lunes, marzo 01, 2021

ADÁN Y EVA. De Salvador Novo



 

































Adán y Eva


de Salvador Novo






La Dialéctica del Edén


El teatro es, en su esencia, el arte del conflicto, y pocas obras capturan la eterna dialéctica humana con tanta agudeza y humor como Adán y Eva de Salvador Novo. En esta pieza, el mito fundacional judeocristiano se despoja de su aura sagrada y solemne para instalarse en la domesticidad de un matrimonio que arrastra los siglos como si fuesen simples años de convivencia.

Novo nos presenta una reinterpretación anacrónica y mordaz donde los primeros padres de la humanidad discuten no sobre el paraíso perdido, sino sobre la construcción misma de la civilización. Por un lado, tenemos a un Adán ensimismado, defensor de los "grandes hombres", los héroes y el genio individual que forja la Historia con mayúsculas. Por el otro, una Eva pragmática, astuta y desmitificadora, que reivindica el poder de las fuerzas anónimas, la practicidad de los inventos y la continuidad de la especie sobre la egolatría destructiva del hombre.

El texto brilla porque se nutre maravillosamente de la farsa y de esa "sinrazón con sentido" que permite que los personajes salten del Génesis al psicoanálisis de Freud, a la bomba de Hiroshima o al Paraíso Soviético sin perder la cohesión interna de su disputa conyugal. Es un duelo verbal de esgrima intelectual donde la ironía sirve para desmantelar el patriarcado histórico y exponer las vulnerabilidades de los sexos. El siguiente libreto ha sido formateado para limpiar las rupturas de línea originales, devolviéndole su ritmo ágil y su fluidez, listo para la lectura atenta o la puesta en escena.




ADÁN Y EVA

De Salvador Novo



Personajes:

  • EVA

  • ADÁN

(La escena transcurre en la intimidad de un hogar. Adán se encuentra jugando a las cartas).

EVA: Debí figurármelo. Aquí metido, como siempre, jugando solitario. ¿Desde qué hora estás aquí? No tienes conmigo ninguna consideración. Me dejas todo el peso de la casa. Los muchachos te buscaban, siquiera para despedirse, ya que cuando llegaron de visita dormías la siesta. Salimos a buscarte al jardín, lo cual, a esta hora, es peligroso, bien lo sabes. Tuve que excusarte de cualquier modo. Y claro, tú aquí, muy quitado de la pena, ¡jugando solitario!

ADÁN: Perdóname, mujer.

EVA: Llevo siglos de hacerlo. Me paso la vida perdonándote. (Pausa. Se acerca). ¡Ah, no! ¡Hiciste trampa! ¡Esta reina no va sobre el jack! ¡Con razón te sale este solitario, y a mí nunca!

ADÁN: Yo creí que tú nunca jugabas solitario.

EVA: No lo prefiero como tú, que es distinto. A mí me gusta la compañía de mis semejantes, la conversación, la sociedad. Tú en cambio, eres capaz de aislarte, de abstraerte, aun en medio de una reunión. Debe ser cosa de tu origen, tan... singular.

ADÁN: ¿Me lo reprochas?

EVA: No. Te lo ofrezco, o me lo ofrezco, como una posible explicación de esa, y de tus otras singularidades.

ADÁN: Debes tener razón. Uno vuelve siempre a su origen, en la vejez. Es posible que yo todavía añore de vez en cuando, después de todos estos siglos de dicha conyugal y de patriarcal abundancia, los breves días en que desperté a una existencia muda y solemne en el jardín del edén. No tuve entonces para aislarme, para abstraerme, necesidad de jugar solitario. Ni más compañía que la sumisa de los animales, a quienes iba bautizando conforme se acercaban, maravillados, a conocerme.

EVA: ¿Ahora eres tú quien me reprocha que haya llegado a acompañarte?

ADÁN: Bien sabes que no. En todo caso, no fue culpa tuya. Ni mía.

EVA: Sí, sí me lo reprochas. Lo percibo en tu tono, de falsa resignación; en el empleo anacrónico de la palabra “culpa”. Culpa la empezó a haber después: cuando al vernos desahuciados del Paraíso, caímos sin remedio en las definiciones y los sofismas de los juristas. Fue entonces cuando se originó toda una terminología enredada, incomprensible, de infracciones y sanciones, delitos y castigos, crímenes y penas, pecados y penitencias.

