miércoles, septiembre 30, 2026

EL TRAJE DEL ESTAFADOR. (Farsa chilanga vintage)

 



EL TRAJE DEL ESTAFADOR

(Farsa chilanga vintage)

De Benjamin Gavarre


Basada en la Farsa del Maese Pathelin, anónimo del siglo XIV.

 

EL TRAJE DEL ESTAFADOR. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International


 

 

PERSONAJES:

 

  • DON VUDULAGO PANTOJA: Vendedor de todo y dueño de nada. Viste harapos con ínfulas de magnate.
  • DOÑA EUDULOGIA (MARTHA MARTITA): Su concubina, fiera de la Merced, celosa y de mano pesada.
  • DON CASIMIRO LUXOR: Fayuquero de la frontera, vende casimires, se cree muy listo pero es un tonto útil.
  • EL PELUQUÍN: Chamaco voceador, diablero y gritón de la Lotería Nacional. Vivillo desde chiquillo.
  • EL JUEZ CÍVICO: Magistrado de barandilla, corrupto, despistado y harto del orden público.

 

PRÓLOGO: El asfalto y la labia

 

(El escenario está a oscuras. Se escucha el claxon rítmico de un pesero, el chiflido del camotero y el cilindro de un organillero a lo lejos. Una luz de seguidor ilumina de golpe a un MEROLICO en el centro del escenario. Trae un portafolios viejo, el cuello de la camisa por fuera del saco y un micrófono de merolico colgado al cuello, aunque esté desconectado. Habla con la velocidad y el cantadito clásico del vendedor callejero de San Juan de Letrán).

 

MEROLICO: ¡Pásele, pásele, mi jefe, mi reina! ¡Acérquese con confianza que aquí no mordemos, nomás pellizcamos el bolsillo! ¡Bienvenidos al Distrito Federal, la capital del esmog, las garnachas y el asfalto! Aquí donde los edificios crecen, pero la quincena se encoge, y donde si usted se duerme, ¡me lo madrugan!

 

(Se acerca al filo del escenario, asomándose a las primeras filas y bajando la voz en tono de confidencia).

 

Pero les voy a decir el secreto para sobrevivir en esta selva de asfalto, damita, caballero. Cuando la lana escasea y la inflación nos ahorca, aquí no nos salva ni el dólar ni el centenario. Aquí sobrevive el que tiene más saliva para tragar más pinole. ¡La moneda de cambio es el puro verbo! ¡La transa, el madruguete, el ingenio del mexicano!

 

(Señala directamente a alguien del público en las primeras filas).

 

Y cuidando siempre el porte, claro que sí. Como el caballero de aquí enfrente. ¡Qué chulada de saco! Corte inglés, ¿verdad, mi jefe? Agárrelo bien de las solapas, no se lo vaya a dejar en la butaca, porque allá afuera, por una garrita como esa, ¡me lo dejan en calzones antes de llegar al Metro Hidalgo! Y la damita que lo acompaña, agarre bien su bolsa, se lo digo por experiencia.

 

(Regresa al centro, alzando la voz como anunciante de lucha libre).

 

Esta noche los sacamos de sus butacas cómodas y los llevamos directo a las entrañas del centro. A una accesoria de vecindad donde el hambre aprieta, pero la facha jamás se pierde. Conozcan a don Vudulago Pantoja. Un pelado que no trae ni en qué caerse muerto, pero con un pico de oro capaz de venderle un congelador a un esquimal. Así que agarren bien sus carteras, agucen el oído y, pase lo que pase, ¡no se crean nada de lo que escuchen! ¡Que empiece la farsa!

 

(El Merolico da un chiflido fuerte de ruletero. La luz de seguidor se apaga de golpe. Entra a todo volumen una cumbia guapachosa y arrabalera mientras se levanta el telón para el ACTO PRIMERO).

