SEVERA VIGILANCIA
Jean Genet
Jean Genet
Un texto claustrofóbico, denso y fascinante. Severa
vigilancia (cuyo título original es Haute Surveillance,
escrita en 1947) es una inmersión directa en el universo carcelario, un espacio
que funciona como un microcosmos con sus propias reglas, mitologías y deidades.
Es un material dramático excepcional para diseccionar las
dinámicas de poder, la adoración por la marginalidad y el comportamiento humano
bajo encierro. Aquí tienes la estructura detallada de la trama y el contexto de
su creador, ideal para preparar una reseña o un análisis de la obra.
Jean Genet: El autor y su contexto
Para entender las motivaciones de los personajes, es
indispensable asomarse a la vida de quien los escribió. Genet no investigó las
cárceles; las vivió.
- De la prisión a la
literatura: Genet (1910-1986) fue
un vagabundo, ladrón y prostituto que pasó gran parte de su juventud
entrando y saliendo de reformatorios y prisiones (como Fresnes o
Clairvaux, mencionadas en sus obras). Sus primeros textos, como el
poema El condenado a muerte, los escribió en su celda.
- La mitología del crimen: A diferencia de la sociedad convencional, Genet
invierte la moralidad. En su universo, el asesino es un ser intocable, un
"santo" o un monarca. El crimen mayor otorga la nobleza más alta
en la jerarquía carcelaria, mientras que los ladrones menores son la
plebe.
- Salvado por el arte: Fueron figuras clave de la intelectualidad
francesa, como Jean-Paul Sartre y Jean Cocteau, quienes, maravillados por
su genio literario, solicitaron y lograron un indulto presidencial en 1948
para librarlo de una condena a cadena perpetua.
La obra transcurre en un único decorado: una asfixiante celda
compartida por tres reclusos que encarnan distintos estratos en una rígida
pirámide social de la delincuencia.
1. La jerarquía y la tensión inicial
Ojos Verdes es la
figura central de la celda. Joven, atractivo y condenado a muerte por haber
estrangulado a una muchacha. Es el "macho" respetado, aunque por
encima de él existe una deidad intocable en la prisión: el negro Bola de Nieve
(un preso al que nunca vemos, pero que ejerce un dominio absoluto).
Mauricio (17 años) idolatra
ciegamente a Ojos Verdes, fascinado por la brutalidad de su crimen, y desprecia
al tercer preso.
Lefranc (23 años) es un
delincuente menor. Es culto, pero no pertenece a la "aristocracia" de
los asesinos. Ansía desesperadamente el respeto de la élite criminal. Para
vincularse con Ojos Verdes, Lefranc le sirve de escribano, redactando las
cartas que el analfabeto condenado envía a su esposa.
2. El conflicto de las cartas
La tensión explota cuando Ojos Verdes descubre que su esposa
lo va a abandonar. Lefranc ha estado manipulando las cartas, usando una
retórica calculada para alejarla. Su objetivo era aislar a Ojos Verdes del
mundo exterior y tenerlo solo para él en la celda. Ojos Verdes, al entender que
se ha quedado sin vínculos, atraviesa una crisis. Intenta evadir su destino (a
través de su famoso y silente "baile" contorsionista para intentar
retroceder el tiempo), pero termina aceptando su ejecución inminente. Como un gesto
de desprendimiento total, le regala su esposa al Vigilante de la prisión.
3. La farsa de Lefranc
Lefranc intenta probar que él también es un criminal
"duro", alardeando de tatuajes dibujados con tinta y haciéndose
llamar "El Vengador". Mauricio lo humilla sin piedad, desnudando su
farsa: Lefranc no es un asesino por destino, sino un intelectual resentido, un
ladrón de poca monta que consume las historias trágicas de los verdaderos
criminales como un parásito.
4. El clímax fatal
Llevado al límite por las burlas constantes de Mauricio, y
desesperado por demostrarle a Ojos Verdes que él también es capaz de cruzar la
línea hacia la "grandeza", Lefranc acorrala a Mauricio en un rincón
de la celda y lo estrangula.
5. La revelación y el desenlace trágico
Lefranc cree que este acto de sangre le otorgará por fin la
hermandad y el respeto de Ojos Verdes. Sin embargo, recibe todo lo contrario:
un asco y desprecio absolutos.
Ojos Verdes le revela la filosofía central de la obra: el
crimen real, la verdadera "desgracia", no se elige por vanidad ni se
calcula para presumir. Cae sobre el individuo como un rayo de fatalidad ("Me
cayó del cielo... Todo lo arriesgué solo. Resbalé y eso me hizo caer en el
foso"). Lefranc, al asesinar por voluntad propia y para ganar estatus,
ha hecho trampa. La obra cierra con la llegada del Vigilante y con un Lefranc
asumiendo su condena absoluta: jamás pertenecerá a la sociedad de los hombres
libres, pero tampoco ha sido aceptado por la de los asesinos. Queda "solo
de verdad".
PERSONAJES
OJOS VERDES, 22 años, alto, muy guapo y con los pies
encadenados.
MAURICIO, 17 años, bajo, guapito.
LEFRANC, 23 años, alto, guapo.
EL VIGILANTE, Joven y guapo.
Decorado
Un solo decorado. Una celda dispuesta de esta manera: en el
fondo, la puerta de la celda que da al pasillo. Dentro de la celda están
colocados, doblados y formando un montón, unos colchones de paja. En la
esquina, el retrete. A la derecha, una ventanilla-mirilla protegida por
barrotes. La ventanita se abre hacia arriba. Mesa escritorio empotrada en uno
de los lados de la celda a la altura de la ventana. Al lado una silla de madera
atada por una cadena. A la izquierda una cama de hierro plegable con algunas mantas.
Encima, pegado a la altura de la entrada del pasillo, el reglamento de la
prisión.
Cuando se levanta el telón, OJOS VERDES sujeta a LEFRANC y
con suavidad tira de él hacia atrás para alejarle de MAURICIO que, muy poco
asustado, arregla su ropa.
OJOS VERDES (dulcemente): Están locos. Son un par de locos.
Yo, de un solo puñetazo, les devuelvo la calma, los tiro al suelo. (a LEFRANC)
Ha faltado así (hace un gesto) para que Mauricio estirara la pata. Ten cuidado
con tus manos, Julio, no te las des de matón y deja de hablar del negro.
LEFRANC (agotado): Él tiene la culpa…
OJOS VERDES: La culpa es tuya.
LEFRANC: Pues se hubiera callado de una vez.
OJOS VERDES: La culpa es tuya, Julio. Déjanos en paz. De Bola
de Nieve no hablemos más. Él y los tíos de su celda no se interesan por
nosotros. (Escucha) Ya han empezado las visitas. Dentro de un cuarto de hora me
tocará el turno.
Durante la escena que viene a continuación, se paseará de
arriba abajo con pasos iguales.
MAURICIO (Señalando a LEFRANC, en voz baja): Para meter
cizaña es el mejor. Nunca podremos entendernos con él. Para él no hay nada más
que el negro Bola de Nieve y sanseacabó.
LEFRANC (dulcemente): Sí, Bola de Nieve en persona. Tiene
poca autoridad. No le tomes el pelo. Es un negro, un salvaje…
MAURICIO: Nadie…
LEFRANC: Es un salvaje, un negro, pero echa relámpagos. Ojos
Verdes…
MAURICIO: ¿Qué?
LEFRANC: Es un salvaje, un negro, pero echa relámpagos. Ojos
Verdes…
MAURICIO: ¿Qué?
LEFRANC (a OJOS VERDES): ¡Ojos Verdes! (Silencio) Bola de
Nieve es mil veces mejor que tú.
MAURICIO: No empecemos. Y todo porque esta mañana, en el
pasillo, al volver del paseo, te ha sonreído…
LEFRANC: ¿A mí? Me sorprendería mucho.
MAURICIO: Estábamos tan sólo los tres. Si no fue al guardián
fue a uno de nosotros.
LEFRANC: ¿Cuándo?
MAURICIO: ¿Cómo? ¿La cosa te interesa? Poco antes de llegar
al cruce del centro. Vamos, fue una…
LEFRANC: ¿Y de eso qué sacas?
MAURICIO: Que en esta celda eres tú la causa del desorden.
LEFRANC: Bola de Nieve es un tipo que se pone a roncar y se
olvida hasta de su padre. Apabulla a los demás. Nadie puede destruirle. Ningún
preso puede agarrarle. Es un auténtico jefe y se las conoce todas.
MAURICIO: ¿Y quién dice lo contrario? Es tan guapo… No hay
nada que cambiarle. Bola de Nieve es un tío bien hecho. En el mejor de los
casos, sería algo así como si a Ojos Verdes le hubieran dado betún.
LEFRANC: Ni siquiera Ojos Verdes se puede comparar con él.
MAURICIO: Eres muy exigente. Bien te hubiera gustado que
hablaran de ti en toda Francia como se habló de Ojos Verdes. Cuando no
encontraban el cadáver, ¡fantástico! Todos los campesinos buscándole. ¡Los
policías, los perros! Vaciaban los pozos, los huertos. Era la revolución. El
mundo entero buscándole. ¡Los curas!, ¡Los adivinos! Y luego, cuando
encontraron el cadáver en el barro…
OJOS VERDES: Me recuerdas cosas terribles, Mauricio…
MAURICIO (a LEFRANC): Pero tu negro de arriba, ¿qué ha hecho
al lado de esto?
LEFRANC: Es distinto. Bola de Nieve… ¿Quieres saberlo?
MAURICIO: ¿Y lo que contestaba Ojos Verdes a los inspectores?
LEFRANC: ¿Bola de Nieve? Es exótico. Todos en su celda lo
reconocen, los de las celdas de alrededor, toda la prisión y todas las cárceles
de Francia. Luce como nadie. Es negro, pero ilumina las diez mil celdas. Nadie
podrá con él. Basta con verle andar…
MAURICIO: Si Ojos Verdes quisiera…
LEFRANC: ¿Tú no lo has mirado? Verle a él cruzar los pasillos
con sus cadenas. Pero, ¿qué pasa? Sus cadenas le sostienen. Bola de Nieve es
todo un rey. ¡Si llega del desierto llega de pie! ¡Y sus crímenes! Los de Ojos
Verdes al lado…
OJOS VERDES (parándose y con una mirada muy dura): Basta,
Julio. No intento hacerme pasar por un rey. En la cárcel ya no hay monarca. Y
Bola de Nieve no presume más que los demás. No crean que me impresiona. Sus
crímenes quizá sean de poca monta.
LEFRANC: ¡De poca monta!
MAURICIO: No le interrumpas. (Escuchando a la puerta de la
celda) Las visitas se van acercando. Han llegado a la 38.
A partir de ese momento da vueltas a la celda en el mismo
sentido que las agujas del reloj.
OJOS VERDES: De poca monta. Sus crímenes no los conozco…
LEFRANC: El ataque del tren del oro…
OJOS VERDES (que sigue tan seco y mordaz): Yo no los conozco.
Yo tengo los míos.
LEFRANC: ¿Los tuyos? No tienes más que uno.
OJOS VERDES: Si digo “mis crímenes”, sé muy bien de lo que
hablo. Digo “mis crímenes”. Y que nadie los toque, que salto. Que no se me
excite. Sólo pido una cosa, leer la carta de mi mujer.
LEFRANC: Yo la he leído.
OJOS VERDES: ¿Y qué dice ahora esa chica?
LEFRANC: Nada, lo he leído todo.
OJOS VERDES (señala un pasaje de la carta): Ya sé, lo has
leído todo. Pero eso no lo lees.
LEFRANC: ¿No te fías?
OJOS VERDES: ¿Pero eso?
LEFRANC: Eso, ¿qué es eso? Dime lo que es.
OJOS VERDES: Julio, no te aproveches de que no sé leer.
LEFRANC: ¿Dudas de mí? Toma la hoja. Tómala. Y no esperes que
vuelva a leerte la carta de tu mujer.
OJOS VERDES: Te aprovechas, Julio. Me incitas y la cosa se va
a poner muy fea. Tremenda bronca va a armarse en la celda. Prepárate.
LEFRANC: Estamos hartos, Ojos Verdes. No te engaño y lo he
leído todo. Pero sé que ya no te fías. ¿Te crees que te pongo los cuernos con
ella? No tienes que hacer caso a Mauricio. Nos enfrenta al uno contra el otro.
MAURICIO (socarrón): ¿Yo? El más tranquilo de todos.
OJOS VERDES: Yo digo que me tomas el pelo.
LEFRANC: En ese caso…Escribe tú mismo las cartas.
OJOS VERDES: Puta.
