Noticias desde el Paraíso
(Zenobia y Sinclair)
Drama colonial
Autor: Benjamín Gavarre
NOTICIAS DESDE EL PARAÍSO: ZENOBIA Y SINCLAIR. © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
gavarreunam@gmail.com
SINOPSIS
En el salón señorial de una
mansión caribeña a mediados del siglo XX, el tiempo parece detenerse bajo el
peso de un bochorno sofocante que ni el ventilador más potente logra disipar.
Allí, Zenobia, una altiva mujer de raíces ancestrales y orgullo isleño, y
Sinclair, un rígido heredero norteamericano impecablemente trajeado en lino
blanco, se encuentran atrapados en los hilos de un matrimonio arreglado por
pura conveniencia económica.
A través de escenas que operan
como bucles de tensión, la obra descompone la pulcritud y el decoro de la
etiqueta social. Mientras en voz alta intentan mantener la compostura burguesa
de la época post-Segunda Guerra Mundial, el público se vuelve cómplice de sus
pensamientos más crudos e incómodos mediante apartes y monólogos interiores. Lo
que inicia como una conversación diplomática se transforma rápidamente en un
duelo ideológico y animal: el choque frontal entre el Viejo Mundo (la historia,
el mito y la sangre de Zenobia) y el Nuevo Mundo (el dinero, los casinos y el
expansionismo de Sinclair).
Cuando la soberbia de sus
discursos de poder y su atracción desbocada llegan al punto de ebullición, la
naturaleza interrumpe sus máscaras. Un huracán real y sin nombre irrumpe
violentamente en el salón, obligando a la amazona y al advenedizo a despojarse
de sus títulos para transformarse en dos cuerpos vulnerables que, en medio del
pánico al fin del mundo, tendrán que confesarse sus verdades antes de
refugiarse en los muros sólidos de la casa.
NOTA DE DIRECCIÓN
Esta pieza prescinde de la
lógica del tiempo cronológico para regirse por la lógica de la asfixia y el
deseo en ascenso. El espacio se concibe como una jaula transparente y
claustrofóbica donde el entorno físico opera como un personaje más. A nivel
estético, la puesta en escena evoca la distancia gélida y la alineación
geométrica de un lienzo de Edward Hopper, pero inundada por la paleta ardiente,
volcánica y visceral de Rufino Tamayo. Una comedia negra sobre el colapso de
las apariencias y la domesticación mutua en el ojo de la tormenta.
Importante: El
espacio es rigurosamente minimalista. No hay cristales ni elementos físicos
destruyéndose. El fenómeno natural (el huracán) debe construirse íntegramente a
través del diseño sonoro, la iluminación y el desgaste físico-actoral de los
personajes.
PERSONAJES
·
ZENOBIA: Descendiente
de alguna Colonia en una Isla imaginaria, basada en ésta o aquella o alguna
otra. De raíces diversas, tiene algo de mestiza, algo de aristócrata, mucho de
amazona (De amazona mulata). Porte altivo, mirada fiera y un temperamento
volcánico que esconde bajo la etiqueta y el protocolo.
·
SINCLAIR: Extranjero,
heredero de un imperio. Impecablemente trajeado en lino blanco. Su rigidez
sajona enmascara instintos desbocados y una pasión reprimida a punto de
estallar.
ESCENOGRAFÍA
El inmenso salón de una mansión
señorial. Techos altísimos con ventiladores de aspas que giran perezosamente,
incapaces de vencer el bochorno. Muebles pesados de caoba. Al fondo, la
insinuación espacial de una terraza que da al mar Caribe. El cielo es de un
gris plomizo, amenazante. Minimalismo escénico absoluto.
Escena 1: El Bochorno y el
Viento
(La luz recorta a Sinclair y Zenobia en los
extremos opuestos de un larguísimo sofá de mimbre. Están completamente
inmóviles, como estatuas de cera. Sobre la mesa hay dos vasos de mojitos
intactos, con el hielo derretido pero con la hierbabuena en su esplendor).
