Yo, EL PEOR... DE LOS DRAGONES
De
Benjamín Gavarre
(Versión
2026)
Yo,
El Peor de los Dragones es la alegoría de una familia. Toma como
pretexto a los cuentos de hadas para representar ese núcleo, pequeño universo,
que es el reino doméstico. Así, a pesar de que podamos reconocer a un rey, una
reina, un dragón y una doncella, debemos pensar que los personajes se
desenvuelven en una casa de ricos donde realizan las labores cotidianas
vestidos de etiqueta.
La escenografía o la iluminación recrearán pues, los distintos ambientes
de un hogar de lujo: la sala, la cocina, el jardín, la recámara, etc.
RECOMENDACIÓN
DE VESTUARIO:
- La Reina: Traje de noche de alta costura, escotado y
con lentejuelas.
- El Rey: Smoking
impecable.
- El Dragón: Smoking y
máscara metálica de diseño siniestro.
- La Doncella: Innumerables vestidos (ya se verá por qué).
- El Paje: Levita a la moda contemporánea.
- El Mago y el Hada: Trajes de chef de restaurante gourmet.
🎭 Elenco
(O
cómo sobrevivir a una real familia)
- EL REY (El parrillero autoritario): Un
monarca con ínfulas de más grandeza de las que en realidad tiene. Su cetro
es un vaso de whiskey y su corona un smartphone.
Cree que mandar es simplemente gritar más fuerte que la Reina.
- LA REINA (La diva): Madre abnegada y
manipuladora profesional. No da un paso sin su alta costura. Tiene una
relación "complicada" con la jardinería y una lengua más afilada
que su propia corona.
- EL PRÍNCIPE DRAGÓN (El adolescente eterno... con escamas): Un
joven rebelde que nació de un "atracón" de flores. Pasa de ser
un bebé con cola a un veinteañero amenazante en moto con máscara
siniestra.
- LA DONCELLA (La estratega de los diez vestidos):
“Dice” tener treinta y tantos, viste harapos, pero tiene más cerebro que
toda la corte junta. Experta en psicología inversa.
- EL PAJE (El "mil-usos" real):
Limpia la plata, recibe latigazos y organiza el caos. Es el único que
realmente trabaja. Siempre va a la moda.
- EL MAGO Y EL HADA (Los chefs del destino): Consultores
de nutrición mágica vestidos de cocina gourmet.
Expertos en dar consejos que nadie sigue.
- LA VIEJA PSICOANALISTA (La pordiosera del diván):
Ofrece consejos sobre el inconsciente. La prueba de que, en este reino,
hasta la magia tiene complejo de Edipo.
*** I ***
Al
comenzar la obra los reyes se encuentran en el jardín preparando una parrillada
de lujo. La reina está embarazada, él toma un whiskey mientras revisa su
smartphone. A pesar de la aparente armonía, y de las miradas tiernas hacia el
vientre real, los reyes estallan en abierta discusión en el momento en que se
detienen para sentarse en una banca.
El
Rey.– ¡Será niño!
La
Reina.– No podrá ser otra cosa, señor, ¡sino niña!
El
Rey.– ¡Niño!
La
Reina.– ¡Niña!
El
Rey.– En alta estima, señora, a vuestros ruegos tengo; y por razones que no
viene al caso discutir: un príncipe valiente será nuestro heredero.
La
Reina.– ¿De razones habláis? Pero si vos sólo alcanzáis a balbucir una evidente
sucesión de tonterías. Y si en asuntos de Estado decidís mejor que nadie, en
asuntos de embarazo yo dispongo. Quien porte en el futuro el cetro real será la
dulce princesa que tendré en algunos días. Será, no lo dudéis, una sublime
soberana y nadie osará negarle o refutarle nada porque será, sin titubear, toda
una dama.
El
Rey.– Claro está, mi dueña, que en este punto singular jamás conciliaremos;
llamemos a la Enorme Comisión, que ellos concluyan.
La
Reina.– ¿Su majestad bromea?, ¡Si la Enorme Comisión sois vos! En todo caso
llamemos a las hadas, que son en todo punto intachables y digamos, desde luego,
insobornables.
El
Rey.– Vengan pues las hadas, también los magos; con tales fuerzas convocadas,
sabremos sin lugar a dudas, por las muchas disputas que de ellos se desprendan,
si príncipe o princesa debe dar a luz el vientre real.
Entran
mago y hada; discuten en murmullos apenas contenidos, mirando al Rey y a la
Reina con aprensión o disgusto. Finalmente llegan a un acuerdo y expresan su
dictamen.
Mago.– Si futuro rey o príncipe conviene al reino, su majestad, la Soberana,
comerá una rosa roja.
Hada.– Si conviene una princesa, probará una blanca rosa.
Mago.– Para tal procedimiento un árbitro imparcial...
La
Reina.– ¡No estoy de acuerdo! ¿Cómo va a decidir alguien ajeno a nuestro
imperio?
El
Rey.– Es cierto. Vosotros magos, hadas... debisteis resolver la situación.
Ahora se hará por elección, la mía. ¡Comed! (Le da la rosa roja).
La
Reina.– ¿Ah, sí? ¡Pues no! Comeré la blanca. ¡Dad acá! (Intenta quitar al mago la rosa blanca).
El
Mago.– No nos habéis dejado terminar. El juez sería...
El
Rey.– ¡Nadie!
La
Reina.– En eso estoy de acuerdo.
Mago.– Sería el Azar.
Hada.– En esto, sí, decidiría el Acaso. "Su majestad escoja"...
La
Reina.– A ver...
El
Rey.– Me niego a ceder a suerte alguna el claro derecho de imponer mi
voluntad. Digamos: si la reina desea una virgen colosal y yo un varón
discreto...
El
Mago.– Al revés, su majestad.
El
Rey.– ¿Cómo al revés?
