El Ejecutivo y su achichincle
(Un pequeño "paso" de comedia basado en los arquetipos clásicos)
por Benjamin Gavarre
© BENJAMÍN GAVARRE SILVA
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PERSONAJES:
- APOLINAR: Ejecutivo de nivel medio. Traje de diseñador un poco ajustado, reloj ostentoso y lentes de sol oscuros. Camina como si fuera dueño de la ciudad.
- JULITO: El subordinado incondicional. Carga maletines ajenos, teléfonos y comida del jefe. Agilidad de bufón y hambre de náufrago.
(Paseo de la Reforma, Ciudad de México. Amplia banqueta a la altura del Ángel de la Independencia. Se escucha el rugido del tráfico. APOLINAR camina con paso firme. JULITO camina medio paso atrás, haciendo malabares con las cosas del jefe).
APOLINAR: (Acomodándose el saco) Julito, asegúrate de que el reporte trimestral brille más que las pantallas de Times Square. Quiero que cuando el Consejo de Administración lo abra, el destello de mis métricas los deje ciegos. Me da hasta lástima mi propia genialidad; mi laptop debe estar hirviendo, desesperada por redactar otra estrategia multimillonaria que destroce a la competencia en Latinoamérica. Pero, ¿dónde estás, Julito?
JULITO: (Apareciendo al lado, sudando) Aquí, jefe, aquí, a la vera del titán de los negocios, del Steve Jobs de la contabilidad, del lobo de Paseo de la Reforma... Ni el mismísimo Carlos Slim osaría comparar sus acciones con las tuyas.
APOLINAR: ¿Te refieres a cuando salvé las finanzas de la empresa en la crisis de las lofas y los pagarés obsoletos, cuando el director general era aquel petulante que descendía de la alcurnia de los banqueros suizos?
JULITO: Sí, el mismísimo. Aquel de las oficinas con acabados de oro a cuyas secretarias y analistas desvaneciste con un solo soplido de tu labia ejecutiva, igual que el viento de un huracán barre las hojas caídas en las Lomas de Chapultepec.
APOLINAR: Bah, una minucia. Un juego de niños.
JULITO: Una minucia si se compara con los otros milagros corporativos que yo podría contar... (Al público, rompiendo la cuarta pared con ironía) ...y que jamás en su miserable vida ha llevado a cabo. Si alguien ha visto en la CDMX a un tipo más embustero, fantoche y alucinado que este, avísenme y renuncio. Pero, ¡ay!, las quesadillas de flor de calabaza y el salmón que me hace facturar a la tarjeta de la empresa están de locura. (A Apolinar, volviendo al tono servil) ¡Qué bárbaro, jefe!
APOLINAR: (Mirando su teléfono con arrogancia) ¿Qué dices, Julito?
JULITO: ¡Que me acordé de lo del viaje a la India! Cuando fuiste a la convención y de un solo argumento macroeconómico le rompiste el brazo al CEO de la automotriz más grande de Asia.
APOLINAR: ¿El brazo?
JULITO: ¡El balance general quise decir!
APOLINAR: Bueno, es que les hablé con una sutileza...
JULITO: ¡Sutileza no! Si te pones pesado, tu labia les perfora el presupuesto, el capital de riesgo y la osamenta contable a los inversionistas alemanes.
APOLINAR: Dejémonos ahora de modestias.
JULITO: (Aparte, al público) Tampoco merece la pena que me cuente sus mentiras, que me las sé de memoria. El estómago es el culpable de que aguante a este megalómano. Mis oídos tienen que sacrificarse en favor de mis dientes, para que no les entre hambruna, y no queda de otra más que decirle "amén" a todas sus payasadas.
APOLINAR: Espera... ¿Qué te iba yo a decir?
JULITO: ¡Ah, sí! Lo del cierre de la bolsa, ya sé lo que quieres decir, lo recuerdo perfectamente.
APOLINAR: ¿Pero el qué?
JULITO: Lo que sea que vayas a inventar, jefe.
APOLINAR: ¿Traes las...?
JULITO: ¿Las cotizaciones impresas y el iPad cargado? Sí, jefe, aquí los tengo.
APOLINAR: Es una maravilla cómo me adivinas el pensamiento.
JULITO: Mi deber no es sino estar puntualmente al tanto de tus delirios... digo, de tus visiones, y desarrollar un olfato especial para oler tus éxitos antes de que ocurran.
APOLINAR: Vamos a ver, ¿tienes fresca la cuenta de mis conquistas corporativas de este mes?
JULITO: Sí, señor: ciento cincuenta clientas cerradas en Polanco, cien inversionistas rendidos en Santa Fe, treinta ejecutivas de cuenta en Interlomas y sesenta pasantes de recursos humanos que cayeron rendidas a tus pies en un solo viernes de Casual Friday.
APOLINAR: ¿Cuántas hacen en total?
JULITO: Siete mil mujeres, jefe.
APOLINAR: Ni más ni menos. La cuenta es exacta.
JULITO: No es que lo tenga escrito en Excel, pero me acuerdo bien.
APOLINAR: Tienes una memoria corporativa excelente, Julito.
JULITO: Los bufets ejecutivos gratis me la refrescan.
