UN
ACTOR SE PREPARA
Konstantin
Stanislavski
Capítulo
VI
Relajación
De Los Músculos
1
Cuando
el director entró en la clase nos llamó a María, a Vanya y a mí para
representar la escena de los billetes que se queman.
Subimos
al escenario y comenzamos.
Al
principio las cosas fueron bien. Pero cuando llegamos a la parte trágica, sentí
que dentro mío algo vacilaba, y entonces, para ayudarme con algo exterior a mí,
apreté con todas mis fuerzas un objeto que sentí bajo mi mano. De pronto algo
se quebró, al tiempo que sentía un dolor agudo y que un cálido líquido
humedecía mi mano.
No
estoy seguro de cuándo me desmayé. Recuerdo una serie de ruidos confusos. Luego
sentí aumentar mi debilidad, el vértigo y, por fin, caí desvanecido.
Mi
infortunado accidente (me había dañado una arteria y la hemorragia subsiguiente
me obligó a guardar cama por varios días) llevó al director a hacer un cambio
en su plan de estudios y adelantarse en parte al programa de nuestra
ejercitación física. Paul me dio un resumen de sus observaciones.
Tortsov
dijo:
—Será
necesario interrumpir el desarrollo estricto de nuestro programa, para
explicarles algo que está más adelante en el orden usual, un punto importante
al que llamamos «liberación de nuestros músculos». El momento natural en que
debía explicarles esto hubiera sido al llegar a la parte externa de nuestro
aprendizaje. Pero la situación de Kostya nos obliga a tratarlo ahora.
«No
pueden, al principio de la labor, tener ningún concepto del mal que resulta de
los espasmos musculares y de la contracción física. Cuando tal cosa ocurre en
las cuerdas vocales de una persona que naturalmente posee buenos tonos, se
vuelve ronca al punto de que a veces pierde la voz. Si tal contracción atara
las piernas, el actor camina como un paralítico; si en las manos, éstas se
entumecen y accionan como garras. La misma clase de espasmo puede atacar la
espina dorsal, el cuello o los hombros. En todos los casos dejan tullido al
actor y le impiden actuar. \1ero lo peor es cuando esta situación afecta el
rostro, torciendo sus gestos, paralizándolo o petrificándolo. Los ojos se
escapan de las órbitas, los músculos contraídos dan al actor un aspecto desagradable,
haciéndole expresar lo contrarío de lo que pasa en su interior, sin relación
alguna con sus emociones. Los espasmos pueden atacar el diafragma y otros
órganos relacionados con la respiración, interrumpir la respiración normal y
determinar la falta de aire. Esa tensión muscular afecta también otras partes
del cuerpo, y no puede tener más que un efecto nocivo sobre las emociones que
el actor está experimentando, en la expresión de ellas y en el estado general
del sentimiento.
«Para
convencerlos de cómo la tensión física paraliza nuestras acciones, y está
ligada a nuestra vida interior, hagamos un experimento. Hay allí un gran piano.
Traten de levantarlo.
Los
estudiantes, por turno, hicieron enormes esfuerzos y sólo lograron levantar una
punta del pesado instrumento.
—Mientras
sostiene el piano, multiplique rápidamente por treinta y siete —dijo el
director a uno de los estudiantes—. ¿No puede? Bien, entonces utilice su
memoria visual y recuerde todos los negocios de la calle, desde la esquina
hasta el teatro. . , ¿Tampoco? Cante entonces la cavatina de Fausto. ¿Nada?
Bien, trate de recordar el gusto de un plato de riñones guisados, o el tacto
del terciopelo de seda, o el olor de algo que se quema.
Para
obedecer las órdenes, el estudiante soltó la punta del piano que sostenía con
gran esfuerzo, descansó un momento, recordó las preguntas que le hicieron, dejó
que se hundieran en su conciencia, y luego comenzó a responderlas, recordando
todas las sensaciones pedidas. Recién entonces renovó su esfuerzo muscular, y
con mucha dificultad volvió a levantar la punta del piano.
—Ya
ven —dijo Tortsov—que a fin de contestar a mis preguntas, ha tenido que soltar
el peso y relajar los músculos, sólo entonces pudo dedicarse íntegramente a la
operación de sus cinco sentidos.
«¿No
prueba eso que la tensión muscular interfiere la experiencia emotiva interior?
Mientras tengan esa tensión física no podrán ni siquiera pensar en los
delicados matices del sentimiento o de la vida espiritual del papel de cada
uno. En consecuencia, antes de tratar de crear nada, es necesario para ustedes
tener los músculos en condiciones apropiadas, de manera que éstos no les
impidan los movimientos.
«Un
ejemplo convincente lo tenemos en el accidente de Kostya. Esperemos que esta
desgracia les servirá a él y a ustedes de lección efectiva de lo que no deben
hacer en el escenario.
—¿Pero
es posible liberarse de esa tensión? —preguntó alguien.
El
director recordó el actor descripto en Mi vida en el arte, que sufría de fuerte
tendencia a espasmos musculares. Ayudado por hábitos adquiridos y constante
control, pudo lograr que en cuanto ponía los pies en el escenario sus músculos
se relajaran. Lo mismo llegó a sucederle en los momentos críticos de la
creación de su papel: espontáneamente, sus músculos trataban de librarse de
toda tensión.
—No
es únicamente un fuerte espasmo muscular general el que impide el
funcionamiento correcto. Hasta la más pequeña presión en un punto dado, puede
detener la facultad creadora. Les daré un ejemplo. Cierta actriz, poseedora de
un talento maravilloso, sólo podía mostrarlo en raras y accidentales ocasiones.
Por lo general, sus emociones eran reemplazadas por un esfuerzo bien visible.
Se agotó tratando por todos los medios posibles de relajar los músculos, pero
sólo logró un éxito parcial. Accidentalmente, en las partes dramáticas de su
papel, su ceja derecha se contraía, aunque ligeramente, por eso le sugerí que
cuando llegase a los pasajes difíciles de su papel, tratara de liberar el
rostro de cualquier tensión. Cuando pudo lograrlo, el resto de los músculos de
su cuerpo se relajó espontáneamente. Esa actriz se transformó; su cuerpo se
aligeró, sus facciones adquirieron mayor movilidad y expresaron sus emociones
internas más intensamente. Sus sentimientos habían hallado una salida libre a
la superficie.
«Piensen
en esto: ¡la tensión de un solo músculo en un punto único, había pedido alterar
todo el organismo, tanto espiritual como físicamente!
2
Nicolás,
que vino hoy a verme, afirma que el director dijo que es imposible liberar al
cuerpo por completo de toda tensión innecesaria, y que además de ser imposible,
es también superfluo. Y, sin embargo, Paul había sacado la conclusión
—partiendo de las indicaciones de Tortsov— de que la relajación de nuestros
músculos es cosa necesaria, tanto cuando se está en el escenario como en la
vida diaria.
¿Cómo
pueden conciliarse estas contradicciones?
Como
Paul vino después de Nicolás, doy aquí su explicación:
—Por
ser humano, el actor está inevitablemente sujeto a tensión muscular, que
sobrevendrá cada vez que aparezca en público. Podrá desembarazarse de la
tensión muscular de la espalda, pero Ésta se hará sentir en el hombro.
Desaparecerá de allí, pero aparecerá en el diafragma. Siempre habrá tensión en
uno u otro lugar del cuerpo.
«Entre
las personas nerviosas de nuestra generación, la tensión muscular es ineludible
y es tarea imposible pretender destruirla totalmente; no obstante, debemos
luchar contra ella sin cesar. Nuestro método consiste en desarrollar una
especie de control; algo así como un observador. Este debe cuidar por todos los
medios de que no se localice en ningún lugar del cuerpo una cantidad adicional
de contracción muscular. Este método de observación por uno mismo y de
eliminación de toda tensión innecesaria, se perfeccionará hasta que se
convierta en un hábito mecánico subconsciente. Y tampoco esto será suficiente.
Debe ser un hábito normal y una necesidad natural, no sólo en las partes más
serenas del papel, sino especialmente en los momentos de mayor nerviosidad y
esfuerzo físico.
—¿Qué
quieres decir con eso de que no se debe estar tenso en los momentos de
excitación? —exclamé.
—No
sólo no debes estar tenso —explicó Paul—, sino que tendrás que hacer el mayor
esfuerzo por relajarte.
Continuó
repitiendo lo dicho por el director, referente a que los actores frecuentemente
se ponen tensos en los momentos de excitación. Por lo tanto, en los instantes
de gran tensión muscular es especialmente necesario obtener una completa
liberación de los músculos. En realidad, en los momentos culminantes de un
papel, la tendencia a descansar deberá ser más normal que la tendencia a la
contracción.
—¿Es,
en realidad, factible? —pregunté.
—El
director asegura que sí —dijo Paul—. Agregó que, aunque no es posible librarse
de toda tensión en un momento de excitación, se puede, sin embargo, aprender
constantemente a descansar. Dejen que la tensión aparezca, dice, si no la
pueden evitar, pero hagan que de inmediato intervenga el control y la desaloje.
«Hasta
que ese control se convierta en hábito mecánico, será necesario dedicarle gran
parte del pensamiento, y eso nos apartará de nuestra labor creadora. Más tarde,
esa relajación de los músculos será un fenómeno normal. Ese hábito se
desarrollará a diario, constante y sistemáticamente tanto durante nuestros
ejercicios en clase, como en casa. Deberá proseguir al acostarnos, al
levantarnos, mientras trabajamos, caminamos o descansamos, y en los momentos de
tristeza o de alegría. El "control» de nuestros músculos debe ser parte de
nuestro arreglo físico, nuestra segunda naturaleza. Sólo entonces dejará de
interponerse cuando estamos haciendo trabajo creador. Si relajamos nuestros
músculos sólo durante las horas especiales destinadas a ese propósito, no obtendremos
resultado alguno, porque tales ejercicios no son habituales, no pueden volverse
hábitos inconscientes mecánicos.
Cuando
demostré que dudaba de la posibilidad de poder hacer lo que Paul me había
explicado, dio como ejemplo las experiencias del propio director. Parece que en
sus primeros años de actividad artística, la tensión muscular se desarrolló en
él casi hasta el punto de producir el entumecimiento de la parte afectada y,
sin embargo, desde que ha descubierto el control mecánico, ante una excitación
nerviosa intensa, experimenta preferentemente la necesidad de relajar los
músculos y no ha de someterlos a una tensión exagerada.
3
Hoy
me visitó también Rajmánov, el ayudante del director, que es una persona muy
agradable. Me trajo saludos de Tortsov y dijo que había sido enviado para
enseñarme algunos ejercicios.
El
director había dicho:
—Kostya
no puede, mientras está en cama, ocuparse de nada, por eso conviene que pruebe
alguna manera apropiada de pasar el tiempo.
El
ejercicio consiste en yacer de espaldas sobre una superficie plana y dura, algo
así como el suelo, y tomar nota de varios grupos de músculos, de parte a parte
del cuerpo, que están tensos sin necesidad.
—Siento
una contracción en el hombro, cuello, omóplato y alrededor de la cintura.
Las
partes señaladas deberán relajarse al momento y descubrir otras. Traté de hacer
este sencillo ejercicio frente a Rajmánov, salvo que en vez de estar en el
suelo, estaba sobre una cama blanda. Después de relajar los músculos tensos y
dejar sólo los necesarios para aguantar el peso del cuerpo, nombré los
siguientes lugares:
—Los
dos omóplatos y la base de la espina dorsal. —Pero Rajmánov objetó:
—Deberá
hacer lo que los niños y animales hacen —dijo con firmeza.
Parece
que si acostamos un niño o un gato sobre la arena a descansar o a dormir, y
luego lo levantamos con cuidado, se verá la marca de todo su cuerpo sobre la
superficie blanda. Pero si se hace el mismo experimento con una persona de
nuestra nerviosa generación, todo lo que se verá sobre la arena serán las
marcas de los hombros y de la parte posterior del cuerpo, mientras que el
resto, gracias a la crónica tensión muscular, no tocará nunca la arena.
A
fin de producir una impresión escultural sobre una superficie suave, cuando
estamos echados, debemos desembarazar nuestro cuerpo de toda contracción
muscular. Esto dará, a la vez, una mejor posibilidad de descanso, al punto de
que en media hora o en una hora se logra más descanso que en toda una noche, en
que el cuerpo ha estado en posición forzada. No es de extrañar entonces que los
conductores de caravanas utilicen este método. No pudiendo permanecer en el
desierto mucho tiempo, sólo pueden dedicar escasas horas al descanso, de modo
que en lugar de un descanso prolongado, obtienen igual resultado, liberando el
cuerpo de toda tensión muscular.
El
ayudante del director hace uso constante de este sistema en los breves lapsos
de descanso a sus ocupaciones diarias. Después de diez minutos de reposo hecho
de esta manera, se siente como nuevo. Y sin ello no le sería posible cumplir
todas las obligaciones que recaen sobre él.
Tan
pronto salió Rajmánov, hallé al gato de casa y lo acosté sobre uno de los
almohadones de mi sofá. Al cabo de un momento había dejado la huella completa y
perfecta de su cuerpo. Decidí aprender de él a descansar.
El
director dice:
—El
actor, al igual que el niño, debe aprender cada cosa desde el principio: a
mirar, a caminar, a hablar, etcétera… Todos sabemos cómo hacer estas cosas en
la vida común, pero, desgraciadamente, la gran mayoría lo hacemos mal. Una de
las razones es que cualquier defecto es mucho más visible al resplandor de las
candilejas, y la otra es que el escenario ejerce mala influencia en el estado
general del actor. Evidentemente, estas palabras de Tortsov se aplican también
al momento de estar acostados. Por eso ahora me recuesto en el sofá con el
gato, lo observo cómo duerme y trato de imitarlo. No es cosa fácil yacer de
manera que ningún músculo esté, tenso y que todas las partes del cuerpo toquen
la superficie. No puedo decir que sea difícil notar éste o aquel músculo
contraído y que el relajarlos sea una destreza tan notable, pero la dificultad
está en que tan pronto se libra uno de un músculo tenso, en seguida aparece
otro y un tercero, y así sucesivamente. Por un momento logré librarme de la
tensión en la espalda y en el cuello, y no puedo decir que de esto hubiera
resultado ninguna sensación de vigor renovado, pero me di cuenta de cómo, sin
saberlo, estamos permanentemente sujetos a una tensión superflua y perjudicial,
y cuando se piensa en la traicionera contracción de la ceja de aquella actriz,
se empieza a temer seriamente a la tensión física.
Mi
mayor dificultad parece ser la de que me confundo entre la variedad de las
sensaciones musculares. Esto decuplica el número de puntos de tensión y aumenta
también la intensidad de cada uno de ellos. Termino sin saber dónde tengo la
cabeza y las manos.
¡Qué
cansado estoy de los ejercicios de hoy!
No
se consigue descanso alguno con esta manera de descansar…
4
Leopoldo
vino a casa y me relató todo lo que hicieron. Rajmánov, siguiendo las órdenes
del director, tuvo a los estudiantes echados en el suelo e inmóviles, luego les
hizo tomar varias posiciones, horizontal y verticalmente sentados, a medio
incorporarse, de pie, de rodillas, de cuclillas, solos, en grupos, con sillas,
con una mesa o cualquier otro mueble. En cada posición debían advertir los
músculos tensos y nombrarlos. Evidentemente, algunos de los músculos estarían
tensos en todas las posturas, pero sólo se permitía permanecer contraídos a los
relacionados directamente con el ejercicio y a ningún otro cercano a ellos.
Debe recordarse también que hay varios tipos de tensión. Un músculo necesario a
la posición dada puede estar contraído, pero sólo en la proporción que esa
posición requiera.
Todos
esos ejercicios obligan a una intensa represión de parte del «control». No es
tan sencillo como parece; requiere, en primer lugar, un poder de atención bien
ejercitado, capaz de rápida adaptación y de distinguir entre varias sensaciones
físicas. No es fácil saber, en una postura complicada, qué músculo debe
contraerse y cuál no.
Tan
pronto como se fué Leo volví al gato. Cualquier postura que invente para él
resulta indiferente, tanto si lo pongo cabeza abajo, como si lo acuesto de
costado o de lomo. Se cuelga sucesivamente de cada una de sus garras y luego de
las cuatro a la vez. Es fácil ver que en cada una de las posturas se pliega por
un segundo como un resorte, y en seguida, con facilidad extraordinaria, acomoda
sus músculos, relaja los que no necesita y mantiene tensos los que utiliza.
¡Qué asombrosa adaptabilidad!
Mientras
el gato me ofrecía esta lección, "apareció nada menos que Grisha. No era
en modo alguno la misma persona que discutía siempre con el director, sino que
estuvo sumamente interesante en su relato sobre las clases. Al hablar acerca de
la relajación de los músculos y de la tensión necesaria para mantener una
posición, Tortsov contó una experiencia de su propia vida: En Roma, en una casa
particular, había tenido la oportunidad de ver una exhibición para probar el
equilibrio, de parte de una dama americana que se interesaba por la
restauración de esculturas antiguas. Reuniendo los pedazos y uniéndolos,
trataba de reconstruir la postura original de la estatua. Para ese trabajo se
obligaba a hacer un estudio completo del peso en el cuerpo humano y a averiguar,
por medio de experimentos con su propio cuerpo, el centro de gravedad para
cualquier postura. De este modo había adquirido una notable aptitud para
determinar los centros que establecen el equilibrio. Aquella noche los
invitados la habían colocado en posiciones al parecer imposibles de conservar,
pero en todos los casos había mostrado su extraordinaria capacidad de mantener
el equilibrio. Esa señora, además, era capaz de tumbar a un hombre más bien
corpulento, con sólo dos dedos, cosa que también aprendiera en el estudio de
los centros de gravedad. Podía, sin dificultad, hallar los lugares que
amenazaban el equilibrio de su contendiente y vencerlo sin esfuerzo alguno,
vulnerando precisamente aquellos puntos.
Tortsov
no aprendió el secreto de su arte, pero al verlo comprendió la importancia de
los centros de gravedad. Vio hasta qué punto de agilidad y flexibilidad puede
ejercitarse el cuerpo humano y comprendió que en ese trabajo los músculos hacen
lo que el sentido del equilibrio les exige.
5
Hoy
vino Leo a contarme los progresos del ejercicio. Parece que algo importante se
ha agregado al programa. El director insistió en que cada postura, sea acostada
o de pie, o cualquier otra, debe estar sujeta no sólo al control de la
observación propia, sino que debe basarse en alguna idea imaginaria acrecentada
por «las circunstancias dadas». Cuando se lo logra, deja de ser una mera
postura, y se convierte en acción. Supongan que levanto mis manos sobre mi
cabeza y me digo:
«Si
estuviera de pie de esta manera y encima mío, en una rama alta, colgara un
durazno, ¿qué haría para alcanzarlo?»
Basta
creer en esta ficción y de inmediato una postura sin vida se convierte en un
acto real y animado, con un verdadero objetivo: alcanzar el durazno. Sienten la
realidad de este acto, la intención y la subconsciencia vendrán en su ayuda.
Desaparecerá entonces la tensión superflua, los músculos necesarios entrarán en
acción y todo sucederá sin que intervenga técnica consciente alguna.
No
debe haber nunca en el escenario postura alguna que carezca de fundamento. En
el verdadero arte creador, o en cualquier otro arte serio, no hay lugar para el
convencionalismo teatral. Si fuera necesario utilizar alguna postura
convencional, debe dársele algún fundamento, de modo que pueda servir a alguna
íntima intención.
Continuó
Leo explicando ciertos ejercicios y procediendo a su demostración. Era gracioso
ver su gruesa figura echada sobre mi diván, en la primera postura que encontró.
La mitad de su cuerpo colgaba fuera del borde, la cara casi tocaba el suelo y
proyectaba un brazo extendido hacía adelante. Se veía que no estaba muy cómodo,
y que no sabía qué músculo contraer y cuál relajar.
De
pronto exclamó:
—¡Ahí
va una mosca enorme! ¡Mírame cómo la cazo!
Se
estiró hacia un punto imaginario para aplastar al insecto, y de inmediato todas
las partes de su cuerpo, todos los músculos, tomaron su verdadera posición y
trabajaron como debían. Su postura tenía una razón: se podía creer en ella.
¡La
naturaleza gobierna un organismo vivo mejor que nuestra técnica mejor
informada!
Los
ejercicios que utilizó el director hoy tenían el propósito de que los
estudiantes comprendieran que en el escenario, en cada postura o posición del
cuerpo, hay tres momentos:
Primero:
tensión superflua, que necesariamente se presenta a cada nueva postura y ante
la excitación de hacerlo en público.
Segundo;
la relajación mecánica de esa tensión superflua, bajo la dirección del
«control».
Tercero:
justificación de la postura, si ésta por sí misma no convence al actor.
Después
que Leo se fué, le llegó el turno al gato de ayudarme a ensayar esos ejercicios
y comprender su significado.
Para
tornarlo dócil, lo coloqué a mi lado en la cama y lo acaricié. Pero en vez de
permanecer allí, saltó al suelo por encima mío y se escabulló felinamente hacia
el rincón, donde por lo visto olfateó alguna presa.
Observé
con la mayor atención cada uno de sus movimientos. Para ello debí agacharme, lo
cual me resultaba difícil por el vendaje, de modo que renuncié al flamante
«control» de músculos para probar mis propios movimientos. Al principio las
cosas fueron bien, porque flexionaba los músculos que era preciso, y ésto
porque existía un objetivo real. Pero en el momento que transferí la atención
del gato hacia mi persona, todo cambió. Se evaporó mi concentración, sentí la
presión muscular en todas las partes del cuerpo y los músculos que debía
utilizar para mantener mi posición, estaban tan tensos que parecían a punto de
acalambrarse, cosa que se hacía extensiva a los músculos cercanos.
«Repetiré
ahora la misma posición», me dije, y así lo hice. Pero como el verdadero
objetivo había desaparecido, la postura carecía de vida. Al verificar el
trabajo de los músculos, encontré que cuanto más consciente era mi actitud para
con ellos, se introducía una nueva tensión que hacía difícil reparar lo
superfluo de lo necesario.
En
seguida me interesé por una mancha oscura que había en el piso, me agaché para
tocarla, para saber qué era y resultó ser un defecto de la madera. Al hacer el
movimiento todos mis músculos obraron natural y correctamente, lo que me llevó
a la conclusión de que, un objetivo vivo y una acción verdadera (pueden ser
reales o imaginarios, pero deben estar apropiadamente fundados en
circunstancias dadas en las que el actor pueda creer de verdad) hacen trabajar
a la naturaleza, natural e inconscientemente, y es sólo ésta la que puede
controlar totalmente nuestros músculos, ponerlos en correcta tensión y
relajarlos.
6
Paul
me informó que el director pasó hoy de las posturas fijas a los gestos.
La
lección tuvo lugar en un amplio recinto, y los estudiantes fueron alineados
como para una inspección. Tortsov les ordenó levantar la mano derecha, lo que
hicieron como un solo hombre.
