EL
TRAJE DEL ESTAFADOR
(Farsa chilanga vintage)
De
Benjamin Gavarre
Basada en la Farsa del Maese Pathelin, anónimo del siglo XIV.
EL TRAJE DEL ESTAFADOR. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International
PERSONAJES:
- DON VUDULAGO PANTOJA:
Vendedor de todo y dueño de nada. Viste harapos con ínfulas de magnate.
- DOÑA EUDULOGIA (MARTHA MARTITA):
Su concubina, fiera de la Merced, celosa y de mano pesada.
- DON CASIMIRO LUXOR:
Fayuquero de la frontera, vende casimires, se cree muy listo pero es un tonto útil.
- EL PELUQUÍN:
Chamaco voceador, diablero y gritón de la Lotería Nacional. Vivillo desde
chiquillo.
- EL JUEZ CÍVICO:
Magistrado de barandilla, corrupto, despistado y harto del orden público.
PRÓLOGO:
El asfalto y la labia
(El
escenario está a oscuras. Se escucha el claxon rítmico de un pesero, el
chiflido del camotero y el cilindro de un organillero a lo lejos. Una luz de
seguidor ilumina de golpe a un MEROLICO en el centro del escenario. Trae un
portafolios viejo, el cuello de la camisa por fuera del saco y un micrófono de
merolico colgado al cuello, aunque esté desconectado. Habla con la velocidad y
el cantadito clásico del vendedor callejero de San Juan de Letrán).
MEROLICO:
¡Pásele, pásele, mi jefe, mi reina! ¡Acérquese con confianza que aquí no
mordemos, nomás pellizcamos el bolsillo! ¡Bienvenidos al Distrito Federal, la
capital del esmog, las garnachas y el asfalto! Aquí donde los edificios crecen,
pero la quincena se encoge, y donde si usted se duerme, ¡me lo madrugan!
(Se
acerca al filo del escenario, asomándose a las primeras filas y bajando la voz
en tono de confidencia).
Pero
les voy a decir el secreto para sobrevivir en esta selva de asfalto, damita,
caballero. Cuando la lana escasea y la inflación nos ahorca, aquí no nos salva
ni el dólar ni el centenario. Aquí sobrevive el que tiene más saliva para
tragar más pinole. ¡La moneda de cambio es el puro verbo! ¡La transa, el
madruguete, el ingenio del mexicano!
(Señala
directamente a alguien del público en las primeras filas).
Y
cuidando siempre el porte, claro que sí. Como el caballero de aquí enfrente.
¡Qué chulada de saco! Corte inglés, ¿verdad, mi jefe? Agárrelo bien de las
solapas, no se lo vaya a dejar en la butaca, porque allá afuera, por una
garrita como esa, ¡me lo dejan en calzones antes de llegar al Metro Hidalgo! Y
la damita que lo acompaña, agarre bien su bolsa, se lo digo por experiencia.
(Regresa
al centro, alzando la voz como anunciante de lucha libre).
Esta
noche los sacamos de sus butacas cómodas y los llevamos directo a las entrañas
del centro. A una accesoria de vecindad donde el hambre aprieta, pero la facha
jamás se pierde. Conozcan a don Vudulago Pantoja. Un pelado que no trae ni en
qué caerse muerto, pero con un pico de oro capaz de venderle un congelador a un
esquimal. Así que agarren bien sus carteras, agucen el oído y, pase lo que
pase, ¡no se crean nada de lo que escuchen! ¡Que empiece la farsa!
(El
Merolico da un chiflido fuerte de ruletero. La luz de seguidor se apaga de
golpe. Entra a todo volumen una cumbia guapachosa y arrabalera mientras se
levanta el telón para el ACTO PRIMERO).
