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lunes, septiembre 01, 2014

BODAS DE SANGRE: Federico García Lorca.










BODAS DE SANGRE


FEDERICO GARCÍA LORCA 


Estrenada en 1933, Bodas de sangre es la obra que consolidó a Federico García Lorca como el renovador de la tragedia moderna. Inspirada en un hecho real —el "crimen de Níjar" de 1928, una huida pasional que terminó en asesinato en los campos de Almería—, Lorca toma la anécdota periodística y la eleva a la categoría de mito universal. La obra inaugura su célebre "trilogía rural" (completada más tarde por Yerma y La casa de Bernarda Alba), donde el paisaje andaluz deja de ser un decorado folclórico para convertirse en un personaje opresivo, árido y fatal.
El gran logro de Lorca en este texto es fusionar el realismo descarnado del campo español con un lirismo surrealista y simbólico. No estamos ante un simple drama de celos, sino ante el choque tectónico entre dos fuerzas indomables:
La ley social: Encarnada en el matrimonio por conveniencia, el peso de la honra, la propiedad de las tierras y la perpetuación del apellido.
La ley de la sangre: Esa pulsión ciega, irracional y erótica que arrastra a los amantes a destruir su propio entorno con tal de estar juntos.
A medida que avanza el drama, la realidad cotidiana se fractura y da paso a un universo onírico en el bosque, donde elementos abstractos como la Luna y la Muerte toman cuerpo humano para sellar el destino de los hombres. Bodas de sangre es, en última instancia, un canto poético sobre la inevitabilidad del destino y la fragilidad de la vida frente al filo de una navaja.


Dramatis Personae

Lorca despoja a la mayoría de sus personajes de nombres propios, convirtiéndolos en arquetipos o símbolos puros. El único que posee nombre es Leonardo, remarcando su condición de individuo que rompe el orden social por su propia voluntad.


Figuras Terrenales

La Madre: El gran eje trágico de la obra. Viuda rota por el dolor, vive obsesionada por el recuerdo de su esposo y su hijo mayor, asesinados por la familia de los Félix. Encarna el peso de la herencia, la tierra y el terror constante al "cuchillo".
El Novio: Joven ingenuo, trabajador y próspero. Representa el orden social, el deseo ciego de construir una familia y la obligación moral de defender su honra lavada con sangre.
La Novia: Una fuerza contenida y contradictoria. Vive en un cortijo aislado y acepta el matrimonio por sumisión social, pero en su interior ruge el deseo incontenible de su antiguo amor.
Leonardo (Félix): El antagonista romántico. Pertenece a la familia enemiga de la Madre. Está casado y tiene un hijo, pero es un "hombre de sangre", incapaz de contener la atracción salvaje que siente por la Novia.
El Padre de la Novia: Un hombre anciano y puramente materialista. Ve el matrimonio como una transacción comercial para unir tierras y árboles secos.
La Mujer de Leonardo / La Suegra: Representan el lado sufriente de la tradición; mujeres que intuyen la traición y la fatalidad, intentando adormecer la tragedia con cantos de cuna misteriosos (la famosa nana del caballo grande que no quiso el agua).
La Criada / La Vecina: Voces del coro social que observan, ayudan y comentan los acontecimientos de la comunidad.

Figuras Alegóricas (El Bosque)

La Luna: Personificada como un leñador joven de cara blanca. Es un elemento activo de la tragedia: busca el derramamiento de sangre para calentarse y expone con su luz azulada el escondite de los fugitivos.
La Muerte (La Mendiga): Anciana descalza cubierta de paños oscuros. Guía al Novio en la oscuridad directo hacia su rival para asegurar el desenlace fatal.
Los Leñadores: Actúan como un coro trágico clásico, poetizando el destino y compadeciéndose de los amantes.



__________________


ACTO PRIMERO

CUADRO PRIMERO

Habitación pintada de amarillo.

NOVIO
(Entrando.) Madre.
MADRE
¿Que?
NOVIO
Me voy.
MADRE
¿Adónde?
NOVIO
A la viña. (Va a salir.)
MADRE
Espera.
NOVIO
¿Quiere algo?
MADRE
Hijo, el almuerzo.
NOVIO
Déjelo. Comeré uvas. Deme la navaja.
MADRE NOVIO
(Riendo.) Para cortarlas.
MADRE
(Entre dientes y buscándola.) La navaja, la navaja... Malditas sean todas y
el bribón que las inventó.
NOVIO
Vamos a otro asunto.
MADRE
Y las escopetas y las pistolas y el cuchillo más pequeño, y hasta las azadas
y los bieldos de la era.
NOVIO
Bueno.
MADRE
Todo lo que puede cortar el cuerpo de un hombre. Un hombre hermoso, con su flor en la boca, que sale a las viñas o va a sus olivos propios, porque son
de él, heredados...
NOVIO
(Bajando la cabeza.) Calle usted.
MADRE
...y ese hombre no vuelve. O si vuelve es para ponerle una palma encima o un plato de sal gorda para que no se hinche. No sé cómo te atreves a llevar una navaja en tu cuerpo, ni cómo yo dejo a la serpiente dentro del arcón.
NOVIO
¿Está bueno ya?
MADRE
Cien años que yo viviera, no hablaría de otra cosa. Primero tu padre; que me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego tu hermano. ¿Y es justo y puede ser que cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y
la desesperación me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.
NOVIO
(Fuerte.) ¿Vamos a acabar?
MADRE
No. No vamos a acabar. ¿Me puede alguien traer a tu padre? ¿Y a tu
hermano? Y luego el presidio. ¿Qué es el presidio? ¡Allí comen, allí fuman, allí tocan los instrumentos! Mis muertos llenos de hierba, sin hablar, hechos polvo; dos hombres que eran dos geranios... Los matadores, en presidio,
frescos, viendo los montes...
NOVIO
¿Es que quiere usted que los mate?
MADRE
No... Si hablo es porque... ¿Cómo no voy a hablar viéndote salir por esa puerta? Es que no me gusta que lleves navaja. Es que... que no quisiera que salieras al campo.
NOVIO
(Riendo.) ¡Vamos!
MADRE
Que me gustaría que fueras una mujer. No te irías al arroyo ahora y
bordaríamos las dos cenefas y perritos de lana.
NOVIO
(Coge de un brazo a la MADRE y ríe.) Madre, ¿y si yo la llevara conmigo a las viñas?
MADRE
¿Qué hace en las viñas una vieja? ¿Me ibas a meter debajo de los
pámpanos?
NOVIO
(Levantándola en sus brazos.) Vieja, revieja, requetevieja. 
MADRE
Tu padre sí que me llevaba. Eso es buena casta. Sangre. Tu abuelo dejó un hijo en cada esquina. Eso me gusta. Los hombres, hombres; el trigo, trigo.
NOVIO
¿Y yo, madre?
MADRE
¿Tú, qué?
NOVIO
¿Necesito decírselo otra vez?
MADRE
(Seria.) ¡Ah!
NOVIO
¿Es que le hace mal?
MADRE
No.
NOVIO
¿Entonces?
MADRE
No lo sé yo misma. Así, de pronto, siempre me sorprende. Yo sé que la
muchacha es buena. ¿Verdad que sí? Modosa. Trabajadora. Amasa su pan y cose sus faldas, y siento, sin embargo, cuando la nombro, como si me dieran una pedrada en la frente.
NOVIO
Tonterías.
MADRE
Más que tonterías. Es que me quedo sola. Ya no me quedas más que tú y siento que te vayas.
NOVIO Pero usted vendrá con nosotros.
MADRE
No. Yo no puedo dejar aquí solos a tu padre y a tu hermano. Tengo que ir todas las mañanas, y si me voy es fácil que muera uno de los Félix, uno de
familia de los matadores, y lo entierren al lado. ¡Y eso sí que no! ¡Ca! ¡Eso
sí que no! Porque con las uñas los desentierro y yo sola los machaco contra la tapia.
NOVIO
(Fuerte.) Vuelta otra vez.
MADRE
Perdóname. (Pausa.) ¿Cuánto tiempo llevas en relaciones?
NOVIO
Tres años. Ya puedo comprar la viña.
MADRE
Tres años. ¿Ella tuvo un novio, no?
NOVIO
No sé. Creo que no. Las muchachas tienen que mirar con quién se casan.
MADRE
Sí. Yo no miré a nadie. Miré a tu padre, y cuando lo mataron miré a la pared de enfrente. Una mujer con un hombre, y ya está.
NOVIO
Usted sabe que mi novia es buena.
MADRE
No lo dudo. De todos modos siento no saber cómo fue su madre.
NOVIO
¿Qué más da?
MADRE
(Mirándolo.) Hijo. NOVIO
¿Qué quiere usted?
MADRE
¡Que es verdad! ¡Que tienes razón! ¿Cuándo quieres que la pida?
NOVIO
(Alegre.) ¿Le parece bien el domingo?
MADRE
(Seria.) Le llevaré los pendientes de azófar, que son antiguos, y tú le
compras...
NOVIO
Usted entiende más...
MADRE
Le compras unas medias caladas, y para ti dos trajes... ¡Tres! ¡No te tengo más que a ti!
NOVIO
Me voy. Mañana iré a verla.
MADRE
Sí, sí, y a ver si me alegras con seis nietos, o lo que te dé la gana, ya que tu padre no tuvo lugar de hacérmelos a mí.
NOVIO
El primero para usted.
MADRE
Sí, pero que haya niñas. Que yo quiero bordar y hacer encaje y estar
tranquila.
NOVIO
Estoy seguro de que usted querrá a mi novia.
MADRE La querré. (Se dirige a besarlo y reacciona.) Anda, ya estás muy grande para besos. Se los das a tu mujer. (Pausa. Aparte.) Cuando lo sea.
NOVIO
Me voy.
MADRE
Que caves bien la parte del molinillo, que la tienes descuidada.
NOVIO
¡Lo dicho!
MADRE
Anda con Dios. (Vase el NOVIO. La MADRE queda sentada de espaldas a la puerta. Aparece en la puerta una VECINA vestida de color oscuro, con pañuelo a la cabeza.) Pasa.
VECINA
¿Cómo estás?
MADRE
Ya ves.
VECINA
Yo bajé a la tienda y vine a verte. ¡Vivimos tan lejos!
MADRE
Hace veinte años que no he subido a lo alto de la calle.
VECINA
Tú estás bien.
MADRE
¿Lo crees?
VECINA
Las cosas pasan. Hace dos días trajeron al hijo de mi vecina con los dos brazos cortados por la máquina. (Se sienta.) MADRE
¿A Rafael?
VECINA
Sí. Y allí lo tienes. Muchas veces pienso que tu hijo y el mío están mejor donde están, dormidos, descansando, que no expuestos a quedarse inútiles.
MADRE
Calla. Todo eso son invenciones, pero no consuelos.
VECINA
¡Ay!
MADRE
¡Ay!
(Pausa.)
VECINA
(Triste.) ¿Y tu hijo?
MADRE
Salió.
VECINA
¡Al fin compró la viña!
MADRE
Tuvo suerte.
VECINA
Ahora se casará.
MADRE
(Como despertando y acercando su silla a la silla de la VECINA.) Oye.
VECINA
(En plan confidencial.) Dime.
MADRE ¿Tú conoces a la novia de mi hijo?
VECINA
¡Buena muchacha!
MADRE
Sí, pero...
VECINA
Pero quien la conozca a fondo no hay nadie. Vive sola con su padre allí, tan lejos, a diez leguas de la casa más cerca. Pero es buena. Acostumbrada a la soledad.
MADRE
¿Y su madre?
VECINA
A su madre la conocí. Hermosa. Le relucía la cara como a un santo; pero a mí no me gustó nunca. No quería a su marido.
MADRE
(Fuerte.) Pero ¡cuántas cosas sabéis de las gentes!
VECINA
Perdona. No quise ofender; pero es verdad. Ahora, si fue decente o no, nadie lo dijo. De esto no se ha hablado. Ella era orgullosa.
MADRE
¡Siempre igual!
VECINA
Tú me preguntaste.
MADRE
Es que quisiera que ni a la viva ni a la muerta las conociera nadie. Que fueran como dos cardos, que ninguna persona les nombra y pinchan si llega el momento.
VECINA Tienes razón. Tu hijo vale mucho.
MADRE
Vale. Por eso lo cuido. A mí me habían dicho que la muchacha tuvo novio hace tiempo.
VECINA
Tendría ella quince años. Él se casó ya hace dos años, con una prima de ella, por cierto. Nadie se acuerda del noviazgo.
MADRE
¿Cómo te acuerdas tú?
VECINA
¡Me haces unas preguntas!
MADRE
A cada uno le gusta enterarse de lo que le duele. ¿Quién fue el novio?
VECINA
Leonardo.
MADRE
¿Qué Leonardo?
VECINA
Leonardo el de los Félix.
MADRE
(Levantándose.) ¡De los Félix!
VECINA
Mujer, ¿qué culpa tiene Leonardo de nada? Él tenía ocho años cuando las cuestiones.
MADRE
Es verdad... Pero oigo eso de Félix y es lo mismo. (Entre dientes.) Félix que llenárseme de cieno la boca (Escupe.) y tengo que escupir, tengo que escupir por no matar. 
VECINA
Repórtate; ¿qué sacas con eso?
MADRE
Nada. Pero tú lo comprendes.
VECINA
No te opongas a la felicidad de tu hijo. No le digas nada. Tú estás vieja. Yo también. A ti y a mí nos toca callar.
MADRE
No le diré nada.
VECINA
(Besándola.) Nada.
MADRE
(Serena.) ¡Las cosas!...
VECINA
Me voy, que pronto llegará mi gente del campo.
MADRE
¿Has visto qué día de calor?
VECINA
Iban negros los chiquillos que llevan el agua a los segadores. Adiós, mujer.
MADRE
Adiós. (Se dirige a la puerta de la izquierda. En medio del camino se
detiene y lentamente se santigua.)

Telón


CUADRO SEGUNDO

Habitación pintada de rosa con cobres y ramos de flores populares. En el centro, una mesa con
mantel. Es la mañana. SUEGRA DE LEONARDO con un niño en brazos. Lo mece. La MUJER, en la otra esquina, hace punto de media.
SUEGRA
Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua,
con su larga cola
por su verde sala?
MUJER
(Bajo.)
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
MUJER
Duérmete, clavel, que el caballo no quiere beber.
SUEGRA
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
MUJER
No quiso tocar
la orilla mojada
su belfo caliente
con moscas de plata.
A los montes duros
sólo relinchaba
con el río muerto
sobre la garganta.
¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
¡Ay dolor de nieve,
caballo del alba!
SUEGRA
¡No vengas! Detente,
cierra la ventana
con rama de sueños
y sueño de ramas.
MUJER
Mi niño se duerme.
SUEGRA
Mi niño se calla.
MUJER
Caballo, mi niño
tiene una almohada.
SUEGRA Su cuna de acero.
MUJER
Su colcha de holanda.
SUEGRA
Nana, niño, nana.
MUJER
¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
SUEGRA
¡No vengas, no entres!
Vete a la montaña.
Por los valles grises
donde está la jaca.
MUJER
(Mirando.)
Mi niño se duerme.
SUEGRA
Mi niño descansa.
MUJER
(Bajito.)
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA
(Levantándose, y muy bajito.)
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
(Entran al niño. Entra LEONARDO.)
LEONARDO
¿Y el niño? MUJER
Se durmió.
LEONARDO
Ayer no estuvo bien. Lloró por la noche.
MUJER
(Alegre.) Hoy está como una dalia. ¿Y tú? ¿Fuiste a casa del herrador?
LEONARDO
De allí vengo. ¿Querrás creer? Llevo más de dos meses poniendo
herraduras nuevas al caballo y siempre se le caen. Por lo visto se las arranca con las piedras.
MUJER
¿Y no será que lo usas mucho?
LEONARDO
No. Casi no lo utilizo.
MUJER
Ayer me dijeron las vecinas que te habían visto al límite de los llanos.
LEONARDO
¿Quién lo dijo?
MUJER
Las mujeres que cogen las alcaparras. Por cierto que me sorprendió. ¿Eras
tú?
LEONARDO
No. ¿Qué iba a hacer yo allí en aquel secano?
MUJER
Eso dije. Pero el caballo estaba reventado de sudar.
LEONARDO
¿Lo viste tú?
MUJER No. Mi madre.
LEONARDO
¿Está con el niño?
MUJER
Sí. ¿Quieres un refresco de limón?
LEONARDO
Con el agua bien fría.
MUJER
¿Cómo no viniste a comer?...
LEONARDO
Estuve con los medidores del trigo. Siempre entretienen.
MUJER
(Haciendo el refresco y muy tierna.) ¿Y lo pagan a buen precio?
LEONARDO
El justo.
MUJER
Me hace falta un vestido y al niño una gorra con lazos.
LEONARDO
(Levantándose.) Voy a verlo.
MUJER
Ten cuidado, que está dormido.
SUEGRA
(Saliendo.) Pero ¿quién da esas carreras al caballo? Está abajo tendido, con los ojos desorbitados como si llegara del fin del mundo.
LEONARDO
(Agrio.) Yo.
SUEGRA Perdona; tuyo es.
MUJER
(Tímida.) Estuvo con los medidores del trigo.
SUEGRA
Por mí, que reviente. (Se sienta.)
(Pausa.)
MUJER
El refresco. ¿Está frío?
LEONARDO
Sí.
MUJER
¿Sabes que piden a mi prima?
LEONARDO
¿Cuándo?
MUJER
Mañana. La boda será dentro de un mes. Espero que vendrán a invitarnos.
LEONARDO
(Serio.) No sé.
SUEGRA
La madre de él creo que no estaba muy satisfecha con el casamiento.
LEONARDO
Y quizá tenga razón. Ella es de cuidado.
MUJER
No me gusta que penséis mal de una buena muchacha.
SUEGRA
Pero cuando dice eso es porque la conoce. ¿No ves que fue tres años novia suya? (Con intención.) 
LEONARDO
Pero la dejé. (A su mujer.) ¿Vas a llorar ahora? ¡Quita! (Le aparta bruscamente las manos de la cara.) Vamos a ver al niño. (Entran abrazados.)

(Aparece la MUCHACHA, alegre. Entra corriendo.)

MUCHACHA
Señora.
SUEGRA
¿Qué pasa?
MUCHACHA
Llegó el novio a la tienda y ha comprado todo lo mejor que había.
SUEGRA
¿Vino solo?
MUCHACHA
No, con su madre. Seria, alta. (La imita.) Pero ¡qué lujo!
SUEGRA
Ellos tienen dinero.
MUCHACHA
¡Y compraron unas medias caladas!... ¡Ay, qué medias! ¡El sueño de las mujeres en medias! Mire usted: una golondrina aquí (Señala el tobillo.), un
barco aquí (Señala la pantorrilla.) y aquí una rosa. (Señala el muslo.)
SUEGRA
¡Niña!
MUCHACHA
¡Una rosa con las semillas y el tallo! ¡Ay! ¡Todo en seda!
SUEGRA
Se van a juntar dos buenos capitales.
(Aparecen LEONARDO y su MUJER.) MUCHACHA
Vengo a deciros lo que están comprando.
LEONARDO
(Fuerte.) No nos importa.
MUJER
Déjala.
SUEGRA
Leonardo, no es para tanto.
MUCHACHA
Usted dispense. (Se va llorando.)
SUEGRA
¿Qué necesidad tienes de ponerte a mal con las gentes?
LEONARDO
No le he preguntado su opinión. (Se sienta.)
SUEGRA
Está bien.
(Pausa.)
MUJER
(A LEONARDO.) ¿Qué te pasa? ¿Qué idea te bulle por dentro de la cabeza?
No me dejes así sin saber nada...
LEONARDO
Quita.
MUJER
No. Quiero que me mires y me lo digas.
LEONARDO
Déjame. (Se levanta.)
MUJER ¿Adónde vas, hijo?
LEONARDO
(Agrio.) ¿Te puedes callar?
SUEGRA
(Enérgica, a su hija.) ¡Cállate! (Sale LEONARDO.) ¡El niño! (Entra y vuelve
a salir con él en brazos.)
(La MUJER ha permanecido de pie, inmóvil.)
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
MUJER
(Volviéndose lentamente y como soñando.)
Duérmete, clavel,
que el caballo se pone a beber.
SUEGRA
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
MUJER
Nana, niño, nana.
SUEGRA
¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
MUJER
(Dramática.) ¡No vengas, no entres!
¡Vete a la montaña!
¡Ay dolor de nieve,
caballo del alba!
SUEGRA
(Llorando.)
Mi niño se duerme...
MUJER
(Llorando y acercándose lentamente.)
Mi niño descansa...
SUEGRA
Duérmete, clavel,
que el caballo se pone a beber.
MUJER
(Llorando y apoyándose sobre la mesa.)
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.

