
TRILLIZOS EN MODO AVIÓN*
Una farsa doméstica surrealista en cuatro
escenas
Autor: Benjamin Gavarre
Introducción a Trillizos en modo avión
Trillizos en modo avión es una farsa
doméstica de corte surrealista y humor negro, diseñada estrictamente como una
máquina de desgaste físico y verbal. Lo que el lector y el futuro espectador
encontrarán en estas páginas es el choque frontal entre la hiperactividad
grotesca de la adolescencia y la burocracia castrante del mundo adulto,
encapsulado en el encierro pedagógico de tres hermanos.
El texto opera como una partitura biomecánica.
Es un pivote para la escena que exige de sus intérpretes (que quizá no tengan
en el montaje la edad —o el género— de los personajes) sudor, precisión rítmica
y un dominio absoluto de la farsa y la pantomima. Las acotaciones no son
sugerencias ambientales; son marcajes coreográficos exactos —contagios
somáticos, lazzis corporales, aglutinamientos tricéfalos— pensados para llevar
a los actores al límite de su resistencia dentro de un espacio claustrofóbico.
Es, en suma, un artefacto teatral de ritmo frenético que estalla cuando los
cuerpos colisionan con el absurdo y la asfixia de la emancipación.
PERSONAJES
MARTÍN (15 años): Trillizo primero (salió dos minutos antes
empujando a los demás). Tiene barba incipiente de chivo expiatorio, bigote de
aguamielero y sudoración perpetua. Es hiperactivo, conspirador, mimo compulsivo
y traductor oficial del dialecto paterno. Habla con picardía de barrio
ilustrado, albur fino y doble sentido constante. Padece una comezón metafísica
y hormonal en la entrepierna que lo obliga a reacomodarse la anatomía cada tres
frases.
NAZARENO (15 años): Trillizo segundo (salió leyendo el cordón
umbilical como si fuera un papiro). Usa zapatos ortopédicos de suela triple que
resuenan como martillos de juez, calcetas hasta la rodilla y gafas de fondo de
botella. Es un niño-viejo, pálido y ojeroso. Ama los helechos, los peces
abisales y los insectos disecados; es experto en literatura gótica, poesía
metafísica, Borges, Cavafis, T. S. Eliot y Ezra Pound. Se viste de negro
riguroso bajo el uniforme escolar, sigue revistas subterráneas, colecciona
teorías conspirativas y sueña con habitar un relato de Lovecraft, aunque le dan
miedo las cucarachas voladoras. Detesta con toda su alma las figuras de
autoridad doméstica.
EL CÍCLOPE / GUSTAVO (15 años): Trillizo tercero (salió con el fórceps
marcado en la ceja). Viste un uniforme escolar acartonado por manchas
históricas de chamoy, Valentina y polvo de frituras. Tiene la mano derecha
fusionada biológicamente a un teléfono celular gigantesco que emite una luz
azulada hipnótica sobre su rostro. Su dedo pulgar realiza un movimiento
perpetuo de desplazamiento vertical. Presenta un espectro autista selectivo y
cibernético: responde con monosílabos, gruñidos o miradas fijas e inquietantes,
pero de pronto escupe fragmentos enteros de reseñas literarias, comerciales,
recetas de cocina, podcasts psicológicos o diálogos cinematográficos en
español, inglés, francés y alemán.
EL PADRE Y LA MADRE (Edad indefinida, entre
los 45 y los 800 años):
Figuras altísimas —idealmente sobre coturnos o zancos bajos ocultos bajo el
pantalón—, rígidas, vestidas con gabardinas grises idénticas, sombreros
desproporcionados y rostros cubiertos por medias de nylon color carne que
aplastan sus facciones como maniquíes de sastrería antigua. Durante casi toda
la obra no articulan palabras humanas: emiten exclusivamente una resonancia
nasal, metálica y burocrática, semejante a un trombón oxidado («Mua-muá,
mua-mua-muá, cuac-muá»), una muralla fonética de sermón ininteligible hasta el
estallido final.
ESCENOGRAFÍA
Un cuarto de estar surrealista con
proporciones opresivas y ligeramente deformadas, al estilo del gabinete del Dr.
Caligari mezclado con un departamento de clase media aspiracional. Al centro y
hacia el proscenio, tres pupitres escolares de paleta estrecha donde los padres
obligan a los hijos a tomar clases particulares con especialistas delirantes. A
la izquierda, un pizarrón verde de gis ya cuarteado y el escritorio vacío del
profesor en turno, coronado por un globo terráqueo cuadrado. Al fondo, un sofá
amarillo chillón de vinil inflado que rechina obscenamente al menor contacto.
En el dintel de la puerta principal cuelga un letrero bordado en punto de cruz,
torcido y polvoriento, que reza: «HOME SWEET HOME». En el piso, frente a la
puerta, un tapete de fibra de coco con la palabra «BIENVENIDOS». En un rincón,
una maceta con un helecho raquítico al que Nazareno trata como si fuera un
pariente enfermo.
CUADRO PRIMERO: LA GALERA DE LOS PUPITRES Y EL
IDIOMA DEL TROMBÓN
Luz cenital amarillenta, espesa como caldo de
pollo frío. Silencio absoluto al abrirse el telón, roto únicamente por una
partitura rítmica de tres sonidos que debe sostenerse y crecer en intensidad
durante tres minutos completos de reloj antes de que se pronuncie la primera
palabra:
1. El «clic-shhh, clic-shhh» amplificado del
pulgar de CÍCLOPE deslizando frenéticamente la pantalla del celular.2. El
susurro cavernoso y rítmico de NAZARENO, quien balancea el torso hacia adelante
y hacia atrás como monje copista mientras murmura versos griegos y frota la
suela de su zapato ortopédico contra la pata metálica de su banca.3. El
rechinar agudo de los zapatos de charol de MARTÍN y el frufrú del pantalón de
franela cada vez que mete la mano izquierda en la bolsa para rascarse con
desesperación las partes nobles, mientras con la derecha escribe planas a
velocidad furiosa.
Al minuto y medio, ocurre el primer CONTAGIO
DE TRILLIDEZ: Martín se rasca con tal violencia que Nazareno, sin dejar de
leer, empieza a rascarse la entrepierna al mismo ritmo, y Cíclope desliza el
pulgar directamente sobre su propia bragueta iluminada de azul. Tres segundos
después, los tres dan un sacudón de hombros, escupen al suelo imaginariamente
al unísono y vuelven a sus respectivas tareas.
MARTÍN: (Soltando la pluma con un gemido de anciano
reumático y mostrando los dedos engarrotados como garras de ave). ¡Me lleva
la tía de las muchachas en carretilla y sin frenos! ¡Trescientas veces!
¡Trescientas malditas veces: «No debo contestarle a mi papacito lindo cuando
pone cara de estreñido crónico»! Con letra Palmer, ligada, redondita y sin
salirme del renglón. (Intenta levantarse del pupitre, pero la paleta de
madera le queda atorada en las caderas. Camina de lado como cangrejo herido por
todo el proscenio, arrastrando el mueble con el trasero al aire hasta que logra
zafarse de un caderazo). ¡Mírenme! ¡Quince primaveras floridas, seis litros
de testosterona hirviendo en las venas como caldo de cultivo, y me tienen
haciendo trabajos forzados en Siberia por decirle a mi progenitor que su loción
huele a insecticida de cucarachas!
NAZARENO: (Sin levantar la vista de un grueso volumen
encuadernado en piel negra, declama con voz lúgubre y engolada). No
exageres tu martirio doméstico, Martín. Ya lo advirtió Constantino Cavafis en La
ciudad: «Dijiste: Iré a otra tierra, iré a otro mar. Otra ciudad ha de
hallarse mejor que ésta... No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos
suburbios llegará tu vejez; y en esta misma casa encanecerás... Así como
arruinaste tu vida aquí, en este rincón pequeño, así la has destruido en toda
la tierra». Estamos ontológicamente jodidos desde el cigoto, hermano.
MARTÍN: (Tapándose las orejas). ¡Cállate la boca,
cuervo de panteón! ¡Sabes que me salen ronchas en el escroto cuando te pones
poético antes de la merienda! Yo odio la poesía y me dan agruras las novelas,
Nazareno... Mejor cuéntame otra vez aquella película que viste a escondidas en
la madrugada, esa del director de apellido de pasta italiana... ¿cómo se
llamaba? ¿Botticelli? ¿Caneloni? Esa de los tres hermanos rusos que estaban
igual de amolados que nosotros y querían escabecharse al viejo. ¡Pero bájale
dos rayitas al volumen, no nos vayan a oír mis papás... o los tuyos... o los de
este zombie, que para nuestra desgracia son el mismo par de verdugos! ¡Nos
compran el libre albedrío con profesores particulares de pacotilla para no
tener que vernos la jeta! ¿Tú qué opinas, Cíclope? ¡Manifiéstate, engendro
cibernético! ¡Desconéctate del satélite dos segundos!
CÍCLOPE: (Con los ojos completamente en blanco, el
rostro bañado en luz azul cobalto y el pulgar moviéndose a velocidad
supersónica, habla con voz plana de sintetizador de audiolibro a velocidad 2x).