ACTO
PRIMERO: Las ínfulas del magnate
(Interior
de una accesoria lúgubre y amontonada en los altos de un edificio viejo sobre
San Juan de Letrán, D.F., a mediados de los setenta. El ruido de los peseros,
los cláxones y un organillero lejano se cuela por una ventana con el vidrio
estrellado. Las paredes desconchadas comparten muro con un taller de orfebrería
y un consultorio cuyo letrero de neón parpadea intermitente: "Se curan
enfermedades secretas. Discreción absoluta". DOÑA EUDULOGIA, envuelta en
un delantal despintado y con tubos en la cabeza, remienda estoicamente un
calcetín sobre un catre de latón. DON VUDULAGO PANTOJA, esquelético pero
estirado, se ajusta una corbata raída y un saco con los codos lustrosos frente
a un espejo roto).
EUDULOGIA: (Dando
un tirón al hilo y rompiendo la cuarta pared con un suspiro) ¡Mírenlo
nomás, respetable concurrencia! ¡Ya ni la burla perdona el señor don Vudulago!
Dice que es un tiburón de las finanzas, un coyote de altos vuelos, ¡y trae los
codos del saco brillando más que bola de discoteca! ¿A quién le va a vender
usted un yate, un auto de lujo o una residencia en el Pedregal con esa facha de
rotito de barriada?
PANTOJA: (Adoptando
pose de estatua clásica y peinándose el bigote con saliva) Mi reina de la
Merced, la elegancia se lleva en la sangre, no en el casimir. El porte es el
porte y la percha es la percha. Hoy mismo tengo una cita de negocios con un
potentado libanés. Le voy a colocar un yate anclado en Acapulco. ¡Comisión
jugosa, mi Eudulogia! ¡Nos vamos a comer con manteca!
EUDULOGIA: ¡Pura
llamarada de petate con usted! ¿Cuál potentado se va a asomar a esta cuadra
apestosa a garnacha y mofle de ruletero? ¡Usted a lo único que baja es a
meterse al Cine Teresa! ¡A un cine de hombres solos, don Vudulago! ¡A ver
encueratrices en películas liberales suecas! ¿Qué le ven mis ojos en esa
pantalla que no tenga su propia fiera aquí en el catre, eh?
PANTOJA: (Nervioso,
evadiendo el tema y dirigiéndose al público, muy al estilo del teatro de carpa)
¡Calumnias de la gente envidiosa de esta vecindad! Yo entro al Teresa porque
ahí, entre la oscuridad y el olor a cacahuate tostado, se cierran los grandes
negocios de bienes raíces. Además, el séptimo arte incomprendido requiere de
mentes cultivadas. (Regresa a ella, conciliador). ¡Pero basta de celos,
Martha Martiita! Hoy me vestiré como el magnate que el destino me exige ser.
Voy a la banqueta a conseguir un traje de pura lana de importación para
apantallar al libanés.
EUDULOGIA: ¿Y
con qué lana, viejo rabo verde? ¡Si no trae en los bolsillos ni para un chicle
Motita o unos cacahuates garapiñados! ¡Estamos en la vil chilla!
PANTOJA: (Con
sonrisa ladina, dándole un golpecito en la nariz) Con la lana del ingenio
mexicano, mi amor. El que no transa no avanza, como decía mi abuelita. Usted
vaya poniendo la olla de peltre en la estufa de petróleo. Confíe en el talento
escénico de su Vudulago.
(Sale
dando un paso de vals, pero se regresa a recoger la suela del zapato que se le
desprendió, y vuelve a salir con dignidad, levantando la barbilla).
ACTO
SEGUNDO: El anzuelo de la birria
(Banqueta
de San Juan de Letrán. Tráfico endemoniado. DON CASIMIRO LUXOR, con patillas de
hacha, lentes ahumados y camisa abierta mostrando una cadena de oro, está
batallando con una paca inmensa de fayuca. La paca está amarrada con mecates de
tendedero. Casimiro frota un saco brillante, tratando de sacarle la mugre del
viaje).
CASIMIRO: ¡Ah,
qué la tiznada con la aduana de Laredo! Me amarraron la fayuca como si fuera
tamal oaxaqueño. Pero de que este casimir gabacho sale hoy para los catrines
del centro, ¡sale porque me llamo Casimiro Luxor!
