© BENJAMÍN GAVARRE SILVA
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ORLANDO
& ARIOSTO
Bienvenidos
al "Recinto", un mundo surrealista gobernado por el excéntrico
Discípulo Caballón y sus silenciosos ministros (que resultan ser pelotas). En
esta comedia absurda, seguimos al desafiante Ariosto y al pragmático Orlando
mientras navegan una burocracia sin sentido, donde el evento supremo es la
"Gran Tómbola Sagrada": una rifa que no gira y cuyos premios son
destrozados con agua. Una sátira aguda y colorida sobre la autoridad, las
reglas arbitrarias y la búsqueda de una receta para las "Peras Diversas".
¿Qué
sucede cuando la lógica se evapora y la autoridad se convierte en una
performance? En Orlando y Ariosto, Benjamín Gavarre nos invita a un universo
vibrante y delirante donde las Famosas 23 Puertas guardan secretos desconocidos
y las "decisiones verticales" marcan el día a día. Entre lanzar vasos
de cristal a una Tómbola estática y debatir la existencia de números
irracionales, dos amigos intentan encontrar sentido —o al menos una buena
receta— en una realidad que se desmorona bajo el peso de su propio absurdo. Un
viaje teatral hacia el humor de lo insensato.
Personajes:
Ariosto
Orlando
Garrafonero
1
Garrafonero
2
Garrafonero
3
Primer
Día
El
escenario estará casi vacío. Luces azules y naranjas. Enormes pinturas de
cítricos en mitades. Al fondo, majestuosas las Famosas
23 Puertas. El vestuario, en colores vivos. El Discípulo Caballón será el
único que vista en colores neutros (pero usará coturnos). Los GARRAFONEROS
tendrán, cada uno, una corona de laurel.
En
una gran piedra pintada de blanco estará sentado Ariosto. Usa una camiseta
hasta los muslos y una bufanda con la que juega.
ARIOSTO.
— Quisiera... No, no, no. La palabra indicada es
quiero. ¡QUIERO! (Reflexiona) Pero qué, qué, ¡quéeeeee!!! ¡Ya lo tengo!
(Se levanta) Quiero preparar un buen plato de PERAS
DIVERSAS. Mhhhh. Con una buenísima salsa de caracoles empotrados y un
batido de zanahorias BERMEJAS alrededor. Sí. Pero, antes necesito que Orlando
regrese de su RONDA y entonces le pediré... Ah, no: le exigiré... LA RECETA de
las: ¡PERAS DIVERSAS!!! Le pediré la receta, y me la dará, porque si
noooooooo...
ORLANDO.
— ¿Peras Diversas??? ¿Peras diversas!!!! (Amenazante)
No vuelvas ni siquiera a pensarlo o a murmurarlo debajo de la regadera.... ¿Qué
no sabes mi querido, mi pequeñísimo Ariosto, que el Discípulo Caballón ha
PROHIBIDO utilizar los refractarios cúbicos en el Recinto?
ARIOSTO.
— Nooo. Tú quieres engañarme. (Juguetón)
Apostaría que todo lo haces para no darme la receta de...
ORLANDO.
— ¡Calla!
ARIOSTO.
— Oh, sí, callaré y no podrás a ver El Aire Disecado de
mis Palabras Suculentas.
ORLANDO.
— ¡Suculentas?... Lo que es hoy tu Mente se ha Disecado
en una porción bastante condimentada de tu estómago.
ARIOSTO.
— ¿Es decir???
ORLANDO.
— Quiero decir NADA, y cuando digo Nada, es que no me
importa lo que te pase, ¡está claro?, ni lo que sientas, ni nada.... (Furioso)
¿¡Podrías dejar de estar jugueteando con tu bufanda!!???
ARIOSTO.
— ¡¿Son Alientos
Marinos los que el Señorito tiene entre dientes???? Mejor sería que te
sentaras y cultivaras pacientemente a la MONOTONÍA.
Orlando
se sienta y Ariosto empieza a dar vueltas en torno a él modelando su camiseta
que le llega a los muslos.
ORLANDO.