ZENOBIA
(Pasa
sus dedos por el cristal sudoroso del vaso. Habla con voz profunda, firme, sin
mirarlo) Ha llovido como nunca… Y eso que aquí suele
llover, y vaya que llueve… pero en los últimos días… ya sabe… fuera de control…
(Silencio pesado. Sinclair, rígido, asiente y traga
un sorbo largo, secándose los labios con un pañuelo de encaje).
ZENOBIA
La
lluvia a veces cede… y cuando cesa… el calor que se viene después es… un calor…
que toma cuerpo, es un calor visible… como si fuera un cuerpo hecho de calor…
un calor tal… Qué podemos hacer con semejante calor.
(Cambio radical de luz. El salón se oscurece. Un
seguidor cenital ilumina solo a Sinclair. El resto del mundo se congela en un
azul onírico. Sinclair se levanta y pasea frenéticamente).
SINCLAIR
(Monólogo
interior) ¿Qué podemos hacer? ¿Qué quiso decir con eso?
¿Con semejante calor? ¿Es una alusión velada para decir que quiere tener un
hijo?... Eso me parece indecente. Lo primero que quieren estas mujeres de hoy
es asegurarse el matrimonio mientras todavía están en celo, casarse y tener
miles de hijos para asegurar la unión. Quieren parir herederos antes de que se
les pase el tiempo, no vaya a ser que el novio se vaya y las deje vestidas,
alborotadas, casadas, desvirgadas… y sin descendencia. Porque… si no hay hijos,
no hay garantías, ni préstamos, ni control sobre nuestras inversiones, nuestras
propiedades, nuestras fortunas. Sin hijos, no hay familia alguna que se sienta
complacida ni honrada por la continuidad de la sangre. ¡Semejante calor, dijo!
El bochorno que ni con el aire del ventilador más potente se quita, calor
intenso, sofocante, calor revuelto, quita el aliento... Se queda pegado en la
piel, es pegajoso y húmedo. El calor, el bochorno que altera los nervios y hace
sucumbir a los animales, los hace desfallecer; los perros tirados, inmóviles,
extenuados sin poder mover ni la cola, ni un párpado... se quedan fijos y
mudos. Como esos ridículos muñecos de trapo que los nativos pinchan con agujas…
pura superstición barata, superchería de esta gente que cree en el vudú y no en
la ciencia, ritos absurdos que la civilización simplemente no puede tolerar.
Perros asfixiados, hombres exánimes en hamacas, desfallecidos ellos, con
abanicos ellas... ¿Acaso me está llamando "perro"… entre líneas,
perro extenuado que ni siquiera jadea, ni se mueve? ¿Una figura de trapo
clavada en este sofá, que no recibe nada y no da nada? ¿Insinúa que soy como un
perro noble, perro blanco, blancuzco, sin sangre, cara pálida, gringo sin
fuego? ¡Qué insolencia! Qué soberbia. (Pausa. Transición) Y
Qué Belleza aun con ese porte tan fiero, como desafiando la canícula más
intensa del siglo. ¡Qué mujer tan imponente! Mírenla... tiene los hombros de un
guerrero, la piel turgente, poderosa, el mando en los ojos, los párpados nunca
de rinden, toda una amazona... Me aterra... y me fascina.
(Vuelve la luz general de golpe. Sinclair
interrumpe su caminata y regresa bruscamente al sofá, recuperando su postura
tiesa y remilgada. Cruza las piernas con delicadeza).
SINCLAIR
Ah,
sí. Este calor es sofocante, ¿cierto? Y es curioso, pero en un instante,
dramáticamente el clima de la isla puede cambiar… sin previo aviso. En cierta
hora del día nos cae encima una tormenta, como si un ensayo de Huracán se
presentara sin avisar, llueve a cántaros, el cielo se cae como dicen, pero no
es metáfora, el cielo se cae… y en un instante, todo se resuelve, el calor
regresa, el aire que es tan caliente que ni respirar se puede, llega de repente
el bochorno que asfixia… y luego, para colmo, en la madrugada, el frío, la
humedad que congela los huesos, la noche húmeda y helada que solo se quita con…
¿el calor de los cuerpos?
(La luz vuelve a cambiar de golpe, concentrándose
de forma obsesiva sobre Sinclair, quien aprieta las manos contra sus muslos).
