jueves, julio 28, 2022

Impasse





Impasse

 

Personajes: 

Sofía 

Margo 

Sara 

Arturo 

Max 

Francisco 

El Ejecutivo 

La Recepcionista 

 
Vemos la sala de espera de una oficina: un discreto escritorio, dos o tres incómodos sillones y una mesita al centro. En las paredes cuelgan algunos cuadros impersonales: naturalezas muertas. En una esquina, en el suelo, un arreglo floral: rosas rojas. A la izquierda la puerta principal; al fondo, la puerta de un despacho. 

 
En los sillones se encuentran: Sofía (29 años: ensimismada), Sara (35 años: dormida), Francisco (28 años: hojea revistas), Margo (65 años: absorta), y Arturo (38 años: mira la palma de su mano). En el escritorio se encuentra una adusta y eficiente recepcionista: edad indefinida. 

Después de unos segundos llega un hombre impecablemente vestido de traje: es El Ejecutivo. Todos lo miran inquietos. El hombre se acerca a la recepcionista y le dice algo al oído. Señalan a Arturo, quien se levanta y les entrega un expediente. El ejecutivo revisa y firma el documento; la recepcionista lo sella y se lo da de nuevo al ejecutivo, quien, con aire grave, entra a su despacho. Arturo regresa a sentarse cerca de Sofía. 
 
 
Arturo. — ¿Tan seria, Sofía? 

 
Sofia. — Ya ves. 

 
Arturo. — Ahí está Sara. Se ve que no ha dormido. Ahí está el buen Francisco, siempre atormentado. 

 
Sofia. — Le va mal. 

 
Arturo. — Margo... ¿ella compró las rosas? 

 
Sofia. — Seguro. 

 
Arturo. — No me equivoqué. 

 
Arturo se levanta, se acerca a la Recepcionista y le pregunta algo al oído, ella asiente. Luego regresa a su lugar, toma un pequeño portafolios y lo abraza, ansioso. 

 
Sofia. — ¿Ya es hora? 

 
Arturo. — Todavía no; es hasta que nos llamen. 

 
Sofia. — Muchos trámites. 

 
Arturo. — Sí. Cada uno tiene su fecha y su hora. Algunos no tienen prisa; a la mayoría no le importa o ni siquiera lo piensa. (En voz baja.) Yo hice trampa. 

 
Sofia. — Me lo imaginé. 

 
Arturo. — ¿Y por qué no? Quise hacerlo. 

 
Sofia. — Sí. 

 
Arturo. — Pero ya estoy cansado; quiero reunirme con Sergio. Tenía la esperanza de que surgiera un hecho extraordinario, alguna peripecia inusitada, pero... Nunca hay que forzar las cosas. 

 
Sofia. — Soñé con una bestia colosal, un toro. Respiraba furioso junto a mí, pero no me embestía. Alguien, un hombre, me dijo: no lo veas fijamente, hazlo bajando la mirada, con la mirada gris, hacia abajo. El toro estaba junto a mí y yo lo acariciaba apenas, como sin hacerle caso. Me gustaba el toro, era mi amigo. 

 
Francisco. — (A Arturo) A mí me gustaría un café, muy cargado. 

 
Arturo. — (Refiriéndose a la Recepcionista) ¿Por qué no se lo pides? 

 
Francisco. — Se ve que tiene mal carácter. 

 
Arturo. — No lo creas. Pídeselo. 

 
Francisco. — (A la Recepcionista) ¿Puedo tomar café? 

 
La Recepcionista asiente con un gesto casi imperceptible. Francisco va hacia una mesita donde se encuentra una cafetera. Se sirve un café, y lo toma de pie, a pequeños sorbos. 

 
Arturo. — (A Sofía) Francisco sigue comportándose como un adolescente. 

 
Sofia. — Y seguirá, pero le funciona. 

 
Arturo. — ¿Lo sigues amando? 

 
Sofia. — ¿Qué! Para nada. Yo nunca... 

 
Arturo. — Te gustaba. 

 
Sofia. — Esa es otra cosa, pero amarlo... Odio sus métodos de seducción: siempre tan desprotegido, como perrito hambriento. 

 
Francisco. — (Desde lejos) Soy el hombre de tus sueños, lo dijiste. 

 
Sofia. — ¡Nunca! 

 
Francisco. — Dijiste que era un amante inmejorable, en tus sueños. 

 
Arturo. — ¿Es Verdad? 

 
Sofia. — ¡No! (A Arturo) ¡Cómo puede ser tan vanidoso! Soy la única que no... ¡No voy a decir nada! 

 
Francisco. — (Se acerca a Sofía y mientras sigue tomando su café dice...) Me gustaría desabotonarte la blusa con los dientes, morderte los senos, lamerte los pezones. Quiero abrirte las piernas, meter mi cabeza entre tus muslos, luego... 

 
Sofia. — ¡Basta! Vete de aquí. (Francisco regresa sonriente a su lugar, siempre tomando pequeños sorbos de café) Es inconcebible. Es tan vanidoso que sería capaz de acostarse conmigo solo porque ahora lo rechazo. 

 
Arturo. — ¿Dices que le va mal? 

 
Sofia. — A mí él no me importa. 

 
Arturo. — ¿Te va mal, Francisco? 

 
Francisco. — ¿Mal? Me ha ido de la hiperverga, en varios aspectos, pero lo peor es el dinero. Tengo que encontrar un trabajo estable. He estado comiendo arroz y solo arroz. Vendí unos cascos de Coca-Cola para comprar queso, tortillas, cigarros, y ya. He comido eso durante tres días. Gracias a dios hoy me pagaron 800 pesos por una semana de arduo, muy arduo trabajo. 

 
Sofia. — ¿No te lo dije? Se comporta como perrito sin dueño. Francisquito, ¿no quieres que te preste quinientos pesos? 

 
Francisco. — ¿Solo quinientos? 

 
Sofia. — Eres un asco. 

 
Arturo. — (Sin mirar a nadie directamente) ¿Y no andas con nadie ahora? 

 
Sofia. — ¿Yo? 

 
Arturo. — No, sí, también... Disculpa, le preguntaba a Francisco. 

 
Sofia. — ¿Eso? Sus conquistas le duran una hora... ¿cuánto duró la última? 

 
Francisco. — ¿Me hablas a mí? 

 
Sofia. — ¿Dos horas? 

 
Francisco. — Un poco más... La rescaté de un viaje de éxtasis. Veinticinco años, con coche golf, con dinero: dueña de dos casas y más o menos dispuesta. Salimos durante cuatro días, fuimos a comer, vimos teatro, cenamos, comimos... Cogimos muy bien una vez; algunas otras veces simplemente cogimos. El último día que nos vimos, de repente, después de haber visto una obra de teatro en Coyoacán, ya en su casa, la intenté besar. 

 
Sofia. — Pero no has dicho su nombre. 

 
Francisco. — ¿Quieres nombres y todo? 

 
Sofia. — Pues sí. 

 
Francisco. — Martha. 

 
Sofia. — No, en serio. 

 
Francisco. — Así se llamaba, qué quieres. Yo estaba verdaderamente pacheco. Se portó tan evasiva... Yo no sabía qué le pasaba. Me dijo que se sentía como prostituta, que no creía en las relaciones, que siempre acababa sintiéndose fría y lejana, que no quería seguir. 

