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DUELO
DE PÓKER FACE
Farsa
cómica en un acto
DE BENJAMIN GAVARRE
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BENJAMIN GAVARRE SILVA
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DRAMATIS PERSONAE
- Metepiú: Aristócrata petimetre, afectado,
de rostro imperturbable pero pie inquieto.
- Pentesquiu: Su rival, altivo, sensual,
maneja el abanico con precisión militar.
- Madame de Sans-Souci: Cotilla mayor del
reino, con una lengua que corta cristales.
- El Duque de Carambola: Viejo noble, sordo
como una tapia, pero con un olfato implacable para el escándalo.
- La Marquesa de la Lorgnette: Voyeur
profesional de la corte, se hiperventila con el romance ajeno.
- Gastón: El lacayo que finge servir vino
pero vive de espiar cartas y pantorrillas.
- El Tallador: El croupier oficial de
palacio, al borde del colapso nervioso.
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ESCENA
ÚNICA
El
salón de los espejos pequeños. En el centro, una mesa de caoba donde Metepiú
y Pentesquiu juegan al Lansquenet. El Tallador baraja los naipes
reales con cara de pocos amigos. A la izquierda, Madame de Sans-Souci y
el Duque de Carambola toman té. A la derecha, en un diván, la Marquesa
de la Lorgnette vigila con sus impertinentes ópticos, asistida por Gastón,
el lacayo soplón.
Madame
de Sans-Souci. — (Cerrando el abanico con un golpe seco)
¡Le digo, Duque, que Versalles se está hundiendo en el fango del vicio! Mire a
esos dos. Metepiú y Pentesquiu. Dicen que están disputándose el feudo de
Gascuña, pero yo solo veo un descarado duelo de pupilas.
Duque
de Carambola. — ¿Qué dice? ¿Que se han puesto un vestido
dantesco? ¡Pues a mí me parece que les sienta bien el encaje!
Madame
de Sans-Souci. — ¡No, sordo de la maledicencia! ¡Que se están
devorando vivos! Esos dos no juegan por los ducados, juegan por ver quién rinde
primero la plaza fuerte... si me entiende.
En la
mesa de juego, Metepiú y Pentesquiu sostienen sus cartas pegadas al pecho. Sus
rostros son dos máscaras de cera, pero por debajo de la mesa, el roce de las
calzas de seda y los zapatos de tacón produce un siseo constante.
Metepiú. — (Sin
mover un solo músculo de la cara) Doblo la postura en el Lansquenet, mi
querido Pentesquiu. Apuesto mi carruaje de bodas a que su mano carece de la
firmeza necesaria para sostener este envite... o cualquier otra cosa de peso.
Pentesquiu. — (Con
voz lánguida y mirada de hielo) Mi pulso es de mármol, Metepiú. Aunque debo
advertirle que, por debajo del mantel de Flandes, su hebilla de diamantes está
ejerciendo una presión... sumamente absolutista sobre mi espinilla derecha.
Metepiú. — Un
mero accidente geográfico de la costura, mon cher. Concéntrese en el Rey
de Bastos.
Pentesquiu. — Me
cuesta concentrarme cuando su pantorrilla izquierda intenta invadir mis
fronteras como si fuera el ejército de Flandes.
En el
diván, la Marquesa de la Lorgnette se abanica el escote de forma frenética, al
borde del desmayo.
Marquesa
de la Lorgnette. — ¡Gastón! ¡Por los santos óleos, Gastón,
acércate! ¿Qué registra tu ojo de lince? ¿Qué se cuece en ese infierno de las
tentaciones?
Gastón. — (Inclinándose
con una bandeja de plata, fingiendo limpiar) Madame... la situación es de
una gravedad táctica inaudita. Monseigneur Metepiú tiene un trío de damas en la
mano, pero su pie izquierdo ya ha rebasado la rodilla de Monseigneur Pentesquiu
y avanza firme hacia el muslo. ¡Hay un asedio en toda regla bajo el tapete!
Marquesa
de la Lorgnette. — (Hiperventilando) ¡Oh, Luis XIV me
valga! ¡Qué delicia de pecado! ¿Y Pentesquiu qué hace? ¿Se defiende? ¿Pide
cuartel?
Gastón. —
Pentesquiu mantiene la cara de póker de un santo en su nicho, pero con el dedo
gordo del pie le está haciendo el contragolpe en el tobillo. ¡Es una carnicería
de seda, mi Marquesa!
El
Tallador da un golpe seco con el mazo de cartas sobre la mesa, perdiendo los
papeles.
Tallador. —
¡Señores! ¡Por el amor al protocolo de la corte! Les recuerdo que este es un
juego de caballeros bendecido por la Corona, no el laberinto de los jardines de
Versalles a las tres de la madrugada. ¡Mantengan sus extremidades inferiores en
sus respectivos distritos!
Metepiú. — (Indignado,
sin parpadear) ¿Qué insinúa este barajador de tres al cuarto? ¡Mi postura
es más recta que la aguja de una catedral!
Pentesquiu. — ¡Y
mi decencia está fuera de toda sospecha! (A Metepiú, entre dientes) ¡Te
lo dije, Metepiú! Tus obvias aficiones de explorador subterráneo nos van a
costar el exilio. Ya se ha dado cuenta hasta el repartidor.
Metepiú. — ¿Y
de qué habrían de darse cuenta? ¡Si somos el colmo de la compostura! ¿Acaso nos
hemos movido? ¡Espejismos de la plebe! ¡Pregúntale al Duque si nota algún
escándalo!
Madame
de Sans-Souci. — (Gritando desde su mesa) ¡Yo sí lo
noto! ¡Es un escándalo de proporciones bíblicas! Están usando el arte de la
distracción pélvica para ganar los naipes. ¡Duque, diga algo, que usted fue
mosquetero!
