viernes, agosto 19, 2016

PIC-NIC. De Fernando Arrabal

















PIC-NIC.



De Fernando Arrabal







PERSONAJES:
ZAPO
SEÑOR TEPÁN
SEÑORA TEPÁN
ZEPO
PRIMER CAMILLERO
CAMILLERO SEGUNDO

Decorado:
Campo de batalla.
Cruza el escenario, de derecha a izquierda, una alambrada.
Junto a esta alambrada hay unos sacos de tierra.

(La batalla hace furor. Se oyen tiros, bombazos, ráfagas de ametralladora. ZAPO solo en escena, está acurrucado entre los sacos. Tiene mucho miedo. Cesa el combate. Silencio. Zapo saca de una cesta de tela una madeja de lana y unas agujas. Se pone a hacer un jersey que ya tiene bastante avanzado. Suena el timbre del teléfono de campaña que ZAPO tiene a su lado)

ZAPO.-Diga...Diga...A sus órdenes mi capitán...En efecto, soy el centinela de la
cota 47.. . Sin novedad, mi capitán. . . Perdone, mi capitán, ¿Cuándo comienza otra vez la batalla?. . . Y las bombas, ¿Cuándo las tiro?. . .¿Pero por fin, hacia dónde las tiro, hacia atrás o hacia delante?. . No se ponga usted así conmigo. No lo digo para molestarle... Capitán, me encuentro muy solo. ¿No podría enviarme un compañero?... Aunque sea la cabra. . . (El capitán le riñe) A sus órdenes... A sus órdenes, mi capitán.
(ZAPO cuelga el teléfono. Refunfuña).

(Silencio. Entra en escena el matrimonio TEPÁN con cestas, como si vinieran a pasar un día en el campo. Se dirigen a su hijo, ZAPO, que, de espaldas y escondido entre los sacos, no ve lo que pasa.)

SR. TEPÁN.- (Ceremoniosamente) Hijo, levántate y besa en la frente a tu madre. (ZAPO aliviado y sorprendido, se levanta y besa la frente a su madre con mucho respeto. Quiere hablar. Su padre le interrumpe) Y ahora bésame a mí. (Lo besa en la frente)

ZAPO.- Pero papaítos, ¿Pero cómo os habéis atrevido a venir aquí con lo peligroso que es? Iros inmediatamente.

SR. TEPÁN.- ¿Acaso quieres dar a tu padre una lección de guerras y peligros? Esto para mi es un pasatiempo. Cuántas veces, sin ir más lejos, he bajado del metro en marcha.

SRA. TEPÁN.- Hemos pensado que te aburrirías, por eso te hemos venido a ver. Tanta guerra te tiene que aburrir.

ZAPO.- Eso depende.

SR. TEPAN.- Muy bien sé yo lo que pasa. Al principio la cosa de la novedad gusta. Eso de matar y tirar bombas y de llevar casco, que hace tan elegante, resulta agradable, pero terminará por fastidiarte. En mi tiempo hubiera pasado otra cosa. Las guerras eran mucho más variadas, tenían color. Y sobre todo, había caballos, muchos caballos. Daba gusto: Que el capitán decía "al ataque", ya estábamos allí todos con el caballo y el traje de color rojo. Eso era bonito. Y luego, unas galopadas con la espada en la mano y ya estábamos frente al enemigo, que también estaba a la altura de las circunstancias, con sus caballos -los caballos nunca faltaban, muchos caballos y muy gorditos- y sus botas de charol y sus trajes verdes.

SRA. TEPÁN.- No, no eran verdes los trajes del enemigo, eran azules. Lo recuerdo muy bien, eran azules.

SR. TEPÁN.- Te digo que eran verdes.

SRA. TEPÁN.- No, te repito que eran azules. Cuantas veces, de niñas, nos asomábamos al balcón para ver batallas y yo le decía al vecinito: "Te apuesto una chocolatina a que ganan los azules". Y los azules eran nuestros enemigos.

SR. TEPÁN.- Bueno, para ti la perra gorda.

SRA. TEPÁN.- Yo siempre he sido muy aficionada a las batallas. Cuando niña, siempre decía que sería, de mayor, coronel de caballería. Mi mamá se opuso, ya conoces sus ideas anticuadas.

SR. TEPÁN.- Tu madre siempre tan burra.

ZAPO.- Perdonadme. Os tenéis que marchar. Está prohibido venir a la guerra si no se es soldado.

SR. TEPÁN.- A mí me importa un pito. Nosotros no venimos al frente para hacer la guerra. Sólo queremos pasar un día de campo contigo, aprovechando que es domingo.

SRA. TEPAN.- Precisamente he preparado una comida muy buena. He hecho una tortilla de patatas que tanto te gusta, unos bocadillos de jamón, vino tinto, ensalada y pasteles.

ZAPO.- Bueno, lo que queráis, pero si viene el capitán, yo diré que no sabía nada. Menudo se va a poner. Con lo que le molesta él eso de que haya visitas en la guerra. Él nos repite siempre: En la guerra, disciplina y bombas, pero nada de visitas".

SR. TEPÁN.- No te preocupes, ya le diré yo un par de cosas a ese capitán.

ZAP O.- ¿Y si comienza otra vez la batalla?

SR. TEPÁN.-¿Te piensas que me voy a asustar? En peores me he visto. Y si aún fuera como antes, cuando había batallas con caballos gordos. Los tiempos han cambiado, ¿Comprendes? (Pausa). Hemos venido en motocicleta. Nadie nos ha dicho nada.

ZAPO.- Supondrían que erais los árbitros.

SR.T EPÁN.- Lo malo fue que, como había tantos tanques y jeeps, resultaba muy difícil avanzar.

SRA. TEPÁN.- Y luego, al final, acuérdate de aquel cañón que hizo un embotellaje.

SR. TEPÁN.- De las guerras, es bien sabido, se puede esperar todo.

SRA. TEPÁN.- Bueno, vamos a comer.

SR. TEPÁN.- Comeremos aquí mismo, sentados sobre la manta.

ZAPO.- ¿Cómo con el fusil?

SRA. TEPÁN.- Nada de fusiles. Es de mala educación sentarse a la mesa con fusil. Pero que sucio estás , hijo mío. . . ¿Cómo te has puesto así? Enséñame las manos.

ZAPO.- (Avergonzado se las muestra.) Me he tenido que arrastrar por el suelo con eso de las maniobras.

SRA. TEPÁN.- Y las orejas, ¿Qué?

ZAPO.- Me las he lavado esta mañana.

