miércoles, abril 23, 2008

6 ESTAMPAS 6 ESTAMPAS 6 ESTAMPAS 6 ESTAMPAS 6 ESTAMPAS 6 ESTAMPAS DE TEATRO ALTARES 6 VECES ALTARES DE TEATRO DE PATRICIA RIVAS LLEVE SU ESTAMPA!!!!!












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DE LA DIFERENTE RELACIÓN
(de los hombres y las mujeres) CON LOS ALTARES

ESPECTÁCULO DE PATRICIA RIVAS
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PRIMERA ESTAMPA
Entra a su departamento un hombre de mediana edad. Carga una bolsa de plástico, la pone en la mesa y saca una botella. Va por un vaso, se sirve. Enciende un cigarro. Se sienta. Por la ventana entra un fulgor de un anuncio de neón. Prende la tele con el control y el resplandor de la pantalla lo ilumina. Se escucha un programa que habla sobre la fe. El tipo cambia de canal. Se escucha un programa sobre diferentes tipos de religión.
Él dice cosas como: “¿Y el campeonato?, ¿Cómo? ¿A ver? ¿Y el 22? ... A ver si agarra el 19... ¿Qué onda?
El tipo vuelve a cambiar de canal. Se escucha: “Dios está contigo, Dios está contigo”.
Recorre todos los canales con el control y siempre se encuentra con lo mismo, programas sobre fe y religión. Apaga el televisor diciendo: “Me lleva la chingada, no puedo ver el campeonato... ¿Qué pasa con este complot religioso? ¿qué onda con este rollo apocalíptico?”.
Mientras tanto bebe y sigue fumando. De pronto entra una corriente de aire muy fuerte seguida por el estallido de un trueno. Se sobresalta. Se levanta para cerrar la ventana, antes de hacerlo se escucha otro trueno violento, al tiempo que entra por la ventana el anuncio de neón, bloqueándola. Su forma es la de una mano señalando con el índice que curiosamente, lo señala directamente. Se queda paralizado observando el dedo señalador.
El anuncio de neón genera sonidos de corto circuito. Se dirige rápidamente a la puerta, al tocarla se da cuenta que está electrificada. Su cuerpo se convulsiona. Poco a poco se recompone y se dirige angustiado al teléfono.
Al tomar el auricular suelta una descarga eléctrica. Lo arroja desesperado. Se hinca, extiende sus brazos para abrazarse, una descarga aún más violenta surge de su propio cuerpo. Trata de soltarse pero no puede.
En ese momento se escucha una voz metálica que repite obsesivamente: Dios está contigo, Dios está contigo...
Después de algunos momentos de paroxismo, todo parece regresar a la normalidad. El dedo de neón se apaga. El tipo se desplaza cautelosamente por su departamento sin atreverse a tocar nada, por fin se acerca a la botella y extiende su mano, asustado. Al tocarla la retira dando un salto hacia atrás, pero dándose cuenta de que no está electrificada. La toma y bebe. Se queda totalmente abrumado hasta que tocan a la puerta. Se escuchan voces que le preguntan si está bien, le avisan que el anuncio de neón se derrumbó y provocó un corto circuito en el edificio que se encuentra sin luz. Por fin reacciona, se dirige a la puerta. Antes de abrirla duda, toma aire y abre. En ese momento se va la luz en su departamento.
Aparecen algunos vecinos con veladoras. Uno le regala una veladora encendida. Se retiran. Cierra la puerta. En ese momento se vuelve a encender el anuncio de neón con su sonido entrecortado. Temblorosamente se acerca al neón. Extiende su brazo hasta que su dedo índice toca el dedo del anuncio. Al tocarlo, se apaga. Queda la luz de la veladora iluminándolo, mientras empieza a repetir en voz baja: “Dios está conmigo, Dios está conmigo”.
Después de algunos instantes se va haciendo el oscuro.

