¡Gordura es hermosura!
Se trata de una pieza fundamental del teatro de Dario Fo (Premio Nobel de Literatura) y Franca Rame, quienes revolucionaron la escena italiana con monólogos que mezclan la farsa política, el feminismo y una cruda humanidad.
El peso de la soledad tecnológica
¡Gordura es hermosura! (originalmente Grassa e bella) no es solo una comedia sobre una mujer con sobrepeso; es una disección ácida de la enajenación moderna. Escrita en la etapa de madurez de Fo y Rame, la obra utiliza el cuerpo de Matea —hiperbólico y desbordado— como una metáfora de los vacíos emocionales que la sociedad de consumo intenta llenar con sustitutos.
A diferencia de la divulgación ligera que la vería solo como una "comedia de enredos", aquí el humor es una trampa: nos reímos de las grabaciones y los "sofás del amor" hasta que nos damos cuenta de que son prótesis para una soledad absoluta. No es una obra académica sobre el feminismo teórico, sino sobre la supervivencia emocional de una mujer que ha sido desplazada de su propio deseo y de su propia historia familiar.
Sinopsis (Spoiler Alert!)
La obra presenta a Matea, una mujer que, tras ser abandonada por su esposo (un brillante investigador nuclear), ha desarrollado una obesidad mórbida como respuesta psicológica al trauma. Para combatir la soledad, vive rodeada de tecnología: grabadoras que reproducen voces de amantes ideales y una "bicicleta fija" que es más un objeto de compañía que de ejercicio.
La trama se dispara con tres encuentros:
El Hombre Equivocado: Un extraño que confunde la casa de Matea con la de su esposa infiel. A través de la pared, ambos comparten sus miserias, revelando que el abandono y la infidelidad son patrones universales.
Marco (el colaborador): Trae la noticia de que las grabaciones de "apapachos" de Matea son un éxito comercial. Irónicamente, Matea se vuelve rica vendiendo simulacros de afecto a una sociedad igual de sola que ella.
Ana (la hija): Su llegada rompe la fantasía. Ana representa la "mujer moderna" que Matea critica por su falta de valores, pero el enfrentamiento termina en una demolición mutua. Ana le lanza la verdad definitiva: su exmarido no solo no volverá, sino que ha rehecho su vida por completo.
El final: Tras ser despojada de su última esperanza de reconciliación, Matea se refugia en su "sofá del amor" virtual, eligiendo la calidez artificial de una máquina sobre la frialdad de un mundo que ya no tiene espacio para su "exceso de humanidad".
Personajes
MATEA
La gorda
HOMBRE
Marido que se ha equivocado de puerta
JOVEN
Colaborador de Matea
ANA
Hija de Matea
ACTO ÚNICO
ESCENOGRAFÍA
El departamento de Matea.
Una habitación grande, mitad recámara, mitad
estudio-estancia. Al centro de la pared del fondo, el baño, con dos puertas
laterales: una especie de quiosco hexagonal, cerrado por dos vidrios grande de
opalina blanca. Cada vez que los personajes entran, se encienden las luces, de
modo que las siluetas de los huéspedes se proyectan aumentadas sobre el vidrio.
Al salir, las luces del interior del baño se apagan. Disposición: en el espacio
de la izquierda, sobre el fondo, una enorme cama matrimonial, burós a los
lados, una lámpara. En el espacio de la derecha, alejada en segundo plano, una
enorme mesa en ele, con computadora, impresora y todo lo necesario para grabar,
incluido un amplificador; en el extremo de la mesa, lo necesario para prepararse café o té:
tacitas, botellas, vasos y una caja de medicina: Intelect-X. En el proscenio,
otra mesa con una lámpara, un termo con café, una azucarera, varias tacitas,
cenicero, cigarros, una agenda y todo lo que se necesite. Sillas y sillones de
oficina con ruedas, repartidos por todos lados. Tras la mesa en ele, una
modernísima bicicleta fija. A la derecha del proscenio, apenas visible, la
puerta de entrada al departamento montada sobre carros, que en el momento indicado será adelantada unos
metros. El lado derecho del escenario es
recorrible y debe poder avanzar casi hasta el centro del escenario, de modo que
divida la habitación en dos. Al centro, en primer plano, una mesita de centro.
Lámparas de pie y diferentes controles remotos. Al abrirse el telón, en la
escena semioscura, se percibe la cama matrimonial, desordenada, con alguien
arriba de ella: ¿una persona? ¿Dos? No se sabe. Música durante algunos
segundos; luego una voz masculina, usando tonos acariciantes, dialoga con una
voz femenina: Matea.
VOZ DE HOMBRE: ¡Buenos días, tesoro, ya son las nueve!
Despierta, mi amor.
MATEA: Apenas se mueve. ¡Oh, noooo! ¡Otra pestañita…
te lo ruego! Besito… apapáchame…
VOZ DE HOMBRE: Apurándola. ¡Sí, sí… levántate ya!
¡Amor, son las nueve en punto… hoy es jueves … levántate!
MATEA: ¡Eres malo! Anoche me destruiste y ahora
pretendes… ¡Monstruo!
VOZ DE HOMBRE: ¡Sí, sí, soy tu monstruo! ¡Cuánto te
quiero! Bella, dulce, cándida, amor…
MATEA: Se abraza al Hombre. Oh sí, otra vez… otra vez…
amor…
VOZ DE HOMBRE: Despierta… despiértate, tesoro… hoy es un día afortunado… sé que estás
cansada… y que te gustaría acurrucarte en mis brazos… pero tienes que
levantarte…
MATEA: ¡Oh, eres un tirano!
VOZ DE HOMBRE: ¡No digas eso! ¡Mi amor…! Ya son las
nueve y cinco minutos… Hoy Marte está en la casa de Venus… ¡Será un buen día,
lleno de emociones agradables! ¡Levántate!
MATEA: Levantándose, enciende la lámpara colocada
sobre el buró. ¡Ya me levanté! A medida que la mujer avanza hacia el proscenio
aumenta la luz: nos encontramos frente a una Mujer desmesuradamente gorda, que
lleva puesto un elegante camisón blanco con encajes; bajo el camisón
distinguimos unas pantaletas color de rosa. Toma un control remoto de la mesita
de centro. ¿Basculita? ¿Dónde estás basculita? Menos mal que tiene localizador
electrónico… Desde la izquierda, llega al proscenio una báscula. ¡Aquí estás!
¡Buenos días! Intenta subirse en ella, pero la báscula se escapa entre sus
pies, alejándose hacia la parte de donde salió. ¿Qué haces? ¿Escapas? La
bloquea con el pie. ¡Te amolé! Se sube en ella. Ruido de resortes que saltan y
un lamento; la Mujer salta, asustada. ¡Ay, Dios, qué susto…! ¡Me explotó en los
pies! La báscula se va, rechinando Sí, llora, llora. Soy yo la que debería
llorar… ¿Para qué me peso…? Total, gramos más o gramos menos… peso ciento
veintitrés kilos… Se enciende un cigarro. ¡Ciento veintitrés! Da un patadón a
la cama. ¿Y tú no dices nada?
VOZ DE HOMBRE: Te lo repito amor… no te preocupes… a
mí me gustas así chonchita…
MATEA: ¡Barrigona, panza de hule… llanta Michelín! ¡No
exageres con tus adulaciones, querido! Mira el cigarro. ¿Pero qué estoy
haciendo? ¡Me fumo un cigarro recién levantada! ¡¡Solo!! ¡Sin café! ¡Ahorita me
lo tomo! Se dirige a la mesa y se sirve del termo una taza de café; echa un ojo
a la azucarera. ¡Mmmh, está amargo! A ver, subí dieciséis kilos en los últimos
dos meses… como que puedo ponerle una cucharadita… Qué puede hacer una
cucharadita en este corpachón… se pierde. Ejecuta. Ocho kilos al mes… Refiriéndose
al azúcar. Una no es ninguna, dos es la mitad de una… Ejecuta. Tres es apenas
una. Retoma el discurso. Dos kilos por semana… Vacía toda la azucarera
directamente en la tacita mientras dice: ¡Basta de privaciones! Se toma el café
y luego se dirige a la cama. ¡Si sigo así llegaré a los doscientos en menos de
lo que canta un gallo! ¡La Teresina del zooo… la mujer más gorda del mundo! Da
otra patada a la cama, el hombre suspira. Matea entra al bañ. Se trasluce si
abundante silueta. No, tú no te puedes acordar de ella… aún no habías nacido…
La exponían en los barracones de las ferias… deslizaba entre los pliegues de la
tienda un muslo así de gigante… Levanta una pierna imitando, a la Teresina.
Desmesuradamente gorda y rebosada. “Toquen, toquen”, gritaba el merolico,
“¡entren y podrán tocar lo demás!” Se levanta el camisón, se baja las
pantaletas, se sienta en el excusado y orina. Luego luego se juntaba la bola de
morbosos pervertidos… ¿Me escuchas, querido…? Todavía podría tener un chance…
¿Qué dices...? Pongo un bonito barracón…
Se levanta y jala la palanca.
VOZ DE HOMBRE: ¡Amor, son ya las nueve y cuarto!