ADÁN: ¿Y de quién fue?

EVA: ¿De quién fue qué?

ADÁN: La culpa.

EVA: ¿La culpa de qué?

ADÁN: De que hubiera culpa; y en consecuencia, castigo.

EVA: Tus hijos se han pasado la vida demostrando que mía, lo sé. Y haciendo penitencia por ello, fundando órdenes religiosas, fraguando ceremonias; mortificándose. Y finalmente, consultando a los psiquiatras. Son unos masoquistas. Y unos tontos. Siguen atribulados por el pecado original, aun después de siglos de haber perdido ese pecado originalidad.

ADÁN: Dices “tus hijos”, como si fueran sólo míos. Y en tono en que no se diría que me los atribuyes, sino que me los imputas.

EVA: A jugar de nuevo con las palabras. Que las mujeres no podamos ser académicas, ustedes lo interpretan como una privación que nos infligen, cuando no es más que un privilegio que se nos debe. Tú empezaste, lo sé; y tus hijos –sí, tus hijos– siguieron dando nombre a las cosas: a los animales primero, luego a los objetos inertes de la Creación. ¿Pero qué sería de la Gramática sin el verbo? Y el verbo, no lo olvides, yo fui la primera en conjugarlo. Por ti, las cosas se habrían quedado en sustantivos; cuando mucho, en adjetivos.

ADÁN: ¿No crees que es un tanto excesivo tu empeño en demostrar una superioridad que nadie te discute? Excesivo y extemporáneo. Y verboso.

EVA: En otras palabras, quieres que me calle.

ADÁN: No aspiro a tanto. Pero sí podríamos, de vez en cuando, pasar una velada tranquila, sin discusiones, ni disputas, sin reproches.

EVA: Tú descifrando un crucigrama –el perro a tus pies– y yo haciendo calceta, y cambiando de vez en cuando los discos, ¿no es eso? ¿Es así de moderna tu idea de la felicidad conyugal?

ADÁN: Pues no le veo nada de malo, francamente. Millones de nuestros hijos se ganan, como yo, con el sudor de su frente, el tranquilo derecho a una dicha semejante.

EVA: ¡Pero si tú supieras lo que piensan de nuestros hijos nuestras hijas!

ADÁN: No necesito esforzarme mucho. Hace siglos que te adivino el pensamiento.

EVA: Ahora soy yo quien te pide perdón.

ADÁN: Y yo lo otorgo gustoso. Ya estoy acostumbrado. ¿Quieres tus barajas?

EVA: No. Guárdatelas. Esas ya no me sirven. Bien sabes que en el bridge se necesitan cartas nuevas, y dos juegos. Pero ahora no esperamos a nadie, además. Abel y Caín siguen distanciados, a pesar de que sus mujeres se llevan bastante bien, y han tratado por todos los medios de reconciliarlos. Pero hasta ahora no he logrado que accedan a reunirse los cuatro aquí. Y es lástima. La mujer de Abel, y Caín hacen siempre un cuarto excelente.

ADÁN: Sigues prefiriendo a Caín.

EVA: Es tan hijo mío como Abel. Una madre no puede hacer distingos entre sus hijos, hagan lo que hagan. ¿Y quién te dice que no sea tú el culpable de que Caín no quisiera a su hermano?

ADÁN: ¡Yo!

EVA: Tú, sí. Lo consentías mucho. Porque era el primogénito. Como si el azar de llegar primero diera un derecho, un privilegio especial.

ADÁN: Primero en tiempo, primero en derecho.

EVA: Pues ya ves que no.

ADÁN: ¿Cómo que no?

EVA: Yo llegué después. Caín nació después que Abel. Y el derecho –mejor que tú y que Abel–, lo hemos establecido nosotros. Cada cual con su fuerza.