 
Silencio. Entra Max, 39 años, alto y delgado. Es muy elegante. Se sienta en un sillón, apartado de todos. Abre un portafolios, saca algunos papeles y los revisa rápidamente, con fastidio. Se levanta y va con la Recepcionista. Ella, muy profesional, recibe los documentos y le entrega un cuestionario. Max regresa a contestarlo a su lugar. 

 
Max. — (Habla mientras responde el cuestionario, mirando de vez en cuando a Sofía y a Arturo) Vi una encuesta en la tele sobre cómo pensaban ciertos grupos que les iba en su vida. Entre mucho mejor y mucho peor había distintas opciones. Yo estoy en la reducida población, 3%, de los que les va mucho peor. Los de mucho mejor son del 3% también. Los extremos siempre engloban a pocos. 

 
Sofía. — A mí en la vida me va más o menos, ¿en qué porcentaje estaré? 

 
Arturo. — Yo nunca he creído en las estadísticas. 

 
Max. — El mío es un problema de comunicación. De no saber tratar al otro, de no interesarme por los demás. Mi problema es desconfiar de los demás, es querer estar solo porque los demás me dan demasiado miedo. Estoy pensando siempre que me van a hacer daño y por eso alejo cualquier posibilidad de establecer vínculos reales. Qué puta neurosis. 

 
Sofia. — Pobre Max, siempre me ha caído bien, pero es tan agresivo, tan inaccesible. 

 
Arturo. — Yo creo que es un tipazo, y no te lo digo porque esté aquí presente, lo diría igual. Con él he pasado los momentos más divertidos que recuerde. 

 
Francisco. — A mí al principio, cuando lo conocí, me daba miedo. Me parecía que me iba a fulminar con esa mirada que tiene. Te acuerdas Max, ¿cuando nos fuimos de vacaciones los tres a la playa? 

 
Max mira a Francisco y por toda respuesta emite un gruñido. 

 
Sofia. — ¿Cuáles tres? 

 
Francisco. — Pues cuáles: yo, Arturo y Max. 

 
Sofia. — El burro primero. 

 
Francisco. — Pasamos una de las navidades más aciagas de que tenga memoria. 

 
Sofia. — ¡Aciagas!, ¡vaya con la palabrita! 

 
Francisco. — ¿Qué quieres que diga? Horrendas, espeluznantes, ¿jodidas?... ¿te acuerdas Max?, en Morelia, eran como las dos de la mañana y lo único que tuvimos para cena fue el último hot dog del último carrito de hot dogs que había en el centro. Un hot dog para tres, fue delicioso. 

 
Sofia. — Mhh. 

 
Francisco. — Luego, en el hotel, nos atascamos con el pastel de navidad que la mamá de Arturo había cocinado... Una coca familiar y media botella de alcohol de noventa y seis. Estos desgraciados no me dejaron dormir en toda la noche. 

 
Sofia. — ¿Por qué? 

 
Francisco. — ¿Tú por qué crees? 

 
Arturo. — (Con doble intención) Estuvimos "platicando" toda la noche. 

 
Sofia. — Ahh. 

 
Max. — Malditos formularios, ¿ustedes creen que yo me voy a acordar de cuál es mi número de naturalización? ¿qué es eso? 

 
Arturo. — Es solo para extranjeros, Max. Pero sí, ¡preguntan cada cosa! 

 
Max. — De repente miro al vacío y no pasa nada. Nada. Solo me angustio de que no pase nada y de que estoy seguro no pasará nada. Me dan ganas de acabar con todo, pero es solamente una vaga idea. No me atrevería a suicidarme. El caso es que tampoco me atrevo a hacer nada para que mi circunstancia cambie. Qué en serio me tomo, pero el asunto es serio. 

 
Silencio. 
Se abre la puerta del despacho y el ejecutivo aparece con un documento en la mano. 

 
El Ejecutivo. — Voy a decir los nombres de las personas que están en el conteo relativo. Debo aclarar que el hecho de que alguno de ustedes esté en esta lista no significa necesariamente que vayan a ser ingresados; solo indica que han venido cubriendo los requisitos correspondientes y que su expediente está siendo revisado. Al final del día las personas que ya requisitaron la categoría bf 0650 serán llamadas para su ingreso final. Por lo pronto... Señor Arturo Morales Olguín. 

 
Arturo. — Aquí. 

 
El Ejecutivo. — Señor Maximiliano Santos García Oleguibel. 

 
Max. — Olaguibel. 

 
El Ejecutivo. — Señor Joaquín Arizmendi Loaeza. 

 
Nadie contesta 

 
El Ejecutivo. — ¿No está?... ¿Señora Consuelo Gutiérrez González?... (Nadie contesta) ¿no?... Señora Margarita García Olaguibel Miranda. 

 
Margo, quien hasta el momento había permanecido totalmente absorta, responde con un gesto seco, para retomar inmediatamente la misma actitud. 

 
El Ejecutivo. — ¿Señor Jorge Murcio Montoya? (Nadie contesta) Señorita Sofía Trueba Alcántara. 

 
Sofia. — Presente, señor. 

 
El Ejecutivo. — Señor Francisco Toledano Flores. 

 
Francisco.  Aquí. 

 
El Ejecutivo. — Y por último... La señorita María Sara Rendón Batalla... 

 
Sofia. — ¿No es Sara? 

 
El Ejecutivo. — ¿Está? 

 
Sofia. — ¡Sara, despierta! 

 
Sara. — ¿Qué?... ¿ya? 

 
El Ejecutivo. — ¿María Sara Rendón Batalla? 

 
Sara. — (Adormilada) Sí, yo... 

 
El Ejecutivo. — Parece que ha habido algunos errores en su bf- 005, ¿podría cotejar los datos con Leonor? 

 
Sara. — ¿Leonor? 

 
El Ejecutivo. — la Recepcionista. 

 
Sara. — Sí, desde luego, señor. 

 
El Ejecutivo. — (A la recepcionista) Hazte cargo. 

 
El ejecutivo vuelve a su despacho. Sara busca en un morral artesanal de lana ya muy gastado. Saca unos documentos y trata de ordenarlos. 

 
Sofia. — ¿Y eso fue todo? 

 
Arturo. — ¿Querías más? Ya estamos en la lista. 

 
Sofia. — Pero algunos ni siquiera están aquí. 

 
Arturo. — Siempre sucede. 

 
Sofia. — ¿Se imaginan? ¿que se equivocaran de persona? 

 
Francisco. — Investigan a fondo. 

 
Sofia. — No sé, quizá no todo lo tengan planeado. Por ejemplo, qué es eso de que todavía usen máquina de escribir, ¿qué no saben que el mundo ha evolucionado? 

 
Arturo. — ¿Sí? 

 
Sofia. — ¡Y este lugar... Tan sórdido! Es como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos. 

 
Francisco. — Oye, Sara, yo siempre he querido un morral como el tuyo, pero todavía no lo he encontrado. 

 
Arturo. — No la molestes; ves que se hace cruces con la documentación y tú todavía... 

 
Sofia. — Yo ya lo he dicho: Francisco es un animal. ¿te ayudamos, Sara? 

 
Sara. — No, ya casi termino... (A la recepcionista) ¿la bf-005 tiene que llevar el sello naranja con la firma de recibido? 

 
La recepcionista simplemente asiente. 