MAURICIO (cariñosamente burlón): Vamos, Ojos Verdes. Menos
líos. A tu mujercita la volverás a ver. Con lo guapo que eres. La tienes en el
bote. ¿Adónde quieres que vaya?
OJOS VERDES (tras larga pausa, en voz baja, casi
lamentándolo): Puta.
MAURICIO: No te apures, Julio es así. Le impresionas.
LEFRANC: ¿Qué decía la carta? Te lo voy a contar. Cuando
vuelvas a ver a tu mujer en el locutorio dentro de poco pídele que te diga la
verdad. ¿Quieres que lea? (OJOS VERDES no contesta) Entonces, ¿no quieres?
MAURICIO: Vas a lograr que se ponga bravo como siempre.
LEFRANC: Allá él.
MAURICIO: Son tus modales los que no nos gustan.
OJOS VERDES (violento): Dame eso. (Le arranca la carta de las
manos. A Mauricio.) Vas a leer tú.
LEFRANC: Ojos verdes, no juegues; no sabes lo que puede
ocurrir. Dame eso, Mauricio. A mí me toca leer. Escucha, tu mujer se ha dado
cuenta de que no le escribías tú. Ahora, supone que no sabes ni leer ni
escribir (Silencio). Y peor aún. ¿Quieres que siga?
MAURICIO: Si Ojos Verdes puede pagarse un escribiente, son
cosas suyas.
LEFRANC: ¿Sigo? Bueno. Dice que se le hace muy largo.
¿Comprendes? Dice…que no sabe si vendrá a verte hoy y que debes resignarte, que
quiere cambiar de vida…Toma, míralo. (Lee) “Mi querido, me he dado muy bien
cuenta que tú no podías escribir para mí esas bonitas frases, pero hubiera
preferido que me escribieras como buenamente pudieras…” Eso es todo.
MAURICIO: ¿Y qué? ¿Eso es todo? Dentro de veinte minutos ella
estará en el locutorio.
OJOS VERDES: Puta.
LEFRANC: ¿Me acusas?
OJOS VERDES: Puta. ¡Con que era eso! Me abandona. Y tú has
jugado muy bien. Te las has arreglado para hacerle creer que las cartas eran
tuyas.
LEFRANC: Estás loco. Siempre he escrito lo que tú me decías.
OJOS VERDES: Bola de Nieve, él, ¡sí que sabe escribir!
Reanuda su paseo de arriba para abajo mientras que los otros
dos dan la vuelta uno tras otro.
MAURICIO (a LEFRANC): Por muy listo que seas, Ojos Verdes aún
te puede “arreglar”. Y no nos dices por qué le deja su mujer. ¿Eh? El señor
tiene sus secretitos.
LEFRANC: No metas cizaña, Mauricio. ¡No he querido
humillarle!
OJOS VERDES: Humillarme… ¿a mí? Ni cuando afirmas que el
negro es un tipo más peligroso que yo. A mí los negros… (Pausa) Vamos a ver,
¿qué te impedía leer? (LEFRANC no contesta) Contesta. ¿Es que pensabas seducir
a mi mujer? Reconócelo. Porque al salir de aquí dentro de tres días esperabas
irte con ella.
LEFRANC: Oyes, Ojos Verdes, no me vas a creer. Era para no
disgustarte. Te lo hubiera dicho, pero (señala a MAURICIO) no en presencia de
éste.
OJOS VERDES (cándido): ¿Por qué?
MAURICIO: Tenías que habérmelo dicho. Si les molesto, puedo
desaparecer por arte de magia. Soy capaz de atravesar las paredes. Es sabido.
No, Julito, no, nos metes cuentos. Di que querías irte con su mujer y te
creeremos.
LEFRANC: Mauricio, no compliques aún más las cosas en esta
celda. Todo va mal por tu culpa. Por tus líos. Eres la piel del diablo.
MAURICIO: Julio…
LEFRANC: ¡Corta!, ¿me oyes?
OJOS VERDES, meditabundo, con las manos en los bolsillos,
parece que no ve a sus dos compañeros.
MAURICIO: Eso es, ya que estás rabioso, métete conmigo que
soy el más débil.
LEFRANC: De sobra lo sabes y te aprovechas, pero un día de
estos tu debilidad me servirá.
MAURICIO: Mejor sería que fuéramos amigos los tres. Contigo
es imposible. Y desde hace una semana provocas todos los pleitos. Porque Ojos
Verdes y yo sí que somos amigos. Pero es inútil. Nuestra amistad yo me encargo
de defenderla. Te aviso.
LEFRANC: Están contra mí los dos. No me dejan vivir.
MAURICIO: Te metes con todos, y si hay una palabra
desagradable, el primero que paga soy yo. Antes, cuando me agarraste por el
cuello, esperabas dejarme sin sentido. Notaba que me ponía morado. Si no es por
Ojos Verdes hubiera estirado la pata. A él, a Ojos Verdes, le debo la vida.
Menos mal que tú te vas. Vamos a estar en paz.
LEFRANC: No hables más del asunto, Mauricio.
MAURICIO: Ya ves, Julio, no puedo decir ni una palabra. ¿Sabe
él lo que le escribes a su mujer? Ni siquiera sabe lo que ella contesta. Y tú
te alegras porque de esta manera Ojos Verdes es una especie de inválido. Sin
embargo, si quisiera…
LEFRANC: Cumplo con mi deber.
MAURICIO: ¿Hacia quién? Nosotros estamos encerrados y lo que
nos debes es respeto. Pero se diría que intrigas. Solo. Porque estás sólo, no
lo olvides.
LEFRANC: Y tú, ¿qué? ¿Qué haces con tantas estrategias? ¿Con
él, con los guardianes? A ver si los engañas… ¡conmigo no podrás! Si no pude
sacarte la mierda antes fue a causa de tus aspavientos. Les debes más que
la vida a Ojos Verdes. Me diste lástima. Pero te remataré. Y eso antes de salir
de aquí.
MAURICIO: Ya lo sé. Desde hace tiempo intentas quedarte solo
con Ojos Verdes. Pero él te desprecia. Estás solo.
LEFRANC: No es tan grave. Uno, se va acostumbrando a ello.
Pero convéncete y convéncele a él de que su mujer no me interesa.
MAURICIO: Eso dices cuando está presente. Y me vienes con
amenazas porque soy un más joven.
MAURICIO hace con la cabeza y con la mano el ademán de
quitarse un mechón de pelo imaginario.
LEFRANC: No quiero volverte a ver. Incluso tus tics me ponen
nervioso. Y ni siquiera podré salir de aquí con ellos, para suprimírtelos.
Arréglatelas.
MAURICIO: ¿Y si me niego? ¿Me tienes tirria porque aún no he
olvidado mi mechón? ¿Me tienes tirria porque hace poco que entré en la
fortaleza? ¿Te hubiera gustado ver cómo caía mi pelo cuando me pasaron la
maquinilla?
LEFRANC: Cállate, Mauricio.
MAURICIO: Te hubiera gustado verme sentado sobre el taburete
mientras mis rizos caían sobre mis hombros, sobre mis rodillas y se
desparramaban por el suelo. Te hubiera gustado, ¿verdad? Te hubiera gustado
incluso que te lo contara, porque la desgracia de los demás te hace
interesante.
LEFRANC: Cállate. Estoy harto de estar entre los dos, de que
discutan, hiriéndose, a través de mí. Estoy harto de mirar sus caritas. Sus
párpados me los sé de memoria.
MAURICIO: Lo podemos hacer.
LEFRANC: Me agotan. Como si fuera poco morir de hambre,
quedar sin fuerzas entre cuatro paredes, aún hay que extenuarse…
MAURICIO: La culpa es tuya.
LEFRANC: Es suya. ¡Me agotan! En mis sueños veo también sus
jetas. Sus caritas vulgares. Pero no intenten meterse conmigo. He llegado más
lejos que ustedes.
MAURICIO (irónico): ¿En la galera?
LEFRANC: Repítelo.
MAURICIO: He dicho: en la galera.
LEFRANC: Me retas. ¿Quieres sacarme de quicio? ¡Mauricio!
¿Quieres que repita la historia?
MAURICIO: Nadie habla mal de ti. Fuiste tú el primero en
hablarnos de las señales en tus muñecas…
LEFRANC: En las muñecas y en los tobillos. ¡Sí, Mauricio! Y
tengo derecho a decirlo y tú tienes el de callarte. (Chilla) ¡Sí, tengo
derecho! Tengo derecho a hablar de ello. Tengo las señales de los galeotes y
todo va a terminar muy mal. ¿Me oíste? Puedo transformarme en un verdadero
tifón y destrozarlos. Y limpiar la celda. Vuestra dulzura me marca. Uno de los
dos va a tener que largarse.
MAURICIO: Inténtalo. Intenta echarme. Si no te gusta la
celda…
LEFRANC (chillando): A uno de los dos le va a costar la vida.
¡Estoy harto!
OJOS VERDES (con frialdad y con tono de amenaza): ¿Parece
ser, Julio, que te has burlado de mí? ¿No es eso? ¡Cómo se habrán reído mi
mujer y tú! Ahora será feliz con tus frasecitas. ¡Se regodeará le yendo y
releyendo tus cartas! Hasta ahora nadie le había dicho cosas semejantes.
LEFRANC: Te aseguro que no. He sido franco.
OJOS VERDES: Puta.
LEFRANC: No tengo nada que reprocharme. Me odias y…
OJOS VERDES: No, me trae sin cuidado. (Silencio)
MAURICIO (pegando la oreja a la puerta): Aún la cosa se puede
arreglar. Basta con que te vea y olvidará la canción. ¡Oye, oye! Ahora le toca
a la 34.
OJOS VERDES (con resignación): No. Que cambie de vida. Tiene
razón. Yo haré lo mismo. Aquí, para comenzar, y del otro lado del foso para
terminar, si llego hasta allí.
MAURICIO (tocando la mesa): No pienses en lo malo, hombre.
OJOS VERDES (tristísimo): Si llego hasta allí. Pero ella me
lo dice sin precaución. Clínicamente me abandona sin sospechar que si esperara
diez meses más quedaría viuda. Podría rezar en mi tumba y llevarme lilas.
MAURICIO (con ternura): Ojos Verdes…
OJOS VERDES: ¡Viuda, sí, señor! Mi viudita.
MAURICIO: Oye, Ojos Verdes, hombre…
OJOS VERDES: ¡Mi viuda! Y yo soy su hombre muerto. Les hará
gracia. ¿Eh, Julio? ¿Te hago mucha gracia? ¿A lo mejor estás esperando que me
ponga a llorar? ¿O que me dé un ataque de cólera? Desengáñate. Estoy convencido
de que mi mujer no te interesa. He sido injusto. Pero reconoce que la faena es
terrible.
MAURICIO: No te exaltes, hombre. No te exaltes tanto. La
semana pasada, en el locutorio, ¿no te dijo nada?
LEFRANC: Aún puede venir. Apenas han empezado las visitas.
Quiere coger una chaqueta colgada de un clavo.
MAURICIO: No es tu chaqueta, es la de Ojos Verdes.
LEFRANC (mirando la chaqueta): Me he confundido, tienes
razón.
MAURICIO: Eso te pasa a menudo. Es la quinta o la sexta vez
que te pones su chaqueta.
LEFRANC: ¿Y qué tiene de malo? No hay secreto ninguno, no
tienen bolsillos. (Pausa) Pero, oye, Mauricio, ¿te han encargado que vigiles la
ropa de Ojos Verdes?
MAURICIO (se encoge de hombros): Ahora sí que lo entiendo.
Cuando ella te miraba detalladamente detrás de la reja, es que quería gozar por
última vez. Sabes, grandote, si la encuentro la deshago.
OJOS VERDES: Fue el jueves pasado, cuando se despidió de mí;
tienes razón. Se despidió para siempre. Con sus ojos conmovidos se iba para
siempre. Y yo no me di cuenta. De nada. La muy zorra de ella. Ni siquiera sé
cómo está hecha. Desapareció. ¡Mi mujer! ¡Mi mujercita! ¡Mauricio!
MAURICIO: Cálmate, Ojos Verdes. Me haces daño.
OJOS VERDES: ¡Mauricio! ¡Qué date con ella! Sujétala.
Sujétala por los tobillos. ¡Sujeta su carita! Sujétala por el cuello. Mi nena.
MAURICIO: Grandote…
OJOS VERDES: ¡Mujercita mía! Me dejas solo en medio del
desierto. ¡Te las picas! ¡Desapareces! Mauricio, Mauricio.
MAURICIO: Aquí estoy, grandote.
OJOS VERDES: Mauricio, ¡vete a buscar a mi gatita!
MAURICIO: Te juro que si la encuentro la mato.