Telón

CUADRO TERCERO
Interior de la cueva donde vive la NOVIA. Al fondo, una cruz de grandes flores rosa. Las
puertas redondas con cortinas de encaje y lazos rosa. Por las paredes de material blanco y duro,
abanicos redondos, jarros azules y pequeños espejos.
CRIADA
Pasen... (Muy afable, llena de hipocresía humilde. Entran el NOVIO y su MADRE. La MADRE viste de raso negro y lleva mantilla de encaje. El NOVIO, de pana negra con gran cadena de oro.) ¿Se quieren sentar? Ahora
vienen. (Sale.)

(Quedan MADRE e HIJO sentados, inmóviles como estatuas. Pausa larga.) 

MADRE
¿Traes el reloj?
NOVIO
Sí. (Lo saca y lo mira.)
MADRE
Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente!
NOVIO
Pero estas tierras son buenas.
MADRE
Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un
árbol.
NOVIO
Estos son los secanos.
MADRE
Tu padre los hubiera cubierto de árboles.
NOVIO
¿Sin agua?
MADRE
Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó.
(Pausa.)
NOVIO
(Por la NOVIA.) Debe estar vistiéndose.
(Entra el PADRE DE LA NOVIA. Es anciano, con el cabello blanco reluciente. Lleva la cabeza inclinada. La MADRE y el NOVIO se levantan y se dan las manos en silencio.)
PADRE ¿Mucho tiempo de viaje?
MADRE
Cuatro horas. (Se sientan.)
PADRE
Habéis venido por el camino más largo.
MADRE
Yo estoy ya vieja para andar por las terreras del río.
NOVIO
Se marea.
(Pausa.)
PADRE
Buena cosecha de esparto.
NOVIO
Buena de verdad.
PADRE
En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y
hasta llorarla, para que nos dé algo provechoso.
MADRE
Pero ahora da. No te quejes. Yo no vengo a pedirte nada.
PADRE
(Sonriendo.) Tú eres más rica que yo. Las viñas valen un capital. Cada pámpano una moneda de plata. Lo que siento es que las tierras.... ¿entiendes?... estén separadas. A mí me gusta todo junto. Una espina tengo en el corazón, y es la huertecilla esa metida entre mis tierras, que no me quieren vender por todo el oro del mundo.
NOVIO
Eso pasa siempre.
PADRE Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en
la ladera. ¡Qué alegría!...
MADRE
¿Para qué?
PADRE
Lo mío es de ella y lo tuyo de él. Por eso. Para verlo todo junto, ¡que junto es una hermosura!
NOVIO
Y sería menos trabajo.
MADRE
Cuando yo me muera, vendéis aquello y compráis aquí al lado.
PADRE
Vender, ¡vender! ¡Bah!; comprar, hija, comprarlo todo. Si yo hubiera tenido hijos hubiera comprado todo este monte hasta la parte del arroyo. Porque no
es buena tierra; pero con brazos se la hace buena, y como no pasa gente no te roban los frutos y puedes dormir tranquilo.
(Pausa.)
MADRE
Tú sabes a lo que vengo.
PADRE
Sí.
MADRE
¿Y qué?
PADRE
Me parece bien. Ellos lo han hablado.
MADRE
Mi hijo tiene y puede.
PADRE Mi hija también.
MADRE
Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol.
PADRE
Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana; borda toda clase de bordados y puede cortar una
maroma con los dientes.
MADRE
Dios bendiga su casa.
PADRE
Que Dios la bendiga.
(Aparece la CRIADA con dos bandejas. Una con copas y la otra con dulces.)
MADRE
(Al HIJO.) ¿Cuándo queréis la boda?
NOVIO
El jueves próximo.
PADRE
Día en que ella cumple veintidós años justos.
MADRE
¡Veintidós años! Esa edad tendría mi hijo mayor si viviera. Que viviría caliente y macho como era, si los hombres no hubieran inventado las navajas.
PADRE
En eso no hay que pensar.
MADRE
Cada minuto. Métete la mano en el pecho.
PADRE Entonces el jueves. ¿No es así?
NOVIO
Así es.
PADRE
Los novios y nosotros iremos en coche hasta la iglesia, que está muy lejos, y el acompañamiento en los carros y en las caballerías que traigan.
MADRE
Conformes.
(Pasa la CRIADA.)
PADRE
Dile que ya puede entrar. (A la MADRE.) Celebraré mucho que te guste.
(Aparece la NOVIA. Trae las manos caídas en actitud modesta y la cabeza baja.)
MADRE
Acércate. ¿Estás contenta?
NOVIA
Sí, señora.
PADRE
No debes estar seria. Al fin y al cabo ella va a ser tu madre.
NOVIA
Estoy contenta. Cuando he dado el sí es porque quiero darlo.
MADRE
Naturalmente. (Le coge la barbilla.) Mírame.
PADRE
Se parece en todo a mi mujer.
MADRE
¿Sí? ¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura? NOVIA
(Seria.) Lo sé.
MADRE
Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás.
NOVIO
¿Es que hace falta otra cosa?
MADRE
No. Que vivan todos, ¡eso! ¡Que vivan!
NOVIA
Yo sabré cumplir.
MADRE
Aquí tienes unos regalos.
NOVIA
Gracias.
PADRE
¿No tomamos algo?
MADRE
Yo no quiero. (Al NOVIO.) ¿Y tú?
NOVIO
Tomaré. (Toma un dulce. La NOVIA toma otro.)
PADRE
(Al NOVIO.) ¿Vino?
MADRE
No lo prueba.
PADRE
¡Mejor! (Pausa. Todos están en pie.)
NOVIO
(A la NOVIA.) Mañana vendré.
NOVIA
¿A qué hora?
NOVIO
A las cinco.
NOVIA
Yo te espero.
NOVIO
Cuando me voy de tu lado siento un despego grande y así como un nudo en
la garganta.
NOVIA
Cuando seas mi marido ya no lo tendrás.
NOVIO
Eso digo yo.
MADRE
Vamos. El sol no espera. (Al PADRE.) ¿Conformes en todo?
PADRE
Conformes.
MADRE
(A la CRIADA.) Adiós, mujer.
CRIADA
Vayan ustedes con Dios.
(La MADRE besa a la NOVIA y van saliendo en silencio.)
MADRE
(En la puerta.) Adiós, hija. (La NOVIA contesta con la mano.)
PADRE
Yo salgo con vosotros.
(Salen.)
CRIADA
Que reviento por ver los regalos.
NOVIA
(Agria.) Quita.
CRIADA
¡Ay, niña, enséñamelos!
NOVIA
No quiero.
CRIADA
Siquiera las medias. Dicen que son todas caladas. ¡Mujer!
NOVIA
¡Ea, que no!
CRIADA
¡Por Dios! Está bien. Parece como si no tuvieras ganas de casarte.
NOVIA
(Mordiéndose la mano con rabia.) ¡Ay!
CRIADA
Niña, hija, ¿qué te pasa? ¿Sientes dejar tu vida de reina? No pienses en
cosas agrias. ¿Tienes motivo? Ninguno. Vamos a ver los regalos. (Coge la caja.)
NOVIA
(Cogiéndola de las muñecas.) Suelta.
CRIADA ¡Ay, mujer!
NOVIA
Suelta he dicho.
CRIADA
Tienes más fuerza que un hombre.
NOVIA
¿No he hecho yo trabajos de hombre? ¡Ojalá fuera!
CRIADA
¡No hables así!
NOVIA
Calla he dicho. Hablemos de otro asunto.
(La luz va desapareciendo de la escena. Pausa larga.)
CRIADA
¿Sentiste anoche un caballo?
NOVIA
¿A qué hora?
CRIADA
A las tres.
NOVIA
Sería un caballo suelto de la manada.
CRIADA
No. Llevaba jinete.
NOVIA
¿Por qué lo sabes?
CRIADA
Porque lo vi. Estuvo parado en tu ventana. Me chocó mucho.
NOVIA ¿No sería mi novio? Algunas veces ha pasado a esas horas.
CRIADA
No.
NOVIA
¿Tú le viste?
CRIADA
Sí.
NOVIA
¿Quién era?
CRIADA
Era Leonardo.
NOVIA
(Fuerte.) ¡Mentira! ¡Mentira! ¿A qué viene aquí?
CRIADA
Vino.
NOVIA
¡Cállate! ¡Maldita sea tu lengua!
(Se siente el ruido de un caballo.)
CRIADA
(En la ventana.) Mira, asómate. ¿Era?
NOVIA
¡Era!

Telón rápido 


ACTO SEGUNDO

CUADRO PRIMERO

Zaguán de casa de la NOVIA. Portón al fondo. Es de noche. La novia sale con enaguas blancas encañonadas, llenas de encajes y puntas bordadas y un corpiño blanco, con los brazos al aire. 

La CRIADA, lo mismo.


CRIADA
Aquí te acabaré de peinar.
NOVIA
No se puede estar ahí dentro, del calor.
CRIADA
En estas tierras no refresca ni al amanecer.
(Se sienta la NOVIA en una silla baja y se mira en un espejito de mano. La CRIADA la peina.)
NOVIA
Mi madre era de un sitio donde había muchos árboles. De tierra rica.
CRIADA
¡Así era ella de alegre!
NOVIA
Pero se consumió aquí.
CRIADA
El sino.
NOVIA
Como nos consumimos todas. Echan fuego las paredes. ¡Ay! no tires
demasiado. 
CRIADA
Es para arreglarte mejor esta onda. Quiero que te caiga sobre la frente. (La
NOVIA se mira en el espejo.) ¡Qué hermosa estás! ¡Ay! (La besa
apasionadamente.)
NOVIA
(Seria.) Sigue peinándome.
CRIADA
(Peinándola.) ¡Dichosa tú que vas a abrazar a un hombre, que lo vas a
besar, que vas a sentir su peso!
NOVIA
Calla.
CRIADA
Y lo mejor es cuando te despiertes y lo sientas al lado y que él te roza los hombros con su aliento, como con una plumilla de ruiseñor.
NOVIA
(Fuerte.) ¿Te quieres callar?
CRIADA
¡Pero niña! Una boda, ¿qué es? Una boda es esto y nada más. ¿Son los dulces? ¿Son los ramos de flores? No. Es una cama relumbrante y un hombre y una mujer.
NOVIA
No se debe decir.
CRIADA
Eso es otra cosa. ¡Pero es bien alegre!
NOVIA
O bien amargo.
CRIADA El azahar te lo voy a poner desde aquí hasta aquí, de modo que la corona luzca sobre el peinado. (Le prueba el ramo de azahar.)
NOVIA
(Se mira en el espejo.) Trae. (Coge el azahar, lo mira y deja caer la cabeza, abatida.)
CRIADA
¿Qué es esto?
NOVIA
Déjame.
CRIADA
No son horas de ponerse triste. (Animosa.) Trae el azahar. (La NOVIA tira el azahar.) ¡Niña! ¿Qué castigo pides tirando al suelo la corona? ¡Levanta esa frente! ¿Es que no te quieres casar? Dilo. Todavía te puedes arrepentir. (Se
levanta.)
NOVIA
Son nublos. Un mal aire en el centro, ¿quién no lo tiene?
CRIADA
¿Tú quieres a tu novio?
NOVIA
Lo quiero.
CRIADA
Sí, sí, estoy segura.
NOVIA
Pero este es un paso muy grande.
CRIADA
Hay que darlo.
NOVIA
Ya me he comprometido. CRIADA
Te voy a poner la corona.
NOVIA
(Se sienta.) Date prisa, que ya deben ir llegando.
CRIADA
Ya llevarán todos lo menos dos horas de camino.
NOVIA
¿Cuánto hay de aquí a la iglesia?
CRIADA
Cinco leguas por el arroyo, que por el camino hay el doble.
(La NOVIA se levanta y la CRIADA se entusiasma al verla.)
Despierte la novia
la mañana de la boda.
¡Que los ríos del mundo
lleven tu corona!
NOVIA
(Sonriente.) Vamos.
CRIADA
(La besa entusiasmada y baila alrededor.)
Que despierte
con el ramo verde
del laurel florido.
¡Que despierte
por el tronco y la rama
de los laureles!
(Se oyen unos aldabonazos.)
NOVIA
¡Abre! Deben ser los primeros convidados. (Entra.)
(La CRIADA abre sorprendida.) CRIADA
¿Tú?
LEONARDO
Yo. Buenos días.
CRIADA
¡El primero!
LEONARDO
¿No me han convidado?
CRIADA
Sí.
LEONARDO
Por eso vengo.
CRIADA
¿Y tu mujer?
LEONARDO
Yo vine a caballo. Ella se acerca por el camino.
CRIADA
¿No te has encontrado a nadie?
LEONARDO
Los pasé con el caballo.
CRIADA
Vas a matar al animal con tanta carrera.
LEONARDO
¡Cuando se muera, muerto está!
(Pausa.)
CRIADA
Siéntate. Todavía no se ha levantado nadie. LEONARDO
¿Y la novia?
CRIADA
Ahora mismo la voy a vestir.
LEONARDO
¡La novia! ¡Estará contenta!
CRIADA
(Variando la conversación.) ¿Y el niño?
LEONARDO
¿Cuál?
CRIADA
Tu hijo.
LEONARDO
(Recordando como soñoliento.) ¡Ah!
CRIADA
¿Lo traen?
LEONARDO
No.
(Pausa. Voces cantando muy lejos.)
VOCES
¡Despierte la novia
la mañana de la boda!
LEONARDO
Despierte la novia
la mañana de la boda.
CRIADA
Es la gente. Vienen lejos todavía. LEONARDO
(Levantándose.) La novia llevará una corona grande, ¿no? No debía ser tan grande. Un poco más pequeña le sentaría mejor. ¿Y trajo ya el novio el
azahar que se tiene que poner en el pecho?
NOVIA
(Apareciendo todavía en enaguas y con la corona de azahar puesta.) Lo trajo.
CRIADA
(Fuerte.) No salgas así.
NOVIA
¿Qué más da? (Seria.) ¿Por qué preguntas si trajeron el azahar? ¿Llevas intención?
LEONARDO
Ninguna. ¿Qué intención iba a tener? (Acercándose.) Tú, que me conoces, sabes que no la llevo. Dímelo. ¿Quién he sido yo para ti? Abre y refresca tu
recuerdo. Pero dos bueyes y una mala choza son casi nada. Esa es la espina.
NOVIA
¿A qué vienes?
LEONARDO
A ver tu casamiento.
NOVIA
¡También yo vi el tuyo!
LEONARDO
Amarrado por ti, hecho con tus dos manos. A mí me pueden matar, pero no me pueden escupir. Y la plata, que brilla tanto, escupe algunas veces.
NOVIA
¡Mentira!
LEONARDO No quiero hablar, porque soy hombre de sangre y no quiero que todos estos
cerros oigan mis voces.
NOVIA
Las mías serían más fuertes.
CRIADA
Estas palabras no pueden seguir. Tú no tienes que hablar de lo pasado. (La CRIADA mira a las puertas presa de inquietud.)
NOVIA
Tienes razón. Yo no debo hablarte siquiera. Pero se me calienta el alma de que vengas a verme y atisbar mi boda y preguntes con intención por el azahar. Vete y espera a tu mujer en la puerta.
LEONARDO
¿Es que tú y yo no podemos hablar?
CRIADA
(Con rabia.) No; no podéis hablar.
LEONARDO
Después de mi casamiento he pensado noche y día de quién era la culpa, y cada vez que pienso sale una culpa nueva que se come a la otra; pero
¡siempre hay culpa!
NOVIA
Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a
una muchacha metida en un desierto. Pero yo tengo orgullo. Por eso me caso. Y me encerraré con mi marido, a quien tengo que querer por encima
de todo.
LEONARDO
El orgullo no te servirá de nada. (Se acerca.)
NOVIA
¡No te acerques! LEONARDO
Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima.
¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque!
NOVIA
(Temblando.) No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás.
CRIADA
(Cogiendo a LEONARDO por las solapas.) ¡Debes irte ahora mismo!
LEONARDO
Es la última vez que voy a hablar con ella. No temas nada.
NOVIA
Y sé que estoy loca y sé que tengo el pecho podrido de aguantar, y aquí estoy quieta por oírlo, por verlo menear los brazos.
LEONARDO
No me quedo tranquilo si no te digo estas cosas. Yo me casé. Cásate tú
ahora.
CRIADA
(A LEONARDO.) ¡Y se casa!
VOCES
(Cantando más cerca.)
Despierte la novia
la mañana de la boda.
NOVIA
¡Despierte la novia!
(Sale corriendo a su cuarto.) 
CRIADA
Ya está aquí la gente. (A LEONARDO.) No te vuelvas a acercar a ella.
LEONARDO
Descuida. (Sale por la izquierda.)
(Empieza a clarear el día.)
MUCHACHA 1
(Entrando.)
Despierte la novia
la mañana de la boda;
ruede la ronda
y en cada balcón una corona.
VOCES
¡Despierte la novia!
CRIADA
(Moviendo algazara.)
Que despierte
con el ramo verde
del laurel florido.
¡Que despierte
por el tronco y la rama
de los laureles!
MUCHACHA 2
(Entrando.)
Que despierte
con el largo pelo,
camisa de nieve,
botas de charol y plata
y jazmines en la frente.
CRIADA
¡Ay, pastora, que la luna asoma!
MUCHACHA 1
¡Ay, galán,
deja tu sombrero por el olivar!
MOZO 1
(Entrando con el sombrero en alto.)
Despierte la novia,
que por los campos viene
rodando la boda,
con bandejas de dalias
y panes de gloria.
VOCES
¡Despierte la novia!
MUCHACHA 2
La novia
se ha puesto su blanca corona,
y el novio
se la prende con lazos de oro.
CRIADA
Por el toronjil
la novia no puede dormir.
MUCHACHA 3
(Entrando.)
Por el naranjel
el novio le ofrece cuchara y mantel.
(Entran tres CONVIDADOS.)
MOZO 1
¡Despierta, paloma!
El alba despeja
campanas de sombra. CONVIDADO
La novia, la blanca novia,
hoy doncella,
mañana señora.
MUCHACHA 1
Baja, morena,
arrastrando tu cola de seda.
CONVIDADO
Baja, morenita,
que llueve rocío la mañana fría.
MOZO 1
Despertad, señora, despertad,
porque viene el aire lloviendo azahar.
CRIADA
Un árbol quiero bordarle lleno de cintas granates y en cada cinta un amor
con vivas alrededor.
VOCES
Despierte la novia.
MOZO 1
¡La mañana de la boda!
CONVIDADO
La mañana de la boda
qué galana vas a estar;
pareces, flor de los montes, la mujer de un capitán.
PADRE
(Entrando.) La mujer de un capitán
se lleva el novio.
¡Ya viene con sus bueyes por el tesoro!
MUCHACHA 3
El novio
parece la flor del oro;
cuando camina,
a sus plantas se agrupan las clavelinas.
CRIADA
¡Ay mi niña dichosa!
MOZO 2
Que despierte la novia.
CRIADA
¡Ay mi galana!
MUCHACHA 1
La boda está llamando
por las ventanas.
MUCHACHA 2
Que salga la novia.
MUCHACHA 1
¡Que salga, que salga!
CRIADA
¡Que toquen y repiquen
las campanas!
MOZO 1
¡Que viene aquí! ¡Que sale ya!
CRIADA
¡Como un toro, la boda levantándose está!

(Aparece la NOVIA. Lleva un traje negro mil novecientos, con caderas y larga cola rodeada de gasas plisadas y encajes duros. Sobre el peinado de visera lleva la corona de azahar. Suenan las guitarras. Las MUCHACHAS
besan a la NOVIA.)