SRA. TEPÁN.- Bueno, puede pasar ¿Y los dientes? (Enseña los dientes.) Muy bien. ¿Quién le va a dar a su niñito un besito por haberse lavado los dientes? (A su marido) Dale un beso a tu hijo por haberse lavado bien los dientes. (El SR. TEPÁN besa a su hijo.) porque lo que no se puede consentir es que con el cuento de la guerra te dejes de lavar.

ZAPO.- Sí, mamá. (Se ponen a comer)

SR. TEPÁN.- Qué, hijo mío, ¿Has matado mucho?

ZAPO.- ¿Cuándo?

SR. TEPÁN.- Pues estos días.

ZAPO.- ¿Dónde?

SR. TEPÁN.- Pues en esto de la guerra.

ZAPO.-N o mucho. He matado poco. Casi nada.

SR.T EPÁN.-¿ Qué es lo que has matado más, caballos enemigos o soldados?
ZAPO.- No, caballos no. No hay caballos.

SR. TEPÁN.- ¿y soldados?

ZAPO.- A lo mejor.

SR. TEPÁN.- ¿A lo mejor? ¿ Es que no estás seguro?

ZAPO.- Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa) De todas formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un padre nuestro por el tipo que he matado.

SR. TEPÁN.- tienes que tener más valor. Como tu padre.

SRA. TEPÁN.- Voy a poner un disco en el gramófono.
(Pone un disco. Los tres, sentados en el suelo, escuchan)

SR. TEPÁN.- Esto es música, sí señor.

(Continúa la música. Entra un soldado enemigo: ZEPO. Viste como ZAPO. Sólo cambia el color del traje. ZEPO va de .verde y ZAPO de gris. ZEPO, extasiado, oye la música a espaldas de la familia TEPAN. Termina el disco. Al ponerse de pie, ZAPO descubre a ZEPO. Ambos se ponen manos arriba llenos de terror. Los esposos TEPÁN los contemplan extrañados.)

SR. TEPÁN.- ¿Qué pasa?

(ZAPO reacciona. Duda. Por fin, muy decidido, apunta con el fusil a ZEPO)

ZAPO.- ¡Manos arriba!

(ZEPO levanta aún más las manos, todavía más amedrentado. ZAPO no sabe que hacer. De pronto, va hacia ZEPO y le golpea suavemente en el hombro mientras le dice):

ZAPO.- ¡Pan y tomate para que no te escapes!

SR. TEPÁN.- Bueno, ¿Y ahora, qué?

ZAPO.- Pues ya ves, a lo mejor, en premio, me hacen cabo.

SR. TEPÁN.- Átale, no sea que se escape.

ZAPO.- ¿Por qué atarle?

SR. TEPAN.- Pero, ¿Es que no sabes que a los prisioneros hay que atarles inmediatamente?

ZAPO.- ¿Cómo le ato?

SR. TEPAN.- Átale las manos.

SRA. TEPÁN.- Si. Eso sobre todo. Hay que atarle las manos. Siempre he visto que se hace así
ZAPO.- Bueno. ( Al prisionero) Haga el favor de ponerlas manos juntas, que le voy a atar.

ZEPO.- No me haga mucho daño.

ZAPO.-N o.

ZEPO.- Ay, que daño me hace. . .

SR. TEPÁN.- Hijo, no seas burro. No maltrates al prisionero.

SRA. TEPÁN.- ¿Eso es lo que yo te he enseñado?¿Cuántas veces te he repetido que hay que ser bueno con todo el mundo?

ZAPO.- Lo había hecho sin mala intención. (A ZEPO) ¿Y así, le hace daño?

ZEPO.- No. Así no.

SR. TEPÁN.- Diga usted la verdad. Con toda confianza. No se avergüence por que estemos delante. Si le molesta, díganoslo y se las pondremos más suavemente.

ZEPO.- Así está bien.

SR. TEPÁN.- Hijo, átale también los pies para que no se escape.

ZAPO.-¿También los pies? Que de cosas...

SR. TEPÁN.- Pero ¿Es que no te han enseñado las ordenanzas?

ZAPO.- Sí.

SR. TEPÁN.- Bueno, pues todo eso se dice en las ordenanzas.

ZAPO.- (Con muy buenas maneras) Por favor tenga la bondad de sentarse en el suelo que le voy a atar los pies.

ZEPO.- Pero no me haga daño como la primera vez.

SR. TEPÁN.- Ahora te vas a ganar que te tome tirria.

ZAPO.- No me tomará tirria. ¿Le hago daño?

ZEP O.- No. Ahora está perfecto.

ZAPO.- (Iluminado por una idea) Papá, hazme una foto con el prisionero en el suelo y yo con un pie sobre su tripa. ¿Te parece?

SR. TEPÁN.- ¡Ah, sí! ¡Qué bien vas a quedar!

ZEPO.- No. Eso no,

SRA. TEPÁN.- Diga usted que sí. No sea testarudo. . .

ZEPO.- No. He dicho que no y es no.

SRA. TEPÁN.- Pero total, una foto de nada no tiene importancia alguna para usted y nosotros podríamos colocarla en el comedor junto al diploma de salvador de náufrago que ganó mi marido hace trece años. . .

ZEPO.- No crean que me van a convencer.

ZAPO.- Pero, ¿Por qué no quiere?

ZEPO.- Es que tengo una novia, y si luego ella ve la foto va a pensar que no sé hacer la guerra.

ZAPO.- No. Dice que no es usted; que lo que hay debajo es una pantera.

SRA. TEPÁN.- Ande, diga que sí.

ZEPO.- Bueno. Pero sólo por hacerles un favor.

ZAPO.- Póngase completamente tumbado.

(ZEPO se tiende sobre el suelo, ZAPO coloca un pie sobre su tripa y, con aire muy fiero, agarra  el fusil)

SRA. TEPÁN.- Saca más el pecho.

ZAPO.- ¿Así?

SRA. TEPÁN.- Sí. Eso. Así. Sin respirar.

SR. TEPÁN.- Pon cara de héroe.

ZAPO.- ¿Cómo es la cara de héroe?

SR. TEPÁN.- Es bien sencillo: Pon la misma cara que ponía el carnicero cuando contaba sus conquistas amorosas.

ZAPO.- ¿Así?

SR. TEPÁN.- Sí, así.

SRA. TEPAN.- Sobre todo, hincha bien el pecho y no respires.

ZEPO.- Pero, ¿Van a terminar de una vez?

SR. TEPÁN.- Tenga un poco de paciencia. A la una, a las dos y. . . a las tres.