OJOS VERDES: En cuanto la veas, adiós, Ojos Verdes.
MAURICIO: Jamás.
OJOS VERDES: No digas nunca jamás, Mauricio. A los amigos que
hacen juramentos los conozco muy bien. Ni siquiera hay que tocarla un pelo. Es
una pobre chica. Necesita un hombre, uno auténtico y yo ya no soy más que mi
propio fantasma.
MAURICIO: ¿Así es que la disculpas?
OJOS VERDES: Seguro que encontrará un buen muchacho como tú.
Me gustaría que fueras tú.
MAURICIO: Ni hablar. Con la faena que te ha hecho…
OJOS VERDES: ¿Y por qué no serías tú?
MAURICIO: ¿Así que si Julio es inocente, tú crees que se
junta con otro?
OJOS VERDES (amenazador): Arréglatelas para no hablar de
esto, Mauricio. ¡Arréglatelas! Si supiera de buena fuente que se junta
con otro, la dañaría. (A LEFRANC)¿Tú, qué opinas? Indícame dónde está el pasaje
de la carta en la que ella dice que me abandona. ¿Me oyes? ¡Julio!
LEFRANC: ¿Yo? No sé. Otra vez andas sospechando.
OJOS VERDES: En absoluto, Julio. Antes estaba irritado. Hace
demasiado tiempo que nos vemos, que nos contemplamos. Nunca he sospechado de
ti.
LEFRANC: ¿Qué piensas hacer?
OJOS VERDES: Quisiera saberlo. Aún estoy paralizado por el
choque.
LEFRANC: No veo que puedas hacer algo.
OJOS VERDES: No merece que la perdone, pero, ¿qué puedo
hacer?
MAURICIO: Mátala. Hay que matarla. En esta celda no hay
gallinas.
OJOS VERDES: Los dos me hacen gracia. ¿Es que no ven cuál es
mi situación? ¿Es que acaso no ven que aquí inventamos historias que sólo
pueden vivir entre estas cuatro paredes? ¿Es que aún no han comprendido que
jamás volveré a contemplar el sol de los hombres? Me toman el pelo. No quieren
fijarse en mí. No comprenden que la tumba está cavada bajo mis pies. Dentro de
un mes ya habrán decidido cortarme la cabeza. Ya no pertenezco al mundo de los
vivos. Ahora estoy solo, completamente solo, solo. Seúl. Puede morir en paz. Ya
no despido calor. Estoy helado.
MAURICIO: Estoy a tu lado.
OJOS VERDES: Estoy helado. Pueden arrodillarse ante Bola de
Nieve, tienen razón. El gran Jefe es él.
MAURICIO: Dices estupideces, Ojos Verdes.
OJOS VERDES: Sí. ¡El gran Jefe! ¡Vayan a besarle los dedos de
los pies, vamos! ¡Qué suerte tiene de ser un salvaje! Tiene el derecho de
matar a la gente e incluso a comérsela. Él vive en la jungla. En eso me supera.
Tiene sus panteras domadas. Yo estoy solo. Y demasiado blanco. Demasiado
pálido. Demasiado estropeado por la celda. Pero si me hubieran visto antes, con
las manos en los bolsillos, con mis flores, porque siempre tenía una flor entre
los dientes. Me llamaban… ¿Quieren saberlo? Era un bonito apodo: Pablito el de
los dientes floridos. ¿Y ahora qué? ¿Quién soy yo? Dime, Julio, ¿quién soy yo?
¿Qué puedo hacer?
MAURICIO: Ciertas chicas siguen a su macho hasta Siberia.
OJOS VERDES: ¿Hasta dónde?
MAURICIO: Hasta Siberia. Lo he leído en los libros.
OJOS VERDES: Yo digo que mi mujer no tiene derecho a venir.
Estoy solo.
MAURICIO: Porque te empeñas en estar solo.
OJOS VERDES: Puede ser, pero son cosas mías. No tiene derecho
a venir. Eres testarudo. Es una pobre chica. Ni siquiera tiene veinte años.
MAURICIO: No es un motivo. Yo iría…
OJOS VERDES: Pues tú no te portarías mejor. Además, tú no
eres mi mujer.
MAURICIO: Hay mujeres que siguen a su hombre hasta Cayena.
OJOS VERDES: Eso nunca. Excepto las de los forzados
condenados a cadena perpetua. Pero ellos forman una categoría aparte.
MAURICIO: Es una lástima. Allí podrías haberla hecho
trabajar. Entre los hombres sin mujeres…
OJOS VERDES: No hablemos más de eso, Mauricio. Me vas a dar
jaqueca. (Pausa) Tú, dentro de un año o dos, estarás hecho todo un hombrecito
bien parecido. Y cruel. Te hubiera gustado mi mujer, ¿verdad?
MAURICIO: Confieso que me dejó medio frito. Cuando la veo a
través de ti, me vuelvo loco.
OJOS VERDES (amargo): Soy una bonita pareja, ¿verdad? ¿Te
emociona?
MAURICIO: No he dicho eso. Digo…No tiene tu cara, pero la veo
sin embargo. Me parece que tú…Separarte de ella te costará lo tuyo. Por eso
tienes que vengarte. Enséñame su retrato.
OJOS VERDES: Lo has mirado más de cien veces.
MAURICIO: Enséñamelo otra vez. La última.
OJOS VERDES (desabrocha su camisa y deja ver su busto a
Mauricio): ¿Qué, te gusta?
MAURICIO: ¡Qué guapa es! Quisiera escupirle en la cara.
Lástima que no pueda hacerlo. Y eso, ¿qué es?
OJOS VERDES: No toques. Tomas la muerte.
MAURICIO: ¿Qué?
LEFRANC (sombrío): Puerco.
OJOS VERDES: Tomas contacto con la muerte. Es una mariposa.
Es un recuerdo de Mariposa. Cuando estaba en Joyeux. Y el resto data de Joyeux
o de la fortaleza. Excepto la fragata. En el reformatorio. (Se abrocha la
camisa) Telón.
MAURICIO: Tu mujer, deberías…
OJOS VERDES: Déjate de ella…
MAURICIO: Me gustaría encontrarla…
OJOS VERDES: He dicho que te calles. Demasiado contento estás
de todo lo que me sucede. Probablemente, lo que te excita contra ella y contra
mí es tu propia alegría. Te sientes feliz de ser el único que pueda mirarla.
Necesitaría un espejo, pero “no hay”.
MAURICIO: Estás loco. No te enfades. Te hablo de ella porque
somos amigos.
OJOS VERDES: Ya he comprendido. De sobra. ¡Lárgate!
MAURICIO: ¿Serías capaz de enfadarte conmigo?
OJOS VERDES: Desde luego. Y cierra el pico de prisa. Estoy
harto de ti también. De todos ustedes. Ya no son nadie. Dentro de dos meses, si
es necesario, habré pasado por cuchilla. De un lado de la guillotina tendré la
cabeza y el cuerpo del otro lado. Entonces ¿qué? Soy terrible. Terrible. Puedo
aniquilarte. Si mi mujer te gusta, no te prives. Ve por ella. ¡Vete! ¡Vete!
Vete por ella, cógela en el jardín. Yo les doy mi bendición. Pero no intenten
tomarme por ingenuo. Veo muy bien que la deseabas. Hace mucho que andas en
torno mío, razonas, venga a dar vueltas y más vueltas, buscas un rincón para
posarte como un pájaro, sin sospechar siquiera que te puedo aplastar. (Le da un
bofetón a MAURICIO, que se tambalea)
LEFRANC: Hacía tiempo que la venías preparando.
MAURICIO: Déjame, Ojos Verdes, no he hecho nada.
OJOS VERDES: Olvidas que te estaba observando. Estabas loco
por ella desde el primer día, cuando la viste ir al locutorio. Lo comprendí en
cuanto entraste. Todos las halagos que me hacías eran por ella, ¿verdad? No me
confundo. Cuando querías ver mi cuerpo, era para saber cómo era el suyo
ajustándose a él. Y porque no sé ni leer ni escribir, me tomas por un
discapacitado. Asqueroso. Pero estoy atento. Más de lo que te crees, ¿Me
confundo? (MAURICIO pone el morro como un chiquillo al que le han pegado) Puedes
hablar, no soy ningún bruto. Dime si me confundo.
MAURICIO: Te juro, Ojos Verdes, que sólo tenía amistad por
ti. No comprendo tu enfado.
OJOS VERDES: No se trata de enfado. Tan sólo digo que has
hecho mal en tomarme el pelo, mi pelo, que pronto caerá como mi cabeza.
MAURICIO: No quise ofenderte. Hace unos minutos, cuando me
estabas hablando de tu mujer, tanta vergüenza me daba por suelto el trapo. Me
daba vergüenza.
OJOS VERDES: Eso dices.
MAURICIO: Vamos, Ojos Verdes, ¿es que ya no crees que soy
amigo tuyo?
OJOS VERDES: Un amigo para treinta días no es un amigo.
Encontrarás otros. Te queda Julio.
MAURICIO: Sabes muy bien que no es igual.
LEFRANC: Yo opino lo mismo. Los amigos como tú… (Silencio,
todos escuchan) Vuelve el 36.
MAURICIO: ¿Y qué? Sigue. Los amigos como yo…
LEFRANC: ¿Cómo?, levantas la cabeza. ¿Te sientes mejor? Y sin
embargo te ha cruzado la cara.
MAURICIO: Otro intentaría arreglar la cosa, pero tú te
esmeras en empeorarlas. Ves que estamos todos hundidos por el hambre y aun
continúas excitando a hombres que son amigos.
LEFRANC: ¡Dos amigos! ¡Y dos hombres! Pero confieso que no me
disgusta.
MAURICIO: Te acobardas cuando a Ojos Verdes le da el
ataque. No creas que estamos enfadados porque me pegó. Aún estoy decidido a
vengarle.
LEFRANC: ¿Tú?
MAURICIO: Yo.
LEFRANC: ¿Tú? Acuérdate de cuando intentaste evadirte. Si no
hubiera sido por mí, te hubieran metido en el calabozo tres meses.
MAURICIO: ¿Te crees que le tengo miedo al calabozo?
LEFRANC: Hace poco hablabas del hambre. Ya verías lo que es
bueno.
MAURICIO: ¿Esperas enternecerme recordándome que me das la
mitad de tu pan? ¿Y me dejas beber de tu agua? Te lo puedes guardar. Con lo
mucho que me costaba tragarlo. Me daba asco de pensar que venía de ti.
LEFRANC: ¡Basura! ¡Por eso dabas una parte de vez en cuando a
Ojos Verdes!
OJOS VERDES: Es que le sobraba.
LEFRANC: Me trae sin cuidado. Sus arreglos entre ustedes me
importan poco. Soy bastante mayorcito como para alimentar a la celda entera.
MAURICIO: ¡Pues te la guardarás desde hoy, pobrecito mártir!
Y aún me sobran energías para dar la mitad de mi ración a Ojos Verdes.
LEFRANC: No se trata de eso, sino del trabajo. Quisiera
haberte visto matando a una mujercita. Quisiera haberte visto con la sangre que
corre. Yo, salgo pasado mañana.
MAURICIO: Pretendes, por casualidad.
LEFRANC: ¿Te molestaría?
MAURICIO: Y que lo digas.
OJOS VERDES: No riñan. Si quieren matarla a toda costa,
échenlo a la suerte.
LEFRANC y MAURICIO (a la vez): ¿Por qué? No vale la pena.
OJOS VERDES: ¡He dicho que lo echen a la suerte! Sigo siendo
el que manda. La casualidad designará el cuchillo, pero el ejecutor seré yo.
LEFRANC: Estás bromeando, Ojos Verdes.
OJOS VERDES: ¿Tengo cara de broma?
LEFRANC: Bromeas con nosotros.
OJOS VERDES: No bromeo. Y mucho cuidado con lo que va a
pasar. Vigilen los alrededores. ¿Están decididos? ¿Se han decidido a matar a mi
mujer? Si es así, habrá que hacerlo de prisa, elegir rápidamente, y que no se
vuelva a hablar del asunto. ¿No? Que no se hable más hasta que salga elegido.
¿Están de acuerdo? Y tengan cuidado. Hay un puñetazo en el aire. ¿Quién lo va a
recibir? Vigilen. ¿Es el chaval? (Colocan su puño en el hombre de MAURICIO)
¿Vamos a hacer de ti un pequeño asesino? ¿Un pequeño forzado? ¿No? ¿Mauricio?
MAURICIO: No te rías de mí.
OJOS VERDES: En absoluto. Te estoy explicando. En lo que a mi
respecta, la cosa no fue muy sencilla.
