tyrone, como
usted
me lo ordenó, y dijo que vendría inmediatamente, pero se ha quedado charlando
con ese
hombre,
hablándole de la época en que…
MARY.
(Con
indiferencia.) Muy bien, Cathleen. Dile a Bridget que lo siento, pero tendrá
que
esperar
unos minutos a que llegue el señor Tyrone.
Cathleen
murmura “Sí, señor” y se va por la sala del fondo, refunfuñando.
JAMIE.
¡Al
diablo! ¿Por qué no empezamos a comer sin él? Nos dijo que no lo esperáramos.
MARY.
(Con
una sonrisa lejana, divertida.) No hablaba en serio. ¿No lo conoces todavía?
¡Eso
lo
haría sufrir tanto!
EDMUND.
(Levantándose de un salto, como si le alegrara encontrar un pretexto para
irse.)
Trataré
de apurarlo. (Sale al porche lateral. Al cabo de un momento, se le oye gritar
desde
allí
con tono desesperado.) ¡Eh, papá! ¡Ven! ¡No podemos esperarte todo el día!
Mary
se ha levantado y sus manos tamborilean con impaciencia sobre la mesa. No mira
a
Jamie, pero adivina la mirada de cínica estimación que éste les dirige a su
rostro y a
sus
manos.
MARY.
(Con
aire tenso.) ¿Por qué me miras así?
JAMIE.
Tú
lo sabes. (Se vuelve hacia la ventana.)
MARY.
No
lo sé.
JAMIE.
¡Oh,
por amor de Dios! ¿Esperas engañarme? No soy ciego.
MARY.
(Mirándolo
de frente, el rostro contraído nuevamente en una expresión de turbada y
terca
negación.) No sé a qué te refieres.
JAMIE.
¿No?
¡Mírate los ojos en el espejo!
EDMUND.
(Viene del porche.) Conseguí que papá se pusiera en marcha. Estará aquí dentro
de un
momento.
(Mira sucesivamente a ambos y su madre rehúye sus ojos. Les pregunta, con
malestar.)
¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa, mamá?
MARY.
(Trastornada
por su llegada, se desahoga con culpable excitación nerviosa.) Tu
hermano
debiera avergonzarse. Ha estado insinuando no sé qué.
EDMUND.
(Volviéndose
hacia Jamie.) ¡Maldito seas!
Da
un paso amenazador hacia él. Jamie le vuelve la espalda, encogiéndose de
hombros y
mira
por la ventana.
MARY.
(Trastornada,
aferrando el brazo a Edmund, con excitación.) ¡Basta! ¡Cállate
inmediatamente!
¿Me oyes? ¿Cómo te atreves a usar semejante lenguaje en mi presencia?
(bruscamente,
su tono y sus modales vuelven a la modalidad extrañamente impersonal de
antes.)
Haces mal en culpar a tu hermano. No puede dejar de ser tal como lo ha hecho el
pasado.
Como no puede evitarlo su padre. O tú. O yo.
EDMUND.
(Asustado, confiando contra toda lógica.) ¡Jamie miente! ¡Eso es mentira!
¿Verdad,
mamá?
MARY.
(Rehuyendo
sus ojos.) ¿Mentira? ¿El qué? Ahora estás hablando con acertijos, como
Jamie.
(Sus ojos se encuentran con la mirada acongojada y acusadora de Edmund y
balbucea.)
¡Edmund! ¡No me mires así! (Aparta los ojos de él, vuelve a mostrarse de pronto
extrañamente
impersonal y dice, con serenidad.) Tu padre ya está subiendo los escalones.
Tengo
que decírselo a Bridget.
Sale
por la sala del fondo. Edmund se adelanta lentamente hacia su silla. Parece
enfermo
y sin esperanzas.
JAMIE.
(Desde
la ventana, sin volverse.) ¿Y bien?
EDMUND.
(Negándose aún a reconocer algo ante su hermano con débil desafío.) ¿Y bien,
qué?
Eres
un embustero. (Jamie vuelve a encogerse de hombros. Se oye cerrarse la puerta
de tela
metálica
del porche del frente. Edmund dice, con voz sorda.) Ahí está papá. Esperemos
que
no
le preocupe tanto la botella.
Viene
Tyrone de la sala del frente, Se está poniendo el saco.
TYRONE.
Lamento haberme demorado. El capitán Turner se detuvo a charlar conmigo y,
cuando
empieza
a hablar, no hay manera de deshacerse de él.
JAMIE.
(Sin
volverse, secamente.) Querrás decir cuando empieza a escuchar. (Su padre lo
mira
con
aversión y se acerca a la mesa, midiendo con rápida mirada el contenido de la
botella,
Jamie
lo adivina.) No temas. El nivel de la botella no ha cambiado.
TYRONE.
(Cáusticamente.) Yo no lo miraba. ¡Como si eso probara algo, estando tú cerca!
Conozco
tus tretas.
EDMUND.
(Apáticamente.)
¿No te oí decir “bebamos”?
TYRONE.
(Lo mira, frunciendo el ceño.) Bien está que beba Jamie, después de su duro
trabajo de
la
mañana. Pero a ti no te convidaré. El doctor Hardy…
EDMUND.
¡Al
diablo con Hardy! Un trago no me matará. Me siento… agotado, papá.
TYRONE.
(Mirándolo con inquietud y simulando jovialidad.) Bueno, bebe. Vamos a comer y
he
comprobado
siempre que el buen whisky, tomado con moderación como aperitivo, es el mejor
de
los tónicos. (Edmund se levanta cuando su padre le alcanza la botella y se
sirve una buena
cantidad
de whisky. Tyrone frunce el ceño, con aire admonitorio.) Dije con moderación.
(Se
sirve
a su vez y le pasa la botella a Jamie, gruñendo.) Hablarte de moderación sería
perder el
tiempo.
(Haciendo caso omiso de esta observación, Jamie se sirve una respetable
cantidad
de
whisky. Su padre frunce el ceño y luego, rindiéndose, recupera su aire cordial,
alzando el
vaso.)
¡Bueno! ¡Bebo por la salud y la felicidad!
EDMUND.
(Ríe
con amargura.) ¡Vaya una broma!
TYRONE.
¿Qué
dices?
EDMUND.
Nada.
¡Salud! (Beben.)
TYRONE.
(Notando el ambiente.) ¿Qué pasa aquí? Hay una atmósfera tan lúgubre y densa
que se
podría
cortar con un cuchillo. (Se vuelve con resentimiento hacia Jamie.) Ya
conseguiste el
whisky
que querías… ¿no es eso? ¿A qué viene ese aire sombrío?
JAMIE.
(Encogiéndose
de hombros.) Pronto, tampoco tú tendrás ganas de cantar.
EDMUND.
Cállate,
Jamie.
TYRONE.
(Con malestar y cambiando de tema.) Creí que el almuerzo estaba listo. Tengo un
hambre
de cazador. ¿Dónde está mamá?
MARY.
(Volviendo
de la sala del fondo, grita.) ¡Aquí estoy! (Entra. Está excitada y sus
modales
son afectados. Cuando habla, mira a todas partes menos a los rostros de los
demás.)
Tuve
que calmar a Bridget. Está furiosa porque has vuelto tarde de nuevo y no la
culpo. Dijo
que
si tu almuerzo está reseco de tanto esperar en el horno, lo tienes bien
merecido y puedes
tomarlo
o dejarlo, como lo prefieras. (Con creciente excitación.)¡Oh! ¡Me cansa y
enferma
tanto
fingir que esto es un hogar! ¡Tú no quieres ayudarme! ¡No sabes cómo hay que
portarse
en
un hogar! ¡En realidad, no quieres tenerlo! Nunca lo quisiste… ¡desde el mismo
día que
nos
casamos! ¡Debiste seguir soltero y vivir en hoteluchos y agasajar a tus amigos
en los
bares!
(Agrega con tono extraño, como si hablara consigo misma.) Entonces, nada habría
sucedido.
Todos
la miran fijamente. Ahora Tyrone sabe. De improviso, se vuelve un viejo
cansado,
triste,
lleno de amargura. Edmund lo mira y adivina que ya sabe, pero con todo procura
poner
en guardia a su madre.
EDMUND.
¡Mamá!
¡No hables más! ¿Por qué no nos vamos a almorzar?
MARY.
(Se
sobresalta e inmediatamente vuelve a mostrarse impersonal, poco natural. Hasta
sonríe
para sí, de un modo irónicamente divertido.) Sí, soy muy desconsiderada al
desenterrar
el pasado, sabiendo que tu padre y Jamie deben de tener hambre. (Rodeando con
el
brazo el hombro de Edmund, con aire afectuosamente solícito y al propio tiempo
lejano.)
Supongo
que no te faltará apetito, querido. Realmente debieras comer más. (Sus ojos se
posan
en el vaso que está junto a Edmund y dice con aspereza.) ¿Por qué está ahí ese
vaso?
¿Has
bebido? ¡Oh! ¿Cómo pudiste cometer semejante estupidez? ¿No sabes que es lo
peor
para
ti? (Se vuelve hacia Tyrone.) La culpa es tuya, James. ¿Cómo se lo permitiste?
¿Quieres
matarlo?
¿No recuerdas a mi padre? No quiso dejar de beber hasta que quedó fulminado.
¡Decía
que los médicos eran unos imbéciles! ¡Creía, como tú, que el whisky es un buen
tónico!
(Con repentina mirada de terror, balbucea.) Pero, naturalmente, no hay
comparación
posible.
No sé por qué… Perdóname que te haya regañado, James. Un traguito no le hará
daño
a Edmund. Puede hacerle bien si le da apetito.
Le
da una palmadita en la mejilla a Edmund, traviesamente; en sus gestos ha
reaparecido
la misma extraña despersonalización. Él aleja la cabeza, con un movimiento
brusco.
Mary no parece notarlo, pero se aparta de su hijo instintivamente.
JAMIE.
(Con
rudeza, para disimular su tensión nerviosa.) ¡Vámonos a comer, por amor de
Dios!
He estado bajo el seto y entre esa maldita tierra toda la mañana. Me he ganado
la
comida.
(Pasa por detrás de su padre, sin mirar a Mary y toma del hombro a Edmund.)
Vámonos
a comer nuestro pienso.
Edmund
se levanta, rehuyendo la mirada de su madre. Ambos pasan junto a ella, en
dirección
a la sala del fondo.
TYRONE.
(Con voz sombría.) Sí, vayan con mamá, muchachos. Me reuniré con ustedes dentro
de
un
momento.
Pero
ellos salen sin esperarla. Mary los sigue con la mirada con aire herido e
impotente
y,
cuando entran a la sala del fondo, se dispone a seguirlos. Tyrone la mira con
ojos
tristes
y condenatorios. Mary los siente y se vuelve bruscamente, sin afrontar su
mirada.
MARY.
¿Por
qué me miras así? (Se lleva nerviosamente las manos al cabello.) ¿Estoy
despeinada?
¡El desvelo de anoche me ha agotado tanto…! Pensé que me convenía pasarme
la
mañana acostada. Eché un sueñito que me descansó. Pero estoy segura de que me
volví a
peinar
cuando desperté. (Con risa forzada.) Aunque como de costumbre, no puedo
encontrar
mis
espejuelos. (Con aspereza.) ¡Por favor, no me sigas mirando así! Se diría que
me estás
acusando.
(Suplicante.) ¡James! ¡Tú no comprendes!
TYRONE.
(Con sombría ira.) ¡Comprendo que he sido un imbécil al creer en ti! (Se aleja
de ella y
se
sirve una buena cantidad de whisky.)
MARY.
(Su
rostro asume nuevamente una expresión de terco desafío.) No sé qué quieres
decir
con
eso de “creer en mí”. Sólo he sentido desconfianza y espionaje y sospechas.
(Con tono
acusador.)
Sé lo que puedo esperar. Esta noche estarás borracho. Bueno, no será la primera
vez...
¿verdad? ¿O será la milésima? (Vuelve a exclamar con tono suplicante.) ¡Oh,
James!
¡Por
favor! ¡Tú no comprendes! ¡Edmund me inquieta tanto! Temo tanto por él...
TYRONE.
No
quiero escuchar tus excusas, Mary.
MARY.
(Herida.)
¿Excusas? ¿Quieres decir que...? ¡Oh, tú no puedes creer eso de mí! ¡No
debes
creerlo, Jamie! (Volviendo a refugiarse en su aire extrañamente impersonal, con
tono
indiferente.)
¿Entramos a almorzar, querido? Yo no quiero nada, pero sé que tú tienes hambre.
(Tyrone
se acerca lentamente a Mary, quien está parada en el umbral. Camina como un
viejo.
Cuando
llega allí, ella se desahoga, lastimeramente.) ¡James! ¡He hecho tantos
esfuerzos!
¡Créeme,
por favor…!
TYRONE.
(Conmovido contra su voluntad, con aire impotente.) Supongo que lo habrás
intentado,
Mary.
(Con dolor.) ¡Por amor de Dios! ¿Por qué no tuviste la fuerza necesaria para
seguir
adelante?
MARY.
(Cuyo
semblante ha vuelto a asumir la misma expresión de terca negación.) No sé de
qué
me estás hablado. ¿La fuerza necesaria para qué?
TYRONE.
(Con
aire impotente.) Da igual. Ahora es inútil.
Sigue
su camino y ella a su lado, hasta que ambos desaparecen por la sala del fondo.
Escena
II
El
mismo escenario media hora después. Han retirado de la mesa la bandeja con la
botella de
whisky.
Al levantarse el telón, la familia vuelve de almorzar. Mary es la primera en
regresar de la
sala
del fondo. Su marido la sigue. No la acompaña como cuando entraron al iniciarse
el primer
acto.
Elude mirarla o tocarla. En su rostro se advierte un reproche unido a una
vieja, cansada e
impotente
resignación. Jamie y Edmund lo siguen. Un cinismo autoprotector endurece el
semblante
de
Jamie. Edmund intenta imitar esta defensa, pero sin éxito. Revela a las claras
su aflicción, como
también
su enfermedad.
Mary
está de nuevo nerviosísima, como si hubiese soportado una tensión excesiva al
almorzar
con su familia. Pero al mismo tiempo, en contraste, su fisonomía revela con
mayor
claridad
ese aire extrañamente impersonal que parece ajeno a sus nervios y a las
angustias que los
acosan.
Al
entrar, habla: profiere un torrente de palabras que brotan negligentemente, en
una rutina
de
conversación familiar. Al parecer, no le importa el hecho de que ellos piensen
tan poco en lo que
dice
como ella misma. Mientras habla, va hacia la izquierda de la mesa y se detiene
allí, de frente
al
público, hurgando con una mano la pechera del vestido y jugando con la otra
sobre la mesa.
Tyrone
enciende un tabaco y va hacia la puerta de tela metálica, donde se queda
mirando afuera.
Jamie
carga su pipa sacando el tabaco de una jarrita que está en lo alto del librero
en el doro. La
enciende,
mientras mira por la ventana de la derecha. Edmund se sienta junto a la mesa,
casi de
espaldas
a su madre, para no tener que observarla.
MARY.
Es
inútil criticar a Bridget. No escucha. No puedo amenazarla, porque me
amenazaría a
su
vez con marcharse. Y a veces hace las cosas muy bien. Es una lástima que sólo
las haga
precisamente
cuando tú llegas tarde, James. Bueno, queda un consuelo: cuando cocina, cuesta
trabajo
deducir si está haciendo lo mejor o lo peor que puede. (Se ríe con divertida
abstracción
y tono indiferente.) No importa. A Dios gracias, pronto terminará el verano.
Reanudarás
tu temporada teatral y podremos volver a los hoteles sucios y a los trenes. Los
odio,
pero por lo menos no los considero un hogar y ahí no hay que preocuparse por
administrar
una casa. Es absurdo esperar que Bridget o Cathleen obren como si eso fuera un
hogar.
Saben que no lo es, lo saben tan bien como nosotros. Nunca lo ha sido ni lo
será.
TYRONE.
Con
amargura, sin volverse.) No, ahora no podría serlo. Pero lo fue en otros
tiempos,
antes
de que tú…
MARY.
(Su
rostro se contrae instantáneamente, en turbada negación.) ¿Antes de que yo qué?
(Agobiante
silencio. Mary continúa, de nuevo con aire impersonal.) No, no. No sé a qué te
refieres,
querido, pero no es verdad. Esto nunca fue un hogar. Tú siempre preferiste el
club o
un
bar. Y para mí, esta casa ha sido siempre tan solitaria como el sucio cuarto de
un
hotelucho.
En un hogar auténtico, una nunca se siente sola. Olvidas que sé por experiencia
lo
que
es un hogar. Abandoné uno para casarme contigo… El de mi padre.
(Inmediatamente,
movida
por una asociación de ideas, se vuelve hacia Edmund, con solícita ternura, pero
tan
extrañamente
impersonal como antes.) Me inquietas, Edmund. Apenas si has comido. Ésa no
es
manera de cuidarte. Está bien que yo tenga apetito. He engordado demasiado.
Pero tú
debes
comer. (Zalameramente maternal.) Prométeme que lo harás, querido. Por mí.
EDMUND.
(Con
voz apagada.) Sí, mamá.
MARY.
(Acariciándole
la mejilla mientras él trata de no eludirla.) Así me gusta.
Otra
pausa de agobiante silencio. Suena el teléfono del vestíbulo y todos se
sobresaltan y
quedan
tensos.
TYRONE.
Contestaré yo. (Precipitadamente.) McGuire dijo que me telefonearía. (Sale por
la sala
del
frente.)
MARY.
(Con
indiferencia.) McGuire. Debe de tener un su lista otra finca que a nadie se le
ocurriría
comprar, salvo a tu padre. Eso ya no tiene importancia, aunque siempre me ha
parecido
que James podía permitirse el lujo de seguir comprando propiedades, pero no de
darme
un hogar. (Se interrumpe para escuchar, mientras llega desde el vestíbulo la
voz de
Tyrone.)
VOZ
DE TYRONE.
¡Hola!
(Con forzada cordialidad.) ¡Ah! ¿Cómo está, doctor? (Jamie se
aparta
de la ventana. Los dedos de Mary tamborilean con más rapidez sobre la mesa. La
voz
de
Tyrone, al tratar de disimularlo, revela que oye malas noticias.) Comprendo…
(Precipitadamente.)
Bueno. Usted ya se lo explicará todo cuando lo vea esta tarde. Sí, ira sin
falta.
A las cuatro. Yo pasaré a conversar con usted antes de eso. De todos modos,
tengo que ir
al
pueblo por unos asuntos. Hasta pronto, doctor.
EDMUND.
(Con
voz oprimida.) Al parecer, las noticias no son muy buenas.
Jamie
lo observa de soslayo, con piedad; luego, vuelve a mirar por la ventana. La
fisonomía
de Mary revela terror y sus manos se mueven nerviosa y distraídamente. Entra
Tyrone.
Su tensión resulta evidente al restarle importancia al asunto cuando le habla a
Edmund.
TYRONE.
Era
el doctor Hardy. Quiere que vayas a verlo a las cuatro, sin falta.
EDMUND.
¿Qué
dijo? Y no porque me importe un cuerno, ahora.
MARY.
(Desahogándose,
con excitación.) Yo no le creería aunque lo jurara sobre una pila de
Biblias.
No debes darle importancia a nada de lo que diga, Edmund.
TYRONE.
(Con
aspereza.) ¡Mary!
MARY.
(Más
excitada.) ¡Oh, todos comprendemos porque le tienes simpatía, James! ¡Porque es
un
médico barato! Pero, por favor… ¡No trates de convencerme! Conozco muy bien al
doctor
Hardy.
¡Es natural que lo conozca después de tantos años! ¡Es un estúpido y un
ignorante!
Alguna
ley debiera prohibirles el ejercicio de la medicina a los hombres como él. No
tiene la
menor
idea de lo que es eso… ¡Cuando uno está moribundo y casi demente, Hardy se
sienta a
su
lado, le toma la mano y le endilga sermones sobre el poder de la voluntad!
(Este recuerdo
contrae
su rostro en un espasmo de intenso sufrimiento y momentáneamente pierde toda su
cautela.
Con amargo odio, añade:) ¡Humilla a la gente deliberadamente¡ ¡La obliga a
suplicarle
y la trata como a delincuentes! ¡No entiende nada! Y sin embargo, fue un
charlatán
vulgar
como él quien te dio por primera vez el medicamento… ¡y sólo supiste de qué se
trataba
cuando ya era demasiado tarde! (Apasionadamente.) ¡Odio a los médicos! Son
capaces
de cualquier cosa… ¡de cualquier cosa, con tal de que los sigan consultando!
¡Venderían
su alma! ¡Y lo que es peor, venderían la nuestra y sólo lo sabríamos al vernos
en
el
Infierno!
EDMUND.
¡Mamá!
¡Por amor de Dios! No digas más.
TYRONE.
(Con
voz quebrantada.) Sí, Mary… No es el momento…
MARY.
(Agobiada
de improviso por un quebrantamiento culpable, balbucea.) Yo…
Perdóname,
querido. Tienes razón. Ahora es inútil enojarse. (Otra pausa de oprimente
silencio.
Cuando Mary vuelve a hablar, su rostro está despejado y sereno, y en su voz y
sus
gestos
se nota nuevamente la misma extraña despersonalización.) Voy a subir por un
momento.
Excúsenme. Tengo que peinarme. (Agrega, sonriendo.) Eso, siempre que pueda
encontrar
mis espejuelos. Bajaré inmediatamente.
TYRONE.
(Cuando Mary se dispone a franquear el umbral, con tono suplicante y de
reconvención.)
¡Mary!
MARY.
(Volviéndose
tranquilamente hacia él.) ¿Qué pasa, querido?
TYRONE.
(Con
aire de impotencia.) Nada.
MARY.
(Con
extraña sonrisa burlona.) Si desconfías tanto de mí, puedes subir a vigilarme
cuando
quieras.
TYRONE.
¡Ah! ¡Si sirviera de algo! Sólo lo postergarías. Y no soy tu carcelero. Esto no
es una
prisión.
MARY.
No.
Ya sé que lo sigues creyendo un hogar. (Agrega rápidamente, con abstraída
contrición.)
Lo siento, querido. No lo dije con amargura. La culpa no es tuya.
Les
vuelve la espalda y se va por la sala del fondo. Tyrone y sus hijos guardan
silencio.
Aparentemente
esperan a que Mary llegue al primer piso para hablar.
JAMIE.
(Con
cínica brutalidad.) ¡Otro pinchazo en el brazo!
EDMUND.
(Con
irritación.) ¡No hables así!
TYRONE.
¡Sí! ¡Domina tu sucia lengua y tu detestable jerga de vagabundo de Broadway!
¿No
tienes
piedad no decencia? (Perdiendo serenidad.) ¡Debiera echarte a puntapiés a la
calle!
Pero
si lo hiciera, ya sabes perfectamente quien lloraría y rogaría por ti y te
buscaría excusas
y
se lamentaría hasta que yo te dejara volver.
JAMIE.
(Por
cuyo semblante pasa un espasmo de dolor.) ¡Dios mío! ¿Acaso no lo sé? ¡Dices
que
no tengo piedad! ¡Siento por ella toda la piedad imaginable! Comprendo la
difícil lucha
que
debe librar… ¡Más que la tuya! Mi modo de hablar no significa que sea
insensible.
Simplemente
dije sin ambages lo que todos sabemos y lo debemos volver a soportar ahora.
(Con
amargura.) Los tratamientos sólo dan un resultado transitorio. La verdad es que
eso no
tiene
remedio y que hemos sido unos estúpidos al confiar en que… (Cínicamente.)
¡Nunca
vuelven
a ser como antes!
EDMUND.
(Con desprecio parodia el cinismo de su hermano.) ¡Nunca vuelven a ser como
antes!
¡Todo
está contra nosotros! ¡Esto es un juego en que los pobres diablos como nosotros
no
podemos
ganar! (Desdeñosamente.) ¡Dios mío! ¡Si yo pensara igual que tú!
JAMIE.
(Momentáneamente
herido, se encoge de hombros y dice, con tono seco.) Creí que sí.
Tu
poesía no es muy alegre. Y tampoco lo son las cosas que lees y afirmas admirar.
(Señala el
pequeño
estante a la derecha.) Tu favorito del nombre impronunciable, por ejemplo.
EDMUND.
Nietzsche.
No sabes de qué estás hablando. No lo has leído.
JAMIE.
¡Lo
suficiente para saber que dice un montón de tonterías!
TYRONE.
¡Cállense los dos! No hay mucho que elegir entre la filosofía que aprendiste de
los
parásitos
de Broadway y la que encontró Edmund en los libros. Ambas están podridas hasta
la
médula.
Ustedes se han burlado de la religión verdadera, la de la Iglesia Católica… ¡y
al
negarla,
sólo se han destruido a sí mismo!
Sus
hijos lo miran desdeñosamente. Olvidan sus diferencias y se unen contra él en
este
punto.
EDMUND.
¡Eso
sí es un montón de tonterías, papá!
JAMIE.
Por
lo menos, nosotros no fingimos. (Cáusticamente.) No he notado que te hayas
agujereado
los pantalones arrodillándote en la misa.
TYRONE.
Es cierto que soy un mal católico en la observancia de los ritos, Dios me
perdone. ¡Pero
creo!
(Con irritación.) ¡Y mientes! ¡Quizá yo no vaya a la iglesia, pero todas las
noches y
mañanas
de mi vida me arrodillo y rezo!
EDMUND.
(Mordaz.)
¿Rezaste por mamá?
TYRONE.
Sí.
Lo hago desde hace muchos años.
EDMUND.
Entonces, Nietzsche debe de tener razón. (Cita un pasaje de Así habla
Zaratustra.)
“Dios
ha muerto: lo mató su piedad por el hombre.”
TYRONE.