ADÁN: No voy a discutir contigo. Es insensato lo que afirmas. Además, tienes una manera de salirte por la tangente, de dar a un asunto el sesgo que te conviene... Te reprochaba esa preferencia notoria que muestras por Caín –bien sabes lo que hizo– y me sales con que yo prefiero a Abel, como si en todo caso no hubiera éste sido la víctima.

EVA: ¿Víctima? ¡Tu papel predilecto!

ADÁN: De la envidia de su hermano. Del sentimiento más bajo que el hombre puede germinar. Y de mí no puede haberlo heredado.

EVA: Pues de mí, menos. Yo no he sentido nunca envidia de nadie.

ADÁN: Tal vez no en esa forma.

EVA: ¿Y en qué otra? ¿Sugieres que haya otra?

ADÁN: Creo que sí. Los celos se parecen mucho a la envidia.

EVA: ¿Y yo soy celosa? ¿Es eso lo que insinúas?

ADÁN: No lo insinúo. Lo afirmo. Tú puedes haberlo olvidado ahora. Es explicable. Te has conservado joven y hermosa –con todos los secretos de la botánica a la disposición de tu periódico rejuvenecimiento– mientras yo envejezco y me invalido. Pero acuérdate de los primeros tiempos después del desahucio, cuando tuve que empezar a ganarme la vida trabajando. Llegaba a veces tarde, y te encontraba de un humor imposible, llena de sarcasmos y de reproches e indirectas. Pronto lo comprendí. Estabas celosa. Eres celosa.

EVA: ¡Pero si no había más mujer que yo! ¿De quién iba a estarlo?

ADÁN: De la posibilidad de que la hubiera. No creas que haya olvidado la noche que te sorprendí, cuando me creías profundamente dormido...

EVA: ¿Registrando tu ropa?

ADÁN: No. Contándome las costillas.

EVA: Ahora eres tú quien lleva la conversación donde le conviene. Interpretas la Historia a tu antojo.

ADÁN: La Historia no. Nuestra vida privada no ha hecho la Historia. Constituye apenas la anécdota, y es lamentablemente igual desde entonces en todos los matrimonios. Es muy propio tuyo, exagerar la importancia de tu papel. Pero si vamos a examinar la Historia –la han hecho más mis hijos que tus hijas–. Eso tienes que admitirlo.

EVA: Ahí vas de nuevo con tus reminiscencias. Envejeces, Adán.

ADÁN: Concedido. Envejezco. Y no hago ya la Historia. Pero siguen haciéndola, y la han hecho siempre, mis hijos.

EVA: Pues según a lo que llamemos Historia. Tú, inventor del lenguaje, y de la metáfora, padeces una innata grandilocuencia, ella te arrastra a estimar como Historia lo que tus hijos más pedantes llaman los Grandes Hechos. Y estos grandes hechos teatrales, admito que los han perpetrado más tus hijos que mis hijas. Han sido los Genios.

ADÁN: Entre los cuales bien sabes que no ha habido una sola mujer.

EVA: Pues sólo eso faltaba. Las mujeres somos seres normales. Eso que llama Genio es patológico y desagradable. Una criatura de ocho años que toca el piano, un sordo que compone sinfonía. Ninguna mujer que se respete es capaz de semejantes aberraciones.

ADÁN: ¡Aberraciones!

EVA: A nosotras, las cosas nos ocurren, o nos sobrevienen, a su debido tiempo: son ustedes los eventualmente desajustados: o precoces, o retrasados: o niños prodigio, o viejos verdes.

ADÁN: Tienes del genio una idea digamos que poco genial. Lo confundes con el talento, lo cual no sólo pone el tuyo en entredicho, sino que explica la ausencia absoluta, en la Historia, de mujeres geniales.

EVA: Quizá tú puedas ilustrarme al respecto. Me asombraría, pero está visto que no hay nada imposible. Si ni Mozart ni Beethoven te parecen genios... Y si Marie Curie no era mujer...

ADÁN: Has mencionado a la única que puede legítimamente aspirar el título de genio. Pero a dos que evidentemente no lo son –más que para las mujeres: el niño prodigio y el sordo músico. Ninguno de ellos califica, porque un genio trasciende la simple utilización talentosa, o precoz, o ejercida en condiciones adversas, de lo que ya existiera antes de él –y ellos no inventaron ni descubrieron la polifonía.