MAURICIO: ¿Estás tranquilo? ¿Has dejado de odiarme?...
OJOS VERDES: Escucha cuando hablo. No me obligues a hacer
demasiados esfuerzos, que estamos muy débiles por la falta de aire. Te estoy
explicando la cosa. Y te digo que hay que tener cuidado, porque estos momentos
son terribles. Son terribles de tan dulces como son. ¿Me siguen? Son demasiado
dulces.
MAURICIO: ¿Qué es demasiado dulce?
OJOS VERDES: Así se reconoce la catástrofe. Yo ya no estoy en
el borde, ya he caído. Yo no arriesgo nada, ya se los he dicho. Y Ojos Verdes
los va a hacer reír. Estoy cayendo tan suavemente, es tan dulce lo que me hace
caer, que por mera cortesía no me atrevo a rebelarme. Me aguanto. El día del
crimen… ¿me oyes, Julio?, el día del crimen fue igual. ¿Me oyen? Eso sí que les
interesa. (Chilla) Al carajo con Dios, ¿me oyen? Digo “el día del crimen” y no
me da vergüenza. ¿Cuántos habrá en toda la fortaleza, en todos los pisos, que
puedan ponerse a mi altura? ¿Cuántos han vivido ese momento? Julio, ¿cuántos
hay tan jóvenes como yo, tan guapos como yo, que les ocurriera tal desgracia?
Hablan de Bola de Nieve y no saben nada de él. Digo “el día del crimen”. Aquel
día. Aquel día y cada vez más hasta…(busca)…hasta…
LEFRANC (suavemente): La expiración.
OJOS VERDES: Pues bien, desde entonces todo ha sido conmigo
mucho más cortés.
MAURICIO: ¿De veras?
OJOS VERDES: Cortés conmigo. Afirmo que en la calle un tipo
me saludó quitándose el sombrero.
MAURICIO (cariñoso): Ojos Verdes, Ojos Verdes, no delires.
LEFRANC (A OJOS VERDES): Sigue.
MAURICIO: No, Ojos Verdes, ya es suficiente. Ya ves que eso
le excita. Le invade.
LEFRANC se dirige a MAURICIO y le amenaza.
LEFRANC: ¿Decías?
MAURICIO: Que te invade. Hasta te hace olvidar a Bola de
Nieve. La desdicha de los demás, te la digieres.
OJOS VERDES: Espera. Les voy a explicar. Se quitó el
sombrero. Fue a partir de entonces. Todas las cosas…todas las cosas…
LEFRANC: Explícate.
OJOS VERDES: Las cosas comenzaron a animarse. Ya no había más
remedio. Y para llegar a este punto había sido necesario que matara a alguien.
Con ustedes será lo mismo. Van a matar a mi mujer. Tengan mucho cuidado. Para
mí se acabó. Yo comienzo de la nada en la tierra de los forzados. Hacerse una
vida nueva es fácil, ya verán. Yo me di cuenta de eso en cuanto maté a la
muchacha. Vi el peligro. ¿Me entienden? El peligro de sentirme en el pellejo de
otro tipo. Y tuve miedo. Quise volver atrás, pero ¡ni hablar! Y eso que hice
esfuerzos. Iba de un lado para otro. Daba vueltas. Intentaba por todos los
medios no convertirme en un asesino. Intentaba ser un perro, un gato, un
caballo, un tigre, una mesa, ¡una piedra! Un día intenté ser una rosa. No se
van a burlar de mí, ¿verdad? Hice lo que pude. Me contorsionaba. Parecía de
goma. La gente decía que era un convulsivo. Pero quería remontar el tiempo,
deshacer mi trabajo, volver a vivir hasta antes del crimen. Remontar el aire
parece fácil, pero era mi cuerpo el que no quería pasar. Hice lo que pude:
Imposible. Se burlaban de mí en torno mío. No sospechaban el peligro hasta que
se asustaron. ¡Qué baile! ¡Si me hubieran visto bailar! ¡Cómo bailé, muchachos,
cómo bailé!
Aquí el actor tendrá que inventar un baile que
represente a OJOS VERDES intentando remontar el tiempo. Silencioso, se
contorsiona. Intenta bailar en espiral, sobre sí mismo. Su cara expresa un gran
dolor. MAURICIO y LEFRANC siguen atentamente este trabajo.
OJOS VERDES (bailando): Baila conmigo, Mauricio. (Le coge por
la cintura y da con él unos pasos, pero inmediatamente lo rechaza) Lárgate,
bailas como en un burdel. (De nuevo baila en espiral. Por fin el actor,
jadeante, se para) Y bailé. Y entonces me buscaron. Me sospecharon. Después la
cosa fue sobre ruedas. Hice todo lo que tenía que conducirme con la mayor
tranquilidad del mundo a la guillotina. Ahora estoy tranquilo. Eso me alivia.
El baile me alivia un poco, pero no del todo. Aún tengo la impresión de tener
un peso encima. A veces me sofoco. Mi nueva vida empezará cuando me sienta
completamente tranquilo. Completamente solo. Y mi mujer hará lo que yo, se
calmará. ¿Verdad que sí? ¡Julio!
LEFRANC: No tengo nada que decir. Haces lo que quieres.
MAURICIO (embelesado, a OJOS VERDES): Para hacer cosas así no
hay que tener piel de gallina. Hay que tener valor. Y también estar bien
plantado. Lo que es yo…
LEFRANC: ¡Si te vieras! Probablemente del mismo corte que
Ojos Verdes.
MAURICIO: Vamos, Julio, no digas eso, que me va a dar un
desmayo. ¡No vas a negar que soy el más guapito de la jaula! ¿Verdad? Mira de
cerca al machito. (Hace el gesto, ya indicado, de echar para atrás su mechón de
pelo)
LEFRANC: ¡Basura!
MAURICIO: Con esta carita, todo me está permitido. Incluso
cuando soy inocente se me cree culpable. Soy lo bastante guapo. Son cabezas
como la mía las que quisieran todos recortar en los periódicos. ¿Verdad que sí,
Julio? ¿Para tu colección? Las chicas se morirían por ella. La sangre correría.
¿Y las lágrimas? Todos los muchachitos quisieran andar a cuchilladas. ¡Qué
regalo! ¡El 14 de Julio de los asesinos! Bailarían en las calles.
LEFRANC: ¡Basura!
MAURICIO: Por fin sólo me faltaría convertirme en rosa para
que me cogieran. Vería mis fotos, como Ojos Verdes.
OJOS VERDES: Yo no vi las mías.
MAURICIO: ¿Y por qué?
OJOS VERDES: Ya estaba encerrado. Dicen que mi nombre y mi
cabeza se veían por todas partes.
MAURICIO: Es verdad, no pudiste verla. ¡Qué mala suerte! El
día que hicieron la reconstitución del crimen y que llegaste en coche…
OJOS VERDES: Me acuerdo, un tal Talbot.
MAURICIO: Te sacaron fotos mientras bajabas del coche. Te
tapaste la cara con la gorra.
OJOS VERDES: Sí, me acuerdo.
MAURICIO: Y pensar que nosotros, digo yo, no sabía que
estabas aquí.
OJOS VERDES: ¿Cuándo te enteraste, no te llamó la atención?
MAURICIO (molesto): ¡Oh!...no. ¿Por qué? ¡Si la gente que ve
los periódicos pudiera vernos a los dos en la celda! A los tres, mejor dicho.
Es curioso, siempre creo que somos dos tan sólo.
LEFRANC: Naturalmente, los dos más guapos.
OJOS VERDES: Nadie dice eso. Y guapo o no, Mauricio, si te
ocupas del asunto también se te caerá el pelo. Una vez más, Julio tiene razón.
LEFRANC: Crees que me echo para atrás. Dispongo de mi vida,
yo…
OJOS VERDES (Irónico): Te la dabas de peligroso, Julio.
LEFRANC: Me juego el tipo peligrosamente.
MAURICIO: Otra vez nos va a contar sus historias de galeote,
las señales en sus tobillos…
LEFRANC: Mauricio, no me tientes.
OJOS VERDES: ¿Te da miedo?
LEFRANC: Déjame, Ojos Verdes. Ya he hablado demasiado.
OJOS VERDES: Te acostumbrarás. Hay que enfocar la cosa de la
mejor manera. Al principio, yo también me asustaba a mí mismo. Ahora me
complazco. Sí que me complazco, Julio, y a ti, ¿no te complazco?
LEFRANC: Déjame.
OJOS VERDES: Valgo más que Bola de Nieve, ¿sabes? Hay que
mirarme a mí.
MAURICIO (Socarrón): Déjale, le fastidias. Es una fiera.
OJOS VERDES: ¡Más que Bola de Nieve!
LEFRANC: No me tientes.
OJOS VERDES: ¿Por qué no? Déjate. (Lo acaricia parte del
cuello. El lo rechaza inmediatamente) Siempre encontrarás a alguien que te
socorra. Quizá Bola de Nieve, si ya no estoy aquí. Al verte acercarte a sus
dominios…lo que se reirá el negrazo.
LEFRANC: Déjame.
OJOS VERDES: ¡Con que te acobardas! No tienes tanto aguante
como el muchacho. Me gustaría que fueras tú el que matara a mi mujer.
MAURICIO (socarrón): Asesino.
OJOS VERDES: En este caso, vamos a echarlo a la suerte. Pero,
¿con qué?
LEFRANC: Ya sé que quisieras que fuera yo, pero, Ojos Verdes,
no me atrae. No intentes conseguirlo por tu seducción.
OJOS VERDES (A Mauricio): ¿Irás tú? Será duro, ¿sabes?
MAURICIO: ¿Con qué? ¿Con qué habrá que matarla? Tú, ¿cómo te
las arreglaste?
OJOS VERDES: Era muy diferente- No quería vengarme. La
fatalidad tomó la forma de mis manos. En toda justicia habría que cortarlas en
vez del cuello. Y para mí todo fue más sencillo. La chica ya estaba tendida
sobre mí. No tuve nada más que ponerle una mano con delicadeza sobre la boca y
otra en el cuello con delicadeza también. En diez segundos, asunto concluido.
Pero tú…(Silencio)
MAURICIO: ¿Qué me aconsejas?
OJOS VERDES (sobresaltado): ¿Cómo? Ya no vendrá, se acabó.
MAURICIO: Cualquiera sabe. Dime, explica. Cuando terminaste,
¿qué hiciste?
OJOS VERDES: ¿Cómo? ¿Yo?, nada. Vamos, ya te lo he dicho.
Todo sucedió de otra forma. Primero conduje a la chica a mi habitación. Nadie
la vio subir. Quería mis lilas.
MAURICIO: ¿Qué lilas? Es la primera vez que hablas de esto.
OJOS VERDES: Entre los dientes tenía un racimo de lilas. Así
fue como me acompañó. Me seguía. Estaba imantada…Después…quiso chillar porque
le hacía daño. La ahogué. (Pausa) Creí que una vez muerta podía resucitarla. Lo
creí de verdad.
MAURICIO: ¿Y después?
OJOS VERDES: ¿Después? Después ya te lo he dicho, ya no había
nada que hacer.
MAURICIO: ¡Ah!
OJOS VERDES: Sí. ¿Me entiendes? La puerta estaba allí.
(Señala el lado derecho de la celda, tocando la pared) Para sacar el cuerpo,
imposible, abarcaba demasiado. Estaba blando. Primero fui hasta la ventana para
mirar fuera (Se acerca hasta la pared que constituye el fondo de la celda), no
me atreví a salir. Creía que había en la calle la mar de gente. Creía que
esperaban que me asomara a la ventana. Aparté un poco las cortinas…
MAURICIO: ¿Las cortinas? ¿Con tus manos? Pero, ¿y la sangre?
OJOS VERDES: ¿Dónde? No había sangre: la ahogué.
MAURICIO: No era prudente. A causa de las huellas.
OJOS VERDES: Lo preví todo.
MAURICIO: Nunca se toman demasiadas precauciones. ¿Y las
lilas?
OJOS VERDES: ¿Qué lilas? ¿Cómo? (Hundido) Ahora comprendo.
Por eso me han encerrado. Ahora caigo. Nadie me había avisado. ¡Los cabrones!
¡Qué lilas! No puedo defenderme contra esto. Las lilas…
Pronuncia esta última frase mirando su mano, que acaba de
pasarse por el pelo rapado.
MAURICIO: Las lilas, ¿las dejaste en su pelo?
OJOS VERDES: No me dijeron nada. Ya se acabó. Nadie me dijo
nada. Ningún poli me informó. Podía haber caído en ello, desgraciadamente me di
cuenta demasiado tarde. (A Mauricio) Y la culpa es tuya. ¡Víbora venenosa!