 
Francisco. — No, la que es un tormento es la bf- 001 tienes que conseguir hasta el acta de matrimonio de tus abuelos, y luego, cuatro fotografías tamaño postal, tres fotografías miñón, seis fotografías tamaño infantil... Uf... 

 
Sofia. — A ti esas no te han de haber costado trabajo, las infantiles. 

 
Francisco. — Vieras que sí: son muy caras. 

 
Sara. — Ya está... (Se levanta con un mar de papeles, de ahí saca una hoja y se la entrega a la Recepcionista) Me había quedado con el original. ¿todo bien? 

 
La recepcionista asiente. Sara se queda algunos segundos esperando algún comentario más, pero la Recepcionista, sin voltearla a ver, se levanta con el documento y entra al despacho de El Ejecutivo. 

 
Arturo. — Sara: no tienes remedio. 

 
Sara. — Es que estos cabrones... 

 
Arturo. — ¡Sarita! 

 
Sara. — Es que eso son, unos cabrones. No les importa mi vida, no les importa si tengo que cuidar a mi hijo, no les interesa si tengo que trabajar como una esclava o si tengo que pasarme las noches en vela en el hospital... 

 
Arturo. — ¿El hospital?... Por qué, qué pasó. 

 
Sara. — Soy una imbécil... (Pausa) No queríamos que supieras. 

 
Arturo. — Qué. 

 
Sara. — Es Marco... Está internado. 

 
Pausa. 

 
Arturo. — Carajo. 

 
Pausa. 

 
Sara. — Desde hace tres semanas. 

 
Arturo. — ¿muy grave? 

 
Sara. — Delicado. 

 
Arturo. — Quisiera verlo. 

 
Sara. — Ya sabes cómo es esto: antes que nadie la familia se hace cargo. Es un poco como si se volviera a nacer. A mí me dejaron cuidarlo porque... No sé, la familia de Marco siempre tuvo la idea de que yo había sido su novia o algo así. 

 
Francisco. — Bueno, fuiste una de las pocas mujeres en su vida. 

 
Sofia. — Francisco, no tienes madre. 

 
Sara. — Siempre había pensado que lo más hermoso de una relación era el romance. Ahora, a pesar de que puedo nombrar a Marco como el hombre de mi vida, pienso que lo más importante para mí fueron estos últimos años, en los que solo puedo decir que fuimos amigos... (A Arturo) Él sabe que lo quisiste mucho. 

 
Arturo. — Espero que sí. 

 
Pausa larga. Sara cierra los ojos. 

 
Max. — Soñé una casa luminosa con una enorme alberca, pero enorme alberca. El trampolín estaba muy en lo alto; también había un tobogán. Un clavadista suspendido en las alturas parecía estar preparado, pero cualquiera hubiera pensado que tenía miedo de caer fuera de la fosa; necesitaba calcularlo todo muy bien antes de entrar al agua. Cuando desperté tuve la seguridad de que "echarse el clavado" era morirse. La fosa de clavados era una tumba. 

 
Arturo. — Estamos como en guerra o como si fuéramos muy, muy viejos. Estamos llenos de muerte y no sabemos qué hacer con ella. 

 
Francisco. — Yo bebo. Bebo y he bebido todos, todos los días. Y no me ayuda en nada, a pesar de que por lo menos me emboto y no pienso. Me encuentro no en un callejón sin salida sino en algo peor, un callejón sin el concepto salida. Qué te parece, Arturo, en la última fiesta bebí como hace rato no lo hacía. En el sillón, cuando estaba muy borracho, no sé si oí que hablaban de mí o si de verdad lo hacían. Alguien le decía a otro: "es una pena verlo así". Creo que lo imaginé, pero es muy triste que me tengan pena. 

 
Arturo. — Sara me contó que te vio esperando el camión en Insurgentes, que te hizo señas y no volteaste. ¿verdad, Sara? 

 
Sofia. — Está dormida. Yo a quien vi esperando en una parada fue a Rubén, ¿se acuerdan de Rubén? El que se peinaba con limón y sacaba puras emebés, siempre tan zalamero y jactancioso. 

 
Francisco. — ¡Zalamero!... Y tú me criticas por mis palabras domingueras. ¡zalamero! 

 
Sofia. — (Sin inmutarse) Yo pensé: así que de nada le sirvió sacar puros dieces al buen Rubén. Qué formal es hasta esperando el camión. Se veía desencajado, a punto de la desesperación. 

 
Francisco. — Es que a veces pensamos las cosas un millón de veces antes de simplemente hacerlas. Yo, por ejemplo, sé que es sencillo realizar muchas pequeñas hazañas como... Apagar el gas, antes de permitir que se evapore el agua y se queme la olla. Pienso en levantarme y me veo realizando ese pequeñísimo prodigio que es girar la llave del gas y listo, el agua deja de hervir, sin embargo, solamente lo pienso y claro, ¿saben cuántas ollas tengo hechas un chicharrón. 

 
Sofia. — ¿Qué tiene que ver todo eso con Rubén? 

 
Francisco. — ¿En qué sentido? 

 
Sofia. — ¿Francisco, dónde aprendiste a pensar? 

 
Francisco. — Sofía, no te gustaría casarte conmigo, me encanta que te pases la vida regañándome. 

 
Sofia. — Tal vez en otra vida. 

 
Francisco. — Ya dijiste. 

 
La Recepcionista sale del despacho del ejecutivo con una nueva lista. 

 
La Recepcionista. ¿El señor Marco Antonio Solís Vergara? ¿la señora Nancy Rosedal Torres? ¿Mauricio Parra Solís? 

 
Sofia. — ¡Mauricio?, ¡Mauricio Parra? 

 
La Recepcionista. — ¿Lo conoce? 

 
Sofia. — ¿Conocerlo? ¿dijo Mauricio Parra Solís? 

 
La Recepcionista. — Así es. 

 
Sofia. — (A los demás) ¿Mauricio se apellida Parra? 

 
Arturo. — Tú deberías saberlo. 

 
Sofia. — Pues no me acuerdo. Creo que Parra Ceruti (A la recepcionista) No, disculpe es Mauricio Parra Ceruti. ¿No es ese, verdad? 

 
La recepcionista niega con la cabeza e inmediatamente después se mete al despacho. 

 
Francisco. — Insisto en que tiene mal carácter. 

 
Sofia. — ¿Qué será de mauricio? Me acuerdo que una vez intenté ir con él al cine y fue un desastre. Íbamos a ver una de Tarkovski, imagínense. Él llegó tarde y eso me puso de malas desde el principio. Fuimos a la taquilla y descubrimos que no había boletos. Decidimos ir a tomar una cerveza mientras. Me empecé a sulfurar desde el momento en que se puso a hablar mal de todo lo que veía y a tratarme como si yo fuera una extranjera en mi propio país. Me dijo: (Imita un acento argentino) "qué curioso estar rodeado de puros extranjeros". Yo, le contesté: "mi vida, aquí el único extranjero eres tú". 

 
Margo, quien hasta el momento había estado sumergida en un asiento poco visible, se levanta, se acerca al arreglo floral, y en cuclillas, quita algunas rosas. Luego, las reparte a los demás, diciendo a cada uno la misma frase. 

 
Margo. — Es inútil cultivar recuerdos, es absurdo. 

