lunes, febrero 03, 2025

Las aventuras de la tía Amada y de su hermana Engracia, comedia de Benjamín Gavarre











Las aventuras de la tía Amada y de su hermana Engracia

Comedia en un acto

De Benjamín Gavarre

Personajes:

·       Tía Amada: Consultora del corazón; optimista, despistada y dada a confundir los casos.

·       Tía Engracia: Su hermana; ácida, territorial y protectora de sus girasoles y su perrita.

·       Frau Helga: La empleada doméstica y asistente ejecutiva; biliosa, implacable y obsesionada con cobrar.

·       Doña Gertrudis: Anciana que pasa de los 70 años; vive atormentada por los celos de su esposo.

·       Don Heriberto: Su esposo; un viejo celoso y jorobado que se transforma en un amante empalagoso.

·       Dr. Malaquías Usullagoytia: Científico excéntrico, propenso a los ataques de pánico social.

·       Serafín del Monte: El joven y paciente ayudante del laboratorio.

Escena 1

(El consultorio y departamento de las tías en el Pent-House. A un lado del escenario vemos un "elevador" escenográfico con puertas mecánicas. Doña Gertrudis, anciana de más de 70 años, llega a la planta baja y toca el timbre del interfono).

Frau Helga: (Por el interfono, con voz gélida y biliosa) ¿Qué se le ofrece?

Gertrudis: (Misteriosa, susurrando) Disculpe, señor. No me lo vaya a tomar a mal…

Frau Helga: No soy señor. Soy señorita.

Gertrudis: (Resignada) Sí. Sí. Es posible… En fin, disculpe. ¿Es el consultorio de la tía Amada y su hermana Engracia?

Frau Helga: (Furiosa, gritando al interfono) ¿Qué cosa dijo? ¿Qué “es” posible?

Gertrudis: (Cortante) Sí, sí. Dije lo que dije... Yo creo. En fin. Yo sé que nada tiene solución en este mundo, ¿pero qué le va uno a hacer? Preguntaba yo si es aquí el Consultorio de las hermanitas del buzón del corazón: ellas lo saben todo, ¿sabe? Me enteré por una amiga que ellas solucionan “las crisis del corazón”, por más graves que estas sean. Y yo quisiera...

Frau Helga: (Fulminante) ¡Suba! La espero aquí: PH. Quise decir Pent-house... Ah, y si tiene problemas con el elevador… le deseo mucha suerte.

(Frau Helga se carcajea de forma macabra, se detiene súbitamente y se queda viendo el interfono con una enigmática sonrisa. Abajo, Doña Gertrudis intenta hacer funcionar el elevador. Oprime repetidamente los botones, pero no funciona. Comienza a golpear las puertas con los puños).

Gertrudis: Por favor, elevador, sé bueno con esta pobre anciana que no le hace daño a nadie. (Cambia radicalmente el tono y le da tres patadas salvajes a las puertas). Anda, cariño, elevadorcito lindo, mira que vivo atormentada. (El elevador suena y abre las puertas de golpe). Gracias elevadorcito mío, Dios te lo ha de pagar. (Al intentar entrar, las puertas se cierran bruscamente atrapándola a la mitad). ¡Majadero!

(Las puertas se abren de nuevo y Doña Gertrudis inicia preocupada el ascenso. En el escenario se ven letreros mecánicos que indican la posición del elevador. Llegando al tercer piso, las puertas se abren y se lee un letrero: "Más vale paso que dure y no trote que infarte…". El elevador vuelve a cerrar sus puertas con un rechinido).

(Al otro lado del escenario se ilumina el consultorio. Engracia está regando sus doce girasoles manejados como títeres, los cuales miran todos obsesivamente hacia la izquierda).

Engracia: Muchachos, por favor. Todos los girasoles bien nacidos dirigen su atención al sol. El Sol sale por el Poniente y se muere el pobrecito por el Oriente... ¿O es al revés? Como sea. Háganle caso a su tía Engracia. Por favor, miren hacia la derecha, allí está el Sol; no lo podemos ver por esa nube permanente de smog, pero les juro por lo más sagrado que ahí está. Enero, Febrero, Marzo y Abril… ustedes, que son los más inteligentes de la familia, convenzan a sus hermanitos que miren hacia el Sol, sí, sí, así está muy bien.