PANTOJA: (Acercándose
con paso cadencioso, abriendo los brazos como si viera a una aparición divina)
¡Pero si es el mismísimo don Casimiro! ¡Qué milagro que los astros lo dejan ver
por esta capital del esmog, mi hermano!
CASIMIRO: (Desconfiado,
abrazando su paca para protegerla) ¿Y usted qué pitos toca, oiga? No le
topo la fisonomía.
PANTOJA:
¡Cómo de que no! ¡Soy Vudulago Pantoja! Amigo íntimo, uña y mugre de su señor
padre, que en gloria esté. ¡Qué bárbaro, qué hombre tan visionario era el viejo
Luxor! ¡Y cómo se parece usted a él, caray! Las mismas orejas de mercader
fenicio, el mismo porte de galán de fotonovela. Oiga, ¡qué chulada de garritas
trae ahí!
CASIMIRO: (Inflando
el pecho, cayendo redondito en el halago) Es fayuca de la fina, don
Pantoja. Pura importación de fayuquería premier. Deodorizada y planchada al
vapor.
PANTOJA: (Tocando
la tela con exagerada reverencia) ¡Qué caída! ¡Qué textura! Esto no es
tela, don Casimiro, ¡esto es poesía para el tacto! Fíjese que ando buscando una
pieza exacta para mi yate... digo, para un evento de rigurosa etiqueta. ¿A cómo
me deja esta maravilla verde perico?
CASIMIRO:
Pues como lo veo medio amolado de sus prendas, se lo dejo en mil pesos. Al chaz
chaz y sin chistar.
PANTOJA: (Llevándose
la mano al pecho, ofendido) ¿Mil pesos? ¡Eso es un insulto para esta
calidad, don Casimiro! ¡Esto vale oro! Le doy mil quinientos... pero con una
condición. ¿A poco me va a hacer el feo y no va a subir a mi humilde penthouse
a echarse un taco?
CASIMIRO: (Tragando
saliva) ¿Un taco de qué, oiga?
PANTOJA: ¡De
una birria bien picosa, estilo Jalisco, que está preparando mi Eudulogia! Con
sus tortillitas hechas a mano, su cebollita picada y su consomecito hirviendo
para que sude la gota gorda. Arribita, en el cuarto piso, adelantito del
letrero de "enfermedades secretas". Usted me da la pieza para que mi
señora me la vaya ajustando, y usted se sube en diez minutitos por sus mil
quinientos pesotes y su plato de birria. ¡Ande, no me desprecie que me ofendo!
CASIMIRO: (Relamiéndose
los bigotes, vencido por el pecado de la gula) ¡Híjole, mano! Pues una
birria no se le niega a un cristiano. Llévese el corte, don Pantoja. Ahorita le
caigo en el cuarto piso, nomás amarro esta paca.
PANTOJA: (Escondiendo
rápidamente la tela bajo su saco mugroso) ¡Ahí lo esperamos, hermano de mi
alma! ¡Vaya preparando el buche!
(Sale
disparado a toda velocidad, perdiendo la suela del zapato nuevamente).
ACTO
TERCERO: El bucle de la farsa (Punto de inicio identificable)
(De
vuelta en la accesoria. Pantoja entra derrapando, sudoroso y triunfal, como
torero que acaba de cortar oreja. Saca la tela brillante y la ondea por los
aires).
PANTOJA:
¡Mire nomás, mi reina! ¡Casimir de fayuca de primera! ¡Puro cachet!
EUDULOGIA:
¡Santa virgen de los remedios! ¿A quién asaltó en la esquina, Vudulago? ¿Y con
qué ojos va a pagar esta gringadera tan escandalosa?
PANTOJA: Ya
está pagada con pura saliva y labia, mi amor. Pero el fayuquero viene para acá
a cobrar y a tragarse una birria que le prometí.
EUDULOGIA:
¿Birria? ¡Si en esta casa no hay más que media lata de chiles jalapeños resecos
y un bolillo más duro que rodilla de panadero!