ZAPO.- Tengo que haber salido muy bien.

SRA. TEPÁN.- Sí, tenías el aire muy marcial.

SR. TEPÁN.- Sí, has quedado muy bien.

SRA. TEPÁN.- A mí también me han entrado ganas de hacerme una contigo.

SR. TEPÁN.- Sí, una nuestra quedará también muy bien.

ZAPO.- Bueno, si queréis yo os la hago.

SRA. TEPÁN.- ¿Me dejarás el casco para parecer más militar?

ZEPO.- No quiero más fotos. Con una hay de sobra.

ZAPO.- NO se ponga usted así. ¿A usted qué más le da?

ZEPO.- Nada, no consiento que me hagan más fotos. Es mi última palabra.

SR. TEPÁN.- (A su mujer) No insistas más. Los prisioneros suelen ser muy susceptibles. Si continuamos así se disgustará y nos aguará la fiesta.

ZAPO.- Bueno, ¿Y qué hacemos ahora con el prisionero?

SRA. TEPÁN.- Lo podemos invitar a comer. ¿Te parece?

SR. TEPÁN.- Por mí no hay inconveniente.

ZAPO.- (A ZEPO) ¿Qué? ¿Quiere comer con nosotros?

ZEPO. -Pues. . .

SR. TEPAN.- Hemos traído un  buen tintorro.

ZEPO.- Si es así bueno.

SR. TEPÁN.- Usted haga como si estuviera en su casa. Pídanos lo que quiera.

ZEPO.- Bueno.

SR. TEPÁN.- ¿Qué?, ¿Y usted, ha matado mucho?

ZEPO.- ¿Cuándo?

SR.T EPAN.-Pues estos días.

ZEPO.- ¿Dónde?

SR. TEPÁN.- Pues en esto de la guerra.

ZEPO.- No mucho. He matado poco. Casi nada.

SR.T EPÁN.- ¿Qué es lo que ha matado más, caballos, enemigos o soldados?

ZEPO.-N o, caballos no. No hay caballos.

SR. TEPÁN.- ¿Y soldados?

ZEPO.- A lo mejor.

SR. TEPÁN.- ¿A lo mejor? ¿Es que no está seguro?

ZEPO.- Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa) De todas formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un avemaría por el tipo que he matado.

SR.T EPÁN.- ¿Un avemaría? Yo creí que rezaría un padrenuestro.

ZEPO.- No. Siempre un  avemaría. (Pausa) Es más corto.

SR. TEPÁN.- Ánimo, hombre. Hay que tener más valor.

SRA.T EPÁN.- (A ZEPO) Si quiere usted le soltamos las ligaduras.

ZEPO.-N o, déjelo, no tiene importancia.

SR.T EPÁN.-N o vaya usted ahora a estar con vergüenzas con nosotros. Si quiere que le soltemos las ligaduras, díganoslo.

SRA. TEPAN.- Usted póngase lo más cómodo que pueda.

ZEPO.- Bueno, si se ponen así, suéltenme las ligaduras. Pero sólo se lo digo por darles gusto.

SR.T EPÁN.- Hijo, quítaselas. (ZAPO le quita las ligaduras de los pies)

SRA. TEPÁN.- ¿Qué, se encuentra usted mejor?

ZEPO.-S í, sin duda. A lo mejor les estoy molestando mucho.

SR. TEPAN.-Nada de molestarnos. Usted considérese como en su casa. Y si quiere que le soltemos las manos, no tiene más que pedírnoslo.

ZEPO.-N o. Las manos no. Es pedir demasiado.

SR. TEPAN.- Que no, hombre que no. Ya le digo que no nos molesta en absoluto.

ZEPO.- Bueno. . . entonces, desátenme las manos. Pero sólo para comer, ¿eh?, que no quiero yo que me digan luego que me ofrecen el dedo y me tomo la mano entera.

SR. TEPÁN.- Niño, quítale las ligaduras de las manos.

SRA. TEPÁN.- Que bien, con lo simpático que es el señor prisionero vamos a pasar un buen día de campo.

ZEPO.-No tiene usted que decirme “señor prisionero", diga "prisionero" a secas.

SRA. TEPÁN.- ¿No le va a molestar?

ZEPO.- No, en absoluto.

SR. TEPÁN.- Desde luego hay que reconocer que es usted modesto. (Ruido de aviones)

ZAPO.- Aviones. Seguramente van a bombardearnos.

(ZAPO y ZEPO se esconden, a toda prisa, entre los sacos terreros)

ZAPO.- (A sus padres) Cúbranse. Les caerán las bombas encima.

(Se impone poco a poco el ruido de los aviones. Inmediatamente empiezan o caer bombas. Explotan cerca, pero ninguna cae en el escenario. Gran estruendo. ZAPO y ZEPO están acurrucados entre los sacos. Et SR. TEPÁN habla tranquilamente con su esposa. Ella le responde en un tono también muy tranquilo. No se oye su diálogo a causa del bombardeo. La SRA. TEPAN se dirige a una de las cestas y saca un paraguas. Lo abre. Los TEPÁN se cubren con el paraguas como si estuviera lloviendo. Están de pie. Parecen mecerse con una cadencia tranquila apoyándose alternativamente en uno y otro pie mientras hablan de sus cosas. Continúa el bombardeo. Los aviones se van alejando. Silencio. El SR. TEPÁN extiende un brazo y lo saca del paraguas para asegurarse que ya no cae nada del cielo.)

SR. TEPÁN .- (A su mujer) Puedes cerrar ya el paraguas.

(La SRA. TEPÁN lo hace. Ambos se acercan a su hijo y le dan unos golpecitos en el culo con el paraguas)

SR. TEPÁN.- Ya pueden salir. El bombardeo ha terminado.

(ZAPO y ZEPO salen de su escondite)

ZAPO.- ¿No les ha pasado nada?

SR. TEPÁN.- ¿Qué querías que le pasara a tu padre? (Con orgullo) Bombitas a mí. . .

(Entra, por la izquierda, una pareja de soldados de la Cruz Roja. Llevan una camilla)

PRIMER CAMILLERO.- ¿Hay muertos?

ZAPO.- No. Aquí no.

PRIMER CAMILLERO.- ¿Está seguro de haber mirado bien?

ZAPO.- Seguro.

PRIMER CAMILLERO.- ¿Y no hay ni un solo muerto?

ZAPO.- Ya le dije que no.

PRIMER CAMILLERO.- ¿Ni siquiera un herido?

ZAPO.- No.

