UNA POSICIÓN SEGURA
(Farsa medicinal, absurda y sin control
alguno.)
De Benjamin Gavarre
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benjamingavarre@filos.unam.mx
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PERSONAJES
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Escenario
Un consultorio médico de diseño surrealista.
Un escritorio con una computadora de las antiguas y en color imposible, un Talonario
de recetas caricaturesco y un florero con tulipanes de colores. A la izquierda,
un biombo de tres hojas paradójicamente discreto entre tanto estímulo visual…. El
biombo oculta parcialmente una camilla clínica. Puertas hacia la sala de espera
y hacia un supuesto baño mixto que tiene iconos graciosos de hombre y mujer.
ACTO ÚNICO
(Al abrirse el telón, el DR. TAFOYA, con bata impecable, casi realista pero con algún detalle fársico, trata de diagnosticar a CÁSTULO, quien sigue con las gabardinas abrochadas hasta la barbilla y los brazos cruzados).
DR. TAFOYA
Don Cástulo, entienda que no soy
adivino. Si usted dice que tiene cáncer de próstata entonces tengo que hacerle
un tacto rectal. Quítese la ropa.
CÁSTULO
Doctor, mi madre me enseñó que
un hombre solo se desviste ante Dios y ante el espejo. Usted dígame lo que me
pasa y hágame la receta, eso es todo lo que le pido.
DR. TAFOYA
(Con una sonrisa peligrosamente
calmada)
Claro, por supuesto. Permítame
usar el método de la telepatía proctológica... ¡Cómo se atreve! Yo soy un
profesional y tengo sólidos valores éticos. No puedo recetarlo así nomás. Necesito
revisar si es cierto que tiene un tumor, o solamente tiene una inflamación
típica en los hombres de su edad. Hagamos una cosa, un ejercicio de relajación
hospitalaria. (Lo toma de los hombros, guiándolo hacia la camilla detrás del
biombo) Imagine que estamos en un avión. Hay turbulencia. Para evitar el
impacto, la aerolínea exige que adopte la posición segura.
CÁSTULO
¿Una posición segura?
DR. TAFOYA
Exacto. Inamovible, comodísima. Apoye
las manos en la camilla, flexione las rodillas y eleve la pelvis hacia el
noreste. Es un procedimiento estándar de la aviación civil.
CÁSTULO
(Dudando, pero subiéndose a la
camilla)
Bueno... si es así de cómoda... (Se
coloca en cuatro patas, de espaldas al público, oculto a medias por el biombo,
pero con la gabardina levantada, revelando unos calzoncillos largos ridículos)
¿Así, doctor?
DR. TAFOYA
(Poniéndose un guante de látex
con un chasquido)
Perfecto. Mantenga el rumbo y no
mire hacia la cabina. Voy por el lubricante.
CÁSTULO
¡Cómo dijo!... ¡Lubri-can-te! ¡No,
por piedad!
(El Doctor se gira hacia su
escritorio para buscar el gel. En ese instante, la puerta se abre de golpe y
entra DOÑA GERTRUDIS, caminando a pasos cortos y rígidos).
DOÑA GERTRUDIS
¡Doctor! ¡Es una emergencia!
¡Mis hemorroides han declarado la guerra y exijo un armisticio en forma de
supositorios!
DR. TAFOYA
(Sobresaltado, ocultando la mano
con el guante tras la espalda)
¡Señora! ¡Estoy en medio de procedimiento
muy sensible! ¡Atrás!
DOÑA GERTRUDIS
(Ignorándolo, camina directo
hacia el biombo)
¿Sensible? Ah, yo sé de eso. (Se asoma descaradamente por el borde del
biombo) ¡Válgame Dios! Pero qué camello tan gracioso.
CÁSTULO
(Sin moverse, congelado del
pánico)
¡Doctor! Siento una corriente muy
descarada! ¡Ucha, ucha, no me vea!
DR. TAFOYA
¡Doña Gertrudis, respete el casto
trasero de este hombre!
DOÑA GERTRUDIS
(Analizando a Cástulo)
Parece como un bizcochito mil
hojas (A Cástulo) Cómo se llama usted?
CÁSTULO
(Turbado, dócil a pesar de todo.
Sin entender nada)
Me llamo Cástulo, ¡por qué! ¡Quién
es usted!