MUCHACHA 3
¿Qué esencia te echaste en el pelo?
NOVIA
(Riendo.) Ninguna.
MUCHACHA 2
(Mirando el traje.) La tela es de lo que no hay.
MOZO 1
¡Aquí está el novio!
NOVIO
¡Salud!
MUCHACHA 1
(Poniéndole una flor en la oreja.)
El novio
parece la flor del oro.
MUCHACHA 2
¡Aires de sosiego
le manan los ojos!
(El NOVIO se dirige al lado de la NOVIA.)
NOVIA
¿Por qué te pusiste esos zapatos?
NOVIO
Son más alegres que los negros.
MUJER DE LEONARDO (Entrando y besando a la NOVIA.) ¡Salud!
(Hablan todas con algazara.)
LEONARDO
(Entrando como quien cumple un deber.)
La mañana de casada
la corona te ponemos.
MUJER
¡Para que el campo se alegre
con el agua de tu pelo!
MADRE
(Al PADRE.) ¿También están esos aquí?
PADRE
Son familia. ¡Hoy es día de perdones!
MADRE
Me aguanto, pero no perdono.
NOVIO
¡Con la corona da alegría mirarte!
NOVIA
¡Vámonos pronto a la iglesia!
NOVIO
¿Tienes prisa?
NOVIA
Sí. Estoy deseando ser tu mujer y quedarme sola contigo, y no oír más voz
que la tuya.
NOVIO
¡Eso quiero yo!
NOVIA Y no ver más que tus ojos. Y que me abrazaras tan fuerte, que aunque me
llamara mi madre, que está muerta, no me pudiera despegar de ti.
NOVIO
Yo tengo fuerza en los brazos. Te voy a abrazar cuarenta años seguidos.
NOVIA
(Dramática, cogiéndolo del brazo.) ¡Siempre!
PADRE
¡Vamos pronto! ¡A coger las caballerías y los carros! Que ya ha salido el sol.
MADRE
¡Que llevéis cuidado! No sea que tengamos mala hora.
(Se abre el gran portón del fondo. Empiezan a salir.)
CRIADA
(Llorando.)
Al salir de tu casa,
blanca doncella,
acuérdate que sales
como una estrella...
MUCHACHA 1
Limpia de cuerpo y ropa al salir de tu casa para la boda.
(Van saliendo.)
MUCHACHA 2
¡Ya sales de tu casa
para la iglesia!
CRIADA
¡El aire pone flores
por las arenas!
MUCHACHA 3 ¡Ay la blanca niña!
CRIADA
Aire oscuro el encaje
de su mantilla.
(Salen. Se oyen guitarras, palillos y panderetas. Quedan solos LEONARDO y
su MUJER.)
MUJER
Vamos.
LEONARDO
¿Adónde?
MUJER
A la iglesia. Pero no vas en el caballo. Vienes conmigo.
LEONARDO
¿En el carro?
MUJER
¿Hay otra cosa?
LEONARDO
Yo no soy hombre para ir en carro.
MUJER
Y yo no soy mujer para ir sin su marido en un casamiento. ¡Que no puedo más!
LEONARDO
¡Ni yo tampoco!
MUJER
¿Por qué me miras así? Tienes una espina en cada ojo.
LEONARDO
¡Vamos! MUJER
No sé lo que pasa. Pero pienso y no quiero pensar. Una cosa sé. Yo ya estoy despachada. Pero tengo un hijo. Y otro que viene. Vamos andando. El
mismo sino tuvo mi madre. Pero de aquí no me muevo.
(Voces fuera.)

VOCES
¡Al salir de tu casa
para la iglesia,
acuérdate que sales
como una estrella!

MUJER
(Llorando.)
¡Acuérdate que sales
como una estrella!
Así salí yo de mi casa también. Que me cabía todo el campo en la boca.
LEONARDO
(Levantándose.) Vamos.
MUJER
¡Pero conmigo!
LEONARDO
Sí. (Pausa.) ¡Echa a andar! (Salen.)
VOCES
Al salir de tu casa
para la iglesia,
acuérdate que sales
como una estrella.

Telón lento

CUADRO SEGUNDO Exterior de la cueva de la NOVIA. Entonación en blancos, grises y azules fríos. Grandes
chamberas. Tonos sombríos y plateados. Panorama de mesetas color barquillo, todo endurecido como paisaje de cerámica popular.
CRIADA
(Arreglando en una mesa copas y bandejas.)
Giraba, giraba la rueda
y el agua pasaba;
porque llega la boda
que se aparten las ramas y la luna se adorne por su blanca baranda.
(En voz alta.)
¡Pon los manteles!
(En voz patética.)
Cantaban, cantaban los novios y el agua pasaba.
Porque llega la boda
que relumbre la escarcha y se llenen de miel las almendras amargas.

(En voz alta.)

¡Prepara el vino!

(En voz patética.)

Galana.
Galana de la tierra,
mira cómo el agua pasa.
Porque llega tu boda
recógete las faldas
y bajo el ala del novio
nunca salgas de tu casa. ¡Porque el novio es un palomo con todo el pecho de brasa
y espera el campo el rumor de la sangre derramada.
Giraba, giraba la rueda
y el agua pasaba.
Porque llega tu boda,
deja que relumbre el agua!

MADRE
(Entrando.) ¡Por fin!
PADRE
¿Somos los primeros?
CRIADA
No. Hace rato llegó Leonardo con su mujer. Corrieron como demonios. La
mujer llegó muerta de miedo. Hicieron el camino como si hubieran venido a
caballo.
PADRE
Ese busca la desgracia. No tiene buena sangre.
MADRE
¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia. Mana de su bisabuelo, que empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de cuchillos y gente de falsa sonrisa.
PADRE
¡Vamos a dejarlo!
CRIADA
¿Cómo lo va a dejar?
MADRE Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que la mano con que mataron a lo que era mío. ¿Tú me ves a mí? ¿No te parezco loca? Pues es loca de no haber gritado todo lo que mi pecho necesita. Tengo en mi pecho un grito siempre puesto de pie a quien tengo que castigar y meter entre los mantos. Pero me llevan a los muertos y hay que callar. Luego la gente critica. (Se quita el manto.)
PADRE
Hoy no es día de que te acuerdes de esas cosas.
MADRE
Cuando sale la conversación, tengo que hablar y hoy más. Porque hoy me quedo sola en mi casa.
PADRE
En espera de estar acompañada.
MADRE
Esa es mi ilusión: los nietos. (Se sientan.)
PADRE
Yo quiero que tengan muchos. Esta tierra necesita brazos que no sean pagados. Hay que sostener una batalla con las malas hierbas, con los cardos, con los pedruscos que salen no se sabe dónde. Y estos brazos tienen que ser
de los dueños, que castiguen y que dominen, que hagan brotar las simientes.
Se necesitan muchos hijos.
MADRE
¡Y alguna hija! ¡Los varones son del viento! Tienen por fuerza que manejar armas. Las niñas no salen jamás a la calle.
PADRE
(Alegre.) Yo creo que tendrán de todo.
MADRE
Mi hijo la cubrirá bien. Es de buena simiente. Su padre pudo haber tenido conmigo muchos hijos. 
PADRE
Lo que yo quisiera es que esto fuera cosa de un día. Que en seguida
tuvieran dos o tres hombres.
MADRE
Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha
costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque
era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.
PADRE
Ahora tienes que esperar. Mi hija es ancha y tu hijo es fuerte.
MADRE
Así espero. (Se levantan.)
PADRE
Prepara las bandejas de trigo.
CRIADA
Están preparadas.
MUJER DE LEONARDO
(Entrando.) ¡Que sea para bien!
MADRE
Gracias.
LEONARDO
¿Va a haber fiesta?
PADRE
Poca. La gente no puede entretenerse.
CRIADA
¡Ya están aquí! (Van entrando INVITADOS en alegres grupos. Entran los NOVIOS cogidos
del brazo. Sale LEONARDO.)
NOVIO
En ninguna boda se vio tanta gente.
NOVIA
(Sombría.) En ninguna.
PADRE
Fue lucida.
MADRE
Ramas enteras de familias han venido.
NOVIO
Gente que no salía de su casa.
MADRE
Tu padre sembró mucho y ahora lo recoges tú.
NOVIO
Hubo primos míos que yo ya no conocía.
MADRE
Toda la gente de la costa.
NOVIO
(Alegre.) Se espantaban de los caballos.
(Hablan.)
MADRE
(A la NOVIA.) ¿Qué piensas?
NOVIA
No pienso en nada.
MADRE
Las bendiciones pesan mucho. (Se oyen guitarras.)
NOVIA
Como plomo.
MADRE
(Fuerte.) Pero no han de pesar. Ligera como paloma debes ser.
NOVIA
¿Se queda usted aquí esta noche?
MADRE
No. Mi casa está sola.
NOVIA
¡Debía usted quedarse!
PADRE
(A la MADRE.) Mira el baile que tienen formado. Bailes de allá de la orilla del mar.
(Sale LEONARDO y se sienta. Su MUJER detrás de él, en actitud rígida.)
MADRE
Son los primos de mi marido. Duros como piedras para la danza.
PADRE
Me alegra verlos. ¡Qué cambio para esta casa! (Se va.)
NOVIO
(A la NOVIA.) ¿Te gustó el azahar?
NOVIA
(Mirándole fija.) Sí.
NOVIO
Es todo de cera. Dura siempre. Me hubiera gustado que llevaras en todo el vestido.
NOVIA No hace falta.
(Mutis LEONARDO por la derecha.)
MUCHACHA 1
Vamos a quitarte los alfileres.
NOVIA
(Al NOVIO.) Ahora vuelvo.
MUJER
¡Que seas feliz con mi prima!
NOVIO
Tengo seguridad.
MUJER
Aquí los dos; sin salir nunca y a levantar la casa. ¡Ojalá yo viviera también así de lejos!
NOVIO
¿Por qué no compráis tierras? El monte es barato y los hijos se crían mejor.
MUJER
No tenemos dinero. ¡Y con el camino que llevamos!
NOVIO
Tu marido es un buen trabajador.
MUJER
Sí, pero le gusta volar demasiado. Ir de una cosa a otra. No es hombre tranquilo.
CRIADA
¿No tomáis nada? Te voy a envolver unos roscos de vino para tu madre, que a ella le gustan mucho.
NOVIO
Ponle tres docenas. 
MUJER
No, no. Con media tiene bastante.
NOVIO
Un día es un día.
MUJER
(A la CRIADA.) ¿Y Leonardo?
CRIADA
No lo vi.
NOVIO
Debe estar con la gente.
MUJER
¡Voy a ver! (Se va.)
CRIADA
Aquello está hermoso.
NOVIO
¿Y tú no bailas?
CRIADA
No hay quien me saque.
(Pasan al fondo dos MUCHACHAS: durante todo este acto el fondo será un animado cruce de figuras.)
NOVIO
(Alegre.) Eso se llama no entender. Las viejas frescas como tú bailan mejor que las jóvenes.
CRIADA
Pero ¿vas a echarme requiebros, niño? ¡Qué familia la tuya! ¡Machos entre los machos! Siendo niña vi la boda de tu abuelo. ¡Qué figura! Parecía como
si se casara un monte.
NOVIO Yo tengo menos estatura.
CRIADA
Pero el mismo brillo en los ojos. ¿Y la niña?
NOVIO
Quitándose la toca.
CRIADA
¡Ah! Mira. Para la medianoche, como no dormiréis, os he preparado jamón
y unas copas grandes de vino antiguo. En la parte baja de la alacena. Por si lo necesitáis.
NOVIO
(Sonriente.) No como a medianoche.
CRIADA
(Con malicia.) Si tú no, la novia. (Se va.)
MOZO 1
(Entrando.) ¡Tienes que beber con nosotros!
NOVIO
Estoy esperando a la novia.
MOZO 2
¡Ya la tendrás en la madrugada!
MOZO 1
¡Que es cuando más gusta!
MOZO 2
Un momento.
NOVIO
Vamos.

(Salen. Se oye gran algazara. Sale la NOVIA. Por el lado opuesto salen dos MUCHACHAS corriendo a encontrarla.)

MUCHACHA 1
¿A quién diste el primer alfiler, a mí o a esta?
NOVIA
No me acuerdo.
MUCHACHA 1
A mí me lo diste aquí.
MUCHACHA 2
A mí delante del altar.
NOVIA
(Inquieta y con gran lucha interior.) No sé nada.
MUCHACHA 1
Es que yo quisiera que tú...
NOVIA
(Interrumpiendo.) Ni me importa. Tengo mucho qué pensar.
MUCHACHA 2
Perdona.
(LEONARDO cruza el fondo.)
NOVIA
(Ve a LEONARDO.) Y estos momentos son agitados.
MUCHACHA 1
¡Nosotras no sabemos nada!
NOVIA
Ya lo sabréis cuando os llegue la hora. Estos pasos son pasos que cuestan mucho.
MUCHACHA 1
¿Te has disgustado?
NOVIA No. Perdonad vosotras.
MUCHACHA 2
¿De qué? Pero los dos alfileres sirven para casarse, ¿verdad?
NOVIA
Los dos.
MUCHACHA 1
Ahora, que una se casa antes que otra.
NOVIA
¿Tantas ganas tenéis?
MUCHACHA 2
(Vergonzosa.) Sí.
NOVIA
¿Para qué?
MUCHACHA 1
Pues... (Abrazando a la segunda.)
(Echan a correr las dos. Llega el NOVIO y muy despacio abraza a la NOVIA
por detrás.)
NOVIA
(Con gran sobresalto.) ¡Quita!
NOVIO
¿Te asustas de mí?
NOVIA
¡Ay! ¿Eras tú?
NOVIO
¿Quién iba a ser? (Pausa.) Tu padre o yo.
NOVIA
¡Es verdad! 
NOVIO
Ahora que tu padre te hubiera abrazado más blando.
NOVIA
(Sombría.) ¡Claro!
NOVIO
(La abraza fuertemente de un modo un poco brusco.) Porque es viejo.
NOVIA
(Seca.) ¡Déjame!
NOVIO
¿Por qué? (La deja.)
NOVIA
Pues... la gente. Pueden vernos.
(Vuelve a cruzar el fondo la CRIADA, que no mira a los NOVIOS.)
NOVIO
¿Y qué? Ya es sagrado.
NOVIA
Sí, pero déjame... Luego.
NOVIO
¿Qué tienes? ¡Estás como asustada!
NOVIA
No tengo nada. No te vayas.
(Sale la MUJER DE LEONARDO.)
MUJER
No quiero interrumpir...
NOVIO
Dime.
MUJER ¿Pasó por aquí mi marido?
NOVIO
No.
MUJER
Es que no lo encuentro, y el caballo no está tampoco en el establo.
NOVIO
(Alegre.) Debe estar dándole una carrera.
(Se va la MUJER, inquieta. Sale la CRIADA.)
CRIADA
¿No andáis satisfechos de tanto saludo?
NOVIO
Ya estoy deseando que esto acabe. La novia está un poco cansada.
CRIADA
¿Qué es eso, niña?
NOVIA
¡Tengo como un golpe en las sienes!
CRIADA
Una novia de estos montes debe ser fuerte. (Al NOVIO.) Tú eres el único que la puedes curar, porque tuya es. (Sale corriendo.)
NOVIO
(Abrazándola.) Vamos un rato al baile. (La besa.)
NOVIA
(Angustiada.) Quiero echarme en la cama un poco.
NOVIO
Yo te haré compañía.
NOVIA ¡Nunca! ¿Con toda la gente aquí? ¿Qué dirían? Déjame sosegar un momento.
NOVIO
¡Lo que quieras! ¡Pero no estés así por la noche!
NOVIA
(En la puerta.) A la noche estaré mejor.
NOVIO
¡Que es lo que yo quiero!
(Aparece la MADRE.)
MADRE
Hijo.
NOVIO
¿Dónde anda usted?
MADRE
En todo ese ruido. ¿Estás contento?
NOVIO
Sí.
MADRE
¿Y tu mujer?
NOVIO
Descansa un poco. ¡Mal día para las novias!
MADRE
¿Mal día? El único bueno. Para mí fue como una herencia. (Entra la
CRIADA y se dirige al cuarto de la NOVIA.) Es la roturación de las tierras, la
plantación de árboles nuevos.
NOVIO
¿Usted se va a ir? 
MADRE
Sí. Yo tengo que estar en mi casa.
NOVIO
Sola.
MADRE
Sola no. Que tengo la cabeza llena de cosas y de hombres y luchas.
NOVIO
Pero luchas que ya no son luchas.
(Sale la CRIADA rápidamente; desaparece corriendo por el fondo.)
MADRE
Mientras una vive, lucha.
NOVIO
¡Siempre la obedezco!
MADRE
Con tu mujer procura estar cariñoso, y si la notaras infatuada o arisca, hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el que manda. Así aprendí de tu padre. Y como no lo tienes, tengo que ser yo la que te enseñe estas fortalezas.
NOVIO
Yo siempre haré lo que usted mande.
PADRE
(Entrando.) ¿Y mi hija?
NOVIO
Está dentro.
MUCHACHA 1
¡Vengan los novios, que vamos a bailar la rueda!
MOZO 1 (Al NOVIO.) Tú la vas a dirigir.
PADRE
(Saliendo.) ¡Aquí no está!
NOVIO
¿No?
PADRE
Debe haber subido a la baranda.
NOVIO
¡Voy a ver! (Entra.)
(Se oye algazara y guitarras.)
MUCHACHA 1
¡Ya ha empezado! (Sale.)
NOVIO
(Saliendo.) No está.
MADRE
(Inquieta.) ¿No?
PADRE
¿Y adónde pudo haber ido?
CRIADA
(Entrando.) ¿Y la niña, dónde está?
MADRE
(Seria.) No lo sabemos.
(Sale el NOVIO. Entran tres INVITADOS.)
PADRE
(Dramático.) Pero, ¿no está en el baile?
CRIADA
En el baile no está. 
PADRE
(Con arranque.) Hay mucha gente. ¡Mirad!
CRIADA
¡Ya he mirado!
PADRE
(Trágico.) ¿Pues dónde está?
NOVIO
(Entrando.) Nada. En ningún sitio.
MADRE
(Al PADRE.) ¿Qué es esto? ¿Dónde está tu hija?
(Entra la MUJER DE LEONARDO.)
MUJER
¡Han huido! ¡Han huido! Ella y Leonardo. En el caballo. Iban abrazados, como una exhalación.
PADRE
¡No es verdad! ¡Mi hija, no!
MADRE
¡Tu hija, sí! Planta de mala madre, y él, también él. ¡Pero ya es la mujer de mi hijo!
NOVIO
(Entrando.) ¡Vamos detrás! ¿Quién tiene un caballo?
MADRE
¿Quién tiene un caballo ahora mismo, quién tiene un caballo? Que le daré todo lo que tengo, mis ojos y hasta mi lengua...
VOZ
Aquí hay uno.
MADRE (Al HIJO.) ¡Anda! ¡Detrás! (Sale con dos MOZOS.) No. No vayas. Esa gente mata pronto y bien...; ¡pero sí, corre, y yo detrás!
PADRE
No será ella. Quizá se haya tirado al aljibe.
MADRE
Al agua se tiran las honradas, las limpias; ¡esa, no! Pero ya es mujer de mi hijo. Dos bandos. Aquí hay dos bandos. (Entran todos.) Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo. (La gente se separa en dos grupos.) Porque tiene gente; que son sus primos del mar y todos los que llegan de tierra adentro. ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la hora de la sangre.
Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás! ¡Atrás!


Telón 

ACTO TERCERO

CUADRO PRIMERO

Bosque. Es de noche. Grandes troncos húmedos. Ambiente oscuro. Se oyen dos violines. Salen
tres LEÑADORES.