Les
hizo acomodar los brazos lentamente, como los indicadores de cruces, y Rajmánov
fué examinando los músculos y haciendo comentarios:
—No
tan derecho, descanse el cuello y la espalda. Todo su brazo está en tensión —y
así sucesivamente.
El
trabajo parecía sencillo y, sin embargo, ninguno de los estudiantes pudo
ejecutarlo correctamente. Sólo se les exigía hacer el llamado «acto aislado»,
usar sólo la serie de músculos que actúan en los movimientos del hombre y no
otros, ni en el cuello, espalda y en especial ninguno de la región de la
cintura. A menudo éstos hacen que el cuerpo se desvíe en dirección contraria al
brazo en alto, para compensar el movimiento. Esos músculos cercanos que se
contraen hacen recordar las teclas flojas de un piano, que al golpear una
empujan varias, entorpeciendo el sonido de la nota que se desea. No es
sorprendente, por lo tanto, que nuestras acciones no sean claras. Deben serlo,
como las notas de un instrumento. De lo contrario, los movimientos que
acompañan un papel no serán apropiados y su ejecución será por fuerza oscura y
carente de arte. Cuanto más delicado el sentimiento, tanta más precisión,
claridad y cualidad plástica requiere su expresión física.
Paul
continuó diciendo:
—La
impresión que conservo de la lección de hoy es que el director nos desmontó a
todos en parte, como si fuéramos maquinarias, ordenó cada uno de los pequeños
huesos, los aceitó, los reunió y de nuevo procedió luego al montaje. Desde ese
proceso, me siento decididamente más flexible, ágil y expresivo.
—¿Qué
otra cosa sucedió? —pregunté.
—Insistió
en que cuando utilicemos un grupo «aislado» de músculos, sean del hombro, del
brazo, de la pierna o de la espalda, todas las demás partes del cuerpo deben
permanecer libres y sin tensión. Por ejemplo: al levantar un brazo con ayuda de
los músculos del hombro y contrayendo los que son necesarios para el
movimiento, se debe dejar el resto del brazo, el codo, la muñeca y los dedos,
todas las articulaciones, en una palabra, pender laxas por completo.
—¿Pudieron
hacerlo? —pregunté.
—No
—admitió Paul—. Pero tuvimos una idea de cómo será cuando lleguemos a ese
punto.
—¿Es
realmente tan difícil? —pregunté, perplejo.
—Al
principio parece fácil y, sin embargo, ninguno de nosotros fué capaz de hacerlo
con corrección. Por lo visto, no será posible escapar a la transformación
total, si es que vamos a adaptarnos a las exigencias de nuestro arte. Los
defectos que en la existencia común pasan por alto fácilmente, a la luz de las
candilejas resultan mucho más visibles y hacen en el público una fuerte
impresión.
El
motivo es fácil de hallar; en el escenario, la vida se muestra de tamaño
reducido, como en las lentes de la cámara. La gente mira hacia él con
catalejos, de la misma manera que observan una miniatura con lente de aumento.
Por consiguiente, ni el más ligero pormenor escapa a su observación. Si unos
brazos torpes son aceptables en la vida diaria, en el escenario son simplemente
intolerables, pues dan al cuerpo una rigidez de palo y los hace parecer un
maniquí. Como consecuencia surge la impresión de que el alma del actor es tan
rígida como sus brazos. Si a esto se agrega una espalda tiesa, que sólo se
dobla en la cintura y en ángulo recto, se tiene la pintura acabada de una
estaca. ¿Qué emociones puede reflejar semejante palo?
Por
lo visto, según Paul, no tuvieron éxito alguno en la lección de hoy,
consistente en un simple y único ejercicio: levantar un brazo utilizando los
músculos del hombro indispensables para esa acción, como tampoco tuvieron éxito
en los ejercicios similares con el codo, la muñeca y las distintas
articulaciones de la mano, pues entraba en juego toda la mano. Lo que peor
hicieron fué el ejercicio de mover todas las partes del brazo por turno, desde
el hombro hasta las puntas de los dedos y desde éstos hasta el hombro; poro era
natural. Si no habían logrado éxito con el ejercicio parcial, mal podrían
tenerlo con el ejercicio completo, mucho más difícil desde luego.
En
realidad, Tortsov no demostró esos ejercicios con la idea de que los hiciéramos
en el acto. Su propósito fué bosquejar el plan de trabajo general que el
asistente hará con nosotros en su curso de ejercicio y disciplina. También
enseñó ejercicios para hacer con el cuello, en cualquier ángulo, con la
espalda, la cintura, piernas, etc.
Más
tarde vino Leo. Estuvo bastante bien al hacer todos los ejercidos que Paul
había descripto, especialmente el de doblar y enderezar la espalda,
articulación por articulación, empezando con la de arriba, en la base del
cráneo, para bajar después. Tampoco eso es tan sencillo. Sólo fui capaz de
percibir tres lugares en los cuales doblé la espalda, y tenemos veinticuatro
vertebras.
Después
que Paul y Leo se fueron entró el gato y continué observándole en posturas
distintas, poco comunes e indescriptibles. Cuando levanta las zarpas o
despliega sus garras tengo la sensación de que está usando grupos de músculos
especialmente adaptados a ese movimiento. Yo no estoy hecho de esa manera, no
puedo ni siquiera mover el cuarto dedo por sí solo, porque el tercero y el
quinto se mueven al unísono.
El
desarrollo acabado y la precisión de la técnica del músculo, tal como existen
en algunos animales, es para nosotros inalcanzable. Ninguna técnica puede
lograr tal perfección en el control muscular. Cuando este gato da un zarpazo a
mi dedo, pasa instantáneamente del reposo total al más rápido de los
movimientos y muy difícil de seguir, y, sin embargo, ¡qué economía de energía y
con cuánta atención está distribuida! Cuando se prepara para hacer un
movimiento, para saltar, por ejemplo, no desperdicia fuerza alguna en
contracciones superfluas, reserva toda su energía para lanzarla en un momento
dado hacia el punto en que será necesaria. Por eso sus movimientos son tan
seguros, bien definidos y poderosos.
Para
probarme a mí mismo, comencé a andar con movimientos que querían ser felinos,
los mismos que utilicé para representar Otelo. Cuando había dado un paso, todos
mis músculos se endurecieron y recordé con lucidez cómo me había sentido en la
representación de prueba y comprendí cuál había sido en ese momento mi
principal error. Una persona tullida, que siente la totalidad de su cuerpo en
agonía de espasmos musculares, no puede sentir libertad alguna en el escenario,
ni puede tener vida propia. Si es difícil hacer una sencilla multiplicación
mientras se sostiene un piano, cuánto más imposible debe ser expresar las
delicadas emociones de un papel complicado. ¡Qué buena lección nos dio el
director en aquella representación de prueba, cuando hicimos todo lo malo con
una seguridad tan perfecta!
Fue
una manera sabia y convincente de probar su punto de vista.
Capítulo
VII
Unidades
y Objetivos
1
Cuando
llegamos hoy al auditorio nos enfrentamos con un letrero, en donde estaban
escritas estas palabras: UNIDADES Y OBJETIVOS.
El
director nos congratuló por haber llegado a una nueva e importante fase de
nuestra labor, explicando luego el significado que tenía para él el vocablo
«unidades» y cómo una obra y un papel se dividen en sus elementos. Todo lo que
dijo fué, como siempre, claro e interesante. No obstante, antes de escribir
sobre eso, quiero anotar lo que sucedió después que terminó la lección, porque
me ayudó a apreciar más plenamente lo que había explicado.
Fui
invitado, por primera vez, a comer en la casa del tío de Paul, el famoso actor
Shustov. Nos preguntó qué hacíamos en la escuela, y Paul respondió que habíamos
llegado al estudio de «unidades y objetivos». Naturalmente que él y sus hijos
están familiarizados con esas expresiones técnicas.
—¡Muchacho!
—dijo sonriendo, cuando la doncella puso en frente de él un gran pavo—.
Imaginen que esto no es un pavo, sino una obra de cinco actos, El inspector
general. ¿Pueden despacharlo de un bocado? No; pues no se puede acabar de un
solo bocado con un pavo o con una obra de cinco actos. Por lo tanto, deben
trincharlo en grandes trozos, como éste… (cortando las patas, las alas y partes
tiernas del asado y colocándolas en un plato vacío).
«Ahí
tienen las primeras grandes divisiones. Pero todavía no pueden tragar
semejantes trozos. Por eso deben cortarlos en otros más pequeños como éste —y
descoyuntó el ave más todavía—. Pasa tu plato —dijo el señor Shustov al hijo
mayor—. Hay para ti un gran trozo. Esa es la escena primera.
A
lo que el muchacho, mientras pasaba el plato, recitaba las primeras líneas de
El inspector general, con voz un poco grave e insegura:
«—Caballeros,
los he reunido para darles una noticia sumamente desagradable».
—Eugenio
—dijo el señor Shustov a su segundo hijo—, aquí está la escena con el
administrador de Correos. Y ahora, Igor y Teodoro, la escena entre Bóbchinski y
Dóbchinski. Ustedes dos, chicas, pueden hacer la parte entre la esposa y la
hija del mayor.
«Tráguenlo
—ordenó, y ellos se abalanzaron sobre la comida, empujando grandes trozos
dentro de sus bocas, al punto de atragantarse de mala manera. Después de lo
cual el señor Shustov les previno que debían cortar las presas en trozos más y
más finos si fuera necesario—. Qué carne dura y seca —exclamó de pronto,
dirigiéndose a su esposa.
—Dale
sabor, agregando un «invento de la imaginación» —dijo uno de los muchachos.
—O
bien —dijo otro, pasándole la salsera—, con una salsa de mágicos síes. Permite
al autor presentar sus «circunstancias dadas».
—Y
aquí —añadió una de las hijas, dándole unos rábanos—algo de parte del
régisseur.
—Más
picante, que el propio actor pone —intercaló uno de los muchachos,
espolvoreando la carne con pimienta.
—¿Algo
de mostaza, de la artista de la izquierda? —añadió la más pequeña de las niñas.
Tío
Shustov roció la carne con salsa preparada con los ofrecimientos de los niños.
—Esto
está bueno —dijo—. Hasta esta suela parece que es carne. Eso es lo que deben
hacer ustedes con los trozos de su parte, empaparlos más y más en la salsa de
las «circunstancias dadas». Cuanto más seco el papel, más salsa necesita.
*
Dejé
a los Shustov con la cabeza llena de ideas acerca de las unidades. Tan pronto
como mi atención fué dirigida hacía este punto, comencé a buscar modos de
llevar a cabo esta nueva idea.
Cuando
les di las buenas noches me dije: «Una parte». Bajando las escaleras me quedé
perplejo: ¿contaría cada escalón como una unidad? Los Shustov viven en el
tercer piso (sesenta escalones), sesenta unidades. Con esa base, tendría que
contar cada paso en el camino, y decidí que todo el acto de bajar la escalera
era una parte, y el caminar a casa, otra.
Y
el abrir la puerta de calle: ¿sería una o varias unidades? Me decidí por
varias. Para empezar bajé las escaleras, dos unidades: tomé el picaporte de la
puerta, tres: lo di vuelta, cuatro; abrí la puerta, cinco: crucé el umbral,
seis; cerré la puerta, siete; solté el picaporte, ocho; fui a casa, nueve.
Empujé
a alguien (no, eso fué un accidente, no una unidad). Me detuve frente a una
librería. ¿Y ahora? ¿Contaría la lectura de cada uno de los títulos, o
englobaría ese momento en una unidad? Decidí considerarlo como una, lo que hizo
un total de diez.
Mientras
me desvestía, ya en casa, tomaba el jabón para lavarme las manos, contaba
doscientos siete. Me lavé las manos, doscientos ocho; dejé el jabón, doscientos
nueve; enjuagué el lavatorio, doscientos diez. Finalmente, me metí en la cama y
me cubrí con las cobijas, doscientos dieciséis.
Pero,
¿y ahora, qué? Tenía la cabeza llena de pensamientos, ¿Era cada uno una unidad?
Si se debiera ir desde el principio al fin de una tragedia en cinco actos, como
Otelo, sobre estas bases, se acumularía un promedio de varios miles de unidades
y todo sería un embrollo, por eso debe haber alguna manera de limitarlas, ¿pero
cuál?
2
Hoy
le hablé sobre esto al director. Su respuesta fué:
—Se
le preguntó a cierto piloto si de una gran extensión podía recordar todos los
pormenores de una costa con sus accidentes, golfos y salientes, a lo que
contestó: «Nada tengo que ver con ellos; yo sigo el canal».
«Es
por eso mismo que el actor no debe avanzar por entre una multitud de
pormenores, sino por aquellas unidades importantes que, cual señales, delimitan
el canal y lo mantienen en la verdadera línea creadora. Si le toca representar
su despedida de los Shustov, tendrá que decirse: "Ante todo, ¿qué estoy
haciendo?» Su respuesta; yendo a casa, le da la clave para el objetivo
principal.
«Durante
el regreso, sin embargo, hubo paradas. Se detuvo en un punto e hizo algo. Por
lo visto, el mirar una vidriera, es una unidad independiente: al retomar su
camino, volvió a la primera unidad.
«Finalmente,
llegó a su casa y se desvistió. Esa fué otra parte. Cuando se acostó y comenzó
a pensar, empezó otra unidad.
«Hemos
acortado el total de unidades de doscientas a cuatro. Son las que marcan su
canal.
«Juntas,
crean un objetivo más amplio: el ir a casa.
«Imagine
que esté representando la primera parte. Va para su casa y no hace más que
caminar y caminar. O la segunda parte, parado frente a una vidriera; se limita
a estar parado. En la tercera, se lava, y en la cuarta, se acuesta. Nada más.
Sí hace eso, su actuación será pesada, monótona, por lo que el director
insistirá en un desarrollo mucho más detallado de cada parte, que lo obligará a
dividir cada unidad en pormenores más pequeños y reproducirlos más clara y
minuciosamente.
«Si
esa? divisiones más pequeñas resultan todavía muy monótonas, tendrá que
reducirlas más, hasta que su caminata por la calle refleje los pormenores
típicos de tal acto: encuentro con amigos, un saludo, observación de lo que
ocurre a su alrededor, transeúnte que empujan al caminar, etcétera.
Analizó
luego el director las cosas sobre las que el tío de Paul había hablado y no
pudimos dejar de sonreír al recordar el pavo.
—Las
partes más grandes se reducen a tamaño mediano, éstas, a su vez, se hacen
pequeñas y finalmente más pequeñas todavía, para luego invertir el proceso y
volver a reunir el todo.
«Recuerden
siempre —advirtió— que la división es temporaria. El papel y la obra no deben
permanecer en fragmentos. Una estatua quebrada, o una tela trunca, nunca
constituyen una obra de arte, por más bellas que sean sus partes. Sólo en la
preparación del papel se utilizan las pequeñas unidades, que durante su
verdadera creación, se fusionan en grandes unidades. Cuanto menos y más grandes
sean las divisiones, menos trabajo tendrán y les será más fácil manejar el
papel completo.
«Los
actores conquistan con facilidad esas grandes divisiones si lo hacen a fondo.
Colocadas a lo largo de la obra, toman el lugar de las boyas que marcan el
canal que, a su vez, señala el verdadero cauce de la creación y hace posible
evitar les lugares de poco calado y los escollos.
«Desgraciadamente,
muchos actores hacen caso omiso de este canal. Son incapaces de analizar una
obra, y por eso se ven forzados a manejar pormenores superficiales que no
guardan relación entre sí de tal manera que los confunden y les hacen perder el
sentido del todo.
«No
tomen a tales actores para modelo. No dividan una obra más de lo necesario y no
utilicen pormenores como guía. Creen un canal delineado por grandes divisiones
que hayan sido totalmente logradas y realizadas hasta el último pormenor.
«La
técnica de la división es comparativamente sencilla. Ustedes se preguntan:
¿Cuál es la esencia de la obra, aquello sin lo cual no puede existir? Repasan
entonces los puntos principales sin entrar en pormenores. Digamos que estamos
estudiando la obra de Gogol, El inspector general. ¿Qué es lo esencial en ella?
—El
inspector general —dijo Vanya.
—O
tal vez el episodio con Klestakóv —corrigió Paul.
—De
acuerdo —dijo el director—, pero no es suficiente. Debí haber un fondo
apropiado para esa ocurrencia tragicómica imaginada por Gogol. Este es
suministrado por picaros del tipo del mayor, los superintendentes de varios
instituciones públicas, el par de chismosas, etcétera. Por lo tanto, estamos
obligados a inferir que la obra no existiría sin Klestakóv y los ingenuos
habitantes del pueblo.
«¿Qué
mes resulta necesario para la obra? —continuó.
—El
romanticismo tonto y los devaneos provincianos, como el de la esposa del mayor,
que aceleró el compromiso de su hija y trastornó al pueblo entero —sugirió
alguien.
—La
curiosidad del director de Correos y la cordura de Ossip —añadió otro
estudiante—. El soborno, la carta, la llegada del verdadero inspector.
—Han
dividido la obra en sus principales episodios orgánicos: sus unidades más
grandes. Extraigan ahora de estas unidades su contenido esencial y tendrán la
estructura interior de la obra completa. Cada unidad grande se divide, en
cambio, en partes medianas y pequeñas. Para determinar estas divisiones, a
menudo es necesario combinar varias unidades pequeñas.
«Tienen
ahora una noción general de cómo dividir una obra en sus unidades componentes y
cómo trazar un canal que los guíe a través de ella —dijo Tortsov, concluyendo.
3
—La
división de la obra en unidades, para estudiar su estructura, tiene un
propósito —explicó hoy el director—. Hay una razón interior mucho más
importante. En el fondo de cada unidad yace un objetivo creador.
«Cada
objetivo es una parte orgánica de la unidad, es decir, que crea la unidad que
lo rodea.
«Es
tan imposible inyectar objetivos extraños en una obra, como poner dentro de las
unidades algo que no se relacione con ella, porque los objetivos deben formar
una corriente lógica y coherente. Dado este mito directo y orgánico, todo lo
que se ha dicho sobre las unidades se aplica igualmente a los objetivos.
—¿Significa
eso que deben también dividirse en grados mayores y menores? —pregunté.
—Sí,
realmente —dijo.
—¿Y
qué pasa con el canal? —volví a preguntar.
—El
objetivo será la luz que les muestre el buen camino —explicó el director—. El
error que muchos actores cometen es el de pensar en el resultado en vez de
pensar en la acción que debe prepararlo. Evitando la acción y encarando el
resultado directamente, obtienen un producto forzado que sólo puede llevarlos a
una mala actuación.
«Traten
de evitar esforzarse por el resultado. Actúen con fidelidad, plenitud e
integridad de propósito. Pueden desarrollar este tipo de acción, eligiendo
objetivos vivos. Plantéense ahora un problema así y ejecútenlo —sugirió.
Mientras
María y yo lo pensábamos, se nos acercó Paul con la siguiente proposición:
—Supongamos
que los dos nos hemos enamorado de María y le hemos propuesto matrimonio. ¿Qué
haríamos?
Trazamos
primero un plan general, después lo dividimos en varias unidades y objetivos
cada uno de los cuales, por turno, daba origen a la acción. Cuando languidecía
nuestra actividad, añadimos nuevas suposiciones y tuvimos nuevos problemas que
resolver. Bajo la influencia de esta constante presión, nos absorbimos tanto en
lo que estábamos haciendo, que no notamos que el telón había sido levantado y
que estábamos en el escenario vacío de todo decorado.
El
director sugirió que continuáramos nuestra labor allí, así lo hicimos y, cuando
terminamos, dijo:
—¿Recuerdan
una de nuestras primeras lecciones, cuando les pedí que subieran al escenario
vacío y actuaran? No supieron qué hacer, sino dar tumbos, impotentes, con
formas y pasiones externas. Pero hoy, a pesar del escenario vacío, se sintieron
por completo libres y se movieron con facilidad. ¿Qué les ayudó a ello?
—Los
objetivos activos internos —dijimos Paul y yo.
—Así
es —asintió—; porque son ellos los que dirigen al actor per el buen camino y le
evitan actuar en falso. Es el objetivo el que le infunde fe en su derecho de
llegar al escenario y permanecer en él.
«Por
desgracia, el experimento de hoy no ha sido del todo convincente. Los objetivos
que algunos de ustedes han establecido han sido elegidos por lo que representan
y no por su motivo interior de acción. Eso acaba en engaño y alarde. Otros
tomaron objetivos puramente externos relacionados con el exhibicionismo. Por lo
que respecta a Grisha, su propósito fué, como siempre, el de hacer que su
técnica brillara. Eso es sólo ser espectacular, y no puede terminar en ningún
verdadero estímulo para la acción. El objetivo de Leo fué muy bueno, pero
demasiado exclusivista, intelectual y literario.
«En
el escenario encontramos innumerables objetivos y no todos ellos son necesarios
o buenos; en realidad, muchos son perjudiciales. El actor debe aprender a
reconocer la calidad, para evitar lo inútil y elegir objetivos esencialmente
correctos.
—¿Cómo
podemos conocerlos? —pregunté.
—Definiría
los objetivos correctos —dijo—, de la manera siguiente:
«1)
Deben estar de este lado de las candilejas, dirigidos a los otros actores y no
hacia los espectadores.
«2)
Deben ser personales y, no obstante, análogos a los del personaje que están
representando.
«3)
Deben ser creadores y artísticos, pues su función será la de realizar el fin
más importante de nuestro arte: crear la vida de un alma humana y expresarla en
forma artística.
«4)
Serán reales, vivos y humanos; no muertos, convencionales o teatrales.
«5)
Serán verdaderos, de modo que ustedes mismos, los actores que con ustedes
representen y el público, puedan creer en ellos.
«6)
Deberán tener la cualidad de atraer y emocionar al actor.
«7)
Deberán ser netos y típicos del papel que están representando. No tolerarán
vaguedades. Deben ser nítidamente tejidos dentro de la estructura del papel que
les toca representar.
«8)
Deberán tener valor y contenido, para corresponder a la esencia íntima del
papel. No deben ser superficiales o huecos.
«9)
Serán activos, para llevar adelante el papel y no dejarlo estancado.
«Permítanme
prevenirlos contra una forma peligrosa de objetivo, puramente motor, que
predomina en el teatro y conduce a la representación mecánica.
«Admitimos
tres tipos de objetivos: el exterior o físico, el interior o psicológico y el
tipo rudimentario psicológico.
Vanya
expresó su consternación ante estas expresiones difíciles, a lo que el director
explicó su significado con un ejemplo:
—Suponga
que entra en este cuarto —comenzó— y me saluda con una inclinación de cabeza y
un apretón de manos. Ese es un objetivo mecánico ordinario, y nada tiene que
ver con psicología.
—¿Está
mal? —interrumpió Vanya.
El
director se apresuró a sacarlo del error.
—Por
supuesto, puede decir «cómo está usted»; pero no puede amar, sufrir, odiar o
realizar ningún objetivo vivo o humano, en una forma puramente mecánica, sin
experimentar ningún sentimiento.