DOÑA GERTRUDIS
Una humilde samaritana. Oiga, señor,
habría que tener más higiene ¿sabe?... A mí por eso me salieron unas hemorroides
gigantes, es que no me gusta mucho limpiarme… Y también por eso se me inflamó
la próstata, así como a usted.
(La puerta vuelve a abrirse.
Entra VALENTÍN, con un elegante tuxedo, arrastrando los pies, con una palidez
aristocrática y los ojos entrecerrados).
VALENTÍN
Doctor... Ya no puedo vivir sin mis
analgésicos. Estoy en crisis de abstinencia. Me vuelvo loco, deme una receta, por vida
suya, se la pago, mire que no puedo soportar esta existencia cruel. Analgésicos
opioides certificados, usted deme la receta en blanco, bueno, con su firma, y
no lo molesto nunca más, lo juro.
DOÑA GERTRUDIS
(A Valentín, señalando el biombo)
Mire, joven, esto es mejor que
los analgésicos… esto es de lo más divertido para que se alegre el alma… Venga
a ver esto. Aquí el doctor tiene a un camello en cuatro patas… ¡y con la cola
levantada!
VALENTÍN
(Atraído por la palabra mágica:
analgésico… llega como hipnotizado atrás del biombo, al lado de Doña Gertrudis)
¿¡Usted también los toma!? ¿Me da? (Realmente impresionado por lo que ve)
Vaya... esto sin duda es interesante. (A Cástulo, obsesivo)
Disculpe, señor, A usted a usted también le recetan analgésicos opioides… ¿Me
regala su recetas?
CÁSTULO
(Gritando, tapándose la cara con
las manos)
¡Doctor! No soy un fenómeno de
circo, venga y haga lo que tenga qué hacer, pero sáqueme de aquí a estos dos.
(El DR. TAFOYA ha estado como
olla exprés, sin poder creer lo que miran sus ojos… Revisa de lejos a los tres
locos. El guante de látex sigue puesto. De pronto, se detiene. Sus ojos se
abren de más. Una risa nerviosa, bajita, empieza a escapársele del pecho.
Comienza a reírse con un sarcasmo helado, aplaudiendo suavemente con sus manos
enguantadas).
DR. TAFOYA
¡Claro! La vida me pone una
prueba, esto es un rito de pasaje, puedo entenderlo. ¡Qué maravilla! ¡Qué Altar
fenomenológico tengo la fortuna de contemplar! (Se quita el guante con furia y
lo arroja al florero) A ver, don Cástulo, quédese así, no se mueva. Total, si
quiere que lo diagnostique vestido, ¡perfecto! Yo la verdad no tengo interés
alguno en verle el... pedazo de carne hinchada que esconde bajo esas telas de
maniático. Quédese en cuatro patas como camello, le da un aire exótico al
consultorio.
DOÑA GERTRUDIS
Doctor, su pobre animal ya no
tiene remedio... Tiene cáncer de mil hojas, lo puedo certificar porque a mí me
dio lo mismo… Mejor atiéndame a mí, porque me volvió crecer la próstata.
DR. TAFOYA
(Ya en franca locura contenida… Girándose
hacia ella con una reverencia exagerada)
¡Pero por supuesto, Doña
Gertrudis! ¡Cómo lo olvidé! La anatomía de la próstata es algo perfecto,
estilizada y natural... ¡en una dama! Y siempre se regenera… Sobre todo en las hermafroditas. ¡Eso es! Usted tiene dos géneros… Es un asno y una
oveja… Es Un milagro de la biología y de
la zoología. Por eso tiene próstata, cejas pobladas, tres riñones, pelos rebeldes,
barba invisible y una vocación de “humilde samaritana” como usted misma dijo. Qué
belleza, qué maravilla de la naturaleza… humana… ¡Felicidades!
DOÑA GERTRUDIS
(Estupefacta)
Todo eso… ¿Hermafrodita? ¿¡Entonces
soy un milagro!? ¡Eso está muy bien!
DR. TAFOYA
(Ignorándola, saltando hacia
Valentín)
¿Y usted, mi querido Valentín?
Qué elegancia la de Francia para venir a pedirme recetas para drogarse con el
sello del Estado. ¿Por qué conformarse con opio diluido? ¿Por qué no se mete
fentanilo de una vez? O mejor aún, ¡yerba santa medicinal!, se hace un té y así
me deja en paz. (Toma el recetario de la mesa, desquiciado) Bueno, no… ¿Sabe qué? Vamos los dos a ponernos high.