SINCLAIR
(Monólogo
interior, transpirando copiosamente) Ah, pero ¿qué estoy
haciendo? Seguro lo tomará mal... Pensará que quiero frotar mi cuerpo con el
suyo, para que se nos pase la calentura… el frío, el húmedo frío de las
madrugadas interminables… Como el frío con el que froto mi cuerpo con esos
deseos que me dan, incontrolables, en los que no necesito casi ninguna imagen
para soltarme y descargar todo este veneno que tengo en el vientre... Dejar las
sábanas totalmente amarillentas y con esa enorme cantidad de semen que
pareciera que soy un caballo o un toro y no un simple muchacho anglosajón
perdido sin remedio en el Trópico de Cáncer…
(Vuelve la luz general. Sinclair da un respingo,
carraspea y mira a Zenobia con fijeza).
SINCLAIR
Ah…
y en las sábanas que cuelgan en la costa el viento parece dibujar coreografías.
ZENOBIA
¿Está
tratando de hacer un poema? ¿Viento en las sábanas?… lo bueno es que en el
trópico se secan rápido, a veces no tanto, si hay humedad nunca se secan… Eso
sí, húmedas o no tan húmedas hay que mandarlas a lavar con agua muy caliente y
mucha lejía.
(La luz se reduce a un haz que aísla solo el rostro
de Zenobia. Ella clava una mirada de desprecio al vacío).
ZENOBIA
(Monólogo
interior, dando un pisotón sordo) Las sábanas que cuelgan en
la costa… ¿Me está queriendo decir entre líneas que le gusta que le laven las
sábanas a mano… así como lo hacen las mujeres del puerto… ¡Lavar las sábanas? A
mano, es eso una indirecta, está insinuando que le gusta que lo sirvan, que le
laven las sábanas, las camisas, los… ¿pantalones? Ah, pero que ni se atreva… Yo
siempre he sido una poderosa mujer educada para ser servida y ahora este
pelafustán me quiere obligar a realizar tareas serviles que nunca sería capaz
de hacer… No, no lo acepto… ¡Que ni se le ocurra!
(Vuelve la luz general. El sonido del viento
exterior ruge con más fuerza, simulado a través del diseño sonoro).
SINCLAIR
Ah…
y luego cuando llegan los huracanes, arrasan con todo.
ZENOBIA
Claro,
los huracanes. Y es que a los huracanes nadie los gobierna, son implacables. No
obedecen a nadie.
SINCLAIR
Ah,
sí, son poderosos, limpian con todo. Arrastran buques, destrozan enramadas, son
tan potentes que en unas cuantas horas su presencia cambia dramáticamente la
tranquilidad y la vida normal. No piden permiso. Se echan encima de la tierra
como una enorme bestia en celo.
(Se escucha un golpe seco de viento. Sinclair y
Zenobia se levantan al mismo tiempo, rígidos, mirándose con un deseo violento e
incómodo).
(CORTE DE LUZ RÁPIDO. OSCURIDAD).
Escena 2: El Fragmento del Mamey
y las Sábanas Repetidas
(Reinicio de la acción. La luz vuelve a encenderse
de golpe sobre el sofá de mimbre. Sinclair y Zenobia están un poco más cerca
que en la escena anterior, pero sus posturas siguen siendo rígidas y
aristocráticas. Zenobia sostiene ahora en su regazo un plato con un mamey
abierto, rojo y pulposo).
ZENOBIA
(Monólogo
interior, estrujando la pulpa del mamey, manchándose los dedos de un jugo
espeso y encarnado) ¡Semejante calor
sofocante! ¿Madrugadas húmedas y heladas? ¡Cuerpos que entran en calor con los
cuerpos que se frotan! ¿Qué me quiere insinuar este recién llegado? ¿Se
atreverá a pensar en mí como víctima de los deseos más vulgares? ¿O, peor aún,
no se atrevería, el insensato, a pensar que soy una de esas señoritas frígidas
y asustadizas de la alta sociedad? Uy, que ni se atreva… ¡Pobre infeliz! Si
supiera que bajo esta seda importada corre una sangre de raíces telúricas
cultivadas a golpe de látigo y sol… ¡No se imagina que mis delirios fogosos
casi incendian las sábanas de hilo en las madrugadas! ¡No sabe que tengo que
morder las almohadas para no gritar cuando me complazco a solas imaginando las
más salvajes e insaciables tempestades!