«Un
caso diferente —continuó—es el de sostener la mano y tratar de expresar
sentimientos de amor, respeto o gratitud por medio del apretón de manos y la
mirada. Así es como ejecutamos un objetivo ordinario y, sin embargo, hay en él
un elemento psicológico; por eso nosotros, en nuestra jerga, lo definimos como
un tipo rudimentario.
«Aquí
tenemos un tercer tipo. Ayer, usted y yo tuvimos una disputa y yo le insulté
públicamente. Hoy, al encontrarnos, deseo ir hacia usted y ofrecerle mi mano,
indicando con este gesto que le pido disculpas, admito que estuve mal y le
ruego que olvide el incidente. Estrechar la mano de mi enemigo de ayer no es un
problema sencillo. Tendré que pensarlo con detenimiento, pasar por muchas
emociones y vencerlas, antes de poder hacerlo. Eso es lo que llamamos un
objetivo psicológico.
«Otro
punto importante acerca de un objetivo es que, además de ser creíble, debe
tener atracción para el actor, hacerle desear llevarlo a cabo. Este magnetismo
es un desafío para su deseo creador.
«A
los objetivos que contienen estas cualidades necesarias los llamamos creadores.
Es difícil escogerlos. Los ensayos son dedicados, en gran parte, al trabajo de
encontrar los objetivos correctos, a lograr controlarlos y vivir con ellos. El
director se volvió a Nicolás:
—¿Cuál
es su objetivo en esa escena favorita suya de Brand? —preguntó.
—Salvar
a la humanidad —contestó Nicolás.
—¡Gran
propósito! —exclamó el director, casi riendo—. Es imposible comprenderlo todo
de una vez. ¿No cree que pudo haber tomado más bien algún simple objetivo
físico?
—Pero,
¿un objetivo físico es interesante? —preguntó Nicolás con sonrisa tímida.
—¿Interesante
para quién? —dijo el director.
—Para
el público.
—Olvídese
del público y piense en usted —le aconsejó—. Si usted está interesado, el
público le seguirá.
—Pero
tampoco yo estoy interesado —adujo Nicolás—. Preferiría algo psicológico.
—Ya
tendrá tiempo suficiente para eso. Es demasiado temprano para mezclarse con la
psicología. Por el momento; limítese a lo que es sencillo y físico. En cada
objetivo físico hay psicología y viceversa. No las puede separar. Por ejemplo:
la psicología de un hombre que va a suicidarse es extremadamente complicada. Es
difícil para él resolverse a ir a la mesa, sacar la llave del bolsillo, abrir
el cajón, tomar el revólver, cargarlo y meterse una bala en la cabeza. Todos
esos son actos físicos y, sin embargo, ¡cuánta psicología contienen! Quizá
fuera más exacto decir que todos son actos psicológicos complicados. Sin
embargo, ¡cuánto de físico hay en ellos!
«Tome
ahora un ejemplo del tipo más simple de acción corporal: se acerca a otra
persona y la abofetea. No obstante, si lo va a hacer con sinceridad, piensa en
las intrincadas sensaciones psicológicas que debe experimentar antes de su
acto. Aproveche el hecho de que la división entre ellos es vaga. No trate de
dibujar una línea demasiado suave entre la naturaleza física y la espiritual.
Ríjase por sus instintos, inclinándose siempre un poco hacia lo físico.
«Convengamos
en que, por el momento, nos limitaremos a los objetivos físicos. Son más
fáciles, asequibles y ofrecen mejores posibilidades de ejecución. Al hacerlo
reducen el riesgo de caer en una actuación falsa.
4
El
punto importante de hoy fué cómo extraer un objetivo de una unidad de trabajo.
El método es simple y consiste en encontrar el nombre más apropiado para la
unidad, uno que aluda a su íntima esencia.
—¿Para
qué todos estos bautismos? —preguntó Grisha, con ironía.
El
director replicó:
—¿Tiene
idea de lo que representa en realidad un nombre correcto para una unidad?
Significa haber hallado su cualidad esencial, y para obtenerlo debe someter la
unidad a un proceso de cristalización. Para ese cristal, usted ha hallado un
nombre.
«El
nombre correcto que cristaliza la esencia de una unidad, descubre su objetivo
fundamental.
«Para
demostrárselos de una manera práctica —dijo—, tomemos las primeras dos unidades
de la escena de las ropas del nene, de Brand.
«Inés,
la esposa del pastor Brand, ha perdido su único hijo. Atribulada, mira las
ropas, juguetes y otras preciosas reliquias del niño. Baña en lágrimas cada
objeto, y su corazón se destroza con cada recuerdo. La causa de la tragedia ha
sido el clima húmedo e insalubre de la localidad. Cuando el niño enfermó, la
madre había implorado al marido que dejara la parroquia. Pero Brand era un
fanático, no podía sacrificar su deber de pastor por la salvación de su
familia, y esta decisión había motivado la muerte del hijo.
«La
médula de la segunda unidad es: «entra Brand». El también sufre por Inés, pero
su concepción del deber le induce a ser severo y a persuadir a su esposa que
done esas sagradas prendas del pequeño a una gitana pobre, con el pretexto de
que ellas le impiden consagrarse por entero al Señor y llevar a cabo el
principio motor de sus vidas: ayudar al prójimo.
«Resuman
ahora estas dos partes y hallen el nombre que corresponda a cada cualidad
esencial.
—Vemos
una madre cariñosa, que habla a las cosas de su hijo como si le hablara a él
mismo. La muerte de una persona amada es el motivo fundamental de la unidad
—dije con decisión.
—Traten
de alejarse del dolor de la madre para hacer un estudio relacionado con las
partes mayores y menores de la escena —dijo el director—. Esa es la manera de
descubrir el significado interior. Cuando sus sentimientos y conciencia lo
hayan dominado, busquen una palabra que abarque el significado más íntimo de la
unidad íntegra. Esta palabra indicará el objetivo.
—No
veo dificultad alguna en todo eso —dijo Grisha—. Sin duda, el nombre del primer
objetivo es amor de madre, y el segundo, deber de fanático.
—En
primer lugar —corrigió el director—, lo que usted trata de nombrar es la unidad
y no el objetivo, que son dos cosas completamente distintas. Segundo, no
tratará de expresar el significado del objetivo con substantivos. Eso puede
utilizarse para la unidad, pero el objetivo debe indicarse siempre con un
verbo.
Expresamos
nuestra sorpresa, y el director dijo:
—Les
ayudaré a encontrar la respuesta. Pero primero realicen los objetivos recién
descriptos por los substantivos: 1) El amor de madre, y 2) El deber del
fanático.
Vanya
y Sonya lo intentaron. Él puso cara de enojo, revolviendo los ojos en sus
cuencas y poniéndose rígido, caminó con firmeza, haciendo sonar los tacos.
Habló con voz ruda, se irguió, creyendo dar así la impresión de poder y la
decisión, personificar e) deber, en una palabra. Sonya, por su parte, hizo un
gran esfuerzo para expresar, «en general», ternura y amor.
—¿No
les parece que los substantivos que utilizaren como nombres para los objetivos
tienden a hacerles representar el cuadro de un hombre fuerte y la imagen de una
pasión: el amor de una madre? —preguntó el director, después de observarlos por
un momento—. Muestran lo que son el poder y el amor, pero no son ustedes ese
poder y ese amor. Y se debe a que un substantivo pene de manifiesto el concepto
intelectual de un estado de ánimo, una forma, un fenómeno, pero sólo puede
definir lo que es presentado por una imagen, sin indicar movimiento o acción.
Cada objetivo debe llevar en sí el germen de la acción.
Grisha
señaló que los substantivos pueden ser ilustrados, descriptos y representados,
lo cual es acción.
—Sí
—admitió el director—, eso es acción, pero no es acción real, íntegra. Lo que
describen es teatral y propio de la representación, y eso no es arte en el
sentido que nosotros le damos a la palabra.
Continuó
luego explicando:
—Si
en lugar de un substantivo utilizamos un verbo, veamos qué sucede. Añadan sólo
«deseo", o "deseo hacer así y así».
«Tomen
por ejemplo la palabra "poder". Antepongan a ésta la palabra
"deseo" y tienen "deseo poder". Pero eso es demasiado
general. Si introducen algo más definitivamente activo, por ejemplo, una
pregunta que requiera una respuesta, los llevará a alguna actividad fructífera,
para lograr ese propósito. En consecuencia, dicen: "deseo hacer así y así,
para obtener poder". O sí no de esta manera: "¿Qué debo desear hacer
para obtener poder?» Cuando contesten, sabrán qué acción deben adoptar.
—Deseo
ser poderoso —sugirió Vanya.
—El
verbo «ser» es estático y no contiene el germen activo necesario para un
objetivo.
—Deseo
obtener poder —aventuró Sonya.
—Eso
se acerca más a la acción —dijo el director—, pero, desgraciadamente, es
demasiado general y no puede ser ejecutado al momento. Trate de sentarse en esa
silla y de desear poder, en general. Debe tener algo más concreto, real,
cercano, posible de realizar. Como ven, no cualquier verbo podrá hacerlo, ni
cualquier palabra puede dar impulso a una acción completa.
—Deseo
obtener poder a fin de traer la felicidad a toda la humanidad —sugirió alguien.
—Es
una hermosa frase —señaló el director—. Pero es difícil creer en la posibilidad
de tal realización.
—Deseo
obtener poder para disfrutar de la vida, para estar alegre, ser distinguido,
satisfacer mis deseos y mi ambición —dijo Grisha.
—Eso
es más real y fácil de llevar a cabo, pero para lograrlo necesita una serie de
pasos preparatorios. No puede llegarse a un fin tan fundamental de inmediato.
Tendrá que acercarse a él gradualmente. Repase esos pasos y enumérelos.
—Yo
deseo parecer afortunado y sabio en los negocios, para crear confianza. Deseo
ganar el afecto del público para ser considerado poderoso, deseo distinguirme,
elevarme en categoría, ser notado por los demás.
El
director volvió a la escena de Brand e hizo hacer a cada uno un ejercicio
similar. Sugirió:
—Supongamos
que todos los hombres se colocan en la posición de Brand. Apreciarán con más
facilidad la psicología de aquel que se siente en pos de un ideal. Dejemos a
las mujeres tomar la parte de Inés. La delicadeza femenina y el amor maternal
están más cercanos a ellas.
«¡Uno,
dos, tres! Que comience la justa entre hombres y mujeres.
—Deseo
tener poder sobre Inés a fin de persuadirla de que haga un sacrificio, a fin de
salvarla, de dirigirla por el buen camino. —Apenas habían salido estas palabras
de mi boca, cuando las mujeres se adelantaron con:
—Deseo
recordar a mi hijo muerto.
—Deseo
estar cerca de él, comunicarme con él.
—Deseo
cuidarlo, acariciarlo, atenderlo.
—¡Deseo
que vuelva a mi lado! ¡Deseo seguirlo! ¡Deseo sentirlo cerca mío! ¡Deseo verlo
con sus juguetes! ¡Deseo hacerlo salir de su tumba! ¡Deseo volver al pasado!
¡Deseo olvidar el presente, ahogar mi pena!
Más
alto que ninguna, oí la voz de María:
—¡Deseo
estar tan cerca de él, que no puedan separarnos nunca!
—En
ese caso —prorrumpieron los hombres—, lincharemos! ¡Deseo que Inés me ame!
¡Deseo atraerla hacia mí! ¡Deseo hacerle sentir que comprendo su sufrimiento!
¡Deseo descubrirle el inmenso gozo que obtendrá del deber cumplido! ¡Deseo que
comprenda el destino más grande del hombre!
—Entonces
—dijeron las mujeres—, ¡deseo conmover con mi dolor a mi esposo! ¡Deseo que vea
mis lágrimas!
Y
María gritó:
—¡Deseo
estrechar más fuerte a mi niño y no dejarlo ir jamás!
Los
hombres replicaron:
—¡Deseo
inculcarle el sentido de la responsabilidad hacia la humanidad! ¡Deseo
amenazarla con el castigo y la separación! ¡Deseo expresar mi desesperación
ante la imposibilidad de entendernos!
Durante
todo este cambio de palabras, los verbos suscitaron pensamientos y pensamientos
que, a su vez, eran desafíos internos a la acción.
—Cada
uno de los objetivos que eligieron es, en parte, verdadero y necesita algún
grado de acción —dijo el director—. Aquellos de ustedes que poseen temperamento
vivo, deben hallar poca cosa que apele a sus sentimientos en «¡Deseo recordar
mi hijo muerto!" Preferirán: "¡Deseo estrecharlo para no abandonarlo
nunca!» ¿Qué? ¿Las cosas, los recuerdos, los pensamientos del niño muerto?
Otros, ni se conmoverían con esto. De allí la importancia de que el objetivo
tenga el poder de atraer y conmover al actor.
«Me
parece que ustedes mismos han hallado la respuesta a la pregunta de por qué, en
la elección del objetivo, es necesario utilizar un verbo en lugar de un
substantivo.
«Eso
será todo, por el momento, acerca de unidades y objetivos. Más adelante
aprenderán más sobre la técnica psicológica cuando tengan una obra y papeles
que realmente puedan ser divididos en unidades y objetivos.
Capítulo
VIII
Fe
Y Sentido De La Verdad
1
FE
Y SENTIDO DE LA VERDAD, leía hoy un gran letrero sobre la pared de la escuela.
Antes
de empezar nuestra labor, estuvimos sobre el escenario empeñados en una de
nuestras periódicas búsquedas de la cartera de María. Inesperadamente oímos la
voz del director que, sin saberlo nosotros, nos había estado observando desde
las primeras plateas.
—Qué
marco excelente para cuantos quieran representar les proporcionan el escenario
y las candilejas —dijo—. Eran sinceros en lo que hacían. Había un sentido de
verdad en todo ello y la sensación de que creían en todos los objetivos físicos
que ustedes mismos establecieron. Estaban bien definidos y claros, y su
atención agudamente concentrada. Todos esos elementos necesarios operaban con
propiedad y armoniosamente para crear… ¿podemos decir arte? ¡No! No era arte,
era realidad. Por eso quiero que repitan lo que acaban de hacer.
Colocamos
nuevamente la cartera donde estaba y comenzamos a buscarla. Pero esta vez no
necesitamos realizar esa operación, pues el objeto ya había sido encontrado una
vez y como resultado no logramos nada.
—No.
No vi objetivos, ni actividad, ni verdad en lo que lucieron, —fué la crítica de
Tortsov—. ¿Y por qué? Si lo que estaban haciendo era un hecho real, ¿por qué no
fueron capaces de repetirlo? Uno debería suponer que para hacerlo no se
necesitaría ser actor, sino simplemente un ser humano.
Tratamos
de explicar a Tortsov que la primera vez era necesario encontrar la cartera
perdida, mientras que la segunda vez sabíamos que no había necesidad de ello.
Como resultado, en la primara vez tuvimos realidad, y en la segunda sólo una
falsa imitación.
—Bien,
entonces prosigan y representen la escena con fidelidad en vez de hacerlo con
falsedad —sugirió.
Protestamos
y dijimos que no era tan simple como parecía; insistimos en que debíamos
prepararnos, ensayar, vivir la escena…
—¿Vivirla?
—exclamó el director—. ¡Pero si acaban de vivirla!
Paso
a paso, con ayuda de preguntas y de explicaciones, Tortsov nos llevó a la
conclusión de que hay dos clases de verdad y sentido de creer en lo que se está
haciendo. Primero está la que es creada automáticamente y sobre el plano del
hecho real (como en el caso de nuestra búsqueda de la cartera de Maloletkova,
cuando Tortsov nos observó por primera vez), y segundo, está el tipo escénico
igualmente verdadero, pero que se origina sobre el plano de la ficción
imaginativa y artística.
—Para
lograr este exacto sentido de la verdad y reproducirlo en la escena de la
búsqueda de la cartera, deben utilizar una palanca que los eleve al plano de la
vida imaginaria —explicó el director—. Allí prepararán una ficción análoga a lo
que han hecho en la realidad. Representadas mentalmente con propiedad, las
«circunstancias dadas» los ayudarán a sentir y crear una verdad escénica en la
que puedan creer mientras están en el escenario. En consecuencia, en la vida
ordinaria, la verdad es lo que realmente existe, lo que una persona realmente
sabe. Mientras que en el escenario, consiste en algo que en verdad no existe,
pero que podría existir.
—Perdone
—arguyó Grisha—, pero no veo cómo puede en el teatro hacerse cuestión sobre la
verdad, desde que no hay cosa que no sea ficticia, empezando con las obras del
mismo Shakespeare, y terminando con la daga de papier maché que utiliza Otelo.
—No
se preocupe tanto porque la daga sea de cartón en lugar de ser de acero —dijo
Tortsov en tono conciliatorio—. Tiene todo el derecho de considerarlo una
impostura. Pero si va más allá y calumnia a todo el arte, afirmando que es una
mentira y considera toda la vida en el teatro no merecedora de fe, tendrá que
cambiar entonces su punto de vista. Lo que en el teatro cuenta no es el hecho
de que la daga de Otelo sea de cartón o de acero, sino el sentimiento interior
del actor que puede justificar su suicidio. Lo importante es cómo el actor, un
ser humano, habría actuado si las circunstancias y condiciones que rodeaban a
Otelo hubieran sido reales y la daga con que se hirió de metal.
«Lo
que nos interesa a nosotros es lo siguiente: La realidad de la vida interior de
un espíritu humano por una parte, y la creencia en esa realidad por la otra.
¡No nos interesamos por la verdadera existencia al natural de lo que en el
escenario nos rodea, la realidad del mundo material! Esto es útil para nosotros
sólo en cuanto éste proporciona un fondo general a nuestros sentimientos.
«Lo
que en teatro se debe entender por verdad, es la verdad escénica de la que el
actor debe hacer uso en sus momentos de creación. Traten siempre de empezar
trabajando desde lo interior, tanto en los hechos reales como en los
imaginarios de la obra, como en su decoración. Pongan vida en todas las
circunstancias y acciones imaginadas, hasta que hayan satisfecho por completo
el sentido de la verdad y hayan despertado en la realidad de las sensaciones un
sentido de fe. Este proceso es lo que llamamos justificación de una parte.
Como
quise estar bien seguro del significado de lo que había dicho, pedí a Tortsov
lo resumiera en unas pocas palabras. Su respuesta fué:
—La
verdad en la escena, es todo aquello en que podemos creer con sinceridad, sea
en nosotros mismos, sea en nuestros colegas. La verdad no puede ser separada de
la fe ni la fe de la verdad. Ninguna de ellas puede existir sin la otra, y sin
ellas es imposible vivir el papel o crear nada. Todo lo que sucede en el
escenario, debe ser convincente para el actor mismo, sus asociados y el
público. Debe inspirar fe en la posibilidad, en la vida real, de las emociones
análogas a las que son experimentadas por el actor en el escenario. Cada
momento y todo momento debe estar saturado de fe en la verdad de la emoción
sentida y en la acción llevada a cabo por el acto.
2
El
director comenzó nuestra lección de hoy diciendo:
—Les
he explicado, en términos generales, el papel que representa la verdad en el
proceso creador. Hablemos ahora de lo opuesto.
«Un
sentido de la verdad contiene también dentro de sí un sentido de lo que es
falso. Deben poseer ambos, pero en proporciones variadas. Algunos poseen,
digamos. un setenta y cinco por ciento del sentido de la verdad, y sólo un
veinticinco por ciento del sentido de la falsedad; o estas proporciones
invertidas; o un cincuenta por ciento de cada una de ellas. ¿Les sorprende que
diferencie y oponga esos dos sentidos? Lo hago por esto —agregó, y volviéndose
entonces a Nicolás, dijo—: Hay actores que, como usted, son tan estrictos
consigo mismos, en lo que se refiere a adherirse a la verdad, que a menudo, y
sin tener conciencia de ello, llevan su actitud a tal extremo que equivale a
una falsedad. No deberá exagerar su preferencia por la verdad y su aborrecimiento
por las mentiras, porque eso tiende a hacerle ejecutar con exceso la verdad por
la verdad misma, lo cual es en sí la peor de las mentiras. Por eso, trate de
ser indiferente e imparcial. En el teatro se necesita de la verdad hasta el
punto en que pueda creerse en ella.
«Hasta
de la falsedad puede obtenerse, alguna utilidad, si se acerca a ella con
moderación. índica el extremo y enseña lo que no debe hacerse. En tales
circunstancias, un ligero error puede ser utilizado por el actor para
determinar la línea demarcatoria que no debe transgredir.
«Este
método de reprimirse a sí mismo, es absolutamente esencial, siempre que esté
empeñado en la actividad creadora. A causa del gran público, el actor se siente
obligado, quiera que no, a desplegar una cantidad innecesaria de esfuerzos y de
movimientos que se supone representan los sentimientos. No obstante, no importa
lo que haga; mientras permanece delante de las candilejas le parece que todo
eso no es bastante. En consecuencia, vemos el exceso de actuación elevarse a
tanto como el noventa por ciento. Por eso, durante los ensayos, muy a menudo me
oirán decir: "Corten el noventa por ciento».
«¡Si
tan sólo conocieran la importancia del proceso de estudiarse a sí mismos! Debe
proseguir incesantemente, sin que el actor lo advierta siquiera, poniendo a
prueba cada paso que da. Cuando se le señala el absurdo patente de alguna
acción falsa que haya empleado, está más dispuesto a cortarla, pero, ¿qué puede
hacer si sus propios sentimientos son incapaces de convencerlo? ¿Quién puede;
garantizar que, habiendo desechado una acción falsa, no la reemplace otra
también falsa? No; el acercamiento debe ser distinto. Una simiente de verdad
debe ser plantada debajo de la falsedad, para suplantarla si llegara el caso,
del mismo modo que la segunda dentición del niño presiona a la primera.
El
director fué llamado por asuntos del teatro, de modo que los estudiantes
quedaron a cargo del asistente, para efectuar algunos ejercicios.
Cuando
un momento más tarde volvió Tortsov. nos habló de un artista que poseía un
extraordinario sentido de la verdad para criticar el trabajo de los demás y
que, sin embargo, cuando era él quien actuaba, olvidaba por completo ese
sentido.
—Es
difícil creerlo —dijo— que la misma persona que en un momento dado muestra un
sentido tan agudo de discriminación entre la verdad y la mentira en la
actuación de sus colegas, un momento después, actuando él esta vez, comete
errores peores.
«En
ese caso, su sensibilidad, como espectador, para la verdad y la falsedad, está
divorciada por completo de su sensibilidad como actor. Este fenómeno está muy
difundido.
3
Hoy
pensamos un juego nuevo: decidimos suprimir la falsedad de cada acción
ejecutada por otro, tanto en la escena como en la vida ordinaria.
Sucedió
que tuvimos que esperar en un corredor, porque el escenario de la escuela no
estaba listo. De pronto, y mientras estábamos allí, nos alarmó el grito que dio
María porque había perdido la llave, y todos nos precipitamos en su búsqueda.