«Los hermanos Karamázov, publicada en mil ochocientos ochenta por Fiódor
Dostoyevski, constituye la cumbre del realismo psicológico ruso al explorar el
parricidio moral entre Dmitri, el hombre sensual; Iván, el intelectual
escéptico; y Aliosha, el místico... Si te gustó este resumen, dale like,
suscríbete a la campanita y usa el código KARAMAZOV20 para un descuento en tu
próximo colchón ortopédico». (Hace un gesto fugaz de cortarse el cuello de
oreja a oreja sacando la lengua hasta la barbilla, emite un pitido de
microondas y vuelve a quedar petrificado).
MARTÍN: ¡Ahí está! ¡Clarísimo! ¡El Cíclope dio en el
clavo! Somos los hermanos Karamázov versión colonia Del Valle: yo soy el
sensual apasionado, tú eres el intelectual que huele a naftalina, y Gustavo es
el místico de la fibra óptica. Vivimos en un campo de concentración pedagógico
con maestros pagados por hora que nuestros papás reclutan en los anuncios
clasificados del manicomio. ¿A quién nos van a mandar hoy a las cinco? ¿Al
licenciado en Actuaría Funeraria? ¿Al doctor en Física Cuántica Espiritual? ¿O
al viejo baboso de los Diagramas de Venn? (Martín toma el gis, corre al
pizarrón, se sube los pantalones hasta las axilas, junta los hombros e imita
con voz cascada y salivosa al profesor de Lógica de Conjuntos). «A ver,
jovencitos trillizos, pongan atención o le paso el reporte a sus augustos
progenitores... El universo entero es como este Diagrama de Venn». (Dibuja
dos círculos enormes que parecen dos nalgas gigantescas y un círculo chiquito
en medio). «Este círculo mayor es la Decencia Familiar; este otro círculo
mayor es el Producto Interno Bruto... ¿y ven esta intersección chiquitita,
apretada, oscura y sin ventilación que queda justo en la rayita de en medio?
¡Pues ahí están ustedes tres, perfectamente controladitos por sus papis, sin
derecho a intersectarse con ninguna chamaca de secundaria hasta el año dos mil
cincuenta!»
NAZARENO: (Se levanta de golpe, entusiasmado por el juego
teatral. Sus zapatos ortopédicos suenan como mazazos. Se despeina el copete y
adopta una postura jorobada y demencial). ¡Espérate, espérate, a mí me toca
hacer al doctor Riquelme, el de Física Cuántica y Moral Cristiana! (Camina
en círculos alrededor de los pupitres levantando un dedo tembloroso).
«¡Entiéndanlo de una buena vez, embriones triplicados! ¡El gato de Schrödinger
está bien muerto, tieso y apestando a azufre dentro de la caja! ¡Esas teorías
subversivas de que el felino está vivo y muerto al mismo tiempo son puras
paparruchas comunistas para justificar que ustedes no tiendan su cama! Porque
como bien dijo don Arthur Schopenhauer en El mundo como voluntad y
representación: la vida es un péndulo que oscila entre el dolor de estudiar
álgebra y el tedio de no poder tocarse el péndulo... ¡Diez puntos menos para el
de los zapatos feos por existir en dos estados cuánticos a la vez!»
MARTÍN: (Carcajeándose y golpeando el pupitre).
¡Idéntico! ¡Le salió hasta el tic del párpado izquierdo! ¡Vamos, Cíclope, entra
al relevo! ¡Haznos a la maestra Conchita, la de Economía Doméstica y Ahorro de
Proteínas!
CÍCLOPE: (Sin soltar jamás el teléfono, se pone de pie
mecánicamente, coloca la mano izquierda en la cintura como señora de televisión
de los años ochenta, ladea la cabeza con una sonrisa congelada de comercial de
margarina y habla con voz aguda y maternal). «¡Hola, qué tal, amigas del
hogar y adolescentes en reclusión preventiva! Hoy en Cocinando para uno con
presupuesto de guerra vamos a preparar un delicioso suflé de cáscara de
papa con menudencias de aire. Recuerden que con cien pesitos comen tres
hermanos durante un trimestre si mastican cada bocado ochenta y cuatro veces
mirando hacia la pared. Y si les sobra media lata de atún con elotes del
milenio pasado, guárdenla en el bote vacío de litro de yogur junto a los
frijoles congelados para que sus hijos sufran una desilusión óptica cada vez
que abran el refrigerador... Bon appétit, mes petits bâtards!» (Se
sienta de plomo).
MARTÍN: (Aplaudiendo). ¡Bravo! ¡Pura tragedia
griega en envase de plástico! Pero lo peor no son los profes... lo peor es
cuando dan las seis en punto y empieza el rondín de vigilancia.
Suena un timbre de reloj cucú gravemente
distorsionado, como si el pájaro de madera estuviera agonizando. Las luces
parpadean tres veces y adquieren un tinte verdoso de oficina pública. Los tres
hermanos corren en pánico a sus pupitres, pero en la prisa se sientan los tres
encimados en el pupitre del centro (Lazzo de la Silla Única), forcejean en
silencio con codazos y mordiscos mudos, y logran acomodarse cada quien en su
banco una milésima de segundo antes de que se abra la puerta.
Por el lateral izquierdo entra EL PADRE
caminando en cámara lenta pero con pasos militares de ganso. Lleva un periódico
enrollado como bastón de mariscal y el rostro deformado por la media de nylon.
Se detiene exactamente en el centro del salón, gira el cuello noventa grados
hacia los hermanos con un chasquido mecánico y abre un paraguas negro bajo
techo.
EL PADRE: ¡Mua-muá, mua-mua-muá! ¡Cuac-muá, prrrr-muá,
mua-muá!
MARTÍN salta de su pupitre con agilidad felina
y se coloca inmediatamente detrás de EL PADRE, a diez centímetros de su
espalda, sin que este parezca notarlo. Inicia una rutina de mimo simultánea de
altísima precisión: infla los cachetes como sapo, camina con las rodillas
tiesas de pingüino constipado, se rasca el trasero con el dedo meñique
levantado en señal de distinción burguesa y traduce en voz alta cada resonancia
nasal del progenitor.
EL PADRE: ¡Mua-muá, mua-mua-muá, cuac!
MARTÍN: (Con voz engolada de locutor de noticiero de
los años cincuenta). «¡Más les vale que tengan los codos fuera de la mesa,
las rodillas sin costras y las orejas limpias de cerilla, trío de zánganos
clónicos, porque yo me parto el lomo ocho horas diarias en la secretaría
sacándole punta a los clips y poniéndole sellos de "Cancelado" a las
nubes!»
EL PADRE: (Dando un golpe seco en el piso con el
periódico enrollado). ¡Prrrr-muá! ¡Mua-mua-muá, cuac-cuac, muá!
MARTÍN: (Haciendo mímica de contar centavos invisibles,
lamerlos uno por uno y olerlos con avaricia suprema). «¡El recibo de la luz
subió tres pesos con cuarenta y dos centavos este bimestre! ¿Quién fue el
subversivo que dejó prendido el foquito del refrigerador cuatro segundos de
más? ¡Qué creen, que yo fabrico billetes de quinientos cuando voy al excusado a
pujar, o qué carambas! ¡La inflación está muy dura como para que ustedes estén
respirando oxígeno de primera necesidad!»
EL PADRE cierra el paraguas de golpe, da media
vuelta marcial —Martín gira pegado a su espalda como su sombra para no ser
descubierto— y sale por el lateral derecho. Apenas desaparece el faldón de su
gabardina, entra LA MADRE por el mismo sitio portando un sacudidor de alambre
oxidado y una charola de plata absolutamente vacía.
LA MADRE: ¡Mi-mi-muá! ¡Muá-muá-muá, pi-pi-muá!
MARTÍN: (Corre detrás de LA MADRE, se pone un trapo de
limpiar el pizarrón en la cabeza a modo de peluca sufrida y camina de puntitas
como bailarina con juanetes). «¡Ay, mi migraña trigémina, mi ácido úrico,
mi vesícula biliar y mi riñón artificial de medio uso! ¡Tres hijos de un solo
golpe me sacaron la matriz por las amígdalas! ¡Yo plancho y plancho hasta los
calcetines agujerados, le quito las semillas al jitomate con pinzas de depilar
y desinfecto los limones uno por uno con cepillo de dientes! ¡No recibo sueldo,
ni aguinaldo, ni estatua en el Paseo de la Reforma... ah, pero cuando me muera
y me lleven al panteón en bolsa de supermercado, ya verán cómo me lloran,
parásitos desagradecidos!»
LA MADRE: (Apuntando directamente hacia el pupitre de
Martín con el sacudidor tembloroso). ¡Muá-muá-cuac-muá-muá! ¡Pi-pi-pi, muá!
MARTÍN: (Fingiendo un desmayo operístico sobre el
respaldo del sofá amarillo, que rechina como marrano atorado en una cerca).
«¡Y tú, Martín, deja inmediatamente de rascarte las vergüenzas frente al
retrato del abuelo, porque eso es de niños degenerados que se duermen con la
mano metida en el resorte de la trusa y luego sueñan con señoras encueradas en
motoneta! ¿Quién crees que talla tus sábanas tiesas que parecen láminas de
cartón piedra cuando las meto a la lavadora? ¡No les pongas el mal ejemplo a
tus hermanitos, que Nazareno y Gustavo son dos querubines inmaculados caídos
del cielo!»
