Jardín de Pulpos
ARÍSTIDES
VARGAS
¿Es posible recuperar la
identidad cuando el pasado se ha vuelto un lienzo en blanco? En el
universo poético y fragmentado de "Jardín de Pulpos",
asistimos a una de las obras cumbre del dramaturgo
argentino-ecuatoriano Arístides Vargas.
A través de la primera
escena, somos testigos del encuentro entre José, un hombre despojado
de sus recuerdos, y Antonia, una mujer de carácter inquieto y
enigmático que se convierte en su guía en una playa desolada. Vargas nos
teje, con un lenguaje lleno de metáforas y humor agridulce, una trama
donde los sueños son la única vía para reconstruir la historia personal y
colectiva se encuentran en este "lugar sagrado" donde la
locura, el olvido y la necesidad de recordar se encuentran a la orilla del
mar.
Imagen para
el Blog
ESCENA I
La luz se
prende sobre José y Antonia, que están de pie sobre el proscenio mirando al mar
situado en
la platea. Antonia tiene un aspecto aniñado; lleva una bolsa donde guarda
objetos que
encuentra en la playa; su carácter es impredecible y muy inquieto. José viste
un
traje
crema, gastado por el uso; de su mano pende una jaula celeste en la que hay una
serie
de objetos
que utilizará a lo largo de la representación.
En la
penumbra se pueden ver una mesa y un banco donde están sentados otros
personajes.
Toda la
escena está poblada por personajes allegados a José, en actitud estática; sólo
cuando José
sueña, éstos entrarán en acción.
ANTONIA:
¡Bueno, éste es el lugar!
JOSÉ:
¿Cómo?
ANTONIA:
Que éste es el lugar.
JOSÉ: ¡Ah!
ANTONIA:
Además de desmemoriado, sordo.
JOSÉ: ¿Qué
dijiste?
ANTONIA:
¿Yo?
JOSÉ: Sí,
tú.
ANTONIA:
Nada...es decir...nada.
JOSÉ:
Bueno, ¿qué hay que hacer?
ANTONIA:
Peinarse un poco y arreglarse la ropa para no dar lugar a que hable la
parentela.
JOSÉ:
¿Crees que vendrán?
ANTONIA:
¡Claro! A este lugar siempre vienen.
JOSÉ: ¿Y si
me da miedo?
ANTONIA:
Oriné antes de encontrarse con ellos. Alivia, ¿sabe?
JOSÉ: ¿El
miedo?
ANTONIA:
No, las ganas de orinar.
JOSÉ: Te
ríes de mí, Antonia.
ANTONIA:
No, don José, es que usted hace cada pregunta...
JOSÉ: Con
esta cabeza, ¿qué quieres que haga?
ANTONIA:
Eso también es verdad, pero no se ponga así. Mire, mi amigo
Cachim
decía: "Mientras menos en la cabeza, más en los bolsillos."
Lamentablemente,
usted no tiene nada en ninguno de los dos.
JOSÉ: ¿Y
eso es malo?
ANTONIA:
¿Qué?
JOSÉ: No
tener nada en los bolsillos.
ANTONIA:
Malo, malo, no es; uno no se hace pobre por maldad, sino por
falta de
monetario.
JOSÉ: ¿Y
eso qué es?
ANTONIA:
¿No digo...? ¡Éste hace cada pregunta...! Monetario es la
gasolina
que echa a andar la codicia y el mundo.
JOSÉ: Y la
codicia, ¿qué es?
ANTONIA: No
sé, no la conozco.
JOSÉ: Y el
mundo, ¿qué es?
ANTONIA: El
mundo es... un círculo... lleno de cuadrados.
JOSÉ: ¡Ah!
¿Crees que vendrán?
ANTONIA:
¿Qué cree, que lo he traído aquí de gana?
JOSÉ: No,
pero como es un poco...
ANTONIA: Un
poco, ¿qué?
JOSÉ: Nada.
ANTONIA:
¡Vamos, dígalo!
JOSÉ: Yo no
quería decir...
ANTONIA:
Pero lo dijo.
JOSÉ:
¡Olvídalo!
ANTONIA: Es
fácil emitir juicios temerarios y luego echarse atrás.
JOSÉ: No he
dicho nada; no te lo tomes así.
ANTONIA: Me
lo tomo como me da la gana, y punto y aparte. Usted fue el que
vino a mí
con eso de que perdió la memoria y que quería encontrarla
a como
diera lugar. ¿O no fue así?
JOSÉ: Así
fue.
ANTONIA:
Entonces, ¿qué insinúa usted? Y si no confía en mí, ahora
mismo
cortamos relaciones y a otra cosa. Que plata no gano con esto,
y si le
ayudo es por meter las narices donde no me llaman; que una
vez
metidas, algo se saca...¿ no es cierto?
JOSÉ:
Confío en ti. No sé por qué, pero confío en ti.
ANTONIA:
Porque no tiene en quién más confiar.
JOSÉ:
Pero...
ANTONIA:
No, no; desconfíe si tiene ganas, que es propio de los hombres
entregar el
dedo gordo antes que el corazón; luego se confía en un
pie y se
desconfía del sentimiento.
JOSÉ:
Antonia...
ANTONIA:
¡No se me acerque! Guardemos las distancias, por favor.
JOSÉ: Pero
si no te voy a hacer nada...
ANTONIA:
Por si las dudas... usted allí y yo aquí, y punto. ¿ Qué se cree,
que porque
ha perdido la memoria me va a venir a mí...? Que la calle
está llena
de gente que no sabe ni cómo se llama... Vaya usted a un
loquero,
que para eso están: le dan unas pepas de azufre, lo amarran
a la cama,
le meten electricidad, y a los tres días se acuerda usted
hasta de la
madre que lo parió; o si no, lo cogen entre cinco
enfermeros
y le meten tremenda pateadura: eso se llama terapia de
grupo. ¡Si
lo sabré yo! Mire, ¿ve esta marca? Es de la última terapia
que me
hicieron esos que no... que no... Al principio duele; luego ya
no, porque
avanzo sola, en solitario, junto a otras también solas.
Algunas
visten de obreras, otras son prostitutas, muchas llevan un
gato entre
las piernas que maúlla, ¡miau!; estamos todas en un
pabellón
sin remedio. La locura es humana, y nada que sea humano
tiene
solución en este pabellón gris y sin remedio...¿ Dónde
estábamos?
JOSÉ: En
que si vendrán los recuerdos.
ANTONIA:
¡Claro que vendrán! ¿Sabe por qué?
JOSÉ: No.
ANTONIA:
Porque éste es un lugar sagrado.
JOSÉ:
¿Sagrado?
ANTONIA:
Como baño público.
JOSÉ: ¿Qué?
ANTONIA:
Nada... que antes venía mucha gente a esta playa y era muy
bonito
verlos llegar; bailaban y cantaban, luego se dormían y
soñaban
todos un mismo sueño y ...
JOSÉ:
Cuenta sin temor, Antonia.
ANTONIA:
No.
JOSÉ: Todo
lo que tú me digas me ayuda.
ANTONIA:
No...no, no puedo.
JOSÉ:
¡Vamos!
ANTONIA:
No.
JOSÉ:
¿Quieres que te diga una cosa?
ANTONIA:
¿Qué?
JOSÉ: Yo
soy como tú.
ANTONIA:
No.
JOSÉ: Sí,
mira: tú tienes la cabeza llena de pájaros, y yo llena de
olvido.
ANTONIA:
Eso es bonito.
JOSÉ: ¿Ya
ves?
ANTONIA: Mi
amigo Cachim decía que los locos se reconocen en las
palabras.
JOSÉ: Así
es.
ANTONIA:
¡Bueno, le voy a contar!
JOSÉ:
Escucho.
ANTONIA:
Venía la gente y...¿Sabe, don José? A veces quisiera ser mala
y digo:
¡Qué mala que soy! Y al rato me olvido y ya no hay cómo ser
mala; sin
maldad no se vive en este mundo, en este círculo; y como
carezco de
maldad, enloquezco y babeo y la gente se ríe...
JOSÉ:
¡Antonia...!
ANTONIA: Y
yo enloquezco más, que es una manera de entristecer.
Entonces
veo pájaros que llevan relojes en los picos y digo:"Ha de
ser el
tiempo, que pasa." Entonces me quedo quieta y aparece usted.
JOSÉ: ...
que he perdido la memoria y te pregunto cómo se hace en
esta playa
para recuperarla.
ANTONIA: Y
yo respondo que soñando. Porque antes venía la gente de
todos lados
y todos soñaban el mismo sueño; así recuperaban el
pasado y a
todos los que en él vivieron.
JOSÉ: Y yo
pregunto, ¿qué son los sueños?
ANTONIA: Y
yo respondo que son el rayo infinito de la memoria.
JOSÉ: Y yo
pregunto, ¿por qué ya no viene gente a soñar?, ¿qué
pasó con
ellos?
ANTONIA: ¡Y
yo me callo!, porque usted es bien vivo y me está haciendo
hablar
cuando, en realidad, no quiero decir nada, nada de nada.