— Buff, Buff. Estás provocando mis sentidos penibatorios
con tu caminar esférico, amado Ariosto. Cesa, cesa, cesa, riqueza de tus
movimientos azulados... Y escucha, escucha, escucha lo que traigo para ti del
mercado del Recinto.
ARIOSTO.
— Habla pues y Recomienda a tus Neuronas que no se
esfuercen en vociferar tonterías.
ORLANDO.
— ¡Qué vociferas tú???
ARIOSTO.
— Que no te confundas con las palabras.
ORLANDO.
— Ah, eso querías decir.... (Después de una pausa en
la que se ha chupado el dedo meñique) ¡Bueno!... Te diré el mensaje del
mensaje del Gran Recinto. (Ampuloso) Has de saber que el Discípulo
Caballón cocinará para la Próxima Batalla una Tómbola. Una Tómbola en la que
tendrá como innovación estremecida: La Tierna historia de arrojar vasos de
vidrio llenos de agua a todos los premios anhelados de la Gran SAGRADA
Tómbola.
ARIOSTO.
— Y eso a mí en qué me afecta.
ORLANDO.
— ¡Pero qué grosero y villano alfeñique de falda hueca!
(Pausa) En fin... es INEVITABLE que todos los miembros del Recinto: es
decir incluido Túuuuuu (Cansado) Ah. En fin. Lleve en sus manitas
huesudas su dotación simple de agua cristalina.
ARIOSTO.
— Haberlo dicho sin tantas remambarambas. ¿Y cuándo
tendrá lugar la Rica Tómbola?
ORLANDO.
— El siguiente día.
ARIOSTO.
— Pues no prolonguemos el instante. Encaminémonos al
Recinto y preparemos nuestra dotación de Sucios Vasos de Cristal
Irrompible.
Salen.
Se oye el ruido de un avión que despega.
Entran
tres hombres con garrafones de agua vacíos al hombro. Se reúnen en un punto del
escenario.
GARRAFONERO
1. — Voy a llenar el Gran Garrafón y aventaré todo Gran
Garrafón y toda agua a la JETA inquieta del Discípulo Caballote.
GARRAFONERO
2. — No, no, no, no. No caballote. Caballón. Se llama
Caballón. Discípulo Caballón, hijo del Genio
Caballón, guardián de las 23 puertas del Recinto. Y a quien debemos arrojar
el gran garrafón lleno de agua no es al Discípulo, sino, y escucha bien, a la
TÓMBOLA, a la Gran Sagrada Tómbola.
GARRAFONERO
1. — Pues yo aventaré a gran Jeta de Caballote garrafón. Y
tú explicar tus, tus, tus nueces a tu armadillo preferido.
GARRAFONERO
2. — ¿Por qué quieres atentar contra el Discípulo del
Recinto?
GARRAFONERO
1. — Porque yo... yoooo.... yoooo... BUAHHHH! (Grotesco)
Yo dar MIS CINCO PEQUEÑINES PREDILECTOS A LA TÓMBOLA Y LOS PARTICIPANTES
romperán sin brevedad a los cinco BEBITOS que doné, que yo regalé, con mucho
cariño y abnegación, a las fuerzas del Recinto.
GARRAFONERO
3. — Los regalos son engaños: si tú regalaste a tus nenes
para la gran Sagrada Tómbola, tú contento y no hacer tonterías.
GARRAFONERO
1. — Romperé su cabezota.
GARRAFONERO
2. — ¿A quién? ¡Por qué?
GARRAFONERO
1. — Al Caballote Caballón, yo le dejaré sin dientes y solo
podrá comer carne de verduras sustanciosas.
GARRAFONERO
3. — Será mejor que llenemos los garrafones con el líquido
y estemos listos. Preparados. Listos. Preparados para la Gran Sagrada
Tómbola.
GARRAFONERO
2. — Vamos pues, y tú, GARRAFONERO UNO, no te atreverás más
que en sueños a rebelarte.
Salen
de escena.
Entra
el DISCÍPULO CABALLÓN seguido de VEINTITRÉS pelotas más o menos grandes.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — (Habla al Público) Ah, súbditos.