(Los girasoles giran bruscamente hacia la derecha, y tras un segundo, giran inmediatamente al centro para clavarle la mirada fijamente a Engracia).

Engracia: ¿Pero qué me ven, Giratontos? ¡Yo no soy el Sol!... Que yo sepa. No me vean a mí. Desconsiderados, majaderos. Yo, que me desvivo por su educación tan sólida, tan fertilizada, ingratos, y así me pagan. Deberían aprender de Lucrecia. (Toma en sus brazos a una perra Chihuahua de peluche vestida de bailarina clásica). Mi terroncito de azúcar, juguetito, corazón, tesorito del norte, tu mami te tiene preparada tu comida especial. Vamos a dejar solos a estos girasoles giratorios de porquería. Sí, a ustedes me refiero. Y no me mires así, Junio, que te voy a arrancar los pétalos. Ven, Lucrecia, vamos al consultorio. Tú me vas a ayudar a resolver la vida de otro pobre corazón roto. Al ataque, Lucrecia.

(Engracia sale de la zona de las plantas. Los girasoles se agitan volteando en todas direcciones, completamente desorientados).

(Las puertas del elevador se abren en el quinto piso. Gertrudis respira con dificultad. El letrero del piso dice: "Quinto piso nunca es malo del todo").

Gertrudis: No, no hay quinto malo... solamente hay quinto pésimo, pero algún día he de llegar.

(Las puertas se cierran entre rechinidos extraños).

(Entra la tía Amada al área de las plantas. Saluda a los doce girasoles, quienes la siguen obedientemente con la mirada a donde sea que ella se mueva).

Tía Amada: Buenos días, lindos girasoles: Martes y Miércoles, Jueves y Lunes y Sábado, Domingo y Miércoles... Ay, quién me falta. No importa, buenos días, muchachos, no se vayan a insolar.

(Sonido de campana. Doña Gertrudis llega por fin al Pent-House. Las puertas del elevador se abren y el último letrero dice: “Nos volveremos a encontrar”. Gertrudis lo lee en voz alta, se aleja a punto de llorar y grita: “¡No, no, no por favor!”. Camina tambaleándose y toca la puerta del departamento con desesperación).

(Abre Frau Helga, la toma bruscamente de los hombros, la conduce a un diván y saca una libreta de taquimecanografía).

Frau Helga: (Implacable) ¡Nombre!

Gertrudis: (Asfixiada) Gertrudis Núñez de Avellaneda.

Frau Helga: ¿Estado civil?

Gertrudis: Casada, por vida mía, casada. Oiga...

Frau Helga: Sexo, hábitos públicos y domésticos. ¿Cuántas vacunas ha recibido? ¿Dirección, teléfono, tiene cuenta bancaria? ¿Le gustan los domingos o no tanto?

Gertrudis: Ah, los domingos. Fíjese que mi marido me llevaba a Chapul…

Frau Helga: (Cortante) Suficiente.

(Helga le coloca un estetoscopio en la frente, le mide la presión de forma violenta y finalmente saca un abatelenguas de madera, mostrándoselo de forma amenazante).

Frau Helga: Diga sí.

Gertrudis: (Risueña) Ay, no, pero si estoy requeté bien, estoy más sana que una primavera en flor, se lo juro.

(Frau Helga le abre la boca a la fuerza e introduce el abatelenguas).

Frau Helga: Diga, ¡Ah!

Gertrudis: (Con la boca ocupada, juguetona) Muy bien... ¡Gauuu, Gugú, Gokúuuu!

Frau Helga: ¿Ha padecido usted enfermedades graves?

Gertrudis: (Repentinamente patética, al borde del llanto) ¡Oh, he padecido tanto! Mi marido, usted no sabe, ¡es tan celoso!

Frau Helga: Cáncer, leucemia, hepatitis… ¿Acostumbra usted sufrir paros cardiacos?

Gertrudis: (Confundida) Tanto como acostumbrar… Una vez tuve un dolor aquí… (Se señala el hombro derecho). O, la verdad, fue más bien acá… (Se señala el hombro izquierdo).

Frau Helga: ¿Cuántos años tiene?

