BAD ROMANCE
TRÍPTICO
Por Benjamin Gavarre
BAD ROMANCE: TRÍPTICO
Cuando el poder se disfraza de seducción, empatía o
supervivencia, el espejo se rompe para mostrar las astillas de nuestra propia
realidad.
Bad romance: Tríptico de obras sobre las relaciones de
poder no es una colección de historias de amor fallidas; es una
radiografía cruda sobre cómo el deseo se convierte en la moneda de cambio más
peligrosa de nuestro tiempo. A través de tres geografías urbanas tan cercanas
como asfixiantes de la Ciudad de México, estas piezas cortas exploran los
sutiles (y no tan sutiles) mecanismos de la manipulación.
Tres espacios, tres batallas
· El Cuarto de
Servicio: El clasismo más arraigado se disfraza de misticismo
"progre" en una azotea de la colonia Del Valle. Una lección brutal de
cómo los privilegios restablecen su distancia en cuanto el deseo queda saciado.
· Recursos Humanos (La cazadora
cazada): La frialdad de los corporativos de Santa Fe sirve de
escenario para un juego de espejos cínico, donde las herramientas de la
corrección política y los Recursos Humanos se usan como armas de extorsión
mutua.
· Perímetro de
Seguridad (La jaula de cristal): El encierro claustrofóbico de una
camioneta blindada en Las Lomas, donde la identidad, el género y la
masculinidad se confrontan en una tensa tregua bajo la lluvia.
En este tríptico, los personajes no son simplemente buenos o
malos; son depredadores y presas atrapados en una coreografía donde el estatus
social, el dinero y la vulnerabilidad dictan las reglas del juego.
Bad romance
Tríptico de obras sobre las relaciones de poder
I
El Cuarto de Servicio
Personajes:
- Santiago
(24 años): El "junior" de la casa. Viste ropa de marca
informal, descalzo o en sandalias caras. Lleva un vaso de cristal cortado
con mezcal. Su actitud es una mezcla de condescendencia
"progre", falsa empatía y un absoluto sentido de propiedad sobre
las cosas y las personas.
- Sasha
(20 años): Empleada doméstica originaria del estado de Veracruz.
Viste una pijama de algodón gastada. Su postura es de encogimiento
constante, con los ojos fijos en el suelo, entrenada para no incomodar con
su presencia.
(La azotea de una casa vieja y pretenciosa en la colonia
Del Valle, CDMX. Mayo. El calor es una presencia física que sofoca. En el
centro del escenario, un cubo de concreto que simula el cuarto de servicio.
Dentro hay una cama individual, un póster viejo de Timbiriche y un ventilador
de pedestal de excelente calidad que gira en un silencio fantasmal. Fuera del
cuarto se escucha el zumbido de los tinacos y, a lo lejos, el eco de la ciudad:
el camión del fierro viejo, cláxones y ladridos. Santiago sube las escaleras
imaginarias tambaleándose levemente. Toca la puerta con un ritmo juguetón pero
imperativo).
Santiago: —Sasha... Ya sé que estás ahí adentro.
Abre, que me estoy asando aquí afuera.
(Silencio. La puerta se abre apenas. Sasha lo mira con
cautela a través de la rendija).
Sasha: —¿Joven Santiago? ¿Qué pasó? ¿Se puso
mala la señora?
Santiago: (Entra empujando la puerta
suavemente, sin esperar invitación) —No, mi jefa está roncando. Se
tomó triples pastillas para dormir, ya sabes cómo es. Oye... no sé cómo no te
derrites aquí arriba, Sasha. Lo bueno es que tienes el ventilador que te bajó
mi papá de su oficina... Se nota que le caes bien al viejo. Allá abajo el aire
acondicionado se descompuso y me acordé de ti. Pensé: "Pobre Sasha, allá
arriba debe estar en el puro infierno".
Sasha: (Retrocede hasta quedar de rodillas
sobre la cama, tratando de cubrirse con los brazos) —Sí, joven, pero
uno se acostumbra. Disculpe... ya me iba a dormir. Mañana madrugo a las cinco
para el desayuno de su papá.