El
Hada.– Una discreta virgen y un varón monumental.
El
Rey.– Ah, sí. Digamos, de las dos, la reina probará la rosa roja y un varón
descomunal bienvenido será a éste, mi imperio.
La
Reina.– Y digo en fin, ¿por qué no he de comer las dos rosas en un mismo
bocado? y así cada ambición será colmada en cada caso.
El
Rey.– No comprendo.
La
Reina.– Vos deseáis un temerario príncipe que en el futuro ocupe el trono; y
yo, una dulce niña...
El
Rey.– ...que en el futuro ocupe el trono real.
La
Reina.– Permitidme... Yo dejaría gobernar, sin duda alguna, al primogénito.
El
Rey.– Pues no me hacéis favor alguno; es la costumbre que gobierne el
primo... ¿Dejaríais, de verdad, que gobernase?
La
Reina.– Sí.
El
Rey.– ¿Sin intromisión alguna?
La
Reina.– Os lo puedo aseverar.
El
Rey.– ¡Sea! Comeréis de las dos rosas...
La
Reina.– Las dos.
El
Rey.– (A las Hadas y los Magos). ¿Tenéis todo dispuesto?
El
mago y el Hada discuten agitados y luego dan un dictamen:
El
Mago.– No aconsejamos de ningún modo que la Reina alimente, con la venia real,
tan sólo el pensamiento de probar las rosas blanca y roja una tras otra y,
menos aún, al mismo tiempo.
El
Hada.– Desastrosa catástrofe a la reina azotaría en todo caso; en otro también
al rey perjudicara, y el más terrible, el caso que ya todos tememos: a todo el
reino, la desgracia afligiría.
El
Rey.– Con esa circunstancia: será varón. No discutamos más el punto. Comed la
rosa roja.
La
Reina.– Mhh... Así lo haré, si así conviene al reino. (Come la rosa roja).
El
Rey.– La solución me place y me serena. Marcho a descansar muy bien
dispuesto. Generosa será con nos la Providencia, también con nuestro hijo. (Salen el Rey, las Hadas y los Magos).
La
Reina.– Mas yo digo que buena idea me parece el no dejar abandonada a suerte
miserable este capullo en flor que es esta rosa blanca. No temo el infortunio.
Si nos trae ventura un vástago, un... varón, ¿cuánta más dicha tendremos si en
doble nacimiento, príncipe y princesa comparten una misma cuna. Ven doncella;
comienza en mi boca tu noble nacimiento (come la flor blanca).
*** II ***
La recámara de los reyes. Han pasado algunas semanas. El hada entrega a
la reina un pequeño envoltorio: un pequeño bebé dragón del que sólo vemos la
cola. La reina lo amamanta dulcemente en una mecedora de diseño. El rey fuma y
bebe su whiskey.
El Rey.– ¡Un Dragón!... ¡Habrase visto! Funesta
descendencia has engendrado, dulce dama.
La Reina.– Digamos que entrambos dignatarios lo
forjamos; vos sois, no discutáis, su insigne padre.
El Rey.– Padre digno, mas innoble el hijo. Y no sé
bien decir si un adulterio cometió la Reina, ni con quién, ¿sería tal vez con
un lacayo?
La Reina.– Callad, que hablando de lacayos, y más aún de
las lacayas, yo bien pudiera decir de vos un sinfín de tropelías. El hijo es
vuestro. No olvidéis la noche, que hace tiempo, vos borracho y yo desnuda,
vivimos, a buen paso, en pos de la lujuria.
El Rey.– No abundéis, que es vergonzoso.
La Reina.– Pues no neguéis al dragón, que es hijo
vuestro.
El Rey.– No lo haré.
La Reina.– Y yo a mi vez confesaré un secreto, pues
bien... probé la rosa roja.
El Rey.– Eso lo sé, lo sé, lo sé.
La Reina.– Pues he más de comentar...
El Rey.– No me digáis.
La Reina.– También probé la rosa blanca.
El Rey.– ¡Ay, bruta!
La Reina.– No insultéis mi dulce investidura.
El Rey.– Lo cierto es que un remedio habremos de poner
en este empeño. El niño dragón, o lo que sea, crece, como un tumor maligno, día
tras día.
***
III ***
En
la sala. Han pasado veinte días. El Dragón ya es un príncipe, amenazante y
rebelde veinteañero (Puede entrar en moto). El Paje limpia los cubiertos de
plata de la casa mientras recibe órdenes.
El
Príncipe Dragón.– Y hay más, Paje: si no
hacéis lo que he dispuesto, mataré a mi padre, azotaré con mil latigazos a mi
madre, y haré de la desgracia de este reino leyenda y ejemplo inolvidables.
El
Paje.– Pero, señor, mi príncipe dragón, no hay doncella
en este lar, ni en sitio aun lejano, que a dormir con vos acepte, ¡sois tan
feo!
El
Príncipe Dragón.– ¡Necio!, Sé que lo soy y aun
con eso os digo: quiero una doncella, y no cualquiera. Venga a mí la virgen más
pura y delicada de este reino, o de cualquier lejano, o inaccesible,
territorio.
El
Paje.– Si insistís convocaré a concurso; con la venia,
desde luego, del señor Rey, mi soberano.
Llega
el Rey.
El
Rey.– Heme aquí, ¿quién requiere de mi sano juicio?
¿Acaso este muchacho singular? Felicidades hijo, hace veinte días que naciste y
parece que veinte años han pasado desde la ocasión gozosa de tu nacimiento.
El
Príncipe Dragón.– Es cierto que cumplí los
veinte, oh padre fariseo; mi tiempo es tan distinto del que vos perdéis, tan
insensato. No seré más paciente con vos que con el criado: traedme una doncella
que quiero desposarla. Si no lo hacéis... destrozaré vuestro castillo, y a ti
te mataré sin compasión y con tormentos varios.
