Dark Degas
El legado maldito
De Benjamin Gavarre
El presente trabajo no pretende
basarse en datos históricos ni en archivos reales ni universitarios ni
institucionales.
DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
bengavarre@gmail.com
Personajes
- DIEGO
DE OCAÑA (26 años): Archivista nocturno de la Sección de Fondo Reservado. Viste levita
oscura de corte decimonónico, chaleco negro ajustado y camisa blanca de
cuello rígido almidonado. Su rostro es pálido, de facciones afiladas,
ojeras profundas y cabello oscuro ligeramente revuelto; su estampa
reproduce con exactitud inquietante el autorretrato de juventud de Edgar
Degas. Su trato es frío, hermético y dotado de una lucidez implacable.
- BETHEAL
(Edad indescifrable): Individuo envuelto en un pesado abrigo gris de lana áspera, roído
en los bordes por la humedad. Su postura es encorvada, pero proyecta una
verticalidad opresiva cuando se acerca a la luz. Sus manos son
anormalmente largas, de piel translúcida y dedos nudosos semejantes a
raíces desenterradas. Su voz carece de resonancia pulmonar: es un susurro
árido, un roce de hojas secas y terciopelo podrido.
Espacio Escénico
(Imaginario)
Bóveda subterránea del Fondo
Reservado de una antigua universidad, edificada sobre los cimientos de piedra
volcánica de un imaginario y antiguo Tribunal del Santo Oficio en la Ciudad de
México. Muros altísimos cubiertos por estanterías de cedro negro que se pierden
en la oscuridad superior. El aire es denso, saturado de polvo secular, cuero
curtido y cera fría.
En el centro del espacio, una pesada mesa de caoba para investigadores. Sobre
ella, una lámpara de banquero de bronce con pantalla de cristal verde esmeralda
que recorta un único círculo de luz dura y quirúrgica. A la izquierda, en
semipenumbra, el escritorio elevado de DIEGO. Al fondo, un arco de medio punto
de cantera conduce hacia un pasillo invisible de tiniebla absoluta. En la parte
alta del muro derecho, un estrecho tragaluz a ras del pavimento exterior deja
escuchar el golpeteo incesante de una tormenta nocturna.
Nota sobre el Tiempo Escénico
La puesta en escena exige una
dilatación hipnótica del tiempo. Los silencios no son pausas entre textos, sino
asedios psicológicos. Cada gesto —el paso de una foja, el ajuste de un cuello,
el tamborileo de una uña sobre la madera— debe ejecutarse con lentitud ritual
para construir una atmósfera de terror claustrofóbico y seducción intelectual.
Acto Único
Oscuridad absoluta durante diez
segundos. Solo se escucha el aguacero golpeando el cristal superior y el tictac
metálico, extremadamente lento, de un invisible reloj de péndulo.
El tirador de cadena de la lámpara de bronce suena con un chasquido seco. Se
enciende la luz verde sobre la mesa central y, por rebote, una penumbra gris
revela a DIEGO sentado en su escritorio. Está completamente inmóvil, como una
pintura al óleo enmarcada por la oscuridad. Sostiene un pequeño volumen
encuadernado en piel. Lee.
Transcurren dos minutos reales. Diego pasa una página. El crujido del papel
viejo resuena amplificado. Vuelve a la inmovilidad.
De pronto, el reloj de péndulo se detiene en seco. El silencio interior se
vuelve abismal, contrastando con la lluvia.
Desde la negrura del arco de cantera proviene un sonido húmedo y arrastrado. Un
paso lento. Pausa. Otro paso. Es el roce de unas suelas pesadas que no levantan
el pie del suelo.
Diego no levanta la cabeza. Sus pupilas dejan de recorrer el renglón. Permanece
alerta, respirando apenas. Cuenta cinco segundos en silencio, toma una cinta de
seda negra, la coloca entre las páginas y cierra el libro sin hacer el menor
ruido.
De la boca del pasillo emerge BETHEAL. Avanza sin que su abrigo emita sonido
alguno hasta detenerse frente al mostrador que separa el vestíbulo de la sala
de lectura. Su rostro queda sepultado bajo la sombra de un sombrero lacio y el
cuello alzado del abrigo. Solo sus manos asoman hacia la luz: pálidas,
larguísimas, posándose sobre el borde de caoba como dos arañas blancas.
Silencio prolongado. Ninguno de los dos se mueve.
Diego
(Sin mirarlo aún, con voz neutra y
contenida)
El acervo cerró a las ocho. No hay
servicio al público en horario nocturno.