Santiago: (Se sienta en la orilla de la cama,
invadiendo por completo su espacio. Le extiende el vaso) —No te
deberías de dormir todavía. Mira, te convido de mi mezcal... es del bueno, del
que mi papá esconde en el ropero. Tómate un traguito. No me parece justo que tú
te la pases aquí encerrada mientras nosotros estamos allá abajo. Eso de
"los de arriba y los de abajo" es una pendejada, ¿no crees? En este
cuarto todos somos iguales.
Sasha: —No sé de esas cosas, joven. Por favor,
ya váyase a descansar. Si la señora lo ve aquí...
Santiago: —A mi mamá se la lleva la chingada con
sus crisis, Sasha... Pero no te preocupes, yo te voy a cuidar. (Le
acaricia el brazo con lentitud; ella se pone completamente rígida) Relájate,
Sashita. Ni que te estuviera viendo tu mamá. Aquí adentro yo no soy el hijo de
los patrones ni tú eres... la muchacha. Es más, aquí los dos estamos hechos de
la misma carne. Somos dos almas gemelas que se juntan en el universo. Ven
aquí...
Sasha: (Con la voz quebrada) —No,
joven, por favor... Me van a poner de patitas en la calle. A mi familia le hace
falta el dinero.
Santiago: —Nadie te va a correr, confía en mí.
Ya sabes que me gustas... estas sábanas estorban. Vente conmigo.
(Santiago la jala hacia él y la besa a la fuerza, pero
con una suavidad manipuladora. Sasha cede por completo, congelada por el peso
de la jerarquía. La luz del cuarto comienza a bajar lentamente mientras el
ventilador sigue girando. Se escucha un diseño de audio donde los ruidos de la
ciudad ahogan el espacio).
(ELIPSIS VISUAL: La luz regresa gradualmente. Han pasado
unos minutos. Santiago está de pie frente a un espejo manchado en la pared,
acomodándose el cuello de la playera. Su tono ha pasado de la "empatía
espiritual" a la frialdad de un jefe).
Sasha: (Abrazando sus rodillas contra el
pecho, con la mirada perdida en el suelo) —Joven Santiago... ¿Mañana
qué le voy a decir a su mamá cuando me mire a los ojos? Se me va a notar en la
cara.
Santiago: (Sin voltear a verla, revisando su
reloj de pulsera) —¿Qué se te va a notar? No hagas drama, Sasha. No
pasó nada que no haya pasado antes. Algo me dice que mi papá ya te había
explicado cómo funciona ese ventilador.
Sasha: (Avergonzada, esconde la cara entre
las rodillas) —Yo... yo no...
Santiago: —Como sea. Mañana vienen mis amigos de
la carrera a ver la final del torneo. Necesito las cervezas bien frías en la
terraza y los Doritos con limón y salsa, ya sabes cómo me gustan, ¿sale?
Sasha: —Pero... ¿y lo que me dijo ahorita? ¿De
que éramos iguales en el universo?
Santiago: (La interrumpe desde la puerta, con
una sonrisa cínica) —Eso fue hace un rato, Sasha. El calor de la
azotea marea a cualquiera. Ah, por cierto... te encargo que no dejes este vaso
aquí. No quiero que huela a alcohol tu cuarto cuando suba la lavandera y
empiece con los chismes. Lo lavas bien, porfa, es de los de cristal cortado de
mi abuela.
Sasha: (Casi inaudible) —Sí, joven.
Santiago: —Ah, y otra cosa... sácale la mancha
de grasa a mi sudadera gris, la de marca. La necesito para el viernes en la
noche. Échale ganas, ¿va? Que descanses.
(Santiago sale y cierra la puerta con un golpe seco. Se
escucha el eco metálico de sus pasos bajando la escalera de caracol. Sasha se
queda inmóvil. Extiende la mano y toma el vaso de cristal cortado,
sosteniéndolo contra su pecho como si fuera una condena. El ventilador sigue
moviendo el aire caliente. El cuarto parece haberse encogido a la mitad.