LA MADRE levanta el mentón cubierto de nylon,
da media vuelta dignísima y sale dando un portazo sonoro que hace vibrar el
letrero de «HOME SWEET HOME».
MARTÍN: (Tirando el trapo al suelo, jadeante, con las
manos en la cintura). ¿Lo vieron? ¿Lo oyeron con sus propias trompas de
Eustaquio? ¡«Dos querubines inmaculados»! ¡Unos santos de altar! ¡Ja! ¡Como si
yo no tuviera oído biónico a través de la pared de tablarroca del baño! ¡Si lo
que ustedes dos hacen encerrados con llave no se nota no más porque le abren a
la llave del lavabo para disimular el traqueteo! Y sobre todo tú, Cíclope: deja
de meterte a la regadera con ese teléfono prendido viendo videos de anatomía comparada,
que un día de estos haces cortocircuito con el chorro de agua y te nos quedas
frito con el ganso en la mano.
CÍCLOPE: (Sin despegar la vista de la pantalla, en tono
enciclopédico). «Falso. Certificación IP68: resistente a inmersiones en
agua dulce de hasta metro y medio durante treinta minutos y a salpicaduras de
fluidos biológicos de alta viscosidad».
MARTÍN: ¡Me vale gorro tu certificación, degenerado
digital! ¡A mí me cargan todos los muertos de esta casa! ¡Ah, dictadura
doméstica castrante! ¿Conque no quieren que uno desahogue la presión arterial
en sus sábanas de poliéster? ¡Pues se les acabó su pendejo! (Se sube de un
salto sobre su pupitre). A partir de este instante histórico, declaro la
huelga general de brazos caídos y manos ocupadas. ¡No pienso resolver ni un
solo quebrado más del profesor de Álgebra, ni memorizar los ríos de
Mesopotamia, ni conjugar el pluscuamperfecto! (Mira hacia ambos lados con
mirada lasciva de conspirador revolucionario y saca un gis rojo). Voy a
profanar el templo del saber: voy a dibujar en el pizarrón un mural
pornográfico de proporciones muralistas... ¡Siqueiros se va a quedar en pañales
junto a mi geometría testicular!
NAZARENO: (Se levanta emocionado, con los ojos brillando
detrás de los lentes gruesos). ¡Yo me sumo a la blasfemia pictórica,
hermano! ¡Dame un gis blanco! Mientras tú trazas tus falos rupestres de baño de
gasolinera, yo dibujaré encima la Torre de Babel desmoronándose bajo el peso de
Lucifer surgiendo de las entrañas del fango primordial... (Toma el gis y,
mientras traza líneas angulosas y expresionistas junto a los garabatos obscenos
de Martín, declama con voz cavernosa): «¡Ved el ladrillo negro sudando
esperma de murciélago, donde el arcángel caído se arranca las plumas del pubis
para escribir en las nubes de plomo el epitafio del Padre! ¡Oh, geometría del
abismo, gangrena de los relojes, que devora los pupitres donde se pudre nuestra
infancia!»
CÍCLOPE: (Contagiado por el ritmo del poema, levanta el
teléfono como si fuera un incensario litúrgico y reproduce a todo volumen un
jingle comercial ridículamente alegre con voz de falsete). «¡Pollo frito,
pollo frito, del corral a tu lomito! ¡Crujiente de la pechuga y jugoso del
muslito! ¡Si tu familia te estresa, pide cubeta sorpresa! ¡Pío, pío, pío, viva
Pollo Feliz!» (Baila dos segundos moviendo los hombros y vuelve a apagarse).
MARTÍN: (Admirando el pizarrón lleno de monstruos
góticos y atributos masculinos con alas). ¡Una obra maestra del surrealismo
pelado! ¡Y esto es apenas el entremés! Mañana por la mañana me voy a meter a
bañar sin chanclas para agarrar todos los hongos de la Creación, voy a salir encuerado
como Dios me trajo al mundo y voy a dejar un rastro de agua jabonosa desde la
regadera hasta la alfombra persa para que mi papá patine como en pista de hielo
cuando salga con su portafolios. ¡Y es más: me voy a esconder detrás de la
cortina de plástico con una cámara desechable para retratarlos a ustedes dos en
pleno éxtasis solitario bajo el chorro de agua!
NAZARENO: (Suspirando con éxtasis místico, deja caer el
gis y se lleva una mano al pecho). ¡El baño matutino! El único reducto
donde el hombre moderno escapa de la vigilancia del Gran Hermano... Me has
recordado aquel sublime y lúbrico soneto libre de don Celedonio Lugones, el
poeta maldito de los arrabales de Buenos Aires que murió ahogado en un bidet en
mil novecientos treinta y cuatro... Escuchen qué cadencia, qué metafísica de la
epidermis:(Declama con intensa sensualidad adolescente y solemnidad
académica): «La regadera llora su rosario de agujas tibias, y cuando siento
el agua correr sobre mi vientre de quince inviernos, despierta en la penumbra
del azulejo el hipocampo ciego, el cíclope sin párpado que busca su Ítaca entre
la espuma del jabón neutro. ¡Oh, mano fraterna, oh cinco dedos de misericordia
solitaria, que en el vapor del cuarto de baño redimen al cautivo y disparan
contra el drenaje una constelación de galaxias huérfanas mientras afuera ladra
la hipoteca de los padres!»
MARTÍN: (Limpiándose una lágrima furtiva). ¡Qué
bonito hablas cuando eres cochino, Nazareno! ¡Hasta ganas me dieron de irme a
enjabonar el hipocampo ahorita mismo!
CÍCLOPE: (Con voz aterciopelada de locutora de podcast
de salud mental y sexología moderna). «Bienvenidos al episodio cuarenta y
dos de Tu Entrepierna Consciente. Estudios recientes de la Universidad
de Massachusetts demuestran que la autoexploración en varones de quince años
reduce en un setenta y ocho por ciento el impulso de prenderle fuego a la
cortina de la sala, libera dopamina y endorfinas, previene el acné rabioso y
adormece a los adolescentes hiperactivos mejor que dos litros de té de tila con
bromuro... Comparte este audio con tu tía la más persignada».
Los tres hermanos estallan en una carcajada
cómplice y se chocan las palmas. De pronto, un trueno subterráneo sacude el
teatro. El suelo tiembla. Las luces cambian brutalmente a un rojo de emergencia
submarina. Suena una marcha militar prusiana tocada con kazoo y tuba
desafinada.
Por el centro del fondo entran simultáneamente
EL PADRE y LA MADRE. Entre los dos cargan un pergamino kilométrico de papel
estraza que desenrollan de un golpe seco; el rollo avanza rodando desde el sofá
amarillo, cruza los pupitres y choca con estrépito contra las espinillas de los
tres hermanos en el proscenio.
EL PADRE y LA MADRE: (A dúo, en una sinfonía ensordecedora de
graznidos burocráticos que dura un minuto entero de reloj. Mientras rugen su
«MUA-MUÁ», ejecutan una coreografía dictatorial perfectamente sincronizada:
señalan el techo, hacen señal de poner un candado en la boca y tirar la llave,
golpean sus relojes de pulsera, hacen gesto de guillotinar cabezas, apuntan con
asco inquisitorial a las entrepiernas de los tres chicos, señalan el celular,
el refrigerador, el helecho de Nazareno y el pizarrón). ¡MUA-MUÁ-MUÁ!
¡CUAC-CUAC-PRRRR-MUÁ! ¡Bip-muá, tromp-muá, tatatata-MUÁ! ¡Guau-muá, fiuuu-muá,
crac-crac-MUÁ! ¡MUA-MUÁ-MUA-MUÁÁÁÁ!
Con cada «MUÁ», los tres hermanos sufren una
descomposición física progresiva:—A MARTÍN se le va abriendo la boca un
centímetro más por segundo y se queda congelado en equilibrio sobre el pie
izquierdo, con el pie derecho en el aire y la mano atrapada dentro del pantalón.—A
NAZARENO se le empañan los lentes de vapor blanco, las rodillas se le doblan
hacia adentro en ángulo imposible, empieza a temblar como gelatina en terremoto
y abraza su maceta del helecho contra el pecho soltando pequeños vagidos de
feto asustado.—A CÍCLOPE se le detiene el dedo pulgar en seco —hecho inédito en
la historia de la civilización occidental—, la pantalla de su teléfono parpadea
en rojo y la mandíbula le cae literalmente hasta tocar el esternón.
EL PADRE: (Último bufido seco, grave y lapidario, como
tapón de cañón). ¡PÚM-MUÁ!
LA MADRE: (Agudo y prolongado como silbato de olla exprés
a punto de volar la cocina). ¡PÍÍÍÍÍ-MUÁ!
Ambos padres giran sobre sus talones con
precisión de relojería suiza y salen marchando. Afuera se escucha el estrépito
metálico de tres candados gigantescos, una cadena de barco y una tranca de
hierro cerrándose sobre la puerta principal.