CAMILLERO SEGIINDO.- ¡Pues estamos lucidos! (A ZEPO, con un tono persuasivo) Mire bien por todas partes a ver si no hay alguno de pura casualidad.

PRIMER CAMILLERO.- No insistas. Ya te han dicho que no hay.

CAMILLERO SEGUNDO.- ¡Que mala suerte!

ZAPO.- Lo siento muchísimo. Les aseguro que no ha sido a propósito.

CAMILLERO SEGLINDO.- Eso dicen todos. Que no hay muertos y que no a sido a propósito.

PRIMER CAMILLERO.- Ya, hombre, no molestes al caballero.

SR. TEPÁN.- (Servicial) Si podemos ayudarle lo haremos con gusto. Estamos a sus órdenes.

CAMILLERO SEGUNDO.- Bueno, pues si seguimos así ya verás lo que nos va a decir el capitán.

SR.TEPÁN.- ¿Pero qué pasa?
PRIMER CAMILLERO.- Sencillamente, que los demás tiene ya las muñecas rotas a a fuerza de transportar cadáveres y heridos y nosotros todavía sin encontrar nada. Y no será porque no hemos buscado...

SR. TEPAN.- Desde luego que es un problema. (a ZAPO) ¿Estás seguro de que no hay ningún muerto?

ZAPO.-Pues claro que estoy seguro, papá.

SR. TEPAN.- ¿Has mirado bien por debajo de los sacos?

ZAPO.- Sí, papá.

SR. TEPÁN.- (Muy disgustado) Lo a ti te pasa es que no quieres ayudar a estos señores. Con lo agradables que son ¿No te da vergüenza?

PRIMER CAMILLERO.- No se ponga así, hombre. Déjelo tranquilo. Esperemos tener más suerte y que en otra trinchera hayan muerto todos.

SR. TEPÁN.- No sabe cómo me gustaría.

SRA. TEPÁN.- A mí también me encantaría. No se imagina como aprecio a la gente que ama su trabajo.

SR. TEPÁN.- (Indignado, a todos) Entonces, ¿Qué? ¿Hacemos o no algo por estos señores?

ZAPO.- Si de mí dependiera, ya estaría hecho.

ZEPO.- Lo mismo digo.

SR. TEPÁN.- Pero vamos a ver, ¿Ninguno de los dos está ni siquiera herido?

ZAPO.- (Avergonzado) No, yo no.

SR. TEPÁN.- (a ZEPO) ¿Y usted?

ZEPO.- (Avergonzado) Yo tampoco. Nunca he tenido suerte. . .

SRA. TEPÁN.- (Contenta) ¡Ahora que me acuerdo! Esta mañana al pelar las cebollas me hice un corte en el dedo. ¿Qué les parece?

SR. TEPÁN.- ¡Perfecto! (Entusiasmado) En seguida te llevan.

PRIMER C AMILLERO.- No. Las señoras no cuentan.

SR. TEPÁN.- Pues estamos en lo mismo.

PRIMER CAMILLERO.- No importa.

CAMILLERO SEGUNDO.- A ver si nos desquitamos en las otras trincheras.
(Empiezan a salir)

SR. TEPAN.- No se preocupen ustedes, si encontramos un muerto, se los guardamos. Estén tranquilos que no se lo daremos a otros.

CAMILLERO SEGUNDO.- Muchas gracias, caballero.

SR. TEPAN.- De nada, amigo. Pues no faltaba más. . .

(Los camilleros les dicen adiós al despedirse y los cuatro responden. Salen los
camilleros.)

SRA. TEPÁN.- Esto es lo agradable de salir los domingos al campo. Siempre se encuentra gente simpática. (Pausa) Y usted, ¿Por qué es enemigo?

ZEPO.- No sé de esas cosas. Yo tengo muy poca cultura

SRA. TEPÁN.- ¿Eso es de nacimiento o se hizo enemigo más tarde?

ZEPO.- No sé. Ya le digo que no sé.

SR. TEPAN.- Entonces, ¿Cómo ha venido ala guerra?

ZEPO.- Yo estaba un día en mi casa arreglando la plancha eléctrica de mi madre cuando vino un señor y me dijo: "¿es usted Zepo?. -Sí. Pues que me han dicho que tienes que ir a la guerra" Y yo entonces le pregunté "Pero, ¿A qué guerra?" Y el me dijo: "que bruto eres, ¿Es que no lees los periódicos?" Yo le dije que sí, pero no lo de las guerras. . .

ZAPO.- Igualito, igualito me pasó a mí.

SR. TEPÁN.- Sí, igualmente te vinieron a ti a buscar.

SRA. TEPÁN.- No, no era igual, aquel día tú no estabas arreglando una plancha eléctrica, sino una avería del coche.

SR. TEPÁN.- Digo en lo otro. (A ZEPO) Continúe, ¿Y qué pasó luego?

ZEPO.- Le dije que además tenía novia y que si no iba conmigo al cine los domingos lo iba a pasar muy aburrido. Me respondió que eso de la novia no tenía importancia.

ZAPO.- Igualito, igualito que a mí.

ZEPO.- Luego bajó mi padre y dijo que yo no podía ir a la guerra porque no tenía caballo.

ZAPO.- Igualito dijo mi padre.

ZEPO.- Pero el señor dijo que no hacía falta caballo y yo le pregunté si podía llevar a mi novia, y me dijo que no. Entonces le pregunté si podía llevar a mi tía para que me hiciera natillas los jueves, que me gustan mucho.

SRA. TEPÁN.- (Dándose cuenta de que ha olvidado algo.) ¡Ay, las natillas!

ZEPO.- Y me volvió a decir que no.

ZAPO.- Igualito me pasó a mí.

ZEPO.- Y, desde entonces, casi siempre solo en esta trinchera.

SRA. TEPÁN.- Yo creo que el señor prisionero y tú están tan cerca y tan aburridos, se podrían reunir todas las tardes para jugar juntos.

ZAPO.- Ay, no mamá. Es un enemigo.

SR. TEPÁN.- Nada, hombre, no tengas miedo.

ZAPO.- Es que si supieras lo que el general nos ha contado de los enemigos.

SRA. TEPÁN.-  ¿Qué ha dicho el general?

ZAPO.- Pues nos ha dicho que los enemigos son muy malos. Dice que cuando toman prisioneros les ponen chinches en los zapatos para que cuando caminen se hagan daño.

SRA. TEPÁN.-  ¡Qué barbaridad! ¡qué malísimos son!