PANTOJA:
¡Calma y nos amanecemos, mujer! ¡Siga mi libreto a la letra! Me voy a meter al
catre. Cuando llegue ese mercachifle, ponga cara de velorio y dígale que llevo
dos meses agonizando. Y si se pone necio, ¡aplíquele la técnica de la tenaza y
el pellizco!
(Pantoja
se mete al catre con todo y zapatos, se pone una bacinica de peltre en la
cabeza a modo de casco espacial y se tapa hasta la nariz. Suenan golpes fuertes
y desesperados en la puerta).
EUDULOGIA: (Abriendo
la puerta apenas una rendija, con cara de plañidera) ¡Shhhh! ¡Baje la voz,
por el amor del santo niño de Atocha!
CASIMIRO: (Asomando
la cabeza, olfateando el aire) Buenas tardes, doñita. Vengo a ver a don
Pantoja, por lo del casimir y el consomecito que ya me está rugiendo la tripa.
EUDULOGIA: (Se
persigna tres veces exageradamente) ¿Don Pantoja? ¡Ay, señor de los cielos!
Mi pobre viejo lleva diez semanas postrado en esa cama, debatiéndose entre este
mundo y el otro. No reconoce ni a su madrecita santa.
CASIMIRO:
¡Cómo que diez semanas! ¡No me venga con cuentos, doña! ¡Si hace diez minutos
me bajó un casimir verde perico allá abajo, frente a los licuados de mamey!
PANTOJA: (Desde
la cama, agitándose violentamente y hablando con voz gutural) ¡Que me
persiguen los marcianos comunistas de la calzada de Tlalpan! ¡Apaguen la
pantalla del Cine Teresa que me ciegan las suecas! ¡Ahí viene mi yate, tírenle
con los misiles de chicharrón prensado!
CASIMIRO: (Asustado,
retrocediendo un paso) ¡Ah, caray! ¿Pues qué mosca le picó a este compa?
EUDULOGIA: ¡Tiene
la fiebre asiática! ¡Un virus poderosísimo, señor! El doctor del Seguro dice
que va a seguir en el aire como hasta el 2020. ¡Es contagiosísimo! ¡Pudre los
pulmones y tumba el pelo!
PANTOJA: (Lanzando
espumarajos por la boca, producto de un pedazo de jabón Zote que traía
escondido) ¡Bllllrgggh! ¡Guanajuato, Tlaxcala, Chiconcuac! ¡Véndeme la
fayuca espacial, reptiliano del norte!
CASIMIRO:
¡Oiga, a mí no me van a hacer de chivo los tamales! ¡Yo quiero mi casimir verde
o mis mil quinientos pesos! (Intenta acercarse a la cama, arremangándose la
camisa).
EUDULOGIA: (Le
salta encima como fiera de la Merced, pellizcándole los brazos, los cachetes y
las costillas) ¡Respete a los moribundos, pedazo de insensible!
¡Sanguijuela de banqueta! ¡Buitre de la fayuca! ¡Tome, tome y tome! (Lo
acribilla a pellizcos).
CASIMIRO:
¡Ay, ay, jefa, barájemela más despacio! ¡No me pellizque el chamorro! ¡Me
rindo, me rindo! ¡Quédense con el mugre traje, pero no me peguen la fiebre
asiática!
(Casimiro
huye despavorido por la puerta, tropezando en las escaleras. Pantoja y
Eudulogia se miran, chocan las palmas y se envuelven en el casimir verde,
bailando un mambo imaginario).
ACTO
CUARTO: La demencia de la barandilla
(Interior
del lúgubre Ministerio Público de Barandilla. Hay un ventilador que apenas
gira, un archivero desvencijado y un retrato oficial torcido en la pared. EL
JUEZ CÍVICO, un burócrata gordo con anteojos de fondo de botella, se limpia la
cerilla de la oreja con la tapa de una pluma Bic. Entra DON CASIMIRO
arrastrando de las greñas a EL PELUQUÍN, quien lleva su radio de transistores
colgado al cuello).