 

ACTO PRIMERO: Las ínfulas del magnate

(Interior de una accesoria lúgubre y amontonada en los altos de un edificio viejo sobre San Juan de Letrán, D.F., a mediados de los setenta. El ruido de los peseros, los cláxones y un organillero lejano se cuela por una ventana con el vidrio estrellado. Las paredes desconchadas comparten muro con un taller de orfebrería y un consultorio cuyo letrero de neón parpadea intermitente: "Se curan enfermedades secretas. Discreción absoluta". DOÑA EUDULOGIA, envuelta en un delantal despintado y con tubos en la cabeza, remienda estoicamente un calcetín sobre un catre de latón. DON VUDULAGO PANTOJA, esquelético pero estirado, se ajusta una corbata raída y un saco con los codos lustrosos frente a un espejo roto).

 

EUDULOGIA: (Dando un tirón al hilo y rompiendo la cuarta pared con un suspiro) ¡Mírenlo nomás, respetable concurrencia! ¡Ya ni la burla perdona el señor don Vudulago! Dice que es un tiburón de las finanzas, un coyote de altos vuelos, ¡y trae los codos del saco brillando más que bola de discoteca! ¿A quién le va a vender usted un yate, un auto de lujo o una residencia en el Pedregal con esa facha de rotito de barriada?

PANTOJA: (Adoptando pose de estatua clásica y peinándose el bigote con saliva) Mi reina de la Merced, la elegancia se lleva en la sangre, no en el casimir. El porte es el porte y la percha es la percha. Hoy mismo tengo una cita de negocios con un potentado libanés. Le voy a colocar un yate anclado en Acapulco. ¡Comisión jugosa, mi Eudulogia! ¡Nos vamos a comer con manteca!

EUDULOGIA: ¡Pura llamarada de petate con usted! ¿Cuál potentado se va a asomar a esta cuadra apestosa a garnacha y mofle de ruletero? ¡Usted a lo único que baja es a meterse al Cine Teresa! ¡A un cine de hombres solos, don Vudulago! ¡A ver encueratrices en películas liberales suecas! ¿Qué le ven mis ojos en esa pantalla que no tenga su propia fiera aquí en el catre, eh?

PANTOJA: (Nervioso, evadiendo el tema y dirigiéndose al público, muy al estilo del teatro de carpa) ¡Calumnias de la gente envidiosa de esta vecindad! Yo entro al Teresa porque ahí, entre la oscuridad y el olor a cacahuate tostado, se cierran los grandes negocios de bienes raíces. Además, el séptimo arte incomprendido requiere de mentes cultivadas. (Regresa a ella, conciliador). ¡Pero basta de celos, Martha Martiita! Hoy me vestiré como el magnate que el destino me exige ser. Voy a la banqueta a conseguir un traje de pura lana de importación para apantallar al libanés.

EUDULOGIA: ¿Y con qué lana, viejo rabo verde? ¡Si no trae en los bolsillos ni para un chicle Motita o unos cacahuates garapiñados! ¡Estamos en la vil chilla!

PANTOJA: (Con sonrisa ladina, dándole un golpecito en la nariz) Con la lana del ingenio mexicano, mi amor. El que no transa no avanza, como decía mi abuelita. Usted vaya poniendo la olla de peltre en la estufa de petróleo. Confíe en el talento escénico de su Vudulago.

(Sale dando un paso de vals, pero se regresa a recoger la suela del zapato que se le desprendió, y vuelve a salir con dignidad, levantando la barbilla).


 

ACTO SEGUNDO: El anzuelo de la birria

(Banqueta de San Juan de Letrán. Tráfico endemoniado. DON CASIMIRO LUXOR, con patillas de hacha, lentes ahumados y camisa abierta mostrando una cadena de oro, está batallando con una paca inmensa de fayuca. La paca está amarrada con mecates de tendedero. Casimiro frota un saco brillante, tratando de sacarle la mugre del viaje).

CASIMIRO: ¡Ah, qué la tiznada con la aduana de Laredo! Me amarraron la fayuca como si fuera tamal oaxaqueño. Pero de que este casimir gabacho sale hoy para los catrines del centro, ¡sale porque me llamo Casimiro Luxor!