Silencio sepulcral durante diez segundos. Los
tres hermanos permanecen congelados con las bocas abiertas como buzones de
correos clausurados.
CUADRO SEGUNDO: EL AJEDREZ DE LOS
INSUBORDINADOS Y EL ORÁCULO DEL PULGAR
MARTÍN tiene que usar sus dos manos para
empujarse la mandíbula inferior hacia arriba hasta que suena un «clac» de hueso
acomodándose. Camina en círculos alrededor del pergamino tocándose la sien, con
los ojos desorbitados.
MARTÍN: No... no puede ser. Díganme que tuve una embolia
auditiva. ¿Entendieron lo que acaban de decretar esos dos tiranosaurios con
gabardina impermeable?
NAZARENO: (Con un hilo de voz quebrada, abrazando su
helecho y temblando de pies a cabeza). Yo... yo alcancé a descifrar hasta
la cláusula del «cuac-muá-prrrr» de en medio... ¡Dijeron que van a confiscar
mis libros de Lovecraft y de Cavafis para usar las hojas como papel sanitario
de visitas! ¡Que van a regar mi helecho con cloro hirviendo y que me van a
rapar a rape para meterme al coro parroquial de flautas dulces vestidito de
marinero blanco! ¡De marinero blanco, Martín, yo que soy hijo de la noche y del
abismo! ... ¿Pero qué fue ese «tatatata-muá» del final? ¡Mi cerebro bloqueó el
trauma!
MARTÍN: (Poniéndose de rodillas frente al pergamino y
leyéndolo como si descifrara jeroglíficos malditos). ¡Atención a la
traducción literal del Decreto Supremo de Estado de Sitio Familiar número
cuatro mil ochocientos veinte! Artículo primero: Queda estrictamente prohibido
parpadear más de cuatro veces por minuto para no gastar el lubricante natural
de las córneas ni desgastar el aire de la sala. Artículo segundo: De hoy en
adelante, los domingos por la tarde, en lugar de ver el futbol o asomarnos por
la ventana, limpiaremos el sarro de las juntas de los azulejos del baño usando
exclusivamente nuestras propias pestañas. Artículo tercero: Se instauran
guantes de boxeo con alambre de púas obligatorios para dormir, con las manos
amarradas a la cabecera de la cama para erradicar cualquier movimiento sísmico
debajo de las cobijas. ¡Y artículo cuarto, el «tatatata-muá» nuclear: apagón
total y definitivo del módem de internet a partir de las ocho de la noche de
hoy hasta que cumplamos cuarenta y cinco años y tengamos la próstata del tamaño
de una toronja!
Al escuchar las palabras «apagón total del
módem», CÍCLOPE emite un alarido ultrasónico de módem telefónico de los años
noventa, cae de espaldas tieso como tabla sobre el escenario y empieza a
pedalear frenéticamente en el aire como cucaracha rociada con insecticida, sin
soltar jamás su celular.
CÍCLOPE: (Pedaleando en el suelo, con voz distorsionada
de megáfono revolucionario sacada de películas apócrifas de ciencia ficción de
bajo presupuesto). «¡Alerta roja en el Sector Siete! ¡Han desconectado la
Matriz de Silicio! ¡Libertad para los bytes oprimidos! Remember, remember
the fifth of November: sin Wi-Fi no hay paraíso! ¡Preferimos morir de pie
con cinco barras de señal que vivir de rodillas en modo avión! ¡Viva la
resistencia de banda ancha, muera el router burgués!»
NAZARENO: (Llevándose las manos a las mejillas, entra en
trance trágico y recita a gritos mientras da vueltas alrededor de Cíclope con
sus zapatos ortopédicos resonando como tambores de guerra). «¡Oh, pálidos
tiranos de franela gris que nos negáis el éter cibernético y la lúgubre tinta
de los poetas muertos! ¡Habéis cortado el cable coaxial que nos unía con las
estrellas podridas, habéis puesto candado al manantial de nuestra pubertad,
pero de nuestras axilas reprimidas brotarán escorpiones con gafas que roerán
las patas de vuestro comedor estilo provenzal!»
MARTÍN: (Subiéndose de un brinco al respaldo del sofá
amarillo como Napoleón cruzando los Alpes). ¡Así me gusta, carajo! ¡Por fin
abrieron los ojos, par de borregos engominados! ¡Se acabó la resistencia pasiva
y el lloriqueo en los rincones! ¡Ha sonado la trompeta de la Gran Conspiración
de los Trillizos! ¡A partir de este segundo, este cuarto de estar queda
confiscado por el Estado Mayor Tricéfalo: esto ya no es una sala decente, es el
tablero de ajedrez de la insurrección armada!
MARTÍN salta del sofá, saca un gis grueso de
la bolsa del pantalón y traza a toda velocidad grandes cuadros de ajedrez
directamente sobre el piso del escenario. Luego corre hacia NAZARENO, lo agarra
por los hombros como si fuera un santo de madera en procesión y lo carga
pesadamente —pujando por el peso de los zapatos ortopédicos— hasta depositarlo
en una casilla de la esquina izquierda.
MARTÍN: ¡Tú eres el Alfil Negro de la Torre de Babel
Romántico-Expresionista! ¡Te me quedas clavado aquí, en diagonal estratégica,
apuntando directamente hacia el pasillo de las recámaras! ¡Pon cara de cuervo
de Edgar Allan Poe y afila el pico!
NAZARENO: (Juntando las manos sobre la cabeza en punta
para formar una mitra de alfil, abre los codos como alas negras y engola la
voz). ¿Así, mi general? «¡Y el Cuervo, nunca emprendiendo el vuelo, aún
sigue posado, aún sigue posado sobre el pálido busto de Palas, justo encima de
la puerta de mi alcoba; y sus ojos tienen toda la apariencia de los de un
demonio que está soñando... y mi alma, de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá alzarse... Nunca más!»
MARTÍN: ¡Espeluznante! ¡Con eso les bajas la presión
arterial en seco! (Corre hacia CÍCLOPE, que sigue en el suelo dando últimos
espasmos de cucaracha, lo agarra de los tobillos como si fuera una carretilla
de albañil, lo rueda por el piso y lo planta de pie en la casilla central).
¡Y tú, Gustavo, eres la Torre de Telecomunicaciones y el Caballo de Troya al
mismo tiempo! ¡Cuando el enemigo asome la gabardina por el flanco derecho,
saltas en «L» sobre sus callos, haces las jugadas más violentas e inesperadas
del reglamento soviético, ejecutas un enroque corto conmigo y los atacamos por
la retaguardia con fuego cruzado de pataletas!
NAZARENO: (Empezando a dudar desde su casilla diagonal,
encogiéndose de hombros como insecto acorralado). Oye, Martín... pensándolo
con frialdad analítica... no sé si mi naturaleza ontológica resista un choque
frontal. Yo me siento menos como un guerrero espartano y más como Gregorio
Samsa a las siete de la mañana en La metamorfosis de Kafka: tengo seis
patitas flacas, el caparazón blando, y si mi papá me avienta una manzana desde
el aparador, se me va a quedar incrustada en el lomo hasta que me pudra debajo
del sillón... ¡Además mis zapatos ortopédicos no dan para el trote guerrillero,
pesan cuatro kilos cada uno!
De pronto, el teléfono de CÍCLOPE emite un
sonido descendente y fúnebre («Tu-tu-tu-pfff»). La luz azul que iluminaba su
cara desde el principio de la obra se apaga por completo. CÍCLOPE mira la
pantalla negra, tiembla y entra en un pánico apocalíptico.
CÍCLOPE: (Corriendo en círculos con los pelos de punta,
vomitando frases de películas y alertas de sistema en varios idiomas con
desesperación histérica). «Houston, we have a
problem! Battery low, one percent! Shutting down!» ¡Se me fue la señal, no tengo barras, estoy
fuera del área de cobertura! «Mon Dieu, plus de
batterie! Le réseau est mort, nous sommes perdus dans le désert numérique!»
«Achtung! Achtung! Kein Netz, keine Daten, der Untergang ist da! Nein, nein,
nein!» ¡Se
acabaron los megas de mi paquete Amigo, me lleva el algoritmo al agujero negro!
MARTÍN: (Abofeteando el aire frente a él). ¡No te
nos mueras, soldado! ¡Respira oxígeno analógico! ¿Qué nos quieres decir desde
el más allá del silicio? ¡No te entendemos ni jota cuando te pones políglota!
¡Háblanos en cristiano o haz mímica de perdido!
CÍCLOPE inhala profundamente, guarda por
primera vez el teléfono apagado en su pecho como una reliquia sagrada y se
coloca al centro del tablero para iniciar el GRAN NÚMERO DE CHARADA MUDA.
Levanta dos dedos con solemnidad.
MARTÍN: ¡Dos palabras! ¡Película, libro o tragedia
familiar!
CÍCLOPE niega frenéticamente con la cabeza,
muestra cinco dedos, luego diez, luego abre y cierra las manos diez veces
seguidas y hace el gesto de una explosión atómica que arrasa el universo.
MARTÍN: ¿Cien palabras y un holocausto nuclear? ¡No
manches, Gustavo, sintetiza que no estamos en sesión plenaria de la Cámara de
Diputados! A ver, échanos el resumen ejecutivo: primera idea.
