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jueves, abril 16, 2015

INOCENTE... PARA SIEMPRE JESÚS GONZÁLEZ DÁVILA









Inocente para siempre

De Jesús González Dávila


La infancia bajo el peso del silencio

En Inocente para siempre, Jesús González Dávila nos encierra en un comedor de muebles pesados y televisores rotos para mostrarnos una realidad mucho más asfixiante. Esta es una pieza breve, quirúrgica y profundamente perturbadora que exige al lector un estado de alerta constante.

La corrupción del lenguaje y el cuerpo

La obra disecciona, con una economía de palabras aterradora, el proceso de manipulación. El Plomero utiliza la metáfora de la "herramienta" para invadir el espacio físico y mental del Nene, transformando un objeto de trabajo en un instrumento de abuso. Aquí, el lenguaje no sirve para comunicar, sino para cercar a la víctima en una supuesta "educación" sobre la masculinidad que no es más que una trampa.

La doble violencia: El abuso y el estigma

Lo que vuelve a esta obra verdaderamente sobrecogedora es el cierre. El Papá no entra a escena como una figura de protección, sino como un segundo verdugo. Su reacción ante la vulnerabilidad de su hijo no es el consuelo, sino la amenaza de muerte. La pistola en la boca del niño es la culminación de un sistema donde la inocencia es sacrificada en el altar del "machismo" más tóxico. Para el padre, el honor de la hombría vale más que la integridad del hijo.

Una advertencia para el lector

Se debe leer este texto con reservas. No es una obra para el entretenimiento ligero; es un documento sobre el desamparo. El título mismo, Inocente para siempre, deja de ser una promesa de pureza para convertirse en una condena: el niño queda atrapado, "congelado" en ese trauma, bajo la sombra de un padre que prefiere un hijo muerto a un hijo "maricón".


Esta obra de González Dávila sigue siendo, lamentablemente, de una vigencia brutal. Es ese tipo de teatro que nos obliga a "cuidar a los menores" no solo de los extraños, sino de los prejuicios que habitan dentro de la propia casa.



 INOCENTE... PARA SIEMPRE

 JESÚS GONZÁLEZ DÁVILA

 

Personajes

EL NENE, de nueve años.

EL PLOMERO, de veinte años.

EL PAPÁ, de treinta y cinco años.

 

(Por la tarde, en el comedor de la casa. Muebles pesados, de madera tallada; sobre uno de ellos destaca un viejo televisor descompuesto.

Junto al aparato, el NENE juega. Imita a un narrador televisivo que describe el vuelo de una nave espacial. De pronto, ocurre un desperfecto en la nave de plástico. Luego de dictar órdenes de emergencia, que resultan inútiles, los tripulantes se lanzan fuera de la nave y despliegan insólitos paracaídas. En un momento dado el NENE interrumpe su juego, descubre una caja de metal en el rincón; levanta la tapa y curiosea en su interior. De la cocina llega el PLOMERO.

Se miran en silencio.)

 

PLOMERO: (Sonríe.) Hola. (Pausa.)

NENE: ¿Tú eres el nuevo plomero...?

PLOMERO: Y tú eres el nene de la casa.

NENE: No. No soy nene. Ya soy más grande que antes. Aunque todavía no cumpla los... (Cuenta sus dedos.)

PLOMERO: Busco mi caja de herramientas, ¿no la viste?

NENE: ¿Es ésta...? No sabía que era tuya. Cuánto cargas aquí, ¿para qué quieres tanto fierro?

PLOMERO: (Saca alguna herramienta.) Para componer lo que se descompone. Para apretar lo que se afloja. Y para hacer cosas nuevas también. (Acaricia la herramienta.) Muchas cosas. (Se sienta sobre la caja.) El cuerpo también es como une herramienta, ¿no te han dicho?

NENE: A poco el cuerpo es como un desarmador...

PLOMERO: Más o menos, algo así. Una herramienta que debemos usar bien; que debemos cuidar.

NENE: ¿Sí? (Se sienta en sus rodillas.) ¿La gente es como una cosa de éstas?

PLOMERO: Cada cuerpo es una herramienta distinta. Aunque la de los hombres es de una forma, y la de las niñas de otra; más suavecita, más delicada, que se debe cuidar para que no se lastime.

NENE: Eso sí... Cuando mamá vivía con nosotros, así le decía a mi papá: no me lastimes, por favor, no me lastimes... Me acuerdo.

PLOMERO: Porque la herramienta del hombre es dura, es fuerte. Hay que conocerla bien, y cuidarla.

NENE: Así que... todos tenemos herramienta...

PLOMERO: Sí.

NENE: No, yo no. (Pausa.) Yo no soy plomero.

PLOMERO: Sí. Aquí la tienes, entre las piernas. (Pausa.) Pero, como estás tiernito, pues es chiquita todavía.

(Un silencio.)

NENE: ¿Cuando sea grande... me va a crecer?

PLOMERO: Ajá, claro que sí. (Mete su mano entre las piernas del NENE.) Según vas creciendo, también te va creciendo la herramienta.

(Un silencio.)

NENE: NENE: ¿Y a ti ...? Ya te creció...

PLOMERO: Sí, nene. Ya me creció... (Pausa.) Tócale aquí. (Pausa.) ¿Sientes?

NENE: (Apenas.) ...no.

PLOMERO: La herramienta nos crece y se pone fuerte, para que no se nos olvide que somos hombres. Toca. (Pausa.) ¿Sientes cómo va poniéndose dura? ¿Sientes cómo va creciéndome entre las piernas?

NENE: (Apenas.) ... sí.

PLOMERO: Toca. Tócale así. (El NENE obedece.) Es bueno conocer la herramienta; así será la tuya después. (Pausa.) Apretando un poquito, así. Acércate más. Ándale. (El NENE está de rodillas, con sus manos en la bragueta del Plomero.) Así, nene. Con tus manitas; suavecito, así.

(De repente, se oye un ruido fuera de escena. El PLOMERO se retira y se cierra la bragueta precipitadamente. Entra el PAPÁ.)

PAPÁ: (Al PLOMERO.) Y usted, ¿qué? ¿No que ya se iba?

PLOMERO: ¡No, señor! Digo... ¡Sí, señor!

PAPÁ: ¿Entonces, qué espera?

PLOMERO: Es que, no encontraba mi... caja de herramientas.

PAPÁ: Y qué, ¿no es ésa?

PLOMERO: No, señor... Digo, sí. Ésta es.

PAPÁ: ¿Qué pasa con usted, amigo...?

PLOMERO: Nada, señor... Es que, como el nene la traía jugando, yo... Pero, ya me iba, señor... Quiero decir, ya me voy. Digo, con su permiso.

(El PLOMERO sale de escena. El PAPÁ observa al NENE, quien permanece en el piso, jugando con su dedo en la boca. Luego va al mueble del comedor y saca del cajón un revólver. Llega hasta el NENE y le mete en la boca el cañón de la pistola.)

PAPÁ: ¡Óyeme bien, cabrón; porque solamente te lo voy a decir una vez! ¡El día que yo sepa que un hijo mío es puto, le pego un balazo! ¿Entendiste, gallina? ¡Si tengo un hijo maricón, lo mato!

OSCURO