(Fingiendo no haberlo oído.) Si tu madre hubiera rezado también… No repudió su
religión,
pero la olvidó y ya no le quedan fuerzas en el alma para luchar contra la
maldición
que
la agobia. (Con triste resignación.) Bueno… ¿Qué se gana con hablar? Hemos
vivido ya
con
esto y ahora tenemos que volver a hacerlo. No hay remedio. (Con amargura.) Pero
ojalá
ella
no me hubiese dado esperanzas esta vez. ¡Juro que no volveré a confiar!
EDMUND.
¡No debes decir eso, papá! (Con tono desafiante.) ¡Pues yo sí confiaré! Mamá
apenas
acaba
de empezar. Eso no puede haberla dominado aún. Y podría detenerse. Voy a
hablarle.
JAMIE.
(Encogiéndose
de hombros.) Ahora, no podrías. Escuchará, pero no escuchará. Estará
aquí,
pero no estará aquí. Ya sabes cómo se pone.
TYRONE.
Sí, así es como influye sobre ella ese veneno. Desde ahora, cada día volverá a
alejarse
de
nosotros hasta que, al final de cada noche…
EDMUND.
(Acongojado.) ¡Basta, papá! (Se levanta de un salto.) Me voy a vestir. (Con
amargura,
al
salir.) Haré tanto ruido que mamá no podrá sospechar que la estoy espiando.
Se
va por la sala del frente y se le oye subir ruidosamente la escalera.
JAMIE.
(Después
de una pausa.) ¿Qué dijo sobre Ed el doctor Hardy?
TYRONE.
(Sombrío.)
Lo que suponías. Tuberculosis.
JAMIE.
¡Maldita
suerte!
TYRONE.
Dijo
que no cabía duda.
JAMIE.
Tendrá
que recluirse en un sanatorio.
TYRONE.
Sí. Y me dijo Hardy que cuanto antes mejor, tanto para él como para todos los
demás.
Afirmó
que, dentro de seis meses o un año, Edmund estará curado si obedece sus
órdenes.
(Suspirando,
con tono lúgubre y resentido.) Nunca imaginé que un hijo mío… Eso no
proviene
de mi rama familiar. Todos nosotros tuvimos pulmones fuertes como los de un
buey.
JAMIE.
Eso
a nadie le importa un cuerno! ¿Acaso quiere mandarlo Hardy?
TYRONE.
Para
eso tengo que verlo.
JAMIE.
Bueno.
¡Por amor de Dios, elige un lugar adecuado y no algún sanatorio barato!
TYRONE.
(Picado.)
Lo mandaré adonde el médico lo crea preferible.
JAMIE.
Pues
no le endilgues a Hardy tu vieja cantinela sobre los impuestos y las hipotecas.
TYRONE.
¡No
soy un millonario para derrochar el dinero! ¿Por qué no he de decirle la
verdad?
JAMIE.
Porque
Hardy supondrá que quieres que elija un lugar barato y porque sabrá que eso no
es
verdad… ¡sobre todo cuando se entere de que viste a McGuire y dejaste que ese
comerciante
estafador y zalamero te endosara otra propiedad sin valor!
TYRONE.
(Furioso.)
¡No te metas en mis asuntos!
JAMIE.
Se
trata de Edmund. Temo que, con tu obsesión de campesino irlandés de que la
tuberculosis
es fatal, te parecerá que sería un derroche gastar más si puedes gastar menos.
TYRONE.
¡Embustero!
JAMIE.
Perfectamente.
Pruébame que lo soy. Es lo que quiero. Por eso he hablado del asunto.
TYRONE.
(Furioso aún.) Tengo muchas esperanzas de que Edmund se cure. ¡Y no menciones
con
tu
sucia lengua a Irlanda! ¡Bueno eres tú para burlarte de ella, tú que tienes la
estampa de
Irlanda
en la cara!
JAMIE.
Cuando
me la he lavado, no. (Luego, antes de que su padre pueda reaccionar ante este
insulto
a la Verde Erin, agrega secamente, encogiéndose de hombros.) Bueno. Ya he dicho
todo
lo que tenía que decir. Ahora depende de ti. (Bruscamente.) ¿Qué quieres que
haga esta
tarde,
ahora que te vas al pueblo? Hice lo que pude en el seto hasta que lo cortes un
poco más.
Tú
no querrás que lo recorte por ti, lo sé.
TYRONE.
No.
Lo estropearías, como lo estropeas todo.
JAMIE.
Entonces,
será mejor que me vaya al pueblo con Edmund. La mala noticia, agregada a
lo
que ha ocurrido con mamá, podría impresionarlo mucho.
TYRONE.
(Olvidando la disputa de ambos.) Sí, Jamie. Acompáñalo. Que no se desmoralice.
(Con
tono
cáustico.)¡Siempre que puedas hacerlo sin que eso te sirva de pretexto para
emborracharte!
JAMIE.
¿Dónde
conseguiría el dinero? Que yo sepa, el whisky todavía se vende, no se regala.
(Va
hacia la sala del frente.) Iré a vestirme.
Se
detiene en el umbral al ver que su madre viene del vestíbulo y le cede el paso.
El brillo
de
los ojos de Mary se ha acentuado y sus gestos son más impersonales. Esta
trasformación
se intensifica en el curso de la escena.
MARY.
(Distraídamente.)
¿No has visto mis espejuelos en alguna parte, Jamie? (No lo mira. Él
aparta
la vista, simulando no haberla oído, pero ella no parece esperar respuesta, se
adelanta
y le habla a su marido sin mirarlo.) Tú no los has visto… ¿verdad, James? (A
sus
espaldas,
Jamie se va por la sala del frente.)
TYRONE.
(Volviéndose
para mirar por la puerta de tela metálica.) No, Mary.
MARY.
¿Qué
le pasa a Jamie? ¿Has vuelto a meterte con él? No deberías tratarlo con tanto
desprecio.
No tiene la culpa. Estoy segura de que, si se hubiese criado en un verdadero
hogar,
sería
distinto. (Va hacia las ventanas de la derecha y dice, frívolamente.) Como
profeta del
tiempo,
querido, eres una calamidad. ¡Mira la neblina! Apenas se ve la orilla opuesta.
TYRONE.
(Trata de hablar con naturalidad.) Sí, me precipité al decirlo. Temo que
tendremos otra
noche
de niebla.
MARY.
¡Oh!
Hoy no me importa.
TYRONE.
Supongo
que no, Mary.
MARY.
(Mirándolo
rápidamente, después de una pausa.) No veo que Jamie trabaje en el seto.
Adónde
se fue?
TYRONE.
Acompañará a Edmund a ver al doctor Hardy. Subió a cambiarse. (Satisfecho de
tener
un
pretexto para abandonarla.) Más vale que yo haga lo mismo o llegaré tarde a mi
cita en el
club.
Da
un paso hacia la sala del frente, pero ella, con rápido e impulsivo movimiento,
se
adelanta
y lo aferra del brazo.
MARY.
(Con
acento suplicante.) No te vayas todavía, querido. No quisiera quedarme sola.
(Con
precipitación.) Quiero decir que te sobra tiempo. Te actas de poder vestirte en
la décima
parte
del tiempo que necesitan los muchachos. (Distraídamente.) Quería decirte algo.
¿Qué?
Se
me ha olvidado. Me alegro de que Jamie vaya al pueblo. Supongo que no le habrás
dado
dinero.
TYRONE.
No.
MARY.
Lo
gastaría en bebida y ya sabes qué cosas infames y venenosas se le ocurren
cuando
está
borracho. No es que me importe nada de lo que haya dicho esta noche, pero
siempre
logra
irritarte, sobre todo si tú también estás borracho, cosa muy frecuente.
TYRONE.
(Con
resentimiento.) No es verdad. Yo nunca me emborracho.
MARY.
(Con
burlona indiferencia.) ¡Oh! Ya sé que aguantas muy bien la bebida. Siempre lo
has
hecho. A un extraño le costaría trabajo notarlo, pero después de treinta y
cinco años de
vida
conyugal…
TYRONE.
Nunca falté a una sola representación. ¡Eso lo prueba! (Con amargura.) Si me
emborracho,
tú no eres la más indicada para reprochármelo. Ningún hombre tuvo más motivo
para
hacerlo.
MARY.
¿Motivo?
¿Qué motivo? Siempre bebes demasiado cuando vas al club... ¿no es así?
Sobre
todo cuando te encuentras con McGuire. Él se encarga de eso. No creas que te lo
echo
en
cara, querido. Haz lo que quieras. No me importa.
TYRONE.
Lo
sé. (Se vuelve hacia la sala del frente, ansioso de escapar.) Tengo que
vestirme.
MARY.
(Se
adelanta de nuevo y lo toma del brazo.) No. Espera un poco más, querido, te lo
ruego.
Por lo menos, hasta que baje unos de los muchachos. ¡Todos ustedes me
abandonarán
tan
pronto…!
TYRONE.
(Con
amarga tristeza.) Eres tú quien nos abandonas, Mary.
MARY.
No
digas tonterías, James, ¿cómo podría hacerlo?... No tendría adonde ir. ¿A quién
visitaría?
No tengo amigos.
TYRONE.
La culpa es tuya. (Se interrumpe, suspira con aire impotente y dice,
persuasivamente.)
Esta
tarde puedes hacer algo que te hace bien, Mary. Ve a pasear en el automóvil.
Aléjate de la
casa.
Toma un poco de sol y de aire. (Herido.) Compré el automóvil para ti. Ya sabes
que esos
vehículos
no me gustan. Prefiero caminar o tomar el tranvía. (Con creciente
resentimiento.)
Lo
traje aquí para cuando volvieras del sanatorio. Confié en que te proporcionaría
placer y
distracción.
Antes paseabas en él todos los días, pero últimamente apenas lo usas. Me costó
mucho
dinero, un gasto que no podía permitirme y además está el chofer, a quien debes
dar
casa
y comida y pagarle un alto sueldo, ya sea que te lleve de paseo o no. (Con
amargura.)
¡Un
despilfarro! ¡El mismo despilfarro que me mandará al asilo en la vejez! ¿De qué
te
sirvió?
Lo mismo que tirar el dinero por la ventana.
MARY.
(Con
fría calma.) Sí, fue un despilfarro, James. No debiste comprar un automóvil
usado.
Te estafaron como te estafan siempre, porque te obstinas en buscar gangas,
cosas de
segunda
mano.
TYRONE.
¡Es una de las mejores marcas! ¡Todos dicen que es preferible a cualquiera de
los
nuevos!
MARY.
(Haciendo
caso omiso de estas palabras.) Otro derroche fue contratar a Smithe, quien
sólo
es un peón de garaje y nunca ha sido chofer. ¡Oh! Ya sé que su sueldo es
inferior al de un
verdadero
chofer, pero estoy segura de que lo compensa con los chanchullos que hace con
el
garaje
en las cuentas pro reparaciones. Al automóvil siempre le pasa algo. Smithe se
encarga
de
eso.
TYRONE.
¡No lo creo! ¡Smithe no será un elegante lacayo de millonario, pero es honrado!
¡Eres
tan
mal pensada como Jamie al sospechar de todo el mundo!
MARY.
No
te ofendas, querido. Yo no me ofendí cuando me regalaste el automóvil. Sabía
que
no
te proponías humillarme y que acostumbrabas hacerlo todo así. Me sentí
agradecida y
conmovida.
No ignoraba que era un sacrificio para ti comprarlo y eso probó lo mucho que me
amabas,
a tu manera, sobre todo porque no podías creer realmente que ero me hiciera
algún
bien.
TYRONE.
¡Mary! (Estrechándola repentinamente contra él, con voz desgarrada.) ¡Querida
Mary!
¡Por
el amor de Dios, por mí y por los muchachos, por ti misma! ¡No sigas!
MARY.
(Balbuceando,
con momentáneo azoramiento culpable.) Yo… ¡James! ¡Por favor! (De
inmediato,
reaparece su extraña y terca defensa.) No sigas... ¿qué? ¿De qué me hablas?
(Tyrone
deja caer el brazo, afligido. Ello lo ciñe con el suyo, impulsivamente.)
¡James! ¡Nos
hemos
amado! ¡Nos amaremos siempre! Recordemos solamente eso y no tratemos de
comprender
lo incomprensible o de remediar las cosas que no tienen remedio... las cosas
que
nos
ha hecho la vida y que no podemos disculpar o explicar.
TYRONE.
(Como
si no la hubiese oído, con amargura.) ¿Ni siquiera lo intentarás?
MARY.
(Dejando
caer los brazos con desaliento y apartándose, con aire impersonal.) ¿El qué?
¿Un
paseo en automóvil? Bueno, lo haré si quieres, aunque así me siento más sola
que
quedándome
aquí. No tengo a quién invitar a pasear y nunca sé adónde puedo hacerme llevar
por
Smithe. Si tuviera alguna amiga a quien visitar en su casa para reír y charlar…
Pero,
naturalmente,
no la hay. Nunca la hubo. (Su aire se vuelve cada vez más impersonal.) ¡En el
convento
tenía tantas amigas…! Muchachas cuyas familias vivían en hermosas casas. Solía
visitarlas
y ellas me visitaban en el hogar de mi padre. Pero, naturalmente, cuando me
casé
con
un actor –ya sabes qué concepto tenían de los actores en esos tiempos- muchas
de ellas
empezaron
a regirme. Y a poco de habernos casado, tuvimos el escándalo de aquella mujer
que
fue tu amante y luego te demandó ante los tribunales. Desde entonces, todas mis
amigas
me
compadecieron o dejaron de tratarme. Odié a las que dejaron de tratarme mucho
menos
que
a las que me compadecieron.
TYRONE.
(Con culpable resentimiento.) ¡Por amor de Dios! No desenterremos lo olvidado
ya
desde
hace mucho tiempo. Si te remontas tanto en el pasado al empezar la tarde…
¿dónde
estarás
esta noche?
MARY.
(Mirándolo,
desafiante.) Olvidaba que necesito ir al pueblo. Tengo que comprar algo en
la
farmacia.
TYRONE.
(Con amargo desprecio.) ¡Siempre de las arreglas para tener un poco de esa cosa
y
también
más recetas! ¡Espero que acumularás una buena reserva, para que no volvamos a
tener
otra noche como aquella en que lo pediste a gritos y saliste corriendo en bata
de casa
para
tirarte del muelle!
MARY.
(Fingiendo
no haberlo oído.) Necesito dentífrico y jabón y crema para la cara…
(Desfallece,
lastimeramente.) ¡James! ¡No debes recordármelo! ¡No debes humillarme así!
TYRONE.
(Avergonzado.)
Lo siento. ¡Perdóname, Mary!
MARY.
(Nuevamente
a la defensiva y con aire impersonal.) Eso no tiene importancia. Nunca
sucedió.
Debes de haberlo soñado. (Él la mira absorto, con aire impotente. La voz de
Mary
parece
alejarse cada vez más.) ¡Yo tenía tanta salud antes de que naciera Edmund…! Tú
no
puedes
haberlo olvidado, James. Los nervios no me daban que hacer. Incluso viajando
contigo
temporada
tras temporada, después de dormir semanas enteras en albergues baratos y en
trenes
sin coche-cama, de vivir en hoteles sucios y con mala comida y de alumbrar
hijos en
habitaciones
alquiladas, me conservé sana. Pero el nacimiento de Ed fue la gota que hace
desbordar
el vaso. ¡Estuve tan enferma…! Y ese médico del hotel era un charlatán
ignorante…
Sólo sabía que yo sentía dolores. Le resultó fácil adormecer el dolor.
TYRONE.
¡Mary!
¡Te lo ruego! ¡Olvidemos el pasado!
MARY.
(Con
serenidad extrañamente objetiva.) ¿Por qué? ¿Cómo podría olvidarlo? Todos
intentamos
evadirnos de él, pero la vida no nos deja. (Continuando.) Sólo me culpo a mí
misma.
Cuando Eugene murió, juré no volver a tener hijos. Yo tuve la culpa de su
muerte. Si
no
lo hubiese dejado en manos de mi madre para reunirme contigo cuando estabas en
gira,
porque
escribiste que me echabas de menos y te sentías muy solo, a Jamie no le habrían
permitido
entrar en el cuarto del nene, cuando tenía aún el sarampión. (Su rostro se
endurece.)
Siempre he creído que lo hizo deliberadamente. Estaba celoso del nene. Lo
odiaba.
(Al
ver que Tyrone se dispone a protestar.) ¡Oh, ya sé que Jamie sólo tenía siete
años! Pero
nunca
fue tonto. Le habían advertido que aquello podía causarle la muerte al nene. Lo
sabía.
Nunca
pude perdonárselo.
TYRONE.
(Con amarga tristeza.) ¿Ahora vuelves a lo de Eugene? ¿No puedes dejar que
descanse
en
paz nuestro hijito muerto?
MARY.
(Como
si no lo hubiese oído.) La culpa fue mía. Debí quedarme con Eugene y no
dejarme
convencer para que me reuniera contigo, sólo porque te quería. Y sobre todo, no
debí
ceder
cuando te empeñaste en que tuviéramos otro hijo para reemplazar a Eugene,
porque así
esperabas
hacerme olvidar su muerte. Sabía por experiencia que los niños, para ser buenos
hijos,
tenían que nacer en un hogar, y que las madres, para ser buenas madres, también
necesitaban
un hogar. Mientras llevaba en mis entrañas a Edmund, siempre tuve miedo y
preví
que iba a suceder algo terrible. Sabía que, al abandonar a Eugene, había
demostrado que
no
era digna de tener otro hijo y que Dios me castigaría si lo tenía. No debí
alumbrar a
Edmund.
TYRONE.
(Mirando con inquietud la sala del frente.) ¡Mary! Ten cuidado con lo que
dices. Si te
oyera,
podría creer que nunca lo quisiste. Bastante mal se siente ya sin…
MARY.
(Con
violencia.) ¡Eso es mentira! ¡Yo lo quise! ¡Lo quise más que a nadie en el
mundo!
¡Tú
no comprendes! Digo que no debí alumbrarlo por su propio bien. Nunca ha sido
feliz ni
lo
será. Ni sano tampoco. Nació nervioso y demasiado sensible y eso fue por culpa
mía. Y
desde
entonces ha estado tan enfermo que me acuerdo siempre de Eugene y de mi padre y
me
siento
tan asustada y culpable. (Dominándose, en transición instantánea a una terca
negativa.)
¡Oh, ya sé que es estúpido imaginar cosas horribles cuando no hay motivo! A fin
de
cuentas,
todo el mundo tiene resfrío y sale del paso.
Tyrone
la mira fijamente y suspira con aire de impotencia. Se vuelve hacia la sala del
frente
y ve que Edmund baja por la escalera del vestíbulo.
TYRONE.
(Con aspereza, en voz baja.) Ahí está Edmund. ¡Por favor, trata de dominarte!
En todo
caso,
hasta que se vaya. ¡Eso es lo menos que puedes hacer por él! (Espera, adoptando
con
esfuerzo
un aire agradablemente paternal. Mary espera asustada, de nuevo con nervioso
pánico,
mientras sus manos se mueven con agitación sobre la pechera del vestido y suben
con
angustia hasta la garganta y el cabello. Luego, cuando Edmund se acerca a la
puerta,
Mary
no puede afrontarlo. Va con rapidez hacia las ventanas de la izquierda y mira
afuera,
de
espaldas a la sala del frente. Entra Edmund. Viste un traje de confección de
sarga azul, un
cuello
duro alto y corbata y zapatos negros. Tyrone dice, con cordialidad profesional
de
actor:)
¡Hombre! Estás muy engalanado. También iré arriba a cambiarme. (Se dispone a
seguir
de largo.)
EDMUND.
(Secamente.) Un momento, papá. Me fastidia traer a colación temas
desagradables, pero
está
el problema del viaje. No tengo para el tranvía.
TYRONE.
(Iniciando mecánicamente un sermón usual.) Nunca tendrás un centavo mientras no
aprendas
el valor de… (Se reprime con aire culpable, contemplando el rostro enfermo de
su
hijo
con inquietud y piedad.) Pero has estado aprendiendo, muchacho. Trabajaste de
firme
antes
de enfermarte. Has progresado magníficamente. Estoy orgulloso de ti. (Saca un
pequeño
rollo de billetes del bolsillo del pantalón y elige cuidadosamente uno. Edmund
lo
toma,
lo mira rápidamente y su semblante revela asombro. Su padre vuelve a reaccionar
en
su
forma usual, sarcásticamente.) Gracias. (Cita.) “Mucho más filoso que el diente
de una
serpiente
es...”
EDMUND.
“...tener un hijo ingrato”. Lo sé. Me he quedado son aliento, papá. He perdido
el habla.
Esto
no es un dólar. Son diez dólares.
TYRONE.
(A quien le causa malestar su propia generosidad.) Póntelos en el bolsillo. Es
probable
que
te encuentres en el pueblo con algunos de tus amigos y no podrías hacer un buen
papel y
mostrarte
sociable sin dinero.
EDMUND.
¿Hablas en serio? ¡Caramba! Gracias, papá. (Por un momento, se siente
sinceramente
complacido
y agradecido; luego, escudriña la fisonomía de su padre con inquietante
sospecha.)
Pero… ¿por qué de repente?... (Cínicamente.) ¿Te dijo el doctor Hardy que me
moriría?
(Lee en el semblante de Tyrone una profunda amargura.) ¡No! Mi chiste ha sido
detestable,
sólo lo dije por broma. (Rodea impulsivamente a su padre con un brazo y lo
abraza
con afecto.) Te lo agradezco mucho. ¡Palabra, papá!
TYRONE.
(Conmovido,
devolviéndole el abrazo.) No hay de qué, muchacho.
MARY.
(Se
vuelve rápidamente hacia ellos, su actitud revela un confuso pánico por el
miedo y
la
ira que siente.) ¡No lo toleraré! (Golpea el suelo con el pie.) ¿Lo oyes,
Edmund? ¡Esas
tonterías
morbosas! ¡No toleraré que digas que te vas a morir! ¡Son esos libros que lees,
que
sólo
contienen tristeza y muerte! ¡Tu padre te los debiera prohibir! ¡Y algunos de
los poemas
que
has escrito son peores aún! ¡Se diría que no quieres vivir! ¡Un muchacho de tu
edad, con
toda
la vida por delante! ¡Eso sólo es una “pose”, una “pose” tomada de los libros!
¡En
realidad
no estás enfermo ni mucho menos!
TYRONE.
¡Mary!
¡Cállate!
MARY.
(Adoptando
inmediatamente un tono impersonal.) Pero, James… ¡Es absurdo que
Edmund
esté tan lúgubre y haga tantas alharacas por nada! (Volviéndose hacia Edmund,
pero
rehuyendo
sus ojos, con burlón afecto.) No te preocupes, querido. Te comprendo. (Se le
acerca.)
Quieres que te mimen y te traten con zalamerías y se inquieten por ti… ¿verdad?
¡Eres
tan niño aún…! (Lo rodea con el brazo y lo abraza. Edmund se conserva rígido,
sin
ceder.
La voz de Mary comienza a desfallecer.) Pero te ruego que no te excedas,
querido. No
digas
cosas horribles. Sé que es estúpido tomarlas en serio, pero no lo puedo
remediar. Me
has…
¡me has asustado tanto!... (Desfallece y oculta su rostro contra el hombro de
su hijo,
sollozando.
Edmund, conmovido contra su voluntad, le acaricia el hombro, con torpe
ternura.)
EDMUND.
No
llores, mamá. (Sus ojos se encuentran con los de su padre.)
TYRONE.
(Con voz ronca, aferrándose a una esperanza inconsistente.) Quizá si le
preguntas a tu
madre
lo que quería preguntarle… (Hurga torpemente en busca de su reloj.) ¡Dios mío,
qué
tarde
es! Tendré que apurarme.
Sale
presuroso por la sala del frente. Mary yergue la cabeza. Su aire vuelve a ser
solícitamente
maternal. Parece haber olvidado las lágrimas que asoman a sus ojos.
MARY.
¿Cómo
te sientes, querido? (Le toca la frente a Edmund.) Tu cabeza está un poco
caliente,
pero eso sólo se debe a que estuviste al sol. ¡Tienes mucho mejor aspecto que
esta
mañana!
(Le toma de la mano.) Ven y siéntate. No te conviene estar de pie tan a menudo.
Debes
aprender a ahorrar fuerzas. (Obliga a Edmund a sentarse y se sienta a su lado
sobre el
brazo
del sillón, rodeándole el hombro con el brazo para que él no pueda ver sus
ojos.)
EDMUND.
(Iniciando
una exhortación que sabe inútil.) ¡Escúchame, mamá…!
MARY.
(Interrumpiéndolo,
rápidamente.) ¡Vamos, vamos! No hables. Acuéstate y descansa.
(Persuasivamente.)
¿Sabes una cosa? ¡Quédate en casa esta tarde y déjame que te cuide! ¡El
viaje
al pueblo en ese viejo y sucio tranvía resulta tan agotador en un día caluroso
como hoy!
Estoy
segura de que te sentirás mucho mejor aquí, conmigo.
EDMUND.
(Con voz sorda.) Olvidas que tengo cita con Hardy. (Tratando de reanudar su
exhortación.)
Escúchame, mamá…
MARY.
(Rápidamente.)
Puedes telefonearle y decirle que no te sientes bien. (Con tono
excitado.)
Ir a verlo sería, simplemente, derrochar tiempo y dinero. Sólo te dirá alguna
mentira.
Fingirá que el asunto le parece grave porque vive de eso. (Con una risita dura
y
sardónica.)
¡Ese viejo imbécil! ¡Lo único que sabe de medicina es mostrarse solemne y
predicar
sobre el poder de la voluntad!
EDMUND.
(Buscando los ojos de su madre.) ¡Mamá! ¡Escúchame, por favor! ¡Quiero pedirte
algo!
Apenas...
apenas has empezado. Todavía puedes detenerte. ¡Tienes voluntad! Todos te
ayudaremos.
¡Estoy dispuesto a cualquier cosa! ¿No lo harás, mamá?
MARY.
(Balbuceando,
suplicante.) Por favor, no… ¡no hables de cosas que no entiendes!
EDMUND.
(Con
voz abatida.) Está bien. Me rindo. Ya sabía que era inútil.