Consulta la agenda…
MATEA: Sale del baño y consultar la agenda.
Actividades: “Tomar el Intelect-X para la memoria…” Menos mal que lo escribí,
sino se me hubiera olvidado. Esa Montalcino tiene muy buena cabeza… ¡hicieron muy bien en darle el Nobel! Levanta
una cajita de la mesa y lee. “Una en la mañana y una en la tarde…” Yo me tomo
las dos juntas cuando me levanto… se sirve un poco de agua si no, antes de que
me haga efecto el remedio se me olvida la de la tarde. Traga las dos pastillas.
Tengo hambre… tengo hambre… ¿Cómo es que siempre me despierto como si no
hubiera comido en dieciocho años? ¡Voy a comer! Me tomo un té… otro líquido… y
luego me pasaré la tarde haciendo pipí. Se prepara el desayuno; sin darse
cuenta, lleva a la mesa dos tazas. ¿Por qué tomé dos tazas? ¡Los malditos
reflejos condicionados! ¡No está! ¡Ya no está! ¡Lo echaste! ¡Ahora hazte tu
desayuno tú sola! Señala la cama. El nuevo no come nunca. Al regresar la
segunda taza a su lugar se le cae algo. ¡Ay mamá…! Lleva a la mesa en primer
plano una tetera y un frasquito de miel. Quién sabe por qué cada que sucede
algo imprevisto decimos “mamá”… ¡O “mamá” o “chingado”! Claro, es la primera
palabra que aprendemos… Me refiero a “mamá”. “Chingado” es la segunda.
Deletrea. Ma-má… ma-má… Se sirve té. Mi sobrinita la primera palabra que dijo
fue “Uva”… el nombre del perro. ¡Qué locura! Estábamos todos esperando: “Dí
mamá, dí mamá, tesoro… dí papá…” Y cuando nos quedábamos solas: “¡Dí tía!, dí
tía” Y aquélla, nada… “¡Uvaaa…!” Con su horrible voz aguda, de enana… “¡Uvaaa…!”
¿Le pongo o no le pongo miel? No, no le pongo. Deletrea. Ma-mm-má... ¡Cuántas
cosas me perdí por esa santa mujer que era mi madre! ¡Una gran señora mi madre,
toda casa, cama e iglesia! ¡Por mi bieeen! ¡Chocaaante! Gime como si estuviera
a punto de desmayarse. Me siento mal… me falta azúcar… mejor tomo algo… Toma
del frasco una cucharada de miel, que chupa golosamente. ¡Está muy buena…!
¡Está muy buena! ¡Dios bendiga a las abejas! Directamente al público. ¡Si sigo
así, al final de la gira de veras voy a pesar ciento veintitrés kilos! “¡Mata
más la gula que Salubridad!” ¡Paciencia, moriré! ¡Mi madre… una santa! ¡Cuidado
con hablar de sexo! El sexo no existía en mi casa: todos estábamos hechos como
las muñecas. Al trasero le decían “pompis”, y al delantero “conchita”… Por
muchos años cómo me dieron asco las conchas con chocolate… ¡Cuántas cosas me
perdí por culpa de mi madre! Me enseñó puras cosas equivocadas… Me enseñó, por
ejemplo, a ser honesta. ¿Para qué, a ver? ¡Tache! Me enseñó a ser fiel… ¡La
fidelidad! Debió haberme dado la ideología del engaño junto con la leche…
¡Engaña, engaña, engaña! Imagínense qué vida tan interesante hubiera tenido…
Agitada, llena de sobresaltos… de expectación… Despertarse en la mañana…
“¡Hoy-lo-veo-hoy-lo-veo!” Darse un buen baño, ponerse desodorante, perfume…
lencería sexy… Y el marido: “¿A dónde vas, querida?” “¡Al súper… hoy pagas dos
y te dan tres…!” Y vámonos: besos, besos… Imita un besuqueo frenético mi amor,
mi amor… ¡Madre querida, nunca podré perdonarte que me hayas embrutecido con
este yugo de la fidelidad absoluta, rígida… sin rodeos, sin tolerancia! ¡Los
celos…! ¡Yo a mi marido le di una vida de perros! Le hacía escenitas… lo
espiaba… le salía de las coladeras… ¡era una obsesión! Y los pequeños deslices
que me permití… un sentimiento de culpa… una desesperación… N´hombre, si
volviera a nacer: ¡tres! ¡Tres fijos! Ls llamaría a todos “mi chiquito” para no
confundir los nombres… Termina de desayunar, vuelve a colocar todo
ordenadamente, luego se acerca a la cama. Madre, me obligaste a reducir el
matrimonio a una especie de jaula para parejas obligadas a vivir en cautiverio
Al hombre que esta en la cama ¡ya estuvo bueno de dormir, tesoro, párate!
Levanta con fuerza las sábanas jalándolas hacia ella. Aparecen dos cojines dispuestos
de modo que simulan a una persona. Oh, Dios mío… ¿dónde estás? ¡No te hagas
chistoso…! Levanta los cojines y los avienta. Me han robado al amante… o a lo
mejor se escapó… ¡Me muero! ¿Dónde estás…? ¡Ah, estás aquí! Levanta una
voluminosa grabadora, la besa emocionada y la coloca sobre la mesa de trabajo.
¿Qué haría sin ti, tragacintas de mi corazón?
Aprieta una tecla. Se vuelve a escuchar la voz del
Hombre.
VOZ DE HOMBRE GRABADA: ¡Despierta… tesoro… ya son las
nueve!
MATEA: ¡Ya me caíste gordo!
Se dirige a bambalinas y lleva a primer plano una
bicicleta fija.
VOZ DE HOMBRE GRABADA: ¡Cuánto te quiero! Te amo…
aunque ayer en la tarde fuiste mala… Desnúdate… vamos bajo la ducha… ¡Quiero
enjabonarte de la cabeza a los pies!
MATEA: Apaga la grabadora. Así reduzco ese mes y
medio. Sube en la bicicleta y pedalea con ganas. Ahora doy un hermoso paseíto
en bicicleta… debo mantener ejercitados los músculos… ¡Quiero estar firme y
como chinampina! Ya renuncié a adelgazar… no pienso más en eso. Directamente al
público. Pero ni crean que nací gorda, no… ¡faltaba más! Era una varita… con la
grasa en su sitio… engordé desde hace un año… La historia comenzó cuando eché
de la casa a mi marido, cuando le dije: “¡Ámonos pa’ la calle…!” Y aguas cuando
una dice: “¡Ámonos pa’ la calle…!” ¡porque se van! Por otro lado, yo ya no
aguantaba más… ¡Exploté! “¡Ámonos pa’ la calle…!” Cuando se fue, me pasé veinte
días con la oreja pegada a la puerta como un viejo indio… Esperaba… pensaba
justamente que volvería… otras veces lo había echado… ¡y siempre volvía! ¡Pero
esta vez, mangos, no volvió! ¡Cómo me puse mal! Comencé a engordar de zopetón,
como se dice… Perecía como si me soplaran por dentro… y me inflaran… Por otra
parte, hay mujeres que por penas de amor comienzan a beber y se vuelven
alcohólicas; luego están las que se toman pastillas para dormir, para estar
arriba y “muy arriba”… y acaban adictas… y terminan en el manicomio… y las que
engordan… y yo engordé… He probado todas las dietas… la de los jockeys, la
mediterránea, la de la luna… incluso me tragué una tenia, sí, una solitaria. La
Callas hizo esa dieta y quedó hecha un hilo… Yo me tragué la solitaria… me
sometí a una dieta de faquir… No lo van a creer: ¡la solitaria murió de hambre
y yo seguí engordando! No hay nada que hacer… es una reacción nerviosa, una
cuestión psicológica… ahora yo… ya me acepté… Así de gordita soy un dechado de
virtudes… Suena el teléfono. ¿Quién me habla a esta hora? Levanta la bocina
¿Bueno…? ¡Bueno…! ¿Y ora? ¿No hay nadie…? Cambia de tono. ¿Eres tú? Sé que eres
tú… no trates de volver a casa… si eres tú… y si no eres tú… Emite una
trompetilla en la bocina y cuelga. ¡Pero por qué tienen que molestarme! Para mí
que es él… ¡es él! Desde hace un año que no lo veo… llama de vez en cuando…
sólo espera que yo le diga “vuelve”. Pero yo por ahora, ¡puras habas! Ya
veremos después. Les estaba diciendo que me acepté como soy. Un día me dije:
quiero afrontar la realidad… quiero verme enterita... beber hasta el fondo el
cáliz amargo… Era el dos de noviembre, el Día de Muertos, y ya estaba bastante
melancólica… me desvestí y con valor me miré en el espejo, por delante y por
detrás: perdí el sentido… coma profundo. Lo que más me molestó… gorda, pasa,
¡pero las proporciones! ¡Es justo un hecho estético! De verme estos muslos así
de desparramados… que la mujer cuando se desparrama de los músculos, se
desparrama… ¡pero yo me pasé! Y luego, me derrumbé del trasero… ¡Queridas
muchachas, de traseritos sólidos… sépanse bien que, a pesar de todo, luego de
los treinta y ocho hay un derrumbe de glúteos imparable! Al público. Todas las
tardes hay un aplauso en este momento… ¿Saben quién bate las palmas? Todas las
mujeres con el trasero derrumbado que dicen “es cierto, es cierto…” Estaba
desesperada, angustiada por tanto desbarajuste… Hice una encuesta entre todas
las señoras del edificio… convoqué a una reunión de condominio. Orden del día:
“Derrumbe del trasero de la señora Matea, del cuarto piso.” Fue muy hermoso…
todas las señoras estaban ahí, atentas… generosas… observando mi trasero… A
veces entre las mujeres nacen grandes amistades, o entre veinteañeras y
cincuentonas o coetáneas de cincuenta para arriba… antes no, es difícil hacer
amistad… Claro siempre hay excepciones… todas dándome consejos… haga así, haga
asado… De repente se levanta una, estupenda… joven… delgaaada… delgaaada… ¡un
hilo! Treinta y dos años, magnífica, bella, delgaaada, méndiga… es la más
méndiga del condominio… delgada… ¡que las delgadas son tremendas…! rabiosas…
¡porque siempre tienen hambre! Y me dice: “¡Camine de puntitas!” ¡Me aventé un
periodo así! Hace una caminata sobre las puntas. ¡Parecía Rey Mago! ¡Y luego
hasta gimnasia para endurecer el interior de los muslos, llamada “de la rana”!