(Se chupa el dedo discretamente, lamiendo el jugo
rojo. Vuelve la luz general).
ZENOBIA
Sí…
y el oleaje en esta isla es totalmente impredecible… Hay momentos de calma
subterránea, pero en un segundo, sin avisar, el mar, simplemente ruge y nos da
una bofetada de absoluto poderío.
(La luz se centra en Sinclair mientras avanza por
el salón de forma neurótica, como si olvidara lo que acaba de decir en voz
alta).
SINCLAIR
(Monólogo
interior. Se afloja un poco el nudo de la corbata de seda) Ah…
pero ¿qué estoy haciendo? No puedo dejar de pensar en… No sé si dije algo de lo
que pensaba, o si he demostrado acaso que siento lo que siento… Seguro ella se
ha dado cuenta de mis incontrolables deseos, no quiero que sospeche lo que
siento en mis entrañas... no quiero que mis deseos se manifiesten con tan
contundente firmeza… Debo permanecer quieto, centrarme, concentrarme para no
convertirme en verdugo, en mi propio verdugo. Cruzar las piernas, no reflejar
ningún sentimiento, hablar de trivialidades…
(Vuelve la luz general. Sinclair carraspea,
tratando de recuperar la compostura, mirándola fijamente).
SINCLAIR
Ah…
y en las sábanas, se nota mucho cuando el viento se cuela.
ZENOBIA
(Monólogo
o aparte) El viento se cuela… Eso es nuevo… Habla del
viento en las sábanas… cuando las cuelgan… las mujeres… las del puerto,
supongo… Las criadas son las que lavan las sábanas… usan jabón de barra… las
criadas. (Transición: en alta voz, confidente) Yo me encargo de lavar lo
mío, ¿sabe?… Mis intimidades, mis prendas… Mis prendas íntimas… Uso un jabón
suave… líquido… rosa…
(En ese instante, la luz general parpadea
sutilmente, como si la electricidad de la casa sufriera un bajón por el
bochorno. Sinclair da un respingo violento, se lleva una mano al cuello de la
camisa y traga saliva con dificultad. Su rostro se humedece de golpe. La imagen
de la seda húmeda y el jabón rosa lo ha golpeado en todo su ser).
SINCLAIR
(Monólogo
interior, con la respiración entrecortada, frotándose las sienes con
desesperación) ¿Líquido… rosa? ¿Qué es
este olor a flores y a piel húmeda que acaba de inundar la habitación? Dios
mío, ¿lo ha dicho ella o lo estoy fabricando en mi cabeza? Mis prendas… sus
prendas íntimas… breves, empapadas en esa sustancia espumosa… Puedo verla a
través de las rendijas de la madera, desnudándose bajo el chorro de agua,
restregando la seda contra sus muslos firmes… ¡Me estoy volviendo loco! Se me
endurece el pecho, se me escapa el aire, el lino me aprieta las ingles… No
puedo ocultar esta calentura, si me levanto va a notar que este maldito veneno
me deforma el vientre… ¡Concéntrate, Sinclair, habla del clima, de números,
habla de cualquier COSA que no forme parte de su cuerpo! ¡DIOS!
(La luz se reduce bruscamente y vuelve a aislar a
Zenobia en su rincón, ignorando el colapso silencioso de él).
ZENOBIA
(Monólogo
interior, indignada, dando un pisotón sordo sobre el suelo de madera) Pero
qué estúpida… “Uso jabón líquido, suave, rosa” … ¡Ah, seguro ya se le
despertaron imágenes insanas de mi cuerpo desnudo y voluptuoso! Yo que siempre
he sido discreta y guardo mis intimidades en lo más profundo de mi… ser. ¡Que
no se atreva a pensar en mis prendas íntimas, que ni se le ocurra verme casi
desnuda, solo con perfumada, limpia y breve indumentaria, cruelmente sometida a
sus malsanos caprichos! Eso nunca pasará. ¡Qué se ha creído este extranjero
insolente!