JOSÉ: ¡Tú
te ofreciste a ayudarme!
ANTONIA:
Pero ya no me ofrezco más, y punto. Mire, don José, no me
gusta venir
a este lugar, no me gusta recordar lo que aquí pasó.
(Se estira
el abrigo nerviosa.)
JOSÉ: Está
bien, pero tranquilízate.
ANTONIA:
¡Estoy tranquila!
JOSÉ:
Déjate el abrigo, Antonia, que lo vas a arrugar y no es bueno
pasar por
la vida toda arrugada.
ANTONIA:
¿Cierto, no? Y más cuando una no tiene quien le planche.
JOSÉ: Así
es.
ANTONIA:
¡El Lucas, mi novio, Dios mío! Me tengo que ir: si ve que no
llego, me
mata.
JOSÉ:
Antonia, ¿me vas a contar qué pasó en esta playa?
ANTONIA:
Otro día, don José, otro día; es que el Lucas me ha de estar
esperando.
JOSÉ:
¡Antonia!
ANTONIA: Y
ahora, ¿qué pasa?
JOSÉ: ¿Qué
tengo que hacer?
ANTONIA:
Quedarse quieto, dormir y soñar.
JOSÉ: ¿Nada
más?
ANTONIA:
¿Le parece poco?
JOSÉ: No...
ANTONIA:
¿Entonces?
JOSÉ: Nada,
Antonia.
ANTONIA:
¿Qué pasa?
JOSÉ: Nada,
nada.
ANTONIA:
Usted sólo sueñe, don José. Verá cómo empieza a recordar su
vida, a
recobrar los días perdidos... ¡Claro que ya no será lo mismo!
JOSÉ: ¿Por
qué?
ANTONIA:
Porque su vida ya no se compondrá de momentos vividos sino
soñados,
pero...¡algo es algo!
JOSÉ: Algo
es algo... He venido a este lugar siguiendo las
instrucciones
de Antonia y ahora, al mirar a mi alrededor, veo una
playa
vacía, una vastedad inconmensurable donde ocurrió algo
terrible
que Antonia no me quiso decir. ¡Qué hermoso y desolado el
paisaje,
qué inmenso y triste! Es como mi memoria. ¿Cuánta pena
cabe en el
pasado de un hombre? Tanta como pobreza en la mano de un mendigo. Ahora cerraré
los ojos y vendrá mi familia, cerraré los
ojos y
vendrá mi padre; cerraré los ojos para soñar.
ESCENA II
José toma
un pañuelo negro de su jaula y, cubriéndose el rostro, marca el paso de la
realidad al
sueño. Este primer bloque de sueños corrresponde a la infancia de José.
Los
personajes que están en la penumbra comienzan a moverse. El padre de José viste
como un
niño músico de banda de pueblo y se desplaza en una marcha de movimientos
rotos,
desgarrados, al compás de un violín que él mismo toca; poco a poco, abandona la
danza y
vuelve al estatismo. La madre está sentada junto a los muertos: Remigio, que
tiene un retablo en su estómago; Mercedes, que sostiene un huevo enorme entre
sus manos; y Alfredo, que tiene una sirena de mar sobre sus rodillas. José se
sitúa al lado de su madre, que balbucea lamentos.
(Cuando los
muertos "hablan", sólo gesticulan -sin emitir sonidos-.)
MADRE: ¿Por
qué, digo yo, por qué? ¿Por qué se fueron y me dejaron a mí solita? ¡Claro, los
señores se mueren y a mí que me parta un
rayo, no es
cierto? Es muy fácil morirse; lo difícil está en seguir respirando sin tener a
quien querer. ¿Dónde pongo yo todo este amor que les tengo, ah? Todos los días
tengo que arrojar a la basura los afectos que me sobran, y eso no está bien, no
señor, no está ...
REMIGIO:
¿Por qué?
MADRE:
¿Cómo que por qué?
REMIGIO:
¿Por qué tienes que arrojar afectos?
MADRE: Mira
que eres obtuso, Remigio; si de vivo eras bien tonto, de muerto te has
agravado. Se guarda plata, Remigio, no afectos. Los afectos son como gases: hay
que expulsarlos; si no, te pudren el organismo. Claro que para ti no vale el
ejemplo...
REMIGIO:
¿Por qué?
MADRE:
¿Cómo que por qué, Remigio, cómo que por qué? Porque tu organismo ya se pudrió
hace años, mucho antes de que te murieras, cuando te pegabas esas trancadas de
hornado. Es que, José...¡José, no te duermas, que el dormir es como morir un
poco; y peor en el cementerio, donde el sueño efímero se puede mezclar con el
sueño eterno.
JOSÉ NIÑO:
Mamá, ¿cómo murió mi tatarabuelo Remigio?
MADRE:
Comiendo hornado, mijito.
REMIGIO:
¡Mentira! ¡Mentira!
MADRE:
Aunque te revuelvas en la sepultura, así fue; y cállate, que hay otros que
mueren sin llevarse bocado a la boca y nada dicen. Tú, sin embargo, comías todo
lo que tenías a mano, y especialmente puercos: los propios y los ajenos. Mira,
Remigio, si los chanchos fueran gente, ya te habrían condenado a cadena
perpetua. Claro, que es más fácil que un hombre coma estiércol a que un chancho
use corbata.
JOSÉ NIÑO:
¡Mamá!
MADRE:
Perdona, hijito, perdona a tu madre; es que este Remigio me saca de quicio.
¡Pobre Remigio, y pensar que lo quise tanto!
REMIGIO:
¡No te creo!
MADRE: Pues
créeme, y aunque no lo creas da lo mismo, porque no tengo remedio. Todo lo que
no les dije de vivos, mal puedo decírselo ahora que ya no están. Sólo la lucha
por la felicidad nos redime del pecado de estar vivos. A veces quisiera morirme
un rato, un ratito nada más, como para ir de visita y darles un abrazo: ése que
guardé por miedo o por verguenza o por rencor...¡José!
JOSÉ NIÑO:
Sí, mamá.
MADRE:
Riega a los muertos para ver si florecen. José, quisiera decirte una cosa,
verás: tú, tú nunca te mueras; tú te quedas quietito y dejas que la muerte pase
con sus quebrantos y agonías pero que no te toque; tú te haces el tonto. ¡José,
hijito, al Remigio no le pongas mucha agua porque como comía tanto chancho, en
una de ésas le hace mal y se nos muere de nuevo el pobre! ¿Quién te mandó comer
tanto chancho, quién te mandó, digo yo?
Tú no viste
pero yo sí vi la de cosas que te salieron de la barriga cuando te abrieron.
(Remigio se abre el saco y en su barriga aparece un retablo). Es que estabas
estreñido -¡años sin ir al baño!-, y encima esa enfermedad -gula creo que se
llama-, enfermedad de pobres. En fin, que el día en que te abrieron salió de
todo: pescados, conchas, piñas, papayas; la cosa se puso rara cuando empezaron
a salir nubes, pájaros, flores, y un dedo. En tu desesperación por comer, te
habías merendado tu dedo índice, Remigio. ¡Eso fue el colmo, el colmo! En
fin... enfermedad de pobres. Lo último que salió fue un libro...
JOSÉ: ¿Un
libro?
MADRE: Sí,
mijito. Era la historia de este país carcomida por los jugos gástricos de
Remigio, tu tatarabuelo. Era la historia de un estómago hambriento que había
devorado su pasado, tal vez buscando una respuesta... ¡Pobre Remigio! Su mujer
era española. Cuando él murió, ella sólo atinó a
decir:"¡coño!"...Merceditas se llamaba, y murió a distancia.
MERCEDES:
¡Mercedes!
(Mercedes,
muerta, se echa al piso bruscamente; su
madre la
hace regresar al banco sin inmutarse, como si ambas
estuvieran
acostumbradas a esta rutina.)
MADRE:
Bueno, Mercedes. Yo te decía abuelita, ¿recuerdas?
MERCEDES:
Sí.
MADRE:
Después de la muerte de Remigio venías siempre al mar y te sentabas a mirar el
horizonte. Dejaste de hablar y de comer: sólo mirabas el horizonte; y aguzaste
tanto la vista que llegaste a ver España, sí España. Y más todavía, llegaste a
verte a ti misma sentada al otro lado del mundo, observando América. Al percatarte
de que alguien te había abandonado, te moriste. No era Remigio, no; eras tú
misma la que se había abandonado hacía mucho tiempo. Te volviste una sonámbula
y tus pies ya no dejaban huellas en la arena. ¡Pobre abuelita!... Yo te cuento
esto porque te quiero y porque los muertos no pueden contarse a sí mismos tanta
tristeza.
JOSÉ NIÑO:
¡Mamá!
MADRE:
José, tú nunca te mueras; por favor, nunca te mueras, nunca.
JOSÉ NIÑO:
Como usted mande, pero cálmese.
MADRE:
¡Claro, los señores se mueren y a una que le parta un rayo!
¡Hagan un
lugarcito, yo también quiero irme con ustedes; háganse para atrás, que hay
sitio para todos! ¡ Los del fondo, avancen un poquito, por favor, no me dejen
solita! (Intenta acostarse entre los muertos.)