CASIMIRO: ¡Justicia,
señor juez! ¡Exijo que le caiga todo el peso de la ley a este mequetrefe! ¡Lo
recogí de la calle, le di chamba de diablero para cargar mi fayuca, y el muy
ladino me ha estado ordeñando las pacas! ¡Se roba la ropa gringa para irse a
comprar sus mugres billetes de lotería!
JUEZ: (Bostezando,
sin soltar la pluma Bic) A ver, a ver, bájele a su escándalo, don. Si el
chamaco es uña larga, que pase al estrado y declare. A ver, pelado, ¿quién te
defiende o te vas directo al tambo?
PANTOJA: (Irrumpiendo
en la sala con paso imperial, vistiendo el deslumbrante y holgado traje de
casimir verde perico, ahora entallado con alfileres) ¡La defensa está
presente, su señoría! Licenciado Vudulago Pantoja, paladín de las causas
perdidas y escudo de la niñez desvalida.
CASIMIRO: (Abre
los ojos desmesuradamente y suelta a Peluquín. Señala a Pantoja con el dedo
tembloroso) ¡Ah, jijo del máiz! ¡Usted! ¡Usted es el fantasma de la fiebre
asiática! ¡El calenturiento del Cine Teresa! ¡Señor juez, ese licenciado
leguleyo trae puesto mi casimir verde perico!
PANTOJA: (Acomodándose
las solapas con ofendida dignidad) Objeción, magistrado. El demandante
respira mucho esmog y padece de espejismos cromáticos. Vengo a demostrar la
inocencia de este angelito. (Se inclina rápidamente hacia Peluquín y le
susurra). Ya sabes, chamaco. Tú en la baba. Canta los números como lo
ensayamos y vamos a michas con lo que sacaste de las pacas.
JUEZ: (Golpeando
la mesa con un sello de goma gastado) ¡Orden en la sala! A ver, don
fayuquero, decídase. ¿Lo robaron o no lo robaron? Póngase en paz y cuénteme
bien la historia de su chamaco diablero, sin meter fantasmas ni colores
chillones.
CASIMIRO: (Sudando
a mares, hiperventilando) ¡Sí, señor juez, se la cuento toditita! Fíjese...
Yo le di mi confianza a este chamaco, le di su diablito para cargar la
mercancía, ¡y resulta que me fue robando las pacas! Pero es que... ¡mírelo,
juez! ¡Ese traje verde brilla más que foco de cantina! ¡Me estafó con una
birria en los altos de San Juan de Letrán!
JUEZ:
¿Una birria? ¿Qué tiene que ver la maldita birria con las pacas de fayuca,
señor mío?
CASIMIRO: (Enredándose
frenéticamente, al borde del colapso nervioso) ¡Pues que el diablero de la
birria me robó el traje! ¡Digo! ¡Que el chamaco verde perico me robó las pacas
de casimir! ¡Y el licenciado me tosió la fiebre asiática para robarse el
diablito! ¡Y la vieja de los tubos me agarró a pellizcos por culpa de la ropa
gringa!
JUEZ: (Frotándose
las sienes, desesperado) ¡Virgen de Guadalupe, dame paciencia que si me das
fuerza lo mato! ¡A ver, chamaco! Pasa al frente. Deja de mascar chicle. ¿Es
cierto que te robaste las pacas de este pobre loco que balbucea tarugadas?
¡Habla!
PELUQUÍN: (Poniendo
cara de retraso mental, acercándose la mano a la boca como bocina, con voz
cantarina de sorteo, arrastrando las vocales) ¡Treinta y cuatro mil
quinientos ocheeeeenta!
JUEZ: (Desconcertado)
¿Qué? ¿Qué cincuenta y qué ochenta? Te estoy preguntando por las pacas de
contrabando, ¡infeliz!
PELUQUÍN: (A
todo pulmón) ¡Siete mil docientoos veintidóoooos!
PANTOJA: (Con
fingida compasión, secándose una lágrima invisible) ¡Mírelo, su señoría!