Grisha
comenzó a criticarla.
—No
creo que haya razón alguna para que busquemos. Lo haces por nosotros, no para
encontrar la llave. —A sus censuras se añadieron las observaciones de Leo,
Vassili, Paul y algunas mías, de modo que pronto la búsqueda llegó a punto
muerto.
—¡Chiquilines!
¡Cómo se atreven! —gritó el director.
Su
aparición, que nos tomó desprevenidos en medio del juego, nos dejó
consternados.
—Siéntense
en los bancos a lo largo de la pared, y ustedes dos —dijo bruscamente a María y
a Sonya—, caminen por el pasillo. No, así no. ¿Pueden imaginar a alguien
caminando de esa manera? ¡Entren los talones y saquen las puntas! ¿Por qué no
doblan las rodillas? ¿Por qué no dan más movimiento a las caderas? ¡Presten
atención! Cuiden sus centros de equilibrio ¿No saben caminar? ¿Por qué se
tambalean? ¡Miren por dónde caminan!
Cuanto
más caminaban, más las reprendía, y cuanto más las reprendía menos control
tenían sobre sí mismas. Finalmente las redujo a un estado tal que no podían
decir dónde tenían la cabeza o los pies, de modo que se detuvieron en el centro
del pasillo.
Cuando
miré al director me asombré verlo sofocar la risa con un pañuelo.
Fué
entonces que caímos en la cuenta de lo que había estado haciendo.
—¿Se
dan cuenta ahora de que un crítico mordaz puede enloquecer al actor y reducirlo
a la impotencia? —preguntó a las dos muchachas—. Busquen la falsedad sólo en la
medida que los ayude a encontrar la verdad. No olviden que la crítica que
zahiere puede crear más falsedad en el escenario que cualquier otra, porque el
actor a quien se critica se detiene, involuntariamente, en el buen camino y
comienza a exagerar la verdad misma hasta el punto de convertirla en falsedad.
«Lo
que deben desarrollar es la crítica sana, serena, sabia e inteligente, que en
la mejor amiga del actor. No los regañará por pequeñeces, sino que tendrá
puestos los ojos en lo substancial de vuestro trabajo.
«Otro
consejo sobre la observación del trabajo creador de los demás. Empiecen por
ejercitar el sentido de la verdad buscando antes que nada los puntos correctos.
Al estudiar el trabajo de otro, limítense al papel de un espejo y digan
honestamente si creen no en lo que han visto y oído, y señalen en particular
los momentos más convincentes para ustedes.
«Si
el público que frecuenta el teatro fuera tan estricto sobre la verdad en el
escenario como lo fueron ustedes hoy en la vida real, nosotros, pobres actores,
no nos atreveríamos jamás a mostrar la cara.
—¿Pero
no son severos los espectadores? —preguntó alguien.
—En
realidad, no. No regañan como ustedes. Por lo contrario, el público desea, más
que nada, creer en todo lo que sucede en el escenario.
4
—Ya
hemos tenido bastante teoría —dijo el director cuando comenzó el trabajo de
hoy—. Pongamos en práctica algo de ella. —Después de lo cual nos llamó a Vanya
y a mí al escenario, para representar el acto de quemar el dinero—. No logran
ustedes realizar el ejercicio, en primer lugar, porque están ansiosos por creer
en todas las cosas terribles que puse en el argumento. Pero no traten de
hacerlo todo de una sola vez: empiecen parte por parte, ayudándose siempre con
pequeñas verdades. Fijen sus acciones sobre las bases físicas más simples que
sea posible.
«No
les daré dinero de verdad, ni objeto alguno para la representación. El trabajar
con aire los inducirá a pensar en más pormenores y a lograr mejor efecto. Si
cada acto auxiliar es ejecutado con veracidad, toda la acción se desenvolverá
correctamente.
Comencé
a contar los inexistentes billetes.
—No
lo creo —dijo Tortsov, deteniéndome justo cuando fingía alcanzar el dinero.
—¿Qué
es lo que no cree?
—Ni
siquiera miraba el objeto que estaba tocando.
Había
mirado las imaginarias pilas de billetes, pero sin ver nada, simplemente había
estirado el brazo para volverlo luego hacia mí.
—Aunque
no sea más que por las apariencias, debe apretar los dedos para que el paquete
no caiga de sus manos. No lo arroje así. Deposítelo sobre la mesa, ¿y quién
deshace un paquete en esa forma?
«Primero,
busque el extremo del lazo. No, así no. No puede hacerse tan en seguida. Las
puntas están atadas con cuidado, para que no se suelten. No es tan fácil
desatarlas. Eso es —aprobó al fin—. Cuente ahora, primero los de cien, en un
paquete, por lo general, hay diez. ¡Válgame Dios! ¡Qué pronto hizo todo! ¡Ni
siquiera el más experto cajero hubiera contado esos billetes tan ajados y
sucios con tanta rapidez!
«¿Ven
ahora hasta qué grado entra el pormenor real para convencer nuestras
naturalezas físicas de la verdad de lo que se está haciendo en el escenario?
Procedió
luego a dirigir mis acciones físicas, movimiento por movimiento, segundo por
segundo, hasta legrar un efecto coherente.
Mientras
contaba el dinero imaginado, recordé el método exacto y el orden en que ésto se
hace en la vida real. Entonces todos los pormenores lógicos que me sugirió el
director desarrollaron en mí una actitud completamente diferente hacia el aire
que manejaba como dinero. Una cosa es mover los dedos en el aire y otra muy
distinta manejar sucios y ajados billetes que uno ve distintamente con el ojo
del espíritu.
En
cuanto me convencí de la verdad de mis acciones físicas, me sentí perfectamente
cómodo en el escenario.
Fué
entonces cuando surgieren pequeñas improvisaciones adicionales. Enrollé la
cuerda con cuidado y la dejé al lado de la pila de billetes, sobre la mesa. Esa
pequeña parte me dio valor y me condujo a otras. Por ejemplo, antes de contar
los paquetes, les sacudí suavemente sobre la mesa varias veces, a fin de
ordenar las pilas.
—Eso
es lo que entendemos por acción física justificada completa y totalmente. Y a
ello puede el actor otorgar una absoluta fe orgánica —resumió Tortsov. y con
ello quiso concluir la labor del día; mas Grisha quería discutir.
—¿Cómo
puede llamar actividad física u orgánica a algo que se basa sólo en el aire?
Paul
asintió. Sostuvo que las acciones concernientes a objetos realmente existentes
y las que conciernen a objetos imaginados, eran necesariamente de dos tipos
distintos.
—Tome
como ejemplo la acción de beber agua —dijo—. Desarrolla un proceso completo de
verdadera actividad física y orgánica: el llevar el agua dentro de la boca, la
sensación del gusto, el dejar que el agua corra por la lengua y luego tragarla.
Exacto —interrumpió el director—, todos esos pormenores delicados deben ser
repetidos aun cuando no se tenga agua, porque de lo contrarío nunca tragará.
—Pero,
¿cómo se pueden repetir si no se tiene nada dentro de la boca? —insistió
Grisha.
—¡Trague
saliva o aire! ¿Hay en ello alguna diferencia? —preguntó Tortsov—. Sostendrán
que no es lo mismo que tragar agua o vino. De acuerdo. Hay una diferencia. Pero
aun así, hay una cantidad suficiente de verdad física en lo que hacemos, para
nuestros propósitos.
5
—Continuaremos
hoy con la segunda parte del ejercicio que realizamos ayer, y trabajaremos en
la misma forma en que lo hiciéramos al principio —dijo el director al empezar
la lección—. Este es un problema mucho más complicado.
—Me
atrevería a decir que no lograremos resolverlo —observé, mientras me reunía con
María y Vanya para ir al escenario.
—Nada
se perderá —dijo Tortsov, animándonos—. No les di ese ejercicio pensando que
pudieran representarlo. Fué más bien porque tomando algo fuera del alcance de
sus fuerzas, fueran capaces de entender mejor cuáles son los errores y lo que
necesitan para trabajar. Por el momento, ensayen solamente lo que está dentro
de lo que saben. Creen para mí el efecto de la acción física exterior. Hagan
que sienta la verdad en ella.
«Para
empezar, ¿es capaz de dejar su trabajo por un momento y, respondiendo al
llamado de su esposa, ir al otro dormitorio y observarla mientras baña al niño?
—Eso
no es difícil —dije, poniéndome de pie para ir a la otra habitación.
—Oh,
no —dijo el director, mientras me detenía—. Creo que eso es lo menos apropiado
que puede hacer. Por lo demás, usted dice que subir al escenario, entrar a un
dormitorio y salir de él nuevamente, es cosa fácil de hacer. Si así fuera,
estaría admitiendo en la acción una cantidad enorme de efectos incoherentes y
carentes de lógica.
«Verifique
usted mismo cuántos movimientos y verdades físicas, pequeñas, casi
imperceptibles, pero esenciales, ha omitido en este mismo momento. Por ejemplo:
antes de abandonar la habitación estaba ocupado en asuntos de no poca
importancia, hallábase haciendo un trabajo importante: clasificando bienes
públicos y registrando títulos. ¿Cómo puede, de pronto, dejar todo y salir
disparado de la habitación, como si pensara que el techo ha de caérsele encima?
Nada terrible ha ocurrido. Fué solamente el llamado de su esposa. Además, ¿es
posible que en la vida real conciba ir a ver un nene recién nacido con el
cigarrillo encendido en los labios? ¿Y es posible que la madre se lo permita?
Por lo tanto debe, antes que nada, buscar un lugar donde dejar el cigarrillo; déjelo
en esta habitación, y entonces podrá ir. Cada uno de esos pequeños actos
auxiliares son fáciles de ejecutar.
Hice
como me dijo, dejé el cigarrillo en la estancia y salí del escenario a los
bastidores, para esperar mi próxima entrada.
—Ahora
—dijo el director—ha ejecutado cada pequeño acto al pormenor y los ha reunido
en una acción grande: la de ir al dormitorio contigua.
Mi
regreso a la estancia estuvo sujeto a innumerables correcciones. Esta vez, sin
embargo, fué porque carecía de simplicidad y tendía a forzar todo lo que hacía.
Tanto énfasis lleva también a la falsedad.
Finalmente,
nos acercamos a la parte más interesante y dramática: Entrar, acercarme a la
mesa de trabajo, ver que Vanya había quemado el dinero para entretenerse,
complaciéndose estúpidamente con lo que había hecho.
Al
percibir una posibilidad trágica, me precipité en la habitación y, dando rienda
suelta a mi temperamento, me hundí en la exageración.
—¡Deténgase!
Ha tomado el camino equivocado —gritó Tortsov—. Ya que está en eso, aproveche y
repita lo que acaba de hacer.
Cuanto
debía hacer se limitaba a correr hacia la chimenea y librar de las llamas al
último paquete de dinero.
No
obstante, para hacerlo debía planear el camino y empujar a un lado a mi infeliz
cuñado. Al director no le convencía que ese salvaje empujón pudiera ser la
causa de una muerte o terminar en catástrofe.
Me
devané los sesos pensando cómo hacer y a la vez justificar acto tan rudo.
—¿Ve
esta tira de papel? —pregunte;—. Voy a prenderle fuego y arrojarla dentro de
este cenicero. Usted se acerca y tan pronto como ve la llama, corre y trata de
salvar lo que queda sin quemar del papel.
En
cuanto vi que encendía el papel, corrí con tanta violencia que casi le rompo el
brazo a Vanya, que estaba en el camino.
—¿Puede
decir ahora sí hay algún parecido entre lo que acaba de hacer y su
representación anterior? Recién ahora hubiéramos tenido en realidad una
catástrofe, porque lo anterior fué mera exageración.
«No
deben secar en conclusión que lo que recomiendo es romper brazos y lastimarse
en el escenario. Lo que deseo es que cuiden de la circunstancia más importante:
¡a de que el dinero se enciende instantáneamente. Por consiguiente, si va a
salvarlo debe actuar de esa manera: instantáneamente. Eso fué lo que no hizo y,
naturalmente, sus actos carecieron de verdad.
Después
de una pequeña pausa, dijo:
—Continuemos.
—¿Quiere
decir que no haremos nada más en esta parte? —exclamé.
—¿Qué
más quiere hacer? —preguntó Tortsov—. Salvó lo que pudo y lo demás se quemó.
—Pero,
¿y la muerte?
—No
hubo tal —dijo.
—¿Quiere
decir que no hubo un muerto? —pregunté.
—Claro
que hubo. Pero para la persona, cuya parte usted representa, no existe muerte
alguna. Está tan deprimido por la pérdida del dinero, que ni siquiera se ha
dado cuenta que ha golpeado a su cuñado. Si así no fuera, no estaría clavado en
el suelo, sino que correría a ayudar al moribundo.
Llegamos
al punto más difícil para mí. Era el de permanecer quieto, como convertido en
piedra, en un estado de «trágica inacción».
Lo
tomé con indiferencia y, sin embargo, me di cuenta de que estaba exagerando.
—Ya
ahí están los viejos, viejísimos clichés de nuestros antepasados —dijo Tortsov.
—¿Cómo
puede reconocerlos —pregunté.
—Los
ojos agrandados por el horror, la mueca trágica «del rostro, la cabeza
sostenida por ambas manos, los dedos
hundidos
en el cabello, la mano apretada contra el corazón. Cualquiera de esos gestos
tiene por lo menos trescientos años de antigüedad.
«Apartemos
todo lo que no sirva. Limpiemos La obra de gestos con la cabeza, el corazón y
el cabello. Deme una acción, aunque sea muy pequeña, en la que se pueda creer.
—¿Cómo
puedo ofrecerle movimiento, si se supone que estoy en estado de «inacción
dramática»? —pregunté.
—¿Qué
cree usted? —replicó el director—, ¿Puede haber actividad en la inacción
dramática o en cualquier otra inacción? Si es así, ¿en qué consiste?
Esa
pregunta me hizo hurgar en mi memoria y tratar de recordar lo que haría
cualquier persona en un período de inacción dramática. Tortsov me recordó
algunos pasajes de Mi vida en el arfe, y agregó un incidente del que había
tenido experiencia personal.
—Era
necesario —relató— darle a una mujer la noticia de la muerte de su esposo.
Después de un largo y cuidadoso preámbulo, pronuncié finalmente las palabras
fatales. La pobre mujer quedó aturdida y. sin embargo, en su fisonomía no
mostró señal alguna de esa expresión trágica que los actores gustan de mostrar
en el escenario. La total ausencia de expresión en el rostro, que en su extrema
inmovilidad parecía cadavérico, era lo que más impresionaba. Fué necesario
permanecer a su lado, completamente inmóvil, por más de diez minutos, a fin de
no interrumpir el proceso que dentro de ella se desarrollaba. Por fin hice un
movimiento que la hizo volver de su estupor, para caer desvanecida un instante
después.
«Tiempo
más tarde, y cuando fué posible hablarle del hecho, se le preguntó qué había
pasado por su mente en aquellos momentos de trágica inmovilidad. Parece que
minutos antes de recibir la noticia de la muerte de su marido, se aprontaba a
salir de compras para él… Pero siendo que había muerto, era preciso cambiar de
plan. ¿Qué haría? Pensando en sus ocupaciones, pasadas y presentes, su mente
había repasado los recuerdos de su vida hasta la ruptura del momento actual,
con su gran interrogante. Se había desmayado al sentirse totalmente impotente
para resolverlo.
«Creo
que estará de acuerdo en que aquellos diez minutos. de trágica inacción estaban
bastante llenos de actividad. Piense que condensó toda su vida pasada en sólo
diez minutos. ¿No es eso acción?
—Desde
luego —asentí—, pero no es acción física.
—Muy
bien —dijo Tortsov—. Quizá no sea física. No necesitamos pensar con demasiada
profundidad en rubricar lo que hacemos ni en ser demasiado concisos. En todo
acto físico hay un elemento psicológico y uno físico en todo acto psicológico.
Las
últimas escenas, en que vuelvo de mi estupor y trato de revivir a mi cufiado,
fueron para mí infinitamente más fáciles de representar, que la inmovilidad con
su actividad psicológica.
—Repasemos
ahora lo que aprendimos en nuestras dos últimas lecciones —dijo el director—.
Porque la gente joven es tan impaciente que busca posesionarse de inmediato de
toda la verdad interior de una obra o de un papel y creer en ella.
«Ya
que es imposible tener simultáneamente el control del todo, debemos dividirlo y
ocuparnos de cada parte por separado. Para llegar a la verdad esencial de cada
parte y ser capaces de creer en ella, debemos seguir el mismo procedimiento que
utilizamos al elegir las unidades y los objetivos. Cuando no puedan creer en la
acción mayor, deben reducirla a proporciones más y más pequeñas, hasta que
puedan creer en ella. No piensen que ésta es una labor tan insignificante. Es
tremenda. No han perdido el tiempo cuando en mis clases o en las de práctica de
Rajmánov, concentraron la atención en pequeñas acciones físicas. Quizá no se
den cuenta todavía de que de la creencia en la verdad de una pequeña acción, el
actor puede llegar a sentirse a sí mismo en su papel y a tener fe en la
realidad de la obra completa.
«Puedo
citar innumerables casos que han sucedido en mi propia vida, donde algo
inesperado se ha introducido en la anticuada rutina de la representación de una
obra. Una silla que cae, una actriz que deja caer el pañuelo y debe ser
levantado, o el asunto se altera de pronto. Esas cosas exigen necesariamente
acciones pequeñas, pero verdaderas, porque son intrusiones emanadas de la vida
real. Lo mismo que una ráfaga de aire fresco aligera la atmósfera en un cuarto,
mal ventilado, esas emociones verdaderas pueden dar vida a la actuación
estereotipada. Puede hacer recordar al actor la senda de la verdad, que ha
perdido. Tiene el poder de producir un impulso interior y puede convertir una
escena completa en una etapa más creadora.
«Por
otro lado, no podemos dejar las cosas libradas al acaso. Para el actor es
importante saber cómo proceder bajo circunstancias comunes. Cuando un acto
completo es demasiado grande para manejarlo, divídanlo. Si un detalle no es
suficiente para convencerlos de la verdad de lo que están haciendo, agreguen o
él otros, hasta que hayan obtenido una mayor esfera de acción que los convenza.
«Aquí
los ayudará también un sentido de la medida.
«Es
a estas verdades sencillas, pero importantes, que hemos dedicado el trabajo de
las recientes lecciones.
6
—Este
verano pasado —dijo el director—fui por primera vez, desde hacía muchos años, a
un sitio de lo campiña en el que solía pasar las vacaciones. La casa en que me
alojaba estaba a cierta distancia de la estación ferroviaria. Un atajo para
llegar a la estación conducía a través de una barranca, algunos colmenares y un
bosque. En la lejana niñez había transitado tanto por ese camino que ya había
hecho de él un sendero trillado. Más tarde, la hierba lo cubrió. Este verano
volví por él. AI principio no me fué tan fácil encontrarlo, perdía a menudo la
dirección y salía a un crimino principal lleno de baches y agujeros producidos
por si tránsito pesado. Finalmente me encontré andando en dirección contraria a
la estación. Por eso me vi obligado a retomar el camino hecho y buscar el
atajo. Me guiaban mis viejos recuerdos de señales familiares, árboles, postes,
pequeñas elevaciones y declives del sendero. Esos recuerdos fueron tomando
formo y dirigieron mi búsqueda. Al final logré encontrar la buena senda y pude
ir y volver a la estación. Como en esa dirección tenía que ir con frecuencia,
utilizaba el atajo casi a diario, de modo que pronto volvía a convertirlo en un
sendero bien marcado.
«Durante
nuestras últimas lecciones hemos esbozado una línea de acciones físicas en el
ejercicio del dinero quemado. Se parece algo a mi sendero del campo. La
reconocemos en la vida real, pero debemos recorrerla nuevamente en el
escenario.
«La
línea correcta para ustedes está también asediada por malos hábitos que
amenazan desviarlos a cada paso y extraviarlos hacia el camino accidentado y
arruinado por la acción mecánica estereotipada. Para evitarlo, deben hacer lo
que yo hice y establecer la dirección correcta, proyectando una serie de
acciones físicas. Deben marcarlas hasta que hayan legrado fijar permanentemente
el verdadero camino del papel. Suban ahora al escenario y repitan varias veces
las acciones físicas que ejecutarnos la última vez.
«Tengan
cuidado, sólo acciones físicas, verdades físicas y creencia física en ellas!
¡Nada más!
Realizamos
todo el ejercicio.
—¿Notaron
algunas sensaciones nuevas como resultado de la ejecución de la serie completa
de actos físicos sin interrupción? —preguntó Tortsov—. Si fué así, los momentos
repasados fluyen como es debido en períodos más largos, y creando una corriente
continua de verdad.
«Hagan
la prueba representando el ejercicio completo desde el principio hasta el fin,
varias veces, utilizando sólo las acciones físicas.
Seguimos
sus instrucciones y sentimos, en realidad, que las partes detalladas
correspondían a un total continuado. Ese efecto fué reforzado por cada
repetición, y se tuvo la sensación de que la acción adelantaba con creciente
impulso.
Mientras
repetíamos el ejercicio, me mantuve en un error que creo debo describir. Cada
vez que dejaba la escena y salía del escenario, dejaba de actuar. Como
consecuencia, la línea lógica de la acción física se interrumpía. Y no debe ser
así. Ni en el escenario ni entre bastidores debe el actor admitir tales
interrupciones en la continuidad de la vida de su papel, pues produce vacíos y
éstos en cambio se llenan de pensamientos y sentimientos extraños al papel.
—Si
no se acostumbran a actuar para ustedes mismos mientras están fuera del
escenario —dijo el director—, confinen al menos sus pensamientos a los que la
persona que están representando tendría si estuviera en circunstancias
análogas. Esto les ayudará a mantenerse en el papel.
Después
de hacer algunas correcciones y de repetir el ejercicio varias veces más, me
preguntó:
—¿Se
da cuenta que ha logrado establecer de manera sólida y permanente la larga
serie de momentos individuales de la verdadera acción física de este ejercicio?
«A
ese efecto continuo lo llamamos en nuestra jerga teatral "la vida de un
cuerpo humano». Está compuesto, como han visto, de acciones físicas vivas,
motivadas por un sentido interior de la verdad por la fe en lo que el actor
esté haciendo. Esto vida del cuerpo humano en un papel no es asunto de poca
importancia. Es uno mitad de la imagen que hay que crear, aunque no la más
importante.
7
Después
de repasar el mismo ejercicio una vez más, el director dijo:
—Ahora
que han creado el cuerpo del papel, podemos pensar en el próximo paso, el más
importante, que es la creación del alma humana en el papel.
«En
realidad, ya ha tenido lugar en el interior de ustedes, sin que se hayan
percatado. La prueba está que cuando ejecutaron todas las acciones físicas en
la reciente escena, no lo hicieron de manera fría y formal, sino con convicción
interior.
«¿Cómo
se efectuó ese cambio?