(Luz general de golpe. El zumbido de los
ventiladores se mezcla con un trueno sonoro lejano).
SINCLAIR
(Con
la voz notablemente más ronca y alterada, clavando los ojos en el escote de
ella) Ah… y luego, cuando llegan los huracanes de
verdad… Arrasan con todo a su paso. A los huracanes, mi querida Zenobia, nadie
los gobierna.
ZENOBIA
Claro
que no. Los huracanes arrancan los tejados, destrozan las enramadas, arrastran
los buques. Son tan poderosos que en unas cuantas horas su presencia cambia
dramáticamente la tranquilidad y la vida normal… Son los amos, o las que
mandan, cuando son mujeres son las dueñas del escenario.
(Sinclair cierra los ojos apretándolos con fuerza,
respirando de manera entrecortada. La luz se concentra de nuevo en su rostro
húmedo).
Escena 3: El Tambor Batá y la
Tierra Roja
(Reinicio de la acción. La luz se enciende de
golpe. Sinclair y Zenobia están de pie, muy cerca uno del otro, respirando de
manera entrecortada. El aire es denso, casi sólido. Las luces cenitales se
cierran sobre ellos, aislando sus rostros del resto del salón).
SINCLAIR
(Monólogo
interior, transpirando copiosamente) Otra vez, la maldita
metáfora. Me está retando. ¿Quiere que sea el amo, el dueño de la habitación,
que sea tan potente como un huracán de máxima categoría? ¿Me está exigiendo que
pase por encima de sus modales refinados y la arrastre sin pedir clemencia?
¿Será acaso de esas mujeres que desprecian el romance y exigen el trato carnal
más bestial y absoluto? ¿Será acaso de esas mujeres que quieren romper el
paradigma? ¿Intercambiar los roles?, ¿cambiar las reglas del juego? ¡Oh, Dios
mío, eso francamente no solo me gusta… me vuelve loco! ¡Espero que sí! ¡Que me
tome, que sea mi dueña, que me estrangule con esas manos de amazona, que nos
destrocemos mutuamente, ella mi dueña, yo su amo, los dos en el ojo del
huracán; y que me arrastre hasta el interior del continente y que me convierta
en lluvia salvaje que inunde la tierra y solo se pueda detener con las altas
montañas!
(Vuelve una luz general e intensa. A Zenobia se le
escapa un gemido sordo, gutural, animal, cargado de un placer que no puede
contener. Ambos se quedan tensos, estupefactos, mirándose fijamente).
ZENOBIA
(Abanicándose
violentamente, tratando de respirar) ¡Ay! Perdone… no ha sido
nada. No pude evitarlo. Es que me acordé… Hubo una tormenta… Una vez...
SINCLAIR
(Inclinándose
hacia ella, cortés, generoso, rompiendo la distancia de etiqueta, con la voz
ronca por el deseo) No escuché absolutamente
nada. Pero, a decir verdad, me gusta su arrojo. Y su tan grande desempeño
apasionado… sin inhibiciones.
(De pronto, Sinclair reacciona con terror y se tapa
la boca con la mano. Un haz de luz de aparte cae sobre él).
SINCLAIR
(Monólogo
interior, alarmado) Sinclair, pero ¿qué dices?
¡Muérdete la lengua, Sinclair!
(Vuelve la luz general).
ZENOBIA
(Con
fingida altivez, barriéndolo con la mirada) No sé
a qué se refiere, Sinclair. Hable claro. ¿Cuál desempeño?
(La luz cambia a una atmósfera violeta y rojiza
sobre ambos. Hablan con los ojos fijos en el vacío, como si escucharan
únicamente el eco de sus propios demonios).
SINCLAIR
(En
su mente, devorándola con la mirada) Quiere que la posea sin
pedirle permiso, quiere que le bese el cuello, que le tome la cabeza con
dulzura y le enrede mis dedos en sus cabellos apasionadamente. Quiere que la
posea poco a poco, quiere verme como a un dios que la contemple desde las
alturas mientras extasiada me mira, mientras toma mi vibrante ser entre sus
manos y me obliga a vaciar todo este fuego contenido, obligándome a sucumbir, a
derramarme, hasta que no quede nada más que el estruendo de la carne.