MARY.
(Con
turbada negación.) De todos modos, no sé a qué te refieres. Pero sé que
debieras
ser
el último en… Apenas volví del sanatorio, te enfermaste. El médico que me
atendió allí
dijo
que yo necesitaba paz y tranquilidad en mi casa, que nada me contrariara y
desde
entonces
no he hecho más que inquietarme por ti. (Con congoja.) ¡Pero no es una excusa!
Sólo
trato de explicarlo. ¡No es una excusa! (Oprimiendo a Edmund contra sí con tono
suplicante.)
Prométeme, querido, que no creerás que es una excusa.
EDMUND.
(Con
amargura.) ¿Qué otra cosa puedo creer?
MARY.
(Retirando
lentamente el brazo, con aire de nuevo lejano e impersonal.) Sí. Supongo
que
no podrías dejar de sospecharlo.
EDMUND.
(Avergonzado,
pero con amargura aún.) ¿Qué esperabas?
MARY.
Nada,
no te culpo. ¿Cómo podrías creerme… si yo no puedo creerme a mí misma?
¡Miento
tanto…! En otros tiempos, nunca lo hacía. Ahora tengo que mentir, sobre todo
engañarme.
Pero… ¿cómo podrías comprender, si yo misma no lo comprendo? Nunca entendí
nada
de eso… aunque hace bastante tiempo descubrí que ya no podía llamar mía ni a mi
propia
alma. (Hace una pausa; luego, baja la voz hasta un extraño murmullo
confidencial.)
Pero
algún día, querido, volveré a encontrarla… algún día cuando estés muy bien y yo
te vea
sano
y feliz y triunfante y ya no tenga por qué sentirme culpable… algún día en que
la Santa
Virgen
María me perdone y me devuelva la fe en Su amor y Su piedad que yo tenía en mis
tiempos
de convento y pueda volver a rezarle… cuando Ella vea que nadie puede creerme
ya
ni
por un momento, creerá en mí, y con Su ayuda todo será fácil… Oiré mi propio
gemido de
dolor
y al mismo tiempo reiré, tan segura me sentiré de mí misma… (Al ver que Edmund
guarda
un absoluto silencio, Mary añade, con tristeza.) Naturalmente, tampoco puedes
creer
eso.
(Se levanta del sillón y va a mirar por las ventanas de la derecha, de espaldas
a
Edmund,
con indiferencia.) Ahora que lo pienso, tanto da que vayas al pueblo. Olvidé
que iba
a
dar un paseo en automóvil. Tengo que pasar por la farmacia. Difícilmente
querrías
acompañarme
allí. ¡Te avergonzarías tanto…!
EDMUND.
(Con
voz desgarrada.) ¡Mamá! ¡No vayas!
MARY.
Supongo
que compartirás con Jamie esos diez dólares que te dio papá. Ustedes siempre
lo
comparten todo… ¿verdad? Como buenos camaradas. Ya sé qué hará Jamie con su
parte.
Se
emborrachará en algún lugar donde pueda estar con el único tipo de mujer que
comprende
o
le gusta. (Se vuelve hacia su hijo, suplicando con temor.) ¡Edmund! ¡Prométeme
que no
beberás!
¡Es tan peligroso! Ya sabes que el doctor Hardy te dijo…
EDMUND.
(Con
amargura.) Yo tenía entendido que Hardy era un viejo imbécil.
MARY.
(Con
tono lastimero.) ¡Edmund! (Del vestíbulo llega la vos de Jamie, quien dice:
“Vámonos,
Ed”. El aire de Mary vuelve a ser impersonal.) Ve, Edmund, Jamie te espera. (Va
hacia
el umbral de la sala del frente.) Ahí baja tu padre, también. (Tyrone grita:
“Ven,
Edmund”.
Mary besa a su hijo, con impersonal afecto.) Adiós, querido. Si vienes a cenar,
trata
de no llegar tarde. Y díselo a tu padre. Ya sabes cómo es Bridget. (Edmund le
vuelve la
espalda
y sale presurosamente, Tyrone grita desde el vestíbulo: “Hasta luego, Mary”. Y
luego
se oye la voz de Jamie: “Hasta luego, mamá”. Ella grita, a su vez.) ¡Hasta
luego! (Se
oye
que se cierra un pos de ellos la puerta de tela metálica. Mary avanza y se
detiene junto a
la
mesa, tamborileando con una mano sobre ella y se lleva la otra a la cabeza para
componerse
el cabello. Pasea una mirada absorta por la habitación, con ojos asustados y
desamparados
y murmura:) ¡Qué sola se siente una aquí! (Su rostro se vuelve duro y exhibe
un
amargo desdén por sí misma.) De nuevo te estás mintiendo. Querías librarte de
ellos. Su
desprecio
y su repulsión no son grata compañía. Te alegras de que se hayan ido. (Ríe, con
una
risita
desesperada.) Entonces, Madre de Dios… ¿por qué me siento tan sola?
ACTO
III
El
mismo escenario. Son, poco más o menos, las seis y media de la tarde. En la
sala empieza a
oscurecer
tempranamente debido a la niebla que llega del Estrecho, semejante a una
cortina
blanca
que cubriese por fuera las ventanas. Desde un faro que está más allá de la
entrada del
puerto,
llega a intervalos regulares el ulular de una sirena, que gime como una
plañidera ballena
en
los dolores del parto; y en el propio puerto se oye el campaneo de advertencia
de los yates
anclados
allí.
Sobre
la mesa está la bandeja con la botella de whisky, los vasos y una jarra con
agua
helada,
como en la escena que precediera al almuerzo en el acto anterior.
En
la escena, Mary y su criada Cathleen, quien está parada a la izquierda de la
mesa, con un
vaso
vacío en la mano, como si lo hubiera olvidado. Se ve que ha bebido. Su rostro
estúpido y
jovial
ostenta una sonrisa complacida y lisonjeada. Mary está más pálida y ha hallado
refugio y
alivio
en un sueño donde la realidad actual sólo es una apariencia que se debe aceptar
y desechar
con
insensibilidad –hasta con un cruel cinismo- o hacer caso omiso de ella. Por
momentos, asoma
en
Mary algo juvenil, misteriosamente alegre y libre, como si la hubiesen liberado
en espíritu para
volver
a ser, simplemente y sin afectación, la colegiala ingenua, feliz y parlanchina
de sus tiempos
del
convento. Luce el vestido que se pusiera para ir al pueblo, uno sencillo y
bastante costoso, que
le
sentaría muy bien de no mediar su manera negligente y casi desaliñada de
usarlo. Su cabello ya
no
está peinado escrupulosamente, sino algo desgreñado y caído a un costado. Le
habla a Cathleen
con
confiada familiaridad, como si la criada fuese una vieja e íntima amiga. Al
levantarse el telón,
Mary
está parada junto a la puerta de tela metálica, mirando afuera. Se oye gemir la
sirena.
MARY.
(Divertida,
con vivacidad de muchacha.) ¡Esa sirena! ¿Verdad que es horrible,
Cathleen?
CATHLEEN.
(Con más familiaridad que la usual, pero sin deliberada impertinencia, porque
simpatiza
con su ama.) Por cierto que sí, señora. Parece un fantasma que anuncia la
muerte de
alguien.
MARY.
(Continúa
hablando como si no la hubiese oído. Es casi todo el transcurso del diálogo
siguiente,
se adivina que sólo tiene a Cathleen a su lado como pretexto para seguir
hablando.)
Hoy no me importa. Anoche me enloquecía. Me quedé desvelada, muy inquieta,
creía
que no lo iba a poder soportar.
CATHLEEN.
Es de mal agüero. Me asusté muchísimo al volver del pueblo en el automóvil.
Creí que
ese
feo mono de Smithe se iba a meter en una zanja o iba a chocar contra un árbol.
Una no
veía
ni siquiera su propia mano. Me alegro de que usted me hiciera sentar detrás, a
su lado. Si
hubiese
estado delante con ese mono… Smithe no puede quedarse quieto con sus sucias
manos.
Basta con darle media oportunidad y ya la está pellizcando a una en la pierna o
en
donde
usted sabe… Perdone, señora, pero es la verdad.
MARY.
(Soñadora.)
Yo no me refería a niebla, Cathleen. En realidad, amo la niebla.
CATHLEEN.
Dicen que le hace bien a la piel.
MARY.
Nos
oculta del mundo y al mundo de nosotros. Una siente que todo ha cambiado y nada
es
lo que parecía ser. Nadie puede encontrarnos ni tocarnos ya.
CATHLEEN.
Eso no me importaría tanto si Smithe fuera un hombre guapo, como algunos
chóferes
que
conozco… digo, siempre que todo fuese una broma, porque soy una muchacha
decente,
¡Pero
tratándose de un enano contrahecho como ése…! Ya se lo dije: “Supongo que me
cree
en
apuros para fijarme en un monito como usted.” Ya le advertí que algún día le
daría un
golpe
de esos que no se olvidan. ¡Y lo haré!
MARY.
Aborrezco
la sirena. No la deja a una en paz. Le recuerda algo sin cesar y le hace
advertencia
y la llama. (Sonriendo extrañamente.) Pero esta noche no puede hacerlo. Sólo es
un
sonido horrible. No me recuerda nada. (Con risa burlona, aniñada.) Salvo,
quizá, los
ronquidos
del señor Tyrone. ¡Siempre me ha divertido tanto burlarme de él por eso!
¡Siempre
ha
roncado, sobre todo después de beber mucho, pero es como un niño, no le gusta
reconocerlo!
(Ríe y se acerca a la mesa.) Bueno. Creo que yo también ronco a veces y no me
gusta
admitirlo. Por lo tanto, no tengo derecho a burlarme de él… ¿verdad? (Se sienta
en la
mecedora,
a la derecha de la mesa.)
CATHLEEN.
¡Oh! Claro… Toda la gente sana, ronca. Dicen que es señal de salud. (Con
inquietud.)
¿Qué
hora es, señora? Tengo que volver a la cocina. La humedad le pone peor el
reumatismo
a
Bridget y entonces tiene un humor de perros. Me arrancará la cabeza. (Deja su
vaso sobre
la
mesa y da un paso hacia la sala del fondo.)
MARY.
(En
un arranque de aprensión.) No, no te vayas, Cathleen. No quiero quedarme sola
todavía.
CATHLEEN.
No se quedará sola durante mucho tiempo. El señor y los muchachos no tardarán
en
volver.
MARY.
No
creo que regresen para la cena. Tienen un pretexto demasiado bueno para
quedarse
en
los bares, donde se sienten a sus anchas. (Cathleen la mira absorta,
estúpidamente
perpleja,
sonriendo.) No te preocupes por Bridget. Le diré que te retuve y podrás
llevarle un
buen
vaso de whisky cuando te vayas. Entonces, no le importará.
CATHLEEN.
(Sonriendo, tranquilizada.) Claro que no, señora. Eso es lo único que la
alegra. Ama su
traguito.
MARY.
Toma
otro whisky si quieres, Cathleen.
CATHLEEN.
No sé si me conviene, señora. Ya he bebido bastante. (Tendiendo la mano hacia
la
botella.)
Bueno. Puede ser que uno más no me haga daño. (Se sirve.) A su salud, señora.
(Bebe,
sin molestarse en agregar agua.)
MARY.
(Soñadora.)
En realidad, yo tuve buena salud en otros tiempos, Cathleen. Pero eso fue
hace
mucho.
CATHLEEN.
(Preocupada de nuevo.) Seguramente el amo notará lo que falta en la botella.
Para eso
tiene
una vista de águila.
MARY.
(Divertida.)
¡Oh, le haremos la misma treta de Jamie! Simplemente mide varios vasos
de
agua y échalos en la botella.
CATHLEEN.
(Lo hace y dice, con una risita tonta:) ¡La mitad de todo esto será agua, Dios
me
ampere!
El señor lo adivinará por el sabor.
MARY.
(Con
indiferencia.) No. Cuando vuelva a casa, ya estará demasiado borracho para
notar
la
diferencia. ¡Cree tener un pretexto magnífico para ahogar sus penas!
CATHLEEN.
(Filosóficamente.) Todo hombre cabal tiene su debilidad. No daría un centavo
por un
abstemio.
Son gente sin nervios. (Estúpidamente perpleja.) ¿Un pretexto magnífico? ¿Se
refiere
al señor Edmund, señora? Ya veo que el señor está preocupado por él.
MARY.
(Se
vuelve rígida, poniéndose a la defensiva, pero, cosa extraña, se reacción es
mecánica,
como si no llegara hasta la verdadera emoción.) No seas tonta, Cathleen. ¿Por
qué
habría
de estarlo? Un poco de gripe no tiene importancia. Y al señor Tyrone nunca le
preocupa
nada, salvo el dinero y sus propiedades y el temor de terminar sus días en la
pobreza.
Bueno, quiero decir que todo lo demás nunca le ha preocupado seriamente. Porque
no
lo comprende de veras. (Con una risita divertida, afectuosa e impersonal.) Mi
marido es
un
hombre muy raro, Cathleen.
CATHLEEN.
(Con vago resentimiento.) Bueno. De todos modos es un caballero bondadoso y
gallardo,
señora. No le dé importancia a sus debilidades.
MARY.
¡Oh,
no se las doy! Lo he amado entrañablemente durante treinta y seis años. Eso
prueba
que lo sé digno de ser querido, en el fondo, y que no puede dejar de ser como
es…
¿verdad?
CATHLEEN.
(Algo tranquilizada.) Así es, señora. Quiéralo mucho, porque cualquiera se
daría cuenta
de
que el señor adora el suelo que usted pisa. (Combatiendo el efecto del último
whisky y
tratando
de conversar seriamente.) A propósito, señora… ¿cómo se explica que usted nunca
se
haya dedicado al teatro?
MARY.
(Con
resentimiento.) ¿Yo? ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan absurda? Me criaron
en
un hogar respetable y me educaron en el mejor convento del Medio Oeste. Antes
de
conocer
al señor Tyrone, apenas sospechaba la existencia del teatro. Era una muchacha
muy
piadosa.
Hasta soñaba con hacerme monja. Nunca sentí el menor deseo de ser actriz.
CATHLEEN.
(Sin ambages.) Pues yo no me la imagino monja, señora. Por cierto que nunca la
han
visto
en el umbral de una iglesia, que Dios la perdone.
MARY.
(Como
si no la hubiese oído.) Nunca me sentí cómoda en el teatro. Hasta cuando el
señor
Tyrone me indujo a acompañarlo en todas sus giras, tuve poco que ver con la
gente de
su
compañía o con cualquier persona vinculada a la escena. Y no porque tenga algo
contra los
actores.
Siempre fueron buenos conmigo y yo con ellos. Pero nunca me sentí a mis anchas
a
su
lado. Su vida no es mi vida. Siempre se ha interpuesto entre mí y…
(Levantándose, con
brusquedad.)
Pero no hablemos de cosas del pasado que ya no tienen remedio. (Va hacia la
puerta
del porche y mira afuera.) ¡Qué densa es la niebla! No veo el camino. Podría
pasar
toda
la gente del mundo y no lo sabría. Ojalá fuera siempre así. Ya está
oscureciendo. Pronto
habrá
anochecido, a Dios gracias. (Volviéndose, con tono indeciso.) Fuiste muy buena
al
hacerme
compañía esta tarde, Cathleen. Me habría sentido solitaria si hubiese ido al
pueblo
sola.
CATHLEEN.
¡Claro! ¿Acaso no era más agradable pasear en un hermoso automóvil que quedarme
aquí
y escuchar las mentiras de Bridget sobre sus parientes? Fue como si estuviera
de
vacaciones,
señora. (Se interrumpe y agrega, estúpidamente.) Una sola cosa no me gustó.
MARY.
(Vacilante.)
¿Cuál, Cathleen?
CATHLEEN.
La conducta del farmacéutico cuando le llevé su receta. (Indignada.) ¡Qué
descaro el
suyo!
MARY.
(Con
obstinada turbación.) ¿A qué te refieres? ¿Qué farmacia? ¿Qué receta?
(Precipitadamente,
mientras Cathleen la comtempla absorta, con estúpido asombreo.) ¡Ah!
¡Naturalmente!
Lo había olvidado. El medicamento para el reumatismo de mis manos. ¿Qué
dijo
ese hombre? (Con indiferencia.) Y no porque eso me importe. Me basta con que
haya
despachado
la receta.
CATHLEEN.
¡Pues a mí me importó! No estoy acostumbrada a que me traten como a una
ladrona. El
farmacéutico
se quedó mirándome y luego me dijo, con tono insultante: “¿Dónde consiguió
esta
receta? Y yo le contesté: “Eso no le importa, pero si quiere saberlo es para la
señora con
quien
trabajo, la señora Tyrone, que está sentada ahí fuera, en el automóvil.” Eso le
hizo
cerrar
el pico. Se asomó a mirarla y dijo: “¡Ah!” Y se fue a buscar el medicamento.
MARY.
(Con
tono vacilante.) Sí, me conoce. (Se sienta en la butaca, que está atrás y a la
derecha
de la mesa. Agrega con voz serena, impersonal.) Tengo que tomar eso porque es
lo
único
que me calma el dolor… todo el dolor… digo, el de mis manos. (Alza sus manos y
las
contempla
con melancólico afecto. Ahora ya no tiemblan.) ¡Pobres manos! Parece increíble,
pero
antaño eran lo que más llamaba la atención en mí, con mi cabello y mis ojos.
Además,
tenía
una linda figura. (Su tono se hace cada vez más lejano y soñador.) Eran las
manos de un
músico.
Yo amaba el piano. Trabajaba tan afanosamente en mi música en el convento… ¡si
es
que
se puede decir que uno trabaja cuando hace algo con amor! La madre Elizabeth y
mi
profesora
decían que yo tenía más talento que cualquier otra de las estudiantes a quienes
recordaban.
Mi padre me costeó lecciones especiales. Me mimaba. Hacía todo lo que yo le
pedía.
Quería mandarme a estudiar a Europa cuando terminamos los estudios en el
convento.
Y
habría ido a Europa… si no me hubiese enamorado del señor Tyrone. O me habría
hecho
monja.
Soñaba con dos cosas: la más hermosa era ser monja, la otra, ser concertista de
piano.
(Hace
una pausa, mirándose fijamente las manos. Cathleen parpadea para ahuyentar su
somnolencia
y su ebriedad.) ¡Hace tantos años que no toco el piano! No podría hacerlo con
estos
dedos estropeados aunque quisiera. Cuando me casé, durante algún tiempo, traté
de no
abandonar
la música. Pero fue inútil. Los albergues de una noche, los hoteles baratos,
los
trenes
sucios, abandonar a los hijos, vivir sin hogar… (Se contempla las manos, con
fascinada
repulsión.) ¡Mira qué feas están, Cathleen! ¡Qué mutiladas y estropeadas!
¡Parecen
haber
sufrido algún accidente horrible! (Con una risita extraña.) ¡Y en realidad, así
fue!
(Repentinamente,
se lleva las manos a la espalda.) No quiero mirarlas. Me recuerdan más aún
que
la sirena el… (Con desafiante aplomo.) Pero ni siquiera ellas pueden tocarme,
ahora.
(Pone
las manos ante sí y las mira fijamente, intencionadamente. Luego, dice con
serenidad.)
Están
lejos. Las veo, pero el dolor ha desaparecido.
CATHLEEN.
(Estúpidamente perpleja.) ¿Ha tomado el medicamento? Le ha hecho obrar de una
manera
rara, señora. Si no supiera lo contrario, creería que tomó un traguito.
MARY.
(Soñadora.)
Suprime el dolor. Una retrocede en el tiempo hasta que queda fuera de su
alcance.
Sólo el pasado, en que una era feliz, es real. (Hace una pausa; luego, como si
sus
palabras
fuesen una evocación que reviviera la felicidad, cambian todos sus gestos y su
expresión
fisonómica. Parece más joven. Aflora en ella algo de la inocente novicia
conventual
y sonríe tímidamente.) Si el señor Tyrone te parece gallardo ahora, Cathleen,
debiste
verlo cuando yo lo conocí. Lo consideraban uno de los hombres más guapos del
país.
Las
muchachas del convento que lo habían visto trabajar en el teatro o conocían sus
fotografías,
estaban locas por él. Las mujeres esperaban junto a la puerta del escenario
nada
más
que para verlo salir. Te imaginarás mi emoción cuando papá me escribió que
había
trabado
amistad con James Tyrone y que yo lo conocería cuando volviera a casa por las
vacaciones
de Pascuas. Les mostré la carta a todas las muchachas y… ¡cómo me envidiaron!
Primeramente,
papá me llevó al teatro a verlo trabajar. Representaban un drama sobre la
revolución
francesa y el protagonista era un noble. No pude apartar los ojos de él. Lloré
cuando
lo encarcelaron… y luego me dio rabia, porque temí que se me enrojecieran los
ojos y
la
nariz. Mi padre me había dicho que lo visitaríamos en su camarín después de la
función y
así
lo hicimos. (Riendo de una manera algo excitada y tímida.) Me sentía tan
confusa que
sólo
puede balbucear y sonrojarme como una tonta. Pero él no pareció creerme tonta.
Sé que
le
gusté apenas nos presentaron. (Coquetamente.) Creo que mis ojos y nariz no
debieran estar
rojos,
después de todo. Entonces yo era realmente muy linda, Cathleen. Y él, con su
maquillaje
y el traje de noble que tan bien le sentaba, estaba más guapo que en el más
descabellado
de mis sueños. Distinto de todos los hombres corrientes, parecía un ser del
otro
mundo.
Al mismo tiempo, era sencillo, bondadoso y modesto. No tenía ni pizca de
engreído.
Me
enamoré de él. Y también se enamoró él de mí, como me lo dijo más tarde. Olvidé
todas
mis
intenciones de ser monja o concertista. Y sólo quise ser su esposa. (Hace una
pausa, con
la
mirada fija en el vacío, los ojos extrañamente brillantes y soñadores y una
sonrisa
extática,
tierna y propia de una adolescente.) Fue hace treinta y seis años… ¡pero lo
recuerdo
con
tanta claridad como si fuera esta noche! Desde entonces, nos amamos. Y durante
todos
estos
treinta y seis años nunca ha habido ningún escándalo alrededor de él. Me
refiero… a
otra
mujer. Nunca, desde que me conoció. Eso me ha hecho muy feliz, Cathleen. ¡Me ha
hecho
olvidar tantas otras cosas…!
CATHLEEN.
(Combatiendo su somnolencia de ebria.) Es un excelente caballero y usted una
mujer
afortunada.
(Inquieta.) ¿Puedo llevarle el whisky a Bridget, señora? Pronto será la hora de
cenar
y tengo que ayudarla en la cocina. Si no le doy algo que la calme, me querrá
hacer
picadillo.
MARY.
(Vagamente
exasperada porque la han despertado de su sueño.) Sí, ve allá. Ahora, no te
necesito.
CATHLEEN.
(Con alivio.) Gracias, señora. (Llena un vaso y va hacia la sala del fondo con
él.) Usted
no
se quedará sola durante mucho tiempo. El señor y los muchachos…
MARY.
(Con
impaciencia.) No, no, no vendrán. Dile a Bridget que no esperaré. Puedes servir
la
cena
a la seis y media en punto. No tengo hambre, pero me sentaré a la mesa y
acabaremos
con
eso.
CATHLEEN.
Usted debiera comer algo. Ese medicamento es bastante raro si le quita el
apetito.
MARY.
(Ha
comenzado a dejarse arrastrar de nuevo por sus sueños y reacciona
mecánicamente.)
¿Qué medicamento? No sé a qué te refieres. (Despidiéndola.) Más vale que
le
lleves el whisky a Bridget.
CATHLEEN.
Sí, señora.
Se
va por la sala del fondo. Mary espera hasta que oye cerrarse a sus espaldas la
puerta
de
la despensa. Luego se echa hacia atrás, en laxa somnolencia, mirando fijamente
el
vacío.
Sus brazos están relajados sobre el sillón: sus manos de dedos largos,
deformados,
sensibles
e hinchados en los nudillos, están caídos en una calma total. En la habitación
oscurece.
Reina un silencio de muerte. Luego, desde el mundo exterior, llega un
melancólico
gemido de la sirena seguido por un coro de campanas, ahogado por la
niebla,
que resuena en el barco anclado en el puerto. El rostro de Mary no da señales
de
haberlo
oído, pero sus manos se mueven de una manera espasmódica, y sus dedos, por
un
momento, tocan maquinalmente el piano en el aire. Frunce el ceño y sacude
maquinalmente
la cabeza, cómo sí una mosca le hubiera caminado por la cabeza. De
pronto,
pierde todo su aire de muchacha y se transforma en una mujer cínicamente
triste,
amargada,
envejecida.
MARY.
(Con
amargura.) Eres una tonta sentimental. ¿Qué tiene de maravilloso ese primer
encuentro
entre una estúpida colegiala romántica y un ídolo de matinée? Eras mucho más
feliz
antes de saber que existía, cuando estabas en el convento y le orabas a la
Santa Virgen.
(Con
anhelo.) ¡Si recobrara la fe perdida, para poder rezar de nuevo! (Hace una
pausa y
comienza
a recitar el avemaría con tono monótono, inexpresivo.) “¡Dios te salve, llena
eres
de
gracia! El Señor es contigo. Bendita tu eres entre todas las mujeres.” (Con
sarcasmo.)
¿Crees
que la Santa Virgen se dejará engañar por una morfinómana embustera que recita
palabras?
¡No podrás ocultárselo! (Se levanta de un salto y se lleva las manos al cabello
para
acariciárselo
distraídamente.) Tengo que subir. No he tomado lo suficiente. Cuando una
vuelve
a empezar, no sabe con exactitud cuánto necesitará. (Va hacia la sala del
frente y se
detiene
en el umbral al oír voces en el sendero. Experimenta un sobresalto culpable.)
Deben
de
ser ellos. (Vuelve precipitadamente y se sienta. Con aire tercamente defensivo
y tono
resentido.)