Oscuridad total).
2
Recursos Humanos
(La cazadora cazada)
Recursos Humanos (La cazadora cazada)
Personajes:
- Regina
(50 años): Directora de Suma. Espigada, impecable, corporativa,
fría. Esconde una urgencia que necesita saciar; ve al empleado como una
presa fácil.
- Gustavo
(24 años): Apariencia de burnout, ojeras por noches
sin dormir. Carga una vieja laptop que es su único sustento. Parece
asustado y vulnerable, con una docilidad casi teatral. Sin embargo, su
aspecto físico contradice esa timidez: la camisa abierta y los hombros
exudan una sensualidad masculina estresada... o los signos inequívocos de
un seductor calculador.
(La oficina de un corporativo de distribución horizontal.
Es de noche; la iluminación general del piso exterior está apagada, dejando el
escenario en penumbras, a excepción de la luz focalizada, blanca y fría del
despacho de Recursos Humanos, que tiene paredes de cristal. Al abrirse el
telón, Regina cierra su laptop tras revisar los archivos que Gustavo le mandó.
Él permanece sentado, encorvado y con los hombros caídos al otro lado del
escritorio de cristal. Al llegar, Gustavo ha colocado su celular bocarriba
sobre el escritorio, recargado disimuladamente contra su termo de café de
manera que la cámara frontal apunte de forma estratégica hacia el espacio donde
ella está de pie; lo hace con un movimiento tan fluido y casual que parece un
simple descuido de alguien estresado).
Regina: — Tus diseños no son malos, Tavito. Pero
la campaña de respeto e inclusión tendría que ser más… más…
Gustavo: (Con voz baja, jugando nerviosamente
con sus dedos, usando un "usted" sumiso) — Ya entiendo,
licenciada. Ya me habían dicho lo de los colores, que se pasan de alegres. Y
creo que los personajes también podrían ser más… más…
Regina: (Se levanta con parsimonia. Camina
hacia la pared de cristal y presiona un botón en el interruptor. Se escucha el
zumbido eléctrico de unas persianas internas que bajan lentamente, aislándolos
por completo del exterior. Ella sonríe, da la vuelta al escritorio y se coloca
detrás de él, poniéndole una mano firme en el hombro) — Sí, un poco
más… Y menos "licenciada", por favor. Me hace sentir que no soy parte
de... tú sabes. Deseable. Aquí cuidamos la autoestima de los colaboradores, y
una debe ser la primera en tener la vara alta. Háblame de usted, Tavito... perdón,
de ti. No sé, siento que te contienes…
Gustavo: (Finge un temblor en los hombros,
encogiéndose aún más en la silla. Con maestría absoluta, mientras simula
frotarse los ojos por el cansancio, estira un dedo y da un sutil toque a la
pantalla de su celular para asegurarse de que la grabación sigue corriendo en
segundo plano) — Es tanta presión, Regi... Licenciada. Regina…
Necesito como un aliciente, ¿sabe? Un adelanto. Tengo gastos muy urgentes.
Regina: (Desliza sus dedos lentamente por el
cuello de Gustavo, metiéndolos bajo el borde de la camisa abierta. Suspira
cerca de su oído) — Gus, querido… En mi mente tus alicientes ya están
a punto de ser transferidos, ¿sí me entiendes?
Gustavo: (Mantiene la mirada fija en su
laptop, fingiendo torpeza e ingenuidad, asegurándose de no tapar el ángulo del
teléfono) — La verdad, no. ¿Cuánto me va a transferir? ¿Y cuándo?
Regina: (Sopesa el momento, complacida por la
supuesta sumisión del joven. Se inclina más sobre él, quedando perfectamente
encuadrada por la cámara del celular) — No te esperaba tan directo, me
gusta esa faceta que tenías escondida… El capital humano necesita incentivos
orgánicos. El "cuánto" y el "cuándo" dependen de ti… Hay
que aprender a optimizar los recursos que tenemos en esta empresa... a puerta
cerrada.