JOSÉ NIÑO:
Mamá, ¿qué hace?
SIRENA:
¡Señora, cálmese!
MADRE:
¡Usted cállese! Yo no hablo con sirenas, y menos con sus espíritus. Hable usted
con delfines y cangrejos sobre temas que le incumban.... Es que, mira, José,
esta sirena era cuñada de Remigio, concubina de Alfredo, que era hermano de
Remigio; este Alfredo... este Alfredo era un tiro al aire, un chalado a tiempo
completo... Es que era artista de variedades (Riéndose.), ¿puedes creer que
todos sus números tenían que ver con la fauna marina? Que si los peces
cantores, que si las algas encantadas, que si las pirañas danzarinas...
Para él, el
mar era un gran escenario espectral y húmedo. Un día llegó con una sirena y
hacían un número donde bailaban pasacalles;
bailaban
bien bonito, y la sirena era igualita a una sirena -si apestaba tanto que había
que taparse la nariz para verlos-. Hasta que la tal sirena murió, y Alfredo iba
y venía con la sirena muerta. Pasó el tiempo y Alfredo no dejaba el cuerpo de
la sirena; le nacieron agallas y escamas: entonces, una noche se metió al mar y
nunca más volvió porque no aceptaba ser sireno sin sirena...¿ José? Ya se
durmió.
Pobre José,
tus antepasados fueron un sireno sin sirena, una sonámbula lejana y triste, y
un antropófago. ¡José, despiértate!
JOSÉ NIÑO:
Sí, mamá.
MADRE:
Riega a los muertos para ver si florecen. (José toma la regadera y riega a su
madre.) Tu otro tatarabuelo se llama Guamán...
Te
preguntarás por qué no está aquí: porque todavía no muere. La que sí murió fue
tu tía Regina: era bien novelera, de Ambato, que es cuna de grandes novelistas
y grandes noveleras. Era la verguenza de la familia, tu tía, y te tenía a mal
traer - si me parece escucharla todavía llamándote: ¡Joséeee, Joséeee...!-.
ESCENA III
José
observa como si estuviera detrás de una duna. Aparece su tía, con un terno de
baño a la moda de los cincuenta; está acompañada de un militar que se mueve
como un payaso: es la sombra de la tía, que golpea una cachiporra produciendo
un ruido descomunal.
TÍA:
¡Joséeeeee! ¡Joseítoooo! ¡Joséeee! Ven, cariño, que tu tía está triste... Ven,
tontito, que no te voy a hacer nada -aunque ganas no me faltan-. Mira lo que te
trajo tu tía: una corbatita para su sobrino más amado. Chiquito mío, ¿de quién
es esa carita, ah?, ¿de quién es esa boquita, ah? Adivina de qué es la
corbatita.
JOSÉ: ¡De
tela! (El militar lo golpea.)
TÍA: ¡De
tela, de tela! No, tontito mío, - qué anticuado que es el pobre -. No es de
tela: ¡goma espuma, el material de moda! Es que yo vivo intensamente la
modernidad. Hay que vivir la vida sin preguntarse para qué; preguntarse es
antiguo, José. Por fin esta vida
provinciana
y vacía ha sido absorbida por la goma espuma invisible de la modernidad. Cuando
no hay preguntas no hay respuestas, y el cuerpo queda librado al deseo
irrefrenable de los impulsos primarios.
¿Comprendes?
No, ¡qué vas a comprender si todavía no sales del feudalismo infantil! Ven, que
te pongo la corbatita. (El militar arrastra a José hasta la tía.) ¡Huy qué
crecidito que estás, Josè! ¡Huy pero qué velloso! Tanta castidad, tanta pureza
es imposible disfrutarla sin corromperla... Las edades son como casas, y ya es
hora de que te mudes al cuerpo de un hombre. Deja que tu tía te ayude en la
mudanza... (José intenta acariciarla y el militar lo golpea con violencia.) ¡No
me toques! Ponme crema aquí y no te metas al mar que no quiero que te resfríes.
¡Pobre niño! Ha de ser tortuoso venir al mar sólo para mirarlo, pero es bueno
que sufran de niños; que no todo en la vida son rosas, más bien todo son
espinas; que, aunque no lo digan, bien que se padece. Si no, mírame a mí; ¿por
qué crees que me atosigo con dulces, porque me gustan? Sólo intento endulzar mi
existencia, que desde que me separé de tu tío Pedro vivir ya no es vivir, como
dice la canción... Estoy haciendo de la soledad mi pasatiempo más preciado; es
terrible sentirse abandonada porque el tiempo hace escarnio del abandono...
Pero, ¡qué importa! La tristeza es un sentimiento del siglo pasado. De alguna
manera hay que llenar el vacío interior -porque el exterior ya lo tengo bien
llenito-. (Se ríe y corre por la playa, seguida por el militar.) Hay que vivir
con la modernidad, José. La modernidad es como esta crema; tú te la colocas y
todo te resbala: te resbalan los años, te resbala el deterioro, te resbalan los
problemas, te vuelves impermeable al otro, nada te contamina, respiras en tu
propio pellejo.
¡Ay, José,
cierra la boca, ni que te fuera a caer encima -aunque no es mala idea-! ¿Sabes
bailar?... Tu tía te va a enseñar. ¡Bailar vertical
es como
hacer el amor horizontal! Tu cuerpo debe moverse con brío y curiosidad, brío y
curiosidad! ¡Ay, José, tienes una cara de monaguillo inapetente! ¡Cambia el
rictus, querido, que no me estimulas para nada! José, Joseíto, ¿sabes qué
quisiera? ¡Lanzarme en tu cuerpo y nadar! (José comienza a comerse la corbata.)
Es que este Sol tan ecuatorial hace sentir unos calores... ¡Cae tan vertical
que te quema al penetrarte -el Sol, tontito mío, el Sol -! Pero... ¡te has
comido la corbata! ¡Ay, José, no se te puede regalar nada moderno, que te lo
comes! También te comiste la carpeta de plástico que te di el mes pasado,
¿verdad? ¡Habla! (El militar lo golpea.)
JOSÉ NIÑO:
Sí, tía.
TÍA: ¡Huy
qué voz más rica que tiene el virguito! A ver, dime, ¿por qué te comes la
corbata?
JOSÉ:
Porque es un sueño y no puedo controlar mis movimientos.
TÍA: Mejor,
tontito mío, descontrólate.
JOSÉ: Pero
es un sueño, tía.
TÍA: Y a
mí, ¿también me comes en tu sueño?
JOSÉ: No,
tía.
TÍA: Y
entonces, ¿qué hago?
JOSÉ: Nada,
está sentada y me habla.
TÍA: ¡Qué
aburrimiento! ¿Por qué no me haces cosas en tu sueño?
JOSÉ: Es
que es de sal.
TÍA:
¿Quién?
JOSÉ:
Usted.
TÍA: ¿Yo?
JOSÉ: Sí,
una mujer tan blanca que parece de sal, y...
TÍA: ¿Y?
JOSÉ: Y
yo...
TÍA: ¿Y tú
qué?
JOSÉ: Y
yo...
TÍA: ¡Me
tocas!
JOSÉ: ¡Sí!
TÍA: ¿Aquí,
en mi pecho?
JOSÉ: Sí.
TÍA:
¡Así... tócame! ¿Es un sueño, no?
JOSÉ: ¿Sí?
TÍA: Sí.
(José la toca.) ¿Ves? Lamentablemente no soy de sal; soy de carne: expuesta a
los años, al tiempo, a la caducidad,
carne
expuesta al olvido... ¡Saca tus pequeñas y sucias manos de mi cuerpo! (El
militar golpea salvajemente a José.) ¡Gnomo depravado! ¡Enano pervertido! No es
de niños decentes pasar de la teta de la madre a la teta de la tía; pareces tu
tío Pedro: esa morbosidad, esa falta de recato ha de viajar por los genes de la
familia. Eres su vivo retrato -si parece que estoy viendo al condenado
recorriendo mi cuerpo y diciendo: "mi esposa de lujo", y yo: "mi
esposo cinco estrellas", y él: "mi esposa con vista al mar"-...
Esa manía tan
nuestra de
confundir nuestros fracasos con hoteles. Perdona, José, pero quiero tanto a tu
tío Pedro, que no soporto otras manos en mi cuerpo; este amor tan anticuado no
me permite vivir plenamente la modernidad... Pedro es como un árbol japonés, de
ésos que tienen tronco de árbol, ramas de árbol, textura y contextura de árbol;
el único problema es que son enanos, muy enanos. ¡Mi pobre hombre Pedro, mi
hombre pequeño...! -¿Cómo se puede querer de esta manera a un enano-.
JOSÉ: Tía,
¿puedo nadar con usted?
TÍA: No,
porque te puedes resfriar; además el mar no es para los niños.
JOSÉ: ¿Cómo
supo que la tocaba?
TÍA: Porque
estoy en tu sueño, tontito mío, yo estoy en tus sueños.