¿Por qué vuelven? No quieren volver. Y yo, preferiría estar sola… (De pronto,
se
opera
en ella un cambio total. Se muestra patéticamente aliviada y ansiosa.) ¡Oh! ¡Me
alegro
tanto
de que hayan venido! ¡Me sentía tan solitaria!
Se
oye que se cierra la puerta del frente y Tyrone grita, con voz inquieta, desde
el
vestíbulo.
TYRONE.
¿Estas
ahí, Mary?
Se
enciende la luz del vestíbulo, que llena la sala del frente y se proyecta sobre
su esposa.
MARY.
(Se
levanta, el afecto ilumina su semblante, y responde con excitada ansiedad.)
Aquí
estoy,
querido. En la salita. Te he estado esperando. (Entra Tyrone, por la sala del
frente. Lo
sigue
Edmund. Tyrone ha bebido mucho, pero apenas lo revelan sus ojos algo vidriosos
y
cierto
embotamiento en su manera de hablar. También Edmund ha bebido más de la cuenta,
sin
mucho efecto aparente; sólo que sus hundidas mejillas están sonrojadas y sus
ojos
parecen
brillantes y febriles. Ambos se detienen en el umbral y miran fijamente a Mary,
con
aire
estimativo. Lo que ven está a la altura de sus peores expectativas. Pero, por
el momento,
ella
no advierte que sus ojos la condenan. Besa a su marido y luego a Edmund. Su
efusividad
es
poco natural. Ellos se someten a su abrazo, tratando de eludirla. Mary habla,
con aire
excitado.)
¡Me alegro tanto de que hayan venido! Ya había renunciado a toda esperanza.
Temí
que
no vinieran. ¡La noche es tan triste, hay tanta niebla…! Uno debe sentirse más
alegre en
los
bares del pueblo, donde hay gente con quien se puede charlar y bromear. No, no
lo
nieguen.
Comprendo sus sentimientos. No los culpo. Con cuánto mayor motivo les agradezco
que
hayan venido. ¡Me sentía tan solitaria y tan triste! Vengan siéntense. (Se
sienta detrás de
la
mesa, a la izquierda. Edmund a la izquierda y Tyrone en la mecedora, a la
derecha.)
Pronto
estará lista la cena. En realidad, ustedes han vuelto un poco temprano.
Milagros que se
ven.
Aquí está el whisky, querido. ¿Te sirvo un trago? (Sin esperar respuesta, lo
hace.) ¿Y tú,
Edmund?
No quiero incitarte a beber, pero un trago antes de la cena, a manera de
aperitivo,
no
puede hacerte mal. (Les sirve whisky. Ni Edmund ni tyrone se mueven para tomar
los
vasos.
Mary habla como si no notara su silencio.) ¿Dónde está Jamie? Pero,
naturalmente, no
volverá
mientras le quede en el bolsillo lo suficiente para beber una copa más.
(Agarrando el
brazo
de su marido, con tristeza.) Temo que hemos a Jamie desde hace mucho tiempo,
querido.
(Su rostro se endurece.) Pero no debemos permitirle que arrastre a Edmund con
él,
como
le gustaría hacerlo. Está celoso porque Edmund ha sido siempre el niño mimado
de la
familia…
como antes estuvo celoso de Eugene. No se dará por satisfecho mientras no haga
de
Edmund
un fracasado tan irremediable como él.
EDMUND.
(Lastimeramente.)
Basta, mamá. Basta.
TYRONE.
(Abatido) Sí, Mary. Cuanto menos digas, ahora... (A Edmund, con aire
ligeramente
ebrio.)
Con todo, hay algo de cierto en la advertencia de tu madre. ¡Cuídate de tu
hermano o
te
envenenará la vida con su maldita lengua viperina!
EDMUND.
(Como
antes.) ¡Oh, basta, papá!
MARY.
(Continúa,
como si no se hubiese dicho nada.) Al ver a Jamie tal como es ahora, cuesta
trabajo
creer que fu mi niño, ¿Recuerdas qué criatura sana y feliz era, James? Los
albergues
de
una sola noche y los trenes sucios y los hoteles baratos y la mala comida nunca
lo irritaron
ni
enfermaron. Siempre sonreía o reía. Casi nunca lloraba. Eugene fue como él,
feliz y sano,
durante
los dos años que vivió antes de que yo le causara la muerte con mi negligencia.
TYRONE.
¡Oh!
¡Qué estúpido he sido al volver a casa!
EDMUND.
¡Papá!
¡Cállate!
MARY.
(Le
sonríe, con vaga ternura.) Edmund era el niño de mal genio, el que siempre se
irritaba
y asustaba sin motivo. (Acariciándole la mano, burlonamente.) Todos solían
decir,
querido,
que llorabas por cualquier bagatela.
EDMUND.
(Sin poder reprimir su amargura.) Quizás adivinara que había una buena razón
para no
reír.
TYRONE.
(Con tono de reproche y compasivo.) Vamos, vamos, muchacho. No tienes por qué
prestarle
atención a…
MARY.
(Como
si no lo hubiese oído, con tristeza.) ¿Quién habría creído entonces que, con el
tiempo,
Jamie nos deshonraría? Como recordarás, James, cuando lo enviamos a un
internado,
durante
años recibimos informes brillantes de él. Todos lo querían. Sus profesores nos
hablaban
de su inteligencia y de la facilidad con que aprendía las lecciones. Hasta
cuando
empezó
a beber y tuvieron que echarlo, nos escribieron cómo lo lamentaban, porque era
muy
simpático
y talentoso. Le predijeron un porvenir magnífico si aprendía a tomar en serio
la
vida.
(Se interrumpe y agrega, con tono impersonal, extraño y triste.) Es una
lástima. ¡Pobre
Jamie!
Cuesta trabajo comprender... (Ya se ha operado en ella un cambio. Su rostro se
endurece
y mira a su marido con acusadora hostilidad.) No. No cuesta trabajo
comprenderlo
ni
mucho menos. Hiciste de él un bebedor. Desde que abrió los ojos por primera
vez, te vio
bebiendo.
¡Siempre había una botella sobre el escritorio en el cuarto de los hoteluchos
donde
parábamos!
Y si Jamie tenía una pesadilla o le dolía el estómago cuando niño, tu
medicamento
era una cucharada de whisky para calmarlo.
TYRONE.
(Herido.) Conque yo tengo la culpa de que ese hombrón haragán se haya
convertido en
un
vagabundo borracho… ¿eh? ¿Es eso lo que he venido a escuchar a casa? ¡Debí
imaginármelo!
¡Cuando tienes ese veneno en el cuerpo, estás dispuesta a culpar a todo el
mundo
menos a ti misma!
EDMUND.
¡Papá! ¡Me dijiste que no prestara atención! (Con resentimiento.) De todos
modos, es
cierto.
Hiciste lo mismo conmigo. Recuerdo esa cucharada de whisky cada vez que me
despertaba
una pesadilla.
MARY.
(Con
tono impersonal y nostálgico.) Sí, cuando niño siempre tenías pesadillas.
Naciste
con
miedo. ¡Porque yo sentía tanto miedo al traerte al mundo…! (Hace una pausa:
luego,
prosigue
con el mismo tono.) Te ruego que no culpes a tu padre, Edmund. No pudo obrar
mejor.
Dejó de ir a la escuela a los diez años. Sus padres eran de esa clase de
irlandeses
ignorantes
agobiados por la pobreza. Sin duda, estaban sinceramente convencidos de que el
whisky
era el más sano de los medicamentos para un niño enfermo o asustado.
Tyrone
se dispone a decir algo, en airada defensa de su familia, pero Edmund
interviene.
EDMUND.
(Con
aspereza.) ¡Papá! (Cambiando de ema.) ¿Vamos a tomar este whisky o no?
TYRONE.
(Dominándose, con voz apagada.) Tienes razón. Soy un estúpido al darle
importancia.
(Toma
el vaso, con indiferencia.) Bebe con ganas, muchacho.
Edmund
bebe, pero Tyrone se queda mirando absorto el vaso que tiene en la mano.
Inmediatamente,
aquél advierte la considerable cantidad de whisky que ha sido aguada.
Frunce
el ceño y aparta los ojos de la botella para mirar rápidamente a su madre,
disponiéndose
a decir algo, pero se contiene.
MARY.
(Cambiando
de tono, contrita.) Perdóname si hubo amargura en mis palabras, James.
¡Aquello
está tan lejano…! Pero me hirió un poco tu actitud cuando lamentaste haber
vuelto.
¡Me
sentí tan aliviada y feliz cuando regresaste y te lo agradecí tanto…! Es
aburrido y triste
estar
aquí sola, en medio de la niebla, cuando anochece.
TYRONE.
(Conmovido.)
Me alegro de haber venido cuando eres la verdadera Mary.
MARY.
Me
sentía tan sola que retuve a Cathleen solamente para tener con quién hablar.
(Sus
ademanes
y expresión vuelven a ser los de la tímida muchacha de convento.) ¿Sabes qué le
conté,
querido? La noche en que mi padre me llevó a tu camarín y me enamoré de ti.
¿Recuerdas?
TYRONE.
(Profundamente conmovido, con voz ronca.) ¿Crees que podría olvidarlo algún
día,
Mary?
Edmund
aparta los ojos de ambos, con tristeza y malestar.
MARY.
(Tiernamente.)
No. Sé que me amas aún, James, a pesar de todo.
TYRONE.
(Su rostro se ilumina y ahuyenta las lágrimas parpadeando. Con tranquila
vehemencia.)
¡Sí! ¡Que Dios sea testigo! ¡Siempre te amaré, Mary!
MARY.
Y
yo te amo a ti, querido, a pesar de todo. (Hay una pausa durante la cual Edmund
se
mueve
con malestar. Mary vuelve a revestirse de su extraño aire impersonal, como si
hablara
fríamente
de gente a quien ve desde lejos.) Pero debo confesarte, James, que aunque no
podría
dejar de amarte, no me habría casado contigo si hubiese sabido que bebías
tanto.
Recuerdo
la primera noche en que tus amigos del bar tuvieron que traerte hasta la puerta
de
nuestro
cuarto del hotel y golpearon con los nudillos y huyeron antes de que yo llegara
al
umbral.
Estábamos aún en nuestra luna de miel… ¿recuerdas?
TYRONE.
(Con vehemencia culpable.) ¡No lo recuerdo! ¡No fue durante nuestra luna de
miel! ¡Y
nunca
tuvieron que llevarme a la cama ni falté a una sola función!
MARY.
(Como
si no lo hubiese oído.) Había esperado en aquel horrible cuarto de hotel
durante
horas
y más horas, Te buscaba excusas. Me decía que debía de haberte demorado algo
vinculado
a tu profesión. ¡Sabía tan poco de teatro! Luego sentí terror. Imaginé toda
clase de
accidentes
horribles. Me arrodillé y le pedí a Dios que no te sucediera nada… y entonces
te
trajeron
delante de la puerta. (Con leve y triste suspiro.) No preveía la frecuencia con
que
volvería
a ocurrir lo mismo en años venideros, cuántas veces tendría que esperar en
horribles
cuartos
de hotel… Me acostumbré a eso.
EDMUND.
(Estallando, mientras mira a su padre con odio acusador.) ¡Dios mío! ¡No me
extraña
qué…!
(Se domina y añade, con aspereza.) ¿Cuándo cenamos, mamá? Debe ser hora ya.
TYRONE.
(Abrumado por una vergüenza que trata de ocultar.) Sí. Debe ser hora. Veamos.
(Mira
fijamente
el reloj, sin verlo.) (Con tono suplicante.) ¡Mary! ¿No podrías olvidar...?
MARY.
(Con
impersonal piedad.) No, querido. Pero te perdono. Siempre te he perdonado. De
manera
que no te sientas tan culpable. Lamento habértelo recordado. No quiero estar
triste ni
entristecerte.
Sólo deseo recordar la época feliz de nuestro pasado. (Vuelve a convertirse en
la
tímida
y alegre muchacha del convento.) Estoy segura de que has olvidado por completo
mi
traje
de novia. Los hombres no se fijan en esas cosas. Les parecen sin importancia.
¡Pero fue
algo
importante para mí, te lo aseguro! ¡Cómo me preocupó, qué nerviosa me puse! ¡Me
sentía
tan excitada y tan feliz! Mi padre me dijo que comprara lo que quisiera sin
reparar en el
precio.
Lo mejor nunca es demasiado bueno para ti, me dijo. Temo que me mimaba
demasiado.
Mi madre, no. Era muy piadosa y severa. No aprobó mi boda… sobre todo con un
actor.
Creo que tenía esperanzas de que me hiciera monja. Solía regañar a mi padre y
gruñía:
“¡Tú
nunca me dices cuando compro algo, que no repare en el precio! ¡Has echado a
perder a
esa
niña! Si algún día se casa, compadezco a su marido. Esperará que él viva
pendiente de
todos
sus caprichos. Nunca será una buena esposa.” (Ríe, afectuosamente.) ¡Pobre
mamá! (Le
sonríe
a Tyrone con extraña e intempestiva coquetería.) Pero se equivocaba… ¿verdad,
James?
Nunca he sido mala esposa… ¿no es así?
TYRONE.
(Con
voz ronca, dejando de sonreír.) No me quejo, Mary.
MARY.
(Por
cuyo semblante pasa una sombra de vaga culpabilidad.) Por lo menos, te he
querido
entrañablemente y he hecho todo lo posible… bajo las circunstancias. (La sombra
se
desvanece
y reaparece su tímida expresión de adolescente.) ¡Poco faltó para que aquel
traje
de
novia nos causara la muerte a mí y a mi modista! (Ríe.) ¡Era tan exigente! Ese
vestido no
me
parecía lo suficientemente bueno… Por fin, mi modista se negó a tocarlo más por
temor a
estropearlo
y le dije que saliera para poder examinarlo a solas en el espejo. ¡Estaba tan
satisfecha
y envanecida…! Pensé: “Aunque tu nariz y tu boca y tus orejas sean un poquito
demasiado
grandes, ¡tus ojos, tus cabellos, tu figura y tus manos lo compensan! Eres tan
linda
como
cualquiera de las actrices a quienes él haya conocido y eso sin necesidad de
pintarte.”
(Hace
una pausa frunciendo el ceño, en un esfuerzo por recordar.) ¿Dónde estará ahora
mi
traje
de novia? Lo guardé en mi baúl, envuelto en papel de seda. Esperaba tener una
hija y
que,
al llegarle la hora de casarse… No se hubiera podido comprar un traje de novia
más
hermoso;
y sabía, James, que tú nunca le dirías que se lo comprara sin reparar en el
precio.
Hubieras
querido que pescara alguna ganga por ahí. Era un traje de satín suave,
reluciente,
orlado
de un maravilloso encaje “duchesse” antiguo, con unos diminutos volados
alrededor
del
cuello y las mangas y cuyos pliegues causaban por la espalda la impresión de un
polisón.
La
blusa tenía ballenas y era muy ajustada. Recuerdo que contuve el aliento cuando
lo vestí,
para
que mi talle fuera lo más angosto posible. Mi padre hasta me permitió el encaje
“duchesse”
sobre mis sandalias de satín blanco, y encaje de azahares en el velo. ¡Oh, cómo
amaba
ese vestido! ¡Era tan hermoso! ¿Dónde estará ahora? Solía sacarlo cuando me
sentía
sola,
pero siempre me hacía llorar, de modo que, finalmente, desde hace mucho tiempo…
(Vuelve
a fruncir el ceño.) ¿Dónde estará? Probablemente en uno de los baúles viejos
del
desván.
Algún día tendré que hurgar allí.
Se
interrumpe, con aire absorto. Tyrone suspira, meneando con desaliento la
cabeza, y
busca
en la mirada de su hijo solidaridad; pero Edmund mira el suelo.
TYRONE.
(Con tono forzado y negligente.) ¿No te parece que es hora de cenar, querida?
(Con
débil
tentativa de sarcasmo.) Siempre me regañas porque vuelvo tarde, pero hoy que he
sido
puntual
por una vez, lo que se ha demorado es la cena. (Ella no parece oírlo. Tyrone
agrega,
con
aire jovial todavía.) Bueno. Si no puedo cenar aún, puedo beber. Había olvidadp
que
tenía
esto. (Bebe whisky. Edmund observa. Tyrone frunce el ceño y dice brutalmente.)
¿Quién
ha
estado tocando mi whisky? ¡La mitad es pura agua! Jamie ha salido, y de todas
maneras no
exageraría
su treta así. Cualquier imbécil lo notaría… Mary, ¡contéstame! (Con irritado
asco.)
Confío en que no te habrás dedicado a beber, además de…
EDMUND.
¡Cállate, papá! (A su madre, sin mirarla.) Has convidado a Cathleen y a
Bridget…
¿verdad,
mamá?
MARY.
(Con
indiferencia.) Sí, naturalmente. Trabajan mucho y les pagamos poco. Y yo soy la
dueña
de la casa y debo impedir que se vayan. Además, quise agasajar a Cathleen
porque la
llevé
al pueblo conmigo y le encargué que me hiciera preparar la receta.
EDMUND.
¡Mamá, por amor de Dios! ¡No puedes confiar en Cathleen! ¿Quieres que todo el
mundo
lo sepa?
MARY.
(Cuyo
rostro se endurece, tercamente.) ¿Sepa qué? ¿Que sufro de reumatismo en las
manos
y debo tomar un medicamento para calmar el dolor? ¿Por qué habría de
avergonzarme
eso?
(Se vuelve hacia Edmund y le dice con cruel y acusadora hostilidad, casi con
vengativa
enemistad.)
¡Nunca supe lo que era el reumatismo antes de que tú nacieras! ¡Pregúntaselo a
tu
padre!
Edmund
aparta la vista, retrayéndose sobre sí mismo.
TYRONE.
No le hagas caso, muchacho. No le des importancia a eso. Cuando tu mamá llega a
la
etapa
en que da la vieja y descabellada excusa de sus manos es que se ha alejado
demasiado
de
nosotros.
MARY.
(Volviéndose
hacia él, con una sonrisa insultante y extrañamente triunfal.) ¡Me alegro
de
que lo adviertas, James! ¡Ahora quizá tú y Edmund no sigan tratado de
recordármelo!
(Bruscamente,
con tono objetivo, práctico.) ¿Por qué no enciendes la luz, James? Está
oscureciendo.
Ya sé que no te gusta hacerlo, pero Edmund te ha demostrado que una sola
lámpara
encendida no gasta mucho. Es absurdo que tu temor al asilo te haga tacaño.
TYRONE.
(Reaccionando mecánicamente.) ¡Nunca dije que una lámpara gastaba mucho! Lo que
enriquece
a la compañía de electricidad es tener encendida una por aquí y otra por allá.
(Se
levanta,
y dice brutalmente.) Pero soy un imbécil al razonar contigo. (A Edmund.) Traeré
otra
botella
de whisky, muchacho, y tomaremos un trago de verdad. (Se va por la sala del
fondo.)
MARY.
(Divertida,
con aire impersonal.) James entrará furtivamente al sótano por la puerta
exterior
para que los criados no lo vean. En realidad, le avergüenza encerrar ahí el
whisky con
candado.
Tu padre es un hombre extraño, Edmund. Necesité muchos años para comprenderlo.
Debes
tratar de comprenderlo también y de perdonarlo y no despreciarlo por su
avaricia. Su
padre
abandonó a su esposa y a sus seis hijos a los dos años de haber llegado a
Estados
Unidos.
Les confesó se presentimiento de que moriría pronto y dijo que sentía nostalgia
por
Irlanda
y quería volver allí para morir. Y así mismo fue. Debió ser un hombre extraño
también.
Tu padre tuvo que trabajar en un taller mecánico cuando solo tenía diez años de
edad.
EDMUND.
(Protestando, con voz sorda.)¡Oh, mamá! ¡Por amor de Dios! Ya le he oído contar
diez
mil
veces a papá esa historia del taller mecánico.
MARY.
Sí,
querido. Tuviste que escucharlo, pero no creo que hayas tratado de comprender.
EDMUND.
(Como si no la hubiese oído, con tono dolorido.) ¡Escúchame, mamá! No has
llegado
tan
lejos aún como para olvidarlo todo. No me has preguntado qué averigüé esta
tarde. ¿No te
importa?
MARY.
(Desgarrada.)
¡No digas eso! ¡Me hieres, querido!
EDMUND.
Lo
que tengo es grave, mamá. Ahora el doctor Hardy está seguro.
MARY.
(Rígida,
con una obstinación desdeñosa y defensiva.) ¡Ese viejo charlatán embustero!
¡Ya
te advertí que inventaría…!
EDMUND.
(Con acongojada obstinación.) Llamó a un especialista para examinarme, a fin de
estar
completamente
seguro.
MARY.
(Haciendo
caso omiso de estas palabras.) ¡No me hables de Hardy! ¡Si hubieras oído lo
que
dijo de su tratamiento el médico del sanatorio, que sí sabe realmente! ¡Afirmó
que a
Hardy
debieras ponerlo entre rejas! ¡Que era un milagro que no me hubiese vuelto
loca! Le
contesté
que eso ya me había sucedido una vez, cuando salí corriendo en bata de casa
para
tirarme
al agua. Lo recuerdas… ¿verdad? Y con todo eso, quieres que le preste atención
a lo
que
dice Hardy. ¡Oh, no!
EDMUND.
(Con amargura.) Lo recuerdo perfectamente. Fue cuando papá y Jamie acababan de
llegar
a la conclusión de que ya no me lo podían seguir ocultando. Jamie me lo dijo.
¡Lo
llamé
embustero! Quise darle un puñetazo. Pero sabía que no me estaba mintiendo. (Su
voz
tiembla
y sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas.) ¡Dios mío, después de eso, pensé
que no
había
nada que valiera la pena en la vida!
MARY.
(Lastimeramente.)
¡Oh, no llores! ¡Hijito mío! ¡Me haces sufrir tanto!
EDMUND.
(Con tristeza.) Perdóname. Fuiste tú quien hablaste del asunto. (Con amarga y
obstinada
insistencia.) Escúchame, mamá. Debo decírtelo, aunque no quieras escucharlo.
Tengo
que irme a un sanatorio.
MARY.
(Aturdida,
como si esto nunca se le hubiese ocurrido.) ¿Irte? (Con violencia.) ¡No! ¡No
lo
toleraré! ¿Cómo se atreve el doctor Hardy a aconsejar semejante cosa sin
consultarme?
¿Cómo
se atreve tu padre a permitírselo? ¡Tú eres mi niño! ¡Que se ocupe él de Jamie!
(Con
creciente
excitación y amargura.) Sé por qué quiere James mandarte a un sanatorio. ¡Para
alejarte
de mí! Siempre ha tratado de hacerlo. ¡Ha estado celoso de todos mis hijos!
Siempre
buscó
maneras de obligarme a abandonarlos. Eso fue lo que le causó la muerte a
Eugene.
Sobre
todo, está celoso de ti. Sabía que yo te quería más que a nadie porque…
EDMUND.
(Lastimero.) ¡Oh, basta de desatinos, mamá! No intentes culparlo. ¿Y por qué te
opones
tanto
a que me vaya ahora? ¡Estuve ausente a menudo y no advertí que eso te
destrozara el
corazón!
MARY.
(Con
amargura.) Temo que no eres muy sensible, después de todo. (Con tristeza.)
Querido,
comprenderás que al descubrir que lo sabías… me alegré de que estuvieras en
algún
lugar
donde no me pudieras ver.
EDMUND.
(Con voz lacerada.) ¡Mamá! ¡No digas eso! (Tiende la mano, casi sin ver, y toma
la de
ella,
pero la suelta inmediatamente, agobiado por su amargura.) Hablas tanto de que
me
amas…
¡y ni siquiera quieres escucharme cuando trato de explicarte lo enfermo que
estoy…!
MARY.
(Con
brusca transición a una impersonal y fanfarrona actitud maternal.) Vamos,
vamos.
¡Basta! No quiero escuchar porque sé que eso sólo son las ignorantes mentiras
de
Hardy.
(Él se refugia en sí mismo. Ella adopta un tono forzado y burlón, pero con un
creciente
resentimiento oculto.) ¡Te pareces tanto a tu padre, querido…! Te gusta hacer
una
escena
dramática por cualquier bagatela, para poder mostrarte teatral y trágico. (Con
una risa
que
intenta restarle importancia al asunto.) Si yo te diera el más leve estímulo,
no tardarías
en
decirme que te vas a morir…
EDMUND.
La
gente se muere de eso. Tu propio padre…
MARY.
(Con
aspereza.) ¿Por qué lo mencionas? Su caso no se puede comparar con el tuyo.
Estaba
tuberculoso. (Irritada.) ¡Te detesto cuando te vuelves lúgubre y morboso! ¡Te
prohíbo
que
me recuerdes a mi padre! ¿Me oyes?
EDMUND.
(Hosco y ceñudo.) Sí, te oigo, mamá. ¡Ojalá no te oyera! (Se levanta y se queda
de pie,
contemplándola
fijamente con aire condenatorio. Con amargura.) ¡A veces duele mucho
pensar
que uno tiene por madre a una morfinómana! (Ella se sobresalta: de su semblante
parece
esfumarse todo signo de vida dejándole la apariencia de un busto de yeso.
Instantáneamente,
Edmund querría retirar lo dicho y balbuces, lastimero.) Perdóname,
mamá.
Estaba irritado. Me heriste.
Pausa
en la que se oyen la sirena y las campanas de los barcos.
MARY.
(Va
lentamente hacia las ventanas de la derecha como una autómata, se asoma y dice,
con
voz distante:) Escucha esa horrible sirena. Y las campanas. ¿Por qué será que,
con la
niebla,
todo parece triste y extraviado?
EDMUND.
(Con
voz desgarrada.) No... no puedo quedarme aquí. No quiero cenar.
Se
va precipitadamente por la sala del frente. Ella sigue mirando por la ventana
hasta
que
oye cerrarse en pos de él la puerta de la calle. Entonces vuelve y se sienta en
su silla,
con
la misma turbación en el rostro descolorido.