 
Le dice a todos lo mismo, pero cuando llega con Max se queda un momento en silencio y luego repite: 

 
Margo. — Es inútil cultivar recuerdos, es absurdo. 

 
Max. — Siempre has sido tan dura. 

 
Margo. — He tenido que serlo. Cuando murió tu padre, ni una lágrima. 

 
Max. — Soy igual que tú. 

 
Margo. — Eres débil. Has guardado silencio y eso está bien a veces, pero tú has ido demasiado lejos. Aquí están tus amigos. 

 
Max. — Lo sé. 

 
Francisco. — Déjelo, señora, él siempre ha sido... 

 
Max. — ¿Yo qué? 

 
Francisco. — Nada, Max. Mira, yo te he estado hablando por teléfono casi todos los días y siempre es la misma respuesta. "ahora no quiere hablar con nadie, se siente mal". ¿No es cierto, señora? 

 
Sofia. — Yo también te he tratado de hablar. 

 
Max. — ¿Y por qué no me han ido a ver? Nunca he salido de casa. (Pausa) Yo estoy de acuerdo con mi madre: la memoria es inútil. Hay tantas historias absurdas. Me pregunto qué va a pasar con todo lo que he aprendido: tantas lecturas, tanta experiencia. Yo he dado mucho, generosamente, he sido un buen maestro, sobre todo he sido un buen amigo. Ahora estoy cansado. Me sé de memoria lo que viene, ya lo he visto muchas veces. Esta vez me toca a mí. (Pausa) Voy a darle vuelta a la hoja, todos los demás deberían hacer lo mismo, tú también mamá. 

 
Margo. — Algunos de ustedes son héroes sin homenaje. 

 
Max. — Es mejor así, algunos homenajes solamente engargolan el espíritu. 

 
Margo. — Nunca he dicho nada, pero paso las tardes en silencio, pensando en todos ustedes. Mi vida seguirá entre pequeñas brumas, horarios exactos y visitas cotidianas. No contaré las horas, pero nada será igual. 

 
Max. — Hay que cambiar de página, madre. 

 
Margo. — A cambiar de página, amor. (Regresa a su sillón) 

 
Silencio 

 
Francisco. — Cuando murió esteban había muchas velas, ¿se acuerdan?... Yo había estado con su mamá un buen rato y en eso que me llama no sé quién, creo que Mónica. Pasé delante de la mesita con las veladoras y sentí como si me incendiara pero sin quemarme, una sensación de fuego muy agradable. Estoy seguro de que se despidió de mí en esa forma... (Pausa) Yo no creo que la memoria sea inútil, al contrario, creo que nos da sentido, maldita o llena de luz. Y sin embargo, yo no tengo ningún prueba de las batallas que he vivido, ninguna cicatriz visible... Ni siquiera una señal tan simple como una carta, una foto: todo lo rompo. Es como si muchas historias no hubieran sucedido. No me gustan las cosas, los objetos, los trofeos. Me gustan en las casas de otros, ahí están bien esas pequeñas figuritas, esos diminutos cofrecitos llenos de historias. 

 
Arturo. — Yo tampoco tengo fotos de nadie, siempre fui muy espartano, como Francisco. La ropa que llevara encima... Mis zapatos... Y ya. 
Todos vuelven a quedar en silencio. De pronto Sofía trata de reprimir una carcajada pero no puede. 

 
Sofia. — Perdón. Pero es que... Yo me puse hasta mi madre y ¡dije cada estupidez! 

 
Francisco. — ¿En el velorio? 

 
Arturo. — Sí, todos nos pusimos hasta atrás. 

 
Sofia. — Le dije a René, el novio de Susana que me encantaba el bulto que tenía bajo la bragueta. 

 
Arturo. — ¡Cómo pudiste! 

 
Sofia. — ¿Qtiene? ¿A ti no te gusta? 

 
Arturo. — Por supuesto que no. 

 
Sofia. — No seas hipócrita. 

 
Arturo. — Bueno, está bien, un poco, como a todos. 

 
Sofia. — ¿A todos?... A Francisco no. 

 
Francisco. — ¿A mí no qué? 

 
Sofia. — A ti no te gusta René, espero. 

 
Francisco. — Qué te puedo decir, aquí está la mamá de Max. 

 
Sofia. — No creo que, a estas alturas, doña Margo se asuste de nada. 

 
Francisco. — Pues mira, no es mal tipo. 

 
Arturo. — Paco, no andes tirando anzuelos, que luego no te aguantas. ¿qué es eso de que no es mal tipo? 

 
Francisco. — Eso, que no es mal tipo. 

 
Sofia. — ¿Tú también, Bruto? 

 
Francisco. — Solo dije que no era mal tipo, ¿me van a linchar? 

 
Sofia. — ¡Pero si parece un mecánico! 

 
Francisco. — ¿No dijiste que te gustaba? 

 
Sofia. — ¿Tienes algo contra los mecánicos? 

 
Arturo. — ¿Yo?... No. 

 
Francisco. — No entiendo nada. 

 
Sofia. — No eres el único. Mira, a mí me gustan pero no en espíritu, ¿me explico?... Quiero decir: el hecho de que me gusten no significa que no me gusten. 

 
Francisco. — Olvídalo. 

 
Arturo. — Yo tampoco entiendo nada ya. 

 
Silencio 
 
Sofia. — Anoche, como a las tres de la madrugada recibí una llamada grotesca. Era una voz de mujer, casi estoy segura. Me dejó grabado: "nenita... Hazme un 'guaguis' ayy". Fue asqueroso. Por varias razones. 

 
Max. — No me extraña que precisamente a ti te ocurran ese tipo de cosas. 

 
Sofia. —¿Y por qué lo de precisamente a mí? 

 
Max. — ¿No te das cuenta de que eres sumamente vulgar? "y tú con quién andas... Y, ¿no te gustaba fulanito? Y ¿no te acostaste con menganito"... Me das nauseas. 

 
Sofia. — Ushh... Disculpa, men, se me había olvidado que eras aristócrata. 

 
Max. — Pues aunque te moleste. 

 
Sofia. — "Maximiliano García Oleguibel". Estás orgulloso del García o del... Oleguibel... 

 
Max. — García Olaguibel, es apellido compuesto. 

 
Sofia. — Ohh. 

 
Sara. — Por qué no dejan de pelear. 

 
Arturo. — Ya despertó Sara. 

 
Sara. — No lo estaba... No estaba dormida. Estaba pensando en que sí, somos vulgares, somos cínicos, insoportables y lo peor de todo, indiferentes. Deberíamos hacer algo por nuestras vidas. 

 
Francisco. — Sara, siempre ha sido una idealista. 

 
Sara. — Y tú crees que es mejor cruzarse de brazos mientras la vida se nos va. 

 
Francisco. — Siempre has sido un idealista y una ingenua. Crees que con afiliarte a la sociedad civil de moda vas a cambiar el mundo. Tú buscas quimeras, héroes imposibles. Vas a las manifestaciones pensando que vas a transformar el mundo y ni siquiera sabes quién mueve los hilos ni con qué intención. Eres ingenua y anticuada. 

 
Sara. — Por lo menos no estoy en la reacción como otros. 

 
Francisco. — Dime reaccionario, pero no anticuado, mírate, Sara, pareces sacada del catálogo "folklorito venceremos", déjame decirte algo, el muro de Berlín ya no existe, es más, ¿sabías que desapareció la Unión Soviética? 