EVA: Pero, si no me equivoca, Beethoven la llevó a culminaciones antes no sospechadas. Y conste que a mí, personalmente, no me gusta nada.

ADÁN: Prefieres a Tschaikowsky, claro. O a Chopin. Te han de parecer otros tantos genios.

EVA: Eres tú quien sacó a colación a los Grandes Hombres, sus grandes hechos. Eres tú quien para explicarse la Historia, necesita apoyos humanos, puntos culminantes de comparación. A mí no me hacen falta. Desde un principio, sé muy bien que cualquier hazaña o descubrimiento que realicen los hombres, la hacen como una pobre compensación por lo que les está vedado cumplir de otro modo. Y me dan lástima. Más lástima mientras mayor o más heroico es su descubrimiento o su hazaña. Porque tanto mayor ha de ser la privación que así se esfuerzan en compensar.

ADÁN: Así que cuando yo descubrí –digamos el hacha, y el fuego, y la flecha, y la cueva que fue nuestra primera habitación–, ¿lo hice en vez de otra cosa?, ¿por qué no podía realizar otra? ¿Y cuál?, ¿puedes decírmelo?

EVA: No pensaba precisamente en ti, ni en aquellas casualidades que con tu habitual jactancia llamas tus descubrimientos; pero acepto el reto. Echabas de menos el Paraíso, con todas sus elementales comodidades. Hubieras querido ser Dios. Y como esto no era posible, te empeñaste en elevar el status del hombre lo más cerca posible de la divinidad. Dios habría creado el mundo; tú te empeñarías en descubrirlo. Tendrías así la ilusión gratificadora de que lo creabas. Aun a sabiendas de que ya estaba ahí: América detrás del océano, el protón y el neutrón adentro del átomo.

ADÁN: Me pregunto si al razonar así no evidencias el fruto de lecturas inconvenientes, y la asimilación nociva de ideas históricas que ahora comprendo que te cautiven, puesto que te convienen.

EVA: ¿Cuáles?

ADÁN: Las que disputan a los héroes la confirmación de la Historia, que en cambio atribuyen a las fuerzas anónimas de la naturaleza, o de aquella Naturaleza en desorden y en degeneración que es la sociedad.

EVA: Divagas. Ahora mencionas a los héroes, cuando hablábamos de los genios, si no recuerdo mal.

ADÁN: Es casi lo mismo. Con la ventaja para ti de que, al amplificar hasta los héroes el campo de nuestra conversación, admito en él a una que otra hija tuya. A Juana de Arco, por ejemplo.

EVA: Muchas gracias, pero declino tu regalo. Las heroínas me parecen tan aberrantes como tus genios. No las tengo por hijas mías. Pienso que también ellas procedieron así porque se avergonzaban de su sexo, y porque sus hazañas viriles las compensaban tristemente de otros déficits importantes.

ADÁN: Muy bien. Dejémoslas fuera. Yo no me empeño ciertamente en walkirizar la epopeya. Pero permíteme reanudar el análisis de tu pensamiento –o mejor, de tu sentimiento.

EVA: Me acusabas de lecturas inconvenientes.

ADÁN: Y de ideas disolventes e inconsistentes.

EVA: Acabarás por demostrar que soy comunista. ¿Eso es lo que te propones?

ADÁN: No sería nada extraño que llegáramos a esa conclusión. Se habla allá en la tierra del Paraíso Soviético.

EVA: Pero no se sabe que haya en él una Eva.

ADÁN: Esa es su paradoja. Y la tuya. Pero no me interrumpas. Desde hace mucho tiempo, nuestros hijos hacen la Historia tratando de explicársela. Y le buscan responsables. Endiosan así, unos, a los héroes; otros, a las masas en que se apoyan o comandan esos héroes. Yo tomo decididamente el partido de los primeros. Creo, con mi hijo Carlyle, que no hay nada más admirable que los Grandes Hombres, mis grandes hijos que han tratado de honrar mi nombre.

EVA: Tu grande nombre. Dilo de una vez.

