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viernes, abril 05, 2024

María, la del Diablo: Benjamín Gavarre. (Versión 2026)

 


María, la del Diablo

(Paráfrasis de Mariquilla de Nimega)

 

Por Benjamín Gavarre

 

 

Personajes:

 

  • María (Después Mónica)
  • Tío
  • Tía
  • Azmodán
  • Psiquiatra

 

ESCENA 1

Una pintoresca cabaña con aires medievales, como de cuento. Puesta en escena con accesorios simples y una iluminación adecuada. María aparece como una aldeana; el tío como un anciano bondadoso, medio alquimista, medio loco.

 

Tío. — Así es, la mía sobrina, tienes que ir a la Ciudad y comprarme la despensa.

María. — Qué bueno que me mandas a estas horas, el mío tío. Ya está a punto de atardecer y seguramente voy a llegar casi de noche.

Tío.(Ignorando sus ironías) Hacen falta verduras, leche en polvo, mantequilla, alquitrán en bloque, ralladura de limón, ácido acetilsalicílico...

María. — ¿Qué?

Tío. — Tráeme aspirinas, ibuprofeno, clorhidrato…

María. — ¿Así lo pido?

Tío. — Ah, y unos componentes alcalinos.

María. — ¿Traigo azufre?

Tío. — Si llegara a darte alcance la noche, ve con la tu tía. ¿Dijiste azufre? No, no, eso es cosa del Demonio, ni lo menciones. Bueno hija, pues apúrale, que ya se hace tarde y necesito mis aspirinas.

María. — O sea que si se me hace de noche me quedo con la suya hermana. Eso sin duda... ya es tarde, y como la mía bicicleta está en reparaciones, caminaré dos horas. Pasarán los minutos y en lo que llego al súper y compro los víveres, pues ya sé que me tendré que quedar con la mía tía, que hace tantos años vive sola y amargada en la Ciudad.

Tío. — Ve con cuidado. Porque aunque moza eres todavía, pasarás no desapercibida para galanes imprevistos y señores rufianes que atacarte puedan, en el honor y en tu virginal figura.

María. — ¿Que me cuide de que me vayan a violar dices, el mío tío? Pues para qué me mandáis tan tarde, si tan preocupado estáis.

Tío. — Anda, anda... Ve a la Ciudad. Yo, como soy hombre de fe, aunque sacerdote retirado, comenzaré a rezar por ti y por tu buen viaje.

María. — Rezad, rezad por mí, el mío tío, que ya caminando voy a la Gran Ciudad que está a veinticinco kilómetros de aquí... Adiós, el mío tío. Tú quédate aquí tranquilo.

 

(Sale el tío. María camina en cámara lenta, en pantomima; la escena queda vacía por unos segundos).


 

ESCENA 2

La iluminación ha cambiado a un atardecer tenebroso. Es una ciudad moderna con aires anacrónicos de villa medieval.

 

María. — Lo dicho, ya es de noche. Veo sombras y presagios en este tenebroso atardecer. Tengo miedo de que fulanos zarrapastrosos quieran atreverse con mi doncellez inmaculada. O temo que algún galán me lleve al gozo de mi primera vez... Tengo miedo de eso y más. Pero qué veo, se ha encendido una luz. En esa casa es donde vive la mía tía. Espero no me vaya a desconocer y me conceda asilo, que estoy muy cansada y ya no puedo cargar estas bolsas.

 

(Toca a la puerta).

 

María. — Tía.... Tía. Tengo sueño...

 

(Se abre la puerta)

 

Tía. — Cada día trae una nueva sorpresa.

María. — ¿Qué me dices, tía? Soy yo.

Tía. — Lo que oíste, so piruja. ¿Con que “estas” tenemos?

María. — Qué le pasa, por qué ese atrevimiento.

Tía. — Aquí la única atrevida eres tú, so impura, incestuosa, marrana malparida.

María. — ¿Incesto? ¿Yo? ¿De qué me habláis? Yo solo vine a pedir albergue por esta noche.

Tía. — Albergue, claro, eso es lo que te gusta, puta, folgar con muchos hasta que se te hinche la panza. Ya me sé yo de esos tratos con los galanes que te han de seguir como jauría.

María. — No lo puedo soportar, gratuitamente y sin pruebas me acusas.

Tía. — Con el mío hermano te han visto fornicar, mosquita muerta. ¡Vete de aquí! ¡Pelandusca! Pasa la noche con quien te recoja, y búscate ya la manera de no ser tan piruja. Adiós.

 

(Le da un portazo. Luego vuelve a abrir y se queda con las bolsas del mandado. María, confundida, camina hacia un bosque de árboles amenazantes).