LEÑADOR 1
¿Y los han encontrado?
LEÑADOR 2
No. Pero los buscan por todas partes.
LEÑADOR 3
Ya darán con ellos.
LEÑADOR 2
¡Chissss!
LEÑADOR 3
¿Qué?
LEÑADOR 2
Parece que se acercan por todos los caminos a la vez.
LEÑADOR 1
Cuando salga la luna los verán.
LEÑADOR 2
Debían dejarlos.
LEÑADOR 1
El mundo es grande. Todos pueden vivir en él.
LEÑADOR 3 Pero los matarán.
LEÑADOR 2
Hay que seguir la inclinación; han hecho bien en huir.
LEÑADOR 1
Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más.
LEÑADOR 3
¡La sangre!
LEÑADOR 1
Hay que seguir el camino de la sangre.
LEÑADOR 2
Pero sangre que ve la luz se la bebe la tierra.
LEÑADOR 1
¿Y qué? Vale más ser muerto desangrado que vivo con ella podrida.
LEÑADOR 3
Callar.
LEÑADOR 1
¿Qué? ¿Oyes algo?
LEÑADOR 3
Oigo los grillos, las ranas, el acecho de la noche.
LEÑADOR 1
Pero el caballo no se siente.
LEÑADOR 3
No.
LEÑADOR 1
Ahora la estará queriendo.
LEÑADOR 2
El cuerpo de ella era para él y el cuerpo de él para ella. LEÑADOR 3
Los buscan y los matarán.
LEÑADOR 1
Pero ya habrán mezclado sus sangres y serán como dos cántaros vacíos,
como dos arroyos secos.
LEÑADOR 2
Hay muchas nubes y será fácil que la luna no salga.
LEÑADOR 3
El novio los encontrará con luna o sin luna. Yo lo vi salir. Como una estrella furiosa. La cara color ceniza. Expresaba el sino de su casta.
LEÑADOR 1
Su casta de muertos en mitad de la calle.
LEÑADOR 2
¡Eso es!
LEÑADOR 3
¿Crees que ellos lograrán romper el cerco?
LEÑADOR 2
Es difícil. Hay cuchillos y escopetas a diez leguas a la redonda.
LEÑADOR 3
Él lleva un buen caballo.
LEÑADOR 2
Pero lleva una mujer.
LEÑADOR 1
Ya estamos cerca.
LEÑADOR 2
Un árbol de cuarenta ramas. Lo cortaremos pronto.
LEÑADOR 3
Ahora sale la luna. Vamos a darnos prisa. (Por la izquierda surge una claridad.)
LEÑADOR 1
¡Ay luna que sales!
Luna de las hojas grandes.
LEÑADOR 2
¡Llena de jazmines la sangre!
LEÑADOR 1
¡Ay luna sola!
¡Luna de las verdes hojas!
LEÑADOR 2
Plata en la cara de la novia.
LEÑADOR 3
¡Ay luna mala!
Deja para el amor la oscura rama.
LEÑADOR 1
¡Ay triste luna!
¡Deja para el amor la rama oscura!
(Salen. Por la claridad de la izquierda aparece la LUNA. La LUNA es un
leñador joven con la cara blanca. La escena adquiere un vivo resplandor azul.)

LUNA
Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales,
buscan la cresta del fuego por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe, y me anega, dura y fría, el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán mis mejillas roja sangre, y los juncos agrupados en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada,
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame por los montes de mi pecho; dejadme entrar, ¡ay, dejadme!
(A las ramas.)
No quiero sombras. Mis rayos han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros un rumor de claridades, para que esta noche tengan mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.

(Desaparece entre los troncos y vuelve la escena a su luz oscura. Sale una MENDIGA totalmente cubierta por tenues paños verdeoscuros. Lleva los
pies descalzos. Apenas si se le verá el rostro entre los pliegues. Este
personaje no figura en el reparto.)

MENDIGA
Esa luna se va y ellos se acercan.
De aquí no pasan. El rumor del río apagará con el rumor de troncos
el desgarrado vuelo de los gritos.
Aquí ha de ser, y pronto. Estoy cansada.
Abren los cofres, y los blancos hilos aguardan por el suelo de la alcoba
cuerpos pesados con el cuello herido.
No se despierte un pájaro y la brisa,
recogiendo en su falda los gemidos, huya con ellos por las negras copas o los entierre por el blando limo.
(Impaciente.)
¡Esa luna, esa luna!

(Aparece la LUNA. Vuelve la luz intensa.)

LUNA
Ya se acercan.
Unos por la cañada y el otro por el río.
Voy a alumbrar las piedras. ¿Qué necesitas?
MENDIGA
Nada. 
LUNA
El aire va llegando duro, con doble filo.
MENDIGA
Ilumina el chaleco y aparta los botones,
que después las navajas ya saben el camino.
LUNA
Pero que tarden mucho en morir. Que la sangre
me ponga entre los dedos su delicado silbo.
¡Mira que ya mis valles de ceniza despiertan
en ansia de esta fuente de chorro estremecido!
MENDIGA
No dejemos que pasen el arroyo. ¡Silencio!
LUNA
¡Allí vienen!
(Se va. Queda la escena a oscuras.)
MENDIGA
De prisa. Mucha luz. ¿Me has oído?
¡No pueden escaparse!
(Entran el NOVIO y MOZO 1. La MENDIGA se sienta y se tapa con el manto.)
NOVIO
Por aquí.
MOZO 1
No los encontrarás.
NOVIO
(Enérgico.) ¡Sí los encontraré!
MOZO 1
Creo que se han ido por otra vereda.
NOVIO No. Yo sentí hace un momento el galope.
MOZO 1
Sería otro caballo.
NOVIO
(Dramático.) Oye. No hay más que un caballo en el mundo, y es este. ¿Te has enterado? Si me sigues, sígueme sin hablar.
MOZO 1
Es que yo quisiera...
NOVIO
Calla. Estoy seguro de encontrármelos aquí. ¿Ves este brazo? Pues no es mi brazo. Es el brazo de mi hermano y el de mi padre y el de toda mi familia que está muerta. Y tiene tanto poderío, que puede arrancar este árbol de raíz si quiere. Y vamos pronto, que siento los dientes de todos los míos clavados aquí de una manera que se me hace imposible respirar tranquilo.

MENDIGA
(Quedándose.) ¡Ay!
MOZO 1
¿Has oído?
NOVIO
Vete por ahí y da la vuelta.
MOZO 1
Esto es una caza.
NOVIO
Una caza. La más grande que se puede hacer.

(Se va el MOZO. El NOVIO se dirige rápidamente hacia la izquierda y tropieza con la MENDIGA, la Muerte.)

MENDIGA
¡Ay! NOVIO
¿Qué quieres?
MENDIGA
Tengo frío.
NOVIO
¿Adónde te diriges?
MENDIGA
(Siempre quejándose como una mendiga.) Allá lejos...
NOVIO
¿De dónde vienes?
MENDIGA
De allí..., de muy lejos.
NOVIO
¿Viste un hombre y una mujer que corrían montados en un caballo?
MENDIGA
(Despertándose.) Espera... (Lo mira.) Hermoso galán. (Se levanta.) Pero mucho más hermoso si estuviera dormido.
NOVIO
Dime, contesta, ¿los viste?
MENDIGA
Espera... ¡Qué espaldas más anchas! ¿Cómo no te gusta estar tendido sobre ellas y no andar sobre las plantas de los pies que son tan chicas?
NOVIO
(Zamarreándola.) ¡Te digo si los viste! ¿Han pasado por aquí?
MENDIGA
(Enérgica.) No han pasado; pero están saliendo de la colina. ¿No los oyes?
NOVIO
No. MENDIGA
¿Tú no conoces el camino?
NOVIO
¡Iré como sea!
MENDIGA
Te acompañaré. Conozco esta tierra.
NOVIO
(Impaciente.) ¡Pero vamos! ¿Por dónde?
MENDIGA
(Dramática.) ¡Por allí!
(Salen rápido. Se oyen lejanos dos violines que expresan el bosque. Vuelven
los LEÑADORES. Llevan las hachas al hombro. Pasan lentos entre los troncos.)
LEÑADOR 1
¡Ay muerte que sales!
Muerte de las hojas grandes.
LEÑADOR 2
¡No abras el chorro de la sangre!
LEÑADOR 1
¡Ay muerte sola!
Muerte de las secas hojas.
LEÑADOR 3
¡No cubras de flores la boda!
LEÑADOR 2
¡Ay triste muerte!
Deja para el amor la rama verde.
LEÑADOR 1
¡Ay muerte mala! ¡Deja para el amor la verde rama!


(Van saliendo mientras hablan. Aparecen LEONARDO y la NOVIA.)

LEONARDO
¡Calla!
NOVIA
Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! Quiero que te vuelvas.
LEONARDO
¡Calla, digo!
NOVIA
Con los dientes,
con las manos, como puedas,
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
LEONARDO
Ya dimos el paso, ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
NOVIA
¡Pero ha de ser a la fuerza!
LEONARDO ¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
NOVIA
Yo las bajé.
LEONARDO
¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
NOVIA
Yo misma. Verdad.
LEONARDO
¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
NOVIA
Estas manos, que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
LEONARDO
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA
¡Ay qué sinrazón! No quiero contigo cama ni cena, y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
LEONARDO
Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro
donde yo siempre te quiera, que no me importa la gente ni el veneno que nos echa.
(La abraza fuertemente.)
NOVIA
Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas.
Desnuda, mirando al campo, (Dramática.)
como si fuera una perra, ¡porque eso soy! Que te miro y tu hermosura me quema.
LEONARDO
Se abrasa lumbre con lumbre.
La misma llama pequeña mata dos espigas juntas.

¡Vamos!

(La arrastra.)

NOVIA
¿Adónde me llevas?
LEONARDO
A donde no puedan ir
estos hombres que nos cercan.
¡Donde yo pueda mirarte!
NOVIA
(Sarcástica.)
Llévame de feria en feria, dolor de mujer honrada, a que las gentes me vean con las sábanas de boda al aire, como banderas.
LEONARDO
También yo quiero dejarte si pienso como se piensa.
Pero voy donde tú vas.
Tú también. Da un paso. Prueba.
Clavos de luna nos funden mi cintura y tus caderas.

(Toda esta escena es violenta, llena de gran sensualidad.)

NOVIA
¿Oyes?
LEONARDO
Viene gente.
NOVIA
¡Huye!
Es justo que yo aquí muera con los pies dentro del agua
y espinas en la cabeza.
Y que me lloren las hojas, mujer perdida y doncella.
LEONARDO
Cállate. Ya suben.
NOVIA
¡Vete!
LEONARDO
Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!

(Vacila la NOVIA.) NOVIA

¡Los dos juntos!

LEONARDO
(Abrazándola.)
¡Como quieras!
Si nos separan, será
porque esté muerto.
NOVIA
Y yo muerta.

(Salen abrazados. Aparece la LUNA muy despacio. La escena adquiere una
fuerte luz azul. Se oyen los dos violines. Bruscamente se oyen dos largos gritos desgarrados, y se corta la música de los violines. Al segundo grito aparece la MENDIGA y queda de espaldas. Abre el manto y queda en el centro como un gran pájaro de alas inmensas. La LUNA se detiene. El telón baja en medio de un silencio absoluto.)
Telón

CUADRO ÚLTIMO

Habitación blanca con arcos y gruesos muros. A la derecha y a la izquierda, escaleras blancas.
Gran arco al fondo y pared del mismo color. El suelo será también de un blanco reluciente. Esta habitación simple tendrá un sentido monumental de iglesia. No habrá ni un gris, ni una sombra, ni siquiera lo preciso para la perspectiva.
Dos MUCHACHAS vestidas de azul oscuro están devanando una madeja roja.

MUCHACHA 1
Madeja, madeja,
¿qué quieres hacer?
MUCHACHA 2
Jazmín de vestido,
cristal de papel.
Nacer a las cuatro, morir a las diez.
Ser hilo de lana,
cadena a tus pies
y nudo que apriete
amargo laurel.
NIÑA
(Cantando.)
¿Fuisteis a la boda?
MUCHACHA 1
No.
NIÑA
¡Tampoco fui yo!
¿Qué pasaría
por los tallos de las viñas?
¿Qué pasaría
por el ramo de la oliva?
¿Qué pasó
que nadie volvió?
¿Fuiste a la boda?
MUCHACHA 2
Hemos dicho que no.
NIÑA
(Yéndose.)
¡Tampoco fui yo!
MUCHACHA 2
Madeja, madeja
¿qué quieres cantar?
MUCHACHA 1
Heridas de cera,
dolor de arrayán. Dormir la mañana,
de noche velar.
NIÑA
(En la puerta.)
El hilo tropieza
con el pedernal.
Los montes azules
lo dejan pasar.
Corre, corre, corre,
y al fin llegará
a poner cuchillo
y a quitar el pan.
(Se va.)
MUCHACHA 2
Madeja, madeja,
¿qué quieres decir?
MUCHACHA 1
Amante sin habla.
Novio carmesí.
Por la orilla muda
tendidos los vi.
(Se detiene mirando la madeja.)
NIÑA
(Asomándose a la puerta.)
Corre, corre, corre,
el hilo hasta aquí.
Cubiertos de barro
los siento venir.
¡Cuerpos estirados,
paños de marfil! (Se va. Aparece la MUJER y la SUEGRA DE LEONARDO. Llegan
angustiadas.)
MUCHACHA 1
¿Vienen ya?
SUEGRA
(Agria.) No sabemos.
MUCHACHA 2
¿Qué contáis de la boda?
MUCHACHA 1
Dime.
SUEGRA
(Seca.)
Nada.
MUJER
Quiero volver para saberlo todo.
SUEGRA
(Enérgica.)
Tú, a tu casa.
Valiente y sola en tu casa.
A envejecer y a llorar.
Pero la puerta cerrada.
Nunca. Ni muerto ni vivo.
Clavaremos las ventanas.
Y vengan lluvias y noches
sobre las hierbas amargas.
MUJER
¿Qué habrá pasado?
SUEGRA
No importa. Échate un velo en la cara.
Tus hijos son hijos tuyos nada más. Sobre la cama pon una cruz de ceniza donde estuvo su almohada.
(Salen.)
MENDIGA
(A la puerta.)
Un pedazo de pan, muchachas.
NIÑA
¡Vete!
(Las MUCHACHAS se agrupan.)
MENDIGA
¿Por qué?
NIÑA
Porque tú gimes: vete.
MUCHACHA 1
¡Niña!
MENDIGA
¡Pude pedir tus ojos! Una nube
de pájaros me sigue; ¿quieres uno?
NIÑA
¡Yo me quiero marchar!
MUCHACHA 2
(A la MENDIGA.)
¡No le hagas caso!
MUCHACHA 1
¿Vienes por el camino del arroyo? 
MENDIGA
¡Por allí vine!
MUCHACHA 1
(Tímida.)
¿Puedo preguntarte?
MENDIGA
Yo los vi; pronto llegan: dos torrentes
quietos al fin entre las piedras grandes,
dos hombres en las patas del caballo.
Muertos en la hermosura de la noche.
(Con delectación.)
Muertos, sí, muertos.
MUCHACHA 1
¡Calla, vieja, calla!
MENDIGA
Flores rotas los ojos, y sus dientes
dos puñados de nieve endurecida.
Los dos cayeron, y la novia vuelve
teñida en sangre falda y cabellera.
Cubiertos con dos mantas ellos vienen
sobre los hombros de los mozos altos.
Así fue, nada más. Era lo justo.
Sobre la flor del oro, sucia arena.
(Se va. Las MUCHACHAS inclinan la cabeza y rítmicamente van saliendo.)
MUCHACHA 1
Sucia arena.
MUCHACHA 2
Sobre la flor del oro.
NIÑA
Sobre la flor del oro traen a los muertos del arroyo.
Morenito el uno,
morenito el otro.
¡Qué ruiseñor de sombra vuela y gime
sobre la flor del oro!
(Se va. Queda la escena sola. Aparece la MADRE con una VECINA. La
VECINA viene llorando.)
MADRE
Calla.
VECINA
No puedo.
MADRE
Calla, he dicho. (En la puerta.) ¿No hay nadie aquí? (Se lleva las manos a
la frente.) Debía contestarme mi hijo. Pero mi hijo es ya un brazado de flores secas. Mi hijo es ya una voz oscura detrás de los montes. (Con rabia,
a la VECINA.) ¿Te quieres callar? No quiero llantos en esta casa. Vuestras lágrimas son lágrimas de los ojos nada más, y las mías vendrán cuando yo
esté sola, de las plantas de mis pies, de mis raíces, y serán más ardientes que la sangre.
VECINA
Vente a mi casa; no te quedes aquí.
MADRE
Aquí. Aquí quiero estar. Y tranquila. Ya todos están muertos. A medianoche dormiré, dormiré sin que ya me aterren la escopeta o el cuchillo. Otras madres se asomarán a las ventanas, azotadas por la lluvia, para ver el rostro de sus hijos. Yo no. Yo haré con mi sueño una fría paloma de marfil que lleve camelias de escarcha sobre el camposanto. Pero no; camposanto no, camposanto no; lecho de tierra, cama que los cobija y que los mece por el cielo. (Entra una MUJER DE NEGRO que se dirige a la derecha, allí se arrodilla. A la VECINA.) Quítate las manos de la cara. Hemos de pasar días terribles. No quiero ver a nadie. La tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas
cuatro paredes. ¡Ay! ¡Ay! (Se sienta transida.)
VECINA
Ten caridad de ti misma.
MADRE
(Echándose el pelo hacia atrás.) He de estar serena. (Se sienta.) Porque vendrán las vecinas y no quiero que me vean tan pobre. ¡Tan pobre! Una mujer que no tiene un hijo siquiera que poderse llevar a los labios.
(Aparece la NOVIA. Viene sin azahar y con un manto negro.)
VECINA
(Viendo a la novia, con rabia.) ¿Dónde vas?
NOVIA
Aquí vengo.
MADRE
(A la VECINA.) ¿Quién es?
VECINA
¿No la reconoces?
MADRE
Por eso pregunto quién es. Porque tengo que no reconocerla, para no
clavarle mis dientes en el cuello. ¡Víbora! (Se dirige hacia la NOVIA con ademán fulminante; se detiene. A la VECINA.) ¿La ves? Está ahí y está llorando, y yo quieta sin arrancarle los ojos. No me entiendo. ¿Será que yo no quería a mi hijo? Pero ¿y su honra? ¿Dónde está su honra?
(Golpea a la NOVIA. Esta cae al suelo.)
VECINA
¡Por Dios! (Trata de separarlas.)
NOVIA (A la VECINA.) Déjala; he venido para que me mate y que me lleven con ellos. (A la MADRE.) Pero no con las manos; con garfios de alambre, con una hoz, y con fuerza, hasta que se rompa en mis huesos. ¡Déjala! Que
quiero que sepa que yo soy limpia, que estaré loca, pero que me pueden enterrar sin que ningún hombre se haya mirado en la blancura de mis
pechos.
MADRE
Calla, calla; ¿qué me importa eso a mí?
NOVIA
¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia.) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra,
salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua fría y el otro me mandaba cientos de pájaros que
me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo
bien!, yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el
brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!
(Entra una VECINA.)
MADRE
Ella no tiene culpa, ¡ni yo! (Sarcástica.) ¿Quién la tiene, pues? ¡Floja,
delicada, mujer de mal dormir es quien tira una corona de azahar para buscar un pedazo de cama calentado por otra mujer!
NOVIA
¡Calla, calla! Véngate de mí; ¡aquí estoy! Mira que mi cuello es blando; te costará menos trabajo que segar una dalia de tu huerto. Pero ¡eso no!
Honrada, honrada como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo. Enciende la lumbre. Vamos a meter las manos: tú, por tu
hijo; yo, por mi cuerpo. La retirarás antes tú.
(Entra otra VECINA.)
MADRE
Pero, ¿qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa tu muerte? ¿Qué me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiende juntos para descansar.
(Entra otra VECINA.)
NOVIA
Déjame llorar contigo.
MADRE
Llora. Pero en la puerta.
(Entra la NIÑA. La NOVIA queda en la puerta. La MADRE, en el centro de la escena.)
MUJER
(Entrando y dirigiéndose a la izquierda.)
Era hermoso jinete,
y ahora montón de nieve.
Corrío ferias y montes
y brazos de mujeres.
Ahora, musgo de noche
le corona la frente.
MADRE
Girasol de tu madre,
espejo de la tierra.
Que te pongan al pecho
cruz de amargas adelfas; sábana que te cubra
de reluciente seda, y el agua forme un llanto
entre tus manos quietas.
MUJER
¡Ay, qué cuatro muchachos llegan con hombros cansados!
NOVIA
¡Ay, qué cuatro galanes
traen a la muerte por el aire!
MADRE
Vecinas.
NIÑA
(En la puerta.)
Ya los traen.
MADRE
Es lo mismo,
la cruz, la cruz.
MUJERES
Dulces clavos,
dulce cruz,
dulce nombre
de Jesús.
MADRE
Que la cruz ampare a muertos y vivos.
Vecinas: con un cuchillo,
con un cuchillito,
en un día señalado, entre las dos y las tres,
se mataron los dos hombres del amor.
Con un cuchillo,
con un cuchillito
que apenas cabe en la mano, pero que penetra fino por las carnes asombradas,
y que se para en el sitio
donde tiembla enmarañada
la oscura raíz del grito.
NOVIA
Y esto es un cuchillo,
un cuchillito que apenas cabe en la mano; pez sin escamas ni río, para que un día señalado, entre las dos y las tres, con este cuchillo se queden dos hombres duros
con los labios amarillos.
MADRE
Y apenas cabe en la mano, pero que penetra frío por las carnes asombradas y allí se para, en el sitio
donde tiembla enmarañada
la oscura raíz del grito.