«De
manera natural, porque la unión entre el cuerpo y el alma es indivisible. La
vida de una da vida al otro. Todo acto físico, exceptuando los simplemente
mecánicos, tienen una fuente interior de sentimiento. En consecuencia, tenemos
en cada popel, entrelazados, un plano interior y otro exterior. Un objetivo
común los asemeja y fortalece su unión.
El
director me hizo repetir la escena del dinero. Mientras lo contaba, se me
ocurrió mirar a Vanya, el jorobado hermano de mi esposa, y por primera vez me
pregunté: ¿por qué está siempre alrededor mío? Sentí entonces que no podría
continuar hasta esclarecer las relaciones mías con mi cuñado. Con ayuda del
director, urdimos lo siguiente, como bases para la relación: la belleza y salud
de mi esposa habían sido logradas a costa de la deformidad de su hermano
gemelo. Cuando nacieron hubo que ejecutar una operación de emergencia y se
expuso la vida del niño, a fin de salvar a la madre y a la niña. Todos
sobrevivieron, pero el muchacho había crecido tonto y jorobado. Esta sombra
pesó siempre sobre la familia y se hizo sentir. La invención cambió por
completo mi actitud hacia el pobre infeliz. Me poseyó un sincero sentimiento de
ternura hacia él, y experimenté cierto remordimiento por lo pasado.
De
inmediato ésto dio vuelta a la escena en que la infeliz criatura logra placer
quemando el dinero. Además de sentir lástima por él, hice algunas gracias a fin
de entretenerlo; golpeaba los paquetes en la mesa, hacía gestos y caras
cómicas, mientras arrojaba en el fuego las coloreadas envolturas. Vanya
respondía bien a esas improvisaciones y reaccionaba con alegría, por lo que me
sentí inclinado a continuar con más invenciones del mismo tipo. Así creamos una
escena totalmente nueva, vivida, alegre y cálida. Recibimos del público una
inmediata respuesta alentadora que nos animó a continuar. Llegó el momento de
pasar al dormitorio contiguo. ¿Para ir hacia quién? ¿Hacia mi esposa? ¿Quién
es? Allí había otro problema que resolver. No podía continuar hasta saber todo
lo concerniente a esa persona con quien se suponía que estaba casado. Mi relato
acerca de ella resultaba sentimental en extremo. Con todo, sentí realmente que
si las circunstancias hubieran sido las que imaginaba, esa esposa y su hijo no
habrían sido infinitamente queridos.
En
toda esa nueva vida imaginada para el ejercicio, nuestros viejos métodos de
representación parecían indignos.
¡Qué
fácil y agradable fué para mí observar al nene en su baño! No necesité que me
hicieran recordar lo del cigarrillo encendido; tuve gran cuidado de dejarlo
antes de salir del cuarto.
Mi
vuelta a la mesa donde estaba el dinero es ahora tan clara como necesaria. Es
un trabajo que estoy haciendo para mi esposa, mi hijo y el infeliz jorobado.
El
dinero quemado adquiere un aspecto totalmente distinto. Todo lo que necesité
decirme fué: ¿qué haría si fuera real? Me horroriza la perspectiva del futuro;
la opinión pública me señalará no sólo como ladrón, sino como asesino de mi
cunado. ¡Además, seré considerado infanticida! Nadie podrá rehabilitarme a los
ojos del mundo. Ni siquiera sé lo que mi mujer pensará de mí después de haber
matado a su hermano.
Mientras
me hacía todas esas conjeturas, ero necesario que permaneciera en completa
inmovilidad, pero era inmovilidad plena de acción.
La
escena siguiente, en donde se intenta hacer revivir al muchacho, salió casi
natural, motivada por mi actual actitud para con él.
El
ejercicio, que antes me pareciera casi aburrido, despertaba en mí nuevas
sensaciones. El método de crear tanto la vida física como la espiritual,
resultaba extraordinario. Sentí, sin embargo, que el fundamento del éxito de
este método yace en los mágicos síes y en las circunstancias dadas. Fueron
ellos los que produjeron en mí el impulso interior y no la creación de
pormenores físicos. ¿No sería más sencillo trabajar con ellos, en vez de
emplear tanto tiempo en objetivos físicos?
Llevé
mi pregunta al director y asintió:
—Desde
luego —dijo—, y eso es lo que le propuse que hiciera un mes atrás, cuando
representó el ejercicio por primera vez.
—Pero
entonces me resultaba difícil despertar mi imaginación y hacerla activa
—observé.
—Así
es, y ahora está bien despierta. Encuentra fácil no sólo inventar mentiras,
sino vivirlas, para sentir su realidad.
«¿Por
qué ha ocurrido ese cambio? Porque al principio plantó las semillas de la
imaginación en tierra estéril. Las contorsiones, la tensión física y la vida
física incorrecta son malas tierras para hacer crecer en ellas la verdad y el
sentimiento. Tiene ahora una vida física correcta. Su creencia en ella está
basada en los sentimientos de su propia naturaleza. Ya no imaginará en el aire
o en el espacio o en general. Ya no es abstracta. Nos volvemos alegremente a
las acciones físicas verdaderas y a nuestras creencias en ellas, porque están a
nuestro alcance.
«Utilizamos
la técnica consciente al crear el cuerpo físico de un papel y con su ayuda
logramos la creación de la vida subconsciente del espíritu del mismo.
8
Continuando
la descripción de su método, el director ilustró hoy sus observaciones por
medio de un parangón entre actuar y viajar.
—¿Han
hecho alguna vez un viaje largo? —comenzó—. Si es así, recordarán los muchos
cambios sucesivos que ocurren tanto en el sentimiento como en lo que se ve. Lo
mismo sucede en el escenario. Avanzando acompañados por una línea física, nos
encontramos constantemente en situaciones nuevas y distintas, disposiciones de
ánimo, contornos imaginativos y los exteriores de la producción. El actor entra
en contacto con nuevas personas y comparte sus vidas.
«En
todo momento su método de acciones físicas lo conduce a través de las
interioridades y exterioridades de la obra. Está su camino tan bien trazado que
no se lo puede desviar y, sin embargo, no es el camino en sí el que atrae al
actor. Su interés yace en las circunstancias interiores y en las condiciones de
vida a las que la obra lo ha conducido. Gusta de las bellas e imaginarias
circunstancias de su parte y de la emoción que despiertan en él.
«Los
actores, como los viajeros, encuentran muchas maneras de llegar a destino:
están los que experimentan el papel real y físicamente, los que reproducen su
forma externa, los que se amaneran y actúan como si fuera un oficio, los que
hacen del papel una conferencia literaria y pobre y, por último, los que
utilizan el papel para hacer alarde y sacar ventaja ante sus admiradores.
«¿Cómo
puede evitarse el seguir una mala dirección? En cada cruce deberán tener un
guía bien ejercitado, atento y disciplinado. Es el sentido de la verdad que
coopera con el sentido de la fe en lo que están haciendo el que los mantendrá
en el buen camino.
«La
pregunta siguiente es: ¿de qué material nos serviremos para construir nuestro
camino?
«Al
principio parecerá que lo único que podemos hacer es utilizar las emociones
verdaderas y, sin embargo, las cosas del espíritu no son suficientemente
verdaderas. Por eso debemos recurrir a la acción física.
«No
obstante, más importante que las acciones mismas son su verdad y nuestra
creencia en ellas. La razón es que siempre que posean veracidad y creencia,
tendrán sentimiento y experiencia. Pueden comprobarlo ejecutando el acto más
pequeño, pero en el que en realidad crean, y encontrarán que la emoción se
despierta instantánea, intuitiva y naturalmente.
«Esos
momentos, por cortos que sean, deben ser muy apreciados. En el escenario son de
gran significación, tanto en las partes más apacibles de la obra, como en las
que se vive tragedia y drama. No necesitan ir muy lejos para encontrar un
ejemplo de todo eso: ¿en qué estaba ocupado cuando representaba la segunda
parte del ejercicio? Corrió hacia la chimenea y sacó el paquete de billetes,
trató de revivir al jorobado, corrió a salvar al niño que se ahogaba. Ese es el
marco de sus simples acciones físicas, dentro de las cuales construyó natural y
lógicamente la parte física del papel.
«He
aquí otro ejemplo: ¿En qué se ocupaba lady Macbeth al llegar al punto
culminante de su tragedia? En el simple acto físico de quitarse de la mano una
mancha de sangre.
Aquí
interrumpió Grisha, porque no podía creer «que un gran escritor como
Shakespeare, creara una obra maestra con el fin de hacer que su heroína se
lavara las manos o representara algún acto natural similar a aquél».
—¡Qué
desilusión! —dijo el director con ironía—, ¡No haber pensado en la tragedia!
¡Cómo pudo pasar por alto toda la tensión del actor, su esfuerzo,
«sentimiento" e "inspiración»! ¡Qué difícil es renunciar al enorme
bagaje de falsedades y limitarse tan sólo a los pequeños movimientos físicos,
pequeñas verdades y sincera creencia en su realidad!
«Con
el tiempo aprenderán que tal concentración es necesaria si quieren poseer
verdaderos sentimientos. Sabrán también que en la vida real muchos de los
grandes momentos de emoción son señalados por algunos movimientos comunes,
pequeños y naturales. ¿Les sorprende? Permítanme que les recuerde los tristes
momentos de la atención de una enfermedad mortal de algún ser querido para
ustedes. ¿En qué están ocupados el amigo más íntimo o la esposa del moribundo?
Cuidan que haya quietud en el dormitorio, ejecutan las órdenes del médico,
toman la temperatura, aplican compresas. Todas estas acciones insignificantes
tienen gran importancia en la lucha contra la muerte.
«Nosotros,
los artistas, debemos comprender la verdad de que hasta los pequeños
movimientos físicos, cuando son introducidos en las "circunstancias
dadas», adquieren gran significado a través de su influencia sobre la emoción.
Lo existencia del acto de la limpieza de la sangre ayudó a lady Macbeth a
ejecutar sus ambiciosos designios. No es fruto de la casualidad hallar a través
de todo su monólogo el recuerdo de la mancha de sangre en conexión con el
crimen de Duncan. Un pequeño acto físico adquiere, pues, enorme significado
interior; la gran lucha interior busca en la acción exterior una salida.
«¿Por
qué esa mutua unión es de tanta importancia para nosotros en nuestra técnica
artístico? ¿Por qué es que doy tanta importancia a este método elemental de
conmover nuestros sentimientos?
«Si
le dicen a un actor que su papel está lleno de acción psicológica, de fondos
trágicos, comenzará de inmediato a contorsionarse, a exagerar su pasión,
"a hacerse pedazos»., a ahondar en su alma y a violentar sus sentimientos.
Pero si en cambio le dan a resolver algún sencillo problema físico y lo rodean
de interés y condiciones afectivas, comenzará por ejecutarlo sin alarmarse o
sin pensar siquiera profundamente si lo que está haciendo acabará en
psicología, tragedia o drama.
«Acercándose
de esta manera a la emoción, evitan toda violencia, y el resultado es natural,
intuitivo y completo. En tos escritos de los grandes poetas, hasta los actos
más simples están rodeados de circunstancias importantes y concomitantes, y en
ellas están ocultos toda clase de recursos, para excitar nuestros sentimientos.
«Existe
otra razón sencilla y práctica para acercarnos o las delicadas experiencias
emocionales y a los momentos trágicos, por medio de la verdad de las acciones
físicas. Para alcanzar grandes alturas trágica?, el actor debe llevar al máximo
su poder creador. Eso es sumamente difícil de legrar. ¿Cómo puede alcanzar el
estado necesario si carece del requerimiento natural de su voluntad? Ese estado
sólo se consigue con el fervor creador que no puede forzarse fácilmente. Si se
utilizan medios artificiales, se corre el riesgo de salir en alguna dirección
falsa y de dar rienda suelta a la emoción teatral en lugar de la genuina. El
camino fácil es familiar, habitual y mecánico. Es la línea de menor
resistencia.
«Para
evitar ese error, deben aferrarse a algo substancial, tangible. El significado
de los actos físicos en los momentos culminantes trágicos o dramáticos, se
acentúa por el hecho de que, cuanto más simples, son más fáciles de asir, y más
fácil la conducción al verdadero objetivo, lejos de la tentación de la
actuación mecánica.
«Lleguen
a la parte trágica del papel sin nerviosismo, sin jadeo, sin violencia y, sobre
todo, sin prisa. Acérquense gradual y lógicamente, llevando a cabo
correctamente el efecto de las acciones físicas exteriores y creyendo en ellas.
Cuando hayan perfeccionado la técnica de acercarse o los sentimientos, la
actitud de ustedes para con los momentos trágicos cambiará por completo, y
éstos dejarán de alarmarlos.
«El
acceso al drama, a la tragedia o a la comedia y al vaudeville difiere sólo en
las circunstancias dadas que rodean las acciones de la persona que representan.
En las circunstancias están el poder y el significado principal de esas
acciones. En consecuencia, cuando se les exija experimentar una tragedia, no
piensen en absoluto en las emociones. Piensen tan sólo en lo que deben hacer.
Cuando
Tortsov terminó de hablar hubo silencio por unos instantes, hasta que Grisha,
siempre pronto a discutir, dijo:
—Yo
creo que los artistas no cabalgan sobre la tierra, sino que vuelan por entre
las nubes.
—Me
gusta su comparación —dijo Tortsov sonriendo—. Más adelante hablaremos de ello.
9
En
la lección de hoy me convencí ampliamente de la efectividad de nuestro método
de psicotécnica; por otra parte, verlo en la práctica me emocionó
profundamente. Dasha, una de nuestras compañeras, representó una escena de
Brand, la de la niña abandonada. Su asunto principal es el de una muchacha que
llega a su casa y encuentra que alguien ha abandonado una niña en el umbral. Al
principio, el hallazgo la turba, pero al instante se repone y decide adoptarla.
Mas la endeble criaturita muere en sus brazos.
La
razón que inclina a Dasha por esta clase de escenas con niños se debe a que no
hace mucho perdió un hijo natural. Esto me fué referido confidencialmente, como
un rumor, pero hoy, después de verla representar la escena, no dudé un minuto
más sobre la verdad de la historia. Durante toda la representación, las
lágrimas le corrían por las mejillas y su ternura hizo que el palo que sostenía
cobrara vida ante nuestras miradas. Cuando llegó el momento de la muerte de la
niña, el director detuvo la representación por temor a las consecuencias que
podía tener para Dasha una conmoción tan profunda.
Todos
teníamos lágrimas en los ojos.
¿Para
qué entrar a examinar las vidas, los objetivos y las acciones físicas cuando
podíamos ver reflejada en su semblante la vida misma?
—Ahí
tienen lo que la inspiración puede crear —dijo Tortsov con placer—. No requiere
técnica alguna; opera estrictamente de acuerdo con las leyes de nuestro arte,
porque son dictadas por la naturaleza misma. Pero no se puede contar con tal
fenómeno todos los días. Puede que en alguna ocasión no produzca efecto, y
entonces…
—Oh,
de eso estoy segura —dijo Dasha.
Después
de lo cual, y como sí temiera que la inspiración disminuyera, comenzó a repetir
la escena que un instante antes había representado. Al principio, Tortsov se
sintió inclinado a proteger su joven sistema nervioso deteniéndola, pero no fué
mucho antes que ella misma se detuviera, al sentirse completamente incapaz de
proseguir.
—Y
ahora, ¿qué va a hacer? —preguntó Tortsov—. Usted sabe que el empresario que la
contrata en la compañía, insistirá para que represente igualmente bien no sólo
la primera, sino todas las actuaciones siguientes. De lo contrario, la obra
será éxito al estrenarse y luego fracasará.
—No.
Todo lo que necesito es sentir, y entonces puedo actuar bien —dijo Dasha.
—Comprendo
que quiera sentir directamente sus emociones. Por supuesto, está muy bien.
Seria grandioso si pudiéramos obtener un método permanente para repetir con
éxito nuestras experiencias emocionales. Pero no se pueden fijar los
sentimientos; se escurren de entre nuestros dedos como el agua. Por eso, le
guste o no, es necesario encontrar métodos más sólidos que susciten y
establezcan las emociones.
Pero
nuestra Ibsen rechazó de plano toda insinuación de que utilizara medios físicos
en su labor creadora. Repasó todos los posibles accesos: pequeñas unidades,
objetivos internos, inventos imaginativos, pero ninguno de ellos fué lo
suficientemente atrayente para ella. A donde quiera que se volviera, y fuera
cual fuera ti esfuerzo para evitarlo, al final se vio obligada a aceptar las
bases físicas y Tortsov la ayudó.
No
trató de encontrar para ella nuevas acciones físicas. Sus esfuerzos se
encaminaban a conducirla nuevamente a sus propias acciones, do las cuales había
hecho uso intuitivamente en forma brillante.
Esta
vez actuó bien y había verdad y fe en su representación. Sin embargo, no se
pudo comparar con su primera prueba.
El
director le dijo:
—Actuó
muy bien, pero no es la misma escena. Cambió el objetivo. Le pedí que
representara la escena con un niño de verdad y, en cambio, lo ha hecho con un
palo inerte envuelto en un mantel. Todos sus actos se ajustaron a eso. Manejó
el palo con destreza y habilidad, pero un niño vivo necesitaría un montón de
movimientos detallados, que esta vez omitió por completo. La primera vez, antes
de envolver el niño imaginario, extendió sus bracitos. y piernas, realmente los
sentía, lo besó con cariño, murmuró a su oído palabras de ternura, le sonrió a
través de sus lágrimas. Fué realmente conmovedor. Pero, ahora, dejó a un lado
todos estos pormenores importantes Claro, porque un pedazo de madera no tiene
brazos ni piernas.
«La
otra vez, cuando le cubrió la cabeza, tuvo la precaución de no presionarle las
mejillas. Y después de arrojarlo lo contempló con orgullo y llena de gozo.
«Trate
ahora de corregir su error. Repita la escena con un niño, no con un palo.
Con
gran esfuerzo, Dasha pudo finalmente rehacer conscientemente lo que
inconscientemente había sentido la primera vez que representara la escena. Una
vez que creyó en la niña, sus lágrimas rodaron libremente. Cuando terminó, el
director alabó su labor como ejemplo efectivo de lo que acababa de enseñar.
Pero yo seguía desilusionado e insistí en que Dasha no había logrado
conmovernos después de aquella primera explosión de sentimiento.
—No
importa —dijo—; una vez que está preparado el terreno y los sentimientos del
actor comienzan a despertar, conmoverá a los espectadores tan pronto encuentre
en alguna sugestión imaginada una salida apropiada para ellos.
«No
quiero lastimar los jóvenes nervios de Dasha, pero supongan que, efectivamente,
ha sido madre de un hermoso niño, al que amaba con devoción y que, de pronto,
cuando sólo contaba pocos meses, ha muerto. Nada en el mundo puede darle
consuelo, hasta que, inesperadamente, el destino se compadece de su dolor y
ella encuentra en la puerta de su casa un niñito casi más hermoso que el suyo.
El
golpe dio en el blanco. No había terminado de hablar cuando Dasha prorrumpió en
sollozos sobre el trozo de madera, con redoblada emoción, comparada con la
primera vez.
Rápidamente
me acerqué a Tortsov para explicarle que la casualidad lo había llevado a
hurgar en la trágica historia de la vida de Dasha. Horrorizado, dirigióse al
escenario para detener la escena, pero la representación lo hechizó y no pudo
sobreponerse para interrumpirla.
Más
tarde me acerqué a él para conversar:
—¿No
es verdad que esta vez Dasha sintió su tragedia verdadera y personal? —dije— Y
en ese caso, no puede usted atribuir el éxito a técnica alguna, ni al arte
creador, sino a una coincidencia accidental.
—¿Quiere
decirme si lo que hizo la primera vez era arte? —adujo Tortsov.
—Claro
que sí —admití.
—¿Por
qué?
—Porque
ella reconoció intuitivamente su propia tragedia y se conmovió —expliqué.
—¿Entonces,
el inconveniente parece estar en el hecho de que le sugerí un nuevo sí en lugar
de encontrarlo por sí misma? En realidad, no veo la diferencia —continuó— entre
que el actor reviva sus propios recuerdos y que lo haga con la ayuda de otro.
¡Lo importante es que la memoria retenga esos sentimientos, y dado cierto
estímulo sepa devolverlos!' Entonces no podrá evitar creer en ellos con cuerpo
y alma.
—De
acuerdo —argüí—; sin embargo, todavía creo que Dasha no se conmovió como
resultado del planeamiento de acciones físicas, sino por lo que usted le
sugirió.
—No
lo niego —interrumpió el director—. Todo depende de la sugestión. Pero usted
debe saber en qué momento imponerla. Suponga que le pregunta a Dasha si se
hubiera conmovido de haber hecho yo la sugestión antes de lo que lo hice, en el
momento que representaba la escena por segunda vez, arropando la madera sin
ningún despliegue de sentimiento, antes de que sintiera y besara los bracitos y
las piernas del expósito y antes que ocurriera la transformación en su mente y
la madera fuera reemplazada por un hermoso niño vivo. Estoy convencido de que
en ese instante, la sugestión de que aquel palo con esa manta toda manchada era
su niño, sólo habría herido su sensibilidad. Con seguridad hubiera llorado por
la coincidencia de mi sugestión con la tragedia de su propia vida. Pero el
dolor por el que se fué, no es el llanto que requiere esa escena, en la que el
dolor por lo perdido es reemplazado por la alegría de lo hallado.
«Además,
creo que Dasha hubiera sentido repulsión por el trozo de madera y hubiera
tratado de alejarse de él. Sus lágrimas habrían corrido libremente, pero muy
lejos de ser por el niño, y hubieran sido impulsadas por los recuerdos de su
niño muerto, que no es lo que necesitamos ni lo que nos ofreció la primera vez
que actuó. Sólo cuando se formó la figura mental del niño, pudo llorar como lo
hiciera al principio.
«Yo
pude dar con el momento más propicio para colorear mi sugestión, que
casualmente fué a coincidir con sus más enternecedores recuerdos. El resultado
ha sido francamente conmovedor.
Había,
sin embargo, un punto sobre el cual necesitaba yo aclaración, de modo que
pregunté:
—¿Acaso
no estaría Dasha en un estado de alucinación mientras actuaba?
—Por
supuesto que no —respondió con énfasis el director—. Lo que sucedió no fué que
ella creyera en la transformación del palo de madera en una criatura viviente,
sino en la posibilidad de que ello sucediera en la obra, que, de sucederle a
ella en la vida real, sería su salvación. Ella creía en sus propias acciones
maternales, en su amor, y en todas las circunstancias que la rodeaban.
«De
modo que ven ustedes que este método de acercarse a las emociones es valioso,
no sólo cuando creen un papel, sino cuando quieran proporcionar nueva vida a un
papel ya creado. Les proporciona la manera de recordar sensaciones
experimentadas previamente. De no ser por ellas, los momentos de inspiración de
un actor brillarían ante nosotros un instante, para luego desaparecer para
siempre.