Gertrudis: (Incómoda, evadiendo la mirada) ¿Cómo dijo?

Frau Helga: ¿Cuántos años tiene?

Gertrudis: (Aterrada) No entiendo la pregunta.

Frau Helga: (Fulminante, dando un golpe en la mesa) ¡Edad!

Gertrudis: (Trastornada) Déjeme ver… En 1940… Y no… en 1930… y no, no, no, no.

Frau Helga: Sea breve.

Gertrudis: Sí, sí, sí, ah, sí… En 1980 y… En 1991…

Frau Helga: (Eficiente, anotando) ¿Noventa y cuántos?

Gertrudis: No, no, por Dios, no tantos. (Empieza a tartamudear). Tengo exacta, ta, ta, ta, mente…

Frau Helga: (Histérica, perdiendo los estribos) ¡¿Cuántos años tiene, señora?!

Gertrudis: Ta, ta y dos, ta ta y cinco, Ta, ta, ta, ta… Tengo exactamente… (A punto de desmayarse). Tengo exactamente… ¡Ay, Dios!

(Doña Gertrudis se desmaya por completo en el diván. Entran por distintas puertas Amada y Engracia. Amada corre a auxiliarla; Engracia se sienta con parsimonia en un sofá con su perra Lucrecia).

Escena 2

Tía Amada: ¿Pero qué sucedió aquí? ¿Ay, Helga, qué le pasó a esta señora, qué le hiciste?

Frau Helga: Helga, mi nombre es Helga. No se le olvide, tía. (Dirigiendo su furia a la paciente). En cuanto a la paciente, solamente puedo agregar que es medio sorda. No pudo entenderme cuando le pregunté su edad.

Engracia: (Incisiva desde el sofá) No me extrañaría, querida Frau, que la hubieras amenazado con el crematorio si no contestaba a tus dulces preguntas.

Frau Helga: (Ofendida, pero conteniéndose) Señorita Engracia, yo me limito a cumplir…

Engracia: (Imitándola con una cantinela burlona) …A cumplir con mis obligaciones con eficacia, discreción y disciplina. Y si no les gusta cómo trabajo mejor me voy de aquí. Sí, ya sabemos que eres eficaz, muy eficaz, más que eficaz, querida Helga.

Frau Helga: ¡Mi nombre es...! Ah, sí, eso dijo.

Engracia: Ya, ya, tranquila. Mira, la viejita ya se despertó.

(Gertrudis se recupera poco a poco. Mira asustada a su alrededor. Amada le sonríe con dulzura excesiva; Engracia se mira desinteresada en un espejo de mano y Helga la fulmina con los ojos).

Gertrudis: (Aterrada al ver a Helga) ¡Auxilio, ella, esa mujer, quiere atormentarme! ¡Auxilio, la policía, llamen, socorro!

Tía Amada: No se preocupe usted, señora. Helga es inofensiva. Un poco temperamental, solamente, pero inofensiva. Vamos a ver... usted seguramente perdió a su marido, ¿verdad? Su esposo es un vago pendenciero y jugador que no da nada para comer. A ver, dulce abuelita, cuéntenos. Pero tranquila, a su muy avanzada edad es necesario tomar las cosas con calma, sin precipitaciones y sin nervios.

Frau Helga: Todavía no nos confiesa su edad.

Tía Amada: Se confiesan los pecados, Helga, no la edad. Yo, por ejemplo…

Engracia: Oh milagro, ¿vas a confesarnos tu edad, hermanita?

Tía Amada: (Ignorando olímpicamente a su hermana) Así que su marido es un vago, pendenciero y jugador.

Gertrudis: Yo nunca dije tal barbaridad.

Engracia: Ah, bárbara.

Gertrudis: Ay, tía, no sabe… Mi marido…

(Se ilumina una parte del escenario que representa la casa de Doña Gertrudis. Vemos a Heriberto Manríquez, un hombre muy viejo y jorobado. Cierra la puerta principal con triple llave, pone un candado enorme en una ventana y se agacha con dificultad a revisar debajo de una cama. Mientras actúa, se escuchan las voces de las mujeres desde el consultorio).