El
Rey.– ¿Que quieres desposarte?, noticias das que llenan
mi alma de júbilo diverso. ¿Has elegido ya a la novia afortunada?
El
Paje.– Tiene que ser, señor monarca, la virgen más pura y
delicada que viva cerca o lejos de este reino.
El
Príncipe Dragón.– Traédmela vos, que en vuestro
juicio, enfermo o sano, yo confío. Si no me satisface la elección os aseguro
que dejaré sin ojos y sin brazos vuestro cuerpo.
El
Rey.– No hay más que hablar, mi dulce príncipe; mandaré
traer la más hermosa, la más virginal de las doncellas.
***
IV ***
En
la cocina: Los reyes decoran un pastel para festejar el aniversario de su hijo.
El rey pone betún y la reina, cerezas. En algún momento la reina se fastidia de
no poder hacer su labor con fluidez y enfrenta a su marido.
La
Reina.– ¡Semejante atrocidad habrase visto! ¡Tan malvado,
tan vil es vuestro hijo que ha truncado la vida de moza tan fresca, tan
radiante! ¿Cómo ha podido ser el sino con nosotros tan funesto, que tengamos
que vivir bajo el terror de quien debiera enaltecer nuestro linaje?
El
Rey.– No habléis vos de atrocidades, que al haber
seguido la senda del capricho, habéis roto la armonía que tanto tiempo concedió
la Providencia.
La
Reina.– No comprendo: ¿nombráis capricho a mis buenas
intenciones?
El
Rey.– Sí.
La
Reina.– Pero, bien mío... Si pensáis un poco... Si hubiera
yo dado la vida a un príncipe, a un varón convencional y no a... un dragón,
hubiérase marchado ya a la guerra; si una grácil doncella hubiera dado a luz,
se hubiera desposado un día sin remedio, alejándose del reino.
El
Rey.– Vos no decíais lo mismo hace unos días; queríais
que una virgen gobernara este castillo, ¿y qué lograsteis? La unión de dos
opuestos es este dragón hermafrodita. No es hombre no es mujer: es una ruina.
La
Reina.– Es hombre, sin duda; ha devorado, sin más, a una
doncella.
El
Rey.– ¿La devoró?
La
Reina.– Ay sí, ¿vos no sabíais?
El
Rey.– ¡Oh atrocidad! Y es culpa vuestra. Al comeros vos
esas dos rosas tan sólo conseguisteis convocar un monstruo de maldad. Con mala
entraña, os quisisteis quedar con el pastel, también con el dinero.
La
Reina.– ¿De qué dinero habláis?
El
Rey.– Dejemos este asunto por la paz, que el príncipe se
acerca.
La
pareja finge armonía. El príncipe llega y los separa. Tratará de besar a la
reina o de tocarle el trasero. Alejará al padre.
El
Príncipe Dragón.– Que viva el rey, que viva
también mi madre bondadosa.
La
Reina.– Oh, mi tierno príncipe; ciertamente no ha mejorado
el color de vuestra tez con vuestras bodas.
El
Príncipe Dragón.– No, madre; ni mejoría tendrá si
no se cumplen mis próximos deseos como un vuelo.
El
Rey.– ¿Más antojos tenéis, hijo devoto? ¿No ha sido
suficiente contento la noche que pasasteis con aquella desdichada campesina?
El
Príncipe Dragón.– ¿Tal era? Ahora comprendo su
sabor, pues disfruté por un segundo la limpia y calurosa paz de la campiña.
La
Reina.– Retoño mío, no seáis desvergonzado.
El
Príncipe Dragón.– Soy lo que quiero ser, señora
madre; soy de carne y sangre, soy dragón, y mi faz no ha de cambiar ni con
veinte o más doncellas que a mi boca lleguen.
La
Reina.– Ay, hijo.
El
Rey.– ¡Sois... un aborto, un engendro, un bárbaro!
El
Príncipe Dragón.– No me dais nuevas noticias,
padre; yo a vos en cambio os he insinuado ya un encargo.
El
Rey.– Pues yo no entiendo de alusiones, hijo. Manifestad
vuestra encomienda claramente.
El
Príncipe Dragón.– Yo exijo, nada más, otra
doncella.
El
Rey.– Tendréis lo que deseáis si prometéis que con ella
sí os desposaréis y desde luego que no la engulliréis.
El
Príncipe Dragón.– No prometo, sino advierto,
dulce padre; si no la tengo en mi cama por la noche... os arrancaré la cabeza,
os cortaré las piernas y luego incendiaré el castillo. A vos, madre, os deberé
quitar los ojos y daros, desde luego, mil azotes.
El
Rey.– Se hará como queréis.
El
Príncipe Dragón.– Sois tan gentil, oh padre.
Madre...
La
Reina.– Que la providencia os acompañe.
El
Príncipe Dragón.– Así lo hará, pues soy sin duda
alguna para ustedes, al menos mientras viva, la Providencia misma.
***
V ***
En
la sala. El Paje y la Reina en "labor de tejido".
El
Paje.– ¡Y han sido ya más de cuarenta! Ellas aceptaban al
principio bien dispuestas, claro; un príncipe no es cosa que se suela
despreciar... Pero cuando la indiscreción de varios dio a conocer los...
descalabros, pues nada, que las damas ya por temor, ya por agudo pánico, se han
negado rotundamente a, digamos, "dormir" con el dragón.
La
Reina.– El Príncipe.
El
Paje.– El Príncipe, sí; pero al saber que su excelencia,
vuestro hijo, es más dragón que príncipe, ninguna ha querido soltar prenda; por
más que he ofrecido, que digo mil maravedíes, no, ni doblones, ni piezas de oro
han aceptado.