¡Ahhhhh Súbditooooossss! Compañeros de campanas y globos atormentados. Yo les
aseguro que la decisión tomada por Mí es gozosa, simple, y de manera
VERTICAL... la única posible. Casi, casi (a punto de llorar) …casi...
¡Achúuu! (Se limpia la nariz) ...Les decía: Casi tan insólitamente bien
pensada como la que tomé el día 23 en el que decidí de manera autónoma y
sentimental, el (a punto de llorar o estornudar) ...¡Sustituirlos! (Lacónico)
Es decir remplazarlos... A… ellos… en fin… a ellos… (Triunfal) por
inteligentes pelotas de colores magistralmente escogidas por mí. Por MÍ. ¡Por
MMMMIIIII!!!! (Formal, a una de las pelotas) O usted qué opina, mi
querido ministro... ¡No me LO diga! ¿Usted opina mi selecto ministro que mi
decisión de fabricar la Tómbola, la gran Sagrada Tómbola es UNICAESTUPENDA.
Simplemente VERTICAL? ¿Noooo? ¿O Nooooo?... Je, je, gracias. Es precisamente lo
que pensé que contestaría... Pues sí, pues veamos mis redondos súbditos: Aquí
se acercan Ariosto y Orlando y seguramente se postrarán ante mí, como es
consecuencia.
Entran
Ariosto y Orlando con sendos vasos DE VIDRIO llenos de agua.
ARIOSTO.
— (A alguien del público) ¡A mí! ¡¿A mí??? ¡¿A mí
me está mirando Usted? (Al Discípulo Caballón) ¡¿A mí?!... eso es lo
último que me faltaba. Después de prohibir LA RECETA DE PERAS DIVERSAS (Al
Discípulo Caballón) Usted se atreve a mirarme a míii. ¿Usted se atreve a
MIRARRRMEEEEEEEEEE?!!!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — (Amable) No solo a ti Ariosto, sino
también a tu compañero Orlando. Se vuelven cada día más tiernos y bestiales.
Ah, pero veo que traen su dotación de vasos de vidrio con cristalino líquido, y
por adelantado.
ORLANDO.
— Cloro, dogo, digo, claro… ¡CLARO!, su Majestad. Como
respuesta a vuestra erecta…
DISCÍPULO
CABALLÓN. — ¡No!... (Pausa)
…¿Vertical?...
ORLANDO.
— Por supuesto. Vuestra VERTICAL decisión de la Tómbola
de mañana. Decía… Ah sí… En vista De VUESTRA SABIA Decisión… Nosotros… hemos
decidido a nuestra vez ADELANTAR la Dotación de Líquidolíquido.
Adelantadamente.
ARIOSTO.
— (Irónico) Claro… Quisimos calentar el agua EN
NUESTRAS BOCAS y así el día De MAÑANA beberemos el agua caliente con un poco de
azúcar y dos terrones de CAFÉ.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — (Siempre amable) Al
contrario.
ARIOSTO.
— (Furioso) ¡Se atreverá Usted a Impedirlo?
DISCÍPULO
CABALLÓN. — No, por supuesto, ni pensarlo: solo he
querido decir, mi amado Ariosto que los terrones no suelen ser sino de
azúcar.
ARIOSTO.
— Ah, bueno, si es así no creo que haya problema alguno.
Terrones son terrones.
ORLANDO.
— ¡Basta Ariosto! ¡Te atreves a ir en contra de la
Justicia del Discípulo Caballón??? Recuerda que él es el hijo de Nuestro
Fundador, el Genio Caballón, Guardián de Las Veintitrés Puertas.
ARIOSTO.
— (Insolente) Y dígame, señor Caballón… ¿A qué se
debe la decisión de destrozar los premios de la Tómbola con lanzamientos de
vasos de agua?????
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Pues… pregúnteselo a mi Primer Ministro.
Él le sabrá responder.
ARIOSTO.
— No, no es necesario. Creo que será una buena
respuesta. ¿Verdad que será una buena respuesta, Orlando?
ORLANDO.
— Así lo pienso, y será mejor que dejemos a la Corte
caminar a su destino. Hasta la Tómbola de Mañana, Discípulo Caballón. ¡Hasta la
vista, miembros distinguidos de la Corte del Recinto!!!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Hasta la Tómbola pues y no olviden su
dotación de vasos de agua.