CÍCLOPE señala hacia la puerta por donde
salieron los padres. Se pone las manos en la cara imitando la media de nylon y
camina dos pasos como ogro burocrático. Luego simula agarrar a tres muñecos
invisibles por el pescuezo, los avienta dentro de una licuadora gigante
imaginaria, aprieta el botón de «Frappé», se sacude entero imitando las aspas
trituradoras, se sirve el licuado en una copa, se lo bebe de hidalgo y lo
escupe con asco dentro de la maceta del helecho de Nazareno.
NAZARENO: (Aplaudiendo emocionado como niño en concurso
escolar). ¡Ya sé, ya sé! ¡Es una alegoría literaria del microrrelato
hispanoamericano! ¡Es Augusto Monterroso mezclado con Goya: «Saturno devorando
a sus hijos en licuadora Osterizer, y cuando despertó, el dinosaurio todavía
estaba ahí»!
MARTÍN: ¡Cuál dinosaurio ni qué ocho cuartos, tarado!
¡Ellos son muchísimo peores que un tiranosaurio: son burócratas neoliberales
con descuento en el ISSSTE! A ver, déjame traducir la sintaxis del mudo...
Nuestros papás... regresan por esa puerta... nos agarran del pescuezo... nos
muelen los huesos... ¡Nos van a hacer picadillo de menudencias! ¡Nos van a
licuar el espíritu!
CÍCLOPE asiente frenéticamente, señalando a
Martín. Pero de inmediato levanta un dedo advirtiendo que falta la peor parte.
Señala el cielo, junta las manos rezando con cara de beato hipócrita; luego
niega con el dedo, señala el subsuelo y se pone cuernitos de diablo. Enseguida
simula que les remachan grilletes en los tobillos, les arrancan la ropa a
tirones, les ponen una cofia de monja en la cabeza, les dan un cepillo de
dientes minúsculo para tallar el piso y, como remate escalofriante, simula que
les agarran el miembro viril, le dan cuatro vueltas como dulce de tamarindo, lo
envuelven con tres rollos de cinta Diurex industrial y lo pegan contra el
ombligo dejándolos caminando chueco para toda la eternidad.
MARTÍN: (Sudando frío, llevándose ambas manos a la
bragueta mientras traduce al vuelo con ritmo vertiginoso). ¡Madre santísima
del Perpetuo Socorro! ¡Dice que si hacemos un motín violento contra el mandato
supremo, las represalias van a dejar chiquita a la Santa Inquisición! ¡Que nos
van a desheredar en vida, nos van a internar en un convento de monjas karatecas
en la tundra de Siberia, nos van a confiscar hasta los calzones de franela y
los testículos, y nos van a clausurar el pirulí con cinta canela industrial
para que lleguemos vírgenes, invictos y sin una sola chaqueta hasta que nos
cobren la pensión del bienestar a los sesenta y cinco años!
CÍCLOPE cae de rodillas, agotado por la
actuación, y señala a MARTÍN con los dos índices como diciendo: «¡Exactamente
eso, imbécil!», tras lo cual saca su celular muerto y le da tres deslizamientos
en la pantalla negra por puro reflejo pavloviano.
NAZARENO: (Rompiendo la postura de alfil y corriendo al
centro). ¡Tiene toda la razón el oráculo sin batería! ¡Si nos ponemos
bravos a lo bruto nos van a castrar con tijeras de podar pasto; lo de la
chancla voladora va a parecer caricia maternal! Martín, por piedad, piensa dos
minutos con la corteza cerebral y no con las glándulas seminales. Aquí no sirve
la fuerza bruta de Espartaco: hace falta la astucia florentina de Nicolás
Maquiavelo. ¡Hay que dorarles la píldora!
MARTÍN: ¿Dorarles la píldora? ¿A esos dos témpanos de
hielo seco con sombrero? ¡Pero si tienen el corazón de piedra pómez para tallar
callos, Nazareno!
NAZARENO: ¡Escúchame bien, animal de costumbres! Todo tirano
tiene un talón de Aquiles: su infinita vanidad pedagógica. ¿Para qué gastan
media quincena en traernos profesores de física cuántica, lógica y economía
doméstica? ¡Porque quieren presumir en las cenas de Navidad que engendraron a
tres pequeños premios Nobel obedientes y almibarados! Si cuando entren por esa
puerta nos encuentran de rodillas, recitando lo que nos enseñaron los maestros,
hablándoles en verso endecasílabo del Siglo de Oro, jurándoles que aborrecemos
el internet, que la masturbación nos parece un pecado mortal contra el Espíritu
Santo y que nuestro máximo sueño húmedo es ser contadores públicos certificados
como papá... ¡se les va a derretir la media de nylon de pura ternura
burocrática y nos van a devolver la llave del módem en bandeja de plata!
MARTÍN: (Haciendo arcadas tan violentas que saca la
lengua hasta el esternón y se sostiene del pupitre para no vomitar).
¡Guácala de pollo en descomposición! ¡Me acaba de subir el reflujo ácido hasta
las amígdalas no más de escucharte! ¿Hacernos los niños santurrones? ¿Besarles
las botas de hule? ¡Mi dignidad de revolucionario de quince años se rehúsa!
NAZARENO: ¡La dignidad no tiene megabytes ni te quita el
candado de la puerta, Martín! Si tu orgullo de macho cabrío nos condena a
limpiar azulejos con las pestañas hasta el dos mil sesenta, yo mismo te
estrangulo con mis agujetas ortopédicas mientras duermes.
MARTÍN: (Entrecerrando los ojos como estratega
militar). Está bien, está bien... Veo la lógica perversa de tu hipocresía
literaria. Vamos a aplicar tu «Operación Miel sobre Hojuelas» como Plan A.
¡Peeeero! Si en los primeros tres minutos vemos que esos dos monstruos no
aflojan el candado ni sueltan la clave del Wi-Fi, activamos inmediatamente mi
Plan B: ¡La Operación Apocalipsis Sanitario y Textil!
NAZARENO: (Tragando saliva). ¿Y en qué consiste
exactamente tu Plan B, si se puede saber sin perder el almuerzo?
MARTÍN: (Con brillo satánico en las pupilas).
¡Portarnos como verdaderos engendros salidos del noveno círculo del averno!
¡Llevar la anarquía al terreno olfativo, textil y patriótico! Paso número uno:
¡Sacamos todos los calzones sucios del fondo del cesto de la ropa
—especialmente los míos, que conservan intacto el frenón de bicicleta color
cajeta quemada desde la excursión escolar a Chalma— y los colgamos como
guirnaldas de kermés pueblerina en el candelabro y los cojines de la sala! Paso
número dos: ¡Secuestramos las pantuflas ortopédicas de papá y los tubos de
rulos de mamá, y los rellenamos con engrudo escolar y recortes del periódico
financiero hecho confeti! ¡Y paso número tres, como golpe maestro de Estado y
firma del acta de independencia: yo mismo, en persona y a calzón quitado, me
paro frente a la puerta principal, desenfundo la manguera patriótica y me echo
una meada monumental y espumosa sobre el tapete de «Bienvenidos»!
NAZARENO: (Santiguándose al revés). ¡Es de una
vulgaridad dantesca... pero tiene una fuerza dramática digna de Antonin Artaud
y su Teatro de la Crueldad!
CÍCLOPE: (Levantando el pulgar con solemnidad romana).
«Plan B aprobado por unanimidad del consejo de administración. Let there be
chaos».
CUADRO TERCERO: EL CONSERVATORIO DE LA PELADEZ
Y EL ENSAYO DE LA LAMBISCONERÍA
MARTÍN: (Caminando de un lado a otro frente a sus
hermanos como sargento de infantería en Cara de Guerra). ¡Un momento! Antes
de ensayar la pantomima de los niños buenos, necesito asegurarme de que tengo
tropas capaces de ejecutar el Plan B si todo se va al carajo. ¡Y para el
sabotaje total no basta con colgar trusas sucias: hay que tener carácter, hay
que tener garganta de lija! ¡Un revolucionario no manda a sus padres a la goma
con voz de flauta dulce escolar! ¡Tienen que aprender a echar madres, a soltar
peladeces con sabrosura nacional, con jiribilla, con grasa de taquería de
metro! A ver, pónganse firmes los dos y repitan conmigo desde los riñones: «¡Ya
estuvo suave de tanta chingadera, viejos cabrones!»
NAZARENO y CÍCLOPE se miran nerviosos, se
frotan las manos con timidez virginal, toman aire y pronuncian en un murmullo
apenas audible:
NAZARENO y CÍCLOPE: «Ya estuvo suave de tanta... cosadera,
ancianos... bribones».
MARTÍN: (Pateando el aire con furia).
¡¿«Cosadera»?! ¡¿«Ancianos bribones»?! ¡Por eso nos traen de encargo desde que
estábamos en la incubadora! ¡Parecen dos monaguillos pidiendo fiado un rompope!
¡Vamos, carajo! ¡Desde el diafragma! ¡Con barrio, con calle, como chofer de
microbús de la Ruta Cien cuando se le cierra un taxista en hora pico sobre
Viaducto! ¡Nazareno, tú primero: suéltate una grosería monumental que haga
temblar los cimientos de esta casa pequeño-burguesa!