Gustavo: (Su lenguaje corporal cambia por
completo en un segundo. Se endereza en la silla, echa los hombros hacia atrás
con arrogancia y clava una mirada fría y felina en ella. Su voz baja de tono,
volviéndose cínica y pausada. Rompe el "usted". Toma el celular del
escritorio con un movimiento rápido y seguro, desactivando la grabación con un
solo clic del pulgar) — Hablando de optimizar recursos corporativos...
No te muevas, Regina. Quédate ahí, quieta. Quita la mano de mi camisa.
Regina: (Retrocede un paso, parpadeando,
desconcertada por el cambio de energía) — ¿Qué te pasa, niño? ¿De qué
estás hablando?
Gustavo: (Saca un cigarrillo apagado del
bolsillo y se lo coloca en los labios, mirándola de arriba abajo con descaro
mientras sostiene el teléfono con firmeza) — Me paso de lanza,
¿cierto? Pero te lo digo con todo respeto, vieja sucia... ¿No crees que es muy
descarado de tu parte estar acosando a los empleados?
Regina: (Tratando de recuperar el control y
la postura corporativa, aunque la voz le tiembla un poco) — Gus, Gus,
Gus… en verdad eres un pobre ratón. En este mismo momento vas a irte escoltado
por los policías de la empresa. Estás despedido.
Gustavo: (Suelta una risita seca y gira la
pantalla del celular hacia ella, mostrando la miniatura del video
reproduciéndose) — Sabe... perdón, sabes... en este momento, vieja
loca, me vas a transferir tres meses de sueldo por adelantado. Y más vale que
lo hagas antes de que le dé enter a mi correo de salida en la
laptop. (Muestra el teléfono con una mano, mientras con el dedo índice
de la otra mano apunta al teclado de la computadora, dejándolo suspendido de
forma amenazante sobre la tecla enter) Te estaba grabando. Toda la
sesión. El teléfono estuvo transmitiendo el video en vivo a mi nube privada.
Gran angular, licenciada. Se ve perfectamente cómo me tocas el cuello y el
audio es nítido. ¿Cómo te quedó el ojo? La acosada ante el comité global vas a
ser tú.
Regina: (Se pone pálida, mira la pantalla del
celular y luego a Gustavo, perdiendo los papeles corporativos) — Yo…
Tú no hablas en serio. Tienes mucho que perder. Tu carrera en este medio se
acaba hoy, te voy a vetar de todas las agencias.
Gustavo: (Se levanta lentamente, mostrando
toda su estatura y esa sensualidad peligrosa que antes ocultaba. Guarda el
celular en el bolsillo de su pantalón con total calma e invade el espacio de
ella sobre el escritorio, manteniendo el dedo de la otra mano cerca del teclado
de la laptop) — Te equivocas, Regi… El único aquí que no tiene nada
que perder soy yo. A mí me sobran clientes. A ti te faltan vidas para limpiar
tu nombre si este video llega a LinkedIn. Te lo repito: mándame la
transferencia ahorita mismo. Ahorita, ahorita... Ah, y por supuesto, mi
contrato trimestral se va a renovar en automático, ¿cierto, licenciada? ¿O
prefieres que lo hablemos con el Director General? Te tocó perder.
Regina: (Tiembla de rabia y humillación, saca
su propio celular a toda prisa con las manos temblorosas y teclea con
desesperación) — Cierto... Cierto. Ya está. Puedes revisar tu
WhatsApp, ya es un hecho.
Gustavo: (Saca de nuevo su celular con
parsimonia. Mira la pantalla, ve la notificación de la transferencia bancaria y
sonríe con una satisfacción descarada. Lo guarda definitivamente) — Ha
sido todo un placer. Un placer tan grande como el que tú te esperabas de
mí. Sorry... y gracias, Regina.