BETHEAL no responde. Su dedo índice
derecho, excesivamente largo y torcido en la falange, se levanta y deja caer la
uña sobre la madera. Tac. Cinco segundos. Tac. Cinco segundos. Tac. El sonido
es hueco, como si golpeara la tapa de un féretro.
Betheal
(En un susurro rasposo que parece
brotar de varios rincones a la vez)
La lluvia afuera borra los nombres de
las piedras, joven custodio. Pero aquí abajo... todo permanece escrito.
Diego
(Levantando por fin la mirada, fría y
analítica)
Si extravió la salida del claustro,
el portón de hierro está al final de la escalera norte. El guardia le abrirá.
Betheal
No busco la salida. Busco un volumen
que me pertenece... por derecho de antigüedad.
Diego
Nada de lo que reposa en estos
estantes pertenece a particulares. Es patrimonio universitario. Deberá
presentar una solicitud formal mañana por la mañana, avalada por el Instituto
de Investigaciones.
Betheal
(Inclinando el torso hacia adelante)
Mañana es una superstición de los
mortales. Lo necesito esta noche.
BETHEAL alza levemente el mentón. El
resplandor esmeralda de la lámpara roza sus labios cenicientos, dejando la
mitad superior de su rostro sumergida en dos cuencas de tiniebla impenetrable.
Betheal
Ramo de Inquisición. Siglo
diecisiete. El legajo setecientos catorce.
Un silencio tenso. La mano izquierda
de Diego se cierra muy despacio sobre la cubierta de su pequeño libro. Su
rostro no traiciona emoción alguna, pero su voz desciende medio tono.
Diego
Ese expediente ni siquiera figura en
el catálogo digital. Está clasificado bajo resguardo especial por deterioro
biológico y... anomalías en el soporte. ¿Cómo conoce su signatura topográfica?
Betheal
(Esbozando una mueca que estira su
piel reseca)
Conozco al escribano que mojó la
pluma. Conozco el frío de la celda donde se dictó cada respuesta. Y cuento con
la acreditación necesaria.
Con una lentitud reptiliana, BETHEAL
introduce dos dedos en el bolsillo interior de su abrigo y extrae una tarjeta
rectangular de cartulina amarillenta, rígida y manchada de bordes oscuros. La
desliza sobre el mostrador. El cartón produce un siseo seco al rozar la caoba.
Diego se pone de pie. Camina con porte severo hasta el mostrador. No toca la
credencial; se limita a inclinar el rostro para examinar los sellos secos y la
caligrafía antigua que la cubre. Nota que el abrigo del visitante, pese a la
tormenta diluviana del exterior, está completamente seco y desprende un olor agrio
como de tierra mojada.
Diego
El sello del Archivo General de
Indias y el refrendo del claustro... Aunque este formato dejó de expedirse hace
décadas, la cláusula de acceso vitalicio sigue vigente en los estatutos.
Betheal
Las instituciones honorables siempre
respetan los contratos perpetuos. Quiero llevarlo conmigo.
Diego
(Con firmeza cortante)
Imposible. Ningún documento del Fondo
Reservado cruza ese umbral. Si desea consultarlo, lo hará en esa mesa, bajo esa
lámpara, sin guantes que rasguen el pergamino pero sin tinta ni papel propio, y
bajo mi vigilancia directa. Si no le parecen las condiciones, puede retirarse.
BETHEAL permanece inmóvil durante
largos segundos. De su garganta brota un sonido semejante al de un fuelle viejo
aspirando ceniza.
Betheal
Su celo me conmueve, joven Diego.
Acepto la mesa. Y acepto, sobre todo... su mirada.
Diego frunce apenas el ceño al
escuchar su nombre —pues no lleva gafete alguno—, pero decide ignorar la
provocación. Gira sobre sus talones y se interna en el laberinto de estanterías
del fondo, perdiéndose en la oscuridad.
BETHEAL no se mueve de su sitio, pero su cuello gira en un ángulo casi
antinatural, siguiendo con el oído el rastro de Diego entre las sombras.
Levanta una de sus manos hacia la lámpara verde; al hacerlo, su sombra
proyectada en el muro lateral no reproduce la silueta de un hombre con abrigo,
sino una mancha alargada, angulosa, semejante a un insecto seco o a una figura
con pliegues que recuerdan alas membranosas.
Se escucha el golpe metálico de una reja al abrirse al fondo, el roce de
cadenas y, finalmente, los pasos de regreso.