ADÁN: Pero hay los que creen en las fuerzas. Y éstos piensan como tú, o tú como ellos. Hegel, con su teoría dialéctica de la Historia, creía en las “fuerzas”, e inspiró a Marx, que a su vez inspiró a Lenin. También para Spencer la Historia era una evolución social, una marcha desde el gregarismo indiferenciado y primitivo, hasta la heterogeneidad social más compleja. Y para Taine, y en estos tiempos, para James Harvey Robinson. Me satisface ver que Arnold Toynbee haya en estos tiempos tan permeados por las masas, emprendido la lúcida exposición de la potencia de la élite, y de sus grandes líderes –para emplear una palabra que disfraza de overall a los genios y a los héroes.

EVA: Me aburres, Adán. Das vueltas y vueltas en torno de las más sencillas ideas, para complicarlas. ¿Por qué no lo dices clara y rotundamente? ¿Por qué no dices que tú crees en los héroes, en los genios y en los líderes con la misma ingenuidad; y que yo los niego mientras tú los exaltas; tú, porque te reconoces halagado, en ellos; yo porque los desnudo –porque los reconozco desde al nacer– y ultimadamente, porque sin mí ni siquiera hubieran nacido?

ADÁN: Pero si es eso precisamente lo que digo. Sólo que yo acostumbro apoyar mis afirmaciones en premisas, en antecedentes. Yo soy lógico.

EVA: Digamos mejor que eres sofista. Porque soslayas en tus cuentas una premisa indispensable: mi colaboración en tus empresas, la de mis hijas en las heroicas de tus hijos. Revisa tu Historia a esa luz, y verás cómo todo cambia, y yo tengo razón al tomar el partido de los que reconocen las fuerzas como el único motor del progreso humano; no a los héroes.

ADÁN: Me place. Revisémosla juntos, si te parece.

EVA: Es un poco cansado, pero puesto que no se te ocurre modo mejor de divertirnos y pasar la velada...

ADÁN: Por favor, Eva. Ya no estamos en edad de otros modos.

EVA: Yo sí. Recuerda que soy más joven que tú.

ADÁN: Mi hija, lo sé. Mi “by product”.

EVA: Deuda inicial que he pagado con réditos excesivos durante muchos siglos, si me haces favor. Y devolviéndote con creces la pequeña mutilación que me dio origen en tu anatomía torácica. Lo que tú estableciste fue simplemente un mecanismo quirúrgico de la reproducción, que yo he perfeccionado. ¡Mira por dónde puedo empezar a defender mi tesis y a pulverizar la tuya! Tú mismo, y tus genios predilectos, no habéis en fin de cuentas sido otra cosa que los intermediarios.

ADÁN: ¿Intermediarios? ¿Entre qué y qué?

EVA: Entre Dios y el Tiempo. O si quieres entre el origen y el progreso, o entre la Naturaleza y la Ciencia, o entre la Muerte y la Vida.

ADÁN: ¿Podrías decirme de qué modo?

EVA: De muchos modos; pero ciñámonos al de tus pretendidos descubrimientos. Te jactas de haber descubierto el fuego, por ejemplo. Y convengo en ello. Pero fui yo quien lo aplicó al beneficio de tu comida caliente. Que es el más perdurable y útil de sus empleos. Por ti, ahí hubiera acabado todo. Te habrías puesto a cantar victoria, y Eureka, como aquel imbécil que dio en el baño con la fórmula que buscaba.

ADÁN: ¡De suerte que yo no descubrí el vapor –ni la electricidad– ni el petróleo, ni fundé la industria!

EVA: Nadie lo niega –aunque es cosa que lejos de satisfacerte, debería avergonzarte, y de que yo, en tu lugar, no me jactaría–. Pero he sido yo quien humaniza y hace verdaderamente útiles y de empleo general tus inventos y tus descubrimientos. Hablabas del vapor. Pensabas sin duda, con arrobo y admiración en el niño James Wyatt, absorto ante la tetera en ebullición de su madre. De ahí nació observador y precoz, la madre que le preparaba un buen té.

ADÁN: ¡Vaya una idea!