 

ESCENA 3

María.(Solloza) Oh. Me siento ultrajada. Es que eso de acusarme de incesto. Y con mi tío. Dios mío, ¿por qué no acudes en mi ayuda? Éste es el momento en que deberías presentarte. ¿O qué? Está bien, debo entonces pedir ayuda al enemigo malo. Que venga Satanás si es que tú, Dios, no me haces caso.

 

(Silencio).

 

María. — Estoy esperando alguna señal. Estoy sola en un bosque tenebroso y soy vulnerable. Soy María… tu sierva más humilde. ¿Ni una señal? ¿Que se caigan al menos las hojas? O quizá puedes hacer que llegue un leñador lindo y joven que me invite a su cabaña... ¿Es mucho pedir? Mejor me duermo.

 

(Se duerme. Sonidos de bosque tenebroso. Surge Azmodán vestido como un monje jorobado).

 

Azmodán. — Tal vez yo sí te pueda ayudar.

María.(Aterrada) ¡Ayyy! ¿Quién es usted?

Azmodán. — Soy Azmodán, pasaba por aquí.

María. — ¿Es usted un monje? ¿Lo manda Dios?

Azmodán. — Los milagros, claro... (Se quita la capucha: es tuerto y lleva un parche). Pues este soy yo.

María. — Mhhh. Usted... huele mal. A viejo, a encierro.

Azmodán. — Es cuestión de acostumbrarse. Yo estuve escuchando que necesitabas ayuda.

María. — Ya sé… Usted es...

Azmodán. — Lo descubriste. Yo soy el Diablo.

María. — No te ofendas, pero yo pienso que el Diablo se ve más poderoso, más como Jefe, ¿no?

Azmodán. — En la jerarquía de los demonios tengo licencia para hacer pactos y tentar a los inocentes. Puedo enseñarte a convertirte en lo que desees, pero antes tienes que renunciar a tu alma y a tu nombre.

María. — ¿Renunciar a mi nombre? ¿No te gusta María?

Azmodán.(Se retuerce) No lo digas, no por favor. Ese nombre me abrasa. No puede haber una María en el infierno.

María. — Pero es mi nombre. No tengo otro.

Azmodán. — Elige un nombre de súcubo. Así se les dice a los demonios femeninos.

María. — Súcubo no es un nombre, es lo que seré... Está bien, seré una súcubo, pero mi nombre será simplemente M.

Azmodán. — ¿Solo una letra?

María. — Sí. La M. No puedes quitarme una letra, Azmodán. Es solo un sonido.

Azmodán.(Dudoso) Una letra no es un nombre. Está bien. Trato hecho, M. Te daré dinero y el conocimiento de las siete artes liberales. Pero recuerda: éste es un contrato verbal. Y otra cosa: tendrás que dormir conmigo. Es parte del convenio.

María. — ¿Cómo? Yo no firmé eso.

Azmodán. — Un contrato de palabra se toma en el infierno como una aceptación total. Ya está hecho. Ven, nos vamos a divertir. Relájate… todo va a estar bien. Dilo conmigo.

María. — Ya. “Todo va a estar bien” ...


 

ESCENA 4

María sentada en un bar ultramoderno, siglo XXII. Viste alta costura. Su copa se llena de un líquido azul.

 

María. — Y quién lo fuera a decir... un viejo de la Edad Media me tiene dominada. Estoy cansada de tantos muertos. Azmodán me ha hecho trabajar de más. Setecientos cuarenta y tres hombres y cuarenta y cuatro mujeres... Todos al Infierno, gracias a mí.

 

(La copa se llena de líquido rojo).

 

María. — Me prometió transformarme en lo que yo quisiera... y ni siquiera puedo transformar mi propia vida. Soy una experta de todo lo que se supo durante el siglo XIII, puedo seducir a quien quiera, pero de transformarme en libertad... nada. Maldito seas, Azmodán. No puedo decir mi nombre completo, me quema la garganta... pero me queda la M. Soy la señorita M. Él cree que es por "Maldita", pero yo sé que es por... (Suspira). Siete años durmiendo con el viejo malvado. ¿Será demasiado tarde?

 

(Explosión de luces. Aparece la Tía con aspecto celestial y espectral).

 

Tía. — ¡La mía sobrina!

María. — ¿No te habías muerto?

Tía. — Me degollé en un momento de locura, pero he sido perdonada porque pude arrepentirme.

María. — ¿Y qué quieres? ¿Fastidiarme más?

Tía. — Que salves tu alma. El hecho de que no hayas renunciado a esa letra te salva. Esa M que guardas es la M de María. Es el hilo que te une al cielo. Pero antes, tienes que hacer penitencia: treinta años en una celda estrecha, sin salir.

María. — Muchos trámites, eh. Déjame lo pienso.

 

(La Tía desaparece).


 

ESCENA 5

Espacio Bosque. María sentada en una piedra. Viste de cóctel, pero saca un celular y un espejo.