10
Nuestra
lección de hoy fué dedicada a probar nuestro SENTIDO DE LA VERDAD, entre varios
estudiantes. El primero fué Grisha. Se le pidió que representara cualquier
papel de su agrado, de modo que eligió a su habitual compañera, Sonya. Cuando
terminaron, el director dijo:
—Lo
que ustedes han hecho recién estaba correcto y admirable desde vuestro punto de
vista, que es el de técnicos sumamente inteligentes, interesados solamente en
la perfección exterior de una actuación.
«Pero
mis sentimientos no han podido seguirlos a ustedes, porque lo que yo busco en
el arte es algo natural, algo orgánicamente creador, que pueda infundir vida
humana en un papel inerte.
«Esa
verdad fingida de ustedes les ayuda a representarse imágenes y pasiones. La
verdad que yo pido ayuda a crear esas imágenes y a despertar verdaderas
pasiones. La diferencia entre el arte de ustedes y el mío es la misma que
existe entre las palabras parecer y ser. Yo necesito esa verdad real. Ustedes
se dan por contentos con su apariencia; yo necesito la verdadera esencia.
Ustedes buscan limitarse a la confianza que el público les tenga. Cuando los
espectadores los contemplan están seguros de que ustedes ejecutarán todos los
gestos establecidos a la perfección; ellos confían en la habilidad del actor,
como en la pericia de un acróbata. Según vuestro punto de vista, el público no
pasa de ser un espectador. Para mí, en cambio, involuntariamente se transforma
en testigo, toma parte también, de mi trabajo creador.
Grisha,
en lugar de replicar como es su costumbre, repitió en tono cáustico al poeta
Pushkin, en un concepto que difería de lo anterior acerca de la verdad en el
arte:
"Una
hueste de pequeñas verdades es más querida
que
las ficciones que nos elevan por encima de nosotros."
—Estoy
de acuerdo con usted y con Pushkin también —repuso Tortsov—, porque él habla de
ficciones en las que podemos creer. Es nuestra fe en ellas lo que nos permite
elevarnos. Y esto es una fuerte confirmación del punto de vista de que en el
escenario cada cosa debe ser real en la vida imaginaria del actor. Esto no fué
lo que yo sentí en su representación.
Volvió
luego sobre la escena en detalle, corrigiéndola como hiciera conmigo en el
ejercicio del dinero quemado. Sucedió después algo que acabó en una larga e
instructiva polémica. Grisha detuvo abruptamente su interpretación. Tenía el
rostro lívido de ira, labios y manos le temblaban; luchó un instante con sus
emociones, mas luego estalló:
—Hace
meses que no hacemos más que mover sillas, cerrar puertas y encender fuegos.
Eso no es arte: el teatro no es un circo. Allí es preciso que los actos físicos
sean perfectos; resulta extremadamente importante que uno sea capaz de colgarse
del trapecio o mentar un caballo al galope. La propia vida depende de la
destreza física. Pero no va a decirme que los grandes escritores del mundo han
creado sus obras maestras para que sus héroes se entregaran a simples actos
físicos. ¡El arte es libre! Necesita espacio, y no estas ridículas verdades
físicas. Necesitamos libertad para remontar vuelo y no estarnos arrastrando
como alimañas.
Cuando
terminó, el director le repuso:
—Sus
protestas me dejan perplejo. Hasta este momento lo había considerado un actor
con técnica externa muy notable. Y hoy, de pronto, nos encontramos con que sus
ambiciones apuntan a las nubes. Convenciones externas y mentiras… ¡eso es lo
que aprisiona sus alas, mientras que lo que le permitirá remontar vuelo son
precisamente la imaginación, el sentimiento y el pensamiento! Sin embargo, sus
sentimientos y su imaginación parecen encadenados aquí sin remedio, a este
auditorio.
«A
menos que se vea usted transportado por una nube de inspiración, que lo eleve a
las alturas, usted, más que ningún otro aquí, tendrá necesidad de este trabajo
preparatorio que estamos haciendo. Y, sin embargo, parece usted temerle, como
sí fuera degradante para su condición de artista.
«Una
bailarina jadea, resopla y transpira en sus diarios ejercicios, antes de poder
aparecer en público con sus graciosos movimientos. Un cantante debe pasarse las
mañanas vocalizando, entonando, reteniendo notas, desarrollando su diafragma y
buscando nuevas resonancias en sus tonos de cabeza, si quiere por la noche
volcar su corazón en el canto. Ningún artista puede eludir la obligación de
ejercitar su aparato físico mediante ejercicios técnicos fundamentalmente
necesarios.
«¿Por
qué se considera usted una excepción? Si nosotros estamos tratando de formar el
más estrecho vínculo entre nuestra naturaleza física y espiritual, ¿Por Qué
trata usted de desembarazarse del lado físico? Sin embargo, la naturaleza le ha
rehusado a usted eso mismo que anhela: sentimientos exaltados y experiencias.
En cambio, lo ha dotado de la técnica física necesaria para mostrar sus
cualidades.
«Los
que más hablan acerca de sentimientos exaltados, en su mayor parte, son los que
carecen de atributos para elevarlos a un plano más elevado. Hablan de arte y
emoción con falsas emociones, en forma poco clara y confusa. Los verdaderos
artistas, por el contrario, se expresan en forma simple y comprensible. Piense
sobre esto y también sobre el hecho de que en algunos papeles podrá usted
convertirse en un actor excelente y contribuir así en forma útil al arte.
Después
de Grisha le tocó el turno a Sonya. Me sorprendió notar que realizó todos los
ejercicios sencillos en forma perfecta. El director la elogió, y luego,
extendiéndole un cortapapeles, le sugirió que se hiriera con él. En cuanto
percibió la posibilidad de hacer tragedia, hizo tal alarde de gestos y tanto
ruido al llegar al momento culminante, que todos nos echamos a reír.
El
director le dijo entonces:
—Mientras
fué comedia, usted llevó su papel muy bien, y yo creí en usted. Pero en esta
parte dramática, la nota era falsa. Evidentemente, su sentido de la verdad
abarca un solo frente, sensible a la comedía, mientras que en lo dramático
carece de formación. Es de la mayor importancia, en nuestro arte, que cada
actor encuentre su tipo peculiar.
11
Hoy
le tocaba el turno a Vanya. Representó la escena del dinero quemado, con María
y conmigo. Me pareció que nunca había interpretado tan bien la primera parte,
me sorprendió por su sentido de la proporción, y me convenció una vez más de su
verdadero talento.
El
director elogió su actuación, pero agregó:
—¿Por
qué exagera usted la verdad hasta tal punto en la escena de la muerte?
Calambres, náuseas, quejidos, gesticulaciones y parálisis gradual…, parecería
como si aquí se complaciera usted en el naturalismo, porque sí, nada más. Le
interesaba, más que el papel, el hecho de reproducir visualmente la muerte
violenta de un ser humano.
«Ahora
bien, en la obra de Hauptraann, Hannele, el naturalismo tiene su razón de ser.
Es empleado con el propósito de dar relieve al tema fundamentalmente espiritual
de la obra. Como medio para un fin, puede aceptarse. De otro modo, no hay
necesidad de llevar forzadamente al escenario las cosas de la vida real, que es
mucho mejor que se descarten.
«De
esto cabe concluir que no cualquier tipo de verdad puede ser transferido al
escenario. Lo que allí debemos usar es la verdad transformada en equivalente
poético mediante la imaginación creadora.
—Exactamente,
¿cómo definiría esto? —preguntó Grisha, un tanto agriamente.
—No
me propongo formular una definición para ello —respondió el director—. Lo dejo
para los académicos. Todo lo que yo puedo hacer es ayudarlos a sentir lo que
es. Y para eso solamente, se necesita gran paciencia, y a ello dedicaré todo
este curso. O, para ser más exacto, se les revelará por sí mismo una vez que
hayan estudiado todo nuestro sistema de actuación, y después que ustedes mismos
hayan procedido a efectuar el experimento de iniciar, esclarecer, transformar,
cada simple verdad humana cotidiana, en cristales de verdad artística. Esto no
se puede obtener en un minuto. Ustedes absorben lo esencial y dejan a un lado
lo superfluo, y así hallarán una forma hermosa y una expresión apropiada para
el teatro. Haciendo esto con la ayuda de la intuición, del talento y el gusto,
lograrán un resultado satisfactorio.
El
turno siguiente le correspondió a María. Interpretó La escena de Dasha, con el
niño, en forma notable y bastante distinta.
Al
principio mostró una sinceridad extraordinaria en su gozo por el hallazgo de la
criatura. Era como si realmente tuviera una muñequita para jugar. Le hizo dar
vueltas, la abrigó, volvió a desvestirla, la besó, la acarició, como si hubiera
olvidado enteramente el hecho de que lo que tenía entre sus manos era un palo
de madera. De pronto, inesperadamente, pareció como si la criatura hubiera
dejado de responderle. Primero la miró fijamente, por un instante prolongado,
tratando de hallar la razón. La expresión de su rostro cambió. La sorpresa fué
gradualmente reemplazada por el terror, se la vio más y más concentrada, hasta
que se fué alejando de la criatura. Cuando se había distanciado
prudencialmente, pareció petrificarse; una estatua en trágico suspenso. Eso fué
todo. Y, sin embargo, ¡cuánto había puesto allí de fe, juventud, maternidad, de
verdadero drama! ¡Qué delicada sensibilidad había mostrado en su primer
encuentro con la muerte!
—Cada
instante de su representación fué artísticamente verdadero —exclamó el
director, entusiasmado—. Pudimos creer en todo lo que usted representó, porque
lo basó en elementos cuidadosamente elegidos de la vida real. No ofreció
emociones en subasta, sino que díó lo que era necesario, nada más y nada menos.
María sabe cómo ver lo que ha de resultar agradable, y tiene sentido de la
proporción. Ambas son cualidades importantes.
Cuando
le preguntamos cómo podía ser que una actriz joven y sin experiencia pudiera
ofrecer una representación tan perfecta, respondió:
—Depende
en la mayor parte del talento natural, pero especialmente de un sentido
excepcionalmente agudo y sutil de la verdad.
Al
finalizar la lección, dijo lo siguiente:
—Les
he enseñado hasta ahora todo lo que puedo acerca del sentido de la verdad, la
falsedad y la fe. Entramos ahora en la cuestión de cómo desarrollar y regular
este importante don de la naturaleza.
«Habrá
muchas oportunidades, porque nos acompañará en cada paso y en cada faz de
nuestro trabajo, sea en casa, en el escenario, en ensayos o frente al público.
Este sentido debe penetrar y controlar en cada cosa, que el actor haga o vea.
Cada pequeño ejercicio, sea interno o externo, debe hacerse bajo su supervisión
y aprobación.
«Nuestra
única preocupación será de que cuanto hagamos esté encauzado dentro del
principio de robustecer y desarrollar este sentido. Es una tarea difícil,
porque es mucho más fácil mentir cunado se está en el escenario que decir y
actuar con la verdad. Necesitarán una gran dosis de atención y concentración
para ayudar al debido crecimiento y desarrollo del sentido de la verdad.
«Eviten
la falsedad, eviten cuanto esté más allá de vuestra capacidad actual, y sobre
todo, eviten todo lo que vaya contra la naturaleza, la lógica y el sentido
común. Eso engendra deformidades, violencias, exageraciones y mentiras. Cuanto
más frecuentemente se insinúe en ustedes, más desmoralizador habrá de ser para
el sentido de la verdad. De modo que deben evitar el hábito de falsificar. No
dejen que las flechas hagan sucumbir ese arco tan tierno de la verdad. Sean
despiadados en desarraigar de ustedes toda tendencia a la exageración y a la
actuación mecánica. Una eliminación constante de estas superfluidades
establecerá un proceso especial; que es lo que querré significarles cuando les
grite: ¡Corten el noventa por ciento!
Capítulo
IX
Memoria
Emotiva
1
Nuestro
trabajo empezó hoy con la repetición del ejercicio con el loco. Nos gustó,
porque hacía tiempo que no hacíamos ejercicios de este tipo.
Lo
realizamos con vitalidad acrecentada, cosa que no nos sorprendió, porque cada
uno de nosotros había aprendido qué hacer y cómo hacerlo. Estábamos tan seguros
de nosotros mismos que hasta lo tomamos un poco a risa. Cuando Vanya nos
asustó, corrimos en dirección opuesta, como lo hiciéramos antes. La diferencia,
sin embargo, estaba en el hecho de que estábamos preparados para la alarma
repentina, y por esa razón la huida fué más definida y el efecto más fuerte.
Repetí
exactamente lo que acostumbraba hacer; me escondí debajo de la mesa, pero esta
vez no aferré un cenicero en la huida, sino un libro pesado. Los demás hicieron
más o menos lo mismo. Sonya, por ejemplo, la primera vez había corrido hacia
Dasha, haciendo caer un almohadón. Esta vez lo hizo sin ese alboroto.
Cuál
no sería nuestra sorpresa cuando Tortsov y Rajmánov nos dijeron que si la vez
anterior nuestra interpretación había sido sincera, directa, fresca, verdadera,
hoy había sido falsa, falta de sinceridad y afectada. Nos desalentó una crítica
tan inesperada e insistimos en que realmente sentíamos lo que hacíamos.
—Por
supuesto, que algo sentían —dijo el director—. De no ser así, estarían muertos.
La cuestión es qué sentían. Pero probemos a desenmarañar las cosas y comparar
la primera actuación con la de hoy.
«No
haré cuestión acerca de la forma en que ustedes conservaron los movimientos,
las actitudes, la secuencia, y cada pequeño detalle de agrupación, en forma
realmente sorprendente por lo exacta. Cualquiera pensaría que han fotografiado
la primera actuación. Con ello han probado que tienen memorias particularmente
fieles para el aspecto externo de un papel.
«Y
con todo, ¿acaso tenía tanta importancia la forma en que se agruparan o se
movieran? Para mí, como espectador, era de mucha mayor importancia saber lo que
pasaba dentro de ustedes. Esos sentimientos, extraídos de nuestra experiencia
actual, y transferidos a nuestro papel, son los que dan vida a la obra. Ustedes
no han dado esos sentimientos. Toda producción externa es formal, fría, no
tiene una motivación íntima. Allí está la diferencia entre las dos actuaciones.
Al principio, cuando yo les hice la sugestión acerca del loco, todos ustedes,
sin excepción, se concentraron individualmente, en el propio problema del
resguardo personal, y recién después comenzaron a actuar. Ese era el proceso
recto y lógico, la experiencia interna fué anterior, y luego fué revestida con
formas exteriores. Hoy, por el contrario, ustedes estaban tan encantados con la
actuación, que ni por un momento pensaron en nada que no fuera repetir y copiar
todos los exteriores del ejercicio. La primera vez hubo un silencio sepulcral;
hoy, hubo jarana y excitación. Todos se ocuparon en acomodar las cosas: Sonya
con su almohadón, Vanya con su lámpara, y Kostya con su libro en lugar del
cenicero.
«¿Acaso
la primera vez lo habían preparado todo con anticipación? ¿Sabían que Vanya les
gritaría y les asustaría? —preguntó el director con cierta ironía—. ¡Pero sí es
curioso! ¿Cómo hicieron para prever hoy que necesitarían esos implementos?
Debieron llegar a vuestras manos en forma accidental, y es lástima que ese
toque de lo imprevisto no pudo repetirse hoy. Otro detalle: originariamente,
ustedes no dejaron ni por un instante de mirar hacia la puerta, detrás de la
cual se suponía que estaba el loco. Hoy, en cambio, prestaron mayor atención a
nuestra presencia, les interesó ver la impresión que lo actuación nos causaba.
En lugar de ocultarse del loco, lo que hicieron fué mostrarse a nosotros. La
primera vez fueron impelidos a la acción por los sentimientos y la intuición,
por la humana experiencia. Pero ahora han pasado por esas emociones de modo
mecánico. Repitieron un ensayo exitoso en lugar de volver a crear una escena
nueva, vivida. En lugar de tomar el material de recuerdos de la vida misma, lo
han tomado de los archivos teatrales de vuestra mente. Lo que sucedió dentro de
ustedes en la primera vez, naturalmente se tradujo en acción. Hoy, esa acción
fue inflada y exagerada para causar el efecto deseado.
«Sin
embargo, no deben sentirse desalentados. Todo esto estaba previsto en la tarca
del día, y les explicaré el porqué. Lo inesperado es con frecuencia un factor
de gran efectividad en el trabajo creador. En la primera representación esa
cualidad fué obvia. Ustedes se sintieron genuinamente excitados por la
inyección de la idea de un posible lunático. En esta repetición de hoy, lo
inesperado había caducado, porque ustedes sabían de antemano todo lo relativo a
eso, todo les era familiar y claro, hasta las formas exteriores mediante las
cuales volcaban su actividad. En estas circunstancias, no pareció que valiera
la pena reconsiderar nuevamente toda la escena, a fin de sentirse guiados por
sus emociones. Una forma externa preparada de antemano es una tentación
terrible para el actor. No es sorprendente que novicios como ustedes la hayan
experimentado y al propio tiempo de que hayan probado tener una buena memoria
para la acción externa. En cuanto a memoria emotiva, no hubo hoy ninguna señal
de ella.
Cuando
se le pidió que explicara esa denominación, dijo:
—Yo
podría ilustrarles esto como hiciera Ribot, que fué la primera persona que
definió este tipo de memoria, contándoles un cuento:
«Dos
náufragos habían sido arrojados sobre unas rocas por la pleamar. Una vez que
fueron rescatados, narraron sus impresiones. Uno recordaba hasta el más ínfimo
acto que había hecho; cómo, por qué y dónde había ido, dónde había trepado,
dónde había descendido, dónde había saltado, dónde había bajado. El otro no
recordaba en absoluto el lugar. Sólo tenía memoria de las emociones que había
experimentado. Una tras otra, deleite, temor, esperanza, duda y, finalmente,
pánico.
«La
primera vez les sucedió exactamente lo mismo que a este segundo náufrago.
Recuerdo claramente el atolondramiento, el pánico que se introdujo ante le
sugestión del loco. Toda la atención estaba centrada en el objetivo ficticio
detrás de la puerta, y una vez que se hicieron cargo del caso, comenzaron a
actuar con verdadera excitación.
«Si
hoy hubieran sido ustedes capaces de hacer lo que el segundo hombre del cuento
de Ribot, es decir, revivir todas las emociones que experimentaron la primera
vez, y actuar sin esfuerzo, involuntariamente, entonces yo hubiera dicho que
ustedes poseían una memoria emotiva excepcional.
«Infortunadamente,
ese es el problema más común. Por consiguiente, me veo obligado a ser mucho más
modesto en mis exigencias. Admito que pueden empezar el ejercicio y permitir
que el plan externo los conduzca. Pero después de ello deben permitirle que les
recuerde sus primeros sentimientos y entregarse a ellos como a una fuerza
guiadora a través del resto de la escena. Si pueden hacerlo, diré que poseen
una memoria emotiva no excepcional, pero muy buena.
«Si
debo restringir aún más mis exigencias, entonces les diré: actúen con el
esquema físico del ejercicio, aun cuando no les recuerde las primeras
sensaciones y aunque no sientan el impulso de mirar a las circunstancias dadas
del argumento con una mirada fresca y nueva. Pero entonces dejen que vea que
saben utilizar su técnica psíquica para introducir nuevos elementos
imaginativos que despierten esos sentimientos dormidos.
«Si
logran esto, podre entonces reconocer evidencias de memoria emotiva en ustedes.
Hasta ahora, hoy, no me han ofrecido ninguna de estas posibles alternativas.
—¿Quiere
decir con eso que no tenemos memoria emotiva? —pregunté.
—No.
No es esa la conclusión que deben sacar. Haremos otras pruebas en la próxima
lección —repuso Tortsov calmosamente, mientras se ponía de pie para abandonar
el salón.
2
Hoy
fui yo el primero en probar la memoria emotiva.
—¿Recuerda
usted —preguntó Tortsov— que una vez me contó la gran impresión que le hizo
Moskvin, cuando pasó por su ciudad? ¿Recuerda usted su actuación con la
suficiente nitidez como para que de sólo pensar en ella, seis años después,
sienta ese impulso entusiasta que experimentó aquella vez?
—Quizá
el sentimiento no sea tan agudo como otrora —le repuse—, pero ciertamente me
conmueve mucho aún hoy.
—¿Tiene
la fuerza suficiente como para hacerlo sonrojar y acelerar el ritmo de su
corazón?
—Quizás
sí, si me abandonara por entero al recuerdo.
—¿Qué
siente usted, ya sea espiritual o físicamente, cuando recuerda la trágica
muerte del amigo que me relató cierta vez?
—Trato
de eludir ese recuerdo, porque me deprime mucho.
—Ese
tipo de memoria, que le hace a usted revivir las sensaciones que en una ocasión
sintió viendo actuar a Moskvin o cuando murió su amigo, es lo que nosotros
llamamos memoria emotiva. Exactamente como su memoria visual puede reconstruir
la imagen interior de algún objeto olvidado, lugar o persona, su memoria
emotiva puede hacer revivir sentimientos que antes ha experimentado. Quizá
parezcan imposibles de revivir, cuando de pronto una sugestión, un pensamiento,
un objeto familiar, los devuelve con renovado vigor. A veces, las emociones son
más intensas que nunca, a veces más débiles, y en ocasiones el mismo
sentimiento de la primera vez puede revivir, aunque bajo un aspecto diferente.
«Y
desde que usted es todavía capaz de enrojecer o empalidecer al recuerdo de una
experiencia, desde que sigue temiendo recordar un hecho trágico, sacamos la
conclusión. de que usted posee memoria emotiva. Pero no tiene el suficiente
entrenamiento como para que lleve a cabo sin ayuda la lucha con el estado
teatral que se apodera de usted cuando aparece en el escenario.
Tortsov
hizo luego la distinción entre memoria sensitiva. basada en experiencias, en
relación con nuestros cinco sentidos, y la memoria emotiva. Dijo que en su
oportunidad hablaría de ello, y demostraría cómo corren paralelamente.
—Esto
—dijo— es una descripción conveniente, aunque no científica de su relación
mutua.
Cuando
se la preguntó hasta qué punto un actor usa su memoria sensitiva, y cuál la
variación del valor de cada uno de los cinco sentidos, dijo:
—Para
contestar esto, tomemos cada uno por turno.
«De
nuestros cinco sentidos, la vista es el más receptivo a las impresiones. La
audición es también extremadamente sensible. De ahí la razón de que las
impresiones se hacen rápidamente a través de ojos y oídos.
«Es
un hecho bien conocido que algunos pintores poseen el poder de la visión
interna, al punto de que pueden pintar retratos de personas que han visto, pero
que ya no existen.
«Algunos
músicos tienen un poder similar para reconstruir sonidos interiormente. Tocan
mentalmente una sinfonía completa que acaban de oír. Los actores, a su vez,
tienen este mismo tipo de capacidad para la vista y el sonido. Y lo utilizan
para fijar en sí mismos, y recordar después, toda suerte de imágenes visuales y
auditivas: el rostro de una persona, su expresión, la línea de su cuerpo, su
andar, sus gestos, movimientos, voz, entonación, vestimenta, características
raciales.