La
Reina.– Pues alguna deberá sacrificarse por el bien del
Reino; y más, que el príncipe, su Alteza, ha amenazado con desollar vivo a su
padre y obligarme luego a mí, oh infortunada, a portar la prenda real, como si
fuera la piel de un animal, un zorro, cabritilla, vos sabéis... ¡Oh cielos!,
¡un abrigo con la piel de mi marido!, ¡habrase visto!
El
Paje.– No olvidéis que como siempre, terminando con
vosotros, seguiría con el castillo, y con nosotros, los muy simples mortales.
La
Reina.– Eso, digamos, también sería una pena. Por eso os
pido yo que prisa deis a vuestra empresa, y consigáis, con eficacia...
El
Paje.– ¡Un capullo, una dama, una doncella!, ¿dónde
habrá? Oh, aquí llega el Rey...
Entra
el Rey y se sienta. Luego habla mientras ve, lujurioso, su teléfono celular...
La Reina intentará quitarle el dispositivo.
El
Rey.– Yo conozco una muchacha, paje; digamos no muy
bien, la he visto... Una pastora es... muy bella; sí,... bellísima. Quizá si yo
mismo la buscara y aquí al castillo la trajera...
La
Reina.– ¿Una pastora? ¿Vos mismo? ¿Bellísima? No me
parece, el negocio, buena idea.
El
Rey.– Tal vez será lo justo, reina; el paje ha
demostrado ineptitud y displicencia en este encargo de encontrar mancebas.
El
Paje.– Pues ya que vos, así parece, experto sois tanto en
doncellas como, supongo, experto también en damas otoñales, por cierto
encontraréis la discretísima mozuela que al dragón desatinado regocije,
evitando de este modo vuestra muerte y, desde luego, que la reina tenga que
portar la prenda más lujosa, vuestra piel.
El
Rey.– Bueno será, entonces, que inicie ya mismo, luego,
presto, tan osada diligencia...
La
Reina.– No estoy de acuerdo. En todo caso si os place, yo
misma estoy resuelta a acompañaros. Serán necesarios un séquito de quince
damas, quince caballeros... un carruaje, veintiocho caballos. Habrá que llevar
algo de comer. También será forzoso llevar algunas provisiones, por ejemplo...
El
Rey.– Nada. Saldré ahora mismo y este paje, con todo lo
que vale, será mi compañía. Vámonos, paje.
La
Reina.– Venid acá, intento de aprendiz de gobernante. Si
os atrevéis a cruzar las puertas del castillo sin mi consentimiento y compañía,
soy capaz de... Rey, señor amado... Venid acá... No intentéis ni por sueño
acercaros con malas intenciones a doncella alguna. ¡Esperadme! ¡Rey!...
¡Bastardo!
***
VI ***
En
alguna calle de la ciudad. El Rey y el Paje azotan a un pordiosero.
El
Rey.– Entonces... ¿cuánto vais a pedir por vuestra hija?
El
Pastor.– Vos sois el Rey; vos me podéis obligar a daros mi
vida si es preciso.
El
Paje.– Eso es cierto, Majestad. ¿Por qué no lo
atormentáis y así seguro nos dirá dónde la oculta?
El
Pastor.– Ya os he dicho que yo no la escondí. Ella se habrá
metido abajo de la tierra, se habrá desfigurado la cara con vitriolo para no
ser reconocida, se habrá fugado a otras lejanas latitudes, se habrá vuelto
loca, ramera, pagana, perdida, hetaira, suripanta, meretriz... ¡Ay, hija!
El
Paje.– A éste no hay más que darle latigazos; a vuestra
futura nuera está injuriando.
El
Rey.– Dale con ganas.
El
Paje.– Arrodillaos, bastardo.
El
Pastor.– ¡Ayy!
El
Rey.– ¡Confesad!, ¿do se halla la muchacha?
El
Pastor.– ¡Su reino no es ya de este mundo!
El
Rey.– ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso...? ¿Ha muerto la
infeliz?
El
Paje.– No veis que está mintiendo, majestad. Os quiere
hacer caer en un engaño, un cuento.
El
Rey.– En ese caso... ¡dale más fuerte!
El
Pastor.– ¡Ayyy! (Se desmaya).
Entra
la "Doncella", es una mujer de más treinta que viste con harapos.
La
Doncella.– Ya basta, padre mío. No sacrifiquéis vuestro
cuerpo avejentado más por mí. No valgo así la pena. Señor Rey, su Majestad,
decidle, que pare, a vuestro criado.
El
Rey.– Criado, para.
El
Paje.– Señor, soy paje real de vuestro reino, insigne
paje, primer ministro, casi... No permitáis que una pastora vil me llame
criado.
El
Rey.– Esa pastora será mi nuera como tu mismo has
mentado ya hace rato. Querida próxima pariente... Sabéis a qué he venido;
ahorremos palabras, seguidme, que habréis de conocer muy pronto a vuestro
ínclito consorte.
La
Doncella.– Yo misma he de acudir y por mi propio paso; tan
sólo permitid que de mi padre restañe las heridas que vos mismo causasteis.
El
Rey.– Eso me parece un signo de nobleza; ¿será esta
chica digna de mi real confianza?
El
Paje.– ¿No veis que es una aldeana?
La
Doncella.– Mirad, mirad a mi padre desmayado; solo, postrado
en el suelo se ha quedado.
El
Rey.– Bueno hija, debéis recordar que tenéis con nos una
cita ineludible; si no acudís faltaréis a los principales códigos de
urbanidad... ¿Y qué va a pensar la gente de vos, que soy una bellaca miserable
como dijo el paje, indigna de cualquier respeto, indigna de ser la futura
esposa del príncipe dragón... del príncipe heredero a todo... de aquel que?...
La
Doncella.– No faltaré, rey soberano; os lo juro por lo más
preciado de vuestra descendencia, vuestros futuros nietos que yo, os juro,
prometo tener con vuestro hijo...
El
Paje.– Pero...