 
Sara. — Yo todavía pienso que hay hombres, y que pronto tendremos un líder a quién seguir. 

 
Francisco. — Sí, Sara, ojalá encuentres uno, te hace falta. 

 
Sara. — No me refería a eso... Mierda, más que mierda. 

 
Silencio muy largo. 

 
El Ejecutivo y la Recepcionista salen del despacho, se dirigen al escritorio y firman un documento. Voltean a ver a Arturo y luego hablan entre . Finalmente el Ejecutivo se dirige, muy molesto, a Arturo. 

 
El Ejecutivo. — ¿señor Arturo Morales Olguín? 

 
Arturo. — Sí. 

 
El Ejecutivo. — Podría ponerse de pie. 

 
Arturo. — Así estoy bien, señor. 

 
El Ejecutivo. — debo informarle que hemos tenido una serie de desajustes debidos a una incalificable falsificación de su parte. 

 
Arturo. — No me lo explico, señor. 

 
El Ejecutivo. — Según esto, usted debió ser transferido el día 24 de julio del año pasado, pero, por una alteración en su documentación primaria, el ingreso final fue retrasado en por lo menos doscientos cuarenta y tres días ejecutables. Los límites que usted ha traspasado impiden que le sea concedida la prórroga opcional. Asimismo, le informo que en el próximo ciclo le serán confiscados el número de días sustraídos más un 37% como recargo. ¿tiene algo que decir en su favor? 

 
Arturo. — Nada, a usted no tengo que decirle nada. 

 
El Ejecutivo. — muy bien. Entonces... Acompáñeme. 

 
Arturo. — Voy a despedirme. 

 
El Ejecutivo. — De ninguna manera. 

 
Arturo. — ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Usted? 

 
El Ejecutivo. — (Mira su reloj) Tiene un minuto. 

 
El Ejecutivo entra a su despacho; la Recepcionista se sienta, impasible, en su escritorio. Arturo se queda en medio de la sala con la mirada en el piso. Sofia se levanta, lo abraza intensamente, lo besa y le acaricia el cabello. Francisco se levanta y se une al abrazo. Luego, Arturo se separa de ellos y va con Sara, quien solloza en el sillón, la acaricia y la besa; luego se despide de Margo con un beso en la mejilla. Finalmente se acerca a Max, le tiende la mano, pero el esquiva la mirada. 

 
Arturo. — ¿No te vas a despedir? 

 
Max. — No. 

 
Arturo. — ¿Por qué? 

 
Max. — Prefiero irme contigo. 

 
Arturo. — No entiendo, te quedan todavía algunos días, meses quizá. 

 
Max. — Prefiero irme. 

 
Arturo. — (A la Recepcionista) ¿Puede hacerlo? 

 
La Recepcionista asiente con un gesto indiferente. 
Max se levanta, toma su portafolios y dice sin mirar a nadie: 

 
Max. — Adiós a todos. 

 
El Ejecutivo vuelve a asomarse y mira a Arturo significativamente. 

 
El Ejecutivo. — Ya es hora. 

 
Arturo. — (Por Max) Viene conmigo. 

 
El Ejecutivo. — Es su decisión, todos sus papeles están en orden. 

 
Arturo. — Lo ves, Max: todo está en orden, qué curioso. Yo pensaba que tenía algo más que hacer o qué decir, pero no... Nada qué hacer, Max. Nada. 
 
Se dirigen hacia el interior del despacho. El ejecutivo cierra la puerta. 

 

 

A la memoria de Luis Pablo, Raúl, Sergio y Héctor. 

 

LA BALSA: BENJAMIN GAVARRE




LA BALSA


de Benjamín Gavarre


 

La Deriva Existencial en La balsa

 

La balsa (2006) se consolida como una obra de minimalismo simbólico y existencial, emparentada directamente con el teatro del absurdo y la ironía trágica moderna. Una metáfora sobre el aislamiento, la imposibilidad de comunicación y el peso del rol social. El hospital psiquiátrico es no un edificio; es una condición humana.

 

Dinámica de Acciones y Atmósfera

 

La estructura avanza a través de una tensión contenida que nunca llega a estallar en palabras, sino en parálisis. La obra abre con el fantasma de un suicidio (Laura) y cierra con el sonido de una ambulancia y un oleaje omnipresente. El mar, que se introduce acústicamente al final, resignifica todo el texto: los personajes siempre estuvieron en una balsa a la deriva, condenados a no tocarse (la regla del réferi en el psicodrama es la regla de sus vidas: “lo único que no está permitido es tocarse”). Al final, la música invita a una liberación a través del baile, pero los cuerpos eligen el silencio y la inmovilidad, aceptando su naufragio de manera casi ritual.

 

 

Anatomía de las Personalidades

 

  • Los Médicos (La Distancia Defensiva):

 

    • Doctor Lavín: Representa el agotamiento y la alienación del profesional. Su refugio en el teléfono celular y su respuesta áspera (“Yo pensaba que ustedes eran adultos”) muestran a un hombre que ha perdido sus propias herramientas de empatía para no ahogarse con el dolor ajeno.
    • Doctor Gálvez: El estratega intelectual. Utiliza el psicodrama y la cátedra como un laboratorio donde disecciona los traumas de los pacientes desde una distancia segura. Provoca catarsis que no puede contener.
    • Residente (Julio): La mirada fría de la nueva academia. Actúa como un réferi de boxeo en los enfrentamientos de los pacientes; para él, el sufrimiento es material de estudio y anotaciones.

 

 

Los Pacientes (Los Náufragos del Yo):

 

    • Lilith: La culpa y el desgaste absoluto. Es el eco del suicidio de Laura, atrapada en un rol materno que ya no la sostiene y una envidia declarada hacia la paz de los muertos.
    • Renata: La vulnerabilidad despojada. Su dolor somatizado en las piernas y su fantasía de ser "diseñadora" son las únicas mantas que tiene para cubrir un entorno de abuso y un odio heredado de la figura materna. Es pura herida abierta.
    • Gustavo: El observador cínico y lúcido. Su elegancia y su ironía punzante son su armadura contra las "etiquetas". Es el único que verbaliza que la cordura y la locura son solo personajes que la sociedad nos obliga a ensayar.
    • Ramón: La rigidez defensiva. Un hombre atrapado en la autoridad y el deber ser (su rol de profesor), cuya incapacidad para expresar ternura o llanto se convierte en una furia física que le nubla la vista y le quita las palabras.
    • Inma: La fragilidad expuesta. Es el termómetro emocional del grupo; busca el afecto y el contacto físico (salen abrazados), pero está quebrada por una historia familiar de absoluta distancia.

LA BALSA

 

de Benjamín Gavarre Silva

 

PERSONAJES:

  • DOCTOR LAVÍN
  • DOCTOR GÁLVEZ
  • RESIDENTE (JULIO)
  • LILITH
  • RAMÓN
  • GUSTAVO
  • INMA
  • RENATA

La acción se desarrolla en un hospital de especialidades psiquiátricas.

CUADRO PRIMERO

ESCENA UNO

(DOCTOR LAVÍN y DOCTOR GÁLVEZ.)

DOCTOR LAVÍN.(Como conclusión de una larga reflexión, pero sin dejar el juego mecánico con su teléfono) ¡Como si nosotros tuviéramos la culpa!