(Las vecinas, arrodilladas en el suelo, lloran.)

Telón final

Lorca, La zapatera prodigiosa


Federico García Lorca
La zapatera prodigiosa
Farsa violenta en dos actos
Personajes
ZAPATERA
VECINA ROJA
VECINA MORADA
VECINA NEGRA
VECINA VERDE
VECINA AMARILLA
BEATA PRIMERA
BEATA SEGUNDA
SACRISTANA
EL AUTOR
ZAPATERO
EL NIÑO
ALCALDE
DON MIRLO
MOZO DE LA FAJA
MOZO DEL SOMBRERO
HIJAS DE LA VECINA ROJA
VECINAS, BEATAS, CURAS Y PUEBLO
Prólogo
Cortina gris.
Aparece el Autor. Sale rápidamente. Lleva una carta en la mano.
EL AUTOR. Respetable público... (Pausa.) No, respetable público no, público
solamente, y no es que el autor no considere al público respetable, todo lo contrario,
sino que detrás de esta palabra hay como un delicado temblor de miedo y una especie
de súplica para que el auditorio sea generoso con la mímica de los actores y el artificio
del ingenio. El poeta no pide benevolencia, sino atención, una vez que ha saltado hace
mucho tiempo la barra espinosa de miedo que los autores tienen a la sala. Por este
miedo absurdo y por ser el teatro en muchas ocasiones una finanza, la poesía se retira
de la escena en busca de otros ambientes donde la gente no se asuste de que un árbol,
por ejemplo, se convierta en una bola de humo o de que tres peces, por amor de una
mano y una palabra, se conviertan en tres millones de peces para calmar el hambre de
una multitud. El autor ha preferido poner el ejemplo dramático en el vivo ritmo de una
zapatería popular. En todos los sitios late y anima la criatura poética que el autor ha
vestido de zapatera con aire de refrán o simple romancillo y no se extrañe el público si
aparece violenta o toma actitudes agrias porque ella lucha siempre, lucha con la
realidad que la cerca y lucha con la fantasía cuando ésta se hace realidad visible. (Seoyen voces de la Zapatera: «¡Quiero salir!».) ¡Ya voy! No tengas tanta impaciencia en
salir; no es un traje de larga cola y plumas inverosímiles el que sacas, sino un traje roto,
¿lo oyes?, un traje de zapatera. (Voz de la Zapatera dentro: «¡Quiero salir!».)
¡Silencio! (Se descorre la cortina y aparece el decorado con tenue luz.) También
amanece así todos los días sobre las ciudades, y el público olvida su medio mundo de
sueño para entrar en los mercados como tú en tu casa, en la escena, zapaterilla
prodigiosa. (Va creciendo la luz.) A empezar, tú llegas de la calle. (Se oyen las voces
que pelean. Al público.) Buenas noches. (Se quita el sombrero de copa y éste se
ilumina por dentro con una luz verde, el Autor lo inclina y sale de él un chorro de
agua. El Autor mira un poco cohibido al público y se retira de espaldas lleno de
ironía.) Ustedes perdonen. (Sale.)
Acto primero
Casa del Zapatero. Banquillo y herramientas. Habitación completamente blanca. Gran
ventana y puerta. El foro es una calle también blanca con algunas puertecitas y ventanas
en gris. A derecha a izquierda, puertas. Toda la escena tendrá un aire de optimismo y
alegría exaltada en los más pequeños detalles. Una suave luz naranja de media tarde
invade la escena.
Al levantarse el telón la Zapatera viene de la calle toda furiosa y se detiene en la puerta.
Viste un traje verde rabioso y lleva el pelo tirante, adornado con dos grandes rosas.
Tiene un aire agreste y dulce al mismo tiempo.
ESCENA PRIMERA
La Zapatera y luego un Niño.
ZAPATERA. Cállate, larga de lengua, penacho de catalineta, que si yo lo he hecho... si
yo lo he hecho, ha sido por mi propio gusto... Si no te metes dentro de tu casa lo
hubiera arrastrado, viborilla empolvada; y esto lo digo para que me oigan todas las que
están detrás de las ventanas. Que más vale estar casada con un viejo, que con un tuerto,
como tú estás. Y no quiero más conversación, ni contigo ni con nadie, ni con nadie, ni
con nadie. (Entra dando un fuerte portazo.) Ya sabía yo que con esta clase de gente no
se podía hablar ni un segundo... pero la culpa la tengo yo, yo y yo... que debí estarme en
mi casa con... casi no quiero creerlo, con mi marido. Quién me hubiera dicho a mí,
rubia con los ojos negros, que hay que ver el mérito que esto tiene, con este talle y estos
colores tan hermosísimos, que me iba a ver casada con... me tiraría del pelo. (Llora.
Llaman a la puerta.) ¿Quién es? (No responden y llaman otra vez.) ¿Quién es?
(Enfurecida.)
ESCENA II
La Zapatera y el Niño.
NIÑO. (Temerosamente.) Gente de paz.
ZAPATERA. (Abriendo.) ¿Eres tú? (Melosa y conmovida.)NIÑO. Sí, señora Zapaterita. ¿Estaba usted llorando?
ZAPATERA. No, es que un mosco de esos que hacen piiiiii, me ha picado en este ojo.
NIÑO. ¿Quiere usted que le sople?
ZAPATERA. No, hijo mío, ya se me ha pasado... (Le acaricia.) ¿Y qué es lo que
quieres?
NIÑO. Vengo con estos zapatos de charol, costaron cinco duros, para que los arregle su
marido. Son de mi hermana la grande, la que tiene el cutis fino y se pone dos lazos, que
tiene dos, un día uno y otro día otro, en la cintura.
ZAPATERA. Déjalos ahí, ya los arreglarán.
NIÑO. Dice mi madre que tenga cuidado de no darles muchos martillazos, que el charol
es muy delicado, para que no se estropee el charol.
ZAPATERA. Dile a tu madre que ya sabe mi marido lo que tiene que hacer, y que así
supiera ella aliñar con laurel y pimienta un buen guiso como mi marido componer za-
patos.
NIÑO. (Haciendo pucheros.) No se disguste usted conmigo, que yo no tengo la culpa y
todos los días estudio muy bien la gramática.
ZAPATERA. (Dulce.) ¡Hijo mío! ¡Prenda mía! ¡Si contigo no es nada! (Lo besa.) Toma
este muñequito, ¿te gusta? Pues llévatelo.
NIÑO. Me lo llevaré, porque como yo sé que usted no tendrá nunca niños...
ZAPATERA. ¿Quién te dijo eso?
NIÑO. Mi madre lo hablaba el otro día, diciendo: la zapatera no tendrá hijos, y se reían
mis hermanas y la comadre Rafaela.
ZAPATERA. (Nerviosísima.) ¿Hijos? Puede que los tenga más hermosos que todas ellas
y con más arranque y más honra, porque tu madre... es menester que sepas...
NIÑO. Tome usted el muñequito, ¡no lo quiero!
ZAPATERA. (Reaccionando.) No, no, guárdalo, hijo mío... ¡Si contigo no es nada!
ESCENA III
Aparece por la izquierda el Zapatero. Viste traje de terciopelo con botones de plata,
pantalón corto y corbata roja. Se dirige al banquillo.
ZAPATERA. ¡Válgate Dios!
NIÑO. (Asustado.) ¡Ustedes se conserven bien! ¡Hasta la vista! ¡Que sea enhorabuena!
¡Deo gratias! (Sale corriendo por la calle.)
ZAPATERA. Adiós, hijito. Si hubiera reventado antes de nacer, no estaría pasando estos
trabajos y estas tribulaciones. ¡Ay dinero, dinero!, sin manos y sin ojos debería haberse
quedado el que te inventó.
ZAPATERO. (En el banquillo.) Mujer, ¿qué estás diciendo...?
ZAPATERA. ¡Lo que a ti no te importa!
ZAPATERO. A mí no me importa nada de nada. Ya sé que tengo que aguantarme.
ZAPATERA. También me aguanto yo... piensa que tengo dieciocho años.
ZAPATERO. Y yo... cincuenta y tres. Por eso me callo y no me disgusto contigo...
¡demasiado sé yo!... Trabajo para ti... y sea lo que Dios quiera...
ZAPATERA. (Está de espaldas a su marido y se vuelve y avanza tierna y conmovida.)
Eso no, hijo mío... ¡no digas...!ZAPATERO. Pero, ¡ay, si tuviera cuarenta años o cuarenta y cinco, siquiera...! (Golpea
furiosamente un zapato con el martillo.)
ZAPATERA. (Enardecida.) Entonces yo sería tu criada, ¿no es esto? Si una no puede ser
buena... ¿Y yo?, ¿es que no valgo nada?
ZAPATERO. Mujer... repórtate.
ZAPATERA. ¿Es que mi frescura y mi cara no valen todos los dineros de este mundo?
ZAPATERO. Mujer... ¡que te van a oír los vecinos!
ZAPATERA. Maldita hora, maldita hora, en que le hice caso a mi compadre Manuel.
ZAPATERO. ¿Quieres que te eche un refresquito de limón?
ZAPATERA. ¡Ay, tonta, tonta, tonta! (Se golpea la frente.) Con tan buenos pretendientes
como yo he tenido.
ZAPATERO. (Queriendo suavizar.) Eso dice la gente.
ZAPATERA. ¿La gente? Por todas partes se sabe. Lo mejor de estas vegas. Pero el que
más me gustaba a mí de todos era Emiliano... tú lo conociste... Emiliano, que venía
montado en una jaca negra, llena de borlas y espejitos, con una varilla de mimbre en su
mano y las espuelas de cobre reluciente. ¡Y qué capa traía por el invierno! ¡Qué vueltas
de pana azul y qué agremanes de seda!
ZAPATERO. Así tuve yo una también... son unas capas preciosísimas.
ZAPATERA. ¿Tú? ¡Tú qué ibas a tener!... Pero, ¿por qué te haces ilusiones? Un zapatero
no se ha puesto en su vida una prenda de esa clase...
ZAPATERO. Pero, mujer, ¿no estás viendo?...
ZAPATERA. (Interrumpiéndole.) También tuve otro pretendiente... (El Zapatero golpea
fuertemente el zapato.) Aquél era medio señorito... tendría dieciocho años, ¡se dice muy
pronto! ¡Dieciocho años! (El Zapatero se revuelve inquieto.)
ZAPATERO. También los tuve yo.
ZAPATERA. Tú no has tenido en tu vida dieciocho años... Aquél sí que los tenía y me
decía unas cosas... Verás...
ZAPATERO. (Golpeando furioso.) ¿Te quieres callar? Eres mi mujer, quieras o no
quieras, y yo soy tu esposo. Estabas pereciendo, sin camisa, ni hogar. ¿Por qué me has
querido? ¡Fantasiosa, fantasiosa, fantasiosa!
ZAPATERA. (Levantándose.) ¡Cállate! No me hagas hablar más de lo prudente y ponte a
tu obligación. ¡Parece mentira! (Dos Vecinas con mantilla cruzan la ventana sonrien-
do.) ¿Quién me lo iba a decir, viejo pellejo, que me ibas a dar tal pago? ¡Pégame, si te
parece, anda, tírame el martillo!
ZAPATERO. Ay, mujer... no me des escándalos, ¡mira que viene la gente! ¡Ay, Dios
mío! (Las dos Vecinas vuelven a cruzar.)
ZAPATERA. Yo me he rebajado. ¡Tonta, tonta, tonta! Maldito sea mi compadre Manuel,
malditos sean los vecinos, tonta, tonta, tonta. (Sale golpeándose la cabexa.)
ESCENA IV
Zapatero, Vecina Roja y Niño.
ZAPATERO. (Mirándose en un espejo y contándose las arrugas.) Una, dos, tres,
cuatro... y mil. (Guarda el espejo.) Pero me está muy bien empleado, sí señor. Porque
vamos a ver: ¿por qué me habré casado? Yo debí haber comprendido, después de leertantas novelas, que las mujeres les gustan a todos los hombres, pero todos los hombres
no les gustan a todas las mujeres. ¡Con lo bien que yo estaba! Mi hermana, mi hermana
tiene la culpa, mi hermana que se empeñó: ¡«que si te vas a quedar solo», que si qué sé
yo! Y esto es mi ruina. ¡Mal rayo parta a mi hermana, que en paz descanse! (Fuera se
oyen voces.) ¿Qué será?
VECINA ROJA. (En la ventana y con gran brío. La acompañan sus Hijas vestidas del
mismo color.) Buenas tardes.
ZAPATERO. (Rascándose la cabeza.) Buenas tardes.
VECINA. Dile a tu mujer que salga. Niñas, ¿queréis no llorar más? ¡Qué salga, a ver si
por delante de mí casca tanto como por detrás!
ZAPATERO. ¡Ay, vecina de mi alma, no me dé usted escándalos, por los clavitos de
Nuestro Señor! ¿Qué quiere usted que yo le haga? Pero comprenda mi situación: toda la
vida temiendo casarme... porque casarse es una cosa muy seria, y, a última hora, ya lo
está usted viendo.
VECINA. ¡Qué lástima de hombre! ¡Cuánto mejor le hubiera ido a usted casado con
gente de su clase!... estas niñas, pongo por caso, a otras del pueblo...
ZAPATERO. Y mi casa no es casa. ¡Es un guirigay!
VECINA. ¡Se arranca el alma! Tan buenísima sombra como ha tenido usted toda su vida.
ZAPATERO. (Mira por si viene su Mujer.) Anteayer... despedazó el jamón que teníamos
guardado para estas Pascuas y nos lo comimos entero. Ayer estuvimos todo el día con
unas sopas de huevo y perejil: bueno, pues porque protesté de esto, me hizo beber tres
vasos seguidos de leche sin hervir.
VECINA. ¡Qué fiera!
ZAPATERO. Así es, vecinita de mi corazón, que le agradecería en el alma que se
retirase.
VECINA. ¡Ay, si viviera su hermana! Aquélla sí que era...
ZAPATERO. Ya ves... y de camino llévate tus zapatos que están arreglados. (Por la
puerta de la izquierda asoma la Zapatera, que detrás de la cortina espía la escena sin
ser vista.)
VECINA. (Mimosa.) ¿Cuánto me vas a llevar por ellos?... Los tiempos van cada vez
peor.
ZAPATERO. Lo que tú quieras... Ni que tire por allí ni que tire por aquí...
VECINA. (Dando en el codo a sus Hijas.) ¿Están bien en dos pesetas?
ZAPATERO. ¡Tú dirás!
VECINA. Vaya... te daré una...
ZAPATERA. (Saliendo furiosa.) ¡Ladrona! (Las Mujeres chillan y se asustan.) ¿Tienes
valor de robar a este hombre de esa manera? (A su Marido.) Y tú, ¿dejarte robar?
Vengan los zapatos. Mientras no des por ellos diez pesetas, aquí se quedan.
VECINA. ¡Lagarta, lagarta!
ZAPATERA. ¡Mucho cuidado con lo que estás diciendo!
NIÑAS. ¡Ay, vámonos, vámonos, por Dios!
VECINA. Bien despachado vas de mujer, ¡que te aproveche! (Se van rápidamente. El
Zapatero cierra la ventana y la puerta.)
ESCENA VZapatero y Zapatera.
ZAPATERO. Escúchame un momento...
ZAPATERA. (Recordando.) Lagarta... lagarta... qué, qué, qué... ¿qué me vas a decir?
ZAPATERO. Mira, hija mía. Toda mi vida ha sido en mí una verdadera preocupación
evitar el escándalo. (El Zapatero traga constantemente saliva.)
ZAPATERA. ¿Pero tienes el valor de llamarme escandalosa, cuando he salido a defender
tu dinero?
ZAPATERO. Yo no te digo más, que he huido de los escándalos, como las
salamanquesas del agua fría.
ZAPATERA. (Rápida.) ¡Salamanquesas! ¡Huy, qué asco!
ZAPATERO. (Armado de paciencia.) Me han provocado, me han, a veces, hasta
insultado, y no teniendo ni tanto así de cobarde he quedado con mi alma en mi almario,
por el miedo de verme rodeado de gentes y llevado y traído por comadres y
desocupados. De modo que ya lo sabes. ¿He hablado bien? Ésta es mi última palabra.
ZAPATERA. Pero vamos a ver: ¿a mí qué me importa todo eso? Me casé contigo, ¿no
tienes la casa limpia? ¿No comes? ¿No te pones cuellos y puños que en tu vida te los
habías puesto? ¿No llevas tu reloj, tan hermoso, con cadena de plata y venturinas, al
que doy cuerda toda las noches? ¿Qué más quieres? Porque, yo, todo; menos esclava.
Quiero hacer siempre mi santa voluntad.
ZAPATERO. No me digas... tres meses llevamos casados, yo, queriéndote... y tú,
poniéndome verde. ¿No ves que ya no estoy para bromas?
ZAPATERA. (Seria y como soñando.) Queriéndome, queriéndome... Pero (Brusca.) ¿qué
es eso de queriéndome? ¿Qué es queriéndome?
ZAPATERO. Tú te creerás que yo no tengo vista y tengo. Sé lo que haces y lo que no
haces, y ya estoy colmado, ¡hasta aquí!
ZAPATERA. (Fiera.) Pues lo mismo se me da a mí que estés colmado como que no
estés, porque tú me importas tres pitos, ¡ya lo sabes! (Llora.)
ZAPATERO. ¿No puedes hablarme un poquito más bajo?
ZAPATERA. Merecías, por tonto, que colgara la calle a gritos.
ZAPATERO. Afortunadamente creo que esto se acabará pronto; porque yo no sé cómo
tengo paciencia.
ZAPATERA. Hoy no comemos... de manera que ya te puedes buscar la comida por otro
sitio. (La Zapatera sale rápidamente hecha una furia.)
ZAPATERO. Mañana (Sonriendo.) quizá la tengas que buscar tú también. (Se va al
banquillo.)
ESCENA VI
Por la puerta central aparece el Alcalde. Viste de azul oscuro, gran capa y larga vara de
mando rematada con cabos de plata. Habla despacio y con gran sorna.
ALCALDE. ¿En el trabajo?
ZAPATERO. En el trabajo, señor Alcalde.
ALCALDE. ¿Mucho dinero?ZAPATERO. El suficiente. (El Zapatero sigue trabajando. El Alcalde mira
curiosamente a todos lados.)
ALCALDE. Tú no estás bueno.
ZAPATERO. (Sin levantar la vista.) No.
ALCALDE. ¿La mujer?
ZAPATERO. (Asintiendo.) ¡La mujer!
ALCALDE. (Sentándose.) Eso tiene casarse a tu edad... A tu edad se debe ya estar
viudo... de una, como mínimum... Yo estoy de cuatro: Rosa, Manuela, Visitación y
Enriqueta Gómez, que ha sido la última: buenas mozas todas, aficionadas al baile y al
agua limpia. Todas, sin excepción, han probado esta vara repetidas veces. En mi casa...
en mi casa, coser y cantar.
ZAPATERO. Pues ya está usted viendo qué vida la mía. Mi mujer... no me quiere. Habla
por la ventana con todos. Hasta con don Mirlo, y a mí se me está encendiendo la
sangre.
ALCALDE. (Riendo.) Es que ella es una chiquilla alegre, eso es natural.
ZAPATERO. ¡Ca! Estoy convencido... yo creo que esto lo hace por atormentarme;