Gertrudis: (Voz en off) Es terriblemente, insufriblemente, celoso. Tiene celos del cartero, del lechero, del carnicero, del panadero, del vendedor de lotería de la esquina, del que vende el gas, del que compra cosas viejas, del que da las noticias en la tele, del suelo que piso, del aire que respiro…

Engracia: (Voz en off) Despacio, despacio, señora, que nos vamos a asfixiar.

Gertrudis: (Voz en off) Es un hombre vil. Es espantoso, repugnante, malsano, malandrín y lo peor de todo…

Tía Amada: (Voz en off) Lo peor de todo es que es un vago, pendenciero y jugador.

(Se apaga la luz de la casa y se ilumina por completo el consultorio. Gertrudis está sentada al lado de Engracia. Helga y Amada la observan desde el diván).

Gertrudis: No. Lo peor de todo es que desde hace milenios no me besa: ni un besito en la mejilla, ni un cariñito, ni nada. Ay, tía, Ay hermana Engracia, ¿qué debo hacer?

Tía Amada: No se preocupe, señora. Si su marido es un vago, pendenciero y jugador, es quizá por su culpa. Miren nada más qué facha tiene usted. ¿Por qué no se arregla bien? Debería ser más coqueta. Ponerse perfume, estudiar repostería, decirle picardías al oído. Va a ver que si se arregla un poquito se le quita en un santiamén lo vago, pendenciero y jugador.

Engracia: Celoso, Amada; su marido es celoso. Díselo tú, Helga, a ver si a ti sí te escucha.

Frau Helga: (Gélida) Su marido es celoso.

Engracia: Su esposo es de esos ejemplares que no la dejan a una maquillarse.

Gertrudis: (Emocionada) ¡Sí!

Engracia: Es de esos que le revisan a una la…

Gertrudis: (Cada vez más exaltada) ¡La correspondencia, la ropa, las compras…!

Engracia: Y es de los que escuchan tangos como el de “La mujer malvada perversa engañadora”.

Gertrudis: (Eufórica, levantándose del diván) ¡Exacto!

(La tía Amada comienza a aplaudir con desbocado entusiasmo).

Tía Amada: ¡Bravo, que mueran los celos, que viva el tango!

Gertrudis: (Súbitamente cambia de actitud, apenada) Pero en el fondo, yo no sé si hago bien en censurarlo. Yo no soy nadie para criticarlo, ¿verdad?

Engracia: ¿Qué dice? ¡¿Y entonces quién?!

Frau Helga: Sí, entonces quién.

Tía Amada: Un abogado, un sacerdote, un jefe de estación de tren... (Todas la miran con desconcierto; la tía se encoge de hombros). No, la verdad, de verdad sí… eso de criticar a las personas es muy feo.

Gertrudis: Pues sí. Pues no. La verdad sí necesito su ayuda.

Engracia: Pues para eso vino, ¿no?

Gertrudis: Y para eso está dispuesta a pagar lo que sea.

Frau Helga: (Avanzando un paso, siniestra) Lo que sea…

Gertrudis: Sí, por supuesto. (Abre su monedero y empieza a contar monedas ruidosamente. De pronto reflexiona algo privado, guarda las monedas rápido y se mete el monedero en el seno). Heriberto piensa que en este momento me estoy bañando.

Engracia: Pues será en tina de hidromasaje, porque ya se tardó demasiado, ¿no cree? Helga, acompaña a la señora a la puerta.

Frau Helga: Págueme 200,000 de la consulta.

Tía Amada: (Reprobando) ¡Helga!

Gertrudis: (Alarmada) ¡¿Doscientos cuántos?!

Frau Helga: Doscientos mil. Ahora.

Tía Amada: No se preocupe, señora. Helga solo estaba bromeando.

Frau Helga: Si no me paga yo renuncio.

Engracia: Ya Helga, no nos amenaces con renunciar y vete de una buena vez.

Tía Amada: (Conciliadora) Ya nos pagará usted lo que pueda, siempre y cuando quede satisfecha con nuestros servicios. Helga, contrólate o vamos a tener que despedirte.

Frau Helga: Necesito vacaciones. Díganle que me pague. (Acercándose a la temblorosa Gertrudis). ¡Doscientos mil, ahora!