MARY.
(Distraídamente.)
Tengo que subir. No he tomado lo suficiente. (Pausa. Con anhelo.)
Confío
en que algún día, sin querer, tomaré una dosis excesiva. No podría hacerlo
deliberadamente.
La Santa Virgen nunca me lo perdonaría.
Oye
regresar a su marido y se vuelve al verlo entrar, por la sala del fondo, con
una
botella
de whisky que acaba de descorchar. Tyrone está furioso.
TYRONE.
(Coléricamente.) El candado está raspado. Ese haragán borracho trató de forzar
la
cerradura
con un trozo de alambre, como ya lo hizo en otra ocasión. (Con satisfacción,
como
si
aquello fuese una incesante batalla de ingenio con su hijo mayo.) Pero esta vez
lo he
engañado.
Es un candado especial que ni siquiera un ladrón profesional podría forzar.
(Deja
la
botella sobre la bandeja y repentinamente advierte la ausencia de Edmund.)
¿Dónde está
Edmund?
MARY.
(Con
aire vago y lejano.) Salió. Acaso haya ido nuevamente al pueblo, en busca de
Jamie.
Supongo que todavía le queda algún dinero y que ese dinero arde por salir de su
bolsillo.
Dijo que no quería cenar. Al parecer, en estos días no tiene apetito.
(Obstinadamente.)
Pero sólo es un resfrío de verano. (Tyrone la mira absorto y menea la
cabeza
con aire de impotencia, se sirve una buena cantidad de whisky y bebe.
Repentinamente,
ella no puede seguir soportando todo esto, y desfallece y solloza.) ¡Oh,
James!
¡Estoy tan asustada! (Se levanta, le echa los brazos al cuello, oculta su
rostro contra
el
hombro de Tyrone y agrega, entre sollozos:) ¡Sé que Ed se va a morir!
TYRONE.
¡No
digas eso! ¡No es cierto! Me prometieron que dentro de seis meses estará
curado.
MARY.
¡Tú
mismo no lo crees! ¡Adivino cuando finges! Y eso sucederá por culpa mía. No
debí
alumbrar
a Edmund. Habría sido mejor para él. Entonces no hubiera podido hacerle daño.
Edmund
no tendría que saber que su madre es una morfinómana… ¡y odiarla!
TYRONE.
(La voz trémula.) ¡Cállate, Mary, por amor de Dios! Ed te quiere. Sabe que eso
fue una
maldición
que te fulminó sin que lo supieras y contra tu voluntad. ¡Se enorgullece de que
seas
su
madre! (Bruscamente, al oír que se abre la puerta de la despensa.) ¡Silencio!
Ahí viene
Cathleen.
No querrás que te vea llorando.
Mary
se vuelve hacia las ventanas de la derecha, secándose precipitadamente los
ojos. Al
cabo
de un momento, Cathleen aparece en el umbral de la sala del fondo, Su andar es
tambaleante
y sonríe grotescamente.
CATHLEEN.
(Con un sobresalto culpable al ver a Tyrone y con aire digno.) La cena está
servida,
señor.
(Alzando la voz, sin necesidad.) La cena está servida, señora. (Olvida su aire
digno y le
dice
a Tyrone con familiar jovialidad.) Con que usted estaba aquí… ¿eh? Vaya,
vaya... ¡Qué
rabieta
cogerá Bridget! La señora dijo que usted no vendría. (Leyendo una acusación en
los
ojos
de Tyrone.) No me mire así. Sí bebí un trago no lo robé. Me convidaron. (Se
vuelve con
altanera
dignidad y se va por la sala del fondo.)
TYRONE.
(Suspira y apela a toda su presencia de ánimo de actor.) Ven, querida. Vamos a
cenar.
Tengo
un hambre voraz.
MARY.
(Se
le acerca. Su rostro parece nuevamente de yeso y su tono es impersonal.)
Tendrás
que
disculparme, James. Difícilmente podría cenar. Me duelen muchísimo las manos.
Más
vale
que me vaya a acostar y descanse. Buenas noches, querido. (Lo besa
mecánicamente y se
vuelve
hacia la sala del frente.)
TYRONE.
Querrás decir que vas a subir para tomar un poco más de ese maldito veneno… ¿no
es
eso?
¡Antes de que acabe la noche, parecerás un fantasma enloquecido!
MARY.
(Echando
a andar, con tono distraído.) No sé a qué a te refieres, James. ¡Dices unas
cosas
tan mezquinas y amargas cuando has bebido demasiado…! Eres tan perverso como
Jamie
o Edmund…
Se
va por la sala del frente, Por un momento, Tyrone permanece inmóvil, sin saber
qué
hacer.
Es un viejo triste, perplejo, quebrantado. Se aleja con paso cansado por la
sala
del
fondo, camino del comedor.
ACTO
IV
El
mismo escenario. A media noche. Han apagado la lámpara del vestíbulo y no llega
luz por la
sala
del frente. En la salita, sólo está encendida la lámpara de leer, que se halla
sobre la mesa.
Fuera,
la muralla de niebla parece más densa que nunca. Al levantarse el telón, se oye
la sirena y
luego
las campanas de las naves del puerto.
Tyrone
está sentado junto a la mesa. Tiene calados los espejuelos y está jugando
solitario. Se
ha
quitado el saco y viste una vieja bata. En la botella de whisky que está sobre
la mesa sólo queda
la
cuarta parte. Sobre la mesa hay otra botella llena, que Tyrone ha traído del
sótano para que
haya
a mano una abundante reserva. Está ebrio y lo revela su manera intencionada y
extraña de
mirar
fijamente cada baraja para identificarla, y luego la juega como si no estuviera
seguro de su
propósito.
Su mirada es brumosa y vaga, y su boca está relajada. Pero, a pesar de todo el
whisky
que
tiene en el cuerpo, no ha logrado sumirse en la inconsciencia y s aspecto es el
mismo del final
del
acto anterior: el de un viejo triste y derrotado, presa de una desesperada
resignación.
Cuando
levanta el telón, concluye el solitario y recoge las cartas. Las baraja
torpemente y
dos
de ellas se le caen al suelo. Las levanta dificultosamente y comienza a
barajarlas de nuevo,
cuando
oye entrar a alguien por la puerta de la calle. Mira por sobre sus espejuelos a
través de la
sala
del frente.
TYRONE.
(Con torpe voz de ebrio.) ¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Edmund? (La voz de Edmund
le
responde
lacónicamente: “Sí.” Luego, evidentemente, el joven choca con algo en el
vestíbulo,
que está a oscuras, y se le oye proferir una maldición. Al cabo de un momento
se
enciende
la luz del vestíbulo. Tyrone frunce el ceño y dice, levantando la voz:) Apaga
esa luz
antes
de entrar. (Pero Edmund no lo hace. Entra cruzando la sal del frente. Está
borracho,
pero,
como su padre, lo sobrelleva bien y lo revela poco físicamente, salvo en los
ojos y en
una
desafiante agresividad. Tyrone habla, al principio, con tono de cordial y
aliviada
bienvenida.)
Me alegro que hayas venido, muchacho. Me sentía muy solitario. (Con
resentimiento.)
Has hecho muy mal en huir y en dejarme aquí solo de noche, sabiendo…
(Con
áspera irritación.) ¡Te he dicho que apagues esa luz! No estamos dando un
baile. ¡No
hay
motivo para tener toda la casa iluminada a estas horas, quemando dinero!
EDMUND.
(Irritado.) ¡Toda la casa iluminada! ¡Una lámpara! ¡Caramba! ¡Todo el mundo
deja
encendida
una luz en el vestíbulo antes de irse a acostar! (Se frota la rodilla.) Poco
faltó para
fracturarme
la rodilla con la percha.
TYRONE.
La luz encendida aquí ilumina el vestíbulo. Habrías podido ver el camino si no
estuvieras
borracho.
EDMUND.
¿Si
yo no estuviera borracho? ¡Esa sí que es buena!
TYRONE.
¡Me importa un cuerno lo que hacen los demás! ¡Si quieren derrochar
estúpidamente el
dinero,
nada más que por fanfarronería, que lo hagan!
EDMUND.
¡Una lámpara! ¡Caramba, no seas tan tacaño! ¡Te he probado con cifras que si
dejas
encendida
una lámpara durante toda la noche, no te costaría más que un sorbo de whisky!
TYRONE.
¡Al
diablo con tus cifras! ¡La prueba está en las cuentas que debo pagar!
EDMUND.
(Sentándose frente a su padre, desdeñosamente.) ¡Sí! Los hechos nada
significan…
¿eh?
¡Sólo es verdad lo que tú quieres creer! (Sarcásticamente.) Shakespeare, por
ejemplo,
era
un católico irlandés.
TYRONE.
Sí
que lo era. Lo prueban sus dramas.
EDMUND.
¡Pues no lo era y en sus dramas no hay pruebas, salvo para ti!
(Sarcásticamente.) ¡El
duque
de Wellington era otro buen católico irlandés!
TYRONE.
Nunca
dije que fuera bueno. Fue un renegado, pero católico de todos modos.
EDMUND.
Pues no lo era. Lo que pasa, simplemente, es que quieres creer que sólo un
general
católico
irlandés pudo vencer a Napoleón.
TYRONE.
No
discutiré contigo. Te pedí que apagaras la luz del vestíbulo.
EDMUND.
Te
oí, y por lo que a mí se refiere, sigue encendida.
TYRONE.
¡No
toleraré tu insolencia! ¿Me obedecerás o no?
EDMUND.
¡No!
¡Si te obstinas en ser un maniático tacaño, apágala tú mismo!
TYRONE.
(Con amenazadora ira.) ¡Escúchame! Te he soportado mucho porque las cosas
absurdas
que solías hacer me hicieron creer que no estabas en tu sano juicio. Te he
disculpado
y
nunca levanté la mano contra ti. Pero hay la gota que hace desbordar el vaso.
¡Me
obedecerás
y apagarás esa luz o, a pesar de lo grande que eres, te daré una paliza que te
enseñará
a…! (De pronto recuerda que Edmund está enfermo y de inmediato se siente
culpable
y avergonzado.) Perdóname, muchacho. Olvídalo… No debiste hacerme perder la
paciencia.
EDMUND.
(También avergonzado ahora.) Olvida eso, papá. Yo también te pido disculpas. No
tenía
derecho
a fastidiarte por una bagatela. Creo que he bebido más de la cuenta. Apagaré
esa
maldita
luz. (Hace ademán de levantarse.)
TYRONE.
No, quédate donde estás. Déjala encendida. (Se levanta bruscamente,
tambaleándose
un
poco en su ebriedad, y comienza a encender las tres lámparas de la araña y
dice,
compadeciéndose
a sí mismo de una manera infantil y amargadamente dramática.)
¡Dejaremos
encendidas todas las luces! ¡Que ardan! ¡Al diablo con ellas! ¡Al final del
camino
está
el asilo y me da igual cuando me toque! (Concluye de encender las luces.)
EDMUND.
(Ha observado todo esto con un despertar de su sentido del humor, y sonríe con
afectuosa
burla.) Eso es un magnífico telón. (Ríe.) ¡Eres una maravilla, papá!
TYRONE.
(Se sienta, confuso, y gruñe:) ¡Eso es! ¡Ríete del viejo estúpido! ¡Del pobre
cómico de
la
legua! (al ver que Edmund sonríe aún, cambia el tema.) Bueno, bueno, no
discutamos.
Algún
día sabrás lo que vale un dólar. No eres un vagabundo como tu hermano. He
renunciado
a toda esperanza de que tenga sentido común. Y, a propósito… ¿dónde está Jamie?
EDMUND.
¿Cómo
quieres que lo sepa?
TYRONE.
Creí
que habías vuelto al pueblo a buscarlo.
EDMUND.
No.
Fui a la playa. No lo he vuelto a ver desde esta tarde.
TYRONE.
¡Vaya…!
Si has compartido estúpidamente con él ese dinero que te di…
EDMUND.
Naturalmente.
Él siempre comparte conmigo lo que tiene…
TYRONE.
Entonces,
se adivina fácilmente que debe estar en el burdel.
EDMUND.
Y
si lo está… ¿qué? ¿Por qué no?
TYRONE.
(Desdeñosamente.) Por qué no… ¿eh? Es el lugar ideal para él. Que yo sepa,
nunca
soñó
con algo que no fuesen rameras y whisky.
EDMUND.
¡Oh,
papá! ¡Por amor de Dios! Si empiezas con eso, me voy.
TYRONE.
(Con tono conciliador.) Bueno, bueno. No hablaré más. Por cierto que tampoco a
mí me
gusta
el tema. ¿Bebes un trago conmigo?
EDMUND.
¡Ah!
¡Ahora sí que estamos de acuerdo!
TYRONE.
(Pasándole la botella, mecánicamente.) Hago mal en convidarte. Ya has bebido
bastante.
EDMUND.
(Sirviéndose mucho whisky, con tono de ebrio.) Bastante no es lo que se llama
una
fiesta.
(Le devuelve la botella.)
TYRONE.
Es
tu estado, es demasiado.
EDMUND.
¡Olvida
mi salud! (Alza su vaso.) ¡Salud!
TYRONE.
¡Salud!
(Beben.) Si fuiste a pie hasta la playa, debes de estar húmedo y helado.
EDMUND.
¡Bah!
Entré en el bar a la ida y a la vuelta.
TYRONE.
Esta
noche no es la más indicada para una larga caminata.
EDMUND.
Me gustó la niebla. Era lo que necesitaba. (Su voz es propia de un ebrio, y
Edmund
parece
estarlo.)
TYRONE.
Debieras
tener suficiente sentido común para no arriesgarte a…
EDMUND.
¡Al diablo con el sentido común! Todos estamos locos. ¿Para qué necesitamos el
sentido
común? (Cita sardónicamente unos versos de Dowson:)
Ni
el llanto ni la risa duran mucho
y
tampoco el amor ni el deseo ni el odio:
creo
que nos abandonan cuando
franqueamos
la gran puerta.
Los
días de vino y de rosas no son largos:
De
un brumoso pasado
Surge
nuestro sendero durante algún tiempo
Y
luego se cierra
Dentro
de un sueño.
(Con
los ojos fijos en el vacío.) La niebla estaba donde yo quería estar. Desde el
sendero, a
mitad
del camino, no se podía ver esta casa no adivinarla aquí. Y tampoco las otras
casas de la
avenida.
Sólo se distinguía a pocos metros de distancia. No me encontré con nadie. Todos
los
seres
parecían irreales y el sonido de sus voces era irreal. Nada era lo que es. Eso
quería yo…
Estar
a solas conmigo mismo en otro mundo donde la verdad es mentira y la vida puede
ocultarse
de sí misma. Más allá del puerto, donde el camino cruza la playa, hasta perdí
la
sensación
de estar en tierra. La niebla y el mar parecían confundirse. Era como caminar
por el
fondo
del mar. Como si me hubiese ahogado desde hace mucho tiempo. Como si fuese un
fantasma
del mar. Era una sensación muy apacible no ser más que un fantasma dentro de
otro
fantasma.
(Advierte que su padre lo mira fijamente, con una mezcla de inquietud e
irritada
censura,
y sonríe burlonamente.) No me mires como si me hubiese vuelto loco. Estoy
diciendo
cosas con sentido común. ¿Quién quiere ver la vida tal como es, si puede
evitarlo?
Es
la tres Gorgonas en una. Uno les mira las caras y se convierte en piedra. O es
Pan. Uno lo
ve
y muere… por dentro… y tiene que seguir viviendo como un espectro.
TYRONE.
(Impresionado y al mismo tiempo con repulsión.) ¡Hay en ti un poeta, pero muy
morboso!
(Con sonrisa forzada.) ¡Al diablo con el pesimismo! Bastante deprimido me
siento
ya.
(Suspira.) ¿Por qué no recuerdas a tu Shakespeare y olvidas a los poetas de
tercer orden?
En
él encontrarás lo que quieras decir… y todo lo que valga la pena de ser
expresado. (Cita,
usando
toda su hermosa voz.)
Somos
de la misma sustancia de que están
hechos
los sueños y nuestra breve vida se
perfecciona
con un sueño.
EDMUND.
(Irónicamente.) ¡Bravo! Eso es hermoso. Pero no era lo que yo quería decir.
Somos de
la
sustancia de que está hecho el estiércol, de modo que bebamos y olvidémoslo.
Era más bien
eso
lo que quería decir.
TYRONE.
(Con
fastidio.) ¡Bah! ¡Guárdate esos sentimientos! No debí darte ese whisky.
EDMUND.
Me sacudió de lo lindo, no cabe duda. Y a ti también. (Sonríe, con afectuosa
burla.)
¡Aunque
nunca faltaste a una representación! (Agresivamente.) Vamos… ¿Qué tiene de malo
emborracharse?
¿Acaso no es lo que buscamos? No nos engañemos mutuamente, papá. Por lo
menos
esta noche. Sabemos qué es lo que tratamos de olvidar. (Precipitadamente.) Pero
no hablemos de eso. Ahora es inútil.
TYRONE.
(Con voz apagada.) No. Lo único que podemos hacer es tratar de resignarnos… de
nuevo.
EDMUND.
O emborracharnos lo suficiente para poder olvidar. (Recita y recita bien, con
un
apasionamiento
amargo e irónico, la traducción de Symons del poema en prosa de
Baudelaire.)
“Emborráchate. Sólo eso importa: es el único problema. Si no quieres sentir la
horrible
carga del Tiempo que pesa sobre tus hombros y te agobia, emborráchate siempre.
¿Con
qué? Con vino, con poesía o con virtud. Con lo que quieras. Pero emborráchate.
Y
si a veces, en las escaleras de un palacio o sobre el herboso flanco de una
zanja o en la
triste
soledad de tu cuarto despiertas y la embriaguez ha pasado a medias o del todo,
pregúntale
qué hora es al viento, o a la ola, o a la estrella, o al pájaro, o al reloj, a
todo lo que
vuela,
o suspira, o se mece, o canta o baila… y el viento, la ola, la estrella, el
pájaro, el reloj,
te
contestarán: ‘¡Es la hora de emborracharse! ¡Emborrachaos, si no queréis ser
los
martirizados
esclavos del Tiempo! ¡Emborrachaos, sin cesar! Con vino, con poesía o con
virtud.
Con lo que gustéis.’ ”
TYRONE.
(Con sombrío humor.) Yo tú no me preocuparía de la virtud. (Con fastidio.)
¡Bah!
¡Tonterías
morbosas! Lo poco de verdad que contiene lo puedes hallar noblemente dicho en
Shakespeare.
(Con aire estimativo.) Pero lo recitaste bien, muchacho. ¿Quién lo escribió?
EDMUND.
Baudelaire.
TYRONE.
Nunca
lo oí nombrar.
EDMUND.
(Sonríe
provocativamente.) También escribió un poema sobre Jamie y Broadway.
TYRONE.
¡Ese
holgazán! ¡Ojalá pierda el último tranvía y tenga que quedarse en el pueblo!
EDMUND.
(Continúa haciendo caso omiso de sus palabras.) Aunque Baudelaire era francés y
nunca
vio Broadway y murió antes de nacer Jamie. Con todo, conoció a Jamie y al viejo
Nueva
York. (Recita la traducción del “Epílogo” de Baudelaire hecha por Symons.)
Con
el corazón en paz trepé a la escarpada altura
de
la ciudadela y vi la ciudad como desde una torre,
el
hospital, el burdel, la cárcel y los infiernos
en
que el mal surge suavemente, como una flor.
Tú
sabes, oh Satanás, protector de mi dolor,
que
no subí allí a esas horas en busca de inútiles lágrimas;
sino
como un viejo triste, fiel y libidinoso, dispuesto
a
beber el placer de esa enorme ramera
cuya
infernal belleza me rejuvenece.
¡Ya
sea que duermas, llena de pesados vapores,
saturada
del día, o que, engalanada, te aparezcas
embellecida
por los velos de encaje dorado de la noche,
yo
te amo, ciudad infame! Las mujerzuelas
y
los perseguidos pueden proporcionar placeres muy
suyos
que el vulgo nunca podrá comprender.
TYRONE.
(Con irritado fastidio.) ¡Qué mugre morbosa! ¿De dónde sacas tu gusto
literario?
¡Mugre
y desesperación y pesimismo! Otro ateo, supongo. Cuando se niega a Dios, se
niega
la
esperanza. Eso es lo que te pasa. Si te hubieras arrodillado…
EDMUND.
(Como si no lo oyera, sardónicamente.) ¿Te imaginas a Jamie, perseguido por sí
mismo
y
por el whisky, ocultándose en un cuarto de hotel de Broadway con alguna ramera
gorda –le
gustan
gordas- y recitándole “Cyrana” de Dowson? (Recita burlonamente, pero con hondo
sentimiento.)
Toda
la noche, sobre el mío, sentí latir su tibio corazón;
durante
toda la noche estuvo tendida en mis brazos,
sumida
en el amor y el sueño;
por
cierto que los besos de su mercenaria boca roja
eran
dulces;
pero
yo estaba desolado y enfermo de una vieja pasión,
cuando
desperté y descubrí que amanecía;
te
he sido fiel, Cyrana, a mí manera.
(Sarcásticamente.)
¡Y la pobre reina de nudismo de vodevil no entiende una sola palabra de
esto,
pero sospecha que la insultan! Y Jamie nunca amó a ninguna Cyrana ni le fue
fiel a
ninguna
mujer, ni aun a su manera. ¡Pero ahí lo tienes tendido, engañándose con la idea
de
que
es un ser superior y disfruta placeres que “el vulgo nunca podrá comprender”!
(Ríe.) Es
algo
absurdo… ¡completamente absurdo!
TYRONE.
(Con voz vacilante y sombría.) Es una locura, sí. Si quieres arrodillarte y
rezar… Al
negar
a Dios, niegas la cordura.
EDMUND.
(Haciendo caso omiso de estas palabras.) Pero… ¿quién soy yo para sentirme
superior?
He cometido la misma estupidez. ¡Y todo eso no es más descabellado que es caso
del
propio Dowson cuando, inspirado por los vapores del ajenjo, le escribió a una
cantinera
imbécil,
quien lo creyó un pobre borracho demente y le dio calabazas para casarse con un
camarero!
(Ríe. Con grave y sincera solidaridad.) ¡Pobre Dowson! El alcohol y la
tuberculosis
acabaron con él. (Se sobresalta y por un momento parece afligido y asustado.
Con
defensiva ironía.) Quizá sería oportuno que cambiara el tema.
TYRONE.
(Sombrío.) ¿De dónde sacas tu gusto literario? ¡Esa maldita biblioteca tuya!
(Señala el
pequeño
librero del foro.) ¡Voltaire, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche, Ibsen! ¡Ateos,
imbéciles
y locos! ¡Y tus poetas! ¡Ese Dowson y ese Baudelaire y Swinburne y Oscar Wilde
y
Poe!
¡Frecuentadores de rameras y degenerados! ¡Bah! ¡Y pensar que tengo ahí…
(Señala el
librero
grande) …tres buenas colecciones de Shakespeare que podrías leer!
EDMUND.
(Provocativamente.)
Dicen que también él era un borrachín.
TYRONE.
¡Mienten! No dudo que le gustara tomarse un trago –es una flaqueza propia de
todo
hombre
cabal-, pero sabía beber sin envenenarse el cerebro con morbosidades e
inmundicias.
No
lo compares con esa gentuza que tienes ahí. (Vuelve a señalar el librero
pequeño.) ¡Tu
sucio
Zola! ¡Y tu Dante Gabriel Rossetti, que era morfinómano! (Se sobresalta, con
aire
culpable.)
EDMUND.
(Con defensiva sequedad.) Quizá sea prudente cambiar de tema. (Pausa.) No
puedes
acusarme
de desconocer a Shakespeare. ¿Acaso no te gané una vez cinco dólares cuando me
apostaste
que no podría aprenderme uno de sus papeles protagónicos en una semana, como lo
hacías
tú en tus obras de repertorio? Aprendí el papel de Macbeth y lo recité a la
perfección,
dándome
tú el pie.
TYRONE.
(Con tono de aprobación.) Es verdad. Lo hiciste. (Sonríe burlonamente y
suspira.)
Sufrí
espantosamente, lo recuerdo, al oírte asesinar los versos. Habría preferido
pagar la
apuesta
sin obligarte a probar que los sabías. (Ríe y Edmund sonríe. Luego, Tyrone se
sobresalta
al oír un ruido en el primer piso y dice, con temor.) ¿Oíste? Es ella que
camina.
Creí
que se había dormido.
EDMUND.
¡Olvida eso! ¿Tomamos otro whisky? (Aferra la botella, se sirve y la repone en
su
lugar.
Con indiferencia forzada, mientras su padre se sirve.) ¿Cuándo se acostó mamá?
TYRONE.
Apenas
te fuiste. No quiso cenar. ¿Por qué te escapaste?
EDMUND.
Por
nada. (Alzando bruscamente el vaso.) Bueno, salud.
TYRONE.
(Mecánicamente.) Salud, muchacho. (Beben. Tyrone vuelve a escuchar el ruido del
primer
piso. Con temor.) Está caminando mucho. Ojalá no baje.
EDMUND.
(Con voz apagada.) Sí. A esta altura sólo sería un fantasma que ronda el
pasado. (Hace
una
pausa. Con tono acongojado.) Evoca los tiempos en que yo no había nacido…
TYRONE.
¿Acaso no hace lo mismo conmigo? Recuerda los tiempos en que no me conocía.
Como
si
sus únicos días felices fueran los que pasó en casa de su padre o en el
convento, rezando y
tocando
el piano. (Con celoso resentimiento, en su amargura.) Ya te dije que aceptaras
sus
recuerdos
con reservas. Su maravilloso hogar era como cualquier otro. Su padre distaba de
ser
el
espléndido, generoso y noble caballero irlandés que ella dice. Simpaticé con
él, y él
conmigo.
Era, además, bastante próspero, con su almacén de víveres al por mayor. Un
hombre
capaz. Pero tenía su flaqueza. Ella condena mi afición por la bebida, pero
olvida la de
él.