¡Basura! Tenías que haber estado allí. Tenías que haber estado allí para
avisarme. Pero te las arreglas para que se te ocurran tan sólo ahora, ahora que
estoy encerrado. Víbora. Tenías que haber estado allí en el momento preciso.
MAURICIO: Ojos Verdes.
OJOS VERDES: Has sido mi perdición. Te las has arreglado con
Dios. Basura innoble. No voy a hacerte daño. Ya estoy demasiado lejos. Soy
demasiado bueno. Es verdad, fueron las lilas. Y por eso estoy condenado. Mi
mujer ya no vendrá más. Se acabó.
LEFRANC: No porfíes.
OJOS VERDES: Fue la fatalidad.
OJOS VERDES (hundido): Dices palabras que no conoces. Fueron
las lilas las que me denunciaron. Estoy perdido. ¿Qué puedo hacer? Dime, Julio,
piénsalo, ¿qué puedo hacer aún?
LEFRANC: Ya nada.
OJOS VERDES: Es injusto. Pero inténtalo de todos modos.
Piénsalo, Julio, piénsalo.
MAURICIO: No le pidas nada más, cojones. ¿No ves la cara que
tiene? Es un puerco. Julio es un puerco. Te esta bebiendo. Te está tragando.
OJOS VERDES: Julo, piénsalo, dime lo que tengo que hacer.
MAURICIO: Pero mira su rostro. Es feliz. Todo lo que le dices
le entra por los poros. Le entras en su cuerpo y no sabes cómo vas a salir.
Deja de hablar de eso, hombre. Deja de hablar de eso.
LEFRANC (entre risotadas): Te molesto, ¿verdad?
MAURICIO: ¡Esperas empequeñecerle! Quieres debilitarle.
OJOS VERDES: Estoy jodido. Es tan triste, pueden creerlo, que
quisiera que fuera de noche para intentar abrazarme a mí mismo, sobre mi
corazón. Julio, quisiera refugiarme en mis brazos. No me da vergüenza decirlo.
MAURICIO: No sigas. Domínate.
OJOS VERDES: Ahora me ven hecho un pobrecito. Ojos Verdes, no
podía haber llegado más bajo. Hasta el fondo. Julio, mira lo que da de sí un
seductor de mi calibre. Puedes tocar. Pero no se fíen demasiado, que me hace
falta muy poco para que vuelva a saltar y los aplaste. Estén atentos. Ya saben
de mí más que todos los guardias me han podido sacar. Han asistido a mi
auténtico descubrimiento, pero desconfíen, es posible que no se los perdone.
Han tenido el valor de desarmarme, pero no crean que voy a quedarme hecho
pedazos. Ojos Verdes se rehará. Ojos Verdes se está organizando una vez más. Me
construyo de nuevo. Me rehago todo. Me estoy haciendo más fuerte que un
castillo, más fuerte que una fortaleza. ¿Me han oído? Yo soy la fortaleza. En
mis celdas he convivido con asesinos, violadores, soldados, saqueadores.
¡Desconfíen! No estoy seguro de que mis guardianes, mis perros puedan
contenerlos si los suelto contra ustedes. Tengo cuerdas, navajas, escaleras de
mano. Desconfíen. Hay centenares en mis torreones, hay espías por todas partes.
Soy la fortaleza y soy el único del mundo.
MAURICIO: Tranquilízate, Ojos Verdes.
OJOS VERDES: Prepare mis ejecuciones. Libero a quien me
place. Desconfíen, muchachos.
La puerta de la celda se abre sin que nadie aparezca.
OJOS VERDES: Es para mí, ¿verdad? ¿Es para mí? Por fin llegó
a ella. (Duda y sale, pero vuelve en seguida) Mi chaqueta.
LEFRANC descuelga su propia chaqueta y se la tiende a OJOS
VERDES que se la pone. Sale. La puerta se cierra de nuevo.
MAURICIO (lleno de odio): Lo has conseguido.
LEFRANC: ¿Qué?
MAURICIO no contesta. Se pone en cuclillas en un rincón y
silba el vals de Brahms. Al cabo de un momento.
MAURICIO: Oye, Lefranc…
LEFRANC: No me fastidies con tus Lefranc. No piso nada,
déjame en paz.
MAURICIO: Pero, Julio.
LEFRANC: Basta. No tengo miedo de que me llames Jorge a mí.
MAURICIO: Pero si él tiene la costumbre de llamarte Julio.
Tendrías que avisarnos en vez de ofenderte.
LEFRANC: ¡Termina de una vez!
MAURICIO: Te hablaba cariñosamente y todo lo has echado a
perder. Quería decir que su mujer por fin ha venido.
LEFRANC: No me interesa, Ojos Verdes no me interesa.
MAURICIO: No me hagas reír. Que no te interesa; entonces,
¿qué te interesa? Confiésalo. Te vuelvo loco.
LEFRANC: Vete a la mierda. Has dicho antes que estoy solo.
Entonces, déjame en paz.
MAURICIO: No intento fastidiarte, pero quiero prevenirte y
Ojos Verdes es mi amigo.
LEFRANC: Un amigo de cárcel y que te cruza la cara.
MAURICIO: Son cosas mías. Entre él y yo puede haber peleas,
pero la sangre nunca llegará al río. Si tiene cólera, la tiene como hombre.
Como un macho. Y no esperes separarnos. Todo lo que puedas decir del negro no
tiene importancia.
LEFRANC: ¿Me prohibirás tú hablar de él?
MAURICIO: No digo eso, pero el caso es que siempre hablas de
él. ¿Conque niegas que Ojos Verdes sea más temible que Bola de Nieve? No lo has
mirado bien. Es un señor de clase.
LEFRANC: Si hay una rebelión en la cárcel, Mauricio, el gran
jefe no será Ojos Verdes.
MAURICIO: Me das asco.
LEFRANC: Ándate con cuidado…
MAURICIO: Me das asco, Lefranc. Voy a hablarte. Ojos Verdes
ha bajado al locutorio, está discutiendo con su mujer y es probable que no
estén hablando de mí, ¿verdad, Julio? Lo sé de sobra, soy un saco largo. No
tengo valor, pero si ahora mismo le atacas estoy decidido a defenderle. Soy
cobarde, Lefranc, ya lo sé, pero no hablo mal de él. Si su mujer le abandona,
yo le vengaré.
LEFRANC: ¿Para estar a su altura?
MAURICIO: Pero tú, ladroncete de nada, para ponerte a su
altura, ¿qué no harías?
LEFRANC: Él no me interesa. Si hablaras de Bola de Nieve.
MAURICIO: Di de una vez que soy miope. (Exclama) ¡Ya ves!
¡Bola de Nieve! Ojos Verdes te lo explicó; en las cárceles ya no hay reyes, ya
no hay auténticos machos. Antes aún se encontraban hombres violentos, hoy todos
se empequeñecen delante de los guardianes.
LEFRANC: ¿Crees que me impresionan los guardianes?
MAURICIO: Me importa tres pepinos, pero tendrías que
reconocer que Ojos Verdes es todo un hombre. Para comenzar, lo de su crimen…
LEFRANC: ¡Su crimen! Ya has visto hace un momento la pinta
que tenía su crimen.
MAURICIO: No tienes derecho a decir esto, Julio. ¿Me oyes? No
tienes derecho a reírte. Te da rabia porque no has hecho nunca nada tan
hermoso. Estás celoso.
LEFRANC: ¿Quién ríe? Ojos Verdes hace lo que le da la gana.
Matar a una chica era cosa suya. No le juzgo. Pero sí digo que era fácil. Fue
una desgracia y se acabó.
MAURICIO: Y del valor, ¿qué me dices?
LEFRANC: Lo reconozco. Si lo que afirma que es cierto…
MAURICIO: ¿Cómo? ¿Qué dices?
LEFRANC: Nada, Mauricio, estoy haciendo suposiciones. En la
cárcel se cuentan demasiadas historias.
MAURICIO: Él no.
LEFRANC: Las celdas están llenas de las historias más
increíbles. A veces todo esto flota en el aire, hasta ponerse tan espeso que le
hace a uno vomitar. Y las más tremendas son siempre las que se inventan para
presumir. Estafas, tráfico de oro, de perlas, ¡de diamantes! Y no faltaba más.
Los falsos dólares, los robos, las pieles. No digo que los asesinatos de
jovencitas…
MAURICIO: No juegues con eso. No juegues, Julio.
LEFRANC: Y no hablemos de las vidas de los detenidos. Todas
terminan por ser más brillantes que las vidas de los galeotes. Con unas
cadenas…
MAURICIO: ¡Los galeotes! ¿Y qué más?
LEFRANC: Todo esto me asfixia. Me haces reír. Tengo cosas
mejores.
MAURICIO: Cuenta. Se vuelve curioso.
LEFRANC: No comprenderías.
MAURICIO: El señor es demasiado inteligente para nosotros. El
señor nos va a hablar una vez más de la galera. De sus señales en los tobillos
y en las muñecas. Hace ya trescientos años que nos has dicho que eres carne de
crimen.
LEFRANC: Calla.
MAURICIO: Si quiero. Ayer, cuando el capellán estaba aquí, a
nadie se le ocurrió burlarse de ti cuando te contó la historia de San Vicente
Paúl. Y eso que en tu jeta se veía claramente que estabas a punto de tomarte
por un santo. Por lo de tus señales en las muñecas.
LEFRANC: Cierra el pico, Mauricio, me das asco.
MAURICIO: Nadie se reía. No te burles de su crimen.
LEFRANC: ¡Y dale!
MAURICIO: Sí, ¡y dale! Y tú, ¿qué? ¿Es que has hecho algo
mejor? ¿De qué puedes presumir? ¿De quién? ¿Tus robos? Eso está al alcance de
cualquiera.
LEFRANC: Con Sergio, cuando lo de la calle Neva, me hubiera
gustado verte. En la oscuridad, con la gente que tiraba desde las ventanas.
MAURICIO (Irónico): ¿Sergio? ¿Qué Sergio? ¡Sergio de Lenz, me
figuro!
LEFRANC: Sergio de Lenz, el mismo que viste y calza. Comencé
con él. ¿Lo dudas?
MAURICIO: Hay que probarlo.
LEFRANC: Con Sergio. Y entérate preguntando a los machos.
Auténticos macho, Mauricio, y no espantapájaros como tú.
MAURICIO: ¿Y qué? ¿Qué son ésos al lado de Ojos Verdes?
LEFRANC: ¿Aún te ocupas de él? Si Bola de Nieve…
MAURICIO: No me ocupo de nada. Y dale con Bola de Nieve. Otra
vez el betún. Pues no, a Bola de Nieve le digo mierda. Y también a toda su
cuadrilla. ¿Me oyes? Aún estás tiritando por la sonrisa que te ha echado en las
escaleras. Presumes porque crees que eres su amigo. Pues yo me pongo a favor de
Ojos Verdes. Y estoy dispuesto a dejarme matar por él. Cuando no está él, a mí
me toca defender su crimen. No me hables más de él. Sobre la cabeza de mi madre
te juro que las cosas se pondrían feas para nosotros dos.
LEFRANC: Se diría que te tengo miedo. No babees, me das asco.
MAURICIO: Puedes insultarme, todo resbala. Hazte el matón
conmigo, Julio, aprovecha la ocasión mientras puedo verte. Antes has intentado
matarme, pero hay noches que me prestas una manta.
LEFRANC: ¿Yo?
MAURICIO: Sí, tú, hombre. Mientras ronco…
LEFRANC: No lo consentiría.
MAURICIO: Hace tiempo que me di cuenta. Y Ojos Verdes
también. Era una nueva ocasión de reírnos en tus narices.
LEFRANC: Me conoces muy mal si crees que aceptaría
sacrificarme. ¡Y sacrificarme por tu esqueleto!
MAURICIO (violento): Entonces, ¿qué? ¿Qué hace sobre mí tu
manta piojosa? Dime cómo se las arregla de noche para ponerse sobre la mía.
Explícalo.
LEFRANC: ¡Cabrón!
MAURICIO: ¿Crees que la necesito? ¿Quieres ser bueno conmigo?
¿Y crees que haciendo eso me das menos asco?
LEFRANC: Conste que a pesar de los pesares no la rechazas.
MAURICIO: Pobre tipo. No te trastornes. Estás hecho un
estropajo.
LEFRANC: Estoy harto de tu jeta repugnante.
MAURICIO: Tranquilízate. Dentro de tres días la celda quedará
tranquila sin ti.