ZENOBIA
(En
su mente, abriéndose el escote de seda ligeramente, con la respiración muy
agitada) ¡Su corazón es el tambor de un jefe indio, es
el redoble de un soldado de infantería en pleno combate! ¡Él es mi señor, yo
soy su sierva! Llegamos juntos a las alturas del cielo… Aquí no gobierna nadie,
somos los amos.
(Vuelve la luz general. Los diálogos regresan a la
“normalidad”, pero es una normalidad rota, donde apenas pueden sostenerse la
mirada. Se escucha un trueno profundo y prolongado a lo lejos. Ambos se
sobresaltan).
SINCLAIR
Es
la presión del cielo. La atmósfera... Hay tormentas que arrasan con todo a su
paso.
ZENOBIA
(Con
una sonrisa que insinúa el principio de una dulce rendición) Nosotros
estamos a salvo, querido Sinclair. Uno junto al otro.
(La palabra "querido" se queda flotando
en el aire como una bofetada. Luz cenital obsesiva sobre Sinclair).
SINCLAIR
(En
su mente, dejándose arrastrar por esa rendición compartida) Me
dijo "querido"… Mi traje de lino blanco al fin es vulnerable. Todo
este veneno que tengo en el vientre y su sangre de mujer de fuego se pueden
domar; podemos pensar que esto va a funcionar. Las tormentas que se anuncian no
nos van a tocar. Todo marcha sobre ruedas.
(Vuelve la luz general de golpe. El silencio es
apacible; las miradas, acogedoras y cargadas de grandes promesas. Sin embargo,
nuevos truenos precedidos de destellos de relámpagos marcan la llegada de
tiempos difíciles. Sobre la mesa de caoba descansa la botella de aguardiente de
caña pura y los dos vasos pequeños vacíos que transpiran por el sofoco).
ZENOBIA
Brindemos
por los buenos tiempos.
SINCLAIR
(Entregado,
pero con una sombra de duda por los presagios de la naturaleza) Hasta
el fondo.
(CORTE DE LUZ RÁPIDO. OSCURIDAD
EN EL ESCENARIO).
Escena 4: El Duelo de las
Fortunas y el Viento
(Reinicio de la acción. La luz se enciende
bruscamente. En esta escena, la distancia física se rompe desde el primer
segundo. Sinclair y Zenobia están sentados en el mismo sofá de mimbre, rígidos
pero lo suficientemente cerca como para escuchar la respiración ajena. No hay
bebidas sobre la mesa: solo el sofoco desnudo del salón).
SINCLAIR
¿Le
sucede algo, querida…?
ZENOBIA
¿A
mí? No.
SINCLAIR
Yo...
yo la noto esquiva. Tras el brindis de hace un momento pensé que...
ZENOBIA
Es
que no comprendo cómo a estas alturas de la civilización sigan existiendo los
matrimonios arreglados. Dígame, si al final resulta que no somos compatibles en
este maldito paraíso, ¿qué?
SINCLAIR
Esa
es una gran pregunta... ¿Y si no somos compatibles?
ZENOBIA
Siempre
nos queda el lujo de decir que NO.
SINCLAIR
(Monólogo
interior, devorándola con la mirada) Eso es lo que ella cree...
Pero la atracción está ahí, pegada a la piel como el sudor. Somos como esos dos
amantes de leyenda destinados a consumirse el uno en el otro. Ni por la
adversidad, ni por la muerte. (Vuelve la luz general) Hasta
que la muerte nos separe.
ZENOBIA
¿Cómo
dice?
SINCLAIR
Ah…
es lo que se dice en las bodas. El sacerdote lo dice. Mi padre está sumamente
interesado en unir estas dos grandes fortunas. Mi madre también. Y su padre, y
su madre… ya sabe, siempre hay inversionistas olfateando detrás de nuestros
apellidos.
ZENOBIA
Ah…
¿y eso es lo que soy para usted? ¿Una inversión? ¿Un negocio de aduana?
SINCLAIR
No
quise decir eso, por favor... No estoy en busca de una fortuna, Zenobia. Mi
familia es... digamos, más que solvente.