PANTOJA: (Acercándose con paso cadencioso, abriendo los brazos como si viera a una aparición divina) ¡Pero si es el mismísimo don Casimiro! ¡Qué milagro que los astros lo dejan ver por esta capital del esmog, mi hermano!

CASIMIRO: (Desconfiado, abrazando su paca para protegerla) ¿Y usted qué pitos toca, oiga? No le topo la fisonomía.

PANTOJA: ¡Cómo de que no! ¡Soy Vudulago Pantoja! Amigo íntimo, uña y mugre de su señor padre, que en gloria esté. ¡Qué bárbaro, qué hombre tan visionario era el viejo Luxor! ¡Y cómo se parece usted a él, caray! Las mismas orejas de mercader fenicio, el mismo porte de galán de fotonovela. Oiga, ¡qué chulada de garritas trae ahí!

CASIMIRO: (Inflando el pecho, cayendo redondito en el halago) Es fayuca de la fina, don Pantoja. Pura importación de fayuquería premier. Deodorizada y planchada al vapor.

PANTOJA: (Tocando la tela con exagerada reverencia) ¡Qué caída! ¡Qué textura! Esto no es tela, don Casimiro, ¡esto es poesía para el tacto! Fíjese que ando buscando una pieza exacta para mi yate... digo, para un evento de rigurosa etiqueta. ¿A cómo me deja esta maravilla verde perico?

CASIMIRO: Pues como lo veo medio amolado de sus prendas, se lo dejo en mil pesos. Al chaz chaz y sin chistar.

PANTOJA: (Llevándose la mano al pecho, ofendido) ¿Mil pesos? ¡Eso es un insulto para esta calidad, don Casimiro! ¡Esto vale oro! Le doy mil quinientos... pero con una condición. ¿A poco me va a hacer el feo y no va a subir a mi humilde penthouse a echarse un taco?

CASIMIRO: (Tragando saliva) ¿Un taco de qué, oiga?

PANTOJA: ¡De una birria bien picosa, estilo Jalisco, que está preparando mi Eudulogia! Con sus tortillitas hechas a mano, su cebollita picada y su consomecito hirviendo para que sude la gota gorda. Arribita, en el cuarto piso, adelantito del letrero de "enfermedades secretas". Usted me da la pieza para que mi señora me la vaya ajustando, y usted se sube en diez minutitos por sus mil quinientos pesotes y su plato de birria. ¡Ande, no me desprecie que me ofendo!

CASIMIRO: (Relamiéndose los bigotes, vencido por el pecado de la gula) ¡Híjole, mano! Pues una birria no se le niega a un cristiano. Llévese el corte, don Pantoja. Ahorita le caigo en el cuarto piso, nomás amarro esta paca.

PANTOJA: (Escondiendo rápidamente la tela bajo su saco mugroso) ¡Ahí lo esperamos, hermano de mi alma! ¡Vaya preparando el buche!

(Sale disparado a toda velocidad, perdiendo la suela del zapato nuevamente).


 

ACTO TERCERO: El bucle de la farsa (Punto de inicio identificable)

(De vuelta en la accesoria. Pantoja entra derrapando, sudoroso y triunfal, como torero que acaba de cortar oreja. Saca la tela brillante y la ondea por los aires).

 

PANTOJA: ¡Mire nomás, mi reina! ¡Casimir de fayuca de primera! ¡Puro cachet!

EUDULOGIA: ¡Santa virgen de los remedios! ¿A quién asaltó en la esquina, Vudulago? ¿Y con qué ojos va a pagar esta gringadera tan escandalosa?

PANTOJA: Ya está pagada con pura saliva y labia, mi amor. Pero el fayuquero viene para acá a cobrar y a tragarse una birria que le prometí.

EUDULOGIA: ¿Birria? ¡Si en esta casa no hay más que media lata de chiles jalapeños resecos y un bolillo más duro que rodilla de panadero!