ARIOSTO.
— No lo olvidaremos, Majestad, no lo olvidaremos.
ORLANDO.
— Hasta luego.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Hasta mañana.
ARIOSTO.
— Hasta la Tómbola.
ORLANDO.
— Adióoooooooooos.
Desaparecen
todos rápidamente, al último las Pelotas-Ministro. Se vuelve a oír el
ruido de un avión que despega.
Oscuro
Segundo
Día
Vemos
una enorme caja naranja y en letras negras la leyenda La
Gran Sagrada Tómbola. Al lado de la caja, en un bastidor, está pintada la
imagen de una gran sonrisa. En otro bastidor vemos la imagen de dos grandes
colmillos amarillos. En un estrado, muy dignas, están las “Pelotas-Ministro”
del discípulo caballón.
Al
comenzar la escena estarán congelados los tres GARRAFONEROS con sus recipientes
llenos. Orlando y Ariosto lanzan vasos llenos de agua a la caja enorme, y cada
vez que lo hacen el vaso cae al fondo de la Caja y produce un sonoro estallido
de cristales que inunda todo el espacio. Después de cada “lanzamiento de vasos
con agua”, Orlando y Ariosto se muestran eufóricos, o bien observan
minuciosamente a los tres grotescos personajes, como esperando que reaccionen.
ARIOSTO.
— (Lanza un vaso más) ¡Es ridículo! ¡¡¿Una caja
que dice ser la Gran Sagrada Tómbola, pretende Ser… la Gran
Sagrada Tómbola????
ORLANDO.
— Tómbola, tómbola, tómbola… no muy tómbola.
ARIOSTO.
— Claro, que no. Ni siquiera gira, ni siquiera da
vueltas, ni se puede escoger nada, ni ganas nada, qué caso tiene. Solo puedes
arrojar vasos de agua a la Muy Sagrada y escuchar cómo se rompen los vasos. (Arroja
un vaso más y se escucha el estallido de vidrios). ¿Lo ves? ¿Gana algo uno
con el estallido de vidrios? (Vuelve a arrojar un vaso, seguido de
estallido. Orlando lanza el suyo: vaso, estallido). No gana Uno nada.
Pausa.
Los dos bostezan, y se quedan viendo impasibles a los GARRAFONEROS.
GARRAFONERO
1. — (Se descongela, muy circunspecto. A Ariosto...)
Perdone el allanamiento de su personalidad, pero tengo la sensación del deber
de comunicarle a usted por medio de esta interrupción…
ARIOSTO.
— (Fastidiado) ¡Dígame!
GARRAFONERO
1. — (Al borde del llanto) Se lo diré: mis
niños. Mis criaturitas preferidas. Mi mundo interior. ¡Mi todo!!!!
ARIOSTO.
— ¡Y eso a mí en que me afecta!
GARRAFONERO
1. — (Furioso) A usted en nada, por supuesto. A
usted… ¡Qué le va a importar! Oh, pero a mis cinco pequeñitos indefensos que
están allí dentro, en la purulenta Tómbola Gran Sagrada ¡OHHH! (Se abraza de
su garrafón y trata de meter la mano por la boca del recipiente).
ARIOSTO.
— Ah, se trata de sus hijitos, de sus mascotitas. No
parece ser del tipo de… (Se contiene ante lo que iba a decir) ¿No,
Orlando? Nunca pensé que bichos semejantes tuvieran hijos.
ORLANDO.
— Todos pueden ser padres. Algunos hasta tienen más de
dos, hasta más de cinco. Lo ves Ariosto, es cosa de animarlo a que tenga más
hijos.
ARIOSTO.
— Así es, mentecato: Usted puede tener más hijos.
GARRAFONERO
1. — No quiero más hijos, Señor. Quiero a mis cinco
chiquitines, a mis cinco, mis cinco, mis cinco querubines, Ohhhhhhh.
ARIOSTO.
— (A Orlando) Voy a vomitar. (Supuestamente
compasivo, al GARRAFONERO 1) No se preocupe, seguramente se salvaran, ya
que el agua que le arrojamos está especialmente a la temperatura
necesaria.