«Lo
que es más, algunas personas, especialmente artistas, son capaces no sólo de
recordar y reproducir cosas que han visto u oído en la vida real, sino que
pueden hacer lo mismo con cosas invisibles e inaudibles, salvo para sus propias
imaginaciones. Los actores con memoria visual gustan de ver lo que de ellos se
requiere, de modo que sus emociones responden fácilmente. Otros, prefieren
mucho más oír el sonido de la voz, o la entonación de la persona que deben
pintar. Con «líos, el primer impulso hacia el sentimiento deriva de la memoria
auditiva.
—¿Y
en cuanto a los otros sentidos? —preguntó alguno—. ¿Los necesitamos también?
—Por
supuesto que sí —dijo Tortsov—. Piensen en la primera escena de Ivanov, de
Chejov con los tres glotones, o en La posadera, de Goldoni, en que deben caer
en éxtasis ante un ragout, que se supone preparado con exquisito arte
culinario. Tienen que representar esa escena de modo que se les haga agua la
boca a ustedes y al espectador. Para ello se ven obligados a tener un recuerdo
sumamente vivido de alguna comida deliciosa. De otro modo, la escena saldrá
sobrecargada y no experimentará ningún placer del paladar.
—¿Y
dónde usaremos el sentido del tacto? —pregunté.
—En
una escena como la que hallamos en el Edipo en que el rey es ciego y usa su
sentido del tacto para reconocer a sus hijos, por ejemplo.
«Y,
sin embargo, la técnica más perfeccionada no puede compararse con el arte de la
naturaleza. He visto muchos famosos actores técnicos de todas las escuelas y de
muchos países, y ninguno de ellos pudo alcanzar la cumbre a que se llega con la
intuición artística, bajo la guía de la naturaleza. No debe pasarse por alto el
hecho de que muchas facetas importantes de nuestras complejas naturalezas nos
son desconocidas, o bien no están sujetes a nuestra dirección consciente. Sólo
la naturaleza tiene acceso a ellas. A menos que aceptemos su ayuda, debemos
contentarnos con un parcial dominio de nuestro complicado aparato creador.
«Y
aunque estos sentidos del gusto, el tacto y el olfato son útiles, y a veces
importantes, en nuestro arte, su rol es meramente auxiliar, tiene la finalidad
de influenciar nuestra memoria emotiva…
3
Las
lecciones con el director han sido suspendidas temporalmente, debido a que ha
salido en jira teatral. Entretanto, dedicarnos el tiempo a baile, gimnasia,
impostación de voz y dicción. Algo importante me ha sucedido en este lapso, que
me ha arrojado un rayo de luz sobre el tema que estuvimos estudiando: memoria
emotiva.
No
hace mucho, caminaba yo rumbo a casa con Paul. Al llegar a una plazoleta nos
encontramos ante una abigarrada multitud. Me gustan las escenas callejeras, de
modo que me introduje hacia el centro del grupo, y allí vi un horrible
espectáculo. A mis pies yacía un anciano, pobremente vestido, con la mandíbula
destrozada, sin" brazos, el rostro en horrible mueca, los dientes, viejos
y amarillos, arrancados de cuajo, el bigote ensangrentado. Un vehículo lo había
atropellado y el conductor se afanaba por demostrar que el accidente se había
debido a un desperfecto de la máquina, por lo que no tenía culpa alguna. Un
hombre, en uniforme blanco, con el sobretodo sobre los hombros, llevaba a la
nariz de la pobre víctima un algodón empapado en un líquido que vertía de una
botella. Era el empleado de la farmacia vecina. No lejos de allí, algunos
chicos jugaban. Uno de ellos, al toparse con un hueso astillado de la mano del
pobre anciano, no sabiendo cómo disponer de él, lo arrojó a un canasto de
basuras. Una mujer sollozaba, pero el resto de la gente se limitaba a mirar,
indiferente y curiosa.
El
espectáculo causó en mí una profunda impresión. ¡Qué contraste entre ese horror
en el pavimento y el pálido azul del cielo, claro, límpido! Salí de allí
deprimido, y pasó mucho tiempo antes de que pudiera sobreponerme. Por la noche
desperté con la memoria visual de lo que presenciara, y se me presentó más
terrible todavía de lo que me pareciera por la tarde. Probablemente haya sido
porque de noche todas las cosas asumen tintes más sombríos, pero yo lo atribuyo
a mi memoria emotiva y a su poder de ahondar impresiones.
Pocos
días después volví a pasar por la escena del accidente e involuntariamente me
detuve para recordar lo sucedido tan poco tiempo atrás. Todos los rastros
habían desaparecido. Había un ser humano menos en el mundo, y eso era todo. Sin
embargo, una exigua pensión sería pagada a la familia del muerto, de modo que
el sentido de justicia de todos quedaría en paz; por consiguiente, todo estaba
como debía estar. Y, sin embargo, quizás la mujer y los niños pasaran hambre…
Mientras
así pensaba, el recuerdo de la catástrofe pareció transformarse. Si al
principio había sido rudo y natural a ultranza, con todos esos horribles
detalles físicos, la mandíbula destrozada, los brazos amputados, los niños
pisoteando el charco de sangre…, ahora me sentía conmovido por ese recuerdo
conjunto, pero en forma diferente. Repentinamente, me llené de indignación
contra la crueldad humana, la injusticia y la indiferencia.
Al
cabo de una semana del accidente volví a pasar por el escenario de la tragedia,
camino de la escuela. Me detuve por unos minutos, para meditar sobre ello. La
nieve estaba tan blanca ese día como en aquel otro momento. Eso era… vida.
Recordé la figura contrahecha, un pingajo en el suelo, eso era… muerte. Y en
torno, en brillante contraste, vi el cielo, el sol, la naturaleza. Eso es…
eternidad. Los vehículos que prosiguen su marcha por el pavimento, cargados de
pasajeros, representan las generaciones en su constante devenir hacia lo
desconocido. Y todo el panorama, que antes fuera tan horrible, tan terrorífico,
trocábase ahora en recio, majestuoso espectáculo…
4
Hoy
me ha sucedido un extraño fenómeno. Pensando nuevamente en aquel accidente de
la plazoleta, me encuentro con que es el vehículo el que domina ahora la
figura. Pero no es precisamente el que motivara el accidente, sino uno que se
relaciona con una experiencia personal ajena por completo.
El
otoño pasado, cierta noche, volviendo de un suburbio a la ciudad, con el último
trolley, al pasar por un parque desierto, salió de sus rieles. Todos los
pasajeros debimos combinar nuestras fuerzas para encarrilarlo nuevamente. ¡Qué
enorme y pesado me pareció entonces, y qué débiles e insignificantes nosotros,
en comparación!
¿Por
qué, entonces, esta memoria sensitiva resultaba más poderosa que la más
reciente? Y aquí debo explicar otro aspecto del asunto. Cada vez que empiezo a
pensar en el anciano desvalido que fuera atropellado, la memoria me encamina
hacia otro hecho, también anterior. Mucho tiempo atrás, me encontré en la calle
con un italiano que lloraba sobre un mono suyo que había muerto. Lloraba al
tiempo que trataba de empujar un gajo de naranja en la boca del animal. Parecía
como sí esta escena me hubiera afectado mucho más que la muerte del anciano;
hallábase sepultada más profundamente en mi memoria. Y creo que de tener que
representar la escena del accidente, buscaría la materia emocional para mi
parte en el recuerdo de la escena del italiano con el mono muerto, más que en
la tragedia misma.
Me
pregunto cuál es la razón.
5
Hoy
recomenzaron las lecciones con el director. Le relaté el proceso de evolución
de mis sentimientos acerca del accidente callejero. De primer momento, me alabó
por mi poder de observación, y luego dijo:
—Esto
es una ilustración magnífica de lo que ocurre en nosotros. Cada uno de nosotros
ha visto multitud de accidentes. Retenemos la memoria de ellos, pero sólo las
características más importantes quedan impresas, mientras que perdemos los
detalles. Y con esas impresiones se va formando una memoria sensitiva más
vasta, condensada, más profunda y más amplia. Es una especie de síntesis de
memoria, en larga escala. Es más pura, más condensada, más compacta,
substancial y más aguda también que los hechos en sí.
«El
tiempo es un espléndido filtro para los sentimientos que recordamos; además, es
un gran artista. No sólo purifica, sino que también transmuta en poesía hasta
recuerdos dolorosamente realistas.
—Sin
embargo, los grandes artistas y los grandes poetas se inspiran en la
naturaleza.
—De
acuerdo. Pero no la fotografían. Su producto pasa a través de sus propias
personalidades, y lo que ésta les ofrece es suplantado mediante el material
viviente que toman de las memorias emotivas que han almacenado. Shakespeare,
por ejemplo, a menudo tomaba héroes y heroínas, como Yago, de relatos ajenos, y
hacía de ellos criaturas vivientes mediante la adición de sus propios recuerdos
emotivos cristalizados. El tiempo había clarificado y poetizado sus
impresiones, al punto de que se transformaban en excelente material para sus
creaciones.
Cuando
le hablé a Tortsov del cambio de personajes y objetos que había sucedido en mis
recuerdos del accidente, hizo notar:
—No
hay nada de sorprendente en ello; no puede usted confiar en que habrá de usar
su memoria sensitiva del mismo modo que consulta los libros en una biblioteca.
«¿Puede
usted formarse una idea figurada que equivalga a la memoria emotiva? Imagine un
número de casas, con muchas habitaciones en cada casa, en cada habitación
innumerables armarios, con estantes y cajas, y en algún lugar indefinido, en
una de esas cajas, una pequeña perla. Es bastante fácil dar con la casa, con el
cuarto, el estante… pero más difícil será hallar la caja exacta. ¿Y dónde
hallar ese ojo de lince que dará con la perlita que rodó hoy, brilló por un
instante, y luego desapareció de la vista…? Sólo el azar podrá reencontrarla.
«El
archivo de la memoria es algo muy semejante. Tiene todas esas divisiones y
subdivisiones. Algunas son más accesibles que las otras. El problema está en
recapturar la emoción que en un momento brilló cual meteoro. Si permanece cerca
de la superficie y vuelve hacia ustedes, pueden dar gracias al Cielo. Pero no
cuenten con que siempre podrán recobrar esa misma impresión. Mañana quizá
aparezca en su lugar algo bien distinto; den gracias también por esto, y no
esperen lo otro. Si aprenden a ser receptivos a este tipo de recuerdos
recurrentes, a medida que se formen los nuevos, tendrán mayor capacidad de
conmoverlos una y otra vez. Vuestro espíritu, a su vez, sabrá responder mejor y
reaccionará con nuevo calor a las partes del papel cuya atracción se haya debilitado
por la repetición constante.
«Cuando
las reacciones del actor son más poderosas, la inspiración puede aparecer. Por
otra parte, no pierdan su tiempo a la caza de una inspiración que en una
oportunidad ha cruzado vuestro camino. No hay posibilidad de recuperación, como
no la hay en el ayer, en las alegrías de la niñez, ni en el primer amor.
Concentren sus esfuerzos en crear una inspiración nueva y fresca para el
presente. No hay razón para suponer que será menos buena que la del ayer. Quizá
no sea tan brillante. Pero se tiene la ventaja de poseerla en el presente. Ha
surgido en forma natural, desde las profundidades del alma, para encender la
chispa creadora en ustedes. ¿Quién puede decir cuál manifestación de verdadera
inspiración es mejor? Todas son espléndidas, cada una dentro de su modalidad,
sólo porque estén inspiradas.
Cuando
insistí ante Tortsov para que me dijera que desde que esos gérmenes de
inspiración se hallan preservados dentro de nosotros, y no nos llegan desde el
exterior, debemos concluir que la inspiración es de origen secundario más que
primario, rehusó comprometerse en una respuesta.
—Yo
no sé. Las cuestiones del subconsciente no entran en mi campo. Lo que es más,
no me parece que debamos destruir el misterio de que estamos acostumbrados a
rodear nuestros momentos de inspiración. El misterio es hermoso en sí mismo y
representa un gran estímulo a la creación.
Pero
yo no quería quedarme conforme con eso, y le pregunté si cuanto sentíamos
mientras estábamos en el escena río no era de origen secundario.
—¿Acaso
sentimos jamás en el escenario las cosas por primera vez? Yo deseo saber
también si es bueno o no tener sentimientos originales, frescos, mientras se
está en el escenario; sentimientos que jamás se han experimentado en la vida
real.
—Depende
del tipo que sean —fué su respuesta—. Suponga que están interpretando la escena
del último acto de Hamlet, donde usted se arroja con la espada sobre su amigo
Paul, que encarna el papel del rey, y de pronto usted se ve manchado, por
primera vez en su vida, por un borbotón de sangre. Aunque su espada es un arma
burda, que por sí misma no puede provocar herida de sangre, puede precipitar
una terrible lucha y determinar que se baje el telón.
«¿Piensa
usted que es conveniente para un actor dejarse caer en emociones espontáneas
como esa?
—¿Acaso
significa esto que es preferible no tenerlas nunca? —pregunté.
—Por
el contrario, son sumamente deseables —repuso Tortsov—. Pero estas emociones
directas, poderosas y vividas, no hacen su aparición en el escenario, en la
forma que usted piensa. No duran mucho tiempo, ni siquiera un solo acto. Son
como relámpagos, que ocupan pequeños episodios, momentos individuales. En esta
forma, son bienvenidos. Sólo cabe esperar que aparezcan a menudo, y ayuden a
agudizar la profundidad de nuestras emociones, que es uno de los más valiosos
elementos del trabajo creador. La inesperada cualidad de estas espontáneas
erupciones de sentimientos es una fuerza irresistible y conmovedora. —Aquí
agregó una advertencia—: Lo que tienen de infortunados esos instantes, es que
no podemos controlarlas, sino que ellas nos controlan a nosotros. Por lo tanto,
no queda otra alternativa que dejar el asunto librado al azar y decir: «si
tienen que venir, que vengan». Sólo podemos tener confianza en que colaborarán
con el papel, y que no serán adversos. Por supuesto, un toque de sentimiento
inesperado e inconsciente es realmente tentador. Es lo que soñamos, y
constituye el aspecto favorito de la creación en nuestro arte. Pero no debe
concluirse de esto que hay derecho para restar importancia a la significación
de los sentimientos repetidos, que determinan la memoria emotiva. Por el
contrario, deben ustedes entregarse a ellos por completo, porque son el único
medio por el cual podrán, en uno y otro grado, influenciar a la inspiración.
«Permítanme
que les recuerde nuestro principio cardinal: Por medio de recursos conscientes
se llega al subconsciente.
«Otra
razón por la cual ustedes deben valorar esas emociones repetidas es que un
artista no elabora su papel con la primera cosa a mano. El artista selecciona
cuidadosamente de entre sus recuerdos, y elige de entre sus experiencias
aquellas que le parecen más elocuentes. El artista entreteje el alma de la
persona que debe retratar con las emociones que le son más queridas que sus
sensaciones cotidianas. ¿Pueden imaginar ustedes un campo más fértil para la
inspiración? Un artista toma lo mejor que tiene dentro de sí y lo vuelca en el
escenario. La forma habrá de variar, de acuerdo con las necesidades de la obra,
pero las emociones humanas del artista permanecerán vivas, y no podrán ser
reemplazadas por nada más.
—¿Quiere
decir usted —interpuso Grisha— que en toda clase de papel, desde Hamlet al
Pájaro azul, tenemos que emplear nuestros propios sentimientos previos?
—¿Y
qué otra cosa? —repuso Tortsov—. ¿O cree usted que un actor puede inventar toda
suerte de nuevas sensaciones, o quizá un alma nueva, para cada papel que
interpreta? ¿Cuántos espíritus tendría entonces que encerrar dentro del suyo? Y
por otra parte, ¿acaso puede hacer trizas su alma para reemplazarla por otra
que sea más apropiada para un papel determinado? ¿Dónde encontrarla? Puede
usted prestarse ropas, un reloj, cosas de toda suerte, pero no puede tomar los
sentimientos de otra persona. Mis sentimientos son inalienables, y los suyos lo
son igualmente para usted. Puede usted entender un papel, simpatizar con la
persona allí descripta, ponerle en el lugar de ella, y entonces actuará como lo
haría esa persona, porque despertará en usted sentimientos que serán análogos a
los que requiere el papel. Pero esos sentimientos pertenecerán, no a la persona
creada por el autor de la obra, sino al propio actor.
Nunca
se pierda a sí mismo en el escenario. Actúe siempre en su propia persona, como
artista. Jamás podrá desembarazarse de usted mismo. El momento en que se pierda
en el escenario marcará el abandono de la vida verdadera infundida al papel, y
el comienzo de la actuación exagerada y falsa.
«Este
es el mejor y más genuino material para la creación interior. Utilícenlo.
Sírvanse de él, y no confíen en ninguna otra fuente.
—Pero
—volvió a argüir Grisha—de ninguna manera puedo yo contener todos los sentidos
para todos los papeles del mundo.
—Los
papeles para los cuales no tiene usted sentimientos apropiados, serán aquellos
en que jamás actuará bien —explicó Tortsov—. Y deberá excluirlos de su
repertorio. Los actores, mayormente, no se dividen por tipos, sino que las
diferencias las determinan sus propias íntimas cualidades.
Cuando
se le preguntó cómo una misma persona podía ser dos personalidades abiertamente
contrastantes, dijo:
—Para
empezar, el actor no es ni una ni otra. El posee, en su propia persona, una
íntima individualidad y otra externa, ya sea vivamente desarrollada, ya
indistinta. Puede no tener en su naturaleza ni la villanía de un carácter ni la
nobleza del otro. Pero la simiente de ambas cualidades estará allí, porque
tenemos en nosotros los elementos de todas las características humanas, buenas
y malas. Un actor debe usar su arte y su técnica para descubrir, por medios
naturales, aquellos elementos necesarios para él, para desarrollar en su papel.
Y de este modo, el alma de la persona que él interpreta será una combinación de
los elementos vivientes de su propio ser.
«La
primera preocupación de ustedes debe ser la de encontrar la forma de despertar
el material emocional. La segunda, descubrir los métodos para crear un infinito
número de combinaciones de olmas humanas, caracteres, sentimientos, pasiones,
para sus papeles.
—¿Y
dónde hallaremos esos medios y esos métodos?
—Antes
que nada, aprendan a usar la memoria emotiva.
—¿Cómo?
—Por
medio de una serie de estímulos internos y externos. Pero ésta es una pregunta
muy complicada, de modo que la retomaremos la clase próxima.
6
Nuestra
lección de hoy se realizó con el telón bajo. Se suponía que estábamos en el
«apartamento de María», pero no podíamos reconocerlo. El comedor estaba donde
antes veíamos la sala, y lo que antes fuera comedor hoy era el dormitorio. Los
muebles eran pobres y vulgares. Tan pronto percibimos la diferencia, reclamamos
que las cosas volvieran a su aspecto original, porque el actual nos deprimía y
no podíamos trabajar.
—Lamento
no poder hacer nada —dijo el director—. Los otros muebles se necesitaban para
una obra que se esta dando actualmente, de modo que nos han dejado en cambio lo
poco que podían y lo han arreglado de la mejor manera que sabían. Si no les
gusta así, cámbienlo como crean mejor.
Esto
determinó un movimiento general, y pronto todo estuvo en completo desorden.
—¡Basta!
—gritó Tortsov—, y díganme ahora qué recuerdos sensibles les trae todo este
caos.
—Cuando
hay un terremoto —dijo Nicolás, que oficiaba de supervisor—, la gente mueve los
muebles como ustedes ahora.
Mientras
estábamos en la tarea, surgieron varias discusiones. Algunos buscaban un
efecto, otros otro, conforme al efecto producido en sus memorias emotivas por
determinado arreglo del mobiliario. Finalmente, la disposición pareció
aceptable. Pero solicitamos más iluminación, lo que fué pretexto para darnos
una demostración acerca de los efectos de la luz y el sonido.
En
primer lugar, se nos dio la iluminación de un día de sol, y nos sentimos muy
alegres, a lo que se sumaba los ruidos de la calle, timbres, bocinas, sirenas
fabriles y hasta el distante pitar de una locomotora, en fin, todas las
sensaciones auditivas de un día en la ciudad.
Gradualmente,
fueron atenuándose las luces, y nos resultó muy agradable, calmo, y hasta un
tanto triste. Nos sentimos inclinados a la meditación, y hubo quien sintió
sueño. De pronto se oyó ulular el viento, se desató una tormenta, y los sonidos
de las calles fueron apagándose. Un reloj en el cuarto vecino dejó oír una
pesadas campanadas. Alguien se puso a tocar el piano, primero en «fortissimo» y
luego cada vez más suavemente, más tristemente. Al llegar la noche se apagaron
las luces, el piano dejó de sonar. A cierta distancia, un reloj dejó oír las
doce campanadas. Medianoche. Silencio en torno. Se oye a un ratón que roe el
piso y algún que otro ruido apagado que llega de la calle. Finalmente, cesa
todo sonido y la calma y la oscuridad se hacen completas. Poco después, sombras
grises anuncian la madrugada, y cuando los primeros rayos del sol se Filtran en
el cuarto, no podemos dejar de sentir un gran alivio.
Vanya
fué el más entusiasta ante los efectos logrados.
—Pero
si fué mejor que en la vida real —nos aseguró.
—Es
que en la realidad los cambios son tan graduales —agregó Paul— que uno no
advierte las variaciones. Pero cuando se comprimen veinticuatro horas en pocos
minutos, se siente toda la sugestión de los variados tonos de luz.
—Como
habrán notado —dijo el director—, el ambiente que nos rodea tiene gran
influencia sobre nuestros sentimientos. Y esto sucede en el escenario tanto
como en la vida real. En manos de un director talentoso, estos medios se
transforman en elementos creadores y artísticos.
«Cuando
la producción externa de la obra se halla íntimamente ligada con la vida
espiritual de los actores, adquiere con frecuencia mayor significación en el
escenario que en la vida real. Si llena las necesidades de la obra y produce
ese clima correcto, ayuda al actor a formular el aspecto interno de su papel,
influencia todo su estado físico y su capacidad de sentir. Bajo estas
condiciones, el ambiente es un estímulo poderoso para nuestras emociones. Por
consiguiente, si una actriz debe actuar en el papel de Margarita, tentada por
Mefistófeles mientras está orando, el director debe ofrecerle los medios para
producir esa atmósfera de la iglesia, con lo cual la ayudará a sentir su papel.
«Y
para el actor que interprete a Egmont, en la prisión, debe crear un ambiente
sugestivo de soledad y cautiverio.
—¿Y
qué sucede —preguntó Paul— cuando un director crea una espléndida producción
extensa que, sin embargo, no llena las íntimas ocasiones del papel?
—Desgraciadamente,
eso sucede con demasiada frecuencia —contestó Tortsov—, y el resultado es
siempre, malo, porque su error conduce a los actores en dirección errada y
levanta barreras entre ellos y sus papeles.