ZENOBIA
¿De
verdad? ¿Ustedes también tienen barcos comerciales en el puerto?
SINCLAIR
Yates
de lujo. Y barcos de carga.
ZENOBIA
¿Y
tienen propiedades en Abisinia? ¿Tienen muchas islas? ¿Como cuántas? Porque
esta isla donde está parado, sepa usted que no es suya. ¿Tienen oro, tienen
diamantes? ¿Tienen palacios de mil años? ¿Tienen en sus bibliotecas libros
sagrados de cinco mil años?
SINCLAIR
(Incómodo,
estirándose el cuello del saco) ¿Libros de cinco mil años?
Qué exageración... No, nosotros tenemos cosas más... prácticas. Casinos en el
desierto, un Capitolito de mármol blanco, un obelisco que rasga el cielo,
millones de dólares en bóvedas seguras... y un abuelo inglés de dos mil años de
herencia.
ZENOBIA
(Con
una risotada despectiva y fiera) ¡Por favor! Pero si el
abuelo inglés ya ni les habla. Y sus libras esterlinas huelen a rancio, a
pérdida de antiguas colonias, a imperios caídos.
SINCLAIR
(Ofendido,
perdiendo la postura) Ah, no se equivoque.
Nosotros tener colonias... muchas islas. De hecho, la isla vecina es nuestra,
la compramos el año pasado. Y otras islas paradisiacas. Tenemos cruceros
modernos que cruzan todo el Caribe. Francamente, su isla, tan bella y tan
salvaje, todavía no es el destino turístico que nosotros queremos diseñar...
ZENOBIA
(Poniéndose
de pie de golpe, majestuosa) ¡Y nunca lo será! Ustedes
no pueden comprar nuestra historia, Sinclair. Ustedes son un país de bárbaros
sin cultura, un puñado de advenedizos sin pasado.
SINCLAIR
(Levantándose
también, encarándola) ¡Somos dueños del futuro!
Mi familia posee cientos de ríos, miles de cordilleras... ¡Somos dueños de la
luna si nos lo proponemos! Una vez enviamos un cohete y la poseímos, pusimos
nuestra bandera . El dinero lo compra todo, Zenobia, incluso este suelo que
pisas.
(La luz cenital se vuelve roja y violenta. La
discusión ha encendido sus ánimos físicamente. Se miran jadeando, con una
mezcla de odio colonial y un deseo sexual desbocado que los hace temblar).
ZENOBIA
(Con
la voz rota por el orgullo y la atracción) Puras
mentiras... Pura fanfarronería de gringo sin fuego.
SINCLAIR
(Acercándose
a ella, respirando el vaho de su cuello) ¿Sin fuego? Lamento tanto
que nuestros padres nos obliguen a esto... porque te juro que si no fuera una
obligación, te tomaría ahora mismo solo para demostrarte quién manda en este
paraíso.
ZENOBIA
(Sosteniéndole
la mirada, desafiante pero rendida) Esta casa... ya está
incluida en los regalos de boda de mi padre. Es nuestra. Vamos a la alcoba,
Sinclair... Vamos a ver quién es el bárbaro.
Escena 5: La Tormenta Sin Nombre
(El Enlace Directo)
(No hay corte de luz. En el instante en que
Sinclair va a tomarla de la mano para ir al pasillo, un estruendo colosal,
puramente sonoro, cae sobre la ficción de la terraza. La luz parpadea
rabiosamente, volviéndose una penumbra violenta).
(El viento ruge desde las bocinas con una fuerza descomunal. El diseño de
iluminación simula ráfagas vertiginosas que barren el escenario. El
refinamiento aristocrático desaparece por completo. Sinclair y Zenobia son
empujados físicamente por la fuerza invisible del viento. Luchan con sus
propios cuerpos, aferrándose, sin ser exagerados, al sofá y a la pared
imaginaria de caoba con desesperación para no caer).
SINCLAIR
(Gritando
histérico para vencer el rugido de la tormenta sonora) ¿Qué
es esto? ¡La radio no dijo nada! ¡Solo hablaron de una tormenta leve!