porque, estoy seguro..., ella me odia. Al principio creí que la dominaría con mi carácter
dulzón y mis regalillos: collares de coral, cintillos, peinetas de concha... ¡hasta unas
ligas! Pero ella... ¡es siempre ella!
ALCALDE. Y tú, siempre tú; ¡qué demonio! Vamos, lo estoy viendo y me parece
mentira cómo un hombre, lo que se dice un hombre, no puede meter en cintura, no una,
sino ochenta hembras. Si tu mujer habla por la ventana con todos, si tu mujer se pone
agria contigo, es porque tú quieres, porque tú no tienes arranque. A las mujeres, buenos
apretones en la cintura, pisadas fuertes y la voz siempre en alto, y si con esto se atreven
a hacer quiquiriquí, la vara, no hay otro remedio. Rosa, Manuela, Visitación y
Enriqueta Gómez, que ha sido la última, te lo pueden decir desde la otra vida, si es que
por casualidad están allí.
ZAPATERO. Pero si el caso es que no me atrevo a decirle una cosa. (Mira con recelo.)
ALCALDE. (Autoritario.) Dímela.
ZAPATERO. Comprendo que es una barbaridad .... pero yo no estoy enamorado de mi
mujer.
ALCALDE. ¡Demonio!
ZAPATERO. Sí, señor, ¡demonio!
ALCALDE. Entonces, grandísimo tunante, ¿por qué te has casado?
ZAPATERO. Ahí lo tiene usted. Yo no me to explico tampoco. Mi hermana, mi hermana
tiene la culpa. Que si te vas a quedar solo, que si qué sé yo, que si qué sé yo cuánto...
Yo tenía dinerillos, salud, y dije: ¡allá voy! Pero, benditísima soledad antigua. ¡Mal
rayo parta a mi hermana, que en paz descanse!
ALCALDE. ¡Pues te has lucido!
ZAPATERO. Sí, señor, me he lucido... Ahora, que yo no aguanto más. Yo no sabía lo
que era una mujer. Digo, ¡usted, cuatro! Yo no tengo edad para resistir este jaleo.
ZAPATERA. (Cantando dentro, fuerte.)
¡Ay, jaleo, jaleo,
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo!ZAPATERO. Ya lo está usted oyendo.
ALCALDE. ¿Y qué piensas hacer?
ZAPATERO. Cuca silvana. (Hace el ademán.)
ALCALDE. ¿Se te ha vuelto el juicio?
ZAPATERO. (Excitado.) El zapatero a tus zapatos se acabó para mí. Yo soy un hombre
pacífico. Yo no estoy acostumbrado a estos voceríos y a estar en lenguas de todos.
ALCALDE. (Riéndose.) Recapacita lo que has dicho que vas a hacer; que tú eres capaz
de hacerlo, y no seas tonto. Es una lástima que un hombre como tú no tenga el carácter
que debías tener. (Por la puerta de la izquierda aparece la Zapatera echándose polvos
con una polvera rosa y limpiándose las cejas.)
ESCENA VII
Dichos y Zapatera,
ZAPATERA. Buenas tardes.
ALCALDE. Muy buenas. (Al Zapatero.) ¡Como guapa, es guapísima!
ZAPATERO. ¿Usted cree?
ALCALDE. ¡Qué rosas tan bien puestas lleva usted en el pelo y qué bien huelen!
ZAPATERA. Muchas que tiene usted en los balcones de su casa.
ALCALDE. Efectivamente. ¿Le gustan a usted las flores?
ZAPATERA. ¿A mí...? ¡Ay, me encantan! Hasta en el tejado tendría yo macetas, en la
puerta, por las paredes. Pero a éste... a ése... no le gustan. Claro, toda la vida haciendo
botas, ¡qué quiere usted! (Se sienta en la ventana.) Y buenas tardes. (Mira a la calle y
coquetea.)
ZAPATERO. ¿Lo ve usted?
ALCALDE. Un poco brusca... pero es una mujer guapísima. ¡Qué cintura tan ideal!
ZAPATERO. No la conoce usted.
ALCALDE. ¡Psch! (Saliendo majestuosamente.) ¡Hasta mañana! Y a ver si se despeja
esa cabeza. ¡A descansar, niña! ¡Qué lástima de talle! (Vase mirando a la Zapatera.)
¡Porque, vamos! ¡Y hay que ver qué ondas en el pelo! (Sale.)
ESCENA VIII
Zapatero y Zapatera.
ZAPATERA. (Cantando.)
Si tu madre tiene un rey,
la baraja tiene cuatro:
rey de oros, rey de copas,
rey de espadas, rey de bastos.
(La Zapatera coge una silla y sentada en la
ventana empieza a darle vueltas.)ZAPATERO. (Cogiendo otra silla y dándole vueltas en sentido contrario.) Si sabes que
tengo esa superstición, y para mí esto es como si me dieras un tiro, ¿por qué lo haces?
ZAPATERA. (Soltando la silla.) ¿Qué he hecho yo? ¿No te digo que no me dejas ni
moverme?
ZAPATERO. Ya estoy harto de explicarte... pero es inútil. (Va a hacer mutis, pero la
Zapatera empieza otra vez y el Zapatero viene corriendo desde la puerta y da vueltas a
su silla.) ¿Por qué no me dejas marchar, mujer?
ZAPATERA. ¡Jesús!, pero si lo que yo estoy deseando es que te vayas.
ZAPATERO. ¡Pues déjame!
ZAPATERA. (Enfurecida.) ¡Pues vete! (Fuera se oye una flauta acompañada de
guitarra que toca una polquita antigua con el ritmo cómicamente acusado. La
Zapatera empieza a llevar el compás con la cabeza y el Zapatero huye por la
izquierda.)
ESCENA IX
Zapatera.
ZAPATERA. (Cantando.) Larán... larán... A mí, es que la flauta me ha gustado siempre
mucho... Yo siempre he tenido delirio por ella... Casi se me saltan las lágrimas... ¡Qué
primor! Larán, larán... Oye... Me gustaría que él la oyera... (Se levanta y se pone a
bailar como si lo hiciera con novios imaginarios.) ¡Ay, Emiliano! Qué cintillos tan
preciosos llevas... No, no... me da vergüencilla... Pero, José María, ¿no ves que nos
están viendo? Coge un pañuelo, que no quiero que me manches el vestido. A ti te
quiero, a ti... ¡Ah, sí!... mañana que traigas la jaca blanca, la que a mí me gusta. (Ríe.
Cesa la música.) ¡Qué mala sombra! Esto es dejar a una con la miel en los labios...
Qué...
ESCENA X
Aparece en la ventana don Mirlo. Viste de negro, frac y pantalón corto. Le tiembla la voz
y mueve la cabeza como un muñeco de alambre.
MIRLO. ¡Chisssssss!
ZAPATERA. (Sin mirar y vuelta de espalda a la ventana.) Pin, pin, pío, pío, pío.
MIRLO. (Acercándose más.) ¡Chissss! Zapaterita blanca, como el corazón de las
almendras, pero amargosilla también. Zapaterita... junco de oro encendido... Zapaterita,
bella Otero de mi corazón.
ZAPATERA. Cuánta cosa, don Mirlo; a mí me parecía imposible que los pajarracos
hablaran. Pero si anda por ahí revoloteando un mirlo negro, negro y viejo... sepa que yo
no puedo oírle cantar hasta más tarde... pin, pío, pío, pío.
MIRLO. Cuando las sombras crepusculares invadan con sus tenues velos el mundo y la
vía pública se halle libre de transeuntes, volveré. (Toma rapé y estornuda sobre el
cuello de la Zapatera.)
ZAPATERA. (Volviéndose airada y pegando a don Mirlo, que tiembla.) ¡Aaaa! (Con
cara de asco:) ¡Y aunque no vuelvas, indecente! Mirlo de alambre, garabato de candil...Corre. corre... ¿Se habrá visto? ¡Mira que estornudar! ¡Vaya mucho con Dios! ¡Qué
asco!
ESCENA XI
En la ventana se para el Mozo de la Faja. Tiene el sombrero plano echado a la cara y da
pruebas de gran pesadumbre.
MOZO. ¿Se toma el fresco, zapaterita?
ZAPATERA. Exactamente igual que usted.
MOZO. Y siempre sola... ¡Qué lástima!
ZAPATERA. (Agria.) ¿Y por qué, lástima?
MOZO. Una mujer como usted, con ese pelo y esa pechera tan hermosísima...
ZAPATERA. (Más agria.) Pero, ¿por qué lástima?
MOZO. Porque usted es digna de estar pintada en las tarjetas postales y no aquí... este
portalillo.
ZAPATERA. ¿Sí?... A mí las tarjetas postales me gustan mucho, sobre todo las de novios
que se van de viaje...
MOZO. ¡Ay, zapaterita, qué calentura tengo! (Siguen hablando.)
ZAPATERO. (Entrando y retrocediendo.) ¡Con todo el mundo y a estas horas! ¡Qué
dirán los que vengan al rosario de la iglesia! ¡Qué dirán en el casino! ¡Me estarán
poniendo!... En cada casa, un traje con ropa interior y todo. (Zapatera ríe.) ¡Ay, Dios
mío! ¡Tengo razón para marcharme! Quisiera oír a la mujer del sacristán; pues ¿y los
curas? ¿Qué dirán los curas? Eso será lo que habrá que oír. (Entra desesperado.)
MOZO. ¿Cómo quiere que se lo exprese...? Yo la quiero, te quiero como...
ZAPATERA. Verdaderamente eso de «la quiero», «te quiero», suena de un modo que
parece que me están haciendo cosquillas con una pluma detrás de las orejas. Te quiero,
la quiero...
MOZO. ¿Cuántas semillas tiene el girasol?
ZAPATERA. ¡Yo qué sé!
MOZO. Tantos suspiros doy cada minuto por usted; por ti...
(Muy cerca.)
ZAPATERA. (Brusca.) Estáte quieto. Yo puedo oírte hablar porque me gusta y es bonito,
pero nada más, ¿lo oyes? ¡Estaría bueno!
MOZO. Pero eso no puede ser. ¿Es que tienes otro compromiso?
ZAPATERA. Mira, vete.
MOZO. No me muevo de este sitio sin el sí. ¡Ay, mi zapaterita, dame tu palabra! (Va a
abrazarla.)
ZAPATERA. (Cerrando violentamente la ventana.) ¡Pero qué impertinente, qué loco!...
¡Si te he hecho daño te aguantas!... Como si yo no estuviera aquí más que paraaa,
paraaaa... ¿Es que en este pueblo no puede una hablar con nadie? Por lo que veo, en
este pueblo no hay más que dos extremos: o monja o trapo de fregar... ¡Era lo que me
quedaba que ver! (Haciendo como que huele y echando a correr.) ¡Ay, mi comida que
está en la lumbre! ¡Mujer ruin!
ESCENA XIILa luz se va marchando. El Zapatero sale con una gran capa y un bulto de ropa en la
mano.
ZAPATERO. ¡O soy otro hombre o no me conozco! ¡Ay, casita mía! ¡Ay, banquillo mío!
Cerote, clavos, pieles de becerro... Bueno. (Se dirige hacia la puerta y retrocede, pues
se topa con dos Beatas en el mismo quicio.)
BEATA 1a Descansando, ¿verdad?
BEATA 2a ¡Hace usted bien en descansar!
ZAPATERO. (Con mal humor.) ¡Buenas noches!
BEATA 1a A descansar, maestro.
BEATA 2a ¡A descansar, a descansar! (Se van.)
ZAPATERO. Sí, descansando... ¡Pues no estaban mirando por el ojo de la llave! ¡Brujas,
sayonas! ¡Cuidado con el retintín con que me lo han dicho! Claro... si en todo el pueblo
no se hablará de otra cosa: ¡que si yo, que si ella, que si los mozos! ¡Ay! ¡Mal rayo
parta a mi hermana que en paz descanse! ¡Pero primero solo que señalado por el dedo
de los demás! (Sale rápidamente y deja la puerta abierta. Por la izquierda aparece la
Zapatera.)
ESCENA XIII
La Zapatera.
ZAPATERA. Ya está la comida... ¿me estás oyendo? (Avanza hacia la puerta de la
derecha:) ¿Me estás oyendo? Pero, ¿habrá tenido el valor de marcharse al cafetín,
dejando la puerta abierta... y sin haber terminado los borceguíes? Pues cuando vuelva,
¡me oirá! ¡Me tiene que oír! ¡Qué hombres son los hombres, qué abusivos y qué... qué...
vaya!... (En un repeluzno.) ¡Ay, qué fresquito hace! (Se pone a encender el candil y de
la calle llega el ruido de las esquilas de los rebaños que vuelven al pueblo. La
Zapatera se asoma a la ventana.) ¡Qué primor de rebaños! Lo que es a mí, me chalan
las ovejitas. Mira, mira... aquella blanca tan chiquita que casi no puede andar. ¡Ay!...
Pero aquella grandota y antipática se empeña en pisarla y nada... (A voces.) Pastor,
¡asombrado! ¿No estás viendo que te pisotean la oveja recién nacida? (Pausa.) Pues
claro que me importa... ¿No ha de importarme? ¡Brutísimo!... Y mucho... (Se quita de
la ventana.) Pero, Señor, ¿adónde habrá ido este hombre desnortado? Pues si tarda
siquiera dos minutos más, como yo sola, que me basto y me sobro... ¡Con la comida tan
buena que he preparado...! Mi cocido, con sus patatas de la sierra, dos pimientos
verdes, pan blanco, un poquito magro de tocino, y arrope con calabaza y cáscara de
limón para encima, ¡porque lo que es cuidarlo, lo que es cuidarlo, te estoy cuidando a
mano! (Durante todo este monólogo da muestras de gran actividad, moviéndose de un
lado para otro, arreglando las sillas, despabilando el velón y quitándose motas del
vestido.)
ESCENA XIV
Niña, Zapatera, Alcalde, Sacristana, Vecinos y Vecinas.NIÑO. (En la puerta.) ¿Estás disgustada, todavía?
ZAPATERA. Primorcito de su vecina, ¿dónde vas?
NIÑO. (En la puerta.) Tú no me regañarás, ¿verdad?, porque a mi madre que algunas
veces me pega, la quiero veinte arrobas, pero a ti te quiero treinta y dos y media...
ZAPATERA. ¿Por qué eres tan precioso? (Sienta al Niño en sus rodillas.)
NIÑO. Yo venía a decirte una cosa que nadie quiere decirte. Ve tú, ve tú, ve tú, y nadie
quería y entonces, «que vaya el niño», dijeron... porque era un notición que nadie
quiere dar.
ZAPATERA. Pero dímelo pronto, ¿qué ha pasado?
NIÑO. No te asustes, que de muertos no es.
ZAPATERA. ¡Anda!
NIÑO. Mira, zapaterita... (Por la ventana entra una mariposa y el Niño bajándose de las
rodillas de la Zapatera echa a correr.) Una mariposa, una mariposa... ¿no tienes un
sombrero...? Es amarilla, con pintas azules y rojas... y, ¡qué sé yo...!
ZAPATERA. Pero, hijo mío... ¿quieres?...
NIÑO. (Enérgico.) Cállate y habla en voz baja, ¿no ves que se espanta si no? ¡Ay! ¡Dame
tu pañuelo!
ZAPATERA. (Intrigada ya en la caza.) Tómalo.
NIÑO. ¡Chis...! No pises fuerte.
ZAPATERA. Lograrás que se escape.
NIÑO. (En voz baja y como encantando a la mariposa, canta.)
Mariposa del aire,
qué hermosa eres,
mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!
No te quieres parar,
pararte no quieres.
Mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!
¡Quédate ahí!
Mariposa, ¿estás ahí?
ZAPATERA. (En broma.) Síííí.
NIÑO. No, eso no vale. (La mariposa vuela.)
ZAPATERA. ¡Ahora! ¡Ahora!
NIÑO. (Corriendo alegremente con el pañuelo.) ¿No te quieres parar? ¿No quieres dejar
de volar?
ZAPATERA. (Corriendo también por otro lado.) ¡Que se escapa, que se escapa! (El
Niño sale corriendo por la puerta persiguiendo a la mariposa.)ZAPATERA. (Enérgica.) ¿Dónde vas?
NIÑO. (Suspenso.) ¡Es verdad! (Rápido.) ¡Pero yo no tengo la culpa!
ZAPATERA. ¡Vamos! ¿Quieres decirme lo que pasa? ¡Pronto!
NIÑO. ¡Ay! Pues, mira... tu marido, el zapatero, se ha ido para no volver más.
ZAPATERA. (Aterrada.) ¿Cómo?
NIÑO. Sí, sí, eso ha dicho en casa antes de montarse en la diligencia, que lo he visto yo...
y nos encargó que te lo dijéramos y ya lo sabe todo el pueblo...
ZAPATERA. (Sentándose desplomada.) ¡No es posible, esto no es posible! ¡Yo no lo
creo!
NIÑO. ¡Sí que es verdad, no me regañes!
ZAPATERA. (Levantándose hecha una furia y dando fuertes pisotadas en el suelo.) ¿Y
me da este pago? ¿Y me da este pago? (El Niño se refugia detrás de la mesa.)
NIÑO. ¡Que se caen las horquillas!
ZAPATERA. ¿Qué va a ser de mí sola en esta vida? ¡Ay, ay, ay!
(El Niño sale corriendo. La ventana y las puertas están llenas de vecinos.) Sí, sí, venid
a verme, cascantes, comadricas, por vuestra culpa ha sido...
ALCALDE. Mira, ya te estás callando. Si tu marido te ha dejado ha sido porque no lo
querías, porque no podía ser.
ZAPATERA. ¿Pero lo van a saber ustedes mejor que yo? Sí, lo quería, vaya si lo quería,
que pretendientes buenos y muy riquísimos he tenido y no les he dado el sí jamás. ¡Ay,
pobrecito mío, qué cosas te habrán contado!
SACRISTANA. (Entrando.) Mujer, repórtate.
ZAPATERA. No me resigno. No me resigno. ¡Ay, ay! (Por la puerta empiezan a entrar
Vecinas vestidas con colores violentos y que llevan grandes vasos de refrescos. Giran,
corren, entran y salen alrededor de la Zapatera que está sentada gritando, con la
prontitud y ritmo de baile. Las grandes faldas se abren a las vueltas que dan. Todos
adoptan una actitud cómica de pena.)
VECINA AMARILLA. Un refresco.
VECINA ROJA: Un refresquito.
VECINA VERDE. Para la sangre.
VECINA NEGRA. De limón.
VECINA MORADA. De zarzaparrilla.
VECINA ROJA. La menta es mejor.
VECINA MORADA. Vecina.
VECINA VERDE. Vecinita.
VECINA NEGRA. Zapatera.
VECINA ROJA. Zapaterita.
(Las Vecinas arman gran algazara. La Zapatera llora a gritos.)
Telón
Acto segundo
La misma decoración. A la izquierda, el banquillo arrumbado. A la derecha, un
mostrador con botellas y un lebrillo con agua donde la Zapatera friega las copas. LaZapatera está detrás del mostrador. Viste un traje rojo encendido, con amplias faldas y
los brazos al aire. En la escena, dos mesas. En una de ellas está sentado don Mirlo, que
toma un refresco y en la otra el Mozo del Sombrero en la cara.
ESCENA PRIMERA
La Zapatera friega con gran ardor vasos y copas que va colocando en el mostrador.
Aparece en la puerta el Mozo de la Faja y el Sombrero plano del primer acto. Está triste.
Lleva los brazos caídos y mira de manera tierna a la Zapatera. Al actor que exagere lo
más mínimo en este tipo, debe el Director de escena darle un bastonazo en la cabeza.
Nadie debe exagerar. La farsa exige siempre naturalidad. El Autor ya se ha encargado