El
Rey.– Claro, hija... Mis nietos... Entonces hemos
quedado en un acuerdo. Yo os espero en el castillo; atended ahora a vuestro
padre.
La
Doncella.– Así lo haré. (Vanse Rey y Paje). Padre...
Padre... Despierta, padre. Papá... Ya es tiempo de que despertéis, el Rey se
fue. Oh padre mío, ¿por qué tenéis ese color tan azulado? ¿Por qué no
respiráis? Acaso... ¡Oh! ¡Ha muerto el desgraciado!
***
VII ***
La
"Doncella" vaga por las calles de la ciudad. Se encontrará con una
"Vieja Psicoanalista", disfrazada de pordiosera.
La
Doncella.– ¡Ay de mí! Mi padre, muerto a latigazos. Mi
destino en manos de un príncipe perverso que me despojará de vida, sueños... de
mi virginidad inmaculada, tan ardorosamente guardada aun hasta agora... ¿Qué
debo hacer, yo, huérfana tan desvalida, tan requerida del afecto más pequeño?
Vieja.–
No sufras, pequeña; que yo he de socorrerte.
La
Doncella.– ¿Vos? ¿And por qué habría de ayudarme una anciana
miserable? No me inspiráis, os digo, la mínima confianza.
Vieja.–
Sí, pequeña, te lo aseguro, he trabajado en diversos negocios y afamados.
La
Doncella.– Mencionad alguno.
Vieja.–
No es cosa mía el divulgar tales enredos; secretos son de gente como tú, que
motivada por problemas sin fin, sin aparente arreglo, han llegado hasta a mí en
busca de serenidad a su conciencia y digamos, sobre todo, a su inconsciencia.
La
Doncella.– Habláis de vero en términos profundos, ¿acaso sois
astróloga?
Vieja.–
No soy; mas conozco los caminos que han de transitar aquellos cuya condición se
encuentra entorpecida por oscura sombra.
La
Doncella.– Oh...
Vieja.–
Tales seres se encuentran sometidos a una suerte de encantamiento o maleficio
que los hace perjudicar a los demás, con gran dolor, puedes creer, para ellos
mismos.
La
Doncella.– ¿Un Maleficio? ¿Esa es la causa de mi enorme
sufrimiento? ¡Ay cielos! Pero... que yo sepa no he hecho agravio a persona,
animal o cosa alguna., al menos no tengo, no, no tengo yo esa idea.
Vieja.–
No hablaba de ti, sino del Príncipe Dragón, que está bajo la influencia maligna
de un hechizo. El seguirá atormentando a todos los hijos de este reino mientras
no llegue una alma pura y sin dobleces como la que tú posees.
La
Doncella.– Curiosa ayuda me otorgáis, vieja señora. Mi vida
entera se encuentra amenazada por esa bestia pavorosa y aún así queréis ayudar
al criminal y no a la víctima.
Vieja.–
Dalo por cierto; tú sólo serás el instrumento que acabe con su pena, romperéis
el hechizo en que se encuentra. Al mismo tiempo que lo salvarás del maleficio,
hallarás la dicha que otorga la piedad... Y sobre todo: tu vida estará fuera de
todo peligro.
La
Doncella.– Ah, vamos... ¿Y qué debo hacer? ¿Darle veneno,
estrangularlo, partirlo en mil pedazos?...
Vieja.–
Uno de los mejores métodos es descuartizarlo, ciertamente, pero ¿te juzgas
capaz?
La
Doncella.– No exactamente.
Vieja.–
Pues será preferible elegir artes sutiles, seductoras. Deberás fingir amor
apasionado por el Príncipe, para desnudarlo lentamente de cada una de sus nueve
pieles.
La
Doncella.– ¿Qué?
Vieja.–
Escucha y no me interrumpas. Para tu noche de bodas te pondrás diez, diez
vestidos de tela majestuosa, uno encima de otro. Cuando el dragón intente
desvestirte, deberás responder que tú misma lo harás, pero que a su vez él
deberá quitarse una de las prendas que lo cubren. Esto lo llevarás a cabo hasta
que te hayas quitado nueve vestidos, momento en el dragón no tendrá nada más de
que despojarse y tú todavía estarás cubierta.
La
Doncella.– Es decir qué el estará desnudo y yo... ¡Oh virgen
inmaculada!
Vieja.–
Cállate y atiende... Cuando el dragón esté desnudo se encontrará totalmente a
tu merced. Ahora, si de verdad deseas acabar con la maldición que pesa sobre
él, deberás realizar otras hazañas... ¿Estás dispuesta?
La
Doncella.– Sí.
Vieja.–
Pues entonces escucha con atención.
***
VIII ***
Días
después, en algún lugar de la casa, antes de que inicie "la boda".
El
Paje.– Y hay más su señoría... La muy doncella mandó
pedir para esta noche ciertas prendas, que a decir verdad parecen cosas de una
misa horrenda. Ha mandado pedir diez, ¡diez vestidos!, hechos con la tela más
pura, la más blanca. Además... ramas de encino, ¿o avellano? ...mojadas en
lejía.
El
Rey.– ¿Lejía?
El
Paje.– Jabón, su majestad, una herejía.. Eso sin hablar
de varios litros de leche hirviente y endulzada que no acierto a distinguir
para qué sirva, si no es para beber... Con todo eso, yo bien pudiera pensar que
es una bruja y que algún daño terrible, se atreva, infligir, a vuestro hijo.
El
Rey.– No puedo creer tales historias... En todo caso
recordad que el pavoroso engendro, mi hijo, no ha tenido muy buen
comportamiento que digamos. Y ella es tan bella, tan lozana.
El
Paje.– Yo no diría tanto. Y digo más, que es una criada.
El
Rey.– Pues yo diré sucintamente que os calléis y muy
presto os larguéis por los palomos que la ceremonia va a empezar.