Diego reaparece cargando con ambas manos un volumen enorme, encuadernado en
piel ennegrecida, cerrado con herrajes de hierro oxidado y cordeles de cáñamo.
Lo deposita con cuidado reverencial en el centro exacto del círculo de luz
verde. Una densa nube de polvo se eleva y queda flotando como niebla luminosa.
BETHEAL rodea el mostrador deslizándose en silencio y toma asiento frente a la
mesa, de cara al público y de perfil a Diego. Diego regresa a su escritorio,
pero no se sienta: permanece de pie, apoyando las yemas de los dedos sobre su
pupitre, vigilando.
BETHEAL posa sus palmas monstruosas sobre la cubierta del legajo 714. Cierra
las cuencas oscuras y aspira profundamente por la nariz, con un deleite casi
obsceno.
Betheal
Escuche el silencio de este cuero,
muchacho... Badana curada con cal viva en el año de mil seiscientos veintidós.
¿Sabe por qué los archivos antiguos provocan vértigo en los hombres comunes?
Porque creen que el papel está muerto. Usted y yo sabemos que mienten.
Diego
El papel conserva restos orgánicos y
ácidos grasos. Es química elemental, no misticismo. Tiene cuarenta minutos
antes del cierre definitivo de la bóveda.
BETHEAL desata lentamente los
cordeles de cáñamo. Abre la pesada cubierta. El lomo emite un quejido agudo,
idéntico al de un tendón al desgarrarse.
El visitante pasa la primera foja. Luego la segunda. Sin embargo, no baja la
cabeza hacia el manuscrito. Sus cuencas negras están clavadas fijamente en el
rostro pálido de Diego. Sus dedos largos acarician los renglones caligrafiados
como si leyera en braille a través de las manchas de humedad.
Pasan veinte segundos de reloj. Solo el sonido de las páginas pasando
lentamente —Tac... Frrr... Tac— y la mirada fija del espectro sobre el
archivista.
Diego
(Con incomodidad creciente, aunque
manteniendo el aplomo)
El texto se encuentra sobre la mesa,
señor. No en mi rostro.
Betheal
¿Está seguro? A veces el original y
la copia son tan idénticos que el ojo se confunde. Mire usted mismo esta
caligrafía... Tinta de agalla de roble mezclada con vitriolo verde. Y aquí, en
el margen inferior de la foja doce... una mancha parda que el escribano intentó
raspar con navaja. No es óxido. Es sangre arterial.
Diego
Los escribanos del Santo Oficio
trabajaban en las cámaras de tormento. Las salpicaduras eran frecuentes en las
actas originales.
Betheal
(Con una dulzura venenosa,
envolvente)
Pero esta no cayó por accidente. Fue
estampada con el pulgar. Voluntariamente. Como rúbrica... Dígame, Diego,
¿duerme usted bien cuando sale de este sepulcro?
Diego
Mi vida privada no forma parte del
acervo consultable.
Betheal
No duerme. Se le nota en ese cerco
violáceo bajo los párpados. Camina usted de madrugada por su habitación,
escuchando el zumbido de la ciudad dormida, sintiendo un desprecio infinito por
los hombres mediocres que respiran allá arriba. Profesores que repiten ideas
ajenas, alumnos que buscan títulos vacíos... Usted se refugia aquí abajo porque
prefiere la compañía de los espectros. Porque siente que nació en el siglo
equivocado... o que una deuda antigua le impide descansar.
Diego guarda silencio. Sus dedos se
crispan levemente sobre la madera de su escritorio. BETHEAL pasa otra foja con
un chasquido seco.
Betheal
Escuche lo que declaró el reo en la
tercera audiencia de tormento, a los catorce días del mes de noviembre de mil
seiscientos veintidós, en las cárceles secretas de esta misma cuadra: «Preguntado
por los señores inquisidores de dónde obtuvo las tablas astronómicas prohibidas
y el espejo de obsidiana ahumada con que adivinaba los secretos de la Real
Audiencia, dijo que ningún maestro nacido de mujer se los enseñó; que llamó en
la medianoche a quien habita detrás de la sombra, porque la ciencia de las
escuelas es ceniza para quien tiene sed de infinito...»
La luz verde de la lámpara parpadea
por primera vez sin que haya trueno afuera. El aliento de Diego comienza a
condensarse en un vaho tenue: el frío en la bóveda se ha vuelto insoportable.