Vamos a repartir las recetas para que todo el mundo disfrute, y todos tengan
experiencias religiosas… y nos vestimos
con túnicas sin costuras y alucinamos juntos con todos lo que nos sigan.
VALENTÍN
(Interesado)
Me parece una propuesta
terapéutica bastante aceptable, doctor. ¿Hay túnicas sin costuras?
DR. TAFOYA
(Pega un grito, delirante, pero
lo corta)
¡No! ¡Sí! Pero solo los
sacerdotes pueden usarlas ¡No! ¡Sí! ¿¡Sabe qué!?... Le voy a dar el recetario
entero. (Le estampa el block de recetas en el pecho a VALENTÍN)
Tenga. Es suyo. ¿Sale?, ¿Okey? ¡Abur!, ¡yo me pinto de colores! ¡Ya estoy harto
de trabajar con pacientes sin remedio, estoy harto de ustedes! ¡Harto de
revisar traseros sucios que nunca han recibido la luz del sol!
CÁSTULO
(Asomándose, aterrado)
¿Se va, doctor? ¿Y yo cómo me
bajo de este avión?
DR. TAFOYA
¡Usted quédese ahí hasta que yo aterrice
en el Tíbet, don Cástulo! Ya tomé una decisión. Me voy a desprender de esta
sociedad: ¡me voy al Tibet de budista! ¡Está decidido! Me voy a rapar, me voy a
poner una túnica con costuras color azafrán y me voy a ir a meditar al Himalaya
donde nadie, ¡absolutamente nadie!, tenga ano, ni recto, ni próstata, ni
adicciones hipócritas. ¡Adiós a la carne! ¡Adiós a los traseros malolientes!
¡Vámonos todos al Tíbet!
(El Dr. Tafoya se arranca la
bata de un tirón, la avienta a la cara de Doña Gertrudis,… toma su portafolios
y sale corriendo por la puerta de la sala de espera, gritando mantras budistas
desarticulados: "¡Om Om Ommmm, mani padme hum, carajo!").
(Silencio largo. CÁSTULO sigue
en cuatro patas sobre la camilla. DOÑA GERTRUDIS se quita la bata de la cabeza.
VALENTÍN mira el recetario).
DOÑA GERTRUDIS
Pues... se le veía muy seguro de
lo del Tíbet. El clima de allá debe ser buenísimo para la circulación. Creo que
siempre está nevado y hay vacas.
VALENTÍN
(Arrancando una hoja del
recetario)
Definitivamente. Hay muchas
montañas nevadas… pero creo que abundan las cabras… Recetas, muchas recetas
vírgenes y maravillosas (Le extiende la hoja a Doña Gertrudis)
Tome, señora. Firmado el mismísimo nuevo Dalai Lama. Esto le va a solucionar
todos su grandes verdaderos o falsos problemas.
DOÑA GERTRUDIS
(Tomando la receta con devoción)
Ay, gracias, querido muchacho.
Qué bendición estar cerca de la juventud preparada. (Se gira hacia el biombo,
amable) A ver, don Cástulo, bájese de la aeronave, ya estuvo bueno, o ya le gustó
eh, pervertido, degenerado… No se crea, es broma… Ya sabe, yo soy una Buena Samaritana,
lo dijo el Dalai… Vamos, les invito unas donas, hay unas riquísimas con
glaseado de chocolate, y ungüentos de belladona, y pastelitos mil hojas con
jarabe de maple. Engordan pero nos hacen ver la vida con otros ojos, con los
ojos de las maravillas.
CÁSTULO
(Bajándose de la camilla con
dificultad, acomodándose la ropa)
Pues... sí, eso suena muy bien,
ya ni siquiera siento malestar alguno, creo que lo que me hace falta es una
rica y deliciosa dona glaseada de chocolate, eso es una verdad incuestionable.
VALENTÍN
Eso digo yo. Definitivamente.
Incuestionable.
(Valentín se sienta en el
escritorio del doctor, sube los pies a la mesa con total abandono y empieza a
firmar recetas en blanco con una sonrisa feliz, mientras Doña Gertrudis sale
del consultorio del brazo de Cástulo, quien camina como charrito cansado y con
mucha con timidez).
Telón
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