El
Paje.– Presto voy, su majestad.
El
Rey.– Y decidle a la reina que se apure.
El
Paje.– Sí.
***
IX ***
En
la "iglesia", que es en realidad la capilla de la casa ("todo
queda en familia"), los reyes aguardan a los novios y al oficiante, el
Paje, que estará evidentemente disfrazado de cardenal apostólico.
La
Reina.– Oh, majestad, ¡las bodas me emocionan tanto!
¡Cuántos recuerdos despiertan en mí tales sucesos! Alguna vez vos mismo, algo
más joven, y yo, un poco más hermosa, vivimos estos momentos de celebración, de
gozo, que sin duda nuestro hijo y su futura esposa sabrán reconocer como es
preciso.
El
Rey.– Pero señora, si no supiéramos que tales nupcias
serán seguidas del duelo por la novia, muerta, desaparecida en el estómago
feroz de nuestro hijo la noche misma en que gozar debieran de sus nuevos lazos;
si por lo menos la muchacha se convirtiera en la futura reina, madre dichosa de
nuestros nietos anhelados... pues yo me encontraría muy dispuesto a gozar de
estos eventos...
La
Reina.– Ah, claro, es una pena. Pero mirad... Aquí se
acercan los palomos... ¡Que toquen los músicos una marcha singular!... (Se
escucha una Marcha Fúnebre). ¡Bravo!, ¡vivan los novios! ¡Viva nuestro
reino!
El
Paje–Sacerdote.– Estamos aquí reunidos ante los
máximos dignatarios de este imperio, así como ante testigos sin mácula, todos
ellos capaces de reconocer el noble matrimonio de vosotros hijos: Una adorable
doncella y un... príncipe dragón, su alteza, cuyos méritos no me atrevería a
pormenorizar, pues son tantos y variados que... Desde los comienzos de la
Historia hemos sabido apreciar...
El
Príncipe Dragón.– Sí, sí... menos palabras,
paje–párroco. ¿Qué sigue? Un beso, ¿no es así? Vamos doncella, recibe de mi
amor mis dulces besos.
El
príncipe persigue a la doncella, con obvia intención sexual.
La
Doncella.– ¡No! Por cierto, prefiero bailar con vos alguna
pieza.
Música.
Mientras Rey, Reina y Paje bailan una curiosa coreografía, muy simple; el
Príncipe Dragón realiza una obscena, casi pornográfica rutina, frente a la
doncella.
El
Rey.– Pero mirad, el baile ha terminado, demos nuestros
buenos deseos a los novios.
La
Reina.– Oh hijos, qué baile tan... original el vuestro.
¿Por qué no hacemos un brindis por vuestra felicidad y luego nos deleitan con
otra muestra de vuestra danza singular?
El
Príncipe Dragón.– ¡Nada!
El
Rey y el Paje.– ¡Eso es, un brindis!
El
Príncipe Dragón.– ¡Dije que Nada!
La
Doncella.– Pero, alteza mía... ¿No os gustaría celebrar, con
vuestros padres, nuestro encuentro feliz y seguramente venturoso?
El
Príncipe, rabioso, gruñe amenazante. Todos caminan tratando de encontrar un
lugar seguro. Finalmente, la "bestia", toma del cabello a su
"nueva esposa" y le dice:
El
Príncipe Dragón.– ¡No veis que no soporto estos
ambientes! Tonta mujer, ¿no comprendéis que lo que quiero es marcharme, sin
más, a nuestra alcoba?
La
Doncella.– ¡Sois tan romántico!
El
Príncipe Dragón.– Callad y seguidme en un
instante. Si no venís como una exhalación a mi aposento, arrastraré vuestro
cuerpo hasta la torre, ahí os arrancaré el cabello, os quemaré los ojos y luego
devoraré tus entrañas lentamente; arrojaré finalmente el tronco sangrante,
lastimoso, al foso del castillo, para alimento, sí, de mis hermanos más
queridos, los reptiles. (Sale el Príncipe Dragón).
La
Doncella.– Señores, con permiso, ha sido un gran placer.
El
Rey.– Adiós muchacha.
La
Reina.– Hasta luego.
El
Paje.– Adiós.
***
IX ***
En
la "recámara" del joven. El dragón entra cargando a la doncella. No
sabe dónde "colocarla" y la deja un instante en el suelo, luego va
por un "lecho". Lo coloca en el suelo y se acuesta invitando,
lascivo, a la doncella.
La
Doncella.– Dulce señor, ya que mi fin cercano está... Lo sé
pues no estoy ajena a vuestras artes mortales amorosas, permitidme, os ruego,
este deseo...
El
Príncipe Dragón.– Ninguna petición será
escuchada. Tiéndete en el lecho que a acabar contigo, y con tus vanos intentos
de impedirlo, voy dispuesto.
La
Doncella.– Lo haré sin duda, os lo prometo; pero... Singular
deleite causaría, en mí, que dejaras de lado vuestra ropa, y luego yo, también
despojaré de mi cuerpo este vestido que me estorba.
El
Príncipe Dragón.– Pareciera que dispuesta estáis a
disfrutar de esta aventura que, al menos para vos, será la última. Me despojaré
de mi ropa, que es envoltura singular como sabéis. (Se quita el saco).
La
Doncella.– Ahora quitaré yo mi camisa. Así, desnuda, veréis
que soy la amante fiel que siempre habíais deseado. (Se quita el primer
vestido).
El
Príncipe Dragón.– Mas no veo, ni asomándome a ese
cuerpo voluptuoso, vestigios de piel o de sudor alguno, ¿acaso estáis hecha de
tela? ¿acaso vuestra dulce piel es de algodón, doncella mía?
La
Doncella.– No más que vos, alteza mía, estáis cubierto de
membranas raras. ¿Qué es esta dura piel si no?, ¿qué puede haber debajo?