Es verdad que su padre no bebió una sola gota hasta los cuarenta, pero después
recuperó el
tiempo
perdido. Y se convirtió en un pertinaz bebedor de champán, la peor especie de
borracho.
Ese era su gran alarde: beber sólo champán. Y eso acabó pronto con él… eso y la
tuberculosis…
(Se interrumpe mirando a su hijo con aire culpable.)
EDMUND.
(Sardónicamente.)
Parece que no podemos evitar los temas desagradables… ¿eh?
TYRONE.
(Suspira tristemente.) No. (Con una conmovedora tentativa de cordialidad.) ¿Qué
te
parece
si jugamos una partidita de casino, muchacho?
EDMUND.
Bueno.
TYRONE.
(Barajando torpemente los naipes.) No podemos echarle llave a la puerta y
acostarnos
hasta
que vuelva Jamie en el último tranvía –y espero que no vuelva-, y de todos
modos, no
quiero
subir hasta que ella esté dormida.
EDMUND.
Yo
tampoco.
TYRONE.
(Sigue barajando torpemente, olvidándose de las cartas.) Como te decía, debes
aceptar
sus
recuerdos con reservas. Me refiero a sus estudios de piano y a su sueño de ser
concertista.
Esa
idea se la inculcaron las monjas, que la adulaban. Era su favorita. La querían
por ser muy
devota.
Pero las monjas son unas ingenuas cuando se trata de la vida mundana. Ni
siquiera
saben
que por cada millón de jóvenes que prometen, una sola llega a concertista. Es
verdad
que
tu madre tocaba bastante bien para ser una colegiala, pero eso no basta para
creer que
pudo
ser…
EDMUND.
(Con
aspereza.) Si es que vamos a jugar… ¿por qué no das cartas?
TYRONE.
¿Eh? Ah, sí. (Da cartas, con un concepto muy inexacto de la distancia.) ¡Y la
idea de
que
podía ser monja! Eso fue peor. Tu madre era una de las muchachas más bellas que
se
hayan
visto. Y lo sabía. Era pícara y coqueta, Dios la bendiga, detrás de toda su
timidez y sus
sonrojos.
Nunca le hicieron renunciar al mundo. Reventaba de salud y bríos y amor a la
vida.
EDMUND.
¡Por
amor de Dios, papá! ¿Por qué no miras tus cartas?
TYRONE.
(Recogiéndolas, con aire sombrío.) Sí, Veamos qué tengo aquí. (Ambos miran sus
barajas
sin ver. Luego se sobresaltan. Tyrone murmura.) ¡Escucha!
EDMUND.
Está
bajando.
TYRONE.
(Precipitadamente.)
Juguemos. Finge no notar su presencia y pronto volverá a subir.
EDMUND.
(Mirando por la sala del frente, con alivio.) No la veo. Habrá empezado a bajar
y
vuelto
a subir.
TYRONE.
¡Gracias
a Dios!
EDMUND.
Sí. Es horrible verla tal como debe estar ahora. (Con amargura y dolor.) Lo más
penoso
es
el muro de confusión que mamá construye a su alrededor. O, digamos más bien, la
niebla
en
que se oculta y se pierde. ¡Deliberadamente! ¡Eso es lo infernal del asunto!
Uno sabe que
hay
algo en ella que lo hace con intención… ¡para ponerse fuera de nuestro alcance,
para
librarse
de nosotros, para olvidar que estamos vivos! ¡Es como si, a pesar de amarnos,
nos
odiara!
TYRONE.
(Le reprocha, con dulzura.) Vamos, vamos, muchacho. No es ella. Es ese maldito
veneno.
EDMUND.
(Con amargura.) Lo toma para conseguir ese efecto. ¡Por lo menos, sé que esta
vez lo
hizo
para eso! (Bruscamente.) Me toca a mí… ¿verdad? Ahí va. (Tira un naipe.)
TYRONE.
(Jugando mecánicamente y con amable reconvención.) A pesar de todo su disimulo,
la
asustó
muchísimo tu enfermedad. No seas demasiado duro con ella, Ed. Recuerda que es
irresponsable.
Cuando ese maldito veneno domina a alguien…
EDMUND.
(Su semblante se endurece y lo mira con amarga acusación.) ¡No debió dominarla!
¡Sé
muy
bien que ella no tiene la culpa! ¡Y sé quién la tiene! ¡Tú! ¡Tu maldita
avaricia! ¡Si
hubieras
gastado dinero en un médico como es debido cuando se enfermó después de nacer
yo,
mamá ni siquiera sabría que existe la morfina! ¡Pero la pusiste en manos de un
charlatán
de
hotel que no quiso reconocer su ignorancia y eligió el camino más fácil, sin
importarle un
rábano
lo que le pasaría a ella después! ¡Todo porque cobraba barato! ¡Otra de tus
gangas!
TYRONE.
(Herido, con culpa.) ¡Cállate! ¿Cómo te atreves a hablar de algo que ignoras
por
completo?
(Tratando de dominarse.) Procura comprender mi situación. ¿Cómo podía yo saber
que
era un médico de esos? Tenía buena reputación…
EDMUND.
¡Entre
los borrachos del bar del hotel, seguramente!
TYRONE.
¡Mentira!
Le pedí al hotelero que me recomendara al mejor…
EDMUND.
¡Sí! ¡Y al mismo tiempo gritabas que terminarías en el asilo, insinuando que
querías un
médico
barato! ¡Conozco tu sistema! ¡Dios mío, es natural que lo conozca después de lo
ocurrido
está tarde!
TYRONE.
(A
la defensiva, sintiéndose culpable.) ¿Qué sucedió esta tarde?
EDMUND.
Ahora, da lo mismo. ¡Estamos hablando de mamá! Digo que por más excusas que
des,
sabes
perfectamente que la culpa fue de tu tacañería…
TYRONE.
¡Y
yo digo que eres un embustero! Cállate ahora mismo o…
EDMUND.
(Haciendo caso omiso de sus palabras.) Cuando descubriste que mamá se había
habituado
a la morfina… ¿por qué no la mandaste a un sanatorio donde la curasen,
entonces,
al
principio, cuando aún podía salvarse? ¡No, eso habría significado gastar un
poco de dinero!
¡Apuesto
a que le dijiste que le bastaba con usar su fuerza de voluntad! Es lo que
sigues
creyendo
en el fondo, a pesar de lo que han dicho los médicos; los médicos que realmente
saben
algo sobre eso.
TYRONE.
¡Mientes de nuevo! ¡Ahora sé que no es así! Pero… ¿cómo podía estar enterado
entonces?
¿Qué sabía de morfina? Tardé años en advertir lo que pasaba. Creía que ella no
se
había
curado totalmente de su enfermedad, eso es todo. ¿Por qué no la mandé a un
sanatorio,
dices?
(Con amargura.) ¿Acaso no lo hice? ¡Gasté miles y más miles de dólares en
tratamientos!
Derroché el dinero. ¿De qué le sirvió todo? Siempre volvía a empezar.
EDMUND.
¡Porque nunca le diste algo que la ayudase a abandonarlo! ¡Mamá no tenía más
hogar
que
este húmedo casarón en un pueblo que detesta, y hasta te has negado a gastar
dinero en
adecentarlo,
mientras sigues comprando fincas y dejándote embaucar por cualquier bribón
que
te habla de una mina de otro o de plata o de alguna otra estafa para
enriquecerse pronto!
¡La
arrastraste en tus giras, y debió dormir en míseros albergues donde no tenía
con quién
hablar,
y esperar en sucios hoteles a que volvieras borracho cuando cerraran los bares!
¡Díos
mío!
¿Tiene algo de raro que no haya querido curarse? ¡Cuando pienso en eso, te
odio!
TYRONE.
(Acongojado.) ¡Edmund! (En un acceso de ira.) ¿Cómo te atreves a hablarle así a
tu
padre,
cachorro insolente? ¡Después de todo lo que he hecho por ti!
EDMUND.
¡Ahora
hemos llegado a eso! ¡A lo que estás haciendo por mí!
TYRONE.
(Nuevamente con aire culpable y haciendo caso omiso de estas palabras de su
hijo.)
¿Cesarás
de repetir las descabelladas acusaciones de tu madre, que sólo las dice cuando
habla
por
ella el veneno? Nunca la arrastré en mis giras contra su voluntad.
Naturalmente, quería
tenerla
a mi lado. La amaba. Y ella me acompañaba porque me amaba y deseaba estar
conmigo.
Ésa es la verdad, diga lo que diga tu madre cuando no es ella misma. Y no tenía
por
qué
sentirse solitaria. Podía hablar con los actores de mi compañía. También
estaban sus
hijos.
Y yo insistía, a pesar del gasto, ñeque viajara con nosotros una niñera.
EDMUND.
(con amargura.) ¡Sí, tu única generosidad, y eso porque estabas celoso al ver
que mamá
se
ocupaba demasiado de nosotros y querías que no te estorbáramos! Ese fue otro
error! Si
mamá
hubiese tenido que cuidarme, hallando así una distracción, quizá habría podido…
TYRONE.
(Acicateado por un impulso de venganza.) O por lo demás, si insistes en juzga
las cosas
por
lo que dice mamá cuando no está en su sano juicio, si tú no hubieses nacido
ella no
habría…
(Se interrumpe, avergonzado.)
EDMUND.
(Repentinamente
agotado y afligido.) Claro. Sé lo que piensa, papá.
TYRONE.
(Con contrita protesta.) ¡No! ¡No piensa eso! ¡Te quiere todo lo que puede
querer una
madre!
Sólo hablé así porque me irritaste mucho al hurgar en el pasado… y dijiste que
me
odiabas…
EDMUND.
(Con tristeza.) No lo dije con intención, papá. (Repentinamente, sonríe y
bromea con
un
dejo de borrachera.) Soy como mamá. No puedo dejar de quererte, a pesar de
todo.
TYRONE.
(Con una sonrisa un poco ebria, a su vez.) Podría decir lo mismo de ti. No eres
gran
cosa
como hijo. Es uno de esos casos en que se puede decir “Algo pobre, pero mío”.
(Ambos
ríen,
con afecto sincero aunque alcohólico. Tyrone cambia de tema.) ¿Y nuestro
partido? ¿A
quién
le toca jugar?
EDMUND.
A ti, me parece. (Tyrone juega un naipe que Edmund toma y vuelven a olvidar el
partido.)
TYRONE.
No debes dejarte desalentar demasiado por la mala noticia que te dieron hoy,
muchacho.
Los dos médicos me prometieron que, si obedeces las órdenes en el
establecimiento
al cual vas, te curarás en seis meses, en un año a lo sumo.
EDMUND.
Tú
sabes que me voy a morir.
TYRONE.
¡Mentira!
¡Estás loco!
EDMUND.
Y siendo así… ¿por qué gastar dinero? Por eso me mandas a una granja del
estado…
TYRONE.
(Con azoramiento culpable.) ¿Qué granja del estado? Es el sanatorio Hilltown,
eso es
todo
lo que sé, y los dos médicos me dijeron que era ideal para ti.
EDMUND.
(Hiriente.) ¡Por lo barato! ¡Es decir, porque no cobra nada, o virtualmente
nada! ¡No
mientas,
papá! Sabes perfectamente que el sanatorio Hilltown es una institución del
estado.
Jamie
sospechó que le dirías a Hardy con voz llorosa el cuento del asilo y le sonsacó
la
verdad.
TYRONE.
(Furioso.) ¡Ese holgazán borracho! ¡Lo echaré a puntapiés! ¡Te ha envenenado el
alma
contra
mí desde que tuviste uso de razón!
EDMUND.
¡No puedes negar que es verdad lo que te he dicho sobre la granja del estado!
¿No es
así?
TYRONE.
¡No es verdad tal como lo miras! ¿Y qué, si lo administra el estado? Es muy
natural. El
estado
tiene el dinero necesario para mantener un establecimiento mejor que cualquier
sanatorio
privado. ¿Y por qué no habría yo de aprovechar esa circunstancia? Es mi
derecho…
y
el tuyo. Somos vecinos de este distrito. Yo soy propietario. Ayudo a
mantenerlo. Me
recargan
de impuestos…
EDMUND.
(Con
marga ironía.) Sí, sobre propiedades tasadas en un cuarto de millón.
TYRONE.
¡Mentira!
¡Todo está hipotecado!
EDMUND.
Hardy y los especialistas saben cuánto dinero tienes. ¡Me pregunto qué pensaron
de ti al
oírte
gimotear que acabarías en el asilo, insinuando que querías confiarme a la
caridad del
estado!
TYRONE.
¡Mentira! Sólo dije que no podía permitirme un sanatorio de millonario porque
era
pobre.
¡Esa es la verdad!
EDMUND.
¡Y luego fuiste al club y te encontraste con McGuire y dejaste que te estafara
endosándote
otra de sus propiedades sin valor! (Al ver que su padre se dispone a negarlo.)
¡No
me mientas! Nos encontramos con McGuire en el bar del hotel cuando acababa de
separarse
de ti. ¡Jamie le dijo burlonamente que habías mordido el anzuelo y él le guiñó
el ojo
y
se echó a reír!
TYRONE.
(Con
débil intención de mentir.) Es un embustero si ha dicho…
EDMUND.
¡No me mientas! (Con creciente apasionamiento.) ¡Dios mío, papá! Desde que fui
al
mar
y viví por mi cuenta y supe lo que significaba trabajar de firme por unos pocos
dólares y
no
tener un centavo y pasar hambre y acampar sobre los bancos de los parques por
falta de
otro
lugar donde dormir, traté de ser justo contigo porque comprendí las penurias de
tu
infancia.
Procuré tener en cuenta esas cosas. ¡Dios mío, si uno no las tuviera en cuenta
en esta
maldita
familia se volvería loco! ¡Yo mismo he tratado de justificar las cosas mal
hechas que
he
realizado! También he tratado de pensar, como mamá, que tú no puedes dejar de
ser así en
cuestiones
de dinero. Pero, Dios mío… ¡tu última treta es el colmo! ¡Me da náuseas! Y no
por
tu
pésima manera de tratarme. ¡Al diablo con eso! A mi manera, yo te he tratado
mal más de
una
vez. Pero… ¡pensar que, cuando tu hijo está tuberculoso, eres capaz de
exhibirte ante
toda
la gente del pueblo como un miserable tacaño! ¿Acaso no sabes que Hardy hablará
y lo
sabrán
todos aquí? ¡Dios mío! ¿No tienes amor propio ni vergüenza? (En un arranque de
cólera.)
¡Y no creas que te dejaré salirte con la tuya! ¡No iré a ninguna de esas
malditas
granjas
del estado para ahorrarte unos sucios dólares que te permitan comprar más
propiedades
sin valor! ¡Maldito tacaño…! (Se atraganta, su voz tiembla de ira y lo
convulsiona
un acceso de tos.)
TYRONE.
(Se
ha encogido en su silla ante este ataque y su culpable remordimiento supera su
ira.
Balbucea.) ¡Cállate! ¡No me digas eso! ¡Estás borracho! No me importa lo que
dices.
Basta
de toser, muchacho. Te excitas por una bagatela. ¿Quién dijo que debías ir
forzosamente
a ese sanatorio Hilltown? ¡Puedes ir adonde se te antoje! Me importa un cuerno
lo
que cueste. No me llames tacaño sólo porque no quiero que los médicos me crean
un
millonario
a quien pueden estafar. (Edmund ha dejado de toser. Parece enfermo y débil. Su
padre
lo mira fijamente, con temor.) Te veo débil, muchacho. Más vale que bebas un
trago.
EDMUND.
(Aferrando la botella y llenando su vaso hasta el borde, con voz
desfalleciente.)
Gracias.
(Bebe de un solo trago.)
TYRONE.
(Se sirve bastante whisky, vaciando la botella, y bebe. Inclina la cabeza y
contempla
con
aire estúpido los naipes de la mesa. Con tono indeciso.) ¿A quién le toca
jugar.
(Continúa,
sombríamente, sin resentimiento.) ¡Un miserable tacaño! Bueno, acaso tengas
razón.
Quizá no pueda dejar de serlo, aunque durante toda mi vida, desde que tuve
dinero, lo
tiré
sobre el mostrador para pagarles la copa a todos los que estaban en el bar, o
se lo presté a
vagabundos
que nunca me lo devolverían… (Con una sarcástica sonrisa de desdén por sí
mismo
que le relaja la boca.) Pero, naturalmente, eso sucedía en los bares, cuando me
saturaba
de whisky. No podía pensar lo mismo cuando descubrí el valor de un dólar y el
temor
al asilo. Desde entonces, nunca pude creer en mi buena suerte. Siempre temí que
pasaría
la racha y me quitarían todo lo que tengo. Pero cuantas más propiedades tiene
uno,
más
a salvo se siente. Quizás eso no sea lógico, pero es así. Los bancos se
declaran en quiebra
y
nuestro dinero desaparece, pero sabemos que podemos conservar la tierra que
está bajo de
nuestros
pies. (De pronto su tono se hace desdeñosamente superior.) Dijiste que
comprendías
los
obstáculos que debí vencer en mi infancia. ¡Qué has de comprender! Tú lo
tuviste todo,
niñeras,
escuelas, universidad, aunque no la terminaste. Tenías alimento, ropa. ¡Oh, ya
sé que tuviste que trabajar de firme con la espalda y con las manos, que
vagabundeaste sin hogar ni
dinero
por tierras extrañas y te respeto por ello! Pero eso fue para tu romanticismo y
aventura.
Fue
un juego.
EDMUND.
(Con sombrío sarcasmo.) Sí, sobre todo cuando traté de suicidarme en la taberna
de Jimmie el Sacerdote y casi lo conseguí.
TYRONE.
Habías
perdido el juicio. Ningún hijo mío trataría nunca de… ¡Estabas borracho!
EDMUND.
En aquel momento, no había bebido una sola gota. Por eso lo hice. Había estado
pensando
demasiado tiempo.
TYRONE.
(Con mal humor de ebrio.) ¡No empieces otra vez con tu maldita morbosidad de
ateo!
No
quiero molestarme en escucharte. Trataba de hacerte comprender…
(Desdeñosamente.)
¿Qué
sabes tú del valor de un dólar? Cuando yo tenía diez años, mi padre abandonó a
mi
madre
y se fue a morir a Irlanda. Cosa que hizo bastante pronto y se lo merecía y
ojalá se esté
asando
en el infierno. Confundió un veneno para ratas con harina o azúcar o algo así.
Las
murmuraciones
dijeron que no fue un error, pero es mentira. Nadie en mi familia quiso
nunca…
EDMUND.
Apostaría
que no fue un error.
TYRONE.
¡Más morbosidad! Tu hermano te metió eso en la cabeza. La peor de las sospechas
es
para
él la única verdad. Pero da igual. Mi madre, extranjera en tierra extraña se
vio
abandonada
con cuatro niños de corta edad: yo, una hermana algo mayor y dos hermanitas.
Mis
dos hermanos mayores se habían ido a otras ciudades y no podían ayudarnos.
Bastante
les
costaba ya ganarse el pan. Nuestra pobreza nada tuvo de romántica. Nos
desalojaron dos
veces
de la mísera covacha que llamábamos hogar y arrojaron a la calle el par de
muebles
destartalados
de mi madre, y ella y mis hermanas lloraron. Yo también lloré, aunque traté de
contenerme
porque era el hombre de la familia. ¡A los diez años! Se acabó la escuela para
mí.
Trabajé
doce horas diarias en un taller mecánico aprendiendo a hacer limas. Era un
sucio
cobertizo
donde se filtraba la lluvia por el tejado, donde uno se asaba en verano y no
había
estufa
en invierno y las manos se entumecían de frío, adonde la única luz penetraba
por dos
ventanitas
sucias, de modo que los días nublados tenía que inclinarme y tocar casi con los
ojos
las limas para poderlas ver. ¿Y cuánto crees que me pagaban por eso? ¡Cincuenta
centavos
semanales! ¡Ésa es la verdad! ¡Cincuenta centavos semanales! Y mi pobre madre
lavaba
y fregaba durante todo el día y mi hermana mayor cosía y mis hermanitos se
quedaban
en
casa para atender a los quehaceres. Nunca nos alcanzaban la ropa ni la comida.
Recuerdo
muy
bien el Día de Acción de Gracias, o quizás haya sido la Navidad, en que un
hombre cuya
casa
fregaba mi madre le dio un dólar de propina y ella se lo gastó durante el
trayecto de
regreso
en alimentos. Recuerdo cómo nos abrazó y besó y nos dijo, mientras por su
cansado
rostro
resbalaban lágrimas de alegría: “¡Dios sea loado! ¡Por una vez en la vida,
todos
tendremos
lo suficiente!” (Se enjuga las lágrimas.) Era una buena mujer, una mujer
valiente y
dulce.
Nunca la hubo más valiente ni mejor.
EDMUND.
(Conmovido.) Sí, debió de serlo.
TYRONE.
Sólo temía envejecer y enfermarse y morir en el asilo. (Hace una pausa; luego
agrega,
con
lúgubre humor.) Fue en esos tiempos cuando aprendí a ser tacaño. ¡Un dólar
valía tanto entonces! Y cuando se ha aprendido una lección, cuesta
desaprenderla. Uno siente el impulso
de
buscar las gangas. Si esa granja-sanatorio del estado me pareció una ganga,
debes
perdonarme.
Los médicos me dijeron que era un establecimiento adecuado. Créeme, Edmund.
Y
te juro que ni por un momento pensé en mandarte allí si no querías ir. (Con
vehemencia.)
¡Puedes
elegir el sanatorio que se te antoje! ¡No me importa lo que cueste! Puedo
permitirme
cualquiera.
Lo que quieras… dentro de lo razonable. (Ante este requisito, una sonrisa
burlona
se
asoma a los labios de Edmund. Su resentimiento se ha disipado. Su padre
prosigue, con
aire
cuidadosamente despreocupado, incidental.) El especialista recomendó otro
sanatorio.
Dijo
que no tenía nada que envidiarle a ningún otro del país. Lo subvenciona un
grupo de
fabricantes
millonarios, mayormente en beneficio de sus obreros, pero tú puedes ir allá por
ser
vecino
del distrito. Este establecimiento está respaldado por tanto dinero que no
necesita
cobrar
mucho. Sólo hay que pagar siete dólares semanales, pero se obtiene un valor
diez
veces
mayor. (Precipitadamente.) No quiero inducirte a que hagas nada, compréndelo.
Repito
simplemente
lo que me han dicho.
EDMUND.
(Disimulando su sonrisa, con tono incidental.) ¡Oh, ya lo sé! La oportunidad me
parece excelente. Con eso queda solucionado el problema. (Bruscamente, vuelve a
mostrarse
afligido
y desesperado.) De todos modos, da igual ahora. ¡Olvidémoslo! (Cambiando de
tema.)
¿Y nuestro partido? ¿A quién le toca jugar?
TYRONE.
(Mecánicamente.) No lo sé. A mí, me parece. No, a ti. (Edmund tira un naipe. Su
padre
lo
toma. Luego, cuando se dispone a jugar a su vez, vuelve a olvidar la partida.)
Sí. Creo que
la
vida me dio una lección harto severa y me enseñó a asignarle demasiado valor a
un dólar. Y
ese
error llegó a estropear mi magnífica carrera de actor. (Tristemente.) Nunca se
lo he
confesado
a nadie, muchacho, pero esta noche me siento tan abatido como si todo se
hubiese
acabado
para mí… ¿y de qué me servirían el falso orgullo y la jactancia? Esa maldita
comedia que compré por una bicoca y con la cual obtuve un gran éxito –un gran
éxito comercial- me
estropeó
la vida con su promesa de fortuna fácil. No quise ya representar otra y cuando
noté que me había convertido en un esclavo de esa condenada obra y probé otras,
ya era
demasiado
tarde. Me habían identificado con aquel papel y no querían verme en otro. Y
tenían
razón. Había perdido mi gran talento con los años de fácil repetición, sin
aprender un
solo
papel nuevo, sin trabajar realmente nunca de firme. ¡De treinta y cinco a
cuarenta mil
dólares
de beneficio neto por temporada, sin el menor esfuerzo! La tentación era
demasiado
grande.
Y sin embargo, antes de comprar esa desdichada comedia, me consideraban uno de
los
tres o cuatro actores jóvenes más provisores de Estados Unidos. Había trabajado
afanosamente,
renunciando a un buen empleo de mecánico para ser sustituto en un elenco
porque
amaba el teatro. Me enloquecía la ambición, leía todas las obras dramáticas que
se habían escrito, estudiaba a Shakespeare como quien estudia la Biblia. Me
educaba a mí
mismo.
Me libré de un acento irlandés muy áspero. Shakespeare me entusiasmaba. Habría
interpretado
cualquiera de sus obras sin cobrar un centavo, por el sólo goce de vivir en la
atmósfera
de su gran poesía. Y me desempeñaba bien en ella. Me inspiraba. Si hubiese insistido,
habría podido llegar a ser un notable intérprete shakesperiano. ¡Y lo sabía! En
1874,
cuando
Edwin Booth vino a trabajar al teatro de Chicago donde yo era el primer actor,
hice
una
noche el Casio mientras él hacía el papel de Bruto, otra noche encarné a Bruto
cuando él
hacía
el Casio; también interpreté a Otelo mientras él hacía el Yago, y así en
algunos casos más. Al verme en el Otelo, Booth le dijo a su empresario: “¡Ese
joven está haciendo el papel
de
Otelo mejor que yo!” (Orgullosamente.) ¡Eso lo dijo Booth, el actor más grande
de su
tiempo
y tal vez de todos los tiempos! ¡Y era verdad! ¡Y sólo tenía veintisiete años!
Cuando
lo
recuerdo, comprendo que esa noche fue la culminación de mi carrera. ¡Había
llegado
adonde
quería llegar! Y durante algún tiempo seguí subiendo, con incesante ambición.
Me
casé
con tu madre. Pregúntale cómo era yo entonces. Su amor fue un incentivo para mi
ambición.