Ejecuta. No se rían tanto, que ya las estoy viendo por ahí mañana temprano
caminando así… Lo intenté todo… luego, un buen día me dije, “¿y a mí qué
carajos me importa? ¡Estoy gorda…!” ¡La gordura tiene sus ventajas! Estoy
calientita en invierno… si se me antoja dormir en el suelo ya tengo incorporado
el colchón… total, acepté mi vida de chonchita… ¡La gordura es hermosura! Pero,
como les decía, no nací gorda. Para que sepan quién soy, les debo contar de
dónde vengo… Quiero que sigan y entiendan todos mis problemas de principio a
fin… si no, ¿qué vinieron a hacer aquí? Pausa. Si estoy gorda, tengo mis buenas
razones. Nací a la sombra… crecí, viví, me eduqué y me casé a la sombra. Él,
investigador nuclear de carrera, cada vez más importante… incluso propuesto
para el Premio Nobel… yo, a mi vez, investigadora nuclear, esposa del
investigador nuclear… que no sé por qué chingadera mental renuncié a la carrera
y me abandoné toda a los hijos… esposo e hijos… Mi trabajo lo abandoné poco a
poco… trabajaba para él… feliz de sus éxitos, que sin embargo eran sólo suyos.
Estuve casada con mi querido esposo investigador-nuclear-cuasi-Nobel durante
treinta años. Él se había vuelto importante… ¡importantísimo…! ¡Un monumento!
Pero los monumentos, como todos saben, se levantan sobre un pedestal. Pasé
treinta años de mi vida así. Se pone de perfil al público y se dobla hacia
adelante hasta tocar el suelo con las manos. ¿Saben por qué las mujeres rara
vez se ganan el Nobel? Porque no tienen esposas que las ayuden. Esta no es mía;
no sé quién la dijo, pero es buena. Pausa. Como todos los imbéciles era feliz,
contenta con lo que tenía: “¡su amoooor!” Cantaba día y noche… él se iba a la
cama dos o tres horas antes que yo y se levantaba dos o incluso tres horas
después de mí; pero qué alegría entregarle al despertar sus apuntes, que yo
había elaborado durante la noche, ya escritos a máquina. Qué alegría verlos
publicados en las revistas más importantes…. ¡qué hermoso leer su nombre bajo
el ensayo que había hecho yo! ¡Qué hermoso…! ¡Qué pendeja! Pero entonces no lo sabía.
Le di todo con verdadero y gran amor. La única cosa que a cierto punto comenzó
a cagarme los huevouus… si todos hablan inglés… tengo que adaptarme… fue que,
en los últimos quince años, al envejecer, perdió la cabeza. Mi esposo es un
gran investigador nuclear, pero también es un más que asiduo investigador de…
cómo decirles… de “conchitas”… Buscaba, buscaba y encontraba. ¡Y cómo
encontraba! ¡Que como encuentran los investigadores nucleares no encuentran
ningún otro! A cierto punto, como les decía, me cagó los huevos y le dije:
bájate del pedestal que de ahora en adelante quiero caminar derecha y levanta
la voz “¡ámonos pa’ la calle!” Y aquél se fue. Luego, cuando vi que no
regresaba, creí que me moriría… pasé cada cosa… ¡un dolor! Nunca me hubiera
esperado una reacción semejante de mi parte… de veras creí morir. Pasé un año
en coma profundo… sufrí como un animal. Ya no dormía, ya no comía… y de todos
modos engordaba. ¡Me puse tan mal! Ya no tenía nada que hacer… los hijos
estaban grandes… Veía películas día y noche… películas de amor de mi juventud…
prendía mi videocasetera y me ensimismaba con la protagonista siempre
traicionada y abandonada, y luego, duro, a llorar como una Magdalena… ¡En mi
casa no se caminaba… se nadaba! No sé cómo comencé a grabar las voces de los
actores, Sinatra, Paul Newman, Gary Cooper, Marlon Brando… grababa, cortaba la
cinta, pegaba… en suma, me fabriqué diálogos de amor para mi dosis cotidiana:
el despertar con apapachos… la canción de cuna con halagos… ¡Con Frank Sinatra
sí hago el amor…! Algunas escenas de celos para mantenerme en forma… Paul
Newman de joven me gusta a morir, aunque tenga los brazos algo cortos… sí…
créanme… tiene brazos cortos… “No, querido, te lo juro, no te he engañado…” y
cosas por el estilo. La noticia se difundió por el condominio; todas las
señoras me pedían la cinta: “Mi esposo va a salir, ¿me prestas tu despertar con
apapachos? Así mañana me despierto muy bien y paso un hermoso día” luego un
tipo me propuso un business: “¡Señora, usted es un genio!”, me dice. El primer
cumplido en treinta años… “Este invento… el despertar con apapachos, si me
permite, lo lanzamos al mercado.” Pausa. Estoy esperando el resultado de la
investigación de mercado… estoy muy ansiosa porque, imagínense… a mi edad,
gorda como estoy, con el desparramamiento de muslos, plantada por el marido…
tener triunfo, una victoria en la vida… salir victoriosa en algo… Si me va
bien, me volveré rica… Pero, ¿les digo a la verdad? Esta ruptura con mi marido
me ha pesado un poco… aun cuando me sienta libre… He pasado momentos de
indecible dolor… soledad… es inútil negarlo… ¡Creí volverme loca! Quién sabe
dónde andará aquél pobre güey… Vuelve a subirse en la bicicleta, aprieta un
botón colocado en el manubrio y pedalea: musiquita de fondo. ¡También pongo
música! Me hizo ver mi suerte… pero me gustaba… me hacía cumplidos de
ciencia-ficción: “¡eres una astronave bellísima… llena de luces!”, y el muy
cabrón me apagó todos los foquitos… Ahora se volvió a encender uno que otro.
Nunca me imaginé que dependiera tanto de un hombre… Levanta la voz. ¿Dónde
estás? ¿Dónde estás? ¡Cálmate! ¡Vuelve a casa! Con tono normal. Ya se ha ido en
otras ocasiones… ¡pero siempre ha vuelto! Verás que también regresa en esta. Al
perderme, él ese está perdiendo algo gordo… No se rían… estoy hablando de la
relación… hablo de mí como persona… de lo que llevo dentro, de cómo soy yo… Soy
una persona estupenda… sí, estupenda, humana, generosa inteligente… La sección
de la puerta de la casa de Matea se adelanta un metro. Un hombre de edad
avanzada toca el timbre. ¿Quién es?
HOMBRE: Muy afligido. Amor, perdóname… estoy aquí otra
vez contigo… ábreme, deja que te aclare…
MATEA: ¡Ay, Dios! Baja de la bicicleta y se acerca a
la puerta. ¡Mi esposo! Me siento mal… ¿Eres tú?
HOMBRE: Claro que soy yo…
MATEA: Con tono seguro. Y para qué volviste… estoy
bien sola… ya me adapté…
HOMBRE: ¡Pero yo no puedo adaptarme! ¡Te juro que
cambiaré… déjame entrar!
MATEA: Un momento… tú no eres mi esposo… no te
reconozco…
HOMBRE: Claro, soy otro… ¡verás que estoy cambiando…
irreconocible!
MATEA: ¡Si supieras cómo estoy irreconocible yo! ¡Pero
tú…. no eres mi marido!
HOMBRE: No hagas bromas. Prepotente. ¡Déjame entrar o
tiro la puerta!
MATEA: ¡Inténtalo! Mira que no estoy sola… ¡hay un
hombre conmigo!
Va a donde está la grabadora, la prende.
HOMBRE: ¡Te dije que no hagas bromas! ¡Cruel!
MATEA: ¡Ahorita lo llamo! Querido, ven aquí un
momento…
VOZ DE HOMBRE GRABADA: Sí… aquí estoy… hagamos de
nuevo el amor…
Matea apaga la grabadora.