JOSÉ: (Mira
alejarse a su tía y recita como un niño.) Mi tía es gorda y hermosa como una
goma de borrar. No es buena ni mala; sólo que su hermosura me hace daño. Nunca
sé qué edad tiene mi tía sin tiempo. Mi tía se compone de momentos; vive sólo
cuando sueño con ella. Luego muere como el abuelo Remigio y nunca más aparece.
ESCENA IV
La tía
desaparece. El padre, que se ha mantenido en escena desde el primer sueño,
acciona y se lleva a José hacia el fondo, marcando al mismo tiempo la entrada
de la esposa de José y su hijo. José los desconoce. El padre danza; la esposa y
el hijo ejecutan una serie de acciones de despedida. José mira angustiado a
estos dos desconocidos.
ESPOSA:
(Mientras plancha la ropa con la que está vestido el hijo.)
Cuando un
hijo se va a la guerra debe llevar una flor y un fiambre para la mitad del
camino, porque allí le puede dar hambre o se puede enamorar. Vete por el camino
viejo y no regreses a ver, porque me verás con el alma pegada al paladar,
pegada de terror por lo que te puede pasar. No te la pases pensando todo el
día, porque eso te quitará la fuerza necesaria. Cuídate de las mujeres que
quieren
caminar del
brazo de una reputación y no del brazo de un hombre.
Cuídate del
poder y de la arrogancia de los que creen tener la verdad. Mete la música en la
valija y ábrela cuando sea justo y necesario; y si es así podrás cambiar tus
métodos, mas no la esencia de tus actos, que sólo han de cambiar cuando cambies
lo injusto y elimines lo innecesario. Hazle caso a la tierra cuando te llame,
al corazón cuando te llame, al olvido cuando te llame y te lleve, y nunca más
te devuelva.( El hijo coge la maleta y se sitúa en otro lugar del escenario; la
abre y se escucha un tema de Violeta Parra. Lo matan y él sostiene la caída,
como suspendiendo su propia imagen en movimiento; luego se desploma con
violencia. La esposa de José marca la silueta del cuerpo en el piso.) Teníamos
una idea, una gran idea común. Estábamos más allá de las entrañas y de la
sangre, de los años y de las modas; estábamos en la idea, en la gran idea
común.
Ahora que
el tiempo ha pasado entristezco cuando la gente dice: "¿qué habrá sido de
aquel joven, el de la música en la valija?, ¿qué
habrá sido
de aquellos jóvenes, de aquellos tiempos, de aquellas ideas, de aquellas
grandes ideas en común?
La esposa,
desesperada, comienza a deambular por el espacio con la plancha en la mano; es
seguida por el padre, que toca el violín con movimientos rotos. José intenta
despertar. La escena se desvanece con la entrada de Antonia. Quedan solos José
y Antonia.
ESCENA V
ANTONIA:
¡Bienvenido al mundo de los vivos: aquí todo se compra y todo se vende, y lo
que no se vende se arrienda! ¿Hizo lo que le aconsejé? ¿Soñó?
JOSÉ: Sí.
ANTONIA:
¿Con quién?
JOSÉ: Con
un niño... bueno, un niño que es mi padre y que era violinista en una banda de
pueblo, en Pumamarca, un pueblo de la Sierra.
ANTONIA: Yo
tengo un amigo serrano.
JOSÉ: ¿De
Pumamarca?
ANTONIA:
No, de apellido Serrano.
JOSÉ:
¿Cómo?
ANTONIA:
Nada, nada... ¿Y que más soñó?
JOSÉ: Con
mi madre y mi tía, y con un hombre joven y una mujer; pero ellos no sé quiénes
son: están en la penumbra. Él lleva su
música en
la valija como si llevara una idea; ella le cuida y, por momentos, le asfixia y
le habla sin tregua, y se desvanece. Entonces él muere y muere muchas veces...
¿O no muere? Lo matan y todavía lo están matando.
ANTONIA:
Don José, no entendí nada pero lo importante es que ya reconoce a sus
parientes.
JOSÉ: Están
muertos.
ANTONIA:
¿Quiénes?
JOSÉ:
Ellos.
ANTONIA:
¿Soñó eso?
JOSÉ: Sí...
bueno, no. Algunos de ellos.
ANTONIA: No
especulemos, no especulemos...
JOSÉ:
Tienes razón. ¿Sabes? He comenzado a recordar y te lo debo a ti.
ANTONIA:
Cachim decía que las cuentas de la amistad se anotan en el agua, es decir, que
no se deben porque no se pueden pagar, y menos cobrar.
JOSÉ: ¿Cómo
pude olvidar a esas personas tan queridas? El tiempo vuelve perfectas las cosas
más viles. A la distancia aprendemos a
comprender
y nos volvemos tolerantes.
ANTONIA:
Porque lo vivido no tiene remedio y los difuntos son más tolerables.
JOSÉ:
¿Cómo?
ANTONIA:
Nada... nada. En fin, que un sueño vale más que una realidad porque es una
realidad por venir, y si es porvenir puede subvertir y divertir porque no se
puede subvertir sin divertir, ni dar a luz sin parir. ¿Qué le pareció mi
discurir? Ríase, don José; es bueno reírse.
Don José
mire... antes todos se reían de mí, hasta que empecé a reírme de mí misma;
entonces las risas se fueron apagando; no sé si por compasión o por
verguenza... La gente acepta a los demás cuando los demás se aceptan a sí
mismos. En mi caso no me queda
otra
opción.
JOSÉ: Eres
ingeniosa, Antonia.
ANTONIA:
¿Cómo dijo? (Saca una pelota de la bolsa.)
JOSÉ: Que
eres ingeniosa.
ANTONIA:
Eso ya lo sé, la otra palabra. (Se pone un bigote y se sube a un banquito con
un balón en la mano, en actitud viril.)
JOSÉ:
¿Antonia?
ANTONIA:
¡Antonio, por favor, Antonio! He decidido cambiarme de sexo. Sí, ahora soy todo
un hombre y si tengo ganas de llorar, me aguanto hasta llegar a mi casa porque
los hombres no lloramos en público; lo hacemos a solas con nuestra mamacita,
que es la única mujer que no nos ha de traicionar, ¡chan, chan!
JOSÉ: ¿Y
qué hiciste con Antonia?
ANTONIA:
Bueno, era una mujer, una hembra, con la cual conviví hasta esta mañana en que
decidí que me crecieran bigotes y... lo otro, o sea, ahí una cosa, un aparato,
esa especie de yapa que distingue a los géneros, una tilde. ¡Eso es: ahora
tengo una tilde! ¡En fin, la maté: era una perdida, lloraba por cualquier cosa,
amaba y se estremecía con vehemencia; una mujer inaudita! La maté a tiempo,
antes de que se suicidara. Lo que pasa es que estaba enamorada: no era una
mujer sino una postal de novios, sin novio y sin te quiero porque era
analfabeta.
JOSÉ:
¡Pobre Antonia, todo te queda grande o demasiado pequeño!
ANTONIA: Yo
nunca debí enamorarme.
JOSÉ: Lucas
te dejó de querer...
ANTONIA:
Nunca me quiso.
JOSÉ: Pero
algo debió de hacerte...
ANTONIA:
Abusó de mí.
JOSÉ: ¿Te
deshonró?
ANTONIA:
Abusó de mi derecho a quedarme sola.
JOSÉ: ¿Cómo
es eso, Antonia?
ANTONIA:
Verá, la vida pasa pero pocos pasan por la vida. La gente come, duerme, tiene
hijos y muere; como las vacas, que pacen y rumian la existencia ignorando la
felicidad.
JOSÉ: ¿Y?
ANTONIA: ¿Y
qué?
JOSÉ:
¿Dónde está el abuso?
ANTONIA: En
que no tenemos derecho a violar la ignorancia afectiva de los demás.
JOSÉ: O
sea, que antes eras feliz como una vaca.
ANTONIA:
(Asumiendo la actitud de hombre.)
Sí, ¿y qué?
Lo dice la Constitución.
JOSÉ: ¿Qué?
ANTONIA: Mi
derecho acaba cuando comienza el de los demás.
JOSÉ:
Muchos no leen la Constitucción.
ANTONIA:
Porque es aburrida y hay que reformarla.
JOSÉ: No se
pueden reformar leyes por aburrimiento.
ANTONIA:
¿Por qué no?
JOSÉ:
Porque no, Antonia, porque no.
ANTONIA: O
sea, que los señores dictan leyes con el firme propósito de aburrir a la gente;
y la gente tiene que tragarse esos mamotretos sin decir ni mu, ¿bonito, no?
JOSÉ: Si la
gente no habla es porque está cansada.
ANTONIA:
¡Aburrida, don José, a-bu-rri-da! He ahí un primer punto para añadir a la
Constitución.
JOSÉ:
¿Cuál?
ANTONIA:
Todo ciudadano tiene derecho a quedarse callado si lo que va a decir es una
estupidez.
JOSÉ: ¡Qué
loca, Dios mío!
ANTONIA:
Acaba de violar la ley anterior. Todo ciudadano tiene derecho a extinguirse en
su propio jugo, es decir, a llorar hasta desaparecer. ¿Qué le parece?