LEFRANC: No cuentes mucho con eso, Mauricio. Eres tú el que
se va a largar. Antes de que llegaras, todo iba muy bien. Con Ojos Verdes me
llevaba muy bien: como dos machos. Yo no hablaba de él como de una recién
casada. Tú has metido cizaña. Pero ahora es él quien no puede verte ni en
pintura. ¿Lo has visto antes?
MAURICIO: Ni los dos juntos podríais hacerme ceder.
LEFRANC: ¿Te atreverías a encararte con los dos?
MAURICIO: Sí que me atrevería. Y con los dos juntos.
LEFRANC: Espera a que vuelva. Va a subir entusiasmado por
haber visto a su mujer…
MAURICIO: No es verdad.
LEFRANC: ¿Te parece? Su mujer no podría olvidarle así como
así. A Ojos Verdes no se le olvida nunca. Y él es demasiado cobarde como para
abandonarla. Ni siquiera se acordará de las lilas. Ahora está pegado de la reja
del locutorio. Ya no está solo. Su vida vuelve a empezar.
MAURICIO: Cabrón.
LEFRANC: Menos que tú. Porque a ti sí que te gustaría que
siguiera siendo él un pobre diablo abandonado. Es que no has comprendido que tú
no cuentas para nada. Que el hombre es él. Ahora mismo se está agarrando a la
reja, ¿no lo ves? Se echa hacia atrás para que su mujer pueda mirarle más
detenidamente.
MAURICIO: Mejor. Antes, poco te faltó para que te diera
lástima de él.
LEFRANC: Silencio, Mauricio, hemos perdido; los dos. De tu
visita a su mujer ya puedes hacer borrón y cuenta nueva.
MAURICIO: Tú también. Y lo esperabas con más fuerza que yo.
LEFRANC: Esperaba, ¿qué esperaba?
MAURICIO: Lo sabes de sobra. Estás perdiendo el tiempo.
Mezclas su trabajo con el tuyo. Nunca podrás conseguirlo, basta con mirarte, no
vales para eso. No digo que seas inocente, no digo que como ladrón seas una
zapatilla rusa, pero un crimen son palabras mayores.
LEFRANC: Tú qué sabes.
MAURICIO: Más de lo que te crees. A mí todos los verdaderos
hombres me han aceptado. Nunca serán amigos tuyos, nunca, nunca. ¿Me oyes? Eres
de otra calaña. Nunca serás como nosotros. Incluso si matas a un hombre nunca
pertenecerás a…
LEFRANC: ¿A?
MAURICIO: Sabes lo que quiero decir. Hay cosas que no se
precisan.
LEFRANC: Estás cada vez más obsesionado con Ojos Verdes,
MAURICIO: Eso es otra cosa. Quizá no le ayude, pero podría
ayudarle. Tú quisieras que te ayudara él. No, te lo repito, no eres de los
nuestros. (Con violencia) ¿Quieres que te diga la verdad? Acuérdate de la cara
que pusiste cuando el guardián encontró todas las fotos de asesinos en tu
colchón. ¿Qué hacías con ellas? Dime, Julio. ¿Para qué te servían? Las tenías
todas, todas. La de Soclet, la de Weidmann, la de Vaché, la de Ange Soleil y
olvido las mejores. Yo no me las conozco de memoria. ¿Qué hacías con ellas?
Dime, Julio, en tu colchón de noche, ¿las embalsamabas?
LEFRANC: Sigue.
MAURICIO: Y qué feliz te sentías cuando le obligabas a que te
contara con detalle su desgracia. Eres aún más cobarde que yo. Me daba pena por
él, pero por ti…
LEFRANC: Eras tú quien le sonsacabas la historia. ¡Basura! Le
ibas sacando poco a poco las palabras. Por culpa tuya ha contado todo.
MAURICIO: Es falso. Hice cuanto pude para aliviarle. Él lo
sabe. Te digo que lo sabe. Yo no espero a que otra persona haga mi trabajo. No
espero nada. Lo espero todo. Si me sucede alguna catástrofe la aceptaré. Estoy
hecho para eso. Pero tú, Julio, andas en la niebla. A veces, cuando das
vueltas, veo muy bien que nos estás mirando vivir. Nos estás mirando forcejear.
LEFRANC: No sabes nada de mi vida. Yo también forcejeo. Lo
has dicho más de una vez.
MAURICIO: Mira que te gustaba lo de las lilas. Confiésalo. No
hemos terminado de ver tu repugnante jeta inclinada hacia adelante con sus ojos
muertos dando vueltos por la celda. Mira que vas a rumiar la historia de las
lilas. Ya te está cebando.
LEFRANC: Empieza a preocuparme, tienes razón. Vas a verlo.
MAURICIO: Te da fuerza. Te remonta. ¿Te remonta a los labios?
¿Las lilas te remontan a los dientes?
LEFRANC: A las yemas de los dedos.
MAURICIO: Y Ojos Verdes es la víctima. Fue él quien pagó. Él
es el verdadero macho. A él lo eligieron. Y tú eres el hijo de puta. Porque si
yo atraigo las desgracias, no lo hago tragando las aventuras de los demás. Ya
te lo he dicho, la culpa la tiene mi carita. También tengo una señal. Pero mi
verdadera señal es mi carita. Mi carita, Julio, mi linda carita de ladronzuelo.
Te lo digo, es mi carita, mi linda carita de machito.
LEFRANC: ¡Que te voy a partir!
MAURICIO: Nadie lo duda. Pero no te servirá para nada. Mi
carita no me la podrás robar. Aquí lo puedes robar todo. Es cosa sabida. Lo
estás tramando desde hace tiempo. Y él, Ojos Verdes, es demasiado leal para
darse cuenta. También estoy seguro de que quisiste robarle a su mujer. Sin
saber a punto fijo lo que escribías, sé que de no haber sido por ti, nunca le
habrían abandonado.
LEFRANC: Te gustaría que te dijera que sí, ¿verdad? Te daría
gusto contárselo. Pues sí, sí, Mauricio, has acertado. Hace tiempo que hago lo
posible para que ella lo deje plantado.
MAURICIO: Cabrón.
LEFRANC: Hace tiempo que procuro despegarla. Su mujer me
tiene sin cuidado. ¿Comprendes? De ella no me preocupo. Quisiera que Ojos
Verdes se encontrara solo. Seúl, como dice él. Pero es demasiado difícil. El
tío resiste muy bien. Está seguro en sus piernas. Otra vez he fracasado, pero
no me doy por vencido.
MAURICIO: Pero, ¿qué quieres hacer con él? ¿Adónde lo quieres
llevar?
LEFRANC: Eso no te incumbe. Son secretos entre los dos.
Incluso, si tengo que cambiar de celda, seguiré haciendo lo mismo. Y en cuanto
esté de vuelta podrás avisarle.
MAURICIO: Pues sí que voy a privarme.
LEFRANC: Estaba seguro. Pero te voy a decir el resto. Estás
celoso. No puedes soportar que sea yo el que escriba a su mujer. Mi puesto es
demasiado bonito. Un puesto importante. Soy el correo. Te da rabia.
MAURICIO (apretando los dientes): ¡Te confundes!
LEFRANC: ¿Me confundo? No te oyes a ti mismo mientras dices
esto. Tienes lágrimas en los ojos. Cuando me sentaba a la mesa, cuando tomaba
la hoja de papel, cuando destapaba el tintero, estabas fuera de ti. Y quieres
hacerme creer que es falso. Estabas electrizado. Ya no había quien te manejara.
Y cuando escribías, tenías que haberte visto. Y cuando leía otra vez la carta
no oías tus risotadas, no veías tus muecas.
MAURICIO: Tú le escribías como a tu propia mujer. Te
desahogabas en el papel.
LEFRANC: Pero el que le sufría eras tú. Y sigues sufriendo.
Estás a punto de llorar. Te hago llorar de rabia y se vergüenza, y eso que no
he terminado.
MAURICIO: Cabrón.
Los dos actores aguzan el oído. Se escucha un silbido
melódico y unos pasos. OJOS VERDES entra risueño, seguido por el VIGILANTE.
EL VIGILANTE (examinando la celda): ¿Todo en orden?
(Silencio) ¿Están mudos?
LEFRANC: Todo está en orden, ya lo ve.
EL VIGILANTE (A LEFRANC): ¿Con que sí? ¿Y eso? (Señala la
cama deshecha) Contesta. (Silencio) ¿No quieren contestar? Les pregunto por qué
la cama está deshecha.
OJOS VERDES (A LEFRANC y a MAURICIO): Vamos, ¿no saben nada?
Hay que decir la verdad, el jefe no va a armar ningún lío.
LEFRANC: Lo ignoramos como tú.
EL VIGILANTE: También me hubiera sorprendido. La sinceridad
es su punto flaco no es su fuerte. (A LEFRANC) ¿Cuándo lo liberan a usted?
LEFRANC: Pasado mañana.
EL VIGILANTE: ¿Pasado mañana? Pues mejor, un peso menos.
LEFRANC (agresivo): ¿Le molesto? Tendría que habérmelo dicho
ayer, me hubiera largado esta mañana.
EL VIGILANTE: ¿Qué dices? Vas a cambiar ese tono conmigo.
Mira que aún puedo hacerte probar las delicias del calabozo.
LEFRANC (con el mismo tono): No tengo por qué darle
explicaciones. Nadie le pregunta sobre sus gustos.
EL VIGILANTE: No cacarees tan fuerte. (Se vuelve hacia
MAURICIO y OJOS VERDES) Ya ven lo que es quererse mostrar amable con tipos de
este calibre. Terminaré por hacerme inhumano. Después dicen que los guardianes
son cabrones. (A LEFRANC) Si no fuera usted tan idiota, se hubiera dado cuenta
que cumplo con mi deber. Nadie puede decir que le tengo entre ceja y ceja. Y
seguramente estoy más al tanto de todo que usted.
LEFRANC: Eso habría que verlo.
EL VIGILANTE: Ya está muy visto. (Registra su bolsillo, del
que saca dos cigarrillos y se los da a OJOS VERDES. A OJOS VERDES) Toma,
explícale que no soy un tirano, es tu amigo, es Bola de Nieve quien te los
manda.
OJOS VERDES: O.K. (Se pone un cigarrillo en la boca y le da
el otro a MAURICIO)
MAURICIO: Es inútil.
OJOS VERDES: ¿Qué pasa? ¿No lo quieres?
MAURICIO: No.
EL VIGILANTE: Tiene razón, es demasiado joven para fumar. El
negrazo me ha encargado también que te diga que no te preocupes. Y tú con tu
mujer, ¿va bien la cosa?
OJOS VERDES: Hemos reñido un poco, pero ya estamos
arreglados. Está lejos el día en que me dejará plantado.
EL VIGILANTE: Parece loca por tus ojos verdes. La miré hace
un rato. Es una chica estupenda. ¡Y vaya formas!
OJOS VERDES (sonriendo): ¿No irá a buscarla a la salida?
EL VIGILANTE (en el mismo tono): ¿Te molestaría?
OJOS VERDES: Al fin y al cabo, si le viene bien, arréglese
con ella.
EL VIGILANTE: ¿De veras? ¿Me dejas?
OJOS VERDES: ¿Y por qué no? Yo ya he abandonado la tierra. La
vida me cansa. Además, usted, no es como los otros guardianes. Usted es un
amigo.
EL VIGILANTE: ¡Vaya tío! ¿Así que es cierto? ¿Me la dejas en
la palma de la mano?
OJOS VERDES (sonriendo): De acuerdo. (Se dan un apretón de
manos)
EL VIGILANTE: Puedes contar conmigo, amigo mío. Y por lo de
la cantina, avísame. Todo lo que quieras lo tendrás.
OJOS VERDES: Muy bien.
EL VIGILANTE: ¿Viene mañana?
OJOS VERDES: Pues claro. Le voy a escribir dentro de un
momento. Usted vendrá por la carta.
EL VIGILANTE: Bueno, pues date prisa. Volveré dentro de
un cuarto de hora. Ahora voy arriba. Voy a decirle a Bola de Nieve que te he
dado los cigarros. Él se pasa el día cantando. (A LEFRANC) Y le digo yo que
usted no sabe lo que es un poli de prisión. Para aprenderlo hay (señala a OJOS
VERDES) que encontrarse en su situación. (Sale y cierra la puerta)
LEFRANC (a OJOS VERDES, tras un momento de silencio, lleno de
malestar): Bien te hubiera gustado que todo recayera sobre mí y que bajáramos
al calabozo. Porque tú, naturalmente, eres el Hombre.
OJOS VERDES: ¡Por tan poca cosa!
LEFRANC: Para ti es muy poco. (A MAURICIO) ¿Has visto? Nos
acusa…
MAURICIO: ¿Ojos Verdes? No acusó a nadie. Preguntó por qué la
cama estaba deshecha.