SR. TEPÁN.- (A ZEPO, indignado) ¿Y no le da a usted vergüenza pertenecer a ese ejército de criminales?

ZEPO.- Yo no he hecho nada. Yo no me meto con nadie.

SRA. TEPÁN.- Con esa carita de buena persona, quería engañarnos. .

SR. TEPÁN.- Hemos hecho mal en desatarlo, a lo mejor, si nos descuidamos, nos mete unas chinches en los zapatos.

ZEPO.- No se pongan conmigo así.

SR. TEPÁN.- ¿Y cómo quiere que nos pongamos? Eso me indigna. Ya sé lo que voy a hacer: voy a ver al capitán y le voy a pedir que me deje participar en la guerra.

ZAPO.- No te van a dejar. Eres demasiado viejo.

SR. TEPÁN.- Pues entonces me compraré un caballo y una espada y vendré a hacer la guerra por mi cuenta.

SRA. TEPÁN.-Muy bien. De ser hombre, yo haría lo mismo.

ZEPO.- Señora, no se ponga así conmigo. Además le diré que a nosotros nuestro general nos ha dicho lo mismo de ustedes.

SRA. TEPÁN.- ¿Cómo se ha atrevido a mentir de esa forma?

ZAPO.- Pero, ¿Todo igual?

ZEP O.- Exactamente igual.

SR. TEPÁN.- ¿No sería el mismo el que les habló a los dos?

SRA. TEPAN.- Pero si es el mismo, por lo menos podría cambiar de discurso. También tiene poca gracia eso de que a todo el mundo le diga las mismas cosas.
SR. TEPÁN.- (Cambiando de tono) ¿Quiere otro vasito?

SRA. TEPÁN.- Espero que nuestro almuerzo le haya gustado. . .

SR. TEPÁN.- Por lo menos ha estado mejor que el del domingo pasado.

ZEPO.- ¿Qué les pasó?

SR. TEPÁN.- Pues que salimos al campo, colocamos la comida encima de la manta y en cuanto nos dimos la vuelta, llegó una vaca y se comió toda la merienda. Hasta las servilletas.

ZEPO.- ¡Vaya una vaca sinvergüenza!

SR. TEPÁN.- Sí, pero luego, para desquitarnos, nos comimos la vaca. ( Ríen)

ZAPO.- (A ZEPO) Pues, desde luego se quitarían el hambre. . .

SR. TEPÁN.- ¡Salud! (Beben)

SRA. TEPÁN.- (A ZEPO) Y en la trinchera, ¿Qué hace usted para distraerse?
ZEPO.- Yo, para distraerme, lo que hago es pasar el tiempo haciendo flores de trapo. Me aburro mucho.

SRA. TEPÁN.- ¿Y qué hace usted con las flores?

ZEPO.- Antes se las enviaba a mi novia. Pero un día me dijo que ya había llenado el invernadero y la bodega de flores de trapo y que si no me molestaba que le enviará otra cosa, que ya no sabía que hacer con tanta flor.

SRA. TEPÁN.- ¿Y qué hizo usted?

ZEPO.- Intenté aprender otra cosa, pero no pude. Así que seguí haciendo flores de trapo para pasar el tiempo.
SRA. TEPÁN.- ¿Y las tira?

ZEPO.- No. Ahora les he encontrado una buena utilidad: doy una flor para cada compañero que muere. Así ya sé que por muchas que haga, nunca me daré abasto.

SR. TEPÁN.- Pues ha encontrado una buena solución.
ZEPO.- (Tímido) Sí.

ZAPO.- Pues yo me distraigo haciendo jerseys.

SRA. TEPAN.- Pero oiga, ¿Es que todos los soldados se aburren tanto como usted?

ZEPO.- Eso depende de lo que hagan para divertirse.

ZAPO.- En mi lado ocurre lo mismo.

SR. TEPÁN.- Pues entonces podemos hacer una cosa: parar la guerra.

ZEPO.- ¿Cómo?

SR. TEPÁN.- Pues muy sencillo. Tú le dices a todos los soldados de nuestro ejército que los soldados enemigos no quieren hacer la guerra, y usted le dice lo mismo a sus amigos. Y cada uno se vuelve a su casa.

ZAPO.- ¡Formidable!

SRA. TEPAN.-Y así podrá usted terminar de arreglar la plancha eléctrica.

ZAPO.- ¿Cómo no se nos había ocurrido antes una idea tan buena para terminar con este lío de la guerra?

SRA. TEPÁN.- Esas ideas sólo las puede tener tu padre. No olvides que es universitario y filatélico.

ZEPO.-Oiga, pero si paramos así la guerra, ¿Qué va a pasar con los generales y los cabos?

SRA. TEPÁN.-Les daremos unas armaduras para que se queden tranquilos.

ZEPO.-Muy buena idea.

SR. TEPÁN.- ¿Ven qué fácil? Ya está todo arreglado.

ZEPO.- Tendremos un éxito formidable.

ZAPO.- Que contento se van a poner mis amigos.

SRA.TEPÁN.- ¿Qué les parece si para celebrarlo bailamos el pasodoble de antes?

ZEPO.- Muy bien.

ZAPO.- Sí, pon el disco, mamá.

(La SRA. TEPÁN pone un disco. Expectación. No se oye nada.)

SR. TEPÁN.- No se oye nada.

SRA. TEPAN.- (lrá al gramófono) ¡Ah!, es que me había confundido. En vez de un disco, había puesto una boina.

(Pone el disco. Suena un pasodoble. Bailan, llenos de alegría, ZAPO con ZEPO y la SRA. TEPAN con su marido. Suena el teléfono de campaña. Ninguno de los cuatro lo oye. Siguen muy animados bailando. El teléfono suena otra vez. Comienza de nuevo la batalla con gran ruido de bombazos, tiros y ametralladoras. Ellos no se dan cuenta de nada y continúan bailando alegremente. Una ráfaga de ametralladora los siega a los cuatro. Caen al suelo, muertos. Sin duda, una bala ha rozado el gramófono: el disco
repite y repite, sin salir del mismo surco. Se oye durante un rato el disco rayado, que continuará hasta el final de la obra. Entran por la izquierda los dos camilleros. Llevan la camilla vacía. Inmediatamente cae el
TELÓN







viernes, agosto 05, 2016

EL TERCER FAUSTO De Salvador Novo (1934)












EL TERCER FAUSTO


De Salvador Novo (1934)