PANTOJA: ¡Calma y nos amanecemos, mujer! ¡Siga mi libreto a la letra! Me voy a meter al catre. Cuando llegue ese mercachifle, ponga cara de velorio y dígale que llevo dos meses agonizando. Y si se pone necio, ¡aplíquele la técnica de la tenaza y el pellizco!

 

(Pantoja se mete al catre con todo y zapatos, se pone una bacinica de peltre en la cabeza a modo de casco espacial y se tapa hasta la nariz. Suenan golpes fuertes y desesperados en la puerta).

 

EUDULOGIA: (Abriendo la puerta apenas una rendija, con cara de plañidera) ¡Shhhh! ¡Baje la voz, por el amor del santo niño de Atocha!

CASIMIRO: (Asomando la cabeza, olfateando el aire) Buenas tardes, doñita. Vengo a ver a don Pantoja, por lo del casimir y el consomecito que ya me está rugiendo la tripa.

EUDULOGIA: (Se persigna tres veces exageradamente) ¿Don Pantoja? ¡Ay, señor de los cielos! Mi pobre viejo lleva diez semanas postrado en esa cama, debatiéndose entre este mundo y el otro. No reconoce ni a su madrecita santa.

CASIMIRO: ¡Cómo que diez semanas! ¡No me venga con cuentos, doña! ¡Si hace diez minutos me bajó un casimir verde perico allá abajo, frente a los licuados de mamey!

PANTOJA: (Desde la cama, agitándose violentamente y hablando con voz gutural) ¡Que me persiguen los marcianos comunistas de la calzada de Tlalpan! ¡Apaguen la pantalla del Cine Teresa que me ciegan las suecas! ¡Ahí viene mi yate, tírenle con los misiles de chicharrón prensado!

CASIMIRO: (Asustado, retrocediendo un paso) ¡Ah, caray! ¿Pues qué mosca le picó a este compa?

EUDULOGIA: ¡Tiene la fiebre asiática! ¡Un virus poderosísimo, señor! El doctor del Seguro dice que va a seguir en el aire como hasta el 2020. ¡Es contagiosísimo! ¡Pudre los pulmones y tumba el pelo!

PANTOJA: (Lanzando espumarajos por la boca, producto de un pedazo de jabón Zote que traía escondido) ¡Bllllrgggh! ¡Guanajuato, Tlaxcala, Chiconcuac! ¡Véndeme la fayuca espacial, reptiliano del norte!

CASIMIRO: ¡Oiga, a mí no me van a hacer de chivo los tamales! ¡Yo quiero mi casimir verde o mis mil quinientos pesos! (Intenta acercarse a la cama, arremangándose la camisa).

EUDULOGIA: (Le salta encima como fiera de la Merced, pellizcándole los brazos, los cachetes y las costillas) ¡Respete a los moribundos, pedazo de insensible! ¡Sanguijuela de banqueta! ¡Buitre de la fayuca! ¡Tome, tome y tome! (Lo acribilla a pellizcos).

CASIMIRO: ¡Ay, ay, jefa, barájemela más despacio! ¡No me pellizque el chamorro! ¡Me rindo, me rindo! ¡Quédense con el mugre traje, pero no me peguen la fiebre asiática!

(Casimiro huye despavorido por la puerta, tropezando en las escaleras. Pantoja y Eudulogia se miran, chocan las palmas y se envuelven en el casimir verde, bailando un mambo imaginario).


ACTO CUARTO: La demencia de la barandilla

(Interior del lúgubre Ministerio Público de Barandilla. Hay un ventilador que apenas gira, un archivero desvencijado y un retrato oficial torcido en la pared. EL JUEZ CÍVICO, un burócrata gordo con anteojos de fondo de botella, se limpia la cerilla de la oreja con la tapa de una pluma Bic. Entra DON CASIMIRO arrastrando de las greñas a EL PELUQUÍN, quien lleva su radio de transistores colgado al cuello).