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SEGUNDA ESTAMPA
Tres secuestradores están alrededor de una mesa donde hacen girar un dedo de yeso. A quien señale le corresponde contar una adivinanza. El secuestrador que la responde correctamente tiene derecho a una rebanada de pizza. Al fondo se encuentra un altar conformado por imágenes de yeso: Dedos, lenguas, orejas, etc. El secuestrado está sentado en una silla, ligeramente amarrado de los pies. Tiene un plato de cartón en las rodillas con una rebanada de pizza. Jadea ostensiblemente tocándose el pecho. Por fin les dice: “Me duele mucho el pecho, les juro que si no me doy un pase me va a dar un infarto”. Secuestrador A, le responde: “Ni creas que te vamos a dar respiración de boca a boca”. Secuestrador B: “Vas bien, vas muy bien”. Por eso tienes esos dolores, mejor comete tu pizza y se te pasa la ansiedad”. Secuestrador C: “Lo único que podemos ofrecerte, -le dice, acercándose para darle un pellizco en la nariz- es este papelito. Es una oración muy milagrosa para todos los necesitados”. Los tres secuestradores estallan en carcajadas.
Él secuestrado se retuerce en la silla, gime constantemente. “Además tengo problemas de circulación... jamás como entre comidas... Soy alérgico al glutamato. Si sigo amarrado me puede venir una descompensación. Me siento mal, muy mal. Todo se puede resolver de la mejor manera... Si me muero no les pagarán nada... Valgo una fortuna... Aliviánenme, soy alguien muy importante, consíganme un pase”.
Conforme dice esto los secuestradores se burlan de él imitándolo. Se escucha un teléfono en off. Los secuestradores se ponen de acuerdo. A, se para a contestar. Resulta ser una llamada de TELMEX para pagar un adeudo pendiente y evitar la suspensión. Regresa diciendo: “¿Adivinen quién era?” B responde: Era la mamá de éste, para recordarle que no se olvide de pagar el seguro de vida”. C dice:“Nada de eso, era su papá pidiendo que le guardemos la nariz”.
Los tres secuestradores ríen divertidos mientras él grita exasperado: “Mentira, ustedes no saben nada de mí, mis padres están muertos.
Seguro eran mis abogados, soy una personalidad pública... Ustedes... ustedes...” Empieza a llorar compulsivamente.
Los tres se le acercan para consolarlo mientras A le dice: “Ya, no llores, era una broma, de veras, no te saques de onda, te vas a poner mal. B dice: “Todos te queremos, a ver, ¿quién lo quiere? A ver, quién lo quiere?” C dice: “Mejor cántanos una canción” mientras le tararea alguna canción de moda. Él se desespera y grita: “¡¡¡Consíganme algo de coca y les canto lo que quieran!!!”.
Vuelve a llorar desconsolado.
A le dice paternalmente: “Lo mejor será que comas un poco, no vaya a ser que te desmayes”, se la acerca y lo hace masticar un pedazo de pizza. Él logra por fin pasar la comida y tartamudeando les dice: “Nadie va a salir bien librado de esto, seguro su teléfono ya está intervenido, no saben con quién se metieron” Él interrumpe su discurso por un ataque de estornudos, pide una servilleta y con los ojos llorosos prosigue: “Todo se reduce a que les paguen lo que valgo, van a ser ricos a mis costillas, seguro ahorita va a sonar el teléfono... pero mientras consigan algo para alivianarme”.
Suena el teléfono. El secuestrador B corre para contestarlo. Luego de unos momentos regresa muy contento: “¿Adivinen qué? ¡Fueron gemelos! Al rato me acompañan al hospital, quiero que sean mis compadres”. Los tres se abrazan fraternalmente y mientras esto sucede él empieza a jadear mientras dice: “No saben lo que les depara el destino, son unos miserables, sé que tienen droga escondida, no saben con quién se metieron”. Ninguno de ellos lo escucha porque hablan efusivamente de los nombres de los bebés, del bautizo, de los regalos, etc.
Vuelve a sonar el teléfono. Al decidir quién contesta esta vez se dan cuenta de que él está inmóvil, con la cabeza reclinada sobre la silla. C se le acerca y lo examina descubriendo que ha muerto. Los tres lo observan inmóviles, Mientras el teléfono sigue sonando. Por fin B se dirige a contestarlo. A y C se dirigen hacia el altar. A dice hincándose: “Están de testigos que no le hicimos nada”. C se santigua y prende dos veladoras: “Por los dos angelitos que acaban de nacer”.
Se escucha en OFF la voz de B diciendo: “Dejen el dinero donde ya les dijimos y una hora después lo recogen sano y salvo en ese mismo lugar”. Cuelga.
El secuestrado ha quedado con un rictus, con los ojos desorbitados. B regresa, mira la escena, se santigua y se dirige al altar para encender otra veladora. Los tres se abrazan conversando en voz baja y mirando su altar. Luego de unos momentos, A toma un pequeño bote que se encuentra a un lado del altar, mientras C trae un recipiente con agua y una espátula. Juntos proceden a preparar una mezcla con yeso. A comienza a colocarla sobre el rostro del secuestrado para sacar un molde de su nariz. B prepara mientras una manta que extiende sobre el piso. El altar queda encendido unos instantes mientras se va haciendo el oscuro.


