El Vecino de al Lado
Monólogo DE un ASESINO SERIAL
Género: Comedia negra, absurdo, stand-up oscuro.
Autor: Benjamín Gavarre
Benito, el vecino de al lado es Un hombre impecable, de atractivo
magnético, sonrisa pulida de comercial y una elegancia natural que desarma.
Posee una seguridad abrumadora y una devoción casi quirúrgica por el orden, la
pulcritud y el silencio. Se presenta ante el público armado únicamente con una
taza de café humeante y un micrófono, dispuesto a desentrañar la convivencia en
un edificio de departamentos gentrificado. Sin embargo, bajo su encanto
cotidiano y su afable vecino de al lado, late una fijación inquietante por la
vida, las manías... y las repentinas ausencias de quienes lo rodean.
LA FAUNA VECINAL (Voces e invisibles del edificio)
- La
Artista de Performances (Piso 3): Excéntrica, cirquera e
insomne. Llena el pasillo con aroma a violetas y cambia de acompañante
cada madrugada con la misma ligereza con que confunde las puertas.
- El
Marihuano de la Ventila: Un misterio gastronómico
que habita al otro lado del cubo de aire; un espectador involuntario que
cometió el error de mirar demasiado cerca.
- La
Vecina de la Tercera Fila: La mirada fiscalizadora
del edificio; experta en escaneos visuales, horarios de basura y bolsas de
plástico pesado.
- El
Violonchelista del 201: Amante de la música a
deshoras y los reclamos por el agua, cuya estridente presencia terminó por
evaporarse en el aire.
- Los
Roomies Pasajeros: Seres efímeros que
prometen abundancia, acumulan deudas y se esfuman en la noche dejando solo
recuerdos fosilizados.
(LUCES DEL ESCENARIO SE ENCIENDEN. Música estridente de fondo, un jazz
sensual y lúgubre que se corta de golpe. El comediante —un hombre joven,
impecable, de 35 años, magnético, con una sonrisa de anuncio y una seguridad
desbordante— entra al escenario con paso firme y se detiene frente al
micrófono. Sostiene una taza de café humeante y mira fijamente a la primera
fila durante unos segundos demasiado largos.)
EL COMEDIANTE:
Buenas noches. O malas. Según el caso…
(Sonríe de lado, con un encanto irónico que desarma)
Yo vivo en un edificio de 30 departamentos… 30. Todos son más o menos
diminutos, de unos 40 metros cuadrados. Los vendieron en sus buenos tiempos
como suites, luego los rentaban como estudios… y como está en una zona muy
gentrificada, ahora las rentas se dejan ir hasta el cielo, como si fueran
departamentos de lujo en Polanco… Y no es Polanco, pero es la Roma. Yo, como
soy muy precavido, a los 20 años ya tenía el dinero suficiente para podérmelo
comprar… Y me lo compré, así, pagando en efectivo… No me pregunten cómo le
hice. Es un lugar maravilloso para la convivencia humana, siempre y cuando
consideres que "convivencia" es sinónimo de escuchar a la vecina del
302 a las tres de la mañana. ¿Alguien aquí vive en edificio? Levanten la mano.
(Señala a alguien en la primera fila, un hombre joven)
Tú. El de la chamarra de cuero. No pongas esa cara de que en tu edificio
reina la paz espiritual. ¿Qué escuchas en la noche? ¿Pasos? ¿Gritos? ¿La leche
que se desborda por no vigilarla todo el tiempo? ¿La lavadora que el señor
Manríquez pone a funcionar porque mañana no le da tiempo de lavar sus camisas?
No contestes, es una pregunta retórica… No quiero incomodarte con preguntas
demasiado personales: pero dime… ¿Tú también sueñas que entra un asesino a tu
casa y te quiere cortar la yugular? No contestes… es broma, jaja.
Lo cierto es que los edificios tienen algo... especialmente aquellos
donde los vecinos están a tres metros de distancia protegidos por paredes
milimétricas. Son una maravilla para quienes gustan de enterarse de cuándo se
hizo un licuado… de avena la vecina… O cuándo se le atoró al torero del 407… el
cierre…
(Da unos pasos hacia el centro, gesticulando con elegancia)
Porque hablemos claro. Empezando por los vecinos tan carismáticos,
atractivos y agradables que uno quisiera conocer, pero que nunca están en casa…
Nunca están en su casa porque esos vecinos carismáticos, agradables y
atractivos… no existen. Sí, aceptémoslo: solo tenemos cerca… a dos metros
detrás del muro de papel… a ese individuo misterioso que nos hace asomarnos
discretamente de ventana a ventana, justo a un metro y medio de la distancia
marcada por el estrechísimo cubo de ventilación. Ese cubo que, afortunadamente,
tiene unas ventanitas tan indiscretas que uno se entera si el sándwich del
vecino es otra vez de huevo duro, o si ya le cambió al de huevo… con salchicha.