 

CASIMIRO: ¡Justicia, señor juez! ¡Exijo que le caiga todo el peso de la ley a este mequetrefe! ¡Lo recogí de la calle, le di chamba de diablero para cargar mi fayuca, y el muy ladino me ha estado ordeñando las pacas! ¡Se roba la ropa gringa para irse a comprar sus mugres billetes de lotería!

JUEZ: (Bostezando, sin soltar la pluma Bic) A ver, a ver, bájele a su escándalo, don. Si el chamaco es uña larga, que pase al estrado y declare. A ver, pelado, ¿quién te defiende o te vas directo al tambo?

PANTOJA: (Irrumpiendo en la sala con paso imperial, vistiendo el deslumbrante y holgado traje de casimir verde perico, ahora entallado con alfileres) ¡La defensa está presente, su señoría! Licenciado Vudulago Pantoja, paladín de las causas perdidas y escudo de la niñez desvalida.

CASIMIRO: (Abre los ojos desmesuradamente y suelta a Peluquín. Señala a Pantoja con el dedo tembloroso) ¡Ah, jijo del máiz! ¡Usted! ¡Usted es el fantasma de la fiebre asiática! ¡El calenturiento del Cine Teresa! ¡Señor juez, ese licenciado leguleyo trae puesto mi casimir verde perico!

PANTOJA: (Acomodándose las solapas con ofendida dignidad) Objeción, magistrado. El demandante respira mucho esmog y padece de espejismos cromáticos. Vengo a demostrar la inocencia de este angelito. (Se inclina rápidamente hacia Peluquín y le susurra). Ya sabes, chamaco. Tú en la baba. Canta los números como lo ensayamos y vamos a michas con lo que sacaste de las pacas.

JUEZ: (Golpeando la mesa con un sello de goma gastado) ¡Orden en la sala! A ver, don fayuquero, decídase. ¿Lo robaron o no lo robaron? Póngase en paz y cuénteme bien la historia de su chamaco diablero, sin meter fantasmas ni colores chillones.

CASIMIRO: (Sudando a mares, hiperventilando) ¡Sí, señor juez, se la cuento toditita! Fíjese... Yo le di mi confianza a este chamaco, le di su diablito para cargar la mercancía, ¡y resulta que me fue robando las pacas! Pero es que... ¡mírelo, juez! ¡Ese traje verde brilla más que foco de cantina! ¡Me estafó con una birria en los altos de San Juan de Letrán!

JUEZ: ¿Una birria? ¿Qué tiene que ver la maldita birria con las pacas de fayuca, señor mío?

CASIMIRO: (Enredándose frenéticamente, al borde del colapso nervioso) ¡Pues que el diablero de la birria me robó el traje! ¡Digo! ¡Que el chamaco verde perico me robó las pacas de casimir! ¡Y el licenciado me tosió la fiebre asiática para robarse el diablito! ¡Y la vieja de los tubos me agarró a pellizcos por culpa de la ropa gringa!

JUEZ: (Frotándose las sienes, desesperado) ¡Virgen de Guadalupe, dame paciencia que si me das fuerza lo mato! ¡A ver, chamaco! Pasa al frente. Deja de mascar chicle. ¿Es cierto que te robaste las pacas de este pobre loco que balbucea tarugadas? ¡Habla!

PELUQUÍN: (Poniendo cara de retraso mental, acercándose la mano a la boca como bocina, con voz cantarina de sorteo, arrastrando las vocales) ¡Treinta y cuatro mil quinientos ocheeeeenta!

JUEZ: (Desconcertado) ¿Qué? ¿Qué cincuenta y qué ochenta? Te estoy preguntando por las pacas de contrabando, ¡infeliz!

PELUQUÍN: (A todo pulmón) ¡Siete mil docientoos veintidóoooos!

PANTOJA: (Con fingida compasión, secándose una lágrima invisible) ¡Mírelo, su señoría! ¡Un pobre niño atrofiado por la crudeza del asfalto! ¡Su cerebro fritito solo procesa números al azar! ¿Cree usted que esta criatura inocente, este querubín de la lotería, tendría la capacidad intelectual para organizar el robo de una fayuca internacional?