TERCERA ESTAMPA

Se ilumina el escenario. Se vea a una solterona encorvada en un su cuarto. Acomoda objetos en un altar, con la imagen de un santo inexistente. Es la representación del hombre de su vida. Le coloca flores e inciensos. Prende veladoras de colores. Después empieza a pedirle fervorosamente un esposo como él, acercándose una y otra vez a la imagen para tocarla anhelante, al tiempo que va transformándose en una mujer atractiva y sensual. Descuelga la imagen y voluptuosamente se deja ir hasta abandonarse en una crisis sexual. Lo besa por todas partes hasta que termina haciéndole el amor. Se empieza a escuchar insistentemente el sonido del timbre de su puerta. Ella va conteniéndose y respirando con dificultad contesta ahogadamente: “¿Quién?
Vuelven a tocar. Ella reacomoda su pelo y su vestimenta y adopta su postura enjuta. Abre la puerta. Se trata de dos vecinas que comentan alteradamente entre sí: “No se puede vivir así, ya es cosa de todos los días, a todas horas. ¡Llévensela! ¡Está loca! ¡Ni familia tiene!”
Entra un enfermero cuya apariencia es la misma de la imagen del santo. La toma entre sus brazos y la carga, abrazándola. Se enciende un seguidor sobre ellos. Ambos se miran extasiados. Él le dice amorosamente: “No te preocupes por nada, he venido por ti”.
Sale seguidor junto con ellos. Las vecinas los miran asombradas y deciden entrar al cuarto de la solterona cerrando la puerta tras ellas. Colocan la imagen en su lugar, reacomodando todo. Ambas permanecen como hipnotizadas frente al santo, se arrodillan y empiezan a tocarlo lascivamente hasta caer convulsionadas. Se va haciendo el oscuro quedando el altar iluminado unos segundos.



CUARTA ESTAMPA

Cortés lleva en brazos a Cuauhtémoc mientras asciende una escalera. El segundo va semi inconsciente. Lleva los pies llenos de sangre. La subida es muy dificultosa. Al final de la escalera se ve una cama y un altar conformado por una pintura con la imagen de Quetzalcóatl, yéndose por los mares del pacífico en una balsa de serpientes. La pintura está rodeada por series de foquitos de colores, flores y veladoras. Por fin, Cortés llega hasta la cama y lo acuesta. Le quita el penacho y la túnica y luego él se quita su traje de conquistador. Le dice: “Reacciona, ¿para que te metiste tanta mierda? Hasta un vidrio pisaste... que pendejo”. Cuauhtémoc empieza a tener espasmos. Cortés busca trapos y alcohol. Los empapa para curarle el pie herido. Después logra incorporarlo y coloca a sus pies una cubeta para tratar de que su compañero vomite sin lograrlo. Vuelve a recostarlo y se dirige hacia el altar para rezar. Su amigo finalmente empieza a respirar con normalidad. Cortés se santigua. Pone música suave y se mete a la cama con él, lo abraza y empieza a arrullarlo.
Poco a poco se va haciendo el oscuro.