GARRAFONERO
1. — ¿Y los pedazos de vidrio?
ARIOSTO.
— ¿Los vidrios? (A Orlando) No arrojamos pedazos
de vidrio, o sí.
ORLANDO.
— No, solo arrojamos vasos completos. Y el agua es
inofensiva, además está tibia. Previamente la calentamos en nuestras bocas como
todo el mundo sabe.
ARIOSTO.
— Es cierto, por otro lado, sus pequeñines estaban al
fondo de la tómbola, o no tanto. Debo decir, para su consuelo, que la tómbola,
por muy sagrada que sea, es un fiasco, no gira ni nada. ¡No da vueltas!, ¡no
tiene premios! ¡Qué caso tiene!!!!!!
ORLANDO.
— Sí, no se preocupe. No da vueltas. Así que sus
pequeños no corren peligro, ¿lo ve? Además si hubieran sufrido algún daño, pues
ya los habríamos oído. Y no hemos oído nada, ni que lloren ni nada.
ARIOSTO.
— Sí, no se preocupe Usted. Yo solo escucho un silencio
sepulcral. (Voltea a ver con un gesto cómplice a Orlando).
GARRAFONERO
1. — Mis hijos. Mis hijitos. Ayyyyyy.
ORLANDO.
— (“Conciliador”) En cierto modo tiene
razón nuestro amigo, Ariosto. No solo los pequeñines se destruirían, sino todas
las aportaciones de los miembros a la Gran Sagrada Tómbola. Imagínate ¿cuántos
platos suculentos y vertiginosos hay allí dentro?
ARIOSTO.
— Además de las mascotitas, los pequeñines. Sí, es
cierto. No creo que nada se destruya. Incluso la SOGADELSENTIDOESTRICTO fue
incluida por unos de los miembros más eminentes del Recinto. Eso lo sé. Lo sé,
lo sé.
GARRAFONERO
2. — (Se descongela) ¡Qué dice! ¡La
SOGADELSENTIDOESTRICTO está en peligro? Hay pedazos de vidrio, los vasos rotos,
usted sabe, los cristales, el agua.
ARIOSTO.
— Sí, podría estar en peligro, pero no se apene, no
creo. Cuando mucho llegará a mojarse un poquitín, o algún pedazo de vidrio se
enredara con ella. Pero el sentido estricto siempre será el sentido estricto, y
la sogasoga.
ORLANDO.
— Eso digo yo, y la sogasoga.
GARRAFONERO
3. — (Se descongela: a los otros GARRAFONEROS)
¿saben cuál será el destino de la Tómbola Sagrada una vez destruida?
GARRAFONERO
2. — ¿Será Destruida?
GARRAFONERO
1. — ¡Destruida, Mis hijos, ayyyyyyyy!
ARIOSTO.
— (Atroz) La tómbola, la Gran Sagrada Tómbola,
una vez destruida, será... Será guardada en la puerta número 28.
ORLANDO.
— ¿Bromeas?, si solo son 23 las puertas.
ARIOSTO.
— El Discípulo Caballón, a la muerte del Genio Caballón
decidió inaugurar 23 puertas más, pero éstas serían identificadas por medio de
números irracionales.
ORLANDO.
— ¿Pero el número veintiocho es irracional?
ARIOSTO.
— Así es.
ORLANDO.
— No entiendo nada.
ARIOSTO.
— Ah, tienes razón, Orlando. Este es el mundo en que
vivimos. No tiene mucho sentido, verdad, jejejeje. Jajajajajajaja... Eso
creo... Pero... En fin... Por fin. Se acerca nuestro Discípulo Caballón:
tendré que escupirle en la cara.
Entra
el DISCÍPULO CABALLÓN. Los tres GARRAFONEROS se postran ante él y se congelan.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — ¿Por qué quieres escupirme, Ariosto?
ARIOSTO.
— Eso a usted no le importa, y para que se enoje más: no
descuidaré mi saliva de su rojiza cavidad.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Bueno, bueno. ¡Bien!... Decía... Mis
muchachos, encantadores ministros, amados súbditos: voy a decir mi discurso de
inauguración con motivo de la destrucción de la gran sagrada tómbola.