El
Príncipe Dragón.– (Se quita los zapatos).
Descubriréis que esta piel encierra más sensualidad de la que hubierais podido
imaginaros. Pero, ¿qué pasa?, debéis a vuestra vez quitaros esa prenda, ese
impuro vestido que cubre vuestro cuerpo, ¿qué esperáis?
La
Doncella.– (Segundo vestido). Ya está. Y seguimos tal
como antes, pues no sabría decir si lo que veo es la envoltura de un pez, o de
un lagarto, o una serpiente... No mostráis sino algo parecido al escamoso
pellejo de un dragón, en fin.
El
Príncipe Dragón.– ¡Pues qué esperabais! Por mi
parte yo no alcanzo a distinguir mas que un tejido que me enreda, y que me
quiere hacer caer. Confesad, ¡qué sortilegio tramas!
La
Doncella.– ¡Oh seductor misterio!, ¡oh lamentable hechizo!
El
Príncipe Dragón.– ¿Vos misma habláis de
encantamientos, bruja? ¡Terminaré contigo y tus malignas artes! ¡Venid a mí,
que he de tragarte!
La
Doncella.– Acabad conmigo amado mío, que luchar no quiero con
vos, que sois sin duda mi destino, mi amor, mi Dios en suma.
El
Príncipe Dragón.– ¿Es cierto cuanto escucho? ¿No
teméis, de mí, la muerte más atroz?
La
Doncella.– No, porque en verdad os amo.
El
Príncipe Dragón.– Nunca esperé palabras tales; no
sé qué debo hacer, el único apetito que concibo es devorarle todo el cuerpo; no
quiero esta confusión que a mis entrañas viene.
La
Doncella.– Acabad conmigo, lo deseo, pero antes debéis gozar
del cuerpo que te espera; yo a mí vez quiero sentir, es una súplica, tu cuerpo
desnudo en viva piel sobre mi carne fresca.
El
Príncipe Dragón.– Muy bien, doncella; mas
deberéis quitaros ahora vos primero ese vestido.
La
Doncella.– Así lo haré. (Se quita el tercer vestido).
El
Príncipe Dragón.– Y yo a mí vez... (Se quita
la camisa). Mas no veo aún la piel desnuda.
La
Doncella.– Hagamos otro intento. (Cuarto vestido).
El
Príncipe Dragón.– De acuerdo estoy y ansioso. (Se
quita unos tirantes).
La
Doncella.– Parece que es preciso quitar de cada lado alguna
prenda más. (Quinto vestido).
El
Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita los
pantalones).
La
Doncella.– Alguna otra, es necesario. (Sexto vestido).
El
Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita un calcetín).
Alcanzo a distinguir una pasión que nunca concebí por gente alguna; quitaos ya
todas las prendas que os faltan, pues súbita emoción me invade el ser, y no
sabría continuar con este asunto, sin lanzarme sobre vos y someteros al abrazo
más intenso que pudo sospecharse jamás sobre este mundo.
La
Doncella.– Calma, mi señor, y quitaos esa piel bestial que os
falta, yo quitaré a mí vez ésta que agobia, que entorpece. (Séptimo
vestido).
El
Príncipe Dragón.– Hecho está. (Se quita el
moño).
La
Doncella.– No es suficiente, mas parece que con una... (Octavo
vestido). ...todo comenzará para el amor, el nuestro, como jamás
imaginasteis.
El
Príncipe Dragón.– Con ésta... (Se quita el
segundo calcetín). ya son ocho las pieles que cubrían mi cuerpo de dragón,
no creo que falte alguna.
La
Doncella.– Yo veo que sí, también a mí me sobra esta novena,
la arrojaré, mas pediré que vos lancéis primero.
El
Príncipe Dragón.– No aceptaré si no lo hacemos a
la vez.
La
Doncella.– Muy bien, hagámoslo los dos al mismo tiempo.
La
Doncella se quita la camisa número nueve y todavía conserva la décima, el
Dragón parece que va a quitarse los calzones, cuando quita, en un gesto
orgásmico, su "última piel", la máscara.
El
Príncipe Dragón.– Doncella, qué habéis hecho.
La
Doncella.– Esta es vuestra noche de bodas conmigo, recibidla.
La
Doncella va por un atado de ramas secas y comienza a golpear, sin piedad, al
Dragón.
El
Príncipe Dragón.– He de matarte. No diré más.
La
Doncella.– No podéis hacer más daño. Con estas ramas de
encino hago olvidar cada uno de vuestros crímenes. Destruyo un falso ser. Acabo
con tu maldición.
La
Doncella pega sin piedad al cuerpo del Dragón hasta que ambos quedan exhaustos.
La
Doncella.– Venid acá... necesitáis un baño; sumergíos
dulcemente en esta tina que por agua tiene un mar de leche hirviente; os
dormiréis después conmigo en un abrazo, ¿os place?
El
Príncipe Dragón.– El baño es tan ardiente como el
fuego y sin embargo me conforta, me sumerge en mí mismo y no sabría decir ya
nada más con un sentido; quiero dormir profundamente.
La
Doncella.– Son esos deseos que hago míos y serán cumplidos en
este mismo instante. Venid a descansar marido. En este lecho despertaremos
mañana en una nueva historia, seremos los futuros Rey y Reina, gobernaremos en
este imperio cuando los viejos reyes falten; ya lo verás. Ahora, mi príncipe
dragón, podéis dormir.
***
X ***
A
la mañana siguiente; en el jardín...
El
Rey.– Y... ¿habrásela comido?
El
Paje.– Sin duda.
La
Reina.– Pobre muchacha, tan grácil, tan esbelta... Es una
lástima que haya muerto, la pobre, de ese modo.
El
Rey.– Lo cierto es que el príncipe, el dragón, no ha
salido todavía de su habitación, ¿qué habrá pasado?