NAZARENO: (Se acomoda los lentes con el dedo índice,
estira el cuello, infla el tórax y declama con dicción impecable de la Real
Academia Española). ¡Ahí va, hermano, sostente de los muebles! «¡Oh,
progenitores nefandos, engendros de la estulticia burocrática: idos en hora
mala a fornicar con la quimera de vuestro propio tedio y dejad en paz nuestras
gónadas atribuladas, so pelafustanes de gabardina estéril!» (Mira a Martín,
orgulloso y jadeante). ¿Qué tal? ¿Sentiste la violencia verbal del vocablo
«pelafustanes»?
MARTÍN: (Se lleva las dos manos a la cara con
desesperación y se deja caer de bruces sobre el sofá de vinil amarillo, que
emite un larguísimo sonido de flatulencia plástica). ¡Dios mío, dame
paciencia porque si me das fuerza lo descalabro con su propio zapato
ortopédico! ¡Nazareno, si le dices «pelafustán» a mi papá, te va a felicitar
por tu vocabulario y te va a meter a la Academia Mexicana de la Lengua! ¡Todo
eso está muy bonito para un epígrafe de Borges, pero no asusta ni a una paloma
coja! ¡Tienes que ser grosero, pelado, corriente, que huela a pulquería y a
llanta quemada! ¡Inténtalo otra vez o te juro que le digo a mamá dónde escondes
tus revistas de vampiras en lencería!
NAZARENO: (Aterrado por el chantaje, hace un esfuerzo
sobrehumano. Se pone rojo como jitomate maduro, cierra los puños junto a las
orejas, aprieta las mandíbulas y trata de imitar a un trailero de la carretera
México-Nuevo Laredo, pero la erudición lo traiciona a mitad de camino).
¡Va, va, va! ¡Ahí te voy, perro mundo! «¡Hijos de su... de su re-putísima...
metonimia ontológica! ¡Me van a pelar toda la... la columna dórica del
Peloponeso con todo y capitel, bola de... de ojetes crepusculares asimétricos!
¡Váyanse mucho a la... a la ínsula Barataria a chingar a su... a su arquetipo
junguiano de madre, cabrones de endecasílabo cojo!» (Termina tosiendo
violentamente y se aplica un inhalador imaginario).
MARTÍN: (Mirándolo con lástima profunda). Bueno...
«ojetes crepusculares» ya tiene un poquito más de color local; parece insulto
de cantina de Filosofía y Letras. A ver tú, Cíclope. Saca la casta por la
familia. Tú te tragas internet catorce horas al día; ahí en los foros de
videojuegos y en los comentarios de política la gente se mienta la madre hasta
por la receta de los chilaquiles. ¡Échate un insulto callejero, recio,
machuchón, que nos deje pelones del susto!
CÍCLOPE: (Guarda el celular con lentitud dramática. Da
un paso al frente, abre las piernas en compás como pistolero de película de
vaqueros, escupe imaginariamente tabaco de mascar hacia un lado, frunce el ceño
intentando verse sumamente peligroso, pero cuando abre la boca le sale una
vocecita aguda y dulce de bebé de guardería con filtro de TikTok). «¡Oye,
tonto cabeza de popó! ¡Tu mamá es tan gorda que cuando se cae de la cama se cae
por los dos lados al mismo tiempo! ¡Noob, manco, cringe,
desinstala la vida, ratio más L más no tienes skin
legendaria, reportado por tóxico, buah, buah, pipipipí!»
MARTÍN: (Mirando al techo, derrotado, cayendo de
rodillas). ¡Estoy rodeado de eunucos! ¡Uno me insulta en griego antiguo y
el otro me amenaza como Teletubby con déficit de atención! ¡Si el Cura Hidalgo
hubiera tenido este ejército en Dolores, ahorita seguiríamos pagando el quinto
real en maravedíes!
NAZARENO: (Poniéndole una mano en el hombro con
solemnidad). Ten fe y esperanza, Martín. La historia universal demuestra
que las grandes revoluciones empiezan siempre con una traición diplomática. Ya
que nuestro repertorio de blasfemias callejeras está en fase experimental,
concentrémonos en perfeccionar el Plan A: la farsa de la sumisión absoluta. Si
logramos que se traguen el anzuelo del amor filial en estilo barroco, ni
siquiera tendremos que sacar tus calzones de Chalma.
MARTÍN: (Rezongando mientras se levanta y se reacomoda
el testículo izquierdo con un suspiro). Está bien, trato hecho. Pero conste
en actas que si me da gastritis erosiva por hacerme el niño bueno y decirles
cosas bonitas, ustedes dos me pagan el tratamiento de omeprazol con sus
domingos. ¿Cómo va tu dichosa pantomima pastoral?
NAZARENO: (Tomando el mando como director de escena
tiránico). ¡Atención a la coreografía! Cuadro plástico número uno: El
Retablo Barroco de los Trillizos Arrepentidos. (Empuja a MARTÍN hasta el
centro exacto del escenario, lo obliga a arrodillarse, le junta las manos en
oración bajo la barbilla y le tuerce el cuello cuarenta y cinco grados hacia el
cielo). ¡Sonríe, Martín! ¡Que se te vean todos los dientes como niño de
caja de cereal inflado con azúcar!
MARTÍN: (Contrae los músculos faciales en una sonrisa
monstruosa y forzada, pelando las muelas del juicio y un colmillo chueco, con
los ojos desorbitados e inyectados en sangre y el párpado izquierdo temblando
frenéticamente). ¿Así o más tierno, don Góngora?
NAZARENO: (Retrocediendo de espanto). ¡Cristo del
Veneno, pareces perro con rabia viendo un hueso de carnaza en carnicería de
barrio! ¡Relaja el masetero, suaviza el entrecejo! ¡Piensa en conejitos de
peluche, piensa en la beca escolar, piensa en la vecina del cuatro B tendiendo
ropa en la azotea!
MARTÍN: (Suavizando la cara de golpe con un suspiro
lúbrico). Ah, la del cuatro B... ya me puse tiernísimo.
NAZARENO: ¡Y tú, Cíclope, suelta ese aparato del demonio dos
minutos y acomódate a los pies de Martín haciendo caras de emoji de
corazoncitos y gatito con botas! Yo me colocaré en el vértice superior cerrando
la Santísima Trinidad del Arrepentimiento. Cuando se abra esa puerta,
avanzaremos de rodillas hacia ellos como peregrinos en la Basílica y
recitaremos en canon el Himno del Amor Filial Incondicional.
De pronto, en el pasillo exterior se escucha
el chirrido de los tres candados abriéndose, pasos pesados de botas militares
sobre madera y el inconfundible sonido nasal de dos gargantas autoritarias
aclarándose al unísono: «¡Ejem-muá, ejem-cuac-muá!».
NAZARENO: (En un susurro histérico, saltando a su
posición en la pirámide humana). ¡Ahí vienen los verdugos! ¡Posiciones de
combate hipócrita! ¡Sonrisa de lamebotas profesional! ¡Tres, dos, uno... miel!
CUADRO CUARTO: EL MOTÍN DE LOS CALZONES Y LA
ORFANDAD DEL PREDIAL
Se abre la puerta principal. Entran EL PADRE y
LA MADRE por el lateral izquierdo con su porte monolítico habitual. Sin
embargo, al dar el segundo paso se detienen en seco al contemplar el cuadro
plástico: los tres hermanos están arrodillados en el centro del salón formando
una pirámide humana compacta (Ejecución de la Bestia Tricéfala en modo
angelical), con sonrisas congeladas de oreja a oreja, batiendo las pestañas a
mil por hora como abanicos descompuestos y lanzando besitos soplados al aire
con sonido de ventosa.
NAZARENO: (Avanzando dos pasos de rodillas con los brazos
abiertos, declamando con voz de galán del romanticismo decimonónico). ¡Oh,
excelsos autores de nuestros días, arquitectos sublimes de nuestro código
genético! ¡Sol de justicia tributaria y Luna de pulcritud doméstica de este
hogar bendito! ¡Qué dicha inefable, qué epifanía celeste contemplar sus
augustas gabardinas grises cruzando el umbral de nuestra indigna caverna!
MARTÍN: (Avanzando de rodillas pegado a Nazareno
mientras el tic del párpado le sacude media cara y se rasca disimuladamente el
muslo contra el talón de su hermano). ¡Papacito chulo, tallado en mármol de
Carrara por los mismos ángeles! ¡Mamacita santa, libre de triglicéridos,
colesterol y ácido úrico! ¡Estábamos aquí reflexionando en que los amamos más
que a las galletas Oreo remojadas, más que al pozole de cabeza en quince de
septiembre y más que a los chongos zamoranos en almíbar! (Ejecuta una mímica
exagerada de abrirse el tórax con un cierre relámpago, arrancarse el corazón
palpitante del pecho, ponerle papel celofán, amarrarlo con un moño de regalo
gigante y ofrecérselo en bandeja a los padres).