GARRAFONERO
1. — (Se descongela) Antes quiero decir que no estoy
de acuerdo.
GARRAFONERO
2. — Ni yo.
GARRAFONERO
3. — Yo.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Je, je. Claro, claro. “Yo”, je, je. En
fin. Siendo las 23 horas de este magnífico Paraíso del Recinto, me
permito…
ORLANDO.
— ¿Me permite decir que yo tampoco estoy de
acuerdo?
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Desde luego… Decía. Me permito: dada la
investidura que mi antecesor, mi Padre, el Genio Caballón, me confirió el día
23 de Otro tiempo… Inaugurar…
TODOS.
— ¡Nooooo!
ARIOSTO.
— ¡Me niego!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Y sin embargo es una idea soberbia de, de,
de, decididamente Vertical.
ORLANDO.
— (Ecuánime) Piense por un momento. Si una vez
destruida la Gran Sagrada Tómbola es remitida a la puerta número veintiocho...
Tal vez encierre de por vida a cinco pequeñines angustiados.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Oh, solo son cinco.
ARIOSTO.
— En eso tiene razón: Solo son cinco.
GARRAFONERO
1. — (Llora) ¡Oh, desdichado! (Mete la mano en la
boca del garrafón) ¡Mis pobres pequeñitos querubines multicolores!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — ¡Son peces?
ARIOSTO.
— No se sabe... Son pequeñitos, son sus hijos. Eso sí,
ni hablar.
ORLANDO.
— Las circunstancias hablan por sí mismas.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Habría que conocer la opinión de los
pequeñines.
GARRAFONERO
1. — (Lastimeramente) ¡Son sordos!!!
ARIOSTO.
— (Obvio) Pero podrán hablar. (Al GARRAFONERO
1) ¿Sí pueden hablar? ¡Sí? ¡No?
ORLANDO.
— Yo propondría una solución intermedia a la
disputa.
ARIOSTO.
— Sí, tengo hambre.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Eso implicaría un nuevo decreto. Voy a
consultarlo con mis ministros. (Se acerca a los balones y los empieza a
“interrogar”). ¿Sí o sí?... Ah, lo siento mucho... ¿Y usted?... (Pausa,
“oye” otra de las opiniones de uno de sus “ministros”) Bueno, no es para
tanto... ¿Y ustedes dos?... Claro. Eso mismo pienso yo. Bueno, parece que la
solución intermedia ha sido estudiada y aprobada.
TODOS.
— ¡Bravo!
¡Viva! ¡Bravo!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Dictaré El Nuevo Decreto: Siendo las horas
pertinentes al caso... y sabiendo que la decisión expresada será la mejor
posible… (Mira entre asustado e inseguro a todos.) …Dictaré el
siguiente…
ARIOSTO.
— Sí, sí, adelante, siga, continúe usted… ¡O LE
ESCUPO!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Ya voy, ya voy. Decía: Pronunciaré … El
siguiente...
TODOS.
— (Exasperados)
¡Bueno, ya!
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Es cosa de tomar tiempo. Son asuntos
serios. Se tiene. que analizar, considerar, tasar, evaluar... ¡PONDERAR!
ORLANDO.
— Es evidente.
ARIOSTO.
— No tanto.
GARRAFONERO
1. — Hay que dejarlo solito para que piense.
ORLANDO.
— Ah, no. Solo no se quedaría. Estaría siempre cerca
de todos los Ministros.
ARIOSTO.
— ¡Y para qué dejarlo solito? Después, cuando
regresemos, será necesario que todos estemos de acuerdo en la decisión que se
tome.
ORLANDO.
— ¿Sería necesario?
ARIOSTO.
— Evidentemente sí.
ORLANDO.
— Entonces, si tú lo dices (Ampuloso) ¡Es
necesario! ¡Será necesario! Muy necesario.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — Es necesario que guarden silencio.
ARIOSTO.
— Si yo lo decía, hay que hablar, antes de
disentir.
GARRAFONERO
3. — ¿Quéeeee?