HOMBRE: ¿Quién habla? Oí allá adentro la voz de un
hombre que…
MATEA: ¡Seguro! Es mi hombre. ¡Váyase!
HOMBRE: Pero cómo… ¡¿apenas acabas de echarme de la
casa, me tratas como un extraño y ya estás con otro?! ¡E incluso le haces el
amor! ¡Entiendo que quieras humillarme, pero esto es el colmo! Es cierto, perdí
la cabeza… pero ahora sólo cuentas tú… Siempre has contado sólo tú.
MATEA: ¿De veras?
HOMBRE: Bueno… tú y una que otra… ¡pero tú más que
todas!
MATEA: Señor…
HOMBRE: Fastidiado y al mismo tiempo impetuoso. ¡No me
llames “señor”! Soy tu Aldo… ¡tu amor santo que toca a tu puerta!
MATEA: Escuche, señor
Aldo-mi-amor-santo-que-toca-a-mi-puerta… ¡te equivocaste de puerta! También yo
tengo un esposo que perdió la cabeza; también yo lo eché de la casa… la única
diferencia es que yo no soy “tu” esposa.
Corre a prender otra vez la grabadora.
HOMBRE: ¿Cómo que no eres mi esposa…? ¿Y entonces,
para que volví a esta casa?
VOZ DE HOMBRE GRABADA: Desvístete… Quiero enjabonarte
toda, de la cabeza a los pies…
HOMBRE: ¡¿Y quién es el cerdo ése que te quiere
enjabonar toda?!
MATEA: ¡Óigame, yo me dejo enjabonar toda del cerdo
que me dé la gana! ¡Váyase o llamo a la policía! ¡Es más, ahorita mismo la
llamo!
HOMBRE: Tiene razón, eso no me incumbe… déjese
enjabonar por quien se le antoje, pero no llame a la policía, se lo suplico…
Estoy muy agitado… necesito hablar con alguien… a lo mejor me equivoqué de
piso… Pero no… éste es el cuarto… ¿o no?
MATEA: Sí, es el cuarto.
HOMBRE: Entonces me equivoqué de edificio… a lo mejor
hasta de calle…
MATEA: Sí, a lo mejor hasta de ciudad. ¡Ahora váyase!
HOMBRE: Sí, ya me voy… De cualquier manera debo
decirle que me hizo mucho bien desahogarme con usted… ¿Sabe?, tengo muchas
ganas de conocerla… déjeme pasar…
MATEA: ¡Ni loca! ¡Imagínese si dejo entrar a mi casa a
un desconocido temprano en la mañana! ¡Nunca! Por lo que a mí respecta, usted
podría ser un maniático sexual que a la hora de la hora me salta encima como en
aquella película… ¿Vio Un hombre en mi puerta?
HOMBRE: Sí, la vi…
MATEA: ¡Era tremenda! Hace recorrer la pared de la
derecha hacia el centro del espacio escénico, de modo que se separe la recámara
de la sala. ¡No dormí en toda la noche! Al día siguiente fui a comprarme la
cinta… Toma un aparato parecido a un control remoto y lo dirige a la entrada de
la puerta para abrirla. Bueno, pásele, está abierto.
Corre atrás de la pared divisora y habla desde allá.
HOMBRE: ¡Órale… está abierto! Entra. La puerta sale de
escena. Pues sí… ésta no es la casa de mi esposa…
MATEA: ¡No se asome o grito! ¡Estoy desnuda!
HOMBRE: ¡¿Desnuda?!
MATEA: ¡Oiga, no haga la vocecita ésa del que ya está
listo como el Nescafé! Cálmese y siéntese.
HOMBRE: No hay sillas…
MATEA: Le pasa la bicicleta. Siéntese aquí.
HOMBRE: ¡¿En una bicicleta?!
MATEA: ¡Sí, es comodísima, paso días enteros en ella!
Cuénteme su historia de amor…
HOMBRE: La mía es una tragedia de amor…
MATEA: ¿También la suya?
HOMBRE: Un hombre de mi edad… cincuenta y seis años,
que se enamora de una muchachita…
Se sube en la bicicleta.
MATEA: No he escuchado una historia semejante desde
que estoy en este mundo.
HOMBRE: Deliciosa… La conocí después de un concierto…
el concierto lo daba yo.
MATEA: ¿Ah, usted es músico?
HOMBRE: Sí, percusionista: timbales, tambor y
platillos. Formo parte de un octeto… tocábamos a Stravinski… Yo tocaba los
timbales con las baquetas… chocaba los platillos… ¡y ella me miraba como si
fuera un dios! “Pluto que golpea el tambor de los infiernos”, así me llamó.
Pedalea sin darse cuenta.
MATEA: ¡¿Lo llamó Pluto…?! ¿El perro de Tribilín?
HOMBRE: ¡Qué Tribilín ni qué ojo de hacha! El dios
Pluto… ¡el que raptó a la Primavera!
MATEA: Disculpe, tengo bloqueada toda la mitología.
HOMBRE: Luego de la percusión la invité a cenar. El
corazón me latía como mi tambor… ella era joven, muy entusiasta… ¡Nos amamos
con locura! Logré mantener escondido mi concierto… quiero decir, mi relación
por un tiempo a mi esposa; luego, un día, me sorprendió en el baño cuando,
mientras hacía gimnasia, cantaba: “Y ahora te llamaré Pirinolita amorosa… tra
lala lala…” “¿De quién te enamoraste esta vez?”, me pregunta de zopetón. ¡Se
había dado cuenta de todo!
MATEA: ¡Sopas… intuición superlativa!
HOMBRE: Sí, sabe leer cualquier gesto mío… Si
estornudo, no me dice “salud”, sino: “Cuando hagas el amor con otra en turno,
déjate encima la camiseta de lana… No andes por ahí encuerado de culoalviento
deportivo. Pirinolita cabrona, tra lala lala.”
MATEA: ¡Qué graciosa! Hubiera hecho algo así con mi
marido… Mire, Pirinolita… tra lala lala… tengo que vestirme y debo pasarme para
allá… ¿Le molestaría cambiar de espacio? Espere mi señal.
Entra al baño por la puerta que da a la sala.
HOMBRE: Lo que no entiendo es cómo, a un cierto punto,
mi esposa perdió los estribos… ya no quiso entenderme…
MATEA: Pase al otro cuarto.
Sale del baño por la puerta que da a la recámara, se
dirige al armario, busca algo que ponerse, luego regresa al baño.
HOMBRE: Ejecuta. ¡Ah, mira tú! ¡Pues sí… ésta no es la
casa de mi esposa! Quién sabe dónde fue a parar el tipo aquél…
Sin darse cuenta se apoya en la grabadora y la prende.
VOZ DE HOMBRE GRABADA: ¡Ven bajo la ducha conmigo…
quiero enjabonarte toda!
HOMBRE: Da un salto hacia atrás, luego se da cuenta y
apaga la grabadora. ¡Ajá, conque aquí está el cerdo!
MATEA: ¡Deje en paz a mi novio electrónico! ¿Decía que
su esposa había perdido los estribos?
HOMBRE: Sí. “¿Cuántos años tiene tu viola d’amore?”,
me pregunta de repente… “Diecinueve…” “Y apuesto a que también era virgen.”
“Sí…” “¿Y si un hombre de tu edad le hubiera hecho lo mismo a tu hija, cómo
hubieras reaccionado?”
MATEA: ¡Ah, por fin reaccionó! ¡Bravo!
HOMBRE: Ni siquiera levantó la voz. Me dijo:
“¡Bájate!”
MATEA: ¿Bájate de dónde?
HOMBRE: Se me olvidaba… Íbamos en coche… ella manejaba
más de cien por hora… Le dije: “¿Te molestaría frenar antes un poquito, por lo
menos?” Terminé a pie, a un lado del acotamiento, a cincuenta kilómetros de
Milán… Y sólo pasaban tráilers.
MATEA: Y con la muchacha, ¿qué pasó después?
HOMBRE: Sucedió que… Mira a su alrededor. ¿De dónde me
habla?
MATEA: ¡No se voltee! ¡Mire que lo estoy viendo!
HOMBRE: ¡No me diga! ¿Qué, acaso está en todas partes?
MATEA: Sí, me desparramo un poco.
HOMBRE: Sucedió que de repente ella también me plantó
y se casó de blanco, con un mediocre maestrito de inglés con el que salía desde
antes, pero yo no lo sabía. Siempre me decía que era su primo. Así, la historia
terminó con un cadáver sobre el campo: el mío.
MATEA: ¡Estoy destrozada! Oiga, cadáver sobre el
campo suyo… ¿Lo molesto si se vuelve a
pasar para allá? ¡Sin voltearse!
HOMBRE: Sí, sí... Vuelve a la recámara, caminando “de
cara al público”; se apoya en la bicicleta y, casi sin darse cuenta, se sube en
ella y pedalea. Matea sale del baño; trae puesto un camisón negro ligero con
encajes atado por delante y encima una blusa de terciopelo, se dirige a la
pared divisoria. Oiga, usted me da curiosidad… tan misteriosa… que no se quiere
dejar ver… me intriga. ¿No sería posible quitar de en medio esta especie de
Muro de Berlín? ¡Quiero conocerla!