Pues sí, eso de asomarnos por la ventilita con la respiración contenida
es una actividad desagradable que no está bien, definitivamente no está bien.
No es ético enterarse de si ya le trajeron esos suministros que apenas le
duraron como dos horas —pues ¿qué serían?—, y tampoco es bueno enterarse de
que, cuando le pasa el efecto de esos suministros que aromatizan todo el piso
tres, el piso cuatro y el piso cinco… con un franco olor a marihuana… pues el
vecino hambriento se come tres pizzas, dos Maruchan, cinco litros de leche y un
frasco completito de cajeta con chocoalmendras… Mmh… No se me antojan tales
atracones… Ya con verlo comer me quedo satisfecho… Ah, y no, no es que lo
espíe. Y como este vecino se dio cuenta y me miró que lo miraba, pues como que
se asustó y… a los pocos días ya estaban rentando de nuevo ese departamento…
Quién sabe qué pasaría con el vecinito marihuano… eso sí, sabía demasiado…
Comía. Comía.
A los pocos días llegó una artista plástica —estos departamentos se
rentan en un santiamén, y eso que las rentas, ya lo dije, están por las nubes,
ya cerca del cielo y la estación espacial—. Pues sí, una artista plástica. Hace
performances… Pone un huevo enfrente de todo el mundo, y lleva a su
casita cada noche a uno distinto —no al huevo… a uno de esos que tienen dos…
huevos—. La tal Bárbara llega tardísimo, después de las cuatro de la madrugada,
tambaleándose pero sin caer, porque es cirquera, y siempre va acompañada de sus
diferentes. Los captura, yo creo; los seduce con su fantástico acto de poner el
huevo… Y luego ya, aquí a tres metros, se dedica a empollarlo con la ayuda, ya
saben, del tipo en turno… Cada noche dos huevos distintos… Tres huevos… Aunque,
si lo pienso bien, el que da a luz es casi siempre el mismo; tendrá repuestos,
supongo… Yo me la he topado varias veces en el elevador; siempre huele a
violetas, su acompañante es uno distinto, y no sé, pero los escoge como muy
parecidos: siempre miran hacia el techo, como si estuviera lleno de arañas… Yo
no puedo dejar de verles los pantalones, ya saben… directo a la bragueta, a ver
si se asoman todavía sus dos huevos.
(Se ríe con naturalidad; no tiene mucho filtro ni tampoco se avergüenza
de nada)
Sí, yo reconozco que la he esperado en el pasillo fingiendo buscar las
llaves solo para saludarla con una sonrisa de galán de telenovela de sobremesa:
"Hola, vecina, ¿qué tal el arte contemporáneo, los performances? Me he
enterado de que tiene usted una gran capacidad creadora, como si de su ser
interno emergieran materiales orgánicos, sensibles". Y ella solo me
mira con los ojos empañados, me sonríe y me dice: "El arte duele,
vecino". Y yo pienso: "Sí, pero supongo que el continuo arte
performático en su cama con un hombre distinto cada noche ha de doler
también".
Yo parece que no soy su tipo… Creo que sospecha que no tengo esa pasión
por los nuevos rumbos del teatro, de los performances y las
instalaciones de sillas rotas escalando el universo… Ella sabe que me dedico a
hacer monólogos y otras cosas… Bueno, eso no lo sabe… Bueno… Uno intenta ser un
vecino amable, tolerante, que no le dice nada sobre su apasionante vida
nocturna, apasionante y ruidosa... ¿pero qué recibo a cambio? Que la Bárbara
ponedora de huevos confunda mi puerta con la de su suite y toque a las tres de
la mañana exigiendo que me largue de su departamento… Y yo le tengo que
susurrar al oído: "Mira, ya sabía que estabas loca, pero aquí no es tu
casa, y ni se te ocurra levantarme la voz porque no sabes de lo que soy capaz
de hacer". Bárbara ya no volvió a poner huevos, digo, dejó de vivir…
en el departamentito de al lado… Ya, a ver si el próximo vecino que me toca no
es un bicho raro, o una flautista tóxica, o un baterista obsesionado con la
música dodecafónica… Uf.