Gertrudis: Pero… yo todavía… ustedes no me han dicho… qué… qué es lo que debo hacer…

Tía Amada: Helga, está bien, desde ahora te damos vacaciones… y bien pagadas te lo prometo… pero antes acompaña a la señora a la puerta. Y no se preocupe, señora. Nosotros le quitaremos a su esposo lo vago y pendenciero y jugador.

Gertrudis: Pero tía, hermana Engracia, ¡ustedes no me han dicho todavía lo que debo hacer!

Engracia: Hasta luego, señora, le deseamos mucha suerte porque la va a necesitar. Helga, llévatela por favor.

Frau Helga: (Fuera de sí, acorralando a Gertrudis) ¡Doscientos mil! ¡Ahora!

(Frau Helga se acerca amenazante. Doña Gertrudis sale despavorida hacia el escenario del elevador y Helga corre tras ella gritando. Se cierran las puertas del elevador).

(En el consultorio, la tía Amada se acerca a la pared, quita un cuadro donde aparece un curioso retrato de las dos hermanas, abre un gabinete secreto y saca una pequeña caja de chocolates. Engracia se acerca y contempla los dulces con sospecha).

Engracia: (Señala cada uno de los bombones) Contra los maridos avaros, contra los mentirosos, contra las suegras incorregibles, contra las esposas habladoras... No. Se nos acabaron los chocolates contra los maridos celosos, ¿entendiste, hermanita? Contra los maridos ce-lo-sos.

Tía Amada: Ay, Engracia. ¿Pues qué piensas, que soy tonta o qué? Yo siempre supe que se trataba de un marido rabioso.

Engracia: Ay hermanita… mira… mejor nos vamos con Malaquías.

(Se oscurece el consultorio y se ilumina el laboratorio químico).

Escena 3

(El laboratorio del doctor Malaquías Usullagoytia. Hay matraces, humo y tubos de ensayo. El doctor mezcla ingredientes con desesperación cómica. Su ayudante, Serafín del Monte, se mueve de un lado a otro intentando atrapar los objetos que Malaquías deja caer por accidente).

Malaquías: ¡Celos, oh cielos! Tenemos que acabar con el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta. El monstruo verde de los celos… y también de la envidia, saben. ¡Oh, mísero de mí!… Pero si ya les había preparado millones de veces los chocolates contra los celos.

Serafín del Monte: Se les terminó, doctor.

Malaquías: Mira, mira Serafín. Este chocolate en polvo es un simple chocolate en polvo… pero gracias al prodigio de la ciencia, lo convertiremos en el antídoto más poderoso, capaz de vencer al más insoportable de los Otelos.

Engracia: (Entrando al laboratorio, acomodándose el cabello) Ay, doctor Usullagoytia, qué bien habla usted y tan claro, tan deliciosamente claro.

Malaquías: Eso me han dicho.

Engracia: Y sin querer molestarlo ni importunarlo en sus vastos conocimientos… ¿no cree que le haga falta azúcar?

Malaquías: El chocolate en polvo ya tiene azúcar.

Engracia: Según yo... ¿no le podría agregar un poquito más?

Malaquías: ¿Sí? ¿No quedará muy dulce?

Engracia: Es importante que tengan azúcar. Es importante.

Malaquías: Serafín, hazle caso a la tía y tráeme un poco de azúcar.

Engracia: ¿Solo un poco?

Malaquías: Serafín, hazle caso a la tía y tráeme un kilo de azúcar.

Serafín del Monte: Pero, doctor…

Engracia: Que sean dos kilos.

Serafín del Monte: Doctor…

Malaquías: Hazle caso a la tía.

Serafín del Monte: Está bien…

Malaquías: No se diga más. Ahora sumergimos este chocolate en polvo y estos dos kilos de azúcar y lo mezclamos todo con bicarbonato de sodio líquido, diez mililitros de destilado de bromuro de mercurio del moro de Venecia, dos o tres cactus del desierto de Gobi… y luego se irradia todo este universo de moléculas con uranio doscientos veintitrés.

(Efecto de luces estroboscópicas, humo denso y un sonido de explosión. Al despejarse el aire, el doctor aparece con la cara un poco tiznada, sosteniendo una charola de vidrio con unos chocolates relucientes).