DISCÍPULO
CABALLÓN. — (Enojadísimo) ¡CÁLLENSE TODOS! (Largo
Silencio) ...Les decía: Siendo estas horas de hoy que no recuerdo.
Pronunciaré el siguiente decreto. DECRETO QUE CADA QUIÉN HAGA LO QUE
QUIERA.
ARIOSTO.
— Ah, no, esto no me lo pueden hacer a mí. Yo no tengo
por qué soportar tanta injusticia. Es más, me voy. (Da dos pasos) Mejor
me quedo. Pero hay que salvar a los pequeñines.
ORLANDO.
— Eso digo yo, salvarlos.
GARRAFONERO
1. — Es demasiado tarde.
ARIOSTO.
— Sí, a estas alturas, si no están muertos, por lo
menos... estarán agonizando. Podemos investigar. Voy a tirar otro vaso de agua
a la Tómbola, a ver si reaccionan. (Echa el contenido de agua a la tómbola,
pero sin el vaso) Lo ven, no se escucha nada. Están muertos.
GARRAFONERO
1. — Pues yo tiraré el agua en el sitio más indicado (Le
echa el contenido de un vas al DISCÍPULO CABALLÓN).
ARIOSTO.
— Yo estoy de acuerdo (Le tira el contenido de otro
vaso al DISCÍPULO).
TODOS.
— (Lo
bañan) Todos estamos de acuerdo.
DISCÍPULO
CABALLÓN. — (Casi llora o estornuda) Ministros,
esto es humillante. Yo renuncio. Me encerraré en la puerta 23 y ni con sus
lamentos más histéricos lograrán hacer salir mi hermoso cuerpo (Muy digno)
Hasta que acabe mi tormento, sinceramente, ¡LOS ODIO! (Se va corriendo).
ARIOSTO.
— Ah, no era para tanto. No tenía por qué
dramatizar.
ORLANDO.
— Ya verás, va a regresar. Siempre lo hace... Y qué
hacemos ahora. ¿Salvamos a los pequeñines?
GARRAFONERO
1. — ¡Están Muertos!
ARIOSTO.
— ¡Ya lo comprobó?
GARRAFONERO
1. — No, ¡me ayudan?
ARIOSTO.
— Eso es cosa suya, ¿no cree?
GARRAFONERO
1. — Sí, es cierto. (A los otros GARRAFONEROS) ¿Me
ayudan?
GARRAFONERO
2. — No sé.
GARRAFONERO
3. — ¿Y si nos bañamos antes?
GARRAFONERO
2. — Esa es la primera idea sensata que oigo. Yo primero...
(Vierte el contenido de su garrafón en la cabeza del GARRAFONERO 1)
GARRAFONERO
3. — No, ¿de quién fue la idea? Mía, ¿no? Pues entonces...
Yo primero (A su vez, vierte el contenido de su garrafón [puede ser confeti]
en la cabeza del GARRAFONERO 1)
GARRAFONERO
1. — ¡Ah, sí... Pues yo también puedo ser primero (Vacía
el contenido de su garrafón en la cabeza de los otros dos. Orlando y Ariosto se
alejan subrepticiamente).
LOS
TRES GARRAFONEROS. — Eh, bravo. Tú primero. Nooo, yo
primero, no él primero, eh. ¡Bravo!
ARIOSTO.
— Pero qué odiosos.
ORLANDO.
— Sí. ¿Tú crees que los pequeñines se
salven?
Los
GARRAFONEROS quedan una vez más congelados en posiciones muy grotescas.
ARIOSTO.
— (Juega con su bufanda) Se salvarán, no se
salvarán... Es un asunto que ahora no me preocupa.
ORLANDO.
— ¿No?
ARIOSTO.
— Lo que me gustaría saber ahora, mi amado, mi muy
querido Orlando, ya que no hay ningún inconveniente para ELLO...
ORLANDO.
— (Turbado) ¿Sí??
ARIOSTO.
— Podrías, es decir, no tendrías inconveniente en darme,
es decir, yo... (Decidido) ¡Podrías darme la receta de LAS PERAS
DIVERSAS?
OSCURO
SE
OYE UN AVIÓN ATERRIZAR
Fin