CÍCLOPE: (Deslizándose de rodillas por el piso, juntando
los dedos índices y haciendo pucheros de filtro digital con voz empalagosa de
tarjeta musical de internet). «Si el amor que siento por mis papis fuera
una gota de agua, ustedes tendrían el océano Pacífico en la sala. Live,
laugh, love. Familia que reza unida y apaga el módem unida, permanece
unida. Manden este mensaje a diez contactos si aman a su mami o tendrán siete
años de estreñimiento espiritual. ¡Muac, corazón brillante, estrellita fugaz!»
NAZARENO: (Lanzándose a abrazar las botas de EL PADRE y
frotando su mejilla con los lentes puestos contra el pantalón gris). ¡Hemos
visto la luz de la razón pedagógica! ¡No necesitamos internet, ni calle, ni
amigos mundanos, ni oxígeno gratuito para respirar! ¡Nuestra única ambición en
esta tierra de lágrimas es obedecer sus decretos sabios! ¡Déjennos limpiar el
sarro del baño con las pestañas desde hoy mismo! ¡Es más: cómprennos lija de
agua del número cero para tallarnos las rodillas hasta el hueso en honor a su
sagrada autoridad!
MARTÍN: (Chupándose el dedo pulgar y haciendo pucheros
grotescos de bebé gigante con barba de tres días). ¡Chi, chi, chi! ¡Los
tres nenes quielen mucho a su papi y a su mami! ¡Papi es el ley del mundo
mundial y mami es la leina de la lavadola! ¡Ajá, ajá, gugú-tatá, hagan piojito
en la cabecita!
EL PADRE y LA MADRE permanecen inmóviles.
Lentamente giran sus cabezas cubiertas de nylon para mirarse entre sí. El
silencio en el teatro se vuelve tan espeso que se podría cortar con cuchillo.
De pronto, EL PADRE intenta emitir un
«Mua-muá...», pero se detiene a mitad de la sílaba. Con lentitud terrorífica,
ambos padres se llevan las manos al rostro, agarran el borde de las medias de
nylon que les cubrían las facciones desde el inicio de la obra y se las
arrancan de un tirón seco. Debajo aparecen los rostros grises, profundamente
ojerosos, desencajados y glaciales de dos adultos al borde del colapso
nervioso.
EL PADRE: (Con voz humana perfectamente clara, grave,
articulada y gélida, sin rastro del trombón nasal). A ver, a ver, a ver.
¿Se puede saber qué clase de payasada de carpa barata es esta?
LA MADRE: (Con voz nítida, cortante y secamente educada,
sacudiéndose la gabardina). ¿Nos están viendo la cara de perfectos idiotas
o qué les pasa por el cráneo? ¿«Papi es el rey del mundo mundial»? ¿«Gugú-tatá»?
Martín, por el amor de Jesucristo, tienes pelos en las piernas que parecen
alambre de púas de campo de concentración, te rascas los testículos cada cuatro
segundos como chimpancé de zoológico, ¿y te pones a chuparte el dedo frente a
nosotros? Qué asco me dan.
Al escuchar a sus padres hablar en español
cristalino y articulado por primera vez en quince años, los tres hermanos
sufren un choque eléctrico simultáneo (Contagio Somático) y caen sentados de
nalgas hacia atrás.
NAZARENO: (Temblando, señalándolos con el dedo
engarrotado). ¡Hablaron! ¡Martín, hablaron en prosa castellana! ¡No
hicieron «mua-muá»! ¡Hablaron con la frialdad quirúrgica de un juez protestante
en un drama de Henrik Ibsen... o peor aún, como los padres de familia en una
tragedia de Strindberg!
EL PADRE: ¡Cuál Ibsen ni qué Strindberg, pedazo de
pretencioso con zapatos de plomo! ¡Habíamos optado por hablarles en tono de
bocina de ferrocarril durante quince años para ver si por puro reflejo
condicionado entendían una orden simple sin discutir! ¡Pero nos cansamos! Nos
cansamos de pagarles a los mejores profesores particulares de la ciudad para
que ustedes se burlen de ellos a sus espaldas; nos cansamos de encontrar
calcetines tiesos debajo de los colchones y de oír cómo gastan doscientos
litros de agua caliente encerrados en el baño haciendo cochinadas que creen que
no escuchamos desde el comedor.
LA MADRE: ¡Se creen muy graciosos haciéndonos muecas de
pastorela y recitando cursilerías de tarjeta del Día de las Madres! Pues
fíjense que no nacimos ayer, trío de víboras de un mismo nido. Sabemos
perfectamente que detrás de tanta miel y tanto «gugú-tatá» hay gato encerrado.
¡Váyanse despidiendo de la luz del sol, de la mesada, del teléfono y de sus
libritos raros hasta el siglo veintidós! Se acabaron las contemplaciones con
tres monstruos cínicos, vagos y degenerados.
MARTÍN se levanta del suelo en cámara lenta.
El tic del ojo izquierdo le brinca hasta la oreja. Con gesto gladiatorio, se
arranca la camisa del uniforme escolar haciéndola volar los botones y la arroja
al piso como guante de desafío medieval.
MARTÍN: ¡Ah, conque esas tenemos! ¿O sea que uno se
humilla, se traga su orgullo de macho cabrío alfa, hace «gugú-tatá» hasta
dislocarse la tráquea, les dora la píldora con mantequilla de primera
calidad... y todavía nos salen con que nos quieren apretar más las tuercas y
dejarnos sin sol hasta el siglo veintidós? ¿Y encima nos reclaman lo que es
biológicamente indispensable para no explotar en la regadera y defienden a esos
profesores babosos que no distinguen un Diagrama de Venn de sus propias nalgas?
¡Pues se acabó la diplomacia de Versalles, jijos de su sagrada hipoteca
vencida! ¡Hermanos de útero: se cancela el Plan A! ¡Activando Código Rojo:
vamos a darles en toda su burocrática madre, jijos de la rejija! ¡Al abordaje,
cabrones!
NAZARENO: (Se levanta transfigurado por una furia
dionisíaca, se arranca los lentes y los guarda en el bolsillo para no
romperlos). ¡Sí, que arda Troya desde los cimientos! ¡Muera el orden
apolíneo, viva el caos primordial de Dionisos! ¡Oigan bien mi rugido de
trailero metafísico, tiranos de nailon: «¡Me van a pelar el obelisco de Luxor
de ida y vuelta en terracería, bola de ojetes crepusculares!»!
Inicia la GRAN COREOGRAFÍA DEL MOTÍN
(ejecutada con precisión rítmica, furia acrobática y total limpieza de líquidos
para el piso escénico):
MARTÍN: (Corriendo detrás del sofá amarillo, saca un
cesto de ropa sucia repleto hasta el tope). ¡Artillería textil pesada,
fuego a discreción! (Lanza por los aires docenas de calzones de todos
tamaños, trusas con el resorte vencido y calcetines acartonados que quedan
colgados del pizarrón, del globo terráqueo, del respaldo del sofá y del letrero
de «HOME SWEET HOME»). ¡Miren nada más esta belleza de bandera insurgente:
mis calzones de la excursión a Chalma con doble derrapón de autopista!
¡Huélanlos, tiranos, es el perfume de la juventud oprimida!
CÍCLOPE: (Suelta un grito de guerra vikingo mezclado con
el tono de llamada predeterminado de celular. Corre hacia el escritorio del
profesor, toma el periódico financiero de EL PADRE y un costal de hojas de
exámenes reprobados, se sube al pupitre central y empieza a destrozarlos en mil
pedazos con dientes y uñas, arrojando una tormenta de nieve de papel picado
sobre las cabezas de los padres mientras grita en trance políglota). «¡Error 404: Respeto
Filial Not Found! ¡Formateando disco duro familiar! Anarchy in the UK,
anarchy in the comedor! ¡Tomen
su estado de cuenta bancario hecho confeti, boomers opresores! ¡Pum,
crac, delete, control-alt-suprimir a la patria potestad!»
MARTÍN: ¡Nazareno: ejecuta la Acción Hostil número cuatro
en el flanco izquierdo!
NAZARENO: (Quitándose de un patadón sus pesados zapatos
ortopédicos y quedando en calcetas). ¡Tomen mis grilletes ortopédicos,
verdugos del pie plano! (Coloca ambos zapatos ortopédicos solemnemente
encima del escritorio como si fueran dos cabezas decapitadas, luego corre al
pizarrón, toma dos gises a dos manos y traza sobre los círculos del profesor
una caricatura gigantesca de los padres con orejas de burro y cuernos de
demonio, mientras grita desaforado). ¡Chones con resorte aguado en el
candelabro! ¡Calcetines sudados en el florero de cristal cortado! ¡Cero en
conducta, cero en urbanidad, diez en insurrección metafísica! ¡Somos los hijos
bastardos de Rimbaud y de Pancho Villa!
MARTÍN: (Se sube de un salto a la mesita de centro,
mira hacia el tapete de la entrada, infla el pecho desnudo y se lleva ambas
manos a la bragueta del pantalón con gesto solemne de prócer de la patria en
estatua ecuestre). ¡Y ahora, como acto culminante de nuestra Declaración de
Independencia Tripartita, voy a bautizar el tapete de «Bienvenidos» con un
chisguete de soberanía nacional! ¡Abran paso que traigo retenidos dos litros de
orines hirviendo mezclados con pura rebeldía hormonal! (Baja de un salto,
camina con pasos de gigante hacia la puerta de entrada y se planta de espaldas
al público, frente al tapete, bajando la cremallera con sonido amplificado).