LEFRANC: Pero, sin embargo, era yo el que cargaba con la
culpa.
OJOS VERDES: Para, por favor. ¿Qué he dicho yo? La verdad. La
he dicho en presencia del guardián porque es un tío bien. Con él no arriesgamos
nada. Está más al tanto que muchos detenidos. No creas que en presencia de
otros los hubiera dejado en esta postura.
LEFRANC: Un guardián siempre es un guardián. (Se pone la
chaqueta que OJOS VERDES acaba de quitarse y de tirar sobre la cama)
OJOS VERDES: Pero si te digo que lo conozco. Nuestra celda es
particular. Le gusta. Es muy amable con nosotros. Pero si no se es correcto con
los guardianes, se vuelven huesos. Él lo ha dicho.
LEFRANC: Y supongo que gracias a ti la celda está bajo su
protección. Gracias al Hombre. Al hombre tatuado.
OJOS VERDES: Eres tú el que se las da de hombre. Quisiste
presumir. Era la mar de inteligente responderle como lo has hecho.
LEFRANC: Tú sí que no presumes.
OJOS VERDES: No suelo defender a los guardianes, pero ése es
un buen tipo. Más de una vez nos ha hecho favores. Pero para ustedes eso no
cuenta. Un tío se juega el puesto por pura bondad y ni si quiera los conmueve.
LEFRANC: Por pura bondad. (A MAURICIO) ¿Le has oído?
MAURICIO (seco): Ojos Verdes tiene razón. Se le respeta.
LEFRANC: Te parece normal todo lo que viene de él. Aceptarías
que te partieran por la mitad en su lugar. Es normal, es Ojos Verdes.
MAURICIO: Es asunto mío.
LEFRANC: Pero no te confundas; sus amigos, los auténticos,
están en el piso de encima, no era necesario defenderle antes con tanto empeño.
Ojos Verdes recibe sus órdenes del más allá. Le mandan cigarros. ¿De dónde
vienen? Del otro lado del agua. Traídos por un guardián especial, con su
uniforme de gala. La amistad colgando. Mensajes de corazón. Hablabas de la
sonrisa de Bola de Nieve y creías que iba por mí. Falso. El señor ya la había
cogido en los dientes del negro. Todos los presos se reparten en dos campos
opuestos y los dos reyes se mandan sonrisas por encima de nuestras cabezas o a
espaldas nuestras, o incluso ¡en nuestra presencia! Ya, para colmo, regalan sus
propias mujeres.
OJOS VERDES (con violencia): No hables más de eso, Julio. Con
Bola de Nieve hago lo que quiero. Tengo derecho a que se me deje en paz. Y de
mi mujer sólo dispongo yo.
LEFRANC: Tienes todos los derechos, eres el Hombre, has hecho
lo bastante como para permitírtelo todo. Con un chasquido de lengua, el señor
podría mandarnos dar vueltas por la celda.
OJOS VERDES: Sí, señor. Sí. Si quiero. Les haría dar vueltas
como a los caballitos de madera. Como hice danzar a las chicas. ¿Lo
dudan? Hago lo que quiero aquí. El Hombre soy yo, sí, señor. Puedo pasearme por
los corredores, subir a los pisos superiores, cruzar el puente, los patios, los
refectorios. A mí se me respeta. Se me teme. Quizá sea menos fuerte que Bola de
Nieve porque su crimen era algo más necesario que el mío, porque él mató para
saquear y para robar, pero lo mismo que él, he matado para vivir, y ya sonrío.
La cárcel es mía y soy el dueño de ella.
LEFRANC: Y denuncias.
OJOS VERDES: ¿Qué dices?
LEFRANC: Nada.
OJOS VERDES: ¿Que denuncio? ¿Y qué? No van a exigir que sea
correcto, ¿no? Pedir eso a un tipo que está a dos meses de la muerte sería
inhumano. ¿Qué significa ser correcto después de lo que hice? Después de dar el
gran salto al vacío, después de separarme tan rotundamente de los hombres por
mi crimen, ¿aún esperan de mí que respete sus reglas? Digo que soy más fuerte
que ustedes. Tengo todos los derechos, Julio. ¿Y eso te molesta?
LEFRANC: ¿Estás seguro de que tienes todos los derechos?
OJOS VERDES: Segurísimo, Julio.
LEFRANC: Te envidio. Pero así es como me gustas,
OJOS VERDES: Ya sé que me envidias. Pero para llegar a mi
altura hay que hacer lo que yo. No lo niegues, te gustaría ser el amigo de los
guardianes. Te gustaría, pero no eres lo bastante fuerte. Quizá sepas un día lo
que es un poli de cárcel. Y ten en cuenta que yo no te reprocho las cartas a mi
mujer. Sé muy bien que lo organizaste todo para que ella me dejara plantado. Lo
comprendí. No tengo cultura, pero lo comprendí.
LEFRANC: Puedes desahogarte, no te molestes.
OJOS VERDES: No me molesto, sé que te portaste como un cerdo
y me trae sin cuidado. Ya no estoy enojado. Las cartas eran bonitas, lo
confieso. Eran demasiado bonitas. Quizá creías que escribías a tu mujer. Mejor.
Hubieras sacado provecho.
LEFRANC: Te equivocas. La verdad…
OJOS VERDES: ¿Qué dices de la verdad? Habla.
LEFRANC: La verdad es que saqué partido de mi cultura como
pude para organizarte.
OJOS VERDES: Organizar, ¿qué?
LEFRANC: No te lo puedo explicar. Bien mirado todo, tenía
respeto por ti, y te lo digo. Hice lo que pude para que las palabras que iban
dirigidas a tu mujer fueran las más bonitas. Me explico que me tengas cólera.
Usurpaba tu papel. Pero compréndeme: nunca se me ocurrió escribir a tu mujer.
Escribía tan bonitas cartas porque me ponía completamente en tu lugar. Me metí
en tu propio pellejo.
OJOS VERDES: Todo eso son canciones. Ya nada tiene
importancia. Ya no la necesito. Al fin y al cabo hiciste bien. La pequeña
sesión de antes me habrá sido útil. Pude verme tal y como soy. Ya he empezado
mi nueva vida. A mi mujer, ni siquiera la he avisado. Le hubiera dado demasiada
pena y yo soy muy tierno. Fui cariñoso como siempre. No le sorprendió el que no
estuviera más enfadado. Creo que lo acepta todo. Vamos, Julio, cálmate. (Se
acerca a LEFRANC y le habla cariñosamente) ¿Verdad? Siempre hemos tenido buenas
ideas los dos. ¿Te acuerdas? Vas a escribirle una carta. ¿Quieres? Y le harás
unos dibujos. Flores. Flores y una paloma. ¿Quieres? Y que vaya a ver al
guardián. Tan sólo puedo regalársela a él. Será para un guardián. Eso me
alivia. (Se vuelve hacia MAURICIO y le tiende un cigarro) ¿Fumas, muchacho?
MAURICIO: Déjame.
OJOS VERDES (tiernamente irónico): ¿Qué pasa? Los amores, ¿no
marchan? Me tienes tirria.
MAURICIO: Déjame.
OJOS VERDES: ¿Vas a poner esa cara mucho tiempo?
MAURICIO: No digo nada.
OJOS VERDES: Vamos, ¿tú también te pones en contra mía? ¿Qué
me reprochas?
MAURICIO: Nada.
OJOS VERDES: Entonces, ¿qué?
MAURICIO: Nada, creo que has traicionado.
OJOS VERDES: Ten cuidado, muchacho. Hay palabras que no se
deben decir.
MAURICIO: Sin embargo, si fuera necesario aún ahora me
pegaría por ti. Y eso que has traicionado.
OJOS VERDES (de pronto, furioso): ¿Y si me gusta a mí
traicionar, como dices? Tendrías que comprenderme. ¿Qué son ustedes, Julio y
tú? ¿Quién eres tú? Un ladronzuelo y un delicuentucho. No pueden…No, no me
explicaré. No vale la pena. Busco amistades en la cárcel. Tengo derecho. Julio,
tú no lo puedes saber.
LEFRANC: Más de lo que te imaginas.
OJOS VERDES: Si es así, no me hagas reproches.
LEFRANC: Es él el que te hace reproches. Yo he comprendido.
OJOS VERDES: Bola de Nieve me acompaña, me anima. Si los dos
salimos del apuro iremos juntos a Cayena y si paso por la cuchilla sé que me
seguirá. ¿Y qué soy yo para vosotros? Díganmelo. ¿Creen que no lo he
adivinado?, que soy yo aquí en la celda el que aguanta todo el peso. No puedo
decir el peso de qué. Soy analfabeto. Pero sé que tengo que tener riñones muy
sólidos. Como Bola de Nieve aguanta la misma carga, pero para toda la fortaleza
quizá hay otro, el rey de reyes que la aguanta por todo el mundo. Pueden reírse
en mis narices. Tengo derechos. Soy el hombre. ¡Claro que soy el hombre! Y mi
mujer es mía. La entrego a quien me da la gana y aún podría mandarlos a que la
maten. ¿Me oyes, Mauricio? Vayan a matarla.
MAURICIO: No, Ojos Verdes, creo que se acabó.
OJOS VERDES: ¿Tú me dices que no? Que conste que yo no entré
en la farsa de saber quién va a vengarme. Los dejaba hablar. Para darles un
poco de importancia. Aceptaba darles un poco de mi poder. Pero, ¿te atreves a
decirme que no? ¿Es que ya no soy nadie? Ojos Verdes ya no cuenta en absoluto.
MAURICIO: Para mí sigues siendo Ojos Verdes. Un tipo
estupendo. Pero has perdido parte de tu fuerza. Ahora perteneces a tu mujer.
Antes, cuando estaba en la celda 108 y pasaba por el corredor delante de tu
puerta, sólo veía tu mano que entregaba el plato por el postigo. Veía tu dedo
con el anillo de oro. Estaba seguro de que eras un hombre completo, puesto que
estabas casado. Pero suponía, y con mucha razón, que no tenías una mujer de
verdad. Ahora tienes una.
OJOS VERDES: Y Bola de Nieve me envía cigarros, eso es lo que
te molesta también. Confiésalo.
MAURICIO (triste): Es inútil hablar más del asunto.
OJOS VERDES: Entonces, cierra el pico; discute con Julio.
LEFRANC: Pues vaya regalo.
MAURICIO: Esto también me da pena; si dejo de estar contigo
tendré que oponerme con él.
LEFRANC: ¿Y qué?
MAURICIO (A LEFRANC): Me repugnas. (Violento) Sí, me
repugnas, sé que tengo que desconfiar de ti. Eres capaz de levantarte de noche
a hurtadillas para estrangularme. Son tus modales.
LEFRANC: ¿Crees que esperaría a que fuera de noche?
MAURICIO: Lo mismo que te levantas de noche para robar el
tabaco. Cuando te lo ofrecen de día lo rechazas. Es para mejor robarlo al claro
de luna. Me repugnas.
LEFRANC (amenazador): Nunca se me ofrece. Y eres tú el que lo
rechazas.
MAURICIO: La estás gozando, ¿verdad?, ahora que estoy solo.
Pero de todas maneras, no te podrás aprovechar.
LEFRANC: ¿Me amenaza? (Avanza hacia MAURICIO y quiere
cogerle. OJOS VERDES los separa con suavidad)
OJOS VERDES: Dos locos, se los juro. Están locos. Los tumbo
en el suelo a la primera.
Al forcejear, MAURICIO rasga la camisa de LEFRANC.
MAURICIO: Es él, ya ves.
OJOS VERDES (fijándose en el pecho de LEFRANC): ¡Pero si
estás tatuado! Julio, ¡estás tatuado!
MAURICIO (leyendo): ¡”El vengador”! Formidable.
LEFRANC: Déjenme en paz.
MAURICIO (acercándose): ¡Qué va! El señor no está tatuado. Es
un simple dibujo con tinta.
LEFRANC: Déjenme en paz, les digo.
OJOS VERDES: ¿El Vengador? ¡No me digas! Yo navegué en él
antes de partir para Calvi. Un pequeño submarino rápido. ¿Eras marino, Julio?
LEFRANC: Déjame. Nunca pertenecí a la Armada.
MAURICIO: Entonces, ¿qué es eso de Vengador?
OJOS VERDES: Conocí a un caído en el penitenciario de
Clairvaux que se llamaba el Vengador. Un Coloso. Y eso que he visto cientos de
ellos, tremendos y también barcos. Estaba la Pantera, puerto de Brest.
LEFRANC: Penitenciario de Poissy.
OJOS VERDES: El indómito. Penitenciario de Melun.