—¿Y
qué ocurre cuando la producción exterior es francamente mala? —preguntó
alguien.
—Peor
todavía. Los artistas que trabajan con ese director sufrirán los efectos de
indicaciones diametralmente opuestas al espíritu de sus papeles. En lugar de
atraer la atención de los actores hacia el escenario, habrá de rechazarlos,
arrojándolos en brazos del auditorio, fuera de las candilejas. En consecuencia,
la producción externa de una obra es una espada en las manos del director, que
tiene doble filo, pudiendo hacer bien y mal por igual.
«Ahora
—prosiguió el director— quiero proponerles un problema. ¿Creen ustedes que todo
ambiente bien logrado habrá de atraer y ayudar a la memoria emotiva del actor?
Por ejemplo, imaginen un exterior hermoso, diseñado por un artista muy bien
dotado en el empleo del color, la línea y la perspectiva. Si se mira ese
decorado desde el auditorio, la ilusión resulta perfecta. Y, sin embargo,
cuando se está muy próximo, desencanta. ¿Por qué? Porque si un decorado se
realiza conforme desde el punto de vista del pintor, en dos y no en tres
dimensiones, no tiene valor para el teatro. Tiene amplitud y longitud, pero
carece de profundidad, sin la cual habrá de faltarle vida en lo que al teatro
se refiera.
«Ustedes
saben, por propia experiencia, qué sensación produce al actor un escenario
vacío, qué difícil es concentrar la atención en él, y qué duro es actuar en él,
aunque más no sea en un breve ejercicio. ¡Y qué decir si trataran de actuar
todo el papel de Hamlet, Otelo o Macbeth! Es muy difícil hacerlo sin la ayuda
del director, sin un esquema de los movimientos, sin esos objetos sobre los
cuales uno puede apoyarse, o hacia los que uno se acerca, ya para utilizarlas,
ya para moverlos. Eso ocurre porque cada situación que se prepara para el
actor, lo ayuda a otorgar una forma plástica externa al íntimo sentir. Por
consiguiente, necesitamos impostergablemente esa tercera dimensión, una forma
con profundidad, en la que podamos movernos, vivir, actuar.
7
—¿Por
qué se está escondiendo en el rincón? —preguntó hoy el director a María, cuando
llegó al escenario.
—Yo
quería… salir, no puedo soportar… —murmuró, confusa, mientras trataba de
alejarse de Vanya, que estaba distraído.
—¿Por
qué están sentados juntos tan cómodamente? —preguntó a un grupo de estudiantes,
en tomo de un sofá próximo a la mesa.
—Este…
escuchábamos algunas anécdotas —tartamudeó Nicolás.
—¿Y
qué están haciendo allí, junto a la lámpara? —preguntó, dirigiéndose a Sonya,
que estaba junto a Grisha.
Sonya
sintióse confundida y no supo qué decir, pero finalmente balbuceó algo sobre
una carta que estaban leyendo.
Dirigióse
luego a nosotros, y nos preguntó por qué nos paseábamos tanto, a lo que yo
respondí:
—Charlábamos,
simplemente.
—En
una palabra —concluyó—, cada uno ha elegido la manera de que el ambiente
corresponda a su inclinación de este momento. ¿O quizá el escenario que han
hallado les ha sugerido la acción…?
Sentóse
junto al fuego y nosotros frente a él. Algunos aproximaron las sillas para
estar más cerca y oírlo mejor. Yo me instalé en la mesa para tomar notas.
Grisha y Sonya volvieron a sentarse juntos, de forma que pudieran murmurar sus
comentarios.
—Díganme
ahora por qué cada uno de ustedes ha elegido ese sitio determinado —pidió. De
modo que nos vimos obligados nuevamente a dar cuenta de cada uno de nuestros
movimientos. Y le satisfizo saber que cada uno había hecho uso del ambiente
conforme a lo que deseaba hacer, a su particular modo de sentir.
El
próximo paso fué el de diseminarnos en varios sectores del salón, con
determinados muebles para ayudarnos a formar grupos. Luego nos pidió que
prestáramos atención a cualquier humor, memoria emotiva o sensaciones repetidas
que nos sugiriera esa distribución de los muebles. También teníamos que decirle
bajo qué circunstancias usaríamos ese tipo de ambiente. Luego, el director
combinó una serie de ambientes y en cada caso debimos decirle bajo qué
circunstancias emotivas o condiciones hallaríamos ese ambiente conforme con
nuestros íntimos requerimientos. En otras palabras: mientras que al principio
habíamos elegido nosotros el ambiente para que correspondiera a nuestro
objetivo y modalidad, ahora él hacía lo mismo, y nuestro papel se limitaba a
producir el objetivo correcto e inducir los sentimientos apropiados.
La
tercera prueba fué la de responder a un ambiente arreglado por algún otro. Este
último problema se presenta con frecuencia al actor y, en consecuencia, debe
estar capacitado para resolverlo.
Realizó
luego algunos ejercicios en que nos colocaba en posiciones que contradecían
abiertamente nuestras inclinaciones y propósitos, ejercicios todos que nos
llevaron a apreciar mejor cuanto significa, por las sensaciones que despierta,
un ambiente bueno y confortable.
Al
intentar resumir lo que habíamos llevado a cabo, el director dijo que el actor
busca una mise en scène que corresponda a una modalidad suya y a su objetivo, y
que asimismo esos elementos crean el ambiente. Ambos son, por otra parte, un
estímulo para la memoria emotiva.
—La
impresión más común es que un director utiliza todos los medios materiales a su
alcance, como ser muebles, luces, efectos sonoros, y demás accesorios, para el
primario propósito de impresionar al público. Por el contrarío. Se utilizan más
que nada por el efecto que tienen sobre el actor. Tratamos en todo momento y
por todos los medios de facilitarle la concentración de su atención en el
escenario.
«Y
sin embargo —agregó—, hay todavía muchos actores que desafiando la ilusión que
podemos crear por medio de luces, sonidos y colores, sigue sintiéndose más
interesado en el auditorio que en el escenario. Ni siquiera la obra o su
sentido pueden lograr que su atención se vuelque hacía este lado de las
candilejas. Para que esto no les suceda a ustedes, traten de aprender a ver y
mirar las cosas del escenario, a responder y entregarse o lo que sucede en
torno de ustedes. En una palabra, recurran a todo cuanto pueda estimular sus
sentimientos.
«Hasta
este momento —dijo el director, después de breve pausa— hemos estado trabajando
del estímulo al sentimiento. Sin embargo, con frecuencia es necesario el
procedimiento inverso. Y recurrimos a él cuando deseamos fijar experiencias
internas accidentales.
«Como
ejemplo, quiero contarles lo que me pasó en las primeras representaciones de
Lower Depths, de Gorki. El papel de Satín habíame resultado bastante fácil, con
la excepción del monólogo en el último acto. Eso requería de mí lo imposible,
vale decir, darle una significación universal a la escena, decir mi papel con
esa profunda implicación de un significado más profundo, de modo que se
convirtiera en el punto neurálgico, en la cúspide de toda la obra.
«Cada
vez que llegaba a este punto peligroso, parecía como si frenos potentes
aherrojaran mis sentimientos. Y esa hesitación detenía el curso libre del gozo
creador de mi papel. Después del monólogo, invariablemente, sentíame como el
cantante que ha dado una nota alta en falso.
«Para
mi sorpresa, esta dificultad desapareció a la tercera o cuarta representación.
Cuando trate de hallar la razón, decidí repasar cuanto me había sucedido en la
representación del día anterior.
«Lo
primero que recordé fué el haber recibido una abultada factura del sastre, cosa
que me alteró bastante. Luego había perdido la llave de mi escritorio. Con
pésimo humor me había sentado a leer los comentarios de la obra, encontrándome
con que las partes malas habían sido elogiadas, mientras que las buenas eran
criticadas. Esto me había dejado deprimido. El resto del día lo pasé meditando
sobre la obra; cientos de veces traté de analizar su profundo significado,
recordando cada sensación que me despertaba cada punto de mi papel, y estaba en
ello tan ensimismado que al llegar la noche, en lugar de sentirme alterado y
nervioso como de costumbre, sentí indiferencia hacia el público y hacia el
éxito o el fracaso. Me limité a cumplir mi actuación lógica y correctamente, y
de pronto advertí que había pasado el punto neurálgico del monólogo sin
siquiera notarlo.
«Consulté
el caso con un actor experimentado, que es también muy buen psicólogo, y le
pedí que me aclarara lo sucedido para poder fijar esa experiencia de la noche.
Esta fué su respuesta:
«—Usted
no puede repetir una sensación accidental que pudo haber tenido en el
escenario, del mismo modo que no puede revivir una flor muerta. Es mejor tratar
de crear algo nuevo que gastar sus esfuerzos en cosas muertas. ¿Cómo proceder?
Antes que nada, no se preocupe por la flor, limítese a regar las raíces, o
plante mejor nuevas simientes. La mayoría de los actores encaminan sus
esfuerzos en dirección opuesta. Si logran algún éxito accidental en un papel,
quieren repetirlo y se dirigen directamente a sus sentimientos. Pero eso es
como tratar de cultivar flores sin la cooperación de la naturaleza, y no puede
hacerlo, a menos que se dé por satisfecho con pimpollos artificiales.
«—¿Y
entonces?…
«—No
piense en el sentimiento por sí mismo, sino que haga trabajar su mente sobre lo
que los hace surgir, sobre las condiciones que determinaron esa experiencia.
«Y
el sabio actor concluyó diciéndome:
«—Nunca
empiece por los resultados. Ellos aparecerán a su debido tiempo como lógico
fruto de lo que se ha hecho antes.
«Seguí
su consejo. Traté de llegar a las verdaderas raíces del monólogo, de captar la
idea fundamental de la obra. Me di cuenta de que mi versión no había tenido, en
realidad, afinidad alguna con la obra escrita por Gorki, y que mis errores
habían levantado una barrera infranqueable entre yo y la idea principal.
«Esta
experiencia ilustra el método de trabajar, es decir, desde las emociones hacia
el estímulo original. Mediante el empleo de este método, un actor puede'
repetir a deseo cualquier sensación, porque puede seguir la pista del
sentimiento accidental, hasta la motivación primera, de manera que pueda volver
a trazar el sendero desde el estímulo al sentimiento en sí mismo.
8
Empezó
hoy el director diciendo:
—Cuanto
más amplia sea la memoria emotiva, más rico será el material para la creación
interna. Eso, creo yo, no requiere una elaboración posterior. Sin embargo,
resulta necesario que además de la riqueza de la memoria emotiva, distingamos
algunas otras características; y específicamente, su poder, su firmeza, la
calidad del material que retiene, la proporción en que afecta nuestro trabajo
práctico en el teatro.
«Todas
nuestras experiencias creadoras son vívidas y completas, en proporción directa
con el poder, la agudeza y la exactitud de nuestra memoria. Si es débil, los
sentimientos que despierta serán pulidos, intangibles y transparentes. Y
carecen de valer en el escenario, porque no pasarán más allá de las candilejas.
De
las observaciones que siguió haciendo se desprende que existen muchos grados de
poder en la memoria emotiva, y que sus efectos y combinaciones son variados. AI
llegar aquí dijo:
—Imaginen
que han recibido un insulto en público, digamos una bofetada en el rostro, que
les hace arder la mejilla cada vez que piensan en ello. Este choque interno ha
sido tan intenso que ha borrado todos les detalles del ingrato incidente. Pero
cualquier cosa insignificante habrá de revivir instantáneamente el recuerdo del
insulto, y la emoción volverá con redoblada violencia. La mejilla volverá a
arderles o ustedes se pondrán pálidos, y el corazón les latirá más de prisa.
«Si
ustedes poseen un material emocional de esa fuerza y agudeza, les será fácil
transferirlo al escenario e interpretar una escena análoga a la experiencia que
han tenido en la vida real, que les ha dejado un rastro tan vivo. Para hacer
esto, entonces, no necesitarán de ninguna técnica, porque se desarrollará sola;
la naturaleza será la mejor ayuda.
«Y
aquí tienen otro ejemplo: tengo un amigo que es terriblemente distraído.
Almorzó cierta vez con unos amigos que no veía desde hacía un año, y en el
transcurso de la comida hizo referencia a la salud del hijito del dueño de
casa, una adorable criatura.
«Sus
palabras fueron recibidas en medio de un silencio sepulcral, y la dueña de casa
perdió el conocimiento. El pobre hombre había olvidado por completo que el
pequeño había muerto en ese año que no había visto a los amigos. Dice que
mientras viva no podrá olvidar la consternación que sintió en ese instante.
«Y
comprendan ustedes que las sensaciones de mi amigo eran profundamente
diferentes a las de la persona que ha sido abofeteada en el rostro, que además
había olvidado totalmente los detalles referentes al incidente. Mí amigo, en
cambio, retuvo el recuerdo exacto, no sólo de sus sentimientos, sino del hecho
en sí, y de las circunstancias que lo rodearon. Recuerda asimismo nítidamente
la expresión de susto de un hombre sentado frente a él en la mesa, la mirada
glacial de la mujer sentada a su derecha y el grito quebrado en la garganta que
partió de la cabecera de la mesa.
«En
el caso de una memoria emotiva débil, la tarea psicotécnica resulta realmente
extensa y complicada.
«Una
de las muchas facetas de esta forma de memoria tiene especial importancia, y
ustedes deben entrar a conocerla, por lo que hablaré de ella detalladamente.
«Teóricamente,
quizás supongan ustedes que el tipo ideal de memoria emotiva es aquel que puede
retener y reproducir impresiones en todos los detalles exactos de su primer
momento, es decir, que puede revivir el momento tal como se ha experimentado. Y
sin embargo, si tal fuera el caso, ¿qué sería de nuestro sistema nervioso?
¿Cómo podría tolerar la repetición de esos horrores, con todos los penosos
detalles originales? La naturaleza humana no podría soportarlo.
«Por
fortuna, las cosas no suceden así. Nuestra memoria emotiva no es exacta copia
de la realidad; ocasionalmente puede ser más vivida, pero habitualmente es más
débil que la original. A veces, las impresiones que se han recibido una vez
continúan viviendo en nosotros, crecen y se ahondan. Lo que es más, estimulan
nuevos procesos y llenan detalles incompletos o bien sugieren otros nuevos. En
un caso de esta naturaleza, una persona puede mantenerse perfectamente serena
en una situación peligrosa, y perder el sentido al recordarla más tarde. Ahí
tienen un ejemplo del poder acrecentado de la memoria sobre el hecho original,
y también del acrecentamiento posterior de una impresión que se ha tenido una
vez.
«Queda
ahora por tratar (además del poder e intensidad de estas memorias) su cualidad.
Supongan que en lugar de ser ustedes la persona a la que determinada situación
ha sucedido, sean meramente espectadores. Una cosa es recibir un insulto en
público, y otra muy distinta ver que esto le sucede a algún otro, sentirse
conmovido por ello, tomar la defensa del agresor o del agredido.
«Por
supuesto, no hay motivos como para que el espectador no experimente una fuerte
emoción. Quizá se sienta más afectado que cualquiera de las partes. Pero no es
eso lo, que me interesa tratar ahora. Lo único que quiero señalar por el
momento es que sus sentimientos son distintos.
«Existe
otra posibilidad, la de que sin ser parte ni presenciar el incidente, se entere
de él mediante la lectura o por conversaciones. Y ni aún así se verá libre de
recibir impresiones profundas y vivas. Todo dependerá de la fuerza de la
imaginación de la persona que ha escrito o relata la descripción, y también de
la imaginación de la persona que la lee o la escucha.
«Y
nuevamente, las emociones de uno y otro diferirán en calidad de la del que ha
tomado parte, o ha presenciado la escena.
«Un
actor debe tratar con todos estos tipos de material emotivo, elaborarlos y
ajustarlos a las necesidades del personaje que debe representar.
«Supongamos
ahora que ustedes han sido testigos cuando un hombre fué abofeteado en público,
y que el incidente ha dejado huellas profundas en vuestra memoria. Sería más
fácil entonces representar el papel del testigo, si les toca una escena similar
en el escenario. Pero imaginen que, en cambio, se les pidiera que. reprodujeran
el papel de un hombre abofeteado en público. ¿Cómo podrían adaptar la emoción
experimentada como testigos al papel del hombre insultado?
«El
que ha sufrido la afrenta ha sentido el insulto, pero el testigo sólo puede
participar en la medida de sus simpatías para con la víctima del insulto. Sin
embargo, la simpatía puede transformarse en reacción directa. Y eso exactamente
es lo que ocurre cuando trabajamos en un papel. Desde el momento en que el
actor siente que ese cambio se opera en él, se transforma en parte activa, y
verdaderos sentimientos nacen en él; con frecuencia, esta transformación de la
simple simpatía humana en verdadero sentimiento humano por el personaje del
papel sucede espontáneamente.
«El
actor puede sentir la situación del personaje del papel tan agudamente, y
responder a él tan activamente, que en verdad se pone en el lugar de esa
persona. Desde ese punto de vista, ve entonces lo que sucede a través de los
ojos de la persona que ha sido abofeteada. Desea interpretar, participar de la
situación, resentirse por el insulto, del mismo modo que lo haría si se tratara
de un asunto de honor personal. En tal caso, la transformación de las emociones
del testigo en las del participante en el hecho, se produce en forma tan
completa que la fuerza y la calidad de los sentimientos que involucra no se ve
disminuida.
«Ven
entonces que no sólo usamos nuestras propias emociones pasados con material
creador, sino que utilizamos también sentimientos que hemos tenido al
simpatizar con las emociones ajenas. Es fácil proclamar a priori que es
totalmente imposible que tengamos material emotivo suficiente en nosotros
mismos como para suplir las necesidades de todos los papeles que en el curso de
toda nuestra vida nos toque interpretar en el escenario. Ninguna persona podrá
ser el alma universal de La gaviota, de Chejov, que ha pasado por todas las
humanas experiencias, incluyendo el asesinato y la propia muerte. Y, sin
embargo, debemos vivir todas estas cosas en el escenario, de modo que debemos
estudiar a otros seres, acercamos a ellos emocionalmente tanto como podamos,
hasta que la simpatía por ellos se transforme en sentimientos propios.
«¿Acaso
no es eso lo que nos ocurre cada vez que empezamos a estudiar un nuevo papel?
9
—1)
Si recuerdan el ejercicio con el loco —dijo el director—, les volverán a la
memoria todas las sugestiones imaginadas. Cada una contenía un estimulo para la
memoria emotiva y les otorgaba un ímpetu interno para situaciones que jamás
antes les habían sucedido en la vida real. También sintieron el efecto del
estímulo externo.
«2)
¿Recuerdan ustedes cómo desglosamos esa escena del Brand en unidades y
objetivos, y cómo hombres y mujeres de la clase se dividieron en encarnizados
bandos? Ese fué otro tipo de estímulo.
«3)
Si ustedes recuerdan nuestra demostración de los objetos de la atención, en el
escenario y en el auditorio, se darán cuenta entonces de que los objetos vivos
también pueden ser verdaderos estímulos.
«4)
Otra fuente importante de estímulo de la emoción es la verdadera acción física
y su creencia en ella.
«5)
A medida que transcurra el tiempo, entrarán a familiarizarse con muchas nuevas
fuentes de inspiración. La más poderosa de ellas reside, sin embargo, en el
texto de la obra y en las implicaciones de pensamiento y sentimiento que de
ella surgen y afectan la relación mutua entre los actores.
«6)
Están ustedes también advertidos de todos los estímulos externos que los rodean
en el escenario, bajo la forma de decorados, arreglo de mobiliario, luces,
sonidos y otros efectos, calculados para crear una ilusión de vida verdadera y
situaciones reales.
«Si
ustedes suman todo esto y le agregan aquello que todavía deben aprender,
encontrarán que cuentan con gran porción de estímulos. Ellos representan el
depósito psicotécnico de riquezas de todo actor, cuya utilización deben todavía
aprender.
Cuando
le dije al director que mi deseo era precisamente hacer eso mismo, aprender,
pero que no sabía cómo, su consejo fué:
—Haga
como hace el cazador. Si el ave no vuela por voluntad propia, nunca podrá
encontrarla entre las hojas del bosque. Debe azuzarla, silbarle, recurrir a
varios trucos. "Nuestras emociones artísticas son, al principio, como
tímidos animales salvajes, y se ocultan en las profundidades de nuestra alma.
Sí no salen a la superficie espontáneamente, no podrá usted ir detrás de ellas
a buscarlas. Cuanto puede hacer es concentrar la imaginación en la manera más
efectiva de atraerlas. Y el mismo fin tienen los estímulos para la memoria
emotiva que hemos estado tratando.
«El
lazo entre el engaño y el sentimiento es natural y normal, y debe emplearse
ampliamente. Cuanto más pruebe sus efectos y analice sus resultados en las
emociones que despierta, podrá juzgar mejor lo que su memoria sensitiva retiene
y estará en mejor posición para desarrollarla.
«Al
mismo tiempo, no debemos pasar por alto el problema de la cantidad de reservas
a este respecto. Tendrá que recordar que deberá engrosar constantemente su
reserva. Para ello tendrá, naturalmente, que acercarse principalmente a sus
propias impresiones, sentimientos y experiencias. Deberá también obtener
material de la vida que lo rodea, verdadera e imaginaria, de reminiscencias,
libros, arte, ciencias, conocimientos de todas clases, de viajes, museos y,
sobre todo, de la relación con otros seres humanos.
«¿Se
da cuenta, ahora que sabe todo lo que se le exige al actor, por qué un
verdadero artista debe llevar una vida completa, interesante, hermosa, variada,
excitante e inspirada? Tendré que saber no sólo lo que ocurre en las grandes
ciudades, sino también en las provincias, pueblos lejanos, fábricas, y en los
grandes centros culturales del mundo. Deberá estudiar la vida y la psicología
de la gente que lo rodea, de cualquier clase social, tanto en su país como en
el extranjero.
«Necesitamos
un amplio punto de vista para actuar en las obras de nuestro tiempo y de mucha
gente. Se nos exige interpretar la vida de seres humanos de todo el mundo. El
actor crea no sólo la vida de sus tiempos, sino también del pasado y del
futuro. Por eso necesita observar, conjeturar, experimentar, transportarse por
la emoción. En algunos casos su problema es aún más complejo. Si su creación es
interpretar la vida corriente, puede observar a su alrededor. Pero si debe
interpretar el pasado, el futuro o una época imaginaria, debe reconstruir o
recrear el papel en su imaginación, proceso harto complicado.
«Nuestro
ideal deberá ser la búsqueda constante de lo eterno en el arte; eso que nunca
morirá, que permanecerá siempre joven y próximo a los corazones humanos.
«Nuestra
meta debe ser alcanzar la cumbre de perfección, lograda por los grandes
clásicos, estudiarlos y aprender a utilizar el material emotivo vivo con el
cual poder plasmarlos.
«Les
he dicho cuanto hasta este momento es posible acerca de la memoria emotiva.
Aprenderán mucho más a medida que prosigamos con nuestro programa.