Malaquías: Ya está, se acabaron los celos. Ahora, hay que ponerlos en una cajita y dárselos a probar al celoso incorregible.

Engracia: (Abordándolo con coquetería pesada) Ay, doctor, es usted un genio. ¿Cuándo me va a aceptar mi invitación a cenar? Usted quedó más que formalmente en ir a conocer mis educados y lindos girasoles.

Malaquías: (Entrando en pánico, deja caer sus lentes. Comienza a hablar atropelladamente, casi sin que se le entienda). Que se me han caído mis lentes, que los he perdido y no puedo ver nada sin ellos, ¡auxilio!

Engracia: Pobre del doctor Usullagoytia. Parece que le dio un ataque. ¿Qué dijo, Serafín?

Serafín del Monte: El doctor dice que la encuentra a usted más bella que de costumbre.

Malaquías: (Le tuerce el brazo a Serafín para que se calle) En cuanto a los celos, hay que esperar que el sujeto presa de los mismos no coma más de un solo chocolate. El exceso, como sucede en este y en todos los casos, puede resultar peligroso, sumamente peligroso.

Engracia: Pero doctor, no me ha contestado… cuándo me va a aceptar la invitación.

Malaquías: Yo... ¡yo tengo que ir urgentemente al baño! Serafín, atiende tú a la tía. (Sale corriendo).

Serafín del Monte: Muy bien, tía. ¿Le han dicho a usted que es una tía muy bonita?

Engracia: A mí, muchas veces, pero platícame más.

Serafín del Monte: Pues verá… yo…

(Oscuro rápido).

Escena 4

(Casa de Gertrudis y Heriberto. El viejo regaña a su mujer, quien limpia los muebles llorando desconsolada. Desde la calle se escucha el silbido fuerte de un hombre).

Heriberto: ¿En quién estás pensando, Gertrudis? ¿Te comunicas con el hombre del silbido, verdad? ¿Le mandas mensajes secretos con tu llanto? Eso es… (Se escuchan más silbidos). ¿Ya te contestó?, ¿qué te dice?… (Gertrudis se limpia las lágrimas). Y ahora, ¿por qué no le contestas?, a ver, sigue llorando…

(Suena el timbre de la puerta. Vemos a la tía Amada afuera, disfrazada con una peluca extravagante como vendedora de la fábrica de chocolates “La Ilusión”).

Heriberto: ¡Gertrudis, enciérrate en tu recámara porque ya llegó tu silbadorcito! A ver con qué mentiras me sales para poder verlo. Enamorarte a tu edad; vergüenza debería darte. ¡Que te metas a tu recámara dije!

(Gertrudis corre a esconderse. Heriberto abre apenas la puerta bloqueada con una cadena).

Heriberto: ¿Qué se le ofrece?

Tía Amada: Buenas tardes, señor, vengo representando a la fábrica de dulces y chocolates “La Ilusión”.

Heriberto: No me diga. A usted la manda el tipo que está silbando en la calle, ¿verdad? Lo manda ese o no la manda, a ver, ¡júreme que no es así!

Tía Amada: Yo nunca juro en vano, señor mío.

Heriberto: Pues dígale a ese mequetrefe que ni loco, ni muerto ni enterrado voy a permitir que mi esposa me engañe con él.

(Se escucha con insistencia el silbido en la calle. Gertrudis asoma la cabeza discretamente por la puerta de su recámara).

Heriberto: ¿Ya lo oyó? (Asomándose por la rendija de la puerta). Mírelo, sigue silbando. Dígale que no voy a caer en su trampa, y que ya conozco su clave secreta, y que no pierda el tiempo conmigo, y que puede ahorrarse sus grititos.

Tía Amada: No sé de qué me habla, señor, pero mire, me conformo con que pruebe usted uno… no, mejor dos… no, mejor tres chocolates de la fábrica “La Ilusión”. Son gratis.

Heriberto: ¡Fuera de aquí!

Tía Amada: Mire, aproveche la promoción. Si usted prueba tres de nuestros maravillosos chocolates, le regalaremos un paquete entero de veinte chocolates de la fábrica “La Ilusión”.

Heriberto: No insista; usted no tiene por qué saberlo, pero soy diabético.