EVA: No me interrumpas. Cada descubrimiento tuyo, lo has considerado final y excelso. Yo lo rebajo a la provisionalidad de las cosas útiles y prácticas para seguir adelante con las comodidades de la vida ordinaria, que la embellecen y la hacen soportables. Tu descubrimiento de la fuerza nuclear, por ejemplo. Igual que cuando descubriste el fuego. No se te ocurrió más que incendiar nuestra choza, y el bosque. Si no es por mis cántaros de agua... Ahora has hecho una bomba. Tienes en las manos, o lo crees, el secreto último de la energía universal. Y no se te ocurre mejor modo de celebrarlo, que hacerla estallar en Hiroshima, y destruir, destruir... Por fortuna yo estoy aquí todavía y todo puede rehacerse, repoblarse.

ADÁN: Pones ejemplos extremos.

EVA: Porque tú los abordas siempre, los extremos. Te dejas llevar por aquel instinto de la muerte que descubrió otro de tus hijos más antipáticos –el tal Freud–. Yo soy en cambio la depositaria del instinto de la inmortalidad. La paradoja está en que tú inmortalizas –o lo procuras– con monumentos y con biografías y con honores, precisamente a aquellos de tus hijos que para alcanzar la inmortalidad, eligieron el circunloquio aberrante de la muerte. Mientras que yo me encargo de perpetuar la especie menos notoria de los que, a singularizarse por un hecho grandioso, prefieren cuerdamente vivir en el anónimo perdurable de la verdadera inmortalidad.

ADÁN: Hablas de paradojas. Y te pronuncias por un anonimato histórico que comprueba tus inconscientes inclinaciones comunistas. Pero permíteme señalar que en tu Paraíso Soviético, que es la tierra en que prevalecen esas ideas antiindividualistas de la Historia; donde se propala el valor de las masas por encima del hombre y de su acción particular, se da la paradoja de que un Lenin o un Stalin reciban una adoración personal que ningún héroe, genio o gran hombre ha recibido nunca –ni Alejandro, ni César, ni Napoleón, ni por supuesto, Colón, ni Marco Polo– o Cortés, o Shakespeare, o Cervantes, o Miguel Ángel.

EVA: Lo admito. Pero eso no prueba más que la estupidez –antes, de los capitalistas; y hoy, de los comunistas. Todos tus hijos, y todos, claro, con algún aire de familia.

ADÁN: Mitad y mitad, si te parece.

EVA: Tú has sido siempre la mitad más grande. A mí me llamas tu cara mitad –y así me calificas. Y te calificas también un poco a ti mismo como tacaño, cuando me encuentras “cara”. Has tenido siempre un modito molesto de recalcar mi condición de parásito. Dices: “a mi costa”, y “a mis costillas”. No creas que no me ofende.

ADÁN: Pero ya no hay razón, si alguna vez la hubo. Tus hijas han conquistado derechos cívicos que las igualan a mis hijos. Trabajan, como ellos. Son dueñas de su vida, disfrutan de su libertad.

EVA: Y pueden divorciarse.

ADÁN: Es en lo único que no te les pareces.

EVA: Lo dices como si lo lamentaras.

ADÁN: Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees?

EVA: En todo caso, y aun cuando ya ni tú ni yo en lo personal podamos aprovechar esta situación, es confortante y satisfactorio para mí ver lo mucho que han adelantado mis hijas. Ya ves. Hay en ello una nueva y plena corroboración de mi tesis. Tus genios y tus grandes hombres descubren, por ejemplo, las instituciones. Pero somos nosotras quienes las volvemos prácticas y útiles. Ustedes inventan el Seguro de Vida. Y son tan tontos, que el modo como se les ocurre aprovecharlo es muriéndose –dejando una viuda que lo disfruta. Siquiera deberían ser un poco lógicos, y llamarlo Seguro de Viuda.

ADÁN: Nadie discute tu superioridad... biológica; ya te lo he dicho. La tierra dura más que los árboles. Hasta se petrifica, con el tiempo –y rescata a su seno, en forma de fósiles, a los que fueron sus maridos o sus hijos. Eso, por desgracia, no la hace más inteligente.