QUINTA ESTAMPA
Se ve un hombre sentado en una silla de ruedas. Sus piernas carecen de movilidad como si fueran de trapo. Las reacomoda continuamente. Vende plantillas para zapatos. Detrás de él hay una proyección de una calle transitada. Mediante tal proyección se verá que el hombre pasa de la mañana a la noche vendiendo su mercancía. La exhibe alrededor de su silla de ruedas gritando: ¡Plantillas! ¡Plantillas! ¡Lleve sus plantillas!. Al hacerse el anochecer en la proyección, emprende el regreso a su casa. Se hace oscuro.
El vendedor aparece conduciendo su silla hacia una puerta, la abre y entra a su cuarto. Hay un camastro y un altar integrado por enormes milagros de latón con forma de forma de piernas. Se baja de su silla y se va arrastrando hasta su altar. Se santigua, reza, y después va hacia su cama para echarse a dormir. Se hace oscuro.
Poco después se escucha el canto de un gallo. Se vuelve a iluminar el espacio. El baja de su cama como todos los días, es decir, haciendo los mismos movimientos de inválido. No se percata que lleva arrastrando una pierna completamente sana y robusta. Mira incrédulo su pierna. Toca su otra extremidad y se da cuenta que también la tiene sana y fuerte.
Empieza a gritar: “¡Milagro, milagro! Extasiado patea impulsivamente todo lo que se encuentra en su camino. En su arrebato decide probarse sus plantillas mientras exclama: “¡Por fin las puedo usar, ¡malditas! ¡Por fin las hice mías!”. En su delirio decide ejecutar una secuencia de movimientos marciales, adoptando una actitud de guerrero japonés, mientras va eliminando uno a uno a sus hipotéticos adversarios. Finalmente, hace un movimiento brusco y tropieza con la pata del camastro, y se rompe un pie. Al caer se revuelca hasta chocar con el altar cayéndole sobre su espalada un enorme milagro en forma de pierna. Aúlla inmovilizado, se da cuenta que ha quedado paralizado de la cintura para abajo. Empieza a llorar desesperado. Poco a poco se hace el oscuro.
Se escucha el canto de un gallo. Se ilumina poco a poco el escenario. Se ve al vendedor de plantillas dormido en su camastro. Se despierta sobresaltado. Se toca las extremidades que son las mismas de siempre. Se baja con dificultad de su camastro, se arrastra hacia su altar, se santigua y prende una veladora nueva. Después de unos momentos se hace poco a poco el oscuro total.





SEXTA ESTAMPA
Una mujer entra a su departamento hablando por su celular, acompañada de un cargador que trae un enorme bulto en un diablito, en los extremos del diablito cuelgan enormes bolsas de plástico. Ella le indica que acomode todo en una esquina y lo despide. Prende su estéreo. El ambiente se llena de música electrónica. Se sirve un trago. Enciende un cigarro y procede a revisar varios documentos olvidándose por completo de las bolsas y el bulto. Se interrumpe para hacer llamadas o contestarlas.
Todas ellas son llamadas de demandas que tiene que entablar, de cobros, de meter a alguien a la cárcel, de chismes, de quejas contra sus vecinos, de amores no correspondidos, de intrigas, de engaños, de trampas. Termina por fin hacer llamadas y de revisar papeles y recuerda los paquetes. Saca un pastillero de su bolsa y se toma dos comprimidos. Empieza a sacar cosas de las bolsas: Veladoras gigantes, enormes manojos de hierba, flores gigantes, inciensos descomunales. Ve todo con perplejidad, le da una bocanada a su cigarro. Marca un teléfono. Se le escucha hablar con alguien llamado “Teddy”.
Le hace preguntas de modo prepotente, sucesivas y sin respiro de cómo acomodar todo lo que acaba de comprar, le pregunta si seguro funciona, en cuanto tiempo se ven los resultados, etc. Termina la conversación bruscamente. Se acerca al bulto y lo empieza a desenvolver. Es un buda de tamaño natural. Mientras lo revisa de un lado y de otro, el buda empieza a hacer gestos de disgusto sin que ella se percate. La mujer procede a colocar los diferentes objetos de su altar mientras va haciendo las respectivas peticiones a realizar, su tono es muy perentorio.
Enciende las veladoras y empieza a acomodar las flores y sin que se de cuenta, el buda tira una de las veladoras provocando un pequeño incendio. La mujer da un grito y sale para regresar con una cubeta llena de agua que arroja sobre el altar logrando consumir el fuego pero provocando que todos los objetos se mojen, particularmente buda que reacciona cada vez con más disgusto.
Desesperada llama de nuevo a Teddy. Se escucha una grabación que dice que ese número no existe. Intenta hacer otros llamados e invariablemente se escucha la misma grabación. Está por aventar el teléfono cuando este suena. Al contestar escucha una voz que la amenaza con un juicio legal. Cuelga. Tocan a su puerta. Al dirigirse a abrirla encuentra un sobre. Es un citatorio. Lo rompe furiosa. De nuevo suena el teléfono. Es su secretaria que le informa de un corto circuito en su negocio que provocó un incendio. La secretaria se escucha feliz de darle esta noticia. Ella se queda con la boca abierta y el teléfono en la oreja. Al recuperarse de su asombro busca su pastillero. Al abrirlo se cae todo el contenido en el agua que derramo. Aúlla de coraje. Tocan de nuevo a su puerta. Un sobre se desliza por debajo. Al abrirlo descubre que es la invitación a la boda de su ex pareja. Cae en una crisis de llanto. El buda sonríe beatíficamente afirmando con la cabeza. Entra en un ataque de histeria gritando desaforadamente. De pronto se escucha que golpean fuertemente a su puerta. Se trata de sus vecinos que a su vez le gritan que se calle, insultándola y amenazándola. Ella reacciona arrojando cosas del altar contra la puerta y gritando aún más fuerte. Sobre los gritos se escuchan sirenas de patrullas. Vuelven a golpear su puerta. En esta ocasión es la policía que viene por ella.
Decide esconderse debajo del manto del buda y comienza a rezar elaborando un discurso de contrición y arrepentimiento. El buda la observa con cara adusta mientras las oraciones continúan. De pronto el buda cierra los ojos y las sirenas se silencian, dejan de golpear a la puerta y se apaga el sonido del estéreo. Ella tiembla. Transcurre medio minuto de silencio absoluto. Repentinamente suena su celular. Se tarda en reaccionar. Por fin sale de debajo del manto del buda. Como autómata alcanza el teléfono. Contesta atemorizada, se trata de Teddy quién le llama para darle una serie de nuevas indicaciones para su altar.
Lo escucha sin moverse, simplemente asiente con la mirada perdida. Va dejando resbalar el celular. Vuelve a sonar pero ella no responde. El sonido del teléfono se empieza a transformar en música electrónica. Va subiendo de volumen conforme se va haciendo el oscuro.
Queda iluminada débilmente la cara de Buda durante algunos segundos y después se hace el oscuro total.
FIN