MATEA: ¡Nunca…! ¿Qué piensa que hay de este lado
del muro…? Mire que yo, además de estar
decididamente cerrada a cualquier relación, soy árida, déspota, egocéntrica. No
existo ni como persona, ni mucho menos como mujer… aun cuando sea muy evidente…
tampoco quiero ser la camita caliente de nadie. Ah, se me olvidaba: mido uno
cincuenta, tengo cincuenta años… y peso más de cien kilos sin hueso… Pausa.
¿Todavía tiene ganas de conocerme?
HOMBRE: No le creo; usted me está cotorreando… Usted
no está gorda… ¡Tiene una voz muy jovial!
MATEA: ¡Sí… soy la Caperucita Roja!
HOMBRE: No, no me asusta. ¡No me iré de aquí sin
haberla visto!
MATEA: ¡Pues entonces lo castigo! ¡Peor para usted!
Ayúdeme a recorrer la pared… Ejecutan. ¡No me mire!
HOMBRE: Ta’ bien, no la miro…
Los dos empujan la pared hacia la derecha, matea
enciende la grabadora: una música triunfal, tipo Las cuatro estaciones de
Vivaldi, acompaña a la Mujer, quien corre hacia la mesita de centro, se sube en
ella y posa como una estatua de Venus barroca.
MATEA: Ahora sí, voltéese.
HOMBRE: Por un momento se queda sin aliento. ¡Dios,
cuánta humanidad!
MATEA: Se quedó de a seis, ¿eh?
HOMBRE: ¡Usted es… usted es… Usted tiene algo de
majestuoso en esa abundancia generosa!
MATEA: Mis amigos me dicen la catedral.
Baja de la mesita y va a apagar la grabadora.
HOMBRE: No, no diga eso. Aparte de que yo en realidad
estoy hasta aquí de las muchachitas en busca de un padre. Lentamente, se acerca
cada vez más a Matea Está también la amistad, la inteligencia… la comprensión…
un afecto profundo… sólido…
MATEA: Dijo una pendejada tras otra… ¡Váyase… si no,
finjo tropezar, le caigo encima y lo aplasto!
HOMBRE: Ya me voy, ya me voy… pero permítame venir a
verla… de vez en cuando.
MATEA: De veras quisiera usted… ¡Ya entendí, usted es
del club “toda abandonada está perdida”!
HOMBRE: No, ¿qué está diciendo?
MATEA: ¡Váyase, si no lo castigo… me desvisto toda!
HOMBRE: ¡Me voy…! Pero una última pregunta: ¿Por qué
se dejó engordar así?
ATEA: Grita. ¡Me desnudooo!
De un tiro se desata el camisón y se muestra en toda
su gordura.
HOMBRE: ¡Nooooo!
Sale corriendo. Con él, sale de escena también la
puerta.
MATEA: ¡Le bloquee la erección por veinte años! Se
vuelve a abrochar el camisón. Transición. Los personajes cambian, pero las
historias son las mismas. Somos unos replicantes. “¡¿Por qué me dejé engordar
así?!” ¡Naco maleducado! Me pone también en predicamento. ¡Imagínate! Se pone
un par de sandalias plateadas de tacón alto. Déjenme poner los tacones, que me
hacen ver más delgada. Pausa. Miren qué cosa más increíble… ¿Se dieron cuenta…?
¡Faltaba más…! ¡Estaba listo! Casi lo llamo… ¡Qué cotorreo! Ya no quiero tener
relaciones con nadie. ¡He terminado con el sexo! Los hombres están locos. Para
los jóvenes es regular… pero los viejitos… De vez en cuando veo cada ruquito…
¡unos vejestorios! Ni a los cien años se claman. Sobre todo los ricos,
poderosos. Bonitas-feas-jóvenes-viejas-gordas-flacas… ¡no quieren que se les
vaya una viva! En fin… Tengo un amigo que quiero mucho… setenta y cuatro años…
Pero víctima de un mal. ¡Malísimo! ¡Está anciano! Todo lleno de arrugas… ¡Está
hecho una pasa! Avión personal, yate de trescientos metros de largo. ¡Podrido
en billetes! ¡Tiene siempre a su alrededor a muchachas estupendas! Hace unos
días me dice: “¡Estoy enamorado… locamente!” “¿Todavía de Ana?” “¿Bromeas? Con
Ana terminé hace como dos meses… ahora tengo a Dorina… ¡Dio mío… es de oro! ¡Me
ama perdidamente! ¡Me ama!” “¿Ah sí? ¿Cuántos años tiene esa Dorina?”
“Veintiuno” “¡Está pendeja…! ¡Está pendeja! Qué te va a querer. Vamos, no te
ofendas… ¿pero qué no ves? Si a mí se me acercara un muchacho de veinte años y
me dijera ‘te amo’, me daría miedo que quisiera robarme la bolsa.” ¡Qué cosas!
Nosotras las mujeres, la verdad sea dicha, y no es que quiera hacer un
feminismo facilón, “¡la mujer se sostiene y el hombre nomás puja…!” También hay
mujeres que pierden la cabeza… sobre todo en la menopausia… o que no pueden
aceptar la vejez… pero generalmente la aceptamos, tenemos mayor conciencia…
dignidad. No es que nos guste… ¿Te gustaría a ti, mujer marchita, continuar
teniendo una vida amorosa o no? ¿Pero con quién…? ¿Quién te quiere…? ¡Nosotras
aceptamos la vejez con dignidad! Tal vez porque no podemos hacer otra cosa... o
porque nos vemos, tenemos conciencia de lo que somos… de cómo somos. Los
hombres, en cambio, no se ven… decrépitos como nosotras, gordos como nosotras,
la dentadura… viejos como nosotras… ¡pero no se ven! Y si se ven hacen como si
nada. Total, las chavas igual los aceptan. Leo en los periódicos historias de
veinteañeras… ¡un cromo! Estupendas… yo me conmuevo… ves a estas chavas
magníficas… dos metros de piernas… los pechos acá… Señala la base del cuello.
El trasero aquí… Señala la cabeza. La cintura así… Hace un círculo con los
dedos. No tienen cintura… no sé cómo le hacen para digerir… enamoradas
locamente de setentones, de setentones y más… no le hace que tengan los típicos
problemas de próstata propios de la edad… enamoradas locamente, les decía, pero
del anciano rico… el gran industrial, el gran político… que ésos son tremendos…
el gran actor, cantante, escritor… pintor…Locas historias de amor… Claro que no
lees nunca la misma historia de la veinteañera despampanante con el trasero
acá… que se escapa con un jubilado del Seguro. Por otro lado, también estas
chavas tienen razón: ¿quieres fascinarte con un hombre realizado, célebre,
importante, o con un viejo carcamán jubilado del Seguro…? El hombre en general,
y el rico en particular, aun de edad avanzada, es muy seguro de sí. Y esta
seguridad deriva del solo hecho de que es macho. Es criado en el culto, en la
fuerza de su sexo. Ésta es nuestra cultura. La superioridad del hombre reside
toda en “su” órgano sexual… Ahora que a mí la palabra “órgano” me saca de mis
casillas… me viene a la mente la misa cantada… San Pedro… claro que si queremos
mirarlo bien… desmitificarlo… ¿qué es este sexo del macho…? ¡Una colita…! El
diablo la trae atrás, el hombre adelante. Transición. Luego, cuando lo veo ahí…
reposando… abandonado… tan indefenso… todo tambaleante… me da una ternura… ¡una
simpatía! Me dan ganas de jugar con él como con la cola del gato… Luego, de
repente… el milagro: trak. ¡La erección! Yo las primeras veces… ¡estaba
convencida de que adentro tenía un hueso! ¡La erección es un milagro viviente!
Nosotras las mujeres hacemos cosas estupendas… los niños, por ejemplo… nos
quedan muy bien… los ponemos todo: veinte dedos, dos ojos, las orejas, pero si
no tenemos el semen del hombre… no podemos hacer nada. El hombre es superior a
nosotras y él lo sabe… ¡Lo sabe…! Desde tiempos antiguos, el hombre ha tenido
una gran consideración por su órgano sexual… ¡lo ha definido con términos
épicos, áulicos, magnilocuentes! ¡El falo! Oigan cómo es importante, severo, este término: ¡el falo! Yo lo veo
siempre con la corona real en la cabeza. ¡El prepucio! Prepucio me da risa.
“Bueno, ¿está el señor Prepucio?” En cambio “glande”… escuchen la dulzura…
glande… parece el nombre de una flor. “¡Te ofrezco este ramo de glandes…
guárdalos en tu corazón!” Con esta terminología se puede reconstruir
tranquilamente un poema de Eurípides:
“Vino al altísimo Hermione
Prepucio invicto
junto a su hermano Glande
montando al relinchante Escroto…”
Puedes seguir así hasta el día siguiente y ningún
profesor se dará cuenta de la inclusión de términos tan insólitos. En cambio,
con la terminología que nos enjaretaron a las mujeres, no se puede construir
nada. Sólo cuando uno quiere decir que tiene flojera… que tiene güeva… “me
cargo una concha”. ¡Pero se puede! ¿Qué inspiración poética se puede encontrar
en el término “vulva”? Parece el nombre de una bruja malvada: “Sé una buena
niña… tómate la sopa, si no llamo a la ¡¡¡vulvaaa!!!” Qué se puede crear con “útero”
… ¿Y “ovarios” …? ¡Nada más de pensar cuántos “ovarios” hay esta tarde en las
gradas me siento mal! Con esta terminología puedes reconstruir cuando mucho un
cuento de horror.