JOSÉ:
¡Bien!
ANTONIA:
Todo ciudadano tiene derecho a beberse el agua de las macetas, y a marchitarse
si le da la gana. ¿Qué tal?
JOSÉ:
Parecido al anterior.
ANTONIA: Y
este otro: Todo ciudadano se tornará música dolorosa para sobrellevar la pesada
carga de ser parte de un concierto de ciudadanos desconcertados. (Pausa.) Todo
ciudadano será ciudadana.
JOSÉ: ¿Por
qué, Antonia?
ANTONIA:
(Recobrando su personalidad femenina.)
Porque las
ciudades son hembras y tienen miedo y bajan la guardia y se sienten cansadas y
desayunan soledad con café, sin pan; soledad sin mantequilla. ¡Pura soledad sin
leche!
JOSÉ: ¡Otra
vez Lucas!
ANTONIA:
Sí.
JOSÉ:
¿Tanto daño te hizo?
ANTONIA: Me
quitó el derecho a ser una infeliz... Ser loca es como optar a un cargo
público; claro que yo no opté, me lo dieron no más. Cuando nací dijeron:
"en este pueblo necesitamos una loca." Y la suerte me tocó a mí. Y
cuando ya me estaba acostumbrando al cargo, viene ese hombre y lo echa todo a
perder. Me voy.
JOSÉ: ¿No
me vas a contar lo que sabes?
ANTONIA:
¿De qué?
JOSÉ: De
este lugar, de lo que aquí pasó.
ANTONIA:
Otro día... otro día. ¿No ve que la tarde está cayendo? Yo no voy a ser quien
la levante.
JOSÉ: Es la
mañana, Antonia.
ANTONIA: La
mañana es una tarde al revés, una tarde que todavía no amanece. ¿El amor es muy
grande o es que yo soy muy pequeña?
JOSÉ: No lo
sé... Si puedo soñaré contigo.
ANTONIA:
Gracias, don José, pero suéñeme de otra manera porque ha de ser aburrido
soñarme como soy.
(Sale.)
JOSÉ: ¡
Pobre Antonia, todo le queda grande o demasiado chiquito! Es decir, que el amor
es como el terno de un payaso: si te lo pones, se ríen de ti o te abofetean,
como mi tía Regina, la de los sueños...
Yo tenía
doce años, la edad del amor y de las bofetadas; quise tocarla porque me enamoré
de ella: a cambio recibí tremendas golpizas.
Empecé a
desconfiar del amor por temor a que me castigaran; doce años, la edad del amor
y de las bofetadas. En la escuela me enseñaron el amor a la patria; en el club
deportivo, el amor a la camiseta; los políticos decían amar a su pueblo; los
militares, a su uniforme. Y cuando yo pretendía hacer algo por amor, me abofeteaban.
Mi madre decía que nos golpeaban porque éramos pobres. Para ella, ser pobres
era como ser una piedra, un árbol, una montaña. No era un problema de dinero:
era una manera natural de ser arrojados al mundo -eso creía mi madre-. Mi padre
no. Él decía que nos golpeaban porque éramos pendejos, sumisos hasta decir
basta. Entonces mi madre se enfadaba y él se reía; luego entristecía, como
aquella vez en que mataron... a ese hombre, el de la música en la valija.
¿Quién era? ¿Quiénes eran ellos? ¿Qué mano borró de mi cabeza los recuerdos más
crueles?
ESCENA VI
Se escucha
una música de organillo de carrusel. Se prende una luz sobre dos Antonias que
se mecen al ritmo de la música; una de ellas va ridículamente vestida de
presidente. José saca una venda de la jaula, como signo del paso de la realidad
al sueño. A un costado, en un banco, hay dos amigos de adolescencia de José,
mirando la escena como alucinados: son El Jefe y El Otro.
JOSÉ:
Vuelvo en sueños... El rayo infinito de la memoria. Vuelvo en sueños a ver a
Antonia bailando con otra Antonia. Vuelvo en sueños a ver mi adolescencia,
donde siempre adolescemos. Vuelvo en sueños a ver a mi madre y sus difuntos y
sus historias, donde todo quiere morir pero no muere. ( José se sienta entre
los dos amigos adolescentes. Saca una corbata y una nariz de payaso. Se las
pone mientras las Antonias bailan y conversan.)
ANTONIA:
¿Por qué decidiste ser presidente, Antonio?
ANTONIO:
Para reformar
la Constitución,
Antonia.
ANTONIA: ¿A
favor de quién, Antonio?
ANTONIO: De
ustedes, las mujeres, por supuesto.
ANTONIA: Es
difícil ser mujer, Antonio.
ANTONIO:
¡Ya lo creo! Lo fui durante años.
ANTONIA: ¿Y
ahora?
ANTONIO:
Ahora no.
ANTONIA:
¿Eres hombre?
ANTONIO:
No, soy presidente.(Pausa. Bailan.) ¿Qué tenemos para comer hoy?
ANTONIA:
Nada.
ANTONIO:
¡Menos mal, porque no tengo hambre! ¡Es odioso comer sin hambre!
ANTONIA: Es
odioso tener hambre.
ANTONIO:
No, es hermoso. La necesidad no cansa; lo que cansa es saciarla.
ANTONIA: Su
razonamiento es exquisito, señor presidente.
ANTONIO:
Gracias.
ANTONIA:
Pero gratuito.
ANTONIO: ¿A
qué se refiere?
ANTONIA:
Su
filosofía
se
alimenta
de
la
necesidad.
ANTONIO:
Como el
ave de
rapiña,
de la
carroña.
ANTONIA: Yo
no dije eso.
ANTONIO:
Pero lo pensó.
ANTONIA:
Muchos hombres viven en el reino de la necesidad, otros reflexionan sobre la necesidad
de estos primeros, otros viven de la
reflexión
de los segundos y atentan contra la necesidad de los primeros. Y cuando
necesitamos que alguien administre la necesidad generalizada, votamos por
alguien como usted, que es un mal necesario.
ANTONIO:
Creo
que
necesito
un
trago.
(Pausa.
Bailan.)
ANTONIA: No
se tense, señor
presidente.
Nuestra
historia es
una sucesión
de
carencias.
ANTONIO: El
dolor es bueno cuando está asociado. (Le pisa el pie a Antonia.)
ANTONIA: No
siempre, a menudo el dolor ajeno no se puede asociar al nuestro.
ANTONIO: No
le entiendo.
ANTONIA: Al
mío, por lo menos.
ANTONIO:
¡Explíquese!
ANTONIA:
Hay dolores profundos, dolores del alma, ilustres dolores...El mío es un
pequeño dolor.
ANTONIO:
¿Un dolorcito?
ANTONIA:
Sí, por
llamarlo de
alguna
manera.
ANTONIO:
¿Es circunstancial?
ANTONIA:
Fugaz, diría yo.
ANTONIO:
Pero dígame,
¿qué le
duele?
ANTONIA: Su
zapato, señor
presidente.
ANTONIO:
¿Le duele mi zapato?
ANTONIA: No
-¡Qué contrariedad!-
¿Cómo
explicarle...? Me está
usted
pisando.
ANTONIO:
¡Oh, perdón! ¿Cómo pudo suceder?... Permítame que tome entre mis manos su
delicado piececillo. ¡Oh, qué situación tan bochornosa! (Se pone de rodillas y
le da masajes en el pie.) ¡Perdóneme, señorita Antonia, soy tan torpe!
ANTONIA: No
se preocupe, señor presidente: fue un accidente.
ANTONIO:
¿Le
estoy
haciendo
cosquillas?
Es
que
tengo
las
manos
muy
rudas
de
tanto
dictar
decretos.
ANTONIA:
No, no es
eso, señor
presidente.
ANTONIO:
¿Entonces?
ANTONIA: Me
río de
cómo un
dolor
pone de
rodillas a
una
institución,
mientras
que
dolores
inenarrables
nunca
arrancaron
una
lágrima
de los
ojos de
un país.
(Comienzan
a
bailar
rápidamente.
Antonia
y su
imagen
salen.
La
música
cesa.)
ESCENA VII
EL JEFE:
¿Alguien me puede explicar cómo hace para desdoblarse?
JOSÉ: Ella
es Antonia, y la locura la vuelve mágica.
EL JEFE:
(Han comenzado a sangrar.) ¿Alguien me puede explicar por qué sangramos tanto?
JOSÉ: ¡Yo!
Es que somos adolescentes y tenemos el esqueleto joven y crece y duele al
crecer y sangra, porque el pellejo es niño y se estira, hasta que deja de ser
niño a fuerza de sangrar y...
EL JEFE:
¡Pendejadas! Yo creo que sangramos porque somos unos cobardes, unos pobres
maricas.
EL OTRO:
(Habla un argot muy cerrado.) ¡Ah, ñaño, fresquéate, loco! ¡Qué cortanotas!
Vinimos a fresquearnos, o sea, vacílate un patín más bacán, ñaño, o sea, lo que
la people, loco... ya tú sabes. ¿Qué eres tú, ah? ¿Qué tú eres, ah?