(Pausa, da un sorbo al café y sonríe al público con complicidad)
Sí, yo francamente debo decir que espío a los vecinos… Casi a todos…
Pero yo no soporto que me espíen a mí… Les cuento…
(Camina hacia el extremo derecho, señalando a alguien en la tercera
fila)
Usted, en la tercera fila, sí, sí, usted, no mire al suelo… Usted. Si
usted se encontrara conmigo en la entrada del edificio me diría los buenos días
con educación y de una manera civilizada… ¿Sí?… ¿No? No me saludaría porque le
doy miedo y me haría un instantáneo escáner de arriba a abajo para adivinar el
grosor… de mi bolsa de basura, que contiene algo razonablemente pesado,
cualquier cosa… un peso perfectamente razonable, nada del otro mundo, no
exageren—, y se quedaría tal vez pensando: "Ese muchacho tan apuesto,
tan educado, que sale tan bien peinado a las ocho de la mañana... ¿en qué
trabajará que nunca se le ve que se cambie de ropa, siempre con la misma
camiseta negra con huesitos, y esos jeans tan ajustados, y esa manía que tiene
de sacar la basura a la misma hora que yo… esas bolsas siempre tan pesadas que
mete a la cajuela de su coche…?".
Señora, la discreción es una virtud. La mirada habla además de la boca…
Si usted fuera tan amable de no quedárseme viendo… los pantalones… Yo sé que
soy sexy, guapo, joven… ¿Qué? ¿Por qué señala mi bolsa? ¿Es de su interés lo
que yo llevo en esta bolsa? ¿Le interesa lo que su vecino tira o no a la
basura, le interesa la bolsa de grueso… plástico… o le intereso yo…? No
conteste, es una pregunta retórica…
(A la persona del público)
Y claro, usted, que parece que ya se va a ir porque se siente incómoda e
intimidada por tanta exposición… Usted puede estar tranquila, pero le comparto…
La vecina chismosa y metiche ya no vive… en el edificio… No sé, se habrá mudado
a otro barrio, se habrá ido a vivir al Viejo Mundo, uno nunca sabe, n’est-ce
pas?
(Se pasa la mano por el cabello, riéndose de sí mismo)
Y es que, claro, a los 35 años uno cree que ya lo tiene todo resuelto.
Tienes un depa, una cafetera italiana, un cactus misterioso que sobrevive por
la humedad y por mis saludos de "buenos días, señor cactus"… Te crees
el rey del mundo a la mitad del camino de la existencia humana promedio… Y
sabes que estás mucho mejor que bien, mucho más arriba que la vida
satisfactoria y feliz de los seres humanos, al menos de los que viven en una
ciudad como ésta... Te va muy bien y eres feliz, hasta que… otra vez esos
ruidos infernales te vuelven a quitar las pocas horas de sueño que querías
disfrutar para ti solito…
(Baja la voz, adoptando un tono de confidencia pícara)
Porque si hay algo de lo que estoy seguro es de que la comunidad que
comparte sus vidas alegres o desafortunadas en este edificio no debe
acostumbrarse a los ruidos del vecino... Los soporta, tal vez como yo, los
tolera; nadie se queja, no quieren problemas, quieren tener la fiesta en paz…
Claro, nunca falta el que, ya muy alterado, llega a tocarle al cretino que toca
el saxofón, o a la que se pone a martillar el piso de la cocina a las tres de
la mañana sin consideración ni misericordia. Pero nunca sale bien, salen con
cajas destempladas, ¿se dice así?...
Y no sé por qué, pero de repente el problema, los problemas, parecen
solucionarse por sí solitos… Voilà, algo sucede que los vecinitos
ruidosos o incómodos por alguna otra razón de repente ya no viven… aquí… en
esta tierra sin ley… Y los ruidos desaparecen… Ja.
(Sonrisa traviesa, juguetona)
Es curioso. El señor del 201, por ejemplo. Aquel amable caballero que se
la pasaba tocando el violonchelo a deshoras y discutiendo acaloradamente por
los ruidos de los perros, los gatos, las noches apasionadas, la música a todo
volumen… porque decía que no lo dejaban ensayar a gusto sus "artísticas
interpretaciones de violonchelo, 'silencioso'", supongo. Pues ese señor
tan quejumbroso, gordito y lampiño… supongo que lampiño… Un día simplemente...
se esfumó. Silencio absoluto. Pasaron los días, las semanas, y nada de música.
¿Se habrá mudado a la playa buscando inspiración? ¿Habrá ganado la lotería y
huyó a las Bahamas? O tal vez, quién sabe... se cansó tanto de pagar tantas
elevadas cuentas que decidió evaporarse por completo. Pobres vecinos. Uno nunca
sabe cuándo deciden emprender un viaje sin previo aviso y sin acordarse de
dejar la regadera de su baño cerrada. Qué mala educación.
(Se encoge de hombros con falsa inocencia y un toque de autocrítica)
Y bueno… lo mismo pasa con los roomies. Ay, los roomies.