¡Un pobre niño atrofiado por la crudeza del asfalto! ¡Su cerebro fritito solo
procesa números al azar! ¿Cree usted que esta criatura inocente, este querubín
de la lotería, tendría la capacidad intelectual para organizar el robo de una
fayuca internacional?
CASIMIRO:
¡No se haga buey! ¡Se hace el menso, pero es bien tranza! ¡Y usted quítese mi
traje! ¡Señor juez, el querubín de verde perico me robó la fiebre asiática y el
licenciado de las pacas me prometió cincuenta mil pesos de birria! ¡Exijo mis
quinientos pellizcos!
JUEZ: (Dando
un fuerte manotazo en el escritorio, poniéndose de pie de un salto) ¡Ya me
hartaron! ¡Basta de locuras! Uno me habla de pericos con fiebre, el otro se
cree la Tómbola de la Suerte y el abogado parece semáforo de crucero. ¡Me
ofenden el recinto! ¡O se largan los tres a un manicomio o los meto a todos al
tambo por desacato a la autoridad y alteraciones al orden público!
CASIMIRO:
¡Pero mi casimir, señor juez...!
JUEZ: (Agitando
los brazos) ¡Fuera de mi juzgado! ¡Caso desestimado por demencia colectiva!
¡Sáquense, sáquense a chiflar a su mauser!
(El
Juez sale despavorido hacia la puerta trasera. Casimiro, jalándose los pelos de
frustración y sollozando por su tela perdida, sale corriendo a la calle.
Pantoja sonríe triunfal, se acomoda la corbata y le guiña un ojo al público).
ACTO
QUINTO: El timo del reintegro (Clímax Slapstick)
(Afuera
del Ministerio Público, en la banqueta. Pantoja se arregla el traje verde
perico frente a un charco de agua, muy ufano. El Peluquín intenta escabullirse
de puntillas).
PANTOJA: (Agarrándolo
del cuello de la camisa, levantándolo un poco del piso) ¡Epa, epa, ratón de
alcantarilla! ¿A dónde con tanta prisa? El juicio fue un éxito rotundo. El
fayuquero huyó, el juez nos absolvió de todo pecado. Ahora viene lo bueno, a lo
nuestro. Ya te salvé el pellejo. ¡Págame mis honorarios! Móchate con lo de las
pacas.
PELUQUÍN: (Zafándose
ágilmente y retrocediendo hacia la salida, con la mano en la barbilla)
¡Doscientos cincuenta mil pesoooos!
PANTOJA: (Riendo,
frotándose las manos) Ándale, suelta el billete, no te hagas el gracioso
que ya no está el juez para tus teatritos.
PELUQUÍN: (Acomodándose
el radio, con sonrisa pícara) ¡Cincuenta mil pesooooos!
PANTOJA: (Cambia
la cara, ya enojado) ¡Óyeme, mequetrefe, a mí no me aplicas mi propia
medicina! ¡Afloja la marmaja o te rompo tu mandarina en gajos aquí mero!
PELUQUÍN: (Dando
un brinco hacia atrás, agarrando vuelo, y gritando a todo pulmón con voz
victoriosa) ¡REINTEGROOOOO!
(Peluquín
sale disparado como correcaminos por la calle. Pantoja pega un grito al cielo,
perdiendo nuevamente la suela del zapato, y sale cojeando y corriendo detrás de
él).
PANTOJA: (Gritando
a lo lejos, mientras la luz del escenario comienza a desvanecerse)
¡Agárrenlo! ¡Auxilio, policía! ¡Ese chamaco rata lleva mis honorarios!
¡Eudulogia, saca el palo de la escoba!
(A
lo lejos en el fondo se alcanza a distinguir de nuevo la fila india arrabalera:
el Peluquín picando llanta, Pantoja cojeando en un calcetín y jalándose los
alfileres del saco verde, Eudulogia blandiendo el palo de la escoba con furia de
vecindad y a lo lejos el silbato del tamarindo gordo de tránsito).
(Se
escucha el claxon de un pesero, la rechifla de la calle y una cumbia guapachosa
de fondo mientras el escenario oscurece por completo).
TELÓN
FIN
DE LA FARSA
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