¿Qué tú
eres? ¿Qué tú eres, ah? ¡Vámolo, ñaño! Si te pones crazy, vámolo y punto.
EL JEFE:
¡Basta! ¿Alguien me puede explicar en qué idioma habla este tipo?
JOSÉ: ¡Yo!
Habla el idioma de la tribu.
EL JEFE:
¡Huevadas! Yo creo que habla huevadas incomprensibles porque su padre le golpeó
el cerebro con una botella de cerveza.
EL OTRO:
¡Simón! ¡Con una biela, loco!
EL JEFE: Y
le borró de la memoria la más grande ternura, el posible buen hombre. ¿Cómo
éramos, como éramos cuando éramos felices?
EL OTRO:
(Angustiado.)
Yo...
ñaño...bacán...Qué nota, loco, qué nota, ¿no?
¿Sabes?...Yo
a veces... (Hace un esfuerzo por coordinar ideas.) ¿cómo se dice exactamente?
EL JEFE:
Ese botellazo te borró toda posible bondad, y en su lugar te metieron aserrín,
igual al de los pisos de las cantinas.
EL OTRO:
¡Simón! ¿Qué nota, no?
EL JEFE: Lo
mismo te queremos, ñañón.
EL OTRO:
Gracias, pana. (Entran unas estudiantes acompañadas de una monja. Se colocan
detrás de la mesa del fondo.)
EL JEFE:
¿Alguien me puede explicar quiénes son estas mujeres?
JOSÉ: ¡Yo!
Son las estudiantes del Sagrado Corazón.
EL JEFE:
¿Alguien me puede explicar por qué tenemos miedo?
JOSÉ:
Porque tenemos quince años y acabamos de nacer y el mundo nos da miedo y el
cuerpo se vuelve un monstruo lleno de deseos que no comprendemos y que nadie se
molestó en explicarnos.
EL JEFE:
¡Pendejadas! Tenemos miedo porque estamos ahuevados y viceversa.
EL OTRO:
¡Simón, pana, afirmativo!
EL JEFE:
¿Alguien me puede decir qué hacemos en este sueño?
JOSÉ:
Tenemos que jugar.
EL JEFE:
¿Es necesario?
JOSÉ: Sí.
EL JEFE:
¡Bueno? (Juegan a las escondidas detrás de la mesa; el juego no funciona porque
la monja impide cualquier intento lúdico; los adolescentes vuelven a sus
puestos, abatidos. El Jefe, frustrado, se orina.) ¿Alguien me puede explicar
por qué orinamos tanto?
JOSÉ:
Porque no somos ni hombres ni niños; somos vejigas a punto de estallar.
EL JEFE:
¿Por qué no te callas, José? Para todo tienes respuesta. ¿Te crees bacán? ¿Te
crees chévere, no? Eres un vicioso, José, un vicioso de las maquinaciones. Te
crees que lo sabes todo y no sabes nada... ¿Sabes por qué, ah,ah, ah? Porque tú
nunca te has tirado a una mujer; si eso pasara te quedarías mudo, sin
respuestas. Las palabras estallarían en tu boca, en tu cerebro, en tu cuerpo...
¿Sabes
por qué?
Porque las mujeres sí que saben, y eso también me cabrea.
¡Odio a las
mujeres!
EL OTRO:
¡Simón, ñaño, afirmativo!
EL JEFE:
También odio a los hombres; me odio a mí mismo. ¡Aquí los únicos machos son
Julio Jaramillo y John Lennon!
EL OTRO: Y
yo también, pana.
EL JEFE: Tú
eres un pendejo.
EL OTRO:
Gracias, ñaño.
EL JEFE: (A
José.) Así que ya sabes: tú nunca me vuelves a responder, porque tú nunca has
perdido la virginidad. Y quiero que esto quede
bien claro:
aquí nadie va a perder la virginidad hasta que yo, El Jefe, no la pierda.
¿Comprendido? (Entra una prostituta en patines.) ¿Alguien me puede explicar qué
hacemos en este cabaret?
JOSÉ:
(Enmudece ante la pregunta, hasta que El Jefe lo amenaza con un gesto.)
Es... es el
cabaret de los pobres: diez sucres por mirar, veinte sucres por bailar y tocar,
y cien sucres por hacerse hombre.
EL JEFE:
¿Alguien tiene cien sucres que me
preste?
(Nadie tiene dinero.) Creo que vamos a tener que seguir siendo adolescentes.
JOSÉ: Se
necesita dinero para hacerse hombre.
EL OTRO:
Simón: mientras más dinero, más hombre. (La prostituta en patines ejecuta
extraños números; los adolescentes comienzan a seguirla pero la monja
interviene. Ellos tienen la clara intención de violar a la joven; sin embargo,
al ver a la monja se la llevan. José está sentado y se dispone a matar a la
prostituta mientras recita el siguiente poema.)
JOSÉ:
Cuatro etapas, tal vez, cuente mi vida.
Cumplí bien
la primera:asombro y juego.
En la
segunda amé y anduve ciego.
Curo ya en
la tercera, la honda herida.
Que en mi
vejez, Señor, yo recupere
el candor
sin amaños de la infancia,
que crea
como entonces, y que espere
en actitud
entera y consecuente,
que, aunque
caduco ya, en extrema instancia
sepa morir
con alma adolescente.
ESCENA VIII
Entra la
madre, que arrastra una hilera de zapatos en cada pie, cmo si presidiera una
una procesión fúnebre.
MADRE:
¡José, José!
JOSÉ:
¿Mamá?
MADRE: Deja
de matar tu inocencia y ven aquí, que estamos por sepultar a tu tío Galo, el
conservador.
JOSÉ: ¿Por
qué siempre hablas de lo mismo?
MADRE:
Porque estoy más cerca de la tierra que de las nubes.
JOSÉ: ¿Por
qué no te puedo soñar sino rodeada de muerte y desolación? ¡Cántame una
canción, mamá!
MADRE:
¡Cállate!
JOSÉ: Una
canción que me haga niño para siempre, sin recuerdos que duelan, sin recuerdos.
MADRE: Sin
recuerdos no se vive.
JOSÉ: ¿De
qué me sirve recordar a un abuelo conservador, a otro liberal, a uno que
bailaba con una sirena, a otro que no podía parar de comer, a un abuelo
indígena, a una tía que me abofeteaba...? ¿De qué me sirve tanto pasado, mamá?
MADRE: ¡No
seas patán, José, baja la voz! ¿Estás borracho o que te pasa? ¿Quieres hacer
que tu tío se levante de la tumba?
JOSÉ: No,
mamá, que no se levante; que se termine de morir y que no joda.
MADRE:
¡Silencio, maleducado, silencio!
JOSÉ: El
pasado es una muleta: nos ayuda a andar pero certifica que somos unos lisiados.
MADRE: ¿Qué
van a pensar tus parientes?
JOSÉ: Nada,
mamá, no van a pensar nada. Los pobres de la familia sólo pueden pensar en qué
van a comer mañana, y los acomodados deben estar gozando del escándalo... Nos
hemos acostumbrado a sentir felicidad con el bochorno del otro, con el fracaso
del otro; nos hemos acostumbrado a pisar al caído y a reírnos del confundido.
¿Sabes por
qué? Porque esto ya no es una familia, sino un país donde los hermanos se dan
puntapies debajo de la mesa hasta sangrarse. Nos escupimos e insultamos, y
llegamos a matarnos porque no toleramos tener la misma madre y el mismo padre,
y ser distintos, ser otro, diferente ser. Entonces aparentamos, nos tornamos
grises y aparentes. (La madre se va perdiendo en el fondo, murmurando palabras
inidentificables, como las de los muertos que ella solía visitar. José intenta
despertarse como si saliera de una pesadilla.)
ESCENA IX
ANTONIA:
¡Don José! (Recoge los objetos que han quedado en escena.)
JOSÉ:
Antonia, ¿qué haces?
ANTONIA:
Aquí, recogiendo sueños; es que verá, don José, las mareas son los sueños del
mar y por las mañanas, al retirarse, van dejando en la playa pedacitos de lo
soñado. Yo los recojo y se los vendo a los turistas:"¡Recuerdos de un mar
soñado!", les digo.
JOSÉ:
Antonia.
ANTONIA:
¿Sí?
JOSÉ: ¿Por
qué tenemos tanto miedo?
ANTONIA: ¿A
qué se refiere?
JOSÉ: He
soñado pura porquería.
ANTONIA: Se
nota.
JOSÉ: ¿Qué?
ANTONIA:
Nada... que los sueños no tienen propósito ni gobierno.
JOSÉ: Soñé
que eras presidente.
ANTONIA:
Eso sí que es una porquería. ¿Y qué hacía?
JOSÉ: No me
acuerdo.
ANTONIA:
Otra porquería.
JOSÉ: Era
un bonito sueño.
ANTONIA: Un
presidente compró un loro y éste aprendió discursos y palabras de presidente.