EVA: Confundes, querido, la inteligencia con la proclamación de la inteligencia. Tomas literalmente el rábano por las hojas, o mejor dicho, las hojas por el rábano. Nosotras no hemos necesitado proclamar la nuestra. Nos ha bastado ejercerla en la forma irrefutable de la perduración. Consulta nuestro álbum de familia y dime. Ábrelo en cualquier página. ¿Encuentras a Menelao más inteligente que Helena? ¿A Agamenón que a Clitemnestra? ¿A Laio que a Yocasta? ¿A Ulises que a Penélope?

ADÁN: Bien sabes que a esas familias no las tengo por nuestras. Las desconozco y las desheredé a su tiempo. Profesaban ideas heterodoxas acerca de su origen. Me ignoraron y se dieron un gobierno que llamaron olímpico, precursor de los que más tarde inventaron las carteras ministeriales y la división del trabajo. Encargaron a un dios, imagínate, de cada ramo del presupuesto. Y establecieron jerarquías en el poder, como en las democracias. Y un Zeus investido de facultades extraordinarias en todos los ramos. Pero incapaz, como los presidentes en las democracias, de conjurar y reducir las argucias políticas de sus ministros y de sus ministras. Todo un enredo, en el que sin embargo, los mayores trastornos y las crisis ministeriales las provocaron, naturalmente, las mujeres.

EVA: ¿Trastornos? ¡Al contrario! Yo sí tengo por hijas mías a aquellas muchachas. Heredaron y ejercieron mis dotes sagaces de organización, de amplitud de criterio, de precisión sensata. ¿Qué el viejo verde de Zeus, razonablemente abochornado de su decrepitud, se disfrazara para abusar de las jovencitas –de cisne, de toro, de lluvia de oro– que es hasta la fecha el más usual y el más eficaz de los disfraces? Bueno; pues aquella calaverada, aquella patética cana al aire, mis hijas la transmutarían en un resultado feliz y positivo: el nacimiento de su semidiós o de un héroe.

ADÁN: De un bastardo.

EVA: Así iba mejorando la raza.

ADÁN: No. Así aquellas paganas justificaban sus horrendas inclinaciones a la zoofilia.

EVA: Supongámoslo. Suele o puede haber animales más atractivos que ciertos maridos. Lo curioso es que muchos siglos más tarde, la medicina haya acabado por admitir y sancionar la ingestión por los hombres de los sueros y las hormonas de los animales. Cuando menos, Europa, Leda y Dafne, las precursoras de la vacuna y de la hormonoterapia, se atuvieron a un tratamiento más directo y más placentero que los comprimidos o las inyecciones.

ADÁN: Razón de más para que yo las repudie, con toda su historia. No, decididamente, de Grecia no me hables. No es mi familia.

EVA: ¿De Roma entonces?

ADÁN: Menos. Esos romanos fueron los nuevos ricos del continente, los precursores de la ópera –y de Hollywood. Grandiosos, pero miserables. El circo, figúrate. Y el Derecho Romano. Y un Nerón que era el remedo de Edipo, su caricatura lamentable.

EVA: Bueno, pues. Omitamos a Roma. Aunque antes de descartarla, lo honrado sería que declararas que la rechazas por las mismas prejuiciadas razones que a Grecia; porque a Rómulo y Remo no los amamantó una nodriza normal, sino una Loba. ¡Como si ello no los hiciera los precursores de la dietética moderna! ¿Quieres que examinemos la Biblia? Allí sí has de reconocerte. Es el primer registro civil que nos menciona, y tu primera biografía, tu “currículum vitae”.

ADÁN: Lo dices como si se tratara de una ficha signalética.

EVA: Algo hay de eso, ¿no?

ADÁN: Pero sobre la Biblia no cabe discusión.

EVA: No intento discutirla: sólo apoyarme en ella.

ADÁN: ¿Para qué?

EVA: Para demostrarte que por ejemplo Judith y Dalila fueron más listas que Sansón y Holofernes.

ADÁN: Si esa es tu idea de la inteligencia...