ZENOBIA
(Aferrándose
a su lino blanco, fingiendo estar empapada y arrastrada por el viento) ¡Las
noticias siempre llegan tarde a las islas! ¡Esto es un huracán, Sinclair!
SINCLAIR
¡Vamos
a morir! ¡Mírame, nos vamos a morir! ¡Hasta que la muerte nos separe!
ZENOBIA
¡No
digas estupideces! ¡Hay que buscar refugio! ¡Vámonos al baño del pasillo, tiene
muros sólidos y no tiene ventanas!
SINCLAIR
(Arrastrándola,
protegiéndola con su cuerpo mientras avanzan con extrema dificultad) ¡Es
enorme! ¡Debe tener nombre de mujer, porque es poderoso y se presenta de forma
inesperada! ¡El huracán!
ZENOBIA
(Gritando
mientras caminan casi a gatas) ¡No! ¡El último que arrasó
el puerto tenía nombre de hombre! ¡Debe ser hombre, porque es violento, es
bruto y es irracional!
(El diseño sonoro incrementa, indicando que el ojo
de la tormenta se acerca. Sin embargo, Sinclair se detiene en seco a la mitad
del escenario, clavándose en el piso, ignorando la urgencia fatal).
SINCLAIR
(Mirándola
a los ojos con pánico puro, deteniendo por completo la huida) ¡Zenobia!
¡¿Pero tú me amas?!
ZENOBIA
(Sobresaltada
por la absurda pregunta en medio del caos, luchando contra el viento invisible) ¡¿Qué
dices?! ¡El techo se está desprendiendo! ¡Muévete!
SINCLAIR
¡Contesta!
¡Si este es nuestro final, me niego a morir clasificado como un maldito negocio
de aduana! ¡Dímelo!
ZENOBIA
¡Estás
loco, Sinclair! ¡La casa se hunde! ¡No es momento para crisis existenciales!
SINCLAIR
(Se
aferra a ella y al suelo, negándose a dar un solo paso) ¡No
me muevo de aquí hasta que me lo digas! ¡Quiero saber si todo este desastre
natural vale la pena! ¡Dímelo!
ZENOBIA
(Exasperada,
intentando jalar el peso muerto de él) ¡Pero qué necio eres
hombre blanco! ¡Tal vez te ame! ¡Sí! ¡Tal vez!
SINCLAIR
¡"Tal
vez" no es suficiente para la fusión de dos imperios! ¡Yo te amo, Zenobia!
¡Te amo con una furia irracional, como este maldito huracán sin nombre!
ZENOBIA
(Deteniéndose
también, cediendo a la misma locura romántica mientras el mundo colapsa a su
alrededor) ¡¿Me amas?! ¡¿A mí, una salvaje, una deidad
pagana que desprecia tus bancos?!
SINCLAIR
¡Al
diablo los bancos! ¡Al diablo las navieras! ¡Quiero tu vegetación inagotable,
quiero tus ritos, te quiero a ti!
ZENOBIA
¡Pues
yo también te amo, maldita sea! ¡Amo tu arrogancia y tu tenacidad, gringo
insoportable!
SINCLAIR
(Con
los ojos iluminados, como si la tormenta hubiera dejado de existir) ¡¿De
verdad?! ¡Oh, Zenobia, esto lo cambia todo! ¡Podemos firmar contratos, hacer
negocios, podemos...!
(¡CRACK! Un efecto sonoro masivo, como si una viga
colosal cayera a un metro de ellos, los saca de su éxtasis de golpe).
ZENOBIA
(Jalándolo
de los brazos con terror renovado) ¡Podemos morir aplastados
si no te callas y caminas! ¡Al pasillo! ¡AHORA!
(Un relámpago cegador inunda la escena. El ruido
del viento se vuelve vertiginoso mientras ambos logran cruzar el umbral
imaginario. Se escucha el azote violento de una puerta pesada de madera que se
cierra detrás de ellos. El rugido del huracán disminuye drásticamente,
amortiguado por las paredes de piedra, dejando solo el eco de sus respiraciones
agitadas en la oscuridad).
SINCLAIR
Yo sólo quería…
ZENOBIA
¡AHORA!
(OSCURIDAD TOTAL INMEDIATA).
FIN DE LA OBRA