CASIMIRO: ¡No se haga buey! ¡Se hace el menso, pero es bien tranza! ¡Y usted quítese mi traje! ¡Señor juez, el querubín de verde perico me robó la fiebre asiática y el licenciado de las pacas me prometió cincuenta mil pesos de birria! ¡Exijo mis quinientos pellizcos!

JUEZ: (Dando un fuerte manotazo en el escritorio, poniéndose de pie de un salto) ¡Ya me hartaron! ¡Basta de locuras! Uno me habla de pericos con fiebre, el otro se cree la Tómbola de la Suerte y el abogado parece semáforo de crucero. ¡Me ofenden el recinto! ¡O se largan los tres a un manicomio o los meto a todos al tambo por desacato a la autoridad y alteraciones al orden público!

CASIMIRO: ¡Pero mi casimir, señor juez...!

JUEZ: (Agitando los brazos) ¡Fuera de mi juzgado! ¡Caso desestimado por demencia colectiva! ¡Sáquense, sáquense a chiflar a su mauser!

 

(El Juez sale despavorido hacia la puerta trasera. Casimiro, jalándose los pelos de frustración y sollozando por su tela perdida, sale corriendo a la calle. Pantoja sonríe triunfal, se acomoda la corbata y le guiña un ojo al público).


 

ACTO QUINTO: El timo del reintegro (Clímax Slapstick)

(Afuera del Ministerio Público, en la banqueta. Pantoja se arregla el traje verde perico frente a un charco de agua, muy ufano. El Peluquín intenta escabullirse de puntillas).

 

PANTOJA: (Agarrándolo del cuello de la camisa, levantándolo un poco del piso) ¡Epa, epa, ratón de alcantarilla! ¿A dónde con tanta prisa? El juicio fue un éxito rotundo. El fayuquero huyó, el juez nos absolvió de todo pecado. Ahora viene lo bueno, a lo nuestro. Ya te salvé el pellejo. ¡Págame mis honorarios! Móchate con lo de las pacas.

PELUQUÍN: (Zafándose ágilmente y retrocediendo hacia la salida, con la mano en la barbilla) ¡Doscientos cincuenta mil pesoooos!

PANTOJA: (Riendo, frotándose las manos) Ándale, suelta el billete, no te hagas el gracioso que ya no está el juez para tus teatritos.

PELUQUÍN: (Acomodándose el radio, con sonrisa pícara) ¡Cincuenta mil pesooooos!

PANTOJA: (Cambia la cara, ya enojado) ¡Óyeme, mequetrefe, a mí no me aplicas mi propia medicina! ¡Afloja la marmaja o te rompo tu mandarina en gajos aquí mero!

PELUQUÍN: (Dando un brinco hacia atrás, agarrando vuelo, y gritando a todo pulmón con voz victoriosa) ¡REINTEGROOOOO!

(Peluquín sale disparado como correcaminos por la calle. Pantoja pega un grito al cielo, perdiendo nuevamente la suela del zapato, y sale cojeando y corriendo detrás de él).

PANTOJA: (Gritando a lo lejos, mientras la luz del escenario comienza a desvanecerse) ¡Agárrenlo! ¡Auxilio, policía! ¡Ese chamaco rata lleva mis honorarios! ¡Eudulogia, saca el palo de la escoba!

(A lo lejos en el fondo se alcanza a distinguir de nuevo la fila india arrabalera: el Peluquín picando llanta, Pantoja cojeando en un calcetín y jalándose los alfileres del saco verde, Eudulogia blandiendo el palo de la escoba con furia de vecindad y a lo lejos el silbato del tamarindo gordo de tránsito).

(Se escucha el claxon de un pesero, la rechifla de la calle y una cumbia guapachosa de fondo mientras el escenario oscurece por completo).


TELÓN

FIN DE LA FARSA



 

 

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