Tía Amada: Eso no importa, no; eso no tiene la menor importancia. Son chocolates para diabéticos, sin azúcar.

Heriberto: ¿Sin azúcar?

Tía Amada: (Nerviosa, temiendo arruinar el plan) Eh… sin azúcar real… es decir, son de azúcar light, cero, bajas en calorías… no es realmente azúcar. Óigame, si usted prueba solo uno de nuestros inmejorables chocolates sin azúcar… (Hace un visible esfuerzo por vencer el asco). …le prometo que le daré un beso de recompensa.

Heriberto: (Cambia su actitud radicalmente; quita la cadena, abre la puerta por completo y actúa como un ridículo seductor otoñal. Gertrudis se asoma estupefacta). ¿Habla usted en serio? ¿Me daría un beso apasionado?

Tía Amada: (Con infinita dignidad) Un beso en la mejilla, caballero, que soy toda una dama.

Heriberto: ¿Y cuál es el chocolate que me hará pasar al gozo de su beso, dulce dama, señora de todas mis intenciones?

Tía Amada: (Siguiéndole el juego de cursilería). Pruebe usted este chocolate, caballero, y este otro, y otro más... porque su caso es más grave de lo que pensaba.

Heriberto: Mi caso... ¿qué caso?

Tía Amada: Muy bien, ¿qué le parecen?, ¿verdad que son maravillosos?

Heriberto: (Se atasca todos los chocolates de la charola uno tras otro). Inmejorables. Tan dulces como sus labios y tan encantadores como sus pupilas… ¿y qué pasa con los besos? ¿No me va a dar más besos?

Tía Amada: ¡Los besos son para su esposa! ¡Viejo, vago, pendenciero y jugador! ¡Abur!

(La tía Amada sale corriendo como una exhalación. Gertrudis se esconde de golpe).

(Heriberto, debido al exceso de azúcar y Uranio 223, sufre una transformación física: se yergue por completo, sonríe de oreja a oreja, va al espejo, se acomoda el saco y comienza a silbar alegremente “Amorcito corazón”. Camina con paso firme y toca la puerta de Gertrudis).

Heriberto: ¡Gertrudis!, Gertrudis de mi vida. Lindura de mi alma, ven aquí muñeca, Gertrudis de mis amores, ven linda mujercita, ven a darle un besito a tu esposito.

(Gertrudis asoma únicamente la cabeza, horrorizada).

Gertrudis: ¿Qué tienes, Heriberto?, ¿qué te pasa?

Heriberto: Déjame pasar a tu recámara, mi amor. Deja que te demuestre todo mi afecto, todo mi eterno y profundo cariño. Déjame pasar, corazón.

Gertrudis: (Sale por completo a enfrentarlo). Debería darte vergüenza, Heriberto, a tus años. Déjame tranquila y vete tú a tu recámara como siempre lo has hecho, vete de aquí y no me toques, no me agarres, suéltame… ¡No, por favor, auxilio, socorro, policíaaaa!

(Heriberto la toma de la cintura con fuerza y la lleva hasta el sofá).

Heriberto: (Empalagoso). Vamos a ver, mi amor; mi princesita. ¿Qué vas a pedir para cenar? ¿Chongos Zamoranos? ¿Crepas con cajeta y mermelada? ¿Pastel de caramelo con turrón? ¿Obleas de miel y piloncillo? Tú nada más dime qué y yo te voy a traer todo lo que tú me mandes.

Gertrudis: Heriberto, sabes muy bien que los dos somos diabéticos.

Heriberto: Muy bien. Entonces vístete que nos vamos a cenar a un restaurante. ¿Qué prefieres? ¿Comida china, venezolana, hindú? O ¿qué te parecen unas buenas enchiladas? Decídete pronto, bombón, que me estoy muriendo de hambre. Dime, mi tesoro, mi ángel... ¿sí sabes que yo te quiero mucho, no es así? Dame un beso; bésame, mi amada; soy todo tuyo, no te vayas; deja que te demuestre todo mi amor; mi vida, eres mi todo, mi vida, no te vayas, vida mía…

Gertrudis: ¡Auxilio, por favor, que alguien me ayude!