de dibujar el tipo y el sastre de vestirlo. Sencillez. El Mozo se detiene en la puerta. Don
Mirlo y el otro Mozo vuelven la cabeza y lo miran. Ésta es casi una escena de cine. Las
miradas y expresión del conjunto dan su expresión. La Zapatera deja de fregar y mira al
Mozo fijamente. Silencio.
ZAPATERA. Pase usted.
MOZO DE LA FAJA. Si usted lo quiere...
ZAPATERA. (Asombrada.) ¿Yo? Me trae absolutamente sin cuidado, pero como te veo
en la puerta...
MOZO DE LA FAJA. Lo que usted quiera. (Se apoya en el mostrador.) (Entre dientes.)
Éste es otro al que voy a tener que...
ZAPATERA. ¿Qué va a tomar?
MOZO DE LA FAJA. Seguiré sus indicaciones.
ZAPATERA. Pues la puerta.
MOZO DE LA FAJA. ¡Ay, Dios mío, cómo cambian los tiempos!
ZAPATERA. No crea que me voy a echar a llorar. Vamos. Va usted a tomar copa, café,
refresco, ¿diga?
MOZO DE LA FAJA. Refresco.
ZAPATERA. No me mire tanto que se me va a derramar el jarabe.
MOZO DE LA FAJA. Es que yo me estoy muriendo. ¡Ay! (Por la ventana pasan dos
Majas con inmensos abanicos. Miran, se santiguan escandalizadas, se tapan los ojos
con los pericones y a pasos menuditos cruzan.)
ZAPATERA. El refresco.
MOZO DE LA FAJA. (Mirándola.) ¡Ay!
MOZO DEL SOMBRERO. (Mirando al suelo.) ¡Ay!
MIRLO. (Mirando al techo.) ¡Ay! (La Zapatera dirige la cabeza hacia los tres ayes.)
ZAPATERA. ¡Requeteay! Pero esto ¿es una taberna o un hospital? ¡Abusivos! Si no
fuera porque tengo que ganarme la vida con estos vinillos y este trapicheo, porque estoy
sola desde que se fue por culpa de todos vosotros mi pobrecito marido de mi alma,
¿cómo es posible que yo aguantara esto? ¿Qué me dicen ustedes? Los voy a tener que
plantar en lo ancho de la calle.
MIRLO. Muy bien, muy bien dicho.
MOZO DEL SOMBRERO. Has puesto taberna y podemos estar aquí dentro todo el
tiempo que queramos.ZAPATERA. (Fiera.) ¿Cómo? ¿Cómo? (El Mozo de la Faja inicia el mutis y don Mirlo
se levanta sonriente y haciendo como que está en el secreto y que volverá.)
MOZO DEL SOMBRERO. Lo que he dicho.
ZAPATERA. Pues si dices tú, más digo yo y puedes enterarte, y todos los del pueblo, que
hace cuatro meses que se fue mi marido y no cederé a nadie jamás, porque una mujer
casada debe estarse en su sitio como Dios manda. Y que no me asusto de nadie, ¿lo
oyes?, que yo tengo la sangre de mi abuelo, que esté en gloria, que fue desbravador de
caballos y lo que se dice un hombre. Decente fui y decente lo seré. Me comprometí con
mi marido. Pues hasta la muerte. (Don Mirlo sale por la puerta rápidamente y
haciendo señas que indican una relación entre él y la Zapatera.)
MOZO DEL SOMBRERO. (Levantándose.) Tengo tanto coraje que agarraría un toro de
los cuernos, le haría hincar la cerviz en las arenas y después me comería sus sesos cru-
dos con estos dientes míos, en la seguridad de no hartarme de morder. (Sale
rápidamente y don Mirlo huye hacia la izquierda.)
ZAPATERA. (Con las manos en la cabeza.) Jesús, Jesús, Jesús y Jesús. (Se sienta.)
ESCENA II
Zapatera y Niño.
Por la puerta entra el Niño, se dirige a la Zapatera y le tapa los ojos.
NIÑO. ¿Quién soy yo?
ZAPATERA. Mi niño, pastorcillo de Belén.
NIÑO. Ya estoy aquí. (Se besan.)
ZAPATERA. ¿Vienes por la meriendita?
NIÑO. Si tú me la quieres dar...
ZAPATERA. Hoy tengo una onza de chocolate.
NIÑO. ¿Sí? A mí me gusta mucho estar en tu casa.
ZAPATERA. (Dándole la onza.) Porque eres interesadillo...
NIÑO. ¿Interesadillo? ¿Ves este cardenal que tengo en la rodilla?
ZAPATERA. ¿A ver? (Se sienta en una silla baja y toma al Niño en brazos.)
NIÑO. Pues me lo ha hecho el Lunillo porque estaba cantando... las coplas que te han
sacado y yo le pegué en la cara, y entonces él me tiró una piedra que, ¡plaff!, mira.
ZAPATERA. ¿Te duele mucho?
NIÑO. Ahora no, pero he llorado.
ZAPATERA. No hagas caso ninguno de lo que dicen.
NIÑO. Es que eran cosas muy indecentes. Cosas indecentes que yo sé decir, ¿sabes? pero
que no quiero decir.
ZAPATERA. (Riéndose.) Porque si las dices cojo un pimiento picante y lo pongo la
lengua como un ascua. (Ríen.)
NIÑO. Pero, ¿por qué te echarán a ti la culpa de que tu marido se haya marchado?
ZAPATERA. Ellos, ellos son los que la tienen y los que me hacen desgraciada.
NIÑO. (Triste.) No digas, Zapaterita.
ZAPATERA. Yo me miraba en sus ojos. Cuando le veía venir montado en su jaca
blanca...NIÑO. (Interrumpiéndole.) ¡Ja, ja, ja! Me estás engañando. El señor Zapatero no tenía
jaca.
ZAPATERA. Niño, sé más respetuoso. Tenía jaca, claro que la tuvo, pero es... es que tú
no habías nacido.
NIÑO. (Pasándole la mano por la cara.) ¡Ah! ¡Eso sería!
ZAPATERA. Ya ves tú... cuando lo conocí estaba yo lavando en el arroyo del pueblo.
Medio metro de agua y las chinas del fondo se veían reír, reír con el temblorcillo. Él
venía con un traje,negro entallado, corbata roja de seda buenísima y cuatro anillos de
oro que relumbraban como cuatro soles.
NIÑO. ¡Qué bonito!
ZAPATERA. Me miró y lo miré. Yo me recosté en la hierba. Todavía me parece sentir
en la cara aquel aire tan fresquito que venía por los árboles. Él paró su caballo y la cola
del caballo era blanca y tan larga que llegaba al agua del arroyo. (La Zapatera está casi
llorando. Empieza a oírse un canto lejano.) Me puse tan azarada que se me fueron dos
pañuelos preciosos, así de peqúeñitos, en la corriente.
NIÑO. ¡Qué risa!
ZAPATERA. Él, entonces, me dijo... (El canto se oye más cerca. Pausa.) ¡Chisss...!
NIÑO. (Se levanta.) ¡Las coplas!
ZAPATERA. ¡Las coplas! (Pausa. Los dos escuchan.) ¿Tú sabes lo que dicen?
NIÑO. (Con la mano.) Medio, medio.
ZAPATERA. Pues cántalas, que quiero enterarme.
NIÑO. ¿Para qué?
ZAPATERA. Para que yo sepa de una vez lo que dicen.
NIÑO. (Cantando y siguiendo el compás.) Verás:
La señora Zapatera,
al marcharse su marido,
ha montado una taberna
donde acude el señorío.
ZAPATERA. ¡Me la pagarán!
NIÑO. (El Niño lleva el compás con la mano en la mesa.)
Quién lo compra, Zapatera,
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encajes de bolillos.
Ya la corteja el Alcalde,
ya la corteja don Mirlo.
¡Zapatera, Zapatera,
Zapatera, te has lucido!
(Las voces se van distinguiendo cerca
y claras con su acompañamiento de
panderos. La Zapatera coge un mantoncillo
de Manila y se lo echa sobre los hombros.)
¿Dónde vas? (Asustado.)ZAPATERA. ¡Van a dar lugar a que compre un revólver! (El canto se aleja. La Zapatera
corre a la puerta. Pero tropieza con el Alcalde que viene majestuoso, dando golpes con
la vara en el suelo.)
ALCALDE. ¿Quién despacha?
ZAPATERA. ¡El demonio!
ALCALDE. Pero, ¿qué ocurre?
ZAPATERA. Lo que usted debía saber hace muchos días, lo que usted como alcalde no
debía permitir. La gente me canta coplas, los vecinos se ríen en sus puertas y como no
tengo marido que vele por mí, salgo yo a defenderme, ya que en este pueblo las
autoridades son calabacines, ceros a la izquierda, estafermos.
NIÑO. Muy bien dicho.
ALCALDE. (Enérgico.) Niño, niño, basta de voces... ¿Sabes tú lo que he hecho ahora?
Pues meter en la cárcel a dos o tres de los que venían cantando.
ZAPATERA. ¡Quisiera yo ver eso!
VOZ. (Fuera.) ¡Niñoooo!
NIÑO. ¡Mi madre me llama! (Corre a la ventana.) ¡Quéee! Adiós. Si quieres te puedo
traer el espadón grande de mi abuelo, el que se fue a la guerra. Yo no puedo con él, ¿sa-
bes?, pero tú, sí.
ZAPATERA. (Sonriendo.) ¡Lo que quieras!
VOZ. (Fuera.) ¡Niñoooo!
NIÑO. (Ya en la calle.) ¿Quéeee?
ESCENA III
Zapatera y Alcálde.
ALCALDE. Por lo que veo, este niño sabio y retorcido es la única persona a quien tratas
bien en el pueblo.
ZAPATERA. No pueden ustedes hablar una sola palabra sin ofender... ¿De qué se ríe su
ilustrísima?
ALCALDE. ¡De verte tan hermosa y desperdiciada!
ZAPATERA. ¡Antes un perro! (Le sirve un vaso de vino.)
ALCALDE. ¡Qué desengaño de mundo! Muchas mujeres he conocido como amapolas,
como rosas de olor... mujeres morenas con los ojos como tinta de fuego, mujeres que
les huele el pelo a nardos y siempre tienen las manos con calentura, mujeres cuyo talle
se puede abarcar con estos dos dedos, pero como tú, como tú no hay nadie. Anteayer
estuve enfermo toda la mañana porque vi tendidas en el prado dos camisas tuyas con
lazos celestes, que era como verte a ti, zapatera de mi alma.
ZAPATERA. (Estallando furiosa.) Calle usted, viejísimo, calle usted; con hijas mozuelas
y lleno de familia no se debe cortejar de esta manera tan indecente y tan descarada.
ALCALDE. Soy viudo.
ZAPATERA. Y yo casada.
ALCALDE. Pero tu marido te ha dejado y no volverá, estoy seguro.
ZAPATERA. Yo viviré como si lo tuviera.
ALCALDE. Pues a mí me consta, porque me lo dijo, que no te quería ni tanto así.ZAPATERA. Pues a mí me consta que sus cuatro señoras, mal rayo las parta, le
aborrecían a muerte.
ALCALDE. (Dando en el suelo con la vara.) ¡Ya estamos!
ZAPATERA. (Tirando un vaso.) ¡Ya estamos! (Pausa.)
ALCALDE. (Entre dientes.) Si yo te cogiera por mi cuenta, ¡vaya si te domaba!
ZAPATERA. (Guasona.) ¿Qué está usted diciendo?
ALCALDE. Nada, pensaba... que si tú fueras como debías ser, te hubiera enterado que
tengo voluntad y valentía para hacer escritura, delante del notario, de una casa muy
hermosa.
ZAPATERA. ¿Y qué?
ALCALDE. Con un estrado que costó cinco mil reales, con centros de mesa, con cortinas
de brocatel, con espejos de cuerpo entero...
ZAPATERA. ¿Y qué más?
ALCALDE. (Tenoriesco.) Que la casa tiene una cama con coronación de pájaros y
azucenas de cobre, un jardín con seis palmeras y una fuente saltadora, pero aguarda,
para estar alegre, que una persona que sé yo se quiera aposentar en sus salas donde
estaría... (Dirigiéndose a la Zapatera.) Mira, ¡estarías como una reina!
ZAPATERA. (Guasona.) Yo no estoy acostumbrada a esos lujos. Siéntese usted en el
estrado, métase usted en la cama, mírese usted en los espejos y póngase con la boca
abierta debajo de las palmeras esperando que le caigan los dátiles, que yo de zapatera
no me muevo.
ALCALDE. Ni yo de alcalde. Pero que te vayas enterando que no por mucho despreciar
amanece más temprano. (Con retintín.)
ZAPATERA. Y que no me gusta usted ni me gusta nadie del pueblo. ¡Que está usted muy
viejo!
ALCALDE. (Indignado.) Acabaré metiéndote en la cárcel.
ZAPATERA. ¡Atrévase usted! (Fuera se oye un toque de trompeta floreado y
comiquísimo.)
ALCALDE. ¿Qué será eso?
ZAPATERA. (Alegre y ojiabierta.) ¡Títeres! (Se golpea las rodillas. Por la ventana
cruzan dos Mujeres.)
VECINA ROJA. ¡Títeres!
VECINA MORADA. ¡Títeres!
NIÑO. (En la ventana.) ¿Traerán monos? ¡Vamos!
ZAPATERA. (Al Alcalde.) ¡Yo voy a cerrar la puerta!
NIÑO. ¡Vienen a tu casa!
ZAPATERA. ¿Sí? (Se acerca a la puerta.)
NIÑO. ¡Míralos!
ESCENA IV
Por la puerta aparece el Zapatero disfrazado. Trae una trompeta y un cartelón enrollado
a la espalda, lo rodea la gente. La Zapatera queda en actitud expectante y el Niño salta
por la ventana y se coge a sus faldones.
ZAPATERO. Buenas tardes.ZAPATERA. Buenas tardes tenga usted, señor titiritero.
ZAPATERO. ¿Aquí se puede descansar?
ZAPATERA. Y beber, si usted gusta.
ALCALDE. Pase usted, buen hombre y tome lo que quiera, que yo pago. (A los Vecinos.)
Y vosotros, ¿qué hacéis ahí?
VECINA ROJA. Como estamos en lo ancho de la calle no creo que le estorbemos. (El
Zapatero mirándolo todo con disimulo deja el rollo sobre la mesa.)
ZAPATERO. Déjelos, señor Alcalde... supongo que es usted, que con ellos me gano la
vida.
NIÑO. ¿Dónde he oído yo hablar a este hombre? (En toda la escena el Niño mirará con
gran extrañeza al Zapatero.) ¡Haz ya los títeres! (Los Vecinos ríen.)
ZAPATERO. En cuanto tome un vaso de vino.
ZAPATERA. (Alegre.) ¿Pero los va usted a hacer en mi casa?
ZAPATERO. Si tú me lo permites.
VECINA ROJA. Entonces, ¿podemos pasar?
1
ZAPATERA. (Seria.) Podéis pasar. (Da un vaso al Zapatero.)
VECINA ROJA. (Sentándose.) Disfrutaremos un poquito. (El Alcalde se sienta.)
ALCALDE. ¿Viene usted de muy lejos?
ZAPATERO. De muy lejísimos.
ALCALDE. ¿De Sevilla?
ZAPATERO. Échele usted leguas.
ALCALDE. ¿De Francia?
ZAPATERO. Échele usted leguas.
ALCALDE. ¿De Inglaterra?
ZAPATERO. De las Islas Filipinas. (Las Vecinas hacen rumores de admiración. La
Zapatera está extasiada.)
ALCALDE. ¿Habrá usted visto a los insurrectos?
ZAPATERO. Lo mismo que les estoy viendo a ustedes ahora.
NIÑO. ¿Y cómo son?
ZAPATERO. Intratables. Figúrense ustedes que casi todos ellos son zapateros. (Los
Vecinos miran a la Zapatera.)
ZAPATERA. (Quemada.) ¿Y no los hay de otros oficios?
ZAPATERO. Absolutamente. En las Islas Filipinas, zapateros.
ZAPATERA. Pues puede que en las Filipinas esos zapateros sean tontos, que aquí en
estas tierras los hay listos y muy listos.
VECINA ROJA. (Adulona.) Muy bien hablado.
ZAPATERA. (Brusca.) Nadie le ha preguntado su parecer.
VECINA ROJA. ¡Hija mía!
ZAPATERO. (Enérgico, interrumpiendo.) ¡Qué rico Vino! (Más fuerte.) ¿Qué
requeterrico vino! (Silencio.) Vino de uvas negras como el alma de algunas mujeres que
yo conozco.
ZAPATERA. ¡De las que la tengan!
ALCALDE. ¡Chis! ¿Y en qué consiste el trabajo de usted?
ZAPATERO. (Apura el vaso, chasca la lengua y mira a la Zapatera.) ¡Ah! Es un trabajo
de poca apariencia y de mucha ciencia. Enseño la vida por dentro. Aleluyas son los
hechos del zapatero mansurrón y la Fierabrás de Alejandría, vida de don DiegoCorrientes, aventuras del guapo Francisco Esteban y, sobre todo, arte de colocar el
bocado a las mujeres parlanchinas y respondonas.
ZAPATERA. ¡Todas esas cosas las sabía mi pobrecito esposo!
ZAPATERO. ¡Dios lo haya perdonado!
ZAPATERA. Oiga usted... (Las Vecinas se ríen.)
NIÑO. ¡Cállate!
ALCALDE. (Autoritario.) ¡A callar! Enseñanzas son esas que convienen a todas las
criaturas. Cuando usted guste. (El Zapatero desenrolla el cartelón en el que hay
pintada una historia de ciego, dividida en pequeños cuadros, pintados con almazarrón
y colores violentos. Los Vecinos inician un movimiento de aproximación y la Zapatera
se sienta al Niño sobre sus rodillas.)
ZAPATERO. Atención.
NIÑO. ¡Ay, qué precioso! (Abraza a la Zapatera, murmullos.)
ZAPATERA. Que te fijes bien por si acaso no me entero del todo.
NIÑO. Más difícil que la historia sagrada no será.
ZAPATERO. Respetable público: Oigan ustedes el romance verdadero y sustancioso de
la mujer rubicunda y el hombrecito de la paciencia, para que sirva de escarmiento y
ejemplaridad a todas las gentes de este mundo. (En tono lúgubre.) Aguzad vuestros
oídos y entendimiento. (Los Vecinos alargan la cabeza y algunas Mujeres se agarran
de las manos.)
NIÑO. ¿No te parece el titiritero, hablando, a tu marido?
ZAPATERA. Él tenía la voz más dulce.
ZAPATERO. ¿Estamos?
ZAPATERA. Me sube así un repeluzno.
NIÑO. ¡Y a mí también!
ZAPATERO. (Señalando con la varilla.)
En un cortijo de Córdoba,
entre jarales y adelfas,
vivía un talabartero
con una talabartera. (Expectación.)
Ella era mujer arisca,
él hombre de gran paciencia,
ella giraba en los veinte
y él pasaba de cincuenta.
¡Santo Dios, cómo reñían!
Miren ustedes la fiera,
burlando al débil marido
con los ojos y la lengua.
(Está pintada en el cartel una mujer que mira
de manera infantil y cómica.)
ZAPATERA. ¡Qué mala mujer! (Murmullos.)
ZAPATERO.
Cabellos de emperadoratiene la talabartera,
y una carne como el agua
cristalina de Lucena.
Cuando movía las faldas
en tiempos de primavera
olía toda su ropa
a limón y a yerbabuena.
¡Ay, qué limón, limón
de la limonera!
¡Qué apetitosa
talabartera! (Los Vecinos ríen.)
Ved cómo la cortejaban
mocitos de gran presencia
en caballos relucientes
llenos de borlas de seda.
Gente cabal y garbosa
que pasaba por la puerta
haciendo brillar adrede
las onzas de sus cadenas.
La conversación a todos
daba la talabartera,
y ellos caracoleaban
sus jacas sobre las piedras.
Miradla hablando con uno
bien peinada y bien compuesta,
mientras el pobre marido
clava en el cuero la lezna.
(Muy dramático y cruxando las manos.)
Esposo viejo y decente
casado con joven tierna,
qué tunante caballista
roba tu amor en la puerta.
(La Zapatera, que ha estado dando suspiros, rompe a llorar.)