DOCTOR GÁLVEZ.(Concentrado en su libro) No debí revelar… nada.

DOCTOR LAVÍN.(Ácido) No, ¿de verdad?

DOCTOR GÁLVEZ. — Ya sabe. Piensan que las medicinas son mágicas.

DOCTOR LAVÍN.(No hace caso) Tener que soportarlos... Mira que llamarme asesino.

ESCENA DOS

(LILITH.)

LILITH. — Laura nos avisó. Lo dijo muy claro. ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en serio?

(Oscuro.)

LILITH se acerca al DOCTOR LAVÍN. Éste último no se inmuta. Está concentrado en un expediente.

ESCENA TRES

(LILITH y el DOCTOR LAVÍN.)

LILITH.(Como en un eco) ¿Alguien se preocupó cuando dijo que esta vez… iba en serio?

DOCTOR LAVÍN. — Si se pudiera regresar el tiempo...

LILITH. — Ustedes deberían cuidar de nuestras vidas.

DOCTOR LAVÍN. — Yo pensaba que ustedes eran adultos.

LILITH.(Furiosa) ¿Es una broma?

DOCTOR LAVÍN. — Nadie podía salvarla. Ni siquiera Dios.

LILITH. — No entiende.

DOCTOR LAVÍN. — Qué habría hecho usted para salvarla.

LILITH. — No lo sé. Yo tengo mis problemas.

(Oscuro.)

ESCENA CUATRO

(GUSTAVO, RENATA, RAMÓN e INMA.)

Se prende la luz general y vemos a los pacientes GUSTAVO, RENATA, RAMÓN e INMA. Esperan la consulta. GUSTAVO es un hombre de treinta y tantos. Es muy elegantemente y viste de manera impecable. Es poderosamente intuitivo, aunque a veces toma las cosas con demasiada ligereza. RENATA es una mujer humilde que no deja de mover las piernas; dice ser diseñadora de modas pero viste sin idea alguna sobre cómo combinar los colores, como si no pensara sino en cubrirse con toda la ropa que encontrara a su paso; está acalorada e incómoda. RAMÓN es un hombre rudo, un profesor de primaria que se ha abierto paso a codazos. INMA tiene un aspecto de niña vieja… las marcas de sufrimiento trata de borrarlas con una sonrisa dirigida al que se deje, sin embargo, en un segundo pueden desatarse en llanto.

INMA. — Ya se tardaron.

GUSTAVO. — Hoy nada más viene Lavín.

RAMÓN.(Molesto por la familiaridad, acentúa el grado del médico) El doctor Lavín.

INMA. — ¿Cómo sigues, Renata?

RENATA no contesta. Solo hace un gesto parecido a una sonrisa, mientras mueve las piernas con mayor nerviosismo del que tenía antes de la pregunta de INMA.

GUSTAVO.(A Renata) Por ti supimos lo de… Laura.

RAMÓN. — No deberíamos hablar. Hay que esperar a los especialistas.

GUSTAVO.(Retador, a Ramón, quien lo mira con desagrado) A los especialistas doctores.

(Pausa.)

INMA rompe a llorar.

INMA. — Yo sabía. Me dijo que tenía todas esas pastillas.

RAMÓN. — Pastillas que no nos cuestan.

GUSTAVO. — Medicinas pagadas con nuestros impuestos.

RAMÓN. — Pareces demente, no sabes cómo funcionan las cosas.

GUSTAVO. — Tal vez imagino cosas… Ah, ya entiendo… ustedes son parte de mi imaginación. Ja. Ja.

RAMÓN no tiene sentido del humor. Mira cada vez más serio al avispado GUSTAVO.

INMA. — Todos deberíamos agradecer porque estamos mal y aquí nos atienden.

(Pausa.)

GUSTAVO. — Yo no pienso etiquetarme. (Después de una pausa) Laura…

RAMÓN.(Confundido) Laura qué…

GUSTAVO.(Incisivo) Laura hizo lo que hizo, no podemos meternos en su cabeza.

RAMÓN. — Todos hemos recibido un buen diagnóstico.

GUSTAVO.(Malintencionado) Es cierto. ¿Y a ti qué te dijeron? ¿Que eres el mejor portado de la clase?

RAMÓN. — Mira al que dice que no le gustan las etiquetas.

GUSTAVO.(Cambia de actitud) Touché.

RAMÓN ya no le contesta, pero se nota su animadversión a GUSTAVO.

ESCENA CINCO

(Llega el DOCTOR LAVÍN.)

DOCTOR LAVÍN. — Disculpen la tardanza.

GUSTAVO. — ¿Gálvez no viene?

DOCTOR LAVÍN. — El doctor… se quedó tomando notas.

GUSTAVO. — ¿Interesantes? Las notas.

DOCTOR LAVÍN. — Mucho.

(Pausa.)

Los pacientes tratan de pasar desapercibidos para no enfrentar el momento en que tienen que hablar. El doctor no tiene que decir que hablen, ellos saben que empieza el que así lo desea. En este caso es RAMÓN.

RAMÓN. — Me siento cada vez más torpe. Llevé a mi hijo el lunes pasado a la escuela y en un momento que iba manejando perdí la idea de dónde estaba. Se me nublaron los ojos y tuve que estacionarme para no chocar. Otras veces me ha pasado que digo algunas palabras distintas a las que pensaba decir. No me gusta preguntar, pero luego me doy cuenta de que la gente me mira raro, como si no me comprendiera. Lo peor es que no estoy seguro de si dije lo que pensé o algo totalmente distinto. Luego, en el pizarrón escribo las palabras, pero los niños me gritan, me reclaman porque me faltan letras. Escribo las palabras y a veces me doy cuenta de que me faltan letras o a veces me dicen los niños que me faltan letras.

GUSTAVO. — ¿Te faltan vocales o consonantes?

RAMÓN. — No veo cuál sea la intención de tu pregunta.

GUSTAVO. — A mí se me dormían las piernas y se me nublaba la vista. Si me enojaba perdía hasta la vista. Y hasta la voz. Pero el medicamento ha funcionado.

RAMÓN. — Cada vez que le grito a mi mujer o a mis niños siento que todo está rojo. Siento como la cabeza caliente y que no me puedo controlar.

GUSTAVO. — ¿Es eso lo que sucede, doctor? Todos esos síntomas…

DOCTOR LAVÍN.(Responde brevemente) Se llama somatización. (Y cambia la idea) Ramón, ¿está tomando su medicamento?

RAMÓN. — … La verdad no quiero volverme dependiente.

DOCTOR LAVÍN. — No me diga.

INMA. — Es como si se atacara a uno mismo uno. ¿No, doctor?

DOCTOR LAVÍN. — Ahora resulta que todos aquí son especialistas.

GUSTAVO. — Pues si usted no es capaz de explicar nada…

DOCTOR LAVÍN.(Cambia la conversación) Y cómo está usted, Renata. Cómo sigue de sus piernas.

RAMÓN. — Doctor, a mí me parece que no hemos terminado con mi asunto.

DOCTOR LAVÍN. — Tenemos muchos asuntos. Nos vemos el próximo lunes.

El DOCTOR LAVÍN se va. RAMÓN sale tras él. INMA se levanta sin saber qué hacer. GUSTAVO se queda pensativo y exclama:

GUSTAVO. — “Hombres no me faltan, mujeres no me sobran”, ¿quién dijo eso?