“Los murciélagos volaban en el atardecer
las ‘vaginas’ graznaban en el estanque
era el momento en que depositaban los ‘ovarios’
un ‘útero’ tremendo se elevó en la noche
¡los ‘espermatozoides’ murieron de espanto!”
No hay nada que hacer… Podría seguir así un poco más…
pero… se pone en la clásica pose de una mujer a quien le gana la pipí ¡Ya me
anda! Se dirige al baño. ¡Orinita vengo!
Entra la conocida puerta, seguida de un Joven que toca
el timbre. Trae consigo un portafolios: es Marco, el colaborador de Matea.
JOVEN: Matea, ¿estás en casa?
MATEA: Desde el baño. Sí, ¿qué hay…? Pasa, está
abierto… ¿Tienes algún problema?
JOVEN: Entra a la casa, la puerta se va. ¡Te sacaste
la lotería! ¡Ya la hicimos! ¡Tu despertar con apapachos es un éxito increíble!
MATEA: Sale del baño. ¿Hablas en serio?
JOVEN: Mira… Le entrega una carta. ¡Es una propuesta
de contrato en exclusiva, por tres años…! ¡Y mira la cifra!
MATEA: ¡Oh, Dios…! Me siento mal… tendré que pagar
impuestos.
JOVEN: ¡La investigación de mercado fue un triunfo!
Saca del portafolios algunas hojas que muestra a Matea. En particular aquéllas
con la alusión del amante en la cama lleno de frases tiernas y besuqueos. ¿Y
sabes cuál es la cosa verdaderamente increíble? Que los más fanáticos son los
hombres, son los que compran más cassettes.
MATEA: ¿Incluso los hombres sufren de soledad? ¿Tan
poderosos? ¡Nunca lo hubiera imaginado!
JOVEN: Tu voz es un triunfo… ¡Ya eres una diva!
MATEA: Muy halagada. No me digas así… ¡Oh, Dios, una
diva…! Los periódicos hablarán de mí… me invitarán a la televisión… Me voy a mandar hacer siete liftings… dos
pinzas acá… señala el trasero un recorte acá… un bonito plisado… dos tirantes
para el pecho… me mando quitar todo… me mando deshuesar… ¡y lo que sobre lo
mando como caridad al tercer mundo! Total, allá les mandad de todo… Estoy
emocionada… Quién lo hubiera dicho… ¡¿un éxito así…?! Debería estar loca de felicidad
y en cambio me siento culpable como la peor de las criminales.
JOVEN: ¿Por qué, qué dices?
MATEA: Me estoy aprovechando, como la rata más
miserable, de la situación de angustia y frustración en que ha caído la mayor
parte de la gente, incluida yo.
JOVEN: No te entiendo. ¡Explícate!
MATEA: Si tanta gente compra mis cassettes, quiere
decir que estamos muy alineados… Nos contentamos… nos contentamos con voces
falsas… Al público. ¿Y saben por qué? Porque en realidad tenemos “miedo”… de
las voces verdaderas. Una relación de amor auténtico, importante… te
compromete, te obliga a partirte en dos a favor del otro, a moverte… a dar,
dar. Mejor entonces ilusionarse con una grabación de palabras e incluso
imágenes de un amante prefabricado, aséptico, al que puedes apagar a control
remoto. Pausa. ¿Saben…? y miren que esto no es cuento, es cierto… a lo mejor ya
lo leyeron en los periódicos… existe un sofá… se llama “el sofá del amor”,
diseñado por los japoneses… aún en fase
experimental… un sofá anatómico… dentro del cual uno se acurruca. Un sofá
amante dotado de casco y conexiones… un televisor para cada ojo… Apenas te
sientas empieza a funcionar, ¡y te sucede cada cosa! Sensaciones nunca
sentidas, ondas cálidas, estrujones lascivos… voces tiernas… “realidad
virtual”, se llama… Te escoges el lugar a donde quieres ir, las películas que
quieras… puedes ser el personaje que prefieras… tener un duelo… volar… hacer el
amor… Al final, cuando te sientes lisita, satisfecha… apagas y no hay ningún
problema: nada de camisas que planchar, hacer el mandado… etc… ¡quedas relajada
y feliz!
JOVEN: Pero qué disparates me estás diciendo… ¡es pura
ciencia-ficción!
MATEA: Ciencia-ficción, dijiste. Es un futuro horrendo
el que nos espera… de soledad… ¡Ciencia-ficción! Yo tengo en la casa el “sofá
del amor” … ¿quieres verlo?
JOVEN: Sí, lo tienes en tu cabeza.
MATEA: No, lo tengo en casa. Escribí al periódico, les
saqué el nombre de la empresa, me ofrecí como cochinillo de indias y aquéllos
me aceptaron.
JOVEN: Ya, no seas cuentera…
MATEA: Te burlas de mí, eh… Peor para ti; quería
enseñártelo, dejarte probarlo… ¡pero toma! El joven hace como que se va.
Espérate… debo ir a hacer una cosa que ellos señala al público saben… pero que
no te puedo decir… que debía hacer antes… luego vuelvo y grabamos el despertar
con apapachos personalizado… Tomamos el calendario y grabamos todos los
nombres: Antonio, Carla, Angelo…
Entra corriendo al baño.
JOVEN: Voy a hacerme café.
Sale de escena. Al mismo tiempo entra en escena la
puerta, frente a la cual encontramos a Ana, la hija de Matea, quien toca el
timbre.
MATEA: Gritando desde el baño. ¿Quién es?
ANA: ¡Soy yo!
MATEA: ¡Está abierto!
ANA: Entra sollozando desesperadamente. Mammáááá…
mamáááá… ¿dónde estás?
MATEA: Desde el baño. Estoy en el baño… ¿qué pasa?
ANA: Ídem. Mamá, soy yo, Ana…
MATEA: ¡Lo sé, querida, te reconozco! Ana entra al
baño. Las dos mujeres se abrazan. ¡Cálmate! ¿Qué pasa?
A contraluz vemos a la madre que está haciendo pipí.
ANA: ¡No la deja! ¡No la deja! ¡Estoy desesperada! ¡No
hago más que pipí!
Al decir esto se levanta la falda y se baja la
pantaleta, pero se queda de pie.
MATEA: Es normal, querida, las lágrimas deben salir
por alguna parte para que no te inundes.
ANA: ¡Es un desgraciado, cerdo, mentiroso! Oh, Dios,
me muero… mamá… mamááá… me muero…
El Joven, que ha regresado a la escena, se sienta y
observa a las dos mujeres, a quienes vemos enormes a contraluz, como si
estuviera en el cine.
MATEA: Cálmate, querida… siéntate… no te vaya a dar un
aire… haz tu pipí santa… explícate… ¿Qué pasó? ¿Quién es el cerdo mentiroso?
ANA: Fui a su casa…
MATEA: ¿A casa de quién?
ANA: De Carlo…
MATEA: ¿Qué Carlo? ¿Lo conozco?
ANA: No… salgo con él desde hace tres meses.
MATEA: ¿En qué sentido sales con él? Tu marido, ¿dónde
está?
ANA: En casa…
MATEA: ¡Pero nunca me habías dicho nada de este Carlo!
Estaba convencida de que aún andabas con un tal Domingo…
ANA: Nunca te hablé de él porque tenía miedo de que te
enojaras. ¡El hecho es que con Domingo todo se acabó desde hace un buen rato!
Se levanta y jala la palanca.
MATEA: ¡Estás toda sudada! Date un baño…
Ana se desviste y hace como que se está bañando.
Sonido de agua.
ANA: Ya no lo aguantaba… tan celoso, posesivo… muy
distinto culturalmente… dos mundos, mamá… Además, cuando le dije de mi
intención de dejarlo definitivamente, me sonó tremendo guamazo en la cabeza…
¡un mandarriazo! Caí como un costal contra el suelo… me llevaron a Urgencias
con una conmoción cerebral… bueno, casi.
MATEA: Sale del baño, toma una toalla y se la pasa a
Ana. ¡Oh, Dios mío! ¿Pero cuándo pasó? ¿Por qué no me dijiste nada? Descubre al
joven y en voz baja le dice: ¿Qué haces…? ¿Estás disfrutando las sombras
chinescas de mi hija? ¡Vete pero ya a la cocina a hacerte un café!
JOVEN: ¡Pero si me lo acabo de hacer!
MATEA: ¡Hazte otro para mañana! El Joven se regresa a
la cocina; poco después vuelve a entrar y se sienta en la mesa de trabajo. ¿Por
qué no me dijiste nada?
ANA: No quería que te preocuparas… Además de que
cuando me llevaron a Columbus, a la clínica, no entendía nada…
MATEA: ¿Y tu esposo, dónde estaba?