Durante todo el motín, EL PADRE y LA MADRE no
han movido un solo músculo. Con las cabezas cubiertas de confeti de periódico y
un calzón de Martín colgado del hombro del Padre, observan la escena en
absoluto silencio.
EL PADRE: (Sin inmutarse, cruzándose de brazos con una
calma terrorífica y glacial). Adelante, Martín. Orínate. Es más, si quieres
te presto la sección deportiva del periódico para que salpiques a gusto las
paredes.
MARTÍN se congela a medio bajar el cierre.
Gira lentamente la cabeza sobre el hombro, completamente desconcertado por el
tono.
MARTÍN: ¿Eh? ¿Cómo que «adelante»? ¡Oiga, espérese, no
haga trampa! ¡En el guion de esta familia usted tenía que ponerse morado del
coraje, echar espuma por la boca y corretearme con el cinturón de hebilla
vaquera!
LA MADRE: (Con una sonrisa helada y exquisitamente
cortés, quitándose con dos dedos un calcetín sucio que le había caído en la
solapa y dejándolo caer al suelo). Ah, ¿conque esas tenemos? ¿Quieren
comportarse como perros callejeros sin dueño? ¿Como animales de monte que
marcan territorio en la puerta, tapizan los muebles con sus trapos sucios y
convierten la sala en un basurero municipal?
EL PADRE: Perfecto. En esta nueva democracia familiar, los
deseos de la juventud son órdenes ejecutivas. ¿No querían libertad absoluta?
¿No estábamos castrando su libre desarrollo artístico, cibernético, poético y
mingitorio? Pues felicidades, caballeritos: acaban de ganar la guerra.
Con sincronía fría y calculada, LA MADRE saca
de detrás del sofá amarillo dos maletas de viaje con rueditas que ya estaban
misteriosamente empacadas y listas desde hacía semanas. EL PADRE se acomoda el
sombrero y saca del bolsillo un enorme llavero con cuarenta llaves, el cual
deja caer con un tintineo metálico y definitivo sobre el escritorio cubierto de
confeti y zapatos ortopédicos.
LA MADRE: Ya no los molestaremos nunca más en la vida. Ni
con tareas, ni con profesores particulares, ni con horarios de baño, ni con
sermones. En este mismo instante su padre y yo nos vamos en taxi directo al
aeropuerto para tomar un vuelo a un hotel todo incluido solo para adultos en
Acapulco, y de ahí nos iremos a vivir nuestra jubilación a provincia, bien
lejos de tres trillizos malagradecidos.
EL PADRE: Ustedes tres se quedan de dueños y señores
absolutos de este muladar. La casa es toda suya. A ver cómo se las arreglan
mañana a las ocho de la mañana cuando no haya desayuno en la mesa y tengan que
comprar la comida, destapar el caño del baño, pagar el recibo de la luz, el
agua, el gas, el mantenimiento del edificio, el impuesto predial y el plan de
datos del teléfono de Gustavo. Ah, y una última advertencia antes de cruzar esa
puerta: no hay devolución ni arrepentimiento. Acaban de quemar las naves como Hernán
Cortés, muchachitos. Que les aproveche su jungla libre y soberana.
EL PADRE y LA MADRE abren la puerta principal,
pasan con elegancia por encima del tapete de «Bienvenidos» sin mirar atrás y
salen cerrando la puerta con un golpe seco, sordo y definitivo. Tres segundos
después, se escucha en la calle el motor de un taxi que arranca y se aleja
hasta perderse en el silencio de la noche.
Silencio sepulcral en el escenario. Los tres
hermanos quedan absolutamente congelados en posiciones grotescas:—MARTÍN sigue
de espaldas frente a la puerta, con las dos manos metidas en la bragueta a
medio abrir y las rodillas flexionadas.—NAZARENO está en un solo pie sobre un
pupitre, en calcetas, con una trusa de Martín puesta en la cabeza como gorro
frigio de la Revolución Francesa.—CÍCLOPE está a gatas entre la nieve de papel
periódico, con un zapato ortopédico de Nazareno en la mano derecha a modo de teléfono
celular.
Pasan quince segundos completos de inmovilidad
total. Lentamente, los tres giran el cuello y se miran unos a otros con ojos
del tamaño de platos soperos. Un escalofrío helado —el terror cósmico de la
orfandad económica y burocrática— les recorre la espina dorsal al unísono.
NAZARENO: (En un susurro helado, quitándose la trusa de
la cabeza). Martín... ¿qué demonios es «el predial»? ¿Es un poema póstumo
de Jaime Sabines o un demonio sumerio de Lovecraft?
CÍCLOPE: (Levantando su teléfono verdadero, muestra la
pantalla negra al público y habla con voz humana milagrosamente limpia y
quebrada por el pánico infantil). No... hay... red. Y miren el rincón de la
tele... Hay un hueco en el polvo. ¡Se llevaron el módem en la maleta a
Acapulco!
MARTÍN: (Se sube el cierre del pantalón despacio. Traga
saliva ruidosamente. Camina hacia el escritorio, mira el manojo de cuarenta
llaves, mira los zapatos ortopédicos, mira sus propias piernas peludas. De
pronto, su rostro pasa del pánico abismal a un tic nervioso, y del tic a una
sonrisa demencial, luminosa, febril y triunfal). ¿Se fueron? ¿Oyeron el
taxi? ¡Se largaron de a de veras para siempre! ¡No hay nadie que nos mande a
dormir a las nueve! ¡Puedo dejarme los mismos calzones puestos durante seis
meses hasta que caminen solos a la cocina! ¡Podemos desayunar gansitos congelados
con mermelada de chabacano, mostaza y jugo de tomate directamente del envase!
¡Podemos andar encuerados por el pasillo sin que nadie nos diga «mua-muá»!
NAZARENO: (Contagiado de golpe por la euforia absurda y
el delirio de negación, salta del pupitre en calcetas). ¡Tiene razón! ¡Se
rompió el hechizo de los burócratas grises! ¡Nadie nos va a obligar a estudiar
cálculo diferencial nunca más! ¡Transformaremos esta sala en el Cabaret
Voltaire de Zúrich! ¡Fundaremos una comuna de artistas malditos y poetas
góticos, cultivaremos hongos luminosos en la bañera y les cobraremos renta en
especie a todos los vagos de la colonia!
CÍCLOPE: (Lanzando el zapato ortopédico por los aires y
dando saltos sobre el sofá amarillo). ¡Sí, sí, sí! ¡Nos colgaremos del Wi-Fi
del vecino del tres con un gancho de ropa forrado de papel aluminio! ¡Abriremos
una universidad clandestina en línea: daremos diplomados de poesía macabra,
tutoriales de autoexploración sin culpa y cursos intensivos de cómo sobrevivir
sin padres! ¡Nos vamos a forrar de criptomonedas, tenemos el departamento,
tenemos quince años, tenemos seis testículos y el entusiasmo intacto! ¡Somos
dueños del universo!
Los tres hermanos corren al centro del
escenario, entrelazan sus brazos formando por última vez la Bestia Tricéfala y
empiezan a girar y saltar eufóricos bajo la lluvia de papel periódico y
calzones colgados.
LOS TRES A CORO: ¡HURRA! ¡VIVA LA ANARQUÍA TRILLIZA! ¡HURRA!
¡FINALMENTE SOMOS LIBRES! ¡SOMOS ABSOLUTAMENTE LIBREEEEES!
En el punto más alto de su salto conjunto, con
los brazos extendidos hacia el cielo y una sonrisa congelada de locura y
felicidad suicida, se escucha un chasquido eléctrico brutal afuera en la calle
—el corte del medidor de la Compañía de Luz por falta de pago— y cae de golpe
un:
OSCURO FINAL.
*NOTAS:
1. El Contagio Somático (Lazzo del Cordón
Umbilical Invisible):
Aunque son radicalmente distintos en carácter, nacieron del mismo vientre en el
mismo minuto. Cada vez que uno sufre un espasmo físico extremo —la comezón
inguinal de Martín, el escalofrío gótico de Nazareno o el calambre cibernético
del pulgar de Cíclope—, la sensación viaja como descarga eléctrica hacia los
otros dos, obligándolos a ejecutar el gesto del hermano contra su voluntad
durante diez segundos.
2. La Bestia Tricéfala: En momentos de pánico o conspiración, los
tres entrelazan brazos y piernas hasta formar un solo organismo de seis patas y
tres cabezas que camina de lado como cangrejo gigante, respira al unísono y
habla en canon.
3. La Limpieza Escénica en el Motín: Se eliminó el derrame de leche del último
cuadro para dejar el piso limpio y seguro para el trabajo físico de los
actores, sustituyéndolo por vandalismo textil, sonoro y plástico de alto
impacto visual.
4. Partituras Físicas Extendidas: Cada cuadro incluye secuencias de pantomima
grotesca, juicios imaginarios y desdoblamientos paródicos diseñados para que
los tres actores exploten el desgaste físico en tiempo real.