EVA: No nos entenderemos nunca, Adán. ¿Te parecen actos de inteligencia los perpetrados por tus bíblicos hijos? ¿El sacrificio de Abraham, que no tiene mucho que pedirle al de la hija de Agamenón? ¿El perdurable, enquistado resentimiento por su origen acuático, que engendró en Moisés una introversión patológica que lo hizo echarse irresponsablemente a buscar una tierra prometida; aislarse a meditar, como cualquier Hitler en Berchtesgaden, y salir con unas tablas de la Ley de cuya perfección estaba tan poco seguro que prefirió atribuirle a su inspiración a Jehová, en vez de declarar que eran su propio engendro? ¿El salvamento colectivo de Noé –tan parecido a la construcción moderna de refugios antiatómicos– para acabar por embriagarse a la vista de sus hijos, perdiendo su respeto?

ADÁN: Errar es humano. La biografía de los grandes hombres no puede hallarse exenta de mácula o de culpa. Pero quedan sus grandes hechos para justificarlos. Ese es su testamento, lleno de inspiración perdurable. La hay en el Antiguo tanto como en el Nuevo: dame una mujer, una sola que haya logrado, por ejemplo, lo que logró san Pablo, aquel Maestro de lo que los modernos publicistas llaman la “promoción”. Muerto Jesús, sus discípulos se hallaron dispersos, confusos, perseguidos. Pablo asumió su capitanía, su lideraje, y formó lo que puede llamarse la más eficaz fuerza de venta de la historia: la fe cristiana, de la que hizo una fuerza que acabaron por reconocer los poderes temporales. Dame, repito, una mujer bíblica que haya hecho algo semejante.

EVA: ¿Una? ¡Millones! Has caído en tu propia trampa. Quisiste jugar una carta de triunfo, y esa carta te resulta una Epístola que desde hace mucho tiempo condensa y resume la sabiduría de Pablo y la culminación de todo su genio organizador y publicitario: la Epístola que les leen a nuestros hijos cuando los casan. Sacramento y momento desde el cual en adelante, todas las hijas de Eva mandan, cuando parecen obedecerlos, sobre todo los hijos de Adán. ¿Puedes negarlo?

ADÁN: No tendría objeto. Decías bien. No nos entenderemos nunca.

EVA: Pero no lo deplores, querido. De habernos entendido, hace mucho que nos habríamos separado. El divorcio que han inventado nuestros hijos no dimana como ellos creen de la incompatibilidad eventual de sus caracteres, sino, precisamente, de su compatibilidad. No tiene ya caso seguir juntos, si se piensa lo mismo, si se cree lo mismo, si se lucha por lo mismo. Nuestro disentimiento es el secreto de nuestro sentimiento, el perpetuo acicate de nuestra supervivencia. Tú con tus héroes, yo con mis fuerzas anónimas, preservamos la Historia; que está hecha tanto de biografías ilustres, brillantes, como de capítulos aburridos en que juegan las masas con su hambre, con su miseria, con su estulticia, y con la gloria anónima y arrolladora de su número. Yo puedo a veces profesar por los héroes una ternura visceral, mientras tú rindes un homenaje analítico y cerebral que eleva las biografías al género de las obras de arte. Pero la Historia no es artística. No lo es la gravidez, no lo es el parto. Digamos, que una palabra, que una vida ilustre es perfecta y límpida como una sonata, y que a ti te gustan, como los solitarios, las sonatas. Pero la Historia es una suma de vidas. Una sinfonía que conjuga muchos temas, muchas ideas, que nos da en su entraña una vislumbre de futuro y eternidad arraigada en el más antiguo pasado. Y esa es mi música, mi polifonía, hecha de notas menudas, de silencios breves, de gritos, de risas, de recuerdos y de esperanzas...

ADÁN: ¡Mi buena Eva!

EVA: ¡Tonto! No me compadezcas. ¿Ves? Me has contagiado tu verborrea. Y se ha ido el tiempo. Ya ni sé para qué venía a buscarte.

ADÁN: Dijiste que estuvieron aquí los muchachos. ¿Van a cenar con nosotros? ¿Invitaste a alguien?

EVA: No. Querían ir al cine y vinieron a disculparse. Cenaremos solos, a la hora que gustes. ¿Tienes tu pipa? ¿Te traigo tus pantuflas?

ADÁN: No, no. Las nueve ya. ¿Qué hay para la cena?

EVA: Pie de manzana.


TELÓN






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