Patricia Rivas, noviembre del 2005
DERECHOS REGISTRADOS

jueves, marzo 06, 2008

Un monólogo: CROMOSOMA GALIA, desde Argentina lo envía Gabriel Fernández Chapo.










Introducción a "Cromosoma Galia"



A continuación presentamos "Cromosoma Galia", un intenso y visceral monólogo dramático del autor argentino Gabriel Fernández Chapo.

La obra nos sitúa en el epicentro de una crisis existencial. Galia, una mujer de treinta años, ha decidido dinamitar los cimientos de su vida conyugal rutinaria y "pasteurizada". Refugiada en la sordidez de una habitación de hotel de baja categoría, mientras el atardecer tiñe de rojo el ambiente, Galia confronta telefónicamente a su marido, Julio.

A través de un torrente de palabras crudas, cargadas de rencor, dolor y una desesperada lucidez, Galia se desnuda emocionalmente. Es un grito contra el papel de esposa complaciente que ha interpretado durante años y una búsqueda radical —y quizás autodestructiva— de una identidad propia, dispuesta a cruzar límites morales para volver a sentirse viva, aunque sea por una noche en brazos de un desconocido.



Sobre el autor: Gabriel Fernández Chapo

Gabriel Fernández Chapo (Buenos Aires, 1975) es una de las voces más sólidas y polifacéticas del teatro argentino contemporáneo. Su labor integra de manera excepcional la creación dramática, la investigación teórica y la docencia universitaria, lo que otorga a sus textos una profundidad intelectual y una eficacia escénica singulares.

Trayectoria Artística

Como dramaturgo y director, ha desarrollado una obra caracterizada por la exploración de los márgenes sociales y la fragilidad de los vínculos humanos. Entre sus reconocimientos más destacados se encuentran:

  • Premios Internacionales: Obtuvo el Tercer Premio del Concurso Internacional de Teatro “Expresiones” en Venezuela por su obra La luna.

  • Teatro x la Identidad: Su obra Mil puertas fue seleccionada por la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo para formar parte de este emblemático ciclo.

  • Obras Clave: Es autor de piezas potentes como La carrera, La casa chica, Perturbaciones y el monólogo Cromosoma Galia.