Pero a los pocos años mi buena y mala suerte hicieron que diera con el gran
negocio.
Al principio no lo fue para mí. Era un gran papel romántico que yo, bien lo
sabía,
podía
desempeñar mejor que nadie. Pero esa obra fue desde el principio un gran éxito
de
taquilla…
y entonces la vida me llevó a donde quería llevarme… ¡a un beneficio neto de
treinta
y cinco a cuarenta mil dólares por temporada! Una fortuna entonces… y aun hoy.
(Con amargura.) No sé qué diablos quería comprar que valiera la pena de… Bueno,
da igual. Es
tarde
para arrepentirse. (Mira distraídamente a sus naipes.) Me toca jugar a mí…
¿verdad?
EDMUND.
(Conmovido, lo mira comprensivamente y replica, con lentitud.) Me alegro de que
me hayas dicho eso, papá. Ahora, te conozco mucho mejor.
TYRONE.
(Con una sonrisa desvaída, forzada.) Acaso no debí decírtelo. Quizá sólo me
desprecies más así. Y es una triste manera de convencerte del valor de un
dólar. (Como si esta frase
suscitara
automáticamente en él una asociación de ideas habitual, mira con aire
desaprobatorio
la araña.) El resplandor de esas luces me irrita los ojos. ¿Tienes
inconveniente
en que las apague? No las necesitamos y no hay por qué enriquecer a la
compañía
de electricidad.
EDMUND.
(Reprimiendo un salvaje impulso de reír, con tono amable.) No, claro que no.
Apágalas.
TYRONE.
(Se levanta pesadamente y tambaleándose un poco va mecánicamente hacia las lámparas,
mientras vuelve a sus pensamientos anteriores.) No. No sé qué diablos quería
comprar.
(Apaga con un clic una de las lámparas.) Te juro por lo más sagrado, Edmund,
que me conformaría con no tener un solo acre de tierra ni un centavo en el
banco… (Apaga con un clic otra lámpara.) …y me resignaría a no tener más hogar
que el asilo en la vejez con tal de poder recordar el magnífico artista que
pude haber sido. (Apaga la tercera lámpara y sólo queda la de leer. Se vuelve a
sentar pesadamente. De pronto, Edmund no logra reprimir una carcajada forzada e
irónica. Tyrone se siente herido.) ¿De qué diablos te ríes?
EDMUND.
De ti, no. De la vida. ¡Es tan absurda!
TYRONE.
(Gruñendo.) Sigues diciendo cosas morbosas. La vida nada tiene de malo. Somos
nosotros
quienes… (Cita.)
El
defecto no está en nuestras estrellas,
mi
querido Bruto, sino en nosotros mismos,
que
consentimos en ser inferiores.
(Pausa.
Agrega, melancólicamente.) Cuando Edwin Booth elogió mi Otelo, le encargué a mi
empresario
que anotara todas sus palabras y las guardé en mi cartera durante años. Solía
releerlas,
hasta que me causaron tanto malestar que no tuve el valor de afrontarlas.
¿Dónde estará ahora esa anotación? En algún rincón de esta casa. Recuerdo que
la guardé
cuidadosamente…
EDMUND.
(Con forzada e irónica tristeza.) Quizás esté en algún viejo baúl del desván,
con el traje de novia de mamá. (Al ver que su padre lo mira absorto, añade, con
rapidez.) ¡Por amor de
Dios!
Si hemos de jugar, juguemos.
Toma
la baraja que ha tirado su padre y le contesta. Por un momento, ambos siguen la
partida
como unos autómatas que jugaran ajedrez. Luego, Tyrone se detiene escuchando
un
rumor del primer piso.
TYRONE. Todavía camina. ¡Quién sabe cuándo se
dormirá!
EDMUND.
(Suplicante, con aire tenso.) ¡Papá, olvida eso, por favor! (Se sirve whisky.
Tyrone va a protestar, pero renuncia a esa idea. Edmund bebe. Deja el vaso. Su
expresión fisonómica
cambia.
Cuando habla, se diría que se abandona deliberadamente a la embriaguez y
procura ocultarse detrás de una actitud sensiblera.) Sí, mamá camina ahí
arriba, como un fantasma
que
ronda el pasado, y nosotros fingimos olvidar, pero tratamos de percibir el más
leve
sonido,
oímos gotear la humedad de la niebla desde los aleros como el irregular tictac
de un
desvencijado
y extravagante reloj de pared… ¡o como las aburridas lágrimas de una
trotacalles
que caen en un charco de cerveza rancia, sobre la mesa de una taberna! (Ríe,
con
estimación
de ebrio.) Esto último no estuvo tan mal… ¿eh? Es mío, no de Baudelaire.
¡Créeme!
(Con locuacidad alcohólica.) Acabas de contarme algunos momentos culminantes
de
tus recuerdos. ¿Quieres oír los míos? Todos están ligados con el mar. Ahí va
uno. Fue
cuando
viajaba en un vapor con destino a Buenos Aires. A favor de los vientos alisios
y con luna llena. El viejo armatoste marchaba a catorce nudos por hora. Yo
estaba tendido sobre el bauprés, mirando a popa, y el agua me salpicaba con su
espuma, y los mástiles, con todas las velas desplegadas, resplandecían con su
blancura y su imponente mole a la luz de la luna, en lo alto. Todo aquello me
embriagó con su belleza y su ritmo musical y por un momento me
olvidé
de mí mismo… y, en realidad, hasta me olvidé de mi vida ¡Me sentí libre! ¡Me
disolví
en
el mar, me convertí en blancas velas y volátil espuma, me troqué en hermosura y
ritmo, fui
el
claro de luna y el barco y el cielo vagamente estrellado! ¡Pertenecí, sin
pasado ni futuro, a
la
paz y a la unidad y a una salvaje alegría, a algo más grande que mi propia vida
o la vida del
Hombre,
a la Vida misma! ¡A Dios, si lo prefieres así! También recuerdo otra ocasión,
en el
American
Line, cuando estaba de vigía en las cofas y cumplía el cuarto de guardia del
amanecer.
El mar estaba sereno. Sólo se advertía el perezoso trepidar de la cubierta y el
pausado
y soñoliento balanceo del barco. Los pasajeros dormidos y un solo tripulante a
la
vista.
No se oía ningún rumor humano. Detrás de mí y a mis pies, un negro humo brotaba
de
las
chimeneas. Yo soñaba, olvidando mi misión de vigía, me sentí solo y aislado
allá en lo
alto,
y veía arrastrarse el amanecer como un sueño pintado por el cielo y el mar, que
dormían
juntos.
Entonces llegó el momento de extática libertad. ¡La paz, el fin de la búsqueda,
el
último
puerto, la alegría de realizarse más allá de los sucios, lastimeros y
codiciosas temores,
esperanza
y sueños de los hombres! Y otras veces, cuando me internaba en el mar a nado o estaba
tendido a solas en la playa, tuve la misma experiencia. Me convertí en el sol,
en la
arena
caliente, en el alga verde anclada a una roca que la marea hace ondular. ¡Cómo
la visión de beatitud de un santo, como el velo de las cosas cuando parece
descorrerlo una mano
invisible!
Uno ve por un momento… y al vislumbrar el secreto, se identifica con él.
¡Fugazmente
ve un sentido! ¡Luego, la mano deja caer el velo y uno se queda solo, perdido
nuevamente
en la niebla, y sigue avanzando a tropezones sin saber dónde, sin saber para
qué!
(Con
una sonrisa que parece una mueca.) Nací hombre por error. Pude lograr un éxito
mucho
mayor
como gaviota o como pez. ¡Así, siempre seré un forastero sin hogar, que no
necesita a
nadie
y a quien nadie necesita, que nunca podrá pertenecer a algún lugar y que
siempre estará un poco enamorado de la muerte!
TYRONE.
(Mirándolo, absorto e impresionado.) Sin duda, tienes pasta de poeta.
(Protestando,
con
malestar.) Pero no digas que no te necesitan y que amas la muerte. ¡Eso es una
locura morbosa!
EDMUND.
(Sardónicamente.) Pasta de poeta. No. Temo que soy como el hombre que mendiga
un cigarrillo. Ni siquiera hay en él pasta de fumador. Sólo tiene el hábito de
fumar. No podría alcanzar lo que traté de decirte hace un momento. Sólo fue un
tartamudeo. Es lo mejor que haré. Si vivo, naturalmente. Bueno. Por lo menos,
será un realismo fiel. El tartamudeo es la elocuencia propia de nosotros, los
hombres de la niebla. (Pausa. Ambos se levantan de un
salto,
sobresaltados, al oír un ruido fuera de la casa, como si alguien hubiese
tropezado y
caído
sobre los escalones del frente. Edmund sonríe.) Bueno, eso parece ser el
hermano
ausente.
Seguramente viene con una buena borrachera.
TYRONE.
(Frunciendo el ceño.) ¡Ese haragán! Habrá pescado el último tranvía. ¡Mala
suerte! (Se levanta.) Acuéstalo, Edmund. Yo saldré al porche. Jamie tiene una
lengua viperina cuando
está
borracho. Me enfurecería oírlo.
Sale
al porche lateral en el momento en que la puerta de la calle se cierra
ruidosamente
tras
de Jamie, Edmund observa, con aire divertido, el avance tambaleante de su
hermano
por
la sala del frente. Entra Jamie. Está muy ebrio y se le aflojan las piernas.
Sus ojos
están
vidriosos y su rostro hinchado, habla tartajosamente y no articula con nitidez,
su
boca
se afloja como la de su padre, en sus labios se advierte una sonrisa burlona.
JAMIE.
(Tambaleándose y parpadeando en el umbral, con voz sonora.) ¡Hola! ¡Hola!
EDMUND.
(Con aspereza.) ¡Nada de gritos!
JAMIE.
(Mirándolo, con ojos parpadeantes.) ¡Ah! ¡Buenas, Ed! (Con gravedad.) Estoy
borracho
como una mujerzuela de parranda.
EDMUND.
(Secamente.) Gracias por haberme revelado un gran secreto.
JAMIE.
(Sonriendo estúpidamente.) Sí. Una información innecesaria… ¿eh? (Se inclina y
se
palmea
las rodilla.) Tuve un accidente serio. Los peldaños de la entrada trataron de
pisotearme.
Aprovecharon la niebla para hacerme extraviar. Ahí afuera debieran poner un faro.
Y también está oscuro aquí dentro. (Frunciendo el ceño.) ¿Qué diablos es esto?
¿La morgue? Proyectemos un poco de luz sobre ese punto. (Avanza tambaleándose
hacia la mesa, recitando versos de Kipling.)
¡Vado,
vado, vado del río Kabul,
vado
del Kabul en las tinieblas!
No
te alejes de los palos herrados y te guiarán
en
forma segura para cruzar el vado
del
río Kabul en las tinieblas.
(Busca
a tientas la araña y logra encender las tres lámparas.) Ahora sí. ¡Al diablo
con
Gaspard!
¿Dónde está ese viejo avaro?
EDMUND.
Fuera, en el porche.
JAMIE.
No pretenderá que vivamos en la Celda Negra de Calcuta. (Sus ojos se detienen
sobre
la
botella de whisky llena.) ¡Hola! ¿Tengo el delirum tremens? (Tiende la mano
torpemente y la aferra.) ¡Dios mío! ¡Es una botella auténtica! ¿Qué le pasa al
viejo está noche? Debe de
haberse
osificado para olvidar que dejó afuera esto. La ocasión la pintan clava. Esa es
la clave
de
mi éxito. (Se sirve bastante whisky.)
EDMUND.
Ya hueles bastante mal. Esto te dejará fuera de combate.
JAMIE.
La
sabiduría habla por la boca de los niños. Basta de palabras sabias, Ed. Estás
recién
destetado.
(Se desploma sobre una silla, sosteniendo cuidadosamente el vaso.)
EDMUND.
Está
bien. Si quieres quedar inconsciente, allá tú.
JAMIE.
No
puedo. Eso es lo malo. He bebido lo suficiente para hundir un barco, pero no
puedo.
Bueno.
Siempre queda la esperanza. (Bebe.)
EDMUND.
Pásame
la botella. Tomaré un whisky también yo.
JAMIE.
(Con
aire repentinamente solícito, de hermano mayor, asiendo la botella.) No, no
beberás.
Por lo menos mientras yo esté aquí. Recuerda las instrucciones del médico.
Posiblemente
a nadie le importe un rábano si te mueres, pero a mí sí. Eres mi hermano menor.
Te
quiero mucho, Ed. Todo lo demás ha desaparecido. Sólo me quedas tú.
(Acercándose más
la
botella.) Con que nada de whisky para tu, si puedo evitarlo. (Debajo de su
sentimiento de
borracho,
hay una auténtica sinceridad.)
EDMUND.
(Con
irritación.) ¡Oh, déjate de tonterías!
JAMIE.
Tú
crees que no me importa… ¿verdad? Desvaríos de borracho, ¿eh? (Empuja la
botella
hacia él.) Bueno. Sigue bebiendo y suicídate.
EDMUND.
(Al verlo dolorido por sus palabras, afectuosamente.) Ya sé que eso te
preocupa, Jamie,
y
voy a dejar de beber. Pero esta noche no cuenta. ¡Hoy han sucedido demasiadas
cosas, qué
diablos!
(Se sirve whisky.) Salud. (Bebe.)
JAMIE.
(Se
despeja momentáneamente y lo mira con piedad.) Lo sé, Ed. Ha sido un día penoso
para
ti. (Con sarcástico cinismo.) Apostaría a que el viejo Gaspard no trató de
impedirte que
bebieras.
Probablemente quería tener un motivo para enviarte al sanatorio del estado para
enfermos
indigentes. Cuanto antes te mueras, menos gastos. (Con desdeñoso odio.) ¡Qué
canalla
tenemos por padre! ¡Dios mío! ¡Si figurara en un libro, nadie lo creería!
EDMUND.
(A la defensiva.) ¡Oh! Papá es un buen hombre si tratamos de comprenderlo… y
conservamos
nuestro sentido del humor.
JAMIE.
(Con
cinismo.) El viejo te ha estado representado la vieja comedia lacrimógena… ¿eh?
Siempre
logra engañarte. Pero a mí, no. A mí, no volverá a engañarme… (Lentamente.)
Aunque,
en cierto modo, lo compadezco por una cosa. Pero hasta en eso la culpa es suya.
(Precipitadamente.)
Bueno… ¡al diablo con eso! (Aferra la botella, se sirve más whisky y
parece
nuevamente muy ebrio.) Siento que este último whisky me está dominando. Creo
que
bastará
para dejarme inconsciente. ¿Le dijiste al viejo Gaspard que, según el doctor
Hardy,
ese
sanatorio es una institución de caridad?
EDMUND.
(De mala gana.) Sí. Le dije que no iría allí. Ahora todo está arreglado. Me
contestó que
podía
ir adonde quisiera. (Agrega, sonriendo sin resentimiento.) Dentro de lo
razonable,
naturalmente.
JAMIE.
(Imitando
con gestos de ebrio a su progenitor.) Naturalmente, muchacho. Cualquier
cosa,
dentro de lo razonable. (Sarcástico.) Eso significa otro sanatorio barato. El
viejo
Gaspard,
el avaro de Las campanas, es un papel que papá podría interpretar sin
maquillaje.
EDMUND.
(Con irritación.) ¡Vamos, cállate! ¿Quieres? Ya te he oído llamarle Gaspard un
millón
de
veces.
JAMIE.
(Encogiéndose
de hombros, con voz torpe.) Perfectamente. Si estás conforme… ¡que él
se
salga con la suya! Serás tú quien se morirá… quiero decir, ojalá que eso no
suceda.
EDMUND.
(Cambiando de tema.) ¿Qué hiciste esta noche en el pueblo? ¿Fuiste a casa de
Mamie
Burns?
JAMIE.
(Muy
ebrio, asintiendo.) Claro. ¿En que otro lugar habría encontrado una camarería
femenina
adecuada? Y amor. No olvides el amor. ¿Qué es el hombre sin el amor de una
buena
mujer?
¡Una cáscara vacía, qué diablos!
EDMUND.
(Con
risita de ebrio, abandonándose por completo a su borrachera.) Estás chiflado.
JAMIE.
(Citando
con deleite versos de “La casa de las mujerzuelas” de Oscar Wilde.)
Entonces,
volviéndome hacia mi amor, le dije:
“los
muertos bailan con los muertos, el polvo
da
vueltas abrazado al polvo”.
Pero
ella… oyó los sones del violín
y,
apartándose de mi lado, entró en la casa;
el
amor entró en la casa de la lujuria.
Súbitamente,
entonces, la melodía perdió el compás;
los
bailarines se cansaron de bailar.
(Se
interrumpe, con aire sombrío.) Esto no es muy exacto. Si mi amor estaba
conmigo, no lo
vi.
Debió ser un fantasma. (Hace una pausa.) Adivina a cuál de las hechiceras de
Mamie elegí
para
que me bendijera con su amor de mujer. Esto te va a hacer reír, muchacho.
¡Elegí a la
gorda
Violet!
EDMUND.
(Con risa de ebrio.) ¡No! ¿De veras? ¡Vaya una elección! ¡Violes pesa una
tonelada!
¿Por
qué diablos lo hiciste? ¡Por broma!
JAMIE.
Nada
de bromas. Fue algo muy serio. Cuando llegué a la casa de Mamie, me sentía muy
triste
al pensar en mí y en todos los demás vagabundos del mundo. Estaba pronto a
llorar
sobre
cualquier pecho femenino. Ya sabes cómo se pone uno cuando Baco hace funcionar
en
nuestro
corazón la música sentimental. Apenas entré, Mamie empezó a contarme sus
cuitas.
Se
quejó de lo mal que marchaban los negocios y me dijo que iba a despedir a la
gorda Violet.
Sólo
la conservaba allí porque Violet sabía tocar el piano. Pero en los últimos
tiempos, la
gorda
se emborrachaba, no podía y no se ganaba el pan, y aunque era una estúpida de
buen
corazón
y ella, Mamie, la compadecía porque en otra forma no podría ganarse la vida,
los
negocios
son los negocios y ella no podía permitirse el lujo de regentar una casa para
rameras gordas. Entonces tuve lástima de la gorda Violet y derroché dos de tus
dólares para
acompañarla
al primer piso. Sin intenciones deshonrosas, por lo demás. Me gustan gordas,
pero
no tanto. Sólo quise una pequeña conversación, una plática sincera sobre el
infinito dolor de la vida.
EDMUND.
(Con risa de ebrio.) ¡Pobre Violet! Apostaría a que le recitaste versos de
Kipling y
Swinburne
y Dowson y le brindaste aquello de “Te he sido fiel, Cyrana, a mi manera”.
JAMIE.
(Con una sonrisa descolorida.) Claro… mientras el viejo maestro Baco tocaba su
suave
música
sentimental. Ella lo soportó durante algún tiempo. Luego, aquello la fastidió.
Se le
ocurrió
que la había llevado al primer piso por broma. Me gritó de lo lindo. Dijo que
ella valía
más
que un holgazán borracho que recitaba versos. Se echó a llorar. Y tuve que
decirle que la amaba porque era gorda y quiso creerlo y me quedé para
probárselo y eso la alegró y me besó cuando me iba y dijo que estaba
enamoradísima de mí y lloramos un poco más en el pasillo y
todo
terminó bien, salvo que Mamie Burns creyó que me había vuelto loco.
EDMUND.
(Citando, burlonamente.)
Las
mujerzuelas y los perseguidos pueden
proporcionar
placeres muy suyos que el vulgo
nunca
podrá comprender.
JAMIE.
(Asintiendo,
con aire de ebrio.) ¡Eso es! Y lo pasé muy bien, por lo demás. Es una
lástima
que no hayas venido conmigo, Ed. Mamie Burns preguntó por ti. Lamentó enterarse
de que estabas enfermo. Lo lamentó sinceramente. (Hace una pausa y prosigue,
con humor de ebrio y tono de cómico de la legua.) ¡Esta noche me ha abierto los
ojos para una gran
carrera
que me reserva el destino, hijo mío! Les devolveré el arte de actuar a las
focas
amaestradas,
que son su expresión más perfecta. ¡Aplicando en la esfera más adecuada los talentos
naturales que me ha dado Dios, alcanzaré la cumbre del éxito! ¡Seré el amante
de la gorda del circo de Barnum y Baily! (Edmund ríe. El estado de ánimo de
Jamie cambia, convirtiéndose en altanero desdén.) ¡Va! ¡Imagíname rindiéndome a
los encantos de la gorda en un burdel de provincias! ¡A mí, que hice esperar y
suplicar a algunas de las mujeres más bellas de Broadway! (Cita unos versos de
“Sextina del Tramp-Royal”, de Kipling.)
En
general, he ensayado todos los alegres
caminos
que lo llevan a uno por el mundo
(Con
melancolía de ebrio.) Los caminos alegres son mera palabrería. Los que valen la
pena
son
los fatigosos. Los llevan a uno sólidamente a ninguna parte. Así es adonde he
llegado yo:
a
ninguna parte. Adonde van a parar todos, finalmente, aunque la mayoría de los
incautos no quieran reconocerlo.
EDMUND.
(Burlonamente.) ¡Basta! Un momento más y te echarás a llorar.
JAMIE.
(Se sobresalta, lo contempla con amarga hostilidad y dice, sombríamente.) No
seas…
demasiado
insolente. (Bruscamente.) Pero tienes razón. ¡Al diablo con el arrepentimiento!
¡La gorda Violet es una buena muchacha y me alegro de haber estado con ella!
Fue un acto
cristiano.
Curé su tristeza. Pasé un buen rato. Es una lástima que no me hayas acompañado,
muchacho.
Habrías olvidado tus penas. ¿De qué te sirve volver a casa si te entristece lo
que
no
tiene remedio? Todo se acabó… todo ha terminado ahora… ¡no queda ya ni una sola
esperanza!
(Se interrumpe; menea la cabeza con balanceo de borracho y sus ojos se cierran;
luego,
de improviso, abre los ojos, eleva la mirada y con el rostro duro cita
burlonamente.)
¡Si
me ahorcan en la más alta de las colinas,
madre
mía, oh madre mía,
sé
que amor me seguiría aún…!
EDMUND.
(Con violencia.) ¡Cállate!
JAMIE.
(Con tono cruel y sardónico, en que aflora un dejo de odio.) ¿Dónde está esa
morfinómana?
¿Se fue a dormir?
Edmund
se sobresalta como si lo hubieran golpeado. Tenso silencio. Edmund se muestra
acongojado
y enfermo. Luego, en un acceso de ira, se levanta de un salto.
EDMUND
¡Canalla!
Le
asesta en la cara un golpe que se desvía al chocar con el pómulo. Por un
momento,
Jamie
reacciona belicosamente y se levanta a medias para ripostarle, pero
repentinamente
parece comprender con un sobresalto lo que ha dicho y se desploma
sobre
la silla, como una masa inerte.
JAMIE.
(Afligido.) Gracias, muchacho. Me lo tenía merecido. No sé por qué dije eso…
Habrá
sido
el alcohol… Tú ya me conoces.
EDMUND.
(Cuya ira se disipa poco a poco.) Sé que nunca lo habrías dicho, de no ser por…
Pero,
Jamie…
¡por borracho que estés eso no es excusa! (Después de una pausa, con tono
lastimero.)
Lamento haberte pegado. Tú y yo nunca reñimos… a tal punto… (Se desploma en
su
silla.)
JAMIE.
(Con
voz ronca.) No tiene importancia. Me alegro de que lo hayas hecho. ¡Mi sucia
lengua!
¡Ojalá me la pudiera cortar! (Ocultando el rostro entre sus manos, con voz
abatida.)
Será
por eso que me siento tan deprimido. Porque esta vez mamá me engañó. En
realidad,
creí
que había abandonado eso. Ella supone que siempre pienso lo peor, pero esta vez
pensé
lo
mejor. (Su voz vacila.) Supongo que no puedo perdonárselo… todavía. ¡Eso
significa tanto
para
mí! Confiaba ya en que, si ella había vencido su vicio, también yo podría
vencer el mío.
Comienza
a sollozar y lo horrible de su llanto es que parece de un hombre lúcido y no de
un
borracho.
EDMUND.
(Ahuyenta las lágrimas parpadeando.) ¡Dios mío! ¿Acaso no sé cómo te sientes?
¡Basta,
Jamie!
JAMIE.
(Procurando
contener sus sollozos.) Supe lo de mamá mucho antes que tú. Nunca he
olvidado
el momento que lo descubrí. La sorprendí cuando se inyectaba con una
jeringuilla.
¡Dios
mío! ¡Antes, yo creía que sólo las rameras tomaban drogas! (Se interrumpe.) Y
luego,
tu
tuberculosis me aplastó. Hemos sido más que hermanos. Eres el único camarada
que he
tenido.
Te quiero muchísimo. Haría cualquier cosa por ti.
EDMUND.
Lo
sé, Jamie. (Le da una palmada en el brazo.)
JAMIE.
(Ya
no llora. Aparta las manos de su rostro y dice, con extraña amargura:) ¡Dios
mío!
Apostaría
a que, después de haberles oído hablar tanto a mamá y al viejo Gaspard de que
siempre
espero lo peor, ahora mismo sospechas que pienso que papá es viejo y ya no
vivirá mucho y que, si tu murieras, mamá y yo nos quedaríamos con todo lo que
tienes, y que por
eso
confío, probablemente en que…
EDMUND.
(Con indignación.) ¡Cállate, imbécil! ¿Cómo diablos se te ha ocurrido eso?
(Mirándolo
con
aire acusador.) Sí, eso es lo que yo quisiera saber. ¿Cómo se te ha ocurrido?
JAMIE.
(Confuso,
con aire de borracho nuevamente.) ¡No seas tonto! Ustedes sospechan
siempre
lo peor. He llegado a un estado tal que no puedo evitar… (Con resentimiento de
borracho.)