ANA: En casa… le había dicho que venía a tu casa por
dos días… que te habías dado cuenta de que habías rebasado los ciento treinta
kilos y habías caído en una crisis depresiva terrible.
MATEA: ¡Pero eres una inconsciente! ¡Piensa en el
desbarajuste que hubieras hecho si me hubiera telefoneado!
ANA: ¿Telefoneado a ti? No había peligro… él no te
soporta… ¡sabes que le das horror!
MATEA: ¡Tan amable este cabrón!
ANA: ¡Y además, tiene confianza en mí! Como sea, en la
Columbus, el médico que me revisó… tomó mi caso tan a pecho… fue tan amable,
que espontáneamente me dieron ganas de contarle todo…
MATEA: ¿Mientras te hacía el encefalograma?
ANA: No, luego… cuando lo esperé en el café.
MATEA: ¡¿Lo esperaste en el café?! ¿Cuándo?
ANA: Apenas me dieron de alta… veinte minutos después…
De conmoción cerebral… nada… Sale del baño envuelta en una toalla o en una bata
de baño. “Usted, de cualquier manera, no está en condiciones de volver sola a
casa”, me dijo, “yo la acompaño.”
MATEA: ¿Y te hiciste acompañar a tu casa por un
extraño?
ANA: ¡Pero mamá, estamos en el …! ¡Me había revisado!
¡Y además, un médico nunca es un extraño!
MATEA: Y también lo hiciste subir, me imagino…
ANA: ¡Pero mamá, me había visto desnuda!
MATEA: ¿Desnuda por la conmoción cerebral? ¿Pues dónde
te aplicó los electrodos… en las nalgas… qué tienes ahí el cerebro?
ANA: ¿Pero qué dices? ¡Me había golpeado el muslo! ¡Un
moretón de aquí lo señala a la ingle!
MATEA: ¡Concha con electrodos!
ANA: Regresa al baño para volverse a vestir. ¡Mamá,
maldecías por la mojigatería de tu madre, y ahora me estás haciendo la misma
inquisición que te hacía ella!
MATEA: Discúlpame… fue un reflejo condicionado… ¡Oh,
Dios, qué vergüenza… hablé como presidente de Provida! Disculpa. ¿Y tu marido
qué dijo?
ANA: Nada, no estaba en casa. Encontré una tarjeta en
la que anunciaba que se había ido a casa de su madre porque no se sentía bien.
MATEA: Pero si no tuvieran madre, ¿cómo le harían para
ponerse los cuernos?
ANA: ¿Otra vez? ¡No seas malvada, mamá! ¡Estoy
viviendo una tragedia! ¡Desde esta mañana no como…! ¡Es más, hazme un
sandwichito que tengo hambre!
MATEA: Está bien…
Va hacia la cocina y regresa casi inmediatamente
trayendo un sandwich para Ana.
ANA: Carlo y yo nos hemos visto varias veces… él está
casado, pero lo hizo por obligación, porque su familia se lo impuso…
MATEA: Estaba embarazada…
ANA: Maravillada, se asoma desde el baño. Sí, ¿cómo lo
supiste? ¿Los conoces?
MATEA: No, es un clásico. Síguele.
ANA: Entonces estaban muy jóvenes… dos chavos. Él
nunca ha querido a su esposa… y ahora han llegado al punto en que cada uno se
mueve sin tener necesidad de la excusa de que las madres siempre están mal.
Siguen juntos sólo por los hijos. Tienen tres.
Vuelve a escena completamente vestida.
MATEA: Claro que, para uno que se casó por la fuerza…
hacer tres hijos… ¡quién sabe qué sacrificio!
ANA: Son como hermano y hermana.
MATEA: De manual. Aquí está tu sandwich… Anda, come.
ANA: Gracias, mamá… Entonces, como él siempre me
decía: “No tengo el valor de decírselo… ya no aguanto… te amo… ¡con ella parece
que estoy en la cárcel!”, luego de haberlo pensado por días y días…
MATEA: Disculpa, pero en todo este enjuague… ¿te
olvidaste de tu marido? ¿Le has mencionado algo?
ANA: No, pobrecito… ¿para qué lo molesto? Pensaba:
apenas Carlo deje a la mujer, se lo digo a Piero…
MATEA: ¿Piero? ¿Qué tu esposo no se llama Giovanni?
ANA: Piero es un amiguísimo de mi esposo. Yo siempre
le confío todo. Él me da los consejos.
MATEA: ¿Y desde hace cuánto vas a la cama también con
Piero?
ANA: Desesperada, con lágrimas en la garganta. ¡Mamá,
no te burles! ¡Estoy viviendo una tragedia!
MATEA: De acuerdo, pero, ¿vas a la cama con Piero o
no?
ANA: Dejando de llorar. Sí, algunas veces… cuando
estoy deprimida…
MATEA: ¡Ya entendí… Piero, alias el Alka-Seltzer
erótico! Síguele. Fuiste a casa de su mujer…
ANA: Sí, y me presenté… Deja el sandwich y llora. Ay,
mamá, fue terriiible… ¡Una humillación! ¡Maldito!
MATEA: Anda, ánimo, cuéntamelo todo…
ANA: No, no puedo contar nada… Escucha la grabación…
ponte los audífonos, sólo la puedes oír así.
MATEA: Prepara la grabadora ¡¿Grabaste el diálogo con
la esposa?!
ANA: ¡Sí, claro, para documentarlo!
MATEA: ¡Ah! Espionaje competitivo…
Se pone los audífonos.
ANA: Me presenté con un tubo de arquitecto bajo el
brazo toma del carro un tubo portaplanos, mira esto… y algunos folletos de una
agencia turística toma de la mesa una revista, nada más para hacer la finta. El
micrófono se lo puse en la cima del tubo, de modo que se grabara bien su voz.
MATEA: ¡Qué lista! Pone a funcionar la grabadora. La
hija de una madre genio sólo puede ser genial. De hecho, la voz de la señora es
perfecta… ¡la tuya es casi inexistente! Dime tú, ¿cómo le hago para entender el
diálogo?
ANA: Muy sencillo; si tú me repites lo que va diciendo
la esposa, yo vuelvo a decir mis respuestas.
MATEA: ¡Mira nada más, encima me toca hacer doblaje!
El Joven, que está trabajando en la mesa, se
interrumpe y se acerca a las dos mujeres.
JOVEN: ¡Oh, sí, sí… escuchemos esta representación!
¡Debe ser muy entretenida!
ANA: Da un grito. ¡Oh, Dios, un hombre!
MATEA: ¿Te asustas porque está vestido? No te
preocupes… ya sabe todo de ti… es un colaborador muy discreto.
ANA: Bueno, si es discreto…
JOVEN: Pero no estoy de acuerdo con su madre… yo
encuentro que usted, en sus locuras, expresa una fascinación extraordinaria…
señora Ana…
Le besa la mano.
ANA: Gracias…
MATEA: Aburrida. ¿Nos casamos en casa? Sigamos.
ANA: Comenzamos, mamá. Yo toco el timbre: me abre una
señora entre treinta y treinta y cinco años en bata. Nota bien, él me la había
descrito de tipo insignificante, anémica… y en cambio me encuentro enfrente a
una especie de top model, estupenda, diez centímetros más alta que yo… con dos
ojos espléndidos… haz de cuenta Robert Redford con peluca de mujer y aretes…
quien gentilmente me dice… mamá, te toca…
MATEA: Pone a funcionar la grabadora. Ah, sí… Buenos
días, ¿qué desea?
ANA: Quisiera hablarle…
MATEA: Repite a duras penas las palabras grabadas. Si
es para la beneficencia, le advierto que ya cooperamos.
ANA: Pero lee mejor, mamá… así me desanimas…
MATEA: ¡Ya quiero verte con esa voz que te habla al
oído! ¿Crees que es fácil…? Deja al menos que me acostumbre, ¿no? Continúa. Lo
siento pero ya cooperamos.
ANA: No, señora, disculpe… se trata de algo muy
particular…
MATEA: Ah… usted es de la agencia de viajes… no había
visto los folletos… Trajo los boletos… Pero no se hubiera molestado… hay mucho
tiempo, ¡mi marido y yo no salimos sino hasta el jueves!
ANA: ¿Parte? ¿Con quién?
MATEA: ¡Con Carlo, mi esposo!
ANA: ¡Pero él debía partir conmigo!
MATEA: ¡No, Carlo, mi esposo, sólo parte conmigo!
ANA: Disculpe, me da vueltas la cabeza…
El Joven sostiene a Ana y luego la hace que se siente.
MATEA: ¡Ah, otra vez! Ríe. Ja, ja, ja… Para sí. ¡Ésta
también ríe! Vuelve a doblar. ¡Otra más…! Mira, mi marido me quiere mucho,
estamos muy bien juntos… nos queremos mucho… tenemos un gran establecimiento
sexual… Pero este bendito señor tiene la mala costumbre de comprometerse fuera
de casa. Él es un bígamo natural… no puedo hacer nada… necesita aventuras,
pasiones gratificantes… yo lo dejo hacer… porque al final regresa siempre
conmigo. Y cada vez que se cansa de la novia en turno, como para cambiar de página,
me propone un viaje… ¡y nos vamos! ¿Sabe que hemos recorrido casi todos los
cinco continentes? Se quita el audífono. ¡Ésta es la pérfida Alexis!