APOLINAR: Mientras sigas lamiendo mis mocasines con esa lealtad, no te faltará de comer. Podrás sentarte siempre a la orilla de mis comidas de negocios.
JULITO: ¡Faltaba más! ¿Y lo de la suite en Cancún? Donde si no llega a ser porque el mesero te interrumpió, te ligas a quinientas modelos extranjeras en una sola noche de antro.
APOLINAR: No, bueno... es que como eran pura influencer de bajo nivel, les perdoné la vida y decidí no darles mi Instagram.
JULITO: (Aparte) ¡Por favor! Si lo bloqueó una chavita de intendencia por acosador. (Al jefe) ¡Nada! ¿A qué voy a venir a contarte lo que todo el Paseo de la Reforma ya sabe? Que tú, Apolinar, eres un ser único en el Valle de México por tu valentía financiera, tu porte de catálogo de ofertas y tus proezas en el Tinder. Todas las mujeres se mueren por ti y tu gran, tu enorme, tu fabulosa... herramienta. Como aquellas dos que ayer me jalaban del saco afuera del Starbucks.
APOLINAR: (Deteniéndose en seco, fascinado) ¿Qué? ¿Qué te decían? ¡Alababan mi herramienta?
JULITO: Me preguntaban: "Oye, ¿ese es Brad Pitt?". Y yo les dije: "No, chicas, pero es su hermano millonario". Y entonces una de ellas suspiró y dijo: "¡Qué bárbaro, pero qué porte! Qué gran paquete tiene! Y Fíjate cómo le brilla el gel en el cabello. Qué envidia le tengo a la que se acueste con él".
APOLINAR: (Acomodándose el cuello de la camisa) ¿De verdad dijeron eso? ¡Qué maldición es esta de ser exasperadamente guapo y exitoso!
JULITO: Es un calvario, jefe. No me dejan vivir las mujeres en la oficina, me asedian, me suplican que les pase tu extensión telefónica, de forma que no me queda tiempo para hacer mis propios reportes.
(APOLINAR saca del bolsillo un helado de chocolate premium que acaba de comprar. Empieza a comerlo con deleite. JULITO lo mira fijamente, tragando saliva).
JULITO: Oye, jefe... hablando de... de prestaciones... ¿me das una probadita? ¿Me convidas un poquito de tu helado?
APOLINAR: (Se detiene, cambia el semblante de la arrogancia a una ira fría. Lo mira fijamente) A ver, Julito. Párale a tu tren.
JULITO: (Nervioso) ¿Qué pasa, jefe?
APOLINAR: Te he estado escuchando. Sé perfectamente con quién estás hablando cuando te volteas. Llevo tres cuadras viendo cómo te burlas de mí a mis espaldas y le hablas a la gente de la calle gesticulando. ¿Crees que soy tonto? Me reclamas en voz baja que te saco las comidas gratis y me pides "me das" cada vez que me compro un helado o unos tacos de pastor. ¿Qué te pasa? Te invité a mi departamento en la Condesa una sola vez a ver el partido, ¡y desde entonces no has dejado la cama del perro que te presté en la sala! ¡Te mudaste a mi casa!
JULITO: (Tratando de sonreír) Es que el tapete de Firulais es muy ergonómico, jefe, y además... ¡yo te alabo todo el día! Te imagino trayendo modelos ucranianas a tu departamento de cuarenta metros cuadrados... ¡Hago que tu vida suene idílica!
APOLINAR: ¡Vivo en un estudio minimalista, infeliz! Y tú eres un adulador sin vergüenza que se alimenta de mis viáticos y mis fantasías. ¡Estás despedido! ¡Fuera de mi vista!
(APOLINAR le arrebata el portafolios con furia. JULITO, asustado, da un paso en falso hacia atrás, bajándose de la banqueta justo cuando un Turibús viene pasando a toda velocidad, tocando el claxon ruidosamente: ¡BIIIIIP!).
JULITO: ¡Ay, mi madre! ¡Casi me atropellan!
(JULITO se queda congelado. APOLINAR, por puro instinto, estira su brazo, agarra a JULITO por el cuello del saco y lo jala de un tremendo tirón de regreso a la banqueta. El Turibús pasa rozándolos).
JULITO: (Temblando, tocándose el cuerpo) Me... ¿Me salvaste? ¡Jefe! ¡Arriesgaste tu vida de semidiós por este humilde servidor! ¡Por fin demostraste que tienes un corazón de oro, que eres un héroe de verdad, un caballero andante del corporativo!
APOLINAR: (Recuperando la compostura de inmediato, sacudiéndose el saco y relamiendo su helado) No te equivoques, Julito. No te salvé por bondad.
JULITO: ¿Entonces?
APOLINAR: Es que la vida es muy dura, y si uno va a ser un fantoche, un sangrón y un fanfarrón en este mundo... se necesita obligatoriamente tener a alguien al lado que le haga el eco. ¿Quién más va a validar mis mentiras si te mueres? Camina.
JULITO: (Sonriendo al público, aliviado) ¡Entendido, mi general! ¡Ese tirón de brazo que me diste tuvo una fuerza descomunal! ¡Ni Hércules, jefe... ¡Ni Hércules!
JULITO: Pero en serio... ¿me das una lambidita al helado?
(Se van caminando entre la multitud mientras cae el telón).
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