Betheal
Era un criollo brillante. Veintiséis
años. Exactamente su edad. Tenía su misma frente altiva, su mismo gesto de
melancolía soberbia... Cuando le aplicaron la sexta vuelta de mancuerda y los
huesos de sus hombros estallaron fuera de las cavidades, los frailes dominicos
esperaban alaridos de arrepentimiento. ¿Sabe qué hizo él?
Diego
(Con un hilo de voz tenso, magnético)
Calló.
Betheal
Se rió. Con la mandíbula desencajada
y la espalda abierta en canal sobre el potro de madera, recitó en latín la
geometría exacta de las esferas celestes que yo le había susurrado al oído. Le
echaron seis cuartillos de agua por el lienzo en la garganta hasta reventarle
los pulmones, y aun ahogándose en su propia sangre, se negó a pronunciar el
nombre ... de su… mentor. Murió en el
calabozo esa misma madrugada, engañando a la hoguera... y dejándome a mí con un
contrato inconcluso.
Diego
Un delirio teológico inducido por el
dolor físico. Nada más.
Betheal
(Girando lentamente el pesado volumen
sobre la mesa para que quede orientado hacia Diego)
Entonces acérquese y lea el nombre
del procesado en la portada del sumario. Lea la firma que trazó con su arteria
rota antes de que los carceleros entraran por él.
Un trueno lejano y profundísimo hace
vibrar los estantes de cedro. El polvo cae como lluvia fina desde el techo.
Diego no quiere moverse, pero sus piernas parecen responder a una gravedad
distinta. Desciende el escalón de su estrado. Da un paso lento hacia el centro.
Luego otro. El sonido de sus tacones sobre la piedra parece el de un condenado
subiendo al cadalso.
BETHEAL inclina el rostro hacia adelante, entrando por completo en el cono de
luz esmeralda. Su piel es de un gris cadavérico, adherida al cráneo, surcada
por finas ramificaciones negras semejantes a tinta coagulada bajo la epidermis.
Sus ojos no tienen esclerótica: son dos pozos de brea líquida que reflejan la
lámpara.
Betheal
Su nombre era el suyo. Bachiller
Diego de Ocaña.
Diego se detiene frente a la mesa, al
otro lado del libro abierto. Sus pupilas se dilatan. Respira con dificultad,
hipnotizado por las páginas manchadas.
Betheal
(Su voz adquiere una resonancia
polifónica, seductora y abismal que llena la bóveda)
Él creyó morir sin descendencia
legítima, pero la semilla que dejó oculta en el vientre de una mujer de
extramuros sobrevivió a los siglos. Cuatro centurias de sangre corriendo en
secreto hasta desembocar en usted, en esta misma manzana de piedra, custodiando
el mismo papel donde quedó sellada su condena. ¿De verdad creyó que era
casualidad su vocación por los muertos, Diego? Yo guie sus pasos hasta este
sótano.
Diego apoya las manos temblorosas en
el borde de la mesa y se deja caer lentamente en la silla opuesta al Bedel.
Quedan frente a frente, separados únicamente por el legajo inquisitorial. La
sombra de BETHEAL en el muro posterior se agiganta de forma monstruosa,
cubriendo las estanterías como un manto negro viviente.
Diego
(En un estado de trance profundo, con
la mirada vidriosa y voz monótona)
En mis sueños... el olor a hierro
quemado... y una voz que me reclama desde el fondo del pozo...
Betheal
Es la ley del abismo. Omne debitum
solvendum est. Toda deuda ha de ser saldada. Los inquisidores destruyeron
el vaso de barro antes de que se cumplieran los veinticuatro años de goce que
pactamos. Él no terminó de recibir su pago, y yo no pude cobrar el mío en el
plazo estipulado. Cuando el deudor perece por mano ajena antes del vencimiento,
la hipoteca espiritual recae sobre el heredero de su sangre.
Diego
(Como un autómata, fascinado por el
abismo de los ojos del otro)
Si la deuda es mía... si debo asumir
el contrato de mi sangre... entonces el remanente del trato también me
corresponde. No entregaré nada sin recibir a cambio lo que quedó pendiente.
BETHEAL sonríe, mostrando una hilera
de dientes pequeños y oscuros. El triunfo hincha su figura; el aire huele
intensamente a azufre húmedo y mirra quemada.
Betheal
¡Habla en usted la soberbia intacta
de los Ocaña! Eso es lo que esperaba escuchar. No le ofrezco oro vulgar ni
placeres de taberna, Diego. Le ofrezco lo que su antepasado negoció en la
plenitud de su fiebre: la llave de todas las lenguas muertas, los textos
perdidos de Alejandría que arden en mi memoria, el secreto de la materia y del
tiempo, la humillación absoluta de todos los necios que alguna vez lo miraron
por encima del hombro... Veinticuatro años de omnisciencia terrenal a partir de
esta medianoche.