Luego vino otro y otro, hasta que se acabaron los presidentes. Pero quedó el
loro repitiendo lo mismo, lo mismo, lo mismo; había dejado de ser un loro
silvestre y se había transformado en un loro codicioso. Lo que demuestra que el
poder corrompe a la naturaleza. Así que, don José, suéñeme de otra manera.
JOSÉ: Ya no
quiero seguir soñando.
ANTONIA:
Pero tiene que hacerlo.
JOSÉ: Mi
vida carece de trascendencia, y mis sueños son tan intrascendentes como mi
vida.
ANTONIA:
Depende de qué se entienda por trascendencia. Conocí a un señor que decía:
"Para mí fue tan trascendente conocer Latacunga, como conocer
Venecia."
JOSÉ: Un
patriota.
ANTONIA:
No, un turista. Para él, lo trascendente era tener plata, porque sin plata no
podía visitar ni la una ni la otra. ¿Y qué más soñó?
JOSÉ: Con
mi adolescencia.
ANTONIA:
Pasamos la mitad de nuestras vidas tratando de perder la inocencia y la otra
mitad tratando de recuperarla. ¿Y qué más soñó?
JOSÉ: Con
mi madre y sus difuntos, es decir, con mi familia. Bueno, no era mi familia.
ANTONIA:
Explíquese.
JOSÉ: Verás
Antonia, una familia es parte de otra familia que es un país; es como un espejo
donde se mira una familia compuesta por millones de personas, una familia
numerosa que camina en una casa muy pequeña sin ventanas y sin puertas: eso es
un país. Y mi madre siempre atendiendo a todos...
ANTONIA: O
sea, como la primera dama.
JOSÉ: ¿Qué
dices, Antonia?
ANTONIA:
No, ¿qué dice usted?
JOSÉ: Lo
que dije.
ANTONIA:
¡Momentico! Usted dice que su familia ya no es su familia, entonces su madre ya
no es su madre sino la primera dama. Y conste que usted lo dijo.
JOSÉ: Yo no
dije eso.
ANTONIA:
Pero se sobrentiende.
JOSÉ:
Malentiendes entonces.
ANTONIA:
Usted está especulando.
JOSÉ: Yo no
especulo.
ANTONIA:
Sí, porque cree ver en sus sueños lo que sólo está en su conciencia.
JOSÉ:
Antonia, en una familia, como en un país, hay quienes te aman y quienes te
odian; eso lo entendí en los sueños: quiénes son justos y quiénes son injustos.
En una familia, como en un país, hay un lugar que amas de una manera extraña
porque es un lugar seguro, un árbol que no crece en otro lugar.
ANTONIA:
Uno ama un árbol porque le es útil pero, ¿de qué le sirve tener un país -en
caso de que lo tenga-? ¿Éste es su país?
JOSÉ: Sí.
ANTONIA:
Muéstreme las escrituras.
JOSÉ:
¡Antonia!
ANTONIA:
¿Ya ve? Un país es un inmenso territorio parcelado en grandes mansiones, casas,
apartamentos, cuartos, cuartuchos, zaguanes lúgubres donde ya no hay país, sino
frío y tristeza.
JOSÉ: Pero
hay que amarlo a pesar de todo.
ANTONIA:
Cuando niña, escuché a un presidente decir: "tienes un país, ámalo."
Entonces yo, como era huérfana y no tenía dónde vivir, fui al Municipio y dije:
"que vengo a que me den el trozo de país que me corresponde, para amarlo
aunque más no sea..."
JOSÉ:
¿Entonces?
ANTONIA: Me
mandaron a otro sitio donde me preguntaron si había pagado el agua; y a otro,
que si había pagado la luz... Yo era una niña. Decidí ir al Ministerio de
Gobierno y dije: "un país que cobra por amarlo, no es un país; es una
prostituta." Me encerraron tres días: nunca más volví a reclamar el pedazo
de país que me correspondía; talvez otro se lo agarre, ¿no es cierto? Ahora
tengo una maceta, y en la maceta una flor. Ése es mi país y espero que nunca se
me marchite.
JOSÉ: No
quiero seguir soñando.
ANTONIA:
Entonces nunca sabrá por qué perdió la memoria.
JOSÉ: Pudo
ser un golpe.
ANTONIA:
Sí, pero de mala suerte.
JOSÉ: ¿Para
qué hurgar en un pasado donde sólo hay lamentos?
ANTONIA: El
problema es que si olvidamos lo que nos duele, posiblemente olvidemos lo que
nos puede hacer felices; es más, quizá a nosotros ya nos hayan olvidado, pero
si nos olvidamos de soñar, el país de los sueños sería un enorme desierto sin
pasado ni porvenir. (Quedan pensativos.)
JOSÉ:
Antonia...
ANTONIA:
¿Sí?
JOSÉ:
¿Quién eres?
ANTONIA: Un
duende... un duende huérfano y pobre que carece de pasado. Una loca, y las
locas sólo tenemos lagunas mentales donde de vez en cuando nos sentamos a
pescar algún recuerdo.
JOSÉ: ¿Y
ahora qué haré?
ANTONIA:
Soñar por última vez. Y deje que el sueño viaje al final de la memoria, al
pasado remoto. Ahora me voy, porque el Lucas me ha
de estar
esperando.
JOSÉ:
Antonia, ¿nunca me vas a contar lo que pasó aquí, en esta playa?
ANTONIA:
Luego, don José. Ahora sueñe el rayo infinito de la memoria.
Adiós.
JOSÉ:
Adiós. (Mirando su jaula.) He soñado con mi infancia y mi adolescencia, pero no
con mi juventud; tal vez haya un sueño entre los sueños que se perdió para
siempre. Tampoco he podido saber en qué momento comencé a perder la memoria.
Quizá fue en aquellos años llamados los años perdidos. Sólo sé que un buen día
desperté y las cosas no tenían nombre: era un mundo vacío de rótulos y pintado
de un solo color. A veces tengo recuerdos difusos: un hombre parado en un
balcón dirigiéndose a una muchedumbre jadeante, muchedumbre jadeante que se
pudre en la tierra de mi memoria.
Ahora he de
soñar el último sueño, el sueño remoto, y sentir que avanzo extrañamente, hacia
atrás: los sueños son el rayo infinito de la memoria.
ESCENA X
El
escenario se puebla de personajes antiguos: la familia remota. Algunos se
sientan
alrededor
de la mesa: dos lloronas y dos danzantes; otros, en los extremos de la boca del
escenario: el abuelo Guamán, que representa la Luna; un Inca que representa el
Sol. Una anciana narrará, a modo de amauta épico, cómo nació el mundo, cómo se
formó la familia de José, y por qué éste perdió la memoria. Toda la narración
es mimada por el resto de personajes.
ANCIANA:
(Desde el fondo del escenario, como una aparición.)
¡José,
José, muchacho, apúrate! ¡José, a ti te estoy hablando!
JOSÉ: (No
distingue qué es lo real y qué lo soñado.) Soñar... dormirse para siempre.
ANCIANA:
¡Ven, José! ¡Ven, no te asustes de la historia remota, no tengas miedo de la
otra familia! ¡Ven al mundo del silencio antes de que la lluvia enturbie el
agua del estanque! ¡Siéntate y escucha! Ése que ves allí es tu abuelo Guamán,
el otro abuelo, la otra sangre, tu sangre remota. Hace tiempo hubo una guerra
entre el Sol y la Luna.
Mira cómo
el hermano devora a su hermano. ¡Fue una guerra muy bonita! Mira cómo la sangre
echa a andar la historia. Fue una guerra antigua y luminosa. Talvez la primera
guerra de tu abuelo remoto, talvez. (El Sol y la Luna danzan un combate donde
el Sol devorará a la Luna.) Así fue, José; así fue cómo el Sol devoró a la
Luna: se comió su carne, se comió su espíritu; se comió a tu abuelo Guamán, que
era la carne y el espíritu de la Luna. Desde entonces hay días y hay noches en
el mundo, desde entonces... (Se extravía en el relato.)
Creo que
después se fueron a beber chicha a un pueblo... Sí, sí, y en ese pueblo estaban
celebrando el fin de tan singular contienda. Pero era tan aburrida la fiesta,
que el Sol y la Luna decidieron mover a la gente: con sólo mirarlos, todos
comenzaban a dar brincos. (El Sol y la Luna se sientan en la mesa donde están
los otros personajes.) ¡Cómo saltaban, si era de verlos! Así se formaron los
bailes y las danzas entre tus parientes lejanos; pero como el pueblo se mofa de
todo, estos danzantes, en vez de ensalzar el singular combate se rieron de
él... (Dos danzantes bailan satirizando el combate.) Entonces el Sol y la Luna,
que eran uno y dos al mismo tiempo, entristecieron. Dos hermanas, al verlos tan
tristes, se compadecieron y les pasaron unos pilchecitos con chicha. El Sol y
la Luna bebieron; luego dijo el Sol: "vamos a matarlos a todos." Sí,
dijo la Luna,
vamoms a
matarlos...¡Y llovió fuego sobre fuego! ¡Piedra sobre piedra! ¡Piedra y fuego!