¿Qué pretendes? ¿Acusarme? ¡No te pases de listo conmigo! ¡He aprendido más
sobre
la vida de lo que tú jamás sabrás! ¡No creas que podrás engañarme porque has
leído un
montón
de palabrerías pedantes! ¡Sólo eres un chiquillo que ha crecido demasiado! ¡El
favorito
de mamá y papá! ¡La esperanza de la familia! ¡Últimamente, te estás volviendo
engreído!
¡Y sin motivo! ¡Todo por unos pocos poemas publicados en un periódico de pueblo
chico!
¡Vaya! ¡Yo publicaba cosas mejores en la revista de la universidad! ¡Más vale
que
despiertes!
¡No harás maravillas! Dejas que los imbéciles de provincia te adulen con
palabrería
huera sobre tu futuro… (Bruscamente, su tono se hace fastidiado y contrito.
Edmund
ha aparatado los ojos de él, procurando hacer caso omiso de esta parrafada.)
¡Olvídalo,
muchacho! ¡Qué diablos! Ya sabes que no hablo en serio. ¡Nadie se enorgullece
más
que yo de que hayas empezado a triunfar! (Con afirmación de borracho) ¿Por qué
no
habría
de enorgullecerme? ¡Diablos! ¡Sería mero egoísmo! Tus éxitos me honran. Me he
ocupado
de tu educación más que nadie. ¡Te he aleccionado sobre las mujeres, para que
no te
portaras
como un incauto o incurrieras en errores que no querrías cometer! ¿Y quién te
indujo a leer versos? ¿A Swinburne, por ejemplo? ¡Yo! ¡Y como en otros tiempos
quise escribir, te
sugerí
que escribieras! ¡Eres para mí algo más que un hermano, qué diablos! ¡Eres mi
Frankenstein!
(Su voz ha cobrado una altanería de ebrio. Ahora, Edmund sonríe, divertido.)
EDMUND.
Está bien. Soy tu Frankenstein. De modo que bebamos. (Ríe.) ¡Estás loco!
JAMIE.
(Con
aire sombrío.) Tomaré un trago. Tú, no. Tengo que cuidarte. (Se inclina con
estúpida
sonrisa de afectuosa chochera y le aferra la mano.) No te preocupes de ese
asunto
del
sanatorio. ¡Saldrás a flote fácilmente, qué diablos! Seis meses y será todo un
roble. Es
probable
que ni siquiera estés tuberculoso. Los médicos son unos farsantes. Me dijeron
hace
años
que dejara de beber o me moriría pronto… y aquí me tienes. Son unos
embaucadores.
¡Cualquier
cosa con tal de sacarle a uno el dinero! Apostaría a que todo eso de la granja
del
estado
sólo es negocio político. Un chanchullo. Seguramente, los médicos reciben su
comisión
por cada enfermo que mandan allí.
EDMUND.
(Fastidiado y divertido a un tiempo.) ¡Eres el colmo! En el Juicio Final,
andarás por ahí
diciéndoles
a todos que el fallo depende del dinero.
JAMIE.
Y
con razón. Ponle unos dólares en la mano al Juez Supremo y te salvarás, pero si
no
tienes
dinero puedes irte al infierno. (Sonríe ante esta blasfemia y Edmund se ve
obligado a
reír.
Jamie continúa:) “Conque pon dinero en tu cartera.” Ésa es la única fórmula del
éxito.
(Burlonamente.)
¡El secreto de mi éxito! ¡Mira qué conseguí con él! (Suelta la mano de
Edmund
para servirse una buena cantidad de whisky y la bebe de un solo trago.
Contempla a
su
hermano con lacrimoso afecto, vuelve a tomarle la mano y comienza a hablar con
lengua
tartajosa,
pero con extraña y convincente sinceridad.) ¡Escúchame Ed! Tú te irás. Quizás
no
se
me presente otra oportunidad de hablar contigo o no vuelva a estar lo
suficientemente
borracho
para decirte la verdad. Por lo tanto, debo hacerlo ahora. Es algo que debí
confesarte
hace
mucho tiempo… por tu propio bien. (Se detiene, luchando consigo mismo. Edmund
lo
mira
fijamente, sorprendido y con cierto malestar. Jamie se desahoga bruscamente.)
No serán
mentiras
de borracho, sino la verdad… “Invino veritas”… ¿sabes? Más vale que lo tomes en
serio.
Quiero ponerte en guardia contra mí. Mamá y papá tienen razón. He ejercido una
influencia
pésima sobre ti. Y lo que es peor, lo he hecho deliberadamente.
EDMUND.
(Con malestar.) ¡Cállate! No quiero oír…
JAMIE.
¡Vamos, Ed! ¡Tienes que escucharme! Obré con toda intención para hacer de ti un
vagabundo.
O por lo menos, así obró una parte de mi persona. Una gran parte. La parte que
ha muerto desde hace tanto tiempo. Que odia la vida. Hablo de las enseñanzas
que te di para que aprendieras de mis errores. Yo mismo solía creer eso, pero
era una patraña. Hice que mis
errores
parecieran aciertos y mi borrachera romántica y las rameras unas fascinantes
sirenas,
en
vez de ser las pobres, estúpidas y enfermas basuras que son. Me burlé del
trabajo como si
fuese
un juego de tontos. No quería verte triunfar y resultar yo peor aún comparado
contigo.
Quería
que fracasaras. Siempre he tenido celos de ti. ¡El niño de mamá. El favorito de
papá!
(Mira
fijamente a Edmund, con creciente hostilidad.) Y fue tu nacimiento lo que
empujó a
mamá
hacia la morfina. ¡Sé que no tuviste la culpa, pero con todo eso, maldito seas,
no puedo dejar de odiarte…!
EDMUND.
(Casi asustado.) ¡Jamie! ¡Basta! ¡Estás loco!
JAMIE.
No me interpretes mal, Ed. Te quiero más de lo que te odio. El hecho de que te
diga
esto
ahora te lo prueba. Corro el riesgo de que me aborrezcas… y eres lo único que
me queda
en
el mundo. Pero no me proponía decirte eso último… llegar tan lejos. No sé que
me
impulsó
a hacerlo. Lo que quise decirte es que me gustaría verte triunfar como nadie.
Pero
más
vale que estés alerta. Porque haré todo lo posible por hacerte fracasar. No
puedo evitarlo.
Me
odio a mí mismo. Tengo que vengarme. Vengarme de todos los demás. Sobre todo,
de ti.
La
“Balada de la Cárcel de Reading” de Oscar Wilde desfigura las cosas. El hombre
estaba
muerto
y por eso tenía que matar lo que amaba. Así debiera ser. Lo que ha muerto en mí
confía
en que no te curarás. ¡Quizás hasta se alegre de que mamá haya vuelto a la
morfina!
¡Quiere
compañía, no se resigna a ser el único cadáver de la casa! (Ríe con risita
dura,
torturada.)
EDMUND.
¡Dios mío, Jamie! ¡Realmente, te has vuelto loco!
JAMIE.
Piénsalo y verás que tengo razón. Vuelve a pensarlo cuando te hayas alejado de
mí y estés en el sanatorio. Tienes que comprender que debes ponerme un cascabel
al cuello…
expulsarme
de tu vida… creerme muerto… decirle a la gente: “Tuve un hermano, pero
murió”.
Y cuando vuelvas… ¡cuidado conmigo! Te estaré esperando con mi eterna
palabrería
de
“viejo camarada” para tenderte una mano cordial y asestarte una puñalada por la
espalda
en
la primera ocasión.
EDMUND.
¡Cállate! ¡Qué me condenen si seguiré escuchando…!
JAMIE.
(Como si no lo hubiese oído.) Pero no te olvides. Recuerda que te lo advertí…
por tu
propio
bien. Créeme. No hay amor más grande que ése: el del hombre que salva a su
hermano de sí mismo. (Su tono demuestra que está muy ebrio, su cabeza se
balancea.) Eso es todo.
Ahora,
me siento mejor. Me he confesado. Sé que me absolverás… ¿verdad? Tú me
comprendes.
Eres un gran muchacho, Ed. Yo te hice así. Conque vete y cúrate. No te mueras
conmigo.
Eres lo único que me queda. Dios te bendiga. Amén.
Se
sume en un dormitar de ebrio, sin dormirse del todo. Edmund oculta su rostro
entre
sus
manos, lastimeramente. Tyrone entra por la puerta de tela metálica. Viene del
porche.
Su
bata está húmeda de la niebla y el cuello de la misma levantado en torno de la
garganta.
Su semblante severo, revela fastidio y al propio tiempo piedad. Edmund no
advierte
su entrada.
TYRONE.
(En voz baja.) Por suerte, se ha dormido. (Edmund lo mira con sobresalto.) Creí
que no pararía de hablar. (Baja el cuello de su bata.) Más vale que lo dejemos
donde está para que
duerma
la mona. (Edmund guarda silencio. Tyrone lo mira y prosigue.) Oí sus últimas
palabras.
Es lo que te previne. Espero que tendrás en cuenta la advertencia, ahora que
llega de sus propios labios. (Edmund no da señales de haberle oído. Tyrone
añade compasivamente.)
Pero
no lo tomes demasiado a pecho, muchacho. A Jamie le gusta exagerar lo peor que
hay en él cuando está ebrio. Te quiere mucho. Es lo único que le queda de
bueno. (Mira a Jamie con
amarga
tristeza.) ¡Un grato espectáculo para mí! ¡Ese es mi primogénito, en quien
confié
llevaría
mi apellido con honor y dignidad y parecía ser una promesa brillante!
EDMUND.
(Lastimeramente.) Cállate, papá… ¿No puedes callarte?
TYRONE.
(Sirviéndose whisky.) ¡Una basura! ¡Una ruina humana, un casco ebrio, acabado y
liquidado!
Bebe.
Jamie se muestra inquieto, adivinando la presencia de su padre y se esfuerza en
salir
de su sopor. Abre los ojos y mira parpadeando a Tyrone, quien retrocede un
paso, a
la
defensiva y ceñudo.
JAMIE.
(Repentinamente, apuntando un dedo hacia él y recitando con énfasis teatral.)
Ha
venido Clarence, el pérfido, frívolo y fementido Clarence, quien me apuñaló en
el
campo
junto a Tewksbury. Aferradlo, oh Furias, atormentadlo. (Con resentimiento.)
¿Qué diablos estás mirando? (Recita sardónicamente versos de
Rossetti.)
Mírame
la cara. Me llamo Pudo Haber Sido; también me llaman Ya no, Demasiado
tarde.
Adiós.
TYRONE.
Lo sé muy bien y Dios sabe que no quiero mirarte.
EDMUND.
¡Papá! ¡Basta!
JAMIE.
(Burlonamente.) Tengo una gran idea para ti, papá. Vuelve a representar Las
campanas en esta temporada. En esa obra hay un gran papel que puedes
interpretar sin maquillaje. ¡El
del
viejo Gaspard, el avaro!
Tyrone
le vuelve la espalda, tratando de dominar su ira.
EDMUND.
¡Cállate, Jamie!
JAMIE.
(Sardónicamente.) Afirmo que Edwin Booth nunca pudo hacer una interpretación
tan
brillante
como la de una foca amaestrada. Las focas son inteligentes y sinceras. Nada de
alardes
sobre el Arte de la Actuación. Reconocen que sólo son cómicos de la legua que
se ganan su pez cotidiano.
TYRONE.
(Herido, volviéndose furiosamente hacia él.) ¡Parásito!
EDMUND.
¡Papá! ¿Quieres provocar un riña que haga bajar a mamá? ¡Jamie, vuélvete a
dormir!
¡Ya
has hablado más de la cuenta!
Tyrone
le vuelve la espalda a Jamie.
JAMIE.
(Hablando dificultosamente.) Bueno, muchacho. No busco pendencia. Tengo
demasiado
sueño.
Cierra
los ojos y cabecea. Tyrone se acerca a la mesa y se sienta, volviendo la silla
de
modo
que no pueda ver a Jamie. Al instante también él se siente soñoliento.
TYRONE.
(Agobiado.) Ojalá ella se durmiera, para poder acostarme también. (Adormilado.)
Estoy cansadísimo. Ya no puedo pasarme la noche en vela como antes… Estoy
viejo… viejo y
cansado.
(Con un bostezo que casi le desencaja las mandíbulas.) Se me cierran los ojos.
Creo que echaré un buen sueñecito. ¿Por qué no haces lo mismo, Edmund? Así
pasará el tiempo, hasta que ella…
Se
le cierran los ojos. Su voz va disminuyendo de volumen hasta extinguirse, se le
aloja
la
mandíbula y empieza a respirar penosamente por la boca. Edmund sigue sentado,
en
tensión.
Oye algo y se mueve nerviosamente hacia delante, mirando el vestíbulo a través
de
la sala del frente. Se levanta de un salto con aire obsesionado, afligido. Por
un
momento
podría creer que se va a ocultar en la sala del fondo. Luego vuelve a sentarse
y
espera,
apartando sus ojos de allí, aferrado a los brazos de su silla. Repentinamente,
se
encienden
las cinco lámparas de la araña en la sal del frente y en ella alguien empieza a
tocar
al piano la introducción de uno de los valses más sencillo de Chopin con pulso
distraído
y dedos envarados como si una colegiala torpe lo practicara por primera vez.
Tyrone
vuelve en sí totalmente, con un sobresalto y Jamie echa atrás la cabeza y abre
los ojos. Por un momento, los tres escuchan petrificados. La música cesa en
forma
igualmente
repentina, y Mary aparece en el umbral. Se ha echado encima una bata azul
cielo
sobre la camisa de noche y calza unas delicadas chinelas con pompones. Está más
pálida
que nunca y sus ojos parecen enormes y brillan como unas relucientes joyas
negras.
Lo enigmático es que su rostro parezca ahora tan joven. Se diría que la
experiencia
se ha esfumado en él. Es una máscara de mármol con inocencia de
adolescente:
en la boca ha quedado fijada una tímida sonrisa. Su blanca cabellera está
recogida
en dos trenzas que penden sobre su pecho. Sobre uno de sus brazos trae
negligentemente,
arrastrándolo por el suelo como si lo hubiese olvidado, un modelo
anticuado
de traje de novia de satín blanco, adornado con encajes “duchesse”. En el
umbral
vacila y pasea una mirada por la habitación, la frente contraída con aire
perplejo,
como quien ha venido en busca de algo pero se ha distraído por el camino,
olvidando
qué venía a buscar. Los tres la miran absortos. Mary parece notarlos
solamente
como nota los demás objetos del aposento, los muebles, las ventanas, las
cosas
familiares, que acepta mecánicamente como naturales allí, pero que no percibe
porque
está demasiado preocupada para notar su presencia.
JAMIE.
(Rompiendo el penoso silencio, con amargura, sardónicamente y a la defensiva.)
La
Escena
de la Locura. ¡Entra Ofelia!
Su
padre y su hermano se vuelven furiosamente hacia él. Edmund es el más rápido y
le
propina
una bofetada sobre la boca con el revés de la mano.
TYRONE.
(La voz trémula de reprimida furia.) Bien hecho, Edmund. ¡Ese repulsivo bribón!
¡A su propia madre!
JAMIE.
(Murmura con aire culpable y sin resentimientos.) Está bien, muchacho, me lo
merecía.
Pero
ya te dije cuántas esperanzas tenía de que… (Se cubre el rostro con las manos y
se echa a llorar.)
TYRONE.
Mañana, si dios quiere, te echaré a la calle a puntapiés. (Pero los sollozos de
Jamie
disipan
su ira y se vuelve y lo zarandea asiéndolo del hombro y suplica.) ¡Jamie, por
amor de Dios, basta!
Ahora
habla Mary y los tres hombres vuelven a petrificarse en silencio,
contemplándola
fijamente.
Ella no le presta la menor atención al incidente, que es simplemente una parte
de
la atmósfera familiar de la habitación, un telón de fondo que no interfiere con
su
preocupación;
Mary se habla a sí misma, no a ellos.
MARY.
¡Toca
tan mal ahora! Necesitaría practicar. La hermana Theresa me echará una
reprimenda
terrible. Dirá que no es justo que me porte así con mí padre, que gasta tanto
para
costearme
unas lecciones extras. Y tiene muchísima razón: eso no es justo. ¡Él es tan
bueno y generoso y se enorgullece tanto de mí! Desde ahora practicaré el piano
todos los días. Pero con mis manos ha sucedido algo horrible. ¡Los dedos se me
han vuelto tan rígidos…! (Alza las manos para examinarlas, con asustada
perplejidad.) Todos los nudillos están hinchados.
¡Su
aspecto es tan horrible…! Tengo que ir a la enfermería y mostrárselos a la
hermana
Martha.
(Con dulce sonrisa de afectuosa confianza.) Es vieja y un poco maniática, pero
la quiero lo mismo y tiene en su botiquín unos medicamentos que lo curan todo.
Me dará algún ungüento y me dirá que le rece a la Santa Virgen y se curarán en
un abrir y cerrar de ojos.
(Olvida
sus manos y entra a la habitación: el traje de novia se arrastra por el suelo.
Mira a
su
alrededor, vacilando, y su frente vuelve a contraerse, con perplejidad.)
Veamos… ¿Qué he venido a buscar aquí? ¡Qué distraída me he vuelvo! ¡Es
terrible! Siempre estoy soñando y
olvidando.
TYRONE.
(Con voz ahogada.) ¿Qué trae, Edmund?
EDMUND.
(Con tristeza.) Su traje de novia, supongo
TYRONE.
¡Dios mío! (Levantándose y cerrándole el paso a Mary, con angustia.) ¡Mary!
¿Acaso no es bastante doloroso…? (Dominándose. Con dulce persuasión.) Vamos,
déjame que lo
lleve
yo, querida. Tú sólo lo pisarías y romperías. Y se te podría manchar al
arrastrarse por el
suelo.
Luego, lo lamentarías.
Ella
le deja asir el traje de novia, mirándolo desde algún rincón muy lejano de su
alma,
sin
reconocerlo, sin afecto ni animosidad.
MARY.
(Con la tímida cortesía de una muchacha educada ante un señor de edad que le
alivia de una carga.) Gracias, es usted muy amable. (Mira el traje de novia con
perplejo interés.) Es
un
traje de novia. Muy lindo… ¿verdad? (Una sombra cruza su rostro y parece sentir
un
vago
malestar.) Ahora recuerdo. Lo encontré en el desván, oculto en un baúl. Pero no
sé para
qué
lo quería. Seré monja… es decir, siempre que pueda encontrar… (Pasea una mirada
por
la
habitación, vuelve a fruncir el ceño.) ¿Qué estoy buscando? Es algo que he
perdido, lo sé.
Se
aparta de Tyrone, a quien sólo toma por un obstáculo que se le atraviesa en el camino.
TYRONE.
(En desesperada exhortación.) ¡Mary!
Pero
esto no logra franquear la muralla de la preocupación de su mujer. Mary no
parece
oírlo.
Él se rinde con aire impotente, replegándose sobre sí mismo: hasta se disipa su
defensiva ebriedad, dejándolo enfermo y despejado. Vuelve a dejarse caer en su
silla,
sosteniendo
en sus brazos el traje de novia con una inconsciente amabilidad, torpe y
protectora.
JAMIE.
(Retira
la mano de la cara: sus ojos están fijos en la mesa. De pronto, se despeja.
Sombríamente.)
Es inútil, papá (Recita versos de “Despedida” de Swinburne, y lo hace bien,
con
sencillez, pero con amarga tristeza.)
Levantémonos
y separémonos: ella no lo sabrá.
Vayamos
hacia el mar, como los grandes vientos
cargados
de arena y espuma: ¿De qué sirve estar aquí?
Es
inútil, porque todas las cosas son así,
y
el mundo es amargo como una lágrima
y
ella no sabrá cómo son estas cosas
aunque
uno procure demostrárselo.
MARY.
(Mirando
a su alrededor.) Hay algo que hecho de menos muchísimo. No puedo haberse
perdido
por completo.
JAMIE.
(Se
vuelve para mirarla a la cara y no logra reprimir una exhortación con tono
suplicante,
a su vez.) ¡Mamá! (Mary no parece oírlo. Jamie aparta los ojos, con aire
impotente.)
¡Al diablo! ¿Para qué? Es inútil. (Vuelve a recitar versos de la “Despedida”,
con
creciente
amargura.)
Guardad
silencio ahora, porque ha pasado la hora del canto, y han pasado todas las
cosas viejas
y
que nos son caras.
Ella
no te ama a ti ni a mí como la amamos todos nosotros.
Sí.
Aunque le cantáramos como ángeles al oído, ella no nos oirá.
MARY.
(Mirando
a su alrededor.) Hay algo que necesito terriblemente. Recuerdo que, cuando
lo
tuve, no me sentí sola ni temí nada. No puedo haberlo perdido para siempre. Me
moriría si
así
lo creyera. Porque entonces no habría esperanza.
Caminando
como una sonámbula, da la vuelta detrás de la silla de Jamie, avanza hacia
primer
término a la izquierda y pasa detrás de Edmund.
EDMUND.
(Se vuelve impulsivamente y la aferra del brazo. Cuando suplica, parece un niño
perplejo y herido.) ¡Mamá! ¡Esto no es un resfrío de verano! ¡Tengo una
tuberculosis!
MARY.
(Por
un momento Edmund parece haber llegado hasta su corazón. Mary tiembla y su
semblante
revela terror. Responde con dolor, como si se diera una orden a sí misma.) ¡No!
(E,
inmediatamente, vuelve a alejarse. Murmura con dulzura, pero con aire
impersonal.) No
trates
de tocarme. No trates de retenerme. Eso no está bien, ahora que espero ser
monja.
Edmund
la suelta. Ella va por la izquierda hasta el extremo del sofá que da al primer
término,
debajo de las ventanas, y se sienta, frente al público, las manos juntas sobre
el
regazo
y con el aire recatado de una colegiala.
JAMIE.
(Mira
a Edmund con una extraña mezcla de piedad y celoso deleite.) ¡Estúpido! ¡Es
inútil!
(Vuelve a recitar versos del mismo poema de Swinburne.)
Vámonos
de aquí ella no lo verá.
Cantemos
todos juntos; una vez más seguramente,
ella,
también ella
recordando
los días y las palabras que fueron,
se
volverá un poco hacia nosotros, suspirando:
pero
nos hemos ido, como si nunca hubiéramos estado ahí.
Y
aunque todos los hombres que lo vieran
me
compadeciesen, ella no lo vería.
TYRONE.
(Procurando librarse de su abatido sopor.) ¡Oh, somos unos estúpidos al
prestarle
atención!
Toda la culpa es de ese maldito veneno. Pero nunca la vi hundirse en él tan
profundamente
como hoy. (Con aspereza.) ¡Pásame esa botella, Jamie! ¡Y déjate de recitar
esa
poesía morbosa! ¡No la quiero en mi casa!
Jamie
empuja la botella hacia él. Tyrone se sirve sin desarreglar el traje de novia
que
sostiene
cuidadosamente sobre el otro brazo y sus rodillas, y vuelve a empujar la
botella
hacia
su hijo. Jamie se sirve y le pasa la botella a Edmund, quien se sirve a su vez.
Tyrone
alza su vaso y sus hijos lo imitan mecánicamente, pero, antes de que puedan
beber,
habla Mary y ellos dejan lentamente sus vasos sobre la mesa, olvidándolos.
MARY.
(Mirando
con aire soñador el vacío. Su rostro parece exageradamente juvenil e
inocente.
En sus labios se advierte una sonrisa confiada y tímidamente ansiosa cuando se
habla
a sí misma.) Conversaré con la Madre Elizabeth. ¡Es tan dulce y buena…! Una
santa
terrenal.
La quiero entrañablemente. Será un pecado, pero la quiero más que a mi propia
madre.
Porque siempre comprende incluso antes de que se le diga una sola palabra. Sus
bondadosos
ojos azules llegan al corazón. No se le puede ocultar ningún secreto. No se la
puede
engañar, aunque se cometiera la ruindad de intentarlo. (Menea la cabeza con
leve
rebeldía
y dice, con despecho de muchacha:) Con todo, creo que esta vez no fue tan
comprensiva.
Le confesé que quería ser monja. Le dije qué segura estaba de mi vocación y
que
le había rezado a la Santa Virgen para asegurarme más y creerme digna. Le dije
a la
Madre
que yo había tenido una visión auténtica al rezar en el santuario de Nuestra
Señora de
Lourdes,
en la islita del lago. Y que noté, con la misma certeza como que estaba hincada
allí,
que
la Santa Virgen me había sonreído y bendecido con su consentimiento. Pero la
Madre
Elizabeth
me dijo que debía estar más segura aún y probar que no era mi imaginación. Y
agregó
que, si estaba tan convencida, no me importaría someterme a una prueba
volviendo a
casa
después de graduarme y viviendo como las demás muchachas, asistiendo a fiestas
y
bailes
y divirtiéndome; y que, si al cabo de un par de años me sentía segura aún,
podría volver
a
verla y hablaríamos nuevamente del asunto. (Menea la cabeza, con indignación.)
¡Nunca
imaginé
que la Santa Madre me daría semejante consejo! Contesté, naturalmente, que
haría lo que ella me sugiriera, pero sabía que eso era simplemente perder el
tiempo. Al alejarme de
ella
me sentí muy desorientada y fui al santuario y le recé a la Santa Virgen, y
volví a
encontrar
la paz porque adiviné que había oído mi plegaria y me amaría siempre y cuidaría
de
que
yo no sufriera daño alguno mientras no perdiese mi fe en ella. (Hace una pausa
y en su
semblante
se advierte un creciente malestar. Se pasa la mano por la frente como si
apartara
de
su cerebro unas telarañas y dice, con aire vacilante.) Eso ocurrió en el
invierno de mi
último
curso. Luego, en la primavera, me sucedió algo. Sí, lo recuerdo. Me enamoré de
James Tyrone y fui tan feliz durante algún tiempo…
Contempla
fijamente el vacío en melancólica ensoñación. Tyrone se mueve en su silla.
Edmund
y Jamie permanecen inmóviles.
Telón