BETHEAL extiende su mano derecha,
pálida y arácnida, sobre la página manchada de sangre del legajo 714,
ofreciéndola para sellar la renovación del pacto.
Betheal
Ponga su palma sobre la mía.
Reconozca la firma de su linaje y deje que la tinta antigua vuelva a correr.
Silencio sepulcral. Incluso el sonido
de la lluvia exterior desaparece por completo.
La mano derecha de Diego se levanta muy despacio. Tiembla en el aire verde.
Avanza centímetro a centímetro hacia los dedos nudosos de la entidad. La sombra
gigantesca en la pared se curva sobre ambos como una bóveda de fauces.
Las yemas de Diego quedan a un milímetro de la piel muerta de BETHEAL.
Pausa de cinco segundos.
De pronto, el temblor en los dedos de Diego cesa de golpe. Su mano se detiene
con precisión quirúrgica.
Diego parpadea una vez. El velo vidrioso desaparece de sus pupilas, sustituido
por un destello helado, cortante y profundamente irónico. Con absoluta calma,
retira la mano en el aire, la lleva hacia su propio pecho y sacude una mota
invisible de polvo de la solapa de su levita negra.
Diego
(Con voz clara, serena y teñida de un
desdén académico devastador)
Resulta verdaderamente lamentable que
una entidad que presume de haber visto nacer Babilonia tenga un conocimiento
tan mediocre del Derecho Romano y de las Siete Partidas.
BETHEAL sufre un espasmo de
desconcierto. Su mano queda suspendida en el vacío. La sombra monumental en el
muro tiembla y pierde nitidez.
Betheal
(Con un siseo furioso)
¿Qué insolencia balbucea, gusano? ¡Su
mente estaba bajo mi velo! ¡La sangre lo obliga!
Diego
(Inclinándose sobre la mesa,
invadiendo el círculo de luz con autoridad absoluta)
Mi mente jamás estuvo bajo su velo;
simplemente necesitaba que usted confesara de viva voz los términos exactos de
la cláusula de rescisión. Y en cuanto a la sangre... permítame ilustrarlo, ya
que veo que no lee usted las glosas marginales.
Diego apoya el dedo índice con fuerza
sobre el pergamino abierto.
Diego
«Actio personalis moritur cum
persona.» La acción
personal muere con la persona. Tanto en el derecho civil novohispano como en la
teología dogmática que da sustento a su propia existencia, el libre albedrío es
intransferible y el pecado es estrictamente individual. Nadie puede hipotecar
el alma de quien aún no ha sido engendrado: Nemo plus iuris ad alium
transferre potest quam ipse habet.
Betheal
(Golpeando la mesa con sus garras,
haciendo saltar el polvo)
¡Él firmó con su linaje! ¡El pacto
quedó trunco por la intromisión de los frailes!
Diego
¡Falso! Y ese es su fraude
desesperado. El primer Diego de Ocaña pactó sabiduría a cambio de su alma al
momento de expirar. La sabiduría le fue entregada; usted mismo acaba de admitir
que recitó la geometría de los astros en el potro de tormento. Y cuando sus
pulmones estallaron en las mazmorras del Santo Oficio, su alma abandonó el
cuerpo y usted la cobró íntegra. El contrato se extinguió por cumplimiento
total en mil seiscientos veintidós. Usted no viene a cobrar una deuda vencida;
viene como un estafador vulgar a intentar que yo firme un contrato nuevo por
ignorancia.
Con un movimiento rápido y seco,
Diego toma los bordes de la cubierta del legajo 714 y lo cierra de golpe en las
narices de BETHEAL, obligando a la criatura a retirar las manos para no ser
aplastadas. El estallido del libro cerrado resuena como un cañonazo en la
bóveda.
Diego arrastra el pesado volumen hacia sí, se levanta y lo sujeta contra su
pecho como un escudo.
Diego
¿Cree que me condujo usted hasta este
archivo? Yo busqué esta plaza hace cinco años. Yo rastreé cada partida de
bautismo apócrifa en las parroquias de indios y castas hasta dar con el
apellido Ocaña. He leído este legajo setecientos catorce con lámpara ultravioleta
durante mil madrugadas antes de que usted cruzara esa puerta. Yo mismo dejé la
ficha catalográfica abierta en el registro externo como un cebo, esperando la
noche en que el parásito acudiera a reclamar lo que no es suyo.