Labor Académica e Investigación

Fernández Chapo es Licenciado y Profesor en Letras (UNLZ). Su compromiso con el pensamiento teatral lo ha llevado a ser:

  • Investigador: Miembro del Centro de Investigación en Historia y Teoría Teatral (UBA) y del Área de Artes Escénicas del Centro Cultural de la Cooperación.

  • Docente: Profesor en la Universidad del Cine y en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, formando a nuevas generaciones de artistas y críticos.

  • Crítico y Jurado: Colaborador habitual en medios especializados como el periódico Artes Escénicas y jurado del prestigioso Premio “Teatro del Mundo”.

Su formación se ha enriquecido con maestros de la talla de Mauricio Kartun y Rubén Szuchmacher, consolidando un estilo que transita entre la crudeza del realismo social y la introspección psicológica más aguda.






Cromosoma Galia




SINOPSIS: Una mujer de treinta años, cansada de su rutina matrimonial, decide abandonar a su marido y escapar a un hotel de baja categoría. Por primera vez sola, intentará encontrarse a sí misma y jugará a coquetear con ser otra mujer: una prostituta.

Correo electrónico del autor:


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CROMOSOMA GALIA

Silencio. Ruido de secador de pelo. Se ilumina la escena. Habitación de hotel de baja categoría. Galia, mujer bonita de 30 años, está secándose las uñas recién pintadas de los pies con el secador de pelo. Se encuentra sentada en el frente de la cama. A la izquierda, hay un gran ventanal con las cortinas mustias abiertas. El atardecer comienza a mostrar su color rojizo. El ventilador de techo gira muy lentamente. Olor a sudor y sábanas sucias inundan el ambiente. La televisión está encendida, pero con el volumen apagado.
Durante toda la escena, Galia irá cambiando su ropa, y preparándose para un encuentro íntimo. El parlamento final la debe encontrar en situación precisa en vestimenta y posición para una relación sexual.
Comienza a sonar su teléfono celular sobre la mesa de luz. Suspirando, se recuesta de espaldas sobre las sábanas. El celular sigue sonando. Recostada, cuenta las marcas de quemaduras de cigarrillos en el respaldo de la cama. El celular no deja de sonar.
GALIA: ¡Mierda! (Atiende)
Ya te dije, Julio.
¿Me escuchás?
Aprendí.
Ya no soy la misma.
Tanto he rascado mis heridas que me encontré otra piel...
de hembra sin dueño ni sueños.
Qué increíble, ¿no?
Tanto rato a tu lado sin cambiar nada,
el lugar en la mesa,
la presa del pollo
y ahora...en unos días...puuufff.
Todo cambia.
Ahora encendés tu auto.
Querés ir a buscar a tu esposa.
Estás convencido de que las puertas de tu rodado
tienen trabas suficientemente fuertes
como para detener la furia de una mujer.
¿Adónde vas a ir? ¿dónde me buscarás?
¿En qué puerta tocarás bocina con la esperanza
de que suba corriendo a tu máquina?
Estás desorientado.
La vida, carajo, es rara.
Años usando el mismo perfume
como si fuera una laca que podía perpetuar
nuestra pareja pasteurizada,
creyendo que la felicidad era eso:
empujar a tu lado los domingos un carrito de supermercado
con orgías de promociones “Carrefour”.
Infamias
de mi pecho
que gusta
de llenar de ilusiones a barcos con destinos inciertos,
de dejar cajitas con pedazos de mi alma en esquinas cualquieras.
Pero repito:
a pren dí.
Esa mujer que nos inventamos no soy yo.
¡Ok!
Tanto golpear con la frente las paredes
abrí una idea en mí.
Ya la sabía.
Sólo que de vestirme de tantas mentiras,
la verdad ya no me sentaba bien.
¿Acaso no veías
que un cansancio eterno me arrullaba los ojos,
que mis días se montaban a una silla de ruedas
en una pendiente sin fin?
¡Forro! ¡Pendejo!
Las cosas cambian.
Cuando te conocí, te había visto
tan entusiasmado en romperme el pecho
que no te llevé la contra.