Acto I
Un estudio, la noche. Alberto en bata y pantuflas, parece nervioso. Detrás de él, el diablo, en actitud humilde. Alberto no lo ha visto. Fuma y mira la hora de su reloj pulsera. Se vuelve y se sorprende al percibir al diablo. Con gesto nervioso se levanta, da algunos pasos. Se adueña por fin de sí y le indica al diablo un asiento.
ALBERTO: Tenga la bondad de sentarse.
DIABLO: Muchas gracias. No me siento nunca. Prefiero escucharle de pie. Supongo que será cuestión de dinero. Para proporcionárselo no necesito tomar asiento ¿Cuánto necesita?
ALBERTO: No. No es dinero lo que necesito. Para procurármelo no habría acudido al extremo terrible de invocarle a usted con todas las fuerzas de mi alma; de esta lama atormentada que le ofrezco.
DIABLO: Entonces no sé. Muy pocas cosas más está en mi mano disponer. Los siete pecados capitales, ustedes se arreglan muy bien para cometerlos sin mi intervención.
ALBERTO: Pero usted es omnipotente. La prueba es que ha entrado aquí sin anunciarse.
DIABLO: También Lo es Dios, y hace muy pocas cosas, que yo sepa. Tan pocas, que yo me veo precisado, a veces, a suplantarlo. Los hombres le rezan constantemente y le piden esto, y aquello. Él tiene santos, especializados en determinados milagros. Ustedes les piden a los santos que se encarguen de sus asuntos, y les ofrecen pequeñas remuneraciones tarifadas. Y sus asuntos se arreglan. Pero no son los santos quienes lo hacen. Por razón de su especialidad, los santos tienen un sentido moral muy estrecho, y sus peticiones les ofenden. ¡Qué quiere usted! ¡Ellos viven en una atmósfera tan distinta de la tierra! Y luego, no les gusta este agradecimiento en especie que les testimonian los hombres. Lo que los santos quieren es una nutrida inmigración en masa a su reino. ¿Y qué mejor medio de obtenerla que el de frustrar precisamente los deseos más caros de los hombres; de todos esos bienes que ellos les piden constantemente y que obtienen a veces; no de los santos, sino de mi? Soy yo quien atiende las solicitudes que los hombres formulan a los santos. Esto no lo saben, por supuesto, y no me agradecen nunca. (Con tristeza) No importa. Me queda la vaga esperanza de que estas condiciones injustas se alteren, y de que un día, algún lejano día, se me canonice. (Pausa.) Pero veamos: ¿de qué se trata?
ALBERTO: Es un poco largo, si usted quiere escuchar los antecedentes. (Nervioso.) ¿Si no sentáramos?
DIABLO (mirando su reloj.): Como quieras. (Se sientan.)
ALBERTO: Le he llamado a usted para ofrecerle mi alma a cambio de un milagro que habrá de realizarse en mi persona.
DIABLO (Examinándolo.): ¿Has consultado algún doctor? Mi opinión es que gozas de perfecta salud. Estás joven, vivirás todavía largo tiempo…
ALBERTO: No, no es eso. Este cuerpo mío estaría muy bien… si el alma que aloja… fuera normal.
DIABLO: ¿Qué quieres decir?
ALBERTO: ¡Oh, pero yo pensé que usted lo adivinaría todo en seguida! ¡Es verdaderamente bochornoso explicar mi caso a un desconocido como usted!
DIABLO: Te pido mil perdones por mi ignorancia en tus asuntos personales. Pero yo estoy solo, ya te lo he dicho. No tengo santos, como Dios. Explicadme tu caso, te lo ruego. Trataré de ayudarte.
ALBERTO: Ahorraremos tiempo si le declaro mi deseo sin explicarle las causas. Es esto: quiero transformarme en mujer. Y el precio es la condenación de mi alma.
DIABLO (Lo mira con sorpresa.): ¿Está usted seguro de su deseo?
ALBERTO: Absolutamente seguro. Y el precio es la condenación de mi alma.
DIABLO: Querido joven, no insista usted en el precio. No recuerdo haber objetado al que usted fija tan persuasivamente. Ya lo discutiremos más tarde. Me interesa, ante todo, conocer la razón de su extraordinario deseo.
ALBERTO: Ya que insiste… Pues bien: estoy enamorado… de un hombre.
DIABLO: ¿Y el hecho le molesta? ¿Por qué no me pide que quite ese amor de su corazón? Puedo hacerlo en un santiamén, y no tendrá usted que adquirir hábitos que desconoce por completo.
ALBERTO: No. Dejar de amarlo sería como dejar de existir. Quiero ser suyo totalmente, y que él me pertenezca por completo. Usted sabe bien que en mis actuales condiciones, esto es imposible.
DIABLO:   ¿Han tratado ustedes el asunto?
ALBERTO: ¡Cómo sería posible! Él debe ignorar siempre mi amor culpable. ¿Tengo yo la culpa? Educación, herencia, perversidad… qué se yo. ¡Su amor me haría tan dichoso! Pero es preciso que él lo ignore. Yo perdería, estoy seguro, hasta el triste consuelo de su amistad: de esos instantes fugitivos en que estrecho su fuerte mano, en que miro sus amplios ojos, en que mi corazón se llena de íntimo llanto al contemplar su dulce boca…
DIABLO: ¿Tiene su amigo inclinaciones literarias?
ALBERTO: ¿Por qué me lo pregunta?
DIABLO: ¡Qué sé yo! Podrían emprender juntos algunas lecturas provechosas… desde el punto de vista de usted. Justificarse con los clásicos es siempre elegante, y está al alcance de todo mundo hacerlo. Podría usted invocar a Sócrates, a Epaminondas, a Alcibíades, a Patroclo y Aquiles… Parto de Grecia porque su ejemplo es siempre irrefutable. Roma disgusta un poco a los espíritus impreparados. Sin razón alguna, se lee menos a Petronio que a Platón, y se adultera siempre a Virgilio.
ALBERTO: ¿Y qué ganaría yo con demostrárselo? Además, no creo que lo ignore. Pero eso no se hace ya comúnmente ¡Ah! La humanidad confunde el amor con la vil procreación, y los hombres aman a las perras prolíficas.