INMA. — Lo has de haber dicho tú.

GUSTAVO. — Lo dijo un escritor “muy conocido, por los conocedores”.

INMA. — Vámonos, ¿quieres?

GUSTAVO. — Sí. El doctor es un imbécil, estarás de acuerdo.

INMA. — Sí. Tú no respetas, pero sí. Lo bueno es que los medicamentos sí funcionan.

Salen abrazados como amigos.

(Oscuro.)

ESCENA SEIS

(GÁLVEZ, quien piensa estar a solas, da cátedra a un auditorio imaginario sobre el suicidio de Laura.)

El reflector se cierra sobre el DOCTOR GÁLVEZ, quien toma la actitud de un maestro a la antigua en el atril que semeja una cátedra.

DOCTOR GÁLVEZ. — La noticia que a todos conmueve es sin duda aleccionadora. En el caso de Laura pudimos observar una contradicción: tuvo fuerza para recuperar la salud física, pero no pudo resistir la indiferencia de su familia. Sus hijas. Su marido… Ella les compró la casa que antes rentaban. Su esposo la abandonó y se llevó a las niñas con él. Laura Luz tal vez murió para… recibir un poco más que indiferencia.

Sale el RESIDENTE de la cabina y le entrega unas tarjetas al DOCTOR GÁLVEZ. El RESIDENTE toma un micrófono y habla ante otro auditorio imaginario, no sin la evidente molestia del psiquiatra GÁLVEZ que se siente descubierto.

RESIDENTE. — ¿Qué debe uno hacer en casos en los que una paciente está decidida a morir? ¿Hay que vigilarla día y noche? Se le puede internar, se le debe encadenar. ¿Y si se escapa? ¿Y si se cuelga o se arroja por la ventana? Internarla es conveniente. Que use una camisa de fuerza dirían algunos. No podemos hacernos cargo de todos los pacientes. Por otro lado, los pacientes ya pueden manejarse fuera de los hospitales... El asunto es… A quién le importa.

LILITH y LAVÍN se enfrentan. Están como testigos INMA y RENATA.

LILITH.(Al doctor Lavín, que se ve atormentado) Me alegro por ella, porque... ya está descansando. La envidio.

DOCTOR LAVÍN. — ¿Y por qué no sigue sus pasos?

LILITH. — ¿Quiere que me suicide?

DOCTOR LAVÍN. — No. Usted le tiene envidia, ¿no lo dijo?

LILITH. — Qué clase de doctor es usted. Tengo que cuidar a mis hijas.

DOCTOR LAVÍN. — Sus hijas ya no la necesitan.

LILITH. — Para usted es muy fácil hablar. Sabe, dice mi hija que usted está loco.

CUADRO SEGUNDO

ESCENA UNO

(GÁLVEZ expone el caso de Renata.)

DOCTOR GÁLVEZ.(Aparentemente solo, desde su cátedra en la que ensaya lo que piensa sobre un paciente antes de empezar la sesión) Renata es una mujer de muy escasos recursos. No tiene dinero, educación, sentimientos ni afectos. Su deseo de morir se expresó primero en un dolor crónico en cabeza y piernas. Su conflicto aparente lo constituye un Yo maltrecho, agobiado por la figura materna.

“Entra a escena” el RESIDENTE y aplaude al DOCTOR GÁLVEZ. Éste último medio se emociona, pero también rechaza lo que podría considerar una burla.

ESCENA DOS

(RENATA y sus razones. Sale el asistente. Permanece el DOCTOR GÁLVEZ, quien por esta vez conduce la sesión. Entran al escenario RENATA, GUSTAVO y LILITH.)

RENATA. — A mí nunca me avisaron de la muerte de mi papá. Mi madre nunca me dijo nada. No me ha perdonado que fuera una fácil, que me vieran besándome con el vecino. Todos en la casa me odian y me desean el mal.

GUSTAVO.(A Renata) Yo no creo que tu problema sea tan grave como para querer morirte. ¿Por qué no simplemente te vas de esa miserable casa… Tú te vas y haces una nueva vida. ¿No eres diseñadora de modas?

DOCTOR GÁLVEZ.(Irónico) Nada más fácil. (Se pone de pie y va hacia Gustavo) Vamos a ver, Gustavo. Haremos una dramatización. ¿Sí sabe de qué le hablo? (Gustavo asiente pero sin estar seguro en qué juego se mete) Bien. El ejercicio no lo tiene como protagonista a usted. Sin embargo, usted será el marido de Renata.

GUSTAVO. — ¿Yo?

DOCTOR GÁLVEZ. — ¿Prefiere interpretar a la suegra?

GUSTAVO. — Hago al marido.

DOCTOR GÁLVEZ. — Lilith será la suegra.

LILITH. — No. No soy actriz. No me haga eso.

DOCTOR GÁLVEZ. — Ahora Renata, usted será la estrella de este drama. ¿Está de acuerdo? Muy bien. Dígale a Ricardo que desea marcharse de aquí. Dígale: “Si no nos vamos de esta mugrosa casa con todo y mis hijos soy capaz de matarme”. Dígaselo.

(Pausa.)

RENATA, al principio tímida, sorprende a todos con su actuación.

RENATA.(A Gustavo) Mira, Ricardo. Tu madre te tiene agarrado de los huevos... (Pausa) ¿Está bien así?

DOCTOR GÁLVEZ. — Siga, no se detenga.

RENATA.(Se desahoga) Yo. A mí nunca me creyeron cuando dije que no era cierto que no me acosté con nadie. Yo la verdad ni era ni soy piruja ni nada.

DOCTOR GÁLVEZ. — Háblele al marido. Háblele a su suegra.

RENATA.(A Lilith) Pinche vieja cabrona, te piensas que puedes darme órdenes a mí. Te robastes a mi hija, te robas a tu hijo... Yo me casé con él.

DOCTOR GÁLVEZ. — ¿Qué le gustaría decirle a su hija? Yo soy su hija.

RENATA.(Al Doctor Gálvez) Maldita seas, desde que nacistes, cabrona. No te perdono. Nada más te vas con la pinche vieja esa.

DOCTOR GÁLVEZ. — ¿Qué le gustaría decirle a su madre?

RENATA.(Se relaciona con Lilith como si fuera su propia madre) Ojalá y te lleve la chingada en esta vida. Dios quiera y te mueras bien adolorida, cabrona de porquería, ojalá y nunca me hubieras dado a luz, pinche perra desgraciada.

(Pausa.)

DOCTOR GÁLVEZ. — Pueden sentarse. El ejercicio ha terminado.

GUSTAVO.(En voz baja) Lilith, ¿eras la suegra o la madre? (Al doctor) ¿Esto en realidad funciona, doctor? Hay demasiada rabia.

DOCTOR GÁLVEZ. — Demasiada rabia, sí. Tiene razón Gustavo. Lo importante, Renata, es que usted sepa a quién le tiene tanto odio. Y por qué. Después de eso, el trabajo más difícil viene: hay que perdonar. Hay que aprender a perdonar.

RENATA. — ¿Quiere decirme que odio a mi madre?

DOCTOR GÁLVEZ. — Usted fue quien lo dijo. ¿Está de acuerdo? ¿Con usted?

(Oscuro.)