Toda esa ilusión ingenua
de las dos toallas con nuestras iniciales colgadas del baño.
Un amor tonto, pero cómodo, de sofá beige
con almohadones color ladrillo.
¡Mierda!
¡Mierda que una mujer puede ser bien tonta
si un tipo le resuelve el enigma de su pena!
¡Qué me parió!
¿Por qué me ahogué en tus ojos color traición
y quebré mi promesa de no volver a embriagarme
en el bar de la desilusión?
¡Cuánto de vida he pagado
para poder quedarme dormida
tan mínima tan pequeña
en los brazos de un hombre!
Pero basta, Julio.
Tu imperio de cafés en la cama,
de milenios de silencio pedidos solo para mirarte ha caído.
Date cuenta.
Ya no me reiré de tus chistes malos,
no miraré el fútbol contigo
ni mentiré por ti enfermedades en tu trabajo.
Tu trono lo ha ganado la desazón y el vacío.
Ahora un portaretrato sin foto se columpia frente a mis ojos.
(Pausa)
Siento el motor de tu vehículo
rugir debajo de tus pies.
Inquietos: no saben si frenar o acelerar.
¿Hacia dónde ir?
Para encontrarme, sólo tenés que guiarte por la intuición.
Si soy tu mujer, no te hace falta olfato ni ojos para hallarme.
¿Cuánto sabés de mí?
¿Cuánto de mí pudiste retener realmente en tu mente estos años?
Sabés...
anoche
por primera vez
me dije a mi misma la palabra “soledad”
y no temblé.
Ya no me asusta pararme frente al espejo
y ver todo lo que no seré.
¡Qué se vaya todo a la mierda!
No ser nada
ofrece tanto alivio, tanta liviandad.
Lo entendí, Julio.
En un segundo.
Como si mi cuerpo, mi alma
hubiese estado 30 años gestando esto...
que recién ahora puja por salir.
Maduré...
o me pudrí.
Vaya a saber.
¿Cuál es la diferencia?
¿El olor?
En este cuarto nada huele bien.
Así...
en un chasquido de dedos
entendí todo:
la naturaleza lo sabe.
La clave es comer y no ser comido.
Y vos me devoraste, Julio.
Todos estos años.
Con tu aire a Hugh Grant
y tus pullóveres lisos color pastel.
Me volaste los pétalos
y quedé sólo espinas.
Decime:
¿cuándo dejamos de buscar la luna por las noches,
cuándo dejamos de volver rápido a casa para vernos?.
(Escucha a Julio por teléfono. Recobrando su ímpetu)
¿Ahora me querés ver?
Me ves cuando no estoy.
¡Paradoja de pajero!
Cuando podías verme, esquivabas la mirada.
Fui el adorno más costoso de tu departamento,
con ropa “Zara” y fragancias de “Chanel”.
Tranquilo te llenabas de negocios
y aspiraciones nuevas
mientras tu mujer se entretenía por las mañanas
entre microscopios y tubos de ensayo.
Y una esposa con delantal blanco y paga escasa
está bien visto por tus colegas con el código de barras
tatuado en sus culos.
Tranquilo fuiste matando a mi hombre amado
y dejaste en su lugar a este impostor
al que le sienta muy bien tu cuerpo.
Nunca me viste, Julio.
¿Entiendes lo que digo por ver?
¡Carajo! ¡Qué vas a saber!
Ni te interesa.
Me dices que siempre estoy disconforme con todo,
que nada me viene bien
y con eso me callas y vuelves invisibles
mis palabras.
Como tu photus de balcón,
me regás con tu leche una vez a la semana
y que no joda.
Y yo, tu yerma, preparando tus tortillas de papas
y rogando ganar la quiniela en la jugada del domingo.
Mi concha, vientre de vida, se volvió cicatriz
y por ella sangro.
Vuelvo rojo mis días.
Te rogué:
tapá mi torrente con tu niño,
pongamos a un bebé todos nuestros sueños frustrados.
Nada.
Laburo. Y más laburo.
Que la hipoteca y me cago en Dios.
(El le habla)
¡Qué carajo me importa tu fidelidad!
Tu cerebro de átomo desintegrado
solo cree que una mujer sigue un camino de huida
si le son infiel.
Quizás otra vagina caliente
te hubiera dado el electroshock justo
para que tu pecho vuelva a latir.
Yo no.
Soy solo una célula blanca.
Una infección que se pone mis ropas.
Y me oxido.
¿Sabías que las personas nos oxidamos?
Sí. Como los hierros o las manzanas.
En el laboratorio lo veía por el microscopio