(Gustavo cierra su laptop con un golpe seco y ruidoso, la
mete en su mochila con movimientos fluidos y camina hacia la puerta. Antes de
salir, se detiene, la mira por última vez con una sonrisa burlona, y sale del
despacho con paso seguro. Regina se queda estática y completamente sola detrás
del escritorio de cristal, bajo la luz fría, rodeada por las persianas
cerradas).
3
Sinopsis: Las Lomas de Chapultepec. Una noche
lluviosa a bordo de una lujosa camioneta blindada. El escolta privado de un
empresario de alto nivel y una repartidora de pizza deciden romper el
aburrimiento de sus extenuantes jornadas compartiendo un momento de descanso.
En la claustrofobia del vehículo, lo que inicia como una tensa conversación
sobre armas, géneros y supervivencia urbana se transforma rápidamente en un
peligroso juego de poder. ¿Quién está realmente a salvo cuando los seguros
eléctricos se activan desde el interior?
Perímetro de Seguridad (La jaula de cristal)
Personajes:
- Fabio
(35 años): Chofer-escolta de un empresario de alto nivel. Viste
traje oscuro impecable, corbata, audífono de cable en la oreja. Su postura
es rígida, militar e hipervigilante; usa su masculinidad como un escudo.
- Alex
(30 años): Repartidora de pizza de la plataforma SUMA. Identidad
no binaria, vestida con ropa holgada de motociclista, casco en la mano,
cabello oculto. Es desenfadada, cínica, sumamente observadora y utiliza
una actitud masculina para sobrevivir a la calle.
(El escenario está a oscuras. En el centro, dos asientos
de piel de camioneta simulan el interior de un vehículo blindado. El tablero
brilla con luces LED azules y rojas, iluminando los rostros de los personajes
desde abajo. Se escucha el sonido rítmico e hipnótico de un limpiaparabrisas
rascando el vidrio bajo una lluvia ligera en una zona residencial exclusiva de
Las Lomas).
Fabio: (Mirando fijamente hacia el público,
como si viera a través del parabrisas, ajustándose el audífono) — Don
Roberto me tiene mucha confianza. Sus fiestas son memorables, pero ya sabes...
siempre hay que cuidar que no se cuele la gentuza. La gente deja entrar a puro
desconocido y eso es riesgoso. El perímetro se vuelve una coladera.
Alex: (Cómodamente estirada en el asiento del
copiloto, abrazando su casco) — Deberías soltar el control,
comandante. Desatarte un poquito. Toda esa tensión corporativa te va a dar una
úlcera. Yo creo que la tienes así por la pistola.
Fabio: (Sonríe con suficiencia, palmeando la
fornitura bajo su saco) — Nadie puede parar una desbandada de
criminales o un intento de secuestro sin esto, Alex. Cuando me dijeron tu
nombre, pensé que eras un hombre. Luego te vi llegar en la moto... Yo tengo el
entrenamiento. Para eso está el calibre de aquí abajo. (Se inclina
ligeramente hacia ella, bajando la voz) No sé... al verte sentí cosas.
Me gustan las mujeres, pero... ¿tú qué eres? ¿"No binaria"? Qué mal
viaje me parece, con todo respeto.
Alex: (Mira fijamente el arma, luego lo mira
a él a los ojos, sin inmutarse) — A veces, la rigidez del metal solo
es el reflejo de un espíritu que grita por contención. Tienes mucha carga
acumulada, Fabio. Tu cuerpo está pidiendo un espacio de liberación... sin
protocolos. Yo soy lo que quiero ser. Me gusta vestir como un muchacho porque
en la calle me respetan más, y me gusta que mi pareja, que maneja un taxi, se
sienta segura conmigo.
Fabio: (Con una sonrisa que empieza a
volverse pesada, invasiva. Deja de mirar al frente y se gira por completo hacia
ella, acorralándola contra la puerta del copiloto) — Aquí adentro
estamos blindados, señorita. Nadie nos ve. El patrón va a tardar horas en salir
de la fiesta.