Esas hermosas criaturas que llegan con una maleta llena de ilusiones, te colman
la vida de charlas amenas, promesas de llenar el refri con jamón serrano y
yogur griego sin grasa… Después de tanta alegría y promesas, deben tres meses
de servicios, y de pronto desaparecen en medio de la noche dejando únicamente
unos calzones fosilizados en el tendedero y un vacío existencial en el
refrigerador. ¡Qué misterios tiene la vida!
Yo la verdad los extraño un poquito... sobre todo cuando tengo que
limpiar el depa yo solo, porque mi nivel de neurosis con el orden es
directamente proporcional a mi soltería. Mis amigos de la facultad me decían: "Benito,
deberías buscarte una pareja estable, o por lo menos una compañía, un roomie
buena onda o al menos solvente… alguien que comparta los gastos, y las tardes
que pasas en silencio". ¿Sí?… ¿Y arriesgarme a que descubra que no sé
cocinar ni un huevo tibio y que mis gustos decorativos no existen, así como no
existen muebles innecesarios más allá de la mesa, la silla, el sillón… mi
cactus?
Gracias, no. Prefiero vivir solo a imagen y semejanza de Dios nuestro
Señor. ¿O qué, alguien ha visto que Dios comparta su departamento con una
mujer, con un roomie, con un cactus…? Nel, Dios es solo una bella
alegoría que nos indica que debemos vivir solos, en silencio, y disfrutar
nuestra soledad y que nadie perturbe nuestra paz… Nadie.
(Hace una pausa cómica, ensanchando la sonrisa de oreja a oreja,
interactuando con el público)
A ver, levanten la mano los que viven solos. (Espera a que algunos
levanten la mano y señala a uno) ¿Ves, amigo? Tú me entiendes. Uno llega a
su departamento a medianoche, abre la puerta, y lo primero que hace es hablar
solo para comprobar que la laringe sigue funcionando. "¿Todavía tendré
tortillas y queso?". Y te respondes con voz de locutor de radio: "Híjole,
se te olvidó otra vez… Tendrás que conformarte con avena tibia disuelta en agua
sin azúcar, agh". Eso, dilecto compañero de soledad disfrutable, es la
verdadera intimidad. Cero dramas.
(Da un paso al frente, bajando el tono a un registro más oscuro, pero
juguetón)
Dios mío, pero en la calle, ¿no les ha pasado?… Yo estoy convencido de
que en la calle la gente me mira con una mezcla de fascinación y recelo. Quizás
porque a los 35 años tengo esta seguridad excepcional, tengo mucha, mucha
confianza. Camino libremente por la calle, sin mirar a nadie de manera extraña,
sin seguir de cerca a nadie que no se lo merezca, camino silenciosamente,
sigilosamente… No sé por qué siempre las personas piensan que las estoy
siguiendo, sobre todo las mujeres. Les aseguro que no quiero nada con ellas, y
con los hombres menos, y lo juro… tampoco quiero nada… serio… con ellos, nada.
Ya en la casa yo suelo ser muy silencioso… Ya cuando regreso de la calle
—persiguiendo gente, supuestamente, jeje, ustedes creen… Ja—, yo suelo ser muy
cuidadoso de que no se me escape ningún sonido perturbador… Soy respetuoso de
la vida… apacible en comunidad.
Soy muy raro, sí, lo acepto, porque soy maniático de la limpieza, de
evitar los olores molestos y agresivos, de limpiar todo pulcramente, de
trabajar minuciosa, silenciosamente, casi quirúrgicamente en todas mis
actividades… nocturnas… Ja, ja. Ya les platicaré algún día sobre mis
actividades nocturnas. Nada malo, se los juro. Nada excepcional. Nada que
involucre niños, mascotas… o vecinos entrometidos que se me queden mirando de
más en el elevador o en la entrada del edificio. Nada… nada de nada.
(Sonríe coquetamente)
Prometo ser un mejor anfitrión la próxima vez que alguien toque a mi
puerta buscando un lugar donde quedarse... Porque realmente se equivocó de
puerta.
(Las luces bajan de intensidad, quedando un cenital azul sobre su rostro
impecable. El jazz sensual y lúgubre regresa de fondo).
Buenas noches. Y por favor… asegúrense de cerrar la puerta con llave, y
de dejar al menos una luz prendida para que no se tropiecen, y para que todo el
mundo sepa que alguien vive en ese departamento, que no está vacío y que no
estás solo, incapaz de defenderte, incapaz de pedir ayuda. Pedir ayuda… ¡Ja!
(Reverencia impecable, sonrisa traviesa, guiño al público. APAGÓN
TOTAL).