cuando en realidad el microscopio me miraba a mí.
Ya no.
Todo en mí es una alarma que no calla.
Vos trabajabas y una tarde
abrí la heladera y vi.
Allí... cada uno de mis deseos
vencidos, fríos,
juntando gusanos y pobredumbre.
Es mi culpa.
Que ya no repetiré.
No me quedaré más a la sombra
vagabunda de tu barba de tres días
ni me invitaré sola a la fiesta de tu alegría triste.
Ya no me apetece vivir
solo la resaca del amor.
Y aunque llegué tarde a la cita con la suerte,
prefiero esperarla aquí.
Quizás olvidó algo por estas calles
y se dé una vuelta nuevamente.
Hagamos silencio.
Quizás yo escuche el escape de tu automóvil
haciéndome saber que estás acá.
Quizás abras esta puerta de una patada,
me cojas violentamente en esta cama extraña
y por unos minutos nos olvidemos de todo.
¿No te das cuenta, Julio?
Olvidamos lo que es extrañarnos.
No nos mintamos más.
Cada uno por las noches soñaba secretamente
con volver a enamorarse.
Porque eso quiero...
un nuevo amor
de receta irrepetible
y sabor inigualable.
Sin condicionamientos
ni letra chica.
Quiero un amor adolescente.
Fresco, puro presente.
Que mis pezones como ojos
le apunten a su entrepierna.
Un amor que no especule,
cuya única preocupación sea
qué vestido ponerme la próxima cita
o hasta dónde dejaré sus dedos
hurgar debajo de mi pollera.
Un amor que me dé el impulso de saltar de la cama
y no convierta mis sábanas en plomo.
¿Recordás esa sensación?
El arrebato,
las noches sin dormir,
los llantos hasta que los ojos se caen,
el latido más fuerte,
las cartas quemadas,
el teléfono mudo?
¿Te acordás cuando alguna vez
perdiste una de tus putas tardes
sólo para ver a alguna muchacha
pasar por la esquina?
¿Cuánto hace que no te gana el insomnio por una mujer?
¿Cuánto hace que no cogés con la mina que realmente deseás?
Me siento tan bebé.
Cada pensamiento me quita diez años.
Cada paso parece dirigirme hacia el vientre de mi madre.
¿Por qué pasa, Julio?
Cuando pusiste todos los ingredientes de la receta
y el plato no sale sabroso, ¿qué se hace?.
Ya cumplí todos los requisitos para entrar a la felicidad.
Hice las cuentas y los deberes
pero no tengo nada.
¿Qué le digo a mis días que me pedían agua
pero mi sed nunca se acaba?
¿Qué mierda hacer?
¿Dónde está mi falla de fabricación,
quién cubre la garantía de mi deterioro?
Cuando vivís una vida creyendo en el frío del mar
y resulta que los peces hierven.
¿Se puede aprender a caminar haciendo la vertical con las manos
o como hacer para que el mundo no me parezca que está al revés?
Quiero ser una mujercita
feliz del peceto con papas
y de que la nena volvió a cagar bien.
Quiero mandarte mensajitos preguntándote
a qué hora pongo los fideos
o si para mañana debo plancharte una camisa.
Me calcé la chaqueta de la vida ordinaria
y la rutina me volvió trampolín sin agua
el camino de los días.
Ya estoy grande para empezar una vida.
Una vida que no me enseñaron, que desconozco.
¿Entendés?
Ahora que pienso nunca estuve sola.
No sé lo que es estar conmigo.
Nunca me tragué el llanto menstrual por mi misma
ni tuve todas las cuentas a mi nombre.
Toda la vida cogiendo en lugares limpios y seguros,
esperando con tu campera en mano que salgas de las casas de deportes
o contando los lunares de tu espalda tumbada en la cama.
Andá, tranquilo, Julio.
No llamaré y cortaré por teléfono toda la noche
ni pondré tus anécdotas de avaro en bocas risueñas de divorciadas.
(Se recuesta en la cama. Está en justa posición para iniciar un encuentro íntimo)
Seguiré aquí...
muriendo horas hasta que llegue el tipo que me coja sin amor.
Menos que puta seré. Escupiré sus monedas.
Ligándome un cuerpo extraño, Julio, veré
cuán extraño me era el tuyo.
(Se escucha una frenada de automóvil)
Apagón

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