ANA: ¡Qué oso… qué humillación…! ¡Cerdo asqueroso,
mentiroso! ¡Tres hijos! ¡Rata! Mamá, ayúdame tú… Dime tú, ¿qué hago?
MATEA: Luego de un momento de silencio, tranquila. No
hago más que escuchar, a cada rato, historias de mujeres, todas iguales…
comprendida la mía. ¡Un poco de imaginación, por Dios! ¿Pero es posible que una
caiga siempre? ¿Es posible que sólo nos desesperemos cuando nos quitan a
nuestros hombres, pero que no la pensemos ni un minuto cuando decidimos hacerlo
con el marido de otra?
ANA: Pero yo no sabía que estuviera casado…
MATEA: ¿Qué, a poco si lo hubieras sabido…? Ya te
estoy viendo: “¡Ah, no, señor doctor, usted está casado, váyase de aquí!”
ANA: Molesta. ¡Pero mamá… a fin de cuentas… yo me
enamoré!
MATEA: ¡Mírenla! ¡En nombre de la pasión que nos
arrastra no miremos a la cara de nada ni de nadie! “¿Qué puedo hacer? ¡Es un
amor irresistible!” Cuando nos atañe, el amor tiene siempre dos M… ¡e
irresistible cuatro R! El de las otras no tiene ni M ni R… sólo un susurro de P
y S… como pinche estrujamuslos. Llevamos a cabo trampas y maldades todos los
días… contra las demás mujeres… Qué digo “mujeres” … Las otras son sólo las de
allá… ¡y las putas! Y luego se jacta una de la solidaridad… ¡de la hermandad!
¿Pero cuál? Somos hermanas, todas unidas en los grandes momentos históricos…
aborto… divorcio… o después de los cincuenta años… pero en la vida de todos los
días somos una hienas… bueno, no, las hienas de vez en cuando descansan…
¡nosotras somos infatigables! ¿Sabes qué te digo…? Y lo digo con cierto
disgusto… en tantos años de vida… de experiencias personales y de mujeres que
conozco… me ha surgido una gran sospecha… Está bien la competencia… la
precariedad… pero tengo la sospecha de que en ciertas situaciones la peor
enemiga de la mujer… es la propia mujer.
ANA: Te estás poniendo un poco pesada.
MATEA: Según el sapo es la pedrada; sólo puedo ser
pesadísima. Y te diré algo más: me vale madres tu tragedia de telenovela mexicana.
ANA: ¡Ah, ahora hasta una telenovela!
MATEA: Sí, … siempre lloran. Tengo que hacer. Estoy
firmando un contrato millonario… debo grabar mi despertar “Buenos días, amor”
personalizado…
ANA: ¡Ah, claro! ¡Encontré un muy buen apoyo…! ¡Yo
estoy hecha un completo desmadre y a ella, mi madre, le vale, me arroja a una
telenovela, me trata como a una puta histérica y no le importa un cacahuate si
me siento mal, porque ella debe lanzar el despertar “Buenos días, amor”
personalizado! ¡Mamá, yo soy tu hija!
MATEA: Le extiende una mano, como si se presentara.
¡Mucho gusto, señorita! Muy seria. ¡Eres mi hija sólo cuando te conviene! Soy
la mamá “por horas”… perdón, la mamá por minutos. Fría, pero sin enfatizar. Ya
que estamos en un día de grandes verdades, ¿decimos otra? ¡A ti nunca te ha
importado nada tu mamá, nada! Me esforcé un poco, pero ya entendí… Y, a este
punto, a la mamá no le importa nada su hijita.
JOVEN: Ahora me parece que…
MATEA: ¡Tú a tu lugar y callado! De nuevo a Ana.
Pienso que traje al mundo a un individuo de tercera categoría… pésimo… Siempre
has hecho lo que te ha pasado por la cabeza… y siempre equivocándote… ¡y aquí
la culpa es realmente mía, que en nombre de una falsa libertad, no te di unas
buenas nalgadas como merecías…! Embarazada a los quince años… con aborto anexo:
¡el primero! Convencida de ser no sé qué tan inteligente, culta, por esa madre
de título de estudios que sacaste… Y en cambio eres ignorante como una burra…
Te recibiste en cretinología comparada… ¿Y sabes por qué? Porque te faltan
sentimientos. No te conozco un solo gesto de generosidad… No tienes interés por
nada más que por tu cuerpecito, tu celulitis… las arruguitas… sólo te interesa
dar la vuelta desde el día hasta la noche parloteando y diciendo pendejadas…
“firmada” de la cabeza a los pies… cogiendo a diestra y siniestra… sin
discernimiento ni moral… convencida sobre todo de que eres una mujer liberada…
No, no, querida, tú no eres una mujer liberada… cuando mucho eres una mujer
disponible… cogible. La liberación de la mujer es otra cosa totalmente
distinta.
JOVEN: Abraza a Ana. Dirigiéndose a Matea. ¡Basta ya…
estás exagerando!
ANA: Turbada. ¿Pero qué está sucediendo, mamá… oh,
Dios… qué está pasando en nuestra casa?
MATEA: ¿Nuestra casa…? ¿Tenemos todavía algo en común?
ANA: ¿Crees que porque eres mi madre puedes insultarme
así…? ¡¿Tú…?! ¿Yo soy cogible… disponible…? ¡Oigan de qué pulpito viene el
sermón! ¿Qué te crees, que me he olvidado de tus historias?
MATEA: Sinceramente maravillada. ¿Pero de qué hablas?
ANA: ¡De tus pleitos de infierno con mi padre! Tú
nunca entendiste a ese pobre hombre… ¡En toda tu vida no hiciste otra cosa que
crearle sentimientos de culpa… escenitas… dramas! Él te amaba… tú no… tú no
amas a nadie. Y luego te admiras de que tu esposo te deje… y se junte con otra
para siempre.
MATEA: Muy segura de sí. “¡Para siempre!” ¡No digas
pendejadas! Él vuelve… siempre ha vuelto, y volverá… Pausa. Cambia
espontáneamente de tono. ¿Qué quieres decir con “para siempre”?
ANA: Se va a casar, mamá… tuvo un hijo. Matea se queda
inmóvil por un momento, luego da la espalda a Ana y al público, da algunos
pasos. Ana se le acerca, intenta abrazarla, pero Matea la detiene con un gesto.
Discúlpame, mamá… quería decírtelo… pero no así… Es que no pude controlarme… se
me salió… Discúlpame, mamá…
MATEA: Vete.
ANA: ¿Qué, me echas? Mamá… ¿de veras ya no me quieres?
JOVEN: Se acerca a Ana. Claro que te quiere… es uno de
esos momentos… pero luego pasa… A Matea. ¿Verdad que pasa… verdad que quieres a
tu hija?
MATEA: Sin convicción. Sí, sí, claro… Discúlpame…
Retoma el dominio de sí. ¡Caray, cuántas idioteces dije en tan poco tiempo!
Hiciste muy bien, hija mía, en ponerme en mi lugar… en contestarme como me
contestaste… me lo merecía. Discúlpame. Habla de prisa como si se saliera de
sus casillas, enciende y apaga un cigarro tras otro; está por derrumbarse. Y no
pienses que me molestaste en lo más mínimo al venirme a contar que mi esposo se
va a casar y que va a tener un hijo… Es más, te diré que estoy muy contenta…
¡estoy muy contenta…! Lo veía tan mal, tan disperso… una chava tras otra…
¡Finalmente se ha casado! ¡Estoy contenta…! Ya no tengo sentimientos de culpa
por haber arruinado la familia… ¡Finalmente estoy libre! Soy una mujer de
éxito… me estoy realizando… Finalmente me encuentro sola, ¡rica y sola…! ¡Sola
conmigo misma! Cambia de tono, irónica. Por eso me dan ganas de vomitar.
ANA: Ya viste; se está burlando una vez más.
MATEA: No, no… es el gusto por el teatro… No te
preocupes, chiquita… vete a casa… y tranquilízate: estoy feliz.
JOVEN: A Ana. Sí, es cierto… Yo la conozco… está
feliz… Tranquilízate… Sostiene a Ana, que solloza Ven, te acompaño a casa… No
llores, querida… no llores… ¿Dónde está tu esposo?
Salen. Apenas salen Ana y el Joven, Matea se queda
inmóvil por un momento, no logra detener unas silenciosas lágrimas. Enciende
otro cigarro, le da dos fumadas y lo apaga. Llena de desesperación toma de la
mesa un control remoto que dirige hacia la pared del fondo, la que
inmediatamente se abre: aparece un enorme sofá móvil, lleno de aparejos
electrónicos, el cuál llega a primer plano, al centro de la escena. Matea se
sume dentro de él y lo pone a funcionar: música, luces difusas que se
encienden, pequeños resplandores, mientras una acariciante voz varonil dice:
VOZ DE HOMBRE: Oh, querida… ¿dónde estuviste este
rato…? ¡Me hiciste tanta falta! Ven a que te abrace… sumérgete en mí…
Espléndida criatura… te amo… déjate hacer… No pienses en nada… en nada.
Se apagan lentamente las luces.