 

María. — “La eternidad” ... Cuánto puede durar eso. Yo no sé si voy a aceptar tanto castigo. Lo que debo hacer es hablar con un Diablo mayor… ¡Lucifer! (Se levanta invocando) Ángel malvado, Lucifer, a ti te llamo, llega a mí, hazme tuya, llévame a las llamas eternas de tu reino!!!

 

(Efectos de humo y zumbidos. Surge Azmodán de traje moderno, elegante pero molesto).

 

Azmodán. — Me has llamado. Llamaste a Otro.

María. — Llamé al mejor. Por qué vienes tú.

Azmodán. — Soy el que te toca.

María. — Cállate y vete. No quiero más tratos contigo. Ni con la Virgen María ni con el Demonio.

Azmodán. — ¿Qué dijiste?

María. — Aléjate. ¡Ya!

Azmodán. — Has sido liberada. Tú misma lo hiciste, María… pero todavía no te das cuenta.


(Escena 6: La Clínica)

 

María se sienta en una piedra en el bosque, pero saca un celular y un espejo. De pronto, la iluminación cambia a blanco clínico. El vestido de cóctel se vuelve ropa sencilla. Es Mónica en la sala de espera de un psiquiatra.

Mónica. — Otra vez tarde. Puedo tener una crisis psicótica, haberme quedado sin medicamento o haber asesinado a alguien, y este señor no me recibe.

Psiquiatra. — (Abriendo la puerta) Puede pasar, Mónica.

Mónica. — ¿Ya era hora, no cree?

Psiquiatra. — Veo que ha tomado sus medicamentos, la noto mejor. ¿No la han visitado los demonios?

Mónica. — Ángeles, demonios... creo que la Virgen misma y… y… una mi tía muy extraña. Quería que me arrepintiera.

Psiquiatra. — ¿Qué has tomado hoy?

Mónica. — Lo de siempre. Tuve experiencias muy vívidas, doctor. Colores, olores... no me llamaba Mónica, me llamaba María. Pero me di cuenta de que no soy culpable de nada. No tengo que rendir cuentas a nadie.

Psiquiatra. — Eso es un gran progreso.

Mónica. — Voy a ejercer mi libre albedrío. Quiero estudiar ciencias.

Psiquiatra. — Una buena elección. Pero antes vas a tomar tus fármacos nuevos, sin efectos secundarios.

Mónica. — ¿Me lo asegura? Está bien, confío en usted. Es una buena persona, doctor Lavín.

Psiquiatra. — (Dándole el vaso de agua) Estarás libre de alucinaciones.

Mónica. — (Ansiosa) ¿Libre? ¿Por qué me dice eso? ¿Usted cómo se llama? Dígame que no se llama Azmodán.

Psiquiatra. — No, María. Mi nombre es Carlos. Soy el doctor Carlos Lavín. Toma tu medicamento... María.

 

Mónica se queda paralizada. El Psiquiatra la ve con expresión neutra. Mónica queda sola bajo un cenital, cierra los ojos.

 

Mónica. — Mi nombre es Mónica, Doctor, no me llamo María.

Psiquiatra. — Sí, lo sé, discúlpame, es que tú me dijiste que te llamaban así.

 

Mónica acepta finalmente el medicamento con el vaso de agua. Bebe. Mira intensamente al doctor, buscando desesperadamente confirmación profesional.

 

Mónica. — Ya, doctor. Estoy segura de que me voy a sentir mejor. Estoy segura de que esta vez... (su voz flaquea) ... esta vez todo va a estar bien.

 

El Psiquiatra sostiene su mirada. Su expresión, antes neutra y profesional, se suaviza en una sonrisa que es, al mismo tiempo, reconfortante y helada. Un silencio espeso llena la sala de espera clínica, que parece desvanecerse en la oscuridad del bosque.

 

Psiquiatra. — De eso estoy absolutamente seguro... María.

 

El nombre resuena en la sala, claro y deliberado. No parece ahora un error de su memoria. El Psiquiatra se levanta lentamente, manteniendo su sonrisa sutil y su mirada fija en Mónica.

 

Psiquiatra.(Su voz ha cambiado; sigue siendo suave, pero ahora tiene un matiz de posesión que no es de este mundo) Te vas a sentir mucho mejor. Ya nadie te va a molestar, querida… María.

 

Sin apartar la vista de ella, el Psiquiatra se aleja, saliendo de escena con un paso que parece tener la misma cojera leve y jorobada que Azmodán, o quizás es solo el cansancio de un largo turno. El decorado de la clínica desaparece por completo, dejando a Mónica sola bajo un cenital estrecho en la oscuridad.

Ella mira el vaso vacío en su mano, luego hacia donde se fue el doctor. Su rostro es una máscara de duda, terror y, quizás, una extraña y resignada aceptación.

Cierra los ojos. La luz cenital se apaga lentamente hasta llegar a un profundo…

 

Oscuro final.