LEFRANC: Puerto de Lorient.
OJOS VERDES: El Sangriento. Penitencario de Riom.
LEFRANC: Puerto de Cherbourg.
OJOS VERDES: El Ciclón. Penitenciario de Fontevrault.
LEFRANC: Puerto de Brest.
OJOS VERDES: ¿Cómo has hecho para conocer todo eso, si nunca
estuviste en esos sitios?
LEFRANC: Cada fanático está al tanto. Son cosas demasiado
conocidas. Te digo que sigo al corriente. Desde hace mucho estoy muy bien
enterado de todo lo que respecta al cenizo de la mala suerte. Sigue recitando.
OJOS VERDES: Poco conoces si sólo conoces el cenizo.
LEFRANC: Déjalo. Recita.
OJOS VERDES: El Chacal.
LEFRANC: Brest.
OJOS VERDES: El Victorioso.
LEFRANC: Rochefort.
OJOS VERDES: El Duende.
LEFRANC: Penitenciario de Nimes.
OJOS VERDES: El Alud.
LEFRANC: Toulon.
OJOS VERDES: ¡El Alud! ¡Qué pedazo de carnaza! Unos muslos
tremendos. Había sacado las tripas de tres tipos. Veinte años de trabajos
forzados. Los cumplía en el fuerte del Ha.
MAURICIO: Él habla de los buques de guerra y tú de los
colosos de Cayena.
LEFRANC: Cierra el pico, nos entendemos.
MAURICIO: Me sorprendería mucho. Para estar a la altura de
Ojos Verdes tendrás que comerte muchas sopas.
OJOS VERDES: No le hagas caso al muchacho, Julio. Estoy
contigo. Vengador; pues menudo título. Para merecerlo habrá que haber hecho
algo importante. Hay tres ya. En Clairvaux, el Vengador, unos diez robos a mano
armada…Le echaron quince años. En Fresnes, el Vengador también, tentativa de
asesinato de un policía. Pero el más terrible es Roberto el Vengador, penal de
Frejus. El auténtico campeón, al que hay que superar. ¿Te das cuenta de lo que
esto significa? Para ti, un asesinato bien hecho, nada menos. Sobre todo, nada
menos.
LEFRANC: Ojos Verdes…
OJOS VERDES (sonriendo): Aquí estoy, no te preocupes. No te
apures. Te voy guiando. ¿Comprendes ahora que era necesario para mí que Bola de
Nieve fuera mi amigo? Es él quien nos sostiene. Y no te preocupes, Julio, es un
tío recio. Tenías razón, toda la cárcel está bajo su autoridad, pero
inmediatamente después de él estoy yo. Tú también tendrás derecho a mi mujer.
LEFRANC: Puesto que ahora pertenece a un poli, tu mujer ha
dejado de interesarme.
OJOS VERDES: Con lo mucho que te has ocupado de ella. A pesar
de eso, dibújale unas flores.
LEFRANC: Se acabaron las flores. Ahora las dibujaré por
cuenta propia. Te lo voy a contar todo. He querido separarte de tu mujer, Ojos
Verdes. Lo confieso. Hice cuanto pude. Ya han durado bastante tus estribillos.
Tengo derecho a cantar los míos. Y reconozco todo lo que quieras. Incluso si te
entran ganas de burlarte de mí, no olvides que haré todo lo necesario para
quedarme en la celda. En otra no, en ésta. ¿Te sorprende? ¿Te fastidia? Me
gustó la celda. Ríe si quieres, soy indiferente. Y quise separarla del resto,
separarla del mundo. Quisiera, incluso, aislar la cárcel entera. ¿Te divierto?
¿Te hago reír?
OJOS VERDES: Nadie ríe, Julio.
LEFRANC: Me trae sin cuidado. Todo me trae sin cuidado. Hasta
sus sonrisas. Procuré aislarte, ojos Verdes. Quería que te quedaras solo.
Quisiera que el mundo entero supiera que estamos aquí y que estamos a gusto.
Confidencialmente: quisiera que no llegara ni una pizca de aire del exterior. Y
trabajo para ello. Quise que fuéramos hermanos, más que nadie. Por eso mezclaba
la ropa. ¿Te acuerdas? Te lo repito, trabajé en pro de la cárcel.
MAURICIO: Todo no se ha perdido. Podrás volver a ella.
LEFRANC: No, Mauricio. Va a ser mucho mejor: no saldré de
ella.
OJOS VERDES: Tus hurtos, tus robos… eso no va a ningún lado.
Eso no puede conducirte hasta nosotros.
MAURICIO: (irónico): Sus tatuajes, quizá.
LEFRANC: No los tomes demasiado a broma.
OJOS VERDES: El Vengador, no suena tan mal.
MAURICIO: Es un título que leyó en algún libro. Lo mismo que
lo de la galera.
LEFRANC: ¿Te molestaría? Ya te he dicho que cierres el pico.
MAURICIO: He comprendido. Te pones así porque Ojos Verdes te
hace caso. Se trata de su prestigio. Pero los tatuajes de Ojos Verdes no son de
pintura. A él no le asustaron los pinchazos de las agujas.
LEFRANC: (Amenazador): Corta.
MAURICIO se refugia junto a Ojos Verdes.
OJOS VERDES (a Mauricio): Déjalo. No te dice nada.
MAURICIO: Le das la razón y te pones en contra mía.
OJOS VERDES (Sonriendo): No, pero déjalo.
MAURICIO: Me da asco, me da asco de él. Y el que esté
chiflado por tu mujer no lo puedo tolerar. Tu mujer, Ojos Verdes. ¿Te atreves a
prometerle tu mujer?
OJOS VERDES (Sonriendo): ¿La querías para ti?
MAURICIO: ¡Tu mujer! Tu mujer grabada en tu propia piel. ¡Es
una putada!, ¿sabes?
OJOS VERDES: Es guapa mi mujer.
MAURICIO: ¿Hasta dónde te llegaba?
OJOS VERDES (señalando): Hasta aquí.
MAURICIO: ¡Ah!
OJOS VERDES: ¿Te tranquilizas? Somos amigos.
MAURICIO: Sí, seguimos siéndolo.
LEFRANC: No se contengan, pueden acariciarse.
MAURICIO: Estoy hablando de su mujer. Tengo la posibilidad.
LEFRANC: Si te la concedo.
MAURICIO: ¿Su mujer?
LEFRANC: Sí, señor, si te la concedo yo. Porque hay que
contar conmigo, ¿me oyes?
MAURICIO (irónico): ¿No querrás que te pregunte hasta donde
te llega? No me digas que piensas pintarla en tu piel. (Hace como que echa
hacia atrás un invisible mechón de pelo.)
LEFRANC (avanzando hacia él): Hijo de puta. Estoy harto de
ver tu cara. No quiero verla más. No vuelvas a hacer esos ademanes de puta.
MAURICIO: ¿Por qué? (riéndose.) ¡Ah!, ya entendí, temes poner
en desorden mis racimos de lilas.
LEFRANC: Eso es, has dado en el clavo. Y ahora voy a partirte
los labios, Mauricio. Me pongo furioso. Prepárate a recibirme. ¡Voy!
MAURICIO (mirando a OJOS VERDES): Está loco. ¿Qué le pasa?
LEFRANC: Conclusión. (Presenta su pecho.) Estoy dispuesto a
todo. El vengador soy yo. Se acabó eso de refugiarte bajo las alas de Ojos
Verdes. Se acabó.
MAURICIO (a OJOS VERDES): Macho… (Luego, mirando a LEFRANC,
vuelve a hacer el ademán con la mano en su pelo.)
LEFRANC: Es demasiado tarde. No chilles.
OJOS VERDES se sube encima de la mesa y
domina la escena, mientras LEFRANC, sonriendo, avanza hacia MAURICIO, el cual,
viendo esta sonrisa de triunfo, sonríe también.
OJOS VERDES (sonriendo): Entre los dos me agotan. Me obligan
a que haga más esfuerzos que los dos juntos. Dense prisa en terminar y dejemos
de hablar del asunto.
LEFRANC avanza hacia MAURICIO, que
retrocede cada vez más.
MAURICIO (asustado): Te vuelves loco, Julio. Si no he dicho
nada.
LEFRANC: No chilles, ya es demasiado tarde.
Logra acorralar a MAURICIO en un rincón,
donde le estrangula. MAURICIO resbala hasta el suelo entre las piernas
separadas de LEFRANC. LEFRANC se incorpora.
OJOS VERDES (feroz): No es posible, Julio. No lo has matado.
(Mira a MAURICIO inanimado.) Pues la has hecho buena, buen trabajo.
LEFRANC parece agotado.
OJOS VERDES: Buen trabajo para la Guayana. (Baja de su
pedestal.)
LEFRANC: ¿Qué vamos a hacer, Ojos Verdes? Ayúdame.
OJOS VERDES (acercándose a la puerta): Basura. ¿Ayudarte yo?
Me repugnas. Matar a un muchacho que no había hecho nada, por nada, por la
gloria. Basura.
LEFRANC: Ojos Verdes, ¿no me vas abandonar?
OJOS VERDES: Me repugnas.
LEFRANC: ¡Ojos verdes!
OJOS VERDES: Deja de hablarme. Y no me toques. ¿Qué has
hecho? ¿Sabes lo que es la desgracia? ¿No sabes que hice de todo para evitarlo?
Basura, basura, basura. ¿Y creías que tú solo llegarías a ser tan grande como
yo? ¿Esperabas, a lo mejor, superarme? Y tuviste el valor de servirte de un
inocente. Pero, desgraciado, ¿no sabes que no se me puede superar? No deseé
nada. ¿Me oyes? No deseé nada de lo que me ocurrió. Todo me cayó del cielo. Un
regalo. De Dios o del diablo, pero fue algo que no lo deseé. ¿Y ahora? ¿Qué? El
muchacho es un peso ahora.
LEFRANC (primero abatido y luego enderezándose): He
comprendido. He comprendido que nunca seré de los tuyos, Ojos Verdes. Pero dime
que soy con más intensidad que los demás. Porque yo no tendré que hacer
astucias para intentar deshacer mi crimen. Lo deseé.
OJOS VERDES: Éste es el peligro. Avanzas tranquilamente y
decides matar a un muchacho. Yo… ni siquiera tengo el valor de pronunciar tu
nombre. Nunca supe que estaba estrangulando a esa chica. Estaba fuera de mí. No
intentaba alcanzar a nadie. Todo lo arriesgué solo. Resbalé y eso me hizo caer
en el foso.
LEFRANC: Por favor, déjame. Déjame. Pero no olvides que quise
llegar a ser lo que tú eras.
OJOS VERDES: Lo que soy contra mi voluntad. Y lo quise
destruir bailando.
LEFRANC: Te sientes orgulloso de lo que haz alcanzado. Marcas
las pautas. Te agotas presumiendo. Quise robarte el sitio.
OJOS VERDES: ¿Y qué me dices de mi crimen?
LEFRANC: El crimen.
OJOS VERDES: Pero nunca como el mío.
LEFRANC: Hice lo que pude. Por amor a la desgracia.
OJOS VERDES: No sabes nada de la desgracia si crees que se
puede elegir. Yo no deseé la mía. Ella me eligió. Me cayó buenamente encima. Y
todo lo que intenté para deshacerme de ella. Me defendí, hasta bailé y puedes
reírte. La desgracia la rechacé primero, tan sólo cuando vi que no había mas
remedio me tranquilicé. Tan solo ahora acabo de aceptarlo. Me convenía que
fuera total.
LEFRANC: Fue gracias a mí.
OJOS VERDES: Me trae sin cuidado. Tan sólo hoy me instalo en
la desgracia del todo y la convierto en mi paraíso. Pero, tú, tú, basura, has
hecho trampas para alcanzarla. Ni bola de Nieve ni nadie me llamó a mí y si
conseguí su amistad y la de todos los tipos machos de la fortaleza, es porque
todos llevamos la misma señal del cenizo.
LEFRANC: Soy más fuerte que ustedes. Mi desgracia tiene más
hondas raíces. Arraiga en mí mismo.
OJOS VERDES: ¡Me da lo mismo! Eres un hijo de puta. ¡Y
además, discutes! ¿Te atreves a discutir conmigo? (Golpea los barrotes.)
LEFRANC: ¿Qué haces?
OJOS VERDES: Lo ves de sobra. (Golpea los barrotes
nuevamente) Te explicarás con él. Y verás, por su cara, si puedes ser de los
nuestros.
LEFRANC: Tienes razón. Estoy solo de verdad.
Ruido de llave. El silbido
melódico se acerca junto con las pisadas de las botas. Aparece el guardia y
observa la situación por unos instantes. Sonríe.