BETHEAL se levanta de la silla con un
alarido gutural, un sonido de metal desgarrado que hace estallar en grietas el
cristal de la lámpara verde. La bombilla titila violentamente. El abrigo de la
criatura se agita como si un vendaval interior lo inflara.
Betheal
¡Insensato soberbio! ¿Crees que un
tecnicismo de escribanos puede protegerte de mí? ¡Puedo desgarrar tu cordura
ahora mismo! ¡Puedo derrumbar estas bóvedas de piedra volcánica sobre tu cabeza
y dejarte pudrir en la oscuridad!
Diego
(Inmóvil, sosteniendo la mirada del
monstruo con una frialdad glacial)
No puede hacer absolutamente nada. Ni
siquiera puede tocar este libro si yo no se lo presto.
Diego da un paso hacia el demonio.
Sorprendentemente, es BETHEAL quien retrocede medio paso.
Diego
Conozco su naturaleza mejor de lo que
usted conoce mi genealogía, Mefistófeles. Usted no tiene poder sobre la materia
salvo que la voluntad humana le abra una grieta. Y esa grieta siempre es el
deseo. La codicia, la lujuria de poder, el hambre de trascendencia... Mi
ancestro cayó porque deseaba deslumbrar al mundo. El Fausto de las leyendas
cayó porque tenía miedo de envejecer sin haber vivido. Pero míreme bien a los
ojos.
La sombra monstruosa en la pared
comienza a encogerse rápidamente, desprendiéndose del techo como humo pesado
que cae al suelo.
Diego
¿Qué puede ofrecerle el infierno a un
hombre que no desea nada? No busco fama, ni riqueza, ni juventud eterna, ni el
amor de nadie. La única sabiduría que me interesa ya está impresa en estos
estantes, clasificada por siglos, y me basta mi propia inteligencia para leerla
en silencio. Mis deseos terrenales están colmados entre estas cuatro paredes.
Usted es un mercader frente a un hombre que no compra ni vende. Y ante quien
nada codicia, el demonio no es más que un mendigo ruidoso.
BETHEAL parece encogerse físicamente
dentro de su abrigo gris. Su postura se vuelve decrépita, patética, despojada
de toda grandeza trágica. Sus manos nudosas tiemblan al apoyarse en el respaldo
de la silla.
Betheal
(Con un silbido ahogado, lleno de
veneno e impotencia)
Te quedarás solo en esta tumba de
polvo, Ocaña... Envejecerás sin que nadie pronuncie tu nombre... Tu lucidez
será tu propio infierno...
Diego
Se equivoca una vez más. Mi soledad
no es mi condena; es mi soberanía. Mi alma está a salvo porque no tiene precio.
Diego saca un reloj de bolsillo de su
chaleco, lo observa un instante y lo cierra con un chasquido nítido.
Diego
El tiempo de consulta ha concluido y
su credencial queda revocada por intento de sustracción patrimonial. Lárguese
de mi biblioteca.
Diego levanta el brazo derecho y
señala con rigidez implacable hacia el arco de cantera sumido en la tiniebla.
BETHEAL sostiene su mirada un último instante con un odio milenario pero
estéril. Retrocede arrastrando los pies, encorvado, humillado. Al cruzar el
umbral del arco, su silueta no camina hacia la escalera: simplemente se
desmenuza en la oscuridad como un puñado de ceniza negra arrastrada por una
corriente de aire.
En el mismo instante en que desaparece, el reloj de péndulo vuelve a sonar con
su tictac metálico y regular, y el rumor constante y limpio de la lluvia
regresa al tragaluz superior.
Diego permanece solo en el centro de la bóveda durante largos segundos. Su
respiración es tranquila, rítmica. Camina con parsimonia hacia su escritorio,
abre una gaveta blindada inferior, deposita dentro el legajo 714 y gira la
llave con dos vueltas precisas.
Toma asiento. Se ajusta el cuello blanco almidonado, abre de nuevo su pequeño
libro de lectura, retira la cinta de seda negra y continúa leyendo exactamente
en el renglón donde se había detenido.
La luz verde de la lámpara central se apaga sola con un chasquido suave. Solo
queda una luz lateral muy tenue recortando el rostro pálido y melancólico de
Diego contra la negrura absoluta, idéntico al retrato inmortal de Degas, dueño
absoluto de su silencio.
Apagón lento.
TELÓN