(El Sol y la Luna arrojan piedras sobre la mesa y lanzan fuego por la boca.)
¡Piedra y fuego! ¡Meses... años...!
¡Piedra y
fuego! Desde entonces existen las montañas y, en su barriga, fuego. Sólo
salvaron a las dos hermanas que, al verse tan solas, comenzaron a llorar.
¡Tanto lloraron, que se formaron ríos y mares, cascadas y manantiales! (Las
hermanas, sentadas a la mesa, lloran. El llanto es como un canto monótono y
triste.) Se formaron los bosques y las plantas, crecieron los insectos y los
animales. Desde entonces el mundo fue más mundo, porque antes era un desierto
donde lloraban dos hermanas. Del llanto de las hermanas nacieron el conejo y el
cóndor. Estos animales se la pasaban peleando, como animales mismo que eran.
Doce veces pelearon en un año, y veinticuatro en un día: así se formaron los
meses y las horas, el mes del maíz y la papa, el mes del canto y la cosecha, el
mes de la melancolía...(El conejo y el cóndor asoman escandalosamente por
debajo de la mesa y comienzan a pelear, armados de sendas cachiporras.) Estos
animales pelearon hasta envejecer. Ya viejos y cansados, se fueron a vivir cada
uno con una hermana. Éstas eran muy buenas y hermosas... (El conejo y el cóndor,
ancianos, se retiran a la mesa donde están las hermanas.) Y cada uno con una
hermana, se fueron a vivir a cada extremo del mundo y tuvieron hijos que no se
conocieron entre sí. Crecieron lejos unos de otros; la lejanía de unos ahondaba
la diferencia de los otros. Y un día se encontraron y se vieron distintos.
Entonces fueron a la guerra, la más cruel, la más terrible, la más solitaria de
todas las guerras. El Sol oscureció de pura tristeza. Y lucharon en la
oscuridad. (Dos actores danzan una lucha en la oscuridad.) En la oscuridad
puedes matar sin sentimientos: no reconoces al otro, no lo ves. Por eso no
podían pedirse perdón: hablaban idiomas diferentes... ¡José...! Estos hermanos
formaron ejércitos con sus hermanos y esta guerra duró siglos, y un hermano
mató a otro llamado Guamán, ochenta millones de veces, pero no devoró su
cuerpo como
el Sol hizo con la Luna. Por eso su espíritu se volvió inmortal. Cada cierto
tiempo, los ejércitos de estos dos hermanos descansaban y hacían el amor unos
contra otros; luego reanudaban el combate. Y así día tras día, año tras año...
De ese amor extraño y
violento
nació tu familia, José.
La escena
se puebla con los personajes representados en el transcurso de la obra; éstos,
demanera mecánica, realizan segmentos de las escenas del sueño. José participa
como un sonámbulo; la anciana se agita.
Y así día
tras día, año tras año. Y se formaron
ciudades y
países, y la guerra se volvió cotidiana; ya no la guerra de antaño, sino la
guerrita que cada uno libra por comer y ser feliz. Los cuerpos se mezclaron,
los idiomas se mezclaron. Tras cada golpe, una guerra; tras cada fracaso, una
guerra; detrás de cada miedo, de cada idea, de cada gesto... José, ¿has visto
qué hay detrás de la mano de un mendigo, tras la baba de un borracho? ¿Has
visto? Tras cada memoria hay una guerra, ¿o no? Sí, José. Hay una guerra.
(Los
personajes abandonan las acciones y se sientan alrededor de la mesa; sólo el
hijo con la valija, de donde sale un sonido tumultuoso, realiza de nuevo la
acción de morir, repetidamente.)
¿Sabes qué
hay detrás de ese sueño donde un joven muere sin fin? ¿Lo sabes, José? Hay un
hijo: tu hijo, José, que no termina de morir porque aún no devoran su cadáver;
como el Sol, el de la Luna. Esto es lo que te hizo perder la memoria. Ahora ya
lo sabes: detrás de cada memoria hay una guerra antigua... tan antigua como el
dolor.
(Sale la
anciana. José se sienta en un extremo de la mesa. El resto de los personajes se
sientan alrededor de la mesa.)
ESCENA XI
Entra
Antonia y se sienta en el extremo de la mesa, frente a José. La escena semeja
una antigua foto de familia. Durante el diálogo entre José y Antonia, la
familia soñada permanece estática. Hay un sonido de fondo, de mar.
ANTONIA:
¿Sabe, don José? Yo nunca puedo soñar el pasado; siempre sueño el futuro, hacia
adelante, lo que va a venir. Una vez soñé que volaba en un cielo azul, azul...
Tan azul, que era el delantal de mi madre, pero sin madre porque yo no tuve. Es
decir, sí he de haber tenido - porque nadie nace del aire, ¿no es cierto?-.
Bueno, el asunto es que volaba y volaba. Tanto volé, que al despertar tenía
plumas en la frente.
JOSÉ: Yo,
sin embargo, sólo puedo soñar el pasado... Verás, Antonia, antes de llegar aquí
pasé por pueblos y caseríos y vi a gente vivir en la penuria. Vi ancianos, vi
niños; entonces cerraba los ojos y, al abrirlos, ya los había olvidado. Pero
por las noches me salía agua de los ojos, y yo no sabía cómo se llamaba eso...
Ahora sí sé.
Se llama
llanto, llanto por un país que no era mío porque lo había olvidado.
ANTONIA:
¿Sabe qué sería bonito? Recordar lo que todavía no pasó.
JOSÉ: ¿Cómo
se puede recordar lo que todavía no sucede?
ANTONIA:
¡Soñando, don José, soñando! Una vez conocí a una mujer muy sola; tan sola que
decidió soñar con un hombre y le inventó un nombre. ¿Sabe cómo le llamó? Lucas.
Era un bonito sueño que ayudaba a vivir a esta pobre mujer.
JOSÉ: Sí,
Antonia. Era un bonito sueño.
ANTONIA:
Sí, don José. Una vez, hace años, mataron a unos jóvenes y arrojaron aquí, en
esta playa, sus cadáveres; por eso la gente ya no quiere venir a soñar a este
lugar. La gente ya no sueña en este mar.
¡Yo sí, don
José, yo sí!
JOSÉ: ¿Y
qué ves en tus sueños, Antonia?
ANTONIA: Un
inmenso jardín de pulpos donde viven los jóvenes que murieron jóvenes. Y por
las noches se puede escuchar una canción que habla de lo felices que son en su
jardín de pulpos. También se pueden ver sus ideas flotando junto a la espuma.
JOSÉ: Es
bueno morir por una idea.
ANTONIA:
Pero ya nadie quiere morir por ideas, excepto algunos, muy pocos... Hace tiempo
vi a un pordiosero reír dormido; se cobijaba con cartones en un portal. Cuando
despertó tenía una sonrisa en la boca, y era tan cálida que los otros
pordioseros acercaban las manos a su boca y se calentaban con el sueño que hizo
feliz al hombre dormido.
JOSÉ: Es
bonito el mar.
ANTONIA:
Sí, y está lleno de ideas que flotan junto a la espuma. (Sube el sonido del mar
y, lentamente, los personajes familiares se van hundiendo bajo la mesa. La luz
desciende sobre Antonia y José.)
FIN
ARÌSTIDES
VARGAS
Nace en
1954 en Córdoba, Argentina. Cuando era muy niño sus padres se trasladan a la
provincia de Mendoza, donde transcurre su infancia y parte de su juventud.
A los
diecisiete años comienza a trabajar como actor en algunos grupos y representa distintas
obras: Fuente Ovejuna, de Lope de Vega; Esperando al Zurdo, de G. Odets; entre
otras.
A los
veintiún años, mientras asiste al segundo curso de la Escuela Superior de
Teatro, tiene que salir al exilio, debido a uno de los golpes militares más
sangrientos de la historia de Argentina. Durante un año vive en Lima, Perú, y
luego se traslada a la ciudad de Quito, Ecuador, país en el que se radica
definitivamente a partir de 1977, y en el cual desarrolla la mayor parte de su
actividad teatral.
Funda con
otros profesionales una de las agrupaciones más importantes del
teatrolatinoamericano actual: el Grupo Malayerba. En este grupo, investiga la
escritura dramática.
La propia
trayectoria del Malayerba lo lleva a escribir, como una respuesta a la
necesidad de ir conformando una dramaturgia que exprese los intereses
específicos del grupo. Jardín de Pulpos es su primer texto dramático, al que
siguen La Edad de la Ciruela y Pluma.
Ha
intervenido como actor en Mujeres, de Darío fo; El Señor Puntilla, de Bertold
Brecht; Doña Rosita la Soltera, de Federico García Lorca; Luces de Bohemia, de
Valle Inclán.
Dirigió
Añicos, de W. Ruales y Galería de Sombras Imaginarias -con textos de Alfred
Jarry y Federico García Lorca-.
Además
participó en películas, como Apareceres, de Carlos Naranjo; La Tigra, de Camilo
Luzuriaga; y Entre Marx y una Mujer Desnuda, del propio Luzuriaga -película en
la cual realiza también el guión-.