DIABLO (Un tanto turbado): ¿Quiere usted escucharme, y no interrumpirme con sus explosiones líricas? Comprenda que estoy aquí para ayudarle. Para eso he venido, y no deseo perder un tiempo que puedo consagrar a ayudar a otras personas menos inclinadas a la dialéctica que usted. Confieso que carezco de experiencia personal en el ramo de su dedicación. (Más calmado.) Pero me ha ocurrido, en el mismo instante en que usted formulaba su raro deseo, el sistema que comencé a exponerle. ¿Quiere que siga?
ALBERTO: Siga usted. (Se nota que no ha de convencerlo.)
DIABLO: La primera objeción que él pondría a su amor sería sin duda su naturaleza inmoral, y el hecho de que un afecto semejante, y cuanto él implica, va contra lo lícito y lo moral. Usted entonces le envolvería en un sutil diálogo. Y acabaría por hallarse de acuerdo en una definición de la moral por el estilo de ésta: lo moral es lo que no daña a nadie, a ningún tercero. Inmoral, lo contrario. ¿Perjudica a alguien nuestro amor? No. Luego, nuestro amor es irrefutablemente moral, desde el más elevado de los puntos de vista. 
ALBERTO: Imposible no me atrevo. Él me diría que nuestras Costumbres suponen una definición menos elástica de lo moral.
DIABLO: Cierto que usted hoy subordinan los postulados cósmicos a sus juicios pasajeros, y están convencidos de que las leyes naturales deben ajustarse a las que ustedes se dan por normas de pasajera existencia. El mundo rechaza hoy usos en otro tiempo sagrados. (Insinuante.) Pero, en compensación, ¿no se ha logrado, al ocultar el pecado, hacerlo más intimo y dulce? La influencia de los santos, al oponerse en la tierra a la mía ¿no la ha dotado de mayores encantos, y no ha centuplicado sus méritos y su calidad? Pero sigamos con el método. Saltan ustedes de una literatura a otra, de un arte al otro, en busca de apoyos sólidos a su exposición particular de motivos. ¿Cómo va su amigo a desconocer la superioridad de Miguel Ángel, pongamos por caso? Pero acaso los ejemplos modernos tengan para él mayor valor. No caiga usted en especímenes populares, como Barba Azul o como Wilde, Proust, Whitman o Verlaine, tiene más peso. A menos que no prefiera a Frank Harris, o a Gide… Propóngale que lean un diálogo juntos, y emprenda la lectura de Corydon. Que él haga la parte del incrédulo. Usted leerá, con el énfasis conveniente, el papel de Corydon. Al final del cuarto acto, sino es que antes, estarán el uno en brazos del otro.
ALBERTO: Gracias por su método; pero no lo encuentro aplicable. Si los libros le pudieran inducir a amarme, yo ya no le amaría. Quiero ser suyo totalmente y por mi mismo; sin explicaciones, sin discusiones. Usted comprenderá que, en mis condiciones actuales, esto es imposible ¿Qué le aparta de mí, tal como es, con los prejuicios de nuestra civilización; con ese gusto (aunque yo le probara que es adquirido y postizo) innoble por las mujeres? Estos pantalones, esta barba que hay que segar a diario. Pues bien. Téngame como he de satisfacerle: carne fofa y prolífica, rostro pintado y flácido, pies ridículamente empinados…
DIABLO: Todavía otro medio. Váyase a Europa. Hágase depilar, cambie su voz, sométase a mutilaciones científicas: ¿Sabía usted que ha empezado a lograrse ya, con animales inferiores?
ALBERTO: No se burle de mi. Si le he llamado, si recurro a usted, es porque desprecio el arte y la ciencia, y sólo conservo fe en el milagro. Mi alma…
DIABLO: Su alma no me interesa. Dispongo ya de cuantas variedades he menester para una que otra conversación. Puede usted guardarla, ofrecerla a los santos. A san Agustín, por ejemplo…
ALBERTO: ¿Quiere decir que no lo hará? ¿Qué no acepta usted?
DIABLO: Lo haré, ya que parece irle tanto en ello. Pero no se esfuerce en retribuirme. No vale la pena. Quedaré pagado con presenciar, si usted lo permite, la escena, sin ser visto. Y de esto último yo me encargo.
ALBERTO: ¡Dios lo bendiga! ¡No sabe cuán feliz me hace! ¡Ah, Armando, Armando! ¡Si supiera lo que hago por ti! (Al Diablo.) ¿Qué debo hacer?
DIABLO: Usted nada. Mañana, al despertar, todo habrá cambiado. Su guardarropa mismo, yo me encargo. Puede tirar su Gillete desde ahora.
ALBERTO: ¡Gracias! ¡Gracias! (El Diablo se levanta, aburrido.) ¿Ya se va usted? ¿No va a darme -no necesito-  algunos consejos sobre mi nuevo estado?
DIABLO: Creo que ya lleva usted adelantado bastante. Debo irme. Tengo que instruir a una recién casada.
ALBERTO: ¿No volveré a verle?
DIABLO: Cuando guste. Pero estoy cierto de que no ha de necesitarme. La felicidad hace olvidadizo a los hombres.
ALBERTO: ¿No quiere usted una taza de té? ¿Algún pequeño recuerdo mío? ¿Un anillo antiguo? ¿Un libro nuevo?
DIABLO: No gracias. El té me quita el sueño. Y no leo nunca libros. Sé lo que dicen todos ellos desde antes que los escriban sus autores. Yo les doy las ideas, y no quiero darme el disgusto de comprobar lo mal que lo han hecho después. Buenas noches.
(Alberto avanza como para decir algo. El diablo ha desaparecido. Alberto toma un espejo, se deja caer en un sillón y se contempla)
ACTO II
El despacho de Armando. Día. Armando sostiene una cortina para dejar pasar a alguien.
ÉL: Pase, señora. (Examinándola.) Tenga la bondad de sentarse. ¿En qué puedo servirla?
ELLA: Gracias. Temía tanto que no me recibiera. ¿No tiene prisa?
ÉL: No… Es decir… En fin, estoy a sus órdenes. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
ELLA: ¡Qué importa el nombre! Lo he olvidado. Y luego ¿es verdaderamente necesario, cuando un hombre y una mujer tienen que hablarse así… tan cerca…? (Él la mira con asombro.)
ÉL: ¿En qué puedo servirla?
ELLA: ¡Oh, Armando! No has cambiado. ¡Si supieras qué terror he experimentado esta mañana! El mundo entero me pareció transformado. Me sentía lejos de las cosas, sin derecho a tocarlas, sin…