Alex: (Poniéndose seria, manteniendo la
calma) — Creí que habías entendido. Lo de "señorita" como
que no va conmigo, ya sabes.
Fabio: — Yo lo que no entiendo es por qué
aceptaste quedarte después de entregar las pizzas. Dijiste que solo querías
"respirar un rato". Te subiste a mi camioneta por algo, ¿no? Ya sé
que pareces un marimacho, pero... a las de tu tipo les gusta lo que a mí me
sobra.
Alex: (Sintiendo la amenaza del encierro,
intenta abrir la puerta del coche, pero el seguro eléctrico no cede) —
Ya estuvo, lentes oscuros. Ya me piro. Abre la puerta.
Fabio: (Con tono de poder, sin moverse) —
Hasta crees. Sabes perfectamente que este blindaje funciona nada más con mi
voz.
Alex: (Cambia su postura defensiva por una de
absoluta frialdad. Se inclina hacia él, desafiándolo) — Ah, pues lo
que tú no sabes es que la que no funciona con tu voz soy yo. O me abres ahorita
mismo, o regreso mañana temprano a hacerte una campañita afuera de esta
residencia, justo al lado del coche de tu patrón. Le voy a contar detallito por
detallito cómo usas su camioneta blindada para acosar repartidoras. A ver qué
piensa de tu "perímetro de seguridad".
Fabio: (Se queda congelado. La mira
procesando la amenaza. Lentamente, la rigidez de su cuerpo se desinfla. Suspira
profundamente y presiona el botón del tablero. Se escucha el "clack"
de los seguros eléctricos).
Alex: (No se baja de inmediato. Se le queda
viendo, analizando su reacción).
Fabio: (Con voz honesta, desarmado) —
Tienes razón... Qué pendejo soy. La verdad es que los dos estamos igual de
jodidos. Explotados. Tú bajo la lluvia en la moto y yo aquí encerrado
cuidándole el dinero a un tipo que ni se acuerda de mi nombre. Me hiciste
reflexionar, Alejandra.
Alex: (Sorprendida por la honestidad de
Fabio, suaviza la mirada) — ¿Alejandra? Vaya... pensaba que ibas a
seguir con tu discurso de macho alfa.
Fabio: — No, ya estuvo bueno del
personaje. (La mira con timidez real) Me caíste bien. ¿Qué tal
si nos vemos como amigos después? Fuera de este ambiente.
Alex: (Sonríe con una sensualidad descarada y
ambigua, acomodándose el casco bajo el brazo) — Como amigos... puede
que sí. (Se baja del asiento, quedando de pie junto a la
"puerta" imaginaria).
Fabio: (Asomándose por la ventana) —
Oye... ¿Y de verdad solo te gustan las chicas?
Alex: (Lo mira de arriba abajo con una
sonrisa burlona) — Mira, Fabio... Si acepté subirme a tu jaula
blindada no fue solo por descansar. Tienes una masculinidad muy interesante...
de esa que he visto en pocas, muy pocas mujeres.
Fabio: (Confundido, pero halagado) —
No sé si sentirme halagado o de plano ofendido... ¿Pero tengo posibilidades
entonces?
Alex: — Puede que sí, puede que no... Nos vemos,
comandante.
Fabio: — ¿Nos despedimos con un besito al menos?
Vale...
Alex: (Se inclina, le da un beso rápido y
estratégico cerca de la comisura de los labios) — Gracias por el
descanso, amigo. Espero tu llamada. A ver a dónde me invitas a cenar que no sea
una prisión al aire libre.
Fabio: — Te voy a sorprender, ya verás.
Alex: — Sorprendida ya estoy. Camina seguro,
Fabio.
(Alex se coloca el casco, da media vuelta y sale de la
luz hacia la oscuridad del escenario. Fabio se acomoda el audífono, se endereza
en el asiento recuperando su postura militar y vuelve a clavar la mirada
hipervigilante hacia el frente. El sonido del limpiaparabrisas aumenta de
volumen hasta que la luz se apaga por completo).
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