ESCENA TRES

(LAVÍN y GÁLVEZ sobre los pacientes.)

DOCTOR LAVÍN.(Al doctor Gálvez) Me aburren. Son inconstantes. No puede haber avance si no hay continuidad en la terapia.

DOCTOR GÁLVEZ. — Puedo quedarme con este grupo.

DOCTOR LAVÍN. — Sí, he visto cómo lo siguen más.

DOCTOR GÁLVEZ. — Quizá usted tenga un problema.

DOCTOR LAVÍN. — Ah, pues seguro usted tiene una solución a todo, como siempre.

(Oscuro.)

ESCENA CUATRO

(GUSTAVO, RAMÓN y EL RESIDENTE. El DOCTOR GÁLVEZ está en la cabina de observación.)

RESIDENTE.(Como un réferi junto a Ramón y Gustavo que están de pie, frente a frente) Los hemos citado en esta ocasión especial para que intercambien algunas ideas sobre el tema que elijan. Pueden estar seguros de que tienen absoluta libertad de hacer y decir cuanto quieran. Permanezcan de pie, frente a frente. Lo único que no está permitido es tocarse.

Sale el asistente. Se escucha la música de Haendel “llamada para la entrada de la reina de Saba”. RAMÓN y GUSTAVO, quienes hasta el momento se estaban viendo fijamente, se separan. RAMÓN está francamente molesto. GUSTAVO no puede evitar morirse de risa con el tema musical que han puesto. RAMÓN está cada vez más enojado.

RAMÓN.(Hacia la cabina) Pueden quitar esa música. No se vale.

GUSTAVO. — Es Haendel.

RAMÓN. — No me importa.

GUSTAVO. — Creo que no corresponde a tus gustos.

RAMÓN. — Yo me voy a sentar.

GUSTAVO. — Nos dijeron que estuviéramos de pie, frente a frente.

RAMÓN. — También nos dijeron que podíamos hacer y decir cualquier cosa. Yo me voy a sentar.

RAMÓN se desplaza buscando una silla. Se escucha la música “Promenade”, de “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky. GUSTAVO mira divertido cómo RAMÓN se enfurece cada vez más y se sienta con obvia actitud de rechazo a la música que escucha.

Se interrumpe la música. Se escucha la voz del Médico RESIDENTE.

RESIDENTE. — Ramón es tan duro, tan rígido, que le molesta hasta la música. Ramón no se permite llorar. Mucho menos se permite reír, porque una vez que comienza no puede parar. Es incontenible la risa, es un ataque, duele la risa. Gustavo tiene problemas con la autoridad. Cree que no debe dar nada a cambio de lo que recibe. El mundo está en deuda con él y tiene que cobrarle a todos su presencia en la tierra. No hay nada que le moleste más que un hombre como Ramón. Se relaciona muy bien con sus pares y con la juventud. Detesta a los adultos que tratan de imponerse solo por su edad.

(Pausa.)

RAMÓN y GUSTAVO muy incómodos.

GUSTAVO. — Mira, en cuanto a eso de que me desagradas, pues no; la verdad solamente me siento incómodo con gente como tú.

RAMÓN. — Ya vas. Con gente como yo. Con los aires de grandeza que te cargas deberías estar con un médico particular. Tú, con tu forma de hablar tan correcta, tus... tus aires de que eres mejor o más importante que todos los que venimos aquí.

GUSTAVO. — Ya oíste lo que dijo el médico de mí, que el mundo está en deuda conmigo.

RAMÓN. — Tenemos que pagarte entonces para que existas.

GUSTAVO. — En tu caso no. Demasiados problemas tienes. No puedes reír, no puedes llorar. ¿Qué es lo que sí puedes hacer? Ah, claro: Enojarte. Deberías tomar los medicamentos. A mí sí me funcionan.

Se escucha en off la voz de EL RESIDENTE.

RESIDENTE. — Ramón y Gustavo se detestan. Se saludan con frialdad siempre.

GUSTAVO y RAMÓN se quedan viendo fijamente como esperando que pase algo. RAMÓN se levanta y se acerca, pero GUSTAVO baja la mirada. RAMÓN se va a sentar, molesto, incómodo, pero ya sin ganas de interactuar con su compañero.

RAMÓN. — Creo que podemos decir que estamos curados.

GUSTAVO. — El error es pensar que estamos enfermos.

RAMÓN.(Intenta hacer una broma) Claro, los enfermos son los doctores, y nosotros vamos a curarlos.

GUSTAVO.(Bromista también) No les faltes el respeto a los doctores… Ellos no están enfermos, no, no, no.

RAMÓN.(Tomando conciencia) No soporto tu falta de respeto… pero… pero a mí tampoco me gustan las etiquetas. No podemos vivir con la idea de que estamos enfermos.

GUSTAVO. — Ya hasta me estás cayendo bien, Ramón. A ver, doctor. ¿Creo que por hoy hemos terminado, no le parece?

En los últimos diálogos la tensión se ha ido relajando. RAMÓN y GUSTAVO se quedan viendo fijamente y sonríen. La sonrisa de RAMÓN es inusual. Se nota que no está acostumbrado. EL RESIDENTE toma notas.

(Oscuro.)

ESCENA CINCO

(INMA y el DOCTOR LAVÍN.)

Al encenderse la luz vemos al DOCTOR LAVÍN que escucha a INMA.

INMA. — Éramos como una de esas familias donde todos mantenemos la distancia. Cuando salí de mi casa conocí a mi marido. Yo no odio a mi marido pero no soy cariñosa, no puedo. Tampoco me sale serlo con mi hija. Me desespera que quiera que la abrace, no puedo, no me sale.

Va disminuyendo la luz hasta que la voz de INMA se escucha como un murmullo. Aumenta el volumen de una música extraña.

Entran a escena el DOCTOR GÁLVEZ y los pacientes con medias máscaras que reflejan sus diferentes conflictos: LILITH, RAMÓN, GUSTAVO, INMA y RENATA. El DOCTOR LAVÍN trata de poner atención a todos.

RAMÓN. — No me gusta ser el ogro de mi casa. Me gustaría poder llevar a mi hijo al parque. Me gustaría poderle decir te quiero, abrazarlo.

INMA. — No sé qué me pasa, pero no puedo controlar mi llanto.

LILITH. — Yo no puedo reír. Tengo cuarenta y cuatro años y ya no puedo reír. Odio a los que ríen. Odio las bromas.

RAMÓN. — A mí me parece que ustedes los médicos se creen personas sanas y piensan que nosotros estamos mal. Ustedes no son dioses. Y nosotros no solo somos unos… pacientes. Basta de clasificar a las personas.

GUSTAVO. — Me gustan los espejos. Los espejos son los otros. Yo tampoco creo que el mundo esté dividido entre enfermos y sanos. Los que se casen con el personaje que les tocó ser en la vida, pues mis más sinceras condolencias. Ustedes serán doctores, locos, amas de casa, maestros y modistas. Nadie puede ser el personaje que escogió en la vida… nadie puede serlo todo el tiempo. Estoy de acuerdo con Ramón. Basta de ponernos etiquetas.

Se escucha música de concierto que motive al baile. Sin embargo, todos se quedan sentados en silencio. Se escucha el sonido de una ambulancia y, finalmente, un intenso oleaje.

(Oscuro final.)

 



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