ÉL: Pero, ¡señora!
ELLA: Mírame con dulzura, Armando. Extraño tu sonrisa, Lúcela para mí. Aquella sonrisa que tienes ante las cosas, como si las vieras vivir, como si para ti, las cosas palpitaran e hicieran inocentes travesuras… O bien, esos ojos de asombro, como cuando es más tarde de lo que pensabas, y levantas la mano y la cierras al bajarla, como para saludar…
ÉL: ¿Cómo sabe usted?
ELLA: Aquella vez ¿te acuerdas? Te caíste del caballo y te torciste un pie. ¡Cómo cojeabas graciosamente, al sonreír, con tus ojos grandes! Un buen rato saltaste en un pie, y luego comenzaste a marchar con fuerza, y fuiste a cambiarte de traje…
ÉL: Señora, es verdaderamente extraño. Yo no la he visto nunca antes. ¿Vive usted en el campo? ¿Cómo conoce ese accidente?
ELLA: No me pidas explicaciones. ¡No comprenderás nunca, nunca!
ÉL: Pero le juro que…
ELLA (Con desesperación.): ¡Armando! ¡Tú no me comprenderás nunca! (Ahora con valor.) Pero no pido ya tu amor. ¡Dame solamente tu boca, Armando, tu boca, una sola vez, una sola!
ÉL (Se levanta.): ¡Señora! ¿Está usted en su juicio? ¿O pretende burlarse de mí? ¿De dónde le viene esta pasión súbita, y cómo llega usted sin nombre siquiera a proponerme que la ame? ¿No se da cuenta de que esta escena es ridícula? No toleraré que se burle de mí. 
ELLA (Con desesperación.): ¡Armando! ¡Tú no me comprenderás nunca! (Ahora con valor.) Pero no pido ya tu amor. ¡Dame solamente tu boca, Armando, tu boca, una sola vez, una sola!
ÉL: Lo que usted necesita, señora, es un poco de aire fresco. (Va hacia la puerta.)
ELLA: ¡No! ¡Un beso, un beso tuyo! Tu boca, tu aliento, tus brazos… Partiré en seguida, lejos ¿qué importa lo que ocurra después? ¡Armando, ten piedad de mí!
ÉL: ¿Y de qué serviría mi beso? Yo puedo dárselo, si usted tanto se empeña. Pero sin una sombra de amor. Besaría su boca sin mayor efusión que su mano. Exactamente igual. No la amo y usted no tiene razón alguna para amarme.
ELLA: No se ama nunca por razones.
ÉL: Al contrario; no se ama nunca sin ellas.
ELLA: ¡Qué sabes tú de amor!
ÉL: Lo suficiente para no confundirlo con la pasión instantánea.
ELLA: ¿De modo que yo podría esperar…?
ÉL: No. Llega usted demasiado tarde en mi vida, y en circunstancias inadmisibles. No pide usted amor, sino abrazos.
ELLA: Pido siquiera abrazos.
ÉL: Sólo lo son verdaderamente aquellos que inspira el amor, no el deseo. Amor, fin en sí mismo, sin consecuencias.
ELLA: Tú no sabes, Armando, lo que es amar sin esperanzas. Vivir los largos años de un secreto que no se debe confesar… vivir para una estatua que se podría animar si quisiera y hacemos dichosos… llorar en un lecho demasiado amplio, en una noche infinita en que él… dormirá profundamente, inocente de todo… escribir muchas cartas, con mano trémula, y dispersarlas luego… besar apasionadamente un retrato inasible…
ÉL: Vamos. Cálmese. Me da usted pena así…
ELLA: Es todo, ¿verdad? Bien sabía yo que si algún día me atrevería a revelarle mi horrible secreto, eso, pena, sería lo más que obtuviera de usted. Veo ahora el terrible error de mi vida. Usted no puede amar a nadie.
ÉL: Qué sabe usted.
ELLA: No. A nadie. Vive usted para sí, contento con ser bello y amable a todos, sin dudas, sin problemas. Pero es eso mismo lo que me ha hecho amarle hasta este punto. Sé bien que hay muchos otros hombres a quienes entregar mis caricias, y que me seguirían de rodillas por alcanzarlas. Pero es a ti a quien quiero, únicamente a ti, Armando, mi amor…
ÉL: Me da usted pena. No sabe cuánta pena. No sabe lo semejante que somos.
ELLA: No. Nada nos une. Bien lo veo.
ÉL: Más, mucho más de lo que imagina. ¡Si yo tuviera su valor! Pero no. (Ríe.) ¡Qué absurdo pensamiento!
ELLA: ¿Luego usted ama?
ÉL: Amo sí, y con menos esperanza que usted. Sólo que de un modo menos abrupto. Yo sé bien que podría apagar mi sed en un abrazo. Pero, ¿y después? ¿Qué quedaría sino el amargo recuerdo de una felicidad apurada groseramente, de un solo sorbo? Yo conozco también la intima tortura de una pasión que no ha de realizarse nunca. Y el sabor del llanto, cuando el destino aparta de nosotros los labios únicos. Y el triste consuelo de estrechar una mano que quisiéramos incrustar en nuestro pecho… (Se rehace.) Ya ve usted, señora, que no soy una estatua insensible. Pero no es usted. ¿Qué le voy a hacer?
ELLA: ¡Luego usted ama! ¡Y sufre! ¡Y ella ha sido incapaz de comprenderlo!
ÉL: Sí. Pero no le reprocho nada. ¿Cómo podría reprochárselo?
ELLA: Hablaba usted de ahogar la pasión en el placer. Triste consuelo. Yo también aspiro a él, no como un fin, sino como el único medio. Por su amor, Armando, hágame usted feliz una vez, una sola vez. Haré cuanto pueda por agradecérselo. Buscaré a esa mujer…
ÉL: Imposible. No sabe usted lo que dice.
ELLA: ¿Ha muerto?
ÉL: No. Vive, y no sabrá nunca que le amo.
ELLA: Dígame su nombre.
ÉL: ¿Para qué? Nada ganaríamos, ni usted ni yo.
ELLA: Su nombre, Armando. Se lo suplico.
ÉL: No le conoce usted. Nadie le conoce. Nadie le conocerá nunca.
ELLA: Armando, dígame su secreto. ¿Quién podría comprenderlo mejor que yo? Aunque se me destroce el alma –dígame- ¿a quién ama?

ÉL: (Ha oculto su rostro en sus manos, con tono grave y confidencial.) Amo –apasionadamente, secretamente- a mi amigo Alberto. 

EL CABALLERO DE OLMEDO

EL CABALLERO DE OLMEDO
Lope de Vega

DIENTES BLANCOS

DIENTES BLANCOS
Demetrio Aguilera Malta

PAVEL vs LEPAV

PAVEL vs LEPAV
EL ALFILER DEL DIABLO

Night Shift

EL MÁGICO PRODIGIOSO

EL MÁGICO PRODIGIOSO
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

Monosapiens

Monosapiens
MONOLOGUE