ZAPATERO. (Volviéndose.) ¿Qué os pasa?
ALCALDE. ¡Pero, niña! (Da con la vara.)
VECINA ROJA. ¡Siempre llora quien tiene por qué callar!
VECINA MORADA. ¡Siga usted! (Los Vecinos murmuran y sisean.)
ZAPATERA. Es que me da mucha lástima y no puedo contenerme, ¿lo ve usted?, no
puedo contenerme. (Llora queriéndose contener, hipando de manera comiquísima.)
ALCALDE. ¡Chitón!
NIÑO. ¿Lo Ves?ZAPATERO. ¡Hagan el favor de no interrumpirme! ¡Cómo se conoce que no tienen que
decirlo de memoria!
NIÑO. (Suspirando.) ¡Es verdad!
ZAPATERO. (Malhumorado.)
Un lunes por la mañana
a eso de las once y media,
cuando el sol deja sin sombra
los juncos y madreselvas,
cuando alegremente bailan
brisa y tomillo en la sierra
y van cayendo las verdes
hojas de las madroñeras,
regaba sus alhelíes
la arisca talabartera.
Llegó su amigo trotando
una jaca cordobesa
y le dijo entre suspiros:
Niña, si tú lo quisieras,
cenaríamos mañana
los dos solos, en tu mesa.
¿Y qué harás de mi marido?
Tu marido no se entera.
¿Qué piensas hacer? Matarlo.
Es ágil. Quizá no puedas.
¿Tienes revólver? ¡Mejor!,
¡tengo navaja barbera!
¿Corta mucho? Más que el frío.
(La Zapatera se tapa los ojos y aprieta al Niño.
Todos los Vecinos tienen una expectación máxima
que se notará en sus expresiones.)
Y no time ni una mella.
¿No has mentido? Le daré
diez puñaladas certeras
en esta disposición,
que me parece estupenda:
cuatro en la región lumbar,
una en la tetilla izquierda,
otra en semejante sitio
y dos en cada cadera.
¿Lo matarás en seguida?
Esta noche cuando vuelva
con el cuero y con las crines
por la curva de la acequia.(En este último verso y con toda rapidez se oye fuera del escenario un
grito angustiado y fortísimo; los Vecinos se levantan. Otro grito más
cerca. Al Zapatero se le cae de las manos el cartelón y la varilla.
Tiemblan todos cómicamente.)
VECINA NEGRA. (En la ventana.) ¡Ya han sacado las navajas!
ZAPATERA. ¡Ay, Dios mio!
VECINA ROJA. ¡Virgen Santísima!
ZAPATERO. ¡Qué escándalo!
VECINA NEGRA. ¡Se están matando! ¡Se están cosiendo a puñaladas por culpa de esa
mujer! (Señala a la Zapatera.)
ALCALDE. (Nervioso.) ¡Vamos a ver!
NIÑO. ¡Que me da mucho miedo!
VECINA VERDE. ¡Acudir, acudir! (Van saliendo.)
VOZ. (Fuera.) ¡Por esa mala mujer!
ZAPATERO. Yo no puedo tolerar esto; ¡no lo puedo tolerar! (Con las manos en la
cabeza corre la escena. Van saliendo rapidísimamente todos entre ayes y miradas de
odio a la Zapatera. Ésta cierra rápidamente la ventana y la puerta.)
ESCENA V
Zapatera y Zapatero.
ZAPATERA. ¿Ha visto usted qué infamia? Yo le juro por la preciosísima sangre de
nuestro padre Jesús, que soy inocente. ¡Ay! ¿Qué habrá pasado?... Mire, mire usted
como tiemblo. (Le enseña las manos.) Parece que las manos se me quieren escapar ellas
solas.
ZAPATERO. Calma, muchacha. ¿Es que su marido está en la calle?
ZAPATERA. (Rompiendo a llorar.) ¿Mi marido? ¡Ay, señor mío!
ZAPATERO. ¿Qué le pasa?
ZAPATERA. Mi marido me dejó por culpa de las gentes y ahora me encuentro sola sin
calor de nadie.
ZAPATERO. ¡Pobrecilla!
ZAPATERA. ¡Con lo que yo lo quería! ¡Lo adoraba!
ZAPATERO. (En un arranque.) ¡Eso no es verdad!
ZAPATERA. (Dejando rápidamente de llorar.) ¿Qué está usted diciendo?
ZAPATERO. Digo que es una cosa tan... incomprensible que... parece que no es verdad.
(Turbado.)
ZAPATERA. Tiene usted mucha razón, pero yo desde entonces no como, ni duermo, ni
vivo; porque él era mi alegría, mi defensa.
ZAPATERO. Y queriéndolo tanto como lo quería, ¿la abandonó? Por lo que veo su
marido de usted era un hombre de pocas luces.
ZAPATERA. Haga el favor de guardarse la lengua en el bolsillo. Nadie le ha dado
permiso para que dé su opinión.
ZAPATERO. Usted perdone, no he querido...
ZAPATERA. Digo... ¡cuando era más listo!ZAPATERO. (Con guasa.) ¿Siiii?
ZAPATERA. (Enérgica.) Sí. ¿Ve usted todos esos romances y chupaletrinas que canta y
cuenta por los pueblos? Pues todo eso es un ochavo comparado con lo que él sabía... él
sabía... ¡el triple!
ZAPATERO. (Serio.) No puede ser.
ZAPATERA. (Enérgica.) Y el cuádruple... Me los decía todos a mí cuando nos
acostábamos. Historietas antiguas que usted no habrá oído mentar siquiera...
(Gachona.) y a mí me daba un susto... pero él me decía: « ¡Preciosa de mi alma, si esto
ocurre de mentirijillas! ».
ZAPATERO. (Indignado.) ¡Mentira!
ZAPATERA. (Extrañadísima.) ¿Eh? ¿Se le ha vuelto el juicio?
ZAPATERO. ¡Mentira!
ZAPATERA. (Indignada.) Pero ¿qué es lo que está usted diciendo, titiritero del
demonio?
ZAPATERO. (Fuerte y de pie.) Que tenía mucha razón su marido de usted. Esas
historietas son pura mentira, fantasía nada más. (Agrio.)
ZAPATERA. (Agria.) Naturalmente, señor mío. Parece que me toma por tonta de
capirote... pero no me negará usted que dichas historietas impresionan.
ZAPATERO. ¡Ah, eso ya es harina de otro costal! Impresionan a las almas
impresionables.
ZAPATERA. Todo el mundo tiene sentimientos.
ZAPATERO. Según se mire. He conocido mucha gente sin sentimiento. Y en mi pueblo
vivía una mujer... en cierta época, que tenía el suficiente mal corazón para hablar con
sus amigos por la ventana mientras el marido hacía botas y zapatos de la mañana a la
noche.
ZAPATERA. (Levantándose y cogiendo una silla.) ¿Eso lo dice por mí?
ZAPATERO. ¿Cómo?
ZAPATERA. ¡Que si va con segunda, dígalo! ¡Sea valiente!
ZAPATERO. (Humilde.) Señorita, ¿qué está usted diciendo? ¿Qué sé yo quién es usted?
Yo no la he ofendido en nada; ¿por qué me falta de esa manera? ¡Pero es mi sino! (Casi
lloroso.)
ZAPATERA. (Enérgica, pero conmovida.) Mire usted, buen hombre. Yo he hablado así
porque estoy sobre ascuas; todo el mundo me asedia, todo el mundo me critica; ¿cómo
quiere que no esté acechando la ocasión más pequeña para defenderme? Si estoy sola,
si soy joven y vivo ya sólo de mis recuerdos. (Llora.)
ZAPATERO. (Lloroso.) Ya comprendo, preciosa joven. Lo comprendo mucho más de lo
que pueda imaginarse, porque... ha de saber usted con toda clase de reservas que su si-
tuación es... sí, no cabe duda, idéntica a la mía.
ZAPATERA. (Intrigada.) ¿Es posible?
ZAPATERO. (Se deja caer sobre la mesa.) A mí... ¡me abandonó mi esposa!
ZAPATERA. ¡No pagaba con la muerte!
ZAPATERO. Ella soñaba con un mundo que no era el mío, era fantasiosa y dominanta,
gustaba demasiado de la conversación y las golosinas que yo no podía costearle, y un
día tormentoso de viento huracanado me abandonó para siempre.
ZAPATERA. ¿Y qué hace usted ahora, corriendo mundo?ZAPATERO. Voy en su busca para perdonarla y vivir con ella lo poco que me queda de
vida. A mi edad ya se está malamente por esas posadas de Dios.
ZAPATERA. (Rápida.) Tome un poquito de café caliente que después de toda esta
tracamandana le servirá de salud. (Va al mostrador a echar el café y vuelve la espalda
al Zapatero.)
ZAPATERO. (Persignándose exageradamente y abriendo los ojos.) Dios te lo premie,
clavellinita encarnada.
ZAPATERA. (Le o frece la taza. Se queda con el plato en las manos y él bebe a sorbos.)
¿Está bueno?
ZAPATERO. (Meloso.) ¡Como hecho por sus manos!
ZAPATERA. (Sonriente.) ¡Muchas gracias!
ZAPATERO. (En el último trago.) ¡Ay, qué envidia me da su marido!
ZAPATERA. ¿Por qué?
ZAPATERO. (Galante.) ¡Porque se pudo casar con la mujer más preciosa de la tierra!
ZAPATERA. (Derretida.) ¡Qué cosas tiene!
ZAPATERO. Y ahora casi me alegro de tenerme que marchar, porque usted sola, yo solo,
usted tan guapa y yo con mi lengua en su sitio, me parece que se me escaparía cierta
insinuación...
ZAPATERA. (Reaccionando.) Por Dios, ¡quite de ahí! ¿Qué se figura? ¡Yo guardo mi
corazón entero para el que está por esos mundos, para quien debo, para mi marido!
ZAPATERO. (Contentísimo y tirando el sombrero al suelo.) ¡Eso está pero que muy
bien! Así son las mujeres verdaderas, ¡así!
ZAPATERA. (Un poco guasona y sorprendida.) Me parece a mí que usted está un
poco... (Se lleva el dedo a la sien.)
ZAPATERO. Lo que usted quiera. ¡Pero sepa y entienda que yo no estoy enamorado de
nadie más que de mi mujer, mi esposa de legítimo matrimonio!
ZAPATERA. Y yo de mi marido y de nadie más que de mi marido. Cuántas veces lo he
dicho para que lo oyeran hasta los sordos. (Con las manos cruzadas.) ¡Ay, qué
zapaterillo de mi alma!
ZAPATERO. (Aparte.) ¡Ay, qué zapaterilla de mi corazón! (Golpes en la puerta.)
ESCENA VI
Zapatera, Zapatero y Niño.
ZAPATERA. ¡Jesús! Está una en un continuo sobresalto. ¿Quién es?
NIÑO. ¡Abre!
ZAPATERA. ¿Pero es posible? ¿Cómo has venido?
NIÑO. ¡Ay, vengo corriendo para decírtelo!
ZAPATERA. ¿Qué ha pasado?
NIÑO. Se han hecho heridas con las navajas dos o tres mozos y te echan a ti la culpa.
Heridas que echan mucha sangre. Todas las mujeres han ido a ver al juez para que te
vayas del pueblo, ¡ay! Y los hombres querían que el sacristán tocara las campanas para
cantar tus coplas... (El Niño está jadeante y sudoroso.)
ZAPATERA. (Al Zapatero.) ¿Lo está usted viendo?
NIÑO. Toda la plaza está llena de corrillos... parece la feria... ¡y todos contra ti!ZAPATERO. ¡Canallas! Intenciones me dan de salir a defenderla.
ZAPATERA. ¿Para qué? Lo meterían en la cárcel. Yo soy la que va a tener que hacer
algo gordo.
NIÑO. Desde la ventana de tu cuarto puedes ver el jaleo de la plaza.
ZAPATERA. (Rápida.) Vamos, quiero cerciorarme de la maldad de las gentes. (Mutis
rápido.)
ESCENA VII
Zapatero.
ZAPATERO. Sí, sí, canallas... pero pronto ajustaré cuentas con todos y me las pagarán...
¡Ay, casilla mía, qué calor más agradable sale por tus puertas y ventanas!; ¡ay, qué te-
rribles paradores, qué malas comidas, qué sábanas de lienzo moreno por esos caminos
del mundo! ¡Y qué disparate no sospechar que mi mujer era de oro puro, del mejor oro
de la tierra! ¡Casi me dan ganas de llorar!
ESCENA VIII
Zapatero y Vecinas.
VECINA ROJA. (Entrando rápida.) Buen hombre.
VECINA AMARILLA. (Rápida.) Buen hombre.
VECINA ROJA. Salga en seguida de esta casa. Usted es persona decente y no debe estar
aquí.
VECINA AMARILLA. Ésta es la casa de una leona, de una hiena.
VECINA ROJA. De una mal nacida, desengaño de los hombres.
VECINA AMARILLA. Pero o se va del pueblo o la echamos. Nos trae locas.
VECINA ROJA. Muerta la quisiera ver.
VECINA AMARILLA. Amortajada, con su ramo en el pecho.
ZAPATERO. (Angustiado.) ¡Basta!
VECINA ROJA. Ha corrido la sangre.
VECINA AMARILLA. No quedan pañuelos blancos.
VECINA ROJA. Dos hombres como dos soles.
VECINA AMARILLA. Con las navajas clavadas.
ZAPATERO. (Fuerte.) ¡Basta ya!
VECINA ROJA. Por culpa de ella.
VECINA AMARILLA. Ella, ella y ella.
VECINA ROJA. Miramos por usted.
VECINA AMARILLA. ¡Le avisamos con tiempo!
ZAPATERO. Grandísimas embusteras, mentirosas, mal nacidas. Os voy a arrastrar del
pelo.
VECINA ROJA. (A la otra.) ¡También lo ha conquistado!
VECINA AMARILLA. ¡A fuerza de besos habrá sido!
ZAPATERO. ¡Así os lleve el demonio! ¡Basiliscos, perjuras!VECINA NEGRA. (En la ventana.) ¡Comadre, corra usted! (Sale corriendo. Las dos
Vecinas hacen to mismo.)
VECINA ROJA. Otro en el garlito.
VECINA AMARILLA. ¡Otro!
ZAPATERO. ¡Sayonas, judías! ¡Os pondré navajillas barberas en los zapatos! Me vais a
soñar.
ESCENA IX
Zapatero, Zapatera y Niño.
NIÑO. (Entra rápido.) Ahora entraba un grupo de hombres en casa del Alcalde. Voy a
ver lo que dicen. (Sale corriendo.)
ZAPATERA. (Valiente.) Pues aquí estoy, si se atreven a venir. Y con serenidad de
familia de caballistas, que he cruzado muchas veces la sierra, sin hamugas, a pelo sobre
los caballos.
ZAPATERO. ¿Y no flaqueará algún día su fortaleza?
ZAPATERA. Nunca se rinde la que, como yo, está sostenida por el amor y la honradez.
Soy capaz de seguir así hasta que se me vuelva cana toda mi mata de pelo.
ZAPATERO. (Conmovido y avanzando hacia ella.) Ay...
ZAPATERA. ¿Qué le pasa?
ZAPATERO. Me emociono.
ZAPATERA. Mire usted, tengo a todo el pueblo encima, quieren venir a matarme, y sin
embargo no tengo ningún miedo. La navaja se contesta con la navaja y el palo con el
palo, pero cuando de noche cierro esa puerta y me voy sola a mi cama... me da una
pena... ¡qué pena! ¡Y paso unas sofocaciones!... Que cruje la cómoda: ¡un susto! Que
suenan con el aguacero lós cristales del ventanillo, ¡otro susto! Que yo sola meneo sin
querer las perinolas de la cama, ¡susto doble! Y todo esto no es más que el miedo a la
soledad donde están los fantasmas, que yo no he visto porque no los he querido ver,
pero que vieron mi madre y mi abuela y todas las mujeres de mi familia que han tenido
ojos en la cara.
ZAPATERO. ¿Y por qué no cambia de vida?
ZAPATERA. ¿Pero usted está en su juicio? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy así? Aquí
estoy y Dios dirá. (Fuera y muy lejanos se oyen murmurllos y aplausos.)
ZAPATERO. Yo lo siento mucho, pero tengo que emprender mi camino antes que la
noche se me eche encima. ¿Cuánto debo? (Coge el cartelón.)
ZAPATERA. Nada.
ZAPATERO. No transijo.
ZAPATERA. Lo comido por lo servido.
j
ZAPATERO. Muchas gracias. (Triste se carga el cartelón.) Entonces, adiós... para toda
la vida, porque a mi edad... (Está conmovido.)
ZAPATERA. (Reaccionando.) Yo no quisiera despedirme así. Yo soy mucho más alegre.
(En voz clara.) Buen hombre, Dios quiera que encuentre usted a su mujer, para que
vuelva a vivir con el cuido y la decencia a que estaba acostumbrado. (Está conmovida.)
ZAPATERO. Igualmente le digo de su esposo. Pero usted ya sabe que el mundo es
reducido, ¿qué quiere que le diga si por casualidad me lo encuentro en mis caminatas?ZAPATERA. Dígale usted que lo adoro.
ZAPATERO. (Acercándose.) ¿Y qué más?
ZAPATERA. Que a pesar de sus cincuenta y tantos años, benditísimos cincuenta años,
me resulta más juncal y torerillo que todos los hombres del mundo.
ZAPATERO. ¡Niña, qué primor! ¡Le quiere usted tanto como yo a mi mujer!
ZAPATERA. ¡Muchísimo más!
ZAPATERO. No es posible. Yo soy como un perrillo y mi mujer manda en el castillo,
¡pero que mande! Tiene más sentimiento que yo. (Está cerca de ella y como
adorándola.)
ZAPATERA. Y no se le olvide decirle que lo espero, que el invierno tiene las noches
largas.
ZAPATERO. Entonces, ¿lo recibiría usted bien?
ZAPATERA. Como si fuera el rey y la reina juntos.
ZAPATERO. (Temblando.) ¿Y si por casualidad llegara ahora mismo?
ZAPATERA. ¡Me volvería loca de alegría!
ZAPATERO. ¿Le perdonaría su locura?
zAPATERA. ¡Cuanto tiempo hace que se la perdoné!
ZAPATERO. ¿Quiere usted que llegue ahora mismo?
ZAPATERA. ¡Ay, si viniera!
ZAPATERO. (Gritando.) ¡Pues aquí está!
ZAPATERA. ¿Qué está usted diciendo?
ZAPATERO. (Quitándose las gafas y el disfraz.) ¡Que ya no puedo más! ¡Zapatera de mi
corazón! (La Zapatera está como loca, con los brazos separados del cuerpo. El
Zapatero abraza a la Zapatera y ésta lo mira fijamente en medio de su crisis. Fuera se
oye claramente un run- run de coplas.)
VOZ. (Dentro.)
La señora zapatera
al marcharse su marido
ha montado una taberna
donde acude el señorío.
ZAPATERA. (Reaccionando.) Pillo, gránujá, tunante, canalla! ¿Lo oyes? ¡Por tu culpa!
(Tira las sillas.)
ZAPATERO. (Emocionado dirigiéndose al banquillo.) ¡Mujer de mi corazón!
ZAPATERA. ¡Corremundos! ¡Ay, cómo me alegro de que hayas venido! ¡Qué vida te
voy a dar! ¡Ni la Inquisición! ¡Ni los templarios de Roma!
ZAPATERO. (En el banquillo.) ¡Casa de mi felicidad! (Las coplas se oyen cerquísima,
los Vecinos aparecen en la ventana.)
VOCES. (Dentro.)
Quién te compra zapatera
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encajes de bolillos.
Ya la corteja el alcalde,
ya la corteja don Mirlo.Zapatera, zapatera,
¡zapatera te has lucido!
ZAPATERA. ¡Qué desgraciada soy! ¡Con este hombre que Dios me ha dado! (Yendo a
la puerta.) ¡Callarse largos de lengua, judíos colorados! Y venid, venid ahora, si
queréis. Ya somos dos a defender mi casa, ¡dos! ¡dos! yo y mi marido. (Dirigiéndose al
Marido.) ¡Con este pillo, con este granuja! (El ruido de las coplas llena la escena. Una
campana rompe a tocar lejana y furiosamente.)
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