Duque
de Carambola. — ¿Que si fui curandero? ¡No, señora, pero una
vez le saqué una muela a un caballo con la empuñadura de mi espada! ¡Y no dolió
nada!
Madame
de Sans-Souci. — ¡Ay, qué cruz! (Hacia la mesa de juego)
Además, corren rumores de que ustedes dos están retrasando la partida porque
fantasean con la llegada de la Baronesa del Yogurtiú...
Metepiú. — (Saltando
con orgullo) ¡Falso testimonio de pasillo! No esperamos a la del Yogurtiú
para una timba de tres... Aunque admito que su fortuna en tierras es tentadora.
Pentesquiu. — No
nos rebajamos a las baronesas lácteas. Nuestras fuentes aseguran que el
mismísimo Rey Sol, don Luis XIV, viene hacia aquí porque quiere jugar... ¿al
tute? ¿Al tute al qué?
Tallador. — (Con
una sonrisa amarga y los ojos desorbitados) Al tute cabrón, imagino,
Majestades del descaro. Que es el único tute que se juega en esta corte de
víboras donde todos se dan la mano por arriba y la puñalada por abajo. ¡O peor
aún, al juego del naipe peludo, donde todos esconden la baraja pero enseñan los
colmillos! ¡O al de la copa caída, donde terminan todos borrachos y con el
honor por los suelos! ¡Jueguen de una vez o llamo a la guardia suiza!
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ESCENA
DE LOS OJITOS Y LOS NAIPES
Pentesquiu
baja ligeramente sus cartas, permitiendo de forma muy obvia que Metepiú las
espíe. Al mismo tiempo, Pentesquiu le guiña un ojo de forma lenta y deliberada.
Metepiú, manteniendo la cara rígida, responde abriendo los ojos de par en par y
lamiéndose los labios sutilmente.
Madame
de Sans-Souci. — (Dando un respingo) ¡Ahí está! ¡Se
han hecho el código secreto del guiño! ¡Le está enseñando el as de copas para
indicarle que su alcoba está disponible!
Marquesa
de la Lorgnette. — (Binoculares clavados) ¡Qué va,
Madame! Ese guiño significa: "Si me robas el Rey, te entrego mi ducado
esta misma noche". ¡Mire cómo Metepiú le responde con una mirada que
promete la anexión de toda la llanura de Alsacia!
Gastón. — (Asomándose
descaradamente) Disculpen las damas, pero desde aquí ese guiño significa
simplemente que a Monseigneur Pentesquiu se le ha metido un grano de polvo de
arroz en la pestaña izquierda... aunque la sonrisa que le ha devuelto el otro
no es de tener un grano, es de querer sembrar un huerto entero.
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CLÍMAX
Y DESENLACE
De
pronto, se escucha un estruendo de trompetas desafinadas en el pasillo. Un
ujier grita desde fuera: ¡SU MAJESTAD EL REY SOL!
Gastón. —
¡Gesto de alerta general! ¡Se escuchan trompetas! ¡El Rey viene por la galería!
¡Y trae su propio juego de cartas con el escudo de los Borbones!
El
pánico se apodera del salón. Todos intentan adoptar posiciones de reverencia
real a toda prisa. Metepiú y Pentesquiu, que tenían las piernas hechas un
auténtico nudo marinero por debajo del mantel, intentan levantarse con
elegancia, pero quedan atrapados.
Pentesquiu. — (Viendo
la puerta) ¡Metepiú, si este es el fin y el Rey nos exilia a la Bastilla
por indecentes...!
Metepiú. — (Rompiendo
por fin su poker face, apasionado) ¡Que nos exilien, Pentesquiu! ¡Pero que
nos exilien juntos!
Metepiú
agarra a Pentesquiu por la cintura y lo jala hacia sí. Se dan un beso
monumental, ruidoso y coreográfico en medio del salón, tirando las cartas al
aire. Madame de Sans-Souci se tapa los ojos, la Marquesa grita de alegría y el
Tallador se desmaya sobre la mesa.
La
puerta se abre de par en par con gran solemnidad. Entra un hombre bajito, con
una peluca desproporcionada que le tapa media cara, tropezando con su propia
capa roja. No es el Rey; es el bufón de la corte disfrazado, sosteniendo un
cetro de juguete.
Falso
Rey (Bufón). — (Con voz chillona) ¡Traigo la ley de
la diversión! ¡Quedan todos arrestados por exceso de seriedad!
Pausa
dramática. Todos se quedan mirando al bufón. Metepiú y Pentesquiu se separan
lentamente, limpiándose los labios.
Madame
de Sans-Souci. — (Mirando al bufón, luego al beso, y
rompiendo a aplaudir con entusiasmo) ¡Oh, maravilloso! ¡Qué espléndida
farsa! ¡Qué golpe de teatro! ¡Estaba todo preparado para celebrar el solsticio!
Marquesa
de la Lorgnette. — (Aplaudiendo de pie en el diván)
¡Sublime! ¡El beso ha sido de una verdad artística insuperable! ¡Viva el teatro
de la corte!
Duque
de Carambola. — (Aplaudiendo con fuerza) ¡Bravo!
¡Excelente cacería! ¡Aunque sigo sin entender por qué el perro llevaba peluca!
Todo
el salón estalla en ovaciones y aplausos hacia Metepiú y Pentesquiu, quienes,
recuperando instantáneamente su "poker face", se dan la mano con una
reverencia perfecta y fría hacia el público, como si nada hubiera pasado bajo
el mantel.
OSCURO
RÁPIDO
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