(Gertrudis se zafa y sale corriendo de la casa. Heriberto la persigue de rodillas, tirándole besos).

(Oscuro).

Escena 5

(El consultorio-penthouse de las hermanas. Engracia abraza a Lucrecia en el sofá. Amada observa intrigada a los doce girasoles, que giran descontrolados de un lado a otro).

Tía Amada: Qué bárbara doña Gertrudis... si te digo, Engracia, que yo no acabo de entender a las personas, ¿te la imaginas? Gritando como alma en pena por las calles: “¡Me quiero divorciar!, ¡me quiero divorciar!”. No lo comprendo, de veras. Mira que su marido es ahora tan atento… le lleva comida a su cama, le da de comer en la boca, le hace pasteles él mismo, la invita todas las tardes a comer a los mejores restaurantes… y es tan atento y amoroso que le da un beso de buenos días, uno de buenas tardes, un beso de buenas noches, un beso cuando llega él mismo de comprar las cosas del súper. Sí, verdaderamente yo no acabo de entender a las personas.

Engracia: (Inconforme). ¿Y tú crees que doña Gertrudis se sienta muy a gusto con el encimoso de su marido? Lo celoso se le quitó, ¿pero tú aguantarías a un marido tan empalagoso?

Tía Amada: ¿Yo? ¿Un marido? Ni empalagoso, ni celoso, ni nada. Así estoy bien.

Engracia: (Suspira). Sí, así estamos bien.

Tía Amada: Estás pensando otra vez en Malaquías. Ya te he dicho que no es para ti. Está muy viejito.

Engracia: Sí… (Pausa). Sabes… no debí sugerirle que le pusiera tanta azúcar a los chocolates. Fue mucha, mucha, mucha azúcar.

Tía Amada: Ay, hermanita, ¿qué hiciste?

(Oscuro).

Epílogo

(El set de grabación de "El Buzón del Corazón". Las dos hermanas están frente a una cámara fija con un aro de luz, listas para transmitir).

Tía Amada: ¡Bienvenidos y bienvenidas al Buzón del Corazón de la tía Amada y de la tía Engracia! Curiosamente, antes de empezar estos videos recibimos millones de dudas, peticiones y súplicas de toda clase de corazones aturdidos.

Engracia: Así pues, comenzaremos inmediatamente a dar lectura a cada uno de los mensajes que nos han llegado.

Tía Amada: (Lee un papel). Queridad tías: "Desde hace tiempo sueño con volverme invisible… para saber lo que hace mi esposo por las noches. Él jura que son asuntos de trabajo..."

Engracia: Uy, sí, cómo no.

Tía Amada: "...pero ya van para cinco los años en que tiene asuntos de asuntos de trabajo… Díganme: ¿Qué debo hacer?"... (Mirando a la cámara). Mi muy invisible amiga, no sufra. Nosotros haremos todo lo posible por…

Engracia: (Interrumpiendo, molesta). No, no, no, no, no y no. Mire, Señora Invisible: ¿no sabe usted qué es de pésimo gusto espiar a las personas?

Tía Amada: Pero si es su marido…

Engracia: Pues aunque se tratara de su perro. O qué… ¿a ti te gustaría que te estuvieran espiando?

Tía Amada: No, ¿verdad? Tienes razón. Imagínate que te observaran a ti por la mañana acabando de despertar. Mirándote en el espejo del baño, haciendo muecas... mirándote la lengua…

Engracia: Hermanita, estamos hablando de la señora de la muy invisible, no de mí.

Tía Amada: (A la cámara, entusiasmada). No se preocupe, señora. Si usted quiere volverse invisible, es muy fácil. Paso número uno: rapte a la secretaria de su esposo. Paso número dos: disfrácese como ella… y paso número tres: tenga sexo fogoso con su marido y así verá si verdaderamente lo engaña o no tanto.

Engracia: (Mirándola de arriba abajo). Sorprendente, Amada. A veces hasta pareces inteligente.

Tía Amada: Gracias, hermanita.

Engracia: Y no lo olvigen, damas y caballeros, jóvenes, niños y niñas… cualquier asunto sentimental será resuelto por nosotras en el buzón del corazón. ¡Nosotras lo sabemos todo!

FIN

 

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