La
Doncella.– Señores, parientes míos tan dilectos, heme aquí.
Yo sé que gusto os causará saber que mi vida no ha expirado, y que el dragón...
La
Reina.– Es una arpía, lo dicho: ¡lo ha matado!
El
Rey.– ¿Es eso cierto, pequeña, lo habéis asesinado?
El
Paje.– Eso está claro, mirad: en su sonrisa satisfecha
muestra la falta, el crimen, el delito, la infracción, la fechoría.
El
Príncipe.– Yo no diría tanto.
Todos.–
Oh... (El "príncipe" llega convertido en un joven apuesto y
tranquilo: viste, habla y camina como un nerd simplón. Por otra parte, no tiene
un pelo de tonto).
La
Reina.– ¿Y quién es este hermoso joven que se atreve a
irrumpir la paz de este castillo?
El
Príncipe.– Madre, ¿no reconocéis a vuestro hijo?...
La
Reina.– Es cierto, el alma me lo dice, me grita. Venid acá
oh sangre mía, dad un abrazo a vuestra madre que os adora.
El
Rey.– ¿Ese es el príncipe?
El
Paje.– Sin duda, majestad; eso es tan evidente como que
vos sois el Rey y yo, pues yo soy un paje miserable.
El
Príncipe.– Padre, y vos, ¿no abrazáis a vuestro hijo?
El
Rey.– No sé... Si vuestra madre os reconoce... Pues con
eso a mí me basta...
El
Príncipe.– Pero, majestad, oh padre mío...
La
Reina.– ¡Marido!
El
Rey.– ¡Ven a mis brazos, muchacho!
El
Príncipe.– ¡Padre!
La
Reina.– Bueno, pues ahora que el asunto, por fortuna, se
ha resuelto, no os queda más que abandonar este lugar que sin dudarlo fue
eventual, fue pasajero.
El
Rey.– ¿A quién le habláis así?
El
Príncipe.– ¿A mí?
El
Paje.– ¿A mí?
La
Doncella.– No, a mí... que por lo visto no tengo mucho que
hacer en este sitio, adiós, me marcho.
El
Príncipe.– Pero prenda mía, qué decís, venid acá. Madre,
tened cuidado con lo que decís.
El
Rey.– Oh, sí.
El
Paje.– Su majestad, debería tener cuidado.
La
Reina.– Habría que meditar sin duda en el enlace que
tuvisteis con esta linda muchacha, bondadosa sí, pero yo, como podréis
imaginar, deseo para vos una princesa.
El
Paje.– Claro, una real dama de corte muy lejana.
El
Rey.– Querida, callada quedarías mejor.
El
Paje.– Sí.
El
Rey.– Y vos también, paje.
El
Paje.– Yo… No estoy de acuerdo…
El
Príncipe.– Madre, padre... Mal parece que escucharon mis
oídos alguno que otro desatino seguramente nacido de mi imaginación y fantasía.
Vos, esposa mía, no escuchaste oposición alguna, de nadie, ¿no es así?
La
Doncella.– Oh, no, mi dueño y mi señor.
La
Reina.– Pues yo digo que...
El
Príncipe.– Padre mío, desde luego vendrán los tiempos en que
vos, lo que sabéis, me lo enseñéis como es debido.
El
Rey.– Será un placer, oh príncipe.
El
Príncipe.– Madre mía, vuestra experiencia y artes son fuente
inagotable que, sin duda, y con vuestro seguro beneplácito, sabréis transmitir
a la princesa.
La
Reina.– ¿Yo?
La
Doncella.– ¿A mí?
El
Paje.– ¿A cuál princesa?
El
Príncipe.– ¿Madre, verdad que estáis de acuerdo?
La
Reina.– Oh... sí... sabré muy sabiamente conducirla con
sabiduría, con fuerza y generosidad, ¿verdad, oh hija mía?
La
Doncella.– Oh, claro, madre.
El
Rey.– Pues no se diga más, hemos de celebrar como es
preciso estos sucesos, vayamos todos juntos al salón principal de este
castillo.
El
Paje.– Señor, debo decir que ha tiempo que sucio y
olvidado está ese sitio.
El
Príncipe.– No hay de qué preocuparse, Paje.
El
Rey.– No, vos limpiaréis muy bien si eso es preciso.
El
Paje.– Algún malestar siento en el vientre y no sería
prudente en esta parte decir abiertamente lo que opino.
El
Príncipe.– Vamos, padre querido.
El
Rey.– Vamos, vayamos todos juntos.
Salen
Rey, Príncipe y Paje.
La
Reina.– Antes que entremos, hija mía, y ya que sabiamente
hemos logrado establecer lazos dichosos. Ahora, como signo de amistad, os
mostraré mis más íntimos, magníficos, tesoros.
La
Doncella.– Oh, gracias, madre.
La
Reina.– ¡Mis rosales!
La
Doncella.– Son tan... ¡hermosos!
La
Reina.– Y hay algo más, como veréis, si hacéis conciencia:
dos tipos de rosa son las que cultivo: blanca y roja; dos colores. Son manjar
de dioses, así, sin cocinar, tiernas y frescas.
La
Doncella.– ¿De verdad?
La
Reina.– El mejor sabor nace al probar la unión de ambas
delicias en un solo bocado.
La
Doncella.– Oh, nunca lo hubiera imaginado.
La
Reina.– Tomad, y vayamos con mi gran marido el Rey,
también con vuestro príncipe.
La
Doncella.– Notarán que hemos tardado...
La
Reina.– Comedlas, si queréis, muy lentamente; más tarde,
si gustáis, regresaremos por más a este jardín, y a vuestros antojos daremos,
si es preciso, pronto fin.
La
Doncella.– Vayamos.
La
Reina.– Sí.
FIN.
Ciudad
de México marzo 1993 / Actualización 2026
®
SOGEM
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gavarreunam@gmail.com